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MOMENTO

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 14:08:42

El jardín llovido
eleva hacia las tímidas sonrisas azules
la mirada de sus rosas.
Ruptura cristalina del alado llamamiento
a la luz.
Pesado de delicia el jardín con sus árboles
se pierde en sus esencias.
Pero viene la brisa
y es una infancia de hojas y de flores danzando.
El canto de los pájaros a la danza se ciñe.

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LA NOCHE Y LA MUJER

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 14:04:40

¿Dónde empieza la una y termina la otra?

Flor
de la noche
hecha sólo
de resplandores,
pero brotada
de un suave secreto
del cosmos.

Con su más pura
vida
es forma de la sombra
que mira
y abre
blancas sonrisas.

Loca la noche de la ciudad la quema en reflejos
¿Se muere en el día como una joya?

La noche de los árboles la entiende.
Y la calle iluminada
fija en ella su más viva y delicada pasión.

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SI, LAS ROSAS...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 14:03:40

Sí, las rosas
y el canto de los pájaros.
Toda la hermosura del mundo,
y la nobleza del hombre,
y el encanto y la fuerza del espíritu.
Sí, la gracia de la primavera,
las sorpresas del cielo y de la mujer.
¿Pero la hondura negra, el agujero negro,
obsesionantes ?

Sí, Dios, lo divino,
a través de la rosa y del rocío,
y del cielo móvil de unos ojos,
pero el vacío negro, el horror vago y permanente de la
[sombra ?

Sí, muchachas en la tarde,
niños en los jardines,
paisajes que suenan como melodías perfectas,
versos de Rilke o de Brooke,
entusiasmo generoso de las jóvenes almas
capaz de cambiar el mundo,
belleza del sacrificio y del ideal,
y el amor, y el hijo, y la amistad,
¿pero el vacío negro, el escalofrío intermitente del abismo?

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ES OTOÑO, MUCHACHOS...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 14:00:30

Es Otoño, muchachos. Salid a caminar.
Otoño en su momento inicial, más hermoso.
No os engañará este azul casi alegre?
¿Alegre?
¿La profundidad tiene alguna vez alegría?

¿No os engañará este verde joyante por momentos?
¿ O esta invitación alada de la tarde ?
No, una honda presencia deshace las azules sombras
y apaga la alegría del campo
—un luminoso, puro sueño que tiembla—

¿Cómo, y la tarde no se corona de flores
como de un fuego quieto de ángeles guardianes?

Ya está el viento, muchachos, el viento del otoño, del otoño,
violento o suave casi como un suspiro,
una enfermiza alma
de qué oscuros reinos?
que revela en las cosas
un herido pensamiento
de sorprendidas criaturas.

El viento,
niño fúnebre que juega con las últimas ilusiones del cielo
hasta darle una aguda limpieza de extraña agua final.

El viento, muchachos, el viento infinito.

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MAÑANA

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 14:00:12

Vestida de aguas verdes la mañana se va
hacia el sur. El rumor del viento la envuelve
mientras ella con gesto ebrio sobre los fluidos
prados un florecer de mariposas, nieva.

Sus labios encendidos, de secreta frescura,
se abren en una risa, matizada, de pájaros:
surtidor que ella bebe y la embriaga aún más.

Ya vuela hacia la paz humosa del confín,
—anhelo, juego, amor, que su éxtasis busca.—
¿O la llama el sueño azulado de aquellas
lejanas arboledas que del cielo ya son,
humos tenues del fuego que ha de modelarla?

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SUEÑO ENCENDIDO.

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:59:50

Otoño, celeste puro, exaltado, entre nubes de humo,
que baja hasta una dulce palidez
entre una tenue gloria de vapores.
Otoño sobre las rosas, otoño del mediodía.
Las cosas encantadas en un sueño encendido.
Las chispas, sólo, de las hojas
aleteando.

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NO, NO ES POSIBLE...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:59:28

No. no es posible.
Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia.

¡Fuera la delicia del fuego, con Proust entre las manos,
y el paisaje alejado como una melodía
bajo la llovizna
en el atardecer perdido del campo!

Fuera, fuera, Brahms flotando sobre los campos!

No, la muerte mágica de la música,
ni la turbadora sutileza,
mientras bajo la lluvia
hombres sin techo y sin pan
parados en los campos,
vacilan al entrar a la noche mojada!

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OH, PUEBLO AZUL Y QUIETO ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:58:50

¡Oh pueblo azul y quieto bajo la madrugada,
a la vuelta del tedio ruidoso de la fiesta:
¡con qué extraña gracia como una aparición,
del ajeno alumbrado, vago aún, surgiste!

¿De qué mundo lejano, como un sueño caíste,
hecho de luz apenas realizada, que las
estrellas por ti tienen la inquietud ¡ay! aún pálida
de que el día lastime tu aérea arquitectura?

¿O ellas apuran el diálogo silencioso
que sostienen con tus invisibles criaturas
en una musical agonía de párpados,
que llena el aire de un secreto milagro?

¿Viven aquí los hombres, viven aquí los hombres?

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ADELANTE, BRISA...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:58:28

-Adelante, brisa, adelante.
¿Qué me traes de los campos?

—¿De los campos?
Soy el anhelo
que se enciende en las flores,
aletea y canta en el pájaro,
y azulea con la pureza más ingrávida
en el cielo.
El anhelo aún incoercible,

el anhelo transparente,
el hálito original, el espíritu gracioso y sutil
de la tierra ilusionada.
Las flores cantan.
pero se quedan,
el pájaro llama, pero "está preso
en el círculo de su vuelo",
el azul se curva,
el agua tiene orillas,
pero como un ángel libre yo tiemblo y huyo,
¿hacia dónde voy?

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COMO ES DE SENSIBLE

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:58:09

¡Cómo es de sensible la emoción del crepúsculo!
El silencio es tan hondo que hace daño casi,
a pesar de que arde, todo floral, arriba,
en la emocionada palidez del cielo,
con eucaliptus negros, de improviso, subidos.

¡Y cómo se prolonga la emoción! ¿Cuándo
una dulzura suave, flotante, alargó tenues
sombras entre las plantas? ¿Cuándo salió la luna?

Soledad de los campos con luna. Soledad.
Campo y luna, dos notas sólo que sostienen
esta música eterna. Campo y luna.
¿Para qué más? Tengamos el oído sutil.

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LOS ANGELES BAJAN EN EL ANOCHECER

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:54:24

Los ángeles bajan en el anochecer
y se extienden por las
fachadas que al poniente
dan, tan tal dulzura
flotante, musical,
que da miedo, miedo
por ellos,
a pesar de sus alas
y de la indiferencia inclinada del pueblo.

En el campo se está
tranquilo.
Se confunden, juegan acaso,
conversan
con los pájaros
que vuelven,
circulan entre los sonidos
de las esquilas,
y sonríen a los silbidos
lejanos.
Se posan como pájaros espectrales
sobre un caballo blanco
o una vaca blanca,
puros de la penumbra
baja, y,
casi fluida.
Y se fijan, al fin,
se adhieren, ¿hasta cuándo?
a la pared encalada
de un rancho
posado sobre la loma.
¡Oh, el rancho celeste sobre la loma,
flotando hacia el azul triste,
anochecido,
del oriente!

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RIO ROSADO AUN EN LA NOCHE

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:50:41

Río rosado aún en la noche,
a ras con las orillas, pálido entre las sombras.
La luna quiere guiarte o encantarte
esforzándose por mostrarte
los países aún no marchitos del ocaso.
Tú aún los recoges,
con una cortesía un poco distraída,
río rosado en la noche,
pues tienes una secreta obstinación
de correr mucho esta noche.
Nada de sueño, no, a pesar de la invitación
de la luna,
y de los grillos de la orilla que te llaman,
y de las luces cercanas que te hacen señas,
y de alguna casa de la barranca,
que quiere alargar su reflejo en tu paz.
Alto río rosado, pleno.
Una infantil energía, un ilusionado impulso,
te hace sordo esta noche
a lo que antes te hacía soñar y quedarte hasta el alba.
El canto de un pájaro en la medianoche
te detenia ¿recuerdas? frente a un árbol.
Ah, nos engaña casi tu transparencia tardía,
rosada, y con estremecimientos ya azulados.
Río pleno, pálido en la noche.

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RÁFAGA DEL VACIO ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:50:17

Ráfaga del vacío, del abismo,
que hace temblar como húmedos cirios a las plantas con luna
y vuelve los caminos arroyos helados hacia la nada.
Ráfaga del vacío, del abismo.

Visos, todo, visos sobre la gran sombra!

Ah, y mis hermanos, mis hermanos sedientos,
sobre cuyas espaldas se edificó la belleza,
y florecieron todas las gracias que sonrieron a los otros,
los otros que no sintieron nunca
el perfume de sangre de las fragilísimas flores...
Mis hermanos esforzándose por saludar a la aurora!

¿ Será esa belleza nueva,
la belleza que crearán ellos,
esa belleza activa que lo arrastrará todo,
un fuego rosa contra el gran vacío,
o el viento que dará pies ágiles a la mañana,
sobre esta enfermedad aguda, terrible, de la sombra?

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HAY ENTRE LOS ARBOLES.

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:50:02

Hay entre los árboles una dicha pálida, final,
apenas verde, que es un pensamiento
ya, pensamiento fluido de los árboles,
luz pensada por éstos en el anochecer?

Imágenes oscuras, los pájaros, vacilan
y quiebran, al fin, tímidas frases entre las hojas:
la pura voz delgada de ese pensamiento
que quiere concretarse porque empieza a sufrir.

¿Sufrir por qué? Alado, tiembla hacia las nubes,
miedoso de perderse, de morir, a pesar
de la gravitación ya sensible de algunas
estrellas, y del llamado espectral de las flores.

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HAY EN EL CORAZÓN DE LA NOCHE ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:48:37

Hay en el corazón de la noche
un roce,
anterior al ángel que deshace
el éxtasis de las hojas,
anterior a los gallos,
al desmayo primero, tenue,
tenuísimo
del cielo,
a esas alas sobresaltadas
¿qué sueño, pesadilla de pájaro?

Hay en el corazón de la noche
un roce.
Cómo es de sensible la noche!

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¿DE DONDE ERA LA PAZ?...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:48:08

¿De dónde era la paz con que la húmeda luna
entre las arboledas, azul, se deshelaba?
Callaba el río pálido viendo jugar los elfos
sobre el tenue rumor de la hierba plateada.

La pena terca casi sonreía a la fábula,
a merced del arroyo ideal del sendero,
pero esa perra herida a la orilla de éste,
esa perra, oh Dios mío, esperando la muerte ?

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VERSOS LEÍDOS JUNTO...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:47:04

Versos leídos junto al río atardecido
con las miradas últimas del jardín otoñal
de ese cielo ¡ay! herido por las rosas más puras,
sobre la hierba oscura, y esa luz en las páginas...

Versos leídos casi entre un doble vacío
cuyo llamado tiene un encanto más fuerte
que el mismo de la música, voz acaso encantada
de la muerte, la noche ciega o iluminada?

Versos leídos junto al rio atardecido,
ya sonriendo a la llama de la líquida estrella,
pero esa garza herida por la honda infantil,
vuelo quieto y gris, sangrante y abatido?

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ESTOS HOMBRES ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:46:29

Estos hombres que vuelven,
sienten la gracia
de los puros espíritus
del crepúsculo?
Se diría que sí.
Parecen flotantes
fantasmas pálidos.
Los que están parados
en las puertas
frente al dulce abanico de luz última
—nobles estatuas de melancolía—
sentirán aún más
la caricia de impalpables alas extrañas?
Ah, si ciertamente fuera así,
una serena dicha fuera nuestra.
Pero aquel hombre vago sólo siente
que a la inseguridad terrible de su vida
se une la tierra negra,
que en su casa deshecha no le espera la lámpara
rodeada de risas,
sino un montón oscuro
de infantiles figuras contraídas,
y la desesperada, femenina, pregunta cotidiana.

Pero yo sé que un día verás, oh hermano mío, en el horizonte,
temblar, bajo el rocío, para tí, limpios jardines...

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PERDÓN ¡OH NOCHES!...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:45:53

Perdón
¡oh noches de octubre! claras, clarísimas
y quietas,
con las plantas mojadas de plata
dándoos su intimidad fragante;
con vuestro rocío, ¡oh noches!
con el viento
que agita las confidencias vegetales,
que agita los misterios dormidos de las cosas
y los mece en el aire como fúnebres paños.
Perdón, ¡oh noches!
de madreselvas y naranjos consumiéndose
en la ilusión antigua
de su florecimiento.
Apenas
si os he sentido.
Perdón, oh casas del pueblo,
profundas de historias secretas en la noche,
estáticas en el tiempo con vuestra fragilidad de ruinas.
Unas sombras viejas
que suspiran a las estrellas, asomadas a las rejas,
con el vals que se deshoja, allá lejos. . .
Casas viejas, viejas, en la luna.
He pasado excesivamente de prisa ante vosotras.
Perdón, oh mañanas
que con traslúcidos dedos,
alargados a través de las hojas y los pájaros,
habéis tocado mis párpados pesados,
y no os he respondido
para asistir a la revelación de las flores,
de la hierba brillante, del río deslumhrado. . .
Perdón, ¡oh tardes de las 3!
ligeras, ligeras, todavía,
frescas aún como acuarelas celestes.
Un hombre que va a pescar.
Una mujer vestida de blanco.
Las orillas del río, amarillas de flores.
Una nube en el cielo y otra nube en el rio.
Una sobrevida temblorosa de espejo. . .
Perdón, oh tardes,
que apenas os haya mirado.
Y a vosotros, atardeceres de octubre, tan sensibles,
"suite" silenciosa de qué extraños espíritus?
cuyo más mínimo movimiento
me penetraba todo,
perdón!
os he sido casi indiferente.
Noches, casas, mañanas, tardes,
crepúsculos:
cómo sustraerme al drama del hombre,
al drama del hombre que quiere crearse,
modificar el mundo,
cambiar la vida,
sí, cambiar la vida?

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NADA MAS...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:45:13

¿Dónde se hizo esta
luz
velada ?

El chingolo canta.
Este canto en la luz
como desde el seno
tímido de la luz.
Y las orillas
florecidas,
las orillas
amarillas,
las orillas temblando
en la sensitiva
mirada del río?
Demasiado, demasiado.
Sólo la soledad
apenas
dorada,
con este canto.

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CON UNA PERFECCIÓN...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:44:04

Con una perfección exquisita
—exquisita ¿verdad?, hermanos míos
pálidos y rotos—
el Domingo —ligera nube lila
de paraísos y luz propia de flores—
se evapora.

Gracias a vosotros,
al oscuro trabajo de vosotros,
puedo estar yo aquí sentado
mirando cómo el cielo último al morir
vuelve su faz hacia el jardín,
y éste quiere subir y da dos o tres notas luminosas
antes de exhalarse todo para la noche.
Cómo se corresponden estas muertes
—¿verdad, hermanos míos?
Yo oigo el final suspiro de estas frágiles vidas
y me estremezco.
¿Pero qué os doy, hermanos míos,
qué os doy por vuestro oscuro trabajo?
¿Qué os daré?
¿Armas para vuestras guerrillas?
¿Cantos que os prendan alas de fuego a vuestros pasos?
¿Luces sensitivas para las cosas
que rodearán vuestros lejanos hijos
de numerosas y delicadas presencias?
Ah, sólo quizás
simples, torpes reflejos animistas o mágicos.

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AROMOS DE LA CALLE...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:43:44

Aromos de la calle.
Qué dicha flotante,
inmediata,
casi palpable!
No la siente el pobre,
no puede sentirla,
y tan cerca de él
el alma embriagada
del aromo!
Vergüenza de ser
el único en la fiesta
fragante
bajo la mirada
—celeste a destiempo—
del cielo que abren
nubes tibias.
Pero yo sé que un día
los frutos de la tierra
y del cielo, más finos,
llegarán a todos,
a todos, a todos.
Que las almas más
ignoradas
se abrirán a los
signos más etéreos
del día, la noche,
y de las estaciones...

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UN CANTO SOLO...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:43:16

Un grillo, sólo, que late el silencio.
A su voz se fijan
los resplandores
errátiles
de las estrellas
que tienden hilos vagos
al desvelo
de las flores, las hierbas, los follajes ?
O es una tenue voz aislada
junto al arpa que forman esos hilos
y que hace cantar la noche
con su último canto
secreto ?
No oigo
ya
el grillo.
Vibra un canto
sutilísimo, profundo,
hasta cuándo... ?

Los cantos de los gallos
quiebran metales tristes, irisados,
que no son de este mundo,
de qué tímida alba
que aún no ha tocado las estrellas
pero que sienten ya
el río
y las alas?:
pálido serafín que se asoma a los cielos
con un agudo, casi desgarrado, heraldo.

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NADA MAS QUE ESTA LUZ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:41:40

Nada más que esta luz, otoño.
Nada más que esta luz.
El éxtasis, el éxtasis,
entre el cielo y la tierra, suspendido,
mejor: que se abre y se dilata como un alma
profunda, pero de una
claridad delicada de serenos
pensamientos sensibles.
Nada más que esta luz, otoño,
otoño, nada más que esta luz
que penetra sutil
las cosas
pero queda
al rededor de ellas, como temblando,
sensitiva
y casi pudorosa.
Nada más que esta luz, otoño.
¿ Es de todos esta luz ?
La calle humilde está
traspasada, y como elevada,
ligera,
en esta dicha etérea.
Pero a todos llegas, otoño,
a todos llegas en esta tarde
en que hay manos translúcidas y eternas
que hacen signos tiernos en el aire?

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GRACIA SECRETA...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:41:20

Gracia secreta de
esta mañana.
El cielo es un vapor
dulce.
Los árboles, la brisa, los pájaros,
sienten esta delicia suspendida.
Se sienten ellos dentro de esta sensitiva
dicha íntima y fresca.
Y apenas si se mueven, tiemblan, cantan,
como guardando el sueño perlado de la luz.

Sí, la luz está dormida.
Días pasados cómo danzaba la loca.
Quería dar la última fiesta rítmica del verano,
y se encendía, y agitaba sus pálidos cabellos al viento,
para luego huir en una dorada inquietud
que deshacía el mundo, las cosas.

Cómo se complacía, la loca,
en encender y apagar las delicadas y quietas apariencias.
Ebria de ritmo, danzaba
la última fiesta del verano

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ESTAS PRIMERAS TARDES...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:40:21

Estas primeras tardes de primavera,
tan celestes, tan puras,
—Domingo que es una soledad
de luz y árboles—
cómo me entristecen!
Perdonadme, camaradas, esta tristeza.
Estoy penetrado de sutiles, de viejos venenos.
Me entristecen quizás
porque bajo el vuelo posado de esta dicha aérea,
me encuentro frente al fantasma de mi soledad de antes.
O es que una dicha así impalpable
es siempre triste?

Excusadme, compañeros,
este suspiro.
Los Domingos de estos pueblos
tienen la sonrisa de una muerte encantadora.

Pájaros que apenas cantan.
Y árboles, árboles, sólo, con el cielo.
Pienso que si todos fueran dichosos,
cómo respondería esta dicha a la paz
fluida del cielo.
Guirnaldas humanas ondularían armoniosamente
cantando las canciones sencillas y bellas
de los poetas amados de todos.
Las músicas que soñaba Debussy para los parques,
harían un tejido frágil y grave, suspendido.
Es esta tristeza, entonces, la tristeza de la posesión?
Si en todos estuviera esta dicha
como una gracia transparente
que diera ritmo a los cuerpos,
melodía a la voz,
amor vivo, vivo, a las almas,
sensibilidad a todos bajo los dedos de la música,
yo no estuviera triste.
La belleza de la tarde
no sería recogida sólo por los árboles,
por los pájaros, por el río que la lleva, hacia dónde?
por un refinado nostálgico y ultrasensible,
sino que tendría también una más amplia, inmediata, y por
[qué no?

más completa
expresión humana.
La tarde para todos, compañeros.

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EL VIENTO...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:38:51

El viento ha apagado la tarde.
Y el anochecer moroso, de azul místico,
llega

Noche pálida aún, y rameada.
Serafines, veo, solos, sobre las ramas.
Pero el ángelus tiéndeles
amigas manos,
y sonríen.

Cómo se pierde su sonrisa en la sombra!

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SI, YO SE...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:36:59

Sí, yo sé que un hilo de flauta
es despreciable para vosotros.
Que las canciones de marcha son las a vosotros debidas.
ahora en que es necesario ir, bajo ráfagas de fuego, acaso,
a ayudar a nacer el mundo nuestro y vuestro.
Pero es tan sereno y delicado este crepúsculo
de fines de Agosto
que pienso en una frente ilusionada de adolescente
esparciendo una frágil fiebre de sueños secretos y fragantes.
La frente de los adolescentes, qué adorable! qué adorable!
La misma palidez ilusionada de este cielo.
Y estos tímidos brotes, son sueños aflorados?
Hay un tierno azoramiento de sueños evaporados,
y muy tenue,
que da un valor ya floral a las casitas blancas,
una suavidad de rosas a la arena de la calle...

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UNA LUZ TIBIA...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:32:49

Una luz tibia de perla.
Una luz replegada
para que tanta nieve
floral
dé delicadamente
la suya, matizada, de mariposas quietas.
El silencio y el sueño, invierno,
cómo meditaron esta dicha y esta gracia,
si frágil,
y,
efímera,
para todos, para la sonrisa y la bondad de todos,
para la luz íntima de todos,
para los cantos humildes y como inconscientes
de todos,
para el amor melodioso de todos!
Hay un vaho de dolor, de tristeza,
de horror, de sangre,
que nos vela esta mágica alba vegetal,
pero sabemos,
sí, sabemos,
que mañana,
sentidos numerosos y más sutiles,
sentidos vírgenes, ahora desconocidos y humillados
recogerán
maravillados,
todos los mensajes alados de la dicha terrestre.

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SOBRE LOS MONTES...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 06-12-2005 13:27:55

Sobre los montes un canto.
Un canto, solo, en la tarde.
¿Qué Invisible ave nostálgica llama?
¿Es el aire que canta?
¿O es la soledad infantil
pero profunda, que dice
a los cielos alejados,
lo que el reflejo y el ritmo del río,
lo que las flores
agrestes, lo que los árboles,
no pueden comunicar?

Sobre los montes un canto.
El silencio tan sensible,
con qué dulzura lejana,
melodiosa, se quiebra!
En su ruptura, la tarde
su tensión celeste afloja.
Qué silencio el de las aguas
ahora, y el arroyuelo
—temblor pudoroso entre
las altas hierbas— por qué
ha callado? Es este canto,
entonces, la pura esencia
de esta soledad perdida
en sí misma, que pedía
a las aguas, a los pájaros,
a los follajes, a las flores,
la voz que necesitaba?
Qué dicha honda, si frágil,
que el anhelo musical
de tantas vidas secretas,
de tan mágicas presencias
como concierta el paisaje,
al fin encuentre su canto!
Un canto sobre los montes.
Un canto, sólo, en la tarde!

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INTRODUCCION "EL AGUA Y LA NOCHE"

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:40:18

En su ensayo "Tienen razón los literatos" Cesare Pavese dice: "Todo auténtico escritor es espléndidamente monótono en cuanto en sus páginas rige un molde al que acude, una ley formal de fantasía que transforma el más diverso material en figuras y situaciones que son casi siempre las mismas". Si esta afirmación es verdadera, como realmente lo creemos, Juan L. Ortiz es, sin dudas, un auténtico escritor. Su tarea consistió siempre en transformar el diverso material a su alcance, vasto y renovado, en figuras y situaciones que son casi siempre las mismas, dando pruebas de una espléndida monotonía. Demostró además que desde el principio, desde su ya lejano libro "El agua y la noche", (1933) le fue dado un tono que derramó sobre una materia que también le era propia; vale decir que todo el caudal de su obra constituye una suma de astillas arrancadas de un mismo tronco y testimonian un inevitable destino de poeta.

Quizás no encontremos otro caso semejante en toda la literatura argentina. Más de cincuenta años de trabajo para construir pacientemente un orden homogéneo y real, viviente y articulado; un mundo complejo, tejido con la precaria circunstancia de todos los días, con la alta vibración de la historia, con la angustia secreta de la pobreza y el desamparo, y la repetida plenitud de la gracia. Presiento que una obra de esta dimensión sólo se puede realizar con una entrega sin reservas y confiada, persistiendo heroicamente en el registro cotidiano de estados e iluminaciones, descensos y buceos, titubeos y certezas, pero con la humildad de una hierba que florece para cumplir sus ciclos y no por el orgullo de la flor.

Considero que esta básica actitud de Ortiz hacia la poesía —no pedirle nada, darle todo—, le hizo alcanzar la sabiduría que su obra trasluce, la modestia que preside su vida retirada. Estas, tal vez, hayan sido las leyes generales que instauraron su libertad, las que lo volcaron hacia el auscultamiento de su corazón y le ayudaron a descubrir el ritmo del mundo, conocimientos esenciales para elaborar un universo poético como el suyo. En su provincia natal, sin moverse casi de ella, sin deambular por ciudades fabulosas, ni países extraños, volcado pacientemente sobre si mismo, reconoció como aliados naturales el trabajo diario, el tiempo disponible y vacío y una equilibrada combinación de lucidez y abandono, para aferrar todos los hilos y reunir todas las voces.

Pudo entonces salir al mundo, guarnecido por su tierra y su paisaje, sostenido por una participación de ojos abiertos, con la piedad encendida de los que realmente viven la esperanza. Por supuesto que una elección inicial semejante debía condicionar toda su existencia. Nada de lo expresado en los poemas podía ser ajeno a la experiencia cotidiana del poeta. Nada de lo experimentado con la palabra podía distanciarse de su existencia. Vida y poesía debían entonces ser construidas juntas, apoyándose una en la otra, alimentándose una de la otra, constituyendo ambas los polos de una dialéctica que se repetiría para siempre.

Qué extraño es este ejemplo en toda la literatura argentina. Qué difícil resulta en ella deducir una vida a través de una obra. Tal vez por esta causa, la obra de Ortiz se nos aparezca tan absolutamente original y solitaria. No creemos que tenga antecedentes reconocibles en nuestra literatura, ni que entronque en ninguna de las líneas de nuestra tradición poética. Tampoco sabemos qué sucederá cuando realmente esta obra vasta e inagotable empiece a nutrir las corrientes actuales de la poesía del país. Pues su sola presencia funda una tradición, ineludible en adelante, ya que la sustancia es el país y su desdicha, el hombre argentino que, encarnado en el poeta, recorre libremente los territorios del sueño y la alegría, sin alardes ni gestos abruptos, porque la poesía "no busca nunca, no, ella... espera, espera, toda desnuda, con la lámpara en la mano, en el centro mismo de la noche..."

Nos llama sin embargo la atención que una obra de esta magnitud haya sido construida en el silencio aislado de una ciudad de provincia, en tácito enfren-tamiento con toda la cultura oficial, a la que Ortiz sabiamente ignoró, y a la que expresamente negó en su poesía. ¿Habrá que evitar sistemáticamente los vínculos con una cultura falseada, aunque difundida, para salvar la pureza e integridad de una obra literaria en nuestro país? Creo que la escasa vigencia de un pasado con momentos brillantes y la desorientación actual aconsejan esta vía. En este sentido, el camino de Ortiz, nos parece ejemplar.

Se recogió para aclarar los propios mitos y los de su región, escuchó las lamentaciones, perdidas casi, de las antiguas culturas indígenas exterminadas, observó desde su casa, abierta siempre, la maravilla del río y la piel del cielo, vacío o atravesado por pájaros silvestres, o herido por las quejas de tantos, que también nos lastiman

Dulce es estar tendido

fundido en el espíritu del cielo

a través de la ventana

abierta

sobre los soplos oscuros...

........................................

¿Pero has olvidado, alma, has olvidado?

..........................................

¿En qué urnas etéreas, alma, olvidaste tu tiempo y tu piedad?

La vida quiere unirse, alma, de nuevo, por encima de los suplicios...

En esta búsqueda de la armonía y la unidad lleva Ortiz empeñada toda su vida, y casi todos sus poemas son un diálogo entre voces que se responden e interrogan sin término, intentando siempre levantar todos los velos, y aprehender en su desnudez primera la vibración de cada cosa y su misterio

—El viento es un alma, hijo, desesperada...

—Desesperada, de qué?

—Desesperada de... aire sin fin... y de...

—¿De qué más?

—De fuga...

Sorprende que en un país tan desvalido de grandes poetas su obra haya permanecido casi ignorada por antólogos y "entendidos" y marginada del cauce prestigioso de la "alta cultura". Debemos sin embargo agregar, para ser justos, parafraseando la expresión de Valery sobre Mallarmé, que "en cada ciudad del país un joven secreto está dispuesto a hacerse despedazar por sus versos y por él mismo". Pero ¿qué sucede entre nosotros para que las obras más intensas y verdaderas tengan que vivir solitarias y silenciadas y sus autores apoyarse sólo en la propia fe esencial, en la heroicidad de una existencia que desdeña el olvido y que se ve obligada a crear a pesar del aislamiento y la orfandad? Algo debe andar muy mal para que la obra de escritores como Macedonio Fernández y Juan L. Ortiz, no sean utilizadas, sino tardíamente y con desgano, por el caudal vivo de la cultura argentina. Grave debe ser nuestra enfermedad para que una desidia culpable nos lleve a empobrecernos con estas omisiones y a mutilarnos con estas negligencias. Lo notable es que, a pesar de esta situación, la obra no haya sido afectada. ¿Debemos atribuir esta victoria a las virtudes de la poesía, a sus interminables beneficios?

Atrincherado en su fortaleza provinciana Ortiz no fue alterado por este olvido. Comulgó con las obras de la mejor literatura. Li Tai Po y Proust, Cummings y Maeterlinck, Rilke y Pasternak, Keats y Shelley, le ofrecieron su fraternidad iluminada, el arco visionario que lo sostuvo sin desgaste, permitiéndole crear y crecer, construir sin mella la alta catedral de su poesía. Su aislamiento entonces se transformó en impulso y renunció a todo lo que no fuera el humilde y paciente trabajo con las palabras y la música, que lo unieron, al amparo del silencio, con las hojas, las hierbas y el río, que siempre fluye espejando los cambios del tiempo.

La mínima huella campesina y el ancho viento del mundo fueron sus piedras. La memoria, incitada por los sentidos, fue desplegándole, ante su vigilia, desde "La dicha dorada de los espinillos" hasta la danza de las colinas, niñas atravesadas por todas las ráfagas, campo agreste, lugar de todas las batallas.

La alternada ¿o tal vez simultánea? aparición en el diálogo de afirmaciones y preguntas, de confianza última e impaciencia presente, revela una existencia __y una poesía— serena y crispada, desvelada pero fervorosa.

Y a vosotros, atardeceres de octubre, tan sensibles,

"suite" silenciosa de qué extraños espíritus?

cuyo más mínimo movimiento

me penetraba todo,

perdón!

os he sido casi indiferente.

También para Ortiz, como para Ungaretti, el suplicio comienza cuando no se encuentra en armonía.. En esta búsqueda su poesía se fue ampliando, hasta abarcar un ámbito cada vez mayor. Se hizo circular y envolvente para que en ella se unieran los contrarios y él pudiese compartir las virtudes de la totalidad. En los primeros libros sus poemas constituían un hilo de flauta, tenue y ondulante, una línea que huía, inaprensible, recorriendo la hondonada del pueblo y la desolación del alma alterada y vacilante ante el espectro de la muerte

Ráfaga del vacío

que hace temblar como húmedos cirios a las plantas con luna

y vuelve los caminos arroyos helados hacia la nada.

Ráfaga del vacío, del abismo.

Visos, todo, visos sobre la gran sombra!

pero en los últimos ya no es la flauta, sino toda una orquesta, tejiendo y destejiendo, hilando siempre con música y silencio, atenta sólo a las señales sutiles del poeta, que organiza una sabia polifonía, con todas las voces del universo.

De allí la extensión de los últimos poemas y su creciente complejidad. Un movimiento cada vez más amplio necesitó para registrar tantos matices de la memoria, tantas reclamaciones de lo viviente. Tenemos la impresión de hallarnos ante una red de palabras, delicada y precisa, aunque aérea, semejante a esas inmensas construcciones que las arañas pacientemente entrelazan, pero destinadas esta vez a registrar la música del mundo y el lastimado grito del hombre.

Estas sucesivas ampliaciones le exigieron también a Ortiz una modificación en su trabajo. Le obligaron a escribir poemas cada vez más extensos y complejos, vecinos a la narración, aunque distantes de toda narrativa más o menos convencional. Nos parece que en poemas como "Las colinas", "Del otro lado", o "El Gualeguay" despliega en coincidencia con Pavese, la idea de que narrar es como nadar o bailar, es como realizar un movimiento en un líquido homogéneo y maleable, danza inacabable que origina figuras e imágenes sobre el espesor precario del tiempo.

La materia en donde Ortiz imprime sus gestos es el lenguaje, el campo donde desliza su palabra, la memoria. La estructura de sus poemas nace de un silencio anterior a la palabra, crece apoyada sobre él y su desarrollo origina lo que en definitiva será su forma. Cada verso es un avance hacia lo desconocido y en esta marcha surgen palabras y recuerdos, situaciones e ideas imprevisibles en el comienzo. Quiero decir que es nadando en el líquido maleable e indefinido del lenguaje donde Ortiz descubre la modalidad de sus estructuras poéticas. En aquel silencio anterior tienen su origen y luego, cuando las palabras ya son el poema, éste nos vuelve a alojar en el silencio, en el encantamiento que sólo la poesía es capaz de engendrar. No es por consiguiente la extensión de los textos, ni la disposición de éstos en la página, ni la referencia a sucesos objetivos lo que puede diferenciar el verso de la prosa, sino más bien la actitud del escritor frente al lenguaje, el sentido profundo de su utilización. O bien la palabra constituye una llave para entrar al reino de la libertad o es el testimonio de un vasallaje a las cosas, a su peso sordo, consistiendo en defintiva en una reiteración de lo obvio.

Ortiz, con su obra, nos demuestra que sólo libera el tratamiento poético de la palabra; lo demás sigue siendo esclavitud. Se coloca así, sin proponérselo, a la vanguardia de una literatura que afanosamente busca ampliar los límites del verso, derribando todas las fronteras, y haciendo que el lenguaje sea únicamente materia para la poesía. Si nada puede quedar fuera del poema, ¿se justifica acaso otro uso del lenguaje que no sea el poético? Para Ortiz la palabra poética es creación. No existe para él discurso lineal, precipitación ansiosa sobre el filo del tiempo, sino desplazamiento sutil y múltiple, captación simultánea del espacio-tiempo, vigencia permanente de todas las áreas de los sentidos, ejercicio reiterado de aquellas correspondencias que tempranamente descubrió Baudelaire. Quizá por ello puedan confluir en los poemas de Ortiz lo puramente lírico y la entonación épica, alternándose y hasta enriqueciéndose en este movimiento de tensiones y distensiones que sigue los ocultos pliegues del alma y el ritmo de la esperanza. El equilibrio en fin, lo establece Ortiz —como sucede en la música actual— mediante una variación de la intensidad tímbrica en una pura relación de sonidos, y una compleja vinculación de sentidos. Sus palabras ascienden y descienden, giran y se queman alcanzadas siempre por los ardores de un viento total. Por eso la reiteración temática no constituye nunca repetición sino más bien cumplimiento de una "ley formal de fantasía" que preside toda la obra de Ortiz. Su insistencia demuestra un intento siempre renovado por aferrar imágenes que lo llaman y que le obligan a repetir incansablemente su gesto para derrotar la inevitable desesperanza, el áspero sabor de la ceniza.

Sin embargo, aunque el poeta se vea obligado a concentrar su esfuerzo en el lenguaje, sabe que éste traiciona siempre y que inevitablemente malversa la oscura materia viviente. Más aún Ortiz sospecha de los idiomas occidentales, tan rígidos y lineales, creados "como para dar órdenes", dice. Para él sólo el ideograma chino, tan próximo a la música, constituye un instrumento apto para captar los estados variables, indefinidos, contradictorios, imprecisos del sentimiento poético. Imposibilitado de usarlo Ortiz se esmeró por restarle gravedad a su lengua, por aliviarla de todo peso. Para ello eliminó las estridencias, apagó los sonidos metálicos, multiplicó las terminaciones femeninas, disminuyendo la distancia entre los tonos, aproximándose al murmullo, tal como lo querían sus viejos maestros, los simbolistas belgas. Sin embargo todo este empeño formal no constituye un mero ejercicio técnico, un alarde, más o menos equidistante del peligro, sino un riesgo absoluto de índole moral. Porque es precisamente aquí donde el poeta revela su verdadero compromiso.

De esta incierta elección depende todo. Más aún cuando se sostiene, como lo hace Ortiz, que el fin del poeta no consiste en envolverse en la seda de la poesía como en un capullo. En realidad toda la obra de Ortiz nos convoca fervorosamente al ejercicio de una contemplación activa para instaurar en el mundo el reino de la poesía y la soberanía del amor.

No olvidéis que la poesía

si la pura sensitiva o la ineludible sensitiva

es asimismo, o acaso sobre todo, la intemperie sin fin,

cruzada, o crucificada, si queréis, por los llamados sin fin

y tendida, humildemente, para el invento del amor.

Hugo Gola

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MIRADO ANOCHECER

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:37:29

Tras de la lejanía de las quintas ya obscuras
el sol es ahora sólo un recuerdo rosado.

Dos vacas melancólicas parece que viniesen
del ocaso con toda su morosa nostalgia.

Y por oriente otras, blancas, con recentales,
en la luz ideal que casi las azula.

Balidos. Las chicharras cantan. — Aunque tú eres,
me hubiera yo quedado un rato más aquí.

(1924)

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¡QUE BIEN ESTOY AQUI...!

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:37:11

¡Qué bien estoy aquí,
a lo largo tendido
del "perezoso", al lado de tu sueño:
tu blancura, otro quieto resplandor bajo la luna!

Las estrellas están
dulcemente solemnes
en un encantamiento de ojos lentos,
y el cielo dice un gris apenas azulado.

La noche murmura como una arboleda
invisible.
Música de grillos,
sutilmente agria,
tan numerosa que es urdimbre tenue.

Un pájaro canta:
¡oh, agua del escondido río
que gorgotea en la noche,
soledad cristalina corrida de frescores!

¡Cómo estará el río!
Sombra obscura de sauces sobre el agua argentada,
quieta como otro cielo engastado y más íntimo,
un rumor que es apenas en follajes azules,
y el canto del cachilo que al paisaje confía
un delgado secreto de brisa y de agua insomnes.

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DOMINGO

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:36:49

El sol y el viento, solos, sobre el pueblo.
Alegría de cal, de callejones últimos
entre un pudor de ramas,
por donde mis paseados, lentos días
salían a suaves campos.
Vecino era del agua y de la luz.

Campanas. Oh, la infancia que era como estas hojas,
gracia viva del aire y los reflejos
bajo la penetrante, mansa mirada de la tarde.

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¡OH, VIVIR AQUI!

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:36:08

¡ Oh. vivir aquí,
en esta casita,
tan a orilla del agua,
entre esos sauces como colgaduras fantásticas
y esos ceibos enormes todos rojos de flores!

Una penumbra verde la funde en la arboleda.
Así fuera una vida dulcemente perdida
en tanta gracia de agua, de árbol, flor y pájaro,
de modo que ya nunca tuviese voz humana
y se expresase ella por sólo melodías
íntimas de corrientes, de follajes, de aromas,
de color, de gorjeos transparentes y libres...

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SEÑOR ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:34:52

He sido, tal vez, una rama de árbol,
una sombra de pájaro,
el reflejo de un río...
Señor,
esta mañana tengo
los párpados frescos como hojas,
las pupilas tan limpias como de agua,
un cristal en la voz como de pájaro,
la piel toda mojada de rocío,
y en las venas,
en vez de sangre,
una dulce corriente vegetal.

Señor,
esta mañana tengo
los párpados iguales que hojas nuevas,
y temblorosa de oros,
abierta y pura como el cielo el alma

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¡QUE BIEN EXTRAÑO EL OTOÑO!...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:31:36

¡Qué bien extraño
el otoño!

Una tristeza que es como un suspiro
de nostalgia infinita.
Una absorta congoja de recuerdos sin nombre.
Una desolación
flotante.

¡Qué bien extraño
el otoño!

Vaga el alma perdida en su melancolía
como en el sueño
íntimo y lejano
de una melodía
que llora.

¡Qué bien extraño
el Otoño!

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IBA LA FELICIDAD

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:31:21

Iba la felicidad
en cuatro remos volando
en el cielo del río
hacia el fondo de la tarde.

La felicidad buscaba
el secreto de la tarde,
y no podía encontrarlo,
pues su misterio huía
cada vez más, de tan diáfano.

...Y no podía encontrarlo.
Pero cantó, y el sensible
cristal íntimo se hirió:
el canto había encontrado
el secreto de la tarde.

A cuatro remos venía
la felicidad aleteando
desde el fondo de la tarde.

Un largo rosa espectral
era el cielo del río.
La felicidad venía
de doble sombra callada.

Un hastío de agua-fuerte
era el paisaje del río.

Pero arriba se abrían guiños
de innumerable dulzura.

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ENTRE RIOS

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:30:52

Es tan clara tu luz como una inocencia
toda temblorosa y azul.
Tu cielo está limpio de humo de chimeneas
curvado en una alta
paz de agua suspensa.
Y tus ciudades blancas, modestas, casi tímidas,
ríen su aseo rutilante entre las arboledas.
No hay en tu tierra gracias sorprendentes de líneas.
—apenas si una suave melodía de curvas—
pero tiene ella un
encanto de mujer, de sencilla, de agreste
belleza,
vestida de un silencio verde y feliz de campo,
toda húmeda de una alegría de arroyos,
con una cabellera densa de árboles libres.

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OTOÑO, ESPLENDOR GRAVE...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:30:06

Entraste en este día de verano
con tu oro casi fúnebre
infinito y frágil,
que por el campo tiembla como apagándose,
con tus sombras pálidas
y transparentes
que agita un hondo viento pesado de recuerdos,
queriendo ahogar el día
con un rumor obscuro de crecida.

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SIESTA

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:29:08

Tendido a la sombra de
un árbol, yo soy un niño
dormido en medio del campo.
La tierra parece que
tiene suavidad de falda.
El cielo puro de agua
da con su vaga corriente
unas espumas de nubes
y sobre el cielo, el follaje
un traslúcido bordado hace y deshace,
indeciso, reduciendo el lujo etéreo
a un temblor de monedas
que me enriquecen la sombra.
El viento entra en el sueño
como una música que
trae el anhelo del campo,
ya extático o vagabundo,
soñando con sus secretos,
o tendido al horizonte.
El viento dice el ensueño
de esta paz verde y fluida
bajo su respiración.
Tendido a la sombra de un árbol,
yo soy un niño dormido en medio del campo.

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PESADA LUZ

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:28:24

Mi hijo se duerme aquí,
a mi lado, sobre el pasto.
Y entró en el sueño entre un
lujo agreste de juguetes:
la danza de los reflejos
encendiendo y apagando
un temblor de pececillos
en el agua azul del cielo
de donde surte un ruido
fino y roto de alegría
destrozada no sé dónde. . .
quizá en su misma pureza.

Entró en el sueño mi hijo
entre una magia de flores
que los suspiros de los
ángeles hacen temblar
y llevan de un lado a otro
como en un deshojamiento
de la gran rosa del día
dormida sobre los campos. . .

Entró en el sueño mi hijo
jugando con unos frescos
animalillos que le buscaban las manecitas,
y unos dedos vagos que
le acariciaban la cara
con una suavidad tanta
que parecían morirse
al tocarle las mejillas:

Entró en el sueño mi hijo
mirando el denso follaje,
oyendo cantar los pájaros,
rodeado de mariposas,
acariciado por los
tallos altos y sutiles,
con una brisa ya medio
dormida sobre los párpados.

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DIA GRIS

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:27:26

¿Qué nos pregunta el vago
horizonte que se viene
a nuestra melancolía
lleno de gestos mojados
—tendido fantasma que
absorbe las arboledas
y nos invierte el lirio
húmedo y solo del alma?

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DIOS SE DESNUDA EN LA LLUVIA...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:25:40

Dios se desnuda en la lluvia
como una caricia
innumerable.
Cantan los pájaros entre la lluvia.
Las plantas bailan de alegría mojada.

La tierra
como una hembra
se disuelve en los dedos penetrantes
con una palidez de mil ojos desmayados.

Camino bajo la lluvia, todo mojado, cantando,
hacia mirajes que huyen en un rumoroso sueño.

Lluvia, lluvia!
Desnudez del dios
primaveral,
que baja danzando, danzando,
a fecundar la amada
toda abierta de espera, quebrada ya de ardor
amarillo y largo.

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LOS ANGELES BAILAN ENTRE LA HIERBA...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:25:24

Los ángeles bailan entre la hierba.
Ondula un frío que relampaguea
y que cortaría la tarde.
La tarde dura como un diamante
que desvalora de pronto una nube efímera.

Los ángeles de Cocteau sentados en las cornisas
miraban caer la tarde con ojos violetas.

Es dura la vida. La vida es triste.
Como un mar la muerte viene del sur y anda en el sol.

Los ángeles bailan entre la hierba
y sonríen con una sonrisa filosa,
un poco lúgubre ¿ cierto ?
Sí, lúgubre, y breve.

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SE EXTASÍA SOBRE LAS ARENAS...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:24:34

Se extasía sobre las arenas
limpias y lisas,
sobre los pastos, una luz de antes.
Una luz de antes
con un aroma
de triste corazón adolescente.
Iba mi ternura con los ojos grandes
por los caminos de la tarde.
Cantaban estos grillos,
temblaba esta brisa,
se despedían estos pájaros.
Mi corazón era transparente
como esta luz llovida.

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DELICIAS ULTIMAS

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:22:15

El otoño,
con manos
diáfanas
y
brillantes,
está abriendo
un azul purísimo
que moja el paisaje
de una delicia
trémula,
primaveral.

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COMO UNA NIÑA LA CALLE ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 23:19:49

Como una niña la calle
a las escondidas juega
con el cielo. Un árbol
por un momento parece
que se prestase a esconderla.
Pero el cielo la busca
con una ternura ya
delicada de crepúsculo,
y en una larga extensión
la penetra, la satura,
de un sentimiento violeta...

Extasiado se ha quedado
el cielo mirando las
lomas de la callecita.

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TARDE

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:36:37

El mundo es un pensamiento
realizado de la luz.
Un pensamiento dichoso.
De la beatitud, el mundo
ha brotado. Ha salido
del éxtasis, de la dicha,
llenos de sí, esta tarde,
infinita, infinita,
con árboles y con pájaros
de infancia ¿de qué infancia?
¿de qué sueño de infancia?

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PRIMAVERA LEJANA

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:35:42

Primavera lejana.
Tarde que viene
a través de esta luz llena de cantos
como una sombra herida
de tanto darse contra los cristales
del infinito agudo, aunque encantado.

Como una sombra, también,
de corazón todo húmedo
y vagamente florido.

Tarde llena
de una sombra de lirio
que nacía del poniente
como de la ilusión angustiosa de mis pasos.

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AQUI ESTOY A TU LADO

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:34:53

Aquí estoy a tu lado mujer mía que duermes,
solo.
La noche es una curiosidad timida
a través
de la madreselva.
(Será en los campos una solemnidad
de giro armonioso,
mágico,
acompasado de grillos y suspirado de aguas).
Estoy solo a tu lado, mujer mía.
¿Qué sueño
agitará tu pecho?
Aquí estoy a tu lado, solo, mujer mía.
Qué será de nosotros
de aquí a doscientos años?
Qué seremos ¡Dios mío! qué seremos?
Dentro de cien,
dónde estaré yo?
¿Tendrá la noche estival,
entonces, la forma que ahora tiene?
¿Y habrá una soledad
que gemirá
en esta misma pieza,
al lado
de la mujer dormida?

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ESTE MEDIODÍA DE ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:34:07

Este mediodía de
primavera es una brisa.
Una brisa sólo es.
Como una niña la luz
con el aire está jugando.
Y es un cariño también.
Mejor: parece un amor
místico que a las cosas
en transparencia disuelve
de un ardor dulce y extático.
Este mediodía de
primavera es una brisa.
El rio se lleva un
sueño puro por los campos.
Sueño de pájaro y de
niño, que los prados abre,
hacia dónde, hacia dónde?
Un poco de muerte busca
porque este momento es
la angustia eterna, perfecta.

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DULZURA DE LA TARDE ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:32:21

Dulzura de la tarde goteada de esquilas
y aquejada de un íntimo susurro de torcaz.
De frágil y perfecta la tarde se dijera
un recuerdo amarillo, breve, pero infinito.

Un recuerdo con una dicha de agua quieta
que un cielo sueña y unas orillas florecidas.
Recuerdo que se quiebra en un cristal de pájaros
y se deshoja en un suspiro del otoño...

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PRIMAVERA EN EL AIRE...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:27:51

Primavera en el aire,
y esta niña, mujer
recién ayer nacida,
vestida de amarillo
en la tarde infantil.

Sus formas ya se curvan
con cierto peso dulce,
pero su cara tiene a ratos una tristeza absorta
medio velada de una palidez de flor
en la penumbra de las pestañas bajas.

Gracia de novia de la mujer,
lejanía celeste de la virgen.
Un corazón adolescente arde bajo tu imagen.

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LUNA VAGA, DISUELTA ...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:22:01

Luna vaga, disuelta.
¡Oh, dulzura del río:
palidez profunda
velada de un presentimiento de alba
en la noche aún tierna!
Dulzura que arde
de un rumor numeroso
que la brisa delgada, llena de sueño ya,
quiere apagar en vano,
pues de pronto se exalta, aguda, en ese canto
de pájaro:
gorgoteo
de agua pura y sola
en el fondo agreste de la noche.
Orilla que se va
o se queda. Se queda
mirándonos con gesto simple, pero
lleno de musicales sortilegios.

Orilla medio desnuda,
sin casi árboles,
y que piérdese en un antiguo cielo de maravilla.
Dulzura agreste, eterna, de las noches
frente al escalofrío sucesivo de las almas!

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ESPLENDOR LEJANO Y MORTAL

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:12:56

Sol último y lejano.
Maravilla luciente
como una orilla encendida junto a un mar apagado.
Aire absorto, encantado
de un sentimiento malva.
Sol último y lejano.
Isla frágil de color en la bruma infinita.
Hacia qué estrella volará en el amor de la noche?
Ya es de Dios su luz. Detrás de ella está Dios
como el silencio de las despedidas.

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LA PALOMA SE QUEJA.

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:09:45

La paloma se queja. Angustia del anhelo
primaveral. La luz de la mano con las
hojas nuevas se va hacia un país más pleno.
Pero este canto da al cielo un pensamiento
grave: melancolía de la tierna ilusión.
El paisaje ligero, infantil, casi alado
se vuelve hacia su sueño musical, infinito.

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LUNA SOLA DE LOS CAMPOS...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:08:40

Luna sola de los campos.
Pienso en las bellezas
perdidas.
Pero ¿es pérdida ésta?
Veo una luna abandonada
tan hermosa como ésta
sin nadie que la contemple
¿Nadie siente
cómo los campos anochecidos
se van alumbrando, flotantes,
y descubren horizontes
marinos
con el humo de alguna
arboleda perdida?
¿ Nadie ?
Las ramas
están pálidas de encanto
y un sutil calofrió
recorre las hojas.
¿Acaso este pájaro
que aletea?
Luna de oro entre los ceibos.
Luna sola de los campos.

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POEMAS DEL ANOCHECER

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 22:06:58

Asfixia lenta del anochecer
campesino.
¿De dónde nos asimos en el dulce naufragio?
¿De la estrella primera,
del fosforecer de las luciérnagas?
¿De aquel silbido,
o de este canto tímido de pájaro?
Y los grillos?
Si los grillos son cómplices.

Oh, la alegría de la lámpara sobre la mesa puesta,
rota en una armonía de chispas sobre la vajilla,
y nevando en el lino su verdad simple como el pan ya cortado!

Canto de los grillos en el anochecer
desmayado de aroma de azahar. Oh, los grillos,
traducen el anhelo de la hierba
despierta, mojada, al parpadeo femenino del cielo.

Lirios de la anochecida.
Fantasmas puros del jardín, ya casi perdido.
Angeles del jardín, quietos entre las flores,
vueltos sobre sí mismos, sobre la íntima luz
tan pura, que ilumina como lámparas dulces,
el olvido, todavía azulado, de las flores.

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LOS COLORES DE DIOS

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:57:25

Cielo y agua de otoño, vuestra dicha es sensible
a la sombra más tenue de vuestro pensamiento;
por eso aparecéis, así, con tal dulzura
última, al uniros en celestes momentos.

Vuestros colores ¡Oh suave otoño latente
son colores, o pálidos fuegos encantados
de una melancolía todavía secreta,
a pesar de esos soplos íntimos cual memorias?

Río que es la más pura contemplación. Mirada
más profunda, más amorosa que ésta?
Son fábulas del éxtasis las nubes indecisas
y los follajes, y los vuelos coloreados.

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CALLE DORMIDA EN EL SOL...

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:56:13

Calle dormida en el sol.
Qué paz la tuya,
después de la ruidosa vanidad de la urbe!

Ciudad dormida en el sol.
Un hastío eterno, dorado, transparente, de invierno.

¿De qué muerte vino
este pájaro solo que ahora canta,
solo, solo, en la tarde?

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DANZAD, MUCHACHOS

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:55:01

Danzad, muchachos.
La primavera verde y lila de los paraísos.

Un escalofrío de suaves matices
os acompaña.

¡Qué morado el perfume de los árboles nuestros!

Danzad.
La primavera ondula para vosotros,
para la mirada de las novias,
para la canción vuestra.
Danzad!

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CLARIDAD, CLARIDAD

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:54:09

Claridad, claridad.
Forma ligera y profunda
de la dicha.
En un sueño de dicha
juegan aquellos niños.

Claridad.
Sueño de la plenitud
lleno a la vez de los sueños
transparentes del agua,
abiertos a otro abismo
aún más puro.

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NOCHE

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:53:20

Noche, noche.
Abismo de la dicha
cortada
de escalofríos,
de inquietudes.
El día es un correr por la ribera ardiente.
¿Pero el agua de la sombra,
feérica,
nos calma la sed?

El hálito de Dios los follajes eleva
en un anhelo lleno de susurros.

Noche de luna otoñal.
¿Estamos en el mundo?
¿Este río es el río
o es una cinta de sueño que se va hacia la muerte,
a la vida profunda del sueño de la esencia?

Misterios antiguos vagan en las orillas.
Memorias fantásticas se azulan en los claros.

La noche suena cristalinamente.
La pureza de la noche se afina hasta quebrarse
en delgadas rupturas
de agua, ranas y grillos,
y luego se hace melodía
que al fin se destila
en gotas perdidas
de esquila.

¡Oh tenderse a la sombra
de este eucaliptus!
Que el sueño entre en nosotros traído por los grillos.
Despertarse en el límite de la noche y el alba,
en el minuto en que la luna está tan sola
que llama a los ángeles.

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LLUVIA

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:52:35

Todo el día mi alma hoy estará suspensa
de la voz del agua,
como en un sueño
mojado.

La voz del agua
dulcemente cierra el mundo!
¡La voz del agua!

Todo el día seré un niño
que se está durmiendo.

La vida será sólo
una voz querida.

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OTOÑO

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:50:29

Otros, Otoño, alaben la dulzura
de tu adiós con rosas ¿ con rosas o con nubes ?
tu melodiosa ruina, la pureza imposible
del rocío que hace tus mañanas tan frágiles;

la tristeza que se desteje en la llovizna,
o la desolación de un atardecer
quieto y cerrado. Yo, Otoño, sólo quiero
decir la misteriosa música en que flotamos.

Música que no es el rumor desprendido
de las hojas, ni es la voz grave del viento:
es la de tu silencio
que nos lleva y nos trae como hojas perdidas,

hasta dejamos suspendidos en quién sabe
qué abismos del recuerdo o qué penumbras íntimas.
¿Ocurrirá algo así cuando nos liberemos
nosotros, demorosos de salidas,
sabedores de un mundo ciego y entorpecido ?

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"DIANA"

Archivado en Juan L. Ortiz • Fecha: 04-12-2005 21:45:12

Tenías una pureza tal
de líneas,
que emocionabas.
¿Desde dónde venían
tu fuerte pecho,
tus remos finos,
tus nervios vibrantes,
y esos ojos sesgados,
húmedos de una inteligencia
casi humana?

¿Desde dónde tus gentiles actitudes,
esa manera tuya, aguzada, de echarte,
y ese silencio,
y esa suavidad felinos,
acaso llenos de visiones,
que ennoblecían las alfombras,
y daban la inquietud de un alma,
un alma gótica encarnada en tí?

Oh, ya hubieran querido muchos hombres
tu auténtica aristocracia.
Fuerza contenida
que raras veces temblaba
en tu latido profundo.

Y eras a la vez humilde y tímida,
y sensitiva,
lo que no impedía que te disparases con impulso heroico
cuando tu instinto se abría como una fiesta sobre el campo.

Recuerdo, recuerdo...
¿Qué compañía más discreta que la tuya?
En el atardecer
íbamos
a la orilla del río.
La cabeza baja,
apenas si pisabas.
Yo casi no respiraba.
Oh, vuelos últimos en la palidez hechizada!
Yo me sentaba en la barranca.
Tu te tendías a mi lado,
el hocico hacia el río,
esculpida en un gesto de caza hacia las estrellas del abismo.

¿Era hacia las llamas tímidas del abismo?
Temblaba tu hocico,
me mirabas,
y caías de nuevo en el éxtasis.
Acaso, al fin, eran tu presa
las imágenes
con que yo volvía luego:
tímidas, asustadizas,
de piel suave,
pero de mirada pura,
como la de tus liebres, oh Diana,
ida ya para siempre,
con mucho de mi auna y de mi casa

(1932)

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