El crimen organizado se adaptó a la globalización. Con el narcotráfico pegó el salto, cambió de hábitos y de cultura. Hoy comercia con basura, arte, misiles, personas. Siempre cerca de los paraísos fiscales.
El ataúd del "padrino" John Gotti es de bronce macizo. Y brilla aun bajo tierra.
La muerte del don mayor de Nueva York, en junio de 2002, hizo creer a las "familias" de la mafia y a quienes los combaten, que el cáncer que había destruido a este hijo de napolitanos también había carcomido las estructuras del crimen organizado en todo el mundo. Pero el resplandor del bronce de Gotti es tan solo una muestra de que la mafia sólo cambió de traje, mutó, actualizó su estilo y sus conductas públicas y privadas, y abrió paso a una nueva cultura mafiosa.
"No obstante la intensa lucha por parte de los estados, entre ellos el italiano, en los 90, la mafia ha tenido la capacidad de replegarse, ir a la cama y levantarse como una mafia globalizada", dice por telefóno Angelo Sindoni, director del departamento de Historia y Ciencias Sociales de la universidad de Messina, Sicilia, y autor de trabajos sobre la mafia.
Ya nada es lo que era. La foto del personaje Vito Corleone, Marlon Brando en la extraordinaria película El Padrino, es sencillamente vieja. La mafia de hoy se identifica más con la de su hijo Michael (Al Pacino), en la tercera parte de la saga que dirigió Francis Ford Coppola, cuando dice que no quiere matones sino abogados. La imagen del capo (jefe) manejando sus negocios con la lupara (escopeta de caño recortado) y chantaje ya es pasado, como también lo es el papel de la mujer que sólo preparaba los
spaghetti para la mesa de los mafiosos. La mafia napolitana, por ejemplo, fue conducida por lady Camorra, María Licciardi, hasta 2001, cuando fue arrestada.
Las mafias de ayer traficaban, y trafican, armas cortas y largas, drogas, autos, cigarrillos y lucraban, y lucran, con la prostitución y el juego. Pero el tercer milenio les dio facilidades para vender hasta misiles obtenidos en liquidación de las ruinas del imperio soviético. También abrieron rutas para el tráfico humano desde Africa, Asia y Latinoamérica hacia Europa, Estados Unidos, Australia y Japón. Se transformaron en "especialistas del mundo de la basura", manejan el mercado negro de obras de arte, de animales en extinción, están insertados en la industria de la construcción en Italia y EE.UU. en relación a obras ilegales y realizan secuestros en todo el planeta. El multirubro se completa con su actividad en las bolsas de valores y en los paraísos fiscales donde lavan dinero.
La mafia entendió perfectamente los secretos que encerraba la globalización. Se anticipó a sus efectos y lo hizo mejor que cualquier multinacional para lograr un saldo positivo. "La globalización es la mafia", reafirma Gianni Vattimo, de la Universidad de Torino y diputado del Parlamento europeo. "El fenómeno mafioso es una síntesis de innovación y continuidad en la tradición. Se transforma adaptándose a las evoluciones de la sociedad en la que actúa, pero permanece fiel a algunos valores que le son propios", dicen los juristas italianos Gian Carlo Caselli y Antonio Ingroia en el prólogo del ¿Qué es la mafia? de Gaetano Mosca.
La globalización y el rumbo de la historia trajeron diversificación de los negocios y distribución de tareas. La caída de la URSS y la apertura de la economía del ex bloque socialista hacia el capitalismo abrió el juego para que nuevas organizaciones criminales aparecieran violentamente. Actualmente las mafias italianas y norteamericanas compiten de igual a igual con las surgidas en Europa del Este, además de la nigeriana, la colombiana, y la yakuza japonesa que se dio una nueva estética: sus miembros usan tatuajes como emblema.
Para Sindoni hubo un elemento clave para que la mafia creciera y se adaptara: "La droga provocó un salto cualitativo porque el tráfico unió las dos puntas del océano: Sicilia con EE.UU. y Colombia básicamente. Esta capacidad expansiva de la mafia la hizo volverse todavía más difícil de combatir". Así, la mafia colombiana, que produce drogas, necesita a otra en Europa, por ejemplo, para que la distribuya.
En Italia, uno de los negocios florecientes se relaciona con la tierra y el procesamiento de la basura. Unos 160 clanes mafiosos manejan negocios ilegales que rinden unos 20 mil millones de dólares anuales con las descargas de basura, con los terrenos agrícolas que carecen de autorización para la explotación económica y con lotes en los que está prohibido construir. Como en Italia el espacio es escaso, para descargar la basura, la mafia incendia bosques y praderas para luego maniobrar sobre las concesiones de descargas. En Nápoles, los camiones de la Camorra han descargado dioxina, un poderoso veneno residuo de las industrias químicas que provoca envenenamiento de la leche. Y además construyen obras en lugares prohibidos que luego legalizan con su poder de influencia.
"Los mafiosos están recomponiendo su organización y relanzando sus contactos con la sociedad y las instituciones", sostiene Umberto Santino, autor de Storia del movimento antimafia y fundador del Centro Siciliano di Documentazione "Giuseppe Impastato", una institución antimafiosa dedicada al estudio de la mafia. Santino agrega: "cuando hablamos de mafia no debemos pensar sólo en los criminales clásicos, sino también en las relaciones externas con profesionales, administradores y políticos, lo que llamamos la burguesía mafiosa, y también con los sectores populares inmiscuidos en actividades legales e ilegales".
Buenos muchachos
La mafia como organización nació en el siglo XVIII en Sicilia. Surgió como modo de resistencia frente al abuso y explotación a los que los sicilianos eran sometidos por otros italianos. Para rechazar a los agresores, los sicilianos forjaron una organización secreta que se basaba sobre los pilares de la violencia y la lealtad. Dos características que iba a adoptar la mafia. Estas barricadas fueron tomando rasgos de criminalidad cuando se iban formando clanes familiares que defendían territorios y negocios con el chantaje como modo de generar ganancias. La costumbre se extendió y a lo largo del siglo XX en distintas regiones de Italia la mafia echó raíces. A la Cosa Nostra siciliana se le sumó la N''dranghetta, en Calabria; la Camorra, en Nápoles; la Sacra Corona Unita pugliese en la Puglia. Cada grupo en su región comenzó a gobernar como "un estado dentro del Estado", se hizo amo y señor de tierras y gobiernos. A lo largo del siglo XX desarrollaron los más ingeniosos negocios donde la sangre podía correr como el vino chianti. Su fortaleza hizo que tanto fascistas, entre 1920 y 1940, como el ejército de ocupación estadounidense, cuando finalizó la Segunda Guerra mundial, tuvieran que negociar con ellos y aceptar la fuerza de sus lazos invisibles.
A fines del siglo XIX y principios del XX hubo corrientes migratorias italianas que desembarcaron en América, especialmente en EE.UU. y en la Argentina. Los contingentes sicilianos y napolitanos pugnaban por un lugar en l''America. Algunos sicilianos recrearon rápidamente las características de la Cosa Nostra en el escenario neoyorkino con facilidad y armaron una red de negocios y crímenes que descolocaba a una fuerza policial todavía virgen en el trato con estas actividades. Pero la Cosa Nostra tenía cómo construirse a sí misma. "En Nueva York la mafia se desarrolló porque ya existía una base, el gangsterismo irlandés", dice el siciliano Sindoni. Esta visión se encuentra presente en la película Pandillas de Nueva York, de Martin Scorsese, en la que irlandeses y nativos se disputan el control de la ciudad poco antes de la Guerra de Secesión. Además, con un capitalismo en franco crecimiento, los negocios y las posibilidades de ganar dinero eran muchas. "En EE.UU. los mafiosos pequeños fueron a la universidad del crimen", resume Sindoni. Al Capone, Lucky Luciano, Carmine Galante, Paul Castellano y el mismísimo John Gotti fueron las cabezas más conocidas de la Cosa Nostra norteamericana.
Una parte de esa inmigración siciliana llegó a la Argentina y sin embargo, no se dedicó a los negocios sucios. Sí hubo capítulos escritos por mafiosos que intentaron reproducir los esquemas de la Cosa Nostra y que sólo lo lograron temporalmente en La Boca y en Rosario. Pero el temor de la población local a las actividades de personajes como "Chicho grande" y "Chicho chico", entre otros, bastó para que las acusaciones se generalizaran contra los inmigrantes sicilianos. "La mafia era un fenómeno marginal dentro del ambiente de los inmigrantes, pero llegó a ocupar en poco tiempo un lugar central en la consideración pública. La creciente espectacularidad de sus acciones y su repercusión en la prensa y la opinión social redundó desde temprano en una notoria estigmatización de la colectividad que la albergaba", señala Osvaldo Aguirre en Historias de la mafia en la Argentina.
Durante las últimas décadas del siglo XX en la Argentina, se vivieron situaciones de estafas, violencia y chantaje similares con lo que se conoce como mafia. Para José María Simonetti, sociólogo e investigador de la Universidad de Quilmes, se puede hablar de mafias cuando el crimen establece una alianza con el poder político y/o el económico. El crimen de José Luis Cabezas, la llamada "mafia del oro", el tráfico de armas a Croacia y Ecuador, actitudes monopólicas que se le atribuían a Alfredo Yabrán, son ejemplos de la confabulación criminal. "El núcleo del crimen organizado es una burguesía mafiosa: se buscan ventajas económicas desde el monopolio. Por este motivo se realizan negocios combinados con política. La mafia actúa cuando supone la ausencia del Estado, entonces aparecen estos grupos que realizan una forma rentística de la economía, una renta de la ilegalidad". En la Argentina no se desarrolló la Cosa Nostra, pero la actitud mafiosa parece presente en muchos de los negocios ilícitos protagonizados por quienes coquetean con el poder.
El ex primer ministro italiano Giulio Andreotti, muchas veces vinculado a la mafia, solía decir: "el poder obnubila a quien no lo tiene".
Los socios del silencio
En los 70, 80 y principios de los 90, parecía que la mafia italiana estaba doblegando al Estado en el dominio de sus negocios y territorios. Bajo el mando de Totò Riina, la mafia siciliana cogobernaba a sangre y fuego. Los espectaculares atentados contra el general Carlos Alberto Dalla Chiesa y los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino en 1992 en Palermo, Sicilia, fueron los detonantes para que la justicia italiana actuara y encerrara a centenares de mafiosos. Ambos jueces ya habían enviado a la cárcel a 467 capi (jefes) y picciotti (empleados) gracias al quebrantamiento de la omertà (la regla del silencio, la del "no delatarás" entre los mafiosos de origen italiano). El testimonio de unos cuantos integrantes de los clanes mafiosos logró quebrar las estructuras de la organización. Tomasso Buscetta fue el arrepentido más conocido. "Antes de la colaboración de Buscetta, ninguna investigación de policía judicial había logrado aclararnos la lógica interna, la organización de la cúpula y la vida de la mafia", afirmó el subsecretario de Justicia, Giuseppe Ayala, fiscal de Palermo en los procesos contra la Cosa Nostra. Pero, como la mafia golpea "allí donde más duele", entonces llegó la vendetta (venganza). Los ex socios de Buscetta asesinaron a 33 de sus familiares, entre ellos a su esposa y dos hijos. El arrepentido falleció de cáncer en 2000, en algún lugar de EE.UU., protegido por agentes federales.
Los noventa y el cambio de siglo fueron los momentos de transformación, de cambios de actitudes y de vuelta al plano de la discreción. "Después de esto, los mafiosos recibieron fuertes golpes y entendieron que no debían matar más a hombres de las instituciones. Podemos decir que la mafia en los últimos años trabaja con mayor secreto, reclutando gente con más rigor y concentrando la dirección en manos de pocos", dice Santino.
Las redes invisibles de la lealtad y la informática tornaron más complicadas sus estructuras hacia el afuera. Sus actividades quedaron nuevamente ocultas y se multiplicaron. Es realmente sugestivo que a la cabeza de la Cosa Nostra siciliana se encuentre Bernardo Provenzano, un personaje prófugo desde hace más de 40 años en Italia y que vio despejado el campo de acción con el arresto de Riina. Nadie conoce su rostro actual, pero todos saben quién maneja los hilos de los negocios mafiosos al sur del país. Es el ícono de la continuidad y transformación el que permanente.
Si existe un gobierno mundial manejado por las multinacionales, los bancos y los mercados, en las sombras hay otro gobierno con un poder similar. El crimen organizado, las mafias tradicionales, las nuevas, las del narcotráfico, no gobiernan, pero ejercen su voluntad desde la luminosidad de una pantalla de computadora o sentados cerca de los centros de decisión. Y a veces ambas instancias de poder se confunden. Los negocios que
John Gotti manejaba en Nueva York siguen su curso. Su familia o algunos de los cientos de clanes mafiosos globalizados los continúan por el camino ilícito. Gotti desde su ataúd dorado, y Provenzano, desde su larga vida de fugitivo, siguen practicando un estilo de hacer negocios siempre acorde con pautas de la época.
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/25/u-646751.htm
El Premio Planeta, que la semana pasada obtuvo Antonio Skármeta, es también un homenaje a la generación del exilio chileno, en el 30 aniversario del golpe de Pinochet. El autor de El baile de la victoria, la novela ganadora, dijo que le gustaría cobrarlo en cuotas.
FLAVIA COSTA.
Es posible ganar un premio literario como el Planeta de España —el mejor pago de habla hispana y el segundo a nivel mundial, después del premio Nobel— sin proponérselo? Antonio Skármeta asegura que sí, con ese ademán de coquetería bonachona y un poco fraudulenta que imponen las ceremonias pomposas. El sabe cómo hacerlo; está entrenado en las academias de la diplomacia y la animación de TV. "El baile de la victoria no fue escrita para ganar un premio literario", dijo el chileno la semana pasada, cuando se conoció la noticia de que eran suyos los 601 mil euros (más de 690.000 dólares) en juego. E hizo escuela.
Desde entonces, el autor de La boda del poeta comentó que la novela ganadora condensa su "universo literario". Que se trata de su regreso al Chile contemporáneo, "un país de jóvenes que viven una herencia de dolor y anhelan desprenderse de ella". Que cuenta "una historia de amor y amistad protagonizada por un joven que ha estado en la cárcel por una banalidad y se entera de la posibilidad de dar un gran golpe, para lo cual va a buscar a un maestro del delito".
La trama gira alrededor de estos dos hombres y una chica de 17 años que se les cruza en el camino; la hija de un desaparecido que quiere ser bailarina y a la que están a punto de expulsar del colegio, asediada "por un pasado trágico y por una profesora pedante y oscurantista que le coarta los caminos hacia la literatura".
Que este año le hayan concedido el Planeta a Skármeta implica no sólo una fabulosa operación de márketing (la novela sale este jueves con una tirada de 210 mil ejemplares); acaso se trata también de un guiño a Chile en el 30ø aniversario del derrocamiento de Salvador Allende. Skármeta es uno de los intelectuales que —al igual que Ariel Dorfman, Luis Sepúlveda, Roberto Bolaño y Roberto Matta, entre otros— debieron exiliarse tras el golpe de Augusto Pinochet, en 1973.
En su caso, el golpe lo sorprendió en Nueva York, donde era un profesor de literatura que dirigía obras de teatro y que había hecho un film sobre la Unidad Popular con el director alemán Peter Lilienthal. Viajó entonces a Berlín junto al cineasta Raúl Ruiz, y se radicó allí. En 1989 volvió a Chile, donde comenzó con su exitoso ciclo televisivo "El show de los libros", que después se convirtió en "La torre de papel" y, recientemente, "Un mundo alucinante", que se transmitía por Canal á. ("Yo hago un espectáculo sobre libros —comentó en La Vanguardia—, una aproximación juguetona dirigida a lectores ocasionales"). Regresó a Alemania en 2000, cuando el presidente Ricardo Lagos lo nombró embajador, pero volvió a Chile en mayo.
Autor de una decena de libros, Skármeta es conocido, sobre todo, por Ardiente paciencia, luego rebautizada como El cartero de Neruda. La novela —originalmente un guión para cine y teatro— cuenta la supuesta relación entre el poeta Pablo Neruda y un pescador que se convierte en su cartero. A partir de esta historia, se hicieron dos películas. La primera, a cargo del propio Skármeta, en el 85; la segunda, titulada El cartero, que filmó en 1994-95 Michael Radford, protagonizó Massimo Troisi y fue candidata a cinco premios Oscar.
En su sitio oficial se cuenta que —más allá de la ficción— Skármeta mantuvo con Neruda una breve relación literaria. Muy jovencito, llevó un ejemplar de su libro El entusiasmo al poeta, quien le dijo con displicencia: "Bien, muchacho, en dos meses te doy mi opinión". Sin contener la ansiedad, dos semanas más tarde volvió. Cuando el poeta le abrió la puerta, se produjo el siguiente diálogo:
—¿Lo leyó?
—Sí. Es bueno. Pero eso no quiere decir nada. Todos los primeros libros de escritores chilenos son buenos. Esperemos el segundo.
Cuando al fin se publica aquel libro, en 1967, Skármeta se coloca discreta, campechanamente en la primera línea del postboom latinoamericano. (Con respecto a sus predecesores, le dijo a Xavi Ayén en una entrevista reciente: "Los del boom son los autores del exilio voluntario, del cosmopolitismo exquisito. Pero mi generación se quedó en América latina, se volcó al interior. Somos víctimas de las restricciones que imponen las dictaduras, de modo que en nuestra narrativa tiene mucho más peso lo real. Las dictaduras mataron el realismo mágico, un mundo donde vivir o morir era indiferente, ya que podías resucitar dos veces. Para nosotros, los límites son otros: cuando alguien se muere, se muere".) Y dos años más tarde —cumpliendo la predicción del poeta-profeta— obtiene el premio Casa de las Américas con los relatos de Desnudo en el tejado. Le siguieron —entre otros— Soñé que la nieve ardía, No pasó nada, La insurrección, Match ball, La boda del poeta y La chica del trombón.
En el prefacio de esta historia quedan el pueblito norteño de Antofagasta, donde nació el 7 de noviembre de 1940 bajo el nombre de Esteban Antonio Skármeta Branicic, y la adolescencia en Santiago, donde además de estudiar filosofía y literatura, participó en dos clubes selectos: el Instituto Nacional y el MAPU Obrero Campesino, partido en el que, según su propia confesión, nunca vio un obrero ni un campesino: "Eran puros estudiantes hippies y varias musas que terminaron siendo escritoras".
Y en la cúspide, este megapremio que —según dijo al diario chileno La Segunda—, quiere recibir en cuotas para "ser un profesional que vive de sus letras sin tener que hacer trabajos al margen". Además, avisó que se propone hacer algo "que favorezca a los escritores jóvenes del país".
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/25/u-646783.htm
EL AÑO DE DALI
Se cumplen cien años del nacimiento de Salvador Dalí, símbolo de una época y una tendencia, y el mundo lo festeja. Una aproximación a este artista moderno y ya clásico.
En la Costa Brava, cerca de la frontera con Francia, el cielo y las rocas forman un concierto en el que uno es el fondo constante y las otras el cambiante pespunte de una melodía a veces sombría, por momentos extravagante, de a ratos protectora, casi siempre crispada. Uteros, parecen, en ciertos parajes, esas calas en las que el Mediterráneo se hace tan oscuro que su azul vira al plomo.
Hace un tiempo, en el pueblo de pescadores de Cadaqués, este cronista descubrió lo que ya sabía: ese cielo indiferente a las rocas, a su congelado malestar o a su áspera paz, es el de Dalí. Aquel surrealista que a los 26 años había establecido su hogar en Portlligat, a 15 minutos de caminata de Cadaqués, no será recordado por cielos artificiosos, convencionalmente oníricos, sino por el cielo de la costa catalana; el cielo clásico, sin sombra ni amenaza; el cielo renacentista, simple, preescolar. El resto del cuadro, en gran parte de la obra de Dalí, serían esas rocas dislocadas, escarpadas, y sin embargo maternas. De hecho, una curiosa roca amorfa del Cap de Creus es, para muchos, la base del cuadro El gran masturbador. En la roca no se ve masturbador alguno, por más imaginación que uno ponga, y en el cuadro, a decir verdad, tampoco.
Salvador Felipe Jacinto Dalí Domenech nació en Figueres, en el Ampurdán, a unos 30 kilómetros de Cadaqués, el 11 de mayo de 1904. Su primer nombre era el de un hermano muerto un año antes. Esta condición de doble —apenas nacido debía llevar flores a su propia tumba— tuvo, diría él, una influencia decisiva en su vida. Es probable que lo dijera porque veneró a Sigmund Freud, y debió creer honestamente en el psicoanálisis. También quiso hacer creer que estaba pintando sus sueños. Esto es dudoso. Lo cierto es que su vida fue, aunque parezca asentada en un poderoso yo, un largo proceso de despersonalización estética.
Dalí empezó a pintar desde muy chico. Y también, cuando era un chico, solía apoyarse en una muleta que había encontrado por allí para gritar "Soy el rey". Se empeñó en crearse como rey. Y este rey cojo nada hubiera sido de no haber creado, junto con su personaje, una obra poderosa en la que aparece más la historia del hombre como una nítida ensoñación que los paisajes de sus propios sueños, que era el dogma de los surrealistas.
La relación de Dalí con la pintura, con su desarrollo secreto, es mucho más importante que la relación con el surrealismo francés. Velázquez, De Chirico y, por último Rafael, son más decisivos que André Breton para comprenderlo. La búsqueda, el enfrentamiento y la ruptura con el pope surrrealista ofrecen algunas claves para entender al personaje Dalí, pero arrojan pistas dudosas sobre sus cuadros y sobre el propio sentido del surrealismo, ese movimiento que revolucionó el arte y las ideas , y está plagado de agrupamientos y rupturas, fervores y excomuniones, administrados por Breton. Dalí fue una provocación dentro de una provocación . Y una provocación políticamente incorrecta.
Digamos brevemente cómo llegó a ese punto. En 1921, está en Madrid, para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, de la que sería expulsado. En la Residencia de Estudiantes, conoce a Federico García Lorca y a Luis Buñuel. Con éste realizaría, años más tarde, El perro andaluz, la primera película surrealista, célebre por su primera escena, en la que una navaja secciona un ojo. Este trío, que compartía más que nada una compleja y perturbada relación con el sexo, crea un ambiente provocador que nutre seguramente en Dalí la idea de que el genio es necesariamente un ser distinto. Otro. Uno que lleva el nombre de otro: Salvador Dalí, que no es Salvador Dalí sino un muerto, por ejemplo. O el espejo de un confuso dios.
Iluminación en París
Dalí viaja por segunda vez a París a fines de los años 20. Había viajado antes, por invitación de Buñuel, y sólo conoció a Picasso, que al fin y al cabo era español como él. Esta vez va a buscar al dios del que sería espejo y bufón. Ya había leído a Sigmund Freud. Ya había visto los cuadros de Diego Velázquez en el Museo del Prado y se había sobresaltado ante su propia percepción de que Velázquez pintaba precisamente como un médium. Pintaba otra cosa.
Por cierto, encuentra al Rey en París. Es decir, a Breton, quien en 1924 había redactado el primero y principal de los manifiestos surrealistas, aquel que define la estética y ética surrealistas como "automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento". El pope lo acoge entusiastamente. Y Dalí crece. Durante el verano de 1929, en Cadaqués, le arrebata la Dama al Alfil del Rey. Es decir, conquista a Gala, la mujer de Paul Eluard. Se casan a los cuatro meses y permanecen juntos durante 53 años, hasta la muerte de ella. En los años siguientes, Breton mueve contra él su poder. Le reclama que haga declaraciones para explicar cómo es que ha pintado a Hitler. Dalí le responde que Hitler era "un objeto de delirio inconsciente, una fuerza de autodestrucción y de cataclismo prodigiosa". Surrealismo, Bretón. ¿O no? Breton le cuelga el San Benito. Bretón se preocupa. Dalí utiliza las imágenes tomadas de los sueños "abusando de ellas y poniendo en peligro la credibilidad del Surrealismo". Muy bien, pero ¿cómo detenerlo? Dalí viaja a Nueva York y comienza a ganar dinero. Breton hace el famoso anagrama con el nombre de Salvador Dalí: avida dollars. Dalí sigue creciendo. Bretón lo expulsa. Dalí responde: "No podéis expulsarme. El surrealismo soy yo". Así era. Aquel Alien se había apoderado totalmente del cuerpo del surrealismo. Faltaba el golpe final. Cubierto de dólares, realmente, Avida Dollars escribirá mucho después, definitivamente burlón y cerrando la paradoja de que el surrealismo hubiese creado ese monstruo surrreal que fue su peor pesadilla: "El anagrama avida dollars constituyó un talismán para mí. Rindió generosa, dulce y monótonamente un manantial de dólares". Y como si esto fuera poco: "Jamás, jamás, jamás, jamás el exceso de dinero, de publicidad, de éxito o de popularidad me ha dado ganas de suicidarme, sino todo lo contrario". A la expulsión de Dalí, siguió la de Eluard, el notable poeta cuya mujer se convirtiera en la mujer de Dalí. Uno por reaccionario, el otro por demasiado comunista; ambos terminaron fuera del epiléptico y revulsivo movimiento creado por Breton.
Dalí, en Nueva York
A partir de la Segunda Guerra Mundial, por fijar las cosas en el tiempo, tenemos a Dalí íntegramente construido como el retrato vivo del surrealismo, con sus grandes bigotes manija paseando un leopardo con cadena de oro por las calles de Nueva York, vistiendo trajes extravagantes y declarando a los cuatro vientos su inmenso amor por sí mismo. Hombre de un ego tan grande, y probablemente tan blando, como un elefante, el pintor catalán había logrado lo que Breton y su tropa indisciplinada no habían logrado: hacer del surrealismo un hecho real, o al menos contante y sonante. Y sin embargo, no era Dalí un mero aviso publicitario. Había algo en él poderosamente auténtico que el propio Freud había vislumbrado. Freud rechazó el galanteo de Bretón. "Hay demasiado método en su delirio", le dijo, más o menos, cuando Bretón lo visitó en Viena. Probablemente ofuscado por la recepción del creador del psicoanálisis, Bretón lo describiría luego impiadosamente como un "anciano insignificante". A Dalí, en cambio, le fue mucho mejor. Freud escribiría a Stephan Zweig, quien le había presentado a Dalí: "Es preciso darle las gracias a usted (...); los surrealistas, que al parecer me han elegido como su santo patrón, me parecían unos locos integrales. El joven español, con sus cándidos ojos de fanático y su innegable maestría técnica, me ha incitado a reconsiderar mi opinión".
Dalí tuvo muchos hijos. El arte de la excentricidad, un arte necesariamente mediático, le debe casi todo. Es Dalí el tío materno, si no el padre, de una heterogénea lista de provocadores visuales, teatrales, que bien podría incluir a Michael Jackson o a Marilyn Manson. Y no era Dalí un provocador filosófico, como Diógenes de Sínope, ni refinado, como Oscar Wilde. Ni tampoco buscaba, es evidente, utilizar la provocación para llamar la atención sobre algo más importante. Mal sabía sobre qué quería llamar la atención. Sin embargo, hay una clave involuntaria en una de esas extravagantes respuestas autoidolátricas que solía dar. Le preguntaron qué había que preguntar para saber si se estaba ante un genio, y dijo: "Hay que saber cómo se llama y dónde nació; si su nombre es Salvador Dalí Domenech y nació en Figueres, ya no hay duda de que lo es". Un nombre y un lugar reducían el fenómeno. Parece importante que la respuesta de Dalí no se haya limitado a su propio nombre, que por otra parte, ya sabemos, era el de un muerto.
¿Por qué —se pregunta uno en Portlligat— este engendro moderno, este hombre destinado a triunfar en la metropolis, eligió como refugio, en 1930, a los 26 años, una casa frente al mar, en un pueblo de pescadores? ¿Por qué volvió aquí en 1948? ¿Es por el cielo, que vio en los cuadros de Rafael y descubrió parecido al suyo? El regreso a Portlligat coincide con su decisión de ir al clasicismo cuando podía haberse desbarrancado por el camino de los relojes blandos y las pinturas amorfas, que le daban mucho dinero y lo convertían en un ícono viviente. Portlligat tiene que ver con su misticismo católico, con las dos madonnas del Porlligat, con su Crucifixión, con La última cena. También tiene que ver con sus ensayos op-art (técnica de los efectos visuales), como el retrato de Gala que, a veinte metros, se convierte en la cabeza de Lincoln. Con su empeño en el estudio de la ciencia. "Mi pintura es la fotografía en color y a mano de imágenes superfinas y extrapictóricas de la irracionalidad concreta", definió. Aquello "concreto" y "extrapictórico" que lo desvelaba, ¿está en Portlligat? En realidad ¿la búsqueda de qué cosa concreta fue Dalí? ¿La de un dios concreto y sorprendente, con el que pudiera hablar? ¿Será la cifra de esa búsqueda la espalda renacentista de Gala?
Católico y de derecha, pero sobre todo clásico y más hondo, el viejo provocador volvió obsesivamente al paisaje de la Costa Brava para vivir la segunda mitad de su vida. Murió en Figueres a los 85 años, ya sin Gala ni fastos, unido a respiradores y sillas de ruedas. Las muletas ¿recuerdan?
En Portlligat, a metros de su casa, había hasta hace un tiempo un bote abandonado y derruido en la calle. Desde el fondo del bote había crecido un árbol. Qué homenaje le hizo Dios.
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/18/u-642560.htm
PUEBLOS BONAERENSES
Los porteños adoptan el pueblo para vivir. La gente de Lobos se niega a que su destino sea convertirse en un parque temático gauchesco.
EDUARDO POGORILES. Enviado especial a Lobos.
Ahora, en Lobos, los porteños compran casas como para sentirse dueños de por vida del "estilo campo". Y aunque esté a 115 kilómetros de Buenos Aires, hay quienes llegan en avión a la cancha de golf. Y frente al aeroclub crecen los barrios privados. Los lugareños se miran algo pasmados ¿el crecimiento de lo campestre como escenografía no terminará sepultando al verdadero campo? ¿El simulacro vencerá a la misma tradición en que se inspira? Con cinco clubes de polo, con estancias llenas de historia desde los tiempos de Rosas, Lobos cambia su cultura y su modus vivendi en el sudoeste bonaerense. Buenos Aires aprovecha la nueva autopista Cañuelas-Ezeiza e invade el verde sin permiso, complicando la clásica imagen de laguna, pejerreyes y miniturismo.
A ese raro cruzamiento entre modernidad y tradición, algunos de los 28 mil habitantes lo ven como una oportunidad, otros, como una amenaza. Porque Lobos es también la costumbre de dormir la siesta hasta las cuatro de la tarde, jugar a las cartas en el Club Newbery, ir a dar la vuelta del perro todas las tardes, bailar en la discoteca "La Porteña", en la bailanta "Amanecer bailable" o en alguna de las diez peñas folclóricas. Esta ciudad aún tiene panaderías que hacen la "galleta de campo"; hay esquinas sin ochavas anteriores a 1870, pero también peones a caballo junto a los cibercafés, plateros, pintores, la mitología de Juan Moreira y la casa natal de Juan Perón, además de un spa frecuentado por ricos y famosos que prefieren el anonimato. De todo eso se habla en el bar "El Escritorio", pasarela de los notables de Lobos. Se discute por las polleras "demasiado cortas" de las chicas bastoneras de la Guardia del Fortín que nada tienen que ver con los gauchos y mozas que desfilan en la Semana de la Tradición. Se discute por el trabuco naranjero de Juan Moreira, que alguien robó el 11 de agosto de la vitrina ubicada en el Museo Perón. Se discute por una pulpería reciclada, el boliche de Sapienza, que compró la animadora Silvia Fernández Barrios.
La frontera se corre
Se discute, en fin, por las fronteras. En Lobos algunos sienten que las fronteras se corren, lo que viene desde el fondo de su historia. "Estamos en la ola de un cambio que no podemos pilotear por las desuniones pueblerinas, una lástima. Pero no queremos ser una ciudad dormitorio como Pilar ni que nos vean como bichos raros, no somos los empleados de un parque temático gauchesco. Esto no se arregla con barrios privados", dice el secretario de Gobierno lobense, Carlos Masola. El es conservador y por 600 votos perdió las elecciones a manos de un peronista, Gustavo Sobrero, que asumirá en diciembre. "Hay que cambiar la cultura de Lobos, ese individualismo cerrado que tanto daño hizo. En los índices de pobreza y desocupación estamos peor que Cañuelas, Navarro y Monte, cuando hasta la década de 1970 éramos el eje de la zona", dice Sobrero.
¿Dónde están las fronteras de lo nuevo? Cuando Lobos nació, el 2 de junio de 1802, la frontera era el río Salado. Más allá estaba el desierto y no había indios amigos. En esa época, indios y blancos peleaban por arrear algunas de las miles de vacas salvajes que se acercaban a beber en la Laguna de Lobos. Desde sus estancias en Monte y Cañuelas, Rosas llevó la frontera más al sur en 1830. Julio Roca completó la tarea en 1879, después vino el ferrocarril y con él una primera modernidad, estancias a nombre del patriciado porteño —los Blaquier, Ezcurra, Atucha, Del Carril, Zeballos— que ahora son visitadas por turistas. Pero hoy la frontera tiene que ver con estilos de vida, es inasible.
Para el artesano soguero Juan Antonio Marquioni, que retomó la tradición india del trabajo con cueros y pelos sobados, el límite es la amistad, tener enfrente una cara conocida. "Hacer un rebenque o la funda de un cuchillo me lleva una semana, no los puedo cobrar, yo los hago para regalar a los amigos". Marquioni es un herrero experto y de eso vive. El yerra a esos caballos percherones de 1.200 kilos que anualmente arrastran la chata "La Argentina", en la Rural de Palermo.
Otros creen que la frontera es una tradición que siempre se reinventa a sí misma y tiene precio. "Hay oficios que vuelven por la crisis, como el mío", dice Oscar Martínez, el único platero en Lobos desde que en 1890 muriera su antecesor. En sus manos, un cuchillo, una rastra, un par de espuelas, un cabo de rebenque, se transforman en piezas de platería que valen más de 3.500 dólares. Su clientela está en Buenos Aires.
"Nunca sentí la necesidad de salir de Lobos, aunque mis óleos ahora se venden en Madrid y en Buenos Aires", dice Fernando Sancho, presidente de la Sociedad Española de Lobos. Para él la frontera es interior. Sancho fue dentista durante muchos años, nunca se propuso vivir de la pintura. Pero en el salón de la Sociedad Española tiene su atelier y sus alumnos, ahí pinta sus cuadros hiperrealistas que hacen de una aldea el mundo.
En el bar "El escritorio", todos se acusan de individualistas. Lobos es una ciudad dividida pero eso va más allá de la política, es un síntoma de la cultura cotidiana. La ciudad abunda en centros tradicionalistas y peñas folclóricas que nacen y mueren al compás de las peleas entre sus líderes. El ritual los une durante la Semana de la Tradición, en noviembre, cuando 850 jinetes de 35 centros criollistas desfilan ante la multitud. Pero ya no hay plata para "Lonja y guitarra", un festival de jineteadas, doma y folclore que en sus buenos tiempos convocaba a 40.000 espectadores y competía con Jesús María.
Algunos dicen que es culpa de la crisis. Lobos tenía talleres ferroviarios y textiles, también una fábrica de motores eléctricos con mil obreros. Todo eso murió en la década de 1990. Como un símbolo anticipatorio, en 1981 había quebrado el Banco Regional del Salado, que tenía 16 sucursales en la zona y desde 1962 le prestó plata a pequeñas industrias y comerciantes locales.
Acaso sea un síntoma de algo más profundo. Pero la ciudad tiene siete grupos teatrales y ninguno se anima a poner en escena el mayor mito urbano de Lobos: la muerte de Juan Moreira en el burdel "La Estrella" el 30 de abril de 1874, como la contó el folletinista Eduardo Gutiérrez. Con las lealtades de la ciudad divididas entre alsinistas y mitristas, Moreira se ganaba la vida apretando a los votantes el día de elecciones en el atrio de la iglesia. "La Estrella" estaba a cuatro cuadras de la plaza, como lo recuerda una placa colocada en 1983 en el lugar donde ahora hay una clínica médica.
"Yo soy hijo de inmigrantes italianos pero tengo pasión por los caballos, algunos ensillan con aperos de época, otros no, pero acá todos tenemos algo de gauchos, eso es lo que debemos conservar", dice Javier Agollia. El dirige la agrupación "Rebenque y espuelas", la única que hace carreras de sortija en Lobos desde hace 15 años. Para él es tan importante la iglesia Nuestra Señora del Carmen, frente a la plaza, como el almacén La Paloma, aún en pie, donde Leonardo Favio filmó su "Moreira" en 1973.
En cuanto a Juan Perón, nadie se anima a discutir que nació en Lobos en 1895, salvo la gente de Roque Pérez, del otro lado del río Salado. Nadie quiere hablar del libro del embajador peronista Hipólito Barreiro, "Juancito Sosa, el indio que cambió la historia", ni de su tesis sobre la madre india de Perón, Juana Sosa Toledo. No vale discutir, las autoridades del museo lobense dirán que allí está la ley sancionada por el Senado en diciembre de 2001 —nada menos— que declara monumento nacional a esta casa italiana de los años 20, cuando Perón estaba en el Colegio Militar.
"Todo eso es cosa de viejos, ¿a quién le importan?", dice Fernanda, sentada en la plaza principal de Lobos, un sábado a la tarde. La vuelta del perro ya se termina y ella no quiere ir a la iglesia esa noche, donde un coro cantará el "Réquiem" de Gabriel Fauré. La discoteca "La Porteña" le parece una réplica de la estancia más famosa de Lobos. Tampoco le interesa el café literario que se arma en el bar Andreotta. Fernanda sueña con la televisión. "¿Qué tengo que hacer para ser famosa?", pregunta. Es posible que esa inocencia, tan distanciada del "estilo campo", la haga perseverar en el camino a Buenos Aires.
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/18/u-642692.htm
UN PREMIO AL AUTOR DE "MISERY" DESPERTO LA CONTROVERSIA EN EE.UU.
El pope de la crítica Harold Bloom dice que King, un best seller del género de suspenso, es un escritor de novelas baratas. ¿Qué hay detrás de esta contienda?
Irma Peyrano.
El 15 de setiembre pasado la National Book Foundation (Fundación Nacional del Libro, de los Estados Unidos) entregó el National Book Award honorario a Stephen King. No digamos que ardió Troya pero ardió el "pope" de la crítica literaria, Harold Bloom, profesor decano de Yale, quien también ha sido best seller en un género que nunca fue una pasión de multitudes: el análisis literario.
En la polémica resonaron los ecos de aquel ensayo famoso, La batalla entre los viejos y los nuevos libros, en el que Jonathan Swift enfrentaba a los autores contemporáneos y los clásicos. La reacción de Bloom, frecuentemente atacado por sus posiciones conservadoras y machistas, fue pestífera. Si King es un maestro del relato de terror, Bloom consideró que su premio es el terror de las bellas letras... El crítico que supo demoler la supuesta calidad de Harry Potter aseguró esta vez que "la industria editorial cayó muy bajo al conceder a King un premio que antes había otorgado a los novelistas Saul Bellow, Philip Roth y Arthur Miller" (véase su columna a continuación.) En verdad, el quid del debate está en el poder del best seller y la influencia material de las instituciones literarias. En pocas palabras: es un termómetro del estado de la industria editorial en el tercer milenio. A su vez, el episodio reedita una polémica un tanto vetusta sobre si existen o no "géneros menores".
¿Qué hay de tan irritante para esa universidad en que se premie a Stephen King? Primero la cuestión de la masividad; segundo, el terror y el suspenso siguen considerándose géneros bajos desde la alta cultura. Michael Chabon, ganador del Pulitzer que festejó la noticia, observó con agudeza que "supuestamente el siglo XX se aplicó a derribar las barreras entre alta literatura y cultura popular pero todavía representa una transgresión dar la medalla del National Book Award a alguien como King". De hecho, en sus últimas ediciones el premio coronó a figuras populares como la diva Oprah Winfrey y a un escritor de género como Ray Bradbury. El autor de Crónicas marcianas saludó a un escritor semejante y enfatizó: "No creo que haya que excluir ningún género literario; a nadie se le ocurriría eliminar a Edgar Allan Poe, ¿no?"
Es evidente que Bloom reaccionó como el guardián de la tradición y la alta cultura, en la creencia de que la protesta todavía puede frenar las crecientes atribuciones del mercado sobre instituciones como la Fundación, que administran la consagración literaria. Pero las academias de más de un país creen hoy que deben modernizarse entregando algunas bancas a los hacedores de éxitos comerciales. La misma airada reacción tuvo la crítica Pascale Casanova, discípula de Pierre Bourdieu. La designación de Paulo Coelho a la Academia Brasileña de Letras la sorprendió en gira por Brasil: la autora del estudio La república de las letras, también guardiana de la calidad, dijo a sus anfitriones que si seguían promoviendo autores como Coelho, el país se quedaría sin posibilidad de fabricar otro Guimaraes Rosa. Igualmente resistida fue la designación de Arturo Pérez-Reverte a la Academia Española. Se quiera o no, es un hecho innegable que hoy las academias tienden a premiar cada vez más a los nombres propios que dan sustento económico a la industria y garantizan la rentabilidad que esperan los nuevos dueños del negocio: no el histórico cinco por ciento de ganancia en cada ejemplar, sino el quince y hasta el veinte.
Una escala gigantesca
Se puede matizar la protesta de Bloom con otra pregunta: ¿hasta qué punto King sigue siendo un escritor en el sentido tradicional? La escala gigantesca de los best sellers mundiales, ¿no exige otras categorías de autor?
Por otra parte, por mucho que despotrique contra los gerentes editoriales, que ignoran todo sobre la literatura, King es casi un socio mayoritario de las editoriales que lo publican. Por otra parte, un best seller mundial como él se juega no sólo en la venta de sus libros, sino también en los productos anexos que genera (cinematográficos, televisivos, discográficos). Stephen King no es sólo un escritor, sino una usina de contenidos vertidos en distintos soportes, el fabricante de vastas mitologías mundiales que, desde la lectura y la pantalla, atraviesan la subjetividad sobre el presente.De hecho, su editorial Simon & Schuster es una tributaria de la Viacom.
Si bien es seguido por millones de lectores, King no ha sido rico en premios. Hasta aquí su mayor honor había sido el premio O. Henry en el 96 por un cuento original.El novelista anunció que donará los 10 mil dólares del premio a los programas educativos de la Fundación. Recibirá la medalla en noviembre.
El inglés, las nuevas tecnologías y las variaciones regionales son las presiones que soporta el idioma, que no se detiene: en EE.UU. los hispanos desplazaron a los afroamericanos y ya son la primera minoría étnica.
Eduardo Villar.
evillar@clarin.com
Una mancha lingüística en expansión, una lengua de migración y mestizaje". Esas son las palabras que eligió el escritor mexicano Carlos Fuentes para definir la lengua española. Esa mancha, formada por unos 400 millones de personas, admite una paradoja: crece y al mismo tiempo está en crisis. Hay un desafío y una batalla. El mapa en el que pelea por un lugar es el de un mundo globalizado donde el inglés, la lengua del imperio, es casi omnipresente. Hace poco se conocieron dos datos que dieron muchísima actualidad a la discusión sobre la situación del español en el mundo: el inglés y el español son las únicas lenguas en expansión y los hispanos se convirtieron en la primera minoría étnica de los Estados Unidos, desplazando a los afroamericanos. Son una nación dentro de una nación: 37 millones de personas —equivalentes a la población argentina—, que representan casi el 13 por ciento de los habitantes de Estados Unidos.
El español, rasgo central de la identidad cultural de los hispanoamericanos, soportará en los próximos años tres clases de presión. La primera es la inmersión en Internet y las nuevas tecnologías de la información, cuyos centros de desarrollo no son precisamente España ni Latinoamérica; la segunda, una difícil tensión entre el español de todos y el español de cada país, es decir, la necesidad de mantener la unidad sin perder la diversidad; la tercera, la fricción y el intercambio con el inglés.
La lengua es parte de la cultura. Además de servir para comunicarse, expresa una identidad cultural, y es un modo de pensar y de construir sentido. No parece casual que Fuentes haya comparado al español con una mancha, cuando el lema de la Real Academia Española, afortunadamente en desuso, parece la mala publicidad de un detergente: "Limpia, fija y da esplendor".
A veces uno puede elegir cuidadosamente las palabras. Bill Gates, por ejemplo, eligió la palabra Word para bautizar su procesador de palabras, que hoy es prácticamente el único que puede usarse para escribir un texto en una computadora. Dice al respecto Carlos Tomassino, director de Ingeniería de Sistemas de la Universidad Tecnológica Nacional de Buenos Aires: "El que genera el software generalmente es un angloparlante, ése es el problema".
Si hay algún terreno donde el español está perdiendo feamente, es en Internet, donde el inglés es casi una dictadura. "Hay una sociedad de países nucleados en la Sociedad de la Información, una entidad paragubernamental, donde el español es una lengua prácticamente inexistente, lo que equivale a la exclusión de 400 millones de hispanoparlantes —dice Tomassino—. Se usa el inglés y el francés y en menor medida, el alemán, que son las lenguas de los países donde se generan la mayoría de los contenidos de Internet. La clave, en el ciberespacio, son los contenidos".
La dirección electrónica de la "Comunidad eñe", un grupo de entidades que representan a países de habla hispana en la red, parece un chiste trágico sobre la debilidad de la lengua española en Internet: http://www.comunidadene.com (así, sin ñ).
Tomassino, que preside la Fundación para el Desarrollo del Conocimiento (Fundesco), integrante de esa comunidad, habla con amargura de esa realidad del español en la informática. "Tenemos suerte de que haya un mercado de teclados para los hispanoparlantes, que somos muchos, y por eso les interesamos. Pero ya hace mucho, desde la época de las máquinas de escribir, que nos acostumbramos a lo que yo llamo el qwertyismo, (la primera línea del teclado es qwertyuiop) que es la disposición de las letras del teclado pensada por y para angloparlantes. Nos hemos adaptado a esa disposición y ese ordenamiento del teclado. Es algo que nos ha penetrado de una manera increíble, cuando nuestras manos escribirían mucho más rápidamente con otra disposición".
Nueve de cada diez hispanoparlantes son latinoamericanos. Los españoles son menos del diez por ciento. A la Real Academia Española no se le pasa por alto que la mayor vitalidad y el futuro de la lengua está en América y, por lo tanto, en los últimos años ha decidido abandonar la actitud de entidad normativa y rectora del idioma que todavía le adjudica el imaginario colectivo de los hablantes de español.
Españoles hay muchos
La imagen que busca ahora la Real Academia es mucho más horizontal y democrática. Quiere ser, casi, una más entre las academias nacionales de Hispanoamérica. De este lado del Atlántico, son muchos los escépticos y suspicaces respecto de la claridad de esas intenciones, pero lo cierto es que el director de la Real Academia, Víctor García de la Concha, ha viajado por lo menos 30 veces a América latina y visitó en 19 ocasiones las academias hispanoamericanas, la filipina y la estadounidense.
El objetivo explícito es desarrollar una política panhispánica donde las academias trabajen por el español de todos y, al mismo tiempo, por el que se habla en su país. Mantener esa tensión entre un español que sigan sintiendo como propio 400 millones de hablantes y los más de veinte que se hablan en cada país —coinciden los especialistas— es el mayor desafío que enfrenta la lengua de Cervantes.
En tren de demostrar que sus intenciones no se quedan en anuncios, la Academia publicará el año próximo el diccionario panhispánico de dudas y una Nueva Gramática de la Lengua Española, con expectativas de igualar las ventas del diccionario editado en 2001, que superaron los 750.000 ejemplares. De ese total, medio millón se vendió en Iberoamérica.
La Real Academia Española tiene un lugar en la larga lista de víctimas de la ironía certera de Jorge Luis Borges. El escritor solía decir que la Academia servía sólo para que su diccionario incorporara, de vez en cuando, el nombre de algún yuyo. Pero los tiempos han cambiado. Hoy el diccionario tiene el propósito de acopiar la diversidad lingüística hispánica, de modo que se está incorporando cantidad de americanismos. En ese trabajo tienen un papel central las academias nacionales, que deciden cuáles son las palabras más divulgadas en cada uno de los países y que merecen incluirse en un diccionario que represente a todos.
De la misma forma, el diccionario panhispánico de dudas recoge problemas lingüísticos que se presentan en toda el área hispanohablante y a los que, por consenso, se intenta dar una respuesta. El objetivo es enfrentar el gran problema que tiene hoy el español: cómo mantener su unidad interna.
"Ahora hay una relación más interactiva de la Real Academia con las academias nacionales, pero yo creo que se trata, sobre todo, de una cuestión de mercado y que los españoles están dispuestos a imponerse en el mercado. Ahora España es un gran vendedor de libros, y un gran traductor como antes lo fue la Argentina". Quien lo dice es Alejandro Raiter, profesor de Sociolingüística y Psicolingüística y director de tesis de postgrado en la UBA.
Más allá de las intenciones comerciales que pueda tener España, Raiter considera que hay que acompañar a la Real Academia en su política panhispánica. "Si no —explica—, vamos a empezar a pelearnos entre nosotros, los países latinoamericanos. Ahora todos decimos que la Real Academia no nos respeta lo suficiente, pero todos estamos de acuerdo con eso. En cambio, el día que tengamos que decidir entre el tú y el vos, va a ser un lío. Hay una tensión muy delicada entre la unidad y la diversidad".
La enorme mayoría de los especialistas coincide con ese diagnóstico sobre cuál es el mayor riesgo que corre el español en el mundo. "Veinte países en un área lingüística inmensa —dice José Luis Moure, profesor de Historia de la Lengua (UBA), Investigador del CONICET y miembro de número de la Academia Argentina de Letras— implica una enorme dificultad para mantener la unidad. El reto es cómo hacer para que esto sea posible sin que todo intento de unidad sea visto como una forma de centralización. La única manera es que exista realmente un consenso de todas las naciones, según el cual convenga pertenecer a un dominio cultural común. Para esto, las naciones tienen que estar convencidas de que ese dominio cultural debe ser mantenido".
Palabras prestadas
Sin duda el escritor que más contribuyó a difundir en todo el mundo el imaginario social y cultural latinoamericano es el Nobel colombiano, Gabriel García Márquez. Sólo de su novela Cien años de soledad se vendieron unos 30 millones de ejemplares. Hace meses García Márquez dio otra sorpresa con su libro más reciente, Vivir para contarla: en pocos días vendió en Estados Unidos 50.000 ejemplares en español, obligando a editores y libreros estadounidenses a tomar muy en serio al mercado de libros en español. En realidad, los 37 millones de hispanos que viven en EE.UU. son, además de un enorme mercado de unos 270.000 millones de dólares anuales, una marca cultural profunda en el escenario estadounidense.
Para algunos, la contracara de ese fenómeno es la invasión de anglicismos debidos a la velocidad con que aparecen nuevos términos en inglés que no tienen traducción al español.
Según José Luis Moure, los anglicismos no son un problema grave. "Cuando se habla de los peligros del idioma —dice— inmediatamente se piensa en los anglicismos. Pero no hay lenguas puras, se construyen con incorporaciones permanentes de otros componentes léxicos. Qué sería de nuestro español sin los arabismos. Los galicismos en algún momento también fueron aterradores". Moure explica que, en buena medida, el fenómeno depende de necesidades técnicas concretas, de la falta de palabras específicas en nuestro idioma para nombrar cuestiones de la computación o la ciencia. Y agrega: "Si a esto se suma la incorporación de anglicismos por parte de los jóvenes, más permeables a las modas y a lo que imponen los medios, es muy difícil ponerle coto de manera consensuada entre todos los países de América. Pero yo creo que van a quedar las palabras que deban quedar y las demás van a desaparecer, como ha sucedido siempre".
Alejandro Raiter coincide con este punto de vista: "Es cierto que hay mucho inglés en el español de hoy, pero no me preocupa. Esto en lingüística se llama 'préstamo'. Se toma prestada la palabra delivery, living o computadora (de computer). Pero en la medida en que, como computadora, pase a ser propiedad del español, o sea que entra en la morfología de nuestra lengua, no se lo vamos a devolver y va a ser español. Hoy se usa mucho 'faxear' por enviar un fax y probablemente en el futuro tengamos el verbo en el español, de la misma manera que hoy tenemos hamburguesa".
Los estudiosos también coinciden en que los idiomas no se degradan: cambian. Y recuerdan que si no fuera así, estaríamos hablando latín y no español, francés, italiano o rumano. Hay una diferencia importante, explica Moure, entre lengua escrita y hablada. "La gente habla perfectamente —dice— en la medida en que se haga entender, que es una de las funciones de la lengua. Pero hay una forma escrita, que tiene reglas necesarias para hacer de ella una lengua de cultura. Tiene que ser estructurada, con una gramática fija que permita el desarrollo científico, la ordenación y la exposición de las ideas. Es un código escrito, normativo, que debe ser respetado porque, si cada uno juega sus propias normas, el código se deshace y se acabó".
Lo que está en juego es, ni más ni menos, una lengua común que nos representa y nos da identidad frente al resto del mundo. Esa lengua, la nuestra, es uno de las poquísimos elementos de integración y de identidad real que tenemos. "Aunque de maneras diferentes —dice Moure—, todos hablamos este idioma. Y lo escribimos igual, nos permite comunicarnos en arte y en cultura, nos permite intercambiar universitarios, leer a Quevedo, a Borges, a Vargas Llosa o a Camilo José Cela. Es un prodigio. Una lengua que después de 500 años todavía sigue siendo legible. Es una maravilla".
Para Raiter, el español va a seguir cambiando, y habrá que hacer un esfuerzo grande en América latina para mantener la unidad lingüística. "La lengua va a cambiar siempre. Pero vamos a mantener nuestro español argentino —dice—, creo que estamos realmente muy lejos de perderlo. En el proceso, va a haber muchos neologismos y quizá vaya a haber también muchas palabras que entren en desuso, e incorporaremos, sí, muchas palabras en inglés". En otro momento, explica, pasó algo parecido con el francés. Pero ahora nos preocupa más porque sabemos que estamos en crisis y lo lingüístico es una de esas expresiones.
Otras fuentes sobre el tema
Libros
Estudios de lingüística. Fernando Lázaro Carreter. Editorial Paidós. $21-
Lenguaje y sentido común. Alejandro Raiter.Editorial Paidós, $18 -
El dardo en la palabra y El nuevo dardo en la palabra. Fernando Lázaro Carreter. Editorial Aguilar
Internet
www.cervantes.es
www.elcastellano.org
www.rae.es
http://cervantesvirtual.com
www.comunidadene.com
Portland, EE.UU. 1947
Narrador
Stephen King ha publicado más de 200 cuentos y 40 libros, entre ellos las novelas Carretera maldita, It, El cazador de sueños. Apoyó el libro electrónico y sorprendió en 2000 cuando su novela Riding the bullet hizo colapsar la red por sus numerosos pedidos. Varias novelas suyas han sido llevadas al cine, elegidas por la crema de los directores norteamericanos, como Carrie, El resplandor y Misery. Su sitio oficial es www.stephenking.com.
LA MIRADA AIRADA DE UN EXPERTO
Por Harold Bloom.
Bloom básico
Nueva York, 1993
Académico y crítico.
Hijo de una mujer que solo hablaba el idisch, es uno de los pocos ensayistas admirados por su erudición. Es profesor de Yale y autor de clásicos de la crítica literaria, como el polémico El canon occidental y La angustia de las influencias. Tiene un reciente tratado sobre Shakespeare.
La decisión de otorgar a Stephen King el premio anual de la Fundación Nacional del Libro por su "contribución distinguida a la literatura norteamericana" es otro hito del indignante proceso de entumecimiento de nuestra vida cultural. En el pasado describí a King como un escritor de novelas baratas, pero tal vez eso sea demasiado amable. No tiene nada en común con Edgar Allan Poe. Es un escritor terriblemente malo, cosa que puede comprobarse frase a frase, libro a libro.
La industria editorial cayó muy bajo al conceder a King un premio que anteriormente había otorgado a los novelistas Saul Bellow y Philip Roth y al dramaturgo Arthur Miller. Al hacerlo, lo único que se reconoce es el valor comercial de sus libros, que se venden por millones pero no hacen nada por la humanidad excepto mantener a flote el mundo editorial. Si ese va a ser el criterio en el futuro, entonces tal vez el año próximo el comité dé el premio a Danielle Steel, y seguramente el Nobel de literatura sea para J. K. Rowling.
Esto forma parte de un fenómeno sobre el que escribí hace un par de años, cuando me pidieron mi opinión sobre Rowling. Compré y leí Harry Potter y la piedra filosofal. Fue un proceso muy doloroso. La escritura era espantosa; el libro era horrible. A medida que leía, advertía que cada vez que un personaje salía a caminar, la autora escribía que el personaje "estiraba las piernas". Empecé a hacer una marca cada vez que esa frase se repetía. Sólo me detuve cuando ya había hecho varias decenas de marcas. No lo podía creer. Rowling tiene la mente tan llena de clisés y metáforas muertas, que no sabe escribir de otra forma.
Cuando escribí eso en un diario, me criticaron. Me dijeron que J. K. Rowling es lo único que leen ahora los chicos y me preguntaron si, después de todo, no era mejor eso que no leer nada. Si Rowling es lo que hace falta para que abran un libro, ¿no es algo positivo? No lo es. Poco después leí una elogiosa reseña de Harry Potter del propio Stephen King. Había escrito algo del tenor de: "Si los chicos leen Harry Potter a los once o doce años, cuando crezcan van a leer a Stephen King". Y no estaba ironizando.
Nuestra literatura y nuestra cultura se van entumeciendo, y las causas son muy complejas. Tengo 73 años. En el curso de una vida dedicada a la enseñanza de la literatura en lengua inglesa, vi cómo se iban degradando los estudios literarios. Es muy poco lo que queda de las humanidades. Mi asistente de investigación me dijo hace dos años que en cierto seminario, el docente había dedicado dos horas a decir que Walt Whitman era racista. Eso no es ni siquiera un desatino ingenioso. Es intolerable.
Empecé mi carrera enseñando a los poetas románticos. En la década de 1950 y principios de los años 60 se entendía que los grandes poetas románticos eran P. B. Shelley, William Wordsworth, Lord Byron, John Keats, William Blake, Samuel Taylor Coleridge. Hoy, sin embargo, son Felicia Hemans, Charlotte Smith, Laetitia Landon y otras que no saben escribir. En muchos programas se enseña a Aphra Behn, una dramaturga de cuarta línea, en lugar de a Shakespeare.
Hace poco, en el funeral de mi viejo amigo Thomas M. Green, de Yale, tal vez el profesor de literatura renacentista más destacado de su generación, dije: "Temo que algo muy valioso haya terminado para siempre". En la actualidad hay cuatro novelistas norteamericanos que siguen trabajando y merecen nuestro elogio. Thomas Pynchon sigue escribiendo. También está Cormac McCarthy, cuya novela Blood Meridian es comparable a Moby Dick, de Melville, y Don DeLillo. A pesar de ello, el premio de este año recae en King. Es un terrible error.
© Los Angeles Times y Clarín. Traducción de Cecilia Beltramo
EL AÑO DE DALI
Se cumplen cien años del nacimiento de Salvador Dalí, símbolo de una época y una tendencia, y el mundo lo festeja. Una aproximación a este artista moderno y ya clásico.
En la Costa Brava, cerca de la frontera con Francia, el cielo y las rocas forman un concierto en el que uno es el fondo constante y las otras el cambiante pespunte de una melodía a veces sombría, por momentos extravagante, de a ratos protectora, casi siempre crispada. Uteros, parecen, en ciertos parajes, esas calas en las que el Mediterráneo se hace tan oscuro que su azul vira al plomo.
Hace un tiempo, en el pueblo de pescadores de Cadaqués, este cronista descubrió lo que ya sabía: ese cielo indiferente a las rocas, a su congelado malestar o a su áspera paz, es el de Dalí. Aquel surrealista que a los 26 años había establecido su hogar en Portlligat, a 15 minutos de caminata de Cadaqués, no será recordado por cielos artificiosos, convencionalmente oníricos, sino por el cielo de la costa catalana; el cielo clásico, sin sombra ni amenaza; el cielo renacentista, simple, preescolar. El resto del cuadro, en gran parte de la obra de Dalí, serían esas rocas dislocadas, escarpadas, y sin embargo maternas. De hecho, una curiosa roca amorfa del Cap de Creus es, para muchos, la base del cuadro El gran masturbador. En la roca no se ve masturbador alguno, por más imaginación que uno ponga, y en el cuadro, a decir verdad, tampoco.
Salvador Felipe Jacinto Dalí Domenech nació en Figueres, en el Ampurdán, a unos 30 kilómetros de Cadaqués, el 11 de mayo de 1904. Su primer nombre era el de un hermano muerto un año antes. Esta condición de doble —apenas nacido debía llevar flores a su propia tumba— tuvo, diría él, una influencia decisiva en su vida. Es probable que lo dijera porque veneró a Sigmund Freud, y debió creer honestamente en el psicoanálisis. También quiso hacer creer que estaba pintando sus sueños. Esto es dudoso. Lo cierto es que su vida fue, aunque parezca asentada en un poderoso yo, un largo proceso de despersonalización estética.
Dalí empezó a pintar desde muy chico. Y también, cuando era un chico, solía apoyarse en una muleta que había encontrado por allí para gritar "Soy el rey". Se empeñó en crearse como rey. Y este rey cojo nada hubiera sido de no haber creado, junto con su personaje, una obra poderosa en la que aparece más la historia del hombre como una nítida ensoñación que los paisajes de sus propios sueños, que era el dogma de los surrealistas.
La relación de Dalí con la pintura, con su desarrollo secreto, es mucho más importante que la relación con el surrealismo francés. Velázquez, De Chirico y, por último Rafael, son más decisivos que André Breton para comprenderlo. La búsqueda, el enfrentamiento y la ruptura con el pope surrrealista ofrecen algunas claves para entender al personaje Dalí, pero arrojan pistas dudosas sobre sus cuadros y sobre el propio sentido del surrealismo, ese movimiento que revolucionó el arte y las ideas , y está plagado de agrupamientos y rupturas, fervores y excomuniones, administrados por Breton. Dalí fue una provocación dentro de una provocación . Y una provocación políticamente incorrecta.
Digamos brevemente cómo llegó a ese punto. En 1921, está en Madrid, para estudiar en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, de la que sería expulsado. En la Residencia de Estudiantes, conoce a Federico García Lorca y a Luis Buñuel. Con éste realizaría, años más tarde, El perro andaluz, la primera película surrealista, célebre por su primera escena, en la que una navaja secciona un ojo. Este trío, que compartía más que nada una compleja y perturbada relación con el sexo, crea un ambiente provocador que nutre seguramente en Dalí la idea de que el genio es necesariamente un ser distinto. Otro. Uno que lleva el nombre de otro: Salvador Dalí, que no es Salvador Dalí sino un muerto, por ejemplo. O el espejo de un confuso dios.
Iluminación en París
Dalí viaja por segunda vez a París a fines de los años 20. Había viajado antes, por invitación de Buñuel, y sólo conoció a Picasso, que al fin y al cabo era español como él. Esta vez va a buscar al dios del que sería espejo y bufón. Ya había leído a Sigmund Freud. Ya había visto los cuadros de Diego Velázquez en el Museo del Prado y se había sobresaltado ante su propia percepción de que Velázquez pintaba precisamente como un médium. Pintaba otra cosa.
Por cierto, encuentra al Rey en París. Es decir, a Breton, quien en 1924 había redactado el primero y principal de los manifiestos surrealistas, aquel que define la estética y ética surrealistas como "automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento". El pope lo acoge entusiastamente. Y Dalí crece. Durante el verano de 1929, en Cadaqués, le arrebata la Dama al Alfil del Rey. Es decir, conquista a Gala, la mujer de Paul Eluard. Se casan a los cuatro meses y permanecen juntos durante 53 años, hasta la muerte de ella. En los años siguientes, Breton mueve contra él su poder. Le reclama que haga declaraciones para explicar cómo es que ha pintado a Hitler. Dalí le responde que Hitler era "un objeto de delirio inconsciente, una fuerza de autodestrucción y de cataclismo prodigiosa". Surrealismo, Bretón. ¿O no? Breton le cuelga el San Benito. Bretón se preocupa. Dalí utiliza las imágenes tomadas de los sueños "abusando de ellas y poniendo en peligro la credibilidad del Surrealismo". Muy bien, pero ¿cómo detenerlo? Dalí viaja a Nueva York y comienza a ganar dinero. Breton hace el famoso anagrama con el nombre de Salvador Dalí: avida dollars. Dalí sigue creciendo. Bretón lo expulsa. Dalí responde: "No podéis expulsarme. El surrealismo soy yo". Así era. Aquel Alien se había apoderado totalmente del cuerpo del surrealismo. Faltaba el golpe final. Cubierto de dólares, realmente, Avida Dollars escribirá mucho después, definitivamente burlón y cerrando la paradoja de que el surrealismo hubiese creado ese monstruo surrreal que fue su peor pesadilla: "El anagrama avida dollars constituyó un talismán para mí. Rindió generosa, dulce y monótonamente un manantial de dólares". Y como si esto fuera poco: "Jamás, jamás, jamás, jamás el exceso de dinero, de publicidad, de éxito o de popularidad me ha dado ganas de suicidarme, sino todo lo contrario". A la expulsión de Dalí, siguió la de Eluard, el notable poeta cuya mujer se convirtiera en la mujer de Dalí. Uno por reaccionario, el otro por demasiado comunista; ambos terminaron fuera del epiléptico y revulsivo movimiento creado por Breton.
Dalí, en Nueva York
A partir de la Segunda Guerra Mundial, por fijar las cosas en el tiempo, tenemos a Dalí íntegramente construido como el retrato vivo del surrealismo, con sus grandes bigotes manija paseando un leopardo con cadena de oro por las calles de Nueva York, vistiendo trajes extravagantes y declarando a los cuatro vientos su inmenso amor por sí mismo. Hombre de un ego tan grande, y probablemente tan blando, como un elefante, el pintor catalán había logrado lo que Breton y su tropa indisciplinada no habían logrado: hacer del surrealismo un hecho real, o al menos contante y sonante. Y sin embargo, no era Dalí un mero aviso publicitario. Había algo en él poderosamente auténtico que el propio Freud había vislumbrado. Freud rechazó el galanteo de Bretón. "Hay demasiado método en su delirio", le dijo, más o menos, cuando Bretón lo visitó en Viena. Probablemente ofuscado por la recepción del creador del psicoanálisis, Bretón lo describiría luego impiadosamente como un "anciano insignificante". A Dalí, en cambio, le fue mucho mejor. Freud escribiría a Stephan Zweig, quien le había presentado a Dalí: "Es preciso darle las gracias a usted (...); los surrealistas, que al parecer me han elegido como su santo patrón, me parecían unos locos integrales. El joven español, con sus cándidos ojos de fanático y su innegable maestría técnica, me ha incitado a reconsiderar mi opinión".
Dalí tuvo muchos hijos. El arte de la excentricidad, un arte necesariamente mediático, le debe casi todo. Es Dalí el tío materno, si no el padre, de una heterogénea lista de provocadores visuales, teatrales, que bien podría incluir a Michael Jackson o a Marilyn Manson. Y no era Dalí un provocador filosófico, como Diógenes de Sínope, ni refinado, como Oscar Wilde. Ni tampoco buscaba, es evidente, utilizar la provocación para llamar la atención sobre algo más importante. Mal sabía sobre qué quería llamar la atención. Sin embargo, hay una clave involuntaria en una de esas extravagantes respuestas autoidolátricas que solía dar. Le preguntaron qué había que preguntar para saber si se estaba ante un genio, y dijo: "Hay que saber cómo se llama y dónde nació; si su nombre es Salvador Dalí Domenech y nació en Figueres, ya no hay duda de que lo es". Un nombre y un lugar reducían el fenómeno. Parece importante que la respuesta de Dalí no se haya limitado a su propio nombre, que por otra parte, ya sabemos, era el de un muerto.
¿Por qué —se pregunta uno en Portlligat— este engendro moderno, este hombre destinado a triunfar en la metropolis, eligió como refugio, en 1930, a los 26 años, una casa frente al mar, en un pueblo de pescadores? ¿Por qué volvió aquí en 1948? ¿Es por el cielo, que vio en los cuadros de Rafael y descubrió parecido al suyo? El regreso a Portlligat coincide con su decisión de ir al clasicismo cuando podía haberse desbarrancado por el camino de los relojes blandos y las pinturas amorfas, que le daban mucho dinero y lo convertían en un ícono viviente. Portlligat tiene que ver con su misticismo católico, con las dos madonnas del Porlligat, con su Crucifixión, con La última cena. También tiene que ver con sus ensayos op-art (técnica de los efectos visuales), como el retrato de Gala que, a veinte metros, se convierte en la cabeza de Lincoln. Con su empeño en el estudio de la ciencia. "Mi pintura es la fotografía en color y a mano de imágenes superfinas y extrapictóricas de la irracionalidad concreta", definió. Aquello "concreto" y "extrapictórico" que lo desvelaba, ¿está en Portlligat? En realidad ¿la búsqueda de qué cosa concreta fue Dalí? ¿La de un dios concreto y sorprendente, con el que pudiera hablar? ¿Será la cifra de esa búsqueda la espalda renacentista de Gala?
Católico y de derecha, pero sobre todo clásico y más hondo, el viejo provocador volvió obsesivamente al paisaje de la Costa Brava para vivir la segunda mitad de su vida. Murió en Figueres a los 85 años, ya sin Gala ni fastos, unido a respiradores y sillas de ruedas. Las muletas ¿recuerdan?
En Portlligat, a metros de su casa, había hasta hace un tiempo un bote abandonado y derruido en la calle. Desde el fondo del bote había crecido un árbol. Qué homenaje le hizo Dios.
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/18/u-642560.htm
ANTICIPO DEL LIBRO EL SR. BORGES: FRAGMENTOS DE LA OBRA EN PREPARACION DE ALEJANDRO VACCARO
En una oportunidad, él se iba de viaje con María a París, creo. Como siempre, yo le entregaba el pasaporte y el paquete con los dólares. Le di todo a María y el señor le pidió que lo guardara en la valija de mano que llevaban. En el aeropuerto se dieron cuenta de que el pasaporte era el de la madre, que yo se lo había dado por error, porque siempre los tenía juntos. El se enojó mucho conmigo porque no pudieron viajar. (...)
Cuando volvió a casa me dijo:
—Usted no tiene perdón de Dios—, y yo le contesté:
—Usted cómo puede decir eso si no cree en Dios (...)
Otras veces, el señor Borges me pedía que le hiciera un paquete con algunos libros y se iba a la Librería La Ciudad, donde por esa época recién estaban terminando de construir las estanterías y dejaba el paquete en cualquier hueco. Eso hacía con los libros que no le gustaban. En otra ocasión salió con otro paquete —un paquete grande— para la Biblioteca Nacional y paró para tomar algo en un café al paso que estaba en Tucumán y Florida y dejó los libros olvidados como al descuido, debajo de la silla (...)
Era el método que usaba para dehacerse de ellos. Otro tanto ocurría con los diarios. El decía que sentía el olor a los diarios, entonces los agarraba y los tiraba por el balcón (...)
La gente ya sabía quién tiraba los papeles: el loco Borges. Tenía sus arranques. A la señora Leonor le encantaba leer las noticias; estaba siempre muy actualizada de todo. Tenía en su habitación un caramelero de cristal y debajo de él estaba el diario. Mientras la señora estaba dormida en la cama, él entró despacio y quiso sacarlo, pero tropezó con el caramelero y lo rompió. Ella le gritó: "¿Adónde va? Ladrón de diarios". Desde entonces, nunca más al señor se le ocurrió volver a tocarlos.
LITERATURA: FANNY FUE EL AMA DE LLAVES DEL ESCRITOR. LA HISTORIA SE CONVERTIRA EN UN LIBRO
Para ella, era "el señor Borges". Lo vio desmoronarse cuando murió su madre y luego hablarle cada noche, como si aún viviera. Vio cómo le temía a María Kodama. Y lo cuenta.
EDUARDO POGORILES
epogoriles@clarin.com
Fanny recuerda bien aquel momento. Borges ya no era un escritor famoso, era un viejo desesperado que, de pronto, se largó a llorar y le dijo a María Kodama: "Yo no voy a Ginebra; no quiero ir, me voy a morir lejos". Kodama, lo escuchaba impasible. Fanny se mordía los labios para no hablar y recordaba cómo esa mujer, en un ataque de rabia, había roto en pedazos el papel que tenía la firma de un escribano y de Borges. El le había dicho que quería ser cremado para descansar en la Recoleta, con sus antepasados. Fanny extrañaba la voz de Leonor Acevedo, la madre de Borges, que había reinado tantos años en esa casa y ya no estaba. A él no le gustaba esa cadenita al cuello con una calavera que usaba Kodama. María hasta le había prohibido ver a su amigo Adolfo Bioy Casares, que era como un hermano. Le tenía miedo. "Soy un cobarde, Fanny", dijo él una vez.
Sí: algunos recuerdos de Epifania Uveda "Fanny", la mucama de Jorge Luis Borges durante treinta años, son dramáticos. "Y pensar que María era una de las estudiantes de idioma anglosajón que venía a casa los domingos, yo le servía Coca—Cola con galletitas lengua de gato y el señor tomaba té. Pero ella nunca comió ni durmió en Maipú, lo acompañaba en los viajes y dormían en cuartos separados. A mí me contaba todo", dice Fanny.
A veces Fanny ve a Borges en sus sueños. Lo ve sentado, con las piernas cruzadas. En el sueño, Borges le pregunta por qué está triste y ella contesta: "Es que me sacaron todo lo que tenía en Maipú 994 departamento B; todavía mi cédula tiene esa dirección y lo que más me duele es no tener las plantas". Fanny recuerda desde aquí, desde este comedor de la casona de La Boca, donde vive desde 1997. Extraña las azaleas, los jazmines y el ritual de cada noche, cuando Borges se ponía su camisolín para acostarse y estiraba la mano en la oscuridad pidiéndole caramelos. "Era como un chico; yo le preparaba el baño diario; le ponía los pantalones, las medias, los zapatos: le hacía el nudo de la corbata; lo llevaba del brazo por Florida o a la plaza San Martín. A la noche le daba dos caramelos envueltos en un pañuelo perfumado y se dormía", dice.
Uno de los biógrafos de Borges, el empresario Alejandro Vaccaro, supo en 1997 que Fanny pasaba frío en una casilla de Burzaco y la trajo a metros de la Bombonera, para cuidar estas paredes donde se reúnen los hinchas de la agrupación boquense Azul y Oro. Ahora tiene televisor, heladera, un gato y tiempo para comentar con los vecinos el último rumor: "Dicen que en el descampado de Casa Amarilla van a hacer monobloques para los piqueteros; a mí no me parece bien".
Acá tiene también un altar casero pintado de celeste, que antes era un armario y ahora abunda en fotos de Borges, velas, flores de plástico, imágenes de la Virgen Desatanudos. Acá le dijo un día a Vaccaro que quería contarle sus años de mucama, y así nació El señor Borges, un libro de 200 páginas que el agente literario Guillermo Schavelzon ya negocia en la Feria de Frankfurt. Es probable que los argentinos lo leamos en marzo del año que viene.
"No, promete Vaccaro, no será un libro de chismes escandalosos.". Borges no da para eso, da para la ternura y la risa porque él vivía dominado por su mamá; era un hombre muy solo, ciego y caprichoso", dice Vaccaro. En los recuerdos de Fanny, Borges es un hombre sin ningún sentido práctico; parece habitar un mundo donde todo se transmuta en literatura, hasta el nombre de un gato. El famoso gato de la familia, Beppo, en realidad se llamaba Pepo, por la Pepona Rinaldi, un jugador de fútbol. Pero Borges lo oyó y recordó el poema veneciano de Lord Byron que se llama "Beppo". Un día, Fanny vio que Beppo se miraba en el espejo y creía ver enfrente a un gato rival. Se lo contó al escritor y así nació un poema: "El gato blanco".
Fanny sonríe apenas, envuelta en un batón. Tiene la paciencia de los pobres y uno de sus orgullos es que Bioy Casares habló a su favor en el juicio que perdió con Kodama en 1990 por los gastos que Fanny había hecho en la casa, sin guardar las boletas, mientras Borges vivía en Suiza sus últimos días. Nada dice del primer testamento del escritor, que la nombraba heredera de la mitad de sus bienes. En el testamento que había firmado en Suiza antes de morir, donde Kodama quedaba como única heredera, Borges le dejó a Fanny sólo 2.500 australes. "No le tengo rencor a Kodama por haber cambiado aquel testamento; al final ella tiene todo y nada".
Tiene 81 años, y nació en un pueblo correntino: Colonia Romero. Por eso, Borges la presentaba: "Fanny toma veinte mates por día y habla guaraní".
Guaraní hablaban también el chofer de Bioy Casares y Luis Alonso, el dueño de la Librería La Ciudad, el segundo hogar de Borges, que odiaba quedarse solo en el departamento. A las 9, después del baño y el desayuno —café con leche, jamón, yogur con cereales—, Borges atendía en el living a los investigadores y periodistas que lo visitaban. Prefería almorzar frente a su casa, en el Hotel Dorá —arroz con queso, sopa, fideos o un churrasco— para después caminar del brazo de Fanny por el barrio. A la noche iba a ver a Bioy. Volvía tarde, con la esperanza de dictarle un cuento a su madre.
Fanny tiene una teoría sobre los métodos de Borges: "Trabajaba mucho en su cabeza a la mañana, sentado en la bañera, ahí pensaba todo". El le regaló sus obras completas, pero ella renunció a leerlas porque nunca pudo entenderlo.
Recuerda bien la noche en que Borges se quebró, el 9 de julio de 1975, cuando murió Leonor Acevedo. "La señora tenía 99 años y se fue como en un sueño, a las 4 de la mañana. Yo sentí un ronquido y eso fue la señal: estaba muerta. El no se resignaba. Le tiró de los tobillos y como no respondía, se puso a llorar al pie de la cama. Entre los dos preparamos la mortaja, le pusimos monedas en los ojos para cerrarlos bien". Los primeros en llegar fueron Silvina Ocampo y Bioy. El cuarto de Leonor quedó intacto. Cada noche, cuando volvía a la casa, Borges se paraba ante la cama de su mamá como si aún viviera. Le contaba lo que había hecho durante el día. "Madre, ya volví", decía para empezar.
Por momentos, el escritor veía el mundo con los ojos de Fanny. Ella le habló de las piernas flacas de Kodama, de los bellos ojos de María Esther Vázquez. No necesitó hablarle de Elsa Astete, la mujer con quien Borges se casó en 1967. "Fue un matrimonio planeado por la señora Leonor; ella veía que se iba haciendo vieja y quiso encontrar una mujer para cuidarlo. Les compró un departamento en Belgrano al 1300, y Elsa no se ofendió cuando él le pidió dormir en cuartos separados, dijo que sabía cómo atraer a un hombre a la cama."
Es verdad que la primera noche, luego del casamiento, Borges se quedó en el departamento de Maipú y Elsa se fue. Pero al final hubo noche de bodas. "Le pregunté al señor Borges cómo la había pasado y me dijo —a veces era un pícaro— que fue como viajar en un tranvía apretado."
Todo aquello parece haber ocurrido hace muchísimo tiempo, lejos de este descampado frente a Casa Amarilla. Fanny no le teme a la muerte: parece esperarla. Y prefiere despedirse con un chiste borgeano. "El señor tenía mucho humor, pero a veces se entendía él solo. Cuando una vecina se lamentó porque la señora Leonor no había cumplido cien años, el señor le dijo que no lo lamentaba, que él no tenía supersticiones con el sistema decimal."
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/04/u-634854.htm
ANIVERSARIO
A 30 años de su muerte, una recorrida por los sitios emblemáticos del poeta. Las luces y sombras de una vida, reflejadas en sus casas de Isla Negra, Valparaíso y Santiago.
JORGE AULICINO. Enviado especial a Chile
Nada aquí, en Isla Negra, huele a sombra. Todo parece rústico confort en este escenario ingenuo, barroco, churrigueresco, recopilado en mercados de pulgas, con los consabidos mascarones de proa y los mapas, las botellas de mil formas, las caracolas, la colección de gigantescos escarabajos, fascinantes bestias, mezcla de atroces mandíbulas con colores de amaneceres y ágatas.
Objeto sobre objeto, ¿y el hombre dónde estuvo?, podría decirse, parafraseando el canto a las ruinas de Machu Picchu. Aquí, bajo estos mascarones de proa, recostó Pablo Neruda su gruesa anatomía: aquí, sobre las maderas entarugadas que pisamos, anduvieron sus zapatos cuando recorría las habitaciones con su andar flebítico. Aquí agonizó. En otra de sus casas, en Valparaíso, veremos mañana las manchas de tinta verde de su lapicera en la banqueta en que reposaban sus pies. El hombre estuvo, pero ¿qué es, Señor, esta gigantesca celebración de un ego a quien los objetos debían venerar como a un dios? Este abrumador museo que ahora recorremos entre turistas y guías perfectamente entrenados, junto a las parvas y violentas rocas del Pacífico, esta juguetería, debe transmitir algún mensaje. Veamos.
Se diría que el habitante de esta casa no fue protagonista, o al menos testigo muy próximo, de una de las etapas más irracionales de la historia contemporánea: la de la gestación, ascenso y apoteosis del fascismo. Probablemente, Pablo Neruda no se haya sentido nunca más cerca de un peligro mortal que en aquellas noches en que vio tras un mosquitero, en la duermevela, la figura de Josie Bliss con un cuchillo malayo en la mano. La enamorada del poeta en Rangún (1927), la "pantera birmana" enferma de celos, fue el disparador de uno de los poemas más conmocionantes de la literatura en habla española, el Tango del viudo ("Daría este viento de mar gigante por tu brusca respiración oída en largas noches sin mezcla de olvido... Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada..." ). En cambio, estaba en Madrid en 1936; tenía 32 años; la pantera birmana era sólo un recuerdo y el estallido de la Guerra Civil le sugirió en primer lugar una explicación, muy hermosa, acerca de por qué no seguiría hablando de lo que hablaba (las lilas, la metafísica cubierta de amapolas, la lluvia que a veces atravesaba sus palabras llenándolas de agujeros y pájaros). La sangre por las calles le hace exclamar los nombres de sus amigos: Rafael (Alberti), Raúl (González Tuñón), Federico (García Lorca, ya "debajo de la tierra"). Y entonces dice, y qué bien puestas esas dos palabras, llenas de perplejidad, de dolor y de odio: "Generales, traidores"; quizás —esas dos únicas palabras—, el panfleto mejor que se haya escrito en aquellas circunstancias. El poeta chileno y sus amigos pusieron sus armas al servicio de una esperanza que llenaba sus vidas. No era la única forma de ver las cosas. El peruano César Vallejo sintió que sobre el mundo se desataba una tormenta bíblica: "Qué temprano en el Sol lo que os decía".
Neruda escribió versos y panfletos con mucho menos trabajo, quizá, que el que le demandó realizar sus fabulosas colecciones de objetos desahuciados. Los versos parecían brotarle "como agua de manantial", como a Martín Fierro. Sus tres catedrales de reliquias de montepíos (las casas de Santiago, Valparaíso e Isla Negra) parecen un enorme y meticuloso esfuerzo destinado a erigir un mito amable.
ISLA NEGRA, 1939. Suceden "derrumbes de turquesa" frente a las ventanas del dormitorio del poeta, abierto al Pacífico. En la mesa de luz de Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto (Pablo Neruda), hijo de ferroviario, hay un catalejo. La cama está puesta en diagonal, de manera que enfrenta los dos ventanales que se juntan en el ángulo noroeste de la habitación. Los trámites de compra de esta cabaña ubicada en la playa Isla Negra (no hay isla ni nada negro alrededor ni dato alguno acerca de por qué Neruda llamó así al paraje) los hizo Delia del Carril, mujer de hermosa figura, hija de una rica familia radicada en la Argentina desde el siglo XVIII; hermana de Adelina del Carril, la mujer de Ricardo Güiraldes. Una aristócrata comunista que organizó la vida social y práctica de Pablo durante 20 años. Ella tenía 50 cuando conoció al poeta en España, e irradiaba. En 1973, cuando este cronista estaba en Chile, los viejos trabajadores del Partido Comunista y sus mujeres amaban aún a la Hormiguita, el apodo con que se conocía a Delia. Ella seguía refugiada en Michoacán, la primera casa que tuvo con Neruda, en Santiago, no bien él dejara a su primera mujer, la holandesa María Antonieta Hagenaar, a quien había conocido en Ceilán. Delia vivió más de cien años.
Habían pasado siete años desde la compra de esta cabaña, que se prolongó en sucesivas estancias de madera con techos de chapas a dos aguas, cuando Neruda conoció a su tercera y última mujer, Matilde Urrutia. Fue la mujer que lo acompañó en el exilio en 1949, cuando la persecución del gobierno de González Videla al Partido Comunista.
Es difícil no pensar que Neruda comenzó a construir aquí no sólo un lugar recoleto para trabajar sino también una serie de íconos para que se erigiera su leyenda. De hecho, la veleta con el pez, que se luce en lo alto de Isla Negra, es el logotipo de la Fundación Neruda e identifica el merchandising que se ofrece en las casas museo del escritor, diplomático y militante que comenzaba a ser célebre después de la Guerra Civil española. Los techos de las extensiones de Isla Negra tienen forma abovedada, para recordar los barcos. Y hay aquí varios barquitos en botellas, entre otras alusiones marineras, desde los mascarones de proa hasta el ancla que se oxida sobre el roquedal de la costa, y desde los crujidos de la madera hasta el bote encallado para siempre junto a la casa, en el que Neruda servía bebidas a sus amigos.
Neruda no era marino y quizá tampoco viajero. Su poesía es de tierra, y él era consciente de eso. El lugar más humano de la casa es su escritorio, la covacha, un rincón que evoca las cabañas del sur. La pequeña mesa de trabajo del poeta es una tabla carcomida que el mar arrojó a la costa. Este es un dato genuino en la fábrica del mito. En la antigua frontera chilena, esa devolución del mar sin duda hubiese sido reciclada como mesa o combustible. Una viva inteligencia le permitió a Neruda comprender que se puede mencionar el mar en un poema, pero nadie escribe como el mar. Se puede amar el océano y componer versos ante él, pero ¿quién puede hablar con su potente misterio? Isla Negra es, pues, un homenaje ingenuo al mar o una burla pueril a la imposibilidad.
LA CHASCONA, 1953. Bella Vista es un barrio de Santiago al pie del cerro San Cristóbal. Si usted mira el cerro desde el barrio de Providencia, por ejemplo, lo verá envuelto en una neblina inmóvil y malsana. Si desde la falda del cerro mira la Cordillera, que debería verse, imponente, hacia el Este, pues no la verá. También verá niebla. Las noticias le dirán que no está usted en un valle humoso del Orco, sino en una ciudad cubierta de smog.
Bella Vista es un lindo barrio, poblado de restaurantes y discotecas. Son casas viejas casi todas. En las veredas venden artesanías. La perla cultural del barrio es La Chascona, la casa de Neruda. Está a cuadra y media del antiguo restaurante Venezia, donde él solía ir a comer. La Chascona fue dedicada a Matilde Urrutia. El poeta comenzó a construir una casa en la falda del San Cristóbal para encontrarse con su amante, mientras vivía los últimos años de su matrimonio con Delia del Carril, que le llevaba veinte. Neruda tenía 49; Delia, 68.
En Chile llaman chascón al que tiene el pelo greñudo, enredado. Matilde tenía una imponente mata de pelo. El mexicano Diego Rivera la pintó con esa severidad desamparada de su rostro y ese pelo rojo altivo y llameante, en el que dibujó, secreto, el perfil de Neruda. Allí está ese cuadro, en La Chascona. "Chillaneja fragante", "madre"; "ráfaga de rosal"; "amor de otoño"; "presente y futuro". El poeta no le ahorró palabras: éstas y muchas otras fueron recopiladas en el sitio de Internet de la Fundación Pablo Neruda.
Extraodinaria capacidad de palabra tenía Neruda, y con ellas se adaptaba fluidamente a las cambiantes exigencias de su militancia. Escribió en los cincuenta un poema de amor a Stalingrado, escenario de una batalla tan cruenta como simbólica, en las que se moría con el nombre de Stalin y el de la patria en la boca. Otras palabras le servirían luego para cantar —el término es justo, aunque resulte paradójico— su decepción del georgiano, luego del XX Congreso del PCUS que censuró el "culto a la personalidad". Neruda vio entonces (¿no los había visto antes?) aquellos crueles "bigotes de tigre sobre la nieve".
Neruda empezó, pues, a construir habitaciones. Las del frente, que miran hacia adentro, con pequeñas ventanas y un pasadizo secreto que conducía a un dormitorio. Subiendo la falda del cerro, habitaciones aéreas, envueltas en enredaderas, desde las que se veía la cordillera nevada, no el smog postpinochetista. La Chascona es una casa-poblado, una casa-aldea colgada del cerro, unida por escaleras empinadas al aire libre, que su dueño, ya aquejado de flebitis, debió recorrer lentamente, deteniéndose quizá una estación entera del año en cada sector.
LA SEBASTIANA, 1959. El puerto de Valparaíso, estratégico en tiempos de la colonia y durante la Revolución Industrial, flota en la costa del Pacífico como en un tiempo sin tiempo. Sus edificios principales, cavernosos; sus fondines oscuros y sin fondo, parecen patrimonio del pasado y de un futuro deteriorado, caprichoso muestrario de todos los siglos, expuesto al salitre y al óxido. Pero luego están las casas, colgadas de los cerros, se diría cajas de fantásticas mercaderías apiladas y olvidadas.
Allí también el poeta decidió tener una casa. La construyó de modo que dominara la bahía, pero al borde del barranco, en una posición precaria, como un palomar o un mirador. De hecho, y según consigna la información del sitio Pablo Neruda en la red, "la casa quedó deshabitada largos años, por absurda, peligrosa y poco funcional".
Para pasar del recibidor al living, y del living al dormitorio, y así, hay que subir escaleras. Desde el último piso, donde está el escritorio, se divisa nítidamente el puerto. La terraza, nunca habilitada, estaba destinada a "cancha de helicópteros y posibles astronavegaciones". Neruda buscaba "una casita para escribir y vivir tranquilo" (¿pero no era para eso Isla Negra?) y terminó construyendo, con puertas y azulejos de demoliciones, un objeto arquitectónico insostenible.
Aquí hemos de encontrar también barcos, botellas de colores, marinas; se destaca un caballo de calesita en el living. La casa ha de crujir en forma cuando sopla el viento del Pacífico, pero es, con todo, y si se olvida su caprichosa estructura, la más sobria de todas, parecida a cualquier casa de una pareja intelectual y moderna de clase media de cualquier país occidental: muebles antiguos en un ambiente informal, ventanales, "guiños" culturales —como el bar, con sus chucherías de feria americana.
Es éste el último rastro edilicio de Neruda. Había pasado poco más de una década desde que había comenzado a construir La Sebastiana, cuando recibió el Premio Nobel. Eso fue en 1971. Dos años después, la noche caía sobre la izquierda chilena y sobre su vida. La casa de Valparaíso sería la más salvajemente golpeada por el alzamiento militar de 1973. En La Chascona, de Santiago, taponaron la acequia que discurría junto a los ventanales de las habitaciones inferiores y las inundaron. La mesa de araucaria que el poeta había mandado a construir in situ (no hubiese pasado a través de las pequeñas puertas), tiene huellas de golpes y quemaduras. Neruda, que tenía cáncer, murió a los doce días del golpe, a las 22.30 del 23 de setiembre, en una clínica de Santiago. Lo velaron en las habitaciones altas de La Chascona. Sus últimos meses los había pasado en Isla Negra. Allí, en 1992, fueron finalmente enterrados sus restos, junto a los de Matilde Urrutia.
Poco más arriba de su tumba, que mira al Pacífico y sus coronas de espuma, pervive una planta que amó, el agave de duras hojas que se aferra a la tierra áspera y a la roca para resistir el viento del mar. Este matorral agreste, solitario, tenaz, voluntarista, quizá represente mejor que nada el fondo de su alma. Tal vez sea un signo del desamparo y la fuerza de los que nacieron sus mejores poemas.
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/04/u-634843.htm
Otras fuentes
SOBRE EL TEMA
Genio y figura de Pablo Neruda. Margarita Aguirre. Ed. Universitaria de Buenos Aires, 1997.-
Poesía y estilo de Pablo Neruda. Amado Alonso. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1968.-
INTERNET
www.uchile.cl/neruda/
www.geocities.com/Paris/Arc/9906/pablo.htm
www.centenariopabloneruda.cl
www.sololiteratura.com/neruda
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/04/u-634843.htm
ME PARECE
JORGE BOCCANERA
No fue el poeta niño, como Rubén Darío, que publicó textos a los 11 años, pero fue el poeta precoz que en un breve lapso —de 1923 a 1926— condensó los núcleos sustanciales de su poética.
Neruda da en esos años una bibliografía apretada que comprende "Crepusculario" (1923), "Veinte poemas de amor y una canción desesperada" (1924), "Tentativa del hombre infinito" (1925), "Anillos" (1926) y "El habitante y su esperanza" (1926), y en ese mismo lapso escribe "El hondero entusiasta" y muchos de los poemas de una obra mayor, "Residencia en la tierra".
En todo ese conjunto es posible observar la gestación del fraseo y las imágenes que hoy se reconocen como su gran poesía: su textura surrealizante, el miniaturismo de sus odas, el mundo espectral de su melancolía, sus extensas enumeraciones (un estilo "bazar" que desembocó en la cacharrería nerudiana), la celebración de la naturaleza, la denuncia política (de los poemas de la España en guerra, a la cuerda que alguien denominó estalinismo monoteísta), la efusión barroca en secuencias abigarradas, su erotismo desplegado a los cuatro vientos, y los murales del "Canto general". El proyecto nerudiano posee la fuerza de un friso sobre la Creación. Tenía 23 años cuando su porvenir ya olía a destino.
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2003/10/04/u-634845.htm
Este poema, aún no recogido en libro, integró en 1948 la Antología popular de la resistencia, un cuadernillo de circulación clandestina contra el gobierno del presidente chileno Gabriel González Videla. Allí, tres poetas firmaron con su nombre: Neruda, Julio Moncada y el cubano Nicolás Guillén. Los cinco restantes eran seudónimos que también enmascaraban a Neruda, pero en la publicación fueron presentados como "escritores obreros e intelectuales de la resistencia". El poeta escribió estos textos mientras daba los últimos toques a Canto general.
Patria prisionera
Patria de mi ternura y mis dolores
Patria de mi amor, de primavera y agua
Hoy sangran tus banderas tricolores
Sobre las alambres de Paisagua
Existes, Patria sobre los temores
Y arde tu corazón de fuego y fragua
Hoy entre carceleros y traidores,
Ayer entre los muros de Rancagua.
Pero saldrás al aire, a la alegría
Saldrás del duelo de estas agonías
Y de esta sumergida Primavera
Libre en la dignidad de tu derecho,
Y cantará en la luz y a pleno pecho
Tu dulce voz ¡Oh patria prisionera!
Ater entre los muros de Rancagua.
Pero saldrás al aire, a la alegría
Saldrás del duelo de estas agonías
Y de esta sumergida Primavera
Libre en la dignidad de tu derecho,
Y cantará en la luz y a pleno pecho
Tu dulce voz ¡Oh patria prisionera!