Según la historiadora, es peligroso sostener una versión única de los hechos
MADRID.– Hija de la transición española, la profesora Paloma Aguilar Fernández no vivió la guerra civil y era una niña cuando Francisco Franco murió en su cama de hospital. Pero convencida de que el recuerdo traumático de esos hechos pesó sobre la joven democracia, se especializó en indagar sobre la memoria histórica y su difícil traducción y expresión en las políticas oficiales referidas al pasado.
“La buena memoria tiene que ser plural”, dice Aguilar Fernández. En su “Memoria y olvido de la guerra civil española” sostiene: “Hay que distinguir la memoria histórica de la propia historia. Hasta que el historiador no comienza a elaborar los datos, éstos no pueden ser considerados historia”.
Aguilar Fernández es profesora visitante de la Universidad de Madison y autora de publicaciones que, aun sin proponérselo, revelan con el termómetro de la controversia el grado de sensibilidad que tiene el pasado colectivo y las políticas que los gobiernos ensayan para abarcarlo.
“Los proyectos de ese tipo suelen anunciarse con más facilidad de lo que luego se llevan a cabo”, previene, reforzada la impresión con recientes intentos del gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. El abordaje de la transición española fue su punto de partida. "Pero pronto comprendí que debía ir más atrás para entender por qué las memorias llegan en estado de trauma al proceso de cambio político. Y cómo influyen en él", dijo, en una entrevista con LA NACION.
-¿Cómo se produce esa influencia?
-Los recuerdos traumáticos, de guerra civil o de régimen autoritario, son determinantes para fijar las reglas de juego institucionales que se adoptan en los procesos de cambio político. Muchas de ellas están llenas de cautela sólo para evitar que la situación se polarice o se reproduzca la violencia del pasado. Y esas normas, así nacidas, condicionan el futuro funcionamiento de la democracia.
-¿Estuvo ese miedo presente en la transición española?
-Eso se ve claramente en los primeros y fundamentales debates sobre la reforma política, la amnistía e incluso la Constitución. Por ejemplo, en el debate sobre la reforma política, que se produjo en 1976. Los españoles votaron en favor de una ley que, aunque se aseguraba que traería la democracia, era propuesta por un gobierno de personas que venían del gobierno franquista. Y la gente les dio su confianza a ellos, y no a la oposición, que por entonces impulsaba la abstención, convencida de que el referéndum convocado no era libre.
-¿Fue una opción popular y legítima o no?
-Sí, si tenemos en cuenta que no había libertad de acceso a los medios de comunicación. Fue reveladora de que la ciudadanía tenía cautela y miedo. Y de que quería el cambio, pero lo deseaba de modo paulatino y cauteloso, hasta el punto de darle su confianza a gente que procedía del gobierno anterior.
-¿Por qué dice que España tuvo su ley de punto final?
-Porque, aunque en su momento no se habló de ello, está incluida en la ley de amnistía que aprobó el primer Parlamento democrático. Lo que procuró fue dejar de lado el pasado; se estableció un intercambio con los militares por el que el gobierno se comprometió a no juzgar a ningún ex integrante del régimen a cambio de que salieran en libertad los presos políticos, que era el reclamo generalizado. La gente festejó esa libertad, pero ni se enteró de que había una ley de punto final.
-¿Hubo un pacto de silencio entre el gobierno democrático y la prensa?
-La prioridad era establecer un proceso de cambio y acabar con los presos políticos. Y era difícil concebir que hubiera posibilidad de enjuiciar a responsables de violaciones de los derechos humanos. Fue, en todo caso, una decisión algo camuflada.
-¿Cómo influyó el pasado en el debate sobre la Constitución?
-Influyó en el miedo a no alcanzar consenso. Cuando eso parecía imposible o muy difícil, alguien decía: "Cuidado, que no nos vaya a pasar lo que ya nos pasó". Hay una continua apelación al pasado, pero, al mismo tiempo, mucho cuidado de no echárselo en cara a nadie, salvo en algunos cruces entre el ex franquista Manuel Fraga y el dirigente comunista Santiago Carrillo. Hubo un acuerdo de no usar políticamente el pasado, que se respetó escrupulosamente. Si algo tuvieron los españoles en los años 70 fue un exceso de memoria, sin advertir que las circunstancias del país y de la sociedad habían cambiado mucho.
-Llama la atención ese espíritu crítico hacia la transición, proceso que en América latina se venera como un modelo.
-Es que se hizo muy bien, sobre todo teniendo en cuenta las limitaciones experimentadas por sus actores. Otra cosa es que la perspectiva del tiempo permita evaluar de forma algo crítica lo que no pudo hacerse, porque la situación era incierta y en cualquier momento podía haber un intento de golpe de Estado, como ocurrió en 1981. Eso también ayudó a consagrar los dos pilares fundamentales del consenso, que fueron "nunca más una guerra civil" y, en modo no tan categórico, "nunca más una dictadura". Y, junto con eso, el consenso respecto de que todos habían cometido barbaridades y de que nadie quería entrar a ver quién había sido el más responsable.
-Hoy hay una contracorriente que parece responsabilizar más al bando nacionalista que al republicano.
-La verdad irrebatible es que ambos bandos cometieron actos injustificables. Pero también es cierto que la naturaleza de la violencia fue distinta, así como la cantidad de crímenes. Y que mientras unas víctimas fueron reconocidas y recompensadas, las del otro bando no sólo no lo fueron, sino que se las persiguió, torturó y encarceló. La sensación de frustración en esos sectores postergados es enorme. No hay en España ni siquiera un museo sobre el exilio, y eso fue una sangría. En cambio, hay un Valle de los Caídos, donde nadie informa por qué, cómo y en qué condiciones terribles eso fue construido por presos políticos y nadie aclara por qué el patrimonio nacional sigue poniendo flores frescas todas las semanas en las tumbas de José Antonio Primo de Rivera y de Franco.
-Las flores para Franco las mantuvieron todos los gobiernos de la democracia, de izquierda y de derecha. Incluso, el actual. ¿Por qué?
-Un sector importante de la ciudadanía ha sido definido como "franquismo sociológico", gente que mejoró su condición durante la dictadura. Al morir Franco, tanta era la sensación de miedo que "paz y orden" eran el primer reclamo social, por encima de la libertad y la democracia. Sólo cuando comprende que con éstas dos puede obtener más a costo menor, la sociedad apuesta claramente por la democracia. No creo que la sociedad española anterior a la muerte de Franco fuera esencialmente democrática.
-Si España eligió no hacer memoria, ¿por qué hacerla ahora?
-No se trata de hacer memoria, sino de aprender del pasado para construir un futuro político diferente.
-¿Usted realmente cree que la sociedad española no aprendió?
-Claro que aprendió; el problema son las simplificaciones, y eso suele ocurrir cuando se habla de olvido. Yo distingo, al menos, tres ámbitos y dos memorias. Hay una memoria sobre la Guerra Civil y otra, menos trabajada, sobre el franquismo. Luego, hay que diferenciar la memoria en los ámbitos social, político y cultural. En lo político, pese a la voluntad de dejar de lado el pasado y el compromiso de no hacer política con él, el pasado tiene, a su modo, presencia obsesiva. El contraste está en lo cultural, donde hubo una explosión de memoria, bien sintetizada por una caricatura del diario El País que decía: "Si me ponéis una película más de la Guerra Civil gritaré hasta quedar afónico". La tercera memoria, la social, es la más importante: la mayoría de la sociedad española no quiso remover el pasado. Hasta sus víctimas vieron que la situación eran tan precaria que pospusieron reivindicaciones hasta un período más estable. Eso es lo que ahora reclaman.
-No parece una demanda social muy presente.
-Es minoritaria, pero real.
-Pese a que dio pasos en ese sentido, no se ve al gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero muy decidido a ir adelante con eso.
-Creo que su anuncio fue un poco precipitado. Ahora se ha tomado un tiempo para esperar el momento político más oportuno. De lo contrario, se arriesgaría a reabrir las heridas y a crear otras víctimas.
-Usted ha dicho que estos proyectos se anuncian con más facilidad de lo que luego se llevan a la práctica. ¿Por que?
-El caso español es un buen ejemplo. Rodríguez Zapatero hizo su anuncio con las mejores intenciones, pero ahora no está muy claro cómo va a resolverlo. Es muy difícil que una sola ley satisfaga todo lo remanente del pasado.
-¿No se puede?
-Hasta las asociaciones de víctimas se diferencian. En la Argentina se me asegura que las entidades de derechos humanos están muy peleadas entre sí, porque la ideología las separa, como pasó con las Madres de Plaza de Mayo.
-¿La misma dificultad puede correr el anuncio de crear una sede histórica en la ex sede de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA)?
-Aún no parece claro qué es lo que se va a hacer, salvo que será un lugar de memoria. Cuando estuve en Buenos Aires vi edificios con la placa "aquí funcionó un centro clandestino de detención". En España no hay ni eso.
-¿Es necesaria una política oficial de memoria?
-Sí, sólo si se presenta en términos muy amplios y aleccionadores. Por ejemplo, acordar que hubo una dictadura que reprimió a todo aquel que se oponía a su ideología, y que es cierto que todos los bandos cometieron atrocidades. Y es útil que exista porque luego, sobre ella, se basa la compensación a las víctimas.
-¿Se puede lograr una interpretación incontrovertible del pasado?
-En esos mismos términos, sí.
-El reproche en la Argentina es que el corte histórico se produjo en 1976, y no se reconoce a las víctimas de crímenes ocurridos durante el anterior gobierno democrático.
-Tal vez tenga que ver con que el peronismo sigue estando en el poder, aunque desde afuera cuesta mucho entender qué es el peronismo, sobre todo si se tiene en cuenta que de él provienen personas tan distintas como Carlos Menem y Néstor Kirchner.
-¿Cómo evitar que un proyecto de memoria histórica se contamine por necesidades de la política contemporánea?
-La política de la memoria tiene que respetar una pluralidad de memorias. Por muy mayoritario que sea un gobierno, jamás debe aspirar a construir una única memoria oficial que satisfaga a todos. Lo que yo refiero como memoria dominante o hegemónica es una visión general del pasado que se pueda resumir en dos frases y que exprese un aprendizaje común y una democracia común que se deriva de ese pasado. Algo así como el "nunca más" argentino. No es bueno que un paso para rescatar ese pasado sirva para distorsionar la historia.
-¿La experiencia española enseña eso?
-El consenso aquí es muy general: que hubo una dictadura y que en la guerra civil todo el mundo hizo barbaridades. Después empiezan las interpretaciones, y en eso hay que ser respetuosos de la memoria plural. Por eso es muy probable que la reivindicación de los muertos anteriores en la Argentina se convierta, más tarde o más temprano, en una demanda. Aunque hoy no sea muy mayoritaria, lo más natural es que se pida que se haga justicia también con ellos. En el caso argentino es evidente que lo que más se ha reclamado es la experiencia de la junta militar.
-¿Por qué?
-Tal vez porque sobre el peronismo no existe una sola interpretación. Imagino que le costará mucho a la Argentina llegar a una interpretación consensuada sobre lo que fue la experiencia peronista anterior a la junta militar. Pero tendrá que hacerlo.
Por Silvia Pisani
Corresponsal en España
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Lo expresa el economista indio Jagdish Bhagwati
NUEVA YORK.– Están los que piensan que los pobres han hecho más por las estrellas de rock que las estrellas de rock por los pobres.
Jagdish Bhagwati –profesor de Economía y de Derecho en la Universidad de Columbia, autor del célebre libro “En defensa de la globalización” (Oxford, 2004), asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, y uno de los máximos especialistas del mundo en el continente negro– no se cuenta entre esos cínicos. Pese a ello, mientras U2 tocaba en la Argentina, le escribió a Bono –paradigma del rockero comprometido con las causas sociales, si existe tal cosa– una durísima carta abierta en el Financial Times.
En ella sostiene que los esfuerzos de Bono para eliminar la pobreza son loables, pero que, al estar mal dirigidos, no sólo no sirven, sino que resultan contraproducentes. “Usted dijo que esperaba que su música durara para siempre y que la pobreza se acabara en cien años -escribió Bhagwati, que nació en 1934 en la India-. Le deseo mucha suerte con su música, pero cien años nunca alcanzarán para acabar con la pobreza si usted no corrige su rumbo."
Bhagwati no conoce la pobreza sólo de manera teórica. Creció en la India con siete hermanos y tres primos que sus padres acogieron desde pequeños.
"Nunca me pude comprar una gaseosa y no tuve pantalones largos hasta que me fui a vivir a Inglaterra -recuerda-, pero siempre había alguna rupia para libros."
Recientemente, Bhagwati compartió un panel de conferencistas con Laxmi Mittal, el rey del acero de la India y el hombre más rico de su país. "En la mitología hindú tenemos dos diosas: Laxmi, la diosa de la riqueza, y Saraswati, la diosa de la sabiduría. En mi familia éramos muy religiosos y fuimos favorecidos por Saraswati. Aunque, desafortunadamente para mí, ¡Saraswati no se lleva bien con Laxmi!", dijo entonces.
Sus estudiantes lo siguen como a un gurú. No son los únicos: para el cumpleaños número 70 de Bhagwati, la Universidad de Columbia organizó una serie de conferencias para rendir homenaje a su trayectoria. Estuvieron nada menos que Paul Samuelson; Kofi Annan; el presidente de Harvard, Larry Summers; el de Columbia, Lee Boellinger, y el que llama su alumno predilecto, Paul Krugman.
Hubo tantas palabras de admiración -y también de afecto- que habría que creerle cuando dice: "Hay que dejar atrás la noción histérica de que cualquiera que cuestiona la efectividad del aumento grande y rápido de la ayuda a Africa es un reaccionario sin corazón".
-¿En qué se equivoca Bono?
-Creo que la dedicación de Bono -así como la de Bob Geldof- para aumentar la ayuda y acelerar el desarrollo de los países pobres debe ser aplaudida. Pero al usar su carisma y su música como estrella de rock para ese objetivo debe abocarse a ideas y estrategias específicas. Aquí es donde temo que sus esfuerzos deben cambiar de dirección, ya que están renegando de un problema fundamental, que es la capacidad de absorción de la ayuda que tienen los países africanos. El dinero que entra ¿será usado productivamente o es tirarlo a la basura? Está estadísticamente probado que cuando se da ayuda financiera los países que la reciben es más probable que disminuyan y no que aumenten su capacidad de ahorro. La ayuda que entra de golpe y en gran cantidad tiene el mismo efecto contraproducente que el dinero que entra en otros países por la venta del petróleo: son millones y millones que nunca llegan a los pobres, que suelen quedar para los burócratas del gobierno y las elites. Los aliados que tiene Bono entre los economistas y los políticos han argumentado que, aun en Africa, no hay problema en usar un flujo de ingreso de ayuda cada vez mayor. Pero todos los africanistas con los que he hablado o a los que he leído son profundamente escépticos sobre la posibilidad de que un aumento rápido y sustancial de ayuda sea productivo. Las monstruosas cifras de ayuda dadas a Africa hasta ahora y el escaso resultado que han tenido hacen necesario que miremos a la ayuda que estamos dando de una manera nueva. Bono y Geldof se manejan con ideas obsoletas.
-¿Cuáles son estas ideas obsoletas?
-Hay dos errores fundamentales: primero, el concepto de que la ayuda para Africa sólo debe invertirse en Africa, y segundo, que se debe conseguir que la ayuda a Africa sea de un 0,7 por ciento del PBI de cada país. El aumento en el número de gobiernos democráticos en Africa y algunas iniciativas valientes de la Unión Africana en lugares como Darfur han incrementado la capacidad de absorción de un número de naciones africanas. Pero eso justifica un aumento pausado del gasto en Africa más que uno veloz, como propone Bono.
-Pero ¿cómo no invertir el dinero para Africa en Africa?
-Es que el problema de la capacidad de absorción resulta considerablemente menor si parte de la ayuda se envía fuera de Africa. Por ejemplo, a los centros médicos del Primer Mundo para que desarrollen curas para las enfermedades que están haciendo estragos en el continente africano, como la malaria, el sida y la fiebre amarilla. También la educación de jóvenes africanos en las universidades del Primer Mundo debería ser promovida considerablemente. Es cierto: posiblemente después esos jóvenes no quieran volver a sus paísesy terminemos con el clásico caso de la fuga de cerebros. Pero Occidente debería sostener muy generosamente programas a través de los cuales estos jóvenes africanos capacitados puedan ayudar a su continente. Por ejemplo, financiarles visitas periódicas a sus países de origen para que, a su vez, entrenen a otros. Hay muchos temas que constituyen cuellos de botella en Africa: por más fondos que se reciban, sin personal capacitado que los maneje la ayuda no sirve. Y, personalmente, quiero ponerle carne al esqueleto de un proyecto, que es el de los Cascos Grises, con el cual estuve entusiasmando a Paul Wolfowitz estos últimos días para conseguir el apoyo del Banco Mundial. Consistiría en buscar a nuestros médicos, profesores, ingenieros y otros profesionales jubilados que han quedado en Occidente y ofrecerles trabajo en las naciones africanas que tanto los necesitan.
-¿Y cómo es lo del 0,7 por ciento?
-Creo que pocas personas que hayan pensado seriamente en el problema africano creen que la ayuda a Africa deba ser de un 0,7 por ciento del PBI de los países grandes. Ese objetivo fue adoptado en 1969 por las Naciones Unidas y no ha llevado a ningún resultado. Y sin embargo los aliados de Bono siguen repitiendo lo mismo, y reafirmándolo. ¿Tiene sentido, acaso, que Bono pierda el tiempo en un sueño imposible cuando podría ayudar de verdad? Salvo algunos países escandinavos, prácticamente ningún país donante ha logrado llegar a ese porcentaje jamás, porque los fondos públicos son muy volátiles y porque los gobiernos tienen gran cantidad de demandas. Por ejemplo, Estados Unidos este año tuvo un enorme incremento en gastos por la guerra en Irak y el huracán Katrina. Con todas las buenas intenciones que pueda haber, la ayuda a Africa siempre va a estar por detrás de necesidades políticamente más apremiantes. Ni siquiera Paul Martin, ex primer ministro de Canadá, tan progresista, quería firmar el compromiso de su país para aspirar a este objetivo.
-¿Qué se debería hacer, entonces?
-Dado que el objetivo del 0,7% es imposible y que es como un arco iris en el desierto -uno puede verlo, pero es una ilusión-, sugiero una doble estrategia: dejar, por un lado, que los políticos a los que les gusta la idea, como el ex presidente mexicano Zedillo, algunos gobiernos europeos y varios burócratas internacionales busquen ese objetivo para los fondos públicos. Y que Bono vaya tras fondos privados. Básicamente, sería pedirle a la gente fascinada por la música y las estrellas de rock que se comprometiera con muy pequeñas contribuciones, a las cuales Bono y Geldof contribuirían, adicionalmente. Fácilmente se podría llegar a 25.000 millones de dólares por año. ¿Qué hacer con esa plata? ¡Que la decisión no esté en manos de los llamados "hombres sabios", como mi buen amigo George Soros! Por el contrario, que su destino sea decidido por las agencias de caridad del país de donde proviene el dinero. Muchas agencias nacionales de caridad son excelentes y tienen conciencia del problema de la capacidad de absorción. Esta sería una idea para empezar a discutir el tema.
-¿Cómo se explican los escasos resultados que la ayuda a Africa ha tenido hasta ahora?
-¡Si tan sólo uno pudiese explicarlo! Mi distinguido colega Jeffrey Sachs, que es el economista contratado por las Naciones Unidas para elaborar los objetivos de desarrollo del nuevo milenio y que es amigo de Bono, sostiene que gran parte de la ayuda no fue dada para impulsar el desarrollo. Ese es un punto de vista ingenuo, por dos razones. Primero: aun cuando la ayuda sea dada para objetivos humanitarios, libera recursos domésticos para la inversión en desarrollo. Segundo: son tan exorbitantes los montos de ayuda dada que no se puede pretender simplemente que los problemas estuvieron casi siempre del lado de los donantes. Hay muchas variantes en la experiencia africana, y es difícil generalizar. Pero diría que el colapso de la buena gobernabilidad, lo cual hace que la absorción productiva de la ayuda internacional sea difícil o aun imposible, se desprende del hecho de que varios países fueron construidos artificialmente a partir de distintas tribus que quedaron compitiendo por el poder. A veces esto degeneró en guerras civiles y en una brutalidad inimaginable, como en Angola, Congo, Ruanda, Burundi y, ahora, Sudán. Pero también hubo una metida de mano de parte de los grandes poderes que limitó las posibilidades de los buenos líderes. En Ghana, el presidente Nkrumah, que tenía cierta simpatía por la Unión Soviética, fue afectado por la labor de la CIA. En Congo, Tshmobe fue ayudado por los belgas en contra del electo líder de izquierda Patrick Lumumba, y después el país fue virtualmente entregado a una dictadura de facto. Sudáfrica y Botswana son los únicos ejemplos de buen trabajo de gobierno. Sin embargo, en Botswana, si bien la ayuda puede ser mejor usada, hay cuellos de botella que surgen de la falta de mano de obra calificada que pueda expandir aún las facilidades médicas más básicas.
-¿Cree que Bono aceptará cambiar de dirección?
-Esto es difícil de predecir. Estrellas de rock, como Bono y Geldof, y actores como Richard Gere, que se concentra en el sida, son jugadores serios de la beneficencia mundial y tienen la ambición de hacer algo que realmente sirva. Es lo que yo llamo "la perspectiva princesa Diana". Pero todas estas grandes estrellas tienen que aliarse con grupos y personas con las ideas y la experiencia que permitan trasladar sus ideas a programas efectivos. Más allá de sus actividades como miembro de la realeza británica, la princesa Diana logró aliarse con el movimiento mundial contra las minas y tuvo un éxito extraordinario. Bono se alió con ONG como Oxfam y Christian Aid en temas como el comercio mundial. Son obras de caridad gigantescas, que cuentan con fondos excesivos. A veces quienes las llevan adelante se equivocan espantosamente y apoyan políticas muy malas para los intereses de los países en vías de desarrollo. Bono también se ha dejado seducir por programas de ayuda errados, que mencioné anteriormente, y esto posiblemente tenga que ver con que es una estrella de rock, no un pensador. Fue un caso de mala suerte, supongo, que haya elegido hablar con la gente equivocada. Sobre los aliados a los que debería abandonar, no debería ser yo quien levantara animosidades. Pero el profesor Jeffrey Sachs (cuyo libro "El fin de la pobreza" tiene un prefacio de Bono) desestima seriamente el problema de la capacidad de absorción e insiste en lo del objetivo del 0,7 por ciento, y podría ser uno de ellos. Hay otros más, pero que no están tanto en el candelero.
-¿Qué hay de América latina, en particular de la Argentina? ¿Qué tipo de ayuda debería recibir?
-La Argentina ha tenido una mezcla de malas políticas económicas y mala suerte. Las políticas peronistas destruyeron una exitosa economía basada en el agro con un alto ingreso per cápita. Después, con mi buen y brillante amigo Domingo Cavallo, la Argentina se mantuvo atada por demasiado tiempo al tipo de cambio fijo, lo cual llevó a levantamientos de los trabajadores y al colapso de la convertibilidad. Como me gusta decir: las cajas de conversión son hechas por el hombre en singular y destruidas por los hombres en plural. El principal problema en América latina es que tiende a atravesar ciclos de boom y ciclos de caída libre. Pide demasiado prestado y crece rápidamente; después el flujo de capitales se para o cambia de dirección y el crecimiento desaparece. ¡Pero entonces vuelven a pedir enormes préstamos nuevamente! Esto lleva a la inestabilidad política y económica. A menudo me pregunto si esta extravagancia al pedir no será algo cultural. La literatura de ustedes también tiene una extravagancia de imaginación... ¡El realismo mágico, que tanto nos gusta leer!
-Nosotros tenemos planes, como el de los jefes y jefas de hogar, que son de asistencia social directa. ¿Qué opina de ellos?
-Las dádivas sociales son siempre el camino errado como política sistemática. No son la manera de generar crecimiento sostenido. En la India estamos empezando con un programa de "empleo garantizado" por cien días para cada hogar. Pocos creen que esto vaya a llevar a un empleo productivo. Lo más probable es que sea una dádiva. Los pobres se beneficiarían más allá de lo inmediato si ese dinero se invirtiera en infraestructura, educación y salud pública, lo cual mejoraría la capacidad de los más pobres de obtener trabajos y un mayor ingreso. Aun en la India, es muy difícil luchar contra el atractivo populista de las dádivas.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
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La visión del filósofo y académico francés
PARIS.– Además de inventar una nueva forma de narrar la historia, Pierre Nora consiguió establecer una línea demarcatoria entre dos conceptos cercanos y con frecuencia contradictorios: “No hay que confundir memoria con historia”, dice.
De una curiosidad sin límites, Nora siempre pensó que, en un mundo presa de la inmediatez, la mejor forma de transmitir la historia de una nación es a partir del presente. De esa convicción nacieron, entre 1984 y 1993, una obra monumental y un concepto: les lieux de mémoire (sitios de la memoria). Durante más de diez años, con la ayuda de 130 historiadores, estableció la geografía sentimental de la nación francesa.
En esa obra, reunida en tres tomos, se combinan libros, hombres, parajes y conceptos: la catedral de Reims, la batalla de Waterloo, el libro de Proust “En busca del tiempo perdido”, Vichy, Versalles, Juana de Arco, Víctor Hugo, “La Marsellesa”, la República, el Tour de Francia, la Torre Eiffel y las Galerías Lafayette.
Una mitología francesa sobre la cual su autor dice: “Lo novedoso de esta manera de escribir la historia es que rompe con el hábito cronológico. Partimos del presente para hacer un inventario de aquellos objetos, hombres o lugares que pertenecen a la herencia colectiva".
Pierre Nora nació en 1931, en una familia judía de la burguesía parisiense. Hijo de un reputado cirujano, a los 12 años salvó su vida tirándose por una ventana para escapar de la Gestapo. Para olvidar, consagró su vida al estudio: es doctor en historia, en letras y en filosofía; profesor universitario; ensayista, y miembro de la Academia Francesa.
En 1980 fundó la revista académica Débat, que todavía dirige. Desde 1966, cuando comenzó a colaborar con Gallimard, es considerado el editor de ciencias humanas más importante de su generación: publicó, entre otros, a Pierre Foucault, Raymond Aron, Jacques Le Goff, George Dumézil, Elias Canetti y George Duby.
¿Quién mejor que él para explicar las razones de la crisis de identidad que atraviesa Francia en estos momentos? ¿Por qué este país se debate entre las reivindicaciones de todas sus minorías -étnicas, religiosas o sexuales- que tratan de imponer sus propias memorias a la mayoría nacional? En un mundo globalizado, el problema no es exclusivamente francés: las respuestas del historiador tienen alcance universal.
-La agitación de los últimos meses en Francia da la sensación de que la gente ya no sabe muy bien la diferencia que existe entre memoria e historia. ¿Cuál es esa diferencia?
-Memoria e historia funcionan en dos registros radicalmente diferentes, aun cuando es evidente que ambas tienen relaciones estrechas y que la historia se apoya, nace, de la memoria. La memoria es el recuerdo de un pasado vivido o imaginado. Por esa razón, la memoria siempre es portada por grupos de seres vivos que experimentaron los hechos o creen haberlo hecho. La memoria, por naturaleza, es afectiva, emotiva, abierta a todas las transformaciones, inconsciente de sus sucesivas transformaciones, vulnerable a toda manipulación, susceptible de permanecer latente durante largos períodos y de bruscos despertares. La memoria es siempre un fenómeno colectivo, aunque sea psicológicamente vivida como individual. Por el contrario, la historia es una construcción siempre problemática e incompleta de aquello que ha dejado de existir, pero que dejó rastros. A partir de esos rastros, controlados, entrecruzados, comparados, el historiador trata de reconstituir lo que pudo pasar y, sobre todo, integrar esos hechos en un conjunto explicativo. La memoria depende en gran parte de lo mágico y sólo acepta las informaciones que le convienen. La historia, por el contrario, es una operación puramente intelectual, laica, que exige un análisis y un discurso críticos. La historia permanece; la memoria va demasiado rápido. La historia reúne; la memoria divide.
-¿Por qué ese abandono de una conciencia colectiva nacional en beneficio de esas reivindicaciones de la memoria?
-Hubo un cambio en la naturaleza misma del trabajo del historiador. Los historiadores fueron durante mucho tiempo los depositarios de la memoria comunitaria en la medida en que tenían, casi, el monopolio de la interpretación, que, de paso, no era libre, porque con frecuencia el historiador era instrumento del poder. Con el tiempo, el historiador se independizó, para asumir una actitud científica. Pero casi al mismo tiempo apareció una vida mediática densa, que contribuyó a crear una forma de memoria colectiva, independiente del poder puramente científico. Las tragedias del siglo XX contribuyeron, en gran medida, a democratizar la historia, es decir, a hacerla vivir. El hombre comenzó a sentir que lo que vivía era la historia, contrariamente a lo que sucedía en las sociedades campesinas tradicionales. Cuando un campesino vivía, no tenía el sentimiento de que lo que hacía se inscribía en una gran corriente o tenía un significado que superaba su propia vida y la de su familia. Todo cambió cuando el hombre comenzó a decirse que no vivía en la tradición, sino en la historia.
-¿En qué momento comenzó ese proceso?
-Simbólicamente, cuando Goethe dijo en Valmy: "Usted podrá decir «yo estuve» [se refiere a una frase del autor alemán en su libro "Campañas de Francia y de Maguncia", publicado en 1817, sobre la batalla de Valmy entre franceses y prusianos]". En otras palabras: "No crea usted que está viviendo un hecho anodino; está viviendo una batalla de gran importancia histórica". Desde entonces el mundo comenzó a valorar al testigo. El testigo se transformó en aquel que conserva la memoria viva para hablar del drama europeo de 1914, del drama comunista, de la guerra de colonización, de la colonización mundial. El problema es que ese personaje tiene un gran valor histórico, pero no decisivo. Allí es donde comenzó el drama actual. Lo que vivimos desde hace 20 años es el paso de una memoria modesta, que quería hacerse reconocer, de una cantidad de víctimas que querían que sus penas y sufrimientos fueran tenidos en cuenta, a una memoria que se pretende dueña de la verdad histórica, más que toda otra forma de historia, y que está dispuesta incluso a querer cerrarles la boca a los mismos historiadores. En 20 años, hemos pasado de la defensa del derecho a la memoria a la defensa del derecho a la historia.
-¿Esto quiere decir también que las sociedades de los países occidentales -Francia, por ejemplo- estarían en vías de dejar de vivir su historia para vivir numerosas y diferentes historias?
-El ejemplo francés es muy apropiado. Creo que Francia es, en este momento, una especie de caldo de cultivo particularmente sensible por numerosas razones. La primera es que siempre tuvo una relación particularmente intensa con la historia. Desde el siglo X, la relación de Francia con su pasado se intensificó cada vez más, porque la historia fue el instrumento formador de la conciencia cívica y nacional. La historia fue la disciplina prioritaria que hacía de los niños unos auténticos franceses. De esta manera, la historia cumplió un papel capital, porque consiguió reprimir las memorias, limitarlas al seno de las familias, al ejercicio privado. Un niño podía ser hijo o nieto de un aristócrata asesinado en la Revolución, hijo de un obrero asesinado en la Comuna, judío emancipado desde hacía poco, inmigrante o bretón? Pero cuando estaba en la escuela era un pequeño francés como cualquier otro, que recitaba "nuestros ancestros, los galos". Lo que sucedió en los últimos 40 años es que se rompió ese doble registro privado/público y que esas memorias particulares de las minorías en vías de emancipación y de integración en el colectivo nacional reclaman ser como las demás, reconocidas por la mayoría nacional, y, a la vez, conservar algo de sus identidades. Algo que llaman "su" memoria.
-Y que lo es...
-Sí. Cada comunidad tiene su propia historia. Los obreros tienen una memoria obrera que comenzó a establecerse cuando la clase obrera estaba desapareciendo. Comenzamos a hablar de memoria campesina en los años 70, cuando no había más campesinos en Francia. Por entonces, el porcentaje de la población activa ocupada en la agricultura cayó por debajo del 10%, mientras que después de la Segunda Guerra Mundial alcanzaba el 45%. Se comenzó a hablar de memoria femenina sólo con la emancipación y la integración de la mujer en la sociedad francesa.
-En otras palabras, ¿la memoria sectorial o comunitaria aparece después de una conmoción o de una tragedia?
-En cierto sentido. Las guerras, los genocidios, los totalitarismos? La Shoa es el ejemplo perfecto de la matriz memorial. Fue justamente Auschwitz lo que dio origen a la expresión "deber de memoria".
-Esta necesidad de memoria particular parece estar provocando una crisis de identidad nacional en Francia.
-Porque el sujeto nacional portador de esa ideología de la nación está en grave crisis. A las guerras, a la reducción del poderío, a la crisis del modelo, a la dificultad de la transmisión del mensaje se agregaron cantidad de cosas en los últimos 40 años. Francia tiene, desde entonces, una historia en migajas que provocó una profunda fisura en el nivel de su memoria. Piense en la Segunda Guerra Mundial y en el gobierno colaboracionista de Vichy. Francia salió de esa experiencia trágicamente dividida: había una memoria de los resistentes, una memoria de los racistas, una memoria colaboracionista, una de los ocupados y otra de los no ocupados, de los prisioneros...
-¿Por qué ese desgarramiento?
-Porque cada uno creía encarnar una parte real de este país.
-¿Fue en ese momento cuando la historia oficial de Francia comenzó a ser difícilmente transmitida?
-En efecto. En las escuelas comenzó a ser muy difícil transmitir una memoria oficial. A eso se agregó el drama de la descolonización amplificada por la guerra de Argelia, porque, a diferencia de los ingleses, los franceses manejamos muy mal ese proceso. Y porque teníamos en esas colonias una verdadera población francesa. Argelia, por ejemplo, no era simplemente una colonia, sino mitad colonia y mitad departamento francés. La descolonización fue una auténtica guerra civil. Los franceses vivimos la guerra de Argelia como los norteamericanos vivieron la Guerra de Secesión.
-Un nuevo desgarramiento.
-Fue un traumatismo nacional, un desgarramiento de la conciencia, al mismo tiempo que el fin de la proyección mundial de Francia y un regreso a las fronteras nacionales. En ese mismo momento comenzaron a nacer las obligaciones europeas, que disminuyeron las libertades y soberanías de los franceses.
-En los últimos años hay en Francia una tendencia a dictar leyes que sacralizan las memorias sectoriales: la ley Gayssot, que considera crimen toda actitud negacionista; la ley Taubira, que califica la trata de negros de crimen contra la humanidad; por fin, un artículo de ley, en 2005, que preconizaba la "necesidad de enseñar en las escuelas el papel positivo" de la colonización francesa (artículo que acaba de ser anulado por el Consejo Constitucional). Muchos historiadores siempre estuvieron en contra. Usted en primer lugar.
-Porque la historia no puede ser dictada por los legisladores. Eso sucede sólo en los países totalitarios, no en una democracia. Si cada hecho histórico se vuelve intocable tras haber sido declarado por ley genocidio o crimen contra la humanidad, se está condenando a muerte la investigación histórica y, por ende, cristalizando la historia de una nación. Cuando, en 1990, se comenzó a discutir la ley Gayssot, yo me opuse. Por entonces trabajaba sobre la memoria y, a pesar de las buenas intenciones de ese texto, pensaba que estábamos poniendo el dedo en un engranaje del que no podríamos salir. Comenzaríamos con los judíos y continuaríamos con todas las demás comunidades.
-Y así fue.
-Sí. Si no conseguimos poner freno a esta desviación, mañana veremos en Francia a los protestantes venir a reclamar al Estado una ley en nombre del "genocidio" por la masacre de San Bartolomé en 1572, o a los habitantes de la Vendée por las víctimas de la contrarrevolución entre 1793 y 1796. Nunca terminaríamos. Lo que en realidad es preocupante es un peligroso aumento de la ideologización de "la" víctima en todo el mundo.
-¿Cuál es la diferencia entre lo que usted llama ideologización actual de las víctimas y la posición de la izquierda europea en los años 60, cuando comenzó a denunciar la colonización, la marginación y otras formas de explotación?
-El problema es que esa izquierda ha dejado de existir. La actual ya no tiene más nada que decir y nada más para hacer. Le queda una sola cosa: indicar lo que está bien y lo que está mal. Entonces se apodera de los temas históricos y trata de convertir la historia en purgatorio de la humanidad.
-Pero ¿por qué la gente es ahora sensible al ejercicio de la memoria sectorial en vez de pensar en la historia?
-Debido a la supremacía del presente. En el mundo actual, el presente se ha vuelto el juez supremo. Es el registro de temporalidad con el que vivimos nuestro cuerpo, nuestra vida familiar, nuestro placer y nuestro juicio del pasado. En Francia, el peso del presente se traduce, por ejemplo, en algo tan simbólico como haber permitido a las parejas dar a los niños el apellido paterno o materno indistintamente. Eso es una ruptura de la genealogía y de la filiación. Dentro de dos o tres generaciones, nadie sabrá de quién desciende. Y nadie parece darse cuenta del significado profundo que tendrá ese cambio para la sociedad. Esto quiere decir, entre otras cosas, que las personas han dejado de vivir para sus hijos: sólo viven para sí mismas. Creo que estamos ante un oscurecimiento completo de la proyección de futuro.
-En otras palabras, ¿el hombre moderno ha dejado de saber adónde va?
-Así es. Cuando uno sabía vagamente, o creía saber, adónde iba, era posible saber de dónde venía. Usted y su familia se transformaban, entonces, en un instrumento de transmisión, aun cuando los historiadores eran quienes permitían al pasado preparar el futuro. Pero a partir del momento en que los hombres dejan de saber adónde van, que las cadenas interpretativas han dejado de permitirles proyectarse en el futuro, es necesario constatar que estamos en una situación totalmente imprevisible.
-Chesterton decía que cuando los hombres dejan de creer en Dios terminan creyendo en cualquier cosa. ¿Eso se podría aplicar a la historia?
-Perfectamente. Y si se deja de creer en la historia, en cualquier historia, que vaya hacia alguna parte, tampoco se sabe qué es lo que hay que retener del pasado para justificar el futuro. Es entonces cuando el hombre se pone a vivir bajo el control absoluto del presente y termina por juzgar la historia con los criterios del presente. Esa idea de crimen contra la humanidad que invocan todos esos grupos memoriosos es una noción que data de Nuremberg. La idea de aplicarla a fenómenos que sucedieron hace cinco o seis siglos es aberrante. Esto no quiere decir que no hubo horrores. Al contrario. Toda la historia de la humanidad está repleta de crímenes contra la humanidad. Pero si toda la historia se vuelve una serie de crímenes contra la humanidad, ¿por qué enseñarla? Sólo nos queda expiarla.
-En esas condiciones, ¿cuál es el papel que le queda al historiador?
-Creo que somos más necesarios que nunca. En un mundo delirante, es imprescindible que reasumamos una misión de vigilancia intelectual, racional y cívica. La tarea del historiador es ayudar a la sociedad a reflexionar sobre sí misma, pero sin emitir juicios de valor. No tiene razón de ser un historiador obligado a llegar a conclusiones políticamente correctas. Los historiadores no tienen lugar en un mundo donde sólo reinan el "bien" y el "mal".
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
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Valadés describe los desafíos en México
MEXICO D.F.– “La democracia necesita fortalecer las instituciones y distribuir mejor la riqueza porque, de otro modo, el personalismo siempre es un riesgo latente y el sistema peligra. Las democracias de la región deben aprovechar este momento de tranquilidad política para corregir sus defectos”, dice Diego Valadés.
Descendiente directo de uno de los hombres de Hernán Cortés e integrante de una familia de escritores, historiadores y diplomáticos, Valadés es uno de los mejores constitucionalistas mexicanos. En un extenso diálogo con La Nacion, habló sobre la democracia, el panorama electoral de su país y la experiencia de tener a Estados Unidos como vecino, asociado con México por el acuerdo del Nafta.
“Soy partidario del Nafta. Pero México lo negoció mal. El papel de nuestro país con los Estados Unidos no es el de un socio, sino el de un empleado. Un acuerdo de este tipo debe ser muy bien negociado. Si no, fracasa”, advierte.
Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma, durante los gobiernos de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas de Gortari fue procurador general de la Nación, ministro de la Corte Suprema de su país y embajador. Desde 1988 preside el Instituto de Investigagaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), del que formó parte durante 35 años como investigador. La UNAM, vale señalarlo, tiene un presupuesto anual de 1400 millones de dólares, siete veces más grande que el de la Universidad de Buenos Aires.
México es un país de contrastes, vibrante de vitalidad, y el Distrito Federal es particularmente activo y caótico. En ese entorno, la voz de Valadés siempre encuentra lugar en los principales medios de comunicación. Ahora, en plena campaña para las elecciones presidenciales del 2 de julio próximo, y cuando varios candidatos lo tientan para que se integre a sus filas, él dispara: "El mejor candidato es malo".
-Luego de setenta años de gobierno del PRI, en 2000 fue elegido Vicente Fox. ¿Cómo enfrenta México estas elecciones?
-El país cuenta con una estructura electoral confiable, que comenzó a construir a partir de 1977, cuando el PRI quiso matizar su autoritarismo político con una estrategia electoral. Y en los años 90 cobró solidez, con el Instituto Federal Electoral y con el Tribunal Electoral, dos piezas clave de nuestro sistema político. Aquel primer paso, que fue idea del intelectual Jesús Reyes Heroles, buscó bajar el grado de violencia política e integrar a la izquierda a la política. El segundo paso, el de los organismos electorales, buscó garantizar la transparencia.
-¿Cómo desarrolló Fox su gestión?
-En 2000, el PRI temía ser desplazado por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), pero venció el Partido Autonomista Nacional (PAN). Pero Fox no era un hombre con experiencia política importante, y si bien su elección generó mucho entusiasmo y apoyo, el PAN nunca consiguió la mayoría en el Congreso.
-A diferencia de lo que ocurrió muchas veces en los Estados Unidos, donde el partido mayoritario en el Congreso no es el mismo que llega a la Casa Blanca y ambos poderes pueden convivir, México padece el problema de América latina, donde a los presidentes les es difícil gobernar si su partido no maneja el Congreso.
-En América latina hay un problema con el presidencialismo, que algunos países intentaron atenuar para hacer un presidencialismo racionalizado. Pero en México el problema fue algo distinto. Fox nunca fue un negociador. Esta característica, en un primer momento, le permitió acrecentar su popularidad, pero en las elecciones de medio término de 2003 Fox no logró que el PAN tuviera mayor presencia en el Congreso.
-En la Argentina el Congreso es un órgano débil frente a un presidencialismo avasallador.
-En México, la situación es distinta. Por ejemplo, en 2004 el Congreso introdujo modificaciones muy fuertes al proyecto de ley de presupuesto del Poder Ejecutivo y las instituciones no se resintieron.
-¿El Poder Judicial funciona aceptablemente?
-En México, la Justicia no sólo resuelve los planteos entre particulares y los que éstos formulan contra el Estado, sino también los conflictos que se presentan entre el Poder Ejecutivo y el Congreso. Por ejemplo, el Congreso demandó al presidente. Y esto le dio a la Justicia mucho poder, porque la política se judicializó.
-¿La imagen que da hoy Fox es la de un presidente que no sabe salir de la situación de parálisis institucional?
-Sí, y para salir de esa parálisis la gente nuevamente pide un líder fuerte. Y ésta es una situación que crea muchos riesgos, porque podemos volver a caer en el personalismo. La sociedad, claro está, no puede comprender la sutileza de que esa parálisis se debe, en rigor, a la impericia de la clase política. Ese es un matiz difícil de advertir, y entonces culpa a un hombre y quiere reemplazarlo por un líder fuerte.
-Ahora, sin embargo, en el panorama electoral, ninguno de esos dos partidos se saca ventaja. Porque el partido que marcha primero en las encuestas es el PRD.
-El PRD, en la Ciudad de México, fue muy eficaz, y Andrés Manuel López Obrador, el actual candidato de ese partido, fue políticamente muy hábil. Cuando en un momento la Asamblea Legislativa le hizo frente, López Obrador convocó a una consulta telefónica -sin demasiadas formalidades, por cierto- e impuso sus decisiones. Además, les dio un subsidio a todos los ancianos, incluso a los no jubilados, lo cual lo hizo muy popular.
-¿Qué saldo deja la gestión del PAN?
-Deja un país con 50 por ciento de la población bajo la línea de pobreza y con una caída pronunciada de la inversión extranjera directa. Esto se disimula porque en 2005 los mexicanos que viven en el exterior hicieron remesas por 20.000 millones de dólares, que disimularon esa caída. Pero la realidad es que, en la actualidad, México exporta pobres. Medio millón de personas emigra a los Estados Unidos cada año y esa gente pobre es la que envía las remesas. Este es otro aspecto del debate sobre la construcción del muro en la frontera de Estados Unidos con México. Y este asunto también produjo un deterioro en la relación de George W. Bush con Fox. El tercer problema de la gestión de Fox es que durante este período no se promovieron investigaciones para localizar yacimientos de petróleo.
-¿Tuvo la gestión de Fox algún punto sobresaliente?
-Fox fue muy respetuoso de la libertad de prensa y, en este aspecto, el país avanzó mucho. El Congreso, a instancias del Gobierno, sancionó la ley de acceso a la información, que está plenamente vigente. Pero en el ánimo de la gente pesa mucho la situación de parálisis que se vive entre el Poder Ejecutivo y el Congreso.
-¿Qué percepción tiene la población respecto de cada uno de los candidatos? Comencemos por Roberto Madrazo, el candidato del PRI.
-EL PRI busca la reivindicación por haber sido desplazado en 2000. Pero la gente lo percibe como un partido donde hay nichos de corrupción.
-Felipe Calderón, el candidato del PAN, ¿es conservador?
-Sí, y está girando hacia posiciones más rígidas aún. El PAN está volviendo a sus raíces, muy conservadoras, mucho más aún que hace seis años. Mantendrá sus votos, pero no podrá captar a los electores independientes.
-¿Es López Obrador, el candidato del PRD, un populista?
-No. En México hay pobreza y él perfila su discurso para los pobres. Y en un país donde hay corrupción habla en contra de la corrupción. El vive en forma sencilla. La sociedad lo ve como un político honesto.
-¿Cómo es la relación de México con Estados Unidos?
-Uno de los problemas, como dijimos, es el de la emigración de mexicanos a Estados Unidos. Bush esperaba que se frenara esta tendencia si, como había prometido Fox, el país crecía al siete por ciento. Pero esto no ocurrió. México crece al tres por ciento anual. El otro problema es el de la droga. México es el puente para la droga que viene de Colombia. La violencia alcanzó niveles desmedidos.
-En estos días, lo que observo es que narcotraficantes y policías no se disparan, sino que los narcos arrojan granadas. El nivel de agresión es llamativo. ¿El narcotráfico ya contaminó a la política?
-No, parecería que todavía no. Pero sí infiltró a la policía, y a los agentes que no se corrompen los somete a una situación de hostigamiento permanente. Esto se supera sólo fortaleciendo las instituciones, respaldando a la Justicia y a la policía y con un acuerdo mínimo de todos los partidos en ese sentido. Todavía el narcotráfico no contaminó a la política, pero el riesgo está ahí, latente.
-Estados Unidos avanza en América latina con convenios de libre comercio. ¿Cuál es el saldo que le deja el Nafta a México?
-En los años 90, la gestión de Salinas de Gortari atenuó el espíritu antinorteamericano, que estaba muy presente en México. Pero los problemas inmigratorios renovaron la tensión entre ambos países y la retórica consecuente. Tarde o temprano esto va a impactar negativamente en el Nafta. En un primer momento el Nafta produjo un impacto positivo, porque revitalizó el aparato productivo mexicano, con la instalación de muchas empresas. Hubo altos índices de empleo y de inversión extranjera directa. Pero este impulso perdió dinamismo.
-¿Puede tambalear la integración con los Estados Unidos?
-Yo soy partidario del Nafta, pero en México se lo negoció mal y nuestro país no estableció previsiones para fondos de compensación, para que los Estados Unidos financiaran obras de infraestructura, puertos, carreteras. Entonces, el mexicano termina financiando obras que benefician principalmente las exportaciones a los Estados Unidos. Además, el tratado no previó la inversión en investigación, por lo cual México produce con patentes extranjeras y paga a los Estados Unidos demasiadas regalías por los productos que les envía. Las exportaciones del sector agrícola no crecieron sustancialmente y las manufacturas crearon sólo limitadamente mano de obra. El Nafta se negoció mal. No se previeron fondos de compensación ni inversión en ciencia y tecnología ni se tuvieron en cuenta las asimetrías. El papel de México con los Estados Unidos no es el de socio, sino el de un empleado. Y la concentración de riqueza aumentó.
-¿Cómo ve la salud de la democracia en América latina?
-En el orden político, la unipolaridad da margen para que los países vivan un período de tranquilidad política. Pero la concentración de la riqueza en la región es excesiva, y hay demasiada dependencia de los Estados Unidos. Nuestros países deben aprovechar este momento de tranquilidad, porque si se desatiende la cuestión social la democracia peligrará y se restablecerá el personalismo.
Por Adrián Ventura
Enviado especial
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Opina el ex primer ministro de Francia
PARIS.– Cuando era primer ministro francés, Edouard Balladur solía ser representado en las caricaturas del diario Le Monde como un personaje de la corte de Luis XV: con coleta enmoñada, chaquetón de raso, culotte y puños de encaje. Probablemente nadie haya sido capaz de describir mejor a ese liberal con perfil de Borbón que dirigió los destinos de Francia entre 1992 y 1995. Su porte austero y aristocrático, sus modales refinados y su actitud distante lo delatan como un auténtico representante de la elite que gobierna este país.
Como sus pares, ese hombre de 76 años, que ha pasado tres décadas de su vida en el corazón del poder y que declara que tiene “la utopía de un liberalismo moral”, puso su existencia al servicio de Francia y de una ambición. Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados y miembro del partido de gobierno, Edouard Balladur es una de las diez personalidades políticas más importantes del país.
En 1986, durante la primera “cohabitación” entre el presidente socialista François Mitterrand y el primer ministro neogaullista Jacques Chirac, ocupó la cartera de Economía y Privatizaciones. Desde ese cargo estratégico, imaginó y aplicó la única reforma liberal de la sociedad francesa.
En 1993, en la segunda "cohabitación" de la derecha con Mitterand, fue propulsado al cargo de primer ministro para preservar a Chirac del desgaste político y permitirle que se preparara para las elecciones presidenciales de 1995. Balladur siempre desmintió la existencia de un pacto.
Alentado por una auténtica popularidad, Balladur lanzó su candidatura a la presidencia contra Chirac. Esa maniobra, apoyada por Nicolas Sarkozy, provocó una profunda división en las filas del gaullismo. Edouard Balladur fue derrotado en la primera vuelta.
Su intensa actividad política no le impidió hallar tiempo para reflexionar y escribir sobre el ejercicio del poder a un ritmo de una publicación cada año. En su último libro, "Maquiavelo en democracia. Mecánica del poder", se libra a una reflexión lúcida y desencantada de la práctica política en terreno democrático.
Balladur es de aquellos que creen firmemente que los países deben respetar sus compromisos internacionales. De pronto, entre frase y frase, puede mirar fijamente a su interlocutor y decir: "La primera cosa que aprendí en política fue que un país siempre debe pagar sus deudas. Francia nunca dejó de hacerlo, aun en las situaciones más críticas. Por esa razón siempre tendrá crédito".
El ex primer ministro recibió a LA NACIÓN en sus oficinas de la Asamblea Nacional.
-Después de leer su último libro es difícil no pensar en el fundador de Le Monde. Hubert Beuve-Méry solía definirse como "un escéptico positivo" con respecto al destino del mundo. Usted tampoco parece hacerse demasiadas ilusiones con la naturaleza de la política, pero considera que igual hay que practicarla.
-Yo me definiría más bien como un idealista. La política sólo se justifica y se explica cuando nace del deseo de ser útil y de progresar. Pero, como la naturaleza humana es como es, uno enfrenta dos problemas diferentes: conquistar el poder y ejercerlo. En la conquista del poder, efectivamente podríamos hablar de escepticismo. Se puede decir que los hombres son siempre los mismos, en cualquier época y civilización. Por el contrario, si se trata del ejercicio del poder, el idealismo recupera todo su sentido. La conquista del poder sólo tiene razón de ser si se hace algo bueno con él, algo útil. Ese es el objetivo de mi libro. No es una reflexión pesimista. Es un libro lúcido, animado por el deseo de desmitificar muchas cosas. Desde el siglo XVI, cuando Maquiavelo desgarró el velo y dijo toda la verdad sobre la práctica política, las cosas no han cambiado demasiado. Por entonces, Maquiavelo describió un universo totalmente diferente del que imaginaba la Europa cristiana del buen príncipe, virtuoso y moral. Doscientos años después -con la filosofía del Siglo de las Luces, el liberalismo y la democracia- los hombres se dijeron: "Maquiavelo terminó. A partir de ahora estaremos gobernados por la virtud". Yo creo, por el contrario, que el objetivo de la democracia contemporánea y mediática sigue siendo mejorar la suerte de los pueblos, pero sus métodos no son necesariamente mejores, aunque probablemente sean menos crueles que en la época de Maquiavelo.
-Pero entonces, ¿cómo hacer política en el sentido noble del término?
-Por empezar, no hay que engañarse. Lo que es interesante en el poder es hacer evolucionar las cosas. Mire usted los países de América latina. Muchos de ellos pasaron por medio siglo de graves dificultades. Con altibajos, con retrocesos, la situación es hoy mejor que hace 50 años. Porque hubo esfuerzos en favor de la paz, la democracia y la libertad. Esto, naturalmente, no quiere decir que América latina sea hoy un mundo ideal. Tampoco Europa lo es.
-En 1992 usted publicó "De modas y de convicciones". En ese libro, que defendía el liberalismo, decía, sin embargo, que su aplicación a ultranza provocaría un retorno del socialismo en muchas regiones del mundo. Ese es el caso en América latina, donde, después de un período de ultraliberalismo, los gobiernos de izquierda son cada vez más frecuentes.
-En aquella época fui aún más lejos. Durante una visita a los países de Europa del Este, presa de una fiebre de liberación, dije a sus dirigentes: "Si los defraudan, vuestros pueblos sentirán la nostalgia del comunismo, que, al menos, podrá tranquilizarlos aun en mediocres condiciones". Con el liberalismo sucedió lo mismo, porque se trata de una falsa concepción del liberalismo. Siempre pensé, dije y escribí que el liberalismo era mejor que la coacción. También dije que esto suponía que fuera un liberalismo ordenado y sometido a leyes, a reglas. Los jueces deben controlar el liberalismo. Compartido quiere decir que debe beneficiar a todos. Esa era mi concepción cuando fui ministro de Finanzas, de 1986 a 1988, época en la que hice la reforma liberal y económica, privatizando, liberando precios, reduciendo impuestos y promoviendo el capitalismo popular. Por entonces, estábamos en plena moda ultraliberal. Por defender un liberalismo ordenado y compartido, otros liberales me veían como un peligroso dirigista. Por un lado, me consideraban la esencia del liberal y, por otro, el modelo del dirigista partidario del Estado.
-¿Y cuál es la verdad?
-Las dos cosas son ciertas. Yo tenía dos preocupaciones: el retorno del progreso económico con una mayor libertad y que esa libertad estuviera sometida a la ley.
-Lo que usted dice significa que, para que el liberalismo sea un sistema justo, es necesario un Estado fuerte...
-... para hacer respetar la ley y no para intervenir en todos los terrenos, sustituyendo a los individuos. Mi concepción del liberalismo es la de los grandes autores liberales del siglo XIX. Ninguno de ellos dijo que cualquiera podía hacer lo que le diera la gana en perjuicio de los demás. El verdadero liberalismo afirma: el hombre es libre, pero está obligado a respetar una moral expresada por la ley y defendida por la Justicia.
-Entonces, en los países en vías de desarrollo el liberalismo es casi imposible.
-Es difícil, pero no imposible. Hay que ser paciente y esperar la necesaria transición.
-En todo caso, incluso en Francia, su prédica no fue escuchada.
-¿Por qué no? ¿Porque no fui elegido presidente? [Risas.] Desde hace unos años, tratar a alguien de liberal en Francia es una forma de descalificarlo. Pero yo reivindico mi condición de liberal. Creo que el modelo francés de un Estado omnipresente está perimido. Creo más en los contratos, en los acuerdos entre individuos, que en las prohibiciones o autorizaciones decididas por el Estado. En otras palabras, soy hostil a la concepción jacobina de la sociedad.
-Otro aspecto que también parece caracterizar su pensamiento es una especie de miedo a las utopías. ¿Toda utopía está condenada al extremismo?
-Respeto de las utopías, cada uno tiene la suya. Yo tengo la utopía del poder político moral, de un liberalismo moral. Lo que temo en las utopías son los medios puestos a su servicio y la pretensión de cambiar la naturaleza del hombre. No estoy seguro de que el hombre pueda avanzar mucho más en sus cualidades morales. Mire el siglo XX, un siglo trágico, fértil en masacres y genocidios, en guerras con millones de muertos. Europa era esa vieja tierra cristiana donde habían nacido el liberalismo, la filosofía, el optimismo, la generosidad y el idealismo. Y fue justamente aquí donde todos esos optimismos instauraron la opresión y la tiranía en nombre de la utopía. Es una lección terrible, un retroceso moral extraordinario. Si alguien hubiera dicho a un europeo del siglo XIX que ese gran período de liberación de las naciones y los individuos terminaría cien años después en campos de concentración, gulags, hornos crematorios y masacres, él habría pensado que su interlocutor deliraba.
-A su juicio, ¿qué fue lo que pasó?
-No se pueden explicar el nazismo y el comunismo de la misma forma. Pero, de modo general, todo fue producto del exceso de utopismo que pretendía crear un hombre nuevo. No hay nada peor que esa idea. Al ver que los pueblos civilizados de la vieja Europa se abalanzaron a los brazos de semejantes tiranías en nombre del hombre nuevo, sólo se puede deducir que el progreso nunca es permanente, que siempre hay retrocesos. Es cierto: el comunismo y el nazismo no fueron lo mismo. Pero, mirando los resultados, ¿acaso es muy diferente matar a los hombres porque pertenecen a una raza o matarlos porque pertenecen a una clase social?
-Francia vive en agitación permanente desde hace meses. ¿Cree que este país está en crisis o que está perdiendo su identidad, como dicen muchos?
-Para comenzar, Francia es mucho menos poderosa que hace 50 años. Para un país como el nuestro, que tuvo un papel tan importante en la historia del mundo, ésta es una constatación algo amarga. ¿Y qué se les dice a los franceses ? "Sólo en el marco europeo seguirán siendo poderosos e influyentes en el mundo. Para ello es necesario actuar con el acuerdo de los demás países europeos." Para los franceses, ese discurso no sólo significa el abandono de su soberanía, sino el abandono de una parte de su propio ser. El mundo cambió. Antes era fácil integrar a 200.000 personas. Hoy es más difícil integrar a dos millones. Además, los nuevos inmigrantes quieren conservar su identidad, su manera de vivir, su religión -lo que es normal- y su universo psicológico. En Francia cada vez más se habla de "comunidades". Esto es contrario a la ideología republicana. Antes no era así. En el mundo actual, cada vez son más los países constituidos por comunidades a las que ni siquiera intentan integrar. El problema es que la aceptación de la diversidad es difícil para un francés, cuyo modelo de vida está fundado en la unidad y la uniformidad. Aun entre países occidentales, con casi la misma historia, las necesidades sociales son diferentes. Pienso, por ejemplo, en Italia o España, países que quizá necesitarían ir hacia una mayor unidad. Francia, cuya unidad nacional es una de las más viejas de Europa, debería encaminarse hacia una mayor diversidad.
-¿Lo mismo se podría decir de Europa?
- Al principio, la política era "todo el mundo hace lo mismo", porque éramos sólo seis países de Europa occidental. Después fuimos diez, doce, quince y, ahora, veinticinco, con niveles muy diferentes de desarrollo. Los diez países que acabamos de acoger representan el veinte por ciento de la población de la UE y sólo el cinco por ciento de la riqueza producida. Ellos vivieron bajo la tiranía soviética durante dos generaciones, nosotros no. La idea de que haremos avanzar a 25 o 27 países al mismo ritmo es falsa. Tomemos el caso del euro. Somos doce en el euro, no veintisiete, porque los demás no están listos. ¿Acaso era necesario no hacer el euro porque no podíamos hacerlo todos? No, era mejor hacerlo entre doce países que no hacerlo. El mundo moderno tiene una doble característica contradictoria: por un lado, necesita crear vastos conjuntos regionales -el ALCA, el Mercosur, la Unión Europea- y, por el otro, necesita respetar la diversidad y la personalidad de cada uno.
-Pero si Europa puede ser construida en la diversidad, ¿por qué no aceptar, entonces, a Turquía o a Israel?
-Porque hay una exigencia primera: la unidad. Hay que poder tomar decisiones conjuntas. Si queremos que Europa sea únicamente una zona económica, entonces podemos aceptar a Israel, Marruecos o Turquía. Podremos, así, crear en torno del Mediterráneo una gran entidad económica. Pero si queremos que Europa sea un organismo capaz de tomar decisiones importantes y de tener la misma posición en los foros internacionales -por ejemplo, ante la Organización Mundial del Comercio o cuando se trata la reorganización de la Alianza Atlántica-, entonces no podemos ser una Europa de 35 miembros. Nunca conseguiríamos ponernos de acuerdo.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
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La solución pasa por políticas sociales más avanzadas, afirma el historiador
TEL AVIV.– La familia de su padre llegó desde los Países Bálticos a la entonces Palestina judía hacia 1880, huyendo del antisemitismo y de los pogromos de la época. Su abuela nació en Jerusalén, su madre en Haifa y él en Guivatayim, una localidad pequeña.
“Entre los judíos que viven en el Estado de Israel, no son muchos los que pueden alardear de raíces de largo arraigo. Mis amigos de la infancia me consideraban una suerte de indígena de estas tierras”, bromea, en perfecto español, Raanan Rein, quien piensa que la sociedad israelí se está cansando de estar permanentemente en guerra.
La historia del vicerrector de la Universidad de Tel Aviv, especialista en historia española y latinoamericana, miembro de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina, es bastante excepcional en un país nuevo, creado en 1948 y formado, en gran medida, con el retorno de los judíos de la diáspora.
“En mi barrio, mi casa era casi la única donde se hablaba nada más que hebreo. En las casas de mis amigos siempre se escuchaban también otras lenguas, se mezclaban otras costumbres, había otros olores”, rememora.
Tel Aviv es el principal centro comercial y financiero del país y el faro de su vida cultural y académica.Con 30.000 habitantes, la Universidad de Tel Aviv es la más grande de Israel, ofrece la mayor variedad de programas de estudios y pone un énfasis considerable tanto en la investigación básica como en la aplicada. "De hecho, la universidad, que actualmente festeja su cincuentenario, aspira a entrar, dentro de pocos años, en la lista de las 50 mejores del mundo." Rein -casado con una argentina, también historiadora y especializada en estudios latinoamericanos- dirige el Centro S. Daniel Abraham de Estudios Internacionales y Regionales de la UTA y es coeditor de la revista Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe. Ha publicado una docena de libros, en varios idiomas y países. En la Argentina, los principales títulos son: "Juan Atilio Bramuglia. La sombra del líder y la segunda línea del liderazgo peronista" (en prensa); "Entre el abismo y la salvación: el pacto Franco-Perón" (2003); "Argentina, Israel y los judíos: Encuentros y desencuentros, mitos y realidades" (2001); "Peronismo, populismo y política: Argentina, 1943-1955" (1998).
"Mi incorporación como miembro de la Academia Nacional de la Historia significó para mí el reconocimiento, por parte de mis colegas argentinos, de mi aporte a la historiografía de ese país, con el que tanto me identifico", dice Rein.
-¿Por qué se volcó al estudio de la historia argentina?
-En cierta forma, encontré algunas similitudes entre la sociedad argentina y la israelí. Ambas son sociedades de inmigrantes, en una búsqueda constante de su identidad colectiva. Ambas le dieron la espalda a las regiones circundantes, para volver su mirada hacia Europa occidental y los Estados Unidos. Ambas han enfrentado desafíos semejantes para su desarrollo y modernización.
-¿Cómo ve hoy a la Argentina y a los argentinos?
-Con mucha admiración. Es una sociedad que ha podido sobreponerse a las crisis más agudas sin perder la fe en sí misma. Lo increíble para mí fue ver cómo en los peores momentos de la crisis económica, la actividad cultural y la creatividad intelectual jamás cejaron. Acompaño a mis amigos, colegas y parientes en sus esfuerzos, a veces heroicos, por salir adelante. Desde 1989, cuando vivimos un año en Buenos Aires, hago todo lo posible para visitar la Argentina por lo menos una vez al año.
-Usted ha abordado en profundidad la etapa peronista y también el tema de los judíos en la Argentina. ¿Cree que Perón era antisemita?
-Perón era demasiado perspicaz para caer en el antisemitismo. Para mejorar su imagen, invirtió muchos esfuerzos para acercarse a la colectividad judeoargentina y al Estado de Israel. Gradualmente adoptó una política de apertura hacia distintas minorías étnicas y religiosas con el propósito de incorporarlas al bando peronista. Aunque fracasó en la movilización de la mayoría de los judíos, cultivó excelentes relaciones con el Estado de Israel. Mientras Perón gobernó, de 1946 a 1955, la corriente antisemita dentro del movimiento justicialista fue perdiendo su peso e influencia. Sólo después de su derrocamiento esta corriente cobró más fuerza. En el tercer gobierno peronista, de los años 70, el peso de varias figuras antisemitas se dejó sentir. De todos modos, no se puede caracterizar al peronismo en ningún momento como una fuerza antisemita.
-¿Hasta dónde llegó la Argentina en su compromiso con el Eje durante la Segunda Guerra?
-El gobierno militar, con Perón en el gabinete, mantuvo la neutralidad adoptada por los gobiernos anteriores, una neutralidad que gozaba del apoyo de muchos sectores, por distintos motivos. El gobierno de entonces intentó aprovechar la contienda para beneficio de los intereses argentinos. Algunos de los uniformados eran abiertamente pro Eje; otros optaron por la neutralidad, impulsados por sus posturas antiyanquis, y otros por oportunismo.
-¿Cómo cambió esa política después de la derrota del Eje?
-Perón llegó a la presidencia después de la derrota del nazifascismo y, como lo dijo él mismo, intentó no caer en los mismos errores de Mussolini. En las nuevas circunstancias internacionales del período posbélico, tenía que conducirse de acuerdo con ciertas reglas del juego democrático.
-¿Qué significó para la Argentina el haberse mantenido neutral durante el conflicto?
-La neutralidad argentina y el haber desafiado la política norteamericana alimentaron la imagen nazifascista del régimen peronista en la opinión pública occidental, en general, y en la norteamericana en particular. Además, la entrada en la Argentina de miles de simpatizantes del Eje, así como de algunas decenas de criminales de guerra, contribuyó a crear el mito de la Argentina como un país de refugio para los nazis. Aun hoy en día se pueden encontrar vestigios de esta imagen, tanto en la cultura popular norteamericana como en círculos políticos.
-¿Hay aspectos de la cultura argentina en los que arraiguen, a su entender, elementos antisemitas?
-No se puede caracterizar a la sociedad argentina en su conjunto como antisemita. Al contrario, me parece una de las sociedades más abiertas, que ha permitido a los judíos integrarse en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural y política. Sin embargo, desde siempre hubo también una corriente católica y nacionalista destacada, entre otras cosas, por su xenofobia y antisemitismo. En los últimos años, uno nota a veces una mezcla de actitudes antiisraelíes y antisemitas, es decir, una crítica -de por sí, legítima- a la política israelí en los territorios ocupados, articulada en términos antisemitas.
-Después del peronismo, ¿qué otras expresiones fuertes de populismo podría usted señalar en la política latinoamericana?
-Las distintas expresiones del populismo clásico se registraron entre los años 20 y los años 50 del siglo pasado. Con la revolución cubana, la alternativa revolucionaria atrajo a varios sectores sociales, mientras que las elites dominantes alentaron a las fuerzas armadas a acabar con todo movimiento "peligroso" para el orden establecido, incluyendo los movimientos populistas de carácter reformista. En los años 90 los cientistas políticos hablaron del "neopopulismo" de Carlos Menem o de Alberto Fujimori. Sin embargo, se trataba nada más que de una adopción del estilo populista, pero sin el contenido social que lo había acompañado. Al contrario, estos líderes adoptaron el neoliberalismo, que para mí representaba lo opuesto al populismo clásico. Sólo en los últimos años podemos hablar del renacimiento del populismo, aunque con otros matices, y su expresión máxima sería el gobierno liderado por Hugo Chávez en Venezuela.
-¿Qué consecuencias le trajo a la Argentina la irrupción del peronismo populista?
-El populismo no fue, necesariamente, negativo. Era la protesta de los grupos excluidos y marginados que exigían la redistribución del poder en la sociedad en beneficio de la mayoría. La necesidad de hallar una solución no violenta a la cuestión social mediante la incorporación política y la integración social de las masas constituyó la esencia del populismo latinoamericano. El populismo daba preeminencia al Estado en las cuestiones sociales y económicas para evitar distorsiones y garantizar el progreso, aunque sin ningún propósito de cuestionar el principio de la propiedad privada capitalista. El problema residía en el autoritarismo que caracterizaba a la mayoría de los líderes populistas. A menudo crearon una falsa ecuación según la cual el pueblo y el movimiento populista eran sinónimos y por lo tanto cualquier oposición al gobierno populista se tildaba de antipueblo y antipatria.
-¿A qué se debe que tantos argentinos vivan en Israel? Las estadísticas de este país hablan de 80.000 sobre un total de 120.000 latinoamericanos.
-La mayoría de los judíos argentinos han preferido quedarse en la Argentina. Sólo una minoría ha optado por emigrar a Israel. Algunos lo hicieron, sobre todo en décadas anteriores, por motivos ideológicos, pero no cabe duda de que en los últimos años ha primado la motivación económica. En general, la integración social, económica y cultural de la mayoría de los inmigrantes argentinos ha sido tan exitosa que algunos investigadores los han llamado "la comunidad invisible".
-Las clases impartidas obligatoriamente en hebreo, ¿forman parte de una política de cohesión del Estado judío hacia quienes se acogieron a la ley del retorno?
-A diferencia de los EE.UU., el Estado de Israel ofrece a todos los nuevos inmigrantes clases de hebreo para facilitar su inserción en la sociedad israelí. Sin embargo, ya no se nota ninguna presión para que la gente abandone su lengua madre y es muy frecuente escuchar en las calles el castellano con acento argentino. De hecho, el castellano es uno de los idiomas que gozan de mayor popularidad en Israel.
-¿Cómo es la vida universitaria en Israel?
-La vida universitaria en Israel se basó durante varias décadas en el modelo europeo, pero en los últimos años se ha ido asemejando al modelo norteamericano. Los estudiantes israelíes normalmente llegan a la Universidad con una edad algo más avanzada. La mayoría primero termina el servicio militar obligatorio y, por lo tanto, empieza los estudios para la licenciatura con 22 o 23 años. Eso también supone ciertas ventajas, porque llegan más maduros y toman más en serio sus estudios.
-Es altísima la cantidad de judíos que han obtenido el Premio Nobel. ¿A qué lo atribuye?
-En efecto, el número de judíos que han obtenido el Premio Nobel llama la atención y es fuente de orgullo para muchos. Pero no tiene que ver con la biología ni la genética, sino con un ethos elaborado por los judíos en la diáspora.
-¿Israel es el puente entre Oriente y Occidente o el frente donde terminan chocando etnias, culturas y religiones?
-Desafortunadamente, en un contexto regional o internacional, Israel hoy en día no sirve como ningún puente. Sin embargo, en el contexto interno, sí constituye un punto de encuentro que reúne a distintas etnias, culturas y en cierto grado, también religiones. Cabe esperar que una vez que lleguemos a un mejor entendimiento con nuestros vecinos musulmanes, Israel pueda servir para acercar a Oriente y Occidente y contribuir así a reducir las tensiones en la escena internacional y fomentar el desarrollo de la cuenca del Mediterráneo.
-¿Cómo se vive en una sociedad donde a cada momento puede estallar una bomba?
-El género humano tiene esta capacidad casi incomprensible de adaptarse a las peores circunstancias. En los últimos años, la sociedad israelí ha mostrado un grado admirable de resistencia y ha seguido adelante con su vida diaria, a pesar del terrorismo. Eso no quiere decir que los individuos no paguen diariamente un precio psicológico por vivir en estas circunstancias. Me parece que la sociedad israelí se ha cansado de soportar este permanente estado de guerra y está dispuesta a apoyar una retirada unilateral de la mayoría de los territorios ocupados en 1967, si no encontramos un socio palestino con quien negociar un acuerdo.
-A partir del recrudecimiento del conflicto de Medio Oriente, ¿coincide con quienes afirman que la tercera guerra mundial ya ha comenzado?
-Los que hablan de la tercera guerra mundial lo hacen para justificar sus políticas agresivas y los enormes presupuestos militares de que disponen. Es cierto que la creciente desigualdad entre naciones y dentro de muchos países provoca tensiones de todo tipo, pero la solución pasa por la adopción de políticas sociales más avanzadas y diplomacias más progresistas.
-¿Por dónde pasa el eje del conflicto? ¿Por un choque de culturas, como lo dice Samuel Huntington?
-El reciente libro de Huntington sobre la inmigración de habla hispana en los Estados Unidos pone al descubierto los motivos detrás de su libro anterior sobre el choque de civilizaciones. Todo este discurso tiende a demonizar a muchas sociedades. El conflicto de Medio Oriente es ante todo una lucha entre dos movimientos nacionalistas, el palestino y el sionista, en torno de un pequeño trozo de tierra. Después de varias décadas de conflicto, parece que se ha abierto una brecha entre el discurso de los líderes y los deseos populares. Por lo tanto, un acuerdo me parece posible, siempre y cuando las dos sociedades elijan a líderes que estén dispuestos a la convivencia. En este contexto, el triunfo de Hamas tiene que ver con muchos factores que son, no necesariamente en orden de importancia, la corrupción entre los dirigentes del movimiento Al-Fatah, la obra social que realizan, la creciente influencia de los fundamentalistas en el mundo musulmán y la política israelí, que no hizo lo suficiente para reforzar la posición de Abu Mazen.
-Henry Kissinger dijo alguna vez que el conflicto israelí-palestino no tenía solución. ¿Coincide?
-El legado de Kissinger no lo convierte necesariamente en el mejor consejero para alentar procesos de paz y negociación. Es precisamente este tipo de discurso el que pone más obstáculos en el camino del mejor entendimiento entre israelíes y palestinos. Con su formación original de historiador, Kissinger debería haber sabido que muchos conflictos históricos que parecían insolubles se resolvieron al cambiar las circunstancias internas o externas. Me pueden acusar de ingenuo, pero toda mi actividad académica y pública está inspirada en esta fe en la convivencia y el entendimiento mutuo.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
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Opina Zygmunt Bauman, de 80 años, la "nueva" estrella de la sociología
BARCELONA.– En 1990 el sociólogo polaco Zygmunt Bauman tomó dos decisiones importantes: abandonó su claustro en la Universidad de Leeds y empezó a hacerse cargo de la cocina del hogar.
Los resultados fueron inmediatos. En el caso más asombroso de florecimiento tardío del mundo académico, pasados los 80 años y sacando prácticamente un libro anual, se ha convertido, desde entonces, en la “nueva” estrella de la sociología contemporánea. Sus conceptos –“modernidad líquida”, “residuos humanos” y “poblaciones superfluas”– revolucionaron el campo sociológico y hoy es considerado una eminencia entre sus pares. Además, los libros de Bauman –quien sobre los problemas del mundo de hoy dice que hay que pasar de la tolerancia a la solidaridad, y, sobre la sociología dice que hoy es imprescindible para la gente común– son bestsellers leídos por un público muy general y donde sea que da una conferencia recibe tratamiento de estrella pop.
El otro resultado es que cualquiera que vaya a entrevistarlo a su casa, en Inglaterra, recibirá, junto a la taza de té de rigor, sus pastelitos recién horneados. Pero esta entrevista se realiza en Barcelona –vino a presentar la traducción al castellano de su libro “Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias” (Paidós)–, donde el bar del hotel está cerrado y no hay ni un café para ofrecer. A pesar de las afirmaciones de esta redactora de que viene de un almuerzo y realmente no necesita nada, la cara de angustia del autor de clásicos como “Modernidad y Holocausto", "La globalización: consecuencias humanas", "Trabajo, consumismo y los nuevos pobres", "Modernidad líquida" y "La modernidad sitiada" no desaparecerá hasta que, casi al despedirnos, finalmente se materialice un mozo.
Su angustia también se debe a que después, a la tarde, lo espera una conferencia sobre la inmigración, justo cuando los titulares de la prensa del día dan cuenta de un rechazo generalizado hacia el fenómeno de los inmigrantes.
Como siempre, Bauman tiene una visión muy original para explicarlo: "Los inmigrantes, y en particular los buscadores de asilo, son una caricatura de la elite global", subraya.
-¿Qué pueden tener que ver las personas más ricas con las más pobres del planeta?
-Se comportan de manera exactamente igual. La elite global sale de la nada, compra la compañía donde uno trabaja, racionaliza, despide a la mitad y es una fuerza que uno no puede ver, cuyas decisiones se toman en países distantes del propio. Es la fuente de incertidumbre de nuestra vida cotidiana. Uno puede estar disfrutando del momento, con buena relación con amigos, jefes y colegas, pero a la noche empiezan las pesadillas: ¿qué pasaría si perdiéramos el trabajo? ¿Si a nuestra pareja la transfirieran a otra ciudad? La fuente de nuestras angustias es la globalización de la industria financiera, del mercado de capitales, del comercio, pero todo esto son nociones abstractas que uno no puede controlar. En cambio, al inmigrante se lo ve. Está ahí. Pero como todos estos conceptos abstractos, sale de la nada, no pertenece y puede resultar una sorpresa desagradable. Entonces, la reacción natural es hacer algo sobre la parte de nuestra vida que sí controlamos.
-¿Por ejemplo?
-Uno no puede escribirle a Rodríguez Zapatero y pedirle que pare el comercio internacional, porque el país sería severamente castigado, pero sí que dicte nuevas leyes para fortalecer las fronteras o que redoble el muro en Ceuta y en Melilla. Es como el viejo chiste del borracho que está buscando algo bajo un poste de luz. Un hombre que pasa le pregunta qué busca y él responde que un billete de veinte euros que perdió. "¿Lo perdió aquí?", pregunta el hombre. "No, en la otra cuadra", responde el borracho. "¿Entonces por qué lo busca aquí?", insiste el desconocido. "¡Porque aquí hay luz!" Bueno, todos nosotros estamos buscando la solución a nuestros problemas en el lugar equivocado, simplemente porque es lo que podemos ver. Sobre las compañías internacionales sólo podemos leer en los diarios, pero al vecino de un país pobre lo podemos correr para que se vaya.
-¿Cómo ve usted lo que ocurrió recientemente con la violencia en los suburbios franceses?
-En Francia se combinaron dos problemas. Por un lado, están los millones de jóvenes que inmigraron buscando el trabajo y la dignidad humana que no encontraban en Marruecos, Túnez y el desierto del Magreb en general, y que son los típicos residuos humanos, porque al no poder acomodarse a las fuerzas de la modernización que afectaron a su país de origen, su existencia se transformó en redundante. En todo el mundo la globalización dejó grupos de gente afuera, que no se pudieron acomodar. Pero en Francia esto se combinó con la tradición republicana, y eso fue un cóctel explosivo.
-¿Por qué?
-Porque según esa tradición cualquiera que tenga pasaporte francés es francés, aunque venga de otro país, y no se lo debería tratar de manera distinta que al resto de los ciudadanos. Esto es una fantasía, pero los ministros de cultura están siempre muy temerosos de que se los acuse de preferir una cultura por sobre la otra, y entonces se muestran completamente indiferentes a los problemas de grupos inmigratorios específicos. Esa es la actitud del gobierno francés ante los problemas sociales. Es interesante que en los ataques de los suburbios franceses el objetivo muchas veces fuera la escuela. Esto es muy simbólico, porque en la escuela todos estos inmigrantes tuvieron buenísimos profesores, que les decían aprendan esto y esto y compórtense de esta manera y tendrán las mismas oportunidades que el resto de los franceses. Pero después salían al merado laboral y por su color de piel, religión o apellido no recibían los puestos de trabajo, y se daban cuenta de que aquello no había sido cierto. Siendo gente racional y bien educada en el excelente sistema educativo francés, estos inmigrantes e hijos de inmigrantes son plenamente conscientes del choque entre el ideal abstracto aplicado a todos y la realidad del multiculturalismo, en la cual hay desigualdad social, económica y de aceptación. Se sintieron, lisa y llanamente, engañados. Por eso vandalizaron las escuelas, curiosamente en el nombre de los valores franceses de igualdad, fraternidad, libertad, en los que fueron educados, pero que nunca vivieron.
-¿Lo mismo podría pasar en Gran Bretaña?
-No, jamás. No digo que Gran Bretaña sea mejor, pero sí que existe una larga tradición de que ser británico puede significar ser galés, irlandés o escocés, que se puede ser británico de distintas maneras, hablando distintos idiomas, tener distintas tradiciones históricas y diversas culturas, e igual ser un buen ciudadano británico. Entonces cuando empezó a llegar masivamente gente de las ex colonias, los británicos la recibieron en este marco, entendiendo que hay distintas maneras de ser británico, pero que el Estado debe ayudar a algunos grupos de maneras especiales para su integración. Francia siempre se negó a hacer esto, nunca pudo reconocer que una niña con velo islámico en la escuela puede ser una excelente ciudadana francesa y creer en un Dios distinto.
-Pero esa chica que lleva puesto el velo islámico, ¿hasta dónde es ella la que decide ponérselo y hasta dónde es una imposición familiar, que le dificultará una relación de mayor igualdad con el resto de las alumnas?
-Piense usted en dos chicas que están en la misma clase. Una viene de una familia marroquí, la otra de una tradicional familia francesa. No son diferentes: ambas son productos de las presiones de su entorno. Las figuras de autoridad de sus distintas culturas les imponen distintas cosas. A una, que use el velo y que se case con un musulmán; a la otra, que no use el velo, pero que esté delgada, y que no se case con un musulmán, sino con un muchacho cristiano, con dinero y de buena familia. Lo peor es que ahora a las chicas musulmanas se les prohíbe usar el velo con la promesa de que si dejan de usarlo encontrarán las mismas oportunidades de vida que las demás compañeras, y luego, por su origen magrebí, esto no resulta cierto. Ellas ya vieron lo que pasa, ya lo saben, y la imposición es poner sal sobre la herida. La promesa de igualdad, además de la desigualdad que ven en la práctica, es una peligrosa combinación.
-¿Cómo ve a la Argentina y a los países que fueron tradicionalmente inmigratorios?
-En los países que son receptores de inmigrantes por naturaleza, donde la familia de casi todo el mundo vino originariamente de otro lugar, la gente está acostumbrada a distintas historias de vida. Francia fue distinta desde la época de Napoleón, que no se declaró emperador de Francia, sino de todos los franceses y de todo lo francés. Nunca existió el reconocimiento al derecho humano de ser diferente. Mis amigos franceses dicen que son tolerantes, pero eso no es suficiente: es una posición de superioridad. El desafío hoy es pasar de la tolerancia a la solidaridad, que no sólo acepta que la gente puede ser diferente, sino que sostiene que la diferencia es algo bueno, que del contacto se aprende y todos salimos enriquecidos. Como los nuevos grupos de inmigrantes en Europa son distintos y, a diferencia de grupos anteriores, van a permanecer distintos, es fundamental que aprendamos esto. Si no, toda Europa eventualmente se convertirá en banlieue, en un suburbio de inmigrantes.
-En su último libro, llama la atención la gran cantidad de referencias que hace a artículos periodísticos. ¿Por qué las hace?
-Yo respeto muchísimo a los periodistas. Sobre todo, a los que escriben para periódicos serios. Considero que son mis mejores colegas sociólogos. La sociología académica, por así llamarla, tarda mucho en registrar los fenómenos nuevos. Nos enseñan en la universidad que antes de decir nada tenemos que juntar datos, confirmarlos, hacer regresión estadística, y recién ahí ver a qué tendencia apuntan. Peor aún: para cada tema hay que concursar para los subsidios a la investigación -proceso largo y burocrático, si los hay-, buscar doctorandos que estén en temas afines para armar el equipo para los próximos dos o tres años? Somos como el búho de Minerva, símbolo de la sabiduría, que, como bien dijo Hegel, sólo abre sus alas cuando el día ha terminado. Para cuando un sociólogo saca un libro, la realidad ya está moviéndose en otra dirección. Los periodistas están en la posición exactamente contraria. Van de aquí para allá, y en cuanto intuyen un fenómeno escriben sobre él, sin ponerse a teorizar. Yo intento ubicarme en una posición intermedia. Uso mis herramientas de sociólogo para conectar las cosas, generalizar y sacar conclusiones, pero me baso mucho en artículos periodísticos. Vivimos en una modernidad líquida, lo cual significa que cambia su forma constantemente. La modernidad sólida es como esta mesa. Para romperla hace falta mucha fuerza. Pero la modernidad líquida es como una taza de café: si la ladeamos, el contenido cambia de forma completamente. Me siento muy feliz de explotar a los periodistas, porque son los mejores para registrar la cambiante forma del café al segundo de que algo movió la taza.
-Otra de las características de sus libros es que son accesibles para un público no especializado. ¿Es una búsqueda deliberada?
-Cuando yo era un estudiante, la sociología era sobre la ingeniería social, sobre cómo cambiar los comportamientos masivos, y estaba dirigida principalmente a gente en posiciones gerenciales, desde el supervisor de una industria hasta un ministro del Interior. Las preguntas que interesaba responder era cómo organizar las relaciones sociales en una fábrica para evitar una huelga, cómo cambiar la conducta de jóvenes de bajos recursos para disminuir el crimen, cómo incentivar a los inmigrantes marroquíes para que se conviertieran en ciudadanos franceses. Los sociólogos apuntaban a quienes buscaban cambiar actitudes y comportamientos y, por ende, escribían en un lenguaje para gerentes. Eso ya no corre más. El problema puede ser que yo haya vivido demasiado tiempo y siga haciendo sociología, pero lo que veo es que los gerentes ya no quieren tomar responsabilidad por lo que hacen sus subordinados: tercerizan todo lo que pueden y su relación con la compañía o institución es la de compra y venta de servicios: si no funciona, se cambia, y listo. El resultado es lo que Anthony Giddens llama life politics, políticas de vida. Lo que antes era responsabilidad de la empresa, o del Estado, ahora es responsabilidad y obligación de la persona, del empleado. De esta manera, la sociología perdió a su principal cliente: los gerentes que tomaban como propia la responsabilidad de cambiar el estado de las cosas. Para muchos, perdió así también su misión y lugar en la sociedad.
-¿Y es así?
-Yo creo exactamente lo opuesto: que la sociología nunca fue tan crucial y necesaria como ahora. El único tema es que en vez de dirigirnos a los gerentes debemos dirigirnos a los ciudadanos comunes y corrientes, que deben lidiar con los problemas cotidianos. Son sus autogerentes. Ya nadie decide por ellos, y necesitan algún tipo de comprensión sobre cómo funciona la sociedad, cuáles son los hilos invisibles que sostienen el andamiaje, para saber cómo actuar. Obviamente, describir la situación, explicar qué la provocó y desenmascarar sus contradicciones, como hacemos los sociólogos, no es lo mismo que reducir las problemas o presiones, pero es un primer paso necesario porque sin esa información estarían aún más perdidos de lo que están. Ese es el principio básico por el cual yo guío mi trabajo. Algunos siguen escribiendo en un lenguaje para gerentes. Yo sé que tengo que ayudar a que las personas comunes encuentren su sendero en el laberinto.
-¿Qué hace cuando no está trabajando?
-Salvo la cocina, no tengo tiempo para hobbies. Tenía muchos de joven, pero ahora lo único que hago es observar a la gente. En esta misma charla yo te estoy analizando. En las entrevistas siempre estoy aprendiendo, como también aprendo de las preguntas en mis conferencias. Quiero ver qué es lo que la gente quiere saber sobre la vida. Eso me desvela y no tengo tiempo para nada más. El problema es que yo mismo me hice grandes preguntas cuando era joven y todavía no las pude responder. Estoy en el camino, pero sé que a mi edad estoy corriendo contra el reloj...
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
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El politicólogo Günter Verheugen analiza la importancia de los bloques regionales
BERLIN.– En su reciente libro “Europa en crisis”, el politicólogo alemán Günter Verheugen, considerado el arquitecto de la ampliación de la Unión Europea (UE), traza un diagnóstico de la actual situación en el Viejo Continente después del rechazo de la Constitución en los referéndum de Francia y Holanda y de los disturbios ocasionados por hijos de inmigrantes en territorio francés.
Verheugen establece prioridades para la refundación del proyecto común europeo, de cara a los desafíos del siglo XXI. Entre otras propuestas plantea la importancia de que Alemania y Francia estén unidas para constituirse en el núcleo de una correcta integración política; la necesidad urgente de unificar la política exterior y la de seguridad para conseguir una voz europea representativa en el contexto mundial; el desafío de aumentar la competitividad por medio del perfeccionamiento constante como única alternativa para sostener el nivel de vida europeo, y de profundizar la unificación como proyecto cultural para asegurar su continuidad y eficiencia.
También destaca la importancia política y económica que el Mercosur tiene para la UE. Verheugen se desempeña desde 2004 como vicepresidente de la Comisión Europea y comisario de Empresa e Industria, luego de cinco años a cargo del proyecto de ampliación de la UE hacia el Este. Comenzó su carrera política en el FDP (partido liberal alemán), del cual llegó a ser secretario general de 1978 a 1982, año en que se pasó a la filas de la socialdemocracia (partido SPD, de Gerhard Schröder). Fue miembro del Parlamento alemán durante muchos años y de la comisión interna para la UE. Desde los años 70 ha participado en temas de política exterior, seguridad y desarrollo, durante distintos períodos y bajo diferentes cargos, entre ellos el de ministro de Estado en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Nació en 1944, en la ciudad de Bad Kreuznach, y se graduó en ciencias políticas, historia y sociología.
-¿Qué define lo que usted llama "crisis de confianza" en Europa?
-La integración europea fue durante varias décadas algo natural para la mayoría de los países integrantes porque la gente todavía sufría los efectos de la Segunda Guerra Mundial y veía esa integración como un gran proyecto de paz. Pero el mundo cambia demasiado rápido y en muchos de los países miembros han crecido dudas acerca de si la integración europea es lo correcto para afrontar los desafíos del futuro.
Resulta necesario replantearse qué Europa queremos; cuánta integración deseamos y necesitamos en el continente; qué tan grande queremos la UE y dónde quedan sus fronteras; qué rol va a jugar Europa en el mundo del mañana y cuál será su papel en la globalización; cómo mantenemos el bienestar, la seguridad social y la calidad de vida frente a los desafíos económicos, y cómo logramos que esta unión sea un proyecto de los propios ciudadanos europeos.
-No por parte de los gobiernos, pero sí de los ciudadanos, tal como afirma en su libro que "en Alemania, Francia y Holanda existe culturalmente un profundo desagrado frente al extranjero". ¿Subsiste el temor de la gente de ser considerada racista?
-Creo que no es un tema tabú. La preocupación de mucha gente respecto de la inmigración, es conocida desde hace mucho tiempo y es por eso que la inmigración puede traer problemas a la población europea, que no son sencillos de solucionar. Europa no es una clásica región de inmigración, como sí lo son muchas otras, sino, por el contrario, es una clásica región de emigración. Las naciones europeas no pueden ser comparadas con Estados Unidos u otros países de inmigración, por el hecho de que Europa no es un crisol. En estos pueblos existe una historia común muy antigua, con sus tradiciones, cultura, lengua. De allí que la capacidad y la voluntad de integración por parte de los pueblos europeos tiene sus limitaciones.
-Los grupos que se manifiestan abiertamente en contra del extranjero, como los neonazis en Alemania, ¿deben ser tomados en serio?
-Ningún grupo dispuesto a la violencia puede ser tratado como inofensivo. Además, la extrema derecha presenta sus candidatos políticos y éstos son votados en las elecciones. El tema debe ser tomado siempre en serio. No existe, de todas maneras, ningún peligro para la democracia en Alemania y en el resto de Europa, pero tratándose de Alemania toda forma de neonazismo debe ser combatida desde el inicio y del modo más decidido. Frente a la historia alemana, las experiencias de este tipo no pueden repetirse.
-¿Cómo son evaluadas en la Comisión Europea estas inmigraciones conflictivas frente al rechazo de las poblaciones?
-Hay dos respuestas. La primera y más importante es la prevención. La UE debe trabajar en la lucha contra la pobreza, pero en los países de origen de la inmigración. Este aspecto debe fortificarse mucho más de lo que se ha venido haciendo hasta el momento. La otra respuesta es que las personas encuentren mejores perspectivas de vida en el lugar donde se sienten en casa, porque nadie se convierte en inmigrante sin tener un motivo para serlo. La gente se va de sus países porque en ellos no encuentra la manera de sostener a sus familias. La lucha contra la pobreza y la ayuda para el desarrollo son temas centrales para nosotros y debemos intensificar el trabajo en ellos. También es necesario trabajar para un mundo más justo y pacífico, que reconozca los conflictos más rápidamente y que los solucione mejor.
-¿De qué manera concreta?
-En las rondas de comercio, tratamos de que los países más poderosos consideren los intereses económicos de los más pobres. Esa política preventiva es la más importante en la actualidad, tanto para la inmigración que tenemos como para la que recibiremos en el futuro.
-Otro tema que trajo la ampliación de la UE es el temor de los ciudadanos de los países más poderosos a una mayor pérdida de puestos de trabajo.
-En el plano económico, la ampliación de la UE significó un incremento del mercado europeo. Hemos aumentado el mercado interno para lograr una región con altas tasas de crecimiento y en los nuevos países miembros este aumento es enorme, de manera que la consecuencia inmediata fue un fuerte impulso para Europa, con efectos positivos también para los antiguos miembros. Los mercados de Europa Central y del Este generan gran demanda de bienes de industria y de consumo producidos en Alemania, Francia e Italia. Eso se lee con claridad en las estadísticas de comercio e inversión.
-En la convivencia cotidiana, sin embargo, ciudadanos e inmigrantes se perciben mutuamente como una amenaza. ¿Está Europa en camino de formar una sociedad de guetos?
-Dentro del territorio europeo se producen situaciones muy diversas y la imagen es mucho más diferenciada de lo que aparenta en este momento. Diría que en Alemania -el caso que mejor conozco- la gran mayoría de los extranjeros está integrada a la sociedad. Existen zonas de conflicto en diferentes países y pienso que hay dos puntos por considerar. Por un lado, debe encontrarse una solución política para mejorar sustancialmente las oportunidades de vida, sobre todo de los inmigrantes más jóvenes, a través de una formación que les permita insertarse en la sociedad. Por otro lado, necesitamos de manera urgente establecer una clara política de inmigración: debemos decidir cuántos inmigrantes queremos y bajo qué criterios permitiremos la inmigración en Europa.
-Desde un punto de vista social, ¿el proyecto de paz de la UE no está convirtiéndose en una utopía?
-Todo lo contrario. Una parte del problema que tenemos en Europa es el hecho de que somos víctimas de nuestro propio éxito. Lo que la integración europea debía alcanzar -paz y estabilidad en el continente- lo ha logrado por completo. Y el último paso del proyecto de ampliación (la incorporación de los nuevos miembros), que también consistía en exportar la seguridad de paz y estabilidad a una zona de Europa que había sufrido bajo diferentes dominaciones, también se ha logrado. Estas conquistas no están en peligro.
-Con el cambio de dirección política que ha asumido Alemania luego de las recientes elecciones, ¿cómo ve a su país en el contexto de la UE?
-Nadie duda de que Alemania se mantendrá dentro del curso europeo, como lo viene haciendo. Todas las fuerzas democráticas del país están fuertemente ligadas a una política dentro del sistema de integración. Este es el aprendizaje fundamental para la política alemana, a raíz de su particular historia. Podrá haber diferencias de enfoques en aspectos específicos, pero no en la gran dirección del proyecto europeo. Los miembros de la Comunidad pueden confiar en eso.
-Pero, en su libro, usted parece decepcionado de la clase política.
-Considero necesario establecer con nitidez un vínculo más directo entre las políticas nacionales y las europeas. Es un error comprender la política europea como algo que transcurre en Bruselas o Francfort. Debemos entenderla también en Berlín. A cada ciudad y a cada país miembro le corresponde la misma responsabilidad política; ésa debe ser la manera de comprender la integración.
-¿Qué desafíos le plantea a Europa la globalización?
-Los efectos económicos y sociales de la globalización están siendo percibidos por las personas en un nivel individual; la gente toma conciencia de que está frente a una competencia directa con trabajadores de otras partes del mundo. En ese marco, la solución para que Europa ingrese en los mercados de esas otras regiones es clara: imponernos internacionalmente como líderes de la más alta calidad, el más alto rendimiento y la mejor tecnología.
-¿Eso es lo que usted llama definir el futuro de Europa como una "sociedad del conocimiento"?
-Sí. Aquella posición sólo puede alcanzarse mediante el desarrollo de una capacidad para innovar, de la cual resulte una renovación constante. Para lograr este objetivo nos concentramos en el perfeccionamiento a través de la educación, en la calificación y, sobre todo y mucho más intensivamente de lo que ya hemos venido haciendo hasta ahora, en la investigación.
-Cuando usted menciona el "síndrome del salvador" de la política alemana e insiste en que la única vía es la competitividad, ¿está criticando la política de subvenciones?
-Me dirijo contra todo proteccionismo e intervención estatal. Los políticos alemanes, gracias a Dios no todos, padecen de eso que llamo el "síndrome del salvador", por el cual creen que cuando alguna empresa no es eficiente, el Estado debe hacerse responsable de resolver esas dificultades. Eso no es correcto. El Estado debe estar sólo para crear aquellas condiciones que luego deben valer para todos por igual y permitir a las empresas un desarrollo positivo. En la Comisión estamos a favor de una política que esté dirigida a crear mayor crecimiento y ocupación, pero sin proteccionismos y sin una economía subvencionada.
-Si existe tal convicción, ¿por qué Europa no renuncia a la protección de la producción agraria que afecta sensiblemente a economías en desarrollo como la argentina y la del Mercosur?
-Nosotros ya hemos reformado la política agraria europea y seguimos haciendo esfuerzos para continuar con la reforma. No se puede olvidar que de esto depende el funcionamiento de una economía agraria en Europa y que dejarla sola tampoco solucionaría el problema. Tampoco podemos dejar de pensar en la enorme cantidad de trabajadores de ese sector, el más grande de la industria europea. No es la industria automotriz, ni la química, ni la metalúrgica la más fuerte de Europa, sino la producción de alimentos. La idea de renunciar a ella es equivocada. Lo que debemos hacer es organizarla de manera que pueda resistir la competencia. Estamos encaminándonos en ese sentido.
-¿Cómo sigue la Comisión Europea el proceso de integración sudamericana en el Mercosur?
-Para nosotros es muy importante. No consideramos la UE como un artículo de exportación, pero creemos que en otras regiones donde se producen proyectos de integración pueden aprender bastante de nuestra experiencia. Consideramos que el efecto es siempre fructífero porque la integración produce crecimiento y crea poder económico. Nos interesa que haya regiones fuertes en el mundo, porque de ese modo se convierten potencialmente en socios importantes para nuestro comercio. Creo que el Mercosur es una región con un potencial enorme y que, mientras todo el mundo habla de China, sigo pensando que es necesario tratar el tema de América latina porque todos los signos hablan de una zona de crecimiento rápido y desarrollo bastante atractivo. Por supuesto que la UE tiene interés en una cooperación lo más estrecha posible con mercados importantes que se desarrollan rápidamente y por eso seguimos con atención y alta prioridad política los cambios que se producen en los países de la región Mercosur.
-¿Qué puede aprender el Mercosur de la experiencia europea?
-Lo más importante es que la anulación de las trabas aduaneras y comerciales propicia crecimiento e instala competitividad, que es beneficiosa para todos.
Por Cecilia Scalisi
Para LA NACION
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El pensamiento del politicólogo francés
PARIS.– La investigación policial sobre los atentados de julio en Londres dejó en evidencia que los fanáticos terroristas no venían de Medio Oriente, de Afganistán o de Bagdad. La mayoría de ellos había vivido casi toda su vida en el Reino Unido.
Como en Madrid, los atacantes estaban totalmente integrados a la sociedad en que vivían. Lo que ayer parecía impensable hoy es una realidad: los vínculos entre los extremistas y la organización Al-Qaeda son cada vez más difusos, y a veces inexistentes, hasta tal punto que la única relación que existe entre muchos grupos terroristas y la organización de Osama ben Laden, según el investigador francés, es la reivindicación de un acto terrorista en su nombre.
“Cada vez se ven más células autónomas, formadas en el lugar mismo en el que se comete un atentado. Estas células usan, por así decirlo, una franquicia: toman la marca Al-Qaeda sin estar en contacto real con la organización”, dice el politicólogo francés, director del Centro Nacional de Investigación Científica de París (CNRS, por sus iniciales en francés) y de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales.
Esta forma de funcionar, según Roy, deja en evidencia que ya no es necesario que alguien del círculo de Ben Laden viaje con pasaporte falso para dar las instrucciones a las diferentes células. "Estamos en una situación en la que un grupo de amigos de los suburbios decide hacer un Al-Qaeda. En Internet encuentran una receta para hacer explosivos, un slogan y se adoctrinan on line", dice Roy.
En una entrevista con LA NACION, Roy -autor de "Genealogía del islamismo" y "Las ilusiones del 11 de septiembre"- dice que las raíces del terrorismo "están en nuestros países, en Occidente. Los militantes se radicalizan en Londres o en París y parten luego a la Jihad, a la guerra santa". También dice que hay puntos en común entre el "Che" Guevara y Ben Laden.
-¿Qué distinción hace entre los diferentes tipos de organizaciones terroristas?
-Están las islámico-nacionalistas, implicadas en un combate nacionalista, como el Hezbollah libanés o el Hamas palestino. Y están las internacionalistas: aquí sólo incluyo a Al-Qaeda, o lo que lleva la etiqueta Al-Qaeda.
-¿Qué es la "etiqueta de Al-Qaeda"?
-Hay gente que dice pertenecer a Al-Qaeda, pero que no tiene ningún contacto con esa organización. Al-Qaeda no tiene objetivos locales ni nacionales, sólo recluta a musulmanes sin raíces, jóvenes generaciones que van de país en país y se sienten parte de la aldea global.
-Pero Al-Qaeda se alió a organizaciones nacionalistas en Irak.
-A veces ocurre. Son los casos de las alianzas en Irak entre Al-Zarqawi y los baasistas, o en Afganistán, con los talibanes, o en Chechenia, con los independentistas. Pero estas alianzas son coyunturales. Cuando en Irak haya una opción política seria, los baasistas pondrán fin a su relación con Al-Zarqawi: no tienen las mismas perspectivas políticas.
-¿Existen otras diferencias?
-Al-Qaeda no recluta terroristas en los ambientes islámico-nacionalistas. No hay militantes de Hamas o de Hezbollah que hayan cometido atentados bajo el sello de Al-Qaeda.
-¿Ningún militante de Al-Qaeda pertenece a organizaciones políticas del mundo árabe? ¿Tampoco los militantes europeos?
-En los casos francés y británico, ninguno de los jóvenes que siguen a Al-Qaeda pasó por una gran organización política islámica. Sin embargo, algunos pasaron por la Jamaat Al-Tabligh. Pero Jamaat no es una organización política, sino predicativa religiosa. Con esas organizaciones, Al- Qaeda puede tener vínculos.
-Al-Qaeda prefiere asociarse a una organización que predica un islam riguroso en vez de aliarse con un movimiento político. ¿Esto hace de Jamaat Al-Tabligh una organización terrorista?
-El Jamaat no es una organización terrorista. Predica un islam sin territorio, que no tiene vínculos con una cultura, o una perspectiva nacional. El vínculo entre Jamaat y Al-Qaeda no es directo. Ambos se dirigen a un público supranacional, que vive sin relación con un conflicto político anclado en una idea nacional.
-¿Cuál es el objetivo de Jamaat?
-El Jamaat surgió en la India en 1926 y su objetivo es atraer a los musulmanes al verdadero islam. El Jamaat considera que los musulmanes de hoy viven bajo una forma de sincretismo, en India con el hinduismo y en Europa con el cristianismo, la laicidad o la secularización. Para ellos, el islam derivó en el sincretismo porque se insertó en una cultura local. Están en contra del concepto de un islam hindú, egipcio, árabe u occidental.
-¿Cómo explica que viajen de país en país intentando convertir a los jóvenes al "verdadero" islam?
-El Jamaat no va a buscar a los convertidos. Tiene una técnica de predicación similar a la de los mormones. Así como los jóvenes mormones dedican un año a hacer proselitismo fuera de EE. UU., el Jamaat envía gente para predicar fuera de sus países de origen. Los equipos están compuestos por gente que no tiene nada que ver entre sí: un uzbeco, un paquistaní, un francés de origen marroquí y un británico convertido, juntos, van a viajar a la Argentina para predicar. La idea es acompañar la "deculturación": hacer que el islam que se predica no sea un islam nacional.
-¿En qué casos llega el Jamaat a reclutar fieles?
-Lo logran cuando hay una crisis de identidad. Ellos proponen reconstruir una identidad bajo criterios religiosos. Funcionan como sectas. O están adentro o están afuera. Si están adentro, son miembros de la comunidad y viven entre ellos. Esa es la diferencia con un católico, que lo comparte todo con un no católico. Para uno del Jamaat, eso es inconcebible: no se puede compartir algo con un no creyente. Es posible que una pequeña parte de ellos vea un nuevo horizonte en la guerra santa. Pero este movimiento no es un vector de la guerra santa. El problema es el impacto de las ideas de este movimiento entre la población musulmana. Allí donde el Jamaat está bien implantado hay problemas no de violencia, sino de convivencia: los hombres que no estrechan la mano de las mujeres, los que no quieren que las niñas vayan a gimnasia, los que presionan a las escuelas primarias y crean un clima de segregación que divide a la sociedad...
-¿Francia considera que este movimiento es legal?
-Normalmente, estos grupos son legalistas, cuando vienen tienen una visa. Se presentan a la comisaría, aunque no están obligados, porque no son combatientes de la Jihad. En Francia, el Jamaat Al-Tabligh integra el Consejo Francés del Culto Musulmán, pero con su nombre traducido como Sociedad o Comunidad para la Predicación.
-¿Cuál es el vínculo con Al-Qaeda?
-Lo que piensan los miembros de Jamaat va en el mismo sentido que Al-Qaeda: no están hechos para vivir en esta sociedad. Ambos se dirigen a jóvenes de segunda generación que se sienten excluidos y desarraigados. Pero el Jamaat no es una organización terrorista. No tiene relación con Al-Qaeda. Sin embargo, algunos de los jóvenes que regresan al islam a través del Jamaat consideran que el Jamaat es muy flexible, porque no tiene proyecto político. Algunos jóvenes dicen que no pueden vivir en paz con Occidente, que masacra a Palestina, a Chechenia. Por eso buscan a Al-Qaeda.
-Dijo que Al-Qaeda se considera como un movimiento desvinculado con un combate nacional. ¿Cómo se explica?
-Los primeros militantes de Al-Qaeda eran de Medio Oriente. Partían a Afganistán como voluntarios para combatir a los soviéticos junto a los mujahiddines afganos. Son gente que no cree que "islam" sea sinónimo de "árabe". Abandonaron Medio Oriente porque creyeron que los movimientos de la región eran nacionalistas y que el nacionalismo no tenía que ver con su combate. Por eso se unieron a una Jihad que no tenía nada que ver con Medio Oriente.
-El contexto nacional no les interesa...
-No es el caso de la gente que apoya a Hamas, en Palestina, o al Frente Islámico de Salvación, en Argelia, y que lo hace por razones nacionalistas y religiosas. Ingresan en Hamas porque creen que este movimiento defiende mejor los intereses del pueblo palestino. Los que adhieren a Al-Qaeda no están interesados en el marco nacional. A Al-Zarqawi, el jordano, no le interesa Jordania. Quiere luchar contra los norteamericanos, por eso va a Irak. Desde el principio este grupo atacó a EE. UU. y al mundo occidental. Desde sus comienzos tuvieron una estrategia global, no nacional.
-¿Y cómo funcionan en esta guerra?
-A través de células locales. Nunca se envió gente a un país extranjero para cometer un atentado reivindicado por Al-Qaeda. Los pilotos de las Torres Gemelas se encontraron en Hamburgo, se unieron a Al-Qaeda en Hamburgo. No era gente que se radicalizó en Egipto o en Arabia Saudita y que luego fue enviada a Hamburgo. Si viven en Leeds, atacarán Londres, si viven cerca de Madrid, atacarán Madrid.
-¿Y si viven en Buenos Aires?
-El caso argentino es diferente. La población de origen árabe está más bien vinculada al Hezbollah. Cuando se atacó la AMIA, fue más bien en respuesta a una actitud. Es como si el Ejército Republicano Irlandés atacara Gibraltar. Entra en una perspectiva de liberación de Irlanda del Norte. El Hezbollah va contra Israel.
-¿Cree posible que un grupo de Al-Qaeda cometa un atentado en América latina?
-Al-Qaeda no cuadra entre los movimientos libaneses y chiitas de América latina. Al-Qaeda es muy antichiita, y la población de origen árabe en América latina es, sobre todo, chiita.
-¿Se puede reproducir el método de reclutamiento que se experimenta en Europa?
-Generalmente, reclutan entre la población recién llegada. No van a reclutar entre la población de Medio Oriente instalada desde hace décadas en América latina.
-¿Y cómo predican la guerra santa?
-De la misma forma en que un guerrillero de los años 70 predicaba la revolución. Hay muchos puntos en común entre el "Che" Guevara y Ben Laden. La palabra clave de Guevara fue "revolución", y no Estado proletario. La palabra clave de Ben Laden es "Jihad", y no Estado islámico. Otro punto en común es que se trata de un movimiento generacional, de jóvenes, contra el sistema establecido. Así como el "Che" no fue a la Argentina a hacer la revolución, Ben Laden no fue a Arabia Saudita. Se hace la revolución en los otros países, no en el propio. No hay militantes de Al-Qaeda que hayan hecho la revolución en su propio país. Su objetivo es destruir el orden mundial. En los textos de Ben Laden, sus declaraciones, no hay referencias a lo que se hará una vez que hayan ganado. Son movimientos contestatarios. No les interesa el poder. Por eso se los acusa de nihilismo: están en el mismo orden que los anarquistas.
-¿Qué función cumple Internet en el terrorismo internacional?
-La pregunta es si a través de Internet hay instrucciones que se difunden o si se convirtió totalmente en algo virtual. Quizá las dos respuestas sean correctas. Tenemos los dos modelos: el de origen, en el que un intermediario que estuvo en Afganistán crea su pequeña célula, y el modelo actual, en el que ya no es necesario un intermediario, sino sólo un grupo de jóvenes enojados con la policía, con todo el mundo, que se juntan a navegar en Internet y encuentran a Al-Qaeda y saben que si hacen un atentado en su nombre serán famosos.
-¿Dónde está la raíz del terrorismo?
-El gran error es creer que las raíces del radicalismo islámico están en Medio Oriente y que hay una exportación del conflicto de Medio Oriente hacia el resto del mundo. No es así. Los militantes se radicalizan en Londres o en París y luego parten a la Jihad. Las raíces del terrorismo están en nuestros países. El que quiera hacer un atentado en la Argentina, no vendrá del exterior. Será un argentino, con toda su vida hecha.
Por Patricio Arana
Para LA NACION
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Sus investigaciones han revolucionado la disciplina de la arqueología bíblica
TEL AVIV.– Israel Finkelstein es un hombre de suerte: aunque sus trabajos de arqueología cuestionan el origen divino de los primeros libros del Antiguo Testamento, judíos y católicos acogen sus hipótesis con auténtico interés y, curiosamente, no lo estigmatizan.
Este enfant terrible de la ciencia revolucionó la nueva arqueología bíblica cuando afirmó que la saga histórica relatada en los cinco libros que conforman el Pentateuco de los cristianos y la Torá de los judíos no responde a ninguna revelación divina. Dijo que, por el contrario, esa gesta es un brillante producto de la imaginación humana y que muchos de sus episodios nunca existieron.
El Pentateuco “es una genial reconstrucción literaria y política de la génesis del pueblo judío, realizada 1500 años después de lo que siempre creímos”, sostiene Finkelstein, de 57 años, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv.
Añade que esos textos bíblicos son una compilación iniciada durante la monarquía de Josías, rey de Judá, en el siglo VII a.C. En aquel momento, ese reino israelita del Sur comenzó a surgir como potencia regional, en una época en la cual Israel (reino israelita del Norte) había caído bajo control del imperio asirio.
El principal objetivo de esa obra era crear una nación unificada, que pudiera cimentarse en una nueva religión. El proyecto, que marcó el nacimiento de la idea monoteísta, era constituir un solo pueblo judío, guiado por un solo Dios, gobernado por un solo rey, con una sola capital, Jerusalén, y un solo templo, el de Salomón. En sus trabajos, que han marcado a generaciones de la nueva escuela de la arqueología bíblica, Finkelstein establece una coherencia entre los cinco libros del Pentateuco: el Génesis, el Exodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio. Los siglos nos han traído esos episodios que relatan la creación del hombre, la vida del patriarca Abraham y su familia -fundadores de la nación judía-, el éxodo de Egipto, la instalación en la tierra prometida y la época de los Reyes. Según Finkelstein, esos relatos fueron embellecidos para servir al proyecto del rey Josías de reconciliar a los dos reinos israelitas (Israel y Judá) e imponerse frente a los grandes imperios regionales: Asiria, Egipto y Mesopotamia. El arqueólogo recibió a LA NACION en la Universidad de Tel Aviv.
-Durante más de veinte siglos, los hombres creyeron que Dios había dictado las Escrituras a un cierto número de sabios, profetas y grandes sacerdotes israelitas.
-Así es. Para las autoridades religiosas, judías y cristianas, Moisés era el autor del Pentateuco. Según el Deuteronomio, el profeta lo escribió poco antes de su muerte, en el monte Nebo. Los libros de Josué, de los Jueces y de Samuel eran archivos sagrados, obtenidos y conservados por el profeta Samuel en el santuario de Silo, y los libros de los Reyes venían de la pluma del profeta Jeremías. Así también, David era el autor de los Salmos y Salomón, el de los Proverbios y el del Cantar de los Cantares.
-Y sin embargo?
-Desde el siglo XVII, los expertos comenzaron a preguntarse quién había escrito la Biblia. Moisés fue la primera víctima de los avances de la investigación científica, que planteó cantidad de contradicciones. ¿Cómo es posible -preguntaron los especialistas- que haya sido el autor del Pentateuco cuando el Deuteronomio, el último de los cinco libros, describe el momento y las circunstancias de su propia muerte?
-Usted afirma que el Pentateuco fue escrito en una época mucho más reciente.
-La arqueología moderna nos permite asegurar que el núcleo histórico del Pentateuco y de la historia deuteronómica fue compuesto durante el siglo VII antes de Cristo. El Pentateuco fue una creación de la monarquía tardía del reino de Judá, destinada a propagar la ideología y las necesidades de ese reino. Creo que la historia deuteronómica fue compilada, durante el reino de Josías, a fin de servir de fundamento ideológico a ambiciones políticas y reformas religiosas particulares.
-Según la Biblia, primero fue el viaje del patriarca Abraham de la Mesopotamia a Canaán. El relato bíblico abunda en informaciones cronológicas precisas.
-Es verdad. La Biblia libra una cantidad de informaciones que deberían permitir saber cuándo vivieron los patriarcas. En ese relato, la historia de los comienzos de Israel se desarrolla en secuencias bien ordenadas: los Patriarcas, el Exodo, la travesía del desierto, la conquista de Canaán, el reino de los Jueces, el establecimiento de la monarquía. Haciendo cálculos, Abraham debería de haber partido hacia Canaán unos 2100 años antes de Cristo.
-¿Y no es así?
-No. En dos siglos de investigación científica, la búsqueda de los patriarcas nunca dio resultados positivos. La supuesta migración hacia el Oeste de tribus provenientes de la Mesopotamia, con destino a Canaán, se reveló ilusoria. La arqueología ha probado que en esa época no se produjo ningún movimiento masivo de población. El texto bíblico da indicios que permiten precisar el momento de la composición final del libro de los Patriarcas. Por ejemplo, la historia de los patriarcas está llena de camellos. Sin embargo, la arqueología revela que el dromedario sólo fue domesticado cuando se acababa el segundo milenio anterior a la era cristiana y que comenzó a ser utilizado como animal de carga en Medio Oriente mucho después del año 1000 a.C. La historia de José dice que la caravana de camellos transporta "goma tragacanto, bálsamo y láudano". Esa inscripción corresponde al comercio realizado por los mercaderes árabes bajo control del imperio asirio en los siglos VIII y VII a.C. Otro hecho anacrónico es la primera aparición de los filisteos en el relato, cuando Isaac encuentra a Abimelech, rey de los filisteos. Esos filisteos -grupo migratorio proveniente del mar Egeo o de Asia Menor- se establecieron en la llanura litoral de Canaán a partir de 1200 a.C. Esos y otros detalles prueban que esos textos fueron escritos entre los siglos VIII y VII a.C.
-El heroísmo de Moisés frente a la tiranía del faraón, las diez plagas de Egipto y el éxodo masivo de israelitas hacia Canaán son algunos de los episodios más dramáticos de la Biblia. ¿También eso es leyenda?
-Según la Biblia, los descendientes del patriarca Jacob permanecieron 430 años en Egipto antes de iniciar el éxodo hacia la Tierra Prometida, guiados por Moisés, a mediados del siglo XV a.C. Otra posibilidad es que ese viaje se haya producido dos siglos después. Los textos sagrados afirman que 600.000 hebreos cruzaron el Mar Rojo y que erraron durante 40 años por el desierto antes de llegar al monte Sinaí, donde Moisés selló la alianza de su pueblo con Dios. Sin embargo, los archivos egipcios, que consignaban todos los acontecimientos administrativos del reino faraónico, no conservaron ningún rastro de una presencia judía durante más de cuatro siglos en su territorio. Tampoco existían, en esas fechas, muchos sitios mencionados en el relato. Las ciudades de Pitom y Ramsés, que habrían sido construidas por los hebreos esclavos antes de partir, no existían en el siglo XV a.C. En cuanto al Exodo, desde el punto de vista científico no resiste el análisis.
-¿Por qué?
-Porque, desde el siglo XVI a.C., Egipto había construido en toda la región una serie de fuertes militares, perfectamente administrados y equipados. Nada, desde el litoral oriental del Nilo hasta el más alejado de los pueblos de Canaán, escapaba a su control. Casi dos millones de israelitas que hubieran huido por el desierto durante 40 años tendrían que haber llamado la atención de esas tropas. Sin embargo, ni una estela de la época hace referencia a esa gente. Tampoco existieron las grandes batallas mencionadas en los textos sagrados. La orgullosa Jericó, cuyos muros se desplomaron con el sonar de las trompetas de los hebreos, era entonces un pobre caserío. Tampoco existían otros sitios célebres, como Bersheba o Edom. No había ningún rey en Edom para enfrentar a los israelitas. Esos sitios existieron, pero mucho tiempo después del Exodo, mucho después de la emergencia del reino de Judá. Ni siquiera hay rastros dejados por esa gente en su peregrinación de 40 años. Hemos sido capaces de hallar rastros de minúsculos caseríos de 40 o 50 personas. A menos que esa multitud nunca se haya detenido a dormir, comer o descansar: no existe el menor indicio de su paso por el desierto.
-En resumen, los hebreos nunca conquistaron Palestina.
-Nunca. Porque ya estaban allí. Los primeros israelitas eran pastores nómadas de Canaán que se instalaron en las regiones montañosas en el siglo XII a.C. Allí, unas 250 comunidades muy reducidas vivieron de la agricultura, aisladas unas de otras, sin administración ni organización política. Todas las excavaciones en la región exhumaron vestigios de poblados con silos para cereales, pero también de corrales rudimentarios. Esto nos lleva a pensar que esos individuos habían sido nómadas que se convirtieron en agricultores. Pero ésa fue la tercera ola de instalación sedentaria registrada en la región desde el 3500 a.C. Esos pobladores pasaban alternativamente del sedentarismo al nomadismo pastoral con mucha facilidad.
-¿Por qué?
-Ese tipo de fluctuación era muy frecuente en Medio Oriente. Los pueblos autóctonos siempre supieron operar una rápida transición de la actividad agrícola a la pastoral en función de las condiciones políticas, económicas o climáticas. En este caso, en épocas de nomadismo, esos grupos intercambiaban la carne de sus manadas por cereales con las ricas ciudades cananeas del litoral. Pero cuando éstas eran víctimas de invasiones, crisis económicas o sequías, esos pastores se veían forzados a procurarse los granos necesarios para su subsistencia y se instalaban a cultivar en las colinas. Ese proceso es el opuesto al que relata la Biblia: la emergencia de Israel fue el resultado, no la causa, del derrumbe de la cultura cananea.
-Pero entonces, si esos primeros israelitas eran también originarios de Canaán, ¿cómo identificarlos?
-Los pueblos disponen de todo tipo de medios para afirmar su etnicidad: la lengua, la religión, la indumentaria, los ritos funerarios, los tabúes alimentarios. En este caso, la cultura material no propone ningún indicio revelador en cuanto a dialectos, ritos religiosos, formas de vestirse o de enterrar a los muertos. Hay un detalle muy interesante sobre sus costumbres alimentarias: nunca, en ningún poblado israelita, fueron exhumados huesos de cerdo. En esa época, los primeros israelitas eran el único pueblo de esa región que no comía cerdo.
-¿Cuál es la razón?
-No lo sabemos. Quizá los protoisraelitas dejaron de comer cerdo porque sus adversarios lo hacían en profusión y ellos querían ser diferentes. El monoteísmo, los relatos del Exodo y la alianza establecida por los hebreos con Dios hicieron su aparición mucho más tarde en la historia, 500 años después. Cuando los judíos actuales observan esa prohibición, no hacen más que perpetuar la práctica más antigua de la cultura de su pueblo verificada por la arqueología.
-En el siglo X a.C. las tribus de Israel formaron una monarquía unificada -el reino de Judá- bajo la égida del rey David. David y su hijo, Salomón, servirán de modelo a las monarquías de Occidente. ¿Tampoco ellos fueron lo que siempre se creyó?
-Tampoco en este caso la arqueología ha sido capaz de encontrar pruebas del imperio que nos legó la Biblia: ni en los archivos egipcios ni en el subsuelo palestino. David, sucesor del primer rey, Saúl, probablemente existió entre 1010 y 970 a.C. Una única estela encontrada en el santuario de Tel Dan, en el norte de Palestina, menciona "la casa de David". Pero nada prueba que se haya tratado del conquistador que evocan las Escrituras, capaz de derrotar a Goliat. Es improbable que David haya sido capaz de conquistas militares a más de un día de marcha de Judá. La Jerusalén de entonces, escogida por el soberano como su capital, era un pequeño poblado, rodeado de aldeas poco habitadas. ¿Dónde el más carismático de los reyes hubiera podido reclutar los soldados y reunir el armamento necesarios para conquistar y conservar un imperio que se extendía desde el Mar Rojo, al Sur, hasta Siria, al Norte? Salomón, constructor del Templo y del palacio de Samaria, probablemente tampoco haya sido el personaje glorioso que nos legó la Biblia.
-¿Y de dónde salieron sus fabulosos establos para 400.000 caballos, cuyos vestigios sí se han encontrado?
-Fueron criaderos instalados en el Sur por el reino de Israel varios decenios más tarde. A la muerte de Salomón, alrededor del 933 a.C., las tribus del norte de Palestina se separaron del reino unificado de Judá y constituyeron el reino de Israel. Un reino que, contrariamente a lo que afirma la Biblia, se desarrolló rápido, económica y políticamente. Los textos sagrados nos describen las tribus del Norte como bandas de fracasados y pusilánimes, inclinados al pecado y a la idolatría. Sin embargo, la arqueología nos da buenas razones para creer que, de las dos entidades existentes, la meridional (Judá) fue siempre más pobre, menos poblada, más rústica y menos influyente. Hasta el día en que alcanzó una prosperidad espectacular. Esto se produjo después de la caída del reino nórdico de Israel, ocupado por el poderoso imperio asirio, que no sólo deportó hacia Babilonia a los israelitas, sino que además instaló a su propia gente en esas fértiles tierras.
-¿Fue, entonces, durante el reino de Josías en Judá cuando surgió la idea de ese texto que se transformaría en fundamento de nuestra civilización occidental y origen del monoteísmo?
-Hacia fines del siglo VII a.C. hubo en Judá un fermento espiritual sin precedente y una intensa agitación política. Una coalición heteróclita de funcionarios de la corte sería responsable de la confección de una saga épica compuesta por una colección de relatos históricos, recuerdos, leyendas, cuentos populares, anécdotas, predicciones y poemas antiguos. Esa obra maestra de la literatura -mitad composición original, mitad adaptación de versiones anteriores- pasó por ajustes y mejoras antes de servir de fundamento espiritual a los descendientes del pueblo de Judá y a innumerables comunidades en todo el mundo.
-El núcleo del Pentateuco fue concebido, entonces, quince siglos después de lo que creíamos. ¿Sólo por razones políticas? ¿Con el fin de unificar los dos reinos israelitas?
-El objetivo fue religioso. Los dirigentes de Jerusalén lanzaron un anatema contra la más mínima expresión de veneración de deidades extranjeras, acusadas de ser el origen de los infortunios que padecía el pueblo judío. Pusieron en marcha una campaña de purificación religiosa, ordenando la destrucción de los santuarios locales. A partir de ese momento, el templo que dominaba Jerusalén debía ser reconocido como único sitio de culto legítimo por el conjunto del pueblo de Israel. El monoteísmo moderno nació de esa innovación.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=775002
Según el polémico filósofo alemán, el ser humano es "un animal de lujo"
PARIS.– Para algunos, Peter Sloterdijk es un visionario, un “nuevo y genial Nietzsche”. Para otros, el filósofo alemán más célebre después de Jurgen Habermas y el responsable de abrir las puertas al eugenismo, una corriente que aprueba la manipulación genética para mejorar la salud del hombre.
Como sea, desde hace 20 años cada libro de este profesor de estética termina transformándose en un best-seller.
¿Cuál es la razón de esa fascinación? Probablemente, la forma que tiene de describir el mundo y el hombre a través de conceptos como “burbuja”, “esfera” y “espuma”.
Según su teoría, el día en que Copérnico demostró que la Tierra estaba suspendida en el espacio, la humanidad entera vaciló: el ser humano fue presa del pánico ante la idea de caer en el vacío y desaparecer en un infinito agujero negro. Desde entonces, los hombres sólo aspiran a recuperar un manto protector, algo parecido a la placenta confortable de la cual salimos. Tanto, que toda obra humana tiende a reconstruir esa forma original.
En los tres tomos de casi 1000 páginas cada uno que componen “Esferas”, este gigante rubio de 57 años trata de demostrar que, en ese esfuerzo titánico por protegerse de “los terrores del espacio abismal”, los países ricos de Occidente han desarrollado un “constructivismo ofensivo, extendido hasta el infinito mediante la edificación, utópica y pragmática, de una casa de vidrio planetaria que debe asegurar un hábitat moderno en el espacio abierto”.
Pero no todas son loas para la nueva estrella de la filosofía mundial, que dirige la Universidad de Karlsruhe. Muchos lo acusan de haber transgredido la prohibición moral y política que pesa sobre las manipulaciones genéticas. El más tenaz de sus críticos es Habermas.
El escándalo estalló en 1999, en una conferencia que Sloterdijk tituló "Reglas para un zoológico humano". Yendo más lejos que Nietzsche, presentó a la escuela, la educación, la Iglesia y el humanismo como técnicas de domesticación del hombre: "Esa práctica -dijo- nos ha llevado a vivir en un zoológico temático lleno de animales civilizados, donde el hombre se domestica a sí mismo y trata de hacer lo mismo con los recién llegados". El humanismo educativo, sostuvo, abrió una "era antropotécnica", donde la ingeniería genética y la clonación son inevitables.
-Después de esa conferencia, Habermas, la conciencia de la Alemania antinazi, lo acusó de utilizar "la jerga nacionalsocialista" y denunció su "antropología de los años 1940". La prensa, por su parte, lo calificó de eugenista. ¿Cuál es su respuesta?
-El eugenismo forma parte del pensamiento moderno. Es la base misma del progresismo. El eugenismo es una idea de la izquierda clásica, retomada por los nacionalistas después de la Primera Guerra Mundial. Es el progresismo aplicado al terreno de la genética. Cada individuo razonable es eugenista en el momento en que se casa. Cada mujer es eugenista si prefiere casarse con un hombre que posee cualidades favorables en su apariencia física. Es el eugenismo de todos los días.
-Completamente inconsciente?
-No, para nada. Uno no es inconsciente si se casa con una bella mujer. La preferencia de la belleza en los asuntos eróticos no es inconsciente: es la conciencia misma. Como decía Platón en "El banquete", es la voluntad de engendrar en la belleza. Es el acto más consciente y el más razonable del ser humano.
-O sea que el eugenismo no es fascista. ¿El hombre puede creerse Dios y decidir quién debe vivir y quién no?
-Nunca existió un eugenismo fascista. Lo que hubo fue un exterminismo racista. Esa voluntad de matar nunca tuvo la más mínima relación con el concepto de eugenismo concebido como un medio de reflexionar sobre las mejores condiciones en que será creada la próxima generación. Los nazis se aprovecharon de algunos pretextos seudocientíficos para eliminar enfermos. Eso no tiene nada que ver con el eugenismo. Es un abuso total de lenguaje llamarlo así.
-¿Y a qué atribuye esa confusión?
-A que el fascismo de izquierda nunca fue revelado como lo que en verdad es. El antifascismo, como ideología dominante, se debe a que el fascismo de izquierda nunca hizo sus duelos. Sus representantes nunca confesaron lo que en verdad son. Acusando de fascistas a los fascistas de derecha ocultaron su propia calidad de fascistas, incluido el maoísmo, que fue el peor de los fascismos. Al lado de Mao, Hitler parece un loco y un neurasténico, un pobre personaje comparado con la envergadura fascista de Mao Tsé-tung.
-Cuando usted empleó la expresión "zoológico humano temático" naturalmente tenía que causar conmoción. ¿Fue una provocación?
-Para nada. Son sólo metáforas que permiten evocar una realidad antropológica que existe, con o sin esa metáfora. Porque el hábitat del ser humano no es la naturaleza en estado puro ni la casa en estado puro. Es una organización intermedia, que se parece a un zoológico. Una ciudad que fuera sólo una ciudad sería una suerte de prisión. Las ciudades vivibles son como zoológicos. Y un zoológico humano es simplemente una metáfora que remite a la calidad urbana del estar humano. No veo dónde está la provocación. El pensamiento de los seres humanos con relación a los animales está dominado por esa zoofobia, ese racismo de la especie. Los hombres hacen sus propias proyecciones en esa terminología, creyendo que hago una reducción de la humanidad a la animalidad, cuando es exactamente lo contrario.
-¿Es en ese sentido que, para usted, "el hombre es un animal de lujo"?
-Es tan lujoso que no es capaz de seguir siendo un verdadero animal. Perdió la facultad de ser un animal. Esa es mi definición de la humanidad: la incapacidad adquirida de quedar en el terreno de la animalidad. Somos seres condenados a la fuga hacia adelante, y en esa carrera nos volvemos extáticos. Ese éxtasis corresponde a lo que Heidegger llamaba "la apertura al mundo". Volviendo al eugenismo, soy partidario de un eugenismo de lujo. Me interesa particularmente el ser humano como fenómeno de lujo, casi milagroso, aparecido en forma aleatoria. Esa criatura lleva una carga hereditaria de enfermedades genéticas que no sirven para nada, pero que nos acompañan. La única pregunta eugenista que las generaciones futuras podrían plantearse sería si suprimir, gracias a la ingeniería genética, algunos de esos acompañantes. En 50 o 100 años, estoy seguro de que la mayoría de la humanidad estará de acuerdo con esas técnicas. Pero esto no tiene nada que ver con un eugenismo eliminador. Es necesario habituarse a pensar al hombre como un ser de lujo, aun cuando los dogmáticos no dejen de decirnos que el hombre es hombre sólo en función de sus carencias.
-Con sus tres tomos de "Esferas" dejó el terreno de la bioética para plantear nada menos que una morfología general del espacio humano. En esa trilogía retoma la gran pregunta de Heidegger: ¿adónde estamos cuando decimos que estamos en el mundo?
-Y yo respondo: "En burbujas, esferas, incubadoras, invernaderos, donde el hombre se construye, se protege y cambia". La vida humana se autoorganiza siempre creando espacios protegidos e inmunes, de la célula y su protoplasma a los niños dentro del útero, pasando por los hombres cuando construyen su intimidad, sus casas, sus ciudades y sus espacios metafísicos o imaginarios.
-Para usted, el modelo de la esfera es la isla. El hecho humano se construiría mediante la separación?
-Una isla es, porque está aislada, y el hecho humano es el resultado de una gran operación de aislamiento. El proceso que lleva a la realidad humana es el autoencierro de un grupo humano que transforma a sus miembros como se transforman los monos en hombres. Ese proceso comienza con una utilización perversa y particular de la mano del mono, que se metamorfosea en mano humana. Nosotros tocamos de otra manera, como lo muestra Sartre en "El ser y la nada" cuando habla de la caricia. La caricia es exactamente el gesto que prueba que la mano humana se ha vuelto extática. Ya no se contenta con el gesto de tomar algo: la mano se vuelve la antena del ser.
-¿Y qué es lo que usted llama "uterotopo"?
-Es otra de las dimensiones de la isla del hombre. Es necesario comprender que los seres humanos están condenados a una práctica metafórica que consiste en la necesidad de repetir extraútero la situación intrauterina. El medio uterino se vuelve el símbolo de la actividad mundial, debido a que el ser humano depende siempre de un espacio protector para realizar su naturaleza humana.
-En "Espumas", el último volumen de su trilogía, usted dice que esas innumerables esferas humanas se aglomeran hasta formar paquetes de "espuma" que permiten pensar esa multitud de espacios humanos cerrados?
-No podía quedarme en el nivel de las burbujas protectoras del núcleo familiar o de la pequeña horda. Yo interpreto la metafísica clásica como un sistema inmunitario simbólico que construía un película trascendente e indestructible en torno del ser humano. Mientras los mortales vivían bajo ese cielo, era plausible pensar que el cosmos era la casa de Dios -esa esfera donde el centro está en todas partes y la circunferencia en ningún sitio- y los hombres, los inquilinos. En "Espumas" demuestro por qué esa monoesfera metafísica estaba destinada al fracaso.
-¿Por qué?
-Hay una contradicción que refleja el dilema formal de la situación actual del mundo: a través de los mercados y los medios de comunicación globales asistimos a una guerra sin cuartel entre modos de vida y entre mercancías de la información. Allí donde todo es centro no puede existir un verdadero centro. Allí donde todo emite, el supuesto centro emisor se pierde entre los mensajes entremezclados. Vemos entonces que la era del círculo unitario -el único, el más grande, el que engloba todo lo demás- ha terminado irrevocablemente. La esfera no es más la imagen morfológica del mundo poliesférico que habitamos, sino la espuma.
-En todo caso, ese espacio vital cada vez está más amenazado: el aire que respiramos es acondicionado, filtrado, purificado. Después de la utilización de gases mortales, ese aire se ha transformado en un elemento amenazador. El aire y el medio ambiente forman parte de la estrategia militar y, como el hombre necesita inmunizarse contra esos peligros?
-...esto acelera la construcción de esferas protectoras, sean ellas el espacio aéreo, nuestras ciudades climatizadas o nuestras oficinas y apartamentos. Nuestro mundo occidental quisiera ser un inmenso palacio de cristal. Algo parecido al Palacio de Cristal de los británicos, ese invernadero gigante y lujoso construido en Londres en 1850 para la Exposición Universal. Occidente ha reemplazado el mundo de los metafísicos por un gran espacio interior organizado por el poder adquisitivo. El capitalismo liberal encarna la voluntad de excluir el mundo exterior, de retirarse en un interior absoluto, confortable, decorado, suficientemente grande como para que no nos sintamos encerrados. Creo que ese palacio de cristal urbano, con sus calles peatonales, sus casas con aire acondicionado, da una respuesta adecuada a ese deseo. Walter Benjamin ya lo decía en la época de la Restauración en Francia, cuando hablaba de las galerías comerciales y las calles comerciales de París. Para él, construyendo esos pasajes, el régimen de Napoleón III mostró su verdadera naturaleza tratando de transformar el mundo interior en una especie de fantasmagoría: un gran salón abierto donde uno recibe el mundo sin estar obligado a salir de su casa. Para él, ése era el fantasma burgués de base: querer disfrutar de la totalidad de los frutos del mundo sin tener que salir de su casa.
-En función de ese objetivo, la globalización de los medios de comunicación ayuda enormemente, porque uno puede traer el mundo a su casa sin tener que moverse?
-Exactamente.
-Y con el resto, ¿qué se hace? ¿Qué se hace con la periferia subdesarrollada del mundo?
-Se usa para hacer turismo y practicar la caridad. Para darse buena conciencia.
-¿Usted habla del hombre posmoderno?
-Sí. El modernismo fue la época de la construcción del gran invernadero de cristal. El posmodernismo es la vida después de su inclusión total en ese gran invernadero. La periferia está allí simplemente para recordarnos que todo es muy seguro y que es necesario proteger la estructura a cualquier precio.
-¿El sistema militar llamado Guerra de las Galaxias, desarrollado por EE.UU., forma parte de ese gran invernadero?
-Desde luego, porque ellos son los guardianes de ese gran palacio de cristal, sobre todo de su superficie. Una superficie que es muy frágil y, al mismo tiempo, muy elástica. Después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los norteamericanos se pusieron a construir otras estructuras más sofisticadas y aún más grandes que las Torres Gemelas. Lo curioso es que nadie parece extrañar esas torres. Apenas fueron destruidas, sus funciones pasaron a ser cumplidas por otras estructuras. La verdadera consecuencia del 11 de septiembre fue que, desde entonces, los estadounidenses poseen algo muy precioso: tienen por primera vez un monumento nacional mítico. Algo así como la Jerusalén de los cristianos en la Edad Media: el sitio donde se encontraba la tumba de Cristo. Por primera vez, los norteamericanos tienen esa Tierra Santa en territorio estadounidense. Para hacer una Cruzada, es necesario poseer una Tierra Santa.
-Usted no sólo es duro con los norteamericanos; también lo es con los europeos, a quienes acusa de ser unos cínicos: miran el mundo con sus principios de libertad, igualdad y fraternidad, pero dicen: es así y no se puede cambiar.
-Sí, el cinismo es una suerte de pragmatismo aplicado al terreno de la reflexión ética. El cinismo antiguo era otra cosa, era simplemente un naturalismo, una reclamación de la naturaleza en tanto que régimen razonable que reglamentaba el movimiento de los astros y los cuerpos celestes, y que al mismo tiempo podía ser aplicado al comportamiento humano. Esa suerte de naturalismo indicaba que había que renunciar a las necesidades creadas por la sociedad y llevar la vida de un perro feliz.
-¿Y usted es un cínico?
-No, para nada. Yo no creo que se puedan ignorar las necesidades creadas por la sociedad. Finalmente, Diógenes, dentro de su barril, no consiguió ignorarlas. La prueba es que él también quiso entrar en la conversación urbana, transformarse en objeto de la atención pública gracias a su tonel y a esa marginalidad espectacular. Para él, ésa era la única forma que tenía un filósofo de hacerse notar en una sociedad donde todos los buenos puestos ya estaban distribuidos. En nuestros días, se podría decir que el cinismo es un mecanismo de marketing filosófico y que la invención de gestos espectaculares es una filosofía à coté de la filosofía hablada; es una suerte de ampliación de los medios de la comunicación filosófica.
-Volviendo al palacio de cristal, y como nada es eterno, ¿qué sucederá después del gran invernadero?
-Tendrá fin, porque la dolce vita en ese gran palacio de cristal está basada en una tecnología que no es sostenible. Es decir, en las energías fósiles. En la historia de la humanidad, el fosilismo habrá sido un episodio de apenas unos 300 años. Tenemos energías fósiles aún por 50, 100 años como máximo. En todo caso, nuestro placer ya no es el mismo: ha sido prácticamente demolido, porque las energías fósiles son sólo agradables cuando son baratas, y esa época se terminó para siempre. No volverá nunca más. Cuando todo se vuelve caro, no hay más confort, porque la democratización del lujo es imposible. Los regalos de la naturaleza se terminan allí. Ahora los hombres se preguntan cómo se pueden reemplazar esos regalos. La verdad es que el hombre detesta el trabajo. Los hombres simulan trabajar, pero trabajando sueñan con un regalo, con un tesoro que buscan en forma permanente. El trabajo es sólo una suerte de intermezzo que se acepta en espera del gran regalo. Ahora, ante el fin de las energías fósiles, el trabajo regresa como una carga insoportable.
-No podemos quejarnos: desde mediados del siglo XIX hasta ahora hemos reducido en dos tercios el tiempo de trabajo.
-Así es. Pero eso se terminó para siempre. El fin de la vida fácil es irreversible.
-Después de esto, me parece bastante difícil comprender por qué usted se declara optimista sobre el futuro del hombre.
-Porque tenemos una buena posibilidad de administrar ese gran giro hacia una tecnología que será al mismo tiempo barata, compatible con las exigencias de la democracia y, sobre todo, abordable para los países que hoy están en la periferia. Esos pueblos aprovecharán la situación cuando las nuevas tecnologías solares estén disponibles a precios razonables. Esos nuevos recursos permitirán una estructura de civilización completamente diferente.
-¿Se podría decir entonces que usted es un filósofo pospesimista?
-No se me había ocurrido, pero me parece muy apropiada esa definición.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=773190
Crítico análisis del escritor trasandino
Hay un Chile oculto que fluye por debajo del país próspero y oficial, pero también con firmes ataduras. Hay un Chile pujante, competitivo y moderno y otro Chile que tiene añoranza de la dictadura militar. En Chile “la izquierda siempre fue muy poderosa”, pero al mismo tiempo “aún perdura en el país la nostalgia por los militares, porque la sociedad es muy conservadora. La democracia chilena tiene dos caras”. Lo dice Arturo Fontaine Talavera, quizás el más agudo de los escritores surgidos en los últimos tiempos, interesado en contar la historia de su país desde un punto de vista diferente.
Por su novela “Oír su voz”, cuya trama transcurre en la década de los 90, recibió el aplauso de la crítica. Pero, además de escribir ficciones, Fontaine Talavera es el director de una institución chilena de gran prestigio, en la que se libran discusiones políticas que han llegado a dar como fruto importantes proyectos legislativos.
Se trata del Centro de Estudios Públicos (CEP), donde la ganadora de la primera vuelta en las elecciones presidenciales, Michelle Bachelet, eligió presentar por primera vez en público su proyecto político, junto con todo su equipo. Ella dijo que quería conversar con los investigadores del CEP para “ajustar conceptualmente” su plan de gobierno.
Este centro funciona en una mansión bellísima, en pleno barrio de Providencia. Allí acuden políticos, científicos, sociólogos, ingenieros y todo tipo de profesionales de distintos países para debatir acerca de los modos en que se organizan las ciudades y las personas en convivencia. Todo se somete a examen: desde la reforma del Estado hasta los sistemas previsionales, la planificación urbana, las autopistas concesionadas, temas de legislación laboral y el desempleo. Es una institución curiosa, un lugar de encuentro de gente de pensamiento disímil, por el que han pasado desde Margaret Thatcher hasta Jean Baudrillard.
El proyecto de financiamiento de la actividad política, tema arduo que se debatió en el recinto del CEP, se transformó más tarde en ley, votada por unanimidad, durante el presente gobierno de Ricardo Lagos. Cuenta Fontaine Talavera: "Se trataba de establecer las normas para la autonomía de los políticos y los gobernantes, porque había una situación un tanto incestuosa entre gobernantes, empresarios y políticos. Había que desentrañarla, para establecer un mecanismo que le diera autonomía al dirigente político. La cuestión fue estudiada por un grupo de expertos, entre ellos alemanes y españoles. Primero se trató de una discusión conceptual y luego se convirtió en proyecto de ley. En este sentido, el CEP es un puente, un lugar de generación de ideas desprejuiciadas. Actualmente estamos debatiendo la reforma del Estado con la idea de crear un servicio civil, independiente del gobierno de turno".
-En su novela "Oír su voz" aparece el revés de la trama política chilena. ¿Quiso revelar la intimidad del poder chileno?
-En "Oír su voz" quise contar desde un cierto ángulo esta gran modernización socioeconómica, la gran transformación chilena. Quise mostrar cómo una clase derrotada, de terratenientes, que estaba muy humillada y que había perdido sus privilegios, reconquista, llena de resentimiento, el poder, pero ya modernizada, abierta al mundo, con una tecnología nueva. Se transforma en una clase empresarial pujante. Es una nueva clase, que se compone, en parte, de esos viejos derrotados que resucitan por la vía de sus hijos, y de gente nueva, que se incorpora con gran entusiasmo a esta clase empresarial del éxito y que silencia el fondo de violencia sobre el cual se construyó toda esta operación quirúrgica. Esto pasa por debajo de la novela. Y ese mundo es el que aún hoy ese sector no enfrenta. O lo enfrenta con ojo tuerto.
-¿En usted no se ha dado esa contradicción?
-Desde cierto punto de vista, sí, porque a pesar de que yo no participé activamente en el mundo empresarial, mucha gente a la que quiero y estimo sí lo ha hecho. Lo que pasa es que yo he tenido una visión distinta de lo ocurrido. Cuando me alegro de que Pinochet tenga el problema que tiene con las cuentas del banco Riggs y de que se demuestre que, además, robó como todos los dictadores y que no es la excepción que creíamos en esa materia, me alegro porque encuentro que es mejor para la democracia. Pero hay otros que no. Creían que Pinochet era un hombre excepcional y les duele sentirse engañados.
-¿Ese sector se expresa o calla ese sentimiento?
-Lo calla cada día más. Pero todavía no logran romper los lazos. Incluso la derecha política mantiene vínculos con el mundo militar en retiro. Es un tema que está vivo, hay una conexión que no termina de romperse.
-En cierta medida, ¿no ocurre lo mismo en otras sociedades latinoamericanas?
-Lo que sucede es que la democracia es vista como un medio para generar desarrollo económico. Cuando no lo consigue o cuando hay un medio mejor para llegar al mismo fin, aparece la nostalgia por la dictadura.
-¿O sea que sin prosperidad la democracia tambalea?
-Es una especie de requisito de la democracia. Si no, carece de sustento propio. En América latina, parecería que el fin de la política fuera producir desarrollo económico. Todo se mira desde ese ángulo. Yo creo que es erróneo. Hay elementos estrictamente políticos en la política, que no tienen que ver con el desarrollo económico. Yo quise desarrollar eso en mi novela, retratar un mundo de gente que ve eso como algo central. Por otra parte, busqué cotejar esta forma con el conservadurismo religioso muy acentuado. A mí me interesa mucho la coexistencia de la modernidad en el mundo de los negocios con esta visión culturalmente muy conservadora. Una suerte de doble cara. No es un tema solamente chileno: pasa en la India o en los Estados Unidos. Puedes ser moderno, pero no en todas las dimensiones. En otras, quieres dejar echada el ancla. Incluso quieren eso grupos nuevos, personas que no vienen, necesariamente, de las familias tradicionales. Muchas veces la vinculación con organizaciones religiosas tiene efectos indirectos de movilidad social, de acceso a los negocios, de credibilidad. La religión también cumple un papel en este sentido. Yo creo que tiene que ver en parte con lo siguiente: en el mundo actual, por efecto de la pluralidad, de la diversidad y del contagio de las formas de vida, no puedes estar seguro de lo que les va a pasar a tus hijos. En una sociedad más tradicional, la familia es un destino. Los padres saben que los hijos se van a enmarcar en una forma de vida que ellos les pueden transmitir. Yo creo que todo padre quiere transmitir una forma de vida. Inevitablemente. Pero se sabe que los hijos estarán expuestos a mil contagios de formas alternativas, por las que van a transitar. Esto genera gran incertidumbre con respecto al futuro de tus hijos y al propio. De alguna manera, la pertenencia a estos grupos permite transferir la responsabilidad, para aislarlos de la urbe moderna.
-Con respecto a esos grupos de pertenencia, ¿el personaje Emilio Carvajal, de su última novela, "Cuando éramos inmortales", nos habla de su propia historia?
-Yo fui a un colegio de curas. Sé de lo que habla Emilio y creo que la rebeldía contra ese mundo sólo se puede producir si perteneces a él. Yo me tomé en serio ese ambiente. Muchos compañeros míos no lo hicieron. Eso es lo que hace posible la crisis de mi personaje. A decir verdad, era un mundo que también tenía algo que dar. Algo que debía perderse. Yo a veces pienso que hay muchos jóvenes a los que les hubiera hecho falta haber tenido algo con lo que romper. Lo que le agradezco a ese ámbito educativo, más allá de la formación cultural que me brindó, es la sensación de haber tenido un hogar fuerte, del cual, por cierto, también debía irme. Pero irme queriéndolo. Y a pesar de que mi libro es crítico, yo siento, y muchos lectores me lo han dicho, que hay dureza para juzgar, pero que también hay cariño por los personajes que están allí. De hecho, un sacerdote vinculado con el colegio, cuando salió el libro, me ofreció una comida a la que fueron más de veinte curas. Estuve hasta las cuatro de la mañana con ellos. Consideraban al libro entrañable. Hacían sobre él todo tipo de interpretaciones, que yo no compartía. Pero lo cierto es que veían que era un libro hecho desde adentro.
-"Oír su voz" tuvo consecuencias, personales y políticas, con lo cual cumplió el cometido de su título: se hizo escuchar...
-Sí, es cierto. Lo que pasa es que hubo gente que se sintió muy dolida, sobre todo al principio. Después, cuando la novela comenzó a ser exitosa, ocurrió lo contrario.
-¿Qué molestó de esa novela?
-La visión crítica de lo que es el empresariado moderno, el chileno exitoso. Desfondar la utopía sobre la cual habían construido sus proyectos de vida. Fue mostrar las fisuras internas sobre las cuales se basan. Y creo que lo que más dolió fue esa idea del resentimiento. Un resentimiento que se expresa con voluntad de poder, pero que esconde un rencor muy profundo, de una sociedad injusta, enferma, que requería una desinfección. Hay un momento que muestra una operación en una población del interior chileno. Eran operaciones de limpieza de la época de Pinochet. Yo me informé sobre esas experiencias a través de un militar que me dio todos los datos. Se llamaban Operación Peineta. Para mí es una escena muy simbólica de lo que se estaba haciendo con el país. La novela no es un friso empresarial completo, pero tiene bastante de verdadero. Quise hacer una suerte de collage, cruzar formas del habla, mostrar el poder de las jergas. Porque los empresarios tienen un modo de hablar que excluye e incluye en su decir.
-¿Cuáles son las nuevas preguntas o desafíos que quedarán después del gobierno de Lagos?
-El período de Lagos, para mí, ha sido exitoso. Hay cosas que no se han cumplido, pero básicamente ha sido un gobierno exitoso. El gran cambio, con respecto a lo planteado en mi novela anterior, es que el empresariado ha tenido que aceptar la democracia y ha tenido que entender que debe coexistir con la izquierda en el gobierno, que no es una mera coyuntura ni un accidente histórico. Lo que no quita que siga habiendo esta especie de tensión entre el mundo conservador y el empresariado moderno. Ha sido un paso importante. Hay un tema público que como escritor a mí aún me ronda, que es la violencia pasada. Sigue siendo una pesadilla de la que no terminamos de despertar. Ahora hubo una comisión sobre la tortura, que recogió testimonios de miles y miles de víctimas. Y a pesar de que no hay nada radicalmente nuevo, nada que no supiéramos, es distinto verlo documentado, sabiendo la hora, el lugar, el momento. Es indudable que hubo una operación de una magnitud enorme, que no tiene ninguna justificación pensar que sólo se quería controlar a los pequeños grupos que eran subversivos. El peligro de esta historia enquistada es que la literatura no pueda salirse de eso. El problema es la reiteración temática. Es algo que busca ser nombrado. La literatura es casi la única encargada de entregar simbólicamente este episodio. De todos modos, yo creo que esto debe tener un tiempo. No debe hacerse tan de cerca. Fíjate en la experiencia de Primo Levi. El publicó mucho después sus experiencias en el campo de concentración. Y el éxito de "Si esto es un hombre" se produjo veinte años más tarde, con la distancia que permite asomarse a los hechos, la distancia que sólo otorga el tiempo. También hay una razón política por la que me interesan estos temas. Yo pienso que la democracia echa raíces en la medida en que haya una toma de conciencia de lo que significa perder la democracia. Esa historia de violencia no puede ser algo que quedó atrás, que dando vuelta la página ya pasó. Hay que procesarlo de alguna manera para alcanzar el futuro de verdad.
-¿A qué atribuye el éxito de Bachelet en la primera vuelta?
-En Chile va a haber siempre una izquierda. Culturalmente, es muy poderosa. No es casualidad que hayan surgido en mi país Pablo Neruda y Violeta Parra. La pregunta es qué izquierda va a haber en Chile. Y yo creo que Lagos ha dejado sentada una manera de gobernar desde la izquierda que, por una parte, es absolutamente respetuosa del Estado de Derecho, dado que ha avanzado notablemente en el terreno de los derechos humanos, y que, por otra, ha logrado mantener la economía en orden. Es una izquierda desligada de la imagen distorsionada de la izquierda populista, una izquierda que se reubica en el orden democrático. Esa es una herencia histórica importantísima. Que este cambio es verdadero me lo certifica el triunfo de Bachelet. Ella tiene una historia muy dramática, pero es una mujer sin rencor, muy inteligente. Tiene gran popularidad, porque la gente percibe en ella algo genuino. Es una mujer que ha tenido varios amores en su vida. No encarna para nada la imagen de ama de casa, pese a que es una madre magnífica. Es una mujer muy moderna, que fue torturada de joven, junto con su madre y su padre. Es una persona que vivió el infierno. Estuvo exiliada en Leipzig, vivió el comunismo alemán real. Ha sido ministra de Salud y de Defensa de Lagos. Es una persona que cruza muchas cosas y, a la vez, es una figura limpia. Pienso que ella va a heredar el modo de gobernar de Lagos.
-En sus libros y en su labor académica surge a menudo el tema de las instituciones: la Iglesia, el matrimonio, la democracia, el colegio.
-No lo había pensado, pero probablemente sea así. Y quizá tenga que ver con esas ganas de contar la historia para que le signifique algo a otro. Hay escritores que cultivan los márgenes, y eso está muy bien. Pero, en mi caso, es cierto que hay una necesidad de enfrentarse con lo institucional. Lo que pasa es que la gente nace en instituciones, vive en instituciones. La cosa es tener un diálogo crítico con esas instituciones, para comprender sus fundamentos y sus razones sociales.
-En Chile hay un gran respeto por la institución matrimonial.
-El amor permite descubrir que hay terceros: los hijos. Y desde el momento en que aparecen hijos, surgen responsabilidades que te colocan en una situación ética compleja. Cuando hay un inocente, el drama sube de nivel. A mí me interesan esos temas: el divorcio, el desamor, el resentimiento, el deseo por otro. Me interesa, justamente, indagar qué pasa cuando hay un hijo, un tercero que recibe el impacto de la separación, ese testigo que va quedando con heridas. Es el gran tema escamoteado. Los escritores chilenos, en general, omiten eso, o lo dan por sentado. Es inobjetable que el divorcio es un derecho y que está muy bien, pero no deberían omitirse sus consecuencias. Una persona difícilmente puede quedarse en paz luego de haberse divorciado si no ha puesto sus ojos en el dolor que va a causar. Ese dolor no puede venir después: tiene que ser tenido en cuenta desde el minuto mismo en que el divorcio aparece como posibilidad. A veces hay mayor hipocresía en las actitudes liberales que avalan más de lo que contemplan.
-Uno podría relacionar esto con la democracia, en el sentido de que hay que tener en cuenta a las víctimas de un sistema que fracasa...
-Exacto. Se trata de no querer mirar esa víctima. La sociedad chilena es todavía una sociedad muy conservadora, muy cuidadosa. Sin duda, la aparición de Bachelet significa también que estamos viviendo un proceso de apertura, de posible cambio.
Por Silvia Hopenhayn
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=771414
Habla un experto en el país y en la región
BOSTON.– Su oficina en la Universidad de Harvard está atiborrada de libros, apuntes, revistas, borradores, sobres rebosantes de papeles y cajas desperdigadas por el piso, con informes y estudios sobre la Argentina y un puñado de países más de América latina. Steven Levitsky pide disculpas por el desorden y ofrece una silla. “Mi relación con la Argentina es una cuestión de piel: me enamoré del país y ya no pude evitarlo”, dice.
Boston se prepara para las primeras nevadas y Levitsky, profesor adjunto de Gobierno y Ciencias Sociales, se prepara para dos metas distintas: los exámenes de sus cátedras “Política comparativa en América latina” y “Autoritarismo y democracia en América latina”, y para la edición de dos libros suyos. Este mes se publicará aquí “La democracia argentina: la política de la debilidad institucional”, mientras que en la Argentina, y casi al mismo tiempo, saldrá su primer libro en español: “La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista, 1983-1999”, en el que analiza las varias metamorfosis peronistas de las últimas dos décadas. De Italo Luder a Antonio Cafiero y de Carlos Menem a Néstor Kirchner, un político, dice, que “resulta más ideológico de lo esperado”.
Levitsky encuentra varias similitudes entre Menem y Kirchner, en la forma en que accedieron al poder y en cómo buscaron reformar, luego, la ideología del peronismo. Ahora el PJ se dirige hacia la centroizquierda, explica, “lo que quizá sea de tan corta duración como antes lo fue el giro a la derecha".
-¿Está el PJ redefiniendo otra vez sus reglas internas de juego?
-No sé si las reglas de juego, pero sí está cambiando el programa promovido desde la cúspide. Y aunque hay obvias diferencias ideológicas con Menem, el gobierno de Kirchner muestra ciertos paralelismos en sus acciones. En cuanto a la actitud hacia el partido, muchos puntos son similares: como Menem, Kirchner era casi foráneo dentro del poder peronista, pero capturó la presidencia del país y sólo después cambió la dirección del partido de manera considerable, sin mucha interferencia del liderazgo partidario, al que tampoco le rindió cuentas.
-¿Considera que la línea ideológica promovida por Kirchner permanecerá como programa básico en el PJ?
-Menem transformó el peronismo hace más de una década sin que las bases o los niveles altos del partido estuvieran muy de acuerdo con el cambio programático que había impuesto y Kirchner está haciendo casi exactamente lo mismo. Menem atrajo a los tecnócratas y a políticos de la Ucedé y otros grupos de centroderecha, y Kirchner hace lo propio con gente de centroizquierda. Probablemente este cambio ideológico sea de tan corta duración como antes lo fue el giro hacia la derecha.
-¿No espera, entonces, que el Partido Justicialista se encamine a una vida interna más institucionalizada?
-Depende de qué se interprete por institucionalizada. No espero una dinámica partidaria formalizada y burocrática a la manera germánica o chilena, y ni siquiera el estilo de la UCR. El peronismo ha mostrado cierta institucionalización, pero informal, y eso queda claro si se recuerda lo visto en 1975 o en 1983: cuando convivían, por así decir, las facciones de los montoneros con las de Isabelita, los sindicatos, Lorenzo Miguel? Cuatro o cinco peronismos distintos, en suma, reclamando ser el verdadero peronismo. Veinte años después, conviven los gobernadores y los punteros.
-Pero si se suma a Menem, el PJ gobernó el país durante 13 de los últimos 16 años. Y usted destaca en sus libros que quien controla el Estado controla el partido...
-Probablemente el kirchnerismo se erija en el eje de poder durante una década, como antes lo hizo el menemismo. Mucho dependerá de cómo marche la economía y, por los índices actuales, al menos hasta que se fue Roberto Lavagna, la situación es buena y Kirchner mantiene niveles altos de popularidad. Si hoy fueran las elecciones de 2007 -todo puede variar mañana- Kirchner sería reelegido. Se encamina hacia eso, hacia una presidencia con dos mandatos de cuatro años. Y mientras eso sea posible, dominará el partido. Pero si la economía se debilita y su imagen comienza a descender del 70 por ciento, lo que es obvio que ocurrirá tarde o temprano, enfrentará los primeros desafíos internos. Enfrentará claros riesgos.
-¿Puede ahondar un poco más en las similitudes y diferencias que observa entre Menem y Kirchner?
-Menem llegó a la Presidencia en 1989 y concentró poder. Además, hasta 1991 buscó imponer su parecer en el PJ, con sus aliados, construyendo alianzas con la Ucedé y con gente como Palito Ortega, Carlos Reutemann y Avelino Porto. Pero Menem y sus aliados adoptaron luego la estrategia de vivir y dejar vivir con los jefes provinciales peronistas: me dejan hacer lo que me plazca en el nivel nacional y pueden hacer lo que deseen en sus provincias. Con contadas excepciones, como la ciudad de Buenos Aires. Entre 2003 y 2005, Kirchner se pareció mucho al Menem de 1989 a 1991, imponiendo candidatos en la Capital, en Misiones y otros lugares. El ataque al duhaldismo, sin embargo, en la provincia, donde existía un caudillo establecido del PJ, fue algo nuevo: desafió a un jefe peronista provincial de un modo que Menem jamás lo hizo. Aún no sabemos si Kirchner seguirá a Menem y adoptará después la estrategia de vivir y dejar vivir con jefes como Romero, Rodríguez Saá, Busti, De la Sota y Reutemann, o si continuará con su ofensiva contra los jefes de la vieja guardia. Supongo que necesitará al partido detrás de él y, por lo tanto, no podrá asumir el riesgo de afrontar conflictos provinciales, aunque Buenos Aires quizá continúe por esa senda. Si lo hace, le traerá problemas.
-Por sus actos, ¿cómo define la presidencia de Kirchner?
-Menem fue un político brillante, muy pragmático y audaz, pero, en última instancia, sólo un político. El estaba interesado, sobre toda otra idea o plan, en conservar el poder. Y era predecible desde ese punto de vista. No actuaba por razones ideológicas, o sólo lo hacía en muy raras ocasiones. Era pragmático hasta niveles problemáticos, siempre dispuesto a buscar compromisos, a hacer concesiones, a tolerar a gente que le desagradaba. Kirchner, por el contrario, es ideológico hasta niveles sorpresivos. En los estudios de ciencias políticas se nos enseña a presumir que todo político es un pragmático, se nos inculca que cuando alguien asciende a la presidencia de un país del tamaño de la Argentina esa persona estará interesada, sobre todo, en ganar y retener el poder y que jamás antepondrá su ideología al poder. Menem respondió a esa presunción; Kirchner resulta más ideológico de lo esperado.
-¿Cómo puede promoverse un mayor acercamiento entre la dirigencia y los ciudadanos? La brecha se redujo desde fines de 2001, pero aún se perciben disonancias notables...
-En toda América latina, y con apenas un par de excepciones, quizás en Uruguay y Costa Rica, es obvio que existe una enorme desconfianza hacia los partidos políticos y sus líderes, que fluctúa según los gobiernos muestren una mejor o una peor gestión. Con Kirchner en la Argentina, o Uribe en Colombia, esa brecha parece decrecer y es evidente que ya no hay gente en las calles atacando a políticos en los bares o en los aeropuertos, como ocurrió en 2001 y 2002, ni gritando "que se vayan todos", pero eso no significa que el descontento haya desaparecido o que la brecha se haya cerrado.
-Eso tampoco quiere decir demasiado en el contexto argentino, cuando más del cuarenta por ciento del electorado votó en blanco, impugnó su voto o no votó en las últimas elecciones...
-No creo que ningún partido en América latina haya adoptado una estrategia de largo plazo para mejorar la relación con los ciudadanos. Kirchner adoptó tácticas que parecen mejorar, al menos en el corto plazo, esa relación, como su negociación con el FMI y los acreedores externos, más allá de sus eventuales beneficios en el largo plazo. Y logró, además, crearse un espacio de maniobra en el corto plazo del que carecieron los presidentes anteriores. Más, seguro, que los que tenían De la Rúa en 2001 o Duhalde, en plena crisis, en 2002. Kirchner se dio cuenta de que las fuertes restricciones externas bajo las que actuó De la Rúa lo destruyeron políticamente, así que puso gran énfasis en expandir su autonomía, en mostrarles a los argentinos que el Estado puede actuar de manera independiente del capital extranjero, del FMI, etcétera. Recuerde que la sensación ciudadana con De la Rúa era que el Gobierno era completamente incapaz de responder a las demandas y afrontar los problemas sociales. Entonces, más allá de sus posibles méritos y de sus costos en el futuro, Kirchner adoptó medidas que los argentinos querían, como la remoción de cinco miembros de la Corte Suprema o la confrontación con el FMI y los acreedores, y eso es lo que elevó la credibilidad de este gobierno. En cuanto al impacto de estas políticas en el largo plazo? no lo sé.
-¿Comparte el análisis de que el Partido Justicialista se ha convertido en la versión argentina del PRI mexicano?
-La Argentina no está yendo hacia un sistema de partido único, a un PRI mexicano, porque en México se trataba de un régimen autoritario, en el que el Estado podía violar los derechos civiles sin afrontar problemas, mientras que en la Argentina, aun con sus debilidades, tiene una democracia real y eso limita al Presidente. El PJ, además, tiene sus anticuerpos: más del 50 por ciento del electorado prefiere no votar a los peronistas y, vale insistir, el apoyo popular jamás se mantiene en el 70 por ciento para siempre. No fue así para Menem, después de las elecciones del 91, 93 y 95, y no lo será para Kirchner. La primera vez que viajé a la Argentina, en 1994, muchos hablaban de la mexicanización de la Argentina, pero sólo tres años después ganó la Alianza. Ahora es un gran problema que la oposición sea tan débil, pero se recuperará y más rápido, probablemente, de lo que se piensa.
-Pero más allá de que la oposición, unida o separada, pueda acceder al poder, ¿cuál es el destino de la democracia argentina si carece de una opción de gobierno sustentable?
-Uno de los grandes desafíos para la Argentina es construir nuevos partidos políticos en la arena que no es peronista. Puede suponerse que será difícil para el radicalismo apelar otra vez a la clase media como su mejor opción y, básicamente, no surge otro partido que pueda tomar ese lugar. Pero mientras la oposición no peronista siga fragmentada en tres, cuatro o cinco partidos, seguirá muy débil y con una capacidad limitada para desarrollar una alternativa de poder y mostrar como una opción real de gobierno. Y, como lo prueba la experiencia latinoamericana desde 1980, las posibilidades de perdurar para los nuevos partidos políticos son muy bajas. Sólo unos pocos han sobrevivido.
-¿Cuáles son las perspectivas, entonces, de una oposición viable?
-Los medios de comunicación permiten que nuevas figuras políticas asciendan y sean reconocidas rápidamente por la sociedad sin depender de una estructura política. Y en la Argentina eso ocurrió con los dirigentes del Frepaso, del partido de Domingo Cavallo y de ARI y, antes, con la Ucedé. En el mejor de los casos, se llegará a una versión más fluida de la Alianza, con varios partidos uniendo fuerzas detrás de un candidato, o todo lo contrario: con opciones muy personalizadas, como Macri o Lavagna, surgiendo casi sin partidos que los sustenten. Pero mi impresión es que si la oposición quiere llegar al poder alguna vez deberá hacerlo mediante coaliciones. Los dirigentes deberán aprender cómo liderar esas alianzas mucho mejor que De la Rúa. No habrá otra opción. Deberán aprender, como lo han hecho los chilenos y los brasileños, que hasta hace unos pocos años tenían un sistema muy volátil.
-Dados los antecedentes recientes, ambas opciones no parecen realistas o alentadoras...
-Es cierto. No hay que olvidar que el electorado antiperonista, si se quiere, es bastante bien educado, de clase media, que tiende a apoyarse más en ideas y programas que en figuras y candidatos. Y está claro que a la Argentina le iría mucho mejor con una oposición fuerte, con dos o tres partidos en condiciones de unirse y formar una coalición. Tampoco creo que eso sea tan difícil. Lo realmente complejo sería el día después de las elecciones, si ganara esa coalición. Los actuales partidos de la oposición no tienen bases en las provincias ni están en condiciones de ganar elecciones en el interior. Esto significa que incluso si ganan la presidencia en 2007, muy difícilmente tendrán mayoría en el Congreso. El PJ, porque domina las provincias, está aumentando su dominio en el Senado, e incluso en la Cámara de Diputados.
-¿Es posible plantearse la construcción de un tercer partido político que tenga las redes nacionales del PJ o la UCR?
-La mayoría de los partidos políticos poderosos de América latina tienen una historia extensa. Son la herencia de décadas de redes nacionales. Todo barrio en la Argentina tiene una unidad básica. Parece improbable que Macri esté en condiciones de lograr algo así en, por decir una fecha, los próximos veinte años. Tener 20.000 unidades básicas reporta grandes beneficios a quien las controla. Y, lamentablemente, también parece improbable que pueda surgir otro partido político así de poderoso en la Argentina.
-¿Cuál es el futuro del radicalismo como opción de poder nacional?
-Cuando un partido histórico muere es muy difícil que sea reemplazado. Lo que lo sustituye, usualmente, son partidos políticos mediáticos, pequeños, fragmentados. La oposición tendrá que adaptarse a las nuevas circunstancias, pero no necesariamente sus afiliados. Y, en el caso de la UCR, aunque en política es preferible no hacer pronósticos, parece que ha superado el punto de no retorno y que apunta a extinguirse. Dicho eso, debo recordar que tiene una red de comités en las provincias, una estructura nacional y una identidad de la que carecen Carrió, Macri y Sobisch. Y no sería imposible que, en unos años, surgiera una nueva figura que aportara optimismo a sus afiliados. Algo así ocurrió con el APRA en Perú, que estaba declarado muerto después de Alan García y que después estuvo cerca de ganar la presidencia.
-Si la UCR puede reaparecer y la opción al peronismo es una suerte de nueva Alianza, la situación no evolucionó mucho desde 2001...
-Soy optimista sobre la Argentina porque estoy enamorado de ella. Pero también por razones más serias de la ciencia política. Comparada con sus vecinos de América del Sur y con su propio pasado, la situación está muchísimo mejor que hace unos años o que hace dos o tres décadas. Ha habido cambios para mejor, y permanentes. El país tiene una sociedad civil fuerte, unos medios de comunicación efectivos, una ciudadanía que ya no tolera militares en el poder, votantes que no eligen a intrusos autocráticos, como Chávez o Fujimori. La democracia en la Argentina es real y se ha probado a sí misma que es bastante robusta. Por eso, soy optimista.
Por Hugo Alconada Mon
Corresponsal en EE. UU.
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=769642
La antropóloga alemana destaca la importancia de invertir en cultura
BERLIN.– La antropóloga alemana Barbara Göbel sostiene que la defensa del patrimonio cultural es vital no sólo para la cultura, sino también para la economía de las naciones. Quien monopoliza la información –no sólo la científica y tecnológica, sino también la cultural– concentra el poder y es importante que los países, a pesar de las crisis que puedan sufrir, no dejen escapar, por falta de inversión, los bienes que enriquecieron su patrimonio a lo largo del tiempo.
Nombrada recientemente al frente del Instituto Iberoamericano de Berlín (IAI), que acaba de cumplir 75 años, Göbel se propone, en su gestión, conectar la experiencia científica que tiene en materia de problemas ambientales con las temáticas culturales que caracterizan a la institución alemana.
Con su monumental colección de 830.000 libros, un importante número de ejemplares únicos y un ritmo de incorporación de alrededor de 17 .000 libros por año (entre ellos, adquisiciones regulares en la Argentina, como el legado de Roberto Arlt, la colección completa del periódico Argentinisches Tageblatt y otras valiosas colecciones, en estos últimos tiempos), el IAI está considerada la mayor biblioteca de Europa especializada en temas iberoamericanos. Es uno de los más relevantes centros de investigación en la materia. Barbara Göbel nació en la ciudad alemana de Essen y emigró a la Argentina a los diez años. Allí cursó sus estudios primarios y secundarios. Se siente orgullosa de esa doble raíz cultural que ha marcado su vida y que la ha llevado a abrazar la antropología, declaró a la prensa cuando asumió la dirección del IAI.
Sus especialidades son las dinámicas de la relación hombre-medio ambiente, la percepción y el manejo de riesgos desde una perspectiva intercultural y la globalización económica, social y cultural.
En esta charla con LA NACION, la antropóloga alemana responde sobre el valor de la información, las desigualdades para acceder a ella y las consecuencias del vaciamiento de patrimonios culturales y científicos de los países menos poderosos.
-¿Se discute en ámbitos científicos el problema del almacenamiento de información?
-Es una de las grandes discusiones en el nivel internacional, porque somos una sociedad de información. En ese sentido, existen dificultades para organizar la información, archivarla y mantenerla. Están, por ejemplo, los proyectos de Google y de Bill Gates para digitalizar el patrimonio de libros de la humanidad en una biblioteca universal, ambos con más posibilidades económicas que cualquier biblioteca nacional. Este es un proceso complicado, porque no solamente implica la comercialización de patrimonios culturales que son bienes públicos y, como tales, no deberían ser exclusivos, sino también la pérdida de diversidad. Si uno mira cómo se desarrollan las bibliotecas, ve que éstas reflejan modas científicas y culturales, pero también estrategias en la manera de organizar archivos.
-¿Qué representa la acumulación de información?
-Hay una pregunta básica detrás de eso y es la de qué es un bien público. Tenemos esa discusión en los ámbitos del medio ambiente y de la cultura, porque en el medio ambiente, por ejemplo, con el cambio ambiental global, nos estamos dando cuenta de que los problemas de otros son cada vez más los problemas nuestros.
-Concentrar la información y disponer del acceso a ella, ¿cómo se traduce en términos de poder?
-Hay una preocupación creciente por monopolizar la información y disminuir la diversidad. Esto está vinculado con el proceso de globalización. Hemos tenido varias faces de globalización en la historia, pero en ningún otro momento el mundo ha estado interconectado de una manera tan clara y compleja como en estas últimas décadas. Por otra parte, la globalización llevó al peso de los factores económicos hasta un punto desconocido. De modo que estamos ahora frente a la posibilidad de monopolizar información si podemos monopolizar los capitales de dinero.
-¿Qué implica esa desigualdad?
-Que el que tiene más dinero puede comprar información, no solamente dirigida a las actividades económicas sino también a las culturales y, sobre todo, a las científicas. De hecho es una competencia desigual, pero hay que reconocer las desigualdades del poder.
-¿Cuál es el futuro de las instituciones públicas en esa carrera por el monopolio?
-Se trata, sin duda, de un reto para las entidades públicas, porque si comparamos presupuestos, no son los Estados sino las multinacionales las que disponen de un presupuesto mucho mayor que el de cualquier país del mundo, incluso Alemania, Estados Unidos y Japón, por nombrar a las potencias más fuertes.
-Los países menos poderosos, ¿corren el riesgo de perder sus patrimonios y tener que recurrir a esos archivos monopolizados para estudiar, por ejemplo, su propia historia?
-Para el IAI esta discusión es fundamental, porque tenemos muchas colecciones que en los países latinoamericanos no existen y que constituyen patrimonio de la humanidad. Por eso debemos posicionarnos en el tema y una de las grandes preguntas es cómo hacemos para que ellas sean más accesibles. Una respuesta es posibilitar que los investigadores puedan venir a Berlín; otra, digitalizar nuestros archivos de información; una tercera, que es la única viable a largo plazo para instituciones públicas, es la cooperación institucional e intercambio de información, y una cuarta estrategia es la del reconocimiento público del valor de los bienes culturales.
-¿En quién recae la responsabilidad de ese reconocimiento?
-En principio, diría que hay un gran desconocimiento de la importancia que esto tiene, incluso para cooperaciones económicas. Hay una discusión, muy importante para América latina, que es la disminución de la importancia del Estado, que ha sido siempre el que garantizó estos bienes públicos, a través de bibliotecas, universidades, etcétera. En el siglo XIX fueron las clases burguesas las que realizaron este reconocimiento. En la Argentina, fue tradicionalmente la clase media la que invirtió en esos valores. Hoy en día, la Argentina es un buen ejemplo para ver cómo disminuyó la importancia de los valores culturales y la producción científica, porque produjo casi la destrucción de su clase media en los últimos diez años.
-¿Cómo encontrar una solución?
-En países con situaciones difíciles, tanto social como económicamente, o durante un momento de ajuste, es complicado invertir en proyectos de educación e investigación a largo plazo cuando las urgencias son tan evidentes. Sin embargo, para la sustentabilidad de una sociedad es inevitable invertir en bienes que permitan desarrollar raíces de identidad.
-¿La Argentina está en esa situación?
-Después de la última gran crisis de 2001 hubo un desfase institucional muy fuerte. Fue el shock más importante, en mi opinión, más allá de lo financiero. Con la crisis se desmoronaron bases institucionales consideradas estables, como las universidades, entre otras. En ese marco, hay una dificultad muy grande de mantener lo no visible. Mantener una biblioteca es una inversión no visible, o, digámoslo de otra manera, se hace visible sólo cuando ya no se mantiene más, cuando los libros están destruidos y no hay más acceso a la información. Esa inversión, realizada tradicionalmente a partir de su clase media, ya no es posible porque la gente debe optar por el destino de la inversión. La Argentina sigue teniendo, sin embargo, una vida cultural y una producción científica importantes, pero necesita un complemento institucional. El punto está en no cansarse de insistir.
-Volviendo al tema de los patrimonios, ¿existe para ciertos países un peligro concreto de vaciamiento?
-De hecho, es lo que está ocurriendo. Hoy en día, una de las mayores exportaciones de la Argentina es su patrimonio cultural. Se están vendiendo piezas arqueológicas, huesos de dinosaurios, material paleontológico, material histórico, documentos, libros antiguos, conocimientos culturales, etcétera, desde hace varios años. Por eso es que, frente al creciente proceso de globalización, resulta tan importante la necesidad de mantener los archivos de diversidad cultural, y con esto me refiero también a la diversidad de conocimiento y producción científica. Es esencial crear alianzas de instituciones públicas. Ellas nunca disponen del dinero que tiene una multinacional. Además, no se trata sólo de la posibilidad de conseguir los fondos, sino también de la capacidad de un financiamiento rápido.
-¿Se produce algún tipo de planteo ético en las instituciones y empresas que adquieren esos legados en condiciones de desigualdad?
-Ese planteo, en todo caso, está en el que maneja las decisiones. Hablando de la Argentina, es un hecho muy conocido que durante la época nazi los inmigrantes judíos tenían que pagar su entrada al país con obras de arte. Gran cantidad de la difusión de arte europeo en la Argentina se debe a esas "fuentes forzadas". Me refiero a capitales valiosos, como cuadros y joyas. Si uno pregunta por la historia de ciertos cuadros europeos, muchos tienen ese origen. De modo que no hay una regla ética general, en el sentido de que no hay tampoco sanciones aceptadas.
-¿Falta legislación?
-Se puede tener una legislación. Incluso ya hay ciertas legislaciones provinciales, pero mientras no existan los fondos para controlar su cumplimiento, de nada sirve. Algo similar sucede en el orden internacional, donde no hay una corte a la cual apelar. Los museos hacen intercambios de listas de piezas robadas y exportadas ilegalmente. Otro problema es que la mayoría de los coleccionistas que compran esas piezas arqueológicas no las exponen, sino que las guardan en su casa y allí se quedan.
-¿Cómo es la situación de los libros?
-En cuanto a ellos, el tema es aún más complicado, porque de por medio están los derechos de autor. Se pueden vender los libros, pero, ¿a partir de qué momento un libro se convierte en algo invendible, en un patrimonio de la humanidad? Seguramente, la primera Biblia de Gutenberg es un caso claro. Pero pongamos el ejemplo del "Martín Fierro" ¿Hay una ley que lo proteja? No lo creo. El primer ejemplar de la Constitución argentina probablemente esté protegido, pero hay muchas otras obras que tienen importancia para la historia y no lo están.
Por Cecilia Scalisi
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=768098
Visión de una experta en energía atómica
PARIS.– Las diatribas del presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, contra Israel –manifestó su deseo de que desapareciera del mapa de Medio Oriente y puso en duda la existencia del Holocausto– causaron irritación y preocupación en todo el mundo: nadie olvida que Irán es una potencia nuclear.
Sin embargo, la investigadora francesa Thérèse Delpech no cree que el programa de desarrollo de armas atómicas en Irán pueda justificarse en una presunta amenaza israelí. “Hay que mirar las fechas en que se dio impulso a programas nucleares en Irán. La primera vez fue con el sha, durante los años 60, y en esa época Irán tenía excelentes relaciones con Israel. La segunda vez, en 1985, el problema mayor era el de la guerra con Irak”, dijo a LA NACION.
Para Delpech, miembro del colegio de comisionados de la Comisión de las Naciones Unidas de Vigilancia, Verificación e Inspección (Unmovic), “Irán es una potencia regional con ambiciones regionales”, y es curioso que el régimen iraní desarrolle un programa nuclear militar, ya que, como subraya, “dos de sus principales problemas de seguridad desaparecieron: el régimen talibán y Saddam Hussein”.
Delpech cree que la proliferación representa un problema serio, en especial porque a menudo no se conocen las doctrinas militares para el uso de armas de destrucción masiva en ciertos países que las ambicionan. Experta en proliferación, directora de asuntos estratégicos del Centro de Energía Atómica de Francia (CEA), la autora de "Política del caos" (Fondo de Cultura Económica) cree que la amenaza que representa la proliferación de armas de destrucción masiva ocupa en el siglo XXI el primer lugar en el orden de las preocupaciones, en parte porque se desconocen las intenciones de los nuevos actores.
A escasos metros de la Torre Eiffel, en el muy protegido Centro de Energía Atómica francés, donde se requieren códigos secretos para abrir las puertas de los pasillos que separan los diferentes sectores, en función del nivel de riesgo, Delpech explicó a este redactor por qué vivimos en una época de incertidumbre nuclear.
-¿Cuáles son las ambiciones de Irán?
-Hay una voluntad de hegemonía regional que reconocen -y temen- todos los países del Medio Oriente. Para mostrar su poder, los iraníes primero demostraron, al realizar pruebas balísticas con sus misiles Shihab 3, que tenían vectores capaces de alcanzar cualquier punto de la región.
-Sin embargo, Irán afirma que el suyo es un programa con fines pacíficos.
-Si fuera un programa pacífico, la estructura estaría configurada de otra manera. Hoy Irán tiene un reactor construido por los rusos en Busher, con combustible que proveen los rusos y que luego de ser utilizado tiene que volver a Rusia. Del otro lado hay una instalación (en Natanz) en la que tienen la intención de construir 50.000 centrifugadoras. No tiene ninguna lógica presentar esto como un programa con fines pacíficos. También se supo, después de las revelaciones del dirigente libio Muammar Khadafy sobre las adquisiciones de su país, que Irán adquirió tecnología de centrifugadoras P2, capaces de producir uranio enriquecido más rápido. Hay una lista increíble de mentiras o de simulaciones que cada día los delata más.
-¿Cree que las negociaciones tendrán resultado positivo?
-En este punto, incluso los europeos son muy prudentes, porque ya hay varios intentos realizados para alcanzar un acuerdo. El objetivo es no sólo obtener la suspensión, sino también la cesación de las actividades. En este punto, los iraníes nunca dijeron estar de acuerdo. Las probabilidades de que estas negociaciones tengan éxito son escasas.
-¿Cree que ahora los riesgos de proliferación nuclear son más importantes que durante la Guerra Fría?
-Durante la Guerra Fría había una buena cooperación entre los dos bloques, al menos en el tema nuclear. Había un control común del Este y del Oeste para cuidar que la tecnología nuclear necesaria para la construcción de armas atómicas no proliferara. El mejor ejemplo de esta cooperación es el Tratado de No Proliferación (TNP), firmado durante la Guerra Fría, en 1967. Los Estados Unidos y la URSS se preocuparon por que este tratado se aplicara. Luego de la primera explosión que hizo China, en 1964, se comenzó a negociar para ampliar el tratado, porque se constató que estas nuevas armas estaban saliendo del esquema. Otro elemento que se conoció luego de creado el tratado fue la "explosión pacífica" de la India, en 1974. Todos comprendieron que era un ensayo nuclear de los indios. Durante la Guerra Fría, la principal amenaza era un enfrentamiento Este-Oeste. La proliferación estaba en un segundo plano.
-¿La preocupación por la proliferación surgió una vez caída la Cortina de Hierro?
-Como la amenaza Este-Oeste desapareció, la proliferación, que estaba en un segundo lugar, se trasladó al primero. Contrariamente a la situación de la Guerra Fría, estamos en relación con países cuyas doctrinas militares y de uso de armas no convencionales desconocemos totalmente. Existían librerías enteras sobre la doctrina nuclear soviética. Sobre la doctrina libia, norcoreana o iraní no hay nada, e incluso se sabe poco sobre la doctrina israelí.
-¿Qué queda del equilibrio que existía con estas armas, basado en la comprensión de la destrucción mutua asegurada (MAD)?
-La MAD es una doctrina que pertenece al pasado. Existió cuando había dos adversarios con capacidades nucleares comparables. Hoy no se puede encontrar en ningún lado esa situación. Rusia tiene un arsenal que continúa modernizándose, pero ya no es una amenaza para los estadounidenses.
-¿No podría reflotarse con China esa doctrina?
-Se planteó a los norteamericanos la pregunta de si buscarían tener una relación de equilibrio con China. Respondieron con un no categórico. Dijeron que una de las razones por las que conservan un arsenal muy importante es que quieren mostrarles permanentemente a los chinos que no es necesario que se lancen a una carrera armamentista porque de todas maneras esa carrera está perdida de antemano.
-Como comisionada de la Unmovic, ¿considera eficaces los instrumentos existentes para verificar la producción de armas no convencionales?
-En lo nuclear, como en lo químico, hay sistemas de verificación que no son perfectos, pero que son mejorados constantemente. Por ejemplo, en lo nuclear se adoptó un protocolo adicional que permite tener más informaciones que antes. También están las informaciones de los servicios secretos...
-Que a veces no son exactas, como en el caso de Irak.
-En Irak los servicios secretos se equivocaron, porque Saddam Hussein hizo todo lo posible para que se equivocaran. Era beneficioso para él jugar la carta de la inocencia con respecto a la ONU y la de la disuasión para con sus vecinos. Pero para responder a la pregunta anterior, también hay nuevas iniciativas, como la PSI -Proliferation Security Initiative-, que permite interceptar aviones o barcos de los que se sospecha que transportan materias prohibidas. Esta iniciativa apunta a los tráficos ilícitos y a las redes clandestinas.
-¿Ocurre lo mismo con las armas biológicas?
-En lo biológico tenemos un gran problema, ya que el tratado de 1972 -la Convención sobre Armas Biológicas- no tiene protocolo de verificación. Un signo importante es la aparición de enfermedades. Pero hay que saber distinguir si el origen es natural. Cuando salió a la luz la epidemia del SARS, el síndrome respiratorio agudo y severo, los rusos estaban convencidos de que se trataba de un virus desarrollado por un laboratorio militar chino, algo que la Organización Mundial de la Salud desmintió. Las epidemias pueden ser un signo, pero son muy difíciles de controlar. En lo balístico es más fácil, porque son necesarios los ensayos, que no pasan inadvertidos.
-¿Corea del Norte alardea sobre sus programas militares o hay que tomarlos en serio?
-Que hay en el caso norcoreano algo de alarde es evidente. Hace poco dijeron que daban por terminada una moratoria sobre misiles, pero es la quinta o sexta vez que hacen este tipo de declaraciones y no se vio ninguna preparación para un ensayo balístico. Los norcoreanos tienen una técnica de existencia en el escenario internacional muy particular, basada en el miedo: darles miedo a las otras naciones. Hay algo de alarde, pero también sigue siendo un tema muy serio, porque Kim Jong Il es un lunático que vende su tecnología a los otros países y que recibe un apoyo ambiguo de los chinos.
-¿El riesgo de que organizaciones terroristas puedan dominar armas químicas o biológicas para cometer atentados es cada vez mayor?
-En marzo de 1995 hubo un atentado con gas sarin en el subte de Tokio. Hubo solamente once víctimas fatales porque el sarin no era muy puro y el método de diseminación era absurdo. Pero 5000 personas terminaron en el hospital. En Francia hubo un intento abortado de atentado químico. También en Inglaterra, hace no mucho, se descubrió una célula terrorista que trabajaba con ricina, un producto biológico del que no se sabe cómo protegerse. A los terroristas les interesa el uso de esas sustancias. Y se sabe que hicieron progresos. La amenaza se toma muy en serio. La prueba de ello son los simulacros de atentados con sustancias de este tipo realizados por Francia y Gran Bretaña, que se preparan activamente para prevenir o responder a un ataque de estas características. No se realizarían estos ejercicios, que son bastante delicados para la población, si el poder político no los creyera necesarios.
Por Patricio Arana
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=766534
Habla el especialista francés en medios
PARIS.– Como hacen los entomólogos cuando estudian a los insectos, François-Bernard Huyghe mira la televisión, lee los diarios, navega por Internet y habla con la gente como si tuviera una lupa en la mano, tratando de comprender el comportamiento del “consumidor de informaciones e imágenes”.
Huyghe es uno de los pocos que pueden presentarse como “mediólogo”, nueva categoría profesional inventada por su amigo Regis Debray cuando fundó la revista Cuadernos de Mediología, que acaba de ser rebautizada Medium. Doctor en Ciencias Políticas, este francés de 54 años es autor de siete libros sobre los mass media. Fue profesor en la Sorbona y, desde hace lustros, investiga el poder que tienen los medios masivos de difusión.
En su último libro, “Comprender el poder estratégico de los medios”, explica su enorme capacidad de influencia para modificar el comportamiento de la sociedad. La mejor prueba, a su juicio, es una boutade que circula en el Pentágono: “La próxima guerra no la ganará el que tenga mejores bombas, sino el que mejor utilice los medios de comunicación”.
–Parece que ver televisión se ha convertido en la primera actividad del hombre moderno.
–El consumo de televisión es la principal actividad del hombre después del sueño y del trabajo, lo que representa un enorme fenómeno social. En Francia, un país de bajo consumo en comparación con Estados Unidos o América latina, el promedio es de tres horas y cuarto por día. Recientemente, un directivo de la principal cadena francesa, TF1, provocó un gran escándalo al decir que la función de la televisión era vender tiempo de cerebro humano a los anunciantes. Aunque se trata de una definición moralmente chocante, no constituye una sorpresa, porque traduce una realidad. El poder es ocupar el tiempo de la gente. La ocupación de nuestro tiempo por parte de la TV empieza a tener proporciones inquietantes.
-¿Por qué la gente mira televisión?
-Es una compañía. Además, nos da placer. Es una manera sencilla de masajearse las neuronas cuando uno está muy cansado. También es un escape contra la soledad y el tedio. Es un gran unificador social: todos a la misma hora hacen lo mismo. Pero no hay que caer en la simplificación ni diabolizarla. Yo no formulo juicios de valor. No lo analizo en términos morales. Es evidente que soy un hombre de libros. Aunque mire televisión, no es el ideal que profeso como instrumento de "ocupación del cerebro". Tampoco tiene sentido saber si la televisión es un vehículo de la ideología dominante. La cuestión esencial es que la televisión consolidó su poder como la gran institución social de la vida moderna por su capacidad de reorganización.
-¿Qué significa eso?
-Un acontecimiento sólo se produce, sólo existe, a partir del momento en que es validado por su aparición en la televisión. Antes, una persona escribía un libro, accedía a la celebridad, y entonces tenía la posibilidad de ser convocada por la televisión. Actualmente la ecuación es al revés: un personaje es célebre porque aparece en televisión y, por lo tanto, debe escribir un libro, que, naturalmente, tiene todas las posibilidades de ser comentado por televisión.
-Y, desde luego, la televisión también transformó la vida política.
-En un país como Francia, donde siempre fueron importantes la ideología, los libros y los discursos, los partidos se convirtieron en máquinas que se limitan a producir candidatos "telegénicos". El ritmo de la vida política no está dado, como antes, por las elecciones, los debates parlamentarios o la discusión programática, sino por el noticiero de la noche, la aparición mediática y el juego de la apariencia y de la presencia. Es decir, por la capacidad de ocupar la pantalla la mayor cantidad de tiempo posible. Se trata de una grave disfunción.
-¿La televisión es un prisma que deforma y, por lo tanto, amplifica virtudes y defectos de los políticos?
-Es verdad que penaliza a quienes carecen de condiciones "telegénicas". La televisión emite imágenes. Las imágenes no muestran el pasado ni permiten ver las ideas. Producen emociones. El inconveniente reside en que el espectador no posee todos los instrumentos necesarios para decodificar lo que escucha y lo que ve. En las escuelas, además de enseñar a leer y escribir, habría que enseñar a ver televisión. Numerosas organizaciones internacionales preconizan la alfabetización en materia mediática. Pero la verdad es que nuestra formación, basada en la cultura de lo escrito, no está adaptada para captar los códigos y parámetros de un mensaje televisivo. Para eso sería necesario desencriptar la imagen o conocer su historia. En un noticiero, es lícito preguntarse por qué eligieron ese tema y esa imagen entre decenas de otras, qué nos transmiten con esa imagen, por qué la montaron de esa manera y por qué escribieron ese comentario. También tiene su importancia conocer un poco acerca de la producción y de la fabricación del producto.
-¿Cuánto cambiaron al hombre los medios de información masiva?
-Enormemente. Por lo pronto, cambió nuestra relación con el resto del planeta, porque eliminó o, por lo menos, relativizó las distancias. En ese sentido, el mundo se transformó realmente en una "aldea global", como decía Marshall McLuhan. Por una parte, es positivo que estemos informados y seamos sensibles a la guerra, la miseria, las masacres, los padecimientos y las tragedias. Pero, al mismo tiempo, poco a poco se produce un efecto nivelador en el que todo es igual y termina por crear una actitud distante.
-¿De qué manera Internet está incidiendo en el panorama?
-El fenómeno es arrollador, y aún no terminó de mostrar todo su potencial. Internet va a cambiar enormemente el comportamiento del consumidor y el del protagonista. El punto de ruptura con respecto a los otros medios es la interactividad.
-¿Es el mismo atractivo que tienen los videojuegos?
-En gran medida. En esto también hay un factor de participación que no ofrecen los otros medios. En un videojuego yo puedo dirigir a un caballero que, gracias a mi destreza, cada vez más perfecta, puede superar los obstáculos que se le presentan. Los video-juegos manejan presupuestos mayores que el cine, ocupan más tiempo de cerebro que el cine y vehiculan otros modelos culturales. Sin embargo, en el caso de Internet, las variantes y las perspectivas de progresión son todavía mayores? A diferencia del televidente, que tiene una actitud pasiva frente a la pantalla, el internauta interviene y puede modificar los contenidos, navega, dialoga con otras personas. Incluso puede participar en la información y modificarla. Hasta puede crearla.
-¿Se está refiriendo a los "blogs"?
-Sí. Es un fenómeno de dimensiones incalculables e imprevisibles. Creo que se crean 30.000 "blogs" por día, uno cada tres segundos, cifra que merece verificación, pero que nos da una idea aproximada de las dimensiones que tiene el fenómeno. Ante todo fenómeno de dimensiones colosales, como ése, siempre hay un precio por pagar.
-¿Cuál es, en este caso?
-El exceso de información, en primer lugar. En segundo término, la insignificancia: el 99 por ciento de esos "blogs" no tiene ningún interés. Detrás de esta explosión hay un fenómeno de narcisismo de masas.
-A diferencia de los futurólogos, como Jacques Attali, usted no cree en un mundo mejor gracias a los medios.
-Es uno de los debates cruciales en relación con el futuro, porque las tecnologías de comunicación y transmisión de una época determinan qué vamos a creer, cómo vamos a creerlo y con quién lo creeremos. Una de las claves es ver cómo vamos a desarrollar estrategias diferentes frente a la técnica. Detrás de ese concepto hay intereses políticos verdaderamente grandes que están en juego.
-Frente a los excesos de Internet, ¿es posible imaginar que en algún momento se llegará a un equilibrio razonable, o estamos frente a un fenómeno exponencial de descontrol?
-La aparición de cada medio produjo, en su momento, un fenómeno que se llamó la "lógica del uso": la gente hacía un uso que no había sido previsto por sus creadores. El mejor ejemplo es el teléfono, que fue inventado para transmitir instrucciones a distancia y escuchar conciertos. Hoy vemos que el resultado es completamente diferente. Internet no fue inventado para enviar e-mails ni para que cada persona tuviera su "blog". La ecología mediática todavía no terminó de organizarse, sobre todo con relación a los otros medios. La "lógica del uso" todavía no terminó de operar. No es fácil imaginar el futuro porque sólo ahora comienzan a vislumbrarse las perspectivas que pueden resultar de la sinergia entre tecnología digital e Internet.
-El progreso de los medios ¿tuvo un impacto positivo en la sociedad? ¿La gente es más inteligente que antes?
-Es inteligente de una manera diferente. El problema deriva de la pérdida de los mecanismos de comparación y análisis que conducían a la formación del pensamiento. Ahora, por usar la terminología de las computadoras, el riesgo consiste en que hay una inteligencia "copiar-pegar" en la que no existe, sobre todo, la confrontación. También hay una pérdida de respeto por la propiedad intelectual: algunos internautas se apropian de párrafos enteros sin respeto por el autor, creyendo que, como los encontraron en la Red, lo pensaron y, por lo tanto, la idea les pertenece. El aspecto positivo es que Internet permite una reorganización permanente del pensamiento y crea una inteligencia colectiva. Un fenómeno sobre el que se habla poco con relación a Internet es la aparición de la cultura de la donación. El "propietario" de una idea o de una información tiene una fuerte tendencia a compartirla, y lo hace a través de la Red. El mejor ejemplo es, acaso, la enciclopedia Wikipedia, que se enriquece gracias a la participación espontánea de los internautas. La única recompensa de ese gesto es la satisfacción de haber participado en una obra colectiva, planetaria, del saber.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=764599
Reflexiones del antropólogo británico
LONDRES.– ¿Qué es más peligroso que un mono con ametralladora? Para el mundo del arte, un mono con pincel. Si se trata, claro, de Congo, el chimpancé del zoólogo Desmond Morris, del que se vendieron, en junio pasado, tres obras por 20.000 euros, en uno de los grandes remates de arte contemporáneo de esta ciudad.
“Fue un momento histórico: no sólo era la primera vez que un artista no humano se cotizaba en una subasta, sino que el precio alcanzado fue increíble”, dice Morris, antropólogo y el mayor especialista del mundo en primates, investigador de la Universidad de Oxford y responsable, durante años, de la sección mamíferos del zoológico de Londres.
Morris está convencido de que los monos pueden ser grandes artistas: una vez, su amigo Joan Miró le cambió uno de sus cuadros por uno de Congo, y cuando a Picasso un periodista le preguntó qué opinaba del arte de este chimpancé, el genial malagueño le mordió la mano, como para demostrarle que ambos estaban en el mismo negocio.
Pero a Morris los monos no sólo le interesaron siempre por lo que pueden decirnos sobre la especie humana. Así, en 1967 Morris publicó "El mono desnudo", un estudio del hombre desde el punto de vista de un experto en evolución y comportamiento animal. El revolucionario best-seller lleva diez millones de ejemplares vendidos en más de veinte idiomas, pero sólo este año Morris se animó a sacar su continuación: "La mujer desnuda", de flamante traducción al castellano por Planeta.
En este libro, Morris vuelve a la polémica. Se opone a la visión políticamente correcta de que los sexos son iguales y de que toda diferencia es cultural; dice que el matrimonio gay se explica como un modo de limitar la superpoblación del planeta y asegura que, a pesar de que toda la evidencia apunte a lo contrario, "el hombre es monógamo por naturaleza".
-Usted asegura que los sexos son distintos, que no nacemos como una tabla rasa sobre la cual a las niñas nos enseñan a que nos gusten las muñecas y a los hombres los autitos. Pero por insinuar algo así, a Lawrence Summers, el presidente de Harvard, casi lo echan?
-Sólo pueden negar que haya diferencias básicas entre el hombre y la mujer quienes tengan un objetivo político con eso, porque están negando la evolución. Son las diferencias las que ayudaron a la supervivencia y el progreso de la especie humana. Al hombre se lo puede empujar para que tenga conductas más femeninas y a la mujer, para que las tenga más masculinas, pero un hombre nunca será mujer, y viceversa. Por ejemplo, realizamos gammagrafías cerebrales a hombres y mujeres mientras se les hacía una misma pregunta. Pudimos ver cómo, para responder, usaban distintas partes del cerebro. ¡Eso no es una diferencia cultural! Sin la diferencia entre los sexos no hubiéramos podido tener la división del trabajo, que llevó a la especialización del hombre en un papel fundamental de proveedor, mientras que la mujer se volvía más hábil en resolver varios problemas a la vez. Así se fue creando la civilización. Sin las diferencias entre los sexos, hoy seríamos como los monos.
-¿Pero la mujer es fisiológicamente superior al varón, como parecería decir en su libro?
-Las mujeres han avanzado mucho más que el hombre en la evolución de sus cuerpos; los hombres, por el contrario, se mantienen mucho más cercanos a sus características primitivas. Esto se refleja de una manera muy evidente: las mujeres tienden a vivir cinco años más que los hombres. El hombre sigue siendo más desechable. Por eso, cuando nos movíamos en tribus de pocos miembros, eran los hombres los que iban de caza, porque si morían, bueno, no era tan grave como si moría una mujer: de ella dependía que el grupo no se extinguiese. Es verdad: los hombres son más fuertes, pero el cuerpo femenino es más resistente a las enfermedades y tiene mejor olfato, oído y hasta vista.
-¿Cómo es eso?
-Respecto del olfato, hicimos un experimento muy simple. Tapamos los ojos de madres recientes y les fuimos pasando distintos bebes por debajo de las narices. El ciento por ciento pudo reconocer al propio. En cambio, cuando lo repetimos con hombres, sólo el 50 por ciento pudo adivinarlo. Por eso las mujeres son las mejores catadoras de vino. Yo creo que los hombres lo intuían y, para defender su feudo, inventaban leyendas, como la que decía, en la Edad Media, que si una mujer pasaba por una bodega cuando estaba menstruando, arruinaba el vino. Respecto del oído, una madre sabe reconocer a su bebe por el llanto. Entonces, cuando en la sociedad tribal lloraba un bebe, sólo se despertaba su madre, y no las demás. Respecto de la vista, el daltonismo es, básicamente, un problema masculino. Los hombres, a su vez, tienen sus propias ventajas. O sea, en concreto, entre hombres y mujeres no hay superior o inferior, pero somos diferentes.
-Pero, ¿por qué hubo tantos más famosos inventores hombres que mujeres, por ejemplo?
-Una de las consecuencias de que hombres y mujeres no hayan seguido la tendencia evolutiva de la misma forma es que los hombres son ligeramente más infantiles en su comportamiento. Por ejemplo, a los 30 años, los hombres son quince veces más propensos a los accidentes que las mujeres, porque han conservado el elemento de la asunción de riesgos del juego infantil de una manera más clara que las mujeres. Aunque esta cualidad los pone a menudo en peligro, era importante cuando estaban a cargo de la caza. El tema de los inventos se debe a que la asunción de riesgos no es sólo física, sino mental. La innovación siempre implica riesgos, experimentar con lo desconocido en vez de confiar en tradiciones probadas. Las mujeres primitivas, responsables de todo en la sociedad, salvo de la caza, no se podían permitir errores graves. Como los hombres mantuvieron más características de niños pequeños en su cerebro, además se hicieron más imaginativos y, a veces, perversos. Las mujeres fueron más sensatas y cuidadosas.
-¿La mujer va a seguir evolucionando?
-No veo la necesidad de que lo haga. Lo que va a pasar es que va a encontrar una forma de vida acorde con la forma en la que evolucionó, para sacar ventaja de la tecnología moderna. Cuando los hombres salían a cazar, las mujeres se quedaban como centro de la sociedad tribal. Luego pasamos a vivir en aldeas, pueblos, finalmente ciudades, y los hombres se volvieron el centro de la sociedad, al convertirse la caza en negocios. Las mujeres, en mayor o menor medida por la maternidad, quedaron afuera. Ahora, con la nueva tecnología, está cambiando la estructura de las ciudades. Al ser posible reemplazar la oficina por el trabajo desde el hogar, podrán cada vez más trabajar a la vez que cuidan a sus niños pequeños. Así las mujeres volverán realmente al centro de la sociedad, que esta vez será compartido. Es la tecnología la que permitirá la verdadera igualdad entre los sexos.
-Personalmente, ¿qué es lo que más le gusta de las mujeres?
-Bueno, la respuesta cobarde es: ¡el cerebro! Pero lo que no deja de fascinarme es lo sensible y complejo de su cuerpo, sobre todo en lo sexual. Por ejemplo, es la única hembra que esconde su momento de ovulación del macho. El mono, en cambio, se da cuenta inmediatamente por el cambio en el comportamiento de la mona, por su nuevo olor, y entonces tienen sexo sólo en ese momento. ¿Por qué no pasa eso con los seres humanos? Disiento con la Iglesia en que no veo que el sexo sea exclusivamente con fines reproductivos. Por el contrario: se hace sin saber si la hembra está ovulando o no, porque el fin es otro: crear vínculos profundos con la pareja. Esto no pasa en ninguna otra especie. Además, si uno es un mono, ¿qué vínculo se puede crear, si todo el acto dura ocho segundos? He escuchado quejas de que hay hombres que también son así, ¡pero convengamos en que no es lo corriente! Hablando en serio, a diferencia de los animales, en los que se trata de puro sexo, en los hombres es literalmente cierto que se está haciendo el amor.
-Usted sostiene que el hombre es monógamo por naturaleza. ¡Pero parecería todo lo contrario!
-En muchas culturas el poderoso se ve obligado a ser polígamo, porque tener muchas mujeres es señal de status. Estudiamos infinidad de harenes: aunque haya muchas concubinas, siempre existe una favorita. En las sociedades occidentales actuales el índice de divorcios se explica, simplemente, porque no se trata de un sistema perfecto, y el lugar prioritario en los afectos y la economía pueden ir ocupándolo distintas mujeres sucesivamente. Somos monógamos porque como la cría humana tarda tantos años en convertirse en adulta y autosuficiente, solamente podemos ocuparnos realmente de una camada por vez, aunque podamos haber engendrado varias más.
-Matrimonio gay: ¿bueno o malo desde un punto de vista de la evolución de la especie?
-Se explica que pueda existir y que sea aceptado cuando hay situaciones de superpoblación como la actual. En poblaciones muy pequeñas, el comportamiento homosexual no es aceptado, porque se necesitan niños. En cambio, en la vida urbana actual, por el contrario, una pareja homosexual reduce el promedio de reproducción, así que se vuelve una ventaja para controlar la explosión demográfica. Y si, como ocurre actualmente, finalmente quieren tener chicos alquilando un vientre, o lo que sea, no son peores para el problema demográfico que cualquier pareja heterosexual.
-¿Pero para los niños es bueno o malo?
-La respuesta a eso es de puro sentido común. Un niño criado con amor y reglas por una pareja de homosexuales, sean hombres o mujeres, estará mucho mejor que el niño de padres heterosexuales que se odian y lo de-satienden. La pareja homosexual sólo tiene que prestar atención a que su hijo crezca asimilando los conceptos de masculinidad y de femineidad.
-En la Argentina hay un índice muy alto de problemas por desórdenes alimentarios. ¿Cómo ve este tema un biólogo evolucionista?
-Los cuerpos siempre se fueron modificando según las modas. Ahora el ideal se volvió la figura esquelética con pechos como globos. El cuerpo de mujer debe tener el doble de grasa que el del hombre, no debe ser como los sacos de huesos que se ven. Las revistas, con sus modelos, sin darse cuenta lo toman de la cultura de la droga. La cocaína, por ejemplo, permite ese tipo de inanición. Y a esto se suma que los diseñadores de moda parecería que simplemente preferirían estar vistiendo a muchachitos.
-¿Por qué los hombres las prefieren rubias?
-Parte del atractivo de las rubias reside en la delicadeza de su pelo. La excepcional ligereza de los mechones rubios los hace más suaves al tacto y por lo tanto más sensuales en los momentos de contacto corporal íntimo.
-Volviendo a nuestros primos, los monos, ¿cómo fue que le enseñó a Congo a pintar tan bien?
-Yo no le enseñé nada, Congo fue un autodidacta total. Un día le di un lápiz y vi que disfrutaba tanto dibujando que empecé a darle pinturas con colores. Nunca recibió un premio por su trabajo. Lo hacía sólo porque le gustaba. Y sus obras no eran cualquier mamarracho: colocaba cada línea exactamente donde quería. Sabía cuándo darme el pincel para que le diera otro con pintura de un color distinto y cuándo una obra estaba acabada.
-¿Pero Congo era un mono especial o cualquier primate puede pintar así?
-Bueno, recuerdo que cuando Dalí vio su obra, dijo: "La mano del chimpancé es casi humana; la mano de Jackson Pollock es totalmente animal". Pero Congo no era un chimpancé cualquiera: era un mono excepcionalmente inteligente. Aun así, no toda su obra fue pareja. En un comienzo estaba probando, luego tuvo un período en el que verdaderamente se apasionó y luego se aburrió. Pero yo lo tuve en observación durante varios años. No es como quien agarra a un mono tres días con crayones y dice: "No pueden dibujar". En 1957 hicimos una exposición de la obra de Congo en el ICA (Instituto de Arte Contemporáneo de Londres) que se vendió en su totalidad. Hoy quedan algunos cuadros, que pueden verse en una galería de Londres, pero a Congo tuve que devolverlo al zoo. Estaba tomando características demasiado humanas y cuando alguien se acercaba a mí le agarraban celos y lo mordía.
-Después de tantos años con los animales, ¿hay algún rasgo de ellos que haya adoptado?
-¡Claro! Para el zoólogo, los seres humanos son simios sin rabo con un cerebro muy grande. Su rasgo más asombroso es cómo han prosperado, y el secreto de su éxito, lo que ha permitido los grandes descubrimientos que trajeron el progreso, es que somos la única especie que puede mantener la curiosidad del animal pequeño y sus ganas de explorar, toda la vida. A un cachorrito, a un gatito, todo les parece nuevo y les interesa, pero cuando crecen, ya no más. Los adultos humanos también podemos perder esa capacidad con una vida muy rígida y rutinaria, así que yo quiero ser como un cachorrito toda la vida, para seguir aprendiendo. Tanto es así que te diría que hoy, al investigar sobre animales, mi edad mental es de 15 años, aunque tenga 77. ¡Si tan sólo tuviera el cuerpo de un adolescente para acompañar...!
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=762731
El jurista percibe dificultades en la región
“Cuando se comete un delito, en principio, debe haber una pena. No hay libertad sin orden. El orden no es autoritarismo. Los europeos valoran mucho el orden. Lo que noto en América latina es que hay una gran dificultad para el funcionamiento del Estado de Derecho.”
El doctor Enrique Bacigalupo conoció el orden y también los tormentosos años 70. Pero la vida de quien fue procurador del Tesoro durante la brevísima gestión presidencial de Héctor Cámpora –de 55 días– siempre mantuvo el norte de un verdadero jurista: aquel joven brillante que fue perseguido por la Triple A y debió emigrar del país acaba de cumplir 18 años como magistrado del Tribunal Supremo de España, país cuya ciudadanía adoptó.
“¿Me pongo un saco para la foto?”, pregunta tres veces este hombre sencillo, de hablar pausado, pero ameno y seguro, mientras en la entrevista con LA NACION opina sobre los problemas sociales de Francia, fustiga las prácticas norteamericanas contra el terrorismo y desliza críticas contra el fallo de la Corte Suprema de Justicia argentina sobre las leyes del perdón. No imagina siquiera cambiar su remera por una camisa y corbata, complementos infaltables para cualquier juez local. El rigor de Bacigalupo pasa por otro lado, el intelectual: se doctoró en la Universidad de Buenos Aires y fue el discípulo más brillante de un jurista español excepcional, Luis Jiménez de Asúa; se perfeccionó en Alemania y obtuvo su segundo doctorado en la Universidad Complutense (Madrid), donde es catedrático.
Cuando emigró a Alemania, aprovechó una invitación del Instituto Max Planck, pero terminó radicándose en España, porque sus ancestros son españoles y ese país ofrecía una apertura mayor para la estabilidad de toda la familia. "Mi mujer era escribana -dice- y adquirir la nacionalidad alemana le hubiera llevado mucho tiempo." En Madrid volvió a doctorarse, comenzó a dictar clases y se convirtió en un reconocido catedrático.
-Usted llegó a ser funcionario del gobierno de Cámpora de la mano del actual procurador general de la Nación, Esteban Righi.
-Efectivamente. Yo trabajaba en la Facultad de Derecho de la UBA con Jiménez de Asúa. Durante el gobierno de [Juan Carlos] Onganía renunció a su puesto y yo le presenté mi dimisión y me fui a Bonn, donde estuve la mayor parte del tiempo hasta 1972. Cuando regresé, mi gran amigo Esteban Righi ya era asesor de Cámpora, que todavía no había llegado a la Presidencia. Después fue su ministro del Interior. Me habían consultado como defensor frente a una eventual querella por desacato. Yo también conocía a Cámpora hijo, porque Righi y él tenían una larguísima amistad que habían forjado en el Liceo Militar General San Martín y compartían un despacho de abogados. Yo, para entonces, militaba en el Movimiento Universitario Reformista, el MUR, en el grupo Quetzal, donde también estaba Horacio Sanguinetti, hoy rector del Colegio Nacional de Buenos Aires. Era un grupo de una izquierda liberal inspirado en el manifiesto del 18.
-¿Cómo fueron esos días junto a Cámpora?
-Mi participación fue jurídica, no política, pero yo veía que Cámpora tendía a hacer de la Argentina un Estado de Derecho moderno.
-¿No estaba atado todavía al peronismo del 45?
-No. El quería un Estado moderno, en el que funcionaran las instituciones y tuviera cabida el Parlamento. Cámpora había pensado en una reforma de la Constitución para modernizar el Estado de Derecho. Creía que su gobierno podía ser breve, pero existía la posibilidad de que no lo fuera. Cuando Cámpora renunció, yo presenté mi dimisión. Y a partir de 1974, cuando falleció Perón, me persiguió la Triple A. La situación se volvió muy tensa y me fui nuevamente a Alemania. Uno no percibía esas tensiones, pero el ambiente era, ciertamente, delicado.
-¿Cómo era Cámpora? ¿Cómo lo ve a Néstor Kirchner?
-Yo no conozco bien a Kirchner, porque sólo tengo una visión de las noticias que llegan a España. No lo puedo juzgar. Pero la característica principal de Cámpora era la capacidad de escuchar, hablar mucho con sus colaboradores. Sólo después tomaba las decisiones. Era un hombre de un pensamiento llano, directo, intuitivo y pragmático.
-¿Cómo analiza el estallido social que se produjo en Francia y la presión sobre las puertas de España?
-Europa nunca fue fácil para los no europeos. Las nacionalidades son fuertes. No es que un español vaya a Alemania y rápidamente se pueda convertir en ministro. Esas cosas pasan en los Estados Unidos, por ejemplo. Es el caso de Henry Kissinger. Mi caso fue la excepción que confirma la regla.
-¿Detrás de esa rebelión está la mano de algún país musulmán, o es una revuelta espontánea?
-No veo que el problema esté inspirado por algún Estado musulmán, porque Francia siempre se opuso a la guerra de Irak. Por eso, es sorprendente que los hijos de esos inmigrantes norafricanos, que son franceses y crecieron en Francia, sean los que movilizan la situación. Es sorprendente, pero es un movimiento espontáneo.
-¿Por qué esa revuelta que se levanta contra un Estado que no satisface a todos sus ciudadanos genera apoyo a Sarkozy?
-Creo que el orden, para la burguesía francesa, es muy importante, muy significativo.
-¿Qué importancia tiene el orden en los países europeos? ¿Orden y libertad pueden ir juntos o son valores antitéticos?
-El orden es fundamental. Se valora muchísimo. Es una condición de la libertad. Yo no soy libre si todo es un desorden. Mi libertad necesita un cierto orden. Cuando voy a cruzar la calle por una senda peatonal, necesito que el coche no me aplaste.
-Pero en América latina el orden y la libertad parecen antitéticos.
-Noto en América latina una gran dificultad para el funcionamiento de un Estado de Derecho en forma eficaz. No sé si es el caso de la Argentina, que es el país más desarrollado. Posiblemente un sociólogo pueda dar mejores explicaciones, pero desde el punto de vista de un jurista, una dificultad es que el centro del poder no está en el Parlamento, sino en el Poder Ejecutivo. A mí me parece óptimo el sistema parlamentario, que es muy flexible, no tan rígido.
-¿Tenemos un déficit en nuestra cultura cívica para vivir en democracia?
-Diría que es una gran tendencia a pensamientos políticos heterodoxos.
-Queremos constantemente reinventar el sistema democrático...
-Sí. Tendemos a creer que la libertad excluye el orden. Orden no es autoritarismo, esto tiene que quedar en claro, porque soy absolutamente contrario al autoritarismo. En Europa el orden es importante y una situación de desorden es complicada para un gobierno.
-¿Cuál es la mejor respuesta para construir una sociedad? ¿Tratar de absorber la diversidad en una cultura propia o tolerar la diversidad?
-Hay que tolerar a quien es distinto, aunque hasta cierto punto: a mí me da igual que el que quiera usar velo lo use y otros no lo hagan. Digo "hasta cierto punto" porque no toleraría la ablación de clítoris que se practica a algunas mujeres en ciertos ámbitos culturales.
-Ahí se estarían afectando los derechos de un tercero. En ese caso, de las mujeres...
-No sólo eso. Aun cuando el tercero lo consienta, no se puede tolerar el delito por el consentimiento. No se puede tolerar esa práctica, porque atenta contra la dignidad de la persona, que es un valor constitucional fundamental. Este es el límite de todo, el valor fundamental de la cultura europea, de una fuente kantiana.
-¿Qué papel cumple el derecho penal en este escenario?
-El derecho penal es un instrumento extraordinariamente peligroso, porque siempre existe la tendencia, sobre todo en los últimos tiempos, a resolver como problema penal lo que es un problema social de más difícil solución. El mal uso del derecho penal genera soluciones sólo aparentes.
-¿Revueltas como las de Francia o las de la Cumbre de las Américas, en Mar del Plata, merecen una respuesta penal?
-En la revuelta de Francia hay delito; por ejemplo, quemar un automóvil. Ahí debe haber, entonces, respuesta penal.
-En la Cumbre de las Américas un grupo de activistas atacó comercios y el Gobierno no criminalizó la respuesta. Un gobierno que actúa así, ¿es anómico o tiene en claro que la respuesta penal no sirve?
-Bueno, eso habría que preguntárselo al Gobierno. En principio, el delito merece pena. El derecho a la libertad de expresión no permite el delito de daño, esto es claro. Pero hay otra cuestión que debe tenerse en cuenta. En el derecho penal hay una gran polémica. El derecho penal alemán y otros derechos tienen el principio de oportunidad, que les da flexibilidad, porque en los casos en que la solución penal genera más problemas de los que resuelve el derecho penal queda de lado. Esa es una decisión del fiscal, que en situaciones conflictivas no persigue el delito. Pues bien, en sociedades complejas, como las latinoamericanas, a veces la decisión puede ser no perseguir el delito.
-Muchos ciudadanos pueden ver esa abstención como una renuncia, como algo peligroso.
-Yo no sé si Sarkozy aplica el derecho penal cada vez que hay un delito o si opera equilibrando la situación: da la sensación de que Villepin dice que va a contemplar los aspectos sociales, porque debe pensar que la respuesta penal no alcanza. En los hechos, aplica un criterio de oportunidad.
-Entonces, ¿cómo se compatibilizan la necesidad de orden y el principio de oportunidad?
-Es una cuestión de sabiduría política, pero el equilibrio es muy difícil. Creo que es lo que hace el gobierno francés cuando Sarkozy dice que va a meter en la cárcel a todos los revoltosos, Villepin afirma que va a encarar una solución social y Chirac sostiene que hay que resolver los problemas de igualdad.
-¿Ese es un doble juego inteligente o contradictorio?
-Creo que es premeditado.
-En el siglo de los medios de comunicación, ¿el partido político sigue siendo necesario?
-Sí. En la estructura constitucional europea no se concibe la política sin partidos. La idea de superar el partido a través de movimientos es propia del fascismo. El caso de Perón fue particular, porque el discurso fascista no era necesario: se presentaba a elecciones y las ganaba, aunque, claro, manejaba las variables como quería. Un buen sistema de partidos garantiza que la participación popular sea representada. Además, hay políticos que, a través de los medios, se conectan muy bien con la opinión pública, pero la garantía la da el sistema de partidos.
-El jurista alemán Günther Jakobs habla del derecho penal del enemigo. Estados Unidos maneja este doble estándar, según el origen de la persona detenida. ¿Es una respuesta necesaria frente al terrorismo?
-¡Qué persecución con ese tema! Guantánamo es una manifestación de ese asunto. El derecho penal del enemigo considera que hay cierta gente muy peligrosa para la que se necesitan mecanismos de represión más eficaces, y se caracteriza por el incremento más o menos irracional de la punibilidad de ciertos delitos y por la reducción de las garantías procesales en el juicio. Si uno ve los últimos debates de la Cámara de los Comunes en Inglaterra, se nota que el debate existe y que se tiende a conformar un derecho penal del enemigo. Yo considero que es básicamente ilegítimo pero que, también, hay que reexaminar todo el derecho penal. El Estado del siglo XIX tenía tres patas: un aparato que, con ciertos criterios, limitaba la libertad para mantener el orden, limitaba la propiedad para obtener recursos y exigía la incorporación a las fuerzas armadas para defender el Estado. Pero después apareció la necesidad del Estado social, la cuarta pata del Estado, que, además, redistribuye.
-Pero el Estado que redistribuye se está agotando...
-Está casi agotado, pero en Europa no hay una renuncia total al Estado social. Lo que hay es un intento de reformularlo, como ocurre, por ejemplo, en este momento crítico de Francia. No es una casualidad que la disminución del Estado social se corresponda con cierto incremento del derecho penal.
-¿Qué opinión le merece el fallo de la Corte Suprema en el caso Arancibia, que consideró crímenes de lesa humanidad el terrorismo de Estado de los años setenta?
-No quiero opinar sobre esa sentencia, porque la cuestión me toca personalmente, pues vivir fuera del país me afectó emocionalmente.
-Pero esos hechos transcurrieron hace treinta años y usted es un jurista. Intuyo que ya los asimiló racionalmente.
-Mire [dice con intención de esquivar el tema, sobre el que finalmente vuelve]: el solo hecho de que el fallo tenga siete fundamentos distintos demuestra que es extraordinariamente complejo. Además, la Corte Suprema argentina se parece a la Cámara de los Lores, donde cada integrante da su propio fundamento y no hay una posición unificada.
-Pero, en su opinión, ¿se puede aplicar retroactivamente el criterio de que los delitos de lesa humanidad son imprescriptibles, cuando los hechos reprimidos son anteriores al momento en que la Argentina firmó la convención sobre imprescriptibilidad de esos crímenes?
-Desde el punto de vista técnico, hay que tener mucho cuidado con la retroactividad de las normas. Pero hay tribunales, como el de Francfort, que sostienen que no hay que respetar el principio de irretroactividad de la ley penal cuando se están juzgando graves casos de abuso de poder estatal. Es más: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en una sentencia de 2001 en el caso de los Guardianes del Muro, estableció que el cambio de interpretación de las leyes de la Alemania comunista, que se produjo después de la reunificación del país -antes de ello, los guardias podían disparar a matar a quien intentase escaparse del sector comunista y después se interpretó que eso no estaba permitido-, no es una aplicación retroactiva de la ley. Yo no estoy de acuerdo con esa visión, porque al cambiar la interpretación de una ley, en rigor, se está cambiando la ley. Por eso, acabo de publicar un trabajo muy crítico sobre esa sentencia.
-Usted es uno de los pocos juristas que trabajaron en la unificación de las normas penales de la Unión Europea.
-Sí, desde los primeros intentos de unificar el derecho penal, en 1989. Participé como uno de los quince expertos invitados y redactamos tres proyectos, incluso los corpus iuris 1997 y de 2000. Pero la unificación de la Unión Europea es muy compleja, no tanto por sistemas jurídicos que son más compatibles de lo que la gente cree, sino porque cuesta mucho reducir la idea del Estado nación, que sigue tendiendo peso cultural.
-¿Se superará esa idea limitada del Estado?
-Sí, es una necesidad. Hay palabras que están prohibidas como palabras, pero no como problemas. En Europa no se puede hablar de federalismo, pero se va hacia un Estado de estructura federal, como fueron los Estados Unidos en su momento. La Constitución europea fracasó porque el proyecto fue muy complejo y algunos países, como Francia y Holanda, lo rechazaron por cuestiones de política interna. Pero debería redactarse una nueva Constitución.
Por Adrián Ventura
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=760707
El escritor español reflexiona sobre su país
MADRID.– En su apellido está la clave de su mestizaje: una suerte de hidalguía insumisa. Se llama José Manuel Caballero Bonald y es una figura indiscutida de las letras españolas por su obra poética, sus novelas de carácter autobiográfico y sus lecciones de literatura.
Caballero Bonald es un intelectual que sufre por el mundo que lo rodea e intenta conservar la humilde esperanza de pequeños cambios posibles. Vive en Madrid, en un barrio suburbano, lejos del ruido, donde sigue escribiendo su más extensa obra, “La novela de la memoria”, que ya consta de dos partes: “Tiempo de guerras perdidas” y “La costumbre de vivir”.
Su modo de hablar se asemeja a un farfulleo, pero la precisión es uno de sus atributos. Así como muchos escritores se amparan en las palabras para protegerse de lo que los aqueja, Caballero Bonald se ubica ante el texto como en la trinchera de la vida. Y va al frente con la tranquilidad de un hombre valiente.
–¿Cuál es su origen?
–Mi padre era cubano, de Camagüey, hijo de criolla y de cántabro, y mi madre era andaluza, con un abuelo francés y una abuela siria. De modo que dispongo de una buena base mestiza. Comparto la opinión de que el mestizaje es una fuente magnífica de enriquecimiento cultural. En el château de Milhaud vivieron mis antepasados y allí se quedaron esos descendientes del vizconde de Bonald, el filósofo tradicionalista, que no se parecen en nada a los Bonald andaluces, que eran todos nocturnos y librepensadores.
-¿Cómo fue su entrada en la adolescencia, en una España convulsiva que determinaría el ánimo de las siguientes décadas de su país?
-Me hice adolescente sin saber muy bien qué estaba pasando a mi alrededor, en una familia burguesa. Mi madre era muy católica, y mi padre, un republicano agnóstico. La noción de la guerra civil se reducía a las descargas de los fusilamientos y a una vaga sensación de que el hambre, el frío y el miedo se iban adueñando de la vida cotidiana. Mis recuerdos de Franco estaban deformados por el clima social en que me desenvolvía.
-¿Cómo fueron los antecedentes que dieron lugar al grupo de los 50, del cual usted fue uno de sus protagonistas?
-Empezó siendo un grupo de amigos que teníamos cosas en común: la procedencia familiar y universitaria, la desobediencia frente a lo establecido, las nocturnidades, la lucha clandestina contra el franquismo, la lectura de los mismos libros, una estimable tendencia al consumo de bebidas alcohólicas. Nuestra poesía era una poesía de desobedientes.Y han quedado tres o cuatro poetas excelentes.
-Usted hace referencia a esa generación como "recluida, tal vez para eludir la deforestación cultural vigente en un país todavía mediatizado por las sañudas pertinacias del ideario de la guerra civil". ¿Cómo era esta "deforestación"?
-La vida española atravesaba aún esa negra fase histórica de la guerra civil. Fue una posguerra espantosa, de una mediocridad que no parecía tener fin. Aparte de las miserias políticas, habría mucho que hablar de los desafueros culturales, de la mala educación general. Tuvimos que abrirnos camino en ese espacio cerrado, asfixiante.
-¿Qué es lo que más lo irrita de lo vivido?
-Esas figuras de falsos ídolos, de héroes de pacotilla, de palurdos vestidos de etiqueta que menudeaban por la España franquista.
-¿Y en la actualidad?
-Lo mismo que me irritaba ayer: la injusticia, la indiferencia ante la barbarie, el código de los sumisos, el abuso de poder, el fanatismo. Y lo que más me estimula es oponerme a todo eso.
-¿A través de la literatura o de la política?
-Mi despertar político no fue muy precoz. La universidad, que en aquellos años era un casino de retrógrados, me sirvió para darme cuenta de la desdicha histórica del franquismo. Y ahí empecé a trabajar en la oposición clandestina. A raíz de las primeras agitaciones universitarias y las primeras huelgas fabriles, me uní a lo que tenía más a mi alcance. Tampoco me decidí nunca por una protesta formal o por ninguna clase de voto de obediencia. Sólo sabía que de allí iba surgiendo una estable forma de resistencia frente a las copiosas mezquindades de la dictadura. Cuando, en 1956, Franco se ve obligado a reconocer la independencia de Marruecos, algo se resquebraja en la monolítica estructura del sistema. Mis más concluyentes resoluciones en este sentido se produjeron después, cuando las enseñanzas de la edad fueron inculcándome la certeza de que no podía quedarme ni quieto ni callado. La cárcel, el exilio, fueron consecuencias inmediatas. Estuve detenido un par de veces.
-¿Mayo del 68 indicó un final o un comienzo?
-Carlos Barral decía que somos gente "cuya legalidad histórica termina en 1968". Siempre me han exasperado esas aseveraciones tan contundentes. Mientras el dictador seguía vivo, la posguerra se prolongó. ¿O se creían que después del 68 nos podían escamotear las posibilidades de cambiar la vida, modificar la realidad? No lo creo: todavía era pronto para aceptar semejante capitulación. En 1968 algunos fogosos productos de la experiencia de la época empiezan a tener aspecto de caducados. Y es cierto que la utopía acaba traspapelándose en los consejos de administración. Se va trazando así el mapa de esa particular dicotomía entre apocalípticos e integrados, de la que hablaba Umberto Eco.
-¿En qué estado quedó la memoria de los españoles luego de la "historia sin culpables", como usted la llama en las últimas páginas de "La costumbre de vivir"?
-La "historia sin culpables" casi sigue siendo una consigna de la vida política española. Nuestra transición de la dictadura a la democracia fue un trámite de pusilánimes y ni siquiera se planteó la posibilidad de constituir un tribunal para juzgar a los responsables de cuarenta años de desmanes y represiones. Todavía se nota esa carencia. Es posible que España esté saliendo de un marasmo histórico. Pero aquí hay todavía un sedimento de inmovilismo, de intolerancia, que cuesta trabajo desarraigar. El franquismo permanece latente en muchos sectores de la vida española.
-¿Cree que ETA se relaciona con la herencia de Franco?
-Ese es un asunto muy complejo. Creo que ETA fue una secuela del franquismo, la más virulenta, y que hoy es un grupo independentista con mañas más o menos mafiosas y en plena decadencia. Creo que la única solución eficiente para esa clase de terrorismo es la negociación.
-¿Y qué hay del miedo actual en España? ¿Cuál es su anatomía?
-Estos miedos que pueden afectar hoy a los españoles provienen de una amenaza terrorista, o etarra o islamista, pero también hay otros fantasmas. Desde que decidimos abandonar la maldita guerra de Irak, la derecha no para de inventarse consecuencias tenebrosas. La historia no es que se repita, es que se obceca.
Por Silvia Hopenhayn
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=758689
Reflexiones del asesor de Václav Havel
El checo Jan Ruml dice que la diferencia entre Hugo Chávez y Fidel Castro no radica en que uno haya surgido de elecciones democráticas y el otro de una revolución: “Uno es un dictador con dinero y el otro es un dictador a secas”, sostiene.
Dice también que Néstor Kirchner es “el resultado de un compromiso entre los sectores pro Menem y los sectores pro Duhalde”, y que “no está bien que se alternen facciones del mismo movimiento en el gobierno argentino”, razón por la cual “es primordial que llegue una oposición de afuera”.
Desconfía del populismo: “No crea conciencia ciudadana”, señala. Y remite al yugo comunista bajo el cual creció y del cual se deshizo Checoslovaquia, su país, por medio de un proceso pacífico que cobró vuelo propio con el nombre de Revolución de Terciopelo.
De ella participó en forma activa Ruml, firmante, con Václav Havel, Jiri Dienstbier, Pavel Kohout y Michal Kocáb, entre otros intelectuales, de la Carta 77, documento a través del cual los disidentes checos y eslovacos expresaron en 1977 su rechazo al régimen.
En 1989, tras la apertura propiciada por la caída del Muro de Berlín, Ruml y otros apuraron la transición. El 10 de diciembre de ese año renunció el último presidente comunista, Gustav Husak, y asumió el cargo Havel. Eran las vísperas de la secesión entre checos y eslovacos, representados en las elecciones de 1990 por el Foro Cívico y el Foro Público Contra la Violencia, respectivamente.
Tras el final del régimen, Ruml tuvo a su cargo una empresa difícil: transformar el aparato de seguridad de su país. Durante seis años fue ministro del Interior. Luego, como parlamentario, llegó a ser vicepresidente del Senado de la República Checa. Su padre, Jiri Ruml, fue el último preso político del régimen comunista, después de haber sido miembro del partido.
"El proceso de transformación de Europa del Este se dio en forma casi simultánea con el final de las dictaduras militares en América latina -dice Ruml en una entrevista con LA NACION-. Ambos cambios han sido relativamente rápidos. En nuestro país quizás haya sido más rápido aún, porque estábamos bajo un sistema autoritario comunista que tenía bajo su control todas las propiedades. Había que devolverlas de inmediato al pueblo, así como había que establecer un Estado de Derecho y reformar la Constitución."
En su segunda visita a Buenos Aires, Ruml disertó en el seminario "Experiencia socialista y transiciones: 16 años de la caída del Muro de Berlín", organizado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo para América Latina (Cadal), dirigido por Gabriel Salvia. "En nuestros países se derrumbaron los regímenes totalitarios comunistas y las dictaduras militares -dice Ruml-. Fue derribado el símbolo. En América latina concentraron más la atención en el aspecto económico, no tanto en el político. Pero tengo la impresión de que tanto en Europa del Este como en América latina no hemos podido derribar otras murallas que son, en realidad, imaginarias."
-¿Imaginarias?
-Sí, están dentro de nuestra cabeza. Todavía no somos capaces de vivir democráticamente. Hay muchos prejuicios en nuestras sociedades. Esto es una prueba de que derribar una muralla física como el Muro de Berlín es fácil, pero superar el trauma es mucho más largo y complicado. Es verdad que vivimos en sociedades democráticas y pluralistas, pero debemos aprender a vivir en democracia. Eso lleva mucho tiempo.
-En América latina, la democracia tiene un fuerte componente electoral, como si sólo de votos se tratara.
-Los políticos viven de las elecciones, de cara a las elecciones. Por eso, siempre están apartando los problemas internos de su agenda. Piensan que ya vienen las próximas elecciones. Esto no responde a lo que piensa la gente, por supuesto. De ahí que sea tan importante que exista una prensa libre e independiente y que haya un desarrollo fuerte de la sociedad civil. Hay que comprometer a las personas en temas de interés público.
-El desinterés de la gente por la política, sin embargo, es directamente proporcional al interés de los políticos por espantarla de sus asuntos.
-La gente va a votar y después se desconecta de la política. Es cierto. Muchas veces, los nuevos gobiernos pueden ser legales, pero no son legítimos. Nuestros problemas, en la República Checa, son similares. Nos falta cultura política, tradición democrática...
-¿Cómo se hace para forjarla si, como sucedió en las últimas dos elecciones en la Argentina, no hay una oposición clara fuera del partido de gobierno?
-Es un problema que también tenemos en nuestro país. Es necesario que surja una generación más culta, más informada. Es necesario que los jóvenes se junten o se asocien en asociaciones civiles, que las personas que se ocupan de su orientación espiritual impartan clases en las universidades y hablen de temas que involucran a la sociedad.
-No parecen ser los jóvenes los más interesados en la política.
-En mis visitas a Uruguay, la Argentina, Chile, Costa Rica y la República Dominicana me he encontrado con varios representantes juveniles de partidos políticos. Por ejemplo, en la Argentina, estuve con jóvenes pertenecientes al Partido Justicialista. Veo que hay una gran esperanza para el pueblo argentino. En esas reuniones llegué a la conclusión de que son sensibles a la situación en Cuba, de que tienen mucho interés en trabajar en esa dirección y en formar conciencia en la sociedad sobre los derechos humanos.
-La paradoja es que tanto el actual gobierno argentino como el anterior, presidido por Duhalde, ambos justicialistas, han optado por no condenar al régimen de Castro en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.
-Esta región está llena de contradicciones y paradojas. Existe un gran argumento: los Estados Unidos. Veo que aquí Castro se ha convertido en una herramienta de la política interna de los países en su lucha contra los Estados Unidos.
-¿Qué diferencia ve entre Castro y Chávez?
-Sobre ese tema he hablado con varios políticos y entiendo, por lo que me han dicho, que Chávez es lo mismo que Castro. Castro es un dictador, pero no deja de ser un héroe para las personas. En cambio, Chávez va a ser sólo un dictador que tiene dinero. Es muy importante que la gente de América latina no se deje extorsionar por Chávez. No ofrece ninguna esperanza. Es mera manipulación política lo que está haciendo. Después de mi visita a América del Sur estoy convencido de que Chávez no tiene ninguna posibilidad en esta región. Después de dictaduras como la chilena, la argentina y la uruguaya, descarto que vuelvan a tener otro dictador.
-En sus comienzos, Fidel Castro tampoco prometía ser un dictador.
-Pienso que Castro se hubiera convertido, sí o sí, en un dictador, por un simple hecho: la ideología comunista es una utopía. Como no es una ideología natural del ser humano y a la gente no se la puede convencer de que siga algo así, debe ser obligada por la fuerza. Es decir, represión, persecución policial, un Estado policial, porque siempre hay gente que no quiere ese modelo. Yo viví 40 años bajo un régimen totalitario. Sé lo que es.
-¿Cómo se rebate un discurso de ese tipo cuando la democracia liberal tampoco cumple con las expectativas de la gente?
-Todo lo que Castro dice acerca de su sistema es mentira. Ese fue el mismo discurso que tenía nuestro dictador comunista en Checoslovaquia. Que todos iban a tener salud gratis. Que todos iban a tener educación gratis. Que todos iban a vivir bien. Además de todo, aseguraba que tenía mucho apoyo popular. Se daba, básicamente, por miedo a la represión. Si no apoyabas el régimen, podías perder tu trabajo o podías terminar en la cárcel. Tus hijos no podían estudiar. Había miedo.
-¿Cómo ve a Kirchner?
-El Partido Justicialista, más que un partido político, es un movimiento que tiene varias luchas internas. Kirchner es el resultado de un compromiso entre los sectores pro Menem y los sectores pro Duhalde. No está bien que se alternen facciones del mismo movimiento en el gobierno argentino. No estoy de acuerdo con eso. Es primordial que llegue una oposición de afuera que también esté presente en la política.
-¿Y si no llega?
-Estamos ante una situación similar en Europa. La gente presta atención a los populistas. Por ejemplo, en Polonia ganó la derecha, pero el presidente electo, Lech Kaczynski, es populista. Nuestro presidente checo, Václav Klaus, es populista. El populismo no crea conciencia ciudadana. Es importante, por ello, crear opinión pública.
-¿De quién depende?
-De una oposición con un programa claro de gobierno y con una visión clara de lo que quiere lograr, y con autoridad frente a algún movimiento. La crean también los periodistas, las universidades, la sociedad civil. Le doy un ejemplo: en 1998, en la República Checa, la izquierda y la derecha firmaron un pacto de estabilidad política. Decidieron que iban a controlar la televisión pública. Los trabajadores de la televisión pública iniciaron una huelga. Se produjo un escándalo tan grande que la gente salió a las calles a pelear por la libertad. Después de eso, nadie más se atrevió a controlar la televisión pública.
-Moraleja: para hacer una tortilla hay que romper huevos...
-Nosotros conocemos muy bien ese dicho [se ríe]. No sé si estamos en un momento así, de romper huevos. No podemos volver atrás. Romper huevos significaría hacer revoluciones. Tenemos que aprender a vivir en democracia de una vez por todas, en lugar de hacer revoluciones. Es muy complicado, lo sé. Tanto allá como acá, la gente vive encerrada en sus propios intereses. La gente, sin embargo, debe reflexionar en forma profunda sobre los temas importantes y debe tener modelos para seguir. En ese momento, pienso, caerán los últimos restos de los muros mentales que preservamos.
Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=756622
Opina el crítico literario Reich-Ranicki
BERLIN.– Desde hace décadas, Marcel Reich-Ranicki está considerado una institución de la vida cultural alemana. Es el crítico literario más popular, exitoso e influyente del país, y, al mismo tiempo, el más admirado y temido juez de la literatura de habla germana.
Con su estilo vehemente e irónico, polémico y provocador, se ha convertido en tema de discusión en las conversaciones sobre literatura. Ha salido en la tapa de la revista más vendida de Alemania. Es el protagonista de ingeniosas caricaturas y hasta el personaje central de más de una novela, como en el escandaloso caso de “Muerte de un crítico” (2002), cuyo autor, el prestigioso Martin Walser, llegó a ser tildado de antisemita por su historia de la desaparición de un crítico estrella, en obvia alusión a Reich-Ranicki.
Su vida semeja la historia de una novela. “Medio alemán, medio polaco y totalmente judío”, como él define su identidad, Marcel Reich nació en una pequeña localidad de Polonia, en 1920, de padre polaco y madre alemana. Creció y se formó en Berlín. Allí vivió desde los nueve años hasta 1938, cuando fue arrestado por su condición de judío y deportado por los nazis al gueto de Varsovia, donde sobrevivió al asesinato de toda su familia a manos de los alemanes.
Con el fin de la guerra, se afilió al comunismo. Más tarde fue espía y cónsul de Polonia en Londres, actuando bajo una nueva identidad con el apellido polaco Ranicki. Evitaba así su apellido original, que, además de recordar al Tercer Reich, "sonaba demasiado alemán y demasiado judío" para cumplir con esas funciones. A su regreso a Varsovia fue expulsado del Partido Comunista y encarcelado por "distanciamiento ideológico". Con esto terminó su breve participación en la vida política.
En 1958 se instaló en Alemania Federal y desde entonces fue crítico literario de importantes medios gráficos y radiales, entre otros los diarios Die Zeit y Frankfurter Allegemeine Zeitung (FAZ), donde ganó un renombre a la altura de los intelectuales más reconocidos del país. A partir de 1988 incorporó la popularidad que le brindó un exitoso ciclo de TV dedicado exclusivamente a la literatura alemana.
Más de 40 libros como autor y otros tantos como editor, más una gran cantidad de distinciones -entre otras, el Premio Europeo de la Cultura, en 2004-, dan testimonio de un reconocimiento inusual para alguien que dice no tener más profesión que la crítica literaria.
De su reciente autobiografía -convertida en un gran bestseller- se ha dicho con frecuencia que es una de las más apasionantes historias de vida del pasado siglo, a la vez que se le ha criticado la sorprendente mesura con que juzga al régimen nazi. En su último trabajo, una monumental edición de 50 volúmenes, Reich-Ranicki ofrece su personal selección de obras ejemplares agrupadas bajo el título de "Canon de la literatura alemana".
-¿Qué objeto tiene esta ambiciosa colección en forma de canon de la literatura alemana, en un continente que está asediado por la inmigración y que tiende a desdibujar sus fronteras culturales?
-Se trata de una ayuda para el público lector. En mi juventud hubiera necesitado alguna guía para orientar mis lecturas. No siempre la encontraba, ya que, como joven, uno no sabe exactamente qué escoger de la enorme masa de libros. Considero que estaba faltando esta suerte de canon de la literatura alemana. Comencé por criticar lo que se enseña en la escuela básica en Alemania, lo que se exige leer. Controlé los planes de estudios de todos los Länder (provincias) y llegué a la conclusión de que los contenidos son casi siempre excesivos y que se espera demasiado de los alumnos. Luego, la editorial Insel, una de las mejores firmas alemanas, me convocó para formar una biblioteca modelo, que comprende cinco partes: la primera, con 20 volúmenes de novelas (desde "Werther", de Goethe, hasta hoy); la segunda, con 10 volúmenes de cuentos; la tercera, de dramas; la cuarta, de poesía, desde los comienzos de la poesía alemana en el siglo X hasta hoy, la mayor parte, de Goethe, y, por último, una quinta parte, que saldrá en febrero, con ensayos, textos críticos y conversaciones. Este trabajo representa una obra cumbre a estas alturas de mi vida.
-Cuando se habla en Alemania de la necesidad de integrar al extranjero, ¿en qué público piensa usted para una obra de esta naturaleza?
-La cultura -la literatura, el teatro y la música- ha sido y será siempre un bien de minorías. Esas minorías pueden ser diferentes, un poco más amplias o más reducidas de acuerdo con cada época y lugar. Aunque la producción literaria, teatral y musical se dé de forma permanente, nunca saldrá de un círculo de minorías. Quizá podría decir que las minorías serán aun más reducidas.
-¿Cree que será posible integrar en esas minorías a los extranjeros que viven en Alemania, o aquellos grupos estarán siempre formados por intelectuales locales?
-Hay muchos extranjeros que viven en Alemania y que se interesan por la literatura alemana. Hay incluso extranjeros que han nacido aquí o que llegaron siendo todavía niños y escriben en alemán. Hasta hay premios para extranjeros que producen literatura en esta lengua. Por ejemplo, de Rusia han emigrado en los últimos años muchos judíos que hacen un importante aporte al país. Hay bastante producción literaria en manos de autores extranjeros. Esa gente aporta otros colores, otras voces y, desde luego, enriquece el panorama general.
-Usted ha tenido éxito con un programa de TV con el que consiguió una permanencia en el aire de una década y media y un alto nivel de audiencia. ¿Cómo logró convertir la literatura en un entretenimiento masivo en un medio cada vez más vulgar?
-El canal estatal de televisión ZDF me ofreció en su momento crear un programa dedicado con exclusividad a la literatura alemana. Acepté bajo la condición de que el programa estuviera estructurado como una discusión que en absoluto fuera interrumpida con números musicales, escenas de divertimento, publicidades ni ningún otro tipo de pavadas. El "Cuarteto literario", título de la emisión, fue concebido como una pura discusión entre los tres integrantes y yo como moderador, y ésa fue su fórmula para el éxito. La emisión duraba 75 minutos. Al comienzo, se pensó que no existiría público suficiente y que el proyecto terminaría muy pronto. Encontramos, para gran sorpresa de todo el mundo, un público y un éxito enormes. El programa terminó sólo después de 14 años, cuando yo ya no pude continuarlo más. Me significaba un esfuerzo enorme preparar cada emisión. Se leían demasiadas novelas. Por año eran comentadas 30 novelas, de modo que ¡imagínese usted el volumen que se debe leer para llegar a escoger 30 títulos! Mínimamente había que leer 60 novelas por temporada. Después de ese ciclo de 14 años necesité dedicarme a otros proyectos y el programa murió allí. Hasta el día en que hoy en la televisión alemana se extraña un programa de esas características.
-¿La gente espera propuestas de mayor calidad?
-Hay que hacer programas atractivos para lograr abrirle el apetito al televidente, pero estoy convencido de que existe, por parte del público, un interés muy fuerte en la literatura.
-¿Qué papel tiene el crítico en la posibilidad de hacer que esas minorías no lo sean tanto?
-El crítico cumple un rol importantísimo en la ampliación y en la divulgación de la literatura. No estoy muy feliz con la manera en que se desempeña la crítica literaria en la actualidad. Sólo de algunos medios se podría decir que desarrollan una crítica seria. El éxito de un libro depende, si bien no con exclusividad, sí en una gran parte de la crítica que reciba.
-Con la reunificación alemana ha ido cambiando la imagen que los alemanes tienen de sí mismos. ¿Se refleja en la literatura actual una revisión de la historia?
-En cierto modo... No existe duda de que la nueva generación se siente extraordinariamente atraída por el pasado de Alemania, por los crímenes alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y por el nacionalsocialismo. Muchos de los libros que aparecen tratan temas relacionados con el pasado reciente y existe un gran compromiso por parte de los jóvenes autores con estas temáticas.
-¿Qué tipo de planteo asumen los autores jóvenes?
-No siguen el ejemplo de la literatura moderna al estilo de Joyce, Proust o Kafka, sino el de la estructura típica de la novela de familia y las historias de generaciones, más al estilo de la novela de Thomas Mann, de "Los Buddenbrook", que ya tiene más de cien años de aparecida. La novela de familia es nuevamente lo moderno en la literatura alemana.
-¿Mann, ejemplo de lo moderno?
-Desde la muerte de Goethe hasta hoy, Mann ha sido uno de los máximos representantes de la prosa alemana. Hace cuarenta o cincuenta años estaba considerado un escritor de una época ya pasada, mientras que en este momento se trata de un autor de absoluta actualidad y vigencia, considerado un escritor influyente y del más alto nivel.
-Algunos escépticos han pronosticado el reemplazo y hasta la desaparición del libro impreso, así como del diario editado en papel, frente al avance de los medios electrónicos. ¿Qué futuro tiene el libro en el contexto de la comunicación actual?
-Lo primero que hay que decir es que el libro impreso encuentra verdaderamente un enorme número de seguidores. En Alemania, por ejemplo, la producción de literatura seria es gigantesca. La cantidad de libros que se imprimen y se venden es increíble. Si todos los libros son leídos en la misma proporción en que se compran, no lo sé concretamente, pero ya es muy significativo que el libro impreso, como objeto, siga encontrando su público propio.
Por Cecilia Scalisi
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=754694
Héctor Aguilar Camín
Por Laura Linares
De la Redacción de LA NACION
Escritor, periodista e historiador nacido en el luminoso Caribe mexicano (Chetumal, 1946), Héctor Aguilar Camín se ha sumergido en el relato de la política de su país apelando tanto al ensayo y a las columnas periodísticas, publicadas en medios como La Jornada, Unomasuno o la revista Nexos - que también dirigió-, como a la ficción, en novelas de amplia circulación ("Morir en el golfo", 1985; "La guerra de Galio", 1990, y la muy reciente "La conspiración de la fortuna", publicada en Buenos Aires por editorial Planeta).
En todos los casos, su discurso tiene la misma agudeza de mirada y la misma enfática facundia con la que habla ahora sobre la situación actual de México y del resto de América latina en la sala de un hotel porteño, durante una entrevista a su paso por esta ciudad para difundir su último libro de ficción. En "La conspiración...", Camín elige como argumento la trágica saga del ascenso y de la caída de Santos Rodríguez, un personaje detrás del cual puede leerse claramente el destino del ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari (1988-1994).
Su experiencia como observador le permite, en el correr de la conversación, destacar temas como los peligros y desafíos a los que se enfrenta la incipiente cultura democrática de las naciones latinoamericanas, donde "poco después de las euforias electorales, crecen los desencantos y las incertidumbres del proceso democratizador", por ser Estados "con su trama institucional débil y su ciudadanía de sustento todavía en formación".
A uno de los ámbitos relacionados con esta formación -que él bien conoce-, el de los medios de comunicación, lo describe como "el ágora, el gran espacio de la vida pública donde se forma la ciudadanía y también donde se crean o destruyen famas públicas y carreras políticas. Siempre ha sido así -admite-, pero ahora lo es más: no nos dicen qué pasó, dónde, quién lo hizo y quién lo ha informado. Nos dicen lo que se dice, no lo que sucede. Y un griterío como éste, sin rigor, acaba siendo tan desinformativo como el silencio amordazado".
-Entre lo que "se dice" está que usted ha sido amigo de la mayoría de los políticos más importantes de México.
-[Sonríe.] En realidad, soy algo así como un especialista en políticos que han dejado el poder.
-El narrador de su último libro es un veterano periodista que ha meditado mucho sobre el poder y la política en su país. Tanto, seguramente, como usted mismo.
-Es cierto que he estado mucho tiempo en medio del trabajo periodístico. Desde los años 70. Y por poco observador que sea uno, desde un periódico se pueden percibir con mayor cercanía las líneas de electricidad que se cruzan en los grupos políticos.
-En toda América latina hay un parentesco en los procedimientos básicos de la política. ¿Cuáles son los más persistentes?
-Lo que es muy parecido es algo que en el libro llamo "la república mafiosa". En el fondo, no consiste nada más que en la manera en que la política está atada, paso por paso, al uso y abuso de los dineros públicos. De esta manera, la política es un eslabón en el reparto de la riqueza pública bajo la forma de dinero tomado de sus arcas y repartido, directamente, como gasto público o como corrupción, coimas, etcétera. Cuando la época del proteccionismo, en México, tú podías hacer una verdadera fortuna con que un amigo en la Secretaría de Industria te diera permiso para ser el único que importara una cosa que se vendía muy cara y que era de baja calidad. Se hicieron fortunas enteras con eso. La república mafiosa ha sido, en principio, la de nuestros Estados grandes, proteccionistas, nacionalistas, con muchas empresas públicas, lo que es un espacio fantástico para alimentar clientelas, para repartir canonjías, para hacer "justicia social".
-¿No intervienen allí los sindicatos?
-Sí, los sindicatos se organizan y entonces tú, generosamente, les das mejoras en los contratos colectivos de trabajo y vas haciendo una especie de justicia social corporativa. Los trabajadores van teniendo mejores condiciones de vida, es cierto, pero pasadas dos décadas el contrato colectivo es un libro enorme, como el de los trabajadores petroleros mexicanos. Resultado final de la cuenta: un déficit público gigantesco y una crisis permanente de las finanzas públicas. Pero los políticos, que viven de eso, no saben hacer política si no es usando los dineros públicos como cemento para las lealtades, las clientelas corporativas, las clientelas partidistas. Eso sucede en todas partes, pero yo creo que en nuestros países éste ha sido el origen de buena parte de las catástrofes. Aparece un razonamiento torcido, que dice "este espacio, que es de todos, no es de nadie; entonces, yo me lo puedo quedar".
-¿Es algo que viene de nuestra historia común?
-Sí, lo es. Nuestros países, que eran monárquicos -estaban bajo la corona española-, de pronto derivaron en las autonomías: las independencias hispanoamericanas. Y fue, en conjunto, una gran fuga hacia adelante. No podías ser monárquico porque te habías peleado ya con España y porque no había monarcas que inventar aquí. Entonces tenías que ser republicano y democrático. Así fue como se fundaron repúblicas que, en la ley, en la Constitución, eran republicanas y democráticas, cuando la sociedad era más bien feudal, más bien monárquica, más bien organizada a través de fueros, de corporaciones. Desde entonces, el espacio que hay entre nuestras instituciones, nuestras leyes, y las prácticas, las costumbres reales de la sociedad, es muy grande. Es verdad que ahora somos naciones mucho más parecidas al molde fundador de la estructura democrática y republicana, pero todavía el espacio que hay entre nuestras instituciones y leyes y nuestras costumbres reales es amplio. Los políticos son, normalmente y en todos lados, las bisagras entre estas dos cosas, que al estar en nuestros países tan separadas les procuran un trabajo mayor; pero su autonomía también es grande y sus oportunidades de hacer las cosas mal crecen conforme crece la cantidad de problemas que están obligados a considerar.
-Y hay más rubros en los que intervienen...
-Claro, porque el otro aspecto es que somos sociedades poco desarrolladas económicamente. Mientras menos desarrollado es un país económicamente, más peso tiene el gobierno, más peso tienen las rentas públicas y las empresas del Estado. Ahora estaba leyendo un libro de Rodolfo Terragno, "La simulación". El hace la lista de las empresas públicas que tenía el gobierno argentino. Las aguas, las aerolíneas, el petróleo, el carbón, las comunicaciones, el teléfono, todo. Y bueno, esas empresas eran responsables, dice él, de la mitad del déficit público.
-¿El venderlas fue solución?
-No, claro. Las malvendieron.
-Después vinieron los 90 y quienes usted llama "los tecnócratas".
-Fue una oleada latinoamericana de los técnicos en economía que vinieron a hacer el salvamento de las grandes crisis de deuda, y la verdad es que las respuestas que le dieron a la situación... Pues, es alegable que fueron peores que los problemas que había antes. La verdad es que no hemos podido salir ni de la vieja estructura que condujo a la crisis de los 80 ni de las nuevas realidades que trajeron los tecnócratas con los proyectos neoliberales. Eso nos deja en una especie de parálisis: no puedes volver atrás, porque es ir contra la marea de la historia, pero tampoco puedes ir hacia adelante, con confianza, sobre las posibilidades del proyecto neoliberal. Y estamos en medio, sin avanzar con claridad hacia ningún rumbo.
-¿El vacío político?
- Claro: a quien ocupe el escenario y muestre una cierta presencia se lo tienen que agradecer. Como ocurrió aquí con Néstor Kirchner. Porque además coincide con que se estabiliza la economía, porque toca fondo. Sucede en todas las devaluaciones. Las economías van cayendo, de pronto tocan fondo y allí empiezan a aparecer ciertas ventajas con la devaluación. Se empieza a exportar, se activa el turismo, se estabiliza la moneda, al no haber incertidumbre acerca de cuánto vale. Todo el mundo se empobrece, pero una vez que topa, quedan otra vez estables los signos y vuelven la confianza y cierta certidumbre. Esa es una experiencia que nosotros hemos tenido cada seis años en los últimos treinta. Pero la toma de decisiones, con ser buena, no basta. Llenar el espacio político, como ha hecho el presidente Kirchner, no es resolver el problema del desarrollo de la Argentina, aunque es condición indispensable.
-¿Qué otras condiciones son imprescindibles para un gobierno exitoso?
-Las circunstancias que hacen a un gobierno exitoso son excepcionales y son también excepción en la historia. Un gobierno como el de Felipe González, en la España de los años ochenta, por ejemplo, reunió esas condiciones de excepción: una vocación real de modernizarse, un aliado sólido en la Unión Europea, un Estado que venía bien financiado en su cobro de impuestos, desde Franco, y que podía echarse a las espaldas la tarea de modernizar España con infraestructura, reparto de fondos autonómicos, inversión en salud, educación, etcétera. Se habla mucho del pacto político de La Moncloa. Se habla menos de que parte central de ese pacto fue un acuerdo nacional de no aumentar salarios, de no presionar políticamente a un Estado naciente que ya cobraba entonces más del 35% del PBI en impuestos. Al finalizar el gobierno de Felipe González, la carga fiscal en España era de poco más del 40% del producto nacional. En México es del 11,5% (más las utilidades petroleras) y en la Argentina, creo, del 14 o el 15%. No se puede tener un Estado modernizador, que requiere grandes inversiones públicas, siendo un Estado en cierto modo mendicante.
-¿Dónde ve usted una salida?
-El tema de la clase política con modernidad es fundamental. Implica que los políticos tengan una visión del mundo y una renuncia al pasado. El hecho de que lo que se llama en América latina "recetas neoliberales" no haya funcionado no quiere decir que sea posible volver a las recetas estatistas y populistas del pasado. Hay que inventar otra cosa, y eso requiere imaginación política y realismo económico: pragmatismo en la globalización. La ola de "izquierda" que recorre América latina es, en muchos aspectos, una vuelta al pasado que no se atreve a decir su nombre.
-¿A qué pragmatismo se refiere al hablar de globalización?
-A dirigirnos hacia donde más dan las corrientes mundiales del comercio, de la educación y de la tecnología. A buscar intencional y racionalmente una inserción razonable en lugar de resistirla.
-¿Es parte de una evolución natural?
-Absolutamente, porque, después de todo, eso ya viene de muy lejos. La conquista de América fue un primer proceso de globalización de un imperio español en el que las expansiones imperiales eran expansiones territoriales. Fue la primera gran expansión del, si se quiere llamarlo así, mercado mundial. Y de la verdadera globalización. Porque, por primera vez, quedó realmente en la cabeza de todos el mundo completo, físicamente. Después de eso no restó nada por explorar y por conocer. Luego, si das un salto y vas a la reforma borbónica acá, bueno, pues en toda América hubo la misma reestructuración de intendencias, que en gran medida es lo que hoy conocemos como países o como provincias de nuestros países. Es el que da el gran salto de modernización del comercio, de la agricultura, de la minería y de la hacienda pública, y comienzan a sacar realmente mucho dinero de lo que empiezan a llamar las colonias.
-¿Cómo las llamaban antes?
-Antes eran los reinos de ultramar. A partir de Carlos III son las colonias, a las que, junto con la modernización, les llega una exacción muy importante de recursos. Y luego, la independencia es otro gran momento de la globalización, porque proviene de la quiebra de la legitimidad de la corona española, que es resultado nada menos que de la expansión napoleónica y de la posrevolución francesa. El paso siguiente es el ascenso de los nuevos imperios, el inglés y el norteamericano del siglo XIX, y ahí ves a todos nuestros países lidiando con deudas inglesas leoninas. La primera deuda inglesa de Chile, por ejemplo, es una cosa tremenda. Les iban a prestar un millón de libras, pero el intermediario se llevó el cinco por ciento, otro se llevó el 18... Total, al final de la línea les entregaron 600.000 libras y debían un millón. Luego vienen los Estados Unidos de América. Hay crisis y auges muy globales.
-¿El mundo después de la Segunda Guerra Mundial?
-La posguerra es otra época muy parecida para todos nuestros países, la época de industrialización, de proteccionismo, de Estados fuertes y de prosperidad. También la época de los años 70: el gran bazar de los petrodólares: cuando nos vienen a regalar a todos los países una enorme disponibilidad de dólares, todos contraemos deudas y luego, a pagar. Y viene nuestra década perdida del 80, cuando, efectivamente, está agotado ese modelo estatista, dispendioso, y hay que hacer las cuentas. Y llegan los contadores y los liberalizadores, a los que tampoco les ha ido muy bien. De modo que estamos siempre con una modernización coja, que, sobre todo, no le trae beneficios a la gente. No acabamos de encontrar hacia dónde dirigirnos.
-¿Qué momentos de esta historia pueden esclarecer, para usted, situaciones actuales?
-Cuando fui invitado a Chile para un foro del bicentenario, me puse a leer sobre el tema de la independencia de nuestros países y me encontré con varias cosas que me parecieron lecciones posibles. La primera es que con la legitimidad no se juega. Así como Fernando VI jugó con la legitimidad de la corona y la hizo pedazos, nosotros podemos hacer pedazos nuestra democracia si le echamos mucha lumbre a la queja del desencanto de lo que no nos da la democracia. La segunda es que la independencia dio lugar a una enorme cantidad de gobiernos débiles. Más vale diseñar institucionalmente gobiernos democráticos que puedan constituir con facilidad mayorías gobernantes. Es fundamental. La tercera es que la violencia de las guerras de independencia fue catastrófica. Se dice que la violencia es la partera de la historia, pero es una partera idiota: arruina lo que viene bien y empeora lo que viene mal. La violencia como solución de problemas públicos es la más cara de todas las salidas.
-Y el tema de las haciendas públicas...
-La nuestra es la misma historia de déficit, de préstamos forzosos, de impuestos especiales, de confiscación a los enemigos. Puras medidas de emergencia. Una asignatura pendiente impresionante. Pero como eso no tiene épica, como es una cosa de contadores y de financistas, aparentemente, nadie le hace caso. Y otro asunto notable que nos involucra a todos es la construcción de nuestros nacionalismos, que se hacen con base en la exclusión de nuestra identidad española. Como las guerras de independencia son contra los peninsulares y contra los realistas, entonces los criollos tienen que inventarse una identidad que no incluye las raíces hispánicas. Eso da lugar a muchos de nuestros nacionalismos, bastante xenófobos, arbitrarios y artificiales. Ahora que ya no hay duda de que cada país es una nación, lo que se necesita es quitar un poco las barreras nacionales y buscar una cooperación mucho más seria, en el espíritu bolivariano. Hacer una nación de repúblicas, como él decía: "Que no vaya a ser que la independencia dé lugar sólo a una colección de gobiernitos y republiquetas".
-¿Es lo que somos?
-No exactamente, pero tenemos una ciudadanía a medio hacer y una institucionalidad democrática que es nuestra novedad, más que nuestra costumbre, y la única forma de que ésta se asiente es encuadrarla en un horizonte de consenso de modernización, con altas expectativas de bienestar colectivo. Me gusta citar a John Wormack en una frase que dice: "La democracia no produce por sí sola una forma decente de vivir. Son las formas decentes de vivir las que producen democracia".
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=752699
La visión del célebre ensayista búlgaro
PARIS.– “No soy un filósofo”, dice con voz suave y pausadamente el reconocido ensayista y lingüista Tzvetan Todorov en el café de la Contrescarpe. “Me apasiono por cuestiones de política, de moral, de sociedad, de interpretación de la historia… Filósofo es una gran palabra.”
Nacido en Bulgaria, en 1939, Todorov vino a París en 1963 para hacer un doctorado. “Bulgaria era un país que formaba parte del bloque comunista, atado a la política soviética… Un régimen totalitario. Pero no me exilié. Llegué a Francia como estudiante”, recuerda.
Todorov, para el que no existen los paraísos en la Tierra, dice tener varias vidas. La primera, durante su niñez, adolescencia y juventud, en Bulgaria. Luego, su vida parisiense, en la que mutó lentamente hasta adoptar las características de la vida francesa. Y esta segunda vida tuvo varias subdivisiones, como se ve en sus trabajos.
“Hasta 1980, todos mis escritos fueron sobre temas de literatura y lenguaje. Traduje al francés los textos de los formalistas rusos y formaba parte del movimiento estructuralista, en lo que concierne a los estudios literarios y a la teoría general del lenguaje y de los símbolos”, relata, y añade que poco a poco se fue produciendo un cambio en su persona.
“Un cambio en mi espíritu, relacionado con el hecho de que ya no vivía más en mi país de origen. En Bulgaria, ocuparse de la ideología o de todo lo que de cerca o de lejos se asemejaba a la ideología era una actividad peligrosa. O bien se vendía el alma y uno se sometía a las exigencias impuestas desde afuera o bien se ponía en peligro el alma porque se afirmaban cosas consideradas heréticas o inaceptables que podían llevar a la exclusión de la comunidad científica o de la comunidad, incluyendo la prisión."
Más de una década después de haber llegado a Francia, Todorov comenzó a reaccionar de diferente manera a su trabajo. Ya no necesitaba estar "alejado de toda interrogación sobre la ideología, sobre las consecuencias públicas y sociales, porque ya no vivía en una sociedad dictatorial y totalitaria, sino en una democracia en donde podía decir lo que quería".
Y escribir lo que quisiera? "Es una explicación un poco marxista la que daré, ya que fue mi condición de existencia lo que transformó mi pensamiento", sostiene Todorov entre sorbo y sorbo de un jugo de naranja.
Durante la hora de charla que mantuvo con LA NACION, Todorov explicó cómo encuentra un poco de amor cuando cocina y cómo, a pesar de su poco optimismo sobre un mañana mejor, aprovecha cada instante de su existencia para sentirse feliz y realizado.
-Cuando comprendió que podía escribir y pensar lo que quisiera, ¿qué fue lo que comenzó a llamar su atención?
-Ya no quería limitarme a la teoría de los textos, sino poner mi comprensión al servicio de una reflexión que concerniera a la vida común de la sociedad. Se me impusieron varios temas que estaban más bien vinculados con mi identidad. El primero fue la pluralidad de culturas, tema al cual todo exiliado es inevitablemente sensible. Era sensible a eso por mi propia experiencia, pero no sabía cómo abordarla en mi trabajo. Fue en un viaje a México donde encontré la forma: estudiar el encuentro excepcional que significó el primer siglo del descubrimiento de Colón. En "La conquista de América" hice un estudio de los escritos españoles e indios que describían la percepción del otro. Luego estudié la tradición francesa sobre esa temática en el libro "Nosotros y los otros". Fue una historia no totalmente cerrada en el período estudiado. Quería servirme de la historia de las ideas como un diálogo con el pasado para reflexionar sobre el presente. Este es uno de los grandes temas que continúan preocupándome. El segundo tema que se me impuso es la oposición entre totalitarismo y democracia. Intenté utilizar mis conocimientos sobre la historia europea para ponerlos al servicio de la comprensión del presente y de una reflexión moral, política y estética del presente. Los temas cambiaron desde entonces, pero de esta misma manera continúo abordando el mundo presente.
-Se fue acercando cada vez más al presente en sus temas de estudio?
-En los últimos años publiqué dos libros que son cada vez de más actualidad, "Memoria del mal, tentación del bien" y "El nuevo desorden mundial". Probablemente la próxima vez escriba sobre el día de ayer. [Se ríe.]
En "Memoria del mal, tentación del bien" reflexionó sobre los orígenes del totalitarismo. ¿Cómo lo explica en los tiempos modernos?
-El totalitarismo mutó de modo muy importante en la modernidad, desde fines del siglo XVIII, con las revoluciones en los Estados Unidos y en Francia. Cesó el sometimiento a la tradición, se dejó de considerar que son Dios o nuestros ancestros los que nos dictan nuestras maneras de conducirnos y, en cambio, se propuso, e incluso se impuso, que fueran los seres humanos los que decidieran sobre su propio destino. En el seno de esta mutación moderna, el totalitarismo creció como una forma extrema.
-Pero ¿cómo nació, con ideas que parecían de signo contrario?
-Nació de la nostalgia. El totalitarismo es un intento por restablecer características de la sociedad de ayer en un marco moderno y de someter nuevamente al individuo al grupo e imponer valores únicos a toda la sociedad. Es una especie de proyecto que hoy sabemos que es imposible y trágico. Evidentemente, esta expresión quería corregir los "defectos" de la modernidad. La modernidad tiene defectos: en democracia no vivimos obligatoriamente felices, pero descubrimos con las amargas experiencias totalitarias que el remedio de imponer por la fuerza estas soluciones es un remedio peor que el mal. La democracia no trae soluciones, pero el nazismo, el comunismo y las dictaduras son aún peores que el mal del que nos querían curar.
-¿Cree en la democracia como panacea?
-No es una respuesta universal: para demostrarlo, están las guerras europeas de fines del siglo XX, que se produjeron fuera del sistema totalitario. Las estudié a la luz de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki: de cierta manera, creo que es la continuidad de una misma línea, que me parece muy peligrosa y que la guerra de Irak ilustró nuevamente. Es una perversión del espíritu de la democracia, pero no por ello es totalitarismo. En el horizonte del corto y mediano plazo, que es el lapso que podemos abarcar, no veo qué alternativa global puede sustituir al régimen democrático.
-¿La democracia sufre perversiones?
-La democracia se basa en la idea de igualdad de derechos de todos sus miembros, pero sabemos que, en cualquier país, la igualdad ante la ley no es verdaderamente respetada, ni la igualdad entre los hombres y las mujeres ni la igualdad entre la gente de color diferente, etcétera. Son desigualdades sociales, cosas contra las cuales es indispensable luchar todos los días. Podríamos analizar todas las ideas generales de la democracia y veríamos que se puede llegar mucho más lejos de lo que llegamos. Soy consciente de que la democracia puede ser pervertida.
-¿Se puede imponer la democracia?
-Este intento de imponer el bien a los otros por la fuerza no produce los resultados esperados. Basta con mirar los casos de Afganistán o de Irak. Es claro que no se instauró la democracia, aunque haya sido el objetivo declarado, y hoy se está, quizá, más lejos de lo que se estaba hace diez años. Pero hay otros problemas, para los cuales no conocemos soluciones. Uno de los problemas estructurales de la democracia es el olvido de los fines y la sacralización de los medios. Cuando uno se ubica en una perspectiva histórica se ve ese gran cambio en la sociedad antigua. La finalidad, el fin, estaba siempre más allá del mundo humano y terrestre. Había que actuar bien para ser dignos de un ideal que nos transmitía una tradición inmemorial, que se decía inspirada directamente por Dios y los profetas.
-Desde un punto de vista histórico, ¿cuándo se sacralizaron los medios?
-La revolución de la modernidad consistió en sustituir la búsqueda de la finalidad divina por otra totalmente humana. Como se dijo mucho en el siglo XVIII, la felicidad sustituyó a la salvación. De la vida de un buen cristiano, se dejó de lado la salvación y se quiso afirmar el derecho de los hombres y mujeres a la felicidad. Y no sólo a través de lo material, porque el dinero no es suficiente para hacer la felicidad. La felicidad nace de cierta relación humana, de un tipo de inserción del individuo en su entorno humano.
-Según su opinión, ¿hoy estamos perdiendo de vista los fines?
-Hacemos las cosas simplemente porque controlamos muy bien los medios. Por ejemplo, la economía: es un medio para producir riqueza, pero no debería ser sólo para producir riqueza, sino para hacer que los seres humanos fueran más felices y estuvieran más satisfechos con sus vidas. Sin embargo, muy a menudo lo observamos, queremos que haya crecimiento por el crecimiento mismo, desarrollo por el desarrollo mismo, todo para que la economía sea aún más eficiente. Pero olvidamos preguntarnos para qué. Hacemos gran cantidad de cosas sin tener en cuenta el efecto que tendrán. La comprensión científica se convirtió en una finalidad en sí. ¿Para qué ir a Marte? ¿No hay una mejor finalidad humana para la utilización de los medios? Es un problema inherente a toda vida en democracia esa tendencia a sustituir el desarrollo de los medios en detrimento de los fines.
-Quizá sea la ambición de superarse a uno mismo, ese deseo humano de buscar la perfección...
-En Rusia, se enviaba a la gente al gulag para "producir hombres nuevos". En Alemania se buscó lo mismo, pero con la selección natural -casamientos entre arios- o la selección artificial, aunque esta palabra tomó un sentido siniestro, porque se llamó así a la exterminación de todos los débiles, los viejos, los enfermos, que fueron enviados a los campos de concentración. Hoy prevalece ese sueño, que no puede ser realidad, de eliminar las imperfecciones del ser humano modificando su genoma, pero es un proyecto peligroso. Esta ideología no es aceptable ni defendible.
-¿Cree que la sociedad evoluciona sin rumbo?
-La sociedad no está a la deriva, pero pienso que jamás viviremos en un paraíso. No hay que hacerse ilusiones. Es lo que sostengo en mis libros. Montaigne afirma que esta imperfección es constitutiva de la condición humana, porque así estamos hechos. Necesitamos a los otros, pero los otros no se pliegan a nuestros deseos. Por lo tanto, la violencia nos tienta, para imponer nuestros deseos. Disponemos de cierta libertad que nos distingue de todo el resto del mundo vivo, tenemos una gran libertad con respecto a nuestro código genético o a nuestra naturaleza, pero esta libertad puede conducirnos tanto a la generosidad como a la perversión. Las sociedades están hechas de grupos con intereses contradictorios y no se puede satisfacer a todos al mismo tiempo...
-¿Cuál es la sociedad ideal, entonces?
-Una buena sociedad es la que sabe aprovechar los compromisos entre intereses contradictorios. Si renunciamos a esa visión del paraíso terrestre, que era la que estaba detrás de la política totalitaria, porque soñaba con construir el paraíso terrestre, aunque se renunciara a esa visión, sería indispensable que fuéramos conscientes de los peligros que socavan nuestra existencia.
-En "Memoria del mal, tentación del bien", subrayó que no puede haber ideales verdaderos o falsos, sino únicamente más o menos elevados. ¿Puede haber ideales malos?
-Por supuesto que sí. Por ejemplo, el ideal de producir el paraíso terrenal puede parecer magnífico, porque se desea que todo sea perfecto y todos vivan en la felicidad, pero en realidad es un ideal mortal. Lo aprendimos a la fuerza. Comprendimos que el ideal democrático, que es mucho menos excitante que la perfección del paraíso, es digno de respeto y hay que defenderlo.
-¿Cree que, buenos o malos, hay ideales en nuestra época?
-No creo que la sociedad ya no tenga más ideales. La humanidad no puede vivir sin ideales. Si no tuviera más ideales, habría habido una mutación de la especie. Hay momentos de ceguera e inconsciencia, pero uno se puede despertar de esos momentos. Lo que se llamó la politización de la juventud no era maravilloso. Yo lo viví cuando tenía veinte años. Había mucha simplificación, muchos dogmatismos. No era una época ideal. En la época actual se da más importancia a la búsqueda individual de una vida mejor, más bella. Me parece legítimo y corresponde a la democracia. La democracia no ofrece la plenitud a sus ciudadanos. Tener buena seguridad social no lo hace a uno feliz. Tener una jubilación decente no hace que uno se sienta realizado. La democracia es eso: asegurar la jubilación, una buena cobertura médica, buenas condiciones de trabajo, etcétera. Pero ¿y una vez que se obtuvo eso? Era un medio y no un objetivo en la vida.
-¿Y cuál es su objetivo?
-Lo que se quiere es sentirse realizado; es poder decir que tengo una vida llena de riqueza, feliz, porque amo a los seres humanos que admiro, porque me siento amado, porque escribí las obras que quería escribir, o construí los muros que quería construir, si fuera albañil. Son voces individuales que tienden a la realización personal, y creo que en democracia esas voces son privilegiadas. No hay que menospreciarlas, porque no creo en el mañana perfecto. Todas esas imágenes que alimentaron la primera mitad del siglo XX, en donde se prometía que con un golpe de varita mágica todo se resolvería, no las creo. Más bien creo que cada uno puede trabajar para hacer que su vida sea más satisfactoria.
-Muchos encuentran en la religión ese camino a la realización personal?
-Lo religioso se convirtió hoy en una experiencia individual, una entre otras. Hoy no vivimos en un marco dado por la Iglesia. Sin embargo, un individuo puede encontrar su consumación interior en una experiencia religiosa, pero otro la puede lograr en el amor a la pintura o la música, o en el jardín de infantes al que va todos los días para trabajar con niños.
-¿Esa es su filosofía de vida?
-Consiste justamente en hacer el elogio de lo cotidiano, en buscar en la vida común, en la vida diaria, lo que puede embellecerla, hacerla digna de ser vivida.
-¿Y lo encuentra?
-Intento que mi vida sea tan rica como sea posible, aun en el simple hecho de cocinar. Es una acción que da sentido, porque la comida se hace para los otros, se comparte con los otros, es un don, es una obra efímera que desaparece de la noche a la mañana, es una obra para recomenzar todos los días...
Por Patricio Arana
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=750752
Lo dijo Elie Wiesel, Nobel de la Paz 1983
NUEVA YORK.– ¿Adónde se guarda un premio Nobel?
–Bueno..., no sé. Mi mujer, haciendo orden, debe de haber metido el diploma en algún ropero.
–¿Y la medalla?
–Mmm, bueno..., no sé. En otro ropero, supongo.
Elie Wiesel se pone visiblemente incómodo con las preguntas. Al premio Nobel de la Paz de 1983, distinguido con la medalla a la Libertad de los Estados Unidos, la Gran Cruz de la Legión de Honor Francesa y ganador del premio Medicis a las letras, evidentemente no le gusta ninguna mención de sus logros ni honores. En su despacho del Upper East Side neoyorquino hay libros, libros y más libros –principalmente, en hebreo y en francés– invadiendo cada rincón.
Pero no hay ni una foto con los personajes de la política y la cultura que lo suelen frecuentar, ningún afiche de la presentación de sus novelas, diploma o recuerdo de nada que interrumpa la decoración, llamativamente espartana. Salvo por una imagen en blanco y negro de la casa en Transilvania, donde nació y vivió antes de ser enviado con su familia a Auschwitz.
Su sencillez es tal que en la llamada para pedir la entrevista, él mismo atendió el teléfono y se presentó con humor como “el secretario de mi secretario". Y a pesar de ser ciudadano norteamericano -si bien, literalmente, "por accidente", ya que después de un gravísimo choque con un taxi en Times Square pidió la residencia, al estar físicamente imposibilitado de salir del país cuando se le venció el permiso- mantiene algo de galán del Viejo Mundo. Al retirarme de su oficina, insiste en acompañarme y, personalmente, abrir y cerrar las puertas del ascensor antes de que siquiera pueda pensar en hacerlo el portero. Y nada de dar la mano, sino, por supuesto, el beso "continental" en ambas mejillas.
Con una profusión de disculpas, Wiesel cada tanto debe interrumpir la charla para atender llamadas urgentes desde Israel. De cada una, Wiesel, que estudió filosofía en La Sorbona y actualmente es profesor en la Universidad de Boston, retorna preocupado, pero con ilusión. "Estoy más lleno de esperanzas que nunca de que pueda haber paz entre palestinos e israelíes -dice el autor de la aclamada novela «Noche»-. Antes había un serio obstáculo: Arafat. Pocos días antes de ser asesinado, yo estaba comiendo con Rabin y él me dijo: «En un principio, fue la solución; ahora es el problema. Ese hombre es totalmente corrupto». La actual dirigencia palestina parecería, en cambio, dispuesta a aprender de los errores pasados. Pero para que el capítulo de Gaza pueda cerrarse mirando al futuro me parece que hace falta algún gesto de su parte, y hasta ahora no lo vi."
-¿Por ejemplo?
-A los judíos. El rey Salomón nos ordenó no regocijarnos cuando cae el enemigo. No sé si el Corán sugiere lo mismo, pero cuando en 1992 los misiles de Saddam Hussein cayeron sobre Tel Aviv algunos palestinos se pusieron a bailar en las calles y los techos de sus casas. Yo los vi: yo estaba en Jerusalén. Lo mismo pasó cada vez que un ataque suicida acababa con la vida de civiles en colectivos y restaurantes. Y es lo que estamos volviendo a ver en Gaza. Imaginemos que en vez de organizar marchas con milicias de enmascarados, ametralladoras en mano, disparando al aire y atacando sinagogas, los palestinos hubiesen elegido celebrar con orgullo y alegría, pero con respeto. Si el presidente Abbas y sus seguidores los hubieran exhortado a la moderación y a un poquito de comprensión hacia los judíos que se iban llorando, hubieran ganado una admiración mundial increíble. Quizás algunos puedan decirme que cuando los palestinos lloraban por la pérdida de sus hogares pocos israelíes se conmovieron. Es posible. Pero, ¿a cuántos israelíes alguien vio celebrándolo?
-¿Qué opina de la evacuación en sí?
-Desde un punto de vista militar, fue un éxito. Por eso y por su valiente decisión de buscar un futuro de paz, aun con el tremendo costo político presente, el primer ministro Sharon merece ser elogiado y apoyado. Es increíble que un hombre con su pasado militar, en el que tuvo que luchar tanto por el territorio, sea el que decida entregarlo. Prueba que Israel quiere, y siempre quiso, la paz. Aun así, algunas de las imágenes que se vieron en la televisión eran tan duras que eran difíciles de soportar. No nos olvidemos: éstos son hombres y mujeres que vivieron allí 38 años. Sucesivos gobiernos, de todo el espectro político, los incitaron a establecerse allí. A los ojos de sus familias, eran pioneros cuyo idealismo debía ser celebrado. Y ahora debieron abandonarlo todo, sus posesiones materiales, pero también sus recuerdos, sus vidas, los muertos de sus cementerios. Algunos se comportaron de manera ofensiva, insultando y agrediendo a los soldados. Pero la mayor parte respondió con una enorme dignidad: con lágrimas. Como unidos en la misma gran congoja, soldados y evacuados lloraban juntos. Ojalá que del otro lado respondan con el mismo deseo de hacer sacrificios en pos de la paz.
-Sin embargo, la crítica feroz contra Israel no parecería disminuir. ¿A qué lo atribuye?
-Lo más duro para mí es que la crítica despiadada, que incluso compara a Israel con la Alemania nazi, venga de la extrema izquierda. El origen de este nuevo antisemitismo puede encontrarse en la primera intifada, durante la cual muchos periodistas y analistas perdieron todo control al narrar lo que pasaba. Es cierto, ver a unos chiquitos armados con piedras enfrentando a unos tanques es un espectáculo deliberado que hipnotiza a cualquiera. Pero siempre resulta más fácil criticar a los soldados que a los padres que mandan a sus hijos a la línea de fuego. Además, dado el antiamericanismo imperante, el apoyo de Estados Unidos irrita a muchos. Si a esto sumamos el factor religioso y todo lo que implica un Estado judío, el cóctel es previsiblemente explosivo.
-¿Es la desesperación la causa de la pobreza y la opresión la causa del terrorismo?
-La pobreza y la opresión deben ser combatidas a escala mundial. De eso no hay duda. Pero no hay que olvidar que la mayor parte de los terroristas del 11 de Septiembre pertenecían a familias pudientes. Ni qué hablar del mismísimo Ben Laden. Por otro lado, hablar de desesperación cuando se elige la muerte no para morir sino para matar, y encima a civiles, no parece lo más lógico.
-Después de su paso por los campos de concentración usted no escribió nada en diez años. ¿Podría contarnos la célebre historia de cómo tomó la pluma?
-Bueno, creo que el silencio puede ser un testimonio en sí, y yo quería que mis palabras, si salían, fueran las correctas. Yo era un joven periodista en París y quería una entrevista con el primer ministro, que era judío, Mendez France. Su maestro era el gran escritor católico François Mauriac y me acerqué con la intención de pedirle que intercediera por mí. Eso llevó a largas conversaciones con Mauriac, un hombre de enorme integridad y honestidad. Pero sólo hablaba de Jesús. Por ejemplo, si yo le sacaba el tema de Mendez France me decía: "Está sufriendo como Jesús". En un momento del cual no dejo de arrepentirme no aguanté más y le dije, descortés por primera vez en mi vida: "Basta del sufrimiento de Jesús. Yo he visto en los campos de concentración chicos, miles de chicos judíos sufriendo así, y de eso no hablamos". Y me fui. Mauriac salió corriendo tras de mí, llorando como jamás vi a un hombre llorar. Me sentía un criminal: él no lo merecía, había sido un miembro de la Resistencia. Nos quedamos un largo rato, él llorando desconsolado y yo envuelto en mi remordimiento, hasta que al final me dijo: "Sabes, quizá sí deberías hablar de ello". Y así empecé a escribir mi narrativa. En cuanto fue traducida del idish al francés, inmediatamente se la mandé. Fuimos íntimos, los más grandes amigos, hasta su muerte.
-La primera versión, en idish, de su célebre "Noche" fue publicada en la Argentina antes que en ningún otro lado, ¿verdad?
-Sí, esas cosas raras que pasan, totalmente por accidente. Yo estaba, en realidad, en un barco camino a Brasil, con un grupo de refugiados judíos a quienes no se dejaba desembarcar, y sobre los que estaba haciendo un reportaje como periodista. Pero la verdad es que durante el cruce del Atlántico finalmente me había puesto a escribir mis recuerdos de los años que pasé en el campo de concentración. Casi no había salido del camarote. En la escala en Buenos Aires subieron a visitarme a bordo una prima y su marido, una cantante en idish amiga de amigos y Mark Turkov, un editor de libros de temas judíos. Como me había vuelto una especie de vocero de los refugiados, compartí con él mi preocupación por su futuro. Estaban enfermos y exhaustos y nadie los dejaba desembarcar. Mientras hablábamos, Turkov vio que tenía un manuscrito, del cual nunca me separaba, y preguntó qué era. Se lo conté a grandes rasgos, y también le dije que estaba sin terminar. "Dámelo igual. Si es bueno, lo voy a publicar", me dijo. Yo no podía entender cómo un editor podría estar interesado en los tristes recuerdos de alguien que apenas había conocido en un barco, rodeado de refugiados a los que nadie quería, pero se la di igual. Era mi única copia, pero él se comprometió a enviármela a París, fuese o no rechazada por la editorial.
-¿Y entonces?
-Bueno, respecto a los refugiados, las comunidades judías sudamericanas movieron cielo y tierra y finalmente pudieron desembarcar en San Pablo. Y para fin de año recibí de Buenos Aires la primera copia impresa de mi testimonio, que era mucho más largo que lo que terminó siendo "Noche" y entonces se llamaba "Y el mundo se quedó callado". Turkov mantuvo su palabra, ¡excepto que nunca me mandó el manuscrito original de vuelta a París!
-En una entrevista con la revista Time dijo que entonces "El diario de Anna Frank" era lo más profundo que la gente quería aventurarse en la oscuridad. ¿Tanto le costó luego publicar su libro en Estados Unidos y Europa?
-Sí, y a pesar del apoyo de Mauriac, que era el escritor más famoso de Europa y que personalmente lo llevó de editor en editor. La gente no quería hablar del Holocausto entonces, me decían que nadie quería escuchar esas historias. Al final, una editorial pequeña, pero valiente, en Francia, y otra parecida en Estados Unidos lo tomaron. Pero en los tres primeros años no llegué a vender más de 1500 copias. Escuché decir que Borges escribió notitas de agradecimiento a cada una de las personas que habían comprado su primer libro. Yo podría haber hecho lo mismo.
-¿Y hoy sigue las noticias de la Argentina?
-Ya muy poco. Me parece que, al menos en temas de derechos humanos, la cosa está significativamente mejor y hay casos más urgentes a los que les presto atención. Yo iba, por ejemplo, cuando Timerman estaba detenido, para intentar entrevistarlo y hacer esfuerzos diplomáticos para su liberación, porque me parecía un caso muy importante. Pero hoy mi gran conexión con la Argentina es a través de Borges, al que no me canso de releer. Lo conocí personalmente. Estuve con él un par de veces en conferencias internacionales en las que ambos éramos invitados. Le tengo una enorme admiración. Sobre todo, las cosas bien cortas que escribió me parecen cada vez más brillantes.
-¿Le resultó muy difícil pasar de periodista a escritor?
-No, porque, finalmente, siempre se trata de palabras. Como periodista, ya hace muchos años que no hago nada, pero se extraña eso de sentirse tan cerca del centro neurálgico de la historia contemporánea. Y hay un misterio que nunca pude entender. Como periodista, uno tiene que escribir de temas muy complejos, condensarlos y ponerlos de manera entendible, muy, muy rápido, porque el cierre es sagrado. Y, de alguna manera, los textos salen. Cuando pasé a ser escritor, mi mayor sorpresa fue que uno pasa meses escribiendo algo, repensándolo. Pero en vez de ser lo que uno podría haber escrito como periodista, aunque mucho mejor y más cuidado, en general a uno no lo satisface y termina en el papelero.
-Hablando de palabras, a usted se le adjudica haber usado por primera vez el término "Holocausto" para hablar del exterminio nazi.
-Sí, pero no es que haya sido una decisión consciente. Estaba trabajando en un ensayo sobre el sacrificio bíblico y por accidente comencé a explorar todas las implicaciones de la palabra "holocausto" y su conexión con una palabra en hebreo que suena parecido, "ola", que hace referencia a una ofrenda quemada. Pero es una palabra que no uso más. De pronto todo se volvió el Holocausto: está completamente trivializado. Hasta escuché cierta vez a un relator de béisbol referirse como un "holocausto" a la manera en la que había perdido un equipo. Holocausto se aplica a los seis millones de judíos asesinados en la Segunda Guerra. Incluso durante el conflicto en los Balcanes, escuché a periodistas hablar de "los holocaustos de Bosnia y Auschwitz". Fui a Bosnia. Fue terrible y me puse a trabajar con todo mi ser para ayudar en todo lo que podía. Pero yo estuve en Auschwitz: el Holocausto fue otra cosa.
-Con todo lo que vivió, ¿es optimista respecto al futuro?
-Si pienso en mí mismo, no. Pero si pienso en los chicos, aun en mis propios alumnos, no tengo el derecho de ser pesimista. Merecen no sólo un mensaje de esperanza, sino que todos trabajemos para concretar un mundo mejor.
-¿Y sigue tomando taxis en Nueva York?
-¡Claro! Todo Manhattan está muy cercano a mi corazón. Cuando yo tenía el status de apátrida, conseguir los papeles en el consulado francés para volver a París fue imposible, con una enorme burocracia. Años más tarde, durante el gobierno de Mitterrand, me ofrecieron ser francés, pero decliné. Cuando necesité un pasaporte, el único país que me lo dio fue Estados Unidos. Y respecto a los taxis, mi accidente fue que me pisó uno cuando yo cruzaba la calle. ¡Así que vivo arriba de ellos! Lo peligroso de los taxis neoyorquinos no es estar adentro, sino afuera de ellos.
Por Juana Libedinsky
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=748738
Fue una etapa brillante, dice el historiador
PARIS.– Discípulos y colegas llaman al francés Jacques Le Goff “el ogro historiador”. Es una referencia al desaparecido Marc Bloch, cofundador de l’Ecole des Annales, quien afirmaba que un buen historiador “se parece al ogro de la leyenda: allí donde huele carne humana, sabe que está su presa”.
De un ogro, Jacques Le Goff tiene la estatura y el apetito. También tiene una insaciable curiosidad que lo llevó a transformarse en una referencia mundial sobre la historia de la Edad Media, período al cual el hombre contemporáneo le debe muchas de sus conquistas, dice.
A los 82 años, Jacques Le Goff sigue trabajando, a pesar de la profunda tristeza que le provocó la reciente muerte de su esposa –después de casi 60 años de vida en común– y de una caída que desde 2003 lo mantiene recluido en su departamento de París.
Con cualquiera de sus libros –tantos que podrían formar una biblioteca– todo lector se siente inteligente y erudito.
Aún más que sus condiscípulos George Duby, Emmanuel Le Roy Ladurie y François Furet, Le Goff recurrió a todas las disciplinas para estudiar la vida cotidiana, las mentalidades y los sueños de la Edad Media: antropología, etnología, arqueología, psicología? Sus obras mezclan conocimiento y perspectivas. Con ellas es posible introducirse en un medioevo fascinante, donde se estudiaba y se enseñaba a Aristóteles, Averroes y Avicenas, las ciudades comenzaban a forjarse una idea de la belleza y los burgueses financiaban catedrales que inspirarían a Gropius, Gaudi y Niemeyer. En esa Edad Media masculina, la mujer era respetada, las prostitutas, bien tratadas y hasta desposadas, y solía suceder que las jovencitas aprendieran a leer y a escribir.
-Los historiadores no consiguen ponerse de acuerdo sobre la cronología de la Edad Media. ¿Cuál es la correcta, a su juicio?
-Es verdad que no todos los historiadores coinciden en esa cronología. Para mí, la primera de sus etapas comienza en el siglo IV y termina en el VIII. Es el período de las invasiones, de la instalación de los bárbaros en el antiguo imperio romano occidental y de la expansión del cristianismo. Déjeme subrayar que Europa debe su cultura a la Iglesia. Sobre todo, a San Jerónimo, cuya traducción latina de la Biblia se impuso durante todo el medioevo, y a San Agustín, el más grande de los profesores de la época.
-Usted, gran anticlerical, jamás deja de destacar el papel de la Iglesia en los mayores logros de la Edad Media.
-¡Pero no es necesario ser un ferviente creyente para hablar bien de la Iglesia! También soy un convencido partidario del laicismo: principio admirable, establecido por el mismo Jesús cuando dijo: "Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Pero, volviendo a la cronología, la segunda etapa está delimitada por el período carolingio, del siglo VIII al X.
-El imperio de Carlomagno fue, para muchos, el primer intento verdadero de construcción europea?
-Falso. En realidad se trató del primer intento abortado de construcción europea. Un intento pervertido por la visión "nacionalista" de Carlomagno y su patriotismo franco. En vez de mirar al futuro, Carlomagno miraba hacia atrás, hacia el imperio romano. La Europa de Carlos V, de Napoleón y de Hitler fueron también proyectos antieuropeos. Ninguno de ellos buscaba la unidad continental en la diversidad. Todos perseguían un sueño imperial.
-Usted escribió que a partir del año 1000 apareció una Europa soñada y potencial, en la cual el mundo monástico tendría un papel social y cultural fundamental.
-Así es. Una nueva Europa llena de promesas, con la entrada del mundo eslavo en la cristiandad y la recuperación de la península hispánica, que estaba en manos de los musulmanes. Al desarrollo económico, factor de progreso, se asoció una intensa energía colectiva, religiosa y psicológica, así como un importante movimiento de paz promovido por la Iglesia. El mundo feudal occidental se puso en marcha entre los siglos XI y XII. Esa fue la Europa de la tierra, de la agricultura y de los campesinos. La vida se organizaba entre la señoría, el pueblo y la parroquia. Pero también entraron en escena las órdenes religiosas militares, debido a las Cruzadas y a las peregrinaciones que transformarían la imagen de la cristiandad. Entre los siglos XIII y XV, fue el turno de una Europa suntuosa de las universidades y las catedrales góticas.
-En todo caso, para usted, la Edad Media fue todo lo contrario del oscurantismo.
-Aquellos que hablan de oscurantismo no han comprendido nada. Esa es una idea falsa, legado del Siglo de las Luces y de los románticos. La era moderna nació en el medioevo. El combate por la laicidad del siglo XIX contribuyó a legitimar la idea de que la Edad Media, profundamente religiosa, era oscurantista. La verdad es que la Edad Media fue una época de fe, apasionada por la búsqueda de la razón. A ella le debemos el Estado, la nación, la ciudad, la universidad, los derechos del individuo, la emancipación de la mujer, la conciencia, la organización de la guerra, el molino, la máquina, la brújula, la hora, el libro, el purgatorio, la confesión, el tenedor, las sábanas y hasta la Revolución Francesa.
-Pero la Revolución Francesa fue en 1789. ¿No se considera que la Edad Media terminó con la llegada del Renacimiento, en el siglo XV?
-Para comprender verdaderamente el pasado, es necesario tener en cuenta que los hechos son sólo la espuma de la historia. Lo importante son los procesos subyacentes. Para mí, el humanismo no esperó la llegada del Renacimiento: ya existía en la Edad Media. Como existían también los principios que generaron la Revolución Francesa. Y hasta la Revolución Industrial. La verdad es que nuestras sociedades hiperdesarrolladas siguen estando profundamente influidas por estructuras nacidas en el medioevo.
-¿Por ejemplo?
-Tomemos el ejemplo de la conciencia. En 1215, el IV Concilio de Latran tomó decisiones que marcaron para siempre la evolución de nuestras sociedades. Entre ellas, instituyó la confesión obligatoria. Lo que después se llamó "examen de conciencia" contribuyó a liberar la palabra, pero también la ficción. Hasta ese momento, los parroquianos se reunían y confesaban públicamente que habían robado, matado o engañado a su mujer. Ahora se trataba de contar su vida espiritual, en secreto, a un sacerdote. Tanto para mí como para el filósofo Michel Foucault, ese momento fue esencial para el desarrollo de la introspección, que es una característica de la sociedad occidental. No hace falta que le haga notar que bastaría con hacer girar un confesionario para que se transformara en el diván de un psicoanalista.
-Usted habla de emancipación de la mujer en la Edad Media. ¿Pero aquella no fue una época de profunda misoginia?
-Eso dicen y, naturalmente, hay que poner las cosas en perspectiva. Yo sostengo, sin embargo, que se trató de una época de promoción de la mujer. Un ejemplo bastaría: el culto a la Virgen María. ¿Qué es lo que el cristianismo medieval inventó, entre otras cosas? La Santísima Trinidad, que, como los Tres Mosqueteros, eran, en realidad, cuatro: Dios, Jesús, el Espíritu Santo y María, madre de Dios. Convengamos en que no se puede pedir mucho más a una religión que fue capaz de dar estatus divino a una mujer. Pero también está el matrimonio: en 1215, la Iglesia exigió el consentimiento de la mujer, así como el del hombre, para unirlos en matrimonio. El hombre medieval no era tan misógino como se pretende.
-La invención del purgatorio, a mediados del siglo XII, parece haber sido también uno de los momentos clave para el desarrollo de nuestras sociedades actuales.
-Así es. Curiosamente, lo que comenzó como un intento suplementario de control por parte de la Iglesia, concluyó permitiendo el desarrollo de la economía occidental tal como la practicamos en nuestros días.
-¿Cómo es eso?
-La invención del purgatorio se produjo en el momento de transición entre una Edad Media relativamente libre y un medioevo extremadamente rígido. En el siglo XII comenzó a instalarse la noción de cristiandad, que permitiría avanzar, pero también excluir y perseguir: a los herejes, los judíos, los homosexuales, los leprosos, los locos... Pero, como siempre sucedió en la Edad Media, cada vez que se hacían sentir las rigideces de la época los hombres conseguían inventar la forma de atenuarlas. Así, la invención de un espacio intermedio entre el cielo y el infierno, entre la condena eterna y la salvación, permitió a Occidente salir del maniqueísmo del bien y del mal absolutos. Podríamos decir también que, inventando el purgatorio, los hombres medievales se apoderaron del más allá, que hasta entonces estaba exclusivamente en manos de Dios. Ahora era la Iglesia la que decía qué categorías de pecadores podrían pagar sus culpas en ese espacio intermedio y lograr la salvación. Una toma de poder que, por ejemplo, permitiría a los usureros escapar al infierno y hacer avanzar la economía. También serían salvados de este modo los fornicadores.
-Pero hasta la aparición del sistema bancario reglamentado, en el siglo XVIII, tanto la Iglesia como las monarquías sobrevivieron gracias a los usureros. ¿Por qué condenarlos al infierno?
-Porque así lo establecían las escrituras, como en la mayoría de las religiones. En el universo cristiano medieval, la usura era un doble robo: contra el prójimo, a quien el usurero despojaba de parte de su bien, pero, sobre todo, contra Dios, porque el interés de un préstamo sólo es posible a través del tiempo. Y como el tiempo en el medioevo sólo pertenecía a Dios, comprar tiempo era robarle a Dios. Sin embargo, el usurero fue indispensable a partir del siglo XI, con el renacimiento de la economía monetaria. La sed de dinero era tan grande que hubo que recurrir a los prestamistas. Entonces la escolástica logró hallarles justificaciones. Surgió así el concepto de mecenas. También se aceptó que prestar dinero era un riesgo y que era normal que engendrara un beneficio. En todo caso, y sólo para los prestamistas considerados "de buena fe", el purgatorio resultó un buen negocio.
-La Edad Media también inventó el concepto de guerra justa, vigente hasta nuestros días, como lo demostraron los debates en la ONU sobre la guerra en Irak. Curioso, ya que el cristianismo es portador de un ideal de paz. Hasta se podría decir que es antimilitarista.
-Es verdad. Ordenándole a Pedro que enfundara su espada, Cristo dijo: "Quien a hierro mate, a hierro morirá". Los primeros grandes teóricos cristianos latinos eran pacifistas. Pero todo cambió a partir del siglo IV, cuando el cristianismo se transformó en religión de Estado.
-En otras palabras, los cristianos se vieron obligados a cristianizar la guerra.
-En esa tarea tendrá un papel fundamental San Agustín, el gran pedagogo cristiano. Para él, la guerra es una consecuencia del pecado original. Como éste existirá hasta el fin de los tiempos, la guerra también existirá por siempre. San Agustín propuso, entonces, imponer límites a esa guerra. En vez de erradicarla, decidió confinarla, someterla a reglas. La primera de esas reglas es que sólo es legítima la guerra declarada por una persona autorizada por Dios. En la Edad Media, era el príncipe. Hoy es el Estado, el poder público. La segunda regla es que una guerra es justa sólo cuando no persigue la conquista. En otras palabras: las armas sólo se toman en defensa propia o para reparar una injusticia. Esas reglas siguen perfectamente vigentes en nuestros días.
-¿Se podría decir que el hombre medieval trataba de preservar la cristiandad de todo aquello que amenazaba su equilibrio?
-Constantemente. Déjeme evocar como ejemplo el que para mí fue el aspecto más negativo de la época: la condena absoluta del placer sexual, simbolizado por el llamado "pecado de la carne". La alta Edad Media asumió las prohibiciones del Antiguo Testamento. Desde entonces, el cuerpo fue diabolizado, a pesar de algunas excepciones, como Santo Tomás de Aquino, para quien era lícito el placer en el acto amoroso. Frente a la opresión moral, la sociedad medieval reaccionó con la risa, la comedia y la ironía. El universo medieval fue un mundo de música y de cantos, promovió el órgano e inventó la polifonía.
-Hace un momento hizo referencia a los fornicadores que tuvieron un lugar en el purgatorio. ¿Cómo fue esto posible en una época de tanta represión sexual?
-Hay una anécdota que ilustra perfectamente la dualidad medieval. El rey Luis IX de Francia, que después sería canonizado como San Luis, tenía una vitalidad sexual desbordante. En los períodos en que las relaciones carnales eran lícitas (fuera de las fiestas religiosas), el monarca no se contentaba con reunirse con su esposa por las noches. También lo hacía durante el día. Esto irritaba mucho a su madre, Blanca de Castilla, que en cuanto se enteraba de que su hijo estaba con la reina intentaba introducirse en la habitación para poner fin a sus efusiones. Luis IX decidió entonces poner un guardián ante su puerta, que debía prevenirlo y darle tiempo de disimular su desenfreno. Ese hombre lleno de ardor tuvo once hijos y cuando partió a la Cruzada, en 1248, llevó a su mujer, a fin de no privarse de sus placeres sexuales. ¡No imaginará usted que la Iglesia podía enviar a San Luis a arder en el fuego eterno del infierno!
-¿También podríamos decir que la Edad Media inventó el concepto de Occidente?
-La palabra "Occidente" no me gusta. Pronunciada por los occidentales, tiene un contenido de soberbia para el resto del planeta.
-Pero entonces, ¿cómo definir, por ejemplo, a América, heredera de Europa?
-América ha dejado de ser la heredera de Europa. Lo fue hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando tanto Estados Unidos como el resto del continente dejaron de tener al hombre como centro de sus preocupaciones.
-Usted es un apasionado estudioso de la imaginación colectiva de la Edad Media. ¿Por qué eso es tan importante?
-Felizmente, las nuevas generaciones de historiadores siguen cada vez más esa tendencia. La imaginación colectiva se construye y se nutre de leyendas, de mitos. Se la podría definir como el sistema de sueños de una sociedad, de una civilización. Un sistema capaz de transformar la realidad en apasionadas imágenes mentales. Y esto es fundamental para comprender los procesos históricos. La historia se hace con hombres de carne y hueso, con sus sueños, sus creencias y sus necesidades cotidianas.
-¿Y cómo era esa imaginación medieval?
-Estaba constituida por un mundo sin fronteras entre lo real y lo fantástico, entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo terrenal y lo celestial, entre la realidad y la fantasía. Si bien los cimientos medievales de Europa subsistieron, sus héroes y leyendas fueron olvidados durante el Siglo de las Luces. El romanticismo los resucitó, cantando las leyendas doradas de la Edad Media. Hoy asistimos a un segundo renacimiento gracias a dos inventos del siglo XX: el cine y las historietas. El medioevo vuelve a estar de moda con "Harry Potter", "La guerra de las galaxias" y los videojuegos. En realidad, la Edad Media tiene una gran deuda con Hollywood. Y viceversa. Pensé alguna vez que provocaría un escándalo afirmando que el medioevo se había prolongado hasta la Revolución Industrial. La verdad es que ha llegado hasta nuestros días.
-¿Se podría decir entonces que seguimos viviendo en la Edad Media?
-Sí. Pero esto quiere decir todo lo contrario de que estamos en una época de hordas salvajes, ignorantes e incultas, sumergidos en pleno oscurantismo. Estamos en la Edad Media porque de ella heredamos la ciudad, las universidades, nuestros sistemas de pensamiento, el amor por el conocimiento y la cortesía. Aunque, pensándolo bien, esto último bien podría estar en vías de extinción.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=746748
Habla un laico que gravita en el Vaticano
El uruguayo Guzmán Carriquiry es –después del vocero del Papa– el hombre que, sin ser sacerdote, ocupa en el Vaticano el cargo de mayor jerarquía. Es subsecretario del Consejo Pontificio de Laicos de la Santa Sede y conferencista habitual en las asambleas de obispos latinoamericanos.
En diálogo con LA NACION, Carriquiry admitió la existencia de una “subcultura gay” en los seminarios estadounidenses y dijo que “tapar este tipo de situaciones” es un error de las autoridades de la Iglesia y no una estrategia. Afirmó, además, que en América latina está en juego el destino de toda la catolicidad.
Autor de varios ensayos sobre la historia latinoamericana, Carriquiry afirma que su interpretación de la realidad es “indiscutiblemente católica”. Pero aclara: “Católico en el sentido del que todo lo abraza y valoriza dentro de un amplio horizonte de sentido”.
El funcionario del Vaticano se define como “un mercosureño latinoamericano que tiene la suerte de trabajar en el centro mundial de la catolicidad desde hace más de 30 años”. Visitó el país para participar de la Semana de Pastoral Social, en La Plata, y presentar junto al ministro Roberto Lavagna y al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, el último libro de Carriquiry, "Una apuesta por América Latina".
Carriquiry propone repensar la situación y el futuro de América latina después de que una serie de esquemas de lectura, como la sociología de la modernización, la teoría de la dependencia y la teología de la liberación, "demostraron su inadecuación y parcialidad".
Advierte que su hipótesis de investigación es que la fe en Cristo genera criterios de lectura realistas y razonables para comprender mejor la realidad latinoamericana. "Rechazar esta hipótesis a priori sería irracional, sería ideológico, porque toda hipótesis tiene que ser criticada según sus resultados", aseveró.
-En su libro, admite que en los seminarios de Estados Unidos anidó una subcultura gay. ¿Qué consecuencias tiene esto?
-Trato el tema de los Estados Unidos porque se transformó en una situación dramática, de imprevisibles consecuencias, que explotó en los años 90, cuando el catolicismo norteamericano daba muchas muestras de gran vitalidad. Más allá de los graves errores de gestión eclesiástica en estos temas.
-¿Qué tipo de errores?
-Haber tratado de tapar estas situaciones en forma muy pragmática y muy indebida. Esto se vive en los Estados Unidos como resaca de los años 70. En esa época, la Iglesia era llamada a nacionalizarse -una iglesia que durante mucho tiempo fue considerada ajena a la tradición nacional estadounidense- cuando estallaban la cultura hippie, la liberación sexual y los movimientos feministas radicales. La Iglesia quedó conmovida por ese impacto impresionante y muchos sectores eclesiásticos se dejaron asimilar por él. En medio de la confusión de esa cultura neoburguesa, libertina, una subcultura gay anidó en los seminarios, con los resultados que después hemos visto en la evolución del catolicismo en los Estados Unidos. Sobre esto no faltan los fariseos que se rasgan las vestiduras. Muchas veces se trata de propugnadores de la cultura pansexualista ultraliberal, pero se rasgan las vestiduras sin considerar que en la Iglesia llevamos el más precioso tesoro en vasijas de barro, que lo ensucian. Somos todos pobres pecadores reconciliados por la gracia de Dios. Pero hay quienes se aprovechan de situaciones para manifestar el odio contra la Iglesia. En los Estados Unidos, las consecuencias fueron sumamente serias y graves: quiebras de diócesis enteras y también una exigente purificación en el seno de la iglesia.
-¿Por qué se refiere sólo a EE. UU.? ¿No hay casos similares en América latina?
-¡Pero si vamos a hacer una búsqueda ansiosa de nuestros pecados, podríamos hacer elencos muy grandes! Estos problemas se plantean en forma mucho más minoritaria y marginal dentro de la Iglesia Católica de lo que se dan en otros ámbitos de la convivencia social. De todas maneras, en la Iglesia hemos aprendido a sufrir el mal, a sufrir por nuestros pecados y miserias. Pero no nos escandalizamos: eso sí sería farisaico. Estamos siempre necesitados de conversión y por eso en toda celebración eucarística empezamos por el "yo pecador" y pidiendo piedad al Señor.
-¿Por qué considera crucial el momento actual de América latina?
-La situación de América latina es crucial, porque tiene que redefinir sus paradigmas de desarrollo. Modelos y estrategias seguidos demostraron sus límites y fracasos. Se agotaron los modelos estatistas y se resquebrajaron las alternativas neoliberales a ultranza. Junto con ello, se plantea lo que Perón llamaba la continentalización o regionalización y Henry Kissinger llama la configuración de los Estados continentales. Se plantea, como exigencia ineludible, la integración regional a través de la reconstitución del Mercosur y la necesaria configuración de la Unión Sudamericana. Esto exige que América latina enfrente los dinamismos actuales de mundialización y globalización para renegociar su lugar con los grandes megamercados y poderes de este mundo, como los Estados Unidos y la Unión Europea. Se deben intensificar, además, los vínculos Sur-Sur y las negociaciones multilaterales en el seno de la Organización Mundial del Comercio.
-¿Vislumbra riegos de volver a la violencia en los países latinoamericanos?
-O América latina sigue nuevos paradigmas de desarrollo o corremos el riesgo de vivir sólo de modernizaciones reflejas, periódicamente sobresaltadas por ciclos de depresión y de violencia. Los nuevos paradigmas de desarrollo deben asegurar un crecimiento autosostenido de más del cinco por ciento anual. Hay que incorporar a la educación y a la vida pública de las naciones a vastos sectores marginales y combatir la pobreza, el desempleo y la desigualdad social. Tenemos en este continente el triste récord de registrar las mayores desigualdades sociales del mundo. Esta es la alternativa crucial que se plantea para América latina. Puede darse un camino virtuoso o un despeñadero hacia el abismo. Puede crecer e insertarse en el mundo que emerge a inicios de siglo o puede quedar cada vez más marginal y enredada en sus círculos viciosos... Nada está totalmente adquirido en este continente. Está todo en juego.
-¿Estamos más cerca de una opción o de otra?
-Los latinoamericanos muchas veces nos presentamos con un gran elenco de denuncias y de lamentos, pero sobre eso no se construye, sino que se suscitan sólo desahogos miserables.
-En el libro usted dice: ni denuncias ni utopías.
-Efectivamente. Tampoco utopías, porque desembocan en infiernos reales o en charlatanerías.
-¿Qué es lo positivo sobre lo que se debe construir?
-Que, no obstante la crisis que se vivió en América latina entre 1997 y 2002, sus países parecen haber reemprendido el camino con una fuerte persistencia de su tejido democrático. Crisis no tan devastadoras en otros tiempos hacían que el tejido democrático de América latina diera lugar a momentos tumultuosos de difícil definición. Por otra parte, América latina ha reemprendido un camino de crecimiento -está arriba del cinco por ciento anual, que tiene que ser persistente para generar frutos- y todo parece indicar que continuará así. También hay conciencia de que ese crecimiento, por sí solo, no logra responder a las necesidades de vastos sectores empobrecidos de nuestros pueblos y de que no basta confiar sólo en las políticas del Estado o en las dinámicas del mercado. Se requieren nuevas sinergias entre Estado, mercado y sociedad civil. Otro aspecto positivo es el de la integración regional. Por más que el eje fundamental de desarrollo e integración, el eje argentino-brasileño, se encuentre bloqueado, sabemos que no hay alternativa que no sea la reconstrucción política, institucional y macroeconómica del Mercosur. Todos estos signos prometedores son los que hay que profundizar.
-¿Cómo describe el nuevo orden religioso que mencionó antes?
-Basta con mirar lo que está sucediendo en el nivel mundial. En los años 60 y 70 del siglo pasado, la tradición iluminista sostenía que la modernización y el progreso de las naciones iban a llevar a una disminución de la influencia de lo religioso en la vida de las personas. Eso ha sido totalmente desmentido en los hechos. La crisis de la modernidad iluminista y racionalista y de sus utopías de ateísmo mesiánico han dejado un enorme vacío. La dimensión religiosa de las personas y los pueblos ha emergido a través de manifestaciones variadísimas. Por una parte, hay movimientos de revitalización dentro de la grandes tradiciones religiosas, y también tentaciones fundamentalistas y sectarias. Por otro lado, emergen diversas formas de irracionalidad de lo religioso a través del resurgimiento de formas ocultistas, neognósticas, esotéricas, como complemento de alma de un cientismo... una tecnología que pretende guiarse por los simples criterios de factibilidad y no por el bien de lo humano. Juan Pablo II decía que cuanto más toca a fondo el proceso de secularización de los pueblos, más emerge en el corazón de las personas y pueblos el sentido religioso. Es decir, los anhelos y exigencias irreprimibles de verdad, de sentido de la vida, de significado de la realidad, de felicidad, de justicia, de belleza y, en última instancia, de amor que constituyen el corazón del hombre y la auténtica cultura de los pueblos.
-En los años 60 y 70 la Iglesia impulsó el compromiso de los laicos en la política. ¿Cuál es hoy su responsabilidad?
-La misión de los laicos pasa por su condición de constructores de la sociedad. Este es un tema capital. Pero es inútil poner la carreta delante de los bueyes. Es inútil sacar las consecuencias morales, sociales y políticas de la fe presuponiendo esa fe en forma descontada y, a veces, irreal. Lo fundamental es recomenzar siempre desde lo que es el capital: el corazón de la persona. Quizás un cierto repliegue de los laicos fue provocado por la crisis de muchos sectores que se comprometieron en el nivel político, sindical o popular y que fueron, de alguna manera, arrastrados por las altas mareas ideológicas de hiperpolitización de los años 70. Eran momentos en los que muchas certezas dentro de la Iglesia parecían tambalear, con crisis de identidad y tantas tragedias. Como reacción, se concentraron en actividades de servicio de las comunidades cristianas. Para la Iglesia es un desafío acompañar a nuevas generaciones de cristianos laicos. El sustantivo es "cristiano". "Laico" es una modalidad de vivir el cristianismo en el mundo. Impresiona un cierto ausentismo por parte de muchos de los que se confiesan cristianos y están comprometidos en la vida política y para los cuales el cristianismo profesado parece que no aportara nada a los compromisos asumidos.
-¿La fe no incide en la vida?
-Sí. El testimonio de los cristianos es comunicar el encuentro con Jesucristo, que les cambia la vida en alegría, en humanidad.
-Entonces, ¿por un lado hay un resurgimiento religioso y, por el otro, los cristianos no viven según la fe que profesan?
-El resurgimiento religioso es evidente, pero no está dicho que esto lleve necesariamente a un resurgimiento cristiano, católico. Esta nueva demanda religiosa tiene que encontrar testigos de Cristo que demuestren con la propia vida una nueva inteligencia de los problemas que plantea la realidad. Ese es el camino por donde el sentimiento religioso encuentra el rostro de Dios y la verdadera libertad y dignidad de lo humano. Esta es la tarea capital. De alguna manera, el destino de nuestros pueblos y el de la Iglesia Católica están profundamente imbricados, al menos para las próximas décadas. Si la tradición católica, a través de un intenso proceso de educación en la fe, no se transforma cada vez más en un auténtico crecimiento en la humanidad de nuestra gente, apto para enfrentar las grandes tareas históricas, perderán nuestros pueblos y se perderá lo católico en nuestros pueblos. Hay una responsabilidad católica enorme respecto del destino de nuestros pueblos. El hecho de que el 50% de los católicos esté en América latina implica que está en juego, en cierta medida, el destino de la catolicidad entera. Esa responsabilidad exige que la Iglesia ponga su total confianza ante todo en la gracia de Cristo, porque son tareas históricas que parecen desbordar totalmente las posibilidades de cualquier tipo de acción. Hay que volver siempre a comenzar por rehacer la vida de los cristianos desde la gracia de Cristo.
Por Silvina Premat
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=744693
Opina el psiquiatra y político irlandés
Como presidente de la Internacional Liberal, lord John Alderdice sabe que tiene pares de otras tendencias. Es decir, foros que agrupan a partidos conservadores y socialistas, entre otros. “Nunca supe de la existencia de una internacional populista”, repone, irónico. De ahí que no conciba que algunos gobiernos (latinoamericanos, en su mayoría) actúen por “los sentimientos de la gente, no por una agenda política”. ¿El resultado? “De la promesa a la frustración hay un paso”, recita.
Alderdice, miembro del Alliance Party (Partido Alianza), de Irlanda del Norte, representa al este de Belfast en la Cámara de los Lores, en la cual forma parte de la bancada de los liberales democráticos.
Ha invertido buena parte de su carrera en el proceso de paz y reconciliación con el IRA. Sus esfuerzos fueron distinguidos con el premio Harriman del Nacional Democratic Institute (Instituto Nacional Demócrata), de Washington DC, el mismo que recibieron el ex presidente norteamericano Bill Clinton y otros líderes políticos.
“Lo que el presidente venezolano, Hugo Chávez, llama neoliberalismo no es liberalismo –dice durante una entrevista con LA NACION Alderdice, médico psiquiatra nacido en Irlanda del Norte–. En América latina no hubo una agenda liberal. La agenda aplicada no contempló la defensa del medio ambiente ni creó mejores condiciones de vida para la gente. Chávez generaliza y hace creer a la gente que eso fue liberalismo."
En su primera visita a la Argentina y Brasil, organizada por la Fundación Friedrich Naumann, de Alemania, Alderdice procura no emitir juicios sobre el gobierno de Néstor Kirchner ("Eso es para los argentinos, no para los extranjeros", se excusa), pero confiesa: "La principal razón de mi presencia en el país ha sido dar algún apoyo a Ricardo López Murphy y estrechar vínculos entre los liberales de aquí y de otras partes del mundo".
-¿López Murphy sí es liberal?
-Sí, tenemos conversaciones frecuentes sobre estos asuntos. Estoy convencido de que defiende nuestros principios. Muchas veces la gente se describe a sí misma como liberal, pero no forma parte, necesariamente, de la Internacional Liberal.
-En la Argentina, así como en toda América latina, muchas veces se confunden los liberales con los conservadores.
-Eso me preocupa. En América latina no son bien entendidos los liberales. En especial, algunos de los valores liberales. El liberalismo compete a la gente común. Tiene que ver con sus vidas y con el desarrollo. A veces, el mensaje de los liberales no parece conveniente. Por ejemplo: nosotros hablamos de libre comercio y la gente piensa en grandes negocios. La idea es que la gente común pueda hacer negocios en compañías pequeñas, no fomentar las grandes corporaciones internacionales.
-Tanto se habló de libre comercio en los años 90 que se confundieron los términos.
-Exacto. La gente vio el libre comercio sólo en términos de privatizaciones de grandes compañías y, en verdad, si bien son importantes las grandes compañías, pueden formar carteles o monopolios que perjudiquen el libre comercio. En Europa, las grandes compañías ponen barreras al libre comercio. Nuestra intención es darle libertad a la mayoría de la gente. Si esa gente no tiene educación, no puede competir en el mercado libre. La educación, entonces, es la base del liberalismo. Hay quienes dicen que si uno no tiene dinero no puede tener educación. Es falso. La educación es la mejor inversión en el país.
-¿De qué valen instituciones concebidas sobre la base de constituciones nacionales de corte liberal si los presupuestos no contemplan ese ítem, precisamente?
-Si uno lee la Constitución de la Unión Soviética, verá que era muy liberal, pero no podríamos decir que ese grupo de naciones era liberal. Si tenemos libertad para viajar, para hacer negocios, alguno tendrá que ver que la educación y la salud son más importantes que las regulaciones para cuidar el medio ambiente y protegernos de los monopolios. La gente tiene derecho a creer en ello.
-¿En qué piensa usted que cree el gobierno argentino?
-No tengo una opinión particular sobre su agenda política. Como liberal, yo abogo por los derechos de todos los partidos. Lo que es importante es la transparencia y que la gente confíe en las instituciones del Estado. Son los argentinos los que deben decir si los principios son equivocados o no.
-En el exterior, muchos dicen que no entienden el rumbo de Kirchner.
-En diferentes partes del mundo, sobre todo en América latina, hay gobiernos populistas que tienen la tendencia de prometer a la gente lo que quiere, pero no están en condiciones de cumplirlo. Chocan con la realidad. Eso pasa en Francia, en donde el gobierno ha sido un gran empleador que garantiza beneficios.
-En su primer período, Tony Blair también prometía mucho.
-Absolutamente. El gobierno británico ha prometido cosas que no estaba en condiciones de cumplir. Y hoy mucha gente en el Reino Unido se ha vuelto escéptica por ello y critica la política exterior.
-¿Qué condiciones debe reunir un gobierno para ser liberal?
-En los Estados Unidos, cuando alguien dice que es liberal no faltan quienes piensen que es comunista. La primera condición es la libertad. Es la oportunidad de la gente de controlar sus vidas y sus negocios. No hay posibilidad de hacerlo si no están resueltos aspectos tan importantes como la educación y la salud. Un liberal está muy comprometido con los derechos humanos.
-En América latina, esa bandera fue más de la izquierda que de los liberales.
-Si uno mira el resto del mundo, advertirá que los liberales son los más perseguidos por las dictaduras militares. Ser liberal es estar en la izquierda sin ser socialista. Los derechos humanos son una bandera liberal desde el momento en que una persona se siente libre si sus derechos son protegidos. La palabra "liberal" tiene que ver con la dignidad de todos los seres humanos. El pensamiento liberal no está sólo en los papeles, sino en la pasión de la gente por construir una sociedad mejor. No me sorprende que en América latina pase eso, sobre todo, porque no se entiende qué es el liberalismo.
-¿Es liberal el Partido Demócrata de los Estados Unidos?
-No particularmente. La relación con los Estados Unidos es difícil, porque hay algunos valores que compartimos. Yo estuve trabajando con el presidente Clinton en el proceso de paz de Irlanda de Norte y en otros procesos, como el de Medio Oriente. Clinton tiene una gran sensibilidad para entender a las comunidades divididas. Después de muchos años de luchar contra el terrorismo con medidas de seguridad, hemos llegado a la conclusión de que se trata de un tópico político.
-¿Qué lecciones dejó ese proceso frente al desafío aún mayor que plantea el terrorismo de origen islámico?
-Que tenemos que dar seguridad a la gente, pero también debemos entender cuál es el problema. No es una cuestión económica. Puede usarse como excusa.
-¿Excusa para integrar esos grupos?
-Exacto. Hay algo que no funciona si los jóvenes tratan con ese tipo de gente. Cuando estuve trabajando en eso, muchos me dijeron que no se sentían respetados. Comencé a descubrir que el factor común de la violencia no es la economía, sino la falta de respeto, de dignidad. Eso pasa con los islámicos. El punto es que la dignidad y el respeto son la forma de negociar con ese tipo de violencia.
-Es la queja de los palestinos.
-Cuando uno pasa los puestos fronterizos en Israel, no necesita ser pobre para sentirse enfadado con el trato. Esa gente se siente humillada y eso la enfada. No se trata de si tienen dinero o no, sino de cómo se sienten. Como liberal me preocupo por la psicología de la gente o porque, precisamente, el respeto al individuo hace a su dignidad.
-¿El Che Guevara tiene más simpatizantes que Adam Smith?
-Algo de eso hay. Si veo que hago poner tan rabiosa a la gente, debo saber cuáles son los motivos. Y trabajar con ellos. Hay que persuadir con respeto a las instituciones. Después podremos discutir y no coincidir. Es posible hacerlo desde la política. Nunca habrá acuerdo entre todos, pero es una forma.
-La política de George W. Bush tampoco es pasión de multitudes...
-Bush no es un liberal. No estoy contento con lo que pasó en Afganistán. Teníamos un problema con Al-Qaeda y el régimen talibán. Pero en Irak, la estrategia fue equivocada. Los liberales democráticos en el Reino Unido no queríamos a Saddam Hussein y queríamos una democracia en Irak, así como en Medio Oriente, pero bombardear no fue lo mejor. Y eso va cada vez peor. Fuimos los únicos en oponernos a la guerra.
-Toda guerra responde a una apelación a los sentimientos de la gente, no a una agenda política.
-En el Reino Unido hay tres cosas que nos han hecho fuertes a los liberales democráticos: primero, hicimos entender a la gente que nuestra agenda tiene propuestas prácticas sobre el ejercicio de la libertad; segundo, hemos demostrado que estamos interesados en la gente común y que queremos mejores servicios; tercero, unimos a las fuerzas liberales porque terminamos entendiendo que no podíamos seguir divididos. En la Argentina también deberían estar juntos,
-¿Por qué no usan el nombre Partido Liberal, en lugar de Partido Alianza, liberales democráticos u otros de fantasía, como Recrear?
-Las elecciones son una oportunidad para pensar en la política, no en los políticos. Creo que en América latina la gente piensa más en los políticos que en la política.
-Después de los atentados en los Estados Unidos, España y el Reino Unido, así como en otros países, supongo que las restricciones a las libertades representan un gran desafío para ustedes.
-Seguro. Yo crecí en Irlanda del Norte, donde durante cuarenta años tuvimos terrorismo. Hay algunas medidas que pueden ayudar y otras que no. Si son claras para todos, serán efectivas contra el terrorismo. Pero hay un montón de medidas tontas. Lo inconveniente, por ejemplo, es la necesidad de llevar documentos de identidad. Los terroristas del 11 de septiembre y del 7 de julio llevaban documentos de identidad. En los setenta, en Irlanda del Norte, el gobierno británico ordenó detenciones ejecutivas. La situación no era tan mala hasta entonces. Cuando veo a la gente presa en Guantánamo noto que no hemos aprendido mucho, porque estamos dando un argumento para reclutar más terroristas. Eso es inconveniente.
-¿Está en contra de las leyes antiterroristas del gobierno de Blair?
-No estoy en contra de todos sus principios, pero no estoy de acuerdo con algunas que no respetan los derechos humanos.
Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=742573
Reflexiones de un especialista en Chesterton
NUEVA YORK.– Como en las décadas del 30 y del 40, cada vez son más los intelectuales que revalorizan la figura y la obra del escritor británico Gilbert Keith Chesterton (1874-1936).
El padre Ian Boyd, presidente del Instituto Chestertoniano para la Fe y la Cultura, de la Universidad de Seton Hall, en Nueva Jersey, se basa en las ideas del gran autor católico para afirmar que el problema más grave de la actualidad es la falta de imaginación y que la realidad virtual es un riesgo para los seres humanos.
Boyd participa desde hoy hasta el sábado de la Primera Conferencia Iberoamericana sobre Chesterton, organizada por la Sociedad Chestertoniana Argentina y patrocinada por el cardenal Jorge Bergoglio, en el Auditorio Santa Cecilia de la Universidad Católica Argentina, en Buenos Aires.
Autor de “Ortodoxia” (1908) y de las entrañables novelas policiales del padre Brown y uno de los escritores católicos que más influyeron en los fieles del siglo pasado, Chesterton sostenía que el consumismo tiene el poder de desintegrar los vínculos comunitarios, base de nuestra sociedad. No estaba errado: hoy sufrimos los efectos de un consumismo que se ha instalado tanto en el centro del capitalismo mundial, Estados Unidos, como en los supuestos paraísos comunistas de China, Vietnam y Cuba.
Boyd, nacido en Blaine Lake, Canadá, hace 69 años, se crió en lo que Chesterton describiría como una comunidad utópica, un pequeño pueblo en el que todos se conocen, son dueños de tierras o de algún negocio y tienen una profesión. Desde muy joven, Boyd tomó contacto con los libros de Chesterton, ya que su padre era fanático del escritor. Tras estudiar literatura inglesa -primero en la Universidad de Saskatchewan y luego en Toronto y en Escocia-, se ordenó en la Congregación de San Basilio, inspirado por su hermano mayor. Durante años profesor en el Saint Thomas More College de la Universidad de Saskatchewan, Boyd es hoy reconocido mundialmente como una autoridad en Chesterton.
Poco antes de partir hacia Buenos Aires, el presbítero -que visita por primera vez la Argentina- conversó con LA NACION acerca del estado de la fe, la cultura y la razón en el mundo actual, y sobre las ideas de Chesterton, cuyos libros fueron admirados y emulados por autores tan disímiles como W. H. Auden, Paul Claudel, Agatha Christie, Ernest Hemingway, Graham Greene, Gabriel García Márquez y nuestro Jorge Luis Borges.
-Chesterton escribió mucho sobre la crisis cultural de su tiempo, a principios del siglo XX. ¿Cree que estamos mejor o peor hoy?
-La crisis cultural tiene que ver con la pérdida del sentido de lo sagrado y con una suerte de fealdad espiritual y maldad que ya se percibía en tiempos de Chesterton. Hoy ha empeorado. Es lo que Chesterton llama la pérdida de limitaciones religiosas fuertes, de la memoria cultural y del miedo a Dios. Los síntomas de esto los veíamos entonces y más ahora en las grandes ciudades, extendidas y sin forma, en la falta de una amplia y justa distribución de la propiedad y en la pérdida de la dignidad humana, del valor de los símbolos y los rituales y de la sanidad esencial de las comunidades pequeñas. Chesterton vio estas cosas en su tiempo y mucha gente pensó que exageraba, pero hoy vemos cómo sus profecías se han cumplido. Creo que los libros, las obras teatrales y los poemas de Chesterton son enormemente importantes todavía hoy. Contienen una sabiduría atemporal sobre los seres humanos, el mundo, un mundo creado por Dios, y los a veces terribles submundos creados por los hombres.
-¿Cuáles son los tres problemas más graves de la crisis que vivimos?
-Creo que el primero es la falta de imaginación. Hay que ser capaces de imaginar un mundo mejor, si se quiere construirlo. Y hay algo en el anonimato de la sociedad de masas que lo hace más difícil: la gente se siente como parte de un engranaje, de una maquinaria en la que no hay salida. El segundo tiene que ver con la degradación de la cultura, que también viene de la pérdida de la comunidad. Si una sociedad es esencialmente sana culturalmente, es más fácil llevar una vida buena humana. El envenenamiento de la atmósfera moral de la sociedad ha debilitado a la gente. No es que crea que la gente era más virtuosa antes, pero sí creo que la cultura era más sana. Tercero, creo que hay una suerte de aislacionismo moral que ha hecho más difícil que la gente esté en contacto. Cada persona vive en un universo propio y, como diría T. S. Eliot, el resto de la gente no es más que proyecciones, así que cada uno termina inventando su propio mundo.
-¿Qué propondría para luchar contra estas tendencias? Parecería que las grandes ciudades no son, para usted, un buen lugar para vivir?
-No; si las ciudades son ciudades con barrios, donde existe una comunidad concreta, se puede llevar una buena vida. Lo que es muy peligroso es la realidad virtual. Chesterton utiliza el pueblo, la aldea, como paradigma, pero en realidad se refiere a toda comunidad verdadera, humana.
-¿Qué piensa de la globalización?
-Es algo que me da miedo. Existe el riesgo de que la gente pierda el contacto con la realidad concreta, de que pasemos a vivir en un universo virtual con los medios electrónicos. Es muy difícil entender la verdad de una situación si uno no está allí y sólo la percibe a través de la televisión o Internet.
-¿No cree que los medios electrónicos nos permiten conocer otras realidades?
-Pero lo que nos dan no son realidades. En el mejor de los casos, nos transmiten hechos, y en el peor de los casos, mentiras, pero nunca se materializan. Nos dan muchas cosas útiles, pero no son un sustituto para una existencia encarnada, arraigada. Claro: los medios electrónicos no son malos en sí mismos. Si usted pertenece a una comunidad real, estos medios le posibilitan comprender más lo que está pasando en otro lugar del mundo. Pero el riesgo está en que veamos esto como una realidad virtual, en la que no nos importa mucho qué les sucede a esas personas, porque no son más que entidades en una pantalla.
-Habló antes de una creciente devaluación de los símbolos y los rituales. ¿No cree que las grandes religiones han contribuido bastante a esa devaluación con todas las cosas terribles hechas en nombre de la fe?
-Claro, ése es uno de los problemas fundamentales. La Iglesia está compuesta por hombres pecadores. Chesterton se refería a la posibilidad interna del egoísmo, que es lo que la Iglesia llamaría el pecado original, que es el problema madre. Nosotros mismos somos el problema. Y en la Iglesia, al estar compuesta por humanos, hay personas buenas y malas. Pero la religión correctamente entendida une a la gente. Eso es lo que significa la palabra. El efecto normal de la religión es crear armonía, no lo contrario. Obviamente que se han hecho terribles cosas en nombre de la religión, al igual que en nombre de las utopías seculares de los últimos 200 años. Esos son abusos claros. La religión supone limitaciones, y no una incitación a la violencia y al egoísmo. Es una invitación a amar, no a odiar. Son aquellos que están separados de la religión, o los que crean su propia versión atroz de ella -como un Hitler o un Stalin-, quienes hacen el mayor daño.
-Sin embargo, a veces es el dogmatismo exacerbado de los fieles, el aferrarse a ideas propias, lo que lleva a los conflictos entre religiones.
-Es verdad. Chesterton siempre mantuvo amistades con gente que desde el punto de vista ideológico era muy diferente de él: George Bernard Shaw, H. G. Wells y otros. Para él, cada punto de vista tenía un valor. Y en ese sentido siempre fue un liberal. Lo que enseña la Iglesia es que otras comunidades religiosas, el islam, el judaísmo, el budismo, representan verdades parciales, de las que todos podemos aprender. Y creo que las personas realmente religiosas son aquellas que llaman a la unidad, que están dispuestas a aprender de las otras religiones. Históricamente, han sido muy pocas las situaciones en las que la religión fue una fuente de fricción, como en el siglo XIV. Tal vez con el terrorismo islámico ahora estemos empezando otra época, aunque no estoy seguro de ello.
-¿Cómo deberían reaccionar los verdaderos fieles -y, por qué no, los ateos- ante quienes ponen como excusa la religión para condenar a otros o cometer actos abominables, como son los ataques terroristas?
-En la primera historia de Brown, Chesterton describe un momento maravilloso, en el que el Padre desenmascara a un falso sacerdote. Cuando se le pregunta cómo había sabido que no era verdadero, responde que porque había atacado a la razón, y que eso es símbolo de mala teología. Creo que un entendimiento racional, el no hacer una caricatura de otras religiones, nos llevará a una mayor comprensión. Debemos tomarnos tiempo para leer y comprender el contexto histórico de las distintas religiones. En Occidente tenemos la costumbre de pensar que somos lo mejor de la humanidad. Y ahí vemos de vuelta esa falta de imaginación, de imaginar históricamente lo que significa ser un musulmán o un hindú devoto. Chesterton decía que en tiempos de conflicto la gente muestra su peor cara al enemigo. Lo importante es descubrir las otras caras, que se ven en la gente común.
-¿Qué cree que es más importante para el hombre moderno, la razón o la religión?
-Creo que la fe debe basarse en la razón. El universo es racional. Sería trágico separar el sentido religioso del sentido racional. La prueba está en constatar la religión con lo cotidiano, y no con abstracciones.
-¿Cree que tener un presidente como George W. Bush gobernando el país más poderoso del mundo, con una visión religiosa muy firme, es malo para las relaciones internacionales?
-Es bueno en sí mismo que un presidente tenga convicciones religiosas firmes. No sé si es bueno o malo para las relaciones internacionales. Pero, ¿qué preferiría? ¿Un hombre indiferente a la religión, u hostil a ella, a cargo de la política exterior?
-Chesterton escribió: "En cada país, los ricos son la escoria del mundo". ¿Cree que en América latina, donde hay contrastes tan grandes entre una minoría rica y una inmensa mayoría pobre, las clases altas son las responsables de lo que sucede?
-A Chesterton le gustaba expresar verdades a través de tácticas de asombro. Lo que dijo me recuerda a un comentario de Jonathan Swift, que decía: "Si quieres saber lo que Dios piensa del dinero, debes mirar al tipo de gente a la que se lo da". Debemos recordar también, sin embargo, que hay otros tipos de pobreza, además de la económica. Desde este punto de vista, el peligro moral de las riquezas es su terrible habilidad para volverlo a uno ciego respecto de los padecimientos o las necesidades de los demás. Chesterton no se oponía al capitalismo. Por lo contrario: veía en la propiedad privada algo tan bueno que debía ser distribuida tanto como fuera posible. Los mercados libres son un componente necesario de la libertad, pero, lamentablemente, los mercados del capitalismo moderno no son libres. El neoliberalismo es el problema, no la solución. Es un viejo enemigo. La Argentina descubrió eso de una manera dura. Pero el neoliberalismo es el enemigo de Estados Unidos, también...
-¿Por qué cree que Chesterton influyó tanto en Jorge Luis Borges?
-Lo que Borges admiraba en Chesterton era su sabia imaginación. Borges creía que cuando Chesterton confiaba en su imaginación no se equivocaba. Y la crítica de Borges a él se refiere justamente a eso: creía que Chesterton era decepcionante cuando subordinaba su imaginación a una racionalidad más estrecha. Pero tal vez sólo significa que Borges nunca entendió por completo la dimensión religiosa de la obra de Chesterton. Una comprensión más profunda nos ayuda a reconocer que en Chesterton la imaginación es lo que se podría llamar sacramental: era un gran escritor religioso que se refería pocas veces directamente a la religión. Enseñó a sus lectores a descubrir a Dios en la parte de la vida en la que Dios parecería ausente. Borró la diferencia entre lo sagrado y lo profano.
Por Alberto Armendáriz
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=740522
Considera a Freud "alguien poco fiable"
PARIS.– Los intelectuales norteamericanos llaman the Freud war a la guerra sin cuartel que libran, desde 1993, defensores y detractores de Sigmund Freud y de la teoría que modeló al hombre del siglo XX, el psicoanálisis.
En ese contexto, el filósofo e historiador Mikkel Borch-Jacobsen puede ser considerado uno de los generales que lideran las huestes antifreudianas. Es uno de los principales autores de un libro colectivo que acaba de ser publicado en París y que ha desencadenado la fase más despiadada de esta guerra: “El libro negro del psicoanálisis”.
Dinamarqués de nacimiento, francés por su educación, Borch-Jacobsen se instaló en los Estados Unidos en 1986. Es profesor en la Universidad de Washington. Identificado con la corriente constructivista del pensamiento, Borch-Jacobsen ha pasado los últimos 30 años de su vida denunciando “las falacias, ocultamientos y manipulaciones” de los representantes de la escuela freudiana, comenzando por su propio fundador. Su estilo pasional y directo aumenta el impacto de sus controvertidas posiciones.
Participaron unos 40 especialistas europeos y norteamericanos. La primera de las 830 páginas de “El libro negro del psicoanálisis” comienza así: “Francia es, con la Argentina, el país más freudiano del mundo. En nuestros dos países es comúnmente aceptado que todos los lapsus son reveladores, que los sueños develan deseos inconfesables y que un terapeuta es forzosamente un psicoanalista. (...) En el resto del planeta, desde hace 30 años, la autoridad del psicoanálisis se ha reducido en forma dramática. (...) ¿Francia y la Argentina serán las únicas en tener razón, contra el resto del mundo?"
De paso por París, Mikkel Borch-Jacobsen recibió a LA NACION.
-Usted dice que Freud era un mentiroso y un charlatán.
-No digo que era un charlatán. Digo que Freud se tomó libertades con la verdad, deliberadamente.
-Eso se parece mucho a la definición técnica de la mentira...
-Sí, así es.
-¿Y por qué?
-Se pueden dar muchos ejemplos. El más flagrante es el caso que dio origen al psicoanálisis: el de la llamada Anna O. Freud afirmó hasta el fin de su carrera que su amigo Joseph Breuer había conseguido curarla de sus síntomas histéricos, cuando sabía perfectamente que no era verdad. La verdad es que Anna O. tuvo que ser internada en una clínica psiquiátrica inmediatamente después de haber terminado con su terapia y que pasaron años antes de curarse. Podría dar otros ejemplos, pero ése es el más evidente de una afirmación falsa y deliberada. Freud afirmó con frecuencia haber curado pacientes, sin que fuera cierto. Con frecuencia, lanzó rumores falsos sobre algunos de sus colegas o discípulos renegados... En otras palabras, era alguien muy poco fiable. Es imposible tener una confianza ciega en lo que Freud decía.
-¿Eso quiere decir que, debido a sus mentiras, la teoría psicoanalítica queda totalmente invalidada?
-El psicoanálisis es, en principio, una teoría basada en la observación clínica. Así la describió el mismo Freud. Las construcciones metapsicoanalíticas son especulaciones que deben ser producto del material clínico, de la observación clínica. Sobre esa cuestión, Freud tenía una posición absolutamente positivista, de fines del siglo XIX. Es evidente que la cuestión de la fiabilidad de sus observaciones clínicas tiene una importancia crucial. Si manipuló esos datos para hacer que se aceptara su teoría, es muy grave. Y hoy es perfectamente posible demostrar cómo Freud manipuló esos datos clínicos.
-¿Cómo?
-El mejor ejemplo es el de las notas clínicas sobre el llamado Hombre de las Ratas. Su verdadero nombre era Ernst Lanzer y fue a ver a Freud en 1907, quejándose de padecer miedos obsesivos y reacciones compulsivas. Habitualmente, Freud destruía las notas que tomaba durante sus análisis. Sin embargo, por una razón misteriosa, los apuntes del análisis del Hombre de las Ratas sobrevivieron. Así fue posible compararlas con la historia del caso publicada por Freud. Esto fue hecho por el psicoanalista e historiador canadiense Patrick Mahony y yo acabo de repetirlo con un colega en un libro que saldrá en enero: las contradicciones son flagrantes. La verdad es que Freud inventaba personajes. Y esto es muy grave. A partir de allí, es imposible creer en lo que él escribía. No inventó todo. En el caso del Hombre de las Ratas, es evidente que se apoyó en lo que vio y escuchó, pero también que cada vez que algo no le convenía, lo cambiaba. Cambiaba las fechas, pretendía que el paciente había aceptado su interpretación cuando no era cierto, etcétera. Sí, creo que la cuestión de la fiabilidad de Freud es muy importante para la validez de la teoría.
-Permítame insistir, desde un punto de vista científico, que Freud haya sido un mentiroso no invalida su teoría...
-La razón por la cual es tan importante la veracidad de Freud es que en todas las disciplinas científicas los resultados y las experiencias son públicas. Un científico que quiere verificar los resultados de otro científico puede hacerlo; puede volver sobre el terreno del experimento o rehacer el mismo camino. En el psicoanálisis eso es imposible. Porque Freud, por razones totalmente sorprendentes, decidió que las sesiones de psicoanálisis fueran confidenciales y que nadie, ni siquiera otro psicoanalista, pudiera asistir a una sesión conducida por otro colega.
-¿Por qué "sorprendentes"?
-Porque hasta ese momento la práctica psiquiátrica era abierta, pública. Así se formaban los especialistas: asistiendo a esas sesiones. Para Freud, el único modo de formarse era poniéndose a sí mismo en el diván. En esas condiciones, es imposible verificar desde un punto de vista científico su teoría. ¿Freud deformaba, mentía, decía la verdad? Imposible saber si se equivocaba o si, influido por una u otra teoría, insistía demasiado sobre algunas cosas. El único relato de sus psicoanálisis era él mismo.
-¿O el relato de sus pacientes?
-No, porque en el psicoanálisis el paciente jamás es nombrado. No se conoce su identidad. Por otro lado, en la época de Freud los pacientes no iban a gritar en la plaza pública: "Yo soy la víctima de una neurosis que Freud ha tratado de tal fecha a tal fecha". Debemos, pues, depender de la buena fe de Freud, lo que es una situación absolutamente inédita en el terreno científico.
-Pero si es imposible verificar, lo que usted considera mentiras, bien podrían ser verdades...
-Por eso es tan importante el trabajo del historiador. Porque si bien esos pacientes no fueron identificados por Freud, los historiadores consiguieron descubrir sus identidades. Con frecuencia hicieron un verdadero trabajo de detective. El más espectacular fue el caso de Anna O. por parte del historiador Henri Ellenberger, que consiguió descubrir los documentos depositados en la clínica donde ella había sido internada. Gracias a ello se supo hasta qué punto había divergencias entre lo dicho por Freud y lo que constaba en esos documentos. Después de Ellenberger hubo un gran número de historiadores que consiguieron identificar a otros pacientes. De ese modo, fue posible reconstituir los hechos. Comprobamos entonces que las pretensiones terapéuticas de Freud eran completamente exageradas, que muchos de sus pacientes no estaban para nada de acuerdo con sus interpretaciones.
-¿Y por qué Freud habría hecho esto?
-Freud había inventado una teoría. Era un gran teórico, alguien que tenía un don excepcional para la especulación teórica. También tenía una confianza desmesurada en sus propias teorías. Para él, todo lo que pensaba era la verdad absoluta. A veces cambiaba de teoría; desde ese momento, la nueva teoría era la buena. Conociendo al personaje, estoy convencido de que estaba tan seguro de que tenía razón que cada vez que hallaba un obstáculo, pues... lo evitaba. Creo que ni siquiera era consciente de ello. Y hay algo más. Creo que una vez que Freud se transformó en esa especie de genio reconocido por todos, los pacientes se sentían tan impresionados que aceptaban todo lo que les decía. Si Freud decía: "Usted tiene una homosexualidad reprimida", ellos contestaban: "Claro, naturalmente". No se puede reducir toda esta cuestión a las mentiras de Freud; están sus mentiras, más profundamente, su autoconfianza absoluta, y también la respuesta de los pacientes.
-Se podría decir entonces que hubo manipulación, además de mentiras.
-Manipulación es una palabra fuerte, pero se produjo en algún caso. Por ejemplo, en el caso de Horace Frink, uno de los fundadores de la Sociedad Psicoanalítica de Nueva York. La mayor parte del tiempo se trató de lo que, por entonces, se llamaba sugestión. Una sugestión medio intencional, medio inconsciente, que provocaba cierto tipo de respuesta en sus pacientes. Este es un proceso que se produce en todo encuentro psicoterapéutico. No es sólo el psicoanálisis el que se ve afectado por tal actitud. La sugestión, la colaboración entre el paciente y el terapeuta existe en toda terapia.
-¿Aun en las nuevas terapias de moda, por ejemplo las comportamentales?
-Estoy persuadido. La diferencia está en que en la mayor parte de las nuevas psicoterapias los terapeutas son conscientes de ello. Manipulan conscientemente; practican la sugestión conscientemente. Lo utilizan como un instrumento. Por el contrario, Freud no cesaba de decir: "No manipulo, no sugiero, sólo observo, todo esto es la verdad que yo, Freud, consigo extirpar de la mente de mis pacientes". Es muy diferente. Creo que ése es el problema del psicoanálisis: afirma cosas como si se tratara de verdades objetivas cuando sólo se trata de construcciones elaboradas mediante una interacción entre paciente y terapeuta.
-¿Para usted, entonces, la pulsión sexual no es el motor que determina el funcionamiento psíquico del hombre?
-Desde luego que no. Si usted me dice que la pulsión sexual es importante en el comportamiento humano, le contestaré que no hacía falta que llegara Freud para saberlo. Por el contrario, si usted me pregunta si la pulsión sexual tiene la importancia que Freud le dio, le responderé que no. Yo creo que todas sus teorías -el complejo de Edipo, el complejo de castración, el deseo fálico de las mujeres, el instinto de muerte, etcétera-, todo eso son puras construcciones hipotéticas, especulativas, muy interesantes, fascinantes quizá, pero que no tienen absolutamente ninguna base empírica o científica.
-Lo que usted dice es que el hombre moderno que todos conocemos -víctima del complejo de Edipo, de los recuerdos reprimidos, de las transferencias- nunca existió. Ese hombre que explican las universidades, los medios de comunicación y los consejeros matrimoniales, es otro.
-Así es. El hombre cambia en función de su época. No se puede decir que el hombre de la Edad Media era igual al hombre del siglo XVIII.
-¿O sea que la sociedad hace al hombre? ¿Por eso antes se hablaba de histeria y hoy se habla de estrés?
-Exactamente. Yo me defino como un constructivista. Esto quiere decir que, hasta que se pruebe lo contrario, toda teoría sobre las neurosis es una construcción social. Pienso que el psicoanálisis es otra de esas construcciones sociales. Por construcción social me refiero sobre todo a la interacción entre terapeuta y paciente. De esta manera, me parece normal que las teorías evolucionen con la sociedad y con la historia. Tampoco se encuentran las mismas teorías en los mismos países y en las mismas culturas. La gente tiene diferentes modos de tratar las "enfermedades del alma" y diferentes formas de caer enfermo. El psicoanálisis definió por cierto tiempo la forma en que la gente se enfermaba, manifestaba sus síntomas y buscaba la cura. Pero esto se ha terminado.
-¿Pero por qué razón el psicoanálisis se propagó como un reguero de pólvora por el mundo occidental?
-Si su pregunta quiere decir que la humanidad entera no puede haberse equivocado hasta ese punto, mi respuesta es sí, la humanidad se ha equivocado muchas veces en su historia. En cuanto a la razón de esa propagación, podríamos decir que, en sus comienzos, el psicoanálisis fascinó a la gente, que quería más libertad sexual. Eso fue señalado por grandes pensadores, como Marcuse, Fromm o Reichmann. También se puede decir que el psicoanálisis sirvió de reemplazo a las ideas religiosas de salvación eterna, que comenzaron a desaparecer a comienzos del siglo XX. Sin embargo, yo veo dos razones principales. La primera es que Freud era un genio de la propaganda. Consiguió convencer a la gente de que su terapia era la única capaz de curar en profundidad y que las demás eran totalmente superficiales. Digo pura propaganda pues no tenía ninguna prueba; tampoco obtenía mejores resultados que los demás. Freud consiguió, además, desprestigiar a sus pares, tratándolos de paranoicos, reprimidos sexuales, etcétera. Lo hizo a partir de 1913 con sus propios colegas y después con sus discípulos: Adler, Ferenczi, Jung y Rank. A cada crítica que se le hacía, la respuesta era: "Si usted no cree, es porque nunca se autoanalizó en un diván. Se trata de pura resistencia". Este método era absolutamente eficaz y sigue siendo válido en nuestros días; sus discípulos han conseguido mantener esas leyendas freudianas -como las llaman los historiadores críticos- secuestrando los documentos que contradecían la leyenda. Los mismos mecanismos se ponen en marcha cada vez que se critica el psicoanálisis.
-¿Cuál es la segunda razón?
-El otro mecanismo es aún más sorprendente. Al mismo tiempo que se mantienen intocables esas leyendas freudianas sobre su teoría y sus descubrimientos, los psicoanalistas son de una maleabilidad total. La teoría psicoanalítica no tiene, en el fondo, ninguna consistencia. Los psicoanalistas pueden leer en el inconsciente de sus pacientes cualquier cosa: todo y lo contrario. De este modo, se adaptan al medio social y cultural en el que viven.
-Por ejemplo?
-Cuando los psicoanalistas austríacos y alemanes se exiliaron en los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, encontraron un país orientado hacia el empirismo, el positivismo, la psicología experimental. Entonces desarrollaron una suerte de adaptación del psicoanálisis freudiano (en la cual Freud jamás se hubiera reconocido). Por el contrario, en Europa, después de la guerra, alguien como el francés Jacques Lacan -que vivía en un país latino, donde el positivismo era mal visto y sólo se hablaba de existencialismo, de fenomenología y de dialéctica hegeliana- desarrolló otro tipo de psicoanálisis basado en Heidegger, Hegel, entre otros. De este modo, el psicoanálisis consigue instalarse en todas partes. Porque sólo es un recipiente vacío, una especie de parásito que se adapta a cualquier contexto. En la actualidad, han inventado el neuropsicoanálisis, es decir la alianza entre el psicoanálisis y las neurociencias. Ahora, los representantes freudianos dicen: "Freud fue uno de los fundadores de las neurociencias y nosotros podemos confirmarlo". Un absurdo, pero funciona.
-¿Cuáles son los países donde el psicoanálisis está en plena regresión?
-En los Estados Unidos el psicoanálisis está completamente tachado del mapa en los departamentos de psiquiatría y de psicología de todas las universidades. Curiosamente, sólo resiste en los departamentos de literatura, probablemente gracias a Lacan y a la admiración de los medios literarios estadounidenses por lo que llaman la french theory.
-Usted estudió a Lacan. ¿Se podría decir que era igual a Freud?
-No. Lacan no era un positivista ni un cientificista. Era un teórico que afirmaba cosas asegurando que las encontraba en Freud. Creo que era alguien que tenía una audacia a toda prueba, que decía cosas sorprendentes. Era también extraordinariamente cínico y manipulador.
-¿Cuáles son las nuevas terapias que están reemplazando en los Estados Unidos al psicoanálisis?
-Las terapias comportamentales y cognitivas. Sin demasiadas pretensiones, éstas se basan en los principios modestos, parciales, pero verificables, de la psicología científica.
-¿Por qué en Francia y en la Argentina el psicoanálisis mantiene su vigencia?
-Es curioso, Francia otorga el mismo crédito al psicoanálisis en este momento que los Estados Unidos en los años 50 y 60. Creo que esta fascinación se debe a Lacan, que, como le dije, es un buen ejemplo de ese camaleonismo. Su táctica fue increíblemente eficaz. La clase intelectual fue subyugada por Lacan. Prácticamente toda la generación del 68 pasó por el diván. Allí se formaron los jóvenes psiquiatras y analistas que hoy son figuras de la teoría y que monopolizan el poder intelectual en ese terreno. Esto explica la resistencia absoluta de Francia ante el resto del mundo.
-¿Y en la Argentina usted ve las mismas razones?
-Ustedes, tanto como Brasil, son países que, en el terreno de la ideología y las ciencias sociales, estuvieron muy cerca de Europa y de Francia durante gran parte del siglo XX. Hubiera sido sorprendente que, con vuestra cultura e historia, el psicoanálisis hubiese pasado inadvertido. Pero yo creo que la desaparición del psicoanálisis es inevitable. Las jóvenes generaciones de especialistas tienen otras exigencias desde el punto de vista científico. El avance extraordinario de las neurociencias demuestra cada día que, en el terreno de la psiquis, es posible lograr resultados sorprendentes y a muy corto plazo con otras terapias. En estas condiciones, Freud y sus teorías inverosímiles tienen los días contados.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=738572
Lo afirma el ex alcalde de Bogotá
Más que en las leyes como eje de la democracia, Antanas Mockus cree en la autorregulación. Cree en aquello que aplicó en sus dos períodos como alcalde de Bogotá, de 1995 a 1997 y de 2001 a 2003, y piensa reafirmarlo el año próximo, en su campaña para la presidencia de Colombia. Se trata del cambio profundo de las conductas ciudadanas sobre la base de la pedagogía, más que de la política a la usanza tradicional.
“El todo vale es la peste de cualquier sociedad”, dijo Mockus en una entrevista con LA NACION, realizada en la ciudad de Buenos Aires, librada ese día, como tantos otros, a la suerte de piquetes y protestas. Poco después dictó una conferencia titulada “Uso público de la razón y contención del delirio estratégico”, durante la cual planteó la influencia de la ley, la moral y la cultura en la regulación del comportamiento, de modo de reflejar hasta qué punto la gente suele maltratarse.
“En los últimos 12 años, Bogotá avanzó en su lucha contra la desconfianza y logró una drástica reducción de los homicidios y de las muertes en accidentes de tránsito. Ese logro es el resultado de un ejercicio masivo de autorreconocimiento, de mutua regulación y de una mejora en el comportamiento social y de la infraestructura de la ciudad", dijo Mockus, de 53 años.
Detrás del filósofo y matemático, hijo de inmigrantes lituanos que aprendió a leer a los dos años y se graduó con honores, apareció el político con su consigna para ser rector de la Universidad Nacional de Colombia: "Oiga usted, que es bueno para destruir (desde el punto de vista académico), ¿por qué no ayuda a construir?". Llegó a ocupar el cargo. Luego apareció la propuesta, "horriblemente casual", de ser alcalde de Bogotá, formulada por un ex militante del M-19, Gustavo Petro, y por un empresario. También llegó a ocupar ese cargo.
Como alcalde, precisamente, Mockus aplicó la llamada "ley zanahoria", restricción de las horas en que debían cerrar los locales de rumba y expendio de alcohol. Con ella disminuyeron los accidentes de tránsito y los índices del delito. Su gestión, a la vez, se caracterizó por algunas excentricidades, como ir en bicicleta a la alcaldía, celebrar su boda en un circo, disfrazarse de superhéroe, cantar raps, bajarse los pantalones en público y convocar a intelectuales, en lugar de políticos, para los cargos más relevantes. En la campaña había batido récords de bajo costo: había gastado apenas 12.000 dólares.
Mockus, profesor visitante de las universidades de Oxford y de Harvard, se describe así: "En el colegio iba un año adelantado. Era el más pequeño del curso; físicamente, débil para las peleas. Me tocaba defenderme en el terreno intelectual".
-¿Eso influyó en sus actitudes como político?
-Yo asumo ciertos riesgos porque creo en la pedagogía. Los gobernantes tenemos que arriesgarnos, en general, para aprender y enseñar. Si la comunidad se siente entendida y entiende las políticas públicas, las cosas funcionan mejor. Si además de eso hay una base emotiva, todavía mejor. Muchas veces me ha pasado, sobre todo en escenarios de conflicto, que comparto una emoción moral. Por ejemplo, admirar lo mismo o indignarse ante lo mismo genera una especie de barrera ante las acciones arbitrarias. Se pone uno límites. Tal vez no sea algo que uno pueda producir, pero otras personas que se han conmovido por lo mismo quedaron con un pequeño enlace o vínculo moral que las protege mucho del todo vale, que es la peste de cualquier sociedad contemporánea. En la política, en la economía, en las rivalidades que terminan expresándose con violencia. La innovación es una alternativa a la anomia.
-¿La "hora zanahoria", como prevención de delitos y accidentes de tránsito, fue una innovación?
-Ser "zanahorio" es ser autorregulado, moderado en los placeres, en los consumos, incluso en la expresión de afecto. Entonces: podría emborracharme, pero prefiero tomar poco. Podría ir de juerga hasta las cuatro de la mañana, pero prefiero regresar a casa a las dos o a las tres. Es un límite externo, que hoy día fue reemplazado por la "ley optimista". La "ley zanahoria" daba permiso hasta la una de la mañana. La "ley optimista" es hasta las tres. Y el optimismo consiste en no tener más muertes por accidentes de tránsito a esas horas. Más rumba sin costo en vidas.
-¿Qué lo llevó a la política?
-Fue horriblemente casual. Yo había trabajado sobre temas de cultura, no de ciudad. Sólo había discutido con la alcaldía de Bogotá por la construcción de un puente peatonal. Lo que me interesó fue construir un modelo de seguridad muy distinto, con el enfoque de la cultura ciudadana. Usé muy poco en mis documentos la expresión "seguridad". Sí usé, mucho, mucho, la expresión "cultura ciudadana". Planteé un modelo de autorregulación personal. Que cada uno se asumiera como mayor de edad, pero que también valorizara la mutua regulación social. Yo me veo desde la pedagogía y la ética del discurso. La comunicación honrada nos va liberando, nos permite decantar políticas públicas, e incluso me he permitido el lujo de defender los impuestos.
-¿Cómo pagó favores sin nombrar políticos en los cargos relevantes?
-Algo clave fue ganar las elecciones con el sentimiento de gratitud hacia la gente que ayudó a escribir los programas y organizó actividades, pero no contraje ninguna deuda. Yo anunciaba en la campaña que el equipo de gobierno iba a ser optimizado. Algunas personas, más bien pocas, pasaron de un equipo al otro. Le pedí a la gente que me apoyara porque era una buena opción como gobernante y le dije que iba a tener como retribución una ciudad bien gobernada. Eso les servía a los bogotanos. Pero es un tema curioso, porque la actividad política es bastante altruista, pero, al mismo tiempo, genera expectativas de retribución y reconocimiento. El académico también es alguien muy sediento de reconocimiento que puede ver como pasajeras algunas glorias del poder. Un profesor amigo, cuando supo por la prensa que iba a estar en las primeras elecciones, me dijo: "¿Usted recuerda el nombre del alcalde de Londres cuando Newton publicó su principio matemático?". Le dije que no. Entonces me dijo: "¿Se da cuenta? Newton, claramente, sobrevivió, y para rato, en la memoria".
-Hasta el árbol sobrevivió en Cambridge.
-Hasta el árbol, sí. En parte, mi trabajo es parecido a eso. Ley, moral y cultura, y acuerdos entre los sistemas reguladores. ¿Cómo articularlos y reducir las contradicciones entre ellos?
-Eso me pregunto yo, pero no sólo en Bogotá, sino en un país tan particular como Colombia.
-La ciudad fue un laboratorio bonito para atacar pequeñas ilegalidades. No cruzar la calle por el carril peatonal, hacer respetar las "cebras". Pero también para tener una política muy amplia de seguridad, que redujo homicidios en forma contundente. La principal diferencia es que en ciertas regiones de Colombia tiende a haber enclaves de economía ilegal. No es que existan a la sombra, sino al revés: hay regiones y subregiones que viven de lo ilegal. Allí la lucha es más compleja, pero no por ello es imposible. Como país, la derrota de la ilegalidad es un gran beneficio. Para algunos grupos, sería una gran pérdida, sustantiva, brutal. En síntesis, yo diría que el narcotráfico ha puesto gente colombiana a vender sus vidas, y eso es inaceptable e irracional.
-¿Cómo lidia con las tremendas ganancias que reporta la droga a esos sectores?
-Es mal negocio. Va contra algo básico: la vida humana no se vende. Ellos han puesto la vida en el mercado. Para mí, cada vida es valiosa. Es decir: necesito también proteger la vida del narcotraficante, para mantenerlo fuera de su actividad. Segundo problema: los narcotraficantes debilitan la justicia no sólo por su acción, sino también con los jueces y los fiscales. Tercero: alimentan la corrupción y hacen que la brecha entre reglas formales e informales tienda a disminuir. Contra esto nos advierte la comunidad internacional: debemos "zanahorizarnos" para competir. Cuarto: así como un día pegué un salto de dos metros cuando me hicieron una comparación de Colombia con Sicilia, del mismo modo más de un colombiano ve asociado su nombre con la droga y la mafia. Por autoestima y amor propio, para nosotros está clarísimo que el 97 por ciento de los colombianos quiere una economía legal o, por lo menos, con ilegalidades menos violentas.
-¿Coincide con la política del presidente Uribe?
-Coincido en un aspecto: el fortalecimiento del ejército y de la policía, pero pongo un énfasis mayor de mi parte en fiscales y jueces. Es muy importante que sientan que tienen una función igual o más importante que la fuerza pública. Les toca ser justos, dar garantías y ser insobornables. Mi pronóstico es que una lucha tan centrada en lo militar y lo policial va a llegar rápidamente a un techo.
-En América latina, ¿nota grandes diferencias de comportamiento?
-Democracia significa reglas ciertas y resultados inciertos. Después de la América latina un poco autoritaria y de la época de la revolución preventiva, lo que hubo fue una democracia crispada. Una democracia de laboratorio, en la que las elites tradicionales sintieron que podían tener influencia y en la que la gente participó de manera bastante sensata. Fue una democracia sin sobresaltos, de acuerdos internacionales. Se escucharon las recomendaciones... Lo complejo y lo emocionante es que todo el mundo coincide ahora en que la construcción de la democracia es frágil, pero la democracia tiene que permitir que se expresen diferencias reales. En América latina sigue habiendo opciones de inclusión social, de transacción entre estímulos al crecimiento y medidas restrictivas y un campo muy grande para lo artesanal.
-¿Qué clase de "artesanía" propone Chávez?
-Tengo impresiones de la Venezuela pre-Chávez, en la que había un desprestigio tremendo de la clase política, que se derrumbaba, y veo a Chávez como una voz que mezcla elementos de distinto origen y que construye una propuesta que, guste o no, tiene más identidad que otras.
-¿Aunque pueda afectar a su país si, en determinado momento, apoya a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)?
-La relación de Chávez con las FARC tiene su origen en una idea noble que posiblemente haya asaltado a muchos dirigentes latinoamericanos. En términos narcisistas, cualquiera que sea el artífice de la paz con las FARC se lleva unas palmas enormes. Pastrana estuvo aspirando al Nobel de la Paz?
-...y Chávez quiso ser el artífice de la paz durante el gobierno de Pastrana.
-Ese es el punto. No es tanto que a Chávez le interese alborotar el problema colombiano. De arranque, es el coqueteo de alguien que quiere ser figura mediadora. Luego, por algunas de las acciones que se van desarrollando, esa filosofía se vuelve problemática para Colombia, y Colombia protesta por la hospitalidad para guerrilleros colombianos en territorio venezolano. Eso produce la acusación válida de que Chávez está favoreciendo a una de las partes. Pero he intuido en las declaraciones de Lula un sueño similar: "¿Qué tal si yo me ganara la lotería de ayudar a resolver semejante rompecabezas?".
-¿Cuánto tiempo pueden dedicarles a Colombia y a la región algunos presidentes comprometidos por escándalos o por elecciones en medio de tanta inestabilidad?
-Hay una tensión entre preservar la popularidad y ejercer la función de gobernante. Gobernar exige acometer acciones de dos clases: unas que son populares y que traen el cariño de todo el mundo y otras que consisten en tomar decisiones sensatas y sanas para la economía y que, normalmente, afectan intereses específicos. El gremio tal, el sindicato tal, el grupo empresarial tal y el grupo regional tal tienen que entregar un privilegio que históricamente han conquistado. Uno desearía un punto medio entre este mundo de gobernantes populares y la eficiencia.
-¿Es el caso de Kirchner?
-De Kirchner conozco muy poco. Lo que veo es un fenómeno importante de aumento de confianza. Está bien que la democracia permita que haya alta confianza en los gobernantes.
-¿Usted es liberal o conservador?
-Tengo herencias de unos y de los otros. Soy un integrador, si se quiere. Lo más importante del liberalismo es el respeto a los derechos individuales y lo defiendo en los terrenos de la religión, la sexualidad, etcétera, pero no lo defiendo en el derecho de hacer de la propia vida lo que se le dé la gana.
Por Jorge Elías
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=736569
El sociólogo francés analiza la modernidad
PARIS.– Para muchos, el sociólogo francés Michel Maffesoli ha ido más lejos que Nietzsche y que Fukuyama. Para él, no es Dios el que ha muerto, ni la Historia: ha muerto nada menos que la era que dio origen a ambas ideas.
Este reconocido intelectual de 61 años, que pasó la mayor parte de su vida estudiando las corrientes subterráneas e invisibles de la sociedad, vaticina el advenimiento de un nuevo grupo, el de las tribus –término al que dio nuevo significado en 1988– y el hombre nómade.
La tribu como nueva categoría sociológica se extendió rápidamente en los medios académicos y se incorporó al lenguaje cotidiano como palabra de moda.
Hijo de un minero italiano muerto de silicosis, a los 37 años Maffesoli heredó la cátedra de Emile Durkheim en la Universidad de La Sorbona. Fundador del Centro de Estudios de lo Actual y lo Cotidiano, reivindica su pertenencia a la corriente posmodernista de Lyotard, Benjamin y Adorno.
Optimista, provocador, epicúreo y vestido como un dandy –usa moñito y sombrero panamá–, algunos de sus pares lo califican de anarco chic.
Mientras se prepara para asistir en Buenos Aires al Primer Encuentro de Pensamiento Urbano, el 5 y el 6 del mes próximo, el profesor Maffesoli recibió a LA NACION en su departamento del Barrio Latino de París.
–¿No cree que una sociedad que vive sólo del presente, indiferente al juicio del porvenir, prefigura las peores catástrofes? En dos ocasiones, en los últimos cien años, Occidente gestó ideas similares que engendraron dos modelos totalitarios: el nazismo y el comunismo.
-No lo creo. Pero la función de un pensador no es la de hacer moralismo: es la de constatar.
-Desde hace años usted anuncia el fin de la era moderna. Esto incluye el fin de los valores judeocristianos, el fin de lo político y la emergencia de un concepto absolutamente original en sociología: el de tribu. ¿Por qué es el fin de una época?
-Yo no digo exactamente "el fin". La palabra sobre la cual yo insisto es "saturación". En química, hay saturación cuando las moléculas que componen un cuerpo se separan. Sin embargo, al mismo tiempo, con esas moléculas se produce la composición de otro cuerpo. En nuestro caso, se trata de la saturación de los grandes valores que compusieron el modernismo -fe en el futuro, en el progreso, predominio de la razón-, de esos valores que marcaron los siglos XVII, XVIII, XIX, hasta los años 50 o 60 del XX. Ese fue un gran ciclo, bien elaborado, que dio como resultado la sociedad moderna. El corazón geográfico de ese proceso fue Europa. Luego el modernismo "contaminó" al resto del mundo. Ahora hay saturación. Simplemente, porque en un momento determinado se produce una fatiga, un hartazgo, el desgaste de un modelo, de un paradigma. Y en el momento de esa fatiga observamos una recomposición.
-¿Cuáles son las características de esta etapa que usted califica de "posmodernismo"?
-En vez de la fe en el futuro y en el progreso, estamos frente a la acentuación del presente. Es interesante ver cómo las jóvenes generaciones ponen el acento en el presente, la importancia que tiene para ellos la idea ecológica, contra el mito del progreso. Esta sensibilidad ecológica es alternativa al mito del progreso. En cuanto al gran predominio de la razón, idea en la cual se basaron todas las sociedades modernas, vemos el retorno del afecto, del sentimiento. Yo me sorprendo al ver cómo todo es ocasión propicia para la manifestación de esa afectividad, de la emoción. Como científico social, constato que todos aquellos elementos sobre los cuales se fundó la sociedad moderna están dejando lugar a otra cosa.
-También estaríamos frente al retorno de lo festivo, gran característica del posmodernismo. Usted parece considerar que las manifestaciones multitudinarias de los altermundialistas o de los gays son sólo un pretexto para reunirse y estar juntos.
-Algo así.
-¿No hay contenido político en todo eso?
-En vez de contenido hay continente. Yo juego con las palabras. Digo: lo político es contenido; lo que es importante en nuestra época es estar juntos por el simple hecho de estar juntos.
-¿Por qué?
-El porqué no lo conozco. Yo me intereso solamente en el cómo, en el "de qué manera". La única respuesta que puedo dar al respecto es la saturación.
-En todo caso, usted no es el único que cree en este funcionamiento, basado en la usura de los modelos sociales.
-Así es. Grandes historiadores y pensadores, en muchas disciplinas, lo hicieron antes que yo: el filósofo francés Michel Foucault y el físico estadounidense Thomas Kuhn, por ejemplo. El primero habla de "episteme" para explicar que, durante siglos, el hombre ha tenido una forma de representarse el mundo y una forma de organizarlo en función de esa representación. Foucault dice que el "episteme" grecorromano fue la mitología. En función de la mitología se produjo la organización de las sociedades grecolatinas. Después hubo saturación de la mitología. En la Edad Media apareció la teología, que fue la representación que la sociedad medieval hacía de sí misma y, al mismo tiempo, la organización de esa sociedad: las abadías, los monasterios, las diócesis, las corporaciones. Después de la saturación de ese modelo se produjo el "episteme" de la modernidad. Este fue un nuevo ciclo marcado por el progreso, el futuro, la razón. Yo no hago más que continuar. Muestro que estamos frente a un nuevo ciclo, el del "episteme" posmoderno. Thomas Kuhn dice exactamente lo mismo refiriéndose a la evolución científica, pero utiliza el término "paradigma", que puede ser traducido como "modelo", pero que es más que un modelo. Es una matriz: allí donde nacerá algo. Kuhn muestra que hay sucesivos paradigmas. Para mí es lo mismo: digo que hay que aceptar que las cosas no son eternas. Que todo pasa, que todo desaparece.
-Usted dice que la emergencia de la tribu anuncia la muerte del modernismo. Sin embargo, la tribu siempre existió.
-Sí y no. Es verdad que, como categoría antropológica, la tribu siempre existió. Pero en la historia de la humanidad ha tenido mayor o menor importancia. Cuando yo acuñé el concepto de tribu, lo hice para señalar una gran diferencia con el siglo XIX, culminación del modernismo: ése fue, justamente, el momento de la superación de la tribu. En esa época se crearon los conceptos de "contrato social", de "cuerpo social". La palabra misma, "social", fue creada en el siglo XVIII. Lo social es algo profundamente racional. El contrato es el súmmum de esa racionalidad. Durante toda esa época, lo que prevaleció fueron las instituciones sociales: la escuela, la familia. El objetivo de las instituciones era macroscópico, absolutamente racional, organizado. En esa época existían, naturalmente, las tribus. Pero eran muy marginales, como vestigios del pasado. Ahora asistimos a un retorno de esas tribus. Estamos frente a una organización de la sociedad en tribus. Lo que antes era marginal se ha vuelto central.
-¿El antiguo contrato social ha sido reemplazado por la idea de pertenencia a un grupo, a una tribu?
-Sí. Puede tratarse de tribus sexuales. Hay una multiplicidad de tribus sexuales que se muestran y se afirman: bisexuales, homosexuales, heterosexuales, etc. Pero también puede tratarse de tribus musicales (tecno, góticos, metal), artísticas, deportivas, culturales, religiosas. El desarrollo actual de las sectas es, desde ese punto de vista, muy significativo. Se trata, en realidad, de un proceso transversal. Allí donde el hombre moderno había instalado un cuerpo social absolutamente homogéneo -la República, única e indivisible-, nos encontramos hoy con una especie de fragmentación, de patchwork, con una constelación de grupos.
-En ese proceso posmodernista, una de las principales víctimas parece ser la clase política. Para usted, ese sector vive completamente desconectado de la realidad y es incapaz de entenderla. ¿Esto explicaría el desapego de los jóvenes por la política, las elecciones y hasta por la democracia?
-Quiero aclarar que yo nunca anuncié el fin de la política. Lo que durante dos siglos llamamos "lo político" está adquiriendo una nueva imagen. Cuando fue acuñada, la palabra "política" quería decir "cómo vivir con los demás en la polis (ciudad), cómo convivir". Con el tiempo, esa definición se ha vuelto una especie de antifrase: "política" terminó designando exactamente lo contrario. Actualmente, lo político ya no designa a la administración de la polis, sino que designa algo tan abstracto que ha dejado de tener sentido para el hombre común. Por eso hay un descreimiento en la política, en los políticos. Este proceso también se inscribe en el marco de la saturación. La práctica política cumplió sus objetivos y terminó por envejecer.
-¿Qué hacer, entonces? Porque la sociedad sigue necesitando convivir y ser administrada.
-Es necesario hallar otras formas de hacer política. Yo hablo de la necesidad de una "práctica doméstica" del hombre político. Doméstico quiere decir "de la casa". Hay que ocuparse de la casa. En ese contexto, la ecología adquiere todo su valor. En griego, doméstico se dice oikos, que es "ecología". En la actualidad, el descreimiento en la política tradicional, lejana, es proporcional al interés que despierta lo que yo llamo localismo: ocuparse del barrio, de la calle en la que se vive, en la organización de la vida local. De allí el vertiginoso desarrollo de las asociaciones locales, de proximidad, que serán un actor fundamental de este proceso.
-Son muchos, en la actualidad, los políticos que reivindican esa política de proximidad.
-En la mayoría de los casos se trata de intentos de recuperarse. No creo que la clase política actual esté en condiciones de acompañar este proceso.
-Esas organizaciones, como las tribus, defienden los intereses más diversos y contradictorios. ¿Cómo administrar una sociedad de ese modo?
-Ese es exactamente el gran problema de la transición entre el modernismo y el posmodernismo. Yo hablo de "cenestesia". La palabra fue utilizada por los médicos en el siglo XVII cuando hablaban de "cenestesia corporal". Esto denomina el proceso por el cual los diferentes órganos se ajustan unos en función de otros, y el fluido en función de lo sólido. Después fue la psicología la que utilizó el concepto para referirse al niño que aprende a caminar: se cae, se golpea, se vuelve a caer... hasta que por fin adquiere la cenestesia (la percepción correcta de su entorno y de sí mismo) y comienza a caminar. En el caso del cuerpo social, podríamos imaginar que habrá, después de numerosos aprendizajes, de errores y caídas, cenestesia del cuerpo social. Es decir que las diversas tribus sabrán ajustarse en función de las necesidades del resto, hasta alcanzar el equilibrio. Por el momento, creo que estamos en el período de aprendizaje.
-¿No ve usted una real posibilidad de caer en extremismos, en totalitarismos?
-Desde luego que la cuestión se plantea. Hay dos alternativas. Yo tengo un auténtico diferendo con uno de mis grandes amigos, Umberto Eco. Para él, esta situación nos pone a las puertas de la barbarie, del fanatismo, del advenimiento de nuevos totalitarismos. Para mí, "bárbaro" no es un término peyorativo: es aquel que fecundará una civilización agonizante. Allí donde Eco ve barbarie, yo veo cenestesia.
-¿Por qué razón?
-Le daré como ejemplo dos grandes momentos de la historia de la humanidad. El primero, entre los siglos III y IV de nuestra era, tras la desaparición del Imperio Romano, cuando comenzó el cristianismo. En aquel momento, frente a un imperio agonizante, estaban los bárbaros y una infinidad de sectas cristianas. Todo eso terminó por ajustarse: lo que se llamó la decadencia romana dio origen a la civilización cristiana. Para ello, el hombre abandonó el imperio unificado y entró en una zona de turbulencias. Gracias a esas turbulencias se produjo el ajuste final. El lazo que unía a esas minúsculas sectas diseminadas en el territorio imperial se llamaba "la comunión de los santos", un sentido de pertenencia que todas compartían, a pesar de la distancia.
-¿Y cuál sería la "comunión de los santos" de las tribus actuales?
-Internet. Hoy vemos que un grupo de rock metal de Praga se pone en contacto con otro en Buenos Aires gracias a Internet. Internet es, para mí, "la comunión de los santos" posmoderna. Creo que gracias a Internet el ajuste se producirá, evitando la anarquía.
-¿Cuál es el segundo ejemplo histórico?
-La Edad Media, que no fue el período de oscurantismo que muchos pretenden. El medievo fue el momento de las catedrales, la universidad, las corporaciones... Aún no existían las grandes instituciones que son los Estados-nación. Unicamente existía el Santo Imperio Romano, que sólo eran pequeñas baronías, enfrentadas unas con otras. Tribus, en el fondo. Y, sin embargo, había una auténtica unidad europea, sin el molde de los Estados-nación. El ajuste entre todas esas pequeñas entidades produjo la organización posterior.
-Según su análisis, estaríamos nuevamente en una situación de primitivismo...
-Yo he escrito algo parecido. Sin utilizar la palabra primitivismo, digo que el posmodernismo es la sinergia entre lo arcaico y el desarrollo tecnológico. En el fondo, lo que yo llamo arcaísmo es lo que usted llama primitivismo. Arke, en griego, quiere decir lo que es primero, fundamental. No quiere decir viejo, pasado de moda. Y en efecto, estamos ante el retorno del arke: la tribu es arcaica, el nómade es arcaico.
-Nómade es otra de sus categorías para definir al hombre posmoderno, al miembro de la tribu.
-Sí, el nómade es el hombre que va de una tribu a otra, que no tiene una única identidad ideológica, sexual, profesional o de clase, que no se deja encerrar dentro de roles que antes eran definitivos, en instituciones como el matrimonio. El nómade puede pertenecer simultáneamente a numerosas tribus.
-Es fácil seguirlo cuando usted dice que, en Europa, el modelo de polis terminó causando el hastío de sus ciudadanos...
-Yo suelo usar un buen ejemplo: el mito de Dionisos, dios de la fiesta, en contraposición al mito de Prometeo, dios del progreso. Los ciudadanos de la pujante polis moderna, progresista y trabajadora, muertos de aburrimiento, terminaron por abrir sus puertas y dejaron entrar a Dionisos.
-...pero ése no puede ser el caso de las sociedades latinoamericanas, mal organizadas, mal administradas y mal alimentadas.
-No conozco mucho la Argentina. Sólo estuve dos veces fugazmente, y quisiera ser prudente. Sin embargo, siempre dije que así como Europa fue el laboratorio del modernismo, América latina es el laboratorio del posmodernismo. Lo veo a través de la importancia que tiene el cuerpo, la teatralidad en todos los actos de la vida, la importancia del presente, del "presenteísmo", del carpe diem, de la relativización de lo "prometeico", de la importancia de lo dionisíaco, del mestizaje de nacionalidades, culturas y etnias diferentes. Todo eso es definitivamente posmoderno.
-Pero en lo que concierne a nuestra región no se puede hablar de usura de un modelo, porque ese progreso raramente existió.
-Pero el ideal de la sociedad moderna, progresista, sí existió. Y creo que los recientes acontecimientos dramáticos que vivió la Argentina -crash financiero, hipercrisis política, manifestaciones populares, cacerolazos- son la manifestación paroxística del rechazo de un modelo que fue importado, implantado por la fuerza sobre la sociedad: el modelo político europeo, el del Estado-nación y sus ideales de progreso y de fe absoluta en el futuro.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=734590
Reflexiones del físico y escritor español
Intelectual: “Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”, según la Real Academia Española. A Jorge Wagensberg, físico, conferencista, director del monumental Museo de la Ciencia de Barcelona –la “Cosmo Caixa”– y de la colección “Metatemas, libros para pensar la ciencia”, de Tusquets, columnista del diario español El País y de la revista francesa de divulgación científica La Recherche, la definición le viene como anillo al dedo. Si hay algo que lo cautiva es jugar con las ideas, crearlas, estirarlas, penetrarlas, comprimirlas, amasarlas y darlas vuelta del derecho y del revés; en fin, pensar el mundo sin preconceptos.
Español, autor de 14 libros y editor de los 90 títulos que figuran en el catálogo de Metatemas –firmados por algunos de los más audaces pensadores actuales–, Wagensberg es una personalidad multifacética capaz de pasearse intelectualmente de Picasso a Einstein y de Stephen Jay Gould a Leibniz con la misma punzante e inquisitiva lucidez.
Sin embargo, a lo largo del diálogo mantenido con LA NACION durante su reciente visita a Buenos Aires para hablar sobre los museos de ciencia y la escuela en las Jornadas Internacionales de Ciencia, hay algo que deja en claro: el conocimiento no es un juego ni un lujo, sino una necesidad de primer orden en la vida de las personas y los países. "Debe ir por delante de todo, incluso de comer", afirma.
-Usted da clases en la Universidad de Barcelona, dirige un importante museo de ciencias, escribe libros y columnas periodísticas, dicta conferencias... ¿Cómo hace para desplegar semejante actividad?
-Mi mujer me pregunta lo mismo, pero sin sonreír. Sin embargo, yo hago una cosa; por ejemplo, esto [su último libro: La rebelión de las formas , Tusquets editores, 2005] viene de una exposición. La reflexión sobre la exposición no cabía en la exposición misma. Entonces decidí escribirla, y cuando la escribí me di cuenta de que para que fuera legible había que hacer un esquema conceptual, y así salió el libro. El de los aforismos [ Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?, Tusquets editores, 2002] surgió porque de repente me di cuenta de que la gente repetía frases que yo decía. Me hizo mucha ilusión recuperar el aforismo como una idea en conserva, que puedes disolver y discutir, y que además es una regla mnemotécnica si está bien escrita. Bueno, valía la pena coleccionarlos. Llevo una libretita donde voy anotando las ideas, porque si no se evaporan. Durante el año voy apuntando las ideas y voy construyendo mentalmente, sin escribir nada. Después, cuando estoy en la playa, por ejemplo, todo sale muy rápido. Este libro está redactado en dos meses, pero construido durante siete años. El método es ir lo más lejos posible en la reflexión y, luego, discutirla con sparrings intelectuales. Una vez que la idea está definida la echo en la arena y la discuto mucho.
-¿Para qué sirve un museo de ciencia?
-Creo que es un instrumento de cambio social. Para mí, los museos van a ser los templos del futuro. Normalmente, en los templos suelen decirte lo que personas mucho más inteligentes que tú han pensado hace 2000 años. Pero aquí lo novedoso es que la gente pensará por sí misma. He venido aquí para hablar precisamente de eso.
-¿Cómo explica usted que muchos los imaginen simplemente como una colección de huesos viejos?
-Eso es lo que ocurría en los museos antiguos. Es uno de los vicios, efectivamente: la acumulación de objetos. Pero eso tiene una cosa buena: que el objeto es real. Luego se pasó al extremo opuesto: los museos sin objetos, en los que todo eran juguetes, en los que se tocaban botones, se mostraban fenómenos... La nueva museografía es la que hace entrar en diálogo al objeto y al fenómeno. Es decir, el objeto ilustra y el fenómeno demuestra. Lo que queremos es estimular la conversación con el visitante.
-¿Cómo se las arregla para hacerlo en el museo que usted dirige?
-Bueno, después de más de veinte años hemos tenido el privilegio de volver a comenzar. En todo. Nueva arquitectura, nuevo contenido, nuevas actividades? Pasamos de cinco mil a cincuenta y cinco mil metros cuadrados, y en los últimos tres meses hemos tenido un millón de visitantes. Es un privilegio, porque normalmente es muy difícil que se pueda hacer algo así. Cuando tienes dinero, no tienes ideas, y cuando tienes ideas, no tienes equipo? Volver a empezar tiene, además, algo bueno: que sobre todo sabes lo que no hay que hacer. No repites errores. Durante estos veintipico de años detectamos muchos vicios. Por ejemplo, comunicábamos una idea falsa de la ciencia, la idea de que es única, que no se equivoca nunca, cuando es todo lo contrario: funciona justamente sobre la base de errores.
-¿Qué lo llevó a la ciencia?
-La verdad es que mi vocación fue tardía. Yo no fui de los chavales que dicen "quiero ser científico", como los que dicen "quiero ser bombero". A diferencia de lo que ocurre con el conocimiento revelado o el artístico, que tienen que ver con la realidad, pero no se dejan negar por la realidad, lo que me fascinó del método de la ciencia fue la restricción, el sacrificio que hacemos los científicos en cuanto a que la confirmación no es tan importante como la negación. Si mi verdad dice "A" y el experimento dice "no A", o cambio el experimento o cambio la teoría. El premio [de esta manera de enfrentar la realidad] es poder anticipar la incertidumbre.
-En "La rebelión de las formas" usted analiza la inteligibilidad científica. ¿Todas las ciencias "comprenden" de la misma manera?
-Para un físico, comprender es hacer grandes ecuaciones elegantes. El químico busca estructuras, el biólogo busca mecanismos, el sociólogo, líneas de pensamiento. Pero hay algo en común, y es que todos buscan qué es lo que hay de similar entre cosas diferentes. Esa es la inteligibilidad científica. La gran emoción para un científico es que una fórmula f igual m por a explica tanto el movimiento de una bola de billar como el de una galaxia. Esa reducción de la que se burlan a veces los filósofos -y a los que yo respondo: "Si ésa es la reducción, viva la reducción"-, eso es lo que permite anticipar. Es decir, que aunque parezca que comprender es diferente en cada disciplina científica, hay algo común que es eso. Comprender es la mínima expresión de lo máximo compartido.
-¿Cómo se zanja la distancia entre la ciencia y el resto de la sociedad?
-Creando lenguaje. Fíjate que todos los términos científicos que hoy están asentados, en su tiempo fueron palabras del lenguaje común. "Energía", hasta que llegó Newton, era una palabra que no estaba definida. Lo que es interesante es que después de que la mecánica newtoniana y la termodinámica definen la energía con rigor científico, el vocablo vuelve enriquecido. Lo mismo ha ocurrido con la palabra "información". Hasta la Segunda Guerra Mundial, información era una sensación, a partir de entonces aparecen teorías matemáticas sobre la "información" y ahora sabemos muy bien lo que es: la pesamos, la medimos en bits, eso no ocurría antes. Y sabemos más: sabemos que por publicar una información que es falsa se puede volver verdadera. Como decir que a un banco le va mal: aunque no sea verdad, si lo dices, acaba yéndole mal. O, al revés, dices que una autopista está embotellada, lo cual es verdad, y por decirlo se desembotella. Es decir que la ciencia construye lenguaje. No sólo se acuñan nuevos términos, sino que los antiguos se enriquecen.
-Suele repetirse que la ciencia es indispensable para el desarrollo. Se trata de un tema crucial para un país como la Argentina. ¿Cómo "se fabrican" científicos? ¿Cómo se inspira el interés por la ciencia?
-Hay falta de vocaciones científicas, pero ése es un problema planetario, no sólo de la Argentina. Los alumnos de la Facultad de Física de Barcelona han bajado a la mitad. Los japoneses están aterrorizados porque la juventud sólo quiere hacer negocios. Es un problema muy grave, porque la ciencia es la forma de conocimiento que más influye en el ciudadano. Yo creo que, como cualquier tipo de pedagogía, se trata de proveer estímulos, porque aprender se aprende solo. Cuando a uno "le cae la pizza" está solo, pero está solo al final de una forma de conversación que es la docencia. La buena docencia es cuando el estudiante, el alumno o el ciudadano tiene la posibilidad de conversar. ¿Con quién? Con la naturaleza. Eso es lo que el museo pone a disposición del visitante. Puede conversar directamente con la naturaleza, con la vida, no con libros. En las escuelas y universidades debería conversar con el profesor. Parece una trivialidad, pero en la mayor parte de las escuelas no se conversa. Yo recuerdo que me castigaban por intentar conversar. En las buenas universidades hay un profesor para 14 alumnos; es que no puedes conversar con 40 personas a la vez.
-Usted pone en pie de igualdad la capacidad de comprender con la de percibir belleza, que llama "beldar"?
-Yo creo que existió antes el gozo estético que el gozo por comprender...
-Desde ese punto de vista, tal vez, en lugar de promover la ciencia habría que trabajar para que se multipliquen los poetas, los pintores...
-Claro, ¿por qué no? Pero de una forma natural la gente acepta mucho más a los artistas que a la ciencia. Aunque son igualmente importantes, en estos momentos los que necesitan una seducción especial son los que pueden trabajar a favor de la ciencia. Es muy importante que el conocimiento vaya por delante en los ciudadanos. Porque hay algo que todavía no ha dicho ningún partido político y es que el conocimiento debe ir por delante de todo. Incluso de comer, aunque suene provocativo. El progreso es independencia, y lo único que da independencia es el conocimiento. Mejor pasar por un poco de hipoglucemia, pero no sacrificar nunca el conocimiento.
-¿Cómo resolvería esa disyuntiva en un país que se debate contra la pobreza, como la Argentina?
-Una cosa no debe ser la excusa de la otra. Es que no se trata de dar la caña de pescar en lugar del pescado, sino que a lo mejor en un país no se trata de pescar. ¿Y de qué se trata? Es que no se puede saber si no hay investigación. La máxima riqueza del mundo viene de la investigación. La verdadera solución está en crear conocimiento y crear riqueza. La dependencia es la pobreza. Entonces la trampa es pensar que hay que dejar de conocer para otra cosa. Para mí, el conocimiento es inaplazable. El conocimiento y la democracia son inaplazables.
-¿Qué papel juega el razonamiento y cuál la creatividad en el conocimiento científico?
-El método científico sirve para tratar ideas, y las ideas no son racionales. Sirve para tratar ideas, pero no para capturar ideas. La parte de creatividad está, sobre todo, en los mecanismos de que se sirve el científico para capturar ideas. Y ahí vale todo. Vale ir al cine, vale soñar, vale cualquier cosa. La gran diferencia con cualquier otra forma de conocimiento es que esa nueva idea pasa por la razón. A veces incluso una idea sirve para romper la razón. El plan, en ciencia, sirve también para saltárselo. Es una referencia.
-Hace pocos días se cumplió un nuevo aniversario de la explosión de Hiroshima. ¿Le parece que los científicos serían mejores gobernantes que los políticos?
-No, en absoluto. El científico es un ciudadano como cualquier otro. Lo que sí es importante es que todos los votos valen lo mismo: el de un científico y el de un no científico, incluso cuando se vota sobre cuestiones científicas. Si votamos sobre las células madre, el voto de un físico vale lo mismo que el de un biólogo. La bomba atómica no es un momento cualquiera de la ciencia. Estoy de acuerdo en que perdimos la inocencia, pero creo que sirvió para que hoy se haya llegado al consenso de que no se puede investigar en secreto. Puedes investigar en secreto las ideas, pero desde el momento en que haces un experimento, estás interviniendo en la realidad, y en esa realidad viven los demás. Antes de Los Alamos la idea del científico era: "Que no me molesten, que yo sé lo que hago". De allí en más, son los científicos los que piden los comités de ética. No quieren esa responsabilidad, no quieren ese peso.
-¿Es decir que la inteligencia no garantiza la sabiduría?
-No, la inteligencia no asegura la sabiduría, en absoluto. La inteligencia es una condición necesaria, pero no suficiente.
Por Nora Bär
De la Redacción de LA NACION
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Reflexiones del Nobel de Economía 1992
PARIS.– En París, un liberal no pasa inadvertido. Fue el caso de Gary S. Becker cuando disertó recientemente aquí, invitado por la Universidad Americana de París.
El premio Nobel de Economía 1992 sorprendió a los franceses, adeptos a las versiones aligeradas del capitalismo liberal mezclado con estatismo con acento francés. Tan grande fue la sorpresa, que todos los periódicos de circulación nacional –como L’Humanité, comunista, y Libération, de izquierda– formaron fila para entrevistarlo.
A los 75 años, el discípulo de Milton Friedman, de quien aprendió que la microeconomía es una “herramienta formidable” para analizar las realidades del mundo, se aventuró por París para explicar por qué las parejas de altos recursos económicos se divorcian menos y qué ecuación matemática debe hacerse antes de tener hijos.
Sus pasos por París dejaron huellas. Reconocidos periódicos, como Le Monde y Le Figaro, al igual que los semanarios L’Express y Le Nouvel Observateur, también obtuvieron cita con el economista, que, entre conferencias y entrevistas, también quiso recibir a LA NACION.
Becker afirmó que la mejor política que puede impulsar un gobierno es una que tenga tintes liberales. El que no lo haga -dijo- "se pondrá en contra de la economía global". Becker afirma que no puede citar un solo país que logre crecer en contra de la corriente.
"Las políticas liberales tienen mala fama en la Argentina y, sin embargo, no creo que el gobierno actual logre impulsar un crecimiento a largo plazo sin aplicarlas", afirmó.
Para Becker, comparar es fundamental. "Si se mira a países como la India y China, mucho más grandes que la Argentina, pero mucho más pobres, si se tiene en cuenta la posición que ocupaba la Argentina en términos de ingreso per cápita antes de la crisis de 2001, se verá que ambos crecieron rápidamente y que lo hicieron aplicando políticas liberales", subraya.
"Chávez va en contra de la economía global. Castro hace lo mismo en Cuba -añadió Becker-, pero cuando Lula fue elegido supuse que impulsaría políticas neoliberales, incluso sabiendo que representaba a la izquierda. Y, más o menos, es lo que hizo. Lula reconoció cuál es la realidad. En la Argentina, quien pueda llevar al país al éxito será el que reconozca estas realidades."
-¿Por qué cree que se atacan las ideas liberales?
-Es una buena pregunta. Se atacan estas ideas porque no es fácil comprender por qué tienen éxito. Es muy fácil creer que cuando el gobierno planea todo, cuando el gobierno administra, la economía va bien. Es mucho más difícil comprender que un mercado competitivo y libre, con empresas que intentan generar ganancias, indirectamente ayuda a la economía. Y por eso, a menudo, apenas las cosas van mal la gente acusa a los especuladores, a los rentistas y demás, en lugar de darse cuenta de que es el gobierno el que causa muchos de los problemas. Los mercados no son perfectos. Las cosas pueden ir mal; hay crisis, hay ciclos económicos. Pero la mayoría de las crisis serias que hemos visto en los tiempos modernos o en la historia se debieron a malas políticas gubernamentales. Fue así en la crisis argentina, en la asiática, en los problemas que tiene hoy Japón, en las dificultades de Rusia durante los años noventa...
-Siguiendo este razonamiento, la responsabilidad de la crisis argentina de 2001 recae sobre el gobierno de entonces y sobre los anteriores. ¿Cree que esa crisis era predecible?
-Si lo ve desde la perspectiva actual, todo parece predecible. Creo que lo que se puede decir ahora es que si uno ponía atención en la deuda externa en dólares que se estaba acumulando y si se veía cuán importante era en relación con los ingresos del gobierno y el PBI, entonces sí era algo predecible. Sin embargo, ¿hay mucha gente que lo predijo? No lo sé. Luego de sucedido, parece que sí fue predecible. Siempre es fácil ser listo después de un acontecimiento. La inmensa deuda, tanto de las provincias como del gobierno central, era en dólares. Estados Unidos tiene una deuda enorme en dólares... pero nosotros podemos imprimir dólares. La Argentina no, y ése fue el mayor problema.
-A más de tres años de la crisis, los indicadores económicos de la Argentina parecen mostrar una recuperación. ¿Cómo ve la situación?
-No diría que la situación económica de la Argentina es buena. Creo que la economía de la Argentina se desbarrancó, lo que hace que una recuperación sea más fácil. Se ha recuperado, pero todavía falta mucho para lograr los niveles que tuvo antes, en términos de poder de compra internacional. Se recuperó, pero no lo suficiente. A la Argentina le estaba yendo muy bien en los años noventa. Todavía queda un largo camino antes de que se pueda decir que se recuperó totalmente.
-¿Cree que la Argentina aprendió de sus errores?
-El problema argentino surgió porque el gasto del gobierno, incluyendo a las provincias, fue muy excesivo y no fue controlado. Este seguirá siendo uno de los problemas del país, y no es un problema menor. Al igual que otro problema que afectaba a la economía real: la economía subterránea. Recuerdo haber leído estadísticas en las que se indicaba que un 40 por ciento de los argentinos trabajaba en negro... ¡Es un porcentaje enorme! Y no ha cambiado. Es muy difícil crecer en estas condiciones.
-¿Cómo vio la renegociación de la deuda del país?
-El Gobierno mantuvo una posición muy dura con los acreedores y negoció con rigidez. Creo que esto le causará problemas a la Argentina en el futuro. Le será bastante difícil atraer inversiones extranjeras y obtener préstamos en el circuito financiero internacional. Lo logrará, pero tomará tiempo.
-Sin embargo, el gobierno argentino presentó el canje como un éxito...
-Fue un éxito en el sentido de que se logró un acuerdo con los acreedores para pagarles una pequeña parte de la deuda. Eso fue un éxito, en el corto plazo... Pero en economía siempre se distingue entre corto plazo y largo plazo. Por ejemplo, si se aplica un impuesto muy alto a los capitales en un país, en el corto plazo las arcas se llenarán rápidamente, pero en el largo plazo la gente sacará su capital del país, y eso será un desastre. La dura posición que mantuvo el Gobierno con los acreedores extranjeros hará que, a largo plazo, un banco extranjero sea muy reticente a la hora de tratar con la Argentina.
-¿La Argentina podría haber pagado la totalidad de su deuda?
-No, pero creo que si la Argentina no hubiera negociado con tanta dureza y hubiera pagado una parte más significativa a sus acreedores, le sería más fácil reingresar en el mercado internacional. De esta manera se habría restablecido la confianza. Todos reconocieron que la Argentina estaba en crisis. Los acreedores reconocen que toman riesgos, y en una crisis esos riesgos no pagan. La pregunta es saber cómo se negocia para salir de la crisis. No creo que la Argentina esté en posición de pagar toda la deuda. La comunidad internacional comprendió eso, pero se esperaban mejores condiciones. Los ahorristas se vieron forzados a aceptar lo poco que proponía el gobierno argentino... o nada.
-El presidente argentino, Néstor Kirchner, llamó públicamente al boicot de ciertas empresas petroleras que dispusieron aumentos de tarifas. ¿Qué le pareció aquel episodio?
-Quizás haya sido una forma de populismo. Pero un buen estadista toma medidas poco populares en el corto plazo para producir beneficios en el largo plazo. Le daré un ejemplo: a principios de los años ochenta, Ronald Reagan estaba frente a una huelga de los controladores aéreos. Fue muy complicado para Estados Unidos en esa época. Mucha gente criticó la dureza del gobierno, porque era muy complicado viajar. Pero una vez que Reagan ganó las negociaciones con los huelguistas, el funcionamiento de la economía mejoró sustancialmente. Ese fue un punto de inflexión importante en la administración Reagan. Había una diferencia entre dificultades de corto plazo y beneficios de largo plazo. En este caso, creo que en la Argentina se lograron beneficios de corto plazo y dificultades para el largo plazo. Cuantas más dificultades tengan las multinacionales para invertir, más complicado será para la Argentina, y no creo que sea un país tan poderoso como para tener la esperanza de desarrollarse sin la ayuda de la comunidad económica internacional. Incluso China, la India y la Unión Soviética, que son países mucho más poderosos que la Argentina, fallaron cuando intentaron hacerlo solos. ¿Se puede imaginar cuán difícil será entonces para la Argentina, con menos de 40 millones de habitantes?
-Sin embargo, hay países "pequeños" que logran atraer inversiones y mantener al mismo tiempo una imagen disidente, como Venezuela...
-Hugo Chávez tiene los ingresos del petróleo. Si no los tuviera, la economía venezolana estaría en la ruina. La Argentina no tiene tantos ingresos petroleros. Seguir los pasos de Chávez sería un suicidio para la Argentina. Un suicidio económico.
-¿Y qué ejemplo podría seguir la Argentina?
-Chile es un buen ejemplo, mucho más que la Venezuela de Chávez. Es un país mucho más pequeño, pero que tuvo un éxito económico notable. No sólo durante la dictadura de Pinochet, sino también durante los gobiernos socialdemócratas y socialcristianos que siguieron. Ellos aplicaron políticas similares y se mantuvieron abiertos al mundo, concluyeron acuerdos con los Estados Unidos y con la Unión Europea y sus exportaciones crecieron considerablemente. No sólo los productos tradicionales, como el cobre, sino también las manufacturas, las frutas, los vegetales, el vino...
-La Argentina debería sellar acuerdos similares a los que logró Chile con el Nafta y con la Unión Europea?
-La Argentina debería cultivar el mercado norteamericano -Estados Unidos, Canadá y México- al igual que el de la Unión Europea. Mi esperanza es que tengamos un área de libre comercio en todo el hemisferio occidental. Creo que eso sería lo mejor para Estados Unidos y lo mejor para América latina.
-El ejemplo de la Argentina se utiliza a menudo como un caso escolar para los economistas. Usted, que es profesor, ¿lo sigue utilizando?
-A principios del siglo XX, la Argentina era un país muy rico en términos de ingresos per cápita. Estaba entre los diez primeros. Luego hubo seis décadas de políticas económicas nefastas, con Perón y con la época anterior, muy intervencionista y muy populista. Luego vinieron las reformas de Menem en 1989 y 1991, como la convertibilidad y otros paquetes, que liberalizaron los mercados y las privatizaciones. Estas fueron reformas muy positivas, en su mayoría. Confieso que durante los noventa bajé la atención, como muchos otros, sobre la deuda externa que estaba creciendo. Hay seis décadas de un caso de escuela de cómo arruinar económicamente a un país. Es un ejemplo que se utiliza a menudo. Ahora me parece que es otro caso de escuela: cómo las cosas pueden parecer positivas a corto plazo y muy dañinas para el país a largo plazo.
-¿Qué piensa del peronismo?
-Depende de a qué se refiera por peronismo. Yo no sabría cómo definirlo. Si se refiere al peronismo tradicional de Perón y a sus políticas, creo que fueron terribles para la Argentina. Si se refiere a Menem y su versión, cuando adoptó las políticas liberales, creo que fue algo positivo. Soy un liberal. Creo que las políticas proteccionistas y reguladoras, que son las tradicionales del peronismo, son un error. No conozco ninguna sociedad que a largo plazo no se haya beneficiado al aplicar políticas liberales.
Por Patricio Arana
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=730598
Para el ex jefe del BID, la confusión entre liderazgo y mesianismo es temible
WASHINGTON.– En sus 17 años como presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Enrique Iglesias encontró –y todavía lo lamenta– un denominador común entre los líderes latinoamericanos, incluidos los argentinos: “El inmediatismo”, dice.
También esa temible confusión entre liderazgo político y mesianismo. “Los políticos suelen obsesionarse con la búsqueda de un nuevo modelo, de la solución, del paradigma mágico, en lugar de aprender de otras experiencias, de otros países”, explica.
Añade que eso en la Argentina se combina con discusiones circulares y ya agotadas. “Algo ha pasado en la Argentina, donde el debate es obsoleto y se discuten los mismos temas que hace 20 o 30 años”, dice.
Iglesias tiene un cariño evidente por el país. Tan claro que, en lo peor de la crisis que arreció desde 2001, él abogó por la Argentina ante la ahora secretaria de Estado, Condoleezza Rice, y se enfrentó con la número dos del Fondo Monetario Internacional (FMI), Anne Krueger. Aceptó un nuevo período en el BID, dice, para ayudar al país. “¿Cómo podía irme? Ahora la crisis ha pasado”, explica.
Pero Iglesias es más que el hombre que deja la presidencia del BID. Nacido en Asturias, uruguayo por opción, economista, ex profesor universitario, ex Cepal, asumirá en Madrid como secretario ejecutivo de las cumbres iberoamericanas de jefes de Estado. Toda América latina le reconoce sus esfuerzos por sostener la democracia en la región, que él califica de democracia “en riesgo” desde hace años por la pobreza, el reparto injusto de la riqueza, las instituciones débiles y la dirigencia mediocre, contracara de líderes como Domingo F. Sarmiento, destaca, que impulsó la educación como herramienta de desarrollo individual y social.
–Usted dice que la democracia peligra en América latina. ¿Por qué?
–Porque la situación social en la región es dramática y tenemos situaciones muy graves de postergación social, con demandas insatisfechas que se manifiestan a través de formas de expresión pública que no habíamos visto nunca, como los movimientos casi antidemocráticos en las calles, en clamor de reivindicaciones de todo tipo, en lugar de apelar a las instituciones. Así se puede terminar con los gobiernos elegidos democráticamente. La dirigencia política a veces tampoco está a la altura de las circunstancias internacionales y regionales. Siento que la complejidad de la coyuntura exige una calidad política que muchas veces no está presente y que los partidos políticos no responden aún a la calidad que se les exige ahora en América latina. Y si la democracia como procedimiento no va acompañada por instituciones sólidas, surgen posibles desviaciones o rupturas, riesgos para las democracias. Afortunadamente eso todavía no se ha dado en América latina como bloque, y espero que no se dé, pero son elementos que no se deben soslayar. La democracia debe ser encauzada por canales adecuados. Y eso está fallando en América latina.
–¿Percibe, como otros en Washington, que el populismo es un riesgo creciente en la región?
–El concepto “populismo” se maneja con bastante ambivalencia. El populismo requiere recursos, y cuando éstos no están disponibles, no tiene muchas perspectivas. El populismo cuesta dinero. Si no hay fondos, no puede prosperar, porque deriva en crisis inflacionarias o en crisis de balanzas de pagos y se termina la aventura. Por eso también percibo en América latina que incluso gobiernos que llegan con banderas progresistas y de cambio ven las realidades objetivas y actúan con prudencia. Reconocen las limitaciones que tienen las funciones económicas. Los países tienen grandes limitaciones externas, impuestas por las realidades internacionales, y es importante reconocerlas para actuar con sensatez y mucho pragmatismo.
–Movimientos antidemocráticos, instituciones débiles, atraso tecnológico, globalización…
–También están las grandes disparidades que hay en las sociedades de esta región. Son la mayor fuente de inestabilidad y de inquietud social, mucho más que la pobreza. Cuando se comparan las estadísticas de distribución del ingreso se corrobora cuán mal está América latina con respecto al resto del mundo. Eso imposibilita la cohesión social, genera grandes enfrentamientos y, por tanto, perturba el funcionamiento normal de una sociedad.
–¿Cómo se corta la iniquidad?
–Ese es el punto difícil. Aun países que avanzan mucho en sus procesos de desarrollo económico, como Chile, están muy preocupados por cómo la modernidad económica acentúa, muchas veces, la relación distributiva injusta en sus países. Revertirlo lleva tiempo y paciencia. Hay que invertir en educación, fomentar el acceso a las oportunidades que ofrece la economía, el acceso al crédito y a la tierra.
–¿Prevé que el contexto que impulsa a la Argentina y a la región –dólar y euro altos, tasas de interés bajas, commodities apreciados– se puede revertir en el corto plazo y se pierda, así, una nueva oportunidad?
–Las “vacas gordas” de los últimos años para América latina estuvieron vinculadas con el ingreso del poder de compra asiático en el mercado mundial, en especial, el ingreso de China. Eso durará, porque esos consumidores continuarán comprando. Y en esa apertura creo que la región tiene una oportunidad como productora privilegiada de materias primas: alimentos, minería, energía, recursos forestales y marítimos. Esta oportunidad es enorme. Pienso especialmente en la Argentina, que tiene una posición privilegiada. Tiene una nueva oportunidad, que tendrá altibajos, como todo ciclo, pero que en el largo plazo es atrayente para un país que tiene claras ventajas comparativas.
–Eso también podría representar una condena para la Argentina, limitada a la exportación de materias primas y productos de bajo valor agregado…
–El ingreso de China en los mercados demuestra que los precios se han tonificado gracias a su demanda, que es muy vigorosa y sostendrá los precios en el mediano plazo. El otro tema es, claro está, que sólo con materias primas no se hace patria. Faltan más y mejores puestos de trabajo, pero esa demanda es una palanca fenomenal para impulsar otras áreas de la economía, hacer una reforma estructural y buscar nuevas formas de industrialización y de prestación de servicios en el mundo.
–El Banco Mundial y el BID calculan que América latina requiere unos 70.000 millones de dólares por año para desarrollar su infraestructura. Pero recibe menos, y los invierte mal.
–Desde luego. Se necesitarían decisiones racionales, inteligentes. Se pueden invertir US$ 70.000 millones y no resolver los problemas. En cualquier lista de prioridades es central invertir en educación. Un informe de la OECD demostró cómo los niveles de educación que tenía Europa en 1850 reflejan los niveles de distribución del ingreso que hay hoy en esa región, cómo el patrón educativo condicionó el distributivo. América latina tiene un profundo déficit en el área educativa, no tanto de acceso, sino de calidad.
–¿Cómo se mejora la calidad de la educación si aún se discute en la Argentina si hay que becar a los científicos o si la universidad debe ser gratuita y de libre acceso?
–Aplicando recursos a la educación, dentro del problema macroeconómico que vive el país, porque la educación compite con otras demandas necesarias. Sin embargo, insisto, no se invierte tan poco en educación, sino que se invierte mal. Es un déficit muy importante. La calidad de la educación depende de que se dispongan más recursos y de que se usen mejor los disponibles. En todos los niveles. La preescolar, la primaria, la secundaria y la superior, que muestra deficiencias muy grandes y muy graves. La educación superior, que se vincula directamente con la economía del conocimiento, representa un papel central en nuestras economías. En la Argentina, por ejemplo, tienen experiencias notables en materia tecnológica. Han tenido premios Nobel. La base sobre la cual hay que construir en su país un sistema de educación superior de altísima calidad está allí, latente.
–¿Cómo se explica la importancia de la educación y la globalización a líderes que les huyen a las nuevas tecnologías, que jamás salieron del país o que creen que cerrar la economía es la mejor opción?
–[Sonríe.] Pues habría que preguntarles a Sarmiento y a José Pedro Varela [político y pedagogo uruguayo de fines del siglo XIX] cómo hicieron en su momento para despertar la necesidad de la educación en sus naciones. Los cambios siempre están basados en los liderazgos políticos que tengan la suficiente visión. ¿Cómo hizo Irlanda para ser hoy el país que es? Colocando la educación como su prioridad veinte años atrás. Hay líderes que sin haber recibido educación formal han comprendido el papel de la educación.
–Usted insiste en que los argentinos no tienen en cuenta su potencial. ¿Por qué?
–La Argentina no es consciente de la enorme capacidad, del potencial que tiene y ha tenido. Ya es un lugar común recordar que en los años 20 tenía uno de los ingresos per cápita más altos del mundo y que lo había logrado a partir de una estructura económica y social muy particular. A veces, la Argentina desconoce que tiene un potencial fenomenal. La calidad del recurso humano argentino está por encima del observado en el resto de América latina. ¿Qué falla entonces? Las instituciones y los sistemas políticos, que deben responder a las nuevas realidades.
–¿Avizora entonces una segunda etapa de reformas estructurales?
–Las reformas deben ser, en realidad, un estado permanente. Los países deben adaptarse continuamente a las condiciones que provienen del resto del mundo, de las transformaciones tecnológicas. Se observa en los países industrializados, que buscan nuevas formas institucionales para adaptarse a los nuevos imperativos. Estamos en un mundo cada vez más interconectado, nos guste o no. Eso implica jugar con reglas de juego condicionadas por el contexto internacional. Aunque, también es cierto, hay que administrar esa integración. Hay que racionalizarla, impulsar políticas que maximicen sus beneficios y reduzcan los riesgos.
–Tras 17 años como presidente del BID, ¿qué aprendió de los líderes latinoamericanos?
–Que hay que luchar contra el inmediatismo, contra las crisis, las urgencias. América latina se está quedando atrás en lo tecnológico. Algo ha pasado en la Argentina, por ejemplo, donde el debate es obsoleto y se discuten los mismos temas que hace 20 o 30 años.
–¿Y aun así usted invertiría todo su patrimonio, o parte de él, en el país?
–¡Oh, sí! La revolución agrícola que ha hecho la Argentina en los últimos 20 años es espectacular. La capacidad de expansión que tiene el sector de la agroindustria en la Argentina, en este mundo en demanda permanente de alimentos, es fantástica. El descubrimiento de los recursos minerales que tiene durmiendo la Argentina es otro eje muy importante. El turismo, que su país ha explotado poquísimo, abre oportunidades enormes. Y la relación recursos-población es excepcional y de calidad. La Argentina tiene una base de desarrollo impresionante. El debate es cómo plasmar esas posibilidades en realidad. Es una cuestión de liderazgo político y reformas institucionales.
Por Hugo Alconada Mon
Corresponsal en EE.UU.
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=728768
El ensayista analiza la situación de Brasil
SAN PABLO.– “Hoy la política brasileña se parece a la Chicago de los años 30. El Partido de los Trabajadores (PT) llegó al poder como una nube de langostas. Tomó todo y creó una estructura de recaudación para la causa que nos recuerda a la mafia.”
Palabras fuertes, sin duda. Pero el filósofo, escritor y profesor José Arthur Giannotti nunca le escapó a las posiciones intelectualmente polémicas. Menos lo va a hacer ahora, a los 74 años, cuando las circunstancias que vive Brasil no se prestan a posiciones tibias.
Si la situación es tan grave, ¿por qué las encuestas continúan mostrando tanto apoyo al presidente Lula? “Primero, porque quien tiene una utopía o una esperanza muy grande, como generaba la figura de Lula, no la abandona ante la primera pedrada –respondió a LA NACION en una entrevista en esta ciudad–. Somos tercos cuando se trata de tirar al mar nuestras esperanzas. Segundo, porque Lula hace una política de sí mismo, independiente hasta de su propio gobierno, y eso lo separa un poco de la crisis”, respondió.
Doctor en filosofía por la Universidad de San Pablo, con un posgrado en la Universidad de París y especializaciones en Columbia y Yale, Giannotti es autor de algunos clásicos brasileños, como "Universidad en ritmo de barbarie" (1986), "Orígenes de la dialéctica del trabajo" (1966) y "Cierta herencia marxista" (2000). Su mérito más conocido, sin embargo, es haber sido uno de los fundadores del Centro Brasileño de Análisis y Planeamiento, el prestigioso Cebrap, donde esta entrevista fue concedida. Y apenas como registro anecdótico: aunque tiene relación histórica con la socialdemocracia brasileña y personal con Fernando Henrique Cardoso, Giannotti también estaba en aquella reunión histórica en que, 25 años atrás, se fundó el PT.
-¿Este escándalo habla específicamente del PT o del sistema político de Brasil en general?
-De los dos. Corrupción siempre hubo en la política, desde Grecia, pero el problema es la estructura de la corrupción. En el caso de Fernando Collor de Mello, se trataba de un outsider que, aprovechándose de las fisuras del sistema y de una vieja tradición de corrupción, montó una enorme red corruptora. El caso del PT es diferente: el PT no es un outsider, es un protagonista del sistema político brasileño. Y la corrupción aparentemente practicada por el PT no fue una simple perpetuación de la tradicional "caja en negro" para financiar campañas políticas.
-¿Por qué?
-Porque su estrategia fue crear una enorme amalgama entre el partido de gobierno y el Estado. De las siete subdirecciones del Banco do Brasil, cinco ya habían sido tomadas por punteros del PT. Y de los cargos en el Estado que son maleables por un cambio de signo político, el 80% ya había quedado en manos del PT, lo que no corresponde a la representatividad política. Una buena parte de los recursos que pasaban ilegalmente por las manos de dirigentes del PT no eran para sus bolsillos, sino para el partido. Claro que muchas personas iban poniendo dinero en su bolsillo, pero el objetivo principal era armar el partido de recursos para perpetuarse en el poder, favoreciendo una especie de mexicanización de la política brasileña. Afortunadamente no va a ocurrir porque los petistas son extraordinariamente torpes.
-Sus palabras parecen cargadas de indignación...
-¡Es que el PT llegó al poder con el hambre de una nube de langostas! Tomó todo. Y creó una estructura de recaudación que nos recuerda a la mafia. Se está descubriendo que en un municipio de San Pablo, en Santo André, cuando el intendente del PT, Celso Daniel, quiso ponerle freno a la máquina de recaudación ilegal que había montado el PT fue misteriosamente asesinado, en 2002. Las reglas de la mafia pasaron a regir el sistema: si Celso Daniel quiere abrirse, es asesinado; si el diputado Roberto Jefferson [el ex ladero de Collor de Mello que inició el escándalo, al revelar el esquema de corrupción en el gobierno de Lula] siente que estaba siendo traicionado por sus aliados en el gobierno, sale disparando para todos lados. Hoy la política brasileña es igual a la Chicago de los años 30.
-¿Por qué cree que el PT adhiere a las prácticas de un estilo de política que decía combatir?
-Porque una parte del PT se considera todavía heredera de la historia universal, que es una vieja concepción de la revolución. Por lo tanto, ellos podrían hacer cualquier cosa por la causa, aunque la causa incluyera practicar una política económica ortodoxa de derecha. El enriquecimiento personal es apenas residual de algo mayor.
-¿El problema es la forma en que se realiza el financiamiento de las campañas políticas?
-No: ése es apenas uno de los problemas. Eliminar el aporte de fondos privados no soluciona ese problema, que ocurre en todos los países del mundo. Lo que se debe hacer es disminuir el espacio de transgresión en el financiamiento de las campañas, y eso implica una vigilancia mayor. El problema no es la recaudación, sino la relación entre la recaudación y la vigilancia. Siempre que aparezca un empresario ofreciendo dinero para campaña sin declararlo legalmente, el político va a aceptar. Mucho más cuando crea que no corre riesgo de ser descubierto.
-¿Pero no es un problema filosófico para la república aceptar que un interés privado tenga el poder de definir políticas de Estado?
-Si nosotros queremos tener a mediano plazo una república de verdad, y capitalista, hay que controlar los grandes intereses. Ellos siempre van a existir, a no ser que se decrete el socialismo real, que terminaría generando una burocracia insostenible. Siempre van a existir empresas o industrias que van a querer aprovecharse de tal o cual diputado para hacer valer sus intereses. Es inevitable. No seamos tontos como para imaginar que es posible crear una república de ángeles. Lo que hay que tener es un sistema judicial ágil y un sistema partidario que pueda denunciar los métodos no republicanos.
-El PT se había consolidado en las últimas dos elecciones (nacional y municipal) como uno de los dos pilares renovadores de la democracia brasileña, junto con el Partido Social Demócrata Brasileño. ¿Qué queda después del escándalo?
-Va a depender de muchas cosas. Habrá que ver cómo el gobierno de Lula se reestructura. El gobierno no está muerto. El hecho de que tres ministros abandonaran sus ministerios para dedicarse a reestructurar el PT evidencia que Lula está haciendo un doble movimiento: por un lado, se aleja del PT, echa petistas de varios cargos, y por otro, se ocupa de rearmar el partido. Y en ese movimiento probablemente se elimine todo lo que es izquierda dentro del partido, que migrará hacia fuerzas de la izquierda utópica.
-¿Por qué todavía Lula no fue afectado contundentemente en las encuestas?
-Por varias razones. Lula representó una enorme esperanza de la sociedad brasileña; segundo, porque él hace una política que es como independiente de su propio gobierno, tanto que sus discursos muchas veces no combinan con la propia política de su gobierno. El se ocupa antes que nada de su propia imagen. Sin dudas no es un estadista, pero es un gran publicitario.
-Pero ¿qué dice del electorado brasileño una encuesta que, después de 50 días de escándalos, no muestra una caída en la popularidad presidencial?
-En primer lugar, quien tiene una utopía o una esperanza muy grande, como generaba la figura de Lula, no la abandona ante la primera pedrada que recibe. Somos tercos cuando se trata de tirar al mar nuestras esperanzas. En segundo lugar, no se olvide de que la gran masa de brasileños no lee el diario, por lo que hay que ver cómo va a seguir siendo presentada la crisis en la TV. Estoy comenzando a ver en la TV programas de humor en que se está desmoralizando al presidente de una forma sorprendente. En tercer lugar, la oposición en un comienzo evitó atacar al presidente y concentró los ataques en el PT. Luego se dio cuenta de que lo que estaba haciendo era fortalecer a Lula. Por eso comenzaron a ejercer presión sobre Lula también, pero sólo en los últimos días.
-¿Brasil tiene miedo de la palabra impeachment después del episodio traumático con Collor de Mello?
-No; el problema del impeachment es que es muy doloroso. Es un proceso institucional, pero hay que esperar para ver si en las próximas semanas la imagen de Lula queda pegada con contundencia a la crisis. Ahí sí podremos preguntarnos si va a haber un impeachment. Va a depender mucho de los medios, porque no es un proceso jurídico, sino político. Collor de Mello fue derribado sin ser efectivamente penado por la justicia. Collor era un outsider, no pertenecía a los grandes partidos. En las circunstancias actuales, no veo condiciones políticas para que el sistema político brasileño corte una parte de sí mismo: el PT y Lula.
-¿La oposición no quiere el impeachment?
-No. La oposición está interesada en hacer que Lula llegue debilitado a las elecciones, sin posibilidad de ser reelegido. Lo más natural es que el sistema político trate de hacer un acuerdo para evitar lo traumático de un juicio político. Entonces, todo depende de presiones externas, como la fiscalía, los medios, la población, etcétera.
-Cuando se ve el avance de potencias como China, que hasta hace pocos años estaban muy por detrás de Brasil y hoy crecen a toda velocidad, uno se pregunta si Brasil perdió el tren.
-Infelizmente, no fue sólo Brasil, sino toda América latina. Hay dos países que nunca se asumieron como latinoamericanos: la Argentina se creyó inglesa o francesa, y Brasil se creyó el ombligo del mundo, porque "Dios es brasileño". América latina, en sus últimos años, perdió el empuje. El problema no es interno: es un problema de coordinación, de encontrar una manera de que nuestras economías latinoamericanas y nuestros sistemas políticos sean complementarios. Me pondría triste si me muriera antes de ver algo contrario a la Operación Cóndor, porque a la hora de matar gente los gobiernos latinoamericanos se coordinaban bien. Ahora podríamos juntarnos para, por lo menos, hacer un capitalismo de verdad.
-¿Y las aspiraciones de liderazgo y coordinación regional con las que asumió Lula? ¿Cómo quedan ahora?
-Eso era marketing. Ya quedó claro. De hecho, Lula no es capaz de distinguir un buen economista de un tonto publicitario, pero lo positivo es que la gente va a aprender. Hoy vemos que, quitando la política económica, que sigue estrictamente la línea neoliberal, el resto no funciona. Está paralizado.
-¿Dónde está la intelectualidad?
-Si quiere saber, por ejemplo, de qué forma la universidad se está manifestando, va a descubrir que la universidad no existe. ¿Y dónde están los intelectuales petistas? Está todo el mundo callado, no hay análisis en ningún lado. Pero las fuerzas sociales en Brasil son grandes, y por eso creo que debemos comenzar a pensar en un decálogo. El sistema político no va a ser reformado por completo, pero podemos pedir que se instituya una agenda de lo que es posible hacer para mejorar el sistema. Ya sería un comienzo.
-Un fenómeno curioso parece ocurrir en el gobierno de Lula: el apoyo mayor se concentra en algunos sectores de las clases altas y en las clases más bajas. ¿La clase media y los sectores organizados de la sociedad, donde residía el apoyo más militante del PT, se desencantaron?
-Sí; la clase media se desencantó de Lula. Pero hay matices. En primer lugar, efectivamente, el que está más feliz es el capital financiero, que nunca tuvo tanto lucro. Pero hay sectores industriales que no soportan más la carga tributaria ni los intereses altos como están. Por lo tanto, incluso en la alta burguesía brasileña, los grados de apoyo son extremadamente diferentes. Sin dudas, el PT está perdiendo a las clases medias, en particular porque está realizando reformas que amenazan ciertos privilegios ancestrales de esos sectores. Pierde apoyo también entre medianos empresarios, debido a la falta de una agenda de desarrollo y a las tasas de interés altas, y golpea a su militancia haciendo una política que niega los principios del partido. Las clases bajas, en tanto, están con Lula. No están con el gobierno, del que tienen una visión crítica.
-Los movimientos sociales y las clases medias intelectualizadas que se desencantaron del PT no se sienten cómodos volcándose políticamente hacia el Partido Social Demócrata Brasileño, que todavía ven como un partido de elite o tecnócrata. ¿Esos sectores quedaron huérfanos en la política brasileña?
-Quedaron huérfanos. Están rompiendo con el PT, pero no pueden acercarse al PSDB, porque sería como aproximarse a un partido que tiene una línea ideológica parecida a la que el PT adscribió al llegar al poder, y que ellos están combatiendo. En esa llegada del PT al centro, desde el punto de vista ideológico los dos partidos se juntaron. Y por eso se van a pelear eternamente: están disputando el mismo espacio político.
-Usted afirma que el verdadero cambio que se buscó con Lula hubiera ocurrido con el socialdemócrata derrotado, José Serra. ¿Por qué?
-Porque Serra era, en el gobierno de Cardoso, el mayor opositor a la política económica ortodoxa, mientras que el gobierno del PT tuvo que rendirles homenajes constantes al capital financiero y al FMI para no producir una crisis cambiaria. Igualmente, cuando Lula venció, yo me entusiasmé, pensando que desde el punto de vista político podría haber un gran avance. No tengo ningún preconcepto contra el PT, porque incluso participé en su fundación, hace 25 años. Cuando ellos se fueron inclinando hacia el sindicalismo y el leninismo, me alejé. Pensaba que el PT iba a traer nuevos vientos a la política brasileña, y no fue lo que ocurrió. Ellos llegaron al poder con el mito de crear un hombre nuevo. Lula no pasa un día sin decir que estamos viviendo un momento histórico, como si hubiéramos inaugurado una nueva era. Se crea una mitología para esconder el propio fracaso. Estamos presenciando una desinstitucionalización del sistema político.
Por Luis Esnal
Corresponsal en Brasil
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=726831
Opina un especialista en neurobiología
NUEVA YORK.– Steven Johnson vive en la casa que toda chica casadera de clase media norteamericana soñaría. Ubicada en la cuadra más arbolada del arbolado Brooklyn tiene un patiecito atrás para que jueguen los niños, la escuela cerca y las veredas impecables para evitar caídas del triciclo. Adentro, los pisos de roble brillan, hay fotos de una novia de blanco en las paredes y la presencia de los chicos se delata por juegos tradicionalísimos, prolijamente apoyados contra la ventana: un par de dinosaurios de goma, varios autitos, un tren eléctrico...
Todo es sano, limpio y conservador. Nadie diría que ésa es la casa del más inteligente defensor de la TV basura y de los videojuegos, que acaba de publicar el best-seller más escandaloso de los últimos años. Presentado por la prestigiosa editorial Penguin, se titula “Everything bad is good for you: how popular culture is making us smarter” (“Todo lo malo es bueno para ti: cómo la cultura popular nos está haciendo más inteligentes”).
Johnson argumenta que las formas más vituperadas del entretenimiento popular –como las series violentas de TV, los reality shows y los videojuegos que aterran a los padres– son nutritivas para el cerebro.
“Ofrecen un riguroso entrenamiento cognitivo y las habilidades mentales que desarrollan hoy son tan importantes como las que se ejercitan al leer libros", sostuvo en diálogo con LA NACION.
Johnson, de 37 años, a pesar de su aspecto de atlético padre suburbano -realiza esta entrevista descalzo y en bermudas-, es un especialista en neurobiología y profesor de telecomunicaciones interactivas en la Universidad de Nueva York. Sus trabajos son publicados regularmente en la página de opinión de The New York Times y en la revista New Yorker, y su libro anterior sobre la manera en que trabaja el cerebro, "Mind Wide Open", estuvo en la lista de los más vendidos.
Con "Todo lo malo...", Johnson se ha convertido en el hombre del momento. Es difícil encender la TV o abrir un diario sin que aparezca alguna entrevista o comentario sobre su libro, que fue recibido por muchos norteamericanos con un suspiro de alivio.
"La gente está harta de ser sermoneada con que la cultura popular nos está estupidizando, que no es más que un aluvión de productos comerciales para descartar porque achatan la mente. En las últimas décadas la cultura popular se ha vuelto cada vez más compleja y entenderla presenta un mayor desafío intelectual. En vez de vivir en una sociedad crecientemente infantilizada por la cultura de masas, estamos viviendo los efectos de una sociedad crecientemente sofisticada y demandante. El ejercicio que presenta el uso de Internet, los juegos electrónicos, o entender los nuevos programas de televisión, e incluso el cine, explica en parte por qué el coeficiente intelectual de las nuevas generaciones de norteamericanos está subiendo. Juegos y narrativas que hubieran sido consideradas demasiado complicadas para una audiencia masiva treinta años atrás ahora atraen a millones de entusiastas. Claramente, algo ha cambiado en las mentes de todas esas personas", dijo.
-¿Y por qué no vemos lo positivo de ese cambio?
-Porque lo que hace falta es una nueva forma de medir el valor social de este tipo de entretenimiento. Una forma de medir que se centre menos en el contenido del programa y más en lo que nuestro cerebro hace con él. McLuhan ya anticipó que el problema, al juzgar nuevos sistemas culturales, es que la presencia del pasado reciente inevitablemente colorea nuestra visión, agrandando sus fallas e imperfecciones. Los videojuegos siempre han sufrido de este síndrome, en gran parte porque se los ha comparado con las convenciones tradicionales de la lectura. Uno se pregunta, respecto de un videojuego: ¿son los personajes creíbles? ¿Es el diálogo complejo? Como si fuera una novela. Así, obviamente, se pierde su valor.
-¿Y cuál es su valor?
-Los juegos no son "Hamlet" ni "El gran Gatsby". Son, más bien, como problemas matemáticos, de lógica. Como tales, son buenos para el cerebro en un nivel fundamental: enseñan las habilidades abstractas de la probabilidad y del reconocimiento de patrones, así como la comprensión de relaciones causales que pueden aplicarse a infinidad de situaciones, tanto personales como profesionales. Lo que muestran los trabajos científicos más recientes es la manera en la que el cerebro humano se ve atraído por los sistemas en los cuales las recompensas están claramente definidas y que se logran a través de la exploración y el uso de un ambiente, y este factor exploración es clave para entender el atractivo de los nuevos videojuegos.
-¿Con el Pacman no se exploraba?
-La diferencia con los primeros videojuegos, como el Pacman, por ejemplo, es que en ellos estaba muy claro qué es lo que había que hacer (comer la mayor cantidad de pastillitas posibles y evitar ser atrapado por los fantasmas). En cambio, en los juegos nuevos hay que ir descubriendo las reglas a medida que se avanza. No existe ninguna otra forma de cultura popular que ejercite al cerebro de manera tan directa en la toma de decisiones. En los videojuegos, los chicos se ven forzados a pensar en las consecuencias de sus acciones de manera sofisticada: hay estrategias exitosas en el corto plazo que llevan a malos resultados en el largo plazo y hay estrategias no tan buenas en el corto plazo, pero que llevan a consecuencias positivas en el futuro. Con los videojuegos los chicos aprenden a lidiar con este panorama y a elegir, y aprenden que una elección errada tarde o temprano se paga. En ningún juego tradicional, como policías y ladrones, esto se ve de manera tan rigurosa, pero los adultos no parecen reconocer el valor de esto.
-¿Qué pasa con el sexo y la violencia de muchos programas y videojuegos?
-Yo no digo en absoluto que sea un asunto irrelevante. Por el contrario, son temas legítimos para discutir. Lo único que sostengo es que el debate se centra en el sexo y la violencia que existe en algunos contenidos y nadie está mirando qué pasa en el nivel cognitivo, con el medio en sí. Y si no se tiene el panorama completo, no se pueden tomar decisiones informadas respecto de lo que los chicos deberían o no estar haciendo.
-¿Cómo podemos estimular el conocimiento echados en un sofá y mirando la tele?
-Los programas de hoy son muy distintos a los de décadas atrás. Hay muy pocos que realmente uno pueda echarse a verlos pasivamente. No se puede ver una serie como "Los Soprano", "The West Wing" o "24" como se veía "Starsky y Hutch" o "Kojak". No son sólo los argumentos infinitamente más complejos y difíciles de seguir, sino que programas como "Los Simpsons" o "Seinfeld" requieren constantemente "notas intelectuales al pie de página" que debemos proveer para entenderlos.
-¿Por qué hacen falta estas aclaraciones suplementarias?
-Porque esos programas están llenos de bromas que sólo quien sigue la serie puede entender. Usan y abusan de referencias a otras formas de cultura popular. Obviamente, los programas de TV son más pasivos que los videojuegos, pero aun así nos estimulan intelectualmente, al forzarnos a seguir múltiples hilos argumentales y a llenar con información los agujeros que los guionistas dejan deliberadamente vacíos u oscuros. En un episodio cualquiera de "Los Soprano", por ejemplo, debemos seguir veinte personajes y una docena de líneas argumentales. Por eso, para seguir su narrativa no basta con recordar lo que pasó en el capítulo anterior: nos vemos forzados a analizar cada situación para entenderla. Esto no ocurría, obviamente, con "Los duques de Hazzard", pero tampoco con programas que eran considerados de calidad, como "El show de Mary Tyler Moore", donde la "calidad" estaba en que los personajes decían cosas inteligentes o ingeniosas, no en que pusieran nuestro cerebro a descifrar qué pasaba.
-¿Y los reality shows?
-Lo maravilloso es que hasta lo peor de la televisión ha mejorado. Lo que siempre se dice es que las audiencias se congregan frente a los reality shows porque disfrutan del espectáculo de ver a otras personas que son humilladas en la pantalla. Eso puede ser cierto respecto de algunos reality shows, como aquellos en los que obligan a los participantes a meterse en una caja con arañas o a comer cosas repugnantes. Pero los programas más exitosos hoy, como "Sobreviviente" o "El aprendiz", son mucho más sofisticados. Si uno entra en las páginas web donde conversan quienes siguen "El aprendiz" (en el cual los participantes luchan con las argucias del mundo de los negocios para ser la mano derecha de Donald Trump) o escucha al día siguiente lo que opinan los compañeros que siguen el programa en la oficina, se verá que hablan en términos de "estrategias" y "alianzas". Deben seguir el hilo de múltiples relaciones y personajes, tener en la cabeza que "Pedro odia a Pablo, pero a Pablo le cae bien Pedro, y ambos se relacionan bien con María, pero ella los piensa traicionar" para entender la acción. Todo esto sirve para afilar nuestra inteligencia emocional y nuestras habilidades sociales.
-¿Cómo afectan estas nuevas formas de lo que usted llama cultura popular el vínculo entre padres e hijos?
-Lo que estamos viviendo es una gran oportunidad para que los padres puedan realmente participar con placer de lo que les divierte a sus hijos, no sólo tomarlo en forma condescendiente o prohibirlo. La cultura infantil se volvió tan interesante que atrapa a los adultos también. Yo vi "Buscando a Nemo" en DVD 75 veces con mis chicos, y reconozco sin pudor que las primeras 30 las disfruté mucho. Es un gran film, que llega tanto a un adulto de 37 años como a un adolescente de 15 o un chico de cuatro. En mis viajes para presentar mi libro siempre termino rodeado por padres del público que se acercan para contarme cómo disfrutan compartiendo con sus hijos un videojuego determinado, y que no dejan de maravillarse ante cuánto mejores son sus chicos que ellos. Los chicos, a la vez, terminan pensando como adultos. Demuestran una enorme precocidad.
-Pero algo se pierde por leer menos libros tradicionales, ¿verdad?
-Sin duda. Hay un tipo histórico, específico, de lectura que se está volviendo menos común en nuestra sociedad, y que implica sentarse con un libro de 300 páginas y seguir su argumento o narrativa sin mayor distracción. Y es verdad que los videojuegos y la televisión sirven poco para entrenar nuestras mentes para algo así si no incluye algún tipo de interactividad. Pero todavía tenemos a los padres y a la escuela para que impartan la sabiduría que la cultura popular no puede dar. Nadie dice que la cultura tradicional deba ser reemplazada. Simplemente se trata de aceptar que hay mucho de bueno, también, en nuestra tan demonizada cultura popular.
-¿Por qué cree que es tan demonizada?
-Mucho es generacional, como aquello de que lo que entretiene a nuestros chicos nunca puede ser tan bueno como