Por Sandra Russo
Quedó como una incógnita qué quiso decir en su momento Carlos Menem cuando habló de los niños ricos que tienen tristeza. También se ignora qué consecuencias les acarreó a esos niños la riqueza acumulada durante la década del ’90, pero de lo que no cabe duda es de que todos los otros niños, los que están tristes pero no a causa del síndrome del niño que lo tiene todo sino a causa de exactamente lo contrario, aumentaron estrepitosamente y mitigan como pueden el paisaje desolado del plato vacío, la cama inexistente, el techo de chapa, el gesto endurecido del padre o la madre sin trabajo.
Como fuere, en las últimas semanas hubo noticias inquietantes que involucraron a púberes de esos que usan celular con cámara de fotos y se quejan porque el que quieren no es ése, que salió al mercado hace seis meses, sino el que acaban de lanzar el mes pasado. Son los que si no tienen iPod se sienten como sin cédula de identidad. Los que fueron a un jardín de infantes en el que les enseñaron a usar teclados de computadora y que ahora, a los trece, catorce o quince años, hacen el soporte técnico de sus padres o madres, a quienes ven poco porque trabajan mucho, pero eso esos chicos lo manejan, porque desde los ocho van al psicólogo a hablar de sus problemas. Son los que van a colegios exclusivos cuyos aranceles no bajan de los seiscientos pesos, y en los que desde el primer grado fueron instados y estimulados para que se expresen, para que den testimonio, para que hagan valer sus voces y para que también hagan valer sus derechos.
Hace unas semanas, las dos chicas de dieciséis años que usaron el sexo para distraer a un compañerito caído del catre (a veces cuando uno está en una cama haciendo ciertas cosas debería preguntarse si no se está cayendo del catre) y aprovecharon la ocasión para alzarse con cien mil dólares provocaron un asombro que no llegó a conmoción porque las historias sexuales no conmocionan: sacuden e intrigan. Es curioso, pero el ménage à trois de esos adolescentes de dieciséis años, compañeros de colegio privado, no suscitó ningún informe especial acerca de las modalidades de iniciación sexual actuales, ni sobre el rol de mujeres fatales y cachondas que usaron ambas para robar un dinero que no necesitaban.
En cambio, la muerte de Matías Bragagnolo en el hall de un edificio de Barrio Parque llevó los focos nuevamente a esos chicos. Llegó hasta haber quienes volvieron sobre aquella temible pregunta que solía disparar Neustadt en el viejo y horrible Tiempo Nuevo: “¿Sabe usted qué está haciendo ahora su hijo?” Esa pregunta de la dictadura instalaba al enemigo interno en el fuero doméstico. El extraño, el imprevisible, el sospechoso era no ya el joven en general, sino más específicamente el hijo: bajo la pantalla de la protección, había que vigilar y castigar, domar y amaestrar.
Todavía no se sabía por qué y de qué manera había muerto Matías, si esa muerte había sido natural o un asesinato; y si había sido un asesinato, tampoco se sabía si los victimarios habían sido esos chicos que se presentaron a declarar y quedaron y continúan detenidos en institutos de menores sin que nadie informe a sus abogados ni a sus padres de qué se los acusa exactamente. No se sabía, pero muy pronto se habló de “patotas de niños bien” que circulaban por esas zonas paquetas haciendo desmanes y bravuconadas.
El manejo de la información no podía ser más antojadizo. Un adolescente de dieciséis años había muerto en el hall de un edificio de Barrio Parque y la noticia rebotaba en forma de mea culpa por cierta permisividad a la que los medios atribuían esos desvíos. Una vez más, la palabra menos inocente del mundo, “libertinaje”, encontró un nicho de fertilidad. La palabra “libertinaje” es un modelo perfecto del lenguaje teledirigido a minar la confianza en la responsabilidad, la educación y el modelo que les hemos dado a nuestros hijos adolescentes. Porque encarnada en menores de edad, la libertad se convierte demasiado fácil y peligrosamente en libertinaje. Y el libertinaje es el hijo bobo de la libertad. Y la libertad nunca es cómoda, nunca es fácil, nunca es lisa: tiene arrugas y pliegues de los que a veces salen brujas. Los cazadores de brujas lo saben.
Más allá de esos casos extremos, más allá de esas noticias lamentables, lo cierto es que hay muchos púberes de clase media dando vueltas por la calle de noche y sin saber muy bien qué hacer. Y hay muchos púberes de clases populares dando vueltas por la calle de noche y sin saber muy bien qué hacer. Unos se aburren de lo que tienen porque han sido criados en una sociedad en la que cada día hay algo más para tener. Otros están hartos de nunca tener nada, y rumian su insatisfacción alcoholizada, mientras tal vez ya estén acercándose al paco o a alguna otra droga que no los divertirá ni los hará tomar litros de agua mineral. Sencillamente y sin ninguna duda, los matará.
Habría que pensar en los adolescentes sin miedo a lo que ellos son, a lo que ellos expresan de nosotros, sus padres; habría que pensar en ellos para saber cómo hacerles más fácil el tránsito hacia una juventud que se avizora complicada, y admitiendo que la vida que llevamos no es, probablemente, la que ellos necesitan que llevemos. Habría que hablar en voz alta con ellos acerca de nuestras frustraciones y nuestros límites, de nuestro cansancio y nuestra falta de ilusiones. Y tal vez reemplazar esa horrible pregunta, ¿sabe usted qué está haciendo su hijo ahora?, por otras. Por ejemplo: ¿sabe su hijo con qué sueña usted, qué ilusiones tiene todavía? ¿Sabe su hijo que usted lo ama?
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Por Sandra Russo
Esta semana, hablando con un cura católico y un rabino, les pregunté si la fe es una gracia, si es un don, porque yo quiero creer, pero no creo. En Dios no creo. Y cuesta caro no creer. Hay que sobrellevarlo. Tal vez sea la edad, tal vez con los años uno atraviesa situaciones más duras de lo que está preparado para soportar. Tal vez con la edad, por más que uno quiera, no se pueden evitar ese tipo de golpes que sólo suaviza la fe. Y es ahí cuando uno se pregunta si la fe es una gracia, y si es así, por qué no le ha sido concedida.
Mi familia era católica pero no practicante. A los ocho años tomé la primera comunión. Ya en ese entonces, lamenté llegar justo un año más tarde de que fuera obligatorio el vestido blanco y largo para esa ceremonia. Tengo esa foto, una Kodak. Flequillo recto, pelo tirante, posando al lado de los sandwiches de miga y la torta amarilla y blanca.
Mi madre sólo iba a misa cuando tenía problemas de salud ella o algún familiar cercano. Sobre su cama matrimonial había un crucifijo, y recuerdo que en mi casa alguna vez se le dio albergue transitorio a una Virgen de Alguna Parte que, se decía, procuraba armonía hogareña. Crecí entre esos rituales toscos e imprecisos de tanta clase media, obligada quién sabe por qué o por quién a aferrarse a una idea de sí ligeramente equívoca en relación a la fe: ser católico era como ser de Flores o de Ezpeleta, una especie de paradero del alma, pero eso no comprometía a nada más que a proclamarlo de vez en cuando y a cumplir con algunos rituales de rigor, como, por ejemplo, no hacer chistes sobre la inexistencia de Dios, o donar, cada muerte de obispo, ropa vieja a la parroquia.
Cuando llegué a la adolescencia, me asaltó un brusco ataque de religiosidad, pero era una religiosidad un poco extremista. Tenía amigos Niños de Dios. Periféricos y poco peligrosos, pero dados a bautizarse en bañeras de departamentos de Barrio Norte y a predicar en Plaza Francia. Recordé esa época, súbitamente, leyendo en este diario el reportaje que le hizo Silvina Friera al filósofo italiano Gianni Vattimo. El recupera la ética cristiana antigua, basada en la práctica de la comunión y la solidaridad, y divorciada históricamente de las ideas que eligió siempre para sí la jerarquía eclesiástica. Lo que recordé sobre esa breve etapa de mi adolescencia tenía mucho que ver con esa ética de la austeridad rabiosa y la solidaridad militante que, en la Edad Media, tomaron Francisco y sus amigotes de Asís, entre ellos Bernardo, el fundador de la Orden Cisterciense.
Cuando tenía dieciséis años, en mi casa trabajaba una chica que vivía en una casilla precaria del río de Quilmes y que nunca había viajado a la Capital. Mis padres me encomendaron “hacer el bien”, es decir: llevar a esa chica a la calle Corrientes, mostrarle el Obelisco y meterla en un cine a ver King Kong. Yo estaba en plena efervescencia religiosa, me negaba a comprarme ropa, andaba descalza por la calle, usaba trenzas largas, leía la Biblia y repetía parábolas sin parar. Llevé a la chica hasta el Obelisco, se lo señalé sin mucho énfasis y después nos fuimos al cine, pero a ver Hermano Sol, hermana Luna, una película de Zeffirelli sobre San Francisco y Santa Clara.
Aunque me esfuerce, recorro mi biografía y no encuentro una escena más patética que ésa: yo, una adolescente de clase media en franco brote místico, queriendo hacerle entender a una empleada doméstica apenas mayor que yo, el mensaje de un santo cristiano que elevaba la pobreza a un estado del alma en el que el cielo estaba ganado. La película era subtitulada y la chica leía con dificultad; yo le leía al oído las ampulosas frases de Francisco, “mirad los lirios del campo” y todo eso, esperando que a la chica se le revelara... ¿qué? La niña pequeño burguesa que se negaba a comprarse ropa pretendía convencer a la niña pobre de que sus necesidades eran bien vistas por el Señor. La niña pobre no mostró entusiasmo.
Mis amigos además de místicos eran lúmpenes y drogones, todos provenían de familias disfuncionales y además, corría el ’74 o el ’75, éramos chicos y no podíamos verbalizar lo que sentíamos. Pero se venía la noche, se venía la Edad Media, se venía la quema de libros, se venía la caza de brujas, se venía la Inquisición, y en esos bautismos en bañeras de departamentos y en esas fumatas nocturnas sobre el pasto éramos como los jóvenes de Asís, inadaptados no sólo para nuestros padres sino también para nuestros hermanos mayores, los militantes.
Desde entonces la religión nunca más volvió a mi vida. Es decir, cuando volvió, fue para exponerse desnuda, ella, la hija del dogma, desnuda en su propósito domesticador, desnuda en su afán de seducir y de calmar y de sostener el dolor humano con la promesa de una segunda vuelta en la que las injusticias de hoy serían el abono del bienestar impalpable.
No creo en Dios pero, no obstante, me gustaría creer. Me gustaría fondear mis dudas y mi inquietud existencial en las certezas que da la fe, pero aunque ya renuncié a cualquier cosa con forma y fondo de religión, sigue quedándome impregnada en algún lugar de mí aquella actitud ética que me conmovió de chica: sigo creyendo en la comunión.
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Por Sandra Russo
En Cromañón murieron jóvenes. En Caballito, bolivianos. Las dimensiones de las tragedias son asimétricas si la vara mide cuánta gente fue interrumpida en el acto de vivir. Pero conviene apuntar que en Cromañón murieron jóvenes y en Caballito, bolivianos.
Los seis muertos esclavos del taller clandestino de costura de la calle Luis Viale se constituyeron en la primera conmoción del flamante gobierno de Jorge Telerman. Sus también flamantes funcionarios prometieron rever el hecho de que, según estiman tanto vecinos como voceros del gremio de los costureros, en esa zona residencial se aglutinen, vaya uno a saber por qué justo ahí, más de un centenar de talleres de esa rara especie, esas jaulas infernales llenas de prisioneros voluntarios que vienen aquí a rendirse ante la evidencia de que sus vidas son accidentes de los que deben ocuparse ellos mismos de prolongar, de la manera que sea, de la que encuentren.
Es de esperar que no sólo los funcionarios del gobierno de la ciudad revean no exactamente esas habilitaciones (es difícil pensar que alguien se presente a habilitar un taller de esclavos; lo más probable, indica el sentido común de un chico de ocho años, es que la habilitación corra por un carril legal), sino específicamente el hecho comprobable a todas luces de que después de que una habilitación es otorgada, nadie se ocupa de verificar que es usada para lo que se pidió. Lo que es evidente es que faltan controles. Pero también en esa faena sería deseable ver sumergida a la oposición, a todos esos vociferantes defensores de la dignidad humana en el estrado cuando hay cámaras de televisión transmitiendo alegatos.
La tragedia de Caballito pone de manifiesto, entre otras cosas, que aquel sistema que falló en Cromañón sigue siendo el mismo sistema que hoy falla cuando un vecino va hace un mes al CGP del barrio a denunciar la existencia del taller clandestino donde ocurriría la desgracia y allí le exigen dar su nombre y apellido, además de todos sus otros datos personales, y constituirse en denunciante de una mafia. Una política pública porteña abonada durante años logró hacer emerger a los Centros de Gestión y Participación como los referentes de las preocupaciones vecinales, pero algo grave falla cuando un ciudadano anónimo se acerca a denunciar algo tan aberrante como el trabajo esclavo y ese gesto de civilidad se le vuelve, merced a empleados que deben estar obedeciendo órdenes, una escupida al cielo.
Lo que pasó en Caballito es distinto, pero en algún punto es igual a lo que pasó en Cromañón. Son esas cosas que todo el mundo sabe que algún día pasarán, pero se sospecha que ese día siempre será mañana. En una ciudad en la que se llegaron a habilitar estaciones de servicio abajo de autopistas, ¿cuánto puede demorarse una tragedia?
Son esas cosas horribles que pasan a la vista de mucha gente, esas cosas irregulares con consecuencias espantosas que no requieren ni siquiera ser demasiado disimuladas. Esas cosas sucias y malolientes para tantos de las que viven muy bien unos pocos. Esas cosas que están mal, pero se arreglan, porque la cadena de responsabilidades es larga y ofrece generalmente algún eslabón interesado en el sobre, en la propina. Esas cosas odiosamente crueles que un día estallan y parecen escandalizar a todos: ¿cuánto y cómo puede escandalizar la cara de un chico boliviano de diez años mirando por atrás de la reja de una casa en llamas? ¿Cuánto y cómo puede escandalizar la fuga desesperada de los sobrevivientes, que con su huida están diciendo que son ilegales, que no quieren ser deportados, que esa jaula ardiente era un lugar en el mundo, el único lugar que encontraron en el mundo de mierda que ven desde esos ojos aindiados?
Cuando se habla de “sistema” vaya a saber uno en qué se piensa. Bueno, se habla de todo eso. De un gigantesco engranaje que hace mover las piezas cada día, de un monstruo de mil patas y mil ojos que ni se mueve ni ve: la lógica de un sistema yace mucho más expuesta en lo que no sucede que en lo que sucede. El sistema debe encargarse, por ejemplo, de que la gente no se mate entre sí, de que la gente pague lo que compra, de que se paguen los impuestos o de que se diriman los conflictos sin violencia. El sistema es artificial: un aparato creado desde la política para que la vida en común sea posible. Pero un sistema sólo puede sobrevivir unido como un siamés a una idiosincrasia. Un sistema es asimilado y absorbido y vomitado para persistir y perpetuarse, haciéndose pasar por un “modo de vida”.
En Buenos Aires, tras décadas de un sistema corrosivo que se caracterizó por el robo a mano desarmada, tras años de una concepción de lo público más parecida a una alcancía que a una causa, el sistema empezó a cobrar vidas. El sistema nunca fue gratis, pero lo parecía. Ahora no lo parece más. Cromañón, aunque se haya ya cargado a Aníbal Ibarra y a pesar de que sigue impidiendo que toque de nuevo Callejeros, fue el agónico estertor de un sistema que se pasó años esquivando desastres y ya no puede evitarlos. Parece ser que no se trata sólo de cambiar de jefe de Gobierno, ni siquiera de partido: ese sistema, que cuando hace agua hace fuego, seguirá tragando vidas si no se replantea lo central y no lo accesorio.
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Por Sandra Russo
Esto es el colmo. ¿También ahí hay que rejuvenecer? ¡También ahí hay que rejuvenecer!
De las cirugías de vagina se viene hablando por estos lares desde que Alejandra Pradón eligió ese retoque en el programa Transformaciones. La mujer que salvó su vida después de caer de un séptimo piso quiso volver al quirófano para retocarse abajo, puesto que los ajetreos de la vida, parece, a algunas mujeres las vuelven ¿anchas?, ¿cilíndricas?, ¿circunferenciales?, ¿redondas como aseguraba Colón que era la Tierra? ¿Huecas del todo?
Las vueltas de la vida nos hacen, parece, ¿demasiado continentes para lo que hay de contenido?, ¿demasiado hondas como para dar miedo?, ¿demasiado cóncavas para lo convexo?, ¿demasiado blandas para ofrecer la resistencia justa?
Hace ya unos años, cuando todavía los Monólogos de la vagina recorrían el mundo y coros de mujeres de todas las edades coreaban “¡vagina, vagina!” a voz en cuello (y no de útero), como liberando siglos de secretos, estas cirugías todavía no se habían puesto de moda y, pobre Eve Ensler, lo que se perdió. Achicarse la vagina, se habrá visto. ¿Qué será Bamba, el almohadón vaginal que hizo famoso la sexóloga Alessandra Rampolla? ¿Joven o madurito? ¿Serán las formas de Bamba las de una vagina promedio o tendrá el aspecto de una buena vagina joven o en todo caso las de una vagina rejuvenecida y retocada?
Hay que aclararlo: esta operación estética de última generación se bifurca en dos direcciones. Hacia fuera, en lo visible, en los labios, aniñándolos y poniéndolos rozagantes. Hacia adentro, en lo invisible, estrechando paredes. Se han escuchado testimonios de mujeres que afirman que después de “estrechársela” gozan más. Andá.
Pero el colmo, según un artículo de Los Angeles Times, es que las candidatas al rejuvenecimiento vaginal llegan al consultorio del cirujano con la foto de la que quieren: la de actrices porno o escorts de caras obviamente desconocidas modelan sus partes para que sean copiadas. Hay novios y maridos que señalan, con la hoja de la revista ya recortada:
–Hacete ésta.
Y ellas van, seguramente con la susodicha bien fruncida, a lograr que labios mayores y menores se retraigan, a que las cavidades por las que tal vez salieron niños se contraigan, a que las modifiquen de manera tal de poder gatear con la luz encendida ante esos novios o maridos que seguirán teniendo en mente siempre otra cosa, porque, querida, tu vagina es tu trinchera, tu pasaporte, tu currículum, tu salvoconducto, tu zona fronteriza, tu carnet, tu cara en el espejo en el que nunca te mirás, tu religión sin dioses; tu vagina es santa.
A la época ahora se le ha dado por meterse incluso ahí, en ese lugar reservado hasta ahora para muy pocas cosas. Llevamos siglos, las mujeres, repitiendo que ese lugar no es exclusivamente la vía por la que las que quieren y pueden se convierten en madres. Llevamos siglos intentando reivindicar ese portal del cuerpo femenino como el accidente físico que nos ha sido dado, y muy bien dado, para acceder al placer. Y vean lo que pasa cuando parece que media batalla está ganada: la vagina, ya definitivamente sexuada, ya herramienta de frenesí y deleite, se vuelve carne de bisturí, carne sangrante, carne dolorida y sufriente, insatisfecha, deformada, envejecida, y esa vagina presuntamente triunfante por sobre aquella otra, la que sólo tenía por destino una sala de partos, vuelve a internarse en la extravagancia médica y en el abuso patriarcal, y hay que tenerla despierta pero angosta como si ella no supiera nada de la vida y fuera, ella, la vagina sexuada, una colegiala que se resiste al beso, una histeriquita que dice “no, no, no, que me duele”, pero que se ha tomado el trabajo de sufrir para estar dispuesta aparentando no estar disponible.
Desde tiempo inmemorial el entrecruzamiento de poderes reinantes en diferentes culturas destinó al sexo femenino la sentencia del dolor y la culpa. En países musulmanes africanos todavía hoy, diariamente, en aldeas perdidas, niñas de doce o trece años padecen la ablación del clítoris. No hace falta desentrañar demasiado esas costumbres ancestrales y sanguinarias para advertir la condena al goce femenino. En Occidente, los castigos adoptaron otras formas, más abstractas pero no menos eficientes. La culpa, trabajada artesanal y largamente; el prejuicio, diseminado sin ahorro; la ignorancia, siempre multiplicada incluso cuando adopta el disfraz de información. Discernir entre el sexo reproductor y el sexo placentero tomó siglos. Formular el concepto de “derechos sexuales” también tomó siglos. Solamente el sexo seguro puede ser placentero, y todavía, para millones de mujeres, el sexo no es seguro.
Y en los ínfimos segmentos privilegiados de las sociedades contemporáneas en los que las mujeres podrían ahora disfrutar de su sexualidad, surgen ya estos desvíos que vuelven a llevar a la vagina a su zona de riesgo, a su frontera con el dolor. Y algunas caen en la trampa.
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Por Sandra Russo
“Pocas veces quedé tan cansado como esa noche. Al otro día le dije a mi hermano que estaba angustiado; que no sabía cuántas noches como ésa nos quedaban por delante.” Así terminaba su crónica Mariano, que tiene treinta y muy pocos, después de relatar extensamente cómo vivió su santo jueves en River, su noche Stone. Sensaciones semejantes a las que describió Mariano refirieron otros, más o menos jóvenes que él, sobre la fiesta de U2. El correo electrónico funcionó esta semana como un soporte de decenas de cronistas deseosos de comunicar ese tipo de excitación sudorosa y viral que se vivió en esos conciertos, aunque con los matices propios que exuda cada banda. Gente de veinte o cuarenta, con reflejos hormonales activados y autónomos. Gente con necesidad de expulsar algo de lo que tragó toda esa noche; gente lactante ávida de buena leche; gente con súbita vocación de chequear que eso que le atravesaba el pecho no era algo individual, sino una porción de la torta gigantesca de la que habían formado parte; gente buscando que el hechizo se convirtiera en palabras, y gente que, como Mariano, advertía que las palabras no designan casi nunca lo mejor que nos pasa: que lo mejor que nos pasa no se escribe, se siente; que no se comunica, se comparte; que no se dice, se vive.
“...que estaba angustiado; que no sabía cuántas noches como ésas nos quedaban por delante” leí en la pantalla, y un impulso me hizo levantarme de la silla y buscar en la biblioteca El cielo protector, de Paul Bowles. Cuando leí hace muchos años ese libro, hubo un párrafo que me estremeció de pies a cabeza. Y cuando vi la película de Bertolucci, que cierra el escritor hablando a cámara, me volví a estremecer porque él decía esas mismas palabras: “La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuándo llega parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Pero como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces más recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es parte tan entrañable de tu ser que no puedes concebir siquiera tu vida sin ella? Quizá cuatro o cinco veces más. Quizá ni eso. ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena?”.
Cuando terminé de releerlo comprendí con claridad la asociación entre las palabras de Mariano y las de Bowles. Sólo que Bowles las puso en boca de un personaje trágico, Port Moresby, que muere en el desierto, y Mariano usó las suyas para cerrar una crónica de un tipo de felicidad completa, un rato de plenitud, una excepción a la regla. Eso es lo que pescó Mariano y lo que hizo que el remate de su crónica lo dejara a uno desacomodado. Superpuesto a la excitación y la diversión, estaba ahí el sentimiento de la finitud. Acaso tenga algo que ver, no lo sé, el hecho de que el padre de Mariano está desaparecido. Quizás eso explique su sensibilidad rasante, su carne viva, porque la carne viva no está muerta.
Cada banda a su modo, los Stones y U2 vinieron a entregar extracto de un perfume que se huele pocas veces: eso es lo que dicen Mariano y Bowles. Eso mismo decía, con precisión exquisita, John Berger, cuando hablaba en una entrevista de esos momentos individuales o colectivos en los que dos personas o decenas de miles sienten algo que no se puede traducir en palabras, algo que todavía no tiene nombre ni forma, pero que es experimentado como un rayo de luz, como una inyección intravenosa en el alma.
Toda la industria del entretenimiento, la fastuosa, millonaria, colosal industria del entretenimiento, yace sobre la necesidad de distraer a la gente del sentimiento de finitud. En definitiva, a ese mar indigerible van a dar todos los ríos del hastío, el aburrimiento y el vacío. La industria del entretenimiento dirige sus productos hacia ahí, dispara sus cañitas voladoras para evitar que la gente se pregunte si hay o no hay un cielo protector que esté amparándola. Los resortes más burdos, masivos y previsibles de esa industria resuelven la ecuación a través de diferentes formas de alienación individual y colectiva. El hombre solitario que se deja ir en la pantalla televisiva y mastica el popcorn de la intrascendencia; la masa que viva a un ídolo cuyo nombre se olvidará mañana, pero del que consume todo el merchandising.
Pero en la industria del entretenimiento, en la que obviamente y en última instancia se inscriben también estas grandes bandas, hay algunos aspectos centrales que disparan fenómenos inexplicables, esos que no tienen nombre. Tanto los Stones como U2, cada uno a su manera, física o mental, festiva o politizada, rasgan la tela y hacen un tajo: en sus shows, el público, transpirado el de los Stones, conmovido el de U2, revive, se reanima, resucita, se despierta, reacciona, vibra, late, llora, ríe, canta, baila, ama. Eso no se puede fabricar. Eso pasa por afuera de todas las reglas del mercadeo, que puede fabricar ídolos pero no ese tipo de ídolos que siembran preguntas interesantes. Y es ahí cuando se abren, como senderos del jardín que se bifurcan, la industria cultural y el arte. La industria cultural distrae. El arte, en cambio, suele conectar a la gente con cierto tipo de misterios, con una inquietud vital.
En estos días, el correo electrónico fue el soporte por el que se deslizaron decenas de testimonios de gente que mezcló adrenalina con esos signos de interrogación. Y más allá de las particularidades de los Stones y U2, más allá del fasto que impregna sus shows y de la maquinaria que arrastran, uno tiende a creer, por las preguntas en el aire que dejaron en tantos, que ellos generan ondas expansivas del otro lado, en el campo, en las tribunas. Que la industria del entretenimiento es perforable. Que por las rasgaduras de su tela puede drenar algo de esencia, algo de magia y algo de verdad. Y entonces ahí, en ese instante, la música no entretiene: señala un desvío.
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Por Sandra Russo
Hubo una época que probablemente recuerden los mayores de cuarenta. En esa época había militares sanguinarios en el gobierno, John Travolta bailaba con pantalones ajustados, Porcel y Olmedo hacían reír, Neustadt y Grondona hacían editoriales, y uno deambulaba sin rumbo preciso por la calle Corrientes, entraba al cine Arte, veía películas de Wajda o de Zanussi, los libros interesantes los llevaban bajo el brazo pero forrados, y no había mucho más para hacer.
En esa época se solía ir en patota a Pacífico para comprar pantalones baratos en Eduardo Sport, y eso ya implicaba bastante: había quedado atrás la fascinación adolescente por los Lee o los Levi’s importados que se conseguían en la Galería Internacional, y uno empezaba a tomar conciencia de que algo le estaba apretando el pecho, algo que lo ahogaba, que lo oprimía. Si uno no tenía familiares desaparecidos, la digestión del ahogo había sido mucho más lenta. Se expresaba en una necesidad acuciante de hacerse un lugar, de encontrar un lugar. Recuerdo que por aquella época publiqué algunas columnas en la sección Opinión del diario Clarín. La primera se llamaba “Los que tienen veinticinco años”, y terminaba diciendo, casi textualmente, “cometimos el pecado de crecer en un tiempo oscuro. Merecemos un lugar”. Esa idea me obsesionaba: este país, que era el mío, era un lugar en el que antes de llegar a la puerta de la facultad, en La Plata, tenía que soportar cuatro requisas. Y era el lugar en el que nadie que se sentara en el banco de al lado y con el que uno trababa algún tipo de amistad, podía decirle, por su seguridad y la nuestra, dónde vivía o su número de teléfono.
Y empezaba una búsqueda personal y colectiva al mismo tiempo, que primero que nada fue una búsqueda de iconos, emblemas, una búsqueda temática: mi generación vino al mundo enchufada y el órgano de difusión de entonces era el Expreso Imaginario. Usábamos zuecos del gurú Maharaji, telas de batik y olíamos a patchuli. Esa búsqueda nos llevó a los primeros hallazgos unplugged de nuestras vidas: el sikus, por ejemplo, de pronto sonó en nuestras cabezas con una dignidad ya repuesta de los “Aquí Cosquín” de Julio Mahárbiz.
Eso no solamente sucedía en la Argentina. América latina, que ahora se refriega los ojos y vota lindo, en aquel entonces estaba fajada por regímenes que Guillermo O’Donnell analizó como “estados burocrático-autoritarios”. Y las generaciones jóvenes de entonces buscaban un lugar, ese lugar que no reconocían como propio entre fusiles, mordazas, censura, mentira. Y ese lugar que congregó a miles y miles de buscadores de aire puro y de significados ocultos fue, desde entonces y durante mucho tiempo, el Machu Picchu. Allá arriba de todo, cerca del Cuzco, donde el aplastamiento de la cultura madre por la cultura conquistadora se deja ver en casas cuyos cimientos incaicos permanecen hoy soportando el peso de las nuevas construcciones.
De allí volvimos con el pulóver peruano puesto y con el deslumbramiento recolocado: además de los sonidos eléctricos y las canciones en inglés que nos pertenecían por derecho, hubo una larga temporada de respeto por nuevas temáticas que descubrimos solos, porque en nuestra adolescencia ni los padres, ni la escuela, ni las instituciones, ni nadie se ocupó de enseñarnos la dignidad de los indios. Se les dice aborígenes en público. En privado, siempre fueron indios. Y esa palabra se resignificó. Carlos Castaneda aportó lo suyo, claro, con sus historias alucinógenas. Pero enormes novelistas como Manuel Scorza, que revelaban con intensa profundidad el submundo lleno de humillación y maravilla de esos pueblos, también.
Esos indios no eran ignorantes. Sabían, en todo caso, cosas que no eran útiles ni valiosas para Occidente. Esos pueblos habían reinado y construido signos fabulosos, ilegibles, regados de un misterio del que nosotros, jóvenes eléctricos y ya hiperinformados, habíamos sido expulsados.
Pero después, gota a gota, fue cayéndonos encima la lluvia de la posmodernidad, capturando nuevamente nuestras percepciones y nuestros intereses. Y también fue cayéndonos encima la vida, fuimos haciéndonos adultos, y aquella temática indígena que nos había deslumbrado fue empapándose de una acusación: ¿a quién le importan los indios? Ya nos vestíamos de negro y sacábamos del living los retablos peruanos y las quenas bolivianas. Venía el minimalismo y lo net y lo soft y lo light y lo hard y lo tecno y lo pop. Venía, de nuevo, el olvido.
Ahora parece que los indios vuelven a importar. Otro novelista, Mario Vargas Llosa, se rasga la camisa inglesa: anuncia “un nuevo racismo” de indios contra blancos y vomita su indigestión ideológica en una columna publicada en La Nación, en la que inscribe en la “izquierda boba” a quienes celebran la llegada al poder de Evo Morales. Provoca espanto que la inteligencia, que nadie puede negarle a Vargas Llosa, se preste a lecturas deplorables del mundo y del prójimo.
Hoy en las ruinas del Tiahuanacu, por las que muchos argentinos deambularon en sus veintes con poca plata en el bolsillo y hojas de coca en la boca, Evo Morales será investido entre los suyos, los aymara, como el nuevo presidente boliviano. Ellos, los bolivianos, cuya lengua cerrada y sus rituales solíamos admirar, fueron de a poco transformándose en bolitas, en inmigrantes de ojos achinados aptos para el trabajo doméstico o la construcción. Fueron perdiendo aquel rayo misterioso y quedando expuestos en su pobreza y su ignorancia. Y sin embargo, en un proceso completamente diferente al que inaugura Chile con su presidenta electa de ascendencia francesa, hoy los bolivianos tendrán en Tiahuanacu su fiesta, con uno de los suyos al frente, después de una triste y larga historia nacional que los confinó a ser, por indios, los últimos entre los últimos.
¿Reirán mejor?
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Por Sandra Russo
“Cuando hablo de la felicidad, hablo también de su hermano, el sufrimiento; es una relación fraternal que tiene que ver con la esencia de la vida.” Lo decía John Berger en una entrevista realizada por el periodista español Juan Cruz y publicada el lunes pasado en este diario. Pintor y escritor, Berger explicaba, más adelante, que lo que toma como objeto de su trabajo no necesariamente es experiencia propia. “Mis facultades narrativas me permiten identificar las circunstancias de desesperación de largo recorrido. La naturaleza del proceso narrativo se produce así: te permite entrar en otras pieles, en otras desesperaciones.”
Una de las particularidades que hacen interesantes los pensamientos de Berger sobre la felicidad y el sufrimiento es que son aplicables tanto a lo individual como a lo colectivo. Es como si él pescara sus ideas –lo imagino con una caña de pescar en las manos, la columna vertebral hacia atrás, un gesto de esfuerzo en la boca– del magma iridiscente de lo que lo rodea, gente cercana y lejana, amigos con los que comparte noches y vinos y pueblos enteros que padecen lo que él llama la “desesperación de largo recorrido”, como los palestinos, sobre los que escribió el libro Desesperación invicta. Pueblos que llevan inscripto en su historia el gesto del acorralado, el mismo gesto que reproducen hombres y mujeres en otros lugares y en otros contextos, gente tal vez feliz un día antes o un día después, pero desesperada en el momento en el que Berger los fotografía internamente, para descifrar ese estado del alma en el que ya no se espera, en el que uno ha sido expulsado de la espera, en el que no hay nada por delante, apenas un muro pintado de negro y mucha velocidad para estrellarse.
Esta última imagen, la del muro pintado de negro, surgió mientras estaba intentando retratar con palabras la visión oscura de un desesperado. Pero recorro la entrevista y leo una cita de Berger: “Las multitudes tienen respuestas a preguntas que aún no se han formulado, y la capacidad de sobrevivir a los muros. Recorre esta noche con tus dedos la línea del nacimiento del pelo de él (o ella) antes de dormirte”. Me debe haber quedado en la cabeza la idea del muro, el de Berlín, el de Gaza, el que quieren levantar en otras fronteras, como la que separa a México de Estados Unidos, y se me mezcla con una frase de Spinetta que me acompañó toda la vida, una de A Starosta, el idiota: “Después de todo tú eres la única muralla. Si no te saltas nunca darás un solo paso”. Todo mezclado. Todo apretado. Todo conviviente. Lo personal y lo grupal, lo individual y lo colectivo, en el estilo Berger, que niega, cuando se le pregunta, que lo que quiso decir es que la “respuesta a la desesperación es el amor”. Juan Cruz seguramente se lo preguntó por ese final magnífico de frase, esa imagen de alguien recorriendo con sus dedos, antes de dormirse, la línea del nacimiento del pelo de aquel o aquella que tiene a su lado. Pero Berger dice que duda en aceptar esa palabra, amor, como algo fiel a la idea que lo hizo escribir la frase. Y agrega algo de una profundidad erizante: duda en aceptar “que la respuesta es el amor” porque, dice, hay algo intrínseco en esa palabra “que aspira como a una solución; es algo demasiado fácil y falso a la vez. Hay algo en el amor que tiene una gran carga de permanencia”.
Berger, aunque no lo explicita, está volviendo a unir en una misma trama lo individual y lo colectivo. ¿Es la respuesta a la desesperación, la soledad, el acorralamiento personal el amor? ¿Es la respuesta a la desesperación, la soledad, el acorralamiento colectivo el amor? Berger dispara su flecha de precisión contra esa palabra, amor, y su connotación prefabricada, la permanencia, la estabilidad, el happy end que sella películas románticas o épicas: el romanticismo en sí mismo es una épica personal sin final feliz, porque el enamorado no se colma, el enamorado es alguien con plena conciencia de lo que le falta. Y en lo colectivo, ¿existe la manera de coronar alguna lucha o de danzar sobre alguna victoria, sin la zozobrante convicción de que sólo es cuestión de tiempo,apenas tiempo, para la desilusión o la queja? ¿No es acaso la historia en sí misma la que se ocupa de desenchufar, con su propia dinámica, el entusiasmo eléctrico de las multitudes?
“De lo que yo quiero hablar es de algo que se transforma en otra cosa; algo que no existe todavía, pero que se comparte. No se trata de algo solitario, sino compartido. Que algo no sea conceptualizado no significa que no sea real. Hay momentos que susurran por qué estamos ahí. Momentos compartidos, entre amantes o amigos, o entre cientos de personas simultáneamente, momentos eternos. No es que duren para siempre, sino que en ese momento estamos rozando lo eterno. Se trata de los únicos momentos a los que verdaderamente deberíamos aspirar”, describe él, y a uno le vienen a la mente desde escenas muy íntimas hasta esplendores compartidos con miles de personas, escenas personales de ésas, públicas o privadas, que articulan una vida entera.
Ese dedo descrito por Berger, que recorre la línea del nacimiento del pelo de la mujer que tiene al lado, o viceversa, es comparable, en la dimensión colectiva, al estremecimiento de miles de personas en un recital o a la hermandad instantánea entre miles de personas en un estallido.
Ráfagas, procesos, devenires, aleteos, entreabrir de persianas, corazonadas, presentimientos, acuerdos, desacuerdos, desconcierto, todo eso late acompasado e irremediablemente inconexo en la visión de Berger sobre el estar aquí y ahora: “El ser humano se hace en relación con el otro. La raíz del ser es la perplejidad con la vida, no tiene que ver con uno mismo”, dice, en una época en la que nos han hecho creer que todo depende de uno, que uno mismo es la ruta, que uno mismo es el eje, que uno mismo debe ocuparse de uno mismo. Berger subvierte ese hartante uno mismo: es solamente en compañía que uno sabe quién es.
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Por Sandra Russo
Lo difícil de la Navidad es que hay una Navidad. Para los agnósticos, ateos o creyentes heterodoxos, eso es lo difícil. La Navidad sería más fácil si no existiera. Debe ser más ligero –supone uno– rendirse ante la liturgia navideña si uno está salpicado de un poco de espíritu religioso, o por lo menos si se es mujer y se es lectora de Para Ti y se usa el tiempo en prepararse para “una noche de Fiesta”. Pero para aquellos a quienes no nos ha sido concedida la gracia de la fe ni el descanso de la estupidez, la Navidad concentra un núcleo duro de emociones habitualmente dispersas.
Es imposible ignorar la Navidad cuando llega la Navidad, y debe ser, pienso ahora, porque en el fondo todos la llevamos clavada en los recuerdos, la soportamos superpuesta a otras fotografías, anhelamos la Navidad perfecta con tanto pudor que no lo confesamos, nos volvemos más vulnerables, no sabemos a qué se debe la melanco, alardeamos de indiferencia, nos miramos al espejo, palpamos que algo nos falta, extrañamos a alguien, le damos besos a cualquiera, fingimos un regocijo que nos encantaría, miramos la hora a ver cuánto falta, nos refugiamos como niños en los niños, descansamos en ellos para aguantar el mal trago, diferimos las preguntas que nunca pudimos contestarnos, probamos el turrón de castañas, nos aturdimos con champán, odiamos los fuegos artificiales (su solo nombre decepciona), rechazamos los estruendos que son estruendos del alma, y finalmente nos vamos a la cama después de haber pasado la prueba del antihéroe: hemos sido, una vez más, capaces de tolerar la Navidad.
La madre de Truman Capote tenía dieciséis años cuando él nació. Su matrimonio con un hombre de negocios de Nueva Orleáns duró apenas un año. Los dos decidieron dejar al hijo al cuidado de la familia materna, una tribu numerosa, religiosa y alcohólica que vivía en una granja de Alabama. Capote, hasta los siete años, casi no conoció a sus padres. Estaba al cuidado de una prima vieja y ligeramente tullida llamada Sook. Fue Sook quien le habló en su primera infancia de Papá Noel. Fue Sook también la que le enseñó que todo lo que sucedía era voluntad de Dios. Y Sook fue además quien un día llegó con una mala noticia: el padre de Truman lo reclamaba para que pasara con él la Navidad en Nueva Orleáns.
El niño lloró sin consuelo. Nunca había salido de la granja. Nunca se había puesto zapatos. Nunca se había dormido sin que Sook le acariciara la cabeza. “Pero es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve”, le dijo Sook. Buddy se dejó convencer porque, como todos, tenía una Navidad interior e incompleta, y en ella había nieve, mucha nieve para que se deslizara el trineo de Papá Noel. Buddy no sabía que en la calurosa Nueva Orleáns eso era imposible. Tampoco sabía que en cualquier lugar eso es imposible.
El niño campesino viajó solo hasta la gran ciudad y allí se encontró con su padre, que era joven, guapísimo y adorable. El padre de Buddy lo recibió con los brazos abiertos, aunque era un bon vivant que por la noche presenciaba con cierta angustia cómo su pequeño hijo estaba criándose como un cuáquero extraviado que no podía dormirse sin recitar sus oraciones. Buddy pasó de la granja de Alabama, donde desayunaba con leche recién ordeñada y melaza casera, a esa casa de ciudad llena de elegancia y mujeres, muchas mujeres mayores que su padre. Su padre parecía encantarlas a todas. Buddy presenciaba extrañado el espectáculo: ¿por qué en esa casa siempre había música, baile, terciopelo y mujeres? Tardó bastante tiempo, años, en saberlo. Su madre un día se lo dijo: su padre era un gigoló.
En el cuento Una Navidad, Capote relata ese primer fin de su infancia. Su padre se sorprendió cuando él comenzó a hablarle con mucha ilusión de Papá Noel. El padre cedió. Organizó una hermosa fiesta en la Nochebuena, pero organizó la fiesta que pudo: llena de elegancia y mujeres mayores que él,una fiesta a lo Gran Gatsby, una fiesta pagana, un pretexto para que esa noche hubiera baile y música, y Buddy miraba por la ventana. Lo vio bailar con una mujer elegante, lo vio desplazarse por la pista, lo vio llevarla a un costado y besarla en la boca. El cuáquero y pequeño Buddy no entendía por qué su padre besaba a una mujer mayor y que no le había sido presentada. ¿Era esa mujer importante para su padre? Si era importante, ¿por qué no se la había presentado? Si no era importante, ¿por qué la besaba?
Buddy se enojó tanto que no pudo dormir. Y se quedó despierto y vio cómo la fiesta terminaba, y cómo su padre, un rato después, ponía todos los regalos de Papá Noel en el árbol. De madrugada, Buddy bajó a abrir los paquetes (“El salón olía todavía a gardenias y a habanos”). La decepción no le entraba en el pecho. Acababa de rompérsele algo adentro. Papá Noel no había llegado, tenía que avisarle a Sook (“Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a ella”). En los paquetes había un revólver de juguete (“Bang. Bang. Bang”). A falsos tiros despertó a su padre. Fingió. Fingió no haberse dado cuenta de nada. Su padre le preguntó si le habían gustado los regalos de Papá Noel. Buddy dijo que no. Que en realidad quería un avión enorme y muy caro que había visto en una juguetería del centro de la ciudad. Su padre accedió a comprárselo. Su padre tenía que pagar.
Un día después, en la terminal de micros, cuando estaban despidiéndose, su padre, que estaba muy borracho, lo apretó muy fuerte contra sí.
–No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos a ese viejo caserón de locos. Mira lo que han hecho contigo. ¡Un niño de siete años hablando de Papá Noel! Todo es culpa de esas viejas solteronas agriadas, con sus biblias, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúchame, Buddy. ¡Dios no existe! ¡No existe ningún Papá Noel!
Buddy no escuchó. Viajó hasta Alabama y le contó todo a Sook. Ella lo tranquilizó. Le dijo con voz dulce que por supuesto que Papá Noel existe, que tiene tanto trabajo que reparte las tareas y a veces quienes quieren mucho a los niños son quienes ponen los regalos en el árbol. Y le dijo que no pensara más en eso, que contara estrellas y que intentara ver cómo la nieve caía entre las estrellas. Le advirtió que era difícil verla, pero le aseguró que la nieve caía entre las estrellas (“La estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mí”).
Y eso es lo difícil de la Navidad. Ponerse a prueba y ver si uno es capaz de ver todavía nieve cayendo entre las estrellas, o si, por el contrario, sólo puede resignarse a la verdad.
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Por Sandra Russo
Cada tanto, casi siempre desde Estados Unidos, llegan noticias sobre lo masculino y lo femenino. Llegan en esos libros ya inmersos en un halo que hace más fácil su consumo: “Quince semanas como el libro más vendido según el The New York Times”, “Treinta ediciones agotadas”, etc. No es un halo de prestigio, precisamente. Estos libros que hablan de lo masculino y lo femenino no pretenden instalarse como piezas literarias, sino como centros de debate y fenómenos de ventas. El éxito que los acompaña lo que hace es traducirnos: este libro habla de algo que interesa a millones de personas. Los suplementos literarios no se ocupan de ellos. No es parte de su mecánica indagar cuál es el resorte que hace que millones de personas, sobre todo si son norteamericanas, se interesen en un libro. Desde la periferia, damos por sentado que los norteamericanos son personas extrañas que dominan el mundo pero que yacen en una pileta intelectual llena de musgo y sarro. Pero esos libros se venden acá también.
La avidez por averiguar qué es lo femenino y qué es lo masculino surge de un agujero negro de la época. Deberíamos saberlo, en tanto somos hombres y mujeres. Pero no lo sabemos. Dudamos. Tanteamos. Queremos chequear si lo que nos pasa se corresponde con nuestro género o si nos estamos bandeando. ¿Con quién hablar de algunas cosas que sentimos, con un psicólogo, con un sociólogo, con un filósofo? Queremos aliviarnos leyendo que eso mismo les pasa a muchos más. Lo femenino y lo masculino, más que nunca antes, se revela como una construcción delicada, artesanal e industrial al mismo tiempo. Industrial, porque nuestra arquitectura interna se somete diariamente a las mareas sociales, a las modas, los usos y costumbres, las tendencias. Artesanal, porque en cada individuo se libra una pequeña y a veces sangrienta batalla: lo que se supone que era ya no es, los hijos no se parecen a sus padres, las mujeres y los hombres no se satisfacen mutuamente con gestos y actitudes previsibles, presenciadas en la infancia y replicadas en la madurez; todo se reinventa, la gente se reinventa. A veces, con el sonido auspicioso del aleteo liberador. Otras, con la palpitación ahogada de la angustia.
Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, y Iron John, de Robert Bly, son dos ejemplos de esos libros que circularon ya hace más de una década, pero dejaron no sólo marca: fueron libros fundadores y dejaron como constancia de su vigor colecciones enteras de best sellers, talleres de autoayuda, grupos de autoconocimiento y vulgata para redactar notas de vida cotidiana en revistas poco pretenciosas.
Los dos fueron booms de ventas en todo el mundo. Y los dos proponían, como herramienta para comprender la inquietud contemporánea con respecto a lo femenino y lo masculino, mitos y leyendas de oriente y occidente. Bucay no sólo plagió unas cuantas páginas, también copió esa estructura, que a su vez los autores tomaron del universo fascinante de Karl Jung.
Lo curioso es que tanto Mujeres que corren con los lobos como Iron John se paran en el mismo lugar para analizar lo femenino y lo masculino. Comparten la baldosa y el tambor. Usan los arquetipos arcaicos para instar a los lectores y lectoras a buscar dentro de sí el hombre o la mujer “primitivos”, esa esencia que la cultura ha alterado, esa fuerza y pulsión de género que nuestras sociedades de consumo desfiguran, aunque es imposible no advertir el gag: ¿puede ser la propia sociedad de consumo la que nos proteja contra sus desviaciones? Esos libros son obviamente parte de ese mismo engranaje, el que primero nos confunde y el que más tarde nos invita a comprar un libro para encontrar en él la llave deltesoro íntimo.
Tanto Mujeres que corren con los lobos como Iron John –Robert Bly llegó a ser un personaje célebre en Estados Unidos, daba seminarios en los bosques, rodeado de varones vestidos con taparrabos que jugaban a ser Tarzán– insisten en descubrir la mujer o el hombre “salvaje” que todos llevamos adentro, aunque con correa, bozal y paseador.
Una mujer que corre con los lobos, aúlla. Se pone su traje de guerrera y ahí va, a bancársela, a aceptarse, a caminar graciosamente sobre la cuerda floja, a mostrar los dientes cuando le tocan a su cría o a su hombre, a tomar las caídas como parte del buen andar. Un hombre que emula a Juan de Hierro hace exactamente lo mismo: se planta en la resistencia de la masculinidad, se niega a ablandarse tanto como para no ser capaz de resumir su potencia en un gesto, una palabra, un acto que lo haga reivindicarse ante sí mismo. Es cierto que la misma época que genera estos libros aceita el tránsito de las mujeres guerreras y enjabona el camino de los Juanes de Hierro. Bly, en el prólogo del libro, dice que los jóvenes norteamericanos que iban a sus seminarios lo enternecían, porque eran adorables, suaves, protectores, pero no eran felices. Querían aullar ellos también. Y él, que no era ningún tonto, les armó festicholas en los bosques para que se disfrazaran de machos y se golpearan el pecho gritando cosas como “acá se hace lo que digo yo”. ¿No es patético? Los hijos de aquellos varones son los que dieron más tarde el origen a otros fenómenos masculinos, como los metrosexuales y ahora los tecnosexuales: todas esas nuevas categorías amplificadas por los medios para dar cuenta de nuevos fenómenos que tienen la misma brújula. El verdadero rollo de género hoy lo tienen los hombres, no las mujeres.
Si hay algún misterio, y lo hay, vinculado con esas esencias que nos hacen sentir, cuando las liberamos, que hombres y mujeres estamos respondiéndonos a nosotros mismos nuestras preguntas fundamentales, lo seguro es que ese enigma no nos será revelado en un libro de bolsillo. No hay ninguna receta cuyos ingredientes conviertan a un hombre en un hombre y a una mujer en una mujer. Y si la hubiere, es personal y producto de sopesar uno mismo cuánto de fortaleza y cuánto de fragilidad nos cabe, y cuánto nos desborda.
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Por Sandra Russo
Esta es una nota urgente, una nota que debería ser leída con atención por las decenas de propietarios de humildes casas del partido de 3 de Febrero que, desde hace un mes y una semana, se niegan a alquilarle una vivienda a una familia pobre que la necesita con desesperación: no para gozar de un techo protector y unas paredes sólidas, como bien podría ser y a lo que lógicamente tienen derecho, sino para brindarle a uno de sus hijos, de doce años, una muerte digna.
El chico padece distrofia muscular de Ducheme, la más grave de las variantes de esa enfermedad. Tiene una expectativa de vida que por lo general no supera los trece años. Hace nueve meses que está internado en el hospital de niños Ricardo Gutiérrez. Ante lo crónico y lo irreversible del mal, los médicos de ese hospital le comunicaron a la familia que deberían llevárselo de ahí, ante los riesgos de infección intrahospitalaria. “Internación domiciliaria”, sugirieron.
El padre es chapista y está desocupado. Cobra un Plan Jefes y él, su mujer y sus otros cinco hijos viven en una habitación de seis por seis y están colgados de la luz. El chico enfermo debe ser trasladado con un respirador artificial. Le hicieron traqueotomía. Ante un simple corte de luz, moriría. Una muerte de esa naturaleza, ¿responsabilidad de quién sería?
La familia recurrió a una abogada especialista en discapacidad, María Inés Bianco, para que se pusiera en marcha el Profe (Programa Federal de Salud), que contempla internaciones domiciliarias. Pero ante el precario panorama del único domicilio al que sus padres podían llevar al chico, la abogada presentó ante el juez Arias, de La Plata, un recurso de amparo y una medida cautelar pidiendo en 48 horas una vivienda digna para esta familia que está viendo agonizar a uno de sus hijos. La medida fue aceptada. Hubo ya dos audiencias a las que fueron representantes de todas las instituciones demandadas: el Ministerio de Infraestructura y Vivienda bonaerense, el Instituto de la Vivienda, el Ministerio de Desarrollo Humano y la Municipalidad de 3 de Febrero. Todos acatan la resolución del juez: el gobierno bonaerense está dispuesto a pagar un año de alquiler por adelantado y a hacerse cargo de la garantía.
Sin embargo, a un mes y una semana de la resolución, el chico sigue internado en el Gutiérrez, la familia sigue desesperando y viviendo en la habitación de seis por seis en la que cada día que pasan un hombre y una mujer, padre y madre, no sólo son aguijoneados por el insondable dolor de los meses por venir y la agonía del niño, sino también porque no pueden ofrecerle a ese niño un hogar lo suficientemente digno para morir en él.
En la segunda audiencia y tras el fracaso de la búsqueda de una casa en alquiler, se decidió que una trabajadora social acompañase al padre en esa búsqueda. Fue infructuoso. Los propietarios de viviendas del partido de 3 de Febrero no quieren alquilarle una casa al Gobierno, y menos que menos quieren que sus locatarios sean los padres de un chico discapacitado y moribundo.
El Ministerio de Infraestructura admitió, y consta en el expediente, que en este momento no hay planes de vivienda, lo cual equivale a decir que el Estado no dispone de ninguna casa para ofrecerle a esta familia. El juez libró un oficio, entonces, para que esa casa sea buscada entre “herencias vacantes”, es decir, aquellas casas cuyos habitantes murieron y no dejaron herederos. En una semana, ese trámite tampoco prosperó.
Habría mucho que pensar sobre este caso. Por qué algo tan magro y sencillo como una vivienda es un bien escaso del que un Estado como el bonaerense no puede hacerse cargo cuando una situación como ésta, de una gravedad extrema y ya amparada por la Justicia, lo requiere. Por qué personas particulares, propietarios de casas cuyos alquileres rondan los seiscientos pesos, en lugar de asistir solidariamente al que sufre le cierran la puerta en la cara. Por qué es urgente y necesario escribir estas líneas entrecortadas y nerviosas: me contesto que porque de no ser leído el caso hoy mismo por alguien con poder de decisión, la búsqueda deesa casa para que un niño muera rodeado de los suyos languidecerá entre expedientes que se olvidarán como otros. El niño está conectado a un respirador y no puede hablar. No tiene voz. Pero que alguien lo oiga, y ahora. Mañana mismo es tarde.
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Por Sandra Russo
El señor divide aguas y no en un paisaje bíblico, sino en la pradera incierta y sembrada de dudas de la progresía. Gente que opina lo mismo sobre el neoliberalismo, la globalización o la salud reproductiva, que lee los mismos libros o el mismo diario, que se viste parecido, que detesta las mismas cosas y vota por lo general la misma boleta –aunque a desgano unos o con entusiasmo otros–, lentamente va encontrando en él un insólito y ácido motivo de discordia. Es que el hombre despierta entre los habitantes del yogur progre tanto adhesiones enfáticas como abiertos rechazos. Tanto fervores desatados como revulsión hecha y derecha. Hugo Chávez se está convirtiendo en el punto álgido de las reuniones entre amigos, en el tema áspero de las mesas de los bares, en un dique separador de un ancho río que en realidad nunca fue, ay, más que la confluencia de unos cuantos arroyos.
Chávez puede deslumbrar con su oratoria a muchos, pero no a ese psicoanalista porteño que tampoco compra el paquete Kirchner en pack familiar. Puede seducir a muchos miembros de la Corriente Clasista y Combativa o a militantes de base de barrios periféricos, pero no a esa docente de extracción marxista que lo mira con el recelo propio de los que, aunque ya no, alguna vez creyeron a pie juntillas en aquel asunto de la vanguardia iluminada.
–Después de todo es milico –apunta uno que no lo traga.
–Perón también fue milico –anota otro que ya se inscribió en el club de admiradores de la palabra “bolivariano”.
–Habla demasiado –señala uno que estuvo en la anticumbre y quedó acalambrado.
–Fidel también habla como mínimo cuatro horas cada vez que abre la boca –compara otro que también estuvo en la anticumbre y cedió al encanto de esa voz de cantante de boleros.
–Quiere protagonismo, goza de ser el nuevo archienemigo de Bush –critica uno que prefiere perfiles discretos y jamás se pondría una guayabera.
–¿Y eso qué tiene de malo? ¿O no es necesario el protagonismo cuando se hace política? –razona otro que estuvo exiliado en México y adora los picantes.
Pero habría que volver al principio de este diálogo imaginario entre habitantes del yogur progre para intentar captar por dónde pasa la principal línea divisoria de aguas entre los que compran a Chávez y los que se detienen en la vidriera, pero siguen de largo. Aunque en rigor, si se tratara apenas de comprarlo o de observarlo, probárselo y decidir que no es de nuestro talle, las cosas no irían tomando el rumbo pasional que toman. Chávez va dejando de ser un excéntrico presidente latinoamericano pródigo en anécdotas políticas tropicales y gestualidad de realismo mágico, para ser un referente con el que Kirchner parece simpatizar más que con Lula o Tabaré. Es decir: Chávez va acercándose.
–Después de todo fue un milico.
–Perón también fue milico.
En esas dos líneas hay escondido un dilema que separó durante décadas a la clase media argentina, y que se fue extinguiendo a medida que el radicalismo se fue volviendo un híbrido y que el peronismo se fue convirtiendo de movimiento en bolsa de gatos. En las épocas en las que los cumpleaños familiares eran saboteados por el antagonismo entre un primo peronista y un cuñado gorila, en esas épocas hiperpolitizadas en las que las discusiones de sobremesa podían alcanzar un tono excesivamente destemplado, emergía de un lado la resistencia a la “masificación” y la “manipulación”, y del otro, la sintonía con un enamoramiento del que la izquierda propiamente dicha jamás participó: el incontenible poder de un conjunto basado en un consenso. El que objeta “después de todo fue un milico” recoge el guante de los hijos doctores de inmigrantes que, ya ilustrados y en mocasines, siempre se pusieron pantalla total contra el sol que irradian multitudes de desarrapados que, aquí o allá, en una época o en otra, han protagonizado efervescencias acríticas y lealtades incondicionales a su líder. Por otra parte, quien contraataca con el “Perón también fue un milico” se enmarca en el contexto de quienes escucharon a Perón hablándoles al oído, hablándoles casi de amor, y crecieron y maduraron con la piel sensible al redoble de los bombos y el olor penetrante de las marchas de los trabajadores.
La figura de Chávez, unida a la extracción política del matrimonio Kirchner, reactualiza, dos generaciones después, aquellos puntos de vista. La palabra fetiche que usa tanto la derecha como la izquierda para la descalificación de Chávez es “populismo”. Es sabido que el lenguaje ordena el pensamiento, distribuye las cartas, marca las reglas de un juego que no siempre saben que juegan los jugadores. La palabra “populismo” está cargada con el peso específico de un prejuicio político, en el sentido que Hannah Arendt le da a ese saber no personal sino colectivo, que predispone para bien o para mal. Un prejuicio político es –según ella, que les confiere tanto “eficacia como peligrosidad”– un falso juicio que sin embargo “oculta un pedazo de pasado. Bien mirado, un prejuicio auténtico se reconoce además en que encierra un juicio que en su día tuvo un fundamento legítimo en la experiencia”. El prejuicio se encarga de arrastrar un juicio a lo largo del tiempo, de deformarlo y de imponerlo como un sobreentendido. En este caso, el prejuicio supone que aquello que se llama “populismo” mantiene entretenidas a las masas, las engolosina con demagogia, pero no se traduce en cambios reales de poder. Eso deviene del prejuicio de izquierda, aunque su equivalente de derecha permite inferir que es precisamente algún movimiento real de poder lo que espanta a las oligarquías a las que siempre han asqueado los “populismos”. Precisamente, por una cuestión de clase.
“La política siempre ha tenido que ver con la aclaración y disipación de prejuicios”, concluye Arendt. Trasladando esa idea a este momento, el debate colectivo que se hace interesante es efectivamente la revisión de la palabra “populismo”. Habrá que desnudarla, abrirla, diseccionarla, como a un sapo que alguna vez algunos se tragaron, ¿pero quiénes? ¿Contra quiénes operó históricamente el “populismo”? ¿Y a quiénes benefició? No vaya a ser que por no revisar ese sapo nos estemos prestando a tragar otro.
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Por Sandra Russo
“¿Dónde?” es una pregunta de época. Una pregunta en movimiento, formulada por una voz vacilante, soplada por una voz en tránsito. En un mundo que avanza en dos sentidos opuestos y complementarios –fabricando progreso y bienestar, y fabricando al mismo tiempo desechos humanos que no tienen lugar en ese mundo–, esa pregunta rebota en el silencio o arde en las calles. Fue tan negligente el diseño del mundo en las últimas décadas, que los territorios destinados a la localización de los desechos humanos se volvieron inhóspitos, tan crueles, que esos sobrantes migran. Uno de los más graves problemas de la modernidad es el agotamiento de los depósitos de desechos humanos. “¿Dónde?”, se preguntan los desesperados que escapan de guerras y hambrunas, y que erizan a los habitantes de los países centrales, que los ven llegar e instalarse, y los ven reproducirse y hablar su lengua pero también la que adquieren, y portar la carta de ciudadanía y hasta reclamar por sus derechos. El bozal del discurso moderno estuvo reteniendo las soluciones que ahora empiezan a escucharse en el seno de las sociedades autodenominadas democráticas y hasta exportadoras de antiguos ideales: expulsión, guetización, reformulación de las leyes de hospitalidad, blanqueo emocional colectivo; a los desechos hay que tratarlos como tales, y si no hay lugar en los basureros globales, habrá que crear nuevos basureros o impedir, por regla escrita, que los desesperados escapen de la guerra y la hambruna. Que mueran en la guerra o de hambre. De los desechos hay que hacer muertos.
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“Si piensan que encerrándonos más van a reestablecer el orden, no entienden nada. Lo peor es que cuando veíamos al primer ministro en televisión, teníamos la impresión de que hablaba de nosotros como si fuéramos extraterrestres. ¿Sabes qué? Para esa gente, nosotros no somos franceses. Seguimos siendo árabes”, le dijo esta semana Djamel, de 17 años, a Eduardo Febbro, corresponsal de este diario en Francia. Djamel vive en uno de los suburbios parisinos en los que en los últimos días fueron incendiados miles de autos.
Claro que sí, Djamel. Claro que son extraterrestres. Estás fuera de la tierra. De la que te pertenece por linaje y de la que eligieron tus padres o abuelos para sacar la cabeza del lodo, y respirar. Ustedes no tienen tierra, Djamel. Se ha decidido que ustedes sean extraterrestres. ¿No te lo avisaron? ¿Cómo que son franceses? ¿Creen que pueden ser franceses por el solo hecho de haber nacido en Francia? Pobre Djamel. No, no te avisaron. Vayan donde vayan (“¿Dónde?”), ustedes siempre serán los árabes que no tienen tierra. Los han conferido a una nueva especie animal, imposible de asimilar. La savia francesa se transmite por sangre, no por haber nacido en Francia. Tu especie no tiene lugar, Djamel.
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Queman autos. Automóviles. Móviles que se mueven a sí mismos. ¿Por qué que esos muchachos queman autos? ¿Será acaso por que ellos se están mirando en un espejo terrible, será un happening monstruoso lo que está pasando en Francia? ¿Será una instalación posmoderna en la que los sin tierra y sin lugar, los que han sido condenados a automoverse por el mundo y a despertar el rechazo más descarado, incendian autos? En Aulney-sous-Bois, uno de los suburbios más agitados, un hombre va señalando a un periodista los destrozos. El barrio está arrasado. Se detiene en una casa. En la puerta hay un auto quemado. “¿Sabe quién lo quemó? Sus propios hijos”, lamenta, agarrándose la cabeza como quien no puede concebir lo que dice. La violencia que estalló en Francia escapa de los parámetros conocidos, es loca. El hombre de Aulney-sous-Bois entendería, parece decir su gesto, que los muchachos hubieran quemado otros autos. ¿Pero cómo explicar que hayan atentado contra el de sus propios padres? Tal vez, ésta sea una revuelta en contra de los automóviles en general, o tal vez, los automóviles ardiendo son réplicas de esos miles de hombres y mujeres que diariamente se automovilizan de un lugar del mundo a otro, creyendo que todavía pueden merecer una vida. Uno puede ir en auto a un lugar, pero no puede ir en auto a ningún lugar.
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El sociólogo alemán Zygmunt Bauman predice que tarde o temprano no habrá ni un rincón de espacio libre para aquellos que se encuentren con que los lugares ya ocupados están demasiado ocupados para brindar confort, son demasiado hostiles, incómodos o poco acogedores para brindar refugio o abrigo. Y concluye que por eso es necesario revisar, estudiar, reinventar la noción de hospitalidad recíproca como precepto supremo. Esto, dice Bauman, ya lo dijo Kant hace doscientos años. “Pero el mundo, sin embargo, ni se enteró.” El mundo sigue siendo redondo, pero alguien ha pintado la mitad de rojo. Hay globalización, pero no conciencia mundial. Hay dominio de una parte del mundo sobre la otra y ni asoma la ética por la cual y sólo por la cual los habitantes de la parte del mundo que sobrevive deberían darles chances o soluciones a los habitantes del mundo que agoniza. Después de todo, francés, hay una cadena de causalidades entre el encanto de tus perfumes y la rabia de un marroquí. No hay hospitalidad. Hay dos mundos.
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“Hostis”, en latín, significa “huésped” pero también “enemigo”. Esa es la raíz tanto de la palabra “hospitalidad” como la de la palabra “hostilidad”. En un seminario de 1996, el filósofo francés Jacques Derrida analizaba “la cuestión del extranjero”. De la relación con el extranjero nace la hospitalidad. Sólo en relación con el huésped se puede ser anfitrión. El extranjero, desde los albores de la cultura occidental, fue siempre inquietante. Era un testigo que ponía en cuestión lo que la cultura que lo recibía aceptaba mansamente como parte de su naturaleza. El extranjero, el xenos, interpela. Tanto, que fue necesario ya en tiempos de Sócrates implementar, regular, orquestar las leyes de la hospitalidad. Al extranjero se le ofrece un contrato que deberá ser acatado por huéspedes y anfitriones. Pero eso ya no es ética. Es política. Las relaciones con los extranjeros son particulares en cada país y suelen estar regidas por motivos económicos. Los nietos de los árabes que Francia recibió después de la Segunda Guerra para trabajar en la reconstrucción del país hoy queman autos. Se rompió el contrato según el cual ellos vivían en Francia pero como chatarra. Ese es el contrato que firman hoy los refugiados de tantos países: ser aceptados a cambio de aceptarse menos que los demás. Vivir vidas fuera de lugar.
¿Qué deberían hacer los que no tienen lugar? Aceptar lo que son: son no personas. Esa categoría subhumana que la modernidad parió, junto con tantas pestes que ahora roen a Europa por dentro.
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Por Sandra Russo
Después de una semana de profusas interpretaciones sobre los resultados del domingo pasado, es difícil asomarse al tema con ánimo de agregar algo. Pero probemos. Probemos con algunos detalles que quedaron colgados en los márgenes de las elecciones, detalles que inauguraron una escena nueva en un país que parecía condenado a la repetición de sus taras. Sólo algunos análisis enchastrados de soberbia pueden leer esos resultados como prueba de la estupidez, la banalidad o la equivocación popular, y no porque las muchedumbres nunca se equivoquen, qué va, si ejemplos sobran, ni porque la palabra mayoritaria, por mayoritaria, sea santa. Pero la mayoría de la Capital, que eligió a Macri, por ejemplo, está lejos de ser una mayoría equivocada: es simplemente una mayoría de derecha que se constituyó en tal sólo porque los dos candidatos progresistas (con todas las comillas, o si se quiere bastardillas, que se le quieran agregar al adjetivo) fueron por separado y dejaron abrirse entre ellos una brecha que no se agotó en matices ni en puntos de vista, sino que adquirió el carácter de duelo de torpes titanes, que es, por otra parte, el juego que mejor juegan los progresistas.
Al margen de estas consideraciones, que Macri emerja como un referente hacia adelante puede significar un reagrupamiento aspiracional de la derecha, por supuesto, pero también puede implicar, ese apellido del pichón empresario, que el horizonte no exhibe, para los que los saben hacer, tan buenos negocios como los que permitió el menemato. Puede implicar, quiero decir, que el capital esté buscando afirmarse políticamente porque en ese horizonte necesita hacer política con sus propias manos, mientras hasta ahora sólo hizo política por encargo.
Volviendo a los resultados, aunque Elisa Carrió elija explicar su performance decepcionante echándoles la culpa, otra vez, a los demás, a esta altura a nadie se le escapa que hay en ella y en sus demonizaciones un desajuste, una presbicia que le impide leer la realidad empáticamente con sus posibles votantes. No es miopía sino presbicia, porque los tiene cerca y los enfoca mal. Y, por otra parte, ciertas dudas fundadas que estaban desparramadas entre los independientes (“¿Serán Duhalde y Kirchner lo mismo? ¿Son falsos estos enfrentamientos? ¿Se tratará de una puesta en escena para que el peronismo sea el dueño de todas las opciones?”), con el correr de los días y sobre todo con la respuesta popular, quedaron dirimidas y, epa, que esto es nuevo: autocontestadas. Con el respaldo de su porcentaje, es decir, con ese movimiento coreográfico de los votos sosteniendo el liderazgo de Kirchner, esas preguntas se contestan con los duhaldistas que empiezan a salir de escena. El voto masivo es el que libera a Kirchner de compromisos con Duhalde. La del domingo pasado fue una de las pruebas más evidentes de la dialéctica democrática. Kirchner juntó poder, suficiente poder como para no necesitar a Duhalde. Y si algo es seguro, es que ese animal político llamado Kirch-
ner no negociará con quien estrictamente no necesite hacerlo. Pero las urnas lo invistieron, en ese mismo movimiento, de un deseo colectivo y de un mandato: ir por más cambio. Si en los dos años que vienen el acento no se pone en la redistribución de la riqueza, el próximo cheque le vendrá rechazado.
Su esposa, Cristina Fernández, no dio ninguna entrevista en campaña. Fue acusada por no rendirse a la inercia de esa puesta en escena televisiva que son los debates, las entrevistas para “exponer ideas”, como tanto le gusta recalcar a Macri, que sí frecuentó cuanto programa periodístico o de entretenimiento se prestara a invitarlo. Lo de Cristina fue sin duda una estrategia perfectamente diseñada, pero en ella late también un nuevo modo de plantarse políticamente frente a los medios. Tan a menudo parece que lo mejor que le puede pasar a un candidato es estar en la televisión o aparecer en entrevistas de tapa de los diarios que lo de esta mujer fue desconcertante. Desde el punto de vista periodístico, obviamente, Cristina retaceó la materia prima de la que viven los medios: gente dispuesta a ser noticia. Pero ella fue, sin embargo, la gran noticia. Y, en parte, por haberse mostrado única dueña de su imagen y su propia palabra. No permitió que el sesgo de uno o varios medios le moldearan el perfil. No hubo intermediarios entre su voz y sus destinatarios, que la pudieron escuchar solamente en los discursos de campaña. De esa manera, paradójica y arriesgada, Cristina se convirtió solamente en una candidata. Por los resultados, se infiere que se convirtió en La Candidata.
Esa estrategia de no mediatizarse, de no salirse del registro de campaña, tiene por supuesto sus probables grietas, dando por sentado que los medios de comunicación son una de las patas de la democracia, ese famoso tábano que aguijonea al caballo. Pero el matrimonio Kirchner es caprichoso con algunas cuestiones. El salió a conceder y a respaldar a cuanto candidato le resultara de importancia, mientras ella elegía el perfil bajo cuando estaba trepando a la escasa lista de los presidenciables. No le da ni el carácter ni la historia personal para suponer que tuvo miedo de exponerse. Más bien, parece, esa actitud, un rasgo inaugural y prescindente de usos y costumbres que, por otra parte, si hay que decirlo todo, acompañaron siempre, de un modo acomodaticio y muchas veces ruin, los ritos de la misma política de la que la gente está harta.
Este hombre y esta mujer son de algún modo misteriosos. Son porfiados. Desconfiados. Duros. Todavía, incluso para los que los ven con simpatía, son bastante indescifrables. Sostienen convicciones muy emparentadas con las de mucha gente cuyos líderes fueron cayéndose del mapa de la realidad. Defienden ideas muy cercanas a las de mucha gente cuyos referentes fueron hundiéndose en el barro de la impotencia. No hace falta recordar los nombres. Están frescos y todavía provocan malestar. Este hombre y esta mujer no le tienen miedo al poder: lo desean, lo conocen y saben sus artimañas. No lo disimulan. Y aunque no suene romántico, es esa postura fáctica ante el poder lo que puede hacerlos históricamente interesantes. Si pueden con el poder, claro.
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Por Sandra Russo
Estaba hablando por teléfono con una amiga. Trabaja para una fundación europea y coordina temas con perspectiva de género. Le contaba un rollo sentimental y ella iba agregando comentarios. En eso estábamos cuando, en un momento, creí escuchar un:
–No, el blanco.
–¿Qué tiene que ver el blanco? –le pregunté, porque como acotación era descolgada.
–¡No! –ella se rió–. Le estaba diciendo a Su.
–¿A qué Su? –no entendía.
–Su es la manicura.
Después de un instante de zozobra, creí comprender:
–¿Ahí hay una manicura?
Ella me contestó que sí. Mi amiga que trae y hace de intérprete a dirigentes de la Socialdemocracia europea y que tiene asistencia perfecta en cuanto congreso sobre feminismo y presupuesto participativo se lleve a cabo en el Cono Sur... ¡Estaba haciéndose las manos! Caramba, pensé, mirándome las mías. En las malas épocas, todavía me como las uñas. Dirán que todo esto es una pavada, y lo es. Esta es una nota sobre las pavadas de los progres. Todo ese día me quedé pensando por qué jamás en mi vida se me ocurrió hacerme las manos en la peluquería, y mucho menos un delivery de manicura. Esa noche volví a llamar a mi amiga y ni siquiera la saludé. Directamente ataqué con la pregunta que me había quedado en la cabeza y no había podido formular por el estupor:
–¿Te hacés los pies también?
–Sí –se rió ella.
–Ah.
Y corté.
La anécdota quedó entre nosotras y nunca superó el chiste casero, hasta que leí un fragmento de Roland Barthes que le dio perspectiva. Decía algo así: “lo privado” no significa lo mismo en todos los sectores sociales. “Lo privado” lleva inmediatamente a asociar “lo secreto”, pero el contenido de ese secreto es aquello que tiene peso de tabú para un determinado grupo. Para la audiencia de los programas de chismes, por ejemplo (Barthes habla, en realidad, de “una doxa de derecha”), la noción de secreto sobrevuela el territorio sexual. Ahí, una infidelidad, una perversión o un episodio de desenfreno provocan el efecto de secreto revelado. Pero entre la progresía y sus capillas (Barthes habla de “una doxa de izquierda”), la noción de secreto circula por otros carriles, tan inconfesados que hasta ahora mismo, escribiendo sobre ellos, me siento un poco tarada: la frivolidad, la ligereza, el hedonismo, la cholulez, el pasatismo, la estupidez, todos esos tópicos que hemos erradicado por decreto ideológico de nuestras vidas... públicas.
En una cena progre, se hablará de divorcios sucesivos con desparpajo y si la cena es muy progre, hasta es posible que algún matrimonio confiese fantasías swingers: pero sólo será súper progre si otro matrimonio declara que los dos están hartos del sexo y que hace años que no lo ejercitan. Recién ahí habrá una inquietud general (no por casualidad, mientras en la tele se repite como el colmo de la transgresión la palabra “partusa”, Lamujerdemivida eligió como núcleo temático de una de sus ediciones la bravata “¡Basta de sexo!”).
Cuando leí ese fragmento de Barthes recordé un Encuentro de la Internacional Socialista de Mujeres, en París. En los paneles había cuadros de todo el mundo, mujeres muy preparadas y notables, entrenadas para luchar en el ámbito adverso de la política. Fuera del auditorio de La Defènse, en reuniones, cenas y mesas de café, era posible sin embargo ir atravesando diversas capas de confianza, como testigo de otro tipo de información. Las que recién se conocían seguían intercambiando datos sobre sus países. Las que ya se conocían intercambiaban datos sobre sus partidos. Y las que se conocían mucho intercambiaban datos sobre... ¡cremas antiarrugas! Entrar al rubro “cremas antiarrugas” suponía algo así como sacarse los zapatos: cada uno sabe a qué equivalen las cremas antiarrugas o la manicura. Cuál es ese costado flojo, de guardia baja. Una característica de la progresía es pretender un mundo peinado ideológicamente de cara y ceca, puertas afuera y adentro. Pero la vida es despeinada. La naturaleza humana no es políticamente correcta. No estamos vacunados contra las pulsiones. No nacimos mejor hechos. Que tengamos una idea del bien no significa que seamos siempre buenos.
Así como se diría que es un rasgo de derecha la ostentación de una casa en una revista de actualidad, sería menos de derecha si la revista fuera de decoración. Pero todavía sería menos de derecha –casi nada– mostrar la casa en una revista de diseño.
Barthes se pregunta, en otro párrafo, si la tarea del intelectual es todavía la de “acentuar y mantener la descomposición de la conciencia burguesa”. Si es así, dice, conviene identificar esa conciencia, no eximirse ni suponerse por encima de ella, ya que es eso lo que “vamos a deteriorar, desplomar, desmoronar, desde dentro, como se haría con un terrón de azúcar que se sumerge en el agua”. Opone descomposición a destrucción. La destrucción sirve en los tiempos prerrevolucionarios, cuando se tiene a dónde “saltar”. Pero en otras épocas en las que eso es imposible, “acepto acompañar esta descomposición, descomponerme yo mismo en la misma medida: desbarro, me aferro y arrastro conmigo”. Puede que nos hayamos liberado del enano fascista, pero es inútil negar al ekeko pequeñoburgués que guardamos en algún rincón del corazón.
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Por Sandra Russo
El 10 de diciembre de 1983, en la Plaza de Mayo, era difícil hacerse un lugar entre la muchedumbre. Había tanta gente que era preciso hacerse paso rozando, tocando cuerpos. Eran dóciles aquellos cuerpos festivos. Y el cuerpo de uno mismo también. El cuerpo de uno mismo, siempre arisco en la forzada proximidad de los ascensores, siempre incómodo en el lento ritual de las colas bancarias. Los roces ese mediodía no alteraban a nadie. Una mano en la espalda de alguien, un brazo en la cintura de alguien para seguir adelante. La devolución de sonrisas amigables, el espectáculo de los ojos vidriosos y los hijos a caballito. Lo recuerdo así. La plaza inundada de gente suelta y unida. Como una primera vez de calmas burbujas personales en suspenso. Antes había conocido marchas tumultuosas y agitadas por la represión, solamente eso. Como un gran cuerpo colectivo atravesado por la felicidad, ese día se dejaban atrás los años de la dictadura. Y eso era político pero íntimo. Y era íntimo pero era político.
Entonces, de pronto, por la esquina del ex Banco Hipotecario, entró la columna de la JP. Esa gente era distinta. Estaba unida, no estaba suelta. Los bombos parecían parte de sus cuerpos y de sus voces. Honraban a sus muertos con cánticos desgarrados. Venían saltando, o caminando, del brazo, levantando las banderas, venían como un tropel, confundidos unos con otros, amalgamados en ese engrudo de pertenencia enorgullecida a pesar de que su candidato había perdido las elecciones, a pesar de que el cajón que Herminio Iglesias había exhibido en la 9 de Julio, en el acto de cierre de campaña, formaba parte de su mismo idioma. El peronismo se me presentaba en aquella época como un lenguaje pródigo en dialectos. El de Iglesias era uno de esos dialectos. La apabullante marcha de la columna de la JP expresaba otro. Pero el peronismo, en todas sus versiones, era finalmente una dimensión no sólo de la política sino del otro, de las emociones, de los límites, de las clases, de las ideas.
Para los que nunca experimentamos el sentimiento peronista, ese fervor se nos aparece extraño, acerado. Impenetrable. El peronismo representa una identidad política pero abarca territorios personales. Y en esos territorios, el peronismo lo que hace es disolver vallas infranqueables entre personas, contenerlas en un envase multitudinario y profundamente sentimental. Claro que no hay nada más revulsivo que mirar un espectáculo pasional por la ventana, y los no peronistas no hemos hecho mucho más, incluso desde la lenta extinción de lo que durante décadas se llamó “gorilaje”, que observar una escena patética entre peronistas que se pelean, se insultan, se acusan, se amenazan. Los peronistas llegaron a matarse. ¿Cómo se explica? ¿Cómo se explica que llevados a ese borde en el que tuvieron lugar las peores de las traiciones y los peores crímenes, algo siga haciéndoles de red, de telaraña que los sostiene?
Ejemplos de contradicciones y miserias peronistas hay de sobra. Pero por eso mismo, quise recuperar en el principio de esta nota y de estos pensamientos aquella visión de la gloriosa columna de la JP haciendo su arribo a la Plaza de Mayo ese día en que se retiraba vencida la dictadura cuyas víctimas, en su mayoría, les pertenecían. Porque para los que no participamos del sentimiento peronista, acceder por un instante a la intimidad de ese goce de pertenencia no es sencillo. No es sencillo ponerse en el lugar de un peronista. Ni pensar con su cabeza. Ni razonar con sus argumentos. Ni prever la elasticidad y el alcance de sus lealtades. ¿No se obliga el peronismo, en todo caso, a un debate profundo y descarnado que revise la palabra “lealtad”? ¿Qué significará, nos preguntamos los no peronistas, la “lealtad” peronista en estos días? ¿A qué horizonte nos enfrenta? ¿A qué chascos nos invita a prepararnos? ¿Se aplica la palabra “lealtad” a las ideas –seas éstas cuales fueren– y a quienes suscriben a ellas, o al “conjunto peronismo”, en cuyo caso tendrán razón quienes sostienen que las peleas entre peronistas siempre son una especie de ficción?
Cuando vi entrar a la Plaza a aquella columna de jóvenes de la JP, accedí por unos instantes a esa magia que espejaban. Mirándolos desde una ventana simbólica, pude entender qué los unía, casi qué los emparentaba. Esa fue la gran obra de Perón. Engrudar a la gente. Hacer del peronismo el único teatro en el que tantos tienen localidades. Estaba leyendo, en aquella época, El origen de la tragedia, de Nietzsche. Ese texto complicado y poético en el que el filósofo describe el surgimiento de la tragedia griega como una combinación majestuosa entre dos pulsiones humanas: el impulso de recortarse como individuo y el impulso de confundirse con los otros. Nietzsche se pregunta por qué, en su esplendor, los griegos necesitaron inventar un arte en el que expusieron ante sí mismos todo lo horrible. “¿Hay quizá una neurosis de la salud, de la juventud de los pueblos, de su adolescencia?”, se pregunta.
Y me pregunté, mirando a los jóvenes de la JP, si esa amalgama de pertenencia que los unía no tendría el rastro de la embriaguez dionisíaca, si no estaba hecha de esa pulsión humana que necesita fundirse en los demás, rendir culto a lo colectivo, borrar límites personales, ofrecerse en sacrificio a lo superior, disolverse en un todo que contenga a los individuos. La tragedia griega estaba hecha de ese impulso, pero combinado con la pulsión apolínea, la de la moral, la de la templanza, la de la prudencia. Y, especialmente, con la esencia de Apolo: la medida, la armonía, “todo en su medida y armoniosamente”. Perón sabía.
Hoy sigue siendo necesario pensar en el peronismo, dentro y fuera de él. Desde adentro, con serenidad y prudencia, porque ya sabemos a dónde conducen los arrebatos peronistas. Y desde afuera, con el respeto que no siempre le tenemos a esa extraña pasión argentina.
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Por Sandra Russo
La nena ya está grande. Tiene trece, y los temas de conversación son otros. El otro día vino del colegio y comentó:
–Kirchner y Menem son de derecha.
A ella no le interesa la política. La aburren los noticieros y tampoco lee. Como el sentido común indica que no hay que insistirle a un chico para que haga algo –y no correr el riesgo de que no sólo no lo haga sino que lo deteste–, cuando andaba por los seis o siete y vi que nunca pasaba de las dos primeras páginas de los libros que le regalaba, me mostré indiferente. Con eso debo haber logrado que no deteste los libros, pero que los lea, no. Chatea todo el tiempo y piensa en ropa. Por eso me llamó la atención que viniera a avisarme que Kirchner y Menem son de derecha.
–¿Y eso de dónde lo sacaste? –le pregunté.
–Me lo dijeron.
–¿Quién te lo dijo?
–No soy buchona.
–¿Qué te dijeron? ¿Que Kirchner y Menem son iguales?
–Que los dos son de derecha.
–El que te lo dijo debe ser troskista.
–¿Qué?
–De izquierda –dije, para simplificar.
–¿Y vos no sos de izquierda? –contraatacó. Tiene reflejos rápidos.
Así empezó una larga conversación con mi hija, plagada de lagunas, contradicciones y figuras retóricas (de mi parte, claro) y reclamos puntuales de especificaciones (de su parte) en todo lo relativo a la izquierda y la derecha, el peronismo, Kirchner-Duhalde-Menem, Revolución Francesa, guerra de Irak, chicos de la calle, colegios privados, ropa de marca, piqueteros, en fin, no faltó nadie. Los hijos tienen esas cosas: lo obligan a uno a pasar en limpio lo que piensa, incluso lo que uno da por hecho. Explicar, por ejemplo, por qué yo no creo que Menem y Kirchner sean lo mismo y por qué toda mi vida suscribí a ideas de izquierda pero no a un partido de izquierda, implicó hablar de los ’90, de las empresas privatizadas, del consumismo y de la crisis, de derechos humanos, pero especialmente implicó hablar de desempleo, inequidad y pobreza. Y ahí me vi en un brete.
Esta semana los últimos datos del Indec dieron cuenta de lo que se huele en el aire: el crecimiento no bajó, pero la pobreza y la indigencia tampoco. La tendencia de la situación social sigue siendo positiva, pero la mejoría registrada desde 2002 se desaceleró. Este último semestre la pobreza disminuyó apenas un 1,7 por ciento, mientras que la indigencia se redujo en un 1,4 por ciento. Desde la hiperinflación de 1989, a cada crisis le siguió un período de recuperación, como también la hubo esta vez, después del estallido del 2001. Pero desde 1989, cada vez, la mejoría se desaceleró, como ahora. El saldo de cada crisis fue un porcentaje más abultado de la torta social pintado con el rojo de la pobreza: pobres estructurales que ya no esperan ni oportunidades ni capacitación ni que sus hijos tengan chance. Pobres marcados de nacimiento, con una letra escarlata que los ubica en una categoría infrahumana: sus vidas se desarrollan en las márgenes de un sistema que gira sobre sí mismo y cuyos mecanismos funcionan a tracción sangre.
En estos términos, y sin adherir ni una pizca a la comparación que alguien le sopló a mi hija, es precisamente ahora cuando el gobierno de Néstor Kirchner deberá timonear para un lado o el otro. Si un crecimiento económico sostenido no logra traducirse en mayor equidad, si los recursos que genera la economía no rozan a los más indefensos y, todo lo contrario, siguen yendo a parar a la punta de la pirámide, entonces se deberá concluir que hay matices inéditos en este gobierno, como la defensa de los derechos humanos o la limpieza en la Corte Suprema, pero también se deberá tener presente que, en su origen, las violaciones a los derechos humanos y las injusticias subsiguientes surgieron contra quienes luchaban a favor de la equidad. Y es la equidad la llave maestra de cualquier cambio con pretensiones de histórico. Es la equidad el horizonte de la utopía democrática. Es la equidad, en definitiva, el revés de la trama capitalista.
La semana pasada, en Tucumán, en la escuela a la que va Barbarita, aquella niña que lloró en televisión cuando le preguntaron qué había cenado la noche anterior y qué había desayunado esa mañana, los 1500 alumnos no recibieron ni la copa de leche ni el almuerzo. Problemas burocráticos impidieron que esos chicos accedieran al alimento que les corresponde y que implica cuarenta centavos por chico y por día. Los televidentes argentinos ya naturalizaron la desnutrición. Barbarita los conmovió cuando esa palabra quedaba incómoda en una boca argentina y en el granero del mundo. Pero todo se naturaliza, todo se aguanta. Especialmente si le pasa a otro. Los problemas burocráticos de una escuela del norte para darles de comer a sus alumnos son en realidad anecdóticos en un país en el que ya nadie se sorprende de que los chicos vayan a la escuela a comer. Hay 8.957.000 personas pobres y de ese total, 3.168.000 son indigentes. Por ahí me quedé anclada en el ’45, en el ’59, o en el ’83, pero sigo creyendo que ser de izquierda es sentirse responsable por cada uno de ellos.
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Por Sandra Russo
Tuve buena voluntad y no me quise perder el gran acontecimiento mediático del año. Así que el lunes pasado vi La Noche del 10. Aguanté el homenaje a los maestros, la costilla de menos de Thalía, los reportajes bobos y todo eso, pero la visión de Marcelo Tinelli entrando como un emperador romano me dio vergüenza ajena y me dormí. En los días que siguieron me puse a hacer una encuesta entre gente muy cercana, poco cercana y apenas cercana, y aunque preveía el resultado no dejé de asombrarme: la mayoría no lo había visto, y los que lo habían visto habían hecho zapping o habían seguido mirando pero para tener algo que criticar al otro día. Entre mis muy conocidos, poco conocidos y apenas conocidos no hallé ni una sola persona que hubiese disfrutado del show. Ese relevamiento me condujo a una conclusión previsible: vivimos en un yogur. Entero y con fibra, pero un yogur. Aunque la suma de yogures ateste la heladera, cada uno de ellos no deja de ser una casa de juguete, un ecosistema balanceado, un mundito sin grandes ecos y sin grandes amenazas. Y si aconteciera alguna catástrofe, la enfrentaríamos con alguno de los diez mandamientos freudianos, esos que llevamos inscriptos en las células, esos códigos de barras que nos indican, si un día nos levantamos temprano y nos ponemos muy activos, “estoy maníaco”, o si un día nos quedamos en la cama y hacemos fiaca, “me estoy melancolizando”.
¿Quiénes formamos parte de esta hinchada yogurtera? Vamos, los que nos quedamos irremediablemente afuera de esos fenómenos que atraviesan índices como el rating, las multitudes, las pasiones populares, el frenesí dionisíaco que embriaga a los porcentajes arrasadores y a las mayorías. Muchos de ellos pueden incluso adorar a Maradona, pero de ahí a comprarle todo el stock de cotillón hay un trecho. Somos tantos que a veces creemos que el yogur es grande, pero es chiquito. Hace poco, un columnista de la sección política comentó que había visto Showmatch. Fue con un afán casi antropológico, porque “me dije –dijo– no puede ser que no tenga la menor idea de cómo es el programa que mira más gente. ¡Es insoportable!”. Hay que tener estómago para aguantarse a los chicos haciendo gracias y para soportar los alaridos de Tinelli y esa máscara sonriente de carnaval eterno que tiene puesta en la cara, aunque uno lo estudie como a un talentoso intuitivo que creó su propio poder en los medios a partir de ideas baratas y ese tono de vestuario masculino. La hinchada yogurtera puede analizar el fenómeno, cómo no, y debatir en bares de Palermo la decisión del Grupo Clarín de cambiar de estrategia y canjear la facturación privilegiada del canal de target ABC 1 por un pulso más popular que finalmente le permita reinar sobre Telefé. Hasta ahí vamos bien. Pero sentarnos a ver desfiles de vacas flacas, en esa especie de Feria de la Rural televisiva con modelos en bolas presentadas a los gritos, hay un salto que no damos porque no nos da la estética. La ética habría que ver, pero la estética no.
Lo de Tinelli y Maradona me llevó a pensar en qué otros rubros se delata quien vive en un yogur. Estamos acostumbrados, por ejemplo, a algunos sobreentendidos, como si lo que uno da por hecho fuera ley, y es que, efectivamente, es la ley del yogur. Una amiga mía conoció a un tipo en el cine. Película ambigua, un buen tanque norteamericano. Si lo hubiese conocido, por ejemplo, en un video club de cine de autor, las cosas seguro hubiesen tomado un rumbo diferente. Pero lo conoció a la intemperie, es decir, afuera del envase de yogur. Se miraron, tomaron un café, se dieron los teléfonos. El llamó, hubo una cita. Estaban nerviosos, así que hablaron poco. Hubo atracción y hubo una hora de los bifes que funcionó bastante bien. Hubo una segunda cita, y él, que era, parece, muy atento, la quiso sorprender... con un CD de Luciano Pereyra. Ella me llamó inmediatamente después de pretextar una jaqueca irresistible y de mandarse a mudar a su casa. Traté de convencerla de que no se puede descartar a un hombre solamente porque viene con un CD de Luciano Pereyra. Ella contraatacó: “Sé honesta. ¿Vos qué harías?”. Me rendí.
Afuera del yogur hay muchas cosas. Cito algunas: uñas esculpidas, pelucas, botas texanas, Coelho, Canal 9, anillos de compromiso, Macri-López Murphy, carteras de Vuitton, Versace, Radio 10, entretejidos, anabólicos, mucamas con uniforme, Bucay, la revista Gente, el catecismo, gemelos con iniciales, trajes a medida, autógrafos, llamados a programas de televisión, llamados en el día del amigo, tarjetas navideñas, pedidos de mano, bailanta, bótox, viajes en clase ejecutiva, Ricardo Montaner, Jorge Rial, Pancho Dotto, curanderos, rosarios, remeras con la leyenda Amo Miami, colágeno, promociones de marcas líderes, estampitas, sky en vacaciones de invierno, pegamento, militares, tapados de zorro, anillos de brillantes, Menem, techos de chapa, planes Jefe de Hogar, cuentas en Suiza, la Bristol, el golf, quiniela, patines para no rayar el piso plastificado, Gerardo Sofovich... ¿Sigo?
Me costó hacer la lista porque aunque parezca mentira el yogur es pequeño pero a su vez, como una mamushka, contiene yogures todavía más pequeños. Hay grupos, subgrupos, subsubgrupos que, hilando fino, pueden tener códigos tan rígidos que expulsen, por no ser “del palo”, a los del yogur inmediatamente anterior. Y nuestras excentricidades suelen ser tan insólitas, que hasta es posible volver al principio, y encontrar a alguno que fue y volvió antes que nosotros y nos sorprenda confesándonos que Chiche Gelblung es lo más.
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Por Sandra Russo
Las comisuras de las bocas insinúan en esa foto la mueca de la tragedia. Son mínimas curvas inversas a la sonrisa de la Gioconda. Arcos leves, dados vuelta. Esas dos bocas están cerradas. Labios finos y pegados el uno con el otro para decir algo: es el mensaje del silencio. Y las miradas. La de Leónie está fijada en el vacío, dopada de dolor, sostenida sin embargo por un mentón altivo que delata una dimensión de dignidad que aquellos que la vieron, en ese instante que quedó capturado en la fotografía, no deben haber advertido. Esa dignidad no estaba dirigida a ellos, de todos modos. Ese tipo de dignidad extrema no está dirigida a nadie. Es un don inevitable y un precio interior altísimo que no cotiza entre asesinos. La mirada de Alice, en cambio, elige una ligera inclinación y se instala en el mismo punto ciego arriba del foco de la cámara. Evidentemente, les han dicho que hacia allí tenían que mirar. Un ejemplar de La Nación para dejar constancia de la fecha y atrás la bandera de Montoneros completan la puesta en escena montada en la ESMA, cuando la nacionalidad francesa de las monjas ya era un problema inesperado para la Armada y los marinos quisieron desviar sospechas.
Iba a escribir sobre la magnífica frase del antropólogo forense Luis de Fondebrider, que entrevistado esta semana en este diario por Victoria Ginzberg dijo: “Darle nombre a un cuerpo es como recuperar su vida”. Pensé en eso porque, cuando leí esa frase, me quedó retumbando en la cabeza y, a pesar de que Fondebrider se estaba refiriendo específicamente al trabajo de los antropólogos forenses, que desde 1984 se dedican con una constancia y pericia notables a desbaratar la trampa de los NN en la que los militares de la dictadura convirtieron a miles de personas (“Un desaparecido no está, no es, no tiene entidad”, dijo Videla), esa frase me pareció iluminadora. Porque puede aplicarse a cuerpos muertos, pero también a cuerpos vivos. La lucha por la identidad es, simbólicamente, la gran lucha argentina. A la pregunta por el “¿Quiénes somos?” general que arrastramos desde hace dos siglos, les prestaron sus cuerpos los NN de la dictadura, pero no sólo ellos. Las Abuelas, recuperando identidades de actuales veinteañeros, también recuperan vidas devolviendo nombres. Lo primero que hace una pareja cuando desea y logra un embarazo es pensar en un nombre: nombrando a ese nuevo ser se lo hace persona. Devolverle su verdadero nombre a alguien es devolverle su verdad. Una identidad construida sobre la mentira desemboca inevitablemente en un fallido, y hay vidas que son eso, actos fallidos.
Pero a propósito de actos fallidos, me puse a observar la fotografía que los marinos armaron en la ESMA para correr las sospechas del secuestro de Leónie Duquet y Alice Domon hacia los Montoneros y, describiéndola, no podía evitar captar una reminiscencia que no lograba descifrar. Hasta que me fijé en los ojos de esas mujeres serias, condenadas a posar para esa foto, a conciencia, seguramente, de que esa pose las alejaría todavía más de su liberación, que empantanaría sus destinos. Y entonces me di cuenta de que esas miradas fijas en el vacío me recordaban a las fotos policiales de los documentos de identidad. Precisamente, de identidad. Que era lo que esas mujeres estaban reteniendo y lo que les iba a ser arrebatado por la fuerza. Lo que veintiocho años después los antropólogos forenses les devolverían. Es tan impresionante y azaroso el recorrido del cuerpo de Leónie Duquet, es tan increíble ese camino que la llevó de la ESMA a un avión, del avión al mar, del mar a la playa, de la playa al cementerio de General Lavalle, del cementerio a la verdad, que semejante historia no puede procesarse sin escalofríos. Uno se tienta con la palabra milagro.
Esas miradas de documento de identidad indicadas por los secuestradores que quisieron fraguar una foto insurrecta fueron también un acto fallido. Recordé las últimas fotografías parecidas a ésa, las de los rehenes capturados por fuerzas irregulares iraquíes, los periodistas o ciudadanos de países invasores que, mirando a cámara con sus verdugos atrás, parecen suplicarle al foco que se deje traspasar y que su desesperación conmueva a sus gobiernos. De la Argentina, la única fotografía similar que recordaba haber visto era aquella de Jorge Born, con los retratos de Perón y Evita como fondo y una bandera de Montoneros atrás. Esa fue seguramente la foto inspiradora de la de la ESMA. ¿Jorge Born miraba el vacío o miraba a cámara?, me pregunté. Busqué esa foto y, efectivamente, Born, cansado, despeinado, ojeroso, miraba a cámara. Las miradas perdidas de Leónie y de Alice son el indicio del fraude, del simulacro. Con la pose y la perspectiva que el Estado elige para darles a sus ciudadanos su identidad –el medio perfil, la mirada corrida hacia el costado–, el Estado terrorista argentino de los ’70 cometió un lapsus.
Leónie Duquet es, de todos modos, no sólo una víctima a la que veintiocho años después de su asesinato se le devuelve la dignidad de su nombre. En esa foto que comparte con su compañera Alice Domon, sus bocas cerradas en la mueca de la tragedia dicen, tal vez, que en una sociedad solamente se pueden cometer actos tan aberrantes si muchos, si miles, si millones miran para otro lado.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-55985-2005-09-03.html
Por Sandra Russo
La clínica queda en Quilmes, pero del otro lado de la vía. Quilmes Oeste, cuando yo era chica, era otro mundo. Vivir del otro lado de la vía era ser diferente, tener otras costumbres, otros ritos, como ser de otro club. Mi madre lentamente fue trasladándose al otro lado de la vía. Sus confusiones empezaron hace años, los reemplazos de una palabra por otra fueron llegando como gotas, una tras otra. Sus esfuerzos por retener una idea terminaban irritándola. La veía luchar contra ese vacío que se le plantaba en la cabeza como una semilla maligna. El vacío crecía desmadejado en esa mente que despacio, sin tregua, se enredaba con imágenes de diferentes épocas de su vida. Hace unas semanas un ataque la mantuvo hablando sin parar días y noches enteras. Allí estaban, delante de sus ojos, invisibles para mí pero carnales y evidentes para ella, sus hermanos, su padre, su casa de la infancia. Estaba internada en una clínica común, a la que van los enfermos que deben guardar cama. La gente loca no es bien recibida en esas clínicas. Altera al resto. La habían atado a la cama y habían levantado las barandas. Ella las empujaba y me decía: “Estamos detenidas porque vos no sabés conducir”. Mi madre nunca fue muy piadosa conmigo, de modo que no me extrañó que atribuyera su estado a mi falta. Eso somos las mujeres, después de todo. Lo que no tenemos, lo que no sabemos, incluso lo que no perdimos.
El brote se extendió y fue tan arrasador que muy pronto la derivaron a la clínica que está del otro lado de la vía. Un lugar apacible en el que los enfermos no guardan cama, y tampoco sabría decir si guardan algo. ¿Qué es la locura? ¿Dónde queda ese otro lado, ese revés de la trama que estampa la locura en los ojos de quienes la padecen? ¿Por qué los locos parecen guantes dados vuelta, como decíamos los jóvenes de ayer? Un guante dado vuelta no puede esconder nada: el guante dado vuelta exhibe la obscenidad de su interior, la forma tosca de sus costuras. Todo lo que los cuerdos callamos, lo que velamos, lo que suavizamos, lo que pretextamos, lo que disimulamos, ellos lo muestran. La enfermedad los priva de los escondites y de las estructuras. Fluyen, ahí, casamientos y velorios, muertes y nacimientos, amores y dolores, ternura y ferocidad, la carne viva de los sentimientos, de lo que no se pudo digerir, lo que quedó atascado en una historia, la horrenda y apabullante debilidad de alguien que soltó las riendas y sigue viviendo como un caballo desbocado, asomado al vértigo de sí mismo.
Hoy llegué a la visita media hora antes. Pedí permiso porque tenía que ir a trabajar. Estaban todos cantando. A coro. Cantaban una canción de amor. Tenían puestas unas cintitas rojas en el cuello, como un mínimo vestuario de coristas extraviados que sin embargo perseguían la nota exacta. Mi madre estaba sentada y aplaudía. Ella nunca cantó. Ni cantó ni bailó. Esta tarde estaba sentada y sonreía, mientras sus actuales compañeros de ruta disfrutaban ese rato previo a las visitas. Mi madre siempre se ocupó de su casa. Su casa fue su reparo pero también, sospecho, la baranda que la separó del mundo, la que la dejó detenida, aunque fue ella, ciertamente, la que no aprendió a conducir. Pienso en la que ella era, antes, cuando todavía la enfermedad no había asestado semejante puñalada en su centro. Fue una mujer compleja con una vida simple. Una mujer plegada que debe haber querido desplegarse. Cuando me vio, hoy a la tarde, llegar de improviso, me hizo señas para que me sentara a su lado a escuchar al coro. Mientras las dos aplaudíamos la segunda canción, acercó su cara a mi oído y me dijo: “A mí me hubiese gustado ir a la luna”. Cuando uno se familiariza un poco con la locura, no es tan difícil escuchar sus desvíos. “¿Y por qué no fuiste?”, le pregunté. “No me alcanzó la voz”, contestó ella.
Y si me pongo a escribir esto es porque creo que hay un tipo de extravío que es el de mi madre pero no sólo el de ella. Y en su homenaje, me gustaría dedicar estas líneas a aquellas mujeres que quisieron ir a la luna pero llegaron al otro lado de la vía, a todas esas mujeres de esa generación difícil, tan inconsciente de sus derechos y sus límites, tan encerradas en sus cocinas y en sus mandados y en sus mandatos, a esas mujeres frágiles que adoraron y envidiaron que sus hijas fueran tan diferentes, casi como las hijas de las otras que ellas fueron sin saberlo. A esas mujeres a las que no les alcanzó la voz.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-55608-2005-08-26.html
Por Sandra Russo
Hace unos días, en un reportaje que fue tapa de este diario, el secretario de Cultura de la Nación, José Nun, afirmaba que “un programa cultural puede tener 20 puntos de rating”. ¿Podría? Uno desea creerlo. Uno desea sospechar que, hasta ahora, las veces que se ha intentado insertar la noción de cultura en la televisión lo que se ha hecho, en general, es amagar con la academia y dejar a todo el mundo bostezando. Que se ha partido de la falacia recurrente de que “el público consume lo que le dan”, como si la cuestión se redujera a trocar el pan y circo actuales por programas con moraleja o catálogo, con gente de buenas intenciones pero desbarrancando, ay, en el plomazo. La realidad es que hay un tipo de cultura que tienen pocos y de la que carecen millones. Uno desea apostar, junto a Nun, a otra concepción de la cultura, a otra estrategia para informar y formar, pero el verdadero desafío televisivo corre por otro carril: ¿qué estrategia elaborar para divertir o para entretener? Ese programa cultural que podría tener 20 puntos de rating, ¿qué tipo de cultura difundiría? ¿Cuál, en un país pauperizado y vulgarizado, arrasado en sus modelos y referentes, analfabetizado y gobernado por planillas de las que todos desconfían pero ante las que se arrodillan?
Los dos programas que salieron del aire la semana pasada, Indomables y TVR, son un buen ejemplo de una cultura alternativa a la que hegemoniza la televisión argentina actual. Eran, a su modo, programas culturales. Tanto en los sobreentendidos y la complicidad, que eran la clave de la conducción de Roberto Pettinato, como en la edición de los informes de TVR podía descifrarse un rasgo cultural pródigo en significados y, sobre todo, masivo aunque no mayoritario: esos productos representaban hasta su levantamiento un modo de ver la realidad que no es el de Tinelli ni el de Susana ni el de Suar ni el de Sofovich, que son quienes ahora disputan en los canales de aire la lucha por la franja horaria más codiciada. En esos dos programas podía rastrearse la resistencia no sólo de quienes los hacían, sino también del público que les era fiel, a la inercia televisiva que ahora como nunca busca idiotizar para entretener.
Eran programas con códigos claros. “Treinta segundos de nada”, por ejemplo, con perros o gatos que eran incapaces de obedecer ninguna orden de sus dueños, implicaba un acuerdo entre el conductor y los televidentes: vamos a reírnos de un perro o de un gato que son solamente un perro o un gato, vamos a reírnos de quienes en otras pantallas pretenden que el perro atraviese un laberinto, y vamos a reírnos porque eso son los televidentes para la televisión: perros atravesando laberintos, seres sin pensamiento propio, guiados por un instinto que los hace parecerse a las ratas de Plavlov, criaturas que se doblegan ante el amo y que reconocen como amo a aquel que sale en las revistas o gana millones, ese que está ahí llamándolos para ganar la competencia, tentándolos con un premio que puede ser una licuadora o cien mil pesos, pero que en realidad siempre es alimento balanceado, comida chatarra, chatarra cultural.
“Treinta segundos de nada” también podía leerse en otra dirección. La televisión en sí misma es analizada por algunos pensadores como un animal de compañía. Una mascota electrónica que hace gracias para que la familia se distienda. Ubicada en el centro preferencial de los hogares, el televisor ocupa hoy el núcleo que antes ocupaba la chimenea. Un aparato cuyos contenidos están regidos por dos grandes lineamientos: la tiranía de los anunciantes y la psicología del espectador promedio. ¿Quién es el espectador promedio en un país de deserción escolar o alumnos regulares que creen que La Traviata y Aída son galletitas? Umberto Eco, por ejemplo, ha afirmado que no es la televisión la que le hace daño al público, sino que es el público el que le hace daño a la televisión. Muchísimo menos selectivo que el público de cine, de música, de teatro, el público televisivo promedio, heterogéneo social y culturalmente, no está interesado ni en informarse ni en formarse. Ese público quiere divertirse. De ese modo, más allá de la teoría, el resultado es que los programadores no buscan nada más allá de los clichés, “golosinas audiovisuales”, como las llama Román Gubern, caramelitos baratos dispuestos en la pantalla para ser chupados sin pensar. Y nuevamente, la metáfora del perro o la mascota: así como los etólogos descubrieron que la “mirada preferencial” de los animales es aquella que concentra un máximo estímulo visual para la especie –sexual, nutritivo, amenazante–, así la mirada preferencial del espectador televisivo promedio se posa en la vidente que dice haber recibido una señal de una niña asesinada y en la reacción de una madre desesperada que llora en cámara (Susana Giménez), o en la niña ciega que participa en un concurso de canto y en las lágrimas ficcionales del conductor que aparenta emocionarse (ShowMatch).
La lógica histórica también interviene en la ley de la diversión televisiva. Cuando las masas no formaban parte del público consumidor, cuando los anunciantes no estaban interesados en captar público pobre, los criterios del buen o del mal gusto provenían de los sectores ilustrados, que por otra parte eran los sectores con poder adquisitivo. Hoy esos términos se invirtieron. Las publicidades no tradicionales que promocionan antihemorroidales o jabón en polvo o casas de empeño o champú antipiojos están dirigidas a un público indiferenciado y complaciente, pero esa complacencia no es responsabilidad de la televisión: una sociedad debe hacerse cargo de sus grietas educativas y de sus náufragos culturales.
¿Podría un programa cultural tener veinte puntos de rating? Es una pregunta apasionante, pero por ahora sin respuesta.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-55331-2005-08-20.html
Por Sandra Russo
En los últimos años, la palabra transversal atravesó atravesada diversos esbozos de proyectos que terminaron abortados. Siempre que se usó esa palabra fue para dar cuenta de intentos de amalgamar a bienpensantes que, uno por aquí, otro por allá, tenían cosas importantes en común. La transversalidad, tal como en general fue entendida, surgía de la constancia de que los dos partidos que históricamente se alternaban en el poder, el peronismo y el radicalismo, zanjaban sus diferencias ideológicas y de clase con una concepción de la política siamesa: el pacto de Olivos los mostró unidos por el estómago. Fueron el peronismo y el radicalismo los responsables, como partidos, de hacer nítida la idea de que, con unos o con otros en la Rosada, el poder político era un simple testaferro de los verdaderos intereses en juego. La democracia, así, terminó siendo aceptada como el mejor de los sistemas conocidos, pero también como un juego perverso de simulacros cada vez más dañinos. Un “como que” la gente vota a alguien para que la represente, a conciencia de que no lo hará.
Al principio de la democracia, ante cada elección, se hablaba de “plataformas” partidarias. Después, de “propuestas”. Después, de “ideas”. Ahora, de “equipos”. Nada de eso tiene ningún sentido si la percepción y la experiencia popular dan cuenta de que en el fondo se trata de una simulación.
Sin embargo, esta campaña en curso, por lo que tiene de aparentemente vacua, deja entrever otro tipo de transversalidad que se puso en marcha hace unas décadas y tuvo el mefistofélico destino de pasar inadvertida. Las campañas electorales son raras en todas partes y en cualquier época, pero para nosotros, que durante pilas de años nos enterábamos de quién era el próximo presidente a través de un comunicado, lo son todavía más. Quiero decir: en cada campaña que tenemos por delante se pone un poco más de manifiesto cierto carácter ficcional de la cuestión. Son épocas de licencias extraordinarias, de puestas en escena y rituales multitudinarios fingidos, en los que mucha gente hace como que toma por gesto lo que es pantomima, y por discusión lo que es retórica. La gente común no tiene acceso al intestino de las campañas electorales, de modo que hay que arreglarse con lo que se dice y con lo que se escucha, aunque todo el mundo sabe perfectamente que no se dice ni se escucha buena parte de la verdad.
Más todavía después del estallido de 2001, cuando al reclamo de que se fueran todos le siguió la escena paulatina de todos reacomodándose. El único que de verdad se había ido –un poco a Chile, otro poco a La Rioja – también se reacomoda, y aunque se guarda de esparcir mucho su nombre porque sabe que espanta, tiene sus bastoneros peripatéticos. La candidatura de Moria Casán, esta vez, es el toque pintoresco que, a falta de un contrato que la devuelva al candelero, la mantiene vigente diciendo disparates a los que adhieren otros bastoneros menemistas que siempre que los dejan reivindican “la gran amistad con el doctor”, lo cual en castellano significa haber tenido durante los noventa un cuarto de hora memorable y rentable. Casán acuña frases del estilo: “Kirchner revuelve tumbas, es un cartonero del pasado”, que pronuncia levantando la pechera. Y a falta de periodismo político en televisión, ella o Sofovich son llamados a hacer comentarios de actualidad cuyo nivel, más que de planta baja, son de sótano.
Chiche Duhalde se presenta sin empacho como parte de “la nueva política”, dado que hasta los noventa fue señora de su casa. Instalada en una baldosa trajinada, nacional, popular y temible, la esposa de quien se cansó de repetir su inclinación a los cuarteles de invierno posa y arenga en pos de una nueva primavera peronista, la de las manzaneras, los choripanes, los gordos calzados y la amenaza velada de que se avalará la gobernabilidad entanto y en cuanto las listas se hagan como el falso retirado indique y nadie le haga pis en el pasto.
Pero tanto Casán en sus arrebatos casi risibles, como Chiche desde su innegable inteligencia y también la pareja trajeada Macri-López Murphy, acuerdan en algo que no es poco, sin embargo, y que se ha convertido en el verdadero dique separador de aguas de esta campaña, y no está vacío, ni es poco importante, ni es retórico: en ese eje confluyen los antiguos y pasmosos transversales: se dejan oír cuando tanto los bastoneros menemistas, como la candidata duhaldista como los representantes de la derecha levantan la bandera que reza “basta con el pasado”.
Chiche declama dolor por los ciento ochenta desaparecidos de Lomas de Zamora, en su mayoría peronistas. Pero opina que “la historia y la justicia” deberían ser los encargados del paquete, nadie más. Es curioso que la irritabilidad con la memoria de los horrores del pasado no provenga en absoluto de una temperatura ambiente ni de la calle. La calle, los ciudadanos comunes y corrientes no parecen irritados con la memoria del pasado sino más bien todo lo contrario. La urticaria esta vez eriza una piel evidentemente ideológica y dirigente: las vertientes peronistas de derecha, los liberales y los conservadores convergen en esa urgencia por desmantelar la visión crítica del terrorismo de Estado, y eso no es casualidad ni azar: como lo demostraron los noventa, los setenta se explican solamente a través de una verdadera y monstruosa transversalidad de facto que se consolidó para ver emerger un modelo económico de exclusión, corrupción y crimen.
Los que abominan de rever el pasado provienen de aquella transversalidad que supo hacer su costura pasando la aguja por todos los puntos débiles de la trama social y deshicieron el país. Fueron magos que hicieron bien sus trucos. Corren el riesgo de que la paloma se les quede atascada en la manga.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-54690-2005-08-06.html
Por Sandra Russo
Veámoslo así: hay algo de confesional en los dos bandos, aunque uno de ellos no sabe exactamente cuál es el nombre de su fe, y el otro no es exactamente un bando, sino un espectro que de pronto toma cuerpo y ataca. El mundo occidental cree ciegamente en una deidad que a veces invoca bajo el nombre de libertad, pero cuya filiación es siamesa del mercado. Occidente desespera ante enemigos que encarnan de una manera cada vez más tajante Lo Extraño y Lo Otro. No tiene reflejos para enfrentarse a una identidad fantasmática que acecha desde las sombras y parece solidificarse cada vez más ante las opciones líquidas que ofrece el modo de vida norteamericano o europeo. Si hay una guerra, Occidente la ganaría. Pero lo que asoma no es una guerra convencional: se parece más bien a la irrupción de un malestar constante, a un estado aletargado de amenaza. De Oriente viene una lógica desconocida, enloquecedora. El Islam logra captar muchachos que gozaron desde su nacimiento de todos los beneficios de la vida moderna occidental. Los capta y los empuja a inmolarse porque, por algún resquicio, por alguna ranura que los occidentales no logran detectar, se cuelan el odio y el resentimiento, pero también el desprecio. Esos muchachos, que hasta hace muy poco tiempo pronunciaban la palabra “nosotros” para referirse a sus compañeros de clase o de equipo de fútbol, fueron persuadidos, de alguna extraña manera –esa manera, por lo misteriosa e ininteligible, es lo que más inquieta–, de sentirse miembros de “otro nosotros”. Los dos bandos fabrican terror. Lo de Londres está fresco. En los últimos dos años, murieron 25.000 civiles iraquíes.
Hace treinta años, algunas corrientes sociológicas analizaban las diferentes formas que iba adquiriendo el “nosotros” occidental. Richard Sennet advertía que, tras el advenimiento de la modernidad, se reemplazó la antigua “identidad compartida” por los más pragmáticos “intereses compartidos”. Los rasgos que antes unían a la gente mediante vínculos fraternos derivados de alguna identidad nacional o racial fueron sustituidos por otros que surgieron de lo que se llamó “mixofobia”: la búsqueda maníaca de semejantes muy semejantes. Los occidentales empezaron a sentir un miedo demasiado fuerte hacia lo diferente –a punto tal que, desinvestidos de su humanidad, los diferentes requirieron la creación y la defensa de sus “derechos humanos”–, y dieron rienda suelta a sentimientos comunitarios fragmentados. La comunidad empezó a ser cada vez más pequeña: fue la del club, la del barrio, la del country, la del consorcio.
Mientras tanto, allí lejos, ¿qué pasaba? En los basureros territoriales, ¿qué pasaba? “Desde sus comienzos, la modernidad produjo y siguió produciendo enormes cantidades de sobrantes humanos”, escribió el sociólogo Zigmunt Bauman. Fue en dos ramas específicas que brotaron esos sobrantes sacrificables: primero, en la producción y reproducción del orden social. Todo orden es selectivo y exige segregación y exclusión. Después, en el progreso económico, que “en un determinado momento exige la invalidación, el desmantelamiento y la eventual aniquilación de ciertos modos de vida y de subsistencia del ser humano, ya que no pueden ni podrían alcanzar los crecientes estándares de productividad y rentabilidad”. Los sobrantes humanos de la modernidad fueron recolocados. Huestes de refugiados en todo el mundo pueden dar cuenta de eso. “La industria de la eliminación de desechos humanos” originó oleadas de migraciones legales e ilegales que Occidente toleró, aunque a regañadientes, porque eso le servía para mantener cerrada la olla a presión que significan esos sobrantes que el progreso económico occidental va creando con su propia dinámica. Esa industria de eliminación de desechos es la que ha entrado en crisis ahora. Hay una parte del mundo tan pobre y territorios tan indeseables que los bárbaros han empezado a corroer los intestinos del imperio.
En junio de 2002, los Estados Unidos anunciaron el arresto de un sospechoso de pertenecer a Al Quaida, que se había plegado a la red terrorista a su regreso de un viaje a Pakistán. Se trataba de un ciudadano norteamericano, José Padilla, que se había convertido al islamismo y había adoptado una nueva identidad, la de Abdullah al Mujahir. Había sido instruido para fabricar “bombas sucias” que eran “pavorosamente fáciles de armar” con explosivos convencionales. En su momento, el personaje PadillaAbdullah resultó funcional a los requerimientos de la seguridad interior norteamericana: agitó el fantasma de que la hospitalidad ofrecida a los extranjeros era una trampa cazabobos, hizo emerger un nuevo “sujeto peligroso”: el norteamericano reciente que, pudiendo ser “uno de los nuestros”, elige ser “otro, extranjero perenne, enemigo”. El caso Padilla-Abdullah fue inmediatamente silenciado. “Bombas sucias” que se arman de un modo “pavorosamente fácil” no eran un objetivo que permitiera defender en el Congreso un escudo antimisiles multimillonario, y enemigos de entrecasa que despreciaban el modo de vida norteamericano no contribuían a reforzar la idea de ir hasta Irak a aplastar las cuevas terroristas.
Cuando se supo, la semana pasada, que algunos de los responsables de los atentados de Londres eran ciudadanos británicos de ascendencia paquistaní, ciudadanos aparentemente integrados, con trabajo, de clase media y sin antecedentes, una zozobra debe haber recorrido las mentes de los dirigentes del aspaventosamente llamado “Eje del bien”: ey, muchachos, esto hay que pensarlo todo de nuevo, somos una vacuna homeopática al revés, generamos nuestras propias bacterias letales, los tenemos metidos en nuestros barrios, sus hijos son amigos de los nuestros, les hemos dado nuestras sobras, han bebido de nuestra mano y nos devuelven una mochila cargada con explosivos.
La cultura de mercado, que crece a expensas de reducir al resto del planeta a simples basureros territoriales y humanos, desfallece bajo la repentina certeza de que no hay nada más temible que un enemigo al que le ha sido concedida una vida que no vale la pena de ser vivida.
Alguien dijo una vez que el sistema económico occidental es una serpiente que inevitablemente alguna vez se morderá la cola. Ya la mordió.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-54046-2005-07-23.html
Por Sandra Russo
Antes la gente “enamoraba”, después se “relacionaba” y ahora se “conecta”. Antes el amor suponía la posibilidad de intensas consecuencias, más tarde las relaciones impusieron la noción de funcionalidad emocional y ahora la conexión no presume ni siquiera de deseo: alcanza con las “ganas” de conectarse, de “estar” conectado, el tiempo y el modo son decisiones unilaterales: cuando las “ganas” se terminan, uno se desconecta, como en una eutanasia de entrecasa de los vínculos humanos, porque la conexión no se establece de individuo a individuo sino con una red. La red, como todo el mundo sabe, dispensa de la verdad. En la red se puede mentir. Esa nueva forma de comunicación puede implicar, como soporte anónimo y fantasmático, que alguien que es hombre pretenda ser mujer, que alguien de trece años pretenda tener treinta o viceversa: así se infiltran los pedófilos en los sitios púberes, pretendiendo ser uno de ellos. Estos cambios son los que analiza en El amor líquido el sociólogo alemán Zygmunt Bauman, partiendo de la noción que ya había tomado en La modernidad líquida: esta época refuta la solidez y la durabilidad de las emociones y los sentimientos. Lo sólido resulta insoportable. Somos moldeados por las leyes de la economía de mercado para ampararnos en la velocidad con la que todo lo líquido se nos escurre de las manos y la cabeza: necesitamos liquidez para movernos como empresas unipersonales, pero también para sacarnos de encima la idea de que cualquier cosa que elijamos (un par de zapatos, un marido, un dirigente político) nos comprometerá a algo más allá de una circunstancia. Somos, en fin, gente frágil que se viste, se casa o se embandera en función de coyunturas y oportunidades que no deben perderse, como algunas ofertas. Vivimos el momento, pero lo vivimos mal: es desde nuestra discapacidad para aceptar que nuestras decisiones vienen de un pasado y comprometen el futuro que elegimos el parpadeo y nunca la mirada profunda.
Ya al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Freud apuntaba, en una de sus agudas observaciones sociales, que el mundo iba hacia una dimensión en la que iría quedando atrás “la aventura amorosa europea, que como sus miembros saben puede tener graves consecuencias”, y se acercaba “al flirt americano”, un modo de aproximación ligero en el que los compromisos a futuro no molestan. Ese flirteo, de acuerdo con los apuntes de Freud, no se restringía a lo sentimental: el siglo XX inauguró también el flirteo intelectual y político. Contactos rápidos, ávidos, al paso, a la carta, vínculos provechosos y tanto más provechosos si son baratos: en los albores del siglo XXI, nadie quiere pagar caro nada.
Hace medio siglo, una heladera era fabricada para durar toda una vida. El mercado pronto asimiló que las heladeras que duraban toda una vida no eran rentables: era necesario que la fabricación incluyera la finitud del aparato. Era necesario que la heladera fuera repuesta, para que las fábricas siguieran vendiendo heladeras, para que los obreros siguieran teniendo trabajo. Pero el mensaje jamás podía rozar la verdad: ¿se imaginan una publicidad de heladeras que confesara “es la mejor, pero le durará cinco años”? La necesidad de reposición y renovación del mercado fue inclinando los mensajes a otros atributos de los aparatos: uno decide que compra una heladera y no otra porque está mejor diseñada, porque hace cubitos más rápido o porque se descongela sola. La oferta de heladeras es tan grande que los clientes suelen marearse en el hipermercado. Tal vez compren cualquiera, tal vez la que esta semana, como promoción, trae un celular de regalo o una camiseta autografiada por un ídolo deportivo o un sorteo de un viaje a las Cataratas.
Lo que agrega Bauman, y es eso lo que constituye a su pensamiento un nuevo y valioso punto de vista para enfocar no sólo nuevos vínculos privados sino también nuevos vínculos públicos, es que a lo largo de las últimas décadas las leyes del mercado se fueron incrustando en nuestras subjetividades, de modo que salimos a buscar amantes, novios, amigos o representantes políticos como si fuéramos a comprar una heladera.
No sólo los enamorados son volubles. También los votantes. Lo hacemos, en uno u otro caso, con una interferencia en la mente, que nos perturba tanto cuando elegimos un sitio de Internet como una boleta en un cuarto oscuro: ¿no me estaré perdiendo algo mejor? La religión del bonus track termina por eliminar de nuestras elecciones no sólo la noción del compromiso con una idea o una persona: también elimina la oportunidad y la viabilidad de eso tan humano que se llama proyecto. Todo proyecto florece si prospera en el tiempo. En el reino del parpadeo y lo instantáneo, nada ni nadie parecen merecer que les demos tiempo.
En su libro anterior, Etica posmoderna, Bauman citaba al filósofo Emmanuel Levinas para construir su idea de lo moral. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, fue la pregunta con la que Caín inauguró la presunta inocencia de la amoralidad: salvo por una cuestión moral, el otro no cabe en mi responsabilidad. Levinas indica que algunas preguntas –ahora posmodernas– con relación al otro, se trate de un vínculo privado o público, como por ejemplo “¿En qué me favorece actuar de un modo o de otro?” o “¿Qué gano preocupándome yo si tantos otros no lo hacen?” o “¿Qué beneficio obtengo de sostener o apoyar a un semejante?”, son finalmente preguntas que no abren una ruta moral sino que sellan su muerte.
En tiempos de internas políticas y cierres de listas, es bueno tener este gran marco de época presente para advertir que solamente pueden ser éticas las asociaciones que aspiren a un proyecto. Si lo que las guía es la pregunta “¿Qué gano yo con esto?”, por delante lo que hay es parpadeo, profecía de frustración autocumplida y ausencia de moral.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-53438-2005-07-09.html
Por Sandra Russo
En la clase de Castellano de primer año del secundario, la profesora preguntó quiénes leían. Levanté la mano junto con un par de compañeros. Ella me preguntó qué estaba leyendo. “Una de Corín Tellado”, le contesté. Hubo unas risas generales que acompañaron la cara desconcertada de la profesora. Supuse que mi respuesta no era un carta ganadora y maldije mi ímpetu participativo. Pasaron dos meses, y una tarde la profesora, antes de irse del aula, me volvió a preguntar con una ligera sorna y un tono casi compasivo: “¿Y ahora qué estás leyendo?”. No sin cierto temor a provocarme un nuevo contratiempo, susurré: “Una de Dostoievsky”. Ella se quedó mirándome. “¿Cuál?”, preguntó. Crimen y castigo, confesé. Puso la palma de la mano en mi mejilla, y sonrió. “Vas bien”, dijo.
Nunca supe por qué leía de chica. En mi casa no había libros. Había, bueno, una enciclopedia que hacía juego con los muebles del comedor, y una Historia de Grecia y de Roma en dieciséis tomos que nadie en dos décadas se ocupó de abrir. Las novelitas de Corín Tellado me las había empezado a comprar en el kiosco de la esquina no bien me cansé de leer Susy, secretos del corazón. Las recuerdo como películas porno, en las que la trama nunca importa. Pasaba rápidamente las hojas de peripecia y circunstancia para llegar a los párrafos en los que él se inflamaba de deseo y ella lo detenía justo antes de ceder a su pasión. Cómo apareció Dostoievsky, no tengo la menor idea. Sí recuerdo que con Crimen y castigo me sentía Jo, la de Mujercitas, arrobada, leyendo, comiendo manzanas deliciosas mientras el tiempo pasaba en el altillo. Jo fue la primera lectora cuya descripción leí. Y lo que me había atrapado de esa descripción era la fuga, el receso, la tregua que para esa niña suponía entrar en una trama imaginaria y lograr que la realidad se diluyera.
“Escribir es una forma de libertad personal. Nos libera de la identidad colectiva que vemos forjarse a nuestro alrededor. Al final, los escritores escribirán no para ser héroes proscriptos de alguna subcultura, sino para salvarse a sí mismos, para sobrevivir como individuos.” Esto se lo escribió John de Lillo en una carta a Jonathan Franzen, que era joven, novelista, exitoso, mediático, buen mozo, culto, colaborador del New Yorker, best seller y, así y todo, estaba deprimido. Muy deprimido. Franzen es autor de un ensayo que causó bastante revuelo hace unos años cuando lo publicó en Harper’s Bazaar. Se llamaba “¿Para qué molestarse?”. Es inevitable no asociarlo con el inolvidable Crack Up de Fitzgerald, sólo que esta vez el autor no se miraba trágica y genialmente el ombligo, sino que desnudaba un cuadro de situación general. Era un largo y nutricio análisis de la posición actual de la novela en el campo cultural norteamericano. Era fundamentalmente la admisión de que los novelistas ya no son quienes cambiarán nada, que el ámbito de influencia de una novela es cada día más acotado y pequeño, y que mientras lectores y escritores siguen encapsulados en su fascinación por las tramas y los estilos, las nuevas tecnologías se ocupan de hacer el lifting cultural en millones de consumidores que no tienen conciencia de sí. Los escritores pueden cosechar fama y prestigio, algunos pocos hasta ganar dinero, pero la novela como producto cultural ya no es ni masivo ni decisivo. Salvo artefactos editoriales mayúsculos, como Harry Potter o Memoria de mis putas tristes, ningún lector invierte ansiedad en la expectativa de una próxima novela. La no ficción ha reemplazado a la tregua de la lectura de ficción. La lectura ya no es un viaje hacia una dimensión imaginaria, sino un baño de inmersión en la realidad y el intento de salir un poco más airosos de nuestras confusiones.
“Ya había comprendido que la promoción o el trayecto en limusina a una filmación de Vogue no eran simples complementos. Eran el premio principal”, decía Franzen, con el desasosiego de quien se había tomado demasiado en serio a sí mismo. “El novelista tiene cada vez más cosas que decir a lectores que cada vez tienen menos tiempo de leer: ¿dónde encontrar la energía de influir en una cultura en crisis, cuando la crisis consiste en la imposibilidad de influir en la cultura?”, se preguntaba Franzen en el artículo del Harper’s. Y es una gran pregunta.
Un gran cuchillo que no vemos y que no empuñamos ha dividido la torta en tres. De un lado, el más pequeño, como el de los que no saben o no contestan en algunas encuestas, están los fieles a la letra escrita. Del otro, están los que sólo buscan calmarse: entretenerse de lo insoportable con los medios electrónicos que no demandan esfuerzo intelectual y ofrecen como mercancías valiosas desde traseros femeninos pintados con flúo hasta hombres rata disfrazados de araña. Y, finalmente, están los que no pueden elegir, porque están mucho más atrás de cualquier posibilidad de elección cultural.
Shirley Heath, antropóloga y lingüista de Stanford, se pasó una década, los ’80, recorriendo “zonas de transición forzosa” como aeropuertos, transportes públicos, salas de espera o lugares de veraneo entrevistando a gente a la que veía con libros “serios” en sus manos. Quería saber, Heath, por qué esa gente lee, cuando la lectura de ese tipo de libros parece hoy una forma de resistencia a las inercias de la época. Su investigación la llevó a concluir que hay dos tipos de “lectores resistentes”: aquellos para quienes el hábito de leer fue “firmemente inculcado” en la infancia, como un don familiar, como un rasgo de aristocracia cultural relativa al “buen uso del tiempo libre”, y aquellos que, más misteriosamente, han sido niños “socialmente aislados”, y que han aprendido solos a dejarse acompañar por los autores de los libros que han leído. De este segundo tipo de lectores es del que, según Heath, suelen salir los escritores.
Leer y escribir son dos acciones humanas vinculadas en la primera de sus acepciones a la alfabetización. Cuántas personas en una sociedad son capaces de codificar y decodificar letras es uno de los índices que miden cierto estado de las cosas. Pero leer y escribir, en una segunda capa de esa cebolla, implica actualmente otro tipo de actividad intelectual que roza, en el mundo del mercado, la bancarrota. De ahí la gran pregunta de Franzen y el origen de su perturbación: si nuestra cultura de mercado se las ha ingeniado para pertrecharse contra toda influencia cultural, ¿de dónde sacar la energía para influir sobre ella? ¿Con qué artilugios o atributos seductores se puede desenmascararla? ¿Con qué piedra se puede romper el hechizo de la parafernalia electrónica? ¿Cómo dar cuenta de esos otros mundos paralelos que se baten a duelo mientras las nuevas generaciones se internan cada vez más en el reino de lo literal, lo instantáneo, lo ligero? ¿Cómo escapar del presunto elitismo al que lectores y escritores son condenados por los organizadores anónimos de esta triste gran fiesta?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-52841-2005-06-25.html
Por Sandra Russo
La vida es un accidente extraordinario. Cada niño que nace es el resultado de una cadena de buenos resultados. Miles de antepasados que lograron llegar a la etapa reproductiva, miles de circunstancias que remaron a favor de la continuidad de un árbol genealógico. Esta última figura, árbol genealógico, remite sin embargo solamente a cierta clase de personas. ¿A quién se le ocurriría bucear en el árbol genealógico de un desarrapado? ¿Podemos imaginarnos a alguien interesado en revolver el barro de su pasado? ¿No hay acaso, en la figura del árbol genealógico, una capa de barniz con la que se recubre el hecho no declamado, pero sí admitido, de que no todas las personas son igualmente personas?
La semana pasada, un móvil cualquiera de la televisión transmitía en vivo desde Santa Fe al 4000: un pequeño grupo de padres y madres cortaba la avenida a las siete de la tarde lluviosa, enloqueciendo el tránsito. Un colectivero de la línea 59 se puso nervioso y frenó, según el movilero, a diez centímetros de los manifestantes, que protestaban por el cierre intempestivo de un jardín de infantes del Osplad. El movilero estaba furioso con el colectivero y lo increpaba. “Es un irresponsable. Estas personas están cortando la calle y provocando inconvenientes a los automovilistas, pero el reclamo es justo”, vociferaba.
Los medios son una caja de resonancia que absorbe y multiplica los discursos dominantes y alternativos. Cualquier cosa que pase en un jardín de infantes, por ejemplo, en principio atrae la atención de los editores. Son notas que se cubren. A la gente le interesa, le conmueve o la escandaliza, según el caso, lo que pase en un jardín de infantes. El cierre de un jardín gremial es motivo de un “reclamo justo”. Un abuso en un jardín de infantes es posible noticia de tapa de diarios. Hay un sobreentendido social que da por sentado que los niños son protagonistas privilegiados de la consideración popular. Y sin embargo, casi el 70 por ciento de los chicos en edad de ingresar a los jardines de infantes no lo hacen, porque son pobres.
El mismo porcentaje replica en otro dato: el 70 por ciento de la población total del país menor de 18 años –nueve millones de personas– tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Más de cien chicos menores de 5 años mueren diariamente por causas relacionadas con la pobreza. Y esto no es un defecto autóctono. Hace unos meses, la revista científica The Lancet decidió incluir una serie de artículos sobre la mortalidad infantil en el mundo. Esa decisión mereció una conferencia de prensa, en la que su editor en jefe declaró que no estaban publicando nada nuevo. Era información que ya estaba circulando. “La terrible noticia es que este tema ya no es noticia”, dijo, en una síntesis tremenda. Millones de dólares o euros se invierten cada año de fuentes gubernamentales o privadas buscando la vacuna para el sida. El hambre mata a mucha más gente. Y no es necesario investigar nada: hace siglos que se conoce la receta para evitarla: alimentos. Pero esa batalla se ha dado por perdida, porque no habrá recompensa si se gana. La vacuna contra el sida será El Dorado de quien la patente. El hambre requiere, apenas, mayor distribución de la riqueza, y su aplicación podría mejorarnos las conciencias, pero el mundo moderno ha aprendido a vivir sin conciencia. El confort la reemplaza. Se dicen cosas que no se corresponden con lo que se hace. Los niños nos importan, los niños son el mañana, los niños son la esperanza, en fin, proclamas vacías de sentido en un mundo que ha naturalizado otro tipo de razas que las que el discurso políticamente correcto defiende: los pobres no buscan su árbol genealógico porque parecen no tenerlo, porque parecen no tener pasado ni futuro, porque han nacido pobres y así permanecerán si sobreviven. Cada tanto, alguna historia de Selecciones o de Hollywood nos relata el caso extraordinario de un pobre que tuvo una vida.
El 20 de junio, desde Tucumán, partirá una nueva Marcha de los Chicos del Pueblo. Recorrerán diez ciudades hasta llegar, el 1º de julio, a la Plaza de Mayo. Serán visibles. Representarán, los quinientos que marchen, a los miles y miles que en sus pueblos, sus casillas, sus barrios, sus pozos, sus chapas, sus cartones, están siendo forzados por la pobreza, hoy mismo, a la posibilidad de un destino. No es el mañana el que zozobra: es el ahora de esa niñez desahuciada que tampoco acá es noticia. Porque una noticia, tanto para los que la generan como para los que la consumen, es algo, en principio, que va contra corriente. Y la corriente, en nuestros países, indica que la primavera llega para algunos y que otros nacen y mueren en un otoño persistente. La visibilidad de esos chicos, esos días, merece que al menos nos sacudamos los falsos sobreentendidos con los que nos calmamos la angustia moral habitualmente. Es mentira que los chicos nos importan, porque así actuamos como sociedad, con negligencia, con indiferencia y con racismo. El niño de propaganda, el cliché del niño sucio de barro por una travesura, ése sí. Los otros, los que nacieron enfangados de pobreza y así siguen, no nos duelen. La Marcha de los Niños del Pueblo tiene entre sus objetivos que esos chicos sean noticia. Ojalá sus caras y sus ojos y sus dientes y sus panzas infladas a polenta o delgadas de carne nos resulten un espectáculo lo suficientemente revulsivo como para dejarnos pensando por qué no hacemos nada para evitarlo.
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Por Sandra Russo
Los lugares comunes están llenos de sorpresas. No es bueno dar las cosas por sentadas, sobre todo en la Argentina, un país en el que las cosas que se dan por sentadas un buen día se levantan y le pegan a uno un garrotazo en la cabeza. El miércoles de esta semana, Ricardo López Murphy y Mauricio Macri lanzaron, después de arduas negociaciones, una coalición que fue ubicada, de acuerdo a diferentes medios gráficos, en el “centro”, en el “centroderecha” y en la “derecha”, lo cual puede hablar más del lugar desde donde se los mira que del lugar en el que López Murphy y Macri están parados. Del centro a la derecha, nadie duda. La Nación tituló “Lanzó el centro su coalición para competir en octubre”. Este diario, “A la derecha de su televisor, señora”. ¿Pero dónde están parados esos dos hombres que el miércoles levantaron los brazos sonrientes, vestidos ambos con pantalones grises, blazers azules y camisas celestes, como promotores del país que auspician, pulcro, sobrio, ordenado, recién salido de la tintorería?
En el galpón de Barracas en el que se hizo el lanzamiento –por esas curiosidades del destino, llamado “Central Park”–, un locutor se encargó de leer el “acuerdo” al que arribaron, “por el desarrollo y la unidad nacional”, frase que como todo el mundo se dará cuenta no significa absolutamente nada. Por eso digo que hay que seguir escudriñando en los lugares comunes, a ver qué guardan. No es tarea fácil. Uno no está ni exento ni virgen de esos lugares plagados de inercias, vicios, pacotillas. Pero veamos. El locutor siguió diciendo que “tenemos que cambiar la forma en que se ha entendido la política y trabajar en soluciones modernas, creativas y eficientes”. “Cambiar la forma de hacer política” tiene gancho, es como una flor robada en otros jardines. Pero el añadido de esos tres adjetivos es inequívoco: lustran la promesa con un brillo que no nos es desconocido. La derecha siempre se propone como moderna, como creativa y como eficiente. Se ignora qué designa exactamente con ese tipo de palabras, pero se adivina que lo que quiere decir es que hay que levantar anclas y mirar el horizonte con mentalidad práctica. Ese tipo de mentalidades fueron las que concibieron ideas como las de las generaciones sacrificables, los modelos económicos como botes de lujo para la primera clase del “Titanic” mientras la orquesta seguía tocando y la clase económica se hundía.
Pero lo mejor vino después. Llegó con el discurso de Macri, cuando dijo “ya es tiempo de dejar de mirar para atrás, dejar de buscar culpables en el pasado y empezar a mirar hacia el futuro”. Hay que prestarle atención a cómo la derecha que no se admite derecha y acepta pasar por centro se refiere al futuro y cómo arrastra la “s” cuando pronuncia la palabra “pasado”. Este, por ejemplo, es un buen lugar común para desanudar. Precedido por tan floridas alusiones a la modernidad, la creatividad y la eficiencia, el futuro parecería asomar en el discurso de la derecha como el filo brillante de una aurora de la que, por estúpidos, nos estábamos privando. Pero ojo. Cada vez que en la Argentina alguien afirma que “hay que dejarse de mirar para atrás y de buscar culpables”... es de derecha, no lo duden. Ese “dejarse de mirar para atrás” implica un dejarse de joder con el pasado, desembucha un dejarse de escarbar en las heridas, revela un dejarse de escorchar con el dolor, pero no es eso todo: esa frase es un rasti que encastra a la perfección con otro, el de los errores y el de los excesos.
Y no es por un afán retroactivo que es necesario desanudar ese lugar común. No es por chapa setentista ni por obcecación conadepiana. Es precisamente con la mirada puesta en el futuro que es urgente desenmascarar esos clichés. Porque ha cambiado las estrategias de seducción y ha metamorfoseado sus propuestas, pero la derecha sigue sin creer –y es por esto, básicamente por esto, que alguien es o no es de derecha– que seamos todos iguales y tengamos todos los mismos derechos. Ese es el núcleo duro del pensamiento político, el átomo irreductible que nos hace sujetos políticos de una u otra orientación.
Cuando algún grupo corta una calle, los automovilistas se quejan porque los embotellan, porque no pueden avanzar. Quedarse embotellado le rompe los nervios a cualquiera, eso es obvio. Pero los que están ahí, cortando la calle, han nacido embotellados. Saben, porque está escrito en su destino social, que ni ahora ni nunca podrán avanzar. De poder elegir, ¿quién optaría por ser uno de los que cortan la calle en lugar de ser uno de los que esperan en sus autos? Quiero decir: de poder elegir, ¿quién optaría por ser pobre o indigente, en lugar de ser un señor de traje azul y camisa celeste? ¿Quién, más que alguien de derecha, puede ver a los pobres como activistas de la pobreza?
Y es necesario desatar estos lugares comunes porque en el énfasis de la mirada hacia adelante lo que hay es una minimización de los horrores del pasado. Y esa dispensa es peligrosa hacia el futuro. Estos señores sobrios y educados no creen que, en realidad, un señor sobrio y educado tenga la misma e idéntica dignidad que un zaparrastroso del montón. En sus modelos serán bienvenidos, bien atendidos y bien tratados todos los señores y señoras que estén hartos de tanto zaparrastroso. En sus mensajes hay caricias para los oídos de quienes aspiren a un país de buenos modales y azafatas sonrientes, pero a los que queden afuera, a los que sobren o no encajen, se les responderá como siempre ha respondido la derecha, sin piedad. El orden es para ellos un valor sobredimensionado, no porque adoren los climas bucólicos, sino porque, tal como la historia de este país nos lo recuerda, es con orden que la derecha siempre ha logrado hacer buenos negocios.
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Por Sandra Russo
Parece que fue hace tanto que Juan Carlos Blumberg apareció en escena. Todo lo que vino con él no se adivinaba con claridad en la primera marcha, cuando una multitud entremezclada hizo su arribo a la Plaza del Congreso con pancartas que reclamaban “Justicia”. Blumberg hoy ya no importa, o mejor dicho: lo que él representó en su momento decantó y ya no importa. Eran épocas en las que la palabra “seguridad” asomaba como un ariete que poco después sería usado y abusado por la derecha. Hoy en la agenda periodística y política ya no figuran los secuestros extorsivos, y aunque parece que fue hace tanto no fue hace mucho que el paisaje que pintaban los medios era el de madres que no dejaban ir a sus hijos a jugar a las plazas por miedo a que fueran secuestrados. La Argentina es un país vertiginoso, en el que las pasiones públicas se agitan rápido y la gente se deja arder en ellas. A fines del año pasado, otra noción de la “seguridad” abonó la paranoia argenta, que como toda paranoia tiene bases concretas. Las madres ya dejaban a sus hijos ir a jugar a las plazas, pero no los dejarían ir a bailar a discotecas después de Cromañón. Esta otra “inseguridad” fue transversal, atrozmente democrática: en Cromañón había chicos de todos los sectores sociales, de clase trabajadora en su mayoría, pero también de clase media y de más arriba. Y Cromañón lo que dijo, como símbolo del desastre argentino, es: todo puede pasar, hay tragedias latentes, bombas de tiempo, trampas cazabobos. Nadie vela por el otro. Ni el dueño de un boliche por sus clientes, ni los músicos por sus fans, ni los funcionarios municipales por los ciudadanos. Estamos parados en un piso flotante que puede hundirse. Esta sociedad tiene un piso flotante que puede hundirse. No hay contrato entre el piso que pisamos y nuestros pies: el piso debería atajarnos, contenernos, sostenernos, pero puede hundirse. Y se hundió en Cromañón y se tragó 193 vidas adolescentes. Y Omar Chabán, el dueño del boliche, quedará en libertad.
“A los chicos los mató la corrupción” fue la frase homologada que unió voces en estos largos meses. Y esa palabra, corrupción, enlaza esta libertad con otra, la de María Julia Alsogaray, que esta semana también vio la luz después de casi dos años de encarnar, presa, la corrupción menemista que deshizo a lo largo de una década los instrumentos, los soportes y los engranajes del Estado. Quedó claro, en ese juicio, que lo que se impuso en los ’90 no fue sólo un punto de vista neoliberal en virtud del cual la iniciativa privada goza de menos pecados que el aparato estatal, inundado de figuras retóricas que bien supieron inocular los comunicadores del régimen: elefantiásico, ineficaz, clientelista, corrupto. El caso de los sobresueldos pone de manifiesto que quienes llevaron adelante la brutal reforma de los ’90 no lo hicieron como “idealistas de derecha”. Una vez más, se rompe la patética teoría de los dos demonios y de los dos ángeles: una cosa es pelear por una idea, y otra muy distinta es embolsarse diez, cincuenta, cien mil dólares al mes para poner en práctica esa idea. En los ’90 hubo ideología de mercado y los ideólogos fueron muy bien pagados por los beneficiarios.
Las libertades de Chabán y Alsogaray (dejemos por una vez de llamar a las mujeres por sus nombres de pila, como si fueran todas ellas chicas amigas nuestras) se imbrican en un solo sentimiento que recorre la calle. Nadie paga. Nadie purga. Nadie es vengado por lo único que permite vengar una injusticia en democracia. La justicia. La sensación de estupor y de impotencia que gana almas esta semana anda a caballo entre la indignación y la conciencia de que la Justicia argentina está muy lejos de ser esa señora de ojos vendados ante la cual, es cierto, todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario, pero ante la que también, y esto no es menor, nada menor, todos somos iguales. ¿Quién podría afirmar hoy que se cumple esa regla básica, módica, de mínima? ¿Quién no tiene la sensación de que pagándoles a algunos abogados, tocando a fiscales o a jueces, arreglando por influencias o por contactos políticos o por dinero, no se logrará encontrar el artículo, el inciso, el hueco en el expediente? ¿Quién duda de que las cárceles están llenas de pobres sin recursos para arreglar con nadie y que están vacías de apellidos ilustres o de herencias considerables? ¿Quién duda de que en los ’90 el Estado no se disolvió, sino que fue vendido? ¿Quién duda de que las 193 muertes en un boliche mal habilitado y con las salidas de emergencia trabadas deben pesar sobre los hombros de unos cuantos, entre ellos los de Chabán?
Cuando emergió Juan Carlos Blumberg de la nada o, mejor dicho, de un drama personal que lo catapultó a ser referente de la mano más dura, aquellas pancartas anónimas que llenaron esa primera plaza y que pedían “Justicia” dieron cuenta de miles de casos no resueltos, asesinatos sin culpables, investigaciones inexistentes, impunidad. Aquel paisaje fue legítimo, lo más legítimo del fenómeno Blumberg. En los barrios oscuros todos los días matan gente y nadie paga. Tenía que ser un chico lindo y rubio el que despertara la solidaridad de miles, pero eso tampoco importa: “Justicia”, rezaban las pancartas de gente que hace afiches, amplía fotos, va a los medios, mendiga una nota para que “esto sirva, para que no pase nunca más”. Y sigue pasando, seguirá pasando, porque también esa vez, que tuvieron las cámaras para mostrar a sus muertos, los usaron. Los usaron para meter en cana a adolescentes, para endurecer leyes contra pobres.
En la Argentina vienen pasando cosas importantes, pero la dinámica histórica y social de este país obliga a ir de afuera para adentro, y las libertades de Chabán y Alsogaray de lo que hablan es del tuétano. Hay un hueso podrido en este país. Un hueso maloliente que corroe la carne. Hay algo que apesta y de eso nadie duda tampoco. Pero, ¿cómo llegar ahí? El debate jurídico se libra entre interpretadores de las leyes. Pero las leyes son un marco, o deberían serlo, para aplicar justicia. El único marco disponible. Los hombres y mujeres de la Justicia parecen, esta semana, aferrados como náufragos mejor o peor intencionados a instrumentos de los cuales debería brotar justicia. No es la chusma la que pide linchamientos, no es el salvaje que espera agazapado el momento para asestar la cuchillada. Es un sentimiento colectivo de indefensión legal el que bloquea la confianza en la ley, y si esos hombres y esas mujeres de la Justicia no son capaces de entrar en el timing político y social que demandan las circunstancias, si Cromañón queda impune, si el saqueo menemista queda impune, será la ley y la fe en la ley la que finalmente se desintegrará como la cinta de Misión Imposible. ¿Por qué la Justicia en la Argentina parece una misión imposible?
Lo que está haciendo falta, y es curioso que no haya aparecido, y es sintomático y extraño que siga sin aparecer, es la Justicia encarnada en hombres y mujeres que sepan dar las batallas que corresponda y que se ocupen de transmitir un mensaje claro y simple a la gente. “Justicia” pedían y piden las pancartas. “Justicia” es lo que se presiente que no hay. Y mientras ésa sea la percepción general, este país no será un país sino apenas un manojo de lamentos y de rabia.
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Por Sandra Russo
“Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar.” La nueva ficción de América arrancó bien: 14 puntos. El elenco parece una obra en construcción al revés: los ladrillos sostienen a los clavos. Juanita Viale hace mohínes, pero allí está Daniel Kusniezka. Pamela David apabulla con su envoltorio despampanante, pero Romina Ricci actúa. Moria Casán se sobreadapta al papel de “ex Miss Mundo devenida en fotógrafa de fama internacional”, pero Claudia Lapacó da cátedra vestida de agente de seguridad de un supermercado. El casting de Doble vida es, en principio, una curiosidad, un cóctel, un in vitro que probablemente marcará época. A caballo entre tiras con elencos cuyo máximo aporte es ser tapas de Gente, y de productos de los otros, generados a partir de una idea clara y de realización impecable, Doble vida se ofrece como algo rico que no engorda, como algo entretenido que no abochorna. Pero el título. El título, qué joya.
Es el título, en principio, el que hay que celebrar. En las promociones una voz ronca dice: “Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar”. Y se ven ráfagas encendidas de gatos deambulando por el lupanar cinco estrellas, chicas enchastradas de barro, un crimen, culitos de varones jóvenes que ejercen como taxi boys, luces rojas aquí y allá, en fin, ráfagas que insinúan que hay una doble faz en la que la gente se despeina y se tira a la pileta con la ropa puesta. Y que después se la saca. “Doble vida. Todos tenemos algo que ocultar” es una frase-hallazgo que seguramente funcionó de parabienes entre los telespectadores que, sentados en el living familiar, tratan ahora de hacer dormir a los chicos para sacárselos de encima y poder ver tranquilos un remedo del porno soft que a veces cazan al azar en I-Sat. Doble vida, si prende, adelantará las cenas de fideos con manteca y el cuentito de los Tres Chanchitos antes de las diez de la noche para que las miradas infantiles no incomoden a papi y a mami si aparecen esas chicas en pelotas sucias de barro y con ojitos lascivos que juegan a una especie de falso catch y que harán que la patrona, acaso, le tape los ojos al marido para que no se entusiasme tanto. O a lo mejor no, a lo mejor la patrona ligará un buen momento un par de horas después gracias a los jadeos de Juanita en el jacuzzi del telo al que arribó con uno de sus amantes. ¿Qué sabe uno de todo esto? Poco. ¿Qué sabe uno qué calienta a alguien? Nada. ¿Qué botón de la mente hay que apretar para que “lo sexy” no se quede atascado en “lo ridículo”? Misterio. ¿Por qué el sexo vende tanto, vende siempre, interesa a hombres y mujeres, a pobres y ricos, a púberes y a veteranos, a curtidos y a leves? ¿Será por que sobreabunda o escasea? Adivinen.
No deja de ser interesante que, en la trama presentada hasta ahora, lo que se ve no es cualquier tipo de sexo sino uno más específico: sexo pago. Los personajes de la ficción no se bajan la bombachita ni el calzoncillito por vocación sexual sino por alguna otra razón gris, estacionada entre otros dos grandes tópicos: el dinero y el poder. Las chicas enchastradas de barro detestan ensuciarse, pero no les queda otra. Las modelos que posan “muy perritas” para fotos de catálogos privados devuelven gentilezas al fotógrafo con lo que tienen, sus cuerpos. La “fama internacional” de la “ex Miss Mundo” es rifada ante un cheque suculento. Hay una muerte tipo García Belsunce que es llorada, pero no esclarecida para no entorpecer el pago de un seguro de vida. En ese sentido, la ficción recupera del sexo uno de sus motores y lo desenmascara, supone el observador, no como un ejercicio de lectura política sino más bien haciéndole caso a una inercia según la cual si hay sexo, pero también si hay mafia y lucha de poder, hay más “gancho”. ¿Por qué engancha a la gente este paquete de relaciones subidas de tono y manipulación constante del débil por el fuerte? ¿Qué es más secreto? ¿Qué es más revulsivo? ¿La doble vida de un ama de casa que a la noche se pone los tacos y gatea para ganar plata fácil, o la doble vida de un funcionario que en público se pavonea con el bien común, y en privado recibe cada mes un sobre con 100 mil dólares de sobresueldo?
Mientras en la inocente pantalla de televisión una tira da cuenta de esa doble vida, que es mentira que tenemos todos, todos nos sentimos un poco como aquel Señor López de Trillo y Altuna que tenía una vida tan plana y aburrida que se iba al baño a abrir sus puertitas y a soñar con aventuras increíbles. Pero al mismo tiempo los diarios dan cuenta de otras dobles vidas mucho más perniciosas, se retrotraen a una época “sexy” de la política argentina, en la que un presidente viejo, petiso y feo lograba que los medios adictos lo vieran rubio y de ojos celestes. Menem fue todo lo “sexy” que puede hacer a alguien el dinero. Las vedettes que pasaban por Olivos (como antes otras pasaban por la ESMA, para fotografiarse con gorritos marineros al lado de las escorias) reforzaban la idea de que el poder y el dinero son un lubricante que no falla. Y así, ficción y realidad se imbrican, en un país en el que siempre se supo más de lo que se podía probar. Si bien las dobles vidas en general son atractivas por su fuerza narrativa, hay algunas casi anecdóticas al lado de otras. Las de la tira de América son casi pueriles al lado de las dobles vidas que investiga la Justicia. El sobresueldo es un tipo de doble vida cuyo erotismo se socializó impunemente. El sobre con los 100 mil dólares es el ejemplo más claro y puntual de la obscenidad argentina reciente.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50624-2005-05-06.html
Por Sandra Russo
Corría 1940 y la Universidad de Nueva York se había quedado sin dos profesores de Filosofía. Surgió, como candidato, el nombre de Bertrand Russell, que estaba enseñando en la Universidad de California. Faltaba todavía una década para que a Russell le fuera otorgado el Premio Nobel de Literatura, pero su nombre ya estaba revestido con el más sólido de los prestigios. La Junta de Educación Superior de la universidad aprobó inmediatamente el nombramiento, fue hecha la oferta y fue aceptada. Russell iba a encargarse de tres cursos, que consistían básicamente en asociaciones entre Lógica, Matemáticas y Filosofía.
Pero no fue el diablo sino los representantes de Dios, los que metieron la cola. El llamado posteriormente “caso Russell” es uno de los ejemplos más aberrantes de cómo puede organizarse la reacción, articulada en tráfico de influencias, testaferros ideológicos y un segmento importante de medios de comunicación, para frenar una semilla de cambio en lo que verdaderamente le importa: la legitimidad de un determinado “orden moral” disciplinador.
Empezó el obispo Manning, de la Iglesia Episcopal protestante, con una carta abierta a los diarios neoyorquinos. En ella llamó a Russell “reconocido propagandista contra la religión y la moral, defensor del adulterio”. Esa carta fue la señal de largada para una campaña que mantuvo en vilo durante meses a toda la comunidad académica norteamericana, por un lado, y a innúmeras agrupaciones religiosas que terminaron ganando la batalla. Lo que estaba en juego era el carácter laico de la enseñanza pública. Los obispos veían esa posibilidad como la llave que permitiría la avanzada de cambios en la vida privada.
Desde el semanario jesuita América se llamó a Russell “individuo corruptor que ha traicionado su mente y su conciencia”. El periódico religioso The Tablet arengaba diciendo que “¡Las arenas movedizas amenazan! ¡La serpiente está en la hierba!” Organizaciones difusas y de nombres temibles, como los Hijos de Xavier, los Caballeros de Colón, el Gremio de los Abogados Católicos o la Antigua Orden de los Hiberneses se lanzaron a copar los correos de lectores de los medios. El alcalde La Guardia era ferozmente acorralado y doblegado por gente como el obispo Francis Walsh, quien tildó a Russell de “campeón del amor libre, de la promiscuidad sexual entre jóvenes, del odio hacia los padres”.
No obstante, la Junta de Educación Superior no mostraba intenciones de derogar el nombramiento. Toda la comunidad académica laica salió en defensa de Russell, aun cuando para esa instancia había quienes, como el concejal Keegan, defenestraban al filósofo por ser “extranjero” y así y todo, sin más argumentos, lo llamaban “perro” y recomendaban “atarlo, emplumarlo y expulsarlo del país”. Tales eran las reacciones entre la grey piadosa estadounidense contra un hombre que había escrito cosas tales –y en eso, solamente en eso, basaban su odio los católicos– como: “Por mi parte, aunque estoy completamente convencido de que el matrimonio que practica la contracepción legalizada y que se disuelve por mutuo acuerdo sería un paso hacia el buen camino y haría mucho bien, no creo que eso sea suficiente. Creo que todas las relaciones sexuales que no suponen hijos deben ser contempladas como un asunto puramente privado, y que si un hombre y una mujer deciden vivir juntos y no tener hijos, ése es un asunto solamente de ellos. No me parece deseable que un hombre y una mujer afronten una cuestión tan seria como un matrimonio destinado a tener hijos sin tener antes experiencia sexual.”
O: “Un niño debe ver, desde el primer momento, desnudos a sus padres y hermanos, cuando esto suceda naturalmente. No hay que violentar ninguna de las dos cosas. Sencillamente, no debe dársele la impresión de que a la gente la afecta la desnudez”. O: “No enseñaré que la fidelidad al cónyuge durante toda la vida sea en modo alguno deseable o que un matrimonio permanente debe excluir los episodios temporales”.
La comunidad católica no se cruzó de brazos. Un buen día alguien desconocido, una tal señora Kay, presentó una demanda en el Tribunal Supremo de Nueva York para defender el derecho de su hija Glory a no ser corrompida por el filósofo extranjero. A partir de allí se desarrolló un proceso judicial tan aberrante como la campaña que lo precedió, y cuyos términos son una obra maestra de la ignorancia humana. Pero un juez de apellido McGeehan dejó a Bertrand Russell fuera de la Universidad de Nueva York.
Cuando todo terminó, Russell envió al The New York Times una carta. Fue publicada un 26 de abril, hace exactamente 65 años. En ella dijo: “Es parte esencial de la democracia que los grupos importantes, incluso las mayorías, sean tolerantes con los grupos disidentes, por pequeños que sean o por mucho que ofendan sus sentimientos. En una democracia es necesario que la gente aprenda a soportar que hieran sus sentimientos.”
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50223-2005-04-26.html
Por Sandra Russo
“Las personas obran de manera extraña en algún momento.”
Comisario mayor Gustavo Ramos,
director general de comisarías
de la Policía Federal.
Esa manera extraña en la que obran las personas en algún momento debería ser desentrañada, sin embargo. Esa manera extraña en la que obran las personas y a la que se refería el comisario Ramos no calaba en un interrogante existencial ni ahondaba en los vericuetos de la naturaleza humana. Era un tremendo eufemismo utilizado por un jefe policial para desembarazarse institucionalmente del horror que habían desatado el viernes 1º de abril, en una esquina de Lugano, los policías Adrián Bustos, Miguel Angel Cisneros y Mariano Almirón, de la comisaría 52ª. Después de tomarse ocho botellas de cerveza en un quiosco, los policías, según reconstruyeron los testigos para los que ahora se pide protección especial (y con toda razón, en virtud de la manera extraña en la que obran y pueden seguir obrando las personas), presionaban a un grupo de adolescentes del barrio para que fueran a comprarles cocaína. Como los chicos se negaban, se desató un escándalo que despertó a Camila Arjona, de 14 años y embarazada de cinco meses. Camila estaba durmiendo con su novio muy cerca del griterío. Los dos se levantaron y fueron a ver qué pasaba. El griterío ya había dado paso al tiroteo. Ella recibió varios balazos por la espalda y probablemente murió en el acto.
Hasta ahí llega una parte de la manera extraña en la que obraron en este caso tres personas, que eran tres policías, uno en servicio y los otros dos de franco. Emborracharse en un quiosco cuando uno está armado y pertenece a una fuerza de seguridad es una conducta extraña, sin duda. Como también lo es presionar a alguien para que vaya comprar droga. Golpearle la cabeza contra un poste luz hasta hacerlo sangrar si ese alguien se niega, se encuadra también en el marco de las conductas extrañas. Y ni que hablar de desatar un tiroteo en plena noche en el corazón de un barrio hiperpoblado. Disparar al voleo y acertar varios disparos en la espalda de una adolescente embarazada, bueno, eso ya va saliendo de la categoría de “extraño” para acercarse más literalmente a una conducta criminal. Pero hay un plus de sadismo y brutalidad que directamente se escapa de lo “extraño”, para el que la misma palabra “extraño” es un manto inexplicable de piedad. Hay un plus de desprecio, de vileza, de instinto asesino que a esta altura no tiene nada de extraño y que corona este caso con la más escalofriante de las posibles descripciones: Camila ya caída, muerta, en el pasillo. Uno de los policías se acerca a ella. Le levanta la cabeza tirándole del pelo. Le patea la cara varias veces, con saña, hasta provocarle un hematoma que después fue fotografiado por la familia de la víctima. El policía parece tenerle rabia a la chica muerta. Parece querer infligirle, además de la muerte, algún tipo de lección. Esas patadas en la cara de una chica embarazada, inerme, esas patadas para rematarla, ¿en qué palabras caben? ¿En qué tipo de maldad caben? ¿En qué bolsón ancestral de rencor, en qué voluntad consciente o inconsciente de venganza caben?
El abogado que representa a la familia de Camila es José Vera, el mismo que se ocupó del caso de Ezequiel Demonty, el chico hipoacúsico que no escuchó las órdenes policiales y que después fue obligado a tirarse al Riachuelo. El que no sabía nadar. El que se ahogó. El caso Demonty fue otro en el que el plus de saña desbordó. Ni ese caso ni el de Camila se encuadran directamente en lo que se conoce como gatillo fácil. No se trata de situaciones dudosas en las que un arma policial es disparada con ligereza. No se trata de tener el gatillo aceitado, ni siquiera de no manejar ni con prudencia ni con responsabilidad ese gatillo. En ambos casos hay odio. Un odio inexplicable, reconcentrado. Un odio que también se hizo visible para todos en aquella terrible sonrisa en la boca del policía federal que exhibía como un trofeo de caza el cuerpo muerto de Darío Santillán, o el que quedó, imborrable, inenarrable, estampado en la manera en la que otro policía manipulaba el cuerpo muerto de Maximiliano Kosteki, ubicándole las piernas y los brazos en forma de cruz en la estación de Avellaneda.
En todos esos casos hubo violencia policial y asesinatos, pero además hubo constancia de una crueldad que excede cualquier tipología que describa a “las personas”. La sonrisa ante el muerto del que se es responsable, la manipulación grotesca de un cuerpo sin defensa, la orden de inmersión en el agua podrida, la patada en la cara de Camila. “Estas situaciones pertenecen al hombre y no a la institución”, intentó descargar el comisario Ramos. No. No pertenecen “al hombre”. No forman parte del repertorio desviado de las “conductas extrañas” de las personas. Son indicios de que en una institución como la Policía Federal hay un germen de odio contra los pobres. Un germen que lo más extraño que tiene es el diseño: un odio de pobres contra pobres, un odio abonado, alimentado, cebado por una concepción política del mal. Una bacteria temible para el que la propia institución debe encontrar el antibiótico.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-49776-2005-04-16.html
Por Sandra Russo
Hace diecisiete años, Nora, que es psicóloga, y Mabel, que es trabajadora social, se hicieron amigas apilando ladrillos. Ya trabajaban, las dos, en la Sala Nº 3 del barrio Las Torres, de Pontevedra, partido de Merlo. Pero cuando se conocieron, la Sala propiamente dicha no existía, así que ellas dos participaron, junto con los vecinos, de aquella construcción. Era la época del Plan Atamdos, que impulsaba desde la gobernación el ministro de Salud Floreal Ferrara. Se creaban, en diversos y múltiples puntos de la provincia Salas de Atención Primaria de la Salud concebidas, junto con las escuelas, como los corazones de los barrios. Equipos multidisciplinarios se proponían dar respuestas a las problemáticas sanitarias de los barrios más castigados. Esta última oración podría colarse en un informe desabrido o pretencioso o en cualquier discurso de la tradicional política bonaerense. “Dar respuestas a las problemáticas sanitarias de los barrios más castigados.” ¿Qué significa eso en realidad? Mabel responde, con naturalidad: “Si viene un vecino alcohólico, decirle, por ejemplo, quédese acá a pasar el día. Hacerle lugar”.
Pero después de diecisiete años de continuar yendo cada día a la Salita, mientras los demás equipos de aquella época se fueron des-hojando y extinguiendo, el jueves 17 de marzo a Nora y a Mabel les llegó intempestivamente una orden de traslado. Desde el municipio que conduce el intendente Raúl Otacehé se decidía que ellas debían abandonar sus lugares de trabajo. Les asignaban puestos en dos hospitales de Merlo. La noticia cayó como una bomba de estruendo en el barrio. “Sacan a las chicas”, dice Rita, una vecina, que fue la voz que empezó a correr por Las Torres, llevada de boca en boca por las mujeres que escucharon la noticia mientras vacunaban a sus hijos o esperaban a sus médicos. “Sacan a las chicas”, le decía una vecina a la otra, y todas sabían que las chicas son Nora y Mabel.
Las dos se negaron a firmar la orden y llamaron a ATE para que alguien fuera al municipio a averiguar las causas del traslado. Las mujeres iban llegando a la puerta de la Salita, arremolinándose allí en defensa de “las chicas”, que durante tanto tiempo habían acompañado las situaciones puntuales y difíciles planteadas por embarazos adolescentes, violencia familiar, nacimientos de bajo peso, consumo de sustancias tóxicas, depresiones y disfunciones familiares emparentadas con el desempleo y las sucesivas crisis. Mientras las mujeres empezaban a juntar firmas y organizaban una protesta al día siguiente en la intendencia, al representante de ATE, en el municipio, se le respondía que no había ninguna “razón técnica” para el traslado. “Es una decisión política y no tiene marcha atrás”, fue la frase que precedió al portazo.
“Decisión política” significa, en este marco, que los punteros del intendente se atrincheran para aceitar el clientelismo y que no quieren interferencias. En especial, no quieren competencia kirchnerista. Quieren bloque, aparato, “lealtad” en el peor sentido del peor peronismo. Ni Mabel ni Nora son activistas políticas. “Pero y si lo fuéramos, ¿qué?”, se pregunta una de ellas.
El nerviosismo invadió el barrio. Más mujeres y muchachos se juntaban en las puertas de la Sala. Una nueva directora intentó hablar y la abuchearon. Cuando llegó la noticia de que el traslado era injustificado, los vecinos pasaron de la puerta al interior de la Sala. La tomaron. Vino la policía. Los ánimos estaban completamente enrarecidos. Parecía, cuentan ahora “las chicas”, que todo iba a estallar. Pero no fue la policía la que disuadió a los vecinos. No fue el temor a la refriega. Fueron los punteros políticos del intendente los que llegaron a la Sala con el as en la manga. “Amenazaron con cortarnos los planes Jefes y Jefas”, dice Rita. “Imagínese: dependemos de eso”, explica con una racionalidad no exenta de cierta humillación. Los punteros no sólo manejan los planes sino también otros beneficios sociales, como los bolsones de alimentos y la administración de un comedor barrial al que van los ancianos. “La gente se asusta”, completa Rita como si hiciera falta. “Estamos en manos de ellos.” Y el susto hizo que la gente se aturdiera, y que se fuera desconcentrando. Acaso todavía inseguros del susto que son capaces de provocar, los punteros y un par de concejales leales al intendente monitorearon al día siguiente el micro en el que los vecinos iban a ir al Municipio para quejarse. Pero allí reconfirmaron su capacidad de apriete, relata Rita: al micro no se animó a subirse casi nadie. Y a estampar la firma en el petitorio tampoco. Tiemblan al imaginar que cada una de esas firmas puede desaparecer de la lista de los planes.
Y nada más. Eso fue todo. La Sala seguirá dando turnos con nuevo personal. Nora y Mabel pedirán salir de Merlo porque, dicen, allí no pueden quedarse. Tienen miedo a las represalias, tienen miedo a ser vigiladas, tienen miedo a expresar lo que piensan. En Merlo se tiene miedo. Los vecinos bajarán la cabeza una vez más y dejarán que las cosas que afectan a su vida se decidan sin tenerlos en cuenta ni siquiera para una explicación, el aparato seguirá atrincherándose para no dejar pasar ninguna brisa nueva, los pobres seguirán siendo tomados de rehenes por quienes distribuyen los planes, y en medio de lo que podría pensarse desde muchos puntos de vista como una primavera económica y política, el otoño férreo del caudillismo peronista seguirá arrasando con algunos de los mejores brotes democráticos. Un historia pequeña y argentina.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-49224-2005-04-02.html
Por Sandra Russo
Las viejas fotos familiares a veces guardan secretos políticos. Es increíble aunque usted no lo crea. Pruebe a encontrar y revolver la vieja caja con fotos de la infancia. Si usted pertenece a la clase media que, gorila o peronista, conoció la Bristol y tuvo el primer autito en los ‘50, pruebe a ver las viejas fotos de sus abuelos, sus padres, sus tíos, aun aquellas que pertenecen a una época en la que usted no había nacido. Verá, probablemente, algún casamiento celebrado en el salón de la casa, con parientes emperifollados y platos decorados con canapés caseros de huevos rellenos con paté. No mire los primeros planos, mire los fondos. Verá paredes tal vez descascaradas, aparadores aparatosos, acaso alguna bombita de luz desnuda de su lámpara. Verá la torta de tres pisos y, más allá, la inconveniencia de una cortina matamoscas. Verá, en fin, cierto vaivén social entre la casa en la que vivían y celebraban sus acontecimientos esas personas y el ímpetu festivo de sus caras, el brillo de sus ojos, el satén de los vestidos de las mujeres, la elegancia de esos sombreritos que se usaban, la impostura con la que los hombres llevaban puestos sus trajes, el inocultable almidón en los cuellos de sus camisas.
Los fondos de esas viejas fotos familiares delatan el salto que estaba dando este país. El de una clase trabajadora que aspiraba a algo más. En el brillo de los ojos de esas mujeres y en los trajes baratos de esos hombres ya podía leerse el destino de sus hijos: estudiarían. Durante varias décadas eso estuvo claro: los hijos estudiarían. Y así fue que estudiamos, porque cuando éramos chicos no nos dieron a elegir. Estaba escrito en el ánimo de aquellos hombres y mujeres que habían crecido en conventillos o en casas precarias, que a duras penas habían terminado la escuela primaria, que sus hijos sabrían más, entenderían más, se defenderían más. No soñaban con hijos millonarios, sino con hijos doctores. No soñaban con hijos poderosos, sino con hijos preparados.
Dime con qué sueñas y te diré quién eres. Podría haber sido una frase fileteada en la parte trasera de un camión. Aquel país de padres que soñaban cultura e instrucción para sus hijos confiaba en que la cultura y la instrucción abrían las puertas del bienestar económico, claro, pero también del bienestar anímico y espiritual. Era un valor ser de bien.
Después ya sabemos. Ese valor se fue rallando como una zanahoria que siempre quedaba a dos metros de distancia de nuestras narices. Y de la mano de un país que se fue corrompiendo, se corrompió también el sueño del imaginario social. Apareció, como un valor, la trampa. El atajo.
Y junto con ese disvalor empezaron a cambiar las fotos familiares. Ya eran fotos color. Cuadradas. El mundo del mercado había hecho su ingreso en esas instantáneas. Primero se aspiró a cambiar el auto cada dos años, y después se aspiró a una cuatro por cuatro. Primero se aspiró a tener dos televisores color, y después a alcanzar una notebook. Primero se aspiró a conocer Cancún, y después a ir de shopping a Miami. El mundo del consumo nos deslumbró en los ’90 como un efecto especial de la vida: hubo incluso patologías mentales y sociales encausadas a través del consumo. Nuestros chicos han heredado ese tic y sus defensas bajas lo retroalimentan. Quieren ropa de marca, los juguetes que salen en la tanda de su programa favorito, el merchandising de absolutamente todo. Como consumidores, los ’90 nos volvieron bocas abiertas e insaciables, pozos sin fondo, insatisfechos crónicos. Como consumidores, hemos abolido el pensamiento crítico y el sentido de realidad. Un vestido de marca en un shopping cuesta dos planes Jefas y Jefes de Hogar.
Hemos llegado a pensarnos a nosotros mismos como consumidores antes que como ciudadanos. Hemos votado candidatos como consumidores y no como ciudadanos. Pero en tanto consumidores hemos sido, en rigor, blandos, necios, imbéciles: el consumidor perfecto que reclama el mercado. Atontado, despersonalizado, dócil. Hemos reclamado a los sucesivos dirigentes de turno que nos defiendan, que nos representen, que litiguen con los grupos de poder en nombre de sus representados, pero es en ese punto en el que nuestra autoconciencia y la conciencia del conjunto debería virar, sea quien fuere el que llame a un eventual boicot ante un aumento de precios injustificado. La palabra consumidor está bañada de una falsa asepsia, de una falsa neutralidad: lo que gastamos no es neutro. Es dinero. El usuario, el cliente y el consumidor son ciudadanos a quienes les fue cercenada su condición política. Hoy se abre la posibilidad de repolitizar esa palabra, en un sentido amplio pero profundo. Comprar, consumir son esencialmente acciones políticas. Puede pasar que no nos hayamos dado cuenta, pero los que armaron el frenesí de los ’90 y se resisten a abandonar el festival de sus ganancias lo supieron siempre. Han ganado fortunas de a diez o veinte centavos en facturas, comisiones, sobreprecios, deslices ante los que nadie oponía resistencia. ¿Continuará?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-48776-2005-03-22.html
Por Sandra Russo
La palabra que pronunció el lunes, en su asunción, Tabaré Vázquez quedó retumbando sobre el río, y la trajo el viento. Felicidad. Es una palabra fuerte que padece desde hace siglos el ahogo al que la someten los engranajes del poder, civiles, militares y eclesiásticos. Es una de esas palabras rellenas como caramelos. Una palabra esponjosa que hace demasiada agua a la boca. Una palabra rescatada de canciones estúpidas, de ilusiones adolescentes, de publicidades engañosas, de sinsentidos televisivos, de tés canasta, de concursos de belleza, de universos disímiles pero confluyentes en un borde banal. Una palabra operada como una de las rubias menemistas, intervenida, interceptada, rehén de miles de dispositivos dispuestos y aceitados a lo largo del tiempo para desviar el tempestuoso caudal que guarda en sus cuatro sílabas. La felicidad siempre fue subversiva, dicho esto sin ningún doble sentido. Desde que nacemos el Orden que llega desde afuera y el que llevamos incrustado en la cabeza nos hace trampa, nos pone la venda. Con la felicidad no hacemos más que jugar al gallito ciego, y sólo los afortunados, los valientes y los tontos logran rozarla.
Esa palabra ahora llega desde Montevideo revelándonos que Uruguay es otra cosa. Se ha elegido a un presidente que cuando asume jura “trabajar incansablemente por la felicidad del pueblo”, y ante la plaza majestuosa vibra la multitud aspirante a la felicidad. Podría leerse esa escena como un acto de asunción de un presidente de izquierda que logra, junto a su electorado, romper una hegemonía política asfixiante. Pero también, ya que el río trae esa palabra de sentido tan fuerte, puede pensarse qué significa, hoy, la felicidad. Porque esa abstracción que cada ser humano encarna con más o menos suerte algunas veces en su vida sintetiza, incluye otras palabras que hubiesen sido más previsibles en un acto político. Equidad, paz, derechos, justicia, dignidad, en fin, cualquiera de las palabras de ese repertorio que sabemos todos está incluida en la felicidad, pero la felicidad las supera a todas y las baña con su toque mágico. Es que la felicidad colectiva no existe: es por lo menos, en todo caso, la suma de felicidades individuales. Para que un pueblo sea feliz es necesario que cada uno de sus miembros experimente esa sensación de plenitud y gozo. La felicidad individual no está en manos del Estado, pero sí es el Estado el que debe predisponer la realidad objetiva de cada ciudadano para que su felicidad individual no se estrelle contra obstáculos que la deshagan una vez y otra vez desde su nacimiento hasta su muerte. Que la felicidad individual quede en manos de los individuos sí es un propósito político, acaso el más importante y nuclear, porque de hecho lo que generan a destajo nuestras sociedades son sujetos desgraciados por causas que los exceden y sobre las que no tienen control.
En su ensayo Lo que creo, en un apartado sobre Ciencia y Felicidad, Bertrand Russell analizaba la crueldad que históricamente inflige la mitad de la población a la otra mitad. Tomaba como punto de partida de esa infelicidad colectiva la lucha por la supervivencia, que con el correr de los siglos adoptó diversas formas. Desde lo más profundo de la historia humana, siempre se ha visto y registrado un tipo de felicidad colectiva por parte de un grupo –una tribu, un pueblo, una etnia, una nación– como resultado del aplastamiento de otro grupo. Dice Russell: “Lo que se disputaba en la guerra era qué niños, si los alemanes o los aliados, debían morir de hambre o de miseria (aparte de malevolencia por ambas partes, no había la menor razón para que ninguno muriera de hambre)”. Pueblo contra pueblo, grupo contra grupo, clase contra clase, sectores contra sectores, género contra género, padres contra hijos, cónyuges contra cónyuges, Russell toma nota de cómo se reproduce esa lucha desde lo público a lo íntimo. Y de cómo conspira esa pulsión de crueldad contra la dicha. En definitiva, cuando denunciamos situaciones sociales injustas, denunciamos infelicidad. Es justamente eso lo que persiguen y logran los mecanismos de opresión pública y privada que desvían a la gente de sus deseos y necesidades espontáneas: desviar al hambriento de la comida, desviar al desocupado del trabajo, desviar a la minoría de sus derechos, desviar al hombre o la mujer comunes y corrientes de sus deseos. “El obligar a un hombre, a una mujer o a un niño a una vida que frustra sus deseos es a la vez cruel y peligroso”, escribe Russell con esa sencillez que deslumbra. “Debemos respetar la naturaleza humana porque nuestros impulsos y deseos constituyen nuestra felicidad.”
Estas últimas líneas pueden leerse como un manifiesto político y moral al mismo tiempo. Respetar la naturaleza humana equivale a proporcionarle a cada uno la posibilidad de comer, beber, abrigarse, dormir, trabajar, amar, aventurarse adonde quiera. Una sociedad justa –o mejor: una sociedad libre– es en definitiva eso: un lugar en el que las personas sean individualmente responsables de sus frustraciones, pero también de su felicidad.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-48009-2005-03-04.html
Por Sandra Russo
Conocí a Mariana Schapiro porque por suerte a ella le gustaban mis notas y hace un par de años, sin habernos visto nunca personalmente, me llamó para pedirme que le escribiera un texto para el catálogo de la muestra que iba a hacer en el Centro Cultural Recoleta. Son esas coordenadas de empatía que uno caza en el aire. Normalmente hubiese pretextado mucho trabajo, pero mi oído ya había cazado la mariposa: le dije que para escribir sobre su obra tenía que conocerla, y nos citamos para unos días más tarde en su casa-taller. No es una casa común. En la puerta de entrada no hay un picaporte de esos que se pueden comprar en el Easy, sino un pescadito de hierro que adelanta, mudo y colorido, que en esa casa de dos plantas ocupadas por los talleres de Mariana y de su marido hay un universo complejo y maravilloso, más que creado, tejido con paciencia y alegría.
Esa mañana Mariana me mostró sus materiales y sus técnicas para armar sus Lloronas, piezas en pares de ojos llorosos: troncos que lloraban alambre, piedras que lloraban caireles, tapices que lloraban lana. Son los que me quedaron grabados en la retina. Había demasiado llanto en esos ojos que sin embargo convertían la tristeza en algo menos triste que la tristeza. Y así después me resultó ella: alguien que convertía la tristeza en algo menos triste que la tristeza. Incluso cuando unos meses más tarde una enfermedad que parecía que le había dado tregua reapareció de una manera algo brutal, Mariana insistió en ese gesto. Se replegó, y volví a verla en una foto que me mandó por mail después de la última quimio, rapada y cabeza abajo, trepada a un juego de plaza, anunciando su alegría porque lo peor ya había pasado.
Este martes me mandó otra foto, la que se puede ver acompañando esta nota. La del frente de su casa, que apareció esa mañana agraviada con una pintada insultante. “Acá vive una judía. No la queremos en el barrio.” Leí la pintada y después fui directamente a los ojos de la Mariana que no llora. Vi la huella del escándalo interior que provocó ese insulto. No vi llanto. Vi rabia. Vi impotencia. Es el hogar. El refugio ante una adversidad privada y dolorosa. La mancha en lo más íntimo. Vi la nube en esos ojos que no podían terminar de comprender de dónde sale esa mano que en la noche va y pinta agravio en la membrana del nido de Mariana y su familia.
De un idiota en la cuadra no hay nadie que te salve, pensé y le dije, pero en la televisión ese día los legisladores porteños no paraban de decir grandes cosas que no significan nada. Un día de lo más inapropiado para ensayar ante Mariana un consuelo por el insulto. Un día en el que las palabras quedaron minusválidas, después de tanto cacareo y ataque de honorabilidad de bloque por parte de tantos que uno sabe, y muy bien lo sabe, perfectamente lo sabe, que mojan sus palabras en la miga del pan de la muerte. Así que no podía quedarme diciéndole que de un idiota en la cuadra no te salva nadie, porque de la desidia tampoco, y de la especulación política tampoco, y del falso alarde cívico tampoco, y del purismo cobarde tampoco, y de la mala entraña tampoco. Entonces, ¿qué te salva de qué? Así que escribí estas líneas, para intentar salvar algo ante Mariana. Acaso la confianza en que la amistad y la solidaridad son más sólidas que un marcador hijo de puta con el que el idiota de la cuadra se hace su pequeña y miserable fiesta de discriminación. Acaso la necesidad de generar, haciendo viento con las manos, un fueguito que le devuelva una pizca de la calidez que esa casa tiene y se merece.
Mientras en la televisión parece que todos nacimos ayer y que somos bárbaros y que esta ciudad está poblada por gente de bien que sólo quiere vivir en paz, alguien escribía en el frente de esa casa “Acá vive una judía. No la queremos en el barrio”. Un vecino de Buenos Aires.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46935-2005-02-04.html
Por Sandra Russo
–Sos un político honesto... –empieza Matías Martin, pero el público lo interrumpe con chiflidos. Está leyendo la siguiente pregunta del programa que conduce desde principios de enero por Telefé, Coincidencias, en el que un grupo de participantes debe elegir una opción entre varias ante una situación planteada por la producción. Va sumando puntos el que más veces coincida con la mayoría: el público de las enormes tribunas –las mismas que se usaron para Trato Hecho– también pulsa un botón y vota.
–Sos un político honesto...– retoma el conductor, y ante los chiflidos agrega:
–Bueno, bueno, alguno debe haber.
Y sigue: –Te estás por retirar, y justo te ofrecen un “arreglo” de cincuenta lucas. Nadie se va a enterar. ¿Vos qué hacés? ¿Arreglás o no arreglás? Opción A: arreglás. Opción B: no arreglás. ¡A votar! ¿A ver qué votan? ¿Salvás tu trayectoria transparente o te retirás con las cincuenta lucas?
La amplísima mayoría vota la opción A. El resultado parece contrariar al conductor, que con una leve mueca de rechazo amonesta:
–Ah, nos quejamos de los políticos, pero arreglamos todos, ¿eh?
La mayoría de Coincidencias es una mayoría televisiva tallada sobre el cinismo, la canchereada pública y la jactancia privada. Al principio hubo incluso guiños de la producción para ver qué rumbo tomaba esa mayoría construida sobre la marcha, al calor de la cámara encendida y los consensos atrevidos que sólo se manifiestan en patota.
–Te vas de vacaciones y le tenés que dejar las llaves de tu casa a alguien. ¿A quién elegís? ¿A Carlos Grosso o al Gordo Valor?
Esa fue una de las preguntas generadas, presume el observador, para medir cierto código general: ¿Prefiere la gente al ladrón de blindados o al ladrón de guante blanco? El guiño hubiese sido elegir al Gordo Valor. Pero la mayoría no dudó. El 90 por ciento del público le hubiese dejado las llaves de su casa a Carlos Grosso.
–Estás yendo a trabajar. Si llegás tarde podés perder el presentismo. Ves que un ciego, al lado tuyo, está por cruzar la calle. ¿Vos qué hacés? Opción A: Lo ayudás. Opción B: Mirás para otro lado.
¿Adivinen qué votó la mayoría? ¿Es necesario aclarar que miraría para otro lado? La constancia en la elección de la opción más políticamente incorrecta por parte del público (y de los participantes, que para ganar votan lo que creen que votará la mayoría), incluso le ha venido sacando la necesaria intriga al programa, restándole el módico suspenso pretendido. No hace falta que la locutora lea el resultado de la votación: va de suyo que entre varias opciones la gente habrá elegido la más egoísta, la más miserable, la más piola, la más desleal. Ultimamente, para devolverle algún intríngulis a las respuestas, las opciones no son aparentemente “morales” sino “abiertas”:
–Estás embarazada y te van a decir el sexo de tu primer hijo, qué elegirías: opción A, nena. Opción B, varón. ¡A votar!
De doscientas personas, ciento cincuenta votaron “varón”. Lo que se dice una tribuna con perspectiva de género... masculino.
Y así va transcurriendo, penosamente, un programa de entretenimientos veraniego en el que queda expuesto cierto alter ego mayoritario argento, en el que las coordenadas públicas se cruzan en perfecto movimiento con coordenadas privadas: la gente no dudaría en hacer trampa si le conviene, como tampoco dudaría en traicionar a una pareja o a un amigo, siempre y cuando en el horizonte flamee la ventaja personal, la garantía de anonimato o una recompensa. Puede uno imaginarse que, tomados uno por uno y en otras circunstancias, esos mismos participantes elegirían otras opciones, pero la abrumadora potencia de la mayoría dibuja ahí en el aire el viejo enano fascista que aflora en masa y al que no lo amilanan los pruritos éticos. Es más: parte de la estrategia del enano fascista es agazaparse en lo grupal, por un lado, y sostener el supuesto, por el otro, de que el “entretenimiento” dispensa de la ética. Lo correcto, se sabe, es aburrido.
Estas dos preguntas no existieron en el programa, existen en la realidad. Pero a la luz de cómo reaccionan las mayorías televisivas, formularlas podría ser atroz:
–Sos el dueño de un boliche habilitado para 1037 personas, pero hay 4000 que quieren entrar. ¿Vos que hacés?
O:
–Sos un inspector municipal y tenés que clausurar un boliche con fallas de seguridad, pero te ofrecen una buena cometa. ¿Vos qué hacés?
Si Dios existe, que nos salve de las respuestas.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46767-2005-01-30.html
Por Sandra Russo
¿Treinta mil fueron bastante? ¿Comió el monstruo lo suficiente tragándose a treinta mil personas? Retumba la frase del fiscal Julio César Strassera al final de su alegato. Aquel Nunca Más que intentaba, más que cerrar un ciclo histórico, inaugurar uno nuevo. El hambre de víctimas, sin embargo, siguió intacto, aunque homeopático. La democracia quedó instalada, lo que no es poco. Pero el monstruo aprendió a comer de a uno, de a dos, de a diez, a elegir sus bocados selectivamente. El monstruo, más que aprender a no engullir, aprendió a disimular. Y siguió, sin ir más lejos y sin provocar en absoluto a las instituciones, comiéndose a los que no comen. O a los más débiles, o a los que nacen sin oportunidades.
Aquella vocación de Nunca Más también fue impregnándose en el sentido común de un pueblo. Durante estos últimos años hemos visto a decenas de padres y madres llorar a sus hijos –ésa es la manifestación directa y clara de la presencia del monstruo: un padre o una madre llorando a un hijo– y soltar su frase: “Que esto sirva. Que esto no pase nunca más”. Cada uno fue experimentando el propio drama y desviándolo para el sendero colectivo de aquel ansia, de aquel consuelo: “Que esto sirva. Que esto no pase nunca más”. Cada familia deshecha intentaba rehacerse desde el duelo con un módico anhelo, con un gesto si se quiere generoso. “Que esto sirva. Que esto no pase nunca más.” Y la pancarta o la remera con la cara del hijo o de la hija, las víctimas del monstruo, eran una bandera más de las que se iban amontonando en el pabellón de los dolores argentinos.
Hay que admitir que no todo siguió igual. Pese a los esporádicos bocetos de mano dura, pese a los infaltables profetas del orden y el santo Occidente, podría decirse que treinta mil fueron bastante para que la idea de un golpe de Estado hoy suene absurda, patética, extemporánea. Esta última palabra es acaso la más apropiada. Extemporánea. El derrocamiento de un gobierno democrático y el desfile de tanques en las calles fue hace unas décadas apenas un paisaje. Era una posibilidad contemporánea de varias generaciones que aceptaban que de los cuarteles surgía cierto tipo de derecho y jerarquía superiores a las del común. Hoy ese paisaje es extemporáneo: la democracia nos ha sido dada y ha sido tomada (o viceversa) como un rasgo de época. Parece tan extraño que a alguien se le pueda ocurrir la idea de un golpe como que alguien piense en anular el voto femenino o en anular la ley de divorcio. Pero así y todo, el monstruo sigue su depredación.
¿Doscientos adolescentes serán bastante? ¿Comió el monstruo lo suficiente tragándose a doscientas personas? El desastre de Cromañón nos enfrentó no sólo a un dolor que se esparció a lo largo y a lo ancho del cuerpo social, toda vez que el rocanrol expresa y convoca a chicos de distintos sectores, sino que además nos refregó en la cara otro tipo de seguridad, que no fue la que entretuvo en el último año a funcionarios, dirigentes espontáneos, líderes de opinión y analistas de diversa laya. Tuvimos en mente, porque ésa fue la agenda 2004, la seguridad en su versión más drástica. Los secuestros, los asaltos, los robos a mano armada, las derivaciones y asociaciones lúmpenes entre delincuentes y policías, el endurecimiento de las leyes, el fenómeno Blumberg, las idas y venidas en la Bonaerense, todo ese repertorio de seguridad fue el que asociamos con la seguridad. Seguridad quiso decir, hasta el 30 de diciembre, alarmas, custodios, patrullas, purgas, rejas, leyes, cárceles, razzias, desarmaderos, zonas liberadas.
Y de pronto se mueren doscientos chicos en un incendio en un local bailable excedido en su capacidad y con la habilitación vencida. Y sobreviene otra versión del espanto que tiene el mismo nombre, inseguridad, pero que corre por otro andarivel, que serpentea por otras grietas, que se derrama por la vida cotidiana de absolutamente todos. Y no nos dábamos cuenta, ni los ciudadanos ni los funcionarios, que de esa otra versión de la inseguridad pendían las vidas de tantos inocentes. Esa inseguridad no estaba marcada con resaltador en el libro de quejas de este país. Estábamos jugando a la ruleta rusa y esta vez salió el tiro, y mató de un solo impacto a doscientos chicos que representan a decenas de miles de otros chicos que tienen los mismos hábitos y van a escuchar música a lugares igual de inseguros que Cromañón.
Ahora hay controles, muchos controles. Y los controles son bienvenidos por la gente que ve con buenos ojos la incesante tarea de los inspectores que hasta hace dos semanas... ¿qué controlaban? Más allá de la responsabilidad que pueda caberle a funcionarios municipales o incluso al jefe de Gobierno porteño, que obviamente deberá ser clarificada y establecida, el desastre de Cromañón también incendió una idiosincrasia autodestructiva y laxa, excesivamente laxa, con algo con cuyo contacto los argentinos no tenemos fluidez ni recato: la norma. Ese elemento vital de convivencia, ese escalón de base. No respetamos normas ni vemos con malos ojos a quienes se burlan de ellas. No exigimos su cumplimiento ni tutelamos su vigencia. La idiosincrasia argentina está construida por afuera de la norma. Avalamos, por omisión o consentimiento, nuestra propia desprotección, nuestra inseguridad. Claro que damos por hecho que un local bailable habilitado debe estar en regla, pero... ¿realmente nos escandaliza, nos sorprende, nos impresiona advertir ahora que hay shoppings, estaciones de servicio, restaurantes y hasta peloteros que están en infracción? ¿No somos esencialmente un país de infractores? ¿Qué es el banana argentino si no, básicamente, un infractor? Cuando se debatió a los gritos, con gases, insultos, detenidos, el Código de Convivencia, ¿cuáles fueron los temas dominantes? Los vendedores callejeros y las travestis. ¿No es sintomático que en un país en el que después arde una disco con doscientos pibes adentro, las pasiones se hayan desatado por una estupidez tal como la oferta de sexo?
Los chicos están ahora revisando sus hábitos culturales, reflexionando sobre la trampa de la contracultura, que de ninguna manera puede desviar la fuerza de sus contenidos hacia la forma de la infracción. Los funcionarios están haciendo gestos ampulosos, pero también es probable que estén empezando a revisar seriamente cómo tener bajo control la seguridad ciudadana. Hay heridos que siguen muriendo y hay padres y madres que siguen repitiendo la frase que se convirtió en el eco ahogado de estos dolores inenarrables: “Que esto sirva. Que no pase nunca más”. ¿Serán bastante doscientos chicos para el monstruo? Tal vez sí, como lo fueron los otros treinta mil para marcar un antes y un después en la tolerancia popular a formas totalitarias de gobierno. Pero hay un monstruo entre nosotros, y siempre tiene hambre. Depende un poco de cada uno que no vuelva a comerse a nadie más.
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Por Sandra Russo
Los periodistas –acaso mejor que nadie, porque es la arcilla con la que trabajamos, la materia prima de nuestro oficio– sabemos que lo que hoy nos parece tan pero tan interesante, eso que nos queda en la cabeza, acerca de lo que conversamos con amigos, incluso aquello que nos involucra, pasado mañana ya se irá opacando, será como una nave que lentamente se interna en la neblina, algo que nuestras mentes archivarán. Las noticias envejecen más rápido que las mariposas. También el espanto, la solidaridad, el morbo o el entusiasmo que las noticias despiertan en la gente serán devorados por el pac-man vertiginoso de la actualidad. Sin embargo, acaso por codearnos permanentemente con ese artefacto efímero que es una noticia, podemos percibir cuándo en alguna de ellas se cuela no el suceso sobredimensionado por declaraciones o hechos condenados a desfallecer, aplastados por otras declaraciones o hechos, sino un pulso más profundo, un desnivel en la conciencia colectiva, una de esas pocas y deslumbrantes puntas de iceberg que quedarán tatuadas en la historia.
Eso sucedió, por ejemplo, en 1958, cuando pasiones similares a las que azotan hoy a vastos sectores de católicos practicantes sacaron a miles de personas a la calle en un debate que no era coyuntural sino que perfilaría al país. El debate aquél fue de los que quedaron tatuados: laica o libre. La sola enunciación de los términos de ese debate transparenta el enorme poder que habían acumulado los obispos que venían de ganarle a Perón una pulseada que selló definitivamente la Revolución Libertadora. Que la educación religiosa reservara para sí el término “libre”, enfrentado dialécticamente a la educación laica, habla de un tipo de libertad precaria, acotada, sectorial, asimilada a la libertad de enseñanza religiosa, que jamás estuvo en cuestión. Lo que se debatía en profundidad era si los ciudadanos de este país serían educados en tanto católicos o no. Como siempre en las peleas que lleva adelante la Iglesia, el oponente era acusado de segundas intenciones más o menos diabólicas. Nacida ya la Guerra Fría, la educación laica cargaba con la mochila de ser la embajadora subrepticia del comunismo. Pancartas de aquella época simbolizaron ese matrimonio antojadizo con la leyenda: “Laika, perra rusa”, en alusión al satélite soviético que había despegado con una perra como tripulante.
Hoy, una artista plástica de veintipocos años que exponía en la galería Elsi del Río, en Palermo, debió bajar anticipadamente su muestra de vírgenes de la abuela con cabezas de muñecos de su infancia porque a un grupo de chicos revoltosos de un colegio católico las obras les parecieron irreverentes y, sin más, destruyeron el frente de la galería. En Córdoba, el transversal Luis Juez se desentiende de un posible conflicto y veta una muestra artística sobre la Navidad para ahorrarse dolores de cabeza –les cabe a los cordobeses provocarle la jaqueca que su decisión política no debería evitarle. Miles y miles de porteños estaban privados hasta ayer de ver la muestra de León Ferrari porque una organización infinitesimal llamada Cristo Sacerdote convenció a una jueza de que algo expuesto en un centro cultural interfiere telekinéticamente en la vida privada de los creyentes.
Otra vez, como hace cuarenta y seis años, reaparece una falsa dicotomía entre la libertad de un sector de la población y la libertad de todo el resto. Es el mismo tatuaje que hace olas: pasará este episodio y se cerrará solamente un nuevo capítulo en una cuestión de fondo que no es coyuntural, ni se expresa ni agota en una noticia. Históricamente, hace escasos dos segundos que los argentinos nos dimos permiso constitucional para tener un presidente que no sea católico. A tal punto caló lo de la “libre”, que nunca fue “libre” sino sencillamente expresión de un pensamiento religioso que de ninguna manera incluye a todos, ni habla por todos, ni siente por todos, y sin embargo jamás dudó en reservar para sí la envergadura de una totalidad. Eso, en otros términos, es lo que en los colegios los chicos aprenden que se llama totalitarismo.
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Por Sandra Russo
¿Hablarles de masturbación? Eso no. ¿Hablarles de género y no de sexo? Mmm... eso tampoco. ¿Hablarles de métodos anticonceptivos? Bue, eso sí. ¿Es el Estado el que debe fijar los contenidos, o los padres? ¡El Estado, si los padres se han hecho cargo hasta ahora y así estamos! ¡Los padres, nadie puede interferir en la patria potestad! La propuesta de educación sexual para chicos tiene alterados a los adultos. Fueron hasta divertidos los debates televisivos del fin de semana: parece que a todo el mundo que defiende el sexo reproductor le han enseñado el abc de la sexualidad en el campo, con ejemplos de cópulas entre perros o caballos. Algunos quieren licuar la cuestión, como para que nuevas generaciones se entrenen como lo han venido haciendo varias otras hasta ahora: acá están las trompas de Falopio, por aquí llega el espermatozoide, la mujer ovula una vez por mes, los varones tienen poluciones nocturnas. Higiene. Sexualidad plastificada. Pero lo cierto es que el tema está sobre la mesa, y las perturbaciones que los adultos tenemos en relación con la sexualidad –y digámoslo: ¿quién, con la mala educación que ha recibido, no padece hoy alguna perturbación, quién no querría sentirse más pleno, más libre, más dueño de sí? ¿Por qué no desear para nuestros hijos menos rollos y menos culpa?– han saltado como los naipes de un castillo mal armado.
La pugna entre proyectos en la Legislatura, las idas y venidas con algunas cuestiones que siguen resultando urticantes, las presiones y las dilaciones han mostrado un paisaje enrarecido, no sólo por las ideas de cada quien sino también por el pudor, que cada quien maneja mejor o peor con respecto a su propia sexualidad. Pero además, y esto es lo interesante, esa pugna ha subido el piso: con el Estado o con los padres, con trompas de Falopio o con la complejidad del orgasmo femenino, con vía libre para abordar costados más polémicos o con riendas cortas, como para no ir más allá de la sexualidad conyugal, nadie niega la necesidad de que los chicos tengan educación sexual. Incluso el debate sobre el aborto, que vino de colado y fue atajado en el aire por sectores que hace rato que vienen proponiendo la despenalización, y por otros, que lo consideran un simple asesinato, llevó más agua al molino de la educación sexual: para que haya menos embarazos que culminen en abortos, debe haber educación sexual. Aunque los legisladores no parecen entenderlo, como demuestra la votación de anoche, estamos zafando del repollo, desprendiéndonos de los brazos de la cigüeña. Estamos sexuándonos socialmente. Por fin.
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Por Sandra Russo
Mi profesora de Literatura de cuarto año era temible. No sabíamos exactamente por qué le teníamos miedo, pero cuando empezaba la hora de Literatura nadie hablaba. Ella entraba al aula prolija del colegio privado, y con ella entraba el silencio más profundo de todos, no el silencio expectante del respeto, sino el del miedo, el que parece sólido porque se lo podría cortar en tajadas. Cuando nos entregaba pruebas, no se limitaba a ponerles un puntaje. Escribía mensajes que a los dieciséis años no éramos capaces de descifrar, pero que eran siempre imperativos y alarmantes. Recuerdo una de mis pruebas, con su caligrafía exaltada ordenándome: “¡Lea a Goethe en alemán! ¡Ya mismo!”. Una de sus obsesiones era el pasaje de la Edad Media al Renacimiento. Se paraba y arengaba: “¿Quién ocupaba el centro de la Edad Media? ¡Dios! ¿Quién ocupaba el centro del Renacimiento? ¡El hombre! ¿Qué renació en el Renacimiento? ¡El pecado!”.
Hasta después de terminar el secundario, yo no había escuchado hablar nunca de la CNU. La Con-certación Nacionalista Universitaria era una agrupación paramilitar que daba apoyo logístico e intelectual a las fuerzas represivas del principio de la dictadura. Mi profesora de Literatura estaba vinculada a la CNU, a la que también estaba ligado un amigo suyo, jefe de la cátedra de Latín de la carrera de Letras de La Plata. En 1978, cursando esa carrera, presencié un brote de ese profesor en plena clase. Nos hizo jurar a noventa alumnos obediencia debida a las Fuerzas Armadas en nombre del Arcángel San Gabriel, y después empezó a gritar: “¡Saquen las armas! ¡Saquen las armas! ¡Vienen los rojos por nosotros!”. Se lo llevaron entre cuatro. Después del episodio, la clase se disolvió en silencio. Nadie sabía qué compañero pertenecía a la CNU. Algunos nos fuimos ese día y no volvimos más.
Lo que aprendí de mi profesora de Literatura de cuarto año y de ese profesor de Latín no fue poco. Los dos me revelaron, cada uno a su modo y por una vía indirecta, que hay un tipo de fanatismo religioso cuya conciencia de sí está adherida a la idea de retaguardia, a una concepción militarizada de la historia y a una paranoia que cada dato objetivo reafirma y retroalimenta. Las obsesiones de mi profesora de Literatura después de todo me ayudaron a comprender el núcleo del pasaje entre la Edad Media y el Renacimiento. El cristianismo había triunfado sobre el Imperio Romano, había erigido durante varios siglos la ingeniería del poder occidental a través de la Iglesia, había subordinado el poder político, cualquiera fuese, a su cosmovisión, que le aseguraba el dominio de las almas de todos. Y entonces llegó el Renacimiento, a desplazar a Dios del centro de la mente humana, a desplegar su iconografía neopagana, a redescubrir el cuerpo y las pasiones. Tenía razón mi profesora de Literatura cuando se inflamaba en clase y se preguntaba: “¿Qué renació en el Renacimiento? ¡El pecado!”.
En realidad, el fin de la Edad Media marcó la primera gran fisura de aquel pensamiento único occidental, que durante casi mil años mantuvo cautivo el psiquismo de millones de personas. Subterráneas, profundas, a veces insospechadas, adentro nuestro corren ideas que nos pertenecen sin pertenecernos. Provienen de una zona de nuestras mentes que nos ha sido expropiada por la cultura cristiana de la que provenimos. Desde allí, desde esos núcleos personales e impersonales al mismo tiempo, San Agustín sigue llamando inmundo a lo que es del mundo. Desde allí viene el eco de la culpa, esa manera que tenemos de examinar nuestros deseos como si fuesen rebatibles, el desprecio por el cuerpo y sus reinados, y sobre todo de allí salen las nociones de lo correcto y lo incorrecto, es decir, nuestra dimensión moral. Sobre esa correa invisible que nos mantiene atados a la vera de una fe que se promueve como absoluta, puso su dedo León Ferrari, justo en el centro de esa llaga. Los poderes nacionales o imperiales o mundiales han ido cambiando de mano y de color, y hemos sido dados a creer que en el poder político o en el poder económico recae el peso de esta civilización que nos contiene. Pero desde el fin de la Edad Media, el otro poder por el que la Iglesia no ha dejado de dar batalla cada día es el que más le interesa. El poder sobre el sujeto.
La Unión Civil entre personas del mismo sexo, la educación sexual en las escuelas, la perspectiva de género, el debate sobre el aborto. La hondura de cada una de estas cuestiones que hoy están en la agenda argentina se comprende desde la pasión innegable con la que son resistidas. Cada una a su modo suelta una rienda, des-sujeta al sujeto. Cada una de ellas implica un movimiento en esa costra de moral cristiana que llevamos tatuada en el psiquismo, seamos o no creyentes. Cada una es una posibilidad de reencuentro con ese mundo del que formamos parte, un mundo no inmundo, un mundo a la medida de nuestras estaturas. La reacción ante estos movimientos es tan fuerte porque la reacción sabe mejor que nadie que debe preservar a toda costa ese pedazo de Edad Media que cada uno lleva en sí.
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Por Sandra Russo
Subte D, viernes, ocho de la noche. No mucha gente. Ya pasó la hora pico. Todos los asientos están ocupados, pero no son tantos los que van parados. Entre ellos hay un pequeño grupo de turistas norteamericanos muy jóvenes, cuatro o cinco. Hablan muy fuerte su lenguaje gomoso que parece extraído de HBO. En la estación Tribunales suben tres nenas pobres y desarregladas, aunque a ninguna de las tres les faltan sus trenzas. ¿Qué querrá decir una trenza en la cabeza de una nena pobre? ¿Qué mano y con qué propósito la habrá hecho? ¿A qué hora? ¿Habrá, esa mano, acariciado esa cabeza después de terminar de hacer la trenza? Dejan este tipo de dudas estas nenas. Una de ellas empieza a cantar una canción de Ricky Martin. Canta muy mal, pero su voz aflautada llena el vagón y, apenas termina, comienza su recorrido para recolectar monedas. Las otras dos nenas la siguen, como excéntricos guardaespaldas. La nena estira la mano ante un oficinista con cara de agotado. El mete la mano en el bolsillo y extiende cincuenta centavos. La nena agarra la moneda, pero en lugar de embolsarla y seguir su recorrido, agarra también la mano del oficinista, que se pone ligeramente en guardia. La nena se estira hacia la mejilla de él. Estampa un beso ahí. El oficinista sonríe. Dice: “De nada”, porque la nena después del beso le dijo: “Gracias”. La nena sigue el recorrido en la misma fila de asientos. Todos los pasajeros dan monedas y con todos se repite el rito. Gracias, de nada, beso.
“Increíble”, dice uno de los norteamericanos. No les resulta increíble la pobreza, ni la mendicidad infantil, sino el contacto físico al que ninguno de los pasajeros de ese asiento se ha resistido. Les resulta increíble que mejillas oficinistas, tribunalicias o universitarias –ya vamos por la estación Facultad de Medicina– se ofrenden para esa ceremonia que, a juzgar por las caras de todos, les resulta, se diría, hasta reconfortante.
“¿Acaso soy el guardián de mi hermano?”, le dice Caín a Dios. El filósofo Emmanuel Lévinas, en Filosofía, justicia y amor, analiza esa frase. “No hemos de interpretar la respuesta de Caín como si él se burlase de Dios, o como si respondiese como un niño: ‘No he sido yo, ha sido otro’. La respuesta de Caín es sincera. En su respuesta falta únicamente lo ético; sólo hay ontología: yo soy yo y él es él. Somos seres ontológicamante separados.”
El sociólogo Zygmunt Bauman, en Etica posmoderna, toma a Lévinas para explicar cuáles son los supuestos que tras la caída de la modernidad unen a las personas, y cuáles son los lazos ante los que presuponemos debe emerger cierto tipo de responsabilidad. La nena es la nena, el oficinista es el oficinista. Ontología pura. “¿Dónde está tu hermano?”, le preguntó Dios a Caín. “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, es una respuesta que no da cuenta de ningún lazo, de ningún contrato, de ninguna responsabilidad. Dice Bauman: “La filosofía es una ética... la ética es antes que la ontología... la relación moral es antes que el ser”. La ética, en otras palabras, implica “descomponer identidades”, implica que Caín sea menos Caín, no tan Caín. La ética implica superar el ser hasta llegar a un mejor ser: la ética, en fin, implica sentir cierta responsabilidad por el prójimo, implica emparentarse incluso con una nena pobre que canta una canción de Ricky Martin en el subte.
La responsabilidad hacia el otro es, de acuerdo con estos filósofos de la ética, no el producto de un compromiso ni de una decisión personal sino más bien una convicción y una disposición al acto que nos viene de lo más profundo de esa identidad que se descompone. Se descompone el individuo para dejar aflorar lazos entre individuos. “La responsabilidad ilimitada en la que me encuentro proviene del otro lado de mi libertad”, dice Lévinas.
Los filósofos hablan difícil. Creo entender, esta noche en el subte, que la mejilla del oficinista puesta en contacto directo con la mejilla de la nena pobre dice algo sobre la parte blanda de la condición humana. La piel tempranamente áspera de la cara de la nena ha encontrado en el roce rápido contra la mejilla del oficinista un eco perdido de una respuesta que no es la de Caín sino la de alguien que de alguna manera vaga y misteriosa se siente responsable de su hermano.
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Por Sandra Russo
En la Escuela Nº 8 de Clorinda, Formosa, a cada uno de los 970 alumnos le corresponden diez centavos por día para comer. No nos atreveríamos a darle diez centavos de propina al chico del delivery que nos trae la pizza el domingo a la noche, ni le dejaríamos diez centavos al mozo del bar de la esquina. Pero con una moneda como ésa, de una insignificancia insultante, es que deben alimentarse cada uno de los 970 alumnos de la Escuela Nº 8 de Clorinda.
Tal vez se trate de un tic del oficio periodístico pero, para abordar aunque sea de costado un tema como “las marcas sociales del mal”, necesito un disparador que sacuda esa construcción abstracta y que la haga emerger en una imagen en la que sea posible activar la vista, el oído, el tacto, el gusto, el olfato. Me entero de que en una escuelita formoseña cada chico cuenta con diez centavos por día para comer. Comienzo a escribir. Cuando lo escribo, intento ponerme en el lugar de lo que escribo. Me llega el gusto a bilis de una boca con hambre. Escucho el sonido hueco de un estómago chiquito. Huelo el vapor confuso de un pastiche revuelto con un hueso de vaca como único estandarte nutricio. Toco una puerta que no se abre. Veo, entonces, algo que está mal.
Y abandono por ahora, con esa imagen de los chicos de Clorinda, la diferencia entre el mal y lo que está mal. Podría decirse, de una manera provisoria, que el mal es, entre otras cosas, el miriñaque que sostiene erguido y estable lo que está mal. Porque lo que hace que el mal se encarne en sufrimiento es precisamente esta estrategia de organizarse en el intestino de lo social, de camuflarse en el sentido común de millones de personas que aceptan, como si fuera natural, que otros millones de personas vivan malas vidas. La inequidad es una de las grandes obras maestras del mal. Las grandes luchas y las ínfimas luchas, que se han librado siempre en la historia o en la vida cotidiana entre el Bien y el Mal, tienen que ver precisamente con eso: con la distribución de los bienes escasos, que según algunos es la esencia de la política.
Cuando estudiábamos en el secundario nos decían que la política tenía por objeto el bien común. Me pregunto si acaso no deberíamos pensar en cómo se construye el mal común. Cómo toma cuerpo y forma ese mal que construimos en conjunto, consintiendo el sufrimiento ajeno.
En un ensayo de 1954, Roland Barthes analizó una de las luchas entre el bien y el mal que se desarrollaba como espectáculo de masas, en un código absolutamente popular tanto en Europa como en Estados Unidos. Una década más tarde, ese espectáculo llegó a la Argentina. Me refiero al catch, y a Titanes en el Ring. La emoción básica que proponía el catch era, lisa y llanamente, la adoración del perfecto canalla. El catch permitía al público socializar una emoción que siempre fue políticamente incorrecta, aun antes de que esa noción que hoy se vuelve un nuevo corset llegara a ser formulada. La emoción del catch estaba ligada a la fascinación por lo amoral. Pantomima del deporte, que siempre fue un paradigma del reglamento, el catch surgió como neto espectáculo. Es decir, como ficción. El espectador de catch siempre supo que presenciaba una representación. Con esa confianza en que lo que sucede no sucede, es que uno va al teatro.
Los luchadores de catch exhiben una gestualidad ritual. Quien cae, no se levanta de inmediato como lo haría cualquiera que se cae en la vereda. Se queda exageradamente en el piso. El luchador caído no disimula, más bien exaspera la máscara del dolor. En la vida real impera el slogan de “Levántate y anda”, o los más aggiornados de Nike o de Adidas: “Tú puedes”, o “Nada es imposible”. En el catch, el luchador caído se ofrece como la contracara de esos esfuerzos anónimos e inútiles, y por medio de esa ficción da cuenta de una verdad: le gustaría levantarse y seguir peleando, pero alguien lo está pisando. La mirada de los espectadores se llena con la visión intolerable de la derrota. El catch opera entonces como el espectáculo que transparenta la intimidad del ofendido.
Pero no es el caído el que enfervoriza al público. El catch es un espectáculo de identificaciones cruzadas. El héroe, en este ring, es el canalla. Para hacer andar su mecánica moral, el catch tiene herramientas. Una de ellas es la toma. Mediante una toma, el débil es dominado. El fuerte y tramposo sujeta y vence al débil que respeta las reglas.
Después, en el transcurso del combate, se invertirán los roles. El débil tendrá su oportunidad y vencerá al canalla, pero solamente cuando siga las instrucciones del público, que lo alentará para que sea él quien viole las reglas y quien haga las trampas. La mecánica moral del catch hará que el débil se vuelva fuerte cuando acepte convertirse él mismo en el canalla. ¿Qué es un auténtico canalla para ese público? Esencialmente, el canalla es “un inestable que sólo admite las reglas cuando le son favorables. Se refugia detrás de la ley cuando juzga que le es propicia, y la traiciona cuando le es útil hacerlo”.
Finalmente, en la vida que compartimos socialmente, lo único que tenemos son reglas. Lo que llamamos civilización no es otra cosa que una convención. Las contravenciones a los contratos sociales son las que hacen tambalear este artificio que nos contiene a todos. Si alguien con hambre, con sed o con frío no toma los alimentos, las bebidas o el abrigo que necesita, salvo que tenga el dinero para pagarlos, es porque reclamamos que incluso los que no tienen nada se atengan a la convención. ¿Pero por cuánto tiempo y con qué derecho puede reclamársele a alguien que se atenga a un contrato que fue redactado en su contra?
Vuelvo a la escuela de Clorinda. Para que haya chicos que deban alimentarse con diez centavos por día, muchas reglas han sido violadas, y no en secreto. Y mientras sigamos sosteniendo el miriñaque que hace que el mal se encarne en lo que está mal, seguiremos aceptando que haya débiles caídos con fuertes pisándoles la espalda. No deberíamos escandalizarnos tanto cuando después esos débiles violan la ley. Como en el catch, eso forma parte de este espectáculo.
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Por Sandra Russo
No quieren que sus chicos tengan educación sexual en el colegio como materia obligatoria. No quieren que en algo tan íntimo y tan importante como la sexualidad tenga una de las riendas el Estado. No quieren ni escuchar hablar de un proyecto que impulsa una diputada de la ciudad que tiene como asesor a un homosexual. No quieren que en la escuela se use la palabra “género”, porque sostienen que Dios nos hace hombres o mujeres, y la voluntad divina no incluye los matices. No quieren que a sus hijos se les hable de masturbación y menos todavía que no se les hable mal de la masturbación. No quieren que se atente contra esa trinchera última que en su momento fue la primera: sobre células heterosexuales y creyentes es que se edificó este magnífico organismo social en el que la gente es tan feliz.
Toman el tema de la educación sexual con una energía y un fervor considerables, lo perciben con el escándalo del abusado. Parecen decir: ah, no, con esto no, de acá no pasan. Hablan del fascismo de las minorías, como si un Gran Hermano más zorro que el que creó John de Mol estuviese planificando un mundo supervisado y tutelado en el que sólo será posible ser ninfómana, travesti, swinger, onanista, fetichista, voyeur, pedófilo, perverso poliforme.
La tasa de embarazos adolescentes no los conmueve porque las estadísticas son una coctelera. En las estadísticas se mezclan sectores que en la vida real no se cruzarán jamás en la vereda. Y las chicas de quince, catorce o dieciséis que quedan embarazadas, después de todo, son un señalador para otras chicas: eso les pasa por hacerlo. Porque eso es lo que se dice cuando no se dice nada. Eso es lo que durante siglos ha estado sugiriendo el silencio: fuera del sexo conyugal y reproductor, habrá condena.
En la mitad del primer tomo de su Historia de la Sexualidad, Michel Foucault traza una hipótesis general de su trabajo. Recuerda en ella que es recién a partir del siglo XIII, coincidentemente con el surgimiento de la sociedad “llámesela como se quiera, burguesa, capitalista o industrial”, que se pone en funcionamiento un aparato de producción de discursos sobre el sexo. A diferencia del pasado, cuando el sexo realmente estaba retenido en la esfera privada, a partir del 1700, las sociedades industriales comenzaron a formular, desde las iglesias, los consultorios médicos, los hospitales psiquiátricos y las instituciones de salud pública una parva de discursos contrapuestos cuyo objetivo, según este análisis, era dual: por un lado, saber todo del sexo ajeno, obtener información como si se tratara de una clave cifrada, arrancar cada detalle, clasificar cada rareza y entender cualquier cosa que no estuviera ubicada en la alcoba de los padres como una rareza. Y por el otro, dejando incluso que esos discursos chocaran entre sí, la empresa consistió en formular una verdad regulada sobre la sexualidad humana. Desde entonces todo ha seguido su curso. Todos creemos, siendo sujetos herederos de alguna de esas tradiciones fragmentarias, que el sexo sabe de nosotros cosas que nosotros no sabemos. Quienes participamos de una visión agnóstica del mundo, nos sentemos o no cada semana en un consultorio de Palermo para contarle a alguien que nos cobra por ello lo que hicimos, cómo lo hicimos, qué deseamos, qué fantaseamos, cuándo fingimos, qué nos repele, cuánto nos gusta o cuánto nos cuesta, heredamos la tradición según la cual nuestra sexualidad es una especie de cédula de identidad oculta: en sus vaivenes, en sus éxitos y en sus fracasos sería posible leer la más pura verdad sobre aquellos que somos. Para los que hoy se oponen a que a sus chicos se les hable de educación sexual, el sexo debe seguir su ruta de falso silencio. Porque algo es innegable: desde el siglo XVIII, sobre el sexo nunca se calla. Siempre se dice, incluso eludiéndolo.
Ahora bien, lo que ha dicho el silencio desde hace tanto, en aulas, livings, sobremesas, sacristías o cuartos coquetos de quinceañeras, es un residuo de aquella síntesis que habilitaba la sexualidad reproductora y teñía todo lo que quedara en sus arrabales con la sospecha del Mal. Heterosexualidad, abstinencia y sexo conyugal: tres puntas del triángulo tranquilizador. De alguna manera, los embarazos adolescentes y los contagios de enfermedades de transmisión sexual vinieron a confirmar y a reforzar esa amenaza. Esos desastres personales de tantos y sobre todo de tantas no hacen más que confirmar que los que sacan los pies del plato se los embarran. Para quienes siguen la ruta del falso silencio, esos desastres son ejemplificadores. ¿Cómo no oponerse a desarmar esa magnífica herramienta de propaganda?
En el debate actual todavía nadie lo ha dicho y posiblemente nadie lo diga, pero el gran tabú del que no debe decirse ni una palabra es el placer. Incluso dentro de la alcoba de los padres, nadie habla de placer. La búsqueda de placer es una empresa accesoria que puede atentar contra la empresa madre: cuando la gente busca placer hace locuras. No es la sexualidad la que se procura mantener en secreto, porque sobre ella, aun en silencio, todo el tiempo se habla. Lo que no admite lenguaje, porque es íntimo pero histórico, y porque es personal pero es político, es el placer.
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Por Sandra Russo
Debería agregarse a la lista de los pequeños placeres de la vida: llegar a casa cansado, prender la televisión, comprobar que en los canales de aire lo único que dan son porquerías, hacer zapping y descubrir que en el cable justo está por empezar una película francesa. El pequeño placer se convierte en placer con todas las letras (incluyendo esa cuota de vértigo de los placeres con todas las letras) si esa película es El empleo del tiempo, de Laurent Cantet, el mismo director que con Recursos humanos hizo, de algún modo, un malabarismo similar para internarse en cuestiones que en manos de otro podrían ser panfletarias, pesadas, recurrentes, y en las de él son historias que dicen mucho más de lo que muestran. Allí se detenía en el borde contradictorio y conflictivo de la relación entre un padre obrero y un hijo ejecutivo. Escarbaba en esa relación a través de un relato que daba vuelta la trama previsible: el padre estaba orgulloso de su hijo, pero el hijo no podía estar orgulloso de un padre que negaba su propia dignidad. El hijo había llegado a donde el padre lo había empujado: a eyectarse de su clase, a ser parte de la patronal, pero eso no era para el hijo algo para agradecer, sino algo para reprochar. Bajo la simple idea de “querer algo mejor”, el padre había criado no a su hijo sino a un hijo del sistema.
En El empleo del tiempo, Cantet sigue profundizando en la subjetividad capitalista y mete la cabeza en una problemática curiosa, abismal, tan íntima y tan social al mismo tiempo que por sí sola es un hallazgo: qué hacemos con el tiempo, cómo lo invertimos, en qué, el tiempo como mercancía, el tiempo como banda ancha de intercambio de comunicaciones productivas, como mera posibilidad de remar hacia la plusvalía, el tiempo alienado y enajenado de sujetos que no son dueños sino empleados de sus días. El tiempo como herramienta de uso y lucro, y al mismo tiempo como amenaza, si está vacío. Cantet exhibe criaturas domesticadas hasta el límite de la cordura. Expropiadas de su vida, es decir de su tiempo, de sus días y de sus horas, de sus cinco minutos, de su ocio. ¿Qué es la vida si no es tiempo?
Un ejecutivo es despedido. Sobre él pesa no sólo la responsabilidad de su familia sino también las enormes expectativas de su padre. El hombre calla. No se anima a decirlo. Miente. Pasa el día por ahí, vagando, habla por celular con su esposa, le dice que tiene reuniones hasta tarde, se sostiene en la simulación del ocupado. Se queja de la sobrecarga de trabajo: es el slogan que lo enmarca. Cuando no puede más, sigue mintiendo. Inventa un trabajo en Ginebra como funcionario de la ONU. Se muda solo. Su familia comprende que todos deben hacer un sacrificio. Una buena carrera profesional es algo por lo que todo el mundo sabe que hay que pagar. ¿Pagar con qué? Principalmente, con tiempo. Después de todo, cada día y desde que nos hacemos cargo de nosotros mismos, ¿qué ofrecemos a cambio de un salario? Nuestro tiempo: nuestras vidas.
La trama va derivando hacia costados oscuros. El tiempo sin empleo, el mal uso del tiempo, arrima al protagonista al mundo del delito, de la estafa. El tiempo vacío lo va corrompiendo. La película de Cantet se abre en dos grandes líneas argumentales. Una va por la superficie, describiendo cómo en una sociedad hipercompetitiva las personas privadas del uso previsible del tiempo van ahogándose en tiempo: van languideciendo entre horas muertas. Sin trabajo no hay nada. Y va mostrando cómo, cuando el tiempo está muerto, se llena de fantasmas y se advierte que esos fantasmas no son tales: en ese submundo habitado por seres fuera de serie en el sentido más literal posible, germina el delito. Pero por otro lado, la visión del protagonista cargando como una cruz su propio uso del tiempo toca una cuerda más profunda, existencial: ¿qué nos han hecho? ¿Qué ha pasado para que haya personas que no tengan, de sus propias vidas, ninguna idea desanudada de la idea de la producción? Se lo ve a él vestido como para una reunión de directorio, durmiendo en el auto, deambulando por la calle, comiendo en bares, hablando por teléfonos públicos, pasando el día entero en un sillón confortable en una empresa corporativa en la que ve ejecutivos y secretarias hacer lo suyo, nada, constatar citas, comunicar estadísticas, defender proyectos, moverse mutuamente el piso. Sentado en ese sillón del que después un guardia lo echará con buenos modales –él está bien vestido, el guardia es respetuoso con un hombre de impermeable tan caro–, uno ve no a un hombre: es un cobayo que se ha quedado sin su jaula. Y eso somos: cobayos que reclamamos jaula. En 1996, también francesa, la crítica literaria Viviane Forrester escribió en su libro El horror económico: “En la actualidad un desempleado no es objeto de una marginación transitoria, ocasional, que sólo afecta a determinados sectores. Está atrapado por una implosión general, un fenómeno comparable con esos maremotos, huracanes o tornados que no respetan a nadie y a quien nadie puede resistir. Es víctima de una lógica planetaria que supone la supresión de lo que se llama trabajo, es decir, los puestos de trabajo. Pero aún hoy se pretende que lo social y económico están regidos por las transacciones realizadas a partir del trabajo, cuando éste ha dejado de existir. Las consecuencias de este desfasaje son crueles. Se trata y se juzga a los sin trabajo, víctimas de esa desaparición, en función de los criterios propios de una época en la que abundaban los puestos de trabajo. Despojados de empleo, se los culpa por eso, se los engaña y tranquiliza con promesas falsas que anuncian el retorno próximo de la abundancia”. Cantet acierta a dar con un tema que reúne como pocos la marca social en la piel más fina y virgen de un hombre común. El empleo del tiempo es una película de una fuerza política notable, justamente porque exhibe la carne viva, la privacidad más llana de un personaje que va cayendo lentamente, que va siendo expulsado en cámara lenta de la moral. La película da su estocada en la perfección de un título. Todos somos empleados del tiempo. En su libro, Forrester hacía una pregunta que se puede retomar hoy aquí, a la vista de miles y miles de hombres y mujeres que ni siquiera se dicen desempleados, porque eso supondría haber tenido un empleo y haberlo perdido. Un desocupado es algo menos que un desempleado. La pregunta es ésta: “¿Pero qué sucede con el derecho a vivir cuando éste ya no funciona, cuando se prohíbe cumplir el deber que da acceso al derecho? ¿Qué sucede cuando se vuelve imposible cumplir con la obligación?”.
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Por Sandra Russo
Para un periodista, hay crónicas que son muy difíciles de hacer. Uno tiende a pensar en noticias dolorosas, impactantes, sangrientas. En masacres, en catástrofes, en accidentes. No, ésas no son las más difíciles. Si un editor quiere poner a prueba a un cronista, puede mandarlo a cubrir el Día de la Primavera en los bosques de Palermo. Así sí te quiero ver. ¿Cómo escribir algo que valga la pena, cómo ver algo más que el lugar común en ese rito que permanece imperturbable a lo largo de los años mientras sólo sus protagonistas van cambiando? ¿Cómo apuntar algo más que “con alegría, los estudiantes desafiaron a la lluvia” –porque, es fija, cada año, ese día siempre llueve–? Es difícil hacer esa crónica porque el cronista no puede ver nada más allá de las guitarreadas parecidas a las de Luján, los porros atrás de un árbol, las parejitas besándose, el pasto lleno de basura, en fin, ese folklore encarnado por cada nueva generación, pero fijado de antemano dentro del corralito de un día y un espacio: el Día del Estudiante, que coincide con el Día de la Primavera, lleva inscripto su paisaje, su borde y su desborde, su tibia y anticipada decadencia, su presunta explosión de alegría, la homologación del estudiante al capullo, el alineamiento del adolescente al brote que se sale de la vaina por mostrarse en flor.
Falsamente báquico, escenográficamente desordenado, ese día está reservado para que los estudiantes hagan mugre en Palermo y se expresen como gusten. El conjunto “los adolescentes” debería encajar con el conjunto “los estudiantes”, pero no es así en un país como éste, de modo que lo primero que deberían festejar los que entran en el conjunto “los estudiantes” es no ser “los lúmpenes”. Pero aun así, aún dejando de lado las consideraciones explícitamente políticas, la asociación entre jóvenes y primavera no es ni casual ni caprichosa. Hay una voluntad colectiva y colectivamente tranquilizadora en asimilar la juventud a un tiempo cálido, no tórrido, prometedor, ligeramente sensual, no sexual, a un tiempo encapsulado en una promesa incumplida: la primavera en tanto eterna primavera, la primavera freezada, sin su pasaje al verano y a sus voluptuosidades, contiene una reserva de significados que la sociedad querría hacer coincidir con la juventud: la medida de una inocencia y la medida de una temperatura. De todo un poco. Mucho, de nada.
No deja de ser curiosa e intencionada la asociación entre juventud y primavera. La juventud, y especialmente la adolescencia, suelen tener zonas de riesgo y de oscuridad notables. Es la época de la vida en la que se descree. Todo se pone en duda. La llaga está en carne viva. Hay preguntas. Hay miradas de rayos ultravioletas que detectan mentiras, poses, injusticias y miserias. Hay demanda y no hay oferta. Una energía brutal no encuentra su continente. Hay tristeza y todavía no hay autoconfianza. No hay interlocutores ni maestros. La adolescencia es una ruta sin señalizar. Todos los caminos y todas las direcciones parecen estar disponibles, pero el adolescente percibe, y con razón, que ésa es una farsa más. La mayoría de los destinos ya están marcados.
La adolescencia no es primaveral. Es oscura. Hay pantanos. Los que expresan esta sensación laberíntica suelen ser llamados “darks”, pero ellos son solamente el emergente de una percepción más amplia e incluso más lúcida que aquella que insiste en el capullo candoroso cuyo futuro está trazado y cuyo corolario será la flor. Queremos pensar eso y les regalamos los bosques de Palermo, un día por año, para que hagan travesuras y se dejen sacar fotos que después no mira nadie.
La adolescencia es una zona de tránsito espesa, que cuestiona por su propia y poderosa naturaleza, física y mental, todos los órdenes establecidos. La adolescencia es dark, nos guste o no nos guste, se vista el joven o no de negro, como es dark toda versión del alma humana cuando por un instante se suelta de lo que debe ser y se pregunta por lo que debería ser. Los adolescentes son pequeños y accidentados filósofos, improvisados y tercos poetas que hacen preguntas que otros se han hecho antes y para las que tampoco encontraron respuesta. Queremos tranquilizarnos describiéndolos como capullos tiernos, cuando no toleramos la embestida de su brutal intensidad.
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Por Sandra Russo
Uno de los ensayos que el novelista norteamericano Johnatan Franzen compiló en su libro Cómo estar solo trata sobre la intimidad. Termina, ese texto, con Franzen mirando por la ventana de su departamento: ve que en el edificio de enfrente, una pareja se prepara para salir. El hombre se pone su camisa blanca y mira televisión mientras su mujer se pasea por el living con una toalla en la cabeza y una bata blanca. Mantienen entre ellos diálogos cortos, probablemente informativos: puede ser que el hombre le esté preguntando a ella cuánto tiempo tardará en estar lista o que ella le esté preguntando a él quiénes irán a la fiesta. El hombre no termina de vestirse: algo en la televisión le ha interesado. La mujer sale del living y al instante vuelve a entrar, todavía con el turbante de toalla en la cabeza. Se repasa las uñas con un esmalte cuyo color Franzen no logra distinguir, pero que seguramente es rojo. El matrimonio no se mira. El le responde lo que ella le pregunta sin despegar los ojos de la pantalla y ella lo escucha sin dejar de mirarse las uñas. Franzen está ante una escena de la más completa intimidad. Después de un rato, que el hombre ha aprovechado para terminar de ponerse su traje, irrumpe la mujer y es casi otra: se ha peinado y lleva puesto un vestido sin breteles amarillo que le realza los hombros. Piensa, Franzen, mirando esa ventana cualquiera de Nueva York, mientras el hombre y la mujer apagan las luces del departamento antes de salir: ahí van, hacia lo público.
El ensayo de Franzen sobre la intimidad contiene varias líneas de pensamiento interesantes. Una de ellas es que el frenesí con el que la sociedad norteamericana defiende el derecho a la intimidad no sólo señala y enfoca uno de los grandes desvíos de la época (el que reúne, en un solo movimiento, la idea de intimidad con la idea de libertad, cuando la idea de libertad es muchísimo más amplia), sino que además encubre esa quisquillosidad con la que sin embargo se soportan cada día nuevas y más sofisticadas tecnologías que irrupción en la intimidad, una carencia aplastante y de la cual pocos se quejan: la minusvalía de la esfera pública. Franzen redactó ese ensayo cuando el informe sobre el escándalo Clinton-Lewinsky atraía la atención de la opinión pública. Y, como ciudadano, se declaraba “invadido” por información privada (sexo oral, vestidos manchados de semen, infidelidades, etc.) que no estaba interesado en saber. Un malestar impreciso lo recorría: cualquier adulto sabe que el sexo cruza las fronteras de oficinas y despachos, pero, decía, “como adultos que somos, ¿no podemos fingir que nadie mira?”. Lo que Franzen ensaya es un pedido de esfera pública respetuosa de las convenciones con las que una sociedad la inviste. Pero el problema con la sociedad norteamericana –inscripta en una tendencia que ella misma lidera– es que desde hace décadas se viene reformulando esa convención que define lo público: podría decirse que hoy la convención incluye sexo. Lo incluye hasta la guerra, de la que los norteamericanos extrajeron, pese a cualquier previsión, fotos porno.
¿A qué se le llama, en estos días, “intimidad”?, se pregunta el autor. Y se contesta: “Al derecho a que te dejen en paz”. Comparando la vida cotidiana de cualquier habitante de un pueblo o ciudad pequeña del siglo XIX con la de alguien cualquiera de una urbe contemporánea, es fácil advertir que la noción de intimidad ha salido triunfante. Las vidas antiguas –y las actuales, todavía, en ciertos pueblos– eran estrechamente monitoreadas sin necesidad de tecnologías. Lo privado no gozaba de ningún status que supusiera necesidad de “protección”. El culto a la intimidad, no obstante, ese derecho que unánimemente se defiende para hacer con la vida privada cualquier cosa que no provoque daños a terceros, no impide que las mismas sociedades contemporáneas que han generado ese culto generen en paralelo vidas privadas extraordinariamente tediosas y vacías. Cuando se apaga la luz, para la mayoría de los sujetos contemporáneos no se enciende nada. La noción de la intimidad es un falso resplandor sobre conductas rutinarias y mecanizadas, sobre vidas privadas, privadas también de ese tipo de accidentes (romances, deslices, vértigos, ardores) que el público consume a granel en programas del rubro y, en Estados Unidos, en best sellers en los que un ex presidente, por ejemplo, detalla cómo fue la primera vez que se dejó inflamar por la becaria. El goce de la intimidad ajena reemplaza el tedio de la propia. Miren el living de enfrente: verán una escena verdaderamente íntima. El hombre mira televisión. La mujer lleva los platos a la cocina.
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Por Sandra Russo
–Seguí derecho, seguí derecho –le gritaba Claudio a Ezequiel la noche del 14 de septiembre de 2002. Estaban en el Riachuelo, luchando contra el lodo, la putrefacción y el dolor de los culatazos que les habían pegado en las cabezas. Antes de obligarlos a meterse en el agua, los policías habían hecho una ronda alrededor de ellos, y se habían turnado para pegarles. En el agua, en la noche, Claudio se había agarrado de una rama y veía cómo Ezequiel nadaba, oscilante, en dirección al Puente Uriburu. Pero Ezequiel no escuchaba. Precisamente, su hipoacusia había enfurecido a los policías de la 34. Había sido el más golpeado de los tres amigos que unas horas antes la patrulla policial levantó de la esquina de Constancia y La Cruz bajo la presunta sospecha de que habían robado un taxi. Ezequiel, Claudio y Julio salían de bailar en una discoteca de Constitución. Habían ido a esa esquina a tomar un remís para volver a Mataderos, donde vivían.
Fue en el Puente Uriburu que los amigos y familiares de Ezequiel pusieron un mes después de su asesinato un pasacalle que rezaba “Basta de violencia y discriminación”. Hace dos años, no se hablaba de inseguridad. Los familiares y amigos de Ezequiel hubiesen podido poner un pasacalle que rezara “Basta de inseguridad”. ¿O no fue la inseguridad por excelencia la que hizo que policías federales ejercieran sobre tres adolescentes pobres un ejercicio de sadismo inexplicable? Pero hace dos años, esta sociedad de actuales ciudadanos portadores de velas no hablaba de inseguridad, e incluso hoy, pareciera que hay quienes nacen y viven en lugares cuya ecología incluye la tranquilidad que el delito corrompe, y quienes nacen y viven en otros lugares donde el horror forma parte del paisaje. Los familiares y amigos de Ezequiel eligieron para su pasacalle ese otro texto, que revela otro tipo de atropello. Uno que esa sociedad de los ciudadanos activistas de las velas siempre consintieron, un atropello que siempre naturalizaron. Violencia y discriminación. “Ahora van a aprender a nadar, negros de mierda”, fue lo último que escucharon esos chicos antes de sumergirse en el Riachuelo.
–No lo creo, debe haberse tratado de algún bromista –dijo incluso el entonces jefe de la Federal, Roberto Giacomino, cuando los dos sobrevivientes, Claudio y Julio, denunciaron amenazas y cuando todo el barrio supo que personal de civil de la 34 los estaba buscando para impedir que hablaran. Ya había más que indicios, ya había imputados, y eran policías federales. Al entierro de Ezequiel, Claudio y Julio fueron con las caras tapadas. Camuflados. Clandestinos. Los vecinos los cubrían. Ellos se escondían no sólo de la Federal, también de la televisión. La Oficina de Asistencia de la Víctima del Delito de la Procuración gestionaba la entrada de los chicos a un programa especial, porque habían recibido anónimos. “Dejá de hablar contra la policía porque sos boleta”, decían. Pero Giacomino, unos meses antes de ser echado por corrupto, sostenía ante las cámaras de televisión:
–No lo creo, debe ser algún bromista.
Y el cronista decía:
–Ajá.
Y la audiencia pensaba:
–Ajá.
–Seguí derecho, seguí derecho –fueron las últimas palabras que Claudio, que tenía en ese momento 14 años, le gritó a su amigo Ezequiel, mientras se aferraba a una rama para salvarse.
–¿En qué estilo nadaba? –le preguntó este martes a Claudio el defensor de los policías imputados, según consignó en este diario Carlos Rodríguez, que en 2002 cubrió día a día el caso Demonty. –Naden, naden, o les pegamos un tiro –dicen los dos sobrevivientes que les gritaban los policías desde la orilla esa noche del 14 de septiembre.
–Iba nadando hacia atrás, de espaldas, rumbo al puente –amplió en el juicio Claudio.
–¿En qué estilo nadaba? –preguntó el martes el defensor.
¿Quién se indigna ante esta obra maestra del sadismo? ¿Quién incluye esta aberración en la larga lista de dolores argentinos sin analgésicos posibles? A la marcha que un mes después del asesinato organizaron los amigos y familiares de Ezequiel fueron doscientas personas. Fue un reclamo exiguo, costumbrista, de esos que protagonizan en este país, a cada rato, los negros de mierda que no le importan a nadie. Como no le importó a nadie la novia embarazada de Ezequiel que parió unos meses después en la Sardá. O como no le importó a nadie el coraje de la madre de Ezequiel, que poco después del asesinato de su hijo fue a dar la cara ante suboficiales y oficiales de la Federal, a mostrarles su desgarro, a intentar calarles el espíritu.
“Basta de violencia y la discriminación”, rezaba un pasacalle, hace dos años, en el Puente Uriburu. Se deshilachó sin llamar demasiado la atención.
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Por Sandra Russo
Una sola vez en mi vida fui a una bruja. Se dice así, ¿no?. “Fui a una bruja”, como si uno no fuera a verla ni a escucharla sino a absorberla. Un modo de decir antiguo, que se arrastra en la mente desde hace siglos: ir a ella. Nunca me llevé bien con la new age en ninguna de sus formas, pero tenía que pecar. Me lo tomé como una pequeña e inocua excentricidad, y hasta se lo conté a mi analista, que, sospecho, creía en las brujas más que yo. Esa noche busqué la dirección con nerviosismo: la bruja atendía en un departamento de la calle Bartolomé Mitre. Cuando toqué el timbre y se abrió la puerta, vi a una mujer de mediana edad con una cara de gnomo exaltado. El lugar olía a incienso. Me hizo esperar. Todo era feo. Había ángeles de distintos tamaños colgando de las paredes descascaradas, la alfombra estaba quemada, la luz se filtraba por el mimbre de las pantallas, sonaba una música previsible, cuerdas y percusión oriental. Ella hablaba por teléfono. Tenía una voz finita y un acento ligeramente extranjero. Daba consejos velados: alguien, del otro lado, dependía de ellos.
Cuando me hizo entrar en su ¿consultorio? quise irme. El aire estaba espeso. Su mirada era oblicua. Había empezado el duelo sin que yo lo advirtiera. Sentada en posición de loto sobre esa alfombra sucia, expuesta a sus ojos celestes de conejo, fue que mi pequeña excentricidad empezó a parecerme un exabrupto. Ya era tarde.
Hizo preguntas que no recuerdo, nada preciso, como hacen las brujas. La única que conocí fue ésta, pero desde luego, si yo fuera bruja, haría preguntas vagas, tomaría nota de pulsos, rictus, temblores, brillos, opacidades, en fin, intentaría tender redes sobre una personalidad, no sobre una persona. Yo había ido, como casi cualquiera que va a una bruja, a que me dijera que iba a tener suerte en el amor. No pedía mucho. Datos sueltos, ambiguos, premoniciones inexactas, parábolas de bienaventuranza, eso esperaba. Eso esperamos. Un horóscopo amable, una corriente a favor, una palmada en el hombro. Eso solo esperamos.
Me tocó la bruja más mala de Buenos Aires. Había pasado una hora y yo ya estaba envuelta en sus miradas torvas, en el olor escandaloso, en la revulsión de esa alfombra sucia de angustia ajena. La bruja era malísima. Artera. Yo hubiese repelido, creo, hasta alguna sentencia adversa sobre dinero y amor, pero ella tomó otro rumbo. Me habló de mis afectos. Habló de maleficios terriblemente peligrosos. Detectó una tragedia familiar y se anudó allí para profetizar desgracias. Hacía silencios densos. Unía desastres pasados con desastres por venir y dijo, finalmente, que sobre mí pesaba un sino tan tremendo, que iban a ser necesarios unos cinco mil pesos para poner a una legión de aprendices de brujos a orarles a los ángeles.
Salí de ese departamento de la calle Bartolomé Mitre con pasos rápidos, marcados por el pánico, y con un papel en el bolsillo en el que ella había escrito una oración en esperanto: yo tenía, mientras conseguía los cinco mil pesos para comprar metales y alquilar a los aprendices de brujos, que repetir esa oración a un ángel de nombre extraño diez veces por día.Llegué a casa desesperada y sin poder todavía saber qué hacer. El impulso era rezarle al ángel y pedir plata prestada. Por suerte primero pedí sesión de urgencia con mi analista, que no descreía de las brujas, pero tampoco comía vidrio. Los siguientes diez días fueron de pesadilla. Yo sabía que la bruja era mala, pero no podía desandar el miedo. Me había expuesto a que ella tocara de mí lo más vulnerable. El mal de amores ya me parecía una payasada. Las profecías de la bruja habían arrasado con todas mis defensas. Como no contesté a los dos días, tal como habíamos quedado, llamó ella. Dijo que había hablado con su maestro, para que intercediera, porque mi caso era muy grave. Y me llamaba, dijo, para comunicarme que entre el maestro y ella habían decidido que me harían un descuento: con tres mil pesos y un poco menos de metales, estaban en condiciones de desarmar el sortilegio.
Y ni aun así, ni aun con sus ominosas maniobras a la vista, yo podía alejar el miedo. El miedo paraliza. Corroe. Destruye la capacidad de reaccionar. El miedo nos hace fascistas. En aquellos días, yo hubiese ordenado un pelotón de fusilamiento para todos los demonios que sobrevolaban sobre mi casa. Mientras discutía con mi analista qué iba a hacer (llegamos a evaluar la posibilidad de reunir el dinero y pagarle, aun sabiendo de que todo era un embauco, porque en ese punto lo que tenía que pagar no era un exorcismo sino el precio de un error: yo tenía miedo real), rezaba. Rezaba en esperanto a un ángel de nombre complicado, sintiéndome ridícula, patética y extraviada, pero el miedo hace eso, extravía, confunde. Me encerraba diez veces por día en el baño, y rezaba.
Cuando ella llamó por segunda vez para decirme que había hablado nuevamente con su maestro, y que visto y considerando la gravedad de mi caso, iban a hacerme otro descuento, cayó la ficha. Sus poderes valían entonces, dijo, mil quinientos. Quise mandarla al carajo, pero no pude. Siempre quise ir a gritarle en la cara que era una mala persona y que se iba a ir al infierno, pero no pude. El miedo tiene eso. Inocula. Intoxica. Desarma.
Me acordé de esa bruja en estos días, porque hay tanto miedo dando vueltas. Los comunicadores se han vuelto brujos que profetizan calamidades. La televisión, la radio, tocan a cada instante esos núcleos de pánico que nos descontrolan, esos puntos álgidos de cada uno, esos territorios íntimos que si son vulnerados nos vuelven bestias, reclamadores compulsivos de cualquier tipo de medidas que nos amparen. Están tocando ahí, en esos talones de Aquiles sobre los que no tenemos reflejos. Saben dónde tocar, como sabía esa bruja, que era más mala que loca, y que estuvo a punto de hacerme pagar, aunque yo no creía en ella, mi propio rescate.
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Por Sandra Russo
¿Qué hay de nuevo, viejo McLuhan? Nada. El medio es el mensaje, y a esa bulimia del soporte no hay con qué darle. El medio es una araña hembra que se deshace de la araña macho apenas fue servida. El medio deglute hasta lo que no le interesa: es deglutiendo, masticando, digiriendo y defecando incluso lo que no le interesa que el medio lo reconvierte en algo que le es útil. El medio vive de las sobras. Son escasos, contados los momentos de epifanía, esos en los que el medio encuentra exactamente su material pertinente. Si el medio es serio, una investigación, una denuncia. Si el medio es amarillo, un chisme, un desliz. El resto del tiempo, el medio sobrevive haciendo alquimia con mensajes foráneos a su propio intestino: todo lo que pasa por las paredes húmedas del colon de los medios es teñido por un valor agregado, el del medio. He ahí a Nina: ahora, objeto sexual.
Es un poco libidinosa la sonrisa de Castells cuando afirma, congratulado, que su mujer ha alcanzado ese rango. Vaya vaya. Así que era ahí adonde había que llegar. Así que esta magra estrategia política supone que mostrando las gambas se escala algo. ¿Qué?
En cierto modo, tienen razón Nina y su esposo reivindicando para las mujeres pobres el status de objeto sexual que les es negado por definición. Las mujeres pobres son mujeres fáciles o mujeres ponedoras. El imaginario colectivo las desvía en esos dos grandes conjuntos desgraciados: uno, compuesto por aquellas que van guardando rabia y desconsuelo a medida que sus cuerpos se exponen para el uso público por diez o veinte pesos. Otro, en el que entra la mayoría, integrado por madres de familias numerosas que se agrandan casi fatalmente, con siete, ocho, nueve bocas para alimentar. Mujeres sin cuerpo propio, de cuerpo recipiente.
El exabrupto de Nina en la tapa de Noticias puso arriba de la mesa un tema siempre eludido, un tema incómodo: la sexualidad de la pobreza. ¿Existe? ¿Cómo es? ¿Cómo se ejecuta y desarrolla ese derecho humano para otros sectores sociales que gozan, en principio, no sólo de información sino de intimidad? ¿Qué sexualidades descontentas encubren el hacinamiento, la promiscuidad, el frío, el hambre? ¿Es menor esta pregunta? No lo sé. Pero es una pregunta que no se hace. En esos arrabales del cuerpo social, las privaciones son muchas. Están privados también de estas preguntas.
No sólo hay cierta lascivia en el gesto de Castells hablando del objeto sexual que supo conseguir y que ahora comparte con el público, sino también una referencia novedosa a lo que se entiende por “objeto sexual”. Esas chicas que cobran diez o veinte pesos por sexo rápido callejero no son objetos sexuales. Nadie las llamaría así. Son apenas agujeros disponibles al paso. Mucho, muchísimo menos que un objeto sexual, aunque literalmente lo sean, objetos, y sexuales. La conjunción que reúne esas palabras, sin embargo, se resignifica de un modo curioso: ser un objeto sexual implica el ejercicio de un poder. Lo que define a un objeto sexual no es su uso, sino precisamente estar fuera del alcance de aquel que lo desea, un no uso, la posibilidad no de la venta sino del intercambio. El objeto sexual no se regala: se muestra. Y sólo se entrega en un convenio interesante. Culturalmente, la síntesis de ese intercambio fue Marilyn con JFK. La bomba sexual y el presidente. Trato hecho: el objeto sexual zafa. En escalas menores, los objetos sexuales son mercancías simbólicas que dirigen su rumbo hacia transacciones sentimentales que les confirmen lo que valen. Polistas, ricachones, empresarios, políticos –ahora habría que agregar, y por esto Castells se felicita: ¡piqueteros duros!–, tipos que pueden pagar con algo más que dinero la promesa inexacta del objeto sexual: una satisfacción inenarrable, poseer para sí un objeto sexual es tenerla más larga más allá de la cama. La elevación de Nina a objeto sexual lo eleva a su marido: es él el codiciable, saca chapa.
Y tiene razón Nina cuando dice que a toda mujer le gusta sentirse linda y deseada. Lo que no se entiende es la tapa. Debe haber millones de mujeres en el mundo, pobres, ricas, más o menos, que rechazarían de cuajo salir en pelotas en la tapa de una revista de actualidad. Entre querer sentirse linda y deseada y posar para ese tipo de fotos que aunque no muestren mucho sugieren que hay mucho por mostrar, hay tanta distancia como entre ella y Evita.
Y después está McLuhan y su frase: el medio es el mensaje. Nina o María Julia, mujeres provenientes de galaxias dispares, homologadas por los productores de la revista a las hembras que nadie pondría en duda. Si la tapa de María Julia en su momento o ésta de Nina provocan urticaria, es precisamente porque el montaje las disfraza de lo que no son, porque las pesca in fraganti en el gesto ajeno, en la pose robada. En realidad, la de aquel tapado de zorro o ésta de la bombacha atigrada son dos fotos movidas, dos fotos cuyo mérito mediático es haber captado una grieta en dos personalidades. El medio nunca, nunca juega de visitante. El medio es el conserje de un hotel por el que pasan, uno tras otro, pasajeros que puntillosamente pagan. A veces, con el ridículo.
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Por Sandra Russo
Menos mal que me dejé convencer. El sábado pasado fuimos con la nena al Luna Park a ver a la Bersuit. Pasé años padeciendo esos productos para púberes lamentablemente tan bien hechos que uno puede combatirlos solamente desde la ideología. ¿No ves que cantan mal?, les dice uno, y a ellos qué les importa si cantan mal. Además, está probado que los chicos desarrollan anticuerpos voraces contra las bajadas de línea domésticas, de modo que si uno fuese un verdadero estratega debería probar a hacerse fan de Erreway, comprarse todo el merchandising disponible, colgar posters de Cris Morena en el living de casa, servirles a los chicos la merienda con la remera de Mambrú puesta, en fin, sacar chapa de alienado: estoy segura de que daría resultado pero nunca junté coraje. La cosa es que llevaba muchos años sin ir a estadios, porque tanta gente junta en un espacio cerrado me atosiga. Pero tomé esa ida al Luna como parte de la educación de la nena. Hace unos meses, mágicamente, ella dijo que Benjamín Rojas, el rubio de Rebelde Way, está rebueno, pero que el programa era “una estupidez”. Escuché en silencio y reprimí las ganas de gritarle: “¡Yo te dije! ¡Te lo dije!”. Más o menos para esa misma época, no me acuerdo exactamente qué pasó –creo que la pisé, o me la llevé por delante–, dije “sorry”. Ella me miró súbitamente con desprecio, y observó: “No digas sorry, que es grasa”. Ok, pensé. Pasamos a otra etapa. Aleluya. Dios existe.
Y estábamos las dos allí, en el Luna Park, en un estadio repleto de chicos y más o menos, agitando banderas argentinas por aquello de la Argentinidad al palo, consigna que todavía me sigue resultando algo enigmática. Teníamos entradas para el campo, y eso me atormentaba tremendamente. La noche anterior no dormí. La sola idea de encontrarme en el medio del Luna Park atrapada en el medio de un pogo multitudinario y sudoroso me volvía loca. Pensaba en el probable ataque de pánico y evaluaba qué hacer si justo en la mitad del concierto me veía obligada a decirle: “Disculpame pero vamos, que mami está descompuesta”. En un lugar así, no hubiese podido decirle “te espero en el baño” ni “me voy a tomar un café afuera”. El Luna Park, si uno acompaña a un menor de doce años, es una entrada sin salida hasta el último bis. Encontramos unas gradas y nos trepamos a ellas, y por suerte atrás teníamos a una banda de chicos de nueve o diez años, también acompañados por madre consustanciada, cuyas voces de pito me tranquilizaron en el acto.
De las letras no entendía nada (salvo la del “bomboncito”, porque en casa se la escucha unas quince o diecisiete veces por día), pero desde las gradas veía miles de cabezas muy jóvenes saltando y saltando, sin parar de saltar, porque no eran ingleses ni militares, eso cantaban. Y justo esa semana todo ese apretujamiento y ese olor a chivo concentrado fue un bálsamo. Esa marea alta juvenil fue un refresco que me tomé después de haberme pasado los últimos días discutiendo con taxistas y azorándome con los diagnósticos políticos de los comunicadores televisivos. Porque de repente se puso todo mal, no sé si lo notaron. De repente se acabó lo que desde un principio bobaliconamente algunos llamaron “luna de miel”. Qué graciosos. Claro que cualquier cosa que se llame “luna de miel” tiene cerca la fecha de vencimiento. De repente no sólo los previsibles, sino además otros, gente con dos dedos de frente, personas aparentemente en sus cabales, entraron a flotar como aprendices de astronautas en el discurso sin oxígeno que les prodiga la derecha, amparádose en dos o tres ideas base que más vale tener en cuenta.
Roland Barthes cita los cigarros de Brecht y los de Marx como excepciones en el mundo austero y sin reflejos para el bienestar de lo que “la derecha” llama “la izquierda”. Lo que “la derecha” llama “la izquierda” no ofrece ningún costado placentero. “Toda una mitología menor tiende a hacernos creer que el placer es una idea de derecha. La derecha, en un mismo movimiento, expide hacia la izquierda todo lo que es abstracto, incómodo, político, y se queda con el placer para sí.” No está hablando, Barthes, de que “la derecha” se reserve además el dinero para pagarse el spa, o el yate o la semana en el Mediterraneé. Ni de que “la izquierda” se balancee en los márgenes del mercado, allí donde no se hacen grandes negocios ni los sueldos pasan de la media. Está, más bien, haciendo referencia a reflejos hondos y profundamente enraizados, según los cuales “la derecha” se atribuye el bienestar, y “la izquierda” se atribuye la queja. No está hablando de política, por lo menos no solamente de política, sino de autoimágenes previas que recién después de ser experimentadas decantan en política.
“Es el viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón, de la sensación contra el raciocinio, de la vida contra la abstracción”, dice Barthes. Un mito dialéctico, en el que unos y otros aceptan sin chistar la parte que les toca.
El sábado pasado, a pesar del pánico burgués que me daba ese pogo desatado a unos metros de distancia de mis gradas salvadoras, recordé qué divertido era ser joven, y a la luz de las palabras de Barthes también advertí que los jóvenes, en todas las épocas, son los que han refutado, una vez y otra vez, “el viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón”. Ellos son los que, vírgenes todavía de ese tipo de mitos, inundados de vitalidad y de deseo, niegan con sus cuerpos y sus ánimos las presuntas verdades que se inventan y se repiten hasta que pasan por ciertas.
Los metros que me separaban de ese baile brutal plagado de banderas y de consignas que no llegué a entender no me impidieron absorber la fuerza magnífica de los que todavía anudan su identidad al placer que les da ser muchos, estar juntos, no conocerse, compartir códigos, cantar, saltar, y tener ganas de todo eso. La identidad anudada a la alegría. Por eso los jóvenes, ese tipo de jóvenes no amansados, han sido siempre peligrosos. Porque llevan tatuada en el cuerpo la camiseta del fervor, pero es un tipo de fervor que después, con los años, el “viejo mito reaccionario de la cabeza contra el corazón” desvía hacia los atajos más crudos del malestar y la amargura. Esos jóvenes son peligrosos porque exponen la falacia del mito. Lo desmienten.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-38346-2004-07-19.html
Por Sandra Russo
El ministro de Defensa dijo –que indague quien corresponda por qué lo dijo– que este país “se está volviendo inseguro”. Mariano Grondona, después de esa payasada digna de Titanes en el ring que fue montar un debate entre Raúl Castells y Carlos Escudé amparado en la escenografía de las “barbas simétricas”, convocó a su audiencia a participar de la encuesta que está llevando adelante Infobae, cuya pregunta es la siguiente: “¿Está usted de acuerdo en que este país se está volviendo inseguro, como dijo el ministro de Defensa?”.
El zapping condujo, a la misma hora, a América, donde Luis Majul fue cacheteado verbalmente por el padre de Diego Lucena, el chico asesinado en La Matanza, después de un editorial en el que el conductor clamó por orden y racionalidad, sugiriendo que al orden y a la racionalidad los que se le oponen son los amigos y vecinos de Lucena que incendiaron un patrullero. Arrancado, el padre de Diego Lucena le preguntó: “¿Nos habría invitado esta noche si no se hubiese incendiado el patrullero?”. Dijo Majul que se quedó pensando. El debate posterior sobre “la creciente ola de violencia” también fue bizarro, y es que parecen buscarse resultados bizarros. Los debates que propone la televisión de aire no buscan clarificar conceptos ni analizar fenómenos sino replicar los exabruptos que antes encarnaban las chicas Coppola. Patricia Bullrich y un dirigente de Quebracho, qué debate.
En los diarios Clarín y La Nación, sorprendente, impunemente, las producciones periodísticas del fin de semana siguieron la inercia Radio 10, convertida ya en una suerte de soporte de intelectuales orgánicos invertidos. La “violencia” siguió siendo asimilada al “fenómeno piquetero”, los “cortes de rutas” y la “toma de la comisaría”, como si una muerte de grado menor, una muerte minúscula, coyuntural y sosa hubiese hecho su horrible reingreso en la Argentina. La Nación desplegó profusos artículos para dar cuenta del “borde quebrado” que significó el viernes la “toma de la comisaría” (hay cierto goce en el uso de la palabra “toma”: ella sola reenvía las connotaciones por las que brinda la derecha), pero no abundó en el crimen de Cisneros. Clarín, en su edición del lunes, publicó una página entera con opiniones de políticos y empresarios sobre el “fenómeno piquetero”. Se supone que fueron consultados después del asesinato de La Boca –la edición no dice nada al respecto–, pero sin embargo ni uno solo de ellos hace referencia a la muerte de grado menor, esa muerte minúscula, coyuntural y sosa que se llevó la vida de Cisneros. Por el contrario, en esa producción aparece Elisa Carrió respondiendo a la pregunta “¿Cómo evalúa los últimos hechos que tienen a los piqueteros por protagonistas?”. Y dice: “En principio, pareciera que se trató de un ajuste de cuentas entre sectores piqueteros”. Su compañero de página, Mauricio Macri, responde a su turno: “Es preciso poner claramente los hechos en palabras. Un grupo de piqueteros, una vez más, se adueñó de la ciudad porque dice estar en contra del Gobierno. Otro grupo tomó una comisaría porque dice estar a favor del Gobierno. La conclusión es clara: tenemos montones de piqueteros, pero el Estado y la ley brillan por su ausencia”.
¿De qué están hablando? ¿Cómo se puede obviar con tanto desparpajo, con tanta sorna, la muerte de un hombre? ¿Qué borde terrible, oscuro y final hay que cuidarse de no pasar en este país si no es precisamente el que separa la vida de la muerte? ¿Por qué mirilla angosta y miserable se puede enfocar la realidad para saltearse, en el análisis de los últimos días, la muerte de Cisneros?
El gran aparato del poder de siempre aparece, esta última semana, dando señales de recuperación, después de un año de zozobra. Confluyen en él nombres y apellidos conocidos y otros que con sus purismos maníacos le vienen al pelo. Confluyen en él los grandes medios de comunicación, desmantelados esta temporada de tanques pensantes y predispuestos para banalizar todo. Un debate entre Castells y Escudé, qué divertido.
¿El Oso Cisneros estaba hecho de otro material que Axel Blumberg? Un asesinato, cualquier asesinato, escandaliza, ¿o hemos sido amaestrados para que sólo nos escandalicen los muertos de los asaltos y de los secuestros extorsivos? La sombra de un asesinato político no parece conmover al Gran Aparato, posiblemente porque el Gran Aparato está despejando el terreno para sigan ocupando las primeras planas los secuestros extorsivos, y sigan ocupando escasas líneas las muertes dudosas. Y esto es escalofriante, toda vez que si esto es cierto, significa que habrá más muertes dudosas.
Hemos llegado a una curva del camino en la que es necesaria tanto la prudencia y la racionalidad como una cuota de sana paranoia. Este país nos habilita para ejercerla con todo derecho.
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Por Sandra Russo
Hace poco tuve un lapsus tremendo, de esos que lo dejan a uno perturbado. Mi hija estaba chateando hacía tres horas, y yo quería salir. Nunca nos ponemos de acuerdo en los programas de fin de semana. Así que, para convencerla rápido, le dije:
–¿Querés que vayamos al Pumper Nic?
Ella no despegó los ojos de la pantalla. Debe haber pensado que el Pumper Nic era un nuevo local de Palermo Hollywood y que le estaba proponiendo comer quiche de salmón y puerro o algo por el estilo. Así que repetí:
–Che, ¿ni al Pumper querés ir?
Ella siguió chateando, pero con cierta indiferencia me preguntó:
–¿Y eso qué es?
Recién ahí fue que me sentí un pumpersaurio, porque lo que quise decir fue McDonald’s, pero me traicionó la biografía. El almuerzo terminó siendo una especie de clase de historia contemporánea, en la que le conté cómo fue que en mi adolescencia descubrí aquellos primeros locales de comida rápida, la fascinación de comer con las manos, el sabor del ketchup, la irresistible pesadez de las Freny’s. Ella no podía creer que el mundo llegó a existir sin tanto olor a grasa, que hubo un tiempo muy largo –miles de años– en el que la humanidad prescindió de los combos, las cajitas felices y los Big Mac. Y aunque ahora soy yo la que le dice “dale, vayamos a comer comida en serio”, debí admitir que en su momento también me rendí al juego que supone abrir el paquete de papel manteca o de aluminio, sacar las papas fritas del cucurucho de cartón y pretender que uno está de picnic urbano.
No es solamente en la Argentina que McDonald’s –ahora que sus locales corren el riesgo de ser tomados por grupos piqueteros, con la consecuente doble indigestión de los comensales– se convirtió en un símbolo que excede la dieta sana por la que abogan madres y nutricionistas. En los primeros tiempos de la globalifobia, el campesino francés José Bove también eligió un McDonald’s para erigirlo en el símbolo de una invasión y de una cultura que estaba aplastando a otra. Quesos franceses versus hamburguesas quiso decir, en aquella batalla, tradición europea versus ligereza norteamericana.
De alguna manera, la comida rápida supone una relación al paso con ciertos ritos que en otras partes del planeta implican conocimiento, tiempo, maduración, selección, cocción, saber, compromiso. La comida rápida no es más que un flirteo con la comida, y nadie mayor de quince años elegirá un McDonald’s para una declaración de amor o una conversación importante.
En la comida rápida, la cultura norteamericana ha encontrado una vía igualmente rápida para instalarse en las vidas cotidianas de millones de adolescentes, oficinistas, gente sin mucho efectivo en el bolsillo y familias con chicos pequeños que no saben usar los cubiertos. Volviendo a la antítesis planteada por los campesinos franceses hace unos años, el Big Mac barre de un plumazo años de tradiciones artesanales cultivadas generación tras generación para perfeccionar gastronomías regionales. El Big Mac es la expresión más directa y burda, si se quiere, de una filosofía de lo instantáneo, de lo listo para usar, de la vida-packaging.
En un ensayo escrito después de la Primera Guerra, refiriéndose a las posturas humanas ante la guerra y la muerte, Freud se sumó a la larga tradición que opone lo norteamericano a lo europeo, cuya punta de iceberg bien puede ser una hamburguesa, pero en cuya base yacen otros dilemas. “La vida se empobrece, pierde interés, cuando la apuesta máxima en el juego de la vida, la vida misma, no debe ser arriesgada. Se hace entonces tan banal y vacía como el flirteo norteamericano, del cual se sabe, desde un principio, que a nada habrá de conducir, a diferencia de la aventura amorosa europea, en la cual los protagonistas han de tener presente siempre la posibilidad de graves consecuencias.” En un análisis crítico de estos escritos que hace el psicoanalista británico Adam Phillips en su libro Flirtear, pone de manifiesto que en las palabras de Freud subyace una toma de posición a favor del compromiso y la pasión, en desmedro del flirteo. Y añade que, contra lo que generalmente se cree, contra lo políticamente correcto de los vínculos en los que se invierte “la posibilidad de graves consecuencias”, el flirteo muchas veces no es apenas la versión epidérmica de un juego más profundo sino directamente otro juego. Indica, Phillips, que el flirteo, es decir la relación descomprometida y desdramatizada con alguien o algo, es un modo de acercarse a lo que no parece del todo convincente, a lo que todavía no se conoce bien, a lo novedoso. Es decir: uno puede distinguir y hasta optar por la “versión europea” del compromiso a fondo, pero es miope descalificar per se la “versión norteamericana”, porque la vida está hecha de matices, y en todo caso el flirteo no deja de ser un modo válido de aproximación no sólo a otras personas sino también a pensamientos.
Podrán seguir apareciendo grupos piqueteros argentinos o grupos campesinos franceses o grupos militantes de cualquier latitud, erigiendo desde lo ideológico a los McDonald’s como símbolos de derrota o penetración cultural, pero nunca aparecerán grupos que militen a favor la comida chatarra, porque quien va a sentarse allí y a comer por cinco pesos, flirtea con la bandejita parecida a la de los aviones, pero nada más. No hay compromiso posible con la ética McDonald’s. Mucha gente consume sus hamburguesas, pero nadie se las toma muy en serio.
En todo caso, en el acto político de atacar el símbolo de la comida rápida, se juega una estrategia por lo menos ambigua, porque quienes consumen esa comida rápida generalmente son tan vulnerables y tan pobres como quienes les interrumpen la comida y los hacen sentir idiotas útiles doblegados ante el chiche de la Cajita Feliz. Atacar un McDonald’s, limitarse a los símbolos, también es flirtear con la lucha, quedarse en las metáforas, un atajo que no hace a la cuestión.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-37148-2004-06-24.html
Por Sandra Russo
Los discursos sociales no se dan de baja: son dados de baja en un trámite multitudinario y larguísimo, muy complejo de desenmarañar. Uno no puede seguir el curso del trámite, porque habría que tener mil ojos, pero sí puede a veces observar sus instancias. Si Gastón Gaudio se dedicara a la política y no al tenis, su slogan de campaña podría ser “No me sigan, que los voy a defraudar”.
No sé nada de tenis ni me interesa, pero el tenis en este punto no viene al caso. Lo interesante aquí es por qué fascina la actitud de Gaudio, primero resistida y atajada desde un discurso social previo, destartalado y en decadencia, y ahora, victoria y copa de por medio, celebrada. Por qué el éxito de Gaudio en Roland Garros es percibido como un nuevo tipo de éxito, y él mismo como un nuevo tipo de ganador: uno más a escala humana, o acaso a escala neurótica. Un ganador cuya frase célebre (“¿Yo gané? Yo no fui”) pudo ser escuchada en varias capas de significado, frase consoladora, estratégica y, claro, fascinante.
La relación que entablamos los argentinos con el éxito y los ídolos ha sido casi sin excepción tirada sobre la mesa ante el derrumbe de alguno. Se la ha estudiado o analizado a la luz de una eventual desgracia, como es la desgraciada vida de Maradona. Cuando el ídolo está en su fase de éxito, las sirenas cantan y la bruja se levanta. El maleficio ya está en marcha. Desde arriba de todo, no queda más remedio que bajar. Y en la bajada, ese amor incondicional que le es prometido al ídolo muestra los dientes y le arranca la carne. Hay que ser un poco suicida para querer ser ídolo. Hay que estar un poco loco, porque de lo que se trata es de responderle con toda la energía posible a una demanda social un poco loca.
Gaudio, en cambio, despliega una personalidad de ganador todavía inexplorada, y dice sin parar cosas que hasta ahora eran imprevisibles en la boca de un ganador. El viejo discurso sobre el éxito y el fracaso, ése que indicaba que al éxito hay que perseguirlo a cualquier costo, que no hay que reparar en los cadáveres que se van dejando en el camino, que hay que ser número uno y jamás número dos, que el viaje a la cima es recto y sin desvíos, que para ganar hay que tener instinto asesino, bueno, todo ese viejo y despiadado discurso sobre el éxito y el fracaso, ya estaba muerto, pero no enterrado. Hasta ahora, los argentinos hemos entablado con el éxito una relación de selectividad mayúscula: la copa, simbólicamente, estaba ubicada en un lugar inaccesible, sólo al alcance del héroe.
Sin embargo, la semana pasada, miles y miles vimos cómo la copa quedaba en manos de alguien que en lugar de congratularse de su llegada al estrado de los semidioses, decía: “¿Yo gané? Yo no fui”. De alguien a quien habíamos visto ir perdiendo y reírse, de alguien que anticipaba sus ganas de ganar pero que al mismo tiempo desconfiaba de sus fuerzas, de alguien que no había disimulado el espanto, de alguien que en ningún momento dio la sensación de necesitar la banda de sonido de Carrozas de fuego para ser coronado.
La mirada colectiva que se posó sobre Gaudio tuvo más que ver con la identificación que con la deización del ídolo: ¿quién de nosotros no hubiese estado temblando con la raqueta entre las manos en semejante situación? ¿Quién no se hubiese hecho pis encima? El personaje Gaudio, construido seguramente a partir de una personalidad y no de una maqueta de máquina de ganar puesta a punto, respondía y sigue respondiendo a un posible nuevo discurso sobre el éxito y el fracaso. Eso es lo que tiene de interesante, porque está fascinando y es justamente eso de él lo que fascina: que no prometa nada, que dude de haberlo conseguido, que diga “papi, mami”, que le dedique el triunfo a la novia y también a la ex novia, que diga que lo dejen tranquilo y que no sabe si seguirá ascendiendo en el ranking.
La Argentina sólo sabe del éxito a través del lado oscuro del principio de placer. El éxito como obligación, como misión, como Meca maldita. Seguramente Freud no pensó en la Argentina cuando describió a “los que fracasan al triunfar”, pero hubiésemos sido un magnífico grupo cualitativo. El éxito argentino siempre trae bajo sus mieles la trampa, la ratonera, el destino marcado de quienes serán amados hoy y destrozados mañana.
Gaudio muestra otra estrategia para pararse ante el éxito. El éxito no es su marketing mental. Uno puede imaginárselo, antes de salir a la cancha, más bien pensando “qué hago yo acá” que “lo voy a reventar”. Y fascina. Muchos ya le deben haber pedido el número de su psicólogo. Fascina porque es un ganador autóctono que llegó al éxito por un desvío. ¿Y qué somos todos los que miramos cualquier partido de cualquier cosa sino gente en tránsito hacia diferentes objetivos que se nos caen de las manos? ¿Qué somos todos sino gente que se asusta de lo desea, gente que íntimamente cree que no estará a la altura de las circunstancias?
Hay algo del personaje Gaudio que va mucho más allá del tenis y del deporte, algo que se despliega sobre las aspiraciones de todos y sobre las maneras de concretarlas. En este sentido, Gaudio es el modelo invertido del ganador que sella con un éxito su futura derrota, y es, en cambio, un nuevo modelo de héroe neurótico, es decir, de persona con talento, suerte y muchas dudas. Si Gaudio se dedicara a la política, su slogan de campaña podría ser “No me sigan, que los voy a defraudar”. Lo diría honestamente. Y por eso lo seguirían.
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Por Sandra Russo
Tenía veintidós años, esa edad de esplendor vivida en una hierba mal regada por los tiempos aquellos, feroces, aniquiladores. Escuché por primera vez a Silvio Rodríguez en plena dictadura, mucho antes de Malvinas, cuando nada hacía sospechar que el monstruo fuera a trastabillar. Lo escuché en un casete regrabado y pasado de mano en mano, y en general las manos que se lo habían pasado estaban acostumbradas a hacer play en otra cosa. Los sonidos acústicos no eran bien vistos entre los veinteañeros de esa época, madurados a dedo por el rock. La fe, por aquel entonces, se enchufaba.
A esa edad, y sin militancia política previa, yo asimilaba Cuba a Marte. De más está decir que no tenía nada en contra de los marcianos, todo lo contrario. Cualquier cosa exterior o ajena a la opresión cotidiana y al olor a muerte que se respiraba acá tenía que ser mejor. Pero la dictadura me ocasionaba perjuicios extraños, operaciones intelectuales delirantes. Juro que en mi idea de Cuba había siempre gente luchando, resistiendo, combatiendo, en fin, conjugando todo ese tipo de verbos. Cuba para mí era un país sin vida cotidiana, suspendido, congelado en las postales de Sierra Maestra o el asalto al Moncada. Nunca se me había ocurrido que en Cuba la gente se despertaba, se vestía, tomaba el desayuno, caminaba por la calle, saludaba al vecino, iba al trabajo. Nunca se me había ocurrido que esa gente tomaba café por la mañana, y después, si sobraba, lo tiraba. Y cuando escuché esa canción en la que Silvio Rodríguez se pregunta a dónde van las cosas de todos los días, las cosas amables y atroces que tiene el hogar, en la que se pregunta a dónde se ha ido el café de ayer, y si esas cosas acaso vuelven a ser algo o acaso se van, un rayo cayó sobre mi cabeza y me la partió, y ya nada, nunca, volvió a ser igual.
Empecé a escuchar otros versos perdidos que eran difícilmente audibles en el casete regrabado, y hubo otras revelaciones que no eran previsibles, que no eran de pancarta, sutilezas existenciales que me descolocaban. Cuando él cantaba, como cantó este martes en la Plaza de Mayo, que era un hombre feliz y que pedía que lo perdonaran todos los muertos de su felicidad, claro que se podían entender políticamente esas estrofas (así, entre paréntesis: qué enorme diferencia tiene el saldo deudor de los sobrevivientes de una victoria, cuando aquí nuestra perspectiva hacia los que quedaron en el camino siempre fue el desastre), pero cómo no escuchar que, además, cualquier conquista individual contiene derrotas ajenas, gente que no llegó a destino, elecciones que se dejaron de hacer.
Cuba entonces, con la oreja pegada al grabador, dejó de ser en mi precaria configuración de las cosas un país en el que la gente se lo pasaba haciendo la revolución machete en mano, alfabetizando y trabajando en las cosechas. Dejó de ser un espejismo en el que las consignas rápidamente eran devoradas por su propia y espesa consistencia –una consistencia que probablemente por una cuestión generacional a mí siempre me sonó parecida a la de un engrudo–, y empezó a ser también y sobre todo un lugar en el que una mujer se había perdido conocer la bella locura de su breve cintura debajo de un hombre, el lugar en que se afirmaba que los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, que se quedan allí. El lugar en el que una catedral estaba sumergida en su baño de tejas, en él se ofrecía recompensa por información sobre un unicornio, el que alguien deseaba ser blanco de una luz cegadora, de un disparo de nieve, en el que alguien decía ojalá que no pueda tocarte ni en canciones. Y además, y me ericé cuando llegué a esa parte, en el que alguien decía patria y seguía hablando de amor.
Qué ocurrencia decir patria y seguir hablando de amor. Qué idea descabellada para alguien que como yo y como tantos otros había crecido en una patria huraña y maloliente, una patria dominatriz y sádica que no cobijaba, picaneaba. Que no daba, pedía. Que no hablaba, hacía señas a punta de fusil. No era una experiencia individual, ni siquiera argentina. Por esa época hice mi iniciático viaje al Machu Picchu (¡sí, lo confieso, yo también usé pulóver peruano!), y en un tren destartalado y con olor penetrante a frituras confluyeron en la misma canción, Ojalá, y en la misma añoranza por lo que jamás se había tenido, muchas voces jóvenes que hablaban una misma lengua, el castellano, pero salpicada por acentos chilenos, uruguayos, colombianos, venezolanos, bolivianos.
Llegué a escuchar mil veces, hasta romperlo, aquel casete regrabado. Me llegó a ser necesario, de verdad necesario. Era aire. Quería saber, escuchándolo, que la vida podía ser otra cosa, un viaje extraordinario a preguntas sobre las cosas ordinarias. Quería saber que era posible tomarse un café y quedarse pensando qué se hace de todas esas cosas que suceden y se esfuman, preguntarse adónde habrá ido el café de ayer, si acaso esas cosas vuelven a ser algo o acaso se van.
Después crecí y más tarde dejé de crecer, y me olvidé de Silvio Rodríguez hasta este martes, cuando volví a escuchar esa canción tan engañosamente inocente, Adónde van, y una avalancha de preguntas que dejé de hacerme se me vino a la cabeza. Y sentí en todo el cuerpo el soplido de esas letras que él escribe, y revivió una enorme gratitud, porque por ese hombre parco que casi ni saluda sobre el escenario supe, a los veintidós años, que una de las formas de la revolución es la poesía.
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Por Sandra Russo
No pasará mucho tiempo antes de que algún cable de agencia indique que se ha descubierto que las fotografías digitales de torturas a prisioneros iraquíes fueron incorporadas en algún sitio porno. Tal vez esas fotografías ya estén formando parte de los catálogos secretos del mundo del snuff, que parece ser más que una leyenda si se toman en cuenta las desviaciones perversas que guarda, en sus sobacos, la cultura cuáquera que se autoindica como el “camino del bien”.
El snuff, nunca del todo probado pero insistentemente alimentado por la imaginería erótico-criminal de esa cultura, consiste en constancias fílmicas de violaciones y asesinatos, y supone un espectador snuff que sólo alcance el clímax viendo cómo padecen otros. En un colmo sádico, en un éxtasis de literalidad, al adicto al snuff no le alcanza la simulación que supone cualquier juego erótico. El goce snuff está ubicado fuera de los bordes de la ficción que permite, al común de los mortales, contentarse con ese fabuloso invento humano que nos libra del acto allí donde el acto pondría en peligro nuestras vidas o las de los demás: la fantasía. El goce snuff necesita que haya dolor donde se ve dolor, que haya amenaza donde se ve amenaza y que haya muerte real en la pantalla. La conexión entre el mundo snuff y los crímenes de guerra ya fue planteada, aunque no probada, en la guerra de la ex Yugoslavia. Se dijo entonces que de muchas de las sistemáticas violaciones a mujeres habían quedado registros fílmicos destinados el mercado snuff.
“Si vas con mujeres, no olvides el látigo”, le dijo el filósofo Paul Reé a su amigo Federico Nietzsche, con el que compartía la pasión por la musa de esos tiempos, Lou Andreas Salomé. ¿Qué le habrá dicho un anónimo soldado norteamericano a otro anónimo soldado norteamericano cuando se armó la foto en la que la joven England arrastra de la correa al perro iraquí? Si vas con mujeres a la guerra, no olvides darles a ellas el látigo, que sean ellas las que arrastren de la correa a los perros iraquíes, que sean ellas las que los obliguen a masturbarse, que sean ellas, casi infantiles, casi teen-agers, ambiguas en su ropa de fajina, que sean ellas, con sus cachetes rosados como las niñas de Mujercitas, que sean ellas las que se hagan servir por los perros iraquíes, o las que miren, en la foto, cómo los perros iraquíes son forzados a fornicar entre ellos.
La palabra soldada no existe. Las mujeres están soldadas a la palabra soldado. Dales el látigo a las mujeres soldado para que la escena sea perfecta: es en la sonrisa de la soldado England, en esos dientes apenas visibles, en esa sonrisa autocontrolada –porque el poder lo tiene ella, porque lo que está haciendo le parece divertido, porque está preparada para hacerlo, porque detrás de cámara sus camaradas le están festejando el valor–, es en esa sonrisa en la que la mirada snuff se detendrá, para luego cotejarla, en un crescendo de goce, con la mirada aterrada del perro iraquí. El goce snuff necesita humillación y sufrimiento real. Irak se volvió, inesperadamente, el escenario en el que las mujeres –las víctimas por excelencia del mundo snuff– han encontrado un perfecto sustituto: el prisionero de guerra, el varón degradado a los extremos más bajos de su propia condición. Dales el látigo a las mujeres, ahora sí, porque si son ellas las que manejan el látigo, la escena se vuelve realmente impactante. Que sonrían como la soldado England, que den la impresión de ser capaces de tomarse un ice-cream durante la sesión de torturas.
El presunto video de Al Qaida en el que el joven norteamericano Nicholas Berg es decapitado, por su parte, aparece como una contrarresta de horror, pero no tiene, a diferencia de las fotografías digitales, ningún componente snuff. Como no lo tienen los ataques kamikaze ni los atentados terroristas. Esas escenas dan cuenta de un furor criminal cuyos alcances estremecen, pero la crueldad fundamentalista no es en absoluto una crueldad erotizada.
El presunto video de Al Qaida es una pieza de guerra irregular. Allí se ejecuta, no se goza. En las fotografías digitales, en cambio, es fácilmente visible el desvío por el cual el poder ejercido sobre los prisioneros decanta en un nuevo fetiche.
En 1886, el primer compilador de las más extrañas parafilias, Richard von Krafft Ebing, escribió su Psychopathia Sexualis. En ella hace un rastreo de la libido occidental decimonónica, en el que abundan las preferencias sádicas. Entre ellas, por ejemplo, la de un hombre de Viena que visitaba regularmente a prostitutas sólo para enjabonarles la cara y afeitarlas con su navaja: eyaculaba mientras retiraba el jabón. Las prostitutas eran, desde luego, el blanco móvil mayoritario de los sádicos del siglo XIX.
Hay perversiones de época. Von Krafft Ebing incluiría hoy estas fotos digitales entre los nuevos productos fetichistas que arroja la cultura dominante. Nuevas postales eróticas posibles, con nuevos protagonistas y nuevos humillados. Dales el látigo, dales el látigo, que esas chicas rozagantes de Iowa o Michigan o Texas se cobren en la foto las facturas por las otras fotos y películas en las que otras chicas rozagantes como ellas eran las víctimas del goce snuff. Ahora son mujeres soldado, son camaradas. Dales el látigo, que saquen a pasear al perro iraquí.
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Por Sandra Russo
¿Entiende?, dice el señor Blumberg sin signos de interrogación. Casi lo afirma: usted entiende. ¿Qué entiende usted, que es su interlocutor, usted que lo está entrevistando, si es periodista, o que lo está escuchando, si es oyente de radio o telespectador? La muletilla del señor Blumberg apela a la racionalidad y al sentido común del que tiene delante. ¿Entiende? Nadie le dice que no entiende. Lo que dice el señor Blumberg es sencillo, coherente y claro, como la consigna de su cruzada: todos por Axel por la vida de nuestros hijos. ¿Quién osaría no entender que no puede oponerse a ser empático con el dolor de un padre que ha perdido a su hijo? ¿Quién puede rehusarse a adherir a una causa cuyo objeto es la preservación de la seguridad de los hijos de todos? El señor Blumberg se hace entender y no corre riesgos retóricos cuando pregunta “¿Entiende?”. Sería diferente si el señor Blumberg dijera: “¿Está de acuerdo?” o “¿Me explico?”, por ejemplo. Entreabriría una puerta que permanece cerrada, porque para empezar el “¿Entiende?” da por sentado que él es el portavoz de lo que hay que entender (él es El Que Ya Ha Entendido), y por otra parte enuncia un discurso cerrado sobre sí mismo, que adelanta al posible disenso un “no entendimiento” de la palabra Blumberg. El que disienta con él es porque no lo entiende. Blumberg, si es cuestionado, es porque es incomprendido.
A esta altura, el señor Blumberg es mucho más que el caso Blumberg. Tampoco es casual que el señor Blumberg sea para todos el señor Blumberg: el “señor” reemplaza al “don” o al “doctor” o al “licenciado” o al “ingeniero” o a cualquier otro apelativo que ubique a su portador en algún status social. El señor Blumberg es un señor: esa palabra extremadamente potente designa al mismo tiempo a un hombre del común y a un gran hombre.
El señor Blumberg y el fenómeno que despertó su irrupción en escena puso en aprietos a muchos, entre los que me anoto. Aterrizó sobre la piel urticada de amplios sectores sin representación y con un discurso que oscila entre las reminiscencias más escalofriantes del viejo ser nacional y una necesaria puesta a punto de los piripipí progresistas, siempre más proclives a deslumbrarse por las vidas bellamente cronificables de los lúmpenes que a atender las demandas de mínima de gente de clase media de esa que todos tenemos en la familia.
Sin embargo, pese a que al señor Blumberg se le entiende casi todo, uno lo ve fastidiarse bastante cuando algún interlocutor lo entiende, pero no acuerda con él. Parece ser un hombre infatigable que no para de reunirse con “especialistas” de acá y “del exterior”, amplía cada vez más sus miras y se muestra dispuesto a usufructuar su emergencia como referente en aras de la “causa del bien”. Pero no puede pretender, el señor Blumberg, discernir él solo cuál es el camino del bien. Se ha dicho que su figura se comió a la del hijo, pero lo mismo podría decirse de las Madres de Plaza de Mayo. Su figura es socialmente importante con posterioridad a la muerte del hijo y va de suyo que, si Axel hubiese sobrevivido, tendríamos a este señor siguiendo con su vida y tratando de olvidar el mal trago. Pero a Axel lo mataron y el señor Blumberg procesa su duelo multitudinariamente. Cada uno hace lo que puede.
“Todos podemos ser Axel”, rezan muchas pancartas. Claro que sí. Le puede pasar a cualquiera, rico o pobre. El “conjunto-Axel” agrupa a millones de anónimos con posibilidades de convertirse en víctimas de la violencia común, más las miles y miles de personas que ya lo fueron. Pero hay otros conjuntos. La jueza de instrucción Mirta López González procesó esta semana a trece policías federales que habían armado falsos procedimientos para detener a personas inocentes con el propósito propagandístico de sumar puntaje. Desde el año 2000, una comisión de fiscales creada por la Procuración General de la Nación investigó 95 casos similares: un total de153 ciudadanos fueron engañados por policías para ser “sorprendidos in fraganti” en delitos inexistentes. De ellos, 37 eran inmigrantes ilegales, 35 eran mendigos o personas sin techo, 27 eran desocupados y 21 eran chicos de la calle. Otros eran adictos, remiseros o prostitutas. Todas esas personas fueron encarceladas, a todas se les abrieron causas y sólo un milagro institucional hace que ahora el honor les sea devuelto, aunque muchos perdieron lo poco que tenían: matrimonios, vivienda, tenencia de los hijos o acaso sencillamente la libertad que les quedaba después de haber sido expropiados de todo lo demás.
Todos podemos ser Axel, naturalmente, pero no todos estamos expuestos a este tipo de violaciones: hay horrores que quedan fuera del “conjunto Axel”, horrores que no son menos horrorosos. Nadie hubiese secuestrado a un mendigo para pedir rescate, pero sí hubo mendigos a los que secuestró la policía para plantarles droga o autos robados o armas. Señalar que hay conjuntos de desprotegidos que merecen tanto apego a la ley y tanto fervor cívico como las víctimas de los secuestros extorsivos no es no entender al señor Blumberg, sino dejar abierta la posibilidad de que al señor Blumberg todavía, como a todos, le falten entender algunas cosas.
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Por Sandra Russo
Alguien les había puesto la frutilla en el postre, la sortija en la mano, les había tocado a ellos el ramo de la novia. El efecto b les producía un empalago regocijante, después de largos meses de no saber cómo batallar contra el efecto k. Aquella tarde miraron por televisión cómo ese señor rubio que habían visto llorar por el asesinato de su hijo se encaramaba en las escalinatas del Congreso en una ceremonia que no respetaba los usos y costumbres de las ceremonias argentinas conocidas. Vieron una especie de 17 de octubre sin peronistas y animado por el coro Kennedy. Vieron las miles y miles y miles de adhesiones, en su mayor parte provenientes de gente con estudios secundarios completos –decir eso en este país no es como decirlo en Francia: acá supone clase– pero también el innegable condimento popular: decenas y decenas de pancartas con fotos de asesinados en asaltos y secuestros. El común denominador era, más que la inseguridad, la injusticia. Los que alzaban las pancartas indefectiblemente denunciaban causas dormidas o muertas. Vieron al señor Blumberg pararse en una baldosa tentadora: ese hombre inimputable desde el dolor, a todas luces dueño de sí y de sus palabras, indudablemente decidido a todo, partía la manzana por donde nunca se la parte, y el resultado era tan pero tan jugoso, que se les hizo agua la boca.
A los dos días estaban escribiendo en los diarios o diciendo por radio que los únicos que pueden resolver el problema de la inseguridad son los militares, que la izquierda simpatiza con los delincuentes comunes y que a la mano dura le hace falta su oportunidad histórica.
El domingo, Mariano Grondona, con el conejo ya a medio sacar de la galera (siempre saca el mismo conejo. Desorienta por temporadas con palomitas y pañuelos, pero en el alma tiene el conejo castrense), hizo un malabarismo de interpretación que consistió en insistir con la teoría de los dos demonios, dividiendo la realidad en efecto k y efecto b. Según él, el acto del 24 de marzo (efecto k) fue una lectura equivocada de la agenda argentina, en tanto el 1° de abril (efecto b) es la lectura correcta. Es decir: a los argentinos les importa un comino si en los años ‘70 hubo terrorismo de Estado, y en cambio lo que están reclamando es derechos humanos para la gente de bien. Según él, el efecto k tiene una oportunidad de reparar sus errores si se monta sobre el efecto b y se deja de joder con el pasado.
Son asombrosas las piruetas dialécticas de los cuatro o cinco pensadores que a lo largo de las últimas décadas han acompañado con sus juicios y metáforas los mayores desastres y las aberraciones más intolerables de la política argentina. Son asombrosas porque disfrazan la desnudez visible de los hechos: la causa Blumberg no hace otra cosa, día por día, que hablar de la forma que adquirió el terrorismo de Estado en democracia.
¿Qué otra cosa es, si no, esta peste policial implicada en cada caso de secuestro, atentado, negocio sucio, desarmaderos, narcotráfico? ¿Qué ruta tiene el delito, si no es la que lleva del chorro al policía y del policía al puntero y del puntero al intendente y viceversa?
Ellos prefieren (querrían, les conviene) leer el acto del 24 como una defensa estúpida de formas de lucha pasadas de moda, o como un revanchismo con aires de estudiantina trágica. La única lectura sensata del acto del 24, si ésta fuera una sociedad dispuesta a extirparse sus cánceres, sería la que indica que el Estado no puede salirse de la ley. Ni como en los ‘70, cuando había organizaciones armadas, ni como en los ‘90, cuando los funcionarios rifaron en beneficio propio los bienes públicos, ni como ahora, cuando la debacle social propicia el surgimiento de lúmpenes que secuestran, asaltan y matan gente con la complicidad de las fuerzas de seguridad o del Poder Judicial o del Servicio Penitenciario o del aparato político. En todas partes hay delito, pero lo que no puede haber y sí es deber del Estado resolverlo con urgencia, es la sospecha, dramáticamente confirmada en cada caso, de que no hay a quién recurrir ante el delito. Eso es lo que nos hace pobres, débiles, indefensos, más que los lúmpenes que ahora que los buscan, caen. Porque está visto que cuando los buscan, caen.
Antes de la marcha del 1 de abril, en medio de su terrible dolor, el señor Blumberg dijo sentirse culpable de haber hecho la denuncia policial. Ese hombre se quedó con una duda horrible: ¿no haber denunciado el secuestro de su hijo le hubiese dado a Axel una oportunidad que terminó arrebatándole el amasijo de complicidades e impericias que se sucedieron en la investigación y que terminaron con su vida? Una sociedad sana puede enfrentar el hecho de que haya criminales, pero no que el padre de una víctima se sienta culpable de haber hecho una denuncia. En este punto, el 24 de marzo y el 1° de abril son una misma cosa: el Estado no puede salirse de la ley. Y el terrorismo de Estado no es un recuerdo amarillento de porfiados que insisten con sus banderas deshechas, sino una página del diario de ayer, del diario de hoy, del diario de mañana.
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Por Sandra Russo
Luis Barrionuevo se queja de que Cristina Fernández es mandona. Y dice que a él no le vengan a hablar de militancia y trayectoria, porque le sobran, igual que a las compañeras (Chiche y Olga). ¡Luis Barrionuevo! Otra vez en escena merced al Congreso Nacional Justicialista, cuyo pintoresco desarrollo, incluidas las peleas de peluquería según la lectura macho-irónica de Aníbal Fernández (en todo caso no se trata exactamente de La peluquería de Don Mateo, donde las chicas se limitan a repetir el libreto que les escribe Gerardo; nunca se sabrá, en estas parejas peronistas, quién escribe el libreto; ni Chiche ni Olga, y mucho menos Cristina, aparentan ser chicas decorativas), trajo a la luz aquello que tanto trajín de Estado, en los últimos meses, había hecho olvidar. ¿Cuál era la agenda pública en aquellas elecciones en las que Néstor Kirchner entró raspando con el 22 por ciento de los votos? A ver si refrescamos la memoria, tanto que hablamos estos días de la memoria. No vayamos treinta años atrás, ni siquiera treinta meses. Cuando se votó la última vez, ¿a qué se le dijo que no?
Haciendo memoria de lo inmediato, el Congreso Nacional Justicialista nos recordó a los que lo miramos por tevé (al congreso y al peronismo) que Kirchner pertenece ahí. Nos lo recordó visceralmente, porque uno de los grandes logros de este Presidente, mal que les pese a los congresales, es haber gobernado hasta ahora en representación no sólo de los que lo votaron, que fueron bastante pocos, sino además en representación de quienes habían desviado su voto hacia rincones presuntamente más progresistas (lo de presuntamente viene a cuento de que este país es una caja de sorpresas, y el progresismo es una caja de dolores de cabeza, narcisismo irredento y soberbia proverbial). El fuera de micrófono de Cristina Fernández fue antológico: cuando uno de los oradores puso play en esa frase hueca que repiten todos y no significa nada (“Vamos a apoyar a este gobierno, que le está dando respuestas a la gente, etc. etc.”), ella murmuró por lo bajo “a pesar de los peronistas” (lo dijo por lo bajo, pero se escuchó y se replicó durante el fin de semana como chicana en cuanto medio derechoso aspira a una ruptura lo más escandalosa posible entre “setentistas” y “noventistas”).
Y en esto vale la pena quedarse un párrafo. Solamente el agotamiento terminal del discurso noventista, y la percepción de que la opinión pública independiente sigue exhibiendo un grado de tolerancia cero a ese discurso (que no es, desde luego, un mero discurso, sino un corpus de justificaciones ideológicas para prácticas y decisiones políticas concretas, esas mismas prácticas que estallaron el 19 y 20 de diciembre de 2001), hizo que hasta ahora tanto los voceros y personeros de la derecha ultraliberal como los custodios de la caja chica del viejo modelo (entre los cuales abundan congresales peronistas) se callaran la boca e impostaran una actitud respetuosa hacia Kirchner y sus innovaciones. ¿Con qué elementos pueden salir a decir que “hay que honrar la deuda”, como se cansaron de sostener durante décadas? ¿Con qué cara pueden salir a negar que las privatizaciones fueron una obra maestra del despojo?
Sin embargo, no cuesta mucho verlos agazapados y a la espera del momento oportuno para comérselo crudo a este hombre que, pese a lo que siguen declarando obstinadamente algunos exponentes del progresismo prístino y sin mancha, no está siendo funcional a los intereses del poder real, el que no tuvo problemas, a su vez, en comerse crudos a peronistas, radicales y frepasistas desde el ‘83 para acá.
No sé si habrán advertido que la televisión, por ejemplo, en lo que va del año y en lo que a periodismo político se refiere, se ha convertido en una caja de resonancia notable de los contradiscursos de derecha que se están tejiendo. Ni qué hablar de esa radio que propala barbaridades, ahora con el tufo distinguido de ser “opositora”. Este 24, con su impresionante despliegue simbólico, fue un punto de inflexión, acaso una apuesta demasiado alta del Ejecutivo, que les hizo saltar la térmica a algunos sectores peronistas. Dirimiendo cuestiones aledañas al núcleo de la cuestión (¿todo el edificio o parte del edificio?, ¿Museo de la Memoria o museo de la memoria de un sector?, ¿crítica al terrorismo de Estado sin crítica al terrorismo a secas?), algunos tuvieron, por fin, su primera gran polémica y el Gobierno tuvo, al fin, su primera humillación, con la senadora Fernández acusada de traidora a voz en cuello por unos cuantos que asimilan la lealtad con el encubrimiento.
Releo y me explico: digo “dirimiendo cuestiones aledañas al núcleo de la cuestión” no porque no sea legítimo y hasta necesario desglosar el paquete del 24 y analizarlo en todas sus facetas, sino porque el gran núcleo de este 24, se me ocurre, es inaugurar una sociedad con un consenso básico, de derecha, de izquierda, de centro y de costado: el Estado no puede salirse de la ley. Es eso. Básicamente es eso. Es corto, claro y necesario, y sin embargo, treinta años después, a muchos les suena mal. Le buscan la quinta pata al gato porque un gato con cinco patas es anormal, y les conviene que todo esto que está pasando sea anormal, y buscan sacar provecho de la presunta anormalidad para devolvernos a la lógica de aquel país que explotó un día de diciembre.
Qué país éste. Uno no puede relajarse. Y tampoco puede, ya, hacerse el tarado. Véanlo a Barrionuevo en acción, defendiendo la pura cepa peronista. El que quiera comer sapos, puede alegrarse: estamos en temporada alta de sapos de todas las especies.
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Por Sandra Russo
El domingo, una amiga por teléfono y un vecino por el portero eléctrico, los dos sin radio ni televisión a mano, me preguntaron: “¿Qué pasó en España?” A la respuesta “Ganó el PSOE” le siguieron minifestejos de ocasión. España se volvió significante. ¿Cómo leerla? Desde el día del atentado, los españoles dieron señales de una revuelta intestinal. Ahí es donde fueron tocados, en su costado más íntimo y débil, en esos trenes cargados de trabajadores y estudiantes que acaso habían participado, en su momento, de las multitudinarias marchas contra la guerra. Desde las explosiones, el paisaje español ofreció innúmeras postales de esos impulsos colectivos en los que intervienen tanto la racionalidad como la intuición, y donde se pone en juego tanto el impacto devastador del suceso que acciona como shock, como la información que ya se tenía y que sin embargo había perdido su capacidad de escándalo. Quiero decir: sin los 200 muertos y los 1500 heridos, ganaba Aznar.
Cuando tuvieron lugar esas marchas cuyas pancartas rezaban “No en mi nombre” (no vayas a la guerra en mi nombre, no mates iraquíes en mi nombre, no invadas a nadie en mi nombre, no te alíes con Estados Unidos en mi nombre, no te asocies al club de los dueños de la verdad de facto en mi nombre), todavía Bush, Blair, Rice, Powell, Rumsfeld y los quince o veinte cerebros que se propusieron redibujar el mapa global ubicándose ellos en el puesto de ombligo, cacareaban la amenaza de las armas químicas y el poder satánico del tal Hussein. Después mataron infinidad de civiles iraquíes, confesaron que lo de las armas químicas fue una excusa, se hicieron con el petróleo, mostraron al tal Hussein derrotado y absorto ante un médico que le hacía sacar la lengua, y ya.
Eso que se llama opinión pública –en España y en todas partes– se escandaliza por temporadas, tiene un cupo de escándalo. Se la puede manipular puntualmente, como quiso Aznar y no pudo, o por desgaste. Eso que se llama opinión pública, y de lo que todos de alguna manera participamos, termina naturalizando lo político. En este caso, el escándalo por una invasión descabellada dio paso, con el tiempo, a un gesto de hombros encogidos y a una aceptación de que hay pueblos con sino trágico. Sobre todo esos pueblos a los que pertenecen otros, los otros.
Si el 91 por ciento de los españoles se opuso a la guerra, y Aznar marchó a ella en representación de nadie, ¿por qué hasta hace una semana estaba por ganar las elecciones?
Más allá de la desmesura patética de lo que Washington clasifica como “el eje del bien” y “el eje del mal”, está claro que, con otras e imprecisas coordenadas, hay en el mundo hoy millones de personas que demandan racionalidad y paz, y una minoría de operadores que –desde las sombras de las células terroristas o desde despachos oficiales– planifican desastres fanáticamente y con propósitos difíciles de descifrar para la gente común.
Si esa mayoría invisible permite que el delirio terrorista se convierta en su ayuda-memoria, si esa mayoría invisible no mantiene en vilo su capacidad de escándalo y no castiga a quienes la traicionan sin que haya de por medio nuevos mártires, seguirán explotando otros trenes y cayendo otros edificios.
Aznar no era mejor candidato antes del atentado. Entró directamente a la lógica planteada por Bush, en ese movimiento de tenazas funcional al terrorismo, en esa espiral de espanto cuyos escenarios, hasta el atentado, quedaban lejos. Los 1300 soldados españoles que participan de la ocupación a Irak estaban en Irak antes del atentado. Iban a seguir en Irak si ganaba Aznar. Y Aznar iba a ganar las elecciones.
Tan torpe fue, que en su intento de entrar a las ligas mayores terminó siendo el kamikaze de Bush, el loco con el chaleco cargado de explosivosque se estrelló contra la opinión pública de su país. Esa opinión pública tiene ahora la responsabilidad de mantener la memoria despierta sin que ningún otro acto criminal se la espabile.
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Por Sandra Russo
Si uno lo piensa, es delirante, pero estas cosas pasan así: en un país periférico, hambreado artificialmente, saqueado por cuatro o cinco castas de políticos y burócratas locales aliados núcleos del poder globalizado, de instituciones vitales corroídas para llevar adelante ese saqueo, un gobierno se propone restaurar una de ellas, la Corte Suprema de Justicia. Para evitar caer en los antiguos juegos de jueces-mayordomos, decide proponer nombres de candidatos y someterlos al criterio de la sociedad civil y sus instituciones. Primero propone a uno que es resistido por “garantista”, paradoja sólo concebible en un país periférico y hambreado artificialmente no sólo de manera literal, sino además de manera simbólica. ¿O un juez puede ser otra cosa que un garante de la ley? Después propone a una mujer de currículum intachable y trayectoria pródiga en reconocimientos internacionales a su desempeño. Pero apenas ese nombre es propuesto, el dispositivo de poder se pone en acción, usando a algunos medios como amplificadores y gestores de una primera y gran polémica. Los enviados y cronistas de temporada sobrevuelan sobre la candidata rasqueteando en el diálogo afable hasta encontrar puntos de fricción útiles para hacer la nota que buscan, y en este punto es que la generación compulsiva de la noticia trastrueca los hechos y se funde con la noticia ya encontrada: ey, escuchen todos, tenemos una candidata a jueza de la Corte Suprema que es proabortista y atea militante.
Las crónicas veraniegas apuntan algunos datos objetivos sobre ella con la retórica necesaria como para convertirlos en significantes: es mayor, es soltera, veranea con su madre en un balneario pasado de moda, fuma mucho. Mmmm, parecen sugerir algunos comunicadores: es atípica. Y lo atípico da el color de fondo para seguir rasqueteando hasta focalizar más puntos de fricción. Es difícil creer que Carmen Argibay hubiese hablado motu proprio sobre el aborto, porque más allá de su opinión personal sobre ese tema es una jueza y no una activista. Pero tampoco oculta –¿por qué habría de hacerlo?– lo que piensa. Adelante, amigos, la mesa está servida. El dispositivo prende como una estrellita navideña y empieza el chisporroteo que en un mes y medio alcanza al Vaticano.
En su glorioso libro El placer del texto, Roland Barthes decía, en 1973, que a diferencia de lo que en su momento había planteado Nietzsche, nuestra evaluación del mundo no depende ya del combate entre “lo noble y lo vil”, sino entre “lo antiguo y lo nuevo”. Desde esa perspectiva, “lo antiguo” no es el pasado sino el presente, los estereotipos del presente, esas ampollas del sentido común, los relojes que atrasan, las anteojeras en las mentes. El lenguaje del poder, dice Barthes, “es estatutariamente el lenguaje de la repetición; todas las instituciones oficiales del lenguaje son máquinas repetidoras: las escuelas, el deporte, la publicidad, la obra masiva, la canción, la información, repiten siempre la misma estructura, el mismo sentido, a menudo las mismas palabras: el estereotipo es un hecho político, la figura mayor de la ideología”.
Y bien, un mes y medio después de que Carmen Argibay dejara las playas tranquilas de Miramar, el eco de sus palabras ya fue y volvió del Vaticano y hubo obispos locales que requirieron del Gobierno “garantías” –ahí sí la Iglesia apoya abiertamente actitudes garantistas– de que nadie impulsará la despenalización del aborto. El dispositivo de poder puesto en marcha un mes y medio atrás da su primer y primoroso fruto con las declaraciones del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, asegurando que no existe ningún proyecto para despenalizar el aborto. La Iglesia da por satisfecha su demanda. Las cintas de corset están de nuevo como deben estar: tirantes.
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Por Sandra Russo
Hay una sección fija del programa de Andy Kustnetzoff que no deja de ser un gag caprichoso, y sin embargo plantea, camuflada bajo el efecto hilarante que provoca, una teoría. “¿De qué estábamos hablando?” pone en blanco sobre negro dos andariveles de hechos superpuestos en un mismo momento y lugar –la Argentina–, unos sepultados bajo el mecanismo difuminador de otros. Por un lado, flexibilización laboral, denuncia de coimas en el Senado, remoción de un presidente, intervención en el PAMI, en fin, sucesos políticos de evidentes consecuencias colectivas. Por el otro, Guido Süller, Jacobo Winograd, Moria Casán y sus dos maridos, Velasco Ferrero y su batalla matrimonial, etcétera. “¿De qué estábamos hablando?”, en el contexto de un programa que recorre cada vez con más suerte los bordes menos cómodos de la argentinidad, parece remontarse a aquello que en las escuelas de periodismo se conoce como “función establecedora de agenda”. Es decir, los medios no son todopoderosos, no tienen la aptitud para manipular a su antojo la opinión pública, pero sí pueden, por la fuerza de la repetición, la obsesión y el despliegue antojadizo, establecer una agenda de intereses, incluir en la agenda colectiva temáticas que, si no fuera por su presencia en los medios, no le interesarían a nadie. Y, del mismo modo, pueden bajarle intensidad a otros temas que son de interés público.
Dicho de un modo llano, mientras bajo cuerda se cambiaba la ley que regula derechos y obligaciones entre empresas y asalariados –tema que objetivamente incumbe a millones de asalariados–, la televisión no cesaba de explayarse sobre el tamaño del miembro viril de un señor cuya actividad se desconocía. Se hablaba del chizito de Winograd, mientras Winograd no era otra cosa más que un señor con chizito. Un universo cerrado en sí mismo, vacío de todo sentido, manipulado con formas aparentemente periodísticas, pero cuyo origen y contenido provenía, si es que se le podía encontrar un género, del circo o del varieté. Ni el circo ni el varieté tienen nada de malo, claro. Tener un chizito tampoco y llamarse Winograd, menos. ¿Qué era lo reprochable, si es que había algo reprochable fuera de los cánones, esos sí, indudablemente subjetivos, del buen o del mal gusto? La sección “¿De qué estábamos hablando?” parece ofrecer una posible respuesta. La hueste que se llamó “mediáticos”, como su nombre lo indica, adquirió entidad solamente por su constante y abusiva presencia en los medios, que decidieron replegar sus funciones de difusión, amplificación, análisis, investigación e incluso de entretenimiento (¿a quién podía entretenerlo Winograd?) en aras de la recreación de una realidad virtual, con sus personajes virtuales y sus conflictos virtuales, que demandaban, como eran virtuales, cada vez más dosis de cachetazos, trompadas, escupidas, puteadas, ataques de histeria.
En pleno menemismo y auge de talk shows, recuerdo haber escrito una columna en la que decía que los ricos mostraban sus casas en Caras y los pobres mostraban sus miserias en la televisión. Si se era rico, bastaba con mostrar los muebles y mencionar al decorador. Si se era pobre, había que hablar de algún incesto, alguna infidelidad, algún intento de homicidio. La tele te recibe con los brazos abiertos, pero te cobra peaje.
Así, Flavia Pereyra Iraola, que se llamaba Ortiz, recién pudo volver a los medios cuando se tiró de un octavo piso. El peaje para volver a ser mediática fue caro. Ella debe haberlo evaluado mientras maquinaba su suicidio. No pudo, porque se murió, usufructuar sus nuevos quince días de fama, pero sí los usó su ex marido, y cómo. Y ahora parece que esa tal Giselle Rímolo, que se llama Mónica, ha juntado no sólo la plata para la fianza sino también el bulto para el peaje: cambiar de estrategia y decir que mintió desde un primer momento, sugerir asociación ilícita con un novio llamado Soldán, presentarse siempre acompañada de dos abogados –uno, dicen otros testigos, que es su novio, y otro es el que arrastraba a Pipo Cipolatti de un estudio al otro y le iba juntando los tickets canasta–, es un buen paquete para volver a la pantalla. Lo que no se entiende es cómo una pantalla puede hacer de un caso como el de Giselle Mónica o Mónica Giselle una especie de minicadena nacional propia: la señora, ahora de pelo castaño –porque está arrepentida y las rubias son jodidas para arrepentirse–, está ahí a la mañana, a la tarde y a la noche.
A la teoría esbozada por “¿De qué estábamos hablando?”, entonces, habría que repensarla. No parece haber ahora maniobras distractivas. No parecen, ahora ni antes, los mediáticos responder a una avidez del público por saber sus intimidades. Tal vez se trate, simplemente, de otra argentinidad mayúscula. Esa según la cual todo, hasta una pantalla, puede atarse con alambre.
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Por Sandra Russo
Había que verle la cara a Sergio Dispenza, el padre de Abril, intentando hacer equilibrio en el programa de Mauro Viale. Con buena producción, con chicos ya trasplantados y padres de chicos en lista de espera en el estudio, el programa de la tarde del lunes transcurría tenso, con primerísimos planos de Sergio y un encuadre que atacaba de lleno sus ojos permanentemente húmedos. Ahí había que ir, a ese recorte de la cara del padre que recorrió todos los estudios de televisión y los despachos oficiales –el presidencial incluido– hasta conseguir el corazón que necesitaba su beba.
La tensión innegable tal vez haya pasado inadvertida para el público de Viale, porque los buenos modales de Sergio Dispenza le impidieron terminar de crisparse mientras desde el no lugar del fuera de cámara, la voz del entrevistador era como una aguja que buscaba dónde pinchar. Pero más allá incluso de Viale y de Dispenza, el combate invisible tenía por protagonistas a un hombre que había decidido “usar” a los medios para que el caso de su hija se resolviera, y el engranaje subterráneo y deglutidor de esos medios, su costra amarilla, capaz de hacer alquimia al revés: al oro lo convierte en barro.
El “ir a fondo” era un propósito de la entrevista. Ese “ir a fondo” en el lenguaje de Viale implica que, por ejemplo, hace unos días, un ex secuestrado terminara contando que la pareja de secuestradores que lo cuidaba mantenía relaciones sexuales en la misma habitación en la que el hombre permanecía con los ojos vendados. Conseguir ese dato, ese tipo de datos, es el premio-trofeo del “ir a fondo”. El lunes, Sergio Dispenza, que desde que su hija entró en la lista de emergencia nacional se dispuso a hacer su propia búsqueda, recurriendo a los medios para que difundieran la fotografía en la que la hermosa Abril miraba a cámara con sus ojos celestes bien abiertos, fue acorralado y se defendió hidalgamente, como si tuviera clara conciencia de que la televisión trafica entretenimiento y emoción: él usó la emoción para lograr que alguien le donara un corazón a su hija, pero se resistía, el lunes, a ser parte del entretenimiento.
Las preguntas de Viale tendían a... ¿Humanizar lo humano? ¿Cómo se diría? Las preguntas tendían a averiguar si Sergio y su esposa han tenido problemas conyugales desde la enfermedad de Abril, si su esposa está de acuerdo con la “fama” adquirida por Sergio, si esposo y esposa han podido “hacerse un tiempo” para la pareja... Un desliz, un mínimo desliz, y Sergio hubiese tenido que contestar si han mantenido sexo en el último mes. Eso no le preguntó, pero sí le preguntó si no había pensado en matarse, más precisamente en pegarse un tiro en la cabeza, o si no se le ocurrió ir armado al Garrahan a decir que “si no aparece un corazón, yo de acá no me voy”. El padre timoneaba con cautela y delicadeza la situación, negándose a aceptar palabras que el otro le ponía en la boca. “¿Así que no querés conocer al padre de la donante?”, le preguntó Viale después de que Sergio dijera que “mi hija está viva y la de él no. Tengo que respetarle el duelo”.
Los medios trafican, como mercancías de lujo, entretenimiento y emoción. A veces, como en el caso de Abril, también son soportes de información, que combinada con la emoción –el dolor– que supo transmitir el padre, los hacen altavoces potentes y útiles. La aparición pública de Sergio y de la foto de Abril probablemente hayan tenido bastante que ver con el desenlace afortunado de este caso. Pero el lunes, el combate mudo y feroz que se libraba en el estudio de América daba cuenta de que hay una parte de los medios que se cobra la factura y que tiende a convertir todo, absolutamente todo, en comida para perros.
Todos los días, víctimas o familiares de víctimas de hechos atroces aparecen inexplicablemente por televisión. ¿A qué? ¿Por qué? Durante mucho tiempo, la presión a través de los medios fue la única manera de conseguir justicia (la de un culpable o la de un órgano disponible para untrasplante). Entre las cuentas pendientes en este país está la que hacer que la televisión entretenga o emocione, pero que no haga falta.
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Por Sandra Russo
Podría decirse que el culo nos iguala, por no decir que es democrático, porque no lo es. Lo tienen todos sin distinción de clases sociales, razas, nacionalidad, género e ideología. Pero no lo tienen todos en las mismas condiciones, y por eso no es democrático: hay una jerarquización evidente de un tipo de culo veraniego con características bien marcadas. Redondo, casi irrespetuoso en esa redondez. Simétrico y relleno, pasmoso y disponible. Es una lástima, porque culo tiene gente de todas las edades, pero no sirve de nada tener uno si no se corresponde con la idea del Gran Culo que instalan cada verano las revistas de actualidad y los programas veraniegos. Ese símbolo cada vez más excluyente de la sexualidad pimpante debe tener menos de treinta, acaso porque como decía Scott Fitzgerald –refiriéndose a otra cosa–, “las mujeres terminan a los 23”.
El verano obedece a leyes intrínsecas y traseras. El otro día por radio Ernestina Pais me preguntaba qué es in y qué es out este verano K, en el que uno podría presumir que las rubias teteadas vía bisturí y encajadas de prepo en jeans aleopardados como aquellos que otrora lucía Liz Fassi Lavalle han pasado de moda política. ¿Qué se lleva si ya no se lleva el cuatriciclo y el celular colgando del short o la bikini? ¿Qué hay para ver si ya pasó la pizza con champán y el sushi?: culos.
Revistas bobas y revistas inteligentes, programas mañaneros, vespertinos y nocturnos, todo el engranaje de la liviandad que se postula cada enero y febrero, se rinde y se turba ante el culo de Pampita o el de María Eugenia Ritó. Es de suponer que los editores y los programadores están pensando en lo que espera el público de esos medios cuando seleccionan las notas. Pero es un poco raro que crean que en enero y febrero los que compran revistas y miran televisión son solamente hombres en búsqueda de la Erección Permanente. El sociólogo español González Gil, en su libro Medias miradas, hace un paralelismo entre el consumo social del cuerpo femenino y el tratamiento de los alimentos descrito por Levi Strauss en Lo crudo y lo cocido. Afirma, más o menos, que así como la cocción de los alimentos para algunas civilizaciones tempranas significaba la obtención de comida más para “ser pensada” que ingerida –es decir: el alimento cocido aporta “una idea de sí” a quien lo cocina, lo extrae del lugar del salvaje–, también “la cocina” –la producción– del cuerpo femenino en los medios está destinada a construir “una mujer para ser pensada” por el espectador, pero en base a su propia necesidad de ser constante e infatigablemente estimulado, siempre inducido y alentado a conseguir esa nueva y esquiva utopía de la Erección Permanente.
Acaso porque por definición se busca lo que no se tiene, o porque en materia de sexualidad –Foucault dixit– casi nunca lo que abunda es lo que hay, esta sobreabundancia de culos tal vez nos esté diciendo que esta nueva utopía de la Erección Permanente de lo que está hablando es de una mala relación entre los hombres contemporáneos y su intimidad.
Mientras el verano K transcurre como si aquí no hubiese pasado nada, y la parva de estupideces que prodiga el calor amenaza con taparnos hasta el cuello con peleas entre vedettes, castings de vedettes, concheros de vedettes, peleas entre modelos, castings de modelos y culos de modelos, mientras la estética del porno soft copa el horario de protección al menor y los mayores necesitarían autoprotegerse de sus propias preferencias, dos imágenes de mujeres en el extremo opuesto de la fanfarria culona veraniega surgen contundentes. Sus protagonistas probablemente estén excedidas de peso, pero las dos tienen un carácter de síntoma que es saludable leer. La jueza Carmen Argibay consiguió violar la ley no escrita de los medios según la cual cualquier cosa interesante, en enero y en febrero, pasa en Punta del Este, Cariló o Pinamar. La postulante a la Corte Suprema obligó a las redacciones y a los canales a desviar a sus enviados y a trasladarlos a Miramar. Desde allí, el marco fue coherente con los postulados de Argibay. Por su parte, al asumir en su cargo en el PAMI, Graciela Ocaña, cuando le preguntaron si va a renunciar a su banca, dijo: “Si mi gestión en el PAMI es mala, yo no tengo retorno a la política”. En un país en el que los políticos tuvieron retorno de todo tipo, sobre todo a la política después de malas gestiones, esa declaración de Ocaña es un principio.
Aunque el frenesí mediático veraniego se empeñe en seguir domesticando el cuerpo femenino para hacerlo entrar en los canones de la utopía de la Erección Permanente, las mujeres son algo diferente de ese cuerpo femenino descompuesto en una sola de sus partes. Algo diferente de ese estímulo agotador que no da respiro y al que le está vedado el paso del tiempo. Algo diferente y algo más que ese recorte producido y puesto al alcance de todos para crear la sensación de que “eso” y “solamente eso” es una mujer.
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Por Sandra Russo
Una de las cosas que ponen en descarada evidencia las fiestas es que cada vez hay menos familias como Dios manda. La publicidad, esa fuente de espejos del presente cuya finalidad de máxima es construir espejos a futuro, muestra familias todo el tiempo: la familia es uno de los soportes predilectos para hacer girar esos mensajes. Habrán visto esa de agua mineral poco gasificada, en uno de cuyos extremos un aspirante a suegro escucha en tintineo del vaso de un posible yerno huidizo, y lo confunde con un llamado de atención para pedir la mano de la novia. O habrán visto, en gráfica, la de una joyería impactante que abrió sus puertas el año que termina –allí y sólo allí se venden piezas de Tiffany’s–, en la que gente re-bien se sonríe con recato y se abraza con la exacta cuota de énfasis que pudieron rescatar del internado suizo, mientras en sus muñecas apenas se dejan ver relojes de las mejores marcas, siempre lisos y siempre exentos de esos chiches que volverían locos a los hermanos Conzi, y en los lóbulos de las mujeres brillan pequeños aros cuya escasa dimensión sólo habla de autenticidad, legitimidad y certeza de kilates. En un extremo, el mondo campanelliano rozando los modales de la mafia y los conflictos a flor de piel, pero subyugado por la noción de que la familia unida jamás será vencida. En el otro, un mundo extractado y aggiornado de La edad de la inocencia, en el que los modales reemplazan a la moral y los conflictos jamás ladran, sólo consumen a sus víctimas.
Si las fiestas de fin de año demandan algo, no es solamente dinero para hacer regalos y comprar almendras confitadas. Para mucha gente, lo peliagudo es encontrar a quién hacerle regalos, es decir: con quién pasar esas noches espléndidas, rojas y doradas, en las que se supone que todos se aman y si hay algún tullido, éste caminará perfectamente justo antes de que den las doce. Así pasan las cosas en las películas que pasan en esta época del año: sólo hay que esperar hasta las doce menos uno. Ese minuto es el de la resolución de los problemas, si es que los hubiere. Ni antes, porque se cae el suspenso, ni después, porque así actúa la magia de las fiestas: precisa e indefectible.
Pero al asunto ya medio digerido de las familias ensambladas (esto es: ¿pasamos el 31 con tus hijos pero sin los míos? ¿Con tus padres? ¡Pero si no los conozco todavía! ¿Cómo le digo a mi ex que no quiero que mis hijos la pasen con ésa que anda con él? La de antes me encantaba, pero ésta es un gato. ¿Tu ex suegra? ¿Cómo vamos a pasarla con tu ex suegra, estás loco? ¿Qué me importa que tu ex suegra sea moderna? ¿Le digo a Jorge que venga? Total, nos separamos hace como nueve años, es como un hermano. ¿La hija de tu ex marido con nosotros? ¿Y tu ex marido con quién la pasa? ¿Cómo que se fue a Colonia con la actual? ¿Y a nosotros nos deja la nena? Y bueno, que venga, pero entonces que tus hijos no se vayan con el padre...), repito: al asunto ya medio digerido de las familias ensambladas, se le suma ahora el asunto de la soledad.
Resulta que la soledad tiene buena prensa: los sueltos ya no buscan desenfrenadamente pareja, mucha gente revaloriza sus espacios, algunos hasta mean sus territorios, cada cual defiende su monoambiente, y todos contentos, todos chateando, todos relajados con las relaciones virtuales... hasta que llegan las fiestas.
Las fiestas demandan gente concreta con nombre y apellido y un vínculo real, tan real como para soportar esa noche con los hombros encogidos como cuando uno tiene que llevar al nene al dentista. ¿A quién le gusta llevar el nene al dentista? Pero uno lo hace, porque para eso está. Y en las fiestas, se requiere ese mismo gesto de abnegación que los solos y solas, los esteparios, los home sweet home, los de casas separadas, los que repiten “dejemos que esto fluya” no practican. La abnegación es un deporte familiar por excelencia. El mundo de familias atípicas y sujetos narcisistas de hoy expulsa la abnegación como sentimiento loable y la reemplaza por la diversión. ¿Quién se divierte en familia? ¿A quién le causa gracia escuchar al tío contar por décimo año seguido el mismo chiste? Solamente a Steve Martin y a Cheewy Chase. Seguro que a la tarde dan una de ésas. Menos mal.
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Por Sandra Russo
Pronuncian su nombre con fervor. Lo acentúan demasiado en la é. Dicen esa palabra como si fuera un mantra. O un club al que pertenecen, o un signo del horóscopo que les interesa especialmente. Transpiran código entre ellos. “¿Vos ves ‘Resistiré’?”, dicen como si el hecho los convirtiera en parientes. “Me voy a casa a mirar ‘Resistiré’”, argumentan como si ese enunciado debiera entenderse como algo impostergable. “¿Estás viendo ‘Resistiré’?”, preguntan ansiosamente por teléfono, para compartir algún suspenso. “¿Viste ayer ‘Resistiré’?”, deslizan como una invitación al diálogo. “¡Me perdí ‘Resistiré’!”, exclaman en forma de queja sobreactuada. Entre las numerosas innovaciones de esa telenovela, algunas de las no menos importantes han ocurrido no de aquel lado de la pantalla, sino de éste.
“Resistiré” le ha permitido a mucha gente acostumbrada a disfrutar de productos culturales más elaborados que los que presupone una tira diaria televisiva –placeres de culto, placeres de autor, placeres ligeramente complicados–, gozar como chanchos de un placer masivo. Buenos clientes de las boutiques apolíneas se descubrieron entonces en medio del supermercado dionisiaco. Fervientes soldados de las filas de los apocalípticos se encontraron de pronto asociados al club de los integrados. El mérito es de “Resistiré”, que por algunas cuestiones que se señalarán más adelante es un producto lo suficientemente original como para despertar la duda: ¿son los fanáticos de esa telenovela quienes se cambiaron de bando, o es esa telenovela la que, como un Maradona en sus buenas épocas, gambeteó a lo largo de toda la cancha los hábitos y costumbres de la televisión y fue capaz de contar una historia atípica de una manera atípica, protagonizada por personajes atípicos y seguida de cerca y con lealtad por un público atípico?
¿Qué es lo atípico en “Resistiré”? Menos el formato, todo. Parecía, en el verano pasado, que iba a ser apenas una excusa para tenerlo a Pablo Echarri en exhibición, que como se sabe es el morocho argentino con más consenso. Pero ya en la gráfica de los afiches promocionales algo se entreabría. Los torsos desnudos de Echarri y Celeste Cid, en esos afiches, ya llegaban con el valor agregado de una estética propia, que preservaba del formato telenovela la idea de la pareja pero que, con la luz, el diseño, un poco de sangre y el make up subido de tono de Celeste, sumaban algo del mundo del thriller. Incluso Echarri y Cid, con el correr de los meses y más allá de sus personajes, se convirtieron en los protagonistas perfectos de la tira atípica: pasaron a un segundo plano sin oponer, aparentemente y valga la redundancia, ninguna resistencia. Con todo dado para levantar el perfil, lo bajaron. El ídolo y la estrellita se guardaron. Parecieron invertir en “Resistiré”, convertirla en un plazo fijo más destinado al prestigio que al cuarto de hora. Y de hecho, sobre ese movimiento de repliegue elegante pudieron emerger las notables contrafiguras de la telenovela, Carolina Fal y Fabián Vena, como Martina y Mauricio, sin que hoy a nadie se le ocurra que se trata de personajes secundarios.
Acaso no haya que olvidarse que “Resistiré” es la gran telenovela de este año, y que este año argentino no es cualquiera. Mientras en la vida real la cloaca desbordó y esta vez parece haber voluntad de destaparla, esta ficción también puso en escena, por un lado, una cloaca de profundidad todavía misteriosa, y del otro a tres o cuatro chiflados con ánimo de enfrentarla. En ese sentido, lo intrincado y disparatado de la trama puede sonarle raro a cualquiera menos a un argentino. Quiere la bondad del guión de “Resistiré” que quienes encarnan esa trama no sean ni buenos ni malos del todo, sino personajes hundidos en sus contradicciones. Y quiere la realidad argentina que a todo el mundo se le abra una ventanade verosimilitud en la cabeza cuando se le habla de “la casa de al lado”. La metáfora de “la casa de al lado” desparrama chorros de asociaciones y evocaciones que diariamente pueden encarnar en los diarios, en las secciones de política y de información general.
La televisión ya ha sido perforada en más de una ocasión por propuestas que dieron por tierra con la idea de que se trata de un soporte que requiere necesariamente que todo se haga rápido y mal. El combo de “Resistiré”, con sus buenas actuaciones, sus libros, su vestuario, su luz, su edición, su musicalización y su producción, viene a redescubrir ese soporte para un público conformado, por un lado, por gente agradecida porque, como ve televisión, no esperaba tanto de la televisión. Y por otro, por gente acostumbrada a otro tipo de hábitos y que encontró en la televisión un entretenimiento inteligente y una oportunidad de probar el sabroso bocadito de lo masivo. Así como dejamos de pensar obsesivamente en el riesgo-país, esta telenovela es la prueba de que se puede dejar de pensar también en el riesgo-televisión.
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Por Sandra Russo
–Pero el pelo lo tiene desarreglado. Eso tenés que reconocerlo –me dijo la señora de 75 años, muy bien puesta, con la que había entablado conversación en el Jumbo de Palermo. La señora se refería a Cristina Kirchner.
–¿El pelo? –repregunté. No es que no hubiera reparado en cómo lleva el pelo Cristina Kirchner, pero es que con la señora veníamos hablando de los piqueteros.
–Sí, ¿no viste? Algo le pasa con el flequillo, no sé... Es bastante desarregladita. Un spray le vendría bien, no sé cómo no hay alguien que la asesore.
La señora dijo dos veces “desarreglado”. Eso me llamó la atención. Es una palabra a la que es muy afecta la clase media tirando a más. Una palabra que viene de antes de la era del diseño de indumentaria, y antes de la era de los básicos, antes incluso del reinado de Elsa Serrano o Gino Bogani, cuando un evento, un cumpleaños, un cóctel, un casamiento o un té canasta invitaban a ponerse algo “un poco más arreglado”. Me imaginé el placard de la señora del Jumbo: los suéteres en bolsas de nylon, las camisas colgadas, los zapatos bien ubicados en un botinero. Esa señora era una sobreviviente de un mundo en el que un accesorio bien elegido (un prendedor, un buen par de aros) le daban a un trajecito de calle el toque necesario para “estar más arreglada”. Arreglarse era una señal de clase, más específicamente de clase media tirando a más. Los aristócratas y los ricos en serio no tienen problema en presentarse en un cumpleaños en alpargatas, si es que justo están llegando de la estancia.
Un hombre, al principio de nuestra cola, intentaba canjear sus Luncheon Tickets y no se los recibían porque estaban rotos los códigos de barras. La mujer del hombre hablaba a los gritos, para que todos escucháramos: “Te los dieron rotos otra vez en la empresa. Qué barbaridad. Pagá en efectivo. Pagá con tarjeta”.
La mujer quería comunicarle al resto de la clientela que esos Tickets no eran el único recurso con el que contaban. Le daba vergüenza esa situación de vales de comida rechazados. Pero su marido no tenía efectivo, y ahora, para colmo, había problemas con la tarjeta. Así que con la señora de 75 empezamos a charlar, un poco para no incomodar al matrimonio de los Tickets con nuestras miradas, y ella me dijo que les tiene miedo a los piqueteros.
–Esos trapos en la cara, ¿ha visto?
Los trapos en las caras de los piqueteros, por cierto, no son muy arreglados que digamos. Pero la señora me hablaba de los piqueteros como si estuviesen a punto de degollar a María Antonieta. La señora estaba invadida por una inquietud que la excedía. La señora venía de un viaje de cincuenta años en el que el orden estaba contra el caos, y el orden era lo que se presentaba como el orden, sin reparos: la policía, los militares, la Iglesia, la familia. En ese viaje, para hacer visitas, había que ir “un poco arreglado”, aunque quiso la semántica argentina que llegáramos hasta aquí con cinco millones de muertos de hambre porque hubo unos cuantos que salieron de la función pública bastante bien arreglados, y que el arreglo fuese además una manera de designar el lado de afuera de la ley. Quiso el otro lado del lenguaje implicar que mientras las señoras se arreglaban para el cóctel, sus maridos hicieran otros arreglos. Y sigue queriendo la idiosincrasia de esa clase escandalizarse más por un trapo en la cara que por una cuenta en Suiza.
Los arreglos para el casamiento, los arreglos para el divorcio, los arreglos para el testamento, el arreglo financiero, la coima o el soborno bajo la forma de arreglo. Viven atrapados y cómodos en la noción del arreglo, porque el arreglo supone una estrategia de clase. Arreglar, después de todo, es algo así como autolegislarse, reinventar para sí otras reglas que las que rigen a los otros. Todavía no han vuelto de ese viajeque duró cincuenta años. Y no vuelven porque volver implicaría darse cuenta de que tienen la conciencia desarreglada.
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Por Sandra Russo
Lo bueno de trabajar a destajo y sin tregua durante toda la semana es que uno llega reventado a su casa y puede darse una ducha y sentirse desmayar en la cama mientras mira un rato de televisión. Lo cual es imposible los sábados, porque los sábados uno no trabaja, pero en mi caso y en mi casa tampoco puede ducharse ni mirar tele. En mi cuadra, últimamente los sábados Edenor corta la luz y con la luz se va el agua. Dos sábados seguidos sin luz ni agua, con el teléfono inalámbrico mudo y, por el otro, el que uno ha conservado justamente para esas ocasiones en las que se corta la luz, operadores muy amables surgen de un 0-800 para dar explicaciones técnicas que parecen jodas para Tinelli pero no.
El primer sábado, después del corte, una sucesión de cuadrillas invadieron las veredas. Con mamelucos azules y detalles en naranja flúo, los cazafantasmas llegaron y fueron bienvenidos por la turba de vecinos mientras caminaban con unos raros bastones detectores de fallas que, increíblemente, a los ojos de todos, detectaban fallas cada cuatro pasos. El semblante de los miembros de la primera cuadrilla iba ensombreciéndose, como nuestras casas, hasta hacerlos confesar abiertamente que la luz no volvería, como habían indicado antes, a las dos horas, ni a las tres ni a las cuatro. “Está todo quemado”, dijo uno.
Una cuadrilla se iba, llegaba otra. No estábamos desatendidos en la emergencia: habíamos sido desatendidos mucho antes, cuando alguien hubiese tenido que prever que esos malditos cables terminarían quemándose. Alguien de la tercera cuadrilla tuvo una idea: “Vamos a darles servicio provisorio”, dijo, y tras el módico aplauso empezaron a romper la vereda a la altura de la cochera de la cuadra. “Cagamos”, se escuchó poco después. “Acá hay una falla más grande”.
Todo el sábado sin luz y sin agua, más toda la noche y la mañana con luz pero ignorándolo (¿nadie le puede avisar a una mujer sola que cuando vuelve la luz tiene que revisar las térmicas?), marcó literalmente a fuego un día caluroso y memorable. Por eso este último sábado de verdad pensé en un déjà vu cuando apreté la perilla de la luz y la luz, nada. Y cuando abrí la canilla y en lugar de un chorro salió un soplido, me encaminé encabritada no hacia el teléfono inalámbrico sino al otro, y disqué con la furia concentrada en el dedo índice el 0-800 que me sabía de memoria. “Oiga, otra vez no tengo luz”, le dije al operador de simpatía irreprochable. “¿Puede darme su número de cliente, señora?”, dijo él. “Cómo no”, contesté, y le leí mi identificación de usuaria en desgracia. “Efectivamente, señora, usted no tiene luz”, dijo él. “¿No me digas?”, contesté. “Tenemos un cable quemado en la cuadra”, afirmó él. “¿El mismo de la semana pasada, o es otro?”, pregunté con una ironía que le pasó completamente inadvertida. “No sabría decirle, señora”, aseguró él con una claridad de conceptos tan evidente que me rendí y me despedí con un: “Bueno, gracias”.
La luz, si uno la paga, siempre termina por volver. Volvió esa tarde, mientras yo no miraba la tele ni me duchaba. No hizo falta, como el sábado anterior, encender esas velas pedorras y aromáticas que se amontonan en el estante del living. De pronto, en el silencio de la casa, los aparatos reviven con sus milagrosos chirridos de reconexión, y oops, he aquí la normalidad. Lo único que me molestó fue leer en los diarios del día siguiente el ok del ministro Lavagna al aumento de tarifas, porque antes de que me aumenten la tarifa yo quisiera que al menos en mi cuadra alguien se ocupara de verificar que los cables no se seguirán quemando una vez por semana, sobre todo cuando en los últimos cuatro años no se habían quemado nunca, y ahora parece que llegan a la discusión por las tarifas con sus últimos alientos de cables desinvertidos. Y quisiera que mientras dure la discusión por las tarifas las empresas privatizadas dejen de sacar apasear a sus cazafantasmas, y sobre todo que dejen de sacar a pasear a sus fantasmas, porque somos pocos y nos conocemos.
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Por Sandra Russo
Era l972. No me acuerdo si Perón ya había vuelto o estaba por volver. Pero sí me acuerdo que estábamos con mi mamá, tiradas en su cama, mirando fijamente la pantalla. Hacía muy poco que en la casa había dos televisores. Ella y yo, que tenía trece años, íbamos a ver el primer capítulo de “Rolando Rivas...”. Creo que el recuerdo es tan nítido porque fue la primera telenovela que miré, con ojos todavía semi-infantiles. Ahora, a la distancia, también creo que para ver cualquier telenovela es un requisito fundamental tener esos ojos semi-infantiles. Las repeticiones, las obviedades, los subrayados innecesarios con los que trabajan las telenovelas, se parecen un poco a ese “subtitulado en castellano” que uno busca en las cajitas del Blockbuster cuando llueve y los chicos quieren mirar películas. Ante la telenovela, uno debe investir los propios ojos con cierta puerilidad que lo mantenga unido a la trama, debe sostenerse ahí cumpliendo su parte del pacto con el género: ser fanático de una telenovela es, en cierto modo, redescubrirse púber.
Pero fue también, “Rolando Rivas”, mi primera aproximación al mundo de los taxistas, que en ese entonces me era completamente desconocido. No recuerdo haberme subido a un taxi hasta mucho después. Las costumbres suburbanas implicaban trayectos cortos, bondis destartalados, largas caminatas o a lo sumo, si era tarde, esperar el auto del padre o del hermano mayor en la puerta del baile. La era del taxi y su continuadora, la era del radiotaxi, iba a tardar en llegar. En aquella época, los ‘70, todavía Buenos Aires tenía los taxis previsibles y los usuarios de taxis previsibles en una capital de un país periférico. Faltaban muchos bruscos movimientos económicos y sociales para que esta ciudad tuviera cinco veces más taxis que París. Faltaban despidos en masa que ubicaran a los despedidos en la disyuntiva de invertir la indemnización en un taxi o ponerla en un plazo fijo. Faltaba el cierre del mercado de trabajo que ubicara a muchos profesionales liberales en la disyuntiva de manejar un taxi o irse del país. Faltaba la explosión, en los ‘90, de la ilusión de un mundo de servicios al alcance de todos, un mundo lubricado y a la orden, soluciones para hacer todo más rápido o sin moverse de casa, un mundo que también estalló cuando hace poco descubrimos que uno no tiene por qué hacer todo más rápido si ya no tiene nada que hacer, o que hay miles de personas que no se mueven de sus casas porque ya no tienen adónde ir.
“Estos negros no van a parar hasta que no les maten a unos cuantos”, dijo el taxista el otro día, varias horas antes de que ese grupo de piqueteros obligara al ministro Tomada a dilatar su regreso al hogar hasta la madrugada. Ya sé que no me tengo que pelear con los taxistas, así que sólo emito onomatopeyas desde el asiento trasero. Mmj, ah, see, chsss, mmmm, jjjmm, etc. Conozco a una periodista que cuando llama al radiotaxi no pide con aire acondicionado o fumador-no fumador, sino “mándeme uno que no hable de política”. Si ustedes toman taxis, hagan la cuenta: ocho de cada diez, ¿qué radio escuchan? Esa, claro.
Fue lentamente, desde “Rolando Rivas” para acá, que el mundo de los taxistas fue reconvirtiéndose, cristalizándose en un asteroide como aquellos de El Principito, en el que podríamos fabular que vive un hombre casi pobre que trabaja como un desesperado catorce o dieciséis horas por día, que es explotado y maltratado por un sistema que lo obliga a pagar como tributo al dueño del auto que maneja o a la empresa de radiotaxis casi todo lo que recauda, y cuyo desánimo y rabia se concentran en despreciar y repeler a los que son más pobres que él. En ese asteroide, curiosamente, nada irrita tanto a su habitante como alguien que ha perdido todavía más que él.
Hubo una época en la que los taxistas eran psicólogos al paso de los pasajeros. Daban charla y ponían la oreja. Hoy los términos se han invertido, y me ha pasado hacer un trayecto considerable viéndome conminada a leer párrafo por párrafo la letra chica del seguro contra terceros que un taxista acaba de contratar. Otra vez, me largué a llorar al cabo de treinta cuadras, después de escuchar la historia de otro taxista que había sacado un crédito prendario para comprar un auto que ya le habían embargado y al que estaban por rematarle la casa. Pero la mayoría de las veces me asombra la ira reconcentrada que exhuman sobre todo los taxistas recientes, los devenidos taxistas en base a fracasos anteriores. Tienen una violencia a flor de piel que transpiran cada vez que una calle está cortada, como si el derecho a circular (a circular sin rumbo, a circular sin pasajeros, a circular sin la promesa de un salario digno) fuera la única trinchera que les queda. O como si el piquete o la protesta callejera que les corta la calle o los desvía fuera una señal no descifrada de otros obstáculos que les han cortado el camino o los han desviado de sus sueños.
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Por Sandra Russo
“Tiene todo. Hasta no tiene marido.” Me lo dijo una señora de unos sesenta y pico, diálogo ocasional en la peluquería, espera matizada, a la sazón, con revistas de actualidad. La que lo tiene todo, hasta ese nomarido que le fascinaba a la señora, era Susana Giménez, estrella resistente no sólo al paso de los años sino sobre todo a los cambios de estética, valores y gustos populares registrados en todos estos años.
Me llamó la atención la síntesis perfecta que provino de la observación de la señora, que debía tener apenas tres o cuatro años más que Susana, pero que evidentemente se sentía separada de ella por varios siglos y algunas constelaciones: es necesario sentirse así, unida al ídolo por un deseo encarnado en él, y al mismo tiempo parado en la imposibilidad de concretar ese deseo, para experimentar semejante fascinación.
–Fijate –dijo–: es madre, es abuela, tiene dinero, es divina, está en pareja pero si con el tipo la cosa no funciona, fue.
–A mí me parece medio boluda –sentencié sin que viniera al caso, pero algo tenía que decir para prolongar el trabajo de campo que consistía en averiguar qué de Susana Giménez sigue provocando admiración.
–¡No tiene un pelo de boluda! –me contestó la señora, como si acabara de regresar de un viaje de placer con la Giménez–. ¿Vos te creés que ella no sabe que los dinosaurios se extinguieron? Pero su público consume su... frescura.
–Pero si ella sabe que los dinosaurios se extinguieron y le pregunta a un entrevistado si encontró un dinosaurio vivo, no es fresca. Está actuando frescura –intenté teorizar.
–¡Y a mí qué me importa! ¡Yo no soy su amiga íntima! ¿Qué me importa si ella es como se muestra o es distinta? ¡Yo soy público! –se encrespó la señora, con una autoconciencia sorprendente.
–¿Le interesa todo este asunto del divorcio del Corcho? –ella tenía un ejemplar de Pronto en la mano.
–Mirá qué diosa –me dijo mostrándome una foto en la que la Giménez montaba una bicicleta un par de talles más chicos que el que le correspondía. Reía bajo un horrible sombrero de esos tipo far west que suele ponerse cuando no se planchó el pelo. Miré la foto. No me pareció una diosa. Más bien me pareció una señora de cierta edad vestida inadecuadamente. Miré a la señora. Ella se explayó:
–Se acaba de separar, ¿entendés? ¿Vos alguna vez te separaste, nena?
Asentí varias veces, tantas como las que me separé.
–¿Estabas así a la semana siguiente?
–¿Cómo? ¿Andando en bicicleta?
–No, divina y riéndote.
–No.
–Bueno, pero por lo menos te separaste. Yo no. Estoy casada con el mismo hombre hace treinta y dos años. Con eso te lo digo todo.
–¿Se llevan mal? –me dio pena. No acertaba a descifrar qué quería decir la señora con la palabra “todo”.
–Ni bien ni mal, querida. Treinta y dos años con el mismo. ¿Qué importa cómo me llevo?
Ahí algo empecé a entender. Ella siguió:
–Yo no veo el programa de Susana. Pero esto de que use y tire me parece perfecto.
–Ay, señora, ¿cómo use y tire? Me da impresión.
–Bueno, pensá con quién estás hablando. Treinta y dos años con el mismo. ¿Sabés las veces que lo hubiese tirado?
–No es feliz –dije y me sentí una imberbe más imberbe que aquellos de la Plaza.
–¡Pero de qué felicidad me hablás, nena! No se trata de eso. Se trata de que las mujeres como yo vivimos una sola vida, ¿entendés? Un matrimonio para toda la vida equivale a una sola vida.
–¡Pero usted no es solamente su matrimonio, señora! ¡Usted es mucho más que su matrimonio!
–Bla bla bla. Quedate casada treinta y dos años con el mismo y después vení a contarme qué sabrosa es tu vida.
A la señora la llamaron para lavarle el pelo. Me quedé sola con la revista Pronto –¿o era acaso la Paparazzi?–. Vi a Susana sonriente, escoltada por Jazmín. Vi sus botas tejanas, el animal print de su chaqueta, el amarillo limón de su pelo. Efectivamente, a la semana de separarme yo no me veía así, y no sólo porque nunca en mi vida usé botas tejanas. Pero claro, la mía es una vida real, y la de Susana, para esa señora y para miles de señoras más, y acaso para ella misma, es una auténtica vida ejemplar (de revista).
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Por Sandra Russo
Eran casi las ocho de la noche y hacía más de una hora que la sede central de la AFJP Nación había cerrado sus puertas. En el local, bien grande, todavía había apretujamiento de gente con formularios y biromes en la mano, caras desconcertadas y una ansiedad a prueba de todo tipo de confusiones: nadie sabía exactamente cuál era el beneficio de pasarse de cualquiera de las AFJP privadas a la única totalmente estatal. La palabra “pesificación” iba y venía, de boca en boca, aunque su real significado aplicado a los aportes jubilatorios de la última década todavía era esquivo. “Estos pesificaron”, se escuchaba. “Fueron los únicos que pesificaron”, se recalcaba. Esas frases sueltas dejaban colgando la idea de un tardío y curioso elogio del peso, después de años de la loa al dólar. Esos futuros aspirantes a jubilados no podían precisar qué era lo que ganaban con el pase agitado al Nación, aunque sí podría decirse que estaban allí impulsados por otro tipo de intuición: quedarse de brazos cruzados y en manos privadas les sonaba como el peor de los panoramas. Se ignoraba y se ignora todavía cuál es la quita que tendrán los aportes jubilatorios de quienes eligieron o fueron pasados de prepo al sistema de capitalización, pero quienes estaban allí y los que siguieron desde entonces atestando esa y las otras sedes del Nación, o atosigando a sus promotores, no sólo sospechan, ya saben que ellos no serán, dentro de unos años, aquellos viejitos hip hop que andaban en bicicleta, viajaban o salían de paseo con sus nietos después de haber entregado su dinero a las virtudes de la iniciativa privada.
La corrida hacia la AFJP del Nación había empezado un par de días antes, incluso antes de que el tema se constituyera en tal en casi todos los diarios y los programas periodísticos televisivos. Es uno de esos casos en los que es la sociedad la que avanza sin libreto, y fuerza a los medios a retroalimentarlo. Y también es uno de esos casos en los que las palabras y toda su contundente resonancia pasan al acto, masivamente, demostrando una vez más que esta época argentina está perforando, con punta de lanza, todos los supuestos de la década pasada.
Junto con el paradigma hegemónico muerto murieron también un puñado de palabras. No las palabras en sí mismas, claro, sino los universos de significados que encerraban. En un ensayito que John Carver escribió en homenaje a su primer maestro de escritura, John Gardner, el cuentista relata que una de las principales cosas que aprendió de Gardner cuando todavía no sabía que él mismo sería un escritor, fue que en literatura no existen los sinónimos. No es lo mismo decir “cara” que “rostro”, ni “pelo” que “cabello”. No es lo mismo “suelo” que “tierra” ni “roca” que “piedra”. Para ejercer la precisión en la escritura, es necesario bucear en cada palabra y en sus connotaciones específicas. Pero esas connotaciones mutan. Son políticas. Y si no, fijémonos en las connotaciones de las palabras “privado” y “estatal”.
Para investir esas nociones cuando se implementó la ley previsional, quiso la historia reciente y el manager de esa ley, Domingo Cavallo, que las palabras “privado” y “estatal” encajaran en dos regímenes separados, “de capitalización” y “de reparto”. La palabra “capitalización”, en una era de creyentes devotos y acríticos en el capital privado, de ensalzamiento rotundo al empresariado y al gerenciamiento, daba una idea de movilidad, de crecimiento, de acumulación. El “reparto”, en cambio, parecía encerrar apenas la posibilidad de cortar una torta para seis en treinta y dos.
Pero atrapadas en esas dos expresiones que a su vez implicaban dos maneras de hacer aportes previsionales, engrampadas, pulidas por los significados multifunción que decenas de funcionarios, banqueros y periodistas adictos propalaban cada día, estaban las otras dos palabras, las que hoy, junto con el sistema de capitalización, estallan en la contradicción entre lo que se quiso decir y lo que se hizo. Esto es, “privado” y “estatal”. Colegios privados, medicina privada, seguridad privada, secretaria privada, lo privado gozó estos años, semiológicamente, del espacio necesario y suficiente como para haberle hecho lugar nada menos que a las descomunales privatizaciones de los servicios públicos. Ese espacio le fue restado a lo estatal, que cargó con el desánimo, el desprecio, la minusvalía, el desmantelamiento. Hoy se están resignificando esas nociones, a la luz de los hechos. Que la “AFJP del Nación haya pesificado” y que eso se murmure de boca en boca es una síntesis de cinco palabras que nos enfrenta con una sigla hija del último régimen, una moneda que espera su revancha, y una mayúscula que nombra a un banco pero que acaso nombre, más allá de ese banco, una ilusión.
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Por Sandra Russo
Todo el mundo tiene en la familia a alguien como Elena Cruz. No digo a alguien que admire a Videla, sino a alguien que les ponga apodos a las cucarachas y les pida perdón a las babosas antes de envenenarlas. En casi todas las familias hay o hubo alguna tía loca y excéntrica que babeaba al saludar y era el espanto de los chicos besados, que apenas la veían empezaban a refregarse la mejilla. Alguna parienta fuera de cauce que salía a la calle con el batón desabotonado, que se robaba caramelos en el kiosco, que buscaba camorra con las vecinas o amenazaba a los chicos del barrio a escopetazos de gas comprimido si alguno había osado tocarle las hortensias. No hay familia ampliada que se precie sin una loca de esta especie. Siempre se trata de una loca, no de un loco, y acaso a esa figura de la loca latente en el imaginario colectivo apeló hace tres décadas la dictadura para descalificar a aquellas mujeres que comenzaban a dar vueltas alrededor de la Pirámide de la Plaza de Mayo.
Aquellas mujeres no decían que a sus hijos los estaban matando como a cucarachas ni que los estaban haciendo desaparecer como a babosas. Ninguna de ellas, en todos estos años, osó caer en la pose de la locura. Ni estaban locas ni lo aparentaban. No usaron metáforas jardineriles para referirse al drama que vivieron, ni abusaron jamás de ese drama: fueron la presencia duplicada que replicaba la ausencia de sus hijos. Quien las tildó de locas tenía la locura en la mirada o, simplemente, la voluntad de malinterpretar y desautorizar los gritos más racionales, cuerdos y sensatos que se escucharon por aquí durante muchos años. Decían esos gritos que no hubo errores y que no hubo excesos, destartalando así el intento de presentar como excepcional lo sistemático. Exigían aparición con vida, incluyendo en esa consigna el núcleo central del delito que no iba a cesar de cometerse nunca, en tanto los desaparecidos siguen aún hoy desapareciendo. Reclamaban juicio y castigo a los culpables, y pese a que durante mucho tiempo parecía que ese reclamo eran pompas de justo jabón soplado al aire, hoy está cerca.
Por su parte, Elena Cruz, que ganó la notoriedad que su carrera artística no le había procurado embanderándose con la defensa de lo que hasta los apologistas del régimen ya consideran indefendible, ha encontrado en la pose de la locura un lugar cómodo desde donde ser considerada intelectualmente inimputable. Y si no, hay que haber visto la cara de desorientación, el domingo pasado, de Vilma Ripoll, mientras Elena Cruz explicaba su amor al prójimo con el relato de la piedad que le despiertan babosas y cucarachas. Esa es la estrategia de la loca de la familia: suele no estar para nada loca, suele usar la chapa de loca como herramienta para manipular a los demás, suele atrincherarse en su presunta locura para reinar en su propia baldosa, manteniendo a los otros a una distancia prudente, porque la loca de la familia despierta por un lado irritación, pero también, por el otro, despierta cierta piedad, cierta impotencia, fuerza a rendirse porque ante la locura uno se rinde, ante la locura caen los argumentos, los fundamentos y, claro, la razón.
La patrulla perdida de la demencia militar de los setenta ha logrado una banca en la Legislatura. Los buenos modales democráticos han permitido que a Elena “Patrulla Perdida”Cruz la tengamos sentada imaginando leyes comunales que tal vez –por qué no– terminen beneficiando a Nelly o a cualquiera de sus otras amigas cucarachas. Y tal vez, pasado el estupor, no esté del todo mal esta presencia inconcebible. Tal vez sus intervenciones públicas sigan recordándonos, una vez y otra vez, como ella misma dice, que hay otra gente que pensó o piensa como Elena Cruz. Que estamos recién ahora sacando medio cuerpo del lodazal inmundo en el que estuvimos sumergidos durante décadas. Que ella no representa a nadie, pero sí representa, incluso durante sus actuaciones como la loca de la familia, el mal que roe, el mal que acecha, el mal interior y subterráneo de la peor Argentina.
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Por Sandra Russo
Venía de estar tres horas en la Favaloro intentando inútilmente despertar a mi padre para darle de comer. En su ensoñación, en la que cayó después de una operación y cuyo origen los médicos todavía estaban investigando, le hablé. Le dije que hay un señor que todos los días pasa por su negocio de Quilmes para preguntar por su salud. De pronto, y sin salir de su limbo, mi padre se levantó la mascarilla de oxígeno y con cierta dificultad, eligiendo cuidadosamente las palabras, dijo:
–Tengo la sensación de que nadie es mi enemigo.
Después siguió durmiendo.
Me quedé quieta y abierta, ingresada por las circunstancias en una dimensión desconocida. Quería escuchar por entero esas palabras que habían salido de algún lugar misterioso del alma de mi padre.
–Tengo la sensación de que nadie es mi enemigo.
Deduje que esa frase va a acompañarme el resto de mi vida. Después le di un beso, me puse el tapado y salí a la calle. Era domingo y de noche. Me subí al auto, que tenía que llevar al taller dos días después porque había que arreglarle la bomba de agua. Mientras manejaba, pensé: qué buen principio de novela una mina que sale de acompañar a su padre semiinconsciente, que le escucha decir a su padre desde su semiinconciencia una frase como ésa, que se contiene y se mantiene en control, y a la que al volver a su casa se le rompe el auto. Imaginé a esa mujer repasando, en el asiento del conductor de ese auto roto, los extraños desperfectos de la vida. Justo en ese momento, cuando tomaba por la avenida Córdoba imaginando a esa mujer, se encendió en el tablero del auto una luz roja de esas que no sé descifrar y que me comunicaba alerta: faltaba agua, aceite, nafta, algo. Esto no me puede estar pasando, pensé, no es lógico que se me rompa el auto cuando estoy imaginando que se me rompe el auto, las cosas pasan cuando uno no las espera, no justo cuando uno fantasea con ellas. Entregada al destino, seguí manejando y mirando de reojo el tablero, que ya no se encendió. Llegué a la esquina de mi casa y pensé: zafamos.
Toqué bocina en la cochera para que el sereno me abriera el portón eléctrico. No me abría. Volví a tocar. El portón comenzó a abrirse lentamente. Entré. Para estacionar el auto en mi cochera fija tengo que hacer una maniobra. No podía hacerla porque en ese lugar había una camioneta atravesada. Toqué bocina otra vez. Vino un chico al que no conocía pero que ya me había hecho una seña en la entrada que yo no había entendido. Bajé la ventanilla.
–No te entiendo qué me querés decir –alcancé a balbucear antes de sentir el metal del arma sobre la sien.
–Quédese tranquila, señora, que estamos robando –me explicó respetuosamente. Pensé: esto sí me puede pasar, porque olvidé fantasear con una mujer que sale de ver a su padre inconsciente y vuelve a su casa en un auto que está por romperse y que cuando llega a la cochera de su cuadra es tomada de rehén por dos jóvenes asaltantes. Dejé la llave puesta en el auto para hacerle más sencillo el robo, y me bajé. El chico tiró de la manga de mi piloto para llevarme con él, pero entonces otro vecino golpeó la puerta para entrar a la cochera a retirar su auto. Otro gil como yo, de cabeza al matadero. El chico me dijo: “Quédese acá quieta, señora”. Mientras lo veía ir hacia la puerta para hacer entrar al hombre, pensé: “Necesito Rivotril. Que se lleven el auto, la cuadra entera, si quieren, pero que a mí me den rápido un poco de Rivotril”. Tenía el frasquito en la cartera, y la cartera en la mano, pero me quedé quieta como una estatua obedeciendo la orden del asaltante, porque intuí que todo (TODO) podía acabarse si había entre nosotros el menor malentendido. Hizo entrar al nuevo gil, volvió por mí, me arrastró tirando de la manga de mi piloto, yo sollozaba: “Vengo de ver a mi papá, mi papá está muy mal, llevate lo que quieras pero dejame ir”. El me tranquilizó como sólo pueden tranquilizar a los débiles los que por un rato se han erigido en fuertes. “Usted me da todo lo que yo le pido y se va, señora, tranquilita”, dijo, tironeando de mi reloj.
–Querido, me lo compré en el Once, vale veinte pesos, ¿lo querés?
–Bah, quédeselo –dijo él, decepcionado, creyendo que era verdad que mi reloj valía veinte pesos. A lo mejor lo creyó porque era la más pura verdad. Le di un anillo de oro (el que mi papá le había dado a mi mamá cuando se comprometieron) y vacié mi billetera en sus manos, cuando vi que atrás de la columna ya había seis o siete hombres, mis vecinos, tirados en el piso y con las manos en la nuca. “¿Puede ser que esto me esté pasando a mí?”, pensé, y concluí: “Me está pasando”. Observé detenidamente a mis vecinos y rogué en voz baja que ninguno de ellos se pasara de listo. Me aterró ver que uno manoteaba un celular. El fantasma de un patrullero llegando estilo Swat fue el peor fantasma. Y como las cosas que pienso que van a pasar no pasan nunca, pensé fuerte: “Va a venir un patrullero, Dios mío, va a venir un patrullero”. Creo que porque lo pensé tan fuerte el patrullero no vino. Los ladrones se fueron a los quince minutos. Desdeñaron mi Twingo y se llevaron un par de autos más caros. Cuando todos salieron a la vereda y empezaban a alborotarse, yo seguía acuclillada contra la columna, escuchando desde lejos las palabras de mi padre, y en el medio de la confusión me sentí iluminada por ser hija de un hombre que no tiene enemigos.
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Por Sandra Russo
Alguna vez fue una mujer potente, en el sentido que este país le daba a la potencia. El sentido que este país le daba a la potencia estaba íntimamente relacionado con la idea del poder. La idea del poder en este país, en ese entonces, era atroz. A casi nadie se le ocurría que el poder debía tener límites precisos, contralores o reglas. Con vaselina y efectos especiales, se borró el matiz entre el poder y el abuso de poder. Lejos de sentir rechazo o aversión por esa desmesura, mucha gente adhería a ella, creyendo ver el hambre en la gula, la fortaleza en la ambición, la astucia en la vileza, la inteligencia en la capacidad de disimulo. Gobernaba Carlos Menem y María Julia Alsogaray estaba en su apogeo.
La ingeniera se había sumado a la constelación menemista eyectada desde la galaxia liberal. Lo que podría haber sido un choque ideológico entre un gobierno presuntamente peronista y una exponente del pensamiento conservador más bizarro conocido terminó en un roce amoroso que a ella iba a embarazarla, sucesivamente, de grandes cargos, enormes cargos.
Que fuera ingeniera le daba carácter. Que su apellido fuera Alsogaray le daba un pedigree político que al menemismo le venía bien. Eran épocas en las que Menem estaba desprendiéndose del ideario peronista y como identidad de reemplazo necesitaba otra, mientras construía la suya, que tan bien y tan claramente edificó.
Cuando la ingeniera se asomó al estrellato en el que se mantendría casi una década, lo hizo con ese rictus propio de las mujeres fuertes según contaba la leyenda menemista. Iba a encargarse de las privatizaciones más importantes, iba a cargar sobre sus hombros las primeras tandas de despedidos que provocó el achicamiento del Estado, iba a reducirle la cabeza al Estado, colmando con esa reducción, acaso, algún complejo de Edipo atravesado: lo colmó llevándole a papi, como trofeo, decenas de miles de cabezas de despedidos estatales.
Políticamente, fue una primera dama con poderes plenipotenciarios, en un país con una primera dama humillantemente echada de la Quinta de Olivos y una incipiente primera damita que todavía cursaba el secundario. Fue una interlocutora válida y necesaria, alguien con quien es fácil imaginarse a Menem planificando tropelías. Aquel gobierno hacía prensa con su inteligencia, que ella paseaba por estudios de televisión como quien pasea a su doberman por la cuadra. No se sobresaltaba. No se conmovía. No se avergonzaba. No se dejaba doblegar. Contraatacaba. Tenía elementos para hacerlo: casi nadie nunca la puso en un aprieto. Gozaba de la verba vacua y los números falsos para salir airosa de los debates. Miraba sanguinariamente a quien se le pusiera delante, sin perder nunca esa mueca lejanamente parecida a una sonrisa de Gioconda irónica. Ella sabía muchas cosas que los demás ignoraban. Estaba al tanto de muchas puertas secretas. Tenía salidas de emergencia. Y cuentas bancarias que cada día crecían en la sombra, mientras papi seguía orgulloso de la nena, que le había salido con don de mando y una sugestiva dosis de impiedad.
Cuando uno lee ahora las causas que poco a poco fueron sumándosele en la Justicia, es casi increíble, casi inconcebible que una funcionaria gozara de semejantes libertades no sólo para achicar el Estado sino además para malversar sus fondos. Ella, la cortesana, tenía su propia Corte, su tertulia de amigos, entre los que repartió millones y millones. Todavía no se sabe a cambio de qué. Cuál era su tajada. Cuáles eran los arreglos. Cómo se describía esa escena en la que una mujer parecida a Cruella DeVille hacía y deshacía a su antojo, una caprichosa que en lugar de irse al shopping a gastarse unos pesos se iba a Manhattan a comprarse un par de pisos.
Los entretelones de los ilícitos por los que se la investiga dejan entrever una impunidad casi neurasténica. Bruta impunidad. Exagerada. Sólo posible al amparo del mareo que a esa mujer helada la debe haber calentado. Y cómo. La erótica del poder la tomó por asalto y algo de eso hubo en aquella foto emblemática, la del tapado de piel y los hombros al aire: ¿qué feminidad era la que asomaba en ella, sino la del látigo?
La reacción ante aquella foto pareció sorprenderla. Minimizó su significado. ¿No me puedo divertir?, parecía preguntar en sus declaraciones. No, no se podía divertir en un país infectado de desgracias que ella había ayudado a desparramar. ¿No soy acaso como cualquier mujer?, parecía interpelar desde su asombro. No, no era como cualquier mujer. Aquel fue el acto por el que María Julia, ya dueña de sus poderes plenipotenciarios, quiso más, es decir: quiso ser, además de mandamás y capataz y gerenta y ministra y secretaria de Estado y destructora del Estado, una mujer como cualquier mujer. No pudo.
Alguna vez fue una mujer potente, en el sentido que este país le daba a la potencia. Fue un país pija, éste. Y en los chanchullos cotidianos que se llevaban a cabo en los despachos oficiales, cada uno jugaba a ver quién la tenía más larga. Tenerla larga significaba poder seguir robando sin que la gilada se avivara. Ese fue el falo de la era Menem: el gesto ganador en la pulseada en el momento exacto en el que al débil se le quebraba el brazo. ¿No puedo ser como cualquier mujer?, parecía preguntar ella desde la sorpresa de su primera derrota, cuando quiso seducir y no pudo. Ahora no necesita seducir. Ahora va a tener que demostrar que es inocente. ¿Qué le resultará más difícil?
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Por Sandra Russo
–Mmmm.... ¿No sobreactúa?
Esta observación, referida a Néstor Kirchner, viene repitiéndose en charlas de bar y artículos periodísticos desde hace un par de semanas. El “Mmmm...” deja entrever cierta vacilación no exenta de una dosis de adhesión. Quien dice “Mmmm...” está diciendo: estoy de acuerdo con los puntos sobre las íes a los militares, con la purga policial, con el visto bueno a las extradiciones, con la voluntad de anular las leyes de punto final y obediencia debida, con el apriete a la Corte, en fin, con todos esos Grandes Rasgos K, pero el “¿No sobreactúa?” deja entrever a su vez cierta adhesión no exenta de una dosis de vacilación. La frase completa significaría: estoy de acuerdo con las medidas que el tipo ha ido tomando en estos meses, pero todo junto, todo coherente, todo seguido, todo tan fuerte... ¿Qué gato encierra?
¿A qué se le llama, en este contexto, sobreactuación? ¿Qué tipo de sobreactuación se le achaca, desde estas críticas incipientes, al señor ese que últimamente se hace llamar Pingüino? Depende de de quién provenga la crítica, puede tratarse de sobreactuación, de fortaleza, de progresismo, de buenas intenciones, de contacto con la gente, de liderazgo o de voluntad de pelea con las corporaciones. Pero humildemente me pregunto: si los militares que mandó a guardar se fueron a guardar, si Nazareno ya disfruta de su jubilación de privilegio, si la purga policial y la tolerancia cero al delito policial da sus frutos, si hasta las fuerzas armadas ahora se inclinan por juicio y castigo autóctonos antes de que lleguen las extradiciones, ¿cuál vendría a ser la sobreactuación?
Cuando éramos chicos se usaba una pregunta: ¿cuál es la diferencia entre estar enamorado y creer que se está enamorado? Era una pregunta retórica, medio boba, adolescente y sin respuesta. No hay ninguna diferencia entre una y otra cosa. Lo que sí hay es neura, y gente que, ya crecidita, se sigue preguntando cosas por el estilo.
Hace algunas semanas, la revista Noticias publicó una nota de tapa que se llamaba “Oficialitis”, en la que daba cuenta del apoyo acrítico de actores sociales, dirigentes y periodistas al nuevo Gobierno. Quien esto escribe figuraba entre los enfermos, según José Antonio Díaz, que firmaba la nota, de “oficialitis”. La nota no me pareció gran cosa y ver mi nombre en ella no me provocó, tampoco, ninguna sensación de agravio. Qué sé yo. Así son las cosas: cada semana hay que tener un tema de tapa. Pero aquel fue, tal vez, uno de los primeros movimientos del péndulo tradicional, según el cual, y necesariamente, desde un pensamiento crítico hay que ubicarse en contra del poder de turno, y no perder jamás la pose del tábano que molesta al caballo con su aguijón resplandeciente. Ese movimiento pendular, creo ahora, tiene matices, y no advertirlos puede ser una torpeza intelectual. Una cosa es seguir manteniéndose alerta y con la guardia alta ante pasos en falso, desviaciones o abusos del poder, y otra cosa muy distinta es verse compelido a estar en contra del poder, aunque del poder emanen hechos y conductas con las que uno acuerda.
Como dice el ex filósofo Mariano Grondona, hoy más parecido a una tía chillona que evalúa si es más humillante que te viole un enano o un gigante, la gente “es ciclotímica. Ayer estaba con Menem, después con De la Rúa... hoy son mala palabra”. El detalle es que entre que la gente estaba con Menem o con De la Rúa y el actual escarnio que significan esos dos nombres hubo gobiernos horrorosos que tiraron al inodoro cada una de sus promesas. No es que la gente sea ciclotímica: es que Menem y De la Rúa son traidores.
La historia de la humanidad, con ese criterio, es absolutamente ciclotímica. Siempre a un período de determinadas características le sigue otro de características opuestas. El famoso movimiento pendular no deja de actuar nunca, y ya en el reinado de un extremo comienza a empollar el reinado del otro. Somos, de alguna manera, rehenes de ese movimiento pendular. Algo de esto debe haber en el extraño mapa electoral del país yde la Capital. Si no, cómo se explica que mientras a nivel nacional Néstor Kirchner concentra, en virtud de sus políticas de gobierno, una imagen positiva acojonante, en la Capital, este nidito progre, un emblema del establishment como Mauricio Macri pelee cabeza a cabeza la Jefatura de Gobierno. Debe haber unas cuantas razones, incluida la campaña de Boca, pero me animo a suponer que en ese mapa también interviene, acelerado, el famoso movimiento pendular. Por lo menos una porción de la torta de Macri está compuesta por progres agotados del progresismo –conozco a unos cuantos–, pero no agotados en cualquier momento, sino justo cuando el progresismo tiene su oportunidad. De alguna manera, se cuela ahí el horripilante elitismo de cierta vanguardia que se piensa a sí misma, siempre y por definición, a contramano de los grandes consensos. A esa vanguardia desprevenida la realidad ahora la corre a la derecha.
Me da menos escozor la “oficialitis” que los movimientos pendulares estúpidos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-23765-2003-08-07.html
Por Sandra Russo
Que Julio Ramos se pasee por los canales de televisión diciendo que Eugenio Zaffaroni no es el hombre indicado para ir a la Corte Suprema “porque no tiene familia” es sorprendente: se detiene justo ahí, en ese borde. Lo que verdaderamente quiere decir Ramos se puede deducir, pero ya no se puede decir. Hace un par de años sí, ahora no: quedaría decididamente berreta. Pero Ramos encima completa el combo con una pizca de perspectiva de género y afirma que lo ideal sería designar en ese lugar a una mujer, a la jueza Aída Kemelmajer de Carlucci, la misma que combate Raúl Moneta. ¿Qué pasó en este país que ahora a la derecha les dan vergüenza sus propios argumentos?
La pobre Elena Cruz seguramente pasará a la historia por ser la última persona de extrema derecha que dice lo que piensa. Cuando a Elena Cruz le ponen un micrófono delante, todo el mundo se prepara para escuchar el festival de disparates que ella garantiza. Siempre dice más o menos lo mismo: que Videla es un caballero, que los desaparecidos estaban pasándola súper en París o en México, que no hubo campos de concentración o que, en todo caso, que los que pasaron por ellos eran, en definitiva, guerrilleros, y qué pretende un guerrillero: ¿té con masas?
Digo “extrema derecha” porque sería obtuso pensar que no hay gente de derecha que ha desarrollado un pensamiento crítico con respecto a los crímenes de la dictadura. Es de suponer –y es de desear– que se esté afirmando una derecha como la de cualquier parte, sectores pro capitalistas, liberales en lo económico y conservadores en lo social y lo cultural, que en el futuro disputen el poder como lo hace la derecha de cualquier parte, descontando que será a través del voto.
Sería imposible imaginar un país democrático sin derecha, pero también es imposible imaginar un país políticamente viable con una derecha como la que tuvimos estos últimos treinta años: sin reparos ni pruritos para desviarse hacia el extremo, primero, del golpe de Estado, el asesinato, la desaparición, la tortura; más tarde, hacia la corrupción, la ilegalidad, el robo declarado, la especulación, el gatillo fácil.
La derecha argentina siempre ha sido borderline. Se ha dejado usar casi hasta la humillación por sus fanáticos, regalándoles todas las banderas que hubiesen podido ser discutidas por otros sectores dentro de un marco de legitimidad política. En su desenfreno, en su desorientación –o acaso, en el fondo mismo de su naturaleza– la derecha argentina siempre fue la vaca que miraba el tren mientras sus exponentes más siniestros mataban, robaban o delinquían. Otra hubiese sido la historia si hubiese salido del seno de la propia derecha alguna voz alzada contra los crímenes aberrantes, durante la dictadura, o alguna voz escandalizada por los negociados de los noventa. Pero callaron. No hubo nadie que dijera momento, la patria socialista no, pero los fusilamientos en la madrugada tampoco, las torturas tampoco, el robo de bebés tampoco. Y después no hubo nadie que dijera liberalismo sí, pero corrupción no, mafias no. Callaron. Admitieron. Parecería que la utopía de la derecha, si es que existe, implica esos desvíos o por lo menos es piadosa con ellos. Y ese silencio es el que ahora los amordaza.
Hoy, escuchar a alguien defender a Videla es simplemente inaceptable. Tampoco se puede decir que la homosexualidad es una enfermedad, y que en consecuencia no se puede tener jueces enfermos (salvo que se ocupen de librar pésimamente los exhortos a Suiza y así dispensen a Menem de mostrar sus cuentas secretas). O que hay que achicar el Estado, o que las privatizaciones deberían profundizarse, o que no trabaja el que no quiere, o que el mejor método anticonceptivo es la abstinencia, o que tienen sida los que se lo buscaron, o que donde hay judíos hay problemas, o que en la villa viven negros de mierda, o que todas las mujeres son arpías, o que una madre soltera avergüenza a su familia, o que los bolivianos sonsucios, o que Estados Unidos es el símbolo de la libertad en el planeta, o que el que se masturba quedará tarado para siempre.
Mitos y leyendas y creencias y supuestos y mentiras que abonaron durante décadas una sociedad volcada hacia su extremo derecho. Acaso por tanto abono de semejantes barbaridades hoy eso de que “se vino el zurdaje” sea tema de debate en la televisión. Es cierto que los sectores progresistas defienden principios que involucran transparencia, justicia, equidad, honestidad. ¿Pero no debería también defender todas esas cosas la derecha? Y ese es el punto crucial de este fin de época: no se sabe. No está claro. No parece.
Por ahora siguen guardando silencio. Están rearmando sus argumentos, esperando puntos débiles, reparando sus tanques de pensamiento. Saben que hay cosas que ya no pueden decir, porque eso hace el fin de época: pone en circulación nuevos discursos y cancela los viejos: son como una tarjeta desmagnetizada. Ellos la siguen llevando en la billetera, como siguen llevando sus viejas ideas en la cabeza, pero ya no les sirven para convencer a nadie.
En esta línea de largada, y así las cosas, mientras se sigue debatiendo si se vino el zurdaje, sería apropiado que la derecha fuera tomando conciencia de los tremendos errores cometidos, y que tenga el coraje de asomarse a su autocrítica.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-23164-2003-07-25.html.
Por Sandra Russo
Hace una eternidad, once meses argentinos, los diarios informaban, en notas no demasiado extensas, la noticia de un secuestro. No se trataba del pariente de un jugador de fútbol o de un actor, ni de un empresario ni de nadie influyente. Era un chico de 17 años, vecino del barrio El Jagüel, cercano a Ezeiza. Un chico pobre. Los padres y los amigos de Diego Peralta, el secuestrado, hicieron lo imposible por atraer hacia el caso la máxima atención posible, pero el nombre de Diego Peralta recién saltó a las tapas de los diarios el 13 de agosto, cuando su cadáver apareció degollado en una laguna de Quilmes. Y tampoco fue su horrible muerte lo que atrajo sobre ese nombre la fascinación mediática que explotó ese día y siguió durante todo ese mes. El caso Peralta fue noticia por la reacción popular de los vecinos de El Jagüel ante la confirmación del asesinato: incendiaron la comisaría del barrio, no permitieron el paso de los bomberos, fueron reprimidos con balas de goma, se mantuvieron toda una noche en la calle. Inauguraron lo que en estos días, en Arequito, en Arrecifes, en Lanús y en otros tantos lugares inesperados, se da en llamar “puebladas”. Catarsis colectivas de indignación embarazadas de un saber que no necesita explicaciones: la omisión en la investigación implicaba complicidad. La inacción policial encubría nexos opacos y siniestros con el crimen.
Hace esa eternidad, once meses argentinos, el caso Peralta puso sobre la mesa, con aquel estallido de rabia colectiva, la sospecha generalizada sobre los negocios turbios de la Bonaerense. Pero quien esa misma semana llevó el tema a un borde insoportable para aquella coyuntura electoral –hace un año todavía Duhalde coqueteaba con De la Sota; los duhaldistas de la provincia querían sacárselo de encima a Felipe Solá; Juan Pablo Cafiero en el Ministerio de Seguridad bonaerense era una especie de demonio garantista que cada noche era atacado desde la pantalla de Canal 9 y desde el éter de Radio 10– fue el entonces viceministro de Cafiero, Marcelo Saín. Sin referirse puntualmente al caso Peralta, pero sí en su contexto, declaró que el cáncer policial estaba íntimamente vinculado al cáncer político. “Existe un vínculo histórico entre la policía provincial y la política. Nadie puede negar el financiamiento policial de la política a través del narcotráfico, el juego y la prostitución. No hay posibilidad de que funcionen sin el amparo de la política”, dijo entonces.
Está visto que hay verdades fuera de tiempo y lugar, y a esas verdades se les suele llamar “errores políticos”. Sopló un vendaval sobre Saín. Duhalde lo llamó Caín. El entonces secretario general de la Presidencia y actual ministro del Interior, Aníbal Fernández, opinó que lo de Saín eran “estupideces”. Los caciques duhaldistas presionaron sobre Solá para echar al viceministro. La cúpula policial de entonces se atrincheró bajo las banderas de su honorabilidad. La cúpula policial de entonces, cabe aclarar, estaba encabezada por Alberto Sobrado, el mismo comisario mayor que la semana pasada fue echado de su cargo tras no poder explicar el origen de una gruesa cuenta bancaria en las Bahamas.
Como Sobrado no lo explica, se deduce: ¿qué otro origen puede tener ese dinero sino el delito? Esta semana desfilaron por todos los programas de televisión Felipe Solá y Juan Pablo Cafiero para hablar de seguridad y explicar por qué han decidido, ahora, atacar el delito por su base, es decir, por la complicidad policial. El domingo, Mariano Grondona le dijo a Solá: “Gobernador, voy a hacerle una pregunta brutal”. Tenía razón, la pregunta era brutal pero era, además, siniestra. Preguntó si no estábamos mejor en los tiempos de Klodczyk y su maldita policía, que podía ser corrupta (era obviamente corrupta), “pero ponía un límite, decía: acá no maten”. Tanto Solá como Cafiero se extendieron –más Cafiero que Solá– sobre posibles connivencias políticas con el delito policial. El delito que mayor muertes provoca es el robo de autos. El robo de autos está en conexión con el negocio de los desarmaderos (ésa era una de las hipótesis del caso Peralta). “Buscamos desarmaderos, los detectamos, pero si un intendente los habilita...”, deslizó Cafiero.
¿Qué otra cosa están diciendo sino que el delito policial “no tiene oportunidad de funcionar sin el amparo de la política”, como afirmaba hace un año Saín? Aquel viceministro ya no está en su puesto. Renunció en enero, tras presentar un plan de modernización policial que no le interesó a nadie. En él, señalaba además que “la lucha contra la delincuencia desarrollada por la policía ocupa una porción asombrosamente baja del tiempo y del esfuerzo de la propia institución”, porque las prácticas policiales “han estado orientadas hacia la reproducción y preservación de la institución policial”. Es castellano, fachada y transa.
En términos políticos es probable que hace un año este país no estuviera a la altura de ciertas verdades. En términos políticos es probable que tanto Solá como Cafiero hayan pensado siempre como esta semana, sólo que “el acierto político” –opuesto al “error” de la verdad– los haya hecho demorarse, esperar la oportunidad, juntar fuerza, apoyo presidencial, clima social propicio para atacar el problema por su origen.
En aquel plan de modernización que no llegó a interesarle a nadie, Marcelo Saín incluía una frase de Max Weber que decía que sólo se consigue lo posible “si se intenta lo imposible una vez, y otra vez”. Este año que pasó vivimos un proceso de desnudismo social e institucional que cada día nos acerca más a un presente módicamente más feliz pero increíblemente más maduro, en el que la política circula por un andarivel vecino a la verdad. Cuando los que dicen la verdad y los que hacen política sostengan una misma cosa, es probable que algo haya cambiado en serio.
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Por Sandra Russo
La palabra adicción lo dice todo. En su interior late, precisamente, aquello que no se dice. Adicción es la falta de palabra, y aquellos –casi todos, más o menos, en algún momento de nuestras vidas– que padecieron alguna adicción saben que, si se puede salir de ellas, es porque, seguramente con ayuda, se pudo acceder a la instancia en la que eso que estaba mudo, habló. La adicción a las drogas legales o ilegales siempre delata un dolor. Un dolor por lo que encubre, por lo que disfraza o disimula. Las adicciones –a las drogas, a una persona, al trabajo, a la comida, al shopping, al juego– tapan algo impronunciable. Las adicciones cubren vacíos y ponen sobre la mesa una verdad que los que han gambeteado ése o cualquier otro vicio no quieren escuchar, porque aunque se sea una intachable madre de familia o un impecable corredor de bolsa, esa verdad nos roe a todos: la vida cuesta. Afuera de las propagandas de galletitas o de las teleseries de amor, la vida duele. En este sentido, los adictos de cualquier especie funcionan como los locos de una familia. Son espejos en los que nadie quiere verse. Recuerdan, a los cuerdos, que la locura les camina al lado.
Esta semana despertó polémica la iniciativa de algunos jueces y ex jueces para despenalizar la tenencia de drogas para consumo personal. Esa iniciativa provocó escozor en una sociedad férreamente adicta a lo no dicho. En ese marco, la figura del consumidor social u ocasional de drogas es incómoda. Esa sociedad preferiría que nadie fuera consumidor social u ocasional de drogas, porque si las drogas no llevan, por definición o inevitablemente, a las adicciones, abren una puerta que esa sociedad repele con fuerzas sobrehumanas. La del placer.
Más allá de los convincentes argumentos jurídicos de ese grupo de especialistas en Derecho, más allá de que en esa polémica se menee todo el tiempo el personaje del “pibe que es encontrado con un porro en el bolsillo”, el tema –que involucra a miles y miles de adultos responsables de sus actos– es urticante porque desnuda una de esas realidades que siempre se ha preferido mantener en silencio: hay muchísimos consumidores sociales u ocasionales de drogas que no le hacen mal a nadie, y que ni siquiera se hacen mal a sí mismos. Todo lo contrario, experimentan momentos placenteros, y para colmo no pagan ese placer con el sufrimiento que deviene de una adicción. El placer que no se paga es uno de los tabúes más fuertes que nos dominan. Después del placer está ordenado el escarmiento.
Hasta parir, que es uno de los verbos más sacralizados, está asociado con dolor. El mandamiento de parir con dolor cumple el mandato de pagar el presunto disfrute sexual que dio lugar al embarazo. Las organizaciones “provida”, que en estos días siguen intentando por todos los medios detener el Programa de Salud Reproductiva y que han hecho de la patria potestad sobre las adolescentes su caballito de batalla, en realidad se espantan ante la posibilidad de que el Estado facilite a las chicas el sexo seguro, que es el único sexo placentero. Saben perfectamente que aun sin métodos anticonceptivos las chicas ejercerán su sexualidad, como lo han hecho siempre en todas las épocas. Pero, ¿cómo ejercer control sobre el placer allí donde desaparezcan los fantasmas? ¿Cómo hacer para que al placer sexual siga imponiéndosele el miedo? Las miles de mujeres que mueren anualmente por abortos mal hechos y las miles de adolescentes madres son, en realidad, para esa sociedad adicta a lo no dicho, tan funcionales y útiles como los muertos por sobredosis. Esas tragedias indican que las drogas y el sexo son peligrosos, y que todo placer implica riesgos lo suficientemente intolerables como para tolerar la abstinencia de placer.
Entrelazando una cosa con la otra –el placer sexual femenino y el consumo ocasional de drogas livianas–, leí hace un tiempo el libro de la periodista científica norteamericana Natalie Angier Mujer, una geografía íntima. En el capítulo dedicado al clítoris, Angier –ganadora del Premio Pulitzer– analiza la naturaleza ingobernable de ese órgano femenino dedicado exclusivamente al placer. Las mujeres sabrán de lo que hablo: el clítoris, ese reino minúsculo y majestuoso que alberga 8000 terminales nerviosas, no obedece órdenes. Jamás sabremos cuándo habrá de funcionar como un motor casi autónomo o cuándo nos dejará sin combustible a la mitad de camino. Angier observa que el clítoris no entabla relación con la voluntad ni el intelecto, sino con el “verdadero” estado de ánimo de sus dueñas, convirtiendo al orgasmo femenino en una fiesta esquiva. En mujeres anorgásmicas, Angier afirma que es recomendable el uso de ciertas drogas, por ejemplo la marihuana. “Puede ser un buen mentor sexual y un electricista sublime, que lleve las luces de Broadway a mujeres que han pasado años en frígida penumbra. Todas las mujeres de mi familia aprendieron a llegar al clímax fumando marihuana –mi madre, cuando ya pasaba los cuarenta años y tenía cuatro hijos–. Sin embargo, nunca he visto la anorgasmia en la lista de indicaciones de la marihuana para uso médico. Por el contrario, se nos dice que algunas mujeres no necesitan tener orgasmos para que su vida sexual sea satisfactoria, un argumento tan convincente como decir que a mucha gente que no tiene casa le gusta vivir en la calle.”
Desde que lo leí me pareció una provocación fenomenal: juntar el disfrute del porro con el del polvo. ¿Provocación a qué? Nada menos que al aparato de poder y de control que ha invadido desde hace siglos los resortes más íntimos de cada uno, desconectándonos de nuestros núcleos. ¿Y provocación para qué? Bueno, para ser más libres.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-22001-2003-06-29.html
Por Sandra Russo
En la pieza del fondo, ellos hablaban de la vuelta de Perón. En el living, nosotros escuchábamos a Pescado Rabioso. La casa era una casa de clase media, suburbana. Una familia típica: padre, madre, dos hijas. Los que en la pieza del fondo hablaban de la vuelta de Perón eran los amigos de la hermana mayor y la hermana mayor. Los que en el living no hablábamos de nada, mareados como estábamos por el humo y la música que impregnaban el aire, éramos los amigos de la hermana menor y la hermana menor. Entre ellas se llevaban solamente cuatro años. Una franja de tiempo delgada. Pero por ahí, justo por esa franja, pasó la historia su guadaña.
Esa diferencia de cuatro años nos hacía tan incompatibles que en ese tiempo no nos dignábamos, juntos, ni a comer una pizza. No era recelo ni enemistad, era más bien, por un lado, desprecio; y por el otro, desinterés. Los más chicos estábamos profunda y precozmente desinteresados de los apasionantes temas que encendían a los de la pieza del fondo. Rehenes de las hormonas que nos estaban explotando en el cuerpo y en el cerebro, rehenes también y sin saberlo todavía de la tempestad que se avecinaba, flotábamos en un mambo de sensualidad, introspección, arte y pequeñas revoluciones personales. Ellos, los de la pieza del fondo, a su vez, estaban descubriendo, con un alborozo juvenil apenas más domesticado que el nuestro, otro mambo. Les estaba siendo revelada la dimensión política de las cosas. Para ellos nosotros éramos unos pelotuditos. Para nosotros, ellos eran hartantes.
Acá se termina lo personal del recuerdo. Esa casa suburbana podría haber sido cualquiera. La diferencia de edad entre los de la pieza del fondo y los del living hubiese podido ser de dos o de seis años. Como fuere, quien esto escribe estaba en el living. Y los de la pieza del fondo... ¿quiénes eran?
Podrían ser muchos de los que salen, paralizados para siempre en su más cruda juventud, en los recordatorios que se publican cada día en este diario. Esa franja de dos, cuatro o seis años de aquellos hermanos mayores los instaló en ese perpetuo lugar de mártires, en esa herida que en veintiséis años no ha cesado de sangrar, en ese cuadrado blanco y negro desde el que, sonrientes, con la guardia baja, mal enfocados, muchos de ellos niños todavía, no han dejado de mirarnos nunca, ni de señalarnos que su ausencia en masa tal vez sea la clave de la orfandad de este país.
Fue a fuego lento, como se cocinan los complejos y las leyendas, que entre los del living y entre los sobrevivientes de la pieza del fondo surgió una idea difícil de sostener y sobrellevar. Esa idea refiere algo más o menos así: mataron a los mejores. Al atroz “algo habrá hecho” se le sobreimprimió una consigna inconsciente que marcó a los del living y a los sobrevivientes de la pieza del fondo: “Si sobrevivió, algo habrá dejado de hacer”.
Y ahora, por primera vez desde que aquellos niños-todavía fueron detenidos en esas fotografías luctuosas desde las que siguen mirándonos tan atentamente, aquellos otros chicos que siguieron con la inevitable tarea de crecer, hacerse hombres y mujeres, vivir, madurar y padecer un país que cada vez se fue alejando más de aquella fantasía de justicia y equidad –de la que tanto hablaban en la pieza del fondo, y cuyos ecos llegaron hasta el living–, tienen una chance.
No es que hasta ahora los miembros de esa generación hayan permanecido congelados, pero es como si hasta ahora los miembros de esa generación hubieran permanecido congelados. ¿Cómo me explico? No es fácil lo que quiero decir. Hubo un mareo, una enorme confusión, un desaliento hondo y profundo que caló en los huesos de los vivos en nombre de los huesos de los muertos, que nunca aparecieron (mientras falte uno faltarán todos). Hubo un estado de shock generacional, una rendición simbólica, un desasosiego que duró más de veinte años, una desconexión ciega y sorda de cada bandera caída. No hubo con qué manos levantarla. No hubo energía ni disposición del alma. Hubo duelo, un duelo largo, extraño ycontradictorio. Hubo otros que llenaron cada silla vacía en el juego argentino de la silla. Hubo lo que todos sabemos: política de mierda y mierdas que hicieron política hasta envenenar cada palabra y cada uno de sus actos.
Y ahora, como los invitados al baile de la Bella Durmiente, que cien años después de haber quedado petrificados por la maldición de un hada volvieron mágicamente en sí, algo reaparece, alguien reaparece, algunos reaparecen. Reaparecen en los lugares que estaban vacíos porque estaban ocupados por desaparecidos. Reaparecen pronunciando palabras voluptuosas, como cualquier palabra verdadera. Reaparecen creyendo lo que dicen, o por lo menos podemos creernos eso: que se puede creer lo que se dice.
Puede ser un espejismo o puede ser real. Que esa generación vuelva a encontrarse con aquel espejo roto que fue ella misma antes, en la pieza del fondo o en el living, y que en honor a los que faltan sea capaz de regalarles –a los que faltan pero sobre todo a los que están– la certeza de que no estuvo mal haber sobrevivido. La certeza de todo lo contrario.
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Por Sandra Russo
Desde hace una semana no hago más que toparme con gente aterrorizada con la posibilidad de ser confundida con oficialistas. Es más, conozco varios que tiemblan porque de lo que tienen miedo es de convertirse en oficialistas, lo cual ya sería el colmo. “No estaba preparado para esto”, me dice un amigo periodista por teléfono. “Es tremendo”, agrega. “Tantos años de pensamiento crítico y ahora me exprimo el cerebro y no me sale criticar nada”, sigue. “No puede ser”, lo consuelo. “Vas a ver que van a pisar el palito”, lo aliento. “Eso espero”, dice él. “Si no, ¿de qué voy a vivir? ¿De qué me voy a disfrazar? ¿De simpático?”, continúa. “Algo anda mal: todo va bien”, concluye.
Convengamos en que la amenaza del oficialismo para un periodista es algo así como una espada de Damocles, como un talón de Aquiles o como un hilo de Ariadna que puede internarlo de cabeza en lo más profundo del laberinto profesional. Pero nadie parece estar a salvo del fantasma, ni siquiera los analistas y sus pacientes. “Ayer tuve sesión y me la pasé hablando de mi estado de ánimo”, me dice una amiga. “¿Andás mal?”, me inquieto. “¡No!”, me contesta excitada: “¡Estoy contenta!”, dice. “¿Y a que no sabés? ¡Mi analista también! Dedicamos toda la sesión a ver cómo gestionamos la alegría, porque imaginate que hago análisis hace como ocho años, pero nunca hice otra cosa que quejarme. Así que estoy como descolocada”, me explica.
Mi vecina llega a mi casa indignada. Kirchner está hablando por televisión sobre Nazareno. Escuchamos atentamente. Cuando termina, nos miramos. Ninguna de las dos sabe qué palabra usar para calificar lo que acabamos de presenciar. Es más: tenemos la sensación no sólo de haber visto sino de haber sido testigos de algo importante. “Sorprendente”, me animo, al fin, a insinuarle. “Sí, pero qué jodido”, dice ella. “¿Qué jodido qué?”, me enervo apenas. “Que este tipo disimuló en la campaña, no me digas. Se hacía el boludo o qué. Si hubiera hablado así yo lo votaba, ¿te das cuenta? Por su culpa no lo voté”, desgrana, con lógica femenina implacable, antes de enumerar todas las razones por las que decidió, el 27 de abril, no encolumnarse atrás del mal menor, y depositar su voto, cual perla cultivada, con la boleta de una minoría purista. “Y ahora siento que me quedé afuera, caramba, no tiene derecho.”
“Mantengo mi entusiasmo en estado de alerta”, aporta una chica joven y habituada al descreimiento en general y en particular. “¿Vos también creés que está por pisar el palito?”, la interrogo. “¡¡No!!”, interrumpe. “No quiero abandonarme al entusiasmo, así me sigue deslumbrando”, me aclara, como si esos ejercicios de escepticismo eufórico fueran fácilmente asimilables para generaciones que, como la mía, cuando ven un hueso con carne lo muerden hasta con las muelas de juicio.
Algunos viven el presente como si fuera de cristal, con miedo a romper el encantamiento. Otros lo toman con pinzas, como el que se ha quemado con leche y ve una vaca, o como el que ha dormido con un niño y ha amanecido mojado. No faltan los que se van permitiendo, a medida que el señor Kirchner parece ir subiendo su apuesta, cierto estado de arrobamiento homeopático que sólo confiesan cuando intuyen que están con otros que padecen el mismo estado de ligera infección de salud. Pero no cabe duda de que, por estos días, este país está lleno de gente desconcertada. El menos carismático de todos se está volviendo un antihéroe de traje descruzado al que Elisa Carrió le pide moderación y que es capaz de enternecer (¡epa!) hasta a la mismísima Hebe de Bonafini.
Nadie puede, todavía, acertar a decir si Kirchner es alguien extraordinario, o alguien absolutamente ordinario en el sentido que a él más le gusta: alguien absolutamente normal, pero tan normal que cuandoescucha hablar a Julio Nazareno advierte que lo que dice Nazareno no es apropiado que lo diga el presidente de la Suprema Corte de Justicia. Hemos pasado, en conjunto, por tantos períodos de anormalidad ininterrumpidos, que nuestros parámetros pueden haber cambiado sin que nos demos cuenta, y puede ser que Kirchner, sencillamente, esté poniendo las cosas en su lugar. Hemos naturalizado tanto los mamarrachos y las deformidades, que puede ser que lo que esté pasando sea apenas una entrada gelatinosa –vertiginosa– en la normalidad.
Como fuere, alertas, desconcertados, hoscos, tímidos, asombrados, azorados, sonrientes, miles y miles se asoman cada día al festival del fin de época. Y ya empezó a esbozarse un paisaje, más chiquito y más realista que aquel en el que se pedía que se fueran todos. Un paisaje más a mano, un viaje que uno siente que incluso puede pagar: finalmente, algunos están insinuando que pueden ser útiles, otros acaso resulten indispensables. Y tal vez, si salen bien las cosas, logremos que se vayan los que se tenían que ir.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-21184-2003-06-09.html
Por Sandra Russo
Sería interesante saber cuántos de los votos que formaron parte del célebre 22 por ciento fueron votos convencidos. Uno tiene la impresión, a ojito, de que buena parte del porcentaje que pasará a la historia estuvo formado por votos a regañadientes, por votos a los empujones, por votos ariscos. Y eso por no hablar de los, a mi humilde entender, mal llamados votos útiles, como si algunas de las mejores cosas de la vida no se lograran cuando uno logra unir lo útil y lo agradable. Como fuere, aquí lo tenemos a Kirchner, asumiendo después de dos semanas sorprendentes. Para empezar, si me remito a la semana pasada y escribo tres o cuatro líneas sobre Menem, va a sonar extemporáneo: es increíble, pero en seis días el tipo fue derecho al pasado. Fue. Para seguir, de la presunta y casi lógica especulación acerca de la debilidad intrínseca de alguien que llega a la Presidencia con la magra feta del 22 por ciento, esta semana pasamos, Kirchner y un montón de gente, a otro estado. Un estado como de fotoshop: no diré que Kirchner esta semana parece más buen mozo, pero sí que sus intervenciones fueron vistas, oídas e interpretadas con una de las mejores predisposiciones que recuerde. Y para terminar (este párrafo), ¿no hay en el aire cierta alegría?
En la capital del tango nos salen mejor el corte, la quebrada y el lamento que la esperanza, y vaya si hay motivos. Hay más posibilidades de encontrar sirenas en el Riachuelo que gente ilusionada por la calle. Y sin embargo, esta semana, la vi. Por estas latitudes las ilusiones se manejan con suma cautela y una considerable dosis de pudor. La ilusión siempre es medio pava, y como nadie quiere pasar por pavo, si es portador de alguna clase de ilusión la comunica más con la mirada que con palabras. Así que ésta fue una semana en la que hubo que estar observando los ojos de la gente. Y juro que la vi ahí instalada, incómoda, ocupando buena parte del brillo en muchos ojos, retenida todavía por la sana conciencia de la realidad. La vi, a esa ilusión, peleándose furiosamente con el cinismo al que hemos ido adhiriendo lentamente, como quien ha decidido no ganar para no correr el riesgo de perder. El cinismo, claro, lo pone a uno a salvo del desencanto, y uno cuando se da por desencantado se da automáticamente por estafado, por engañado y por traicionado, pero ojo: también se da por vencido.
Bueno, entre el anuncio del Gabinete, los dichos de algunos miembros del nuevo Gabinete, N. Kirchner y Cristina F. De Kirchner hablando súbitamente en castellano después de décadas de dirigentes hablando en otra cosa, ciertas peleas que ellos aseguran que van a dar y uno no está seguro de que vayan a dar, pero está convencido de que alguien, alguna vez, debería darlas, el rictus escandalizado y los desbordes histéricos de la legión de comunicadores más preparados para describir el ajuar de Niño No Nacido Menem que para criticar y rebatir, por ejemplo, que toda aspiración de mayor equidad es absurda y retórica si no hay una previa decisión tomada para que la política deje de ser una pantomima y dispute claramente el poder a los grupos concentrados que lo han monopolizado hasta ahora, bueno, todo ese paquetito, esta semana, nos batió como una licuadora de ésas que alguna vez se compraban en veinticuatro cuotas.
Nadie nada en una pileta con agua. Nadar, nadamos, pero todavía nuestras brazadas, nuestros actos de fe, son gestos en el aire, mímicas voluntariosas que se detienen como en el juego de La Estatua cuando Scioli aparece en la tele y vuelve a desaparecer el castellano y reaparecen el todos juntos para adelante, hay que construir el futuro de grandeza que este país se merece, vamos a demostrar que con esfuerzo y trabajo podemos lograrlo, y todos los lugares comunes que son el no-lugar de la palabra, porque con ellos no se habla, se declara. Pero no puedo negar lo que he visto, y tampoco lo que alguien, si me ha mirado bien, debe haber visto en mí. Esta semana vi un brillo diferente en muchos ojos, un embrión de entusiasmo, una ideíta: ¿Y si ahora sí? ¿Y si lo hacen? ¿Y si saben? ¿Y si se animan? ¿Y si hablan en serio? ¿Y si alguna puta vez se produce la alquimia entre los representantes y los representados? ¿Y si de un 22 por ciento y un ballottage malogrado resulta que nace una chance? ¿Y si la aprovechan? ¿Y si a medida que la aprovechan el cinismo se nos borra de los ojos y esta ilusión púber se nos enciende?
Porque después de todo, ¿en qué estamos pensando? ¿Qué hay atrás de este boceto de ilusión? No es nada raro, nada excéntrico, nada que deba mantenerse en secreto. Imagino para alguien, para cualquiera, para todos, un desayuno. Café con leche y galletitas con manteca y miel. Imagino padres que se van al trabajo y chicos que se van a la escuela. Imagino aulas con techo y baños con puertas. Lápices y cuadernos. Panzas llenas. Imagino oficios que permitan vivir. Hospitales en los que se den turnos, se hagan radiografías y se repartan anticonceptivos. Imagino reencuentros familiares a la noche, camas secas, abrigadas, sopa espesa o churrascos, buenos ánimos, paseos en el fin de semana, cada tanto alguna carcajada de ésas que hemos exiliado porque en cada familia hay un desocupado, un enfermo, un depresivo, un violento, una víctima de algún tipo de abuso.
Imagino un lento y sostenido movimiento hacia la equidad, un emparejamiento suave y constante de las posibilidades de cada uno. Un país menos cruel, menos sádico, menos psicópata. Habitado por gente reconciliada con su historia personal, porque con la suma de esas historias personales satisfechas no solamente se construye una sociedad más sana. También, con ese trasfondo de gente no agredida, defendida, protegida, representada, se construye la legitimidad de un gobierno.
Tengo la impresión de que Kirchner asume hoy con su magro 22 por ciento de votos, pero con un caudal mucho mayor de votos de confianza. Es que la pulsión de la fe forma parte de nosotros como el pelo o la estatura. Si habla en serio, no le será fácil. Los perros salvajes no largan los huesos porque alguien les haga saber que no les pertenecen. Y si hay que tironear, habrá que ver de qué modo Kirchner nos hace saber que debemos tironear con él. Si sigue, como hasta ahora, hablando en castellano, es probable que se haga entender.
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Por Sandra Russo
Termina la carrera política de Carlos Menem. ¿Algo más terminará con ella? ¿Qué expresó y dejó de expresar ese hombre que en estos últimos meses fue mutando como un hongo transgénico, recorriendo el camino que va desde la soberbia de quien siempre ha sabido esconder ases en la manga, hasta el desequilibrio de quien decreta un día soleado y se sigue mojando? ¿Qué encarnó y dejó de encarnar ese estilo político, el más claro, reconocible y revulsivo de los que surgieron de la mitad del siglo XX para acá? ¿Terminarán con él esos tics argentinos que le permitieron muñequear y despilfarrar desde el patrimonio del Estado hasta cada una de sus promesas? ¿Acabará con él la costumbre autóctona de jurar en vano? ¿O cambiaremos de ídolo y nos dedicaremos a adorar al que, de turno, venga a mentirnos y a llamarnos Marta? ¿Será Carlos Menem y su ocaso el ocaso de las pesadillas que soñamos juntos? ¿O seguiremos atragantándonos con nuestra propia bilis de avivados, de locos lindos, de cancheros, de los más piolas de la cuadra?
Hace unos años, el hijo de una amiga, habitante de un urbano cuarto piso, visitó por primera vez una granja, y allí se animó a hacer una pregunta que lo intrigaba: ¿De qué parte de la vaca sale el pollo? Es gracioso, pero no derilante. Vaca y pollo, desde un urbano cuarto piso y una edad de cinco años, pertenecen a un mismo reino comestible y adquirible en bandejas de supermercado. Parafraseando a ese chico, podríamos preguntarnos hoy: ¿de qué parte de la democracia salió Menem? ¿Son vaca y pollo Menem y democracia? ¿Son vaca y pollo Menem y la Argentina? ¿Qué tenemos de vaca y qué tenemos de pollo los millones que, aun sin haberlo votado nunca, y ni qué decir de quienes sí depositaron en él alguna expectativa, participamos cada cual en su dosis homeopática o descontrolada de la kermesse que acaba de terminar? A su pesar o a su favor, para su consuelo o para su bochorno, Menem fue durante más de una década la síntesis de algo que éramos. Algo un poco sucio, algo un poco raro, algo turbio, algo ignorante, algo falso, algo teñido: como en los ritos nupciales, algo de todo esto tuvo un país para casarse con Menem.
Susana Giménez llevando al hombre rata a su programa, sonriéndole bizca y piadosa, diciéndole “qué divino”. Moria Casán llevando a sus dos maridos a su programa, llorando los tres juntos, reprochándose falta de sexo o infidelidades. Zulemita usando su portacelular de Louis Vuitton. Elsa Serrano, su acento italiano, su maison, sus encajes, sus hombreras. Roberto Giordano arengando en falsete para que todas las chicas del mundo muevan las cabezas. Maradona de visita en Olivos. Samantha y Natalia cacheteándose en lo de Mauro Viale. Matilde Menéndez de weekend con su novio muy joven. Bernardo Neustadt adelantándose al destino y rogando que no lo dejaran solo. Mariano Grondona jugando de mediocampista. María Julia envuelta en pieles y dispuesta a vivir a fondo lo que resta del día. El juez Trovato y su mujer vestidos de gala para salir en Caras. Gerardo Sofovich partiendo la manzana o palpitando el ochola. Julio Mahárbiz: aquííí, Cosquíuííín. Liz Fassi Lavalle luciendo tremendo trasero en revistas de actualidad. El cura Grassi predicando el amor al prójimo en vivo.
Animal print. Animal print por todas partes. Este país fue estilo leopardo durante más de diez años. Fue dorado. Todo era dorado. Dorado como los botones de los trajes de Menem, rojo como la Ferrari, artificial como el bronceado de Donatella Versace, operado como el culo de Manzano y como las narices y las tetas de todas las mujeres que frecuentaron la quinta. Todo fue a lo grande mientras todo era chiquito, como es chiquito Anillaco y como es grande su pista de aterrizaje.
Cuando yo era chica, en la esquina vivía una familia de clase media más bien baja cuya hija se puso de novia con un buen partido. Un día vinieron los padres del novio, de improviso, de visita. La madre de la chica los dejó charlando con su marido, y se escapó por la ventana de la cocina a la rotisería, para comprar una buena cena y hacerles creer a los futuros suegros que ellos siempre comían así de bien. ¿No es una buena anécdota menemista? No me acuerdo si la señora compró vaca o pollo. ¿De qué parte de la vaca sale el pollo? ¿De qué parte de esta sociedad salió el animal print? Usaban estampados tipo leopardo las señoras que se peleaban por la ventanilla en el avión con destino a Miami, y a ellas les regalaban carteras estampadas con falsos leopardos sus maridos, que se sentían más seguros, más viriles y más vivos a medida que aprendían a burlar la ley, cualquier ley. Esa fue la verdadera escuela de la última década: aprender a aparentar, a dibujar, a incumplir. ¿Eso era la vaca o era el pollo? ¿Eso era Menem o la Argentina?
Llegó el ocaso de Carlos Menem, pero habrá que desentrañar qué significa el final de su día, de su vida, de su ida. Uno lo vio recurrir, esta semana, a tantas malas artes, que no puede menos que advertir que son sus artes de siempre, apenas afeadas por su desesperación. ¿Realmente podía esperarse otra cosa de Menem, algo más que la veta putrefacta que exhibió? ¿Quién esperaba grandeza de Menem? ¿Quién confundía el pollo con la vaca o viceversa? ¿Quién podía suponer que, al borde del ahogo, no iba a intentar que todos nos ahoguemos con él? Si Dios existe, Dios quiera que este ocaso sea también el del Menem que expresó, a su pesar y a su favor, el menemismo subterráneo, ético y estético, de tantos otros.
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Por Sandra Russo
Lo volátil nunca fue tan leve y al mismo tiempo tan pesado como esta vez. Lo volátil nunca fue tan inasible y al mismo tiempo tan físico como ahora. Es volátil el estado de ánimo colectivo, la decisión del voto, el porcentaje de los candidatos, el panorama desde el puente al que estaremos asomados esta noche: Brukman, esta semana, dibujó sobre ese paisaje la amenaza de un Puente Pueyrredón extendido en todos los rincones del país. En Brukman, en el Puente Pueyrredón y en el centro porteño aquel 20 de diciembre, la policía dejó entrever lo que en casi veinte años de democracia mantuvo en reserva pero encendido: el magiclick de la bestialidad, cierto goce en aplastar de cuajo cualquier reclamo popular, la inclinación corporativa por las carnicerías, el afán de la rienda suelta para acallar de un zarpazo, un machetazo, un gomazo o un itakazo la insinuación de la protesta. Dado que nada indica que este país podrá dar soluciones a los motivos que generan la protesta, lo más lógico es imaginar un escenario en el que las fuerzas de seguridad, con poderes recobrados y el respaldo político de Menem o López Murphy, liberarán cantidades industriales de endorfinas represivas. Lo volátil no es volátil: anida en el estómago y esta semana empezó a llamarse miedo.
De la indiferencia más absoluta por estas elecciones, en cuestión de unos días se pasó a un estado lindero con la desesperación. La relación entre una y otra cosa no es casual ni mucho menos inocente. La indiferencia, ese monstruo que parece inocuo, esa máquina picadora de estrategias y convicciones, por un lado surgió espontánea frente a un tablero político irreductible en sus malformaciones, pero por otro, ese estado general de indiferencia fue cuidadosamente manipulado para dejar hacer, para que los de siempre tejieran el crochet de su regreso o el de la irrupción estelar acaso amplificada por los aparatos de comunicación siempre leales a la mafia de ayer o a la mañana. Ese estado de indiferencia fue el caldo de cultivo de esta desesperación, nacida al calor de las taras consuetudinarias de los mejor intencionados de este país. No nos alcanza algo justo, queremos algo perfecto. No nos convence algo mejor, buscamos lo irreprochable. No cerramos los tratos porque hay una coma que nos irrita. No nos cabe la alegría de la unión y sus matices: la talla nos da mejor para pegar el portazo.
Y mientras se discutía si en el sobre se pondría a Clemente o a Eber Ludueña, mientras circulaban remeras que orgullosamente rezaban “Yo no voto”, mientras parecía que todo era igual y que de cualquier forma iba a pasar lo peor, los lugares los ocuparon los peores y lo peor comenzó a cobrar cuerpo, forma, porcentaje, presencia, color, discurso, invitación, macabra promesa de futuro inminente.
–Dios mío, no es joda –me dijo el jueves una mujer cuyo marido, civil, trabaja en una fuerza de seguridad.
Llegó desencajada y tensa. Tomó agua porque estaba agitada. Y siguió:
–Tienen listas. Otra vez tienen listas.
Estábamos en un grupo de unas ocho personas que nos reunimos semanalmente para leer textos. Todos somos mayores de cuarenta años. Nadie pensaba en votar a Clemente, pero tampoco, nadie, hasta ese día, este jueves, cuatro días antes de las elecciones, había sacado el tema de lo que cada uno pensaba hacer. Reinó un silencio. Una fracción de tiempo sin medida en el que a las cabezas de todos vinieron recuerdos horrorosos. Planeaba en ese silencio algo difícil de describir, algo mucho más denso y pestilente que el sushi, algo más podrido que el Riachuelo, algo más peligroso que una estación de servicio abajo de una autopista. La promesa de quienes supieron comer sushi, quienes obviaron limpiar el Riachuelo oquienes cobraron coimas para habilitar estaciones de servicio abajo de autopistas esta vez va directamente al grano: sólo podrán seguir robando si matan. La muerte forma parte de las plataformas electorales de dos de los candidatos con más proyección de votos. Una vez más, este país parece dispuesto a retroceder para adelante.
Lo volátil tiene hoy una oportunidad. La última. Lo volátil, si no ancla en un voto concreto que aleje como un matamoscas a los bichos más sórdidos de la escena política, no hará solamente volátiles los sueños y los anhelos de cambio: el refrán de la abuela dice que mientras hay vida hay esperanza. Estamos ahí, atrapados en ese refrán de barrio. Recordémoslo, porque no estamos, como pueblo, para debates de más altura. Mientras hay vida hay esperanza. Ustedes sabrán leer qué significa.
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Por Sandra Russo
“Tenés que ver la película de Michael Moore”, me dice todo el mundo. Ya sé que la tengo que ver. Me hubiese sido útil, por ejemplo, para sentarme a escribir esta nota con más imágenes en la cabeza, o con más argumentos. Pero no la vi. Y por ahora no la voy a ver. Escucho hablar de Moore desde que supe que existía, como mucha gente, durante la transmisión de la entrega de los Oscar. La invasión a Irak ya estaba en su apogeo, pero uno volvió a pisar el palito yanqui del mundo como espectáculo. Sobre esa idea giró Chicago, por ejemplo, que sí vi. Contra la opinión de muchos, me gustó. “Ellos lo hacen, ellos lo critican, ellos te lo venden”, recuerdo que comentamos al salir del cine, después de ver esa comedia musical bastante oscura que hablaba sobre cómo entender la vida según los norteamericanos: no importa la verdad, sino lo que uno sea capaz de hacer creer como verdad. Pero después lo que fue oscureciéndose no fue la pantalla sino la vida real. Y aun así, como millones de personas, vi la entrega de los Oscar con la expectativa de ver quiénes hablaban contra la guerra y qué decían: el mundo como espectáculo y uno como espectador. Y así conocí a Moore, escuchando aquel parlamento sobre el presidente ficticio y el conflicto ficticio que todos recordarán.
Bien: el conflicto fue si quieren ficticio en sus motivaciones, toda vez que Bagdad ya cayó y el único indicio de armas químicas fueron unas cuantas latas de pesticida vencido. Pero fue una invasión real en la que murieron miles de personas reales. Y el presidente al que se refería Moore no tiene nada de ficticio: lo votaron, ahí está y tiene el apoyo de esa gente extraña que come panceta y salchichas en el desayuno, y cuyos soldados, acaso genéticamente intoxicados por el hábito de tan grasientos y calóricos desayunos, se sienten con derecho a aplastar a poblaciones enteras que desaparecen de la faz de la tierra sin haber tenido la oportunidad de gozar de las bondades del hilo dental.
Gente en la que confío, gente inteligente y suspicaz, me habla maravillas de la película de Moore, y seguramente tienen razón. Es más, estoy segura de que en cuanto se me aplaque este ataque de asco a lo norteamericano voy a ir a verla, y que voy a ser admiradora de Moore. Dicen que en su película Moore desnuda el aparato generador de miedo que a su vez opera como el aparato generador de violencia en esa sociedad. OK. Pero por el momento, en mi percepción de lo norteamericano entra todo, incluso la denuncia a la barbarie norteamericana, incluso los niños terribles norteamericanos, incluso lo disfuncional a lo norteamericano. Porque no puedo renunciar a esta sensación de que la enorme, fatídica y siniestra trampa norteamericana es haber logrado que lo disfuncional le sea funcional. Haber logrado que las buenas conciencias norteamericanas terminen dando el pretexto para que las malas conciencias o las inconciencias norteamericanas, que son mayoría, se afinquen en ese territorio ético difuso que indica que si el mundo “debe” (¿?) tener un orden, es mejor que sea el norteamericano, dado que éste admite el disenso. Y ahí están los tipos como Moore, haciendo el berrinche contestatario, sin que al régimen se le mueva un marine.
El bueno de Moore y toda la buena gente como Moore finalmente terminan siendo una especie de PNT, esas Propagandas No Tradicionales que ahora se ven en la televisión: aquí es por falta de dinero que las publicidades han dejado de ir en la tanda y que las cajas de antihemorroidales o de antigripales son promocionadas en vivo por los conductores. Allá, para difundir la imagen del país libre, nada mejor que un Moore puteando a Bush en directo. La puteada hija de la América libre.
Voy a ver esa película –probablemente cuando salga en video– y estoy segura de que Moore me va a caer bien. Es de imaginar el plus de sordidez que deben sentir ellos, los norteamericanos críticos, tan amalgamados con el mal, tan convivientes con el crimen, tan linderos a la psicopatía de sus halcones. ¿Qué pueden hacer, salvo hacer películas? Una cosa no quitala otra, pero me pregunto si paralelamente a hacer películas, no deberían todos ellos ahora, que el mundo arde y seguirá ardiendo por la omnipotencia norteamericana, empezar a hacer política, volverse tercermundistamente militantes. Encontrar la manera de estar en contra de sus venenos de una forma mucho más clara que la simple cinta blanca en la solapa del smoquin.
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Por Sandra Russo
Lo inevitable suele ser inevitable, entre otras cosas, porque nadie lo evita. Esa es la media batalla ganada de lo inevitable: ser, por definición, imposible de evitar. Lo inevitable es un muro, un abismo, una aplastadora de conciencias, una picadora de voluntades, el punto sobre la i de la palabra fin, una película cuyo guión empieza por el desenlace. Hay cosas que se nos muestran como inevitables porque mostrándose así se hacen todavía más inevitables. Lo inevitable acobarda, arrincona, desalienta.
Vivimos en un país salido de control, en un país periférico que no le importa a nadie, un detalle en un mundo a punto de salirse de control. Otra vez los diarios dan cuenta de millones de personas en América y Europa desmarcándose de lo que está por suceder. Está por empezar una guerra inevitable pero esa guerra significará, además de los muertos inevitables, la instauración de un nuevo orden inevitable. Nadie sabe qué quiere decir exactamente todo eso, pero esos millones de personas lo sospechan: cuando esa guerra termine, con Saddam Hussein fuera de juego y un gobierno más –uno más– asumiendo en un país exótico sostenido por el Gran Dedo norteamericano, este siglo flamante inaugurará su nueva naturaleza contra natura. La lógica del enemigo potencial dominará tácticas y estrategias, y de eso los argentinos con más de cuarenta años podemos dar testimonio. Un enemigo en potencia es cualquiera. Quien moleste, quien se oponga, quien resista. Si esta guerra empieza y termina como es predecible, inevitablemente la presión cultural, política y psicológica del ganador se impondrá ejemplificadora sobre el resto del planeta.
Probablemente esta guerra sea de verdad inevitable, por eso es bueno preguntarse qué hacer ante lo inevitable, pensar un poco cuánto, por qué, para qué y de qué modo sirve tomar posición ante lo que es o se supone, en este caso, políticamente inevitable.
La primera sensación es la de una infinita soledad, una soledad inmensamente colectiva. El muro de lo inevitable es demasiado alto, el abismo de lo inevitable es demasiado profundo, no se puede con ello, no tiene caso querer saltar ni animarse a caer. ¿Millones de personas marchando convencerán a Bush de que está solo? No. Lo inevitable saca ese primer rédito: quien está a punto de actuar lo inevitable se reserva el control, la fantasía de la representación, ha tomado de rehenes las palabras que designan sus actos y es él quien nombra, como el Dios bíblico, todas las cosas. Democracia es esto. Libertad esto otro.
También aquí, tan pequeños, tan lejos, tan sin gracia, nos han tendido la trampa de lo inevitable. No es una guerra lo que está en puerta, sino las elecciones presidenciales más desangeladas de las que se tenga memoria. Vencidas las ilusiones populares de higiene política y moral, vino al galope, apantallada por unos cuantos medios, pagada por un puñado de canallas, la noción de lo inevitable. Ahí los tenemos, detrás de algunos canales, detrás de algunos diarios, manejando el aparato, haciendo sus operaciones, usando a los taxistas porteños de portavoces ad honorem, sentando las bases de la continuidad inevitable. No se fueron, no se van, no se irán. Son inevitables. Cualquier estrategia electoral que no los tome en cuenta se presenta (la han logrado presentar) como “no sustentable”. Cualquiera que no sea uno de ellos “cae en tres meses”. ¿No escucharon por lo menos a tres buenas personas argumentar algo de esto en las últimas semanas? Lo “no sustentable” quiere decir que lo “sustentable” es lo de siempre. O sea, que la pandilla conocida es miserable, es cierto, pero es inevitable. Han conseguido, nuevamente, que suene razonable, inteligente, casi, darlos por hecho. Vienen con la Argentina como los cuatro climas. Quien diga lo contrario es romántico o necio.
Por eso parece sensato reflexionar cómo, para qué, por qué y de qué modo uno debe pararse ante lo inevitable. ¿Rendido? Sueñan con eso. Esa es la gracia de lo inevitable: hay que rendirse ante lo que no se puede modificar.
Los millones de personas que este sábado volvieron a marchar contra la guerra saben que no convencerán a Bush de que está solo. Saben que a Bush estar solo lo tiene sin cuidado. No marchan para eso. En Estados Unidos la consigna que nuclea la oposición a la guerra es “Not in our name” (No en nuestro nombre), que este fin de semana reapareció en varias pancartas de la manifestación de Madrid: “Maten, pero no en mi nombre”. Una síntesis perfecta de este asunto: desmarcarse. Alguien dice: lo que suceda, sucederá sin mí. Si no puedo evitar lo que vendrá, no abandono mi conciencia a la conciencia de no poder evitarlo.
Me viene a la cabeza, desde el túnel casi vergonzante (que sea vergonzante es otra victoria de ellos) de mis cuadernos psicobolches, una frase de Mario Benedetti que decido resucitar: “Uno no siempre puede hacer lo que quiere, pero siempre tiene el derecho de no hacer lo que no quiere”.
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Por Sandra Russo
Dicen que Maradona, en su época dorada, sabía antes que ningún otro hacia dónde iba a ir la pelota. Anticipaba. La anticipación era una de sus grandes virtudes como jugador. Saber jugar a cualquier cosa implica conocer y aceptar las reglas del juego, se las respete o no. Desde la sociología vienen un par de nociones que explican los juegos colectivos. Illusio, interés: las dos, usadas de este modo, remiten a un baño de inmersión: ése en el que cada uno está metido –según su vocación, su profesión, su instrucción, sus hábitos–, inmerso a su vez en un ensueño colectivo, que nos hace tomar por “naturales” artificios como las instituciones o la política. Illusio, por ejemplo, que lleva directamente a la palabra ilusión, tiene su raíz en ludus (juego). Pierre Bourdieu la trabajó como si significara “estar en el juego, creer que vale la pena jugar”. Interés se desliza desde su etimología de inter-esse (¿parezco Grondona?) a “formar parte” o “participar”: es decir, creer que el juego es relevante. Ilusionados o interesados, ambos términos nos hablan de gente inmersa, gente arrobada, bajo influencia: complejos sistemas de creencias, intrincados laberintos de sobreentendidos, sofisticadas articulaciones de ideas y acciones se ponen diariamente en marcha protagonizadas por personas que juegan un juego social.
Lo decimos las mujeres cuando nos tocan hombres futboleros: ¿tanto lío por once tipos contra otros once detrás de una pelota? Estamos fuera del influjo, fuera de la inmersión. El futbolero, aunque sea espectador, está jugando. Hay juegos académicos, juegos de seducción, juegos de éxito, juegos amistosos, juegos intelectuales, juegos eróticos, juegos –ya llegamos, ya llegamos– políticos. Cuando se juega, todo importa. Cada señal, cada dato, cada gesto, cada objeto, cada detalle. Basta salirse, y se rompe el hechizo, y lo apasionante es aburrido, lo atractivo es vulgar, lo urgente es nimio, lo feroz es nada.
Bourdieu, que si hubiese sido argentino seguramente hubiera usado a Maradona para sus ejemplos, prefirió ilustrar sus pensamientos con el tenis. En Razones prácticas indica que mientras se está bajo el influjo de la illusio se vive como evidente aquello que cuando se está afuera de ese estado es apenas ilusión, banalidad o absurdo. Y agrega que los mejores jugadores son como los primeros en el ranking del tenis: juegan lo suficientemente bien como para ubicarse no donde está la pelota sino donde va a caer: se colocan no donde aparentemente está el beneficio, sino donde estará.
En política, saber jugar equivale a ajustarse a una serie de nociones ya legitimadas por los espectadores, o sea el electorado.
-Estoy trabajando por mi país. Es hora de renunciamientos personales.
-Soy un enamorado de la Argentina. Vamos a salir adelante.
-Este país tiene solución. Juntos la vamos a encontrar.
-Los graves problemas que acechan al país obligan a dejar de lado el internismo.
-Estoy comprometido con el cambio.
-Vamos a gobernar con equipos. Solo de esto no sale nadie.
-Hay que mirar adelante. Vamos a despegar.
¿Qué candidato podría haber dicho alguna o todas estas frases? Cualquiera. ¿Y con que oídos escuchan los espectadores del juego estas palabras? Todavía, en muchos casos, con los oídos de la illusio, pero muchos, por primera vez, con los oídos de quienes han salido del hechizo –muchos no han salido: han sido expulsados– y ya no juegan más. Mientras todavía se está inmerso en el juego, hay mentiras que pasan por verdades. “Estoy trabajando por mi país. Es hora de renunciamientos personales”, por caso, no significa absolutamente nada. Y los que escuchan eso lo saben. El juego indica que hay que decir ese tipo de cosas y que hay que escucharlas como si significaran algo.
Desde el punto de vista de quienes juegan adentro o afuera del campo de la política tal como lo hemos construido en conjunto, por ejemplo, y más allá de las posiciones personales, hay un consenso subterráneo acerca de lo que implica jugar bien o jugar mal. Y es desde ese punto de vista del hechizado, del arrobado, del integrado, que un hombre como Daniel Scioli es mucho mejor jugador que otro como Chacho Alvarez, que no sólo no anticipó dónde iba a caer la pelota sino que además permitió que la pelota lo desnucara políticamente. Quienes están bajo el influjo de la illusio pueden disculpar la mentira, el cinismo, el oportunismo, incluso la corrupción. El mal cálculo, jamás. “Si esos engaños que no engañan a nadie son aceptados por los grupos con tanta facilidad es porque contienen una declaración incuestionable del respeto por la regla del grupo.” Si Menem sigue siendo Menem, con lo que ese apellido tiene de potente o de execrable para tantos, es porque encarna a la perfección el juego fantasmático argentino. Las reglas de ese juego indican que públicamente hay que decir que se está a favor del juego limpio, pero que íntimamente hay que reconocer la viveza del que hace el gol con la mano.
Nos quejamos de la política y de los políticos. Pero aun quejándonos, aun rabiosos, muchos seguimos siendo espectadores del viejo juego y de sus reglas, y aun oponiéndonos a ellas seguimos en el juego cuando al cínico lo vemos como pícaro y al mentiroso como hábil. El camino hacia otro juego –y otras reglas– está plagado de trampas cazabobos: incluso la crítica al sistema, incluso estas palabras están escritas con un pulso solamente a medias liberado de lo que todos llevamos tatuado en lo profundo. El interés en el juego le da sentido a la vida. Pero a qué, y de qué modo, es la cuestión.
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Por Sandra Russo
Probablemente parte de su extravío hayan sido los vínculos que terminaron enloqueciéndolas. Probablemente, porque nunca lo sabremos; ellas ya habían iniciado el lento camino a ese extravío cuando, en estos dos casos, el de Marta Meza y el de Lourdes Di Natale, entraron al estrecho pasillo del poder con mayúsculas por la vía femenina más previsible, la del amor.
Una tuvo un esbozo de carrera política al amparo de quien la había abandonado y le había dejado el hijo al que se negaba a reconocer; la otra tuvo un arranque de honor cívico salpicado con venganza pasional y económica cuando decidió denunciar a su ex jefe, Emir Yoma, cliente del padre de su hija. Las dos fallaron en sus intentos, probablemente porque ya estaban extraviadas cuando eligieron el altar en el que encender sus velas amorosas: Marta Meza y Lourdes Di Natale se internaron por sus propios medios en el túnel de lo siniestro. Si lo siniestro es, como dice Freud, lo familiar cuando se vuelve amenazante, estas mujeres se enamoraron, quedaron embarazadas, parieron e hicieron nido psíquico con hombres que eran trampas. Nada en la relación entre Carlos Menem y Marta Meza o en la de Mariano Cúneo Libarona con Lourdes Di Natale debe haber tenido nunca el gusto dulce de aquello con lo que las mujeres más sabias o más en sus cabales se permiten soñar. Ser madres de los hijos de esos padres debe haber sido la primera señal del extravío.
Pero tampoco debe ser casual que de los núcleos más opacos del poder hayan salido estas dos mujeres arrasadas por sus propios actos. En la cabeza de Marta Meza y en la de Lourdes Di Natale es posible inferir algún crac, un momento, una chispa de lucidez y la visión terrible del grado de sus propias equivocaciones, la alquimia inversa del oro en barro, la conversión del presunto amor en odio declarado.
Y a la manera de las locas de siempre, esas locas prototípicas que nos regala esta cultura cuando las mujeres deciden un cambio de timón, salir a la calle, decir lo que saben, arremeter, explotar de ira, quemar las naves, a ninguna de las dos le alcanzó la energía para vengar sus pasados. No se sabe exactamente cómo o por qué murieron, pero sí, en ambos casos, la depresión profunda precedió a la muerte. Dos quebradas, dos arrepentidas, dos equivocadas, dos peregrinas en una procesión que sólo admite almas a prueba de escrúpulos.
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Por Sandra Russo
“Es nuestro conflicto de mamíferos: lo que dar a los demás y lo que conservar para nosotros. No traspasar esa línea, contener a los demás y ser refrenado por ellos, es lo que llamamos moral.” Eso dice Ian McEwan en su novela Amor perdurable. En unas apacible