8 DE MAYO DE 1945
Por Jack Fuchs
La Segunda Guerra Mundial se cobró 60 millones de vidas. Donitz, sucesor de Hitler, se encarga de anunciar a su pueblo: “el 8 de mayo a las 23.00 callan las armas”. Los alemanes que, en su gran mayoría, hasta días antes de la capitulación incondicional habían seguido con ferviente fanatismo al partido nacional-socialista parecen sentir que se trata de una derrota y no de una liberación del dominio de la violencia y de un sistema caracterizado por el desprecio de la vida humana.
Las monstruosidades que tuvieron lugar durante los macabros seis años que duró la guerra fueron descubiertas finalmente y el horror pudo ser documentado: películas, fotografías, testimonios de víctimas sobrevivientes constituyen invalorables elementos que reflejan lo que realmente fue esa etapa en la historia de la humanidad. Durante los años posteriores a la derrota del nazismo, el debate histórico y político fue intenso dentro y fuera de Alemania. Sin embargo, desde entonces, me sigo preguntando –sin encontrar respuesta–: ¿cómo fue posible que la población alemana estuviera preparada para tanto sacrificio? ¿Qué ocurrió con la población local para que entrara en semejante delirio y se entregara a matar y morir de una manera tan horrorosa? Una vez más intento entender cómo los alemanes no sintieron alivio una vez que no tuvieron que seguir viendo morir a sus hijos en el frente. ¿Qué razones hicieron que el final de la guerra no fuera considerada por ellos una liberación? En Internet es muy sencillo encontrar “aproximaciones a la psicología de Adolf Hitler” y otros centenares de documentos similares, que intentan entender la personalidad del siniestro líder del nacionalsocialismo alemán. Pero, ¿qué hay de la población que lo acompañó? Desde los hombres disciplinados, los profesionales, los intelectuales hasta los abnegados padres de familia, ¿qué los llevó a apoyar tanta destrucción?
8 de mayo de 1945: “La guerre est gagnée. Voici la victoire”. “La guerra está ganada, la victoria está aquí”, anuncia Charles de Gaulle, luego de la firma del documento de capitulación. “Faschistskaja Germanija, postavlennaja na kolenii krasnoj armiej i vojskami nascich sojuznikov, priznala sebja pobezdennoj i objavila bezogovorocnuju kapituljaciju”: “La Alemania fascista, derrotada por el Ejército Rojo y las fuerzas de nuestros aliados, se ha dado por vencida y ha accedido a la capitulación incondicional”, dice Stalin. “In all our long history we have never seen a greater day than this”: “En nuestra larga historia no ha habido nunca un día más magnífico que éste”, pronuncia Winston Churchill. “The flags of Freedom fly all over Europe”: “Las banderas de la libertad ondean en toda Europa”, proclama Harry Truman.
La guerra no transcurre ni termina de la misma manera para todos. Pasaron 61 años de la derrota del nazismo. El 8 de mayo de 1945 llegaba a su fin el horror. Recuerdo esa sensación, al bajar del tren en el que nos transportaban para asegurarse de que no quedaran testigos vivos, cuando la aviación aliada bombardeó la locomotora. Me sentía entre los muertos, a pesar de estar vivo. En medio de la confusión, caminé por la campiña bávara y caí rendido en una granja. Durante días una familia alemana me dio de comer y me llevó al hospital que los aliados habían instalado en un monasterio. Así pasé los primeros días y meses del fin de la guerra. Había perdido a todos los míos en Auschwitz. Estaba vivo, a pesar de haber sido sentenciado a morir como otros millones de personas.
El fin de la guerra significó para mí, como sobreviviente, el comienzo de un duelo que me acompaña hasta hoy. También significó iniciar un camino para intentar comprender la siniestra dimensión de los crímenes que ocurrieron, la naturaleza de esa pesadilla y lo oscuro y estremecedor que resulta el fantasma de la guerra del hombre contra sí mismo, más allá de las infinitas justificaciones que utilicen los seres humanos para convencerse de sus motivaciones. Es esa la guerra que está detrás de todas las demás.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-66599-2006-05-08.html
Por Jack Fuchs
Mi plegaria, no sé a quién llevarla,
y la llevo;
mi plegaria, no tengo a quién decirla,
y la digo.
Mi plegaria, sobre el paladar se me hiela,
y la llevo;
mi plegaria, revive en un estallido de ira,
y la digo.
Mi plegaria, tantas veces se quiebra,
y la llevo;
mi plegaria, se alza sobre seis millones de fosas,
y la digo.
Mi plegaria, se derrumba y deshace sin palabras,
y la llevo;
mi plegaria para quien no sé si ha de oírla,
y la digo.
(“Mi plegaria”, poema de H. Leivik, traducido del idish por Eliahu Toker.)
Este 19 de abril, como todos los 19 de abril, recordamos el levantamiento del Gueto de Varsovia, y la obligación de esta memoria abarca tanto a los héroes que lucharon como a todos los otros, los que murieron en silencio, en la imposibilidad siquiera de pelear. Desde la Noche de Cristal, en noviembre de 1938, hasta la derrota del nazismo, en mayo de 1945, no hubo un día de esos terribles años en el que no ocurrieran matanzas, deportaciones, vejaciones, destrucción, y cada uno de esos días merece un instante de recordación.
Es obligación recordar la inmensa riqueza de la vida en aquellas pequeñas aldeas, pueblos, ciudades, la cultura y la lengua, el idish, los hábitos y las costumbres de más de 5 mil comunidades judías que formaron parte de Europa durante más de un milenio. La destrucción de todo aquello significó la pérdida irrecuperable de un mundo, el que fue mi mundo antes del horror.
El 19 de abril es un día de recogimiento, un día para nombrar cada uno de los guetos, cada uno de los campos de exterminio y, si fuera posible, a cada una de las víctimas.
El 19 de abril nos permite, a los sobrevivientes y al resto, anclar el recuerdo. Sabemos que la memoria es muy frágil. Me incluyo entre los que necesitan establecer en esa fecha, el 19 de abril, la condensación de todo lo ocurrido en esos terribles años. Para poder seguir adelante, más de 60 años después, luchando para que el peor flagelo que tuvo la humanidad en esos tiempos, la indiferencia frente al dolor de los demás, no ponga en peligro la convivencia entre los hombres.
El 19 de abril es, año tras año, fecha para una plegaria.
* Escritor y pedagogo. Sobreviviente de Auschwitz.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65763-2006-04-19.html
Por Jack Fuchs
Hay hechos del pasado que siguen repercutiendo en mi presente. La mención de determinados conceptos automáticamente me remite a ese pasado y es allí donde no puedo funcionar con la lógica del que usa esos conceptos en otro contexto.
Eso me ocurre con los porcentajes. Cuando se los menciona, enseguida me trae el recuerdo de los números clausus, que se aplicaban en Polonia entre las dos guerras mundiales, donde un l0 por ciento de la población era judía y sólo podía entrar a la universidad un número limitado de ellos. En ese tiempo, en el seno de los partidos Socialista y Comunista había un 60 por ciento de judíos y eso era utilizado como un argumento antisemita. La víctima muchas veces se mimetiza con el victimario y termina usando argumentos de éste. En las Leyes de Nuremberg, durante el nazismo, se ponía mucho énfasis en distinguir quién era judío, medio judío o un cuarto de judío. Lo mismo ocurría con los gitanos y con otras minorías. Para todo había porcentajes y eso no era una simple nomenclatura, sino que implicó, finalmente, la muerte.
Un joven nacido en Argentina, de familia italiana, con pasaporte italiano y argentino, desaparecido durante la última dictadura, ¿cómo debe figurar en la lista de desaparecidos: como italiano, como argentino y, si eventualmente es de origen judío, como judío?
Destacar, ante un hecho tan trágico como lo fue la desaparición de personas durante la última dictadura militar, que un determinado porcentaje pertenece a tal o cual etnia, no debería cambiar el dolor colectivo.
Los torturadores pueden mostrar su racismo, junto con su crueldad, pero lo fundamental es su accionar colectivo y el daño que hacen a la sociedad en su conjunto sin distinciones. Me pregunto por qué los insultos zurdo de mierda, bolche de mierda, judío de mierda tienen un impacto tan diferente en nosotros. Probablemente es por el trágico pasado de nuestro pueblo.
En ocasión de ser invitado a una mesa redonda por la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, a comienzos del presente año, recibí un libro Psicoanálisis: restitución, apropiación filiación, del cual quiero citar un párrafo, perteneciente a un trabajo de Pilar Calveiro Garrido: “En la sociedad, como en los campos, no existieron héroes ni ‘inocentes’. Todos articularon extrañas combinaciones de la obediencia y la rebelión. Nada quedó blanco o negro sino que adquirió raras tonalidades. Por eso no tiene sentido rescatar a las ‘víctimas inocentes’; todas lo fueron. Ninguna merecía la anulación de su ser, la tortura y la oscura muerte de ser arrojado desde un avión sin dejar rastro de sí”.
Al hablar de porcentajes, se disminuye el horror de la masacre, se pierde de vista que se trata de seres humanos de carne y hueso. Qué importa y quién decide si son o no judíos, o de otra minoría. La certeza en la designación me remite de nuevo al universo nazi. Ellos “sabían” quién era judío, medio judío o un cuarto judío. Esta reminiscencia hace que me dañe el oír hablar de porcentajes. Si la madre de alguien desaparecido es Rodríguez y el padre Goldberg, o viceversa, ¿quién decide si es judío o no? Me resulta difícil hacer entender a quienes no han vivido mi experiencia el rechazo que tengo al oír hablar de porcentajes y que haya quienes deciden quién es o quién no es judío.
Me importa que se entiendan los motivos íntimos de mi reacción, a veces ofuscada, intolerante, pero que toca sentimientos muy profundos de mí. Todavía, a los 8l años, debo aprender a aceptar a los que no me comprenden. Pido también que se me acepte tal como me manifiesto.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-60955-2005-12-26.html
Por Jack Fuchs
La semana pasada descubrí que al mapa ya conocido de los campos de concentración de la Europa invadida por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial le faltaba un campo de exterminio, hasta hace muy poco tiempo dejado fuera de la historia. El 3 de noviembre pasado, el presidente francés Jacques Chirac, acompañado por Simone Weil, inauguró el Centro Europeo del Resistente Deportado, sitio dedicado a la memoria de los miembros de la resistencia al régimen nazi, en Alsacia-Francia, a sólo pasos del campo de concentración de Natzweiler-Struthoff, el único instalado por los nazis sobre territorio francés.
Mi primera reacción a la noticia fue de confusión: pero si ese es el nombre de un campo de exterminio –del cual una amiga mía es sobreviviente– que existió en el norte de Polonia, sobre el mar Báltico, pensé, debe haber un error. Recurrí a la obra de Raul Hilberg, La destrucción de los judíos de Europa, uno de los trabajos más exhaustivos sobre el tema que data de 1985, entre otros. Allí encontré Stutthof –campo de concentración situado en Polonia–. Un par de letras de diferencia entre ambos nombres fue lo que me había llevado a la confusión.
En efecto, Stutthof fue un campo de concentración nazi en el norte de Polonia, por el cual pasaron 115.000 prisioneros, perecieron 65.000 y otros fueron transferidos a otros campos de exterminio. En 1944 comenzó a llegar una gran cantidad de judíos, en su mayoría mujeres transferidas de campos de trabajo en los Estados bálticos o de Auschwitz. El 9 de mayo de 1945, Stutthof fue liberado por el ejército soviético.
Ambos campos existieron, a pesar de que el Struthoff francés fue olvidado y apartado de la historia. Las explicaciones que encontré sobre este “olvido”, por parte de historiadores especializados franceses y alemanes son diversas, pero se centran básicamente en el hecho de que el estudio de los campos de exterminio nazis comenzó en los años noventa, ya que en los años inmediatamente posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial los historiadores se concentraron en buscar testimonios y luego, en los años ’70 y ’80, se investigó más profundamente sobre la tragedia judía, la Shoá.
Tiendo siempre a buscar respuestas. Me interesa preguntarme y tratar de indagar sobre cuáles pudieron haber sido los motivos de estos olvidos, y en particular el olvido de los franceses respecto de este campo de la muerte que existió en su territorio durante la ocupación nazi.
No son numerosas las publicaciones que pueden encontrarse sobre el campo de Struthoff, por el cual pasaron, a partir de 1941 cerca de 52.000 personas, de las cuales 22.000 murieron, algunas en la cámara de gas, otras en trabajos forzados, otras de hambre y otras en manos de médicos nazis de la Universidad Reichsuniversität, de Estrasburgo, que encontraban en Struthoff conejillos de India humanos para sus experimentos. En Struthoff perecieron personas deportadas originarias de toda Europa. Entre 1941 y 1945, de los 52.000 prisioneros, el 14% eran franceses; los polacos representaban cerca del 35% del total de la población, los soviéticos el 25%. Pueden contarse 22 nacionalidades distintas, de toda Europa: griegos, españoles, checos, noruegos. En su mayoría, se trataba de detenidos políticos, opositores o resistentes. A partir de 1943, comenzaron a llegar deportados de Holanda, Bélgica y Francia, que debían esperar un eventualproceso en Alemania. Hubo también detenidos gitanos y judíos, que representaron el 20% de la población del campo. Venidos de ghettos u otros campos de concentración, llegaron después del verano de 1944 e integraron los comandos de trabajo.
Nuevamente me pregunto, al descubrir en estos días la existencia de otro campo de la muerte, ¿cómo Struthoff pudo haber permanecido en el olvido por sesenta años, excluido de los mapas que dibujan la expansión que tuvo la barbarie nazi? Lo ocurrido en Struthoff debe ser recordado, sus víctimas lo merecen y, probablemente el hecho de que Francia recién ahora pueda ocuparse del tema, luego de sesenta años, al inaugurar un sitio en homenaje a la Resistencia, lleva otra vez a la reflexión sobre lo ineludible, aunque difícil, que significa recordar las derrotas y los infiernos vividos por los pueblos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-59190-2005-11-14.html
A 65 AÑOS DEL ASESINATO DE TROTSKY
Por Jack Fuchs
Un nuevo aniversario del asesinato de León Trotsky, acontecido hace 65 años, me hizo retrotraer a mis doce o trece años de edad cuando, viviendo en Polonia, escuchaba discusiones –en el seno del partido socialista Bund al que yo pertenecía– sobre las posiciones encontradas de Stalin y Trotsky respecto de la universalidad del socialismo. Escuché decir también que Trotsky había sido uno de los principales artífices del triunfo de la Revolución Socialista en la Rusia zarista en 1917 y organizador del Ejército Rojo. Posteriormente, sus desencuentros y luchas con Stalin lo condenaron a un exilio, primero dentro de su propio país y luego en el exterior, terminando exiliado en México y luego asesinado. Me explicaron también que su nombre había sido borrado de la historia de la Revolución Socialista contra el zarismo y que había sido condenado a muerte en la Unión Soviética en su ausencia.
Al escribir estas reflexiones necesito aclarar que mi objetivo no es tomar posición frente al personaje de Trotsky. Mi intención no es entrar en la polémica política, me interesa la polémica vinculada a lo humano y compartir los pensamientos que me fluyen frente al acontecimiento del aniversario de su asesinato.
En 1940, desatada ya la Segunda Guerra Mundial, con Polonia ocupada por la Alemania nazi y por la Unión Soviética, Checoslovaquia asimismo ocupada por los nazis, Francia, Holanda, y Bélgica, también en poder de Alemania y el proyecto de Hitler de ocupar Inglaterra y Japón adentrándose en China, Corea y Vietnam, resulta difícil entender la energía puesta en planificar semejante asesinato. Con el mundo precipitándose al cataclismo mayor de la Historia, que concluyó con Auschwitz e Hiroshima, con sesenta millones de muertos, parece desconcertante que hubiera quien se ocupara de planificar el asesinato de una persona que vivía aislada en Coyoacán, México, y que no contaba con fuerzas políticas ni militares para organizar ninguna revuelta. Es difícil pensar que podía ser considerado un hombre peligroso.
Me pregunto ingenuamente a quién molestaba Trotsky y qué cambió con su muerte. Me pregunto qué hubiera sucedido si en vez de asesinar a Trotsky se hubiera perpetrado un atentado contra Hitler, Mussolini, Roosevelt, Stalin, Churchill o Hiroito. Probablemente un hecho semejante hubiera cambiado el curso de la Historia.
¿Cómo fue posible que alguien como Ramón Mercader, que no conocía a Trotsky, fuera con tal montante de odio como para descargar su piolet contra la cabeza de un hombre que jugó un papel crucial en el triunfo de la Revolución Rusa y realiza este violento acto en nombre de la causa comunista? Si el asesino hubiera sido un mercenario, un fascista, un nacionalista o un fundamentalista religioso el hecho sería más fácil de comprender. Mercader cumplió órdenes, por su propia convicción estalinista o, lo que a mí me lleva a la reflexión, por el mero hecho de matar. Creo que se trató de un crimen por el crimen mismo.
Todavía me resulta difícil, a pesar de los años que llevo a cuestas, aceptar que un hombre nacido en el seno de una familia socialista y humanista como Mercader, que soñaba con un mundo más justo con igualdad y respeto entre los hombres, pueda actuar tan brutalmente. Toda su preparación humanista no pudo vencer la fuerza del mal y del odio hacia el otro.
A través de la historia de la humanidad, gran parte de los asesinatos se llevaron a cabo con pretextos basados en alguna ideología. La raíz de los grandes crímenes no difiere de la de los pequeños. Simplemente se intentan justificar.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-56864-2005-09-23.html
Por Jack Fuchs *
1940-2005. Se cumplen 65 años del terrible momento en que el Ghetto de Lodz fue “cerrado”, blindado y aislado del resto del mundo, convirtiéndose en un verdadero campo de concentración, sin llamarse explícitamente de esa manera. En ese entonces yo tenía 15 años; hoy tengo 81 pero todo permanece vivo en mi memoria.
Entre 1940 y 1944, la Alemania nazi usó centenares de métodos para matar a la población del Ghetto de Lodz. En un principio, impidiendo la entrada de medicamentos para aquellos que los necesitaban y reduciendo la alimentación al mínimo. Muchos murieron. Pero no eran suficientes en el cálculo de los nazis, entonces comenzaron con las deportaciones que en realidad no lo eran. Se trataba de “traslados”. La gente era informada de que iba a ser trasladada a otro lugar y para ello debían tomar sus pertenencias consigo. No fueron deportaciones; el destino era la muerte. En 1943, comenzaron las así llamadas por los nazis “selecciones”. Casa por casa, los niños y los ancianos eran “deportados” hacia la muerte. Las separaciones de los hijos de sus madres fueron desgarradoras y los gritos aún permanecen en mi memoria. Aunque no se decía nada sobre el terrible destino final de aquellos niños, todos parecían entender lo que les esperaba.
Y el mundo ignoraba lo que sucedía.
En la ciudad de Lodz, situada en Polonia occidental, después de la ocupación alemana, se creó en abril de 1940 un primer ghetto de relativa extensión. En junio de 1940, las condiciones reinantes en el ghetto eran infrahumanas debido al hacinamiento. En octubre de 1941, 20.000 judíos de Alemania, Austria y el Protectorado de Bohemia y Moravia fueron deportados al Ghetto de Lodz. Se instaló una sección especial para unos 5000 roma –gitanos– y sinti austríacos. Durante 1942 y luego nuevamente en junio y julio de 1944, se produjeron deportaciones masivas desde Lodz al centro de exterminio ubicado en Chelmno. En agosto y septiembre de 1944, el ghetto fue disuelto y los 60.000 judíos que aún albergaba fueron enviados a Auschwitz.
Y el mundo decidió ignorar lo que sucedía.
El dolor que me provoca la indiferencia se reafirma año tras año. Casi nadie recuerda, ni conmemora. Cuando digo esto no pretendo condenar a toda la humanidad por su indiferencia. Basta sólo con calcular los miles de matanzas que ocurrieron durante todo el siglo pasado, para entender que es imposible conmemorar en una fecha a cada una, aun si se quisiera. Los días del calendario no alcanzan.
El siglo XX tuvo 200 millones de muertos en las innumerables guerras que se sucedieron. No cabe duda, sin embargo, que algunos muertos son más recordados que otros.
En agosto de 1944, con la liquidación final del Ghetto de Lodz, se cerró una vida muy próspera como la vivida por los 250.000 judíos que habitaban Lodz; ciudad tan dinámica y variada en su movilidad social, en sus gustos, en sus pertenencias, donde convivían los jasídicos con los sionistas, los ortodoxos con los socialistas, los ateos con los reformistas.
Todavía quedamos algunos sobrevivientes que recordamos este mes de agosto. Me invade la tremenda tristeza de pensar que, en pocos años, con nuestra desaparición no habrá nadie que incline, silenciosamente, su cabeza pensando en el mundo que fue. Siento que, hasta para los muertos, hay discriminación. Y, con dolor, me resigno a saber que nada puede ser diferente.
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Por Jack Fuchs
No hay una fecha precisa que registre el comienzo de la guerra como acontecimiento humano, tampoco una fecha futura que le ponga término. La guerra es un acontecimiento humano, como el dolor, la memoria, la risa.
Hace unas semanas un grupo de jóvenes, de un colegio secundario católico, me pidieron una entrevista; me hicieron distintas preguntas. Me preguntaron, por ejemplo, por qué los judíos fuimos siempre blanco de persecución. Di un largo rodeo y terminé respondiendo que a mí también me habían enseñado la historia de la creación según la Biblia, que yo, seguramente como ellos, tomaba al pie de la letra el relato, y que cuando en el mundo sólo existían cuatro personas, Adán, Eva, Caín y Abel, y Caín mata a Abel, liquida entonces en ese acto ni más ni menos que al 25 por ciento de la humanidad. De modo que éste es el crimen más feroz, una proporción jamás alcanzada en ninguna guerra, ninguna catástrofe o epidemia. Y ese crimen es anterior a la existencia de los judíos, los musulmanes, los cristianos, anterior a la esclavitud, a las nacionalidades o las clases sociales; no estuvo motivado ni por el oro, ni el petróleo o el trigo; es un crimen que parece fundar la lógica de las generaciones y la historia. Esta lectura de Caín y Abel, atendiendo precisamente a su carácter simbólico, me permitió poner a los jóvenes en la pista de que quizá no sea central responder por la causa que explica la persecución de un grupo particular por otro, ponerlos en la pista de que, a mi modo de ver, la gran pregunta es por el rasgo elemental del crimen, por aquello que hace de la violencia un factor esencialmente necesario y constitutivo. Se conmemora en esta fecha el 60º aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, la derrota del nazismo. Y los judíos conmemoramos los 60 años de la Shoá. No sé por qué el pueblo alemán no celebra en esta fecha el sesenta aniversario de lo que llamo sin ironía: el holocausto alemán. Los jóvenes alemanes se ofrendaron como víctimas voluntarias. Alemania estaba convencida, entre otros resortes del delirio colectivo, de que había que luchar y morir por el Führer, por el Reich, que era deseable y heroico morir por Alemania en los campos de Europa, en la nieve soviética o en Africa. Al terminar la guerra no sintieron ningún alivio, cayeron en la bruma de la derrota, no advirtieron que también ellos se libraban de una fe autodestructiva, de la vigilancia de la Gestapo, de los campos de concentración o de la eutanasia obligatoria.
Los judíos no íbamos voluntariamente a la destrucción, quisimos sobrevivir, hicimos lo posible por sobrevivir en circunstancias absolutamente adversas. Los asesinos planificaron, calcularon sus fines, sus movimientos. Las víctimas no planificaron nada. De un momento a otro uno se encontró en posición de víctima. Aislado, torturado, prisionero, desnudo, rapado, despojado de todo, de su nombre, de su historia. De un momento a otro las víctimas éramos un número.
Hay infinidad de testimonios de donde sólo surgen la miseria y el sufrimiento a los que se somete a la víctima. Pero de las víctimas no puede aprenderse nada, o casi nada. Sólo una muy dolorosa lección acerca de lo que un hombre es capaz de soportar para sobrevivir. Los verdugos en cambio tienen un saber articulado en la preparación metódica de sus tareas, en la organización, en la anticipación y en el rasgo estratégico de sus objetivos. Así ocurrió bajo el nazismo. Desde el ascenso en 1933 a la caída en 1945, los nazis trabajaron infatigablemente en la organización y ejecución de sus fábricas y laboratorios de muerte, con la colaboración y asesoramiento de científicos, médicos, ingenieros, antropólogos y personal técnico. Tomaron decisiones acerca de quién debe morir y quién debe vivir.
Para saber qué ocurrió en aquella densa tormenta de oscuridad sería de enorme valor rescatar los testimonios personales de los victimarios, el relato confesional de sus experiencias, sus planes.
La guerra es el peor de los crímenes porque revela esa condición esencial y constitutiva de lo humano en la violencia. Pero sin la Segunda Guerra Mundial, que comenzó con la destrucción de Guernica y finalizó con Hiroshima, no hubiera habido Shoá, tanto como sin la Primera Guerra Mundial no hubiera habido genocidio armenio. Hay guerras de las que se habla incansablemente, y otras que caen en olvido y silencio como ocurre actualmente en Sudán, donde ya hay más de trescientos mil muertos y dos millones de refugiados.
Cuando hablo de la planificación de la masacre, cuando señalo la intervención de intelectuales y profesionales, cuando subrayo que no se trató de una barbarie primitiva sino de una realización muy elaborada y sistemática, estoy refiriéndome a una inevitable pesadilla que todavía me persigue. La idea de que el horror pueda ser ejecutado por una banda iletrada no me inquieta tanto como la realidad de un crimen colectivo orquestado según normas muy precisas, normas que responden a un alto grado de organización social. Veo en eso, no puedo ver otra cosa, la paradoja trágica de la civilización.
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A 62 AÑOS DEL LEVANTAMIENTO DE VARSOVIA
Por Jack Fuchs
Los calendarios, los recordatorios, la majestad de una lápida son llamados necesarios a la circunstancia frágil que forma la memoria. Esa misma fragilidad de memoria puso precio y permitió reconstruir la vida de los testigos de la catástrofe. Todavía, como siempre, una dificultad para hablar del tema: fui actor y espectador de ella. No me gusta, nunca me gustó, abandonarme a esa consolación de víctima; quisiera hablar de los hechos en cuanto comprometen lo humano, se dé crédito o no a esta cansada categoría.
Era un muchacho, desde los trece años milité por el socialismo en mi Polonia natal. Levanté la voz contra los viejos que no perdían ocasión de recordar los sufrimientos del pueblo judío. Tres mil años de fatigas, una enormidad. Todas las fechas emblemáticas, las tristes como las alegres, el júbilo y la tragedia eran motivo de conmemoración. Los jóvenes creíamos en el olvido de todo ese pasado aplastante, había que mirar cara a cara el presente, había que mirar el futuro. Porque en el presente estaban vivos todavía la injusticia, el escándalo de la miseria, la opresión, y todo el mal que queríamos abolir. Y en el futuro estaba la ilusión de la vida mejor. Era indigna, para nosotros, la retórica del pasado. Yo también quise apropiarme del tiempo, y en esa conquista liquidar el mal.
Hace unos pocos días estuve con un grupo de jóvenes que en los próximos meses van a visitar los campos de exterminio en Polonia. El acontecimiento se llama Marcha por la Vida. Fui a verlos, pero decidí no hablar sobre los campos. Ni una palabra acerca de mi experiencia, o la de los míos. Les hablé de lo que no van a ver. De una vida definitivamente apagada. Fui para evocar la vida de las comunidades judías del este europeo. De la que mejor conozco: la vida judía de Lodz, mi ciudad. Tanto en Varsovia como en Lodz había un 33 por ciento de judíos: idioma propio, costumbres, literatura; los judíos éramos ciudadanos polacos, participábamos de la actividad política, la vida social y económica del país.
Nada de esto van a encontrar en Polonia, les dije. Es un cementerio. Un sitio de encuentro, un lugar adonde no debe dejarse de ir, siempre que resulte de un recuerdo de lo que se perdió.
Puse más el acento en dar cuenta de la vida que perdimos y no acerca de cómo la perdimos. Al insistir sobre Auschwitz, Maidanek, Treblinka, Chelmno, estamos más atrapados en la muerte. Y olvidamos la vida de Vilna, de Bialostok, de Varsovia, de Lodz, de Lublin, por nombrar unas pocas ciudades. Hubo cinco mil comunidades judías de las que no quedan huellas, salvo lo que recuerda la literatura. Tardé 40 años en regresar a Lodz, no podía convencerme de que no iba a encontrar más vida judía, aunque sabía muy bien esto, porque estuve en el gueto hasta agosto del ’44, casi hasta el final. En 1985 caminé dos horas por la ciudad de la infancia, reconocí edificios, calles, pero ningún rostro de la vida anterior. El único testimonio físico es el cementerio de Lodz, el cementerio judío más grande de Europa. Testigo único. Testigo trágico y paradójico, porque es la muerte que recuerda la vida. Al cabo de esas horas, apenas dos, tuve que irme, me angustiaba el rasgo fantasmal de los objetos que reconocía. Las calles eran y no eran las mismas, el tiempo y el vacío les daban una pátina de irrealidad estremecedora.
Quería transmitirles la realidad de la vida cotidiana, el colorido, los ruidos, los olores, el rasgo de los rostros, el modo de usar los vestidos, la música de la lengua que hablaban esos hombres; pero ahí, otra vez: el límite, la imprecisión, la debilidad de la memoria. Me di cuenta de que sólo podía hablarles en general, vagamente, como ensoñándome y ensoñándolos en la falta de consistencia de mi relato. Probablemente se trata de que soy un pésimo narrador, tengo en cuenta este matiz, esta limitación de destreza. Pero, aparte de esto, me resultó evidente, una vezmás, que lo perdido no se entrega dócil al relato, que se resiste, que los rasgos particulares, las líneas únicas, irrepetibles, de mi experiencia judía en Lodz tienen un arraigo intraducible. Sin duda, este sentimiento de dificultad y angustia en relación con lo perdido es un motivo universal, ocurre cuando uno quiere dar con una línea precisa de la expresión o la voz de un padre o una madre que han muerto, cuando uno quiere evocar la vida de la infancia en un barrio cualquiera de la ciudad; de modo que lo que me sucedía mientras hablaba con esos muchachos no es nada extraordinario. La catástrofe histórica de la que hablo se asienta sobre esta limitación, ejerce sobre la memoria una violencia desmesurada, un impacto brutal. La memoria es un dilema: no se puede vivir faltando a la memoria tanto como es imposible vivir subordinado, atado, como Funes el memorioso, el personaje de Borges, a una memoria transparente y todopoderosa.
El 19 de abril es un día que recuerda la heroicidad judía en Varsovia, pero yo no soy un testigo adecuado del heroísmo, soy testigo, en todo caso, de la tristeza. El levantamiento del gueto de Varsovia en abril de 1943 fue el último grito de un pueblo que iba a entrar en la sombra, de una vida que iba a perderse definitivamente para la memoria. Hagamos memoria entonces.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-49910-2005-04-19.html
Por Jack Fuchs
Para la narración de la historia –los historiadores usan aquí mayúsculas que evito– sesenta años es nada más que un parpadeo del tiempo, para un hombre es casi todo su tiempo. De modo que un hombre, aunque sólo sea por una mínima razón de perspectiva, no habla como historiador o como filósofo, por más que el filósofo o el historiador no sean más que un hombre. Hace sesenta años que la historiografía, y casi la entera totalidad de la literatura que se ocupó de pensar el campo de concentración como objeto, viene diciendo que el 27 de enero de 1945 Auschwitz fue liberado. Yo mismo usé esa terminología. Pero liberar supone una acción voluntaria, una decisión política, militar, una forma de intervención específica y concreta. Y no fue eso lo que ocurrió en Auschwitz. Auschwitz, del ’41 al ’45 fue ignorado por los aliados. Los campeones de la libertad, de la democracia y el progreso humano, los líderes del antinazismo estaban ocupados en asuntos de más vasto alcance: se trataba de ganar la guerra. De conquistar hegemonía política, económica y militar en ese escenario europeo devastado por la misma lógica de la guerra. Y en la guerra, como se sabe, las personas no cuentan, no tienen valor.
Los aviones aliados sobrevolaron los campos desde 1944: jamás bombardearon una sola cámara de gas, los hornos crematorios jamás fueron concebidos como objetivos militares de guerra. Bombardearon Munich, pero no bombardearon Dachau, que está al lado, o Slesia, un verdadero objetivo militar porque allí se concentraba parte de la industria alemana de guerra, pero no bombardearon Auschwitz, a muy pocos kilómetros de distancia.
Habría que decir: hace sesenta años que Auschwitz no fue liberado. Hace sesenta años que el Ejército Rojo encontró huellas de las víctimas, barracas vacías, montañas de zapatos, de pelo humano, de anteojos, de juguetes que habían estado en manos de los niños, cadáveres sin enterrar. El general soviético Petrenko cuenta en sus memorias (Antes y después de Auschwitz) que él “liberó” el campo, pero reconoce que hasta un día antes, hasta el 26 de enero, no tenía información acerca de su existencia y que, en realidad, se dirigía a localidades cercanas cumpliendo el plan de reconquistar zonas ocupadas. Sin embargo, durante 1941 las primeras víctimas del gas en Auschwitz fueron oficiales y soldados del Ejército Rojo, fue con prisioneros soviéticos con quienes se puso a prueba el funcionamiento maquinal de las cámaras y la incineración en los crematorios. De modo que el ejército de la revolución proletaria sabía muy bien qué era Auschwitz. ¿Cómo podía pasar inadvertido que desde el otoño de 1941 hasta noviembre del ‘44 Auschwitz había producido un millón seiscientas mil víctimas? ¿Cómo se pudo mantener ocultos los trenes con carga humana, que salían de París, de Roma, de Budapest, de Praga, de Berlín, de Viena, de Amsterdam y llegaban por la mañana con miles de personas vivas que unas horas después, más bien durante la noche, quedaban convertidas en ceniza? No, no fue ningún secreto. No podía serlo. Porque los grandes movimientos de transporte, la enorme energía desplegada en esa máquina de muerte era enteramente visible.
Los gobiernos aliados sabían muy bien lo que pasaba. Lo mismo en el frente inglés-americano que en el frente soviético. Los ingleses se atribuyen haber “liberado” Bergen Belsen y los norteamericanos, Dachau. Pero tampoco fue así. Los ingleses y los americanos encontraron los campos. Antes de que el ejército soviético llegara a Auschwitz, los alemanes habían huido llevándose con ellos a los prisioneros en lo que se conoce como la Marcha de la Muerte, camino de Alemania. El comandante de Auschwitz, Rudolph Hoss, fue apresado en Alemania, enviado a Polonia, juzgado y colgado frente a una de las barracas de Auschwitz en 1947.
En el ’45 yo estaba en Dachau, providencialmente me habían llevado ahí desde Auschwitz, y ningún soldado americano vino a rescatarme, los alemanes nos metieron en un tren que después abandonaron a mitad de camino; literalmente, a mí me encontraron en el cobertizo de una casa de campo en Baviera. Cuando terminó la guerra me gustaba decir que los aliados me habían liberado de Dachau. La juventud es más épica. Tardé años en comprender que no había sido así. No hubo ninguna intención de terminar con los campos. Los sobrevivientes fuimos encontrados en la ruta de los distintos ejércitos, mientras cumplían el único objetivo que se habían propuesto: derrotar a Alemania. La prioridad, la única finalidad, diría, fue la de derrotar al nazismo, y nunca la de rescatar a las víctimas. Los aliados permitieron que durante toda la guerra la matanza se ejecutara sin obstáculos.
Hoy, escribo esta nota y me es difícil retroceder en el tiempo y verme en el planeta Auschwitz (digo planeta irónicamente, para evocar la idea de que la tierra, los hombres, no podrían dar forma a una máquina semejante de muerte, pero sin embargo fue en la tierra y son los hombres), donde los SS eran dioses siniestros que decidían sobre la vida y la muerte a cada momento.
Henry Ibsen dijo que la mayoría no siempre tiene razón. Las Naciones Unidas, todas las organizaciones que preparan actos para la ocasión, la mayor parte de la prensa mundial hablan en estos días de la “Liberación” de Auschwitz, para mí se trata de una ironía de mal gusto, no puedo pensarlo de otro modo, quizá se trata sólo de una imprecisión en el lenguaje, quizá las cosas van más rápido que el lenguaje, pero no creo en esta interpretación, las palabras siguen hablando y a su modo dan cuenta siempre, fatalmente, de la verdad que ponen a cada momento en juego: las palabras y la verdad de lo que dicen y ensombrecen. Yo pregunto (me gustaría escribir como Zola: yo acuso, pero me reservo esa gravedad y ese entusiasmo ya un poco anacrónicos), ahora, 60 años más tarde, señores: ¿por qué los campos nunca fueron liberados? Y más, pregunto: ¿es la misma persona, soy el mismo, que hace 60 años, hasta unos meses antes, caminaba, si puede llamarse a eso caminar, entre los pabellones?
En la entrada de Auschwitz hay una placa escrita en 19 lenguas (hasta 1991 ese texto no figuraba ni en idish ni en hebreo), pretende dar testimonio universal de la tragedia, como cuando el turista se pasea por Le Marais, en París y lee “aquí vivió Victor Hugo”, el turista se detiene, se estremece, dice “Ah, la casa de Victor Hugo”, y después sigue, hay muchas otras cosas para ver, se hace tarde y quiere volver a su cuarto de hotel, sacarse los zapatos y tomar una ducha.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-46681-2005-01-27.html
Por Jack Fuchs
Hace pocos días, Iris Chang, de 36 años, periodista y escritora chinonorteamericana se suicidó en Los Gatos, California. En 1997 había publicado The Rape of Nanking (La Violación de Nanking), un holocausto olvidado.
En 1937, al invadir Nanking, los japoneses provocaron unas trescientas mil muertes, en masacres horribles, cuya descripción resulta imposible soportar. Japón, sus dirigentes, se sentían muy seguros de que nadie iba a oponerse o intervenir para evitar esos crímenes. Y así fue. A eso se agregó la violación de ochenta mil mujeres y niñas, con el agravante de que obligaron a los padres a tener relaciones con las hijas y a las madres con los hijos, delante de otros miembros de la familia. Para los japoneses, los chinos y los coreanos fueron los judíos, los gitanos y rusos del lejano Oriente. El horror de este genocidio fue inmediatamente conocido entre los extranjeros que se encontraban en Nanking, entonces capital china. Los servicios diplomáticos y comerciales informaron a sus respectivos países, al punto de que un funcionario nazi avisó a Berlín, manifestando su espanto acerca de lo que estaba ocurriendo. Los países implicados hicieron silencio y no interrumpieron sus relaciones diplomáticas o comerciales con Japón.
El libro de Chang fue best-seller en EE.UU., pero permanece casi desconocido en el resto del mundo. Lo mismo ocurre ahora con el suicidio de Chang, dado a conocer por el The New York Times, y algún otro diario, incluso japonés, pero en general, ignorado por la prensa internacional.
El recuerdo de este genocidio me lleva a pensar en otros, que también permanecieron ocultos, como el armenio, no reconocido hasta hoy por Turquía. Los japoneses tampoco pidieron disculpas (aunque no niegan del todo los hechos). La masacre de Nanking implicó más muertes que Hiroshima y Nagasaki juntas. Pero, en cambio, sí se habló abundantemente acerca de las bombas nucleares. ¿Por qué? ¿Parece más impresionante la eficacia de la técnica que en cuestión de minutos destruyó esas ciudades? ¿Parece menos dolorosa que las matanzas japonesas que apenas duraron un par de meses? ¿Se cree más tolerable que una bomba mate personas, más higiénico? Pero se trata sólo de diferencias técnicas: la impersonalidad del estallido, por un lado, y la presencia de los cuerpos en el teatro de la tortura, por otro. Ningún Estado necesita tomar lecciones de crueldad, llegado el momento, siempre aparecen los procedimientos. Me pregunto si es puro azar que Alemania, el país más desarrollado de Europa, y Japón, el más desarrollado de Oriente, hayan sido a la vez las dos fuerzas capaces de organizar una política criminal tan atroz.
Frecuentemente se habla ahora de la importancia de la memoria para que los crímenes no se repitan. Pero a veces, el énfasis que se pone en la memoria desdibuja y desplaza la realidad brutal del presente. Si es cierto que el recuerdo importa, importa mucho más el relieve de las indiferencias presentes.
El pasado no se puede cambiar, aun cuando los agentes del totalitarismo pretendan hacerlo siempre, porque la verdad histórica, tarde o temprano, se pone en juego. La memoria no previene ni limita la repetición del horror. Tristemente y con alguna melancolía reconozco que el ejercicio de la memoria, ahora tan extendido, no es mucho más que la escena de la buena conciencia, satisfecha en rituales de etiqueta o en especulaciones político-culturales.
Quizá, si el mundo hubiera reaccionado a la guerra entre Irak e Irán, a comienzos de los ’80, que costó un millón de muertos entre los dos bandos y una incalculable destrucción de bienes a costa del hambre de ambos pueblos, se hubieran podido evitar guerras posteriores en la región. Lo mismo en la década del ’30, con la invasión italiana a Etiopía, que costó 250.000 víctimas etíopes y que se produjo sin la menor respuesta civilizada de Occidente.
Todos los crímenes que precedieron al estallido de la Segunda Guerra Mundial, Guerra Civil Española, anexiones de distintos países por Alemania, la ocupación de parte de Polonia y la guerra de la URSS con Finlandia, ocurrieron también con la complicidad y la indiferencia del mundo que los hizo posibles. Y tenemos, ¿hace falta insistir?, nuestro propio ejemplo: ¿qué hicieron los sindicatos, los partidos políticos y las masas argentinas durante los primeros años, los más duros por cierto, de la dictadura?, ¿qué fue de la energía democrática, de la invocación de los derechos y de la conciencia moral de las clases medias hasta que un grupo de madres dio sus primeros pasos alrededor de Plaza de Mayo?
Creo que la pulsión de muerte busca expresarse más allá de toda intención consciente contraria, y las razones de la guerra no son más que racionalizaciones para justificar la necesidad humana de derramar sangre.
De cualquier modo, es mucho más fácil recordar el pasado que combatir la indiferencia presente. Hitler lo sabía bien –cuando señaló que el mundo no había hecho nada para evitar el genocidio armenio– y que nada haría tampoco para evitar la liquidación de los judíos y otras minorías.
En su libro, Iris Chang, ella misma nieta de sobrevivientes, dio el testimonio más acabado y sistemático de la diabólica violencia que usaron los japoneses en China, quizá haya sido la última voz que documentó dramáticamente esos episodios. Dejó una brevísima carta dirigida a su esposo. No sabemos qué dice. No sabemos qué la impulsó a quitarse la vida. Acaso Chang supiera algo de las inútiles paradojas de la reconstrucción histórica y la memoria. El caso de Chang evoca en mí las huellas del tiempo. Mientras, adolescente todavía, estuve cautivo del horror nazi, pensaba que Alemania era la suma inaudita de la crueldad; ahora, tantos años después, sé que el terror, la bestialidad y el espanto tienen formas universales.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-45541-2005-01-03.html
Por Jack Fuchs
Las ciencias historiográficas hacen muy bien su trabajo, recopilan y organizan datos. Yo repaso los hechos, y no con la precaria credulidad del hombre informado, pero no hay caso, no puedo leer de otro modo: en la guerra hay en juego un embrollo místico, una violencia que detiene la historia y tira de la cuerda del sacrificio. La guerra se impone como error de cálculo. Si los rivales midieran sus fuerzas con instrumentos de precisión física, y si el instrumental no fallara, resultaría una ecuación de la que surgirían vencedores y vencidos, daños, cómputos de pérdida y ganancia. Alrededor de la guerra, los especialistas debieron haber inventado, como para la economía general, fórmulas del tipo “tasa de ganancia”, “crecimiento del producto bruto”, etc. Pero en la guerra, la razón instrumental, la técnica, revelan su naturaleza excesiva, y sobre ella, con ella, vuelve a reinar el mito. La guerra es el fracaso o la extensión de la razón. Está en la naturaleza social, como el vuelo y la rapiña están en la naturaleza de las aves de presa.
En agosto de 1944, el mundo ardía de una punta a otra, del Pacífico al Atlántico; gran parte de Polonia ya había sido arrancada del dominio nazi por el avance de las tropas soviéticas. Si bien faltaban todavía ocho meses para la rendición final de Alemania, las fuerzas de la URSS ya controlaban la parte este de Varsovia. En el gueto de Lodz aún quedaban unos 70 mil judíos, mi familia y yo entre ellos, que fueron deportados a Auschwitz precisamente durante ese mes. La escena europea de guerra había entrado en una fase de máxima locura, mientras los nazis retrocedían en Polonia, Auschwitz funcionaba en toda la intensidad de sus mecanismos de aniquilación. En ese contexto, cuando todo hacía suponer que Varsovia, en poco tiempo más, quedaría enteramente fuera de la órbita nazi, se produce el levantamiento polaco. La resistencia, al mando del general Tadeuz Komorowsky, recibió órdenes desde Londres, donde funcionaba uno de los gobiernos polacos en el exilio (el otro tenía sede en Dublín); se trataba de poner en marcha un levantamiento popular contra los alemanes. Mal armada, en inferioridad militar, y sin apoyo real, ni soviético, ni aliado, la resistencia estaba destinada a malograrse. Hitler, arrinconado, quiso ser ejemplificador y ordenó la destrucción total de Varsovia, se combatió calle por calle, los alemanes fueron implacables. Stalin pronosticó lo peor, se limitó a decir que se trataba de una locura. En pocos días, el levantamiento dejó cerca de doscientas mil víctimas, más que en Hiroshima, significó la completa destrucción de la ciudad, y sin embargo Varsovia no entró en la “historia” de los grandes acontecimientos de la Segunda Guerra. El arrasamiento fue total, la orden del führer se cumplió casa por casa. Los mayores sufrimientos y daños recayeron sobre la población civil. Quienes intentaban escapar eran ejecutados en el acto, no se respetaron hospitales y asilos, ni la infancia, ni la vejez, había orden de no tomar prisioneros, había que terminar con todos, todo ciudadano fue blanco de la ira nazi.
Los datos son aproximadamente éstos. La pregunta es obvia: ¿qué empujó a los polacos a una decisión tan desatinada? ¿Por qué no esperaron la derrota completa de Alemania que ya se veía llegar en el umbral inmediato, como ocurrió en París, en Bruselas o Praga? ¿Cómo no tener en cuenta la disparidad de fuerzas? ¿Cómo poner en marcha una estrategia semejante sin contar con apoyo aliado o soviético, pactado en firme previamente? Hay interpretaciones pretendidamente sensatas: que los polacos querían ganar posiciones en el terreno político, para negociar en una mejor situación con la URSS el futuro escenario de posguerra; que en el gobierno del exilio y en la resistencia predominaban elementos nacionalistas que consideraban tan enemigos a los alemanes como a los rusos; que la lucha frontal con el nazismo constituiría un bien simbólicamente prestigioso para Polonia, que el alzamiento, aunque los polacos no necesitaban acumular méritos, porque ya habían luchado suficientemente, dejaría bien en alto el orgullo y la heroicidad nacional, que era mejor morir con honor, en combate, antes que aguantar y seguir viviendo.
Ninguna de ellas me satisface. Sesenta años después, y digo esto con dolor: el alzamiento me parece enteramente irresponsable. La mayoría de los líderes, después de haber vivido durante cinco años la ocupación nazi, sabía perfectamente cuáles eran los métodos y cuál podía ser la reacción del régimen. Pero ¿cómo ignorar o despreciar a los que lucharon contra el nazismo? No es mi caso, pero tampoco me conforma la épica del luchar por luchar, y la figura del héroe, arrojado a la poesía del sacrificio, me resulta a veces inaceptablemente farsesca.
Ninguna explicación me tranquiliza, porque lo que veo en el episodio de Varsovia –algo semejante a lo que puede verse hoy en la ciudad de Nayaf, en Irak– es el centro de la naturaleza misma de la guerra: matar por matar, dejarse matar por dejarse matar; siempre ese lado mítico del sacrificio, siempre esa necesidad de derramar sangre humana, que la razón occidental no puede desentrañar.
Y viendo esto, y habiéndolo experimentado en el cuerpo, pienso sin embargo que es imprescindible evocar a las víctimas, evocar las ruinas que sobre las ruinas se acumulan en el pasado. El Levantamiento de Varsovia, durante décadas, se ocultó misteriosamente en el olvido. No lo recordaron los rusos, no lo recordaron los aliados: pero la mala conciencia no borra, no puede borrar, la realidad de los hechos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-42955-2004-10-30.html
Por Jack Fuchs
Cuando en 1944 Alemania advirtió que la guerra en el frente soviético podía precipitar el final del régimen, algunos oficiales del ejército y un grupo de civiles ligados al partido discutieron la alternativa de producir un gran golpe de mando mediante un atentado dirigido a matar a Hitler, tras el cual se promovería un tratado de paz con Occidente. La idea era fortalecer la guerra contra la URSS pactando con los aliados occidentales. Como se sabe, el atentado fracasó. Cerca de Rostemburg, en una localidad llamada “la guarida del lobo”, un grupo mal preparado, al frente del cual va un hombre manco, falló en el intento de poner una bomba donde se encontraba Hitler. ¿Es que no había nadie en Alemania, pregunto, capaz de matar a Hitler? Sólo él podía matarse, y la prueba llegaría unos meses después, a comienzos de mayo del ‘45, cuando con Eva Braun, los cuatro hijos de Goebbels, Goebbels mismo, su perro y su señora se suicidaron en Berlín, al tiempo que entraban las tropas soviéticas.
La reacción nazi al atentado fue durísima. En poco tiempo, con espíritu fuertemente aleccionador, la Gestapo liquidó a 5000 personas supuestamente ligadas al proyecto de matar al führer. La horca y el escarnio público fueron el método que siguió en este caso la pedagogía nazi.
Unas semanas antes Rommel había sido herido en el frente occidental. Iba en auto y recibió el impacto de una bomba. El chofer murió en el acto, y Rommel pasó a recuperarse en un hospital alemán. Bajo tortura, uno de los oficiales que había participado del proyecto de atentado lo denunció. Hubiera sido demasiado indigno que un general de la jerarquía de Rommel muriera en la horca como los otros. Hitler prefirió ofrecerle una pastilla de cianuro a cambio de proteger a su familia y a sus colaboradores. También le prometió grandes funerales de Estado. Y así se hizo. El que siembra vientos cosecha tempestades. Rommel aceptó, bebió el cianuro, y el caso fue presentado públicamente como una muerte heroica.
Ironías del destino: Rommel había empujado a la muerte a millones de alemanes para dar gloria al führer y ahora, testigo de tantos crímenes y conspiraciones, moría secretamente, salvaguardando la farsa del honor. ¿Un criminal honorable? En octubre, en plena crisis de la guerra, Alemania despedía con pompa a uno de sus hijos dilectos. La viuda de Rommel recibió condolencias personales de Hitler y el cadáver del general fue quemado para borrar las huellas del cianuro. ¿Cómo es posible que un hombre sea tan considerado con valores como el honor, la jerarquía o el cuidado paternal de la familia después de haber arrasado ciudades y aldeas enteras, después de haber colaborado en una empresa de tortura, exterminio y muerte?
Rommel no había aceptado el proyecto de matar a Hitler, junto con algunos otros oficiales estaba más bien por una salida putchista. Releo esta historia y me estremezco. Rommel, y en su lugar quizá cualquier otro general, aceptó morir para salvar a su familia pero no hizo nada, ni entonces ni antes, para frenar el delirio alemán que él, como muchos otros, conocía bien de cerca. Aun el atentado mismo no fue pensado para salvar vidas, para detener la masacre que estaba en curso sino para preservar a Alemania, para definir una política de paz con los aliados y avanzar sobre Rusia. De hecho, era el plan de un sector de la derecha del partido y el ejército. Para los nazis, los rusos, como los judíos o los gitanos, no eran humanos. El proyecto alemán no sólo contemplaba la conquista territorial de la URSS, había que aniquilar a los rusos. Muchos años después el hijo de Rommel declaró que hubiera sido preferible perder la guerra sin Hitler que haberla ganado con él.
Me impresiona que en medio de la mayor intensidad de locura hubiera algunos signos de “sentido común”: el nazismo no se podía permitir un juicio a Rommel. Ahora: ¿por qué los mismos generales que estaban dispuestos a liquidar a Hitler no hicieron nada antes para rendirse? El atentado quizá hubiera salvado tres millones de vidas, quizá no, quizá hubiera generado una locura aún mayor. No sé. Y no sé por qué si desde la llegada de Hitler al poder habían pasado 12 años, si para el momento de su ascenso había en Alemania seis millones de socialistas, cuatro millones de comunistas y otro tanto de liberales, no hubo oposición fuerte. El nazismo avanzó con desmesura, se presentó con aliento redentor, y los pueblos, desgraciadamente, creen con mucha facilidad en la salvación. El pueblo alemán quedo subyugado, hipnotizado, paralizado en la locura y el delirio nazi. Esto es, si los hay, un misterio. El otro misterio: al terminar la guerra, nadie salió a celebrar. En Italia recibieron a los aliados con festejos, Mussolini murió ahorcado por una turba popular, pero Alemania se quedó en silencio, ¿por qué no hubo alemanes que sintieran la alegría de que sus propios hijos ya no morirían en el frente, de que ya Alemania no se avergonzaría más con crímenes absurdos y ensoñaciones de sangre?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-39370-2004-08-09.html
Por Jack Fuchs
Hacía ya un año y medio que mi familia y yo estábamos encerrados en el gueto de Lodz cuando en junio de 1941 Hitler invadió la Unión Soviética. La guerra es también una ingeniería estratégica. Los rivales, como en un ajedrez funesto, miden sus fuerzas, se estudian mutuamente, están al acecho, quieren comprender los movimientos y las jugadas del otro. Ya antes de invadir Polonia Hitler había pactado con la Unión Soviética, pensaba que Francia e Inglaterra no iban a entrar en guerra con Alemania sin un acuerdo con la URSS. Stalin era una pieza clave. El viejo bolchevique de Georgia funcionaba en la partida como la torre de Oriente. Desde agosto del ’39, y a partir de la firma del pacto Hitler-Stalin, Alemania y la Unión Soviética profundizan lazos de intercambio comercial y tecnológico; ya antes de la guerra, durante los años ’36 y ’37, habían establecido muchos acuerdos económicos de ayuda mutua, pero ahora se intensificaban y, a su vez, crecía la compra y venta de armas y material de guerra entre ambos países. En ese año y medio, Alemania había conquistado la mitad de Polonia, Francia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Dinamarca y Noruega; asimismo, había arreciado en sus ataques aéreos para conquistar Inglaterra.
Durante ese período la URSS hizo todo lo necesario y posible para no entrar en conflicto con Alemania. Mucho antes de que se produjera la invasión nazi a Rusia, los países occidentales estaban al tanto de los planes de Hitler. Los espías aliados y los espías soviéticos conocían muy bien los movimientos de tropas y de la máquina de guerra alemana que se aproximaba a la frontera con la URSS. El propio Stalin quiso ignorar la información que le llegaba con toda evidencia, rechazó los informes de sus propios generales y hasta último momento creyó imposible que Hitler fuera a invadir. Muy pocas semanas antes de la invasión los barcos soviéticos todavía seguían transportando materias primas y pertrechos que poco más tarde serían útiles a la invasión. El absurdo, el engaño, el sinsentido y la credulidad también forman parte del desgarramiento humano de la guerra. Los aviones nazis fotografiaban el territorio soviético para diseñar la invasión, Stalin lo sabía pero no quiso ni pudo creer que se acercaba un episodio, quizás el más sangriento de toda la guerra, que dejaría millones de muertos en el teatro de los hechos, y ordenó no disparar contra la aviación alemana.
¿Cómo medir la actitud de Stalin? ¿Ingenuidad? ¿Soberbia? ¿Torpeza? ¿Deliberada astucia? Como sea, en cualquiera de sus versiones, cualquiera sea la explicación que busquemos, es imposible dejar de ver, en los movimientos de acuerdo y desacuerdo, de merodeo, de comprensión o incomprensión del enemigo, los rasgos definitivos de la locura, rizada hasta el extremo y ocupando, entre los líderes y señores de la guerra, todo el campo de la historia, poniendo en compromiso la existencia misma de las naciones y de los hombres que las integran. Stalin creyó que Hitler no podía ser tan estúpido como para invadir la URSS, Hitler no valoró suficientemente la capacidad de resistencia soviética, no evaluó que los rusos pelearían hasta el final. En medio de los errores, en medio de la sórdida embriaguez que oscurece la inteligencia lógica de los jefes, corre sangre, siempre corre sangre, los acuerdos se desintegran de un momento a otro, se desmorona todo edificio racional, se pierde el pudor, la prudencia y la orgía de muerte se abre paso contra toda esperanza.
Recién cuando las tropas alemanas comenzaron a entrar en territorio soviético Stalin ordenó resistir la ofensiva. La historia es conocida. Primero Stalin no quiso entrar en guerra con Alemania, esperó hasta último momento, y cuando ya era inocultable la agresión alemana, entonces sí dio paso a la confrontación. Lo cierto es que muy pocas personas, poquísimas, como sigue aún sucediendo, en el contexto de la guerra, deciden el destino de millones de hombres. En el conflicto entre Alemania y la URSS murieron cerca de dos millones de personas por año, casi sesenta mil por día.
Hitler no quería tanto la conquista de la URSS, se proponía una tarea más delirante: terminar con todo, con el pueblo ruso y las ciudades, llegó a declarar que convertiría a Moscú en un gran lago, se trataba de aniquilar a los rusos. El agresor luchaba con tanta ferocidad, con tanta convicción, como el defensor por la suya, con la misma ferocidad y el mismo ardor guerrero. Fuera de la guerra cuando un hombre mata a otro, los jueces llaman a un psiquiatra, piden pruebas del estado mental del asesino; durante la guerra, cuando los líderes ordenan la muerte de millones, a nadie se le ocurre comprobar si ellos están en su sano juicio. La muerte, el terror y el desamparo no fueron ninguna sorpresa, desde hacía años el mundo sabía que los países involucrados después en la guerra se estaban preparando con nuevas tecnologías bélicas y con mayor producción de armas. En el gueto, era poca la información que recibíamos. Hasta el ’44, cuando pudimos escuchar en secreto la BBC de Londres, casi no sabíamos nada acerca de la situación en la URSS. Tampoco en la URSS, esto lo supe después, se conoció nada acerca del exterminio judío. La prensa soviética no había informado sobre las atrocidades nazis hasta el momento de desatarse el conflicto. Todos jugaban su partida. El conflicto entre URSS y Alemania fue el comienzo de las mayores matanzas civiles, los primeros experimentos que se hicieron en Auschwitz fueron hechos con prisioneros rusos, los prisioneros franceses o ingleses jamás fueron tratados de ese modo; quizá haya sido un error que Occidente no se aliara desde el principio con la URSS. Pero todos jugaban sus fichas y el ajedrez ya estaba en marcha.
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Por Jack Fuchs
Tengo ahora ochenta años. Desde el 8 de mayo de 1945, día de la capitulación alemana, ya pasaron 59. Mucho tiempo si se juzga a partir del almanaque. Mucho tiempo si se juzga a partir de la experiencia que la vida acumula y ordena. El pasado finalmente se ordena. Sin embargo, hay hechos que dejan a un hombre, aun sereno, en el papel de testigo inaudito del tiempo. Difícil papel. Y no es una dificultad que merezca o desmerezca compasión, reconocimiento. Ya puedo decir que no se trata de una dificultad social, de intercambio, de comunicación. Sé que hay amigos y desconocidos que escuchan. Es una dificultad íntima. Sobrevivir en Auschwitz, recibir el final de la guerra en Dachau, sin mi padre, que antes de salir de Lodz, hacia los trenes, me regaló unos zapatos hechos por él, andar por los pastos de Baviera, descansar, restablecerme en un hospital alemán son todavía mis dificultades íntimas, mis preguntas. El pasado se ordena, se puede organizar la marcha de las cosas, el sinsentido, el absurdo, todo se puede ordenar; son hechos que requieren memoria, quizá información. Los hechos suceden y después se les encuentra explicación. Y la explicación es un abrigo que cubre y apacigua.
Desde la finalización de la guerra, en la primavera europea de 1945, cuando el mundo descubre el horror de los campos, el viejo ideario humanista tiembla, entra en crisis. ¿Cómo fue posible que de un día para otro Alemania se dispusiera a aniquilar a poblaciones enteras que habían convivido durante siglos en Europa? ¿Cómo fue posible que las masas se entregaran a un delirio asesino, a matar y morir por una causa? ¿Puede ocurrir otra vez un delirio semejante? Repentinamente, el proyecto civilizatorio, racional, se había desvanecido. Viví esos años, tuve esa experiencia desde el momento mismo en que Lodz, la población judía de Lodz, fue confinada, cercada en los muros y alambres del gueto, muchos años antes. Primero fue desconcierto, perplejidad. Después todo se hizo claro: el modo en que las cosas iban a desembocar en “la solución final”.
El mismo desconcierto, con rasgos nuevos, me rozó al terminar la guerra. Porque así como el sentimiento de angustia y desánimo se generalizó rápidamente, también muy rápidamente pude ver cómo nacía una ominosa voluntad por dar vuelta la página y comenzar enseguida todo de nuevo. Había que ocultar la monstruosidad y, sobre todo, había que seguir viviendo. Las masas alemanas que hasta pocos días antes habían seguido con fanatismo los dictados delirantes del partido nacionalsocialista se disponían ahora, mansas, a convivir con las tropas de ocupación, y muy poco más adelante entraban en la farsa del milagro y la recuperación. Los sesenta millones de muertos, la destrucción de las ciudades, todo el teatro de la crueldad, pasaron a ser nada más que un mal sueño, una pesadilla. Europa recurre al pasado cuando lo necesita, con todos los resortes de la tradición y la cultura, pero también ignora la historia cuando necesita ignorarla. El pueblo alemán, el pueblo de Goethe, de la gran filosofía romántica, de la exquisita música del XIX, de Hegel, de Heidegger, al terminar la guerra, no celebró la caída del régimen en las plazas, ni sobre las ruinas en las que el propio régimen había dejado a Alemania. Que yo sepa, el 8 de mayo, aún ahora, no se festeja en Alemania, ni siquiera como el día en que el viejo espíritu racional e ilustrado recuperó la razón a la fuerza.
Hace años que tengo la impresión de que la cultura europea fue adoptando un punto de vista equívoco acerca del horror concentracionario. ¿Cuál? El de interpretar el campo de concentración como un instrumento exclusivamente destinado a la liquidación de los judíos. Si bien todos los judíos, por el hecho de serlo, fueron víctimas del nazismo, no todas las víctimas del nazismo fueron judíos. Los campos existieron primero para terminar con comunistas, socialdemócratas y hasta la oposición interna en el partido. También murieron “arios”. Casi setenta mil alemanes murieron bajo los efectos del gas en los primeros campos de concentración. Los nazis asesinaron a una buena parte del clero polaco. Hubo víctimas protestantes, ortodoxas. La presunta superioridad aria no soportaba a los enfermos mentales, a los discapacitados, que también fueron víctimas tempranas; lo mismo que los homosexuales.
De modo que hay sobradas razones para rememorar el 8 de mayo; y sin embargo, este ejercicio banal de memoria parece estar circunscripto a un grupo cada vez más pequeño de sobrevivientes. Me pregunto, y llego otra vez al plano de mis dificultades íntimas, si no estaré solo en esta empresa. Seguramente no es así, pero me divierte la imagen: un solo hombre, muchos años después, haciendo memoria de millones de muertos. Me divierte la desproporción. Y por otra parte, no confío para nada en ese simplismo de la política “memoriosa”; sé que las buenas intenciones, o no tan buenas, son precarias, insuficientes para detener la marcha de las cosas, para evitar, como suele decirse, que se repitan. Toda Europa recordaba muy bien el espanto de la Primera Guerra cuando 20 años más tarde se volvía a lo mismo pero con una intensidad más asesina, si cabe. Quiero decir: la memoria no cura la crueldad, no limita la violencia. ¿Entonces por qué recordar? No tengo una respuesta acabada. Estoy en el terreno de mis dificultades íntimas; diría: hacer memoria por hacer memoria. Hacer memoria de lo particular, del detalle de una vida. Para mí, pues, es un modo de evocar a mis amigos, a mis padres y hermanos, y a los que entraban por miles en las cámaras de gas cantando Shemá Israel, La Internacional o rezando un Padre Nuestro, y también finalmente, un modo de evocarme yo mismo.
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Por Jack Fuchs
El 19 de abril marca el comienzo del Levantamiento del Gueto de Varsovia en 1943. Esta fecha se toma, simbólicamente, para recordar todos los levantamientos armados, así como los movimientos de resistencia pasiva que fueron sucediéndose en los guetos y en algunos campos. La liquidación del Gueto de Varsovia supuso una culminación de la política de exterminio total de los judíos en Europa. Quedaban todavía dos años más de “solución final”, dos años más de matanzas.
Sólo la finalización de la guerra mundial, la derrota del nazismo, detuvo el delirio. No quiero parecer un pesimista incurable, no quiero repetirme, pero quizá los años me dan cada vez mayores certezas acerca de que el delirio del que hablo se pone en marcha siempre que una voluntad inspirada en la voluntad general toma la decisión de resolver, de solucionar la historia; la propaganda nazi, que fue instrumento de una refinadísima perversión (queda por estudiar –no lo sé– el grado de perversidad que hay en toda lógica propagandística), construyó un dogma según el cual el judío, no sólo el judío, pero particularmente el judío, por el hecho de serlo, era cabalmente una representación del mal; y cada vez que el mal encarna, los discursos y las políticas absolutas del bien piden de inmediato fórmulas de aislamiento, segregación, limpieza. Quiero decir: las masas hitleristas se pensaron a sí mismas como una religión del bien. Eliminar al judío pasó a constituir un acto de depuración y beneficio que ponía a su vanguardia, Eichman, la Gestapo, las SS, al frente de la empresa purificadora. Sólo esa creencia pudo precipitar el delirio colectivo. Pero todo esto es opinable, hay una vastísima literatura, y muchos eruditos que toman la Shoá como objeto de muy minuciosas y detalladas investigaciones históricas, políticas, o psicológicas. No es mi caso.
Me limito a considerar la significación que para mí tiene el 19 de abril, y para mí esta fecha es una lápida. Un kadish para los millones de muertos sin tumba. Es un día de recogimiento, cada año es la extensión de un duelo que no termina. Un día para nombrar cada uno de los guetos, para nombrar los campos de exterminio, para recordar las matanzas de Babi-yar, de Pomar.
Pasaron seis décadas y todavía me empeño en retener en la memoria las pequeñas aldeas, los pueblitos, las ciudades devastadas, la cultura y la lengua, el idish, los movimientos jasídicos, toda la cultura política, todos los hábitos y costumbres de las más de cinco mil comunidades judías desaparecidas, la destrucción de mil años de convivencia judía en Europa, nunca después recuperada. Pero así como recuerdo mi mundo, no puedo dejar de ver, como en un film, a los miles de gitanos que eran parte de la vida de las ciudades europeas y que tuvieron el mismo destino de espanto. Me veo en cierto modo obligado a mencionarlo. La pérdida de ese mundo, que fue mi mundo, sigue siendo la huella, el testimonio del horror. Los que sobrevivieron lo sienten con toda su contundencia. Es el mismo horror que debería pesar en la conciencia moral de todos los hombres. El mismo horror que nos asalta a cada nueva atrocidad, en cada nueva miseria después de la Segunda Guerra, el mismo horror que prueba que la memoria no es nunca suficiente, como se dice, para impedir que el crimen se repita.
El 19 de abril es para mí una ocasión en la que honrar a mis muertos y, quizá por eso mismo, una ocasión para celebrar la vida. Para celebrar toda la riqueza y la potencia vital de ese mundo destruido, y sentir la alegría viva de éste que aún tenemos, aunque sepamos que sobre él está pendiente todavía la misma amenaza.
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Por Jack Fuchs
Actualmente el tabaco ocasiona cinco millones de muertes por año en todo el mundo, y no digo esto a favor de esas estruendosas campañas que postulan una presunta “vida sana”. Tres millones mueren de sida. Es verdad que hay mayor prevención en países mejor informados, con mejores recursos, pero también ahí el sida mata. Muere más gente por accidentes de tránsito que por asesinato, sobre todo en países desarrollados. Comparativamente, se puede decir que el tabaco, el sida, los accidentes causan más muertes que los ataques de xenofobia. En Occidente se gasta mucho más en cosmética y peluquería que en salud mental. Como sea, la estadística es un discurso que me interesa muy poco, sobre todo cuando en estos cómputos que cito parece querer afirmarse la ingenuidad de que la muerte existe en el mundo. Que la muerte existe, que existen el absurdo y la estupidez son datos que no requieren estadística, pero la estadística también existe en el mundo. Como la guerra. El reconocimiento del carácter inevitable de la guerra, creo, hay que buscarlo en las pautas, las reglamentaciones y normas que vienen a regirla; se habla de un arte de la guerra, de formas de control y códigos de honorabilidad, de una ética de la guerra. Es una suerte que en la guerra haya, según parece, esas formaciones tan propias del refinamiento humano, una estética y una ética de la masacre. Durante la Segunda Guerra, por ejemplo, era obligatorio que los hospitales militares tuvieran una cruz roja pintada en el techo para advertir a la aviación enemiga que se abstuviera de bombardear a los soldados heridos, mutilados y agonizantes. Un poco más allá, en las barracas donde duerme la infantería, donde los muchachos de 18 a 20 años, todavía sanos, velan por los supremos intereses y el orgullo de la patria, ahí sí, ahí está permitido bombardear y, no sólo está permitido, es un blanco deseable, apetecido por la lógica de la guerra.
La tensión entre el deseo humano de controlar la violencia, y la naturaleza de la violencia que precisamente va más allá de las formas, los discursos y las restricciones jurídicas que el hombre se impone, la ambigüedad entre las pasiones y los mecanismos de represión de las pasiones, la voluntad de dominio, de liquidación de las fuerzas oscuras y el modo en que ellas vuelven con toda su potencia, éste, me parece, es el juego de la historia, el juego de los hombres, el enigma de las tragedias y las comedias humanas. Imaginariamente, las diversas filosofías, las teorías políticas, antropológicas, las doctrinas económicas y los dogmas morales o científicos quieren postular una solución adecuada. ¿Y si partiéramos del hecho simple, del inevitable reconocimiento de que no hay solución?
Las protestas contra la guerra tienen toda mi simpatía, y sin embargo no puedo dejar de ver los rasgos de ingenuidad que las impulsan, el candor de una creencia ideal en la bondad, en la racionalidad de los hombres. Se protesta contra la guerra como si la guerra pudiera evitarse a partir de un “entrar en razones”. Se adjudican causas a la guerra y se imagina que resolviéndolas en la arena del diálogo se avanza en el camino absoluto de la paz. Se cree en la posibilidad de apaciguar el odio racial cuando se piensa que el odio racial explica la guerra. Pero antes de que los nazis se dedicaran a matar judíos, habían asesinado con todo rigor, con el mismo espíritu maquinal, a casi cien mil alemanes que los perturbaban; en la Guerra Civil Española, en Camboya, en Bangladesh, no hubo causa racial alguna. Las masacres de la Revolución Rusa se hicieron en nombre del socialismo. El terrorismo de Estado en Argentina produjo muchos más muertos que la Guerra de Malvinas. La “solución final” ocasionó seis millones de muertos judíos, pero en la guerra hubo un total de sesenta millones de muertos.
La guerra es conceptual e históricamente anterior a la organización en naciones, o a los prejuicios de raza; la guerra es constitutiva de lacultura. El Antiguo Testamento, en Caín y Abel, ya había dado las claves de media humanidad que destruye fraternalmente a la otra. No es ninguna novedad lo que digo, no pretende serlo; ya está en Freud, en muchos otros. Y sin embargo se olvida fácilmente; no es un argumento que sirva al espectáculo de los medios, no es un argumento comunicacional. Es más sencillo creer que la memoria es un bien, un instrumento valioso para evitar la guerra, para no volver a cometer los mismo errores. Se tolera mejor la idea de una memoria eficaz, una buena memoria que impida el retorno del crimen, como creen los señores de la autoayuda, esos mercachifles del marketing de la voluntad, esos reduccionistas del deseo a estadística, “tú puedes, tú puedes”, porque lo que hay que olvidar a toda costa es la circunstancia obvia de que el hombre mata por deseo de matar, de que el deseo no se detiene en el discurso de los bienes, en la fanfarronería de la felicidad. Y este olvido sistemático, esta caída, que es una caída de lenguaje, es ahora la forma moral hegemónica. Vivimos en la época de la autoayuda y la estadística, en la época del brillo universal de la publicidad, una época en la que resulta cada vez más difícil mirar de frente el desastre. Y un tiempo así, un tiempo que se cree triunfal, es quizá el tiempo de la mayor amenaza y peligro. Es triste escribir esto hacia fin de año, y no es que quiera con ello aparecer como un pesimista incorregible, sólo quiero hacer mía la idea de que cuanta más realidad veamos, cuanto más realismo pongamos en nuestra mirada, cuanto más la despojemos de ilusión e ideal, más en condiciones estaremos de enfrentarla.
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Por Jack Fuchs
En agosto de 1945 yo seguía internado en un hospital de Baviera. Recuperaba lentamente mi salud, el cuerpo todavía joven pero desquiciado, el cuerpo marcado por los años del gueto, por la miseria de los cuerpos de Auschwitz. Quizá sea tan obsceno como obvio decirlo, pero hay que decirlo: el encierro, la tortura, el suplicio, son experiencias del cuerpo, del cuerpo desnudo, frágil, expuesto y sometido al rigor ciego de la historia.
El primero de mayo de ese año me encontraron en un granero, en el camino por donde me llevaban de Dachau hacia no sé dónde, haciendo cumplir, de un modo ya en esos días muy desordenado, las instrucciones de solución final. Al fin, como todo, la guerra pasaba, yo me curaba de disentería, desnutrición y tuberculosis. Fue en el hospital cuando me enteré de que Hiroshima había sido destruida por una bomba atómica. En pocos minutos hubo ciento diez mil muertos. Es terrible decir que la bomba de Hiroshima me alegró, pero fue así. Así somos, los hombres. Entre mi curación y el sentimiento de satisfacción que me ocasionaba Hiroshima hay un abismo, una herida. Esa oscura mediación, el quebranto, la ruina de la experiencia son lo propio de lo humano. Pero pasaron muchos años hasta que pude verlo.
En ese momento comparé Hiroshima con Varsovia, destruida en enero de 1944 por orden de Hitler. Murió la misma cantidad de gente, aunque la masacre demoró una semana. Puntualmente, nada más que una diferencia técnica en la velocidad de ejecución. Es mucho y es poco. Y después, tierra arrasada. Pensé que al imperio japonés nada le había importado de Varsovia, que tampoco había vacilado en masacrar a trece millones de chinos, coreanos y vietnamitas, pensé que Alemania y Japón habían tramado repartirse el mundo a cualquier precio, que Japón festejó al lado de los nazis las matanzas de Auschwitz. Y viví la tragedia de Hiroshima, de Nagasaki, como compensación de los crímenes del fascismo japonés. Yo mismo en la tragedia de la compensación.
Confieso que en agosto de 1945 no podía –quizá nunca pude– desprenderme de lo que había ocurrido justo un año antes en Lodz, mi ciudad, cuando nos deportaron a Auschwitz. Yo y mis padres, mis hermanos. Habíamos soportado cuatro años de gueto. Ahora se cumplen cincuenta y nueve de la liquidación del gueto de Lodz, establecido en mayo de 1940. De Lodz desapareció una población de 250 mil judíos. Se moría de hambre, de enfermedades, se moría también de pena. En el gueto vivían no sólo judíos polacos, había también judíos alemanes, judíos checoslovacos; y dentro del perímetro del gueto los alemanes habían dispuesto otro, pequeño, con cinco mil gitanos que habían traído de los Balcanes, como en un juego de cajas chinas. En ese entonces, digo, yo hacía ecuaciones, una cuestión de cantidad: sólo en el gueto de Lodz murieron más personas que en Hiroshima y Nagasaki juntos. Y sin embargo no hay en Lodz un solo monumento que lo recuerde, el único testimonio de que ahí hubo una gran comunidad judía es el viejo cementerio, uno de los cementerios judíos más grandes de Europa; no hay discursos, no hay actos, no hay flores, la prensa mundial no dice nada, no va a decir nada de Lodz. El cementerio, nada más. Los muertos que recuerdan otros muertos, nada más.
No hago ahora cuestión de números, aunque el número, desde ya, no sea un dato despreciable, pero sí hago cuestión con la memoria, ese cuidado tan llevado y traído por la filosofía, el psicoanálisis, la opinión pública. No me interesa discernir ni el concepto ni los usos de la memoria. Dejo esa improbable tarea al debate de los especialistas. Sé muy poco, sé de la intervención del tiempo, de la indiferencia y el rigor del tiempo, del cansancio y la celebración del tiempo, adivino el peso de la memoria, lo compruebo en mis fijaciones, en la obsesión, en el miedo, en la pequeñez de mi lógica; sé que la memoria alivia en mí, como el sueño, la ruina humana de la que hablo, sé también que no hay nada que deba aliviarse,tranquilizarse. Pero me acerco a los ochenta años y me sigue estremeciendo el olvido general de Lodz. No sé si está bien, si está mal, no sé qué valor tiene ese olvido. Porque el olvido es necesario, porque no se puede vivir en la insistencia machacona del recordatorio. Pero estoy forzado, cautivo. Llegan las fechas, año tras año, y el pasado vuelve. Me veo como un hombre pasando de una en una las cuentas de un rosario interminable, un ábaco interminable, un número sin fin. Es la violencia del pasado que vuelve. Que toca. No sé si la misma violencia de entonces con los contenidos de ahora o la violencia que se manifiesta en su sola presentación, en su asedio imaginario y en sus escombros reales. Agosto es el mes de Hiroshima y es el mes del final de Lodz. Al espanto de la bomba nuclear se suma en mi memoria, con un año de diferencia, el del gueto. Y mi cuenta se pronuncia no sólo porque Lodz fue mi ciudad natal, la ciudad de mis padres, sino también por una fascinación mía por lo pequeño, lo que por una razón u otra no tiene en la memoria o en la conciencia pública una dimensión poderosa. A veces me detengo, por la mañana, en mi barrio, en tonterías como el agua que despilfarran las porterías de los edificios, encuentro en esa nimiedad un motivo más para pensar el desarreglo general de las cosas, a veces sigo haciendo ecuaciones menores, calculo cuántos litros de leche podrían atenuar el hambre a cambio de los millones de llamadas telefónicas innecesarias, busco, me entretengo en la irracionalidad de las pequeñas cosas. Con Hiroshima y Lodz pasa en parte algo de lo mismo. Lodz e Hiroshima se parecen; cuando los alemanes estaban a punto de ser derrotados seguían saliendo de Lodz vagones repletos de judíos, cuando ya se sentía cerca el final de la guerra hubo sin embargo una continuidad implacable; en Hiroshima pasó en parte lo mismo, pocos días antes del término de la guerra, la bomba aplastó a miles. Lodz e Hiroshima son emblemáticas: la crueldad de la guerra se impuso sobre el conjunto de la población civil, porque hubo dos guerras, una guerra estrictamente genocida y otra de conquista. Del episodio Hiroshima se escribió muchísimo, se habló, se habla muchísimo, quizá por la espectacularidad de sus efectos, de mi pequeña ciudad sólo quedan unos pocos sobrevivientes, entre los cuales me encuentro, de Lodz no se dice nada, casi nada, pero ahí, en la historia de esa ciudad polaca, en las historias menores de sus judíos, está contenido todo el dramatismo de la guerra, toda la trama criminal de la guerra. Sé muy poco, repito, de las funciones de la memoria, pero estoy seguro de que sólo en la memoria y en el nombre se guardan los secretos de la muerte y que, si bien es absurda la comparación, los muertos de Hiroshima tienen una mayor gravedad en la memoria, están más nombrados y presentes en la memoria colectiva que mis muertos de Lodz, por eso los nombro.
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Por Jack Fuchs
Durante los últimos años, y con mayor intensidad a partir del fracaso del gobierno de la Alianza, se ha desatado una verdadera fiebre en pos de obtener pasaportes europeos, lo que implica un larguísimo trámite de nacionalización, un “espléndido” intercambio con las prescripciones y métodos de las más diversas burocracias. He visto publicidades de gestorías que asesoran y activan los expedientes, que en el caso de algunas representaciones consulares, por ejemplo la española o la italiana, suelen ser gestiones que duran aproximadamente tres años. Otras, no ya europeas pero sí primermundistas, como Canadá, antes de otorgar nacionalidad o permiso de residencia obligan al postulante a pasar una prueba durísima en la que van asignándosele créditos y puntajes según las características del “currículum vitae” en cuestión. Este delirio colectivo acerca de la garantía de otra nacionalidad, de otro pasaporte, merecería estudios exhaustivos y quizá los especialistas contemporáneos, antropólogos, sociólogos, psicoanalistas o asistentes sociales tengan mucho que decir al respecto. Yo voy a limitarme a tres o cuatro ideas, modestas, que sólo proceden de la observación y la experiencia.
Se me ocurre comenzar con una pregunta obvia: ¿quién desespera tanto por su nuevo pasaporte? La mayoría son hijos o nietos de europeos, hijos y nietos de la clase media argentina, hijos y nietos de las grandes oleadas inmigratorias, de la clase media que construyó un destino en el país, la trama social profunda que dio forma a buena parte de las particularidades de la vida argentina, de sus ciudades y cultura. Los sectores más empobrecidos y marginales, lo que queda del proletariado industrial, de los trabajadores del campo, y los más necesitados, los que sobreviven en la ruina de la Argentina próspera, los nuevos hambrientos, aun cuando quisieran irse no tienen cómo hacerlo, no se lo formulan como posibilidad. El mundo, entre ellos, acaba en la inmediatez de la experiencia, en la rutina del trabajo, mientras haya, en el hábito de la caridad, en la frontera material, física, de un carrito empujado a mano al anochecer, entre cartones y desperdicios.
La segunda pregunta pertenece también al sentido común: ¿Y por qué quieren pasaporte nuevo los que lo quieren? En la conversación, constato una respuesta más o menos extendida: “Por si acaso”. Y entonces vuelvo a preguntar: ¿Qué, qué puede ocurrir? ¿Otra dictadura? ¿Riesgo de muerte? ¿Una guerra? ¿Otra vez Malvinas? ¿Que se profundice la crisis y el hambre se extienda? Con los años aprendí que en situaciones así sólo se salva una pequeña minoría. Los hombres, porque éste es un asunto verdaderamente humano, quedan expuestos, sometidos al desastre. Los hombres, creo, tenemos muy pocas posibilidades de escapar a la catástrofe que entre nosotros, si hay un nosotros, preparamos trabajosa y fatalmente. La minoría de la que hablo es hija de la suerte o responde, a pesar de todas las explicaciones que busca, a la determinación simple del “sálvese quien pueda”. Los medios económicos, la inserción más confortable en el medio social y una mayor información acerca de los “posibles peligros” suelen ser instrumentos aptos, además del azar, cuando las papas queman. En Europa, durante el ascenso del nazismo, algunos sectores de la burguesía judía de las grandes ciudades estuvieron en mejores condiciones para salir que el artesanado, los trabajadores y los pequeños comerciantes de los barrios y poblaciones judías pobres.
Debe haber también, me digo, razones históricas, repeticiones de lo que los psicoanalistas llaman “la novela familiar”. La idea, confusa, velada, de que si mi abuelito se libró de lo peor gracias a un pasaporte, yo mismo, 60 o 70 años después, puedo verme envuelto en la misma experiencia. Puedo repetir a los españoles que llegaron acá huyendo de la pobreza y la guerra civil, a los italianos que pudieron librarse del fascismo, a loseuropeos del este que escaparon de las guerras y los pogroms, de la miseria y el encierro; puedo ser uno más de los 6 o 7 millones de polacos que viven fuera de Polonia, que en Chicago y sus suburbios suman más que en Varsovia, aunque ahora en dirección opuesta.
Tengo la impresión de que el pasaporte del que hablo convoca sobre todo un conjunto de ilusiones, de ensoñaciones y creencias. En los tiempos que corren, con dinero se puede vivir en cualquier país del mundo. Es una protección, una garantía mucho mayor que la del pasaporte. Quizá siempre lo haya sido, pero tengo la impresión de que en esta época (que nos acostumbró a la obscenidad de la televisión mostrando cadáveres de magrebíes que flotan en las costas españolas o los cuerpos de 60 africanos apátridas ocultos y asfixiados en el acoplado de un camión que se dirige a Marsella) lo es mucho más, muchísimo más. Una tarjeta de crédito tiene mucho más valor, desde ya, que cualquier pasaporte al que se aspire. En los ‘70, los que tuvieron que ir al exilio, en buena medida, necesitaban de verdad salvar el pellejo; hoy, basta con el plástico dorado en la billetera.
Los poderes públicos, la información y la fuerza de los hechos, quieren convencernos de que vivimos en un mundo “globalizado”. No sé qué significa esto. Sigo pensando a partir de las diferencias que me rodean, no sólo entre países ricos y pobres sino también en las enormes desigualdades entre regiones, provincias y ciudades de un mismo país. Cuando se pone foco en el contraste brutal entre Libertador y Fuerte Apache, entre Belgrano R y Ciudad Oculta: ¿De qué sirve un pasaporte que autoriza a vivir en París, Madrid o Roma? El pasaporte no garantiza nada. Tenerlo “por las dudas” es una falacia que no contempla las circunstancias de cerca, porque las circunstancias, esto es lo propio de ellas, pueden cambiar de un momento a otro. Pero los argentinos midle class quieren tranquilizarse, apaciguar la intuición de una catástrofe inminente, serenar su espíritu de buenos y correctos ciudadanos, siempre dispuestos a huir para darles a sus hijos un futuro promisorio. El pasaporte extranjero, para ellos, es la mercancía del porvenir, el bien sagrado del progreso y la conservación.
Pero la fantasmagoría del pasaporte es correlativa de otra, quizá mayor: la de vivir afuera. La creencia de que afuera se resuelven, más tarde o más temprano, todos los males. Vivir pendiente del pasaporte, de tener en regla los papeles, de salir, es una farsa insensata que limita con rasgos del peor dramatismo: la ficción de las garantías, el mito de que cualquier otra ciudad es mejor, la quimera de la felicidad a la vuelta de la esquina. La experiencia del desarraigo, del éxodo contemporáneo está acechada de angustias y dolores, de pérdida y melancolía. En esta época ¿qué país ofrece, como se cree, garantías de futuro? ¿Dónde encontrar la seguridad que se busca? Los abuelos vinieron aquí a sus 20 años y fundaron un horizonte; los nietos, que ahora tienen 20 años, buscan futuro en los países que dejaron los abuelos. Una ecuación muy sencilla me lleva a preguntar: ¿no se revertirá otra vez la historia en su próximo giro, con los nietos de estos nietos? Regresar al continente que durante el último siglo produjo millones y millones de muertos, ideologías extremas y totalitarias, que sigue produciéndolos, el continente que inventó la guillotina y la transformó después en una cámara de gas, ese continente, que parece ahora la tierra prometida, el paraíso real; pero si la desesperación por este instrumento que nos autoriza a “pasar la puerta”, a entrar en el pórtico de los paraísos actuales resulta, como digo, una ensoñación de la vanidad, una ilusión de bienestar, es porque también lo son los jardines y rosas que promete.
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Por Jack Fuchs
En agosto del ‘45 nos sorprendió el espanto de Hiroshima, el mundo entero se horrorizó. Pero sólo un año antes, en Varsovia, se había asesinado a un número semejante de personas y el mundo entero fue indiferente. Siempre, desde siempre, hay una gran ansiedad, un inmenso coraje para destruir. Cadáveres, escombros, ruina. ¿A qué clase de juego pertenece esta voluntad tan humana? Y el juego de la destrucción se completa después con un movimiento compensatorio: hay que levantar, recomenzar, construir sobre el polvo viejo de la muerte. La guerra es exuberante, llega muy lejos en su seriedad; en sus preparativos sombríos pone en juego la vida y la muerte como cartas echadas de un juego vertiginoso, inevitable, desenfrenado, y los hombres nos dejamos fascinar tanto por ella, nos esclaviza tanto la matanza, nos arrastramos tanto en la embriaguez de la violencia, tanto confesamos nuestra común servidumbre en la guerra, nuestra falta de soberanía. ¿Y a qué nos somete la guerra? No sé. Pero el siglo XX, el siglo de los grandes avances técnicos, de los grandes progresos en la ciencia, en la medicina, en la física, en la química, fue sin embargo una época cualitativa y cuantitativamente asesina. Se sabe cómo fisionar el átomo pero no se resuelve algo tan elemental como la alimentación. Falta pan, hay muertes por hambre. El trabajo diario de una persona durante ocho horas bastaría para alimentar satisfactoriamente a 150 hombres. El sufrimiento de un niño con hambre basta para comprender que no se avanzó en nada, que no se aprendió nada. La luz del siglo XX, la gran iluminación del mundo, se produjo bajo el auspicio de 190 millones de cadáveres, de los cuales sólo 30 millones fueron soldados.
Se cumplen ahora 58 años desde el fin de la Segunda Guerra, en todo este tiempo traté de comprender, de un modo contradictorio y casi siempre prescindente de premisas lógicas, la experiencia que me tocó en suerte, reconozco mis limitaciones, no sé si haber sobrevivido a los campos es un dato que pueda orientarse en el sentido de la comprensión, a veces creo que sí, creo que conozco algo de la crueldad y la barbarie que duermen en el corazón humano, a veces pienso que sólo estoy confundido, enredado en un problema que no tiene solución. Me consuelo, me digo lo que suele decir un amigo muy querido: “Un problema que no tiene solución quizá no es un verdadero problema”. Pero hay asuntos que todavía me quitan un poco el sueño: ¿Cómo fue posible que Alemania, uno de los países más civilizados del mundo, pudiera producir una ideología tan criminal, una catástrofe de las dimensiones y el tenor que tuvo Auschwitz? ¿Cómo fue posible que muchos intelectuales, filósofos, profesores, científicos y artistas apoyaran la máquina nazi de matar? ¿Quiere decir esto que el saber, la sensibilidad, la formación de los grandes espíritus de la cultura no bastan para autolimitar la voluntad, el deseo primario de derramar sangre? ¿No son suficientes el derecho, la limitación de la ley, la declaración moderna, constitucional, que consagra garantías jurídicas y sociales para el ciudadano? Se ve que no, que nada de lo que la cultura política moderna imaginó como protección de origen, de nacimiento, de ley alcanzan para restringir el sacrificio desnudo de los cuerpos. Las reglas, el orden, van por un lado, lo hechos por otro.
Nos reprochan a nosotros, judíos europeos, que marcháramos indiferentes a la muerte, pero ¿dónde estaban los alemanes que miraban impasibles cómo sus propios hijos iban a la guerra para no volver? ¿Por qué no se rebelaron “los alemanes” contra autoridades tan sanguinarias? Hitler dominó Alemania durante 12 años, del ‘33 al ‘45, en el ‘33 había en Alemania grandes movimientos socialistas, de izquierda, comunistas, al terminar la guerra no escuché que esos sectores se sintieran liberados del peso de la Gestapo, de la amenaza de la policía nazi y de la barbarie concentracionaria. Después de la guerra se sintieron vencidos, derrotados, todavía ahora se interrogan, dejan los hechos en olvido, ignoran que la rendición del nazismo no nos favoreció sólo a nosotros sino también a ellos.
El 8 de mayo de 1945 salí de Dachau, liberado, me llevaron a un hospital en Bavaria, me atendieron con todo cuidado médicos y enfermeros alemanes que probablemente unos días antes me hubieran dejado morir. Es evidente, al menos para mí: en la guerra hay un teatro absurdo, una farsa criminal del sinsentido. Muchas veces digo que a mí me liberaron los aliados, pero ahora me doy cuenta de que no fue así, los aliados no entraron a los campos para liberar a nadie, a mí me encontraron en la campiña, suelto, después de un viaje en tren, y sé que también ahí podían haberme matado.
Pasa el tiempo, y el dramatismo de Auschwitz sigue vivo. ¿Adónde quiero llegar con todo esto? Quizá a ningún lado. Me pregunto por la finalidad de esto que escribo en desorden, lo que me dicta una voz íntima, confieso que me cansa mi propia voz hablándome de esto, entiendo que es más sensato no perseguir ningún fin. Admiro la lógica que tiene explicaciones para todo. No es para mí, no me apacigua, no me tranquiliza. Un día antes de que terminara la guerra querían matarme, dos días después se abnegaban para que siguiera viviendo. Quizá los historiadores, la información, el rigor de los datos puedan decir algo acerca de esta pequeñez. Yo no. Casi a mis 80 años, casi sesenta años después, sólo me queda pensar que el mundo que reciben mis nietos no es muy diferente al mío.
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Por Jack Fuchs
“Y Scherezade dijo: esto no es nada comparado con lo que contaré la próxima noche, si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme.” Las noches de Bagdad, entre los ríos persas de la civilización, no se negaban a los placeres de la narración, y los reyes sabían aceptar mil veces y una la ironía, la belleza, la seducción de una muchacha hasta el amanecer siguiente, el rey escuchaba y prefería posponer para siempre la sombría ejecución de un crimen. Hoy, como en el ‘91, la noche de Bagdad se parte, el efecto de las cámaras de televisión pone sobre el cielo de Bagdad un espantoso color verdemoco, el mismo color con que Joyce definía la incorreglible estupidez del nacionalismo. Se ve el cielo militar, metálico; está a punto de amanecer pero ya nadie pospone nada, dicen que es mejor no diferir, que hay que operar cuanto antes el órgano enfermo. Pasa un auto, otro. Hay luces todavía. Bush habla al mundo, pone a Dios de su parte, ni más ni menos, viene a presentarnos el espectáculo de la guerra. Pasen y vean. Un rato después, la imagen de Saddam, está leyendo de un anotador, encomienda al pueblo iraquí a la fuerza y la verdad de Alá.
La técnica nos trae otra vez la vieja guerra de los dioses. La era de la ciencia, de la iluminación y el impacto del futuro sigue abrazada al cuello del fanatismo y la religión. El sacrificio, manjar exquisito, comida sangrienta de los dioses, regresa por la CNN. Cuanta más fuerza se hace para hundir la pelota en el agua, más fuerza opone la pelota por salir a la superficie. Estoy sentado, tengo el control remoto apuntando sobre el aparato. Se me ocurre pensar que los amos de la civilización de esta época, este tiempo tan celebrado por la maravilla de sus progresos, son mucho más primitivos, más brutales y torpes que los de Las mil y una noches. Son las dos de la mañana en Buenos Aires. Estamos frente al absurdo. Y, aunque quizá no tenga valor la comparación, sé que no se trata de ellos. Que los rostros de la guerra son siempre otros pero siempre los mismos, que la historia humana es la historia de las guerras. Bush y Saddam son formas pasajeras de un desquicio general, permanente, que va dotándose en el tiempo de los instrumentos seguros y definitivos de una aniquilación completa. Si es irremediable que yo muera, ¿por qué no pensar que el mundo también está condenado?
Los argumentos son nuevos pero la matanza, la necesidad de matar, es un asunto muy viejo. Hay expertos internacionales en economía, analistas políticos, estrategas militares, ideólogos de la libertad y especialistas de la paz perpetua que vienen a explicarnos las razones de esta guerra. El petróleo, el reordenamiento del orden político internacional, la hegemonía unilateral del imperio, desarmar a los estados potencialmente favorables al terrorismo, quebrar la unidad europea, desestimar el derecho y situarse por encima del control y las normativas de Naciones Unidas, la batalla del euro y el dólar, todos estos son, es cierto, factores atendibles. Leo la prensa y, sin embargo, me resisto a compartir los sesudos análisis del periodismo, verifico hasta el hartazgo un juego de perversión evidente: el exceso, la proliferación de información que convive con el sentimiento de que no sabemos nada, de que los poderes nos mantienen, de hecho, convenientemente desinformados. Se culpa al dinero, se debe entonces eliminar el dinero, se culpa a una raza, se debe entonces eliminarla, se culpa a las religiones, se deben eliminar las religiones, se culpa el poder, se culpa a los reyes y a los súbditos, a los pobres y a los ricos, pero este modo de culpar oculta, encubre lo que está por detrás de la guerra, en la guerra. Lo que en general no se lee, quizá porque sea mucho más escandaloso admitirlo, es que de fondo no se trata ni del petróleo, ni del dominio político militar, sino de la necesidad humana de matar. Nadie interroga frontalmente, a esta altura, la frecuencia con que entre loshombres se hace presente una fuerza que los conduce al crimen masivo de la guerra. Es difícil aceptar que los hombres quieren matar por matar. La lucha por los bienes, los conflictos territoriales, la anexión, y las ideologías son construcciones, excusas que en la superficie ocultan el sentido primario de la guerra: dar una forma lógica y racional a una voluntad oscura e inconfesable. Los filósofos de Auschwitz hablaron del mal radical. Matar por matar es el mal radical. Yo siempre pensé que esto no podía constituir la forma particular y nueva del campo de concentración. Que no es nueva porque recorre toda la historia de la guerra, que el horror del campo en esencia es correlativo, con técnicas naturalmente adecuadas a su época, de procedimientos muy viejos de tortura, sometimiento y muerte. Que la guerra habla siempre de un nihilismo extremo, se mata por nada, se mata por el beneficio y el goce de matar. No hay ningún otro secreto, la guerra no soluciona nada, después todo vuelve a su lugar hasta que llega el momento de volver a empezarla.
Sé que a medida que pasan los años estoy volviéndome acaso de un pesimismo cada vez más pronunciado, sé que haber sobrevivido a las matanzas del nazismo quizá me ampara y me da la libertad –muy negra también para mi gusto– de decir las cosas en su simpleza, pero sé que si hay alguna forma posible de apaciguar este deseo humano de destrucción tendrá que partir de una mirada que lo ponga muy de cerca, cara a cara, que descubra en nuestro rostro de hombres la ferocidad, el aliento y la excitación del crimen.
Quizá sea a causa de este pesimismo, quizá es otra vuelta más, otro pliegue más de mi vocación talmudista: me niego a firmar solicitadas contra esta guerra, me niego porque no estoy contra esta guerra, estoy contra la guerra, y si firmo contra ésta se podrá interpretar que estoy a favor de otras. De esta guerra me conmueve, sin embargo, el carácter universal de la protesta, desde Nueva York hasta Sydney, de Londres a Buenos Aires, hay una conciencia de oposición a la guerra que no hubo hace pocos años atrás, afortunadamente hasta el Vaticano se manifiesta, pero lamento que esta misma reacción no haya tenido lugar en conflictos anteriores, por ejemplo durante los ocho años de la guerra entre Irán e Irak, en la que murieron un millón de personas. Al menos entonces la protesta a la que asistimos ahora nos da la ilusión de que puede hacerse algo contra la guerra.
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Por Jack Fuchs
Cuando pienso en la Argentina de hoy no puedo dejar de recordar mi pasado. Las privaciones, la miseria del gueto, el hambre y la violencia en la Europa de entreguerras. Después llegó la catástrofe de los campos, del exterminio, pero no es ese recuerdo el que me despierta la Argentina de estos años. En 1946, después de la liberación, pasé una temporada recuperándome en un hospital de Baviera y llegué a Nueva York; para mí, un judío de Lodz, un hombre de pequeños mundos, la gran ciudad me deslumbró; vi las luces, el tráfico, los edificios enormes, las marquesinas, las tiendas, la muchedumbre de paseantes en las calles, tuve la ilusión de que la ciudad era un verdadero teatro de libertad, me preguntaba cómo podía esa vida ahí tener los matices, los tonos, el ritmo que tenía mientras Europa, por todas partes, estaba convertida en un conjunto gris y ruinoso de escombros y desasosiego. Me preguntaba si Nueva York había vivido esa intensidad vital durante los años míos en el gueto y los campos. Yo era un joven bundista lleno de esperanzas en el socialismo, y creí que Estados Unidos, América, era un país maravilloso, enorme, hospitalario, pródigo. Pero como siempre, como cualquier hombre en cualquier momento, tuve una impresión parcial, vi lo que pude ver en el estado de emoción en que me encontraba, y después de haber visto lo que había visto en Europa. Ignoré, por ejemplo, que no muy lejos de Nueva York, en Alabama, había ejecuciones, linchamientos, que había negros que morían asesinados sólo por ser negros. ¿Cómo? ¿Estados Unidos, mundo libre, rival declarado de la miseria totalitaria, permitía en su suelo –tierra prometida– el horror y la esclavitud del racismo? Las imágenes de la memoria son confusas: cuando por primera vez vi salir, en la Grand Station, un tren repleto de pasajeros rumbo a sus vacaciones, se me presentó la visión de los trenes de Auschwitz. La memoria es irónica: porque parece que una playa en verano y un campo de concentración no tienen nada en común. El pasado distorsiona. En esa época me di cuenta de que no había una sola América. Aprendí que la miseria, entre hombres, tiene muchas caras, que el vitalismo americano se combinaba con el horror de las ejecuciones: esto lo supe un día escuchando la radio, supe que más tarde se hicieron museos acerca del racismo en América, que las cosas cambiaron y que estos cambios no fueron producto de la casualidad sino de la lucha de la gente.
Cuando vine a quedarme en Buenos Aires, en 1966, hace 36 años, escuché decir a muchos amigos que ya vivían acá que la Argentina era un lugar sin salida, y ciertamente quizá lo sea. O más que eso: que la Argentina no tenga salida quiere decir que la historia no la tiene, que el teatro humano no puede salir de su patetismo, que no hay solución.
Salgo a la calle, vaya donde vaya, verifico que la pobreza se mide en relación con su imagen contradictoria, la abundancia, el exceso. Buenos Aires empieza a parecerse a Calcuta, cierto, hay mendigos, hombres durmiendo en las plazas, los zaguanes, niños que revuelven la basura, ruinas. Pero también Buenos Aires conserva motivos, realidades de las más grandes y bellas ciudades de Occidente, también es cierto que hay restaurantes lujosos, muchos, a la moda, y llenos de gente, hay barrios muy confortables, calles limpias, guardias de seguridad privada, automóviles de 30 o 40 mil dólares. Barrios oscuros, suburbios peligrosos, y avenidas elegantes, iluminadas; necesidad y despilfarro. Todo al mismo tiempo. Entre Calcuta y París. Hay más de una Argentina. En las plazas hay jovencitas pidiendo y mujeres muy paquetas, trotando, para mantenerse en forma y bajar de peso. El desequilibrio es una ecuación simple. No soy economista, no soy sociólogo, no puedo culpar tal o cual dogma, no sé suficientemente qué es la globalización ni cuál es el nuevo mal del capitalismo, lo dejo para los expertos; el detalle de lo que veo me remitea la experiencia, abre mi memoria. Me tranquilizo pensando que con los años aprendí a mirar este espectáculo de insensatez elemental, esta comedia disparatada, perversa. Pero al lado del sufrimiento, ¿qué importa lo que ahora sé? Poco, o muy poco. Me importa en cambio descifrar la mirada del chico que busca en la basura. Me mira, hay resentimiento, es seria, amenazante, su mirada, los ojos se retraen al dolor, se adormecen en el límite de la sumisión. Detesto considerar las estadísticas, me gusta el ejercicio de invertirlas; es más grave un solo niño hambriento que 500 mil.
No soy un gran lector de novelas, me gusta leer poemas, porque en pocas líneas a veces concentran mucha sabiduría, mucha experiencia. Recuerdo que en mi juventud cantaba un poema de Itzjok Leibush Peretz, polaco, nacido en 1852. Ese poema era “No creas”. Lo repaso ahora en una traducción de Elihau Toker: “¡El mundo no es taberna, ni bolsa, ni marcha a la deriva!/ ¡Todo es medido y pesado!/No se evapora una lágrima ni una gota de sangre,/ ni se apaga inútilmente la chispa de ojo alguno./Las lágrimas se hacen río; los ríos se hacen mares;/los mares un diluvio; las chispas, un rayo/¡Oh, no creas que no hay juez ni justicia!”. Esto se cantó mucho antes y después de la Revolución Rusa del ‘17, con mis amigos lo repetíamos para el 1º de mayo. Ahora lo releo y creo que Peretz invita a considerar que el mundo no puede permanecer indiferente, que habrá un día de justicia; acabo de advertir que la esperanza que promueve el poema es contradictoria con mi idea de que la historia no tiene solución, quizá esta contradicción sigue siendo la fuente de la emoción que me ocasiona el poema, me parezco a las cosas, yo tampoco estoy hecho de una sola pieza. Hay otro poema, un clásico de la poesía norteamericana, “El hombre con la azada” (“The man with a hoe”), de Edwin Markham, un maestro de escuela también nacido en 1852. Este poema lo aprendí en Nueva York, hace muchos años. Habla de un hombre vencido e inclinado por el peso del trabajo, por la opresión y el sufrimiento; cito los versos finales: “Oh, señores, amos y gobernantes de todo el mundo,/¿cómo será el futuro con este hombre así?/¿cómo responder su pregunta brutal en esa hora?/ cuando la tormenta de la rebelión sacuda todas las orillas,/¿qué pasará con los reyes y los reinos?/¿qué con lo que hicieron del hombre?/¿cuándo se alzará este terror mudo para juzgar el mundo/ después del silencio de los siglos?”. Me sorprendo en el recuerdo de estos textos, los dos hablan de lo mismo, cada uno, en el otro extremo del mundo, da su advertencia, pronuncian un desafío, no piden violencia, pero saben que un día u otro va a desatarse, le hablan a la gente, pero les hablan también a los gobernantes, a los jueces, para advertirles lo que vendrá. Siento que en Argentina, y quizá en todo el mundo, estamos en un momento en el que lo que dicen Peretz y Markham vuelve a cobrar su plenitud de sentido, no estaría de más, me digo, que los gobernantes, los administradores, los senadores de hoy los aprendieran de memoria.
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Por Jack Fuchs
Hace más de un año, mi amigo Gregorio Bachrach me regaló Un instante de silencio en el paredón, de Imre Kertész. Es una colección de ensayos y artículos que Kertész publicó en diversos medios y reunió, en 1998, bajo la forma de libro. Lo leí con atención, lo releo. Me complace encontrar su modo de pensar y escribir acerca de Auschwitz. Kertész evita todo patetismo. Es sobrio, austero. Sé de qué habla. Sé que habla en él la voz de un sobreviviente. Comparto sus preguntas en torno a si hay o no una literatura posible alrededor del acontecimiento de los campos, acerca del carácter de la memoria, del testimonio, su versión crítica a propósito de la “espectacularización” de la Shoá, el modo de entender que los crímenes de Auschwitz no constituyen un asunto eminentemente judío, su relación contradictoria con la tradición y la contundencia con que sostiene que el campo de concentración no termina en el límite de las barracas y los hornos, que se extiende más allá, que está inscripto en la cultura moderna, en el lenguaje.
Comparto también algo de la experiencia de Kertész. Estuve en Auschwitz el mismo año que él, 1944. Yo tenía 19 años, él 15. En Budapest no hubo política de gueto, Kertész pasó directamente, como muchos otros judíos húngaros, de la ciudad al campo de concentración. A mis 15 años mi familia y yo quedamos detrás del alambrado del gueto de Lodz, Auschwitz vino cuatro años después. Y en cierto modo, la muerte que ahí se nos prometía, aunque parezca inexplicable, nos parecía a veces un alivio. Después de Auschwitz pasé a Dachau hasta el fin de la guerra, viví en Nueva York, en Venezuela y desde hace cuarenta años en Buenos Aires; mis lenguas natales, el polaco y el idish, quedaron muy atrás; Kertész volvió a su país, le tocó vivir ahí otra amarga dictadura, el estalinismo. Leo a Kertész y me pregunto si puedo tener con él una lengua común, un idioma que estuviera en condiciones de dar cuenta de nuestra experiencia común. Y sé que no. Que la Shoá pone en evidencia la singularidad definitiva de toda experiencia. Que no hay un lenguaje general para hablar del sufrimiento humano. Que en ese despropósito suele caer frecuentemente la “cultura” de la Shoá.
¿Qué es entonces lo que en cuanto lector puedo, podemos, recibir, compartir de su mundo? Sin duda no es una versión ideológica de las cosas, ni siquiera quizás un mismo enfoque moral. Creo que debe tratarse aquí de otra cuestión: del ojo del novelista, del modo en que un hombre choca con la materialidad histórica concreta de su tiempo. La emoción que me produce la lectura de Kertész es doble. Por un lado, comprendo la fragilidad de la construcción literaria, lo que se abre paso en las historias de Kertész, la debilidad del destino, la tragedia de una época, la incertidumbre, el vacío, la nada a la que están expuestos sus personajes; György Köves, el muchacho de Sin destino, después de conocer por primera vez los besos de una mujer, la boca de una mujer, después de la deportación de su padre, sube también al tren, va a Auschwitz, no sabe adónde va, no sabe lo que va a ver, escucha a un viejo, más sabio que él, recomendándole paciencia y resignación, explicándole a él y a otros jóvenes que quizá todo aquello ocurría porque los judíos no habían sido suficientemente firmes en el cumplimiento y la observancia de los mandatos divinos, pero que Dios no los abandonaría si rezaban, escucha a un oficial alemán que le exige que confiese sus crímenes y pecados de judío, y después György abandonado a la sed, la llegada a Auschwitz, el sol de la mañana, “habíamos llegado a nuestro destino; estaba contento, por supuesto que sí”: esta fragilidad, decía, me emociona.
La otra causa de mi emoción es probablemente la opuesta. Cuando leo a Primo Levi, a Elie Wiesel, a Semprún y ahora a Kertész, pienso que la máquina de destrucción que se puso en movimiento con el nazismo no consiguió aniquilarlo todo como se proponía, se apropiaron de los cuerpos,de los bienes, de nuestro nombre, pero la vida continuó, otra vez la vida, el milagro. Y si nuestra novela es ciertamente Sin destino, la experiencia de sobrevivir nos devuelve sin embargo al hilo de la herencia, de lo que se recibe y se regala y se transmite en legado. Porque una obra literaria puede, me disculparán los críticos, venir a veces a ocupar el lugar de una lápida, una tumba para los muertos sin nombre. Releo lo que escribo y pienso que acaso todo esto no sea más que orgullo, vanidad de sobreviviente.
Kertész se ha ocupado minuciosamente de desmentir que sus novelas fueran exclusivamente testimoniales, autobiográficas. Se ve ahí su buen gusto, su pudor. Como fuera, es del todo evidente que de lo que se trata es de la experiencia, de los límites del olvido y la memoria, del juego que con esa dialéctica establece la literatura, de las posibilidades que ofrece la narración para atravesar la roca del sentido y exponer la significación, el valor, la inestabilidad, el dramatismo de una vida humana.
Hay una página de Kaddish por el hijo no nacido que me gustaría citar. Creo que expone con toda elocuencia .-con una claridad que me gustaría tener-. de qué modo podemos y seguiremos hablando de Auschwitz: “Dejad de decir por fin que Auschwitz no tiene explicación, que es el producto de fuerzas irracionales, inconciliables para la razón, porque el mal siempre tiene una explicación racional, es posible que el propio Satanás sea irracional, pero sus criaturas sí son racionales, todos sus actos se derivan de algo, igual que una fórmula matemática; se derivan de algún interés, del lucro, de la pereza, del deseo de poder, de la cobardía, de la satisfacción de este o aquel instinto, y si no de alguna locura, de la paranoia, de la manía depresiva, del sadismo, del asesinato sexual, de la megalomanía, de la necrofilia, qué sé yo de qué perversión de las muchas que hay o de todas juntas (...) porque, prestad atención, porque lo verdaderamente irracional y lo que en verdad no tiene explicación no es el mal, sino lo contrario: el bien”. Kértesz, que vivió bajo la amenaza del gulag, que ha sido crítico de las dictaduras socialistas, no deja de señalar sin embargo la irracionalidad de este tiempo de uniformización y liquidación del sujeto, de esta cultura totalizadora que bajo la apariencia del bien lleva todavía la marca del humo negro que se irradió por toda Europa durante la última guerra mundial. Esa advertencia, severa, pero definitivamente humana, la idea de que Auschwitz es una “vivencia mundial”, que sus efectos están vivos y latentes, es quizá lo único que aporta densidad y valor a las voces de los sobrevivientes. Me alegra la distinción que ha obtenido con el Nobel, no porque crea que la lectura de Kertész pueda atenuar el alcance de Auschwitz. Me alegra porque a pesar de que no haya una lengua común entre nosotros, a pesar de que yo soy su simple lector, algo de la experiencia, la experiencia de sobrevivir que leo en sus páginas me estremece y me empuja a considerar la extensión de la vida. Kertész es para mí un portavoz de los sobrevivientes, una voz que asume la de quienes no pudieron hablar. Quiero ser honesto, quiero dejar también escrito que la lectura de Kertész me abandona a los celos, al sentimiento de que la verdad que encuentro en la literatura, la encuentro siempre como lector.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-12779-2002-11-14.html
Por Jack Fuchs
Leo la prensa de este tiempo y encuentro en el debate ideas que sólo refieren síntomas de la enfermedad, pero escasamente la enfermedad. Que George Bush quiera el petróleo de Medio Oriente, con toda la contundencia material que implica esta interpretación, no termina de satisfacerme. Quizá sea verdad: Bush quiere el petróleo, quiere dominar injustificadamente la región para controlar durante veinte o treinta años más ese negocio tan apreciado. Pero, pregunto, ¿el petróleo es todo el problema? ¿Nos quedamos tranquilos así?
Necesitamos explicarnos de un modo apaciguador los acontecimientos. Y si encontramos un motivo que explique la violencia podemos cerrar el diario en paz. No leo nada, en cambio, acerca de la irracionalidad general, de los usos del terror y la violencia de Estado. Buscar una lógica al conflicto, encontrar sus causas, situarlas en el orden histórico-social, económico, cultural o religioso está muy bien para el analista político, es una tarea muy valiosa de historiadores, de expertos en el tema; seguramente hay muchas razones, y todas atendibles. Y a la vez, todas relativizables. Dar explicaciones lógicas a la dimensión del instinto irracional está muy cerca de justificarlo. No pienso que el problema entre Arafat y Sharon se resuelva en la disputa por una mínima porción de tierra. Antes de que se desatara la Segunda Guerra Mundial, se pensaba que el problema era la expansión hitleriana en Polonia, en Austria. Llevó mucho tiempo comprender que en realidad se trataba de otra cosa: hacer la guerra a cualquier precio. Entender que ése era el motivo central, el motor de lo hechos.
Los intelectuales pro-palestinos construyen explicaciones que tienden a mostrar el carácter –en esa perspectiva, inaceptable– del Estado israelí. Pondrán el acento en la condición de énclave aliado con los intereses de Estados Unidos en la zona, querrán hacer aparecer al pueblo palestino en tanto víctima de los excesos y del dominio occidental, imperial, etcétera. De otra parte, algunos intelectuales judíos se niegan a considerar toda posibilidad de convivencia pacífica y denuncian el sentido fanático y antidemocrático de la política árabe.
Naturalmente, entre estos extremos de interpretación hay todo tipo de matices. Hay corrientes que, más alejadas de los poderes en juego, tanto del lado israelí como del lado palestino entienden que la paz es la única garantía para ambos pueblos, y que no puede ni debe ser tan imposible recuperar una vía de diálogo y entendimiento. Tengo la sensación de que otra vez el mundo se ha dividido en bandos, que la construcción de “aliados” y “enemigos” es el paso previo al desastre. Y sé, también, que el callejón sin salida que parece plantearse en Medio Oriente no tiene por ahora solución eficaz. Supongamos por un momento que Israel entrega su territorio y desarma el Estado. ¿Solucionaría esto el conflicto general en la región? Entiendo que no, como tampoco entrañaría ninguna solución que los palestinos abandonaran sus expectativas, sobre todo si se piensa que el mundo árabe está también dividido y desgarrado en conflictos internos e intereses contrapuestos.
Quiero desdramatizar este conflicto particular, y ponerlo en un contexto que muestre, a mi modo de ver, la tragedia verdadera que está en curso, que siempre estuvo y probablemente esté en curso. La guerra entre Israel y Palestina no es muy diferente de los conflictos que actualmente tienen lugar en Irlanda, en las dos Coreas, en Vietnam y Camboya, en Colombia, no es tan distinto a la confrontación de los nacionalistas vascos con el Estado central en España.
En medio de la violencia que hoy recorre el mundo no me parece impertinente interrogar por la esencia de la guerra. Auschwitz e Hiroshima no impusieron ninguna limitación a la guerra durante el siglo XX. Le siguieron Corea, Argelia, los Seis Días, Vietnam, la amenaza sistemáticade catástrofe nuclear, entre nosotros el horror de la última dictadura, la guerra de Malvinas; la guerra entre Irán e Irak, el Golfo, Bosnia; y este nuevo siglo se abre, desgraciadamente, con nuevas formas de guerra: el atentado a las Torres, la segunda Intifada, la extensión y el descontrol terrorista, las tensiones entre India y Pakistán, los conflictos en Africa y la posibilidad de un segundo ataque sobre Irak.
¿Qué es la guerra? ¿Un medio de purificación y sacrificio? ¿Un instrumento de compensación y distribución de bienes? ¿Un lazo con las formas más antiguas de disputa alrededor de la necesidad? ¿Un mecanismo de prolongación de las contradicciones sociales, políticas? ¿El modo que tienen los hombres de justificar y dar sentido a su más ciego impulso criminal?
A mi edad, y con la experiencia de haber sobrevivido el infierno de Auschwitz, desentrañar estas preguntas es una de mis mayores obsesiones. He leído todo lo que pude a propósito del tema, hablé y pensé con amigos. Sólo llego a una conclusión modesta, modestísima: mientras sigamos atribuyendo causas superficiales, coyunturales; mientras sigamos sin entender el fondo del conflicto humano; mientras permanezca oculto y secreto, como una roca inamovible, el fundamento de la guerra, vamos a errar, irremediablemente, en el proyecto que nos permita controlar, limitar o sofocar la violencia constitutiva de nuestras sociedades. Hay tantas razones para la guerra como para la paz, pero me pregunto entonces ¿por qué los hombres elegimos siempre la violencia antes que el diálogo?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-11656-2002-10-18.html
Por Jack Fuchs
El 12 de agosto de 1952, hace medio siglo, Salomón Lozovskii, David Berguelson, Itzik Fefer, Peretz Markish, Leib Kvitko, Shmuel Presov, David Hofshtein, Eliahu Spivak, Itzjak Nusinov y Benjamín Zushkin, entre otros, fueron fusilados en secreto en los sótanos de la cárcel de Lubyanka en Moscú. Fue después de una prolongada investigación inquisitorial que no evitó torturas ni martirio para estos intelectuales judíos.
Todos fueron acusados de conspiración, traición y hostilidad hacia el Partido Comunista y la URSS, en un simulacro de juicio que fue mantenido en secreto. El proceso, conocido como el “Asunto de Crimea”, formó parte de la campaña stalinista contra los “cosmopolitas sin patria” –es decir el pogrom de Stalin contra la cultura judía– que llevó a la expulsión, el destierro o el arresto de millares de intelectuales judíos, campaña cuyo inicio se ubica en 1948, con el asesinato disfrazado de accidente de Shlomo Mijoels.
Algunos de estos intelectuales, integrantes del Comité Judío Antifascista, habían viajado en 1942 a Inglaterra, Canadá, Estados Unidos y México, donde lograron el apoyo de la población y reunieron sumas importantes para asistir a la URSS en su lucha contra el nazismo. Varios habían sido condecorados por el mismo Stalin. Todos habían demostrado inquebrantable lealtad a la causa soviética. ¿Por qué fueron detenidos, torturados y ajusticiados tan cruelmente? Por ser judíos, por el odio insuperable que Stalin guardaba al judaísmo.
Seis meses después, el azar de su muerte frenó otro juicio tramado contra un grupo de médicos judíos, acusados de conspirar contra su vida. En 1956, los intelectuales judíos asesinados fueron rehabilitados, pero sin desagravio de su memoria: no hay monumento que los recuerde ni calle que perpetúe su nombre. Hasta el día de hoy se desconoce el lugar de la sepultura donde sus nietos podrían poner una flor.
Esta historia constituye una memoria incómoda para quienes han querido negar esta realidad. Literalmente no saben qué hacer con esto, no pueden tolerar la idea de que el mismo que llevó una lucha sin cuartel contra el nazismo, instrumentó tal política de odio antijudío. Los grandes humanistas, los pensadores comprometidos, no dijeron nada no sólo durante los juicios sino luego, con el “programa de desestalinización” cuando todo salió a la luz. Quizás pecaron de indiferencia. Quizás de ingenuidad, la de no reconocer la crueldad del hombre para con el hombre, aun en la supuestamente más humana de las ideologías.
Después de cincuenta años, la noticia pasa desapercibida entre tantas atrocidades de nuestro siglo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-8791-2002-08-12.html
Por Jack Fuchs
Ayer se cumplieron 57 años de la derrota y rendición incondicional de la Alemania nazi frente a los países aliados. El nazismo fue derrotado, pero no lo fue el odio del hombre contra el hombre.
Todos los judíos fueron víctimas del régimen nazi, pero no todas las víctimas eran judías. Precisamente, y en estos días de recordación de esta inmensa tragedia, una nota en primera plana del suplemento Radar, "Viena inhuma niños víctimas del nazismo", me lleva a continuar esta incesante reflexión acerca de la naturaleza del ser humano. En dicho artículo, se hace referencia al homenaje que, hace pocos días, el gobierno austríaco decidió hacer --mejor tarde que nunca-- a las víctimas de las atrocidades ocurridas en Austria durante la ocupación de su territorio por parte del Tercer Reich. Se trata, más precisamente, del exterminio de niños con deficiencias físicas y/o mentales, niños --en su mayor parte no judíos-- que fueron utilizados para experimentos en el nombre de la investigación médica y luego asesinados con enormes dosis de barbitúricos. Familiares de las víctimas siguen pidiendo justicia.
Pasó más de medio siglo de las atrocidades cometidas contra estos niños que el nacionalsocialismo consideró "lebensunwertes Leben" --vida sin valor de existir--. Este funeral "público" no fue solamente un símbolo sino también un hecho real, ya que los cerebros de estos niños se conservaban aún en el presente, disecados, y utilizados para investigación hasta 1998, en la Clínica Spiegelgrund de Viena. Alrededor de 4300 adultos y niños fueron asesinados en dicha clínica y otros 3200, enviados a los campos de exterminio.
Cincuenta y siete años después todavía quedan recuerdos trágicos imborrables. Las viejas heridas no han cicatrizado aún. Luego de la derrota del nazismo, no existió en el mundo un día de paz. Alcanza con repasar los diarios para ver todos los conflictos, guerras, persecuciones, injusticias que se fueron sucediendo y que no dejan de ocurrir aun en nuestros días.
Nos hicieron creer que los nacionalismos motivaban guerras, la necesidad de la eterna conquista, de un pedazo más de tierra, de una salida al mar, etc. En los últimos cincuenta años, hubo innumerables víctimas mortales en guerras civiles y conflictos en los distintos continentes, sin "necesidad" de una guerra mundial. Motivaciones parecen siempre existir, y cuando alguna desaparece se encuentra fácilmente una nueva.
Tomar conciencia de que el odio de los hombres hacia los hombres, la violencia que trae aparejada terribles crímenes sin sentido, es inherente a nosotros y que no se trata de ideologías sino de "excusas" para cometerlos lamentablemente no ayuda a evitarlos.
Ni Auschwitz ni Hiroshima sirvieron de advertencia. Las palabras son nuevas, pero los crímenes son tan antiguos como el mundo. Las guerras civiles, revoluciones, contrarrevoluciones y atentados continúan. Pasaron 57 años desde que se apagaron las fábricas de la muerte. Miles de libros fueron escritos sobre la Segunda Guerra Mundial; un conflicto en el que murieron --por primera vez en la historia-- más civiles que soldados en todos los frentes de batalla. El hombre continúa, como ayer, teniéndose --a sí mismo-- como enemigo. Y, si faltan pretextos, se inventan.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-4955-2002-05-09.html
Por Jack Fuchs
Cuentan que cuando el ejército de Napoleón entró en territorio ruso uno de sus generales pasó por una sinagoga y vio personas sentadas en el suelo leyendo y llorando. Asombrado, el general preguntó: “¿Quiénes son estas personas, qué están haciendo?” Le contestaron: “Estos son judíos que lloran por la destrucción del Gran Templo”. El general volvió a preguntar: “¿Cuándo fue dicha desgracia?”. Le explicaron que el hecho había acontecido unos 2000 años atrás y que ese día se recordaba dicha fecha, Tisha b’av. El militar quedó muy impresionado y concluyó: “Un pueblo que recuerda su pasado de esta forma, nunca desaparecerá”.
Durante la Segunda Guerra Mundial, en los ghettos, en los vagones de los trenes, en los campos de la muerte, el último deseo de las víctimas era que, en el futuro, no se olvidara la tragedia que estaba sucediendo. En los instantes previos a la muerte seguían escribiendo sus diarios, sus testimonios, sobre cualquier papel que encontraban. En los ghettos, antes de las deportaciones, esos escritos se escondían como tesoros, para que fueran encontrados y transformados en valioso testimonio.
El Holocausto o Shoá no tiene fecha de nacimiento ni fecha de defunción. A fines de abril de 1945 terminó la Segunda Guerra Mundial en Europa. Los que quedamos vivos y fuimos liberados de los campos de exterminio fuimos a parar a hospitales, sanatorios y campos de refugiados. En ese momento, no poseíamos en nuestro lenguaje una palabra para expresar lo que había sucedido. Las palabras Holocausto y Shoá comenzaron a utilizarse para definir esta tragedia recién en los años 50.
El 19 de abril pasó a simbolizar la destrucción de 4000 comunidades judías en Europa, ciudades, pueblos y aldeas. El levantamiento del Ghetto de Varsovia el 19 de abril de 1943 marca la desaparición de los 350.000 judíos que vivían en dicha ciudad, que constituían, hasta 1939, la comunidad judía europea más numerosa, con sus restaurantes, sus diarios, cines, teatros, ricos y pobres, ladrones y mendigos, sinagogas y partidos políticos y su idioma, el idish.
El 19 de abril de 1943, de los 350.000 judíos que vivían en Varsovia, sólo quedaban 60.000. La mayoría de los jóvenes que formaron parte del levantamiento había perdido a sus familias, muertas en el ghetto o deportadas al campo de exterminio de Treblinka. El grupo que decidió tomar las armas prefería morir luchando antes que en los campos de la muerte. No pretendían lograr una victoria. Simplemente, eligieron una forma de resistencia. Cada acto de resistencia tuvo una forma única, determinada por el momento y el lugar. Todas ellas constituyeron formas de resistencia, cuyo objetivo era sobrevivir con dignidad.
Considerar que los que participaron en el levantamiento del Ghetto de Varsovia murieron, ellos sí, con dignidad, sería injusto frente a las demás víctimas que perecieron. ¿Se pueden establecer comparaciones? ¿Algunos judíos fueron héroes y otros víctimas? El poderoso significado del levantamiento del Ghetto de Varsovia, no debe echar sombra sobre los pequeños levantamientos que tuvieron lugar en otros ghettos, pueblos y campos de exterminio, ni sobre la resistencia pacífica. Si el 19 de abril sólo se recuerda el levantamiento del Ghetto de Varsovia para glorificar el honor de los que perecieron, su significado se ve disminuido. Es nuestro deber recordar el heroísmo de los luchadores del Ghetto, y recordar también a aquellos que no tuvieron la oportunidad de hacerlo.
Quiero rendir, desde estas líneas, mi homenaje a aquellos que perecieron en ese histórico levantamiento y a todos aquellos que no tuvieron, siquiera, esa posibilidad: “(...) No quiero vivir mientras los restos del pueblo judío en Polonia, uno de cuyos representantes soy yo, son asesinados. Mis amigos en el Ghetto de Varsovia perecieron empuñando las armas en esta última lucha heroica. No fue mi destino morir como ellos, junto con ellos. Pero les pertenezco, a ellos y a sus tumbas colectivas. Con mi muerte quiero expresar mi más enérgica protesta contra la pasividad con que el mundo contempla y permite el exterminio del pueblo judío.” (Carta de despedida de Schmuel “Arthur” Zygelboim, enviada antes de sucidarse el 11 de mayo de 1943 al primer ministro polaco en el exilio.)
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-4147-2002-04-19.html
Por Jack Fuchs
Jan Karski nació en 1914, en Lodz, Polonia, y murió en julio de 2000, en Washington. Durante la Segunda Guerra Mundial fue emisario clandestino de la Resistencia polaca. De familia católica, cursó sus estudios con los jesuitas, estudió Derecho en la Universidad de Lwow y siguió la carrera diplomática. Tuvo cargos en las embajadas de Bucarest, Berlín, Ginebra y Londres. Llamado a filas en 1939, fue hecho prisionero por los soviéticos y enviado a un campo stalinista, de donde pudo escapar para integrar la Resistencia polaca. Sus conocimientos de diplomacia, su dominio de lenguas y su sorprendente memoria hicieron que fuera elegido como correo en la Resistencia. En 1940 fue capturado por la Gestapo. Puesto bajo un implacable régimen de tortura, intentó suicidarse abriéndose las venas, pero la Resistencia pudo.
Entre 1942 y 1943 protagonizó una historia que habría de dejarle huellas para el resto de su vida: lo que llamó “mi secreta misión judía”. Karski fue uno de los primeros en transmitir un testimonio directo de lo que estaba ocurriendo en los guetos y en los campos de exterminio, uno de los primeros en dar una crónica detallada de las atrocidades nazis. El propio Karski narra los hechos en su célebre libro El Estado secreto de 1944, en otros posteriores, en artículos publicados durante más de treinta años y en conferencias en Estados Unidos y otros países.
En octubre de 1942, Karski se puso en contacto con dos organizaciones judías que, enteradas de que viajaba a Londres, le solicitaron que pusiera a los Aliados al corriente de lo que estaba ocurriendo con las comunidades judías en Polonia. Con enorme precisión, Karski resume el contenido de esos mensajes: lo que está ocurriendo con los judíos no tiene precedentes; los nazis tomaron la decisión de destruir a toda la población judía; las masas judías aún no lo advierten, pero sus dirigentes ya lo saben; la matanza no tiene ninguna motivación militar; los gobiernos aliados no pueden ser indiferentes a esto; los judíos están totalmente indefensos; la Resistencia puede salvar individuos, pero no detener el exterminio; sólo los gobiernos aliados pueden ayudar.
Haciéndose pasar por judío, había visitado dos veces el gueto de Varsovia en octubre de 1942. Y después el campo de exterminio de Belzec, por una hora, lo suficiente. Llegó a Londres en noviembre, primero se contactó con el gobierno polaco en el exilio. Después tuvo encuentros con oficiales. Después se entrevistó con cuatro miembros del gabinete británico de guerra, el secretario de Política Exterior, Anthony Eden, Lord Cranborne, Hugh Dalton y Arthur Greenwood.
Eden contestó que no podían hacer nada porque el objetivo mayor era derrotar militarmente a Alemania y ningún asunto secundario podía interferir. Ni más ni menos: una altísima jerarquía de la política aliada calificó de “asunto secundario” los crímenes masivos de la máquina nazi de exterminio. Uno de los líderes laboristas le replicó: “Sr. Karski, usted sabe que durante la Primera Guerra se corrió el rumor de que los alemanes tomaban bebés belgas de los pies y los arrojaban contra las paredes. Después supimos que no era verdad, pero eran historias interesantes para mantener la moral”. El relato no deja dudas: se trata de la estupidez de los funcionarios, una estupidez encubridora que se desliza amargamente por el abismo de la complicidad.
Nada mejor le ocurre en Estados Unidos. En 1943 se entrevista con el presidente Roosevelt, con el secretario de Guerra Henry Stimson, con el cardenal Cicognani, con el arzobispo Spellman, con el presidente del Congreso Judío Norteamericano Nahum Goldman, con el juez de la Corte Suprema Felix Frankfurter y con el director del Herald Tribune Ogden Reed. Roosevelt escuchó durante cuatro horas. Se interesó especialmente en cuestiones políticas de Polonia, le comentó que Polonia recibiría una compensación territorial. Ni un solo comentario sobre la situación de los judíos. Felix Frankfurter, miembro de la Corte Suprema, le pregunta: “¿Sabe que soy judío? Un hombre como yo debe ser absolutamente franco, de modo que le digo: no estoy en condiciones de creer lo que usted dice”. Tampoco le creyeron varios dirigentes judíos.
Las respuestas que recibió Karski ponen su historia en el centro de un debate que cada tanto vuelve a abrirse: ¿qué sabían los Aliados? ¿Por qué no pudieron o no quisieron creer? ¿Cómo se mide ese borroso grado de responsabilidad? Karski es categórico: “Se sabía, se sabía todo; otros mensajeros ya lo habían dicho, lo sabían los servicios de inteligencia, los diplomáticos. El exterminio no era un secreto. Después de la guerra leí cómo los líderes occidentales, militares, jerarquías eclesiásticas y dirigentes civiles se horrorizaban por lo que había pasado con los judíos. Declaraban no haber sabido nada, que el genocidio había sido un secreto. Esa versión persiste, pero no es más que un mito. Ellos sabían”.
Para mí, nacido también en Lodz, judío polaco, la historia de Karski es motivo de estremecimiento y angustia: ¿por qué ese hombre, que quizá se haya cruzado conmigo en las calles de mi ciudad, no fue escuchado? ¿Por qué el relato de un hombre simple no tuvo ningún efecto? En estos días se conmemorará la figura de Karski en la embajada polaca en Buenos Aires. Lo que más íntimamente me lleva a celebrar su coraje es la idea de que la memoria insiste, de que la memoria no se detiene. Y me pregunto si, de haber sido escuchado en su momento, mi vida acaso hubiera seguido otro camino, un camino sin el infierno de Auschwitz y Dachau...
http://www.pagina12.com.ar/2001/01-07/01-07-02/CONTRATA.HTM
Por Jack Fuchs
Detrás de los intereses de la guerra duerme una voluntad común: matar y ser matado, el demonio de la destrucción y el sacrificio. La conjetura, tan conocida, de que la guerra es continuación de la política por otros medios no termina de convencerme, no tanto por lo que sugiere en cuanto a la política, que ciertamente puede a veces leerse como un capítulo más del teatro de la guerra, sino por lo que Clausewitz insinúa allí en cuanto al origen de la guerra. Es una ilusión, o al menos a mí me lo parece, creer que la guerra comienza ahí donde la política fracasa. La historia, y más todavía la historia de estos últimos siglos, siglos de razón y progreso, prueba que la guerra está en relación con un principio más oscuro, más estremecedor e intemporal que el que rige las coyunturas y los conflictos políticos: el deseo humano de derramar sangre humana. La guerra encubre -bajo la apariencia del deber, de la causa, del ideal– una lógica inexorable, humana y ominosa del crimen. En la pesadilla de la guerra, los mayores asesinos pasan por hombres disciplinados, buenos profesionales, técnicos, héroes, expertos y, como supimos por las declaraciones de Eichmann en el juicio de Jerusalén, también pasan por abnegados padres de familia, honorables vecinos. El asesino es un hombre común; no hay nada propiamente inhumano en su empresa. “El mismo diablo –escribe Elie Wiesel– lucha por un ideal: él también se ve a sí mismo como un ser puro e incorruptible”.
La escena de la guerra es la coartada perfecta para matar sin remordimiento, para arrasar la vida sin culpa. La técnica proporciona lo demás, materiales, instrumentos. La Primera Guerra Mundial comenzó con combates cuerpo a cuerpo y terminó con matanzas químicas, masivas, con el uso de gases; la invasión a Polonia, en la Segunda Guerra, se hizo con unidades motorizadas (todavía recuerdo que las tropas alemanas, cuando entraron en Lodz, traían vehículos tirados por caballos), pero al término de la guerra la tecnología del crimen se había sofisticado hasta la aberración, las fábricas de muerte, la bomba atómica.
El 8 de mayo de 1945 el mundo asistía a la rendición incondicional de Alemania. El nazismo había sido derrotado. Durante los meses anteriores los alemanes habían buscado por todos los medios borrar las evidencias, destruyeron las cámaras de gas y los crematorios de Auschwitz, sometieron a los sobrevivientes a traslados descabellados; querían ocultar las huellas, las ruinas, pero afortunadamente las ruinas están ahí todavía, pruebas materiales, testigos inocultables. “Hasta la más perfecta de las organizaciones –es Primo Levi el que habla– tiene algún defecto”. Entre mediados y fines de abril se habían liberado los campos. Una victoria en la que no había nada que celebrar, muy poco se sabía entonces, casi nada, acerca del horror de Auschwitz, del delirio asesino que se había puesto en funcionamiento; y todavía, sin embargo, estaba fresco el olor de las chimeneas. Hollywood difundió en el cine imágenes de alegría y de júbilo, la entrada triunfal de los aliados, flores, aplausos y abrazos para recibir a los soldados americanos. Y efectivamente hubo festejos en algunas ciudades europeas. Pero la guerra no terminaba del mismo modo para todos. ¿Qué podíamos aclamar los que habíamos salido de Dachau? ¿Cómo podíamos nosotros, sobrevivientes, encontrar algo para celebrar? Yo ya había perdido a todos los míos en Auschwitz. Salimos del campo en medio de un asombro desolador, en la vergüenza de estar vivos. Porque estábamos entre los muertos, aunque todavía tuviéramos aliento, y un cuerpo, o la sombra de un cuerpo y sus humillaciones. Desde comienzos de abril había habido señales, se habían detenido los trabajos; los guardias se movían en desorden y circulaban noticias.
Recuerdo la perplejidad de sentirme entre los muertos. Nos sacaron en un tren, se decía que íbamos hacia el Tirol, no querían testigos vivos. Unos pocos kilómetros más allá, una escuadra de la aviación aliada bombardeó lalocomotora. En medio de la confusión caminé, caminé por la campiña bávara, anochecía, se notaban los tonos de la primavera junto con los últimos trazos del invierno y la nieve. Pasé la primera noche en el cobertizo de una granja. Dormí. Me desperté delante de la mirada, extraviada en el miedo, de los dueños de casa; era una familia alemana. Durante unos días se limitaron a darme de comer. Así pasé el fin de la guerra. Desde la casa se veía la ruta y por ahí vi avanzar camiones, tanques y vehículos militares. La Alemania nazi se había rendido. ¿Había terminado la catástrofe? Después me llevaron a un hospital levantado sobre un viejo monasterio en Saint Otilium. Si al terminar la guerra cesó la muerte de Auschwitz, si el fin de la guerra significó el término del modo de morir que se nos había impuesto, significó también el dolor moral de la vida que había desaparecido, lo que definió este largo duelo que llevamos.
Pasaron 56 años; había terminado el horror. Nunca dudé de la derrota del nazismo, sí de que yo fuera a verlo. No debí haberlo dudado, porque de hecho vi. Pero sin embargo así también empezó un tiempo en que la muerte iba a recobrarse, un tiempo que iba a mostrar hasta dónde habían llegado los crímenes, su carácter perdurable, fantasmal, la muerte en Auschwitz empezaba a mostrar su extensión siniestra, algo que no termina de morir, que sigue todavía ocurriendo ante nosotros. Nombrar esto, que sigue ocurriendo ante nosotros, es mi modo de hacer memoria, de mantener viva la esperanza y el respeto por todos quienes, de un modo u otro, luchamos contra el nazismo.
Ayer, 8 de mayo, fue el 56 aniversario de la rendición incondicional de la Alemania nazi.
http://www.pagina12.com.ar/2001/01-05/01-05-09/contrata.htm
Por Jack Fuchs
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial fui "encontrado" y "liberado" por las fuerzas aliadas, en las cercanías de Dachau. Han pasado 55 años y, a pesar de que esta nota traerá polémicas, siento que tengo más "obligaciones" que "derechos". Hace 55 años la Alemania nazi fue derrotada y el nazismo y su ideología, vencidos.
El nazismo, como ideología, no tiene, ni presente ni futuro. Sus fundamentos fueron un invento sustentado en la existencia de razas y una, sólo una, con derecho a dirigir el mundo: la alemana; la misma que aprendió la consigna; "nada más glorioso que morir y dejarse matar para el gran líder". Las otras criaturas fueron colocadas en escalafones que oscilaban desde las "más puras" a las "menos puras". Y, las puestas en los niveles más bajos corrieron diversas suertes, desde la esclavitud hasta su eliminación.
Hay ideologías con las que se pueden "concordar" o "discordar". Me refiero al comunismo, socialismo o anarquismo; filosofías llevadas y aplicadas en todos los continentes. Afortunadamente el nacionalsocialismo no se puede "adoptar" ni "adaptar" porque carece de universalidad. Después de la primera revolución de 1905, comunistas, socialistas o anarquistas escaparon y a donde llegaron organizaron sindicatos y partidos. A veces fueron perseguidos. Sin embargo, nunca dejaron de estar junto al pueblo.
El derrotero del nazismo fue diferente. Al fin de la guerra, algunos huyeron llevando consigo bienes materiales. Arribaron como ratas a Australia, Canadá, Estados Unidos y América latina y, una vez asentados, cambiaron identidades y se mezclaron con la sociedad buscando no ser reconocidos. No hablaron ni hicieron propaganda alguna. Sabían que la ideología era válida "en un momento" y "en un país". Eichmann no fue encontrado custodiado por SS y Priebke fue "un buen vecino".
Las palabras son nuevas, pero los crímenes son tan antiguos como el mundo. Las guerras civiles, revoluciones, contrarrevoluciones y atentados continúan. Después de la Segunda Guerra Mundial se aprendió que se podía ser asesino o antisemita, sin ser nazi. Gengis Khan no había sido nazi. Después de 1945, los polacos --opositores acérrimos al nazismo-- mataron a centenares de judíos. Los soviéticos, combatientes contra los ejércitos del Eje, asesinaron a escritores y, probablemente, la guerra contra Chechenia hubiese levantado una ola de protestas mayor, por parte de los intelectuales, si hubiese sido contemporánea al stalinismo o antes del derrumbamiento de la Unión Soviética.
Pasaron 55 años desde que se apagaron las fábricas de muerte. Miles de libros fueron escritos sobre la Segunda Guerra Mundial; un conflicto en el que murieron --por primera vez en la historia-- más civiles que soldados en todos los frentes de batalla. Sólo existe una raza: la humana. Sin embargo, el odio conoce tantas divisiones como personas y somos incapaces de solucionar nuestras diferencias sin violencias. El hombre continúa, como ayer, teniéndose --a sí mismo-- como enemigo. Y, si faltan pretextos, se inventan.
http://www.pagina12.com.ar/2000/00-05/00-05-22/contrata.htm