Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

El vigilante del mundo

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 11-05-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

No se trata ya de meros “ataques preventivos” contra los países malvados: después de tres años de trabajo, el Comando de Operaciones Especiales de EE.UU. (Socom, por sus siglas en inglés) ha completado un plan de intervenciones militares clandestinas en naciones con las que no está en guerra y que no constituyen peligro alguno para su seguridad nacional. Es un plan de carácter planetario y, como dijera Colin Powell después del 11/9, “perseguiremos al terrorismo donde sea que se encuentre”. Para el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, es un designio de la más alta prioridad.

El Socom tiene su sede en Tampa, Florida; su jefe es el general Doug Brown, su presupuesto ha crecido abruptamente hasta alcanzar los 8 mil millones de dólares para el año fiscal 2007 y “está a cargo de la lucha global contra el terrorismo”, según se testimonió ante la Cámara de Representantes en marzo pasado. Ha enviado ya grupos de tareas poco numerosos de boinas verdes y otras tropas especiales a las embajadas estadounidenses de 20 países de Medio Oriente, Asia, Africa y América latina con la misión de espiar y planificar operativos contra blancos pasibles de futuras acciones de comando (The Washington Post, 23-4-06). No necesitan la aprobación de los embajadores para realizarlas. La política exterior de los EE.UU. se ha militarizado y no muestra zanahorias, garrotes solamente.

El texto del plan cubre más de 100 páginas y propone “un vasto abanico de actividades militares abiertas y encubiertas”: la recolección de datos de inteligencia, la caza de terroristas, ataques contra sus campos de entrenamiento, el reclutamiento de agentes locales y operaciones coordinadas con militares de cada país. El número de efectivos del Socom asciende a 53.000 e incluye personal que habla idiomas extranjeros. El despliegue de sus tropas no tiene antecedente: unos 7000 boinas verdes, operativos de la Fuerza Delta y de la Marina están esparcidos en varios continentes, la mayoría en Irak y Afganistán, pero el 85 por ciento de esa fuerza fue destinada a Medio Oriente, Asia central y el Cuerno de Africa en el 2005. El plan se ajusta punto por punto al Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC, por sus siglas en inglés) que elaboró en el 2000 el organismo creado por “halcones-gallina” como William Kristol, Richard Perle y Francis Fukuyama.

El PNAC preconizaba el envío de tropas especiales “con funciones policiales” (sic) a todo el mundo a fin de garantizar la vigencia del imperio soñado. Un año antes del 11/9, las perspicacia cínica de los autores ansiaba “algún acontecimiento catastrófico y catalizador, un nuevo Pearl Harbor”. Se produjo. Otro ataque en territorio norteamericano “podría ser una justificación y una oportunidad, que actualmente falta, para atacar ciertos objetivos conocidos, según funcionarios del Pentágono en actividad y retirados que conocen el plan (del Socom)”, señala The Washington Post. La cuestión de “la oportunidad” no es nueva en la Casa Blanca; se recuerda la frase anunciadora de W. Bush cuando aún humeaban las ruinas de las Torres Gemelas: “A través de mis lágrimas, veo la oportunidad”. Y fue Irak.

El Socom tampoco necesita la aprobación del Congreso para llevar a cabo sus operativos, tiene carta blanca para enviar tropas especiales al país que se le ocurra por la razón que le parezca y poco le importa atropellar soberanías de países incluso amigos de EE.UU. Es una más de las violaciones a la Constitución norteamericana que W. Bush ejerce con la mayor impunidad: después de ser reelecto en el 2004 viene firmando órdenes ejecutivas que convertirían al mundo en “una zona libre de tiro” para los ejércitos clandestinos de la Casa Blanca. Esa expresión, recogida por el notable periodista Seymour Hersh, fue emitida por un alto funcionario del Pentágono. Que agregó: “¿Se acuerda de los pelotones de ejecución derechistas en El Salvador? Nosotros los organizamos y financiamos. El objetivo actual es reclutar (personas) locales en las zonas que elijamos. Y nada le diremos al Congreso sobre el asunto” (The New Yorker, 24-5-04). En otras palabras: habrá más escuadrones de la muerte en distintas partes del mundo.

El apetito de poder absoluto que emana del mandatario norteamericano preocupa cada vez más a los sectores conservadores llamados “realistas”, especialmente en lo que hace a la “guerra antiterrorista” y al recorte de las facultades del Poder Legislativo. “El patrón que se desprende (de las acciones de W. Bush) es un impulso incesante de acumular poder sin el control de la Justicia ni del Congreso; en suma, un desdén por los límites constitucionales” señala un informe reciente del Instituto Cato de Washington, fundación que promueve “la libertad individual, la paz, un gobierno acotado y el libre comercio” (elcato.org). Hay desdenes que matan.
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¿Cuántos son los que fueron?

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 07-05-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

El número de civiles iraquíes que murieron y mueren como consecuencia de la invasión y la ocupación de Iraq es una cuestión que la prensa europea aborda, rara vez los medios de EE.UU. La Casa Blanca se encarga de minimizarlo: “Diría que unos 30.000 han muerto como resultado de la incursión inicial y de la violencia permanente contra los iraquíes”, declaró W. Bush en Filadelfia el 12 de diciembre del 2005. No aclaró cuántos fueron víctimas de los terroristas suicidas, cuántos de los insurgentes y cuántos de las fuerzas ocupantes.

El mandatario estadounidense se basó, al parecer, en estimaciones del sitio pacifista Iraq Body Count (IBC), que cuando se escriben estas líneas contabiliza un mínimo de 34.711 a un máximo de 38.861 civiles iraquíes ingresados contra su voluntad en la rúbrica “daños colaterales”. IBC precisa que la cifra va en aumento: 20 cada día hasta el primer aniversario de la invasión de marzo del 2003, 31 el año siguiente y 36 del 20 de marzo del 2005 al 1º de marzo del 2006 (www.iraqbodycount.net, 9-306). El estudio más sistemático hasta ahora sobre el tema apareció en la revista médica británica The Lancet y llega a conclusiones diferentes (www.thelancet.com, 29-10-04).

“Según evaluaciones moderadas, consideramos que un exceso de 100.000 muertes (de civiles) o más ha tenido lugar desde la invasión de Iraq, la mayoría violentas y producidas por los ataques aéreos de la fuerzas de la coalición”, señala el equipo multinacional de médicos e investigadores de la salud pública que encabezara el Dr. Les Roberts. “El 84 por ciento de las muertes fue producto de las acciones de las fuerzas de coalición”, agrega el estudio. Y más: “La mayoría eran mujeres y niños”. Es claro el origen de “la violencia permanente contra los iraquíes” de la que habla Bush.

El estudio se basó en entrevistas a 988 familias en 33 poblaciones de todo Iraq elegidas al azar, se llevó a cabo desde el comienzo de la guerra hasta septiembre del 2004 y fue, naturalmente, vilipendiado y desmentido por los “halcones-gallina”. Pero un vocero autorizado de la derecha occidental sentó su diferencia: “Se ha criticado la técnica de esta encuesta calificándola de defectuosa, pero el mismo método fue aplicado por el mismo equipo en Darfur, Sudán, y en el este del Congo con resultados verosímiles” (The Financial Times, 19-11-04). Les Roberts es uno de los epidemiólogos más reconocidos del mundo. Colin Powell y Tony Blair han citado una y otra vez –sin cuestionar su precisión– las conclusiones de los informes sobre la mortalidad causada por las guerras en Bosnia, Congo y Ruanda que Roberts, con una metodología similar, preparó para las Naciones Unidas y otros organismos.

Investigaciones posteriores proporcionan datos en la misma dirección. La más reciente hasta la fecha fue elaborada por Iraqiyun, un grupo humanitario encabezado por el Dr. Hatim al-Alwani y afiliado al partido del que fuera presidente interino de Iraq de 2004 a 2005, Ghazi al-Yawar, elegido a dedo por los ocupantes. Registra 128.000 muertes violentas de civiles iraquíes desde el comienzo de la invasión hasta julio del 2005 y especifica que el guarismo sólo incluye a las confirmadas por parientes y amigos de las víctimas y no abarca a las miles de personas que simplemente desaparecieron sin dejar rastro (UPI, 12-7-05). La muerte de civiles está explícitamente prohibida en los Convenios de Ginebra a los que EE.UU. adhirió hace más de medio siglo. Qué importa eso a un presidente que reclama para sí la facultad de violar –en nombre siempre de la “guerra antiterrorista”– más de 750 leyes aprobadas por el Congreso desde que se sentó en la Oficina Oval (The Boston Globe, 30-4-06).

Ha pasado un año y medio desde la publicación del estudio del Dr. Les Roberts y su equipo, lapso en el que no cesó la matanza de civiles en Iraq. El mismo profesional afirma en un artículo reciente que hoy el número de víctimas ascendería a 200.000 o más (www.al ternet.org, 8-2-06), es decir, a un promedio de 175 cada día desde que EE.UU. lanzó la invasión. Es el precio de la libertad, dicen en la Casa Blanca. Es curioso que lo paguen sobre todo los presuntos beneficiarios.

Roberts relata que a fines del 2005 presentó su investigación a unos 30 funcionarios del Pentágono y comenta: “Uno se me acercó y dijo: ‘Hemos tirado alrededor de 50.000 bombas, sobre todo a los insurgentes que se esconden entre los civiles. ¿Qué [expresión grosera] (sic) pensaba usted que iba a pasar?”. Efectivamente, lo que pasa. La proclamada precisión de los misiles estadounidenses es un mito. Lo real son las decenas de miles de civiles iraquíes que las tropas ocupantes pasan a mejor vida y los 34.000 que, según cifras oficiales, están presos y sometidos a malos tratos tipo Abu Ghraib (The Christian Science Monitor, 1-5-06). Si todos esos muertos hubieran sido insurgentes o terroristas, es inimaginable el canto de gallo que resonaría hoy en Iraq.

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De cómo deshacer un país

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 27-04-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Fue claro de entrada: el objetivo de EE.UU. en Irak es disolverlo en regiones, dividir a la población según coordenadas sectarias religiosas y orquestar la violencia interétnica para justificar una larga ocupación del país destinada a garantizar la explotación de sus riquezas energéticas. También es clara la metodología que la Casa Blanca practica para lograrlo: la formación de escuadrones de la muerte, que actúan de manera más sistemática que los terroristas suicidas. El eje de la ocupación de Irak es la organización de la violencia y su cerebro director son los servicios de inteligencia. Yanquis, desde luego. Como dijera un ex agente de la CIA, esos servicios “son el alma y el corazón de un país nuevo” (The Washington Post, 11-12-03).

Desde el 2003 la CIA entrena, financia y equipa unidades paramilitares iraquíes y fue en mayo del 2005 que su existencia se tornó evidente: durante más de 10 días aparecieron decenas de cadáveres en basureros y baldíos alrededor de Bagdad; las víctimas había sido torturadas y asesinadas de un tiro en la cabeza. Los testigos señalaron que habían sido arrestadas por chiítas de las fuerzas de seguridad iraquíes (BBC, 6-5-05). Días después se encontraron otros 15 sunnitas baleados y desde entonces no cesa el flujo de cadáveres que, con signos de haber sido esposados antes de su muerte, se amontonan en la morgue bagdadí. También en las de otras ciudades. Las autoridades no investigan estas ejecuciones extrajudiciales, nombre bajo el que circulan tales asesinatos y que da por sentado que las judiciales son buenas. Como dicen los franceses, es normal: nadie se investiga a sí mismo.

Miles de civiles son muertos a sangre fría. Fuentes de la policía iraquí “revelaron que hasta fines de marzo del 2004, más de mil científicos iraquíes fueron ejecutados. Un informe anterior del Departamento de Estado norteamericano confirmó el asesinato de 350 especialistas en el campo nuclear y de 200 profesores” (www.brusselstribunal.org, 20-8-05). Pero también caen campesinos, obreros, conductores de taxi, pequeños comerciantes, políticos y dirigentes nacionalistas importantes, sean sunnitas o chiítas, que nada tienen que ver con Al Qaida ni con la resistencia: son simplemente carne de cañón para una guerra civil diseñada por los ocupantes. Y en materia de escuadrones de la muerte, hay para todos los gustos.

La Brigada Lobo, por ejemplo, creada en octubre de 2004 y dirigida por Abul Waleed, ex general de tres estrellas y devoto chiíta: el Consejo de Relaciones Internacionales (CFR, por sus siglas en inglés), notorio thinktank neoconservador, subraya en un informe que se trata de “la unidad de comandos más temida y eficaz en Irak.... integrada por unos 2000 chiítas pobres, sobre todo jóvenes” (www.cfr.org, 9-6-05) y manejada por el Ministerio del Interior iraquí. A la vez existen los Comandos Especiales de la Policía que lidera Adnan Thabit, ex agente de inteligencia, ex baasista, siempre sunnita y vinculado con la CIA. Están formados por unos 5000 ex miembros de la Guardia Republicana de Saddam Hussein que pertenecen a diferentes etnias y religiones, pero se estima que predominan los sunnitas en la cadena de mandos. Fueron entrenados por efectivos estadounidenses veteranos en actividades de contrainsurgencia y desde su comienzo mismo participaron en operaciones clandestinas con las llamadas fuerzas especiales del ejército de EE.UU. (Reuters, 27-11-04). Los Comandos dependen del Ministerio del Interior iraquí y es evidente que la Brigada Lobo es una de sus unidades. Sunnitas, chiítas o kurdos, un idéntico ejercicio brutal une a los enrolados en estos escuadrones de la muerte.

En realidad, toda la red iraquí de inteligencia es una criatura de los servicios secretos anglo-norteamericanos (Los Angeles Times, 18-9-05). Está encargada de atizar la guerra civil en su propio país con vistas a desmembrarlo. Hay miles de desplazados que dejaron ciudades y poblaciones para no correr la suerte de los 17 civiles de la aldea de Taji –y de tantos otros de otros lugares– que fueron fusilados por comandos “en busca de insurgentes y terroristas” (The Washington Times, 28-6-05). Y así como los chiítas de una comunidad campesina muy pobre de las afueras de Bagdad la abandonaron por amenazas de anónimos sunnitas (North Country Tines, 16-7-05), las familias sunnitas del barrio bagdadí Iskan, de mayoría chiíta, huyeron luego de que 22 jóvenes sunnitas fueran detenidos por uniformados que llegaron en coches de la policía (Sunday Times, 9-1005). Las semejanzas con el desmembramiento de Yugoslavia y la limpieza étnica en Kosovo no son mera casualidad. Lo saben muy bien la Casa Blanca, el Pentágono, la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU., que aplican el eterno “divide y reinarás”.

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Globos de la guerra

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 23-04-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Saddam tenía armas de destrucción masiva y el país ocupado se ha convertido en centro de una red terrorista de alcances mundiales que centraliza Al Qaida bajo el mando del jordano Abu Musab al Zarqawi, dijo, dice, la Casa Blanca. De lo primero no hubo y de lo segundo hay poco. Aunque Zarqawi y otros terroristas extranjeros han lanzado ataques suicidas mortíferos, son “una parte muy pequeña del número real” de insurgentes, señaló el coronel Derek Harvey (The Washington Post, 10-406). El coronel sabe de qué habla: fue uno de los jefes principales del espionaje norteamericano en Irak y en esa calidad formó parte del personal del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas ocupantes.

La inflación del papel de Zarqawi, el segundo de Osama bin Laden, al que W. Bush y la prensa occidental han convertido en jefe de la resistencia iraquí, es obra de la guerra psicológica que impulsan los servicios de inteligencia estadounidenses con la finalidad de justificar la prolongada ocupación de Irak y la necesidad entonces de construir allí bases militares permanentes. Sirve además para reunir en un solo paquete a los brutales atentados de terroristas suicidas y a la lucha de los resistentes contra la ocupación extranjera, justifica el asesinato de civiles iraquíes durante la búsqueda de presuntos miembros de Al Qaida y es lógico suponer que EE.UU. no tardará en denunciar “las relaciones” de Zarqawi con Irán. Lo hizo sin éxito en el caso de Saddam Hussein, pero sólo se trata de que la mentira dure el tiempo suficiente. Después vemos.

El Washington Post da cuenta de algunos documentos internos que los militares yanquis vienen analizando desde el 2004. Uno se titula “Denigrar a Zarqawi/alentar respuesta xenofóbica” y diseña tres métodos conducentes: “Operaciones con los medios, operaciones especiales (626) –referencia al grupo de tareas 626 encargado de cazar a ex funcionarios de Saddam– y PSYOP, el término militar que designa el trabajo de propaganda”. En el 2004 se invirtieron 24 millones de dólares en esa tarea solamente en Irak, pero la guerra psicológica no sólo tiene el objetivo de aislar a la resistencia de los civiles iraquíes, confundiéndola con el terrorismo de Al Qaida: mediante filtraciones bien seleccionadas a los medios más importantes de EE.UU. –Times, Newsweek, CNN y otros canales de TV– procura que la opinión pública norteamericana –y no sólo– siga pensando que la invasión y la ocupación de Irak eran y son necesarias para la seguridad nacional. Lo piensa cada vez menos.

Las bombas que el 7 de julio pasado estallaron en Londres y costaron la vida de 52 personas fueron, desde luego, atribuidas a Al Qaida. Tony Blair proclamó a los cuatro vientos “Al Qaida está entre nosotros” y subrayó que era justa la participación de su gobierno en la llamada “guerra antiterrorista”. Y hete aquí que la investigación oficial del atentado encontró que había sido obra de cuatro británicos musulmanes que aprendieron a hacer los explosivos por Internet y nada tenían que ver con la organización terrorista (The Observer, 9-4-06). Curiosamente, Mohammed Siddique Khan –presunto jefe del grupo– había sido detectado por espías británicos meses antes del atentado y, sin embargo, el M15 suspendió la vigilancia de sus movimientos. Nada distinto a lo ocurrido en EE.UU. desde un año antes del 11/9.

Esta guerra psicológica tiene componentes más mortíferos que el delgado papel de los periódicos. En septiembre del 2005 policías iraquíes detuvieron en Basora a dos personas vestidas como árabes que despertaron sus sospechas: eran militares británicos que en un Toyota Cressida sin placas transportaban una buena cantidad de explosivos. Resistieron el arresto a tiros y fueron llevados a la cárcel de la ciudad, que diez tanques británicos, con el apoyo de helicópteros, no tardaron en rodear, derribarle los muros y rescatar a los dos presos. El secretario de Defensa del Reino Unido, John Reid, confirmó en un comunicado que los dos militares encubiertos habían regresado a sus unidades, “pero no informó de su misión ni de cómo fueron liberados” (Reuters, 20-9-05). ¿Y cuál sería la misión? Hay indicios de que los disfrazados se proponían hacer estallar el vehículo en el centro de Basora (www.globalresearch.ca, 20-9-05). Hubiera sido otra acción ordenada por Zarqawi. El jefe terrorista no se puede quejar: lo ayudan mucho a tener prensa.

Poca o ninguna consigue la matanza de civiles por las tropas estadounidenses que buscan a miembros de Al Qaida. Un informe de la policía iraquí del 15 de marzo consigna que de varios helicópteros descendieron en paracaídas “fuerzas norteamericanas que entraron en la casa de Faiz Harat Khalaf situada en Abu Sifa, localidad del distrito de Ishaqui. Juntaron en una habitación a los miembros de la familia y ejecutaron a 11 personas, incluyendo a 5 niños, 4 mujeres y 2 hombres, volaron la casa, quemaron tres vehículos y mataron a los animales” (Knight Ridder Newspapers, 19-3-06). La edad de los niños iba de 3 meses a 5 años y el mayor de los hombres tenía 75. “Nos preocupa escuchar acusaciones de esta naturaleza, pero sucede que es altamente improbable que sean ciertas”, declaró a la prensa el mayor Tim Keefe, vocero de las fuerzas armadas de EE.UU. en Irak. Ninguno de los once fusilados de la familia Khalaf lo desmentirá.

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La señora de Bill

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 13-04-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

“Creo que perdimos un tiempo decisivo negociando con Irán debido a que la Casa Blanca eligió subestimar la amenaza y privilegiar las negociaciones... La política estadounidense debe ser clara e inequívoca: no podemos y no deberíamos, no debemos, permitir que Irán fabrique o adquiera armas nucleares... Y no podemos desechar ninguna opción, enviando un mensaje claro a las autoridades actuales de Irán: que no se les permitirá contar con armas nucleares.” No fue un superhalcón-gallina quien hizo esa crítica a la presunta blandura del gobierno Bush ante Teherán: la formuló Hillary Clinton, hoy senadora y mañana probable candidata a presidente por el Partido Demócrata, ante una selecta audiencia de la Universidad de Princeton (www.dailyprincetonian.com, 30-1-06). “Un Irán nuclear –agregó estableciendo un significativo orden de prioridades– es un peligro para Israel, para sus vecinos y aun más allá... La seguridad y libertad de Israel es el eje de toda concepción norteamericana sobre el Medio Oriente. Ha sido el sello distintivo de la política exterior norteamericana durante más de 50 años y no debemos ni atrevernos a vacilar ante este compromiso.”

Se venden ya camisetas, gorras y otros indumentos con la frase “Hillary presidente 2008” y tiene posibilidades de ser nominada para el cargo. En diciembre del 2005, una encuesta de CNN/USA Today/Gallup reveló que el 41 por ciento de los demócratas la quiere en la Casa Blanca. Pero su estrategia no consiste en capitalizar el creciente descontento con el gobierno republicano por el desastre iraquí. Más bien al revés: se muestra más dura que W. Bush al que le discute, no los fines, sino los medios para garantizar la realidad del sueño imperial. Hillary tampoco se anda con chiquitas respecto de Irak: “No creo que debamos o podamos irnos de Irak inmediatamente”, señaló en un e-mail dirigido a sus posibles votante en el que postula una retirada paulatina “dejando (en Irak) un número menor de efectivos en zonas seguras, más capacitados para reunir datos de inteligencia y atacar con rapidez” (www.clinton.senate.gov, 29-12-05). Dicho de otra manera, instalando bases militares permanentes en el país agredido. En esto, la señora de Bill va más lejos –declaratoriamente– que el propio W., quien suele referirse con oscuros titubeos a las 14 bases que el ejército de EE.UU. construye en Irak para quedarse en “zonas seguras”. ¿Para “atacar con rapidez” a qué país si no Irán?

Hillary Clinton, a diferencia de 22 de sus correligionarios senadores, votó por la guerra contra Irak señalando que el arsenal de armas de destrucción masiva de Saddam Hussein y su complicidad con Al Qaida eran “hechos indiscutibles”. Hoy le parece “indiscutible” que Teherán está fabricando armas nucleares, aunque en la más reciente Estimación Nacional de Inteligencia –un informe que periódicamente elaboran por consenso todos los organismos de espionaje de EE.UU.– se indica que “Irán no podrá producir una cantidad suficiente de uranio altamente enriquecido, el ingrediente clave de un arma atómica, antes de comienzos de la segunda mitad de la próxima década”, es decir, hasta dentro de 10 años (The Washington Post, 2-8-05). Pero ése es un detalle y la senadora no parece detallista.

La escritora Gail Sheehy relata en su biografía Hillary’s Choice (Ballantine Books, Nueva York, 2000) una escena conyugal no precisamente íntima en el contexto de la guerra en Yugoslavia: “Hillary llamó al presidente por teléfono para darle su opinión. ‘Lo insté a bombardear (Belgrado)’. Los Clinton discutieron la cuestión unos días. (Bill) dudaba: ¿y si los bombardeos provocan más ejecuciones? ¿Y si distancian a la OTAN?” Hillary respondió: “No puedes permitir que esto continúe hasta el final de un siglo que presenció el mayor holocausto de nuestra época. ¿Para qué tenemos a la OTAN si no es para defender nuestro estilo de vida?’ Al otro día el presidente declaró que era necesario usar la fuerza”. Cabe reconocer la coherencia belicista de la Sra. Clinton.

El Consejo de Liderazgo Democrático (DLC, por sus siglas en inglés) realimenta, por si hiciera falta, las posiciones de Hillary. El DLC es un influyente think-tank de dirigentes demócratas que defiende los intereses de las grandes corporaciones y brega para que el partido abandone sus pujos de centroizquierda y se ubique nítidamente en el centroderecha. Con las elecciones de noviembre a la vista, se ha convertido en un verdadero obstáculo para las actividades contra la guerra y amonesta a sus bases así: “Es importante que los demócratas entiendan que, a pesar de la declinación de Bush, EE.UU. sigue siendo un país de moderado a conservador”. Y advierte a los dirigentes del partido que “podrían estar jugando con dinamita política si demandan la retirada inmediata de las tropas norteamericanas” de Irak (The Washington Post, 18-12-05). El sábado 8 de este mes, un hombre cortó el discurso sobre “Mujeres líderes” que Hillary pronunciaba en la Brown University de Providence (AP, 9-4-06). “¿Es liderazgo apoyar la guerra?”, preguntó el hombre y desató la protesta airada de otros asistentes que duraba cuatro minutos cuando la policía sacó a la senadora del auditorio. Afuera la esperaba un cartel con la leyenda “El mintió, ella estuvo de acuerdo, ellos murieron. Que las tropas vuelvan ya”.

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Por abajo

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 09-04-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

“Los ciudadanos de Shorewood, Wisconsin, resuelven que el gobierno de EE.UU. inicie la retirada inmediata de sus efectivos militares en Irak, comenzando por los de la Guardia Nacional y los reservistas” (www.wnjp.org, 5-4-06). Un 60 por ciento de los que acudieron a las urnas el 4 de abril en 24 ciudades y localidades de Wisconsin aprobaron ésa y otras resoluciones parecidas. La propuesta fue de la Red por la Paz y la Justicia del estado, que agrupa a unos 150 grupos pacifistas locales, partió de la sociedad civil, no es vinculante y sus resultados crearon nerviosismo en los políticos, tanto demócratas como republicanos. Los dos partidos votaron por invadir Irak y aprueban sistemáticamente los presupuestos astronómicos que Bush y el Pentágono exigen para mantener la ocupación. Y las elecciones de noviembre están más cerca cada día.

El descontento con la guerra de vastos sectores de “la mayoría silenciosa” se encarna en estas iniciativas que nacen espontáneamente y organizan diversas ONG de base en todo el país. La participación ciudadana es escasa, pero constituye la punta del iceberg del estado de ánimo de muchos que no van a las manifestaciones ni realizan actividades pacifistas, y refleja un paisaje exactamente opuesto al de los mítines de cualquier campaña electoral: una asistencia numerosa no garantiza una votación acorde. Los 1664 ciudadanos de Shorewood que aprobaron la resolución –un 70 por ciento del total de quienes sufragaron– son apenas una décima parte de sus habitantes. Cabe medir su importancia desde el umbral de la pasividad política que caracteriza a la sociedad norteamericana.

No todos los cristianos estadounidenses apoyan la guerra contra el mundo árabe para que acontezca el Armagedón: el 1o de este abril partió de Irving, Texas, una “Marcha para redimir el alma de EE.UU.” que en dos semanas recorrerá 192 kilómetros hasta Crawford, donde W. Bush pasará las vacaciones pascuales en su ranchito de 620 hectáreas. El objetivo de la marcha no se limita a exigir el fin de la guerra en Irak: también la observancia de los derechos humanos y las libertades civiles que la Casa Blanca se entretiene en recortar (www.marchtorede em.org, 3-4-06).

En Irving, los manifestantes se detuvieron ante la sede central de ExxonMobil –el oligopolio gasero y petrolero más grande del mundo– y demandaron que invierta en beneficios sociales los 7000 millones de dólares que ha ganado hasta ahora con la guerra. En tres años, no está mal. El reverendo Roy Malveaux denunció que la empresa niega toda responsabilidad por los estragos que su refinería de Beaumont propina a la salud de los habitantes del lugar. El 2 de abril la marcha se concentró frente a la cárcel de Dallas y varios oradores señalaron que el dinero destinado a la guerra se necesita para crear fuentes de trabajo para los jóvenes. El reverendo Peter Johnson informó que sólo de las arcas fiscales del condado de Dallas partieron hacia Irak 3300 millones de dólares. Se estima que unos 25.600 millones de dólares del erario del estado de Texas siguieron el mismo camino (www.nationalpriorities.org, 7-4-06). Pareciera que los manifestantes comparten la sentencia de Alphonse Allais: “Hay que pedirle más a los impuestos y menos a los contribuyentes”.

“¡Basta de guerra en Irak! ¡Que nuestras tropas vuelvan a casa!” es el lema de la “Marcha por la paz, la justicia y la democracia” que la Organización Nacional de la Mujer, Amigos de la Tierra, la Coalición Nacional de Jóvenes y Estudiantes por la Paz y otras ONG norteamericanas han convocado para el 29 de abril. Exigen que se debata en la Cámara de Representantes el proyecto de resolución 635 que presentaron 30 legisladores demócratas y cuyo título es muy claro. “Establecer un comité que investigue el designio del gobierno al declarar la guerra sin autorización del Congreso, manipular los datos de inteligencia previos, alentar y aprobar la tortura, aplicar represalias a los críticos, y que formule recomendaciones acerca de los elementos para un posible impeachment.” La idea no cuenta con el entusiasmo de los republicanos ni de la directiva del partido demócrata. Pero las alcaldías de ocho ciudades han pedido que se ejerza esa acción penal con vistas a la destitución de W. Bush y decenas de miles de ciudadanos han adherido con su firma a la propuesta (www.atlantaprogressi venews.com, 10-2-06).

James Madison, uno de los principales hacedores de la Constitución de EE.UU. y cuarto presidente del país, supo reflexionar: “De todos los enemigos de la verdadera libertad, la guerra es, tal vez, el más temible, porque entraña y desarrolla los gérmenes de otras por venir. La guerra es madre de los ejércitos; de éstos nace la necesidad de contraer deudas e imponer impuestos; y los ejércitos, las deudas y los impuestos son instrumentos conocidos para que los muchos sean dominados por los pocos... Ninguna nación puede preservar su libertad en medio de guerras continuas”. No faltan estadounidenses que, estas palabras, las recuerdan.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65343-2006-04-09.html

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Desasosiegos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 30-03-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

A Francis Fukuyama se lo ve medio destanteado. Una vez anunció el fin de la Historia y Ella no le hizo caso. Abogó como pocos por invadir Irak y ahora dice que “no hay duda de que el objetivo en Irak ha fracasado... se comprobó que un ejército de 130.000 estadounidenses no ha podido contener la animosidad iraquí. Hay que diseñar otros planes. Y el meollo de la cuestión estriba en reconocer la derrota” (The Independent, 9-3-06). No es el único “halcón-gallina” que anda más perdido que Adán en el Día de la Madre.

El republicano Michael Ledeen, por ejemplo. Fue asesor en antiterrorismo del secretario de Estado Alexander Haigh en 1981, se caracterizó por su opulenta relación con la Logia P2, protagonizó el mayor escándalo político de la era Reagan –Irán-contras– y en 2002 criticaba en estos términos al ex asesor del organismo de seguridad nacional Brent Scowcroft: “El teme que si atacamos a Irak ‘se producirá una explosión en Medio Oriente. Podría convertir a toda la región en un polvorín que acabaría con la guerra contra el terror’. Sólo cabe desear que convirtamos a la región en un polvorín y, cuanto antes, por favor”. Hoy Ledeen opina que se trata de “una guerra equivocada, en el momento equivocado, hecha de manera equivocada, en el lugar equivocado” (www.raws tory.com.news, 20-3-06). Cuántas equivocaciones.

La realidad es verdaderamente implacable. Hace tres años que EE.UU. ocupa Irak y la guerra no termina ni llegan “la democracia y la libertad”, ésas con que W. Bush envolvió la agresión. Siguen las bajas norteamericanas, los atentados suicidas, la acción desembozada de los escuadrones de la muerte, la resistencia no cesa y el vacío de poder tiene el tamaño del país. Se deteriora el apoyo a la Casa Blanca de la opinión pública estadounidense: una encuesta reciente de la Universidad de Maryland revela que sólo el 28 por ciento de los interrogados aún confía en que Washington cumplirá sus metas en Irak (Programme on International Policy Attitudes, 15-3-06). Más de 2300 efectivos estadounidenses muertos y unos 50.000 heridos después, el resto opina que esa guerra “no era necesaria para la defensa de EE.UU.”. Y se acercan las elecciones de noviembre del 2006.

El 7 de marzo comenzaron las primarias escalonadas para elegir candidatos a las 435 bancas de la Cámara de Representantes que se renueva totalmente, a 33 de las 100 senadurías, a 36 gobernaciones de los 50 estados y a innumerables alcaldías y otros cargos de elección locales. Los republicanos no reciben buenas noticias en esta precampaña –muchos simpatizantes están perdiendo la paciencia– y su desasosiego se acrecentó aún más cuando W. Bush aseguró la semana pasada que la ocupación ha de durar varios años. El representante Steve Chabot, republicano de Ohio por un distrito bastante conservador próximo a Cincinnati, declaraba el viernes 24, luego de visitar a sus seguidores: “Ahí está el presidente y otros que ahora dicen que siempre supimos que esto iba a ser largo, pero pienso que la mayoría de la gente no esperaba que fuera tan duro” (The New York Times, 25-3-06). Los neoconservadores, tampoco.

Richard Norman Perle, presidente de la Junta Asesora de Políticas del Pentágono hasta 2004 –año en que debió renunciar por un notorio tráfico de influencias– y ardiente promotor de la invasión a Irak, acaba de enojarse con la guerra. “Al invadir Irak –tronó–, el gobierno Bush cumplió una profecía anunciada: Irak ha reemplazado a Afganistán como magneto, campo de entrenamiento y base operativa de los jihadistas, que tienen numerosos blancos norteamericanos contra los que disparar.” No habrá sido Perle el que acuñó la profecía: acostumbraba a proclamar que EE.UU. lograría una victoria completa en pocos meses. El Partido Republicano se queja de que los asesores de Bush “están cansados, son estrechos de miras y carecen de ideas” (CBS/AP, 28-3-06), de modo que el martes pasado presentó su renuncia Andy Card, jefe del gabinete de W., y vendrán otros cambios. No parece que vayan a modificar el rumbo que la Casa Blanca inició con la invasión a Irak, “el mayor desastre estratégico de la historia de Estados Unidos”, según calificó el teniente general (R) William Odom, veterano de Vietnam.

El Partido Demócrata –que apoyó unánimemente la invasión– espera pescar votos en este río revuelto de “halcones” que desertan y de escepticismo dominante, sin duda alentado por un sondeo de la revista Newsweek: el 50 por ciento de los encuestados expresó el deseo de que los demócratas controlen el próximo Congreso, contra el 34 por ciento que insiste en los republicanos (Los Angeles Times, 26-3-06). Pero es temprano para las predicciones: otro atentado terrorista en territorio de EE.UU., digamos, volcaría a la opinión pública norteamericana en favor de la continuación de la política de guerra. O un autoatentado terrorista, da igual.

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No todo lo idéntico es igual

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 26-03-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

La relación de Washington con Tel Aviv atenta contra la seguridad de EE.UU. y el lobby norteamericano pro-israelí, en particular el Comité Estadounidense-Israelí de Asuntos Públicos (Aipac, por sus siglas en inglés), ha contribuido a que la protección de Israel se convierta en un aspecto clave de la política exterior de EE.UU. A esta conclusión llegan los prestigiosos politólogos John J. Mearsheimer y Stephen M. Walt en un estudio titulado The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy que puede consultarse en la Web de la Universidad de Harvard (ksgnotes1.harvard.edu/Research, 13-3-06). Desde luego, llueven los improperios sobre los autores y el trabajo: el más gentil lo considera otro ejemplo de “los viejos libelos acerca de que el pueblo judío controla de algún modo las políticas de la nación más poderosa de la Tierra” (www.jnewswire.com, 23-3-06).

Walt, decano de la Escuela de Gobierno “John F. Kennedy” de Harvard, y Mearsheimer, codirector del Programa de políticas de seguridad internacional de la Universidad de Chicago y referente principal de los conservadores –sin neo– llamados “realistas”, inician el estudio así: “El interés nacional de EE.UU. debería ser el objetivo primordial de la política exterior estadounidense. Sin embargo, en las últimas décadas, en especial desde la Guerra de los Seis Días de 1967, el eje de la política de EE.UU. en Medio Oriente ha sido su relación con Israel. La combinación del sostenido apoyo norteamericano a Israel y el designio concomitante de extender la democracia en toda la región han inflamado la opinión pública árabe e islámica y puesto en peligro la seguridad de EE.UU. Esta situación no tiene antecedente en la historia política estadounidense. ¿Por qué EE.UU. tiene que hacer a un lado su propia seguridad para procurar por los intereses de otro Estado?”. Duro, pero cierto.

El Lobby –con mayúscula porque la merece– proclama que “los intereses israelíes y norteamericanos son esencialmente idénticos” y “exagera la capacidad de Israel” para contribuir a la “guerra antiterrorista”, dicen los autores. “Y lo más importante –agregan– es que EE.UU. padece el terrorismo en buena medida por su estrecha alianza con Israel, y no al revés... el apoyo incondicional a Israel facilita a los extremistas una adhesión popular y el reclutamiento de voluntarios.” Y luego, Israel “no es un aliado leal”: sigue espiando en EE.UU. y vende armas a China.

La Casa Blanca ha erigido a Israel en modelo democrático para la región, donde ciertamente no escasean los regímenes autoritarios. Sin embargo, no parece que ese modelo se cumpla para los palestinos, los cristianos árabes y otros ciudadanos israelíes de segunda. Mearsheimer y Walt cuestionan el concepto, raramente explicitado, de que el sostén acrítico a Israel es una deuda por el genocidio de judíos perpetrado por los nazis: señalan que el argumento no justifica la expulsión de 700.000 palestinos en los años 1947-’48, que nada tuvieron que ver con la Shoa, ni el asesinato de civiles árabes en el período 1949-1956, ni los que el ejército israelí sigue cometiendo en territorio palestino ocupado. “En términos de comportamiento real –subrayan– la conducta de Israel no se diferencia moralmente de las acciones de sus opositores.”

Aipac es el segundo lobby en importancia en EE.UU. –detrás de la Asociación Estadounidense de Jubilados (AARP, por sus siglas en inglés) y delante de la Asociación Estadounidense del Rifle (NRA) y de la poderosa central sindical AFL-CIO–, cabildea ante legisladores y funcionarios del gobierno para que mantengan posiciones y políticas pro-israelíes y también se encarga de ningunear a los críticos de Tel Aviv calificándolos de antisemitas, su arma desacreditadora más poderosa. “Israel goza prácticamente de inmunidad en el Congreso”, registra el estudio, y algunos sionistas cristianos como Dick Armey han proclamado que “la prioridad número uno” de la política exterior norteamericana es apoyar a Israel contra viento y marea. Aipac invierte grandes sumas de dinero en campañas electorales para derrotar a candidatos con presuntas posiciones antiisraelíes, como ocurrió con el ex senador republicano Charles Percy. El ex candidato republicano a la presidencia Pat Buchanan lo dijo a su manera: “Aipac, que es agente de facto de un gobierno extranjero, domina el Congreso de EE.UU. No hay allí debate abierto alguno sobre la política norteamericana respecto de Israel” (Where the Right Went Wrong, 2004).

Mearsheimer y Walt se refieren asimismo al mito de que Israel es una suerte de David que enfrenta al Goliat de los países árabes que lo rodean. No es la opinión del coronel (R) del ejército estadounidense Warner D. Farr, quien advierte que Israel es la quinta potencia nuclear mundial y que en 1997 ya poseía 400 armas nucleares y de hidrógeno (www.peaceheroes.com, 24-4-04).

La modernidad ha permitido cambiar hondas por bombas.

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Misión divina

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 16-03-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Parece una contradicción: los norteamericanos que más apoyan la idea de un solo Israel “con Judea y Samaria” –es decir, territorios palestinos incluidos– son políticos y predicadores evangélicos, metodistas, presbiterianos, adventistas y de otras variantes cristianas que han ganado un peso político muy denso con W. Bush en el gobierno. Proclaman que el conflicto en Medio Oriente anuncia la inminencia del Apocalipsis o Armagedón o batalla final entre los ejércitos del mal y los ejércitos del bien, la victoria de los últimos, la segunda llegada de Cristo y el establecimiento del Reino de Dios en esta Tierra. Los “armagedonistas”, no sin angustias y temores por su salvación ante la proximidad del Juicio Final, quieren apurar una guerra que en términos concretos conciben así: las armadas del mal, es decir, los ejércitos rusos y árabes, pelearán la última batalla contra las armadas del bien, es decir, los ejércitos de Israel, EE.UU. y Gran Bretaña, y serán vencidos. Habrá entonces Paraíso en el mundo terrenal a lo largo de un milenio.

Esta creencia ha originado fenómenos curiosos en EE.UU. El fundamentalismo evangelista en general y el que podría denominarse cristianismo sionista en particular tienen lazos estrechos con las derechas fundamentalistas de Israel. Su influencia en la política estadounidense en Medio Oriente es notoria y notable en la Casa Blanca y el Congreso. Elliot Abrams, entonces director del Consejo de Seguridad Nacional para el Cercano Oriente, recibió en marzo del 2004 a dirigentes del Congreso Apostólico descontentos con la decisión de W. Bush de favorecer la erradicación de asentamientos israelíes en el territorio palestino de Gaza. Abrams explicó que eso no interferiría con los designios de Dios sobre el Armagedón, porque Gaza carece de lugares de importancia bíblica (Village Voice, 18-504). Hay, desde luego, más.

Los “armagedonistas” destinan millones de dólares a promover los asentamientos israelíes ilegales en los territorios palestinos ocupados desde 1967 y pagar los viajes de judíos rusos que emigran a Israel, a fin de acelerar el cumplimiento de sus profecías. Entre otras, la de que antes de instalar el Paraíso aquí, Cristo condenará a los ateos a sufrir muertes espantosas; sólo se salvarán los buenos cristianos y los judíos conversos. Creyentes en ese Cristo brutal, como el teniente general William G. “Jerry” Boykin, están involucrados en el escándalo de Abu Ghraib (www.be liefnet.com, 27-05-04). Senadores metodistas, presbiterianos y de la Iglesia de Cristo han aprobado la aplicación de la tortura a civiles prisioneros en Irak y Guantánamo. El fundamentalismo cristiano estadounidense, en particular el de la variante dispensacionalista, prefiere el Dios vengador del Viejo Testamento al Cristo de los Evangelios. Pero sus seguidores se dicen evangelistas.

La doctrina de los “armagedonistas” es la que más rápidamente ha crecido en EE.UU. en estos años. Tendría unos veinte millones de fieles que además creen en su posible inmortalidad personal, un anhelo que “descansa enteramente en la existencia del Estado de Israel. Por eso la situación actual en Medio Oriente es para ellos una cuestión de vida o muerte”, ha señalado Gary North, un evangelista distante de esos correligionarios (lewrockwell.com), que suponen que podrán compartir los destinos inmortales de Enoch (Génesis 5:23-24) y de Elías (Reyes 2, 2-11), aunque eso dependerá de una secuencia temporal: los cristianos serán salvados de la muerte exactamente 42 meses antes de que la “Gran Tribulación” caiga sobre Israel. Si el Estado israelí desaparece en vida de estas personas, la llegada de la “Gran Tribulación” se postergará siglos, hasta que el Estado de Israel vuelva a existir, y no habrá entonces inmortalidad para ellos. La “Gran Tribulación” –y esto es algo que los “armagedonistas”rara vez mencionan– aniquilará a dos tercios de los israelíes, que así pagarán el precio de la inmortalidad ajena. Esta es la motivación religiosa del apoyo político y económico que, sin perjuicio de los pujos antisemitas de no pocos de sus líderes, prestan al Estado de Israel.

Charles Mars, un evangelista de otra clase, toma nota de que esa corriente “ha amasado en los últimos años el poder político más grande que se conoce en la historia norteamericana” y se pregunta “a qué costo de nuestro testimonio y de la integridad de nuestro mensaje” (The New York Times, 201-06). Recuerda que ministros evangelistas influyentes lanzaban sermones en favor de la guerra contra Irak argumentando que ésta aceleraría el cumplimiento de la profecía apocalíptica y que en abril del 2003, inmediatamente después de la invasión, la apoyaba un 87 por ciento de los evangelistas blancos. Un 68 por ciento la apoya todavía. Este contexto ideológico explicaría que buena parte de la opinión pública de EE.UU. esté a favor de la guerra contra “el eje del mal”, a pesar de las muertes y desastres que les devuelve a casa. Es un manto excelente para abrigar la voluntad imperial y el apetito petrolero de la Casa Blanca. Desde que se volvió abstemio, el propio W. Bush piensa que ésa es la misión que Dios le ha encomendado. Muchos lamentan que haya dejado de beber.

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De “hearts and minds”

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 12-03-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Los “halcones-gallina” no limitan su esfuerzo a “ganar los corazones y las mentes” de Irak y del resto del mundo (con los resultados a la vista): también vigilan que ningún profesor introduzca ideas patrióticamente incorrectas en la cabeza de quienes siguen carreras relacionadas con el Medio Oriente. Para eso existe The Middle East Forum, un think-tank que se autoasignó la empresa de “definir y promover los intereses de EE.UU.” en la región. En el marco de su proyecto Campus Watch, “supervisa y critica los estudios sobre Medio Oriente que se realizan en Norteamérica con el propósito de mejorarlos” (www.campus-watch.org). Claro que cada quien entiende a su manera cómo mejorar las cosas.

En este caso la mejora consiste en defender la política “antiterrorista” del gobierno Bush y al Estado de Israel y de acallar cualquier análisis o enseñanza que cuestione su legitimidad en el ámbito universitario. Semejante propósito asomó al cumplirse exactamente un mes de los atentados del 11/9: el Consejo Estadounidense de Patrocinadores y Graduados (ACTA, por sus siglas en inglés) publicó un informe titulado “Defender la civilización: de cómo nuestras universidades debilitan a EE.UU. y qué se puede hacer al respecto” (www.goacta.org, 11-10-01). Contiene 117 citas de profesores que habían expresado algún grado de rechazo a la intervención militar norteamericana en Afganistán. El Middle East Forum se encarga de precisar lo de qué hacer al respecto.

Campus Watch establece en su declaración de principios que “apoya la irrestricta libertad de palabra de todos los educadores, cualquiera sea su punto de vista”, pero en su web registra –fuera de contexto– “frases inconvenientes” de numerosos catedráticos y recomienda a profesores políticamente correctos abundando en su curriculum. Poco explica de los “non sanctos” y la intención es nítida. Otro empeño del Forum es el proyecto David, diseñado en el 2002, que promueve actividades universitarias “en respuesta a la agresión ideológica contra Israel y sus partidarios en los campus de Norteamérica”. La agresión consistiría en “la formulación de críticas a las políticas de Israel y de EE.UU. que son legítimas, pero que usan el lenguaje de los derechos humanos, la liberación nacional y la libertad académica para demonizar a Israel, a los israelíes y a sus partidarios”. La ocupación israelí de territorios palestinos en verdad demoniza. A los ocupados.

“Los especialistas universitarios en Medio Oriente se han equivocado constantemente en sus análisis”, proclama Campus Watch. Desde luego, hay que controlarlos porque esos estudios “tienen una importancia especial en razón de que muchos de sus componentes, la guerra antiterrorista, el Islam militante, el conflicto árabe-israelí, Irak, Arabia Saudita y otros están en el centro del debate público”. Lisa Hajjar, profesora de la Universidad de California, pasa en limpio ese concepto: “La postura de la derecha consiste en que las universidades y los académicos deben estar al servicio de los designios del Estado”. El Congreso ya se está ocupando del asunto.

El 2 de febrero del 2005 cinco representantes republicanos y uno del Partido Demócrata introdujeron el proyecto de enmienda H.R. 509 que modifica y amplía el capítulo VI de la Ley de educación superior de 1965 (www.govtrack.us/congress). Propone que la secretaría de Educación establezca una junta asesora encargada de supervisar los 120 programas de estudios internacionales que se imparten en EE.UU.; dos de sus siete miembros “representarán a los organismos federales responsables de la seguridad nacional”. Eso es hablar claro. Cualquier semejanza con los comisarios políticos de la ex URSS no es casual. Hay malas costumbres contagiosas.

El párrafo 633 de la enmienda especifica las facultades de la junta. Entre otras: “Formular recomendaciones a la Secretaría (de Educación) y al Congreso a fin de mejorar los programas (de estudios internacionales) para que reflejen mejor las necesidades nacionales relativas a la seguridad interior...” (apartado C). O: “Formular recomendaciones para que las instituciones de educación superior subsidiadas insten a los estudiantes a servir a la nación y sus necesidades en materia de relaciones internacionales, relaciones económicas internacionales, idiomas extranjeros, o seguridad nacional” (apartado F). El proyecto de enmienda H.R. 509 es una feroz dentellada a la libertad académica y una más que se propina a los ya maltratados derechos civiles en EE.UU.

La Asociación Estadounidense de Profesores Universitarios (AAUP, por sus siglas en inglés), fundada en 1915, fijó hace mucho los principios de la libertad académica y de cátedra en el país. Establecen, por ejemplo, que los profesores tienen derecho a expresar sus opiniones con entera libertad, tanto en las aulas como en público, y en los estudios o ensayos que redactan, sin someterse a cuestionamientos de grupos políticos o de presión. Esto será pasado cuando la H.R. 509 entre en vigor, será apenas “la huella de un navío que desapareció en una mar desierta”, como imaginaba Chateaubriand.

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Si no hay, se planta

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 03-03-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Es notorio que W. Bush no encontró en Irak armas de destrucción masiva (ADM), justificación central de la invasión. Como no hubo, intentó que hubiera: tres fuentes de los servicios de espionaje de EE.UU. y una cercana al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas así lo confirmaron a la periodista Larisa Alexandrovna (rawstory.com/news, 5/1/06). La historia no carece de ribetes absurdos.

Las ADM no aparecían luego de que W. Bush inaugurara una mentira tras otra. Se recuerda –apenas un ejemplo– el clamor de que Saddam Hussein había tratado de comprar uranio a Níger, una “prueba” que el entonces secretario de Estado, Colin Powell, esgrimió con patética energía ante el Consejo de Seguridad de la ONU para lograr su apoyo a la invasión. La Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) comprobó que eran falsos los documentos en que la acusación se basaba. Otro fiasco, el de la versión que quiso que un funcionario iraquí se hubiera reunido en Praga, antes del 11/9, con Mohammed Atta, piloto del primer avión que se estrelló contra las Torres Gemelas, obligó a una retractación de la CIA y de los servicios checos que habían corroborado la especie. Una tensa ansiedad comenzó a mostrar su rostro en los pasillos de la Casa Blanca y Donald Rumsfeld empezó a tallar.

Aun antes de la invasión, el Pentágono había enviado a Irak personal operativo de la supersecreta Oficina de Planes Especiales (OSP, por sus siglas en inglés) en misiones que autorizaba Douglas Feith, subsecretario de política de la Defensa entonces y hoy acusado de pasar información clasificada a la Embajada de Israel en Washington. Esas misiones, tan envueltas en oscuridad como la misma OSP, se repitieron después del derrocamiento de Hussein. Alexandrovna menciona en particular a un grupo de tareas integrado por cuatro o cinco operativos que en la segunda mitad del 2003 no buscó las ADM sino la forma de que aparecieran.

“‘Llegaron en el verano del 2003 y entrevistaron a iraquíes’, dijo la fuente de la ONU. Empezaron a hablar de las ADM y dijeron (a esos agentes de inteligencia iraquíes) que ‘nuestro presidente está en problemas. Fue a la guerra diciendo que había ADM y no hay ADM. ¿Qué podemos hacer? ¿Nos pueden ayudar?’”, cita la periodista. La misma fuente le informó que los agentes iraquíes comprendieron rápidamente lo que les estaban pidiendo los norteamericanos: “Que proporcionaran ADM para que las fuerzas de la coalición las encontraran”. Una pretensión absurda: cualquier inspección, por somera que fuese, descubriría que las armas plantadas no eran de origen iraquí ni respondían a la tecnología de uso bajo Saddam Hussein. La desesperación suele dar malos consejos.

Los medios norteamericanos, mientras tanto, martilleaban los sonsonetes bushianos: “Los mejores expertos y científicos nucleares de laboratorios como el de Oak Ridge comparten las evaluaciones de la CIA”, es decir que Bagdad había puesto en marcha un programa de fabricación de armas nucleares (The New York Times, 13/9/2002). Y no se crea que esto ha cesado: voceros empedernidos de los “halcones-gallina” insisten en que Irak desarrollaba un programa nuclear y algunos, como Stephen F. Hayes, pretenden que el régimen de Hussein entrenó “a miles de terroristas islámicos radicales” como probarían “unos 2 millones de fotos y documentos” hallados después de la invasión (The Weekly Standard, 16/1/06). Ni la Casa Blanca ni los medios han presentado hasta ahora alguna de esas “evidencias”. Eso sí, aparecieron las fotos de los torturados en Abu Ghraib.

Esa insistencia es perversa, pero explicable: hay que demostrar que W. Bush no se equivocó al desatar la guerra contra Irak –lo dice él mismo–, de manera que tampoco se equivocará cuando llegue la prevista contra Irán. El machaqueo de los medios es inherente a ese objetivo y bien lo sabe el Pentágono: invirtió más de mil millones de dólares solamente en el período que va del 2003 a mediados del 2005 para que diversas agencias se ocuparan de promover en los medios la imagen de los militares empeñados en “la guerra mundial contra el terrorismo” (The News Standard, 22/2/06). En vísperas de las elecciones en Irak se supo que el Pentágono había destinado otros 300 millones de dólares a operativos de guerra psicológica “que incluyen la colocación de mensajes favorables a Washington en los medios de todo el mundo, incluso de los países aliados, ocultando que la fuente es el gobierno norteamericano” (The Guardian, 15/12/06). Esta revelación se produjo cuando se encendía la controversia que despertó otra: los militares estadounidenses pagan a distintos medios iraquíes para que den “noticias buenas” sobre la situación en el país ocupado. Fracasaron en el intento de plantar ADM en Irak. Más fácil es plantar artículos en la prensa.

El crescendo de las acusaciones contra Irán, tampoco probadas, es un presagio de que podría volver al mundo el espectáculo siniestro de los hongos atómicos 60 años después de Hiroshima y Nagasaki: en el plan de ataque del Pentágono está previsto el uso de bombas nucleares “limpias” contra 450 blancos en territorio iraní donde se supone que Teherán enriquece uranio para la guerra. Según un estudio del teniente coronel del ejército estadounidense Warner D. Farr, Israel poseía unos 400 artefactos nucleares y termonucleares en 1997 (www.au.af.mil) –a saber cuántos tiene ahora– y sus fuerzas armadas estarán listas a fines de marzo para contribuir a la tarea de bombardear Irán (The Sunday Times, 11/12/05). La OIEA se cansó de llevar a cabo inspecciones sin preaviso de las instalaciones nucleares iraníes, pero nunca ha podido inspeccionar las de Israel. También aquí se aplica el dicho conocido: todos los países son iguales, sólo que algunos más que otros.

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Las limpiezas de Nueva Orleans

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 26-02-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Se cumple medio año desde que Katrina comenzó a ser sobre las Bahamas y días después, el 29 de agosto, inundó el 80 por ciento de Nueva Orleans provocando una de las catástrofes naturales más severas que conoce la historia de EE.UU.: 1300 muertos, 140.000 unidades residenciales y edificios destruidos y una diáspora de más de dos millones de refugiados de la costa del Golfo de México (The Washington Post, 13-1-06). Existe un plan de reconstrucción de la ciudad que ha empezado por la limpieza de los 22 millones de toneladas de escombros y al parecer terminará con otra clase de limpieza, esa que llaman étnica. Los negros constituían el 68 por ciento de la población de Nueva Orleans, son neta mayoría de los desplazados y su retorno y aun permanencia en la ciudad tropiezan con una dificultad tras otra. Las empresas constructoras hablan de “modernizar” Nueva Orleans, no de reconstruirla.

Una comisión de 11 congresistas norteamericanos presentó este mes un informe de 600 páginas sobre la gestión –más bien la falta de gestión– de los gobiernos federal, estatal y municipal ante el desastre: encontró 90 errores en lo actuado por todos los niveles institucionales, desde la Casa Blanca hasta la alcaldía, hecho que calificó de “abdicación de las más solemnes obligaciones para con el bien común”. Son inolvidables las escenas de pobladores desesperados tratando de salvarse que sacudieron las pantallas de TV del mundo entero. Mientras la ayuda no llegaba, aparecieron otras: W. Bush descansando en su rancho y restándole importancia a la catástrofe o la secretaria de Estado Condoleezza Rice gastando 7000 dólares en zapatos. Esas imágenes también son inolvidables. Pero poco se habla del post-Katrina que se sufre ahora.

En primer lugar, los refugiados de Nueva Orleans fueron fletados con boleto de ida solamente, por decirlo de algún modo. Pocos encontraron trabajo en los estados que los acogieron y no hay ayuda oficial para que regresen. ¿Y a dónde regresarían? El gobierno está confiscando y demoliendo casas –incluso no muy dañadas– y se estima que un 75 por ciento de la antigua población negra puede quedar sin techo porque los propietarios de viviendas aprovechan la ocasión para expulsar a inquilinos que ni siquiera se enteran de la orden de desalojo: están en otras ciudades, lejos. Desde el 25 de octubre, fecha en que cesó una moratoria otorgada por el gobierno de Louisiana, se producen unos 100 desalojos por día. Se explica: la crisis de la vivienda ha llevado el precio de los alquileres a las nubes.

La discriminación alcanza asimismo a los negros y los pobres que piden préstamos para construir una casa. El organismo federal de gestión en situaciones de emergencia ha derivado a la Administración de la Pequeña Empresa (SBA, por sus siglas en inglés) la prestación de asistencia a los damnificados por Katrina. La SBA ha rechazado el 82 por ciento de las solicitudes de préstamos para vivienda exigiendo “responsabilidad fiscal” a gente sin techo ni trabajo y distribuyó los que aprobara de este modo: un 47 por ciento para construir en barrios ricos, donde la población blanca predomina, y apenas un 7 por ciento para hacerlo en los barrios pobres, habitados por negros (San Francisco Bay, 8-2-06). La política de la SBA es ayudar a las familias de ingresos medios y altos con muy reducida presencia negra. El resto, bueno.

Las empresas constructoras privadas reciben fondos federales y privilegian la reconstrucción de vivienda en las zonas altas que Katrina no anegó, donde se concentran los blancos y los ingresos más gordos de Nueva Orleans. Y aunque W. Bush ha solicitado al Congreso otros 19.800 millones de dólares para rehabilitar la ciudad, nada asegura que haya fondos cuando de los barrios negros se trate. Se asiste a un paisaje perverso que el juez negro Greg Mathis señaló: “El esfuerzo (de reconstrucción) es de gran escala y muy complejo, hay millones de dólares en danza. Lo irónico es que los amigos del gobierno federal –el mismo gobierno federal que mostró negligencia para enfrentar el desastre– se están beneficiando de la devastación causada por el huracán”.

Uno de esos amigos es el Show Group de Baton Rouge, que recibió contratos por valor de 100 millones de dólares sin licitación. Ocurre que Joe M. Allbough, gestor principal de la campaña electoral de W. Bush del 2000, es cabildero del Show Group y de Halliburton, el gigante petrolero y de la construcción del que fue director ejecutivo el vicepresidente Dick Cheney. La Casa Blanca otorga contratos a las multinacionales de sus allegados políticos y ha suspendido la vigencia de disposiciones de protección a los trabajadores locales como la Davis-Bacon, lo cual facilita la superexplotación de los desocupados que proceden de todas partes, menos de Nueva Orleans. La amistad es la amistad.

Parece claro el designio de una Nueva Orleans mucho más blanca, con menos negros, menos votos negros, menos poder político negro, y los contratistas hablan de crear otro París a orillas del Mississippi. Pretenden malear la ciudad donde cuajó el poderoso espíritu del swing que ha dado un tono particular a toda la cultura estadounidense. A ver si pueden.

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Irán, ¿armas nucleares o qué?

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 19-02-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Todos los servicios norteamericanos de espionaje evaluaron en conjunto hace unos meses que Irán necesitará una década para fabricar armas nucleares, duplicando así una estimación anterior que le daba cinco años (The Washington Post, 2-8-05). Esta conclusión figura en el informe “Foreign Missile Developments and the Ballistic Missile Threat Trough 2015” que aprobó por consenso el Consejo Nacional de Inteligencia (www.fas.org/irp/nic). No obstante, W. Bush, Condoleezza Rice y otros jerarcas de la Casa Blanca multiplican los ataques contra el gobierno iraní y hablan de la inminencia de su rearme nuclear. Dicho de otra manera, hablan de la inminencia de un ataque estadounidense para el que esta vez se ha previsto el uso de bombas atómicas “limpias”.

Se supone que el plan del Pentágono se aplicará como represalia de un nuevo 11/9 y sus alcances fueron precisados por Philip Girardi, un ex agente de la CIA: incluye el bombardeo con armas convencionales y nucleares de “450 blancos estratégicos importantes que abarcan muchos sitios donde se sospecha que se desarrollan programas de armas nucleares” en Irán (The American Conservative, 1-8-05). El ex espía agrega una frase espeluznante: “Como en el caso de Irak, esta respuesta no depende de que Irán esté realmente involucrado en actos de terrorismo contra EE.UU.”. Es notable el uso de la palabra “respuesta” y no faltan quienes auguran un autoataque “terrorista” en suelo estadounidense que la justifique. Abundan las preguntas acerca de cómo y por qué la Casa Blanca permaneció tan pasiva ante las informaciones previas sobre el atentado que terminó con tres mil vidas humanas en las Torres Gemelas.

El Pentágono arrojaría bombas nucleares “limpias” para destruir instalaciones iraníes instaladas hipotéticamente bajo tierra, pero sus efectos serían muy sucios: cada estallido crearía un cráter de radiaciones letales que se extenderían por una zona muy vasta. Según el Consejo Nacional de Investigaciones norteamericano, si se arrojaran en un área densamente poblada causarían la muerte de varios miles a centenares de miles de personas, de acuerdo con el potencial de la bomba (National Research Council, “Effects of Nuclear Earth-Penetrator and Other Weapons”, Washington, DC, www.nap.edu, 2005). Está claro de qué tipo de limpieza se trata.

Irán congeló durante dos años y medio su programa de desarrollo nuclear con fines pacíficos declarados mientras se prolongaban las negociaciones diplomáticas con representantes de Londres, París y Berlín. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de las Naciones Unidas llevó a cabo no pocas inspecciones sorpresivas de las instalaciones nucleares iraníes sin detectar elementos que permitan aseverar que Teherán persigue la fabricación de armas nucleares. Da igual y cabe preguntarse por qué la Casa Blanca se empeña, como ocurrió con las armas de destrucción masiva de Irak, en agitar un fantasma que no existe. La contestación se reduce a una sola palabra: petróleo.

Es notorio que Irán posee enormes reservas de oro negro y las de gas natural son las segundas en importancia del mundo. Su ocupación militar entrañaría el control de EE.UU. sobre la costa este del Golfo Pérsico y el sur de la cuenca del mar Caspio, las zonas de mayor concentración de esas reservas. Como el control militar norteamericano existe ya en parte de esa cuenca y en el corredor afgano-pakistaní que permite vincularla con el océano Indico, así como en puntos clave del Golfo (Arabia Saudita e Irak), Washington pasaría a dominar de manera absoluta la producción y las reservas de hidrocarburos más importantes del planeta y, por ende, la economía mundial. Y sin necesidad de socio alguno. No es poco, pero no es todo.

El petrodólar domina el mercado mundial del producto, con gran beneficio para los gigantes occidentales del ramo: a cambio del hidrocarburo extranjero, a Washington le basta imprimir más billetes verdes, sobrevaluados en un 40 por ciento según los expertos. Hete aquí que Irán ha comenzado a vender su petróleo en euros y proyecta abrir en marzo próximo una Bolsa de Valores cuyas operaciones se realizarán en la moneda europea. Una pérdida aun parcial del dólar como divisa dominante del comercio energético mundial conducirá a su devaluación abrupta y al aumento de las tasas de interés. EE.UU. “se encontrará entre Escila y Caribdis, entre la deflación y la hiperinflación”, con consecuencias desastrosas cualquiera sea la alternativa que elija (Information Clearing House, 19-1-06). Una agresión militar norteamericana contra Irán tendría efectos igualmente desastrosos en la economía mundial.

Se impone reconocer que la retórica antiiraní del gobierno Bush está rindiendo frutos internos, como revela una encuesta realizada este mes por The Pew Research Center de Washington (people-press.org, 7-2-06). A la pregunta acerca de qué país representa el mayor peligro para EE.UU., un 27 por ciento ubicó en primer lugar a Irán; apenas hace cuatro meses, esa proporción era del 9 por ciento. Siguen China, Irak y Corea del Norte en orden decreciente. La encuesta registra una curiosidad: el 5 por ciento de los interrogados opinó que el país que representa el mayor peligro para EE.UU. es el propio EE.UU., más que Al Qaida (4 por ciento), Rusia (3 por ciento) y Japón (1 por ciento). Cosas veredes.

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¿Hamas? Jamás

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 02-02-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Parece evidente que a la Casa Blanca le va mal con los retornos que su política consigue. Invadió Irak para “llevar la democracia”, hubo elecciones, ganó la coalición de chiítas amigos de Irán y el grupo islámico de Moqtada al Sadr, el más radical, el que combatió a los ocupantes con armas en la mano, es el que obtuvo más bancas en el futuro parlamento. Esto suele llevar el nombre de tiro por la culata. El gobierno Bush acaba de sufrir otro en Palestina.

El movimiento Hamas, promotor de violentos atentados terroristas contra la población civil israelí, se alzó con más de la mitad del parlamento de la Autoridad Palestina: 74 diputados contra 45 de Al Fatah, la organización que Arafat fundó y dirigió largos años. El terremoto político creado es una pesadilla para EE.UU. y la Unión Europea. El pueblo palestino habló y no se crea que le resultó muy fácil: sólo un 6 por ciento del padrón de Jerusalén Este –el sector predominantemente árabe de la ciudad y bajo ocupación israelí–, es decir, 6300 palestinos de una población de casi 250.000, niños incluidos, pudo emitir su voto. No fue un ataque abstencionista.

Tel Aviv ha construido un muro de concreto de ocho metros de altura alrededor de sus asentamientos en Jerusalén Este, aislándolo de Ramalá y Belén, que alguna vez fueron suburbios de la ciudad. Los posibles votantes debían invertir un día entero en pasar al otro lado del muro y atravesar alambradas de púas y retenes con jóvenes israelíes armados hasta los dientes, un ámbito amenazador si se toma además en cuenta que muchos palestinos habían sido arrestados por pegar carteles o asistir a mitines electorales. Un 94 por ciento resolvió democráticamente no votar (The Guardian, 26-1-06).

El triunfo de Hamas repite, para Tel Aviv, la ironía que Washington padece en Irak. Ocurre que ese movimiento terrorista es prácticamente hijo de Israel, que lo alentó y lo financió directa o indirectamente durante años. “Los israelíes querían usar a Hamas como contrapeso de la Organización de Liberación de Palestina (OLP)”, declaró Tony Cordesman, especialista en Medio Oriente del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, al periodista Richard Sale (UPI, 18-6-02). “La asistencia de Israel a Hamas era un intento directo de dividir y diluir el apoyo a una OLP fuerte y laica oponiéndole una alternativa religiosa”, agrega Sale. Su colega Ray Hanania está de acuerdo: “Además de esperar que las masas palestinas se alejaran de Arafat y de la OLP, los dirigentes del Likud pensaban que podrían establecer una alianza viable con las fuerzas islamistas contrarias a Arafat que ampliaría el control israelí de los territorios (palestinos) ocupados” (Counterpunch, 18/19-1-03). Esa es la historia.

Hamas es un retoño de la Hermandad Musulmana fundada en Egipto en 1927. Permaneció latente hasta que Israel, al término de la Guerra de los 7 días de 1967, ocupó los territorios palestinos. La Hermandad organizó entonces una notable infraestructura social, religiosa, educativa y cultural destinada a socorrer a los refugiados palestinos confinados en los campos. Documentos que Richard Sale consultó en el Instituto Internacional de Políticas contra el Terrorismo de Israel muestran que en 1978 el entonces primer ministro israelí Menachem Begin inició, en el marco de las llamadas Ligas aldeanas y con líderes de la Hermandad, la captación de palestinos islámicos opuestos a la OLP, a los que pagaba un sueldo. La financiación provenía también de Estados árabes contrarios al laicismo de Arafat. De esas Ligas nació Hamas.

EE.UU. y la Unión Europea se niegan a tener relaciones con una Autoridad Palestina gobernada por Hamas, a menos que renuncie al terrorismo. También Israel, desde luego, aunque Menachem Begin fue cabeza de la organización clandestina Irgún –cuando el país era un protectorado del Reino Unido– y, entre otras cosas, planeó el atentado que cobró 91 vidas en julio de1946: la explosión de la bomba colocada en el lujoso Hotel King David de Jerusalén, sede del mando militar británico, mató a 28 oficiales y soldados ingleses, pero también a 41 civiles árabes, 17 judíos y cinco extranjeros. Como se aprecia, un daño colateral elevado.

El gobierno israelí debiera preguntarse por qué votó por Hamas el 60,3 por ciento de un electorado que muros y amenazas acotaron. ¿No será que el terrorismo de Estado crea apoyo popular a una resistencia terrorista? Hace 39 años que Tel Aviv ocupa los territorios palestinos y debería saberlo. Lo saben los “refuzniks”, esos veteranos de Israel que señalaron: “No seguiremos peleando más allá de los límites (existentes) en 1967 para dominar, expulsar, hambrear y humillar a un pueblo entero... Entendemos ahora que la práctica de la ocupación es una pérdida del carácter humano de las Fuerzas de Defensa de Israel y entraña la corrupción de la sociedad israelí entera” (www.seruv.org.il). Antes de ser israelíes, hubo judíos que le ponían bombas al ocupante británico. Ya lo dijo Aristóteles: saber es acordarse.

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518.739

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 29-01-2006 04:18:01

El número de militares norteamericanos que participaron en la guerra contra Irak de 1990-91 y que hoy padecen el llamado “síndrome del Golfo” es exactamente ése: 518.739 (Preventive Psychiatry E-Newsletter Nº 169, 21-12-05). En las tres semanas que duró ese conflicto bélico apenas 467 efectivos estadounidenses resultaron heridos. De los que retornaron, 11 mil han muerto de enfermedades varias de las que el síndrome da cuenta. Arthur Bernklau, director ejecutivo de Veteranos por la Constitución, señaló que un 56 por ciento de los que volvieron entonces sufría “algún tipo de problema médico crónico” en el año 2000, una década después. Se trata de una proporción más que extraordinaria, tomando en cuenta que esa tasa fue del 5 por ciento promedio como consecuencia de las guerras bélicos del siglo pasado, aunque llegó al doble en Vietnam (San Francisco Bay View, 21-1-06).

Las tropas de EE.UU. utilizan, precisamente desde la Guerra del Golfo I, armamentos con uranio empobrecido (UE) –el desecho del proceso de enriquecimiento del uranio que se emplea en los reactores nucleares– y ése es el origen del síndrome. El Pentágono lo niega, claro. Es que las balas o bombas con UE “son ideales para penetrar blindados... estos sólidos proyectiles de metal gozan de la velocidad, la masa y las propiedades físicas que permiten un rendimiento excepcionalmente alto contra los blancos blindados” (Federation of American Scientists, Military Analysis Network, noviembre de 2002). También permite logros tristes.

Fuentes médicas locales o de visita en Irak han revelado que las taras congénitas y los cánceres de los niños del país se han multiplicado de 5 a 10 veces desde la Guerra del Golfo I y hasta por 30, en algunas zonas del sur. “Más del 50 por ciento de los pacientes de cáncer iraquíes son actualmente niños menores de 5 años... particularmente vulnerables porque acostumbran a jugar en áreas muy contaminadas con uranio empobrecido” (News-Miner, 21-1-06). Después de la explosión, el UE se fragmenta y buena parte se convierte en un polvillo que se deposita en la tierra o los vientos diseminan en el aire y el agua: ataca los pulmones y los huesos y, sobre todo, el ADN de las personas expuestas, provocando una serie de enfermedades mal definidas todavía. Su radiactividad se prolonga 4500 millones de años. Los efectos del uranio empobrecido no son nada pobres.

Los militares norteamericanos los trajeron a casa. Un estudio sobre la situación de 251 soldados que participaron en esa guerra mostró que el 67 por ciento de los hijos que procrearon –después de regresar– se asomaron al mundo con graves malformaciones congénitas. “Algunos nacieron sin piernas, sin brazos, sin determinados órganos, sin ojos, o con enfermedades sanguíneas y del sistema inmunológico”, señaló la notable científica estadounidenses Leuren Moret (Depleted uranium: Dirty bombs, dirty missiles, dirty bullets, flybynews.com, 30-8-04). Tampoco salieron indemnes sus madres: mujeres de 20 o 30 años de edad fueron dañadas por los depósitos de UE en el semen de sus parejas y no pocas debieron someterse a una histerectomía. Antes habían tenido hijos normales, los únicos sanos de la familia ahora.

Las fuerzas armadas de EE.UU. usan esa clase de proyectiles en ciudades densamente pobladas como Bagdad y Basora. Según cálculos conservadores, emplearon, al menos, 300 toneladas de UE en la Guerra del Golfo I y 1700 toneladas hasta ahora en la II –es decir, unos 70 gramos de veneno radiactivo por habitante iraquí– sembrando muerte hoy y muerte por venir. Tal vez sea la forma que la Casa Blanca eligió para que se encuentren finalmente armas nucleares en Irak. No sin costo para las tropas norteamericanas: un estudio reveló que 8 de 20 soldados de una unidad que participó en la invasión del 2003 presentaron el síndrome del Golfo 16 meses después (shininglight.us, 22-1-06). El 40 por ciento, vamos.

El Pentágono insiste en que el UE carece de toxicidad, pero el informe de la Dra. Moret no deja dudas al respecto: los 20 efectivos examinados sólo recibieron vacunas, que no causan cáncer que se sepa, y estuvieron expuestos al UE, pero nunca a pesticidas, productos químicos y otros agentes que podrían haber provocado sus males. Por lo demás, Washington viola la Carta de las Naciones Unidas y, al menos, seis convenciones internacionales de la que es Estado Parte al utilizar un material que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU incluyó en el rubro “armas de destrucción masiva e indiscriminada”.

La escritora canadiense Mónica Jensen cita en Kiss the Boys Goodbye: How the United States Betrayed Its Own POW’s in Vietnam (William Stevenson Publisher, 1990) una frase memorable de Henry Kissinger: “Los militares sólo son animales torpes y estúpidos que se usan como instrumentos de la política exterior”. Será por eso que los “halcones-gallina” de la Casa Blanca siempre quisieron, y lograron, librarse de oler pólvora en un campo de batalla.

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Irán a la vista

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 19-01-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

“Vamos finalmente a demostrar que Irán no puede hacer a un lado impunemente las justas demandas de la comunidad internacional”, dice la secretaria de Estado norteamericana Condoleezza Rice (AP, 16-1-02). Su antecesor Colin Powell preconiza una acción inmediata para detener el programa iraní de enriquecimiento de uranio (The Sun, 17-1-06). Londres, París y Berlín anuncian que convocarán una reunión de emergencia del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para que el caso se eleve al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y éste imponga sanciones a Irán (The Times, 17-1-06). Se repite la estrategia que la Casa Blanca siguió contra Irak.

Es inútil que las autoridades iraníes reiteren que buscan un desarrollo nuclear con fines pacíficos y que no les interesa tener armas nucleares (The New York Times, 18-11-05). Powell piensa que eso no importa: es Irán el que debe demostrar su inocencia y no al revés. Se recuerda que el ex secretario de Estado “probó” la existencia de armas de destrucción masiva en Irak ante el Consejo de Seguridad de la ONU para justificar la invasión al país árabe. Las armas no aparecieron y es lo de menos que no haya evidencias de que Irán esté intentando poseerlas. Por algo fue incluido hace más de cuatro años en el “eje del mal” que diseñó W. Bush.

El Departamento de Estado considera que el gobierno iraní es “el patrocinador más activo del terrorismo en todo el mundo” (Country Reports on Terrorism 2004, abril del 2005), que alberga a miembros de Al Qaida y que estuvo relacionado con los atentados del 11/9. Se herrumbró el argumento de la relación Saddam Hussein/Osama bin Laden, pero los “halcones-gallina” entonan la misma cantilena aunque las pruebas de alguna conexión entre Teherán y Al Qaida sean aún más invisibles que en el caso iraquí. De nuevo: es lo de menos.

“EE.UU. no puede permanecer ocioso mientras el peligro crece”, dijo W. Bush antes de invadir Irak. Es el fundamento de la acción militar preventiva contra cualquier país, que el imperio se arroga como derecho. W. Bush puede declarar una guerra sin consultar a nadie (resolución 23 del Senado de EE.UU., 18-11-01), cuenta con plenos poderes para emplear armas nucleares (www.foreignpolicy.com, mayo-junio del 2005) y también insiste respecto de Irán en que “todas las opciones están sobre la mesa”. No faltan las ganas a los neoconservadores que proclaman la conveniencia de emprender una guerra nuclear “de manera racional”. Desatarla es aparentemente “legal” en EE.UU.

La doctrina en la materia de las fuerzas armadas estadounidenses establece que “no hay leyes internacionales acordadas o consuetudinarias que prohíban a las naciones el empleo de armas nucleares en un conflicto armado” (Doctrine for Joint Nuclear Operations, Estado Mayor Conjunto, 15-3-05). La Corte Internacional de Justicia de La Haya, respondiendo a una consulta de la Asamblea General de la ONU sobre el tema, emitió el 8-7-96 una declaración en que afirma exactamente lo contrario: “No existe en el derecho consuetudinario ni en el derecho internacional acordado ninguna disposición específica que autorice la amenaza o el uso de las armas nucleares”, salvo que esté en juego la supervivencia misma de un Estado. Como Irak antes de la invasión, Irán no constituye una verdadera amenaza a la existencia de EE.UU., pero se conoce la clase de respeto que el gobierno Bush propina a las leyes internacionales y al propio ordenamiento jurídico interno de EE.UU.

Rusia y China no parecen inclinadas a apoyar un ataque norteamericano contra Irán. Moscú cumple un lucrativo contrato de mil millones de dólares con Teherán y, entre otras cosas, le construye un reactor nuclear. Pekín cubre el 12 por ciento de sus importaciones de petróleo con el oro negro iraní. No sorprende, entonces, que el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, señalara que “las sanciones no son el mejor ni el único camino para resolver problemas internacionales, la cuestión de las sanciones contra Irán pone el carro delante del caballo”. Ni que el vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Kong Quan, insistiera en las negociaciones diplomáticas con Irán (CNN, 17-1-06). Los dos países tienen derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero esto no arredra a la Casa Blanca. Se vio en Irak.

Si se trata de emplear bombas nucleares para aniquilar a terroristas y a quienes los albergan, ¿por qué no arrojarlas sobre Florida?, propone el catedrático de la Universidad de California Jorge Hirsch. Agrega que, en efecto: al menos 15 de los 19 atacantes del 11/9 tenían contactos en ese estado norteamericano; 13 de los 19 estuvieron en Florida antes del 11/9; ocho aprendieron a volar en la Escuela de Aviación Huffman de Venice, Florida; cinco se entrenaron en gimnasios del estado; dos se emborracharon en un bar de la Hollywood de Florida días antes del ataque. En cambio, la comisión bipartidaria encargada de investigar los hechos del 11/9 afirma que Irán facilitó “el tránsito de miembros de Al Qaida hacia y desde Afganistán antes del 9/11, y algunos figuran entre los secuestradores de aviones del 11/9” (www.9-11comission.gov/report, julio de 2004). Contradictoria la vida, ¿eh?

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Puertas giratorias

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 15-01-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

El cuarto poder no es la prensa en EE.UU.: es el cuerpo de 24.000 cabilderos que, en representación de 15.000 empresas, logra modificar las leyes, o introducir otras nuevas, en beneficio del cliente. Favor con favor se paga y los legisladores y candidatos reciben a cambio financiación para sus campañas políticas y aun otros menesteres. Un estudio del Centro pro Integridad Pública (CPI, por sus siglas en inglés) revela que W. Bush recibió en seis años 1,8 millón de dólares de unos 1300 cabilderos registrados. En el mismo período, más de 520.000 dólares llenaron las gavetas de John Kerry.

Los lobbistas no se limitan a realizar contribuciones directas: suelen ocupar la tesorería de unos 870 comités políticos que reúnen fondos para pretendientes a cargos de todo tipo. William Oldaker –un ejemplo– obtuvo desde 1998 a 2004 donaciones por valor de más de 2 millones de dólares que destinó a las campañas de candidatos triunfantes y agradecidos. No extraña, entonces, que las ocho agencias de Oldaker recibieran de cien compañías más de 14 millones de dólares para influir en las decisiones de esos legisladores. De los 52 cabilderos de 800 organizaciones y empresas que en conjunto aportaron más de 6 millones de dólares para la reelección de Bush hijo, el más destacado es Jack Abramoff.

Fue, mejor dicho. El 3 de enero pasado tuvo que declararse culpable de defraudación a varias tribus de indígenas norteamericanos, desvío de fondos y soborno a miembros del Congreso y funcionarios del Poder Ejecutivo. Las evidencias eran aplastantes y Abramoff acordó colaborar con la Justicia para achicar la condena futura y no son pocos los que están temblando en Washington. El ex supercabildero declaró ya que sus informaciones pueden alterar la paz de, al menos, 60 legisladores –el presidente del Comité Administrativo de la Cámara de Representantes, entre ellos– y de no pocos de sus asistentes (macon.com, 5-1-06). Es que la “industria” del cabildeo invirtió más 2 mil millones de dólares en 2004, tanto en campañas electorales como en actividades que no descartan el homicidio: el 6 de febrero de 2001, el empresario Konstantinos Boulis fue asesinado en una calle de Fort Lauderdale por tres gangsters meses después de vender una línea de casinos flotantes a Abramoff y su socio Adam Kidan (The Washington Post, 28-5-05). Estos debían dinero a Boulis. Uno de los sicarios había sido miembro de la familia mafiosa Gambino. Los otros dos eran asistentes de Kidan.

Los 82 millones de dólares que Abramoff y su compinche Mike Scanlon defraudaron a seis tribus indias, deseosas de instalar casinos para salir de la miseria que padecen en las reducciones, no sólo fueron a parar a sus bolsillos: también a las arcas del partido republicano y a un destino muy particular. Abramoff cubría con la Capital Athletic Foundation (CAP), una organización fantasma, presuntamente dedicada a financiar programas educativos en el ámbito del deporte, la compra y el envío de armas y de tecnología militar avanzada al grupo paramilitar israelí dirigido por Schmuel Ben Zvi instalado en Beitar Illit, un asentamiento ilegal de 23 mil colonos israelíes ultraortodoxos en el territorio palestino ocupado de la Ribera Occidental.

Así llegaron a manos de Ben Zvi “uniformes de camuflaje, miras telescópicas, binoculares de visión nocturna y otros materiales descriptos como equipo de ‘seguridad’ en los registros de la CAP”, utilizados, claro, contra el pueblo palestino (Newsweek, 2-5-05). Cuando Abramoff comenzó a ser investigado por el FBI, Ben Zvi se apresuró a negar que lo conociera. Después de todo, dirige una institución educativa en Beitar Illit, sólo que de ella salen francotiradores. He aquí cómo el dinero de indígenas de EE.UU. puede terminar en Israel.

Un Abramoff de rostro angustiado ilustra la tapa del Newsweek del 9 de enero con la leyenda “El hombre que compró Washington”. Pero él es apenas un emergente de la vieja simbiosis de corrupción y política que impera en EE.UU. Por una puerta giratoria, ex funcionarios del gobierno pasan a ser cabilderos y viceversa. Un estudio del CPI precisa que más de 2200 ex funcionarios y directores de organismos federales –un 10 por ciento del gremio– se registraron como lobbistas en el período 1998-2004, entre ellos, 175 ex representantes del Congreso y 34 ex senadores. Son indispensables para las agencias del ramo: conocen a los que deciden y los vericuetos del Poder Legislativo, también del Ejecutivo, y procuran cambiar o distorsionar las leyes que ellos mismos aprobaron.

Otros pasan del “lob al gob”. La Casa Blanca integró a 92 cabilderos en los equipos de asesores que conformó en los años 2000 y 2001 y muchos fueron destinados a las mismas áreas de gobierno que “trabajaron” para beneficio de empresas que les pagaban millones de dólares. Sentados al otro lado de la mesa, no cambian en realidad de oficio.

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Flojeras

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 04-12-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

En su discurso del viernes 25-11, el vicepresidente Dick Cheney propinó severos calificativos a quienes critican al gobierno estadounidense por la guerra en Irak: los llamó “corruptos y desvergonzados”. Si un reciente sondeo de Newsweek no miente, el 52 por ciento de los encuestados considera que Dick manipuló deliberadamente los datos de inteligencia que condujeron al conflicto. Si Cheney no miente, es altísima la cantidad de norteamericanos corruptos y desvergonzados. Tampoco tuvo empacho en afirmar que el Congreso que dio luz verde a la guerra disponía de la misma información que él y demás “halcones-gallina” de la Casa Blanca, es decir, que Saddam Hussein tenía un arsenal de armas de destrucción masiva y era socio de Al Qaida. El ex senador demócrata Bob Graham precisó que los documentos desclasificados que llegaron a manos de los legisladores eran incompletos y entre otras cosas omitían “las opiniones (contra la guerra) contenidas en la versión clasificada” (The Washington Post, 27-11-05). Hace un tiempo notorio que Cheney tiene flojera para decir la verdad.
Dick también padece flojera para respetar los derechos humanos: considera que la tortura debe ser parte integrante de las políticas de EE.UU. y pretende que el Congreso autorice a la CIA, o no le prohíba, la aplicación de tratos crueles, inhumanos y degradantes a prisioneros inermes. Su hoy jefe de gabinete David S. Addinton es autor del memorandum que los justifica, en abierta violación de los Pactos de Ginebra y de la convención de las Naciones Unidas contra la tortura. Cabe sin embargo reconocer que no en todo es flojo el vicepresidente, en especial para hacerse millonario con el negocio de la guerra. Se estima que su fortuna personal oscila entre los 30 y los 100 millones de dólares, producto de un activismo sin pausa tanto a un lado como al otro de la mesa militar.
Fue jefe del Pentágono con Bush padre desde mayo de 1989 hasta enero de 1993 y en esa calidad solicitó un estudio a la empresa Brown & Root Services (hoy Kellog, Brown & Root), una subsidiaria de la gigante empresa petrolera y constructora Halliburton. El informe recomendaba que el gobierno contratara con el sector privado los programas de apoyo logístico a las operaciones militares de EE.UU. en todo el mundo. Cheney le hizo caso durante la invasión a Panamá y la primera guerra del Golfo y dos años después de dejar su cargo en el gobierno se convirtió en presidente y director ejecutivo justamente de Halliburton. Se desempeñó como tal hasta que fue electo en el 2000 y en los cinco años que estuvo al frente de la empresa recibió 44 millones de dólares en concepto de salarios, bonos y afines. No habrá trabajado mal. Por ejemplo: Halliburton tiene 58 compañías subsidiarias en paraísos fiscales del Caribe y Cheney logró que los 302 millones de dólares por impuestos que la central pagó en 1988 se redujeran a cero en 1989. El vicepresidente de EE.UU. sigue recibiendo de la empresa “sueldos diferidos”: 205.298 dólares en 2001; 162.392 en 2002; 178.437 en 2003; 194.852 en 2004 (www.globalresearch.ca).
Sin duda los merece. Antes de la guerra de Irak, Halliburton figuraba en el 19 lugar de la lista de corporaciones del sector privado que venden productos y servicios a las fuerzas armadas estadounidenses y subió abruptamente al primero en el 2003, año en el que obtuvo contratos por 4200 millones de dólares. El senador demócrata Frank Lautenberg señaló recientemente que la Casa Blanca ya otorgó al monopolio amado por Dick contratos por valor de 10.000 millones de dólares en Irak, muchos de ellos sin licitación alguna, y los primeros para la reconstrucción de Nueva Orleans devastada por Katrina. Los auditores de la Dirección de Investigaciones del Congreso detectaron sobreprecios en productos y servicios que proporciona Halliburton a las tropas norteamericanas en Irak mediante intermediarios. Cheney insiste en que ha roto toda vinculación con el consorcio desde que entró en la Casa Blanca. Otra recaída en la flojera para decir la verdad.
La única oficina de la Casa Blanca que no da cuenta de los gastos de viaje de su personal es la vicepresidencia. El método es simple: en vez de aceptar que las universidades y otras instituciones que invitan a funcionarios a hablar en esos ámbitos reembolsen tales gastos –lo cual obliga a declararlos a la Dirección de Etica de la Casa Blanca–, Cheney prefiere utilizar los fondos del presupuesto federal. Desde el 2001 hasta el 1º de junio del 2005, Dick pronunció 275 discursos en diferentes ciudades del país (www.whitehou se.gov) y sólo él sabe cuánto dinero tomó del erario para esos viajes. En esto, tampoco es lerdo. Tampoco el único. La corrupción permea todo el edificio institucional de la potencia del Norte.
Los muertos votan en no pocos países del mundo, también en Chicago o Filadelfia, pero en EE.UU. tienen una participación política póstuma bastante particular: financian partidos y campañas electorales de candidatos a legislador y aun a presidente. Un estudio reciente del Center for Public Integrity de Washington revela que al menos 100 difuntos han aportado a esas actividades más de 1,3 millón de dólares en los últimos 14 años. Entre los beneficiarios figuran John Kerry y Bill Clinton y se trata de donaciones perfectamente legales: proceden de disposiciones testamentarias y favorecen sobre todo a los demócratas (www.publicintegrity.org). ¿Quién dijo que la mortaja no tiene bolsillos?

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Las grietas del sueño

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 24-11-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

El proyecto de resolución del representante demócrata John P. Murtha que establecía un plazo de seis meses para retirar las tropas estadounidenses de Irak fue derrotado en el Congreso por 403 votos contra 3. Lo cual no haría mayor ruido si no fuera porque el autor de la propuesta es un supercondecorado veterano de Vietnam con 37 años de servicio en el cuerpo de marines. Y más: en la votación que autorizó al gobierno Bush a desencadenar el conflicto bélico, Murtha encabezó el grupo de 81 demócratas que reforzó la mayoría republicana (clerk.house.gov, 10-10-02); en su libro From Vietnam to 9/11 (Pennsylvania State University Press, 2003) calificó de “potencialmente desastrosa” para la credibilidad norteamericana en Medio Oriente y en el mundo la retirada que hoy preconiza; el halcón-gallina Paul Wolfowitz supo elogiar el “maravilloso” apoyo que el legislador prestó para que se aprobaran año tras año los astronómicos presupuestos de guerra del país. Ahora Murtha advierte que “la guerra en Irak no se desarrolla como se anunció”, que se trata de “una política en quiebra envuelta en ilusiones” y que “es hora de cambiar el rumbo” porque “el futuro de EE.UU. está en peligro” (www.house.gov, 17-11-05). Sorpresas te da la vida.

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En octubre pasado se informó que el total de militares norteamericanos caídos en Irak desde que se inició la invasión ascendía a 2000. Es útil descomponer esa cifra: los muertos fueron 1000 en los primeros 18 meses, los otros 1000 en los 14 meses siguientes. Es decir, aumenta la tasa de mortalidad de los efectivos yanquis (Florida Herald Tribune, 21-11-05). Una mayoría de estadounidenses condena la guerra y piensa que W. Bush es un mentiroso (ver Página/12, 20-11-05). En el 2006 hay elecciones y en las de este año los republicanos perdieron dos estados que gobernaban desde hace largo tiempo. Tal vez esto explique que el mandatario llevado a la Casa Blanca por fraude electoral diga ahora que no es “antipatriótico” ni “reprensible” criticar la guerra y que Murtha “es un buen hombre que sirvió al país con honor y distinción” (www.bloomberg.com, 20-11-05). W. no quiere retirar las tropas, pero al menos ha retirado los improperios –“traidores”, “aislacionistas”, “derrotistas”, etc.– que suele propinar a quienes disienten con su política. Algo es algo.

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Se ha desechado por completo la “teoría” de que Saddam Hussein estuvo vinculado a Al Qaida y, por ende, propició los atentados del 11/9, uno de los argumentos centrales que esgrimió Washington para justificar la invasión. Sin prueba alguna de que esto fuera cierto, a las cinco horas de que un avión se estrellara contra los muros del Pentágono, Rumsfeld pidió a sus asesores que prepararan un plan de ataque contra Irak (CBS News, 4-9-02). “Golpear a SH (Saddam Hussein) al mismo tiempo que a OBL (Osama bin Laden). Barrer con todo, cosas relacionados y no”, fueron las instrucciones de Rumsfeld registradas en los documentos del Centro Nacional de Comando Militar a los que tuvo acceso la CBS. Richard Clarke, zar del antiterrorismo bajo los gobiernos Clinton y Bush hijo hasta que renunció en el 2003, relata en su libro Against all Enemies (Free Pres, 2004) que en las deliberaciones de la Casa Blanca sobre la respuesta más adecuada a los atentados del 11/9 “Rumsfeld decía que era preciso bombardear a Irak”. Clarke confiesa que al principio creyó que el jefe del Pentágono bromeaba. Pero no: discurso tras discurso insistía en que la diplomacia y las sanciones no eran suficientes para acabar con Hussein y que todas las opciones pacíficas se habían agotado. Hete aquí que el mismo Rumsfeld, y no otro, declara a la cadena ABC un domingo atrás que nunca “había abogado por invadir Irak” y que “no le habían consultado” si había que hacerlo, aunque era entonces, y es, el ministro encargado de las fuerzas armadas de EE.UU. Además de la vida, sorpresas te dan los caraduras.

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El ex presidente Bill Clinton, que apoyó sin reparos la invasión y ocupación de Irak, acaba de aseverar en Dubai que eso “fue un gran error” (The Jerusalem Post, 16-11-05). Lástima que no se diera cuenta antes. El mes pasado, Zbigniew Brzezinski calificaba de “suicida” la política exterior de EE.UU. y de “liderazgo catastrófico” el de W. (Los Angeles Times, 9-10-05). ¿Qué le habrá pasado a ZB? En su libro The Grand Chessboard-American Primacy and its Strategic Imperatives (Basic Books, 1997), el ex asesor en materia de seguridad nacional de Jimmy Carter, Ronald Reagan y Bush padre afirmaba que EE.UU. debía dominar Eurasia para asegurarse el abastecimiento de gas natural y petróleo de Asia Central y la cuenca del mar Caspio. La resistencia iraquí está agrietando los muros de ese sueño imperial. Es sorprendente el don de corregir “imperativos estratégicos” que caracteriza a la realidad.

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En marzo de 2003, poco antes de la invasión, centenares de veteranos retirados –desde vicealmirantes, generales y coroneles hasta sargentos y soldados– pidieron una entrevista con Bush hijo para discutir si era verdaderamente necesaria “una guerra en este momento” (www.veteransforcommonsense.org). W. no aceptó la reunión. Un estudio-encuesta reciente del Pew Research Center de Washington muestra que casi la mitad de los jefes militares interrogados cuestiona el acierto de esta guerra y su utilidad para combatir al terrorismo (people-press.org/files, 17-11-05). El general (R) William Odon, quien fuera director del Organismo de Seguridad Nacional en el gobierno Reagan, subrayó que se impone “desenmascarar el absurdo empeño” de la Casa Blanca en seguir ocupando Irak (www.niemanwatchdog.org, 3-8-05). “Hay que devolver Irak a los iraquíes”, dijo Murtha. Eso.

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La poesía

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-11-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

Deseo, ante todo, expresar mi profundo agradecimiento al jurado del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción que se me otorga, Patrimonio Nacional y Universidad de Salamanca. Siento que este premio es sobre todo un reconocimiento a la poesía que nace de las entrañas de la región, un reconocimiento a quienes en ella insisten en este duro quehacer, intentan expresar el centro de sus obsesiones aun sabiendo que no hay centro y todo es intemperie. En su nombre lo recibo y lo dedico a quienes bien podrían hoy estar aquí y en mi lugar.
Me conmueve en particular el marco de esta ceremonia. Es el de la España de hoy, la que no acepta una aventura bélica que trae al mundo zozobra y muerte, la España que rompe clausuras sociales que lastiman la intimidad de las personas, la que abriga a la cultura y abre puertas a la belleza posible de cada ser humano, la que se esfuerza por recuperar su memoria cívica porque sabe que sin pasado claro no hay futuro claro. El espíritu de un país que olvida su verdad no puede agrandar sus horizontes. Para los griegos de Pericles, el antónimo de olvido no era memoria, sino verdad.
España ha sufrido el azote brutal del terrorismo y América latina sabe de la muerte temprana e injusta causada por otro terrorismo, el terrorismo de Estado: 80.000 muertos en El Salvador, otros tantos en Guatemala, 30.000 desaparecidos en Argentina, también en Chile y Uruguay, nos dicen que la voluntad de justicia cuesta caro en nuestros suelos. En ellos nunca fueron livianos los Dürftiger Zeite, esos tiempos mezquinos de los que Hölderlin habló. Y menos ahora, cuando el neoliberalismo imperante ensancha impune la brecha entre ricos y pobres y la miseria es el único plato que a millones de latinoamericanos se les sirve cada día. Sin embargo, la poesía sigue viva, es un tirar contra la muerte, su mera existencia resiste el envilecimiento de lo humano “en edad tan detestable como es ésta en que vivimos”, que dijera don Alonso. ¿Tiene entonces la poesía que mirar cara a cara la pérdida cada vez perdida, no para hacer de ella una repetición, sino para buscar en ella algún poder afirmativo, algo que vuelva distinta la repetición?
La poesía habla al ser humano no como ser hecho, sino por hacer, le descubre espacios interiores que ignoraba tener y que por eso no tenía. Va a la realidad y la devuelve otra. Espera el milagro, pero sobre todo busca la materia que lo hace. Nombra lo que la esperaba oculto en el fondo de los tiempos y es memoria de lo no sucedido todavía. Sólo en lo desconocido canta la poesía. Ella acepta el espesor de la tragedia humana, pero no obedece al principio de realidad sino al orden del deseo. Choca contra los límites de la lengua y va más allá en el intento de responder al llamado de un amor que no cesa. Es un movimiento hacia el Otro, pasa de su misterio al misterio de todos y les ofrece rostros que duran la eternidad de un resplandor. Corrige la fealdad, es ajena al cálculo y da cobijo en sus tiendas de fuego. Se instala en la lengua como cuerpo y no la deja dormir.
La lengua es la patria de muchas patrias, la infancia, el hogar, una manera de ver el mundo, de hablar con él, y es una dicha grande para mí haber nacido en castellano. “Claro y límpido raudal/es la lengua que yo adoro,/la lengua de versos de oro/y de vibración marcial./Es dúctil como el metal/y rica como el tesoro/que dejó Boabdil el Moro/allá en su Alhambra oriental.” Bien quisiera haber escrito yo estos versos del poeta argentino Leopoldo Díaz Vélez. El castellano es una lengua en estado germinal. Los indígenas de Guatemala, o de Chiapas, para bregar contra un racismo ominoso, abandonaron su encierro de cinco siglos en el maya, el quiché, el tzotzil, frágil defensa contra el conquistador de ayer y el de hoy, y su irrupción en el castellano “blanco” trae expresiones y giros sintácticos que ensanchan su latitud. Nuestra lengua crece y crece. La palabra es moneda que corre de mano en mano, decía Mallarmé, y cada mano le agrega su calor, construye sus errancias.
Paul Valéry afirmó que un poema no se termina, se abandona, y de esto se hizo eco Octavio Paz. Creo lo contrario: el poema abandona al poeta en el desierto de su deseo no saciado. La escritura del poema exige la abolición del mundo. El poeta se metamorfosea entonces y, como Odiseo, entra al poema disfrazado de mendigo. En realidad, mendiga el nombre de lo que no tiene nombre todavía, el “aquello” de San Juan. La palabra es el timón del universo, advirtió Filón. Y hay tanto mundo que la palabra no navega todavía. Por eso es frágil la condición de los poetas, no encuentran sostén en su obra, todo poema se convierte en pasado una vez escrito y sólo deja una sed de lo que va a venir. Pero, como dijo don Alonso, “día vendrá donde veas por vista de ojos cuán honroso es andar en este ejercicio”.
Premiar el mester de poesía, esa Cenicienta de la literatura que apenas ocupa rinconcitos en los catálogos de las grandes editoriales, es un acto casi heroico. Va a contramano de estos tiempos y a favor de la historia. La poesía viene del fondo de los siglos y ninguna catástrofe natural o de mano de hombre ha podido cortar su hilo poderoso. Es un hilo que nos une a todos y sólo se acabará cuando se acabe el mundo.

* Palabras de agradecimiento pronunciadas por Juan Gelman al recibir el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana.

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Bananas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 06-10-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

Si el grado de corrupción de las instituciones mide lo bananero de un país, EE.UU. se está convirtiendo en eso: una república bananera. Un gran jurado de Texas sumó el lunes 3 la acusación de lavado de dinero a la de conspiración para delinquir que ya sobrellevaba Tom DeLay y que lo obligó a renunciar a la jefatura de la bancada republicana de la Cámara de Representantes. Había violado una ley del Estado que prohíbe el aporte de empresas a las campañas políticas desviando unos 190.000 dólares de ese origen al Comité Nacional de su partido. DeLay tuvo poder: decidía qué proyectos de ley pasaban a debate y cuándo. No es el primer legislador o funcionario federal que mezcla en un solo mazo las barajas de la corrupción, las campañas electorales y el moldeo del orden jurídico estadounidense.
Es notorio que la legislación, los presupuestos de cada organismo o ministerio y los decretos del Poder Ejecutivo pueden, en cualquier país, recortar o engordar las ganancias de las corporaciones. Bien lo saben las grandes compañías norteamericanas y las firmas que en su nombre se dedican al cabildeo de instancias gubernamentales, legislativas y aun judiciales. Una reciente investigación del Centro por la Integridad Pública (CPI, por sus siglas en inglés) descubrió que, desde 1998, más de 4600 compañías y grupos de interés han hecho lobby directamente en las 14 dependencias de la Casa Blanca, incluidas las oficinas de la presidencia y la vicepresidencia (publicintegrity.org, 21-9-05). Y que 273 ex funcionarios federales, convertidos en cabilderos, han logrado contratos por valor de mil millones de dólares en el período 1998-2004. Algunos se reinstalan al otro lado del escritorio que ocupaban: buscan ahora beneficios para empresas de las áreas en las que decidían cuando eran funcionarios. Son conocidos en el rumbo y no les falta ayuda.
Un lobbysta de fama fue siempre Jack Abramoff, que colectó 100.000 dólares para la reelección de W. Bush en el 2004 y hoy la justicia federal acusa de fraude bancario y de conspiración. Cabildea en la Casa Blanca para 19 compañías, entre ellas la Tyco International Ltd., el consorcio más grande del mundo en el rubro de producción y servicios de componentes eléctricos y electrónicos y de sistemas submarinos de comunicación. Abramoff se puede preciar de éxitos mayores: logró que el Congreso no aprobara una ley que hubiera penalizado a la Tyco International –y otras– por evasión de impuestos (alternet.org, 27-9-05). Timothy Flanigan, consejero general de la Tyco y candidato, nominado por W., a ocupar el cargo de viceprocurador general, declaró en su comparencia ante el Comité de Justicia del Senado que había supervisado esas gestiones, pagado 1,7 millones de dólares a la firma de Abramoff y que éste le comentó que había contactado, entre otros, a Karl Rove para lograr sus fines. Rove es actualmente subjefe del equipo de la Casa Blanca y está a cargo del diseño de políticas. Flanigan reveló asimismo que su cabildero se jactaba de sus buenas relaciones con Tom DeLay. Tenía motivos para ello. Jack financiaba viajes al exterior de Tom y a veces lo acompañaba. DeLay niega que ésos eran favores políticos. Bueno.
Otro implicado en el escándalo Abramoff es David Hussein Safavian. Fue jefe de personal de la Administración General de Servicios (GSA, por sus siglas en inglés), la oficina de compras del gobierno federal, hasta que el 19 de septiembre fue arrestado por obstruir una investigación del organismo y falsear declaraciones. Había visitado Escocia en viaje pago por Abramoff –de quien fue compañero de cabildeo en una consultoría de Washington– y formulaba políticas de contratación de empresas para la reconstrucción de Nueva Orleans cuando lo detuvieron. Es difícil que el Congreso, dominado por los republicanos, investigue a fondo los manejos de Safavian: entre otras cosas, su mujer es la asesora principal del comité de la Cámara baja que supervisa e investiga las compras federales. Dicho sea de paso: Katrina está aportando suculentas ganancias a megaempresas vinculadas con el partido republicano y la Casa Blanca como la petrolera Halliburton, de la que el vicepresidente Dick Cheney fue director ejecutivo hasta el momento de su elección. Más claro, échale verdes.
El 3 de diciembre de 2003, el presidente Bush promulgaba la Ley de restauración y sanidad de los bosques y ése fue el año del período 1988-2004 en que la Asociación Estadounidense Forestal y Papelera gastó más en cabildeos: 4.630.000 de dólares. Alguna relación habrá entre los dos hechos. Destinada, según la Casa Blanca, a disminuir el riesgo de incendios y otros problemas –presencia de insectos portadores de enfermedades, salvamento de especies en vías de extinción, defensa de la calidad del agua–, dicha ley impone y autoriza una solución tajante: la tala de los bosques. Los organismos ambientalistas protestaron en vano y los empresarios madereros aplauden todavía. La solidez del entramado negocios/lobbies/elecciones/Congreso/Casa Blanca ha crecido sin pausa bajo el gobierno Bush. La corrupción también.
Pero no todo es gris o negro en el gobierno norteamericano. Lewis Libby, jefe del equipo de Dick Cheney, publicó en 1996 la novela The Apprentice, bien acogida por la crítica. A diferencia de Lynne Cheney, esposa del vicepresidente y coautora de The Body Politic, o de Richard Perle, que noveló en Hard Line y fue presidente del comité asesor de políticas del Pentágono hasta que en 2003 le descubrieron tráfico de influencias, Libby goza de un talento de invención indiscutible. Contribuyó no poco a crear la ficción de las armas de destrucción masiva en Irak y se enojó cuando el embajador Joseph C. Wilson desmanteló la fábula de las presuntas compras iraquíes de uranio a Nigeria. Hoy investigan a Libby por haber imaginado una rara forma de castigar a Wilson: filtró a la prensa el nombre de su esposa, agente encubierta de la CIA. Tampoco corre riesgo alguno de ser juzgado y condenado por esa violación del secreto de espionaje. Se dirá que en EE.UU. al menos se investigan esos delitos y a veces se penaliza a los delincuentes que se quiere o se puede detectar. ¿Quién penalizará al gobierno Bush por la ilegal ocupación de Irak y el escandaloso fraude que urdió para justificarla?

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Teologías

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-04-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

Existe la Teología de la Liberación, la teología teológica –sépase disculpar el adjetivo– y resulta que también una teología del capitalismo que nació, como era previsible, en EE.UU. Su predicador y apóstol es Michael Novak, hijo de padres comunistas convertido en “halcón-gallina”, que recibió la verdad revelada: “La corporación de los negocios es la institución estratégicamente central de la justicia social”, afirma en “The Spirit of Democratic Capitalism”. “El capitalismo democrático no sólo requiere una nueva teología, sino también un nuevo tipo de religión” (que) “se podría interpretar como legitimación moral, teológica y espiritual de los esfuerzos destinados a crear riqueza”. Los esfuerzos de los grandes monopolios, desde luego. El neocatolicismo de Novak descansa en tres pilares: la obtención de beneficios es la esencia de la democracia (“Capitalism and Freedom”); la protección gubernamental de los sectores sociales vulnerables debe ser reemplazada por la protección gubernamental de los grandes conglomerados económicos; el bien común consiste en el que cada quien se procura defendiendo sus intereses individuales (“Free Persons and the Common Good”). Cabe, sin embargo, reconocer que Novak no aplica a los pobres el calificativo de “holgazanes” que les propinan los ricos. No. Para él son envidiosos –de la riqueza ajena– y se sabe que “la envidia no navega con su propio nombre; prefiere nombres más bonitos, mejores, a los que no tiene derecho: ‘justicia’, ‘equidad’ y cosas semejantes” (“On Corporate Governance”). Este es el “teólogo” que W. Bush envió a Roma para convencer al Vaticano de que la invasión y ocupación de Irak no sólo eran éticamente impolutas, también absolutamente necesarias.
Juan Pablo II había caracterizado el conflicto iraquí antes de que estallara: sería, dijo, “una derrota de la humanidad” sin justificación moral o legal alguna. Había señalado a los capellanes castrenses católicos que asistían a un curso de derecho humanitario en el Vaticano que “una gran parte de la humanidad” repudiaba la guerra como método para resolver diferencias entre naciones y que “el vasto movimiento en favor de la paz” que se manifestaba en todo el mundo le traía “consuelo y esperanza” (AP, 29/3/03). El Miércoles de Ceniza anterior a la invasión había instado a acentuar las protestas contra la guerra ya próxima (AP, 23/2/03). Había enviado a Washington al cardenal Pio Laghi, amigo personal de la familia Bush, para advertir a W. que no la desatara. En febrero del 2003 Tony Blair visitó al Sumo Pontífice y no logró modificar su posición. No faltó el neoconservador que propusiera incluir al Vaticano “en la lista de estados rufianes que apoyan al terrorismo” (www.frontpagemag.com, 20/5/04). Furioso por el rechazo papal y empecinado en su “cruzada”, W. Bush expidió a Michael Novak a Roma para explicar la flamante “teología” norteamericana acerca de “la guerra justa”.
La exposición más sistemática del concepto de “guerra justa” data del siglo XIII y puede encontrarse en la Summa Theologicae de Tomás de Aquino, que no sólo tipifica las razones que justificarían éticamente una guerra, sino también los actos inadmisibles en cualquier conflicto bélico, algo que los Convenios de Ginebra establecerían siete siglos después. Acompañado de dos adláteres y al amparo de las gestiones de James Nicholson, entonces embajador estadounidense ante el Vaticano, Novak explicó durante dos horas a unos 150 invitados –miembros del Vaticano, diplomáticos, profesores de universidades católicas– que la agresión contra Irak no sería en realidad “un ataque preventivo”, sino la aplicación de la antigua doctrina teológica acerca de “la guerra justa” en nuevas condiciones (Houston Catholic Worker, vol. XXIII, Nº 4, julioagosto de 2003). Una doctrina que, según Novak, había que revisar a fondo por dos razones: se atravesaba un período de “guerra asimétrica” y además los servicios de espionaje de EE.UU. habían reunido datos sobre las armas de destrucción masiva en poder de Hussein, información que El Vaticano no tenía pero que no se le podía revelar. El Papa rechazó esos argumentos.
Las actividades corrientes de Novak son tan terrenales como su “teología”: cumple funciones en el Instituto Empresarial Estadounidense, poderoso lobby pro-israelí financiado por compañías petroleras gigantes que, incluso antes de la invasión, publicaban avisos en los medios para contratar personal destinado a Irak. La Casa Blanca negó durante meses y meses que “la misión” contra Saddam Hussein tuviera algo que ver con el petróleo iraquí. Lástima que el segundo del Pentágono Paul Wolfowitz, tranquilizado por el derrocamiento del autócrata y por la rápida ocupación del país, reconociera que la alharaca sobre las armas de destrucción masiva que nunca se encontraron apenas era “una excusa burocrática”. Preguntado por qué EE.UU. trataba a una potencia nuclear como Corea del Norte de manera distinta a la que padeció Irak, el hoy presidente del Banco Mundial respondió sin ambages: “La cuestión es simple. La diferencia más importante entre Irak y Corea del Norte es que, desde el punto de vista económico, no teníamos otra alternativa en Irak. El país flota en un mar de petróleo” (The Guardian, 4/6/03).
Al funeral de Juan Pablo II asistieron “los grandes del mundo que ni siquiera soñaron con escucharlo cuando hablaba de la paz y contra la riqueza”, señaló la escritora italiana de izquierda Rossana Rossanda (Il Manifesto, 5/4/05). Se acerca una reflexión, agrega, que “podrá medir su aporte teológico, tal vez no tan destacado, su enseñanza ética, tal vez no tan innovadora, su peso político multiplicado por el hundimiento del comunismo, su papel no exento de sombras sobre la comunidad eclesiástica”. Entre tanto, repugna un poco bastante la pena que Bush y Blair dijeron que sentían por el deceso del Papa. Sus lágrimas de cocodrilo a nadie salpican, excepto a ellos mismos.

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Lo de Kirguistán

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 31-03-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

Los dos líderes más importantes de la asonada que desplazó al gobierno pro-ruso de Askar Akáyev en Kirguistán concertaron un acuerdo el martes que pasó: quien fuera alguna vez primer ministro del régimen derrocado, Kurmanbek Bakiyev, aceptó la exigencia del ex ministro de Seguridad del mismo régimen Félix Kúlov y reconoció la legitimidad del parlamento elegido el 27 de febrero en comicios que no se cansó de tildar de fraudulentos. Los nuevos legisladores, a su vez, nombraron presidente en funciones del país a Bakiyev, y jefe de las fuerzas de seguridad a Kúlov. El acuerdo es frágil: ambos tienen apetitos presidenciales y el exiliado Akáyev insiste en que no ha renunciado, creando así un obstáculo de índole constitucional. Por lo demás, Kúlov construyó un partido propio que nunca se sumó a la coalición opositora dirigida por Bakiyev.
El embajador de EE.UU. en Kirguistán, Stephen Young, se apresuró a saludar el cambio: “Mi país está orgulloso de jugar un papel de apoyo (a la ex oposición)”. Ese alborozo da por sentado que el país asiático es una nueva pieza del dominó que ha arrancado a Ucrania y Georgia de la órbita de influencia rusa gracias al empeño de la Casa Blanca de “llevar la democracia” al mundo entero. Ocurre que los antecedentes de los nuevos demócratas kirguises no parecen favorables al propósito: cuando fue primer ministro, Bakiyev ordenó en marzo del 2002 que la tropa disparara con fuego real contra una multitud que protestaba, en el sur del país, por el arresto de un parlamentario local. Cinco muertos. Kúlov, cuando fungía como viceministro del Interior, aplicó la misma receta contra manifestantes que intentaban tomar una comisaría alentados por la agonía de la URSS. Varias decenas de muertos (The Moscow Times, 25-3-05). Y lo que se dirime en Kirguistán no es precisamente su conversión a la libertad donada por W. Bush.
Cabe preguntarse la razón del interés que la Casa Blanca manifiesta ahora por un país pobre, montañoso, escaso de petróleo y que no representa amenaza alguna para Washington. La ubicación estratégica de Kirguistán en Asia Central proporciona parte de la respuesta. La situación es al respecto peculiar. En la era soviética, Moscú instaló una base aérea de 500 hombres en Kant, próxima a Bishkek, la capital. Desde los inicios de la “guerra antiterrorista” –incluso bajo el régimen de Akáyev–, EE.UU. otorga una ayuda económica a Kirguistán a cambio de la instalación de una base militar en Ganci, también próxima a Bishkek; cuenta con 1500 efectivos y de ella parten constantemente vuelos hacia Afganistán. Luego de invadir Irak los militares norteamericanos pidieron más: que se les permitiera desplegar en Ganci los aviones-espía AWAC, con fines imaginables. Esto alarmó a Moscú. Un par de semanas antes de las elecciones parlamentarias impugnadas que alentaron la revuelta, Bishkek resolvió denegar a EE.UU. el permiso que solicitaba (Eurasia.org, 15-2-05). Y el general Vladimir Mijailov, jefe de la fuerza aérea rusa, declaraba que se ensancharían y extenderían las pistas de aterrizaje de la base de Kant para permitir la llegada de todo tipo de aviones militares (Iter-TASS, 11-2-05).
Otra cuestión preocupaba además a EE.UU.: el hoy derrocado Akáyev había comenzado a reprimir a los fundamentalistas islámicos, en especial a los miembros del Hizb-ut-Tahir al-Islami, un partido que se propone crear un califato único con todos los países de esa confesión en el que se aplique “la doctrina islámica pura”. Su rama militar tiene conexiones con los terroristas chechenos y tayikos y con el no menos terrorista Movimiento Islámico de Uzbekistán. El gobierno Akáyev ilegalizó al Hizb-ut-Tahir y en junio del 2004 el portavoz del Consejo de Seguridad kirguís, Tokon Mamitov, denunció que el partido proscripto “explota la excesiva atención que le prestan instituciones como la Freedom House de EE.UU.” (Informe sobre Asia Central N 298, Institute for War and Peace, Londres, 9-7-04). Es notorio que el gobierno norteamericano financia a esa “organización sin fines de lucro”, dedicada a “promover la democracia en todo el mundo”. Su director es James Woolsey, ex director de la CIA, y apoya a todo grupo terrorista antirruso en movimiento por Medio Oriente y Asia Central. Los considera apenas “disidentes”.
Los terroristas chechenos gozan en particular de la excelente amistad de Richard Perle, asesor del Pentágono; Elliot Abrahams, el del escándalo Irán-contras; Michael Ledeen, del Instituto Empresarial de EE.UU., poderoso lobby pro-israelí, y de otros “halcones-gallina” que desde el Comité Estadounidense por la Paz en Chechenia sostienen a los autores de atentados sangrientos en Rusia y los proclaman “luchadores por la libertad y la democracia”. Ese comité “independiente” aplica y difunde las políticas de la Casa Blanca, desde luego. Es que para W. todos los terroristas son iguales, pero algunos son más iguales que otros.
Washington ha invertido e invierte millones de dólares en las ex repúblicas soviéticas para terminar con los regímenes pro-rusos y establecer “gobiernos amigos”. Woolsey califica de “fascista” a Putin. W. Bush dice que es antidemocrático. Rusia y China reaparecen como enemigos potenciales en los proyectos de reorganización militar que cocina el Pentágono. El imperio va por todo y se siente el feo olor de una guerra fría II. Fría, por ahora.

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El libreto se repite

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-03-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

El representante de EE.UU. en la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Jack Sanders, reiteró la semana pasada en una reunión en Viena que ese órgano directivo “no puede ignorar para siempre su obligación estatutaria de elevar esta cuestión al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas”. La “cuestión” es notoria: Washington insiste en que Irán se propone fabricar armas nucleares. Días antes, el subdirector general de la OIEA, Pierre Goldschmidt, había proporcionado a los miembros de la Junta una actualización del informe de noviembre último preparado por los inspectores de la OIEA en Irán, quienes verificaron que Teherán había suspendido voluntariamente sus actividades de enriquecimiento de uranio cuando inició negociaciones sobre el tema con Alemania, Francia y el Reino Unido. Verificaron además que Irán acata las obligaciones que contrajo como Estado parte del Tratado sobre la no proliferación de armas nucleares de la ONU y de su Protocolo adicional. Pero W. Bush no lee esos documentos y a los neoconservadores poco les importan. Sus bocas dictan cuál es la realidad.
Goldschmidt señaló al presentar el informe que Teherán ha incrementado sustancialmente su colaboración con la OIEA y permitido “el acceso oportuno a sus instalaciones y materiales nucleares en virtud del acuerdo de garantías”. Da igual. W. Bush afirmó sin pruebas que Irak ejecutaba un programa de rearme nuclear, que poseía enormes depósitos de armas biológicas y químicas y que mantenía estrechas relaciones con Al Qaida. Nada de eso resultó cierto, pero por qué privarse ahora de usar la técnica encontrada. La nueva secretaria del Departamento de Estado Condoleezza Rice asevera que Teherán incumple sus obligaciones internacionales, aunque el tiempo no le alcanza para demostrarlo. De Irak se dijo que no cumplía las resoluciones del Consejo de Seguridad, aunque las cumplía. Cabe señalar de paso que W. Bush y sus acólitos nunca mencionan el robusto arsenal nuclear de Israel, que nunca adhirió al Tratado de no proliferación y nunca permitió que la OIEA lo inspeccionara. Es que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
La Casa Blanca hizo caso omiso de las inspecciones de la ONU que no encontraban armas de destrucción masiva en Irak. Tampoco ahora escucha al diplomático egipcio y director general de la OIEA, Mohamed El Baradei, quien señala que ni los datos de inteligencia ni la labor de sus inspectores han aportado evidencias de que Irán se propone tener armas nucleares (The Washington Post, 16/2/05). Teherán reitera que el reactor de agua pesada que construye en Arak, localidad del centro del país, y que se terminará en cuatro años más, servirá para incrementar el suministro de energía eléctrica para la población y la industria. “Lo que el petróleo hizo por Irán durante más de cien años, la tecnología nuclear puede hacerlo en 20”, afirmó el ex viceministro de Defensa iraní, Alireza Akbari (The International Herald Tribune, 7/3/05). Y luego: el petróleo no durará para siempre.
En una poco habitual conferencia de expertos nucleares –tres de ellos, norteamericanos– que se llevó a cabo en Teherán el fin de la semana que pasó, Hassan Rowhani, director del proyecto nuclear iraquí, advirtió que si EE.UU. empuja al Consejo de Seguridad a imponer sanciones a Irán “la seguridad y la estabilidad de la región se tornarían problemáticas”. Y no sólo: “(las sanciones) causarían problemas en el mercado energético regional, pero también en la economía europea y todavía mayores en EE.UU.” (The Australian, 7/3/05). Por su parte, el ex presidente Hashemi Rafsanjani recalcó que el Tratado sobre la no proliferación de armas nucleares faculta a los Estados parte a construir centrales nucleares con fines pacíficos y que ése es un derecho al que Irán no renunciará. “No podemos detener nuestro programa nuclear –asentó– y no lo haremos. No se puede quitar a un país la tecnología que ya tiene” (Fox News, 6/3/05).EE.UU. y varios países europeos acordaron en la década de los ’70 instalar 20 centrales nucleares en el Irán del sha, pero rompieron el compromiso de inmediato en 1979, cuando el ayatola Jomeini tomó el poder. Lo dicho: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.
Teherán llegó con desconfianza a la segunda ronda de negociaciones con Alemania, Francia y el Reino Unido que se iniciaron en Ginebra el martes 8. Los europeos exigen que Irán detenga el enriquecimiento de uranio como único “acuerdo de garantías” posible a cambio de algunos incentivos económicos. Pero “Europa no ha presentado ningún plan o propuesta, ni tomado iniciativa alguna respecto del establecimiento de garantías objetivas”, declaró a la agencia noticiosa IRNA Hossein Moussavian, representante iraní en las negociaciones (www.channelnewsa sia.com, 6/3/05). Entre las promesas europeas figura la posibilidad de que Irán ingrese en la Organización Mundial de Comercio, un derecho de todo país cuyo ejercicio EE.UU. ha vetado sistemáticamente a Teherán. Para los “halcones-gallina”, las sanciones que el Consejo de Seguridad aplicaría a Irán abrirían la puerta de otra invasión. Obsedidos por su sueño imperial, no los arredran ciertos hechos: que Irán es un país montañoso y no llano como Irak; que tiene casi 70 millones de habitantes y no 25 millones como Irak; que su ejército cuenta con armas modernas a diferencia del Irak de Hussein. Los 1500 muertos y casi 20.000 heridos que la guerra de Irak le viene costando al pueblo norteamericano son bajas que en Irán podrían aumentar abruptamente.

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Haced lo que yo digo

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-02-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

El Pentágono anunció la retirada de 15 mil de los 150.000 efectivos militares que depositó hasta ahora en Irak. Fueron enviados para reforzar la seguridad durante las elecciones del 30 de enero y se irán en marzo, en principio y tal como estaba proyectado. Los 135.000 restantes, quién sabe cuándo: “Queda por recorrer un camino muy difícil” para derrotar a los insurgentes, aseveró Paul Wolfowitz en una audiencia que el Comité de Servicios Armados del Senado estadounidense celebró la semana pasada (The Washington Post, 5-2-05). El segundo de Donald Rumsfeld adelantó también que no habrá más recortes de invasores en todo el 2005 y reiteró que el cese de la ocupación dependerá de la rapidez con que militares y policías iraquíes reciban el entrenamiento y el equipo adecuados para cumplir sus funciones sin ayuda ajena, apenas como escudo de la ayuda ajena. El general Richard B. Myers, jefe del Estado Mayor conjunto, puntualizó en la misma audiencia que el “ausentismo” –nombre elegante de la deserción– es del 40 por ciento en el ejército iraquí y que apenas el 30 por ciento de los 136.000 enrolados en las fuerzas de seguridad locales está en condiciones de combatir. El senador demócrata Joe Biden, figura destacada del Comité de Relaciones Exteriores, achicó esa evaluación: “El número de iraquíes preparados para luchar contra la insurgencia oscila entre 4000 y 18.000” (The Washington Post, 6-2-05). Pareciera que el camino a recorrer, además de muy difícil, será largo.
O permanente. La Casa Blanca no renuncia a su sueño imperial y Wolfowitz anticipó que las fuerzas armadas norteamericanas aumentarán en número, algo ya previsto por el Pentágono para el 2006: 17.500 millones de dólares se destinarán a la compra de vehículos y cañones y a la creación de dos nuevos batallones de infantería, tres compañías de exploradores y varias unidades de apoyo en el cuerpo de marines (Star and Stripes, 8-2-05). Otros 5000 millones de dólares permitirán establecer y equipar tres nuevas brigadas de combate del ejército. Todo esto se financiará en virtud de una práctica que el gobierno Bush inició en el 2004 en materia de gastos militares: presenta al Congreso un presupuesto de defensa ligeramente modificado respecto del que se aprobara el año anterior y por cuerda separada agrega miles de millones de dólares a título de partidas complementarias. Aparte de las sumas ingentes del presupuesto de defensa “oficial” de este año, Bush hijo ha pedido 81.000 millones de dólares más para las operaciones en Irak y Afganistán durante el 2005. El Congreso ha aprobado ya “complementos” por valor de 203.000 millones de dólares desde el 11/9. Ese disfraz presupuestario a nadie engaña.
Los “halcones-gallina” siguen atendiendo a los consejos de sus mentores ideológicos agrupados en el Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, uno de los think-tanks que con más contumacia abogan por el dominio norteamericano del planeta. “Las fuerzas armadas de EE.UU. son demasiado limitadas para asumir las obligaciones que les estamos pidiendo que asuman”, pontifican dirigentes del Proyecto en carta dirigida a varios representantes y senadores (Veterans Against the War, 7-2-05). Les exigen que el Congreso autorice un incremento de al menos 25.000 efectivos cada año para “sostener la guerra contra el terrorismo y cumplir con nuestras otras responsabilidades en todo el mundo”. Se conoce la naturaleza de esas “otras responsabilidades”, pero de dónde saldrá tanta tropa. Por primera vez desde 1995, los marines incumplieron su meta de reclutamiento para enero pasado. El jefe de la Guardia Nacional del ejército, general Roger C. Schultz, reconoció que en el mismo mes sólo se enroló un 56 por ciento del personal requerido por el cuerpo (CNN, 6-2-05). El Pentágono ofrece ahora incentivos especiales a los militares con mayor experiencia de combate: aumentos de salario y una prima de 150.000 dólares a quienes se reenganchen por seis años más (The New York Times, 6-2-05). Al terminar sus contratos, no pocos suboficiales y asimilados eligen la vida civil y se convierten en agentes de seguridad de las empresas extranjeras que instalaron filiales en Bagdad o Kabul después de las respectivas invasiones. Se explica: un boina verde con 20 años o más en las filas recibe un sueldo básico de 50.000 dólares anuales y las compañías privadas pagan hasta 200.000. Este drenaje no cesa desde mayo del 2003.
Hay más. EE.UU., tan alarmado por el desarrollo nuclear de Irán, se apresta a renovar y aumentar su arsenal nuclear. En los tres laboratorios del ramo –Lawrence Livermore, Los Alamos y Sandia–, unos cien especialistas diseñan calladamente armas más potentes en el marco de un programa que aprobó el Congreso y supervisa la Administración Nacional de Seguridad Nuclear. Es éste no más que el comienzo de un vasto proyecto que conducirá ineluctablemente a la realización de ensayos con las nuevas armas nucleares, prohibidos por las convenciones internacionales de las que EE.UU. es Estado Parte. Pero eso no arredra a la Casa Blanca. En Abu Ghraib y Guantánamo demostró que tampoco los Convenios de Ginebra le impiden violar los derechos humanos. La ley es ley para todo el mundo, no para la potencia autoungida guardián de la democracia y la libertad en todo el mundo.

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De soledades democráticas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 28-01-2005 00:00:00

Por Juan Gelman

Son verdaderamente ejemplares las elecciones del próximo domingo en Irak: muestran la clase de “democracia y libertad” que W. Bush ha prometido extender al mundo entero. Nadie sabe cómo se conformaron las listas de candidatos, nadie conoce sus programas, ni sus rostros, ni sus nombres –salvo los de unos pocos–, se vota en un país encerrado y en un virtual estado de sitio, los sunnitas no lo harán y hay indicios de que bastantes chiítas tampoco. La insurgencia declaró la guerra a estos comicios, ha multiplicado sus ataques suicidas y varios jefes militares norteamericanos admitieron que las condiciones de seguridad no existen en vastas zonas de Irak. La votación viene marcada, sobre todo, por un vicio de origen: no hay antecedente alguno de que en algún lugar del planeta se haya sufragado democrática y libremente bajo las botas de una ocupación extranjera. Y luego: no estará sujeta al escrutinio de ningún organismo internacional independiente. Paul Bremer, el ex pro cónsul de la Casa Blanca en Bagdad, se encargó de nombrar a los observadores de su gusto antes de abandonar con turbia gloria su mandato.
En Washington los decibeles han bajado. De “objetivo central de la lucha por la democracia y la estabilidad en Irak”, la importancia de estas elecciones ha sufrido diversas podas en los círculos gobernantes de EE.UU.: “No las consideramos un jalón determinante en sí mismas, creo que la mayoría del gobierno espera que la violencia continúe por mucho tiempo después de celebradas”, precisó Richard L. Armitage, subsecretario de Estado de la primera administración Bush. Y su ex jefe, Colin Powell: “La insurgencia no desaparecerá como resultado de estos comicios. En realidad, tal vez la envalentonen más” (Los Angeles Times, 17/1/05). Un nuevo informe público del Consejo Nacional de Seguridad estadounidense concluye que el terrorismo no disminuirá, antes por el contrario: el Irak ocupado –dice– reemplaza hoy al Afganistán de los talibanes como tierra de cobijo y entrenamiento de terroristas que podrían esparcirse por el mundo. “Lo triste es que hemos creado lo que el gobierno argumentó que íbamos a prevenir con nuestra intervención: la relación Al Qaida/Irak”, manifestó a la cadena de periódicos Knight Ridder (17/1/05) un funcionario de alto rango de la inteligencia yanqui que prefirió el anonimato. Es comprensible: los servicios norteamericanos de espionaje no comulgan con la mirada rosa que la Casa Blanca echa sobre Irak.
Se especula que la coalición chiíta Alianza Unida Iraquí, que lideran el gran ayatola Al Sistani y Abdel Aziz al Hakim, jefe del Consejo Supremo de la Revolución Islámica que evitó en Irán las iras de Saddam Hussein, ha de predominar en unas elecciones en las que también contienden partidos y grupos chiítas de variados matices –laicos unos, fundamentalistas otros–, casi todos encabezados por quienes la invasión norteamericana sacó de sus exilios y devolvió al país. Gane quien gane, poco cambiará. Continuará la guerra, continuará la ocupación y cabe preguntarse cuántas bajas fatales –¿5 mil, 10 mil?– está dispuesto a aceptar el pueblo estadounidense. Y gane quién gane, se verá obligado –antes o después– a buscar la retirada de los ocupantes. “Ningún pueblo del mundo acepta la ocupación –afirmó Al Hakim, probable vencedor– y nosotros no aceptamos la permanencia de las tropas norteamericanas en Irak. Consideramos que esas fuerzas han cometido muchos errores en el manejo de varias cuestiones, ante todo y sobre todo en lo que hace a la seguridad, y esto ha contribuido a las matanzas, los crímenes y las calamidades que sufrieron en Irak los iraquíes.”
Claro que los neoconservadores la piensan de otro modo: tienen viejos planes para el Medio Oriente que entrañan el aumento de la presencia militar de EE.UU. en la región. Irán, Siria y hasta Arabia Saudita están en la mira de sus hambres petroleras. Los alienta el compromiso que W.formulara en el discurso de asunción de su segundo mandato: el objetivo será el de “procurar y apoyar el crecimiento de las instituciones y movimientos democráticos en cada nación y cada cultura, con vistas a la meta final de terminar con la tiranía en nuestro mundo”. El vicepresidente Dick Cheney advirtió ya que Irán será el próximo beneficiario de esta misión “civilizadora”.
No son visiones compartidas por la opinión pública de EE.UU., que lenta y contradictoriamente va evaluando la política internacional del mesías W. Bush. “Escarmentados por la experiencia de Irak, los votantes estadounidenses se inclinan ahora por un ‘nuevo realismo’ en política exterior y de seguridad”, se titula el estudio del Civil Society Institute de Massachusetts que expone los resultados de la encuesta que realizó luego de la reelección de Bush (www.civilsocietyinstitute,org, 11/1/05). Entre otras posturas de los interrogados, se destaca la siguiente: un 43 por ciento considera prioritaria “la defensa de las fronteras de EE.UU. y la seguridad interior”, pese a la afirmación de W. de que la seguridad del país depende de la democracia en el mundo impuesta a marcha forzada; sólo un 7 por ciento coincidió con la Casa Blanca y un 6 por ciento se pronunció por “ir solos” en futuras intervenciones militares. El 64 por ciento consideró que los diferendos con otras naciones debían resolverse por vía diplomática y, con extraño fatalismo, que al menos había que lograr que la acción militar posible fuera multilateral. El 71 por ciento estimó que la intervención unilateral y la invasión a Irak tornaron a EE.UU. más vulnerable a los ataques terroristas. Dos tercios rechazaron una ocupación prolongada de Irak o Afganistán. El 81 por ciento piensa que el acceso al petróleo del Medio Oriente juega un papel en la política exterior de su país y el 75 por ciento se opone al uso de la tortura, aunque se aplique a terroristas. Pareciera que los “democratizadores” de EE.UU. andan medio solitos en EE.UU. En el mundo, ni hablar.

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Lo de Ucrania

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 05-12-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Quien atienda a los medios occidentales en general, a los estadounidenses en particular, y entienda que el enfrentamiento entre los dos Viktor por el gobierno ucraniano es expresión de la lucha por “la libertad y la democracia” contra el reflote de la antigua burocracia soviética, “por el pueblo” y contra “la oligarquía”, corre el riesgo de equivocarse. Mucho. A nivel local, más bien se trata de la disputa por el poder de los diferentes clanes que, con la caída del régimen soviético, se apoderaron con voracidad y velocidad brutales de los diferentes espacios de la economía del país. A nivel internacional, es la continuación por otros medios de la Guerra Fría EE.UU./URSS que W. Bush no piensa abandonar. Tanto el opositor Yuschenko, más amigo de Washington, como el oficialista Yanukovich, más amigo de Moscú, son cuñas del mismo palo. Los dos ocuparon el cargo de primer ministro bajo la larga presidencia de Leonid Kuchma y en materia de corrupción parecen primos hermanos.
Ambos se acusan mutuamente de fraude electoral y esto no sería una novedad en las ex repúblicas soviéticas. Basta mencionar al respecto el plebiscito constitucional que promovió Boris Yeltsin en 1993 y los comicios que le dieron la reelección en 1996. Lo nuevo es que nunca EE.UU. y la Unión Europea se preocuparon tanto por la pureza democrática de las elecciones en esos países. Colin Powell, José Manuel Barroso –presidente de la Comisión Europea– y Jaap de Hoop Schaffer –secretario general de la OTAN– cuestionaron con dureza el proceso que oficialmente no le dio el triunfo a Yuschenko. Barroso amenazó con represalias y Powell, ya tan triste de figura, parece no recordar que su presidente llegó al cargo por primera vez gracias a la manipulación de votos. Occidente tampoco quiere recordar que Yuschenko, cuando fue presidente del Banco Nacional de Ucrania, engañó al FMI y desvió de sus préstamos hacia los capitanes de su grupo 613 millones de dólares que se lavaron en el exterior gracias a la red bancaria secreta heredada del régimen soviético (FMI, comunicado de prensa, 4-5-00; Agencia de Prensa Kiev, 2-6-00; ArtUkraine.com, 16-3-04; Financial Times, 23-11-04). Según el Centro de Investigaciones Políticas y Económicas de Kiev (www.analitik.org.ua), el 60 por ciento de los 14 millones de dólares que Yuschenko habría recibido para su campaña provino del Banco Mundial, la Agencia Internacional de Desarrollo de EE.UU., el Departamento de Estado yanqui, la muy norteamericana National Endowment for Democracy y, entre otras instituciones, por qué no, de la Fundación Vidrodzhenya (“Renacimiento”), que patrocina George Soros, dueño de no escasos intereses en lo que fue la Unión Soviética. Cabe señalar que el mencionado centro ucranio está integrado por varias ONG que apoyan a Yuschenko y que se precian del apoyo internacional recibido.
¿Por qué tanta voluntad occidental por Yuschenko presidente? El investigador británico John Laughland lo explicó en un artículo que la Sanders Research Association dio a conocer el 11-10-04, 20 días antes de las elecciones en Ucrania: “Se han redoblado los esfuerzos para aprovechar los oleoductos que supuestamente deberían transportar petróleo del Caspio a los mercados occidentales. Uno de ellos es el que se extiende desde la ciudad ucrania de Brody hasta Odessa, en el Mar Negro. Este oleoducto estaba inicialmente destinado a llevar a los mercados occidentales el petróleo que EE.UU. controla en los yacimientos del Caspio; en cambio, fue utilizado en beneficio del petróleo ruso, algo que molesta a los norteamericanos. De modo que los estrategas del Nuevo Orden Mundial están decididos a poner a su hombre en el control de Ucrania merced a las elecciones presidenciales del 31 de octubre. Mucha influencia y muy probablemente mucho dinero se están volcando a favor de Viktor Yuschenko... Estos intereses nacionales (de EE.UU.) reciben como siempre el apoyo del poderoso lobby de la nueva política anti Putin”. Entre los influyentes que financian esta urdimbre figuran, según Laughland, Jacob Rotschild y la petrolera Conoco Phillips –a cuya junta directiva perteneció mucho tiempo Condoleezza Rice–, que acaba de concertar una “alianza estratégica” con la empresa rusa privatizada Lukoil, la segunda en importancia del mundo.
Con sed permanente de petróleo y gas natural, Washington no limita sus aspiraciones a dominar Ucrania, le apetecen también el Cáucaso y ciertas repúblicas ex soviéticas de Asia Central ricas en recursos energéticos. La alianza de grupos económicos estadounidenses, euroccidentales y ucranianos propugna el establecimiento de una zona de libre comercio que abarque a Georgia, Uzbekistán, Azerbaiyán, Moldava y, desde luego, a Ucrania, una especie de cerco alrededor de Rusia. Tropas norteamericanas se instalaron ya en Georgia, Uzbekistán y Kirguistán en los últimos dos años.
Hay más: la flota rusa del Mar Negro, por ejemplo, estacionada en Odessa y Sinferopol, puertos en territorio ucranio, que cuenta con 250 unidades de guerra –buques, aviones, helicópteros, tanques, cañones– y 48.000 efectivos y que constituye un factor clave para garantizar la influencia del Kremlin en esas repúblicas de Asia Central. Dicha flota tiene allí sus bases con la anuencia del gobierno ucranio, negociada largamente por los rusos en la década pasada. Moscú sufriría un duro golpe si Kiev se retira del acuerdo. Es algo que W. Bush se propone llevar a cabo por medio de su ahijado político Yuschenko. La Casa Blanca considera que el frente ruso forma parte de “la cuarta guerra mundial” en curso, como definió el ex director de la CIA James Woolsey (CNN, 3-4-03). Según él, la tercera fue la Guerra Fría y reconfortó a los 300 estudiantes que lo escuchaban en Los Angeles con estas palabras de consuelo: “La cuarta guerra mundial será mucho más larga que la primera y la segunda, pero no durará las cuatro décadas que duró la Guerra Fría”. Algo es algo.

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Lo de uno no se toca

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 25-11-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Mientras Colin Powell repite el mentiroso papel que desempeñó con Irak y anuncia que Irán está en plena carrera nuclear –aunque el Organismo Internacional de Energía Atómica de las Naciones Unidas afirma lo contrario–, W. Bush cabildeó contra Corea del Norte en la reunión del foro Asia-Pacífico de cooperación económica que tuvo lugar el pasado fin de semana en Santiago de Chile. Dijo que estaba cansado de negociar con Pyongyang y enarboló la inevitabilidad de la línea dura contra el país asiático. Proseguirá así la marcha de la llamada guerra antiterrorista que, por lo visto, consiste en invadir y ocupar países –preferentemente petroleros– en vez de capturar a Osama bin Laden y desarticular a la mortífera Al Qaida. No hay que preocuparse: el gobierno Bush tampoco persigue a los grupos terroristas norteamericanos. El Southern Poverty Law Center (SPLC), organismo con sede en Montgomery, Alabama, que combate el racismo y la discriminación, identificó el año pasado a 751 movimientos de esa índole esparcidos por todo el territorio de EE.UU. Su número aumentó un 6 por ciento en comparación con el 2002, cuando eran solamente 708.
“Por desgracia, vigilar a los grupos neonazis y derechistas no necesariamente facilita los ascensos en el FBI”, comentó un funcionario del Departamento de Justicia (The New York Times, 13-12-03). En efecto, en muchos casos el arresto de terroristas locales es resultado de su imprudencia –esa que la impunidad alimenta– o de la casualidad. Un policía novato fue el que arrestó a Eric Rudolph, autor de varios atentados contra clínicas que practican el aborto y del bombazo que sobresaltó los Juegos Olímpicos de 1996. Rudolph se permitió cinco años de prófugo sin abandonar el país y sin que las narices del FBI olieran su presencia. La investigación posterior estableció que tenía vinculación con dos movimientos armados clandestinos: el Ejército de Dios, una pandilla de fervientes antiabortistas, e Identidad Cristiana, cuyos miembros creen literalmente que los judíos son hijos de Satán, infrahumanos quienes no pertenecen a la raza blanca y que los cristianos anglosajones son los verdaderos descendientes de las tribus perdidas de Israel. Están muy bien acompañados por el fundamentalismo religioso de la extrema derecha norteamericana,
W. Bush dedicó una guerra a la búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak, argumento central de la invasión. Más fácil era encontrarlas en casa. En abril del 2003 se descubrió en Noonday, Texas, un depósito que contenía una bomba de cianuro de sodio ya preparada, capaz de matar a centenares de habitantes de un edificio de 3000 metros cuadrados, para no hablar de las nueve ametralladoras, 67 explosivos y más de 100.000 municiones que la escoltaban. Su dueño, William Krar, está vinculado al grupo paramilitar Milicia de Nueva Jersey y es un convencido de la supremacía de la raza blanca. El FBI dio con él gracias a la denuncia de un vecino que por error recibió un sobre con documentos de identidad falsos que Krar le enviaba a un conmilitón. No pocos de esos grupos se proponen derrocar al gobierno de EE.UU. al que califican de “renegado” porque sería blando con los negros y otras clases de humanidad ajenas a la verdad anglosajona.
Poca atención presta el FBI a sus compatriotas terroristas “porque todo el mundo anda preocupado por el tipo del turbante”, declaró el inspector jefe de la policía federal Geoff Shank (USA Today, 15-11-04). “Obviamente, existe una amenaza externa –agregó Mark Potok, especialista del SPLC–, pero hay una tendencia a ubicar la amenaza en el exterior y a sostener que quienes quieren perjudicarnos no se parecen a nosotros, no creen en el mismo Dios y no tienen el mismo color de piel.” Así lo ha registrado Amnistía Internacional (AI) en su informe “Amenaza y humillación”: a lo largo de sus 50 páginas se detalla cómo la práctica racista y acosadora del “profiling” –sospechar de alguien por su aspecto– de los agentes de seguridad aumentó “dramáticamente” desde el 11/9, afectando a unos 32 millones de estadounidenses, cifra equivalente a la población total de Canadá. “Es obvio que considerar en primer término y ante todo, o peor, únicamente, características como la raza, el origen étnico, la nacionalidad o la religión para decidir a quién se investiga, se arresta y se procesa, desvía la atención del comportamiento delictivo real y del verdadero delincuente”, señaló el juez retirado Timothy M. Lewis, que presidió numerosas audiencias sobre esa práctica que AI promovió en varias ciudades de EE.UU. el año pasado (Jim Lobe, IPS, 14-9-04).
En el documento de AI se cita, entre muchos otros, el caso de un boyscout musulmán de 8 años de edad que en el aeropuerto de Tulsa, Oklahoma, fue separado de su familia y revisado minuciosamente por agentes de seguridad que además destruyeron algunas de sus pertenencias. El niño es ahora sistemáticamente detenido y revisado en cada aeropuerto que pisa. “Antes del 11/9 –subraya AI– el ‘profiling’ racial solía entenderse como una práctica aplicada al ‘manejar siendo un negro’. Actualmente, se la puede definir con más precisión como aplicable al manejar, volar, caminar, rezar, hacer compras o quedarse en casa siendo negro, moreno, rojo, amarillo, musulmán o con apariencia de nativo del Medio Oriente.” En tanto, el terrorismo de cepa norteamericana “se ha desarrollado a paso rápido y constituye una amenaza muy grave” (Potok). Sin embargo, no se cree que W. ordenará alguna vez invadir a EE.UU.

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Con la frente marchita

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 21-11-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Una crisis particular está afectando a las fuerzas armadas estadounidenses: la escasez de efectivos suficientes para cumplir el sueño imperial de la Casa Blanca. No se trata sólo de las tropas estacionadas en las bases militares que Washington ha desparramado por 130 naciones. Más bien, y sobre todo, ocurre que la ocupación de Irak y Afganistán –140.000 y 10.000 hombres, respectivamente– causa una sangría que no cesa y el Pentágono ha llamado nuevamente a filas a más de 4 mil veteranos de guerra para enviarlos a los dos países invadidos. Algunos ya combatieron allí, otros no, y un buen número de ellos se opone a una reincorporación que los arrancaría de la vida civil y los expondría otra vez a la muerte y la barbarie: unos 1800 ex soldados y oficiales –el 45 por ciento de los reconvocados– han pedido que se los exima de semejante pesadilla y casi un 30 por ciento de los 2500 que debían presentarse en los cuarteles para ser reentrenados respondieron con su ausencia (The New York Times, 16-11-04).
Se comprenden las razones del Pentágono, también las de los veteranos, y todas se originan en los mismos hechos. Sólo que unos los provocan y otros los padecen. Este noviembre fue especialmente duro para los ocupantes: 100 muertos –sobre todo marines– y 500 heridos en 17 días, y no sólo por la toma de Faluja. Son cifras oficiales, las reales quién sabe. Las acciones de la resistencia iraquí han pasado de un promedio de 80 a otro de 140 por día. Algunos de los ex militares que se niegan a volver han recurrido a la Justicia federal. Otros piden consejo al Comité Central de Objetores de Conciencia (CCCO por sus siglas en inglés), organismo no gubernamental con sede en Oakland, California, que asesora a los que no desean vestir uniforme ni matar semejantes y que ayudó a centenares de ellos a escapar del infierno de Vietnam. Desde 1994 el CCCO recibía unos mil llamados telefónicos anuales de otros tantos asediados por la sombra de las armas; en el 2003, invadido y ocupado Irak, fueron casi 29.000 (www.objector.org).
Hay quienes eligen un camino más activo y se suman a Veteranos contra la guerra de Irak (VAIW por sus siglas en inglés), que en su declaración de principios se autodefine como “una coalición de veteranos estadounidenses que apoyamos a nuestras tropas, pero nos oponemos a la guerra con Irak o cualquier otro país que no sea un peligro claro y presente para nuestro pueblo y nuestra nación” (www.vaiw.org). A menos que el actual gobierno de EE.UU. –agrega– “aporte pruebas que demuestren claramente que Irak o cualquier otra nación constituye un peligro claro, directo e inmediato para nuestro país, nos oponemos... a las actividades militares en Irak”. Estos veteranos subrayan que el concepto de guerra preventiva “sienta un antecedente peligroso en el ámbito internacional” que podría incrementar la inestabilidad en Medio Oriente y multiplicar el estallido de conflictos mayores, así como “distraernos de nuestros objetivos de perseguir y destruir al terrorismo internacional. Además, creemos que ningún gobierno, demócrata o republicano, puede o debe usar a las fuerzas armadas estadounidenses como policía del mundo”. No parece ociosa la repetición en el texto de voces derivadas de la palabra claridad.
Cunde en EE.UU. el temor de que los “halcones-gallina”, agrandados por la reelección de W., decreten la conscripción militar obligatoria. No faltan indicios. Como muestra Michael Moore, los reclutadores de las fuerzas armadas merodean los colegios secundarios y los barrios pobres de lasciudades norteamericanas ofreciendo futuros brillantes para quienes se enrolen (The Connection Newspapers, 10-11-04). La ley federal de reforma educativa promulgada en el 2002 abriga en sus frondosas 670 páginas una disposición que obliga a las escuelas secundarias públicas del país a permitir el acceso de los reclutadores a información sobre los estudiantes –nombre, teléfono, domicilio–, lo que obviamente facilita el acercamiento a los candidatos a soldado. En 1999 –según cifras del Pentágono– esa clase de acceso fue negado por las autoridades escolares en 19.228 ocasiones. Ya no. Jóvenes de 18 años –edad mínima fijada por la ley– son tentados a convertirse en fresca carne de cañón.
La Legislatura de Luisiana ha ido más lejos: el año pasado aprobó la ley 373 por la cual los menores de 16 años que solicitan una licencia de conductor deben antes registrarse en el Sistema selectivo de la reserva (SSS por sus siglas en inglés), una suerte de fondo de veteranos que han cumplido sus obligaciones con las fuerzas armadas y que, a diferencia de los miembros de la Guardia Nacional y de los reservistas sin experiencia de combate, no reciben paga ni entrenamiento; al SSS pertenecen muchos de los ahora convocados. “No puedo creerlo, me deja estupefacto”, exclamó Larry Chevalier, natural de Luisiana, cuando fue a firmar la autorización para que su hijo de 16 obtuviera la licencia. “Lo que no me gusta –precisó– es que alguien en poder de toda esa información sobre los muchachos participe en una reunión cerrada en la que se analiza cuántos jóvenes están disponibles para ser reclutados dos años después” (The Town, 13-11-04). Pero es así. El que devora entrañas ajenas se devora las propias.

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Ayuditas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 13-11-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

¿Qué pasó? Las encuestas cercanísimas a las elecciones presidenciales norteamericanas del 2 de noviembre daban cuenta de un empate técnico entre W. Bush y John Kerry. Más. Sondeos anteriores encontraron que una proporción mayoritaria de la población estadounidense pensaba que no valía la pena seguir peleando en Irak: el 52 por ciento, según el que llevaron a cabo ABC News y The Washington Post el 22 de junio de este año; el 70 por ciento opinó que el número de bajas propias era “inaceptable”, el 76 por ciento que esa guerra había convertido en ruina la imagen de EE.UU. en todo el mundo y, en sólo un mes, la confianza en su necesidad para garantizar la seguridad nacional había disminuido el 11 por ciento. Por esas fechas, la intención del voto a Kerry ascendía al 48 por ciento, contra el 47 por ciento de W., mientras que en mayo Bush llevaba a su contrincante una ventaja del 13 por ciento y del 22 por ciento en abril.
¿Qué pasó con tal declive? ¿Cómo logró Bush hijo que el voto popular lo reeligiera con una clara mayoría de millones?
El International Herald Tribune del 26 de agosto subrayaba: “La opinión pública de EE.UU. se muestra cada vez más incrédula respecto de la amenaza terrorista y se requeriría algo muy convincente para disipar el escepticismo provocado por la forma en que el gobierno de Bush explota el peligro terrorista”. Se especulaba entonces con “la sorpresa de octubre”, esa que la Casa Blanca produciría para volcar la situación a su favor. Por ejemplo, la captura de Osama bin Laden. O la invasión de Irán. Pero la “sorpresa” fue bastante más sencilla: apenas consistió en un video con la imagen del jefe de Al Qaida en el que éste reconoce paladinamente por primera vez que él es el autor intelectual de los ominosos atentados del 11/9. La cadena Al Jazeera lo transmitió al aire –y fue reproducido en todo el mundo– el viernes 28 de octubre, cuatro días antes de las elecciones. Como –sin perder un minuto– Richard N. Bond, ex presidente del Partido Republicano, declarara al New York Times, “el video es un recordatorio para todos los estadounidenses de que el país se encuentra bajo la amenaza de un ataque y la cuestión central de esta campaña (electoral) es quién podrá ser el mejor comandante en jefe de la guerra contra el terrorismo”. Es dudoso que quienes decidieron que era Bush se basaran en la evaluación de sus igualmente dudosas dotes militares. Más probable es que a muchos los moviera la memoria de las Torres Gemelas abatidas, el recuerdo de las 3 mil víctimas del atentado, el miedo a la repetición, todo lo que Osama por TV supo hacer presente y reavivar. Una sorpresa sin duda muy convincente.
Es ésta una interpretación posible, aunque no exhaustiva, de los factores que dieron el triunfo a W. Bush. Adensa preguntas acerca de la magnanimidad –por así decirlo– con que los gobiernos de Clinton y Bush han tratado al millonario terrorista. W. ha destinado a la invasión y ocupación de Irak más esfuerzos militares, económicos y de inteligencia que a la captura de Bin Laden. Se conoce que a fines del 2002 Osama, cercado en Tora Bora, pudo fugar gracias a “la indecisión de los altos mandos estadounidenses” (The New York Times, 30-9-02), que curiosamente se abstuvieron de vigilar las trochas de mayor altura de esa zona montañosa. Menos se conoce lo que el boletín electrónico Counterpunch acaba de revelar (www.counterpunch.org, 1-11-04): tanto Clinton como Bush hicieron caso omiso del ofrecimiento que los talibanes –hartos de los riesgos que para ellos entrañaba el proteger a Bin Laden– reiteraron a la Casa Blanca desde fines de 1999 hasta febrero del 2002: la entrega en bandeja de la cabeza de Osama. Kabir Mohabbat, empresario afgano-estadounidense radicado en Houston, Texas, fue intermediario de ese negocio no cumplido.
Los campos de entrenamiento de Al Qaida funcionaban sin trabas en territorio afgano hasta que el 12 de octubre del 2000 el vaso de la molestia talibana fue rebasado: el destructor yanqui “USSCole” fue atacado en aguas del Yemen, hubo 17 marinos muertos y casi 40 heridos, y la Casa Blanca de Clinton amenazó con bombardear el país anfitrión de los terroristas. Mohabbat, muy relacionado con jefes mujaidines y talibanes, también con altos funcionarios del Departamento de Estado, llevó el mensaje a Kabul y el gobierno talibán precisó las tres opciones de su oferta: entregar a EE.UU. a Osama vivo, asesinarlo, o concentrar a Bin Laden y sus lugartenientes en un lugar que un par de misiles Cruise podría destruir. Bush hijo ganó las elecciones de noviembre del 2000 y Clinton prefirió que el gobierno electo se encargara de la operación. W. la pospuso tres veces, la tercera incluso después del 11/9. Aunque los talibanes insistieron en entregar a Osama sin condiciones, el gobierno Bush eligió, en vez de liquidar al jefe de Al Qaida, atacar a Afganistán y emprender así la aventura petrolera cuyo segundo capítulo es la ocupación de Irak. En esto consiste la presunta “guerra antiterrorista”.
Pese a las promesas y amenazas de W., Osama bin Laden goza de buena salud, reaparece matemáticamente cuando a Bush le viene bien y nadie sabe si este ex agente de la CIA sigue –o no– siendo agente de la CIA. ¿W. lo necesita para alimentar su empresa “antiterrorista”? El 72 por ciento de la opinión pública mundial se pronunció a favor de Kerry y bastó un extranjero, uno solo, para ayudar a que la tortilla se volteara.

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Muerte lenta y bombas sucias

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 09-09-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Hay, en efecto, armas de destrucción masiva en Irak. No las de Saddam Hussein, nunca halladas: son las que emplean las tropas norteamericanas y británicas que disparan proyectiles revestidos de uranio empobrecido (UE) y que también recubren sus tanques y vehículos acorazados con ese subproducto del uranio enriquecido para fabricar armas nucleares. El UE es muy eficaz desde el punto de vista militar: su gran densidad facilita que el proyectil perfore casi cualquier blindaje. Es pirofórico además, es decir, se inflama espontáneamente en contacto con el aire y causa explosiones secundarias al alcanzar el objetivo. Presenta algunos inconvenientes, sin embargo. Luego de impactar el blanco, un 70 por ciento del revestimiento de UE arde y se volatiliza en micropartículas altamente tóxicas y radiactivas que penetran con facilidad la piel humana, se instalan en riñones y pulmones, devoran el calcio de los huesos y pueden ser inhaladas y aun ingeridas por la contaminación de los suelos y las aguas que afecta a la cadena alimentaria. La respuesta a los atentados del 11/9 es tan ominosa como los atentados mismos.
La industria militar estadounidense comenzó a aplicar el UE a proyectiles de todo tipo –incluso bombas y misiles– en 1977 y las fuerzas armadas de EE.UU. los emplearon por primera vez en 1991, cuando la Guerra del Golfo I. Según estimaciones de la ONU y del Pentágono, para invadir y ocupar Irak las fuerzas de la coalición usaron en marzo y abril del 2003 de 1100 a 2200 toneladas de municiones y explosivos con UE, mucho más que las 375 toneladas que le asestaron en 1991 (Veterans for Common Sense, 4-8-03). Su empleo sigue y la tasa de cánceres diversos de la población iraquí aumentó abruptamente desde entonces, así como el número de bebés con malformaciones congénitas. En un artículo que la revista New Scientist publicó en abril pasado, Alexandra Miller –especialista del Instituto de Investigaciones Radiobiológicas de las fuerzas armadas de EE.UU., sito en Bethesda, Maryland– señala que las micropartículas de UE no sólo destruyen los sistemas inmunológicos al descomponerse en isótopos del uranio y otras sustancias letales dentro del organismo humano, además alteran los códigos genéticos: “Los cromosomas se parten y los fragmentos se unen de manera tal que producen articulaciones anormales... las comunes en las células tumorales”. Nacen niños con deformaciones craneanas o sin extremidades, por ejemplo. El proyectil con UE es la verdadera bomba sucia.
Sus consecuencias no son patrimonio exclusivo de los iraquíes o de los kosovares que padecieron el UE en 1999. Afectan a las tropas mismas de EE.UU., que sufren el llamado “síndrome de la Guerra del Golfo”. El Dr. András Korényi-Both, uno de los primeros que lo investigó, estima que alrededor del 28 por ciento de los veteranos de la primera Guerra del Golfo sufre enfermedades crónicas atribuibles a su casi inevitable contacto con el UE. Este índice quintuplica la proporción de veteranos de Vietnam y cuadruplica la de veteranos de la guerra de Corea con problemas permanentes de salud (American Free Press, junio de 2004). La “guerra contra el terrorismo” agravó el problema: Brad Flohr, funcionario del muy oficial Departamento de Asuntos relativos a los Veteranos, declaró que el número de veteranos discapacitados de las guerras anteriores disminuía a razón de 35.000 por año, pero que hoy la cifra total asciende a 2 millones y medio. Según Terry Jemison, miembro del mismo Departamento, más de medio millón de veteranos de la Guerra del Golfo I recibe pensiones por invalidez y sus males no son el producto de las balas iraquíes.
El Pentágono aborda la cuestión con un doble discurso: el público afirma que no hay pruebas de que el UE sea la causa del síndrome; el reservado figura en un manual de entrenamiento del ejército norteamericano: una de sus reglas establece que ningún militar puede rebasar los 25 metros que lo separan de un vehículo, equipo o terreno contaminado con UE sinprotectores de la piel y del aparato respiratorio. Los vehículos iraquíes destruidos con esa clase de proyectiles son ciertamente muy peligrosos para quienes se les acercan demasiado. En junio de este año, el periódico Seattle Post-Intelligencer organizó unas mediciones en seis puntos entre Basora y Bagdad. En todos se detectaron índices elevadísimos de radiación. Un tanque destrozado en las cercanías de la capital iraquí despedía una radiactividad 1500 veces superior a la normal.
No cabe la menor duda de que Anthony J. Principi, secretario del Departamento de Asuntos relativos a los Veteranos, es quien mejor conoce el tema. En el discurso que pronunció el 2 de febrero de este año en el Club de la Prensa en Washington agradeció al presidente Bush que aumentara en 67.700 millones de dólares los fondos del año fiscal 2005 destinados a financiar las distintas prestaciones a los veteranos estadounidenses de todas las guerras, desde la Segunda Mundial, pasando por las de Corea y Vietnam, hasta las de Yugoslavia, Afganistán y las dos del Golfo. Su oratoria rozó lo sublime cuando mencionó “la importante responsabilidad de honrar a nuestros veteranos en la hora de su descanso final”. Explicó que la ampliación presupuestaria “permitirá la expansión de nuestro sistema nacional de cementerios, la mayor desde la Guerra Civil”. Anunció que próximamente se inaugurarán cinco necrópolis nuevas y que se planifica la apertura de otras seis. Precisó que un promedio de 1800 veteranos fallecen cada día en EE.UU., 675.000 al año. Y se declaró “orgulloso de las mejoras y expansiones al servicio de los veteranos”. Se ignora si éstos compartan ese orgullo, en especial los obligados al último descanso.

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Pliegues y despliegues

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 22-08-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

El presidente Bush anunció el lunes pasado ante una convención de veteranos de guerra celebrada en Cincinnati, Ohio, que había resuelto cerrar algunas de las 700 bases militares que EE.UU. ha diseminado por el mundo, reubicar otras y traer de vuelta a casa a 70.000 efectivos norteamericanos que sirven en el exterior. W. subrayó que procura aliviar la carga que pesa sobre las fuerzas armadas norteamericanas, aunque ese alivio no llegará a los 125.000 efectivos que ocupan Irak ni a los 20.000 que combaten en Afganistán. Tampoco por ahora a los 70.000 del caso: el plan comenzará a aplicarse a partir de 2006 y su ejecución tomará de siete a diez años. Los demócratas se irritan: dicen que el anuncio persigue fines electorales y está destinado a contrarrestar la demanda de Kerry de reducir drásticamente las tropas que “pacifican” Irak. Tal vez, aunque es muy probable que la decisión de la Casa Blanca apunte a lograr propósitos de más vasto alcance.
El principal fue tempranamente declarado: en 1992, el hoy vicepresidente Dick Cheney y entonces secretario de Defensa con Bush padre aseveró que “nuestro objetivo general es mantenernos como la potencia extranjera predominante en la región (el Golfo Pérsico) y preservar el acceso de EE.UU. y de Occidente al petróleo de la región”. En 1997, con más brillo y amplitud de visión, Zbgniew Brzezinski –ex asesor de seguridad nacional también bajo Bush padre– redondeó la meta: EE.UU. debía dominar Asia central para controlar Eurasia, donde se concentran “alrededor de las tres cuartas partes de los recursos energéticos mundiales conocidos” (The Grand Chessboard - American Primacy and it’s Strategic Imperatives). En el año 2000, el documento titulado “Reconstruir la defensa de Estados Unidos”, obra del Proyecto para el nuevo siglo estadounidense, organismo que preside William Kristol –a quien se ha calificado de “halcón al cubo”–, precisó los métodos necesarios para concretar el empeño: imponer al mundo una Pax Americana sustentada en “labores policiales” a cargo de las fuerzas armadas yanquis y establecer bases militares permanentes “en y más allá de Europa Occidental y del nordeste de Asia”, es decir, en Medio Oriente, el sudeste de Europa, América latina y el sudeste de Asia. “Redesplegar las bases era una de las preocupaciones del Sr. Rumsfeld incluso antes del 11/9” (editorial del Wall Street Journal, 17-8-04). Los terribles atentados de ese día dispararon la puesta en práctica de semejante designio.
Antes de invadir Irak, el Pentágono había instalado ya 13 nuevas bases militares en países que circundan las reservas de gas natural y petróleo de la cuenca del mar Caspio, las segundas en importancia del planeta. En el Irak ocupado situará 14 bases permanentes, cuatro de las cuales están en pleno funcionamiento. Cerrará una buena parte de las que existen en Alemania, sobre todo las menos importantes, y abrirá otras en países del este de Europa como Rumania y Polonia, y aun de Asia central, como Uzbekistán, que otrora giraron en la órbita soviética. Sorprende que Putin no proteste por este cerco y se conforme con las seguridades de Donald Rumsfeld de que EE.UU. se propone atrapar terroristas y no rodear a Rusia de bases militares. En cierto sentido esto es cierto: el Pentágono está rodeando las reservas energéticas de Rusia, no a Rusia, y tal vez Moscú –agobiada por sus problemas de producción de petróleo– piensa, o algo más, en algún tipo de participación con Washington en la explotación de su propio oro negro. Por otra parte, pocos creen que EE.UU. desarmará sus bases militares en Djibouti, Mali y otros puntos del continente africano donde el petróleo está cerca. Y el Golfo de Guinea al oeste y Somalia al este siempre a la vista.
“No tratamos de construir un imperio. No somos imperialistas. Nunca lo fuimos. No sé por qué a alguien se le ocurre esa pregunta”, explotó Rumsfeld en una conferencia de prensa que otorgó al periodismo a fines de abril de 2003 en el comando central de las tropas norteamericanas en Qatar. Tres días después, el 1º de mayo, W. Bush aterrizaba en la cubierta del portaaviones “Abraham Lincoln”, declaraba el fin de la guerra en Irak y se ufanaba: “Históricamente, otras naciones han luchado en países extranjeros y se quedaron para ocuparlos y explotarlos. Los estadounidenses, después de batallar, no quieren otra cosa que volver a casa”. Las tropas, sin duda. Pero nadie en la Casa Blanca es tropa.
Hace más de medio siglo que el 8º ejército de EE.UU. ocupa en el centro de Seúl, una ciudad de 11 millones de habitantes, los viejos cuarteles de los colonialistas japoneses. El aspirante demócrata a la presidencia John F. Kerry se queja de que Bush quiera una reducción del número de efectivos allí estacionados: “¿Por qué retiraremos de manera unilateral 12.000 hombres de la península coreana precisamente cuando estamos negociando con Corea del Norte, un país que tiene verdaderamente armas nucleares? Es una señal equivocada en el momento equivocado”. Y es notable que el tema central del debate entre los dos candidatos sea el de cómo hacer mejor la guerra. Nada aprendieron de Herodoto, que escribió: “En tiempos de paz los hijos entierran a los padres; en tiempos de guerra, los padres entierran a los hijos”. Cabe reconocer que no hay constancia de que W. y Kerry lo hayan leído siquiera.

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Historias de aeropuerto

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 15-07-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Elena Lappin fue enviada en misión periodística a Los Angeles por el diario The Guardian en mayo pasado. La también escritora creyó que, como ciudadana británica, no necesitaría visa. Se equivocaba: pese a los acuerdos EE.UU./Reino Unido vigentes en la materia, tenía que haber solicitado una especial –la I– “para información”. Así que fue interrogada durante 4 horas, palpada minuciosamente, debió estampar sus impresiones digitales y, esposada y presa, pasó la noche en un centro de detención para infractores de las leyes de inmigración y aduanas ubicado a 32 kilómetros del aeropuerto. En el aeropuerto mismo estuvo detenida al día siguiente hasta su deportación a Londres: 26 horas humillantes en total (The International Herald Tribune, 13-7-04). Lappin no inauguraba la lista de 13 colegas extranjeros que corrieron idéntica suerte en el 2003 desde que el Departamento de Seguridad Interior, creado en marzo de ese año por la llamada Ley Patriótica, se hizo cargo de las cuestiones inmigratorias y de la vigilancia de fronteras. Las protestas de la Sociedad Estadounidense de Editores de Periódicos y de Periodistas sin Fronteras movieron recientemente a Robert Bonner, comisionado de Aduanas y Protección Fronteriza, a decidir que los periodistas extranjeros podían entrar sin la visa I una única vez, pero debían solicitarla con ocasión de cada nuevo ingreso a EE.UU. “Somos una sociedad abierta –se congratuló Bonner cuando anunció la medida– y queremos que la gente se sienta aquí bienvenida.”

George Fernandes, ex ministro de Defensa de la India, suele vestir una kurta, esa suerte de camisa larga y holgada tradicional. En visita oficial a EE.UU. en el 2000 y de tránsito a Brasil en el 2003 fue obligado a desnudarse. Es un hombre anciano y quién sabe si se sintió bienvenido (The Guardian, 12-7-04).

Laura Bush admira al novelista británico Ian McEwan, tanto que lo invitó a compartir una comida con el primer ministro Tony Blair cuando la primera dama estadounidense visitó Londres con su esposo poco antes de la invasión a Irak. Meses más tarde –relata Lappin–, McEwan viajó a EE.UU. vía Canadá para dar una charla en Seattle. Funcionarios de inmigración yanquis le negaron la entrada en el aeropuerto de Vancouver: argumentaron que el escritor cobraba honorarios demasiado altos por hablar (5 mil dólares). Diplomáticos, miembros del Congreso norteamericano, periodistas y abogados invirtieron 36 horas en gestiones para que McEwan pudiera finalmente entrar. Inició la conferencia prevista agradeciendo al Departamento de Seguridad Interior su celo en “proteger de novelistas británicos al público estadounidense”.

El prestigioso narrador Rohinton Mistry, nacido en la India y ciudadano canadiense, interrumpió una gira de conferencias por el país de Lincoln en el año 2002. Lo acompañaba su mujer y en cada aeropuerto eran detenidos e interrogados “hasta un punto en que la humillación resultó insoportable para ambos”, confió al The Globe and Mail de Toronto Alfred A. Knopf, el editor neoyorquino de Mistry. Como George Fernandes, Mistry no es responsable del color de su piel.

Charles C. Green explica en el Houston Chronicle del 2-7-04 que no se considera una persona peligrosa, que más bien se dedica a escribir. Hace unas semanas voló de Nueva Orléans a Dallas y en el aeropuerto lo atajó una mujer cuando iba a buscar su equipaje. Era una agente de seguridad, le dijo que un pasajero se había quejado de él, le preguntó qué había hecho durante el vuelo y le pidió ver el crucigrama del New York Times que Green, por primera vez en su vida, había completado. Lo ignoró y fijó la vista en una anotación manuscrita al margen de la hoja: “Yo sé que esto es una especie de bomba”, decía. “¿Y esto qué significa?”, preguntó ella. Green aclaró que estaba escribiendo una novela y que en el vuelo se le había ocurrido la frase que Bucky, el protagonista de 42 años, iba a decirle a su amada Julia, de 19, en una escena decisiva del relato. Para confirmarlo, abrió su laptop, fue mostrando a la agente fragmento tras fragmento de la novela en ciernes y ella se convenció de que la bomba no era de TNT precisamente. Los que no se convencieron fueron tres policías que presenciaban la escena. Sin mayores trámites, trasladaron a Green a una comisaría. El que le tomó declaración quiso que el detenido además resumiera la trama de la narración. Al parecer le gustó –aventura Green– porque lo dejaron en libertad “por esta vez”. Más tarde reflexionó: “Si me pudiera dar un consejo práctico a mí mismo y lo aceptara, me diría: ‘Olvídate de lo que leíste sobre EE.UU. en las clases de Historia, Charlie. Olvídate de todo ese asunto de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad... El entrenador del equipo de baseball de mi padre... piensa que debo subir ya a un (autobús) Greyhound. Debería escucharlo, es un veterano de Vietnam’”.

“La verdad es –concluye Elena Lappin– que en nombre de la lucha contra el terrorismo (la Ley Patriótica) ha convertido a una democracia libre, abierta, absolutamente atractiva, en algo parecido a una fortaleza insular del absurdo kafkiano. Tal vez Kafka fue muy sensato al escribir su novela America sin haberla visitado nunca. Tal vez hoy no le darían visa para entrar.”

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Cómo hablar de lo que no se puede

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 01-07-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

“Sería para mí un timbre de honor que se hubiera prohibido un libro mío en Sudáfrica.” Son palabras que el sudafricano J.M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura 2004, deslizó en una entrevista de 1990. “Nunca alcancé ese honor –agrega– y, para ser franco, tampoco lo he merecido.” Quién sabe. Las cinco novelas que publicó bajo el régimen de apartheid y su estricta censura no son precisamente inocuas. Esperando a los bárbaros, publicada en 1980, habla de un imperio instalado en una ignota geografía del futuro o del pasado, y bien puede entenderse como una sátira del Estado afrikaner. O como una lúcida reflexión moral sobre el experimento de diez mil años de civilización. La superposición de capas de sentido en las obras de Coetzee permite ambas lecturas y aun otras. Algunos de sus protagonistas de ficción parecen atrapados en un no lugar kafkiano y real a la vez. Son prisioneros de un tejido que enlaza su intimidad con un entorno preciso –Sudáfrica antes y después del fin del apartheid en 1994–, pero exploran mundos de la naturaleza humana que parecen conocidos. No lo son para el enorme talento literario de Coetzee.
Tal vez por ello sus textos atravesaron la malla de una censura que no dejó pasar los de otros autores. La Oficina de Control de Publicaciones (PCB por sus siglas en inglés) creada por el régimen se ocupaba de vigilar que libros y periódicos no criticaran o divulgaran los crímenes del apartheid, que los sudafricanos blancos de a pie no denunciaran a los sudafricanos blancos en el poder, y menos cuando iba en aumento la condena de la comunidad internacional al gobierno pretoriano de Pretoria. De manera que el ministro del Interior designaba a los censores y éstos se atenían a los seis incisos del artículo 47 (2) de una ley de 1974 para dictaminar si un libro podía circular en el país o era “indeseable”. Lo era si: a) incurría en “la indecencia o la obscenidad” u ofendía o dañaba a “la moral pública”; b) resultaba “blasfemo u ofensivo para las convicciones o sentimientos religiosos de cualquier sector de los habitantes de la República”; c) ridiculizaba o menospreciaba “a cualquier sector de los habitantes de la República”; d) dañaba “las relaciones entre sectores de los habitantes de la República”; e) perjudicaba “la seguridad del Estado, el bienestar general o la paz y el orden”; f) sacaba a luz cualquier elemento “indecente, ofensivo o dañino de cualquier procedimiento judicial”. Moral pública, religión, orden y seguridad, Estado, justicia, todo estaba excluido para la palabra cívica.
Los censores seleccionados pertenecían, claro, al pequeño grupo de la intelligentzia afrikaner con credenciales impecables para el establishment, y no sólo se guiaban por las abarcadoras normas del artículo 47 (2); también por sus convicciones y los consensos no escritos de una conciencia social dominante: el probable lector era sin duda blanco, conservador y racista. Pero una investigación de Peter D. McDonald, catedrático de la Universidad de Bristol que hurgó en los archivos y expedientes de la PCB, revela que en el caso de Coetzee los censores que le tocaron en suerte tenían una mente abierta y/o se rindieron ante su fuerza literaria. No sin objeciones.
La novela In the Heart of the Country (1977) pasó por la lupa de tres censores que cuestionaron la escena de la violación de la blanca Magda por el peón de campo negro Hendrik, otros tramos con sexo muy explícito y una mención a la indiferencia de Dios para con el sufrimiento humano que lesionaba el fundamento mismo de la ley en vigor, es decir, “el reconocimiento del compromiso permanente de la población de la República de Sudáfrica de vivir una existencia cristiana”. Había mucho de “indeseable” en el relato, pero los censores recomendaron calurosamente su publicación: el vigor del estilo atemperaba –dijeron– “los atisbos de literatura de protesta” que encontraban en una novela “extraordinariamente bien escrita”. Y sumaban un argumento tranquilizador: “Sólo la leerán intelectuales... y por su densidad no será accesible para cualquiera”. El dictamen aprobatorio de E.H. Holtz, la censora de Vida y época de Michael K, es notable: “Esta brillante novela aborda cuestiones políticas delicadas en Sudáfrica. Contiene referencias y comentarios despectivos de actitudes del Estado, también de la policía y de sus métodos”, pero propone no prohibirla con una afirmación no menos notable: “Los probables lectores de esta publicación... considerarán que es una obra de arte y juzgarán que, aunque la trágica vida de Michael K transcurre en Sudáfrica, su problema es hoy de carácter universal y no se limita a Sudáfrica”.
Las conclusiones de los censores se elevaban a un comité ad hoc nombrado y dirigido por algún subdirector de la PCB que las aprobaba o rechazaba. Este proceso se prolongó dos meses para The Heart of the Country y apenas dos semanas para Vida y época de Michael K, ya publicada en Inglaterra en 1983 y premiada con el muy prestigioso Booker Prize. Esto influyó sin duda en que la decisión de declararla “no indeseable” se tomara con rapidez. Lo contrario habría acentuado el descrédito internacional de Pretoria. En los seis años transcurridos entre una novela y otra, el Consejo de Seguridad y la Asamblea General de las Naciones Unidas intensificaron su exigencia de que el régimen pusiera fin al apartheid, se sumaban más países a su reclamo de redoblar el embargo de armas contra Sudáfrica y se robustecía una curiosa paradoja: en el extranjero se consideraba a Coetzee “el gran escritor sudafricano”, en su país los censores lo calificaban de “gran escritor universal”. Es las dos cosas.

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Que seis siglos no es nada

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 17-06-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

En mayo pasado, ocho devotos de Shakespeare debatieron, en el teatro de Washington que lleva su nombre, en torno a La vida del rey Enrique V del gran dramaturgo y poeta inglés (The Washington Post, 18-5-04). La obra fue probablemente escrita hacia 1598 y versa, como es notorio, sobre la invasión de Francia que el monarca británico ejecutó en el año 1415. Esto nada tendría de particular si no fuera porque W. Bush invadió Irak en el 2003. Los ocho panelistas no pudieron evitar analogías: el padre de Enrique V había sido rey, como el padre de Bush fue presidente; ambos, Harry y W., asumieron el poder dejando atrás una juventud de desvarío y francachela; los dos se creen en comunicación con Dios; ambos se rodean de consejeros que apoyan con entusiasmo sus respectivas invasiones, el mandatario estadounidense de neoconservadores –Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz et al–, el soberano del siglo XV del arzobispo de Canterbury, el obispo de Ely y otros “teoconservadores”, como los bautizara el periodista del New York Times David Brooks.
El debate se centró en un asunto de fondo: la invasión de Francia –por ende, la de Irak–, ¿fue una elección consciente o un producto de la necesidad? Las opiniones se dividieron. Hubo quien recordó el consejo que un agonizante Enrique IV da a su hijo, el futuro Enrique V (cuarto acto, escena V): “Harry mío, tu política ha de consistir en ocupar a los espíritus inquietos en contiendas extranjeras” para llevar a otros carriles el descontento interno. Otro subrayó que una guerra desatada por elección no puede ser moral. No faltó un entusiasta busheano para afirmar que la guerra de independencia de EE.UU. fue por elección. Alguien le respondió que no sabía que Irak colonizaba a EE.UU. y le cobraba pesados impuestos. Se tocó la cuestión del trato a los prisioneros de guerra, pero nadie mencionó que las leyes de la caballería prohibían torturarlos en la época de Enrique V, tal como las convenciones de Ginebra lo prohíben en la era W. Bush. Pero es verdad que los dos invadieron países extranjeros por elección consciente –para anexarse a Francia uno, para dominar el Medio Oriente y su petróleo el otro– y que se asemejan en voluntad belicista. Enrique V exclama en la escena III del tercer acto: “¿Qué me importa si la guerra impía, envuelta en llamas, como el príncipe de los diablos, ennegrecida por la pólvora, lleva a cabo todos los actos crueles de la ruina y la desolación?”. Bush se autobautiza “presidente de guerra” y si viera la obra –aunque no hay constancias de que frecuente el teatro– sin duda la aplaudiría con suma aprobación.
Los panelistas tampoco abordaron un tema de no poca importancia: la suerte que corren las tropas invasoras, para no hablar de las poblaciones invadidas. ¡Y que no esté ahora en una taberna de Londres! Daría toda la fama por un jarro de cerveza y mi seguridad”, dice un paje de Shakespeare a punto de entrar en combate (tercer acto, escena II). “Ya tuve suficiente, es hora de volver a casa”, reclama en carta a su familia Joe Cruz, 18 años, de la 2ª brigada de la 3ª división de infantería estadounidense estacionada en Faluja (“Information Clearing House”, 23-6-03). “No cuento con una vida de recambio”, se apena Nym en la misma escena de Enrique V. No contaban con ella los más de 800 militares estadounidenses que perdieron la vida en Irak. Y luego: al 16 de mayo de 2004, según el muy oficial Departamento de Veteranos, unos 22.000 efectivos que retornaron de Afganistán e Irak heridos y/o enfermos han solicitado la asistencia médica que les es debida. Deben esperar un promedio de 171 días hasta que se reconozca su situación y la reciban.
Las complicaciones del regreso no terminan ahí, Irak se prolonga en EE.UU., la readaptación a la vida civil es difícil para muchos. El soldado Jeremy Seely se suicidó con veneno en un cuarto de hotel; el sargento James K. Pitts ahogó a su mujer en la bañadera; la Miles Foundation de Connecticut, que registra la violencia doméstica y las violaciones en las familias de militares, informa que los casos se han octuplicado desde las invasiones: antes del 11/9 recibían un promedio de 75 denuncias por mes, ahora 150 por semana (“Veterans for Common Sense”, 6-1-04). Y convivir con los fantasmas es cosa seria. “No tuve problemas cuando hubo que disparar a gente que no estaba de uniforme, apreté el gatillo y ya... Si estaba allí, era el enemigo, de uniforme o no”, contó al Evening Standard de Londres el cabo Michael Richardson, también estacionado en las cercanías de Faluja. Pero: “De noche —confesó— uno piensa en todos los que mató. Eso nunca se va de la cabeza. No hay manera de olvidarlo”. Tal vez por esa razón, Corey Small, 20 años, llamó desde Irak a su familia, colgó y se pegó un tiro delante de la fila de soldados que esperaban usar el teléfono aún caliente de alguna despedida (Smh.com.au, 15-10-3).
Dice en Enrique V el soldado británico Michael Williams en vísperas del combate de Agincourt: “Si su causa no es buena, el rey mismo tendrá una terrible cuenta que rendir cuando estas piernas, estos brazos, estas cabezas, cercenados en la batalla, se reúnan el día del Juicio final y griten juntos: ‘Nosotros sucumbimos en tal lugar; unos, blasfemando; otros, llamando a un cirujano; otros, llorando por sus mujeres, que dejaron en la pobreza; éstos, lamentándose de las deudas por satisfacer; aquéllos, de sus hijos, abandonados sin socorro’”. Enrique V no pagó esa cuenta. Tal vez tenga que hacerlo George II.

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Sobre democracias ilegales

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 13-06-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

“El gobierno Bush debe explicar inmediatamente quién supervisó y aprobó un memorándum clasificado de alto nivel del Pentágono que pretende justificar el uso de la tortura.” Human Rights Watch formuló esta exigencia el pasado martes 8. Con razón. El día anterior aparecieron en The Wall Street Journal fragmentos del memo que, entre otras cosas, asegura que W. Bush, en su calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas, tiene facultades prácticamente ilimitadas para declarar la guerra y violar las disposiciones internas y los convenios internacionales contra la tortura de los que EE.UU. es Estado parte. La expresión “el presidente cree que está por encima de la ley” que suelen utilizar sus críticos ha adquirido realidad documental: fue jurídicamente fundamentada por expertos del Pentágono y del Departamento de Justicia.
Donald Rumsfeld estampó en el memorándum el sello “secreto” el 6 de marzo de 2003, en vísperas de la invasión a Irak, y la revelación de su existencia se produce cuando arrecian las acusaciones –y las evidencias– de que el Pentágono está tratando de encubrir la verdadera magnitud del uso de la tortura en los interrogatorios que sus efectivos infligen en Afganistán, Irak, Guantánamo y a saber dónde más. Rumsfeld ordenó el inicio de seis investigaciones sobre el trato propinado a los prisioneros iraquíes y afganos, pero ninguna está destinada a determinar la responsabilidad en la materia de los altos jefes militares y de la conducción civil del Departamento de Defensa. La teoría oficial es que los soldados fotografiados en la prisión de Abu Ghraib son un puñadito de “manzanas podridas”. El resto del cajón está sano.
El memorándum tiene más de 100 páginas, aborda una serie de aspectos jurídicos relacionados con los interrogatorios y define los grados “legales” de dolor físico y de manipulación psicológica aplicables a los prisioneros. Las páginas desclasificadas son las primeras 56 y se refieren a los presos afganos en Guantánamo que, por orden de W. Bush de fecha 13 de noviembre de 2001, no son considerados prisioneros de guerra y pueden ser torturados hasta la muerte. Un capítulo titulado “Consideraciones relativas a la política” inicia la parte no desclasificada. La fundamentación de tan extraordinario documento –antecedente de los métodos aplicados en Irak– es cosa vieja: “Como nada es más importante que ‘obtener inteligencia vital para la protección de incontables miles de ciudadanos norteamericanos’ –cita The Wall Street Journal–, las restricciones corrientes al uso de la tortura pueden no respetarse”. Las torturas entonces deben ser “severas” y “de un nivel de intensidad tan elevado que impidan al sujeto soportarlas”. Los autores del protoloco ilustran acerca de cómo se puede defender la impunidad de tales prácticas: se aducirá que son “necesarias” para evitar un ataque y/o se recurrirá al argumento de la “obediencia debida” que las víctimas de las dictaduras militares latinoamericanas bien conocen.
“A fin de acatar la facultad constitucional del presidente de lanzar una campaña militar... (la prohibición de la tortura) debe considerase inaplicable a los interrogatorios realizados de conformidad con su autoridad de comandante en jefe”, estableció el grupo de distinguidos abogados que, con el consejero general del Pentágono William J. Haynes al frente, redactó el documento luego de efectuar consultas con el Estado Mayor Conjunto de las fuerzas armadas, el Departamento de Justicia y casi todos los 16 servicios de espionaje del país. Según esos expertos, el Congreso no tiene competencia para intervenir cuando militares o funcionarios de EE.UU. se dedican a torturar. Y además: “En ocasiones, el bien superior de la sociedad requerirá que se viole la letra de las disposiciones del derecho penal”. Dicho de otra manera, la democracia no tiene por qué observar su propia legalidad. Puede violarla democráticamente.
Kenneth Roth, director ejecutivo de Human Rights Watch, recordó que se conocía el interés de la cumbre del Pentágono por emplear la tortura y evadir al mismo tiempo las consecuencias legales. Es una pretensión reiterativa de la Casa Blanca, que demanda siempre inmunidad para sus tropas cuando participan en ejercicios militares en otros países. “Si alguien pensara todavía –advirtió Roth– que los abusos cometidos en Abu Ghraib fueron imaginados por un grupito apenas de soldados y sargentos, este memorándum debería terminar con semejante mito.” El macartista procurador general de EE.UU. John Ashcroft, en uso de la cantilena oficial, declaró el martes 8 ante el Comité de Justicia del Senado que el gobierno Bush se oponía a la tortura, pero se negó a entregar el documento, que varios senadores solicitaron, y éstos le advirtieron que su actitud podría considerarse un desacato al Congreso. El vocero del Pentágono Lawrence Di Rita, por su parte, afirmó a la prensa que se trataba de un borrador y que los 24 métodos de interrogatorio aprobados por su jefe Donald Rumsfeld no eran en realidad torturas. Por ejemplo, el aislamiento de prisioneros durante un mes o más, los interrogatorios de 20 horas seguidas durante tres días seguidos, las amenazas de atacar con perros y otros tratos gentiles que las fotos tomadas en Abu Ghraib se encargaron de registrar.
Esas conductas violan los convenios de Ginebra de 1949, ratificados por EE.UU. en 1955, que prohíben toda forma de “coerción física o mental” de los prisioneros de guerra; los pactos internacionales de derechos civiles y políticos; la Carta de las Naciones Unidas; la convención de la ONU contra la tortura, también ratificada por Washington, que establece que “ninguna circunstancia excepcional, trátese del estado de guerra o de amenaza de guerra, de inestabilidad política interna o de cualquier otra emergencia pública, puede ser invocada para justificar la tortura”; disposiciones estadounidenses como la ley sobre crímenes de guerra de 1996, que considera punible la comisión de torturas, o el estatuto federal contra la tortura de 1994, que castiga al nacional o al habitante de EE.UU. que tortura o intenta hacerlo, o la garantía constitucional que prohíbe los tratos “crueles e inhabituales”. Claro que, como propone el memorándum de marras, ni el Congreso estadounidense ni la Constitución del país ni los convenios internacionales tienen entidad o latitud para lastimar un hecho indiscutible: el gobierno Bush está por encima de todas esas pequeñeces, puras pequeñeces, no más que pequeñeces.

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Curiosidades de un traspaso

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 26-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Las grandes palabras suelen ocultar pequeños hechos. El lunes 24-5, ante un auditorio de 400 jefes y oficiales que no lo aplaudió mucho, el presidente Bush presentó su plan de “traspaso de la soberanía” al pueblo iraquí el próximo 30 de junio. Las nuevas propuestas de W. son las viejas: seguirán en Iraq los 138.000 efectivos estadounidenses –tal vez lleguen a ser más– sin fecha de retirada a la vista. Las nuevas fuerzas de seguridad locales, a crearse, serán en última instancia controladas por el mando militar de EE.UU. sobre el terreno. Esa “soberanía” entraña además la presencia por tiempo indefinido de asesores norteamericanos en los ministerios clave (véase Página/12, 23-5-04). El plan acrecentó el escepticismo de los iraquíes, un 90 por ciento de los cuales considera que los invasores son “fuerzas de ocupación”, no “libertadores”, según la última encuesta conocida (Chicago Tribune, 23-5-04). Se quejan incluso miembros de la Autoridad Provisional de Coalición (APC), todos designados por Washington.
Ali Allawi, actual ministro de Defensa de la APC, insiste en que las tropas extranjeras deben ser reemplazadas por fuerzas de seguridad iraquíes a más tardar en un año. El presidente de turno de la APC, Ghazi al Yawar, quiere que las autoridades locales “tengan el derecho a pedir la retirada de esas tropas”. La nueva “soberanía” de Iraq no contempla semejante pretensión. Al Yawar también quiere que los iraquíes controlen los ingresos que asegura la exportación de petróleo. En teoría, el nuevo gobierno interino debería administrar el Fondo de Desarrollo para Iraq, cuyos dineros provienen de un porcentaje de esas ventas. Quién sabe. Washington se opone.
Una delegación encabezada por Hamid al Bayati, viceministro de Relaciones de Exteriores de la APC, intentó recientemente en Nueva York que las Naciones Unidas presionaran a las autoridades ocupantes a fin de que se devolviera a Bagdad el dominio y el manejo de las entradas que producen sus propios hidrocarburos. Sin suerte: ni siquiera fueron recibidos por los funcionarios competentes de la ONU. Desde la ocupación del país hace 14 meses, EE.UU. ha impuesto un silencio de plomo sobre los tratos, las exportaciones y el uso de los fondos que éstas devengan. Hay motivos: Muzhir al Dulaymi, vocero de la Liga de defensa de los derechos del pueblo iraquí, declaró el lunes 24-5 “que se roba diariamente a Iraq”. Aseguró que, según fuentes de primera mano, los datos del movimiento portuario de al Bakr, en el sur iraquí, y del puerto turco de Jihan, confirman que “tres millones de barriles de petróleo salen de Iraq cada día”. Los funcionarios del Ministerio del Petróleo iraquí tienen prohibido hablar del tema. Sin mencionar, agregó al Dulaymi, “el hecho de que existen muchos contratos secretos que ni siquiera se notifican a ese ministerio”. Aun antes de la invasión, Washington contaba –y los “halcones-gallina” lo decían– con que la producción petrolífera iraquí iba a solventar los gastos de la guerra en un par de años.
El plan para Iraq formulado por W. Bush –que ahora sí pide el apoyo y la ayuda de la ONU– no toca puntos esenciales y nada cambia de la estrategia que hasta ahora aplica. O de la falta aparente de estrategia. El muy respetado general (R) de cuatro estrellas Anthony Zinni lo acaba de señalar sin tapujos: “Ha habido poco pensamiento estratégico (en el gobierno), la planificación operativa y su ejecución sobre el terreno han sido pobres” (CBS News, 21-5-04). Dijo más: el curso actual de la ocupación de Iraq “es un fracaso”, culpó de ello “directamente a la conducción civil del Pentágono” –es decir, Donald Rumsfeld– y afirmó que la ideología de los neoconservadores los llevó a secuestrar la política estadounidense en el país invadido. No es el único militar de alto rango que piensa de ese modo. El general de marines (R) Joseph P. Hoar, ex comandante de las tropas norteamericanas en Medio Oriente, manifestó ante el Comité de Relaciones del Senado: “Creo absolutamente que estamos al borde del fracaso. Nos hallamos frente al abismo” (Los Angeles Times,23-5-04). El general Charles Swannack Jr., comandante de la 82ª división aerotransportada del ejército que volvió de Iraq en abril, ya había señalado a los medios que “estamos ganando tácticamente” pero “estamos perdiendo estratégicamente”.
Las críticas también proceden del establishment republicano, de conservadores tradicionales como Pat Roberts, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado: “Necesitamos –objetó– frenar los instintos mesiánicos en aumento en EE.UU., esa especie de ingeniería social mundial, a la que EE.UU. se siente obligado y con derecho propio, que consiste en promover la democracia, a la fuerza si es preciso”. Para los neoconservadores no se trata de fomentar o imponer la democracia.
Thomas Donnelly, el segundo del muy halcón Instituto Empresarial Estadounidense, acaba de reiterar en una conferencia que “la meta estratégica central para EE.UU. es establecer un nuevo orden en el Gran Medio Oriente”. Esa, sí, es la verdadera estrategia de la Casa Blanca y no ha variado desde la asunción de W. Bush. La única iniciativa nueva que anunció en su discurso del lunes pasado fue la construcción de “una prisión moderna de máxima seguridad” a la que serán trasladados los prisioneros de la siniestra cárcel de Abu Ghraib. Algo es algo.

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De patas cortas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 23-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Es cierto que George W. Bush no es Esquilo, que Donald Rumsfeld no es Sófocles y que Paul Wolfowitz no es Eurípides. Pero al menos podrían intentar la confección de mitos que duraran más de un año. Una encuesta reciente de Gallup demuele por completo ciertas ficciones fabulosas que los “halcones-gallina” de Washington no se cansan de repetir. Un ejemplo: los ataques a las tropas ocupantes de Irak son obra de grupúsculos de baasistas con nostalgia y de otros terroristas, y la mayoría silenciosa iraquí los repudia. La encuesta indica que un 22 por ciento de los iraquíes interrogados apoya parcialmente las acciones de la resistencia y un 29 por ciento las aprueba plenamente. Otro ejemplo: Bush hijo insiste, a falta de armas de destrucción masiva, en que el objetivo de la invasión era llevar la democracia a Irak y que sus tropas no ocuparon el país, lo liberaron. Es una afirmación que los iraquíes no comparten: el 81 por ciento no está de acuerdo con lo último; en las regiones sunnitas y chiítas, la proporción es de 90 y 93 respectivamente.
¿Qué ocurre con la aseveración de la Casa Blanca de que los iraquíes prefieren que el invasor permanezca un largo período con ellos? El 57 por ciento se pronunció por su retirara “inmediata”; un 61 en las zonas chiítas y el 65 en las zonas sunnitas. En Bagdad un abrumador 75 por ciento pidió que los ocupantes se vayan ya. En octubre pasado, el 80 por ciento quería que se quedaran. Y una encuesta que la semana próxima dará a conocer el Centro de Investigaciones y Estudios Estratégicos iraquí –un organismo confiable para la Autoridad Provisional de Coalición (APC), que rinde cuentas al Pentágono– revela que la posición del chiíta Muqtada al Sadr, quien sigue combatiendo contra los efectivos yanquis en las ciudades santas de Najaf y Karbala, gana consenso: un 32 por ciento de los interrogados manifestó que apoya totalmente al joven clérigo y otro 36 también, aunque con restricciones. Estas dos encuestas se llevaron a cabo antes de que se difundieran las fotos de Abu
Ghraib y sus resultados evidencian que la mayoría silenciosa iraquí ve a los ocupantes como lo que son, ocupantes, y demanda su partida. La credibilidad de EE.UU. ha caído en picada ante los ojos iraquíes. Y del mundo.
Hace unos días, el presidente Bush analizó con su gabinete y con el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, los planes preparados para que el 30 de junio próximo se realice “el pleno traspaso de la soberanía” –así dijo W.– de Irak a otro gobierno interino iraquí que convocaría a elecciones generales el año que viene (Reuters, 19-5-04). Ese proclamado “traspaso de soberanía” no llega a la condición de mito, se queda apenas en mentira. El Financial Times del lunes 17 puntualiza en qué consistirá: el virrey Paul Bremer y su entorno “están creando con sigilo instituciones que darán a EE.UU. poderosas palancas para influir en casi todas las decisiones importantes que el gobierno interino adoptará”.
En primer término, las tropas. Nadie sabe cuándo se retirarán los ocupantes; en Washington se habla de aumentar su número y algunos predicen que permanecerán en Irak varios años todavía. El nuevo gobierno interino iraquí no controlará sus propias fuerzas armadas y de seguridad cuando finalmente existan. En marzo, Bremer emitió un edicto que concede al Ministerio de Defensa iraquí la facultad de dirigirlas, pero una cláusula “de emergencia” establece en un solo párrafo que “el control operativo” de todos los efectivos iraquíes será de los comandantes norteamericanos en el terreno. Las autoridades interinas no podrán ordenar que esas fuerzas entren en combate, una facultad otorgada en exclusiva a los mandos de la coalición. De manera que el ministro de Defensa iraquí se limitará al “control administrativo” de sus propios militares.
Bremer y la APC nombrada a dedo por los invasores comenzaron a construir el poder norteamericano detrás del trono a principios de abril. Merced a edictos sucesivos de la APC, se crearon comisiones que absorberán casi todas las funciones de los ministerios importantes. Estos, además, estarán sometidos a la vigilancia de dos organismos de supervisión. Los miembros de estas nuevas entidades son, desde luego, estadounidenses e iraquíes amigos. Lo notable es que su mandato durará cinco años, es decir, la mano de Washington seguirá presente un largo período cuando el gobierno interino desaparezca y lo sustituyan autoridades elegidas en las urnas. La verdad cruda es que EE.UU. ha previsto mantener su aparato colonial en el Irak “soberano”, detrás de unas fachadas iraquíes vacías.
Seguirá existiendo –por ejemplo– un Ministerio de Comunicaciones iraquí, pero la autoridad encargada de otorgar licencias de funcionamiento a canales de televisión, regular la telefonía celular, censurar y clausurar periódicos y aun incautar equipos de los medios es una comisión creada por Bremer con personal designado por Washington, con un mandato también de cinco años. El actual ministro de Comunicaciones iraquí y miembro de la APC, Haider al Abadi, se enteró por la prensa de que su ministerio sólo se ocupará de cuestiones menores. Dijo: “Si se trata de un gobierno iraquí soberano que no puede cambiar las leyes ni tomar decisiones, no hemos ganado nada”. Y sí, de eso se trata.

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Tratos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 13-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Bin Laden siempre oportuno. Cada vez que W. Bush se encuentra en apuros graves, el ex agente de la CIA reaparece. Ocurrió en noviembre del 2002, cuando EE.UU. procuraba el apoyo de naciones europeas decisivas y aun de la ONU para invadir a Irak. Por el canal de TV Al Jazeera se escuchó entonces una grabación en que la voz del terrorista millonario, después de un año de silencio, anunciaba próximos y terribles atentados en Gran Bretaña, Francia, Canadá, Alemania, Italia y Australia. Esto permitió a la Casa Blanca acentuar las exhortaciones dirigidas a esos y otros países para que se unieran a su empresa. Un grupo de Al Qaida difunde ahora un video que muestra la decapitación del empresario norteamericano Nick Berg a manos de Abu Musab al Zarqawi, el segundo de Bin Laden, cuando el escándalo de las torturas, los tratos crueles y las humillaciones sexuales propinados a los iraquíes presos en Abu Ghraib sube de temperatura. La cabeza decapitada de Nick Berg frente a la cámara es un espectáculo horrible. Quién sabe si logrará aplacar la indignación mundial que provocaron las fotos tomadas en la prisión iraquí. La Unicef expresó alarma por las versiones de que incluso niños fueron violados –y fotografiados– por policías militares, mercenarios y oficiales de inteligencia de EE.UU.
El general de origen filipino Antonio Taguba es autor de un informe de 6000 páginas sobre las actividades de la 800ª Brigada de Policía Militar en Abu Ghraib, cuyo resumen trascendió a los medios. En su comparecencia del martes 11-5 ante el Senado, el general insistió en que la investigación que le fue ordenada se limitaba principalmente a los operativos de detención de iraquíes y no a los métodos que se aplican en esa prisión con el fin de quebrar a los prisioneros antes de interrogarlos. El general Taguba, de quien se esperaban declaraciones sensacionales, poco agregó a lo que se sabía ya, defendió las afirmaciones del gobierno Bush –los culpables son unos pocos– y no encontró que la inteligencia militar les hubiera ordenado torturar. Quien puso sal a la audiencia fue su inopinado acompañante civil, Stephan Cambone, subsecretario de inteligencia del Pentágono y hombre de completa confianza de su jefe, Donald Rumsfeld. Tanto es así que ejerce la facultad de convocar reuniones bisemanales de supervisión a las que asisten los altos jefes militares que encabezan los organismos de seguridad nacional, de inteligencia de Defensa y de inteligencia geoespacial, quienes en teoría deberían informar directamente a Rumsfeld y al director de la CIA, George Tenet, no a Cambone.
Ante las preguntas implacables del presidente del comité senatorial de fuerzas armadas, el demócrata Carl Levin, Cambone reconoció que existe una lista de “técnicas de interrogatorio aprobadas” que maneja el alto mando de las tropas estadounidenses en Irak. Levin inquirió si forma parte de la doctrina de las fuerzas armadas coaccionar a prisioneros de guerra. “¿Conoce usted esas 50 técnicas?”, demandó el senador. Cambone: “Existen, como dije en mi declaración inicial, en la doctrina de las fuerzas armadas, sí, señor”. Levin: “¿Son 50 esas técnicas?”. Cambone: “No sé si son 50, señor, Pero hay una...”. Levin: “¿Pero incluye actos de coacción?”. Cambone: “Creo que sí...”. El senador leyó entonces en voz alta un anexo –todavía no público– del informe del general Tabuga que contiene una orden presumiblemente del general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas yanquis ocupantes: prescribe que el oficial a cargo de los interrogatorios de prisioneros debe solicitar la aprobación del general al mando para usar métodos como la privación del sueño, el aislamiento por más de 30 días y los perros. Levin: “¿Sabía usted que esas técnicas de interrogatorio se aplican en Irak?”. Cambone: “No, señor. Esa lista (de técnicas), tanto en sus detalles como en las excepciones previstas, es aprobada a nivel de comando en el teatro (de operaciones)”. El 19 de octubre de 2003 –reveló el periodista Mark Rothschild–, el general Sánchez firmó la orden que aprueba el uso de perros y de otros “métodos de ablande”.
La pirámide de responsables de las torturas en Abu Ghraib y demás prisiones estadounidenses en Irak, Afganistán, etc., no se detiene ahí. Interrogado por el senador Ted Kennedy, Cambone admitió que su jefe, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld en persona, se atiene a su propia lista de “técnicas de interrogatorio aprobadas”: establece, eso sí, que cuando los oficiales de inteligencia en Guantánamo quieren aplicar métodos más duros que los ya duros permitidos, deben pedir permiso al secretario de Defensa mismo. La Cruz Roja Internacional proporcionó a W. Bush y a Tony Blair un informe confidencial sobre la situación de los prisioneros en Irak en que se dice que los oficiales de inteligencia militar que actúan sobre el terreno sostienen que “del 70 al 90 por ciento de los detenidos iraquíes fueron ‘arrestados por error’” (The Financial Times, 10-5-04). Qué más da. Para la Casa Blanca, buena parte de la clase política y de la opinión pública norteamericanas, y desde luego para los altos mandos militares, todos o casi todos los iraquíes son terroristas, seres inferiores y merecen el trato que del invasor reciben.

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Morir bien pago

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 02-05-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

El número de bajas norteamericanas en Irak –134 muertos en abril, un 22 por ciento más de los 109 que cayeron durante toda la invasión– aleja la atención de los medios de las que vienen padeciendo las tropas británicas. Sus bajas mortales no llegan a 100, pero el Ministerio de Defensa del Reino Unido acaba de revelar que los heridos repatriados desde la invasión son exactamente 2228. El estado de muchos es grave y la cifra no es pequeña comparada con el total de 12.000 hombres que Londres puso a disposición de Washington. Según The Scotsman (24-4-04), los efectivos británicos enfrentan ataques insurgentes todos los días y caen heridos unos 50 por mes.
No terminan ahí los sinsabores de las tropas del aliado más aliado de la Casa Blanca. Sus mandos resisten presiones del gobierno Blair para que se desplieguen en Bagdad y otras zonas peligrosas del país ocupado. Washington exige que Londres reemplace a los 1300 militares de la brigada Plus Ultra que España evacuó. El próximo nombramiento del muy británico general John McColl como subcomandante en jefe de las fuerzas de la coalición requiere para el Pentágono un gesto de reciprocidad: más combatientes del Reino Unido en Irak y una presencia mayor en Bagdad. Esto último facilitaría que EE.UU. pudiera proclamar que, ahora sí, la ocupación es verdaderamente multinacional.
El oleaje de la resistencia ha creado otros disgustos a los mílites de las islas: las agencias de seguridad privadas que operan en Irak tientan a sus oficiales con altísimos ingresos –hasta mil dólares diarios– si dejan las filas y se incorporan al ejército de 20 mil mercenarios que constituye la segunda fuerza armada en el país, después de la estadounidense, y que se ocupa de resguardar a unos 15 mil ejecutivos y empleados civiles que trabajan para las grandes corporaciones encargadas de reconstruir Irak en beneficio propio, claro. El Ministerio de Defensa británico ha dirigido a las seis firmas del ramo manejadas por compatriotas un memorando oficioso solicitándoles que dejen de reclutar a sus militares más fogueados (The Scotland on Sunday, 25-4-04). El número de oficiales, algunos de alto rango, que han pedido la baja voluntaria anticipada ganó densidad desde el derrocamiento de Hussein. Unos 350 lo han hecho en los últimos seis meses y el ejército británico no se puede dar el lujo de perder tantos hombres bien entrenados en lapso tan corto.
Quién sabe si esas agencias atenderán el llamado. Aumentan las muertes de efectivos de la coalición, de políticos y policías iraquíes, no cesan los secuestros de civiles extranjeros, y la necesidad de guardias de corps crece al mismo ritmo. Empresas gigantes como Siemens AG, Bechtel y General Electric suspendieron la ejecución de diversos contratos por la inseguridad que impera y que las obliga a destinar del 15 al 25 por ciento de su presupuesto a gastos de seguridad (AP, 25-4-04). La organicidad de la resistencia demanda cada vez más mercenarios calificados. Paul Brown, director de AKE –una agencia de seguridad con sede en Hereford–, señaló al periódico escocés que los hombres bajo bandera son hoy la mejor fuente de recursos para esta clase de negocio.
Las agencias recurrían al principio a la llamada mano de obra desocupada, es decir, ex represores de dictaduras varias –la pinochetista, entre otras– que en general se quedaron sin carne de cañón cuando llegaron los gobiernos civiles. Lo de Irak les parecía un trabajito fácil y bien remunerado hasta que aparecieron del otro lado iraquíes con armas y rabia en vez de víctimas inermes a las que se podía secuestrar, torturar y asesinar con total impunidad. Una cosa es ejercer bajo el ala del terrorismo de Estado y muy otra caer en una emboscada insurgente, exponerse a las balas de un francotirador, ser despedazado por una bomba casera que estalla en el camino y/o enfrentarse a tiros con el enemigo. Los viejos represores, salvo excepciones, carecen de entrenamiento para eso.
A mediados de abril fue abatido en Irak Gray Branfield, uno de los más feroces violadores de los derechos humanos en la Sudáfrica del apartheid. Miembro destacado de los escuadrones de la muerte agrupados bajo el tierno nombre de Dirección de Cooperación Civil, Branfield contaba entre sus hazañas la participación en el asesinato de 14 exiliados sudafricanos, un niño incluido, que dormían en una casa de la vecina Bostwana. La ONU estima que Sudáfrica proporciona, después de EE.UU. y Gran Bretaña, el número mayor de mercenarios alquilados en Irak: serían al menos 1500 (The Australian, 27-4-04).
Se comprende que las agencias de seguridad prefieran a ex militares o militares en actividad, en vez de mano de obra desocupada, a fin de elevar el nivel de seguridad en las presentes circunstancias. Se comprende también que oficiales británicos abandonen su carrera y emprendan otra que les permite embolsar en dos semanas el estipendio de un año entero en el ejército. Están peleando una guerra ajena y, morir por morir, mejor morir bien pago.

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Se están juntando

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 11-04-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Iraq está hoy peor que bajo Hussein, declaró Hans Blix –ex jefe de la misión de inspectores de la ONU que buscó y no encontró armas de destrucción masiva en el país– al diario danés Jyllans Posten (6-4-04). Y –con perdón– bastante más peor desde el sábado 3 de abril, día en que las milicias chiítas de Muqtad al-Sadr pasaron de las manifestaciones callejeras de protesta a los ataques frontales contra las tropas de ocupación. Continuaron a lo largo de la semana última: el jueves 8 los sadristas todavía controlaban por completo las ciudades de Kut y Kufa, parcialmente Najaf y seguían combatiendo en varias otras del sur y aun en Ciudad Sadr, el barrio más pobre de Bagdad. Los sunnitas, por su parte, respondían al fuego norteamericano que los sitiaba en Faluja. Esta guerra, por lo visto, ha entrado en una nueva etapa.
En el plano militar, la estrategia de recuperación de territorio que aplican los madhíes –siempre vestidos de negro– que responden a al-Sadr entraña un cambio cualitativo en relación con las emboscadas de la resistencia sunnita y los atentados suicidas de Al Qaida y de otros terroristas, en su mayoría extranjeros. El joven clérigo chiíta parece empeñado en una verdadera guerra contra los ocupantes, bien diferente de la que libró el desvaído ejército de Hussein cuando se produjo hace exactamente un año la invasión. En el plano político, las torpezas del procónsul norteamericano Paul Bremer –cierre injustificado de un diario sadrista, detención de un alto jerarca madhí– están logrando lo que muchas décadas de enfrentamientos tribales y religiosos impidieron hasta ahora: sunnitas y chiítas están uniendo fuerzas bajo la bandera compartida del Islam para echar al invasor. El martes 6, los sunnitas del barrio Adhamiya de Bagdad se sumaron a seguidores de al-Sadr en un ataque con lanzagranadas y ametralladoras contra tanques estadounidenses (The Washington Post, 7-4-04). El teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas ocupantes, admitió el jueves 8 que al parecer hay vínculos “a nivel de base” entre ambas fracciones insurgentes.
El alzamiento de al-Sadr tiene consecuencias también dentro de la mayoría chiíta –60 a 65 por ciento de la población iraquí– que Saddam Hussein oprimió sin piedad. Socava la posición dominante, más moderada, del líder espiritual de los chiítas, el gran ayatola Ali Sistani, que negocia con EE.UU. una transición más democrática, y analistas con larga experiencia en cuestiones iraquíes estiman que una buena mitad de los chiítas simpatiza ahora con al-Sadr. En esto se equivocaron nuevamente las autoridades de ocupación, que confiaban en las notorias diferencias que enfrentaban a los dos dirigentes religiosos. Insisten en su error cuando aseveran que los insurgentes iraquíes son “una banda de forajidos” sin apoyo popular. No han de aislarlos, ciertamente, los tres misilazos de un helicóptero estadounidense que el miércoles 7 provocó la muerte de 40 iraquíes que se aprestaban a rezar en la mezquita Abdul Aziz al-Samarrani de Faluja (The Guardian, 7-4-04).
Las tropas norteamericanas han vuelto a utilizar artillería pesada y a lanzar asaltos en gran escala a los que tal vez pensaban no verse obligados a recurrir ya. A mediados de la semana que pasó el número de bajas de ambas partes alcanzó niveles inusuales desde que Bush hijo declaró el 1° de mayo del 2003 oficialmente terminada la guerra con Iraq: 36 efectivos norteamericanos y al menos 459 iraquíes, en su mayoría civiles, muertos en cuatro días. Heridos, incontables. Entre ellos, el prestigio de W.: una encuesta que el Pew Research Center for the People & the Press llevó a cabo antes del actual agravamiento de la situación iraquí y que la agencia AP dio a conocer el lunes 5, reveló que el 53 por ciento de los interrogados desaprueba el desempeño del gobierno en el país invadido; el 40 lo aprueba, pero a mediados de enero de este año esa proporción se elevaba al 60 por ciento. Si bien el 57 estuvo de acuerdo con la decisión de atacar a Iraq, el porcentaje de quienes opinan que las tropas yanquis deben permanecer hasta que se instale allí un gobierno estable descendió del 65 por ciento a mediados de enero al 50 hoy, y el 44 sostiene que hay que retirarlas sin dilación. La popularidad de Bush toca su punto más bajo en esta encuesta: 43 por ciento, luego de registrar el 56 a mediados de enero, 70 en el 2002 y casi el 90 inmediatamente después de los atentados del 11/9.
El Pentágono se propone golpear a la resistencia iraquí hasta terminar con ella y así consigue que ésta aumente con organicidad mayor. La Casa Blanca enfrente el dilema de toda potencia colonial cuando la población rechaza su dominio. La represión militar no acaba con el nacionalismo anticolonialista, que en el caso de Iraq –como suele ocurrir– tiene fuertes componentes culturales y religiosos. La historia es testigo de que las potencias coloniales llegaron siempre a un punto en que los costos de quedarse eran muy superiores a los de retirarse. El general De Gaulle lo comprendió cuando sacó a Francia de Argelia. Quién sabe si los “halcones gallina” de Washington entienden que EE.UU. está pisando ese umbral.

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Audacias

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 19-02-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Se está jugando con fuego en el planeta y, lo que es peor, con fuego nuclear. Los trascendidos del 2003 acerca de la transferencia de tecnología nuclear de Pakistán a Corea del Norte, Irán, Libia, y las “confesiones” del Dr. Abdul Qadeer Khan –considerado el padre de la bomba atómica paquistaní– sacaron a luz la existencia de un mortífero mercado negro también en este rubro. Khan y los equipos de sus laboratorios entregaron materiales y equipos nucleares a terceros países por intermedio de una vasta red mundial, tal vez la más compleja y articulada que se conozca, que supo burlar los controles nacionales e internacionales. La red extendía sus actividades por varios continentes: una fábrica de centrifugadoras para obtener uranio enriquecido en Malasia, agentes en Alemania, Sri Lanka y los Países Bajos, jugosas reuniones en Turquía y Marruecos, embarques de maquinaria desde Dubai. Se movía sin trabas, desde luego, gracias al ejercicio de una robusta corrupción.
El dictador de Pakistán, general Pervez Musharraf, aceptó las explicaciones de Khan: ese tráfico era obra de “científicos individuales” movidos por “el ansia de dinero”. W. Bush también compró tales explicaciones: Musharraf, instalado en el poder tras el sangriento golpe de Estado de 1999, es un aliado principal en la lucha contra Al-Qaida. Pero quién puede darles crédito. La planta paquistaní de enriquecimiento de uranio de Kahuta se encuentra bajo estricto control militar, sus trabajadores padecen una vigilancia rigurosa y ni siquiera los ex primeros ministros del país Benazir Bhutto y Nawaz Sharif pudieron, cuando lo eran, visitar las instalaciones. Esta red nuclear subterránea no funcionaba sin el conocimiento y el consentimiento de Musharraf, quien –hecho notorio– se enriqueció a medida que aumentaba la producción local de uranio enriquecido.
En el discurso que pronunciara el 12-2-04 en la Universidad de la Defensa Nacional, el presidente Bush manifestó alarma ante la proliferación de armas nucleares, advirtió que EE.UU. no permitirá que gobiernos hostiles lo amenacen con ellas y prometió capturar a todos los involucrados en el mercado atómico clandestino. Esta denuncia de lo que podría llamarse proliferación horizontal esconde una profunda hipocresía. Bush hijo no habló de la proliferación vertical que la Casa Blanca practica, es decir, el proyecto denominado “Revisión de la postura nuclear” que propone una serie de programas de vasto alcance para renovar el arsenal nuclear norteamericano (véase Página/12, 12-6-03). Tampoco mencionó su retirada del tratado de limitación de los sistemas de misiles antibalísticos –la “Revisión” lo viola de manera manifiesta– aduciendo que era “una reliquia de la guerra fría”. Y menos explicó por qué sabotea la entrada en vigor del Tratado de prohibición completa de los ensayos nucleares (CTBT por sus siglas en inglés) de las Naciones Unidas, al que adhirió pero no ratificó. Y mucho menos por qué hace la vista gorda ante el armamento nuclear de Israel, la India, Pakistán, pero invade Iraq, donde no lo encuentra.
El CTBT cuenta con la adhesión de 169 países y la ratificación –el paso segundo y definitivo– de 105 Estados. Su artículo XIV establece que es necesario que lo ratifiquen los 44 países del mundo con capacidad nuclear, no en todos los casos bélica, y 12 no lo han hecho, entre ellos Corea del Norte, la India, Israel, EE.UU. En la Conferencia convocada por la ONU para facilitar la entrada en vigor del Tratado, que tuvo lugar en Viena del 3 al 5 de septiembre del año que pasó, imperaba en las sesiones públicas un silencio diplomático sobre la postura de la Casa Blanca, pero “hubo mucha discusión en los corredores acerca de cómo frustrar la aparente voluntad del gobierno Bush de liquidar el CTBT y de llevar a cabo nuevos ensayos nucleares”, informa la revista especializada Disarmament Diplomacy (N° 73, octubre-noviembre de 2003). “Un solo ensayo más –agrega la publicación–, realizado por razones miopes de políticos ideologizados y atados a ambiciones nucleares pasadas de moda, puede desbaratar este tratado y, con él, años de esfuerzos destinados a frenar la proliferación nuclear.”
El general (R) George Lee Butler señaló no hace mucho: “¿Con qué autoridad las sucesivas generaciones de dirigentes de los Estados con armas nucleares usurpan el poder de determinar la suerte de la continuidad de la vida en nuestro planeta? Y más importante aún, ¿por qué persiste esa audacia inaudita cuando deberíamos temblar ante nuestra locura y unirnos en el compromiso de abolir su manifestación más letal?”. El general Butler sabe de qué habla: de 1992 a 1994 fue jefe del Comando Estratégico de EE.UU. y tenía bajo su mando a todas las fuerzas nucleares aéreas, terrestres y navales del país.

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Y Afganistán tampoco

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 15-02-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

El 29 de enero del 2002, en su discurso sobre el estado de la Unión, W. Bush envió al mundo una de las requisitorias más contundentes de su guerra contra el terrorismo. Los talibanes acababan de ser desalojados del poder y el mandatario yanqui explicaba así las razones de la agresión militar contra Kabul: “Nuestra causa es justa y se prolonga. Nuestros descubrimientos en Afganistán confirmaron nuestras peores aprensiones y nos mostraron el verdadero alcance de la tarea que tenemos por delante. Hemos visto la profundidad del odio de nuestros enemigos (afganos) en videos en que aparecen riéndose de la pérdida de vidas inocentes. Y la profundidad de su odio es equiparable a la locura de la destrucción que planean. Hemos encontrado diagramas de plantas estadounidenses de energía nuclear y de sistemas de agua para el consumo público, instrucciones detalladas sobre cómo producir armas químicas, mapas de ciudades estadounidenses y descripciones precisas de objetivos en EE.UU. y en todo el mundo”. Es decir, un plan pormenorizado de ataques terroristas contra centros vitales del planeta. Quién sabe.
A comienzos de este febrero Edward McGaffigan Jr., miembro destacado de la Comisión Reguladora Nuclear de Estados Unidos, declaró que no tenía conocimiento de que se hubieran encontrado diagramas de plantas nucleares norteamericanas en Afganistán (The Boston Globe, 10-2-04). La mencionada Comisión (NRC por sus siglas en inglés) es un organismo independiente establecido por la Ley de reorganización energética de 1974 y se encarga de regular el uso civil de materiales nucleares. McGaffigan, quien fuera designado por Clinton como uno de los cinco miembros que dirigen la NRC, había ya afirmado lo mismo en una sesión a puertas cerradas del Congreso unos meses después del anuncio abracadabrante de Bush hijo. Los expertos indican que, de ser cierto el hallazgo de tales diagramas, la NRC habría tenido que jugar un papel fundamental en la salvaguardia de las plantas nucleares presuntamente amenazadas. El politólogo James P. Riccio recordó que el gobierno estadounidense tenía la obligación de alertar a la Comisión para que contribuyera a tomar medidas de seguridad, al menos en la esfera civil, contra los planes terroristas. Eso no ocurrió.
En otra sesión del Congreso, esta vez pública, que tuvo lugar en junio del 2002, un senador trajo a colación los diagramas que, según Bush hijo, se habrían encontrado en Afganistán. McGaffigan, siempre testimoniante, sugirió que “quienes escriben los discursos del presidente se exaltaron un poco con el tema”. ¿La exaltación fue de los speech writers de la Casa Blanca o del jefe de la Casa Blanca, que es el que baja línea? Lo cierto es que W. no encontró en Iraq las armas de destrucción masiva (ADM) que “justificaron” la invasión y tampoco en Afganistán los diagramas de planes terroristas fatídicos que preparaban los talibanes y Al-Qaida. Qué triste.
Nada de esto impide que “el presidente de la guerra” –como se autodefinió– vuelva a exigir que la comunidad internacional se empeñe en una lucha más dura para impedir la proliferación de ADM, algo que, desde luego, Washington no aplica a Israel, ni a Pakistán, ni a Estados Unidos. Todo vale para distraer la atención del fracaso de encontrarlas en Iraq. En su discurso del 11-2-04 W. Bush subrayó en particular el peligro que representan las armas nucleares de Corea del Norte, elogió a la CIA porque descubrió la intención nuclear de Libia y criticó, otra vez y sin piedad, al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de las Naciones Unidas, al que los halcones-gallina consideran incapaz porque no ha logrado detener los intentos de desarrollo de programas nucleares en Libia, Corea del Norte y otros países. Sólo que la evaluación de la OIEA acerca de la inexistencia de tales programas en Iraq resultó más acertada que los argumentos que el vicepresidente Dick Cheney y otros esgrimieron para fundamentar la invasión.
Qué importa eso. El ministro de Justicia y amputador de las libertades civiles del pueblo norteamericano John Ashcroft aseguró hace tres semanas en Viena que se justificaba la guerra contra Iraq aunque no tuviera ADM (The Guardian, 26-1-04). ¿La razón? Saddam Hussein utilizó en el pasado una “química nefasta” y una “biología nefasta”. Ashcroft no es un anciano, se acerca a los 60 de edad, y sus lagunas de memoria se explican perfectamente: olvidó decir que fue el Occidente desarrollado, y ante todo Estados Unidos, empujado por una voracidad petrolera insaciable, el que proporcionó a Saddam la “química nefasta” y la “biología nefasta” que el autócrata empleó en su guerra contra Irán. Otra demostración de que las guerras largas requieren una memoria corta.

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Fracasos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 23-01-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

W. Bush no tiene suerte con sus justificaciones para invadir Irak. Decididamente. Primero esgrimió el vínculo Saddam-11 de septiembre trámite Osama bin Laden. Hace un par de semanas Colin Powell tuvo que admitir que ese vínculo no existió. Luego fabricó el espanto de las armas de destrucción masiva en poder de Hussein. Nunca se encontraron. Por último, ennobleció su discurso y se autoproclamó portador de libertad y democracia para un pueblo oprimido por el autócrata sunnita. Pero ni esto parece. El lunes 19-1-04 una multitud de 100.000 –a 300.000, según los británicos– iraquíes chiítas reclamó en Bagdad elecciones generales, libres y directas para tener gobierno propio ya. El jueves anterior así lo hicieron 30.000 en Basora. Es que el designio de la Casa Blanca es otro: para traspasar el gobierno que hoy ejerce –bajo su égida– un Consejo de exiliados iraquíes elegidos a dedo por las autoridades estadounidenses, ha imaginado la celebración de reuniones de los notables de cada una de las 18 provincias del país que nombrarían delegados a una asamblea nacional que a su vez elegiría a un gobierno provisional que, ése sí, llamaría a elecciones generales aunque no antes del 2005. Es decir, algo parecido al sistema del caucus norteamericano, con una diferencia sin embargo: los que designan al candidato a presidente de su partido son elegidos por las bases. En Irak, para Washington, ni eso.
Los británicos se muestran más flexibles que sus directores estadounidenses, aunque siempre en la línea de la elección indirecta. Consideran que los comicios se pueden anticipar y proponen que surjan del voto directo, en municipios y provincias, los dos tercios de un colegio electoral que elegirá al nuevo gobierno. El tercio restante sería nombrado por las autoridades iraquíes actuales con el visto bueno, claro, de los ocupantes. Pero los manifestantes gritaban “Elecciones, sí, sí. Ocupación, no, no” y agitaban banderolas en las que podía leerse “Una democracia verdadera nace de elecciones verdaderas”. El líder de este movimiento es el Gran Ayatolá Alí al-Sistani, el jerarca religioso más influyente de la comunidad chiíta, que suma unos 15 millones del total de 25 de la población del país. “Los hijos del pueblo iraquí exigen un sistema político con base en elecciones directas y en una constitución que asegure igualdad y justicia para todos”, postuló en el mitin de Bagdad Hasehm alAwad, representante de al-Sistani. Aclaró por las dudas: “Pedimos democracia, para eso vinieron los norteamericanos” (The Guardian, 19-104).
El proyecto postinvasión de Washington se agrieta cada día. Contemplaba tres etapas para legitimar la invasión: a) la captura de Hussein; b) la reducción de las bajas yanquis en consecuencia; c) el traspaso del gobierno a una administración iraquí conformada a su gusto. Logró lo primero en diciembre último, pero eso no acabó con la resistencia, también integrada por franjas islámicas que odian al autócrata laico. Más bien al revés: el número de bajas crece y la oposición de Al-Sistani aja los designios electoraleros de la Casa Blanca. Que intenta sortear este callejón sin salida recurriendo ahora al manto de las Naciones Unidas, las mismas que ignoró cuando invadió sin consenso y a las que negó todo papel en la llamada reconstrucción de Irak. Es que hay dificultades de comunicación con Al-Sistani: repitiendo la actitud de sus compatriotas, que se negaban a hablar con los colonialistas británicos de 1918, rechaza cualquier tipo de reunión con el virrey Paul Bremer. Este le envía emisarios para negociar que vuelven con las manos vacías. Entre otras cosas, el Gran Ayatolá insiste en que un gobierno no elegido democráticamente carece del derecho a decidir que las tropas ocupantes sigan en el país durante años, como EE.UU. pretende. Los atentados suicidas continúan y acrecientan el caos imperante en Irak. El domingo pasado estallaron 450 kg de dinamita frente a la “Puerta de los Asesinos”, en el cinturón amurallado del centro de Bagdad que protege a los mandos invasores. Curiosamente, en vez de denostar al terrorismo, algunos iraquíes reclamaron más protección y otros compartieron las reflexiones de Khalid Ahmed, sobreviviente de la explosión, que en su lecho de hospital exclamaba: “¿Qué está pasando en este país? Nunca hubo una violencia semejante. Nadie se siente seguro en la calle. Los norteamericanos entraron con violencia y la violencia no terminará hasta que se vayan” (The Daily Telegraph, 19-1-04).
La música pop fue considerada subversiva alguna vez, pero hoy más que subversiva en Irak. Las autoridades de ocupación han prohibido la difusión de los jóvenes cantautores iraquíes de pop, pero los comercios del ramo reproducen y venden como pan fresco los CD con sus canciones. Sabah al-Jenabi, uno de ellos, entona: “EE.UU. vino y ocupó Bagdad. El ejército y el pueblo tienen armas y municiones. Luchemos en nombre de Dios”. O: “Los hombres del Islam lucharán contra los yanquis como soldados sin líder. Arrastraremos por el fango el cuerpo de Bush” (The Scotsman, 19-104). Las melodías se inscriben en la tradición musical religiosa de siglos, pero las letras ensalzan a los resistentes de Fallujah que acostumbran a derribar helicópteros del ejército estadounidense. No es descabellado pensar que las tropas invasoras recibirán más aplausos al irse que al entrar.

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Mentir no cuesta nada

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 18-01-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

Saber, se sabía, pero que lo diga un ex miembro connotado del gabinete Bush es muy otra cosa:
Paul O’Neill, que fuera el secretario del Tesoro de EE.UU. N 72, de enero de 2001 a diciembre de 2002, relató el domingo pasado en el programa 60 minutos de la CBS que ya en su primer encuentro con el Consejo Nacional de Seguridad Bush hijo subrayó que el derrocamiento de Saddam Hussein era “el tema A” de su gobierno. Esa reunión tuvo lugar el 30-1-01, diez días después de asumir la presidencia y casi ocho meses antes de los atentados del 11/9; “el tema” siguió predominando en los siguientes conciliábulos del organismo. El mandatario norteamericano no desmintió a O’Neill: en su conferencia de prensa del martes último, en el marco de la Cumbre Extraordinaria de las Américas celebrada en Monterrey, México, declaró que siempre estuvo a favor de un cambio de régimen en Irak, como su antecesor Bill Clinton, y que se encontraba “moldeando esa política cuando de golpe se dio lo del 11 de septiembre”. Dicho de otra manera: qué otro remedio que invadir.
Quien se apresuró a desmentir a O’Neill fue el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld. El mismo martes afirmó que W. Bush tomó esa decisión sólo en marzo de 2003 y “después de tratar por todos los medios de no hacerlo”. Se conoce la fragilidad de memoria de este halcón-gallina y no sorprende entonces que olvidara –entre muchas otras cosas– que a cinco horas de estrellarse un avión contra el Pentágono ordenó la preparación de represalias contundentes contra Bin Laden pero también contra Saddam, “masivas –precisó–, barrer con todo, cosas relacionadas y no” (Página/12, 8-9-02). Esas órdenes no partían de evidencias sobre la relación Osama-Hussein-11/9. Su existencia se proclamó después. Por lo demás, un alto funcionario de la administración Bush que prefirió guardar el anonimato confió a ABCNews (14-1-04) que había participado en las mismas reuniones del Consejo Nacional de Seguridad a las que asistió O’Neill y que “el presidente dijo a los del Pentágono que exploraran las opciones militares (para derrocar a Hussein), incluyendo el empleo de fuerzas terrestres. Esto iba más allá de los débiles intentos del gobierno Clinton de derribar a Hussein sin emplear la fuerza”.
O’Neill entregó 19.000 documentos relacionados con su gestión al ex periodista de The Wall Street Journal Ron Suskind, quien construyó con ellos y con declaraciones del ex tesorero el hoy best-seller sobre el tema titulado El precio de la lealtad. Los dichos del entrevistado son tajantes: “Desde el principio se trató de Irak, de encontrar una manera de hacerlo (librarse de Saddam). Y el Presidente que decía ‘encuéntrenme la manera de hacerlo’”. Esa ansiosa voluntad formaba parte de un designio mayor –la imposición de una Pax Americana en todo el mundo– y precedió al fraude electoral que llevó a Bush hijo a la Casa Blanca. Es explícita en propuestas como “Reconstruir las defensas de Estados Unidos” y “Retos estratégicos de la política energética en el siglo XXI” preparados por think-tanks ad hoc en el año 2000. Es más antigua aún: en 1982 el entonces secretario de Defensa Dick Chenney y su asistente Paul Wolfowitz redactaron unas “Orientaciones para la planificación de la defensa” que preconizaban el dominio estadounidense en el Golfo Pérsico para “preservar el acceso de EE.UU. y de Occidente al petróleo de la región” (Pagina/12, 21-11-02). Ese proyecto tropezó con una inesperada oposición de la clasepolítica y Bush padre tuvo que cajonerarlo. El hijo lo despertó de su larga hibernación.
Bush hijo explotó con cinismo los terribles atentados del 11/9 y no se han disipado las evidencias de que al menos un sector del establishment sabía de ellos con antelación y los dejó venir: tal vez fue “la manera de hacerlo”. Se recuerda que Washington insistía en vincular a Bagdad con los atentados trámite Bin Laden. Colin Powell reconoció la semana pasada que no hay evidencias del “nexo siniestro entre Irak y la organización terrorista Al-Qaida”, como aseveró enfáticamente ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el 5-2-03. Y se está desbandando el numeroso contingente que fue a Irak en busca de las famosas armas de destrucción masiva de Saddam, que nunca encontró. Un informe reciente del Carnegie Endowment for International Peace señala que el gobierno Bush exageró sistemáticamente el peligro que Bagdad representaba. Está claro a los ojos del mundo que ambos argumentos fueron argucias políticas. Entre otras cosas, quedó malparada la imagen de un W. Bush que deja atrás el alcohol, experimenta un sacudón casi místico y descubre que su misión es combatir al Mal.
Judicial Watch, organización no gubernamental estadounidense que investiga y denuncia corrupciones y abusos de la administración, logró en julio del 2003 la desclasificación de documentos del Departamento de Comercio atinentes a las actividades del grupo de tareas en materia energética que encabeza el hoy vicepresidente Dick Cheney. Uno de ellos es un mapa de Irak en que están señalados sus yacimientos petrolíferos –“supergigantes”, “otros” y “de producción compartida”–, los oleoductos, refinerías y terminales de distribución. Otros dos detallan los proyectos y los contratos iraquíes firmados con empresas extranjeras del ramo. Los documentos están fechados en marzo del 2001, exactamente dos años antes de la invasión a Irak.

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Innovaciones

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 04-01-2004 00:00:00

Por Juan Gelman

“La gracia me llegó en forma de gato”, anotó William Burroughs en sus diarios finales; especialmente en forma de Riski, su preferido. El ídolo de los beatniks quería bastante menos a los seres humanos, pensaba que el amor “es mayormente un fraude, una mescolanza de sexo y sentimentalismo que ha sido sistemáticamente vulgarizada y degradada por el virus del poder”. Estos diarios no son el canto del cisne de un gran heterodoxo: más bien dan testimonio de las imposiciones de la vejez, como “Qué es el mundo”, el poema que Beckett escribiera un año antes de morir. El título de los diarios, publicados en el 2000, es sin duda adecuado: “Last words”. Hace además referencia a la fascinación del autor de El almuerzo desnudo por el delirio terminal del gangster Dutch Schultz –rigurosamente transcripto por un taquígrafo de la policía– que lo llevó a crear un guión cinematográfico sobre el tema. Felinos aparte, en estas páginas abundan otras entidades no humanas, demonios, extraterrestres que él no ve y espíritus de diversa especie que sí ve.
“Una vez pregunté en un sueño a un espíritu maligno italiano ‘¿quién eres?’ Y él se reía y se reía, y siguió riéndose en una laguna oscura de mármol contra un decorado italiano y era deliciosamente maligno”, apunta quien compusiera Yonquis, ese cuasi tratado sobre la drogadicción. Burroughs había regresado a la ingesta de drogas a los 63 de edad, luego de 18 años de abstinencia. James Grauerhotlz, editor y prologuista de los diarios, describe la vida cotidiana de Burroughs entonces y hasta su muerte en 1997. Habitaba una cabaña de dos ambientes en Lawrence, Kansas, con rosales en el porche y una etiqueta en la puerta que informaba de la presencia de gatos en el interior que debían ser salvados en caso de emergencia. Comenzaba la mañana con una inyección de metadona y un desayuno suculento. Después de mediodía practicaba tiro al blanco con pistola y cuchillo. El tiempo de los tragos llegaba a las 15.30 en punto y solía trabajar en sus diarios hasta la cena con amigos. Se acostaba a las 9 de la noche, no sin antes hacer una ronda alrededor de la cabaña pistola al cinto.
Burroughs había cambiado. Atrás quedaban las larguísimas tenidas de droga y alcohol. En una de ellas –es notorio– mató a su mujer cuando trataba de partir con un tiro la manzana que ella tenía sobre la cabeza. Sucedió en México y en estos diarios afirma que equivocó el disparo porque estaba poseído por “El Espíritu Feo”. Consigna que se comunica con los muertos, fabrica conjuros, opera una “máquina deseante” que le permite el acceso a una suerte de soñar despierto, reconoce espíritus que lo protegen y demonios que lo asaltan. Estos raptos de ocultismo y magia negra alternan con las expresiones de odio que propina a humanistas negadores de otras dimensiones y a la irracionalidad de un mundo que usa el disfraz de la razón. Burroughs tenía conciencia plena de los campos de concentración, del racismo y la censura, de las seguridades que deshumanizan. Su obra, como la de Daumier o Goya, es una sátira violenta contra el autoritarismo y una parodia de los amantes y ocupantes del poder.
Burroughs precisó estas posiciones en una entrevista radiofónica que Eric Mottram le hiciera para la BBC de Londres en 1964 con motivo de la prohibición de sus libros. “El virus del poder –dijo el autor de Nova Express– se manifiesta a sí mismo de muchas maneras. En la construcción de armas nucleares, en prácticamente todos los sistemas existentes que procuran anular la libertad interior, es decir, controlarla. Se manifiesta en la extrema sordidez de la vida diaria en los países occidentales. Se manifiesta en la fealdad y la vulgaridad que vemos en las personas y se manifiesta, por supuesto, en las enfermedades causadas por el virus. Por otra parte, los que resisten están en todas partes, pertenecen a todas las razas y naciones. El que resiste puede ser definido simplemente como un individuo que tiene conciencia del enemigo, de sus métodos operativos, y que está empeñado activamente en combatir a ese enemigo.” Bush hijo incluiría a Burroughs en la lista de terroristas más buscados.
La escritura de estos diarios es similar a la de sus novelas, en las que se entrecruzan sueños, fragmentos de relatos en borrador, citas propias y de otros autores, frases de periódicos y revistas, versos de viejas canciones, ideas que aparecen al correr del pensamiento, párrafos de cartas a los amigos carentes de todo contexto personal. Es la técnica del “cut-up” –“cut and paste”, se diría en lenguaje cibernético– o del collage, tan empleada en la pintura. Burroughs grababa al azar ese material aparentemente inconexo, escuchaba luego la cinta y la detenía en un punto para pasar a máquina una frase o varias. El segundo paso consistía en componer un texto doblando una de las páginas mecanografiadas e instalando la mitad en otra página “con la intención de alterar y expandir estados de conciencia en uno mismo y también en los lectores”. Decía que las palabras “están vivas como animales, no les gusta que las enjaulen. Corten las páginas y dejen a las palabras en libertad”.
La obra de Burroughs fue muy criticada y aun atacada –censurada además– por su exposición sin tapujos del sexo, el alcoholismo y la drogadicción. Anthony Burgess fue uno de los pocos que descubrieron muy temprano su naturaleza innovadora: “Si algún escritor hay que puede reanimar una forma agotada y mostrarnos lo que todavía es posible hacer con una lengua que Joyce pareció exprimir hasta dejarla seca, ése es William Burroughs”. El que amaba a los gatos.
Lo vi en un encuentro internacional de poesía que tuvo lugar en Roma a fines de los años ‘70. Menudo, delgado, con sombrero panamá, impecable traje gris, camisa blanca, corbata al tono y coca-cola en mano, pasaba entre los asistentes de manera inadvertida, casi sigilosa. Recordé las impresiones de Paul Bowles cuando en 1961 Burroughs lo visitó en su lecho de enfermo en Tánger: “Su figura era tan tenue que su presencia en la habitación era incierta”.

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Descubrimientos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 21-12-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

La captura de Saddam Hussein es una victoria más bien simbólica para la Casa Blanca y corre el riesgo de convertirse en pírrica: los ataques guerrilleros y los atentados suicidas se sucedieron sin pausa esta semana en Bagdad, Mosul y otras ciudades, en el marco de las manifestaciones de sunnitas desarmados que aún extrañan al autócrata depuesto. Fueron dispersadas con fuego real, hubo muertos y heridos y no parece que esto contribuirá a apaciguar los ánimos de los ocupados. La moderación de Bush hijo al anunciar la captura y las advertencias de los altos mandos estadounidenses subrayaron lo que se sabía ya: Hussein era una sombra fugitiva que no controlaba la resistencia iraquí.
Hace mucho que un buen sector de quienes combaten al invasor descartaron a Saddam y a su partido Baaz como banderas de lucha. Esa resistencia es heterogénea: la constituyen baazistas, sí, pero también fundamentalistas sunnitas que siempre despreciaron a Hussein, nacionalistas árabes que no soportan la idea de su país ocupado, parientes de asesinados o humillados por las tropas de EE.UU. en busca de venganza, jóvenes sin trabajo, y no faltan los sunnitas abrumados por la posibilidad de que EE.UU. los convierta en ciudadanos de segunda fabricando un Irak dominado por kurdos y shiítas. El Servicio de Investigaciones del Congreso norteamericano hizo una lista de 15 agrupamientos guerrilleros diferentes que no actúan bajo las órdenes de un comando central. Su número asciende al doble para el Departamento de Estado. Y puede haber más. Los chiítas que se oponen a la ocupación o están descontentos con las políticas del Pentágono en Irak “ya no temerán que EE.UU. se retire repentinamente y Saddam vuelva al poder. Es posible entonces, que pierdan paulatinamente su timidez política y se manifiesten con más fuerza en la arena pública”, opina John Cole, catedrático de la Universidad de Michigan. Es que “la resistencia se autogenera y poco y nada tiene que ver con Saddam”, propone Tim Ripley, especialista del Centro de Defensa y Estudios de Seguridad Internacional de la muy británica Universidad de Lancaster (The Christian Science Monitor, 15-11-03).
Washington proclama ahora que la captura del autócrata justifica plenamente la invasión y ocupación de Irak. El representante republicano Jan Schakowsky expresó su desacuerdo con la pretensión de quienes hoy afirman que un Saddam prisionero “prueba que todo valió la pena, las pérdidas de vidas norteamericanas, el aislamiento de EE.UU., el enorme gasto soportado por nuestros ciudadanos”. Este legislador olvida un poquito ciertas cosas –los miles de civiles iraquíes muertos y heridos, la devastación de ciudades y poblados, la represión indiscriminada, otras–, pero tiene razón. Los argumentos de la Casa Blanca para invadir Irak se centraron en la necesidad de destruir sus presuntos arsenales de armas de destrucción masiva, que no se encuentran, en los presuntos lazos de Bagdad con Al-Qaida, que no se descubren, y en muy escasas apariciones de la misión de liberar a un pueblo oprimido. El zapping declaratorio de Bush hijo no es una novedad.
Las imágenes televisivas de un Hussein humillado tuvieron un efecto boomerang en los países árabes. Nadie defiende al autócrata, ni las guerras contra Irán y Kuwait que inició, ni el asesinato, gaseo, tortura y ahorcamiento de decenas de miles de opositores kurdos y chiítas que perpetró, y sin embargo: “El arresto de Saddam es un insulto al honor de los árabes”, pudo leerse en el periódico saudita Al-Aharq Al-Awast (16-12-03). Este medio nunca se caracterizó por defender al régimen baazista, pero expresa un sentimiento generalizado en el mundo del Islam. Y no sólo: “Sentí compasión por este hombre destruido al que le revisaban los dientes como si fuera una vaca”, se disgustó el cardenal Renato Martino, presidente de la Comisión de Justicia y Paz del Vaticano y exrepresentante de la Santa Sede ante la ONU. “Es terriblemente importante que el público lo vea como lo que es, un prisionero”, indicó por su parte el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld. Estas delicadezas de los halcones gallinas tampoco son novedad.
La alegría de millones de iraquíes por la captura de Hussein se diluye, entre otras cosas, en el odio que despiertan las condiciones de la vida cotidiana, el desempleo que desespera, la inseguridad y la inestabilidad que avanzan, la carestía y la inflación. “Es fantástico que lo hayan capturado, pero no fue él quien subió hasta el cielo los precios del petróleo, de la electricidad y todo lo demás; un tanque de gasolina costaba antes 250 dinares y ahora vale 4000, si se consigue”, se quejó el dentista bagdadí Gazhi (Reuters 15-12-03). Escasea el carburante en el país del planeta que posee reservas del petróleo sólo inferiores a las de Arabia Saudita. Lejos están de cumplirse las promesas de libertad y prosperidad que alguna vez los ocupantes formularon. Ahora matan indiscriminadamente a civiles iraquíes que, ya en estado de cadáver, son convertidos en “insurgentes” por los partes de guerra yanquis.
La captura de Saddam no ha terminado con la resistencia iraquí y el legislador demócrata Jan Rockefeller, vicepresidente del Comité de inteligencia del Senado norteamericano, lo acaba de descubrir con una suerte de asombro enojado: “Esto es elocuente y perturbador –dijo (AP, 15-12-03)– porque significa que los insurgentes no están peleando por Saddam, están peleando contra Estados Unidos”. Y, sí.

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La pendiente

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 27-11-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

El gobierno de Sharon es “ciego, sordo y estúpido” por buscar una solución exclusivamente militar al problema palestino. No lo dijo un antisemita: son palabras del general Yiftah Spector, uno de los más respetados y condecorados de la aviación israelí. “Si insistimos, habrá errores y problemas cada vez más grandes” (Los Angeles Times, 18-1—03).
En 1981, Spector bombardeó el reactor nuclear iraquí.
El 24-9-03 apareció su nombre junto al de otros 26 oficiales-pilotos de la fuerza aérea que en una carta hicieron pública su negativa a “seguir dañando a civiles inocentes” de los territorios palestinos ocupados y a “participar en ataques aéreos contra centros urbanos civiles” en cumplimiento de “ordenes ilegales e inmorales”. Tampoco ellos son antisemitas, más bien conocen lo que se repite. El 20-10-03 –un ejemplo– helicópteros Apache israelíes atacaron zonas densamente pobladas de la franja de Gaza en procura de ejecutar extrajudicialmente a Abd Allah alShami, uno de los jefes del grupo terrorista Jihad Islámica. Al-Shami salió ileso, pero ocho civiles palestinos fueron muertos y decenas resultaron heridos. Son acciones equiparables a los espantosos atentados suicidas contra civiles israelíes.
El teniente general Moshe Yaalon, jefe de Estado Mayor, declaraba a fines de octubre a los tres periódicos más importantes de Israel que los retenes, toques de queda y bloqueos camineros impuestos a la población palestina estaban creando niveles explosivos de “odio y terrorismo”. El general no debe ser un “judío que se odia a sí mismo”, como Sharon y sus seguidores califican a quienes, dentro y fuera de Israel, denuncian sus políticas. Y menos lo serán los cuatro ex jefes del Shin Bet –el servicio secreto israelí junto al cual el FBI parece (y es) un niño de pecho– que señalaron al periódico Yediot Ahronot (14-11-03) que las prácticas sharonistas instalan a Israel en “un grave peligro”. “Tenemos que admitir de una buena vez que existe la otra parte, que tiene sentimientos y que sufre porque estamos actuando ignominiosamente. No hay otra palabra: ignominiosamente”, afirmó Avraham Shalom, quien fuera director de ese servicio en 1980-86. Carmi Gilon renunció al mismo cargo en 1996 tras el asesinato de Rabin, entonces primer ministro israelí, realizado por la derecha terrorista israelí. Dijo: “El problema actual es que la agenda política (del gobierno) se ha convertido en una mera agenda de seguridad”.
De su sucesor Ami Ayalon (1996-2000) se lee: “Nos estamos dirigiendo, lenta pero seguramente, hacia un lugar en que Israel ya no será una democracia, ya no será el hogar del pueblo judío”.
Los hombres del Shin Bet, por sus funciones, son los israelíes que mejor conocen la situación en los territorios palestinos ocupados. Sus cuatro ex directores hablaron también por radio insistiendo en que Israel debe buscar la paz, retirar sus tropas de Gaza y Cisjordania, desmantelar la mayoría de los asentamientos de colonos en esos territorios, y no ahorraron críticas al muro –el nuevo, el del siglo XXI– de más de 600 kilómetros que Sharon levanta para encerrar a la población palestina. Yaakov Perry, jefe del servicio en 1987-1993, preguntó: “¿Por qué todos, directores del Shin Bet, jefes de Estado Mayor, ex agentes de los servicios secretos preconizan la reconciliación con los palestinos? Porque estuvieron allí. Conocemos la materia, la gente de ambas partes sobre el terreno. Debemos dejar Gaza... y desmantelar los asentamientos ilegales”. “Desde cualquier punto de vista que se examine la situación –agregó–, ya sea económico, diplomático, social o de seguridad, nos encaminamos hacia una pendiente catastrófica.” Carmi Gilon subrayó que la exigencia de Sharon de que cese el terrorismo palestino antes de iniciar negociaciones de paz “es un error”. “No es un error, es un pretexto –corrigió Avraham Schalom–. Un pretexto para no hacer nada.”
En efecto: Sharon dice que no deja de pensar “en cómo salir del impasse con los palestinos” (Yediot Ahronot, 23-11-03) y hasta mencionó la posibilidad de desmantelar unos pocos y pequeños asentamientos, dentro de un año, claro. Pero no ofrece plan alguno para lograr la paz, se desconocen las intenciones que guarda respecto de los asentamientos israelíes en Gaza, sus semideclaraciones son imprecisas y dejan la puerta abierta a la doble interpretación. “La sociedad israelí, y también el sistema político, sienten que su líder no está diciendo la verdad” (Haaretz, 25-11-03). Tampoco cumple la promesa de paz, seguridad y bienestar económico que formuló al asumir como primer ministro y la gente se va. Cifras recientes del Ministerio de Inmigración de Israel indican que el número de emigrantes pasó de 550.000 en el 2000 –año en que Sharon provocó la intifada al visitar inopinadamente un lugar santo del Islam– a 760.000 en el 2003. No es una proporción insignificante de los 6,6 millones de habitantes israelíes: asciende a más del 11 por ciento. Se ignora si todos o muchos de los que se fueron son antisemitas o judíos que se odian a sí mismos.

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La señorita y la pintura

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 21-09-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

“Señorita, la amo profundamente, pero siempre amaré más a la pintura”, le dijo a Amélie Parayre poco después de conocerla. Henri Matisse se casó con ella y le cumplió. La fortaleza y la paciencia de esta mujer tienen que haber sido notables: soportó años al borde del hambre hasta que el gran pintor francés comenzó a vender sus telas y se tornó con el correr del tiempo en uno de los artistas más ricos del siglo XX. Abrió una tienda de venta de sombreros para mantener un hogar al que no tardaron en llegar los hijos. Pasaba noches difíciles leyendo libros, hasta que se durmiera, a un marido atormentado por sus búsquedas pictóricas. Siempre en segundo plano, en una ocasión tuvo que devolver un juego de sábanas recién comprado porque Matisse se había enamorado de una alfombra persa y no había dinero para todo. Es incierto, sin embargo, que fuera la gran mujer que –se supone– tiene detrás suyo un gran hombre.
El pintor necesitaba sentir y ver objetos bellos en su casa. Así lo describió Guillaume Apollinaire hacia 1906: “Barbado, amparando bajo los lentes de oro una mirada llena de astucia, Monsieur Henri Matisse vive tanto en París como en Collioure. Este ‘fauve’ es un hombre refinado. Le gusta rodearse de obras de arte antiguo y moderno, de tejidos espléndidos y de esas esculturas con que los negros de Guinea, Senegal y Gabón expresan sus pasiones pánicas con rara pureza”. Atrás había quedado el joven de melena “como la de Absalón” que empezó a pintar a los 20 años para no aburrirse durante un posoperatorio. Ahora usaba ropa de corte tradicional, algo insólito para las vanguardias parisinas del comienzos del XX, de las que Matisse formaba parte por derecho propio. Las recorrió casi todas –fauvismo, impresionismo, neoimpresionismo, puntillismo, otras–, siempre insatisfecho y siempre sorteando el desastre económico. Su sólida formación en el arte clásico le permitió rebasarlo y una obsesión inagotable lo convirtió en uno de los dos pintores europeos más importantes del siglo. El otro fue Picasso.
A diferencia del español, Matisse era hombre que reservaba su intimidad. Esto creó leyendas. Unas, sobre todo las francesas, lo pintan como un burgués arquetípico de costumbres y opiniones conservadoras y, por ende, menos renovador que Picasso. Otras lo presentan como un hedonista sin freno, gozador desbocado de mujeres. Es cierto que las primeras se sustentan en sus “Notas de un pintor”, publicadas en 1908, en las que declara el deseo de que su arte “sea tan sedante como un sillón”. También se pronuncia por “un arte equilibrado, de pureza y serenidad, carente de temas que perturben o depriman”, pero éste era más bien un consejo que se dirigía a sí mismo. Su biógrafa Hilary Spurling pasó años rebuscando en los archivos de todos los pueblos y ciudades que transitó o vivió Matisse, entrevistó prolijamente a familiares, amigos y conocidos del pintor, y lo describe como un ser depresivo, pesimista, sin confianza en sí mismo y en su obra. El descontento con lo hecho suele ser un gran motor de la creación. Matisse ganó fama pintando desnudos femeninos y su exposición en el Nueva York de 1913 motivó sacudones varios en una sociedad todavía puritana. Los críticos rebajaron a pornografía su denso erotismo, el público quemó reproducciones de sus cuadros en las calles y él mismo fue incinerado en efigie. “Por favor, digan a los estadounidenses que soy un hombre común”, rogaba a los periodistas. “Que soy un marido y un padre devoto, que tengo tres hijos preciosos, que voy al teatro, practico equitación, tengo una casa confortable, un lindo jardín, que amo las flores, etc., como cualquier hombre”. Cabe parafrasear lo que Raúl González Tuñón decía de los poetas: un artista es como cualquier hombre, pero no cualquier hombre es un artista. Un gran artista.
Matisse vivió su primer cuarto de siglo en la chatura lluviosa de Cateau-Cambrésis, donde nació en 1869, y de Bohain-en-Verdamois, cerca de la frontera belga, donde fue criado. Tal vez esto explique en parte su encandilamiento con las aguas y los cielos del Mediterráneo. A los 45 de edad se aisló en Niza y atravesó un período de pérdida de tensión en la obra. Pero siguió renovándose e insistió en el grabado, la litografía y la escultura. Su relación con Picasso estuvo signada en los años ‘30 por una rivalidad que movía al último a jactarse de que podía predecir cuál iba a ser el próximo cuadro del primero. Ambos roturaban un espacio propio y cada quien consideraba que el suyo marcaría el futuro del arte. Esa rivalidad dio paso a la amistad y la mutua admiración después de la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, los dos cargaban búsquedas ardientes y no pocos años de vida en las espaldas. Les habrá pasado lo que Gabriel García Márquez asentó en la dedicatoria de uno de sus libros a un coetáneo incómodo: “A XX, ahora que estamos viejos y buenos”.

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Peleas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 04-09-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

La leyenda instaló el Jardín del Edén en Irak. La realidad, no. Ni para invasores ni para invadidos. La población Irakuí sigue padeciendo desabastecimiento, escasez de servicios básicos y, sobre todo, muerte. El brutal atentado contra la mezquita de Najaf, que causó más de cien muertos civiles y heridos incontables, el asesinato de nacionales que colaboran o trabajan con las fuerzas de ocupación, tachados de traidores, y los constantes ataques guerrilleros acentúan una inseguridad que acarrea nostalgias por Hussein. La llamada reconstrucción del país, a cargo del virrey Paul Bremer, tampoco avanza. La Casa Blanca esperaba financiarla con petróleo Irakuí, pero el oleoducto del norte es objeto de continuos atentados. Antes de la invasión transportaba a Turquía un millón de barriles diarios. Hoy no. Los expertos estiman que Irak puede producir oro negro por valor de 27 a 50 mil millones de dólares anuales. El ingreso actual es apenas superior a los 6 mil millones.
Bremer señaló la semana pasada que es necesaria una inversión de “varias decenas de billones de dólares” para resanar la arruinada infraestructura Irakuí. La cifra no incluye los 4 mil millones de dólares mensuales que, según el Finantial Times (2-9-03), Washington destina al mantenimiento y la acción de sus tropas en Irak. La Casa Blanca busca ahora el apoyo militar y económico de la comunidad internacional para enfrentar las consecuencias de una invasión que llevó a cabo burlándose de la comunidad internacional. Encuentra renuencias y resistencias, en especial de Francia, porque las condiciones de seguridad son débiles y la eventual ayuda de otros países no escaparía a la voluntad hegemónica de los ocupantes. En octubre próximo tendrá lugar en Madrid una conferencia de donantes auspiciada por las Naciones Unidas, pero pocos dudan de que las promesas de donación serán tímidas y estarán lejos de cubrir los 13 mil millones de dólares previstos para un plan quinquenal de suministro de energía eléctrica, o los 16 mil millones que exigiría la instalación de un sistema nacional de agua potable.
Las tropas invasoras también conocen privaciones diversas y muerte diaria. No cesa la actividad guerrillera enemiga y el número de bajas estadounidenses aumenta de manera implacable. Los muertos en acción desde el 1º de mayo, día en que Bush hijo declaró el fin de la guerra, superan el total de los caídos durante la invasión. La cantidad de heridos asciende –según investigó The Washington Post (2-09-03)– a 1124 hasta el 3l de agosto, discriminados así: 684 en los dos meses de guerra (550 por fuego Irakuí, 134 en accidentes) y 740 desde el teórico fin de las hostilidades (574 por acciones guerrilleras y 166 en accidentes). Sólo en el mes de agosto 297 soldados norteamericanos fueron heridos por fuego hostil, unos diez cada día. “Sin fanfarrias y casi sin conocimiento público –informa el diario–, gigantescos aviones de transporte C-17 aterrizan prácticamente todas las noches en la base Andrews de la Fuerza Aérea, en las afueras de Washington, cumpliendo misiones de evacuación por razones médicas. Desde que comenzó la guerra, más de 6000 efectivos fueron devueltos a los Estados Unidos. El número incluye a los 1124 heridos en acción, 30l heridos en accidentes conduciendo sus vehículos y en otros percances, y a miles que enfermaron física o mentalmente.”
No aparecen en Irak las armas de destrucción masiva que justificaron la invasión y vale la pena reproducir algunas de las preguntas que el periodista y escritor William Rivers Pitt formuló ante la Convención Nacional de Veteranos por la Paz realizada en San Francisco el 10 de agosto: “¿Forma parte de nuestro sistema de valores mentir al pueblo estadounidense, mentir profunda y ampliamente y sin vergüenza alguna, sobre por qué peleamos en Irak? ¿Forma parte de nuestro sistema de valores sacrificar a 300 soldados norteamericanos en el altar de esas mentiras, sacrificar a miles y miles y miles de civiles Irakuíes inocentes en elaltar de esas mentiras? ¿Forma parte de nuestro sistema de valores usar el horror del 11 de septiembre para aterrorizar al pueblo estadounidense e infligirle una guerra innecesaria, la bancarrota de sus derechos civiles, el aniquilamiento de la Constitución? ... Una de las peores cosas que jamás le haya sucedido a este país es permitir que personas del gobierno utilicen palabras como ‘libertad’ y ‘justicia’ y ‘democracia’ y ‘patriotismo’, porque esas buenas y nobles palabras se convierten en una sucia mentira cuando pasan por sus labios”. Pitt fue ovacionado. Había hablado el otro Estados Unidos.
Un caso notable atrajo la atención de la prensa norteamericana hace un par de semanas: la familia de Sally Baron, fallecida a los 71 de edad a consecuencia de una operación cardíaca, solicitó que las acostumbradas donaciones en su honor se canalizaran hacia organizaciones empeñadas en destituir al presidente Bush. No había perdido a ninguno de sus seis hijos en la guerra, pero Sally lo odiaba por “mentiroso y ladrón de elecciones”, aclaró su hija Maureen. Una cosa es pelear hasta la muerte, otra hacerlo después. Como ese caballero retratado por Ariosto que, ya muerto, sólo cayó de su cabalgadura cuando el combate terminó.

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Disgustos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 21-08-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

La ocupación militar de Iraq ha traído disgustos varios. A los iraquíes, en primer lugar: crece un resentimiento que llegó a la furia cuando el miércoles 13 de agosto un helicóptero yanqui volteó una bandera del Islam en el barrio Sadr de Bagdad. La protesta de los vecinos se saldó con un muerto y cuatro heridos iraquíes por fuego real. Unos 5 mil fieles rezaron al aire libre ante el agravio y corearon “Islam, sí, Estados Unidos, no”. Eran chiítas, la mayoría musulmana más oprimida por el sunita Saddam Hussein, cuyo odio por el autócrata derrocado pensaban capitalizar los invasores. El diario israelí Ha’aretz registra en su edición del 17-8-03 las humillaciones, groserías y ofensas que tropas absolutamente ignorantes de la cultura del país propinan a su población: efectivos que patrullan las calles y apuntan con el rifle a los transeúntes, mujeres palpadas de manera insultante por soldados hombres, varones iraquíes revisados por soldados mujeres delante de otros iraquíes. Los allanamientos de mezquitas y la detención de líderes religiosos ofenden y violentan mores y costumbres de los invadidos.
Los ocupantes se sienten a disgusto. El soldado de primera clase Isaac Kindblade lo expresó sin ambages en una carta que The Oregonian publicó el 5 de agosto. Kindblade tiene 20 años, pertenece a la 671ª compañía del cuerpo de ingenieros, se encuentra en Iraq desde el 14 de febrero y explica así las causas de la baja moral de las ropas: “Hace calor, estamos aquí desde hace mucho, es peligroso, no hemos tenido un verdadero descanso en meses y no sabemos cuándo volveremos a casa. Creo que un aspecto principal de la cuestión es la gente de aquí. Al terminar la guerra éramos los libertadores y todos nos querían. El paso de los efectivos era como un desfile. En algún punto del camino nos convertimos a sus ojos en fuerzas de ocupación. Ya no nos sentimos héroes”. El teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas invasoras, dice que los mandos están haciendo lo posible para mejorar la calidad de vida de sus hombres –un par de días de descanso en algún lugar de Iraq o en Qatar con comidas calientes, TV, Internet y espacios de aire acondicionado–, pero eso no basta al parecer. Ni detiene los ataques guerrilleros.
En Estados Unidos hay disgusto. Bush hijo irritó a familiares de las tropas enviadas a Iraq con su jactanciosa frase de cowboy sobre las bajas diarias que padecen: “Que me los traigan”, dijo de los atacantes iraquíes. “Que los traigan a casa ya”, dice de esas tropas el lema de la campaña lanzada por Familias de Militares Hablen Claro, Veteranos por la Paz y otros grupos estadounidenses convencidos de que Hussein no representaba una amenaza inminente, que no tenía armas de destrucción masiva ni vínculos con Al-Qaida, en una palabra, que Bush hijo engañó al pueblo norteamericano y la guerra no tenía justificación. Familiares de Militares recibe centenares de cartas de tenor parecido al de ésta: “Mi yerno está en Iraq desde marzo y le ordenaron permanecer hasta julio de 2004. Su compañía tuvo dos días de vacaciones en Qatar. El presidente Bush se tomó un mes de vacaciones en su rancho de Crawford, Texas. Que manden a todos los soldados al rancho del presidente Bush y al presidente Bush a Iraq”.
Para el sargento mayor (R) Stan Goff –26 años de servicio en las fuerzas especiales– la invasión fue decidida por “hombres ricos, que visten trajes muy caros y que manejan las cuestiones de gobierno como gangsters” (AFP, 16-8-03). No difiere mucho de esta opinión el veterano de la guerra mundial II Jimmie Atchinson, 80 años, que regresó inválido del frente y ahora teme que su hija, en Iraq desde hace meses, nunca vuelva: afirma que “la guerra es por petróleo” y que la conduce un presidente “belicista” (San Francisco Chronicle, 18-8-03).
No le falta razón. Bush insiste en acumular aún más armas biológicas (véase Página/12, 2-2-03) y nucleares (Página/12, 6-7-03). La empresa Raytheon Missile Systems de Arizona acaba de ser favorecida con uncontrato por valor de 881,4 millones de dólares para fabricar misiles destinados a la marina de guerra. Es una producción contemplada en el proyecto del Pentágono dirigido a ampliar su dispositivo antimisilístico en los mares. Que esto viole el Tratado sobre la no proliferación de las armas nucleares de las Naciones Unidas no desvela a Washington, siempre tan atento a que no ocurra lo mismo en el resto del mundo. Tampoco le quitan sueño declaraciones como las del general (R) Wesley Clark, que fue comandante en jefe de las tropas de la OTAN en 1999 durante el conflicto de Kosovo. Dijo a la CNN (17-8-03): “Fuimos a la guerra (contra Iraq) como quien va a comprar un lavarropas”. Es notorio que estas máquinas, antes o después, se descomponen.

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De la ferocidad de las gallinas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 17-08-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

Nació en Washington, construye una paradoja y califica a los miembros del gobierno estadounidense: la palabra es “chickenhawks” y su traducción literal sería “halcones gallinas”. El periodista argentino Santiago Hileret, que aportó información para esta nota, señala que el neologismo surge de una contradicción central del núcleo duro de los “neoconservadores” instalados en puestos claves del Pentágono, la Casa Blanca, el Departamento de Estado, la Justicia y aun el Capitolio, tan belicosos contra el mundo, tan pacifistas en su práctica personal: la mayoría evitó de un modo u otro, pero siempre gracias a sus relaciones con el poder, ir a la guerra de Vietnam aunque estaba en la edad precisa para hacerlo. El vicepresidente Dick Cheney no fue porque –dijo– “tenía otras prioridades”. Salvar el pellejo es una, y verdaderamente importante: los halcones (“hawks”) son gallinas (“chicken”), es decir, miedosos. El lenguaje popular los adjetiva de manera menos gentil y más bien relacionada con una función específica del sistema digestivo.
La lista de los halcones gallinas es larga y está encabezada por el presidente Bush. De mayo a noviembre de 1972, exento de pelear en Vietnam, vivía en Alabama y se ocupaba de la campaña electoral de su correligionario Winton Blount, aspirante a senador. No cesaba el flujo de efectivos norteamericanos que el Vietcong devolvía muertos y el hoy jefe de la Casa Blanca conseguía ser derivado al servicio en la reserva de la guardia nacional aérea. No hay registro de que se presentara a cumplir instrucción en la base de Montgomery a la que había sido convocado. Meses después, dos oficiales superiores de la base aérea Ellington de Texas, a la que había pedido traslado, no pudieron completar su evaluación anual del lapso 1º-5-1972 a 30-4-1973 porque “el teniente Bush no fue visto en esta unidad durante el período que abarca este informe”. No asombra entonces que el belicoso presidente que invadió a Irak se niegue sistemáticamente a contestar preguntas sobre su vida en esos años. Tenía entonces 26 de edad, eludió Vietnam y también el servicio, sin balas hostiles, como reservista.
Las razones visibles para exceptuar a los “chickenhawks” son algo curiosas: van desde “quistes anales” hasta “espalda delicada” (Elliot Abrams, del Departamento de Estado), pasando por “sarpullidos” (Ken Adelman, alto funcionario), “soriasis” (Ken Starr, fiscal), “tres kilos de más” (John Engler, gobernador de Michigan), “rodillas en mal estado” (Dennis Haster, representante republicano). Jack Kemp, ex representante republicano por Nueva York, no conoció Vietnam por una “rodilla estropeada” que no le impedía jugar al fútbol. El 70 por ciento de los senadores, sobre todo republicanos, no tuvo trato con el fuego real de algún enemigo de EE.UU. Un portavoz del comando central estadounidense instalado en Bagdad anunció el lunes último que 167 soldados cayeron y 1006 resultaron heridos a consecuencia de ataques iraquíes. Otros 91 murieron y 227 resultaron heridos en diversos accidentes. Es difícil suponer que alguno de ellos fuera senador, representante, político o capitoste de la Casa Blanca. O juez: el autoritario y malhumorado fiscal de la nación John Ashcroft, empeñado en recortar cada vez más las libertades civiles estadounidenses, figura entre quienes cumplieron su deber en casa.
El teniente general Ricardo Sánchez, jefe de las tropas yanquis en Irak, anunció desde el palacio del que Saddam Hussein fuera desalojado que sus hombres permanecerán en Irak un año como mínimo –bajo ataques guerrilleros y calores de hasta 52 Celsius, una ración de 2 litros de agua por día y comida enlatada– antes de ser reemplazados y repatriados. Un sargento del 2º batallón de combate de la 3ª división de infantería manifestó al corresponsal de ABC en Fallujah (12-7-03): “Tengo mi propia lista de ‘los más buscados’”. Se refería al mazo de cartas que publicó laCasa Blanca con sendas efigies de Saddam, sus hijos y otros iraquíes de captura prioritaria. Los “más buscados” del sargento son Paul Bremer, el diplomático uncido por Bush hijo virrey civil de Irak, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld, su segundo Paul Wolfowitz y el propio George Bush.
También se oyen quejas en Estados Unidos. Unas 600 familias de efectivos estacionados en Irak lanzaron la campaña “Tráiganlos a casa” que demanda el retorno de las tropas. En conferencia de prensa realizada el miércoles en Washington, sus organizadores señalaron que las familias se muestran cada vez menos reticentes a criticar la guerra y que han recibido miles de e-mails encabezados por esta afirmación: “Soy republicano, voté por Bush, apoyé esta guerra cuando empezó”. Ya no. La prometida guerra rápida se ha convertido en larga ocupación.
The New Hampshire Gazette de Portsmouth, el periódico más antiguo de EE.UU., fundado en 1756, exhibe una tabla –incompleta– de “chickenhawks” notorios e ironiza con suavidad: dice que se trata de personas “que tienden a preconizar, o son partidarios fervientes de los que preconizan, soluciones militares a los problemas políticos y que personalmente declinaron la ventaja de una oportunidad significativa de servir en uniforme en tiempos de guerra”. Es una ventaja que el poderoso John Bolton del Departamento de Estado o el ardiente defensor de la guerra global Paul Wolfowitz no han sabido aprovechar. Pobres.

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Límites

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-07-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

“La guerra es lo único que cura al mundo”, decía el escritor italiano Marinetti. “Es una necesidad filosófica”, afirmaba el pintor alemán August Macke, muerto en acción en 1914. “Es un gran remedio”, abundó el legendario escultor francés Gaudier-Brzeska, caído en combate en 1915. Y el artista norteamericano Marsden Hartley: “La guerra es la forma moderna del éxtasis religioso”. Es difícil que sus compatriotas en Irak compartan hoy ésas y otras expresiones similares de futuristas y vorticistas entusiasmados por la Gran Guerra: unos 28 efectivos estadounidenses perdieron allí la vida el mes pasado, cifra que duplica con creces la registrada en mayo, y la resistencia contra el invasor parece cada vez más organizada. Algunos murieron en accidentes que, en parte, son también consecuencia de los ataques iraquíes: conducían sus vehículos militares a toda velocidad para evitar posibles emboscadas.
Preocupa más al Pentágono otra clase de baja. La moral de sus tropas se deteriora y la prensa norteamericana da cuenta del hecho. “No se sabe quién es un enemigo, no se sabe en quién confiar”, declaró al Seattle Times (30/6/03) el sargento Gary Qualls estacionado en Ramadi, al noroeste de Bagdad. El telón de fondo es la promesa siempre postergada de un pronto retorno a casa después del derrocamiento de Hussein, en tanto el promedio de los enfrentamientos armados con iraquíes es de 13 cada día. Unos 9000 hombres de la 3ª división de infantería, sin misión alguna, esperan hace varias semanas que los devuelvan a EE.UU. La mayoría fue desplegada en la región seis meses y hasta un año atrás. Uno de sus oficiales describió así la temperatura mental de esas tropas: “Se desahogan con cualquiera que se preste a escucharlos. Escriben cartas, lloran, gritan, muchos no hacen más que dar vueltas visiblemente fatigados y deprimidos” (The Christian Science Monitor, 7/7/03). Las mujeres soldados con hijos la pasan sin duda peor.
Las voces de esa frustración están llegando al Capitolio. “La mayoría de los soldados vaciaría sus cuentas bancarias por un pasaje de avión a casa”, dice una de las cartas que en el Congreso se reciben de Irak con el reclamo de la repatriación. Y otra: “Mi mujer me escribe ‘la guerra terminó, ¿por qué no vuelves?’”. Otra más: “La forma en que hemos sido tratados y las mentiras constantes a nuestras familias sobre nuestro regreso nos han devastado a todos”. Estas tensiones son tomadas en cuenta en el Pentágono: especialistas del ejército están elaborando un programa de “descompresión psicológica” de dos semanas de duración a fin de readaptar a la vida civil a los que sean repatriados. En las oficinas del Departamento de Defensa no se olvida que en el 2002 seis militares de las Fuerzas Especiales que habían combatido en Afganistán asesinaron al volver a sus respectivas mujeres.
El senador republicano John McCain percibe la creciente inquietud de los votantes porque, a su juicio, la Casa Blanca no explica con claridad los planes para Irak. La semana pasada se explayó en el programa “Face the Nation” de la CBS: “Es tremendo el apoyo de mis electores al presidente, a lo que nuestros militares, hombres y mujeres, hicieron, pero sienten ansiedad”. Y se esperanzó: “Creo que si se les dice exactamente qué se está pensando, seguirán apoyándolo”. Quién sabe. La Casa Blanca está pensando exactamente que la ocupación de Irak se prolongará al menos cinco años. Y luego: que los 150.000 yanquis desplegados en ese país, más los 80.000 instalados en países vecinos –incluso ex repúblicas soviéticas–, no parecen suficientes. Tal vez éstos recuerden que, antes de la invasión, el jefe del Pentágono Donald Rumsfeld aseveró que se trataba de “liberar, no de ocupar” Irak. Ahora lo oyen vociferar que la guerra contra el terrorismo en Irak y en el mundo “no finalizará en poco tiempo”.
Un militar norteamericano de alta graduación que prefirió el anonimato ha señalado al periódico escocés Sunday Herald (6/7/03): “Nuestras fuerzas están desplegadas en muchos más lugares que antes, de Colombia a Corea del Sur y en puntos intermedios. Tiene que haber un límite y podríamos alcanzarlo en Irak si hacen falta más tropas sobre el terreno”. En efecto: unos 370.000 efectivos estadounidenses están repartidos por el mundo y esa cifra constituye el 37 por ciento del millón de jefes, oficiales, soldados y reservistas de las fuerzas armadas, un total que incluye a la guardia nacional. Como prueba Irak, la tecnología bélica más avanzada facilita rápidas victorias, pero es insuficiente para ocupar un país: la infantería sigue siendo clave. ¿Cómo hará entonces Bush hijo para concretar el imperio mundial con el que sueña? “No basta con desear, además hay que tener buenos riñones”, dejó escrito Diderot.

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Fuentes

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 26-06-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

No hay peor crédulo que el que cree lo que quiere creer. ¿O en el caso de Donald Rumsfeld el calificativo es otro? El jefe del Pentágono insiste en darle crédito al Dr. Jidir Abdul Abbas Hamza, a quien el mes pasado envió a Bagdad para supervisar la industria nuclear iraquí, aplicada –que se sepa– a usos civiles en medicina, ingeniería y agricultura. Este oscuro personaje huyó de la dictadura husseinita en 1994 y es cierto que había trabajado en los programas nucleares de su país. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIOIEA) lo tenía registrado como técnico en enriquecimiento de uranio electromagnético, pero Hamza no se conformó con eso: una vez fuera de Irak se autoungió “padre de la bomba nuclear de Saddam” y se dedicó a filtrar a la prensa británica documentos que anunciaban la realidad en pocos años de arma semejante en los arsenales del tirano. Sucedió en 1995 y no tardó en nacer una leyenda: Hamza había desaparecido luego en Grecia, asesinado por agentes iraquíes.
La leyenda era tan falsa como los documentos. The Sunday Times, tras publicarlos, los entregó a la OIOIEA y una reciente investigación del periodista inglés Solomon Hughes sacó a luz los comentarios que el organismo internacional elevó al Consejo de Seguridad en carta fechada en julio de 1995. “Un detallado análisis de la forma y el contenido de los documentos puso de manifiesto un gran número de errores y contradicciones”, señala la OIOIEA. Agrega: “Los documentos presentan errores de construcción y sugieren que se ha llevado a cabo una pobre adaptación de documentos iraquíes auténticos”. Los integrantes de la misión de la ONU que buscaban armas en Irak llegaron también a la conclusión de que “no son auténticos”. El inspector Maurizio Ferrero no recurrió al eufemismo: los motejó de “falsificaciones”.
El general Hussein Kamal, yerno de Saddam, dirigía el programa iraquí de armamentos cuando decidió –también en 1995– pasarse a Occidente y colaborar con los inspectores de la ONU. Las amenazas contra su familia lo instaron en 1996 a regresar a Bagdad, donde fue asesinado, pero ésa es otra historia. A comienzos del corriente año trascendieron algunas de sus consideraciones de Kamal sobre Hamza, registradas en acta: “Trabajó con nosotros, pero era un inútil y siempre andaba buscando ascensos. Me consultaba, pero nunca aportó nada. Es un mentiroso profesional”. No están lejos de éstas las opiniones del físico David Albright, presidente del Instituto de Ciencia y Seguridad Internacional de Washington DC, quien cooperó activamente con la OIOIEA de 1992 a 1997: “Lamento no poder recomendar al Dr. Hamza, de ninguna manera. Creo que deforma deliberadamente tanto sus calificaciones pasadas como sus declaraciones sobre la capacidad nuclear anterior y actual de Irak”. Para el ex director de la CIA, James Woolsey, claro que no: “Tengo una elevada opinión de él (Hamza) y no encuentro motivos para no creer en sus afirmaciones”.
Se explica: cuando Hamza aterrizó en EE.UU. en 1998 se acercó a los superhalcones que entraron en la Casa Blanca con Bush hijo. Se convirtió en un infatigable informador de la Oficina de Planes Especiales del Pentágono, la misma que proporcionó las “pruebas concluyentes” de que Saddam tenía armas de destrucción masiva mientras la CIA mostraba cautela sobre el tema. Fue además un propalador incansable de la necesidad de invadir Irak porque poseía armas químicas y biológicas, y apoyaba a Osama bin Laden. Así lo testimonió ante el Congreso estadounidense en el 2002. En septiembre de ese año aseveró a The Times, el Daily Mirror y el Daily Express que Bagdad estaba a punto ya de producir bombas nucleares. El falsificador nutrió el expediente de Bush para atacar a Irak.
En 1998, Hamza quiso despegarse de la cuestión de los documentos falsos y no encontró mejor argumento que aducir que, en realidad, alguien se había hecho pasar por él y que ese alguien había entregado los documentos fabricados a The Sunday Times. Pretendió que el engaño era obra de uncierto grupo opositor iraquí que quiso obligarlo a abandonar su refugio en Libia. Al parecer no advirtió que esta intrincada explicación, si cierto fuere, confirma que los opositores a Hussein falsificaban los documentos que los gobiernos de EE.UU. y del Reino Unido devoraron con gusto y gana. Para la OIOIEA se trató de una adulteración grosera: dice en su carta al Consejo de Seguridad que “expertos de Estados con armas nucleares” evaluaron los elementos técnicos del supuesto programa iraquí de producción de esas armas y los consideraron “inverosímiles”. “Se ha establecido claramente –remacha– que existen inexactitudes significativas en cuanto a calificaciones, títulos y nombres del personal (iraquí), así como en lo atinente a la organización de las estructuras técnicas y administrativas.”
Ocho años después, el subsecretario de Defensa, Paul Wolfowitz –según trascendió–, nombró personalmente a Hamza asesor de la Oficina de Reconstrucción y Asistencia Humanitaria del Pentágono encargada de “reconstruir” Irak con la ayuda de iraquíes exiliados que hace mucho no pisan el país. Preguntado sobre esta designación, el vocero del Pentágono, Daniel Hetlage, se explayó en sus confianzas: Hamza fue seleccionado, dijo, “por su vasta experiencia de gestión en el campo nuclear”. Un campo, por lo visto, que requiere todo tipo de habilidades.

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De los tiempos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 22-06-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

Suele decirse que a veces el pasado amenaza al futuro. En efecto: si hay en Alemania quienes corrigen los hechos, niegan la existencia de la Shoa y de las cámaras de gas y pretenden que el primer pueblo ocupado por Hitler fue el pueblo alemán, el horror puede volver. O cuando ciertos militares y civiles argentinos venden la tragedia de la dictadura militar como una gesta patriótica contra la subversión que apenas cometió algunos excesos –los “excesos” alcanzaron a una “subversión” muy numerosa, por lo visto: 30.000 desaparecidos–, el horror se puede repetir. Esos revisionismos causan una preocupada indignación. En cambio, la indignación se permite sonreír cuando Bush hijo proclama que los críticos de sus justificaciones para invadir Irak son “historiadores revisionistas”. He aquí un caso de presente que amenaza al pasado.
Y se trata de un pasado recientísimo. “El peligro para nuestro país es grave –espetó Bush en septiembre de 2002–. El peligro para nuestro país está aumentando. El régimen iraquí posee armas biológicas y químicas” y Saddam “puede tener armas nucleares en menos de un año”. Su adlátere, el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, fue aún más taxativo: “Nadie en el mundo cuestiona que ellos (los iraquíes) tienen esas armas. Nadie en el mundo cuestiona que siguen desarrollándolas y comprándolas. Nadie en el mundo cuestiona que están dispuestos a usarlas. Nadie en el mundo cuestiona que están amenazando constantemente a sus vecinos con ellas. Todos sabemos eso. Hasta un mono amaestrado lo sabe”. Pareciera que el presidente Bush quiere despegarse de esa condición: el 3 de junio declaró a la televisión polaca “encontramos las armas de destrucción masiva, encontramos laboratorios biológicos y encontraremos más armas con el tiempo”. Pero tales armas no aparecen y hace unos días corrigió: “Estoy absolutamente convencido de que, con el tiempo, encontraremos que ellos (los iraquíes) tenían un programa (de producción) de armas (de destrucción masiva)”. Con el pasito de “armas” a “programas”, Bush hijo demuestra que el pasado es impredecible.
Su socio Tony Blair no se quedó atrás. Además de esgrimir un documento adulterado para probar que Hussein tenía en cada mano una catástrofe que se aprestaba a arrojar contra Londres y el mundo, aseguró que en sólo 45 minutos el dictador iraquí podía desatar una agresión con armas de destrucción masiva. Cabe reconocer que esta clase de ejercicio tiene tradición en el Reino Unido. La Gran Guerra de 1914-1918 no gozó en sus inicios de la simpatía de la población británica. Tampoco –por otras razones– de la opinión pública de EE.UU., cuyo sostén Londres necesitaba. Whitehall programó entonces una campaña bien sazonada de rojo y amarillo y los periódicos británicos y norteamericanos se encargaron de difundir brutalidades varias de las tropas alemanas que avanzaban en territorio belga para ocupar París. Presuntos testigos habían visto a soldados alemanes con bebés ensartados en sus bayonetas que recorrían las calles al son de marchas militares. Abundaron los relatos de niños belgas con las manos cortadas para que no usaran armas contra el invasor. O de cadáveres de mujeres con los pechos mutilados. O de mujeres violadas en serie por los “hunos” frente a batallones que aplaudían. El gobierno británico pagó los gastos de un grupo de belgas que viajó a EE.UU. para contar estas historia al que el presidente Woodrow Wilson recibió con solemnidad.
Whitehall hizo más. Estableció una comisión presidida por el vizconde James Bryce, prestigioso y anciano historiador, que en mayo de 1915 presentó un informe que corroboraba y aun ampliaba esas denuncias. Los seis historiadores y juristas de la comisión habían “analizado” las declaraciones de 1200 testigos, sobre todo belgas refugiados en suelo británico, a quienes nunca interrogaron directamente –eso era “tarea de abogados”– y tampoco identificaron. Londres distribuyó profusamente el documento y en EE.UU. se pudo leer una primera plana del New York Times con estos titulares: “El Comité Bryce prueba las atrocidades alemanas/No sólo crímenes individuales, también matanzas premeditadas en Bélgica/Mutilación de jóvenes y ancianos/Mujeres atacadas, niños brutalmente asesinados, incendios y saqueos sistemáticos/Prisioneros y heridos baleados/Civiles usados como escudos”. Etc. Tony Blair parece haber cursado con brillo la escuela Bryce.
Los efectivos alemanes perpetraron, sí, salvajadas como el arrasamiento de la ciudad belga de Dinant y el asesinato de sus habitantes. Pero el incómodo abogado yanqui Clarence Darrow dudaba de las veracidades del informe Bryce. A fines de 1915 viajó a Francia y ofreció mil dólares, equivalentes a unos 17.000 actuales, a quien le trajera un niño belga o francés con las manos cortadas por un soldado alemán. Nadie se presentó. Hace casi un siglo que el diplomático anglo-irlandés Roger Casement, de quien Bryce había sido colaborador, señaló sobre su informe: “Basta con dirigirse a James Bryce, el historiador, para condenar a Lord Bryce, el partidista”. En el caso del presidente Bush, basta dirigirse al de hoy para condenar al de hace un par de semanas.

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Anonimatos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 24-05-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

Encontrar al padre puede ser una tarea difícil, aun teniéndolo en casa. Fue imposible para Alec Guinness, hijo de madre soltera que nunca le reveló quién era el suyo. “Debo admitir que mi búsqueda de un padre ha sido mi constante pensamiento durante 50 años”, confesó el gran actor británico alguna vez. Para su amigo John Le Carré, la versatilidad actoral de Guinness, su capacidad para encarnar los personajes más disímiles, la riqueza expresiva de su rostro en consonancia con cada papel, derivaban de una genuina preocupación interior por su propia identidad. El escritor afirmó que la personalidad de George Smiley –el espía inglés que protagoniza algunas de sus novelas y que Guinness interpretó en película– fue “un refugio” para el actor. Tal vez. Lo cierto es que Sir Alec odiaba representar caracteres que se le parecieran. Más bien se buscaba en otros. No deja de ser una manera de practicar el anonimato.
Abundan las anécdotas que registran su deseo de pasar inadvertido. El se complacía en contar que, ya famoso, fue a cenar a un hotel, dejó su abrigo en el guardarropas y el empleado le dijo que no era necesario que diera su nombre para recogerlo al salir. Cuando lo hizo, descubrió que en su contraseña habían escrito “calvo con anteojos”. “Como persona era casi invisible –observó Ronald Neame, productor del film ‘Grandes expectativas’ basado en la novela de Dickens–. Me recordaba a esos muñequitos de mi infancia a los que les ponía distintas cosas y se convertían en soldados o en pilotos.” En la partida de nacimiento de Alec estaba vacío el renglón “Nombre del padre”. Quizás ésta fuera la razón de su afinidad con T. S. Eliot, quien supo establecer: “A nadie le gusta que lo dejen solo con un misterio. Pero hay más que eso. Hay una pérdida de personalidad, o mejor, se pierde contacto con la persona que uno piensa que se es. Uno ya no se siente totalmente humano”.
“Un actor es el intérprete de las palabras de otro, a menudo es un alma que desea revelarse al mundo pero no se atreve, un artesano, una bolsa de artimañas, una bolsa de vanidad, un frío observador de lo humano, un niño, y en el mejor de los casos, un sacerdote expulsado de la Iglesia que por una o dos horas puede convocar al Cielo y al Infierno para fascinar a un grupo de inocentes”, asentó Guinness en sus memorias (Blessings in Disguise, 1985). En sus diarios, que se publicaron gracias a la tenacidad de un editor (My name escapes me, 1995-1996, y A Positively Final Appearance, 1996-1998), lamenta que a su pesar “no puedo ocultar mis fobias, mis enojos y prejuicios, tampoco mi infantilismo y mi frivolidad”. No incurrió en la egolatría tan frecuente en los libros de no pocos actores y actrices –como el estridente y fascista Un cri dans le silence, recientemente perpetrado por Brigitte Bardot–, pero en sus páginas tampoco aflora el ser íntimo de Alec Guinness. Sólo hablan de su estar, de su afuera más que de su adentro, como si representara otro papel, eso sí, carente de malicia, modesto y con humor.
Los excelentes retratos de hombres de teatro notables –como John Gielguld– alternan con anécdotas como la de Ralph Richardson, que brinda “A la salud de Jesús, qué tipo formidable”, o el relato de la ayuda que presta a una vecina para desmalezar su jardín, o las discusiones con su esposa acerca de cuándo y cómo se produjo tal o cual hecho, razón –afirma– por la que escribe un diario. Este hombre, que al mirarse en un film que pasa por la televisora se asombra de verse “muy viejo, muy feo, muy gordo”, fue dueño de una ironía finísima. Le encantaba escuchar los pronósticos meteorológicos por radio: “Es algo romántico –apunta–, tiene autoridad, es fascinante y comprensible. La muchacha que habla tiene buena voz, clara, sin afectación, y trata a todas las zonas con absoluta imparcialidad. Entre muchas otras cosas excitantes, hoy tenemos: “... Finisterre, lluvias intermitentes, visibilidad una milla, aumentandolentamente”. No había juicios morales en su voz cuando agregó: “Dóver, visibilidad diez metros, cediendo rápidamente...”. El subtexto para actores es claro, dice sin decir. Así construyó sus personajes. Los habló también con el silencio.
De abril de 1934 a mayo de 1989 Alec Guinness interpretó 77 papeles en el teatro, 55 en cine, 14 en obras para televisión, obtuvo dos Oscar y fue nombrado caballero del reino por la reina Isabel. Las generaciones jóvenes hoy lo conocen sobre todo como el Jedi Obi-Wan Kenobi de La guerra de las galaxias, en que actuó parecido a sí mismo, con su tono de voz natural y sin maquillaje. Me trajo su recuerdo una reciente proyección de El hombre del traje blanco (1951) y volví a preguntarme cómo pasaba de la ingenuidad camaleónica de su protagonista a la ciega rigidez del coronel británico prisionero de los japoneses en El puente sobre el río Kwai (1957) o a la imperiosidad tranquila del príncipe Feisal en Lawrence de Arabia (1962). Los diarios y las memorias de Guinness probarían que, como es el caso de todo gran artista, el secreto de sus creaciones fue un secreto para él mismo.

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Poetas en movimiento

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 20-02-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

La Primera Dama estadounidense Laura Bush puede ostentar el mérito de haber ensanchado rápidamente el campo pacifista en su país: en sólo 20 días hasta ayer logró que 9600 poetas escribieran 10.817 poemas y comentarios condenando la guerra contra Irak. Para lograr este éxito sin duda inesperado, a Mrs. Bush le bastó cancelar el simposio que se iba a realizar en la Casa Blanca el 12 de febrero para analizar –con el aporte de poetas famosos– las obras de Emily Dickinson, Langston Hughes y Walt Whitman. La reunión era una más de las veladas literarias que la señora organiza, pero el aire está belicoso por allí y varios invitados anunciaron que la convertirían en una sesión de protesta contra la guerra.
El poeta y cofundador de la prestigiosa editorial Copper Canyon Press Sam Hamill sintió “una especie de náusea” cuando recibió la invitación un día después de que Bush hijo amenazara a Irak con una destrucción semejante a la que sufrieron Dresde y Tokio en la Segunda Guerra Mundial. Escribió entonces a un pequeño grupo de colegas proponiendo reconstituir el movimiento de Poetas contra la guerra que nació cuando Vietnam e invitándolos a enviar poemas a la página web www.poetsagainstthewar.org. El resultado fue arrollador. El 12 de febrero, fecha del simposio suspendido, una delegación del movimiento llevó a cabo una lectura de poesía frente a las puertas de la Casa Blanca y trató de entregar una declaración contra la guerra que fue rechazada. Hubo más de 160 lecturas ese día en cafés, librerías, iglesias y universidades de casi todos los estados del país.
Grandes poetas como Lawrence Ferlinghetti, Mark Strand, John Balaban, Gregory Orr, Rita Dove, Adrienne Rich, Grace Paley y el actual poeta laureado Billy Collins –autor de una obra más bien intimista y que nunca había adoptado una postura política– se han sumado al movimiento; también W.S. Merwin, ganador del Pullitzer, quien señaló: “El Sr. Bush y sus planes son para EE.UU. un peligro mayor que Saddam Hussein”. Los poemas del sitio abordan la situación de diferente manera, claro. Sam Hamill, detonante del movimiento –autor de trece volúmenes de poesía y de notables traducciones del latín, griego clásico, japonés, estonio y chino-, escribe en “Estado de la Unión 2003”, título del discurso de Bush que anticipó sus náuseas: “No estuve en Jerusalén,/pero Shirley habla de las bombas./No tengo dios, pero he visto a los niños rezar/para que eso acabe. Rezan a dioses distintos./Todas las noticias son viejas otra vez, repetidas/como una mala costumbre, tabaco barato, la mentira social./Los niños han visto tanta muerte/que la muerte nada ya significa para ellos./Hacen fila para el pan./Hacen fila para el agua./Sus ojos son lunas negras que reflejan vacíos./Los hemos visto mil veces./Pronto hablará el presidente./Tendrá algo que decir sobre bombas/y libertad y nuestro estilo de vida./Apagaré el televisor. Siempre lo hago./Porque no soporto mirar/los monumentos al caído en sus ojos”.
Lawrence Ferlinghetti, primer poeta laureado de EE.UU. (1998) y siempre beat a los 80 de edad, adopta en “Tomar posición sobre Irak: hablen claro” un tono incitador casi de letanía: “Y una vasta paranoia barre el país/Y Estados Unidos convierte el ataque contra sus Torres Gemelas/En el comienzo de la Tercera Guerra Mundial/La guerra con el Tercer Mundo/Y los terroristas en Washington/llaman a filas a todos los jóvenes/Y nadie habla/Y se llevan a todos los que usan turbante/Y expulsan a todos los inmigrantes raros/Y envían a todos los jóvenes/a los campos de muerte otravez/Y nadie habla/Y cuando acorralen/a todos los grandes escritores y poetas y pintores/La Fundacional Nacional de las Artes de la Complacencia/no hablará/Mientras todos los jóvenes/estarán matando a todos los jóvenes/en los campos de muerte otra vez/Y ha llegado el tiempo de que ustedes hablen/Todos ustedes amantes de la libertad/Todos ustedes amantes de la búsqueda de la felicidad/Todos ustedes amantes que duermen/profundamente en sus sueños privados/Ha llegado el tiempo de que hablen/Oh mayoría silenciosa/Antes de que vengan por ti”.
El movimiento no se limita a EE.UU. El poeta canadiense Todd Swift no empeñó más de una semana en compilar Cien poetas contra la guerra. El volumen contiene textos de unos 25 poetas de Gran Bretaña y de Irlanda. Y a la página electrónica de “Poets against the war” afluyen poemas enviados desde Noruega, Australia, Jordania, Alemania, Francia, España, Suiza, Argentina, Turquía, Sudáfrica o desde el mero “Planeta Tierra”. Nunca antes el mundo poético había sido levantado por semejante marea pacifista. El mundo a secas tampoco. Estos poetas no se engañan sobre el motivo de la guerra anunciada. “Cráteres de bombas/sangrando oro negro./El calor”, dice un haiku de Alice Benedict, Richmond, California.

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Lhabilidades

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 19-01-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

Una labilidad política insistida no extraña en esta época. Predomina la de izquierdistas que pasan a la derecha sin mayores trámites. Curzio Malaparte recorrió el camino inverso: el joven de 24 años que en 1922 se sumó al fascismo dos meses antes de la marcha sobre Roma, pedía en el lecho de muerte un carnet del Partido Comunista italiano a su secretario general, Palmiro Togliatti. Claro que también solicitó y obtuvo la bendición papal, aunque su decepción fue grande porque no la recibió de Pío XII en persona. El 1924 Malaparte predicaba en su recién fundado periódico La conquista del Estado la imposición de “un fascismo integral”. En 1956 visitó China y elogiaba a Mao Tsé-tung por “su falta de sectarismo y de fanatismo” y por “su sentido profundo de equilibrio y humanidad”.
No fue, sin embargo, un recorrido exento de sinuosidades o accidentes que le acarrearon vistosos embarazos. En 1931 firma una biografía de Italo Balbo, entonces ministro del Aire y antes jefe de los grupos paramilitares de “Camisas Negras”, a quien presenta desde la visión romántica y populista que Malaparte tenía presuntamente del fascismo. Un año después anuncia al Duce que Balbo es de “la madera de los tiranos provinciales”. Mussolini desconfiaba ciertamente de la popularidad y el creciente prestigio de su ministro en tanto que promotor sin tregua de la aviación militar y civil italiana, pero quien fuera “la pluma más vigorosa del fascismo” había calculado mal y fue confinado unos meses en la isla de Lípari. Balbo terminó peor. Para hacerlo a un lado, Il Duce lo designó gobernador de Libia y pero el avión que lo llevaba a su nuevo destino nunca aterrizó en Tobruk: lo derribó una batería antiaérea italiana dizque porque no se había identificado correctamente. En l948 Malaparte publica un artículo anticomunista feroz y Togliatti le recuerda que años antes, en plena resistencia antifascista, había querido afiliarse al partido proclamándose “comunista de nacimiento”.
Meandros políticos aparte –o no–, Malaparte nunca ocultó su preferencia por los poderosos. Tampoco le quitaban el sueño pensamientos acerca de la lealtad y la coherencia personales. El conde Ciano lo financiaba con abundancia, pero cuando el yerno de Mussolini conoció la desgracia Malaparte sólo tuvo para él comentarios despectivos y sarcásticos. Su ideología era reflejo de las curiosas mezclas de los comienzos del fascismo: elogiaba a Mussolini como líder de la rebelión del espíritu italiano contra el seco rigor de la Reforma y a la vez predicaba que los sindicalistas revolucionarios eran los legítimos herederos de los hombres del Risorgimento. En 1932 dio a conocer en Francia Técnica del golpe de Estado, un libro que hasta no hace mucho inspiraba a la oposición en Kosovo y que le trajo cierta notoriedad europea y un barniz de fascista poco ortodoxo. En esa obra expresa admiración por Trotsky y trata a Hitler de alumno incompetente del Duce. El rechazo que sentía por el Führer y los nazis se transparenta en Kaputt, novela basada en sus experiencias como corresponsal de guerra en el frente ruso. Mucho de lo que allí escribe y describe resulta repugnante, estridente, con tufo a necrofilia chic a la D’Annunzio. Pero no todo es sensacionalismo: el narrador, dramatugo y periodista supo acuñar imágenes alucinantes, como la descripción de las cabezas ya de mármol de los caballos congelados en el lago Ladoga; o retratos de dura ironía como el del gobernador nazi de Polonia, Hans Frank, y su corte con pretensiones típicas de “la magnificencia fría, insolente y estúpida” del Tercer Reich.
Hijo de un técnico alemán asentado en Prato, Toscana, Malaparte –o más bien Kurt Erich Suckert– se consideraba depositario de “todo el romanticismo y la locura de los alemanes” y afirmaba que el origen de sus “errores” radicaba en su voluntad constante “de ser (no parecer) un italiano como todos”. Tales contradicciones se apoyaban en el eje nada incierto de su oportunismo sin tacha. El primer borrador de Kaputt era más antibritánico que antialemán, pero esos sentimientos se revirtieron en la versión final publicada en 1944, cuando era claro que los Aliados iban a ganar la guerra.
Malaparte sobresale en el ejercicio de los discursos de la abyección, como si reprochara a los vencedores el haberlo convertido en paciente de la ignominia. Es uno de los rasgos que recorren Kaputt y más tarde La piel (1949), una serie de episodios casi surrealistas sobre las penurias y degradaciones padecidas por los napolitanos bajo la ocupación aliada. Las hubo, desde luego, pero en esos relatos Malaparte extrema el efectismo hasta el aburrimiento: no deja hablar a los hechos, los hechos son hablados por él. Su biógrafo Giordano Guerri lo ha calificado de precursor de las evaluaciones supuestamente objetivas del fascismo y del antifascismo que hoy circulan. Es improbable que Curzio Malaparte haya sido precursor de algo innovador o valioso. Cuando mucho es un guía lábil y hábil de giras por ciertas profundidades del Infierno europeo.

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Incógnitas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 02-01-2003 00:00:00

Por Juan Gelman

Dos libros de Primo Levi –Si esto es un hombre (1947) y Los hundidos y los salvados (1986)– lo han convertido en referencia obligada de todo estudio sobre la Shoá. En efecto, en ellos relata su experiencia como prisionero en Auschwitz, adonde fuera deportado por los nazis en 1944 cuando él buscaba contacto con los partigiani. Tenía 28 de edad cuando se publicó el primero y quién sabe si hay otro escritor sobreviviente de los campos de la muerte que haya narrado lo inenarrable con tanta lucidez, economía de medios y agudeza sostenidas a lo largo de 40 años. Siempre se ha exaltado su visión del infierno concentracionario por exenta de insultos, lamentos y repeticiones del agravio, y vertida en un estilo analítico, meticuloso, clarificador, como guiado por la técnica brechtiana del distanciamiento. Desconfiaba de quienes practican la profecía y de quienes levantan el dedo en posición de víctima. “No soy nada de eso”, dijo alguna vez.
Esta aparente objetividad es atribuida a su formación científica: Primo Levi era químico y en 1961 se desempeñaba en Turín como gerente general de una fábrica de pinturas, esmaltes y resinas sintéticas. Investigaba, sí, pero al ser humano, ese “centauro, laberinto de carne y de mente, de aliento divino y de polvo”. Le gustaba sorprender conversaciones más que participar en ellas, “espiar por un agujerito más que observar panoramas vastos y solemnes... hacer girar entre mis dedos una sola pieza del mosaico más que mirar el mosaico entero”. Es puro esquema considerarlo un mero sobreviviente del nazismo que testimonió con talento: su obra completa, publicada por Einaudi en 1998, muestra a un grande y diverso escritor.
Es curioso que se trate de la misma empresa que rechazó el manuscrito de Si esto es un hombre. El libro apareció en una editorial pequeña y no tuvo mayor resonancia. Sólo un joven escritor de entonces lo elogió con entusiasmo. Se llamaba Italo Calvino. Cuando Einaudi lo reedita en 1958 se convierte en un éxito de proporciones y Primo Levi gana respeto como hombre de letras, aunque ciertos colegas lo califican de menor. Pero su obra –poemas, relatos históricos y de ciencia ficción, ensayos, cuentos— desborda la etiqueta “crónica” que la acompañó mucho tiempo, es más contradictoria y menos sosegada de lo que se solía suponer. Por lo demás, revela la intensa labor de traducción de Primo Levi –Heine, Kafka, Lévi-Strauss, entre otros– y su empeño en la difusión de autores como Katzenelson, Poliakov y Bruck que padecieron la Shoá.
Primo Levi escribía y reescribía sin pausa, por lo general textos cortos –”agujeritos”– que intercalaba a veces en otros posteriores concretando libros incluso décadas después de su primera concepción. Si esto es un hombre resultó una criatura en la que trabajó de manera constante, revisó la reedición de Einaudi, supervisó su traducción al inglés y especialmente al alemán (1961), la adaptación radial (1964) y la teatral (1966), le agregó notas para la edición de lectura obligatoria en los colegios (1974) y un apéndice motivado por las preguntas más frecuentes de los estudiantes (1976) que fue además materia de muchas páginas de Los hundidos y los salvados. El crítico Alberto Cavaglion juzgó que todo lo escrito por Primo Levi es una glosa de Si esto es un hombre. En semejante apretujón no entraría, por ejemplo, El sistema periódico (1975), 20 capítulos con el nombre de sendos elementos de la tabla de Mendeleiev en que lo autobiográfico se mezcla con lo científico y lo científico construye analogías de índole moral. Sostenida por un flujo de invención que no decae, la escritura de Primo Levi no es la de un aficionado –como lo definían algunos y él se definía–, sino la de un escritor original cuya penetración sintáctica y emotiva parece dimanar de una oscura ansiedad del pensamiento. Primo Levi no fue sólo el cronista del Infierno moderno: también indagó los meandros del yo y del ser. En el prefacio de su libro más “infernal” –Si esto es un hombre– advierte que lo escribió a fin de “proporcionar documentos para un estudio desapasionado del alma humana”. Cuarenta años después la despasión se disipa en Los hundidos y los salvados: en vez de distancia y ausencia de odio, hay furia. “Nadie –dice– podrá jamás establecer con precisión cuántos del aparato nazi no podían no saber de las atrocidades espantosas que se estaban cometiendo; cuántos sabían algo, pero fingían ignorancia; cuántos tuvieron la posibilidad de saber todo, pero eligieron el camino más prudente de tener ojos y oídos (y sobre todo la boca) bien cerrados.” Y por vez primera pasa del adjetivo “nazi” al gentilicio “alemán”: “... la falta de difusión de la verdad sobre los campos de concentración es una de las mayores culpas colectivas del pueblo alemán, es la demostración más manifiesta de la cobardía a la que lo había reducido el terror hitleriano”. Nunca se sabrá qué produjo esta implosión en Primo Levi. ¿Una rabia latente que se quita la máscara? ¿El deseo de saber que choca contra la imposibilidad de responderse preguntas terribles sobre la condición humana?

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Lecturas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 29-12-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Washington se apresta a enviar 50.000 efectivos al golfo Pérsico que se sumarán a los 65.000 ya estacionados en la zona. Objetivo: invadir Irak. Faltarían pruebas concretas de que Saddam Hussein posee armas de destrucción masiva, pero eso es un detalle y Bush hijo no es detallista. El 22 de septiembre del año pasado, el secretario de Estado Colin Powell prometió por la cadena ABC: “Mostraremos al mundo, al pueblo estadounidense, de manera convincente y que no dejará lugar a dudas, que la responsabilidad (de los atentados del 11/9) es de al-Qaeda, dirigida por Osama bin Laden”. Han pasado más de quince meses y el mundo y el pueblo estadounidense siguen esperando esa mostración.
No asombra entonces que los norteamericanos tengan sus reservas ante una guerra contra Irak. Una encuesta de Los Angeles Times publicada el 15 de diciembre indica que el 90 por ciento de los interrogados cree que Saddam Hussein tiene un arsenal de armas biológicas, químicas y nucleares, pero el 72 por ciento afirma que el gobierno no ha proporcionado evidencias suficientes que justifiquen la guerra. En tanto, no hay signos de que la CIA haya cambiado de posición desde el último octubre, cuando su director George Tenet envió una carta al Comité de Inteligencia del Senado registrando que los analistas de la agencia no consideran que Irak sea una amenaza inminente para Estados Unidos. Y han comenzado a aparecer los fabricantes de versiones contrarias.
Un ejemplo preclaro en la materia es el primer ministro israelí Ariel Sharon. Usó la Navidad para denunciar que Bagdad habría ocultado armas químicas y biológicas en Siria, que científicos nucleares iraquíes hacían su trabajo en Libia y que Irak entrenó a terroristas palestinos en el empleo de bazookas lanzamisiles. Estas declaraciones acompañaron las del jefe de la inteligencia militar de Israel, mayor general Aarón Ze’evi-Farkash, quien manifestó ante un comité parlamentario que el ataque estadounidense se produciría “lógicamente” después del 27 de enero próximo, fecha en que vence el plazo de los inspectores de Naciones Unidas para entregar su informe final al Consejo de Seguridad, que dirá si Saddam conserva esos arsenales o no los conserva. Es decir: habrá ataque cualesquiera sean las conclusiones del informe.
“Decir que sabemos (que Irak tiene esas armas), pero que no lo diremos, no es exactamente persuasivo. No se trata de una partida de póker”, apuntó Serguei Lavrov, embajador de Rusia ante Naciones Unidas. Por las dudas de que los inspectores no las encuentren, teorizantes como el periodista Charles Krauthammer proponen que “encontraremos pruebas retroactivas”. Dicho de otra manera: primero invadir, después averiguar. Hace diez años, cuando se preparaba para expulsar a Saddam de Kuwait, EE.UU. fue sacudido por el testimonio que prestó ante el Congreso una muchacha kuwaití: había visto cómo los soldados iraquíes desconectaban las incubadoras en los hospitales y dejaban morir a los bebés. “Bebés sacados de las incubadoras y esparcidos como leña por el piso”, clamó Bush padre. Finalizada esta primera guerra del Golfo se descubrió la identidad de la testigo: era la hija del embajador de Kuwait ante la ONU.
En la organización mundial no imperan las ilusiones y se diseñan planes en previsión de la guerra contra Irak: según The Times del lunes 23, circulan documentos internos en que se asevera que el conflicto producirá unos 900.000 refugiados, de los que 100.000 precisarán ayuda inmediata. Los funcionarios del Programa Mundial de Alimentos de la FAO han comenzado a acumular alimentos para dar de comer a 900.000 personas durante un mes. Unicef está enviando abastecimientos para 550.000 iraquíes y 160.000 habitantes de cuatro países vecinos. Son preparativos que Kofi Annan, secretario general de la ONU, procura mantener en secreto –dice el diario inglés– “por el temor de sugerir a Irak que la inspección de armamento es vana y que un ataque encabezado por EE.UU. es inevitable”. Al parecer, también la hipocresía es un animal inevitable.
Washington aduce que el informe presentado por Bagdad en cumplimiento de la resolución 1441 del Consejo de Seguridad está muy lejos de cumplir lo que ésta prescribe y proliferan alarmas improbables. Agentes de la inteligencia militar norteamericana afirmaron no hace mucho que Irak proyecta destruir sus propias fuentes de energía e incendiar sus pozos petrolíferos para echarle a EE.UU. la culpa del desastre, pero no revelaron las fuentes de semejante información. La Casa Blanca dejó trascender que Saddam proporcionó a al-Qaeda el mortífero gas VX, que ataca el sistema nervioso central, pero el caso se investigó y la versión se disipó. No pocos analistas se preguntan si está en marcha un incidente parecido al del golfo de Tonkin, que sirvió de razón para que Washington interviniera en Vietnam.
La historia está plagada de esta clase de confecciones. Los llevados y traídos “Protocolos de los Sabios de Sión” explicaron las prácticas antisemitas del zarismo y resurgen cada tanto como prueba de la voluntad judía de destruir la cristiandad. Los fabricó la Ojrana, policía secreta del zar, tomando elementos de “Diálogo entre Maquiavelo y Montesquieu”, una sátira contra Napoleón III del francés Maurice Joly publicada en 1864, de la novela fantástica Biarritz del alemán Hermann Goedsche que apareció en 1868, y de otras narraciones del género. Quién sabe si Bush hijo lee tanto.

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Escribir para Occidente

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 19-12-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Aumenta el número de novelas escritas por autores árabes para ser traducidas –en especial al inglés– con destino al lector occidental. Excepto la obra del Nobel Naguib Mahfouz, la novela no es una forma popular entre los pueblos árabes y tal vez nunca lo sea. Su cultura se ajusta a cánones diferentes del que Benedict Anderson establece en Imagined Communities y que muchos críticos han aplicado luego: la carencia de una tradición novelística indica, por definición, la falta de valores que posibilitan el acceso a la modernidad. Anderson vincula a esa forma narrativa la expresión de conceptos tales como el de Nación, que la poesía no estaría en condiciones de expresar. Es evidente, sin embargo, que las pulsiones nacionalistas no escasean ni en la tradición ni en el presente del mundo árabe e islámico.
Emerson, Pound y T.S. Eliot indagaron, pese a su etnocentrismo, las culturas orientales, aunque no siempre con fortuna. Pero al menos no incurrieron en el exabrupto de John Updike, que en una reseña del relato de estilo nada convencional de Abdel-Rahma Munif titulado “Ciudades de sal” asestó que era “una lástima que el autor parezca insuficientemente occidentalizado para producir una narración que se acerque a lo que nosotros llamamos una novela”. De Updike se podría decir lo mismo al revés. Los medios informativos conceden no poco espacio político al mundo árabe, hoy sobre todo, pero no profundizan el conocimiento de una cultura que tanto alimentó a Occidente. Entonces, y a semejanza de ciertos colegas chinos, algunos escritores árabes van a la montaña.
El fenómeno tiene visos paradójicos. Escribir para la traducción podría ser la búsqueda de un retorno del autor a ser leído por el público árabe. Lo cierto es que, en general, las editoriales de Occidente sólo suelen publicar traducidas de esa lengua las novelas que de algún modo confirman nociones aceptadas sobre dos temas dominantes: la situación de opresión de la mujer y el resurgimiento del fundamentalismo islámico. Un ejemplo en la materia sería Women of Sand Myrrh (Mujeres de arena y mirra), de la autora libanesa Hanan al Shaykh. En el primer capítulo de la novela se advierte nítidamente a quiénes está dirigida: no se explican las referencias occidentales poco o nada familiares para el público árabe, pero se describen con lujo de pormenores los hábitos y las prácticas islámicas que lo serían. Entre paréntesis, no falta quien, por detalles de esa índole, afirma que Marco Polo nunca estuvo en China y se limitó a recoger información en las factorías comerciales del Mar Negro: en su libro no hay mención alguna de la Gran Muralla, o de la costumbre tradicional de achicar los pies de las mujeres con suecos de madera que les imponían desde la infancia. Ambas cosas provocaban la admiración o la repulsa de cualquier visitante extranjero.
Salim Barakat, autor sirio de origen kurdo actualmente asentado en Estocolmo, presenta en Sages of Darkness (Sabios de la oscuridad) un paisaje que obedece crudamente a los preconceptos occidentales. Esta novela tiene extrañas similitudes temáticas con Los versos satánicos de Salman Rushdie –que ciertamente apareció publicada después– y es una parodia extrema de lo que se juzgan hipocresías de la fe islámica. La parodia de las tradiciones religiosas, sexuales y culturales del Islam no es cosa nueva en la literatura árabe, desde Abu Nuwas, el celebrado “poeta del vino” del siglo VIII de nuestra era, hasta Nizar Qabbani, el poeta contemporáneo más popular del mundo árabe. Más de una vez fue reprimida por el poder de turno. Esa manera de ver el mundo es particularmente apreciada por el público de la lengua, pero tanto la novela de Barakat como la de Rushdie pueden ser percibidas como parodias del Islam construidas para ojos occidentales, más que como críticas a las autocracias e intolerancias que imperan en el Medio Oriente. Como la condena a muerte dictada contra Rushdie por haber escrito el libro. La cuestión de escribir para ser traducida o traducido roza, entre otros, problemas atinentes a las políticas que guían la traducción de autores del llamado tercer mundo en los países llamados centrales, es decir, las políticas de publicación de sus monopolios editoriales. Estos siguen y retroalimentan el que consideran gusto occidental y así el tan meneado multiculturalismo en este campo es algo perfectamente parroquial. No se puede menos que dudar sobre la exactitud de las traducciones, por ejemplo, más allá de las inexactitudes o imposibilidades de toda traducción. La historia de la lengua y de la literatura árabes no obedece al patrón occidental del progreso, según el cual se pasa de la épica y la poesía necesariamente a la novela. La lengua árabe siempre fue considerada una obra de arte por sus hablantes y su tradición literaria es ante todo poética.
Dentro de Occidente mismo hay distorsiones parecidas. Ni en Estados Unidos ni en Europa se publican traducciones de obras escritas en lenguas indígenas como el zapoteco o el náhuatl, que además difícilmente aparecen en castellano. En lo cultural, la globalización empobrece tanto como en los planos económico, político y social. Y no se hable de las novelas especialmente escritas –con suerte o sin ella– para ganar concursos y jugosos premios de editoriales notorias. Cabe preguntarse qué quedará de todo eso. Sólo Cronos lo dirá algún día, avisó Pound.

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Voces

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 03-11-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Mientras se escriben estas líneas, asciende a 7549 el número de firmas procedentes de 61 países de los cinco continentes que al pie de una carta al presidente del Uruguay, Dr. Jorge Batlle, le demandan la devolución de los restos de María Claudia García Irureta Goyena de Gelman, “desaparecidos” en algún lugar de Montevideo (véase www.juangelman.org). Es notorio que fue secuestrada con su esposo Marcelo Ariel en Buenos Aires el 24 de agosto de 1976. Ambos fueron llevados a Orletti. A principios de octubre de ese año Marcelo Ariel fue asesinado en la Argentina y María Claudia, embarazada de ocho meses y medio, fue trasladada por militares uruguayos a un CCD de Montevideo. Los firmantes recuerdan al primer magistrado que “esta acción clandestina fue un secuestro de vientre llevado a cabo con el solo objeto de asesinar en Uruguay a una ciudadana argentina para quitarle el bebé”. En efecto.
Más de mil firmas vienen acompañadas de comentarios que en general piden “justicia”, “conocer la verdad”, “castigo a los culpables”, “no olvidar”, “que aparezcan los desaparecidos”, “terminar con la impunidad”. Algunos se dirigen al Dr. Batlle, otros me desean suerte en esta búsqueda y me dicen “fuerza”, “no baje los brazos”, “aguante, Juan”. No puedo describir la emoción que esto me causa: se trata de gente que no conozco y que muy probablemente jamás conoceré. Pero sobre todo me conmueve el repudio generalizado y sin distinciones a los crímenes que perpetraron nuestros militares. Solían declararlos “pundonorosos”, ¿verdad? Entresaco algunas de las muchas voces que se dejan oír en la página web.
–“Señor Presidente: todo lo que usted haga hoy para esclarecer (o no) esta ignominia servirá para recordarlo con cariño o con tristeza. Tiene usted la palabra.” Juan Ramón Saravia Orella, Honduras.
–“El mundo entero espera y exige una respuesta.” Reverenda Judith Van Osdol, directora de la Pastoral de las Mujeres, Consejo Latinoamericano de Iglesias, Buenos Aires/Nueva York.
–“Como madre adoptiva no puedo imaginar lo terrible que sería para mi hijo saber que su origen fue producto de la brutalidad innecesaria.” Dolores Ortega, México.
–“Este hecho debe esclarecerse.” Carlos Oscar Drubi, Argentina.
–“Solidaridad plena e irrestricta.” Susana Urruchúa, España.
–“Las travestis luchamos contra todo tipo de opresión y torturadores.” Lohana Berkinos, Argentina.
–“Ciò ch è accaduto è orribile. Le auguro che la sua battaglia possa raggiungere el risultato que Lei desidera.” Augusto Marepicuo, Italia.
–“En la unión está la fuerza, oremos a Dios Todopoderoso.” Myrta Myrta Figueroa, Puerto Rico.
–“No se trata de resucitar muertos. Se trata de curarnos como personas, como sociedades.” Pablo Mansilla Salinas, México.
–“Por favor, sea humano y piense con el corazón!!!” Alicia Solá, Argentina.
–“Peace is not the absence of conflict, but the presence of justice. Martin Luther King.” Richard Gillespie, Inglaterra.
–“Como uruguaya le ruego señor Presidente que nos honre con una decisión como ésta y no nos haga pasar más vergüenza en asuntos como éste.” Mariel Cisneros, Uruguay.
–“Me adhiero a esta petición ya que traté durante muchos años a María Eugenia Casinelli, madre de María Claudia, y que falleció sin saber nada de su hija y sin saber que su nieta fue encontrada.” Rosario Serra, España.
–“Es la hora de la verdad. Basta de hipocresías.” Sergio Briff, Israel.
–“Por una flor en la tumba de María Claudia.” Patricia Pérez, Italia.
–“Nadie está ‘desaparecido’, o se está vivo o se está muerto y si se está muerto, uno tiene derecho a que su gente sepa dónde llorarle.” Celia Zafra Cebrián, España.
–“Rescatar ese cuerpo es un derecho para la familia y para el pueblo argentino.” María del Carmen Vitullo, Argentina.
–“Señor Presidente: hágalo por Juan Gelman, pero hágalo también por su propia dignidad.” Alcira Soto, España.
–“Es tan culpable el que mató como quien oculta al asesino.” María Inés Errandonea, Venezuela.
–“María Claudia fue mi compañera de estudios secundarios. De ella recuerdo su sonrisa permanente, su compañerismo y su preocupación por los malos momentos que alguna otra compañera pudiera estar atravesando. Por este recuerdo le ruego dar curso a este pedido compartido por tantas personas que la hemos querido de verdad.” Marcela González, Argentina.
–“Agradecimientos por dejarme participar.” Heidi Mac Lennan Rubio, Francia.
–“Força, companheiro Gelman. Uma causa como esta debe ser sempre apoiada. Que muitas mil vozes se levantem junto a tùa reclamando justiça para os que nunca olvidaremos, vítimas inocentes de quem pensava que ter o poder era estar impune e poder ser torçionário”. António Loja Neves, Portugal.
–“Hay que poner fin a este sufrir de todos los habitantes del mundo.” Peregrina Carvajal, México.
–“Los ojos del mundo siguen puestos en usted.” Daina Green, Canadá.
–“Es increíble, señor Presidente, que tengamos que recurrir a la presión internacional para solucionar casos de tan evidente maldad. ¿A Ud. no le parece increíble?” Julio Gávez, Chile.
–“Estimado Señor: ya que usted mostró la virtud del pudor cuando sus declaraciones lamentables sobre los argentinos trascendieron, yo, como ciudadano honesto y abocado al trabajo, y no ladrón, como livianamente dijo usted pese a sus lágrimas posteriores, lo invito a que me devuelva también la dignidad que otros ladrones de gentes me arrebataron de poder asistir a la tumba de alguien que me pertenece en la historia como connacional.” Gustavo Abrevaya, Argentina.
Sí. María Claudia se la quitaron a todos. Todos somos todos.

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Zapping

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 10-10-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Bush hijo cambia varias veces de canal cuando de Iraq se trata. Dijo que era preciso invadirlo por sus conexiones con Osama bin Laden, aunque la CIA reitera que no hay evidencias que lo prueben. En cambio, ha documentado los contactos con Al-Qaida de petroleros sauditas y servicios paquistaníes sin que a nadie en la Casa Blanca se le ocurriera bombardear Karachi o Riyadh. Y luego: que Bagdad posee armas químicas de destrucción masiva, aunque inspectores que integraron la misión de Naciones Unidas que abandonó Iraq en 1998 señalan una y otra vez que ese arsenal fue destruido casi por completo. O que Saddam está a punto de conseguir bombas nucleares, aunque el organismo de energía atómica de la ONU desechó tal posibilidad. El cambio de canal más importante, sin embargo, se produjo en menos de un año: Bush hijo le quitó a Bin Laden la antorcha de Enemigo Público Número Uno y se la pasó al autócrata iraquí.
El habitante del Salón Oval había proclamado después de los atentados del 11/9: “Quiero justicia. Recuerdo un viejo cartel del Oeste que decía ‘Buscado: vivo o muerto’”. Se refería, claro, a Osama. Pero el millonario saudita no sólo ha desaparecido de Afganistán, también del discurso busheano. Bin Laden sigue primero en la lista de 22 terroristas más buscados y encabeza la de los diez prófugos más requeridos por los servicios estadounidenses, pero la ofensiva militar que Washington desató el 7 de octubre del 2001 no culminó con su captura, ni vivo ni muerto. Los sondeos de opinión muestran que ese hecho divide a los norteamericanos. Una reciente encuesta de Gallup reveló que un 50 por ciento de la población considera que la intervención en Afganistán “sólo será un éxito” cuando se atrape a Bin Laden, contra un 38 por ciento que se declara satisfecho aunque tal cosa no ocurra. Un sondeo de Harris encontró que este último índice ascendía al 47 por ciento hace cuatro meses.
Pero la cuestión, hoy, es Iraq. Y cabe recordar un informe que, a principios del año pasado, Bush hijo encargó al influyente Council of Foreign Relations de Washington, del que son miembros, entre otros, el vicepresidente Dick Cheney y ex secretarios de Estado como Henry Kissinger y James Baker. Se titula “Retos estratégicos de la política energética en el siglo XXI”, subraya que esa industria padece en EE.UU. “el comienzo de sus limitaciones en materia de capacidad”, señala que es urgente solucionar la previsible disminución del abastecimiento de petróleo para evitar que se acentúen la recesión económica y la intranquilidad social en el país, y urge a Bush hijo a evaluar con otra mirada “el papel de la energía en la política exterior estadounidense”, ya que el acceso al oro negro “es un imperativo de seguridad”.
El informe aconseja dar “pasos inmediatos” para acelerar el acceso yanqui a los yacimientos de la cuenca del mar Caspio, y destaca la necesidad de aumentar la producción petrolera de Iraq a fin de no sufrir la escasez prevista. No descarta el empleo de medios diplomáticos para lograr esos objetivos, pero tampoco la posibilidad de intervenciones militares. En otras palabras, se trata del libreto de la intervención en Afganistán y de la guerra contra Iraq. El informe fue redactado hace más de un año y medio, meses antes del 11/9, y Washington lo aplica con rudeza y cierta desprolijidad para el bolsillo de los conocidos de siempre.
Moscú observa el panorama con preocupación notoria. Se inclina ahora por una nueva resolución de Naciones Unidas que imponga a Iraq condiciones más duras de inspección de sus arsenales, pero rechaza que éstas sean inaceptables y que vengan acompañadas de la amenaza del uso de la fuerza, como quiere Bush hijo. El nerviosismo ruso se explica y no sólo por la deuda de 7 mil millones de dólares que Hussein contrajo con la ex URSS: Lukoil, la mayor empresa petrolera del país, firmó un contrato de explotación de yacimientos petrolíferos iraquíes por un valor de 20 mil millones de dólares, y se estima en 90 mil millones de dólares elbeneficio potencial de la concesión que obtuvo el gigante ruso Zarabezhneft. Putin teme que la caída de Hussein provoque la anulación de contratos tan jugosos. Imagina –no sin razón– que la voracidad estadounidense de energéticos marginará a Rusia en el control del oro negro iraquí.
Llama la atención que, en el plano político, la Casa Blanca no dé al parecer muestras de diseñar planes sucesorios. La semana pasada, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld no vaciló en responder al periodista que le preguntaba si podía garantizar que el próximo gobierno de Iraq sería mejor que el de Hussein: “No hay muchas garantías en la vida”. Pero Tom Lantos, representante demócrata de California, confió a Colette Avital, del Partido Laborista de Israel, que visitaba el Capitolio: “Ustedes (los israelíes) no tendrán ningún problema con Saddam. Pronto nos lo sacaremos de encima. Y en su lugar instalaremos a un dictador pro-occidental, lo que será bueno para nosotros y para ustedes”, registró el diario israelí Ha-aretz en su edición del 1º de octubre. Avital preguntó a Lantos cómo se podía hablar de entronizar a un dictador en Iraq y al mismo tiempo exigir “reformas democráticas” en los territorios palestinos como condición previa a la reanudación del proceso de paz. Se puede, se puede.

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Coincidencias

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 12-09-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Anton Chejov nunca supo –y seguramente o casi nunca imaginó– que su obra engendraría una discípula en la remota para él Nueva Zelanda. Tampoco lo sabía Katherine Mansfield cuando el gran escritor ruso falleció en l904: tenía 16 años por entonces y estaba a punto de pergeñar una novela de la que se conservan algunos fragmentos. La llamó Juliet y resultó autoprofética. La protagonista contrae una gonorrea que debilita sus defensas, aborta y muere de tuberculosis. La autora sufrió idéntico destino y su vida cesó a los 35 de edad.
Nació en Wellington, en un hogar con padre que de empleado bancario se convirtió en banquero, siempre ganoso de posición social y respetabilidad. La hija cultivaba otras pasiones, oscilaba entre ser violoncelista profesional o escritora y practicaba rebeldías irritantes para una sociedad más bien pacata. ¿Se amotinaba contra el filisteísmo familiar quien escribió “un músico no desea a un hombre o a una mujer, desea toda la octava del sexo”? Virginia Woolf, que la conoció íntimamente, pinta en su novela Las olas a un personaje que padece de padre banquero australiano y que “nunca pudo perdonarse esa barbaridad”. Cualquier semejanza con las realidades de la joven Mansfield sería no casual.
El año 1909 le trajo acontecimientos decisivos. Es enviada a Baviera para dar a luz a un hijo de neocelandés con el que casa e inmediatamente se divorcia. Pierde el hijo y adquiere un amante polaco con gonorrea incluida. Y sobre todo lee por primera vez a Chejov, que la impresiona y marca. Tal vez no cabe hablar en este caso de influencia sino de coincidencia en una manera de ver el mundo, del encuentro –dijo ella– con “un espíritu pariente”. Como el ruso, la neocelandesa desnudó el aburrimiento anodino y los padecimientos sin propósito de ciertos sectores de la “buena sociedad”. Por las páginas de “En la bahía” –uno de sus cuentos más largos, escrito en 1922 y el más envidiado por la Woolf– transita un Jonathan Trout que se pregunta “qué diferencia hay entre mi vida y la de un preso común. En realidad soy un insecto que se metió en una habitación por su propia voluntad. Choco contra las paredes, choco contra las ventanas, revoloteo contra el techo, hago de todo menos salir volando afuera. Y me paso todo el tiempo pensando, como esa polilla, o esa mariposa, o lo que sea, ‘¡la vida es corta! ¡la vida es corta!’”. El Nicolai Stepanovich de Chejov no dice algo distinto: “Me está pasando algo que sólo es disculpable en un esclavo... Estoy lleno de odio y de desprecio, indignación, hastío, miedo”.
Mansfield publicó en vida tres libros de cuentos que la instalan de manera especial en la literatura inglesa. Fue la primera que registró la tristeza irresuelta que yace bajo los entumecimientos de la vida diaria y lo hizo con más fuerza y concreción que contemporáneos suyos como E. M. Foster y aun James Joyce. Creó lectores con sed de su escritura y John Middleton Murry, editor, ensayista y esposo, le publicó póstumamente dos libros de cuentos –El nido de la paloma y Algo infantil– con textos que había rastreado en los 53 cuadernos y otros papeles sueltos de la muerta. Lástima que Murry incurrió luego en lo que no mucho antes había condenado: publicó en forma de diario una selección de las notas que su mujer redactaba en trenes, vestíbulos de teatros, acostada en la cama, y usando cualquier trozo de papel a mano. Murry las expurgó para dibujar la figura de quien definió como “la flor perfecta de Inglaterra”, un ejercicio común a ciertos parientes de escritor que lo corrigen cuando ha desaparecido, como la sobrina de Flaubert y ejemplares de otras latitudes. La edición completa de las notas por Margaret Scott descubre la medida de esa malversación.
Detrás de la confección del diario de un famoso suele rondar la idea de su publicación y no pocos aprovechan la oportunidad –en ocasiones póstuma– de arreglar cuentas con amigos y enemigos. No es el caso de las notas de Katherine Mansfield, en las que abundan rasgos de su dureza, su apetito sexual, sus celos de otros escritores, su obsesión con la muerte. Entre esbozos de tramas narrativas, citas de autores preferidos y aun recetas de cocina, destellan su percepción del absurdo cotidiano y la visión tragicómica de las peleas con el marido, de sus infidelidades mutuas, de la envidia que le despertaba –y devolvía– Virginia Woolf, de sus desesperaciones.
“Ser salvajemente entusiasta, o gravemente serio, es un error. Ambas cosas pasan. Hay que tener siempre sentido del humor”, apuntó tres meses antes de morir. Se había internado en el Instituto para el Desarrollo Armonioso del Hombre que fundara Gurdjieff en Fontainebleau y sus últimas anotaciones son poco más que listas en ruso de palabras como hombros, cuello, dedos, estómago, pecho, que necesitaba para describir los síntomas de su afección. Estos vocabularios dan tristeza y testimonian que Katherine Mansfield alcanzó más en su hacer que en su vivir. Le acontece a la mayoría de los seres humanos, Chejov incluido.

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Orwell redivivo

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 03-09-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

George Orwell anticipó en su última novela, publicada en 1949, un mundo con policías del pensamiento, anulación del pasado, mutilaciones del lenguaje y la memoria, siempre dispuesto a tragarse las mentiras que sirve el poder. Tenía en mente a la entonces Unión Soviética, pero sucede, curiosamente, que es en Estados Unidos donde el gobierno de Bush hijo está llevando a la práctica esas imaginaciones. Es cierto que la novela se titula 1984 y que estamos padeciendo el 2002. Hay que darle tiempo al tiempo.
Hace más de dos meses que la Asociación de Bibliotecas de EE.UU. está esperando que el FBI conteste cuántas veces ha utilizado las amplias atribuciones que le otorga la USA Patriot Act para investigar en secreto los registros –alguna vez confidenciales– de bibliotecas públicas y librerías. Es la pregunta número 12 de un cuestionario de 50 que el Comité de Justicia de la Cámara de Representantes elevó al Departamento del ramo que dirige el devoto John Ashcroft. Devoto en materias varias: religión, represión, fascismo. También esperan el congresista demócrata John Conyers y el republicano James Sensenbrenner, presidente del Comité, que prepararon el cuestionario y fijaron el 9 de julio que pasó como fecha límite para la recepción de las respuestas.
Desde que los atentados del 11/9 llevaron al Congreso estadounidense a aprobar esa ley “antiterrorista”, un documento de 342 páginas que los parlamentarios no tuvieron tiempo de leer, el FBI adquirió, entre muchas otras, la facultad de vigilar a su antojo los hábitos de lectura de todo ciudadano. Guay de quien compre en una librería o pida en una biblioteca algún libro sobre el Islam, o Cuba, o las Torres Gemelas, o los países del “eje del mal”: podría ser catalogado como sospechoso de terrorismo, detenido por tiempo indeterminado sin aviso ni acceso a un defensor, es decir, “desaparecido a la argentina”, como señalara Warren Christopher, ex secretario de Estado de James Carter. De hecho, casi todo el pueblo estadounidense corre esos riegos si el FBI se encapricha.
Las órdenes de allanamiento llamadas sneak and peek (irrumpir y revisar de manera furtiva) le permiten catear cualquier hogar, escrutar efectos personales, fotografiar, bajar información de la computadora si la hay, sin que el dueño se entere hasta después del hecho cumplido. En la revista Insight on the News, John Whitehead, fundador y presidente del Instituto Rutheford, definió la situación así: “La libertad y la seguridad no se excluyen mutuamente, pero lo único que nos separa de la tiranía es la Constitución de EE.UU. ¿Pienso que hemos perdido libertades civiles? Sí. ¿Pienso que hemos establecido las bases de un Estado policial? Sí”. No se puede decir que Whitehead habla oscuro.
Las órdenes de registro de bibliotecas y librerías son emitidas por una instancia judicial que se reúne en secreto y prohíben que los funcionarios y dueños de las unas y las otras revelen a nadie que el FBI los ha contactado, y menos a la persona que está siendo investigada. Los Angeles Times (29/7) da cuenta de un sondeo que el centro de investigaciones de la biblioteca de la Universidad de Illinois llevó a cabo en 1020 bibliotecas: el 85 por ciento, en su mayoría de los institutos de investigación más importantes, fue “visitado” por agentes federales o locales que pedían información sobre las preferencias de los lectores. La policía del pensamiento, vamos.
Esto no transcurre sin reacciones institucionales. Se ha informado en estas páginas (29/8) que en Newark, Detroit, Washington y Cincinnati se dictaron fallos que condenan los métodos orwellianos ejecutados por Bush hijo. El tribunal federal de apelación de Cincinnati dictaminó que eran ilegales las audiencias secretas que culminaron con la deportación de centenares de sospechosos de terrorismo detenidos luego del 11/9. “El Poder Ejecutivo intenta seccionar las vidas de las personas, de espaldas a la mirada pública y detrás de una puerta cerrada. Las democracias mueren detrás de puertas cerradas”, especifica su sentencia. La jueza federal deWashington, Gladys Kessler, determinó que el Departamento de Justicia debe proporcionar los nombres de la mayoría de los sospechosos que siguen presos. “Las detenciones secretas –dice su fallo– constituyen un concepto odioso para una sociedad democrática.”
Y hay resistencias locales. Las autoridades municipales de Berkeley (California), Denver (Colorado), Ann Harbor (Michigan) y de cuatro ciudades de Massachusetts (Northampton, Leverett, Amherst y Cambridge) aprobaron sendas resoluciones que cuestionan el camino que la Casa Blanca recorre en su guerra “contra el terrorismo” dentro de las fronteras nacionales. “Creemos que estas libertades civiles (de expresión, de reunión, la igualdad ante la ley y el derecho a la privacidad, otras) están ahora amenazadas por la USA Patriot Act”, aseveró el concejo municipal de Cambridge. “Nos trajo (esa ley) resonancias de la era McCarthy y de otros tiempos”, recordó la concejal de Denver, Kathleen Mac Kenzie. Es que resulta imposible anular las reservas democráticas de una sociedad entera. Eso también –desesperadamente– Orwell previó.

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Presencias

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 04-08-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Reverberaba aún en la conciencia europea el caso Dreyfus cuando Kafka escribió, en octubre de 1914, su relato más despojadamente cruel: “En la colonia penitenciaria”. En 1906 había sido rehabilitado el capitán Dreyfus, único oficial judío del Estado Mayor Francés, que bajo la falsa acusación de espiar para Alemania sufrió degradación, corte marcial y una condena por la que inauguró el ex leprosario de la Isla del Diablo convertido en colonia penal. El caso sacudió durante años las entrañas políticas de Francia, irradió a media Europa y, a caballo de la ola de antisemitismo que cundió, Maurice Barres formulaba el concepto de que el individuo sólo era un eslabón de la cadena de generaciones y estaba irremisiblemente conformado por la sangre de los ancestros comunes a toda la nación, a los que el judío era extraño. Se trataba del “Blut und Boden” –sangre y suelo– que Hitler enarboló décadas después como infame bandera de la Shoá. No es curioso que esos hechos tuvieran presencia en el judío Kafka y en su obra: Josef K., protagonista de El proceso, es arrestado inopinadamente una mañana y sometido a juicio sin razón. Como Dreyfus.
La Isla del Diablo –1200 metros de largo por 400 de ancho– se encuentra a 10 kilómetros de la costa de la Guayana francesa y la colonia penal sólo fue clausurada en 1944. De allí escapó en su novena tentativa el asesino Henri Charriere (a) Papillon, quien narró sus peripecias en una autobiografía que Dalton Trumbo adaptó para el cine en 1973. El cuento de Kafka se desarrolla en la colonia penal de una isla del trópico en la que se habla francés, y ahí terminan las cercanías con el caso Dreyfus. La existencia en el relato de una casa de té sugiere que la acción transcurre en Oriente. Claro que hay más: una máquina infernal que ejecuta prisioneros y antes graba en sus cuerpos la sentencia que se les impuso por alguna infracción. Es la tortura, la escritura del poder. El oficial a cargo de la máquina describe entusiasmado sus virtudes al viajero que la observa y puede leerse aquí el repudio de Kafka al avance técnico aplicado por secuaces del atraso. Algo, sin embargo, mella la exaltación del oficial: ha muerto el viejo comandante de la colonia penal que diseñó la máquina y el nuevo quiere abolir esa práctica. Ruega entonces al viajero, un investigador distinguido, que abogue ante el último por la continuidad del método.
El oficial elogia sus ventajas y su argumentación está cargada de pasado. Rememora cómo eran las ejecuciones en los tiempos del antiguo comandante: el valle repleto de gente rodeando la máquina desde el día anterior a la ejecución, fanfarrias, todos los altos funcionarios de la isla sentados en la primera fila del espectáculo, la puja por verlo de cerca cuando se acercaba el final de la víctima y la preferencia dada a los niños. “Gracias a mi oficio –aclara el militar–, yo podía estar siempre al lado; con frecuencia permanecía allí en cuclillas, con dos niños pequeños en mis brazos. ¡Cómo recibíamos todos la expresión de transfiguración del rostro atormentado! ¡Cómo manteníamos nuestras mejillas al resplandor de esa justicia alcanzada por fin y que ya se acababa! ¡Qué tiempos aquellos, camarada!” Es lo que hoy han de decirse los Videla, Massera, Suárez Mason y otros torturadores, asesinos y desaparecedores de cadáveres que nos tocó padecer. Lo mismo se dirán “profesionales” de esa laya en Chile, Uruguay y no pocos países de América latina.
El final del cuento es paradigmático. El viajero pide ver la tumba del comandante fallecido y enterrado en la casa de té debajo de una mesa que el oficial aparta. Sobre la losa hay una inscripción que dice: “Aquí descansa el viejo comandante. Sus partidarios, a quienes ya no se permite llevar un nombre, le han cavado la fosa y colocado la losa. Existe una profecía que dice que el comandante resucitará después de un cierto número de años y, desde aquí, guiará a sus partidarios para reconquistar lacolonia. ¡Creed y esperad!”. Kafka no se equivocaba y no hubo mucho que esperar. El viejo comandante se encarnó en Hitler, Stalin, otros, para hacer la lista corta. Tiene una gran capacidad de resucitación.
En 1916 Kafka hizo en Praga una lectura pública de En la colonia penitenciaria. La prensa lo calificó de “libertino del horror”. Kurt Wolff, su editor, se negó a publicar el cuento porque le parecía “demasiado repugnante”. Kafka le respondió a Wolff: “Como aclaración a este relato, tengo que añadir que no sólo él es repugnante, sino que más bien nuestro tiempo en general, y el mío en particular, fue y es repugnante, en particular el mío”. Kafka tal vez nunca imaginó que Hiroshima, Nagasaki, la Shoá, la globalización brutal y otros genocidios amontonarían más capas de repugnancia sobre esa repugnancia. Ni que personajes como Bush hijo se empeñarían en aumentar la cantidad y calidad del producto.

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Dilemas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 25-07-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

El ataque israelí provocó la muerte de catorce palestinos, entre ellos ocho niños.
Las noticias del lunes último informaron que Ariel Sharon ordenó atacar un barrio popular de Gaza con aviones F-16. Los misiles alcanzaron casas donde vivían decenas de familias, pero el objetivo israelí, ajusticiar a Sala Shehade –jefe del brazo armado de Hamas– se logró. También murieron otros 14 palestinos por lo menos, ocho niños entre ellos, y 140 resultaron heridos. Sharon calificó el operativo de “gran éxito” y lamentó las bajas civiles aunque –dijo– “no hay compromiso posible con el terror”. Los ocho niños serían entonces terroristas. Según la BBC, el ataque israelí se produjo cuando representantes de Hamas participaban en una reunión con otros movimientos palestinos para analizar la posibilidad de cesar su propio terrorismo. Eso ya no está a la vista.
Un pueblo que nunca cesa de luchar con sus vecinos beligerantes no puede observar todos los mandamientos de la Torá, libro sagrado de los judíos. Este concepto, referido al pasado, pertenece a Isaac Bashevis Singer (1904-1991), quien tampoco creía en guerras justas: pensaba que se convertían en maldad “desde el momento en que los inocentes son tan a menudo castigados por las malas acciones de los culpables”. El Nobel de Literatura 1978 se declaraba sionista laico y lo fascinaba la contradicción entre los 2000 años de exilio judío y el Estado de Israel, el primero sostenido por una espiritualidad ascética, y el último dedicado a emular otras culturas, casi siempre violentas. Esto “lleva al judío de vuelta a sus orígenes bíblicos, no al Final de los Días”.
El Antiguo Testamento le creaba no pequeños problemas a Isaac niño, criado en un hogar jasídico muy ortodoxo de Radzymin, aldea de la Polonia que anexó el zarismo. Asediaba al padre rabino con preguntas: no entendía por qué eran santos o héroes Abraham, que tenía dos esposas; Jacobo, dos hermanas como esposas y dos concubinas; Yehuda, que copulaba con su nuera; el rey David y su pasión por Betsabé y Abigail; el rey Salomón, esposo de mil esposas, una, hija de faraón. ¿No se comportaban como gentiles? Tal vez no recibió respuestas muy satisfactorias: a diferencia de otros grandes escritores de la literatura yiddish, Singer exploró las caminos del erotismo en sus cuentos y novelas. En la vida también.
Hay mucho de autobiográfico en su novela Meshugah (Loco), escrita a comienzos de los años 50 en Nueva York, donde se estableció en 1935 alejándose de una Polonia en que se respiraban ya los aires de la guerra. El protagonista es Greidinger, un narrador que urde tramas lascivas que transcurren en los bajos fondos de Varsovia o en aldeas-ghetto, y que recibe centenares de cartas de sus paisanos y de rabinos que le reprochan “echar aceite al fuego del antisemitismo”. Loco tiene, sin embargo, otra dimensión. Max Aberdam, el personaje que abre la novela, es un fantasma del pasado, un “dibuk” o alma en pena encarnada, que muestra a Greidinger, también hijo de rabino, víctimas de la Shoá: están vivos los que creía muertos. En la obra de Singer asoman obsesiones similares: durante largos años, ya instalado en EE.UU., escribió sobre pueblos y ghettos que no existían ya, habitados por gente que la matanza nazi había desaparecido para siempre. No otra cosa hizo Nabokov con un mundo que sólo tenía domicilio en su memoria. Pero Singer deseaba desesperadamente librarse de “la superstición, el oscurantismo, la insularidad y la intolerancia” de la mentalidad de ghetto. Lo consiguió despellejándola hasta sacarle las entrañas.
Loco trajo para Singer nuevas acusaciones de traidor al credo de sus padres. Greidinger se enamora de Miriam, la amante de Aberdam, pero no lo incomoda el triángulo sino el descubrimiento paulatino del pasado de la mujer, ex prostituta del ghetto de Varsovia y probable colaboradora de los nazis. Se pregunta si debe continuar la relación o cortarla, un dilemamoral que late –de otro modo– en la narrativa de Singer. La política deshumanizadora de los nazis produjo “ladrones, estafadores, proxenetas y prostitutas” en la comunidad judía de Polonia y los lectores de Greidinger lo instan a ignorar esas desdichas. Pero él vuelve a Miriam una y otra vez, una elección penosa similar a la de Singer: éste nunca idealizó las consecuencias de la pobreza, el antisemitismo y la segregación en los judíos. Habla, en realidad, de la miseria humana, que no tiene bandera ni raza.
La novela apareció póstumamente como libro en 1994 y su texto carece de la prolija supervisión de Singer, que había creado un canon propio para la traducción de sus obras al inglés. El escribía solamente en yiddish, el único idioma –explicó– en que podía verter su experiencia y su espíritu porque era para él “un lenguaje de lo judío, la expresión de aquellos que todavía ven el comportamiento de los hombres desde el punto de vista de lo ‘kosher’ y lo ‘no-kosher’, lo permitido y lo prohibido”. Pensaba que el yiddish “permanecerá oculto hasta que haya justicia para todos”, pero sobrevivirá porque “ha de llegar un tiempo en que las culturas no necesitarán ejércitos para mantener su singularidad y en que las mayorías no intentarán más engullir a las minorías... cuando las mayorías descubran que ellas también son minorías, la minoría será la regla y no la excepción”. Singer no se engañaba sobre el tiempo que falta para ese tiempo.

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Espiáos los unos a los otros

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 21-07-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Sería ése uno de los Evangelios de la nueva Biblia reescrita por Bush hijo: para agosto próximo quiere ver a un millón de estadounidenses de diez ciudades del país entregados voluntariamente al patriótico y aun benemérito trabajo de espiar a sus vecinos. Es apenas la etapa piloto de la Operación TIPS, sigla en inglés del Sistema de Información y Prevención del Terrorismo dirigido por el Departamento de Justicia que el señor Ashcroft encabeza. La palabra “tip” significa, entre otras cosas, “soplo” en lenguaje corriente e interpreta con exactitud el sentido de la Operación.
Véase cómo se describe en el web del proyecto (www.citizencorps.gov): TIPS “será un programa de alcance nacional que dará a millones de estadounidenses, camioneros, mensajeros, conductores de trenes, capitanes de barco, empleados de servicios públicos y otros, la posibilidad oficial de informar acerca de actividades sospechosas de terrorismo”. Habrá un teléfono gratuito para que “esos trabajadores, que por su labor están bien ubicados para percibir hechos inusuales (puedan) informar sobre tales actividades”. Es decir, gasistas, carteros, lavadores de ventanas, repartidores de leche, electricistas, otros que practican distintos oficios que les dan acceso directo a los domicilios particulares sin necesidad de órdenes de allanamiento, son convocados a trabajar –gratis– para el FBI y la CIA. ¿Se escuchan los aplausos del fantasma de Stalin o es una alucinación?
Si se eligiera a las diez ciudades más importantes del país para la fase piloto de TIPS, el millón de voluntarios previsto constituiría el 4 por ciento de su población total, uno de cada 24 habitantes. “Esto es 1984 de George Orwell, es una idea absolutamente horrible y muy peligrosa”, se alarmó John Whitehead, director ejecutivo del prestigioso Instituto Rutheford. “Convierte a los norteamericanos en soplones del gobierno. El presidente Bush quiere que el norteamericano medio haga lo que el FBI debería hacer. De todos modos, nada impedirá a los terroristas que estrellen aviones contra los rascacielos”. Esa alarma es comprensible: TIPS es parte de un nuevo programa de los Cuerpos Ciudadanos de voluntarios destinado a “preparar a las comunidades locales para prevenir y responder con eficacia a la amenaza terrorista, el crimen o cualquier tipo de desastre”. Este programa incluye y revigoriza al Programa de Vigilancia del Vecindario que, a su vez, alienta y alimenta “la voluntad de percibir actividades sospechosas en el vecindario y de informar de ellas a la policía”.
Dicho programa existe desde hace más de 30 años, pero el Departamento de Justicia explica que, después del 11 de septiembre, “la necesidad de fortalecer y dar seguridad a nuestras comunidades se ha vuelto más importante todavía. El presidente Bush anunció que con la ayuda de la Asociación Nacional de Sheriffs, el Programa de Vigilancia del Vecindario adquirirá un nuevo significado... convirtiendo a los vecinos en un elemento fundamental para detectar, prevenir y desarticular al terrorismo”. Los enrolados serán “ojos y oídos adicionales para aplicar la ley” y se propone que su voluntariado dure un año como mínimo. No faltan los que opinan que la ejecución del programa creará un canal de desahogo de delirios, bromas, persecuciones imaginarias, mentiras y datos falsos, además de no pocos odios racistas y de los otros, esos que despierta el perro que ladra y ladra del vecino, o la ex mujer que se fugó con un amante, o el socio estafador.
TIPS es sólo un elemento del avance cercenador de libertades que caracteriza al gobierno Bush. El martes 16, siempre blandiendo el argumento de “la lucha contra el terrorismo” y a favor del “bien”, Bush hijo propuso la creación del Departamento de Seguridad Interior, un superministerio que absorbería muchas funciones de otros organismos delEstado. El costo de esa reorganización –la mayor en medio siglo– ascendería a 100 mil millones de dólares. No es todo: también quiere la intervención de las fuerzas armadas en cuestiones de policía interna, para lo cual Donald Rumsfeld y otros altos funcionarios del Pentágono ya están presionando a fin de que se modifique la ley Posse Comitatus de 1878 que restringe la participación militar en asuntos interiores. Rumsfeld no se detiene ahí: procura liberarse de todo control del Congreso y brega por una ley que le permita elevar sus iniciativas directamente a la Casa Blanca, sin supervisión de otros ministerios, y que obligue a los legisladores a votarlas en tiempo y con debate limitados. Es otro pujo del gobierno Bush en pro de un Ejecutivo cada vez menos sujeto al eventual contrapeso del Legislativo.
La política de invasión y recorte de los derechos civiles del pueblo estadounidense comenzó con la promulgación de la llamada Ley del Patriota de EE.UU., que otorga a los cuerpos de seguridad poderes extraordinarios que escapan al control judicial. Por ejemplo, el de mantener detenidos en secreto y por tiempo indeterminado a centenares de sospechosos de amar al terrorismo. El mismo martes del discurso de Bush hijo, Warren Christopher, que fuera secretario de Estado de Jimmy Carter, criticaba esa metodología ante centenares de jueces reunidos en Coronado, California. Recordó que había estado en la Argentina durante la dictadura militar y que había visto a madres reclamando en las calles por sus hijos desaparecidos. “En este país debemos cuidarnos mucho de detener personas sin revelar sus nombres. Eso lleva al ‘desaparecido’”, concluyó. “No daremos la lista de las personas que nos interesan”, le contestó Viet Dinh, subsecretario de Justicia de la gran democracia del Norte. Igualito que Videla.

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Acciones

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 11-07-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Existe en lógica la llamada “reducción al absurdo” y abundan en la literatura mundial los ejemplos de uso del absurdo para denunciar hechos graves. Escasean los del absurdo utilizado para ocultarlos. Entre estos últimos podría sin duda figurar un best-seller francés, L’effroyable imposture (El engaño espantoso), que Thierry Mayssan ha cometido sobre los atentados del 11 de septiembre. Afirma, por ejemplo, que el avión que chocó contra el Pentágono no fue un avión sino un misil autoinfligido. O que Bush hijo utilizó a su agente Osama bin Laden para destruir oficinas clandestinas de la CIA en las Torres Gemelas. Dicho de otra manera, que el autor de los ataques fue el propio “establishment” estadounidense, algo que hasta el mismísimo Fidel Castro rechazó de plano. Meyssan aporta como prueba fotografías dudosas y reflexiones sin fundamento. Sus conclusiones son tan disparatadas que no sólo es imposible creerlas: además cohíben toda sospecha de que Washington conociera con antelación esos ataques y resolviera no impedirlos para justificar luego su política “antiterrorista”, esa que encubre su voracidad petrolera. Los 200.000 compradores del libro —hasta el momento— comparten la sospecha al parecer.
Hay elementos para alimentarla (véase Página/12 del 23-12-01). Aparte de los alertas que enviaron a la CIA y al FBI los servicios de Francia, Alemania y Rusia, y de las declaraciones del director de la CIA admitiendo que había información que anunciaba los atentados con aviones utilizados como misiles, “aunque no se supo a tiempo el dónde y el cuándo”, sigue en pie el interrogante acerca de los extraños movimientos bolsísticos que se produjeron en EE.UU., Japón y algunos países europeos inmediatamente antes del ataque. Afectaron, entre otras, a las compañías aéreas cuyas aeronaves emplearon los terroristas: la American Airlines y la United Airlines. La CBS detalló el 26 de septiembre que entre el 6 y el 9 de septiembre se negoció en las Bolsas de Valores de Nueva York y Chicago un número inusualmente elevado de opciones de compra de acciones de esas empresas, 60 veces mayor que la media habitual en el caso de la primera; en el de la última fue 90 veces mayor en ese lapso y 285 veces mayor el día anterior al atentado. Las opciones de compra acaparan paquetes de acciones a pagar en un plazo determinado al precio que tengan cuando éste expira y son una apuesta a que su precio bajará. Como bajaron. No hubo transacciones parecidas respecto de otras compañías de aviación.
“Podría tratarse de la peor, la más horrible, la más perversa utilización (de esas operaciones) que se haya visto en la vida —declaró el 20 de septiembre Dylan Ratigan, de la Bloomberg Business News, a ‘Good Morning Texas’—. Sería una de las coincidencias más extraordinarias en la historia de la humanidad, si es que fue una coincidencia.” Suponer que los organismos de inteligencia y de seguridad de un país como Estados Unidos no tuvieron conocimiento de esas transacciones sería mucho suponer. El 16 de octubre, Fox News dio a conocer que, según un funcionario del Departamento de Justicia, se había utilizado como siempre el complejo programa electrónico PROMIS para controlar las operaciones bancarias y financieras prácticamente en tiempo real. Ernst Welke, director del poderoso Bundesbank, manifestó a France Presse el 22 de septiembre que un informe sobre el tema registraba transacciones “raras” antes de los ataques que, a su juicio, no serían producto de la casualidad: “No podrían haberse planeado y ejecutado sin algún tipo de conocimiento”, dijo.
No se sabe con certeza cuánto dinero se movió con base en conocimiento tal: l5 mil millones de dólares en todo el mundo, aseveró Andreas von Bulow, ex parlamentario hoy responsable de supervisar los servicios del espionaje alemán (Tagesspiegel, 13-1-02); para otros expertos la suma asciende a 12 mil millones. Sin embargo, ningún órgano de inteligencia estadounidense o de otro país ha dado cuenta de la detención de presuntos involucrados, ni de avance alguno en presuntas investigaciones del tema. ¿Indicaría esto que, en efecto, hubo “un cierto tipo de conocimiento” precio a los atentados, al menos en algunos sectores dominantes de EE.UU. que habrían elegido no detenerlos para ganar dinero y cubrir fines políticos en vez de impedir la muerte de miles de sus conciudadanos? A saber. Es una idea insoportable, tan insoportable como los atentados terroristas palestinos contra civiles israelíes indefensos. Tan insoportable como la visión de un tanque israelí persiguiendo a dos hermanitos palestinos de 6 y 13 años hasta matarlos en una calle de Jenin. Lo cierto es que la Dirección de Servicios Financieros de Gran Bretaña descartó en un informe público emitido el 16 de octubre que el grupo Bin Laden estuviera detrás de esas transacciones. ¿Entonces quién?

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Ejes

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 07-07-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

El 1º de julio pasado se estableció en La Haya la Corte Penal Internacional (CPI), la primera que tendrá carácter permanente para juzgar a los perpetradores de genocidios, crímenes de guerra y/o crímenes de lesa humanidad. Tiene limitaciones: carece de jurisdicción retrospectiva y sólo entenderá en esos delitos desde el 1º/7 en adelante; intervendrá en última instancia, cuando los Estados adheridos a la convención que la ha creado no puedan o no quieran procesar a tales delincuentes; su jurisdicción no alcanza a los Estados, sino a individuos de los países adheridos –76 hasta el presente– o a quienes cometan esos crímenes en sus territorios. Aun así, es un paso adelante del nuevo derecho internacional en materia de derechos humanos. Pero el gobierno Bush, sedicente salvador de la democracia planetaria, no sólo no ha adherido a la convención: retiró en mayo último la firma al pie de su texto que Clinton había autorizado. La medida no tiene precedente conocido en el ámbito de la diplomacia internacional.
Circula por ahí la hipótesis de que esa postura obedece a la filosofía política heredada de los Padres Fundadores de EE.UU. George Washington habría advertido que se debía evitar cualquier tentación de involucrarse en cuestiones atinentes a otros países. La hipótesis es un poquito peregrina: los siglos XIX y XX y los comienzos del que acaba de nacer son testigos del incansable intervencionismo yanqui que tanta muerte ha causado en todos los rincones del planeta. El motivo es bien distinto y Bush hijo no lo disimula: pide que las tropas y los funcionarios de su país desplegados en el extranjero gocen de inmunidad –impunidad– ante la CPI. “Mientras que EE.UU. trabaja para llevar la paz a todo el mundo –dijo el martes 2–, nuestros diplomáticos y soldados podrían ser llevados a la Corte y eso me preocupa muchísimo.” Qué argumento raro. ¿Por qué la CPI juzgaría por genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad a los que tan duramente trabajan por la paz mundial?
John Negroponte, hoy embajador de la Casa Blanca ante las Naciones Unidas, fue más preciso: “Dadas nuestras responsabilidades mundiales, somos y seguiremos siendo un blanco especial y no podemos (permitir) que nuestras intenciones sean distorsionadas por un tribunal cuya jurisdicción no reconocemos”. En efecto: ¿y si a la CPI se le ocurriera que son crímenes de guerra, no “errores”, no “daños colaterales”, no “excesos”, hechos como el bombardeo –precisamente el 1º de julio– de una boda en Afganistán que provocó 40 muertos, mujeres y niños sobre todo? Eso no deberá ocurrir. EE.UU. tiene una misión y aunque no se sepa quién se la asignó, debe cumplirla. Es la ley del destino manifiesto. Lo afirmó sin vueltas Ari Fleischer, secretario de prensa de la Casa Blanca: “El mundo no debe equivocarse. EE.UU. partirá con firmeza del principio de hacer lo que es correcto para proteger a nuestros ciudadanos”. Por ejemplo, asesinar desde el aire a 400 civiles yugoslavos que cruzaban en tren un puente al sur de Belgrado durante Sarajevo. Y yendo más atrás: el asesinato a mansalva en marzo de 1968 de más de 500 vietnamitas de la aldea de My Lai por efectivos de 11ª brigada de infantería ligera de EE.UU. al mando del teniente William Calley. Y aún más atrás: el asesinato en julio de 1950 de 200 a 400 refugiados norcoreanos escondidos bajo el puente de No Gun Ri a manos de la 7ª brigada de caballería estadounidense. La lista incluye a países de América latina y se alarga en el tiempo y el espacio.
Nótese que todo esto se llevó, se lleva y se llevará a cabo fuera de territorio norteamericano. Pero Negroponte desenvainó el principio de la soberanía nacional: “No les pediremos (a los militares y funcionarios estadounidenses en el extranjero) que acepten el riesgo adicional de (sufrir) enjuiciamientos politizados ante un tribunal cuya jurisdicción sobre nuestros pueblo no es admitida por el gobierno de EE.UU.”. ¿Washington se estará latinoamericanizando? ¿Habrá aprendido del gobierno argentino o uruguayo que el argumento de la soberanía sirve para defendera asesinos y genocidas nacionales? En cualquier caso, el 28 de noviembre de 2001 Bush hijo se había vacunado ya contra la CPI promulgando la llamada “enmienda Hyde”, que: a) prohíbe a EE.UU. cooperar con la CPI; b) autoriza al presidente a usar “todos los medios necesarios y apropiados” para liberar a los militares yanquis (y a los de ciertos aliados) detenidos por la CPI; c) niega ayuda militar a los países que adhieran a la CPI, excepto en el caso de aliados importantes.
Bush hijo no está solo en el rechazo a la Corte: Rusia, China, India y Turquía no han adherido a la convención. Lo curioso es que tampoco lo han hecho Irán, Irak y Corea del Norte, y cunde la sospecha de que también EE.UU. formaría parte del “eje del mal”.

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Marginales

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 23-06-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Es curioso. O no: escritores que padecieron el socialismo real en la antigua RDA, la Alemania Oriental, redactan sus memorias o publican autobiografías apenas disfrazadas de novela. Son textos íntimamente entrelazados con la experiencia social y política vivida, como si explorar ese pasado fuera la puerta que, una vez franqueada, permitiría el acceso a otros territorios, nuevos. Se trata de autores que el régimen de Walter Ulbricht y los sucesivos confinaron en el renglón “disidentes”. Su obra cuestiona la opinión en boga de que toda la literatura alemana oriental era propagandística, dogmática y carente de valor. También el ex canciller de Alemania Occidental, Helmut Kohl, simplificó lo sucedido cuando declaró que la RDA había sido “una aberración criminal”, olvidando –entre otras cosas– que se había convertido en la décima potencia industrial del mundo y el país más próspero del Comecon, el mercado común de la Unión Soviética y las naciones del Este europeo.
Gunter Kunert, el gran poeta nacido en 1929, conoció la marginación en la Alemania nazi primero. En su libro de memorias Erwachsenenspiele (Juego de adultos, 1998), narra que cuando era alumno de primaria su maestro le preguntó por qué había puesto “disidente” en el rubro “religión” del formulario de ingreso. El niño explicó sin vacilar: “Soy un mestizo”, y la clase entera rió de lo que creía una broma. Kunert había usado la palabra “mischling”, que también significa “perro cruzado”, y el maestro no acompañó la carcajada general: conocía muy bien la ley nazi de Nuremberg de 1935 por la que se calificaba de “mischling” a todo matrimonio entre un “ario puro” y una judía o viceversa. Cuarenta años después, en la Alemania “comunista”, volvió a habitar la condición de disidente, aunque por razones bien diversas.
Kunert empezó a escribir poesía a fines de los años ‘40 y un amigo lo presentó a Johannes Robert Becher, también poeta, crítico literario y sobre todo miembro influyente del partido y del gobierno que en 1954 fue designado ministro de Cultura de la RDA. En su diario, Becher describe así al joven poeta: “Vestido pobremente, casi de manera grotesca, con gestos torpes y tímidos, un rostro de pájaro con hambre. Sólo un muchacho, un niño, y sin embargo, qué poeta”. Kunert compartía el ideal del socialismo y a principios de los ‘50 fue invitado a asistir a un curso para escritores organizado por el Partido de la Unidad Socialista de Alemania (comunista). Favoritos del régimen como Armin Muller, Walter Stranka y otros plumíferos olvidables impartían el dogma de que el escritor debía apoyar con su obra la construcción del socialismo y la línea del partido en consecuencia, según el asombroso apotegma staliniano de que los escritores “son los ingenieros del alma”. Kunert redactó un texto ridiculizándolos y Muller, furioso, le espetó: “Deberías estar en un campo de concentración”. Lo mismo hubiera pensado Hitler, en vista de la ascendencia judía del burlón.
En 1963 Kunert publicó un libro de poemas en Alemania Occidental y esto aceleró su caída en desgracia. Trabajó como guionista de cine y escribió radionovelas, y poesía para el cajón. En 1976 lo sacudió la abrupta expulsión del cantautor Wolf Biermann y fue uno de los primeros en firmar la carta de protesta que el hecho provocó. En 1977 expresa con nitidez su desencanto con el régimen: “Porque dije: aquí apesta,/vaciaron orinales/sobre mi cabeza;/como prueba de lo contrario”. La Stasi, el servicio secreto de la RDA, vigiliaba abiertamente su domicilio con claros fines de intimidación. En 1979, con su mujer y siete gatos, cruzaba el Muro de Berlín gracias a un permiso transitorio de estadía en el extranjero. Las autoridades se lo concedieron sabiendo que no volvería. Fue una expulsión disimulada.
Kunert cursaba el preescolar cuando la madre le prohibió decir “Moscú”, un nombre que él había escuchado en una emisión radial clandestina. La palabra y el acto eran absolutamente ilegales en la Alemania nazi y susceptibles de atraer la indeseada atención de la Gestapo. El niño creció sintiéndose el portador de un secreto que lo distanciaba y diferenciaba de sus compañeros, y esa suerte de fiebre fría quizás incubó al poeta. Los rusos tomaron Berlín, el Ejército Rojo ocupó el barrio donde Kunert vivía y él pudo entonces excarcelar a la palabra secreta y convertirla en búsqueda del secreto de la palabra. “Moscú” encarnaba la esperanza de liberación del yugo hitleriano. Con los años, ese nombre se le volvió pesadilla.
Pero nunca abandonó a Kunert el deseo de un indecible más bello. Léase “Ad Icaro”, poema de quien se autocalifica de individualista extremo, marginal y desconfiado de toda ideología: “Volar es difícil/abre sin embargo tus brazos/y toma carrera/hacia lo imposible./Toma mucha carrera/para poder volar/a tu cielo/donde todas las estrellas desaparecen/porque se instala el día./Un horizonte es visible siempre./Toma carrera.”

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Mujer de un famoso

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 16-06-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

No es una situación fácil para algunas y se advierten dos extremos: las que aprovechan la celebridad del marido para bañarse con reflejos de su fama y las que se le someten resignadas para aliviarle las prosas de la vida. Con la complicidad del famoso, desde luego. Entre esos límites se yerguen las que no se creen musas ni obligadas a servicios hogareños o de secretaría del famoso. Y hay variables: la midinette que convivía con César Vallejo en París lo obligaba a escribir o no había desayuno, según contó alguna vez Raúl González Tuñón. Para no hablar de las viudas de famosos: hace años vi a la muy reciente de un gran poeta firmar los libros de él como si fueran de ella. Esa viuda era un arma cargada de pasado.
Entre las gozadoras de la posición figura de manera destacada la mujer de Gustav Mahler. En los diarios que escribió de los 18 a los 22 años (1898-1902), Alma Mahler ( foto) –luego esposa de Walter Gropius, el tenor estrella, y de Franz Werfel, el escritor con éxito, y entre tanto, y antes, y después, amante de los pintores Oskar Kokoshka, Gustav Klimt y otros artistas notorios– se autodescribe así: “Soy absolutamente vulgar, superficial, sibarita, dominante y egoísta”. Cuarenta años después se muestra en sus memorias mucho más económica con la verdad. Pretende que era una compositora en ciernes cuyo talento había sido arrasado por el temor a la competencia que abrumaría a Mahler: “Arrastraba conmigo a todas partes adonde iba las cien melodías que compuse, como un ataúd que ni siquiera me atrevía a mirar”. En cambio –sigue–, como devota sierva del arte, hacía a un lado pequeñas tiranías hogareñas y se inmolaba noblemente en aras de la obra del gran músico: “Viví su vida... cancelé mis anhelos y mi ser... su genio me devoró”.
Esto es poco probable. Según testigos de la época, Alma era una buena pianista, una suerte de aficionada con talento, pero no conocía los rudimentos de la escritura musical y poco y nada sabía de contrapunto, de los registros de la voz humana o de las posibilidades de los instrumentos de cuerda. El compositor y director de orquesta austríaco Alexander von Zemlinsky, que la quiso como esposa, no vaciló en decirle que sus obras carecían –anotó ella misma– de “técnica y pericia”. Alma rechazó a Zemlinsky y prefirió a Mahler, no tanto por una herida de amor propio: el primero no era muy apreciado y el último era director de la Filarmónica y también de la Opera de Viena, a pesar de su origen judío y de la dificultad agregada de haber nacido en Bohemia. “Lo que amo en un hombre es su logro –supo explicar Alma–. Cuanto mayores son sus logros más lo debo amar.” A los 20 años quería “ser alguien, una persona real, reconocida y capaz de grandes cosas”. Pero se limitó a conseguir famas de segunda mano en escritores y artistas renombrados y tuvo la soberbia modesta de afirmar: “He tenido el privilegio de dar a mis dones creativos otra vida en mentes más grandes que la mía”. Pobre.
La experiencia de Zdenka ocupa el polo contrario, como puede leerse en Mi vida con Janácek, libro publicado en 1998. A diferencia de Alma, se enamoró de la persona del gran músico moravo, no de su fama: Leos Janácek era apenas su desconocido profesor de piano y aún no había comenzado a componer cuando se comprometieron. De carácter serio, ajena a cualquier coquetería o devaneo, Zdenka vivía para sus hijos y la casa. Dos golpes fatídicos la agobiaron: la muerte por meningitis del hijo de 2 años y medio y la de la hija de 20 a causa de una afección cardíaca. A esto se sumaba el carácter impredecible de Janácek, que aun después de los 60 de edad buscaba fuerza inspiradora en otras mujeres.
Zdenka registra los buenos tiempos del matrimonio, cuando él le hablaba de sus proyectos musicales: “Era tan hermoso cuando Leos caminaba alrededor de la mesa donde yo estaba trabajando (en la cocina)... confiándome nuevos rincones de su rico espíritu... yo crecía gracias a eso”. Janácek podría hablarle, pero quién sabe si escuchaba. Enmudecíacualquier sugerencia de la mujer con un “como si pudieras entender”. Y la hacía víctima de otras confidencias acerca de sus “amistades artísticas”, o sea, señoras en general casadas de las que se iba enamorando. En eso podía ser particularmente cruel: cuenta Zdenka que en unas vacaciones la obligó a compartir la cama con su amante mientras él dormía en un sofá en la misma habitación. O permitió que Gabriela Horvátová –cantante de ópera y relación de entonces– adosara su fotografía a la pared de la casa donde estaban las fotos de familia. “Una de las cosas que más placer le producía (a la Horvátová) era verme torturada, humillada y desesperada”, dice la mujer de Janácek. Cuando los padres se opusieron a la boda, ella les espetó: “Prefiero ser infeliz con este hombre a ser feliz con cualquier otro”. Tal vez sabía que iba a ser infeliz con cualquier hombre. Pobre.
Cabe preguntar: ¿Es únicamente la fama del cónyuge la que conduce a estas situaciones, o la fama es apenas un elemento más del juego de las relaciones de poder que suele imperar en las parejas? Para Ingeborg Bachmann, el fascismo empieza en casa y el fascista es el hombre. No siempre, diría Alma.

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Espectáculos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 09-06-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Es incierto el futuro del teniente coronel Steve Butler, veterano de la fuerza aérea de Estados Unidos. Por lo pronto, fue suspendido en sus funciones: el 26 de mayo último, el diario californiano Monterey Country Herald le publicó una carta en que afirmaba que Bush hijo nada hizo para impedir los ataques del 11/9 porque le convenía lanzar una guerra contra el terrorismo (por ejemplo). Su presidencia –explicaba Butler– “no iba a ninguna parte... Bush no fue elegido por el pueblo estadounidense, fue instalado en la Oficina Oval por la conservadora Corte Suprema. La economía declinaba hacia los bajos niveles habituales con los republicanos y él necesitaba algo para sostener su presidencia”.
Es una explicación incompleta para algunos, que consideran que la aparente ineficacia que la CIA, el FBI, la Agencia de Seguridad Nacional y otros servicios de inteligencia mostraron en detectar la amenaza y disiparla, obedece a un designio mayor. Según Richard Clarke, coordinador nacional para el antiterrorismo de la Casa Blanca, la comunidad de los servicios de espionaje de EE.UU. estaba convencida, diez semanas antes del 11/9, que era inminente un ataque de Al-Qaeda en territorio estadounidense. En una conferencia que impartió en la Facultad de Derecho de la Duke University el 11 de abril de este año, Jim Pavitt, subdirector de operaciones de la CIA, declaró que el organismo “advirtió al presidente de Estados Unidos acerca de la existencia de graves conspiraciones terroristas en todo el mundo. Vaticinamos, le dijimos al presidente, que se producirían de cinco a 15 ataques serios en suelo estadounidense”.
Abundan hechos que llaman la atención. Es notorio que el FBI ha infiltrado a Al-Qaeda, finalmente una criatura de los servicios yanquis. Sus agentes en Minnesota alertaron a principios del setiembre fatídico que el sospechoso Zacarías Moussaoui, estudiante de una escuela de aviación local, “podría tener el propósito de volar con algo adentro del World Trade Center” y pidieron una orden judicial para allanar su domicilio. El Departamento de Justicia la denegó y cuando el FBI pudo, después del desastre, incautar la computadora de Moussaoui encontró en ella información directamente relacionada con el ataque contra las Torres Gemelas. Es además curioso que el procurador general John Aschcroft, cabeza de ese Departamento, nunca incluyó la lucha contra el terrorismo entre las prioridades de su presupuesto. Esto provocó, entre otras cosas, la renuncia de John O’Neill, director de prevención del terrorismo del FBI en Nueva York. Otra curiosidad entre tantas: a las 24 horas del atentado, cuando todavía se estaban recogiendo los restos de las víctimas, una labor que no poco iba a durar, el FBI había identificado a 20 atacantes y enviado sus fotos a los medios. Es obvio que tenía información previa. Se ha mencionado en estas páginas (“¿Sabían o qué?” 23-12-01) que el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung dio a conocer el 14 de setiembre que en junio, tres meses antes del 11/9, el BND o servicio secreto germano había advertido a la CIA y a Israel que terroristas de Medio Oriente “proyectan secuestrar aviones comerciales para usarlos como armas contra símbolos importantes de la cultura estadounidense e israelí”. El BND y la CIA nunca desmintieron esta información.
Resulta notable que durante 10 meses Bush hijo no se haya preocupado por el trágico revés de unos servicios de inteligencia que le cuestan 30 mil millones de dólares al pueblo norteamericano. Tom Daschle, líder de la mayoría demócrata del Senado, afirma que tanto el presidente Bush como el vicepresidente Dick Cheney le pidieron que se opusiera a cualquier tipo de investigación sobre las fallas que condujeron a la muerte a miles de habitantes de EE.UU. La Casa Blanca lo niega y dice que se remite a los resultados de las secretísimas reuniones que los comités de inteligencia del Congreso celebraron esta semana. Las motivó la continua aparición de datos que indican que el gobierno tenía más saber que no saber de los ataques y la sospecha consiguiente de que los conocía con antelación y los dejó venir. En realidad, Bush hijo no necesitaba del Capitolio para averiguar qué había fallado: es el presidente y dispone de otros mecanismos de investigación, incluso más expeditos, que no quiso utilizar. Y ha descartado con rudeza el establecimiento de una comisión investigadora independiente.
Han pasado más de 60 años desde Pearl Harbor y no se desclasificaron todavía los documentos que podrían aclarar si Roosevelt tenía información previa del ataque a mansalva japonés y permitió que se cometiera para convencer al país de entrar en guerra contra el Eje, como no pocos historiadores y políticos proponen. Tal vez no pase tanto tiempo para dilucidar si Bush hijo lo imitó a fin de imponer un programa preestablecido de dominio político, económico y militar del mundo. El espectáculo de recriminaciones mutuas que brindan la CIA y el FBI sería entonces no más que eso: un espectáculo destinado a desplazar responsabilidades. Lo cierto es que ha revivido la pronta construcción de un ducto que pasará por Afganistán –proyecto que los talibanes congelaron– para transportar el gas y el petróleo de los ricos yacimientos del mar Caspio. De paso: el ducto se extenderá hasta una conveniente cercanía de la central eléctrica que Enron instaló en la India y que dormita hace años esperando un suministro barato de energía.

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Llorar sin lágrimas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 26-05-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

La elección de gobernador de la provincia de Buenos Aires que el peronista Andrés Framini ganó limpiamente en 1962 tuvo no pequeñas consecuencias. Algunas de las principales fueron, desde luego, la anulación de los comicios y la caída del presidente radical Arturo Frondizi el 29 de marzo de ese año. En su lugar los militares instalaron al vicepresidente, Dr. José María Guido, a quien las malas lenguas apodaban “Barón de Río Negro”. No tenía títulos nobiliarios, ésa era la marca de un vino. El 23 de setiembre el general Juan Carlos Onganía, entonces jefe de la guarnición de Campo de Mayo, impugna al comandante en jefe del Ejército y afirma que éste tiene prisionero a Guido, cosa por lo demás perfecta y políticamente cierta. Autocoloreándose de “azul”, Onganía enfrenta y derrota al sector “colorado” del Ejército y se proclama comandante en jefe. Eran otras épocas y unas fuerzas armadas algo diferentes: los tanques que avanzaban por la avenida Santa Fe de Buenos Aires respetaban la luz roja de los semáforos.
Por esos días visitaba la capital argentina el gran poeta estadounidense Robert Lowell. Su viaje, que auspiciaba el Congreso por la Libertad de la Cultura –organismo, dicen, apoyado por la CIA–, había comenzado tres meses antes en Brasil, donde por enésima vez declaró su amor a Elizabeth Bishop, esa otra gran poeta y compatriota, que no se inclinaba precisamente por el sexo masculino. Padecedor de crisis depresivas agudas, Lowell bebía ya mucho cuando partió de Río de Janeiro para aterrizar en Buenos Aires el 4 de setiembre. Su misión era vaga: conceder entrevistas periodísticas, reunirse con escritores argentinos, dictar tal vez alguna conferencia. Lowell –Cal para los amigos– se dedicó al alcohol y a la lectura de los diarios. Seis martinis dobles lo ayudaban a llegar al mediodía.
Keith Botsford lo acompañó en el viaje y sólo en 1981, cuatro años después de la muerte de Lowell, se animó a contar algunos episodios de la estadía en Buenos Aires. Ambos fueron invitados a un almuerzo en la Casa Rosada, donde se adensaban los aires golpistas, y Cal no tardó en calificar de analfabeto al agregado cultural de la embajada yanqui allí presente. El próximo insulto fue para “el general que sería luego presidente de la República”: Onganía. Los militares sentados a la mesa, “serios y distinguidos” –dijo Botsford– no ocultaban la irritación provocada por un Lowell sin corbata y con un saco a cuadros muy chillones. Terminado el almuerzo, Lowell pidió que le mostraran cada estatua de la ciudad y en alguna se trepó en paños menores a la grupa del caballo de bronce montado por algún militar histórico. Allí se proclamó “César de la Argentina”. Botsford pudo a duras penas arrastrarlo al hotel.
Golpes de estado, militares y estatuas planean en el poema “Buenos Aires”, del volumen titulado For the Union Dead que Lowell publicó en 1964. Dice: “En mi habitación del Hotel Continental,/a mil millas de ninguna parte,/escuché/la pesada, musculosa respiración de los rebaños./El ganado proporcionó mis ropas nuevas:/mi abrigo de blanda gamuza color castaño,/mis zapatos puntiagudos/que me lastiman los dedos de los pies./Un falso decoro fin de siecle/como ronquido sobre Buenos Aires/perdido en las pampas/y corrido por los cuarteles./Todo el tiempo leía sobre golpes de Estado periodísticos/de grises generales que se aniquilan mutuamente/figuritas de masa sobre el tablero de ajedrez- y nunca vi/la contramarcha de sus tanques./A lo largo de los senderos con cipreses iluminados por el sol/del cementerio de los mártires de la República,/centenares de templos romanos de un solo ámbito/aferraban a sus catafalcos./Pátinas color rana preservaban/bustos conmemorativos prosaicos/y las frentes ornadas de arrugas/de esos militares burócratas./Por sus puertas de latón,/cien diosas de mármol/lloraban como sauces. Descansé/pasando suavemente la palma por cada uno de sus duros pechos./Yo era el más marchito/y mirespiración blanqueó el aire invernal/a la mañana siguiente, cuando Buenos Aires se llenó/de muchedumbres de rostro amargo y cuello almidonado”. Cualquier similitud con el presente corre por cuenta del lector.
Lowell anticipó como pocos el mundo que hoy vivimos. “En nuestra época, más que en otras, la espada pende sobre nosotros y nuestros hijos y ninguna voz se eleva”, supo advertir. En 1965, cuando empezaba a desatarse la invasión yanqui a Vietnam, se negó a participar en el Festival de las Artes organizado en la Casa Blanca y le escribió al presidente Lyndon B. Johnson: “Sólo puedo seguir el curso de nuestra política exterior con gran consternación y desconfianza... Corremos el peligro de convertirnos imperceptiblemente en una nación chauvinista, lo que puede incluso arrastrarnos a la catástrofe final”. Eran los años más gélidos de la Guerra Fría y en su poema “Otoño 1961” Lowell registra “la irritación y el chillido/de la guerra nuclear... la luna se levanta/radiante de terror... Un padre no es escudo/para su hijo./Somos como un montón de arañas/salvajes que lloran juntas/pero sin lágrimas”.

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“Refuzniks”

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 12-05-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Hay héroes de guerra y héroes de la paz en tiempos de guerra. Los primeros suelen ser producto del coraje, o de la irreflexión y aun del azar. Los últimos, de una conciencia con valores lastimados que procuran reparar. Así ocurre con los reservistas de las fuerzas armadas israelíes que se niegan a servir en los territorios palestinos ocupados. Eran –al viernes 10 de mayo– 455 oficiales, suboficiales y soldados que fundamentan sus razones: “No seguiremos peleando más allá de los límites (existentes) en 1967 para dominar, expulsar, hambrear y humillar a un pueblo entero... Entendemos ahora que la práctica de la ocupación es una pérdida del carácter humano de las Fuerzas de Defensa de Israel y la corrupción de la sociedad israelí entera”. Dicen que seguirán desempeñándose “en cualquier misión destinada a la defensa de Israel. Las misiones de ocupación y opresión no sirven ese propósito y no participaremos en ellas”. Los llaman “refuzniks”.
El teniente paracaidista Guy Grossman, veterano de la guerra del Líbano, menciona algunas de las dificultades que tal decisión acarrea: enfrentamientos con familiares y amigos, camaradas de armas que le niegan el saludo y la palabra, imposibilidad de trabajar en 35 municipios que resolvieron no dar empleo a los “refuzniks”, el riesgo de ir a prisión que ya castiga a decenas de ellos. Pero otras cosas resultaron más duras a este israelí “criado en los valores sionistas del sacrificio de sí mismo y del compromiso con la supervivencia nacional de mi pueblo y con los valores universales de justicia y derechos humanos”: el proceso –”arduo y de profundo examen de conciencia”– le exigió “desafiar algunos mitos que mi país alimenta, así como un doloroso cambio de identidad. Yo era un héroe y ahora me rehúyen, hasta me motejan de traidor”. Y algo tal vez más duro todavía: “La diaria humillación de los retenes, los cierres arbitrarios (de circulación) y la destrucción de casas” en los territorios ocupados llevaron al teniente Grossman a observar que “los niños (palestinos) crecen con odio en sus ojos. Ojos que me daba vergüenza mirar”.
Otros “refuzniks” no ahorran ásperos ataques al gobierno. Idan Landau: “Habíamos olvidado cuán insensibles y siniestros pueden ser nuestros dirigentes. Olvidamos el poco valor que le dan a la vida humana, con qué facilidad nos mandan a matar o ser muertos... Tal vez éste sea el comienzo del fin de la democracia israelí”. Michael Ben-Yair: “Hemos establecido un régimen de apartheid en los territorios ocupados... Es una dura realidad que está provocando la pérdida de la base moral de nuestra existencia como una sociedad justa y libre, y es una amenaza a largo plazo para la supervivencia de Israel”. Haim Baram: “(Sharon) piensa como un jefe de la mafia, no como un jefe de Estado moderno. El hecho de que las autoridades de EE.UU. aprueben el modus operandi de semejante hombre es casi increíble”. Los “refuzniks” no son precisamente complacientes con el terrorismo árabe. “La matanza (de civiles israelíes) del 27 de marzo en Netanya sacudió a la nación entera –dice Haim Baram– y produjo sentimientos colectivos de inocencia herida y justa cólera”. La reservista Sarah Shartal reflexiona: “Nunca habrá una respuesta militar a los atentados suicidas. La gente que tiene esperanzas de futuro no se vuela a sí misma”.
El movimiento “refuznik” comenzó en 1982 cuando Israel ocupó el sur del Líbano: 168 efectivos fueron encarcelados por negarse a participar en la campaña. Renace ahora en un Israel en que el 58 por ciento de la población apoya a Sharon y tampoco los civiles escapan al clima de intolerancia imperante. La mítica cantante Yaffa Yarkoni, de 77 años, que desde la guerra de 1948 ha acompañado todas las batallas de las tropas israelíes,luego de mirar un noticiero con escenas de Jenín declaró a la radio del ejército: “Cuando vi a los palestinos con las manos atadas a la espalda, hombres jóvenes, me dije ‘es lo mismo que nos hicieron en el Holocausto’. Somos un pueblo que atravesó el Holocausto. ¿Cómo somos capaces de hacer esto?”. Reuven Rivlin, ministro de Comunicaciones, calificó esas palabras de “blasfemia” y se suspendió un homenaje a Yarkoni que se venía preparando desde hacía dos años: no por presiones del gobierno, sino del público. O: 43 profesores universitarios firmaron una declaración para impedir que Yossi Beilin, ex ministro de Justicia de Israel, impartiera una conferencia en la Universidad Ben Gurión. El genetista Arieh Zaritsky, uno de los firmantes, concluyó que había que enjuiciar a Beilin porque había participado en la elaboración de los acuerdos de paz con los palestinos concertados en Oslo en 1992. “Para mí (Beilin) es un delincuente”, remachó. Estos casos de odio entre judíos llevaron al rabino Michael Lerner a decir: “Si un pueblo está involucrado en la brutalidad hacia fuera, es seguro que la crueldad y el odio se reflejarán también dentro de esa comunidad”.
El número de “refuzniks” es poco más del uno por mil de los 400.000 reservistas del ejército israelí. En otro contexto y por otras razones, escribió Luis Cernuda: “No importa qué tan pocos lo sean:/uno, uno tan sólo basta como testigo irrefutable/de toda la nobleza humana”.

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Respiraciones

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 03-05-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Sucedió en Moscú en 1887 y –dicen– fue un estreno escandaloso: el de Ivanov, la primera pieza teatral en varios actos que Antón Chejov escribiera. Los actores que encarnaban a tres de sus personajes –Lebedev, Shabielski y Borkin– se tomaron tan a pecho y a trago el papel de borracho que destrozaron algún mueble de la escenografía y desvariaban con el texto. Chejov no podía reconocer lo que había escrito. “Kiselevsky –Shabielski en la obra–, de quien tanto esperaba, no dijo correctamente ni una sola frase, literalmente ni una”, escribió a un amigo el desesperado autor. Odió a Ivanov.
Aceptó sin embargo reestrenarla en San Petersburgo dos años después y emprendió su penosa reescritura. “Es como comprar un viejo par de pantalones de un uniforme militar y tratar desesperadamente de convertirlo en un frac –supo contar en una carta–. No sabe uno si soltar risas trágicas o relinchar como un caballo.” Se ignora si Chejov se rió o relinchó durante ese trabajo. El hecho es que recortó una cuarta parte del texto y la pieza fue un éxito: construye un retrato doble de la hipocresía social y personal equiparable al que Gogol propone en Ha llegado un inspector. Las falsedades y decepciones de los personajes nacen de una atmósfera general de aburrimiento, sordidez y malicia. “Necesito gente que yo pueda despreciar. Necesito entretenerme”, profiere Shabielski. Un mundo que sólo el chismerío tonifica necesariamente convoca a lo cómico en escena. Como en muchas otras de sus obras dramáticas y de ficción, Chejov convierte a la tragedia en carne de comedia. Pareciera sugerir lo cómico del duelo, más trágico que el duelo mismo, y –tal vez– su resolución.
El gran escritor ruso, autor de espléndidos relatos, se sentía pendularmente atraído y repelido por la expresión teatral, que visitó menos asiduamente que la narrativa. En 1896 se estrena en la capital zarista Chayka, obra en cuatro actos mal recibida por el público. Chejov huye despavorido en la mitad del segundo jurando que nunca más escribirá para la escena. Pero dos años después, reescrita, Chayka es La gaviota aclamada en el Teatro de Arte de Moscú. En 1897 se representa El tío Vanya, nueva versión de El demonio del bosque creada en 1889. Luego escribe y corrige Las tres hermanas (1901/1902) y concluye El jardín de los cerezos en 1904, año de su muerte a los 44 de edad. Son las cuatro obras más conocidas y representadas de Chejov, y figuran entre las de mayor estatura del teatro ruso del siglo XIX y aun del XX.
Alrededor de Chejov se han sedimentado los equívocos, quizás los más densos que afligen a la literatura rusa. Occidente lo ha considerado “el poeta de la Rusia crepuscular”, “el bardo de la depresión y la frustración” y ha inventado el adjetivo “chejoviano” para definir los vacíos del tedio. Lo dijo Gershwin en una canción: “Tengo más cielos grises/que los que cualquier comedia rusa/ puede garantizar”. Y la Garbo en una película de los ‘30 refiriéndose a la casa veraniega del personaje en la playa: “Hay mucha soledad allí, únicamente yo y las gaviotas. Te hace pensar en una obra de teatro rusa”. En la URSS, los sacerdotes del realismo socialista leían la obra de Chejov como una crítica a las clases dominantes del zarismo. Pero es probable que Cynthia Ozik tenga razón: “En realidad, Chejov es un escritor que ha volcado su alma del lado de la piedad y escruta la santidad y la fragilidad inmaculada del oculto luchador que hay debajo” en cada quien. Es cierto que eludía el compromiso tanto en política como en su vida amorosa: solía decir que “la indiferencia de un hombre bueno vale tanto como cualquier religión”. Pero la censura zarista le tachaba en un cuento navideño el párrafo siguiente: “Creer en Dios es fácil. Los inquisidores (y daba nombres de ministros del Zar) creían en El. No, hay que creer en el hombre”. Se percibe aquí un soplo gorkiano.
Los escritos de Chejov padecieron también la mano de los censores stalinistas. En todas las ediciones soviéticas de su correspondencia desaparecieron muchos pasajes francos sobre el sexo que contradicen la imagen creada de un hombre casi despojado de sensualidad. Es verdad que en materia de censura literaria, oficial o de parientes y herederos del autor, en todas partes se cuecen habas. En Rusia, al parecer, se cuecen habas solamente.
Mientras estudiaba medicina en Moscú, Chejov hacía algún dinero escribiendo reseñas de espectáculos teatrales para diferentes semanarios. Era duro. Advirtió sobre unas representaciones de Sarah Bernhardt: “Cada suspiro... sus lágrimas, sus convulsiones de agonizante, toda su actuación no es más que una lección inteligente e impecablemente aprendida”. Criticaba no poco las puestas en escena de sus piezas que Stanislavski inventaba para el Teatro de Arte de Moscú. A la vez, su propia obra dramática le era fuente de insatisfacciones y de dudas. Aun así insistía, atrapado por lo sacro que en el teatro respira desde el fondo de los siglos.

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Aritméticas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 28-04-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

“Unos 1100 periodistas extranjeros vinieron a Israel en las pasadas semanas. Habían estado en zonas de guerra de todo el mundo, pero muchos dicen que nunca padecieron un trato tan rudo como el que están recibiendo del ejército israelí. Los soldados han disparado contra periodistas, confiscado sus credenciales de prensa e incautado sus películas. Todos los periodistas estaban furiosos por el cierre de los territorios (ocupados) a la cobertura de prensa; incluso después de que se abrieran, a no todos se les permitió la entrada” (diario israelí Ha’aretz, 24-4-02). Pero el canciller Shimon Peres dice que Israel “nada tiene que ocultar”.
A Terje Roed-Larsen, enviado especial de las Naciones Unidas, se le negó el acceso a Jenín a lo largo de 12 días “durante los cuales no se permitió el ingreso de ambulancias y muchos heridos (palestinos) se desangraron hasta morir” (The Scotman, 19-4-02). “Hace más de una semana –dijo un alto funcionario de la ONU– que la Cruz Roja y la ONU están haciendo arduos esfuerzos para obtener el permiso de entrar al campo (de refugiados de Jenín). Especialmente para la Cruz Roja se trata de una situación inaudita el que un gobierno niegue el acceso de esa manera. Nuestra única suposición es, lamentablemente, que alguien tiene algo abominable que ocultar” (The Times de Londres, 15-4-02). Pero Bush hijo aseguró que Ariel Sharon “es un hombre de paz”.
“Apoyado en un bastón, el hombre estaba de pie sobre un montón de escombros: un revoltijo de concreto aplastado, varillas de hierro retorcidas, colchones despedazados, fragmentos de losetas, trozos de cañería y un toma corriente huérfano. ‘Esta es mi casa –dijo– y adentro está mi hijo.’ Se llama Abu Rashid y su hijo es Jamal, de 35 años, confinado en una silla de ruedas. El bulldozer (del ejército israelí) empezó a embestir la casa cuando la familia estaba adentro... Abu Rashid y otros parientes corrieron a la puerta, salieron con las manos en alto y gritaron al conductor que había gente adentro. Pero el bulldozer no dejó de rugir, retrocediendo un poco y atacando de nuevo, volviendo y mordiendo cada vez más la pared de concreto hasta que se derrumbó sobre Jamal antes de que alguien pudiera salvarlo” (crónica sobre Jenin de Amira Hass, diario israelí Ha’aretz, 22-4-02). Pero el gobierno Sharon y The Wall Street Journal dice que en Jenín no hubo una masacre, sólo “una dura batalla”.
La creciente condena mundial a la carnicería de civiles palestinos en Jenín ha creado en los mandos israelíes una curiosa relación con la aritmética. Sus portavoces estimaron inicialmente en 200 el número de palestinos que perdieron la vida, bajaron luego la cifra a 100, a 70, finalmente a “unas decenas”. No opina lo mismo la Alta Comisionada de la ONU para los derechos humanos, Mary Robinson: el pasado miércoles declaró en Ginebra que hay al menos 217 palestinos muertos y otros 498 heridos, según la información recabada por 37 fuentes institucionales. Por su parte, Ariel Sharon –que ha prohibido a Robinson la entrada a Israel, tal vez porque no tiene nada que ocultar– también innova en materia de aritmética política: ha creado la ecuación “críticas a su gobierno = antisemitismo = terrorismo”. William Burns, enviado de Washington al Medio Oriente, visitó Jenín el 20 de abril último y declaró: “Es obvio que lo ocurrido aquí ha causado enormes sufrimientos a miles de civiles palestinos” (The Independent, 21-4-02). Pero el secretario de Estado yanqui Colin Powell reparó: “Está claro que bien se pudieron haber perdido vidas inocentes (en Jenín), (pero) no tengo pruebas de (la existencia) de fosas comunes. No veo evidencias en apoyo de que tuvo lugar una masacre” (Barry Scheweid, agencia AP). Los “excesos” de siempre, pues.
“Funerales diarios e ideas de venganza entre los israelíes tienden a borrar el hecho de que nosotros, los israelíes, somos los ocupantes. Y así como vivimos con miedo al terrorismo (árabe) y a la guerra, son lospalestinos quienes sufren más muertes cada hora y los que viven con un miedo mayor porque son los ocupados.” Estas palabras pueden leerse en The New York Times del 9-3-02 y pertenecen a Ishai Menujin. Este mayor de la reserva del ejército israelí, a quien es difícil suponer antisemita y terrorista, se niega –como otros 435 oficiales y suboficiales reservistas israelíes (al viernes 26-4-02)– a servir en los territorios palestinos ocupados y en su artículo señala: “Ser ciudadano de una democracia entraña un compromiso con los valores democráticos y una responsabilidad por los propios actos. Despojar a un pueblo del derecho a la igualdad y a la libertad, y tenerlo bajo (un régimen de) ocupación, es por definición un acto antidemocrático. La ocupación, que ya dura una generación y rige la vida de más de 3,5 millones de palestinos, es lo que me lleva, como a centenares de otros objetores de las fuerzas armadas, a oponerme a las políticas y acciones de nuestro gobierno en la Ribera Occidental y Gaza”. “Sigo defendiendo a mi país –explica– pero no participaré en una ocupación que a lo largo de décadas ha convertido a Israel en un lugar menos seguro y menos humano.”
(Una pequeña aclaración: quien esto firma sigue condenando enérgicamente el terrorismo extremista palestino y no incurre en la barbaridad de confundir al señor Sharon con el conjunto de la sociedad israelí, y mucho menos con las tradiciones humanistas de los judíos del mundo entero. La presente nota no es “el ataque de turno contra Israel” que el habitante de un kibutz israelí le reprochó al autor cuando publicó la precedente (“Mentiritas”, 22-4-02): apenas corresponde al nuevo “ataque de turno” de Sharon contra la posibilidad de paz entre ambos pueblos, pagado con exceso, como siempre, por civiles de los dos.)

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Motivos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 31-03-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Un extracto de las memorias de John Nott que publicó el londinense The Daily Telegraph arroja ciertas luces sobre lo que ocurría en la trastienda del gobierno británico cuando Galtieri desató la aventura de las Malvinas. El 30 de marzo de 1982 Downing Street contaba con sólidos indicios de que la junta militar se proponía invadirlas y el entonces ministro de Defensa británico pidió y obtuvo una reunión urgente con Margaret Thatcher. Ambos examinaban una posible reacción de orden diplomático –dice el memorialista– cuando apareció el jefe de la Marina Real, almirante Sir Henry Leach, quien embutido en su elegante uniforme aseveró que se podía preparar en pocos días una fuerza militar considerable para desalojar al invasor. “La vista de un hombre en uniforme –reflexiona Nott– siempre gusta a las damas y Margaret estaba claramente impresionada”. Agrega que la Dama de Hierro decidió desde el principio “que la única manera de recobrar nuestro honor y prestigio nacional era infligir una derrota militar a la Argentina”.
Estas explicaciones rozan la candidez. La guerra le venía muy bien a Margaret Thatcher y a su Partido Conservador, sobre el que planeaba la amenaza de una casi segura derrota electoral. Dos periodistas británicos, Arthur Gavshon y Desmond Rice, registraron en su libro El hundimiento del Belgrano los índices de popularidad de la jefa de gobierno antes y después de que eligiera una respuesta militar: 32 por ciento de opiniones favorables en enero de 1982, 51 por ciento en junio. En el mismo lapso se estreñía el apoyo público a laboristas, liberales y socialdemócratas. Galtieri y la Thatcher se necesitaban mutuamente.
Nott se queja de las negociaciones que Alexander Haig, secretario de Estado de Ronald Reagan, llevaba a cabo para encontrar una salida diplomática a la guerra. Fueron cortitas –28 días hasta que la Casa Blanca decidió suspender la venta de armas a la junta militar–, pero “no sólo producían choques personales en el gabinete, también tensaban la relación de Gran Bretaña con Estados Unidos”. Y explica la razón de la frialdad que Washington le propinó a Londres mientras la flota británica navegaba hacia el sur: “Ellos (el gobierno norteamericano) no querían que cayera el dictador argentino, general Leopoldo Galtieri... Para los estadounidenses él era un pilar central de la resistencia al comunismo en América del Sur y América Central, y todos los esfuerzos de Reagan y del Departamento de Estado se concentraban en la crisis en El Salvador”. Lo había explicado ya quien fuera en esa época embajador británico ante la Casa Blanca, Sir Nicholas Henderson: “El gobierno de Buenos Aires ha venido prestando apoyo a Estados Unidos en sus operaciones encubiertas en América Central y en sus causas anticomunistas en toda América latina, actitud... que a los ojos de la junta argentina le ha asegurado el apoyo norteamericano a una eventual nueva política en relación con las Malvinas”. Es notorio el grueso error de tales cálculos de la dictadura militar. Es también notorio que mano de obra represora argentina actuó y entrenó a sus pares en la región centroamericana, bajo el mando del coronel Osvaldo Ribeiro (a) “Balita”, secundado por el coronel Santiago Hoya (a) “Santiago Villegas” (a) “José Hoya”, y con la participación especial –entre otras– de personal de Automotores Orletti como –entre otros– Rubén Héctor Escobar, Raúl Guglielminetti (a) “mayor Guastavino”, o Ricardo Roberto Rico (a) “El Tordo” (a) “Julio”, hermano del carapintada.
John Nott destaca las satisfacciones que le llegaban de París. “En muchos sentidos –anota–, Mitterrand y los franceses fueron nuestros mejores aliados”. Recuerda que el país galo había vendido a la Argentina cazas Mirage y Super Eténdard, pero que tan pronto comenzó la guerra “el ministro de Defensa de Mitterrand se puso en contacto conmigo paraofrecerme algunos de esos aviones a fin de que nuestros pilotos se entrenaran para combatirlos antes de partir hacia el Atlántico Sur”. El Elíseo proporcionó además una información técnica detallada acerca de los misiles franceses Exocet –que hundían o dañaban a las naves británicas– y participó en las gestiones destinadas a impedir que Buenos Aires los obtuviera en el mercado mundial. “Fue una operación extraordinariamente exitosa –dice al respecto Nott–. A pesar de los esfuerzos persistentes de varios países –Israel y Sudáfrica en particular– para ayudar a la Argentina (léase dictadura militar argentina), logramos interceptar e impedir el suministro de más equipo a los argentinos, que trataban de reabastecerse con desesperación”. El presidente socialista Mitterrand explicaba en esos días a un visitante argentino –desea conservar su anonimato– que la alianza franco-británica tenía más de un siglo de vida y que se trataba de acabar con Galtieri y la junta. Poco antes el diario parisino Le Figaro había publicado fotos de militares franceses adiestrando a pilotos argentinos en el manejo de los Mirage y los Super Eténdard.
Galtieri fracasó en su intento de prolongar la existencia de la dictadura militar. Margaret Thatcher ganó las elecciones. En el campo de batalla quedaron los cadáveres de 750 soldados argentinos y de 255 efectivos británicos.

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Costos

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 21-03-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

“Fue por Iraq y salió palestinado”: es la frase que acuñó un prestigioso diplomático latinoamericano al evaluar la gira del vicepresidente estadounidense Dick Cheney por diez países árabes del Medio Oriente –más Israel y Gran Bretaña– que finalizó el martes último. El intento de Washington de separar la cuestión palestina de su voluntad de voltear a Saddam Hussein no encontró oídos complacientes. En cambio, Cheney debió escuchar de reyes, príncipes y presidentes de la región un nítido rechazo a cualquier intervención militar contra Bagdad y se enteró de que estaban ante todo interesados en que el gobierno Bush frenara de una buena vez los ímpetus represivos de Tel Aviv y cesara la ocupación israelí de territorios palestinos.
Se enteró de algo más: Arabia Saudita, aliado clave en la “guerra antiterrorista”, le niega a Washington el uso de la base aérea de Príncipe Sultán para bombardear suelo iraquí. Hay razones para esta oposición árabe generalizada. El rey Abdulla II de Jordania fue quien tal vez expresó mejor una muy principal: “Es el potencial Armagedón de Iraq lo que nos preocupa –declaró a Los Angeles Times–... Es un camino tremendamente peligroso”. “No podemos soportar más inestabilidad en la región”, precisó. “Si la región explota, Europa y Occidente tendrán que involucrarse”, advirtió. Por su parte, Turquía teme una fragmentación de Iraq que mueva a los kurdos iraquíes del norte a proclamar un Estado autónomo al que se sumarían los kurdos del sur turco. Siria y Jordania temen que los shiítas del sur iraquí unan su territorio al Irán que otros shiítas gobiernan.
La postura de los países árabes también admite motivos económicos. Participar en la segunda etapa de la cruzada de Bush hijo significaría para Jordania, por ejemplo, la pérdida de unos 800 millones de dólares (el 11 por ciento de su PBI) porque cesaría el suministro del baratísimo petróleo iraquí. El monto del comercio de Arabia Saudita con Iraq es de 300 millones de dólares anuales. Siria, Egipto y Turquía le venden más que nunca a cambio de oro negro a precio bajo. Bulent Ecevit, el primer ministro turco, lo dijo sin tapujos: “Un ataque contra Iraq afectaría gravemente a Turquía..., su economía descansa en equilibrios muy frágiles”. Es un cambio notable: nadie olvida que Ankara, como Riyadh, fue de suma importancia estratégica en la Guerra del Golfo de 1991 y que de sus territorios partía buena parte de los ataques aéreos contra Iraq.
Sin embargo, es posible que la razón más importante del fracaso de Cheney radique en el estado de la opinión pública de la región, no precisamente favorable a EE.UU. Lo explicó incluso el mandatario de los muy pequeños Emiratos Arabes Unidos cuando instó a Cheney a “poner fin a la grave agresión israelí contra el pueblo palestino”. Hay además irritación por el bombardeo sistemático de Iraq que EE.UU. y Gran Bretaña continúan y que a principios de 200l ya duraba más que la entera intervención yanqui en Vietnam. También por las sanciones que la ONU impuso a Bagdad y que en diez años causaron la muerte –por hambre, falta de medicamentos y de agua potable– de medio millón de niños iraquíes. Antes de 1990 el ingreso per cápita del país era de más de 3 mil dólares anuales; hoy es inferior a 500. Una encuesta que en febrero pasado Gallup realizó en Medio Oriente mostró que el 61 por ciento de los interrogados no cree que el 11 de septiembre fuera obra de árabes, el 77 por ciento dijo que no se justifica una guerra contra Iraq y el 53 por ciento expresó animosidad –para ser suaves– contra EE.UU. en general.
Ni la CIA cree que Saddam Hussein tuvo que ver con el “martes negro”, y el presidente Bush ha debido cambiar de argumento. Lo repitió Cheney a lo largo de su gira: Bagdad mantiene programas de obtención de armas de destrucción masiva y “EE.UU. no permitirá que las fuerzas del terror tengan herramientas de genocidio”. Lo refutó de antemano el superhalcón Scott Ritter, ex jefe del cuerpo de inspectores de la ONU encargado dedesmantelar ese armamento en Iraq: “Desde el punto de vista cualitativo -escribió en The Boston Globe el 3-9-00– Iraq ha sido de hecho desarmado... Los programas de desarrollo de armas nucleares, químicas y biológicas, que eran una amenaza real en 1991, habían sido destruidos o inutilizados hacia 1998”. En cualquier caso, el único país que posee un arsenal nuclear en la región es Israel. Nadie más.
José María Aznar, el muy conservador presidente de España, observó que un ataque contra Estados hostiles (a EE.UU.) como Iraq “no es lo mismo que la lucha contra el terrorismo”. Pero Washington está dispuesto a llevarlo a cabo aunque sea en solitario, aplica ya medidas militares conducentes y, como Colin Powell aclaró, la cuestión no es si se hará, sino cuándo. Ni las dificultades que atraviesa su socio más firme, Tony Blair, disuaden a Bush hijo. El jefe de gobierno británico no sólo padece rebeliones en su gabinete y en su propio partido. Según The Observer del 18 de marzo, altos jefes militares de las islas lo hicieron objeto de “una dura advertencia”: “Cualquier guerra contra Iraq –registró el diario inglés– está condenada al fracaso y produciría la pérdida de vidas por un exiguo beneficio político”. La veterana legisladora laborista Tam Dalyell redondeó: “El costo en miseria y en vidas humanas de otra contienda en Iraq es inaceptable. Nuestro mensaje (a Blair) es claro y simple: no hay que participar en la decisión de matar a más civiles desvalidos”.

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Músicas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 07-03-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

El fantasma de Vietnam no abandona Estados Unidos. La muerte el lunes último de nueve militares norteamericanos en la provincia afgana de Patkia no sólo ha provocado una irrupción del subconsciente en el general Richard Meyers, jefe del Estado Mayor Conjunto de las FF.AA. yanquis –”Lamentamos la muerte de nuestros soldados en Vietnam”, dijo–, también preocupación en el Congreso. El líder la fracción demócrata del Senado y posible candidato presidencial Tom Daschle, que no es precisamente una paloma, se quejó de Bush hijo porque no informa al cuerpo parlamentario sobre la ampliación de la guerra “antiterrorista”. Tiene motivos: EE.UU. se apresta a enviar de 100 a 250 asesores militares a Georgia, varios centenares a Yemen, más personal a Colombia, y un contingente de 150 efectivos de las Fuerzas Operativas Especiales guerrean en Filipinas. Así empezó Vietnam.
“Pienso que hay una expansión (de la guerra) carente al menos de una dirección clara. Si esperamos matar a todos los terroristas del mundo, estaremos en movimiento hasta el Día del Juicio Final”, subrayó Daschle. Otros demócratas prominentes, como el ex senador Boy Kerrey y la actual representante por California, Jane Harman, expresaron el temor de que esas intervenciones fuera de Afganistán adelgazaran la presencia militar estadounidense en el país centroasiático. Y en el mundo, podría agregarse, según el viejo precepto: el que mucho abarca poco aprieta.
El número de bajas que ha sufrido Washington en Afganistán –por accidentes o en el campo de batalla– asciende a 42 y a éstas hay que sumar los diez efectivos que murieron cuando un helicóptero se estrelló en el sur de Filipinas. La noticia de las pérdidas en Patkia no podía llegar en peor momento para la administración Bush: el Congreso discutía el enorme presupuesto de defensa del gobierno –4700 billones de dólares en los próximos 10 años, 600 mil millones más que en la propuesta del año pasado– y los republicanos se enojaron con Daschle cuando dijo que no votaría por fondos adicionales para el Pentágono sin una explicación detallada del destino de ese financiamiento. El republicano por Virginia Tom Davis lo acusó de “ayudar y alentar a nuestros enemigos permitiéndoles que exploten las divisiones en nuestro país”. Cabe preguntarse si el patriotismo –o algo así– es un valor más alto que la democracia.
El tema de la democracia es pertinente en cuanto a Afganistán. Washington derribó por la fuerza un gobierno despótico persiguiendo, dijo, un ideal democrático –cosa que no hizo con las dictaduras de la Argentina, Chile, Uruguay, etc., más bien al revés, ni hará en Arabia Saudita, su aliado petrolero, ni en otras partes del mundo donde regímenes autoritarios sirven sus intereses–, pero decide quién debe gobernar en Kabul y se involucra en las disputas de los señores de la guerra. Ejemplo: la Casa Blanca apoya a Mohammed Ustaz Ata, el gobernador tadjiko que impuso en Mazar-i-Sharif. Su rival, el general uzbeko Rashid Dostum, tan miembro de la antitalibana Alianza del Norte como Ata, ha vuelto a darle batalla el lunes 4 de marzo. Las tropas de Ata fueron expulsadas de una población cercana a Shebergen, ciudadela de Dostum, y hubo 20 muertos. Los grupos de tareas de las Fuerzas Especiales de EE.UU. sustentan a Ata. En tanto, EE.UU. recluta pashtunes, la etnia a la que pertenece la mayoría de los talibanes, a razón de 200 dólares por mes. La oferta es tentadora en un país donde el salario promedio –suponiendo que salario haya– es de 40 dólares. La democracia estadounidense, es cierto, sus ideales democráticos, claro, necesitan defenderse con mercenarios que no tienen donde caerse muertos. Tal vez para brindarles la posibilidad de caer muertos de una vez.
Los mandos estadounidenses escatiman detalles de la ofensiva contra fuerzas talibanas en las montañas de Paktia –la mayor que ha lanzado hasta ahora la coalición “antiterrorista”– que causó nueve muertos y más de 40 heridos en las filas norteamericanas. Pero se conoce la opinión delos combatientes afganos de la Alianza del Norte que en ella participan y que fue recogida sobre el terreno por Peter Baker, corresponsal del diario australiano Sidney Morning Herald. “Cometieron un gran error –afirmó Mohammed Isshaq, jefe de seguridad de Gardez, capital provincial de Patkia–. Avanzaron (los norteamericanos) sin cavar trincheras, sin reforzar sus posiciones. Y los cortaron (de su retaguardia). Se retiraron muy mal.” Baker indica que se trata de una visión compartida por los soldados afganos: “Nuestro mando fue realmente malo –le dijo Khial Mohammed, 22 años, herido en el combate–, el mando estadounidense fue realmente malo, no pensó en todos los aspectos de la batalla antes de atacar”.
La Casa Blanca está enviando tropas y asesores militares a países cuya historia y cultura menosprecia o, en el mejor de los casos, desconoce. “Sólo hace cinco meses supe que había uzbekos, tadjikos y pashtunes en Afganistán”, confesó al periodista Jim Lobe un asesor parlamentario. Hasta hace un año Bush hijo creía que al-Qaida era un grupo de rock. Quién sabe qué música terminará tocándole.

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Cruzadas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 20-02-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

El 12 de febrero pasado se produjo en EE.UU. un hecho que asombró a no pocos: el ex vicepresidente demócrata Al Gore elogió sin reticencias a Bush hijo por dirigir la mira de su cruzada hacia “el eje del mal”, Irak, Irán, Corea del Norte. Fue el primer mensaje político de importancia que el frustrado candidato a la presidencia emitió desde las elecciones que le dieron el triunfo a su rival republicano. Gore subrayó que la próxima etapa de la “guerra antiterrorista” ha de consistir en la eliminación del régimen iraquí, para lo cual –dijo– “debemos estar dispuestos a ir hasta el final”.
Es cierto que Gore apoyó en 1991 la resolución del Capitolio que autorizó a Bush padre a declarar la guerra contra Saddam Hussein, pero sorprendió que encomiara a quien le robó la presidencia mediante un fraude electoral notorio. ¿Habrá impulsado a Gore la ola patriótica en boga en su país? ¿Un rapto de honesta convicción que lo lleva a abandonar todo resentimiento y a respaldar a Bush hijo, eso sí, casi cinco meses después del 11 de septiembre? ¿O el motivo es otro? Ocurre que el 5 de febrero –una semana antes de que Al Gore hiciera esas declaraciones– Bush hijo decidió ampliar la ayuda a Colombia (731 millones de dólares para 2003), destinar explícitamente asistencia para la lucha contra la guerrilla y, en especial, 98 millones de dólares a la custodia del oleoducto Caño Limón. Ocurre que es el más importante de Colombia –770 kilómetros de largo–, que transporta el oro negro del yacimiento de Arauco al puerto caribeño de Coveñas, que la guerrilla lo dañó 170 veces con otras tantas bombas el año pasado, interrumpiendo su funcionamiento y sus beneficios durante 226 días. Ocurre que el oleoducto es operado por la Occidental Petroleum Corporation y sobre todo ocurre que la familia Gore posee un buen paquete de acciones de la Oxy, como cariñosamente llaman al gigante petrolero con sede en California.
Gore padre nunca fue rico hasta que, al terminar su mandato de senador en 1970, Armand Hammer –fundador de Oxy y su presidente casi eterno– lo nombró miembro del directorio con un sueldo de 500.000 dólares anuales. ¿En pago acaso de favores recibidos? Hammer solía decir que tenía “metido en el bolsillo trasero” al viejo Gore. El hijo es ejecutor de un fondo fiduciario que incluye acciones de Oxy por valor de 500.001 a 1.000.000 de dólares, según una declaración fiscal jurada de 1999. Desde los ‘70 Al recibe 20.000 dólares anuales de la empresa por derechos de explotación mineral de un terreno que nunca perforó. Hammer falleció en 1990 y en vida no sólo cultivó la amistad de Gore padre. Neil Lyndon, ex miembro del personal de Oxy, cuenta en su libro de memorias Witness to History (“Testigo de la Historia”) que el patrón invitaba a cenar también a Gore hijo: “A menudo comían juntos con los lobbystas de Oxy en Washington, quienes repartían, según las directivas de Hammer, decenas de millones de dólares en sobornos y favores al mundo político”. Por ejemplo, para las campañas electorales del Partido Demócrata. La inversión en Al Gore rindió jugosos dividendos. A fines de 1997, el entonces vicepresidente de EE.UU. abogó con éxito por la venta a Oxy del patrimonio nacional en el yacimiento de Elk Hills, Bakersfield, California. Constituyó la mayor privatización de propiedad federal en la historia de Estados Unidos, por un valor de 3,65 mil millones de dólares.
No fue ésta la única intervención oficial a favor de la empresa. En 1999 el secretario de Energía estadounidense, Bill Richardson, se reunió en Cartagena con altos funcionarios del gobierno colombiano, el presidente Pastrana incluido, para que apoyaran los deseos de Oxy de explotar las reservas petrolíferas de Samoré, en territorio de los indios u’wa. Estos resistían –y resisten– ese intento y Bogotá envió en febrero del 2000 varios centenares de soldados que los expulsaron de tierras legalmenteadquiridas. Al notario que extendió los títulos de propiedad lo encontraron muerto en enero de ese año. Los u’was han declarado que se suicidarán colectivamente, tirándose de un risco de 400 metros de altura, si la Oxy empieza a perforar. La tradición cuenta que algo similar hicieron para no someterse a los conquistadores españoles.
Al Gore se autopresenta como campeón de la seguridad ambiental y en su calidad de senador presentó proyectos de resolución para defenderla... en Japón, Malasia y Papua Nueva Guinea. Hace decir a sus voceros que él nada tiene que ver con Caño Limón, un oleoducto que ha derramado más de 2 millones de barriles del crudo en ríos y lagos cuyas aguas se han tornado impotables y en suelos que se han vuelto infértiles. Pero Al sigue interesado en explotar las reservas de Samoré, que se estiman en 1400 millones de barriles, es decir, más de 20 mil millones de dólares a los precios actuales del mercado.
“Estamos buscando una explicación a este ‘progreso’ que va contra la vida –señala un manifiesto u’wa de agosto de 1998–. Pedimos que cese esta clase de progreso, que cese la explotación de petróleo en el corazón de la Tierra, que cese la sangría deliberada de la Tierra... pedimos a nuestros hermanos y hermanas de otras razas y culturas que se unan a la lucha en que estamos empeñados... creemos que esa lucha debe convertirse en una cruzada mundial para defender la vida.” Exactamente lo contrario de la cruzada de Bush.

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Golems

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 07-02-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

El absurdo literario como resistencia al absurdo del poder acontece en las democracias sin mayores represalias –casi siempre– para sus practicantes. No fue así en la URSS estalinista: el grupo OBERIU (acrónimo en ruso de “Asociación de Arte Verdadero”) fue dispersado por la represión a fines de los años ‘20 y sus miembros conocieron, después de la censura, los campos de trabajo, la desaparición y muerte en cautiverio, o una supervivencia domesticada tras largos años de prisión en el mejor de los casos. No incurrían en la crítica ideológica del régimen, ni le organizaban oposiciones políticas. Pero Daniil Kharms vestido de Sherlock Holmes recitando poesía en bicicleta sobre un escenario resquebrajaba, al parecer, los fundamentos del marxismo-leninismo para la ortodoxia imperante.
No se equivocaba mucho, sin embargo, el olfato de los censores soviéticos. Por los textos de Kharms circulan epidemias de viejitas que se tiran por la ventana, hombres que se pelean y se matan con pepinos gigantescos, un tenorio que en el momento culminante del cariño busca y no encuentra en sus pantalones el instrumento imprescindible, un joven escritor que no se puede deshacer del cadáver de una anciana que no cesa de reaparecer en su departamento, dos misteriosos policías que allanan el domicilio de una joven para arrestarla y terminan declarándole amor eterno. Hay alusiones sesgadas, pero evidentes, a los absurdos de la vida cotidiana en la URSS y no pasaron inadvertidas. Kharms nunca fue atacado públicamente con la ferocidad que padecieron grandes poetas como Anna Ajmátova o Josip Mandelstam. Simplemente lo dejaron sin trabajo, en 1930 hasta le prohibieron publicar poemas para niños, en 1941 fue detenido por autor de “propaganda derrotista”, y al año siguiente murió de hambre y de descuido en un hospicio-cárcel.
Los textos de Kharms y de sus compañeros escritores del absurdo -Vvedenski, Zabolotski, Oleinikov, Vaginov, Erdman (véase Página/12, 20-800)– comenzaron a ser rescatados en los años ‘60, siempre clandestinamente, en las hojas furtivas de algún samizdat: reproducían notas y manuscritos semidestruidos que conservaban algunos amigos y parientes aún con vida. Sólo en la década pasada empezó su difusión parcial en la ex URSS y en Occidente. Hoy ejercen indudable influencia en los jóvenes escritores rusos.
La reciente publicación en Rusia de las conversaciones que bajo el estalinismo sostenían y registraban prolijamente los miembros de la OBERIU –en parte traducidas al inglés– los muestran inmersos en temas filosóficos como “el horror inexplicable” y “los silencios de la lengua” que preocuparon a Heidegger y Wittgenstein, a quienes los rusos no conocían ni de nombre. Difícilmente habrían leído a Tristan Tzara y a los surrealistas, con los que cierta crítica los equipara. Los experimentos de “antiteatro” con que Kharms y Erdman trastornaban por completo las relaciones convencionales entre autor, personajes, actores y público los acercarían a Beckett según algunos distraídos: el escritor irlandés exploró esas posibilidades 20 años después. Y luego, los rusos buscaban una explicación, un cierto “más allá” oculto bajo la superficie inédita y rugosa del régimen soviético.
De las anotaciones autobiográficas de Kharms, escritas en una clave descifrada no hace mucho, surge un hombre bastante exhibicionista y, a la vez, profundamente religioso y con inclinaciones místicas, muy poco parecido a su obra. Lo obsedía la figura del Golem, tal como fuera construida por Gustav Meyrink en su novela, y lo fascinaba la agudeza del autor praguense al comparar la mente del monstruo inacabado con un celda de prisión sin puertas que por ventana tenía un agujerito para mirar el mundo. Cualquier semejanza de esta imagen con la que Kharms tenía del régimen soviético no es una casualidad. En los últimos de sus 37 años siguió un comportamiento que desbordaba la excentricidad para rozar el desequilibrio. Fueron años de hambre y abandono, agravados por una”desgracia” política de la que no fue culpable: su cuñado era el odiado trotskista Víctor Serge y sin duda esto influyó en su destino final.
Es probable, como señala el crítico Zinovy Zinik, que el absurdo literario de Kharms tuviera que ver, más que con escuelas o escritores de Occidente, con un personaje medieval, el “yurodivi” o “loco santo”, que ocupó no poco espacio en la vida espiritual y la literatura rusas. El yurodivi solía peregrinar de pueblo en pueblo imitando la realidad del poderoso y parodiándola con conclusiones absurdas. Se lo encuentra en páginas decimonónicas de Pushkin y Dostoievski y en otras de Andrés Biely y Mijail Zoshchenko del siglo XX. En todas ellas el “loco santo” es portador de una verdad.
Quién sabe con qué absurdos respondería Kharms a estos absurdos: el de un alto funcionario del FMI que advirtió al pueblo argentino que debía sufrir para salir de la crisis que hace mucho lo castiga; el del ¿estadista? Sharon que se arrepiente de no haber matado a Arafat en 1982; el del secretario general de Naciones Unidas y premio Nobel Kofi Annan que no cree que los más de mil millones de habitantes del planeta que viven en la miseria “sean víctimas de la globalización”. Claro que esas declaraciones, más que absurdas, son siniestras.

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Lástimas

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 03-02-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

Estados Unidos tiene un Poder Ejecutivo de lujo. Lujoso, mejor dicho. Según un prolijo estudio que el Center for Public Integrity (CPI) -organismo no gubernamental independiente– llevó a cabo a lo largo de seis meses, el promedio de la riqueza personal de los miembros del gabinete -Bush hijo y Dick Cheney incluidos– oscila entre 9,3 y 27,3 millones de dólares per cápita, casi diez veces superior al de la administración Clinton. El CPI analizó las finanzas y los haberes de los cien funcionarios de mayor jerarquía del país –presidente y vice, secretarios, vicesecretarios y subsecretarios de Estado, directores de entidades autónomas y miembros de la oficina presidencial– y llegó a la siguiente conclusión: el promedio de la fortuna personal de cada uno de ellos va de 3,7 a 12 millones de dólares. No parece poca plata ni es casual: todos están vinculados con las grandes corporaciones estadounidenses; el 34 por ciento procede directamente de ellas y el 16 por ciento pertenece a firmas jurídicas y/o dedicadas a cultivar los negocios de pasillo en la Casa Blanca y el Capitolio.
Tanto Bush hijo como el vicepresidente Cheney tienen antecedentes e intereses en la industria energética y otros seis miembros del gobierno, entre ellos Donald Evans y Kathleen Cooper, secretario y subsecretaria de Comercio, fueron ejecutivos de empresas del ramo hasta el momento mismo de ocupar sus cargos públicos. Tales empresas son las preferidas de esos cien funcionarios cuando les acontecen las ganas de invertir: manejan en conjunto 221 inversiones en el sector energético con acciones por valor de 144,6 millones de dólares. ¿Tendrá esto que ver con el arrasamiento de Afganistán, necesario para tender el gasoducto con el que la Unolocal hace tiempo sueña; la instalación de bases militares yanquis en Uzbekistán y otros vecinos de la cuenca del mar Caspio, la tercera reserva en importancia de gas natural y petróleo del planeta; las flamantes amenazas de Bush hijo de ampliar su “guerra antiterrorista” contra países como Irak e Irán, grandes productores del hidrocarburo; la creciente vigilancia naval y aérea estadounidense de Somalía, poseedora de yacimientos muy prometedores de oro negro? Pareciera. En todo caso, se ha bautizado “gabinete petrolero” al que ejecuta su poder desde la Casa Blanca.
Samuel Bodman, subsecretario de Comercio que pasó a ese puesto desde la dirección ejecutiva de la petroquímica Cabot Corporation, es el más próspero del grupo: su fortuna oscila entre 49 y 164 millones de dólares. Le siguen el secretario de Defensa Donald Rumsfeld (de 35 a 135 millones) y el secretario del Tesoro Paul O’Neill (de 54 a 111 millones). Otros datos del CPI muestran que esa orquesta millonaria no sólo modula la política exterior de EE.UU. El vicepresidente Cheney se niega a revelar de qué habló y qué acordó en las seis reuniones secretas que mantuvo el año pasado con ejecutivos de la fraudulenta Enron mientras la Casa Blanca diseñaba su nuevo programa energético. Quién sabe si hace falta. Según fuentes del Capitolio, el Comité de Reformas Gubernamentales de la Cámara de Representantes ha preparado un análisis demoledor de 17 rubros del programa que cristalizan otras tantas concesiones en favor de Kenneth L. Lay, director ejecutivo de Enron y, casualmente, íntimo de Bush hijo. Una de ellas, y principal, es la de completar la desregulación del mercado energético interno iniciada por Bush padre. Hay otras. El representante demócrata Henry Waxman señaló que el proyecto del programa se modificó para incluir una disposición destinada a apoyar los negocios de Enron en la India. El programa revisado asentó el legislador en una carta dirigida a Cheney, “benefició a Enron involucrando a dos secretarios del gabinete en el conflicto de Enron con el gobierno de la India”. Dick Cheney pretende que la quiebra de Enron, cuyos ejecutivos robaron y estafaron a accionistas desprevenidos y a 12.000 trabajadores del consorcio obligados a comprar acciones que servirían para garantizar su jubilación, es un asunto meramente empresarial. Es cierto que la perversión del sistema financiero estadounidense propiamente dicho es estructural, pero esa comprobación no basta. La Enron fue la corporación que más aportó a la campaña presidencial de Bush hijo: 736.800 dólares. Thomas White Jr. vendió sus 25 millones de dólares en acciones de la Enron antes de convertirse en secretario de ejército. El procurador general de EE.UU., John Ashcroft, recibió unos 60.000 dólares de Enron para su campaña senatorial. Donald Rumsfeld, titular de Defensa, Peter Fisher, subsecretario del Tesoro, Thomas Dorr, subsecretario de Agricultura, Charlotte Beers, subsecretaria de Estado, y Karl Rove, jefe de asesores presidenciales, figuran entre los 14 funcionarios de los cien que poseían acciones en la Enron. No pocos tuvieron “la suerte” de venderlas antes de su quiebra escandalosa. El gobierno Bush hijo no representa a los trusts. Está hecho directamente por ellos.
En esto el pueblo estadounidense no se engaña. Una encuesta promovida por ABC News y el Washington Post y realizada antes del 11 de setiembre reveló que el 67 por ciento de los interrogados estimaba que “las grandes corporaciones tienen demasiada influencia en el gobierno”; el 64 por ciento, que “las industrias del gas y del petróleo” gozan de “demasiado poder” en Washington y el 72 por ciento, que “los ricos” son demasiado influyentes en la Casa Blanca. Se trata del mismo pueblo que, salvo dispersos islotes de conciencia, aplaude la “guerra antiterrorista” y no ha relacionado todavía una cosa con la otra. Lástima.

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Imitaciones

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 24-01-2002 00:00:00

Por Juan Gelman

“La Naturaleza imita al arte”, decía Oscar Wilde. Será. En todo caso, nunca en la medida con que el rápido avance armado del imperio está imitando un libro que Zbigniew Brzezinski publicó hace más de cuatro años: The Grand Chessboard . American Primacy And It’s Strategic Imperatives (El grandioso tablero de ajedrez . La primacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Basic Books, Nueva York, 1997). Quien fuera asesor de seguridad nacional de Carter, asesor de inteligencia exterior de Reagan y copresidente del Grupo de Tareas en materia de seguridad nacional que asesoraba a Bush padre, abre su texto señalando que Asia Central es clave para controlar Eurasia (un territorio que abarca la Rusia europea, Medio Oriente, buena parte de la India y China entera antes de mojarse en el Pacífico) y que la clave para controlar Asia Central es Uzbekistán. No sorprende entonces que días después del ominoso atentado del 11 de septiembre, Bush hijo anunciara que el primer país donde EE.UU. desplegaría tropas sería Uzbekistán. Lo hizo.
En el libro campea la soberbia y el cinismo característicos de Zbigniew Brzezinski (en adelante ZB, tanta consonante abruma). “Por primera vez una potencia no euroasiática ha surgido no sólo como árbitro fundamental de las relaciones de poder euroasiáticas sino también como la máxima potencia del mundo... EE.UU. es en verdad la primera potencia realmente global”, dice en la introducción (pág. 13). Su primacía mundial “depende directamente de cuánto tiempo y con cuánta eficacia sostendrá su predominio en el continente euroasiático” (pág. 30). ZB explica el porqué de esa misión: “La potencia que domine Eurasia controlará dos de las tres regiones más avanzadas y económicamente productivas del planeta” y ese control “acarreará casi automáticamente la subordinación de Africa, convirtiendo al hemisferio occidental y a Oceanía en (regiones) geopolíticamente periféricas... la mayor parte de la riqueza física del mundo se encuentra allí... y alrededor de las tres cuartas partes de los recursos energéticos mundiales conocidos” (pág. 31). ZB precisa: “El consumo mundial de energía aumentará de manera notable en las próximas dos o tres décadas. Estimaciones del Departamento de Energía de EE.UU. anticipan que la demanda mundial se elevará más del 50 por ciento entre 1993 y 2015, y en el Lejano Oriente tendrá lugar el incremento más importante del consumo... la región de Asia Central y la cuenca del Mar Caspio tienen reservas de gas natural y petróleo que empequeñecen las de Kuwait, el Golfo de México y el Mar del Norte” (pág. 125).
ZB evalúa el panorama y le preocupa la existencia de zonas de influencia y apetitos de países –Rusia, China, Irán, Turquía– que podrían entorpecer el proyecto imperial. Aconseja dar “un gran valor a las maniobras y manipulaciones destinadas a impedir el surgimiento de una coalición hostil que eventualmente desafíe la primacía de EE.UU.” (pág. 198). “La tarea más urgente es garantizar que ningún Estado o combinación de Estados obtenga la capacidad de expulsar a EE.UU. de Eurasia o incluso disminuir significativamente su decisivo papel de árbitro” (pág. 198). ZB aclara: “Para usar una terminología que recuerda la era más brutal de los antiguos imperios, los tres grandes imperativos de una geoestrategia imperial consisten en impedir la connivencia entre vasallos y asegurar su dependencia en materia de seguridad, mantener la docilidad de los tributarios y protegerlos, e impedir que los bárbaros se unan” (pág. 40). Se entiende por qué el invisible vicepresidente Cheney declaró que la llamada guerra contra el terrorismo “no puede terminar en vida nuestra”.
ZB formula orientaciones: “Uzbekistán representa el obstáculo mayor a cualquier renovado control ruso de la región” (pág. 121) y es “de hecho el candidato más importante a detentar el liderazgo regional en Asia Central” (pág. 130). “Kazajstán es el escudo y Uzbekistán el alma de los despertares nacionales (antirrusos)” (pág. 130). La realidad le está haciendo mucho caso al texto de ZB: se instalan bases yanquis en ambos países y aun en otros siete más de la región. Pero ZB tiene un temor: “La actitud de la opinión pública estadounidense respecto de la proyección exterior del poderío de EE.UU. ha sido muy ambivalente. Apoyó la entrada en la Segunda Guerra Mundial sobre todo por la conmoción que provocó el ataque japonés a Pearl Harbor” (págs. 24 y 25) y “como EE.UU. se está convirtiendo en una sociedad cada vez más multicultural, podría ser más difícil lograr consenso en cuestiones de política exterior, excepto en el caso de una amenaza externa directa realmente masiva y ampliamente percibida” (pág. 211). ¿Será entonces cierto que Washington sabía de los atentados del 11 de septiembre y los dejó venir? ¿El mundo está convulsionado por una guerra calculada con frialdad y antelación? ¿Para “establecer una dictadura mundial en los próximos cinco años”, según el Dr. Johannes Koeppel, ex ministro de Defensa de Alemania y luego asesor del entonces secretario general de la OTAN, Manfred Warner? No falta quien contesta afirmativamente estas preguntas.
A ZB se le escapa una esperanza, sin embargo. “A largo plazo, las políticas globales serán cada vez más incompatibles con la concentración del poder hegemónico en un solo Estado. Por lo tanto, EE.UU. no sólo es la primera y única superpotencia verdaderamente mundial que haya existido nunca sino que probablemente también será la última” (pág. 209). Sí. En tanto, los principales indicadores económicos de EE.UU. experimentaron en diciembre último su mayor crecimiento desde febrero de 1996. Qué cosa, la guerra.

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