Por Osvaldo Bayer
Sí, regresamos. Y recuerdo aquel Berlín. Paseo por el Heissiwald. Llevo debajo del brazo el diario La Opinión de Buenos Aires del 26-11-77. Leo allí la conferencia del almirante Massera en la Universidad del Salvador, de Buenos Aires. Repito: en la Universidad del Salvador, el almirante Massera. Sí, allí, el desaparecedor hace responsable de toda la crisis actual de la humanidad a tres hombres: Freud, Marx y Einstein. El almirante argentino dice textualmente: “Hacia fines del siglo XIX, Marx publicó tres tomos de El Capital y puso en duda con ellos la intangibilidad de la propiedad privada; a principios del siglo XX, es atacada la sagrada esfera íntima del ser humano por Freud en su libro Interpretación de los sueños, y como si esto fuera poco para problematizar el sistema de los valores positivos de la sociedad, Einstein, en 1905, hace conocer la Teoría de la Relatividad, donde pone en crisis la estructura estática y muerta de la materia”. Hasta ahí el filósofo desaparecedor de uniforme.
El almirante argentino cuidaba a los argentinos en la Universidad del Salvador. Y se quedaba con los bienes de sus desaparecidos. Los tiempos de la infamia, del más profundo de los desconsuelos. Haroldo, Rodolfo, el Paco. Pero hemos regresado. Leo en la Feria del Libro al Juan Gelman del Exilio, aquello que escribió en Roma en los años del dolor: “No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire. Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol”.
Sí, Juan, nos quedaron las manos vacías. Pero ya regresamos. Estamos con nuestros libros aquí. Qué imaginación, pensar que algún día volverían nuestros libros. Quemados por el teniente coronel Gorleri por “Dios, Patria y Hogar”, el 29-4-1976. El citado oficial fue ascendido a general por el presidente Alfonsín. Tenemos los argentinos un general especializado en la quema de libros. Ahí sí que nuestros militares ganaron la guerra.
Pero volvimos, Juan. Y esta vez estuvieron las Madres, presentando libros: Madres, treinta años después, con la firma de treinta escritores argentinos con su análisis de aquellos años, y también Como en Auschwitz, como en Vietnam, del riojano Alipio Paoletti; el primer Nunca más, pero sin los dos demonios y sí con los nombres de los verdaderos culpables. Y también pude presentar otra vez al Severino, prohibido por el palurdo sansirolé Lastiri, el pazguato que sirvió para preparar el festín de los verdugos. Sí, Lastiri, y no Marx, Einstein o Freud.
Sí, Juan, y con tu poesía (“desconsoladamente. Des con sol, hada, mente”) pudimos volver y presentamos La Rebelión de las Madres, un evangelio laico de honra, coraje, lágrimas fuertes, pechos que derrotaron al máuser y a la picana. La escribió Ulises Gorini, documento por documento, día por día, con el nombre de los culpables y de los soplones de siempre, y de los democráticos de Poncio Pilatos. Y también podremos presentar un libro sobre Roca, el genocida de esos seres silenciosos que nos quedarán mirando desde siempre, por los siglos. Sí, el genocida de bronce que ya en su discurso iniciador de la campaña militar decía: “Haremos desaparecer al indio de la Patagonia”.
Desaparecer. Y fue al bronce el militar. Y por eso Videla, Massera, Bussi, Patti, Menéndez, Camps... y sigue la lista argentina. Desaparecedores.
Y con los libros que presentamos estaban los rostros de Haroldo, de Walsh, del Paco. Haroldo, que ahora llega la fecha fatídica, cobarde, de la mortificación y la melancolía. Haroldo Conti, el hombre de las islas, del río murmuroso, de las frescas caricias y el verde de la vida amplia. Las botas quisieron matarlo a patadas y su rostro ha regresado sonriente, como cuando iba a entregar sus notas a Crisis, lleno de sol en la piel. Las bestias de uniforme no pudieron destrozar su imagen, que se deslizó al recuerdo infinito por entre el alambre de púa.
Una sociedad que va reparando sus enormes injusticias. El término “desaparecer” que aplicó el general Julio Argentino Roca y que llegó a su punto culminante con Videla-Massera-Agosti sigue en los planes de aquellos a los que sólo les interesa hacer dinero, el egoísmo como principio ético. Es lo que está ocurriendo en Baradero. Allí, un supermercado necesita ampliarse, hacer una playa de estacionamiento para sus camiones. Bien, nada menos que para eso ocupó un antiquísimo cementerio de los primeros habitantes, los “indios”, como se acostumbraron a decir los conquistadores. Y sin ningún problema ya han empezado los trabajos. Total, sólo se trata de huesos de indios. Si se hubiera tratado de un cementerio cristiano nadie se hubiese atrevido, porque, claro, esos seres “tienen alma”. Pero ya han empezado las reacciones de los seres que respetan al ser humano y que se oponen a tamaña indignidad. El supermercado puede pagarse unos terrenos un poco más allá. Veremos qué dicen los políticos responsables.
Pero, por suerte, no todo es así en la Argentina. En Comodoro Rivadavia ha sido quitado el busto al genocida Julio Argentino Roca. No está más. Un primer paso en la Patagonia. Ojalá que allí, en ese lugar, se emplace una figura de mujer tehuelche, que dio el producto de su vientre a esa tierra infinita.
Otro signo de hacer justicia es el movimiento que dentro de muy poco solicitará en las calles de la ciudad rionegrina de General Roca que se devuelva a ese lugar su antiguo nombre original: Fiske Menuko. Es que allí surge la vergüenza de soportar que el lugar donde se vive lleve justo el nombre de quien no sólo terminó con esos pueblos sino que siempre, en todos sus escritos, empleó términos despreciativos para con esos habitantes y se quedó para su fortuna personal con tierras conquistadas a Remington y sablazos. Y lo que no se puede disculpar es que haya restablecido la esclavitud en estas tierras enviando a los prisioneros a trabajar a las posesiones azucareras de sus parientes tucumanos, los Posse, y a las mujeres y los niños repartirlos como sirvientes en familias de militares y “gente de bien”.
Pero no todo es argentino lo que no reluce, también en Chile se cometen injusticias desde hace siglos. La huelga de hambre de mapuches en el sur trasandino, que luchan por sus derechos a la tierra desde siempre, y que sufren prisiones de años, es una muestra de lo que también hacen los que se llaman “socialistas”. Que una socialista y mujer como la señora Bachelet permita eso y mire para otro lado es una bofetada a la dignidad. El egoísmo de los actuales poderosos dueños de la tierra ante el derecho de las antiguos habitantes de esas distancias es para sentirse humillado en lo más hondo de lo que tiene que ser la justicia y el derecho. Los que quieren defender que ellos sigan siendo dueños de todo van a refundar siempre la violencia entre los seres humanos.
Al que llegue a la vida déjesele por lo menos el derecho a vivir y a alimentar a sus hijos con el agua y la mies de la tierra.
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Por Osvaldo Bayer
He estado en Quimilí. Sí, Santiago del Estero. Tierra de los colores pintados de la belleza. Y de la música de montes y decires. Tierra para pensar en siglos, en silencios, en palabras cantadas. Bien, allí, la tremenda injusticia de la sociedad argentina, a través de décadas interminables. La gente de la tierra sin tierra. La tierra es de los especuladores. Especuladores siempre respaldados por la política, la Justicia, la policía. Hay que ir y escuchar a la gente: hombres como entregados ya a su suerte. Mujeres que salen primeras con el puño cerrado, niños que miran como acusadores de siglos, con infinita paciencia. Sí, uno escucha a la gente de la cooperativa del Mocase, allí, en Quimilí. No se explican por qué es así, por qué es siempre así. Trabajan su tierra y de pronto llega un desconocido con un papelito de propiedad, rodeado de una patota y exige el desalojo, y si no se van, viene la policía con palos. Si no dejan la tierra, llega entonces la Justicia. Así es, la tierra pasa de la gente nacida en Quimilí hace mil años a un desconocido de otra latitud. Y si pretenden aún quedarse o protestar, viene la patota y rompe a todo a fierrazos hasta desalojarlos.
Pienso en aquel 1810, en esos hombres como Moreno, Castelli, Belgrano. Sí, Belgrano. Detengámonos en este escrito de Belgrano. Belgrano, Manuel, el de la bandera azul y blanca: “Cuando vemos a nuestros labradores en la mayor parte llenos de miseria e infelicidad; con una triste choza que apenas les liberta de las intemperies; que en ellas moran padres e hijos; que la desnudez está representada en toda su extensión, no podemos menos que fijar el pensamiento para indagar las causas de tan deplorable desdicha. Es tiempo ya de que manifestemos nuestro concepto diciendo que todos esos males son causas de la principal, cuál es la falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores; éste es el gran mal de donde provienen todas las infelicidades y miserias, y que sea la clase más desdichada de estas provincias”.
Es tiempo ya, dice Belgrano en 1810. Es tiempo ya. Estamos en el 2006, a dos siglos. Y seguimos igual. Claro, es que el general Julio Argentino Roca parece que arregló definitivamente todo. Argentino, Julio. Después de su “Campaña del Desierto” el resultado fue: dos millones quinientos mil hectáreas para los Martínez de Hoz. Y las mejores llanuras pampeanas para los Amadeo, Leloir, Temperley, Atucha, Ramos Mejía, Llavallol, Unzué, Miguens, Terrero, Arana, Casares, Señorans, Martín y Omar, Real de Azúa. Nuestra “sociedad”, el Barrio Norte en pleno. Con todas las letras: cuarenta y dos millones de hectáreas a 1843 terratenientes. Por la concesión Grünbein se dieron 2.517.274 hectáreas a los señores Halliday, Scott, Rudd, Wood, Waldron, Grienshild, Hamilton, Saunders, Reynard, Jamieson, Mac George, Mac Clain, Felton. Johnson, Woodman, Redman, Smith, Douglas y Ness, todos británicos. Es que en ese tiempo se hacía patria, por eso los monumentos. Y empezaron los infinitos negocios. Alvaro Yunque denuncia: “En 1884, el gobierno compra en La Pampa cuatro leguas de tierras. Las paga 5665 pesos con 85 centavos la legua. Dos años antes, el gobierno las había vendido a un particular a 500 pesos la legua. Diez veces más”. Negocio redondo. Negocio argentino. Pero ésas son moneditas con respecto a los grandes negociados que vendrían. En la Década Infame, Julio Argentino Roca, el hijo del general, va a firmar como vicepresidente de la Década Infame el tratado Roca-Runciman, con los británicos. Que fue, sin exagerar, ponernos de rodillas ante el Imperio de Su Majestad. Argentina con sus Argentinos. Roca. Por eso los monumentos.
Una verdadera democracia no puede seguir permitiendo que la gente de la tierra no tenga tierra o que se la quiten de acuerdo con el caudillo feudal que domine la región. Con justicia ad hoc, policía, gendarmería o patota. Si queremos una democracia debería comenzarse con limitar los latifundios. Que ningún poseedor “legal” de la tierra pueda tener más de50 mil hectáreas, por ejemplo. Y la obligación de todo gobierno de ayudar a las cooperativas campesinas mediante la expropiación y la ayuda en los primeros tiempos de esas cooperativas de trabajadores. El balance de los resultados de las cooperativas de todo tipo son realmente positivas, de manera que no se puede aducir el viejo prejuicio de los amos y dueños que, según ellos, los de abajo no saben lo que es producir y distribuir. Hay ejemplos magníficos que demuestran todo lo contrario.
De Quimilí viajamos a Santiago del Estero, la capital. Otra reunión de debate de los problemas de la tierra. Allí, con mucha rabia se recuerda el largo período de Juárez. El tiempo de la humillación, cinismo, descaro. Sólo superado por aquella Década Infame de los ’30. Mafia argentina. El pobre está para obedecer, sufrir. La sumisión. Y el silencio de todos: los gobernantes, los políticos, los intelectuales, los gremialistas y los medios. A las protestas, el silencio, cuando no el garrote. O la muerte mafiosa.
Los oradores nos informan que, a pesar del cambio de gobernador, las cosas no han cambiado mucho. Es que el poder “efectivo” sigue en las mismas manos, los que tienen la sartén por el mango de la economía, la “justicia” y la policía. De pronto se levanta la voz de un campesino, con la palabra de acento lugareño: “En mi calidad de trabajador de la tierra, voy a seguir protestando y denunciando, aunque siempre perdí, y cómo perdí. Me llamo Julio Galeano, soy de Campo Santa Ana, departamento Moreno. Tuve que enfrentar como campesino una avanzada cordobesa con socios santiagueños que actuaban personalmente o con ex funcionarios policiales, uno de ellos apellidado Castillo, y otros que simulaban ser jueces o escribanos, para meternos miedo. Hace poco vinieron a verme en una Trafic llena de armas. La primera vez que llegaron los recibí bien porque desconocía sus intenciones. Ellos, con sarcasmo, me dijeron: ‘¿Siempre va a ser así, tan bueno con nosotros?’ Se quedaron en casa, miraron mi campo y almorzaron. Hasta que vi en la camioneta muchas armas largas. Y así comenzaron a pasar de pronto avionetas, helicópteros, camionetas 4x4, automóviles caros. Y estuve dos veces preso, sin motivo. Al campesino Adolfo Farías lo secuestraron, lo desnudaron al lado del río Salado durante un día y una noche. Querían obligarlo a acusar a los compañeros de ladrones de vacas”.
Igual que con la “Campaña del Desierto”, donde meses antes se preparó el ambiente calificando a los pueblos originarios de “indios ladrones”. Cuando en realidad los “indios” no tenían sentido de la propiedad, es decir que no tenían noción de lo que es robar, porque creían que todo pertenecía a la naturaleza y no a algún cristiano. Y ya se hizo común, se llaman “los aprietes”. De pronto llegan patrulleros y se llevan a dos o tres campesinos y los acusan, por ejemplo, de “hurtos forestales”. La gente de campo tiene miedo principalmente por sus hijos y al final prefieren la pasividad, aguantar y retirarse.
Estos enfrentamientos por las tierras, en los que han ganado siempre los poderosos, afectan al 35 por ciento de la población rural en la provincia de Santiago del Estero. Muchos abogados terminan quedándose con el 20 por ciento de las propiedades en juego, que resigna siempre el campesino atacado.
Si el campesino atacado no resigna, los visitantes comienzan por su cuenta a alambrarles el campo; ponen sus propios peones, desmontan los bosques, taponan los pozos de agua, cierran caminos y hasta matan los animales. Y si no, obtienen una orden de desalojo judicial, generándose lógicas sospechas de un solapado respaldo judicial al despojo. Todo esto también lo ha ido registrando la publicación campesina La Columna.
Es otro capítulo más de la lucha de nuestro campo. Basta recordar aquel movimiento increíble de la “huelga de los rusos” de la pampeana Macachín, en 1910, que promovieron las colonias de rusos alemanes llegados a esa zona y que exigieron semillas para reanudar los sembrados destruidos porla sequía, o la huelga agraria de 1919 también en la llanura pampeana, o el corajudo Grito de Alcorta, de 1912, la rebelión de los sembradores de esas llanuras contra los terratenientes que dominaban todo desde el tiempo del “progreso” de Roca, desde sus mansiones del Barrio Norte. O aquello de Jacinto Arúaz, en plena pampa, donde los peones rurales dijeron basta a las empresas cosechadoras que los sometían a una bárbara expoliación. Lo mismo la trágica huelga de los peones rurales patagónicos que se rebelaron contra los latifundistas británicos y sus ayudantes argentinos, y terminaron fusilados por el gobierno de Yrigoyen. Una larga historia de injusticias en un país que se llama democrático.
Pero nada es gratuito. La violencia de arriba va a generar la respuesta de abajo. No jugar con la gente, no exagerar. No olvidar aquello tan sabio del “espontaneísmo de las masas”.
No jugar. Marchar hacia la verdadera democracia. Una sociedad sin niños con hambre, sin desocupados, de campesinos con su tierra para sembrarla, y la libertad necesaria para terminar con la Justicia corrupta, la policía mercenaria, los políticos sordos por conveniencia.
Me despide de Santiago del Estero un cuarteto de niños: dos guitarras, un violín y un bombo. Cantan como ángeles santiagueños melodías de esa tierra. ¿Llegarán ellos a tener tierra para sembrar semillas y poder continuar cantando esas melodías del pueblo?
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Por Osvaldo Bayer
En derechos humanos se están poniendo algunos puntos sobre las íes. Lo de Malvinas, por ejemplo. Decir la verdad. Decir que fue una búsqueda desesperada de los militares para salvarse. La figura espantosa de un general Galtieri con la botella de whisky en la mano que manda a la guerra a morir a centenares de jóvenes no preparados. Lo escribí en aquellos días, cuando la mayoría de los argentinos se emocionaron y fueron a la Plaza de Mayo a aplaudir al siniestro uniformado. Dije que a las Malvinas había que recuperarlas con otros medios, no con las armas. Con la razón de la verdad. Dando el ejemplo de que somos un país democrático y amante de la vida y los derechos, y no un engendro de dictaduras, desaparición de personas y el reino de la coima. Y terminó como lo habíamos previsto: con la mezquina muerte de los jóvenes soldados y la rendición de sus cobardes generales. Parece un grotesco sainete de Alberto Novión, con una escenificación de Dario Fo. Una obra de arte de la cobardía trágica. Pero todo horriblemente banal azul y blanco, con sol. Todo usado para el provecho propio. Para poder quedarse en el poder después de los crímenes de la máxima crueldad, con el ataúd de los desaparecidos debajo del escritorio presidencial. Malvinas: la única guerra del mundo donde murieron los soldados y se rindieron todos los generales, almirantes, brigadieres, coroneles, vicealmirantes, contraalmirantes, mayores, capitanes, sargentos, cabos primeros. Y todos esos generales, almirantes y brigadieres van muriendo en la cama, poco a poco, con pensión completa.
Pero el cinismo siguió también en democracia, se empezaron a hacer monumentos a los Héroes de Malvinas mientras los ex soldados comenzaron a suicidarse. Los Héroes que en realidad fueron Víctimas. Sí, los de abajo, no los con jinetas que siguieron cobrando sueldos, pensiones y retiros. No, los que en un primer tiempo tuvieron que salir a mendigar, los de marrón terroso que habían soportado las bombas y las balas.
Ya en democracia tendría que haberse dicho la verdad y no encubrirla. Por ejemplo, publicar oficialmente el Informe Rattenbach, la verdad sobre los hechos. Acusar con la verdad al crimen irresponsable de Galtieri y sus generales. El Informe Rattenbach tendría que haberse repartido en edición oficial y haberse organizado grandes debates en los organismos de cultura, para que la sociedad supiera cómo fue engañada pero al mismo tiempo qué fácil cayó en el aplauso fácil de los sumisos y dominados. Pero no, ni Alfonsín ni Menem ni De la Rúa se dieron por enterados.
¿Cómo se creó esta comisión investigadora?
La derrota fue tan vergonzosa que la Junta Militar derrotada tenía no sólo que cambiar a Galtieri sino también nombrar a una comisión investigadora militar de por qué se había perdido la guerra. Lo hizo para ganar tiempo y para lavar la ropa sucia. Pero, para aparecer honestos tenían que nombrar a alguien absolutamente honesto e incorruptible. Fue al teniente general Benjamín Rattenbach a quien le tocó la misión de presidir tal comisión. Comisión que era sólo de “análisis y evaluación”.
Pero Rattenbach y su comisión en vez de producir un informe que dijera algo para ocultar todo, fue al fondo de la cuestión. Y lo dice en su informe final: “La fuerza, empleada equivocada e inoportunamente, no es el medio idóneo para hacer valer los derechos frente al adversario y ante la comunidad internacional”. En los considerandos ya se establece que el clima no era el mejor para iniciar la invasión ya que “existía en numerosos países, particularmente en los países europeos, un rechazo hacia el gobierno argentino, por la cuestión de los derechos humanos”. Frase fundamental. Sobre la improvisación irracional de la dictadura, establece: “...las capacidades del enemigo han sido consideradas en forma poco profunda, al igual que el análisis de la probable reacción británica, no existiendo certeza acerca de qué documentos o funcionarios fueron consultados”. Y “el escasísimo aviso previo que se dio a las unidades propias para cumplir misiones de guerra provocó que se enviasen a Malvinas tropas sin adiestramiento ni equipamiento adecuado”. Se expresan claramente las “fallas de coordinación entre comandos”, la “falta de preparación del personal y material” y la “falta de información del enemigo”. Además, “no existía un plan de defensa de las islas en caso de que Gran Bretaña decidiera recuperarlas por la fuerza”. Improvisación total. Luego, el informe califica a las medidas de las tres armas como “irreflexivas y precipitadas” que la convirtieron “en una aventura militar, sobre todo cuando se hizo efectiva la reacción bélica británica”. Pero el dictamen de la comisión investigadora no se reduce a la responsabilidad de los militares sino también de los medios de información argentinos “que contribuyeron a una pérdida generalizada de oportunidad”.
Se refiere también a las fanfarronadas oficiales, absolutamente irracionales, como cuando Galtieri dijo desde el balcón de la Casa Rosada: “si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, o de Costa Méndez, el canciller argentino tan derechista y católico: “La bandera argentina no será arriada mientras corra una gota de sangre por las venas del último soldado argentino que defiende las islas Malvinas”. El primero en arriarla fue el general Mario Benjamín Menéndez, el comandante de la isla. Bravuconadas de Galtieri y Costa Méndez que costaron la vida de centenares de jóvenes. Luego, la investigación irá a la parte de preparación militar. La irresponsabilidad fue iniciar una guerra cuando “la clase 1963 no había completado su instrucción básica ni se había completado la instrucción elemental de tiro y combate”. “No se previeron las necesidades de orden logístico” que “fue causa de serios problemas de desnutrición” de los soldados. Además de la “falta de capacidad integral de la flota”. El 60 por ciento de las bombas argentinas sobre buques británicos “no explotaron porque no tenían su tren de fuego preparado para blancos navales”. Con respecto al comandante militar de Malvinas, general Menéndez, hay una frase en el Informe que lo avergüenza para siempre: “Observamos un escaso empleo de lo que nuestra doctrina señala como un arbitrio esencial para la conducción: la presencia del comandante”. Que en buen castizo quiere decir: El general Menéndez se borró. Al general Parada, el informe lo deja desnudo: “Existió en la Brigada Infantería III una profunda ignorancia sobre el estado de las Fuerzas, lo que tuvo su origen... en la ausencia del comandante, quien instaló su puesto de comando en una casa donde vivía con gran parte de su Estado Mayor y personal de seguridad. El general Parada concurrió a su Estado Mayor en pocas ocasiones. Su particular forma de mando le hacía no considerar los asesoramientos de su Estado Mayor”. Además, señala: “Para nuestra inteligencia militar, los enemigos fueron Chile en el marco externo y la subversión, en el marco interno”. En sus conclusiones dice del comandante, general Mario Benjamín Menéndez: “No exhibió ni evidenció las aptitudes de mando y arrojo indispensables en la emergencia, y no fue en esa oportunidad –única en su vida militar– el ejemplo y la figura que la situación exigía frente a las tropas”.
Finalmente se encuadra en lo penal a Galtieri, Anaya, Mabragaña y Reposi en delitos que merecen la pena de muerte o reclusión por tiempo indeterminado y otras penas para altos jefes. Se llega así también a Astiz “por haberse rendido sin oponer resistencia”. Es decir, el delator de las Madres y de las monjas francesas quedó como cobarde en la investigación de los propios militares.
Un documento que sirve para demostrar todo el interior obsceno de los militares del “proceso” de desaparición de personas. Un documento para que sea conocido por todas las generaciones que sufrieron el régimen y para las venideras, a fin de que luchen siempre por la verdadera democracia y la libertad.Las secretarías de Cultura del país deben editar y repartir este libro de esta guerra que utilizando un motivo noble llenó al país de vergüenza y de la muerte de centenares de jóvenes.
Desaparición de personas y derrota moral y material de Malvinas. Dos antecedentes para pensar en luchar por un futuro sin hambre, sin desocupados, sin dictaduras uniformadas, sin monumentos a la violencia.
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Por Osvaldo Bayer
Todo empezó en Cipolletti. Hablar de los Treinta Años, es decir, de la muerte y de la vida, ante alumnos primarios y secundarios. Un tema difícil para los niños. A la inocencia, a la alegría, es casi un pecado hablarles de lo macabro. De aquello de la “desaparición”. Pero los docentes ya habían llevado a cabo talleres para que los alumnos elaboraran preguntas. Estaba frente a ellos. Y un pibito me hizo la primera pregunta: “Cuando usted se fue al exilio, ¿qué pasó con su perro?”. Me enterneció. Sí, una pregunta que conllevaba preocupación por los que no podían defenderse, por los que quedaban solos, y para siempre en la soledad.
Y después de cuatro clases, el acto en la plaza, con la figura en madera con los nombres de los trece desaparecidos de Cipolletti. Sí, también allí. Trece vidas jóvenes. Uno por uno sus nombres. Y allí sus madres presentes. Las lágrimas, el recuerdo. Aparece en todas las mentes el rostro cruel del dictador uniformado que repite por televisión: “No están muertos, ni vivos, están desaparecidos”. El principio ético de nuestros militares. No de todos, hay cinco, seis, siete, que pusieron el cuerpo contra la deshonra del crimen cobarde. El jueves, en el Salón Blanco de la Casa Rosada. El coronel Cesio. El que acompañó a las Madres en pleno tiempo de la ignominia. Verlo allí, reivindicado. Lo habíamos escrito en esta contratapa el 3 de diciembre del 2005. Resumen: el dictador Bignone, aquel que cometió la traición más cobarde de la historia, entregar a sus propios soldados para que desaparezcan, había firmado su último decreto dando de baja al valiente Cesio por acompañar a las Madres de Plaza de Mayo y calificar de asesinato al proceder militar. Y después nuestras democracias posteriores se callaron la boca: Alfonsín, Menem, De la Rúa, Duhalde y consortes. No vieron, no miraron. No les consta. Mientras los asesinos Bussi, Patti y otros podían presentarse como candidatos a la democracia. Bochorno. Una democracia del bochorno. Pero ahora sí, la reivindicación. Veintitrés años después. Tendremos pronto a Cesio como general. El sí que jugó su vida por la vida y la ética. En el acto se nombró a otro héroe: al capitán D’Andrea Mohr, el consecuente, el que defendió con uniforme la palabra y la honestidad. Habría que reivindicarlo con todos los honores y todas las palabras del buen recuerdo. Y ahí, en ese Salón Blanco de la Rosada, lugar donde pisaron tanto dictadores uniformados y lamentables civiles, también se pidió el ascenso del coronel Rico, asesinado en 1975 por investigar las Tres A de López Rega, el personaje de la infamia, de ese gobierno del cual ha llegado ya el momento en que el Partido Justicialista convoque a un congreso para la autocrítica y la denuncia de todas esas infamias. López Rega, Isabel, Lastiri, Ruckauf, Ottalagano, Ivanisevich, Cafiero, Luder, y la lista es interminable. En ese tiempo no leyeron los diarios, miraron para otro lado, no sé, no me acuerdo. No me consta. Y comenzó la desaparición de sindicalistas, intelectuales, estudiantes. El oprobio. Pero quien pregunta sobre eso es sospechado de “gorila”.
Después de Cipolletti, Rosario. En la Legislatura, ante los representantes de todos los bloques políticos, en forma generosa y abierta, pude hablar de los años de la infamia uniformada y su prólogo lopezreguista. Un cuerpo elegido por el pueblo escuchando atentamente y un documento final del presidente del cuerpo que habla del repudio a todos esos años del uniforme, picana, robo de niños, la muerte infame y el Martínez de Hoz.
Y de Rosario a Córdoba, en el aula magna de Arquitectura, con los estudiantes. Siempre con la curiosidad de los dignos. Qué pasó, cómo fue posible. Empezar por Roca, el que mató a los habitantes seculares para quedarse con la tierra (dos millones y medio de hectáreas para el bisabuelo Martínez de Hoz). Qué casualidad histórica, a veces Marx tenía razón. Los que ejercen el verdadero poder. Seguir luego la disertación con Franco, el fusilador de poetas, con Pinochet, el más cerdo de los dictadores aprovechados, y Videla, el Papa del crimen. El fervor estudiantil, como en 1974, ’75, ’76. ¡Qué juventud! Sus nombres están hoy en todos los patios de las fucultades, de los colegios secundarios. Después, la figura de Camps. El asesino de adolescentes. La vilezas cobardes del poder.
De Córdoba de regreso a Rosario. Las organizaciones de derechos humanos. Un capítulo de la Dignidad. De la Lealtad a todo lo humano. Recuerdo a Don Naranjo, a toda su infinita trayectoria en defensa de los presos políticos. Ojalá se remplace el nombre de la calle Roca, el genocida, por el de él, el digno. Rememoro cuando denuncié el caso de la “Casita de los Ciegos”. Galtieri ordenó requisar esa vivienda y detener al matrimonio de ciegos que tenían un hijito. Los dos cieguitos –como los llamaba el barrio– desaparecieron. La casa fue requisada y dada en dominio a la Gendarmería Nacional, que estableció allí un “club” para que los suboficiales bailaran tango y festejaran sus cumpleaños. Realidades de la indignidad más absoluta. Durante los años de Alfonsín y de Menem continuaron las fiestas cínicas del gendarmerío que llevaba siempre a sus niños. Hasta que debido a la denuncia tuvieron que actuar los que se hicieron los no videntes. Y se devolvió finalmente la casa a ese joven que, en aquellos tiempos de Galtieri, había sido el bebé de los cieguitos. Así, el general borracho perdió la única batalla que había creído ganar.
De allí, al aula magna de la Facultad de Derecho de Buenos Aires. El tema: “Recuperación de los centros clandestinos de represión como factores de la memoria”. Aprender, en esto, de la Alemania que convirtió a todos los campos de concentración, a todos, repetimos, en museos de la verdad, con los retratos de los verdugos y de las víctimas y las cámaras de gases y las cuchas de los prisioneros. Y no convertirlos en supermercados como ha ocurrido en Córdoba.
De allí a la biblioteca de la calle Talcahuano: “La quema y censura de libros”. El recuerdo de la quema infame de los que no podían defenderse: los libros. El teniente coronel Gorleri, que quemó libros por “Dios, Patria y Hogar”, fue ascendido a general por Alfonsín. Los argentinos tenemos el privilegio de tener un general quemador de libros. Zonceras argentinas, diría Jauretche. El espanto. Cuando supe que habían quemado mis libros me puse a llorar como un adolescente.
Después, siempre en la semana, ir a la radio de las Madres. ¿Cómo dice? ¿Las Madres tienen radio? Sí, respondo, y Universidad. Y librería y café literario. Construidos por ellas para continuar o, mejor, realizar lo que no pudieron hacer sus hijos.
Y después los actos del jueves con jóvenes pobres que gritan sonrientes y pletóricos: “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”. Y tienen razón, esos hijos del color de la tierra, ellos son el pueblo. Y los cantores hijos del pueblo en el escenario. La fiesta verdadera. El recuerdo de sus hijos. Y a sus hijas, ellas a quienes les quitaron sus semillas que acababan de dar a luz. El sufrimiento infinito. Jamás habrá una flor para los Camps, los Astiz, ni para el muñeco maldito, el monje uniformado de la nueva Inquisición.
Han sido vencidos para siempre. Siempre que nos preparemos para defender a la democracia pero al mismo tiempo que democraticemos verdaderamente a esta democracia argentina que terminó siempre en golpes militares.
La ética había triunfado en esta semana. De los Treinta Años. Las Madres habían triunfado, sin armas, con su ejemplo. Se cierra este capítulo de mi vida con tantas derrotas pero con este triunfo inigualable en la historia. Las Madres, y su nobleza.
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Por Osvaldo Bayer
Treinta años de lo incomprensible. La dictadura militar de la desaparición de personas. Ya ha empezado la discusión que nunca terminará: ¿cómo fue posible tanta crueldad? Cómo fue posible que mentes humanas en un país cristiano, católico por añadidura, puedan haber concebido tanta perversidad. Sí, tal vez la palabra definitoria sería perversidad, más, sevicia. O no, más que eso. ¿No alcanzan las palabras? El prisionero rebajado a insecto, y desde ese momento la inquisición, el vía crucis de la desaparición. Para siempre. Hasta desfigurarlo en sus niños a quien se los arrojaba a manos extrañas, tal vez manos de verdugos. Lo hizo un régimen de uniformados y de sus no uniformados siempre solícitos.
La búsqueda del porqué tanta perversión la viví en Alemania cuando en 1952 llegué allí para estudiar. Era la época cuando la nueva generación, los jóvenes, comenzaban a preguntarse por qué sus padres habían cometido, o apoyado por lo menos, los horribles crímenes nazis. Los pocos viejos que habían regresado de la guerra, callaban. Las mujeres se dedicaban a la reconstrucción. La discusión sigue hoy todavía. Lo que nunca habían pensado los culpables del genocidio es que gran parte de sus propios hijos y sus nietos se iban a avergonzar de ellos. E iban a llevar toda su vida como maldición el ser hijos o nietos o siquiera familiares de los que ejercieron el poder omnímodo de las cámaras de gas.
Un libro que acaba de salir en Alemania trata de aclarar el porqué del drama, el porqué hijos obedientes, cristianos, bien educados, se transformaron en feroces asesinos que eliminaron pueblos como si hubieran usado un insecticida para acabar con las cucarachas. Se trata del libro Los hermanos Himmler y su autora es Katrin Himmler, sobrina nieta del más grande asesino de seres humanos de toda la historia de la humanidad: Heinrich Himmler, ministro del Interior de Hitler y jefe de las SS.
Todo el interés de Katrin Himmler en estudiar su familia comenzó cuando en el colegio primario, en una clase, un compañero le preguntó en voz alta: ¿Eres tú parienta de Heinrich Himmler? Y ella contestó correctamente: “Sí, soy su sobrina nieta”. Se produjo un silencio helado. Todos la miraron con espanto. La maestra no movió un músculo. Era como tener ahí el fantasma vivo de la muerte.
Desde ese momento Katrin comenzó la búsqueda de la verdad: documentos, testimonios, las explicaciones familiares. Llegó a la comprobación que llevaba la sangre del peor criminal de toda la historia. Los decretos, las órdenes, las cámaras de gases, los campos de concentración, la “limpieza” de Polonia, Rusia, Rumania. Yugoslavia... para qué más. El racismo más indignante: el desprecio por el ser humano. Ancianos, mujeres, niños, hombres marchando en fila a las cámaras de gases. Katrin Himmler se sintió culpable de llevar esa sangre y cuando llegó a la madurez se encontró con un joven judío y tuvo un hijo con él. Era la respuesta a su familia que había sido capaz de engendrar a Heinrich Himmler. Y ahora, una mujer de esa propia familia les demostraba que ella repudiaba a ese ser maligno. Un hijo, que llevaba la sangre del peor criminal y de sus propias víctimas. Fantasías de la historia. Fantasías del ser humano. Claro, Katrin Himmler, la joven madre, no se preguntó qué hará ese niño cuando sea grande: tengo la sangre del gran asesino y del pueblo que fue su víctima. ¿Es una tragedia? Es una enseñanza.
Tema para psicoanalistas, para historiadores, para sociólogos, para antropólogos. Para teólogos. Para todos. Dios, en su infinita bondad, sería la interpretación, tal vez, del papa Ratzinger. Claro, donde cabe la pregunta: ¿bondad en crear a Himmler, a los Himmler. A los Videla, Massera, a los Astiz..? O en permitir al hombre que cavile acerca de la magnitud a que puede llevar el Mal. Himmler, en el país de Kant, el de la Etica.La familia Himmler: monárquica, fiel al Kaiser, católica, que enseñó a sus tres hijos varones obediencia al padre, a la madre, al Kaiser. Orgullosos de su patria, patriotas, como se decía. De niños, jugar con soldaditos de plomo y marchar en el colegio con paso militar. Himmler, el segundo de los tres hijos varones no tendrá la suficiente edad para ser llamado a la Primera Guerra Mundial. Sí, su hermano mayor. Y en vez de aprender de esa masacre que costó la vida de millones de jóvenes, algo más irracional que cualquier otra cosa en la historia del hombre, entre países cristianos, no, se prepararon desde la derrota hacia la revancha. Veinte años después.
Alemania había sido traicionada por los judíos y los comunistas, fue la teoría de la derecha, que en la derrota buscó explicaciones ante tanta insensatez suicida y con Hitler iba a caer en el absurdo desatino de más violencia. La violencia dignifica. La lucha contra la otra Alemania, la que buscaba el socialismo a través de la revolución, o a través de la libertad, como en la República de los Consejos Obreros, Campesinos y de Soldados que intentó la igualdad y la paz en Munich en la posguerra y fue despiadadamente eliminada por los uniformados vencidos en la guerra y que, ahora sí, asesinaban a los que no querían combatir con las armas sino con las ideas. En esos “cuerpos libres” uniformados intervino ya el joven Heinrich Himmler. Serán los mismos que asesinarán a la mensajera de la paz y el derecho de todos: Rosa Luxenburg. Todo un símbolo: le destrozaron su cabeza llena de sueños e ideas, de un culatazo de máuser.
El libro de Katrin Himmler trae párrafos del diario que llevó siempre Heinrich Himmler. En el mismo puede leerse cómo él se exhortaba a sí mismo a mantener con toda severidad los diez mandamientos católicos. Interesante para estudiosos del ser humano es la frase de Himmler en su diario donde rechaza categóricamente toda relación sexual antes del matrimonio, pero al mismo tiempo se interesaba de toda obra que tratara el tema sexual. Lo que más le gustaba era practicar el tiro al blanco y usar uniformes. Lo escribe él mismo.
Ya en las filas de Hitler, Himmler siguió concurriendo a misa con su familia, pero poco a poco su fe se iba trasladando al estudio del espiritismo y del ocultismo. Será el momento en que escriba en su diario: “Hitler es realmente un gran hombre y, ante todo, legítimo y puro. Sus discursos son muestras magníficas de germanismo y del ser ario”.
Luego, la autora demostrará prueba a prueba toda la culpabilidad de su poderoso pariente desde el momento en que el nazismo llegue al poder. Heinrich Himmler se casará y tendrá una hija. Al mismo tiempo tendrá como amante a su secretaria con la cual tendrá dos hijos. Un varón, minusválido, y una niña que después de la guerra será médica. Al perder la guerra, Himmler se suicidará en el momento de ser tomado prisionero por los ingleses. Su hermano menor morirá en la batalla de Berlín y el hermano mayor pasará tres años de prisión al fin de la contienda.
Todos los crímenes de Heinrich Himmler quedan demostrados en el libro de su sobrina nieta. Se puede decir que ella estudió para tratar de descubrir por qué su pariente cometió esos bestiales crímenes masivos. Ella se recibió de científica social y luego estudió historia, e hizo cursos sobre racismo e interculturalidad. Vive con su hijo en Berlín.
Pero claro, el tema no termina allí. Ella agregó un ensayo sobre la culpa colectiva del pueblo. Y allí viene la discusión.
Una discusión que debemos iniciar –o continuar– los argentinos. ¿Cómo fue posible la aplicación del sistema de la desaparición de personas por nuestros militares? ¿Tuvimos criminales del tamaño de Heinrich Himmler? Sí, un Camps, por ejemplo, si bien menor en la cantidad de víctimas pero la misma ferocidad. Basta analizar la Noche de los Lápices. Torturar, vejar hasta el paroxismo a adolescentes, y finalmente quitarles la vida. Camps. ¿Cómo fue posible esa bestia, quién lo formó, en dónde se educó, qué le enseñaron en su vida militar? ¿Quiénes fueron sus maestros? ¿Cómo llegó a general, por qué lo ascendieron, quién lo promovió, quién le dio poder? Pero no nos quedemos ahí. ¿Por qué jamás se juzgó y ni siquiera se acusó a los miembros del gobierno legal que permitió las Tres A? Sí, se juzgó a López Rega pero nada se hizo contra los miembros de ese gobierno que se taparon los oídos y los ojos ante los infames crímenes en la calle. Matar así. Políticos que facilitaron el camino a la máxima infamia.
Con su silencio, o con su beneplácito.
En la Argentina se ha iniciado el juicio a militares culpables de ordenar el cobarde latrocinio. En Alemania fueron condenados a muerte los grandes culpables, pero también médicos autores de crímenes en los campos de concentración y civiles, que desde el escritorio dieron la orden de abrir el gas. En la Argentina, en cambio, los civiles cómplices no fueron ni citados por la Justicia. Un Martínez de Hoz sigue gozando de todos sus privilegios y títulos. Como si nada hubiera pasado. Camilión no sólo fue ministro de la dictadura sino después, sin ningún empacho, de la democracia. Los grandes impulsores de la dictadura desde la televisión, las radios y los diarios siguen apareciendo en pantalla diciendo sus verdades con la misma empatía del ’76. La sociedad se calla la boca. No hubo autocrítica de los partidos políticos.
Toda esta puesta en escena argentina me hace recordar las palabras de Hanna Arendt en el juicio a Eichmann: “Lo inquietante en la persona de Eichmann fue justamente que él era como muchos y que esos muchos no eran perversos ni sádicos sino terriblemente normales. Normales que dan miedo”. Treinta años. Ojalá los nietos de nuestros verdugos nos ayuden a interpretar por qué fue posible la muerte argentina.
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Por Osvaldo Bayer
Desde Alemania
Ellos creyeron que todo iba a permanecer escondido. Pero no, poco a poco va quedando todo en descubierto. Hasta aquí, en Alemania, se van a recordar los treinta años de la dictadura militar que implantó “la muerte argentina”, la desaparición de personas. El 24 de marzo se harán en Berlín y en varias universidades alemanas actos recordatorios y seminarios de estudio de cómo fueron posibles tales crímenes de lesa humanidad. Por supuesto, siempre se tienen en cuenta las atrocidades que ocurrieron también en este país, durante el nazismo hitleriano.
En esos actos que tendrán lugar en Alemania se recordará especialmente a los 78 desaparecidos de origen alemán en la Argentina de los militares. Hace muy poco se recordó a dos de ellos: Elisabeth Käsemann y Klaus Zieschank, los dos estudiantes. La primera, nacida en Alemania, que fue secuestrada, prisionera en el campo de concentración “El Vesubio”, comandado por el teniente coronel Durán Sáenz, y finalmente asesinada en un tiroteo que no existió; el segundo, nacido en la Argentina, secuestrado en los primeros días de la dictadura, fue visto en campos de concentración y su cuerpo fue arrojado desde un avión al Río de la Plata.
Elisabeth estudiaba sociología en Buenos Aires y durante la dictadura preparaba documentos para los perseguidos por aquélla. Y así podían salir del país. Klaus, después de recibirse de bachiller en Buenos Aires, fue becado para estudiar en Munich. En las primeras vacaciones trajo dinero de los estudiantes alemanes para entregárselos a los chilenos perseguidos por Pinochet. Esto fue comunicado por los sicarios de la dictadura chilena a los militares de Videla y, cuando Klaus llegó a Buenos Aires, fue secuestrado y desaparecido. Dos jóvenes, que tenían razón de luchar contra dictaduras que habían tomado el poder político en forma ilegal. Por eso, lo más hermoso del acto que se realizó en Alemania fue comparar a esos dos estudiantes muertos en la Argentina con las figuras de dos jóvenes alemanas que dieron su vida en su lucha contra el nazismo: Sophie Scholl y Libertas Schulze-Boysen. La primera, estudiante de la Universidad de Munich –protagonista del grupo antinazi “la Rosa Blanca”–, fue detenida por repartir volantes donde se denunciaba la existencia de campos de concentración y el asesinato con gas de judíos y enemigos del régimen. Se le hizo un juicio sumario y de inmediato se la condenó a la guillotina. Libertas Schultze-Boysen fue también condenada a muerte por un tribunal nazi, en 1942, y murió bajo la guillotina. Ella perteneció a un grupo de resistencia contra el nazismo, en Berlín, durante la guerra.
Cuatro seres jóvenes que dieron sus vidas por la dignidad. Cuatro crímenes para el espanto. Con una diferencia. Por lo menos los nazis dieron la cara, les hicieron un juicio de pura farsa y firmaron la condena a muerte. Los militares argentinos dijeron que sus víctimas “habían desaparecido”. El general Videla, con una expresión de cinismo total, lo declaró y reafirmó varias veces: “No están ni muertos ni vivos, están desaparecidos”. Además de la crueldad, el cinismo.
Sobre Elisabeth y Klaus, Sophie y Libertas, el cine alemán se hizo presente y filmó sus vidas, de los dos primeros en documentales dirigidos por Frieder Wagner; de las víctimas nazis no sólo se rodaron documentales, sino también films con actores. Después del 24 de marzo presentaremos los cuatro films en la Argentina, en seminarios al efecto, para debatir la problemática del crimen político, del heroísmo de los luchadores contra el totalitarismo, de los regímenes de la muerte y de la obligación moral de la lucha por la libertad.
Y hay otra lucha a la cual no hay que perder de vista. O tal vez iniciarla, ya que son pocos los hombres y las mujeres dignas que han puesto su vista en ello: el no a la venta de armas. O por lo menos denunciar el cinismo que significa que mientras en Naciones Unidas se hable de la paz mundial, permanentemente, los países fabricantes de armas sigan vendiéndolas con toda impudicia a cada uno de los países con litigios. Por ejemplo –como ya hemos denunciado en estas páginas–, Estados Unidos y Europa venden armas a Israel y al mismo tiempo a los países árabes.
Acaban de publicarse informaciones que confirman todo eso. Empezando con las estadísticas. En el 2003, los gastos de armamentismo subieron un once por ciento. Y en el 2004 llegaron a superar los mil millones de dólares. ¿Lo repetimos? Mil millones de dólares. Según estos datos oficiales, las ganancias de las cien empresas principales de fábrica de armas son más abultadas que el producto bruto-social de los 61 países más pobres del mundo, juntos. Con el dinero que costaron las diez mil bombas que se arrojaron en la guerra del Golfo se hubiera podido vacunar a diez millones de niños contra la poliomielitis, el sarampión y el tétano. Repitamos, diez millones de niños.
¿Por qué tantas armas, si en el 2003 murieron 625 personas por actos terroristas y diez millones de seres humanos por enfermedades infecciosas? Repitamos... no, no repitamos porque si no nos vamos a volver locos. Si en vez de fabricar armas se hicieran obras de beneficio social, todos, todos, tendrían su vivienda. Y paz que significa vida.
Todo esto se puede ver en el valioso documental austríaco de Karin Bock, llamado El precio de la guerra. Algo que tendrían que ver todos los colegios del mundo y discutirlo con los políticos de turno. El Premio Nobel alternativo Jakob von Uexküll propone, en ese film, la creación de un Consejo sobre el Futuro del Mundo, que justamente sólo se dedique a discutir el problema de las armas en el mundo. Pero al mismo tiempo llegó la noticia: Alemania le acaba de vender pistolas ametralladoras a Indonesia, la MP5. Además, está ya listo un submarino para ese país y la construcción juntos de corbetas de guerra. Holanda le venderá otros buques de guerra y la empresa europea EADS, helicópteros. El ejército indonesio cometió cuantiosos crímenes contra su población en 1999.
Sí, todas estas noticias justo cuando se cumplen noventa años de la batalla de Verdún, en la primera guerra europea, 1916. Batalla que costó la vida de 300.000 soldados de los dos países; se calcula que cayeron seis mil soldados por día. El horror más indescriptible. Jóvenes. Murieron como ratas. Señalan los historiadores que al final, para no seguir en ese infierno, los soldados se cortaban una mano o se herían a sí mismos para que los retiraran. En las primeras 24 horas de la batalla se disparó un millón de proyectiles. Allí están, siempre, las miles de cruces en las sepulturas. El 21 de febrero de este año, alemanes y franceses se reunieron. Se escuchó un concierto de música de Mozart, Schubert, Brahms y Gounod. La emoción invadió a todos. Pero, la impotencia. El único consuelo fue que no se pasearon banderas ni se tocaron marchas militares. Pero, igual, ya era tarde, demasiado tarde para todo. Los ojos jóvenes yacían debajo de esa tierra, para siempre. Muertos sin ningún sentido.
Sí, Mozart, Schubert, Brahms y Gounod, pero los fabricantes de armas siguen ganando fortunas.
El único gran consuelo lo experimenté en la ciudad de Bonn, el día del nacimiento de Mozart. De pronto, todas las campanas de la ciudad comenzaron a sonar saludando al tan querido músico. Fue cuando pensé: nunca van a sonar las campanas para saludar a un fabricante de armas, a un genocida, a un desaparecedor. Pero sí para Mozart, pura alma, pura música, puros sueños, pura poesía.
Sí, aquí en el Rin estamos en pleno Carnaval. Todo es disfraz tendiendo —a propósito– al mamarracho. Los más mamarrachos van vestidos de militares: es una tradición. Lo introdujeron los renanos cuando estaban ocupados por Napoleón. Para demostrar su oposición a la ocupación extranjera, los varones salieron en Carnaval disfrazados de militares ridículos y marchaban en orden cerrado haciendo piruetas. Hoy se ve en los corsos a mariscales con mostachos llenos de moco o soldados condecorados hasta en la bragueta. Lástima que aquel fatídico 1º de septiembre de 1939, los que tuvieron que marchar al frente no se comportaron con la misma agudeza y coraje.
Pero siempre hay reacciones positivas. Por ejemplo, el periodista Hans W. Korfmann, del diario Frankfurter Rundschau, que ridiculizó el llamado “Biathlon”, donde los esquiadores corren con sus esquíes por la nieve llevando una carabina en la espalda. De pronto se detienen y disparan cinco tiros a blancos puestos a la distancia. Se pregunta el periodista por qué o quién militarizó así los juegos en la nieve. Y llegó a la conclusión de que esas pruebas fueron impuestas por Hitler en las Olimpíadas de 1936. Interrumpir la carrera para tirar balas, cargar el arma como un soldado. Y cómo desde el televisor el relator va gritando como un suboficial: “Y ahora, Michael Greis ya llega al stand de tiro, se pone en posición, apunten... ¡fuego...!”, y el público grita como si el tirador hubiera pegado en el corazón de alguien. Luego, lo mismo con las esquiadoras, fusil al hombro, no demorarse, “tomar posición, apunten, ¡fuegooo!”.
El periodista califica de ridícula, militarista y de inspiración nazi esta variante. Propone, por ejemplo, que cuando lleguen al stand de tiro, los esquiadores del biathlon jueguen partidas de ajedrez simultáneas para meter la rapidez mental en la rapidez muscular.
Después, en el mismo diario, un historiador –que nunca falta– desmintió que haya sido Hitler quien impulsó el tiro en el biathlon. Dice que era ya en los años veinte una costumbre de los cazadores de montaña, pararse y matar ciervos. Quien mataba más ciervos y llegaba primero ganaba. Como sea. La caza no es un deporte, es ya una “mandada de parte” de señores bien, bien disfrazados. Ojalá que los deportistas en el futuro se nieguen a arrastrar el arma en sus espaldas y en vez de tirar tiros jueguen al ajedrez.
¿Y cuándo los obreros de las empresas de armas se van a negar a fabricarlas?
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Por Osvaldo Bayer
Justo aquel 18 de febrero. 1976. Elegir el día de mi cumpleaños para regresar a la Argentina. Creer que todo lo malo ya había pasado o por lo menos que se iniciaba el camino a la seriedad. Isabel había llamado a elecciones. Algunos creímos que era el momento de regresar. Y para los optimistas irremediables eso significaría vivir en libertad. El regreso, entonces. Haber tenido que ir al exilio en un gobierno llamado democrático. Pero con las Tres A. Recuerdo ese 12 de octubre de 1974. Condenado a muerte. Por La Patagonia rebelde. Simplemente, así. Leer la propia condena en el diario. Primero, el negarse a creer tamaño despropósito. En una llamada democracia. Un gobierno peronista de izquierda que había pasado con prisa y sin pausa a la derecha. No podía ser: aquel gobierno de Cámpora que sin hesitar nos había aprobado el guión para filmar La Patagonia rebelde y ahora, en el de Isabel Perón, se nos condenaba a muerte por lo mismo. Más todavía, recuerdo la entrevista que tuve con el rector Rodolfo Puiggrós, a quien fui a ver para que la Universidad respaldara el proyecto que había presentado: un equipo de antropología que me acompañara a Santa Cruz a estudiar y marcar definitivamente las tumbas masivas de los obreros rurales fusilados por el ejército en 1921 y ’22. Recuerdo que Pui-
ggrós se levantó de la silla, me dio la mano y me dijo: “Delo por hecho, vamos a apoyar ese trabajo como prioridad, a la historia no hay que esconderla”. Recuerdo el abrazo. Pero quedó en abrazo, como si ésa hubiera sido la despedida final. Ottalagano se llamará quien transforme la universidad de un ágora de discusión y búsqueda en un cuartel de monjes y soldados obedientes al silencio y la disciplina del poder. Y comenzaron los asesinatos de intelectuales y estudiantes. Asesinos a sueldo pasaron a ser los dueños y señores de la vida y de la muerte. ¿Cómo fue posible eso? ¿Por qué nunca se habla de eso? ¿Por qué, y con toda justicia, se va a recordar el 24 de marzo las tres décadas de la iniciación de la dictadura de la desaparición de personas, pero no se dice que el período de Isabel Perón fue justo el prólogo de lo que iba a ser después? ¿Por qué el Partido Justicialista no hizo una severa y profunda crítica de ese período? Basta recorrer la documentación oficial de esa época. Los asesinatos políticos, la prohibición de libros, la censura de filmes, la cesantía de docentes y de otros cargos, la expulsión de estudiantes y... el libre albedrío de matar. Basta leer justo lo que ocurrió en esa época en las universidades nacionales. Nada se puede esconder, la verdad histórica tarda, pero sale a la luz. Muy pronto saldrá una investigación realizada con la honestidad de la verdad histórica. Se refiere a la Universidad de Buenos Aires, en el período de Puiggrós, en el de Ottalagano y en el de la dictadura de Videla. Suscintamente, en esos tres períodos están al desnudo las dos Argentinas. La pregunta es ¿cómo se pudo llegar a eso? Los documentos oficiales hablan por sí mismos. No son ni siquiera necesarias las interpretaciones.
El idioma del peronismo de izquierda, luego el del peronismo de derecha. Y luego, ya, el paso directo a la dictadura. Apagar la luz para que vengan los reflectores a no dejar ninguna duda.
El libro donde se retrata eso se llama Universidad y Dictadura y sus autores son los docentes de Derecho Pablo Perel, Eduardo Raíces y Martín Perel. En él se señala que “La politización militante que pretendió democratizar los claustros durante el gobierno de Cámpora y emprender cambios emancipadores en planes de estudio, concepciones pedagógicas y rol del profesional, fueron tomadas como paradigmas de la ‘subversión del orden’. Un desesperado y eficaz intento para normalizar los carriles de la formación superior frente al proceso de radicalización política, se produjo a partir de la acción represiva de los interventores enrolados en la derecha peronista”. Es decir, el “trabajo sucio” realizado en la etapaisabelista y los puntos de contacto de ese “trabajo sucio” con el realizado inmediatamente después por los artífices del genocidio. Los antecedentes vienen de muy atrás. Basta mencionar “la noche de los bastones largos” del triste general Onganía.
Del academicismo restrictivo y autoritario se iba a pasar al estado de asamblea, en 1973. Y de allí, al dominio conspirativo de Ottalagano donde ya se oía el “Cara al sol” falangista en los pasillos y, finalmente, a la hora del cuartel de la vida estudiantil. Una historia de apasionados, represivos y represores, sucesivamente. Rodríguez Varela será el decano de Derecho hasta que llega Cámpora al poder. Será Puiggrós quien pondrá en ese cargo al nuevo decano y dirá: “Elegí para dirigir esta casa de estudios al abogado Mario Kestelboim porque ha sido defensor de presos políticos y aquí abundan funcionarios de la dictadura (de Onganía y Lanusse), y porque Kestelboim es un hombre de izquierda y ésta es una facultad de derecha y porque él es judío en una facultad llena de fascistas”. 1973. Rodríguez Varela será después ministro de Justicia en la dictadura de Videla. Los números lo dicen todo: si en 1972, los ingresantes a la Universidad de Buenos Aires fueron 21.000; en 1974, en la época de Puiggrós, fueron 40.000. Kestelboim decía en ese tiempo: “El objetivo que teníamos era transformar los contenidos y las metodologías de enseñanza. No queríamos seguir produciendo abogados litigantes, defensores de los intereses privados, sino abogados comprometidos con un proceso de transformación, de cambio, de liberación, que sabíamos se estaba dando en el país. Esas fueron las aspiraciones que nos propusimos”. Kestelboim tendrá que irse. Venía ya Ottalagano, peronista de derecha. Y se iniciaba la marcha de regreso a la universidad para el sistema. La de los profesores clásicos, la de los oportunistas –que siguieron pese a todos los cambios– y los que miraron al costado. Comenzaba la enseñanza regimentada. Con traje y corbata. De la “Patria Socialista” a la “Patria Peronista”, con el final de la patria procesada, sin proceso.
Con Ottalagano se dejan cesantes quince mil docentes. Se va Taiana como ministro de Eduación y vuelve nada menos que Ivanissevich. Se prohíbe toda actividad política y gremial en los claustros. Ivanissevich y Ottalagano, dos cruzados católicos, apostólicos, romanos hasta los huesos. Van a poner como interventor en Filosofía y Letras al jesuita Sánchez Abelenda, quien recorrió los pasillos de la facultad con un incensario para exorcizar al “demonio marxista”. La divisa de los nuevos era: “Dios, Patria y Ciencia”. Los libros eran quemados por “Dios, Patria y Hogar”. Más los asesinados por las Tres A.
Mi regreso fue en el fin de ese tiempo. El 18 de febrero ya del ’76. Para qué. Iniciar un nuevo injusto exilio. Ya llegaba la dictadura. La desaparición. El robo de los niños.
Tal vez, la mejor síntesis de todo el tiempo del oprobio la hizo Julio A. Ramos, en La Opinión de los militares, el domingo 4 de febrero de 1979. Cuando escribió: “En enero último alrededor de 120.000 turistas argentinos viajaron al exterior, lo cual significaría una erogación de unos 220 millones de dólares para el país”. Luego detalla que “los argentinos gastaron esos millones en Miami, Río de Janeiro, Punta del Este o Sudáfrica”. Y agrega: “Esos viajeros retornan al país atiborrados de mercaderías extranjeras”. Miles de desaparecidos, niños robados, Miami.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-63281-2006-02-18.html
Por Osvaldo Bayer
El odio avanza a paso redoblado. La estupidez triunfa. O es el método de los poderosos para mantenerse. Porque un periodiquito de cuarta de la derecha danesa hizo una caricatura en la que se burla de Mahoma, salieron miles a la calle a quemar embajadas, a prender fuego banderas danesas y de otros países. Era justo lo que Bush esperaba. Todo esto lo ayuda a que Occidente le vaya dando la razón. La derecha musulmana, enemiga a muerte de la derecha imperial, le da de comer con la mano. Todo preparado. De pronto aparecieron en los países árabes centenares de banderas danesas. Banderas que en esos países nunca se habían visto. Era desconocida. Claro, en septiembre se publicó la caricatura y la reacción vino recién en febrero. Cinco meses para preparar el espectáculo maligno e irracional.
Sí, los problemas existen, pero sólo se podrán solucionar en el diálogo y en el respeto. Ni Bush ni los dueños de la verdad islámica pueden solucionarlos. Sólo nos van a dejar más muertes, más destrucción, más dolor, infinito dolor. Por supuesto, para las madres, los niños, los trabajadores, los soldados obligados a “cumplir con Dios y con la Patria”.
El problema de la caricatura no tenía importancia ninguna. Tan es así que a nadie le llamó la atención. Algo superfluo, de todos los días. Si los musulmanes se sintieron heridos tenían en Dinamarca –donde poseen una representación importante en la sociedad por el número de inmigrantes– la posibilidad de acceder a la Justicia e iniciar un juicio por insulto a los principios culturales de una minoría. No, se prefirió el fuego, la piedra, la violencia contra las representaciones nacionales que nada tenían que ver con la publicación.
Y aquí tiene que venir el gran debate mundial sobre las religiones. En cuánto han ayudado las religiones en el racismo, el odio entre los pueblos, las denominadas “guerras santas” y el colonialismo cuando se decía oficialmente que se llevaba el verdadero Dios “a los salvajes, a los bárbaros” y sirvió para “colonizar” continentes enteros y llevarse el oro y la plata. El Río de la Plata. Los esclavos africanos. Pero, además, las religiones enseñaron la desigualdad de la mujer.
Qué vienen ahora a quemar banderas si ellos marcan una discriminación inaceptable hacia la mujer, que no significa otra cosa que una degradación del ser humano todo. Si bien para Alá, la mujer vale igual que los hombres, en la Tierra ellas deben obedecer siempre al hombre y éste puede castigarla corporalmente. De acuerdo con el Corán, el testimonio de una mujer ante el juez tiene la mitad del valor de un hombre. En una herencia, la mujer sólo puede heredar la mitad de lo que recibe el hombre. El Corán ordena a la mujer cubrirse la cabeza y esconder el escote. En muchas regiones musulmanas, las mujeres sólo pueden dejar ver su rostro y sus manos. El Islam permite al hombre tener cuatro mujeres. En cambio, las mujeres sólo pueden tener un hombre. El divorcio para el hombre es cosa simple. Para la mujer, en cambio, posible, sí, pero con desventajas económicas.
Esto para empezar; entonces, antes de protestar por una o doce caricaturas de dudosa calidad e influencia, que empiecen a terminar con principios antiéticos que ya Occidente, gracias a sus pensadores racionalistas, como Voltaire, y de mujeres con un coraje a toda prueba, hicieron caer para siempre. Además de esto, los críticos fanáticos de tales caricaturas deberían tener la valentía de dejar desnudos a los regímenes medievales que rigen gran parte de los ricas naciones árabes. (Pero los occidentales y cristianos no damos ejemplo. Lo acaban de decir los estudios de Amnesty International, sección Francia: “Cada cuatro días muere una mujer en Francia como víctima de actos de violencia de su cónyuge o pareja, según estadísticas policiales. En 2002 se registraron 5568 sentencias por actos violentos contra mujeres; en 2003 ascendieron a 7922”. Todo esto en la tierra de Voltaire; a más de dos siglos de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.)
La crítica a la quema de banderas no significa de ninguna manera salvar a Occidente de sus pecados. La agresión de Bush a Irak es mucho más, infinitamente más, que la protesta islamita por las caricaturas. Ese criminal ataque, con todos sus bombardeos a civiles, justificaría cualquier reacción de las poblaciones atacadas. Es un pecado mortal contra toda la humanidad. Es sentirse dueño de la vida y la muerte de otros pueblos y justo en el curioso caso de un país con gran riqueza de petróleo. Tampoco criticar los excesos islámicos justifica la política de Israel con Palestina. No sólo son injustificables los bombardeos y ataques indiscriminados “por sospecha”, sino también la construcción de un muro entre los dos pueblos. La pregunta que cabría sería: ¿por qué se criticó con tanto fervor el Muro de Berlín y nada se dice sobre el muro entre esos dos pueblos? Denunciar esto no implica desconocer el derecho de la existencia de Israel en su territorio histórico.
Aprender de la historia. Aprender del dolor. Aprender de los grandes pensadores que vieron como único valor de futuro la paz eterna.
Es cierto que, para eso, la historia nos tendría que servir para aprender y no para odiar. No hay otra posibilidad. Como decíamos: odio significa destrucción, el no a la vida. Porque si no el futuro va a ser sólo sospecha, miedo, guerra preventiva, terrorismo de Estado. Hay sacerdotes mahometanos que prometen el paraíso –en el que por otra parte hay “vírgenes de ojos grandes”– para todo aquel que se sacrifique por Alá. En esto último están involucrados aquellos –y ahora también hay mujeres– que llevan la bomba en el cuerpo y la hacen explotar muriendo en el intento. Esto, la propia población que cree en Alá y Mahoma, debe impedirlo para siempre. Sólo podrán gozar del paraíso, con sus arroyos poéticos, sus frutos deliciosos y sus vírgenes, aquellos que en toda su vida se han preocupado por salvar la vida en la Tierra.
Muy buena ha sido la reacción de los países nórdicos. En otras épocas, la quema de la embajada y de sus banderas hubiera provocado, de inmediato, la declaración de guerra o por lo menos el rompimiento de relaciones. Todo lo contrario, esos gobiernos nórdicos hicieron llegar mensajes de notable tono pacifista. Es la reacción más sabia. A la violencia contestar con la palabra pacífica y amplia.
Muchos intelectuales europeos se dejaron llevar por la reacción religiosa de los mahometanos. No estoy de acuerdo con Günter Grass cuando censura a las publicaciones de Occidente que no criticaron a las caricaturas, por “la defensa de la libertad de prensa”. Si bien el Nobel alemán tiene razón cuando dice que “los diarios viven de los anuncios y tienen que tomar en cuenta a determinados poderes económicos porque la prensa es parte de grandes grupos dominantes que monopolizan la opinión pública. Occidente no puede atrincherarse más detrás del derecho a la libre expresión de opiniones”, en este caso, es sólo una parte de lo sucedido. Porque autocensurarse tampoco es la solución. Los mahometanos en Dinamarca, como dijimos, tenían otra forma de reaccionar, y no quemando banderas que simbolizan a mucha gente que nada tuvo que ver con las caricaturas del diariucho de derecha.
Por ejemplo, el siempre vivaz y crítico Vázquez Montalbán escribió la siguiente frase en su libro postrero, Milenio Carvalho: “Antes de treinta o cuarenta años, ¿quién sería el gobernador de cualquier lugar del sur de España que dejará la puerta abierta a la invasión islámica y qué procedimientos de defensa utilizaría una Europa que dependía de la inmigración musulmana para mantener limpias sus calles y sus cloacas y dependiente en buena medida de policías y militares surgidos de la tropa inmigrante? Lo que le jodía a Carvalho era el coste religioso de una operación de mestizaje, el sustituir la pelagra institucional mesiánica cristiana en todas sus formas por la pelagra institucional mesiánica islámica”.
Bien, a nadie se le ocurrió por lo de Vázquez Montalbán quemar las embajadas de España. Es una opinión. Por cierto válida de cierta perspicacia para hacer pensar. ¿O es que debemos comportarnos todos vírgenes como la virgen María?
Pero, para terminar esta nota, una increíble fantasía de la realidad. Mientras escribía esto llegó el correo con un sobre grande de la Documenta Vaticana. La editorial Archiv va a publicar las actas del Archivo Secreto Vaticano. La presentación la hace el cardenal Jean Louis Taurán, bibliotecario del Vaticano; el padre don Raffaele Farina, prefecto de la Biblioteca Vaticana, y el padre Sergio Pagano, prefecto del Archivo Secreto Vaticano. Ofrecen –contra el pago de una cuota mensual– la remisión de las publicaciones secretas. Y se comienza nada menos que con el proceso a Galileo Galilei. El científico que fue condenado por el Papa por sus descubrimientos y juzgado por la Santa Inquisición. En 1633, bajo amenaza de la tortura, fue obligado a abjurar de todas sus enseñanzas y guardar silencio. Fue condenado a detención. La leyenda señala que tuvo que desmentir su descubrimiento de que la Tierra se mueve, pero que al retirarse murmuró: “Eppur si muove” (“y sin embargo se mueve”).
Bien, este ejemplo de lo que fue el pasado católico con su brutal inquisición hoy se aprovecha, y la Iglesia oficial lo edita en varios tomos, a 19,90 euros el tomo. Increíble. Si se enterara Galileo ahora es posible que dijese: “Cómo se mueven estos”. Claro, en la globalización todo se puede negociar. El condenado sabio ahora, después de 450 años, le va a dar de ganar al papa Ratzinger unas buenas divisas. Ironías del destino.
Por estas enseñanzas la historia nos lleva a decir que sólo puede haber salida en la construcción de la paz y el estudio de la ciencia. Ese debe ser el camino y no el oscurantismo y la violencia del sistema.
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Por Osvaldo Bayer
Llegar a Barcelona trae recuerdos de vida. Aquel 1955 con el franquismo y yo viniendo de Toulouse después de visitar a los grupos antifranquistas que me llenaron de mensajes peligrosos, que para pasar la frontera repartí entre las páginas de una revista argentina para damas, Para Ti. ¿qué hacía yo llevando justo esa revista? No sé. Parece un relato de Dal Masetto. Me aconsejaron pasar los Pirineos por el lado de Puigcerdà y no por Figueres, porque según ellos había menos vigilancia. Pero, para qué. Los guardias franquistas hicieron bajar a todos los pasajeros, nos pusieron en fila y revisaron todo. Yo disimulé el Para Ti debajo del brazo. Pero lo primero que vio el uniformado fue la revista y me la exigió para revisarla. En ese momento ya me vi en la cárcel por años. Pero hay que tener suerte. Desde esa vez empecé a jugar a la lotería. El guardia ve la tapa, se le ilumina la cara y me dice: “¿Argentino?” “Sí”, le contesto. Y muy sonriente me espeta: “Yo también, de Tucumán. Nací allá, de padres españoles y volvieron aquí, yo tenía once años”.
Aproveché la ocasión. Una en un millón, o más. Que encuentre de guardia en los Pirineos a un tucumano es como divisar a un guanaco caminando despaciosamente por Corrientes y Florida. Por eso, rapidísimo: “Yo también viví en Tucumán”. “¿No me digas?” Y empezó el tuteo. Aproveché y le recordé calles y plazas, el azúcar y el Aconquija. Y él me agregaba el calor y los carros de caña. Sonrisas y me dice: “Pasá, pasá”. Y yo pasé con la revista Para Ti debajo del brazo y las cartas adentro y casi me olvido de las valijas que el “tucumano” me alcanzó.
Ya en Barcelona entregué el Para Ti en una casa humilde donde sólo me entreabrieron la puerta y una muchacha me sonrió, recibió la revista y cerró la puerta. Los luchadores de siempre, los que sabían que podían terminar en el garrote vil de Franco, el fusilador de poetas. El militar que triunfó sobre la República con la ayuda de la Legión Cóndor nazi y las tropas fascistas de Mussolini. Y que envió la División Azul para ayudar a la guerra de Hitler. Ese verdugo, después de la guerra, va a ser ayudado por Estados Unidos, como siempre. Y la Argentina que le mandó trigo. Para él, no hubo un Nuremberg. Pero la historia no perdona. Y deja a los asesinos finalmente desnudos. En esta España de hoy hay cada vez menos monumentos al fusilador de poetas. Y justo esta semana cuando llego a Barcelona está la discusión sobre los archivos catalanes que Franco había ordenado trasladar a Salamanca cuando ganó la guerra civil. Allí le sirvió para la gran represión contra todos aquellos hombres y mujeres de Cataluña que habían combatido el fascismo católico de Franco. Pena de muerte o interminables cárceles para los republicanos fue el resultado.
Bien, Cataluña –con toda razón– exige la devolución de esos archivos y la derecha se niega. La discusión es profunda: los defensores de la libertad contra los adoradores del dictador. En estos días han salido artículos jugosos desnudadores de la perfidia y la permanente presencia de la muerte ordenada por el militar asesino. El jurista José María Loperena acaba de acusar al alcalde franquista (del partido de Aznar) de “retener en Salamanca los documentos y la correspondencia que los servicios de la policía política de Franco expoliaron a punta de pistola a las instituciones republicanas y a las familias de los vencidos”. En marzo de 1938 una docena de sicarios a sueldo de Serrano Suñer, ministro de Franco, requisaron todos los expedientes que remitieron a Salamanca, y encarcelaron a los funcionarios. Fueron muchos los republicanos asesinados merced a aquel macabro expolio. Porque, como bien se sabe, aquel expolio monumental se promovió al finalizar la guerra para identificar a “rojos separatistas”, y así poderlos fusilar. Se recogió aquella documentación para conocer al detalle la actuación de cada ciudadano durante la República. Fue una operación de selección y exterminio, un genocidio quese dirigió y controló desde Salamanca, la capital de los que se alzaron contra el orden democrático y sede del archivo del material requisado como botín de guerra.
La editorial de El Periódico de Barcelona señala: “El esperpéntico todo vale que anima al sabotaje de la devolución a Cataluña de los papeles de Salamanca requisados como botín para la represión tras la guerra civil no tiene fin”. Parece ser la palabra “esperpéntico” la que calza bien. El ensayista Reyes Mate lo repite: “La España profunda ha vuelto a dar la nota con el esperpento del Partido Popular de Salamanca contra el regreso de los papeles catalanes requisados por Franco”. Sí, es que parece esperpéntico ver a los viejos y nuevos franquistas arrodillarse ante los obispos negros para rezar por el alma del caudillo matador o poner flores ante los pocos monumentos que quedan del fusilador. Es que así como el pueblo español demostró todo su coraje en la lucha contra Franco y sus generales, luego no supo reaccionar a tiempo con la memoria. La política medrosa de Felipe González de no mirar hacia atrás hace posible que hoy todavía se quiera hacer valer al franquismo, el fascismo hispánico. Esa política del olvido fue adoptada en parte también por Alfonsín y Menem con sus leyes de perdones. Ahora, la Argentina está dando un ejemplo al mundo: no a la desaparición, no al robo de niños, no a la tortura, no al olvido.
Pero no miremos sólo para afuera. Los argentinos tenemos demasiadas cobardías históricas. Por ejemplo esto: llego a Cataluña y me entregan una nota de El País nada menos que sobre Joaquín Penina. El primer fusilado por nuestro dictador Uriburu, el 10 de septiembre de 1930, en Rosario. Cuando ese día todos huyeron y los milicos golpistas llegaron desfilando, el obrero Joaquín Penina, libertario, imprimió volantes en Rosario llamando a la resistencia contra el golpe. Y no sólo eso, sino que salió a la calle para repartir esos volantes. Mientras el presidente Yrigoyen se rendía ante el 7 de Infantería de La Plata, el obrero Penina daba la cara por la Libertad. Fue detenido y fusilado por el Ejército Argentino y por la cobardía de sus llamados demócratas.
Me informan que aquí, en Barcelona, se va a reimprimir el libro del rosarino Aldo Oliva, que es una biografía del primer fusilado por Uriburu. La reimpresión del libro va a ser financiada por la alcaidía del pueblo catalán de Gironella, donde nació el héroe del pueblo.
Lo esperpéntico de los argentinos es que jamás se hizo justicia con el obrero español fusilado por el dictador argentino y no sólo eso sino que le hemos hecho un monumento al fusilador en Balcarce. Sí, un monumento al autor del primer golpe militar, al traidor de la democracia. Una vergüenza argentina. Los gobiernos radicales y peronistas siempre miraron para otro lado. Y el monumento está ahí. Ciudadanos de Mar del Plata han iniciado una acción para terminar con esa vergüenza. La democracia argentina debería pagar su deuda con el obrero Joaquín Penina y levantar un busto a él en las barrancas del Saladillo, donde fue fusilado. Un humilde obrero español que había dado su vida por la libertad argentina. Un hijo del pueblo. Un catalán nacido en Gironella, tierras catalanas, más argentino que todos los militares golpistas y que los “demócratas” que huyeron ante el primer ruido de las botas.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/index-2006-02-04.html
Por Osvaldo Bayer
La íntima alegría: no hay olvido para aquellos hechos donde se trató de apagar el Derecho a balazo limpio en vez de aplicar los argumentos de la razón. La Semana Trágica de enero del ’19. Otro aniversario más, sí, cuántos años. Cuántos muertos por lo justo. No vamos a discutir ahora si fueron mil o seiscientos los obreros muertos. Lo triste, lo trágico es que se tergiversó todo, se hizo valer como siempre o, como casi siempre, la historia oficial. No eran ni “perturbadores extranjeros” ni “rusos” ni “terroristas” como los medios oficiales y del poder trataron de disfrazar el crimen. Eran obreros que querían tener los derechos de la dignidad y de la vida: las sagradas ocho horas de trabajo. Los panaderos y los yeseros ya habían conseguido –por su lucha– las ocho horas en 1898, los metalúrgicos, en 1919, todavía trabajaban nueve horas por día. Por eso la huelga y por el lugar de trabajo para los despedidos. Dignidad y Justicia. La respuesta del poder fue bala y más bala. Con los uniformados de siempre. Esta vez ya con la ayuda de los muchachos del barrio Norte, las guardias blancas, la llamada después “Liga Patriótica Argentina”. Salieron a matar “anarquistas, rusos, judíos y enemigos de la Patria”. Las calles de Buenos Aires quedaron teñidas de sangre obrera.
Pero el mismo gobierno represor tuvo que reconocer la injusticia y días después se les dio a los obreros lo que pedían. ¿Por qué entonces tanta violencia desde el poder? ¿Por qué además de los muertos, los 1500 obreros presos? La firma del ministro del Interior en las cláusulas de la solución del conflicto deja en claro que la razón estaba del lado obrero. Eso sí, esa razón se había pagado con sangre de los explotados. Pero luego de la matanza pasó a ser un tema del cual no se habla. Cuando muchos años después tratamos de que los terrenos donde había comenzado el drama –los de los establecimientos Vasena, que habían sido demolidos– pasaran a llamarse “Parque Mártires de la Semana Trágica”, justamente el dirigente Augusto Vandor se opuso y propuso llamarla “Plaza Martín Fierro”. Nombre que hoy lleva. Claro, del pasado no se habla porque estaban involucrados Yrigoyen, los radicales, el ejército y personajes de la “guardia blanca” que luego pasaron a ser próceres: Manuel Carlés, el Perito Moreno, el cura Miguel D’Andrea e, infaltable, el estanciero Martínez de Hoz, hijo de aquel presidente de la Sociedad Rural que recibió de Roca 2.500.000 hectáreas de la tierra donde vivían antes los pampas y los ranqueles, bisabuelo del murciélago que luego fue ministro de Economía de la dictadura de la desaparición de personas. Toda una estirpe familiar heredera del autollamado “liberalismo positivista” del roquismo.
Bien, esta semana se recordó a los obreros mártires de las ocho horas de trabajo. Entre las organizaciones que propiciaron el acto estaban la Federación Libertaria Argentina, la FORA –la más antigua de las organizaciones obreras– y la Biblioteca José Ingenieros. El culto de la utopía a través de la dignidad.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-61742-2006-01-16.html
Por Osvaldo Bayer
Desde Alemania
Los recuerdos me hacen acortar las distancias pero no estoy en el Plata sino en el Rhin y al leer las noticias de aquí me encuentro con un estudio que me hizo mirar hacia el sur y pensar: un estudio de Doris Schneyink y Jan Boris Wintzenburg, con datos de la Fundación Böckler (www.lohnspiegel.de), constata que el trabajador alemán cada vez tiene que trabajar más por cada vez menos dinero. Está detrás de él el fantasma de la desocupación, como siempre, cerca de cinco millones. Y en todo el mundo capitalista se encuentran cifras parecidas. Es el sistema. No hay aumentos, y si se amenaza con paros u otras medidas la respuesta es típica: “Bien, entonces la empresa se va a Hungría, a Polonia, a Rumania donde los salarios son increíblemente más bajos”. Sí, a pesar de que este año ha sido muy bueno para las empresas: desde la Vol-
kswagen a la Allianz han repartido el año pasado más de 18 mil millones de dividendos a sus accionistas. En cambio, se calcula que los 34,3 millones de trabajadores alemanes van a tener menos dinero en su beneficio. Otro año igual al 2004, cuando el trabajador promedio alemán perdió el 2,7 de su poder de compra. En una palabra: el trabajo cada vez se cotiza menos. En la DaimlerChrysler, un técnico de construcción de autos va perder –así se calcula– el 2,79 por ciento de su sueldo en el presente año, y a los ingenieros aeronáuticos se les pagarán menos bonificaciones, se ampliarán los horarios de trabajo y, en general, con respecto al sueldo ya se llegó a aceptar la “ronda cero”, es decir ninguna renovación de convenio, se seguirá con la misma tarifa. En donde sí hay crecimiento es en la inquietud de los obreros y en la mayor producción. La cantidad de aviones para los cuales se es responsable de la seguridad, se ha duplicado. Por supuesto, el argumento de las empresas es siempre igual: “En Alemania los costos salariales son demasiado altos si se comparan con el mercado mundial de trabajo. Y hay que mantener constantemente la competencia con esos mercados. No hay otra salida que rebajar los salarios”.
A pesar de que la contrapartida del estudio –publicado en síntesis por la revista Stern– muestra las enormes ganancias obtenidas por la mayoría de las empresas. La central de trabajadores alemana, la DGB, calcula que en dos años los salarios apenas han aumentado 1,3 por ciento, es decir, un tercio de lo que en realidad se firmó en los convenios de esos dos años. La suba más baja de la última década. En la industria metalúrgica hubo 459 empresas que pagaron menos de lo que los nuevos convenios establecían. Y nadie protestó. De acuerdo con la nueva norma: “Menos dinero, más trabajo”. Mientras tanto, la gente debió pagar para alimentos y demás necesidades un aumento general del 1,9 por ciento. Pero en otros rubros, por ejemplo, el seguro de salud, los aumentos fueron de más del tres por ciento.
Hay otra trampa: los contratos por menos horas, por días contados, con reducción por supuesto de salario. Sufre la estabilidad, aumenta el miedo. De pronto en Alemania hay 720.000 trabajadores con contratos de horarios reducidos y días contados. Los de contratos limitados han aumentado en cerca de 400.000. “La motivación se viene abajo y la frustración se eleva cada vez más”, dice textualmente el estudio. El alemán medio se ha vuelto ahorrativo. Esto ha llevado a que hasta el ministro de Economía, el conservador Michael Glos, haya exigido a las empresas una base más generosa en la próxima discusión de los convenios con la parte obrera. De acuerdo con el principio: menos se gana, menos se compra. Este principio parece no importarle a las grandes empresas que tratan de ahorrar principalmente en personal y que uno haga lo que antes hacían dos. Y entonces aportan el principio “ahora se paga de acuerdo al rendimiento de cada uno y no según el principio de la regadera”. “Hoy cada uno es el artífice de su propio sueldo”, es otro principio que se estágeneralizando. O este otro: “Sólo cuando yo rindo más, tomo más responsabilidades y llevo una utilidad concreta para mi empresa, entonces sí puedo exigir un sueldo más alto”. Es decir, los principios que valen en Estados Unidos se están globalizando cada vez más. No aquel que imponían los fuertes sindicatos europeos de décadas pasadas. Y se nota la tendencia: cada vez más los trabajadores se hacen representar por los de su especialización: por ejemplo, los pilotos, por la asociación Cockpit; los médicos de los hospitales, por los de asociaciones locales de cada nosocomio, no de todo el personal. Es decir, el egoísmo. A mí me interesan mis problemas y no los de los demás.
Qué ejemplo distinto es el que están dando todos esos trabajadores argentinos de Zanon o del supermercado La Toma de Rosario, y de tantos más que ocuparon sus empresas abandonadas y las hacen marchar ventajosamente dirigidas y administradas por ellos.
Pero ahora vayamos al otro rostro de la conformación social y económica de los mayores países del capitalismo. El insulto que significa la diferencia de sueldos. Lo que significa la falta de solidaridad con su sociedad. La absolutamente injusta repartición de la riqueza. Se ha publicado la lista de los altos sueldos en Alemania. Que es el modelo típico de todos los países del Primer Mundo. Por ejemplo, el titular de la empresa RWE, Harry Roels, cobra 1,03 millón de euros por mes, sí por mes. El presidente de la empresa de seguros, Michael Dieckmann, 392.667 euros por mes. El presidente del Deutsche Bank, Josef Ackermann, actualmente 840.083 euros por mes; el presidente de Siemens, Klaus Kleinfeld, 272.509 euros por mes; Bernd Pischetsrieder, presidente de Volkswagen, 219.290 por mes. Por mes. Claro, hasta a uno le da lástima y los compadece a estos increíbles personajes del poder y el egoísmo. ¿Por qué, qué pueden hacer con tanto dinero? ¿Comprarse casas, estancias en la Patagonia, acciones, hacerse servir como un emperador romano? ¿Y eso no trae obligaciones y peligros?
Claro, se puede aducir que esas son preguntas kantianas o directamente tontas. Porque dinero, es dinero. ¿Y la gente que se muere de hambre en el mundo, y los niños que deambulan con caras de cadáveres de debilidad con la mano abierta y extendida, y las escuelas que no tienen ni para tizas, y las madres solas de nuestras villas miseria? Pero no nos quedemos allí, vayamos a la otra cara de la estupidez de este mundo que nos da el capitalismo. Cuánto ganan los rostros que son página diaria de los medios de comunicación para hacernos olvidar el otro mundo, el verdadero mundo. Aquí va: Michael Schumacher, sí, “Schumi”, 4,83 millones de euros por mes. Sí, por treinta días. Su hermano Ralf Schumacher, piloto del Williams: 1,42 millón. Por mes. Más de un millón por mes. El as del club de fútbol Bayern Munich, Michael Ballack, 666.000 euros por mes; el arquero protestón del Bayern Munich, Oliver Kahn: 583.000 euros por mes; Felix Magath, entrenador del Bayern Munich, 183.000 euros por mes.
Está todo dicho. Hoy, los triunfadores de siempre viven como reyes celestiales de la humanidad sin importarles nada el derecho de los demás a la vida. Es el sistema regadera pero no para la sociedad sino para los que manejan todo: las finanzas, la producción, los medios, el maltrato a la naturaleza, los ejércitos, la bomba atómica. Son los dueños de la regadera y la usan sólo para regar su jardín.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-61675-2006-01-14.html
Por Osvaldo Bayer
¿Cuál es el verdadero fin de año?, se preguntaría un lector de estas tierras europeas hermosamente blancas de pura nieve. El lector alemán de estas comarcas mansas del Rhin leería primero en su diario: “Cierre de una iglesia; se convertirá en instituto de masajes”. Del alma al cuerpo. Ningún escritor exaltado de imaginaciones podría haber inventado esta realidad. Sí, la Iglesia Católica la ha vendido porque, primero, a ese templo ya no concurre nadie y, segundo, porque tiene graves problemas económicos. (No hace mucho, hablé de la venta de iglesias en Alemania y en todo el mundo. Ha proseguido esa tendencia. En la aldea de Linz, por ejemplo, de diez iglesias sólo siguen funcionando dos. No hay curas, no hay feligreses. Se calcula que en la próxima década van a cerrar 700 iglesias, casi todas en la zona del Norte de Renania y Westfalia, de mayoría católica. En la ciudad de Essen de un millón y medio de fieles quedan 940.000.) Pero la tapa de ese diario (General Anzeiger) trae como título “Mensaje de Navidad del papa Benedicto: ‘Os deseo a vosotros de todo corazón, que el cálido y comprensivo Dios os proteja siempre, os bendiga y os dé claridad’”.
Claro, el un poco confundido lector del mismo diario se preguntará –en voz muy baja, por las dudas– ¿por qué Dios de todo corazón, cálido y comprensivo Todopoderoso, permite que sus iglesias se conviertan de templos del alma en centros de masajes del cuerpo? Ya lo dijimos alguna vez: da pena que las iglesias se vendan y no se conviertan en grandes centros de debate de cómo hacer para buscar soluciones a los tremendos males que sufre el ser humano. El hambre, la muerte infantil, el desprecio que significa el hombre sin trabajo, los emigrantes que cruzan fronteras prohibidas para poder trabajar y mantener a sus familias, las guerras cada vez más feroces, la tortura ya oficializada. Ir solucionando esos problemas mediante el debate sería crear al verdadero Dios, el de la infinita bondad. No esperar el cielo para gozar porque no nos daría ninguna tranquilidad ni sosiego ver desde arriba cómo sufren los de abajo. Los intérpretes prácticos de la vida diaria señalaron que aquella vez se eligió al Papa polaco porque sólo un polaco era capaz de hacer caer el comunismo. Y sostienen que no se equivocaron los que aconsejaron eso ya que el verdadero artífice que le dio el empujón más fuerte al comunismo fue el papa Wojtyla. La pregunta de siempre es: bueno, sí, pero qué nos dejó ¿Bush? ¿Que ahora en Rusia haya multimillonarios que compran equipos de fútbol enteros? Pronto jugadores porteños formarán el “Moscú Fútbol Club” o el “Siberianos Unidos”. Ya hay “conversaciones” como suelen decir los cronistas deportivos.
Ahora se dijo que se eligió a un Papa alemán con el objetivo de entusiasmar a los católicos de este país para que vayan a misa los domingos y entonces Alemania podría volver a ser el país católico que más dinero da a la Santa Sede de Roma.
Se nos ocurre que las soluciones no son ésas. Es verdaderamente deplorable que la Iglesia no haya logrado ninguna de las metas que marcó Jesús. Pero que puede llegar a obtenerlas si aprende de la historia y no se encierra en cenáculos teológicos exclusivos o en estructuras donde lo único que vale es la voz de mando del Papa o del obispo.
La Iglesia Católica tiene que preguntarse, para detener esta silenciosa pero indiscutible pérdida de prosélitos, cómo, por ejemplo, la sociedad se fue reformando y tuvo que finalmente permitir como horario máximo para los obreros las sagradas ocho horas de trabajo. Las obtuvieron ellos saliendo a la calle con la protesta y el coraje, no yendo a rezar a la iglesia.
Quienes se dieron cuenta de que la Iglesia iba a perder si continuaba con el argumento de la infinita bondad de Dios o que hay que ser fiel a Él y solamente a Él y a su Madre Virgen, fueron los llamados curas del TercerMundo. Verdaderos mártires de la solidaridad, pero de la verdadera solidaridad, la de los hechos, el lograr justicia y vida aquí en la tierra. Y también hubo y hay obispos con el mismo pensamiento. Muchos fueron muertos por los militares, gendarmes y policías de siempre. La Iglesia oficial tendría que abrirse y todos los años recordar con grandes manifestaciones el día en que esos verdaderos Hijos del Pueblo fueron asesinados. No elegir encerrados y en secreto a un nuevo Papa sino que éstos sean elegidos en asambleas de los pueblos. Nos imaginamos qué pasaría si la Iglesia Católica argentina iniciara una marcha convocatoria a todos sus fieles, de peregrinaje a la Plaza de Mayo para exigir como principio fundamental de la democracia una vida digna para todos los niños argentinos invirtiendo en trabajo para todos los padres. Comedores infantiles en vez de más policías, sueldos dignos para los docentes en vez de militares. Me imagino Papas como Angelelli o De Nevares. No sólo hablaban sino que Hacían.
Cuando la Iglesia Católica tuvo a esos hijos naturales que fueron los de la Teología de la Liberación, tendría que haberse dado cuenta y pasar de la plegaria a la acción. Fue un aviso que respondió a las necesidades de la época y de su futuro. En vez de eso, retrocedió. No vamos a negar los buenos deseos y palabras del papa Wojtyla y hasta de Ratzinger, pero ahora falta llevar a la realidad esas palabras. La acción. Sí, no violenta, pero poner la cara y decir esto no va más. Se están muriendo todos los días de hambre niños en la Argentina, el país de las mieses de oro.
El obispo de Paderborn acaba de decir: “Nos dejamos fascinar más por la oscuridad que por la luz”. Bien, señor arzobispo, prenda entonces la lamparita: en vez de rezar a oscuras, salga a la calle a la luz del día e invite a su pueblo a salir a la calle: los diarios alemanes acaban de publicar que pese a los cinco millones de desocupados, las empresas anuncian nuevos despidos: Telekom cesanteará a 32.000 empleados; Opel, a 9000; Karstad-Quelle, a 5700; Walter Bau, a 3000; Deutsche Bank, a 1920; Agfa Foto, a 1700; IBM, a 1600; Ford, a 1300, etc. etc. etcétera.
Pero, ¿cómo? ¿No era que todo iba a quedar resuelto con el capitalismo? Es hora pues de que, sobre la base de las enseñanzas evangélicas, se busque la justicia deseada y se muestre una visión del cambio de la sociedad actual con el basta a todas las violencias, siempre iniciadas por el deseo de más poder.
Sí, la Iglesia perdió un hermoso tiempo y una magnífica oportunidad. Ayudar con toda su fuerza a resolver los problemas de violencia de las sociedades. Ayudar a construir el camino al paraíso en esta misma tierra. Esto me hace recordar la lección que le impartió un humildísimo curita capuchino argentino a aquel cardenal que supimos conseguir, monseñor Aramburu, obispo del orden establecido y sus castas. El curita se llama Antonio Puigjané. El cardenal le ordenó al curita retractarse porque había criticado a la dictadura militar de Videla. En vez de retractarse, el padre Puigjané le contestó que le iba a decir la verdad, toda la verdad. Y se lo dijo. Se explayó acerca de la conducta triste y colaboracionista de la Iglesia para con el régimen de desaparecedores de personas. Le escribió (textual): “La muerte que por miles fue sembrada entre lo mejor de nuestra juventud fue obra evidente de quienes vieron peligrar sus privilegios. No se dudó en usar los métodos represivos más monstruosos con tal de aniquilar todo lo que hubiera podido dar unidad y fuerza a nuestro pueblo. No se quiso aniquilar a la guerrilla (ello fue sólo una ocasión bien explotada) sino a un pueblo pobre que comenzaba a tener un poco de conciencia de su dignidad y de sus derechos. Una vez me fui a conversar con vos, obispo hermano, y tras larga charla me dijiste que todo lo que estaba haciendo yo a favor de las Madres era antievangélico”. Más adelante le expresa: “No te ha gustado que confesase, con dolor y vergüenza, que hemos sido cómplices, especialmente la jerarquía de la Iglesia, de los crímenes horrendos del proceso contra nuestro pueblo. Los familiares de desaparecidos nos creen muchísimo más culpables que a los mismos militares, a los hombres de la Iglesia, en especial a ustedes, los obispos. Ustedes, no se jugaron”. Y continúa: “Vos mismo, hermano obispo, al no recibir nunca a las Madres de Plaza de Mayo, al prohibir misas por los desaparecidos, al decir que muchos desaparecidos estaban paseando por Europa... ¿sabés cómo se frotaron las manos los desaparecedores?” Esto lo dijo el padre Antonio Puigjané, un cura del pueblo.
Con curas católicos como éste, la iglesia de los Redentoristas de Hennef, que hoy sirve a un instituto de masajes, y lleva el nombre de “Wellness oasis” (Oasis del sentirse bien), se llamaría “Comedor de niños, madres solteras y abuelos solitarios”.
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Por Osvaldo Bayer
El Poder es el enemigo número uno del Derecho. Propiedad significa Poder. Más Poder, menos Derecho. Poder es violencia latente. El filósofo alemán Alexander Demandt lo explica con un ejemplo histórico. Dice que en el siglo XVI a.C., durante la guerra del Peloponeso, apareció Alcibíades con la poderosa flota de Atenas frente a la pequeña isla de Melos. Melos era una ciudad dependiente de Esparta, pero siempre había conservado una estricta neutralidad. Los guerreros atenienses exigieron a los habitantes de Melos entrar a su favor en la guerra contra Esparta. Los habitantes de Melos se negaron. El enfrentamiento que se originó lo ha descrito Tucídides en su “Diálogo de Melos”. Es la primera discusión fundamental en la literatura europea acerca de la relación entre Poder y Derecho. Los atenienses representaron el punto de vista del Poder con argumentos de la razón de Estado. Sería ventajoso para ellos mismos tener a los habitantes de Melos como aliados federales y ventajoso también para los habitantes de Melos aceptar esta situación, porque de otra manera serían destruidos. En cambio, los de Melos les reprochaban a los atenienses actuar como jueces de su propia conducta. Y que sería indigno para los atenienses destruir una débil ciudad. Si Melos aceptaba el dictado de Atenas, sería indigno de sacrificar así su autodeterminación.
Pero –prosigue Demandt– el Derecho sólo vale entre iguales. Entre no iguales reina el Derecho del más fuerte. Los habitantes de Melos fueron derrotados y eliminados.
El Poder, en la Historia, eliminó el Derecho cuando lo creyó conveniente. Hitler adujo razones de Estado para atacar Polonia y para su criminal política racista. Bush adujo razones de Estado, de la seguridad de su país, al atacar a Irak. Nuestros liberales positivistas del tiempo de Roca adujeron razones de seguridad para su Campaña del Desierto, mataron a sus poblaciones originales o las esclavizaron y se quedaron para siempre con las tierras. Propiedad como resultado final de la Violencia. Los panegiristas de Roca señalan que este militar trajo el progreso. El progreso de quién, cabe preguntar. ¿Para el estanciero Martínez de Hoz, que recibió 2.500.000 de hectáreas, y para el propio Roca, que como botín de guerra recibió la estancia “La Larga”? ¿O para los pampas y ranqueles que fueron enviados como esclavos a Martín García, o a cosechar el azúcar a Tucumán, y a sus mujeres como sirvientes de las familias de militares o del barrio Norte y a los niños indios como mandaderos? Pero no nos quedemos en la Historia, volvamos al presente.
Salta. Ha llegado a Buenos Aires una delegación de familiares de los muertos de las represiones últimas. Rostros bien de la tierra, tristeza infinita. Además de la muerte de sus seres queridos, la injusticia y, si insisten, el palo policial o de los gendarmes. El Poder absoluto sobre todo Derecho. Vienen aquí porque allá son todos sordos, empezando por la Justicia. Un viaje de centenares de kilómetros para que la opinión de la República se forme un concepto de la verdadera situación.
Es una historia de la negación. Hay jóvenes obreros muertos a balazos por las tropas de represión de siempre y una Justicia que no encuentra culpables. Hay muertos, pero somos todos inocentes. Claro, las víctimas son siempre los de abajo. ¿Por razones de Estado? Y estos familiares vienen hasta Buenos Aires porque no se rinden, sólo piden Justicia. Vienen para que la Procuración de la Nación agilice la investigación de las causas de homicidios, torturas y vejaciones producidas en las represiones policiales y las fuerzas de seguridad en la localidad de General Mosconi, Salta. Para que se individualice a los autores materiales e ideológicos de los delitos cometidos y a los partícipes y encubridores tanto del Estado nacional como de la provincia y los responsables de las empresas petroleras. Son parcos al hablar, manos laboriosas y tal vez la primera vez que bajan a Buenos Aires: Primitiva Ruiz, Jesús Barrios (mujer pese al nombre), Urbano Santillán, Pepino Fernández (representante gremial) y la abogada Mara Puntano, quien siempre está en primera fila en la defensa de los derechos humanos de los salteños de abajo. Todo comenzó, claro está, con Menem y la aplicación de sus políticas estatales neoperonistas, o mejor dicho, neoliberales. Privatización de YPF; lo que trajo como consecuencia una altísima tasa de desocupación, sumándose la falta de pago de las indemnizaciones a los ex trabajadores, la depredación del medio ambiente por las petroleras multinacionales, la contaminación de las aguas por los residuos tóxicos a cielo abierto y la aparición de enfermedades de todo tipo en la población. Contra eso, el arma de los trabajadores: la protesta en las calles. Y crearon la Unión de Trabajadores Desocupados. La respuesta fueron las represiones más cruentas de la República durante la democracia antes de los crímenes de Santillán y Kosteki. En mayo del 2000 la represión policial dejó un saldo de decenas de detenidos, hombres, mujeres y niños –criollos y aborígenes, todos– torturados y vejados y la muerte de los jóvenes Alejandro Gimes y Orlando Justiniano, de 19 y 20 años de edad. Los dos fueron fusilados por personal policial mientras alzaban leña para prender fogatas en la ruta. Los cuerpos de los jóvenes abatidos fueron llevados a la provincia de Jujuy y arrojados en la ruta. Entonces, la Justicia salteña se declaró incompetente y la jujeña ordenó el archivo. Por su parte, la policía mató de un balazo en la cara a Aníbal Verón, en una manifestación de obreros cesantes de una empresa de un pariente del gobernador Romero. Seis meses después fueron asesinados por francotiradores de la Gendarmería Carlos Santillán, de 27 años, y Oscar Barrios, de 17 años. El gendarme estaba apostado en los tanques de petróleo de la empresa Refinor, y de allí le disparó. El mismo día fue asesinado Oscar Barrios, que formaba parte de una procesión para pedir por el cese de la represión. En ambos muertos, las balas usadas fueron las de cono truncado, prohibidas internacionalmente para “disuadir” a la población civil. El mismo día fue baleado también Ramón Dorado, de 17 años, que participaba de otra procesión, por gendarmes desde los altos de la empresa Refinor. Una bala le impactó en la columna vertebral y el adolescente quedó con paraplejia espástica. Amén de otros heridos.
Todo fue declarado ante la Justicia Federal. Pasaron años y ninguna respuesta, el silencio. Jamás fue detenido ninguno de los autores uniformados ni reparados los daños materiales y morales.
Creemos que no sólo deben actuar ya las autoridades nacionales, sino también la Justicia. Los intelectuales peronistas tendrían que salir a denunciar este estado de cosas en una provincia gobernada por el peronista Romero. Se trata de víctimas del pueblo.
Pero volvamos al Sur. Ha llegado a nuestro país un joven mapuche: Pascual Pichún Collonao, de 23 años. Ha cruzado la cordillera para pedir refugio en la Argentina. Este hecho nos debe enorgullecer. Porque viene aquí a buscar Libertad y Justicia, ya que en Chile se le aplicó la llamada “Ley 18314, sobre conductas terroristas”, nada menos que del tiempo de Pinochet. El joven, si fuese un terrorista, no se hubiera presentado ante las autoridades argentinas del Cepare, que trata el problema de los refugiados políticos. La acusación es típica: se opuso con su padre y su hermano contra empresas forestales que destruyen la ecología de la zona de Temuco. Por supuesto, como se hace siempre desde el Poder, se inventan delitos, y se los condenó a ocho años de prisión. Pascual no lo ha aceptado y desde aquí va a luchar por la libertad de sus familiares y el respeto al paisaje que los mapuches siempre han defendido. Parece mentira que el llamado gobierno “socialista” de Lagos se base en leyes del más cruel de los dictadores que sufrió su país. Es que, como siempre, parece que uno de los socios de las industrias que se están aprovechando de la naturaleza es miembro de ese gobierno. Los organismos de Derechos Humanos van a defender a Pascual como si fuera –y lo es– un luchador de la tierra americana. Y el llamado va también a quien va a ser la primera presidenta de Chile, para que declare como primera medida la total amnistía de la familia Pichún. Así se traerá verdadera democracia: limitar el Poder para dar más Derecho a las pobladores. Y no dejar una vez más que el Poder se convierta en eterna Violencia latente.
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Por Osvaldo Bayer
Sí, es cierto. Aunque nadie lo crea. El coronel argentino Juan Jaime Cesio fue descalificado por falta gravísima al honor con accesoria de pérdida del uso del grado, título y uniforme, por la dictadura militar de la desaparición de personas. La medida la tomó el general Bignone, sí, aquel que cerró el período de la infamia. Para vergüenza de la democracia argentina, esa medida sigue siendo válida. Por qué tan drástica medida militar contra él, se preguntarán todos. Porque el coronel Cesio acompañó a las Madres de Plaza de Mayo en una de sus marchas y declaró durante la dictadura que “bandas integradas por militares habían usurpado el gobierno” y que con “el mendaz propósito de combatir la subversión, cometieron delitos aberrantes, como el secuestro, la tortura y el asesinato de miles de personas”.
Es decir, el coraje de decir la verdad justamente en esa época, donde el casi ciento por ciento de los uniformados se callaron la boca y miraron para otro lado. Que la resolución la haya tomado el general Bignone no es para sorprenderse. Pero lo increíble y vergonzoso es que la democracia que nació en diciembre de 1983 también mirara para otro lado. De eso no se habla.
Hoy, Cesio sigue sufriendo la tremenda medida disciplinaria de la dictadura. Es decir, el héroe, en la Argentina, es el culpable. El dictador de manos manchadas de sangre es el juez. Y los demócratas aceptamos todo eso. Es absurdo. Infamante. Triste. Bussi, el peor de los asesinos uniformados, gobernador y legislador en la democracia. Patti, el del tiro en la nuca de los prisioneros, intendente y diputado. Cesio, valiente a toda prueba en defensa de los derechos humanos, denunciante de los crímenes del poder, condenado de por vida por “deshonor e indecoro militar”, pese a las presentaciones por escrito que realizó en todos los gobiernos democráticos después de la dictadura. La primera medida que debería haber tomado Alfonsín era restituir el grado y anular el castigo a este valiente oficial. ¿Qué hicieron los ministros de Defensa, los legisladores, los presidentes de la Nación después de 1983? Se callaron la boca, miraron para otro lado, mandaron archivar. De eso no se habla. Por algo será.
¿Qué habría pasado en la Alemania después de 1945 si se hubieran mantenido las resoluciones de Hitler contra precisamente los héroes de la resistencia antinazi? Impensable, porque no sucedió nada de eso. No, esto es algo bien argentino. El no te metás. Total, defendió a esas viejas del pañuelo blanco, acusó abiertamente a sus colegas torturadores uniformados en vez de callarse la boca. Ahora, que se joda.
Pero es más. Cuando hizo esas declaraciones justas y valientes se le inició un sumario por “deshonor e indecoro militar”. Así que denunciar la desaparición de personas era (y es) indecoroso para nuestro militares. Se pidieron para el coronel Cesio seis años de prisión mayor. Lo increíble del caso es que el juicio terminó con el sobreseimiento del acusado. Pero de inmediato fue enjuiciado nuevamente por otro fuero, con lo que se violó el principio de cosa juzgada. Finalmente, el llamado Superior Tribunal de Honor del Ejército –Honor de desaparecedores– le impuso, el 7 de noviembre de 1983, la más grave de las sanciones previstas. Repetimos: “Descalificación por falta gravísima al honor, con la accesoria de privación de su grado, título y uniforme”. Matar, desaparecer, robar niños, torturar a mujeres embarazadas, tirar al mar a seres humanos vivos, no era delito. Denunciar esos hechos, sí. Fue condenado apenas un mes antes de que Alfonsín asumiera el poder democrático. La condena está firmada nada menos que por el general Cristino Nicolaides, un colaboracionista del crimen, del secuestro y la desaparición, en el decreto 3146 del 30 de noviembre de 1983. Que sigue todavía firme, a pesar de que han pasado 22 años de democracia.
En 1991 denuncié en el film Panteón Militar, documental que hice con el director alemán Frieder Wagner, que el retrato del desaparecedor Videla estaba nada menos que en la sala de cadetes del Colegio Militar. Mi denuncia no fue considerada por ninguno de los presidentes de la Nación ni por los ministros de Defensa ni por el general Balza, hoy premiado como embajador. Sólo el presidente Kirchner reaccionó y ordenó bajar el ignominioso retrato. Habían pasado trece años de mi denuncia y 21 años de democracia.
Pero volvamos a Cesio. El Tribunal Militar, para condenarlo, sostuvo nada menos que “el coronel Cesio con esa actitud intelectual privilegia equivocadamente su condición de ciudadano sobre la militar”. La frase lo dice todo. Habría que enseñar en los institutos militares que siempre hay que privilegiar la condición de ser humano sobre algo que se califique de “militar”, que se utiliza para disculpar hasta el crimen. Humanidad y democracia deben estar por encima de todo y el militar debe negarse a cumplir cualquier orden que arrase con esos principios. La resolución del totalitario Tribunal de Honor de las Fuerzas Armadas señala que “esta resolución comprende aquellas faltas que pongan de manifiesto una total carencia de honor, lo que implica la descalificación del imputado como persona de honor”. Defender la vida, para esos uniformados, era carecer de honor. Qué humillación para el ser argentino, qué humillación para el Libertador San Martín. De Ejército Libertador a Ejército de la Desaparición. Menéndez, Suárez Mason, Galtieri, Massera, Astiz.
El senador Hipólito Solari Yrigoyen y el diputado Alfredo Bravo presentaron proyectos para la rehabilitación de Cesio. No fueron ni siquiera tratados por las comisiones respectivas. La falta de coraje civil. Mejor hacerse el sordo. También Cesio le envió una carta a Menem, cuando era presidente. Jamás le contestó. Estaba en otros temas de más importancia para su concepto de democracia y sus verdaderos fines.
El coronel Cesio, en 1973, fue secretario general del Ejército, del comandante general Jorge Raúl Carcagno, aquel que en la décima Conferencia de los Ejércitos Americanos denuncia la llamada “Doctrina de la Seguridad Nacional”. Se abría una esperanza liberadora, que pronto quedó trunca.
Ante la condena del coronel Cesio, el director James Neilson, del Buenos Aires Herald, el 15 de noviembre de 1983, escribirá un artículo en el que señala: “Muy difícil sería encontrar una prueba más impresionante de los efectos profundamente corruptores del poder sobre las instituciones militares y los hombres involucrados en ellas que el suministrado por este lamentable episodio, revelador del inmenso daño infligido no sólo al país sino a las mismas fuerzas armadas por decenios de régimen militar directo o indirecto. Se ha perdido la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, entre lo que es honorable y lo que no lo es y la de haber instituido un código de silencio, que lo subordina todo al ocultamiento de la verdad no sólo de los extraños sino también de los militares que temen enfrentarla”.
En octubre pasado, Juan Jaime Cesio –fundador del CEMIDA, Centro de Militares para la Democracia– fue invitado al Encuentro de Militares para la Paz y la Democracia de Chile, donde se habló acerca de la ética del oficio de las armas y seguridad e integración regionales. El encuentro culminó con el festival “Mil Tambores por la Paz”. En su trabajo, “La Pax Militar”, Cesio comienza diciendo: “Si vis pacem para bellum (si quieres la paz prepárate para la guerra) orientó el pensamiento de políticos y militares al principio del siglo XX y más aún en los anteriores: un país estaba mejor preparado para defender su soberanía o emprender una acción ofensiva en la medida que aumentara y modernizara recursos bélicos, recursos que disuadirían al presunto enemigo o lo llevarían a la derrota. Razonamiento indiscutido en épocas en que la defensa o conquista de un país era oficio exclusivo de guerreros o así se lo creía. En los tiempos que corren, la divisa es o debiera ser: si quieres la paz, prepárate para la paz”. “Los militares –agrega– sirven a la democracia en su profesión y se integran a su país como ciudadanos. Como militares obedecen, como ciudadanos hacen uso de las libertades que la Constitución les otorga, a la que defienden en todos sus órdenes; de entre ellos, el de velar por la paz.” Es decir, todo bien distinto al pensamiento de los represores Bignone y Nicolaides.
En su escrito, Cesio propone: “Se podría comenzar con tratados internacionales de desarme. Es insensato que en los presupuestos se destinen a la compra de armamentos recursos que servirían para paliar la desnutrición y cuidar la salud, entre tantas necesidades impostergables que nos conmueven. La tenencia de armas por parte de los ciudadanos debe ser restringida y ni siquiera debe aceptarse las que los niños usan para JUGAR”. Con respecto a las dictaduras establece: “No pocos pueblos de América latina han sido flagelados por los golpes de Estado militares a los que llamaron revoluciones cuando en verdad fueron involuciones. Aunque ninguno causó mayor daño y espanto que la última dictadura militar argentina. Los represores –que no solamente mataron y torturaron, sino que también se enriquecieron escandalosamente– ganaron la que llamaron guerra pero perdieron la paz porque se valieron del terrorismo de Estado. El Estado es el único que tiene el derecho de ejercitar la violencia e impone esta potestad tal exigencia ética, que resultan desde todo punto de vista abominables las acciones consumadas sin el debido encuadramiento legal”.
Cesio, uno de los pocos militares que le dijo no al crimen y al secuestro. La pagó muy caro: veintidós años de tristeza, injusticia y de la quita de sus derechos, a través de restos del poder del crimen y la impunidad.
Ojalá que la nueva ministra de Defensa devuelva el derecho y termine con la injusticia de la violencia castrense que tanto mal hizo a la República.
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Por Osvaldo Bayer
La gente no se rinde. Sí, sí, aquello del espontaneísmo de las masas. Pese a que en las elecciones le hacen elegir entre dos candidatos sonrientes, la gente se pone a construir por iniciativa propia. Me gusta caminar por el barrio. De pronto me llaman unos alumnos del Normal 10 porque quieren “discutir temas”. Abro la boca de sorpresa. O me invitan a la Casa del Pueblo de allá, de la calle Galván y Congreso. Han venido mapuches, me dicen. Dos mujeres y dos hombres. Nos enseñan sus instrumentos musicales, todos hechos con productos de la naturaleza, y tejidos, trabajados por las manos de las mujeres. Pero además presentan un libro: Voces indígenas de la Patagonia. La autora es una periodista danesa que ha estado con ellos recorriendo esas soledades. Pero no sólo trae sus impresiones sino también los documentos que va produciendo el Consejo Asesor Indígena. Con esa paciencia y calma que los distinguen, escriben verdades. Por ejemplo, leo: “Con la llegada del hombre blanco a nuestras tierras comienza el proceso más violento de la desarticulación de la armonía del hombre con la naturaleza. Junto a las pestes, a las enfermedades, llegaron valores y principios desconocidos para nuestros pueblos: la avaricia, el individualismo, la acumulación de poder y riqueza a costa del sufrimiento de muchos. De la mano de la espada y la cruz, nos impusieron dioses e idiomas desconocidos que nada tenían ni tienen que ver con la cosmovisión de los pueblos originarios”. Y agrega: “De la mano del Remington, la cruz, el alcohol, se masacró a millares de mapuches, se arrasó e incendió tolderías, se apropiaron de nuestras mujeres y niños para trofeos de las familias ricas, se puso precio a las tetas de nuestras hermanas y a las orejas de nuestros hermanos. Se condenó a nuestro pueblo a refugiarse entre los pedreros cordilleranos, mientras nuestro territorio quedaba en manos del conquistador”. Y luego se expresa la esencia de lo que hubiera sido un encuentro, que no fue: “Como parte de la naturaleza, sabemos que en la diversidad está la fuerza, en la unión y el respeto de lo diferente está el futuro, pero no sobre la base del olvido y la mentira”.
El gobierno español señaló a los quinientos años de la conquista que a los hispanos los había llevado a América el ansia de distancias. Eduardo Galeano contó palabra por palabra de los documentos de Colón, donde emplea 159 veces la palabra oro y 35, la palabra Dios. Oro, oro, oro. El ansia del oro y no de las distancias. El estanciero Martínez de Hoz recibió del conquistador Roca 2.500.000 hectáreas cuadradas de las mejores tierras. Las armas de la Patria. Su bisnieto fue ministro de Economía del general Videla. Viva la Patria, carajo.
El padre Fagnano, al terminar la campaña de Roca, escribirá: “Ahora los indios tendrán trabajo y religión”. Es decir: salvaron sus almas. Roca los llevará de esclavos a Martín García y a los cañaverales tucumanos. A las “chinas” las entregará a las familias de militares y a gente de bien como sirvientas. Los indiecitos de la chusma, adjetivo de Roca, fueron repartidos como mandaderos. Así tuvieron trabajo y religión. La cruz y la espada.
Pero ya estamos en otra Patagonia. Esquel no se rindió. Un ejemplo histórico. Le dijeron no al oro. Esta vez la conquista del oro venía con cianuro. No con la cruz y la espada. Pero el pueblo dijo que no. Asambleas populares, verdadera democracia de raíz. Y bien, un periodista de allá acaba de editar un libro sobre esa epopeya popular: Esquel y su No a la mina, de Juan A. Souza. En la tapa está el lema: “El agua vale más que el oro”. Un manual que servirá ahora para limpiar de cianuro a Ingeniero Jaccobacci y a Andalgalá. Esta vez, la Patagonia Rebelde triunfó.
Pero lo que entristece mucho es la brutalidad disimulada que debemos combatir con toda nuestra fuerza. Lo vemos a cada paso y es una herencia de muchas décadas. Fuerzas policiales que actúan como asaltantes, hasta de ancianos, tratos indignantes al civil que siempre es considerado sospechoso. Voy a relatar un caso, el cual me consta y que ya es tratado por nuestros organismos de derechos humanos. He aquí el acta de un grupo de jóvenes víctimas de la triste experiencia: “El viernes 4 de noviembre, nos encontrábamos, junto a un grupo de amigos, en la estación de trenes de Mar del Plata, aguardando la salida del tren que partía a las 23.30. Teníamos los pasajes ya adquiridos y la estación era uno de los lugares en los que se podía permanecer. La mayoría de los comercios, lugares de alojamiento, etc., se encontraban cerrados. La guardia policial, que ya estaba apostada en la estación desde temprano, empezó a obligar a los comercios a cerrar a las 18.30. Mientras esperábamos, llegaron a la estación dos móviles celulares de la Policía de la Provincia. Se nos acercaron y nos ordenaron ponernos contra la pared. Revisaron nuestras mochilas y todo lo que llevábamos encima. Sin encontrar nada, nos obligaron a subir a un vehículo para presos. Uno de nosotros preguntó el porqué de nuestra detención y la respuesta fue: ‘Por averiguación de antecedentes’. Al subir a esa cárcel rodante comenzó el maltrato generalizado. Nos obligaron a agachar la cabeza, a poner las manos hacia atrás, a mantener silencio. A la mínima resistencia de un detenido, los policías lo golpearon. El vehículo arrancó entre amenazas verbales y maltratos. Nos obligaron a permanecer en silencio mediante gritos y uno de ellos dijo: ‘De ahora en más van a dormir todo el viaje’, y arrojó un artefacto explosivo hacia nuestra área. Luego cerró la puerta que separaba a los detenidos de la policía. La bomba explotó y cuando el sonido ensordecedor cesó, se escucharon las carcajadas de los policías. Después comenzó una requisa en la que nos despojaron de todos los objetos de valor: dinero, documentos, teléfonos celulares, vestimenta. Esos objetos jamás lo volvimos a ver. Bajamos con la cabeza mirando al piso y con las manos a la espalda, y comenzó la segunda fase del proceso, que consistió en una nueva requisa y amenazas. Antes de encerrarnos en celdas nos hicieron cumplir con un circuito de controles: averiguación de identidad, datos familiares, sala interrogatoria, medir, pesar, fotografiarnos, averiguar por nuestras tareas cotidianas, nuestros sobrenombres, huellas digitales, control médico, requisa de nuestras pertenencias. De pronto se escuchó una voz que dijo a posibles testigos: ‘Los detenidos van al sector de presos comunes; si algo les sucede, como golpes, violación o si los matan, es pura responsabilidad de los presos comunes’. Y ahí, sin darnos ninguna explicación, nos encerraron en las celdas. Gracias a la intervención de los abogados de derechos humanos, periodistas independientes y el fiscal, logramos una pronta recuperación de la libertad. A las 6 de la mañana nos trasladaron a la terminal de ómnibus y de allí nos expulsaron. Ninguno de nosotros había estado en los disturbios, ni cometido roturas o agresiones. Ni siquiera habíamos marchado. Algunas personas fueron detenidas mientras miraban el mar y en la ausencia de testigos fueron golpeadas y se les plantaron ‘pruebas’ (piedras) en sus mochilas”.
Procedimientos policiales en vez de perseguir a los verdaderos provocadores. Además, es la actitud policial para demostrar su poder. Lo dijimos en 1983: al entrar la democracia había que cambiar todos los profesores de las academias policiales y militares. No se hizo. Seguimos con una policía y un ejército educados por los docentes de la dictadura.
El mismo defecto ha demostrado la Iglesia en su último comunicado, cuando critica a quienes no han censurado a la guerrilla. Los señores obispos quieren poner en el mismo plano a héroes del pueblo como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, el Paco Urondo, con asesinos desde el poder como el general Menéndez, el comisario Patti, el general Bussi, el general Camps: torturadores, secuestradores de niños, asesinos masivos, bestiales autores de la desaparición de personas, la muerte argentina. Es lo mismo que el procedimiento policial: hacer recaer la culpa en los que lucharon por una sociedad mejor. Pegan el grito en eso para desviar la atención de los verdaderos criminales. Como el tero.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-59405-2005-11-19.html
Por Osvaldo Bayer
Alguna vez soñamos con un gran encuentro de los pueblos de América. Con grandes desfiles de hermosas muchachas llevando guirnaldas de flores moviéndose a ritmo de danzas. Coros de niños en las esquinas que terminaban en saltos y vivas. En hombres jóvenes con palas y picos que marchaban para construir.
Pero la realidad es otra. Mar del Plata, hoy. Mar del Plomo. Todo es uniforme. Hasta se ha tratado de ajustar los cuerpos femeninos con pantalones y chaquetas que montan palos y cartucheras. Las mentes cerradas del pecado y del castigo han llegado a encerrar ese anuncio de la generosidad maternal enlatándolo en la amenaza. Todo es mirada de amenaza. Cómo se llama, de dónde viene, adónde va. Identifíquese. Documentos. Todo es vallado, obstáculo, impedimento, sospecha. Pecado. El arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, vigila. Todo somos malos mientras no se compruebe lo contrario. Todos protegemos a Bush. Bush, Bush, Bush. Hasta las arenas de las playas son vigiladas por un submarino que prepara sus armas ante cualquier cangrejo. El caracol y sus laberintos son sospechosos. Somos todos terroristas. Autos blindados. Se atraen nubes para tapar el sol. Desde las azoteas de los hoteles para ricos se vigilan las lomas por si aparece algún piel roja o un mapuche. La única que tiene flores es la estatua del gran Julio Argentino Roca que cuida de nosotros. Se ha logrado, por fin, la unidad americana. Extrañamos a Pinochet, Videla, sí, sí, sí, y a aquel Onganía.
Ni flores, ni muchachas con flores por las calles ni coros de niños. Esta vez sí, CIA, Servicios, Montada, Infantería, vigilantes, agentes, guardianes, detectives privados, claro está, pesquisas, comisarios, cabos, sargentos, oficiales, oficiales primeros, guardia civil, aduaneros para que vayan aprendiendo del futuro, mariscales, largavistas, calibres.
Argentinos a sus cosas. Futuro Bush.
Pero la Cumbre de los Pueblos. De los Pueblos. El nombre lo dice todo. Chacareras, milongas, zambas, pasar de las penas son de nosotros las vaquitas son ajenas a las alegrías son latinoamericanas las vaquitas son de todos. Voces con plumas y ecos de serranías sin fin y de playas con peces dorados y botes con guirnaldas. De uniformadas con palos y cartucheras a cuerpos femeninos desnudos en pedestales del arte, arte, arte. El obispo Aguer se tapa los ojos y escupe en el mar azul.
Defender el sistema. Doscientos veinte millones de latinoamericanos con menos de dos dólares diarios. Defender el ALCA. Diez por ciento de desocupados. El trabajo esclavo. Los trabajadores culorrotos que invaden las fronteras. Palo y a la bolsa. Mexica roñoso, peruca inmundo, bolita tarado. América para los norteamericanos.
Nos llegó el Air Force One de Bush. Las tres carabelas de Colón. Esto es mío, mío, mío.
Berlusconi: estoy orgulloso de ser aliado de Bush. Ah, bueno. El último triunfo de Bush: proponer al juez Samuel Alito, famoso por ser enemigo del aborto, por haber reducido los derechos a los discapacitados, por otorgar a la policía más facilidades para allanamientos, por eliminar ciertos derechos a los asalariados. Bien, ese es el camino. Después de eso, el ALCA para los latinoamericanos. Según la revista especializada The Lancet, en Irak han muerto ya 98.000 civiles desde que Bush liberara desde los cielos el petróleo. Ah, bueno. No es para tanto. Después de todo, murieron por las barras y estrellas. El huracán Katrina, entre tanto, limpió de pobres a Nueva Orleans. El color de la pobreza es negro. Ya se sabe.
Moral y fuerza. La Liga Patriótica Argentina fue fundada por el perito Moreno en el Barrio Norte y sirvió para barrer a los obreros de la Semana Trágica que pedían las ocho horas de trabajo. Indisciplina, hombres sin patria, extremistas. Y marcó las fronteras. Viva la Patria, carajo. De Richard Nixon a Ronald Reagan a George Bush. Viva la Patria, carajo. Pero la Cumbre de los Pueblos. Va a estar sabrosito.
Les envié a la Cumbre de los Pueblos este saludo. Y las calles de Mar del Plata se me llenaron de jóvenes muchachas que llevaban guirnaldas de flores, de coros de niños que terminaban saltando y levantando los brazos, de hombres con picos y palas que iban a la obra común de los pueblos. Este fue mi mensaje: “Mar del Plata”.
El cowboy mequetrefe nos viene a meter miedo con sus veinte mil agentes, sus tres mil alcahuetes de la CIA y sus funcionarios cotizados en dólares. Pero no les tenemos miedo a esos caranchos de la carne podrida. Quiere quedarse con la Amazonia, el agua eterna del Paraná y las pampas de nuestros tehuelches, ranqueles y mapuches. Pero no será así. Porque aquí siempre lo esperará algún Emiliano Zapata, algún Augusto César Sandino, algún Agustín Tosco, y las Madres de Plaza de Mayo de manos limpias y corazones de pura sangre rebelde, igual a sus queridos hijos nunca muertos.
No se podrá llevar nada a pesar de sus misiles atómicos y sus portaaviones. Fíjese señor Bush que pese a que a Tupac Amaru lo destrozaron los colonialistas con la cruz a puñalada limpia no pudieron parar al San Martín de las cordilleras, al Bolívar de las planicies ni al Moreno de las ideas indómitas. Aunque se venga con los Videla, los Somoza, los Pinochet y los Stroessner, no va a poder poner pie. Aunque se venga con todo su equipo de falderos y gusanos intestinales, falsificadores de la dignidad americana.
Ya no va más. Jamás va a poder revivir a los niños de Irak, a las rosas de Vietnam, a los pibes muertos no nacidos en el vientre de las madres de Hiroshima. A los héroes latinoamericanos de la lucha contra el imperio. A los torturados de Guantánamo. A los explotados de los sandwiches macdolianos y la coca cola. Usted dispara su Colt con silenciador y después recién pregunta o ni siquiera pregunta.
Sólo hay verdadera vida en la dignidad.
Cuando se trabaja en solidaridad y honradez no se necesita un vallado de 250 manzanas con que se encierra a Mar del Plata por su visita ni miles de uniformados en las calles.
El que crea violencia recibe violencia. No es como dice Macri en su eslogan electoral: “Para dejar abiertas las puertas de nuestras casas aseguremos bien las puertas de las cárceles”. No, señor Macri, désele trabajo a la gente y pan, techo y escuela y va a ver cómo no se necesitan cárceles.
Pensar que Bush es presidente del país donde prendieron su luz los Mártires de Chicago, aquellos que fueron ahorcados por la Justicia norteamericana por pedir el derecho digno de la jornada de las ocho horas de trabajo. Bush, si hubiera sido juez los hubiera ahorcado hoy a esos magníficos seres humanos. Cien años después, la Justicia norteamericana pidió disculpas diciendo que se había equivocado. Claro, cien años después. Bush ni eso haría después con los crímenes de lesa humanidad de Irak y Afganistán.
Se ha deslizado desde las altas esferas de Bush que en Latinoamérica reina la corrupción. ¿Y qué es, acaso el empleo de la fuerza bruta de Bush sino la corrupción del alma y la mente? Un verdugo ramplón.
Cuando se leen los escritos de Simón Rodríguez, aquel maestro de Bolívar, o los de nuestro Mariano Moreno de cuáles eran las esperanzas de una América libre y solidaria, uno sólo puede estallar en carcajadas sarcásticas o hundirse en la melancolía al escuchar los discursos de este presidente yanqui, mezquino y trivial.
Lo sabemos, en Mar del Plomo habrá cinismos, lisonjas, promesas, se cambiará todo para no modificar nada. Porque si no, el capital norteamericano ya lo hubiera cambiado por otro, a este sheriff mandón y vacío de ética.Tenemos que empezar a respirar con los pulmones llenos. Por eso el camino es el pensamiento bolivariano de los Estados Unidos latinoamericanos, del Mercosur al Mercado Común sin límites en la América latina.
En Mar del Plomo, con este imperialismo de Texas no vamos a lograr nada honorable ni honrado. Digámosle la verdad en la cara a Bush y a sus hombres de la siniestra CIA.
Hagámoslo por nuestros niños con hambre, por nuestros jóvenes sin trabajo, por nuestros viejos humillados.
El Che Guevara nos está mirando.
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Por Osvaldo Bayer
Mañana, sí. ¿Hay algo más que decir? Por mi parte, no. Se repitió lo de siempre: rostros sonrientes de gran tamaño. Los conté, desde Arcos a Cabildo, tres cuadras: 62 retratos de candidatos. Ningún programa. ¿A qué jugamos? Se ve que antes han ido al planchador de rostros, al coiffeur, maquilladora. Democracia de rostros trabajados. Y palabras, palabras: Fulana quiere conocerte; Fulano, hacia el porvenir. El y vos: siempre unidos. El, la República lo espera. Qué paciencia republicana. Franz le dice a Fritz: la izquierda argentina está cada vez más desunida; Fritz le responde a Franz: la izquierda alemana cayó unida como siempre. Los dos estallan en cagcajadas dugante más de dos hogas. Un chissste alemán.
Y el dolor de vivir en una sociedad injusta: una cárcel con 33 muertos quemados y ningún extinguidor. Cromañón en todos los lados argentinos. Pero la gente que no se queda en la vereda de enfrente. El libro: Orden, represión y muerte tiene la valentía que hay que tener como ciudadano. Es el régimen del gobernador Romero, de Salta. El título juega a la ironía con la frase de la propaganda oficial: “Orden, producción y trabajo”, que se convirtió desde 1995 en el que es hoy el título del libro. Orden, que quiere decir, palos. Una de las primeras medidas del gobernador peronista fue crear la Secretaría de Seguridad y traer al conocido torturador de “El Olimpo”, el gendarme Sergio Nazario, alias Estévez. Y ahí va a comenzar la implacable persecución contra los docentes, contra los trabajadores de Mosconi, contra los pueblos originarios que reclaman por sus tierras. Más quiénes y cómo se quedan con el vuelto, en cada una de las operaciones financieras. Paso a paso, dato por dato, el periodista Marco Díaz Muñoz va relatando el Diario de la criminalización de la protesta social en Salta (1995-2005). Y los mártires. A la cabeza, Aníbal Verón. Pero no sólo el nombre de las víctimas mortales sino también sus verdugos vestidos de policías y gendarmes, uno por uno. Allí se pueden encontrar. Y con foto. Romero, un segundo Juárez, el santiagueño. Creemos que se hace necesario que los intelectuales peronistas se encolumnen hacia Salta y denuncien el régimen inmoral y represivo de este mandamás absolutista que se hace retratar siempre delante de los rostros de Perón y Evita. Esos intelectuales no sólo deben hablar de Jauretche y de Coo-
ke, sino dejar al desnudo los jerarcas de extrema derecha que dicen pertenecer a esa ideología. “Orden, represión y muerte”, ha sido el programa de Romero. Es hora de que se ponga en práctica la Constitución Nacional. Y se aplique la misma medida que puso término al vergonzoso y criminal dominio de los Juárez en Santiago del Estero.
Y a treinta años de la dictadura de la desaparición de personas, el ser humano no se rinde: acaba de salir Los que no están, los desaparecidos de Florencio Varela, sí, el humilde barrio en camino a La Plata. Uno por uno, todos los que nunca más volvieron. Foto, biografía. Casi todos trabajadores. Un libro valioso esclarecedor de toda la brutalidad y crueldad de los dictadores militares y civiles argentinos. La cobardía del método. La crueldad bestial. Ver los rostros para no encontrar explicación. Desaparecidos de un barrio de trabajo. Hernán Pacheco y Pablo Carrera, los autores. ¿Cómo pudo ocurrir? Tan inexplicable todo como que hay gente que va a votar por Patti. Los carteles de propaganda se ríen a carcajadas de nosotros. Primero aprieto el gatillo y después pregunto. Cartel en la Avenida General Paz, hoy: “Patti: más justicia. Vótelo”. Esto ya no es ni siquiera un chiste alemán, es un chiste argentino. ¿O un espejo de nuestra manera de ser?
Es que la lección la fuimos aprendiendo de chicos al pasar frente al monumento a Roca. El más grande y el más céntrico. Al “autor” de la Campaña del Desierto, o, con más propiedad, el autor del reparto de las pampas argentinas. Esto es mío, mío, mío. Su estancia “La Larga”, mi general. Las estancias interminables de su hermano Ataliva Roca, en La Pampa, mi general. Y 2.500.000 hectáreas para Martínez de Hoz, mi general. Qué tiempos aquellos. Cuando se dictaba la Ley de Residencia contra los obreros que luchaban por las ocho horas de trabajo. Lo que ha dado en llamarse “liberalismo positivista”. Pero Mariano Grondona continúa impertérrito defendiéndolo en La Nación. Qué extraño. Le recomendaríamos leer su propio diario. Sí La Nación, del domingo 17 de noviembre de 1878. Es decir, plena Campaña del Desierto. Dice textualmente en primera página. “Impunidad”. “El tres de línea ha fusilado, encerrados en un corral, a sesenta indios prisioneros, hecho bárbaro y cobarde que avergüenza a la civilización y hace más salvajes que a los indios a las fuerzas que hacen la guerra de tal modo sin respetar las leyes de humanidad ni las leyes que rigen el acto de la guerra. Esta hecatombe de prisioneros desarmados que realmente ha tenido lugar deshonra al ejército cuando no se protesta del atentado. Muestra una crueldad refinada e instintos sanguinarios y cobardes en aquellos que matan por gusto de matar o por presentarse un espectáculo de un montón de cadáveres.” A este documento lo trae el frondoso trabajo universitario de Diana Lenton titulado La “cuestión de los indios” y el genocidio en los tiempos de Roca: sus repercusiones en la prensa y la política.
La Nación dice: “Una crueldad refinada e instintos sanguinarios” demuestran los que cometen esas bestialidades. Y me pregunto: ¿y los que defienden hoy todavía ese proceder, también son crueles?
Más todavía: la crónica del día anterior de La Nación aplica el término de “crimen de lesa humanidad”, nada menos, un término que parecería nuevo en la historia de la humanidad, pero que ya se lo utilizaba en ese tiempo de Roca. Dice la crónica que “la carnicería que se ha hecho con los indios es bárbara y salvaje” y que “esos indios fueron encerrados en un corral y fusilados así como animales y peor que animales” y se pregunta La Nación: “¿Y se han olvidado las leyes de la guerra y el respeto a la civilización hasta un punto tan deplorable? Esas matanzas deshonran y la civilización protesta contra ellas”.
El trabajo de la historiadora Diana Lenton trae una carta del general Julio Argentino Roca, de 1878, al gobernador de Tucumán Domingo Martínez Muñecas, cuando comenzó a manejar como verdaderos esclavos a los ranqueles y mapuches esclavos enviándolos a trabajar a la caña de azúcar, principalmente a las fincas de sus parientes los Posse, donde ordena “que se reemplazen (sic) los indios olgazanes (sic) y estúpidos que la provincia se ve obligada a traer desde el Chaco, por los pampas y ranqueles”.
Se nota lo racista que era el señor general. Dice la historiadora que Roca le enviará esos indios “a cambio de apoyo político para la futura campaña presidencial”. Inmediatamente recibió la respuesta de una decena de los principales empresarios azucareros solicitándole 500 indígenas con o sin familia que fueron remitidos a Tucumán. Esos 500 indios “pampas y ranqueles” –más sus mujeres e hijos– habían sido capturados en noviembre de 1878 por Rudecindo Roca contra el cacique Yancamil, emisario de Epumer. En realidad, los indios pampas comenzaron a llegar a los ingenios tucumanos en fecha tan temprana como 1877, por influencia de Ernesto Tornquist, empresario multifacético, proveedor del ejército de línea y posteriormente hombre fuerte de los gabinetes presidenciales de Roca.
Darwin –citado por Diana Lenton– atestiguaba “escandalizado, que si bien se asesina a sangre fría a todas las mujeres indias que parecen tener más de veinte años de edad para evitar su reproducción se perdona a los niños, a los cuales se vende o se da para hacerlos criados domésticos, o más bien esclavos. Cuando protesté en nombre de la humanidad me respondieron: sin embargo, ¿qué hemos que hacer? Tienen tantos hijos estos salvajes”.
Aristóbulo del Valle –el célebre parlamentario de aquella época– dirá: “Hemos reproducido las escenas bárbaras –no tienen otro nombre– de que ha sido teatro el mundo, mientras ha existido el comercio civil de los esclavos. Hemos tomado familias de los indios salvajes, las hemos traído a este centro de civilización, donde todos los derechos parecen que debieran encontrar garantías, y no hemos respetado en estas familias ninguno de los derechos que pertenecen no ya al hombre civilizado, sino al ser humano: al hombre lo hemos esclavizado, a la mujer la hemos prostituido, al niño lo hemos arrancado del seno de la madre, al anciano lo hemos llevado a servir como esclavo a cualquier parte; en una palabra, hemos desconocido y hemos violado todas las leyes que gobiernan las acciones morales del hombre”. Del Valle denunciará que “cada nueva campaña convierte a las mujeres y los niños indios en botín de guerra y acusa a la opinión pública de complicidad”.
Mariano Grondona, para justificar de alguna manera lo injustificable, señala que esos indios eran “indios chilenos”, cosa que es una aberración histórica, ya que ellos pertenecían a una naturaleza que no tenía las fronteras artificiales que se pondrán en medio de la cordillera para justificar la importancia de los ejércitos y la compra artificial de armas.
Félix Luna ha escrito en el diario de Morón, Debates: “Roca encarnó el progreso, insertó Argentina en el mundo: me puse en su piel para entender lo que implicaba exterminar unos pocos cientos de indios para poder gobernar. Hay que considerar el contexto de aquella época en que se vivía una atmósfera darwinista que marcaba la supervivencia del más fuerte y la superioridad de la raza blanca (...) Con errores, con abusos, con costos hizo la Argentina que hoy disfrutamos: los parques, los edificios, el palacio de Obras Sanitarias, el de Tribunales, la Casa de Gobierno”.
Parece ser que Aristóbulo del Valle y Darwin estaban ya “fuera de contexto” porque vivieron esa época. Con el argumento de Luna podríamos justificar hasta a Hitler porque, si bien “exterminó unos pocos millones de judíos, predicó la supervivencia del más fuerte y la superioridad de la raza aria; con errores, con abusos... hizo la Alemania del auto popular y de las primeras autopistas”. Tal cual.
No a Roca, a Juárez, a Romero. Sí a la vida, al respeto, a la convivencia pacífica.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-58256-2005-10-22.html
Por Osvaldo Bayer
Es imperdible seguir de cerca la argumentación de los que perdieron pero siguen teniendo el poder. Se enojan y arrojan rayos y centellas a los que se atreven a discutir la historia. Nos llaman “historiadores improvisados” y en cambio ellos son los historiadores consagrados, los que dicen la verdad. Mariano Grondona desde La Nación y desde sus audiciones radiales y televisivas advierte severamente sobre el peligro que significa discutir la historia consagrada. Peligro, que él remarca, recaería sobre los jóvenes. Desde La Nación nos ha sacudido con un artículo titulado “Falsificación de la memoria colectiva”. Nada menos. El, que no es historiador, sino abogado y periodista, nos da lineamientos de una moralidad discutible de cuál es la verdadera historia argentina. El representa a los roquistas, los que construyeron la historia oficial.
Claro, cuando uno tiene en cuenta la biografía del indignado “historiador” Grondona se da cuenta por qué. Apoyó a todos los golpes militares desde 1962. Ocupó altos cargos, entre ellos embajador del triste dictador Onganía, conspiró y finalmente fue asesor de la Fuerza Aérea en la dictadura de la desaparición de personas, amén de haber sido director de Visión, la revista de los dictadores más sucios de la historia americana: los Somoza. Además fue banquero en 1980 con un altísimo sueldo.
Y es estanciero, de campos por Pehuajó, allí, cercanos de las tierras que recibió Roca después de su campaña “civilizadora”. Toda una biografía para guardar silencio y retirarse. Gozar de lo ganado y tratar de pasar inadvertido. Pero no, además quiere hacer triunfar su interpretación de la historia.
Respecto de su ética política, Grondona ya perdió para siempre. Nunca fue preso por defender a la democracia, sino que fue premiado por bestiales dictaduras militares. Y él las sirvió. Un pasado que jamás podrá negarse. Nadie que fue hombre de la dictadura militar de la desaparición de personas, robos de bebés, arrojo de vidas desde aviones, torturas, robo de propiedades de las víctimas, podrá ya postularse como señalador arquetípico de la moral en la Historia. Los historiadores alemanes que “comprendieron” a Hitler callaron para siempre. Grondona, después de Videla, no. Y sigue con sus tesis y defiende ex cátedra con ardor la campaña de Roca contra los pueblos originarios. Que puede traducirse en la fórmula: civilización significó en suma quedarse con la propiedad de la tierra.
A quienes hemos iniciado la discusión sobre lo que significó la mal llamada “Campaña del Desierto” nos llama “falsificadores”. Y en esto cabe la pregunta: ¿es falsificar la historia traer los nombres y las extensiones de tierra –de las mejores tierras– con las que se quedaron conocidos propietarios como Martínez de Hoz, que recibió nada menos que 2.500.000 hectáreas después de la campaña roquista? ¿Es falsificar la historia reproducir documentación científicamente histórica como esta crónica de 1879 de diarios de época como la de El Nacional al terminar la matanza de Roca?: “Llegan los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano, unos se tapan la cara, otros miran resignadamente el suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia de los avances de la civilización”. Textual.
¿Es “falsificación” traer a la memoria el inmoral decreto por el cual se premia a Roca con 50.000 hectáreas de las mejores tierras como premio a su “hazaña”, a pesar de que cobraba sueldo de general? ¿Es falsificar reproducir los discursos de Roca donde invariablemente califica de “los salvajes, los bárbaros” a los pueblos originarios mientras San Martín, medio siglo antes los llamaba con respeto “nuestros paisanos los indios”? ¿Es falsificar la historia traer los avisos de los diarios de Buenos Aires, después de la campaña de Roca, que con el título “Entrega de indios” señalaban: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”? ¿Es falsificar la historia citar al comandante Alvaro Barros cuando denuncia ante el Parlamento nacional: “El Ejército Argentino, siendo uno de los más deficientes y atrasados, es el más caro del mundo. El resultado económico de este desorden es notable. Mientras que el soldado alemán cuesta 199 pesos fuertes por año y el francés 189, el argentino cuesta 521 y mucho más en tiempo de guerra, y sufre como ninguno y en todo tiempo, todo género de necesidades y miserias”? La pregunta es, ¿quién se quedaba con el vuelto?
Sarmiento lo dirá claramente cuando conjuga un nuevo verbo, el verbo “atalivar”. Ataliva se llamó el hermano de Julio Argentino Roca. Y Sarmiento sostenía que Roca hacía los negocios y Ataliva “atalivaba”, es decir se quedaba con el vuelto, o para hablar claro, con la coima. Estudiosos pampeanos han investigado la enorme fortuna a la que llegó Ataliva. Tan grande como la de su hermano, el presidente Roca, quien al iniciar su primer período declara no tener bienes. Pero al morir dejará una herencia impresionante. La pregunta es: ¿llegó a ella ahorrando su sueldo? Todo se puede ver en la documentación científicamente histórica que se encuentra en Tribunales.
El mismo comandante denuncia cómo el ejército de Roca tortura a los indios prisioneros. Poniéndolos en el cepo y descoyuntándolos. ¿Atentamos contra la verdad histórica cuando citamos a José Hernández, el autor de Martín Fierro, quien dirá textualmente: “Nosotros no tenemos el derecho de expulsar a los indios del territorio y menos de exterminarlos. La civilización sólo puede dar los derechos que se deriven de ella misma. La sociedad no hace de los gobiernos agentes de comercio, ni los faculta para labrar colosales riquezas lanzándolos en las especulaciones atrevidas del crédito. La sociedad no podría delegar, sin suicidarse, semejantes funciones, que son el resorte de su actividad y su iniciativa”?
Los que hemos solicitado que se retire el monumento a Roca del centro de la ciudad –es el más grande de todos los monumentos argentinos– lo hacemos por respeto a la mayoría de la población argentina. Después del estudio del Servicio de Huellas Digitales Genéricas de la Universidad de Buenos Aires, que comprobó que el 56 por ciento de los argentinos tiene antepasados indígenas, no se puede seguir faltándole el respeto a la mayoría de nuestra población plantándoles ese monumento en el centro de la ciudad –que además lo puso un gobierno no democrático–. He propuesto que el monumento no se destruya pero que se lo lleve a la estancia La Larga, que recibió como pago a su matanza y esclavitud de los pueblos nativos. Allí, en esa estancia, sus bisnietos podrán agradecerle ante su estatua los beneficios que les dejó el señor general.
Señor Mariano Grondona: usted firmó debajo del retrato de Ronald Reagan, en la tapa de A Fondo su frase: “Compartimos con él lo más importante, el enemigo”. Está todo dicho. Reagan, y ahora y siempre Roca. Pero la historia pertenece no sólo a los dueños de la tierra, sino también a los humildes y a sus sufrimientos. Es hora ya que con documentación científicamente histórica demostremos quién se quedó con todo, cómo se repartió la tierra conquistada, cómo fueron tratados los pueblos que la habitaban. Usted, que defendió siempre todos los golpes militares y su violencia, es coherente que luche por mantener ese poder. Pero nosotros seguiremos limpiando nuestro pasado histórico, sin necesidad alguna de falsear los hechos. Pero de cualquier manera, si usted tiene sus dudas, lo esperamos ante el monumento a Roca en las reuniones que convocamos para debatir en público cada uno de nuestros argumentos. Es usar la democracia y practicarla, y no hablar ex cátedra desde los medios de comunicación más poderosos, cosa que usted siempre ha practicado, en dictaduras feroces y en gobiernos democráticos.
Además de la historia de la represión de los pueblos originarios durante Roca, habría que hablar sobre la represión obrera que efectuó durante sus mandatos. La ley 4144, de Residencia, le pertenece a él, escrita por Miguel Cané. Es una de las leyes más crueles contra la lucha indiscutible de los obreros por las ocho horas de trabajo. Además de las brutales represiones contra sus manifestaciones. Pero, de eso no se habla, esos hechos recién ahora están saliendo más allá de las luces de los libros. Ya es tema docente.
A la historia no la deben hacer solamente los que tienen el poder. Porque claro, si no en el futuro tendríamos que tomar como ciertas las palabras de Grondona sobre el dictador Videla, a quien definió en forma un tanto angelical: “Un poder suave, discreto... ante un país que viene de largos desencuentros, el agua fresca de una esencial innovación”. Videla.
Quien lea esta última frase ya no podrá creer su acérrima defensa de Julio Argentino Roca. Aplica las mismas medidas, alguien que se autotitula historiador, o por lo menos que quiere dar normas de historia. No, la historia no puede ser escrita sólo por Grondona y los historiadores que él alaba. Por lo menos, la democracia tiene que tener, como norma, el debate.
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Por Osvaldo Bayer
El poder por el poder mismo. La cuestión es llegar. Esos razonamientos interesados han llevado muchas veces a la muerte política de partidos y aspirantes. Recuerdo los orígenes del Partido Verde alemán. Su ideal era naturaleza y libertad. Lo principal en política debía ser la defensa a rajatabla del equilibrio ecológico y de la sociedad libertaria. Herederos directos del ’68. Y la conclusión fue que de la defensa de esos dos principios iba a surgir sin dudas, paso a paso, el socialismo en libertad. Fue un camino de mucha calle y protestas. El burgués típico se escandalizó. Hasta que los verdes luego del largo camino por las instituciones –que fue no muy largo– llegó al gobierno porque la socialdemocracia no alcanzaba por sí misma la mayoría. Y se produjo lo que ni la fantasía más retorcida hubiera imaginado: el partido de esos muchachos peludos y de esas mujeres emancipadas con total seguridad de sí mismas, tocaron el cielo con las manos: les tocó en suerte ser gobierno y ocupar el cargo de viceprimer ministro y de canciller, las relaciones exteriores, amén de otros ministerios.
Pero el poder cuesta caro. O mejor dicho, hay que pagarlo. Llegar a arreglos, olvidarse de los principios a ultranza. Si bien el Partido Verde alemán ya en el poder ayudó sin lugar a dudas a que Alemania le dijese no por primera vez desde el ’45 a Estados Unidos, en la guerra de Irak, por otra parte debió calmar sus sueños y sus exigencias al compartir el poder con la socialdemocracia. O mejor dicho el socialismo alemán, que en décadas y décadas de posguerra fue perdiendo casi todo, o todo, de la palabra socialismo. Se convirtió en el verdadero partido liberal. O mejor dicho, liberal positivista como adornamos nosotros los argentinos cuando tratamos de explicar el curso de la historia a partir de Caseros, con sus materialismos, sus represiones y sus amores o, mejor dicho, sus aprontes aristocráticos de más vacas, más escuelas y más represiones.
Los verdes entonces llegaron al poder compartido mucho antes de lo imaginado y de lo que imaginaron ellos. Sí, influyeron en la peace, pace, Friede, paz, paix. Pero se quedaron en el gobierno cuando se eliminaron fundamentos insoslayables de las leyes sociales. Por primera vez en un gobierno alemán de posguerra: tocar lo intocable. Quién iba a decir. Lo que era intocable: un capitalismo con leyes sociales definitivas y definitorias. Pero todo se cayó como un castillo de arena en la playa cuando comienza a brotar el viento desde el mar.
Los verdes se quedaron en el gobierno cuando ese capitalismo quedó al desnudo y en vez de mantener ese socialismo tan atemperado, se derrumbó.
Los resultados de las últimas elecciones corroboraron que el Partido Verde iba a pagar muy caro el compartir el poder. No creció, hasta disminuyó votos cuando estaba acostumbrado a crecer constantemente. Ahora la suerte –un tanto maligna– le daba una única oportunidad para mantenerse en el poder: formarlo con la derecha, el capitalismo con cara nueva y monacal: la democracia cristiana y el partido liberal. La llamada Coalición Jamaica. Que si bien lo seudonimiza con los colores caribeños de la bandera jamaiquina pareciera que esta idea –derecha con verde– hubiera nacido en la imaginación de bañistas de bolsillo fuerte conferenciando en las tibias playas doradas. ¿Cómo? ¿Los verdes junto a los dueños de las industrias y los gases perjudiciales? Sí, hubo un primer intento de no perder el poder aunque sea siendo el perrito mascota de los dueños de todo menos de los huracanes.
De eso se dio cuenta Fischer, el simpático verde que llegó a ministro de Relaciones Exteriores, canciller de pelo despeinado, jefe de vizcondes y marqueses, los diplomáticos alemanes. Cómo había cambiado la fantasía de aquel ’68 cuando enfrentaban con flores a los palos uniformados.Sí, estas cosas son posibles en el sistema parlamentario. Que algunos ya apoyan en el ambiente argentino para cambiar esos personalismos presidenciables que tanto han costado a las prácticas de las democracias argentinas. Sin ninguna duda, el parlamentarismo deja más recovecos para oxigenar el poder. Pero el sistema de partidos políticos nos lleva a veces a parodias irónicas. Por ejemplo, partidos que una vez en el poder cambian de hoja de ruta y se someten al sistema. Lo hemos visto en algunas repúblicas sudamericanas. O todo se reduce a dos partidos mayoritarios, sin grandes diferencias ideológicas, que se intercambian el poder como River y Boca mientras las capas sociales ven que el sistema no les permite aspirar a concretar sueños.
En Alemania se ha producido, sí, una novedad que puede resultar un empujón al sistema. La separación de la socialdemocracia de sus extremos de izquierda para integrarse en un nuevo partido con los herederos del antiguo Partido Comunista alemán. El nuevo Partido de Izquierda, Linkspartei, que ha aprendido muchas lecciones. En ésta, la primera elección, obtuvo algo más del 8 por ciento. No es poco. Si hubiera buena voluntad habría podido formar gobierno con la socialdemocracia y otros partidos. Pero nada, la socialdemocracia de Schroeder mira hacia la derecha, la izquierda le espanta. El primer tiempo les va a resultar difícil a los nuevos izquierdosos, se va a formar como una barrera sanitaria en torno de ellos. Pero el horno sí está para bollos y la posible alianza grande, entre la democracia cristiana y la socialdemocracia, va a producir problemas sociales que bien puede ir aprovechando la nueva bancada roja. En ella está Lafontaine, hombre que fue ministro de Schroeder y renunció ante el curso de centro cómodo que tomaron sus antiguos partidarios.
Si la gran coalición se lleva a cabo, a Bush le va a gustar. Aunque no va a ser posible un vuelco de la política exterior alemana del no rotundo a la guerra. Aunque la señora Merkel, la cristianodemócrata, ante la invasión a Irak hizo un viaje a Washington a declarar su solidaridad con el agresor. Claro, eso fue en los primeros tiempos. Después del primer huracán del Caribe, la señora candidata se ha calmado bastante. Y prefiere mirar hacia adentro y no hacia fuera.
En Alemania, el sistema capitalista está jugando una dura batalla. Los cinco millones de desocupados pesan. La eliminación de parte de las leyes sociales ha sido una clara derrota del sistema. Se ha llegado al momento de decir o una cosa o la otra. Pero la ecología se asfixia. Los verdes tendrán que madurar y lanzarse a una campaña irrenunciable contra las energías venenosas y la búsqueda del equilibrio, quebrados por la codicia y la irracionalidad. Y los liberales, los demócratas cristianos, los socialdemócratas, todos, van a tener que definirse. La vida sencilla contra el consumismo. Regulación ante la naturaleza. Socialización del transporte individual. Sencillez y modestia. Arboles y no balas. Agua y no bombas. La paz eterna y los ciudadanos del mundo.
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Por Osvaldo Bayer
Ya no caben aquí las ironías ni el “lo habíamos dicho”. Aquí cabe sólo el inmenso dolor por el mundo que vivimos, pensando en los que hoy son niños y les tocará vivir tiempos cada vez más difíciles, fundados en el egoísmo y la estupidez de los poderosos. Lo de Nueva Orleans es producto de la soberbia de los fatuos y el egoísmo de los ávidos de poseer cada vez más.
En Nueva Orleans ha fracasado la humanidad toda. Sus intelectuales, sus organizaciones del trabajo, el sistema triunfante, las religiones.
El mundo acaba de vivir su prueba más contundente. Primero, la demostración de que este sistema no tiene salida. Segundo, que no es suficiente con denunciarlo. Hay que luchar contra él. Desde lo político, desde lo ecológico, desde lo espiritual, desde lo religioso. Con el huracán Katrina se ha llegado a la última prueba. El sistema no sólo ha jugado con la vida humana, sino también con la naturaleza. Lo ha dicho el representante alemán, el director del medio ambiente de la ONU, doctor Töpfer, al comenzar su discurso en Berlín: “El deterioro climático no es una visión del futuro, sino que es un hecho absolutamente actual. Es una necesidad de vida y no frases de lujo de algún intelectual”. Llamó con dramatismo a “frenar el crecimiento económico cuando ya no se puede sostener el equilibrio ecológico”. Y el primer ministro alemán, Gerhard Schroeder, por primera vez criticó abiertamente a los consorcios petroleros. Y llegó a una conclusión que tendría que haberla dicho una década atrás: “Hay que acabar con eso de que la protección del medio ambiente y del clima pone frenos al empleo de los desocupados”. Que sostiene justo la derecha, los cristianos demócratas, para las próximas elecciones.
Todo lo que se pueda decir sobre la catástrofe de Nueva Orleans es poco. Los argentinos tuvimos un aviso en las inundaciones en nuestra Santa Fe de la Vera Cruz, donde no se tomaron las medidas de defensa necesarias porque –igual que en Nueva Orleans– al fin y al cabo hubiera sido defender los barrios pobres, a los sabaleros. A los cuales se mantuvo meses enteros debajo de carpas agujereadas con piso de lodo. “El color de la pobreza es el negro”, tituló un diario con referencia a que el número de víctimas del desastre “republicano” de Louisiana es en su mayoría gente de color, descendientes de esclavos. No se hizo las construcciones de defensa que requería la protección de la vida.
En Naciones Unidas sonó el alerta: “Inversiones masivas para las energías renovables y un No definitivo a las materias primas fósiles, como el petróleo”. Eso fue un mensaje directo a Estados Unidos, que se burló del Kioto I, el alerta para proteger el futuro del planeta y los hijos de la naturaleza. Y después al camino que siguieron todos los países del Primer Mundo, sin excepción: la falta de grandeza frente al proyecto general de dedicar todos los esfuerzos y gastos a una política de proteger el medio ambiente y de las políticas nuevas sobre energía y el clima. La misma mezquindad como los precios del petróleo en los últimos días, una especulación pura. Ha llegado el momento definitivo de que sean el Estado y asambleas ecologistas los que digan no a la tiranía de las empresas irracionales cuya única finalidad es la ganancia, contra todo principio de la Etica. Los pueblos tienen que empezar a movilizarse, a salir a la calle para defender la salud del paisaje natural, como lo están haciendo los patagónicos. Desde ya, la educación tiene que tener una orientación fundamental acerca de la defensa de la naturaleza. Porque no sólo el petróleo y los gases son el problema, sino también el agua. Hay que leer a Humboldt, el sabio que recorrió la América latina a principios del siglo XVIII y escribió maravillado acerca de la defensa de la naturaleza que hacían los pueblos originarios, quienes no tenían concepto de la propiedad, mientras que detalló cómo los conquistadores españoles lo primero que hacían al llegar era marcar y cercar ya la tierra de la que se apoderaban. Y aquí, cuando Roca entregó las amplias y generosas pampas a quienes habían financiado su mal llamada “Campaña del Desierto” apareció de pronto el alambre del esto es mío, mío, mío.
Me acuerdo muy bien de aquel Mayo de 1968 europeo, con los estudiantes en la calle, que entre otros principios de libertad y solidaridad mantenían los ideales de la protección de la naturaleza. Por eso, sonreí aquella vez en Buenos Aires donde una mano sabia había escrito en el monumento a Julio Argentino Roca, con pintura blanca: “Prefiero el Mayo Francés y no el julio argentino”. Una frase plena de humor e ironía. Hace pocos días, esa frase que lo decía todo ha sido borrada. Los entendidos dicen que fue Macri quien ordenó hacerlo. Consecuente.
En los partidos que se presentan en las próximas elecciones en la Argentina ni figura la palabra defensa de la ecología. Tengamos en cuenta eso.
A partir de Nueva Orleans, todas las carreras universitarias tendrían que obligar al estudio y a la aprobación de la materia “Protección y respeto por el equilibrio ecológico”. Las religiones deben acabar ya con eso de rezar y rezar para que dios “en su infinita bondad nos proteja”. No, nosotros tenemos que proteger a la naturaleza con nuestra acción y no permitir que todo quede en manos del egoísmo de las empresas dominantes y sus muñecos políticos. ¿Qué hace Naciones Unidas respecto de la fabricación de armas y los bombardeos? Mira para otro lado. En el fondo, nada más que una farsa, con funcionarios bien pagados formando una burocracia bien pagada y parásita. Resultado: Nueva Orleans, y ahora todo se quiere remediar con dos mil dólares por persona en los bolsillos rotos de la población zaherida y humillada.
Martín Winter escribe desde Bruselas, de la Unión Europea, “que las autoridades de la Unión Europea registran que si bien Estados Unidos posee un armamento todopoderoso, y propicia guerras allí donde tiene o procura intereses, no ha gastado ni medio centavo en prever las crisis civiles y las posibles catástrofes en su propio territorio, en especial en las regiones más pobres”. Y agrega: “Ahora queda al desnudo que desde siempre George W. Bush y su ministro de Defensa Donald Rumsfeld persiguen una estrategia por la cual Estados Unidos agrede, y luego los europeos son los encargados de reordenar las cosas. Guerra para el Marte norteamericano y reconstrucción para la Venus europea”.
Por eso fue tan ejemplar y saludable –por primera vez desde 1945– cuando Francia y Alemania le dijeron no al ataque de Bush a Irak, mientras Inglaterra, la España de Aznar y la Italia de Berlusconi se sometían al dictado de George W. Bush. Y en esto quedó en claro que después de la acción guerrera, Estados Unidos no estaba preparada para la catástrofe civil que ocurrió en el país árabe ni tampoco de llevar a cabo el reestablecimiento de la infraestructura pública. Y se dijo en Bruselas: “Quien hoy quiere llevar a cabo guerras exitosas no tiene sólo que destruir sino que también debe reconstruir”.
Y justamente el problema de Bush en Irak es ahora el costo inmenso que cae en sus arcas sólo para mantener su ejército de ocupación. Si no sabe o no puede enfrentar la catástrofe de Katrina, menos va a poder borrar las huellas criminales de los bombardeos y acciones de guerra en Medio Oriente.
Bush, el agresivo, debe darse cuenta de que, por lo menos, es tan importante el dinero para prevenir catástrofes como el monto de la financiación de la fabricación de armas.
Esto no lo pudo enseñar la lógica ni el respeto por la vida de los demás. Que son los temas que tendría que tratar la reunión de Mar del Plata. Los representantes que concurran deben comprender que ya no hay que ir a recibir órdenes, sino a exigir un ordenamiento distinto. Las universidades tienen que ayudar a ello, las asambleas futuras de la calle deben enseñar lo que desea la gente de la vida: la paz, una existencia digna, trabajo para todos y no balas ni automóviles de lujo ni artículos suntuarios. Hay que comenzar también a despreciar a los políticos que sólo se preocupan por candidaturas. ¿Pero acaso no es ya hora de que el ser humano aprenda después de todas las enseñanzas de los genocidios, el racismo, las guerras imperialistas, las ciudades destruidas, las columnas de refugiados, el hambre, la orfandad, la desocupación, la violencia uniformada por el poder, las hogueras de la irracionalidad, el miedo enseñado desde el Más Allá? El mundo necesita maestros y no cowboys, investigadores de la razón y el optimismo y no arrodillados que se consideran pecadores ante Dios pero elegidos para ser la autoridad que domina al pueblo.
Bush, una caricatura. Los cadáveres flotando en Nueva Orleans, los niños iraquíes muertos en los bombardeos. Las colonias deben decir basta al imperio. Ya no es esto una propaganda de iluminados, sino la única salida de un mundo donde la Muerte cabalga en todas latitudes y longitudes.
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Por Osvaldo Bayer
El sistema no da. Aquí en Alemania aumentan las críticas a la globalización capitalista y a Bush. Se aguarda con nerviosismo cada fin de mes para ver si aumentaron los cinco millones de desocupados. La eliminación de parte de las leyes de protección social ha causado una desesperanza más que triste. Ayer los medios anunciaban la posible suba de la edad para jubilarse a setenta años. Actualmente es de 65. Pero, dice la mayoría: ¿si con 65 años hay millones de desocupados, ahora quieren hacer trabajar a los viejos cinco años más? El nuevo Partido de la Izquierda aumenta sus votos. En el Este alemán van primero las regiones de la antigua RDA, la comunista. Los conservadores de la Democracia Cristiana, antes favoritos para las elecciones del 18 de septiembre, van perdiendo los votos que les asignan los pronósticos. Florecen las críticas y la búsqueda de otros sistemas económicos. El pacifismo se va adentrando en los barrios populares. Ante la pérdida de creyentes, la Iglesia Católica se propuso un gigantesco encuentro en la ciudad renana de Colonia. El Día Mundial de la Juventud Católica. Se espera un millón de jóvenes y a Ratzinger, el Papa.
El acto es considerado fundamental para parar la baja de miembros de la Iglesia Católica más poderosa –financieramente– del mundo. Ratzinger va a demostrar que puede fortalecer a la decaída Iglesia.
Causó conmoción la medida del nuevo Papa. Para atraer al acto a los jóvenes, el Papa dictó una Bula de Indulgencia Total. Quedarán libres de pecados todos los jóvenes concurrentes que confiesen sus pecados, que reciban la comunión y que recen. Para los que no concurran al encuentro —que comienza el martes próximo– se dictó una indulgencia parcial, siempre que recen para que la juventud católica sea fortalecida en su fe.
Se han levantado voces críticas contra ese proceder del Papa. Se dice que al hacerlos rezar, tomar la comunión y confesar los pecados, el Pontífice no promueve un mundo de esperanzas, sino que eso es pensar sólo en sí mismo: la única meta es salvar su alma. Cuando tendría que promover a la juventud a luchar por un mundo sin injusticias, sin hambre y miseria, sin guerras, sin explotación del hombre por el hombre. Por la paz eterna.
El historiador Markus Baruk recuerda que el comercio de la indulgencia fue una de las causas que llevó a Lutero a romper con Roma y convertir a Alemania en el país de la Reforma. Explica que fue el papa León X quien proclamó la indulgencia plenaria al que diera dinero para la construcción de la Iglesia de San Pedro. Había una lista muy precisa de precios para evitar reclamos. La pena más cara era de doce ducados para los que habían cometido impudicia con animales (sodomía). Para quien había cometido robo en la iglesia o perjurio, nueve ducados; por poligamia, seis ducados. “Sorprendentemente barato”, dice el historiador, era el parricidio: cuatro ducados; brujería, con dos ducados. Fue el mejor negocio para asegurarse el futuro del alma. Fue famoso el cura Juan Tetzel, quien vivió entre 1465 y 1519, un genio de la venta de indulgencias papales. Tenía el slogan: “Cuando el dinero suena en la caja, el alma salta al cielo”. Hasta había puesto precio para salvar el alma de los que habían soñado con violar a la Virgen María. Así se salvaban del infierno y podían ir al cielo.
Lutero se opuso al concepto indulgencia. Eso hizo que el Papa perdiera mucho dinero, pues la indulgencia cayó en descrédito. Pero la indulgencia sigue en versión “light” –dice Baruk– y “hoy vale la confesión, la comunión y la oración en el Día Mundial de la Juventud Católica y, concurrir, es como arrojar agua a las brasas ardientes del Purgatorio”.
Quien organiza este acto monumental de la juventud católica es el cardenal Meissner, de la ciudad de Colonia, quien aseguró que ha rezado mucho para que Dios venga a recibir a los jóvenes. Repitió palabras del papa Juan Pablo II, quien dijo que “la juventud es como un rebaño sin pastor y debemos guiarlos hacia los manantiales y alejarlos de las cisternas como el sexo, las drogas y el alcohol”. El cardenal atacó a los teólogos críticos del personalismo y autoritarismo del papado, Drewermann y Küng, quienes sostienen que la Iglesia debe retomar el camino de Jesús y hacer un mundo de solidaridad. Los calificó como teólogos de “anteayer”. Cuando se le preguntó por qué la Iglesia gastará tanto dinero en el acto si al mismo tiempo había despedido a empleados de la Iglesia de Aquisgrán, respondió que “la Iglesia debe repensar planes y dar marcha atrás para asegurar que cada niño católico tenga un lugar en su kindergarten”. “En los últimos 30 años, el obispado de Colonia ha perdido 200.000 creyentes. Por eso no podemos mantener todas nuestras instituciones.”
El acto de Colonia le va costar 26 millones de euros a la Iglesia, a pesar de sponsors y ventas de objetos religiosos. Merchandising, como se dice. Se venderán reproducciones de la catedral de Colonia, con nieve, a 12 euros; paraguas de bolsillo, a 13 euros; remeras, todo con la inscripción “Día de la Juventud Católica”. Ojalá esta enorme reunión no se convierta sólo en una demostración contra el preservativo y la píldora. Tal vez, con León XII pagando 14 ducados se hubieran podido usar en el amor sin pecar. Hoy es el principal tema para Ratzinger, más el aborto.
En esta Europa aflige mucho más una posible guerra contra Irán por parte de Bush. El artículo más leído de la semana fue una crítica al Corán, donde Karl Wand traduce el Sure 47:4: “Si llegaras a encontrar a un infiel, córtale el cuello y haz un baño de sangre”. El musulmán Ayyub Mühlbauer protestó contra esa versión diciendo que la correcta traducción es: “Si en el campo de batalla te enfrentas con un ateo, golpéalo con la espada en la nuca. Cuando lo hayais vencido, ponedle las esposas para luego darle la libertad a través de la clemencia, o cobrándole rescate”.
Tal vez la segunda sea la versión cierta. De cualquier manera, nos dice de qué manera cruel las religiones llevaron a situaciones que nada tienen que ver con lo que tendrían que enseñar: la tolerancia, el no a las armas y a la violencia, el respeto por la vida y su naturaleza.
Eso no lo ha pedido últimamente ningún ministro de Dios, sino el presidente de la Internacional de Médicos contra la Guerra Atómica, el alemán Ulrich Gottstein, en un acto en Hiroshima. Dijo: “Desgraciadamente, los Estados Unidos prosiguen el armamentismo nuclear, oficialmente y en secreto, que fijó hace dos años a causa del acto terrorista del 11 de septiembre del 2001. Es decir, que no cumple más con el artículo VI del tratado de cese de las armas atómicas de 1970. Estados Unidos se había comprometido a suprimir las armas atómicas con la meta del total desarme nuclear. Ahora, la administración Bush proseguirá el desarrollo de armas atómicas. El efecto de esa doctrina será que todos los Estados que poseen armas atómicas, y otros, que quieren tenerlas, seguirán el dañino sendero de EE.UU. La administración de ese país le quiere enseñar al mundo que los ataques terroristas de los fundamentalistas se pueden derrotar con poder militar y una nueva estrategia atómica. Ese país no ve que elevando el potencial de pequeñas armas atómicas se aumenta el riesgo de que algún día también los terroristas pueden llegar a tener esas armas. Los médicos descubrimos en la posición anímica de la administración de Bush, una psicosis. Albert Einstein escribió en 1931: ‘La técnica y la ciencia florecen para la perdición del hombre cuando faltan las fuerzas morales’. Por eso sólo puede haber una exigencia: la eliminación y destrucción total de las armas atómicas en todo el planeta. Es la deuda que tenemos con las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, pero también cuando pensamos en nuestros hijos y en los hijos de nuestros hijos”.
De ahí que en vez de rezar para que la juventud no use más preservativos y píldoras, la lucha tiene que concentrarse contra la muerte para todos. No contra las defensas del amor sino contra las armas de la muerte.
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Por Osvaldo Bayer
Ya nada nos puede sorprender. Hablábamos en una última nota de cómo la Iglesia Católica, aquí en Alemania, está privatizando iglesias. Se convierten en supermercados. Ahora, se conocen bien los detalles de cómo, poco a poco se van privatizando los ejércitos. Sí, tal cual. El libro con el sesudo informe no es de alguien que busca nuevas sensaciones sino de Herbert Wulf, quien es consejero del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (UNDP). Su libro se llama Internacionalización y privatización de la guerra y la paz.
Si un tema así lo hubiera inventado un novelista es muy posible que lo hubieran internado por loco. Pero no, es un libro meticuloso y con pruebas irreprochables. Sí, pronto tendremos guerras privadas como, por ejemplo, la Volkswagen contra la General Motors. Pero no nos dejemos llevar por la imaginación. Vayamos a los datos concretos.
Cuando en 1996 se iniciaba un nuevo drama con los refugiados de Ruanda, las Naciones Unidas comenzó a estudiar diversos planes para encargar una misión de paz a empresas privadas, ya que ningún país quería enviar tropas propias. Se ofreció de inmediato la empresa Executives Outcomes, de Africa del Sur, a mandar sus propios soldados privados. Estos soldados tienen experiencia porque son veteranos de los encuentros del apar- theid. La empresa respondió a la ONU que en seis semanas podía disponer de un contingente de 1500 soldados con su propia logística, es decir, armas, municiones, víveres, uniformes, etc. Lo cual costaría 600.000 dólares diarios. Es decir, más barato de lo que salen los contingentes oficiales mandados por los ejércitos de diferentes países en las llamadas Misión de Paz.
Pero, el titular de Naciones Unidas, Kofi Annan, rechazó el ofrecimiento con una frase redonda: “La humanidad no está dispuesta a privatizar la paz”.
Aunque, el autor Herbert Wulf, señala, “sí está dispuesta a privatizar la guerra”. Porque Estados Unidos lo está haciendo, en los Balcanes, en Afganistán y en Irak. El autor calcula que el pasado año estuvieron actuando en la guerra de Irak entre 15.000 y 20.000 empleados de firmas privadas especializadas en materia militar. Es decir un contingente que es mayor que las tropas que han enviado los países aliados de Estados Unidos. Esas firmas privadas se encargan de educar militarmente a los soldados para las acciones bélicas, para la reparación de armas, para reunir informaciones –y esto tal vez es lo más importante– acerca del enemigo y de los aliados, para el interrogatorio de los prisioneros de guerra, o para llevar comida y ropa limpia a los soldados del frente.
Y el funcionario de Naciones Unidas escribe algo para pensar: “Como hongos están surgiendo empresas militares y de seguridad que ofrecen resolver problemas militares, no sólo en Estados Unidos sino también en Europa”.
¿Quiénes forman tales empresas de negocios? Por lo general, militares retirados o que piden la baja porque en esas empresas ganan mucho mejores sueldos. Son muy cotizados aquellos militares que han actuado en guerras o conflictos anteriores. Es decir que poseen un “know-how” de gran utilidad en las empresas que se dedican al negocio de la guerra. Uno de los negocios que más ganancias está dando.
Las empresas que han tenido como fundadores a generales de ejército con gran experiencia son las preferidas. Y ellas ya están comprando a las empresas medianas y pequeñas. Casi siempre esas grandes empresas militares pertenecen a las firmas fabricantes de armas. Estas empresas bélicas privadas han tenido un “enorme crecimiento en los últimos años”, según el estudio citado. Pero este crecimiento se debe primordialmente a que los Estados tratan de reducir su personal, reducir su burocracia. Les sale más barato ahorrar personal y gastos propios y contratar, en su reemplazo, los servicios privados. Dice el profesor Herbert Wulf: “Se ha iniciado un estrecho contacto entre internacionalización y privatización de la guerra y la paz”.
Y aquí un párrafo textual que vale la pena reproducir: “Con la privatización de la guerra y de la seguridad se han iniciado dos clases de formas: una, la privatización de la violencia de abajo con las actividades de muchos actores privados que invisten el prototipo del Warlord. Y dos, la privatización de actividades militares a través de outsources a firmas, es decir una planificada privatización desde arriba”. Y se pregunta el investigador: “¿Esta nueva forma de atender la guerra y las misiones llamadas ‘de paz’ lleva a una forma nueva totalmente inesperada de impedir las acciones guerreras o, por lo contrario, el interés de ganancia de las firmas privadas no lleva acaso a calentar posibles conflictos?”
Esta es la pregunta que tienen que hacerse los gobiernos responsables. Y tienen que empezar, por lo menos, a regular este método de privatizar lo militar. Esto es fundamental porque en el actual desarrollo del capitalismo todo esto de la influencia de lo privado no es un fenómeno de corto plazo ni una especie de moda. No, está cada vez más metido en la vida política y militar. Porque ya numerosas empresas participan en conflictos sociales internos de países o en conflictos internacionales. Léase, por ejemplo, Irak.
La manera realmente moral de resolver este problema es, por supuesto, la prohibición lisa y llana de empresas privadas en materia militar. Pero, claro, en esto tendrían que unirse los países, porque la prohibición debería ser internacional. Lo nacional sería peligroso, significaría desarmarse ante quien trabaja abiertamente con lo privado.
En una palabra: la guerra ha pasado al mercado. Un mercado con mucho futuro para esas empresas especializadas y con generales y coroneles en sus directorios.
Así como se inmoralizó el deporte, por ejemplo el fútbol, donde cada jugador lleva en su camiseta bien grande el nombre de la empresa que más paga, muy pronto –y la ironía es verdaderamente triste– los soldados van a llevar en la gorra o la chaquetilla el nombre de la empresa que le da las balas, el uniforme o la comida a lo McDonald’s.
Cuando uno repasa los negociados en la venta y compra de armas que han sucedido en la historia ve cómo los militares inventaron los “problemas fronterizos” para favorecer grandes compras de armas de las fábricas de los países centrales: aquellas Remington de Julio Argentino Roca, o los mausers y los cañones Krupp, de Ricchieri o últimamente el gran negociado del tiempo de Menem en la venta de armas, la voladura de Río Tercero, de todo lo cual nunca se condena a los culpables. Esos negociados, decimos, ¿qué pasarán a ser cuando todo se privatice?, ¿quién va a dar las concesiones?, ¿los militares mismos o los políticos de las llamadas mayorías?
Asusta la falta de moral. La pólvora ya estalla en todos lados: en el ferrocarril que lleva a los trabajadores a su empleo, en los subterráneos, en los ómnibus, en los hoteles de turistas, y los ejércitos siguen matando en los países donde hay petróleo.
Todo esto cuando los diarios publicaron el informe oficial de la Cepal (Comisión Económica para América latina) que dice que 222 millones de “latinos” –así llama el diario alemán Frankfurter Rundschau a los americanos al sur– no reciben suficiente comida y no reciben ningún servicio médico. Es decir, el 42,9 por ciento de la población total, 15 millones más que en el año dos mil. A pesar que en la Cumbre del Milenio las naciones integrantes de la ONU habían prometido que en el 2015 se iba a reducir en la mitad del mundo la extrema pobreza.
Pero se fabrican y se compran armas y “se privatiza” la absurda violencia de las armas. Más, en el “buen año 2004” hubo un crecimiento promedio del 4,2 por ciento, en América latina. Con el cual casi ninguno de los Estados con hambre alcanzó las metas programadas en aquella célebre Conferencia del Milenio. Países como Bolivia, Guatemala, Guyana, Haití, Honduras, Nicaragua, Paraguay y Surinam empobrecieron aún más.
¿Y en el mundo de la privatización? Bastan estos renglones del diario conservador alemán General Anzeiger, de Bonn. Repetimos: conservador. Habla de la zonas de Pasewalk, del Este alemán, lo que era antes el país comunista: “Con el 21,9 por ciento de desocupación, la región está en plena crisis. Cada tercer adulto está sin trabajo”. Y agrega: “Antes, cuando la República Democrática Alemana (la comunista) garantizaba el trabajo pleno para todos, había empleos suficientes. Daba ocupación para todos en la agricultura, en la industria de la carne, en la producción de la industria de la harina, en los ferrocarriles estatales...”
Claro, la única pregunta que cabe es: bien, señores, ¿pero qué pasó? ¿Para eso la “globalización”, la “privatización”?
Los argentinos tenemos ventaja en eso: fuimos los campeones de la represión y luego de la privatización. Lo primero ayudó luego a lo segundo. Somos buenos alumnos.
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Por Osvaldo Bayer
Sí, nada de sorprenderse. Aquí en Alemania, en las tierras del papa Ratzinger, ya nadie se sorprende. El Obispado de Aquisgrán –una de las zonas más católicas de Alemania– ha decidido aplicar las costumbres del más despiadado capitalismo con sus propios empleados laicos. Como tiene un 17 por ciento de déficit en el presupuesto, nada mejor que despedir a 150 de sus empleados. Telegrama y ya está. Como una empresa capitalista modelo.
Los turistas que fueron a admirar ese portento de arquitectura histórica que es la Catedral de Aachen (Aquisgrán) se sorprendieron cuando vieron llegar una manifestación con pitos y tambores que protestaba ante las arcadas del templo de Dios. De los trescientos empleados, la mitad debe ser eliminada, se pronunció el vicariado general. Por ahora, porque en sí el plan es dejar 370 en la calle de un total de 1600 puestos distribuidos en todo el territorio del Obispado. ¿Cómo se soluciona el problema? Pues despidiendo. No rezando, como tal vez lo hubiera aconsejado Ratzinger, el papa.
Los demás empleados, a los cuales todavía no les ha llegado el telegrama maldito, demuestran su solidaridad con los condenados llevando en el ojal de la solapa, en señal de duelo, una plaqueta con el color negro.
¿Pero cómo, después de tanto discurso desde el púlpito y desde el Vaticano pidiendo a los gobiernos que se preocupen por la vida y trabajo de la gente, ahora ellos dan el mismo ejemplo? ¿No puede haber otras búsquedas, una cooperativa de empleados, una asamblea que encuentre justicia para todos y no simplemente la patada legal en el trasero y andá a arreglártelas como puedas en esta sociedad carnívora?
La iglesia oficial responde: tenemos que ahorrar el 17 por ciento del actual presupuesto. A la palabra ahorrar, la Iglesia Católica ha agregado la palabra “estrictamente”. Es que a pesar de que el concilio romano eligió a Ratzinger como papa, una ayuda para terminar con la huida de fieles de la iglesia alemana –que es la que más ayuda al mantenimiento del Vaticano–, la caída no tiene ningún atenuante. Los llamados fieles se van. Hace poco, el periodista Thomas Medicus expresaba en el Frankfurter Rudschau toda su indignación y dolor ante la aparición de equipos de demolición que comenzaron a tirar abajo la hermosa iglesia de San Rafael, en Berlín-Gatow. Una verdadera joya de la arquitectura, concebida por Rudolf Schwarz, uno de los más famosos arquitectos alemanes de la posguerra. Ni eso se tuvo en cuenta. Se tira abajo y ya está. La Iglesia Católica vendió a buen precio el terreno a un empresario de supermercado. Y chito. ¿Quién tiene la culpa?, se pregunta el periodista: ¿La Iglesia Católica que vendió esa reliquia bendita por dinero y que no demostró el menor interés por el valor arquitectónico? ¿O el vecindario que más allá de la piedad y del espiritualismo no fue capaz de reaccionar para proteger a un monumento cultural de ese calibre?
Uno escribe esto y sabe que es difícil de imaginar, hay que ir a ver y presenciarlo. El capitalismo compra hasta las iglesias. O el Vaticano permite la venta de las iglesias con tal de no caer en la pobreza. El periodista se conforma pensando que tal vez peor hubiera sido vaciar la iglesia y poner directamente en el interior de ella un supermercado. Una pregunta atormentada, tal vez. Para el caso es lo mismo, porque por más que la derriben, dicen los optimistas que queda siempre el espíritu presente. Un supermercado con aire a Cristo. El periodista termina con esta frase desesperada: “Primero en importancia está el supermercado, el auto, la casa propia y después se acaba todo, no viene nada más”.
Hace un tiempo escribí sobre la crisis general de la Iglesia Católica. Pero ahora me encuentro con los últimos números de la estadística oficial y el curso negativo aumenta en rapidez. Por ejemplo, en Bonn, donde hace once años la parte católica de la ciudad correspondía el 48,3 por ciento, ahora es del 41,7. En los últimos ochenta años, la población católica de esta ciudad se ha reducido a la mitad. Además, los que pertenecen al catolicismo –se comprueba por el impuesto que se paga a la iglesia y es descontado oficialmente de los sueldos– son cada vez más viejos. Mientras, el número de los bautismos se reduce en forma increíble. De todos los niños nacidos, apenas un veinticinco por ciento son bautizados. Los ancianos ya forman el 90 por ciento de esa iglesia. Además cada año el protestantismo saca más ventajas al catolicismo en el número de adeptos. El director de Estadísticas de la ciudad de Bonn señala que la causa de este estado de cosas es la falta de interés de la juventud por la religión.
Los católicos se precian de que fue el papa polaco Wojtyla quien provocó la caída del comunismo. Claro, sí, sus reiteradas visitas a Polonia y su apoyo a Walesa no dejaron de ser un factor importante. Pero bien, ¿con eso se solucionó el inmenso problema de la pobreza y la violencia en el mundo? ¿Qué es el mundo de hoy después del largo reinado de Juan Pablo II?
Así como hoy se venden iglesias, así el Vaticano dejó solos a los verdaderos mártires modernos del catolicismo. ¿Cómo es que todavía no se ha proclamado santo al mártir Angelelli, asesinado por la dictadura después de que desde el púlpito relatara la crueldad de los cristianos que permiten que los leñadores de su provincia no tengan dinero ni para comprar un ataúd de la madera más barata para enterrar a sus muertos? Eso bastó para matarlo porque lo dijo en una misa donde estaban los jefes de zona del ejército y de la aeronáutica. Se han iniciado ya las acciones para santificar al papa Wojtyla pero jamás se ha mencionado a Angelelli, ese obispo de los pequeños trabajadores de la tierra.
Por otra parte, el catolicismo debe terminar para siempre con la maldición del cuerpo. La televisión alemana acaba de pasar un largo reportaje a dos sacerdotes católicos que fueron eliminados de la iglesia porque tuvieron relaciones con mujeres con las cuales después se casaron. Uno de ellos tiene un hijo. Cuentan ellos lo contentos que están al compartir la vida con una mujer a la que aman. La felicidad de ser padre de un niño. Los dos ex sacerdotes no cobran el derecho al desocupado porque la iglesia se niega a reconocerlos como trabajadores, de manera que ahora sus hogares son mantenidos por las dos mujeres. Ante la pregunta de si les gustaría seguir siendo sacerdotes, respondieron: ahora más que nunca, porque hemos aprendido a amar la vida, la belleza del amor, el compartir todo con otro ser, en este caso la mujer, ser que hay que amar con toda la fuerza y no calificar de pecado todo lo que ella representa con su cuerpo. Hoy más que nunca –dice uno de ellos– siento como un insulto la llamada virginidad de la virgen María. ¿Por qué Cristo no puede ser hijo del amor entre dos seres? Sería aún más profundamente humana su figura.
Pero no es ése el futuro. Se sostiene que Ratzinger ha sido llamado para que, con su energía, vuelva a armar lo anterior que hoy se está cayendo a pedazos. Una iglesia estricta, disciplinada, con jerarquías bien definidas, los que mandan y los que obedecen rezando.
Cuando la única forma de transformar al mundo para que siga viviendo no es apoyando a Baseotto –el de la piedra al cuello y el método de la ESMA– sino convertir en la figura a imitar a un obispo De Nevares, que ya con la muerte en el cuerpo acompañaba en primera fila a los trabajadores huelguistas neuquinos y marchaba con las Madres en los tiempos de la bala en la nuca. O acompañar a curitas como Morlachetti en su marcha de los niños por los paisajes argentinos del hambre, o al pastor evangélico Arturo Blatetzki y su comedor con su pan y su sopa para nuestros pequeños y nobles hijos de la tierra.
No vender iglesias para supermercados. Abrirlas a los jóvenes para que allí jueguen sus ilusiones en el arte dramático o se levanten bibliotecas de la más hermosa literatura, o se aconseje y ayude a las adolescentes a enfrentar los golpes arteros y a autoayudarse, o se den clases a los http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-53754-2005-07-16.html
Por Osvaldo Bayer
Un episodio común en nuestros cuarteles. Ocurrió hace pocos días. Es una costumbre bastarda. Hacerles jurar la bandera a alumnos de colegios en medio de un desfile militar y ante militares. Justamente ante quienes fueron constantemente infieles al honor de ser fieles y defensores de las instituciones democráticas. Recordemos los fusilamientos de obreros por parte de Uriburu, el bombardeo de la Plaza de Mayo –desde arriba, con toda impunidad sobre indefensos civiles–, la Noche de los Bastones Largos del general estreñido por excelencia, Juan Carlos Onganía, los fusilamientos sin juicio por Aramburu, el asesinato de prisioneros en Trelew por Lanusse, la desaparición, torturas, robo de niños, masacre de adolescentes en la Noche de los Lápices, el arrojar a prisioneros al mar de Videla y sus monstruos. Y todavía los argentinos enviamos a nuestros hijos a “jurar la bandera” a esos cuarteles, donde hasta ahora nadie ha aprendido nada.
Porque un desaforado –plantándose nada más que en sus botas y en su grosería de mandón– recordó las hazañas nada menos que del general Bussi, matador de hasta los mendigos de Tucumán. Dijo que por esa bandera se luchó “contra el terrorismo apátrida que pretendía cambiarla por un trapo rojo”.
Es decir, volvió a repetir la terminología de los años nefastos. El “trapo rojo”. Claro, porque para nuestros uniformados, siempre, la bandera roja del sindicalismo fue la que usaron nuestros primeros obreros que salieron a la calle para luchar por las ocho horas de trabajo, fue signo de la antipatria. Ya empleó el término el general Julio Argentino Roca, aquel de la cruel ley de residencia, la 4144, que separaba para siempre a los obreros combatientes de sus familias, expulsándolos a Europa. Y lo fue su policía al arremeter a balazo limpio contra las manifestaciones de los 1º de Mayo, ocasionando así el primer mártir porteño de las ocho horas de trabajo: el joven marinero Juan Ocampo, de apenas 18 años de edad. Pero los obreros no cejaron y siempre bajo la bandera roja del sindicalismo volvieron una y otra vez a ocupar las calles por el derecho de no vivir para ser explotados sino de trabajar para vivir con dignidad. Y será un coronel del Ejército, el zafio Ramón Falcón, el que seguirá metiéndoles balas a nuestros obreros, que siempre dieron el rostro. El coronel escondido en su automóvil. Y será el Ejército el que hará la represión final de los metalúrgicos de Vasena, en la Semana Trágica, dejando las calles de Buenos Aires manchadas para siempre de pura sangre trabajadora. Y sería el Ejército el que fusile impunemente a nuestros gauchos de la Patagonia, los peones rurales del ’21. Un Ejército que en las represiones defendió siempre a los explotadores, en este caso a los estancieros ingleses. Y luego al gigante británico “La Forestal”, metiéndoles bala a los sacrificados hacheros, los máximos explotados de nuestra historia. El teniente coronel Roberto Augusto Vega, un nombre para no olvidar, nos habla él, ahora otra vez, tan luego, del trapo rojo. Cuando para todos sus crímenes, ese Ejército al cual él pertenece se escondió en la bandera azul y blanca. Prefiero a los obreros mártires de los 1º de Mayo con su trapo rojo y no a los uniformados pintados de azul y blanco que cubrieron las calles porteñas de cuerpos de obreros que desafiaron a los fusiles asesinos para llevarles un poco más de pan a sus humildes hogares.
El trapo rojo. Jamás en mis años en el exterior oí hablar así de la que fue bandera de los primeros movimientos obreros. Sólo se usa aquí, pero siempre en boca de gobiernos de origen militar o en señorones como los que formaron la Liga Patriótica Argentina, fundada entre otros por el perito Moreno, hombre de fronteras y racismos.
Al que ensució la bandera obrera con su boca gritona de órdenes y obediencias, el teniente coronel Roberto Augusto Vega, le dieron un apercibimiento o varios días de arresto. No se aclaró. Es lo mismo. Es decir que vamos a seguir teniéndolo en el nido de serpientes. Un uniformado agregó, haciéndose el simpático: “Le dieron un coscorrón”. Cuando en ese idioma en el cual se expresó dirigiéndose a los soldados y a los alumnos secundarios empleó ya el idioma de la ignominia. Fue para demostrar que ellos están presentes siempre. Los Bussi, los Patti, los Rico, los que deben tener en sus escritorios el retrato de la ya momia Suárez Mason. Y nosotros le damos apenas un coscorrón, entre risitas disimuladas de una picaresca torturada.
Pero no sólo el teniente coronel Vega trata de mantener un lenguaje y una consigna. En las publicaciones militares se siguen las mismas normas de siempre. Por ejemplo, en el libro El Ejército en el Sur del país. Acción y presencia del V Cuerpo de Ejército Tte. Gral. Julio Argentino Roca, editado por dicho comando, no se realiza ninguna autocrítica sobre la denominada Campaña del Desierto. Todo estuvo bien. La matanza, el desalojo de los pueblos originarios, la conquista de las tierras. No se sugiere que hubiera sido posible otra política. No, se dice en forma contundente: “Se cumplió el objetivo de fijar como límite sur de la frontera los ríos Negro y Neuquén. Se ganaron para la civilización 15 mil leguas cuadradas. Se eliminaron totalmente los restos de las tribus hostiles”. Creemos que ha llegado el momento de una discusión más amplia de lo que se sostuvo durante la última dictadura. Creemos que algo debe haberse aprendido. Pero como libro de lectura oficial se sigue leyendo en los institutos militares la Epopeya del desierto en el sur argentino, cuyos autores son casi todos personajes colaboradores de dictaduras militares. Basta con leer el prólogo para darse cuenta: “Rendimos fervoroso homenaje de admiración y gratitud no sólo a quienes participaron en la Campaña del Desierto sino a todos los que en diferentes épocas y en todos los ámbitos del territorio nacional lucharon y se sacrificaron para incorporar a la civilización la vastedad de ese bravío escenario de sus hazañas”. Ni una palabra sobre la esclavitud, tortura y muerte que sufrieron los pueblos originarios. La realidad es que el 38 por ciento de los indios y de las “chinas y chinitos” –como dicen los comunicados– pasó a poder privado de militares; el 18 por ciento, a estancieros, y el 14 por ciento a políticos. Roca –existe la carta– pide a uno de sus generales que le mande “una chinita”.
El viajero francés Emile Daireaux, en Vida y costumbres en el Plata, describe el reparto de indios prisioneros así: “Pobres indias viejas con sus cabellos grises y lacios a los que seguro nadie habría de querer; mujeres jóvenes que daban de mamar o agrupaban en torno suyo a sus hijos y a numerosos muchachos y muchachas extraviados y separados violentamente de sus madres, a las que habían perdido en las revueltas y trastornos del desierto, y en el desorden de los embarques, en los cuales se empujaba a todas aquellas pobres gentes, como si fueran bestias, contando las cabezas, sin mirar los rostros ni atender a las lágrimas y lamentos”.
Todo bajo la bandera azul y blanca, no bajo el “trapo rojo”. Un siglo después, la desaparición de personas. Para llegar a saber qué es una democracia, donde lo indiscutible debe ser el respeto a la vida humana, nuestros militares tienen que aprender desde el principio. Nuestra democracia no ganará nada si sus oficiales siguen tomando como gran meta pisotear el trapo rojo.
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Por Osvaldo Bayer
Recuerdo aquel emocionante momento histórico. Se inauguraba frente a la estancia La Anita, en el sur de Santa Cruz, a poca distancia del paraíso de los paisajes, justo a un costado de la ruta, el monumento a los peones patagónicos fusilados en 1921. Estaban presentes la hija de Antonio Soto, el dirigente obrero de aquellas huelgas, autoridades de la provincia, funcionarios provinciales, hombres y mujeres de la cultura y el secretario general de la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores. Habían pasado más de tres cuartos de siglo. Pero al fin la verdad se imponía. Luego de desconocerse el tema durante tantos años (al que se le aplicó el silencio culpable del “de eso no se habla”) se recordaba así la cruel matanza cometida por el Regimiento 10 de Caballería.
Justo allí, a pocos metros, dentro de la estancia, están las tumbas masivas con los cuerpos fusilados por haber pedido un poco más de justicia en la paga y en las condiciones de trabajo.
Bien, allí se levantó un monumento recordatorio de los caídos. En el mismo se pusieron placas recordativas: de la Cámara de Diputados provincial, de la Municipalidad de El Calafate, de la escuela de esta localidad, muy próxima al lugar de las tumbas ocultas por el silencio de todos: gobernantes, sindicatos, iglesias.
He estado hace pocos días en ese lugar. Con indignación y tristeza profunda pude comprobar que el monumento a los caídos estaba todo vejado, agraviado, ultrajado. Las placas han sido robadas o destruidas. Todo es un tembladeral donde apenas se puede avanzar por el barro y los pozos. El monumento es apenas un brazo gris, oscuro, tétrico. Todo abandonado, rodeado de soledad y mugre. No es ya un documento recordativo del comportamiento infame del Estado sino sólo un insulto a la memoria. En cambio, a pocos metros, están relucientes y recién pintadas las instalaciones de la estancia de los únicos que ganaron con aquella masacre cometida por el gobierno radical de Yrigoyen y el Ejército Argentino hace ochenta años.
Ver ese monumento tan manoseado es como si ya se quisiera aceptar para siempre el pasado que nos avergüenza, en vez de aprender allí cómo en nuestro país se ha insultado a la democracia, cómo se ha atentado contra la dignidad humana, cómo se ha maltratado al trabajador, explotándolo hasta mandarlo a la muerte. El mismo ejército que había aniquilado, en 1879, al habitante original de esas hermosas pampas, medio siglo después fue el fusilador de los trabajadores que pedían un paquete de velas por mes para iluminar los oscuros establos donde dormían y vivían y que las instrucciones del botiquín estuvieran en castellano y no en inglés, como las ponía el capital británico que se llevaba todo. No intervino el Ejército Argentino para que se hiciera justicia sino que fusiló a mansalva a los que exigían el derecho de querer vivir en dignidad.
Permanecí varias horas ante el monumento vejado. Me dice un paisano que la gente que pasa en auto se detiene aquí para orinar porque ya ni se sabe qué es, todo está abandonado.
La pregunta es: ¿quién puede haber vejado de esta manera ese monumento? Y el otro interrogante que nace es: ¿por qué nadie se encarga de mantenerlo en un estado de dignidad?, ¿quién se encarga del cuidado de los demás monumentos de la provincia de Santa Cruz?, ¿por qué los otros monumentos a Roca y el Perito Moreno están en excelente estado? Claro, ésos sí. ¿Nadie se siente responsable del monumento a los peones fusilados? ¿Por qué no se han iniciado las investigaciones para dar con el culpable o los culpables de estas destrucciones? Y una y otra vez renace el interrogante: ¿Por qué justamente se falta el respeto a los peones patagónicos fusilados y no a otros monumentos que emergen en las llanuras y bellezas patagónicas? Nombres que reafirman una historia de genocidios o de mezquinos intereses gobernantes, como la de los llamados “conquistadores del desierto” o los otros que marcaron fronteras entre países que tuvieron los mismos libertadores en vez de propender en llevar a cabo el sueño de Bolívar de los Estados Unidos Latinoamericanos, el continente sin límites internos.
Es increíble el miedo a que se investigue la verdadera historia o lo que es lo mismo, cómo se prosigue la defensa de los intereses mezquinos. Esto del mancillamiento feroz del monumento a los caídos nos hace acordar de aquella ley que en Río Gallegos promovió en 1986 el diputado del Movimiento de Integración y Desarrollo, José Ramón Graneros, quien propuso que fuera de lectura obligatoria en el quinto año secundario la investigación histórica de la matanza de obreros rurales en la década del veinte. La Legislatura votó el proyecto por unanimidad, salvo la diputada radical Sureda, hija de un policía represor de esas huelgas, que se opuso a toda discusión sobre el tema. Pese a la defensa entusiasta del proyecto por la absoluta mayoría del cuerpo legislativo, el gobernador peronista Arturo Puricelli y su ministra de Cultura y Educación, Elsa Alonso de Urrusuno, vetaron la ley por el decreto 1841. De eso no se habla. La actitud del gobernador Puricelli repetía la actitud de la bancada radical en el Congreso de la Nación que se negó, en 1922, a investigar la masacre de obreros patagónicos y dejó sin quórum a la Cámara de Diputados, huyendo de lo que debería haber sido el estudio del crimen masivo más sanguinario de la democracia argentina.
El tema de la lectura del tema de los fusilamientos de las peonadas rurales no se trató más en las legislaturas y en los siguientes gobiernos de Santa Cruz. Pero, eso sí, cinco años después, en 1991, se promulgó la ley 2254 por la cual se declaraba monumento histórico provincial el lugar enclavado en la estancia Santa Ana, donde –como decimos– descansan los restos mortales de los primeros fusilados en 1921 y 1922. Esta ley fue vetada por el gobernador Héctor Marcelino García, pero se impuso la Legislatura al insistir en la resolución.
Claro que después se notó la mezquindad de quienes fueron encargados de levantar el monumento. Se construyó apenas una especie de muro gris para poner placas, sin ningún gusto artístico, en vez de llamar a concurso con los mejores escultores del país para rendir homenaje a tanto gaucho caído ante la violencia de los fusiles uniformados. Y ahora esto: la vejación, el querer cubrir los crímenes oficiales con la cobardía del accionar delictivo, el golpe en las sombras. ¿Habrán sido descendientes de los dueños de la tierra los que faltaron el respeto al monumento? ¿Habrán sido descendientes de los fusiladores, habrán sido los que pese a todo se saben dueños del poder? ¿No sólo explotar a los humildes sino también fusilarlos oficialmente para hacerlos callar en sus protestas de justicia? En pleno 2005 se repiten así, simbólicamente, los crímenes sociales de 1921. Y nadie hace nada. No se escucharon ni siquiera las protestas de gobernantes, de políticos, no hubo ningún informe policial –por supuesto– sobre los ataques contra el monumento a las víctimas del 21.
Se ha querido herir y humillar a la memoria y advertir que los que mandan siguen siendo aquellos que en 1921 impidieron toda investigación de los crímenes y obraron para que los diputados nacionales del radicalismo huyeran de sus bancas antes de comprobar quiénes fueron los responsables de los crímenes y finalmente a quiénes favorecieron esos crímenes aún impunes. ¿La democracia argentina está representada por demócratas de la sinceridad y el deber de fidelidad a las libertades o es apenas un espejo que no refleja las imágenes de sus pecados y sus egoísmos? ¿Por qué ocurren estas cosas en nuestro suelo?
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Por Osvaldo Bayer
Después de los años del oprobio, nuestra gente argentina parece haber aprendido algo de conducta democrática. Salir a la calle. Hay ya en nuestras ciudades un poco o bastante de protagonismo de las masas, factor ideal para hacer conocer y exigir el respeto por los derechos de todos. Es una buena muestra de coraje civil y de responsabilidad por la propia sociedad. Si miráramos a nuestro país desde una visual planetaria veríamos hormiguitas que salen de todos lados con pancartas y banderas y forman columnas. Señal que la democracia camina, pero para eso hay que empujarla. Pero claro, reprimir desde el poder esas salidas muestra claramente que hay algunos políticos o, llamémoslos en el lenguaje de ellos, “autoridades”, que desconocen ese legítimo derecho. Se ponen nerviosos. Y llegan a agredir hasta a los docentes. Como acaba de hacer Sobisch, el gobernador de Neuquén, que consumó un bajo delito: atacar a nuestros maestros con balas de goma, gases y palos policiales. No, señor Sobisch, aunque usted quiere llegar a presidente aplaudido por esa derecha que apoyó la desaparición de personas y que acaba de higienizar la estatua de Roca. No, hay un principio en todas las sociedades con sentido de respeto a los maestros. El “Jamás agredir a los docentes”. Pegar a los maestros es como pegar a los niños. Los maestros son parte del sentimiento de cada uno de los hogares. Meterles balas –que aunque sean de goma humillan tanto como si fueran gargajos– es una bajeza, es ser pegador, como esos maridos que pegan a sus mujeres.
A los maestros, nunca, Sobisch, nunca. Tómela para el futuro como primera regla de ética de su gobierno. En vez de la conversación democrática, palos para los maestros, esas segundas madres y padres de todos nosotros. Además de la vejación que significa tener que huir ante los palos de esa policía de la oferta y la demanda. Y a los uniformados también hay que decírselo: pegarles a los maestros con la baja cobardía del palo, señores policías, es como si hubiesen agredido a sus propios niños. Pregúntenles a sus propios hijos, señores comisarios, oficiales y agentes, qué opinan cuando ustedes les pegan a los maestros de ellos. Lo mismo hizo Romero, el Juárez de Salta. Su acto más rutilante fue el pegarle a los maestros salteños. Palo y palo, y apretar el gatillo. Cuentan testigos que policías salteños les tiraban balazos de goma en las nalgas a las maestras mientras funcionarios de corbata sonreían deleitados desde las ventanas.
Sobisch quiere llegar a presidente. Ya están los símbolos que lo acompañarán en su campaña electoral. Si comienza así podríamos pensar que puede llegar a enviar tanques de guerra a derribar escuelas porque debe estar allí el enemigo. Como Sobisch mandó a arrastrar la carpa de los docentes, todo un símbolo de la protesta democrática. La carpa fue arrastrada ante la risa de policías y sobischistas y luego despedazada. En vez de la palabra, el látigo de los pegadores.
Pero ni los palos ni las balas a los docentes va a atemorizar al verdadero pueblo protagonista de la democracia. Recupero siempre los carteles que vi en Cutral-Có, en aquellas bellas patriadas: “Cutral-Có 2; Gendarmería Nacional, cero”. El pueblo desarmado corría hasta más allá de las últimas casas a la Gendarmería armada para el combate.
Hace bien la democracia, la tan maltratada, en recorrer las calles y las rutas de nuestro interminable paisaje. También en Lomas de Zamora con un legítimo pueblo joven acampado frente a los juzgados donde se juzga a los monstruos de la bala para matar la protesta.
En esas calles está la verdadera gente que puebla esas fronteras. “Si no estuviésemos acampando aquí día y noche, ya la justicia que conocemos hubiera pasado a cuarto intermedio hasta dentro de tres o cuatro años”, me dice un joven que apunta sobre un lienzo un “Justicia legítima para nuestros hijos del pueblo: Darío y Maxi”.Un grupo compacto se ha sentado en el suelo para seguir un seminario sobre “Represiones a movimientos populares en la historia argentina”. Quieren saber. Desde ese Roca con su perversa ley 4144 llamada “de Residencia”, hasta las valentías de Romero y Sobisch.
Pero además los pueblos patagónicos preparan una gran marcha contra la minería del oro en la región. Ya las distancias no son impedimento: se convocaron vecinos de Bariloche, Esquel, Puerto Madryn, Ingeniero Jacobacci, Maquinchao, Patagones, Viedma, El Bolsón, organizaciones estudiantiles y de los pueblos originarios, “para avanzar en la unificación de los esfuerzos con distintos sectores que pelean por un mundo distinto, un mundo para todos, que deje de ser explotado por los mismos poderosos de siempre”. Contra el oro y su cianuro.
Y Cromañón no se rinde. El dolor los hizo valientes. La nobleza del cariño les dio brillo a sus rostros: madres, padres, hermanos, novios. Contra el país de la coima y las irresponsabilidades, de la criminal falta de honestidad. Esa batalla se va a librar entre el sentimiento de justicia y la sociedad corrupta, que finalmente va a quedar al desnudo. Aunque no renuncie nadie.
Los que luchan son los que impregnan la historia de verdades. Los otros mueren para siempre. Veamos en qué terminan los criminales de la desaparición de personas. El almirante Massera le enseña a sus hijos hasta a robar. No sólo matar a las víctimas, sino quedarse con todas sus posesiones. El jefe de nuestra Marina de Guerra. En cambio, a Paco Urondo, en los próximos días, su provincia Santa Fe le hará un gran homenaje a su memoria. El poeta luchador que fue muerto por los balazos de los sirvientes del sistema injusto. Su nombre va a quedar para siempre en las calles santafecinas. Mientras sus asesinos acabaron ya en el séptimo infierno del olvido y la vergüenza.
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Por Osvaldo Bayer
No hay lucha en vano. La comisión municipal de la localidad de El Huecú, en la zona del Neuquén, llamada Puelmapu, decidió lo que tanto pidieron los originarios mapuches después de más de un siglo y medio de trágica tristeza. Hizo borrar de su avenida principal el nombre del jefe de los conquistadores que vinieron con el Remington y se quedaron con la tierra. Sí, en esa Patagonia de vientos, nieves y leyendas, todo pasó a llamarse Roca y Perito Moreno. Todo. Calles, ciudades, lagos, valles. Y con un coraje civil que contrasta con el guardar silencio y agachar la cabeza de los gobernantes y sus allegados de siempre, la comisión municipal de El Huecú decidió, como decimos, decirles basta a los dueños de la tierra y eliminar el nombre de general Julio Argentino Roca de la avenida principal.
Sin duda, un grito de liberación tomado por los representantes del pueblo. Eliminar del aire urbano la sombra de quien no sólo los exterminó (como dice el mismo Roca en su informe final ante el Congreso de la llamada “campaña del desierto”), sino que los humilló constantemente calificándolos de “los bárbaros, los salvajes”, denominando a sus mujeres “chinas” y calificando al conjunto de sus mujeres e hijos de la “chusma”, como tantos racistas de esa época. Y más todavía, fue el militar que restableció la esclavitud al enviar a los indios prisioneros a trabajar a las fortificaciones de la isla Martín García o a morir de puro trabajo forzado a los cañaverales tucumanos, de los cuales era dueño Posse, su pariente. Al cobrar Roca por el exterminio, aceptando los miles de hectáreas que le regalaron, lo mismo que a sus hermanos Rudecindo y Ataliva, ya estaba bien pago por sus crímenes y no necesitaba que media república llevara su nombre y apellido.
Pero bien, toda esa ola de calles, plazas y ciudades con su nombre y el de sus acólitos uniformados las inició su hijo, también Julio Argentino Roca, el vicepresidente de la Nación de la década infame. Sí, el que firmó el vergonzante pacto Roca-Runciman. Por eso, también la más grande estatua de Buenos Aires se debe a una resolución no democrática, una guiñada de ojo de los que ostentaban el poder en forma absolutamente ilegítima. Recordemos el dicho tan argentino de los del poder: se hacía fraude por patriotismo: el “fraude patriótico”. La década infame.
Bien, y de pronto, alguien dijo basta de leer en la principal senda de su pueblo el nombre del general cobra-tierras. Ojalá este ejemplo fuera imitado. Que los docentes, por ejemplo, de la ciudad de General Roca prosigan con su proyecto de devolver a su ciudad el nombre con que esa región era llamada por sus antiguos habitantes.
El intendente de El Huecú, Rodolfo Canini, al informar sobre la calle principal –que pasará a llamarse ahora Mañke Cayucal, una figura señera en la comunidad mapuche– declaró que “El cambio de nombre de la avenida además obedece a la revisión que los pueblos deben hacer de la historia escrita por los vencedores, vencedores que también habitualmente no defendieron los intereses de la Patria. Los pueblos que no revisan su historia son presas de un destino opresor”.
Como es sabido, la citada campaña del desierto significó para los grandes estancieros bonaerenses una ganancia absoluta en tierras. Por ejemplo, el entonces estanciero Martínez de Hoz recibió nada menos que dos millones de hectáreas. Dos millones. Y el propio general Roca obtuvo como regalo por su hazaña la estancia “La larga”, mientras que al perito Moreno –fundador de la organización de extrema derecha “Liga Patriótica Argentina”–, por su parte, le tocó en suerte recibir varias leguas cuadradas en la región más hermosa del país.
La medida fue aprobada democráticamente por el voto de los miembros de la comisión municipal de El Huecú. Mientras que, por lo general, el nombre de Roca y de sus oficiales fueron puestos por todos lados por miembros del gobierno de Buenos Aires, cuando no eran provincias sino territorios y sus gobiernos eran elegidos por el dedo directamente desde la Capital. Principalmente durante la década infame.
Pero mientras los pueblos sureños debaten este tema tan desagradable de los nombres impuestos desde arriba, los militares no se rinden. El Círculo Militar acaba de presentar en su Biblioteca del Oficial una nueva biografía de Roca, escrita nada menos que por un hacendado. El libro fue expuesto en el mejor lugar del stand militar de la última Feria del Libro. Se titula Julio Argentino Roca, de soldado a presidente. El autor se llama Juan Carlos Coria y califica a Roca como “el gran estadista artífice de la definitiva institucionalización de la República”. Suena un poco a burla esto, realidad que se puede ver en la cantidad de dictaduras militares que tuvo nuestro país en esa “definitiva institucionalización” y que precisamente Roca nada tuvo que ver con el principio del voto secreto y directo, y él mismo no fue elegido por métodos democráticos. El libro es una loa al ser masculino Roca, al Hombre, que cuando hay que hacer las cosas se hacen y se acabó. Un párrafo lo dice todo: “Respecto al trato con los indios, la mano de Roca fue dura. No admitió parlamentos ni tratativas. Impuso la sumisión o la lucha hasta el exterminio. ‘Vacas y yeguas de ningún modo’ ha de decir a su hermano Rudecindo en el telegrama del 23 de octubre de 1878, para insistir en varias de sus comunicaciones con la calificación de esos ‘pillos’, refiriéndose a los indios, para lograr que la norma imperante entre los soldados fuera el pan en una mano y el garrote en la otra”. Textual del libro del Círculo Militar.
El ideal de estadista para el Círculo Militar es justamente el Roca del Remington. Su historiador habla del “exterminio”. Aquí tendrían que aprender los historiadores que niegan la palabra “genocidio” para la llamada Campaña del Ejército. Todos historiadores que, por supuesto, colaboraron durante la dictadura de Videla.
Quien ha editado este libro es nada menos que el presidente de la subcomisión Cultura del Círculo Militar, general Alfredo Manuel Arrillaga. El autor –durante la dictadura– de la desaparición de todos los abogados de derechos humanos de Mar del Plata, en la llamada “Noche de las corbatas”. Uno de los peores autores de crímenes de lesa humanidad que hoy da cultura a los nuevos oficiales argentinos. Arrillaga también, por orden de Alfonsín, fue quien se encargó de la brutal represión al cuartel de La Tablada, con todos los medios más mortíferos imaginables, causando muertes inútiles y hasta la desaparición de varias personas. En cambio, el jefe de la policía federal de aquella época se había ofrecido a reconquistar el cuartel sin disparar un solo tiro, mediante periódicos ataques con gases lacrimógenos y no dejando entrar víveres. La represión de Arrillaga fue un crimen que hubiera tenido que debatirse en el Congreso y ser tratado por la Justicia. No, todo el mundo se calló la boca. Claro, los sitiados eran izquierdistas. Pero cuando se levantó Rico en un cuartel, Alfonsín fue hasta allí en helicóptero para pactar con el golpista mayor y de ahí salieron las leyes de obediencia debida y punto final. Institucionalización de la República, que le dicen.
Es enternecedora la dedicatoria del libro de Roca que pone su autor, el “productor agropecuario” Juan Carlos Coria: “A mi Ejército Argentino por haberme motivado a escribir sobre la trayectoria militar de uno de los hombres más preclaros de nuestra historia”. Y “Al Círculo Militar, por brindarme el honor de publicar un libro que, seguramente, servirá de inspiración a quienes profesen un verdadero amor por la Patria”.
Claro, cabe preguntarse de qué Patria habla. La de Martínez de Hoz con sus dos millones de hectáreas, o la de los argentinos que no tienen qué comer actualmente y llevan en sus venas sangre de los pueblos originarios, el 54 por ciento de la población de la Patria.
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Por Osvaldo Bayer
Vuelvo a pisar tierra santafesina, mi querida provincia, esas pampas anchas trabajadas, ese Paraná donde se ve el cielo, esos recuerdos de cabalgatas de sol a sol. Llego a Villa Constitución. Me llevan a ver las ruinas de Cilsa, la fábrica que producía los mejores textiles del país. No se puede creer el espectáculo. Ruinas, como el Berlín del ’45. Ruinas de una fábrica llena de obreras en permanente producción. Un orgullo para todos. En ruinas. La Argentina que nos dejaron los ’90. La de los sobresueldos suculentos en los bolsillos de los aprovechados funcionarios. Se robó todo, se destruyó todo. Ahí está, en el suelo, el trabajo. Cercanos se oyen los gritos, las risas y los llantos de niños de villas miseria. Todo en medio de un paisaje verde, rico de árboles, de plantas, del río que se asoma por todos lados. Pero las ruinas. Un arco desnudo sostiene todavía el nombre de Cilsa.
Pero, ¿qué pasó? La explicación es corta. El dueño se mudó. Se llevó parte de las máquinas. Hasta que una vez aparecieron grúas que destruyeron todo. Todo. Paredes, techos, ventanas, y se llevaron las máquinas restantes y después se robaron todos los hierros de la construcción. Así de simple. ¿Y quién fue? “Gente interesada”, es la respuesta. Alguien insinúa: estuvo metida la policía. Y ahora vienen los pobres de las villas y se llevan ladrillos, cascotes. Todo ha quedado abandonado. Pero el ser humano no se rinde ante los destructores en provecho propio. Jóvenes estudiantes y viejos luchadores de esa Villa Constitución que tiene tanto para contar de sus luchas obreras se han unido. Quieren hacer de ese enorme paisaje natural, manchado por las ruinas y la hipocresía social, un parque ecológico con todos los ejemplares de los árboles y las plantas autóctonas. Así volverán los animales silvestres que habitaron en otros siglos. Piensan también levantar en medio del idilio una casa de la cultura, con biblioteca y cursos, como hacían los obreros de todas partes del mundo cuando llegaron hace más de un siglo y crearon la Sociedad de Oficios varios con un salón para debatir, una biblioteca y un conjunto filodramático para solaz de la gente. Y a esto, la gente joven de alma de Villa Constitución quiere agregar lugares para el deporte: fútbol y tenis para la juventud y bochas para los viejos. Para que vengan también los chicos y los viejos de las villas miseria que hacen un cordón a ese paraíso.
Un riñón ecológico para Villa Constitución, que puede convertirse en el corazón solidario de la ciudad. Ese conjunto de jóvenes constituyentes nos convocó a gente de toda la República a ver eso y dar la mano para que todo sea posible. Representantes estudiantiles, de sindicatos de la lucha, docentes, de partidos políticos que sueñan todavía, libertarios que siempre aparecen a pesar de los siglos. Se habla del egoísmo de la destrucción y del desprecio del sistema por la gente. Pero también se habla de los árboles, como futuro. De esa especie indestructible, pura nobleza, que atrae lluvias y mariposas, pájaros con trinos. “Destruyeron el trabajo –dice un estudiante con cara de algo de Moreno y otro poco de Castelli–, pero nosotros le vamos a plantar árboles.”
Pienso en las conversaciones de Alexander von Humboldt con los pueblos originarios en su viaje americano. Con admiración recordaba el sabio el cuidado de la naturaleza de esos seres y el dolor de ellos ante el avance de la conquista española, a cañonazos, con esclavitud y la cruz y la espada.
Una enorme casa de la cultura rodeada de verde eterno se merece esa Villa Constitución humillada por las ruinas de la que fue la fábrica de los mejores productos textiles del país.
De Villa Constitución seguimos el recorrido santafesino. Esta vez al norte. A Reconquista. Allí queremos asistir al homenaje a Gastón Gori, fallecido hace poco tiempo, y autor de esa investigación profunda que fue La Forestal y que lleva el subtítulo de “La tragedia del quebracho colorado”. Exactamente el mismo ejemplo de lo que pasó en Villa Constitución. En toda esa zona cercana a Reconquista dominó la empresa inglesa que explotó el quebracho y, después de hacer ganancias fabulosas y explotar en forma indigna a los hacheros, se marchó cuando ya no quedaban ni las raíces de ese árbol tan noble, de madera dura como el hierro. Quedó la tierra envilecida, las ruinas de las fábricas de tanino, los obreros sin trabajo y los pueblos en extrema soledad. Ni siquiera los ingleses les pagaron la indemnización justa que establecía la ley, sólo una parte de ella. Gastón Gori fue el primer investigador histórico en la Argentina que hizo un profundo libro donde detalla esa explotación de la naturaleza, de los seres humanos y principalmente la masacre que hará la policía privada de la empresa extranjera y el Ejército argentino. Es patética la connivencia del gobernador radical Mosca con la empresa británica. El mirará impávido, sin reaccionar, el castigo, las torturas y la muerte de los sufridos hacheros. Gori describe luego la miseria y desolación que dejó el latifundio inglés en la región. Veamos sólo un pueblo, llamado La Sarnosita. “La Sarnosita es sólo un nombre. Y vendrán después decenas de kilómetros hasta completar cien de trayecto en la soledad, poblados minúsculos, estaciones ferroviarias decaídas, algún rancherío donde se cobijan la pobreza o la miseria de la gente nativa, enclavado el caserío chato y ralo en latifundios ex La Forestal, en esas herencias de soledad de las tierras apenas holladas por el viajero, por el hachero o por el que cuida ganado, sufrido de garrapatas o de cachapés (...) Después viene la penosa decadencia de Colmena, donde no ha quedado de La Forestal otra cosa que la memoria de miserias, baldío y el rancherío disperso, sin nada que recuerde el champagne con que allí se obsequiaba a funcionarios públicos, sin que queden vestigios de edificios que existieron y que demolió el interés movido por intenciones ajenas a la prosperidad de ese viejo reducto de trabajadores forestales.” Y así sigue el texto, recorriendo el espanto. Este capítulo de la explotación del trabajador y de la tierra argentina por especuladores capitalistas debería aprenderse en nuestras escuelas. Y el sacrificio obrero que sólo luchó por más dignidad.
Hay que tener en cuenta el sacrificio de esos hacheros para derribar los quebrachos duros como piedra y acero. Y picados por toda clase de bichos de esas regiones. Además, la solidaridad que hubo entre ellos y cómo jugaron su vida y su libertad. Más todavía: las torturas y palizas a que fueron sometidos antes de ser asesinados por los uniformados. No, todo el mundo se calló la boca: las legislaturas y parlamentos, el gobernador Mosca y sus ministros, el presidente Yrigoyen. Ni el Ejército ni la Unión Cívica Radical pidieron jamás disculpas por esta experiencia tan triste de nuestra historia. En el libro de Gori está el testimonio del sindicalista libertario Borda, quien señala que la policía pagada por los ingleses estaba integrada “por el bandidaje de toda laya” que contrabandeaba alcohol, tabaco y armas desde Brasil y Paraguay. Describe el asesinato del obrero anarquista Francisco Coronel, y la ayuda solidaria de todas las sociedades de oficios varios integradas en la FORA anarquista de Buenos Aires.
Cilsa en Villa Constitución y sus antecedentes de La Forestal del norte de la misma provincia santafesina dejaron ruinas. Las ruinas de un sistema que sigue dominando el mundo. Un mundo de hambre, miserias y balas. Transformemos las ruinas en árboles para que las nuevas generaciones tengan belleza y alegría. Y –como expresaba el diario La Protesta, donde se denunciaba los crímenes de La Forestal– “trabajo para todos a través de la solidaridad y la paz eterna”.
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Por Osvaldo Bayer
Ya quedan pocos días para otro 1º de mayo. La antigua gran fecha de los trabajadores. “Nuestro sagrado día”, titulaba La Protesta al comienzo del siglo pasado. Es increíble pero el sistema económico y político que domina el mundo logró terminar con algo que unía todos los años a los obreros de todo el mundo. Hoy, el “Día del Trabajo” y no el Día de los Trabajadores como era antes es apenas un feriado, tal vez con pequeños actos de los incorregibles. Pero cuando uno lee que en 1904 se reunían setenta mil obreros en La Boca detrás de las banderas rojas, en condiciones represivas máximas, a bala limpia y a garrotazos, le parece increíble. Y con menos desocupados que ahora.
Los comienzos del movimiento obrero en nuestro país fueron, sin ninguna duda, épicos. Ese primer acto del 1º de mayo de 1890, convocado por los trabajadores alemanes del Vorwärts al cual concurrieron representantes obreros de todas las corrientes inmigratorias y los oradores hablaron cada uno en su propio idioma, fue pura emoción y coraje. Y la policía observaba todo para “intervenir” cuando la palabra exacta es “reprimir”. Pero llenaron el Prado Español esa gente recién llegada al país que desde un principio luchó por las ocho horas de trabajo. Tenían como modelo a los Mártires de Chicago. Los cuatro alemanes y el inglés, anarquistas que fueron ahorcados por la Justicia norteamericana por organizar el movimiento que luego iba a triunfar en todo el mundo: las ocho horas de jornada de labor.
Y triunfaron en nuestro país, pese a la funesta Ley de Residencia, pese a la bestial represión del general Roca y sus “liberales positivistas” que posteriormente iban a llamarse conservadores.
En esa crónica de las luchas en las calles por las ocho horas encontramos a oradores extraordinarios ante un increíble número de manifestantes. En la tesis de Federico Figueroa, de 1906, titulada “Las huelgas en la República Argentina, el modo de combatirlas”, refrendada por los profesores J. César y Guillermo Reyna, se leen cosas como éstas: que los dependientes de almacén habían iniciado un paro por tiempo indefinido para luchar por condiciones más benignas de trabajo ya que las jornadas eran de 18 horas diarias. Nada menos que dieciocho horas, con todas las letras. Es increíble la lista interminable de huelgas en los años 1902 y 1904, durante la presidencia de Roca, donde la explotación de los trabajadores llegó a términos exasperantes. Pero lo que al lector lo llena de emoción y admiración es que la lista de huelgas se expande también a pequeñas ciudades y a pueblitos del interior argentino. ¿Cómo hacían esos anarquistas de aquel tiempo? Lo primero que hacían era reunirse y fundar la Sociedad de Oficios Varios. Con biblioteca, conjunto filodramático y cursos de aprender a leer y escribir para analfabetos.
Y una asamblea semanal. No había dirigentes sino apenas un secretario de actas para anotar lo que resolvía la asamblea soberana. No había dirigentes “gordos”. Ni llegaban a sus sindicatos en una cuatro por cuatro. En esa época, ninguno de los “agitadores” –ya que no les gustaba la palabra “dirigentes”– recibía pago por su labor sindical.
Vamos a reproducir apenas un trozo de una lista de las huelgas de 1904, donde es interesante ver la clase de oficios que había y las poblaciones del interior que ya tenían vida obrera: “La huelga de los estivadores (sic) de Rosario, reclamando disminución de las horas de trabajo y aumentos de jornal; la de los carreros de la misma ciudad protestando contra el descuento de sueldos que se les hacía los domingos y días de lluvia; la de los zapateros de Córdoba, la de los verduleros de Buenos Aires, la de los empleados de los tranways, la de los toneleros, cartoneros, albañiles, pintores, alpargateros, mozos y cocineros de hotel, zapateros y mensajeros. En 1904, las convulsiones obreras se extienden por el interior: Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba. En 1905: estivadores (sic), foguistas y maquinistas de Buenos Aires, Rosario, San Nicolás y Villa Constitución; ferroviarios en Junín, que protestaron por el aumento de dos horas de labor; obreros del aserradero de La Banda (Santiago del Estero); curtidores de Casimiro Gómez (Bs. As.), panaderos de Lobería, que exigían un peso más de salario para la comida; obreros del adoquinado, hornerías, cortadores de ladrillos y panaderos de Bahía Blanca, albañiles de Azul, carteros de Junín, talleristas de la Mihanovich, pintores, empleados de la limpieza pública, vidrieros, botelleros que pidieron veinte por ciento de aumento y la jornada de ocho horas; empleados de galletitas Bagley, los obreros de varios ingenios azucareros de Tucumán, constructores de carruajes y carros de Mendoza, peones de Bajada Grande, Paraná, la de cocheros de Buenos Aires, porque se les exigió el uso de sombreros duros, los cocheros de remises porque se les prohibía usar bigote, los peluqueros, los sastres, los repartidores de pan que pedían un solo reparto los domingos, los fosforeros, los carpinteros, los empajadores de damajuanas. En Azul, los albañiles; en Tandil, los panaderos; en San Pedro, los herreros; en Villa Mercedes (San Luis) los sastres”.
Es decir, todos. Ninguno se sometía, y luchaban contra la explotación y la represión. Por eso la cruel Ley de Residencia de Roca. Cuando se aprobó, el ministro del Interior pidió su sanción diciendo que con esa ley se “iba a sofocar el movimiento huelguista que lo atribuía a la intervención de un par de docenas de elementos extraños, agitadores de profesión, y que bastaba eliminar a éstos para volver a la sociedad la tranquilidad merecida”.
En la presidencia de Roca se van a producir los dos mártires del movimiento obrero argentino por pedir la jornada de ocho horas de trabajo, legítimo reclamo sin lugar a dudas: cayeron el marinero Juan Ocampo, de 18 años, y en Rosario, en la huelga de panaderos, es muerto a balazos el obrero panadero Jesús Pereira, de 19 años. En su entierro, la policía mata, al día siguien-
te, a los anarquistas Luis Carre, Jacobo Giacomelli, y al niño Alfredo Seren, de diez años. El general Roca no perdona. Es presidente de todos los argentinos, menos de algunos. A los caídos en su lucha por la dignidad jamás se les levantó alguna piedra recordatoria con su nombre, y ninguna calle los recuerda. Pero a Roca, los argentinos lo premiamos con el monumento más grande de Buenos Aires.
Tampoco jamás se enseñó en los institutos de enseñanza que en aquellos tiempos de luchas obreras por sus legítimos derechos llegaron a nuestro país dos pensadores humanistas: Enrico Malatesta y Pietro Gori. Sus conferencias trataron sobre el derecho a la ética y a la felicidad que tienen los pueblos, sobre que los principios de toda organización obrera y de la sociedad misma deben ser la solidaridad, la generosidad y la reciprocidad y sus armas para defender esos derechos, la desobediencia, la desconfianza a la autoridad y la rebelión. El viaje de los dos socialistas libertarios tuvo una influencia muy grande en las filas de las organizaciones obreras de esa época. Pero el poder político y económico no entendió ningún mensaje de los luchadores de abajo y siguió con represiones de una crueldad increíble. Allá quedaron en nuestra historia las represiones a las grandes huelgas, el ataque cobarde de la policía a las órdenes del coronel Falcón el 1º de mayo de 1909, a las columnas obreras en el acto de Plaza del Congreso, que manchó de sangre para siempre ese lugar. Según el citado señor coronel, él mismo ordenó la represión porque las columnas obreras “llevaban la bandera roja en vez de la bandera nacional”. Los anarquistas aplicaron entonces el principio de “matar al tirano” y un joven llamado Simón Radowitzki lo mandó al infierno.
La historia del movimiento obrero en sus comienzos está a la altura de las luchas del proletariado europeo. Pero se la ha silenciado. Aparece sólo en libros de investigación. No se la recuerda. Cuando propusimos un conjunto de personas que se llamara “Víctimas de la Semana Trágica” a la plaza donde estaban los establecimientos Vasena, donde había comenzado la cobarde represión de enero de 1919, de inmediato el metalúrgico Vandor solicitó que se llamara “Martín Fierro”. Y así fue llamada. Del pasado no se habla. El movimiento obrero empezó en 1945.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-50089-2005-04-23.html
Por Osvaldo Bayer
Siempre visité a los presos políticos. Alguna vez pensé en una época en que esas visitas se iban a hacer innecesarias porque imperaría un sistema de libertades, derechos y convivencias. Hace dos días fui otra vez a la cárcel de Devoto. Cuando entro en ella me da tristeza, melancolía y rabia. La entrada por donde arriban los parientes de los presos, toda llena de basura y tristeza. Me imagino los versos apenados que hubiera escrito Raúl González Tuñón. Mujeres y chicos mal vestidos y con arrugas u ojos con desdicha. ¡Documentos! Cacheos, y las miradas menospreciativas de los que tienen –al parecer– la ventaja de poseer uniforme. Y las mujeres con paquetes de alimentos. Son las verdaderas víctimas de la sociedad, de esa sociedad que no deja nunca de ser autoritaria. Recuerdo cuando fui, en tiempos de Alfonsín, a visitar a los eternos presos políticos, con distintos rostros. Nunca se dice, pero el gobierno radical mantuvo presos a quienes habían sido condenados por la justicia de los desaparecedores uniformados. Una vez los fui a visitar a esa cárcel con la actriz noruega Liv Ullmann. Cuando trajeron a los presos, la bella Liv les dio a cada uno un beso en la mejilla. Varios años después encontré en la calle a uno de esos presos políticos, quien desde lejos me señalaba su mejilla con el dedo índice a medida que se acercaba. Cuando ya estuvo frente a mí le pregunté: ¿por qué esa seña? Y él, radiante, me contestó: el beso de Liv Ullmann.
El sueño del preso.
Como digo, hace dos días fui a la cárcel de Villa Devoto. A visitar a los presos políticos de la Legislatura. Es hasta morrocotudo decir que son presos por el Código de Convivencia. ¿Presos por convivencia? Sí. Son vendedores ambulantes, travestis y meretrices. Están presos desde julio, acusados de cargos que los pueden llevar a sufrir catorce años de prisión. Nada menos que de “coacción agravada, privación de la libertad, daños calificados, resistencia a la autoridad”. Sí, catorce años. Todos los acusados son de pobreza extrema. Por supuesto.
Son presos políticos para cualquier conocedor de la sociedad argentina. Una sociedad que no hizo nada por ellos. Al contrario: les encajó de pronto el nuevo código de convivencia y ahora el código contravencional. A vendedores de garrapiñadas, panchos, pochoclo, helados. Esos son “los verdaderos culpables de que ande mal el país”. Por eso palos, cárcel, que desaparezcan de las calles porteñas. Uno de ellos, un muchacho santiagueño, me relata: “Tenía un pequeño stand cerca de la Plaza de Mayo, vendía juguetitos y cositas para los turistas; semanalmente venía la policía que me exigía veinte pesos, y después vino la orden de radiarnos; fui a protestar a la Legislatura. Nos cagaron a palos, nos llevaron a la comisaría y de ahí a Devoto. Mi mujer se tuvo que volver a Santiago con mis dos hijitos, a vivir allá con la madre. Estoy preso desde julio aquí, peor que un perro de albañal, y desde hace nueve meses no veo ni a mis hijos ni a mi mujer”. Convivencia. Rechaza él que hubiera tirado piedras. O roto puertas. Fueron los policías de civil que provocaron todo. Entre ellos estaba el gordo Laneri, que también fue el provocador de los líos de la fábrica Brukman.
Los testigos de la acusación son todos policías. El juicio lo inició el titular de la Legislatura, Santiago de Estrada, que como antecedente democrático tiene haber sido embajador de la dictadura de Videla en el Vaticano. Engendros argentinos. Pero eso sí, a los vendedores ambulantes hay que meterlos catorce años en la cárcel de la ignominia. El gran encuentro policial contra la pobreza porteña terminó con la pobreza para siempre. No hay más pobres en nuestras calles. Gracias al subinspector Ariel Alberto Romano de la comisaría 49, quien dirigió el operativo, ya se acabó la lepra en la ciudad. Esos son los métodos. Uno de los presos, que era “transformista”, me dice con tristeza: “Yo quisiera tramitar asilo político en otro país siempre que sobreviva a la violencia, a las cucarachas, a las ratas y al basural aquí en la planta 1 de la U2, la cárcel de Devoto”.
Los detenidos a los cuales no se les tiene en cuenta que salieron ese día a defender desesperadamente su “fuente de trabajo” en una sociedad egoísta y pérfida, me dejan ver con sus relatos directos y desesperados que si tenemos todavía algo de los principios cristianos enseñados por Jesús y un resto de Etica, debemos defenderlos. Todos los organismos de Derechos Humanos deben asistirlos. No abandonarlos. Hacer la contrainvestigación. Los políticos responsables no nos pueden contestar “está en manos de la justicia”. ¿Cuál justicia, esa que deja libres a todos los grandes torturadores y aprovechados y mete presos a los más humildes, a los sin trabajo? Un tema para Dostoievski. Salgo y camino por esas calles de Dios, de detrás de los muros de la cárcel sale un alarido. Alguien que ha perdido la compostura.
Pero si pudiera también iría a visitar a los presos de Caleta Olivia. Presos políticos. Los detuvieron por pedir trabajo. Están presos desde el 3 de septiembre, es decir hace nada menos que siete meses. Una ignominia. Una vergüenza argentina. Son seis, tres hombres y tres mujeres. Son padres de 23 hijos menores. Están presos por reclamar puestos de trabajo a las petroleras que actúan en Santa Cruz. Lo repetimos: en Santa Cruz. ¿O acaso, señor juez, hay otra acusación contra ellos? No. Esa es la única, claro, adornada con otras palabras. Fueron los voceros de los trabajadores que acamparon frente a la municipalidad y luego ocuparon la planta de Termap. El poder reconoció la razón obrera y así se consiguieron 400 puestos de trabajo y el acta-acuerdo fue firmada por los empresarios, el intendente de Caleta Olivia y cuatro obreros de los seis que están presos. Una vez terminado el conflicto, las empresas se vengaron. Los hicieron meter presos con las palabras de siempre: “privación ilegítima de la libertad, usurpación, daño, entorpecimiento de la actividad económica, impedimento de funciones públicas”, que llevan a la pena de 16 años de cárcel, repetimos. Yo le preguntaría al señor juez y al señor gobernador si no saben que el movimiento obrero argentino, a principios del siglo pasado, logró las sagradas ocho horas de trabajo saliendo a la calle y luchando a cara descubierta. Los obreros de Caleta Olivia lucharon también por algo sagrado: poder trabajar.
Uno de los presos se llama Mauricio Perancho. Tiene 32 años y siete hijos. Habla poco, pero cuando dice, dice: “Acá mandan las petroleras. La culpa es del gobierno porque nosotros firmamos un acta donde ellos se comprometían a dar puestos de trabajo y no cumplieron”. La iglesia le preguntó si sus hijos necesitaban algo, y él respondió: “Lo único que necesitan es a su padre en libertad”.
Una frase para los que nos gobiernan. Todo esto sólo puede tener futuro si se comienza con una ley de amnistía para los presos políticos. Recomenzar y dar de nuevo. Un verdadero código de convivencia. Y no lo que acaba de ocurrir en Salta, donde el gobernador Romero atacó a palos y balazos de goma nada menos que a los docentes, que salieron a reclamar por sus derechos. Ganan un sueldo de hambre. La injusticia recorre el suelo argentino. A los docentes se los persigue a palos, como si ellos no fueran los que abren el futuro de nuestros hijos, de nuestros nietos. Negamos el porvenir argentino. Espero que los intelectuales peronistas reprueben con toda energía este proceder del peronista Romero.
Yo he visto las lágrimas desesperadas de los docentes salteños.
En la Agenda Argentina de la Etica están como citas indiscutibles la libertad a los presos políticos y el respeto que merecen nuestros docentes.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-49508-2005-04-09.html
Por Osvaldo Bayer
La rabia y la inmensa tristeza. Recordar aquel 24 de marzo. Que será para siempre la fecha de la gran vergüenza argentina. Videla. El ridículo asesino repitiendo ante los periodistas extranjeros: “No están ni muertos ni vivos, están desaparecidos”. La crueldad y el cinismo son insuperables. Como los grandes crímenes de la historia de la humanidad. Pero tal vez más refinados, más truculentos, más perversos. Sádicos. Castrenses, beatos.
Están desaparecidos. Los niños del enemigo se roban para criarlos en familias católicas. Esto basta. Y los flojos, los pusilánimes de siempre apostaron a la obediencia debida y el punto final. La Argentina. Mi país. País con desaparecidos y con niños con padres putativos asesinos de sus padres. La Argentina, cristiana y católica. Videlas, Baseottos, Masseras, Camps, Plazas...
Los asesinos están entre nosotros, se llamó un desesperado film alemán de posguerra, de esa Berlín devastada. Tratar de explicar lo inexplicable. En la Argentina, veintinueve años después. Los asesinos están entre nosotros.
En ese aniversario veintinueve voy a recordar a un buen amigo. Se llamó Augusto Conte. Fue dirigente del Partido Demócrata Cristiano. En él se exacerbó la tragedia. En Alemania nos encontramos en un congreso de derechos humanos. Y una noche me dijo que la única forma de superar esa tragedia era la muerte. Y no la vida como habían preferido las Madres de Pañuelo Blanco al ganar las calles. El, sí se había dedicado a la lucha por la verdad al desaparecer su amado hijo mayor. Augusto María.
Me miró con enorme tristeza, y agregó: “Pero mi error fue tan grande que el único futuro mío es ir en búsqueda de mi hijo, allí desde donde no se regresa”.
No hubo forma de convencerlo. Poco después él mismo buscó su muerte. No encontró otro remedio para “pagar mi culpa” como él definía su error. La cosa fue así. En plena dictadura de la desaparición, el departamento de su hijo Augusto María fue allanado por una patota del Ejército. El joven no estaba. Como de costumbre, se robaron todo y el resto lo destruyeron.
Esto causó verdadera consternación en Augusto Conte, el padre. Se puso en contacto con el hijo para preguntarle si él pertenecía a alguna organización perseguida. El hijo le contestó que no, que evidentemente se trataba de un error. Entonces Augusto Conte cometió el más grande error de toda su vida. El había sido amigo o compañero de colegio del general Suárez Mason, en ese momento comandante del 1º Cuerpo de Ejército. Le resultaba un asco ir a verlo, pero estaba en juego la vida de su hijo. Fue así como le dijo a su hijo Augusto María: bien, a ese error hay que aclararlo, si no te va a costar la vida. Yo conozco al general Suárez Mason. Le voy a pedir una entrevista. Vamos los dos y vos le aclarás personalmente que contigo están siguiendo una pista falsa. Y así se hizo.
El general de la Nación –como gusta llamarse– aceptó que lo fueran a ver. Los recibió muy amable. Escuchó al hijo de Conte y a su padre. Y entonces les puso la trampa. Un general argentino tramposo, deleznable, despreciable por los siglos de los siglos de la historia de la humanidad. Le pidió a Conte que el hijo permaneciera unas horas en el cuartel del 1º de Infantería para limpiar todos los antecedentes y dejar todo aclarado. Y ellos aceptaron, crédulos, la palabra del general argentino. Augusto Conte dejó el despacho del artero. Su hijo quedó. Y desapareció para siempre.
El llanto desesperado acompañó el relato. “Yo soy el culpable”, me lo repitió cien veces. Mil veces.
El general desleal, cuando cayó la dictadura, se fue a vivir a Estados Unidos, basándose en sus “antepasados” norteamericanos. Pero los Estados Unidos no lo aceptaron y lo expulsaron. Total ya lo habían usado para la represión y el cuidado de sus intereses: les había resultado muy útil. Pero ya bastaba y lo tiraron por la borda como basura. Así paga el diablo.Pero hete aquí que lo que queremos decir es otra cosa: la lenidad con que ciertos sectores de la sociedad argentina toman a los represores.
Si lo mencionamos a Augusto Conte es para lamentar profundamente cómo su partido, el Demócrata Cristiano, por el cual él luchó tanto e hizo tantos esfuerzos en su vida, hoy acepta la afiliación de un represor, nada menos de un agente del Batallón 601, cueva del plan de la desaparición de miles de hombres, mujeres y niños.
El mayor Carlos Antonio Españadero, que actuó al servicio de la sangrienta represión bajo el seudónimo de mayor Peirano, es nada menos que miembro de ese partido. Sí, es demócrata y cristiano. El llamado “mayor Peirano” es el mismo que actuó en la embajada alemana para atender a los parientes de desaparecidos de origen germano. Parece un film de horror: la embajada alemana permitió y respaldó en darle al “mayor Peirano” el puesto de consejero de los desesperados. Los familiares –ya en el tiempo de la democracia– lo denunciaron como a alguien que trataba de obtener todos los datos posibles de las acciones que estaban haciendo esos parientes para saber algo de sus desaparecidos.
Un oficio infame el del mayor Peirano. Lo denuncié al tal mayor Carlos Españadero alias Peirano en una contratapa de este diario, en una nota titulada “El amable mayor Peirano”, y cómo la embajada alemana le había dado esa tarea. Dije: el citado oficial “tuvo la misma función que cumplió en el vicariato castrense el conocido monseñor Graselli. Se hacía atender a los desesperados familiares de los desaparecidos, por los lobos. Disimulados como consejeros, de aire bonachón y palabras de consuelo. Los lobos. Feroces, cínicos, que pasaban de inmediato los datos a sus superiores”. Denuncié en esa nota el caso del teólogo alemán profesor Käsemann, cuya hija Elisabeth fue asesinada por la dictadura de Videla. Este catedrático vino a la Argentina a rescatar el cadáver de su hija. La embajada alemana lo puso en contacto con “un oficial del ejército argentino”, me relató el profesor Käsemann. “Ese oficial me dijo que sí, que era posible dar con el cuerpo de Elisabeth, pero que eso costaba 26.000 dólares”. El padre de Elisabeth, cuando me relató este episodio me dijo “siento ira, vergüenza y duelo” y agregó: “Me avergüenzo de haberme prestado a ese sucio negocio cuando tendría que haberlo rechazado indignado y haberme conformado con el recuerdo de mi hermosa hija viva”. Cuando le pregunté si iba a hacer un juicio por ese dinero, me contestó: “A Judas no se le reclamó jamás que devolviera sus dineros”. Sentí una profunda vergüenza que dura hasta hoy.
Cuando denuncié esto en este diario, el mayor Españadero publicó en Internet (http: //home.ba.net/-gastonsa) una desaforada diatriba contra mi persona donde me califica con sorna de “justiciero”. Como “justiciero” él define a una persona “atractiva hasta seductor, diestro en el uso de cualquier arma”, pero que actúa “al margen de las leyes que es una manera de suponer que son delincuentes” y, “por supuesto, el justiciero no está solo, como los terroristas sabe que a través de otros justicieros organizados en grupos de poder pueden aterrorizar hasta a la Justicia”. El mayor Españadero reconoció sin problemas que prestó servicios en el Batallón 601, de 1970 a 1980, y como si fuera poco fue jefe de Situación General. En la Alemania de posguerra, los jerarcas nazis que cubrieron esos puestos fueron condenados a prisión perpetua en cárceles comunes. Aquí, en la Argentina, están libres o presos en sus domicilios, cobrando jubilaciones y pensiones. Y el tal mayor Españadero, además, participa en congresos sobre “Seguridad”. Obediencia debida y punto final.
Yo denuncié al mayor Españadero al comandante del Ejército general Balza en ese tiempo. Para que iniciara las investigaciones del caso. Pero, como escribí: “Pero Balza ese día no leyó el diario, faltó, estuvo ocupado o tal vez dedicado a la natación”. Y hoy es embajador en Colombia. Zonceras argentinas.
Por eso, por el respeto a Conte y por lo que significa que Españadero perteneció al Batallón 601 en la desaparición de personas, les pido a los dirigentes de la democracia cristiana que lo expulsen del partido al mayor Españadero, alias Peirano. Será justicia. Será dignidad.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-48933-2005-03-26.html
Por Osvaldo Bayer
Recuerdo aquellas noticias de la guerra. Los diarios alemanes titulaban con las hazañas del aviador de caza Werner Moelders. Tenía todos los records de aviones enemigos derribados. Era el mejor aviador del mundo. Hitler creó una condecoración para él, “la cruz de hierro con hojas de roble, espadas y diamantes”. Era admirado aun por sus enemigos, los aviadores ingleses, norteamericanos y franceses. Hasta que murió en su avión, derribado por el enemigo, en 1942. Cuando se creó el nuevo ejército alemán, hace cincuenta años, se puso a un cuartel el nombre de “Werner Moelders” y a la primera escuadrilla de cazas de la aviación se le puso también su nombre.
Pero últimamente se descubrió que el tal Moelders había formado parte de la Legión Cóndor, que luchó en España al lado del dictador fascista Francisco Franco, fusilador de poetas. Esa Legión Cóndor nazi fue autora de una de las cobardías máximas: bombardear Guernica, la ciudad vasca sin defensas, de la que no quedó piedra sobre piedra, y de la que Picasso nos dio su obra maestra, de puro dolor.
Bien, por este último antecedente el gobierno alemán socialdemócrata-verde acaba de quitar el nombre de Moelders al cuartel y a la escuadrilla de cazas.
El bombardeo de Guernica es una de las máximas vergüenzas para la memoria alemana. Hay que quitarse el sombrero ante el actual ministro de Defensa alemán Peter Struck, quien tomó la iniciativa contra el recuerdo de Moelders. No olvidar. No premiar a los que lanzaron bombas contra el pueblo de la heroica República Española, ni a los que bombardearon a Varsovia, a Coventry, a Dresden con miles de mujeres y niños refugiados. A asesinos de uniforme.
En la Argentina, a los asesinos de la desaparición de personas y del robo de niños se les permite estar “presos” en sus casas de lujo. En España se condena a esa bestia humana llamada Scilingo, que arrojaba al inmenso Río de la Plata a gente indefensa, a miles de años de prisión.
Distintas formas de ética. En nuestro país, si recorrermos las biografás de los actuales defensores del genocida Roca nos encontramos con que todos, sin excepción, fueron colaboradores de la dictadura de la desaparición de personas. Por algo será.
Pero la verdad surge siempre. La televisión alemana acaba de dar a conocer un honesto documental sobre el sitio de la ciudad rusa otrora llamada Leningrado. El sitio del ejército nazi a esa ciudad duró dos años. La ciudad se murió de hambre y de frío. Nada de alimentos con 30 grados bajo cero. Murieron dos millones de personas, sobrevivieron en sus ruinas 800.000. Hambre, frío y bombas y cañonazos durante meses y meses. Las vistas de la gente llevando sus muertos en cajas de cartón por las calles nevadas. Los muertos de frío en las calles. Los rostros de los muertos de hambre. ¿Por qué se recuerda tan poco este crimen increíblemente absurdo del ser humano? No, la humanidad no aprendió nada, luego vendrán Hiroshima y Nagasaki, la muerte total e instantánea. Hoy siguen los bombardeos. Los niños no sólo se roban como en la Argentina de los militares sino que también se matan desde el cielo.
Hace pocos días, en el recuerdo del horror del campo de concentración de Treblinka, un diario alemán escribía: “En el tiempo del recuerdo, el olvido está bajo sospecha. La cultura de la culpa alemana tributa homenaje a la memoria. Quien olvida se hace culpable, señala la preocupada política de la memoria”.
Decíamos que la verdad surge siempre, no se la puede ocultar como se ha hecho con los crímenes de Roca a quien se trata de cubrir con monumentos para que la verdad pase inadvertida. Es el caso del indescriptible crimen turco con el pueblo armenio. Tema que en estos días ha saltado a la actualidad y es tema de los distintos parlamentos europeos. Porque se trata de la admisión de Turquía a la Comunidad Europea. Y en eso de los derechos humanos, Turquía cojea de los dos pies y, por supuesto, de la ética. Para colmo se acaba de ver directamente por televisión algo horrible. La represión de la policía turca –hace muy pocos días, en ocasión del Día de la Mujer– contra una manifestación de mujeres que luchan por sus derechos. Es increíble la brutalidad de los uniformados: no ya sólo el arrastrar a las mujeres de sus cabellos, sino los puntapiés en el rostro que recibieron las mujeres caídas, las patadas bestiales en los glúteos, los palazos en los pechos. Toda Europa se indignó. Si el pueblo turco aguanta eso es porque poco sentido de sus derechos tiene. Bien, vamos al tema del genocidio armenio cometido hace justo noventa años. Le toca ahora reconocer al gobierno turco el crimen cometido, como condición sine qua non para entrar en Europa. Y ya comenzaron a retroceder. El primer ministro turco habló indignado por la acusación pero aceptaría un dictamen de historiadores de diversos países que estudiarán a fondo el problema. Sí, por qué no, la propuesta turca es sólo para ganar tiempo. Porque las pruebas son más que contundentes. Permítaseme un pequeño triunfo: el autor de estas líneas reprochó una vez al diputado del Bundestag alemán, zem özdemir, de origen turco, de que siempre hablara de los derechos de los turcos pero jamás había perdido una palabra para avergonzarse de los crímenes turcos contra los armenios. Bien, por fin lo ha hecho, en uno de los principales diarios alemanes, el Frankfurter Allgemeine Zeitung. Allí escribe Zem özdemir: “Parece ser que al Estado turco y a parte de su sociedad les cae muy pesado revisar su propio pasado. ¿Pero acaso no sería creíble si los más altos representantes de Turquía pidieran mañana disculpas a los armenios? Discutir el pasado no sólo es doloroso sino también indispensable en el camino hacia una sociedad realmente democrática”.
Sí, nuevamente, está todo dicho. Los crímenes de lesa humanidad no se podrán esconder jamás, por más poder que se tenga.
En la Argentina ha caído ahora el máximo responsable de la colonia alemana en Chile, “Dignidad”. Un nazi con métodos nazis. Y por supuesto colaborador de Pinochet. La Argentina debe entregar a ese asesino a Alemania, donde los criminales nazis han sido condenados a pesar de su avanzada edad. Y van a las cárceles comunes y no a sus domicilios privados, como en la Argentina van los autores uniformados de los bestiales crímenes oficiales.
Pero aquí llevaremos a cabo una variación del tema de la Memoria: vayamos a cómo se falsea la ética en otros aspectos de la vida política. Alemania, sí, hace oficialmente un severo recordativo de su criminal pasado nazi. Por ejemplo, ahora se ha aprobado la prohibición de actos neonazis en lugares históricos que recuerden ese pasado próximo o hechos de la historia alemana que puedan ser utilizados como propaganda por esa extrema derecha.
Sí, muy bien. Pero la otra cara de la moneda es la venta de armas que hace Alemania en la actualidad a países con conflictos. Alemania vende armas a 78 países. El primer ministro Schroeder –de la socialdemocracia, es decir de la Internacional Socialista– expresó todo su contento por la venta de productos alemanes a los países árabes, en especial a Arabia Saudita. Entre esos productos están las armas. Entre los 78 países compradores de armas a Alemania también está Israel. Y aquí cabe la pregunta: ¿el gobierno alemán y la industria alemana no han aprendido nada de la tragedia inmensa que debieron soportar por haber iniciado las dos últimas guerras mundiales? ¿De los millones de vidas que costó esa locura asesina? ¿Cómo es posible que después de haber sufrido millones de muertos y la destrucción de sus ciudades siga en el camino de producir y vender armas a otros países? Cuando acaba de informar la venta de tanques espías a Arabia Saudita, ¿por qué el Partido Verde –que forma parte del gobierno alemán junto a la socialdemocracia– no renunció a seguir gobernando un país que vende armas? ¿Por qué se venden motores para submarinos a China? Lo permite ese Partido Verde que tanto protege a la naturaleza. ¿Pero acaso el ser humano no pertenece también a la naturaleza? ¿O acaso la humanidad no recuerda el drama de Vietnam bajo el fuego y los elementos que destruían las selvas y toda vida que estuviera en ellas?
¿Por qué Naciones Unidas no prohíbe la venta de armas, por lo menos, a países en conflicto? ¿Es que la naturaleza humana no saca conclusiones de los desastres que han iniciado como siempre la agresividad latente y los intereses económicos?
Claro, el argumento es la desocupación. La globalización ha producido estas estadísticas que sólo basta leerlas, no es necesario comentarlas: Desocupación de la juventud en el mundo: Italia, 27 por ciento de sus jóvenes sin trabajo; España, 22,7; Francia, 20,2; Estados Unidos: 12,4; Gran Bretaña 12,3; Japón, 10,1; Alemania, 10,1. Todos llamados países industriales que exportan armas.
Heridas y lacras de la globalización. Que pueden ser y son mortales para los pueblos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-48334-2005-03-12.html
Por Osvaldo Bayer
Cabalgar sobre un caballo ciego por una calle oscura sin término. Así califiqué alguna vez a los derechos humanos en la Argentina. Ultimamente se han abierto algunas ventanitas. Como lo de la reanudación de los juicios, aunque no todos los jueces tengan la confianza de los argentinos. Y en la ciudad alemana de Bremen, el gobierno de ese Estado ha realizado en el palacio de gobierno un homenaje al gran historietista argentino Héctor Oesterheld, aquel que nos hizo imaginar todos los mundos con sus maravillosos cuentos dibujados.
El 3 de junio de 1977 es apresado por el Ejército argentino y origina una de las tragedias más grandes durante la represión de Videla. Además de él, desaparecerán para siempre sus cuatro hijas. Beatriz, de 20 años, fue secuestrada un mes más tarde por el Ejército. Diana, de 22 años, quien antes de desaparecer tuvo un niño en el Hospital Militar de Campo de Mayo, y ese niño fue robado. Al mismo tiempo fue muerto el esposo de Diana, Raúl. El 14 de diciembre de 1977 morirán su hija Estela, de 25 años, y su esposo, un año mayor que ella. La más joven de las hijas, Marina, fue secuestrada en noviembre del mismo año, estaba ya en el octavo mes de embarazo, para después desaparecer. Ni de ella ni de su hijo por nacer se obtuvo más noticias.
Tal cual. ¿Después de saberse esta tragedia ya sin calificativos, cómo es que los diputados y senadores del radicalismo pudieron votar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final? ¿Y que Alfonsín la haya firmado? Increíble. Lo mismo que los decretos de perdón de Menem a los generales condenados en el juicio de los comandantes.
Héctor Oesterheld quedará para siempre entre nosotros porque nos hizo volar por todos los cielos con su genial “Eternauta”. Que es la que le costó la tragedia porque en su última parte, de 1976, dibujada por Francisco Solano López, la Argentina aparecía gobernada por una feroz dictadura. Además de eso, había producido el guión de Vida del Che, con dibujos de Alberto y Enrique Breccia. Pena de muerte para él y toda su familia.
El lunes pasado, el bürgermeister de Bremen, Henning Scherf, abrió su casa de gobierno para recordar al querido intelectual argentino. Justamente no sólo se lo honró como artista sino también –por razones de nostalgias– por su abuelo August von Oesterheld, conocido ciudadano de Bremen.
El burgomaestre de Bremen hizo una alegoría muy sentida sobre el autor Oesterheld e hizo hincapié expresamente en los setenta desaparecidos alemanes en la Argentina durante la dictadura militar.
El acto se inició con música clásica argentina tocada por un cuarteto. Luego habló la ex ministra de Justicia de Alemania Herta Däumler-Gmelin, quien describió en todos sus aspectos el brutal y bestial método de desaparición de personas y la falta de reacción de diversos gobiernos europeos interesados más que nada en vender armas a los militares argentinos. Comparó, por su brutalidad, a los crímenes nazis con los de los militares argentinos. Principalmente hizo hincapié en el robo de niños.
Por último, en el sentido acto, pleno de emoción, se entregó el “Premio de Solidaridad de Bremen, 2004” a la esposa de Héctor Oesterheld, Elsa, y al pastor evangélico Kuno Hauck. Este último, miembro de la Coalición contra la Impunidad de los Crímenes de la Dictadura Argentina, con sede en Nuremberg, señaló: “Aun cuando Jorge Videla y sus esbirros no puedan ser juzgados en Alemania, por negativa del gobierno argentino de extraditarlos, igual los pedidos de detención internacional contra ellos seguirán siendo una permanente intimación, porque aquí no olvidamos a las víctimas. Para nosotros la injusticia permanecerá siempre siendo una injusticia”.
Si bien el acto fue una verdadera revelación en cuánto se puede hacer por el recuerdo de las víctimas de la dictadura, faltó un detalle. No sé si los argentinos sufrimos del defecto de timidez, acomodo o el “no meterse”. Pero no concurrió el embajador argentino o un representante de jerarquía de la embajada. Como decimos, fue un acto de primera línea en la vida cultural alemana, además en una de sus más grandes ciudades. Sobre compromiso político no se puede hablar porque es un gobierno de coalición de los dos más grandes partidos alemanes. La Socialdemocracia y la Unión Demócrata-Cristiana. Mientras hablaba, un poco con ironía y otro poco con una tristeza que descubría la inexplicable ausencia, preguntó al público que llenaba por completo el gran salón si había alguien de la embajada argentina. Después de mirar todo el salón, se levantó en la última fila una mano que dijo: “Yo soy el vicecónsul”. Es decir, el representante más bajo en la categoría diplomática que ni siquiera se dignó a decir dos palabras. ¿Qué pasó, el embajador perdió el último tranvía, o prefirió ir al cine, o quedarse en casa a ver el partido de turno?
Lo ideal habría sido –y no estoy exagerando– que hubiera concurrido al acto el agregado militar argentino de nuestra embajada. Es hora de que los miembros del Ejército reconozcan los humillantes crímenes que realizó el arma y que digan abiertamente que en caso de delitos de lesa humanidad no valen la obediencia debida o el punto final. Pero no, todos los uniformados callan, como tampoco han respondido últimamente a las frases que expresó el obispo militar, monseñor Antonio Baseotto, de que al ministro de Salud Pública argentino, doctor González García, había que atarle una piedra de molino al cuello y arrojarlo al agua. En un ejército democrático se hubiera esperado una reacción en el sentido de repudiar con toda la fuerza hechos así que hablan de la impudicia de los que aman el crimen como solución a los problemas. El ministro González García tuvo una actitud de coraje civil cuando se demostró favorable a despenalizar el aborto. El tema del aborto es un tema muy serio y muy difícil. No se arregla con piedras de molino ni tirando a la gente desde los aviones. Claro, es fácil decir “yo estoy contra el aborto” o “yo estoy contra los preservativos pese al sida”, mientras hay gobiernos que han tratado a fondo ese problema –especialmente, un problema de la mujer– aprobando leyes que demuestran un respeto fundamental hacia a la vida, pero también a la vida de la madre en el mayor de los casos, apenas adolescente. Es que el llamado obispo castrense de marras es igual que aquellos de la Iglesia Católica española que apoyaron a muerte al dictador Franco, fusilador de poetas y obreros, en la lucha por la dignidad y la libertad. Además, el señor obispo militar no es quién –por la falta de experiencia de su gremio– para recomendar soluciones de la vida sexual. Elegirlo a él para defender la vida es como nombrar a Blumberg director de una cárcel para jóvenes. Ellos, los curas católicos, por su por lo menos declarada castidad, están contra el amor, contra los cuerpos, contra los hijos. Es como enseñar a la gente que todos tenemos el pecado original porque Eva se comió la manzana, que antes era un higo, pero que un antiguo cardenal a lo Ratzinger cambió las Escrituras y en vez de un higo nos puso una manzana, porque el higo, claro, tiene forma de testículo (o algo así).
Bien, aunque sea menos pecado comerse una manzana que un higo, los mitos y tabúes van apareciendo por las ventanitas de la calle interminablemente oscura. Reconquistemos, por ejemplo, la obra del querido Oesterheld, y ofrescámosla en libros, para volver a soñar. La deberían editar, como desagravio, las secretarías de Cultura del país.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-47776-2005-02-26.html
Por Osvaldo Bayer
El ambiente del jueves pasado en Alemania impresionó, sin lugar a dudas. Los actos en el Bundestag, las legislaturas provinciales, la edición de los diarios –con tres o cuatro páginas dedicadas al tema– y la transmisión del acto en Auschwitz, en recuerdo del máximo crimen cometido por el ser humano contra otros seres humanos, quedaron como señal de que jamás debe olvidarse el Holocausto. Más todavía, quien fuera largos años embajador de Israel en Alemania, Avi Primor, dijo en el acto de Düsseldorf: “La cultura de la memoria histórica de los alemanes y su disposición a aprender del pasado es verdaderamente un modelo. ¿Dónde, por cierto, se encuentra una nación en el mundo que haya levantado monumentos para recordar su propia vergüenza? Hasta hoy, sólo los alemanes han tenido el coraje y la autocrítica para hacerlo”.
Claro, la pregunta es fundamental: ¿cómo fue posible Auschwitz? El asesinato de más de un millón de presos luego de humillarlos y castigarlos hasta superar toda imaginación de la maldad?
La televisión alemana trajo el testimonio de guardianes nazis del campo de la ignominia. Y la realidad le da la razón a Hannah Arendt cuando escribió La obscenidad de la maldad. Los reportajes no pudieron ser más obscenos. Las bestias uniformadas no desmintieron ningún crimen. Describieron en todos sus detalles las cámaras de gases, el trabajo esclavo, los castigos que propinaban y la muerte. “Los sanos iban al trabajo, los viejos, niños y enfermos, al gas”. Así, directamente, al gas. No es que estuvieran orgullosos por lo que habían hecho, pero sí de que habían cumplido con lo que les mandaron a hacer. Y ellos cumplieron. Obediencia debida.
Obediencia debida, argumento que el fiscal alemán del tribunal contra los asesinos de Auschwitz, Fritz Bauer, en Francfort, en 1963, negó como derecho. “No se puede alegar obediencia debida jamás en crímenes de lesa humanidad”, lo dijo Fritz Bauer. Verdad pura que no fue utilizada por los radicales de Alfonsín al aprobar la ley de obediencia debida para perdonar a todos los torturadores y asesinos de la dictadura militar de la desaparición de personas. Cuando se les preguntó a los guardianes de Auschwitz si habían matado a prisioneros, respondieron que sí, de inmediato. Y al reprochárseles esta conducta, se sorprendieron y respondieron: “Y qué quiere que hiciéramos si teníamos la orden”. Y basta. La única moral, la obediencia debida. (Un recuerdo argentino que no nos va a dejar en paz con nosotros mismos, cómo fue posible esa ley. Habría que invitar a todos los diputados y senadores radicales que votaron esa ley y preguntarles si la votaron porque habían recibido la orden.)
Los tres guardianes dijeron algo irrefutable: “Si hubiéramos ganado la guerra seríamos héroes y no asesinos”. Lo obsceno de la maldad. Si no hubiera habido guerra esos tres guardiacárceles de Auschwitz habrían seguido siendo carteros, o carpinteros, o enfermeros, profesiones que habían ejercido anteriormente. Pero les tocó en suerte ser enviados con uniforme a Auschwitz y fueron torturadores, asesinos, verdaderos bestias por la obediencia debida. Un millón de muertos por ser judíos, gitanos, comunistas, homosexuales o discapacitados. La obscenidad de los crueles, de los “normales” que se degeneran porque tienen mando, uniforme, poder sobre el indefenso.
Pero no fue todo oro lo que reluce en la Alemania de la memoria. Los siete diputados neonazis pegaron el gran golpe en la Legislatura de Baja Sajonia al retirarse de la sesión donde se pidió un minuto de silencio por las víctimas de Auschwitz. Se retiraron porque no se había pedido al mismo tiempo un minuto de silencio por los cincuenta mil alemanes muertos (casi todas mujeres y niños y ancianos) en el bombardeo de Dresden realizado por los ingleses en los últimos días de la guerra, cuando esa ciudad abrigaba a los civiles fugitivos de las provincias del Este, ante el avance ruso. Una actitud oportunista e irracional, típica de los neonazis, los admiradores de la irracionalidad. Lo justo hubiera sido ponerse de pie por las víctimas de Auschwitz, y luego, pedir lo mismo, en febrero, en el aniversario de los muertos de Dresden. Pero fue muy oportunista la actitud de esa extrema derecha.
Ahora se han alzado las voces de prohibir para siempre a las organizaciones neonazis. Estamos en contra de esa prohibición; los detrictus de una sociedad deben quedar a la luz. Deben salir a la superficie para ver lo que son y lo que quieren. Pese a esporádicos aumentos de votos –voto castigo a los partidos gobernantes– no dejan de ser una minoría absoluta. Quieren el tiro fácil, el puñetazo y el palo para disciplinar a la juventud. Los conocemos, en la Argentina tenemos a los Patti, a los Bussi, a los Rico, a los Blumberg.
En todas las escuelas de Alemania se dieron clases explicando Auschwitz, el racismo, el autoritarismo, la crueldad. Se repartieron libros sobre el tema. Es impresionante la cantidad de títulos que analizan la tragedia inexplicable por su extrema crueldad.
Pero, decíamos, no es todo oro lo que reluce. Acaba de ocurrir en Alemania algo inexplicable e increíble. El gobierno de Brandemburgo acaba de suprimir de la enseñanza escolar el análisis del genocidio armenio. Los turcos asesinaron en la segunda década del siglo pasado a más de un millón de armenios. A los hombres los ahorcaron y a las mujeres y los niños se los dejó morir de hambre.
Una matanza que conmovió al mundo. Turquía jamás pidió disculpas por tamaña matanza oficial. Más, aún hoy lo sigue negando. Pues bien, como en Alemania es tema de enseñanza, el embajador turco en Berlín invitó a almorzar al ministro de Educación de Brandemburgo y le pidió –para mejorar las relaciones entre los dos pueblos– que se anulara la tal enseñanza del programa de estudios. Y el ministro alemán aceptó. Algo indescriptible, inaceptable. Cuando se conoció la medida, toda Alemania reaccionó. Toda la prensa criticó la debilidad y cobardía del ministro germano. El escándalo político ha llevado al gobierno a decir que a partir del próximo curso se van a estudiar no sólo el genocidio armenio sino también otros cometidos en la historia del mundo.
Cuando el jueves terminó el acto en Auschwitz me nació la pregunta: ¿y la desaparición de personas, la llamada “muerte argentina” no debe ser debatida ya en nuestras escuelas: los campos de concentración, las torturas, el robo de niños (y aquí el tratamiento que recibieron las parturientas prisioneras, de un salvajismo atroz), el arrojar vivos a los prisioneros al mar, la desaparición? La desaparición, el método más obsceno de la muerte. ¿Cómo pudo pasar en la Argentina? Esa es la pregunta. ¿Por qué jamás en nuestros establecimientos educativos se habló de la eliminación del indio de nuestras pampas en manos del ejército argentino del general Roca, de la matanza de obreros en la Semana Trágica, de 1919; de la Patagonia y de la Forestal en 1921-22, durante el gobierno de los radicales? Por qué se calla el cobarde y bestial método de la desaparición de personas de la dictadura militar, o los crímenes oficiales de las Tres A durante el gobierno peronista?
En lo posible, de eso no se habla. Obediencia debida y punto final. Aquí, la pregunta obligada que me hacen en el exterior es: ¿por qué a un criminal como el marino Scilingo lo juzga la Justicia española y no la argentina? Les respondo con una frase alfonsinista: obediencia debida y punto final, y con una solución menemista: el perdón absoluto, el indulto. Veintidós años después parece que se inicia un panorama distinto, veremos. Los guardianes de Auschwitz fueron todos condenados a prisión perpetua en cárceles. En la Argentina algunos verdugos ya han muerto en sus camas ayudados por sus solícitas esposas. La Justicia es lenta. Los niños nacidos en prisión y regalados a los verdugos ya tienen casi treinta años. Crueldad y sadismo. En nuestro país, los verdugos de Auschwitz todavía estarían libres.
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Por Osvaldo Bayer
Es patético o –para argentinos– apenas folletinesco; es melodramático o –para argentinos– apenas tragicómico. El ex ministro Camilión declaró ante la Justicia que todos los meses recibía de Menem un sobre de treinta mil pesos (dólares en ese entonces) sin que tuviera que acusar recibo. Además de los diez mil pesos de sueldo de ministro. Con eso quiere explicar por qué tiene tanto dinero en su cuenta suiza, ante la acusación de que él también cobró coima en el famoso affaire de la venta de armas.
Comprobamos una vez más que la moral argentina está por el suelo. Ante todo, Camilión fue ministro de la criminal dictadura de la desaparición de personas. Y Menem, sin ningún respeto por la ética de la democracia, lo hizo ministro suyo. Es ya revolvernos en las cloacas. Una falta de respeto absoluto por la claridad y la honestidad de la democracia. Esto deja en claro que ni Camilión ni Menem fueron democráticos, que toda la ética estaba para pisotearla, lo único que interesaba era el poder. Y el dinero del poder.
Ser ministro para el bolsillo propio. Ser presidente para acomodar a los sirvientes de la dictadura criminal. Treinta mil dólares por mes, más el sueldo de ministro, más lo otro... Y el vacío cada vez más grande para los niños con hambre. Viva la Patria, gritaba la Liga Patriótica de Carlés y el Perito Moreno con los niños bien del Barrio Norte cuando salían a matar obreros huelguistas. Viva la Patria, gritaba Camilión cada vez que recibía por mes treinta mil pesos sin firmar, del arca del pueblo, de las manos de su guardador fullero.
Si es vergonzoso el hecho de que así los ministros de Menem engrosaban el bolsillo, más aún es que los políticos elegidos por el pueblo den empleo a los sirvientes de la dictadura. Camilión, ministro del dictador más lamentable de la historia argentina. Camilión, sobador de uniformes con charreteras y después ministro de una “democracia” que le llenaba el bolsillo sin tener que dar cuenta. La Argentina. La estructura argentina para gobernarse.
¿Por qué en este país ninguno de los dos partidos que nos gobernaron hasta el hartazgo y nos dejaron como final con el 60 por ciento de la población en el nivel de pobreza y que se acariciaron los codos con las dictaduras de turno no aprobaron una legislación que condenara con absoluta rigidez y coraje a todo militar que se levantara contra las instituciones? Que estableciera la pena de prisión perpetua en cárcel común a los dictadores, subdictadores y ministros civiles que patearan la democracia. Que se estableciera la quita de todo lo ganado en sueldos y prebendas durante las dictaduras y que además los dictadores pagaran los daños y perjuicios cometidos a la Nación y a sus habitantes. No, pero en nuestra llamada democracia –la de los dos partidos que nos gobernaron siempre– dejaron libres a todos los dictadores, les pagaron su sueldo y les permitieron el uso del uniforme, cuando no les hicieron monumentos –como a Uriburu– o les permitieron concurrir a todos los eventos militares. Alfonsín, por ejemplo, aceptó el traspaso del poder de manos de Bignone, el general manchado de sangre, el que entregó para que desaparecieran a dos conscriptos a su mando. Y, lo que es peor, algunos dictadores están en la galería de presidentes de la Casa Rosada. Una especie de sobarse incestuoso entre dictadores y obedientes electos.
Los sobresueldos de Camilión, buen título para que un dramaturgo argentino nos pinte con sorna y dolor lo que tiene que soportar este pueblo argentino. Cuenta bancaria en Suiza por dos millones de dólares, Camilión. Uno no puede preguntarle si no siente vergüenza, porque esa palabra no existe en el vocabulario de los aprovechados gobernantes y ex gobernantes argentinos. Ganaba diez mil como ministro. ¿No le eran suficientes? Pensando en lo que ganan padres de familia en la Argentina. ¿No sospechaba que con esa verdadera coima en sobre le querían ganar el silencio para algo o convencerlo para el negociado de las armas? Aceptar ese sobresueldo infame es no tener caridad para con los demás que sufren hambre y falta de trabajo. Camilión, ministro de la desaparición de personas y de las torturas y robo de niños y ministro de los treinta mil en el sobre en tiempos de Menem. ¿Qué lo hizo declarar reconociendo los sobres? ¿El complejo Scilingo o una manera no muy apropiada para que lo larguen de la sospecha del negociado de armas? Negociar con armas, negociar con la muerte, negociar con los magnates del gatillo y la bala. Ya había sido ministro de la dictadura de la desaparición. Tétrico. ¿Se preguntó alguna vez por los jóvenes muertos? ¿Vio en alguna noche de insomnio el rostro de ellos? No, primero el sobre de los treinta mil por mes. ¿Cuántos funcionarios de hoy trabajaron con la dictadura, cuántos profesores, cuántos jueces, cuántos militares, cuántos gendarmes, cuántos policías? Una sociedad despiadada. Treinta mil en el bolsillo del señor ministro Camilión. Treinta mil desaparecidos. Treinta mil madres con el mal de ausencias, treinta mil hijos que tratan de adivinar cómo eran sus padres. Treinta mil dólares en la cuenta bancaria de Suiza. Una historia muy argentina.
Y si en esta Argentina todavía la palabra Justicia significa algo, pues bien, hay que hacerle devolver los treinta mil mensuales al ministro de la dictadura. Por una cuestión racional: porque si un maestro gana 490 pesos y la mitad de los docentes universitarios no cobra nada, tiene que hacerse valer el principio constitucional de la justicia, para no hablar del hambre de los argentinitos, sí, esos pibes nocturnos, con rostros de la tierra y ojos grandes. Treinta mil pesos por mes que devuelvan los ministros de Menem, por una cuestión de ética, para comedores infantiles.
Si no lo hacen quedarán como hombres mezquinos, sórdidos, roñas, cicateros. Si devuelven al pueblo el dinero acumulado en delito moral, se los podrá perdonar a ellos, pero no al autor de la dádiva. Un hecho así merece la cárcel común y el desprecio eterno.
La cárcel común, no la que gozan los criminales uniformados de la desaparición que ahora se sabe ya lo inexplicable: a los asesinos presos que tienen título militar se les permite ir al Círculo Militar. ¿Pero, en qué país vivimos? En la Argentina. Sí, al Círculo Militar donde hace pocos días los militares presentaron un libro de absoluta reivindicación de sus procederes durante la dictadura.
La Justicia no puede humillar así a la conciencia argentina. O van presos como los criminales comunes –y eso que son, peor todavía porque a sus horribles crímenes los hicieron desde el poder– o toda la palabra democracia queda sucia por siempre en la historia. En cada momento, aparecen la Obediencia Debida y el Punto Final con vaselina. Todo en veremos, todo sin un final digno desde aquel diciembre de 1983 en que la democracia dejó de hacer lo que tendría que haber hecho.
Los millones en Suiza. Los crímenes militares que van a ser tratados, según los jueces desde 1983. Y Camilión que goza de una cuenta millonaria desde hace dos décadas. Un miembro de la logia de los desaparecedores de personas. Fue un buen negocio. Una mafia excelente.
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Por Osvaldo Bayer
La casa sigue sucia, a veintiún años de la caída de la dictadura militar. En Zárate, la Justicia hizo un allanamiento que dejó al desnudo que todo sigue igual en el Ejército argentino, más disimulado, por cierto, más mentiroso. Una casa en medio de un barrio dedicada a los servicios de informaciones, que no es otra cosa que la alcahuetería rastrera de la gente que al Ejército “le resulta sospechosa”. Nos podemos imaginar quiénes son los sospechados: obreros de actividad sindical, periodistas independientes, intelectuales que persiguen las huellas de los asesinos de siempre.
Todo se debió a la denuncia de un dirigente obrero que expresó que en la casa llamada “Frente de piedra” –Lavalle 636– había sido detenido y golpeado bárbaramente por el Ejército durante la dictadura. La Justicia ahora actuó de inmediato y ordenó el allanamiento. Lo que se encontró –hasta una picana eléctrica– dejó en claro que todo sigue igual. Residencia de alcahuetes pagos que sirven para vigilar a los ciudadanos que no agachan el lomo. Una dependencia del Servicio de Inteligencia del Ejército.
Uno se pregunta: ¿pero acaso después de la dictadura no estuvo de comandante en jefe el general Balza, que se rasgó las vestiduras de que él –aunque estaba en actividad– no participó de la represión y habló decenas de veces de la democratización y de la limpieza del Ejército? ¿Cómo es esto? El allanamiento demuestra que todo sigue igual. Baste leer los objetos encontrados en la casa allanada: armas de fuego varias, proyectiles, proyectiles antiaéreos, fotografías, agendas, mucho material bibliográfico (manuales y revistas de inteligencia del Ejército), ropa de fajina, una diminuta cámara fotográfica, miras telescópicas, silenciadores, abundante cantidad de ropa usada, una especie de soldador sin punta de los que se utilizaban como picana eléctrica, certificados de la ICIA, gran cantidad de armas blancas, banderas argentinas, libros por supuesto sobre el comunismo y la lucha contra la subversión, miguelitos, etcétera.
Lo sorprendente es que ya la Justicia había preguntado al Ejército si allí funcionó durante la dictadura militar el Destacamento ICIA 201/1, y el Ejército lo negó hace muy poco tiempo.
Bien, se comprobó que en el lugar vive Juan Isaac Maldoz Peraza, del personal civil de Inteligencia. Resulta curioso que el nombrado es uruguayo y que en cuatro meses de llegado al país se le dio la ciudadanía argentina, lo que hace sospechar que formó parte del Operativo Cóndor, operativo conjunto de las Fuerzas Armadas para combatir a la izquierda. Ya se ha revelado la cantidad de cobardes asesinatos políticos que cometieron tales sicarios. Se conocen declaraciones de dicho agente a vecinos en las que declaró que a los desaparecidos no los iban a encontrar más y que durante el Mundial de Fútbol del ‘78 tuvo la orden de reprimir a gays y travestis para que no dañaran la imagen argentina en el mundo. Y se preciaba de haber pertenecido al ejército uruguayo. Declaró, además, ante el juez que hasta marzo de este año cobraba su sueldo a nombre de Juan Isaac Maldoz Peraza, pero que a partir de esa fecha, por orden del Estado Mayor del Ejército, su nuevo nombre era Ambrosio Serrano y exhibió su nuevo recibo de sueldo con ese nombre. Es decir, el Ejército sigue actuando con absoluta impunidad, con métodos mafiosos, pisoteando leyes y reglamentos. Se sigue sintiendo dueño de la vida y de la muerte. Agregó el individuo que en la actualidad desempeña funciones en el Destacamento de Inteligencia de Combate de Campo de Mayo. Y que su actual jefe es el coronel Aurelio Corcelli.
La víctima de la brutalidad del Ejército que hizo la denuncia es Valentín Rogelio Ibáñez, quien fue delegado obrero de la cercana empresa DalmineSiderca. Que con otros dos delegados fue detenido en 1977 por dos civiles armados que los llevaron a la casa de la que estamos hablando, donde durante tres días le propinaron palizas indecibles a patadas y puñetazos. Eran miembros de Inteligencia del Ejército que les querían hacer declarar que los detenidos eran comunistas, cuando en realidad eran peronistas. Estos procedimientos van a ser repetidos en varias oportunidades y finalmente los perseguidos serán dejados en libertad porque no se les pudo comprobar nada.
Cuando el ocupante actual de la casa allanada, como decimos, el uruguayo Juan Maldoz Peraza, fue detenido al entrar en la casa allanada, es decir, hace pocos días, se le secuestró un bolso en el que tenía 24 proyectiles calibre 22 punta de plomo y 16 proyectiles intactos calibre 22, una tricota verde militar, una gorra blanca con visera y escudo, una camisa camuflada, una gorra azul con visera, con estampado CVN, un pasamontaña verde, una bombacha de fajina camuflada con cinturón color marrón, y en uno de sus bolsillos un cargador para pistola 9 mm, una campera de piloto de avión con aplique de bandera argentina y escudo de la Escuela de Aviación del Ejército. Uno de los allegados del miembro del Ejército Peraza declaró ante el juez que éste, cuando se refería a los desaparecidos, los calificaba de “comunistas de mierda”. Y que durante la represión había actuado en el Batallón 601 de Inteligencia. Y que ahora trabaja en la oficina denominada CRIM del Ejército en Campo de Mayo. A Maldez Peraza se le secuestran libros que estaba leyendo, entre otros, Subversión comunista en Latinoamérica y otro a favor de la campaña del desierto de Roca llamado Política seguida por el aborigen del Círculo Militar.
Ha intervenido el juez Federico Efraín Faggionato Márquez y la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense. Se investiga actualmente cuántos hechos de tortura y de detenidos ocurrieron en esta casa y por qué el Ejército negó que fuera propiedad de esa institución tal guarida.
Resulta un insulto a las instituciones democráticos que el Ejército niegue realidades y que se maneje siempre en el misterio con que ejecutó los horribles hechos de torturas, apropiación de niños y desaparición de personas. Creemos que éste es un caso que no sólo debe ser tratado por la Justicia sino que da ocasión para que el Congreso origine un debate y una comisión de investigación para que sanee la moral de esa institución. Y a esa investigación hay que comenzarla con la averiguación de las ideologías de los profesores del Colegio Militar. En el film Panteón Militar que se debe a mi investigación, está bien claro la ideología de los que enseñan a los actuales cadetes. No basta con bajar el retrato de Videla, que por fin se hizo en el 2004 a pesar de que denuncié el hecho de su existencia en 1992, y ni Menem, ni De la Rúa, ni Duhalde se sintieron responsables de ese insulto a todas las víctimas de esos tétricos años del crimen y del abuso de la dignidad.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-43834-2004-11-20.html
Por Osvaldo Bayer
Después del mal ejemplo de Estados Unidos de las últimas elecciones, donde basta leer los millones de dólares que gastaron los dos candidatos para darse cuenta de que eso no es democracia ni nada que se le parezca porque, señores, para ser demócratas hay que tener plata. El que no tiene plata es apenas un gato de albañal a quien sólo le permiten poner un papelito en la urna, un papelito –y esto es lo real– que lleve un nombre de los dos que les dan millones para poder ser presidentes. Pero no miremos sólo a Estados Unidos, pongamos la mirada en Esquel, esa pequeña ciudad de nuestra Patagonia que ha luchado y sigue luchando contra las minas de oro y el cianuro que se utiliza para obtener el metal de los Dioses. Oro y cianuro. Síntesis del mal. Bien, estuvieron aquí los representantes de las asambleas populares para explicar todo. La porquería que son las actuaciones de las autoridades, de los jueces, de la policía, de los empresarios locales –que algo quieren ligar si viene tanto dinero de afuera– y los alcahuetes pagados que rompen vidrios de los asambleístas y los amenazan.
Cuánta corrupción hay en las democracias armadas por el poder. Y ahora Sobisch contra los heroicos obreros de Zanon. Sí, los de la epopeya. Nos imaginamos cómo fue el período de la conformación nacional cuando se repartieron las tierras de las pampas y la Patagonia. Aquella que se repartió toda, pero primero se hizo desaparecer al indio. Hay poderosos dueños de la tierra desde aquella época. No hubo control. Se llamaba “dar concesiones”. Miles y miles de hectáreas. Sarmiento inventó la palabra atalivar, de Ataliva Roca, el hermano menor de Julio Argentino Roca. Se decía que Julio Argentino creaba y Ataliva recibía. Hoy ya no se utiliza “atalivar” sino que se dice simplemente “coimear”. A los indios que Roca no eliminó, los esclavizó. Claro, Mariano Grondona dice que eran indios chilenos. Ah, entonces está bien.
Pero nada queda impune. Hemos recibido una muestra de coraje civil. Una mujer de manos limpias y mente que no tiene ni miedos ni secretos. Es la sobrina biznieta del general Julio Argentino Roca, sí, el genocida del “desierto”. Magdalena Roca Figueroa. Su estilo es claro, sus palabras dicen justamente lo que significan. Luego de saludar la campaña que llevamos a cabo algunos argentinos de quitar del centro de Buenos Aires la estatua del genocida, me expresa:
“Habiendo sido Julio A. Roca uno de los siete hermanos de mi bisabuelo Agustín, considero importante que un escritor y activista de los derechos humanos de su talla, sepa que una portadora del mismo apellido, familiar, se avergüenza de lo llevado a cabo por su antecesor así como de todos los hechos acaecidos en estos lares desde Juan de Garay y Pedro de Mendoza”.
“Como americana pienso –continúa– que la ocupación de América por los europeos ha sido una tragedia y supongo que estará en nosotros, aquellos descendientes de esos invasores, estemos mestizados o no, cambiarle la cara a esta macabra historia. Todas las ocupaciones de tierras ajenas por pueblos invasores han sido un hecho deleznable a través de toda la historia de la humanidad. Pero sólo me puedo hacer cargo, en esta ocasión, de la que me corresponde por nacimiento. Como ciudadana argentina emparentada con quien fuera uno de los máximos responsables del casi exterminio de los pueblos nativos que ocupaban el llamado ‘desierto’ me hago cargo de lo que ocurrió en mi país. Como parte activa de la Iglesia Católica militante, me hago cargo de quienes siempre violaron su primer mandamiento: ‘No matarás’, por no mencionar el ‘no robarás’.”
“Si la historia se asumiese como fue –prosigue–, no digo conocer, pues ya se conoce aunque no se termina por incorporar el ideario colectivo argentino. Repito, si la historia se internalizara por todos los habitantes americanos, pienso que los usurpadores y sus descendientes, entre los cuales evidentemente me incluyo, debiéramos sentirnos tan depredadores como lo han sido nuestros mayores, al menos que hagamos algo al respecto. No nos debiéramos sentir a gusto en las tierras robadas a sus dueños. No debiéramos sentirnos a gusto sabiendo que a nuestros antepasados jamás se les ocurrió que la historia podría haber sido distinta si hubiesen venido a compartir un sueño, a pedir un permiso de convivencia y no a robar, saquear y matar llamando ‘indio ladrón’ y malonero a quien defendió su tierra como pudo y mejor supo.”
“Deberíamos sentirnos permanentemente en deuda con los pueblos originarios de esta América y luchar por lograr su perdón, primero, y resarcirlos, después. Mucha gente dice que el perdón no cambia nada. Pienso que sí. Pues si bien no devuelve a los muertos, implica un comienzo de resarcimiento del mismo, 500 años después, sí”, prosigue Magdalena Roca Figueroa.
“Cuando la evolución de la humanidad toma rumbos degenerados, sólo acciones como ésta, de quitar el monumento, tomadas como bandera por toda la comunidad y llevadas a la práctica, pueden alejar al ser humano del grado de animalidad en que se haya sumido.”
“Poco puedo agregar –continúa–, salvo que lo único que me inquieta de vuestra campaña –de retirar el monumento a Roca– es que no nombren con todas las letras la secuencia asesina que finalmente llevó a mi pariente a asestar el golpe final a los pueblos originarios del Sur: la invasión de Pedro de Mendoza y la de Juan de Garay, en primer término; las expediciones del coronel Pedro A. García, la del gobernador Martín Rodríguez, por el coronel Federico Rauch y por Rosas. Entiendo que no pueden ocuparse de todos los monumentos de estos ‘héroes españoles’ y que tomando a uno como símbolo, lentamente caerán los demás. También entiendo que cuestionarlo a Rosas resultaría, en este momento, inconducente, pero sería constructivo que quedara en claro que la Campaña del Desierto fue epílogo de todo un pensamiento gestado 500 años antes, producto también de un proceder bruto de la época que tiene que ser detenido por otro tipo de pensamiento de esta época que geste otro tipo de acciones y un proceder marcadamente diferenciado. Desmitificar a Rosas como amigo de los indios implicaría también desmitificar que Roca fue amigo de algunas tribus: claro, a coacción, la amistad toma rumbos imprevistos.”
“Antes de decidirme a escribirle, leí bajo recomendación suya el pésimo libro del Comandante Prado. También leí dos muy buenos libros escritos por Dionisio Schoo Lastra, quien fue pariente y secretario de Roca durante siete años: El indio del desierto y Lanza Rota (1930, edic. Marymar y Goncourt). Hay una gran admiración latente en toda su obra por la manera de ser indígena y un cabal conocimiento de las tribus, que no se deberían, a mi juicio, menoscabar. Diferente es el excelente trabajo profesional del historiador Enrique H. Mases: Estado y cuestión indígena: El destino final de los indios sometidos en el sur del territorio (1879-1910), de Prometeo Libros.”
“Sin más, lo saludo muy atentamente y quedo a su disposición. Fdo: Magdalena Roca Figueroa (CI. 6.744.276).”
Sobrina bisnieta del general Julio Argentino Roca. Toda una lección. En su sangre siente la enorme injusticia con que nosotros los argentinos premiamos a su familiar asesino con ese monumento triste y ramplón. La mujer que nos entregó esta carta quisiera ver reemplazada esa estatua por “algunas beldades de la América virgen invisibles para nuestros torpes ojos”.
Gracias, Magdalena Roca Figueroa, nos ha dictado una clase de dignidad, frente a tanta agachada de los dueños del país y sus representantes. Dolor y dignidad. Culpa y Justicia.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-43253-2004-11-06.html
Por Osvaldo Bayer
En las soledades argentinas hay cronistas increíbles. Casi siempre es gente que observa y anota en absoluto silencio. En este caso es una maestra patagónica: Hurí Portela. Anotó los detalles de toda la injusticia que se expandió por una pequeña localidad, Gobernador Gregores, en Santa Cruz. En el libro La noche del chancho –que acaba de salir– está lo que sufrió la gente durante la dictadura de Videla. Es increíble la petulancia, el proceder tiránico, el patear el tablero, el sentirse Dios, patrón y señor, de un gendarme a quien la dictadura le dio plenos poderes para gobernar esa población patagónica. Dios con botas ante el vecindario que no podía creer lo que estaba viendo. Un tema para Anton Chejov en el teatro; para Fassbinder, en cine.
El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas –tal su real nombre– se sintió Dios. Y fue Dios. Cuando hablaba con la gente abría bien las piernas, a lo macho, o se tiraba para atrás en el sillón del escritorio y miraba con asco al civil que venía a solicitarle algo. Un aspecto que se repitió en el interior argentino y que no fue tocado ni por los políticos ni por la sociedad cuando cayó la dictadura: el comportamiento corrupto y dictatorial de militares, civiles sometidos, gendarmes y policías que entraron a dominar la burocracia.
En La noche del chancho se trabaja este aspecto con fidelidad histórica y jurídica. Aparece todo ese pasado fantoche y criminal. En general la sociedad se comportó como soldados conscriptos ante los cabos primeros y los generales de la Nación. Menos los estudiantes de la Escuela de Agronomía de Gregores, la maestra Hurí Portela y algunos pocos civiles dignos, esos que siempre se hacen presentes por puro coraje civil y vergüenza propia.
El comandante de Gendarmería Nacional Horacio Primitivo Callejas fue todo. Y se acabó. ¡Viva la Patria! El que no obedece es zurdo y al zurdaje no hay que darle ninguna oportunidad. Principalmente si son estudiantes. Ya que de por sí, un estudiante es sospechoso.
El 24 de marzo de 1976 –que deberá ser recordado todos los años como el día de la vergüenza argentina– toma el poder en la municipal de Gregores el comandante Horacio Primitivo Callejas. Dice la autora de La noche del chancho: “La mayoría de las personas entrevistadas: ex alumnos, profesores, maestros de internado, recuerdan que el comandante Callejas no trataba bien a nadie. Era déspota, proclive siempre a insultar, y era común escucharlo gritar ‘como un loco cuando alguien lo contradecía’. Una de sus primeras acciones fue invadir de sorpresa la Escuela de Agronomía con treinta gendarmes armados. A las 7.30 de la mañana oscura, aún sin amanecer, entraron los gendarmes a los gritos, entre maestros y alumnos sorprendidos. Buscaban un ‘nido de subversivos’. Todo era mentira. Callejas lo hacía para asustar y demostrar su poder. Pateaban puertas, a las mujeres las palpaban de armas. Secuestraron las tijeras de injertos, de podas y los cuchillos usados en la enseñanza. El uniformado se proclamó rector. Por supuesto prendieron una fogata y quemaron libros y revistas sacados de los roperos de los estudiantes. Una acción valiente de la Argentina uniformada que nos invade de pena y vergüenza: que los uniformados pagados por el pueblo quemen libros, que es quemar el pensamiento, el derecho, la libertad.
Después, la delación. Los uniformados tomaron exámenes ideológicos a los alumnos. Fueron secundados por la supervisora general de Escuelas, Egidia Sanchi de Marum, férrea defensora de la dictadura. Pero los alumnos no respondieron positivamente a lo que querían los uniformados porque no habían leído a Marx. Ni siquiera entendieron muchas preguntas de los milicos. No importa. Callejas no logró su propósito, pero ordenó que todos los estudiantes se cortaran el pelo y usaran corbata. Así se era patriota. Pero los estudiantes dijeron: no. Por eso Callejas puso un peluquero. Los alumnos calificaron al alcahuete que oficiaba de peluquero como “Hacha brava”. A los profesores sospechados de ideas liberales se los expulsó y no se les pagó los sueldos adeudados.
Los alumnos se despertaban hasta entonces con música folklórica. Ahora, con la Gendarmería, a puro pito. Además, en pleno invierno, se les quitó una frazada para que se hicieran machos. Lo mismo, en la comida, se prohibieron los quesos, dulces, embutidos, el paté, los jamones, fiambres y las mermeladas, a pesar de que todo se hacía en la escuela. Callejas recorría los almuerzos y cuando veía una mesa un poco desordenada, arrancaba el mantel y tiraba todo, a los gritos y patadas. Lo más injusto fueron las cesantías de maestros y empleados. Muchos chicos se fueron por no aguantar la brutalidad del régimen de Callejas. En 1976 había 110 alumnos; a fines del ’77, sólo 40. No hubo paz, comenzaron los hechos rebeldes de los alumnos que mostraron toda su entereza al oponerse al pequeño tirano. Hasta que llegará la noche del chancho.
Fue en marzo del ’77. Los alumnos del último año iban a festejar el egreso con el título de agrónomos. Como era costumbre, prepararon una gran fiesta. Era clásico el asado de cerdo. Para lo cual tomaron uno de esos animales que habían alimentado ellos durante la enseñanza. Fue una verdadera fiesta de estudiantes. Pero todo iba a terminar muy mal. El gendarme Callejas ordenará la detención de los cinco estudiantes que habían intervenido en la faena del chancho. Se los llevó a la comisaría porque, si bien los estudiantes lo habían criado, el chancho era de propiedad del Estado. De inmediato se los expulsó de la escuela por disposición del rector Jorge Lisardo Alvarez, un hombre de Callejas y de la dictadura. Es decir que, para los expulsados, los seis años de estudios habían sido en vano. Los expulsados tenían buen promedio y uno de ellos era el abanderado y otros dos, escoltas. Es impresionante en el libro de Hurí Portela el detalle de todo lo que hicieron los padres y los compañeros para revocar la medida. La tristeza de los alumnos acusados, la angustia interminable. La crueldad. Porque se los mantuvo incomunicados en calabozos que se inundaban. Desde allí fue todo humillación. El tiempo hizo algo de justicia. Pero en el alma de los estudiantes permaneció siempre el dolor de las penas irracionales. En cambio, el comandante Callejas cobra un muy buen retiro y se pasea en uniforme por el barrio. Lo llaman “el chancho argentino”. Con él nadie se atrevió a hacer verdadera justicia.
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Por Osvaldo Bayer
Etchecolatz empezó a sentirse mal, estaba en su casa y sintió dolor de cabeza y dijo que era un perseguido político. Sinvergüenzadas argentinas. El peor de los asesinos estaba en su casa y se hace el perseguido. “Político”, nada menos. El verdugo más cobarde de nuestra historia se autodenomina político. La política del tiro en la nuca. Lleva siempre la escarapela argentina en la solapa. Azul y blanco. Trasfondo de nuestra filosofía social. Los asesinos están entre nosotros. Es el autor de la acción más alevosa imaginable. La prisión, tortura, muerte y desaparición de los adolescentes de la Noche de los Lápices. De adolescentes. Y lo que todavía no se ha dicho: los militares y uniformados argentinos les ganaron a los nazis. En una acción muy parecida, los argentinos mostramos mucho más poder, autoridad, la más absoluta ilegalidad en la represión.
En febrero de 1943, en plena guerra, un núcleo de estudiantes alemanes de la ciudad de Munich editó volantes contra la guerra. Su moral no les permitía soportar más eso de matarse unos a otros, bombardear ciudades asesinando madres y chicos, con la destrucción absoluta de la vida. Esos volantes los arrojaban desde los pisos de arriba al patio de la universidad. Fueron observados por el portero que los denunció de inmediato. Los estudiantes –cinco varones y una chica– recién comenzados los veinte años, fueron sometidos a un juicio, encontrados culpables de traición a la patria y guillotinados al tercer día. Todo salió en los diarios, después fueron ejecutados otros estudiantes y también el profesor Huber, quien los había apoyado. Sus bellas cabezas cayeron rodando en un tacho. Habían leído demasiada poesía, habían leído el sufrimiento en los ojos de los demás y en sus propios ojos. La guerra, no podían ni querían seguir siendo bestias. Sus cabezas fueron separadas de sus cuerpos. Pero los nazis oficializaron todo y publicaron todo, hasta el nombre del juez y del verdugo. El juez Roland Freisler quien posteriormente condenó a la horca a los rebeldes del 20 de julio. Todos con su responsabilidad en el crimen.
En La Plata ocurrió algo muy similar. Pero los héroes de la resistencia civil argentina eran más jóvenes, apenas adolescentes. Habían luchado por la rebaja del boleto estudiantil. Para que los que vivían lejos pagaran igual que los que vivían cerca. Justicia, camaradería, solidaridad, la bella palabra. Se reunían y cantaban por la calle: “Luchar, luchar, por el boleto popular”, “Eso, eso, eso, boleto de un peso”. Cuando llegó la dictadura pasaron a ser sospechosos. Activistas. Terroristas. Fueron secuestrados por la policía comandada por un general de la Nación, el general Camps, un enfermo mental que aplicó con un entusiasmo total las reglas de la muerte argentina: secuestro, robo de las pertenencias, humillación, tortura hasta la aniquilación, hambre, y por fin desaparición. Cada vez peor, cada vez mejor. Destruir al ser humano integralmente. Aplastarlo como a un insecto. Y total silencio ante los familiares y amigos. Desaparecido. No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos, como se expresó ante los periodistas extranjeros el señor presidente de la Nación Argentina, teniente general Jorge Rafael Videla. Etchecolatz, Camps, Videla. Figuras de exposición en una muestra argentina que comienza con Roca. Es toda una línea. Lo que pasa es que los mapuches son chilenos. Ahí está la clave. Es decir, los militares argentinos se quedaron en la sombra, no admitieron nunca el crimen. Hasta hoy, Etchecolatz nunca lo reconoció. No sé, desaparecieron. Se habrán ido a Suecia. No, no me enteré.
En su libro, de precisión jurídica, María Seoane y Héctor Ruiz Núñez establecen que seis jóvenes prisioneras embarazadas fueron arrojadas a los calabozos de los muchachos de La Noche de los Lápices para que éstos las atendieran sin tener elementos ni conocimientos. Aquí sí los argentinos les ganamos a los nazis. Los prisioneros alemanes de Munich, tras seis días de calabozo alimentados con una ración mínima, fueron llevados a la guillotina y ahí ejecutados. Aquí, entre nosotros, fue todo más florido: picana, látigo, hambre, escupitajos, manoseo y violación para María Claudia y Clara, todo mezclado con desconocidas embarazadas humilladas hasta el hartazgo. Es que somos católicos apostólicos romanos. Los representantes de la Iglesia Católica en La Plata les dijeron a los desesperados padres: “No busquen más a sus hijos”. “Recen”. Monseñor Plaza.
Sophie Scholl, la joven mujer alemana de “La rosa blanca” –ese bello nombre tenía la organización antinazi de Munich– puebla hoy con su foto todos los rincones universitarios sensibles a su lucha y a su joven muerte.
Poco a poco los jóvenes rostros de los queridos María Chiocchini, María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Claudio de Acha, Horacio Angel Ungaro, Daniel Racero y Pablo Alejandro Díaz van surgiendo del horizonte estudiantil y aparecen uno por uno en las aulas de los ámbitos secundarios. La semana pasada me llamaron para hablar de ellos en el patio del Colegio Nacional Pueyrredón. Más que mis palabras se oyeron los aplausos de las manos jóvenes. Hubo lágrimas. Emoción. Dolor. Pensaron en las muertes. De sus compañeros. Desaparecidos. Ese mismo día Etchecolatz se consideró un preso político.
La pregunta es: ¿por qué tanta brutalidad, tanta impunidad? ¿Cuáles fueron los maestros y profesores de nuestros militares y policías? Hoy, salvo los que se jubilaron, siguen siendo los mismos docentes en los colegios militares y policiales. ¿Dónde asimiló Camps el instinto de hacer desaparecer? ¿Dónde aprendió Etchecolatz tanta impunidad y crueldad? Y la cobardía de negar que lo hicieron. ¿La aprendieron o les viene de familia? ¿Buscaron esa profesión porque les calmaba los instintos? La pregunta no es porque sí, viene de estudios que se hicieron sobre los nazis famosos y sus instintos desde la vida familiar.
Los crímenes nazis estaban documentados por ellos mismos. Aquí hasta Videla los niega. Un aspecto del cinismo y la mendacidad que debemos tener en cuenta para medir la personalidad de quienes establecieron la “Muerte argentina”, la desaparición. Hasta la Inquisición de la Iglesia Católica quemaba vivas a sus víctimas en plazas públicas y con la presencia de la Cruz. Nuestros verdugos escondieron todo. Esa es su máxima cobardía. Que los dos partidos políticos argentinos siempre reinantes trataron de disimular con las palabras “obediencia debida” y el batacazo del indulto. Pero no es tan fácil esconder la basura debajo de la alfombra. Están los alucinados del coraje, que jamás abandonan la escoba, a pesar de las ametralladoras y las picanas eléctricas.
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Por Osvaldo Bayer
La bestialidad ha llegado al borde de la copa y se derramó sobre el último mantel de la inocencia. Para siempre. Un médico, llorando, dijo: “Sacrificamos nuestras vidas en cada operación para que no se nos muera un paciente y de pronto matan, asesinan, en la forma más cobarde, a centenares de niños absolutamente indefensos. La muerte de los niños en Rusia, asesinados con toda la vileza de hombres convertidos en fieras de la peor especie. La mayor degeneración de los sentimientos. El ser humano convertido para siempre en basura”.
Dónde quedamos los hombres y mujeres de los derechos humanos. Humillados al extremo. Pero aun así no hay que bajar los brazos. Hay que apuntar justamente allí: fuera los niños de todo terrorismo y de toda represión.
No se puede ni se debe justificar jamás que los terroristas tomen como lugar de sus actos cualquier objetivo donde se encuentren niños. Aunque pertenezcan al movimiento de liberación de Chechenia. Aunque sean independentistas, han cometido una transgresión cobarde y alevosa. Merecen la condena más indignada. Los chechenos han cometido el peor crimen de la historia. Han manchado para siempre su grito de libertad. Y los pueblos musulmanes tienen que comprender también que así no: enviar a hombres y mujeres jóvenes envueltos en pólvora y hacerse estallar en la vía pública, no. Usar la religión para asesinar de la forma más impune, no. Usar a la mujer, el símbolo de traer vida al mundo, para ataques plenos de cobardía, no.
Pero el repudio más firme también tiene que estallar cuando, como ordenó Putin, a la represión no le importa actuar como criminales en lugares donde se encuentran niños. Putin tendría que haber aplicado todos los métodos habidos y por haber para que no se disparara una sola arma en la escuela. Haber negociado todo, hasta su propia vida: yo, Putin, me ofrezco como rehén para que se dé libertad y protección a todos los niños del colegio. Que no se toque a ningún niño. Asegurar la salida de los guerrilleros y liberar a cuanto prisionero sea con tal de que los niños sigan con vida. Cada niño es un hijo mío, tendría que haber dicho públicamente el jefe de gobierno. No, en cambio, meta bala que ensangrentó para siempre el patio de la escuela con sangre de la infancia. Para siempre, señor jefe de Estado. Y a usted, también. Sus manos quedarán manchadas por el signo de la cobardía, el miedo y la crueldad. Usted no puede seguir siendo jefe de gobierno. Frente a usted, la sonrisa rota de los escolares. Muertos para siempre por la cobardía de todos.
Los gobernantes, antes, tienen que haber sido docentes, luchadores eternos por la vida y no por la muerte. Putin, con su rostro y su oficio de verdugo, no. No se puede apagar a sangre y fuego los deseos de libertad de un pueblo. Debe conversarse, llegar a entendimientos. El petróleo no es más importante que la sangre, porque a los represores esa sangre les desaparecerá para siempre del corazón. Como a Bush en Irak.
Putin y Bush. Ya Putin aprendió y acaba de informar con su uniforme de verdugo que va a bombarderar cualquier lugar del mundo donde haya peligro de terrorismo. Un fantasma de la muerte. Bush y Putin, la presencia permanente de la Muerte.
Decíamos que un médico llegó a las lágrimas cuando supo lo de la matanza de niños y no se explicaba cómo ellos, los médicos, daban todo por salvar la Vida y otros sólo sabían llegar con la Muerte. Pero también ha habido médicos que apoyaron con toda ferocidad los métodos de eliminación de seres humanos, por racismo o por fines políticos. Alemania acaba de recordar a través de la publicación Imagen de valores de la sociedad médica los juicios que se hicieron contra los médicos complicados durante el régimen nazi con los crímenes de lesa humanidad. Fue el primer juicio que se hizo después de llevado a cabo el de los criminales de guerra. Después de los médicos se juzgó –en 1948– a los juristas, a los industriales, a los diplomáticos, a los generales y a los altos funcionarios nazis. Fueron juicios ejemplares y de condignos castigos a los que faltaron a las normas éticas. En la Argentina, en cambio, se los dejó en libertad –aun a los más tenebrosos– por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final de Alfonsín y los decretos de indulto de Menem. El historiador alemán Jeckel considera que lo más positivo de los juicios en Alemania fue su carácter público, de manera que así se conocieron los nombres y los crímenes de los médicos al servicio de un sistema criminal. No sólo se conocieron los nombres de quienes usaron la medicina para la represión sino que también salieron a la luz la de los médicos heroicos que se negaron en todo momento a cometer esos delitos contra la humanidad.
En la Argentina los médicos denunciados por sus crímenes durante la dictadura militar pasaron sus días en libertad, salvo cortos períodos de encierro mientras se sustentaban algunos juicios. Sin ninguna duda, el más célebre de esos criminales fue el médico policial Bergés, implicado en el robo de niños y en la desaparición de enfermeras y detenidas.
Por fin se ha movilizado la ciudadanía para no dejar impune este capítulo horroroso de los médicos represores en la Argentina. Las cátedras de Derechos Humanos contra la Impunidad han producido un documento titulado “De la condena social a la condena real”, que trae el listado de cien médicos que prestaron servicio a los métodos criminales de la dictadura. Ese listado aumentará a trescientos nombres, ya que había 360 centros clandestinos. Ultimamente, el Colegio Médico de la Provincia de Buenos Aires decidió también tomar cartas en el asunto después de más de dos décadas de ocurridos esos crímenes oficiales.
La mayor parte de los acusados son médicos militares y de la policía. Culpables de hechos aberrantes en el Hospital Posadas, por ejemplo, son el coronel médico Agatino Di Benedetto, donde consumó el robo de bebés, y el coronel médico Julio Ricardo Esteves. En la Brigada de Investigaciones de San Justo actuó el médico de policía de la provincia de Buenos Aires quien, pese a las acusaciones de crímenes desde el poder, fue miembro de la Dirección de Ecología de la Municipalidad peronista de San Justo, en 1998. El mayor médico Norberto Atilio Bianco estuvo a cargo del Pabellón de Epidemiología del hospital militar de Campo de Mayo, donde eran trasladadas las mujeres secuestradas que estaban por tener familia y allí se les quitaban los recién nacidos. El capitán médico Humberto Luis Fortunato Adalberti se desempeñó en el área Sanidad del Quinto Cuerpo de Ejército, acusado de la desaparición de detenidos. Pese a las actuaciones, ejerció con toda tranquilidad como titular de la Cruz Roja, en Bahía Blanca, hasta el año 2002. Y podríamos llenar el diario con los nombres de los culpables.
El informe de la Cátedra de Salud y Derechos Humanos de la Facultad de Medicina y Derechos humanos expresa, con clara indignación, que “cabe señalar que colegios médicos y asociaciones médicas en todo el país han tenido una actitud tolerante, rayana en la complicidad y, en algunos casos, con la simpatía hacia los médicos torturadores”.
Una vergüenza argentina. Que fue superada todavía en asco cuando el torturador y asesino Bussi fue elegido por la democracia argentina como gobernador de Tucumán y el subcomisario Patti –el del tiro en la nuca a prisioneros– fuera votado para intendente bonaerense.
En otras latitudes se han asesinado niños. Aquí, en la Argentina, se robaban niños a las encintas para después hacer desaparecer a las madres.
La más cobarde felonía de la historia.
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Por Osvaldo Bayer
No todo es en vano. Ayer, al levantarse, el lector en Alemania pudo leer una noticia que lo elevó a una esfera superior del contento y la satisfacción. Como si hubiese, de pronto, escuchado el Concierto Italiano de Juan Sebastian Bach, ese Dios de la Música. Nada menos que, a página entera, el texto de la declaración del Instituto Germano para los Derechos Humanos acerca de la denominada “Guerra contra el terror” impuesta por George W. Bush.
No puede ser. Los métodos ya oficiales para asegurarse el dominio. La tortura por los soldados vencedores, el bombardeo en cualquier momento de barrios enteros con niños, mujeres embarazadas y enfermos cuando lo manda un asesino con tres estrellas en el hombro, la ametralladora contra lo que se toma como sospechoso. Bush con su “Guerra contra el terror” ha manchado para siempre el honor del pueblo estadounidense. Es una bravata de truhanes y crueles, como todos los superficiales. Guantánamo, nada menos que en tierra cubana. Los prisioneros iraquíes desnudos formando una pila de carne, dolor y saliva mientras los torturadores de las bandas y estrellas sonríen bobamente en una masturbada unisex. La mejor manera de enseñar democracia.
Y el Instituto Germano para los Derechos Humanos da su opinión con mucha humildad y ciencia. No a las torturas de prisioneros, al bombardeo de ciudades indefensas, al ametrallamiento de civiles en la calle. A nada de eso –dice el Instituto– se lo puede calificar oficialmente como “Guerra contra el terror”. Ese término está contra todos los principios de los derechos humanos y de las leyes internacionales. No se puede seguir ni usando ni empleando. Paren, eso no, no son dueños de la vida y la muerte aunque se lo crean y lo ejecuten.
El documento publicado justo el día –en su sexagésimo aniversario– de la liberación de París de la bestial ocupación nazi se pregunta con todo respeto pero sin ambages: “¿Guerra global contra el terrorismo?”. Y continúa: “La metáfora bélica introducida por Estados Unidos: ‘guerra global contra el terrorismo’ para combatir el terrorismo es discutible. Se basa en un concepto bélico antijurídico, que busca significar ‘dureza’ y ‘cruzada de larga duración’, pero no en un concepto bélico del Derecho Internacional. En el caso de Estados Unidos, sucesos como el de Abu Ghraib dejaron bien en claro que se ha llegado a una negación selectiva de las propias obligaciones de Derecho Internacional como parte de dirigir una guerra”.
Claro, es difícil declararse en general a favor o en contra de lo militar para combatir el terrorismo. Pero, básicamente, la lucha contra el terrorismo no debería interpretarse como una “guerra”, sino ayudarse con los medios que están a disposición y los que se están creando de los servicios de informaciones, la policía y la Justicia. El recurso de recurrir a la guerra valdría sólo como una excepción a raíz de los enormes peligros para la población civil y tendría que estar bajo una observación severa (monitoring). Aquí podríase pretextar que las operaciones militares mencionadas –Operation Enduring Freedom, en Afganistán y Operation Iraqi Freedom, en Irak– son excepciones. Pero las expresiones del gobierno norteamericano hacen creer en una guerra sin término, conocida como la planificación estratégica de los Estados Unidos. Y aquí nace la pregunta de cómo influirá esto a la estrategia de la NATO y qué efectos tendrá sobre los ejércitos europeos.
Por eso, el documento establece y recomienda: “El gobierno alemán y el Congreso deberían entender a la lucha contra el terrorismo internacional en la investigación y la identificación de la criminalidad internacional y de ninguna manera seguir el concepto bélico establecido ahora por el gobierno de la USA”.En Afganistán y en Irak fueron probablemente muertos varios miles de civiles en el marco de operaciones militares sin que hasta hoy los Estados que llevaron adelante esas acciones hayan publicado estadísticas de civiles muertos y heridos. Los Estados Unidos y sus aliados de guerra tampoco han contestado la acusación de haber vulnerado los derechos humanos. Ni han hecho cumplir prisión a los culpables ni se han tomado medidas para que se prevengan hechos como los ocurridos. En las investigaciones no participaron jueces ni observadores neutrales, sólo militares estadounidenses. No han quedado aclarados hasta hoy crímenes de guerra muy graves, cuya amplitud no ha podido ser calculada (por ejemplo, cuántos prisioneros fueron afectados, cuántos protagonistas actuaron en los crímenes, etc.).
Se señala que ante la denuncia de la falta de respeto a los derechos humanos en Guantánamo, en Irak y en Afganistán no se ha notado ningún cambio en los métodos de las fuerzas norteamericanas. El sistema de prisión en secreto sin acusación y sin juicio sigue existiendo. Toda investigación es negada. La aceptación de faltas graves ha sido reconocida por el gobierno de EE.UU. sólo en algunos casos aislados: faltas de soldados y mujeres soldados que salieron a la luz por fotos llegadas a la prensa. En este sentido también son responsables los gobiernos que han enviado tropas a esos lugares y que son testigos de cargos graves pero hasta ahora han guardado silencio. Por eso, en el futuro, las organizaciones internacionales tienen que acusar también a las representaciones que guardan silencio ante los crímenes de guerra del país protagonista.
En la “Recomendación 2”, el documento le señala al gobierno y al Parlamento alemán que deben revisar con detenimiento cualquier invitación a participar en investigaciones sobre actos de terrorismo. Para aceptar tal “invitación” debe existir siempre un mandato de Naciones Unidas, a través de su Consejo de Seguridad, en el cual debe figurar un claro compromiso de respeto de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario. No debe existir ninguna “rebaja por terror”, es decir la autorización de graves acciones contra el individuo tomando como excusa al terrorismo, y por eso cada acción debe ponerse en conocimiento de la comisión de derechos humanos de la ONU. Civiles hombres y mujeres de Afganistán han sido víctimas de acciones que jamás fueron dadas a publicidad. Lo mismo está ocurriendo en forma cada vez más numerosa en Irak. Se recomienda en ese sentido que el Centro Antiterrorista del Consejo de Seguridad de la ONU debe llevar estricta cuenta de cada una de las acciones.
En las relaciones bilaterales de los pueblos debe observarse atentamente lo que los gobiernos llevan a cabo con grupos de oposición a los que acusan de terrorismo. Las relaciones bilaterales deben servir para cumplir con la obligación moral de que no se cometan acciones “antiterroristas” que sólo tienen como motivo el fin político de hacer desaparecer a la oposición. En ese sentido, no han quedado claras varias acciones realizadas por los gobiernos de la República Popular China, la Federación Rusa e Israel.
Se señala también que ninguna fuente de justicia puede tomar como prueba las declaraciones contra sí mismos de los prisioneros de Guantánamo o de toda prisión donde se han producido maltratos a presos. Tampoco reconocer condenas a prisioneros en países donde se persigue a los defensores de los derechos humanos.
Más todavía, el documento del Instituto recomienda al gobierno alemán acciones de protección a las organizaciones y personas defensoras de los derechos humanos en todo el mundo.
El documento deja una estela de dignidad que es difícil que pueda olvidarse: la obligación de denunciar de toda comisión civil o comisiónmilitar cada vez que se comprueben los casos de tortura de prisioneros o de humillación de las poblaciones invadidas. Para combatir al terrorismo no hay que caer en la indignidad y los métodos deshumanizados. Sí se deben aumentar las armas científicas y de vigilancia que no permitan atentados que dejan víctimas inocentes. Y despreciar mundialmente a personajes como Kissinger, aquel solapado canciller estadounidense que apañó el sangriento Operativo Cóndor de las dictaduras militares sudamericanas.
No al nuevo método terrorista mundial: la llamada “Guerra global contra el terrorismo”. Es hora de comenzarlo en las esferas de los gobiernos. Es obligación de conciencia y de nobleza.
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Por Osvaldo Bayer
Todo va cada vez peor, se puede decir. Pero no es así, hay que corregirlo. Todo va cada vez peor, pero según de quién se trate. Por ejemplo, estamos en Alemania a la cual, tal vez, se podría mostrar como ejemplo del progreso constante del capitalismo. Por lo menos su producto modelo.
¿Es así? Pobres los otros países, entonces. Vamos primero a las pequeñas cosas. Por ejemplo el sacar pasajes para el ferrocarril. Aquí se están cerrando todas las boleterías de las estaciones. El que quiere pasaje que lo saque en el automático. Para lo cual hay que ser joven, rápido e instruido. Los viejos están sonados. Es tan complicado el aparato que no dan pie con bola. Se quejan y se les dice: vaya a una agencia de viajes. Allí hay que hacer cola, son en general mal atendidos porque a las agencias de viajes no les interesa un boleto de 1,20. Pero bien. Hay que hacerlo. A veces la primera agencia de viajes está a diez cuadras de la estación. Viejito, hacete ida y vuelta, no hay otra. Hay que ahorrar gastos, cada vez más. Antes tenías la boletería donde la empleada te saludaba, te daba el boleto preciso y te devolvía el vuelto. Los extranjeros recién llegados empiezan a mirar para todos lados buscando la boletería, miran tanto que resultan sospechosos.
Pero así los ferrocarriles pudieron dejar cesantes a centenares de empleados y tener más ganancias. Eso es lo que importa. Claro que si estás apurado y no tenés boleto podés sacarlo arriba del tren pero...claro, tenés que pagar más. Todo está calculado para la ganancia. Y las ganancias no tienen en cuenta ni a los viejos ni a los niños. Claro, se vive en democracia y tenés derecho en cuatro años a votar al partido que se opuso a los aprietes económicos. Lo votás, pero eso no te da ninguna seguridad que el nuevo partido, en el gobierno, vaya a cumplir con lo prometido. Porque lo que importa es que todo dé ganancia.
Es lo que pasó con el partido socialdemócrata alemán, famoso porque siempre habló de “reformas”. Y sí, desde que está en el gobierno hace reformas que deja boquiabiertos a quienes lo votaron. Por ejemplo: hacer una drástica reforma sobre algo que siempre fue un orgullo de la República Federal Alemana, la ayuda mensual a los desocupados. Esa reforma se conoce como el programa Hartz IV. Por el mismo se reducen las entradas que percibía la gente sin trabajo. Se hace con el fin de que aquellos que se han acostumbrado a no trabajar y a cobrar el subsidio piensen que no hay otra salida que buscar, buscar y buscar trabajo hasta que se gasten las pilas de los timbres que vos apretás. Un tema para Roberto Arlt. Para comenzar a cobrar dicho subsidio hay que llenar un formulario de 16 páginas. Hay que declarar todo. Hay que declarar, sí, cuánto tiene su hijo menor de edad en la caja de ahorros. Si tiene más de 700 euros pasa a considerarse para calcular el subsidio. (Aquí hubo tanta burla de la opinión pública, y tanta vergüenza ajena que el gobierno socialista-verde tuvo que subir esa suma a 4000 euros.) Si el desocupado vive con una amiga que trabaja, eso se tiene en cuenta para el cálculo; en determinados casos la amiga tiene que mantener al desocupado. Aquí no se salva nadie. Por ejemplo, un ejecutivo de 52 años que fue dejado cesante por el cierre de la empresa y que ganaba 8000 euros, si no consigue trabajo pasa a recibir 380 euros por mes de ayuda. Claro que el ejecutivo se va a lanzar desesperado a encontrar empleo. Pero ahí está el problema. Con 52 años no lo emplea nadie, salvo que tenga conexiones empresariales, políticas o eclesiásticas muy integrales. Las revistas de actualidad y los diarios están llenos de reportajes a personas que tuvieron alto empleo y que quedaron en la calle: “Me he presentado a 240 empresas ofreciendo mis servicios, pero no me toman por mi edad”. Más de cincuenta años. Una selección que antes tenía principios racistas pero hoy es por el grado de marcha hacia la vejez, o madurez que dicen algunos disimulados. Para quien va a pedir y recibe, con afectuosa sonrisa, la respuesta de “No, señor, nuestra empresa emplea a gente joven” es lo mismo que recibiera en la cara aquella respuesta arltiana: “Rajá... turrito... rajá”. En junio, el número de desocupados creció en 126.500, a casi cuatro millones y medio.
Una diputada ha dicho que el Hartz IV no es un paquete de reformas sino una ley de pobreza. “Mete la mano en el bolsillo de los pobres y los remite a la Edad Media.” Ya lo dijo Ernst Bloch: “Cuando ya las cosas no alcanzan para todos, entonces hay que sacarles a los pobres”. Porque las noticias empresariales que llegan actualmente son de lo mejor. Heinrich von Pierer, por ejemplo, de la dirección de Siemens, comunicó con una gran sonrisa una ganancia del 12,5 por ciento con respecto al año pasado y agregó que su meta se llama: “Ganar más y crecer más”. Y para que lo entendieran todos repitió en inglés: “Go for profit and growth”. Y mismo el quejoso presidente de Daimler-Chrysler anunció en el segundo trimestre de este año un superávit de ganancia de 2,08 mil millones de euros. Y para eso, las medidas llamadas de racionalización y el traslado de fábricas al exterior donde se paga mucho menos mano de obra.
Hay que vender más, señores, ese es el verdadero fin de la política y tendría que ser también de la filosofía. Para ello, ahorrar gastos, cambiar la fuerza de trabajo por más automatización. Lo que antes querían los socialistas: unir la dinámica económica con la seguridad social y la justicia social ya es teoría olvidada. Justamente los socialistas de ahora hacen lo contrario. Ni fuertes ni débiles en la sociedad: todos iguales en la exigencia de producir y el que se queda es porque no merece participar del festín. Aunque no se los va a dejar morir de hambre pero van a tener que ajustarse bien el cinturón.
Pero nada es fácil. La tristeza y la rabia de la población alemana se hizo sentir. La gente reinició la protesta de nunca acabar y salió a la calle. Principalmente en el Este alemán. En la ciudad de Magdeburgo la gente llenó las calles. Fueron miles. La última vez que salieron a protestar fue por el régimen que tenían y el Muro. Ahora es por la humillación sobre las nuevas leyes de desocupados. Más, todavía, en el estado de Brandemburgo, donde habrá elecciones en seis meses, los pronósticos están encabezados por el ex Partido Comunista, hoy Partido de la Democracia Social. ¿Quién iba a pronosticar algo así? Ni el más fantasioso intérprete de las realidades políticas hubiera adivinado ese vuelco de la opinión popular.
Globalización. Primer Mundo. Con su correspondiente Tercer Mundo: bombardeos, bombas, muerte por doquier, hambre, emigraciones, una naturaleza explotada hasta el fin, capital extranjero que compra, compra y seguirá comprando el Tercer Mundo.
A los desocupados en Alemania se les han reducido las condiciones de vida. Parece una falsa noticia de algún otro mundo. Pero es cierto. Para medir el alcance de las medidas, un sociólogo ha dicho que tendría que someterse a los diputados que aprobaron la nueva ley a vivir durante un año con lo que van a percibir ahora los desocupados. No se puede vivir feliz, es tener la espada de Damocles siempre sobre la cabeza. Es permitir que los propios hijos vean a través del vidrio de los escaparates cómo viven los otros, los bendecidos por el sistema. Esa no es una sociedad justa ni siquiera humana. Esto es en pequeño lo que la humanidad es. Para mantener este sistema tan alabado se van a necesitar siempre bombas y bombardeos, guerras y gobernantes mentirosos. Los desocupados de Magdeburgo están formando piquetes. Y habrá congresos internacionales de piqueteros. Y posiblemente llegarán a ocupar el “Queen Mary II”. ¿Exageraciones? ¿Quién iba a decir hace un lustro que un gobierno socialista, en Alemania, iba a reducir las magras entradas de la gente sin trabajo? Los desocupados tienen la culpa de todo. ¿Y si de pronto, por las calles de Berlín, sale un señor Blumberg y exige leyes disciplinarias más extremas para los que no tienen trabajo? Se solucionaría el problema. Cárcel de por vida a quien no consigue trabajo. Que lo hagan trabajar en la cárcel. A grandes problemas, grandes soluciones. La cuestión es globalizarse.
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Por Osvaldo Bayer
Sí, fue un verano europeo como el que se está viviendo ahora: lluvia fresca todos los días en el imparable verde que crece. Y el sol de a ratos para que no lo olvidemos. Bien, sí, así fue en 1914, el día que comenzó la Primera Guerra europea; bien, sí, así fue el día de 1939 en que comenzó la Segunda Guerra europea, apenas veinte años después de terminada aquélla, en 1918. Las interpretaciones de hoy de filósofos, de historiadores, de politólogos no es otra que: inexplicable. ¿La humanidad se volvió loca? ¿O el ser humano es loco de por sí al llenarse la cabeza con términos como “heroísmo”, la “sagrada patria”, “el honor del pueblo”? Y marcharon hacia la muerte.
Hoy ya es totalmente incomprensible. No hay ninguna ciencia que lo pueda explicar. Ni todas las variedades de la psicología, ni todas las ilusiones de la literatura. Basta esta muestra que no tiene explicación ninguna: en el osario común del cementerio de Verdún se hallan los huesos de 128.000 o 130.000 (es lo mismo) soldados muertos en esa batalla que nunca pudieron ser reconocidos. Vamos a repetir: 128.000. Vamos a contarlos uno por uno. Son los no reconocidos. Es decir, que salieron cantando desde sus ciudades, contentos con sus uniformes, con flores que les daban sus mujeres y llegaron hasta Verdún y ahí después de ser despanzurrados por los bayonetazos, o por las bombas o por las balas de ametralladora murieron en las trincheras llenas de mierda, es el último perfume que sintieron pese a que los campos estaban llenos de flores silvestres. Millones de mujeres tuvieron hijos para que después los mandaran al lugar donde morirían y jamás se los reconocería. Hasta perdieron el nombre. Los borraron por completo. Mientras las iglesias repicaban campanas, los intelectuales leían poesías encendidas de patriotismo, las mujeres trabajaban todo el día en las fábricas de armas y tenían nuevos hijos para nuevas guerras.
¡Los intelectuales! En toda Europa fueron de pronto los patriotas más encendidos. En Alemania llamaron a la guerra nada menos que Hermann Hesse, Thomas Mann, Rainer María Rilke, Hugo von Hoffmannstal, Arnold Zweig, Oskar Kokoschka, Franz Marc, Otto Dix, Alfred Döblin, Gerhard Hauptmann. Mientras tanto iban a morir en esa batalla de Verdún 335.000 alemanes y 350.000 franceses. ¿Lo repetimos? Ni uno más ni uno menos. ¿Por qué? Porque como dice Hermann Hesse en su poesía El poeta a los guerreros: “Vosotros, los que estáis allí en el frente, en las batallas, sois mis hermanos, amados por mí”. Sí, Hermann Hesse, el que leímos todos. Y Thomas Mann exigía que en la guerra, los deberes del intelectual en la guerra son: “La explicación, la santificación y la profundización de los sucesos guerreros”. Todo para que los soldados murieran en la mierda. Pero donde ya se llega al disparate: 93 intelectuales, científicos, artistas, entre ellos Max Planck, Max Reinhardt, Wilhelm Röntgen, Gerhard Hauptmann, etc., escribieron el “Llamado al mundo de la cultura: creednos, creed que nosotros llevaremos esta lucha hasta el final como un pueblo cultural, para el cual es tan santa la herencia de un Goe- the, un Beethoven, y un Kant como respeto al hogar y al paisaje patrio. Aquí estamos nosotros con nuestro nombre y nuestro honor”.
El historiador Michael Jürgs ha descrito en su trabajo Los poetas y la guerra la posición de Ernst Jünger (llamado por algunos el “Borges alemán”, mientras que otros señalaban que Borges era el “Jünger argentino”). En su libro Tormenta de acero, Jünger describe su posición en esa guerra: “Nosotros habíamos abandonado los claustros, las aulas y los talleres y nos habíamos fundido en un cuerpo grande, entusiasta. Crecimos en una época de seguridad, sentimos de pronto la necesidad de lo extraordinario, del gran peligro. Nos había abrazado la guerra como un éxtasis. La guerra debía brindarnos la grandeza, la fuerza, lo solemne. Nos pareció un hecho varonil, una especie de fiesta de caza en un prado con flores regadas con rocío de sangre. Ninguna muerte es más hermosa en este mundo”.
Sí, pero al recibir el bayonetazo en el vientre, el joven soldado de 18 años no recibía ninguna flor ni ningún rocío. Sólo la diarrea que brotaba de sus intestinos destrozados. Tampoco el fabricante de cañones, fusiles y ametralladoras recibía ni rocío ni flores pero sí una buena suma de billetes en su banco preferido. Poesía y ganancias; muerte y negocio; heroísmo y las bajezas más irrisorias de la vida de políticos, y militares e industriales bélicos.
Pero lo más patético es que veinte años después de los millones de jóvenes asesinados en los campos de batalla comenzaba una nueva guerra, aun más perversa, con bombardeos que borraban las ciudades. Ahora sí, el fuego y la sangre y la mierda llegaban a la casa de cada hogar, también en la de Ernst Jünger, sin margaritas ni rocíos.
Europa, en silencio, y con horror recuerda en agosto los noventa años de la iniciación de esa guerra sucia, perversa, cobarde, cruel: el que tiene mejor arma, gana. Cuando hoy se habla del tema hay vergüenza, no hay explicación posible. Los que ganaron y los que perdieron. Las que siempre han perdido son las mujeres: esas marchas con los niños sedientos y hambrientos, esas ciudades con todo en el suelo, esas ciudades que debieron reconstruirlas ellas. La brutalidad, la violación, la vergüenza hasta el hartazgo. Nada se aprendió. Vino la terrible representación de Hitler. Ahora empezó el Otro a imitar. Primero esa figura histriónica del Kaiser con el penacho de plumas y 155 medallas en el pecho y ahora este cowboy de salón de lustrar bombardeando ciudades y matando cada vez más niños.
Y la pregunta que cabe y alguien tiene que hacerla: y qué hicieron las mujeres, por qué aguantaron toda la estupidez y estolidez de los hombres. Más todavía, ahora ya se las empieza a usar vistiéndolas de soldados y enseñándoles también a torturar.
Tal vez ellas hubieran hecho posible o todavía pueden hacer posible aquel sueño de la paz eterna. Formando unas Naciones Unidas de Mujeres que se opusieran a toda acción bélica. En peligro de guerra, las bases se prepararían para decir no en las calles, sin grandes dificultades, en especial cuando comienza el llamado a los hijos a la movilización.
Esas Naciones Unidas de Mujeres serían convocadas –por obligación– por las Naciones Unidas actuantes. Y ahí se vería quién tiene más fuerza. Lo hemos visto últimamente en Europa cómo reaccionó la población de diversos países que salió a la calle y cubrió el cemento. Esa gente en la calle decidió la neutralidad de Alemania y de Francia. Ante el cuatrero internacional no hay otro método. Hay que cortarle la mano larga.
La socióloga alemana Ulrike Brunotte ha investigado en su libro Entre Eros y Guerra. Las uniones de hombres y su ritual el porqué del atractivo que ejerce la guerra y el llamado al combate entre los hombres. Presenta a la guerra como una experiencia deseada por la comunidad masculina de las ligas de la sociedad de hombres. Es para ellos un acontecimiento delirante, como un ritual mortuorio místico sin regreso. E investiga toda la literatura que concebía la guerra como la experiencia máxima de la masculinidad... La literatura y todas las asociaciones que enseñaban la vida dura, la aventura, los cánticos hacia la nada. Comentando este libro, Angela Gutzeit se pregunta por qué al comenzar el siglo veinte se desarrolló una imagen del Hombre que en una reflexión propia rechazaba con asco, con disgusto todo lo femenino, todo lo que fuera mezcla y democrático; para presentarse como ideal todo aquello claro como el cristal, el héroe masculino. Y dice la autora del libro que en la actualidad ha comenzado lo estólido propio de la masculinidad que está ganando en estabilidad en la política y en las actividades militares. Es justamente la pérdida de la Primera Guerra Mundial y el movimiento nazi que había unido entonces este culto de la amistad masculina que hará despreciar profundamente la democracia, el judaísmo y el feminismo. Con la pérdida de la segunda guerra se perdió todo eso, pero ahora con la autoescenificación de George W. Bush está comenzando a penetrar algo de la unión masculina ante el terrorismo de otra religión y la guerra no definida con el mundo árabe.
Es importante el estudio que hacen mujeres sobre este aspecto insoslayable del hombre y el tratar de explicarse el porqué lo atractivo irracional de la marcha indefinida del ser militar. Pero claro, pese a ese tratar de dejar al desnudo la agresión y la misión hay que seguir de cerca también el otro aspecto que ha movido siempre profundamente a todas las guerras: los intereses económicos y la agresividad de los grandes países dispuestos siempre a enseñar su moral a los países sometidos por el sistema mundial del comercio.
Los huesos de ciento treinta mil soldados de la Primera Guerra muertos en Verdún se amontonan sin nombre en ese cementerio. No pudieron ser reconocidos. Son huesos humanos anónimos. Se tendría que crear el día del soldado muerto no reconocido y respetarlo en todo el mundo. Ese es siempre el resultado final de la guerra. Tendría que marchar una columna por las calles de Washington para que le recuerden a Bush que todavía no se sabe el nombre de los soldados muertos en Verdún. Y él sigue tirando cohetes. El olvido total, la humillación eterna del ser humano. Los soldados muertos que mataron la estupidez humana y la avaricia de los del poder no están registrados.
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Por Osvaldo Bayer
Por mi calidad de santafesino, la Legislatura de esa provincia, la ciudad Capital y la Universidad del Litoral –que demostraron amplitud de mira– me dieron diplomas por el trabajo de vida. Pero la gran alegría se vio cubierta por una tristeza desgarrante.
Con un sentido de la realidad y contra toda demagogia, el diputado Marcelo Brignoni y el periodista Pilo Monzón me llevaron –antes de empezar los actos de homenaje– a visitar el barrio de La Tablada, donde los inundados todavía viven en carpas. Pocas veces en mi vida vi un espectáculo más triste. En carpas viejas y desgarradas, por donde pasa el agua de las lluvias, en medio del barro permanente. Penetré en esas carpas y enseguida me cubrieron las moscas y moscones. El suelo de tierra, húmedo. Como muebles cajones, colchones y ropa tendida, adentro. Niños, con ojos sorprendidos y tristes, mujeres con rostros amargos. Madres.
Me quedo helado. Las madres me hablan en tono directo, sin disimulos, de que así viven desde hace largos meses, desde las inundaciones del 2003. Yo pienso de inmediato: ¿cómo la comunidad santafesina, mi ciudad, permite que decenas de sus hijos –y, lo peor, de sus niños– soporten esta tortura diaria? ¿No piensan en las enfermedades? Continua humedad, continua suciedad, a pesar de que se limpie: el barro en todos los caminos que conducen a las carpas. ¿Cómo no pudo haber un esfuerzo de todos, sí, de todos, para construir pequeñas casas –aunque humildes, pero seguras para la salud– de todos sus conciudadanos? Me alejo un poco para ver el espectáculo desde afuera. ¿Qué es esto: un pueblo después de una guerra, un pueblo después de una masacre racista? No, es Santa Fe, mi ciudad, el amado lugar de la infancia. Y si la ciudad de Santa Fe no protegió a sus ciudadanos más perjudicados, por qué no reaccionó la provincia, por qué no reaccionó la Nación, por qué no reaccionaron las instituciones llamadas de bien público, o las entidades no gubernamentales, o las iglesias. ¿Qué somos? ¿Un pueblo egoísta, o no nos interesan los pobres del interior? Cuando le pregunté a una funcionaria por qué sucedía tal abandono me respondió con aire un tanto superior: “Pero es que esa gente no tiene siquiera un terrenito para levantarles un techo”. Sólo le respondí: “Los niños tampoco”.
Hablé de mi inmensa tristeza en todas las radios que me hicieron reportajes, lo dije en la Universidad del Litoral, en la Legislatura y en el Concejo Deliberante de la ciudad. Y como no podía ser de otra manera, el 12 de este mes el diputado Marcelo Brignoni cuestionó el rechazo por la provincia y la municipalidad de Santa Fe de la reubicación en viviendas de los inundados de La Tablada. El gobernador Obeid había asegurado que: “...lo de La Tablada es un tema de responsabilidad exclusivamente municipal”. Le había puesto límites burocráticos a la miseria cuando el dolor humano no puede caer ni en límites ni en fronteras. Y como si fuera poco, al ser aludido, el intendente de Santa Fe, Martín Balbarrey, no aceptó trasladar del barro a las víctimas de la burocracia. Les dijo: “Habrá un operativo que servirá para cambiar las carpas por un corte de rancho, que va a permitir una mejor condición. Pero la situación va a continuar hasta que se construyan las cien viviendas”. Claro, aquí cabe la pregunta: ¿y el barro de los senderos y caminos, y las miles de moscas verdes?
El diputado Brignoni contestó con ira y justicia: “Las declaraciones del gobernador Obeid me parecen lamentables. Tan luego él, que junto con Reutemann son los principales responsables de la inundación que arrasó con las casas de esa gente abandonada en esas carpas, diga que él no tiene responsabilidad en el problema, deja dudas sobre el mínimo humanismo que debiera tener alguien que ocupa, aunque gracias a la Ley de Lemas, el sillón que Silvestre Begnis alguna vez ocupó, y que se dice peronista. El presupuesto provincial le asigna 17 millones para usar en subsidios, pero Obeid cree que la situación que padecen en el medio de este frío esas familias de comprovincianos no merece que gaste parte de ese dinero en ellos. Sería bueno que explique dónde gasta esa plata o qué situación es más importante que la vida de esos chicos abandonados en esas carpas inmundas”.
Carpas inmundas, rotas y llenas de moscas y humedad. Cuando esos niños duermen, las moscas están en sus bocas y sus ojos, para desesperación de sus madres. Esas mujeres duras y que no se dejan convencer con argumentos burócratas. Van una y otra vez a la protesta. Un viejo me para y me dice que las autoridades de la Niñez le acaban de quitar a su sexto nieto porque lo acusan de no poder darle una vivienda digna. Al viejo peón de campo se le caen las lágrimas. La culpa la tienen los pobres, me dice, como filosofía absoluta.
La batalla está casi ganada porque, ante la ofensiva del diputado Brignoni y su amenaza de recurrir a la Justicia, la Cámara de Diputados de la provincia le comunicó al gobernador Obeid que “se ha aprobado el proyecto de comunicación siguiente”: “Que la Cámara de Diputados de la Provincia vería con agrado que el Poder Ejecutivo a través del organismo que corresponde auxilie en forma inmediata a las familias del campamento de inundados La Tablada, en la ciudad de Santa Fe, que viven en condiciones de extrema precariedad”.
El invierno, el hambre, las enfermedades, en plena capital santafesina. Recuerdo cuando adolescente galopaba por esos campos azules del lino, de mi provincia. Hoy todo es soja, soja, dólares, dólares. El desastre de la inundación terrible –que se puede ver en el sabio film Los inundados– dejó a la gente sin techo, sin muebles, sin protección. Se ven los rostros humanos que trabajaron toda su vida: “Veintiún años tardé, puro trabajo, para hacerme esta casita que quería tanto: mire lo que quedó: nada, puro olor a podrido y basura”. El hombre se larga a llorar.
La pobreza, el sufrimiento de los niños. Un pueblo que lo permite no es digno. Ayer, en Alemania, en la ciudad de Mainz, fue premiado un hombre que donó sangre durante cuarenta y cuatro años de su vida, todas las veces que se lo pedían los hospitales. Empezó a los veinte años, hoy ya tiene 64 años y los médicos le dijeron que pare, que le van a permitir dos años más y después, ya es suficiente.
El hombre se entristeció como si ya su vida no tendría ninguna significación. Hay otros, en cambio que permiten que a los niños de su país las moscas verdes, ávidas, les sequen sus labios y sus ojos. Más todavía, las estadísticas dicen que Latinoamérica el año pasado ha comprado más armas que años anteriores. Y que los países que venden más armas son Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China y Rusia. Y Naciones Unidas se calla la boca. Y los pueblos latinoamericanos no echan a sus mandantes que se gastan el dinero en comprar armas en vez de construir viviendas para los sin techo.
Ojalá muy pronto, el antro de La Tablada quede vacío y en lo que hoy es todo lodo se plante lino, como antes y gocemos los colores y la nobleza de la planta. Mientras damos la espalda a la soja transgénica. Soja, soja, dólares, dólares.
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Por Osvaldo Bayer
Hace treinta años. Sí, justo hace treinta años. La muerte de Perón y la muerte traidora en las calles, en el calor del hogar, en las plazas. La patota oficial del gobierno. La impunidad. Uno podía leer su pena de muerte en el diario del día. Eran las ocho de la mañana, en el café abrí el diario La Opinión y en la segunda página estaba mi nombre condenado a muerte si no dejaba el país en 24 horas. La patota oficial. Con el general en vida había empezado de a poco, una especie de selección. Luego ya fue abierta. Cerré el diario. Comprendí que ya nada sería igual. Que lo que había empezado con prohibiciones de libros y censuras al cine iba a terminar en eso, en el crimen oficial. Una forma argentina de matar que luego se iba a convertir en la desaparición. Cuando cerré el diario pensé en el niño. La patota había matado a un niño de seis meses porque el padre no había aceptado irse ante la condena de las Tres A, los asesinos comandados por el primer ministro peronista López Rega. Un gusano asesino con todos los poderes. El niño Laguzzi murió en el estallido de la máxima cobardía de la patota pagada por el erario.
Nunca se investigó nada, nunca nadie de los miembros del gobierno de Isabel Perón se jugó para acabar con la ignominia. Las muertes siguieron. Se decía que Isabel Perón iba a prohibir a la mafia armada de su propio gobierno. Que iba a tener una reacción femenina de dolor ante la muerte del niño. No, nada. Sus ministros se callaron, sus diputados se callaron, el Partido Justicialista se calló. Con el diario en la mano corrí a casa y le dije a mi mujer que tenía que partir ya mismo con nuestros hijos. Dejar todo, tal vez para siempre. La casa, los árboles, los libros, los sillones del jardín donde los domingos al atardecer leíamos poesía. Tal vez para siempre. Porque dominaba la ley López Rega y del gobierno donde todos se callaban la boca. Treinta años. Nadie realizó una investigación. Más todavía, personajes que formaron parte de ese gobierno de las Tres A no sólo se callaron la boca sino que llegaron a ser gobernadores y hasta ministro de Relaciones Exteriores de la Nación Argentina, como el señor Ruckauf. El Partido Justicialista jamás pidió disculpas por los viles asesinatos ni publicó los nombres de los culpables. Cuando ante la muerte del niño era un deber de conciencia.
Y así se escribe la historia. Es el ejemplo que nos ha dado nada menos que el presidente de la Academia Nacional de la Historia, Miguel Angel De Marco.
Esa entidad tendría que ser la de máxima autoridad entre los historiadores y eso se logra en el estudio de la verdad y objetividad histórica. Cada estudio tendría que ser dado a una junta de estudiosos para que lo debata y saque sus conclusiones, después de las cuales sí puede valer como documento conductor. No, el historiador De Marco escribe un estudio –publicado en La Nación, del 20 de junio de este año– donde hace una exageradísima alabanza del presidente Julio Argentino Roca. Enumera todos los actos administrativos de doce años. Según el autor, hizo todo por lo cual la Argentina vivió luego en la opulencia y el progreso. Le falta la música para lograr el ditirambo total. Pero, por ejemplo, no trae ninguna mención sobre la represión al movimiento obrero que llevó a cabo. Para el autor De Marco tiene mucha más importancia que “Roca no vacilaba en promover en su despacho conversaciones sobre temas históricos y literarios al igual que la mayoría de sus predecesores”. Pero no dice ni una palabra contra la brutal ley 4144, la “Ley de Residencia” por la cual se expulsaba a los obreros acusados de ideología anarquista separándolos así de sus mujeres y sus niños.
No habla de las represiones que ordenó contra las manifestaciones pacíficas del 1º de mayo de los obreros que reclamaban las justas ocho horas de trabajo. En una de esas represiones se mató al marinero Juan Ocampo, el primer mártir del movimiento obrero ya que no hacía otra cosa que reclamar por la jornada laboral. Habla de “la Nación próspera y pujante” pero no dice ni una palabra de la explotación increíble de los trabajadores, principalmente de las obreras. Lo expresan muy bien, por ejemplo, los alemanes de la asociación Vorwärts que denuncian, entre otras cosas, el tratamiento a la mujeres y niñas que trabajan, y es solo un ejemplo, en la fábrica Alpargatas: “La Fábrica Argentina de Alpargatas emplea a 510 obreros, de los cuales 400 son mujeres y niñas. El trabajo comienza a las 6 de la mañana y dura hasta las 6 de la tarde, interrumpido por una hora y media al mediodía. El trabajo se hace a destajo, trabajo a destajo, trabajo criminal. Un trabajador aplicado puede ganar la enorme suma de 10 pesos papel por semana, en cambio las chicas sólo 6 pesos. Por día se producen doce mil pares de alpargatas. Es decir, que en la Argentina no sólo hay grandes establecimientos industriales, igual que en Europa, sino que también tenemos aquí unido a ello la más grande explotación de mujeres y niños”.
No, de esto nada, para el historiador, nada tampoco del estudio de Bialet Massé sobre la situación de los trabajadores. Nada de la miseria de los conventillos, de cómo vivían familias enteras casi sin agua e instalaciones sanitarias. No, todo era nada más que “Paz y administración”. Un paraíso.
Sobre su racismo, nada. Esa expresión continua de “los salvajes, los bárbaros” para referirse a los pueblos originarios, no encuentra espacio en la loa del nada menos que presidente de la Academia de la Historia. Nada de que su héroe Roca instaló de nuevo la esclavitud de los indios, llevando a los prisioneros a Martín García y Tucumán, mientras se regalaba a sus mujeres como sirvientas en las casas porteñas bien y se repartía a los niños entre familias para que fueran peoncitos. De eso no se habla. Aunque sea el presidente de la Academia Argentina de la Historia. Sobre la expedición “del desierto” sólo dice que “Roca sintonizaba con las ideas de la época acerca de la necesidad de recuperar inmensas regiones desiertas y emprendió una rápida campaña que permitió enarbolar por primera vez la bandera celeste y blanca en las márgenes del río Negro”. Evidentemente, mucha bandera pero la tierra fue para los extranjeros y para el general Roca, que se quedó con 15.000 hectáreas. Evidentemente “sintonizaba” bien.
Es enternecedor el final de la nota del presidente de la Historia Oficial, dice: “Fuerte y voluntarioso se entregó a las tareas rurales y dedicó largo tiempo a la lectura”. Claro, en las tierras que antes pertenecían a los ranqueles y que pasaron a poder del general Julio Argentino. Y por último: “Fue sepultado en medio de grandes honras muy justas para quien había sido uno de los organizadores de la Nación”. Claro, organizador para el poder rural, para el poder financiero y con todo respeto, para los fuertes.
Así se escribe la historia argentina. Roca, después de sus crímenes del desierto pudo leer y dedicarse al aire campero en las tierras que supo conquistar al bárbaro, al salvaje. Para eso era civilizado. Y tiene sus monumentos en el centro mismo y en toda la Argentina. Sus crímenes siguen impunes. Los crímenes de las Tres A siguen impunes y sus protectores cobrarán o ya cobran una jubilación de privilegio. Pero los ojos del niño Laguzzi nos seguirán mirando para siempre, desde el nublado cielo argentino.
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Por Osvaldo Bayer
Somos prácticos. Y se nos incita a que seamos sumamente prácticos. Lo que acaba de sostener Duhalde es echar por tierra todos los principios de justicia y responsabilidad histórica. Ha dicho textualmente: “A lo que hay que darle prioridad es al derecho humano de los pibes”. Y agregó: “Yo sé lo que piensa el pobre tipo que está hecho mierda, que no tiene laburo, cuando se están ocupando de los derechos humanos de los que ya han muerto”. Esta frase de Duhalde va a pasar a la historia. Es una crítica a Kirchner por lo de la ESMA y también por la reivindicación del film La Patagonia rebelde, que se acaba de dar en la Casa de Gobierno después de que estuvo diez años prohibida en el gobierno de Isabel Perón y en la dictadura de Videla.
Claro, él, Duhalde, que durante la dictadura no movió ni un dedo por la democracia ni por los desaparecidos, quiere hacer olvidar ése, el capítulo más degradante de toda la historia argentina. Para qué recordarla nos dice Duhalde, si ya están todos muertos, por supuesto, los desaparecidos. Pero además habría que preguntarle qué hizo él por los pibes hambrientos y sin casa. Si estuvo más de una década en el poder público. Qué hizo durante el gobierno de Menem, qué hizo cuando fue presidente. Ahora quiere que el nuevo gobierno se dedique a los “desgraciados hechos mierda” –según sus propias palabras–. Cabe la pregunta: hechos mierda por quién, pues por los gobiernos que van desde la dictadura a todos los que le siguieron, señor Duhalde.
El respeto a los derechos humanos y no olvidar los crímenes y negociados del pasado es la base para una democracia sana. Por ejemplo, el doctor Duhalde podría decir, por qué tanto Boca-River, en vez de difundir el tema de los pibes con hambre. Por qué tanto hablar de las candidaturas de Chiche o de Cristina en vez de pensar un profundo programa económico que lleve la democracia a los barrios pobres. Por qué tanta violencia y delito en la Policía Bonaerense si todos esos comisarios que actúan fueron ascendidos durante sus gobiernos, señor Duhalde.
Todo suena a sarcástico. Pero mueve a una profunda tristeza. Los políticos argentinos quieren olvidar, en vez de recordar todo lo mal que se ha gobernado el país y de lo cual son responsables. Y de allí sacar las verdaderas conclusiones.
Negar los pecados contra los derechos humanos de tiempos pasados es negar la historia. La misma actitud que Duhalde tomó el diario La Nación en su editorial del domingo pasado. El título lo dice todo: “Respetemos nuestra historia”. Cabe entonces la pregunta: ¿qué, entonces no hay que investigarla, se le niega el derecho del debate al historiador? Cuando tendría que ser bienvenida siempre la polémica para aproximarnos cada vez más a la verdad en la interpretación. El diario niega el genocidio de los indios de las pampas y de la Patagonia en la denominada Conquista del Desierto, que fue comandada por el general Julio Argentino Roca. Habla que fue la ocupación de territorio “propio”, es decir de Buenos Aires negándoles a los pueblos que vivían allí el derecho a la tierra. Exactamente como se ha procedido ahora, que se le dio a la empresa europea Benetton el derecho a ocupar la tierra donde se hallaba instalado un matrimonio mapuche. Roca dice haber muerto a 1600 indios y tomado prisioneros a 10.000 de chusma (mujeres, niños y ancianos). El “conquistador del desierto” restableció la esclavitud al enviar a los hombres prisioneros a trabajar a Martín García y a los cañaverales tucumanos del azúcar. A las “chinas”, según su propio lenguaje militar, se las envió como sirvientas a las casas porteñas y a los niños para que sirvieran de mandaderos. Lo dice el general, satisfecho. Roca daba rienda suelta a su racismo denominando a los pueblos originarios “salvajes, bárbaros” en todos sus discursos. No les dio ninguna chance tal cual lo expresa en su discurso ante el Congreso: “La ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruida”. (Destruida, dice Roca pero La Nación niega el genocidio.) Y agrega Roca: “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”. Es decir, a pesar de que las extensiones eran ilimitadas no se les dio una buena parte a sus legítimos dueños, los indios, sino que se los persiguió y arrinconó negándoles toda propiedad. La tierra no fue tampoco para el pueblo argentino sino para los nuevos dueños de la tierra, basta leer la forma en que se dieron las concesiones. Una de las más extensas fue para Roca, que así pasó a ser estanciero, con el “regalo” que le otorgó el gobierno bonaerense de 15.000 hectáreas. Una verdadera inmoralidad. Basta leer el diario El Nacional a fines de la “Conquista del Desierto” para testimoniar la realidad: “Llegan a Buenos Aires los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia de los avances de la civilización”. Debemos decir que este diario apoyó la candidatura de Roca. “Respetemos nuestra historia”, dice La Nación. Y nosotros agregamos: pero no por eso dejemos de respetar a todos los seres humanos.
Es que no se nos puede establecer una historia desde Roca en adelante y negar las verdades que quedaron encubiertas. Por ejemplo, las huelgas de peones rurales patagónicos de los años 1921-22. Una verdadera orgía de fusilamientos llevada a cabo por el Ejército Argentino durante la época de Yrigoyen. Durante décadas todo fue negado. El film La Patagonia rebelde fue prohibido por el gobierno de Isabel Perón y por la dictadura de la desaparición de personas. Los tomos de mi libro La Patagonia rebelde fueron quemados por el teniente coronel Gorleri por “Dios, Patria y Hogar”. El quemador de libros es tan despreciable como el abusador de niños. Ni los libros ni los niños pueden defenderse. Fue la única batalla ganada por ese militar. No, también hay otra: fue ascendido a general de la Nación por el presidente Alfonsín. Los argentinos tenemos ese honor: un general quemador de libros. Por mi parte, sufrí con mi familia un exilio de ocho años. Y ahora, 2004, la gran fantasía de la realidad. Ese tema tan escondido, esa matanza por la cual los radicales nunca pidieron disculpas, ese film prohibido que de pronto se presenta en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno y viene el Presidente de la Nación y hace un discurso de salutación.
Para mí fue la reivindicación de tanto gaucho fusilado. El triunfo de la verdad histórica. No hay que respetar la historia, señor editorialista de La Nación, sino hay que respetar la verdad histórica y luchar hasta que surja definitivamente.
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Por Osvaldo Bayer
En todo este revuelto que vivimos nos sentimos cada vez más humillados como ciudadanos. Y no es que esto valga como crítica al actual gobierno sino a todos los gobiernos y desgobiernos que tuvimos desde siempre. El obispo Giaquinta del Chaco ha dicho que los argentinos somos fallutos, ladrones y groseros. Yo le he contestado que somos profundamente perversos. Permitimos el hambre de nuestros niños.
Lo que acaba de ocurrir en el Chubut ya nos aproxima a aquella Edad Media del poderoso y del que agacha el lomo. La Justicia ha declarado que el multimillonario italiano Benetton con 900.000 hectáreas tiene razón sobre la gente de la tierra, Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir, y les quitó a éstos las 385 hectáreas que les corresponden desde siempre. Porque se las dio Dios, su nacimiento y su pertenencia a esa tierra. Claro, aquí todo comenzó con la llamada Conquista del Desierto, del general Roca, que con el Remington de seis tiros por minuto gritó en todas las pampas: esta tierra es mía, mía, mía. De él, no de las comunidades originales. De él y sus amigos. El presidente Uriburu, no se sabe por qué ni con qué derecho, les “regaló extensiones de 90.000 hectáreas a diez ingleses”. No se saben los motivos, no se sabe por qué. Si los ingleses las aceptaron y los roquistas se quedaron con el vuelto, o no. Porque la coima nunca fue delito. El propio general Julio Argentino Roca, con el monumento más alto que todos, a la altura de Dios en el altar de la Catedral, lo escribió con su sentido irónico de gobernar a los argentinos: “Cuando se proyectan grandes empresas y circula mucho dinero y el éxito o el fracaso de los planes depende de la decisión final de los políticos o funcionarios, es inevitable que haya soborno o que se lo presuma –lo que es igual–. Traté de que no lo hubiera pero no me habría escandalizado porque la corrupción es propia de la naturaleza humana y en el campo de la cosa pública hay que ocultarla para que el pueblo no pierda la fe en sus gobernantes”. Julio Argentino Roca. Una norma de vida. Cuando les quitó la tierra y la vida a los indios del sur se quedó con una dádiva de quince mil hectáreas. Dádiva o coima. El la llama un regalo. Sí, pero de los políticos subalternos.
Está todo dicho. Lo vemos en el juicio de Benetton contra dos humildes pero enteros hijos de la tierra mapuche. No olvidemos el nombre del juez, Jorge Eyo, que le acaba de dar la razón en todo a Benetton, el multimillonario, y los dejó sin sus surcos plantados con semilla a los reales dueños de esa tierra patagónica. De esos habitantes que jamás pusieron alambre a las extensiones que llegan al horizonte. Precisamente porque quieren ver el horizonte. Benetton el ricachón europeo, en cambio, a la belleza patagónica le pone alambre de púa y le cierra las tranqueras. A la estancia de Benetton, la gente lugareña con su sabiduría de siglos le dice “La Jaula”. Del cielo sin confines de antes de Roca a La Jaula. Civilización globalizada. Ya el general Roca en su genocidio amaba el alambrado. Y lo dirá: “Tierras libres de indios que podían cercarse a voluntad con ese maravilloso hilo metálico, el alambrado”.
El alambrado, el signo patrio más querido por nuestro general Roca. Ponele alambrado a la belleza así serás rico y votado. Para los pobres el talerazo de la injusticia, para los ricos, el alambrado de la propiedad. Anótelo señor juez Jorge Eyo. Se lo dijo en la cara ese inolvidable abogado territoriano Gustavo Macayo, de Esquel, defensor de la tierra mapuche que le recordó a la Justicia el olvido y la desatención del Estado sobre la tierra para los pueblos originarios. El derecho de éstos de no ser expulsados por el dinero del soborno y la coima, de la explotación europea a las civilizaciones que tienen la vida como meta y no la acumulación de riquezas. El juez Jorge Eyo falló para el desbordado multimillonario de Treviso. En su estancia, antes de Roca, escuela de pájaros y de cielos pintados por Miguel Angel, ahora permanentemente se huele a desinfectante, que es lo que dejan siempre a su paso los destructores de las imágenes del paraíso tan cercano.
Pero bien, el de la Justicia fue el triunfo del egoísmo más ramero y plebeyo. Todos creíamos que el señor Benetton, antes de iniciar el juicio iba a comprar 387 hectáreas en cualquier lugar de Chubut y se las iba a regalar a Curiñanco-Nahuelquir para que ahí siguieran sus trabajos agrícolas. Por lo menos ese gesto. Pero no. Afuera, que todo esto es mío, mío, mío. Ni siquiera ese gesto. Que es posible que la pareja mapuche no hubiera aceptado, basada en un sano orgullo de siglos.
No. Todo para él. Sabemos que la gente limpia de Treviso, en el norte italiano, la ciudad del centro de actividades de Benetton, ya está preparando la “operación Salivazo” como muestra de desprecio a su coetáneo. Por lo menos eso, que vale mucho. Decirle a uno lo que es expresado en una abundante expectoración humana del desprecio eterno.
No habrá mariposas ni cóndores pensativos ni bandadas de pájaros en busca de miradas. Todo terminará cuando se exporte el agua patagónica y ya se derrumben las montañas por falta de nieve y cuando los últimos guanacos ya estén bajo vidrio en Miami. Gracias a Roca, Menem permitió la venta de las 900.000 hectáreas a Benetton. A principio del siglo pasado, ya se había vendido todo el sur patagónico a ingleses y otros extranjeros. Y si no que lo diga la llamada concesión Grünbein. Viva la pepa. Los estancieros ingleses con sus cazadores de indios liquidaron a los tehuelches. Mejor dicho, para emplear el léxico de Roca, a los “salvajes”, a los “bárbaros”. Por lo menos el general libertador San Martín los llamaba con respeto: “nuestros paisanos los indios”. Pero nosotros a Roca le hemos dado el principal lugar de Buenos Aires y la estatua más grande desde donde vigila la Casa Rosada, mientras a San Martín lo mandamos al Retiro.
Esto que ha ocurrido es algo fundamental para demostrar si los argentinos, además de lo que dice el obispo Giaquinta que somos fallutos, ladrones y groseros, somos los perfectos perversos y los prostituidos de Benetton. Ante la resolución increíble del juez Jorge Eyo –mejor dicho, de la Justicia argentina– ahora tienen que tomar la palabra las legislaturas de Chubut, Río Negro, y Neuquén; los gobernadores de esas provincias –todos con poderes legales sobre el caso– y el presidente Kirchner, patagónico ante todo, que tiene el conocimiento de la horrible tragedia que originaron en su Santa Cruz los estancieros ingleses, ayudados por el gobierno “democrático” del radicalismo y el ejército nacional. Siempre dentro del pensamiento de su máximo héroe, el genocida Julio Argentino Roca. Pero también tienen que expedirse los diputados y los senadores nacionales. Hay un camino legal sagrado: el hacer respetar la limpia dignidad de los pobladores de estas tierras. Nuestros paisanos los indios, señores políticos, son hijos de nuestra tierra y no hay que tratarlos como limosneros. Antes que los dólares de Benetton, los sentimientos y los derechos de Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir. La ética.
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Por Osvaldo Bayer
Me acuerdo en la década del cuarenta cuando, en el colegio secundario, tres alumnos de nuestra clase se despidieron porque iban a ingresar en la Escuela Naval Militar. Uno de ellos nos dijo que lo hacía porque quería ver el mar, las estrellas, los hielos y navegar, navegar. A fines de 1970 vi los nombres de dos de ellos en los diarios: habían torturado a presos, los habían degradado en las prisiones y luego los habían arrojado al mar.
Eran almas limpias, antes. ¿Qué los había degradado? Evidentemente la educación en los institutos militares. Hoy queda al desnudo otro lugar donde la Marina de Guerra cometió crímenes degradantes. El buque de guerra “Murature”. Allí se maltrató de la peor forma a prisioneros y se violó en la forma más brutal a mujeres acusadas de subversivas. Repito: en un buque de la Marina de Guerra se violó de la forma más brutal a mujeres prisioneras. El juez federal Federico Efraín Faggionatto Márquez ha ordenado al jefe del Estado Mayor de la Armada, almirante Jorge Omar Godoy, que proceda a enviar el lunes próximo, 29 de marzo, al citado buque al puerto de Campana, para continuar la investigación con un número inusitado de ex prisioneros, mujeres y hombres que padecieron tormentos en manos de oficiales de ese buque. El “Murature” formaba parte de un complejo represivo de centros clandestinos de desaparición forzada, tortura y muerte ubicados en la zona de Zárate-Campana y la comisaría de Escobar, donde actuaba el subcomisario Patti acusado de crímenes aberrantes. La investigación fue comenzada por iniciativa de la Subsecretaría de Derechos Humanos del gobierno de la provincia de Buenos Aires.
Los jueces de la Cámara Federal de La Plata han reunido un rico material de testimonios de las víctimas del “Murature”. No mencionaremos los nombres por el secreto del sumario, pero el siguiente corresponde a una prisionera que tenía domicilio en Zárate y fue llevada al centro clandestino de esa ciudad: “De allí fui llevada al puerto y en una lancha me suben a un barco, me atan de pies y me hacen de submarino en el río”. Es decir con un guinche la sumergen totalmente en el río hasta el extremo del peligro de que se ahogue, la vuelven a elevar y así en forma repetida. La testigo afirma que el buque era el “Murature” anclado cercano al puerto. Luego del submarino la atan nuevamente y la llevan a un campo de concentración donde es estaqueada. Los torturadores se llamaban “oficial” o “cabo” entre ellos, pero la testigo agrega: “Podían ser oficiales... pero no cabos”.
Otro testigo, también domiciliado en Zárate, señala: “Al llegar al centro clandestino fuimos cargados en una lancha y llevados a un barco que estaba anclado entre la ciudad de Zárate y la de Campana. En ese buque había gran cantidad de gente en la misma situación que yo. Ahí comenzaron las indagaciones, por supuesto con golpes y torturas... me hacía pensar que estaba en una situación muy difícil de la cual no creía salir. Interrogaban a la gente aunque escuchara todo el mundo. Además, estábamos vendados pero yo escuchaba las declaraciones de otras personas y las otras escuchaban las mías en una confusión de gritos y llantos y golpes y parecía una película de Fellini. En ese barco estuvimos unos cuatro o cinco días”.
En la sentina del barco, con prisioneros, dejaban entrar agua hasta el cuello de los torturados. “Previamente nos habían dicho que íbamos a morir todos de esa manera”, agrega el ex prisionero.
El informe agrega acerca de otro prisionero: “Luego es trasladado hacia lo que cree es un barco por el movimiento y los ruidos. Que en todos los lugares es torturado. Desde allí son trasladados a otro lugar que no sabe si es la comisaría de Moreno o Puente Doce. Que en el lugar que estuvo en Moreno o lo que cree que es Moreno había calabozos y procede a confeccionar un plano tentativo de ese lugar. Que luego de Campana lo llevan al barco donde es torturado nuevamente, lo ponen en el suelo como en una cubierta y así tirado le empiezan a pasar picana. Lo trasladan en un camión amontonados, llovía”.
Los testimonios coinciden en los detalles y siempre mencionan el “Murature”. La humillación absoluta del preso, más si es mujer. Los guardianes se sienten absolutamente libres de llevar a cabo todo lo inimaginable en cuanto sembrar el terror. Piedra libre. El hombre dueño del hombre, su verdugo. La picana, el palo, la trompada, la patada. Sentirse Dios en ese momento, dueño y señor.
La figura ahora es completa: la Justicia ordena a los señores de la guerra a venir con su buque al lugar de la infamia. El buque negro de la infamia va a navegar hacia el lugar de los gritos y la iniquidad. A la piedra libre del espanto. Massera. Astiz, Cavallo, como primera fila, y luego todos los demás, aunque viajen en la fragata “Libertad”. Todos los buques de la Armada tendrían que llevar adosado el nombre Murature, o Massera.
El “Murature” navegará siempre cubierto por una nube negra. Y las gaviotas gritarán como las mujeres violadas y los hombres al recibir la patada de ingreso en los testículos. ¡Cuántas batallas ganadas, almirante! ¡Cuántos combates de victoria, señor capitán de fragata!
Ya, en estas horas, debe estar por zarpar el “Murature” hacia Zárate-Campana. ¿Cómo llegará? Con la lista oficial de los nombres de su plana mayor, oficiales y suboficiales que actuaron en los años de la ignominia y que ninguno de ellos fue capaz de decir: basta, ¡esto es infame, yo no lo hago!
En sus costados de acero deben pintarse los nombres de los desaparecidos, los torturados, las mujeres humilladas. Debe programarse una gira del “Murature” por todos lo puertos argentinos, de mar y de río, para que leamos esos nombres argentinos pisoteados por la máxima cobardía y la máxima deslealtad. Los sacerdotes no tienen que ir a rezar el rosario en su cubierta sino por cada cuenta del rosario decir un nombre de los que desaparecieron, de los jóvenes a los que les hicieron el submarino: de los pies atados con la cabeza en el agua: uno, dos, tres, cuatro, cinco minutos. Los ojos ya se saltan, los rostros hinchados de horror, la sangre que quiere romper las arterias. Y la carcajada de a bordo, los valientes de gorra y galones. Los libros de historia tienen que traer todas las victorias obtenidas por los héroes uniformados del “Murature”.
Si la Justicia no actúa, nuestros próximos acorazados y cruceros deberán bautizarse con los nombres de “Massera”, “Murature”, “Astiz”, “Obediencia debida”, “La casa está en orden”, “Felices Pascuas”. Un vocabulario argentino contrapuesto. No argentino.
Pero el documento del juez Faggionato Márquez: la Justicia de la tierra, el análisis de los gritos desesperados de los torturados, el rostro de los desaparecidos, el dolor agudo y permanente de las madres de los jóvenes supliciados. Contra la mano levantada de los diputados de la obediencia, y las dos manos levantadas del senador Fernando de la Rúa. Y los gobernadores que no fueron a la ESMA pero que se callaron la boca y no oyeron cuando el sultán de manos sucias firmó el indulto para los supremos asesinos. O cuando el gobernador De la Sota dirigió el índice maloliente contra los padres de los desaparecidos. Mejor límpiese el dedo, señor gobernador, límpiese el dedo.
Sí, el “Murature” deberá ser anclado el lunes a la entrada del puerto de Zárate-Campana, y todos los barcos que pasen harán funcionar sus sirenas por los desaparecidos cuyos nombres estarán en su casco por encima de las aguas y sus cubiertas. Y en la timonera el nombre del juez.
Cuando el buque de guerra “Murature” comience mañana su viaje negro hacia Zárate-Campana no estará acompañado ni por gaviotas ni por lasestrellas ni será mirado sonriente por la luna. Irán cuervos tristes en su arbolado. Que graznarán: aquí viajan la ignominia y la impiedad.
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Por Osvaldo Bayer
Treinta años. Cómo nos humillaron hasta el hartazgo. Primero todas las zancadillas posibles para que sacáramos la bandera de rendición. Luego la desaparición. Treinta años que el film La Patagonia rebelde fue ninguneado no por la dictadura sino por una democracia. La democracia de Juan Domingo Perón. No va, porque el presidente no quería problemas con los militares. Después sí la permitirá para demostrarle a su comandante en jefe, el general Leandro Amaya, quién tenía la sartén por el mango. El estreno. La euforia del público que esperaba desde hacía meses la tan perseguida película. El fusilamiento de los obreros del campo patagónico en 1921-22 en manos del Ejército argentino enviado por el presidente radical Hipólito Yrigoyen (otra democracia). Las peonadas fueron cazadas como ratas y tiradas en tumbas masivas. Todo el mundo se calló la boca. Todos. Principalmente los radicales. Las únicas que corrieron a escobazos a los soldados fusiladores fueron las mujeres más humilladas, las prostitutas de San Julián. Les gritaron lo que eran: asesinos. Y los corrieron. Ese era el épico final del film, pero no pudo ser. El Ejército amenazó. Y cambiamos el final para que el film pudiera darse. Los militares argentinos dijeron que esas putas habían insultado al “uniforme de la patria”.
Sí, porque eran mujeres valientes, llenas de coraje civil ante el crimen de tanto peón.
El film pudo darse por permiso de Perón el 14 de junio de 1974. Y, muerto Perón, desapareció de las pantallas del país por la actitud del zar de la censura, Tato, el verdugo de las imágenes. Funcionario del gobierno peronista de Isabel.
Al mismo tiempo el director, el productor, el autor del libro y los artistas del film aparecieron en las listas de las Tres A, condenados a muerte. Los nacionales y populares decían que el heredero de Perón iba a ser el pueblo. Y no, el único heredero fue López Rega, el siniestro asesino.
Sobrevino entonces para el film y sus autores el exilio y la persecución. Mi grito desesperado fue: ¿por qué tengo que abandonar el país? ¿Por haber escrito la historia de pobres gauchos fusilados por el Ejército medio siglo atrás en la lejana Patagonia? ¿Por qué? ¿Qué fuerzas había detrás? Todo había comenzado con la prohibición de mi primer libro, el Severino Di Giovanni, en un decreto del presidente Lastiri (yerno de López Rega). Su nombramiento por Perón había sido una burla a las instituciones democráticas y a todo el pueblo. Un inútil de oficio soplón. Y luego será Isabel la que prohíba los tres primeros tomos de La Patagonia rebelde y, en 1975, Los anarquistas expropiadores. Prohibidos y se acabó. Después, durante la dictadura, quemados por “Dios, Patria y Hogar”, por un patán inservible de uniforme, el teniente coronel Gorleri, ascendido a general después por la democracia de Alfonsín.
El cine argentino se sometió. Mientras, el comodoro Carlos Exaquiel Bello (alias Pepitajo) prohibía mi guión Tiernas hojas de almendro, presentado al Instituto Nacional de Cinematografía con seudónimo. En esos mismos días, el señor comodoro de la Nación acompañaba con toda pompa al Festival de Moscú al film de Mario Sabato El reino de las tinieblas sobre el libro de Ernesto Sabato. Una dictadura libre y democrática de la desaparición de personas.
En las pocas semanas en que pudo ser exhibida, La Patagonia rebelde fue vista por miles de espectadores. Los de la vieja generación se acuerdan muy bien. Y obtuvo el premio del Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín. Y luego, el exilio: melancolía, tristeza, injusticia, y la rabia ante la brutalidad de los uniformados de la Casa Rosada y sus acompañantes civiles, intelectuales y burócratas.
Casi diez años después, el film volvía a las pantallas argentinas. Diez años de desaparición por culpa de demócratas y tiranos. Un capítulo para comprender el porqué del uso de la fuerza y la censura en tiempos libres, y de la ignorancia y el palo policial en épocas de uniformados. Con La Patagonia rebelde se puede estudiar ese por qué del pisoteo de las letras del Himno, “Libertad, Libertad, Libertad”, por orden de los mandamás de la Casa Rosada, tengan uniforme o no.
Pero, con el pasar del tiempo, la verdad surge cada vez más lozana. Cuando releo el decreto de Lastiri prohibiendo el Severino, o el de Isabel Perón, con Los anarquistas expropiadores, o el nombre de todos los que intervinieron para esconder al pueblo la matanza patagónica y veo mis libros en las librerías y el film La Patagonia rebelde que ahora va a ser recordado en funciones especiales, no puedo nada más que sonreír: la verdad se abre paso en las tinieblas, no se la puede matar para siempre. De Tato no se acuerda nadie, del comodoro Bello (“Pepitajo”), sí, se acuerdan los que fueron víctimas de su proceder inquisitorial y su bravata de oficina. De Lastiri e Isabel, ya está todo dicho, dos marionetas trágicas, dos insultos a todos aquellos que dieron sus vidas por más democracia.
Pero sí quedan en el recuerdo nuestro los que hicieron posibles que La Patagonia rebelde viera la luz. Voy a recordar a uno de ellos, el ex gobernador santacruceño Jorge Cepernic, quien nos facilitó toda la ayuda durante la filmación para que pudiéramos llegar al final. Cuando surgía un problema, allí estaba él para solucionarlo. La dictadura lo mantuvo preso ocho años. El director de la cárcel le confió una vez que esa prisión no era por su labor positiva de gobernador sino porque había ayudado a que La Patagonia rebelde fuera realidad.
Y fue realidad y es realidad. Varios de sus protagonistas no están más. Murieron jóvenes. No los podremos volver a ver en este encuentro próximo del Festival de Cine de Mar del Plata. Pero los veremos, sí, jóvenes y con talento en las escenas del film. Actuaron y de ellos quedará el recuerdo para siempre. Cuando los veamos de nuevo en pantalla los aplaudiremos con fuerza a pesar de que las lágrimas nos nublen la vista.
En la historia del cine argentino, los avatares de La Patagonia rebelde quedarán como un antecedente de persecución y gloria. Ese cine argentino que hoy está pleno de jóvenes realizadores y de algunos veteranos bien firmes.
Para mí es un episodio que me costó sinsabores y, con mi familia, ocho años de exilio. Pero ahí está ese testimonio del crimen más atroz de nuestra historia obrera cometido por el gobierno de un partido que siempre se calló la boca. Allí está la verdad. Ninguna justicia pudo probar que allí se mentía o se exageraba. Es la auténtica verdad histórica, allí, en la lejana Santa Cruz están las tumbas masivas, ahora sí, marcadas por la Unión de Trabajadores Rurales y Estibadores, y el monumento a Facón Grande en Jaramillo, ese gaucho entrerriano mártir por los derechos del trabajador de campo del lejano Sur.
No quisiera dejar estos recuerdos de injusticias, pero de corajes y valentías, sin nombrar a aquellas mujeres tan humilladas, las prostitutas de San Julián, los únicos seres en toda la Argentina que llamaron asesinos a los militares fusiladores de los gauchos patagónicos. Lo diremos con la filiación policial tal cual aparecieron en los amarillos papeles del archivo: Consuelo García, 29 años, argentina, soltera, profesión: pupila del prostíbulo “La Catalana”; Angela Fortunato, 31 años, argentina, casada, pupila del prostíbulo; Amalia Rodríguez, 26 años, argentina, soltera, pupila del prostíbulo; María Juliache, española, soltera, siete años de residencia en el país, pupila del prostíbulo; y Maud Foster, inglesa, soltera, 31 años de edad, con diez años de residencia en el país, de buena familia, pupila del prostíbulo. Jamás ningún político de ningún color fue a poner una flor en las tumbas de los gauchos. Sólo hubo ese gesto de coraje de las mujeres del prostíbulo de San Julián.
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Por Osvaldo Bayer
Hace poco escribíamos que el famoso rey de Inglaterra Enrique VIII echó la culpa de todos los males de la sociedad británica a los pordioseros. Y los mandó a ahorcar. Setenta mil en poco tiempo. Venía esto al caso por nuestra increíble discusión sobre los piqueteros. Hemos dado ahora con un documento honesto, no escrito ni por un agitador obrero, ni por un miembro de algún partido de los trabajadores, ni siquiera por algún discípulo de Kant. Es un escrito reciente del filósofo norteamericano Thomas Pogge que enseña filosofía en la Columbia University. Es un trabajo científico, pero sencillo, claro, que no admite tergiversaciones. Detalla las terribles cifras del hambre. Indiscutibles. Y dice sin ninguna búsqueda de notoriedad que “el hambre masiva en los países del Sur (y la Argentina está al Sur del Sur) no es simplemente el destino sino la consecuencia del actual ordenamiento del mundo”. Algo que sabemos todos y lo hemos escuchado mil veces en discursos presidenciales, en cátedras de derechos humanos, en las discusiones sin término de Naciones Unidas, en organizaciones religiosas. Sí, sí. Pero ahí está. Y al profesor Pogge no le importa repetir. Porque todo lo viejo que dice es absolutamente nuevo y urgente.
Nos comienza acusando. Dice que el peor crimen que ha cometido la humanidad hasta ahora nos sigue paso a paso. Es la pobreza mundial. Y nosotros nos ocupamos, pero al mismo tiempo miramos para el lado contrario. Y ahora viene el espanto.
La Segunda Guerra Mundial causó cincuenta millones de muertos. Un absurdo que sólo se puede intentar superarlo yendo al Muro de los Lamentos y ponerse a llorar a los gritos.
Para no aprender nada. Fueron muertas cincuenta millones de personas como nosotros, como los niños de al lado, como los viejos de la plaza. Pero ahí no nos detenemos. Ahora vienen los verdaderos muertos por nuestra crueldad, desidia y codicia: desde la terminación de la Guerra Fría en 1989 murieron alrededor de 270 millones de seres humanos por cuestiones de pobreza. Dos tercios de los cuales fueron niños. Niños más jóvenes de cinco años. Por año se van juntando en esta pirámide monstruosa 18 millones más. Muertos de hambre. La culpa la tienen los piqueteros, la culpa la tienen los pordioseros según el rey de reyes Enrique VIII. Bueno, basta. No, por favor, en el trabajo está todo demostrado de acuerdo con estadísticas oficiales y a estudios de las llamadas organizaciones de elites.
La mitad de todos los seres humanos que vive en la actualidad está debajo del límite de pobreza de dos dólares por día, que hoy corresponde al poder de compra de mil dólares por año en Estados Unidos. Pero hay más todavía. Aprendámoslo para ir comprendiendo la política que nos domina: una mitad de la humanidad vive en promedio un 30 por ciento debajo del límite de un dólar por día como límite de pobreza.
Este tendría que ser el tema de los sermones dominicales de todas las iglesias y de todas las sesiones de cuerpos colegiados del mundo. Mata más que la guerra de Irak y no sale en los titulares. Sí, el hambre aparece de vez en cuando en algún concurso fotográfico, premiado por la cara de increíble sufrimiento de los niños, nuestros niños.
Lo dicen los informes de las organizaciones mundiales de la salud. Ochocientos millones de seres humanos están mal alimentados en forma crónica. Mil millones no tienen agua limpia para beber. Por ejemplo, 2400 millones no tienen instalaciones sanitarias.
Los funcionarios mundiales se han propuesto que hasta el año 2015 van a impedir la muerte de 9 millones de pobres por hambre.
Nos dice el profesor Pogge que no se trata de seguir publicando estadísticas sino de hablar de nuestra dureza de corazón y nuestra falta absoluta de querer dar una solución al problema. Es la misma línea absolutamente egoísta del ser humano cuando aplicó el colonialismo, la esclavitud y el genocidio de pueblos. Hoy el sistema declara a la desigualdad como ley suprema que domina las relaciones internacionales. Y la venta de armas por los países más poderosos de la Tierra. Allí donde hay hambre, hay armas de las más modernas cualidades vendidas por los países que dominan las economías de esos países explotados. ¿Qué ha hecho Naciones Unidas sobre el comercio increíble de la venta de armas? Todo se mezcla, todo es producto de la misma causa: hambre, armas, dictaduras, golpes de Estado, labor de los organismos de informaciones, consorcios, globalización de la injusticia. Hambre.
El científico preocupado por los pobres señala que el desarrollo de la pobreza en el mundo se debe, sin discusión, a la construcción del orden que lleva a eso. En la conformación de ese orden dominan los Estados ricos, que pese a toda la teoría del comercio libre exigen la seguridad de sus masivas subvenciones y de las aduanas protectoras, como lo demostró claramente Cancún. Las mafias dirigentes de los pequeños países pueden obtener aquí y allá a veces pequeñas concesiones. Pero los intereses de los pobres no están representados por nadie o permanecen sin ser contempladas como principio del sistema (porque la culpa, y ya lo decía Enrique VIII, la tienen los pordioseros; en la Argentina, los piqueteros. Y el que no lo crea, que escuche las poderosas emisoras argentinas y los canales televisivos, toda una fuente de sabiduría en el orden sociológico). El profesor Thomas Pogge lo remarca, dice textualmente: “Los pobres son los culpables, así se dice, cuando son gobernados sus países por tales mafias. Se exige a menudo good governance en los países pobres. Pero el ejercicio del poder corrupto y represivo está condicionado por factores globales”.
Materias primas y armas: como decíamos, esos dos son los factores esenciales de nuestra globalización con el tercer mundo. Los pequeños países dominados brutalmente venden sus materias primas y compran armas para mantenerse en el poder. El abuso del poder es el que hace nacer la pobreza. “Pero queda en claro la culpabilidadd de los países ricos”, dice Pogge. Está claro y es indiscutible que “la pobreza del mundo podría combatirse y hacerla desaparecer mediante un ordenamiento justo del mundo”. Y en sus palabras finales, es definitivo: “De esta manera, somos los que producimos –se refiere a Estados Unidos y a su sistema– la pobreza mundial no sólo de una manera pasiva sino evidentemente activa. Mediante el sostén de un injusto sistema mundial, que podía preverse y podía impedirse, y al no hacerlo reproducimos la miseria, la inimaginable miseria de la pobre mitad de la humanidad”.
Y se ve en todo. Cada vez se quiere ganar más. Lo vemos hasta en los aviones de pasajeros. Cada vez las diferencias son más grandes. Sillones para elefantes en la primera clase y en la tercera, los pasillos cada vez más estrechos para hacer entrar cada vez más butacas. Los carritos de comida han quedado reducidas a lo que llamábamos antes changuitos, para no hablar de las comidas y el vino en vasos. Todo sigue al modelo. El trabajo del profesor Pogge tiene una foto: niños de Lubango, Angola, viven en cajas de cartón una sobre otra. Los llamaríamos cartoneros. Investiguemos bien porque a lo mejor los culpables de nuestra república cartonera fueron los piqueteros. Todo tiene un origen común que lleva finalmente a destruir esta sociedad argentina. ¿Acaso el general Bussi no fue un buen alumno de Enrique VIII y ordenó hacer desaparecer a los mendigos y vagabundos de Tucumán? Por ahí está la cosa, profesor Thomas Pogge. Por ejemplo, en el plan tan bienvenido en Estados Unidos y Alemania de las universidades de elites. Marchemos con las elites y terminemos con los pordioseros. Seamos bien occidentales y cristianos.
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Por Osvaldo Bayer
Al anochecer del 24 de diciembre de 1914 se abre la cortina de nubes sobre el campo de batalla de Flandes en la primera Gran Guerra europea. El cielo se vuelve claro de puras estrellas y la luna llena envuelve el campo de batalla poblado de cráteres, en una luz tenue. De pronto, los soldados británicos no quieren creer a sus ojos. En las trincheras alemanas de enfrente se encienden velas que iluminan diminutos árboles de Navidad. ¿Acaso una nueva artimaña guerrera de los odiados hunos de enfrente? Pero no, porque se oyen cánticos. “Noche de paz, noche de amor”, cantan voces rudas de gargantas viriles. Y después: “Ha nacido un rosa”. “Well, done, Fritzens”, gritan ahora los estupefactos soldados ingleses y exigen otra canción más. Y desde las gargantas alemanas surge ahora el “Merry Christmas, Englishmen”. “No tiramos, no tiren.”
Así comienza la nota de Volker Ullrich sobre el libro de Michael Jürgs, La pequeña paz en la Gran Guerra.
Las dos caras del hombre. En la tierra de nadie de una guerra de trincheras llenas de cadáveres despanzurrados, de gente joven sin piernas ni cabezas, un campo con margaritas silvestres pleno de sangre y mierda y uniformes, uniformes y medallas, de pronto eso. Las canciones de la niñez de las sagradas navidades. El salir al campo sin armas, abrazarse al enemigo y primero enterrar a los muertos antes de brindar y cantar abrazados. Alemanes e ingleses. Pero también en otros sectores, alemanes y franceses. ¿Cómo explicar esto? ¿Cómo explicar que, pasada la noche, los soldados volvían a sus trincheras, sus fusiles y sus cañones, y apuntaban con toda fiereza a los ojos, a la frente, al corazón del enemigo para verlos saltar a la muerte, abrirles las barrigas, dejar que mostraran los chinchulines como en una mercado de carne? ¿Cómo se explica? El historiador inglés, con cierta ferocidad, lo explica como un inconsciente impulso instintivo hacia la muerte, haciendo mención a Freud. El episodio relatado en los partes militares con vergüenza y pedido de castigo que va de la pena de muerte al envío al frente más expuesto de la guerra, hoy se enseña en los colegios y se pone a discusión de los alumnos adolescentes.
Y justamente fue citado por los medios el jueves, al cumplirse los doscientos años de la muerte del más grande de los filósofos alemanes (como titularon casi todos los diarios de ese día): Immanuel Kant.
Y lo que más se ha citado del noble y humilde filósofo alemán es su libro Hacia una paz eterna, donde detalla las seis condiciones previas para la solución pacífica de todo conflicto bélico. Ellas son: 1) No debe valer como tratado de paz aquel que con una reserva secreta prepara el material para una guerra futura. 2) No debe valer para ningún Estado existente (pequeño o grande, para esto es lo mismo) que ese país pueda ser comprado, cambiado por trueque, vendido o regalado. 3) Los ejércitos existentes (miles perpetuus) deben ser disueltos con el tiempo. 4) No debe hacerse ninguna deuda estatal con referencia al comercio estatal exterior. 5) Ningún Estado debe entrometerse en la constitución o en el gobierno de otro Estado. 6) Ningún Estado debe permitirse, en guerra con otro Estado, tales enemistades que hagan imposible la confianza mutua en la paz futura. Como por ejemplo: empleo de criminales alevosos pagados (percussores), envenenadores (venefici), rompimiento de la capitulación, instigación para la traición (perduellio) en el Estado en contienda.
Con esto, el filósofo negaba toda política que veía a la guerra como simple continuidad de la política por otros medios o como continuación del uso de los instrumentos de poder.
Kant fue un cristiano sin religión y sin Biblia. A él le bastaban la razón y la ética, dos productos del Ser. Un buscador de la eliminación del mal y de la codicia. Porque uno se pregunta ahora si las fementidas armas de Saddam Hussein, no encontradas nunca, son más motivo de iniciar una guerra que la mansión de los Vanderbilt. Dice Julian Hanich en el diarioFrankfurter Rundschau, en el comentario del libro del publicista norteamericano Kevin Phillips La aristocracia americana del dinero: “Cuando se viaja por la Ochre Point Avenue en dirección al sur, en Newport, Rhode Island, se da de cabeza de pronto con un edificio que casi le quita la respiración a todos. Un palacio en estilo neorrenacentista con pasillos con arcadas, columnas corintias y pilastras. Esa residencia no tiene menos de setenta habitaciones. Y para los niños, al lado se levanta un edificio parecido. Ante la terraza se extienden interminables jardines y césped. Y detrás, justo, el Atlántico: only the sky is the limit. Es un domicilio de los diez mil que poseen toda la riqueza de Estados Unidos. Uno de los barones ladrones, como eran llamados Rockefeller, Andrew Carnegie y Henry Frick. El gobierno de Bush es una plutocracia, un gobierno del dinero. Ahí está el origen de la globalización. Un castillo de 70 habitaciones para unos; para millones, en cambio, barro, paja, o la calle y la basura. Miles de bombas que han matado a madres, a niños, a enamorados en Bagdad. Miles. Kant hace doscientos años que transforma la filosofía en ética, y ahora Bush, todo en crimen, todo en violencia. Un Hitler con Senado y ministros negros. Doscientos años después. Y la culpa la tiene Cuba.
Kant, qué cerebro, qué alma. Detiene las guerras con su “hacia la paz eterna” y los pueblos siguen horas después como los soldados alemanes contra los aliados en Navidad. Kant en vez de las bombas sobre las ciudades abiertas y los niños quería fundar hace doscientos años una comunidad mundial libre y cosmopolita.
Hubo almas buenas que siguieron el camino de Kant. El ciudadano Julio Cortázar, el bondadoso. Cuántas veces nos vimos en la casa de Soriano, en ese París. Cortázar, que se nos fue hace veinte años, era el hombre del bolsillo abierto, con el corazón en esa América latina de los Sandino y los Zapata. Nos llenó de letras mostrándonos nuevos caminos e interminables sueños e ilusiones en sus libros irrepetibles. Cortázar terminó en la pureza corroborada por el hecho de que el presidente de la Rosada no lo recibió. A Cortázar, el puro. Me acuerdo del último encuentro, cómo acariciabas a esa muchacha, tu amor. Tus ojos adolescentes revivían como si estuvieras jugando a la “Rayuela” y llegaras al cielo para siempre, acompañado.
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Por Osvaldo Bayer
Apenas hace dos días una brisa fresca me alegró el corazón y me abrió bien grandes los ojos: sí, sí, el 29 de enero se cumplieron 75 años de la aparición de Sin novedad en el frente el libro de Erich María Remarque. El libro esencialmente de la paz, el libro que enseñó al mundo a odiar por siempre a la guerra, a las armas, a los uniformes, a las voces de mando. Erich María Remarque, un héroe de los pueblos, que había sido soldado en la Primera Guerra Mundial, había contado los horrores, las miserias, las cobardías, la irracionalidad, la estupidez de las batallas. Una guerra que les había quitado la vida a millones de jóvenes, que les había cercenado las piernas, que los había dejado ciegos, que les había quitado la alegría. La tristeza profunda del escritor cuando cuenta el olor a podrido de las trincheras, el cuerpo destrozado de los soldaditos de 17 años, las piernas arrancadas, los vientres abiertos, las caras sin ojos. Los curas que bendicen los gritos horribles de los heridos al morir, en vez de reunirse todos con sus cruces en el propio frente e impedir la guerra.
El escritor Erich María Remarque que describió el miedo de los jóvenes ante el ruido de la ametralladora que se acerca, el dolor cuando la ráfaga le entra en el vientre y sólo le quedan segundos para pensar en el ser femenino que lo esperaba, sí, Erich María Remarque tendría que tener un monumento en cada ciudad. El hombre que sintió el dolor que significa morir por nada. No, pero nosotros tenemos reservados el lugar céntrico para monumentos del general Roca, el genocida de los habitantes libres de las pampas libres. ¿Remarque? No lo conozco. Roca, sí el héroe de la campaña del desierto. Estanciero y general. De la estirpe de Ramón Falcón, Uriburu, Onganía, Videla. Viva la Patria. A Erich María Remarque, Hitler le quemó todos los libros y le asesinó a su hermana, a su querida hermana Elfriede. Pero no pudo destruir nunca a esa joya de la literatura humana llamada Sin novedad en el frente, a pesar de todos los nazis, fascistas y franquistas del mundo. Se vendieron millones de ejemplares. Fue traducida a la mayoría de las lenguas. En la Argentina lo editó la editorial Claridad, ejemplo de conducta y grandeza en la edición de libros de la dignidad y el humanismo.
Un libro que tendríamos que volver a leer todos. En tiempos de Bush que bombardea viviendas en Irak y Afganistán y siempre mata niños. Roca. Bush. ¿Le haremos un monumento?
Después de la brisa fresca que me alegró el corazón, leo que se van a destruir las picanas eléctricas que existen en nuestras cárceles. ¿Cómo? ¿Es un chiste? No, lo reconocen las autoridades oficiales. ¿Pero qué, somos cínicos o tenemos perversos en nuestra vida social? Se nos dice que vivimos en democracia y a una mujer de las humilladas le pegan un tiro en la nuca porque denunció que la policía les cobra coimas.
Bien, en una estadística reciente de Alemania donde le preguntan al pueblo cuál es la institución en la que todavía creen el 81 por ciento respondió: la policía. Parece un chiste alemán. Pero es cierto, lo que ocurre es que en mayo de 1945 a la policía alemana le quitaron todas las picanas eléctricas. Pero en diciembre de 1983 no pasó lo mismo con la policía argentina, la siguieron usando hasta ahora. Y no sólo la picana.
Pero claro, no es todo oro lo que reluce. Aquí, en Alemania, la moralidad está bien baja, en las esferas del dinero. ¿Y si no, cómo se puede explicar lo de la venta de la empresa germana Mannesmann a la inglesa Vodafone? Se trabajó de tal manera que se pagaron fuertísimas coimas, perdón, comisiones, a los altos dirigentes empresariales. Al presidente de la empresa, Klaus Esser, se le dieron 60 millones de euros (que valen más que el dólar) y una pensión de 12 mil euros por mes, como coima, para que facilitara la venta. El se ha defendido ante las acusaciones diciendo que él ha cumplido con su vocación, el comercio, y que no ha sido nada más queuna forma de comerciar entre pérdidas para algunos, y ganancias para otros. Los otros directivos, entre ellos Ackermann, del Deutsche Bank, tuvo los mismos argumentos e hizo con los dedos la V de la victoria y reía con toda la boca como diciéndole a la gente que estaba en el juzgado: “Gané, estoy en el juego de la globalización, y ¿qué, ahora me voy a arrepentir?” El más complicado de todos es el representante obrero en el directorio, el metalúrgico Klaus Zwickel, que si bien no dio el sí a la venta, se abstuvo, y con esa abstención ganó Vodafone. El representante sindical alemán podía integrar la junta de los Gordos de la CGT argentina, no hay ninguna diferencia. Claro, ahora el problema lo tiene la Justicia porque, dentro del sistema globalizado, una venta así ¿no es acaso negocio?, ¿no se aplican las reglas de juego que rigen en todo el mundo? Fue una operación comercial, con coimas, sí, pero comercial al fin. Bien, cómo explican esto los maestros a los alumnos, dónde queda la palabra moral. El ex presidente de la Mannesmann, Dr. Esser, se gana en pocos minutos millones de euros, mientras que a los viejos internados en hogares de ancianos se les suben los precios de los medicamentos y de atención médica (porque es una regla del sistema globalizado: las cosas cada vez andan peor). Muy bien, sí, la policía anda bien, ¿pero qué pasa si un desocupado le grita ladrón a Klaus Esser y le tira una piedra?: lo llevan preso al desocupado y no al que no le caben ya los billetes en el bolsillo por realizar “una operación comercial”.
Es increíble la capacidad que tiene el capital para inventar lugares neutrales a fin de aumentar las ganancias de los capitanes de la industria o el comercio. Está el caso en Alemania del administrador de la Central para Desocupados, Florian Gester. (Ahora esas oficinas tienen un nombre más adecuado: “Agencia de ocupaciones”.) Bien, a Gester se lo acusó de manejarse con demasiados “consejeros privados”. Por ejemplo, cuando se presenta un problema no se trata de resolverlo con funcionarios que trabajan allí sino que se recurre a “empresas asesoras”, consultings. Se firma un contrato y se esperan los “consejos”. Claro, ahí puede producirse la ocasión: se contrata a quien más “comisión” ofrece. En gran parte, estas empresas asesoras son nada más que una junta de personas que mantienen relaciones con funcionarios ministeriales conocidos o con gerentes empresarios. En el mundo de los negocios, ¿es esto inmoral? ¿O es la manera de que toda la gran maquinaria funcione? ¿Se puede estar globalizado con una estricta honestidad? No, la honestidad no tiene grandes horizontes para actuar en estos mercados. La policía sí dirige bien el tránsito, trata bien a los borrachos y le cobra multas a quien escupe en el piso. Para eso está. Pero, para los grandes negocios, grandes libertades, que vuele la imaginación. Klaus Esser es un nombre con imaginación, que goce pues ahora de sus sesenta millones de euros.
Erich María Remarque comprobó su gran derrota cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, más mortífera, más perversa, más cruel que la Primera. Como antes, millones de jóvenes fueron a perder lo más sagrado, la vida, vestidos en uniformes. Erich María Remarque para olvidar ese nuevo y desgarrante dolor debe haber pensado en los queridos años en los que vivió junto a Marlene Dietrich, el amor en la intimidad. Por lo menos aquellas caricias y aquellas canciones en el oído. Un placer que el gerente Klaus Esser no va a poder gozar a pesar de sus 60 millones de euros.
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Por Osvaldo Bayer
Los pordioseros son los culpables. Así se defendía en Inglaterra la clase noble y de los nuevos poseedores. Nada menos que 72.000 mendigos fueron colgados y quemados vivos durante el reinado de Enrique VIII. Isabel, su hija, que vale en la historia como de alta cultura, le ganó en mendigos ejecutados. Pero lo mismo ocurrió en el resto de la Europa cristiana de esa época. Los mendigos sin permiso eran castigados a látigo por resolución oficial y se les quemaba el lóbulo de la oreja izquierda (remarco, izquierda), la cara o la frente. El acto se bendecía con la cruz, estaba Dios presente, fuente de toda justicia. Si se los encontraba mendigando de nuevo se los quemaba vivos, como a las brujas de la Inquisición. Acaba de salir un estudio magnífico del sociólogo alemán Oskar Negt de cómo siempre las sociedades trataron de echar la culpa a los más débiles o a los más rebeldes. La explicación verdadera, en cambio, de por qué existían tantos mendigos era la falta de trabajo. Las tierras eran ocupadas por los señores, los “caballeros bandidos” y después “los señores de la tierra” o los “estancieros”, en latitudes más australes. Lo dijo el sabio Tomás Moro. Decía él: “A los Señores, nombrados por el rey, o por sus propios robos no les alcanza vivir con todo lujo y ser inútiles para la sociedad. Quieren más: no dejan ningún pedazo de tierra para la comunidad, le meten alambrado a todo, tiran abajo las viviendas de los campesinos, lo único que dejan son las iglesias, que bendicen el cambio”.
Siempre fue así, hasta hoy, en la Argentina que ahora ha elaborado la tesis callejera de que la culpa de lo que pasa la tienen los piqueteros. Un taxista, en Buenos Aires me explicó una tesis un tanto modernista: me dijo que había que combatir a los piqueteros y apoyar a los cartoneros. Ahí está la clave, me decía, dándose vuelta para mirarme atrás en una maniobra un tanto peligrosa. Tímido, me atreví:. “Creo que entonces nos convertiríamos en una sociedad cartonera”. “Sí, pero no tendríamos desocupados”, me respondió triunfante el hombre del volante sonriendo engolosinado con su clave sociológica. Pensé en la solución de Enrique VIII.
Aquí, en Alemania, se han cumplido cien años de la matanza de los africanos hereros por parte del ejército alemán. Recién en la Primera Guerra Mundial, Alemania perdió sus colonias. Antes dominó con mano de hierro –a la altura de Inglaterra, Francia y Holanda– sus colonias allende los mares. Los hereros son un pueblo africano que ocupa lo que hoy se llama Namibia. Cuando fue colonia europea, fueron explotados por el capital de los más conocidos grandes consorcios alemanes. Hasta que en 1904, el valiente pueblo herero no aguantó más y se levantó en rebelión contra la esclavitud. Inmediatamente el ejército alemán ocupó posiciones y comenzó una matanza. Increíble. A cañonazos, máuser y ametralladoras. Cayeron hombres, mujeres y niños africanos. Las armas fueron empujando al pueblo desarmado hacia una región sin agua. La gente murió de sed. Uno de los grandes crímenes de la historia. El espanto. El general von Trotha escribió estas palabras inolvidables: “Todo herero, tenga un fusil o ganado, será fusilado. Yo ya no separo ni a mujeres ni a chicos, los empujo hacia sus hombres o directamente los fusilo”. Digámoslo: una bestia uniformada occidental y cristiana. De 80.000 hereros quedaron sólo 16.000. Es que en esa región había minas de cobre. Las grandes empresas alemanas se enriquecieron.
Se acaba de hacer un acto: el embajador alemán pidió disculpas al pueblo herero por la masacre. Se pagará un suma de dinero como indemnización pero irá en forma de ayuda para el desarrollo.
En Alemania nadie recuerda hoy a los militares que hicieron la masacre de hereros. Sólo se puede encontrar esta placa en el interior de la Catedral de Hamburgo, San Michaelis. “Murieron por el Káiser y el Reich” y luego el nombre de los autores de la masacre. La iglesia con ellos, el pensamiento cristiano con ellos. Las grandes empresas beneficiarias no guardan el más mínimo reconocimiento por sus benefactores uniformados.
Pero si los alemanes tienen la masacre contra los hereros, un pueblo autóctono que vivía en su propia tierra, los argentinos tenemos lo nuestro. Se exterminó a los pueblos auténticos de las pampas –perdón, el genocida Julio Argentino Roca los llamaba los “bárbaros”, los “salvajes”—, y nosotros a los exterminadores los llamamos nuestros héroes.
Por supuesto, ninguno de nuestros gobiernos ha intentado ni siquiera pedir perdón a los habitantes originales por la matanza y la quita de sus tierras llevadas a cabo por los blancos cristianos. No, nada de eso. El centenario de la Campaña del Desierto fue recordado con unción por la dictadura de Videla, a lo que se adhirió la Iglesia Argentina. En los actos estuvo presente el ministro Martínez de Hoz, bisnieto de aquel estanciero Martínez de Hoz que en una carta al general Roca urgía la eliminación del indio. Quería más, más tierras. El bisabuelo: promotor del genocidio indígena, el bisnieto, ministro de Economía de la dictadura desaparecedora. Todo en su lugar y a su debido tiempo. La familia Martínez de Hoz representa nuestro modo de ver progresista de la historia. De paso el general Roca se quedó con treinta mil hectáreas de campo. Los argentinos sabemos premiar a nuestros prohombres. Y justo allí, en pleno centro está Roca en su brioso caballo. Está cuidando como un santo que el sistema no se mueva ni un ápice. Basta ver nuestra realidad del sur: cómo hoy todavía se va quitando la poca tierra de los mapuches. Viene el empresario de Buenos Aires representante de una firma europea, habla con el político, el político con el juez, el juez con la policía y ya está: se desaloja a las familias originarias. En nombre de la democracia y del general Roca. Si quieren protestar, que protesten, la tierra es para el “capital extranjero y los inmigrantes” como dijo el general Roca en su famosa intervención en el Congreso nacional cuando anunció con clarines y banderas el fin de la campaña contra el indio. Hoy, hoy mismo, en villa La Angostura acaba de ocurrir eso. En la comunidad Paichil Antriao. Una tierra que desde siempre pertenece a la comunidad mapuche. Y en incontables lugares de la Patagonia neuquina, rionegrina y chubutense.
Con todos estos usurpadores del derecho estamos llegando a ser la república cartonera. Con ese Martínez de Hoz que continúa sonriente con la tradición de su bisabuelo, aquel José Martínez de Hoz que urgía en misivas urgentes a nuestro general Roca a terminar con “el indio salvaje”. Tradición y Propiedad. Cartoneros, sí, ¿por qué no? ¿Pero piqueteros? No. Ojo. En su formación tienen algo de parecido con aquellos ranqueles que cantaban en el casco de sus caballos el himno de la libertad al atravesar las pampas de sus antepasados.
Los alemanes pidieron perdón a los hereros. Nosotros vemos con placer que el corcel del general Roca está cada vez más brioso en su bronce y que Martínez de Hoz sigue administrando los campos ranqueles obtenidos en el pillaje de su bisabuelo. Sí, el ex ministro de los desaparecedores tendrá un buen pasar bendecido por el Dios que acompañó a las huestes de Roca, el triunfador por excelencia. Hemos llegado así a ser la República cartonera.
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Por Osvaldo Bayer
Desde Bonn
Ya había terminado la guerra. Era octubre de 1945. Yo era alumno de la Facultad de Filosofía, cuando estaba en la calle Viamonte. Fue cuando recibí una carta del presidente de los estudiantes de la Facultad de Filosofía, en Tübingen, Alemania. Me escribía en nombre de sus compañeros: me comunicaba que se morían de hambre, que no tenían ya ni siquiera zapatos para ir a clase a través de la nieve, que con quince grados bajo cero no tenían calefacción en las aulas. Nos pedían ayuda. Organicé lo más rápido posible –pese a nuestras carencias económicas de estudiantes– el envío de paquetes Care con alimentos y ropa. Ese joven que me escribió, veinte años después era ministro del gobierno alemán de Adenauer.
Ayer, en una calle de Bonn me encuentro con la viuda de aquel estudiante y ministro. Gran alegría. Fuimos con mi mujer y ella a tomar un café. Allí nos explica que una organización cristiana de Bonn realiza esta vez la colecta anual para “los niños hambrientos de la Argentina”. El anuncio me dio primero nostalgias y emoción. Pero subjetivamente me llenó de rabia, de indignación, de desprecio a mí mismo y a todo mi país. Hay niños argentinos hambrientos.. Y lo sabe todo el mundo.
Pido permiso unos segundos y salgo a la calle. Tengo ganas de gritar: “¡Ayuda a los niños hambrientos de la Argentina! ¡A los niños argentinos, carajo! Mientras los políticos argentinos cobran coima, sobornos, comisiones”.
Pero el frío me encierra, y sólo me quedo mirando la calle, donde en la nieve picotean unos pájaros gordos.
Los que tenían hambre en el ‘45 ahora nos mandan pan para nuestros niños hambrientos. ¿Qué hicimos todo este tiempo? Tuvimos todos los matices capitalistas de gobiernos peronistas, tuvimos los estreñidos gobiernos radicales que siempre huyen despavoridos cuando se les caen los armatostes que nos han levantado con la bandera y el sol y las palabras libertad y democracia, y la masacre de obreros. Y también tuvimos las más ignorantes, descabelladas y torturadoras dictaduras de los baratos verdugos militares del Ejército argentino. Los alemanes hambrientos del ‘45 envían pan a la Argentina para que no se apague la luz de los ojos de los pibes de nuestras indescriptibles villas miseria.
El país de las doradas semillas de trigo, granos de oro en nuestras fértiles pampas.
Nos despedimos. La viuda de aquel estudiante y ministro me dice: “Nunca me voy a olvidar de los paquetes argentinos del ‘45, desbordantes de harina blanca”.
Qué debo hacer: ¿Sonreír, maldecir, llorar o leer a Kant?
Leer a Kant. Sí, porque me ayuda el hecho de que en febrero se cumplirán los doscientos años de la muerte del Dios de los Filósofos y han comenzado las publicaciones a traer su retrato en las tapas. Es así, a veces en este consumismo irracional se producen milagros. La revista de actualidad Der Spiegel trae el retrato del sabio filósofo y bajo el título de “El proyecto Ilustración”, esta frase de Kant: “Sobre mí, el cielo estrellado; dentro de mí, la ley moral”.
El ambiente intelectual europeo suele llamar a Bach, el Dios de la Música; y a Kant, el Dios de la Filosofía. Pero quitándole toda divinidad al calificativo y sí dándole un tinte de sueño poético. Doscientos años de la muerte de Kant y por el otro lado George W. Bush que gobierna el mundo. Pese a eso, Manfred Geier, uno de los más precisos biógrafos de Kant, acaba de escribir: “Cuánto más he leído a Kant y más he comprendido, más aprendí a apreciarlo y hasta a quererlo. Me ha ayudado a tener una cabeza plena de Libertad con una Moral sin Dios. Kant exige al individuo repetidamente con qué amplitud puede usar su Libertad –aun en lo Malo– sin dañar la Libertad de los demás”. Y agrega: “Kant es hoy la gran figurade la filosofía moderna”. Hasta Derrida se refiere en último tiempo menos a Heidegger que a Kant, como el filósofo del pensamiento libre, del humor sutil (que hay que tenerlo), de la aguda razón, del raciocinio acerca de la convivencia pacífica en un conjunto singular. Los más inquietantes pensadores después de Kant se han expresado en el precipicio, y también dramatizaron todo en forma muy unilateral, como Hegel que salió tras la caza del espíritu absoluto mediante remolinos dialécticos que golpeaban los centros cerebrales, o como Marx que nos quiso llevar de la mano al paraíso comunista o como Nietzsche, al vértigo sin sentido de la Nada. Después de todos ellos, Kant se convierte en el crítico claro de cada intento de amotinarse de la razón. “Porque Kant es un melancólico, que ve la tensión entre la necesidad libertaria del ser humano como su infantil maldad y su pasión por destruir.” Los autores Johannes Saltzwedel y Mathias Schreiber se preguntan: “¿Quién fue este hombre, Kant, que en medio del pasaje turbulento del mundo ordenado jerárquicamente del perdón de Dios y de los idiotizados súbditos que iban llegando al ciudadano de la igualdad moderna, poseía una tan gran medida de clarividencia y que alcanzó una conciencia cosmopolita del derecho tan avanzada?” Schelling calificaba de “oro puro” la filosofía kantiana. Para Kant, la verdad era el criterio más importante de un buen carácter. “Actúa así –aconsejaba Kant– que el precepto moral de tu voluntad pueda valer al mismo tiempo como una legislación que valga para todos.” Imperativo categórico.
En vida de Kant, los obispos todavía ordenaban quemar en la hoguera a mujeres a las que se calificaba de brujas. Setenta años después de la muerte de Kant, en las pampas argentinas se eliminaba a los ranqueles, pehuenches, tehuelches, pampas y mapuches y a sus “chusmas”, como Roca y sus milicos llamaban a las mujeres y a los niños de esos habitantes de las pampas. Un siglo y medio después de Kant, Auschwitz.
Yo sueño con que alguna vez en lugar del brioso monumento al milico Roca, en el centro de mi ciudad de Buenos Aires, pongamos la figura escultórica de Kant.
Un hijo de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Será el tiempo en que la blanca harina argentina se vuelque en todas las regiones donde vivan niños.
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Por Osvaldo Bayer
La vergüenza y la tristeza. Lo que ha ocurrido en nuestro país ya supera toda paciencia y comprensión. Las coimas a los senadores de la Nación tienen una trascendencia moral tan profunda que nos llega a conmover toda raíz de confianza y de fe en las instituciones. Todo menos eso. Que los representantes de la Nación, más, que los representantes del pueblo sean coimeros, sobornados, de una inmoralidad pequeña, sucia, imperdonable. En los mismos partidos –los de siempre– a los que pertenecen esos seres inmorales, deben constituirse tribunales de conducta, para juzgarlos, expulsarlos y pasar esos antecedentes a la Justicia a fin de que se los condene a prisión perpetua por jugar de la manera más deshonesta con sus representados y por supuesto debe regir la prohibición absoluta para cargos electivos y al servicio del Estado. Pero los deshonestos son una cosa y los que protegieron a los deshonestos –en este caso, todos– son otra, pero con detalles muy comprometedores. Si el vicepresidente renuncia por esto, el Senado, por un lado, y por el otro, el propio gobierno, tendrían que haber llevado la investigación hasta las últimas consecuencias. No, se traslada el caso a la Justicia y allí, como era de prever, la investigación muere, dejando probado que está todo podrido en Dinamarca, perdón, Shakespeare nada tiene que ver, en la Argentina.
Que tenga que aparecer un correveidile vergonzante para hacer conocer toda esta tremenda deshonestidad a toda la Argentina es de no creer. La Argentina, con su policía, su Justicia, sus engolados políticos y su mafia, dejó pasar todo. No se enteró. No supo, y sólo alguna noticia y una renuncia, la de Chacho Alvarez, para la gilada. Llegamos a saber del vergonzoso crimen para con la República a través de un mandadero de manos sucias.
Basta ya, señores peronistas y radicales, basta ya. Déjense de jugar con las bases republicanas que fundaron los patriotas de Mayo. Basta los dos partidos de hacer negocios con la moral de la República. Este episodio terrible, inconfesable, indescriptible, nos hace recordar la Década Infame, aquel triste período donde se mancilló el nombre argentino hasta el hartazgo. El negociado de las tierras del Palomar, al cual hay que recordar siempre y sacar consecuencias. Tierras para el Colegio Militar que se compraron con la participación de generales, legisladores y funcionarios. Una vergüenza nacional. Las señoras Herrera Vegas le venden al comisionista Néstor Luis Casás las tierras del Palomar en 1.447.906 pesos. Y diez minutos después, Casás le vende al gobierno nacional las mismas tierras en 2.450.303 pesos. Es decir que la Nación pierde 1.002.497 pesos en el mismo momento. Y el pago se hace en orden inverso, la Nación le paga primero a Casás la suma de 2.450.303 pesos. Y Casás paga en segundo término a las dueñas Herrera Vegas 1.447.906. La diferencia servirá para pagar coimas a los miembros de la comisión senatorial y al presidente de diputados, Juan G. Kaiser; al titular de la comisión de Presupuesto y Hacienda de Diputados, Gregorio Raúl Godoy, y otros legisladores radicales, así como a generales y funcionarios. El ministro de Guerra, general Márquez, que había aprobado la venta, pasó a llamarse para el pueblo, el general Palomárquez. Cuando se descubre todo, el diputado nacional del radicalismo, Víctor Juan Guillot, se pega un tiro. En el caso actual, ninguno de los inculpados ha tenido esa salida en reconocimiento de su delito. No, niegan todo y esperan el camino de la Justicia, tortuoso e interminable que no nos ha llevado a ninguna conclusión –salvo contadas excepciones– con respecto a los negociados de armas y de otras especies que han cometido nuestros representantes, especialmente en el período menemista.
En las tierras del Palomar, el negociado queda absolutamente esclarecido cuando el senador conservador Suárez Lago enfrenta al ministro de Guerra, general Márquez, y le destruye sus argumentos. Le dice textual: “Según lo que hemos oído de la boca del señor ministro de Guerra, general Carlos Márquez, había una extraordinaria urgencia de carácter militar en adquirir el campo. Se necesitaba como oxígeno para resolver las dificultades de la enseñanza y de la práctica de ejercicios en el Colegio Militar, pues, por las razones que dio el general Márquez, parecía que los cadetes se ahogaban en ese pañuelo de tierra en que está edificado el Colegio. ¡Imagino cuál sería la alegría y satisfacción del director del Colegio Militar cuando supo que se había realizado la compra de la propiedad lindera! Pero no es así. No bien comprados los terrenos a Casás, se dan en arriendo a un particular para la explotación de la industria tambera a 40 pesos la hectárea. Se pagó 11 mil pesos la hectárea para arrendarla en seguida a 40 pesos anuales. ¡Oh, sarcasmo irritante!”. Por el negociado, renuncia el presidente de la Nación, doctor Roberto M. Ortiz, pero la misma no es aceptada.
En cambio, en el affaire de Pontaquarto no va a renunciar nadie.
La Justicia condenará a los implicados –entre ellos a los legisladores– a seis años de prisión, en 1945. Pero el presidente Perón los amnistiará en 1947. Uno de los coimeros, el ex diputado Bertotto, se hará entonces peronista e instalará un comité en Rosario de ese partido.
En ese entonces no se supo defender a fondo la democracia. Se tomó el affaire del Palomar como una travesura de niños. Después, la inmoralidad se generalizó pasando muchos generales y coroneles retirados a formar parte del directorio de empresas extranjeras, nacionales y transnacionales. Y otros, a ser los dueños de empresas de vigilancia.
Aunque el negociado se debatió, no se procedió con un ejemplarizador castigo a los culpables. La década terminó llamándose la Década Infame. Veremos ahora qué pasa con nuestra República. Desde ya se la humilló. Hasta el hartazgo.
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Por Osvaldo Bayer
El eje de toda la discusión política son los piquetes. Y varía entre la mentalidad fascista clásica que nos ha caracterizado durante muchas décadas y una desorientación que no arriba a nada.
Los piqueteros están en la calle y hay que solucionar el problema, no hay otra. Por ellos mismos. Por comprensión humana a esa problemática. No se soluciona ni con tiros, ni con palos, ni con propaganda agitadora contra ellos, ni con Plan Trabajar, ni asegurándoles la protección de Duhalde o de cualquier otro. El problema se llama trabajo. Los piqueteros salieron a la calle y comenzaron con su accionar porque están desocupados, y en muchos casos se morían de hambre. Pero no son limosneros que se arreglan con un besito de Chiche y unas moneditas en la mano. El problema que tiene que debatir la Argentina toda es el de la desocupación y qué hacer con los desocupados. Para eso hay que crear el concepto de la sociedad solidaria. Y no empezar con el argumento de que la Argentina es pobre y no puede. Una sociedad que se repute de tal y que además se llame argentina no puede dejar a sus cohabitantes al margen, viviendo de la basura. Aprendamos las cosas buenas que, en algunos lugares, logró crear el ser humano. La ley de desocupación del conservador canciller alemán Bismarck es algo para imitar, un siglo después. Estableció que al cohabitante que se ha quedado sin trabajo hay que ayudarlo, tiene el derecho de pertenecer a la comunidad, por eso se le pagará el 62 por ciento del sueldo que ganaba. Porque, si no, se convierte en un marginado, en un posible delincuente, y va perdiendo las virtudes aprendidas de un miembro de la sociedad, principalmente ante su propia familia.
Las cosas no se arreglan con los desvaríos franquistas expresados el jueves pasado por el titular de la Unión Industrial Argentina, Alvarez Gaiani. Porque si comenzamos con los palos de Onganía, terminamos con los secuestros de Camps. No, a cada uno su derecho, a cada uno su dignidad. Represión, no; amplitud y solidaridad, sí. Por eso Kirchner tiene ya que ir buscando la solución definitiva para la desocupación. Aun con la República pobre. Ajustar un poco más los cinturones, sí, pero lograr una sociedad sin desocupados, que es una sociedad sin violencias. Alemania tiene casi 5 millones de desocupados, pero tiene el seguro. El desocupado camina al lado del ocupado y los dos miran la vidriera de la panadería. La sociedad argentina que canta tanto el Himno tiene gente que se cubre la cara para que se den cuenta de que tiene hambre y no sabe dónde emplear sus manos ni su cerebro. Por eso se expone, pasa a formar parte de los piqueteros, palabra corajuda, de los que no se callan ni agachan el lomo.
Kirchner debe comenzar hoy mismo a estudiar cómo se elimina el problema de los desocupados. Desocupado sí, pero con pan y dignidad hasta el momento de sol en que se abran nuevas fuentes de labor. La financiación del comienzo del gran golpe contra la desorganización y el egoísmo se podrá hacer con el aporte solidario de los que trabajan, con la eliminación de la ridícula y cruel jubilación de privilegio, con la eliminación de la mitad de las Fuerzas Armadas, porque ya estamos en camino de los Estados Unidos de Latinoamérica: “República Unida de Bolívar y San Martín”, y sabemos que cuando no hay fronteras no se necesitan uniformes, tal vez una unidad única interamericana.
Pero basta con las pequeñísimas mentalidades que discuten si piqueteros no o piqueteros sí. Aprendamos lo bueno de ese estadista que se llamó Bismarck, que es una lástima que no haya leído más a Humboldt, en su amor por la paz universal y su cariño entrañable por esos seres que nacieron en el paraíso: el hombre y la mujer.
Pero, claro, Kirchner y su gente para esto tendrían que dar el gran salto humanístico: crear un nuevo movimiento político, un movimiento del pueblo argentino, alejado definitivamente de un pasado que nos llevó al borde de la muerte como país con mafias, crímenes, Triple A, desapariciones, dictaduras infames. Los dos partidos políticos que nos gobernaron permanentemente y las catorce dictaduras militares que nos pusieron el gatillo en la nuca deben ser superados para siempre. Comenzar de cero la vida nueva en las ubérrimas llanuras y las escarpadas bellezas que nos dio la naturaleza.
Hay que redefinir todo de nuevo. Kirchner no va a poder gobernar soportando a las mafias partidarias, a las clientelas intendenteriles, a Duhalde y su Chiche que no abandonan sus dominios, a Menem Carlos y Eduardo que se pueden autofinanciar desde Suiza planes liberales de liberación, a Rodríguez Saá con sus muertos en las rutas, a Juárez el de Musa Azar, y a Romero, el pisacabeza, y tantos, tantos más, y heredar personajes como Ruckauf, el de Mercedes-Benz y adláter del vampiro López Rega y tantos otros de sillones y sillas que cuando le preguntan a qué partido pertenecen, por las dudas responde: “A ninguno, yo soy peronista”. Como la monísima Cristina cuando le preguntaron si era de izquierda, respondió de inmediato: “No, soy peronista”. Claro, hay que cuidarse porque Mirtha nos está viendo desde las cámaras. No, basta, ya el término peronista dio para todo. Perón tiene su calle; y Evita, su monumento. Y Pistarini, el distraído, su aeropuerto. Es necesario comenzar desde el vamos. El pasado, con gloria morir. El presente, el renacer de la República y el horizonte de los límites latinoamericanos. A los radicales dejémosles sus municipalidades y su Patagonia rebelde no resuelta. Porque si no, nos vamos a pasar discutiendo si los piqueteros sí, si va o vuelve Alvarez con la policía o si Cristina es peronista. O no.
Si la cosa, como decimos, sigue en las discusiones del padrino y de Alvarez Gaiani, los que hoy se sacan el uniforme para asaltar los restaurantes del centro o la fábrica de los heroicos obreros de Zanon van a proyectar la toma del poder con los que cuelgan el retrato de Videla en el Colegio Militar. Y tendremos un nuevo 1930, con un Yrigoyen huyente y los radicales jugando a las damas en el café 36 Billares. Y volveremos a ser argentinos con un nuevo general Uriburu. Aquel que los anarquistas llamaban “El general Cabalgado” (parece que a veces le gustaba ponerse debajo del caballo) y a su hacelotodo ministro del Interior Sánchez Sorondo, a quien los insanables anarquistas llamaban Sánchez Sorete.
No hay otra. O seguiremos leyendo en los diarios del día que Solá le dio la espalda a Duhalde, pero después se sonrieron. O que Kirchner no le respondió a Duhalde, pero después se abrazaron. O seguimos leyendo eso semanas y semanas hasta que nos despertemos con los titulares del general Cabalgado y su asesor Sánchez Sorete. O empezamos todo de nuevo. Ni mafias, ni clientelas, ni planes familia. No, un país en serio con columnas de mármol y paredes de cemento, e imaginación que invada plazas, campos y llanuras. Basta de diálogos de antesala y de comentaristas que hablan del último entredicho y de quién es el que verdaderamente maneja el poder. Avisen porque, si no, nos conformamos con la definición del tordo Miguel, aquel que dominaba como padrino las 62 Organizaciones, que nos definía el peronismo como “ir a la casa de la vieja los domingos al mediodía y comer ravioles caseros”. Sigamos así, Ruckauf nos va a sonreír después de la entrevista previa con los altos mandos, como todavía se llaman entre sí nuestros uniformados.
O la limpieza a la madrugada con viento fresco y rampante o, si no, vayamos sacándoles el polvo a los cuadros siempre presentes del general Cabalgado y de Sánchez Sorete.
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Por Osvaldo Bayer
Hay denominados seres humanos como Musa Azar, personaje tremebundo si los hay, bestial asesino con zoológico, y también hay otros como el subcomisario Patti, el representante típico de la galería argentina de asesinos, el que mataba de un tiro en la nuca a prisioneros atados en el suelo. Dos de la galería patriótica. Pero frente a ellos está Adelina, Adelina Monzón, una Madre de Plaza de Mayo, con dos hijos asesinados por los militares, una exponente silenciosa y humilde de lo que es la solidaridad humana. Nunca dejó de trabajar en busca de los desaparecidos, nunca dejó de concurrir a las cárceles para visitar a los presos políticos, nunca faltó a ninguna demostración de las que participaron las Madres. Adelina, delgada, silenciosa, a quien nunca se la vio llorar. Su hijo Luis Santiago Monzón tenía 23 años, trabajaba en un lavadero automático y lo raptaron fuerzas de la represión en Martínez, en mayo de 1977.
Otro hijo, el estudiante de medicina, Ismael Antonio Monzón, fue fusilado. En su libro Documentos, Daniel de Santis relata el si- guiente episodio: “Dicen sus familiares: pese a nuestros pedidos y gestiones, no se nos ha devuelto ningún cadáver. Los hemos reclamado por horas, días, noches en angustiosa espera. Cuando al día siguiente de los hechos algunos familiares reclamamos los cuerpos, fuimos violentamente expulsados, tiroteados y hasta siete de nosotros arrestados, por el delito de pedir lo que no es más que justicia o humanidad; además hemos sido fotografiados, sospechados cual criminales y maltratados. Casi ninguno de nosotros ha podido siquiera ver a sus muertos, reconocerlos, quienes han ingresado se han encontrado con un montón informe de cuerpos masacrados, mutilados, cortadas sus manos, pisados por la oruga de los carros de asalto, ya en estado de putrefacción. Había también muchas mujeres y niños del pueblo muertos a tiros”. Víctimas del Ejército Argentino de bandera azul y blanca con sol.
Adelina estuvo allí y en todos los lugares donde podría haber noticias de sus queridos hijos. Los dos hijos menores, ante el peligro, se fueron de la Argentina. Adelina se quedó y desde que aparecieron las primeras Madres de Plaza de Mayo tomó parte de sus marchas. Se la vio también en la manifestación contra la guerra de Irak frente a la embajada de Estados Unidos y se estaba preparando para la nueva Marcha de la Resistencia del próximo 10 de diciembre a la que ella le daba mucha importancia. Pero no pudo ser, Adelina murió casi repentinamente en estos días. Videla, todas los atardeceres, toma su whisky en el balcón de su casa mirando a la iglesia castrense y se persigna respetuosamente. Ma- ssera ya está haciendo ejercicios japoneses para recuperar su energía de toda la vida.
Adelina fue una amiga de los presos políticos. A todos los visitó. Empezando por los presos políticos de Alfonsín, aquellos presos condenados por la Justicia de la dictadura, a quien el radical ordenó que cumplieran la pena mientras a los asesinos feroces les dio la Obediencia Debida y el Punto Final. Los presos de Alfonsín, un episodio degradante después de 1983 que las clientelas prefieren olvidar. Adelina siempre les llevó a quienes estuvieron detrás de rejas una torta que, ella explicaba, la hacía “con un huevo y dieciséis cucharadas de aceite, ni una más ni una menos”. A la torta siempre la acompañaba con una docena de facturas. Los guardiacárceles de siempre muchas veces le despanzurraban la torta para ver si llevaba algo escondido. Siempre lo han repetido los cancerberos uniformados con los presos políticos. Es el oficio que han aprendido en sus chatas vidas.
Recuerdo que Adelina nos acompañó cuando los organismos de derechos humanos fuimos a pedirle al ministro del Interior, Federico Storani –en la presidencia de De la Rúa–, una rebaja de penas para los presos políticos de esa época. Storani y sus ad láteres pusieron inconvenientes,y yo los interrumpí diciéndole a Storani: “Pero, usted, fue uno de los que levantó la mano en diputados para votar Obediencia Debida y Punto Final”. Storani puso una cara muy sufrida y mirando el infinito me respondió: “Sí, pero esa vez casi se me va el alma”.
Parece que el alma da para todo después de darles vía libre a torturadores, asesinos, secuestradores de la más baja estofa. Todavía estamos esperando que Storani, su jefe Alfonsín y toda la radicalada hagan su autocrítica frente al Congreso de la Nación y ante el pueblo.
Al salir, recuerdo que Adelina me dijo con un gesto triste: “A estos políticos, el pueblo los va a echar a patadas”. Y no se equivocó, aunque la huida se haya hecho en helicóptero.
Sí, Adelina tuvo que llevar durante algún tiempo más sus tortas de un huevo y dieciséis cucharadas de aceite a sus queridos presos. Una presa política de la cárcel de Ezeiza, Ana María Sívori, cuenta de ese tiempo: “Adelina no dejó nunca de ir a las cárceles, siempre estuvo firme, hasta cuando ya salíamos en transitoria; iba de visita los martes y después los viernes. Firme, atravesando esos doscientos metros de la entrada de la maldita cárcel, incluso con frío, con lluvia y sorteando pozos de agua. Siempre con su torta. Y después partía hacia las otras cárceles”.
Para ella era la mejor manera de recordar a sus dos hijos, muertos tan jóvenes. Y de las cárceles iba a las fábricas tomadas por los obreros. Visitó los supermercados La Toma, en Rosario; Grisinópolis en esta ciudad y a la heroica Brukman. Viajó a Neuquén para apoyar a los trabajadores de Zanon, pero ya allí cayó enferma y fue traída por las Madres en avión. Fue una verdadera pena porque habíamos hablado antes del problema de las veinte familias del paraje Mallín Ahogado, en El Bolsón, Río Negro. Hacía trece meses esas familias habían ocupado una tierra fiscal no usada y luego de trabajar la tierra y hacer construcciones, ahora el gobierno provincial trata de desalojarlas mientras permite que otras tierras fiscales sean ocupadas por clubes de rugby o asociaciones de golf. El grupo de familias en el que hay once niños, dos mujeres embarazadas, ancianos y habitantes de pueblos originarios lleva el nombre de Tierra y Dignidad. Se quiere expulsar ahora a estos trabajadores de la tierra pese a que la Ley Nº 279 de Tierras de Río Negro establece que “la tierra es un instrumento de producción, considerada en función social” y como si fuera poco, agrega: “Que la tierra sea propiedad del hombre que la trabaja, siendo asimismo base de su estabilidad económica, fundamento de su progresivo bienestar y garantía de libertad y dignidad”.
Libertad y dignidad. Así se comportan esos trabajadores de la tierra de Mallín Ahogado.
Adelina se ofreció a ir hasta esa lejana Patagonia para apoyar a los luchadores de la semilla y me dijo que llevaría una bandera de la Guerra Civil Española contra el triste dictador Franco, bandera que llevaba escrita las palabras “Tierra y Libertad”.
La tierra que el general Roca robó a los mapuches, tehuelches, pehuenches y ranqueles para dársela a sus paniaguados –él mismo se quedó con veinte leguas cuadradas y se convirtió en un estanciero acaudalado–, debe volver a quienes la trabajan y alimentan a sus familias. Pero no, las autoridades rionegrinas pareciera que se dejan ordenar por aquellos que señalan que la tierra tiene que pertenecer a “los que tienen plata”. Como lo dijo aquel famoso, por su estrechez mental, ministro de Economía Rodrigo, quien luego de dar a conocer sus medidas dijo jactanciosamente: “Ahora van a poder viajar solamente los que tienen plata”.
La tierra tiene que tener un valor solidario con los que la trabajan.
Así lo entendía Adelina y por eso horneaba su torta de dieciséis cucharadas de aceite y un huevo para los luchadores. Pero se nos fue. Nos besamos las palmas de la mano y le enviamos el beso con un soplo denuestros pulmones, para que le llegue más rápido. Adelina, el alma bella que queda prendida en la palabra solidaridad.
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Por Osvaldo Bayer
Tuve en mis brazos a Auca Liwen, una niña mapuche de Ñorquinco, de seis meses de edad. Su nombre significa Rebelde Amanecer en su idioma. Es todo un símbolo. Conocí a ese pueblo originario en 1958, cuando viví en Neuquén. Era un pueblo silencioso, como si hubiese aceptado su destino de pueblo vencido por el ejército de Roca. En cambio, el pueblo que encontré ahora, en mi reciente viaje por San Martín de los Andes, Aluminé, Ñorquinco, visitando todas las comunidades mapuches de esa zona, mantiene su idioma, sus costumbres y lucha por sus tierras y por el respeto hacia su cultura. Es una especie de Rebelde Amanecer. Hablan suavemente, exponen las injusticias sufridas desde el momento en que aparecieron las tropas invasoras del general Roca, dicen toda la historia sin agresiones ni espíritu de venganza, en un tono de tristeza y de melancolía. Pero se quejan de que los agresores les han metido monumentos a Roca hasta en el último rincón, y nombres de los generales y coroneles genocidas a ciudades, lugares y lagos del hermoso paraíso. Pero a quien odian más es a la figura del perito Moreno, elevado a figura señera de la Nación por el Ejército Argentino y toda la sociedad encubridora que les sigue detrás.
Uno lee al sabio Alexander von Humboldt en su maravilloso libro sobre su viaje por aquella América de fines del siglo XIX y no puede menos que titularlo el “verdadero descubridor de América” porque, además de la naturaleza, descubre al ser humano y lo integra al paisaje. Mientras el brutal colonialismo español a su alrededor explotaba a esa naturaleza y sus habitantes, Humboldt enseñaba a “comprender el espíritu de la naturaleza”, el equilibrio que luego Haeckel llamaría ecología. Pero ecología con el ser humano incluido. “La naturaleza –escribía Humboldt– es para la observación pensante, unidad dentro de la multiplicidad, unión de lo múltiple en forma y mezcla, suma de los sujetos y de las fuerzas naturales como en todo lo vivo. El resultado más importante de la investigación física –realizada con sentido– es por eso la siguiente: reconocer la unidad en la multiplicidad, desde lo individual abarcar todo lo que en la última era nos ofrecen los descubrimientos, aislar las particularidades analíticamente y no ser derrotados por su masa. Teniendo en cuenta el destino superior del ser humano, comprender el espíritu de la naturaleza que yace escondido bajo el envoltorio de la apariencia. Por este camino nuestra vocación traspasa la estrecha frontera del mundo de los sentidos y podemos así lograr el dominio, por medio de las ideas, de la materia cruda del punto de vista empírico, entendiendo a la naturaleza”. Y Humboldt se maravillará de las costumbres y el idioma de los habitantes autóctonos.
En cambio, el perito Moreno argentino verá otra cosa. Mostrará su mayor interés por los límites con Chile y por hacer aparecer todo como argentino. Para ello despreciará a los habitantes naturales llamando “cara de sapo” a los mapuches y relatando escenas como ésta: “Es asqueroso el espectáculo que presentan estas terribles viejas, ya borrachas. Estas infernales brujas, repugnantes engendros, degradan la danza saltando borrachas (...) mujeres pintadas de negro y de melenas desgreñadas. La enorme cantidad de fruta de calafate que han comido esta mañana han teñido los alrededores de sus bocas de un color violáceo; las tiras de grasa de potro que han traído en sus recados, que se han humedecido con el sudor del caballo antes de servirle de alimento y que devoran, han dejado en sus mejillas blancos residuos que quedan pegados sobre sus caras con el zumo del calafate. Comen estos indios con tanta suciedad como los cerdos, tienen grasa hasta en los ojos, y el cabello está apelmazado por ella”.
Claro, el perito queda al desnudo porque antes dice: “Doy a los indios un poco de aguardiente”, pero así y todo hubiera podido describir la escena sin compararlo con los cerdos, y dejándose llevar por otras escenas que presenció sin aguardiente, principalmente las representacionesespirituales en los Rewe, que son los lugares donde los mapuches hacen convocatorias de una filosofía poética refinada. Conocí el Rewe de Ñorquinco, para mí el lugar de más profunda belleza que he conocido en mi vida.
El perito en fronteras, Francisco Pascasio Moreno, al llegar a esos lugares se creyó dueño de todo y con un irracional “patriotismo”, como siempre lo llamaba él, comenzó a cambiar los bellos nombres poéticos en tehuelche, pehuenche y mapuche que tenían esas regiones. Por eso, al primer lago que encontró lo llamó “Argentino”, al segundo “San Martín”, a unos montes los llamó “Lavalle” (el nombre del asesino de Dorrego). Al más bello le quitó el nombre en lengua pehuenche para ponerle el nombre de un amigo: “Gutiérrez”. El perito, una especie de Dios bautizador. Dueño y Señor. Al perito, el gobierno de la Nación le regalará 50 leguas cuadradas de tierra patagónica. Porque eso es lo que se quería, la tierra. Lo dice claramente la Sociedad Rural de los estancieros bonaerenses que aboga por la “más severa represión de los indios salvajes”. Fíjese el lector los apellidos: los de siempre, los de antes y los de ahora: José Martínez de Hoz, Amadeo, Leloir, Temperley, Atucha, Ramos Mejía, Llavallol, Unzué, Miguens, Terrero, Arana, Casares, Señorans, Martín y Omar, Real de Azúa. Y triunfarán. El general Roca lo anunciará: “La ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruida”. Y el general de las mil estatuas y de las miles de leguas de tierras que llegará así a la fortuna personal lo explicará en el Congreso: “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición, dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”. Está todo dicho. Ahora sí que éramos todos argentinos. La bandera azul y blanca para el estanciero Martínez de Hoz.
Para los mapuches, los ranqueles, los tehuelches... este porvenir, lo dice claramente el diario El Nacional de Buenos Aires cuando termina la “Campaña del Desierto”: “Llegan los indios prisioneros con sus familias. La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos, y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano, unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia de los avances de la civilización argentina”.
Está todo dicho. Occidental y cristiano.
El jueves pasado se celebró con la presencia de Kirchner el centenario en que el perito Moreno donó al Estado tres leguas cuadradas de las veinte que le había regalado Roca por los servicios prestados. Generoso el hombre. Tres de veinte. De tierras que no le pertenecían. Pero el Estado, cumplidor, le agradece año tras año esta generosidad cristiana al llamado perito. El jueves, en Bariloche, todas las autoridades que hablaron se deshicieron en alabanzas al perito. Menos los mapuches presentes, que le gritaron racista y ladrón cuando los oradores lo nombraban.
Aparte de ese episodio, se oyó la voz del titular de Parques Nacionales, Héctor Espina, quien dijo, por fin, la verdad. Aseguró que su institución cumplirá “con el mandato constitucional de reconocer las propiedades comunitarias de nuestros pueblos originarios, quienes mucho antes que nosotros custodiaron estos valores fundamentales”.
Es que el nuevo movimiento mapuche va dando sus frutos. Ellos reclaman una nueva relación intercultural, un desarrollo con identidad, autonomía, derecho a una vida digna sin la cual “la Justicia es una farsa y la democracia, una mentira”. Roca y su perito van quedando en el sótano de la historia. Se abre una nueva Historia. La del “Rebelde Amanecer”, como el nombre de la niña mapuche que tuve en mis brazos.
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Por Osvaldo Bayer
Una gran alegría sentimos cuando el representante del Concejo Deliberante de Tandil anunció que una calle de esa ciudad se iba a llamar Osvaldo Soriano. Habíamos concurrido a la Feria del Libro de esa ciudad para recordar la vida y la obra de ese escritor tan profundamente argentino y a la vez colega que fue nuestro amigo. Di Paola, el dibujante Rep y yo hablamos y hablamos durante dos horas enteras entre las lágrimas y las risas resonantes del público tandilero. Hasta que de pronto ocupó el micrófono el secretario de Cultura de Tandil e hizo el anuncio: la ciudad de las sierras iba a rendir homenaje al escritor que tantos años había vivido bajo su cielo, que tantas veces había recorrido sus calles, que había jugado al fútbol en sus potreros y que había comenzado a escribir unas páginas tan profundas y populares. Dijo: “Nacido en Mar del Plata un 6 de enero del ‘43, vivió en todas partes y en todos lados: anduvo por San Luis, Río Cuarto, Tandil y Cipolletti, Bélgica y París, hasta buscar descanso para siempre en Buenos Aires”.
En Tandil hizo teatro, descubrió que escribiendo las crónicas deportivas podía ganarse la vida y comenzó a devorar libros que le seleccionaba su amigo Juan Campagnole. Tecleando pasó por El Eco de Tandil, Actividades, Primera Plana, Semana Gráfica, Panorama, La Opinión y El Cronista. Paseó su pluma por las redacciones de Humor y Crisis y fue miembro fundador de Página/12. Además de casi ocho años de vivir en tierras europeas durante la dictadura. “Resulta difícil –agregó el orador– de cualquier manera hacer un perfil del escritor argentino más popular de los últimos tiempos. Faltaría decir que decía ser perezoso y laburaba como un negro, que era un fabulador empedernido y también que estaba enamorado de sus palabras.” “Tandil –finalizó– tuvo el privilegio de cobijar a tan reconocido personaje de nuestra historia cultural, quien supo cosechar gran cantidad de amigos que hasta hoy lo recuerdan resaltando lo mejor de su persona.”
Después de conocer la buena nueva, los aplausos no terminaron más. La emoción y el cariño se expresaron abiertamente. Hasta que llegó la polémica. Lectores jóvenes querían saber por qué los llamados “intelectuales académicos” siempre trataron de no dar importancia a Soriano como escritor. Uno leyó partes del escrito de José Pablo Feinmann que acaba de aparecer como prólogo de la nueva edición de No habrá más penas ni olvido de Soriano. Dice Feinmann: “Alguna vez habrá que revisar las valoraciones de los operadores de la universidad alfonsinista de los ‘80 que, entre otras cosas, eligieron a Soriano blanco dilecto de sus agravios. La economía expresiva del autor se tomó como pobreza de lenguaje, como escritura fácil, como sencillismo. Escribe el filósofo Raúl Cerdeira: ‘A las revistas Punto de Vista, La ciudad futura, El club socialista, en definitiva, al alfonsinismo, le asignaron los laureles de la democracia que después de un arrepentimiento público por las locuras de la juventud y de escupir una y mil veces sobre la tumba del viejo Marx, fueron premiados con todo el aparato cultural de la Universidad de Buenos Aires’. Fueron los pequeños discípulos –continúa Feinmann– de tan vastos maestros quienes se arrojaron sobre el lenguaje de Soriano y sus historias ‘sencillistas’. No fue un odio liviano, pasajero. En los ‘80 cundía el pensamiento débil de la posmodernidad pero en los odios, exclusiones y silencios, los espacios se defendían y se conquistaban a dentelladas. De Soriano, a seis años de su muerte, se publican sus obras completas. Sin embargo, no le hicieron fácil la vida. Jamás diría –como algunos dicen– que lo mataron, pero siempre que les fue posible pusieron veneno, abundante, en su café”.
A pocas semanas de su muerte, recuerdo que hablé con Soriano quien me dijo, muy triste, que en la cátedra de Literatura de Filosofía y Letras, lo habían invitado para preguntarle: “Señor Soriano, ¿qué estudios tiene usted?” y él respondió: “Tercer año nacional”. Lo que provocó risitas, guiños y gestos entre los académicos. Y le respondí de inmediato: “No importa Osvaldo, te haremos un desagravio en el aula magna”. Lo preparamos, pero era ya la hora de la muerte, y Soriano dejó la vida. Aunque le hicimos igual ese homenaje. Lo invité al acto a Ricardo Piglia, escritor y docente universitario, quien comenzó su discurso diciendo: “Los cuatro más grandes escritores argentinos no se recibieron de bachiller: Sarmiento, José Hernández, Roberto Arlt y Jorge Luis Borges”. Estaba todo dicho.
Muy pronto Soriano volverá a pasar por su querida Tandil y recorrerá su calle. Mirará detenidamente las casas y escuchará atentamente las conversaciones de los vecinos. Estará siempre allí y se reirá a carcajadas con sus compañeros del tercer año nacional. Pero no queremos quedarnos en esto. Quisiéramos sacar otras conclusiones en nombre de Soriano. En Tandil vimos con tristeza y pena que una calle lleva el nombre del coronel Rauch, el mercenario europeo alquilado por Rivadavia para eliminar a los indios ranqueles, dueños y señores de aquellas bellas tierras. A tanto por cabeza, el militar con uniforme europeo cumplió la orden. Degollaba a los auténticos hijos de la tierra. En uno de sus partes dice: “Hoy, por ahorrar balas, degollamos a 27 ranqueles”. “Primero yo matar a los indios malos y luego a los indios buenos”, decía en su media lengua.
Todo por la paga y por cumplir con los blancos que querían y que se quedaron con la tierra y por eso adornaron con el nombre del genocida a una ciudad y las calles de toda la zona. Rauch fue además quien le entregó Dorrego a Lavalle para que éste lo fusilara. Por eso, todavía un pedido al Concejo Deliberante y al pueblo de Tandil: Tiren a la basura ese nombre, sáquenlo de las calles. Es un deshonor si al mismo tiempo que ponen el nombre de Soriano, dejan al asesino. Si no lo hacen, Soriano se va a negar a recorrer sus queridas calles.
De paso, pareciera que en la Argentina soplan aires de justicia y de vergüenza. Al mismo tiempo que luchamos por eliminar el nombre de Rauch de la ciudad con su nombre y de las calles bonaerenses un grupo de jóvenes lucha aquí en la Capital por terminar con el nombre de Coronel Ramón L. Falcón a esa plaza (Benedetti y Falcón) para proponer un nuevo nombre y no al del autor de la masacre de Plaza Lorca, donde atacó impunemente a la asamblea obrera del 1º de mayo de 1909 que solicitaba algo absolutamente justo: las ocho horas de trabajo. Sin que hubiera ningún incidente, el coronel ordenó el cobarde ataque con armas de fuego y el ataque de la caballería. Ahora, esos jóvenes vecinos, el domingo 2 de noviembre a las 15 horas, pondrán urnas en la plaza para que el pueblo elija el nombre de un benefactor de la humanidad contra el del represor y asesino de uniforme. El segundo paso sería eliminar también ese nombre manchado de sangre de la actual calle Ramón Falcón. Total, ya tiene ese coronel el nombre de la Escuela de Policía, del cual han salido todos esos ejemplares que hoy llenan las páginas del delito.
Que el pueblo elija cómo deben llamarse sus plazas y no aceptar ese nombre que fue impuesto todavía por una Argentina que no conocía la democracia, la del gobierno de Figueroa Alcorta. Recordemos a las víctimas obreras, aquellos trabajadores que salieron valientemente a la calle para reclamar por sus legítimos derechos.
Si en Tandil Soriano va a agradecer la eliminación del nombre de Rauch, en Buenos Aires lo haría Raúl González Tuñón, el poeta de todos los barrios porteños y de los habitantes humildes. Hay que abrir el camino a la Etica, para que triunfe siempre.
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Por Osvaldo Bayer
Nuestra querida Patagonia, la tierra del bello paisaje, de las aguas y del codiciado petróleo –aquella que en Europa insisten que los gobiernos argentinos van a vender para pagar la deuda (algo que seguro ya habrían hecho los militares desaparecedores con Martínez de Hoz y su sistema)–, pues bien, esa Patagonia se acaba de defender con la democracia. No ha necesitado a la Gendarmería, con su estrecha visión de ver peligro en cada liebre y cada llama y controlarles la nacionalidad, sino que el pueblo ha demostrado a toda la Argentina qué es la democracia y para qué sirve.
Esquel votó contra el oro y el cianuro. Los que venden la Patagonia a pedazos y a retazos, querían vender el bello oro pero cambiándolo por cianuro y una suma de divisas que en nuestro país nunca se sabe al bolsillo de quién van a parar. El pueblo de Esquel votó por la naturaleza, por esa naturaleza que también les pertenece a sus hijos y a sus nietos. No al oro con cianuro, sí a la tierra, al agua, al paisaje, sí a la salud del futuro. No al oro con cianuro en el bolsillo, no a los pozos del infierno, sí a la eterna creación, a los pájaros y el horizonte.
El 84 por ciento votó contra el oro con cianuro, contra las promesas con olor a coima, contra el serruchamiento de lo eterno. El resto votó por el sí genuflexo, con un auto de mejor modelo como ideal, por el atrás de mí el diluvio. Deben ser todos egoístas a los que no les importan los hijos ni los nietos ni el futuro del paisaje. ¡Ochenta y cuatro por ciento! Y no necesitaron jefes, ni comisionistas, ni delegados. Ellos mismos, todos, la asamblea ciudadana.
La verdadera democracia. Ni el intendente ni el gobernador, ni los diputados ni el caudillo barrial. Ellos, los vecinos, mujeres y hombres que conforman y mueven la ciudad. No valió la coima, ni la promesa, ni las candidaturas. Valió el inapelable NO en la urna de la voluntad democrática. En Esquel, la ciudad donde viví con mi familia y publiqué un periódico desobediente La Chispa. Sueño hoy que esa fue la chispa que hace cuarenta años comenzó a prender la mecha de la desobediencia civil que explotó en la magnífica y valiente alma del pueblo que supo decir que no.
Ya algunas de las trastiendas insinúan que el plebiscito no es “vinculante”. Pero la voluntad de la gente, sí. Los leguleyos tratarán de interpretar contratos y disposiciones, y el doctor Nazareno y sus adláteres de la Corte Suprema intentarán las salidas conocidas y nacidas en el Pacto de Olivos. Pero está la asamblea soberana de Esque