Discusiones, regateo, falsa retirada... y acuerdo final de precio. El ritual de la compra-venta en un mercado de Cochabamba, entre los recuerdos perdurables de un viaje.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace algunas décadas, cuando la quebrada de Humahuaca y la puna todavía no se habían convertido en destino turístico internacional, a los lugareños los desconcertaba encontrar un grupo de gente caminando de pueblo en pueblo. En general, recurrían a dos hipótesis. La primera tenía como soporte las cámaras de fotos: suponían entonces que se trataba de fotógrafos ambulantes, a quienes se interrogaba sobre precios y envíos. La segunda hipótesis se sostenía en una necesidad a la que ellos no podían responder en sus pequeñas economías de subsistencia: adquirir artículos de bazar o arreglar cacerolas agujereadas que necesitaban una soldadura. La desilusión era mucha cuando se enteraban de que el grupo de caminantes era simplemente eso: gente que, por razones medio incomprensibles, quizás una promesa a un santo (como alguna vez supusieron) decidían disfrazarse de vendedores ambulantes o de soldadores. De esos encuentros, quedan naturalmente muchas fotos enviadas y algunos recuerdos, de los que ahora se llaman souvenirs.
Los puebleros, por su parte, confundían los enseres domésticos de las casas con artesanías, es decir con cosas hechas a mano por indígenas, para vendérselas a los visitantes de la ciudad. Por supuesto, estos campesinos y pastores puneños no vendían los objetos que estaban usando en ese momento. Los cacharros de cerámica los compraban en las ferias de los pueblos, donde los cacharreros extendían sus alfombras con recipientes del tipo de los que hoy cotizan en Buenos Aires. Las mantas, muchas veces, las tejían ellos mismos.
La confusión demostraba una ignorancia lastimosa y generaba curiosos malentendidos, ya que preguntar el precio de una manta en el rancho donde se había recibido hospitalidad desinteresada era, al mismo tiempo, un acto de descortesía extrema y una tentación a la que no se sabía bien cómo responder, porque su dueño deseaba venderla pero la manta no estaba en situación de venta, es decir no había sido objeto de un diálogo muy ritualizado, cuya secuencia se respetaba porque era una forma del buen trato.
Los visitantes, en cambio, aplicaban la lógica abstracta del capitalismo: el campesino se iba a beneficiar porque, después de haber pasado una o dos noches en su casa, sabían que lo que iban a darle por la manta equivalía a dos meses de trabajo. Pero este razonamiento capitalista no podía ser enunciado de ese modo, en primer lugar porque los turistas se hubieran sentido prepotentes; y, en segundo lugar, de haber explicado el trato en esos términos, probablemente el campesino no lo hubiera entendido porque la manta, que él destinaba a un uso doméstico, no encerraba un trabajo que pudiera medirse en dinero. A menos que se tratara de alguien que tuviera como trabajo tejer en telar y, en ese caso, hubiera sido él quien ofertara su producción a los pajueranos.
El mismo lío se armaba cuando las cosas ocurrían de manera inversa. La mujer de un pastor de cabras decía, por ejemplo “Véndeme esa remera rojita, señora, pues que linda que es” o “Tus zapatos bien sirven, parece, con lo que has tenido de caminar hasta acá ¿A cuánto los vendes?”. En ese momento, las propiedades de los turistas, que ellos no consideraban mercancías sino bienes de uso personal, entraban al circuito potencial del comercio. Y el campesino no entendía por qué, si el dueño de la remera o de los zapatos podía comprarse otros pocas semanas después, se negaba a dejarlos allí. En el fondo, no vender nada y andar caminando sin ton ni son por los cerros era una tontería que podía remediarse.
En cambio, en los mercados, el proceso de compra-venta tenía un implacable formalismo en varios pasos: oferta, precio, regateo, falsa retirada del comprador, nuevo regateo, falso enojo del vendedor, regateo final, acuerdo de precio. Una vez, en un pueblo de Cochabamba, cansada de una larga conversación, desistí de la compra. Se trataba de una canasta de higos y quesos, algo que íbamos a consumir allí mismo. La vendedora, en tono altanero, me dijo: “Lléveselos pues, pero aprenda a comprar”.
http://www.clarin.com/diario/2006/02/19/sociedad/s-01144336.htm
No es fácil llegar a San Juan de Oro, un pueblito jujeño. La ruta está llena de dificultades, hay peligro de apunamiento y casi no se ve gente. Pero la experiencia es única.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Llegamos a Rinconada, provincia de Jujuy, con la resolución de conocer San Juan de Oro, un pueblo ínfimo, en realidad una posta en el camino hacia el Alto Perú, con una iglesia colonial de la que no había fotos. El delegado municipal de Rinconada nos observó con escepticismo y enumeró los obstáculos: era muy fácil perder el rumbo ya que la senda no se transitaba habitualmente y el apunamiento enfermaba incluso a los más acostumbrados a esas pampas altas, de aire liviano, donde avanzar en subida entumece las piernas y aplasta los pulmones como una parálisis. Si nos apunábamos y, además, nos perdíamos, él no garantizaba nada. No había casi agua ni leña para cocinar y, por otra parte, a esa altura era muy difícil calentar un líquido a una temperatura que permitiera hervir fideos o polenta. Ibamos a tener que abandonar la carga que llevábamos a la espalda en cuanto llegáramos a las pampas altas, al norte de Rinconada. En una palabra: ¿por qué ir a San Juan de Oro, en vez de seguir el camino un poco más frecuentado hacia Susques, que pasaba por Mina Pirquitas? Dos días después de estas advertencias desalentadoras, se nos acercó un paisano que dijo ser viudo y agente de la policía provincial. Tenía una casita de piedra y algunos animales a mitad de camino a San Juan de Oro, y estaba por salir en esa dirección. Nos ofreció llevarnos. Se llamaba Víctor, carecía de uniforme y de arma reglamentaria, vivía de algunas ovejas y de lavar arenisca donde encontraba, con suerte, polvo de oro. Al cuello tenía atado un pañuelo celeste, con el que se enjugaba los ojos.
Salimos al día siguiente a las cuatro de la mañana, para caminar hasta las diez y detenernos en las horas de calor del mediodía. Si todo iba bien, esa noche parábamos en la casita de piedra de don Víctor y, al otro día, cumpliendo los mismos horarios, llegábamos a San Juan de Oro.
Atravesamos las pampas altas a eso de las cuatro de la tarde. Hubo que detenerse a tomar un té de yuyos, porque el mareo, la sensación de vacío, la ingobernabilidad del cuerpo nos tiró al piso, boqueando. De todos modos, no era cuestión de dejar que la noche nos agarrara allí porque el frío iba a terminar de liquidarnos. Al atardecer, don Víctor nos dijo que estábamos cerca y apuntó hacia el fondo de una quebradita polvorienta donde había un prisma de piedra irregular y diminuto: su casa. Nos mandó a buscar agua a una vertiente casi invisible en cuya orilla había que cavar para que el líquido llenara la cantimplora semienterrada; cocinamos en medio de la habitación, enceguecidos por el humo de las ramitas y el estiércol seco con que se prendió el fuego; tomamos la ginebra que habíamos llevado y comimos guiso de tasajo con fideos. Dormimos envueltos en mantas que olían a lana y cuero. Al día siguiente a mediodía, llegamos a San Juan de Oro, que era polvo y algunos muros de piedra. Don Víctor nos miraba como quien dice: “Ya se los había advertido”. Las casas abandonadas eran apenas túmulos grises y amarillentos. Por fin, don Víctor encontró a un compadre suyo que tenía la llave de la iglesia. Iluminado por el flash de nuestras cámaras y por un farol que trajo el hombre, apareció lo que veníamos buscando. No pintura cuzqueña como la de las iglesias de la quebrada, sino pintura popular: vírgenes y santos representados con los trazos, los gestos y las ropas de los reyes o sotas de la baraja española. El blanco de los fondos y el colorinche de las figuras conservaban su ingenua, casi desfachatada, nitidez. El hombre de la llave nos dijo que antes supo haber un órgano de cañas, pero que el obispado de Humahuaca lo había mandado retirar.
San Juan de Oro ya casi no existía como pueblo. Hoy, alguna guía de turismo aventurero afirma que es un lugar abandonado. Y el hombre que abrió la puerta de la iglesia seguramente ha muerto. Cuando empezamos la vuelta, en el alféizar de una ventana ciega de una casa abandonada encuentro las figuritas, modeladas en barro, de un pesebre. No me atrevo a tocarlas. Don Víctor, que me está observando, dice que si quiero llevarlas, no hay perjuicio.
http://www.clarin.com/diario/2006/02/05/sociedad/s-01136271.htm
Un grupo de caminantes atraviesa un pueblo catamarqueño bajo el despiadado sol del verano. Alguien sale al cruce con un regalo.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Atravesábamos a pie un pueblo de Catamarca. Era mediodía, una hora inadecuada para la marcha. Pero, por alguna razón, no podíamos detenernos. Nos obligaba la distancia hasta la parada de la noche, o la precaución de que no nos agarrara la caída de la tarde cruzando una cadena de cerros. Con la cabeza envuelta en pañuelos mojados, sobre los que encajábamos los sombreros de paja, inclinados por el peso de las mochilas y el calor insobornable, sólo de vez en cuando echábamos una mirada hacia los costados.
Habíamos entrado por una zona de quintas, con frutales, y llegábamos al pueblo por la recta calle principal, de veredas altas, cercos de piedra y casas con patios, donde se veían alfombras de pimientos secándose al sol o planchas de madera cubiertas de higos. El pueblo no estaba marcado especialmente en nuestro itinerario, se parecía a otros que ya habíamos cruzado y nada, excepto el agobio, nos persuadía a detenernos. Cada veinte metros, con un saltito y una maniobra de los brazos, reacomodábamos nuestras mochilas para separarlas por unos segundos de la espalda empapada. Cada tanto, tomábamos un sorbito de agua, tan corto que no llegaba a la garganta. Llevábamos dos semanas bajo este régimen y los ojos nos dolían por el golpe sostenido de la luz. En alguno de esos barridos de la mirada que hacíamos moviendo apenas el cuello, nos dimos cuenta de que estábamos llegando al final de la calle principal, y que allí se acababa el pueblo. Nos acercamos a una casa, para pedir agua y llenar las cantimploras. Golpeamos las manos, dijimos “Ave María purísima” y esperamos rodeados de perros. Estar quietos al sol era casi peor que caminar.
Un hombre, de edad enigmática, nos llevó hasta el pozo. El olor húmedo, el moho del brocal, la tierra un poco mojada a su alrededor y dos o tres mariposas blancas: el lugar era como para pedir permiso y quedarse. Sin embargo, absurdamente sostenidos por el respeto de un itinerario al que nadie nos había obligado, tomamos agua haciendo el mismo ruido que hacen los caballos, nos tiramos unos baldes encima, agradecimos y volvimos a partir. Dos o tres minutos después, escuchamos la voz de una nena que nos llamaba. Nos dimos vuelta. Venía corriendo y sostenía con las dos manos un plato hondo enlozado. Nos lo ofreció. Estaba lleno de nueces, unas nueces grandes y lustrosas, prolijamente veteadas, en las que se combinaba el marrón marfilino y el castaño oscuro. La nena nos dijo: “Mi abuela dice que son para ustedes, pero me tengo que llevar el plato de vuelta”. El verano anterior, habíamos pasado la noche en un campo ovejero sobre la cordillera, en la provincia de Chubut. El patrón nos vio pasar a mil metros de distancia, ensilló y nos salió al cruce, para ofrecernos su casa y un asado de cordero, que había carneado el día anterior para hacer tasajo, pero que, según él, tendría mejor destino si lo comíamos entre todos. El hombre vivía solo con tres hijas chiquitas, abandonado por su mujer que había sido maestra en Río Pico y, de puro aburrida, extenuada por el trabajo o desesperada, se le había ido con un viajante. Nos contaron esto sin patetismo, como si fuera parte de las informaciones sobre el campo, la última esquila o los vecinos. La casa se recostaba contra la montaña, cerca de un arroyo, en una especie de paisaje suizo deformado por la extensión y la soledad. Un galpón de madera y chapa guardaba un poco de todo, además de muchas gallinas. Allí dormimos entre bolsas y barriles de kerosene.
Muy temprano al día siguiente, tomamos unos mates, nos despedimos prometiendo un improbable regreso, cargamos nuestras cosas, atamos, envuelto en papel de diario, un cuarto de cordero, y empezamos a caminar. Como luego sucedió en el pueblo catamarqueño, la menor de las chicas salió corriendo del galpón. Había aprendido nuestros nombres y nos llamaba con su vocecita ronca. Nos traía, como dijo, “media docena de huevitos frescos”. Sin saber muy bien qué hacer, le sacamos una foto y prometimos enviársela. Uno de los integrantes del grupo se encargaba siempre de cumplir nuestra palabra.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/29/sociedad/s-01132424.htm
En la infancia, Mar del Plata era una noción difusa en una tarjeta postal. El mar se reveló mucho después, con una potencia romántica y metafísica.
BEATRIZ SARLO.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Todos los veranos de mi infancia recibía cinco o seis cartas desde Mar del Plata. El remitente indicaba la calle Juan de Garay sobre la que estaba la casa que había visto en fotos, un chalet de dos plantas con jardín. Quien enviaba las cartas, alguien muy próximo, pasaba el mes de enero en la casa de una prima lejana, una señora millonaria y generosa, que albergaba en ese chalet a ocho o diez nietos. Sentía celos por esos chicos, no tanto porque estaban en Mar del Plata sino porque mi interlocutor epistolar se ocupaba de ellos y me lo contaba. Iban a Playa Grande, donde tenían una carpa (concepto que me resultaba difícil de entender), tomaban el té en el Golf o comían platitos en la Rambla, y, sin los nietos, jugaban a la noche en el Casino.
Ninguno de esos lugares me era remotamente familiar. En verdad, yo no conocía Mar del Plata, aunque trataba de que eso no fuera un tema, ya que habría demostrado mi inferioridad. Disimulaba la ignorancia. Una de mis primas había viajado a Chapadmalal y, de regreso, describió un lugar inimaginable, que consistía sólo en playas, hoteles y barrancas de rocas con algas (elemento de la naturaleza que tampoco
había visto nunca y que me remitía, más que al turismo, a la mitología griega). Como yo no era ni tan pobre para ir a una colonia de vacaciones del estado peronista, ni mi familia creía que los chicos tuvieran méritos suficientes para opinar sobre lugares de veraneo, conocí el mar a los dieciséis años. Lo cual fue una ventaja, casi un privilegio. Llegué al mar por el lado menos marítimo y más humilde, para decirlo de algún modo: San Clemente del Tuyú. Ni el verde o el azul intensos, propios del mar abierto. Cerca de la Bahía de San Borombón, donde acaba el Río de la Plata, hoy San Clemente no responde a mis nociones de mar típico . Pero, aquel día de diciembre de 1958, cuando caminé desde el hotel hasta la playa, cuando pisé por primera vez la arena húmeda y miré hacia el este, eso fue el mar. El hecho de que no hubiera formado parte del paquete turístico de la infancia, que no perteneciera a un cajón de experiencias acumuladas con el tiempo y desgastadas por la costumbre, que yo no pudiera recordar nada que me hubiera sucedido frente al mar, que ese paisaje no hubiera entrado en las postales del recuerdo, que nada en mi vida lo tuviera como referencia, hizo que el mar se presentara súbitamente, como si, de pronto, en el medio de una extensión chata y terrenal, se hubiera abierto el mundo y desbordara, líquido, hacia mí.
Eran más o menos las cinco de la tarde. El ruido del agua mostraba esa cualidad original que sólo tiene el mar, como si se tratara de una masa que se desploma, se recupera y vuelve a desplomarse. Nunca había escuchado un ruido así, nunca había visto una extensión tornasolada que se moviera hasta el horizonte, nunca había respirado ese olor. Llegar al mar por primera vez a los dieciséis años produce asombro. No quedé anonadada, sino en un estado de excitación que duró hasta la noche. Afortunadamente nada en las cartas que, de chica, recibía desde Mar del Plata me habían hecho suponer lo que tuve por delante aquella primera tarde en San Clemente del Tuyú. Las cartas hablaban de otra cosa porque el mar se daba por descontado: estaba allí como escenografía de los paseos, y si se transformaba en tema era, simplemente, por razones metereológicas.
Mientras que, a los dieciséis años, el mar se presentó como lo desconocido que por fin se alcanza, con una potencia romántica y metafísica especialmente adecuada a la sensibilidad de un adolescente que está preparado para admirar paisajes en los que pueda, al mismo tiempo y de manera contradictoria, identificarse y sentirse una parte mínima del universo. A los dieciséis años, ya tenía la cultura suficiente para saber qué debía sentir la primera vez que me enfrentara con el mar, y eso me permitió encontrar las palabras que podían, de algún modo, torpemente, expresarlo. Podía salir de la nebulosa del impacto y recitar: “El mar, el mar, que siempre recomienza”. No siempre más temprano es mejor.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/22/sociedad/s-01128336.htm
Las vacaciones de la infancia pasaban a la sombra de la higuera, con libros de aventuras. Al calor de la siesta cordobesa, imaginando la expedición polar narrada por Julio Verne.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En vacaciones se leían los libros que se habían recibido de regalo, los que se pedían prestado o se encontraban casi por casualidad. Había un poco de todo, porque los padres no acertaban siempre, y las intuiciones infantiles tampoco. Pero cada uno de esos libros, de todos modos, era leído hasta el final. La idea de abandonarlo por la mitad resultaba una especie de insulto al objeto, a la persona que lo había traído, incluso a uno mismo, porque quizás uno fuera todavía indigno de ese libro. De todos modos, había pocas desilusiones y grandes aventuras.
Una higuera de higos blancos le daba sombra a un banco de madera. De esa sombra se decía que era enfermiza, aunque nunca hicimos caso de esa advertencia botánica o, simplemente, supersticiosa. El lugar era incómodo porque los higos maduros, que se aplastaban contra el piso de tierra y no podían comerse, atraían las moscas y las hormigas; además, las hojas de la higuera eran grandes, pero no tupidas, y los rayos del sol iluminaban con demasiada vehemencia a la hora de la siesta. Una garantía para que nadie viniera a molestar.
Debajo de esa higuera leí Las aventuras del capitán Hatteras, la novela de Julio Verne. Todavía hoy me pregunto cómo hacía para atravesar los capítulos de esos libros de viajes y exploraciones, donde decenas de términos de navegación ni siquiera eran buscados en el diccionario, sino que simplemente se tomaban como objetos marítimos de uso desconocido de los que sólo podía imaginarse que eran necesarios para manejar un barco.
El capitán Hatteras era un explorador inglés del polo norte, un hombre misterioso aunque de transparente patriotismo imperial británico, que a mí me tenía sin cuidado porque ni siquiera me daba cuenta. El personaje no se revelaba hasta la página 50, porque había embarcado bajo el disfraz de un marinero raso, y tomó el mando de la nave recién cuando alcanzaron la zona de hielos árticos. Ese hombre duro y enérgico que, para comprobar el temple de sus subordinados, se había escondido durante varios meses, estaba poseído de una voluntad tan glacial como los hielos que, a partir del invierno, rodearon su barco, que quedó anclado en medio de una planicie helada.
La nave transportaba comida y carbón para varios años, lo cual le daba una dimensión infinita y metafísica al viaje. Más que una navegación hacia el polo (al que finalmente llegaron, creo) era una aventura entre icebergs y desfiladeros donde el agua de mar se había vuelto sólida y se cortaba a pico en vetas azules o tornasoladas, como un glaciar. El barco quedaba apresado por toneladas de hielo; por las extensiones de mar helado se arrastraban los marinos y el perro hirsuto del capitán. La tripulación se enfermaba de una dolencia debilitante y desconocida (para mí), que Verne designa con la palabra escorbuto, cuyo nombre me resultó tan elocuentemente amenazador que tampoco lo busqué en el diccionario.
En Las aventuras del capitán Hatteras hay muy poca variación, ya que se repite, de capítulo en capítulo, básicamente lo mismo: extensión enceguecedora de nieve petrificada, completa oscuridad durante los meses invernales, auroras boreales, crujidos de la embarcación en el silencio del desierto blanco, hambre, congelamiento, extenuación y enfermedad. Cuando las cosas se volvían incomprensibles, el médico de la expedición las explicaba con sencillez en páginas que, además, podían saltearse. Debajo de la higuera cordobesa, escuchando el zumbido pegajoso de las moscas, yo avanzaba con el capitán Hatteras. Hoy me doy cuenta de que la novela era una especie de Moby Dick para niños, porque Hatteras perseguía el centro polar con la misma monótona pasión con que el capitán Ahab perseguía la ballena blanca. Pero sin odio, simplemente animado por la obsesión aventurera. Atontada por el calor, me identificaba con los expedicionarios y, al mismo tiempo, disfrutaba con sus padecimientos. Me comportaba como un lector típico que simpatiza con los personajes porque sabe que está a salvo de los peligros que ellos corrieron.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/15/sociedad/s-01124618.htm
Años sesenta. Un grupo de porteños veinteañeros sueña con París, Florencia, Venecia. Travesía imaginaria en la tercera de un transatlántico.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Cuando tenía poco más de veinte años, ni yo ni ninguno de mis amigos habíamos viajado. Conocer Europa era una especie de obsesión que nos ocupaba largas horas. Empezaba, por lo general, con la mención de un nombre: Brunelleschi o Velázquez o Rafael, podía ser cualquiera, mientras mirábamos imprecisas reproducciones en unos libritos de arte. La conversación también podía comenzar con ciudades, las más obvias. Ninguno de nosotros decía Praga o Budapest, ni siquiera Viena. Se trataba siempre de Florencia, de París, de Venecia.
Una vez que se había agotado la ronda de los nombres, alguno hacía la pregunta fatal: “¿No será que, si nos organizamos bien, podríamos ir?” Ninguno de nosotros vivía con la familia, de modo que la pregunta flotaba sobre un grupo de deseantes autosostenidos, lo cual la volvía más cruel y cualquier estrategia, más irreal. Sin embargo, en lugar de desecharla por inducirnos a la ilusión, y convencernos de que, en nuestro caso, mejor habría sido que nos dedicáramos a jugar al prode o pensáramos que a algún millonario, que nos conociera por azar, se le iba a ocurrir regalarnos plata, empezábamos a planificar un viaje a Europa en condiciones de gasto tendiente a cero.
En aquellos años sesenta, todavía había transatlánticos y el pasaje de tercera tenía un precio sensiblemente más barato que el de avión. Por tanto, pagado en cuotas o como fuera, creíamos tener algo solucionado. Durante las dos semanas de viaje podíamos trabajar a bordo. Se entiende que no oficialmente, sino ofreciendo a otros pasajeros clases de idiomas, cuidar eventuales niños que los acompañaran o, por qué no, darles nociones de historia del arte para que aprovecharan mejor la visita al foro romano o Santa María dei Fiori. También nos íbamos a llevar trabajo desde Buenos Aires (traducciones, por ejemplo) para garantizar que, de regreso, pudiéramos pagar las cuotas del pasaje.
Por el alojamiento no nos preocupábamos en lo más mínimo: donde no hubiera albergues de la juventud, sencillamente acamparíamos fuera de las ciudades, al costado de los caminos, o dormiríamos en establos campesinos, bajos las vides del sur de Francia o los olivos italianos. Todos éramos practicantes de lo que ahora llaman trekking, así que podíamos dormir sobre piedras o colgados de una soga y poseíamos un equipo más adecuado al Sahara o al altiplano que a las colinas europeas.
El problema difícil lo planteaba la comida. Aunque lo ignorábamos todo, teníamos la impresión de que comer en Europa era carísimo y la familiaridad con la literatura francesa o inglesa del siglo XIX nos indicaba que los campesinos (que en la Argentina siempre se habían mostrado generosos con nosotros) eran en Europa un conjunto de miserables. Llegamos a la conclusión de que debíamos transportar nuestra comida desde Buenos Aires. No latas de conservas, cuyo peso iba a resultar agobiante, sino esas comidas que se usaban en las largas marchas: fideos, frutas secas, panceta salada, grasa, extracto de tomate, sopas deshidratadas y chocolate. Ahí nomás empezábamos a hacer los cálculos de cantidades y volúmenes, tomando en cuenta que cada uno de nosotros podía transportar, en una mochila, alrededor de un tercio de su propio peso corporal.
En algún momento, cuando los cálculos se extendían, un aguafiestas decía que en Europa se pagaba para entrar en los museos y que eso no lo habíamos tomado en cuenta. Por supuesto, ir a Europa y no entrar en los museos era una idea idiota. Con desgano, alguien decía que podíamos ir a las embajadas y averiguar. Pero, por esa noche, ya estábamos derrotados. Ineludiblemente, surgía el resentimiento. Yo, en especial, no podía dejar de recordar que a una vecina los padres le habían pagado un viaje a Europa simplemente porque había terminado el secundario. Todos me gritaban: “Ya sabemos, pero esa gente es alemana”, como si la nacionalidad les adjudicara una abundancia que a mí me constaba que no poseían. Tuve que esperar muchos años, más de quince, para viajar por primera vez a Europa, en avión y sin cargar con la comida.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/08/sociedad/s-01120556.htm
Es como si el mundo se detuviera hasta Reyes. Sólo entonces, junto con las sobras de la heladera, nos deshacemos de las expectativas festivas para volver a la rutina.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Los primeros días del año traen una especie de bonus track. Nada empieza realmente hasta después de Reyes, y esos seis días son una cámara neutra antes de que se desvanezcan las expectativas y vuelva la rutina. Después del 6 de enero, como si despertaran, las cosas comienzan a moverse al ritmo de siempre. Las resoluciones de fin de año muestran su tenaz carácter de ideal inalcanzable, ya que el paso del 31 de diciembre al 1º de enero desgraciadamente no nos ha transformado.
Es tiempo de cambiar los regalos que no nos gustan, los libros o los CD repetidos, mirar las fotos sacadas con flash, esos pómulos brillantes bajo los ojos endurecidos por el fogonazo, esas sonrisas extranjeras en las caras que nunca sonríen así salvo en las fotos. Que, de todos modos, no muestran una escena completamente falsa porque, por suerte, la noche del 31 no nos peleamos con nadie, ni explotaron los rencores desvanecidos que, muchas veces, se destapan casi al unísono con la sidra.
La heladera es un museo de miniaturas enfriadas, endurecidas, que recorren el primer tramo de su proceso de descomposición. Allí todo lo que sobrevivió a los festejos desde Navidad a Año Nuevo, atenuados los colores y las texturas, está reducido a bocaditos o a medias porciones. Los platos de postre ofrecen una sintaxis de tarta, endivias marchitas, frutas secas, queso de cabra, pata de pollo y arrollado de bizcochuelo; el tomate relleno compite con la porción de ensalada rusa que ha comenzado a ennegrecerse y que se come esta noche o nunca. Amenazantes, ya que pueden convertirse en la causa de una intoxicación, los camarones con salsa golf piden que se los tire a la basura. Restos de vino, champán o sidra que han perdido sus burbujas, incluso media jarra de clericó o sangría donde los trozos de durazno flotan oscurecidos o se deshacen en filamentos, se alinean sobre la mesada, junto a una bolsa de pancitos saborizados, que habrá que comer tostado durante varios días, y usar esas servilletas de papel, decoradas con muérdago y globos rojos que, a medida que se alejan las fiestas, se vuelven cada vez más ridículas.
Cuando se examinan todas esas piezas del museo dedicado a las fiestas de fin de año, se reconoce que los sobrantes sólo pueden producirse en una economía hogareña de relativa abundancia, pero no de riqueza. La fantasía es que, en casa de los ricos, los sobrantes se evaporan y nadie está condenado a hacer croquetas de tarta de cebolla y escabeche de pescado, o pasar por la tarea ingrata de meterlos en una bolsa y tirarlos a la basura. En una novela sentimental inglesa del siglo XIX, las niñas de la casa habrían salido a repartirlos entre los pobres, algo tan humillante para ellas como para quienes los recibían, de todas maneras, agradecidos. A pocos se les ocurre la idea, que también se leía en una novela para adolescentes, esta vez norteamericana, donde cuatro hermanas sacrificaban sus regalos de Navidad y compraban comida para los pobres. La novela es Mujercitas y no creo que haya servido de modelo a sus miles de lectores, por lo menos en la Argentina.
Sin esa relativa abundancia que produce el sobrante no hay fiestas, porque el pequeño dispendio es signo de la excepcionalidad de estos días. La sensación de corte entre año nuevo y año viejo es más acentuada en los países del hemisferio sur donde sucede en los meses de verano y, para algunas profesiones, así como para todos los estudiantes, de vacaciones. Las ciudades están un poco más vacías, todo transcurre de modo un poco más silencioso en enero y estos primeros días, son los más vacíos y los más silenciosos. En el hemisferio Norte, aunque la furia consumidora alcanza intensidades que convierten a un shopping argentino en un club de ahorristas, el corte parece menos nítido, porque cae en el medio del año de trabajo. La abundancia hace que no se prescinda de una semana de vacaciones, pero las largas vacaciones, el calor, el fin de un período suceden en julio. De algún modo, en el hemisferio Norte, tienen una especie de doble fin de año. Hasta de esa ventaja disfrutan los países ricos.
Según la tradición familiar, el arbolito y el pesebre se armaban con más entusiasmo que medios... Valía todo: hasta nieve de algodón y cocodrilos de plástico en el nacimiento.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El año pasado, un vecino, cuyo departamento está a la misma altura que el mío, calle de por medio, armó su altar navideño en el balcón. Desde la baranda, y también formando un techo inclinado hacia la ventana de su living, colgó centenares de lamparitas de colores que se encendían y se apagaban con una intermitencia exasperante, desde el atardecer hasta el primer sol del día siguiente. Si alguien se sentaba en el balcón, de mi lado de la calle, debía estar dispuesto a renunciar a que la oscuridad acompañara la noche de verano, ya que las guirnaldas luminosas y palpitantes despedían rayos de colores a la altura de sus ojos. Quien realizó la instalación seguramente admiraba ese efecto, porque para lograrlo había anulado el uso de su propio balcón. El sacrificio era recompensado por la espectacularidad indiscreta del artefacto luminoso al que otros deseaban ver apagado, aunque sólo fuera durante algunas horas piadosas. Todo el altar eléctrico me recuerda algunas de las decoraciones que los chicos, hace varias décadas, preparábamos para las fiestas. En comedores donde la mesa se arrinconaba frente al aparador y las paredes exhibían algunos cuadros de paisajes, se elegía un rincón, que debía ser previamente despejado de la silla que lo ocupaba habitualmente, para el pesebre, sobre el cual, en vertical (o sea que no requería más espacio) vigilaba el árbol decorado.
Cada vez que se pasaba por ese ángulo de la mesa, el pesebre corría el riesgo de recibir un pisotón que hiciera trizas el lago armado con un espejo, representando un frescor acuático inverosímil en la zona donde había nacido el niño dios que estaba metido debajo del techo de un establo diminuto, donde el bebé parecía gigantesco, sus padres, enanos, y la vaca que lo miraba, un tributo de la generosa pampa ganadera a la tierra palestina. Al pesebre podía agregarse cualquier aporte en figuras animales o humanas: cocodrilos o patos, figuritas de plástico y, sobre todo, algo barato: nieve representada por pedacitos de algodón. La regla era no superar el espacio asignado, pero dentro de él reinaba la imaginación y la síntesis de todas las geografías. El pesebre era ecuménico, como el de los pintores del Renacimiento.
El árbol de navidad dependía de lo que no se hubiera roto el año anterior. A lo largo de mi infancia, vi cómo disminuía el número de globos metalizados y raleaban los brillos de las estrellas y guirnaldas que envejecían al mismo ritmo en que los chicos crecíamos. Siempre se compraba algo nuevo, pero sin la esperanza de que el árbol llegara a cubrirse tal como lo mostraban las ilustraciones de los libros o las películas norteamericanas.
También se fabricaban algunos adornos caseros, marcados por ese mal gusto conmovedor que acompaña casi siempre a las manualidades. La noche del 24 reclamaba una decoración que debía extenderse desde la entrada hasta el comedor. Tendíamos a solucionarla con guirnaldas de papel crepé, y con cadenas cuyos eslabones provenían de las tapas satinadas de las revistas de historietas o los figurines. Todo pertenecía a la improvisada artesanía hogareña y el único cuidado que había que tener era no descascarar la pintura cuando se clavaban las guirnaldas a las paredes. Nadie estaba completamente contento con el efecto, pero, al mismo tiempo, se sentía el orgullo de haber armado la decoración; algo así como empeñarse en amasar pan dulce casero, cuando el de la confitería era mucho más rico.
Hubiera sido posible comprar dos docenas de globos metalizados o una guirnalda de luces intermitentes, pero un acuerdo tácito volvía aceptables las velitas que se adosaban al árbol con unas pinzas diminutas y jamás se encendían. Un compromiso tácito establecía que lo que se ahorraba en adornos podía invertirse en regalos cuya distribución se difería hasta Reyes. La evocación no pertenece al festejo de una familia pobre. Se inscribe, en cambio, en un horizonte cultural donde el capricho estaba sometido a una especie
de disciplina. No se trata de un imposible modelo sino, simplemente, de una reconstrucción histórica.
http://www.clarin.com/diario/2005/12/24/sociedad/s-01113125.htm
Escuchimizado, jacarandoso, comme il faut... ¿quién sigue empleando estas expresiones? ¿Dónde van las palabras que dejan de usarse?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Tres expresiones casi en desuso trazaban, hace medio siglo, el arco que va entre lo triste y enclenque a lo expansivo y jovial, pasando por el centro mismo de lo adecuado a las circunstancias: escuchimizado, comme il faut, jacarandoso. La trilogía ha desaparecido, especialmente el primer adjetivo y el último, mientras que comme il faut (del francés: como se debe, tal como debe ser) sólo es usada por afectación o como síntoma de edad avanzada. Durante años creí que comme il faut, pronunciada comilfó, era una sola palabra que significaba elegante, ya que siempre la escuchaba asociada a un vestido, a un conjunto para salir o a un par de zapatos. Incluso se decía: “Muy comilfó”, lo que acentuaba la idea de que era un adjetivo: salió de paseo muy comilfó, significaba muy emperifollado, otra palabra de la que ya casi no disponemos.
Del boxeador Pascualito Pérez, cuando devino en Tokio campeón mundial de los moscas, alguien podía observar: “Pese a parecer un escuchimizado, le ganó al japonés”. Lo mismo podría decirse en la actualidad de Charly García: pese a ser un escuchimizado, no hay con qué darle cuando se tira de un quinto piso. Sin embargo, “escuchimizado” casi nunca calificaba a alguien que tuviera alguna otra virtud. Indicaba la inferioridad por excelencia, como si fuera un superlativo.
Jacarandoso, en cambio, no dependía de las apariencias corporales. Se podía ser feo y jacarandoso, gordo o flaco, petiso, deforme, jorobado y también jacarandoso; designaba un comportamiento más que un aspecto. Lo jacarandoso era un estado de ánimo optimista, superficial y chispeante, adecuado a la fiesta y a la vida en sociedad. Las personas jacarandosas respondían bien a los chistes y, sobre todo, los contaban; se reían con ganas y se movían con libertad. No se merecía el adjetivo jacarandoso si no se poseía cualidades sociales reconocidas, tendencia a la expansión amistosa, una voz sonora y una buena sonrisa. La ironía, el sarcasmo y la “cachada” no eran propias del jacarandoso.
Aunque mejor era no ser completamente bobalicón, alguien con poca inteligencia podía alcanzar la categoría de jacarandoso. Por ejemplo, Susana Giménez merecería el calificativo, y la televisión le da trabajo a un batallón de personas que, si conocieran el significado, aspirarían al adjetivo jacarandoso. Comme il faut viene de la lengua extranjera más prestigiosa en las primeras décadas del siglo XX, el francés. Seguramente, su uso se difundió de arriba hacia abajo, desde la elites sociales hasta las capas medias con pretensiones.
Decir comme il faut era precisamente, aunque no de manera consciente, un acto comme il faut: o sea, apropiado y distinguido. Quien juzgaba que algo era comme il faut, también podía aspirar a ser designado con esa expresión. Para poder dictaminar que una persona, un vestido, una conducta eran comme il faut, había que poseer una autoridad social sostenida por el buen gusto. La expresión era, antes que nada, una marca de categoría, aunque quien la usara ya no tuviera conciencia de esto. Comme il faut indicaba un momento del castellano en el que se percibía claramente la diferenciación de clase. La televisión aún no había llegado para imponer su sopa universal que ha convertido el castellano en un esperanto igualador.
¿Dónde van las palabras que dejan de usarse? Bondi tuvo un regreso triunfal. Para un joven de los años cincuenta era levemente arcaico. Hoy es la palabra adecuada, que logró perforar la tapa del depósito de las palabras viejas. Por eso, es imposible decir que una desaparición es definitiva, aunque no apostaría demasiado al regreso de “escuchimizado” o “jacarandoso” ya que nunca fueron indiscutiblemente populares, sino rasgos de originalidad y de variación lingüística. Esas palabras desaparecidas quizá permitieran una lengua un poco menos previsible y repetitiva. Aunque no estoy segura porque es común pensar que la lengua presente es inferior a la lengua pasada. Y eso, desde que los que hablan peor comenzaron a ser escuchados, cosa que antes no sucedía con frecuencia.
http://www.clarin.com/diario/2005/12/18/sociedad/s-01109602.htm
Unos versos criollos recogidos por Borges. Un adjetivo insólito que emplea una viejita del campo. Cuando lo inesperado se cuela en el lenguaje para dotarlo de gracia.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Cuando era joven, Borges transcribió algunos versos populares criollos que le gustaron por el sin sentido que trasmitían. Por ejemplo:
Señores, escuchenmén:
Tuve una vez un potrillo
que de un lao era rosillo
y del otro lao, también.
***
Orillas de un arroyito,
vide dos toro bebiendo.
Uno era coloradito
y el otro salió corriendo.
Las estrofas producen regocijo. Alguien, un payador desconocido, cambió de manera inesperada lo que
podría haber sido sencillamente una tontería criollista, que sin duda nunca hubiera llamado la atención de Borges. En las dos estrofas, el último verso no corresponde a lo que el lector espera de los tres anteriores. Y esa defrau dación de las expectativas produce un desencuentro divertido. Lo poético de las estrofas citadas por Borges está en el cómico engaño del sentido común, porque al escuchar el comienzo tendemos a esperar un final tan banal como los primeros versos. Sin embargo, las estrofas se salvan porque el payador que las inventó, o las recogió de quién sabe dónde, hace una gambeta y propone un remate que, a diferencia de lo que habitualmente se considera un buen final , no concluye. Pero las estrofas serían un completo fracaso sin ese remate que, en cambio, las convierte en absurdas. El absurdo es tan poético como el énfasis o la emoción. Para Borges, la ironía criolla se muestra justamente en esta ausencia de grandes ademanes.
Voy a otro ejemplo, que viene de la misma cultura de donde tomó Borges sus estrofas.
“Hace un calor eclesiástico”, dije cuando el termómetro llegó a los treinta grados. Inmediatamente me sorprendí por la naturalidad con que había usado una expresión escuchada en el campo, hace muchos años, en boca de una señora que seguramente había nacido hacia 1880 y para quien la palabra “eclesiástico” designaba lo más extremo que podía alcanzarse como cualidad o estado. Decía: tormenta eclesiástica, y también accidente o favor o regalo eclesiástico. La palabra había perdido para ella su significado original y significaba, lisa y llanamente, lo que hoy se nombra como “lo más”. La señora había
inventado ese uso, que nunca encontré de nuevo, excepto cuando yo misma, en una especie de regresión
lingüística hacia la infancia, me escucho afirmando, a veces ante algún interlocutor asombrado: “La humedad es eclesiástica”.
Lo que evidentemente me atrajo la primera vez fue la originalidad del acople entre cualquier sustantivo y el adjetivo eclesiástico . Sin darme cuenta, lo que me gustaba era el carácter poético e innovador de la equivocación de aquella viejita del campo. Por supuesto, ella quería decir “extraordinario”, pero buscaba un modo que acentuara justamente la excepcionalidad o la calidad del suceso. Y lo que le parecía insuperable en su magnitud y poder era la institución eclesiástica, representada por un duro cura español que estaba al frente de la iglesia del pueblo. La viejita (o quizás no fuera ella la inventora, sino alguien de quien lo copió, como yo lo tomo de ella) colocaba a la iglesia en el punto más alto, hiperbólico, de un arco de valoraciones.
La expresión es poética porque los sentidos del adjetivo eclesiástico se trasladan a palabras sobre las que no caen habitualmente. Para la viejita, que había usado la expresión toda su vida, eso no tenía ninguna novedad. Para mí, cuando la escuché por primera vez, fue un pequeño destello, que primero me pareció ridículo y luego sencillamente exacto. La pesadez y el poderío de lo eclesiástico califica bien a esa temperatura que no deja levantar cabeza y exige la obediencia de los cuerpos agobiados. Como quien dice: el calor se impone por su autoridad superior.
http://www.clarin.com/diario/2005/12/11/sociedad/s-01105758.htm
Un pesado tomo de la Real Academia Española cambió para siempre la relación de un chico de siete años con el misterio de las palabras.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Cuando cumplió siete años, el padre le hizo un regalo decepcionante: el diccionario de la Real Academia Española. Era un solo tomo, ni siquiera nuevo sino comprado de segunda mano, con una encuadernación en cuero y pasta, que había sido elegante pero que mostraba su deteriorada vejez. A diferencia de algunas enciclopedias en dos o tres tomos, el diccionario ni siquiera venía con una bibliotequita, de esas que se apoyaban sobre un mueble y pasaban a formar parte de la decoración de una casa no muy próspera. Tampoco tenía dibujos, ni mapas, ni láminas en colores. Era un volumen pesado e inerte, puro texto en letra muy chica. Como se trataba del diccionario de la Real Academia las definiciones eran casi tan poco asequibles como las palabras buscadas, si se toma en cuenta que debía usarlo un chico de vocabulario
porteño y elemental. Por su tamaño, era difícil de manejar.
A partir de la llegada del diccionario se acabó una relación espontánea y exploratoria con la lengua. Antes del diccionario el chico usaba palabras de las que desconocía casi todo, pero las embutía en una frase simplemente por el placer de ver cómo funcionaban allí, probando la extensión y la permisividad del lenguaje. Pero, desde la llegada del diccionario, esa libertad cimarrona tocó su fin, porque había en el comedor de la casa, sobre la tapa de mármol del aparador, entre los dos cristaleros, un depósito de la verdadera lengua, al que había que recurrir evitando todos los agradables tanteos anteriores que llevaban de una palabra a la otra, por caminos insospechados.
Durante las comidas, era frecuente que el padre, decidido a que la Real Academia no cediera ni un palmo de territorio frente al chico, que de todos modos ya estaba en franco retroceso, acostumbraba a pedirle que buscara en el diccionario alguna palabra en cuyo uso había demostrado inseguridad o incorrección. El chico se levantaba y leía en voz alta lo que encontraba en el diccionario. Pero pensaba que, pese a esa ristra de expresiones españolas que no le resultaban simpáticas, había alguna verdad en el significado que él tribuía
a la palabra que acaba de usar sin la tutela del diccionario. Otras veces, era el padre quien vacilaba ante una palabra, o fingía que vacilaba para que el chico corroborara que, finalmente, el padre no había estado muy lejos de la verdad escrita en el diccionario. Lo más grave era que la búsqueda no terminaba nunca en la primera palabra, porque siempre su definición incluía otras palabras desconocidas, que había que buscar, y así sucesivamente hasta que todos terminaban hartos. Por otra parte, el diccionario que, como se dijo, era viejo, no incluía las nuevas palabras, los americanismos y localismos que la Real Academia había ido aceptando, aunque en aquella época el proceso de incorporación fuera bastante más lento que hoy, cuando la Academia incorpora prácticamente todo lo que se habla en América. El chico no podía saber que el diccionario cambiaba con el paso del tiempo y las sucesivas ediciones, así que no encontrar una palabra
o no entender el significado de alguna otra le parecían hechos definitivos que había que aceptar desde ese momento y para toda la vida.
Al chico lo que más le molestaba del diccionario era su sequedad. Por supuesto, de todas las malas palabras que había buscado por su cuenta había encontrado definiciones decepcionantes (una puta era, por ejemplo, una buscona) o no figuraban con esos significados que, en su lengua, estaban abiertamente vinculados con la sexualidad. Los nombres de plantas y animales sólo ofrecían explicaciones cuyo léxico zoológico o botánico las volvía incomprensibles: peciolado, pentadáctilo y sonoros juegos silábicos por el
estilo. Como diccionario de sinónimos el chico pudo comprobar, años más tarde, que era inusable: ninguna palabra repetida en una composición escolar podía reemplazarse sensatamente por la que ofrecía el diccionario. Sin embargo, la Real Academia siguió siendo un principio de autoridad para su padre que nunca reconoció que una enciclopedia hubiera sido preferible.
http://www.clarin.com/diario/2005/12/04/sociedad/s-01101387.htm
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace cincuenta años, las maestras vivían obsesionadas por extirpar de sus alumnos algunas fallas gramaticales o fonéticas. La bestia negra era “ir del médico” o “ir de Luisa”, en lugar de “ir al médico” o “ir a lo de Luisa”. La otra plaga era tragarse la c en palabras como “dictado”, y también prescindir de la s final. Detrás de la tenacidad con que la escuela luchaba contra estos errores estaba no sólo un ideal de lenguaje, sino algo más. En efecto, se los imputaba, todavía, a la lengua de los inmigrantes italianos, que llegaron a la Argentina desde finales del siglo XIX. Ellos hablaban sus dialectos y trasladaban al español lo que se convertía de inmediato en un defecto que traicionaba no sólo la extranjería sino el origen de clase. Decir “ir del médico” era un vulgarismo, anudado con la vulgaridad cultural atribuida a la inmigración. Uno de mis tíos, un poco loco, murió dejando inacabada su gramática, con la que había querido corregir el castellano italianizado de gente que, como él, descendía de italianos.
Hoy las maestras no se desvelan con estos rasgos, porque surgieron otros motivos de queja por el lenguaje. Pero hace cincuenta años se podía oír que alguien, para referirse a una gramática incorrecta, dijera “habla cocoliche como un italiano”.
Más arriba en la escala de equivocaciones estaba la que convertía en víctima al adverbio, sobre el que nunca se repetía suficientemente que no tiene ni género ni número. La frase “la botella está media vacía” causaba conmociones en mi propia casa, donde los adultos tenían el reflejo de corregirla no bien salía de la boca de uno de los chicos. Y un grado aún más arriba en el ascenso religioso hacia la perfección del lenguaje figuraba el uso incorrecto de los verbos: “si habría sabido eso, le habría dicho”, en lugar del impecable “si hubiera sabido eso, le habría dicho”. Padres y madres de clase media, que se consideraban letrados, encaraban campañas contra la nefasta costumbre que inducía a usar “habría” en lugar de “hubiera”, provocando el simétrico error de decir “yo hubiera ido al cine, si hubiera tenido plata”, en lugar del correcto “yo habría ido al cine, si hubiera tenido plata”.
Lo mismo pasó en los últimos años con el “de que”. El resultado no deseado del combate contra “pienso de que”, ha sido que ahora se escucha con frecuencia “dudo que”, en lugar de “dudo de que”, realizando un abusivo acto de ultracorrección consistente en juzgar, de modo equivocado, que todo “de que” debe desterrarse. En los manuales figura un divertido ejemplo de ultracorrección, detectado en el campo chileno, donde se decía “corredo” en lugar de correo, porque se seguía el mismo camino señalado por la escuela para decir “regalado” o “amontonado” en lugar de “regalao” y “amontonao” (terminación que los latinoamericanos compartimos con los andaluces). Y hablando de ultracorrección, también en las primeras décadas del siglo XX se diagnosticó que los hijos de inmigrantes exageraban la pronunciación de la x en palabras como “expreso”. Esa exageración denunciaba la conciencia de que se la pronunciaba mal en palabras como “examen”, y suscitaba la burla de gente que se imaginaba a sí misma como modelo lingüístico. “Decí espreso, como si no hubiera x”, aconsejaban las tías distinguidas para que sus sobrinos no parecieran salidos de familias de origen italiano. No hay que olvidar que el prejuicio contra los inmigrantes fue un largo capítulo de la historia de la cultura argentina.
Por supuesto, hoy estas viejas críticas a la lengua hablada parecen pequeñas porcelanas de un intrascendente museo de miniaturas. El prejuicio contra la inmigración italiana se ha desvanecido; reconocemos que somos todos bisnietos de inmigrantes: los millonarios tienen un padre que denota el origen extranjero o un abuelo que fue dueño de un almacén próspero en el medio de la pampa gringa. La clase alta habla tan mal como las capas medias, los chicos que van al colegio en San Isidro tienen un vocabulario tan aburrido y precario como los de Soldati. Y todo el mundo imita la televisión.
http://www.clarin.com/diario/2005/11/27/sociedad/s-01097035.htm
A las 10 AM, recién abierto, el shopping es un mundo de fantasmas a punto de cobrar vida. Acaso una viejita mendiga sea uno de los pocos rasgos de humanidad disponibles.
Por Beatriz Sarlo.
bsarlo@clarin.com
Fui al shopping-center, a las diez de la mañana, cuando recién abría, para comprar dos libros rápido, como quien entra a la panadería antes del desayuno. Buscaba libros bastante comunes y di por descontado que los encontraría allí. Nada hay más irreal que un shopping a esa hora, cuando su escenografía está dispuesta como en un teatro desierto y todavía falta un rato para el comienzo de la función. Las cosas y las personas están a la espera de algo que va a suceder más tarde. La luz ilumina a pleno porque nada intercepta las direcciones de los focos, no hay sombras ni reflejos de paseantes, no hay movimientos que hagan virar los colores. Todo se destaca con una nitidez imperiosa y se ofrece a la vista un mundo deshabitado, como si se tratara de una porción de ciudad después de una catástrofe que hubiera dejado intactos los edificios pero hecho desaparecer a los humanos, excepto a los que se mueven silenciosamente pre parando el renacimiento de la especie que sucederá poco después.
La acumulación de pequeños objetos en los kioscos que venden canastitas, velas, carpetitas y almohadones, esencias y sahumerios, patos de madera y loros colgantes, tiene una especie de orden absurdo que define un conjunto ilógico, pero al mismo tiempo perfectamente disciplinado, de miniaturas inútiles. Poco más tarde, cuando los clientes, pese a los carteles que solicitan lo contrario, empiecen a desacomodarlos y los tomen en sus manos para olerlos o evaluarlos, esos objetos perderán la rigidez de su formación anterior y comenzarán a mezclarse pese a la incesante e inútil tarea de reordenarlos de la que son responsables sus vendedores. Pero, por el momento, los kioscos parecen tallados en una sola pieza y sus objetos dan la impresión de estar soldados unos a otros como si fueran grandes pesebres cursis.
Las vitrinas de los negocios de ropa, a través de las que se ve el interior, no están interrumpidas por las ondulaciones que los clientes provocarán cuando examinen los percheros de los que irán sacando las prendas para acercárselas y alejárselas de los ojos. Esos negocios son ahora depósitos de lujo, iluminados con una luz blanca cortada por foquitos azules o rosados. Lo que más impresiona es la diafanidad de la gigantesca pecera deshabitada, cuyos contornos son nítidos y duros, esmaltados. La sensación no es simplemente de abundancia ordenada sino de irrealidad escenográfica. Algo falta, algo que comenzará a suceder dentro de poco, para que en el shopping el movimiento de las personas perturbe la inmovilidad de las cosas. El olor a shopping , ese vaho donde se mezcla el desodorante de piso y las esencias tiene una especie de nota a recién vaporizado.
Sin embargo, en medio de esa atmósfera radiante, donde predominan los colores claros y las luces inmóviles, algo no pertenece al sistema. Al costado de uno de los kioscos, sobre un banco de madera, una viejita mendiga está sentada y se dedica a arreglar sus pertenencias. Chiquita, prolija, y toda vestida de marrón, con la cara ya muy tostada por el sol de la primavera bajo el cual va a pedir limosna todo el día, la vieja realiza esa serie de operaciones repetidas que, por una parte, indican la atención con que se ordena lo poco que se posee y, por la otra, el cuidado obsesivo de quien sabe que, si no guarda todo muy bien, puede llegar a perder una pieza de su propiedad móvil. De una canasta apoyada en el banco y unas bolsas de plástico va sacando ropa: la desdobla, la vuelve a doblar y la transfiere de un recipiente a otro. Está completamente absorta y, aunque debería chocar contra el ambiente apastelado del shopping, queda asimilada a la madera del banco, como si fuera una de esas esculturas realistas de bronce que, en muchas ciudades, se colocan en los paseos públicos no se sabe bien con qué objeto: hombres de gorra leyendo el diario o mujeres que tejen.
Conozco a la viejita desde hace tiempo, pero es la primera vez que la veo en el shopping. Es obvio que le permiten usar los baños y quedarse allí hasta que la escenografía comience a recibir a sus actores acostumbrados.
http://www.clarin.com/diario/2005/11/20/sociedad/s-01092828.htm
La cultura no es un espacio deshabitado, ni el presente un tiempo de decadencia intelectual. Aunque la televisión haya extendido estos prejuicios.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Un amigo escritor me cuenta que el otro día, por la calle, una señora le preguntó si él era efectivamente él, le dio un beso, lo tomó del brazo y le dijo: “Que suerte que está usted, porque ya quedan pocos”. Mi amigo miró a la señora, que tenía más o menos su misma edad, le agradeció y estuvo a punto de preguntarle por qué decía que quedaban tan pocos; y, además, en todo caso ¿tan pocos qué? Como sea, le pareció que era ponerla en un compromiso o en la obligación de volver a felicitarlo por algún motivo del que él no era del todo consciente y la señora no podía expresar con más nitidez. Además la pregunta ¿tan pocos qué? Quizá no tuviera respuesta, porque mi amigo pensaba que, en lo que a él se refería, la señora carecía también de una caracterización más o menos precisa: ¿persona vista en la televisión, en el diario, en la tapa de un libro? ¿novelista o periodista?, o peor todavía ¿opinólogo?
Mi amigo eligió el camino más cortés: agradecer y tomarse el colectivo que acababa de detenerse en esa esquina. Sin embargo, como pudo sentarse, el tránsito estaba fluido y no tenía nada para leer, siguió pensando en la señora. Lo intrigaba la seguridad con que ella había diagnosticado una especie de extinción futura de la especie en la que había clasificado a mi amigo, fuera esa especie la que fuera. Más que elogiarlo, la señora le había transmitido la idea de un ineluctable empobrecimiento, de un campo que se estaba raleando. La observación tenía un sentido melancólico, algo así como “las cosas ya no son como antes”. Las palabras de la señora se encuadraban en un tópico conocido: todo tiempo pasado fue mejor.
Mi amigo refiere que, en ese momento, se hubiera bajado del colectivo para buscar a la señora y decirle que él no estaba de acuerdo. De inmediato se dio cuenta de que era una insensatez. La señora no precisaba una lección de historia de la literatura argentina o de la esfera pública y sus protagonistas. La
simpatía y la buena voluntad no merecen como respuesta un acto pedante. Le digo a mi amigo que había hecho bien en no retroceder para buscar a la señora, a quien de todas formas no habría encontrado; incluso peor, si la hubiera encontrado, el diálogo habría sido singularmente incómodo y la señora, por cierto, no se merecía que la arrastraran hacia una escena intelectualmente incómoda.
Convenimos con mi amigo en que la melancolía es un sentimiento irritante cuando no se lo comparte. Tanto él como yo tenemos la certeza de que no sólo no “quedan pocos”, sino que, por el contrario, hay muchos. Mi amigo menciona dos docenas de nombres (que, en cualquier parte del mundo, son un número respetable) y yo podría agregar otros de los que él se olvida. A la señora algunos de esos nombres, quizás la mayoría, le sonarían desconocidos o sólo vagamente familiares, lo cual no habla de esos “muchos”, sino
de una debilidad implacable de la atención, una debilidad producida porque, después de una cierta edad, no se busca ya lo nuevo que pueda aparecer sino la repetición de lo que se conoce. Y en esta búsqueda de lo siempre igual los medios, escritos y audiovisuales, cumplen su trabajo implacable. Pero hay, además, una especie de convencimiento (contra el que nos rebelamos mi amigo y yo) de que el presente es un momento de decadencia. Personas que aceptan la calesita imparable de la renovación del show-business
televisivo, donde cualquier cosa nueva reemplaza de modo fatal a la anterior y sólo algunas figuras logran anclarse como excepción, esas mismas personas, para quienes nunca hay poco de nuevo en ese aspecto, consideran de mejor calibre moral pensar la cultura como un espacio donde “ya quedan pocos”, lo cual les alivia el trabajo de reconocer lo más o menos nuevo, de volver a trazar un mapa, y de modificar sus convicciones y sus gustos. A esta altura de la conversación, mi amigo comienza a enojarse y me dice: “Tendría que haberle dicho que apagara la televisión y fuera a una librería una hora diaria, como quien va al gimnasio. Mover las tabas siempre cura la melancolía”.
http://www.clarin.com/diario/2005/11/13/sociedad/s-01088753.htm
El teléfono, la radio, la computadora fueron verdaderas revoluciones de lo cotidiano. Pero, ¿qué cambio radical trajo la invención del celular?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
La llegada de la computadora fue un cambio sólo comparable con los comienzos del teléfono y la radio, o sea, más allá de sus diferencias técnicas, la comunicación a distancia de música y de voces. La televisión ofreció un completamiento espectacular de lo que la radio ya prometía.
La computadora fue algo parecido. Se sabía que en los institutos de investigación y las grandes empresas trabajaban con desmesurados aparatos tan multifuncionales como inaccesibles. Sin embargo, casi de repente, la computadora se miniaturizó. En 1988 escribí el primer libro completo en computadora y todo lo que, hasta ese momento, había exigido semana tras semana de corrección y pasado en limpio, numeración de notas, armado de listas y bibliografías, se volvió una actividad que casi no requería esfuerzo. En el instituto donde yo trabajaba, dos mujeres y un hombre fuimos los únicos que quisimos apren der inmediatamente a utilizar la máquina. Una de las mujeres estaba obligada a hacerlo, porque de ello dependía su empleo; en mi caso, la computadora no fue una amenaza de desocupación, sino una especie de regalo que la tecnología depositaba sobre mi escritorio.
A no dudarlo, desde que aprendí a escribir a los seis años, la computadora fue mi nueva gran experiencia en la técnica de registrar y conservar textos. No hubo otra igual. El correo electrónico no se le acerca porque, con una semana de plazo, el correo sobre papel puede cumplir aproximadamente sus mismas funciones. Podría carecer de correo electrónico y mi vida sólo se volvería un poco más pausada. Internet en
cambio es tan irremplazable como la computadora: aunque para usarla, lo mejor es manejarse muy bien en el mundo de los libros y de los escritos sobre papel. Internet ofrece, y más a personas baqueanas en leer velozmente y en leer bien, una masa de textos que, de otro modo, sería inaccesible por razones, en primer lugar, económicas. Nunca, por ejemplo, podría pagarme la cantidad de diarios argentinos y extranjeros, de revistas web, que consumo por ocio o necesidad.
Ahora bien, sólo una vez en todos estos años utilicé un teléfono celular. Estaba en el entierro de un dirigente político en un cementerio del Gran Buenos Aires, y debí avisar que no llegaría a dar una clase a la hora convenida. Sólo en esa oportunidad no hubo otro medio al alcance de la mano. De no haber aceptado
el ofrecimiento de un celular, tampoco hubiera sucedido ninguna catástrofe. Ni antes ni después necesité uno y creo estar perfectamente conectada. Sin embargo hay otros usos. Después del atentado en la estación madrileña de Atocha, los mensajes de texto enviados por celular fueron un elemento importante de la movilización de los jóvenes. Y hoy las noticias informan que los inmigrantes, capturados en Ceuta y Melilla y devueltos a Marruecos, se comunican con celulares cuyas baterías han sido reemplazadas por una ristra de pilas. Su vida depende de ese nexo frágil, ya que son traslados por el desierto, sin agua ni comida, o se ocultan en bosques cuya localización es preciso trasmitir a las organizaciones de ayuda. Una amiga brasileña, cronista de O Globo , me cuenta que la mujer que limpia su casa llama a la villa donde vive para controlar si su hija está bien guarecida cuando, por televisión, se entera de que ha empezado un tiroteo entre narcotraficantes. Tanto ella como su hija dependen del celular. Pero, para quienes no viven bajo estas
condiciones extremas, el celular replica un servicio que ya existe. Es el clon móvil del teléfono. Persiguiendo una diferencia (que es el motor del mercado), las empresas le agregan un poco de todo: cámaras de fotos, jueguitos, música, concursos, servicios de noticias, mensajes de texto y de voz y, por supuesto, los ringtones . El otro día, un vagón entero de subterráneo fue despertado del sopor por una música a todo volumen. La chica de donde provenía ese ruido desajustado debía de ser sorda, porque lo dejó sonar unos segundos, para atenderlo finalmente a los gritos, con la cara beatífica de quien recibe una llamada desde el séptimo cielo.
http://www.clarin.com/diario/2005/11/06/sociedad/s-01084535.htm
La ciudad esconde los trabajos de construcción detrás de paneles y cercos. ¿Y si los edificios se levantaran como un espectáculo a la vista de todos?
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Un amigo mío, que vive en Chile y enseña historia de la arquitectura, tiene la idea de que los edificios en construcción, en lugar de molestar el paso de la gente y del transporte, deberían convertirse en máquinas visibles que muestren a todos la forma en que están produciendo un nuevo objeto en la ciudad. Mi amigo cree que, así como es interesante visitar una fábrica, sería instructivo que, junto a los obstáculos que la edificación levanta de manera temporaria, ofreciera el secreto de sus procedimientos. De ese modo lo que es simplemente una molestia se convertiría en un espectáculo. También sostiene que las cuestiones de seguridad, como la caída de media tonelada de cemento sobre una jubilada y sus nietos, podrían ser perfectamente solucionadas. La ciudad se mostraría así en su perpetuo hacerse y deshacerse, en lugar de ocultar esa dinámica detrás de cercos que incomodan y, además, son feos e inertes. No sé si la idea de mi amigo es practicable, pero estoy segura de que es interesante. Una experiencia realizada a lo largo de los últimos meses confirma la curiosidad suscitada por los vallados que ocultaron una gran obra en construcción y funcionaron como un telón detrás del que yo y probablemente muchos otros adivinamos que
tenía lugar una actividad llena de frenesí y suspenso, de progreso y de enervantes detenciones, de planificación racional y de azar. Cuando la obra, vulgar desde el punto de vista de su arquitectura pero seguramente cargada de complicaciones técnicas, estuvo cerca de su fin, una tarde de sábado, se estacionaron frente a ella dos grúas de más de ocho pisos de altura. Su misión era colocar y ajustar sobre el frente del edificio las marquesinas, las luces y los logotipos gigantescos que iban a darle su identidad comercial final. Curiosamente, las dos grúas se parecían a los juguetes que, a su vez, las imitan: o sea que su tamaño y la nitidez de su amarillo prometían una diversión que el barrio siguió desde la mañana hasta
las diez de la noche.
Lo que hicieron las grúas fue sin duda uno de los momentos de culminación espectacular en la construcción del gran edificio. El banal y poco refinado complejo de salas y servicios para el tiempo libre había sido, durante meses, un fascinante enigma de técnicas constructivas que se mantuvieron escondidas hasta el momento en que la fachada fue cubierta por los paneles con un nombre y un logotipo. Seguramente, mientras estuvo tapiado por el cerco de madera que ocultaba el trabajo, pasaron cosas tan atractivas como las de ese sábado a la tarde. Todos los días yo espiaba, sin poder ver mucho, a través de las rendijas entre las lisas tablas que cumplían la función de aislar la construcción de la calle y también de volverla misteriosa, aunque sus efectos (ruidos, barro, cortes de tránsito) fueran experimentados por todos. No era sólo la curiosidad de alguien ajeno a la técnica.
La ciudad, excepto que se encamine hacia su desaparición, no se detiene. Según la teoría de mi amigo, esa dinámica continuada, llena de errores, correcciones y también de aciertos, debería mostrarse en su acontecer técnico y en su intensa dimensión de trabajo humano: como algunos restaurantes finos que tienen la cocina a la vista, o como los viejos artesanos, que ya casi no existen, que trabajaban detrás del mostrador y se comunicaban, sin soltar sus herramientas, con sus eventuales visitantes. Esto acabaría con la idea de que el edificio se muestra recién cuando está completo, como si una intervención de cuarenta metros de frente y veinte de altura debiera esperar el momento de ser desvelada, según el modo en que
tradicionalmente se retira el velo de una nueva estatua.
El misterio de la imagen final desaparecería, sin duda, pero el proceso por el que se llega a esa imagen sería infinitamente más instructivo, ya que no se puede garantizar la buena arquitectura de un nuevo edificio pero sí es seguro que se puede mostrar la complejidad de la máquina tecnológica que lo hizo posible. Si la ciudad no puede ser invariablemente bella, puede ser, en cambio, siempre entretenida.
http://www.clarin.com/diario/2005/10/30/sociedad/s-01080378.htm
Clientes y entregadores: cuando la responsabilidad de los adultos en la prostitución infantil sólo se denuncia parcialmente.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Sin clientes no hay prostitución infantil”, dice la leyenda de un afiche del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La semana pasada, en esta columna, se recordaban las fotos de niños obreros, tomadas a fines del siglo XIX y comienzos del XX, para denunciar una explotación ejercida sobre cuerpos indefensos y destruidos por el esfuerzo. El afiche sobre prostitución infantil argentino no presenta, en cambio, una imagen nítida: unos piecitos calzados con sandalias, movidos y fuera de foco; arriba, el torso de un hombre.
Recordé un corto de la televisión alemana sobre el mismo tema. La primera escena mostraba el patio interior de un conjunto habitacional: chicos corriendo, risas en la media tarde.
Desde una ventana, se asoma una mujer adulta para llamar a una niña. Parecía una madre ordenándole a su hija que abandonara el juego y entrara para hacer la tarea de la escuela. En la escena siguiente, esa mujer peina a la niña, frente a un espejo, en una habitación normal de clase media. En una imagen amplia, sin ningún primer plano para la emoción fácil, la niña llora silenciosamente. Su ropa es diferente de la que llevaba en el patio; ahora está disfrazada de niña mala y seductora, con una especie de malla que se le adhiere al torso delgado y una pollerita de frunces.
Dudo que estas imágenes filmadas en Alemania se parezcan a la realidad argentina, donde la situación de miseria debe saltar a la vista. Como sea, tanto en el afiche como en el corto alemán, es inevitable sentir que ha irrumpido lo siniestro. El aviso alemán subrayaba la responsabilidad del adulto entregador. El afiche argentino señala la del cliente de la niña o el niño. Me pregunto si esa diferencia reside en la lógica de la prostitución en Argentina y Alemania o en la forma de definir el problema. Si se focaliza sobre el cliente, se presupone que los niños se deslizan en la prostitución con una intervención mínima o ausente de otros adultos; si se focaliza sobre el adulto entregador, se estaría señalando al primer responsable, aquel que pone la repugnante máquina en movimiento. No sé si quien diseñó el afiche del Gobierno de la Ciudad eligió conscientemente el motivo y la consigna; ignoro si algo hizo que pasara por alto la responsabilidad del entregador, o del adulto que tolera, se beneficia o impulsa la prostitución. Puedo imaginar que el afiche eligió subrayar al cliente con medios materiales para pagar sus perversiones y prescindir del entorno adulto del niño o niña prostituidos, que vive en la miseria, sin reservas materiales suficientes para sostener reservas morales. Si sólo aparece la imagen del niño o niña prostituidos, podría pensarse que se trata de chicos que están fuera de un círculo de adultos que ha dejado tanto de controlarlos como de explotarlos.
Se trataría entonces de chicos que van a la prostitución porque ya están viviendo sueltos, libres de todo
vínculo, y pasan de la mendicidad a la explotación sexual.
Pero si se señala al adulto, como en el aviso alemán, estamos hablando de chicos que son mandados a la prostitución por quienes se benefician con ella. Este caso es más clásico: la niña que vive en un prostíbulo y, cuando llega su hora, se convierte en prostituta, bajo la mirada protectora de su propia madre y de sus amigas que la preparan para la iniciación; o la púber que es entregada por una anciana intermediaria al burgués que la observa con una mirada bonachona, y le levanta la barbilla para descubrir sus ojos avergonzados por lo que sabe que va a ocurrirle. La pintura, el cine y la literatura han representado escenas como éstas. En la literatura la serie se inaugura con la primera entrega, porque ella hace un corte nítido. Lo anterior fue la preparación de la niña prostituta que conocía su destino y lo veía
cada vez más cerca.
En la vida, las cosas son diferentes. Los piecitos con sandalias del afiche hace un rato caminaban hacia un coche para pedir una limosna; ahora se dirigen al umbral que pone la limosna en el pasado: van al encuentro de su cliente.
http://www.clarin.com/diario/2005/10/16/sociedad/s-01071785.htm.
Un chico de diez años se concentra en sus tareas de cartonero. Su desgarradora actitud, la de un adulto en miniatura, remite a imágenes de hace más de un siglo...
Por Beatriz Sarlo.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El chico estaba parado en la vereda, junto a una pila de cartones y miró fijo a quien, saliendo de la casa, pensó que le pedía una limosna. Recibió cinco pesos, suma ínfima aunque suficiente para dos panchos, una bebida y un alfajor. El chico no se movió; aparentemente sin darle importancia, guardó el billete en el bolsillo, y con una voz castigada pero segura preguntó:
“¿Tenés cartones?” La limosna recibida no había roto la concentración en su trabajo. Tendría alrededor de diez años y muchos problemas, pero no el de una atención fluctuante. No había cerca ningún familiar que lo controlara. El chico estaba autocontrolado, como un obrero que sabe que debe responder a un ritmo y a una tasa de producción incluso cuando el capataz no está cerca, porque su trabajo es juzgado según el
promedio de producto final exigible. En este caso, el producto final de su actividad es el primero del circuito de reciclado: cartones. Buenos Aires no recicla basura, como lo hacen las ciudades que piensan en el futuro, pero les entrega a los cartoneros la gestión nocturna de los papeles y este chico ocupaba su lugar sin distracciones.
A diferencia de los chicos que están completamente fuera del mundo, tirados en los andenes o en los umbrales o en los halls de las estaciones, semidormidos, semidrogados, apabullados por el hambre o por un entorpecimiento general del cuerpo que ya ha recibido más castigo del soportable; a diferencia de los chicos que corren por los vagones de los trenes y mantienen conversaciones con los guardas que los conocen; a diferencia de esos chicos que no participan en el circuito del subtrabajo, el pibe que recibió los cinco pesos estaba absorbido por la tarea. Admitía, como cualquier trabajador, que no era momento para festejar la recepción de esos cinco pesos inesperados; tampoco podía dejar el paquete de cartones y caminar hasta un negocio de panchos o de empanadas, como si fuera dueño de su tiempo y pudiera entregarse a la realización de sus deseos inmediatos. Es difícil saber de qué modo los cinco pesos extra se sumarían a lo recaudado esa noche por la venta de cartones: si pasarían a formar parte de un dinero privado del chico, o si ingresarían a la recaudación familiar o grupal.
Lo que estaba claro es que el chico siguió con lo suyo, defraudado porque alguien que parecía bien dispuesto, como la persona que le dio el billete, no tenía un suplemento de cartones que, en ese momento, eran más interesantes o le hubieran ayudado a alcanzar una cuota inesperada en su acopio de desechos reciclables. La inmediatez con que un chico de diez años realiza sus deseos cuando no es cartonero, el carácter imperativo con que los manifiesta cuando pertenece a una familia que no recoge basura para venderla al peso, son rasgos de un estilo que este chico desconocía o, por lo menos, se mostraba decidido a posponer como si fuera una miniatura de adulto, alguien que había madurado por la presión de la necesidad. ¿Cómo piensa un chico de diez años cuando trabaja?
Esa pregunta no era extravagante hace más de un siglo: fotografías conmovedoras muestran chicas hilanderas que accionan telares con bobinas más largas que sus cuerpos, y vagones cargados de chicos tiznados de carbón, a la salida de las minas, con cascos desmesurados para su estatura, cascos casi más anchos que sus hombros: figuras pequeñas horriblemente disfrazadas de obreros, mutantes achaparrados y enclenques, ojos ensombrecidos por la tuberculosis, sonrisas absortas y desvaídas, delantales harapientos y gorras estropeadas. Son impresionantes esas fotos. Hoy encontramos réplicas como esas en la puerta de un edificio de departamentos en cualquier barrio de la ciudad.
Pero volviendo al chico que recibió el billete. Fue muy evidente la ausencia de agradecimiento. Ni siquiera ese mecánico agradecimiento inarticulado que pronuncian los repartidores de estampitas o calcomanías. Nada, ni un palabra, como si el billete fuera un objeto extemporáneo, algo inesperado que no figuraba dentro del elenco de transacciones posibles porque estaba en horario de trabajo.
http://www.clarin.com/diario/2005/10/02/sociedad/s-01015224.htm
No cualquier intento de engaño tiene status de mentira. Ciertas falacias son socialmente aceptadas como recursos legítimos, aunque no convenzan a nadie.
Beatriz Sarlo.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace unas semanas, la justicia comprobó fraude en los comicios internos del Partido Socialista porteño. Algo que a pocos entendidos les hubiera parecido verosímil, parece que sucedió. ¿Qué pasa con el engaño en este país? Quien miente debería atenerse a la regla de la verosimilitud. Mentir bien es ser imaginativo en los detalles, construir narraciones que se sostengan y que sean interesantes porque una mentira imprecisa y aburrida le abre a quien la escucha la posibilidad de preguntarse por qué le están contando eso tan poco interesante. Cuando se inventa, se avanza un poco a ciegas, en un territorio que se desenrolla, como una alfombra, a medida en que se lo atraviesa, pero debe haber un hilo conductor, algo que separe a la mentira del cinismo liso y llano. Para montar cualquier engaño, la historia (como en una buena estafa) debe atrapar a su audiencia o encontrar en ella la voluntad de creer.
En ese sentido, cuando se dice que los políticos mienten, lo que se quiere decir es que tratan de engañar, contando historias que no alcanzan el estatuto de mentiras respetables, ya que nadie cree en ellas. Algunas últimas encuestas, señalan que el grupo de personas en el que se confía muy poco es el de los políticos. En paralelo alarmante por su incongruencia, otras encuestas señalan que el presidente de la república goza de un respetable nivel de aprobación, mayor al setenta por ciento. Frente a esta incongruencia, que seguramente los encuestadores tienen como oficio explicar, caben varias hipótesis: que el presidente no sea considerado realmente un político; o que el presidente sea considerado un político, pero que parezca una excepción para más de dos tercios de los argentinos; o, finalmente, que el presidente sea considerado un político con los mismos defectos que todos los políticos, pero que eso, por el momento, no interese.
Podría entonces pensarse que a la gente no le importa la mentira. Por ejemplo: se sabe que el presidente Bush le mintió al pueblo norteamericano sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak; y que mintió para justificar la invasión norteamericana a ese país. Eso no fue obstáculo para que, en una nación donde millones de ciudadanos proclaman su odio a la mentira, Bush fuera suntuosamente reelegido. O sea que la mentira más obvia puede ser pasada por alto, cuando alguien decide que ese hombre es su candidato preferido. Si uno piensa en la forma en que los ciudadanos cumplen con la ley, la mentira aparece como un recurso legítimo. Por ejemplo, es posible mentir a la antipática agencia gubernamental dedicada a la recaudación de impuestos. En la Argentina sólo medio millón de personas declara tener bienes personales superiores a los 102.300 pesos, que es el mínimo no imponible, equivalente al precio de un tres ambientes en Belgrano o Palermo, por cierto escriturado a mitad de precio. Quien reclama la factura de un próspero cuentapropista se siente un perseguidor que está vigilando al prójimo sin tener ningún motivo valedero para hacerlo. Existen fábricas clandestinas, con todo su personal en negro, agitándose de la mañana a la noche detrás de persianas bajas. Esos engaños son inverosímiles y no se atienen a las reglas de las buenas mentiras, pero evidentemente se los acepta o se los pasa por alto.
Se dirá que nadie vive en estado de verdad, como si se tratara de una especie de iluminación religiosa. Y mucho menos una sociedad entera. En general, las sociedades tienden a olvidar lo que aprobaron en el pasado más reciente. ¿Cuántos viajeros a Miami, adictos al mágico video-juego “un dólar por un peso”, se sumaron a los contingentes opositores a Carlos Menem después de 1999? El problema no fue el haber apoyado a Menem sino la diestra voltereta con que ese apoyo se convirtió en repudio. Por eso, al comienzo se habló de la mentira, como un relato convincente, que debe persuadir no sólo al que la escucha sino al que la inventa. Los escépticos frente a la política dirán que los políticos se distinguen en estos relatos de doble vía. Pero no hay porqué concederles el monopolio.
http://www.clarin.com/diario/2005/09/25/sociedad/s-1058882.htm
Los noticieros amplifican una sensación de inseguridad que no atiende argumentos ni estadísticas.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En la cortada pintoresca que da a las vías estacionaron los patrulleros; a unos metros, dos hombres comentaban qué estaba pasando. “Quisieron ocupar la última casa de la cuadra. ”Me quedé con ellos, sin suponer lo que venía después: “El año pasado, el que vivía en la casa de enfrente mató a una boliviana que también se había metido para ocupar”. No puedo creer que todos hayamos podido encontrarnos con el asesino en la verdulería, sin saber que era un gatillo fácil espontáneo.
El barrio no se parece en nada a los que tienen alto rating en la crónica policial; no hay casas ocupadas, sólo robos a mano armada sobre la avenida, en la puerta de las decenas de bancos que la bordean. Es uno de esos lugares de Buenos Aires poblado por una clase media irreductible, que no ha caído en picada. Siempre me sentí segura y creo no equivocarme.
Hay diferencias inconmensurables entre los barrios de Buenos Aires: quien dice Soldati o Lugano no está diciendo lo mismo que Caballito o Palermo. Hay abismos entre la ciudad y muchas zonas del Gran Buenos Aires. Eso se llama diferencia social.
Hace poco, escuché al pasar una conversación entre dos mujeres: “Anoche me quedé pensando que alguien podía descolgarse por el balcón del séptimo y entrar en mi departamento”. “¿No podés poner una reja, de esas que se usan para los chicos?” “¿Te parece? Porque si se descuelgan desde arriba, la reja no me sirve de nada.” La señora imaginaba un superhombre araña. Hubiera sido inútil que le dijera que, con frecuencia, llego a ese mismo barrio después de medianoche, en colectivo, que la avenida cercana está iluminada a giorno, con los quioscos abiertos y muchos chicos dando vueltas. La señora vive en un régimen de miedo con bases verdaderas, reforzadas por una sinfonía televisiva que suena fortissimo. En las sociedades modernas, los miedos no provienen sólo de la experiencia, sino de la transmisión de la experiencia de otros, contada con el efecto multiplicador del sensacionalismo.
La señora recuerda su juventud, cuando no cerraba con varias llaves la puerta de su casa, y un asalto era excepcional. Comparada con su propio pasado, la ciudad no es la misma. Pero, ¿es necesario comparar sólo con el pasado? Quienes vivimos en alguna gran ciudad argentina podríamos ensayar otras comparaciones. Si pensamos en Bruselas o Berlín, Buenos Aires o Córdoba son inseguras. Pero tampoco se parecen a decenas de ciudades latinoamericanas donde no se puede viajar en transporte público y en los hoteles advierten a los turistas que no se les ocurra salir a hacer jogging si aman la vida.
Hace tres días, asaltaron a un amigo, y cada uno tiene un amigo asaltado. Se toman rehenes, se los mutila, se mata por unos pocos pesos, el estilo de la delincuencia es brutal. Pero no sólo la Argentina sino el mundo entero ha cambiado desde 1960. Nueva York fue también un territorio violento, y la solución no consistió solamente en tolerancia cero. Fue cuidado del espacio público, programas contra la pobreza, integración de los inmigrantes y de los jóvenes.
Eso falta en toda América latina. Buenos Aires no es Berlín pero tampoco un espacio de pesadilla, aun cuando el delito ha aumentado. ¿Qué debiera haberle dicho a la señora que quería poner una reja en su ventana? Quizá lo más sensato fue no decir nada. Pero, de hablar, podría haberle dicho que alguna noche apagara la televisión y fuera a tomar un helado a la esquina, que se sentara en la vereda y viera pasar la gente, porque ella y yo vivimos en un barrio que no ha caído, como cayeron muchos barrios del Gran Buenos Aires, donde las rejas y los perros son de rigor.
Si hubiera dicho eso, la señora me habría respondido que hace poco asesinaron a un médico en Villa Crespo; y que la semana pasada tomaron rehenes en el Gran Buenos Aires. Y entonces ¿adónde van a parar mis consejos, por otra parte no solicitados?Ningún consuelo para las víctimas o sus familiares. Ninguna seguridad, aunque sea más probable resultar herido en un accidente de tránsito que en un tiroteo. El temor no retrocede ante una estadística.
http://www.clarin.com/diario/2005/09/18/sociedad/s-1054681.htm
Confirmado: la famosa mano de Dios, del gol a los ingleses, fue en realidad la de Maradona. Pero no es como para perder la fe...
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hablemos de religión. Maradona, ídolo nacional de amor y paz, santo de la New Age, hijo y padre pródigo, rey de corazones, ha informado al país televisivo y, por intermedio de los rebotes en la prensa escrita, a todos los interesados locales e internacionales, que Dios no hizo con Su mano el primer gol argentino en aquel partido contra los ingleses, sino que fue él, Diego Armando, quien utilizó su manito como un verdadero dios terrenal. Ese día feliz Dios no intercedió a favor de la Argentina, sino que simplemente dejó que sucediera un milagro mundano.
Los teólogos futuros, sin embargo, seguirán discutiendo si Dios estuvo presente, ya no impulsando el balón dentro del arco de los pérfidos ingleses, sino encegueciendo por un milésimo de segundo al juez de línea y colocando al árbitro en un lugar desde donde no podía verse la mano maradoniana. Sin querer anticiparme a esa discusión, me resulta difícil creer que Dios no estuviera viendo el mundial de fútbol y no intercediera un poco a favor de los argentinos. Sin duda, Dios inspiró a Diego cuando, para terminar su relato del gol con una enseñanza de alto contenido moral, sostuvo que “quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”. Dios, que conoce el pasado tanto como el futuro, niveló la cancha para que se nivelara también nuestra historia patria.
Maradona, como sea, es un milagro en dos patas. Los creyentes en la mano de Dios siempre supieron que esa mano era la de ese dios local y lo que estábamos esperando era simplemente que por su boca hablara ese luminoso espíritu de veracidad que impulsó la modesta confesión pública. Diego tocó la pelota con la mano, porque no había otra forma de hacer el gol y lo que se necesitaba en ese momento era un gol y no un estúpido jugador que dudara en tocar la pelota con la mano, que se quedara suspendido a metros del arco y nos privara de robarle a los ladrones (ingleses). Lo que se necesitaba era festejar inmediatamente ese gol y confiar en que Dios hubiera enceguecido al juez de línea porque, como se sabe desde la mitología y la tragedia griegas, los dioses enceguecen a quienes quieren perder o, en este caso, a quienes quieren que pierdan.
Maradona es un genio, pero me parece que no debe olvidar esa pequeña participación de Dios en aquel controvertido gol de nuestra selección albiceleste. Si Dios no quería y el juez de línea veía su mano, listo,nada de gol, a esperar la jugada verdaderamente inspirada del segundo gol a los ingleses, ese que disfrutamos siempre porque no le roba nada a nadie, lo cual lo priva de inscribirse en la epopeya nacional evocada por la frase de Diego: los ingleses nos robaron las Malvinas, nos robaron uno que otro partido de fútbol, y ahora que se aguanten. Todo bien, con una sonrisa, en un ambiente tan cariñoso y aterciopelado como los ositos de peluche que Guido Di Tella, el canciller de Menem, mandaba de regalo a las Malvinas.
Si los diarios ingleses que se leían por Internet estaban enojados, es porque ellos, a los que les gusta que circule la leyenda de que son buenos perdedores, son unos resentidos. ¿De dónde tanto lío por algo que ellos venían denunciando desde el principio? No pueden venir a decirnos ahora que se enteraron en agosto de 2005 de que Maradona hizo aquel gol con la mano. Eso era lo que ellos sostenían, de modo que deberían estar contentos ya que el propio Diego les está dando la razón. Ellos nunca creyeron que Dios fuera argentino, ni pensaron que ese gol había sido un milagro; siempre afirmaron que había sido un robo. Ahora que Diego les da la razón, justo ahora cuando todos deberíamos estar de acuerdo, se indignan. Se hacen los finos del fair play, pero lo que de verdad pasa es que ellos odian perder. Y viene Diego, y se los dice en su propia cara: hice trampa y pelito para la vieja.
Un solo detalle para mejorar. Como los milagros deportivos tienen su complejidad, la declaración de Diego no debería difundirse en horario de protección al menor. Los más chicos podrían confundirse, tener ideas raras o terminar entrampados.
http://www.clarin.com/diario/2005/09/11/sociedad/s-1050645.htm
El alcance de los derechos no se mide con instrumentos geométricos. El uso del espacio público como campo de recordación o de reclamo.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Los chicos del colegio de Carmen de Patagones no quieren que se renueve la pintura del edificio donde tres de sus compañeros fueron asesinados por otro alumno. Los familiares y amigos de las víctimas de Cromañón mantienen desde aquella noche terrible un santuario en la calle Bartolomé Mitre, que está cerrada al tránsito y ocupada por recordatorios diversos, carteles, dibujos, fotos, toldos, flores marchitas. Todos sienten que se les debe justicia. El reclamo de justicia tiene una fuerza que trasciende a los hechos que lo provocan, porque vigila que ninguna maniobra pueda conducir al encubrimiento de quienes son juzgados responsables. Los familiares y amigos de las víctimas piden por sus muertos, pero tienen un eco más amplio porque en la Argentina pensamos que pocos asesinos y corruptos han recibido la condena que merecen. Pedir justicia es un derecho y ocupa un primer plano también porque, durante la dictadura militar, el Estado se sustrajo a la justicia cometiendo crímenes que, en occidente, se consideran imprescriptibles. Por la justicia se lucha en el espacio público y si las instituciones no escuchan es legítimo ocuparlo y abroquelarse allí.
A veces es difícil elegir una forma de reclamo que no incomode a nadie, porque los derechos no son figuras geométricas que jamás se intersectan ni se superponen. Por el contrario, en la vida las cosas tienden, nos guste o no, a superponerse y a chocar. Por lo tanto, no siempre es adecuado reaccionar como un geómetra cuando un grupo de gente damnificada y víctima de la privación o del dolor ocupa el espacio público para ser vista, que es el umbral mínimo que hay que atravesar para ser atendido.
Los reclamos de justicia pueden llegar a interrumpir o torcer la vida cotidiana en la ciudad; la legitimidad del reclamo está basada en que la vida de una o cien personas ha sido interrumpida para siempre no por un hecho privado sino por algo que se cree que hubiera podido evitarse con buen gobierno. A veces el reclamo es tan absoluto que equivocadamente expulsa de la esfera de la justicia a los considerados criminales. Las instituciones están para tomar entonces la representación de todos: permitir la excarcelación de Chabán, si le corresponde, o custodiar la vida y el futuro del pobre muchacho enloquecido que disparó contra sus compañeros en la escuela de Carmen de Patagones.
Otros problemas se originan en la tendencia actual a convertir en santuario cualquier espacio donde ha sucedido un crimen o una desgracia. Esa tendencia es cultural y plantea un conflicto de ocupación del espacio público. Hacer un santuario de cada local o esquina donde aconteció una desgracia o un crimen implica convertir a la ciudad en un paisaje incontrolable de recordaciones. Entre la placa conmemorativa que se coloca sobre una pared y la conservación intacta durante meses del escenario de una tragedia hay diferencias que se perciben sin teorizar demasiado. Entre una placa en la calle Bartolomé Mitre y el proyecto de ocupar metros de vereda con un monumento recordatorio (que la mala conciencia de las autoridades de la ciudad parece ya haber otorgado a los representantes de las víctimas de Cromañón) hay alternativas que no suponen siempre y necesariamente un uso irrestricto de un espacio que no es ilimitado ni es propiedad de quienes fueron afectados por un crimen.
La memoria de las víctimas deberá ser conservada por sus familiares; el recuerdo del crimen deberá servir de advertencia colectiva para que no se repita. Pero deberíamos discutir si queremos que la ciudad se convierta en un tablero donde cada uno de nosotros vaya clavando el banderín recordatorio de la ofensa recibida. Hay hechos, como los asesinados por la dictadura, que tienen una trascendencia y definen para siempre nuestro futuro. Otro hechos terribles no tienen ese estatuto, aunque el dolor de los próximos a los muertos sea igualmente intenso. No se puede medir la intensidad del dolor. Pero es apropiado diferenciar entre, para poner un ejemplo, un crimen de lesa humanidad y la responsabilidad criminal de un funcionario.
http://www.clarin.com/diario/2005/09/04/sociedad/s-1046185.htm
Un spot publicitario idealiza los años 50. Apela a la nostalgia con música de Los Plateros y una sucesión de escenas juveniles. Olvida el machismo, la represión y la pacatería que signaron la época.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Los canales de cable que trasmiten deportes muestran una publicidad cuyo título podría ser Retro. Con música de Los Plateros (que ha pasado a ser escuchada en la veredas de las disquerías porteñas, dando prueba de la eficacia del aviso, por lo menos para reciclar a Los Plateros), se presenta a varios jóvenes deportistas argentinos de primera línea, trajeados como en la década del cincuenta, enamorándose, cada uno de ellos, de la pelota correspondiente al deporte por el que es famoso. Se trata de gente tan joven como Lucha Aymar, pero están absurdamente vestidos como si fueran sus propios abuelos. La publicidad es inexplicable, excepto por su explotación del efecto nostalgia. Un gran novelista austríaco, Robert Musil, afirmó que invariablemente nos interesamos por la juventud de nuestros padres. En este caso, sin embargo, la publicidad extiende ese interés a la de los abuelos de los deportistas que actúan en ella.
Las imágenes son atractivas, como las de esas películas mediocres pero con gran presupuesto y un director de arte que miró muchas fotografías de época. Hay un espléndido y lustroso descapotable celeste, que parece salido de un museo. Los deportistas están disfrazados estilizadamente, porque eso evita que parezcan más viejos o más feos. Quiero decir: en las películas de los años cincuenta, las chicas son más gordas, las caras más redondas, con peinados un poco tontos. Si se exceptúa a James Dean y a Audrey Hepburn, todos parecen antiguos. En esta publicidad, por el contrario, los deportistas deambulan en un tiempo inmaterial entre aquel pasado y este presente, como modelos que están probándose ropa.
Ahora bien, ¿por qué la nostalgia? Los años cincuenta fueron todavía una época severa y autoritaria. Una verdadera pesadilla de la sexualidad reprimida, de la que no podía hablarse abierta mente casi en ningún lado: sobre todo, la abuelita de Luciana Aymar no hubiera podido andar dando vueltas sola por un parque a la luz de la luna sin dar explicaciones completas al volver tarde a su casa y, probablemente, comerse una cachetada. Los adolescentes eran machistas y hablaban con desprecio de alguna chica que "se dejaba". El pasado de los otros parece más feliz de lo que fue. En aquellos lejanos años cincuenta, la virginidad prematrimonial regía como principio y, por supuesto, la iniciación sexual de los muchachos de clase media era invariablemente con prostitutas. Los cincuenta son el preámbulo mediocre y pacato de lo que, por suerte, llegó poco más tarde.
Las escenas que presenta la publicidad, donde cada deportista se enamora de su deporte simbolizado en la pelota correspondiente, esas escenas de un primer amor romántico fueron, sin duda, un ideal de los cincuenta. Pero estaban acompañadas por todas las prohibiciones y las rodeaba un cerco electrificado. La juventud de los abuelos estuvo colocada, exactamente, en la transición hacia los años sesenta (por eso la música de la publicidad es el imbatible hit de Los Plateros, y no un rock and roll), donde todo empezó a cambiar. La moda retro es inevitable, porque no hay nada más fácil que volver estético aquello que está, afortunadamente, bastante lejos. Hoy tenemos retro-folk, retro-hippie, retro-unk, retro-bizarro, que implica tomar por bizarros los rasgos que antes eran pintorescos o simplemente feos. Y tenemos también, como en la publicidad de los deportistas, retro-romántico.
Lo característico de la moda retro es limpiar los elementos del pasado de sus rasgos desagradables; lo retro es una idealización comercialmente astuta. Da por descontado que nadie se acuerda bien de nada. Un brasero de hierro en el living se llena con flores secas y bastoncitos de esencia, ya que la calefacción la proporcionan artefactos más al orden del día; la artesanía fabricada en la ciudad imita el aire rústico del objeto que obligadamente se usó en el campo. Como a los viejos les gusta idealizar su juventud, cuando ven la publicidad retro se recuerdan a sí mismos jóvenes, y no abren el capítulo en que sus padres los controlaban de un modo que hoy resultaría insoportable.
http://www.clarin.com/diario/2005/08/21/sociedad/s-1037257.htm
¿Cómo nace un lector? ¿Cómo se fabrica una cadena de libros? La historia de una lectora quinceañera comenzó en la pantalla.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Estuve toda la tarde buscando libros en Internet. Un tiempo considerable, si se piensa que navego todos los días, que conozco las librerías, las revistas y los catálogos de la web y que, además, tengo una tarjeta de crédito para comprar allí algo que, finalmente, sale bastante caro. A la mañana, también había mirado libros en librerías reales y leí un par sin obligación de compra. La noche anterior había marcado algunos títulos en dos suplementos. Una batería de recursos, verdadero dispositivo de privilegio: recordarlo siempre que se tenga la tentación hipócrita de pensar que llegar a leer es cosa fácil. Sin duda, hay otros caminos, sobre otros mapas por los que guiarse, pero mapas se necesitan en todos los casos. A propósito, recuerdo un mensaje de correo electrónico que recibí hace poco.
Tiene fondo violeta oscuro y está escrito en pequeñas letras blancas. La firma es una mezcla de diferentes formas tipográficas y se lee, con alguna dificultad, el nombre Satanasita. Ese conjunto indivisible de diseño y texto llegó a la casilla de esta revista dominical. Quien lo envió, una chica de quince años, según dice y me parece completamente aceptable como descripción de identidad, me comunica que está de acuerdo con algo que escribí hace algunas semanas y me entrega su experiencia con los libros, que podría resumirse en tres capítulos triunfales. Capítulo 1: Los libros me aburren y no termino de leer ninguno. Capítulo 2: Empiezo a leer textos en Internet. Capítulo 3: Me he convertido en una fanática lectora de libros. Adiós, saludos y la firma de Satanasita.
Quedo intrigada, porque la historia que me cuenta es demasiado perfecta, pero, al mismo tiempo, tengo que admitir que no es increíble. Por el contrario, las aventuras de Satanasita entre los libros, que ha pasado de aburrirse como un topo a convertirse en una devoradora de páginas, demostrarían que existe un camino de las pantallas al papel, como fue mi hipótesis.
De todas formas,no quedo enteramente tranquila. Algo provoca perplejidad en la historia de éxito que contó Satanasita. Básicamente, la causa está en aquello que la historia deja afuera: Satanasita no dice de dónde saca los libros, si los compra, si los pide prestados, si los roba de las librerías, si se los regalan o están en su casa. Me pregunto entonces si cualquier chica de quince años puede ser Satanasita y la respuesta es negativa. Hay algo en la desenvoltura triunfal de su mensaje que indica una seguridad cultural que le permitió pasar del primer capítulo de su historia, en la época en que los libros la aburrían, al desenlace donde una lectora agita sus banderas. ¿Cómo se deslizó Satanasita de las páginas de rock o de pop de Internet a otras páginas? ¿Cómo se fabrica una cadena de libros?
Todavía sé de memoria varios poemas de Las flores del mal, de Baudelaire y El durmiente del valle de Rimbaud. Los aprendí a los quince años, no porque me interesaran esos escritores, a quienes no conocía, sino porque estudiaba francés y me obligaron. Sin darme cuenta, había pisado el umbral de la poesía moderna. La persistencia de aquellos poemas aprendidos a los quince años, de algún modo, denuncia la estrechez anticultural de la pedagogía que indica que no hay que aprender cosas de memoria, ni fechas, ni nombres, ni poemas, como si anduviéramos por el mundo transportando los veinte tomos de una enciclopedia y ejemplares de cien “obras fundamentales” para consultar en caso de apuro.
Mi “cadena de los libros” empezó en aquellas clases de francés, donde mi obligación era, sobre todo, aprender los verbos irregulares. Hoy quizás Internet sea un eslabón de la cadena de los libros, que están separados por un clic de las páginas deportivas, las recetas místicas de la New Age o el narcisismo de millones de efusiones escritas o fotográficas. Satanasita tuvo la fortuna de clickear en las direcciones que mejor iban a servirle, aunque subsiste la pregunta: ¿cómo pasó materialmente de la pantalla al libro? Una investigación sociológica podría tener como tema su admirable tropiezo con la página escrita.
http://www.clarin.com/diario/2005/08/14/sociedad/s-1033085.htm
¿Cuál es la clave la atracción que ejercen los títeres? Tal vez su falta de realismo en un mundo que aspira a la precisión.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Sentado a un gran piano de cola, el muñeco de frac negro se agitaba sobre las teclas, saltaba y se sostenía en el aire, volvía a caer, se inclinaba hasta los pedales, separaba las manos para alcanzar los más graves y los más agudos al mismo tiempo, bamboleaba la cabeza, suspendido en la ensalada de notas que extraía del instrumento. En su frenesí paroxístico, imitaba el estilo del gran pianista romántico. Desmelenado como corresponde a ese estilo, de vez en cuando se llevaba una de las manos a la frente, apartaba el mechón que le caía sobre los ojos y sacudía todo el cuerpo como si la música incomprensible que estaba produciendo lo electrizara a él mucho más que a su auditorio. Todo era perfectamente ridículo, y la parodia tenía mucha más eficacia que si la hubiera representado un artista humano. Era uno de los legendarios títeres de Podrecca, la compañía italiana que visitó con frecuencia Buenos Aires en los años treinta y cuarenta. Yo estaba allí, en la platea y nunca había visto algo igual: títeres del tamaño de personas, movidos por hilos que colgaban de las manos invisibles de los titiriteros.
De aquella noche no recuerdo sino esa parodia del pianista romántico, pero fue suficiente. En los años que siguieron vi títeres muchas veces y tuve que preguntarme por qué me atraían tanto. No trataba de revivir nostálgicamente aquel remoto recuerdo. Al contrario: los muñecos de vanguardia, diseñados por Oskar Schlemmer en la Alemania de los años veinte me parecen tan misteriosos como las clásicas marionetas italianas, los puppi napolitanos, y los maniquíes, muñecos, muebles y enseres usados por un grupo como El periférico de objetos, que dejaron su marca en el actual teatro argentino. Pero hay que recordar que los títeres llegaron acá con los inmigrantes italianos de fines del siglo XIX: arte popular que se incorpora al cajón de herramientas de la vanguardia del XX.
Hace pocos días fui a ver el Primer ciclo de títeres para adultos, con cinco obras de gente muy joven, que las agrupó debajo del dibujo y el nombre de Triciclo. Muchos de estos nuevos titiriteros salen de la Escuela del Teatro San Martín de Buenos Aires y están listos para todas las exploraciones: teatro de sombras, muñecos, marionetas, objetos cotidianos, máscaras y telas. Los titiriteros, vestidos de negro, son diestros ejecutantes invisibles de sus muñecos, a los que mueven con las manos, con hilos, con bastones y varillas.
Después de tres horas salgo del teatro, que se llama El Callejón de los Deseos, nombre apropiado a lo que allí se muestra. Me pregunto nuevamente sobre la causa de la extrañeza e inestabilidad que suscita la experiencia de los títeres. Quizá lo primero sea la ausencia del cuerpo del actor. Estamos habituados a una cultura visual donde el cuerpo es prácticamente todo: un logotipo, un imán, una firma. Los títeres en cambio son esquemas a mitad de hacerse, imitaciones que no imitan de modo realista (nada más lejos de un títere que una muñeca estilo Barbie); no aspiran a las bellezas de un canon de mercado publicitario o de cualquier otra estética.
En una cultura de la precisión hiperrealista como la actual, los títeres no son realistas.Y este es su efecto liberador: salimos del encierro donde incluso los objetos imaginarios deben parecer reales, como sucede en las películas de ciencia ficción. En cambio, como la ópera, los títeres no tienen obligación de representar ninguna realidad. Son cuerpos por la mitad: a veces sin piernas, porque allí van las manos del titiritero; a veces sin torso porque lo reemplaza un paño de tela; a veces planos porque son de papel o se los ve proyectados como sombras de una linterna mágica. Incluso pueden ser ropas sin cabeza, flotando por el escenario.
Son una simbiosis temporaria entre el titiritero y su muñeco. Ese acople hace andar una máquina extraña, en la que la parte humana debe desaparecer lo más posible para que la parte extrahumana exista en su movimiento. El efecto tiene siempre algo perturbador. Si no me cree, deje a los chicos en casa con el televisor y vaya a ver títeres.
http://www.clarin.com/diario/2005/08/07/sociedad/s-1028881.htm
Dos encuestas ilustran sobre el lugar que los docentes ocupan en la formación de nuestros chicos. Y no son alentadoras. Acá también la TV mete la cola.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Una encuesta realizada entre maestros comunica que sólo alrededor de un treinta por ciento es público de bibliotecas. Otra encuesta, cuyo objeto fue la “población en general”, muestra que dos tercios de los entrevistados oyeron hablar de la Constitución Nacional en los medios y poco más de un veinte por ciento, en la escuela. Los dos resultados forman una especie de ovillo que es difícil de desenredar. Algo no anda bien. ¿Debemos pensar que los maestros que tienen entre veinte y treinta años están representados en la segunda encuesta y, por lo tanto, que ellos también se enteraron de la Constitución mirando algún programa televisivo? Otra pregunta: ¿es necesario saber algo sobre la Constitución o se pueden conocer los derechos sin tener idea del texto donde quedan establecidos? ¿Se puede ser católico sin conocer la enseñanza de la Iglesia? Los hechos responden a esta pregunta: muchos que se sienten parte del catolicismo no distinguen el Concilio Vaticano II del Concilio de Trento, ni están preocupados por lo que se discutió entonces. Sin embargo, ser ciudadano y ser católico no es lo mismo, porque para sentirse católico probablemente sólo sea necesario una vaga inclusión cultural en un espacio religioso, cuyas normas a veces se cumplen y a veces no, mientras que ser ciudadano supone el ejercicio de un conjunto de derechos y obligaciones, cuyo conocimiento se da por descontado y alegar ignorancia no es una disculpa.
Nadie será expulsado de la iglesia porque no sepa en qué consiste la inmaculada concepción; pero es probable que muchos de nuestros derechos queden inertes o atropellados si las organizaciones de ciudadanos no luchan para que los gobiernos los reconozcan. Un católico puede vivir toda una vida sin conocer la máquina del poder vaticano; un ciudadano país donde los presidentes suelen olvidar ese principio republicano básico.
Las maldiciones que se escuchan sobre la ineficiencia de la justicia tienen mucho que ver con responsabilidades del Poder Judicial. Pero también tienen que ver con el desconocimiento de los derechos tanto por parte de ciudadanos intachables como de los que se presume que son delincuentes. El repudio a la libertad condicional de Omar Chabán, en el caso de la disco Cromañón, viene del desconocimiento de los derechos de Chabán, no importa cuáles hayan sido los crímenes que deberán serle probados en el juicio.
¿Cómo hacen los maestros para discutir esto con los chicos que llegan alimentados por los ideólogos de la televisión amarilla que, por supuesto, están muy lejos de considerar que algunos posibles delincuentes tienen los mismos derechos que ellos? En esa encrucijada de valores, los libros de las bibliotecas a las que van sólo el treinta por ciento de los maestros, son fundamentales. Y no me refiero a libros sobre derecho constitucional. Digo simplemente: libros, esas superficies de papel impreso y encuadernado, que no mueren con la misma rapidez que los gritos emitidos por televisión a las diez de la noche. Digo simplemente libros, porque ellos adiestran en un tipo de pensamiento que es más perspicaz, más complejo y más intelectual. Algunas de las cuestiones que debemos enfrentar todos los días, como la de la libertad condicional de un presunto delincuente, son cuestiones intrincadas que no se aclaran por el ejercicio irrestricto, muchas veces salvaje y autocomplaciente, del sentido común, que no es el mejor de los sentidos. Si lo fuera no necesitaríamos leyes, sino simplemente ejercitarlo.
En el centro de Buenos Aires hay buenos libros que se venden por tres o cuatro pesos, inalcanzables para quienes viven en una escuela rural o en condiciones de miseria, pero no para otros que eligen no comprarlos ni leerlos. En la Argentina hay un sistema de bibliotecas populares extendido, inaccesible para quienes están absorbidos en la búsqueda de alimento o trabajo, pero abierto para todo el resto. Algo pasa cuando los bienes públicos no llegan a quienes más los necesitan, ni los buscan quienes deberían utilizarlos.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/31/sociedad/s-1024405.htm
El chico que pide una moneda en el subte a cambio de una estampita obliga a enfrentarse a diario a un dilema que tal vez no tenga respuesta. Dar o no dar, esa es la pregunta.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
A veces no se reconoce a sí misma en las preguntas que se hace. Veinte años atrás, cuando comenzaba la democracia en la Argentina, esas preguntas le hubieran parecido inapropiadas. Hoy, sin embargo, quien viaje por transporte público, quien no viva en un barrio cerrado y no llegue por autopista hasta meterse por un tubo en algún nuevo edificio inteligente de Puerto Madero, quien siga haciendo un uso intenso de la ciudad, está enfrentado a esas preguntas. ¿Debe darle algo a este chico de las estampitas o hacerle caso a los expertos y poner ese dinero en alguna institución, ya que ese chico seguramente es un explotado de su propia familia o de algún otro adulto, o un abandonado que necesita una protección más sistemática que el impulso caritativo individual? No se trata de un caso teórico y sería cínico considerarlo una divagación moralista. El chico está allí, repartiendo sus estampitas, impávido, y cada uno tiene que decidir qué hace antes de que termine con un vagón de subterráneo y pase al siguiente.
Se hace otra pregunta: ¿tiene alguna consecuencia lo que yo decida? Si el escenario en lugar de un subterráneo fuera un pueblo donde todo el mundo se conoce un poco, la respuesta sería más sencilla. Pero vive en una gran ciudad, ese chico está pasando ahora, o quizás esté pasando todos los días, pero cada día será algo así como un chico diferente. Tiene que responder en el momento. Bertolt Brecht, frente a la advertencia de que los pobres gastaban las limosnas en juergas de cerveza, afirmó que por eso mismo él consideraba apropiado dárselas: ellos obtenían un placer que los que no eran pobres podían alcanzar cuando se les diera la gana.
La respuesta de Brecht tiene su costado magnífico: evita que alguien, para dar un peso, se enrede en un debate moral desmesurado y quizás hipócrita. Y, sin embargo, aunque señala un hecho con gran perspicacia crítica, no siempre es posible adoptar a Brecht como línea de conducta. Quien vacila teme que las cosas sean más complicadas y que las organizaciones sociales tengan razón cuando indican otro camino, más institucional y, por supuesto, más separado del impacto del chico con sus estampitas, relojeando con la cabeza baja si va a recibir o no su moneda de un peso. El chico ya salió del vagón, pero la perplejidad no se esfuma. Si las organizaciones tienen razón, la limosna fortalecerá la cadena que lo une a esos adultos que toleran o impulsan su vida en la calle. Pero si no hay limosna, también es posible que ese chico sea castigado porque no trajo a la noche lo que se esperaba de una jornada de trabajo bien hecho. ¿Y si ese peso tuviera como destino una hamburguesa y, en consecuencia, al negárselo, lo que está haciendo es privar al chico de una comida? ¿Qué entiende ese chico del mediano plazo?
El problema tal como se lo plantea carece de solución. No es una solución que la conducta se ajuste a dos normas: por un lado, darle el peso al chico; por el otro, mandar un cheque a una organización de bien público. Tampoco es una solución que la conducta siga sólo una de esas normas, aunque esto sea lo aconsejado, porque el chico está pidiendo su moneda y no una donación institucional. Se trata de un dilema: nada que se haga lo soluciona, ni lo extirpa. Y sin embargo, sabiendo eso, igualmente algo hay que decidir, ya que el chico está ahí parado y él también sabe que la moneda no podrá solucionarle nada, sino simplemente, mejorar por un rato su día de mendigo.
Es extraño, además, que haya individuos filantrópicos en una sociedad despiadada. Aunque, pensándolo mejor, esto es lo único que no es extraño: la filantropía nació hace varios siglos en sociedades muy injustas, esas mismas sociedades europeas que, hoy, nos parecen equitativas. Llegaron a ser más equitativas no por acción de los filántropos, que las volvieron más sensibles frente a la pobreza, sino por las reformas impulsadas por las víctimas y los hombres y mujeres que los representaron políticamente. Sin embargo, aquellos filántropos hicieron que la vida y la muerte de muchos fuera menos indigna.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/24/sociedad/s-1019916.htm
Los que manifiestan por la ciudad lo hacen dándole su forma cultural a través de estilos de intervención, cantitos, formas organizativas e imágenes.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Una pequeña estatua de la Virgen María, en yeso blanco, de unos cuarenta centímetros de altura está colocada sobre un pilar de cemento, a un costado de la plaza frente al Palacio de Tribunales de Buenos Aires. Un cartel, que expone la reivindicación correspondiente al grupo que acampa allí, se apoya contra el pilar. El conjunto evoca la disposición de objetos propia de una iglesia: la virgen sobre un pilar cubierto por las ofrendas que han ido dejando sus fieles.
Hasta acá, nada de extraordinario, ya que en Buenos Aires casi todas las reivindicaciones vienen envueltas en un tapiz de símbolos: graffiti y sténciles, fotografías, remeras estampadas con una foto o una leyenda. En la marea de gente que se desplaza o se estaciona en la ciudad, los símbolos son indispensables. La abundancia de iconografía reivindicativa tiene que ver también con la multiplicidad de reclamos y la velocidad con que cada uno de los grupos encuentra una identidad tan sólida que pareciera arraigada en una larga historia, aunque puede haber emergido simplemente la semana pasada. Los que manifiestan por la ciudad no sólo ejercen un derecho sino que lo ejercen dándole su forma cultural a través de estilos de intervención, cantitos, formas organizativas (ya que no todos los grupos son iguales en ese aspecto) e imágenes. El cuerpo de los manifestantes se convierte en soporte de su mensaje, con las vinchas que sostienen una fotografía, las banderasponcho, las camisetas-insignia.
Ser reconocido en ese mundo de carencias, reclamos, necesidades e injusticias exige tanto estilo como constancia. Porque ¿quién se ocuparía de los piqueteros si desaparecieran del centro o cortaran accesos sólo cada sesenta días? Ser visto es la única posibilidad de ser escuchado y los gobiernos han tomado la costumbre de escuchar sólo a los que se muestran.
Pero vivimos en ciudades y, al lado de los reivindicantes están también los locos o los solitarios urbanos. Ese hombre que duerme en la vereda de un edificio universitario ha colocado sobre la chapa inclinada que le sirve de techo un cartel de apoyo a las luchas gremiales docentes; todas las mañanas se prepara su mate y, de modo verdaderamente inesperado para alguien que vive en unos metros de tierra y barro, se lustra meticulosamente los zapatos, que contrastan con la ropa deshilachada y superpuesta, la melena larga y la barba de un habitante de la calle.
La virgen frente al palacio de Justicia era una pieza de un montaje surrealista. La rodeaban vapores que acentuaban la impresión de que se trataba de un objeto de culto; una humareda blanca salía desde abajo y se elevaba, como una dosis desmesurada de incienso. De lo que se trataba, en verdad, era de la parrilla de un asado, semioculta detrás del pilar, de modo que, para quien pasara distraído, la parrilla era invisible y la virgen parecía una especie de milagro humeante. Pero si uno se detenía y descomponía los elementos del montaje, el efecto cómico era inevitable. El pilar volvía a ser una caja de luz, la virgen descansaba allí esperando quién sabe qué milagro reivindicativo que ella no podía conceder, y el asado sería consumido por los acampantes. Como en una romería en honor a un santo patrón, la figura religiosa se mezclaba sin resquemor con las figuras de este mundo y sus necesidades.
Sin embargo, incluso cuando se descubría que todas esas incongruencias no eran el resultado de un montaje surrealista, sino la casualidad del día a día de un reclamo, la virgen de yeso, rodeada de vapor era la incongruencia máxima, porque recordaba la situación de iglesia, el incienso y los fieles prendiendo velas para rogar o agradecer por algo. Finalmente, los que preparaban el asado también estaban pidiendo y bien podían rodear a la virgen con vapores, aunque provinieran del fuego dispuesto debajo de una parrilla.
La ciudad une corrientes dispersas: a los marginados por la pobreza se superponen los marginados de la locura, esos que sostienen su reclamo ante nadie, y lo hacen con una persistencia que los especialistas llaman obsesión.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/17/sociedad/s-1015413.htm
Pocas cosas describen tanto y tan bien a una sociedad como la publicidad. Dos avisos recientes demuestran cómo nada pasa allí donde parece suceder todo.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@clarin.com.ar
Los anuncios publicitarios nos dicen que adquirir tal producto es bueno para la vida en general, para cada uno en particular, para el mundo entero. Pero después de esa simpleza, me pregunto por qué un equipo de una agencia de publicidad eligió justamente ese aviso y no otro. ¿Qué tenían en la cabeza, si es que tenían algo más allá de vender la mercancía de sus clientes?
Desde el Día del Padre estoy intrigada por la propaganda mural de un shopping porteño y todavía no puedo convencerme de que el mensaje fuera tan bestialmente primario. Una gran fotografía mostraba la espalda de un hombre sobre la que se apoyaban, abrazándola, dos manos de niño. Una buena foto, con un encuadre original porque trasmitía la relación ideal entre un padre y un hijo no por la expresión de las caras, sino que las dejaba fuera de cuadro y confiaba en la proximidad de los cuerpos unidos en el gesto esforzado de los brazos de un chico que aferran los bordes de la espalda de un hombre. La afectividad de la foto no residía en un sentimentalismo expresivo sino en la diferencia de escala entre el hombre que es abrazado por el niño: la esencia de la filialidad. La ropa, entre el azul y el gris, daba el tono de lo “cotidiano, distendido, pero fino”. Hasta allí, una idea bastante clara.
Pero el texto decía: “Hay 230 marcas esperándote”, o algo por el estilo. La foto soportaba el peso de las 230 marcas. Todo un shopping al unísono exortaba al chico para que eligiera con qué marca le estampaba el día a su padre. Si el texto hubiera dicho algo como “Hay 230 cosas para que le regales a tu papá”, yo no hubiera pensado ni un minuto más. Pero decía “230 marcas”, situando el objeto del regalo potencial en la escala de nobleza y prestigio de los logotipos. El anuncio ponía delante del futuro regalo su pasaporte mercantil, su cédula de distinción. Una rara ilusión ya que, si sólo hay 230 marcas en ese shopping, todos terminaremos comprando una de ellas, de modo que la distinción, en verdad, desaparece en la repetición de lo siempre igual.
No tuve mucho tiempo para seguir pensando, porque por televisión vi una publicidad todavía más curiosa. El aviso trata de vender un nuevo servicio de telefonía celular y consiste en un montaje rápido de personas simpáticas en situaciones más o menos extravagantes o pintorescas hablando por sus telefonitos (hay gente bajo la lluvia, una novia vestida de blanco, una turista con casa rodante de fondo, otro en el medio de un paisaje solitario: lo que se les ocurra). Hasta allí, nada que deje pensando. Pero, nuevamente, la palabra ofrece su enigma. Una voz en off sugiere que si millones de hombres y mujeres se comunicaran podría pasar algo importante. Las imágenes del aviso representan esos millones, una especie de síntesis de la multitud teléfono-hablante. Pero lo que el aviso muestra es que no pasa absolutamente nada, excepto que se ríen, con esas risas excedidas de modelos de publicidad, o disponen sus cuerpos con la espontaneidad ejercitada durante horas en el set.
Cuando sucedió en Madrid el atentado terrorista en la estación de Atocha, las manifestaciones de los días siguientes, en las que participaron decenas de miles de jóvenes, encontraron una de sus formas organizativas en los mensajes de texto por teléfono celular. Quienes se comunicaron por celular hicieron algo grande. Por supuesto, ninguna publicidad podría evocar eso, porque quedaría adherida al dolor de un atentado y a una movilización pública, algo que la publicidad evita como si fuera una infección mortal.
Si millones de personas se comunican pueden pasar cosas, pero no en el mundo de los cortos publicitarios, donde es imposible que pase nada, y donde nada puede conectarse con una verdad exterior a la única verdad que los sustenta: vender un producto en competencia con otros que también quieren vender algo parecido con estrategias parecidas. Pocas cosas informan tanto sobre un estado de la imaginación como la publicidad. Hay que coleccionarla para un futuro museo de este presente. Incluso, para una sección cómica de ese museo.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/10/sociedad/s-1011085.htm
A diario, historias de personas que esperan un trasplante conmueven desde los medios. Pero el número de donantes potenciales no aumenta.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Cada tanto, la noticia aparece en los diarios. Un chico se muere si no recibe un pulmón; una maestra, a la que sus alumnos alientan desde la calle, espera un corazón nuevo; las paredes de un hospital se llenan de dibujitos y alguna gente reza en la vereda; un padre, una madre desesperados hablan en medio de la simpatía colectiva, muestran fotos del que podría salvarse, y recuerdan la densa lentitud de una demora que ha durado quizá meses. Historias que el periodismo presenta con sus detalles más desgarradores y del modo menos íntimo. Si no se tratara de casos de vida o muerte, podría decirse que la noticia está siempre rodeada por un fluir sentimental.
Pero como se trata de vida o muerte, admitimos todo. Se suceden los episodios que marcan la espera del órgano, en un clima de angustia y de suspenso. Y si hay trasplante, la prensa sigue el caso desde el quirófano al alta, con los detalles de un cuadro agudo, las oraciones y los agradecimientos.
Si el periodismo presenta esto con tal vibración afectiva, podemos creer que responde y alimenta una afectividad igualmente profunda en su público. Los casos de trasplante de órganos tocan varias vetas de la imaginación y del sentimiento: la muerte cercana y quizás evitable de otro aparece completamente personalizada, arrancada de la estadística hospitalaria para convertirse en historia humana, con sus detalles psicológicos, que se despliegan en el combate de una familia luchando a brazo partido para lograr algo que, hasta hace algunas décadas, parecía de ciencia ficción.
Y esa es la otra veta, precisamente, que llama la imaginación y le da una especie de interés novelesco a las historias: el órgano que se busca y su trasplante están asociados con un milagro de la tecnología médica. Y ese milagro, en lugar de ser contado en términos fríamente descriptivos, ya que, a fin de cuentas, se trata de una técnica hipersofisticada practicada por cirujanos muy hábiles, es relatado con todos los colores que buscan la identificación afectiva y el efecto melodramático.
¿Por qué, entonces, en la Argentina y muchos otros países, no hay tantos donantes potenciales de órganos como gente emocionada cuando los trasplantes aparecen en las informaciones de la prensa? Existe una fractura entre el interés por la peripecia que otro está atravesando y lo que ese interés moviliza como acción práctica. En la Argentina hay 11 donantes por cada millón de personas; en la ciudad de Buenos Aires, esa cifra se duplica ampliamente. Leo en los diarios que la mitad de los familiares interrogados sobre el destino de los órganos de alguien próximo a ellos que acaba de morir, rechazan la donación. No me parece posible que la mitad de esos familiares no se haya emocionado con la noticia de un trasplante que antes salvó la vida de una chiquita jujeña o de un trabajador del Gran Buenos Aires. Pero la afectividad que florece cuando la muerte no está próxima, se seca en el dolor de su cercanía absoluta. Donar los órganos no es solamente un acto de fraternidad, sino que presupone el ejercicio de una distancia ética respecto del propio sufrimiento, precisamente en el momento en que éste es más agudo. Implica que alguien, agobiado por lo que acaba de sucederle, pueda ponerse, algunos segundos, en el lugar de otro. Ese lugar se ocupa fácilmente cuando la identificación se produce frente al televisor, y la vigilia de una espera dramática le toca a otro.
Pero cuando las cosas tocan al que mira, cuando esa muerte es la de quien se tiene más cerca, la identificación que hace posible un acto fraternal, retrocede. El reflejo atávico es conservar el cuerpo intacto para la ceremonia del adiós; y el dolor es ciego a cuanto no sea uno mismo. Nada más egoísta que el dolor. Quizá sería mejor que no tuviéramos que decidir en momentos en que no somos capaces ni siquiera de seguir nuestras convicciones. ¿Cómo pensar en un agonizante desconocido, cuando tengo mi propio muerto a pocos metros? De eso precisamente se trata. De un olvido de sí, aunque sea por un instante, aunque sea en el peor momento.
http://www.clarin.com/diario/2005/07/03/sociedad/s-1006865.htm
Un joven lector desprevenido se enfrenta al Ulises de Joyce. Una espectadora neófita asiste a una representación de Esperando a Godot. Grandes pasiones comenzaron así.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En TLS, una revista sobre libros que se publica en Inglaterra, leo una carta de lector que cuenta la siguiente anécdota. A los dieciséis años, en la biblioteca pública del pueblo, el lector encontró un libro cuyo título era Ulises, la novela de James Joyce. Desconocía por completo el nombre del autor y pensó que se llevaba a su casa un libro sobre el héroe de Homero, o sobre mitología griega.
Durante sábado y domingo no paró de leer y el lunes llevó el libro a la escuela y se lo mostró a uno de sus profesores, preguntándole, con absoluta inocencia, si lo conocía. El profesor, enfrentado con una de las más grandes y famosas novelas del siglo XX, optó por no apabullar al adolescente informándole que cualquiera conocía por lo menos el título y el nombre del autor. Lo felicitó, en cambio, por haberlo leído tan rápido, ya que él mismo había tardado varias semanas.
La anécdota es extraordinaria porque describe un hecho milagroso y raro pero no excepcional: alguien enfrentado con una novela difícil que, de antemano, se diría que es superior a sus fuerzas, la atraviesa a los ponchazos, y descubre que está fascinado por lo que entiende y también por lo que no entiende. Una relación con la literatura comienza muchas veces con libros que no se entienden del todo o no se entienden casi nada. Ofrecen la experiencia que siempre ofrece la buena literatura: saber que hay algo en el libro que se escapa y que por eso vale la pena capturar, por lo menos, lo que no se escapa. Hace muchos años, Oscar Díaz, uno de los grandes diseñadores gráficos de la Argentina, le dijo a una amiga: "Ya sé que ese cuadro no te gusta; pero mirálo hasta que te guste". La frase es tan extraordinaria como la anécdota sobre el Ulises. "Mirálo hasta que te guste" no es un consejo sobre un cuadro, sino una especie de instrucción general para manejarse en el mundo. Y así fue escuchado. El enigma del cuadro podía ser más interesante que seguir mirando los cuadros familiares y más fáciles.
A los dieciséis años (esa edad iniciática) asistí a una representación de teatro de vanguardia; la obra, Esperando a Godot, era casi tan famosa como el Ulises, pero no para mí que tampoco conocía a los actores Jorge Petraglia y Leal Rey. No había leído ni una línea de Beckett, ni sabía quién era. Salí del teatro como si hubiera pasado dos días en una nave interplanetaria. Por supuesto, no podía decir una palabra sobre lo que había visto, ni siquiera contar someramente el argumento; pero estaba convencida de que la experiencia iba a tener consecuencias graves, como cuando se cruza un límite, aunque no se tenga idea de dónde se está entrando. Un amigo me contó algo parecido, que le había pasado con una representación de Edipo Rey (años después llegamos a la conclusión de que había sido muy mala), cuando Edipo grita los versos de Sófocles y se arranca los ojos. Lo que más lo impresionó era que alguien, en lugar de matarse, se arrancara los ojos al descubrir que había asesinado a su padre, se había casado con su madre y sus hijos eran sus medio hermanos, y todo porque su padre lo había abandonado al nacer temiendo justamente que esas cosas sucedieran. Nada más extravagante y retorcido para alguien de dieciséis años que tampoco ignoraba a Freud y su complejo de Edipo.
El hecho de que la literatura o el teatro fueran un mundo de chiflados, incomprensibles, radicalmente diferentes, en lugar de alejarnos a mi amigo y a mí nos pareció que prometía algo que no íbamos a encontrar en otra parte. Y, además, muchas cosas indecentes y prohibidas, lo cual era un argumento suplementario a favor. A veces la formación de un lector de literatura pasa por el enigma imposible de resolver, por la aceptación de que lo que se está leyendo queda lejos y es exótico. Como si se tratara de una fortuna millonaria o de la capacidad para jugar bien al fútbol o al tenis, capacidad que no se posee, pero que se admira. Si alguien puede describir minuciosamente un auto que nunca podrá comprarse, también puede mirar un libro que quizás nunca llegue a dominar del todo.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/26/sociedad/s-1002814.htm
Lejos de ser una competencia con lo escrito, y a diferencia del vértigo televisivo, la Web es un medio vital para llegar al fondo de las cosas a través de la palabra.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Si usted quiere enterarse de los motivos por los cuales Chabán pudo salir en libertad condicional, por favor no mire televisión. Lea diarios sobre papel o en Internet. También si quiere enterarse de por qué los franceses rechazaron la Constitución de la Unión Europea, un suceso de importancia sólo evidente para algunos diarios o los canales internacionales de noticias que, por supuesto, no se ocupan de Cromañón ni de Chabán. En consecuencia, si quiere ahorrar tiempo y concentrarse sólo en un medio, vaya a los diarios. Uno y otro acontecimiento son de dimensión poco comparable, pero ambos requieren cierta complejidad de razonamiento que parece negada a la TV argentina, si se exceptúan dos o tres programas periodísticos dirigidos, casi sin excepción, por gente que pertenece a la prensa escrita y que se ha formado en ella pero a quienes la televisión impone su cerrado localismo. No quiero decir con esto que los diarios argentinos son invariablemente buenos; comparados con sus equivalentes de otros países, no son los mejores. Sólo señalo que lo escrito (se lea sobre papel o en Internet) tiene menos facilidad para convertirse en un discurso brutal, maniqueo, simplificador, seguidista de los sentimientos con los que especula para competir por la audiencia. Aunque al principio causó el pánico de quienes probablemente no habían navegado nunca, Internet representa una esperanza de sobrevida de lo escrito y hoy tiene un potencial periodístico incomparable: casi todos los diarios están allí. Es una masa gigantesca de textos, además de jueguitos, pornografía, páginas bobas, chat-rooms y publicidad. Navegar buscando información es bastante más difícil que encontrarla en tres estantes de libros, pero si se navega bien se encuentra infinitamente más.
Un detalle ingrato: para navegar bien es necesario no sólo leer sino saber orientarse de un modo desconocido hasta hace diez años. Internet no tiene buenos índices, aunque se pueda acceder a millones de páginas a través de buscadores veloces y todavía rudimentarios. Sin índices, lo que se encuentra depende de la formación intelectual, de la rapidez, de la capacidad para sacar conclusiones, hacer asociaciones, recordar con precisión: es decir, todos los atributos de un buen lector adiestrado en los libros y no en la bajada de canciones en formato MP3.
El entrenamiento que se adquiere como público de televisión no sirve para Internet, aunque quienes la conocen poco piensen que los que se atracan con miles de imágenes televisivas por día están preparados para pasar de la velocidad de un videoclip a una página sobre geografía tibetana o literatura expresionista. Hasta hoy, Internet tiene más que ver con la posibilidad de entender escritos que con la de deglutir imágenes.
Chabán o la Constitución Europea (elija qué le interesa más) son más comprensibles por escrito que en la televisión. Los que no leen están en desventaja frente a los que leen; y los que leen bien tienen ventaja respecto de los que leen más o menos. Hay toneladas de basura escrita, publicada todos los días; trillones de gigas comunicando pavadas. Sin embargo, el peor de los diarios, al que se accede desde el kiosco o la computadora, permite pensar mejor que la media de los noticieros televisivos de cable y la totalidad de los noticieros de los canales abiertos.
Si esto es así, hay que volver a la pregunta ¿cómo se forma un lector?, que no supe responder la semana pasada cuando me la hicieron. Sigo sin saber cómo se forma un lector de literatura, alguien preparado para aceptar la ambigüedad de textos complejos que no entregan fácilmente su sentido.
Pero tendría que tener algunas ideas sobre cómo se forma un lector para ser un ciudadano que no se mueva únicamente por lo primero que le llega a la cabeza desde el depósito de los prejuicios. Aquí está una clave de la democracia, salvo que se la piense como un régimen que no necesita de ciudadanos sino solamente de votantes periódicos que, durante el resto del tiempo, se dedican a ser público audiovisual.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/19/sociedad/s-998345.htm
Una pregunta de difícil respuesta, que vale también, por ejemplo, para espectadores deportivos o televidentes. Y un ciudadano, ¿cómo se forma?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Llaman de un organismo oficial dedicado a las bibliotecas populares. Van a sacar una revista para los bibliotecarios y están buscando algunos artículos sobre un tema misterioso: ¿cómo se forma un lector? Las respuestas son conocidas: el papel de la escuela, de los maestros, de la familia, etc. Pero en la pregunta hay algo que me deja pensando y me doy cuenta de que, más allá de las fórmulas institucionales, no hay una respuesta.
Realmente, ¿cómo se forma un lector? O quizás, ¿es posible formar un lector? Dicho con mayor precisión: ¿un lector de qué? Es perfectamente posible que todo el mundo se entrene en las habilidades necesarias para ser lector; también es posible poner libros y material escrito, impreso o no impreso, al alcance de todo el mundo. Sin embargo, este programa mínimo es muy difícil de cumplir. En las últimas décadas, por ejemplo, la Argentina ha dado pruebas de que no lo cumple y de que muchas escuelas no están en condiciones de distribuir las habilidades necesarias por razones educativas internas y por motivos que chocan con la escuela e influyen sobre ella, como la desigualdad y la pobreza. Todo esto es bien sabido, pero nos deja lejos de la pregunta.
Probablemente la respuesta sea imposible. Un televidente se forma sentado frente a la televisión. Si llegara un extraterrestre con nuestras mismas disposiciones intelectuales y durante una semana mirara televisión, sabría casi todo lo necesario para convertirse en televidente. Es más difícil la formación de un aficionado a cualquier música popular. No quiero decir simplemente un fanático de una banda, sino un aficionado, alguien que entiende de estilos, diferencia intérpretes, conoce períodos más allá del estricto presente; no quien escucha música como ruido de fondo o siente amor por un solo artista. Sin embargo, a pocos les interesa la pregunta sobre cómo se forma un aficionado al rock o a la salsa.
¿Cómo se forma alguien que sepa ver fútbol o tenis o hockey sobre césped? Entiendo bien que nadie piensa que el destino de la sociedad pasa por formar espectadores que se concentren como expertos mientras que a su alrededor las hinchadas suscriben el viejo principio de que los goles son amores y no buenas razones. Hay motivos para que eso no le interese a nadie, aunque quizás alguien debiera preocuparse de que el deporte sea, para una gran mayoría, algo que se mira y no se juega. La pasión deportiva que casi todos sienten es una pasión de la mirada que no toca el propio cuerpo.
¿Cómo se forma un ciudadano? La escuela parece nuevamente responsable de responderla bien y con éxito. Sin embargo, los mejores profesores de instrucción cívica del planeta no pueden competir con un par de periodistas televisivos incultos o malévolos que, un día cualquiera, agitan la opinión pública con la falsedad de que la libertad condicional de un encausado equivale, en la práctica, a declararlo inocente. Es bueno preocuparse por la formación de los lectores, pero casi me parece más importante la de ciudadanos que puedan distanciarse de los peores representantes del establishment audiovisual.
Una pregunta interesante, ya que hablamos de televisión, sería cómo se forma un público que no corone los programas de Susana Giménez con las cinco estrellas de la popularidad. ¿Es posible ese público? ¿O se trata sólo de una fantasía de intelectuales enajenados del mundo?
Si supiéramos cómo se forma un lector, probablemente también sabríamos responder a las preguntas sobre la formación de ciudadanos y de públicos musicales, deportivos o audiovisuales. Pero, en el fondo, no sabemos cómo se forma un lector, aunque conocemos bien cuáles son las destrezas necesarias. Por supuesto, sabemos cómo se forma un lector de libros técnicos, de divulgación histórica, de autoayuda o best-sellers: esos libros entregan casi exactamente lo que prometen, valen lo que cuestan. Lo que ignoramos es cómo se forma un lector que soporte la incertidumbre y la complejidad. En pocas palabras: no sabemos cómo se forma un lector de literatura.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/12/sociedad/s-993777.htm
¿El libro que busca no figura en la lista de los más vendidos de las últimas semanas? No es un clásico? Entonces, olvídelo: ya no pertenece a este mundo.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Supongamos que a usted no le interesa comprar los libros que aparecen en la lista de best-sellers, ni los libros que consagraron los suplementos culturales durante los últimos meses. Supongamos que usted no está buscando la novela de alguna celebridad, ni un clásico como El Quijote, del que podría encontrar fácilmente veinte ediciones que lo han puesto de moda como si no fuera un libro difícil de leer hoy, enigmático y extraño a los gustos contemporáneos. Supongamos que usted no está buscando alguna novela policial extranjera que vendió poco y fue a parar a las mesas de saldos junto con novelas argentinas que sufrieron el mismo destino. Supongamos que el libro que usted busca no terminó, después de vendidos doscientos ejemplares, en una librería de lance. Supongamos, por ejemplo, que usted busca una novela de un buen autor argentino, que jamás fue best-seller ni forma con los consagrados. O un ensayo periodístico de hace seis años, que tampoco llegó a las listas de los más vendidos.
Si usted se encuentra en esa situación, tiene un problema. Lo que busca podría estar en algunas de las ferias de libros de Buenos Aires, en Caballito o en Pacífico. Quizá también en una feria de una ciudad grande del interior. Pero se necesita que alguien lo haya llevado allí para venderlo o cambiarlo por otro libro. En pocas palabras: una casualidad. Si usted busca un libro aparecido hace tres años, está en dificultades porque las librerías ya no conservan una pared con bibliotecas de libros que cumplieron lo que los editores llaman su ciclo, que se inicia con el servicio de novedades y, salvo que el libro tenga éxito, termina muy poco después.
El libro que usted busca está muerto. Y, a diferencia de muchas películas, que tienen una segunda vida sistemáticamente ordenada en los video-clubs, los libros que cumplieron dos, tres o cuatro años han desaparecido sin que ello signifique que se hayan agotado. Con paciencia, usted puede esperar que la editorial que lo publicó lo venda, casi al peso, a las librerías de lance. Pero no todas las editoriales hacen esa venta póstuma, y puede suceder que la novela buscada no exista ya para el mundo.
Los libros aparecen y se suceden a una velocidad que hace sospechar que llevan, como el yogur o la manteca, fecha de vencimiento en la tapa. Y esto no pasa sólo en Argentina, sino que la Argentina empezó a funcionar como funciona el mercado del libro en casi todo el mundo.
Algunas pequeñas librerías pueden ser una excepción, pero ellas son lugares de expertos y además, precisamente porque son pequeñas, no pueden guardar todas las novelas publicadas en la última década. A veces, cuando recomiendo un libro (digamos El aire de Sergio Chejfec, uno de los grandes narradores argentinos), tengo la seguridad de que me va a tocar prestarlo de modo indefectible.
Hace algunas semanas, un aviso a toda página de un premio literario subraya lo que cuento. La ilustración muestra a un hombre, presumiblemente aguardando a un viajero en el hall de un aeropuerto, que sostiene un cartelito con el nombre de la persona que ha ido a buscar. Allí se lee: Señor Best Seller. No hay que ser experto en publicidad para darse cuenta de que el concurso promete a su ganador un triunfo que lo hará entrar en las listas de los más vendidos. Parece un chiste pero, como muchos chistes, es más sincero que gracioso. Para que el concurso tenga éxito su ganador debe tenerlo; por lo tanto, el cartelito debe prescindir de un nombre más descriptivo como: "Señor Nuevo Escritor" o, simple y elegante, "Señor Escritor". Best Seller es el único nombre que promete a un libro cierta presencia, por el tiempo de lo que dure en las listas de más vendidos y, a veces, mucho más (pero eso depende del libro, no de la venta únicamente). En el peor de los casos, el futuro Señor Best Seller tiene aseguradas algunas semanas de gloria en las librerías.
Por lo tanto, si tiene ganas de leer y no quiere volverse loco, vaya a lo seguro: deje de dar vueltas sin ton ni son, compre la última novela del Señor Best Seller.
http://www.clarin.com/diario/2005/06/05/sociedad/s-989512.htm
Una casilla de correo electrónico se convirtió en el lugar más seguro para guardar lo que antes atesoraba un cajón del escritorio. ¿Cómo comenzó esta revolución?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace poco, un amigo me envió como regalo una casilla de correo electrónico que almacena hasta 2 Gigas: un asombroso espacio para guardar prácticamente todo lo que se me ocurra. Pero, si se piensa un poco, eso no es lo que llama más la atención, sino el hecho mismo de que tanto mi amigo como yo consideramos que se trataba de un muy buen regalo: algo que no se ve, que se origina en un simple mensaje con la dirección donde debo hacer click para acceder a la casilla nueva. Es un regalo de aspecto más inmaterial que una tarjeta-regalo (de las que inventaron los bancos últimamente) o un bono para ser canjeado por libros. Mi amigo me regaló algo que él no había comprado pero que poseía, porque los dueños planetarios de esas casilla de correo electrónico al principio las repartieron para darlas a conocer y ponerlas a prueba. Lo primero, entonces, era el regalo de nuevo tipo: "Tomá esto, que no me pertenece, pero que puedo darte, que no se ve, ni se toca, y sin embargo te va a servir mucho". La concreta abstracción de lo virtual.
Lo segundo que me llamó la atención fue el agrado con el que recibí el regalo, como si se hubiera tratado de una valija o unos estantes que no me había comprado por descuido o falta de dinero, pero que eran justamente lo que andaba necesitando. He recibido el derecho a usar un espacio que no sé dónde está ubicado, pero en el cual confío que puedo guardar todos los archivos que me parezcan más indispensables y más dignos de ser conservados.
La idea de que el lugar más seguro del mundo sea una gran computadora, manejada por gente desconocida y alojada en un lugar al que jamás podré acceder físicamente, es en sí misma una novedad de la última década. A quienes tienen más de treinta años, esa idea todavía debe resultarle sorprendente, salvo que acepten todos los cambios como si se tratara de una lluvia tan benéfica como inevitable o de un maremoto. Para cualquier otra persona, es extraña la naturalidad de una confianza depositada en gentes y lugares desconocidos, a los que se enviará textos valiosos para quien los ha escrito, o cartas o fotografías o lo que sea, incluso de la más estricta intimidad. Como dicen los expertos, se ha producido una desmaterialización de los soportes de todos los mensajes.
Hace cien años, la confianza estaba sostenida en el conocimiento cara a cara: alguien que sabía que su muerte estaba próxima, le entregaba a un notario, a un cura, a un amigo, sus últimas voluntades. Y ese era un acto de proximidad de los cuerpos, palabras dichas buscando la mirada y el contacto con el otro o, en todo caso, palabras entregadas a un funcionario cuya responsabilidad era conservarlas y hacerlas cumplir. La invención del teléfono fue el primer giro revolucionario en este mundo de confianza sostenida por la presencia.
Después del teléfono, todo pareció posible porque los cambios, una vez instalados, se generalizan sin retroceso.
Sin embargo, el teléfono todavía enviaba, por un manojo de alambres, la manifestación física de la voz (reconocemos voces por teléfono, huellas de identidad entre las palabras dichas y el cuerpo que las emite).
Poseer un espacio virtual, alojado en un lugar desconocido y al que se accede por caminos también desconocidos, lleva las cosas mucho más lejos. Sobre todo, porque yo, como cualquiera, pienso que lo que guarde en ese espacio remoto y físicamente inaccesible estará más seguro allí que convertido en una copia de seguridad en el cajón del escritorio, o en un manojo de fotos en un álbum. Para desencantarme, alguien me dijo: "Imagináte si un día los tipos de allá, donde guardaste todo, cometen dos o tres equivocaciones, hacen un desastre o les hackean la computadora". Introducía un principio de realidad que había que considerar. Pero su inquietante pregunta va en contra de las leyes de funcionamiento y las bases de existencia de esos lugares remotos, de los que sólo tenemos el nombre de fantasía: loquesea.com. Ellos, los desconocidos, están más interesados que yo misma en demostrar que mi casa y mi computadora son menos seguras que las suyas.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/29/sociedad/s-985121.htm
Una conversación casual, durante un viaje en subterráneo, abre interrogantes de difícil solución... acerca de esta columna.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El semáforo en rojo permitió que la conversación se prolongara un poco más; nos despedimos en la esquina, después de cruzar la avenida. Habíamos viajado juntas en el subterráneo y, durante el transcurso de las últimas dos estaciones, ella se sentó a mi lado "para charlar, ya que se daba la oportunidad", según me dijo. No nos conocíamos, aunque ahora sé que se llama Mercedes. Debe tener más o menos cuarenta años. Y lee esta revista dominical.
Recordando algunas notas publicadas durante el verano sobre un pueblito de Córdoba, Mercedes me preguntó si yo había vivido en el campo; y enseguida quiso saber si todo lo que leía en esta columna me había sucedido realmente y si yo realmente había visto las cosas que contaba. La respuesta a la primera pregunta era sencilla (sí, de chica yo había pasado dos o tres meses por año en el campo, cerca de Deán Funes); la segunda pregunta llevaba a cuestiones más difíciles. Le dije a Mercedes que yo escribía la columna básicamente como ejercicio realizado desde un mirador urbano al ras de la calle; que era una especie de diario no de lo que me sucedía sino de lo que estaba viendo que le pasaba a otros, escenas fugaces para mí, aunque repetidas para algunos de sus protagonistas. En ese sentido, lo escrito era lo que en pintura se llama boceto a mano alzada, el dibujo rápido que se realiza sobre un block de papel canson, a lápiz, en el lugar de los hechos, sin apoyar la hoja en una mesa, con el brazo y la mano suspendidas sobre la superficie blanca; o también, si se piensa en la fotografía, instantáneas, imágenes que probablemente no tengan otro valor que el de haber captado lo que sucede en un momento, si eso que sucede tiene algo de particular, no un gran significado, sino una punta de sentido que parece valer la pena, aunque nunca se esté demasiado seguro porque la instantánea puede ser completamente banal y la escena que se pensó significativa no revela completamente nada. No hay foto más tonta que una mala instantánea. Todo depende, más que de la destreza, del repentismo, ese reflejo que lleva la orden del ojo al dedo que aprieta el disparador de la cámara.
Mercedes me dijo: "Claro, pero también depende de cómo lo escribas", poniendo las cosas justo en el lugar donde verdaderamente se convierten en un problema: ¿cómo hacer que lo que está a la vista y es pasado por alto, vuelva a estar a la vista pero de un modo que impida que se lo pase por alto?
Le dije a Mercedes que eso de estar registrando lo que se ve, lo que asalta la mirada, a veces te coloca frente a cuestiones que son difíciles de resolver. Por ejemplo: ese enfermo que había recorrido el vagón del subterráneo en el transcurso de nuestro viaje. Algunas veces se me ocurrió escribir sobre él y no me atreví a hacerlo; el muchacho se diferencia por una gentileza elegante, por el modo con que va entregando una hojita donde se informa sobre su enfermedad y un paquete de golosinas, y sobre todo por la actitud de dirigirse en particular a cada pasajero cuando hace la recorrida inversa para recoger lo que eventualmente recibe, sin repetir ninguna frase mecanizada que traduciría la violenta precariedad de su propia situación. Se inclina con atención, como si tuviera mucho tiempo, sonríe un poco e insiste en que los pasajeros conserven la hojita fotocopiada. Es rara su voz baja y su cercanía que no implica confianza sino una especie de presencia que no se impone por el lamento ni por el imperativo.
Le dije a Mercedes que vacilaba en escribir sobre ese hombre, porque volvería a verlo y, en ese caso, me sentiría obligada a decírselo. No sabía por qué me sucedía eso precisamente con ese tipo y no con otros. Allí había un problema que la escritura no arreglaba, pero que viene de la pregunta que inició la conversación. Es fácil decir "escribo lo que veo", pero ¿qué relación establecer con eso: escena de costumbres, denuncia, análisis? ¿Es posible, en todo caso, ver bien? ¿Todo puede pasar a ser escrito?
http://www.clarin.com/diario/2005/05/22/sociedad/s-980985.htm
Ficción teatral, historia y realidad se entrelazan en un corto trecho, en el barrio de la Boca. No sobra ni falta nada.
POR BEATRIZ SARLO*.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
La otra noche fui a la Boca porque, en el Teatro de la Ribera, Paco Giménez, un cordobés que baja a Buenos Aires cada dos años, está dirigiendo Fiore di Merda, con sus actores de siempre y con la desordenada audacia de todas sus obras. Para que se den una idea: en una de las obras de Giménez y su grupo, realizada con fragmentos de tragedias griegas, se terminaba prendiendo fuego y preparando un asado a la parrilla. Y eso, lejos de ser arbitrario, fue un final tan impresionante como aquel otro en que todos los actores cantaron a capella un tango criollo. Fiore di merda muestra cosas igualmente sorprendentes para contar la historia de una prostituta que, cumpliendo su destino, responde a los deseos de su hijo como estuvo acostumbrada a responder a los hombres que mantuvo con su oficio. Inspirada en películas y textos del poeta italiano Pier Paolo Pasolini, Giménez y los actores hacen un collage que tiene tanto de popular como de vanguardista.
La sala es la del Teatro de la Ribera, donde hay varios murales de Quinquela Martín, iconografía de la época en que la Boca fue un barrio de inmigrantes y trabajadores del puerto. El teatro está a una decena de metros del puente transbordador, esa maravilla técnica, que hoy parece la instalación urbana de un mecanismo gigantesco y obsoleto. Graciela Silvestri, en su libro sobre la Boca, lo compara con la torre Eiffel, aunque, a diferencia de la torre Eiffel, señala que el transbordador no fue una construcción festiva sino utilitaria, que aún conserva la sombra del trabajo y la fatiga. La obra de Giménez se ubica bien en este espacio, porque elabora napas de la cultura popular italiana y argentina.
Hay cafishios, prostitutas, jóvenes trabajadoras seducidas, un mundo rudo de deseo y de violencia, habitado por cuerpos que se disfrazan o se exhiben descaradamente. La combinación es, en sí misma, una especie de recorrido histórico: de un director de teatro experimental, con raíces populares como Paco Jiménez, al puente de hierro y el pintor del trabajo en la Boca. Son esas escenografías y obras que, aunque incrustadas en la trivialidad de un circuito turístico, se escurren del salvaje desgaste que lo turístico impone sobre los espacios que captura, cubriéndolos con un pintoresquismo que impide ver lo que tienen de verdaderamente original.
Sin embargo, mi visita a la Boca no terminaría con la obra de Giménez. En el hall del teatro, hay una sucinta exposición de fotografías de Facundo de Zuviría sobre objetos o escenarios marcados por el fanatismo boquense. Para no perder la mitad de los lectores posibles de esta columna, callaré sobre mi ausencia de simpatía por el club de la ribera, que no proviene de un afecto simétrico hacia su rival de Núñez. Las fotos de Zuviría vencen la antipatía que Boca Juniors produce sobre la otra mitad de los argentinos. Zuviría forma parte de la mitad más uno, pero sus fotos no muestran esa simplicidad, ni utiliza un aniversario sólo para comunicar al público sus sentimientos.
Lejos de la inflación sentimental, son fotografías secas, donde lo boquense se limita a la reiteración del azul y oro. Un banco de plaza, de cemento sin respaldo, austero y frontal, sin clima ni paisaje, muestra su completa superficie pintada como una bandera de Boca. Sólo eso, el lado austero de una identidad que suele asociarse con el paroxismo. Lo mismo, en esa foto de una esquina donde una típica casa de chapa es toda azul, con una banda dorada a un metro y medio del piso. Sin inscripciones, la superficie pintada ocupa prolijamente una gran esquina con los colores simbólicos.
También el interior de un boliche donde la caja registradora, el mostrador, las mesas son azul y oro, y cada uno de los objetos se ajusta a una disciplina que la foto muestra sin agitación, como si se tratara de un catálogo de artefactos comerciales. Contra el desborde, las fotos de Zuviría son simplemente precisas.
A veces Buenos Aires ofrece algún espacio donde no habría nada que poner ni sacar: unas pinturas, una pieza de teatro, un viejo puente, unas fotos. Lo justo.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/15/sociedad/s-976560.htm
En la era del consumo, el shopping modificó el ocio urbano. Sede de una ilusión sin tiempo, allí se entra para mirar. Como se miran cuadros en exposición.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Para quienes tengan menos de veinte años y vivan en una ciudad debe ser extraordinariamente difícil imaginarse cómo era el ocio antes del shopping-center. Las calles, por supuesto, siguen existiendo y los negocios siguen en ellas, pero la relación entre las calles y el shopping es el gran cambio de los últimos años; también las panaderías o las verdulerías persisten, pero la relación con el supermercado y con los pequeños mercados, de algún modo, las vuelve diferentes. Una vez que llegó el shopping, el espacio de la ciudad se altera, incluso en los lugares donde no hay ninguno cerca, porque en donde no hay shopping se sabe, de todos modos, que en otros barrios el shopping le da forma al tiempo libre.
Para pensar un ejemplo: una vez que existe el subterráneo en la ciudad, la velocidad y eficiencia de los demás medios de transporte se mide respecto del subte. Lo último que llega, si logra hacerse popular, diseña en función suya las relaciones con lo que lo rodea. Hay excepciones que generalmente son usadas por los muy pobres o los más prósperos: barrios convertidos en plazas de comida (como los diferentes palermos de Buenos Aires) donde van quienes no tocarían una ensalada de papas ofrecida en el shopping; o negocios de los suburbios, como los que fueron saqueados en diciembre del 2001, donde compran, si compran, los que no tienen plata. Los lugares que usan los que están en el medio, han cambiado en relación con el shopping o con el gran supermercado.
El shopping interiorizó una parte del espacio urbano: el parque de diversiones, los restaurantes y las heladerías, las calles donde se miran vidrieras, los cines, los locales de video-juegos, los locutorios. El shopping es la plaza en la era del consumo como cultura de vida.
Ya no se lo critica, como se lo criticó al principio, porque es un hecho irreversible, que sólo cambiará con la imposición de una nueva revolución en las formas de consumo. Ofrece lo que son reclamos conocidos: seguridad y rotación ininterrumpida de novedades reales o aparentes. Responde a las necesidades del mercado y convence de que esas son las necesidades universales.
El shopping también da la ilusión de independizarse de la ciudad y de la naturaleza: la luz es inalterable y los olores son siempre los mismos (hamburguesas, relentes de materia plástica, vaporizadores). Frente al relativo azar de lo que podría suceder en la calle, el shopping repite sus ritmos y sus superficies glaceadas. Todos los shoppings son idénticos, aunque las grandes marcas de la alta costura no desciendan a establecerse allí donde lo que domina es el nivel medio. La igualdad no descansa sobre un puñado de marcas, sino sobre una estrategia para disponer las mercancías. La estética del shopping iguala no por el lado de los precios ni por el del acceso a los objetos, sino por el lado estético de su disposición escenográfica. Es un paraíso del contacto directo con la mercancía. Por eso, el shopping es imaginariamente inclusivo, aunque los diversos niveles de consumo sean excluyentes.
Se va al shopping como a un museo de la actualidad más volátil: como en un museo, lo que se ve podrá no ser poseído, pero ha pasado por lo ojos. Nadie pretendería llevarse los cuadros de un museo: se entra para mirar. Los compradores compran eventualmente.
Pero su fiesta es la fiesta de la mirada, un convite de sensaciones, que se parece mucho a una revista de ricos y famosos, hojeada para ver cómo es la cocina de un locutor de televisión o el guardarropa de una vedette. Nadie que hojea esa revista piensa que puede vivir en esas casas. Nadie piensa que puede acceder a todo lo que el shopping ofrece. En esa exposición de objetos muchas veces inalcanzables se alimenta la relación amorosa entre el shopping y los visitantes que, transportando muchas veces una bolsa minúscula, sin embargo han realizado una fantasía que se alimenta de lo visto y tocado tanto como de aquello que se adquiere. Museo del puro instante, máquina de vender, espacio de la ilusión sin tiempo: por eso adoran el shopping los adolescentes y los viejos.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/08/sociedad/s-972383.htm
El mural, en la estación de subte de Retiro, pasa casi inadvertido. Hasta que, un día cualquiera, una misteriosa presencia modifica el paisaje.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En la estación Retiro del subterráneo, justo en el extremo de los andenes, hay un mural. Un reborde de pared, de más o menos cuarenta centímetros de profundidad, lo enmarca en una caja de mampostería que pretende jerarquizarlo o protegerlo. Iluminado por una luz aplastante, el mural es perfectamente visible aunque, como mucho de lo que decora el espacio público, está esfumado por la costumbre. Casi nunca recibe la menor atención, destino imperceptible que comparte con los murales de cerámica de los pasajes que unen las líneas de subterráneo. Aunque quizá me equivoque, y algún chico quede fascinado con esa atracción que se siente ante algo que no forma parte del mundo cotidiano. Como sea, tengo la impresión de que los murales son devorados por la ensimismada velocidad con que se caminan esos metros que van entre el vagón de subterráneo y la estación Retiro; se desvanecen en un espacio neutralizado no sólo por la costumbre sino por el apuro, y el tiempo que se emplea para salir de un tren y meterse en otro es una especie de limbo tumultuoso.
Sin embargo, hace unas semanas, algo en el mural de Retiro atraía la mirada. Podía pensarse que un artista lo había tomado como soporte para una obra de esas que se llaman intervenciones urbanas, que tienen finalidades diferentes, entre las que se cuenta volver visible aquello que habitualmente es pasado por alto: llenar de banderas anaranjadas el Central Park de Nueva York, para resaltar mediante ese color lo que fue el diseño histórico del parque; poner un vidrio esmerilado en medio de una plaza cualquiera, para que la gente se detenga allí y se esfuerce por mirar, a través del vidrio, esa porción de espacio que habitualmente es inerte; envolver un edificio con telas o alambres; o construir una casilla de madera, que parece un depósito de herramientas pero que, en realidad, está abierta para que el público vea que adentro hay una exposición de fotos de ese mismo lugar, un sauna en miniatura o, directamente, nada, es decir que no se trata ni de un baño portátil, ni de un depósito temporario. Incluso en el medio de la naturaleza se han hecho intervenciones: una red de sogas trenzadas o un lienzo azul suspendidos en un bosque, parlantes clavados en lo alto de los árboles o, como en una gigantografía artística, un paisaje alterado con pilotes, montones de rocas o acarreos de tierra.
Estas intervenciones son un agregado al espacio sobre el que se realizan: una declaración tanto estética como ideológica. En todo caso, siempre son un pedido de atención que busca contradecir las percepciones distraídas.
El mural del andén también había sido intervenido. Un hombre, con toda evidencia alguien que vive en la calle, dormía sobre el borde inferior del marco de mampostería. De perfil, porque el ancho del marco no permite otra posición, estaba allí completamente inmóvil, iluminado con intensidad, apoyado contra el mural como si fuera un objeto tridimensional que estuviera deliberadamente integrado a la representación plana. El hombre completaba la obra y daba la impresión de que su presencia respondía a la decisión de un artista. No era simplemente alguien que dormía en el andén de un subterráneo.
Se podían pensar dos cosas. La primera: que algún artista urbano hubiera planeado esta intervención, conseguido fondos para llevarla a cabo, contratado al hombre, y todo formara parte de un proyecto destinado a mostrar, por ejemplo, que muchos viven en la calle y que es necesario señalar el contraste entre el arte público y las condiciones miserables de los que no tienen casa. La segunda: que se trataba de una casualidad irrepetible, de un encuentro no deliberado entre un mural y un cuerpo. En cualquiera de los dos casos, la visión era ambigua ya que la presencia maciza del hombre dormido, incómodamente apoyado sobre un zócalo, era en sí misma una denuncia de la condición de los sin casa. Me propuse volver al día siguiente, pero, pensándolo dos veces, me pareció mejor quedarme sin saber si una intervención urbana imitaba la vida o viceversa.
http://www.clarin.com/diario/2005/05/01/sociedad/s-967901.htm
Una familia se alimenta con los restos que desecha una panadería. Pero los chicos llevan guardapolvo y mochila escolar: la madre no ha renunciado a la esperanza de un futuro.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
No eran cartoneros. Los tres chicos en cuclillas revolvían las bolsas con restos comestibles que, a las nueve de la noche, siempre saca a la vereda una panadería. La madre, inclinada sobre ellos, recibía los pedazos rescatados y los examinaba y emprolijaba antes de guardarlos en otra bolsa.
Nadie comía nada en ese momento, como si la familia estuviera sencillamente recogiendo la materia prima de una futura comida hogareña, una comida normal, que comienza con la compra de la materia prima. Al lado de la madre, pero sin participar en la tarea por cuestiones obvias de edad, una nena de tres años miraba fijo a sus hermanos, sabiendo que su cena dependía del perfecto resultado de lo que ellos estaban haciendo. Alguien podría decir: nada raro en una ciudad donde hay jubilados que, con toda dignidad, introducen la punta de los dedos en la basura con la esperanza de encontrar el resto de un pancho o de una hamburguesa que después escrutan con su par de anteojos para leer. La normalidad de lo que dejó la crisis.
Sin embargo, salvo que se la mirara muy distraídamente (con la distracción que también es compañera de la costumbre) la escena tenía algo diferente. Con mochilas a la espalda, los tres chicos vestían guardapolvos blancos. La madre los buscó a la salida de la escuela y dio vueltas con ellos hasta que se hizo la hora de revisar las bolsas dejadas por la panadería. Como quien dice: en lugar de hacer las compras, los tres escolares acompañaron a su madre a hacer la recolección. Sólo es posible imaginar el resto.
La madre no había resignado la escuela de los chicos. Esto se concluye con cierta facilidad y, sin embargo, tiene algo de excepcional no desde un punto de vista sociológico, ya que la mayoría de los chicos porteños va a la escuela aunque sea para recibir un almuerzo. Lo excepcional de la escena es su intensidad contradictoria que junta el deseo de evitar una caída definitiva y las condiciones en las que se intenta realizar ese deseo.
Cualquiera se da cuenta de que ir a la escuela no implica solamente desplazarse físicamente hasta un edificio y permanecer allí durante cuatro horas de clase. La seguridad de esa rutina escolar necesita también de otras certezas materiales. Muchos chicos van a la escuela porque allí se come. Ahora bien, ¿cuántos van después de haberse alimentado con lo que ellos mismos han recogido de la calle? Pregunta imposible de una maestra: "Chicos, ¿lo que encontraron anoche en la bolsa de basura estaba rico?"
La pregunta no sólo podría recibir una respuesta estadística, elaborada por expertos que visiten escuelas y le pregunten a los alumnos sobre el origen de lo que comieron la noche anterior. Otras implicaciones de orden moral están presentes en la decisión de esa mujer de persistir en la escolaridad de sus hijos, en las condiciones más hostiles, porque espera que esas condiciones mejoren o porque supone que, aunque no mejoren en el corto plazo, ir a la escuela es un acto de reafirmación personal en una situación que ha tocado un límite.
Esa mujer alimenta su familia con lo que se encuentra en la calle, quizás no todos los días o quizás apoyada por un pacto con quienes sacan las bolsas de desechos. Como sea, esos chicos, en vez de mirar televisión o hacer los deberes, acompañan a su madre a juntar lo que van a comer esa noche. Es una actividad de supervivencia, casi un reflejo o una respuesta automática a la ausencia de otra alternativa. Pero mandar a los chicos a la escuela pertenece a otra dimensión: allí hay una decisión cuyo cumplimiento exige persistencia, responsabilidad y garra.
La decisión une polos contradictorios: cirujear en familia (otros muchos cartonean en familia) y mandar los hijos a la escuela; estar fuera del mercado pero decidir no quedar del todo fuera de la sociedad. Mandar esos chicos a la escuela es diferente del instinto inmediato de conservación y el reflejo cultural de protección al más débil. Los guardapolvos blancos y las mochilas de esos chicos cirujas expresan una idea de futuro, que la madre conservó en las condiciones más miserables, a la intemperie.
http://www.clarin.com/diario/2005/04/24/sociedad/s-963396.htm
Chicos librados a la hostilidad de la calle piden limosna o se entretienen jugando. En la inmovilidad o la acrobacia, tienen la gracia perfecta de quien nada persigue.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
La nena estaba sola, parada en la esquina. Quien la mirara sin prestar atención podía pensar que esperaba el semáforo para cruzar la calle, o que su abuela estaba comprando algo en un negocio y ella había salido a la vereda. Sin embargo, la nena estaba pidiendo limosna aunque, en ese momento, no lo indicara con ningún gesto. La confusión provenía de la tranquila belleza de su pose y de la perfección de su vestido, un vestido escocés verde y blanco, de cintura alta, con lazo y pechera cuadrada, donde el escocés se alternaba con franjas también blancas, una especie de cuello marinero diseñado seguramente por una boutique cara. Visto de cerca, el vestido delataba que esa nena no era su primera dueña sino la última, y que lo había recibido de alguien para quien el vestido ya no servía más. Pero a unos pocos metros, le quedaba perfecto, con la espalda levemente curvada y los brazos finos. Si se bajaban los ojos, las zapatillas viejas revelaban la incongruencia. Pero la nena llevaba su vestido con una gracia inconsciente y su cuerpo correspondía exactamente con el vestido.
El chico se paró en lo alto de la escalera mecánica, apoyó un pie delante del otro sobre el pasamanos, estiró los brazos hacia los costados como un equilibrista que busca el incierto punto de estabilidad y comenzó a deslizarse hacia abajo, sonriente y concentrado, inclinando el cuerpo en el ángulo preciso para mantenerse a noventa grados. Todo un espectáculo que festejaron quienes iban subiendo por la otra escalera. Cuando llegó abajo, pegó un salto y cayó sin titubear, con la firmeza de un gimnasta. Un compañero más chico hizo el mismo trayecto, pero sentado sobre la cinta angosta, manteniendo por eso un equilibrio menos oscilante. Con la misma levedad, ejecutó el salto necesario para caer, parado, en el hall de la estación de subterráneo. Los chicos no lo hacían por plata y ni siquiera es probable que pudieran repetirlo muchas veces para perfeccionar la prueba ya que, indefectiblemente, algún empleado iba a intervenir. De todas formas, no había mucho que mejorar, porque todos los movimientos habían tenido una ejecución precisa, como si se tratara de un ejercicio de gimnasia artística.
Los chicos tenían la liviana inconsciencia de una marioneta: sus cuerpos se comportaban como si no necesitaran ser dirigidos por la cabeza, eran pura intuición y gracia.
Un poeta romántico alemán, Heinrich von Kleist, escribió que el secreto de los grandes actores radica en la soltura con que sus cuerpos se independizan de una conciencia que los controle. Para Kleist, el mejor actor es quien más se acerca al abandono de una marioneta, que cuelga de los hilos y se mueve respondiendo a la fuerza de gravedad que la atrae hacia la tierra, apenas alterada por los movimientos de un hábil titiritero.
Lejos de ser grotesca, la marioneta es grácil, cae por su propio peso, no contradice las fuerzas que la mantienen suspendida de sus hilos. Esto a Kleist se lo dijo el más grande actor de su época, cuando el poeta lo interrogó sobre el secreto de su arte.
Los deportistas también saben de estas cosas. No se puede pensar en golpear una pelota, o patearla, o trasladarla, y hacerlo bien al mismo tiempo: la huella de lo sabido debe ser más fuerte que la conciencia de saberlo. Cualquiera comprueba esto si observa una foto deportiva que muestre un cuerpo suspendido en el aire, ensimismado en su movimiento, los brazos trazando un arabesco en el salto que no puede reproducirse sino solamente hacerse. Son momentos en que los protagonistas no responden a otro llamado que al del impulso que los lleva a convertirse en un trompo o una espiral. Aunque se muevan velozmente, dan la impresión de una especie de cámara lenta, ese efecto óptico que vuelve armonioso casi cualquier gesto o desplazamiento, porque se ha borrado la crispación del esfuerzo.
No se encuentra la gracia si se la busca, porque ella significa la radical ausencia de una intención. Como esos chicos en la hostilidad de la calle, absortos en una especie de esfera transparente, ajenos al mundo que los rodea y a su propio presente.
http://www.clarin.com/diario/2005/04/17/sociedad/s-958918.htm
Los niños mendigos forman parte de un paisaje que ya no produce asombro. ¿Cuándo y cómo se acostumbró nuestra mirada?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En el último subterráneo, los tres chicos están terminando un día más cuya rutina incluye pegamento, limosnas y corridas a lo largo de los vagones. Como son las diez de la noche, la bolsita de pegamento los entretiene más que las limosnas, sobre las que ya no tienen muchas expectativas. Se derrumban sobre un asiento, gritan y se insultan amigablemente, tironean la bolsita, se ríen como locos y, a los pocos segundos, quedan clavados, fríos, bamboleándose entre la excitación y el sopor. La mayor es una chica de doce o trece años, en harapos, que patotea a un rubio de siete, con ropa deportiva, y a una nena, también rubia, que parece su hermana y lleva una mariposa de plástico en el pelo.
El trío ya no produce el asombro de hace algunos años, cuando la crisis depositó a estos chicos en las calles probablemente para siempre. Los pasajeros están más molestos que consternados, quieren mirar para otra parte y lo logran. La escena no tiene nada nuevo y, por lo tanto, excepto los gritos de los chicos, casi se la puede pasar por alto. Nos acostumbramos a vagones de subterráneo atravesados por mendigos de edades diferentes. Y escribo la palabra mendigo, para no resignarme a una expresión con algo de técnico y mucho de eufemismo, del tipo chicos de la calle, que designa una edad y un lugar, no una actividad.
Mendigo, en cambio, todavía conserva cierta fuerza ofensiva, que el reparto de las estampitas no disimula. Chicos pordioseros en vez de la blanda objetividad de chicos de la calle.
¿Cómo fue que se nos acostumbró la mirada? Hace quince años, tomé el tren del Oeste y en el transcurso de seis estaciones pasaron diversos tipos de vendedores y mendigos. Un nene que vendía obleas saltaba entre los asientos como un gato electrizado y gritaba: "El regalito para los niños, dulce el regalito". Entonces, hace quince años, no todos estaban acostumbrados a esos niños mendigos, que hoy ya no son niños, por supuesto, sino desocupados. La voz del chico que vendía obleas era de un agudo afinado y tenso, como si estuviera cantando; todavía entonces se podía distinguir una voz y una forma de decir que quedaban grabadas en el recuerdo. Hoy, los chicos mendigos forman una serie, con eslabones: pibes chorros, internados en reformatorios, prontuariados, prófugos, presos, muertos. En el comienzo de la serie hay un chico que a los tres o cuatro años sale a pedir por la ciudad. La frase es, en sí misma, un escándalo. La escribo y me digo que estoy escribiendo algo que no puede ser, como si se tratara de una fantasía monstruosa que, sin embargo, tiende a ser olvidada porque entró a formar parte de un paisaje.
Un poeta, Jaki Setton, escribió en un libro que se llama Niñas:
Sola en sus pensamientos de semáforo verde quizás está descalza pollera pequeña para cuerpo pequeño y de baja altura a la altura de la /ventana una monedita, por favor será el latiguillo mecánico que a cada semáforo rojo repetirá cuatro o cinco veces treinta por hora trescientos y pico al término de la /jornada...
Jaki Setton contó las veces en que la niña repite su pedido, porque ha captado precisamente que, para los chicos mendigos, el mundo es una repetición rítmica que no se detiene, una repetición indispensable y vacía de todo interés para quien está obligado a realizarla. La mendicidad practica una especie de producción serial del reclamo, que cada mendigo, no importa lo que vaya obteniendo, debe repetir como si se tratara de un obrero en la línea de producción de una fábrica: un mismo movimiento, que sigue un ritmo marcado no por la voluntad sino por la máquina a la que se atiende.
Nosotros nos acostumbramos a ellos, y ellos se acostumbraron a servir la máquina. Son lo que queda de la crisis, los desechos de la economía.
http://www.clarin.com/diario/2005/04/10/sociedad/s-954390.htm
¿A los chicos no les interesa el pasado? Malvinas y el Mundial 78 serían dos casos, que implicaron a sus propios padres, para revertir esa supuesta tendencia.
POR BEATRIZ SARLO*.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace poco leí que, en las escuelas primarias inglesas, los chicos no saben quién fue Winston Churchill. O sea que un desconocimiento del que h hos ejemplos en la Argentina no nos convierte en depositarios universales de toda la ignorancia. La escuela puede hacer preguntas, que no respondan a la fórmula fácil de "lo que a los chicos les interesa", dado que, librados a una supuesta espontaneidad, gana la televisión. En la Argentina, dos acontecimientos me parecen fundamentales porque no sucedieron en un paisaje donde claramente se enfrentaron los buenos y los malos, sino que los muestra en un revoltijo.
Creo que es más sencillo enseñar que el terrorismo de Estado es repudiable, que encarar problemas de nuestra historia reciente y, como se dice que la escuela debe enseñar problemas y no soluciones, paso a mencionarlos.
Ayer fue 2 de abril, un aniversario más del comienzo de la Guerra de Malvinas. Como durante el Mundial de Fútbol de 1978, gobernaba una dictadura militar; en uno y en otro caso, millones de argentinos lo pasaron por alto para salir a festejar el Mundial del país de los desaparecidos y la aventura militar de los dictadores. Todavía hoy es difícil reconocer que la gente quería el Mundial en las condiciones que fueran y que celebró en las plazas el inicio de la Guerra de Malvinas creyendo que los militares habían encarado una empresa de afirmación nacional. Muy solitarios quedaron quienes repudiaron la foto triunfal de Videla rodeado de los campeones; muy pocos valoraron el gesto del seleccionado holandés que no quiso compartir otra foto con los responsables del terrorismo de Estado.
El Mundial de fútbol y las primeras semanas de la Guerra de Malvinas son momentos resbaladizos, donde hoy es difícil reconocerse en la multitud enfervorizada con el Himno y el celeste y blanco, movida por la idea delirante de que éramos los mejores del mundo, nos gobernara quien nos gobernara. A diferencia de otros momentos de la historia, la mayoría estuvo comprometida en la celebración, tirando papelitos o agitando banderas. El nacionalismo deportivo es un rasgo universal, pero también tiene sus condiciones locales que son graves cuando el gobierno, a pocas cuadras de las canchas de fútbol, administraba campos de desaparecidos. El nacionalismo territorial produce guerras y, por supuesto, miles de víctimas, comenzando por los veteranos de Malvinas, esos hombres incómodos que durante más de dos décadas quedaron a la deriva, no porque la guerra fue una aventura loca de los militares, sino porque fue una guerra perdida. El nacionalismo, cuando es dirigido por una dictadura, saca lo peor de todos los protagonistas en juego: el olvido, la ausencia de solidaridad, la destrucción de principios que indican que el fútbol viene después de las vidas sacrificadas por el régimen que empleó todos los medios para evitar que el mundo sancionara su repudio trasladando a otra sede el campeonato de 1978. Y entre los medios que empleó estuvo la opinión y el deseo de la población argentina. ¿Es posible enseñar cosas así?
Cuando se afirma que los contenidos de la escuela no interesan a sus alumnos es probable que se esté pensando en estampitas congeladas y heroicas de la historia patria. Me resulta muy difícil imaginar que esos alumnos no se interesarían en una discusión sobre qué viene primero: ¿El fútbol o los derechos humanos? ¿Las islas del Atlántico Sur o una guerra sin ton ni son, desencadenada por un gobierno que mandó a miles a la muerte en manos de un enemigo al que se lo había convocado sin motivo excepto el de salvar, por una causa nacional, el pellejo de los dictadores? Los hipotéticos alumnos de estas escuelas hipotéticas no tolerarían las dos historias con el indisciplinado desinterés de costumbre. No se les estaría dando una masa inerte de pasado, sino que se señalarían cuestiones abiertas, entretejidas con opciones reales, que implicaron a sus propios padres, donde los personajes no son fáciles de clasificar, porque además de los militares estaban millones de argentinos.
http://www.clarin.com/diario/2005/04/03/sociedad/s-950058.htm
Hubo un tiempo en el que al esposo de una maestra lo llamaban fogonero. Se suponía que el sueldo de su mujer le permitía quedarse en casa tomando mate.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En 1920, un maestro, según categoría y antigüedad, ganaba entre 180 y 275 pesos; una familia obrera, donde trabajaban dos personas, entre 170 y 180 pesos. Según un estudio de Liliana Pascual, a lo largo de esa década, el ingreso de una familia obrera tipo cubría sus gastos, con pequeñas diferencias a favor o en contra. Es fácil concluir, entonces, que el sueldo más bajo de un maestro bastaba, por si sólo, para enfrentar las necesidades de una familia obrera; y el de un maestro de la llamada primera categoría, arrojaba un plus de más del cincuenta por ciento por encima de esas necesidades básicas.
Empiezo por estos datos duros, porque explican una denominación popular en aquellos años: fogonero se llamaba, con ironía machista, al esposo de una maestra, ya que se creía que con el sueldo de la mujer el marido podía quedarse en casa, tomando mate. Para las mujeres, ser maestra era un camino de ascenso respetable, que no contradecía el modelo tradicional de una persona consagrada a los niños, la "segunda madre", como se decía con elocuente sentimentalismo. Para los hombres, la docencia era una carrera hacia la dirección de las escuelas y los puestos administrativos.
Los hijos de familias pobres que llegaban a ser maestros pensaban que les iba bien en la vida. No se trataba de la opción para los que menos esperaban; lejos de ello, en los barrios y en los pueblos, los maestros formaban, junto con el médico, un conjunto respetable: gente de opinión, que conocían a todo el mundo y todos habían comprobado sus habilidades y saberes.
El trabajo formal de muchos escritores argentinos fue el de profesor secundario, algo que hoy sólo se conserva parcialmente en un par de colegios dependientes de la Universidad y algunos privados de la élite intelectual. Los críticos más célebres de los años veinte, como Ricardo Rojas y Roberto Giusti, enseñaban literatura en los colegios. En realidad, los escritores que no pertenecían a la oligarquía trabajaban o en la docencia o en el periodismo. Queda bien claro que hoy solamente el periodismo recluta a escritores como mano de obra. Ser profesor secundario no era un exilio en el territorio de la incultura.
Quien pase algunas horas en los archivos del Ministerio de Educación podrá comprobar que los informes anuales que enviaban los directores de las escuelas normales, donde se formaban los maestros, estaban redactados por administradores de primer nivel. La capacidad conceptual, la escritura, el sentido de la responsabilidad, la imagen enaltecida y un poco solemne de la tarea realizada, los medios intelectuales puestos de manifiesto, todo en esos informes traducía el lugar que la escuela tenía en la conciencia y en la práctica de los gobiernos y de las burocracias estatales. No cabe duda de que esos informes describen el trabajo dentro de una máquina educativa que funcionaba. Los directores se pensaban a sí mismos como modeladores de la sociedad: esa idea tenía sus aspectos autoritarios, sin duda, pero era una idea que, además, se llevaba a la práctica. Entre lo que se pensaba que la escuela debía ser y lo que la escuela era no había un precipicio.
Hoy justamente, ese precipicio separa lo que se quiere de la escuela y lo que la escuela hace efectivamente. Las razones son muchas y los técnicos no dejan de mencionar el hecho de que los chicos que ahora llegan a la escuela son social y culturalmente diferentes a los de 1920 ó 1950. Los maestros también son diferentes, ha cambiado su preparación y su lugar en la sociedad. En las sociedades capitalistas no existen profesiones cuyo prestigio no esté vinculado al dinero que se percibe como salario. El capitalismo clasifica y establece lugares sobre esa base. En consecuencia, el salario de los maestros y su prestigio social se siguen como un cuerpo y su sombra; y, por supuesto, el salario de un maestro, lo que éste pueda dar y lo que puede exigírsele están soldados.
En sociedades regidas por el principio del éxito, nadie querrá ser maestro si esa profesión es percibida como una salida para quienes, verdaderamente, no tienen otra.
http://www.clarin.com/diario/2005/03/27/sociedad/s-945908.htm
Empezar la escuela primaria equivale a atraversar un umbral decisivo. Pero a veces, las puertas de la escuela están cerradas. Y el Estado no responde.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Los mellizos entraban a la escuela en primer grado y cumplían seis años ese mismo día. Durante las semanas anteriores, para los chicos y su familia esa coincidencia se convirtió en algo mucho más significativo que una superposición de fechas. Atravesar la barrera entre el jardín de infantes y la escuela equivalía a una suerte de final de etapa y de nuevo comienzo, el cruce del umbral decisivo hacia la escritura y la lectura. Se lo habían dicho y lo habían entendido. El día iba a estar cargado de una especie de simbolismo.
En la ciudad donde los mellizos viven, y de donde me llega la noticia, las clases no empezaron. Sería de un sentimentalismo fácil lamentar la destrucción de una ilusión que estaba sostenida en el débil lazo de acontecimientos que coincidían por casualidad. Los chicos habrán aprendido, en lo que concierne a fechas tan ingobernables por la voluntad como los cumpleaños, que mejor es no celebrar antes de tiempo. Pero lo que sí puede ser tomado en serio es que un compromiso que el Estado tiene con la sociedad, algo tan serio como el calendario de una actividad básica, fue traicionado. Y que el primer escenario escolar de los mellizos que cumplían años fue llegar a una escuela cuyas puertas estaban cerradas, los maestros en la vereda tratando de explicar a los padres las razones de ese inaugural paro docente.
No sé cómo suenan las palabras "paro docente" en la cabeza de chicos de seis años ni me imagino qué es lo que pueden entender sobre la ruptura de un compromiso. De aquí en más se espera que vayan a la escuela cinco veces por semana; de la escuela es difícil saber qué puede esperarse. O sea que, de algún modo, se rompió y habrá que reparar un compromiso muy declamado que el Estado tomó frente a los alumnos. El Estado no supo solucionar un problema con los docentes y abandonó a esos chicos en las puertas de las escuelas cerradas por uno o dos días. Se supone que, entre otras cosas, un chico va a la escuela para aprender las formas que sostienen un compromiso.
Esta situación de escuelas que, en casi la mitad del país, no comenzaron las clases el día determinado por el calendario tiene más de una década. Mi propósito no es señalar la responsabilidad de los docentes sino la del Estado. Eso no quiere decir que se exima a los docentes de responsabilidad. Quiere decir, simplemente, que el Estado es el principal obligado a hacer funcionar el sistema educativo, incluso en los casos en que los gremios docentes impongan tácticas aventureras o irresponsables, para exigir reclamos que pueden ser justos. El problema no explotó en el mes de febrero, y por lo tanto, si las clases no pudieron comenzar el día que los mellizos cumplieron seis años fue simplemente la confirmación de algo sabido hace tiempo. Mientras tanto, se habla de la necesidad de alcanzar un número determinado de días de clase por año, que siempre es inferior al de esos países en serio, considerados por los argentinos un espejo que, aviesamente, se resiste a reflejarnos. A tropezones comienzan las clases y los paros funcionan como puntos suspensivos, cifras que se restan al número nunca cumplido de un calendario escolar normal.
Deberíamos no mirar qué sucede en otros lados para no sufrir el golpe de la envidia, pero, internacionalista sin arrepentimiento como soy, señalo solamente que en Francia la semana escolar incluye los sábados a la mañana, compensado por una interrupción los miércoles o jueves. No parece un calendario muy amigable para el miniturismo ni los feriados puente (imagínense las protestas de la industria hotelera), pero se considera que es el adecuado al aprendizaje. Esta semana extensa de la escuela francesa indica que hay países donde, con diferentes soluciones, la escuela es tan sagrada como la soberanía nacional. En esos países, Francia o Alemania por ejemplo, también hay sindicalismo docente y reivindicaciones salariales, pero el Estado no duerme cínica o irresponsablemente sobre sus discursos. Tampoco la sociedad se lo permitiría, porque la mayoría de los chicos van a la escuela pública, incluidos los hijos de los ricos.
http://www.clarin.com/diario/2005/03/20/sociedad/s-941981.htm
En la escuela, la literatura puede ser una prolongación de lo cotidiano o proponer una experiencia diferente. Qué pasa cuando talla en el aula Un guapo del novecientos.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Me cuentan que, en un colegio bilingüe muy prestigioso y eficiente, los chicos de doce o trece años están obligados a leer el drama de Samuel Eichelbaum Un guapo del novecientos. Mi primera reacción es pensar: se me ocurren diez obras más interesantes para un adolescente del 2005. Pregunto quién es la persona que dirige la sección literatura de ese colegio y me responden con el nombre de alguien a quien conozco bien. Entonces, me callo la boca: mejor pienso por qué esa mujer eligió Un guapo del novecientos. Descartemos razones.
No lo eligió porque creyera que en ese drama sobre el guardaespaldas de un caudillo conservador, que transcurre a comienzos del siglo pasado, los chicos pudieran encontrar retazos de los teleteatros que miran, la música que escuchan, los videos que juegan, ni lo que escriben en el chat. Por el contrario, todo lo que hay en la obra de Eichelbaum tiene que resultarles ajeno y parcialmente incomprensible, como si estuviera en una lengua olvidada o nunca aprendida del todo. Tampoco vieron, entre una y otra película del cable, la que dirigió Leopoldo Torre Nilsson, donde Alfredo Alcón, muy joven, representaba al guapo. Si esa película pasó por las pantallas, es probable que haya sido eliminada por el oportuno control remoto. O sea que Un guapo del novecientos no fue elegida porque algo de la obra se conectara sin esfuerzo con el "mundo de los chicos", como suele alegarse cuando la escuela decide ser obsecuente y oportunista.
Por el contrario, cuando se eligió Un guapo del novecientos, fue a contrapelo de ese mundo porque la escuela no debe ser sólo una prolongación de la vida cotidiana, que fluye sin cortes entre la calle y el aula, sino un lugar donde la cultura cotidiana, de algún modo, se interrumpe para que puedan entrar otra cultura, otros saberes y otras actitudes. La escuela es lo otro del mundo del juego e idealmente debería ser lo otro del mundo de la necesidad y la carencia. Los chicos van a la escuela porque deben apropiarse de algo que es completamente diferente a ellos, a sus costumbres y, en general, a sus inclinaciones trabajadas por los diferentes medios que consumen tanto en Palermo Chico como en la villa. Si la escuela no ofrece los elementos para realizar ese corte y no le da a los chicos algo distinto de aquello que traen de otra parte, no está cumpliendo con su función. La escuela no debería ser el campamento de una tribu infantil, una especie de reserva indígena donde se confunde respeto con no intervención.
Por eso Un guapo del novecientos: porque a los chicos del siglo XXI, las formas de la lealtad del siglo XIX y comienzos del XX les parecen las costumbres de un pueblo extranjero; porque el guapo tiene que ser pensado en ese suelo remoto, donde es posible también imaginar diferentes patrones de relación entre política, lealtad y violencia. Y, lo que no deja de ser importante, porque los personajes de la obra de Eichelbaum hablan una lengua que a los chicos educados en el teveñol (español rioplatense desnutrido) les puede parecer curiosa y podría resultar interesante que la aprendieran. Con Un guapo del novecientos la escuela deliberadamente funciona como una máquina que no replica la realidad de lo que recibe, sino que construye, que intenta construir, contra todas las dificultades, una experiencia diferente de las que se tienen en el mundo audiovisual, en el shopping o en la pobreza. Al elegir Un guapo del novecientos, la escuela le dice a esos chicos varias cosas: la primera es que allí, en la escuela, alguien toma por ellos decisiones que ellos no están en condiciones de tomar por sí mismos (armar un programa de lecturas no puede convertirse en un concurso de popularidad infanto-juvenil); en segundo lugar, que ellos están en la escuela para salir con una cabeza transformada por lo que aprenden, y no con un perfeccionamiento de lo que ya saben (¡hoy, chicos, analizamos una canción que todos ustedes conocen!).
Por supuesto, para esto se necesita plata: o la tienen los padres, o la debe invertir el Estado para los chicos cuyos padres no la poseen.
http://www.clarin.com/diario/2005/03/13/sociedad/s-937494.htm
La escuela puede salvar un destino o sellar una condena temprana. En esta disyuntiva juega, ante todo, la calidad de la formación de los docentes.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En enero, muchos lectores de esta columna me criticaron porque entendieron que yo, a mi vez, criticaba los regalos de Reyes que repartía la Fundación Eva Perón. No les gustó que yo comparara aquellos regalos (muñecas y pelotas de fútbol) con los juegos más didácticos que recibían los hijos de la pequeña burguesía ilustrada. La diferencia entre los regalos anunciaba el futuro de quienes los recibían, decía yo.
Los lectores se enojaron. El debate sobre educación es una buena ocasión para volver al tema por otro camino.
A comienzos del siglo XX, en una escuela de Parque de los Patricios, que entonces era un confín de Buenos Aires, una maestra, Estefanía Filgueiras, decidió abandonar el puntero con el que señalaba el pizarrón y también castigaba a los revoltosos. En un aula donde los alumnos jugaban con cuchillos, la herramienta cotidiana en un barrio donde abundaban los obreros del matadero, Estefanía enseñó a leer y a escribir sin el puntero, porque así lo había aprendido en la Escuela Normal. En esta decisión jugó el orgullo y el prestigio de su cargo.
Hasta los años cincuenta no se pensaba inevitablemente que la divisoria entre buena y mala educación pasaba por la línea que separaba a ricos de pobres. La cuestión estaba en quién llegaba a la escuela secundaria o a la universidad y la selección se producía no tanto por la diferencia de saberes en el final de la enseñanza básica, sino por posibilidades y expectativas de clase social.
Hoy, en la Argentina, hay escuelas para ricos y escuelas para pobres, que no coinciden exactamente con escuelas públicas y escuelas privadas, sino con escuelas para familias que poseen medios culturales, y escuelas para familias que no los tienen. Estas segundas pueden incluso ser familias ricas desde el punto de vista económico, porque la incultura de muchos privilegiados no es una novedad. Ir a una escuela para pobres marca como una condena temprana. Los chicos de la burguesía que van a malas escuelas, dispondrán de tiempo, dinero para nuevas experiencias educativas y conexiones familiares para ubicarse. Los pobres, por supuesto, no tienen instrumentos de compensación. Para los pobres, la escuela decide la vida.
Pero ¿qué es una escuela para pobres? No necesariamente una escuela donde no hay computadoras. Por cierto, en las escuelas para ricos es más habitual que haya computadoras, pero la diferencia no está allí, o no está solamente allí.
Podría existir una escuela donde se enseñaran los más sofisticados problemas matemáticos o de lengua sin una computadora, y donde se entrenara a los chicos en la búsqueda de información en dos enciclopedias que son tan difíciles o tan fáciles de manejar como Internet. Podría existir una escuela donde los chicos leyeran cinco libros por año, actividad que los prepararía mucho mejor para navegar en cualquier dimensión del mundo de la información virtual, las de hoy y las del futuro.
Los chicos leen fotocopias en las escuelas para pobres, porque no pueden comprar libros, los maestros no siempre saben dónde ir a buscarlos, ni el Estado los proporciona en cantidad suficiente, y también leen fotocopias en las escuelas privadas mediocres, porque los padres no corren a comprarlos, los chicos prefieren gastar en otra cosa y los docentes se adaptan a la desidia de la familia y la institución.
Cuando se leen libros, no hay problemas en leer también fotocopias. Pero algo misterioso sucede cuando sólo se leen fotocopias: de ellas no se pasa fácilmente a los libros.
En estas hipotéticas escuelas con libros verdaderos y sin computadora, lo que habría seguramente es maestros con un entrenamiento de primera. Y aquí está uno de los nudos de la cuestión: es más difícil entrenar maestros que comprar computadoras. Incluso puede ser más caro y necesariamente ocupa más tiempo y exige más constancia. De todos modos, no parece necesario optar entre buenos docentes y computadoras. Simplemente señalo el punto porque las computadoras, sin buenos docentes, se pueden convertir en un cyber pagado por el presupuesto educativo.
http://www.clarin.com/diario/2005/03/06/sociedad/s-933466.htm
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Durante el verano, yo seguía a Lajos Kovacic de la mañana a la noche. Su nombre se pronunciaba Láiosh, y había dicho que mi apodo quería d encita o señorita en húngaro, aunque nunca pude comprobarlo. Lajos tenía dos libros, que había leído en el barco mientras navegaba hacia América: una geografía, y un vocabulario húngaro-inglés. Nadie supo si ese jinete de la caballería imperial durante la primera guerra se había equivocado de destino o de libro.
Había sido campesino y mecánico de una fábrica de balanzas, pero de joven tenía mal genio y no duraba en los trabajos. Cuando lo conocí tenía más de cincuenta años: ojitos celestes achinados, casi calvo, con un bigote militar que tapaba la boca sin dientes. Lajos era dueño de un caballo tobiano, alto y ancho de pecho, que naturalmente se llamaba Tobi, y de un zaino, sin muchas cualidades, que montaba con una elegancia difícil de copiar. También tenía un carro rectangular, de piso chato, al que ataba el tobiano cuando íbamos al pueblo. En el comedor de su casa, guardaba un arcón con herramientas a las que, cada tanto, engrasaba y lustraba. Sobre una piedra chata, alisaba clavos que luego clasificaba en latitas. Sentía un respeto apasionado por las herramientas y el filo de sus palas terminaba en un borde brillante de varios centímetros, que Lajos perfeccionaba todos los días. Sus hachas tenían largos mangos tan lisos que parecían de marfil veteado con caoba.
El mango se deslizaba casi de un extremo al otro entre sus manos, con un estilo personal, eficaz y vistoso. Hachaba al atardecer y ordenaba los troncos por tamaño. Después, con una carretilla, los repartíamos entre las cocinas de su casa y la nuestra.
De la guerra tenía sólo dos recuerdos: que los oficiales azotaban a los soldados si se comían la lata de conserva que llevaban en su mochila y debían mostrar todos los días en la formación de la mañana; y que, al poco tiempo de llegar con su regimiento de caballería, les habían sacado los caballos y los habían metido en trincheras donde todos deseaban recibir "la bala de la suerte" en una pierna o un brazo, a fin de pasar unos meses en el hospital. De su provincia húngara tampoco recordaba mucho: que los establos tenían piso de madera y que los patrones también les pegaban a sus jornaleros. De los treinta y pico de años que ya había pasado en Argentina, recordaba la fábrica de balanzas y una estancia del norte de Córdoba de donde lo habían echado por contestarle mal al mayordomo.
El presente nos ocupaba, entonces, casi por completo: había que ir al pueblo a la mañana con una lista de compras, dar de beber al caballo cuando regresábamos, llevarlo al potrero para que pastara, perfeccionar los canales que transportaban el agua hacia la quinta, engrasar el molino, reparar el cerco del gallinero o el poste caído de un alambrado, quemar la basura, recoger fruta, transplantar almácigos, ponerle kerosén a las lámparas y emparejarles las mechas, arreglar un arreador o un pretal. El día casi no alcanzaba porque Lajos observaba metódicamente la secuencia de tareas, que encaraba con la precisión de un mecánico fino.
Nunca hablaba mal de los vecinos criollos pero, en la serie meticulosa de trabajos que realizaba con una habilidad perfeccionista y obsesiva, les oponía un modelo de artesanado campesino que los criollos cumplían a su manera. No soportaba que un caballo volviera cansado a la casa después de un paseo sin ningún objeto; le parecía intolerable que el animal llegara con espuma en la boca, sudado, así, al divino botón, sólo porque a su jinete se le había ocurrido correr un rato. Por supuesto, la idea de la equitación separada del trabajo le era completamente ajena y hostil.
Mi aprendizaje era infinito, fascinador y exasperante. Las cosas se volvían difíciles cuando llegaba el momento de despedirse. Lajos apretaba en la mano su pañuelo azul, hecho con un retazo de camisa vieja, listo para agitarlo mientras nuestro taxi se alejaba hacia la estación. Los dos llorábamos un poco.
http://www.clarin.com/diario/2005/02/27/sociedad/s-929197.htm
Una fiesta de casamiento campera. Asado, empanadas, truco... y un petiso jugado a los naipes.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
No olvidaré que el ruedo del vestido blanco de la novia se fue manchando de tierra a medida que avanzaba la fiesta. Desde el mediodía, ese vestido había sufrido un envejecimiento precoz, acentuado por las etapas del almuerzo y el baile. De todas formas, los padres de Julia, la recién casada, estaban vestidos simplemente con su ropa de domingo y los invitados, como hacía calor, se habían sacado los sacos, así que Julia, con su vestido blanco, seguía siendo la más emperifollada. La fiesta era en el campo, en el patio de tierra que rodeaba la casa de los padres de Julia, quinteros que, en dos manzanas, habían imitado la disposición geométrica y umbría de un huerto italiano.
Contra todo pronóstico, habían logrado que, en ese suelo seco, cruzado por los canales que salían del tanque australiano llevando agua, prendieran árboles de damascos y ciruelas, duraznos chatos y manzanitas doradas. Entre árbol y árbol, crecían vegetales extraños a la cocina criolla, como radicheta y apio.
La fiesta de casamiento, sin embargo, respondía al modelo local: empanadas con mucha pasa de uva, papa y comino, asado de chivito y pastelitos de dulce. Los hombres comían de a pie, sin plato, cerca de la parrilla; las mujeres rodeaban una mesa debajo del paraíso. El novio y dos amigos, después del almuerzo, se sentaron un rato en unos banquitos bajos, apoyados contra la pared, acalorados y un poco somnolientos. Cuando las mujeres despejaron la mesa, cuatro de los más viejos sacaron la baraja para un truco muy conversado, cuyos puntos se contaban con granos de maíz amarillo que habían traído del gallinero. Al rato, en un carro, un amigo del novio trajo una victrola a cuerda y una caja con discos.
A partir de ese momento, durante el baile, el vestido de la novia mostró su ruedo con motitas de tierra que resultaba de los baldazos que, de vez en cuando, se tiraban para aflojar el calor y evitar que se levantara polvo. Los chicos se amontonaron cerca de la victrola donde hacían cola para darle cuerda y cambiar los discos cada tres minutos. El dueño del aparato no lo perdía de vista, sobre todo por los discos, unos diez o doce, que podían romperse en cualquier momento. Al atardecer, la novia entró a la casa y salió vestida con su ropa de siempre, la que se le conocía en las visitas de los domingos a sus padres, y un pañuelo de seda blanco con guardas azules que le habían regalado. El novio ató el sulky (prestado por otro amigo) y mientras los chicos alborotaban, se despidieron con sencillez. Los demás seguimos en la fiesta que empezó a parecerse a una tarde de sábado cualquiera, con un poco más de comida, de bebida y de gente. Uno de los invitados quería vender un petiso tordillo. Decía que había sido caballo de polo, lo cual era un embuste ingenuo, ya que nadie jugaba al polo en trescientos kilómetros a la redonda.
Se trataba simplemente de un caballo criollo, más bien bajo y rechoncho, que su dueño había traído de San Pedro Norte. Alguien le propuso jugarlo a los naipes y, como no había encontrado interesados, el vendedor aceptó la apuesta que consistía en el petiso contra una cantidad de pesos que representaba, más o menos, la mitad de su precio. El desafío congregó al resto de los invitados, especialmente a los hombres y los chicos. Ganó el dueño del petiso, que se iba a retirar, entonces, con el caballo y la plata. En ese momento, un hermano del perdedor, como si se tratara de reparar una ofensa o perjuicio familiar, repitió la apuesta, idéntica. Ganó de nuevo el dueño del caballo. Le dijeron que así no podía irse, que tenía que dar a algún otro una oportunidad. El caballo, mientras tanto, había sido montado en pelo por casi todos los chicos; era manso y tenía un sobrepaso bastante compadrito; había pasado de ser casi invisible a convertirse en un premio mayor. Reticente, el dueño del caballo se vio en la obligación de aceptar, pero dijo que primero iba a ensillar porque, ganara o perdiera, esa apuesta era la última. Volvió a ganar y, nobleza obliga, fue despedido como un héroe. Al rato, nos fuimos todos, comentando el caso.
http://www.clarin.com/diario/2005/02/20/sociedad/s-925105.htm
Para los veraneantes de Deán Funes, arañas y víboras eran las grandes amenazas. A veces, todas las precauciones resultaban insuficientes.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
La novela se llamaba Los olvidados. Su autor, Fernando del Río, había llegado en tren a ese pueblo, en medio de un feroz ataque de asma. Su destino era Salta, donde tenía que litigar un caso; sin embargo, se bajó y se quedó en Deán Funes, donde el ataque de asma se desvaneció en el aire reseco. Compró cuatro leguas de campo y monte bajo, algunos bosquecitos de algarrobo y varias majadas de cabras. Como se decía entonces: se afincó.
Publicó la novela varios años después, a mediados de los cuarenta; su título anunciaba que la novela también iba a olvidarse rápido. Excepto la escena donde un gallo rojo peleaba con una araña peluda del tamaño de un puño. Debajo de un tala, después de media hora de saltos, el gallo agonizaba, moviendo la cabeza con dificultad a medida que lo dominaba la parálisis.
Me leyeron esa descripción para que aprendiera lo que podía pasarme con víboras o arañas, los peligros de las vacaciones.
Mayor ocasión de optimismo ofrecía la historia de un hombre, de apellido Morandini, hacendado de la zona a quien lo picó una yarará cuando la pisó al bajar del caballo para examinar un mojón que, según creía, los vecinos habían puesto de noche para robarle media hectárea de campo. Morandini se agujereó la pierna con el cuchillo hasta hacer un pozo en la zona de la picadura y sacar el veneno. Llegó a su casa medio desmayado; calentó un hierro al rojo vivo en la cocina y se lo aplicó sobre la herida; después fue al pueblo, a tres leguas, le dieron suero y se salvó. Del percance de Morandini se extraían varias lecciones: con las víboras hay que tener cuidado cuando se está de a pie, pero sobre todo cuando se anda a caballo, porque las puede pisar el animal que uno monta, las puede pisar el jinete al desmontar, o pueden estar colgadas de una rama, en la posición de enroscadas que, justamente, necesitan para atacar. Lo principal, entonces, era evitar cualquier víbora enroscada y no provocarla para que se enroscara.
Las víboras preocupaban a mi familia de gente de ciudad. Se mantenía limpio de yuyos el patio de tierra que rodeaba la casa por los cuatro costados; sobre el suelo desnudo cualquier víbora, que se deslizara a un metro, no es peligrosa porque hay tiempo para verla. El monte, en cambio, a la hora de la siesta era el imperio de las víboras y la disciplina debía observarse estrictamente: no salir a juntar piquillín, ni a buscar leñita, no apartarse de las huellas, mirar para los costados a la altura de los hombros, como si se realizara un barrido óptico; en verdad, no convenía ir al monte entre las dos y las cinco. Pero después las cosas no mejoraban mucho, porque la luz tocaba transversalmente los arbustos y las víboras acechaban enroscadas en cualquier ramita con la que se confundían.
Cuando una víbora entraba en la casa, se la mataba fácil porque los golpes del filo de la azada contra el piso de mosaico eran certeros como una guillotina. Sin embargo, estaba el peligro de su compañera. Uno de los perros había quedado con una pata convertida en garfio a raíz de una picadura de yarará que vengó así la muerte de su pareja.
Un día, mientras llevaba un tacho de basura hasta el pozo donde se la quemaba, una víbora de la cruz pasó entre las alpargatas del casero, que se inmovilizó para no asustarla. Después, la buscó y la encontró al atardecer. Como si lo supieran, las gallinas angurrientas esperaron la captura. El cuerpo eléctrico de la víbora descabezada siguió moviéndose un rato y todo parecía un juego en el que las gallinas peleaban por ella a picotazos revoleándola por el aire como si fuera una serpentina. Las gallinas se comían siempre las víboras, que a su vez agujereaban y chupaban los huevos; una vez, habían mordido a una clueca que estaba empollando y el nido quedó convertido en un hueco maloliente y viscoso de cuajaduras. Si el que mataba la víbora decidía no dársela de comer a las gallinas, la desollaba y secaba su piel que se convertía en una lámina brillante pero quebradiza que no servía para ningún uso salvo el de rememorar el momento en que se había dado muerte a su dueña.
http://www.clarin.com/diario/2005/02/13/sociedad/s-921022.htm
Era una familia vasta, con parientes por todo el pueblo. Las primas Blanca y Ramona llegaban cada verano. A Blanca le gustaba el baile. Ramona se parecía a Audrey Hepburn y no sabía leer.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Las dos chicas eran primas, se llamaban Carrizo de apellido y formaban parte de una familia extensa que vivía en diferentes ranchos, unos cientos de metros hacia el sur y hacia el norte de Las Pencas, nuestra casa.
Carrizo y Coronel eran los patronímicos de casi todas las personas que conocía en ese lugar: la Negrita Carrizo, la Delfi Coronel, doña Marta Carrizo, la madre de Blanca, cuyo marido era un hombre alto y casi rubio que andaba a los saltos con su muleta de algarrobo porque le faltaba una pierna, perdida cuando quiso atar un mulo bravo al sulky con el que iba a buscar a sus patrones a la estación de trenes. Otro Carrizo había sido casero en Las Pencas y había quedado en el recuerdo porque su fiesta de casamiento duró tres días al cabo de los cuales los novios salieron disparando para el hospital para que naciera su primer hijo. De esa fiesta quedó una puerta rota, rajada de arriba abajo, contra la que había pechado el caballo de uno de los invitados. Ese Carrizo, que era inteligente y emprendedor, puso un almacén, fonda, despacho de bebidas y cancha de bochas a un costado, donde (en mi casa comentaban) algunas mujeres también ofrecían sus servicios. Lo cierto es que siempre había dos muchachas en la trastienda, sentadas en un catre sin colchón para que fuera más fresco, riéndose y tomando mate.
Blanca y Ramona vivían en la misma casa, veinte cuadras después del matadero pero, durante el verano, se mudaban a la que mi padre llamaba la "pieza del pasto", porque allí siempre se guardó un rectangular fardo de paja que se reservaba para usos futuros que nunca llegaron. Los domingos, después del almuerzo Blanca y Ramona se iban a visitar a la familia, cortando monte al rayo de sol, con unos ataditos donde siempre llevaban algo para los más chicos.
Volvían el lunes a la mañana, trayendo de regalo pan casero con chicharrón, unas tortas pesadas con pequeñas incrustaciones de grasa. Blanca, la mayor, también iba los sábados al baile del pueblo; se la escuchaba volver de madrugada, precedida por los ladridos de los perros y los gritos con que los ahuyentaba. Su vestido de salida, ajustado a la cintura y las caderas, era naranja fuerte, color diablo afligido como decían en mi casa ejerciendo la crítica de clase; se iba con los zapatos en la mano para que llegaran impecables al pueblo.
Una vez, en un parque de diversiones ambulante, Blanca se ganó una muñeca grande, verdaderamente admirable, con capota y vestido de pañolenci. Sabía todas las canciones de memoria; en opinión de mi familia y de su propia madre, le gustaba demasiado el bailongo, palabra que tenía clarísimas resonancias de peligro moral, confirmadas cuando nació su primer hijo "de padre desconocido". Ramona no pisaba el baile. Sin embargo, su primer sueldo lo gastó en hacerse la permanente. Llegó una tarde de sábado con melena corta y llena de rulos diminutos que contrariaban su pelo pesado y brillante. Tuve la esperanza de que los rulos desaparecieran después de que Ramona se bañara en el tanque australiano y se mojara la cabeza. Pero no: la permanente respondía a su nombre y la melena de Ramona persistió como la incongruencia que coronaba un cuerpo tan fino como el de Audrey Hepburn. Sus ojos también eran parecidos a los de la actriz, almendrados.
Ramona no sabía leer. Esto para mí era un dato extraordinario. No conocía a nadie que no supiera leer a los quince años. Sus hermanas y primas habían hecho los tres primeros grados de la escuela y una de ellas, la Negrita, quería estudiar para maestra. Las mujeres de la familia decidieron que Ramona no podía seguir siendo analfabeta y le impusieron un horario de clase que la mortificaba atrozmente. De reojo, yo la veía deletrear, incómoda porque la hacían sentar a la mesa del comedor, a la hora de la siesta. Como era buenita, según el consenso de todos, y muy callada, Ramona aceptaba esa protección que no había buscado y cuyo sentido no entendía ya que, como una vez se atrevió a decir, ella ya había aprendido a trabajar bien, sin ir a la escuela.
http://www.clarin.com/diario/2005/02/06/sociedad/s-916990.htm
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Se llamaba Eugenio Bossia (o Bocia, quién sabe cómo se escribe). Había peleado en la Primera Guerra, pero a diferencia de otros no le escuché nada sobre el pasado. Sabíamos que era genovés y hablaba, muy poco, casi sin mover los labios ni separar los dientes. Su observación predilecta, en aquellos años del primer gobierno peronista, era que todos los peones estaban soliviantados con la jornada de ocho horas: "Estamos mal por el asunto de lasochosora", repetía, sin separar las palabras.
Para don Bossia, la idea misma de una jornada de trabajo era singularmente inadmisible. Venía de un mundo campesino donde se trabajaba hasta caerse muerto, sin que los horarios interrumpieran los cuidados repetidos e ilimitados a las plantas y los animales. Una vez por semana, las mujeres de mi familia íbamos a la quinta de don Bossia, a comprar fruta, verdura, conejos o menudencias de chancho que nadie sino él ofrecía en ese pueblo del norte de Córdoba. La quinta de don Bossia estaba a unos mil metros de nuestra casa, separada por un rectángulo de bosque bajo, sin desmontar, que atravesábamos por el sendero. Al llegar, casi abruptamente, se alzaba un macizo de un verde profundo, un cerco cubierto de enredaderas y, enseguida, la húmeda galería de la casa. A pocos metros, el chiquero se extendía como un piletón de barro hediondo. Inevitablemente, alguna de las mujeres decía: "No sé cómo este hombre puede vivir al lado de toda esta porquería".
Golpeábamos las manos, gritábamos "Ave María purísima" y aparecía don Bossia, con boina y faja negras. Nunca entrábamos a la casa; es más, tengo dudas de que don Bossia alguna vez pasara largo rato bajo ese techo; creo, más bien, que comía y dormía en la cocina, al lado del fogón. Nos ofrecía agua, servida de una botella de vidirio verde que subía, chorreante, de la oscuridad del pozo. Después empezaba la compra: los conejos estaban vivos en sus jaulas, y don Bossia, sin amagues, cazaba lo que le habíamos pedido, traía un banquito de la cocina y, ahí nomás, les metía cuchillo. Con la destreza natural de una artesanía centenaria, desollaba el conejo, lo abría al medio, lo vaciaba y lo colgaba de algún alambre: "Después se lo llevo yo -decía-; vamos a dejarlo un rato al sereno". Las vísceras del conejo iban directamente al chiquero y los chanchos se les tiraban encima, empujándose y resbalando en el barro: eran un "boccato di cardinale", me decía don Bossia a mí, que miraba atónita.
Después don Bossia nos ofrecía lo mejor de la quinta. Podía ser alguna sandía, a la que hacía resonar con los nudillos, algún zapallo, uvas o una docena de duraznos. Me invitaba a cortar dos o tres higos, de una higuera española que daba unos frutos carnosos, violentamente hinchados, pero un poco insípidos. Regresábamos con las frutas en una canasta, cuando ya se había puesto el sol y comenzaba a subir un relente de pasto que se mezclaba con la fetidez de los chanchos.
Un verano, al llegar, nos enteramos de que don Bossia se había casado. Las mujeres de la familia hicieron un paquetito con una carpeta de seda cruda y nos fuimos a conocer a la recién llegada. Era una criolla traslúcida, de hombros estrechos y grandes ojos negros, sombreados de un modo que luego se juzgó enfermizo. Se llamaba Marquesa y sus brazos eran finos. Por primera vez entramos a la casa y ella nos sirvió té en unas tazas de porcelana.
Marquesa me pareció lindísima y mucho más joven que don Bossia; había colgado cortinas, y un retrato de casamiento, vidriado y coloreado, en el que don Bossia aparecía de traje y ella con un vestidito gris claro, puntillas en el escote, un abanico en las manos entrelazadas que él sostenía entre las suyas. Marquesa se enfermó al poco tiempo; la cabeza envuelta en un trapo blanco que sostenía las rodajas de papa cruda sobre la frente, pasaba las horas tirada en la cama, quejándose de jaqueca y convulsiones. Desde el primer día, en mi familia se observó que Marquesa no era adecuada para don Bossia. Las mujeres con problemas sólo podían ser burguesas.
http://www.clarin.com/diario/2005/01/30/sociedad/s-912898.htm
La rutinaria excursión familiar a un pueblito cercano, convertida repentinamente en aventura.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Los más viejos recordaban que en Ischilín había vivido el pintor Fernando Fader. El pueblito seguía igual a lo que había sido treinta años antes: casas de adobe venidas abajo, cercos de piedra, higueras y tunales sobre la cuesta de una sierra achaparrada, de la que bajaba un arroyo mezquino. Todo, las casas y sus habitantes, cubierto de capas de polvo y cristales de piedra mica. Ischilín casi no tenía paisaje; sin embargo, para los raros veraneantes de Deán Funes, que tampoco tenía paisaje, era una excursión inevitable. Se llegaba a Ischilín dos horas antes de mediodía, en un taxi cuyo dueño oficiaba de baqueano, asador y guía de las señoras y los chicos. Otros hombres, en general, no participaban de la excursión; preferían armar un almuerzo en el hotel del pueblo, jugar al billar, dormir allí la siesta y esperar el regreso de la familia al atardecer, sentados en la vereda de la plaza tomando fernet o manzanilla, con ensalada de papas y perejil, lengua a la vinagreta y fetas de salame. Uno de ellos había encontrado el mejor motivo para no acompañar a los excursionistas: él no iba a hacer un viaje de quince kilómetros sólo para ver un ojo de agua, igual al que salía del caño de cualquier molino. Cuando el taxi regresaba, con la primera penumbra, sus ocupantes y el conductor se sumaban, acalorados, a la mesa del vermut, contaban las aventuras, que siempre incluían una resbalada al trepar una cuesta para llegar a la inevitable cruz de hierro o Cristo redentor que corona cualquier sierra, y mostraban los envoltorios con tunas o frascos de arrope, los costureros de paja con plumas de colores, que eran más típicos de Quilino que de Ischilín pero que los porteños compraban allí donde los veían, anticipando en varios años la pasión por las artesanías que todavía no se había desatado. El camino entre Deán Funes e Ischilín era, naturalmente, de tierra, una huella ancha, sin alisar, que subía el faldeo evitando cualquier dramatismo pintoresco. Mientras no lloviera, ese camino era tan seguro como incómodo. Los taxistas se lo sabían de memoria, en especial Paco Rubio, un hijo de andaluces que las familias adoraban y las mujeres consideraban buen mozo, por sus ojos negros, grandes y sombreados que, en aquellos años, por sí solos podían decidir sobre la belleza de una cara.
Por lo tanto, lo que para los chicos llegados de la ciudad era una aventura, no despertaba en los mayores ningún recelo. Simplemente, había que acertar con el día: al amanecer se miraba el sur, de donde llegaban las tormentas; si estaba despejado, la excursión era un hecho; el día anterior, se le había pedido su pronóstico a don Pedro el de los burros, dueño de una tropa, a quien todos consideraban una autoridad.
Sin embargo, una mañana que prometía un día inalterable mutó, a las cuatro de la tarde, en una tormenta descomunal. Los excursionistas se encerraron en el taxi, como en una caja de cristal que poco a poco se fue hundiendo en el barro. El regreso era tan arriesgado como necesario y se lo emprendió a las siete, acompañados por un paisano a caballo cuya misión iba a ser la de desenterrar el auto cuando el barro inmovilizara sus ruedas en los lugares más bajos. En un avance lento se alcanzó la mitad del viaje, donde el paisano de Ischilín iba a ser relevado por su primo, a quien se despertó en medio de la noche. De pronto, los faros del coche iluminaron un carro de ruedas altas, de los llamados jardinera, arrastrado por un caballo tobiano, que todos conocían.
En el carro venían los hombres de la familia y el dueño del caballo, envueltos en ponchos, con un olor agrio a manta mojada. Hubo una breve deliberación y los excursionistas pasaron al carro, abandonando al taxista a su destino hasta el día siguiente.
Llegaron a Deán Funes al amanecer y lo primero que se escuchó fue la voz de uno de los hombres de la patrulla de salvataje: "Con el aguacero, no pude prender un cigarrillo en toda la noche".
El dueño del caballo (que se había empapado sin tener la obligación de salvar a nadie) le contestó: "Por eso, desde chico, yo no fumo".
http://www.clarin.com/diario/2005/01/23/sociedad/s-908866.htm
Para el que venía de la ciudad, el almacén pueblerino parecía detenido en el tiempo. A veces el patrón, don Angel Naveira, hablaba de su Galicia con clientes y proveedores...
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Un edificio, justo frente a la plaza principal, lo ocupaba el almacén de ramos generales, con entrada por la esquina, coronada por un gran cartel con la inscripción: Dopazo, Naveira y Cía; abajo, con letras más chicas, el nombre del pueblo, Deán Funes, y el número de teléfono. La calle, todavía de tierra suelta, expulsaba hacia la vereda piedritas y olas de arena que los zapatos y alpargatas de los clientes transportaban adentro para que se mezclaran con el aserrín que siempre cubría en vetas el piso de cemento portland.
El olor del aserrín era el primero que se percibía en el almacén de ramos generales, pero no el único porque lo de Dopazo-Naveira era un galpón fragante. El piso se lavaba todas las mañanas con acaroína, un desinfectante de campo, que dejaba un relente de espiral contra los mosquitos y kerosene; a los mostradores de algarrobo los pintaban con barniz; en los estantes de la sección tienda, los rollos de lona para catre se ubicaban arriba, sobre los rayados para cortinas, más abajo el algodón de sábana y los percales floreados a dos colores de los que se cortaban los vestiditos de entrecasa de las señoras y el guardarropa entero de sus empleadas domésticas. De esas telas con aprestos de fábrica, todavía rígidas por el último baño de almidón, salía una especie de aroma crujiente, como si se tratara de pan. Desde el fondo, donde se apilaban las bolsas de cemento, de cal y los tambores de combustible, perfilados contra la luz implacable del mediodía mediterráneo, llegaban ondas de polvo flotante en el contraluz y ondas más pesadas de olor a grasa y masilla, que, según como vinieran las corrientes de aire, competían con el perfume fuerte del cuero crudo, que se vendía en lonjas para riendas y barbijos o en piezas que se convertirían en partes de un apero. En la sección comestibles había pirámides de latas de jamón del diablo, picadillo y corned-beef; allí dominaban el vinagre y la salmuera.
Para alguien de la ciudad, el almacén de ramos generales era un museo de objetos desconocidos o arcaicos: hachas, guadañas, veletas, caños y émbolos de molino, frenos para carros, cubos y ejes de ruedas, cocinas de hierro, hilo de alambrar, trancas de acero para las puertas, fuentones de zinc que se usaban para bañarse (como en las películas del oeste), látigos y arreadores, armazones de catre. A fin de año, Dopazo-Naveira repartía entre sus clientes más selectos un almanaque con dibujos de Molina Campos. Indiferente a los ruegos de quienes no figuraban en la lista de beneficiados, los entregaba la cajera, Laura, sentada con una flor en el pelo y guardapolvo gris, detrás de su pupitre, de donde partían las pilas de talonarios de venta hacia el despacho de los dueños.
Allí, el hermano más joven de Naveira y un sobrino de Dopazo, medio cabeza hueca, llevaban los libros de contabilidad, de pie frente a mostradores altos, los brazos cubiertos por manguitas de lino para proteger las páginas, en la mano la pluma cucharita con la que trazaban una caligrafía lujosa sobre las hojas rayadas en rojo.
En ese despacho, don Angel Naveira, un gallego que había llegado treinta años antes y había dormido durante una década debajo del mostrador de su primer despacho de comestibles, charlaba con los proveedores y los mejores clientes, que eran sus amigos. Con ellos, a mediodía, se cruzaba a la confitería de los hermanos Quintana a tomar un jerez. Añoraba, de su pueblo de Galicia, sólo una cosa: la cazuela de pulpo. Don Angel disfrutaba de su abundancia y le encantaba contar que cuando el allí presente sobrino de Dopazo fue enviado por su padre para que conociera Europa, se había quedado tres meses en un pueblo cerca de Vigo, jugando al tute. Don Angel, en cambio, no regresó a España, pero trajo a toda su parentela. Un día le preguntaron por qué había venido él, en primer lugar. Contó que su hermano mayor había muerto en una barca de pescadores, a cien metros del puerto; su madre, todavía de luto, lo mandó a los quince años a América, diciéndole: "Tú no morirás en la mar".
http://www.clarin.com/diario/2005/01/16/sociedad/s-904884.htm
Un recuerdo del pueblo de Deán Funes. Cada 6 de enero, el reparto de juguetes de la Fundación Eva Perón trazaba una frontera...
BEATRIZ SARLO
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En la primera mitad de la década de 1950, durante los meses del verano, iba con mi padre todos los días al correo de Deán Funes, un pueblo del norte de Córdoba. Recogíamos las cartas que llegaban de Buenos Aires y enviábamos nuestras obligatorias postales. Desde el 2 de enero, la oficina blanca y nueva de ese correo estaba repleta de paquetes oficiales, para designar de algún modo su categoría. En mi recuerdo, esos paquetes son bolsas de tela, de diferentes colores, con etiquetas pegadas que los identifican como provenientes de la Fundación Eva Perón.
Yo sabía qué encerraban esos paquetes porque el 6 de enero sus contenidos aparecían a la vista bajo los aleros de los ranchos que rodeaban la casa donde vivíamos, y las chicas de esos ranchos, que eran mis compañeras de juegos, mostraban sus muñecas flamantes. En los patios de tierra, los hermanos de esas chicas hacían picar pelotas de fútbol. Pelotas y muñecas habían salido de esos paquetes que, según informes proporcionados por mi padre, también contenían pan dulce, sidra y turrón.
Por supuesto, en casa se desaprobaba ese reparto al que se consideraba una forma baja de asegurar lealtades políticas. Había aprendido muy temprano el sonido de una palabra de significado negativo aunque, para mí, indefinible: demagogia. Yo, con una mirada tan utilitaria como suele ser la de los niños, me preguntaba por qué nosotros nunca nos beneficiábamos con algún paquete, intuyendo que el antiperonismo de mi padre impedía que ingresaran los regalos a mi casa. En los paquetes venían también libritos de unas pocas páginas, ilustrados a cuatro colores, con el pie de imprenta de la Fundación Eva Perón y dibujos de Eva que me parecían maravillosos (el mal gusto es innato), vestida como una especie de hada rubia, una iconografía que después volví a ver en bibliotecas o archivos. Los chicos que recibían los paquetes no miraban mucho los libros y, en cuanto a mí, estaba aleccionada para creer que en ellos sólo había falsedades, salvo que me atreviera a considerar que era mi padre el que mentía.
Mis propios regalos de Reyes eran diferentes al contenido de esos paquetes repartidos por el correo, no tanto porque fueran más caros sino porque se trataba de objetos distintos. Durante años, el 6 de enero encontraba al lado de mis zapatos libros, acuarelas, una caja de compases, paletas de ping-pong, un equipo de química o de magia, juegos de tablero; incluso una mesita y un banco en los cuales comía, al costado de la mesa que ocupaban los mayores, con cubiertos que también habían caído del cielo el día de Reyes.
El juguete importante de esa época, ya me lo habían comprado en Buenos Aires y allá había quedado sobre la cama de mi cuarto: la muñeca de cabeza de porcelana que hoy se ve en los anticuarios, vestida de puntillas como una dama antigua.
Mi semana de Reyes significaba una exploración: debía adiestrarme para jugar con los regalos, enterarme de las reglas que los ponían en funcionamiento, leer instrucciones. Yo estaba en el centro de una familia donde abundaban las maestras e imagino que cada una de ellas hacía su aporte sostenido por una ideología educativa que consideraban racional y progresista. Los Reyes Magos eran una especie de pedagogos modernos, decididos a que su visita del 6 de enero dejara huellas e influyera más que las horas que yo pasaba escuchando la radio o jugando con chicas que recibían muñecas de la Fundación Eva Perón.
El destino ya estaba definido por la diferencia entre la vieja casa criolla donde pasaba los veranos y los ranchos, y por la traducción de esa diferencia en todos los detalles de la vida. No sólo porque los chicos de los ranchos recibían sus juguetes en un multitudinario reparto para el que se hacían colas frente al correo, sino porque quienes orgullosamente despreciaban el reparto (o lo condenaban) sabían cuáles eran los mejores regalos, no los más caros ni los más lujosos, sino los que marcaban el futuro, como si los lugares sociales estuvieran embrujados.
http://www.clarin.com/diario/2005/01/02/sociedad/s-896793.htm
Un bar de jazz en Nueva York. Un piano y un contrabajo. Dos argentinos confundidos entre los parroquianos. Un año nuevo distinto.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
A las tres de la mañana, las mozas y el barman se sacaron los delantales. Siguieron sirviendo tragos, pero también comenzaron a consumirlos.
Los dos músicos, en el piano y el contrabajo, tocaban como si la medianoche no hubiera sonado para ellos, ni hubiera comenzado un nuevo año. Todos circulaban de mesa en mesa o se paraban en la barra, excepto los dos argentinos infiltrados en la cena de fin de año de un legendario boliche de jazz, donde ellos eran los únicos que no formaban parte de un grupo de amigos que tenía en su centro al dueño, Bradley, un gigante que había querido ser pianista y, con despierta conciencia de sus límites, terminó abriendo un bar de jazz, venerado en Nueva York. Los argentinos no habían llegado allí por casualidad, sino después de deliberar, reservar una de las diez mesas y elegir, de antemano, lo que iban a comer esa noche de un menú bastante incomprensible.
A las once, cuando entraron, el dueño los recibió un poco extrañado de no conocerlos; el azar les dio la mejor ubicación, al costado del piano, en diagonal con la mesa donde el dueño iba a sentarse con sus invitados. Otras noches, los argentinos habían intentado sentarse en ese lugar y nunca habían tenido suerte. Recortado en el marco que formaba la abierta tapa del piano, el bajista Eddie Gómez era visible hasta la cintura, y la cabeza de Kenny Barron quedaba justo en diagonal, aunque no podían verse sus manos sobre el teclado.
En la mesa de Bradley, su mujer, una norteamericana de cara angulosa y gran melena rubia, una especie de modelo de los sesenta, vestida de cuero negro, hablaba con Robin, un albino extravagante. Los argentinos conocían su nombre, porque las meseras lo llamaban así cada vez que volvían a llenar los tres vasos de los que bebía: uno de vodka o gin, uno de vino, uno de agua, más la taza de café negro. Robin solía llegar al boliche con un cuaderno, en el que escribía mientras escuchaba la música. Esa noche no lo había traído. Al lado de Robin, había una italiana grandota, con aire de condesa florentina. Los argentinos comieron unos platos insólitos para sus costumbres, tratando de cortar las piezas de carne y las patas de crustáceo por los lugares adecuados.
A las doce, se paró todo el mundo. Para no ser denunciados como intrusos, los argentinos se incorporaron a la circulación de copas y saludos. Un negro, que había estado en la barra y había salido sin que nadie se diera cuenta, se acercó con una flor a la mujer que parecía una condesa florentina. Inclinado, se la entregó diciéndole, como si se tratara de una escena privada que se volvía enigmáticamente pública: "Happy New Year, baby". Los argentinos pensaron en la literatura y el cine, ya que no tenían muchos otros datos para terminar de componer el cuadro.
De a poco, después de la una, fueron llegando algunos músicos conocidos, que venían de tocar en otros lugares.
Tommy Flannagan, un pianista que en Nueva York era tan reconocible como lo hubiera sido Pugliese en Buenos Aires, avanzó por el pasillo al costado de la barra, con smoking negro y corbata roja bajo la chalina de seda blanca: "Vine a saludar antes de volverme a casa", dijo. Y los argentinos se sintieron incluidos en esa gentileza, aunque Flannagan los había pasado por alto. Entre tanto, la música seguía como si el fin de año se hubiera pospuesto para el pianista y el bajo, aunque, a diferencia de lo que sucedía en ese boliche los días normales, el ruido y las frases de mesa a mesa la colocaban en un fondo más lejano. No para los argentinos, que después de la primera vuelta de saludos, volvieron a su mesa ya que no tenían con quién seguir hablando. Cuando, a las tres de la mañana, las mozas se sacaron los delantales, los argentinos pensaron que estaban asistiendo a una fiesta privada, en la que tocaban dos músicos excepcionales. Todo duró hasta la madrugada; el barman y las mozas, que conocían de vista a los argentinos, los hicieron sentir como en casa. Por supuesto, los argentinos no podían prever que esa madrugada del 1º de enero de 1990 se iniciaba, en su pequeño país del sur, una década cruel.
http://www.clarin.com/diario/2004/12/26/sociedad/s-893728.htm
Una tienda en Nueva York. La sede del Parlamento en Berlín. Las une una inquietante coincidencia: son edificios empaquetados. Pasen y vean.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En junio de1995, el artista de origen búlgaro Christo y la francesa Jeanne-Claude envolvieron en telas, que caían desde la cúpula hasta el suelo, el histórico edificio del parlamento alemán en Berlín: el Reichstag, cuya cúpula fue registrada en la famosa fotografía del soldado ruso plantando allí su bandera, cuando la ciudad de Berlín cayó, marcando la derrota del nazismo y el fin europeo de la segunda guerra mundial. El envoltorio de Christo y JeanneClaude fue una intervención practicada sobre un edificio atiborrado de símbolos políticos. Cubierto con 60 kilómetros de tela plateada, que tapaba por completo su perímetro de 460 metros y sus 40 metros de alto, el Reichstag se convirtió, durante dos semanas, en un gigantesco objeto invisible que, precisamente por estar cubierto, se volvía espectacularmente visible.
Diez años antes, en la ciudad de Nueva York, quien paseara por la Quinta Avenida, a pocas cuadras de Central Park, podía sorprenderse con un envoltorio también descomunal. Una tienda de dimensiones importantes, Cartier, apareció envuelta como un gigantesco paquete de regalo navideño: papel plateado y cintas rojas de dos o tres metros de ancho, unidas en un moño que planeaba, como una mariposa exótica, en medio de un paisaje de calles ya nevadas. La visión era al mismo tiempo extraña y familiar, ya que el envoltorio imitaba perfectamente el de los regalos que, dentro de esa tienda y de cientos de otras tiendas, se envolvían en ese momento, siguiendo el ritmo frenético del consumo navideño en los países ricos. A unas cuadras, otra tienda famosa, Macy´s, había apostado una hilera de varios Santa Claus, que cantaban la música apropiada a las circunstancias, sonreían y se fotografiaban con decenas de turistas.
Comparados con el edificio envuelto, estos disfrazados eran decididamente menos artísticos. En octubre de este año 2004, quien entrara a Macy´s se llevaba una sorpresa bastante diferente. Octubre no es época navideña, ni siquiera en una ciudad que atiende el culto mercantil, privado y público, de las fiestas de fin de año. Los adornos y escenificaciones aparecen a comienzos de diciembre.
¿Qué sucedía en octubre en Macy´s? La tienda estaba vestida como si ya hubiera llegado diciembre. Se habían evitado, por búsqueda de originalidad o por razones que quizá queden explicadas después, los colores tradicionales. La gama de los adornos pertenecía a los marrones dorados, los rosa viejo, los verdes un poco más claros que la hoja del muérdago, con efectos mitigados y suntuosos donde predominaban el sepia y el oro. A diferencia de los motivos tradicionales, las guirnaldas, los muros y los revestimientos de las columnas, mostraban frutos y manojos de cereales, una especie de cuerno de la abundancia que prometía, en medio del invierno, la resurrección primaveral. Todo era bastante diferente a la costumbre, como si se tratara de la variación sobre un tema hecha por decoradores fatigados de repetirse. Pero lo más extraño era que la decoración navideña estuviera plantada ya en octubre convirtiendo a Macy´s en una escena de anticipación. La tienda era un envoltorio interiorizado.
Al costado de la entrada, un cartel explicaba el misterio. "Queremos avisarle a nuestros clientes que la tienda está decorada anticipadamente porque en ella se filma una película." Por supuesto, el cambio de colores tenía que ver con un diseño de la producción del filme y la tienda se había convertido, dos meses antes de la fecha, en su propio escenario. Macy´s en octubre representaba ser Macy´s en diciembre; Macy´s real actuaba como Macy´s de ficción. Alguien podía recordar la extrañeza del edificio envuelto para regalo en 1985 y, aunque parezca inapropiado, recordar también el envoltorio del Reichstag, más allá de las diáfanas intenciones políticas del artista que lo había realizado. Era muy difícil sustraerse a establecer relaciones de método, aunque en un vértice estuviera el cine comercial, en el otro el impulso al consumo navideño y en el tercero el arte.
http://www.clarin.com/diario/2004/12/19/sociedad/s-890238.htm
Más allá de los resultados formales del Congreso de la Lengua de Rosario, queda pensar en un país que ha perdido lectores. La escuela es central para reparar fracturas culturales y sociales.
BEATRIZ SARLO.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Se realizó en Rosario, hace algunas semanas, el Congreso de la Lengua. Dicen que la ciudad quedó muy mejorada, porque la visita de los Reyes de España y otras celebridades provocó una especie de lifting urbano. Nos enteramos también que Sabato siempre había soñado con tener una camiseta de Rosario Central y que el Congreso fue ocasión para que se le cumpliera el sueño. Se trata de un deseo bastante simpático, lejos de las acostumbradas lecciones a la juventud o de las advertencias más tremebundas. Los diarios transcribieron fragmentos de los discursos pronunciados en las sesiones. En fin, cada uno cumplió con su papel, lo cual ya es bastante porque los primeros pasos de la organización del Congreso hacían temer desenlaces peores. ¿Todo bien, entonces? Yo diría que no.
La Argentina es un país donde, en las últimas décadas, descendió la lectura de diarios y revistas; y donde un chico puede pasar un año en la escuela sin leer un libro completo (y me pregunto también qué libros completos leen muchos de sus maestros). El porvenir de la lengua está todavía unido a la escritura. Todos los demás sistemas de comunicación, en algún punto, remiten a la escritura y a la capacidad de descifrarla. A lo largo de los siglos, sólo las lenguas que se convirtieron en lenguas escritas, que lograron ser leídas y no sólo habladas, se consolidaron como instrumentos poderosos. En la Argentina, un verdadero abismo separa a quienes se manejan con destreza en la escritura y quienes derivan por las orillas de la semi-alfabetización. Esa fractura entre verdaderas clases socioculturales es más profunda hoy que hace tres o cuatro décadas.
Hoy, no tenemos ninguna seguridad de que un chico aprenda bien a leer y a escribir. La escuela no garantiza ese aprendizaje porque pertenece a una sociedad que tampoco está en condiciones de garantizarlo. Mientras que en muchos países del mundo existe la preocupación de juntar a chicos pobres y ricos en la misma escuela para evitar las desigualdades, en Argentina las consecuencias de la crisis acentuaron, como en demasiados aspectos, una separación entre pobres, sectores medios y ricos. Hay escuelas de acuerdo con cada nivel socio-económico, que se imponen como un destino.
El país tiene guetos culturales y esto echa por tierra cualquier ilusión de democracia en la sociedad. No hay igualdad posible, si las instituciones (y la escuela es fundamental en este aspecto) no compensan las desigualdades de origen. Lo que la escuela no ocupa, es ocupado por los medios de comunicación audiovisual sin contrapeso.
Lejos de las ilusiones de la Argentina moderna, es decir de la Argentina de la primera mitad del siglo XX, la Argentina de los primeros años del XXI se quiebra a lo largo de líneas definidas por el acceso a todos los bienes, entre ellos, la cultura. Y, en el centro de la cultura, como su corazón y su impulso, está la lengua. El balance de medio siglo deja poco para celebrar. La injusticia cultural y educativa ataca primero a los más débiles (por ejemplo, a los chicos que no comen, que viven en la calle, que han perdido toda idea de futuro), pero también carcome el fallido bienestar de quienes pertenecen a sectores que piensan haberse salvado de lo peor de la crisis.
En este sentido, la crisis no pasó, porque sus consecuencias se han consolidado, han trazado límites precisos y, a lo largo de esas separaciones visibles y tangibles están los que pueden pensar que su futuro no va a ser igual que su presente, y aquellos cuyo futuro, quizá, sea peor que su presente. No habría que quedarse tranquilos, dado que vivimos en este paisaje habitado por ciudadanos impedidos. Lengua, escritura, razonamiento intelectual, capacidad de ciudadanía, posibilidad de reclamar y buscar una representación: esta secuencia no es una suma de palabras sino una cadena que puede enredar a centenares de miles si sus eslabones están cortados. De la lengua a la política, de la lengua a la justicia, de la lengua a los derechos culturales: no es posible pensar las cosas de otro modo.
http://www.clarin.com/diario/2004/12/12/sociedad/s-885713.htm
La singular Chloé tiene once años y su hogar en un quincho. Daphnis es su compañera en pequeñas aventuras cotidianas.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Chloé tiene once años, casi doce, y vive en el quincho de la casa de sus padres. Ha cubierto con colchones y almohadas los veinte metros cuadrados del piso y para entrar hay que sacarse los zapatos. Chloé cocina a la parrilla o, cuando sus padres insisten en invitarla, pasa por el comedor de la casa principal para divertirlos durante dos horas. Va a la escuela, habla por teléfono, lee el Corán, una obra de Ionesco o algún poema de Miguel Hernández, recibe a su amiga Daphnis.
Comparada con Chloé, Daphnis es una chica más del montón, más empeñada en reproducir algo del mundo de los adultos, que Chloé trata con amistad y una ironía tolerante. Pero las dos chicas hablan como si se pudiera discurrir a los costados de las frases hechas.
Los padres de Chloé desearían que ella volviera a dormir en casa, pero tampoco pueden convencerla. En todo, Chloé es maravillosamente extraña, pero también normal, si es que normal quiere decir algo. La televisión no forma parte de su vida (lo cual casi parece una anormalidad), y eso la vuelve interesante e inesperada. A los once años Chloé no está histéricamente sexualizada, como si se tratara de una especie de mujer en miniatura. Más bien parece una chica de hace varias décadas, preocupada por algún compañero de escuela, sin apuro para enamorarse, independiente de las ropas de marca, las modas y las ondas. Es original precisamente porque no está anudada por las convenciones que los niños y los padres importan de los medios y los shoppings. Pasa por ser una alumna excelente, pero se las arregla para copiarse en las pruebas aprovechando la batería de machetes plastificados (sí, plastificados para que no se manchen con la merienda) que preparó uno de sus compañeros. Chloé parece una chica de los años cincuenta con la libertad de una del 2000. Esta mezcla curiosa la convierte en alguien casi irreal y, sin embargo, nada inverosímil. Una tarde, Chloé descubre que puede llegar a desplegar fuerzas excepcionales, sin saber de donde las ha sacado: sorprende a cuatro chicos atacando a un amigo suyo y se transfigura. Minutos después, ante la directora del colegio, despierta de una especie de trance hipnótico para enterarse de que les ha quebrado un hueso y roto algunos dientes.
Esto es misterioso, pero esas cosas pasan con el cuerpo de las chicas de once años, cosas imprevisibles y desconocidas. Quizá por eso, Chloé ha decidido no tener espejos en su casa de almohadones y, cuando necesitaba ver todo su cuerpo, recurre a una polaroid, que le devuelve una imagen borrosa, tranquilizadora en su falta de detalles.
Con su papá y su amiga Daphnis, Chloé va a una playa. En realidad, no se trata de verdaderas vacaciones, sino de una especie de viaje de negocios al que las chicas han llevado sus bikinis deportivas y sus mocasines destrozados. Tiradas en la arena o en las gigantescas camas del hotel, se divierten sin exageración, pelean amistosamente, van al cine o se emborrachan con clericó. En la arena, la conversación de Chloé con su padre tiene la soltura displicente que se sostiene en la inteligencia: "Papá, tenemos que ir a salvar a Daphnis, que se está ahogando en el océano", dice Chloe. "Andá vos primero y fijáte qué podés hacer. Cualquier cosa, si es imprescindible, vos me avisás oportunamente", contesta el padre. Daphnis y Chloé también salen de paseo solas, pequeñas exploraciones. Una vez van a la costanera en colectivo.
Daphnis quiere volver a ver un gato que su familia abandonó allí. Entre los matorrales y las piedras, cree reconocerlo, pero, claro, después de tanto tiempo, no puede estar segura. De pronto, Daphnis sospecha de unos tipos que las están mirando. Las chicas corren hasta encontrar las puertas de un museo. No ha pasado nada, pero Daphnis sintió una amenaza. Hay una grieta en el futuro, así como hay un mundo más allá del jardín de Chloé.
La historia de Daphnis y Chloé la leí en un libro que se llama Hidrografía doméstica y que escribió Gonzalo Castro. Es una novela, claro, y hace pensar que la literatura, a veces, puede golpear la superficie lisa de la repetición.
http://www.clarin.com/diario/2004/12/05/sociedad/s-881364.htm
Una curiosa escena en Nueva York. La función está a punto de comenzar. Y no son los espectadores, sino los artistas los que deben apagar sus teléfonos móviles.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace poco vi algo sorprendente. Acostumbrados a que se pida al público que apague los celulares antes de que comience un espectáculo, nunca se me había ocurrido que la misma solicitud pudiera ser hecha a músicos o actores. Un trompetista revisa cuidadosamente el escenario donde va a tocar con su banda. Controla las electrificaciones, y consulta varias veces con el técnico del local. Los músicos que lo acompañan hacen lo mismo con un detallismo casi excesivo; es bastante tarde, pero nadie se apura. Finalmente, se encienden las luces sobre el escenario, el trompetista avanza hacia su micrófono, se lleva el instrumento a los labios, pulsa sin sonido las llaves, baja el instrumento, vuelve a ponérselo en los labios, realiza, en fin, los gestos habituales antes de empezar a tocar.
Los músicos no le quitan los ojos de encima y, mientras tanto, el bajista comprueba una vez más la afinación, el baterista vuelve a acomodarse, buscando la posición del cuerpo y de los brazos; el pianista repite con la mano izquierda, muy levemente, unos acordes. De repente, cae un silencio especial (el silencio que precede a un suceso), los músicos se concentran en el líder de la banda, que ya ha encontrado la distancia perfecta respecto del micrófono y, con los codos levantados y la trompeta a milímetros de sus labios, parece tener su cuerpo entregado a ese siempre difícil comienzo de la música. En ese momento, todo el cuadro, atravesado por la tensión del arranque, se descompone, como si los movimientos preparatorios hubieran sido inútiles. El trompetista baja el instrumento, lleva la mano a su cinturón y saca su celular, chequea sus mensajes y lo apaga; el bajista hace lo mismo. Tardan varios segundos en volver a concentrarse, repiten los gestos, se congelan finalmente tendidos hacia la primera nota.
Comienzan a tocar. Nunca había visto algo así. Sin embargo, cuando ya perdí el primer tema porque el doble comienzo me distrajo, me doy cuenta de que lo raro es que no lo hubiera visto antes. En Nueva York, donde esto ocurrió, el noventa por ciento de las personas tienen celular (sólo no lo tienen los muy viejos y la mitad de los menores de 16 años) y los músicos de jazz están incluidos, por supuesto, en este porcentaje. Lo que me resulta curioso es que subieran al escenario con el celular activado. ¿Esperaban un mensaje del presidente de la Sony?
Hace veinte años, en Nueva York, llamaba la atención la cantidad de personas que hablaban desde teléfonos públicos por la calle. Naturalmente, viviendo yo en Argentina, la primera sorpresa era que esos teléfonos funcionaran. La segunda, que toda la gente en todo momento los estuviera usando.
Una vez, llamé a un amigo desde el andén de una estación de subterráneo, ensordecida por el ruido de los rápidos; otra vez llamé a Buenos Aires desde el teléfono de un bar para contar qué música estaba escuchando en ese momento. No repetí ninguna de esas operaciones hasta hoy, porque me parecieron inútiles e inútilmente caras.
Regreso a Buenos Aires días después de haber escuchado a los músicos que apagaron los celulares ante mis ojos. Y como si el mundo fuera ese continuo globalizado del que hablan tanto los diarios como los académicos, subo a un colectivo, donde varias personas están usando sus celulares. Normal, por supuesto. Pero lo que me sorprende en este caso es un cartel de publicidad donde se anuncia que es posible cargar el propio celular en la máquina expendedora de boletos, con una tarjeta que debe obtenerse del chofer del colectivo.
Esto sí que es imposible de encontrar en la ciudad donde los músicos de jazz suben al escenario con los teléfonos activados. A nadie se le ocurriría allí permitir que un chofer de transporte público se distrajera ni un segundo para entregar tarjetas de teléfono. Un conductor de ómnibus de Nueva York casi no contesta a preguntas para no apartar la vista de la calle ni desviar la atención de la tarea única de conducir, que no es simplemente una tarea prioritaria sino absoluta. Como si un cirujano mirara por un segundo de reojo las páginas de su agenda: inverosímil.
http://www.clarin.com/diario/2004/11/28/sociedad/s-877291.htm
Un amigo me cuenta que se ha iniciado en un nuevo oficio. Tiene una casa grande, en el barrio de Congreso; vive solo y descubrió que le sobraban dos cuartos y le faltaba plata. Colgó algunos avisos en portales de Internet, y se sentó a esperar. A la semana, desde México le preguntaron cuánto costaban sus habitaciones por día, si incluía el desayuno, si aceptaba tarjetas de crédito, cerca de qué medios de transporte quedaba su casa, si se permitían niños, etc. Lo único que mi amigo tuvo que pensar fue el tema del desayuno: ¿se levantaría él todos los días a las siete de la mañana para hacer café y tostar pan?
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Como sea, le pareció que debía contestar afirmativamente y ver, después, la forma en que iría a arreglarse. Declaró imposible el pago con tarjeta de crédito, que lo iba a meter en un nudo de trámites sobre los que no había ninguna garantía de salir vencedor. Por supuesto, les escribió a los mexicanos que, por las circunstancias argentinas, las tarjetas de crédito quedaban excluidas, y supuso que mencionar las "circunstancias argentinas" sonaba tan vago como convincente.
A los quince días llegaron dos mexicanos, que necesitaban asesoramiento sobre bibliotecas y archivos; poco después, una pareja de artistas alemanes con un chica de diez meses que buscaban las marchas piqueteras en una especie de turismo de aventura urbana y social. Viajeros arquetípicos sobre quienes, hasta ese momento, mi amigo había leído notas de color en los diarios.
Después llegó una estudiante de doctorado de Indiana, tres jóvenes ingleses interesados en la historia del fútbol, un guitarrista de fusión de origen jamaiquino radicado en Nueva York, una periodista brasileña simpatizante del PT, un matrimonio de jubilados de Arizona que estaban haciendo su nuevo, y quizás último, viaje de bodas, un griego traductor de literatura argentina, un ecologista de origen chileno pero radicado en Suecia que, después de una semana en Buenos Aires, se iba a mirar pájaros al Iberá, dos colombianos tras la estela de los Redonditos de Ricota, y una fotógrafa italiana enamorada de un bailarín de tango local. Mi amigo está contento. El mismo, en las afueras de Londres, en Cracovia y en Viena había vivido, como turista, en casas como la suya, que ofrecían habitación, desayuno, el diario del día, acceso a Internet y conversación más o menos interesante. Sólo debía hacer con sus huéspedes lo que sus anfitriones europeos habían hecho con él. No se trataba de un oficio sino de una especie de prolongación de la vida cotidiana incluyendo en ella las preocupaciones e intereses de los extranjeros que habían elegido su casa. Todos eran viajeros cosmopolitas, acostumbrados a andar por el mundo globalizado, y les seducían, en primer lugar, las diferencias culturales sobre todo si ellas podían experimentarse en una ciudad como Buenos Aires, a la que evaluaban amable, segura y barata.
Le pregunté a mi amigo quiénes habían sido sus anfitriones cuando él fue pasajero de habitaciones con desayuno en el extranjero, similares a las que ofrecía en Buenos Aires. Recordó una encantadora señora viuda de Londres, de unos setenta años, cuyo hijo vivía en Kuwait y ella redondeaba sus gastos con el bed & breakfast; yo me acordé de un relojero jubilado en cuya casa de Budapest viví una semana; y los dos habíamos conocido a la misma pareja de ancianos holandeses que, para no aburrirse y porque eso les permitía ahorrar y ayudar a una hija hippie que vivía en Mallorca, alquilaban habitaciones de su casa de Amsterdam. Seguimos haciendo memoria y en la lista de nuestros anfitriones figuraban muchas viudas y viejos matrimonios que, antes de jubilarse habían sido pequeños comerciantes o empleados públicos de categoría baja, además de alguna familia con deudas o demasiados hijos.
Lo que nos pareció que era algo completamente argentino, una originalidad invencible, era que el dueño de un bed & breakfast fuera, como mi amigo, profesor titular de tiempo completo en la que ha sido la universidad más prestigiosa de América Latina. Eso, en otros lugares, no se encuentra.
http://www.clarin.com/diario/2004/11/21/sociedad/s-872728.htm
Nueva York ha cambiado. Ya no acechan, en la calle, los peligros nocturnos de otras épocas. Pero, ¿cuál es el origen del cambio?
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Florerías, kioscos, mercaditos, pizzerías abiertas las veinticuatro horas, no como refugio de adolescentes antes o después de la disco, ni para los porteños y turistas que amanecen en la milonga tanguera de Buenos Aires, sino como oferta para cualquier edad. A las tres de la mañana, un pizzero albanés conversa distendido con sus clientes.
No es extraño que alguien haya salido de su casa para comerse una porción. Los subterráneos funcionan toda la noche (recuerdo con enojo la época en que, en Buenos Aires, corrían hasta las doce) y es común que la gente trabaje solamente ocho o nueve horas.
Este continuado de flores, periódicos, porciones de mozzarella y tartas de fruta define el estilo de una isla como Manhattan, que cambia con las horas, pero que no se apaga nunca por completo. Ese señor de setenta años sale, en la medianoche del sábado, para comprar el diario del domingo y el pan del desayuno. Una mujer joven saca a pasear un perro diminuto y ridículo con sus orejas como alas de mariposa, da una vuelta a la manzana y compra cigarrillos, que enciende inmediatamente, ya que la calle es casi el único sitio donde es posible fumar. Los ruidos van cambiando, pero nunca llega al silencio completo. La ciudad duerme, y el descanso está acompañado de rumores, grupos que pasan, gente que no sólo vuelve a su casa sino que sale de ella por un rato. Para un argentino de Buenos Aires, la sensación de libre desplazamiento, sin restricciones, es extraña. Si ese argentino es porteño y tiene más de cincuenta años, probablemente recuerde que su ciudad fue así en algún momento del pasado, aunque no hubiera florerías abiertas, ni perros enanos que acompañaran a sus dueños dando vueltas a la manzana mientras fuman.
Pero ese pasado terminó con el golpe de 1976, cuando todas las ciudades argentinas fueron un mapa de retenes policiales y operaciones nocturnas.
Conocí Nueva York en 1985, cuando la ciudad comenzaba a salir de quince años violentos, donde la gente se miraba con desconfianza, caminaba con la cabeza gacha, llevaba la cartera cruzada en bandolera y evitaba el transporte público después de las diez de la noche.
Los norteamericanos de otras ciudades temían e incluso evitaban Nueva York como el lugar de la dureza extrema y del vicio. Era, sin embargo, una ciudad vibrante, admirablemente tensa.
Pero Manhattan decidió cambiar, ya que sus capas de grandes momentos de la arquitectura, desde las town-houses de piedra oscura hasta los rascacielos de cristal, son una escena irrepetible.
Los inversionistas urbanos dieron su batalla con los alquileres, expulsando a los pobres de muchos barrios donde hoy se diseña ropa y se prepara sushi de pescados árticos, comida tailandesa vegetariana y bollitos de caviar. En 1985, ir a un teatro de vanguardia en la tercera avenida, al sur, significaba una expedición entre figuras heladas que acababan de tirar la jeringa con la que se habían inyectado o revendedores que se enfrentaban por el territorio de una esquina. Salir a las once de la noche de ese teatro era una aventura que los espectadores realizaban en grupo.
Ahora se están ofreciendo en alquiler las últimas casas, expulsados sus anteriores ocupantes por los precios del mercado inmobiliario. En esas casas, nuevas boutiques mostrarán sus polleras de lana rústica combinada con remiendos de gasa tornasolada sobre maniquíes giratorios moldeados en plástico luminoso.
O sea que Manhattan cambió una parte de sus vecinos, y fue el dinero el que decidió si se podía o no se podía vivir allí. Hoy, las oficinas de Bill Clinton están en Harlem, como el buque insignia de futuras renovaciones urbanas.
Quizás en diez años, la mayoría de los negros y los latinos pobres hayan debido mudarse al Bronx. La ciudad se purifica de sus miserables, y con ellos se va la droga más vinculada con el delito (no la droga chic). Ninguna política de tolerancia cero, como la denominaron allá y se repite acá, hubiera obtenido resultados tan espectaculares sin esta victoria de los ricos sobre los pobres. Como se diría en cualquier negocio: "Usted elige".
http://www.clarin.com/diario/2004/11/14/sociedad/s-868408.htm
El arriero es una bandera que cambia de manos. Hay quien ignora que es una pieza de Yupanqui... y ése es acaso el mejor pago para don Atahualpa.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En el vagón de subterráneo, desafiando el traqueteo y los ruidos, un músico ambulante, con charango y sikuri, a ritmo más que acelerado, toca El arriero. El sikuri reemplaza la voz; el charango lo acompaña, con una proliferación de notas bien distante de la parquedad de la guitarra criolla. Mentalmente repaso la extraordinaria letra de Atahualpa Yupanqui:
... es bandera de niebla su poncho al viento,
lo saludan la flautas del pajonal
y animando a la tropa por esos cerros
el arriero va.
Recuerdo que, hace ya muchos años, un grupo de rock argentino recicló El arriero, casi como quien arrebata y vuelve a enarbolar una bandera. Derivo por la música de fusión y las observaciones que un crítico amigo suele hacer sobre las posibilidades de la chacarera y otras formas del folclore argentino.
Mientras tanto, el músico se precipita hacia el estribillo famoso, donde Atahualpa, como en muchas otras de sus canciones, ubicaba el mensaje social, para llamarlo de algún modo: "Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas". Por supuesto que el músico no ha cantado la letra porque ya bastante ocupado está con hacer sonar el sikuri y el charango al mismo tiempo.
Sin embargo, su versión de El arriero se sostiene con dignidad, probablemente porque se trata de un tema milagroso e indestructible, de esos que se convierten en clásicos, como Night and Day o Yesterday, que saltan las modas, los arreglos, las banalizaciones, y resisten como si estuvieran tallados, de un solo golpe, sobre roca basáltica. Y pese a que esos temas tienen la perfección de una esfera pulida, admiten que se vuelva a trabajar sobre ellos, que se introduzcan variaciones y se los mezcle dentro de otros estilos o se los interprete con instrumentos que no estuvieron previstos en la idea inicial.
Son canciones que, aunque las capture el mercado, aunque, incluso, hayan sido pensadas para él, se resisten a la desaparición que el mercado impone cada día para renovar sus ofertas y dar la impresión de que todo empieza de cero. El arriero y, afortunadamente, muchos otros temas resisten todo y a todos los músicos pueden proponerle algo nuevo: desde el Gato Barbieri a Divididos. Son lo que en el jazz se llama standards, es decir el lugar común, en el mejor de los sentidos, donde dialogan o se pelean la inventiva y la tradición.
Mientras pensaba estas cosas, reconciliada momentáneamente con el mundo, el músico tocaba la última nota. Y sobre ella, comenzando ya a circular por el vagón de subterráneo para recibir la colaboración de los pasajeros, dijo: "A ver, un aplauso para esta canción de los Divididos". Toqué tierra.
Más que todo lo que había pensado mientras escuchaba, esta frase final era una prueba contundente. El arriero no tenía dueño: alguien se lo atribuía a Divididos, y si mañana otra banda lo retomaba, se convertiría en su nuevo dueño. Si Atahualpa quiso ser un músico folclórico, lo que yo acababa de escuchar demostraba que lo había alcanzado. Por dos motivos: en primer lugar, porque ya no se sabía que él había sido el autor de la canción y su propiedad sobre ella se había disipado en la misma medida en que se volvía un standard, algo que está allí para Divididos o para el músico ambulante. En segundo lugar, porque este anonimato y la falsa atribución a Divididos de la autoría, indicaba que la música ya había recorrido un largo camino que la llevó a ese espacio de consagración que es el olvido del origen. Las músicas que más conocemos son, precisamente, aquellas de las que pasamos por alto su historia, porque forman parte de un paisaje sonoro, resistiendo la movilidad de las modas y el hambre caníbal del mercado. Atahualpa o Cole Porter tienen una gloria asegurada, que es más duradera que el recuerdo de su nombre, porque se trata del más alto de todos los anonimatos, aquel que no se origina en el olvido sino en la multiplicación de recuerdos.
El arriero, para el músico que lo aprendió escuchando a Divididos y probablemente para muchos de los que estaban en ese vagón del subterráneo, pertenece a esa banda. Mañana ¿quién sabe?
http://www.clarin.com/diario/2004/11/07/sociedad/s-864376.htm
El travestismo se convirtió en parte protagónica del showbusiness. Hipérboles de los rasgos sexuales femeninos, ¿qué muestran los cuerpos travestidos?
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Hace unos quince años, la primera vez que fui a San Pablo, mis amigos brasileños, gente de insospechable corrección política, me llevaron una noche, naturalmente en auto, a recorrer las calles donde estaban las travestis que, en esa época, todavía se designaban con el género masculino: los travestis. Tuve la impresión de que se trataba de un paseo turístico normal; hoy, en Buenos Aires, los turistas, probablemente acompañados por algún baqueano local, también hacen ese recorrido.
Por otra parte, la televisión está llena de travestis en todos los formatos: del noticiero al programa de opinión, la revista y el teleteatro; por el momento, sólo faltan en los programas infantiles y en los religiosos. Por eso, es posible hablar de travestismo independientemente del trabajo sexual en las calles, y sin referirse a la prostitución de los más pobres y de los más indefensos social y culturalmente. Las travestis extraordinarias no están en el mercado sexual de las calles sino en el show-business, que es negocio sexual simbólico.
¿Qué quiere una travesti? Imposible saberlo, como es imposible saber a ciencia cierta qué quiere cada uno de nosotros. En lo relativo al deseo, una travesti no tiene las cosas necesariamente más claras que un ama de casa o un ingeniero en sistemas. Entonces, hago otra pregunta: ¿qué muestra una travesti? Un cuerpo tecnificado. El nexo entre travestismo y tecnología es tan evidente porque el efecto travesti depende no sólo de la imitación de un cuerpo de mujer sino de su exageración. El travestismo no tiene nada que ver con la indecisión sexual que constituía el magnetismo de Marlene Dietrich cuando se vestía de muchacho, con un magnífico traje blanco cruzado.
El travestismo, por el contrario, es la maximización de los rasgos sexuales de mujer. Lo que define esquemáticamente el cuerpo de mujer, los pechos y las caderas, son llevados por la travesti a su hipérbole.
Y esto no puede lograrse por el disfraz, por capas de vestidos, de cabellera y de maquillaje. Nada más lejano del travestismo que el disfraz, que es una imitación que rápidamente puede ser abandonada. El cuerpo travestido no puede ser abandonado ni fingido sólo por algunas horas. El cuerpo travestido no es descartable sino que, por el contrario, su ideal es ser completamente definitivo, con la fijeza de los ciber-clones de la ciencia ficción.
El travestismo necesita de la técnica tanto como el disfraz necesita del oficio de la costura, del peinado y del maquillaje. Cuando mejor sea esa técnica, más próximo estará ese cuerpo de su modelo. Por eso, el travestismo es completamente contemporáneo, ya que sólo en las últimas décadas la técnica está en condiciones de intervenir sobre el cuerpo modificándolo materialmente.
Ahora bien, ¿qué cuerpo busca esa técnica travesti? Lo que queda como rastro masculino en la travesti se ve favorecido por un estilo: el del cuerpo producido en el gimnasio. Fue necesario que el musculado cuerpo de gimnasio se pusiera de moda para que el cuerpo travestido tuviera su consagración estética. Este es el lado fashion y el lado fierros del cuerpo travesti.
Está también su lado festivo y exagerado, popular y carnavalesco. El cuerpo travesti es, como se dijo del cine, "más grande que la vida". Sin grito y gran ademán no hay travestismo. No se puede ser discretamente travesti. Por el contrario, el cuerpo travesti busca, a través de repetidas intervenciones, ir subiendo la apuesta hasta donde la combinación de límites físicos y límites técnicos lo hagan posible. Por supuesto, en el camino hay bastante sufrimiento y bastante peligro.
El modelo del cuerpo travesti proviene del show-business. La vedette del teatro de revistas, que se ha ido convirtiendo en casi cualquier cosa gracias a las posibilidades de transmutación televisiva, es el espejo donde se mira un cuerpo travestido. Eso explica las guerras de travestis y vedettes: ambas persiguen lo mismo, convertirse en símbolo de una sexualidad lujosa hasta la extravagancia. Ambos cuerpos, con ropas idénticas, han terminado pareciéndose.
http://www.clarin.com/diario/2004/10/31/sociedad/s-859864.htm
En una revista, alguien canjea psicoterapia por malabares. ¿Qué hay detrás de estos curiosos anuncios?: una cadena de artes, deseos y oficios inserta en un nuevo paisaje social.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Canjeo psicoterapia (soy psicólogo) por clases de acrobacia, malabares, fuego." Este aviso, publicado en la cartelera de canje de Hecho en Buenos Aires, la revista que, por $1,50, venden los desocupados y que yo compro siempre, me dejó pensando. Los canjes de clases de español por inglés o francés, los de una cama por una máquina de coser (con pocas ilusiones, porque se aclara "a pedal, pero que funcione"), de trabajos de plomería por carpintería, o de apoyo escolar por gimnasia, nunca me llamaron la atención. Pero este aviso, que ofrecía psicoterapia a cambio de las artes circenses que volvieron a ponerse de moda, plantea otra cosa: si la afirmación "soy psicólogo" es verdadera, y no tengo motivos para desconfiar, indica a alguien que realizó una carrera por lo menos terciaria, y busca ahora o una nueva ocupación o un hobby cuyo aprendizaje no puede pagarse con los honorarios que, como psicólogo, debería estar cobrando a sus pacientes.
Un mundo desconocido hasta hace pocos años está detrás de ese ofrecimiento de canje. Hoy, sin embargo, ese mundo es bien visible y basta pasear por un parque los domingos para ver que los malabares, la capoeira, las estatuas vivas, los zanquistas y los magos ocupan escasos metros cuadrados con sus destrezas adquiridas, verosímilmente, en canje por enseñar otras quizá tan diversas como maquillaje teatral, biorritmo, acupuntura o sushi. Estas artes y oficios bordean, por un lado, el viejo mundo de los artesanos post-hippies, para darles un fechamiento, y, por el otro, el de los saberes inmateriales del tarot, el yoga, el control mental, la adivinación por la borra del café y variadas maneras de adelantarse a los acontecimientos futuros. También dentro del mundo de estas nuevas o recicladas destrezas debería anotarse el renacimiento de las artes de la murga, una institución que parecía enterrada o en agonía y que, este año, salió a pedir que volvieran a respetarse los feriados de carnaval, días que, hasta hace poco tiempo, sólo eran reivindicados por razones turísticas.
Como sector laboral estabilizado, están los paseadores de perros, oficio que, en otras ciudades donde las estadísticas señalan que hay muchísimos perros, como Berlín por ejemplo, es desconocido porque, en apariencia, los dueños de esos animales tienen ganas de pasearlos y sus jornadas laborales razonables se lo permiten. Si, en Buenos Aires, hay paseadores de perros en barrios que no pertenecen a la geografía de los muy ricos, es porque hay allí dueños de perros que pagan por el servicio. No sé qué es lo que ha sucedido, pero sé que no ha sucedido únicamente en Buenos Aires ni únicamente como resultado de los avatares económicos. El canje de objetos no sorprende a nadie y tuvo un breve esplendor en los momentos más álgidos de la crisis; en el mercado de canje, se intercambian también servicios; incluso existen grupos de artistas e intelectuales que lo realizan como una especie de diversión con pretensiones estéticas o filosóficas. Es decir que lo sorprendente no es el canje sino las materias y los saberes que entran en él. Imagino que un equipo de investigación podría hacer el relevamiento de las actividades ofertadas y requeridas, y ordenarlas por su importancia cuantitativa. ¿Qué se obtendría? Claro, primero habría que saber cuántos miles de personas están incorporadas a ese circuito. Pero si esas personas son muchas, me pregunto cuánto podríamos llegar a saber del deseo y las fantasías; no se trata de lo que tradicionalmente se denomina vocaciones, sino de estilos y modas culturales que marcan lo que se desea hacer, ser o poseer. Hace veinte años, algunas de las actividades que hoy vemos en las plazas estaban en decadencia; hoy renacieron y el desempleo no es el único responsable. Los nuevos oficios y destrezas no provienen sólo de la crisis sino de eso más subterráneo que se llama tendencias culturales. En un medio vuelto hostil por la economía, la rosa de los vientos giró hacia la autorrealización personal imaginaria, donde se puede hacer lo que se quiere y, por añadidura, sentirse creativo.
http://www.clarin.com/diario/2004/10/24/sociedad/s-855643.htm
Día de la madre, del padre, del niño, del amigo... Su creación suele explicarse por razones de mercado. Pero el análisis de las causas no se agota ahí. Son el último recurso contra la monotonía de la vida cotidiana.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Durante mi infancia, el mes de octubre me enfrentaba con la obligación de elegir entre dos regalos posibles para mi madre: o una fosforera de pared, en loza pintada (un enano, una negra con escoba, una paisanita) o un perfume que me parecía, a partir de su nombre, el más adecuado: Gotas de amor; cualquiera de los dos regalos era entregado en un envoltorio casero donde jamás faltaban los nomeolvides artificiales. Cuando yo era chica, el día de la madre era el único de los días que se había impuesto como costumbre, fomentado por la escuela en primer lugar, que ya había adquirido experiencia con el día del maestro. Poco a poco, el día del padre avanzó hasta alcanzar, si no una equivalencia conceptualmente imposible, su actual relieve. Después, en los últimos treinta años, llegaron en fila el día del niño, el del amigo, el de la novia y así sucesivamente hasta cubrir todos los parentescos y vínculos. Por supuesto, lo más sencillo es decir que fue el mercado el que apoyándose en el amor filial se expandió sobre las demás fechas con esa potencia imparable que es un rasgo del capitalismo: más mercancías por vender, más y mejores ocasiones para venderlas. Así se discurre con el ánimo economicista que se ha expresado muchas veces. Quisiera agregar otros motivos en paralelo.
En el curso de un siglo, las festividades públicas, tanto las patrióticas como las religiosas fueron perdiendo sustancia y capacidad para aferrar el deseo o la imaginación. Los militares hicieron todo lo posible para que, durante largos períodos, un desfile no fuera el espectáculo más atractivo que pudiera imaginarse; hicieron lo posible para que pocos quisieran presenciar ceremonias que los incluyeran. Las fiestas de la patria no podían atraer porque quedaban bajo el monopolio de dos rutinas: la militar, que despertaba cada vez menos simpatía, y la escolar que, por repetición y vaciamiento de contenido, no interesaba a nadie. Por razones diferentes, las festividades religiosas fueron retrocediendo acosadas por el turismo de fin de semana, la desaparición del día del santo (la gente ya no recibía al nacer el nombre del patrono correspondiente, porque la televisión empezó a proporcionar nombres más interesantes que Rosa, Teresa, Juan o Clara, y nadie sabe si existe el día de santa Yésica Yasmín o de san Brian Yónatan). Los días-puente, es decir el oportuno traslado de los feriados para fomentar el turismo, hicieron lo suyo, porque es difícil que alguien viaje a Mar del Plata o a Córdoba para ir a la iglesia el sábado de gloria o al tedeum por una fiesta patria en una catedral de provincia. Las festividades religiosas que quedan en pie se apoyan en razones obvias: los desocupados van a San Cayetano y los promesantes a Luján, porque el santo o la virgen representan algo sustantivo, se piense lo que se piense sobre su eficacia.
Las fiestas que puntuaban un calendario religioso-patriótico se vaciaron de contenido, ya que también la escuela se cansó de sus rituales y los educadores modernos acompañaron a los niños en el aburrimiento. Si se me permite otro recuerdo: hoy parecería hipócrita o inverosímil que una abuela progresista y moderna llevara a su nieta a poner unas flores en el monumento a Belgrano en las Barrancas; y menos verosímil todavía, que la nieta aceptara ese paseo con algún interés no exento de solemnidad infantil.
Sucedieron demasiadas cosas terribles en nombre de la bandera y el himno como para que se sostengan en un fanal, aislados de la historia reciente.
Entonces, los días del amigo, de la novia, del abuelo, del niño, de la secretaria, etc., se sostienen porque pueden dar un ritmo festivo a los meses del año sin verse envueltos en sombrías discusiones sobre el último medio siglo de historia argentina o sobre las transformaciones de la religión entre aquellos que la tienen como referencia pero no como práctica. Y además, no se corren como los días puente porque no son feriados. Mantienen así la fijeza necesaria al ritual. La vida cotidiana necesita de esos ritmos festivos, que esconden la rutina del trabajo, y los encuentra donde puede.
http://www.clarin.com/diario/2004/10/17/sociedad/s-851424.htm
Un sombrero gris, jazz en Washington y una tarde perdida en Nueva York: recuerdos de una primera visita a los Estados Unidos.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En diciembre de 1984 visité por primera vez Estados Unidos. Algo tarde, si se considera que tenía más de cuarenta años; evidentemente, no había aprovechado las masivas excursiones a Miami, Orlando y Nueva York a las que se acostumbraron las capas medias desde que Martínez de Hoz inventó el primer dólar barato, durante la dictadura militar. En efecto, no lo aproveché y llegaba ese fin de año de 1984 por primera vez a Washington y a Manhattan.
Formaba parte de un grupo de intelectuales argentinos, invitados por una universidad norteamericana para que comenzaran a hacer el balance de los años inmediatamente anteriores: exilio, represión, transición democrática. Muchos de mis compañeros pisaban también por primera vez Estados Unidos y estaban tan asombrados como yo. Simplemente las doce horas del viaje en avión ya eran una experiencia extraordinaria; en esa época todavía se conseguían varios whiskies sin pagar por ellos y la comida era mejor (o nos parecía mejor) que la que proporciona hoy una bandejita que ha pasado raudamente del freezer al microondas.
Llegué al aeropuerto Kennedy de madrugada y allí tuve que tomar un ómnibus al otro aeropuerto, Newark, de donde salía mi vuelo para Washington una hora después. Conociendo el sistema de transporte, la tarea, de todos modos, no es sencilla; más complicada lo fue para mí que estaba vestida de verano y tuve que abrir mi valija para sacar un abrigo, en la calle, volver a cerrarla evitando que se volara la ropa, y averiguar dónde paraba mi ómnibus. La reunión era en Maryland, a unos kilómetros de Washington, o sea que estábamos casi en el medio del campo, lejos de cualquier imagen emblemática.
Pero una noche nos invitaron a la embajada argentina en Washington. También era la primera vez que pisaba una embajada, pero decidí no quedarme allí más de veinte minutos; pedí un taxi y arrastré conmigo a dos o tres de mis compañeros. Al taxista, confiando en su saber urbano, le dije que nos llevara a un boliche de jazz. Nos dejó en el mejor de Washington que, por supuesto, estaba completamente lleno. Con la audacia y la suerte que acompaña a los que no conocen las costumbres locales, le expliqué a alguien en la puerta que éramos argentinos, nos volvíamos a Buenos Aires, y no queríamos perdernos eso. Eso, que no queríamos perdernos, era un trompetista blanco a quien yo no conocía ni remotamente. El hombre de la puerta, quizás apiadado de mi candidez, porque esos ruegos nunca funcionan, nos dejó pasar.
Al día siguiente, de la universidad nos llevaron al National Gallery, también en Washington. No pude mirar nada, no conocía cuál era la disposición de las salas, ni podía calcular qué podía ver realmente con el tiempo que tenía por delante; recuerdo sólo un móvil gigantesco en el hall del edificio nuevo (la National Gallery acababa de inaugurar una pirámide de cristal diseñada por el mismo arquitecto que diseñó las del Louvre). Busqué refugio en un lugar cuyo nombre aprendí en ese momento: el museum shop, es decir el negocio donde se venden reproducciones, afiches, agendas, anotadores, libros, señaladores, lápices y lapiceras, tarjetas postales. El museum shop estaba más a la medida de mi capacidad; sin embargo, en el momento de elegir algún recuerdo y comprarlo, me paralicé. Me fui de allí sin nada.
Viajamos dos días después a Nueva York, donde dormimos en un hotel de la calle 43 o 44. A la mañana siguiente, nos tomamos un subte hasta el Greenwich Village. En vez de recorrerlo, nos dedicamos a averiguar cómo llegar al Barrio Chino, demostrando la ignorancia de turistas que confundían el San Francisco del cine y las novelas policiales con Manhattan. Por el camino, me compré un sombrero gris. Nunca había tenido un sombrero, desde el uniforme de la escuela secundaria, pero, en esos años ochenta, todo el mundo en Nueva York andaba con sombrero y ese objeto me pareció lo más neoyorquino que podía llevarme de vuelta a casa. Cuando se pronuncia la palabra provinciano, este primer viaje a Estados Unidos me viene, de modo inevitable, a la cabeza.
http://www.clarin.com/diario/2004/10/10/sociedad/s-846966.htm
Un hombre vestido de payaso. Una rutina desprovista de toda gracia. El gesto final de un regalo que redime la dignidad escondida detrás del maquillaje.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El payaso se subió más o menos a las tres de la tarde de un sábado en un colectivo no muy lleno. De inmediato, me puse nerviosa, porque sabía que todo lo que el payaso iba a hacer sería muy malo, una imitación terrible y triste de los nuevos payasos de la televisión, que tampoco son muy buenos. Dividida entre sentimientos contradictorios, traté, sin embargo, de mirarlo porque creí que era más ofensivo no hacerlo. Pero el espectáculo era penoso: el hombre estaba mal vestido de payaso, mal maquillado, su voz sonaba estridente pero sin ninguna modulación, los chistes eran ingenuos y audaces al mismo tiempo, como esos chistes que a veces cuentan los chicos y que sólo en ellos son tolerables. Cuando todo indicaba que iba a terminar su acto, el payaso sacó de sus bolsillos un puñado de caramelos y los repartió entre los pasajeros; pedía que los aceptáramos y, de hecho, los aceptó casi todo el mundo; los entregó con una gracia y una serenidad inesperadas, mostrando cualidades que habían estado ausentes hasta ese momento. Sólo dos personas le dieron una moneda.
Haciendo cuentas rápidas, llegué a la conclusión de que el payaso había repartido más plata en caramelos que la que había recibido de su público. El hombre disfrazado de payaso agradeció, contó un último chiste como si hubiera tenido éxito con los anteriores, y bajó del colectivo. No podía olvidarlo muy rápidamente, sobre todo por el conflicto de mis reacciones que imitaba el conflicto de los propios actos del payaso: por un lado, la imposición de algo mal hecho, una imitación subterránea y torpe del artista de circo digerido por el show de televisión; por otro lado, la dignidad de lo que el payaso había ofrecido materialmente a cada uno de los pasajeros, el caramelo como una especie de don sobre el que yo había comprobado que se establecía un intercambio desventajoso. El nudo de las ocupaciones que nadie necesita, porque, en efecto, pocos desean quedar cara a cara con un payaso en un colectivo, pero que ese hombre mejoraba con un plus de dignidad: él daba algo, además de su inexistente oficio de cómico.
El gesto casi lujoso de entregar un caramelo a cambio de nada, coronaba una invasión que, al comienzo, me había producido una incomodidad muy próxima al fastidio. En ese rechazo inicial, provocado por la torpeza del hombre vestido de payaso, yo no había previsto el gesto que iba a cerrar su actuación. El reparto de caramelos era un dispendio, si es que las cosas se repetían, como parece previsible, del mismo modo en los sucesivos colectivos abordados por el payaso. Al final del día, la diferencia a favor serían, en el mejor de los supuestos, unos pocos pesos.
Alguien se había maquillado, se había vestido con bombachas triangulares, un gorro cónico y gorguera blanca, para atravesar la ciudad haciendo un acto que nadie le había pedido ni necesitaba. Sin embargo, esa persona había seguido la imitación hasta el final, y sacaba de sus bolsillos el pobre tesoro de un regalo, que entregaba a cambio sólo de una moneda hipotética.
Todo tenía, en efecto, la melancolía de un malentendido. Los pasajeros podían percibir fácilmente que no se trataba de un verdadero mal payaso, sino de un aficionado sin habilidades. El hombre seguramente percibía que era visto como un agregado inútil al viaje en colectivo, se daba cuenta que nadie sonreía y que muchos estaban incómodos.
El payaso había impuesto su presencia como si ejerciera un derecho, pero el final de su acto le había restituido a ese hombre una dignidad, porque estaba dando más de lo que iba a recibir. Su trabajo en el colectivo empezaba a mostrarse no sólo como una intrusión incómoda sino también como un testimonio desestabilizador. El mal payaso obligaba a pensar que ese hombre no tenía nada mejor que hacer, porque no había tenido una oportunidad diferente. Obligado a irrumpir en un colectivo, lo hacía, sin embargo, conservando el vestigio de que no sólo estaba pidiendo unas monedas sino que estaba dando algo gratis. Por eso, sin más y pese a todo, lo tocaba una luz modesta que, finalmente, lo liberaba del grotesco.
http://www.clarin.com/diario/2004/10/03/sociedad/s-842862.htm
Uno abandonó el hábito. Pero con antena y voluntad, puede volver a encadenarse a los canales de aire. Que nada nos distraiga de la tevé nacional. Ni un libro, ni una charla con amigos, ni el sueño.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Periódicamente me digo que tengo que mirar los canales de aire de la televisión argentina. Hasta hace unos años, practicaba una rigurosa disciplina y difícilmente alguien hubiera podido encontrarme en falta si me interrogaba sobre los programas más o menos exitosos. Después no sé bien qué me pasó.
Poco a poco fui perdiendo voluntad e interés. Cada vez que me proponía mirar un poco de televisión local, aparecían pequeños inconvenientes y tropiezos. A veces se trataba de algún deporte trasmitido por el cable o los noticieros internacionales, porque había una guerra importante en alguna parte y quería conocer imágenes que acompañaran la información de los periódicos, los que me impedían quedarme quieta disfrutando de los canales de aire. Otras veces aprovechaba un llamado telefónico y apagaba el aparato con la sana intención de volverlo a encender, pero ese momento no llegaba nunca. Algunas noches creí tener demasiado sueño o me pareció que era mejor conversar con quien estuviera en mi casa. Incluso sucedió que preferí leer un libro hasta tarde. Como sea, siempre encontraba una excusa. Al principio, no me di cuenta de que no estaba mirando televisión, y no tuve una dimensión real de mi problema; también empecé a saltearme las páginas especializadas de los diarios y a responder que no sabía nada de lo que me preguntaban cuando alguien quería enterarse de mi opinión sobre algún programa. Después tuve que reconocer que había permitido que las cosas fueran demasiado lejos, que no había puesto nada de mí misma en la tarea, que simplemente me había dejado estar, sin voluntad, inerte. Y no mirar televisión de aire es un viaje de ida, del que es muy difícil regresar.
Empecé a hacerme promesas. Mirar un poco de televisión, como quien dice: el lunes empiezo el régimen o me voy al gimnasio, así no puedo seguir, no hay ropa que me quede bien, o tengo que dejar de fumar porque me estoy matando. En efecto, no había nada que me viniera bien, pero todos los impulsos de la voluntad no eran suficientes. Entonces, empecé a buscar excusas para disculparme. Por ejemplo, que se trasmitían demasiados partidos de tenis y eso solo, sumado a tres programas políticos del cable, ya capturaba todas mis posibilidades de tiempo; o que justamente durante esa quincena había llegado cinco o seis veces muy tarde a mi casa, y no me habían quedado ni diez minutos para dedicarme a la tele. Se sabe, siempre se encuentran excusas cuando la voluntad no se emplea a fondo, y uno se vuelve perezoso por falta de costumbre y por desidia. Así llegué a la situación actual, de la que, evidentemente, me cuesta salir. Lo mejor, entonces, es reconocerlo, como quien dice: me hace falta una fuerza mayor de la que he empleado en este proyecto hasta el momento.
Necesito ayuda. ¿Dónde encontrarla sino en las páginas de televisión de diarios y revistas? Pero esto, que se dice fácil, no lo es tanto como parece. Para entender las páginas de televisión es necesario estar educado, es decir saber un poco más de televisión que lo que yo estaba sabiendo. Me ayudaron unas declaraciones del Jefe de Gabinete sobre la cumbia villera y el dato de que visitó la Casa de Gobierno uno de sus máximos representantes, estrella de un programa de los sábados a la tarde (un horario cómodo, para el que yo no podría encontrar excusas).
Allí había una punta. Me ayudó también la noticia de que en una feria del libro infantil y juvenil, un stand trasmitía la canción de Los Roldán y los chicos la bailaban encantados. Allí había otra pista. Finalmente, el esperado regreso de Tinelli, a quien yo conocía de mis experiencias pretéritas como televidente, venía como anillo al dedo, ya que los periódicos aseguraban que el programa era idéntico al de siempre y así podía empezar mi recuperación recorriendo caminos familiares.
Ahora se trata de cumplir las resoluciones. Empecé hace dos meses y me está yendo bien. Pero no hay que confiarse. Por eso, me di de baja en el cable, prescindí de las olimpíadas y de Irak, y volví a instalar una antena en la terraza, para recibir sólo las señales de aire.
http://www.clarin.com/diario/2004/09/26/sociedad/s-838343.htm
Maxikioscos, televisores, avisos publicitarios... Un andén de subterráneo puede dar para todo. Los nuevos usos del espacio público, ¿tienen al público como prioridad?
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Siempre se dijo que los argentinos somos muy imaginativos en el uso del espacio público. Los pasacalles, por ejemplo, fueron, hasta que comenzó a reglamentarse su uso, una decoración que rompía la monotonía de las ramas de los árboles y del cielo con cálidos mensajes privados y oportunos anuncios de bienes y servicios. Ahora quedan pocos y, cuando se los encuentra, se siente nostalgia por esas banderas de veinte metros de ancho, que se iban pudriendo bajo el sol y la lluvia: "Maru: no tengo nada para ofrecerte. Al perderte a vos, lo perdí todo", sintetizaba una historia amorosa que, a todas luces, terminó mal. Hoy, quien viaje en los subterráneos de Buenos Aires observará cosas que no se ven habitualmente en los de Londres, París o Berlín. Por ejemplo, el cartoncito que habilita para pasar el molinete suele traer impresas al dorso publicidades y atractivas promociones, consejos sobre la adquisición de cuponeras con entradas de cine y otras amenidades.
Del techo de los andenes cuelgan televisores, donde los pasajeros tienen la opción de distraer la espera con otras publicidades, microinformativos, frecuencia del servicio y clips que las compañías grabadoras acercan generosamente a los programadores del subte para que el público pueda estar al tanto de las últimas novedades en pop music y, si se le ocurre, comprarlas. Con perspectiva solidaria, hay espacios de Unicef y otras organizaciones dedicadas al bien común. Si algún pasajero prefiere no escuchar el sonido de estos televisores, que demuestran su calidad con la potencia de su volumen, tiene la opción de caminar hasta el extremo final o inicial del andén, adonde el ruido no llega con igual intensidad. De este entretenimiento ambulante están privados los pasajeros de subterráneo en otros países y quizá la oferta televisiva y publicitaria de los subtes porteños pueda anotarse como uno de los atractivos turísticos de Buenos Aires para compatriotas y extranjeros. No hace mucho, los pasajeros se deslumbraron con un capítulo más de esta inagotable creatividad. Un maxikiosco reemplazó la aburrida boletería de siempre en la estación Scalabrini Ortiz norte. Es un local más grande que los habituales, enfrentado a los molinetes de entrada que, en vez de las pequeñas aberturas por las cuales solemos comunicarnos con quien nos vende los boletos, ofrece un espacio amplio y bien surtido. En efecto, tal como lo indican los letreros del maxikiosco, estamos frente a un drugstore, donde se pueden comprar bebidas, enfriadas en dos exhibidores, y golosinas. Luminoso y atractivo, los futuros pasajeros compran allí también sus boletos (ya que no hay otra boletería en ese andén). Algún atolondrado se impacienta cuando el que está antes que él demora más de lo adecuado en elegir su compra, justo en el momento en que el subte está llegando a la estación. Pero, como dicen los economistas, estos son conflictos de intereses. Y además, no hay máquinas de café ni pancheras, de modo que perder un tren es lo más grave que le puede pasar al pasajero que sólo quiere su boleto. Si ha salido de su casa con tiempo suficiente, no es gran cosa.
Las personas que atienden el maxikiosco-boletería son empleadas de la empresa, con su uniforme y su logo. Cuando quise averiguar cuál era el sistema de trabajo, me dijeron que, por lo que vendían del kiosco, se les pagaba una comisión, que se agregaba a su sueldo. Para resolver un eventual conflicto de intereses entre vender primero el boleto o el chocolate, seguramente que la empresa les ha provisto de las instrucciones adecuadas. Y, además, si alguien no sigue esas instrucciones que deben ser impecables, no es tan dramático. También los subtes se atrasan y ni siquiera medió la compra de una golosina, que puede consumirse mientras se espera, mejorando el humor del pasajero, lo cual tiene que ver, por supuesto, con el ideal de un servicio completo y novedoso.
Sólo un amargado podrá argumentar que, entre las ideas débiles, está hoy la de espacio público, que no es una propiedad de quien lo ocupa para ofrecer un servicio también público.
http://www.clarin.com/diario/2004/09/19/sociedad/s-834328.htm
Un viaje en taxi, en mitad del caos de tránsito de un mediodía porteño. Un conductor con oído refinado e ideas brutales... Y un pasajero aturdido por el asombro.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Tomó un taxi en el centro de Buenos Aires, Leandro Alem y Corrientes, a mediodía. Las radios y los diarios de la mañana anunciaban varios piquetes y una marcha, y los autos tocaban bocina como si estuvieran frente a un todavía invisible cordón de manifestantes; en realidad, se tocaban bocina mutuamente, en un anticipo de desorden urbano que convertiría la ciudad en el caos de vehículos que se atropellan para avanzar a toda costa y alejarse de la futura amenaza. El pasajero no estaba obligado a meterse en el centro; por el contrario, debía tomar por una gran avenida y dirigirse hacia el norte. Le sobraba tiempo y el tránsito no estaba detenido. Cerró la puerta del taxi y dijo: "Figueroa Alcorta y Tagle". El taxista se dio vuelta: "¿Usted sabe que tenemos que pasar justo por la puerta del Ministerio de Trabajo?". Lo dijo como si su pasajero le hubiera propuesto una excursión en bicicleta al Orinoco. El contestó: "Seguro, pero estoy viendo que los carriles están abiertos".
El taxi arrancó y, en el primer semáforo, el conductor se expidió sobre Buenos Aires: "La peor ciudad del mundo, ni más ni menos". El pasajero, como quien piensa en voz alta, le preguntó si conocía Bogotá, Ciudad de México, San Pablo. "Mire, le dijo el conductor, yo fui marino mercante durante treinta años, así que a mí no se me escapa nada; se lo digo yo: Buenos Aires es la peor del mundo." El pasajero, que apenas había sido turista unas cuantas veces, se calló la boca. La opinión del taxista contrastaba con las de miles de turistas latinoamericanos, pero no era momento para comentar que a esos visitantes, quizá porque no tienen nada que hacer, la ciudad les gusta mucho y la consideran más amistosa que sus propias capitales.
La sensación del taxista era la que valía, aunque otras visiones lo contradijeran. La posmodernidad es un mundo de sensaciones, pensó el pasajero.
En ese momento, el taxista pegó un pique fenomenal y cuando pasó sin problemas por el Ministerio de Trabajo, mirando a un grupo de manifestantes, exclamó como quien ruega que un deseo se convierta en ley: "Habría que meterlos presos a todos". El pasajero, que no toma taxis con frecuencia pero que ha escuchado anécdotas, cometió el cándido error de preguntar: "¿A usted le parece?" El taxista, se explayó: "Me quedo corto, habría que matar a algunos para que el resto aprenda".
El pasajero tomó coraje y le pidió al taxista: "Pare acá, me bajo; no quiero viajar escuchando lo que usted dice". El taxista, probablemente porque manejaba un auto de radiollamada y estaban las tarjetas con los números de teléfono de la compañía al alcance de ese pasajero que parecía enojado, dijo: "Está bien, me callo la boca hasta llegar a destino y va a ver qué bien que llegamos".
Indeciso sobre si esto último era una ironía, el pasajero se quedó en silencio y siguieron viaje. Justo cuando pasaban por Retiro, el taxista le preguntó si le molestaría que él pusiera la radio. El pasajero, que creía haberse dado cuenta de que ese hombre no soportaba el silencio, le contestó que no le molestaría en absoluto y pensó que entonces, en vez de las diatribas del taxista, iba a escuchar la que todos llaman "la radio de los taxistas", quizás injustamente para éstos, porque suele expresar la perspectiva de gente que no quiere meter presos a todos.
Pero el pasajero se equivocaba: la radio que tenía sintonizada el taxista era Nacional, que transmitía una música leve, luminosa y amable, algo de Gabriel Fauré, una pavana o una barcarola, sonidos completamente adecuados al parque que ya se estaba viendo a la derecha, por la ventanilla, en el mediodía radiante.
El pasajero pensó que no debía sorprenderse, aunque estaba sorprendido al descubrir que él también tenía sus prejuicios culturales. Pensó que, en vez de asombrarse, debía recordar lo que ya se dijo muchas veces: las opiniones más violentas pueden venir de excelentes padres de familia, incapaces de tocarle un pelo a sus hijos, buenos vecinos que, después de desear la muerte de un par de piqueteros, pueden escuchar música clásica.
http://www.clarin.com/diario/2004/09/12/sociedad/s-829978.htm
Un nombre, una textura, una melodía o un aroma pueden abrir las puertas de la memoria. Convocado por cualquiera de estos detalles, el pasado vuelve. A veces, de un modo inexplicable.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Un amigo me cuenta que está ampliando y arreglando su casa. El arquitecto le propone usar venecita para los pisos de la cocina; se trata de una solución económica, que tiene algo de los años cincuenta y sesenta, vuelto a la moda. Mi amigo, al escuchar esa palabra se representa, de inmediato, los pequeños cuadrados de colores, de brillo mitigado, un material que es noble y gracioso. Mi amigo sabe eso y, sin embargo, ante la mirada interrogativa del arquitecto, se niega con una firmeza insospechada ya que, hasta ese momento, había seguido todas las propuestas y ni siquiera había querido elegir los colores de las paredes, porque el arquitecto iba a hacer eso mejor que él. Sin embargo, la venecita le resultaba imposible. Confiaba por completo en el arquitecto, sabía, de antemano, que le iba a sugerir buenas soluciones, ¿qué había pasado entonces?
Mi amigo quedó preocupado porque no pudo dar ninguna explicación y lo avergonzaba mostrarse como un caprichoso que saltaba por encima de una opinión experta, rechazando neciamente un material razonable y también divertido.
Cuidadoso de los saberes de los otros, mi amigo me decía que el arquitecto iba a tomarlo como a un cliente ignorante, de los que sacan las ideas de la última foto que vieron en un suplemento de decoración y le dicen al especialista: "Hacémelo así, de este color pero más clarito, y con los marcos de las puertas en contraste". Estaba evidentemente mortificado, pero no podía revisar su negativa: los pisos que fueran de lo que fueran, mientras no fueran de venecita.
Mi amigo tenía una explicación, pero era de una índole tan subjetiva que no se había animado a dársela al arquitecto. La venecita estaba ligada a un capítulo de su pasado más remoto, un capítulo tan privado que no podía ser exhibido como causa del rechazo. Nos pusimos a pensar ejemplos: el olor de pasto recién cortado, de cera para lustrar o de glicinas, el de una pizzería a la que no se ha vuelto en veinte años y conserva el horno a leña exactamente en el mismo lugar y, de algún modo improbable y milagroso, sigue usando el mismo aceite; por supuesto, una melodía, y así hasta el pequeño infinito de los recuerdos más triviales. Yo le dije que, a una amiga, los pantalones a media pierna le producían el mismo rechazo que el pelo atado en cola de caballo, detalles de un código privado que ninguna moda es capaz de redimir y volver aceptables.
En ese momento, recordamos uno de los pasajes más famosos de la literatura del siglo XX: el momento en que Marcel Proust, en A la busca del tiempo perdido, hace que se desplieguen los recuerdos, cuando su personaje prueba un bizcocho mojado en té. Una tarde de invierno llega a su casa y su madre le ofrece un té que él está a punto de rechazar y, sin embargo, acepta. Moja un bizcocho de los llamados magdalenas en el líquido y se lo lleva a la boca.
Su sabor desencadena todo lo que va a suceder en la novela. Como una llave, que no se creía poseer, se abre el tiempo pasado. Proust descubrió en esa escena el principio de la reminiscencia, es decir de la llegada inesperada de algo que se alojaba en un lugar remoto que no se visita con frecuencia. En el momento mismo en que la cucharada de té con el trocito de bizcocho tocó su paladar, lo invadió un sentimiento de alegría y potencia. Ese sentimiento, lo sabemos los lectores de Proust, venía del pasado hacia el que la novela se volverá, para recuperarlo finalmente.
A mi amigo, como nos pasa al resto de los mortales que no somos Proust, le había sucedido exactamente lo contrario y exactamente lo mismo: el nombre de un material también le había traído un pasado, pero de ese pasado no quería guardar el menor recuerdo, ni mucho menos ponerlo en el piso de su futura cocina. Todo lo que podía hacer con la reminiscencia era padecerla. Un amenazante cuadradito de venecita había estado a punto de volver a incrustarse en su vida, sin que las consecuencias se convirtieran en nada cercano a la literatura. Por suerte, el arquitecto ya había encontrado una solución diferente para el nuevo piso.
http://www.clarin.com/diario/2004/09/05/sociedad/s-826087.htm
No tener auto ni telefonía móvil es una especie de rareza en ciertas capas de la clase media. Los demás miran esta opción con asombro. Aunque pueda resultar más barata, cómoda y, además, ecológica.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
No tengo auto ni teléfono celular. Hace poco me di cuenta de que esto me ubicaba en una minoría casi invisible dentro de las capas medias, como si confesara que no tengo tazas o una ensaladera. Alguien, que me había invitado a su casa, descontaba que iba a llegar allí en mi (no existente) auto y me ofrecía instrucciones que incluían bajadas de autopista y cruces con semáforos; cuando le dije que iba a tomar el tren, me respondió que, en ese caso, al llegar a la estación anterior a mi destino, llamara por teléfono para que me fueran a buscar a la siguiente. Ante mi comentario de que en la Argentina no hay teléfonos públicos en los trenes, con buen humor me sugirió que tomara un remise o caminara seis cuadras.
La mañana del día de la invitación, le pregunté a un amigo, que trabaja en el Gran Buenos Aires, cuánto tardaba el tren hasta donde debía bajarme. Me miró fijo, me aclaró que él nunca tomaba el tren y que, a la hora de la noche en que yo debía viajar, lo mejor era que me gastara treinta pesos en un remise "para ahorrarme un disgusto".
Le señalé que a esa hora de la noche de un sábado, precisamente, estarían volviendo a sus casas gente cuyas ocupaciones están en Buenos Aires: vendedoras de tiendas y supermercados o mozos, por ejemplo; y que en esa compañía yo iba a sentirme perfectamente confortable. Mi amigo, que no pertenece a la aristocracia, me dijo que la diferencia estaba en la ropa. Yo, que tampoco pertenezco a la aristocracia, le dije que, si vamos al caso, la diferencia de ropa es algo que no puede ocultarse en ninguna parte ni a ninguna hora. Mi amigo, entonces, me dijo: "Por lo menos no lleves la tarjeta del banco ni el celular". Olvidaba, evidentemente, que no tengo celular, lo cual, a esta altura ya se había convertido en un signo de extrañeza. Conozco personas que no tienen televisión y lo presentan como una marca cultural que los elevaría por sobre los demás mortales. Conozco también algunos que no leen diarios argentinos sobre papel y se confían a lo que puedan sacar de las ediciones internacionales en Internet. Ninguno de esos dos grupos me pareció nunca demasiado simpático, precisamente por el gesto ampuloso de establecer una separación nítida entre ellos y el resto del mundo.
Me pregunté entonces si mi carencia de auto y celular me ponía en esa categoría de gente. Una especie de snobismo de la prescindencia que, si lo descubría en mí misma, no me iba a resultar agradable. Carecer de auto o de celular no garantiza ninguna superioridad. Lo que habría que ver es si se sostiene en una elección sensata. Hace pocas semanas, una investigación informó que el 75 % de la polución de la ciudad de Buenos Aires proviene del transporte automotor, incluidos los autos particulares. Quien vive en Buenos Aires tiene el privilegio de vivir en una ciudad con comunicaciones públicas razonablemente buenas; yo, que vivo en Buenos Aires, jamás he necesitado de un auto para ninguna actividad, en los horarios diurnos y nocturnos más variados. Naturalmente, si viviera a quince kilómetros delCentro, si tuviera que transportar niños o mercancías, el razonamiento caería en pedazos. Eso pensé en lo que respecta al auto. No se trataba de un signo de distinción sino de una opción barata y relativamente cómoda. Y, como bonus track, una opción ambientalista.
Lo del celular me resultó más fácil. Tengo un teléfono en mi casa y otro en mi oficina; ni chicos ni ancianos dependen de mí en términos de seguridad o circunstancias de vida; no soy médica, ni cadete, ni responsable de prensa de algún político, ni bombero voluntario.
Los usos que le daría al celular estarían restringidos, por ejemplo, a recibir llamadas en el subterráneo o el colectivo, en los restaurantes, cuando voy a comprar un libro o un par de zapatos, cuando tomo café con un amigo o camino por el barrio. Estos lapsos no son más extensos que dos o tres horas. Decididamente, el celular no está entre mis prioridades. Además no tengo que acordarme de dejarlo en casa, como me aconsejó mi amigo, cada vez que viaje en tren por el Gran Buenos Aires.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/29/sociedad/s-822050.htm
Supermercado en una zona deteriorada del centro de Buenos Aires, mediodía de un feriado, y lluvia. En la sección quesos, dos empleados intercambian experiencias: uno de ellos, que viene de la sucursal de un barrio rico, le dice al empleado local que esos productos que allí casi no se venden, allá salían muchísimo. Camino hacia las cajas, pago y cuando estoy llegando a la puerta un señor de uniforme me detiene y, con un tono de rutina respetuosa, dice: "Por favor, abra la cartera".
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Le pregunto por qué debo hacerlo y me dice que son normas. Le pregunto de quién son las normas. Previsiblemente, me contesta que son normas de la empresa. Le pregunto si él quiere ver mi cartera, de dimensiones modestas, porque existe sobre mí alguna sospecha, si le han avisado que yo habría intentado o cometido un hurto, y me responde negativamente. Quiero saber si me ha elegido entre varios que están saliendo y si la requisa se destina a personas tomadas al azar; y me dice que eso no puede responderlo o que no lo sabe (escucho mal la frase). Le digo que él no tiene derecho a pedirme que abra mi cartera, que, en todo caso, podría llamar a un policía pero que, incluso en ese supuesto, habría que ver si el policía tiene derecho a hacerme abrir la cartera sin una presunción firme. Me responde, de nuevo, que son normas. Le digo que me doy cuenta perfectamente de que él está cumpliendo órdenes y pido hablar con un gerente que no está en ese momento.
Vacila mi vocación de ejercer derechos de ciudadanía. Tengo, yo también, que seguir trabajando; abro la cartera y me voy enfurecida. Debería haber mantenido mi negativa y, si era necesario, perder unas horas de esa tarde. Si yo no soy capaz de seguir esa conversación hasta su desenlace, cualquiera que fuera, es porque el incidente no me resultó tan insultante como estoy inclinada a creer. Para consolarme de mi defección, me digo que así son las empresas; quizás evaluaron que les sale más barato insultar a un cliente que disponer la suficiente vigilancia interna como para evitar que desaparezcan sus mercancías en los bolsos de quienes pasean entre las góndolas; y, entonces, optan, por una requisa que es ilegal.
Evidentemente, si todos los clientes son como yo, las empresas tienen motivos para someterlos, aunque protesten dos minutos, a una inspección de sus carteras, aceptando que la sospecha rija las relaciones entre un supermercado y quien acaba de comprar dos sobres de sopa y un pan. Minimizar los gastos en vigilancia es posible por la reacción de compradores como yo misma que consideraron el tiempo que iban a perder y decidieron regalarle al supermercado un derecho que no tiene.
Ese día le pregunto a una amiga si, en el supermercado donde compra, le hacen abrir la cartera. A ella nunca le pasó, me contesta. Tampoco a mí, en un supermercado de otra cadena. Me tranquiliza saber que no siempre voy a renunciar a mis derechos cada vez que tenga que adquirir mi comida. Y resuelvo no volver a aquel supermercado que exigió la requisa de mi cartera.
Sin embargo, ni siquiera puedo sostener esa resolución y a los quince días, porque el local está muy cerca de mi oficina y voy de paso, entro de nuevo. A la salida, no revisan mi cartera. En ese momento debería haber preguntado por qué; pero evidentemente tampoco tenía ganas de hacerlo.
La historia me hace quedar bastante mal parada. Primero me sometí a un requerimiento insultante ejercido sin derecho; y no fui capaz de sostener mi posición dedicándole algunos minutos o algunas horas al asunto. Después no mantuve la resolución de no regresar al supermercado y, cuando finalmente, pude salir la segunda vez sin que un guardia metiera sus dedos en mi cartera, no pregunté por qué esa vez me había salvado. Con ciudadanos tan plegadizos como yo a las órdenes que reciben en la puerta de un supermercado, será difícil convencer a las empresas que no tienen derecho a requisar a sus clientes.
Pero hay más: no me defendí yo, que estoy en las mejores condiciones para hacerlo. Los derechos atropellados de quienes tienen menos o ninguna defensa son la verdadera cuestión de fondo.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/22/sociedad/s-817820.htm
Entre las cumbias que exageran los parlantes de las disquerías y el ruido atronador del tránsito, el peatón puede aspirar a una tregua: un concierto en la vereda, a cargo de músicos callejeros virtuosos.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Nunca habían estado allí antes. De repente, un sábado a la tarde, en la vereda del Banco Provincia, el más grande de esa avenida, cerca de la entrada del subterráneo, aparecieron los dos músicos. Cuando doblé la esquina, y estaba más o menos a cincuenta metros, escuché el sonido de un saxo. Pensé que la casa de discos había cerrado hace meses y que era difícil que el sonido viniera de la librería-disquería de enfrente, venciendo el ruido del tránsito. El saxo me llegaba directo; segundos después los vi: era, en efecto, un saxo acompañado por una batería. No tocaban una canción inmediatamente reconocible; me pareció que el saxo improvisaba con solvencia, como se improvisa en el jazz. Me quedé escuchando; el saxo tenía un atril, y entonces me di cuenta de que estaba ejercitando algún solo de saxo, que seguía en su partitura. Y no se trataba de jazz tradicional, sino de jazz moderno.
Era muy extraño. Nunca antes había escuchado dos compases de jazz en esa calle, donde domina, en primer lugar, el ruido y antes, cuando estaba abierta la disquería, la peor música pop nacional e internacional, falso rock melódico, boleristas mexicanos, casi toda la música comercial, incluida la cumbia. Pero un saxo y una batería parecían verdaderamente instrumentos de seres extraterrestres, llegados de un planeta musical remoto, complejo y minoritario. El chico del saxo podría haber tocado cualquier otra cosa, ya que lo que estaba sonando era bien difícil y, por lo tanto, le hubiera resultado sencillísimo seguir la melodía de una canción conocida o, por lo menos, de un clásico de Sinatra que le ganara un público de la tercera edad. Y el baterista hubiera podido acompañarlo en esa empresa mucho más atractiva, sin duda, para la gente que pasaba rumbo al shopping.
Pero no, habían elegido reproducir un solo de saxo con batería, de melodía extraña a la reducida memoria musical con que podían contar a esa hora, con ese público y en esa calle.
Concentrado, como si estuviera en un pequeño escenario y como si no escuchara el ruido de la avenida pautado por la apertura periódica del semáforo, el baterista miraba al saxofonista, que leía su partitura. Lo miraba en suspenso como mira un músico cuando sigue a otro y debe ir improvisando sobre sus frases, sus armonías, las eventuales ocurrencias que introduce en la música escrita. El saxo, en cambio, independizado de la batería, tocaba con la certeza de que era el jefe del dúo y de que el baterista iba a seguirlo. Todo sonaba sorprendentemente bien. Recordé entonces lo que me había contado un amigo que trabajó como artista callejero en Europa. La clave del oficio era que la música o el micro-espectáculo fuera bueno y que rotara con el paso de las semanas, ya que lo escuchaba, en general, la misma gente, que no debía aburrirse. Si se cumplían estas condiciones era posible ganarse la vida. La misma impresión tuve siempre con los músicos callejeros en ciudades como Nueva York, donde dúos, tríos e incluso bandas de varios integrantes tienen una calidad que siempre supera lo aceptable. De repente, en un barrio de Buenos Aires, el dúo de saxo y batería que escuchaban apenas dos personas, parecía responder a esa medida de destreza, de la que están muy lejos los tocadores de bandoneón de las calles turísticas, que combinan ancianos que nunca supieron música o la olvidaron y jóvenes cuya proximidad y gusto por el tango no compensa la impericia. En el centro de la ciudad, es posible escuchar muy mala música, sin buscarla demasiado.
Dos días después, en esa misma cuadra de la avenida, que es lejana al circuito turístico, se escuchó un bandoneón y una guitarra tocando un tango bien conocido, pero del que daban una versión que se esmeraba en escapar de la rutina de una melodía recordable.
También dos jóvenes, vestidos de marrón, de melena clara, parecidos físicamente a los del saxo y la batería, ocupaban el mismo lugar en la vereda del banco. Extrañamente, parecían los dobles o los hermanos musicales de los jazzistas del sábado. Ninguno volvió después de estas apariciones sorpresivas y estelares.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/15/sociedad/s-813970.htm
Un simple rastreo en Internet lo confirma: en Francia, los exámenes del bachillerato despiertan tanto interés como las vacaciones. ¿Cuál es el sitio de la educación?
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El buscador de Internet Google ofrece una página que se llama Zeitgeist, espíritu de la época, en la que se encuentran los sitios más visitados en la web, ordenados en tablas por país. Llegué a Zeitgeist por casualidad, en esos momentos en que no se sabe cómo seguir trabajando y uno se pone a clickear para ver si descubre alguna salvación ante el vacío. Me llamó la atención que una página web tuviera ese filosófico nombre en alemán y allí me encaminé. Recibiría una sorpresa. Las preferencias por países eran bastante similares.
Lo habitual: Beckham, Shrek, Harry Potter, Viajes, Meteorológicas. De pronto algo saltó a la vista en la tabla correspondiente a Francia porque, entre los diez sitios más populares, allí figura uno cuyo nombre me obligó a detenerme: France Examen. Mi primera reacción fue de aturdida incredulidad, como si estuviera frente a un error. ¿Qué hacía France Examen compitiendo, si bien en el lugar número nueve, con las naves insignia de la industria cultural, con los mamuts del mercado cinematográfico y musical? El nombre no parecía el de una banda de rock ni de un rap especialmente cocinado para adolescentes que repudiaran el control de calidad de la enseñanza.
Allí vamos. Y apareció efectivamente una página que respondía de manera convencional a su nombre. Nada de tecnología flash, ni animaciones, ni publicidades, ni pop-ups, nada de diseño hiperkinético, pensado como si el público estuviera enfermo del mal de aburrimiento.
France Examen es exactamente lo que su nombre anuncia: la página donde están los resultados, las fechas y otras informaciones sobre el examen final del bachillerato (que en Francia es una licencia indispensable para entrar en la vida laboral o seguir estudiando), y sobre los ingresos a las "grandes escuelas" de administración, de humanidades, de ingeniería y ciencias, que son la crema de la crema de la universidad francesa. El noveno sitio visitado era entonces el de las calificaciones escolares y los ingresos a los lugares de excelencia. Competía con Zidane y con la Eurocopa.
Increíble.
Recordé entonces que para ser profesor en un colegio secundario francés los candidatos deben pasar un examen que les ocupa uno o dos años completos de su vida (de su vida posterior a la graduación universitaria, entiéndase bien).
El éxito en el examen de agregación es un acontecimiento no sólo para quien aspira a ser profesor secundario sino también para quien se propone seguir una carrera en la investigación y la universidad. Y recordé que los resultados de esas pruebas nacionales (que se llaman de agregación ya que los vencedores se agregan al aparato educativo del estado) salen publicados en los grandes diarios: páginas y páginas de nombres, acompañados de una disciplina y de un lugar. Para quien ve esto por primera vez, representa una especie de síntesis material del lugar de la educación en la sociedad. Las páginas de nuevos agregados que publican los periódicos son la prueba de una jerarquía efectiva, que toca no simplemente a los que aprobaron el examen sino a la educación como cuestión central en la opinión pública.
Las tablas de preferencias de Zeitgeist estaban allí proponiéndome una confirmación a esto que, de algún modo, ya sabía. En junio y julio, es decir antes del verano europeo, cuando oleadas millonarias de población se desplazan hacia las costas del Mediterráneo o hacia lugares exóticos que, minoritariamente, incluyen también a América Latina, la página de France Examen compite con las de ofertas de viajes y el pronóstico del tiempo en las Baleares.
No quise evitar la envidia. La educación es uno de los pocos caminos de futuro para países pobres como el nuestro. Y es en una de las naciones ricas del mundo, en el centro de ese experimento político que se llama Unión Europea, donde France Examen muestra, con la contundencia a veces demasiado brutal que tienen las tablas de preferencias, en qué lugares la educación verdaderamente compite con las seducciones más idiotas y más atractivas del mercado. E, incluso, gana.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/08/sociedad/s-809609.htm
Llegar por primera vez a la gran sala y asistir a una función de su programación central. ¿No podría ser una experiencia clave para un adolescente? ¿Y si fuera posible a través de un encuentro entre el mérito y el deseo?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Faltan unos quince minutos para que comience el espectáculo. En la sala que va llenándose poco a poco, rebotes de luz dorada modulan el terciopelo rojo. Desde la llamada cazuela, es decir el segundo nivel en altura, se ven en perspectiva los respaldos ovales de las butacas de platea, con sus marcos de madera oscura, donde una perchita de bronce se ofrece eventualmente para sostener una cartera. Del costado que ocupo en ese segundo nivel del teatro, puedo ver el palco presidencial, ubicado exactamente en el centro, sobre la entrada de la platea; en su frente, el escudo nacional señala el mejor lugar del teatro Colón. Muchas veces no hay nadie allí, pero esta noche, en que se canta El oro del Rhin de Richard Wagner, el palco presidencial está casi lleno.
Por supuesto, no se trata del presidente ni de su esposa, tampoco de ningún ministro del ejecutivo, ni del canciller Bielsa acompañando a un representante extranjero. Es simplemente, gente como la que está conmigo en cazuela, o más arriba, en tertulia, o más arriba aún, en el justamente llamado paraíso.
Recuerdo, entonces, que el vicepresidente también tiene adjudicado un palco en el Colón, sobre el costado derecho, casi sobre la escena. A ese palco extraordinario entré una vez, no por haber recibido una invitación oficial, sino porque, durante un ensayo, acompañé a un equipo de filmación. Un acomodador me dijo que rara vez se ocupaba ese palco.
Con este recuerdo se mezcla la sencilla comprobación de que, lejos de responder a ningún estereotipo sobre el teatro Colón, la gente que me rodea y que ha pagado entre cuarenta y sesenta pesos por estar allí pertenece, como yo, a las capas medias de manera clara y casi indeleble. La entrada es razonable, si se piensa en lo que vamos a escuchar, la ópera-prólogo del más descomunal ciclo operístico de la música occidental: la Tetralogía legendaria de Wagner.
Cualquier buscador de Internet da como resultado más o menos medio millón de páginas, que incluyen crítica, discografía, historietas, fotografías, figurines, comentarios de representaciones y un variado etcétera. Casi no hace falta saber nada, para saber que la Tetralogía es una experiencia que subyugó, desde un comienzo, a generaciones enteras de artistas y de público.
El Colón es un objeto excepcional en un país que a veces ha sabido preservarlo y otras lo conduce a crisis desesperadas. Es la maqueta de lo que la Argentina alcanzó en algunos momentos de su historia: construir una tradición musical que, sólo desde un prejuicio más populista que democrático, puede calificarse como elitismo liso y llano.
Indiscretamente, me pregunto quiénes son las personas del palco presidencial, y también si estará ocupado el palco del vicepresidente. ¿Qué pasaría si la entrada a esos palcos fuera algo que pudiera alcanzarse como recompensa de un encuentro original entre el deseo y el mérito? Una fantasía antes de que comience la obertura: el Ministerio de Educación, además de organizar concursos para guiones de televisión en las escuelas o llevar a los chicos pobres a que vean una película comercial en un multicine (como se ha hecho), ¿organizaría un concurso para que el presidente, el vicepresidente y el teatro mismo inviten a los chicos que mejor escriban sus razones para querer escuchar a Wagner, a Mozart o a Puccini en el Teatro Colón? Y no me refiero a que toda una escuela aterrice en la platea para ver un espectáculo especialmente pensado como visita guiada, donde el teatro pasa a ser su propia escenografía. Me refiero a la posibilidad de que el verdadero Colón, con su verdadera programación, sea ofrecido a adolescentes que, por los motivos más diversos, incluso las más raras curiosidades, demuestren que quieren entrar a la gran sala. Llegar como público al Colón, y como público de una ópera de Wagner, puede ser un acontecimiento importante en la vida de alguien. No necesariamente en la vida de todos, ni en la de cualquiera, sino en la de alguien que, por esos motivos que siempre será difícil imaginar, puede desearlo, incluso sin comprender del todo su deseo.
http://www.clarin.com/diario/2004/08/01/sociedad/s-805384.htm
Para ellos la esquina es un lugar de trabajo. Esperan unas monedas de los que pasan, y una bolsa de facturas que les dan en la panadería. ¿De dónde vienen? Las preguntas están de más.
BEATRIZ SARLO.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
No duermen allí, sino que llegan a la mañana temprano: padre, madre y dos chicos. Ella es bajita y muy flaca, joven, de pelo enrulado con algunas canas, cara curtida por la intemperie, encorvada por el peso del hijo menor que sostiene en sus brazos o mantiene atado con un pañuelo al cuello. El hijo mayor, de unos seis o siete años, muy sucio, rodea a su madre en un círculo que parece definido por una cuerda invisible; dentro de ese espacio pasa todo el día, jugando con piedras o basuritas; sólo se separa de ella cuando, en la panadería más próxima, le dan una bolsa de facturas del día anterior y, como pude comprobarlo varias veces, un vaso de leche chocolatada. La leche, el nene la toma en la panadería, mientras estruja la bolsa de facturas que le va a llevar a su familia. El padre desempeña, en la esquina de la avenida, oficios diferentes: a veces vende mentitas o pañuelos de papel, limpia parabrisas o simplemente pide limosna cuando el semáforo está en rojo. El hombre muestra cierta nerviosidad en la forma en que se desplaza de la vereda a la calle, de los autos a su hijo mayor o su mujer; evidentemente, los protege. Ella, en cambio, está casi completamente inmóvil, clavada en cuatro baldosas.
A pocos metros, pero sin formar parte de la unidad familiar, una vieja, completamente estropeada, desnutrida, doblada, también pide limosna. Nunca vi un contacto entre la familia y la vieja, pero tampoco ninguna disputa por la posesión de la esquina. Se van más o menos a las nueve de la noche, cuando llegan para quedarse un rato los cartoneros que luego toman el tren en una estación a diez cuadras.
Lo que me llama la atención es la falta de insistencia tanto de la familia como de la vieja. Están allí casi sin hacer el ademán de pedir nada a quienes pasan, como si tuvieran la seguridad de que los conocen y de que, por lo tanto, los vecinos ya decidieron, desde hace tiempo, si los van a ignorar o les darán algunas monedas. Muchas veces me pregunto de dónde llegan, pero no me animo a hablar con ellos para averiguarlo. Tengo miedo de que piensen que estoy tratando de saber algo que no me corresponde. Y, en efecto, tendrían razón, porque lo único que me corresponde es elegir darles o no darles lo que están pidiendo; no tengo nada que hacer con el resto de sus vidas en la medida en que nada de lo que yo pudiera enterarme sería importante para ellos, que no están en esa esquina para proporcionar a los paseantes sus datos sociológicos o habitacionales.
Pero no puedo dejar de preguntarme de dónde llegan, porque no hay en las cercanías casas o villas desde donde puedan llegar más o menos rápido a esa especie de lugar de trabajo en la esquina de la avenida. Me digo que deben caminar durante por lo menos una hora, la madre cargando al hijo más chico, que no parece haber crecido en todos estos meses, el otro de la mano del padre, una especie de grupo familiar que se presenta como irónica imitación de los grupos familiares más o menos prósperos de ese barrio de capas medias. En la anadería, la mujer que le da las facturas al chico mayor le preguntó una vez si no iba a la escuela; el chico le dijo que tenía que quedarse con los padres. Algo de razón tenía: ¿a qué escuela iba a ir, dónde haría sus tareas, quién lo llevaría y con qué ropa, cómo lo mirarían sus compañeros? Tenía que quedarse con sus padres, que son sus iguales, como obligación de unidad y como única salida.
En los últimos meses, cerca de esa esquina comenzó la construcción de un multicine; la familia tuvo que correrse unos metros, justo para quedar contra la vidriera de un negocio de ropa para chicos. Las vidrieras del negocio son una especie de escenografía espléndida sobre la que se recortan, como en un aviso de Benetton, los harapos grisáceos. Al correrse unos metros, la familia ha quedado al lado de la vieja, como si pertenecieran al mismo grupo. Siguen, de todos modos, sin hablarse. Me pregunto si será mejor para ellos cuando se termine la construcción del multicine. Al mismo tiempo me doy cuenta de la absurdidad de mi pregunta: ¿qué quiere decir mejor en este caso?