Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El presbítero Julio Meinvielle nació en 1905. Estudió en el Seminario de Villa Devoto y fue ordenado en 1930. Se doctoró en Filosofía y Teología y tuvo una intensa participación en los medios intelectuales católicos. Colaboró desde su inicio con la revista Criterio, fundó a principios de los ’30 la revista Crisol y participó activamente en los cursos de Cultura Católica, donde se convirtió en mentor de un grupo de católicos de orientación nacionalista. Colaboró con algunos de ellos –Marcelo Sánchez Sorondo, César Pico, Mario Amadeo– en la fundación de Sol y Luna en 1938, y posteriormente de Balcón, en 1946.
Meinvielle sostuvo las ideas del tomismo y abogó por la restauración de un orden teocrático universal. Combinó su perspectiva católica integrista con el nacionalismo y postuló la unidad entre la Nación, la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas, protagonistas de una cruzada contra las fuerzas del mal: el protestantismo, la masonería, el liberalismo y el socialismo. Fue además vehementemente antijudío. Esas ideas aparecen en su abundante producción periodística y en sus libros. Los más notables: Concepción católica de la política (1932), Concepción católica de la economía (1936), El judío (1936), Los tres pueblos bíblicos en la lucha por la dominación del mundo (1937). Entre 1936 y 1937 combatió vigorosamente a Jacques Maritain, considerado por entonces el filósofo católico más importante, quien en Buenos Aires se manifestó contrario al movimiento franquista y al fascismo en general.
Simultáneamente, Meinvielle se desempeñó desde 1933 como cura de la parroquia de Nuestra Señora de la Salud, en Versailles, un barrio nuevo del oeste de la ciudad. Allí el “padre Julio” dejó un recuerdo imborrable como excelente párroco, consagrado a atender todas las necesidades, espirituales y materiales, de su feligresía, como lo muestra esta entrevista, titulada “El club del cura” (no hemos podido averiguar en qué revista apareció), en la que el periodista se admira –sin ironía– de su “actitud liberal y democrática”. Meinvielle creó un sinfín de instituciones parroquiales, entre ellas el Ateneo Popular y una asociación de Scouts católicos, que luego fue adoptada y generalizada por el arzobispado. También se esforzó por transformar la modesta iglesia de chapa y madera en un edificio cabal. Cuando esto se concretó, en 1951, ya había dejado su puesto, pues sus manifestaciones públicas de disenso con el gobierno peronista llevaron a las autoridades eclesiásticas a alejarlo de su parroquia.
Meinvielle siguió desarrollando una intensa actividad intelectual, escribió nuevos libros, y fue el mentor de sucesivas camadas de católicos nacionalistas. A fines de los ‘50 fue asesor espiritual de la Asociación Nacionalista “Tacuara” a la que transmitió su virulento antisemitismo y luego de la Guardia Restauradora Nacionalista, escindida de aquélla. Murió en un accidente automovilístico en 1973.
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MEINVIELLE
Entrevistado por A. Larrán de Vere
diciembre de 1940
No hace muchos años, Versailles era, en el plano de la ciudad, una de esas grandes manchas verdosas con que se indicaban los residuos de la pampa, empujados hacia el deslinde por el caserío en marcha. De pronto, en un punto de la mancha verde se levantó una estación donde remató un desvío del ferrocarril. Y el martillo del rematador, un domingo en que el camino real amaneció con fiesta de gallardetes y banderas rojas, desmenuzó en lotes el desierto verde. Luego nació el caserío: casas de obreros las más; algún vistoso chalet, tal o cual sala con vidriera y cortina metálica... Y a poco andar hubo que borrar del plano la mancha verdosa. El caserío la empujó hacia afuera de la avenida General Paz. Versailles tiene ahora un cierto parecido con los alrededores de La Plata. Caserío abigarrado, comercio floreciente, tráfico movedizo y apiñada población. Apiñada y homogénea, como que está formada por gente de trabajo, sencilla y honesta.
He aquí el escenario donde desarrolla su vida floreciente a fuerza de empuje el Ateneo Popular de Versailles, presidido por el cura párroco, presbítero doctor Julio Meinvielle.
El vecindario, la modestísima capilla, el club y el sacerdote que dirige las actividades de éste y atiende el despacho parroquial y dice misa en aquélla, están asociados en íntima, comprensiva y cordial comunidad. Dos clubes deportivos hay en el pueblo. Este de que me ocupo es conocido, popularmente, con el nombre de “el club del cura”. Ya veremos por qué.
Acabo de visitarlo, durante la tardecita de estos últimos días de trabajo. Paso en busca del presidente por el despacho parroquial y veo en las inmediaciones varios corrillos de muchachos con indumentaria semideportiva, charlando animadamente.
–¿El padre? –pregunto.
–En el despacho –me dice uno. Se arrima a la puerta y llama:
–¡Padre, lo busca un señor!
El cura se asoma y me reconoce.
–Ah, sí –dice–: lo esperaba. ¿Vamos?
Echamos a andar. El club queda allí cerca, a dos cuadras. Al vernos, los muchachos saludan:
–Buenas tardes, padre.
–¿Qué tal, che? Adiós, amigo. ¿Cómo te va, Pedro?
Es un cura joven, ágil y nervioso. Camina con viveza, repartiendo frases breves y amables a los vecinos que lo saludan efusivamente al pasar, y coscorrones a los chiquilines; habla con fluidez y riqueza de expresión a veces; con llaneza otras. A cada cual en el lenguaje adecuado.
Llegamos al club. Forma el frente a la calle el frontón de una cancha de pelota, bien revocada, que ostenta un escudo de mayólica con esta leyenda: “Ateneo Popular”. A un lado de la puerta una cancha de bochas, al otro una de básquet. Al fondo una espléndida pileta de natación. Al lado de ella un bar. Más a la entrada, junto a la cancha de pelota, un salón de billares y mesas de ajedrez. Todas las dependencias están llenas de socios: muchachos del pueblo, hombres maduros que acaban de llegar del trabajo y que han ido al club a jugar una partida de billar, de ajedrez o de bochas, beber un chopp, o simplemente hacer un rato de conversación.
Al ver al cura, unos se paran, otros se detienen; todos saludan.
–Buenas tardes, padre, ¿cómo está?
–Buenas, buenas... ¿Qué tal, amigo? Sigan nomás...
Le dirigen bromas amables. El contesta con gracia chispeante, con afabilidad.
–Le voy a mostrar las dependencias –me dice. Y echa a andar a paso vivo. Sube las escaleras, de a dos o tres peldaños por salto; trepa a las plataformas, va, viene... Me cuesta seguirlo.
–Espléndida pileta –le digo.
–Cuatrocientos mil litros de agua –responde–; es agua permanente.
Tiene un equipo de purificación modernísimo que costó dieciséis mil pesos. El agua se filtra y se desinfecta con alumbre, cloro y amoníaco. ¿Qué tal?
Y allá la larga escalera abajo. Vemos la espléndida instalación. El regula con sus manos los niveles que indican la graduación del desinfectante, y que están fuera de punto. Luego me dice:
–¿Vamos a ver la cancha de pelota?
Subimos. Un mozo joven le sale al paso.
–¡Padre!
–Ah, sí –responde–; allá lo estuve esperando.
Luego mira en derredor y grita:
–¡Ambrosio... Ambrosio!
Y cuando éste, que es un muchachón, llega corriendo...
–Andá hasta el despacho –le dice–. Sobre la mesa hay un acta de casamiento. Este es el novio. Dásela que la firme.
El novio se aleja.
–Gracias, padre.
–Hasta luego, mi amigo.
Y dirigiéndose a mí:
–Vea esto.
Detrás de la cancha de pelota hay un ring de box, donde varios pugilistas se entrenan. Unos hacen cuerda, otros sombra, otros guantes o gimnasia...
–Se entrenan para el sábado –me dice el cura–: vamos a tener un buen festival de box.
Trepamos a la galería de la cancha de pelota. Hay varios muchachos jugando. El padre Meinvielle echa un vistazo hacia abajo; luego grita:
–¿Acá?... Lindo, ¿no? Vos acá con la pelota y el filtro que se atienda solo...
–En seguida, padre –responde uno de ellos. Y sale de la cancha.
–Las actividades deportivas –me dice el cura– están en plena y entusiasta organización. Algunos equipos han participado en diversos torneos, con resultado halagüeño.
–¿Qué tiempo lleva de fundado el club?
–Dos años.
–¿Y usted como presidente?
–Uno.
–¿Y en sólo ese tiempo se ha podido hacer todo esto?
–Tenemos algunas deudas. A veces nos acosan los vencimientos... pero ya saldremos bien de todo eso. Tengo grandes proyectos. Uno de ellos consiste en rodear la pileta con una cubierta desarmable para el invierno, y dos equipos de calefacción: uno para agua y otro para aire. Pero habrá que ir despacio, de lo contrario “iré yo a la pileta” –ríe. Y prosigue–. Claro está que con estas mejoras aumentará considerablemente el número de socios de “todo el año”, no como ahora, que muchos se inscriben en verano y se borran en invierno. También tengo pensado hacer un gran gimnasio cerrado sobre la cancha de básquet. Cuestión de tiempo. Todo se andará.
–Lo hecho es de primer orden –observo.
–Es fuerza que lo sea –me dice–, por una razón sencilla. En este club no hay “bailes ni milongas”. La ficción a la casa y el espíritu de asociación deben ser puramente deportivos. Y eso sólo se logra con instalaciones amplias y cómodas.
–Deduzco –le digo– el aliciente que significará para el vecindario esta casa de higiénico y sano esparcimiento...
–Lo es, en realidad –me responde–. Y le advierto que no existen reglamentos rigurosos ni códigos disciplinarios. Aquí todo el mundo entra, sale, va, viene, practica deportes... Es la casa de todos, para todos, y cada uno respeta a los demás.
Un miembro de la Comisión, que nos acompaña, me retiene un instante y me dice:
–Todo esto es obra de él. El lo fundó, lo propulsó, consiguió dinero, socios...
Tal el ambiente del Ateneo Popular de Versailles. ¿No es justo que le llamen “el club del cura”? Al observarlo, acude a mi memoria la directiva trazada a los sacerdotes católicos por el pontífice León XIII en su Encíclica Rerum Novarum: “Id al pueblo”.
No hay –lo advierto claramente– en la actitud liberal, o mejor aún democrática del cura de Versailles, fines demagógicos ni propósitos de vana popularidad. Existe, sí, una perfecta compenetración del objetivo sacerdotal, fácil de alcanzar por quien, como el padre Meinvielle, a más de sacerdote, es sociólogo, según testimonio elocuente de los libros de que es autor: Concepción católica de la política, Concepción católica de la economía, El judío, Un juicio católico sobre problemas nuevos de la política, Entre la Iglesia y el Reich (1937) y Los tres pueblos bíblicos.
Bajo la dirección de este sacerdote comprensivo y dinámico, el deporte, saludable pasión de las masas, sirve airosamente a la moral, la sociabilidad y la religión. Lo advierto en el cariñoso respeto que todos los vecinos, sin distinción alguna, se afanan por demostrar a quien así comparte sus inquietudes, sus entusiasmos y distracciones honestas, y que se traduce en el diálogo que a cada instante se repite al pasar:
–¿Cómo está, padre?
–¿Qué tal, amigo?
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Amadeo Sabattini nació en Rosario en 1892 y se graduó de médico en Córdoba. Desde 1919 se instaló en Villa María, Córdoba, donde ejerció la medicina y se dedicó a la política, en la Unión Cívica Radical. Fue ministro de Gobierno entre 1928 y 1930. Producido el golpe, participó en distintos levantamientos radicales y sufrió persecuciones. En 1936 fue electo gobernador de Córdoba, luego de vencer en reñida elección al conservador José Aguirre Cámara. Su administración fue recordada como eficaz y progresista: realizó una intensa obra pública, construyó escuelas y el dique San Roque.
En 1940, al concluir su mandato, lo sucedió un hombre de su confianza, Santiago del Castillo. Sabattini se recluyó en su casa de Villa María. Austero, parco, reconcentrado, llevó –como siempre lo había hecho– una vida sobria y modesta, rayana en la excentricidad, que dio abundante material a los caricaturistas: solían representarlo en bata, sentado en la puerta de su casa, tomando mate.
Bien afirmado en el radicalismo cordobés, conservó un importante papel en la política nacional, y era común que los principales dirigentes políticos concurrieran a su casa, a pedir su opinión o su apoyo. En 1943 fue cortejado por los nuevos gobernantes militares y, según es fama, Perón le propuso en 1945 que lo acompañara como vicepresidente en la fórmula que estaba gestando. Sabattini no aceptó; en cambio apoyó y asesoró al general Avalos, que en octubre de 1945 ordenó la detención de Perón, en el episodio previo al célebre 17 de octubre.
Sabattini había combatido la conducción “unionista” del radicalismo, orientada por Marcelo de Alvear y partidaria de algún tipo de Frente Popular. En 1945 se opuso a la Unión Democrática, en la que la UCR se iba a aliar con socialistas, comunistas y conservadores. Luego de la derrota electoral, Sabattini se vinculó con los jóvenes que en Buenos Aires organizaban el Movimiento de Intransigencia y Renovación: Lebensohn, Balbín, Frondizi. A principios de 1947, a un año de la victoria electoral de Perón, todos ellos se disponían a la batalla que les daría el control de la UCR.
Entonces concedió esta entrevista, bastante excepcional por sus hábitos y por el creciente control que se ejercía sobre el periodismo independiente, que apareció titulada “Sabattini rompe su mutismo”.
Desde 1951 Sabattini organizó su propia línea interna, el Movimiento de Intransigencia Nacional. A diferencia del grupo de Balbín y Frondizi era partidario de abstenerse en la elección presidencial de 1952 y de una acción firme para derrocar a Perón. Así se fue distanciando de Arturo Frondizi, elegido en 1954 al frente de la UCR. En 1956, luego de la caída de Perón, se unió con Balbín y los unionistas para formar la Unión Cívica Radical del Pueblo, derrotada en las elecciones de 1958. Poco después, en 1960, murió.
La revista Qué Sucedió en Siete Días fue fundada en agosto de 1946 por Baltazar Jaramillo, un abogado que en 1934 había presidido la Federación Universitaria Argentina. Su modelo era la revista Time, y su consigna era informar y explicar. Entre sus colaboradores estaban Gregorio Verbitsky, Dardo Cúneo, Marcos Merchensky, Ricardo Ortiz, Mariano Perla, Ernesto Sabato y Rogelio Frigerio, quien renunció pronto, disconforme con la posición opositora. La revista tuvo éxito y llegó a vender 100.000 ejemplares. Qué fue clausurada en septiembre de 1947, y su director se suicidó poco después. Reapareció en 1956, dirigida por Rogelio Frigerio, para apoyar la candidatura de Frondizi.
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SABATTINI
Qué Sucedió en Siete Días,
4 de febrero de 1947
“Del gobierno a casa”, fue una frase memorable de Yrigoyen. Cuando Amadeo Sabattini concluía en Córdoba su mandato gubernativo, parafraseó el concepto: “Del gobierno a la calle”. Lo hizo: no ha vuelto a ocupar funciones públicas. En rigor, cumplió mejor la sentencia de Yrigoyen; se fue a su casa de Villa María, de donde sólo ha salido a ratos en muchos años. Sale poco, habla menos. “Es el nuevo Peludo”, dicen admirativamente sus parciales. Lo mismo expresan, con sorna, los adversarios.
Siempre fue reacio Sabattini a las declaraciones periodísticas; son la excepción. Lo habitual es que se filtren impresiones a través del círculo íntimo: Sabattini dice tal cosa, Sabattini opina tal otra. El 4 de junio no cambió ese hábito: algunos comentarios breves, una nota al comité nacional, repudiando todo pacto: varios discursos en la campaña previa al 24 de febrero... Entró después en prolongada etapa de silencio. Nadie había recogido, desde hace mucho tiempo, su opinión categórica sobre temas candentes del radicalismo y del país. Qué acometió esta tarea: lo entrevistó y Sabattini ha roto su mutismo.
Vale la pena recapitular la acción política de Sabattini en los últimos años, para ubicar mejor sus juicios en espacio y tiempo. Vuelto al llano en 1940 desde su “cueva” provinciana, influye ostensiblemente en la orientación radical. Da el espaldarazo a candidatos: Del Castillo, su sucesor en el gobierno, fue “hechura” suya. Rehúsa posiciones legislativas. Pudo ser senador nacional en dos oportunidades: prefirió ser “simple soldado”. El sabe por qué, comentaron sus opositores: Sabattini fracasaría en el Congreso; en cambio, convence y persuade en el ámbito de su consultorio médico.
Abril de 1943. El líder cordobés anuncia, si la guerra lo permite, un viaje a Europa, “en cuyo continente se están gestando hechos sociales que repercutirán en el futuro de la humanidad, y que es interesante estudiar”. Visitaría Portugal, España, Francia e Italia. Itinerario sugestivo –anotan quienes no comulgan con don Amadeo–; son países totalitarios, o sojuzgados por el Eje.
El viaje queda en proyecto: llega la revolución en junio. En Córdoba, el gobernador Del Castillo es depuesto, como todos los otros, pero pasa a ocupar la presidencia de la Corporación de Transportes en Buenos Aires. Surge, en el lenguaje político de la hora, un calificativo: colaboracionista. Lo es, para la oposición, Santiago del Castillo. ¿Contaba con el asentimiento de Sabattini? ¿Se iba a radicalizar, por conducto de éste, la revolución? La historia dará mejor respuesta. Mientras tanto anotan los contemporáneos: “Galoparle al costado” (usando una expresión familiar a Yrigoyen) fue la táctica aconsejada, ante el poder de facto, por intransigentes de alta jerarquía.
Después del 4 de junio se atribuyen a Sabattini actividades sigilosas para “copar” o respaldar la revolución. Conversa con jefes militares; ¿lo escuchan? Pareciera que no; Sabattini se exilia voluntariamente en Montevideo. “No quiere que lo manoseen –dicen algunos–: va a preparar la revolución...” El presidente Ramírez, por mediación de Elpidio González, le pide que colabore para la unión de los argentinos. Se concerta una entrevista que no llega a realizarse. Perón se opone, es la explicación. Vuelve Sabattini al Uruguay, donde reedita su aislamiento; San Ramón, villa apartada de Montevideo, es su nuevo retiro.
Marzo de 1945. Sabattini vuelve al país. De nuevo en Villa María, insiste en su antigua postura: “El radicalismo es la fuerza rectora del país. Nada de frentes populares”. Paralelamente, la cantilena pública: “Lo han llamado de Campo de Mayo. Es el hombre que une”. Más tarde: “Se entrevistó con Perón en el yate Adhara”. Sabattini deja hablar... En septiembre del ‘45 insiste el eco general: “Conversó con Perón en Córdoba”. Esta vez sale al cruce del rumor: “No me moví ese día de Villa María”. Y agrega, en un principio de definición: “Estamos contra el 6 de septiembre y contra el 4 de junio. Pronto se terminará el colaboracionismo”. Un mes después felicita al general Avalos por haber “posibilitado comicios libres sin candidatura oficial”. Protestan muchos radicales: nadie puede negar –afirman– que Perón es el candidato oficial. En la convención piden sanciones contra Sabattini.
La mayoría radical acepta la unidad democrática. Sabattini acepta la decisión, pero no actúa en la dirección de la campaña. En una breve gira, combate en el mismo tono “al régimen militar y a la oligarquía conservadora”. Cuando en Tucumán atacan su convoy a balazos y resulta herido en una oreja, ocupa la tribuna: “Los enemigos del radicalismo sólo desean instaurar un régimen de terror nazifascista como los que causaron la desgracia a Italia y Alemania”. Sabattini no es totalitario, observan los que recuerdan que proyectaba un viaje a esos países.
Después de la elección presidencial, Sabattini se aisló una vez más en Villa María. Aislamiento a medias. A su finca han llegado últimamente –lo divulgan a voces en la ciudad– visitantes secretos: figuras políticas, militares, hombres públicos del continente. Háblase de dos emisarios de Perón; con el primero se entrevistó; al segundo no lo habría recibido.
Villa María ostenta como sello típico su condición de residencia del ex gobernador. Pero el prestigio nacional de Sabattini es una cosa, y el local es otra. Los candidatos a intendente que él propicia vienen siendo derrotados. Un ex sabattinista, ex lustrador de calzado, ex fotógrafo ambulante y actual director del periódico Tercero Abajo, el “Turco” Salomón Deiver, es su enemigo pequeño; lo vence en los comicios municipales. Es la contrafigura del líder dicharachero, conversador, autopropagandista.
Los hábitos de Sabattini son notorios. Casi nunca sale de la casa: sólo para asistir a algún enfermo en consulta. De vez en cuando toma un helado en una confitería central. Mucha gente de Villa María casi no lo conoce, pero recuerda anécdotas graciosas. Ciertas tardes se lo ve regar el jardín de su casa, en salida de baño y con boina. Suele pasear por la cuadra en la misma indumentaria. Es sobrio en las comidas. Recuérdase una de sus cenas, cuando era gobernador. El menú: sopa, papas hervidas con aceite y café. El costo: 60 centavos. Glosa él mismo su sobriedad: “Soy un médico de campaña, y en otras épocas he vivido gastando muy poco, ya que mis costumbres son las de un campesino. No aspiro a ninguna clase de riqueza. Hoy nosotros somos los verdaderos descamisados”.
La casa de Amadeo Sabattini padece los estragos de los años. Para mucha gente la personalidad de su ocupante (esquiva, callada, hosca, austera, contradictoria) trasciende a las paredes.
Los enfermos aguardan en una habitación modesta; por todo moblaje, cinco sillas viejas, de estilos diferentes, y una mesa de revistas.
Hasta allí llegan los enviados de Qué, un cronista, con su cuestionario; su acompañante, con la intención de tomar fotografías.
Aparece el dueño de casa: gesto duro, ojos grandes, oscuros y saltones. Conduce a sus visitantes a su despacho-consultorio. En el trayecto, un corredor ancho, en penumbra densa, y otra dependencia privada, también oscura.
El despacho (la “cueva del Peludo”, como dicen algunos) no puede compararse con ninguna figura geométrica definida; rectangular en apariencia, tiene más de cuatro muros. En el techo, algunos ángulos ligeramente abovedados, y una claraboya. Pocos muebles. Un escritorio y un sillón giratorio. En un ángulo, sobre un armario, un diminuto busto de Yrigoyen, como único detalle ornamental. Tres sillones se apoyan sobre una de las paredes: son antiguos, forrados en blanco. Una camilla para la revisación de enfermos completa el moblaje visible; el resto se oculta en la semipenumbra de una zona irregular y estrecha de la habitación. Hay en todo reminiscencias de la casona de Yrigoyen, en la calle Brasil. Mientras Sabattini repasa con la vista el cuestionario, lo observan sus visitantes: es delgado, aunque sus íntimos dicen que ha engordado mucho en los últimos meses. Su atuendo de entrecasa es negligé: guardapolvo de médico, camisa de cuello grande, corbata de grueso nudo.
La pregunta inicial aborda el tema básico: ¿Se mantendrá unido el radicalismo? Otras se subordinan a ella: ¿Qué harán los intransigentes? ¿Cómo será encarada, en definitiva, la reorganización?
Sabattini relee una vez más el cuestionario, y se decide a hablar.
–Bien (hay decisión en el tono), esto se contesta muy fácilmente. Tome nota:
“En primer término es menester dejar aclarado que el concepto de unidad es fundamental y más en esta hora, en la que el radicalismo unido debe servir a los intereses del país, analizando desde la oposición la obra que se iniciara desde su fundación y que nadie será capaz de menospreciar y menos confundir.
“Nada tenemos que decir los radicales intransigentes, ni nada diremos de las autoridades partidarias. Si luchamos tesonera y limpiamente para imponer nuestra interpretación del radicalismo, es porque creemos que el radicalismo necesita una renovación de hombres y de conducta.”
–¿Su posición con respecto a la junta de los 15?
–Tengo confianza en ellos. Los radicales somos soldados disciplinados.
El cuestionario no comprendía específicamente la situación internacional argentina. Sabattini, espontáneamente, aborda el tema:
–Esencialmente en el orden internacional no estamos con nadie. Ni con el totalitarismo ruso, ni con el imperialismo yanqui. En la tercera guerra mundial que se avecina también seremos neutrales. Entendemos que más vale una gota de sangre argentina que todos los causantes de las luchas fratricidas mundiales, que se concretan hoy en los dos factores que se enfrentan: el totalitarismo y el imperialismo.
–En consecuencia, ¿su postura en materia internacional no se ha modificado después del conflicto bélico?
–Los hechos nos han dado por segunda vez la razón. Fuimos neutrales creyendo que las luchas anteriores no eran para un mundo mejor. El mundo quedó igual o peor que antes. Por eso hoy me ratifico en la posición: seremos por tercera vez neutrales. Esto nos separa, profundamente, de un sector de nuestro partido que, por lo menos, creyó que la última guerra fuera redentora.
–Los gobiernos anteriores, y el mismo de la revolución, mantuvieron una política neutralista. La campaña electoral del coronel Perón se cumplió bajo un lema antiimperialista. ¿En qué coincide su posición en materia internacional con estos antecedentes?
–Es menester aclarar que un mundo nos ha separado de los gobiernos anteriores totalitarios; con el presente, también totalitario, se impone advertir que si no está sentado en la mesa de Mr. Braden, lo hará en breve. Sí, su lema electoralista fue: “O Braden o Perón”. Pero no lo dude, en breve será “Braden y Perón”.
El cuestionario comprende una pregunta sobre la posición de Sabattini frente a las realizaciones políticas, económicas y sociales que cumple o puede cumplir el gobierno nacional. La interrumpe, tajante:
–Nada injusto ha sido otorgado a la clase obrera en los últimos tiempos. Tiene derecho a asegurar su bienestar. Las mejoras conseguidas en su lucha reivindicativa deben defenderse vengan de donde vengan.
El cronista insiste:
–¿Perspectivas del movimiento intransigente? ¿Verdaderos alcances de la reorganización radical?
–Ya le he dicho todo. Nada tengo que agregar. Relea los puntos anotados, desentrañe su sentido y verá que todo ha sido dicho.
La conversación deriva a otros tópicos de orden general, dentro del cuadro cívico. Concluye Sabattini:
–Creo en la necesidad de partidos fuertes, ya que son imprescindibles para la existencia de una democracia. Pero rechazo toda clase de alianzas, por considerarlas confusionistas y desteñidas. En esta hora grave es fundamental que se acentúe la pujanza de los partidos tradicionales, porque si no horas muy graves esperan al país.
La entrevista ha terminado. Sabattini, líder de la intransigencia, ha enfocado públicamente, por primera vez en mucho tiempo, a través de Qué, problemas de interés primordial para el radicalismo y la República.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Nacido en Francia en 1881, monseñor Gustavo Franceschi llegó a la Argentina a los cinco años. Se ordenó como sacerdote en 1904 y desde entonces colaboró activamente con el padre Federico Grote, organizador de los Círculos de Obreros y orientador de la tendencia demócrata cristiana. Franceschi integró la Liga Democrática, dirigió el periódico Justicia Social y fue secretario general de la Liga Social Argentina, otra organización de tendencia social cristiana. A partir de 1915, alejado Grote, Franceschi se sumó al grupo que secundó a monseñor Miguel De Andrea, el hombre de confianza del anciano arzobispo Espinosa. De Andrea se propuso combatir a los socialistas, en las calles y los talleres, y aglutinar a los sectores propietarios, convenciéndolos de que era necesario aceptar algunas reformas, para contener la fuerte crisis social.
En ese grupo, Franceschi sostuvo una de las posiciones más radicales, como se advierte en este reportaje. Fue publicado inicialmente por La Acción de Paraná; lo reprodujo primero el diario católico El Pueblo con el título “La situación en la República Argentina”, y luego la Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires. Desde 1917 Franceschi se ocupaba de la organización de sindicatos cristianos y de agremiar a sectores nuevos, particularmente las trabajadoras. En 1920 estaba a cargo del secretariado de la Unión Popular Católica Argentina, otra iniciativa de De Andrea, que se proponía unificar y disciplinar los grupos del laicado católico.
La acción de De Andrea suscitó fuertes resistencias entre los católicos, las que lo llevaron a renunciar en 1923, cuando el Poder Ejecutivo lo había propuesto como nuevo arzobispo de Buenos Aires. Alejado De Andrea, Franceschi se mantuvo cercano a las nuevas autoridades de la Iglesia, particularmente los cardenales Copello y Caggiano, aunque limitó su acción al campo intelectual. Desde 1932, y hasta su muerte, en 1957, dirigió la revista Criterio, la voz más autorizada del catolicismo argentino, y acompañó el viraje de la Iglesia hacia posiciones integristas y nacionalistas. En 1955, poco antes de morir, Franceschi impulsó la formación del nuevo partido demócrata cristiano.
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FRANCESCHI
El Pueblo,
15 de julio de 1923
El nuevo director del secretariado de la U.P.C.A., canónigo Gustavo J. Franceschi, hizo la semana pasada un viaje a Paraná y sometido allí a un reportaje por el importante diario La Acción de esa ciudad formuló las vistas que a continuación consignamos, reproduciéndolas en mérito al interés que revisten:
–¿Cree usted que en realidad debe considerarse como grave la situación social en la República Argentina?
–No pienso que revista ella la gravedad que caracteriza a la de otros países, pero opino que es lo suficientemente seria para exigir que no cerremos por más tiempo los ojos a la realidad.
–No puede sin embargo discutirse la prosperidad nacional.
–Ella es indudable, pero falta saber a cuántos individuos alcanza esta prosperidad. Oímos decir a cada instante que en nuestra república quien quiere trabajar está seguro de enriquecerse. Error más grande no cabe en boca humana; vemos cada día a centenares de hombres honrados, económicos, inteligentes, que no pueden salir de la pobreza; vemos doquiera a explotadores sin entraña que se enriquecen con la labor de los agricultores; basta recorrer las publicaciones especiales para ver que existen sociedades productoras de artículos de primera necesidad que reparten dividendos de setenta y más por ciento. Dejemos una vez por todas los lirismos hijos de una deficiente observación y de un patriotismo mal entendido. La prosperidad económica de una colectividad no significa el bienestar de cada uno de sus miembros. Inglaterra, uno de los países cuya balanza comercial arrojaba antes de la guerra un crecido saldo a favor, era una de las naciones más roídas por el pauperismo.
–¿Se trata en su concepto, entonces, de un problema de repartición?
–No sólo de repartición, sino también de producción, y de organización social y de mentalidad y moralidad colectivas. No es preciso ser libre para constatar que en la Argentina existe la lucha de clases, la división entre burgueses y proletarios. No se nos diga que ello es producto de agitadores extranjeros. En primer lugar, esto es un error pues numerosos caudillos rojos son argentinos; en segundo lugar, si no hubiera terreno propicio, si las condiciones del ambiente no las favorecieran, las doctrinas antisociales no habrían logrado propagarse.
–Pero son de origen extranjero.
–También lo son las vacas, los caballos, el trigo y hasta el mismo idioma que estamos hablando. Mucho es lo extranjero que puede argentinizarse, y si sólo por ser extranjero hubiéramos de desterrar aquello que no es aborigen, habríamos de volver al régimen social de los charrúas y calchaquíes. El problema social de la república no se distingue hoy en ninguno de sus factores esenciales del que se plantea para lo demás del mundo. Tiene algunas modalidades propias, y es menos intenso porque la industrialización no está tan adelantada entre nosotros y porque la población es menos densa. Pero aquí también hace falta legislación obrera, aquí también es necesario que se comprenda por fin que la riqueza no sólo da derechos sino que también impone deberes, no sólo de limosna sino también y, sobre todo, de justicia; aquí también se vuelve urgente disminuir la distancia que separa a las diversas clases. Y si todo esto y mucho más no se hace a tiempo, aquí también como en otras partes vendrá la revolución social.
–¿En su opinión, entonces, el gobierno debe tomar medidas de previsión?
–Ciertamente, porque es función esencialísima del gobierno estudiar las enfermedades sociales y buscarles remedio. Pero no todas las soluciones deben ni pueden provenir del Estado. Creo que la verdadera fórmula es la siguiente: el gobierno debe dejar hacer a los particulares aquello a que alcancen sus solas fuerzas, ayudar a hacer lo que aquellos solos no pueden realizar y hacer directamente aquello que los particulares no pueden hacer de ninguna manera. El gobierno es una especie de providencia omnisciente y omnipotente: al tratar del gobierno deberíamos aplicar el conocido proverbio: ayúdate y Dios te ayudará. Hagamos nosotros lo que debemos: entonces, sólo entonces podremos exigir a los gobiernos una mayor acción.
La iniciativa privada tiene un enorme campo de labor. La sindicación, el cooperativismo de consumo, de crédito, de producción, urbano y agrícola, el mutualismo en todas sus fases, la previsión social, la propaganda de doctrinas sanas, la moralización de los de arriba y los de abajo –ya que la moral escasea tanto en unos como en otros–, todo esto y otro tanto que fuera fácil enumerar, no sale del campo de la iniciativa privada: el gobierno puede y debe colaborar en obras de esta índole, pero no le corresponde convertirse en comerciante, tutor, asegurador, organizador, pedagogo y domine universal. Esto ni siquiera se concibe en una monarquía absoluta, menos aún en una república como la nuestra.
–Pero la defensa contra la revolución...
–Creo que para esto existe la policía y si fuera necesario, el ejército. Creo que también la iniciativa privada, como la de la Liga Patriótica, tiene su papel que desempeñar. Pero pienso que la mejor defensa es hacer imposible la revolución mediante una más justa organización social. La injusticia es una situación de fuerza, y es inevitable que contra ella se emplee la fuerza, si fallan los demás medios. La revolución se desarma con justicia, suprimiendo sus causas, y no simplemente acumulando armas. El día que no existan motivos de queja, los revolucionarios de profesión no conseguirán éxito alguno en sus intentonas, que serán desdeñadas por la inmensa mayoría del proletariado.
–¿Ud. es entonces partidario de la acción positiva?
–Sí, señor. La acción negativa puede retardar el momento del estallido pero no impedirlo definitivamente. Creo que debemos trabajar para una mayor igualdad. No pregone la supresión absoluta de las clases sociales, cosa imposible porque la clase es fruto de la mentalidad de los individuos, y la mentalidad es hija ante todo del género de profesión a que cada cual se consagra. Pero creo, sí, que es necesaria la colaboración sincera de las clases y que ésta es la característica de toda sociedad bien organizada. Y en mi opinión, que refleja la de toda la escuela social católica, no se trata únicamente de mejorar a los individuos, sino de reformar el régimen social en sus bases mismas. Queremos una reglamentación más sensata del derecho de propiedad, un respeto y vigorización mayor de la familia, que según la opinión de Santo Tomás de Aquino como de Comte, es la célula social por excelencia. Queremos la asociación profesional, socialmente organizada. Queremos una representación nacional de los intereses de clase, y no nos satisface el inorgánico sufragio actual. Por mi cuenta me declaro también en unión con muchísimos sociólogos católicos, partidario del sufragio femenino y de una transformación de las leyes que colocan hoy a la mujer en una situación tan inferior, que la casada no puede siquiera disponer libremente del salario que gana. No continúo, pues no he de exponerle todo el programa social cristiano, pero lo indicado demuestra ya que no somos partidarios del estancamiento. Somos francamente evolucionistas, y afirmamos que tan sólo una rápida evolución hacia una organización social más justa impedirá que la revolución acabe con todo lo bueno y lo malo que hoy existe.
–¿Y espera usted que la República Argentina presencie dentro de poco un movimiento de opinión en este sentido?
–Sí, señor. Esta y no otra es la finalidad de la Unión Popular Católica Argentina que, situándose fuera de toda política partidista, manteniéndose estrictamente en el terreno social, impulsará al conjunto de las fuerzas católicas hacia la acción evolucionista, hacia la realización integral del programa social cristiano.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/63497-20903-2006-02-23.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Kurt Wilckens nació en Brad Bramstedt, Alemania, el 3 de noviembre de 1886. Según las investigaciones realizadas por Osvaldo Bayer, en 1910 viajó a los Estados Unidos, donde se conectó con grupos anarquistas con los que, en 1916, participó de la huelga general de mineros en Arizona. Fue detenido y deportado a Columbus (Nuevo México), a un campo de confinamiento. Como intentó fugarse, fue recluido en el campo de prisioneros alemanes de Fort Douglas. Sin embargo, el 4 de diciembre logró escapar. En 1919 fue apresado por la policía y expulsado de los Estados Unidos hacia Alemania. Luego de un breve pasaje por su país natal, viajó a la Argentina en septiembre de 1920. Recorrió el sur del país y, ya en Buenos Aires, se conectó con los anarquistas locales. Como corresponsal de dos periódicos alemanes anarquistas, Alarm de Hamburgo y Der Syndicalist de Berlín, tomó conocimiento de las matanzas de la Patagonia, y el 25 de enero de 1923 vengó esas muertes con el atentado contra el teniente coronel Héctor B. Varela, responsable del fusilamiento de los peones en Santa Cruz, a finales de 1921. Luego de arrojarle una bomba de mano, le disparó con un revólver, pero las esquirlas lo hirieron en una pierna. Rodeado por la policía, se entregó pacíficamente. Fue detenido e incomunicado hasta el 2 de febrero. Ese mismo día, los periodistas de Crítica lo entrevistaron en la Penitenciaría Nacional.
La entrevista fue publicada bajo el título “Ayer inmediatamente después de habérsele levantado la incomunicación, nuestro repórter conversó veinte minutos con Wilckens. De los distintos careos, se deduce que Wilckens no tiene cómplices, como lo afirmó Crítica desde el primer momento”. Cuatro meses después, el 15 de junio de 1923, Kurt Wilckens fue fríamente asesinado en la cárcel de Caseros por Jorge Ernesto Millán Temperley, miembro de la Liga Patriótica Argentina y ex sargento de la policía de Santa Cruz. Ante la noticia, la FORA declaró un paro general, al que adhirieron la USA y otros gremios. Al día siguiente, Kurt Wilckens fue sepultado por la policía en medio de grandes incidentes y la ciudad se paralizó hasta el 21 de junio. Crítica denunció el brutal asesinato y fue acusado por apología del crimen: su local fue allanado por orden judicial, se clausuró el archivo y fueron detenidos varios periodistas. Dos años después, el 9 de noviembre de 1925, en el Hospicio de las Mercedes, Millán Temperley murió después de una agresión producida por otro interno, Esteban Lucich, que actuó siguiendo las directivas del anarquista ruso Boris Wladimirovich.
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WILCKENS
Crítica,
3 de febrero de 1923
Durante varios días asistimos a la Penitenciaría Nacional con el único objeto de poder conversar con Kurt Wilckens, autor convicto y confeso del atentado al teniente coronel Héctor B. Varela.
La severa incomunicación a que estaba sometido Wilckens por disposición del juez doctor Malbrán, no nos permitió en forma alguna cumplir ese objeto. Esperábamos por momentos la ansiada orden y así transcurrieron ¡más de cinco días!... La manifiesta buena voluntad del comandante Menéndez, director del penal, como asimismo de sus excelentes empleados, Castro, Turdera y Rey nada pudieron hacer en favor de la gestión importante que nos había confiado Crítica, diario que siempre ha satisfecho las exigencias del buen público lector.
Por otra parte, esperanzados en el cambio de juez actuante, ya que el doctor Malbrán jamás fue amigo del periodismo, no veíamos “lejano” el día de llegar a entrevistarnos con Kurt Wilckens. Terminado el mes de feria enTribunales el 21 de enero, entró en turno el juez doctor Artemio Moreno, quien de inmediato se hizo cargo del proceso y decretó diversas providencias de importancia, encuadrándose dentro de la ley y concretando sus procedimientos con la corrección que lo caracteriza. El secretario autorizante, doctor Ignacio J. Albarracín, ha demostrado también desde el comienzo de las actuaciones que su larga práctica en el desempeño de sus funciones lo autorizaban a ser un eficaz colaborador del juez doctor Moreno.
Descartado del proceso el doctor Malbrán, ayer, después de un careo practicado entre el conscripto Horacio Gregorio Badaracco y Kurt Wilckens, el nuevo juez doctor Moreno decretó el levantamiento de la incomunicación de ambos. Al mismo tiempo autorizó al director del establecimiento, comandante don Nicolás Menéndez, a que el detenido quedara bajo su custodia, otorgándole las atribuciones que al efecto le correspondan.
El código de procedimientos en lo criminal y correccional autoriza al juez a una incomunicación de cinco días, debiendo después de cumplido este plazo agregar a los autos un nuevo decreto prorrogando esa incomunicación, siempre que así lo creyera conveniente; sin embargo, en el caso de Wilckens el juez doctor Malbrán no procedió como estaba legislado y en una forma dictatorial, violentó disposiciones terminantes. Al hacerse cargo del proceso el juez doctor Moreno, dispuso, como lo decimos más arriba, mejorar esa situación ilegal a que había sometido el doctor Malbrán al procesado Wilckens.
El Comité Pro Presos de la Federación Obrera Regional Argentina Comunista, después de una reunión realizada el martes último, con la asistencia de numerosos representantes de los sindicatos obreros, resolvió hacerse cargo de la defensa de Wilckens nombrando al efecto al abogado doctor Juan A. Prieto, quien ayer mismo pudo entrevistarse con el detenido.
De más está decir que existen numerosos letrados que de buena gana defenderían a Wilckens.
Poco después de las 16 horas de ayer el juez doctor Artemio Moreno dispuso constituir el juzgado en el local de la Penitenciaría Nacional. Lo hizo acompañado de sus secretarios los doctores Albarracín y Avila y llevando en su automóvil al conscripto Horacio Gregorio Badaracco, a quien la policía de investigaciones sindica como cómplice de Wilckens.
Recibido por el secretario del Penal, señor Castro, pidió trasladarse de inmediato a la sala donde se asiste Kurt y lo sometió a un interrogatorio extenso y tranquilo, ordenando después de ello el careo entre Badaracco y Wilckens.
Este careo resultó emocionante y de ello damos cuenta en otro lugar de la crónica.
Insistimos en afirmar que los detenidos Horacio Gregorio Badaracco, Valentín Martín y Manuel Rita nada tienen que ver en el atentado.
Lo hacemos porque el juez doctor Moreno lo confirmó cuando nos manifestó ayer que los nombrados no habían tenido intervención en el hecho.
Sin embargo, en la mañana de hoy, a los repórters del departamento les fueron entregadas fotografías de Badaracco.
Este debe ser puesto en libertad de un momento a otro.
No alcanzamos a concebir qué es lo “que quiere la policía de Investigaciones”.
Cuando en un hecho que interviene un “niño bien”, sea judío o cristiano, se oculta hasta el nombre. ¡Aunque haya tirado a un chauffeur al agua!
Badaracco nada tiene que hacer como cómplice de Wilckens y hasta sus retratos se están repartiendo.
Hacemos notar la inconsistencia de procedimientos por parte de la policía.
Encontramos en el lecho al matador del teniente coronel Varela, pues como es sabido se asiste de las heridas que sufrió a consecuencia de la explosión de la bomba, hallándose actualmente con el peroné astillado. Confesamos que íbamos con la certidumbre de encontrar un rostro demacrado, sufrido, en virtud de que a la dolencia física uníase en el caso de Kurt un total aislamiento que se prolongaba desde el día 24 del pasado.
A la inversa de lo que suponíamos, su rostro se nos aparece saludablemente iluminado; su mirada es franca y enérgica; su frente tiene una particular expresión de tranquilidad.
Le tendemos la mano advirtiéndole que somos periodistas, que pertenecemos a la redacción de Crítica, diario que ha expuesto los hechos con entera imparcialidad, pues no olvidó en ningún momento los sucesos trágicos de Santa Cruz.
Wilckens parece hallar una justificación a través de nuestras palabras, y dice:
–Me alegro mucho. Veo en ustedes caras amigas, y eso me gusta, porque francamente estaba cansado de ver policías...
–¿Tal vez lo han tratado mal?
–No, aquí no, pero créame que aún en este momento, después de diez días, me duelen las muñecas...
Advierte en nosotros, una mirada interrogadora, y acto continuo, para completar su frase anterior, abre ampliamente sus brazos como en actitud de colocarlos en una cruz y agrega:
–Vean. Son fuertes... Estos son músculos de trabajador, y si me hubiera resistido a los agentes que me detuvieron, les habría costado trabajo el reducirme, pero yo me entregué y a pesar de todo me pusieron cadenas, tan brutalmente, que mis huesos crujían. Aún hoy me duelen. Asimismo, a pesar de mi grave herida de la pierna, me llevaron a pie hasta el local de la comisaría, que dista cinco cuadras del lugar del hecho. Como usted comprende, me exponían a perder la pierna... En ninguna parte del mundo me pusieron cadenas tan fuertes, tan dolorosas...
Kurt hace un silencio. Parece que por su memoria desfilaran los tristes recuerdos de su accidentada vida de propagandista ferviente y rudo, conocedor de diversas cárceles.
Estuvimos tentados de hacerle algunas preguntas al respecto, pero decidimos respetar su ensimismamiento.
Para disimular nuestra actitud, encendemos un cigarrillo.
De improviso. Kurt se incorpora, nos mira ansiosamente y nos alarga una mano.
–¡Ah, por favor, por favor, déme usted un cigarrillo! Hace diez días que no fumo. No puedo más...
Se lo damos y lo enciende con precipitación, ávido de absorberlo. Hay una sed extraña, febril en sus labios gruesos y colorados.
Es tal la avidez y el placer con que absorbe el humo, que se hace más pronunciado su defecto verbal procedente de su idioma natal y que consiste en forzar la “r”. Satisfecha ya en parte la ansiedad, recobra su aspecto plácido y nos hace varias preguntas.
Visiblemente interesado en conocer las opiniones que se han vertido acerca del hecho, quiere saber en qué forma se ha manifestado la opinión.
Le respondemos que él no puede ignorar que los comentarios debieron ser diversos, según los ambientes, y él aclara el punto con la siguiente reflexión:
–Es natural. Los militares y la burguesía no pueden justificar mi actitud, pero como la verdadera opinión pública es la del pueblo, estoy seguro de que esa opinión está a mi favor... Yo he procedido en nombre de un ideal de humanidad, de un ideal grande y puro por el cual acepto gustoso el sacrificio.
Al decir esto, Kurt Wilckens emplea un tono alto y franco, acompañándolo de un gesto decidido y viril.
Su abogado, el doctor Juan A. Prieto, que asiste a la entrevista, supone fundadamente que su defendido va a hablar del atentado y le ruega que no lo haga.
Kurt que es un hombre complaciente, acata sumiso la indicación. En este instante entra el conscripto Badaracco, que viene a despedirse en compañía del juez doctor Moreno.
Héctor Badaracco, ni bien ve a Kurt se precipita hacia el lecho y sin decir palabra, profundamente emocionado, abraza a Wilckens con todas sus fuerzas. En esa actitud permanecen los dos largo rato.
Un silencio triste, emocionante, reina en la sala.
Cuando Badaracco se incorpora, con los ojos húmedos, Kurt lo mira cariñosamente y le dice:
–Qué bueno eres.
Y volviéndose hacia nosotros afirma:
–Este muchacho no tiene nada que ver. Es inocente. Ya lo hemos probado en el careo que se nos ha hecho esta tarde. Deben ponerlo en libertad...
Llegado el momento de despedirse, la escena anterior se reproduce.
Al retirarse, el joven conscripto, que pertenece al 2 de infantería, se detiene en la puerta de la sala y volviéndose para mirar a su amigo, lo saluda sacándose la gorra, levantándola bien alto y haciéndola girar con un movimiento lleno de vivacidad espontánea.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El director cinematográfico Luis César Amadori nació en Italia en 1902 y llegó a la Argentina de niño. Abandonó los estudios de Medicina para dedicarse al periodismo en Ultima Hora, donde ingresó en 1921 para comentar espectáculos líricos. A través del periodismo se vinculó con el mundo teatral y en 1926 fue nombrado director del teatro Cervantes. Por entonces se había iniciado como autor teatral. En 1928 se hizo cargo de la dirección del teatro Maipo, que ocupaba al momento de realizarse la entrevista, junto con Antonio Botta, Ivo Pelay y otros escribió unas quince obras teatrales y más de ciento cincuenta títulos de revista, que él mismo llevó a escena. También escribió letras de tango, como Madreselva, con Francisco Canaro, que estrenó Carlos Gardel en 1931, Confesión y Desencanto, en 1937, con Discépolo, que estrenó Tania.
Desde 1936 incursionó en el cinematógrafo, como director y productor: su primera película fue Puerto Nuevo, en la que actuaron Pepe Arias y José Gola, que dirigió junto a Mario Soffici. Desde entonces se dedicó con intensidad al cine, dirigiendo a las principales figuras de su tiempo: Luis Sandrini, Mecha Ortiz, Libertad Lamarque y Niní Marshall. Casado en 1947 con la actriz Zully Moreno, realizó películas de gran éxito, entre ellas Dios se lo pague, en 1948, que fue seleccionada por la Academia de Hollywood para concursar como la mejor película extranjera. Filmó cuarenta y tres películas en la Argentina, cuatro en México y quince en España, donde se radicó después de 1955. Murió en 1977.
Mundo Argentino fue una revista fundada por Alberto Haynes en 1911, que atendía distintos aspectos de la realidad social y política del país. Hacia 1940 publicaba semanalmente un reportaje a escritores o artistas, realizado por Andrés Muñoz, en el que el entrevistado hacía una síntesis de su vida.
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AMADORI
Entrevistado por Andrés Muñoz
Mundo Argentino, Nº 1545
4 de septiembre de 1940
Noche de estreno en el Maipo. Al terminar la función nos refugiamos con Luis César Amadori en la secretaría del teatro.
–¿Qué tal salió el estreno?
La pregunta no la hemos hecho nosotros, sino que nos la ha formulado Amadori, que, como se sabe, es desde hace años uno de los principales animadores de los espectáculos de esa sala. Le damos nuestra opinión, y él, a su vez, se cree obligado a darnos explicaciones.
–Apenas si he tenido tiempo de intervenir en esta revista. Ni siquiera he podido ver su estreno. El cine me ha acaparado más cada día. Al final creo que voy a dedicarme exclusivamente a hacer películas.
–¿Le resulta eso más atrayente que el teatro?
–Más atrayente y más provechoso. El cine es el espectáculo de nuestro tiempo. Ello no quiere decir que el teatro haya muerto. Como fórmula estética, el teatro hace ya muchos siglos que adquirió la jerarquía de lo perdurable. Pero si sus cimientos artísticos son inconmovibles, aunque no inmutables, su poder de atracción, considerado como espectáculo recreativo, tiene que ir cediendo cada vez más terreno ante los avances sucesivos del cinematógrafo. Y es natural que así ocurra. Lo contrario sería negar a los pueblos la facultad de evolucionar en sus gustos y costumbres. Y esto no es posible, como bien lo demuestra la historia del mundo...
–De acuerdo, de acuerdo –asentimos ante las irrefutables razones de Amadori, que al exponerlas tuvo el tino de hacerlo en un tono más espiritual que tribunalicio–. Justamente –decimos– nosotros aspiramos en nuestros reportajes a que la historia del mundo no quede incompleta. Entendemos con Carlyle que la historia es una suma de vidas representativas antes que de episodios sueltos. Por eso hemos creído necesario incluirlo a usted en esta colección de reportajes biográficos, que bien pudieran servir en el futuro para fijar la historia de nuestro tiempo.
–La historia del mundo...
–Por lo menos, la pequeña historia de nuestro mundillo teatral y cinematográfico.
–¡Ah! Entonces a mí también me corresponde un puestito en ese panorama histórico... Y ahora, cuidado con lo que se dice y con lo que se escribe, que nos dirigimos a la posteridad.
Luis César Amadori se acomoda en su asiento y empezó así su relato autobiográfico:
–Nací en Italia, en 1902, pero cumplí los seis años de edad en Buenos Aires, y aquí transcurrió mi vida desde entonces. A los siete años me mandaron a una escuela del Estado, en Villa Ballester, cuya directora se llamaba María Silva. Y nombro aquí a mi maestra porque quiero que ella también pase a la historia. Entré directamente al segundo grado, pues ya había aprendido a leer y escribir por mi cuenta. Como aprendí deletreando los diarios, escribía con letras de imprenta. Durante mucho tiempo conservé esa costumbre, que me enseñó a decir las cosas claramente, sin andar con vueltas ni borradores. Al cumplir los ocho años estuve a punto de tomar una ruta definitiva en mi existencia. Mi madre se quedó viuda y sin recursos. Yo era su único hijo. Le preocupaba, naturalmente, mi porvenir, y se le ocurrió llevarme a la escuela de Artes y Oficios de Villa Devoto, donde aprendería un oficio que me aseguraría una vida modesta pero tranquila. Para ello mi madre tenía que ceder la patria potestad a la escuela, que la conservaría hasta que yo cumpliera la mayoría de edad. Mi madre, obligada por la necesidad, aceptó todas las condiciones que le pusieron. Pero al llegar a una se rebeló. Parece que yo tenía entonces una hermosa melena rubia y rizada. Le dijeron a mi madre que tenía que cortarme el cabello al rape si quería hacerme entrar en la escuela. Y la melena me salvó. Doña Filomena Pombo de Devoto, que era la autoridad máxima de aquel benéfico establecimiento, comprendió las proyecciones de aquel drama capital y gestionó para mi madre una cátedra de francés, impidiendo así el sacrificio de mis hermosos rulos.
–¿Y adónde fue usted con ellos?
–Volví a la escuela primaria, para pasar al poco tiempo al colegio Lasalle, donde cursé el bachillerato. Allí tuve de condiscípulos a Alfredo Molinario, Andrés Fernando, el autor Mario Flores, el escritor Liborio Justo, el actor Enrique Roldán y otros compañeros. Todavía solemos reunirnos los bachilleres del año 1918 para recordar los tiempos estudiantiles.
–¿Fue usted un buen estudiante?
–Aprobaba todas las asignaturas por amor propio, pero al mismo tiempo hacía todo lo posible para que me echaran del colegio. Pero los curas del Lasalle tenían una paciencia a prueba de rebeldías. Y como ellos no me echaban, me fui yo. A los quince años me hice una rabona de tres meses para dirigir una revista que se llamaba Cine Porteño. Sólo duré tres meses en el puesto porque me suplantó en él Bruno Dettori, aprovechándose de que mi madre me descubrió la rabona y me obligó a volver al colegio. Sin que tuviera una prueba fehaciente de ello, a mí me quedó la espina de que el “batilana” había sido Dettori, con quien años después tuve un lance caballeresco. El motivo del duelo fue un simple pretexto para vengar el agravio retrospectivo de la suplantación en la revista Cine Porteño. Claro que después del lance nos reconciliamos y hoy seguimos siendo buenos amigos.
–¿Qué hizo usted al terminar el bachillerato?
–Me declaré en huelga. Tuve una intervención activa en las huelgas de estudiantes con motivo de implantarse en las facultades el examen de ingreso. Llegué a ser vicepresidente del comité de huelga, donde tuve de compañero de comisión a Roberto J. Noble, que era un huelguista casi tan fogoso como yo. Como derivación de esa actividad huelguística trabé relación con algunos políticos destacados de la época: Yrigoyen, Salinas, Beyró, Llambías. Pero de nada me sirvieron aquellas amistades. Pasada la huelga, me fui a Córdoba, donde cursé dos años en la Facultad de Medicina, en la que tuve de compañeros de clase a los doctores Gumersindo Sayago y Enrique Barros. Al regreso de Córdoba proseguí mis estudios médicos en la Capital y fui durante un tiempo secretario de la Prensa Médica Argentina, que por entonces dirigían los doctores Aráoz Alfaro, Luis Güemes y Mariano Castex. También fui practicante en el Hospital Ramos Mejía, a las órdenes de los doctores Julio Méndez, Osvaldo Bottaro, Héctor Dasso y Lucio García. Estando en estas funciones médicas y periodísticas, coincidí en una boda con el empresario Longhinotti. A éste le hizo gracia un discurso cómico que yo pronuncié en el banquete de aquella boda, y me llevó a Ultima Hora para presentarme a Julio F. Escobar. Dio la coincidencia de que Escobar había tenido ese día una discusión con Camilo Villagra por una crónica del Colón, y resolvieron mandarme a mí a hacer la crítica lírica. La elección recayó en mí por dos motivos: primero porque tenía smoking y segundo porque, siendo el más nuevo en la redacción, tenía que ser, verosímilmente, el menos capaz. Y allá me fui al teatro Colón, con mi smoking y mi entrada de crítico. Recuerdo que daban I puritani, de Bellini, cantada por María Barrientos, Dino Borgioli y Carlos Galeffi. Era la primera vez que iba al Colón, la primera ópera que oía y la primera crónica lírica que escribía. Me documenté sobre la obra, el autor y los cantantes; hice una descripción objetiva de la escena y de la sala, y salí bastante airoso de la prueba. Tanto que Escobar, en vez de echarme a la calle, me confirmó en aquel puesto accidental y en él estuve siete años.
–¿Por qué abandonó usted la carrera de médico?
–Porque ya había probado el señuelo agridulce de las redacciones, de las veladas del Colón, de las tertulias en vestíbulos y camarines. Y preferí ser periodista a doctor. A los veinte años me conquistó ese encanto indefinible e irresistible de la vida nocturna porteña, que quizás hoy, al cabo del tiempo, nos fatigue un poco; pero que cuando se tienen veinte años nos amarra con la sugestión de un embrujo lleno de tentaciones, de promesas y, a veces, de realidades. No es de extrañar, entonces, que yo me dejara seducir por ese ambiente. Una mañana tenía que ir a la facultad y a la imprenta. Sin pensarlo siquiera, por simple impulso vocacional tomé el camino de la imprenta y dejé la facultad para otro día. Y así la fui dejando de un día para otro, hasta que no volví más a ella. También renuncié a mi puesto de practicante en el hospital y a mi cargo de secretario de Prensa Médica. Entre los dos empleos ganaba arriba de ciento cincuenta pesos mensuales, que dejé de percibir para ir a ganar ochenta pesos en Ultima Hora. Viví así durante varios años la vida del periodista pobre, que resulta más pobre todavía porque tiene que vivir entre el lujo y la abundancia. Yo tenía mi platea fija en el Colón, mi smoking para las veladas de etiqueta y cinco trajes que me había ido haciendo a crédito. De los cinco tenía casi siempre cuatro empeñados. Por suerte tropecé con un prestamista humanitario que me permitía cambiar de traje. Le llevaba uno y sacaba otro, con lo cual la casa de préstamo venía a servirme de guardarropa. Era una vida incierta pero feliz. Yo me pasaba el tiempo contando las esperanzas del almanaque, las horas del reloj y las monedas del chaleco. Recuerdo que una madrugada salía de la redacción con Pepe Arias, que entonces era un actor incontratado e incontratable. Hicimos balance, sumamos nuestros capitales y entre los dos reunimos ochenta centavos.
–¿Qué hacemos, che, con tanta plata? –me dijo “el que te dije”.
Yo le propuse dar un paseo en coche, y él aceptó con estas palabras:“Gran idea. Así podremos soñar que somos ricos”.
“Y los dos nos metimos en un mateo que pasaba –continúa Amadori–. Al término del viaje convinimos en que lo mejor que podíamos hacer era buscarnos un empleo en una tienda y dejarnos de sueños y de fantasías inútiles.
“Francamente, Luis –me decía Pepe Arias–. Estoy cansado de esta vida artificial. El mejor día me presento a la Armada de marinero voluntario. Y pensar que yo abandoné la carrera de marino, en la que podría llegar a ser hasta contraalmirante, para dedicarme a cómico. Hay que estar loco para hacer lo que yo hice. ¿Y vos, que podías ser hoy un hombre de provecho, un doctor y hasta curar enfermos? Francamente –remataba Pepe Arias con alarmante sinceridad–. Yo creo que vos y yo, y Escobar y todos los que lo rodean, todos, hasta Porriño, todos estamos un poco locos.
“De aquella época de locura colectiva, sin embargo –prosigue Amadori–, conservo muchos recuerdos agradables. Uno de ellos es una medalla de oro del Círculo de la Prensa, por servicios prestados a esta entidad, en la que llevo el número 13 de sus socios. Otro testimonio sumamente grato para mí es una carta de Enrique García Velloso, en la que con aquella generosidad que él desbordaba me llama el Gómez Carrillo argentino por el desorden –dice– y el apasionamiento de mi modo de ser, de vivir y de escribir.”
–¿Qué otra cosa hacía usted, además de sus crónicas de Ultima Hora?
–Colaboré bastante tiempo en Caras y Caretas y en Plus Ultra. Pero mi verdadera pasión era el diario. Sentía tanto amor por el periodismo, que había días que me iba a acostar a las cinco o las seis de la mañana y me levantaba a las siete para armar el diario. Mejoré un poco la situación económica gracias a Augusto Alvarez, gran amigo y gran empresario, que me incorporó al grupo de colaboradores de las revistas del Porteño, cuando lo abandonaron Pelay, Romero y Bayón Herrera para pasar a la ópera. Al poco tiempo, al promediar el año 1926, la suerte y la amistad me depararon otra sorpresa. Al finalizar el banquete en el Savoy Hotel a Manuel Linares Rivas, tres amigos, Augusto Alvarez, Julio Escobar y Fernando Aranda, me llevaron al teatro Cervantes y me sentaron en el despacho del director. Yo creí que aquello era una broma propia de un final de banquete con abundantes libaciones. Pero al día siguiente Fernando Aranda, que era el empresario, me confirmó en el puesto y me comunicó que mi sueldo sería de setecientos pesos mensuales. No por eso renuncié a mi puesto en Ultima Hora, donde seguía ganando mis buenos ochenta pesos por mes. Por cierto que se daba esta situación de contraste: de día, en el teatro, yo era la primera autoridad y tenía más de sesenta personas a mis órdenes, y de noche, en el diario, los muchachos exagerando la confianza, me tomaban por el petiso de los mandados:
“–Che, director, pasame la tinta –decía uno.
“–Che, director, suspendé la regadera y pasame la máquina, que estoy apurado –exclamaba otro.
“Y así me traían de un lado para otro, con aquel ‘che director’ confianzudo y cachador. A pesar de ello yo no me hubiera ido nunca del diario si no me hubiesen echado. Para mí, entonces, era mucho más importante ser pinche en Ultima Hora que director del Cervantes.”
–¿Cuánto tiempo estuvo usted en el Cervantes?
–Dos años. Organicé las temporadas de 1927 y 1928. Hice mis primeros viajes a Europa para traer a Vera Sergine, a Tatiana Pavlova, a Italia Almirante, a Gretillat y a Valentine Tessier, que hoy es la primera actriz de Francia. También organicé varios conciertos y contraté a Berta Singerman, que por primera vez se presentaba en un escenario porteño. En ese mismo año de 1927 me inicié como autor. Al regreso de París estrené con Ivo Pelay en el Nuevo Un buen muchacho, adaptación del último éxito parisiense. Entré en el teatro con buen pie. Desde entonces, y ya han transcurrido trece años, raramente bajó mi nombre del cartel. Al desvincularme del Cervantes, pasé con Pelay a organizar la temporada de revistas del viejo teatro Comedia, y de allí pasé al Maipo, para no salir más de él.
–¿Cuántas obras ha estrenado usted?
–Entre colaboraciones, adaptaciones y obras originales llevo estrenadas unas quince piezas. Daré los nombres de algunas: Hay que hacer economías con la compañía de Carcaballo en el teatro Nacional; La honradez en pijama, con Luis Arata; El hombre que vio al diablo, con Enrique de Rosas; Hipódromo, con Ivo Pelay, en el Fémina; La otra noche en un banquete, con Alberto Ballesteros y estrenada en el Cómico por la compañía Alippi-Pomar, y diez estrenos más que alcanzaron variada fortuna. Y todo eso sin contar mi labor de revistero, en la que se agrupan más de ciento cincuenta títulos. Como se ve, desde Un buen muchacho hasta la fecha yo también he trabajado algo. He cobrado muchos miles de pesos por concepto de derechos de autor, pero le puedo asegurar que no me cayeron de arriba. El que ve una revista desde una platea no siempre se da cuenta del trabajo que cuesta escribirla, dirigirla y montarla.
–¿Cuándo apareció en usted el director cinematográfico?
–Cuando ya el autor y el director teatral habían acumulado abundante experiencia. La primera oportunidad se me presentó sin buscarla, como me ocurrió en el periodismo y en el teatro. Digamos aquí, de paso, que mi vida se rigió a menudo por la contingencia y por lo inesperado. La iniciativa casi siempre partió del otro, o nació de una circunstancia fortuita, aunque después procuré yo extraer el mayor partido posible de la oportunidad que se me brindaba. Esa oportunidad me la proporcionó en el cine don Angel Mentasti, cuyo nombre pasará a la historia como el auténtico pioneer, como el verdadero fundador del cine argentino. La primera vez que conversé con él se debió a un motivo de rivalidad antes que de colaboración. En una de las revistas del Maipo se anunció el tango Cambalache, que don Angel Mentasti había adquirido para su película El alma del bandoneón. Y don Angel se me apareció en el teatro acompañado de escribano competente y dispuesto a impedir el estreno del tango. Yo lo invité al café de enfrente con el fin de parlamentar y arreglar el conflicto. Al rato éramos íntimos amigos y hablábamos mano a mano sobre cine y teatro. Terminó pidiéndome un argumento para Pepe Arias. Al día siguiente le llevé un esquema de la película que después habría de llamarse Puerto Nuevo. Don Angel quería que la dirigiera yo solo. Pero yo sólo acepté el compromiso de compartir la dirección con Mario Soffici. El secreto del éxito, o por lo menos de reducir al mínimo los riesgos del fracaso, está en medir uno las posibilidades propias y las ajenas. Nadie estuvo nunca más dispuesto que yo a someterme a las enseñanzas de los demás. En el periodismo entré llevado de la mano por Julio Escobar, Ivo Pelay me abrió las puertas del teatro, y Mario Soffici fue mi mentor en el cine. Hoy tengo la satisfacción de continuar siendo amigo de los tres. Tengo, por lo menos, el mérito de ser un discípulo agradecido.
–Agradecido y adelantado. En los tres casos se destacó usted con relieves propios, como dicen los gacetilleros novicios.
–La fórmula es muy sencilla. Consiste en saber hasta dónde se quiere ir y en medir hasta dónde se puede llegar. Esa ha sido mi norma en el periodismo, en el teatro y en el cine. Y como el éxito y el fracaso son simples problemas de cálculo y relación entre lo que se quiere y lo que se puede, no es nada imposible predecir los resultados de antemano. Yo practico este sistema y pocas veces me llevé sorpresas en el estreno, sobre todo en el cine.
–¿Cuántas películas lleva usted hechas?
–Después de Puerto Nuevo he filmado, bajo mi sola dirección, El pobre Pérez, Maestro Levita, El canillita y la dama, Madreselva, Palabra de honor, Caminito de gloria, El haragán de la familia y Hay que educar a Niní. A ellas hay que agregar la versión castellana de Pinocho, que me valió una encendida felicitación de Walt Disney. En las nueve películas nacionales que llevo hechas tuve siempre de protagonista a alguna de las cuatro figuras máximas del cine nacional. Con Pepe Arias hice cuatro películas, dos con Libertad Lamarque, una con Niní Marshall y dos con Luis Sandrini, a quien acompañó esa flor de la simpatía que se llama Rosita Moreno.
–¿Y qué puede usted decirnos de sus experiencias cinematográficas?
–Que lo mejor que puede hacerse en el cine es ir a él con sinceridad. Mostrar lo que se debe mostrar y esconder lo que se deba esconder. Creo que fue Castelar quien dijo que para hacer un discurso hacían falta tres cosas: tener algo que decir, decirlo y callarse después. La misma receta podría aplicarse al arte de hacer una película. No creo en los directores que quieren imponer su personalidad a los intérpretes. La obligación de un director es descubrir y reflejar la mejor personalidad del intérprete. La mejor técnica, se sabe, es aquella que no se nota. De igual modo podría decirse que el mejor director es aquel cuya influencia desaparece de la pantalla para ceder el lugar a la narración y a los intérpretes. Yo dirijo una película desde el punto de vista del espectador, nunca del actor.
–¿Influyeron algo en usted sus viajes a Hollywood?
–Nada en absoluto. Fueron meros viajes de placer y curiosidad. Aquello es distinto a lo nuestro. El cine argentino no tiene por qué parecerse al norteamericano ni al europeo. Cada país debe crearse su cine propio, como se ha ido creando su teatro. El cine francés tiene un sello absolutamente distinto del que se hace en Hollywood. El sello del cine argentino se lo van dando intérpretes más destacados, no sus directores, ni sus argumentistas, ni sus técnicos. Una película de Libertad Lamarque tiene que ser forzosamente distinta de una película de Pepe Arias. Quizá con el tiempo podamos hacer películas de conjunto: pero por ahora es la personalidad del intérprete la que aporta el mejor factor del éxito.
La conversación con Luis César Amadori se ha prolongado más de la cuenta. Nos disponemos a despedirnos no sin antes hacerle la última pregunta:
–¿Qué vida le agradaría llevar a la pantalla?
–La vida de Florencio Sánchez –responde, poniéndose de pie, no sabemos si porque el reportaje toca a su fin o en homenaje al autor de Los muertos–. Y no será difícil que haga esa película. Me gustaría Mario Soffici para encarnar el protagonista. Soffici es un gran actor, que se está malogrando absorbido por el director. Estoy seguro de que sabría hacer revivir la figura a la vez fantasmagórica y humana de Florencio Sánchez. Florencio Sánchez es mi gran admiración. La sala donada por mí a la Casa del Teatro lleva su nombre. Admiro por igual al hombre y al dramaturgo. Y ya que no pude seguir las huellas de éste en el teatro, por lo menos trataré de fijar en la pantalla su imagen de artista soñador y enfermo, de bohemio sentimental y desdichado, de creador sincero y apasionado que parecía sentir en carne propia el dolor de sus personajes. El mismo fue un personaje profundamente dramático y humano. Volcó su personalidad, fragmentariamente, en cada una de sus obras. Mi ideal sería reunir esos fragmentos en la “Vida de Florencio Sánchez”. Si logro lo que imagino, podré decir que realicé una obra digna del gran dramaturgo rioplatense.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Antonio Di Benedetto nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunas materias de abogacía, se dedicó al periodismo: fue subdirector de los diarios Los Andes y El Andino y corresponsal de La Prensa. En 1953 publicó su primer libro de cuentos, Mundo animal, al que le siguieron, entre otros, El Pentágono (1955), Zama (1956), El cariño de los tontos (1961), El silenciero (1964), Los suicidas (1969). Su literatura se encuadra en un sistema narrativo que, si bien responde a cánones de filiación realista, registra los desvíos y las nuevas formulaciones de la renovación de los años sesenta. Promueve una literatura alejada de todo regionalismo o pintoresquismo al sostener una perspectiva urbana sobre una temática y un ambiente regional. Obtuvo numerosos premios y distinciones internacionales: el gobierno italiano lo condecoró como Caballero de la Orden de Mérito (1969), fue designado miembro fundador del Club de los XIII (1973) y recibió la Beca Guggenheim (1974). En 1976, pocas horas antes del golpe militar, fue detenido por el Ejército y sometido, durante un año y medio, a cárcel y torturas. Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente al país a finales de 1984. Ocho meses después, Jorge Halperín le realizó esta entrevista que, bajo el título “Lentamente estoy volviendo del exilio”, gira en torno de los principios estéticos de su literatura y de los largos años de exilio. Murió en Buenos Aires el 10 de octubre de 1986.
Jorge Halperín nació en Buenos Aires en 1948 y se inició en el periodismo en 1967. Fue redactor de la sección de espectáculos de La Razón (1971–1977), y de las secciones de ciencia y de cultura de El Cronista Comercial (1975-1976). Desde 1979 trabaja en la redacción de Clarín, donde se especializa en entrevistas a intelectuales, científicos, artistas y escritores. En la actualidad dirige la sección Opinión y el suplemento Cultura y Nación.
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DI BENEDETTO
Entrevistado por Jorge Halperín
Clarín,
14 de julio de 1985
Vladimir Nabokov comparó el trabajo del escritor con el de la Naturaleza. Dijo que la Naturaleza tiene un maravilloso sistema de engaños y sortilegios y que el escritor lo reproduce y actúa como un gran embaucador. ¿Usted se siente un embaucador?
–En la medida en que en algunos relatos he cultivado la picaresca, puede ser. Desde luego que en cuanto hay cosas inauténticas, pero que uno puede aceptar como verosímiles, el trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva. Creo que Borges encontró una fórmula: dice que el autor escribe sobre lo que descree para hacer que lo crea el lector. Lo fantástico es así.
–Usted construye literatura fantástica con personajes carnales. ¿Por qué?
–Es la fuga de la realidad. A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere.
–¿Cuáles son las reglas del sueño?
–Reglas no tiene, sino características. Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.
–Su última novela Sombras nada más, se construye a partir de los sueños.
–Yo he tratado de darle una relativa forma novelística. El cauce mayor es una reunión de sueños para los que me ejercité escribiendo un par de cuentos y busqué lo que llamo el sueño inducido.
–¿Qué es?
–Creo que se puede llegar a soñar lo que uno quiera por una necesidad espiritual muy grande de evadirse hacia ese sueño o de reencontrar en él a una persona.
–¿Es una experiencia real?
–En algún momento tuve la impresión de que yo me había inducido y había conseguido hacer tales o cuales cosas en el sueño o provocar la aparición de tales o cuales cosas. En un cuento que traje de España relato la necesidad del reencuentro con mi madre fallecida y cómo se va transformando el paisaje o la cantidad de personas que ella frecuentaba, o sus visitas a mi departamento de la calle Fundadores. Y yo escribía de inmediato, como cuando viví en un bosque de New Hampshire, Estados Unidos. También soñé con mi padre, que se escapaba de la tumba y, como lo había hecho en vida, se dedicaba a perseguir mujeres y cometer infracciones. Y yo tenía que atarlo con una cuerda a la tumba para que anduviera pero no tanto, y yo pudiera educarlo, adoctrinarlo.
–¿En la vida de vigilia también siente que tiene un mandato de enseñar y adoctrinar?
–En política, la única participación que tuve fue una muy breve en el Partido Socialista de Alfredo Palacios y pensé que tantos milenios de trampas y miserias cambiarían si se daba una fuerte conciencia moral. También lo propugné como profesor.
–¿Piensa que tiene alguna misión?
–Hablar de misión sería demasiado grande. Yo lo llamaría preocupación ética que, creo, existe en todos mis libros.
–Me hace evocar una anécdota mencionada en un reportaje que le hicieron: decía que en su despacho de director del diario Los Andes tenía una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes venían a verlo.
–Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ellas. Y... aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea por la mirada y por las manos.
–Es una visión muy particular.
–Fíjese: cuando nos cruzamos con alguien por la calle, le adivinamos los designios con sólo observar dónde posa su mirada o qué frescura o limpidez tiene, o qué grado de condensación hacia la amargura o qué sedimentos de tristeza carga. La mirada indica todo eso. Y luego, la mano es corroboración de todo lo malo, porque suele ser un puño abierto.
–Es como mirar al hombre en posición hostil.
–Lo común es que el hombre se esté clavando las uñas para no clavárselas a los demás, no porque no quiera sino porque no se lo permite. En vez de destrozar al otro con la mano abierta, cierra el puño anímicamente, simbólicamente.
–¿El hombre tiene como condición usar las manos para dañar?
–Las manos como síntesis de toda la capacidad corporal. También usa los pies, sobre todo cuando está descontrolado. Cuando puede, guarda las formas y usa la palabra o las manos. Pero cuando está descontrolado, se vuelve animal de cuatro patas y da la patada.
–Usted ha admitido la ambigüedad: la agresión pero también la búsqueda del contacto con el otro por las manos. ¿Para qué se lavaba las manos con alcohol? ¿Para quitarse todo lo que del otro quedó posado en usted?
–En cierto modo sí. Pero creo que el alcohol lo usaba nada más que cuando había hecho un juicio severo sobre la mano que recibí, sobre la persona, que me parecía repelente en lo moral. No se olvide que el despacho del director de un diario suele ser un depositorio de acusaciones, de maldades y tormentos, y si a uno lo contaminan, a lo mejor lo siente en las manos. Además, había una razón práctica: el baño estaba en el otro piso y no tenía tiempo de lavarme con agua.
–Parece la ceremonia religiosa de expurgar el mal.
–Yo tengo un origen fuertemente religioso. Principalmente por mi padre, y también por mi tío que fue sacerdote. Siempre he sido cristiano y fui víctima de cristianos que no lo son.
–Usted ha buscado siempre la soledad, pero también le tocó vivir un encierro no voluntario.
–Pero fíjese que la prisión de un año y medio que sufrí entre 1976 y 1977 fue uno de los encierros más transitados que he tenido en mi vida. Estaba visitado de noche por los sueños –en realidad, por las pesadillas porque allí no era posible soñar diáfanamente–. Y de día, las requisas militares, los atropellos y la violencia eran mis visitantes. Por ejemplo, la tristísima noticia de que un compañero de pabellón se había suicidado colgándose con una toalla en la celda de castigo. Así que era una soledad demasiado visitada.
–¿Esa soledad no elegida cambió su carácter?
–Me parece que sí. En algunas situaciones me he vuelto una persona de mayor capacidad para mover sus antenas en la captación de lo malo y lo dramático. Y, de otra parte, el resarcimiento de aquella experiencia me ha facultado para gozar a veces de la alegría. Soy un lector infatigable de chistes.
–¿Qué siente que perdió a partir de su cautiverio?
–Primero, perdí transitoriamente la fe, aunque luego me recobré. Había perdido la fe que uno puede depositar en un poder sobrenatural, en un Dios que gobierna para el Bien y no para el Mal. Es que vi una crueldad y una maldad infinitas. Y perdí, entonces, la fe en mis semejantes. Ya no me hizo confianza nadie. Pero también perdí la fe en mí mismo porque me sentí culpable, no de las culpas que me atribuían los militares, que, si eran culpas, podían haberse sancionado por una ley de prensa y no en el marco inhumano al que me sometieron. No, yo tenía conciencia de otras culpas de conducta frente a los demás y entonces desconfié mucho de mí. Pero pude salir de eso.
–¿Pudo cerrar la experiencia dentro suyo?
–Yo pensé que los desvíos crueles e innobles no podían ser permanentes ni albergarse en la conducta y el sentimiento de todos los militares. Y como eran indistinguibles –el uniforme los mimetiza en una multitud– yo tenía que aplicar una indulgencia muy amplia con un sistema muy práctico: la ley del olvido. Apliqué el olvido a muchas acciones que cada vez que las recuerdo me hacen sufrir una barbaridad y al otro día me levanto con trastornos hasta en el sistema motor de las piernas. No es fácil aplicar esa regla porque las heridas son muy grandes. Pero, de momento no he levantado el dedo para acusar a nadie, aunque tengo en el fondo de mi memoria algunos nombres (llora).
–¿Esa intensa melancolía que usted siempre transmite es porque siente que no ha encontrado un proyecto nuevo de vida?
–No quedé sin proyecto. Mantengo el de tratar de ser escritor, aunque ese sería el más noble y el más general. También deseo ir reparando el daño que con mi detención le hice a mi familia, que quedó disuelta, aunque yo nunca fuera acusado de nada concreto.
–¿Qué atractivos encontró en el encierro voluntario del bosque de New Hampshire?
–Primero, el no tener ninguna preocupación económica. Porque fue la beca de una fundación para que yo hiciera lo que quisiera durante varios meses en medio del bosque. Tenía todas mis necesidades materiales cubiertas: al mediodía, una caperucita roja me traía una canastilla con el almuerzo. Yo escribía todo el día y al atardecer, con la puesta del sol, cenábamos en una mesa donde lo más común era el pavo asado. Porque New Hampshire no tiene ganado vacuno. Es una zona de coníferas que se prolonga hasta Canadá, pero con unas plantas de hojas grandes de un estupendo rojo carmesí en el otoño. O sea el fuego, los vientos y la luz.
–¿Usted vivía solo la mayor parte del tiempo?
–Vivía totalmente encerrado escribiendo lo principal de Sombras nada más. Soñaba mucho y tomaba inmediatos apuntes en la mesa de dormir.
–¿El cautiverio no le hizo tomar miedo a la soledad?
–No. Si uno llena la soledad, no le tiene miedo. Yo escribía y pensaba. Mi método de trabajo consiste en pensar un párrafo, descomponerlo en frases y, luego, repitiéndolas en voz alta para percibir la cadencia que les he impuesto, corregirlas para que tengan una adecuada sonoridad, pensando cómo le van a resultar al lector.
–¿Como un músico?
–A veces trato de establecer una prolongada melodía. Como la melodía central de la composición armónica. Otras veces, no, pero siempre me esmero para que las frases y las oraciones tengan una construcción armónica y, si es posible, con cadencia.
–Ultimamente, usted ha declarado que siente que perdieron calidad sus narraciones. ¿Qué ha sucedido?
–Es que había períodos, que no consigo recuperar, en que podía evadirme de la forma periodística para pensar en forma puramente literaria. Se me hace difícil, no sé si por la edad o por la vida amarga que llevo, pero me sale comúnmente la forma periodística.
–¿Qué es lo que realmente cambió? ¿Su prosa o la mirada que echa sobre su prosa?
–Francamente, no le he meditado.
–Usted fue periodista gran parte de su vida. ¿Hay un abismo entre periodismo y literatura?
–No, al contrario. El ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario. Eso es muy valioso para un escritor. Pero más importante todavía me resultó lo que dijo un escritor, que creo que fue John Steinbeck, sobre su aprendizaje en el periodismo y la fluidez que le había dado para describir la vida y los personajes en la literatura. Fue cuando le dieron un gran premio, que también contó que había sido cartero por muchos años y lo echaron porque le resultaba irresistible violar la correspondencia buscando historias que excitaran su imaginación de escritor.
–¿Podría decirse que el periodista es una categoría diferente de escritor?
–No es diferente. Esencialmente, el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y hay que entregar esta noche para que se publique mañana. El escritor es un cronista, por momentos redactor, por momentos entrevistador. Es decir que varios aspectos de la profesión periodística están aglutinados en el escritor.
–Alguien dijo que es muy difícil que quien escribe regularmente por encargo no quede incapacitado para la literatura.
–Es difícil, pero yo tuve experiencias a favor y en contra. Por ejemplo, mi cuento “Caballo en el salitral”, que tuvo tan buenas consecuencias (premios internacionales, N. del R.) es el producto de una época donde yo trabajaba de sol a sol. Y lo escribí en cuatro horas de la madrugada.
–¿Cómo se inspiró para ese cuento donde casi no hay seres humanos?
–Fue una observación que hice a la hora de la siesta que, como usted sabe, en toda la zona de Cuyo, es el momento en que la ciudad se vacía. Al fondo de la calle Catamarca vi un carruaje de panadero estacionado. Me acerqué y observé el caballo atado, soportando todo el sol y sin comer, mientras que el carro rebosaba de panes. Me pareció absurdo que el animal estuviera atado a su alimento –aunque, claro, él hubiera preferido el pasto– sin poder comer. De ahí que lo pensara en el cuento llevando fardos y dando vueltas en el desierto desesperado de hambre sin saber que llevaba con él el alimento.
–¿Por qué escribió cuentos sin seres humanos?
–Porque me atropelló un desafío de Sabato. El anduvo por Mendoza hace muchos años y un grupo de amigos lo rodeamos para escuchar sus lecciones sobre tal o cual tema literario. Incluso, lo invitamos a nadar en un zanjón donde aprendimos cosas de la Naturaleza. Pasó un hombre con una gran bolsa y extrajo de ella unas ranas. Las excitó y los animalitos comenzaron a hacer una danza sexual que hubiera entusiasmado al autor del El beso de la mujer araña (Manuel Puig). Cuando Sabato concluía su estadía en la provincia, dio una conferencia sobre Madame Bovary, de Flaubert, y en un pasaje dijo que en toda novela no puede faltar el ser humano con sus sentimientos y su conducta.
–¿Usted pensó en una novela con objetos?
–Yo me quedé un instante quieto pero no me animé a replicar. Se me dibujó una contradicción en la mente. Yo vi como un cielo abierto –o cerrado– que descargaba una cantidad de granizo. Algunas de las piedras rompían una ventana, rodaban y golpeaban en su paso un vaso de agua. El vaso se iba sobre una carta escrita y el agua desflecaba la letra. La acción se completa sin que participe el ser humano. Fue por el cielo y el agua, los elementos de la Naturaleza.
–¿Y por qué sigue siendo literatura?
–Porque está escrito con algún estilo. Desde la composición al ordenamiento de los materiales hasta el encadenamiento de cada frase. Y, además, la belleza, la intensidad, el dramatismo o el agonismo que se ha puesto en cada pensamiento. Eso es literatura.
–¿Qué opinó Sabato?
–Yo escribí el cuento “El abandono y la pasividad”, pero como ya había partido hacia Buenos Aires se lo mandé por correo y le escribí: “Mire, Sabato, posiblemente una novela sin seres humanos no se puede hacer porque requiere más acción, la concurrencia de más episodios y la conflagración de los episodios, pero un cuento sí se puede”. Sabato, con su laconismo, que es de una maestría extraordinaria, me contestó: “La excepción confirma la regla”. Es decir que yo había conseguido escribir un cuento, pero no tenía razón.
–Usted ha dicho que uno de sus temas recurrentes es la provocación de la nada. ¿A qué se refiere?
–Hay que entenderlo de dos maneras: por un lado, es la búsqueda del auxilio de la muerte, por el suicidio. Entregarse a la nada por convicción –y en eso me aparto de la visión cristiana– de que después de la muerte no hay nada. En segundo lugar, que la nada se puede construir respecto del prójimo si se siente que él piensa de uno que es la nada. No en un sentido moral sino que no vale, que no existe, que lo “borran”. Es mejor vivir “borrado” cuando al existente lo meten en la cárcel, lo golpean y lo insultan. Pero en un sentido realista y moralista, la nada es también minimizarse, achicarse y eso puede implicar acobardarse. Entonces no lo acepto. Trato de ser valiente en la medida en que mi cobardía me lo permite.
–Hace ocho meses que está reinstalado en Buenos Aires. ¿Cómo le ha ido?
–Siento una gran frustración. Lentamente, estoy volviendo al exilio porque no me han ido bien las cosas. No puedo seguir poniéndole el hombro a una situación absurda. Fui llamado para venir aquí y ahora han dejado sin renovarme el contrato con el área de cultura oficial.
–¿Le dieron explicaciones?
–Me hablaron de “austeridad”. Salvo por mi modesto trabajo en la Casa de la Provincia de Mendoza, me resulta muy difícil sobrevivir. Y yo no sé qué hacer porque no tengo habilidades para otra cosa que no sea la cultura.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Héctor Jorge Cámpora nació en 1909. Inició su vida política militando en el conservadurismo en San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires. En 1945, junto con otros dirigentes conservadores menores, ingresó al peronismo. En 1946 fue electo diputado, y ocupó la presidencia de la Cámara entre 1948 y 1952. Impuso una fuerte regimentación de la bancada peronista y sancionó con dureza a los opositores. Sobre todo, se hizo famoso por su adhesión incondicional a Perón, que lo llevó a presentar veintiún proyectos de homenaje, y a declarar que antes que “consecuente” él era “obsecuente”.
En 1955 fue detenido, al igual que otros muchos dirigentes peronistas. En marzo de 1957 se fugó de la cárcel de Río Gallegos, junto con John William Cooke, Jorge Antonio, Guillermo Patricio Kelly y José Espejo. Se mantuvo en un segundo plano hasta que sorpresivamente, en noviembre de 1971, Perón lo convocó y lo designó su delegado personal, en reemplazo de Jorge Daniel Paladino.
Desde abril de 1971, el presidente Lanusse había iniciado la búsqueda de una salida política para la Revolución Argentina, negociando con los partidos reunidos en La Hora del Pueblo, de la que Paladino era un importante animador. La designación de Cámpora indicaba que Perón quería controlar personalmente, sin intermediarios independientes, la compleja negociación que se iniciaba. Por entonces Perón acentuó sus ataques al gobierno, estimuló a los grupos juveniles, que pronto serían incorporados a la dirección del Movimiento, y atacó a las Fuerzas Armadas desde la revista Las Bases, que dirigía la hija de su secretario López Rega.
Tres días después de realizada esta entrevista, Las Bases difundió un célebre documento de Perón: “La única verdad es la realidad”, cuyas líneas principales son anticipadas en estas declaraciones de Cámpora. Perón alienta medidas económicas de urgencia, reclama que se anticipe el llamado a elecciones y propone la constitución de un Frente Nacional que pronto se denominaría Frente Cívico de Liberación Nacional integrado por peronistas, frondicistas, conservadores populares y demócrata-cristianos. El documento es cauto respecto del gobierno y abre la puerta a una negociación, aunque Cámpora reclama que se la haga a través de representantes de alto nivel descartando al embajador en España, brigadier Rojas Silveyra.
De ahí en más, el diálogo entre Perón y Lanusse tuvo algunos momentos de fluidez y muchos muy ríspidos. Cámpora tradujo fielmente las instrucciones de Perón –quien de todos modos jugó con otras cartas– y puso un empeño personal en convencerlo de que retornara al país. El retorno se produjo en noviembre de 1972: Perón se entrevistó con los partidos políticos, organizó el Frejuli y se marchó el 14 de diciembre, indicando a Cámpora como candidato presidencial.
Los siete meses siguientes fueron sin duda los más notables en la vida de Cámpora: candidato presidencial triunfante y presidente vicario por propia voluntad, hasta su renuncia en julio de 1973. Luego fue embajador en México, retornó al país a fines de 1975 para asilarse en la Embajada de México luego del golpe de Estado de 1976. Los militares, ensañados con él, no le permitieron abandonar el país. Luego de una larga residencia obtuvo el salvoconducto que le permitió asilarse en México, donde murió en 1980.
En 1972, la revista Primera Plana empezaba a ser usada por los peronistas para hostigar a Lanusse, promoviendo el descontento entre los militares, y sobre todo entre los aeronautas. Desde junio comenzó a aparecer una columna sin firma, escrita por Julián Licastro, ex militar y dirigente juvenil, donde se traducían las ideas de los grupos juveniles radicalizados, en términos adecuados para los militares. La revista fue suspendida por el gobierno en septiembre de ese año.
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CAMPORA
Primera Plana, Nº 472,
11 de febrero de 1972
“Sí, ya lo creo. Fueron diez días de intenso trabajo.” En el Aeropuerto de Barajas, la madrugada del jueves 10, un sonriente Juan Perón sintetizaba a Primera Plana el resultado de sus últimas reuniones con Héctor Jorge Cámpora.
Entretanto, éste –impecable camisa de seda natural, pantalón beige, blazer azul– ascendía al Boeing 707 320B, matrícula norteamericana N 739 AL, que iba a traerlo de regreso a Buenos Aires. Ya sobre Ezeiza, el aparato debió revolotear más de una hora por falta de plafond para el aterrizaje. Fue el momento aprovechado por Primera Plana: abordando al Delegado Personal, consiguió recoger sus enfoques y revelaciones a tres mil metros del suelo. Una táctica previsora. Cuando el avión hubo tocado finalmente la pista, Cámpora apenas platicó unos minutos con los periodistas. En seguida fue introducido por su hijo Carlos Alberto y por el secretario general Jorge Gianola en su Chevrolet 400 verde, que partió hacia lo desconocido.
P. P.: –Doctor Cámpora, de sus conversaciones con Perón, ¿qué conclusiones extrae usted sobre el modo en que él ve lo que está sucediendo en la Argentina?
H. J. C.: –El general se halla sumamente preocupado sobre la situación económica en nuestro país y sobre las penurias que el costo de vida y el desempleo infligen al pueblo trabajador.
P. P.: –¿Y en lo político? ¿Insiste en su exigencia de que se acorte el plazo para la convocatoria a elecciones?
H. J. C.: –Sí, señor. Categóricamente.
P. P.: –¿Confían en que al fin se concretará la salida electoral?
H. J. C.: –¿Nosotros? Como la gran mayoría del pueblo argentino, somos escépticos.
P. P.: –El general Perón ha emplazado hasta junio al gobierno para que culminen las definiciones electorales. Ese plazo, ¿se mantiene o se ha acortado?
H. J. C.: –En ese terreno, el justicialismo continúa la tarea emprendida.
P. P.: –¿Qué piensa acerca de las manifestaciones que el Presidente habría formulado a sus camaradas de armas, calificando al futuro gobierno como “de transición y consolidación”?
H. J. C.: –Si ese trascendido es veraz, el propósito carece de sentido. El pueblo argentino jamás aceptaría “salidas condicionadas”.
P. P.: –¿Hay novedades en torno de la candidatura presidencial de Perón?
H. J. C.: –El general ha dicho que hará lo que quiera el pueblo. Y las bases ya se han pronunciado.
P. P.: –¿Cómo tomó Perón la propuesta de Rogelio Frigerio en el sentido de constituir un Frente Nacional?
H. J. C.: –Yo todavía no me encontraba en Madrid cuando fue el señor Frigerio. Pero el Frente Nacional ya existe: es la coincidencia de los partidos que aspiran a la normalización institucional del país, en juego limpio y sin pactos. El justicialismo integra esa coincidencia que es La Hora del Pueblo.
P. P.: –Pero según reveló el mismo Frigerio, muy pronto Perón recibirá al doctor Arturo Frondizi. ¿Qué trascendencia le atribuye a esa futura entrevista de ambos ex presidentes?
H. J. C.: –El general Perón siempre ha recibido y recibe a todos los argentinos inquietos por el destino del país.
P. P.: –¿Es cierto que el embajador Rojas Silveyra visita a menudo al general Perón?
H. J. C.: –No lo sé.
P .P.: –En Madrid se dice que hubo y que habrá otros enviados del gobierno argentino para conversar con Perón.
H. J. C.: –Yo también he escuchado decir eso en Madrid.
P. P.: –¿Es verdad que usted trae una cinta grabada del general? ¿Qué dice?
H. J. C.: –Sí, es verdad. El general Perón ratifica allí las consignas de unidad, solidaridad y organización.
P. P.: –A propósito de unidad, seguramente usted conversó con el general sobre la situación interna planteada en el justicialismo entre ciertos gremialistas y los representantes de la juventud...
H. J. C.: –Mire, acontecimientos así, lejos de resultar negativos, son los que verdaderamente le dan vida al Movimiento. Pero, en última instancia, usted sabe que para todo verdadero peronista no hay nada mejor que otro peronista. Si en estos momentos el país está asistiendo al espectáculo de antiguos adversarios políticos sentados a la misma mesa de una coincidencia, ¿cómo no van a poder superarse las diferencias que se generen entre peronistas?
P. P.: –Hoy se cierra la afiliación en el Partido Justicialista. ¿Cuándo quedará concluido el proceso de organización interna?
H. J. C.: –El 7 de mayo, día en que se conmemora el cumpleaños de la compañera Evita, se realizarán las elecciones de las cuales saldrán las autoridades partidarias definitivas. Con eso se completa el proceso de organización interna.
P. P.: –¿Habrá lista única?
H. J. C.: –Ese es el deseo del general Perón, expresado en la cinta a que usted hacía referencia. El jefe del justicialismo previene contra el peligro de los enfrentamientos internos, fomentados y aprovechados por nuestros enemigos.
P .P.: –Hablando de otra cosa, doctor Cámpora, ¿qué novedades trae acerca de las actividades próximas de Isabelita?
H. J. C.: –Lo primero que haré será ir a verla.
P. P.: –Tenemos entendido que ha postergado su gira al interior.
H. J. C.: –En efecto. La Comisión Nacional que integran todas las ramas del Movimiento y que debía programar esa gira de la señora estimó más conveniente postergar dicho viaje para mediados de marzo. Y como el general estaba ansioso por ver a su señora esposa, resolvieron que ella se trasladase ahora a Madrid, a fin de regresar a Buenos Aires sobre la fecha de la gira. La visita de la señora Isabel Perón ha despertado un enorme interés y entusiasmo en las provincias y es preciso diagramar su trayecto con el máximo cuidado, tratando de conciliar las aspiraciones de todos. Esto se los digo como un trascendido; oportunamente la Comisión dará a conocer el programa definitivo.
P. P.: –Una última pregunta, doctor Cámpora. ¿Vuelve Perón? ¿Cuándo?
H. J. C.: –Según calcula su abogado, el doctor Isidoro Ventura Mayoral, los procesos calumniosos e injuriosos que la reacción oligárquica urdió contra el general Perón podrían declararse prescriptos alrededor del mes de abril. Si ello se concreta, si el gobierno cumple entregando el pasaporte y si Perón estima que existen las lógicas condiciones de seguridad personal, el ilustre argentino va a regresar a su patria. Porque Juan Perón siempre hace lo que quiere el pueblo. Y su retorno triunfal a nuestra tierra hace dieciséis años que es el clamor unánime de las grandes mayorías argentinas.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
John William Cooke nació en La Plata en 1920. Su padre, Juan Isaac Cooke, integró el Irupo de radicales que se incorporó al peronismo, y en 1945 fue ministro de Relaciones Exteriores de Farrell. En 1946 John, que acababa de recibirse de abogado, fue electo diputado por la Capital Federal. De posición, independiente y convicciones nacionalistas, se opuso a la ratificación del Tratado de Chapultepec. Tuvo una participación destacada en la Cámara, donde permaneció hasta 1951. Fue miembro del Instituto Juan Manuel de Rosas, donde pronunció conferencias y del cual fue electo vicepresidente en 1954. Ese año editó la revista De Frente, en la que planteó sus posiciones nacionalistas, y combatió los contratos petroleros que negociaba el gobierno de Perón. Después del 16 de junio de 1955, Perón lo designó interventor del Partido Peronista de la Capital Federal, desde donde Cooke trató de movilizar y organizar a los peronistas para resistir el inminente golpe militar.
El 20 de septiembre fue arrestado en la casa de su amigo José María Rosa. Pese a estar en prisión hasta marzo de 1957, participó activamente en la organización de los distintos grupos protagonistas de la “Resistencia peronista”. Perón, que estaba exiliado, lo puso al frente del denominado “Comando Táctico”, y en noviembre de 1956 le dirigió una expresiva carta, en la que avalaba firmemente su acción y lo designaba su sucesor, en caso de fallecimiento. En marzo de 1957 Cooke escapó de manera espectacular de la prisión de Río Gallegos, en compañía de otros detenidos peronistas –Jorge Antonio, Cámpora, Espejo–, y se instaló en Chile, desde donde pudo operar con más eficacia para coordinar la acción de los distintos grupos clandestinos y terroristas. En 1958 participó en la gestión del pacto entre Perón y Frondizi, y posiblemente asistió a la reunión de Caracas, donde éste se efectivizó. Cooke volvió al país a fines de 1958, para continuar con la “resistencia”, y de inmediato fue detenido. A principios de 1959 participó activamente en la huelga del Frigorífico Nacional y en la intensa agitación subsiguiente. Por entonces, la militancia peronista se dividía entre los partidarios de la “línea dura” y la “línea blanda”, estos últimos, que buscaban un acuerdo con el gobierno, recibieron el aval de Perón y comenzaron a hostilizar a Cooke, tachándolo de comunista.
Perseguido, en 1959 abandonó el país y se instaló en Cuba, donde permaneció hasta octubre de 1963. Allí se entusiasmó con la Revolución, realizó diversas tareas de apoyo al régimen, entabló amistad con Ernesto Guevara e inició una larga tarea de acercamiento entre el peronismo y el castrismo, que incluyó el reclutamiento de jóvenes argentinos para ser entrenados en Cuba. Mantuvo una intensa correspondencia con Perón, que sólo interrumpió en 1966, e intentó convencerlo de que declarara su apoyo a Cuba y trocara su domicilio madrileño por La Habana. A la vez, se propuso reconstruir la tradición peronista en clave cubana e impulsar a los peronistas a seguir el camino iniciado por Fidel Castro.
En esas circunstancias fue entrevistado por la revista Che. El semanario apareció en octubre de 1960. Lo dirigía Pablo Giussani y entre sus redactores figuraban Julia Constenla, Hugo Gambini, Francisco Urondo, Carlos Barbé y Alberto Ciria. Se trataba de un grupo de partidarios argentinos de la Revolución Cubana, muchos de los cuales militaban en el Partido Socialista Argentino. Un poco antes, en febrero de 1961, Alfredo Palacios había ganado la elección de senador por la Capital, con una campaña centrada en la Revolución Cubana, y con el apoyo de muchos votantes del proscripto peronismo. El reportaje está ilustrado con dos fotos de Cooke: en una aparece con traje y corbata, probablemente de su etapa de diputado, y en otra con barba, boina y camisa miliciana. Che fue clausurada el 17 de noviembre de 1961. A fines de 1963, Cooke volvió a la Argentina y organizó Acción Peronista Revolucionaria, un pequeño grupo de discusión al que asistían futuros militantes como García Elorrio, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito, en donde siguió intentando la fusión entre el peronismo y el guevarismo. Sin embargo, mientras vivió su influencia fue escasa. Murió en septiembre de 1968. Desde 1971 sus escritos alcanzaron gran difusión y sus ideas fueron retomadas por la nueva izquierda peronista. Este reportaje fue reeditado en septiembre de 1975 por la revista Crisis.
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COOKE
Che,
8 de septiembre de 1961
John William Cooke y su esposa, Alicia Eguren, se encuentran en La Habana desde hace más de un año. Ambos forman parte de las milicias y colaboran –al mismo tiempo– en distintas publicaciones cubanas. Che ha entrevistado a Cooke en su residencia, el hotel Riviera. Sus respuestas, sin duda, son de trascendencia por la influencia que ha tenido –y conserva aún– John William Cooke entre las filas peronistas.
–En la Argentina la Revolución Cubana cuenta con apreciable apoyo popular y los esfuerzos de la propaganda reaccionaria –abrumadora y constante– son vanos por contrarrestarlo. ¿A qué razones atribuye esta perspicacia popular, pese a la prensa y agencias internacionales?
–Lo que eso demuestra, en primer lugar, es la madurez de nuestro pueblo, lo arraigado que está en él el sentido de la soberanía nacional. Tengamos en cuenta que esta recolonización de la Argentina es doblemente anacrónica: por producirse en la época de los movimientos de liberación en todo el mundo y por serle impuesta a un país que se había librado de la dominación inglesa y tenía conciencia de lo que significa el ejercicio de la soberanía. La consecuencia es que no solamente la represión es singularmente violenta, sino también la propaganda proimperialista. El pensamiento colonial utiliza el monopolio de la difusión para derramar una catarata de discursos, declaraciones, manifiestos, conferencias, editoriales, solicitadas, pastorales, etc., para confundir a la masa. En el caso de Cuba, sólo se difunden groseras tergiversaciones, embustes y planteos arbitrarios. Sin embargo, las clases populares disciernen lúcidamente y saben que la suerte de la Revolución Cubana incide en su propia suerte.
–Con respecto a Cuba, ¿cuál es la forma que adopta esta táctica de ocultamiento?
–Hay una sucesión de trampas. Todos los datos son falsos, al punto que la mentira de ayer es desmentida por la mentira de hoy. Después se hace una mezcla de los problemas concretos de la nación cubana con los problemas de la Guerra Fría y con las discusiones teóricas en torno al comunismo. Nuestra masa evita esos falseamientos porque va a la médula del problema, o sea, la agresión del imperialismo contra un país hermano que osó liberarse: así no hay forma de equivocarse.
Con motivo de la reciente invasión de gusanos al servicio de los yanquis, se vio cómo se desvirtuaba el problema planteándolo maliciosamente: se afirmó que la Revolución es comunista, como si eso fuese lo que estaba en debate. Un cierto porcentaje de papanatas quedó atrapado en ese artificioso enigma –ya fuera para coincidir con la tesis o para discrepar con ella–, lo que implica que, de ser concluyente la prueba sobre el carácter comunista del gobierno cubano, eso legitimaba que se agrediese a un país soberano. ¿Quién ha dicho que los Estados Unidos o los organismos internacionales tienen jurisdicción para hacer macartismo y determinar cuál régimen tiene derecho a ser respetado y cuál no?
–Supongo que Ud. sabrá que hubo algunos dirigentes peronistas que se “empantanaron”.–Eso demuestra que carecen de capacidad para dirigir nada y que invocan el nombre del Peronismo en vano. Con el pretexto de que nuestro gobierno era nazi, se buscó que Estados Unidos hiciese lo mismo que ahora hace con Cuba: los cipayos pedían la intervención yanqui y de los organismos como la UN; un canciller uruguayo inventó la tesis de la “intervención multilateral”, que es la que ahora se quiere resucitar contra los cubanos; se pidió que los países rompiesen relaciones con nosotros, por no ser “democráticos”, etc. Eran los mismos procedimientos y las mismas personas de aquí y del extranjero los que se movían para destruir nuestra soberanía. ¡Y cómo ardíamos de indignación contra el bradenismo y sus servidores! ¡Cómo protestábamos contra los Jules Dubois, los Figueres, los Haya de la Torre, los Ravines, contra Braden, Nelson Rockefeller, la gran prensa norteamericana y continental! Pues bien: todos ésos, y los miles de secuaces, ahora hacen lo mismo contra Cuba, ayudados por los mismos aliados que entonces tuvieron en la Argentina, desde los políticos tradicionales hasta las fuerzas vivas, la intelectualidad cipaya, las damas patricias y demás escoria enemiga de los descamisados.
¿O es que la UPI, la AP, el Time, etc., son reptiles cuando nos atacan a nosotros y “objetivos” cuando atacan a Cuba? Sumarse, aunque sea pasivamente, a esa campaña, es dar razón retrospectivamente a los vendepatrias: es negarnos como movimiento nacional-liberador.
–Hay algunos pequeños sectores peronistas influenciados por el “nacionalismo” que son activamente enemigos de la Revolución Cubana.
–Supongo que, en unos cuantos millones como somos, habrá de todo un poco. Hasta que quienes se dejen llevar por un extraño “nacionalismo” que ante algo concreto como el imperialismo que nos asfixia nos quiere hacer pelear contra los enemigos de ese imperialismo. El único nacionalismo auténtico es el que busque liberarnos de la servidumbre real: ése es el nacionalismo de la clase obrera y demás sectores populares, y por eso la liberación de la Patria y la revolución social son una misma cosa, de la misma manera que semicolonia y oligarquía son también lo mismo. Algunos sectores reaccionarios pudieron, en otras épocas, llamarse “nacionalistas” porque coincidían con el pueblo frente a los ataques de nuestra soberanía; ahora no, porque el antiimperialismo ha pasado a ser retórico en ellos, que vuelven a su raíz oligárquica y ante el caso de Cuba quedan al desnudo.
Como ya quedaron cuando contribuyeron a la caída del gobierno popular en 1955.
Hay que tener la cabeza muy hueca para creerse peronista y aceptar a esos teóricos del absurdo, que combinan las añoranzas del imperio de la hispanidad medieval con el apoyo práctico al imperio bárbaro norteamericano, y el culto a gauchos embalsamados con el paternalismo aristócrata frente al cabecita negra, para oponerse, nada menos, a Fidel Castro. Ocurre que Castro, a la cabeza de los hombres de la tierra, derrotó a puro coraje al ejército armado y entrenado por los yanquis para proteger a la satrapía batistiana; y que cuando los gringos quisieron llevárselo por delante, los echó de Cuba y les quitó hasta el último dólar, más de mil millones tenían invertidos en centrales azucareras, fábricas, empresas, bancos, etc. ¡Qué manera de apagar faroles! Sin embargo, parece que Fidel no es “nacionalista”, porque nunca se dedicó a predicar el exterminio de estudiantes semitas ni a delatar herejes incursos en el crimen de marxismo.
–¿Ud. no cree, entonces, que esos defensores de “Occidente” tengan influencia en su movimiento?
–Solamente entre cierta capa burocrática, que, por otra parte, nunca sirvió para nada, ni en el gobierno ni fuera de él. Ahora hacen méritos para que los dejen participar en el festín político y administrativo del que están excluidos los revolucionarios consecuentes. No hacen más que confirmarle al pueblo lo que éste siempre supo de ellos. Habrá siempre alguna confusión, por éstos que embarullan las cosas y por otros que, debiendo hablar, han callado. Pero el pueblo sabe que desde que Fidel Castro empezó a quitarles a los ricos para darles a los pobres fue la bestia negra (o roja) del continente. Claro que los gansos que creen que el Peronismo es parte del dispositivo de la “civilización y de la democracia occidental” quedan identificados frente a Cuba con los socios de Aciel y de la Bolsa de Comercio, con los socialistas conservadores y los conservadores de la infamia, con los exquisitos del Jockey Club, del Círculo de Armas, con Ascua Sur y las demás agrupaciones de conciencias muertas, con las numerosas instituciones, frentes y agrupaciones gorilas que piden nuestra sangre, con Gainza Paz, el almirante Rojas, el Dr. Vicchi, el brioso Toranzo Montero. Todas esas fuerzas son virulentamente enemigas de la Revolución Cubana, a la que odian tanto como el “régimen depuesto”: esas cosas no ocurren por casualidad, y nuestra masa no vive en la luna.
¿Hay algún personaje en la Argentina que logra, como Fidel Castro, que todas las cabezas del privilegio se unan para acusarlo de demagogo, comunista, totalitario, chusma, perjuro, punguista, motonetista, barba azul, asesino, incendiario, anti Cristo y otras lindezas semejantes, y contra el cual piden el cadalso, la bomba atómica o la muerte a manos de los “marines” yanquis? Creo recordar que sí. Y me resulta muy difícil entender cómo pueden indignarnos la difamación contra la versión pampeana del monstruo y quedarnos mudos cuando la víctima es la versión tropical.
–Hubo quien no repudió la reciente invasión a Cuba alegando que al no abrir juicio cumplía con la “tercera posición”.
–Con quien cumplió fue con su propia cobardía. A cambio de la riqueza que se llevan los yanquis nos dejan su histeria anticomunista que contagia a ciertos “dirigentes”. En el país reina un clima de terrorismo ideológico: ya no basta con no ser comunista; hay que demostrarle a la reacción que se es anticomunista. Y se llega a emplear el mismo lenguaje de nuestros enemigos: en lugar de dar apoyo total, solidaridad sin retaceos a Cuba avasallada, se agregan condenas al “imperialismo soviético”, lo cual equivale a aceptar las premisas del imperialismo agresor, que califica de crimen la negación de sus ansias hegemónicas y el derecho a elegir las formas de gobierno y los amigos que a cada país americano le resulten más convenientes.
La tercera posición es, precisamente, todo lo contrario. Significa no tener compromisos con los bloques mundiales, estar en libertad de tomar las decisiones más convenientes a los intereses nacionales. Significa tener criterio propio para apreciar cada hecho y cada actitud: no tenemos obligación de encontrar que cada cosa del señor Kruschev es perfecta o malvada; ni de estar de antemano en pro o en contra del bloque capitalista. En otras palabras, en cada momento y circunstancia nuestro tercerismo consiste en opinar libremente, no sumarnos al coro de los que ven en Estados Unidos la potencia rectora. A pesar de que nuestro gobierno tuvo que maniobrar solo, en un mundo hostil, en lo fundamental jamás se apartó de su independencia: no suscribimos el pacto de Caracas que establecía el peligro del “comunismo internacional” para así consumar el crimen contra Guatemala orquestado por Foster Dulles y otras bestias de la “Guerra Fría”; no firmamos los Acuerdos de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional, Banco de Reconstrucción y Fomento); no nos atamos por pactos militares bilaterales, etc. Nada de eso subsistió; las primeras medidas de la dictadura militar fueron adherirse a Bretton Woods, y hoy el FMI dirige nuestra política económica, y revocan por decreto el voto de Caracas; siguieron los pactos militares, los acuerdos sobre el Atlántico Sur, etc. Hoy somos un apéndice del imperialismo, lo que requirió modificar totalmente la política internacional fijada por el peronismo. El tercerismo fue una forma de no ser absorbidos por el imperialismo yanqui: en ningún caso puede ser excusa para plegarnos a su estrategia de guerra fría y para gritar junto con los derviches de la guerra contra los pueblos que han adoptado el socialismo. Es lo que hacen los terceristas como India, Yugoslavia, Egipto, etc., que no han vacilado en apoyar fervorosamente a Cuba y que no ven al mundo como una división tajante donde los “buenos” son las potencias occidentales. Es una posición para encarar los problemas, no para eludirlos. En el caso de un país hermano sometido a persecuciones de toda índole por el imperialismo, no ser terminantes, escatimar el apoyo, es renegar del tercerismo y apoyar al imperialismo. Así como hay farsantes que son antiimperialistas cuando las causas son lejanas y cipayos en las cuestiones argentinas, igualmente hay farsantes que gritan contra el imperialismo aquí y se suman a sus consignas en el orden mundial; estos últimos son los más peligrosos. La posición consecuente de un antiimperialista es desprenderse de los falsos esquemas como “Occidente y Oriente”, “Mundo libre y mundo comunista” y demás zonceras. Hay que estar con los argelinos, que son musulmanes, con los kenyanos, que son mau-mau, con los laosianos, que son budistas, y con los cubanos, que son barbudos. Y decirlo claramente y ayudarlos todo lo que se pueda y tener la valentía de despreciar las voces que se alzarán para acusarnos de comunistas, trotskistas, criptomarxistas, camaradas de ruta, idiotas útiles, filocomunistas, infanto-comunistas, etc.
–¿Existe algún pronunciamiento de Perón con respecto a la Revolución Cubana?
–¿Cómo cree usted que Perón podía desentenderse de un problema fundamental? Cuando dijo que la Revolución Cubana “tiene nuestro mismo signo”, enunció una fórmula exacta que indica la común raíz antiimperialista y de justicia social. Si Cuba ha elegido formas más radicales, ese es un derecho que ningún antiimperialista le puede negar; por otra parte, los procedimientos de 1945 tampoco sirven ahora para nosotros, y nuestro programa, según lo ha dicho repetidamente el propio Perón es de “revolución social”, que salvo para los que viven en el limbo sólo se puede cumplir socializando grandes porciones de la economía y buscando las formas de transformación profunda y total que correspondan a nuestra realidad nacional.
En cuanto al apoyo de la Unión Soviética a Cuba, sólo quienes se pliegan al bando de la oligarquía pueden hablar de “entrega” y demás tonterías semejantes, porque los cubanos no han delegado ningún atributo de su soberanía ni han entregado ningún resorte de su economía. ¿Qué eso sirve a la URSS para hacerse propaganda? ¿Y a los cubanos qué les importa?
Los quisieron matar de hambre, dejarlos sin petróleo, dejarlos sin vender el azúcar, que es su única fuente de divisas, atemorizarlos, agredirlos, quemarles los cañaverales; etc., el cipayaje estaba feliz porque serían castigados los “desplantes”, la insolencia frente al coloso. El mundo socialista les permitió salir de esa ruina a que estaban condenados, y he aquí que ciertos “antiimperialistas” resuelven que Cuba debió dejarse morir de hambre, o llamar a los embajadores norteamericanos para que la vuelvan a gobernar, para que no sufra la “democracia” y puedan seguir tranquilos Somoza, Ydígoras, Frondizi, Prado y demás paladines de la cruzada anticomunista. Todos regímenes democráticos que no podrán hacer lo que hace Fidel Castro: darle un fusil o una ametralladora a cada obrero, a cada campesino, a cada pobre.
En un documento del año pasado el general Perón indicó que el Movimiento debía apoyar todos los movimientos de liberación nacional, como Egipto, Argelia, Cuba, etc. Eso se ha respetado siempre, aunque ciertos sordos no han cumplido estas instrucciones ni las han transmitido a la masa. Y en una carta dice: “Yo sé bien lo que son las sanciones económicas. En 1948 nos las aplicaron intensamente impidiendo la provisión de todo material petrolífero y dejando sin efecto la compra comprometida para nuestra producción de lino que, en ese momento, representaba más del sesenta por ciento de la producción mundial. Como en el caso de Cuba, fue la Unión Soviética la que nos sacó del apuro comprando el lino y ofreciéndonos material petrolífero”. Tal vez deberíamos haber dejado que se pudriera el lino.
–¿Y no cree que también influya la Iglesia?
–La creencia religiosa es una cuestión del fuero espiritual y como tal respetable. Pero cuando algunos sacerdotes opinan de política entonces no puede invocarse para ellos el privilegio de que se les respete como cuando desempeñan sus funciones espirituales: deben ser enjuiciados de acuerdo con sus actos y posiciones políticas. Si se les hiciese caso en materia política, América no se hubiese independizado de España, o, tomando otra etapa posterior, en México reinarían los descendientes del emperador Maximiliano, Cuba sería colonia española. Si se les otorgase imperio en materia política, nosotros nos debíamos haber puesto en 1955 contra Perón, como ellos querían; entonces conspiraron con los enemigos del pueblo, como ahora lo hacen en Cuba.
Durante seis años nuestros compañeros han ido a la cárcel, han sufrido torturas, han sido echados del trabajo, han sido fusilados, sin que los altos dignatarios de la Iglesia hiciesen más que algunos inocuos llamamientos a la paz general, uniendo a verdugos y victimados como si las culpas fuesen comunes; cuando discriminaron, fue para atacar al “régimen depuesto” y para condenar la rebeldía de nuestra masa. No he leído la pastoral que condene a los asesinos de la “operación masacre”. No he sabido de ninguna epístola incandescente denunciando a los sicarios uniformados que aplicaban suplicios a la gente trabajadora. Pero basta que el señor Frondizi justifique la represión como defensa de “los altos valores del espíritu”, para que entonces sí se conmuevan esos duros corazones episcopales. En cambio, están muy preocupados y tristes porque en Cuba hay un gobierno revolucionario. ¿Por qué no dijeron nada cuando murieron 20.000 luchando contra el gobierno que mantenían los yanquis, cuando Nixon abrazaba a Batista y lo colmaba de elogios? ¿Por qué no se preocupan por Angola, donde las fuerzas “occidentales” mantienen la esclavitud aplicando la tortura? ¿O de Argelia, que ha movido la indignación de muchos católicos franceses por el sadismo de las tropas coloniales, cuyas técnicas aprenden nuestros jefes militares? ¿Les parece que hay poco dolor en el mundo y en América, como para que se dediquen al único país donde el pueblo se siente libre?
–¿Usted rechaza, por lo tanto, la tesis de que el peronismo es un freno contra el avance del comunismo?
–Una cosa es que nosotros tengamos una visión de las cosas argentinas que difiere de la del Partido Comunista y tratemos de mantener la adhesión de las masas trabajadoras; otra muy diversa unirnos al fanatismo regimentado que ve a los comunistas como criminales y a los países socialistas como enemigos del género humano. Esto es renunciar a la facultad de raciocinio y aceptar que el bando imperialista piense por nosotros. No necesito ser comunista para considerar que el principal responsable de la Guerra Fría es el imperialismo occidental, ni para comprender que el enemigo más grande que hoy tiene el género humano es la brutal plutocracia norteamericana.
En el orden nacional la manera de mantener nuestro prestigio en la masa no es actuando como ayudantes de los pastores para que el rebaño no se ponga arisco, sino ofreciendo soluciones revolucionarias a los problemas reales. Los que están en la jugada de presentarnos como defensores del orden contra el comunismo desnaturalizan la esencia del peronismo. Y, además, cometen una estupidez. Salvo para los energúmenos que ven conspiraciones bolcheviques en cada lucha popular, el comunismo avanza porque hay razones económico-sociales que así lo determinan. Esas razones no desaparecerán y se trata de ver quiénes darán las soluciones. Los que piensan en “conciliaciones” entre las clases o en paternalismos equilibristas están al margen del tiempo, como los que hablan de corregir los “abusos” del capitalismo. Pero lo que quieran dar soluciones, los que como nosotros aspiran a mantener su vigencia como movimiento de masas, tienen que ir al fondo de los problemas. No es posible enunciar aquí todas las cosas que debemos hacer, pero para terminar con el drama argentino hay algunas que son ineludibles, como por ejemplo: dejar sin efecto convenios petrolíferos, eléctricos, etc.; denunciar tratados militares y compromisos belicistas; expropiar las instalaciones petrolíferas y demás bienes de los monopolios; expropiar a la oligarquía latifundista y a los grandes empresarios industriales: expropiar los bancos, puertos, servicios públicos; socializar grandes ramas de producción, hacer una reforma agraria que respete las características de nuestro agro pero que elimine muchas de las formas empresarias de explotación; planificar la economía en escala nacional; nacionalizar la gran industria pesada; controlar los sectores de la economía que deban mantenerse bajo el régimen de la propiedad privada, etc., etc. Eso significa terminar con la democracia capitalista y sustituirla por nuevas estructuras que reflejen el predominio de las fuerzas del progreso, dirigidas por el proletariado. Es decir, que estaremos vulnerando el “derecho” de la libre empresa, de la propiedad y otros valores igualmente sacros: en otras palabras, seremos “comunistas”. Los factores de poder y la oligarquía en su conjunto nos consideran, desde ya, comunistas, porque nuestro triunfo implica el advenimiento de las masas, que exigirán soluciones y las impondrán. Como dijo Perón: “Las masas avanzarán con sus dirigentes a la cabeza o con la cabeza de sus dirigentes”. Nosotros lo sabemos y la reacción también lo sabe. Así que los que se hacen los “ranas” no engañan a nadie, y menos a la oligarquía, que tiene sensibilidad de sobra cuando se trata de que no le toquen sus privilegios. Los que quieren desempeñar el papel de “defensores del orden” harán el deleite de los monseñores y de los espadones de moda, sirviendo de preservativos por poco tiempo. O impulsamos el avance de las masas –y entonces somos peligrosos y nos llamarán comunistas– o tratamos de frenarlas, y entonces ayudamos a sembrar la confusión durante un tiempo y luego nos barrerán como a la demás resaca del orden caduco ocupando el Partido Comunista o quien sea la dirección que hemos desertado.
–¿Qué piensa de la unidad de las fuerzas populares?
–La unidad es indispensable y será un paso previo al triunfo popular. Lo principal es para qué hacemos la unidad, cuáles son los objetivos cercanos (como, por ejemplo, las elecciones) y cuáles los grandes objetivos. Unidad para simple usufructo politiquero, no. Sí, en cambio, para dar las grandes batallas por la soberanía nacional y la revolución social. En la lucha contra el régimen, es como llegaremos más pronto a la unidad, forjada en la acción; dentro del régimen nos esperan sólo frustraciones y derrotas; y pequeños triunfos que serán desastres.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El cacique Valdivieso comandaba una tribu de chiriguanos, indígenas que habitaban los contrafuertes de la serranía oriental salteña, junto al río Bermejo. Se distinguían del conjunto de tribus guaraníticas de la región chaqueña –matacos, tobas, vilelas, mocovíes– por la influencia que habían recibido de las culturas andinas. A los medios de vida comunes de la región –la caza de la “pavita negra”, pesca, recolección y cría de yeguarizos– agregaban una agricultura simple, la alfarería, la cestería y el tejido de ponchos. En sus contactos con las vecinas poblaciones de blancos alternaban el comercio con los ataques a los poblados, para llevarse ganado.
Desde mediados del siglo XIX se manifestaron los efectos del avance de la economía capitalista: los obrajes e ingenios presionaron para captar peones entre los indígenas, y los comerciantes para colocar cuchillos, cigarros o alcohol. También el del Estado, preocupado por controlar efectivamente la totalidad de su territorio. En 1884, cinco años después de finalizado el sometimiento de los indígenas del sur, se realizó una campaña similar en el Chaco, que concluyó con una victoria militar sobre las distintas poblaciones aborígenes. La apropiación de las tierras usadas para cazar, y la instalación en las márgenes del Bermejo alteraron profundamente las condiciones de vida de estos indígenas. Por otra parte, sus relaciones con el Estado fueron complejas, como se advierte en el doble título de Valdivieso, capitán y coronel, y en su propósito de conocer a las autoridades de su tierra. La ocupación del territorio por el Estado se completó en 1911, con una nueva y definitiva campaña militar.
La entrevista fue realizada por el diario La Nación, fundado por Bartolomé Mitre en 1870. Fue titulada “El Cacique Chiriguano. Su séquito. Una interview con lenguaraz”.
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VALDIVIESO
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La Nación,
21 de enero de 1896
Nos ha venido otra embajada del desierto.
Los viejos dueños del territorio, desalojados por la civilización, vienen mansamente de vez en cuando, a pedir un pedazo de tierra que labrar para vivir tranquilos. El año pasado fue uno del sur, Namuncurá, el descendiente de una raza belicosa y terrible, que ha tenido en jaque al país, y cuyo vencimiento llaman algunos todavía complemento de la civilización argentina, pues sólo merced a él pudo el progreso desarrollarse sin trabas ni temores, y el pioneer no fue a las comarcas deshabitadas a exponer otra cosa que su trabajo.
Hoy es uno del norte, de la tierra caliente que produce los hombres pequeños de estatura y ardorosos en la pasión.
El cacique chiriguano Gregorio Valdivieso, coronel honorario según algunos documentos, pasaportes y recomendaciones que nos ha mostrado; capitán –en el concepto de jefe o mandatario– según otros, ha llegado ayer lunes muy de mañana a esta capital.
Lo acompañan catorce hombres, todos de su tribu, entre los cuales se destaca el lenguaraz o intérprete, José Manuel Ruperto, un mozo inteligente, “criado con cristianos” en Bolivia, donde fue a trabajar desde muy muchacho. Se hace entender, aunque esté lejos de hablar correctamente.
Los otros trece son más o menos parientes del cacique, como sucede por regla general, y unos llevan nombres del calendario, otros puramente indígenas: son Silverio, Aravera, hermano del cacique, Eustaquio, su sobrino, Ariyu, Valentín, primo, Barihueta y Yasickira, Purinda, Achorancki, Urakesa, Jesús, Avankti, Segundo y Eustaquio.
Entre ellos hay uno, hermano del cacique, hombre de cien años, y que no los representa a decir verdad: seco, enjuto, exangüe, de ojos vivos que lucen a la sombra de ancho sombrero de palma, tejido por las mujeres chiriguanas, envuelto en semicivilizadas y roídas ropas, en los pies la usuta, ojota o sandalia de cuero apenas curtido, con el labio inferior perforado, y en el hueco el trozo redondo de madera, señal inconfundible de raza, es todo un tipo. Grave, solemne, examina cuanto le rodea, con aire entendido pero sin demostrar exagerada admiración.
Han traído sus mantas de vicuña tejidas en los telares primitivos por sus trabajadoras mujeres, los sombreros de palma cortada y trenzada, el arco y las flechas con punta de madera dura, que usan en la caza de la pava del monte y de los cuadrúpedos de pequeña alzada que les sirven de alimento, los grandes cuchillos de industria alemana que les venden a peso de oro en los pueblos cercanos a su toldería, y la flauta de caña tacuara, en que tocan quién sabe qué melopea incomprensible y melancólica.
Son de una pobre raza agotada, que ni aun ha conservado el salvajismo primitivo, pues echa mano de las modernas prendas de vestir –si tal puede decirse de los guiñapos que usan– y está toda ella extenuada, clorótica, con una palidez anémica que es antítesis a la exuberancia de vida de las comarcas que habita. Esos jóvenes salvajes, cuyas tres cuartas partes no han llegado a los veinte años, muestran en sus caras vivas, sorprendentemente inteligentes, todos los rasgos de la vejez. Se confundiría a los más viejos con los más niños, por la decoloración de la tez, por sus arrugas prematuras, producto de una alimentación insuficiente y de lo enervador del clima –si esas arrugas no llegaran a términos de fealdad tristísima en los ancianos, y no parecieran puramente de pobreza de sangre y músculo en los jóvenes.
Llegaron a Buenos Aires en el más absoluto abandono. El gobierno de Tucumán, a cuya capital llegaron a pie después de dos días de viaje, los dejó en el tren que les ha traído hasta esta ciudad, pagándoles generosamente los pasajes –creemos que de su particular peculio–. Allí, en la estación Central, nuestros colaboradores artísticos tomaron un croquis del extraño grupo: los reyes del desierto entrando al núcleo de la civilización. La operación no dejó de parecerles rara, pero a indicación del vivísimo lenguaraz, se dejaron hacer, mansamente, seguros de que no iba a resultarles daño. Muy despiertos, el tren, que Gregorio no había visto nunca, les causó honda y satisfactoria sorpresa –no muy demostrada cual conviene a los altos personajes en villegiatura– pero conviniendo con exclamaciones afirmativas en que aquello era más cómodo que andar a pie. A la llegada no se turbaron, y a fuerza de la insistente pregunta del lenguaraz: “¿Dónde casa gobierno? ¿Dónde casa gobierno?”, llegaron y se instalaron en el cuerpo de guardia, a espaldas de la Casa Rosada, donde minutos después estaba un miembro de nuestra redacción en conversación corrida con Valdivieso, por intermedio de José Manuel Ruperto, hábil traductor y distinguido diplomático según se verá después.
Expuesto el deseo de ver al cacique, se le llamó, y concurrió al punto llevando bajo el brazo un lío de papeles que presentó solemnemente a nuestro enviado.
Es Valdivieso un hombrecillo enjuto y doblado por la edad, de rostro abotagado pero de ojos brillantes, muy picado de antiguas viruelas, con ligeras hinchazones que deforman sus líneas generales, blancos pelos erizados y aislados de barba, cabellos largos, lacios, negros y apelmazados, ceñidos con una vincha y cubiertos por un ancho y bien tejido sombrero de palma. El labio inferior está perforado entre la barbilla y el labio propiamente dicho, y el agujero circular está llenado por un botón común de mosaico blanco y negro, que él ostenta gustoso estirando la piel con ayuda de los dientes. A eso le llaman ellos temeta y otros nombres de tan extraña enfonía, que renunciamos a trasladarlos por ahora al papel.
José Manuel Ruperto venía con el cacique, y al primer golpe de vista creímos hallarnos frente a un antiguo indio soldado. El se explicó. Se había criado en Bolivia, entre cristianos, por eso sabía hablar, quizá por eso sabía muchas otras cosas.
Los papeles eran, todos, a modo de pasaportes, cuidadosamente conservados durante años, y que parecen establecer la ilustre prosapia e indiscutibles prerrogativas del cacique; allí se habla de “coronel honorario”, de “capitán” y de otros títulos, por jefes de guardias nacionales, dueños de ingenios y haciendas, etc., etc. Pero lo interesante es la palabra del cacique por intermedio del lenguaraz, y vamos a ellos:
–¿A qué han venido? les preguntamos.
–A ver goberno, contestó el intérprete en su media lengua. Goberno bueno, cacique decir goberno bueno cuando pusimos tren Tucumán. Antes, decir goberno malo, tener que ir caminando –do día a Tucumán, pero goberno Tucumán bueno, él dice (señalando a Valdivieso) caminar mejor.
Como tendríamos que traducir esta jerigonza, a riesgo de dejar de otro modo en ayunas a los lectores, preferimos hacer síntesis, considerando que la muestra basta.
–¿Cuántos vienen con Valdivieso?
–Catorce hombres.
–¿Quiénes son?
El intérprete enumeró bien hasta nueve. Faltaban cinco. Buscó, y dio dos nombres más. ¿Y los otros tres? Buscó de nuevo, no halló, se embrolló, y luego, en cuclillas, se puso a hacer rayas en el piso, ensimismado, absorto:
–¿Están Urakesa, Avankti y Eustaquio? –preguntó por fin, hallando las fallas en la fila ideal que había formado.
–No.
Completó la lista con un procedimiento mnemónico tan sencillo como eficaz, y la entrevista continuó:
–¿Cuántos hombres manda Valdivieso?
–Dos mil; contando hombres, mujeres y chicos, todos, son dos mil.
–¿Son amigos de los argentinos?
–Amigos, sí, pero quieren que el gobierno los defienda, porque vienen cristianos que se los llevan a trabajar de balde, y ahora nosotros somos argentinos.
–¿Dónde viven, pues?
–En Itapua, en Tacuarenda, en Isenda, en Chareti, toda la comarca se llama la Kiriquirigua, y está en la costa del Bermejo, donde pescamos; nosotros queremos que el gobierno bueno nos ayude, porque nosotros somos buenos.
–¿Y quieren tierra?
–Sí.
–¿Cuánta tierra?
–Serán unas cien leguas.
–¿Y qué van a hacer en esa tierra?
–¿A hacer? Plantar cañita, plantar batata, plantar cositas para comer.
–¿Tienen animales?
–Algunos, pocos, tienen vaquitas, nada más.
En esto el cacique Valdivieso, que escuchaba sin entender, curvaturado, apoyado con ambas manos en el bastón, pues había dejado el sombrero en el suelo y sólo las greñas negras y apelmazadas encuadraban con la vincha su rostro abotagado en que sólo vivían los ojos, se adelantó un paso y con una verbosidad inconcebible, comenzó a endilgarnos una serie de palabras guturales, con sonidos monótonamente repetidos, rasgos de quechua y de guaraní para un oído no versado, en un discurso que escuchamos con el aire más entendido que nos fue posible adoptar. Cadenciosa y rápidamente dejaba caer las sílabas, con apoggiaturas y calderones, notas largas, en el monosilabismo aquél. En vez del ¡bravo! que podía esperarse, después del esfuerzo oratorio, nuestra exclamación, dirigida al intérprete, fue:
–¿Qué dice?
–Dice “que goberno muy bueno”. Que él “quiere mucho a goberno, y que en su tribu no quiere que haya gentes malas, que peleen ni roben, señor”, dice. Dice “señor, nosotros somos gente buena que quiere trabajar, que tiene hambre y que no come, ni tiene cigarros, señor”. “Qué ahora, señor –dice– no puede ver goberno, y su gente tiene que tener comida y cigarros, señor”, dice. “Que do peso necesita para comer y para la gente, señor”, dice.
Recalcaba el señor, atribuyéndolo siempre al cacique, pero con tan manifiesta intención diplomática de agradar, que le contestamos:
–Dile al capitán que está muy bien. Antes de irme, le daré algo. Ahora, contesta: ¿cómo viven ustedes en el Chaco?
–En ranchitos chiquitos de paja, señor. Cazamos pavas del monte con flechas, pescamos en el río. Pava linda, como gallina grande negra.
–¿Cuántas mujeres tiene el cacique?
–Una sola. Otros jefes tienen cuatro, seis; él una sola. Tiene un hijo y una hija, nada más; otros muertos; el hijo se llama Apolinario. El capitán (el cacique) ya tiene más de noventa años. Pero nunca tenido más de una mujer.
–Y ese agujero que llevan en el labio, con un pedazo de madera ¿qué es?
–Quiere decir que es chiriguano, pero ahora no se hace.
En efecto, entre los jóvenes sólo vimos a uno que lo llevara; los viejos, todos.
–¿Y es buena la tierra que piden?
–Buena, buena; linda, linda; mucho agua, buenos campos con árboles; allí sale todo lo que se siembra.
Vino en seguida, otro discurso del cacique, tendiente a manifestar cuánta era su esperanza en el gobierno y cuánta su resolución de manejar a su tribu con daño y condenación para los malos que en ella aparecieran. Y concluyó, siempre según la traducción del lenguaraz, diciendo:
–Yo soy muy viejo, y no he querido morirme sin ver al gobierno de mi tierra, y pedirle que me proteja. Yo no volveré más porque estoy ya muy cerca de morir, pero desearía que no abandonaran a mi gente. ¡Yo ya soy muy viejo y no volveré más!
Parece que entre los indios es conocido el refrán de que las cosas de palacio van despacio, porque el lenguaraz agregó en seguida, hablando esta vez por su cuenta:
–El no vendrá más, yo vendré, yo vendré después; él quiere que yo vuelva para que todo esto quede arreglado.
Y por eso decíamos que el hombre era diplomático: los hechos lo manifiestan.
–Bueno, veamos a los demás. ¿Dónde están?
–Allá, allá.
No sabía decir dónde, como es natural. Salieron él y el cacique, guiando, acompañónos el teniente de guardia, amabilísimo, y atravesando la vía fuimos a dar a los informes restos de la Aduana, donde a la sombra de las construcciones demolidas estaban los trece chiriguanos restantes mirando fijamente la casa de gobierno, sin demostrar en su rostro la admiración que les causaba ese, para ellos, prototipo de la arquitectura más grandiosa que quepa en cerebro humano. Calentaba el sol en la atmósfera húmeda, y ellos estaban tranquilos, sin una gota de sudor, en el cinto la pesada cuchilla alemana, al lado de las mantas de lana multicolor, indiferentes a la curiosidad indiscreta de los pocos que por allí pasaban, peones y carreros. –¡Dice que esto es un gusto! –exclamó el intérprete refiriéndose al cacique y señalando el frente posterior de la casa de gobierno, que se está pintando ahora. Los demás dicen también.
Dimos una corta suma al cacique, quien no hizo siquiera mención a agradecer el presente. Preguntó, eso sí, el valor de los billetes al lenguaraz, se ocupó de su curiosa caravana, y nosotros aprovechamos el momento para irnos, pues el sol picaba, y ya hubiera sido difícil obtener mayores informaciones.
Ayer se presentó el cacique en el ministerio de la Guerra con el objeto de iniciar sus gestiones; pero no pudo ser recibido por haberse retirado el Sr. Villanueva. Hoy probablemente será atendido.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/63138-20789-2006-02-15.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Manuel Gálvez nació en Paraná, provincia de Entre Ríos, el 18 de julio de 1882, y murió en Buenos Aires, en 1962. Ensayista y novelista, se inició en el periodismo como director de la revista Ideas en 1903 y después colaboró en Nosotros, La Nación y varias publicaciones católicas. En 1904 obtuvo el título de abogado, con una tesis sobre la trata de blancas. Exponente del nacionalismo cultural y temible polemista, exhibió sus tesis en El diario de Gabriel Quiroga (1910), El solar de la raza (1913), Hombres en soledad (1938). En sus cuentos y novelas, Gálvez mantuvo los procedimientos del realismo, al representar la realidad social y política con decidida intención crítica. En La maestra normal (1914), El mal metafísico (1916), Nacha Regules (1919), Historia de arrabal (1922) denunció hechos sociales desde un sentimentalismo y un pietismo humanitario que lo acercaron a los realistas rusos: la prostitución, el hacinamiento, la falta de instrucción, el oscurantismo religioso.
La entrevista, titulada “Manuel Gálvez, atacado también del mal metafísico, tuvo más suerte que el protagonista de su novela”, se realizó tres meses después del golpe de Estado que derrocara al presidente Hipólito Yrigoyen, a quien Gálvez, pese al disgusto de su mujer y sus hijos, había votado en las elecciones de 1928. Sin embargo, celebró el golpe de Estado liderado por el general Uriburu, acorde a sus ideales católicos y nacionalistas. A partir de ese momento, el presidente del PEN Club y militante defensor de los derechos profesionales del escritor se dedicó a la prédica nacionalista y a la defensa de la doctrina social de la Iglesia en libros y artículos publicados en diversos medios periodísticos.
La entrevista se publicó en la sección titulada “Las grandes figuras nacionales”, que estaba a cargo de Pedro Alcázar Civit. El primer reportaje aparecido en esta sección fue realizado a Ricardo Rojas el 23 de mayo de 1930 y en él se explicaba la finalidad de la sección a través de una cita de Almafuerte. “La presentación de ciertos hombres, por más conocidos que ellos sean, ni es una redundancia ni es una impertinencia. Al hombre de mérito, al ciudadano útil, en el consejo o en la acción, no hay que olvidarlo nunca. Dejarlo, siquiera sea, a esa media luz del recuerdo que se llama indiferencia, ya es un delito. Peor que un delito: es un error que suele pagarse con las mismas lágrimas con que se llora lo irreparable.” Las entrevistas de Pedro Alcázar Civit, que aparecen en todos los números de El Hogar, se caracterizan por la reconstrucción de las trayectorias privadas y públicas de los entrevistados, como lo ejemplifica la realizada a Manuel Gálvez. Se publicaron entrevistas a Quinquela Martín, José Figueroa Alcorta, Ramón J. Cárcano, Ricardo Rojas, Alfredo Palacios, Carlos Ibarguren, Manuel Carlés, entre otros.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-63063-2006-02-14.html
GALVEZ
Entrevistado por Pedro Alcázar Civit
El Hogar, Nº 1103,
4 de diciembre de 1930
Manuel Gálvez, que escribe exclusivamente a máquina, parece que hablara a máquina también. Su palabra, en efecto, tiene algo del isócromo martilleo dactilográfico que produce quien compone impulsado por un pensamiento abundante, sólo interrumpido a veces para precisar un concepto.
–Yo nací en Paraná, pero no me siento entrerriano. Mi madre es entrerriana y mi padre santafesino. Solamente me sentí entrerriano cuando Entre Ríos se cuadró a Yrigoyen. Algunos sin embargo me han considerado como yrigoyenista, porque en Córdoba en una conferencia de mi querido amigo el doctor Ernesto Laclau, le presenté unas cuatro paginitas. La conferencia era un análisis filosófico de toda nuestra política; y en la presentación declaré que yo no actuaría jamás en ningún partido, para tener derecho a juzgar algún día con imparcialidad la política de mi país. Elogié tres o cuatro orientaciones del gobierno anterior de Yrigoyen, y esto bastó para que se me encasillara. Pero eso fue antes de las elecciones presidenciales. En el último año yo fui un entusiasta enemigo del gobierno de Yrigoyen... Un hombre aficionado a raciocinar y a juzgar está opinando constantemente sobre hombres y cosas: aprueba esto, condena lo otro. Estas opiniones no son adhesiones partidistas ni compromisos políticos. Hace ocho años escribí unas líneas acerca de la conveniencia de implantar la representación funcional. Lo preconiza, además, uno de los personajes de La tragedia de un hombre fuerte. Si ahora volviera a escribir sobre eso se diría que adulo al gobierno... (Apunta en sus labios una risita nerviosa.) No he actuado nunca en política, aunque la política me apasiona. No los hombres, sino más bien las ideas que los partidos y los hombres, a veces sin saberlo, representan...
Manuel Gálvez nació el 18 de julio de 1882. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el colegio de los jesuitas, de Santa Fe, y en el Salvador, de Buenos Aires. La circunstancia de ser su padre, el doctor Manuel Gálvez, diputado nacional por Santa Fe, impuso a la familia una residencia alternada en la ciudad del mismo nombre y en la capital. El novelista, que tuvo una infancia feliz de niño mimado, fue un estudiante regular, cumplido, sin otras lecturas que las de los textos obligados. Tenía, eso sí, “extraordinaria abundancia de ilusiones e imaginaciones disparatadas, y le preocupaba dolorosamente la idea de la muerte”.
–En los preparatorios de Santa Fe, porque allá no había años, hice mis primeros estudios de griego, que he reanudado en 1926 y que sigo desde entonces con igual interés...
Se acerca a uno de los estantes de su biblioteca, inquieto siempre, movedizo, nervioso, toma un pequeño libro y nos lo muestra. Son los Evangelios en su lengua original. Lee unos versículos y traduce. Como algo también sabemos de eso, la conversación se generaliza, hasta que una nueva pregunta nuestra vuelve a encauzarla en el reportaje.
–¿Experimentó alguna influencia literaria en su niñez?
–Ninguna. El ambiente en que me crié fue en ese sentido completamente nulo. Sólo recuerdo que me haya hablado de estas cosas un primo de mi madre, Floriano Zapata, que escribía en un idioma castizo, ameno y socarrón, con bastante influencia de Valera...
A los quince años Gálvez entró en la Facultad de Derecho, sin la menor vocación, exclusivamente por rutina familiar.
–Nunca me sentí atraído –nos dice– por la abogacía, que logré cursar lánguidamente. Y mucho menos cuando empezaron a apuntar en mí las aficiones literarias, que fue, precisamente, en los primeros años de facultad. Me apasiona, en cambio, la arquitectura, sobre todo después de haber viajado por el extranjero.
De los dieciséis a los veinte años, mientras sigue mascullando de mala gana sus códigos, realiza serios estudios musicales en el conservatorio de Williams, y empieza a leer los clásicos españoles. Concentra principalmente su atención en el teatro.
–¿Su primera travesura literaria?
–Fue por esa época. El teatro me obsesionaba, y decidí escribir una zarzuelita, que estrenó en el antiguo teatro Rivadavia, hoy Liceo, la compañía de Angeles Montilla y Enrique Gil. Se llamaba La conjuración de Maza... El mismo asunto que utilizó luego Groussac en La divina punzó... Y tengo música nada menos que de Franco Paolantonio, el maestro ahora famoso, que era condiscípulo mío en el conservatorio.
–¿Usted tendría entonces?...
–Dieciocho años. Pero en realidad no pensaba todavía seriamente en ser escritor... Hice también una comedia, En las redes del amor, que resultó una cosa abominable. Lo más abominable que pudo haber. ¡Póngalo así!, ¡póngalo así!
Y nos indica con un gesto insistente que tomemos nota.
La verdadera carrera literaria de Gálvez empieza en 1903, cuando tenía veinte años. Edita entonces con Ricardo Olivera, actual ministro argentino en Paraguay, una revista de Letras que debía producir sensación en la época. Ideas, publicación mensual, de carácter moderno, casi un centenar de páginas de material selecto, se mantuvo por espacio de dos años. Colaboraban allí firmas que han alcanzado luego consagración en el país: Julián Aguirre, escribía sobre música; Martín Malharro, sobre pintura; Emilio Becher, sobre libros franceses; Ricardo Rojas, sobre españoles; Juan Pablo Echagüe y el mismo Gálvez, sobre teatro argentino; Atilio Chiapori, Mario Bravo, Mariano Antonio Barrenechea y otros.
–Esa revista Ideas ¿es, desde luego, La Idea Moderna que aparece en El mal metafísico?...
–Efectivamente. En esa novela está reflejada la vida literaria de la juventud de mi época. Usted habrá reconocido a la mayoría de los personajes...
–Resulta muy fácil reconocerlos, hasta por la similitud de sus nombres fingidos con los reales: Almabrava, Almafuerte; el doctor Escribanos, el doctor Ingenieros; Juan Luis Heleno; José León Pagano; Carlos Noussens, Carlos Soussens, etc. Carlos Riga, el protagonista, ¿es usted?...
–Sí, soy yo. Yo era así: tímido, soñador. Pero nunca me dio por... (Con un ademán indica “empinar el codo”.)
–Ni tampoco anduvo muriéndose de hambre hecho un andrajo, como su pobre poeta. La coincidencia, felizmente para usted, es exclusivamente espiritual.
–¡Con muchos detalles materiales también, no crea! Hay escenas que son trasunto fidelísimo de la realidad.
–Pero usted es bastante menos haragán que él...
–Yo soy haragán, como todo criollo, pero tengo mucha voluntad, una gran voluntad.
–Eso es lo que lo ha salvado entonces del triste destino de su protagonista.
–Eso y muchas otras cosas –nos contesta el novelista con una risita nerviosa.
(Pensamos en que tal vez Gálvez haya tenido más suerte en el amor que Carlos Riga, pero no nos atrevemos a formularle una pregunta, seguramente indiscreta. Cuando los escritores, por otra parte, quieren hacer confidencias no necesitan del intermediario cronista. Por eso constituyen para nosotros los peores clientes. Su instinto profesional les impediría entregar a manos ajenas lo que pueden explotar directamente.)
Disloquemos un poco el cuestionario.
–Por esos años de adolescencia, ya definida su vocación literaria, ¿pensaba usted escribir novelas?
–Sí, pero a los treinta años, que es la verdadera edad para empezar a escribir novelas. Cuando tenía veinte tracé el plan de mi futura obra, que he realizado más o menos. Lo formaban un conjunto de veinte novelas argentinas, entre las que hasta había un libro de guerra. También he cumplido esta parte de mi proyecto al publicar las Escenas de la Guerra del Paraguay, que es mi obra predilecta. En esto del plan estaba sin duda influenciado por Zola...
–¿Usted fue un lector devoto de los “Rougon-Macquart”?
–Es verdad, pero la influencia de Zola que se me atribuye es absurda. Mayor influencia ejerció sobre mí Flaubert, que leí y estudié concienzudamente. También, por esa época, leía mucho a Galdós, a Eça de Quiroz...
Se graduó de doctor en leyes en 1904, con una tesis sobre La trata de blancas. Una tesis poco literaria, en la que algunos críticos han querido ver como un anticipo de Nacha Regules, la más leída de sus novelas.
–¿Alguna vez puso estudio?
–Tuve estudio de abogado, durante dos meses, con mi cuñado Roberto Bunge... Pero fracasé: la profesión no me interesaba en absoluto...
Un gesto delata que no quiere detenerse en el recuerdo. Con avidez retoma el hilo de su carrera literaria.
–En 1905 hice mi primer viaje a Europa. La inevitable vuelta por París, Italia y España. Llegué a Madrid precisamente cuando se casaba Alfonso XIII. Allí conocí a Valle Inclán, los Machado, Pérez de Ayala, Julio Camba, que era entonces anarquista.
–Algo se contagió también usted del sarampión rojo, ¿no es cierto?
–Sí, sí, tuve unos años de vago socialismo y liberalismo, entre los veintiuno y los veinticinco. Pero, salvo esto, he sido siempre católico practicante. He escrito libros católicos, como El diario de Gabriel Quiroga y El solar de la raza, cuando no era moda ser católico, cuando nadie se atrevía a nombrar a Dios en un artículo. Ortega y Gasset, en su primer viaje, me dijo que Angel de Estrada y yo éramos los únicos escritores argentinos que teníamos preocupaciones espirituales. Durante la guerra, indignado por muchas cosas, un gran sentido de justicia me inclinó hacia la revolución. Creí, como mucha gente, error que no tardé en reprobar, que la revolución era compatible con la Iglesia. Pero nunca fui bolchevique, como imaginan algunos enemigos que tengo. Creí en la importancia de la revolución rusa, en que ella influiría en todo el mundo para mejorar la situación de los pobres, pero después que empezaron a llegar las primeras noticias sobre los grandes crímenes de Lenin, Trotsky y sus secuaces, detesté a esos enemigos del género humano.
Una breve pausa y agrega:
–Me siento latino. Por eso no simpatizo con los Estados Unidos ni con Rusia. Por eso soy ahora reaccionario en lo político. Soy partidario del orden clásico, de la jerarquía. Quiero que los argentinos pertenezcamos a la cultura grecolatina.
Un salto violento.
–¿Nos dice que es usted un eximio bailarín de tango?...
–Lo bailo bien, a pesar de mi sordera. Puede hablar de mi sordera, que ya es trágica.
Las ideas vuelven a encadenarse.
–Sí, yo bailo. Eso le demuestra que soy un espíritu joven. Por eso mismo simpatizo con los escritores jóvenes y la nueva literatura. No los busco, sin embargo. Pero me interesan. Lamento que muy pocos de ellos trabajen; y sobre todo lamento su insolencia y su poco amor al estudio...
Un recuerdo lo obliga a atenuar un poco su severidad con respecto a la insolencia de los jóvenes.
–Aunque, a decir verdad, todos hemos sido insolentes. Me acuerdo con horror de una vez que, en casa de don Santiago Luro, elogiando Luro los versos de Gabriel y Galán premiados en unos juegos florales, citó en su apoyo la opinión de Miguel Cané, entonces de un prestigio inmenso; y tuve la osadía y la insolencia de decir que Cané “no era opinión”... Yo tenía veintidós o veintitrés años... No sé cómo Luro no me sacó de un brazo...
En 1910 Manuel Gálvez publica El diario de Gabriel Quiroga, “páginas de crítica social, que pasan casi inadvertidas”. Se casa con Delfina Bunge, escritora también, y emprende nuevamente viaje a Europa. Durante un año y tres meses recorre Francia, Alemania, Suiza, Italia, Túnez y Argelia. Representa a la República Argentina en la Conferencia Internacional contra el Paro Forzoso, celebrada en París, lo que le da ocasión para escribir una documentada monografía sobre La inseguridad de la vida obrera, que citarán luego los diputados Justo y Palacios en la Cámara y que inspirará los proyectos sobre creación de oficinas de colocaciones oficiales, del mismo Palacios y del diputado Bas.
En la Revista de América, que Francisco García Calderón editaba en París, toma a su cargo la sección de letras argentinas.
Circunstancias ajenas a su voluntad lo retienen cuatro meses en Argelia, donde, para matar su aburrimiento, empieza a estudiar árabe.
–Tenía un profesor muy pintoresco –nos dice el novelista–, un tal Fatah, director de una escuela, que no había oído en su vida hablar de la Argentina. No podía ni siquiera ubicarla en el globo terráqueo. Sobre los extraordinarios conceptos geográficos de monsieur Fatah he escrito hace algunos años un artículo en Caras y Caretas. ¿No lo leyó?
Poco después de su regreso al país, Manuel Gálvez empieza a ser conocido como escritor con la aparición de El solar de la raza (1913), realizado durante su viaje, y que un editor español había retenido oscuramente más de un año. Para obtener la devolución de los originales tuvo que solicitar la intervención del cónsul argentino.
Al año siguiente aparece La maestra normal, considerada como la obra maestra de Gálvez. Ella sola basta para colocarlo entre nuestros primeros novelistas. El libro, que pasa al principio un tanto inadvertido, alcanza verdadera celebridad a raíz de un artículo de Unamuno, publicado en La Nación en 1915. Una celebridad en los primeros tiempos, un poco extraliteraria, porque sus comentaristas –el mismo Unamuno y Lugones, principalmente– ven en él, ante todo, un ataque al normalismo. Surge con tal motivo una frondosa polémica nacional de la que dará una idea sumaria el párrafo que transcribimos de la obra de Olivari y Stanchina: “El éxito del libro es ruidoso, tal vez como no hubo otro en la literatura argentina. Publícanse artículos a montones. Los maestros normales, creyéndose atacados, piden la destitución de Gálvez del puesto que ocupa en el Ministerio de Instrucción Pública. Un riojano baja rabioso de su provincia a provocar al novelista, en virtud de inexistentes agravios que él viera en La maestra normal. En cada capital de provincia y ciudad importante se originan polémicas sobre el libro. En Paraná hasta tiene lugar una manifestación pública en contra de Gálvez. En Catamarca se funda una revista con el objeto de combatir la ya famosa obra. Se escriben un par de novelas que pretenden refutarlo y, para que nada falte, hasta se compone un tango con el título del libro”.
–La novela, Gálvez, demuestra que usted conocía muy bien La Rioja...
–Había estado seis veces allí. Además para poder describir la “Fiesta del Niño Alcalde”, que ocupa unas cuatro páginas de La maestra normal, hice un nuevo viaje, especialmente, a la provincia. Mi práctica es documentarme concienzudamente. Por eso no quise atenerme a lo que había leído en otros autores acerca de la curiosa ceremonia. Joaquín V. González, por ejemplo, le dedica muchas páginas en uno de sus libros. Pero ello no me bastaba, necesitaba verla...
Estas consideraciones le recuerdan sus interminables traqueteos de inspector de enseñanza.
–Es un cargo muy fastidioso el mío. He tenido que levantar sumarios en todos los rincones del país. Lo he recorrido desde Jujuy hasta La Pampa...
–Y ¿qué le parece?
–Que es el país más feo del mundo el nuestro. Sólo tienen carácter la Quebrada de Humahuaca y la ciudad de Salta antigua, cuando conservaba aún su arquitectura colonial. Los intendentes “progresistas” la han afeado después con las construcciones modernas...
–¿Debe perturbarle un poco el puesto para su obra?...
–¡Imagínese!... Además de esos viajecitos, algunos ministros me han hecho cumplir un horario realmente absorbente. Es una desconsideración para un hombre que ha hecho una obra como la mía, ¿verdad?...
Testimonios de su reputación universal, además de la cuantiosa bibliografía crítica, imposible de recordar siquiera en esta crónica, son las cartas y los libros con dedicatoria que posee de James Joyce, Georges Duhamel, Valéry Larbaud, Heinrich Mann, Jacques de Lacretelle, Romain Rolland, Georges Brandes, Stefan Zweig, Israel Zangwill, André Maurois, Francis Carco, Benedetto Croce, Jacob Wassermann, Max Jacob, Juan Margall y otros muchos.
En la actualidad es presidente del PEN Club, donde lucha denodadamente contra la falta de espíritu profesional, característica de nuestros escritores.
–Todos son socios del club –nos dice–, pero pocos van. Apatía, desgano, timidez, temor de encontrarse con Fulano que lo trató mal o a quien él trató mal, etc. Yo tengo que escribirles cartas, telefonearlos, verlos personalmente. Me dan un trabajo espantoso. Y luego las rivalidades, las pretensiones. No es un puesto agradable, pero he debido aceptarlo, a invitación del centro de Londres, porque los escritores argentinos no podíamos faltar en esta asociación internacional.
Otra pregunta y nos vamos.
–¿Le han producido mucho dinero, Gálvez, sus obras?...
–No, aquí los libros no producen dinero... El único que gana es Martínez Zuviría...
–Sin embargo, entendemos que usted también. Se dice que, después de él, es el autor más cotizado...
–Pero hay una gran distancia de Martínez Zuviría a mí... A ver, espérese, le voy a calcular...
Hace números y nos contesta:
–Habré ganado unos cincuenta mil pesos, sin contar los premios ni los artículos de diarios y revistas... ¿No es mucho, verdad, para un hombre que hace veinticuatro años que está escribiendo?... Y que no hace otra cosa que escribir. ¡Porque hay que decirlo, yo no hago otra cosa!
–Trabaja mucho, ¿verdad?
–Todo el día. Mi vida desde hace muchos años está por entero consagrada a esto exclusivamente. Tenía una sola diversión –el cinematógrafo– y ahora me la han arruinado con el sonoro. ¡Ya ve, no me queda ni eso!
Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Grandes entrevistas de la Historia Argentina (1879-1988), Buenos Aires, Punto de Lectura, 2002.
“Se ha hecho todo lo posible para localizar a todos los derechohabientes de los reportajes incluidos en este volumen. Queremos agradecer a todos los diarios, revistas y periodistas que han autorizado aquellos textos de los cuales declararon ser propietarios, así como también a todos los que de una forma u otra colaboraron y facilitaron la realización de esta obra.”
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/63063-20769-2006-02-14.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El guionista y autor teatral Abel Santa Cruz nació en Buenos Aires en 1911. Graduado en la Facultad de Filosofía y Letras con medalla de oro, escribió guiones cinematográficos, más de sesenta piezas teatrales e innumerables radioteatros, donde abordó diferentes géneros: comedias románticas, melodramas, musicales, comedias costumbristas. En 1939 escribió su primer radioteatro, Doña Oliva al olio, para Radio Belgrano, y al año siguiente debutó en cine con el guión de Un señor mucamo. En 1942 comenzó su labor teatral con Esta noche, filmación, interpretada por Tita Merello y Augusto Codecá. Fue en 1946 cuando obtuvo su primer éxito de público con el programa radial ¡Qué vida ésta, señor!, suceso al que le siguió ¡Qué pareja!, también en radio. Mientras tanto, escribió, bajo el seudónimo de Lépido Frías, en la revista Patoruzú. En los años cincuenta, llevó al teatro las obras Los ojos llenos de amor, con Angel Magaña, Ladroncito de mi alma, comedia con pasajes musicales, con Lolita Torres, Juan Carlos Mareco y Ramón Garay, Los maridos de mamá, y batió un record al escribir en sólo tres días Hay que bañar al nene, interpretada unas semanas después por Juan Carlos Thorry y Berta Ortegosa. En 1952 debutó en televisión con Cómo te quiero Ana, interpretada por José Cibrián y Ana María Campoy, al que le siguieron Nuestra galleguita (después Carmiña), Nostalgias del tiempo lindo (después Malevo), Doctor Cándido Pérez, Jacinta Pichimahuida, Papá Corazón, Pinina quiere a papá, entre otras. En cine, trabajó con diversos directores cinematográficos, como Saraceni, Schlieper, Ayala, Carreras y Cahen Salaberry. En el momento en que se le realizó esta entrevista, había escrito los guiones de setenta y cinco películas, entre las que se destacaron Los maridos de mamá (1955), Catita es una dama (1955), Quinto año nacional (1961), Testigo para un crimen (1963), La familia hippie (1969), El profesor hippie (1969), Papá Corazón se quiere casar (1974). La entrevista, que duró cuatro horas y se publicó bajo el título “Abel Santa Cruz: ‘que la historia termine bien’”, se llevó a cabo en dos encuentros: el primero en diciembre de 1973, y el segundo a mediados del año siguiente. Se realizó poco antes del estreno de la película Carmiña, su historia de amor, que provenía del éxito del teleteatro. Casado y divorciado varias veces, a los sesenta y cinco años se unió a Eve Ziegler, una actriz que declaraba públicamente haber dejado todo por él. Murió en Mar del Plata el 4 de febrero de 1995.
La guionista cinematográfica Aída Bortnik nació en Buenos Aires en 1938. Fue profesora en las cátedras de Guión Cinematográfico en la Escuela Grupo Profesional de Cine (1979 a 1981), en la Escuela Superior de Artes Cinematográficas (1981 a 1983) y en el Taller de Autores Teatrales y Cinematográficos (1981 a 1983). Es miembro fundador de Teatro Abierto y participa en el Consejo Académico de la Universidad del Cine. Publicó La isla (1979), Papá querido (1981), Primaveras (1984), Domesticados (1982). Escribió los guiones de las películas La tregua, Una mujer, Crecer de golpe, La isla, Pobre mariposa, La historia oficial, Tango feroz y Caballos salvajes.
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SANTA CRUZ
Entrevistado por Aída Bortnik
Crisis, Nº 23,
marzo de 1975
–¿Cómo es su familia?
–Yo soy de clase media. De una familia llena de maestros. Cuatro tías paternas y mi hermana se dedicaron al magisterio. También mis cuatro hijos son maestros.
“Entré al primario a los cinco años, aprovechando la influencia de mi tía, en el Colegio Roca. Vivíamos en Montes de Oca, en una casona inmensa con diez habitaciones, de esas que había en Barracas, todavía existe y está tal cual, con sus tres balcones a la calle... Vivíamos allí todos, mis padres, mi hermana mayor, mi abuela paterna, mi tía mimada, que ahora tiene ochenta años, y dos personas mayores, tías de mi padre. Teníamos hasta un sótano y dos pianos, uno de mi tía, otro regalado a mis padres para su casamiento. Eramos una familia muy católica, muy creyente, muy cerrada. Vivíamos de puertas adentro. Me recuerdo como un chico feliz, sin embargo. Siempre he sido alegre y aunque no conocía la calle había otras distracciones. Teníamos una gran biblioteca, sobre todo libros de textos, claro, por las maestras... Todavía recuerdo uno: La moral práctica de Barrau. Y leía mucho Salgari, Julio Verne, Mark Twain, Wells. Para castigarme por alguna travesura, por ejemplo, mi padre me dejaba una semana sin leer. Imagínese, tanto me gustaba... Y yo cumplía ¿eh? No hacía trampas, jamás leía a escondidas. También recibía el Billiken... me acuerdo que lo esperaba con una pasión. Adoraba las aventuras de Pinocho. Un día leí en el diario que Boca iba primero y me hice de Boca, hasta ahora. Yo dije, ¿primero? ¡Esto es para mí!, y sigo siendo de Boca.
–Su familia era muy católica, ¿y usted?
–Yo también, hasta la adolescencia fui muy creyente, muy creyente. Ibamos todos los domingos a la iglesia, el 8 de diciembre de 1925 tomé la primera comunión. Fui el mejor alumno de la doctrina.
–¿Y ahora?
–Bueno, a lo largo de la vida sigo manteniendo un respeto doméstico por la religión. Mis convicciones religiosas se han desgastado un poco, desgraciadamente.
–¿Por qué desgraciadamente?
–Porque me hacía mucho bien tener conciencia religiosa. Ahora, bueno, un Viernes Santo yo no como carne, pero porque mis padres no lo hacían... Me gustaría recuperarme religiosamente. Recuerdo el tipo especial de felicidad que me daba el templo. Ese tipo de éxtasis... Ramón del Valle Inclán tiene una frase muy hermosa, ¿quiere tomarla textualmente?: “El éxtasis es el goce de sentirse cautivo en el círculo de una emoción que aspira a ser eterna”. ¿No es hermosa?
–¿A qué atribuye el deterioro de su religiosidad?
–A que el despertar del sexo comenzó a desviar mi atención. Yo quería ser cura, ¿sabe? Y mi familia estaba loca de contenta... (Se distrae con una sonrisa beatífica.) Yo creo... yo interpreto ahora que fue eso, el despertar del sexo... porque a los ocho, a los diez años yo era muy religioso... Y mire, hace un tiempo creí que podría recuperarme, fue cuando conocí a Monseñor Villena, él fue nuestro asesor religioso cuando preparamos El hombre que volvió de la muerte para Narciso Ibáñez Menta. Y teníamos larguísimas charlas. El hubiera podido volver a darme fe. Pero lo perdí de vista, lo trasladaron a San Rafael, Mendoza, y nunca supe de él. Me hubiera hecho muy bien. (Vuelve a quedarse con la misma sonrisa, como si escuchara algo que no quiere repetir.)
–Usted me dijo que debutó en la radio de pantalón corto. ¿Cómo fue eso?
–Recitando poemas en Radio La Nación. Poemas propios, ¡eh! En “La hora de la Asueroterapia”, un programa del doctor Asuero, un curandero que en el ’30 tocaba el trigémino y curaba la parálisis y la piorrea. Fue recibido por Yrigoyen y después lo metieron preso. Me acuerdo de que La Razón estaba a favor y Crítica en contra del curandero. Lo que nunca pude entender yo mismo es por qué se recitaba poesía en medio de la “asueroterapia”. Yo mandaba poemas y leyeron varios. Entonces un día me presenté, tenía 14 años, y comencé a leerlos yo mismo en el micrófono.
–¿A qué edad fue maestro?
–A los diecisiete. Me recibí en el Mariano Acosta. Allí dirigía la revista del colegio; cuando me fui, al año siguiente la dirigió Cortázar. Es lindo eso, ¿no? Bueno, en el secundario y siempre yo era muy buen alumno, muy estudioso, nunca tuve problemas. Imagínese que iba al cine todos los días, era loco por el cine y mi familia me dejaba ir porque yo cumplía con todo. Bueno, después entré en Filosofía y Letras, me recibí en el ’39 con medalla de oro. Y del ’37 al ’47 ejercí la cátedra y el magisterio. También hacía periodismo deportivo en la revista La Cancha y en Patoruzú, allí también hacía humorismo. Y en el ’39 me casé.
–¿Con quién?
–Con una compañera de Facultad. Nuestra primera hija murió a los seis meses, en el ’40. Después tuvimos cuatro hijos. Vivíamos al principio en Villa Devoto, donde yo era maestro. Después nos mudamos a Villa Urquiza, a una casa que más tarde compré, una casa linda de dos plantas. Allí vivíamos todos, con mis padres y mi hermana, hasta mi separación en el ’54. Esa fue una tragedia familiar, nos disgregamos y todo el mundo sufrió mucho. En estos casos siempre sufren también los inocentes, sobre todo los inocentes. Bueno, me casé con Elcira (Olivera Garcés). Pero después de seis años nos separamos. Toda la culpa fue mía. Yo era celoso hasta la neurosis, insoportable. No nos vimos por ocho años. Y ahora, desde el ’66, estamos otra vez juntos. Y ahora somos una pareja de hierro. Estamos muy unidos. Yo estoy más sereno. (Sonríe. Se pone pícaro de pronto.) Hice experiencias, claro, tuve mis años locos... Pero todo eso pasó y aprendí.
–Así que usted estuvo casado quince años con su primera mujer y seis con la segunda y después, a los cuarenta y cinco, ¿no?, hizo sus experiencias, las que no había hecho en la adolescencia.
–Claro, supongo que es eso. Yo era muy tímido, terriblemente tímido con las mujeres y alguna vez tenía que pasar. Pero; ya pasó.
–¿Cuándo empezó a escribir libretos para radio?
–Profesionalmente en el ’39, pero con pudoroso seudónimo. El programa era: Doña Oliva al olio, por la propaganda de un aceite. Yo lo firmaba Lépido Frías. Lépido por Marco Antonio Lépido, el tribuno romano. Frías no sé de dónde salió... Bueno, ese programa duró nueve meses. Iba media hora al mediodía, con intermedios musicales de la orquesta de Rodolfo Biagi, “Manos Brujas”. Con público presente y todo. Como se hacía antes. Bueno, yo ya estaba en el ambiente y hablé con gente y finalmente pude escribir mi primera novela en el ’40, por Splendid. Donde la tierra es roja, se llamaba. Era la vida de un maestro en Misiones.
–¿Cómo consiguió entrar a la radio?
–Trabajaba en la revista El Suplemento, una especie de magazine que dirigía Américo Barrios. Yo tenía varias secciones. El gerente de una empresa avisadora de una fábrica de aceite me leyó y pensó que podía andar en radio. Me llamó y así empezó todo. De todo, lo que más me gustaba hacer eran los programas cómicos. Bueno en el ’43 debuté en El Mundo con La vida de Eva Lavaliere, una actriz. Dirigía Armando Discépolo y trabajaba Narciso Ibáñez Menta. Después se encadenó todo. Una vez, por el ’45 o ’46, llegué a tener a la misma hora tres novelas en el aire. Bueno, y en el ’46 empezó ¡Qué vida ésta, señor!, con Luis Pérez Aguirre y Angélica López Gamio. Duró cinco años. Y en el ’47 ¡Qué pareja!, con Blanquita Santos y Héctor Maselli. Quince minutos todos los días. Y duró veinte años. (Se conmueve y me sonríe.) Es lindo, ¿no? Todos los días, veinte años...
–Y en el cine, ¿cómo empezó?
–En el ’40 colaboré en la primera película. ¡Bah! colaboré... Le tenía el lápiz a don Enrique Santos Discépolo. El me adoraba. En el ’42 estrené en el Casino, se llamaba Esta noche filmación, era una comedia musical con Tita Merello, Fernando Borel, Augusto Codecá, dirigida por Maurice Schartz. Después, durante diez años no pude estrenar nada.
–¿Por qué?
–No sé, no pegaba una, no salían, no gustaban. Me decían ésta no, así no...
–¿Pero las usó después?
–Sí, todas. Todo el material. En el ’52 di el gran golpe con Los ojos llenos de amor. Fue en el Versalles, con Angel Magaña. Allí comenzó la racha para siempre.
–¿Ese fue el año en que empezó a hacer televisión?
–Sí. Cómo te quiero Ana con Cibrián, Campoy y Raúl Rossi, que era muy jovencito y hacía de padre.
–Después empezó a utilizar el material de radio en televisión...
–Sí. Todo. Tu nombre es María Sombra fue Nuestra galleguita y después Carmiña. En el exterior se dio como Natasha y también se hizo en fotonovela con Jorge Salcedo. Después La sangre también perdona, que se hizo Nostalgias del tiempo lindo y ahora Malevo. No, veamos, era He nacido en Buenos Aires en radio, en el ’50, con María Concepción César y Salcedo. Fueron veinte episodios de media hora. Y después cuatrocientos cincuenta de Nostalgias del tiempo lindo, entre el ’66 y el ’67. Y ahora, desde marzo del ’72, Malevo.
–Sin grandes cambios en más de veinte años. ¿Por qué nada ha cambiado?
–En lo importante, no. Los valores absolutos son eternos. Ha variado la técnica, quizás. Además de radio a televisión hay que tener en cuenta los decorados, la imagen, los cambios de vestuario...
–No me refería a esos cambios.
–Yo soy muy conservador en mi manera de pensar y de sentir. Mi tratamiento excluye determinados temas que no me hacen feliz. Ni antes ni ahora. Ahora hay una bancarrota de la moral. Pero yo rara vez uso el sexo como elemento de trabajo. La vida me ha tratado muy bien. Será por eso que soy naturalmente optimista. Confío y creo. Creo hasta la credulidad más excesiva. (Me mira un momento, insiste como para convencerme, con tono de maestro paciente.) Yo creo en la familia y en los aspectos morales de la vida. Y el pueblo también. Al pueblo, que es sano, le interesa que los buenos triunfen.
–Y a usted, ¿qué le interesa?
–Mire, yo estoy de vuelta, estoy indiferente. Se trata de entregar costura. Lo hago lo mejor que puedo, pero hago trabajos de rutina.
–¿Por qué? ¿Por qué sigue haciendo el trabajo de rutina? En este momento hay cuatro teleteatros suyos en el aire. ¿Por qué? ¿Lo necesita para vivir?
–No. Pero yo tengo con Romay una amistad muy especial, yo le debo mucho. Si por mí fuera, pararía dos años. Pero no puedo hacerle eso. No sé decirle que no a Alejandro cuando él me necesita.
–¿Sabe que se dice que usted tiene “negros”, gente que escribe sus libretos?
–Sí, sé que lo dicen pero no es cierto. Nunca tuve negros. Nunca. A lo sumo pido que me pasen cosas a máquina. Los libros viejos, que corrijo y agrego cosas y quedan unos matetes desprolijos llenos de acotaciones, como en Jacinta Pichimahuida o Malevo. Pero pasar a máquina, eso es todo. Porque yo acepto ideas. Hablo con los productores, con los directivos, con los directores. Pero cuando llega el momento de elaborar el diálogo soy insobornable. Además, usted ve. No es tanto trabajo. Lo del 13. (Pinina quiere a papá) y Gorrión, que son nuevos. Lo demás basta con actualizarlo.
–¿Cuánto tarda en escribir una obra?
–Si no tuviese nada, nada que hacer, en una semana liquido una comedia. Los ojos llenos de amor la escribí en tres noches. Hay que bañar al nene también, a una noche por acto. Claro que eran otros tiempos. Ahora estoy menos rápido.
–Me dijo una vez que le gustaría escribir como Tennessee Williams o Arthur Miller.
–Sí. Los admiro mucho. Pero yo no podría escribir así. Los temas así exigen una gran concentración, mucho tiempo. Yo no lo tengo. Lo que más me gustó de todo lo que hice fue El hombre que volvió de la muerte. La Nación, que siempre me despreció, dijo: “Tragedia griega en la TV argentina”. ¿Se imagina?
–Me imagino. ¿Y usted no cree que ya gana lo suficiente como para darse lujos? ¿Usted cree realmente que si quisiera no podría escribir un programa en lugar de cuatro?
–No me dejan.
–Usted podría chantajear, negociar una cosa a cambio de otra.
–No sé decir que no. Podría, si quisiera, hacer Espectaculares o Altas Comedias. Allí las cosas se trabajan con más tiempo y hay mejor nivel. Pero son dos horas de programa, es un trabajo muy grande y no compensa.
–¿Y usted cree que lo que escribe es real?
–Mire, yo hago arquetipos, pero la gente quiere arquetipos.
–¿Cómo lo sabe?
–El otro día me paró una señora y me dice: “Está muy mal que a Martín lo haga salir con otras chicas, si tiene novia”. Y le digo, pero es así, señora, si él es un don Juan. “Ah, no –me decía ella–, pero eso está mal, es feo.” Quieren el arquetipo. La chica pura, el muchacho bueno y odiar al villano. El público de TV absorbe lo reconocible y lo agradece.
–¿Lo reconocible a qué nivel? ¿No a nivel de realidad?
–Bueno, no los muestro como son, sino como les gustaría ser. Es mejor mostrar una sirvientita que mantiene su integridad sexual y lucha por ella aunque uno sepa que en la vida casi nunca es así. La gente lo prefiere. Mire, cuando yo era muy chico leí Los misterios de París de Eugenio Sue, y siempre recuerdo una lección que aprendí allí. La cosa transcurría en la cárcel. Allí estaba la hez de París, toda la depravación y la ignominia, los criminales y los desalmados más grandes. Y había un maestro de escuela que, en los recreos, contaba cuentos. Bueno, el auditorio se enojaba cuando terminaban mal. ¿Entiende? Un parricida, quizás, el peor degenerado, quería que la historia terminara bien, que el niñito se salvara. ¿Entiende? Yo no me detengo a analizar lo que escribo. No lo vuelvo a leer y casi nunca lo veo, pero este principio lo tengo muy claro.
–Usted se enorgullece de su buen carácter.
–Es verdad. Nunca me peleo.
–Sin embargo, debe haber cosas que no pueda tolerar.
–Ver mascar goma. (Se ríe) Sí, de veras, no lo puedo soportar. Todos los tics me disgustan. Pero es muy difícil hacerme enojar, hasta en la mesa de póker. (Me mira esperando que demos por terminado el tema. Suspira.) Bueno, yo soy muy patriarcal con respecto a la homosexualidad. Aunque he tenido amigos homosexuales. Me resulta muy difícil tolerarlo. Nada de fanatismo, ¿no? Contra la drogadicción, sí, contra eso soy absolutamente fanático. (Piensa un momento.) También me mata la pedantería, que se da mucho en TV, porque en un mes se inventa una figura. ¡Uno se encuentra con cada estúpido! Tampoco soporto el amarretismo. Yo soy muy generoso. Y la escatología, eso no lo entiendo, me repugna. Por ejemplo las películas con deyecciones. Como La gran comilona, es repugnante, yo me pregunto, ¿para qué?
–¿Usted sabe que hay colegas que no opinan muy bien de su trabajo?
–Yo sé que algunos me desprecian. Hay que acostumbrarse a la idea y aguantar, qué se le va a hacer... Pero también hay envidias, incomprensiones. Yo he escrito otras cosas. Soy un buen poeta. He publicado sonetos. He ganado muchos juegos florales.
–¿Cómo definiría usted su trabajo, el rol que cumple socialmente?
–Soy un Alejandro Dumas, un folletinista de 1974. Pero sin negros, porque a él sí que le escribieron más de la mitad de la obra.
–¿Le interesa la política?
–No la siento. Yo soy radical, como toda mi familia.
–¿Pero lee los diarios, se interesa en lo que pasa?
–Leo los diarios, claro, es lo primero que hago todas las mañanas. Pero no nací para ser político.
–Pero tendrá opiniones.
–La escalada de violencia, muera quien muera, me aterra. No lo entiendo, el hombre que querían está en el país, ha pedido de todas las maneras posibles que no se haga lo que se está haciendo, y siguen. La impunidad del crimen es atroz. ¿Quién mató a Vandor, quién mató a Alonso, quién mató a Rucci? No se hace nada.
–Tampoco se hace nada con gente menos conocida, los cinco hombres que la policía ametralló en un camino de Córdoba...
–Ah, sí, yo veo a un policía y me da pánico. No me acuerdo qué escritor decía: “Si a mí me acusan de robar la torre de Nôtre Dame, en lugar de pararme a señalar que todavía está allí, mi primer impulso sería echar a correr”. Yo siento lo mismo. La tortura, la vejación de un ser humano, todo eso tan horrible... Pero todo eso empieza en los programas de televisión, por ejemplo. El otro día vi en un canal unas señoras gordas pelando bananas con guantes de box y comiéndolas. ¿Usted se imagina? Para ganar una prenda. Es la falta de dignidad inherente al ser humano, está en el sometedor y en el sometido, naturalmente es así. Yo tengo pánico al ridículo. Cuando veía en Miami esos viejos con pantaloncitos floreados, esas viejas con pantalones y tacos y pieles y brillos y todo eso, sin un elemental sentido del qué dirán. Yo tengo un gran temor al qué dirán. Por haber soltado una estupidez en una reunión soy capaz de estar amargado días enteros.
–¿Usted es anti algo?
–No sé, creo que no. No soy comunista. Pero anticomunista tampoco. Yo estuve en Rusia, con mi mujer, mi hija y mi yerno. Solo nunca hubiera ido, pero ellos me convencieron. Vi dos ciudades hermosas. La gente por la calle parece contenta y saludable. Tienen magníficos museos. Pero todo es gris, la sofisticación está negada. Es triste. Los restaurantes son terribles. Yo colecciono menús. Allí los tuve que robar, porque no quisieron dármelos. No como en Maxim´s, claro, que lo esperan a la salida para regalárselo. Bueno, de toda mi colección, los rusos son los peores. Comida pésima y el menú mismo, viejo, en mal estado. Cuando estuve exhibían películas mías con Lolita Torres. Un chofer, cuando supo que éramos argentinos recitó: “Najdorf, fútbol, Lita Tore”. Lo que seguramente soy es antinazi, por supuesto.
–¿Alguna vez tuvo militancia política?
–No. En la facultad era reformista porque todos mis amigos eran reformistas. Pero escribí para el peronismo. Contra mi voluntad. Pero en esa época no se podía discutir. Hice Mordisquito. Lo que decía era cierto. Eran verdades a puño. Y también escribí para Estrellas al mediodía. Pero yo hacía la parte artística. La política la escribía Vacarezza. De cualquier manera, la Libertadora me prohibió trabajar. El doctor Isidro J. Odena, ese que ahora es diputado por el Frejuli, era director de Comunicaciones y él, personalmente, me explicó que yo no iba a trabajar más. Hice toda clase de trámites, vi a toda clase de gente. ¡Si yo ni siquiera había sido peronista! Nunca me había afiliado, jamás. Pero todos decían que la orden venía de arriba. Durante dos años, el ’56 y el ’57, tuve que trabajar con seudónimos que me prestaron los amigos. Allí supe quiénes eran amigos. Muchos se negaron. Héctor Maselli me dio su seudónimo de Juan Peregrino para seguir haciendo ¡Qué pareja! y Gustavo Cavero, Laura Favio, todos ellos me ayudaron. Pero el trabajo mermó mucho, todo el mundo tenía miedo de aceptar libros. Hasta que Felipe Rossi, un hombre que ya murió, productor de La Familia Gesa, dijo: “¿De dónde salió esto, quién dijo que no puede figurar?”. Puso mi nombre y no pasó nada. Y pude volver a trabajar como antes.
–¿Usted está satisfecho con su vida?
–Sí, nunca fui ambicioso. Cuando era maestro me conformaba con lo poco que tenía. Después trabajé mucho, llegué a tomar anfetaminas. Estuve como loco. Ahora trabajo cuatro o cinco horas por día. Y me levanto tarde. Estoy tomando unos remedios para dilatar las arterias y duermo mucho más. Pero me levanto bien. Tengo una buena vida, es cierto. Me gusta viajar, y viajo. Tengo una buena biblioteca. Soy de muy buena mesa y buenos restaurantes.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
La escritora Beatriz Guido nació en Rosario el 13 de diciembre de 1924. En su primera novela, La casa del ángel (1954), que recibió el premio Emecé, prefiguró su universo narrativo: la introspección psicológica en los problemas de la adolescencia y una visión crítica de las clases tradicionales. Antiperonista confesa, ofreció una visión crítica de la burguesía a través de la indagación histórico-social en La caída (1956), Fin de fiesta (1956), La mano en la trampa (1961) y El incendio y las vísperas (1964), novela que fue record de ventas en los sesenta. Casada con el cineasta Leopoldo Torre Nilsson, la filmación de La casa del ángel en 1957 dio inicio a una actividad en común donde literatura y cine se integraron en un solo planteo estético. Guido escribió los guiones, basados en sus libros, de La casa... y Fin de fiesta, y los guiones originales de El secuestrador, La mano en la trampa y La terraza.
La entrevista se realizó durante los pocos días que Beatriz Guido pasó en la Argentina después de un año de ausencia, en julio de 1966. Volvía al país con Torre Nilsson para completar el sonido de la película La chica del lunes, que habían filmado en Puerto Rico. Se trataba de la segunda de las tres películas que Torre Nilsson había dirigido en coproducción con los Estados Unidos. Titulado “Novela, política, cine: una pasión argentina”, el reportaje muestra a una Beatriz Guido dispersa, snob, fascinada por sus contradicciones políticas, que juega, como solía hacerlo en sus intervenciones públicas, el rol de una preciosa ridícula, frívola y con frases entrecortadas. Diez años después de esta entrevista, Piedra libre, el último film que había escrito con Torre Nilsson, tuvo dificultades con la censura. Luego de la muerte de Torre Nilsson, en septiembre de 1978, escribió los guiones de Fiebre amarilla, dirigida por Javier Torre, y Memorias del subsuelo, de Nicolás Sarquis. Antiperonista en los años cincuenta, izquierdista en los sesenta y alfonsinista en los ochenta, Beatriz Guido fue designada agregada cultural de la embajada argentina en España en 1984. En diciembre de 1987 visitó por última vez Buenos Aires para presentar su novela Rojo sobre rojo. Murió en Madrid, el 4 de marzo de 1998.
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GUIDO
Entrevistada por Horacio Verbitsky
Confirmado, Nº 56,
14 de julio de 1966
Hace doce años, la editorial Emecé premió su primer libro; desde entonces su nombre ha resonado, con infatigable persistencia en el ámbito intelectual argentino. Novelista, cuentista, guionista de muchas de las célebres películas de Torre Nilsson, esta santafesina apasionada envuelve a sus interlocutores en un torbellino de gestos y palabras, de frases que quedan truncas antes de finalizar, porque Beatriz Guido ya está pensando en otra cosa.
Muchos se quejan por la diplomacia con que encara sus relaciones sociales (“A cada uno le dice algo distinto, siempre queda bien con todos”); otros, en cambio, se escandalizan por su sinceridad, auténticamente temeraria. Durante su paso por Buenos Aires, de donde se fue para realizar otra película en Centroamérica dirigida por Torre Nilsson y financiada por un productor norteamericano, organizó una tumultuosa reunión en el 12º piso que alquila en la calle Santa Fe: más de 500 personas se apretujaban entre las vitrinas que contiene la fabulosa colección de imágenes religiosas coloniales que perteneció a su padre, el doctor Angel Guido. En medio de ese delirio, Beatriz Guido circulaba raudamente con un escotado vestido color turquesa con perlas y cartera del mismo color, interviniendo minuciosamente en las conversaciones de todos los grupos. En un momento quiso presentar a dos amigos comunes, que no se conocían entre ellos: “Fulano de tal, escritor, y Mengano de cual... (una imperceptible vacilación y como un relámpago la solución apropiada, justa, inverosímil)... Mengano de cual, un lector excepcional”.
Truculencia, trivialidad, tilinguería son los cargos más frecuentes que se han descargado sobre su obra. Penetración psicológica, imaginación exuberante, preciso reflejo de la decadencia de la clase alta argentina, los elogios más repetidos. En esos veinte días, que expiraron pocas horas después del cambio de gobierno, Beatriz Guido tuvo tiempo para prestarse a esta larga conversación con Horacio Verbitsky, jefe de Redacción de Confirmado.
CONFIRMADO: –¿Cómo caracterizaría a su generación?
BEATRIZ GUIDO: –Por el resentimiento.
C.: –Resentimiento ¿por qué?
B.G.: –Pertenezco a una generación marcada por el antiperonismo, por el fubismo.
C.: –¿Usted fue de la FUBA?
B.G.: –Sí, cuando estudiaba Filosofía y Letras, alrededor de 1941. Yo, David Viñas, el Che Guevara, Ramón Alcalde, pertenecemos a esa misma generación golpeada, resentida. No teníamos más remedio que ser antiperonistas, pero eso nos cerró las posibilidades de expresión. Hubiéramos podido publicar, pero a ninguno de nosotros se le hubiese ocurrido colaborar en la prensa peronista. Incluso nos llamaban, pero nos negábamos.
C.: –¿Por qué?
B.G.: –Eso es lo que nos preguntan todos los jóvenes de hoy, una generación que no tiene esa problemática. El Che Guevara luchó contra Perón, en las calles de Buenos Aires, en Bartolomé Mitre, en Cangallo. Era un fubista de la Facultad de Derecho. Los que hoy tienen entre 18 y 30 años no son resentidos ni se sienten enjuiciados como nosotros. Mi generación comenzó a hacerse conocer poco antes de la caída de Perón. Yo, en 1954, gané el premio Emecé, en un concurso en el que salió segundo Dalmiro Sáenz. Sé lo que cuesta ganar un concurso literario.
C.: –¿Qué le costó ganar ese concurso?
B.G.: –Muchísimo. ¡Fue tan fácil!: era amiga de todos los jurados. Los concursos son tremendos. A mí me premiaron por amiguismo, y cuando yo fui jurado premié también a amigos.
C.: –¿A quiénes?
B.G.: –Qué importa... lo grave no es eso.
C.: –¿Qué es lo grave?
B.G.: –Que por ayudar a amigos que eran escritores menores, dejé pasar un libro de Cortázar sin premiar. ¡Qué generación! Yo publiqué en el ’54, en el ’56 David Viñas ganó el premio Kraft, después Marco Denevi. Eramos todos los que nos habíamos abstenido durante el peronismo, como todo el estudiantado. Las únicas vías de expresión eran Sur y La Nación. Había que esperar años de turno.
C.: –¿Por eso son resentidos?
B.G.: –Es que todo lo que hacemos está manchado de antiperonismo. Hasta el libro de Sebreli sobre Eva Perón. No hay nada más terrible, está lleno de desprecio. En cambio, tengo fe en el libro de Viñas.
C.: –¿No dijo antes que Viñas pertenece a esa misma generación resentida?
B.G.: –Sí, pero sé que tiene dudas, piensa muy bien y va a dar toda su verdad. ¡Es tan serio David! Mire, de Estados Unidos traje un contrato en blanco para editar su libro sobre Eva Perón, simultáneamente en inglés y en castellano. Y ¿sabe qué dijo? Que no, que tiene dudas y quiere madurar más el tema. Se pierde una punta de miles de dólares.
C.: –Hay algo que todavía no le entendí: ¿piensa que está bien o que está mal ese antiperonismo?
B.G.: –Ni bien ni mal. Lo que pasa es que nosotros, aunque querramos reconocer los méritos del peronismo, lo único que hacemos es pactar. Y es un pacto deshonesto. Somos una generación endeble: queremos acercarnos al peronismo, pero íntimamente no es más que una concesión, la concesión de los señores y los fubistas. Y al intelectual no se le puede pedir deshonestidad. Es falso. Prefiero leer a los jóvenes que dan su punto de vista. A Rodolfo Walsh, que era antiperonista y cambió por un shock emocional cuando los fusilamientos, o a Ricardo Piglia, autor de unos cuentos magníficos, porque no está comprometido afectivamente con el pasado. Para mí, el acercamiento al peronismo no tiene sentido. Cada peronista que he conocido dice: el peronismo salvará al país del socialismo. Eso me deshace.
C.: –¿Por qué?
B.G.: –Es como Franco, negar una ideología que rige a la mitad de la humanidad...
C.: –También se podría decir que el peronismo es lo más parecido al socialismo de todo lo que hubo en la Argentina...
B.G.: –No, de ninguna manera. El Caribe me ha dado una gran lección. Si no hay reforma agraria no sirve.
C.: –¿El único camino es la reforma agraria?
B.G.: –Exclusivamente. Sin eso no hay otros cambios. Perón significó 160 leyes obreras. Nada más.
C.: –¿Le parece poco?
B.G.: –Poco y mucho. Tan endeble como las 150 o 200 leyes obreras de Mussolini. ¿Cuál es la consecuencia? La nefasta Italia de hoy, el país más horrible de Europa. En cambio, Fidel Castro podrá caer, pero Cuba habrá cambiado y no podrá volver a ser como antes. Esas 160 leyes obreras de Perón beneficiaron, pero sin dar conciencia revolucionaria de estructura filosófica socialista.
C.: –Usted pregona la reforma agraria. Si ocurriera, ¿no perjudicaría a su familia?
B.G.: –No... ya venían en gran decadencia hace muchos años. En la década del ’20, por ser demasiado románticos habían perdido el parque Larrañaga de Montevideo. Pero le quiero contar lo que estoy escribiendo ahora. Es el encuentro entre el Che Guevara y un joven argentino en México, en Ciudad Juárez, una ciudad espantosa, como La Habana de antes, con prostitución y juego para extranjeros. Los dos se encuentran en Boutique Fantasque, un lugar espantoso, siniestro, con prostitutas enanas. Usted me dirá que me viene justo...
C.: –¿Por qué?
B.G.: –Como yo soy siempre así, cuando escribo, tan truculenta... Bueno, ahí se encuentran. Mi protagonista es un argentino de 26 años que estuvo junto con su hermano mayor para hacer un pacto con Perón. El hermano es un político poderoso. El muchacho es representante de lo pasivo. Viene de un hogar de viejos anarquistas, demoprogresistas, todos varones. Y se encuentra con el Che, que ya se fue a Cuba y está de incógnito, y él no sabe que es el Che. Se sientan a charlar en el umbral, se abre la puerta y los agarran las enanas. Ese muchacho es un producto de la desolación argentina, que es la herencia del peronismo. Ese desconcierto tremendo. Por eso es necesario que ese nombre de cinco letras sea reemplazado por un ideólogo. Quiero ideología, estructuras. No nombres.
C.: –¿Y si la realidad no los da?
B.G.: –Que los dé. Cuando estuvo Bob Kennedy en la Argentina, vino a casa, hubo una reunión de ilustres. También había peronistas. Ver a Cafiero hablando con Cueto Rúa... Qué impresión, están todos ligados. No puedo ver pactos. Como no puedo ver la honesta claudicación de Fidel Castro ante Estados Unidos y el sacrificio de Guevara. Por eso se desconciertan los jóvenes.
C.: –La juventud de hoy no parece desconcertada ante el peronismo...
B.G.: –Es cierto, la juventud de hoy no tiene esos problemas. No le preocupa que un disco de Perón haga ganar una elección. A mí me deshace. En Nueva York escuché 60 horas de grabación de conversaciones con Perón, a lo largo de 15 días...
C.: –¿Qué grabación es ésa?
B.G.: –Para la revista Play Boy; tienen más material sobre Perón que la SIDE. No podía aguantarlo, lloré las 60 horas. ¿Usted se acuerda de La razón de mi vida, cuando dice: “Yo soy tu paloma, tú eres mi águila”. Intelectualmente podrá superarse el rechazo que eso inspira, pero emocionalmente, yo no puedo. Los jóvenes de hoy, en cambio, no se horrorizan por toda esa fantochada, han conseguido superarlo. Usted me preguntará por qué...
C.: –Sí.
B.G.: –Hay quienes dicen que porque no vivieron esa época. Sería ingenuo. Lo que pasa es que han llegado a una madurez ideológica que nosotros no tuvimos. Ellos saben en qué consiste el socialismo, saben que hay que quemar etapas y que no importa si en esas etapas hay fantochadas. Yo no puedo, aunque David Viñas diga que los escritores como Bioy Casares y yo nos deslumbramos con los obreros y los sirvientes, románticamente.
C.: –Pero usted sólo se deslumbró por los pulcros obreros norteamericanos...
B.G.: –Con los de Perón también, una sola vez.
C.: –¿Cuándo?
B.G.: –El primer 17 de octubre. Me impresionó tanto como un fresco de Siqueiros o Rivera.
C.: –¿Y por qué sólo se impresionó el 17 de octubre?
B.G.: –Porque esa vez no fueron obligados. Después los llevaban. Iban por miedo, por adulación, por obsecuencia. ¡Ay, pero yo no puedo seguir opinando sobre eso, soy tan parcial! Prefiero saber qué piensan los jóvenes. Estoy esperando un libro sobre el peronismo que me conmueva tanto como esos frescos.
C.: –¿A quiénes odia?
B.G.: –En primer lugar a Perón, por su falta de rigor en las estructuras filosóficas.
C.: –¿A quién más?
B.G.: –A Jauretche, a Alfredo Palacios, a Ezequiel Martínez Estrada. Son los grandes traidores de una generación que nos dejó sin maestros. A Martínez Estrada no le puedo perdonar que haya estado contra Lisandro de la Torre. Para mí, las personas se dividen en a favor y en contra de Lisandro de la Torre. Hay actitudes que marcan. Además, Martínez Estrada quiso renegar de la ciudadanía argentina. Se fue a Cuba justo cuando cayó Perón; ésa es una inmoralidad histórica. Pero igual, yo nunca puedo odiar más de diez minutos a nadie. A Martínez Estrada lo odio y, sin embargo, lo admiro como literato; siempre que viajo me llevo un ejemplar de Radiografía de la pampa junto con los discursos de Lisandro de la Torre.
También odio a Ramón Prieto, el hombre que estuvo junto a Perón y que ahora le hace ganar a Balaguer una elección que va a deshacer a la República Dominicana. Odio a Ramiro de la Fuente y a Juan Martín Biedma, los de la censura que secuestraron Morir en Madrid. ¿No vio la foto que tengo en este marquito los dos secuestrando la película? También odio a Pinedo y a Kelly, que perseguía a los judíos, y a los hermanos Cardozo.
C.: –¿Y a quién quiere?
B.G.: –Al general Paz, a Leguisamo, a Borges. ¡A tanta gente! Sobre todo cuando estoy afuera. Soy tan chauvinista. Soy capaz de aplaudir treinta minutos al Don Rodrigo de Ginastera, de llorar ante la ovación que recibió Marta Argerich, de emocionarme cuando entro en una librería en Nueva York y veo una edición en inglés de Rayuela, la novela de Cortázar. Me emociono con los éxitos de Accavallo, sufrí en Milán por la derrota de Independiente con el Inter. Cuando estoy afuera de la Argentina soy insoportable. Habíamos ido a las carreras en Nueva York, y encontramos un taxista argentino. El no sabía que éramos argentinos y estuvo todo el viaje cantando Mi Buenos Aires querido. ¡Cómo me olvidaba! A Gardel, lo adoro. Y a Sarmiento, por encima de todo. Y me fascina Cassius Clay.
C.: –¿Lo conoce?
B.G.: –Lo vimos un día en Nueva York. Cuando subió al ring lo silbaron, lo querían linchar, lo odian.
C.: –¿Por qué?
B.G.: –Porque es antiamericano, es de los musulmanes negros y se hace el retardado para no ir a pelear a Vietnam. Me fascina. Y él goza con ese odio, se burla de todos. Subió al ring vestido de rojo, con un smoking rojo. Es un negro buenmocísimo. Soy muy nacionalista, yo. Mire, cuando yo me iba de Nueva York llegaba Sabato, que iba a un congreso del Pen Club. Soy tan nacionalista que si me lo cruzaba en la calle corría a abrazarlo. Con eso le digo todo.
C.: –¿Se lo cruzó?
B.G.: –No, que lástima, ¿no le parece? Ah, pero cuando estoy afuera también desprecio. Había un argentino que renunciaba a la ciudadanía argentina. Me acerqué y le pregunté por qué hacía eso.
C.: –¿Qué le dijo?
B.G.: –Que en la Argentina no se podía vivir, que los teléfonos no andan y las calles están llenas de baches, que no se gana plata. Allá, en cambio, tenía un restorán. Como decía Sarmiento: lo peor que tenemos en la Argentina son los argentinos, pero es lo único que tenemos. ¡Quejarse de los baches, fíjese! Como si en Nueva York las calles fueran mejores; cuando nieva no puede pasar nadie y se paraliza el tránsito; y los domingos, la basura en las calles. Claro, afuera también se ven cosas interesantes.
C.: –¿Por ejemplo?
B.G.: –La moda. Me encantaría entrar en una gran tienda norteamericana. Acá tenemos un gusto sensacional, un gran refinamiento, pero las grandes tiendas están en Estados Unidos o en Europa. También vi a los duques de Windsor. ¡Ay, los miré con una curiosidad!
C.: –¿Por qué?
B.G.: –Los miré fijo para entender. Se dice que él renunció a todo por amor. Más bien pienso que eligió el confort de no ser rey y salvarse de la guillotina.
C.: –¿De la guillotina?
B.G.: –Todos los reyes terminan así. ¿No le parece? Incluso los de Gran Bretaña.
C.: –Usted se queja contra los que se van del país, pero acaba de volver después de un año de ausencia y sólo para estar veinte días e irse...
B.G.: –Ah, sí, pero eso se acaba pronto. Hacemos una película más y volvemos para siempre. Es tan difícil estar lejos del país. Si hace falta vendo todo y empezamos a vivir como pobres. ¡Es que vivimos a lo loco, pero cómo extrañamos! A mí en realidad lo que me fastidia es esa clase media argentina capaz de entusiasmarse con un show espantoso en un hotel de Puerto Rico, y que acá no se digna ir al Nacional, donde las revistas son mejores. O me molesta Cortázar cuando se queja porque en todos lados dicen el escritor argentino Cortázar. Yo no me quejo de que me digan la escritora argentina Beatriz Guido o que a Torre Nilsson le digan el director argentino. Tenemos que comprender que estamos edificando Latinoamérica, como decía un poema tan lindo de César Fernández Moreno.
C.: –¿De qué manera?
B.G.: –Hay que comprender que todos nosotros estamos edificando Latinoamérica, y a eso contribuyen tanto las novelas de Cortázar como las películas de Torre Nilsson o la misma Eva Perón.
C.: –¿Eva Perón?
B.G.: –Sí, es tremendo, me angustia, pero es así. En Nueva York, todos los canales de televisión pasan un cortometraje sobre la vida de Eva Perón. A mí me revienta, pero también gracias a esas cosas allí ya saben que la Argentina tiene calles de cemento y que no está llena de indios.
C.: –Las reuniones en su casa son famosas. Se dice que usted es la más hábil encargada de relaciones públicas del país.
B.G.: –La humanidad me encanta.
C.: –Sobre todo la que escribe en los diarios.
B.G.: –Da la coincidencia de que esa parte de la humanidad se ha criado conmigo. Todos los amigos de mi padre eran periodistas e intelectuales. No he tratado a otra gente. Se dice que yo tengo una libretita de nombres clave para organizar las reuniones. Una vez, en broma, me la pidieron.
C.: –¿La prestó?
B.G.: –No tengo libretita. No me hace falta, porque conozco todos los números de memoria. Por eso todo me fue tan fácil. ¿Se da cuenta? ¿Cómo me voy a presentar a un concurso si todos son amigos y sé que me van a premiar?
C.: –¿Tiene alguna idea definida sobre el amor?
B.G.: –Tiene que ser absolutamente monogámico. Es el único. En la India, un hombre se había enamorado de su chiva y la llevaba al cine. Eso también es amor. Que sea de cualquier tipo, pero monogámico.
C.: –¿Y el sexo? Porque el ejemplo del hindú lo excluye, supongo.
B.G.: –Leí un artículo de León Rozitchner sobre el sexo como problema burgués.
C.: –Pero usted, ¿qué piensa?
B.G.: –¡Estoy de acuerdo con él! Puedo decir que el sexo neurótico, femenino, no me interesa en absoluto. Me interesa cuando se da en amor, con funcionalidad. En la era atómica, con la horrible guerra de Vietnam y todo lo demás, la humanidad no puede estar detenida en un diván de psicoanálisis. Sin embargo, ¡qué curioso! En Nueva York, Leopoldo me mostró un diario: un héroe de la guerra de Vietnam había sido asesinado por su mujer, que lo encontró con otra. Y me dijo: “¿Ves?, en medio de los bombardeos aún queda lugar para lo pasional”. De todos modos, a mí no me interesa. Yo jamás me suicidaría por amor. En los últimos cinco años la nueva generación me ha enseñado que se puede morir de pena, por una ideología o por no tenerla, pero jamás por amor, wertherianamente. Lo burgués no me interesa más.
C.: –¿Ahora la gente se muere de pena?
B.G.: –Sí, porque no puede soportar el desengaño, el fracaso de sus creencias. Otros, por sus claudicaciones.
C.: –Usted es bastante snob.
B.G.: –Terriblemente snob. Me doy cuenta. Pero tomar el té en el Plaza, ¡me inspira tanto! O comer pizza en Los Inmortales, que también es tan snob. Lo que pasa es que soy muy burguesa.
C.: –¿No dijo que lo burgués no le interesaba?
B.G.: –Sí, claro, no me interesa. No me interesa para nada.
C.: –¿Entonces?
B.G.: –Lo que pasa es que cuando debo elegir entre la libertad y la justicia elijo, por autodefensa, el país de la libertad. Por ejemplo, si fuera a Checoslovaquia me deslumbraría: la justicia, el socialismo, las industrias, el cine. Pero después terminaría protestando por la mala comida.
C.: –Una buena contradicción...
B.G.: –Terrible. Usted no sabe cómo me duele. Me espanta ser así. Como intelectual es tremendo, ¿no? Pero como creación literaria me divierte. Verme a mí misma como personaje. Mi fuente de inspiración viene de tomar el té en el Plaza y no de la incomodidad de un ómnibus en Avellaneda. ¿Qué le puedo hacer? Elijo la libertad.
C.: –Pero dijo que la guerra de Vietnam no le gustaba.
B.G.: –No, claro, ¡qué horrenda es! En Estados Unidos me hicieron un reportaje, y me escapé por la tangente.
C.: –¿Cómo?
B.G.: –Les dije que me asustaba ver con qué terror o ingenuidad ellos no comprenden por qué se suicidan los monjes budistas.
C.: –¿Ahora también se quiere escapar por la tangente?
B.G.: –Sí, claro, ¡qué gracioso! Usted sabe que vivíamos detrás del Waldorf Astoria. Siempre vamos cerca de uno de los grandes hoteles, así aprovechamos las paradas de taxi y todas las comodidades. Y allí vimos toda una humanidad hablando contra la guerra, manifestando contra Johnson. Y también escuché por radio a un cadete recién salido de la Escuela Militar de West Point: decía que lo de Vietnam estaba bien porque era una capacitación para la próxima guerra. ¡Siniestro, siniestro! Pero yo admiro a los norteamericanos.
C.: –¿Por esas cosas que cuenta?
B.G.: –Sí. Son maravillosos. Hay una mayoría que llora a Kennedy y no quiere la guerra. Antes de conocer Estados Unidos odiaba a los turistas yanquis porque son antiestéticos, los operan de cáncer y viven cien años, usan lentejuelas, las viejas se visten de nenas. Pero cuando conocí al pueblo norteamericano, ¡qué maravilla! Los norteamericanos quieren llegar al poder total por la destrucción del enemigo. Como las historias sobre los self made man, que suben a costa de los demás. Por eso son un pueblo tan triste. ¡Y si oyera las cosas que le dijeron a Johnson esa noche!, una maravilla.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/62832-20696-2006-02-09.html
ARTURO JAURETCHE
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

El ensayista y crítico Arturo Jauretche nació en Buenos Aires en 1901. Militante yrigoyenista, en diciembre de 1933 participó del frustrado intento revolucionario contra el gobierno de Agustín P. Justo, liderado por el teniente coronel Roberto Bosch. Con prólogo de Jorge Luis Borges, narró esa última expresión de la insurgencia del radicalismo intransigente en su extenso romance gauchesco Paso de los Libres. Al año siguiente, sus críticas a la dirección partidaria de Alvear, a la que consideraba cómplice del orden democrático fraudulento, lo llevaron a fundar, junto a Raúl Scalabrini Ortiz, Luis Dellepiane, Gabriel del Mazo y otros, el movimiento político Forja (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) que se consideraba nacionalista y popular, heredero de los postulados políticos de Yrigoyen y que proclamaba la necesidad de liberar al país de su economía semicolonial. Con el advenimiento del peronismo, en diciembre de 1945, Forja firmó su declaración de disolución. Durante el gobierno peronista, Jauretche estuvo al frente del Banco Provincia de Buenos Aires; después del golpe de Estado se acercó a los grupos desarrollistas, colaboró en la revista Qué, y apoyó la candidatura de Arturo Frondizi a la presidencia del país. Eficaz polemista, en sus ensayos Los profetas del odio (1957), Prosas de hacha y tiza (1960), El medio pelo en la sociedad argentina (1966) analizó la crisis de la sociedad tradicional, el desarraigo de la clase alta y las modificaciones producidas en los centros urbanos, y criticó la extranjería espiritual y la mediocridad intelectual de escritores, universidades, escuelas y periódicos, con un humor y una socarronería combinados con una alta perspicacia analítica.
Esta entrevista se publicó en la sección “Reportajes insolentes” de la revista Confirmado, bajo el título “Arturo Jauretche: medio pelo y otras zonceras”. A finales de ese año, publicó Manual de zonceras argentinas y, cuatro años después, De memoria. Pantalones cortos. Murió en Buenos Aires, el 25 de mayo de 1974.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-62768-2006-02-08.html
JAURETCHE
Confirmado, Nº 148,
18 de abril de 1968
Ingenioso, lleno de caprichos y de obsesiones, ninguno de sus libros –y lleva escritos unos cuantos en sus 67 años de vida– ha dejado de depararle enemistades profundas y adhesiones terminantes. Animador de Forja, yrigoyenista primero, peronista después, se autopostuló alguna vez como candidato a diputado: los circunstanciales y escasos votos que cosechó entonces no expresan, de ninguna manera, la vigencia ideológica y literaria que hoy tiene. En el modestísimo bar de Córdoba y Esmeralda, en Buenos Aires, Arturo Jauretche mantuvo este diálogo con Confirmado.
Confirmado: –Usted parece el Alfredo Palacios del peronismo.
Arturo Jauretche: –¿Por qué no se va al c...? Eso es lo más agraviante que me puede decir. Tengo muchos defectos, pero nadie me puede acusar de hacer el fanfarrón ni de vivir para la nota necrológica; tampoco me doy corte de ser pobre, como ese finado de cuya pobreza se habla tanto, pese a que cobró sueldo de legislador durante treinta años y fue profesor, ignorando las materias que enseñaba durante cuarenta.
C.: –¿Y qué me dice de los procesos judiciales que le siguieron, después de haber sido presidente de un banco?
A.J.: –Vea, en toda mi vida me han enjuiciado dos veces: una a raíz de un hurto de muebles del partido peronista; otra en la que me acusaban de haber formado un patrimonio durante mi función en el banco. Las dos veces fui sobreseído. El mismo fiscal pidió el sobreseimiento, porque no encontraba ningún elemento serio para acusarme. Después, la llamada Junta de Recuperación Patrimonial penó mi rebeldía confiscando mis bienes. Me confiscaron todo lo que tenía: 30.000 pesos, producto de la venta de mi departamento. Así es que vengo siendo el único argentino confiscado.
C.: –Bueno, pero hay todavía alguna gente que sigue diciendo no sé qué de ciertos negociados turbios...
A.J.: –Vea, después de la caída de Perón me han investigado tanto que no creo que ni en Palermo haya un pingo al que se le haya analizado tanto la sangre; debo ser uno de los argentinos que más certificados de salud moral tiene.
C.: –Me parece que a usted le preocupa mucho el tema del medio pelo; en su libro, usted acusa a algunos escritores de ser expresión típica de ese medio social. Y usted mismo, ¿qué es? ¿Un aristócrata o qué?
A.J.: –Puede ser que yo mismo sea, nomás, un hombre de medio pelo. Vivo en una sociedad que lo ubica a uno allí. Precisamente, estoy escribiendo un libro sobre estas cosas. Se llama Manual de zonceras argentinas, y allí confieso algunas de las zonceras en las que yo mismo he creído alguna vez. El libro va a tener varias páginas en blanco para que los lectores llenen ellos mismos las zonceras que puedan haber en él. Yo espero que el libro sea algo así como un Alka-Seltzer intelectual.
C.: –Usted parece un hombre demasiado contento consigo mismo. Y sin embargo tiene muchas cosas contradictorias. ¿Qué me cuenta de su juventud, cuando era conservador militante?
A.J.: –Cosas de la educación liberal, de filiación conservadora que recibí en mi casa. Lo que me despertó fue la revolución mexicana, los Zapata, los Obregón, los Pancho Villa. Desde entonces renegué de la concepción liberal que tiende a presentarnos como un país de segunda, y a nuestro pueblo como a un pueblo inferior.
C.: –La vez que se presentó como candidato a diputado recibió los votos de su familia y el de algunos amigos, nada más. Parece que usted, finalmente, es un fracasado en política...
A.J.: –Es cierto que no he sido diputado, ni ministro ni presidente. No me lo propuse nunca, a no ser como medio para triunfar en otras cosas. En cambio, es notorio que hoy la inmensa mayoría de los argentinos habla un idioma que, hace cuarenta años, hablábamos solamente unos pocos. Cuando nosotros emprendimos la lucha para formar una conciencia nacional, opuesta a la mentalidad liberal-colonialista, nunca creímos que en el precario tiempo de nuestras vidas lograríamos la victoria que hoy tenemos delante de los ojos. Así, tengo derecho a sentirme un triunfador.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/62768-20686-2006-02-08.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El futbolista Adolfo Pedernera nació en 1918. Se formó en las divisiones inferiores de River Plate y debutó en primera división en 1935, el mismo año que José Manuel Moreno. En 1937 obtuvo su primer campeonato; por entonces formaba ala con Carlos Peucelle. El propio Peucelle convenció en 1941 al director técnico Renato Cesarini de que colocara a Pedernera como centrodelantero; en esa posición obtuvo con River el campeonato de 1941. Por entonces se constituyó “La Máquina”, el equipo a menudo considerado el mejor del fútbol profesional argentino. Brilló sobre todo su delantera –así se la denominaba entonces– integrada por Muñoz, José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera, Angel Labruna y Félix Loustau. En 1942 River fue campeón y demostró una amplia superioridad; si bien cayó ante Racing por 6 a 1, en ese partido estuvo ausente Pedernera, considerado ya la pieza esencial del equipo. En ese año marcó 23 goles, dos menos que el goleador del torneo. Desde entonces, optó por jugar retrasado, lejos del área, como organizador y lanzador.
Pedernera fue campeón con River otra vez en 1945, cuando debutaron otros dos jugadores emblemáticos: Amadeo Carrizo y Néstor Rossi. En 1946 hubo problemas en la institución: frente a magros resultados, varios jugadores fueron acusados de indisciplina, y también de apatía. El entrenador Peucelle renunció, y a principios del año siguiente Pedernera aceptó ser transferido a Atlanta, un club pequeño que gastó una suma enorme –550.000 pesos– para comprar jugadores de renombre. De ellos, 140.000 se destinaron a la transferencia de Pedernera, la mayor cifra pagada hasta entonces en el fútbol argentino. El reportaje que entonces le hizo el diario Clarín se tituló “Voy a un club chico a jugar de corazón”.
La aventura terminó desastrosamente: Atlanta quedó último y descendió a Primera B. En 1948 Pedernera fue transferido a Huracán en 80.000 pesos. Ese año se produjo una dura huelga de jugadores profesionales, y al año siguiente muchos emigraron al exterior. Pedernera, como otros muchos, fue a Colombia, donde jugó hasta 1954. Ese año retornó a Huracán, jugó tres partidos y abandonó la práctica. En 1979 comenzó a trabajar con las divisiones inferiores de River.
Clarín fue fundado en agosto de 1945 por Roberto J. Noble. Sus primeros periodistas fueron Norberto Ezeiza, Lizardo Zía, Isidoro de la Calle, León Mirlás, José Portogalo y Horacio Estol.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/index-2006-02-07.html
PEDERNERA
Clarín,
1º de abril de 1947
Periodísticamente hablando, Pedernera es “la nota del día”. No en vano se atraen sobre sí las miradas de miles y miles de personas, ni en balde se derrumban cifras “metálicas” como las que Atlanta y River han echado abajo.
Clarín, entendiéndolo así, anoche mismo se abocó a la búsqueda del “hombre del día”. Y lo halló en la Avenida de los Incas y Triunvirato, que es como decir, un barrio hermoso, proletario, que a esa hora de la nochecita fresca se alumbra con la sonrisa de las morochas clásicas de la barriada.
Formidable explosión de entusiasmo produjo el anuncio de la transacción. Villa Urquiza cuenta como hijo dilecto a Adolfo Pedernera. De allí su algarabía.
Rodeado de amigos, junto a su inseparable De Ambrosio, el simpático “Monito” héroe de Dallas. Todos están contentos. También Pedernera lo está.
Y nos dice con palabras terminantes: “Muchos creerán que me disminuye esto de ir a un club que llaman ‘chico’. Pienso así pues en distintas oportunidades, ante casos parecidos, la gente opinó de tal manera. Pero yo no me siento disminuido. Al contrario. Voy a Atlanta, donde acaso nunca soñé pasar durante mi trayectoria deportiva, en disposición de ratificar mi condición de ‘estrella de fútbol’”.
Dice “estrella” y nosotros lo miramos con un chispazo. En un segundo nuestra mirada abarca su figura, un poco regordeta para un atleta, su frente alta y los ojos quietos y simpáticos que han acompañado el gesto y la palabra sin alteraciones. Pensamos: ¿Será esto vanidad?
Pero no lo es. Lo prueba él mismo cuando se “zambulle” en nuestro pensamiento y aclara:
“No, amigo, no. No estoy envanecido. Y usted lo sabe. Clarín me conoce de sobra. Le he dicho cosas mías, de mi propio interior, y sus páginas lo han reflejado siempre. Que reflejen una vez más, se lo suplico, lo que les digo: Soy ‘estrella’, sí; sería tonto negarlo. Antes que falsa modestia es preferible ser sinceros para con nosotros mismos”.
Ya nuestra mirada no puede disimular su cordialidad. Es que estamos ante un Pedernera distinto del que conocimos. Es un muchacho que habla como “de corrido”, con meditación profunda y palabra fácil. Y como el crack quiere decir cosas valiosas, y el minuto se va perdiendo en medio de ese círculo con calor de afecto que le pone un centenar de muchachos al dúo de “estrella” y redactor, recojamos sus últimas expresiones:
“Quiero hacer valer mi condición de ‘estrella’, pues es preciso valorar también la oportunidad que es, para nosotros, el profesionalismo. Hacernos valer, desgraciadamente, nos significa ser calificados de ‘díscolos’: el artista es quien más cerca está de la calumnia. Yo la he sufrido, créame, me considero artista, en una acepción general. Y más aún, me sé un proletario. Clarín mismo se lo enseñó a los futbolistas argentinos. Pues bien, como una estrella dispuesta a pagar eficazmente a quien se ha sacrificado tanto como Atlanta por adquirirme, como un proletario digno, resuelto a darle todo de mí por mi nuevo club, voy a la prestigiosa entidad de Villa Crespo”.
Y para terminar, Adolfo Pedernera, el “hombre del día”, tiene la palabra del hombre simple, que goza y sufre con la noticia sensacional. “Irme de River es doloroso. Dígalo, también. Pasé dieciséis años en el club: tengo por esos colores, por esas paredes, por el césped en el que corrí y caí, por las mallas que me fueron propicias tantas veces, y esquivas muchas más, un cariño inmenso. Considero que con mi deber profesional rindo un tributo enorme, pues él apareja un profundo sentimiento de hombre.”
Así dejamos a Pedernera. Con la conciencia de que ha sido mucho para River y por River. Y la promesa de ser otro tanto para Atlanta.
Que, en suma, quien saldrá ganando será nuestro fútbol; la permanencia de Adolfo Pedernera en el estrellato será indudablemente garantía en muchas oportunidades más para el mejor de los éxitos de los colores nacionales.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/62677-20672-2006-02-07.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
En 1924 Julio De Caro, nacido en 1901, constituyó su sexteto e inició una profunda renovación del tango. Hasta entonces, el género había consistido en una melodía sencilla, instrumental o vocal y un acompañamiento rudimentario. En esa línea, en los años ‘20 y ‘30 el tango tuvo un desarrollo notable con Anselmo Aieta, Osvaldo Fresedo y luego Juan D’Arienzo. De Caro innovó en la formación instrumental: dos violines (al suyo le adosaba una corneta, que le daba un sonido voluminoso y característico), dos bandoneones, piano y contrabajo.
Sobre todo, transformó la concepción musical incorporando los recursos de la armonía y el contrapunto: acordes complejos, contracantos, variaciones. Desarrolló la idea del “arreglo”, fijado por escrito en la partitura, que aplicó tanto a sus propias obras como a los tangos clásicos que incorporaba a su repertorio. Valoró la capacidad tímbrica de cada instrumento y amplió el repertorio de sonidos con rasgados, golpes, silbidos, gritos y hasta mugidos, emitidos por los instrumentistas. Valoró la base rítmica del tango –tocaban para bailarines– y no les dio mucha importancia a las letras, pese a que sus obras las tenían: Boedo, Tierra querida, Malajunta, El monito, Buen amigo, así como un recordado arreglo de Recuerdo, del joven Osvaldo Pugliese, realizado en 1927.
Los méritos renovadores de Julio De Caro se comparten con su hermano Francisco, pianista, y los bandoneonistas Pedro Maffia y Pedro Laurenz. Su impronta fue tan marcada que se habló de “decarismo”, y luego de una “guardia nueva”, un movimiento que continuaron Aníbal Troilo, Osvaldo Pugliese y Horacio Salgán. Julio De Caro murió en 1980.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-62548-2006-02-04.html
Entrevistado por Luis Guillén de Castro
Mundo Argentino, Nº 1575,
26 de marzo de 1941
Julio De Caro se adelanta espontáneamente a hacernos la confesión de rigor:

–Treinta y nueve años pronto serán cuarenta. Nací el 11 de diciembre de 1901. Empecé a estudiar música a los ocho años y vivo de ella. Nunca tuve otra profesión que la de músico, y ya es tarde para cambiar de oficio, suponiendo que yo sirva para otra cosa. Y aunque sirviera, no es fácil que llegue a manejar otras herramientas que mi violín y mi batuta.
Se calla un momento, como para meditar la frase y agrega:
–Para hacer bien alguna cosa, hay que dedicarse exclusivamente a ella.
–Y usted dedicó su vida al tango.
–A la música. El tango vino después. Claro que el tango también es música. Precisamente todos mis esfuerzos tendieron a eso, a evidenciar las probabilidades musicales del tango. Nací y viví en un ambiente musical. Mi padre, José De Caro, era y es profesor de música. Vino al país muy joven. Después regresó a Italia, donde fue director del conservatorio de Milán. Volvió de nuevo a Buenos Aires, y aquí se quedó definitivamente. Pertenece a la camada de Fracassi, Felica, Cimaglia, Catelano, todos músicos italianos que aportaron su arte y sus enseñanzas al desenvolvimiento de la música en Buenos Aires. Mi padre instaló un conservatorio que lleva su nombre y que existe aún. Por él han pasado dos generaciones de músicos argentinos. Unos se hicieron profesionales y otros se quedaron en dilettantes.
–Usted sería uno de los alumnos del conservatorio De Caro, naturalmente.
–Naturalmente, no. Fui alumno de mi padre, pero no de su conservatorio. Me daba lecciones particularmente. Fue mi primer profesor, pero no el único. Cuando todavía no había yo cumplido ocho años empezó a enseñarme a tocar el violín. Años después continué tomando lecciones de este instrumento con el profesor Bolia, el padre de mi buen amigo y excelente violinista David Bolia. Con mi padre estudié también armonía, contrapunto, composición y piano. Anualmente rendía examen en el conservatorio Williams. Mientras proseguía mis estudios musicales iba atendiendo otros aspectos de mi cultura. De la escuela primaria pasé al Colegio Nacional Mariano Moreno, donde cursé hasta el tercer año. Mi padre hubiera querido hacer de mí un doctor. Pero yo preferí concretarme a ser un músico. Cada cual debe dedicarse a lo suyo, y no se puede dar el paso más largo que la pierna. Yo quise dar una vez este paso y estuvo a punto de costarme caro. Pero sigamos al orden del relato. Mi educación musical se ajustó estrictamente a los cánones. A los quince años ya era yo un discreto violinista. Cuando todavía llevaba pantalón corto, toqué durante una breve temporada en una orquesta que dirigía el maestro De Bassi en el teatro Liceo, donde se hacían zarzuelas españolas. Antes de eso, ya había yo ejecutado en mi violín a los compositores clásicos, que interpretaba en mi casa y en el conservatorio. Por aquel entonces vivíamos nosotros en la calle México, a la altura de Catamarca. Algunas tardes dejaba a Mozart y Chopin y me reunía en aquella esquina con otros muchachos del barrio. La barra aumentaba cada vez que, al anochecer, nos visitaba un viejo italiano con su organito moledor de tangos. Y mientras los muchachos bailaban en parejas y el viejo del órgano seguía moliendo su tango, yo me dedicaba a tararear aquella música, que a pesar de su estructura rudimentaria, ejercía sobre mí una fuerte sugestión. Así me aprendí de oído algunos tangos que luego tocaba en mi violín. El primero que interpreté fue El irresistible. Pero yo no me limitaba a repetir las notas que había aprendido del organito. Al reproducirlas trataba de ajustarlas a mi estilo y a mi técnica de instrumentista de escuela, procurando, eso sí, que mi educación musical académica no afectara el sabor típico de aquella música popular. Mi deseo era que los conocimientos que había adquirido en el conservatorio se amoldaran a las emociones que había recibido en la calle, oyendo al viejo del organito. Podría decir que desde entonces hasta la fecha sólo he procurado ir perfeccionando aquel ideal de fundir lo sentido y lo sabido, y si algo significa mi aporte al desenvolvimiento de nuestra música típica, corresponde situarlo dentro de esa orientación a la vez académica y popular.
–¿Cuándo interpretó usted en público el primer tango?
–Después de haber tocado muchos en privado. Y digo en privado porque el primero de quien tenía que esconderme era de mi padre, que no quería saber nada con los tangos ni con los milongueros. Pero a mí me gustó esa música que venía del pueblo, y cuando volvía a él, el pueblo la reconocía y la consagraba como suya. Como le digo, empecé tocando a las escondidas, para mí y para mis amigos del barrio. Entre ellos había uno que se llamaba Ferrari, y que fue el “primer hincha” mío. Era unos años mayor que yo, como casi todos mis amigos. El día que estrené los primeros pantalones largos, los muchachos resolvieron agasajarme. Me llevaron al Palais de Glace. Allí tocaba la orquesta de Roberto Firpo. Mis amigos, que con toda premeditación eligieron una mesa próxima a la orquesta, empezaron a gritar, con Ferrari a la cabeza: “¡Que toque el ‘pibe’! ¡Que toque el ‘pibe’!” El “pibe” era yo. Firpo me ofreció un violín y me preguntó qué quería tocar. Y yo elegí La cumparsita. Puse los cinco sentidos en la ejecución. La primera parte, que tiene armonía de violín, la ejecuté en forma armónica. En la repetición me floreé en la cuarta cuerda imitando el sonido del violoncello. Mi manera de tocar llamó la atención del público y sorprendió a los músicos. Entre los concurrentes estaba Arolas, me invitó a su mesa y me ofreció un contrato para su orquesta. Yo acepté la oferta, siempre que se encargara él de conseguir la autorización de mi padre. No pudo convencerlo; pero a fuerza de insistir logró que mi padre me permitiera reemplazar provisoriamente a un violinista enfermo. Quince días estuve de suplente. Me pagaron quinientos pesos. Pero yo también me enfermé. Tocaba por la noche, hasta las cuatro de la mañana en el Tabarís; a las ocho tenía que ir al colegio y, por la tarde, al conservatorio. Era demasiado para mis dieciséis años. Me vino una especie de “surmenage”. No se puede dar el paso más largo que la pierna, como decíamos antes.
–¿Optó usted por dejar la orquesta?
–Opté por dejar el colegio. Por primera vez mi padre me permitió elegir, y me señaló estos tres caminos: “¿Qué prefieres –me propuso–: ser doctor, ser músico... o dedicarte a tocar tangos?”. Y yo elegí el tango. Pese a la opinión de mi padre, presentía que también tocando tangos podía hacerse música, buena música. Volví a la orquesta de Arolas, después de reponerme de aquel exceso de trabajo. Estuve tres años con Arolas como primer violín. Con el mismo puesto pasé a la orquesta de Fresedo, y con él estuve cerca de cuatro años. Pasé luego a la orquesta de Carlos Cobián para grabar discos en la casa Victor. En mi misma fila de atriles estaban tres violinistas que se llamaban Remo Bolognini, Astor Bolognini y Agesilao Ferrazzamo. En una ocasión, al grabar un disco, yo ejecuté una armonía de violín que no figuraba en la partitura, pero que quedaba bien dentro de ella. Al escuchar la prueba del disco, el director de la casa Victor encontró excelente mi agregado. Pero a Cobián no le pareció bien, y eso motivó mi salida de la orquesta. Me negué a contratarme en otra parte. Comprendí que para poder tocar a mi gusto, para dar al tango la expresión que yo quería darle, tenía que empezar por tener una orquesta propia. Estuve siete meses sin trabajar, pero al cabo de ellos pude formar mi primera orquesta que debutó en el teatro San Martín. Era una orquesta mixta, de típica y clásica, y se componía de cincuenta músicos. Entre ellos estaban Massia, Petruccelli, Aimovich, Olivari, Danessi, Brignolo, Goyeneche, Francia, Cinibaldi, mi hermano Francisco De Caro y otros. Yo era director y violín solista. Ofrecí doce conciertos. El repertorio era popular, pero instrumentado por mí para gran orquesta. Por fin pude llevar el tango al plano de la gran orquestación. Obtuvo un éxito artístico, pero el resultado económico no me permitió seguir teniendo una orquesta tan costosa.
–¿Volvió usted a contratarse?
–De ninguna manera; para hacer algo necesitaba seguir siendo director. Ya que no podía dirigir una gran orquesta, bajaría la prima de mis pretensiones. Formé un sexteto con mi hermano Francisco, Pedro Maffia, Pedro Laurenz, Mario Francia y Leopoldo Thompson. Debutamos en el Colón. No en el teatro, sino en el café Colón, que estaba en Bernardo de Irigoyen y Avenida de Mayo. Anduvimos un tiempo recorriendo cafés de categoría, y pasamos después al Select Lavalle, contratados por Augusto Alores. Entramos así a alternar en los cines elegantes con las orquestas clásicas. La nuestra era una orquesta típica, pero yo conseguí dar al tango una expresión nueva. Instrumentaba las partituras procurando dar a cada instrumento oportunidades de lucimiento individual. “Los típicos” decían que nosotros habíamos convertido el tango en música de iglesia, simplemente porque yo me había preocupado de ofrecer una música armonizada. Pero esto sólo bastaba para escandalizar a ciertos directores y compositores que fían más en la intuición que en el arte y la cultura. Afortunadamente el público nos juzgó de otra manera y eso nos permitió ocupar un sitio entre los cultores de la música popular. Entretanto, fui componiendo mis primeros tangos: Buen amigo y El monito. El tercero fue Copacabana, que escribí en el Brasil cuando lo visité en 1927. Al regreso actué en varios cines, en la casa Harrod’s y frecuenté con mis orquestas los salones de la aristocracia porteña. Llevé a ellos un tango depurado, elegantizado; pero sin quitarle por eso su ritmo y su cadencia. Traté de valorizarlo musicalmente respetando su carácter y su modalidad. Con ese mismo tango civilizado, digamos así, me fui a Europa en 1931. Visité Roma, Milán, Génova, Turín. La noche de mis presentaciones en Turín asistió el príncipe Humberto con su esposa. Según el protocolo real, hasta que el príncipe no se levanta nadie puede hacerlo. Y como aquella noche el príncipe Humberto tenía deseo de oír tangos tuvimos que ofrecer catorce bises sin que nadie osara moverse de su asiento. De Italia pasamos a la Costa Azul. Estando en el Palace Mediterraine tuve ocasión de conocer a varios personajes de renombre universal, entre ellos el Aga Khan, el barón Rothschild y Carlitos Chaplin. Si Chaplin no me hubiera dicho que era Chaplin, no me hubiera yo podido imaginar que aquel señor tan fino y elegante que me pedía en francés algunas explicaciones sobre los pasos del tango era el mismo Carlitos que tantas veces había visto yo en el cine. A lo sumo podía tomársele por un empresario, o mejor por un millonario norteamericano que se hacía pasar por Chaplin en un rasgo de humorismo. Durante mi estada en Europa me llamó Manuel Romero para intervenir en la película de Carlos Gardel Luces de Buenos Aires, para la que hice la música de fondo y en la que trabajé con mi orquesta.
–¿Y qué hizo usted a su vuelta de Europa?
–Lo mismo que antes. Volví a tocar en los cines, a pesar de que el cine sonoro ya había desalojado a la mayoría de las orquestas. Luego pasé a la radio, y en ella llevo diez años. Pronto hará cinco que estoy en Radio El Mundo. También compuse varios tangos. Además de los que he citado soy autor de Malapinta, Moulin Rouge, Por Boedo, Guardia Vieja, Todo corazón, La rayuela, El arranque, El malevo, Mundo Argentino, Pienso en ti y Juego. Escribí otras composiciones de distinto género y tomé parte en dos películas: Murió el sargento Laprida y Petróleo. Vivo dedicado a mi música, a mi orquesta, a mis conciertos y audiciones. Mi ideal, el leitmotiv de toda mi carrera, es elevar la jerarquía artística de la música popular. Algo creo haber hecho en ese sentido. Pero todavía me queda mucho por hacer. Y todo lo iré haciendo a su debido tiempo. Por lo pronto, se me ha confiado la organización de una gran orquesta sinfónica de setenta profesores, que se presentará en el mes de agosto en el teatro Casino, del auditorio de Radio El Mundo. El maestro argentino Sebastián Lombardo será mi colaborador en la realización de este proyecto, que encontró el apoyo que le hacía falta en mi amigo Pablo Osvaldo Valle. En esa orquesta en formación espero cristalizar mi antiguo anhelo de revalorizar el tango, nuestro tango, ese tango humilde y callejero que yo aprendí a amar de pibe en aquel organito de México y Catamarca. Desde entonces le dediqué lo mejor de mi arte y de mi tiempo. El tango, además de un vehículo de emociones que está íntimamente identificado con el pueblo, también es música. Sí, señores: el tango también es música. Así lo proclamé una vez en Europa ante un grupo de músicos amigos. En este aspecto sus posibilidades no tienen más limitaciones que las de aquellos que lo cultivan. No seré yo quien desdeñe la labor de estos cultores de la música popular, pues me cuento entre ellos. Pero esto no impide que aspire a perfeccionar mi arte, precisamente para ponerlo al servicio de lo nativo y popular. Después de todo, no hay ninguna ley que prohíba al hombre tener aspiraciones.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/62548-20652-2006-02-04.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor y ensayista Manuel Mujica Lainez nació en Buenos Aires el 11 de septiembre de 1911. Se inició en el periodismo en el diario La Nación en 1932. Como cronista, viajó a Alemania en el Graf Zeppelin en 1935, y a Bolivia, luego de la Guerra del Chaco. En 1940, el Ministerio de Relaciones Exteriores lo designó, en calidad de periodista, para integrar una misión económica en el Japón. Años después, escribió en el mismo matutino sus críticas de arte. En 1949 publicó Aquí vivieron y, al año siguiente, Misteriosa Buenos Aires. En 1951 fue candidato a diputado por el Partido Demócrata. Agudo e irónico cronista de la clase alta argentina, sus novelas reflexionan sobre el recorrido desde un mítico pasado señorial hasta la decadencia producida por la industrialización y los embates de las nuevas clases dirigentes. En los años cincuenta publicó Los ídolos, La casa, Los viajeros, Invitados a El Paraíso, y en 1962, su novela Bomarzo que, cinco años después, se convertiría en el libreto de la ópera homónima, con música de Alberto Ginastera, que se estrenó en Estados Unidos, y fue prohibida en el Teatro Colón, donde se estrenó recién en 1972. En 1969, jubilado como periodista, se instaló en El Paraíso, en Cruz Chica, Córdoba, donde escribió El Laberinto y El viaje de los siete demonios.
La entrevista se titula “Diálogo con el novelista argentino Manuel Mujica Lainez. El fugitivo de El Paraíso, y fue realizada durante una breve estadía en Buenos Aires, luego de la muerte de su madre, Lucía Lainez de Mujica Farías. En abril de ese año, Mujica Lainez había regresado de un viaje iniciado el año anterior por Siria, Líbano, Chipre, Grecia, París y Madrid. A pesar de lo previsto, en diciembre de 1975, regresó a El Paraíso, donde comenzó a escribir Sergio, que se publicó al año siguiente. A esta novela le siguieron Los cisnes, El escarabajo, Un novelista en el Museo del Prado. En 1978 comenzó la publicación de sus Obras Completas. En abril de 1984 realizó su último viaje a Buenos Aires para asistir a la Feria del Libro y recibir la distinción de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Murió en Cruz Chica, Córdoba, el 22 de abril de 1984.
Enrique Raab fue redactor de Panorama, Confirmado y jefe de redacción del semanario Análisis en 1968. En diciembre de 1973, Raab viajó a Cuba como corresponsal de La Opinión. En enero y febrero de 1974 publicó sus notas sobre la situación cubana en ocho crónicas que luego se convirtieron en el libro Cuba, vida cotidiana y revolución, que la editorial De La Flor publicó ese mismo año. Fue secuestrado por los militares el 16 de abril de 1977. Su nombre integra la lista de los desaparecidos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-62476-2006-02-03.html
MUJICA LAINEZ

Entrevistado por Enrique Raab
La Opinión,
19 de octubre de 1975
Así aparece siempre en las fotografías: la mirada fija en la lente del fotógrafo, con la misma insolente firmeza con la que algún figurante miraba al pintor –y así quedó retratado en el lienzo– en la Muerte de San Buenaventura, de Francisco Zurbarán. Reto y desafío en ese gesto que disfraza –¿podría ser de otro modo?– una gran timidez. Timidez que surge, a su vez, de modo seductor y casi mágico en las inflexiones premeditadamente ingenuas de algunas de sus frases; en la impostación histriónicamente dubitativa de ciertas afirmaciones: es el charm of hesitation (encanto de la vacilación), predicado por el esteta inglés Walter Pater como una de las formas más desarrolladas de la civilización sociables. Ahora, Manuel Mujica Lainez se ajetrea en la reducida kitchenette de la calle O’Higgins, preparando con ese mismo charm of hesitation dos pocillos de Nescafé. “¿Se hace así, che...? No, seguro que es al revés” –pregunta y se contesta a él mismo, echando primero el agua hirviendo en las tacitas, luego tratando de disolver el café en el líquido humeante. Por supuesto que el procedimiento es el inverso, pero de todos modos esa pequeña, delicada torpeza ha servido para romper el hielo de la conversación.
Porque esa casa de O’Higgins –durante décadas un legendario refugio para reuniones donde se intercambian boutades, calembours y bon mots que nutrían, luego, las secciones más frívolas de los semanarios de noticias– resulta ahora curiosamente desmantelada. Sólo una habitación, de bajos, que da sobre esa ruidosa calle del barrio de Belgrano, sigue reservada para Manucho. “Desde que me mudé al ‘Paraíso’, en Cruz Chica, Córdoba, esta casa quedó prácticamente levantada... Arriba vive mi hijo Manuel. Al fondo, les he alquilado unas habitaciones a unos arquitectos amigos... Yo me quedé con esto...” El brazo señala, con imperial displicencia, cuatro paredes ornadas con los restos de una pinacoteca famosa: un Soldi recién llegado, uno de los famosos leones de Manucho, de esos leones que él regala como prueba irrefutable de amistad. “Ah, sí... Los leones... ¿Sabés que me encanta dibujarlos?... Pero yo los trabajo con marcador. Y se borran, che... No he logrado aprender la forma de hacerlos durar... Será que quiero hacer cosas efímeras, cosas que el tiempo borre. Que no queden rastros, como querían los etruscos.”
Nuevamente esa suave ironía maliciosa, aunque extrañamente desprovista de crueldad. Ahora, cómodamente reclinado en un sillón, las piernas cruzadas como si fuera a quedarse allí toda la vida, pero el cuerpo firme, controlado: el gesto de aparente molicie disfrazando, aquí también, un permanente, tenso control de los gestos. La seguridad de una clase se traduce, inequívocamente, en ese manipuleo sin fallas del propio cuerpo. Como los actores, para quienes la técnica ha pasado a ser un dúctil instrumento, Manucho deja que sus manos vuelen, que sus piernas se crucen y se desperecen, mientras el rostro impasible sigue fijo mirándole los ojos al interlocutor, como aquel otro rostro español fijado por Zurbarán.
MANUEL MUJICA LAINEZ: –Sí, no sé qué hacer... La muerte de mi madre me hace sentirme un poco perdido en ese enorme caserón que es “El Paraíso”... Son muchas piezas, mucho espacio... Me siento bastante solo, allí. Seis años hice esa experiencia de soledad... Pero ahora, tengo ganas de volver a Buenos Aires, de mezclarme otra vez con la gente... No sé, estoy un poco desorientado.
Durante un año y medio, Manucho estuvo ausente de la Argentina. Apenas asumido el gobierno de Héctor J. Cámpora, en mayo de 1973, hizo sus valijas, invitó a un amigo cordobés a que lo acompañara y se embarcó en un carguero griego, rumbo al Pireo.
MML: –Me preguntás por qué me fui... Bueno... Era un poco la despedida de los viajes, ¿no? Porque ahora ¿quién podría costearse un traslado de ésos? Grecia... Primero, tengo que decirte que elegí ese lugar porque me siento cómodo... Me gusta el clima, el cielo, la gente... Además, ese carguero es propiedad de una amiga, una viejísima señora griega, y forzosamente, si quiero viajar gratis, tengo que ir al Pireo. Si vos me conseguís alguna otra señora que sea dueña de barcos que van a Marsella o a Indianápolis, bueno... Encantado, iría a Marsella o a Indianápolis.
Ha comenzado el momento de la malicia. El imposible Nescafé que no terminó de disolverse en la taza ha sido dejado sobre la mesa, como un atributo ya innecesario para la conversación. Difícil no percibir que esa malicia traduce, en el fondo, las ganas de ser travieso de un hombre esencialmente feliz. Por eso –repentina revelación que uno siente en ese cuarto a medias habitado, a medias despojado de la calle O’Higgins– la literatura de Manucho fluctúa entre la serenidad y el mamotreto. Por un lado, la contemplativa belleza, la resignación nada trágica sino bucólica de las inolvidables páginas de La casa. Por el otro, los vanos esfuerzos por acceder a la tragedia, la hinchazón pedante y libresca de Bomarzo. ¿Por qué Manucho –la pregunta se hace inevitable– ha sentido la necesidad de pintar la tragedia, de mortificarse con palabras y más palabras en busca de un sentimiento ajeno a su propia, íntegra, ineludible felicidad?
MML: –Yo siempre he sido un hombre optimista. He creído, sigo creyendo, que todo iría a terminar bien. Buenos Aires... Ahora, cuando volví en abril, he visto la ciudad desde el puerto... El carguero iba entrando lentamente a la dársena y, ¿sabés?, todo me pareció una maravilla. Era una mañana de sol, las casas, los rascacielos relumbraban detrás del Sheraton. Me sentí feliz de volver, de estar aquí de nuevo... Luego, ya pasada la aduana, tuve como un sentimiento desagradable... En el puerto mismo vi a un camionero y de repente, al lado suyo, bajaron cuatro muchachos de un automóvil y lo amenazaron con sus ametralladoras. Me desconcertó esa violencia. Le pregunté a mi hijo Diego qué era eso. Y me dijo: “Pero, papá... Eso ocurre acá todos los días... No te alarmes...” Le hice caso. No pregunté más.
Con la seguridad de quien divide los tonos de voz entre temas dolorosos y temas frívolos, Manucho se ha puesto serio. Pero todavía queda, buscando su válvula de escape, mucha malicia programada para el encuentro. Buen administrador, Manucho la prodiga en el relato de sus andanzas por Europa.
MML: –En Grecia vivía en la casa de José Rosa, el historiador. ¿Sabés que Pepe es el embajador argentino? Fue gentilísimo... Además, él es rosista y peronista... Yo, ni lo uno ni lo otro. Cuando acepté hospedarme en la embajada, quedamos de acuerdo en que nunca, ¿me entendés?, nunca hablaríamos ni de Rosas ni de Perón... Y cumplimos el pacto. Claro, en Atenas es más fácil. Hay tantas cosas de qué hablar... Después, en Venecia, vivimos –siempre con este amigo cordobés– en el departamento de nuestro cónsul, Abel Paretini Posse... Abel sacó una vez el tercer premio nacional de literatura por una novela notabilísima, La boca del tigre, donde cuenta la vida de los diplomáticos en la Unión Soviética. Su departamento está en un palazzo que da sobre el Gran Canal. Fue la casa –no sé si la conocerás– donde Josefina Beauharnais se reunió con el general Bonaparte, cuando éste hacía la campaña de Italia. Faltan algunas estatuas... Claro, Josefina, como buena francesa, se llevó algunos Canova a París... ¿Viste esa manía que tienen los franceses de llevarse las cosas ajenas? Un tenedor en una cena, la toalla en un hotel... Josefina tenía la manía de las estatuas.
Este Manucho, el de la malicia verbal que puede bordear el delirio, coincide ya con su imagen pública. Las manos siguen marcando, parcamente, algunos recovecos irónicos perdidos entre las palabras, pero el control del cuerpo sigue tan perfecto como siempre. El torso está enhiesto, recostado pero no abandonado sobre el respaldo del sillón; las piernas siguen cruzadas. Sólo el brillo de los ojos prenuncia la alegría desenfrenada de lo que ahora va a contar.
MML: –Y después, España... ¿Qué te diré? En Madrid se me acabó el dinero y yo no quería pedirlo a Buenos Aires. Entonces me sinceré con los españoles. Les dije que estaba sin un peso, que patatín y que patatán. Me ofrecieron pronunciar unas conferencias, pero yo no soy como Borges, ¿viste?, que es un verdadero industrial de la conferencia. El otro día, de paso, hablé con él y me dijo que viajaría a Estados Unidos, pero que tenía que estar de regreso el 8 de octubre, para dar una conferencia en Van Riel. Me causó tanta gracia que alguien tuviese que volver de Nueva York para estar en Van Riel. Bueno, de todos modos, yo soy muy perezoso y entonces les dije a los españoles: “Conferencias, no. No puedo. Pero si ustedes me consiguen alguno de mis libros, puedo leer mis propios cuentos”. Así fue: de algún lado salió un ejemplar de Misteriosa Buenos Aires y me mandaron a Granada, a Sevilla, a Jaén, por toda Andalucía, a leer esos cuentos de veinticinco años atrás.
Si a Manucho le causa mucha gracia esta travesura cultural, es evidente que todavía queda alguna malicia reservada para su memorial hispánico. En efecto:
MML: –Y luego, el acoso de los amigos... Cuando murió Perón había que explicar a cada rato cómo era posible que esta señora lo sucediese... Querían saber detalles y más detalles... Claro, para los extranjeros, sobre todo para los periodistas, la señora es un personaje espléndido... Con ese pasado tan particular... Y yo qué iba a explicar si no entendía nada... Mirá, cada vez que me preguntaban por la señora, o por López Rega, me las ingeniaba para cambiar de conversación. Y así llegamos a fin de año de 1974. Solos en Madrid, sin saber dónde pasar la fiesta de fin de año. Hasta que nos encontramos con otro muchacho argentino, también solitario, a quien le habían contado que los españoles solían recibir el año en el teatro. “¿En el teatro? –pregunté–. ¿Cómo en el teatro?” Y me contestaron que sí. Entonces lo llamé a Luis Escobar, amigo mío y dueño del teatro Eslava, y le pedí un palco. No lo vas a creer. Llegamos, eran como las diez de la noche del 31 de diciembre, y el acomodador nos recibió con un paquete de serpentinas, un antifaz, una botellita de champán caliente y un vasito de plástico. Comenzó la obra... Era un drama, muy malo. No me acuerdo de qué trataba... De golpe, suena un gong. Miré el reloj y eran las doce. Entonces, los actores interrumpen el espectáculo, comienzan a intercambiar serpentinas con el público, se abrazan, se besan, gritan... Tanto en el escenario como en la platea se descorchan las botellas de champán. Gran jolgorio, gritos, pitos. Quince o veinte minutos después, no me acuerdo bien, vuelve a sonar el gong. Entonces los actores se vuelven a poner serios, el público también. Aparece, como por arte de magia, una escoba y se barren las serpentinas. En medio de un silencio mortal, como si nada hubiese sucedido, el drama continúa. ¿No te parece una maravilla?
Vieja obsesión de Manucho, la de la doble representación en el teatro y en la vida. O bien, con más coherencia, la vida vista como un espectáculo que primero hay que protagonizar para luego, al final de la representación, desentrañar su significado. Por eso, también, esa negación casi infantil por participar en la hechura de su propio futuro: el futuro, incógnita misteriosa e indescifrable que alguien, algún Poder, nos tiene reservado sin que podamos participar con ningún acto, con ninguna decisión personal, en determinar el cariz que tendrá. Suave resignación de una clase, quizá, que está renunciando lentamente a forjarse un futuro y lo pone en manos de magos, augures, astrólogos y videntes.
MML: –Sí, cada vez estoy más supersticioso... Me preguntás si no me interesa “el destino y el futuro de la Patria”. (Voz solemne y engolada, que intenta satirizar sin maldad una pregunta formulada de otro modo.) Claro que me interesa... Pero, ¿quién sabe lo que va a pasar? ¿Quién es capaz de hacer un análisis lúcido? El otro día le pregunté a mi hijo Diego... Me habló durante media hora y no entendí nada. Por suerte, ahora, desde que vine a Buenos Aires, me han dejado en paz... Que la señora vuelve, que no vuelve... Para qué hablar de cosas que no se saben. Lo que sí sé es que dejaré Córdoba para instalarme otra vez aquí... Consulté el otro día a un vidente buenísimo (y la voz, ponderativa, convence como si estuviera recomendando a un cirujano de primera categoría) y por todos lados sale la mudanza...
Manucho otra vez en Buenos Aires: nuevamente, quizá, los cumpleaños famosos, las reuniones dominicales de la confitería Apolo, en Cabildo y Federico Lacroze, con esas profusas y promiscuas cortes juveniles que son, en el fondo, comparsas decorativas para resaltar la propia majestad. O quizá no: quizá el sentimiento mayestático se haya diluido con los años –sus sesenta y cinco serán cumplidos el próximo 11 de noviembre– y aflore, detrás del rol asumido, detrás de esa pesada tarea de llevar adelante un personaje, la carnadura de un hombre bondadoso, fundamentalmente hedonista, que suele perderse, de tanto en tanto, en fascinaciones inútiles por tragedias imaginarias. Los delirios librescos, vanos, de Bomarzo y de los unicornios quizá cedan ahora ante la clarividencia de la edad. Pero para Manucho, el dilema no está resuelto. La acromegalia, el espejismo de los destinos grandilocuentes y acartonados siguen rondando, como una posibilidad pérfida, en torno de la sensibilidad de este hombre básicamente feliz.
MML: –Ya sé... Hay quienes me reprochan el Bomarzo... Y me dicen: “¿Por qué no escribís otra cosa parecida a La casa?”. Estoy fatigado de que me hagan la misma pregunta. Yo no puedo escribir ni otra casa, ni otra casita, ni otra villa, ni otro chalet... Lo pasado está pasado... Tengo que empezar a buscar de nuevo... Mirá... En España, poco antes de volver, yo estaba bastante seguro de cuál podría ser mi próximo trabajo. Era una novela sobre Carlos II, el Hechizado (el terror ante la posibilidad de una nueva bomarziada debe haber sido percibido por Manucho porque de inmediato rectifica) No... No la voy a hacer... Para documentarme, he pedido a los españoles que me manden una biografía del monarca y mira, llegó pero me doy cuenta que por un error de encuadernación tiene más de cuarenta páginas en blanco. Para mí es un signo de que no lo debo hacer... ¿Sabés lo que me gustaría? Contar un baile... Sí, un baile... Vos no sabés, porque sos demasiado joven... Esos bailes, en 1932 o 1933, eran toda una historia... Primero, la familia que los programaba, siempre para diciembre... Luego, la confección de la lista de invitados... Las intrigas que había. Las averiguaciones secretas sobre quién sería invitado y quién no... Había un verdadero servicio secreto de espionaje... Después, poco antes del baile, la familia hacía cercar la casa para estar segura de que nadie que no estuviese invitado pudiese acercarse más de lo aconsejable... Y luego, la última semana, las visitas al famoso peluquero, monsieur Moussillon... Ese que era mufa... Las niñas tenían que ir a su salón de coiffeur, porque era el mejor, pero había que evitar mirarle a la cara, porque traía desgracia. ¿Te imaginarás el sufrimiento? Estar sentadas, una o dos horas, mientras Moussillon les moldeaba la cabeza y no arriesgar ni siquiera una miradita al espejo, por temor a lo que pudiese pasar... Yo mismo fui a uno de esos bailes, allá por 1933. Había llegado a Buenos Aires un famoso botánico inglés, un sir no sé cuánto... Descubrí que su mujer –ambos eran muy viejos– había sido en su juventud una famosa actriz shakespeareana. Entonces la visité con cierta asiduidad. Me acuerdo que un día vi, pegada en el espejo, una invitación cursada a ese matrimonio para ir a un baile. Ellos sugirieron que los acompañase... Acepté, encantado: nunca hubiera pensado que me tocaría participar de ese baile. Fui, entré del brazo de la vieja inglesa. Me acuerdo de las mofas, las burlas de los muchachos que no podían comprender mi actitud. Sufrí mucho... Para mí, aquello era una forma de felicidad... Por eso, quisiera contar uno de esos bailes. Claro, es mucho trabajo: habría que documentarse, buscar una intriga. Pero, no sé... Creo que es un tema... ¿O te parece un mamarracho?
No; el baile no es un mamarracho. Esa fascinación por el rito social debe ser la misma que Manucho describe, con transparente alegría, en su biografía de Estanislao del Campo.
MML: –Sí, un baile... Creo que eso es lo que voy a elegir... Ahora no los hay más, pero a mí me gustaban. Estar con la gente, verlos bailar, olvidarse de todo... Entrar a esa casa donde todo parecía seguro, tan seguro, tan a salvo de todo, tan protegido de los desastres de afuera. Te puede parecer ridículo, pero esa historia de la señora que dice que si viene el comunismo se va a la estancia, no es un disparate... Claro, tiene su fondo de verdad. Quisiera escribir sobre ese baile y luego, volverme más y más místico... ¿Renunciar ya mismo a los placeres...? No, todavía no... ¡Dadme tiempo... dadme tiempo... Dejadme beber un poco más del cáliz de la vida!
No se sabe por dónde reapareció, pero la malicia se adueña nuevamente de la conversación, la ironía apunta otra vez sus dardos. También algún leve resentimiento: la sensación de saberse relegado.
MML: –Yo soy un escritor póstumo... ¡Cómo se van a ocupar de mí después de muerto...! Mirá, a Borges lo filman a cada instante. Todo el mundo habla de él. Nunca, en cambio, se han interesado por una novela mía. Sí, una sola vez. Hará unos veinte años, la gente de los estudios Mapol me compró Aquí vivieron... Después, esa empresa se fundió... Aunque creo que si filmasen una película sobre un libro mío, pediría una aclaración explícita en los títulos de que yo no tuve nada que ver con la adaptación... ¿Que Borges no impone tantas condiciones, me decías? Pero m’hijito... Borges es ciego y no ve lo que hacen con sus libros... Yo, en cambio, a esas películas las tendría que ver...
Cuatro cuadras desde la calle O’Higgins hasta la estación ferroviaria de la barranca. Recompuesta la imagen del caballero de Zurbarán, el bastón displicentemente manipulado, el rostro firme con el bigote ya canoso, Manucho respira a sus anchas el aire primaveral de Belgrano. “¿Ves? –dice señalando a la gente que lo mira pasar, fijándose confusamente en esa imagen conocida pero, para la mayoría, inidentificable–. Esto es lo que extraño allá en Córdoba, en El Paraíso. Quiero salir a la calle y ver gente... Para mí, la soledad no es buena. Lo comprendí después de seis años de haberla experimentado. Son errores, pero siempre se los puede rectificar. Como por ejemplo, las ingenuidades que uno comete. ¿Te acordás...? Cuando vino la Libertadora, en el ‘55, me nombraron director de Relaciones Culturales de la Cancillería. Apenas me hice cargo, vi todos esos corredores llenos de ejemplares de La razón de mi vida... Los había en ídish, en húngaro, en árabe, qué sé yo... Los mandé quemar, creyendo que así destruía el Mal... Como si quemando algo se lo pudiera destruir... Entonces no lo entendía, porque era un ingenuo... Ahora veo claro que nadie puede quemar lo inevitable, lo que uno no comprende. Aquello que quizá no sea sino una parte ignota de la verdad.”
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El cantor, actor y director cinematográfico Hugo del Carril (Piero Bruno Hugo Fontana) nació en 1912. A comienzos de la década de 1930 era conocido como cantor de tango. En 1936 debutó en el cine en Los muhachos de antes no usaban gomina, junto a Florencio Parravicini y dirigido por Manuel Romero, que vio en él un sucesor de Gardel. En los años siguientes filmó numerosas películas, entre ellas una Vida de Carlos Gardel. Siguió desarrollando simultáneamente las carreras de cantor y actor de cine, y entre otras muchas películas filmó en 1944 La cabalgada del circo, de Mario Soffici, donde también actuaron Libertad Lamarque y Eva Duarte. Adhirió con entusiasmo al peronismo, se convirtió en notorio simpatizante y propagandista, y realizó una célebre grabación de la marcha Los muchachos peronistas que todavía hoy se escucha.
Hacia 1949 era una de las figuras más conocidas del medio artístico, argentino y latinoamericano; su popularidad sólo era comparable con la de Luis Sandrini. Ese año comenzó a dedicarse a la dirección cinematográfica. Filmó Historia del 900, sobre un guión propio, y al año siguiente Surcos de sangre, con guión de Eduardo Borrás, quien colaboró con él durante veinte años. El reportaje de Radiolandia fue titulado “Hugo del Carril vive la alegría de realizar lo que siempre soñó”. En ese film ya aparecen los temas sociales –los conflictos entre explotadores y explotados– característicos de su producción, que maduraron en las películas siguientes. En 1951 filmó su película más famosa: Las aguas bajan turbias, sobre la novela de Alfredo Varela, considerada la mejor película del período peronista y una de las más notables del cine argentino.
Luego de 1955 su militancia peronista, que nunca abandonó, le ocasionó cárcel y proscripción, aunque siguió cantando y realizando films como Las tierras blancas o Esta tierra es mía. Su última película, Yo maté a Facundo, es de 1975 y refleja la violencia del momento. Emigró a México en 1976 y retornó en 1981, para morir en 1989.
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DEL CARRIL
Radiolandia,
25 de marzo de 1950

Tres meses de labor abrumadora, levantarse antes de la salida del sol, para ir hacia los exteriores donde ubicó casi íntegramente la acción de Surcos de sangre. Un trabajo titánico, con jornadas de hasta dieciséis horas de filmación. Así, un día tras otro, durante casi cien días. Y, por fin, con siete kilogramos menos de peso, agotado pero feliz, la película ya rodada, alistándose para el estreno. Feliz, sí.
–En esta felicidad mía –nos dice Hugo del Carril en el transcurso de su breve visita a Buenos Aires, puesto que está otra vez en Santiago– no hay vanidad profesional. Creo, sí, haber logrado la película que me propuse; que para el director es siempre una satisfacción. Pero mucho más importante aún es el halago de haber trabajado con compañeros tan extraordinarios como Esther Fernández, la estrella mexicana que vino desde su tierra para ser la primera figura femenina de mi película; como Carlos Perelli, con quien es doble alegría trabajar: por su hombría de bien y su capacidad de actor; como Ana Arneodo, tan cordial y tan artista. Como todos, en fin, quienes confiaron en mis escasas fuerzas, quizá porque sabían que la fuerza tremenda estaba en el clima y en el paisaje espiritual que Suderman dio a La dama gris y que Eduardo Borrás adaptó con tanto criterio cinematográfico en Surcos de sangre.
Hugo se apasiona cuando habla de su trabajo. En él la mutación se viene operando desde mucho atrás. Cantor que se encumbra como pocos, o como nadie, en la radio y en el cine, es después un actor de magnífica calidad. Pero en su pecho bulle, de todos modos, otra ambición. Su gran ambición. Por eso, cuando no filma, pasa horas y horas en los “sets” buceando en todo, aprendiéndolo todo. Quiere ser director. Y lo es, finalmente, con una muestra cabal de su aptitud. Historia del 900, su primera película, lo lanza de buenas a primeras a los planos más altos de esa difícil condición.
Quienes filmaron entonces con él dijeron de su seguridad notable, de su sentido del cine. Y le reconocieron un mérito que, tratándose de un director protagonista, vale tanto como aquello.
–Hugo no tiene el menor egoísmo... Más aun, prefiere lucir a sus actores que lucirse él...
Ni común, ni fácil.
–Me fui a Chile a filmar –dice, ubicando el claro sentido argentino de su película– porque no pude filmarla en mi tierra. Ni los productores me facilitaron los estudios, ni tenía el material necesario. Pero la hemos hecho con la misma emoción argentinista que si hubiéramos trabajado en esta tierra. ¿Qué hacía yo con toda la gente contratada, si aquí no podía conseguir galerías?
Ocurrió, en efecto, que con todo ya listo y un montón de promesas, el día en que quiso concretar la filmación en Buenos Aires le resultó imposible.
–Nos fuimos a Chile, donde todos nos han tratado con inmenso cariño y hemos invertido en la película casi un millón de pesos.
–¿Permite el cine tales inversiones?
–Por supuesto que sí, gracias a la protección que nuestro gobierno ha brindado al cine, salvándolo de la ruina. Pero si no fuera negocio, lo mismo me quedaría feliz... La experiencia la he pagado en buena parte... Mi socio en la producción, señor Anzuola, tiene la misma pasión por el cine. Y por encima de todas las cosas quisimos hacer una buena película.
–¿Lograda?
–Ese es el misterio. En nuestra opinión, sí. Pero la nuestra es una opinión invalidada... ¿Para qué padre sus hijos no son hermosos? El público dirá si coincidimos en ese sentido... La estrenaremos en el Rex, en abril.
Surcos de sangre, de todos modos, ya está filmada. Faltan, sí, y por eso Hugo vuelve a Chile por una quincena, terminar el armado y finalizar la grabación. Y el artista, claro está, mira hacia adelante.
–Apenas estrenemos la película, me voy a Nueva York. Está visto que mi destino es el de viajar.
–Magnífico destino, que muchos le envidian...
–Cuando aún no han viajado lo que he viajado yo... Pero la verdad es que luego de un mes lejos del terruño ya no se puede contra la añoranza... A mí me ocurre siempre el mismo proceso. Cuando estoy por partir, vivo entre feliz y esperanzado. Ya ausente, los primeros días pasan bien. Los restantes soñando con la vuelta... Es que mi tierra es macanuda...
–¿Qué se extraña, Hugo?
–Todo. Uno en la calle protesta, se hace mala gente hasta porque tiene que hacer cola en un cine. Y sin embargo se vive tan lindo aquí... Tenemos de todo, en lo afectivo y en lo material.
Nos cuenta la odisea en Nueva York –ciudad a la que admira– por tomar un mate.
–¿Cómo va a ir un criollo a una farmacia a comprar yerba como si fuera una medicina? En el hotel Waldorf, tan famoso, las mucamas me miraban como a un loco, viéndome chupar en la bombilla horas y horas... Les quise hacer probar. Y todas renunciaban, con el cielo del paladar quemado.
Ríe. ¿Cómo se va a quemar una persona tomando mate, salvo que sea “gringa”?
–La verdad es que se extraña una enormidad. La familia, los amigos, la ciudad... Pero hay que marcharse. La gran lección a todos nosotros, que somos tan poquito al lado de su recuerdo, la dio Carlos Gardel. Siempre tenía las maletas listas para emprender el viaje...
–Nueva York para usted es parte de su viaje a España, ¿verdad?
–Sí... Cuando fui el año pasado a Nueva York, me comprometí con un gran amigo, Chucho Montalbán, hermano de Ricardo, astro de Hollywood, para actuar en el teatro Puerto Rico. Allí actuó Libertad Lamarque y acaba de presentarse, Luisito Sandrini. Es un público esencialmente latino, cariñosísimo para con los artistas argentinos. Cantaré alrededor de diez días... Y en seguida el salto a España.
–Me habían dicho tantas cosas de España –sigue hablando Hugo–, que hasta tenía un poco de miedo. Según muchos decían saber, allí una película se eterniza en filmación por la falta de electricidad. Pero hace dos días encontré a Niní Marshall, que regresó de Madrid. Su película la filmó en treinta y cinco días, sin la menor dificultad... y viene encantada de cómo se trabaja en España, el clima cordialísimo para con los artistas argentinos...
–¿Siempre El negro que tenía el alma blanca?
–Claro... Cesáreo González, el productor español que llevó a España a María Félix, ya tiene el libro y ha fijado fecha. Para fines de abril o comienzos de mayo, tengo que estar en las galerías españolas. Por supuesto, tengo una enorme confianza en la película.
Habla de España con gran emoción. Europa, más aun, es para él una promesa incumplida. Un sueño largamente acariciado.
Tanto, que nos animamos a preguntarle:
–¿Y no se quedará después allá mucho más tiempo que el necesario para filmar? Alguna vez se habló de una película suya en Francia. Otra en Italia.
–No. Esta vez voy y vuelvo. Para septiembre u octubre estaré de regreso en Buenos Aires... Por mucho que esté afuera, todos los años voy a filmar por lo menos una película en Buenos Aires.
–¿Ya sabe qué?
–Ese es el problema... Quizá Juan Cuello sea la primera...
–¿Es que hay, además, otros títulos?
–Estoy leyendo varios libros que me resultan interesantes. Me apasiona, por ejemplo, el personaje central de Un guapo del 900, de Samuel Eichelbaum. Ecuménico, el personaje central, es un hombre cabal. Otro tema apasionante es El enamorado de la Osa Mayor, tema de contrabandistas, con un apasionado romance. También Calandria, tema tan nuestro. Y quizá Santos Vega, con toda la sugestión del gaucho y ese paisaje subyugante de las pampas en que se movía... Pero todavía no hemos decidido en definitiva. Ya veremos.
–¿Va a París?
Se lo preguntamos seguros de la réplica.
–Claro... Y a Roma. Y a todas las ciudades que pueda conocer...
–Pero, ¿como turista o como cantor?
–Turista, nada más... Aunque hace poco recibí una invitación simpática de una buena amiga, Josefina Baker. Quiere que vaya con ella a su boîte para hacer una revista...
–Josefina, en París, logró un suceso extraordinario con una composición suya, ¿verdad?
–Así dicen... Cuando Josefina estuvo aquí, nos hicimos muy amigos. Es una mujer extraordinaria. Cenando una noche me pidió que le pusiera letra a un tema que le gustaba muchísimo... Si gusta es porque ella es una artista espléndida.
–¿Y actuará con ella?
–No sé, para serles franco. Tengo muchos compromisos pendientes... Y hay que cumplirlos... Pero, por supuesto que me sería grato, de poder resolverlos, actuar en París.
Como siempre, lo llaman de muchísimas partes. Un productor. Un amigo de su barrio de Flores. Una muchacha admiradora. Toda la charla ha sido un levantarse y volverse a sentar, interminable... Pero ahora hay en la casa, además, otras personas esperándolo. Se va pocas horas más tarde a Chile, donde al día siguiente canta en radio y debuta en una gran sala.Queda allí, en su departamento, sumido en un mar de problemas. Que la condición de astro es espléndida por muchos motivos. Pero esclavizante en sumo grado, que seguramente no imagina el lector.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
María Eva Duarte nació en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, en 1919, aunque según su partida matrimonial, fue en Junín, en 1922. Su madre, viuda y con cuatro hijos, se mudó a Junín en 1930, donde Eva terminó la escuela primaria y soñó con ser actriz. La referencia a su iniciación como “niña prodigio” es falsa, aunque probablemente alude a un episodio en un negocio musical de Junín, con altoparlante y micrófono, donde la niña recitó una poesía para el público reunido en la calle. En 1935, con apenas dieciséis años, se fue a Buenos Aires a tentar fortuna como actriz.
Pronto consiguió un pequeño papel en una obra de la compañía de Eva Franco; Augusto Guibourg mencionó en Crítica que había estado “correcta”. En los años siguientes, de mucha penuria, obtuvo intermitentemente papeles pequeños en comedias cortas y sainetes. En 1938 Pierina Dealessi la incorporó a su compañía; la vio “tan flaquita que no se sabía si iba o venía”. También ensayó, con poca fortuna, entrar en el cine, pero tuvo éxito en la radio, que por entonces crecía de manera notable. En 1939 dio un salto importante: encabezó una compañía radioteatral con Pascual Pelliciotta, interpretando libretos de Héctor P. Blomberg; y su fotografía apareció por primera vez en Antena, una de las revistas dedicada al mundo de la radio y el cine. Casi no mantenía contactos con su familia, salvo con su hermano Juan, quien vino de Junín a acompañarla en la aventura. En 1941 las cosas volvieron a mejorar: firmó un contrato por cinco años para un ciclo de jabón Radical, y empezó a ser mencionada como una promisoria “estrellita de radioteatro”, a la que se le atribuían distintos romances.
En 1943 el gobierno militar impuso un estricto control a las transmisiones radiales. Cada radioteatro debía ser autorizado por el secretario de Correos y Telecomunicaciones, coronel Imbert. Eva Duarte gestionó esa autorización y tuvo éxito, al punto que en septiembre obtuvo un importante contrato con Radio Belgrano, la más importante de entonces, para realizar un ciclo de biografías de mujeres famosas, que duró hasta octubre de 1945. Lo escribió Francisco Muñoz Azpiri; Eva Duarte protagonizó a grandes reinas y famosas actrices, mejoró su estilo de vida y pudo tener su propio departamento.
En enero de 1944 volvió a cambiar su fortuna. Con motivo del terremoto de San Juan, en un festival de solidaridad, conoció al coronel Juan Perón, secretario de Trabajo y Previsión, y muy pronto fue a vivir con él, en el departamento de la calle Posadas. Con ese poderoso apoyo, su carrera artística mejoró mucho. Radio Belgrano le hizo un nuevo contrato, por una suma importante, y los Estudios San Miguel la incluyeron en el elenco de la película La cabalgata del circo, con Libertad Lamarque y Hugo del Carril, que dirigió Mario Soffici. Ya rubia, apareció varias veces en las tapas de las revistas y en reportajes como el que se reproduce. Radiolandia, fundada por Julio Korn en 1935, era una de las dos o tres revistas consagradas al cine y la radio. El reportaje a Eva Duarte, titulado “Triunfadora, Eva Duarte vive la etapa decisiva de su lucha artística”, es muy característico de ese género periodístico.
Desde junio de 1944 Eva Duarte comenzó a hacer un nuevo programa: Hacia un futuro mejor, por Radio del Estado, dedicado a promover la obra del gobierno militar, y en particular de Perón. Con libretos de Muñoz Azpiri, Eva encarnaba a una mujer de pueblo, que llamaba a apoyar la revolución de junio. A principios de 1945 protagonizó la película La pródiga, que dirigió Mario Soffici. Mecha Ortiz, inicialmente elegida, fue reemplazada cuando Eva ofreció conseguirle al estudio la película virgen necesaria, por entonces muy escasa debido a la Guerra Mundial. La película terminó de filmarse en septiembre de 1945. Debido a los acontecimientos de octubre, y al casamiento de Eva Duarte con quien ya era candidato presidencial, los estudios decidieron no estrenarla, y Eva Duarte concluyó su etapa de actriz. Murió en 1952.
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EVADUARTE
Radiolandia,
2 de septiembre de 1944

Estamos a la puerta de un lujoso departamento del lujoso Barrio Norte. Junto con el timbrazo se acallan las notas de un piano en el que se iban desgranando los acordes de un vals “muy siglo XVIII, muy antiguo y muy romántico”. Segundos después nos recibe cordial y sonriente Eva Duarte, hacia quien vamos en plan de reportaje.
–¿Interrumpimos su ejecución?
–Eso puede ser exageración. Tocaba el piano, simplemente.
–Un vals romántico, según nos pareció escuchar.
–Sí; siempre recurro a ellos para cubrir mis silencios.
Entramos. Hacemos vagar nuestra mirada por los numerosos estantes donde descansan también innumerables libros. Muchos cuadros adornan las paredes. Ardientes flores perfuman el ambiente y el rincón apenumbrado, buscando sin duda desdibujarse bajo las alas de un cóndor que lo adorna en actitud de levantarse majestuosamente, está el piano donde la dueña de casa, según su propia confesión, cubre sus silencios, que deben ser muy escasos, desde luego, por cuanto sus actividades artísticas en radio y cine le deben consumir la mayoría de sus horas.
Queremos volver sobre la ruta andada y, sobre todo, por aquellos primeros pasos en el difícil camino del arte; por aquella primera presentación que, sin duda alguna, debió producir en su alma tiernita de niña precoz una emoción tan intensa que jamás podrá alejar de sus recuerdos toda vez que, en medio de un silencio, en una pausa, le vuelva a golpear en lo más sensible de su femineidad: el corazón.
–Siempre recuerdo con profunda emoción mi primera actuación en radio. Yo era muy niña y comencé a recitar ante el micrófono de Radio Nacional. Todavía no me explico bien cómo pude vencer la nerviosidad del debut. Quizá por la misma ingenuidad o porque, alentada por buenos amigos, me sobrepuse a todo y ni siquiera se notó el más mínimo furcio.
–Quiere decir que apareció en este difícil mundo de la radiotelefonía nada menos que como “niña prodigio”.
–Efectivamente.
–Y contrariando la regla general este hecho no malogró sus esperanzas.
–Afortunadamente fue así, aunque aquel recuerdo siempre lo mantuve latente a través de la trayectoria de mi carrera. No podía ser de otra manera: habla con elocuentes sonoridades en lo más grato de mi emoción y de mi sentimentalismo.
Y aquella niña prodigio siguió creciendo también en la fama. Sus afanes artísticos se vieron colmados de inmediato y alcanzó el primer escalón en la difícil cuesta.
–En el viejo teatro Comedia de la calle Pellegrini desempeñé mi primer papel teatral. Fue en la pieza titulada La señora de los Pérez. Pero no seguí en el teatro. Había algo que obligaba más mis afanes: el radioteatro, ya que estaba, y aún estoy convencida en forma absoluta, que es un conducto directo para llevar nuestra emoción a toda clase de auditorios y, sobre todo, salvando las distancias más imposibles. Por ello, en 1938 debuté al frente de mi compañía de radioteatro, y desde entonces ininterrumpidamente he continuado en esa labor. ¿Con mi satisfacción? ¡Desde luego! ¿Con la de los radioescuchas? Posiblemente también, ya que sus manifestaciones epistolares o telefónicas así autorizan a creerlo. Afinqué mis esperanzas en el radioteatro. Creo haberlas colmado bien. Si ha sido así, habré cumplido un destino, y ello significa una vida aprovechada. En caso contrario valga el hecho fundamental de que mis afanes más sinceros fueron alcanzar esa finalidad. Esto también es suficiente para justificar el deseo de cumplir dignamente una etapa de la vida.
Evidentemente es así. El haber alcanzado un destino justifica una vida. Si a ello no se llegó, pero los afanes llevaban esa orientación, el aporte dado siempre debe merecer alta consideración.
Por eso desviamos la conversación hacia el cine que, junto con el radioteatro, constituyen la base fundamental de la carrera artística de Eva Duarte.
–Antes que nada –nos dice– debo aclarar que no deseo hacer teatro, como se ha dado en decir. No lo deseo porque esta expresión artística acapara demasiado nuestras vidas. Todas las proposiciones que en este sentido se me han hecho las he rechazado de plano. Aclarado este punto contestaré la pregunta relacionada con el cine, dentro del que estoy realizando en estos momentos una película de verdadera enjundia: La cabalgata del circo, en la que me toca en suerte actuar, bajo la experta dirección de Mario Soffici, en los estudios de San Miguel. También en esto he puesto en juego mis grandes esperanzas y mis más sinceros entusiasmos. Esperemos entonces su terminación para que crítica y público den la palabra definitiva.
–¿Y después de esta película?
–Indudablemente vendrán otras, pero el tiempo que media entre este momento en que hablamos y la posible iniciación de las otras es un poco largo, por lo que prefiero no hacer ahora el menor comentario. Esperemos su hora, y cuando ella llegue hablaremos largo y tendido.
–¿Es que teme, acaso, barajar el futuro?
–No, en forma absoluta no le temo al futuro. Muy por el contrario, espero de él tanto, que sus proyecciones han obligado a que hasta mi misma carrera artística pase casi a segundo plano.
–Preparándome para ese futuro, quiero primordialmente vivir la hora actual con sus alegrías y sus tristezas, ya que por la misma razón de que aquéllas abundan, éstas se aparecen de vez en cuando. Afortunadamente esas esporádicas apariciones no alcanzan ni con mucho a empañar la brillantez de las primeras. Y vivir la hora es seguir actuando en radioteatro cumpliendo este contrato que alcanza hasta el 31 de diciembre de 1945 y, sobre todo, estas otras audiciones en Radio del Estado –Hacia un futuro mejor–, que por ser de exaltación nacional y de finalidad altamente patriótica cumplimos en forma absolutamente desinteresada todos sus integrantes. Quiero vivir la hora –repite sonriente como si acariciara gratos recuerdos– y vivir también el halago de la culminación de mi carrera artística.
Indudablemente habíamos alcanzado el término de la entrevista. Nos habíamos impuesto de la carrera artística que Eva Duarte comenzara como “niña precoz” y la culminara en el estrellato radial y cinematográfico. Habíamos alcanzado también su emoción de mujer, que frente a la realidad de su hora quiere vivirla intensamente pero preparándose hacia su idealidad y su futuro; un futuro que según su propia expresión ha relegado a segundo término el halago del éxito artístico.
–¿Y por último? –preguntamos.
–Por último, nada más que lo que hemos conversado ya: mis afanes artísticos cumplidos y mis esperanzas reflejando gratamente en el fondo de mi corazón.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor y periodista Rodolfo Walsh nació en Choele-Choel, provincia de Río Negro, en 1927. En los años cincuenta, ingresó a la editorial Hachette, donde trabajó como corrector de pruebas de imprenta, lector, antólogo y traductor. Colaboró también en las revistas Leoplán y Vea y Lea. En 1953 publicó Variaciones en rojo y la primera antología de cuentos policiales argentinos.
En la noche del 10 de junio de 1956, mientras jugaba al ajedrez en el club Capablanca de La Plata, recibió las primeras noticias sobre el levantamiento de los generales Valle y Tanco; seis meses después comenzó su investigación sobre los fusilamientos clandestinos de civiles en los basurales de José León Suárez. Al año siguiente, apareció Operación Masacre con el que Walsh inauguró en la Argentina la novela de no ficción, en la cual la investigación periodística sirve de punto de partida para la narración de hechos reales por medio de procedimientos ficcionales. Tanto en este libro como en sus investigaciones posteriores (¿Quién mató a Rosendo? de 1969 y El caso Satanovsky de 1973), Walsh incorporó las técnicas de la investigación periodística y los procedimientos del género policial, como el uso del enigma y del suspenso, politizando sus estrategias centrales. En 1959 viajó a Cuba para participar de la fundación de la agencia de noticias Prensa Latina. En los años sesenta, estrenó dos obras teatrales (La batalla, 1964, y La granada, 1965) y publicó dos libros de cuentos (Los oficios terrestres, 1965, y Un kilo de oro, 1967). En enero de 1973 apareció su último relato de ficción, Un oscuro día de justicia, editado por la editorial Siglo XXI, cuyo prólogo, titulado “Hoy es imposible en la Argentina hacer literatura desvinculada de la política”, fue una primera versión de esta entrevista, que Ricardo Piglia le había realizado en marzo de 1970. A partir de ese momento, Walsh abandonó la escritura de ficciones para dedicarse a la militancia política, primero en las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y luego en la organización Montoneros. Como periodista, dirigió el semanario de la CGT de los Argentinos a partir de mayo de 1968 y participó como fundador y redactor del diario de orientación montonera Noticias, en 1973. Bajo la dictadura militar de 1976, organizó la Agencia Clandestina de Noticias y la Cadena Informativa. El 25 de marzo de 1977, un pelotón especializado lo emboscó en las calles de Buenos Aires para detenerlo vivo, pero Walsh se resistió y fue herido de muerte. Su cuerpo nunca apareció. El día anterior había escrito su Carta Abierta a la Junta Militar, donde denunciaba el terrorismo de Estado.
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WALSH
Entrevistado por Ricardo Piglia
Enero de 1973
Empecemos con este cuento, ¿cuándo lo escribiste, en qué época lo escribiste?
–Este cuento lo escribí... me acuerdo la época en que terminé de escribirlo, lo debo haber terminado en noviembre de 1967 y debo haber empezado a escribirlo a mediados de ese año; me acuerdo de la fecha porque en octubre del ‘67 murió Guevara y yo terminé de escribirlo más o menos un mes después.
–¿Cómo lo ves vos dentro de la serie de los Irlandeses, qué idea tenés sobre esos cuentos?
–Claro, bueno, en la serie de los Irlandeses, que por ahora son estos tres cuentos, evidentemente hay una recreación autobiográfica pero, quizá, no tan estrecha como podría parecer. Lo autobiográfico es nada más que un punto de partida, una anécdota y a veces ni siquiera una anécdota entera sino media anécdota. Porque yo estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año ‘37 y después en el ‘38, ‘39 y ‘40 estuve en este otro, el Instituto Fahy de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses. En este sentido hay una realidad mixta, ¿no es cierto?, porque hay un mundo de irlandeses pero al mismo tiempo es la Argentina, y es indudablemente en la Argentina, es decir, hay una burla acerca de uno de los personajes, no sé si en este cuento o en cuál de los cuentos, que dice que uno de los personajes pretendía ser descendiente de reyes y no de humildes chacareros de Suipacha. Cada tanto eso está, está porque estaba, el mundo se vivía así, doblemente...
–Dicotómicamente.
–Exacto, hay una evidente dicotomía. Por otro lado hay una cierta evolución de la serie, en este cuento aparece... una nota política, la primera más expresamente política, porque había una connotación política en todos los otros pero mucho más simbólica e inconsciente. Quiero decir, hay una evolución en los cuentos; aquí, en este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación representadas por un héroe, es un héroe externo, es decir, no deposita sus expectativas en sí mismo, sino en algo que es externo, por admirable que pueda ser... creo que la clave de la iluminación, de la comprensión sobre la relación política de este caso entre el pueblo, por un lado, y sus héroes, por el otro, está en el final, cuando dice “...mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...”, y después, más adelante, cuando dice “...el pueblo aprendió que estaba solo...”, y más adelante “...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza...”. Creo que ese es el pronunciamiento más político de toda la serie de los cuentos y muy aplicable a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive a las expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días, te das cuenta, la agente que te decía: “si el Che Guevara estuviera aquí entonces yo me meto y todos nos metemos y hacemos la revolución...”. Concepto totalmente místico, es decir, el mito, la persona, el héroe haciendo la revolución en vez de ser el conjunto del pueblo cuya mejor expresión es sin duda el héroe, en este caso el Che Guevara, pero que ningún tipo aislado por grande que sea puede absolutamente hacer nada, es decir, cuando se delega en él lo que es una cosa de todos no se da el proceso, no se puede dar. Creo que ésa es la lección que ellos aprenden ese día; no es un tipo venido de afuera porque no hay ninguna connotación peyorativa para el tipo que viene de afuera, que pelea, se juega y es un héroe. No deja de ser un héroe por el hecho de que el otro lo cague a patadas, pero lo que ellos aprenden es que ellos, en una segunda instancia, si es que ellos se la quieren cobrar con respecto al celador, se tienen que combinar entre ellos y ellos cagarlo a patadas entre todos. Esa es la lección.
–Una especie de metáfora política.
–Que se me hizo consciente después, en este tipo de relato donde yo recupero cosas muy viejas y que tienen una vida propia muy poderosa; yo no necesito legislar por anticipado lo que va a pasar, eso pasa y después vuelvo y lo interrumpo y a lo sumo hago algunos ajustes.
–Volviendo un poco atrás, ¿qué perspectivas le ves vos a la serie de los Irlandeses. ¿La vas a seguir? ¿La ves como una sola historia?
–Sí, yo pienso seguirla. Hay un par de temas más que tengo pensados por allí y seguramente si me pusiera saldrían muchos más en vez de un par. En ese caso asumiría la forma de esas novelas hechas de cuentos que es una forma primitiva de hacer novela, pero bastante linda. Habría un par de historias adicionales ya pensadas, una de las cuales será de adultos, es decir, es un cuento contado por chicos pero que es de adultos. El título es “Mi tío Willie que ganó la guerra”. Es una historia contada por los chicos en una circunstancia especial: están enfermos en la enfermería. Hay una peste de escarlatina y un chico cuenta la historia de un tío que va a pelear a la guerra mundial, entonces la historia ahí se le escapa: comienza a ser una historia de adultos, después vuelve al narrador final, pero la historia se les escapa. Esa sería una de las historias. Hay otra historia probable con la intervención y participación del diablo, también en la misma enfermería. Probablemente yo calculo a muy grosso modo que la historia puede crecer, pero yo no quiero darle un crecimiento infinito. Es probable que la historia final la integren seis o siete historias que constituyan una novela hecha por cuentos, todos episodios transcurridos en un año, hasta el último día en el colegio.
–¿Vos veías esto desde el principio, viste la posibilidad de esta serie cuando empezaste a escribir el primer cuento?
–Es medio difícil. Evidentemente la intención de escribir sobre esto yo la tenía hace mucho, es decir, yo tengo borradores o apuntes sobre la vida del colegio que datan de hace muchos años, quince años tal vez, pero como eran muy malos, nunca los retomé. De golpe, en el ‘64 escribí el primer cuento, yo no sé si en ese momento tuve la intención de escribir más que ese primer cuento, pero ya cuando escribí el segundo la idea de la serie apareció sola.
—También se conecta con cierta tradición de la literatura en lengua inglesa, digo, porque es un poco cierto mundo del primer Joyce, un poco el tono de Faulkner. Sobre todo en la textura de los cuentos, esa escritura que podríamos llamar “bíblica” de algún modo. En este sentido los veo con una personalidad propia en relación con el estilo del resto de tu obra, que tiende a ser más ascético.
–Exacto, puede ser. Yo ahí en ese caso más que con Joyce, si bien evidentemente en el Retrato y en algunos cuentos e inclusive en el Ulises, ya ni me acuerdo, haya algunas historias que transcurren en un colegio de curas, fijate que si yo tuviera que buscar alguna influencia en la forma, es decir en el tipo de estilo que vos llamaste bíblico, es decir en el tipo de desarrollo de la frase, lo buscaría tal vez más en Dunsany, que temáticamente no tiene nada que ver. Y yo a Dunsany lo he leído en traducción, salvo algún cuento; no sé si te acordás aquellos Cuentos de un soñador, esa forma creciente, envolvente; eso me impresionó mucho, mucho, cuando lo leí hace muchos años. Ahora, es cierto que son diferentes de los otros. Evidentemente si queremos calificar el modo de escritura o la tentativa que hay en el modo de escritura hacia un uso ampliado de la palabra, es decir, una amplificación de los recursos hacia un lenguaje; si quisiéramos calificarlo de algún modo épico que es lícito usar en el sentido de que las anécdotas y el medio son muy pequeños y entonces vos podés usar un lenguaje grandioso y grandilocuente para historias de chicos que no me lo permitiría quizá si tuviera que escribir una historia épica, entonces tal vez usaría un lenguaje muy reducido.
–Otra cosa que me interesa ver es la relación entre cuento y novela, digamos, en términos generales, esta especie de novela fragmentaria que vos proponés. Es una novela que se va leyendo en textos discontinuos, es el lector quien reconstruye distintos momentos que van formando una sola historia y, a la vez, cierta particularidad en la estructura narrativa que siempre se ordena alrededor de una acción breve; incluso relatos largos, como cartas, están armados sobre pequeñas situaciones. Yo no sé si vos has pensado sobre esto.
–Sí, yo he pensado cosas muy contradictorias según mis estados de ánimo o, en fin, pasando por distintas etapas. El mayor desafío que se le presenta hoy por hoy y que se le presenta sistemáticamente a un escritor de ficción es la novela. Yo no sé bien de dónde procede eso, por qué esa exigencia y hasta qué punto la novela es la forma más justificable, porque hasta cierto punto tiene una categoría artística superior, aunque hay excepciones; a Borges, por ejemplo, nadie le pide una novela. Por otro lado esto nos lleva a un problema mucho más general sobre el cual habría que indagar, es decir, no he terminado de convencerme ni de desconvencerme. Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía y ¿por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción.
–De todos modos pienso que esos cambios habría que ligarlos no sólo a la voluntad personal de los escritores, sino también al momento de la lucha de clases en la Argentina. Quiero decirte: no es casual que nos planteemos esa problemática, esta discusión en este momento, a un año del Cordobazo. La movilización de las masas les replantea constantemente a los intelectuales el problema de sus posibilidades y de sus maneras de actuar, participar en la lucha del pueblo.
–Es cierto, ahora en ese sentido los escritores de ficción, dentro del campo de los escritores y de los intelectuales, hemos ocupado una posición de retaguardia porque esto que yo digo en relación con los escritores de ficción no es enteramente cierto en relación con los ensayistas, por ejemplo. No es enteramente cierto porque tipos como Scalabrini Ortiz en el año ‘40 ya eran escritores, no hay ninguna duda, aunque él había empezado escribiendo un cuento. Esos tipos sí fueron una vanguardia. Lo que yo te digo de los escritores era cierto de los estudiantes hace cuatro o cinco años, y la capacidad de ellos de reaccionar con hechos frente al proceso y la de maniobra que tiene un estudiante es mucho mayor que la que tiene un escritor, porque el estudiante reacciona cuando cambia una idea; pero vos cuando cambia la idea tenés que escribir un libro, que es más difícil que tirar una piedra, y entonces el movimiento es más difícil y parece más serio. Yo no creo que haya un atraso, sino que, en efecto, el proceso es más duro para los escritores que nos hemos criado en la idea de la novela burguesa; esa novela que uno quiso escribir desde los quince años no sirve para un carajo y en realidad lo que hay que escribir es otra cosa.
–Digamos que de algún modo entonces lo que hay que enfrentar al mismo tiempo es una idea de la literatura.
–O por lo menos desacralizarla un poquito, porque evidentemente Occidente ha hecho del escritor una imagen tan monstruosa como la de la actriz: es la puta del barrio. Son sagrados los tipos. Ahora, para desacralizar a los tipos tenés que cuestionar todo, para la utilidad de lo que están haciendo y sobre todo para poder desafiarlos con su propia ambigüedad, salvo Borges, que preservó su literatura confesándose de derecha, que es una actitud lícita para preservar su literatura y él no tiene ningún problema de conciencia. Vos viste que desde la derecha no hay ningún problema para seguir haciendo literatura. Ningún escritor de derecha se plantea si en vez de hacer literatura no es mejor entrar en la Legión Cívica. Solamente se plantea el problema de este lado; entonces vos tenés que hablar, tenés que decir eso con los escritores de izquierda. Hay un dilema. De todos modos no es tarea para un solo tipo, es una tarea para muchos tipos, para una generación o para media generación volver a convertir la novela en un vehículo subversivo, si es que alguna vez lo fue. Desde los comienzos de la burguesía, la literatura de ficción desempeñó un importante papel subversivo que hoy no lo está desempeñando, pero tienen que existir muchas maneras de que vuelva a desempeñarlo y encontrarlas. Entonces, en ese caso, habrá una justificación para el novelista en la medida en que se demuestre que sus libros mueven, subvierten. Por otro lado, mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, uno está alienado en el concepto burgués de la literatura. Sos un inocente en realidad, vos estás en realidad compitiendo con estos tipitos a ver quién hace mejor el dibujito cuando en realidad te importa un carajo, porque vas a estar compitiendo con estos tipos... hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola y podés utilizar la máquina de escribir para producir resultados tangibles, y no me refiero a los resultados espectaculares, como es el caso de Rosendo, porque es una cosa muy rara que nadie se la puede proponer como meta, ni yo me lo propuse, pero con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. En 1914, la familia Borges emprendió un viaje a Europa y se estableció en Ginebra (Suiza) hasta 1919, año en el que se trasladaron a España, donde Borges se conectó con el movimiento ultraísta y frecuentó las tertulias literarias lideradas por Cansinos-Asséns. De regreso a Buenos Aires, en 1921, comenzó a colaborar en las publicaciones de renovación estética, de algunas de las cuales fue, también, su director. En 1923 publicó su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires, al que le siguieron Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). Además de sus libros de ensayos, publicó en 1935 su primer libro de relatos, Historia universal de la infamia, cuyas primeras versiones habían aparecido en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica. Dos años después comenzó a trabajar en la Biblioteca Miguel Cané. En la década del cuarenta publicó sus libros más importantes: Ficciones (1944) y El Aleph (1949). Presidió la SADE durante el período 1950-1953, y en 1955, después del golpe de Estado que derrocó al general Juan Domingo Perón, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. Dictó clases de Literatura Inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras, y recibió numerosos premios e importantes distinciones nacionales e internacionales.
Esta entrevista es la segunda parte de un reportaje titulado “Jorge Luis Borges habla de los demás”, que se realizó pocos días después de su regreso de Estados Unidos, adonde había viajado con su mujer, Helena Astete Millán, para asistir a un simposio sobre su obra organizado por Norman Di Giovanni en la Universidad de Oklahoma. Meses antes, la editorial Emecé había editado por primera vez en un volumen individual desde su primera edición de autor en 1923, el libro de poemas Fervor de Buenos Aires que, como ya era usual en las reediciones borgeanas, había sufrido notables correcciones. Seis meses después de esta entrevista, apareció El informe de Brodie y, ese mismo año, se estrenaron en el Festival de Venecia dos películas para televisión basadas en su obra: La estrategia de la araña, de Bernardo Bertolucci, y una adaptación de Emma Zunz, de Alain Magrou. Luego publicó varios libros de poesía (El oro de los tigres, La rosa profunda, Historia de la noche), El libro de arena, y textos en colaboración. En 1974 reunió, por primera vez en un volumen, sus Obras Completas. Durante estos años, realizó numerosos viajes acompañado por su madre, hasta 1975, y por María Kodama después. Los conjurados, su último libro de poemas, apareció en 1985. Murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Sus restos se encuentran en el cementerio de Pleinpalais.
El escritor Miguel Briante nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, el 19 de mayo de 1944 y murió en esa misma ciudad el 25 de enero de 1995. En 1964 publicó Las hamacas voladoras, al que le siguieron Hombre en la orilla en 1968, su única novela, Kincón, en 1975, y Ley de juego en 1983. Briante también se dedicó al periodismo cultural y a la crítica de arte en diversos medios periodísticos como Primera Plana, Panorama, La Opinión. Fue jefe de redacción de Confirmado (1977-1979) y de El Porteño (1982-1984). Hasta su muerte, dirigió la sección de artes plásticas de Página/12.
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BORGES
Entrevistado por Miguel Briante
Confirmado, Nº 240
21 de enero de 1970
En las últimas líneas de la primera parte de esta nota, en el número anterior, Borges –interrumpiendo sorpresivamente su charla conmigo– ha preguntado a una colaboradora de Confirmado, que me acompaña:
–¿Usted, cómo se llama?
–Lía Levit –ha dicho ella.
Borges repite el nombre una sola vez, en voz alta. Se vuelve hacia mí, retornando sin transición al reportaje. Digo:
–¿Usted no piensa que Don Segundo Sombra es un lujo de estanciero?
–No, porque el libro corresponde a una verdadera nostalgia. En parte pueden ser varias nostalgias. La nostalgia de un hombre que ve desaparecer un tipo de vida que le gustaba: la pastoral. Luego la nostalgia de haberlo escrito parcialmente en París. Luego la nostalgia de describir la provincia de Buenos Aires, al norte, invadida ya por chacras españolas e italianas. Y luego otra nostalgia, porque leyendo bien el libro uno se da cuenta de que él no lo conoce mucho al personaje; Don Segundo es una especie de mito creado por el chico, porque no se lo ve actuar en ningún momento de un modo admirable. No, al contrario. A veces actúa de un modo feo, como cuando lo ofende al cabo de policía, o cuando lo insta al muchacho a pelear y el muchacho mata al otro. Yo creo que hay eso, y además creo que ese libro viene a ser como una especie de elegía de todas las literaturas y de todas las realidades esas, que empiezan con Bartolomé Hidalgo y siguen hasta ahora. Y me acuerdo que cuando publicó el libro, un primo mío, Enrique Amorim, dijo: “Bueno, éste es el libro de un porteño, que tiene una idea romántica de los gauchos. Yo me he criado entre gauchos en la frontera de Brasil...”
–El caballo y su sombra –apunto, señalando uno de los libros de Amorim.
–Y El paisano Aguilar –dice Borges, y sigue–: “...y sé que no son así”. Me acuerdo haber estado con Amorim, cerca de la frontera del Brasil, en unas carreras cuadreras. Yo, con un candor porteño, le dije: “Pero, Enrique, aquí habrá como trescientos gauchos”. (El no hubiese dicho gauchos sino paisanos, ¿no?) “Bueno –me dice él–, pero asombrarse de ver trescientos gauchos aquí es como asombrarse de ver trescientos empleados de Gath y Chaves.” Recuerde usted que toda la poesía gauchesca ha sido hecha por estancieros y por hacendados, no ha sido hecha por gauchos. Sabemos que Bartolomé Hidalgo fue peluquero, pero fue también soldado; Hilario Ascasubi tuvo una vida muy aventurera, creo que fue buscador de oro en California, dio la vuelta al mundo, se batió en la Guerra Grande como unitario, edificó el Teatro Colón, fue diplomático en París, asistió a la Batalla de Ituzaingó; bueno, no era exactamente un gaucho. Estanislao del Campo era hijo de un coronel de la guerra de la Independencia: un abuelo mío lo conoció mucho, hizo con él las batallas de Cepeda y Pavón, conoció además todo ese mundo más que Hernández, porque Hernández se documentó, pero, que yo sepa, no estuvo en ninguna batalla. Un coronel amigo me mostró unas cartas de él en que pedía datos sobre la vida en los fortines: personalmente él no los conocía, y además él era Hernández Pueyrredón Linch, de una de las familias importantes de esa época. Y Eduardo Gutiérrez y también Güiraldes eran estancieros. Por eso yo siempre digo que se ha cometido un error con la poesía gauchesca y la literatura gauchesca, porque ha sido hecha por hombres de la ciudad que se han compenetrado con los gauchos, pero a ningún gaucho se le hubiera ocurrido escribir las novelas de Eduardo Gutiérrez, los poemas de Ascasubi y de Lucich. Lucich era yugoslavo. Quiero decir que todo ese mito del gaucho es un mito del Este, como los cowboys son el mito del Oeste.
–Hace mucho leí una novela de cowboys en la que un personaje leía novelas de cowboys y a medida que iba leyendo iba arrancando las hojas.
–¿Ah, sí? ¿Le parecían falsas?
–Sí, pero seguía leyendo.
–Pero es que a ninguna persona le parece romántica la vida que lleva. Yo me acuerdo que poco después de aparecer Don Segundo Sombra conocí a un tropero. Como había leído el libro, lo veía como a una especie de héroe; le dije: “Bueno, cuénteme un poco su vida”. “Y –dice–, es una vida muy cómoda porque uno lleva un carguero con todo lo que precisa.” “Además –dice–, si yo no hubiera sido tropero me hubiese quedado en mi pueblo, en cambio así yo he viajado. Imaginesé, yo estuve en Gualeguay, en Gualeguaychú, en Nogoyá, en Concepción del Uruguay.” Bueno, y eso le parecía haber recorrido el mundo, ¿no? Sin embargo, esos pueblos estaban bastante cerca, y todos en Entre Ríos. Y eso era para él como si hubiera sido Marco Polo.
–Y su travesía era de a caballo...
–Bueno, mi padre conoció de chico a un peón tigrero, al norte de Entre Ríos, que tenía el oficio de matar a los tigres, a los jaguares. Tenía la mano llena de arañazos de los jaguares y yo le pregunté a mi padre: “¿Y a ese hombre cómo lo veían los otros peones?”. Y, lo veían como a cualquiera. Era una persona que sabía hacer eso, pero posiblemente no haya servido para domador o para tropero. Son oficios.
–Borges: en este momento estamos grabando sus palabras. ¿Nunca piensa, durante un reportaje, que usted habla y después será un periodista desconocido, o por lo menos mucho menos experto que usted en el manejo del lenguaje, quien ha de puntuarla? ¿Nunca se preocupa por el hecho de que puedan transcribir incorrectamente sus palabras?
–Como usted quiera. Usted siempre mejorará lo que yo diga.
–Pero, ¿usted nunca se plantea, aun como juego, ese problema?
–No, si estoy hablando y estoy pensando en punto y coma y dos puntos no voy a poder hablar. Generalmente se habla sin puntuación. Salvo los españoles, que hablan con puntuación y suelen ser insoportables por eso. Capdevila hablaba con puntuación; Capdevila casi hablaba: “Querido amigo coma quiero decirle una cosa dos puntos antes coma me gustaría observar que tal y tal cosa punto seguido sin embargo coma no voy a...” Pero posiblemente para escribir como él escribía era necesario que estuviera adiestrado en ese estilo oratorio, ¿no? Pero aquí tendemos a interrumpir la frase en cuanto pensamos que el interlocutor ha entendido, y dejar todo inconcluso. En cambio los españoles... y Capdevilla, que trabaja de español, ¿no?, hablaba en períodos redondos. Quizá lo necesitaba para una producción tan extensa como la suya. Bueno: ¿qué quiere preguntarme usted?
–Borges, ¿usted conoce, siente la influencia que tuvo en las generaciones posteriores?
–Yo diría más bien que las generaciones que siguieron tuvieron influencia sobre mí. Bioy Casares, por ejemplo, me ha enseñado muchas cosas; y es posterior a mí. Mi padre decía que son los hijos los que educan a los padres. Yo diría que es un error suponer que el maestro es el mayor y más siendo uno el menor. Para bien o para mal.
–Yo le hablo de otras generaciones. Yo tengo, por ejemplo, 25 años...
–¿De modo que hay gente de 25 años? Bioy Casares me decía los otros días: “Qué raro que ya no haya chicas de 20, 25 años, como antes. De 18 ya ni se hable. Qué raro que no queda ninguna”. Y yo le dije: “Bueno, pero como dijo Groussac cuando le preguntaron qué piensa usted de la mujer: escapa ya a mi observación”. “Qué raro, qué lástima que no haya chicas jóvenes”, decía Bioy. “Lo que pasa, digo yo, es que son otros los que las encuentran.”
–De algún modo –insisto–, toda una generación de 25 a 30 años está influencia por usted. Y eso que nosotros nacimos a la literatura en una época en que a usted se lo criticaba por irrealista, por hacer literatura fantástica.
–Bueno, yo creo que ahora se está en la literatura fantástica.
–¿Porque se ha descubierto que no es menos reveladora que la llamada “realista”?
–No sé por qué, pero creo que un rasgo diferencial de la literatura argentina, y quizá de la mexicana –que no conozco–, es el hecho de que los escritores hagan obras fantásticas y no simplemente alegatos. Mire un libro como La invención de Morel.
–O el último libro de Bioy.
–Bueno, el último libro, que todavía no leí. Yo le dije que no le pusiera ese título. Diario de la guerra del cerdo, ¿no?
–Pero ese título es lo suficientemente ambiguo como para acentuar lo dramático del libro.
–Yo le hice una broma. “Fijate –le dije– que siempre vas a tener un chancho en la tapa.” Pero Bioy ha escrito El sueño de los héroes, que me parece extraordinario. Y La invención de Morel lo ilustró mi hermana y lo prologué yo.
–Y Plan de evasión.
–Un lindísimo cuento. Ahora, La invención de Morel, él le puso el título deliberadamente. Lo puso porque él había leído La isla del doctor Moreau, de Wells. Era el inventor de una isla. Por un lado era decir: Wells, aquí estamos otra vez con el inventor de su isla; y por el otro era una especie de saludo a Wells; era decir: yo reconozco lo que he leído, me complazco en reconocerlo, por eso mi personaje se llama Morel, como el suyo Moreau.
–¿Usted saludó alguna vez a alguien deliberadamente, desde sus páginas?
–Bueno, yo no recuerdo en este momento ninguna vez particular. Pero creo que es una linda idea, además.
–Hay un cuento suyo, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, nunca supe bien cómo se pronunciaba.
–Yo tampoco.
–¿Por qué le puso ese título?
–Simplemente porque los españoles no pueden pronunciar la te-ele. Ellos dicen que nosotros estamos corrompiendo el idioma. Pero cuando yo era profesor en España decía a mis alumnos que dijeran: Atlántico. Decían: Atrántico, Arlántico, Alántico. “Bueno, digan: Madrid.” “Pues bien: Madriz.” “No, no, Madrid no se escribe con zeta.” “No, no, que se dice los madrices.” “Bueno, dejemos el argot de lado, se escribe simplemente Madrid.” Bueno, por eso; tenía cierta idea del sonido Tlön, que me gustaba, y luego esa imposibilidad de los españoles de pronunciar te-ele. Pero si hubiera sabido anglosajón en esa época, hubiese encontrado nombres más raros.
–Usted, en ese cuento nombra a Ernesto Sabato.
–No, creo que no. ¿O sí?
–Sí, lo nombra como uno de los que están compilando la Enciclopedia sobre Tlön.
–Como ese libro es una especie de juego con la realidad, yo nombré a algunos amigos míos.
–Empieza nombrando a Bioy.
–Están Bioy Casares, Mastronardi, Néstor Ibarra. ¿Por qué?
–¿Usted leyó la obra posterior de Sabato?
–No, muy poco. Sé que publicó un libro donde me dijeron que se metía conmigo, pero no lo leí. Ahora me ha dedicado un libro sobre tango, pero no sé.
–Ahí copia su dedicatoria a Lugones, de El hacedor. Usted dice, más o menos: Yo sé que a usted le hubiese gustado que le gustase un libro mío; él dice, hablándole a usted, algo de eso.
–Si, ya sé, es lo mismo. Bueno. Y yo no sabía si estaba distanciado de él o no. Porque es una persona, digamos, difícil, ¿no? Bueno, la última vez que lo vi, me abrazó y me trató en excelentes términos. Creo que voy a verlo la semana que viene.
–Pero usted dijo, de Sabato, que “su obra se podía poner, sin peligro, al alcance de todo el mundo”.
–Ah, era una especie de broma. Como él quiere ser un escritor audaz...
–Borges: la gente se deslumbra por sus cuentos más fantásticos, aquellos en los que usted agrega cierta magia a la realidad.
–Bueno, pero yo ahora pienso publicar un libro de cuentos a la manera de La intrusa, es decir, de cuentos deliberadamente grises.
–Pero donde la magia ya está en la realidad, como en El muerto.
–Bueno, no sé si puede usar la palabra magia. El muerto no es estrictamente realista, es un poco un cuento fantástico. Un personaje que se venga de esa manera, casi ideal...
–Pero es absolutamente probable.
–Bueno, lo importante es que sea probable mientras se lee. Lo que dijo Coleridge que constituía la fe poética: “La suspensión voluntaria de la incredulidad”. Porque una persona que está en el teatro sabe que está en el teatro; una persona que está leyendo una novela sabe que está leyendo una novela. Salvo el caos de un paisano que me contaron en Gualeguay: Parece que los Podestá fueron a Gualeguay y representaron Juan Moreira. Ellos llevaban cuatro o cinco actores, y los demás eran comparsas que contrataban en el pueblo. Entonces contrataron a un muchacho para que fuera uno de los de la partida que va a arrestar a Juan Moreira, y Juan Moreira acometía a todos con su sable de utilería. Como no había bastantes sables de utilería, el comisario se encargó de darles sables de verdad. Ese muchacho tenía que ser uno de los de la partida. Llega la escena donde Moreira juega su suerte, y da un planazo al muchacho; el otro saca el sable y lo corre a Podestá. Se suspende la representación y el hombre queda con una tremenda fama de guapo. Porque, ¿acaso no lo ha visto todo el pueblo correr a Juan Moreira? Es decir que la gente confundía al actor con el papel que representaba. Tanto es así que después llegó a deber varias muertes, porque él tuvo que merecer esa reputación. Naturalmente, lo hacía con ventaja porque si lo había corrido a Juan Moreira delante de todo el mundo, ya se sabía que era muy valiente y muy diestro en el uso de las armas.
–Parece aquello de las “vastas representaciones que incluían pueblos enteros...”
–Claro. Y le voy a contar otra anécdota muy parecida, de un muchacho que le da una puñalada a otro. Fue en Entre Ríos, parece. Lo llevan preso, le preguntan cómo se llama. Sería 1905, 1910. “¿Cómo se llama?” “Juan Moreira.” “¿Cómo Juan Moreira?” “Sí, soy hijo de Juan Moreira. Pueden preguntarle a mi madre.” Y van a ver a la madre, y la madre dice: “Sí, Juan Moreira me lo hizo la última vez que estuvo en el circo”. Era Podestá. Una confusión así, muy grande, pirandelliana, pero mejor que pirandelliana. Por eso es que cuando dicen que el Fausto, de Estanislao del Campo, es imposible, porque el gaucho no confundiría el teatro con la realidad, se equivocan. Aquí tienen dos hechos clásicos de confusión.
–Hay otro igual, Borges, para que lo agregue. En una de esas representaciones, eligen para acompañar a un gaucho que se entregaría a la partida, a un muchacho muy popular en el pueblo; cuando tiene que deponer las armas, sus amigos, desde la platea, le gritan: “No te rindas nada, Juancito”, a coro. El hombre, ante los gritos decide no rendirse y la emprende a los palos con los actores que hacían de policías.
–Ah, muy lindo, muy lindo. Mire, dicen que cuando pasaban en el Oeste películas de western, la pantalla quedaba acribillada a balazos. La gente tiraba contra el bandido.
–Ahora van a filmar, en Italia, el Tema del traidor y del héroe.
–Van a filmar (se equivoca de proyecto), y estimo que ya está listo, el libreto de La muerte y la brújula, hecho por un excelente escritor policial como Marco Denevi. Yo no lo he visto, todavía.
–¿Cómo piensa usted que se puede filmar el Tema del traidor y del héroe.
–Bueno (sigue con otra cosa), yo tenía una idea con la que Marcos Madanes no estaba de acuerdo. La idea mía es que es más patético que el detective (pronuncia la palabra en inglés) no sea común, sino que fuera amigo del asesinado, de Yamorlansky. Entonces, a él le interesa no tanto develar el crimen sino saber cómo habían sido los últimos días de su amigo, a quien no había visto en muchos años. Así, no tenemos un funcionario investigando un crimen, sino investigándolo como una manera de acercarse a alguien que ha venido a Buenos Aires para encontrarse con él. Me dijeron que eso no podía ser porque en el cuento existía una gran diferencia de edad. “Sí –dije–, pero la diferencia de edad la inventé yo en una línea y puedo borrarla de una plumada. Hagámolos contemporáneos, ¿no?” Cuando se habla de adaptaciones yo siempre les digo: “Sobre todo, no respeten el original”. Por ejemplo, cuando René Mujica hizo Hombre de la esquina rosada. Yo había intercalado un incidente que le oí contar a mi tío. Dice mi tío que siendo cadete asistió a unas elecciones en el atrio de la iglesia del Pilar, y le habían dicho que iban a ser muy bravas. Y ahí resultó que hubo un solo muerto, que era un compadrito al que le habían dado una puñalada. Entonces él estaba muriéndose y él dijo: “Tápenme la cara para que no se vean los visajes”. Le pusieron un chambergo, y se lo sacaron cuando vieron que estaba muerto. El director lo cambió por una chalina. Porque un hombre que se muere y le ponen un sombrero en la cara como una tapa, escrito puede estar bien, pero visto puede ser ridículo.
–Borges, ¿cuándo sale su próximo libro?
–Bueno, ya he escrito tres cuentos. Llegué hace poco, en avión. Comencé el lunes a dictar este cuento; creo que estará dentro de diez días. Luego dejaré pasar una semana, lo puliré otra vez, y a la tercera estará listo. Son todos cuentos de ese ambiente: o del camino de las tropas o del lado de la calle Las Heras.
–¿Se siente feliz escribiendo, ahora? ¿O le es dolorosa cada palabra?
–Totalmente feliz.
–¿Alguna vez fue doloroso escribir, para usted?
–Cuando pensaba que tenía una gran responsabilidad. En cambio ahora pienso que lo que yo escriba no puede salir ni mucho mejor ni mucho peor. Creo que cuando yo escribía, bajo la influencia, bajo la mala influencia de Lugones, lo importante para mí era... Bueno, exagero. Vamos a ver. Escribo un soneto; yo necesito un epíteto adjetivo de dos sílabas. Pues, el ideal mío hubiese sido recorrer todo el diccionario y ver todos los adjetivos de dos sílabas que hay, y elegir el más asombroso. En cambio ahora creo que lo importante es el primer borrador; lo demás es cuestión de técnica, de aligerar las frases, evitar repeticiones.
–¿Y tratando de aproximarse al lenguaje hablado?
–Sí, pero al mismo tiempo sé que el lenguaje oral tolera una cantidad de repeticiones que no tolera el lenguaje escrito. Lo que se llama estilo oral es una de las variedades del estilo escrito, ¿no? Creo que hemos hablado un rato.
Comienza a levantarse. Pienso que nunca, con Borges, se habrá hablado lo suficiente. Pienso que todas las preguntas que quise hacerle se derrumbaron en algún lugar, imprecisa, irrecordables. Caminamos hacia esa puerta. Dice:
–Bueno, envíeme la revista con la nota.
–Y con una nota que escribí sobre Elogio de la sombra –le digo.
–En casa dicen que es mi mejor libro –se acuerda–. Espero que su juicio sea magnánimo.
Nos acercamos a la puerta del despacho; ahí se detiene. Han pasado cuarenta y cinco minutos desde que preguntó su nombre a mi compañera. El mecanismo de su memoria es imprevisible. Me dice:
–¿Usted también es judío?
–No –le digo, y le digo mi nombre–. Creo que vengo de italianos.
–Es extraño –dice–, yo a veces me siento extranjero en este país, porque no tengo sangre italiana.
–También soy medio vasco –digo.
–Yo también soy medio vasco, pero no me enorgullezco para nada. Los vascos nos hemos pasado la vida ordeñando vacas.
–Que no lo oiga su amigo Bioy Casares.
–Bioy está totalmente de acuerdo conmigo.
Estrecha la mano. Ahora empuña con firmeza el bastón que ya sabe manejar. No saldrá a la llanura.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Juan Domingo Perón nació en 1895. Ingresó al Ejército y alcanzó el grado de coronel en 1936. Participó en la revolución de 1943, fundó un nuevo movimiento político y fue electo presidente en 1946; reelecto en 1952, fue derrocado por una revolución cívico-militar en septiembre de 1955. Se exilió, residiendo en diversos países hispanoamericanos hasta 1960, cuando se instaló en Madrid. Allí se casó con María Estela Martínez en 1961. Desde 1955 el peronismo estuvo proscripto. Perón siguió de cerca la política argentina y mantuvo una fuerte influencia sobre sus partidarios. A principios de 1958 recomendó votar por Arturo Frondizi, quien ganó la elección presidencial.
Dentro del peronismo se formaron distintas tendencias, a menudo contradictorias, y Perón procuró no distanciarse de ninguna, alentando moderadamente a cada uno de sus interlocutores. Muchos dirigentes políticos y sindicales procuraron encontrar una opción propia, integrarse a la vida política y materializar un “peronismo sin Perón”. Augusto Vandor, dirigente gremial metalúrgico con gran influencia en todo el sindicalismo peronista, avanzó por ese camino y ganó progresivamente el control de las distintas estructuras peronistas. En 1964 lanzó un “plan de lucha” que debilitó al gobierno radical y presionó a Perón para que regresara al país; el retorno fue detenido en Río de Janeiro por las autoridades brasileñas, a pedido de las argentinas, y la imagen de Perón resultó debilitada.
Vandor competía abiertamente con Perón, impulsando a sus propios candidatos en las diversas elecciones provinciales. En octubre de 1965, en vísperas de una importante elección en Mendoza, vino al país Isabel, la esposa de Perón, para alentar a los sindicalistas antivandoristas y sostener una candidatura “leal” en Mendoza. La acción resultó eficaz: las “62 Organizaciones peronistas” se dividieron, y el candidato “leal” superó en votos al vandorista, aunque ambos resultaron derrotados.
Todos anunciaban el golpe inminente, que se produjo dos meses después. También Perón toma posiciones, con palabras muy calculadas, como se trasunta en el hecho de que corrigiera la entrevista y autorizara la publicación de una parte muy breve. Sus dichos no difieren demasiado de otras voces que apoyan a Onganía. El comunismo le parece una amenaza grave, y lo asocia con las instituciones demoliberales. Reclama la presencia de un jefe con autoridad y se muestra propicio a un acuerdo, si se trata de cambiar las estructuras. En este momento Perón –que apoyará el golpe– está muy lejos de las posiciones radicalizadas que adoptará a fines de la década.
Mariano Montemayor es un avezado periodista, proveniente de las filas del integrismo católico –había pertenecido al círculo del padre Meinvielle–, que en 1956 comenzó a colaborar en Azul y Blanco, el periódico de Marcelo Sánchez Sorondo. En 1958, acompañando a Mario Amadeo, se acercó a Frondizi e integró el grupo de redactores de la revista Qué, dirigida por Rogelio Frigerio, y desde entonces participó en diversas empresas cuyo propósito era la integración del peronismo proscripto en las filas de un “movimiento nacional”. En 1966 era, junto con Mariano Grondona, el más notorio apologista del golpe. Posteriormente, en 1978, fue subdirector del diario Convicción, dirigido por Hugo Ezequiel Lezama, ligado a los proyectos políticos del almirante Massera.
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PERON
Entrevistado por Mariano Montemayor
Confirmado, Nº 45,
28 de abril de 1966
Después de las elecciones en Mendoza resultó evidente para todos los medios políticos del país –el diario La Nación lo señaló así en su comentario del domingo último– la importancia de Juan Perón en las decisiones electorales del movimiento peronista. Teniendo en cuenta este vuelco de la situación, el columnista Mariano Montemayor entrevistó en Madrid al ex presidente. La entrevista tuvo lugar el sábado último, 23 de abril, al término de una reunión que Juan Perón mantuvo con un grupo de universitarios franceses en gira por España, en la residencia de Jorge Antonio, en el Paseo de la Castellana.
La conversación de Perón con Mariano Montemayor se desarrolló durante cuatro horas, pero el entrevistado aceptó que se dieran a publicidad únicamente sus respuestas a unas pocas preguntas. Mariano Montemayor fue la primera persona llegada a Madrid después de las elecciones en Mendoza, y encontró a un Perón que se mostraba juvenil, alegre y cordial, elegantemente vestido de traje azul, con una corbata azul de pintitas celestes, que fuma mucho menos y que alterna sus observaciones sobre la situación argentina con análisis doctrinarios, acotaciones de avezado político y agudezas referidas a la psicología popular argentina.
El intercambio de preguntas y respuestas autorizado a publicar, como condición previa a la concesión de la entrevista, es el siguiente:
Confirmado: –¿Qué conclusiones ha elaborado después de las elecciones de Mendoza?
Perón: –La historia tiene su lógica inexorable, y el porvenir pertenecerá, tarde o temprano, a quienes entiendan las premisas básicas. Desde mis comienzos como oficial del Ejército me he dedicado al estudio de la historia, comprobando la decadencia del demoliberalismo y la íntima relación de éste con el comunismo. Las estructuras deben cambiar. La opción es entre una socialización de contenido nacional, humanista y cristiana, y el socialismo internacionalista marxista.
C: –Pero, ¿qué opina específicamente de las elecciones de Mendoza?
P: –El gobierno y sus puntos de comité creyeron que podían dividir al movimiento. Para lograrlo, recibieron la ayuda de los neos, de los frentistas trasnochados y del embajador de Estados Unidos, Edwin Martin, quien parece no recordar cómo una vez Braden metió el dedo en el ventilador. Pero la cosa no caminó, y la estantería se les vino abajo.
El ministro Palmero debiera ahora mirar con cuidado hacia adelante. Pero es demasiado viejo para poder hacerlo, y, habiendo comprobado la imposibilidad de dividir al movimiento, se dedica a organizar fraudes constitucionales, seguramente mediante una reforma que le permita alejar las elecciones de 1967 en la provincia de Buenos Aires. Intentarán presentar este fraude como una exigencia del Ejército, para enfrentarlo con el pueblo. Estoy seguro de que los militares advertirán la necesidad de un cambio de estructuras con la colaboración del pueblo, como mejor método en la lucha contra el comunismo. No olvidemos que la misma revolución que asaltó los gremios, marxistizó las universidades. Hace poco, un cuñado de la señora de Illia vino a pedir mi bendición para un acuerdo con el comunismo. Era inevitable que así ocurriera.
C: –¿Qué ocurrirá ahora en el justicialismo?
P: –Creo que la ausencia de unidad y solidaridad interna sería la única debilidad frente al enemigo. Creo que la Delegada Superior debe esperar ciertas renuncias. Si no, es lógico que se produzcan algunas expulsiones. Todo se pondrá en caja, atendiendo al imprescindible trasvasamiento generacional. Es necesario superar a los dirigentes burocratizados que, enquistados, pierden sensibilidad.
En cuanto al conductor, debe aplicar toda la fuerza en el lugar y momento oportunos, actuar solamente en la oportunidad indicada. Es lo que he hecho en los últimos acontecimientos. Si Dios bajara a la Tierra, todo el mundo le perdería el respeto, y algún tonto querría en seguida ocupar su lugar.
C: –Es evidente que su movimiento pasa por un momento peculiar. ¿Ha variado en algo la doctrina del mismo?
P: –La doctrina del movimiento es permanente. Aspiramos a una comunidad organizada según la concepción filosófica humanista y cristiana, pero la técnica para lograr esa comunidad varía según las circunstancias; el movimiento, por ello, debe estar siempre atento a la actualización doctrinaria. Si hoy nos preguntáramos qué hacer en el país, diría que el movimiento debe estar alerta a todo el ciclo económico de la producción, transformación, distribución y consumo. Porque el movimiento debe ser un punto fundamental en la lucha por sacar al país del pantano en que está. Frente al país debe haber una persona capaz de exigir y ser obedecido y, el único milagro económico que necesitamos es el de trabajar.
C: –¿Qué ocurrirá ahora políticamente?
P: –No guardo rencores contra nadie. Estoy dispuesto a contribuir a una salida de la crisis. El problema no son los pactos, y los pactos no me asustan, sean con quien sean. Lo importante son los hechos, y el movimiento estará en todo lo que constructivamente signifique un cambio de estructuras para el país, para la creación de un país moderno, con sentido popular, nacional, cristiano y humanista.
C: –¿Cree en la salida electoral?
P: –(Riendo fuertemente) Lo importante es construir un gran país, el terreno en que se haga me es indiferente.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Ricardo Rojas nació en Santiago del Estero en 1882. En Buenos Aires se dedicó a las letras: la poesía, el teatro, el ensayo. En 1913 fundó la primera cátedra de Historia de la Literatura Argentina, y luego el Instituto de Literatura Argentina, ambos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Entre 1917 y 1921 escribió su Historia de la literatura argentina, primera obra en su género. Sus ensayos más conocidos son La restauración nacionalista, aparecido en 1909, Blasón de plata, Argentinidad, Eurindia. En todos ellos se manifiesta una misma preocupación por la constitución de la nacionalidad argentina, la mezcla de las tradiciones indígena, hispana y criolla, y la asimilación del elemento inmigratorio reciente. Posteriormente fue apareciendo en sus obras la preocupación por la expresión política del pueblo y el sentido de la democracia.
Luego del 6 de septiembre de 1930, Rojas se afilió a la Unión Cívica Radical. Muchos intelectuales, movidos por idénticas preocupaciones cívicas, ingresaron entonces a las filas del radicalismo, el socialismo o el comunismo. En 1930, luego del golpe, la UCR se reorganizaba, bajo la jefatura de Marcelo T. de Alvear. En abril de 1931 obtuvo un resonante triunfo electoral en la provincia de Buenos Aires, y poco después abortó un movimiento revolucionario en Corrientes. El gobierno detuvo a numerosos dirigentes radicales, a los que envió a prisión o deportó. En septiembre se proclamó la candidatura oficialista del general Justo, y poco después se reunió la Convención radical, que designó la fórmula presidencial Alvear-Güemes. El 8 de octubre de 1931 el gobierno la vetó, y anuló las elecciones bonaerenses de abril. En esas circunstancias se realizó esta entrevista.
Días después, la Convención radical decidió la abstención en las futuras elecciones. El documento que fundamentó esta decisión fue redactado por Ricardo Rojas, y recibió elogios por su claridad y convicción. En los meses siguientes Rojas escribió El radicalismo de mañana, “movido por mis viejos ideales nacionalistas y por mi amor al pueblo”. Continuó en su cátedra universitaria hasta 1945, cuando fue separado. Fue repuesto en 1955 y falleció en 1957.
El diario Noticias Gráficas fue fundado por Jorge Mitre, director de La Nación, en junio de 1931, para captar el público lector de Crítica, que había sido clausurado por el gobierno de Uriburu. Noticias Gráficas, dirigido por Alberto Cordone, adoptó el formato de Crítica e incorporó un contingente de sus periodistas más importantes, como Last Reason, Enrique González Tuñón y Sixto Pondal Ríos. El diario apoyó la candidatura opositora de la Alianza Civil.
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ROJAS
Noticias Gráficas,
10 de octubre de 1931
La aparición de don Ricardo Rojas en el escenario político ha causado no poca sorpresa en los círculos docentes y universitarios a los cuales tan íntimamente, desde hace treinta años, se halla vinculado el ex rector de la Universidad de Buenos Aires.
Doctor “Honoris Causa” de las universidades de Buenos Aires, San Marcos de Lima y Río de Janeiro; miembro honorario de diversas academias de Estados Unidos, Francia, España, México, Venezuela, Uruguay, Perú y Brasil, miembro de la Legión de Honor y de la Société de Gens de Lettres de París y otras instituciones científicas y literarias del país y del extranjero, y dueño por añadidura de un enorme bagaje cultural y de una erudición profunda en las diversas disciplinas mentales a las que se halla entregado, la expectativa pública despertada alrededor de este nuevo aspecto del ilustre docente es grande y justificada. Fuimos por esta circunstancia a verlo, deseosos de escuchar su juicio no sólo sobre la actualidad política argentina, sino también sobre una cuestión que nos pareció interesante: por qué causas Ricardo Rojas dejaba interrumpida su labor literaria, y se lanzaba a los sinsabores e inquietudes de la política activa, en circunstancias tan angustiosas como las presentes.
Lo hallamos en su residencia de la calle Charcas, entregado a sus libros. Con su cortesía habitual nos recibió y luego de conocer nuestro deseo, nos hizo un breve exordio a propósito de los primeros años de su juventud y de su vida, cuando su padre, don Absalón Rojas, llenaba, con su actuación política, todo un capítulo de la historia de Santiago del Estero, su provincia natal. Entrando de inmediato en materia, le preguntamos:
–¿Ha actuado Ud. antes en política?
–Nunca –respondió Rojas–. He llegado a esta altura de mi vida sin haber actuado jamás en ninguno de nuestros partidos, absorbido como estuve durante treinta años por mi obra de publicista y profesor en la que entendí servir a la formación de nuestra conciencia nacional. Así habrían seguido transcurriendo mis días, en el retiro del estudio que no fue torre de marfil para mi deleite, sino atalaya de piedra para mi ansiedad, a no ser la crisis profunda que hoy amenaza nuestras instituciones vitales. Mi labor docente me ha mantenido siempre en contacto con la juventud y mis libros dejan ver que siempre estuve asomado a la almena, oteando el horizonte, con la esperanza puesta en el mejoramiento civil de nuestra patria.
–Muy bien, doctor –respondimos nosotros mientras admiramos el purismo oral de nuestro entrevistado–. Pero nos trae aquí, entre otras cosas, una pregunta concreta, de común interés para nosotros y para una gran parte de la opinión que en estos momentos no acierta a explicarse cómo no sólo ha ingresado usted a la política haciendo un paréntesis extraño a la labor del aula y al estudio, sino también cómo ha ingresado al radicalismo. ¿Podría contestarnos a esto último? Sería interesante.
–La explicación –nos dice el doctor Rojas en seguida– es muy sencilla: la tiene usted en lo que acabo de decirle. Desde hace un año he sentido de un modo patético el drama actual de nuestra ciudadanía. He creído que podría ser una actitud egoísta el mantenerse en el retraimiento; y en caso de optar por un instrumento de acción social, he debido elegir un partido entre los que existen y he ido al radicalismo por la lógica de mi doctrina anterior. El radicalismo es, por su latitud geográfica, por su filiación histórica, por su fe en el pueblo, por su emoción nacionalista y por su probado espíritu de resistencia a la adversidad, una fuerza cívica que, debidamente adoctrinada y conducida, ha de ser un baluarte de la nacionalidad y de la justicia social en esta época.
El doctor Rojas se acomoda los anteojos, hace una pausa, respira y va a continuar hablándonos. Pero lo interrumpimos.
–¿Y no le han detenido en este extraño episodio de su vida los cargos de todo orden que se hacen al Partido Radical?
–No, señor. Cualesquiera que sean los errores individuales de los hombres, el radicalismo, estoy cierto, es una fuerza espiritual que resume al pueblo argentino con todos sus vicios y todas sus virtudes. Los adversarios del radicalismo pueden hacerle cargos, pero el radicalismo puede acusar a sus adversarios de haber abusado de la fuerza, de haber suprimido la ley y de haber negado la tradición nacional.
No hay –continúa diciéndonos el doctor Rojas– partidos de ángeles en ninguna parte y no es posible crear partidos vivientes desde un escritorio. La política, entiendo, es un arte de realidades, y debemos tomar la realidad argentina como hoy se nos presenta, tratando de modelarla con inteligencia y honradez. La exposición de estas ideas –agrega– me requeriría largo tiempo; pero, puesto que debo abreviar, sólo le digo que yo no podría ir sino a un partido que tuviese la bandera nacional, la cenestesia geográfica de nuestro territorio, el sentimiento de nuestra continuidad histórica, la simpatía interna de sus miembros por una fusión de profesiones, clases y regionalismo, en el amor del pueblo y en el propósito de su mejoramiento. Este es, precisamente, el espíritu del radicalismo. Ensambla, por añadidura y sin esfuerzo, con la doctrina que he expuesto siempre en mis obras.
En lo más álgido de la conversación, el doctor Rojas nos deja unos segundos. Debe atender un llamado de su esposa, que le anuncia un mucamo. Oteamos –como dice el maestro– y observamos un mueble que contiene sus libros originales, las ediciones críticas o de divulgación de documentos y autores argentinos. Allí está, por ejemplo, La restauración nacionalista, en que planteó, hace más de veinte años, la crisis de nuestro cosmopolitismo; el Blasón de plata, en donde evocó la génesis de nuestra raza; la Argentinidad, obra en la que dio nombre y contenido a nuestra vocación democrática; Eurindia, donde exploró las más remotas zonas estéticas del espíritu americano. En ese mueble, están también Los gauchescos, fuente popular de nuestra emoción literaria, Los coloniales, Los proscriptos y Los modernos, panorama este último de nuestro actual individualismo. Allí están su historia de la Bandera, del Escudo, del Himno y de la Constitución; allá El país de la selva y las odas en que canta a la fraternidad civil de los extranjeros residentes; y las obras de Moreno, en fin, de Monteagudo, de Echeverría, Mitre, Sarmiento, López y Alberdi, que Rojas ha reeditado y comentado y popularizado con el noble propósito de dar arquitectura al ideario argentino.
Pero, el doctor Rojas entra en ese instante, y nos sorprende revolviéndole su biblioteca.
Un poco avergonzados de nuestra curiosidad, buscamos alguna frase para salir del paso:
–¿No le parece, doctor, que todo este bagaje va a serle una carga demasiado pesada para desempeñarse en las nuevas actividades a la que acaba de darse?
–No lo creo –nos contesta inmediatamente–. Antes al contrario, pienso que esos libros explican todavía más mi actitud. Y le dan, por añadidura, un rumbo doctrinario. He estudiado mucho el pasado, pero me he orientado siempre hacia el porvenir. Ardua es, y urgente, la atención que hoy reclama la crisis económica; pero creo necesario en la presente crisis de los perennes ideales argentinos, que resuenen de nuevo los ecos del antiguo mensaje. Como en 1837, necesitamos reencender las antorchas de 1810 y completar el ideario de 1853, con otro nuevo, acomodado a las necesidades presentes. Esa es la misión actual del radicalismo. Su primera jornada, la del Parque, fue superada por su segunda, la de la ley Sáenz Peña, y ésta ha de ser superada en una tercera etapa con un contenido de ideas que el partido desea asimilar, para animarlas con su inextinguible sentimiento patriótico.
No puede ser sino un magnífico instrumento para ello un partido que reúne en su seno, identificándose con la Nación –prosigue Rojas, entusiastamente–, a los nietos de nuestros próceres fundadores y a los hijos de los modernos inmigrantes, al obrero manual y al estudiante universitario, al chacarero de la Pampa y al peón de la Puna, como si fuera un compendio de nuestro suelo, nuestra raza y nuestra historia.
Al llegar a este punto de su peroración, el doctor Rojas, para encender un cigarrillo, hace un alto. Lo aprovechamos para intercalar en el diálogo una nueva pregunta:
–¿Y sobre la actualidad política podría darnos alguna opinión, doctor?
–Creo –nos contestó luego de que le concretáramos mejor nuestro deseo– que es un error reducir la política a la maña de ganar elecciones por cualquier medio; que es un error también pretender resolver los problemas morales de una sociedad por medio de la fuerza, y que es un error, de la misma manera, dividir al país en réprobos e inmaculados, porque todos los hombres de un mismo ambiente se parecen. Es un error –continúa el doctor Rojas– agravar las crisis económicas con caprichos pasionales. Es un error querer medir la acción histórica por las anécdotas del día. Debemos elevar los corazones y elevar el pensamiento si queremos evitar a la República tremendas calamidades. Un éxito actual puede llegar a ser un fracaso histórico. El odio es siempre mal consejero.
–¿Y tiene usted fe en las nuevas generaciones argentinas para acometer la magna empresa con la que usted sueña?
–Tengo fe en la juventud, y en las clases laboriosas. En los ociosos y en ciertos personajes anacrónicos tengo muy poca fe. Los ociosos no se dan ni siquiera el trabajo de pensar, que es un arduo trabajo. Los anacrónicos están cargados de prejuicios y rencores. La nueva empresa, así, es de las nuevas generaciones y de los obreros, si saben referirse a un proceso histórico anterior, y captar la realidad presente y planear con claridad la obra futura. De ello nacerá la Argentina mejor que todos anhelamos, pero que algunos andan buscando por caminos extraviados. Esta es hora de maestros y de trabajadores. No es hora de enredar ni de destruir, sino de clarificar y edificar. Es, en una palabra, hora de juventud.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914; en 1919 se instaló, con su familia, en la Argentina. En 1951 viajó a París con una beca de la Unesco, donde publicó su primer libro de cuentos, Bestiario, al que le siguieron Las armas secretas (1959), Los premios (1960) e Historia de cronopios y de famas (1962). En 1963, la aparición de Rayuela marcó un punto de viraje en el interior de la literatura cortazariana y una “divisoria de aguas” en la historia de la narrativa argentina. Además de su éxito inmediato en la crítica literaria y entre el público, incorporó importantes modificaciones en las técnicas narrativas y en la construcción del relato: la desconfianza sobre la función cognoscitiva del lenguaje, la tensión entre lo fragmentario y la forma larga, la autorreferencialidad, la proliferación de citas, la intertextualidad exasperada. Estos procedimientos literarios alcanzaron nuevas formulaciones en sus textos posteriores: Todos los fuegos el fuego (1966), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62 Modelo para armar (1968).
En 1973, luego de una gira por varios países latinoamericanos, Cortázar regresó, por poco tiempo, a la Argentina, para asistir a la salida de El libro de Manuel y formar parte del jurado en un concurso literario organizado por la editorial Sudamericana y el diario La Opinión. En Mendoza, luego de un breve pasaje por Chile, donde asistió a la victoria electoral de la coalición de centroizquierda de Salvador Allende, Unidad Popular, Osvaldo Soriano le realizó esta entrevista titulada “Julio Cortázar llega a la Argentina convencido de que, a pesar de las contradicciones, se consolida la vía al socialismo en América latina”. Fue publicada el día de las elecciones generales que llevarían a Héctor Cámpora a la presidencia de la República, en el suplemento de cultura de La Opinión. El diario, que había salido a la calle el 4 de mayo de 1971 dirigido por Jacobo Timerman, marcó una etapa decisiva en la historia del periodismo argentino: le otorgó un nuevo lugar al periodismo de opinión y de análisis, en artículos firmados por Juan Carlos Algañaraz, José Pasquini Durán, Juan Gelman, Miguel Bonasso, Mabel Itzcovich, Kive Staif, Francisco Urondo, Enrique Raab, entre otros. La Opinión impulsó el Gran Acuerdo Nacional –base de la política lanussista– previo al retorno de Perón. En la entrevista, un Cortázar optimista analiza la situación política de América latina, a la que considera en marcha inexorable hacia el socialismo, y se detiene en los motivos por los cuales asiste, por primera vez desde que reside en París, a la presentación de un libro suyo. Ansioso por conocer la recepción pública de la propuesta experimental de El libro de Manuel, en el cual convergen literatura y política, Cortázar explicita los postulados estéticos e ideológicos de su nuevo libro, poniéndolo en relación con su literatura anterior.
En el año siguiente a esta entrevista, Cortázar obtuvo el Premio Médici por El libro de Manuel y entregó el dinero a la Unidad Popular chilena. En los setenta, publicó Octaedro, Alguien que anda por ahí, Un tal Lucas. En 1982, luego de la muerte de su tercera esposa, Carol Dunlop, publicó Los autonautas de la cosmopista, escrito con ella en colaboración; los derechos de autor fueron destinados al pueblo de Nicaragua. Al año siguiente, publicó Deshoras y regresó por última vez a la Argentina para la transmisión de mando del presidente Raúl Alfonsín. Murió en París el 12 de febrero de 1984. A mediados de ese año, se publicó Nicaragua tan violentamente dulce, cuyos derechos de autor están destinados al pueblo sandinista.
El escritor Osvaldo Soriano nació en Mar del Plata en enero de 1943 y murió en Buenos Aires el 29 de enero de 1997. En 1973 publicó su primera novela Triste, solitario y final, a la que le siguieron No habrá más penas ni olvido (1980), Cuarteles de invierno (1981), A sus plantas rendido un león (1986), El ojo de la patria (1992), La hora sin sombra (1995), entre otras. Se inició como periodista en La Opinión, donde escribió sus “Historias de vida”, recopiladas después en Artistas, locos y criminales (1983). Después del golpe de Estado de 1976, se exilió en Bélgica, y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a la Argentina. Participó en la fundación de El Periodista y de Página/12, del cual fue redactor hasta el día de su muerte.
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CORTAZAR
Entrevistado por Osvaldo Soriano
La Opinión, 11 de marzo de 1973
PREGUNTA: –Luego de más de dos años, usted regresa a América latina y visita Ecuador, Brasil, Perú, Chile y ahora la Argentina. Quisiera conocer sus impresiones sobre la situación política del continente.
CORTAZAR: –En esta gira he visto por primera vez países que no conocía, de manera que no tengo puntos de comparación. No conocía Ecuador, Brasil y Perú. En Chile asistí a las elecciones y a sus resultados. Incluso para alguien que viviendo en Europa se ha acostumbrado a las elecciones sin fraude, limpias, bien orquestadas y precisas, el espectáculo de Chile es absolutamente extraordinario. Es un pueblo que lleva en la sangre una especie de sentimiento de legalidad aunque sea en las formas, porque la campaña preelectoral era violenta por ambas partes. Se llegaba fácilmente a la injuria, pero en las elecciones la conducta de unos y otros es igualmente impecable. Yo asistí en la calle a las ceremonias que yo calificaría casi de ritual. Eso en cuanto al mecanismo de las elecciones en sí. En cuanto a los resultados, dejó sorprendidos a los dos bandos por razones muy especiales. La Unidad Popular se consideraba suficientemente consolidada si obtenía un 38 por ciento y ha sacado algo que está cerca del 44. La oposición esperaba hacer capote y se ha encontrado con que no. El que resumió mejor la situación fue Salvador Allende, cuando habló luego de las elecciones. Se mostró satisfecho de ser el primer gobierno de la historia de Chile que había resistido la erosión e incluso había aumentado su porcentaje. Ese argumento es incontestable.
PREGUNTA: –Estuvo quince días en el Perú. ¿Qué puntos de contacto y qué diferencias había entre uno y otro proceso?
CORTAZAR: –Usted me pregunta como si yo fuera un tipo entendido en materia política...
PREGUNTA: –Yo se lo pregunto como observador. Le permito, además, las concesiones poéticas que crea necesarias.
CORTAZAR: –Es que estoy obligado a esas concesiones poéticas. Estoy obligado porque mi visión es siempre, no diré una visión de escritor, porque eso no quiere decir nada, pero sí una visión de poeta, que ya quiere decir otra cosa. Entonces, sí. Un poco casi metafóricamente le puedo dar impresiones que son a veces más viscerales que racionales, más intuitivas que analíticas. Perú fue una buena experiencia para mí, sobre todo viniendo del Ecuador, país donde no solamente no pasa nada, sino que todo lo que pasa es malo. En el Perú estuve en Lima y en el interior. Hablé con funcionarios, con campesinos, con estudiantes, con estudiantes sobre todo. Son gente que, naturalmente, siempre dentro de un pensamiento un poco desordenado y casi siempre muy apasionado, tiene una gran lucidez. Le diría, en resumen, que lo que es interesante para mí en el proceso peruano es que hay una dinámica, uno siente que algo se mueve en ese país, cosa que no sucedía durante los regímenes anteriores. Al régimen lo pueden acusar de paternalista, y lo es en alguna medida, porque –como dicen ellos–, faltan todavía cuadros que establezcan contactos sobre todo en el problema del indio, que es vital allí. Pero uno siente que el Perú se está moviendo, que la opinión pública sigue con mucho apasionamiento lo que ocurre. Quiere decir que hay un cambio de esa actitud tan común en nuestros países latinoamericanos, donde la población es pasiva en general y se limita a echarle la culpa al gobierno y a esperar que éste haga cosas o no las haga. En Perú todo el mundo se siente un poco comprometido en la cosa y eso me parece un buen síntoma. Es decir, sería lo mismo que en Chile, con la diferencia que aquí hay un mecanismo más manifiesto. En el Perú la cosa es más larvada y prudente.
PREGUNTA: –Para terminar el racconto de su viaje, hábleme del Ecuador y del Brasil.
CORTAZAR: –Si quiere una impresión muy intuitiva pero al mismo tiempo muy visual del Brasil que yo he visto, podemos usar un poco de humor negro. Le puedo decir que para el viajero que pasa quince días en Brasil, es el país más perfecto. No sucede nada, todo está muy bien, hay un pueblo feliz con dos campeones mundiales que son Pelé y Fittipaldi, el Carnaval, que loestán preparando desde tres meses atrás, el samba es cada día más hermoso y se baila cada vez mejor y además es un país limpio; uno lo recorre de norte a sur y no hay un solo cartel político. De manera que uno se va del Brasil con una sensación de maravilla, porque por fin hay un país donde todo funciona perfectamente. Es un cadáver. Pero lo malo es que es un cadáver como los zombies, es decir, un cadáver que camina y anda buscando a alguien para estrangular.
PREGUNTA: –Ahora quiero que me hable de la Argentina. Como usted no ha estado aquí durante dos años sólo le voy a pedir que me diga qué espera hallar en la Argentina a la que ha llegado hace menos de veinticuatro horas. Permítame que le diga algo sobre esa llegada en tren a Mendoza, huyendo de los encuentros con periodistas o con gente que lo reconozca (lo he visto ponerse esos enormes anteojos negros con los que es imposible reconocerlo en la calle). Se me ocurre que su entrada al país tiene algo de furtivo.
CORTAZAR: –Está muy bien que me haga la pregunta. Todo lo que dice va en una dirección que yo acepto, salvo la palabra “furtiva”. La entrada no es furtiva. Justamente yo quise desde el comienzo evitar esa llegada espectacular, que hubiera sido inevitablemente espectacular como sucedió la otra vez, cuando llegué a Buenos Aires. Los periodistas me persiguieron en automóviles aunque yo les pedí en todos los tonos que me dejaran llegar a casa tranquilo y no hubo caso. Hasta medianoche, cuando salí, sacaron fotos con flashes. Por razones personales tengo horror a eso. Pero por razones que tocan a la Argentina, a mis amigos y a mis conciudadanos, también esa especie de arribo entre flashes no sólo me parece una cosa negativa sino también frívola y estúpida. Mi deseo, que sólo podré cumplir en parte, se cumplió ayer. Tomé el tren solo, sin avisar más que a un par de amigos, y llegué como cualquier hijo de vecino a una provincia que quiero, en la que he vivido y que deseo volver a mirar un poco, y luego ir a Buenos Aires sin que nadie me vea llegar. Le voy a decir que la Argentina –ahora entro en un juego de ironía y de humor– se especializa en los regresos. Tenemos una experiencia en eso. Los regresos vienen a veces en forma de cenizas y a veces también en personas de carne y hueso. Yo no quiero ser asimilado a ese tipo de regreso histórico. Primero, porque no tengo motivo para considerarme merecedor de ello, en absoluto. En segundo lugar, porque creo que eso abre un capítulo de malentendidos y de errores posibles.
A mí me gustaría poder dialogar como estoy dialogando con usted, y eso no es posible cuando hay un aparato de tipo publicitario que me persigue, me sitúa ante las cámaras. Entonces uno se siente en una especie de estrado con relación a los demás.
PREGUNTA: –Usted llega a la Argentina en un momento particularmente importante. El domingo habrá elecciones luego de muchos años de gobierno militar. ¿Cómo espera hallar a la Argentina con respecto a su viaje anterior? ¿Cómo ve estas elecciones?
CORTAZAR: –Cuando yo me fui de París, hace un mes y medio, el panorama era de una gran confusión. En este momento ya las cosas son más claras en el sentido de que estamos a dos días de la elección y no parece haber razones que la impidan, de manera que los juegos están jugados, están los partidos y los candidatos. Queda el enigma de saber si la elección se va a cumplir en forma normal; de eso usted sabe más que yo, porque vive en el país. Creo que no se puede negar que el hecho de que haya elecciones en la Argentina es un factor positivo después de tanto tiempo. Eso es ya una especie de batalla ganada. Es una extraña batalla, porque no sabemos en realidad cuál va a ser el verdadero vencedor –no me refiero al vencedor electoral–, ahí empieza de nuevo la confusión, para mí por lo menos, y los factores imponderables. Yo tendría que estar mejor enterado del equilibrio y desequilibrio de fuerzas, de las tensiones internas, que sólo conozco en sus manifestaciones exteriores y espectaculares. De una manera pragmática me alegra que haya elecciones, que este proceso confuso al quese pensó que no se llegaría es la culminación de una presión popular que ha obligado a que se lleven a cabo. Lo que va a suceder después... Tengo la impresión de que el Frente Justicialista, más que la expresión de un pensamiento nacional, es la expresión de una pasión nacional y de una necesidad nacional. Es decir, una especie de movimiento que puede ser informe en muchos planos, al que no se puede dar una definición precisa, pero que es un movimiento. Me niego a hablar de pensamiento porque me parece que ésa es la falla más profunda, le falta una ideología definida; hay una terminología muy vistosa, pero es una terminología análoga a la que tuvimos en el año ‘46, no ha cambiado gran cosa. Entonces, lo que cuenta para mí es el movimiento e impulso que traduce el Frente Justicialista, pero en cuanto a la cohesión y perspectivas, digamos, ya de la acción pragmática, ahí reservo mi opinión porque no conozco lo que pasa en el interior del movimiento en su conjunto y me resulta difícil comprender a un movimiento al que le falta una ideología definida. Se corre el grave peligro de que pueda tomar un camino que no sea el que visceralmente está buscando.
PREGUNTA: –Hay una contradicción: usted dijo antes que le faltaba información sobre la Argentina. Entonces ¿cómo orienta al lector europeo?
CORTAZAR: –Quizá le sorprenda, aunque sé que no. En París tenemos, privadamente por supuesto, un sistema de información de problemas latinoamericanos a veces superior al que tienen ustedes aquí. Por mi parte, porque estoy cerca de muchos exiliados que mantienen un contacto por razones de lucha con la realidad de sus países. Entonces, eso nos permite a nosotros, de manera abierta o discreta, estar enterados de cosas que en el contexto de cada país a veces no se sabe. A mí me ha sucedido pedirle noticias, ansiosamente, a un argentino que había llegado esa noche sobre lo que estaba pasando aquí, y encontrarme con que las explicaciones que me daba tenían menos información que la que nosotros habíamos podido reunir por nuestros canales estratégicos. De manera que esa cabeza de puente funciona como si fuera un teléfono directo. Dicho sea de paso, yo no quisiera que ningún latinoamericano me tomara por lo que no soy. Mi militancia en una línea ideológica, lo que yo llamo “la vía del socialismo”, tiende a que la gente crea que tengo una acción política directa, es decir, que estoy perfectamente enterado no sólo de lo que pasa en el plano político sino que además estoy interviniendo; eso es absolutamente imaginario. Mi situación es muy curiosa. Yo he sido y sigo siendo un escritor que en los últimos diez años asumió una responsabilidad de tipo ideológico –insisto en la palabra– frente al panorama latinoamericano, cosa que empezó con mis primeros viajes a Cuba. Esa responsabilidad la he ejercido sobre todo en defensa de principios, pero no en procesos de tipo electoral o de luchas partidarias. Entonces, la explicación que usted me dio antes de iniciar el reportaje, sobre lo que está pasando en la Argentina, no la conozco en París, no porque no pueda sino porque hay otras cosas que me interesan más.
PREGUNTA: –El libro de Manuel es uno de los motivos por los que está usted en la Argentina. ¿Qué puede anticipar de él?
CORTAZAR: –Sí, ése es uno de los motivos. El otro es que soy jurado del premio América latina de novela. Voy a hablarle del libro. Por primera vez en todo lo que llevo escrito, el libro intenta una convergencia de dos planos que yo había mantenido paralelos, separados: por un lado la literatura, y por otro lado lo que llaman el “compromiso ideológico”, en forma de artículos, firma de manifiestos, polémicas, etcétera. Aquí hay una tentativa de hacer coincidir las dos cosas en un solo plano. Y entonces me parece que un libro como éste exige la presencia del autor. Es el primer libro mío que –escrito en París– no puedo dejar que se publique sin moverme de donde estoy.
Me temo que el libro será bastante mal recibido en sectores de la derecha como en sectores de la izquierda por razones muy diferentes. Cuando digo izquierda y derecha, en materia de literatura, ya la cosa no se entiende muy bien: digamos que será mal recibido en los círculos liberales que se complacen en la buena literatura, quiero decir, entre comillas, en la literatura pura. Será mal recibido porque lamentarán que un autor que según ellos les dio muchas satisfacciones, escriba ahora un libro de abierta denuncia, de una serie de procesos latinoamericanos que el lector irá encontrando mientras lo lea. Por su parte, habrá mucha gente de izquierda que encontrará que el libro es frívolo, trata de problemas que son muy serios de una manera que ellos van a estimar frívola, que no se deberían tratar así. Yo lo he previsto y sé que ése es el precio de mi trabajo. No me importa. Yo sé que ese libro tendrá sus lectores. Tendrá lectores –hablo concretamente de la izquierda– que comprenderán que también por mi camino, un camino de lo fantástico, del humor, de la ironía, de la distorsión de la verosimilitud, se puede hacer pasar la verdad.
PREGUNTA: –En la Argentina –y en América latina toda– se debaten los caminos a través de los cuales la literatura puede ser una forma de denuncia. Me pregunto si la mera exposición de hechos es una forma de denuncia. Si es válido el folletín; si la incorporación de la ciencia –concretamente el estructuralismo– son pasos hacia la literatura revolucionaria. En América latina, hoy, ¿sólo es posible la literatura que abarque una temática revolucionaria o de denuncia?
CORTAZAR: –Empecemos por el final, porque su pregunta es algo más que eso; contiene además una exposición de temas. Me llamó la atención esto de si toda la literatura debe ser de denuncia. No, no lo creo en absoluto. En primer lugar hay que tener en cuenta un factor que se olvida y es la existencia de ese señor que se llama escritor. Un escritor, por diversas razones, puede ser llevado a una literatura de denuncia y la puede hacer de una manera admirable, puesto que su vocación y su técnica miran en esa dirección. En ese sentido es perfectamente válido, pero lo que yo no aceptaré jamás, y es siempre uno de los puntos de fricción con mis compañeros de Cuba y fuera de Cuba, es la tendencia a que toda la literatura, un poco decidida por instancias que no son literarias, deba ser una literatura de denuncia. No, yo creo que la literatura, como cualquier actividad humana, se va a seguir dando en los planos más diversos, e incluso en los sectores más militantes y en plena lucha. Usted sabe de sobra que la literatura es uno de los consuelos de la vida y un motivo de alegría. Yo siempre repito –y lo puse como epígrafe en el cuento “Reunión”– que en uno de los momentos más críticos de su vida, cuando se estaba jugando, el Che no se acordó de un texto de Lenin, se acordó de un cuento de Jack London. Esa es una de las partes de su pregunta. En este momento es evidente que en América latina no sólo es muy importante sino también muy útil escribir libros como los de Rodolfo Walsh, de cuya eficacia tengo pruebas muy concretas. Esto no es novela, sería una especie de reportaje imaginario de la realidad.
PREGUNTA: –¿Imaginario?
CORTAZAR: –No, claro que no. Lo que es imaginario es la idea de estar haciendo el reportaje. Por ejemplo: alguien ha muerto y sin embargo en las obras de Rodolfo Walsh, a esa persona que todavía está viva en la acción se la siente pensar, se conocen sus sentimientos. Eso ha sido recogido a través de testimonios de personas, pero no de él mismo; en ese sentido es imaginario el reportaje. Como digo, yo creo en el valor y la eficacia de esa literatura de testimonio, incluso en el caso de un best-seller como A sangre fría, de Truman Capote. Pero yo pienso que interesa mucho más un libro como Los hijos de Sánchez, de Lewis, y en nuestro plano los libros de Rodolfo Walsh, o de Osvaldo Bayer, todos ellos con matices muy diversos, porque Los hijos de Sánchez es una cosa más sociológica. Pero curiosamente, por primera vez, todos esos libros son asimilados a la literatura en alguna medida. La gente los lee con criterio de literatura, prácticamente como si estuviera leyendo novelas, sin que lo sean. Por eso creo que esa es un arma ideológica formidable en América latina. Sigo creyendo también –y ahora me refiero a mí, que soy incapaz de escribir este tipo de libros, al menos hasta hoy– que también puede haber una cierta eficacia en la novela testimonial, en donde incluso el testimonio esté novelado, es decir, que todo lo que se cuenta en la novela es falso, pero son esas falsedades que son una paráfrasis de la verdad histórica. Es exactamente el caso de El libro de Manuel. Ni una sola cosa de lo que se cuenta allí sucedió en la realidad, y sin embargo está sucediendo todos los días, porque es la historia de un secuestro. Y ya sabemos bien cómo sucede eso y con cuánta frecuencia. Ahora, el secuestro es el eje de la acción del libro, pero no solamente es absurdo sino totalmente irrealizable, a propósito; yo lo hice deliberadamente porque qué sé yo de secuestros, nunca he sido secuestrador ni secuestrado, ignoro todo de esa técnica. En cambio creo tener suficiente capacidad imaginativa y de invención para organizar un secuestro a mi manera, en el plano de la escritura, y creo que basta a los efectos de la correlación con la realidad histórica. Por eso le digo que paralelamente a la literatura de testimonio directo, en que se trata de hechos concretos, puede haber también una literatura de ficción que en última instancia sea tan concreta como la otra.
PREGUNTA: –Falta su opinión –aunque parece obvia– sobre si también es válida una literatura, en este continente, en la que ni siquiera la ficción se acerque a la denuncia.
CORTAZAR: –Sigo creyendo que es válida, siempre que sea buena literatura, por supuesto; creo que es válida porque a nadie se le puede obligar a que escriba lo que su temperamento no lo lleva a escribir. Puede suceder que haya un hombre que nació para escribir sonetos de amor y que escriba los más maravillosos sonetos de amor de la lengua castellana, y no veo por qué no lo va a hacer si es capaz de escribirlos.
PREGUNTA: –Usted dice que no se puede conseguir todo. Creo que usted ha conseguido muchas cosas en el aspecto personal. ¿Volverá ahora definitivamente a la Argentina?
CORTAZAR: –Actualmente no lo creo. Estaré dos meses acá cumpliendo las tareas de las que ya hablé. Tengo obligaciones de tipo personal y de trabajo para volver a Francia a comienzos de mayo. Lo que pueda suceder después, no lo sé. Digamos que es obra abierta. Yo me siento muy bien en la Argentina cada vez que regreso a ella, pero al mismo tiempo también me siento bien en Francia. No le oculto que me molesta el trasfondo del concepto “regreso definitivo”. No entiendo por qué tengo que hacerlo. Tengo la impresión de que el hombre que soy y el tipo de cosa que yo hago puede seguirse cumpliendo con alguna eficacia sin una limitación geográfica. Más de diez libros, que me parecen a mí bastante argentinos, han sido escritos fuera de la Argentina. ¿No es ésa la prueba de que siempre estuve aquí? ¿Un tipo que vive en el extranjero puede escribir diez libros que los lectores argentinos han aceptado, reconocido y criticado como suyos? Incluso, rechazado como se rechaza lo propio. ¿Le parece que he estado ausente en la Argentina? Los críticos dicen que en mi literatura hay una tendencia a personajes dobles. A lo mejor yo soy doble. Vivo en Francia, pero hay una presencia mía que está invariablemente en la Argentina. Quisiera saber en qué medida mi presencia física como escritor agrega algo a la presencia de mis libros. Acepto la discusión. Acepto que se me diga que además podría hacer otra cosa. Pero también hago otras cosas en Europa.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/62118-20540-2006-01-25.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El artista plástico Antonio Berni nació en Rosario el 14 de mayo de 1905. Su primera muestra individual en Buenos Aires se realizó en la galería Witcomb en 1923. En 1925 viajó a Europa, becado por el Jockey Club de Rosario, donde permaneció durante varios años en Madrid, Toledo y París. Se conectó con las escuelas vanguardistas, conoció a Louis Aragon e inició, dentro del surrealismo, una serie de obras que expuso en la galería Amigos del Arte de Buenos Aires, en 1932. Su ciclo surrealista finalizó en los años treinta, cuando se inclinó hacia un realismo crítico, ideológico y político. A mediados de los años cincuenta inició la tematización de los barrios marginales, en obras en las cuales retomó el collage surrealista, el ensamblado y la utilización de objetos de desechos que denotaban la miseria de las villas marginales. Las historias de sus personajes centrales, Juanito Laguna y Ramona Montiel, están constituidas con restos de objetos, materiales descartables como latas, cajones, trozos de tela. Expuso y recibió distinciones en todas partes del mundo y, luego de una activa participación en el Instituto Di Tella, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y la galería Witcomb, en muestras individuales y colectivas de carácter experimental, en los años setenta residió y trabajó alternativamente en Buenos Aires y en París.
El 12 de agosto de 1975, en la galería Rubbens, se inauguró la muestra individual Berni y la música popular, donde presentó retratos de músicos, cantantes y Orquesta típica, que ya había sido presentada en el VII Salón de Otoño organizado por la Sociedad de Artistas Plásticos en 1941, pero retocada para esta oportunidad. Días antes de la apertura de la muestra, Hugo Monzón y Alberto Szpunberg lo entrevistaron en su taller. El reportaje se publicó con el título: “Antonio Berni y su típica. Entrevista a uno de los grandes de la pintura argentina en vísperas de su nueva muestra”.
En 1979, Antonio Berni fue nombrado miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes. Murió en Buenos Aires el 13 de octubre de 1981.
Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940) fue director de la carrera de Lenguas y Literaturas Clásicas y profesor de Literatura argentina y medios de comunicación en la Universidad de Buenos Aires, en 1973, cargos a los que renunció tras la matanza de Ezeiza. Fue miembro de dirección de la Brigada Massetti. Dirigió el suplemento cultural de La Opinión entre 1975 y marzo de 1976 y en mayo del año siguiente se exilió en El Masnou, Barcelona, España. Ha publicado Poemas de la mano mayor (1962), Juego limpio (1963), El che amor (1966), Su fuego en la tibieza (1981) y Apuntes (1987).
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-62073-2006-01-24.html
BERNI
Entrevistado por Hugo Monzón y Alberto Szpunberg
La Opinión Cultural,

10 de agosto de 1975
Podríamos comenzar por revivir esos viejos años en que usted empieza a trabajar en Rosario.
–Eso de “viejos años” no sé, pero debo confesar que llegué a ver el cometa Halley. Iba al colegio y todos los chicos salíamos a la calle para ver el cometa. Era todo un acontecimiento. Yo andaba de pantalón corto. También recuerdo el primer aeroplano que vi pasar. Volaba, como quien dice, a baja altura, con esos movimientos de vuelo de pájaro tan extraños. Yo tenía siete años, eso sí; pero las fechas exactas de esa época se me escapan. Tendría que hacer cálculos. Creo que todo eso pasó entre el ‘10 o el ‘12 allá en Rosario, una ciudad que estaba en crecimiento. Vivía en un barrio próximo al Ferrocarril Central Argentino, donde mi padre tenía una sastrería. Era una barriada que al principio prometió mucha prosperidad pero que después se fue quedando. Pero un día mi padre levantó todo y se fue a Italia. Tuvimos que ir todos con él, pero después comenzó la guerra. Sin embargo, el barrio fue para mí como un mundo. Tenía calles donde todavía era posible jugar a la pelota. Las calles... me acuerdo que crecían los yuyos entre las piedras, porque que pasara un coche era casi tan extraordinario como el cometa, casi insólito. Ahora todo es distinto, no sólo en Rosario. Hasta la pampa está cambiada. Pasa en todos los países; en todos lados corren los mismos Ford o Fiat y en todas las vidrieras del mundo los artículos de plástico son casi todos los mismos. Sin embargo, hay que saber captar la tipicidad y percibir que todas las cosas pueden parecer las mismas, pero no son iguales.
–Ese chico que se deslumbraba con el cometa y con el aeroplano, ¿cuándo se dio cuenta de que iba a ser pintor?
–Siempre me gustó dibujar y ya en Rosario todos le decían a mi padre que me hiciera estudiar pintura porque veían en mí ciertas aptitudes. Pero en ese Rosario no había nada de nada, salvo un taller de vitraux adonde finalmente mi padre me llevó. Tuve la suerte de estar cerca de unos catalanes maravillosos, que eran los dueños, y que me iniciaron en la plástica. Después todo siguió su curso. Me gané una beca y me fui a España y de ahí a Francia. Ya estaba en Europa donde bullía la vanguardia estética de este siglo. Cuando volví del Viejo Mundo, la gente de Rosario no podía creer qué habían hecho conmigo: evidentemente, me habían mandado a Europa para que volviera convertido en un pintor serio, como ellos lo entendían. Y volví imbuido de una concepción del arte novedosa. Por supuesto, para mí también reencontrar a mi patria era un choque. La Argentina desde acá no es lo mismo que la Argentina desde Europa: no podía seguir en la vorágine de la cultura y la bohemia porque ni Rosario ni Buenos Aires eran –ni son– París o Madrid. Ser un artista en estas tierras significa otra cosa...
–¿Cómo era la situación de la plástica en la Argentina cuando volvió de Europa?
–Antes de la Segunda Guerra, que fue cuando volví, en la Argentina no existía un mercado de cuadros. No había cotización. Spilimbergo tenía que vender témperas de 30 por 40 a cinco mil pesos. Hablo del año ‘33 o del ‘34. Un cuadro sólo daba para cuatro o cinco comidas, y sin mucho vino. Creo que fue en 1936 cuando Spilimbergo hizo su primera exposición en Rosario y no vendió nada. Era tremendo... Hoy en día, sin ser una maravilla, cualquier muchacho más o menos se defiende, con un poco de promoción. Pero entonces...
–Usted siempre permaneció fiel a una línea realista. En esa época a que se refiere, muchos plásticos, por lo general de izquierda, hacían del realismo su bandera...
–Algunos hablaban en términos de realismo socialista, pero socialista o no, hacían verismo, un realismo vulgar. Para mí, el realismo era una suerte de denuncia pero que implicaba libertad expresiva amplia en cuanto a los medios con que se manifestaba. No hacía hincapié sobre el tipo de imagen que se debía emplear o el estilo. Sucede que en un país como el nuestro, el desarrollo de la pintura no puede estar desligado del desarrollo general de la sociedad. Sin un desarrollo integral, no hay pintura desarrollada. Es una engañifa. En esa época yo pensaba –y lo sigo sosteniendo– que la función del intelectual es esclarecer las conciencias. No es que el intelectual o el artista sean decisivos en la economía o en la política, pero forman parte. Darse cuenta de esto es importante para el intelectual y el artista así como para el mismo desarrollo de la economía y la política. Es cuestión de tomar conciencia de los vasos comunicantes que vinculan a cada individuo –sea artista o no– con los demás individuos. Porque el aislamiento no existe, es un mito. Ya en esa vieja época se discutía lo del compromiso y se lo hacía tan mal como todavía ahora se sigue con eso. Aun el que dice que no está con el compromiso, se engaña. Niega que, en realidad, lo que le pasa es que está comprometido con otra cosa. Siempre hay un compromiso. Desde un comienzo pensé esto. Ni qué hablar que están aquellos que se comprometen con una mentalidad de tipo oligárquico que exige siempre del artista una sonrisa, una imagen optimista de la vida. Total, para ellos las cosas andan bien... Claro, el otro tipo de compromiso tiene también sus inconvenientes...
–¿Cómo ubica los actuales movimientos artísticos de protesta, el disconformismo de las nuevas promociones?
–Voy a ser sincero. En este disconformismo actual sólo veo una especie de catarsis de cierta burguesía mediana que busca aliviar su conciencia. Es como una limosna que se tira a los mendigos... El asunto es saber llevar el arte al plano de la eficacia, de la contundencia. Es entonces cuando la protesta se vuelve peligrosa y es cercada por el silencio o, ¿por qué no? también por la represión. En 1933 hice, para un sindicato de oficios varios de Rosario, dos pinturas grandes. Recuerdo que un día cayó por ahí la policía y puso fin a tanta plástica. Y no me lamento de eso. Forma parte de las reglas del juego...
–Sin embargo, hay una cierta frontera del compromiso que, al transgredirla, la obra de arte misma resulta comprometida negativamente.
–Ya sé, se dice que no hay que caer en el panfleto. Pero yo creo que, en un momento dado, el mismo panfleto puede ser una obra de arte. Cuando Maiakovski escribía muchos de sus poemas, ¿no hacía panfleto? Pero se mantenían como obra de arte. Establecer el límite entre una obra de arte y un panfleto es muy difícil, así como es difícil establecer si aquel señor que decide hacer una obra de arte realiza realmente una obra de arte. La Marsellesa fue un panfleto y El fusilamiento, de Goya, ¿qué fue? Si hasta lo pintó en dos días... Lo que pasa es que ciertos ortodoxos creen que todo debe ser panfletario. Ese es un error... Es que no se puede establecer ninguna regla previa...
Uno ve cómo hoy en día, en Europa, la corriente del hiperrealismo está tomando cuerpo. Bueno, al fin y al cabo, no es más que un derivado del realismo socialista. De hecho es así, aunque a muchos hiperrealistas no les guste. Vale decir que, después de tanta sangre y tinta que corrió, todas las acusaciones contra lo que sucedía en Rusia ahora se convirtieron en letra muerta. Hay que reconocer que, en cada momento histórico, el arte tiene que decir sus cosas a su manera. La legitimidad que tuvo el cubismo en su hora, por ejemplo, es siempre valedera, pero su vigencia está sujeta a un período determinado de nuestro siglo. Por eso es que toda la corriente posinformalista o poscubista no tuvo futuro, así como el posimpresionismo tampoco cuajó. Todos los que vienen detrás de una gran eclosión artística y pretenden continuarla al margen de la historia y de la vida sólo sobreviven, o sea, se las ingenian para demorar la muerte, pero no viven con plenitud.
–En su trayectoria, pese a múltiples idas y venidas, incursiones en el collage o recurrencia al surrealismo, ¿siempre estuvieron sustentadas por la misma concepción del arte?
–Cuando me hice compañero de “Juanito Laguna” recurrí al collage después de haberlo dejado desde mi época surrealista, allá por 1932. En esa época usé mucho collage en base al fotomontaje, principalmente en trabajos que hice para algunas instituciones políticas que ya han desaparecido, tanto las instituciones como mis obras. Esta última pérdida no me duele, porque nunca tuve alma de propietario, así que nunca me importó especialmente conservar mis creaciones. Con “Juanito” fue volver al collage pero totalmente determinado por mi interés expresivo. Buscaba cierta densidad en la obra relacionada directamente con ese personaje y el ámbito de ese personaje. Justamente, la idea de emplear materiales de rezago vino de que estando yo en las barriadas, en las villas, veía toda esa gente ahí, en la miseria, aprovechando los restos de la sociedad de consumo, los residuos: cajones viejos, arpilleras, latas, chapas oxidadas. Para mí se convirtieron en elementos narrativos del personaje que debían –y pedían– estar en mi creación. Por eso mis collages de “Juanito” no tienen ningún interés gratuito. En cuanto a su composición realista, ella es la continuidad de toda mi obra a través de medios diversos de expresión. En este sentido, los collages no niegan lo anterior sino que lo profundizan, le dan mayor desarrollo.
Es decir, yo soy un pintor que está viviendo con la vida, con los hechos y éstos cambian permanentemente. Además, estoy aferrado a lo nuestro, a esta circunstancia. La Argentina no es Europa ni Norteamérica. Hay que pensar que en el país, aun las clases altas suelen usar objetos que en los países metropolitanos los mandan a la quema. No se puede desconocer esta realidad. Querer hacer toda una programación estética en base a las últimas conquistas de la ciencia y la técnica es una utopía en este país. Cuando estuve en París me encontré con un amigo que venía de Londres, donde había visto una exposición de artistas japoneses donde usaban no sólo acrílico y haces de luces sino hasta rayos láser. “Era maravilloso —me comentó–, pero no sabés la millonada de dólares que eso costó...” En la Argentina no podemos ni soñar con eso. Cuando uno se desliga de esta problemática corre el riesgo de equivocarse mucho.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/62073-20525-2006-01-24.html
Por Sylvia Saitta y Luis Alberto Romero
El general José Félix Uriburu nació en Salta en 1868 y se graduó como alférez en 1888. En 1890 estuvo con los revolucionarios del Parque y en 1905 participó activamente en la represión de la revolución radical. Entre 1913 y 1914 fue agregado militar en Alemania; su entusiasmo por la capacidad militar germana le valió el sobrenombre de “von Pepe”. A su regreso fue electo diputado nacional por Salta y participó activamente en todos los debates sobre las leyes militares. En 1921 ascendió a general de división y en 1923 el presidente Alvear, que nombró ministro de Guerra al general Justo, lo designó Inspector General del Ejército, un cargo que acababa de crearse. En 1928 Yrigoyen dispuso su retiro y Uriburu comenzó a frecuentar a los grupos nacionalistas de la Liga Republicana, decididos adversarios del presidente. El 6 de septiembre de 1930 encabezó las fuerzas revolucionarias que derrocaron a Yrigoyen.
Como presidente de la Nación actuó con dureza ante las tentativas revolucionarias de los radicales y reprimió enérgicamente a los activistas gremiales. Imbuido de las ideas de la época, propuso una reforma constitucional que incorporaba la representación corporativa, resistida por el sector político que comandaba el general Justo. En abril de 1931, la derrota electoral de los conservadores de la provincia de Buenos Aires a manos de los radicales cerró las posibilidades de esa reforma y allanó el camino a Justo. Este resultó electo en noviembre de 1931, luego de que el gobierno nacional vetara la candidatura de Marcelo de Alvear y empujara a la abstención a los radicales.
El 19 de febrero de 1932, un día antes de concluir su período presidencial, apareció en La Razón una breve entrevista, realizada por el periodista Espigares Moreno, secretario general de redacción del diario: “Es al único periodista y al único diario que el presidente concedió una entrevista de esta naturaleza y en estos instantes”. En seguida, Uriburu viajó a Europa, donde murió poco después. A instancias de sus amigos y seguidores, Espigares Moreno escribió esta versión más extensa de la entrevista, donde reconstruyó todo el escenario, amplió los dichos de Uriburu y agregó una segunda y breve entrevista ya en su hogar. Con todo ello publicó un libro Lo que me dijo el general Uriburu (Buenos Aires, s/e, 1933), al que pertenecen estos fragmentos.
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URIBURU
Entrevistado por J. M. Espigares Moreno
19 de febrero de 1932
Para nadie puede ser un misterio el ambiente que había por aquel entonces en la Casa de Gobierno y sobre todo en las antesalas de la presidencia de la República. No es que lo hubiera creado nadie expresamente sino que lo daba de sí el carácter de la hora y del gobierno. Era un ambiente de absoluta severidad, quizá pueda decirse mejor, de recia severidad militar. En las oficinas, en los pasillos, en las antesalas, por todas partes había empleados y militares que daban la sensación de una continua actividad. En medio de este marco severo, se percibía en seguida una nota de fuerte contraste con la visión de los mismos lugares durante el gobierno anterior: de las antesalas de los ministerios y de los pasillos habían desaparecido las multitudes de postulantes. Parecía que allí no podía entrar sino el que tenía realmente algo importante que hacer. Un fuerte control aparecía en cada cosa y en cada detalle. De tal manera, pues, que si para la actividad general de la Casa de Gobierno las restricciones de la concurrencia de público eran así, aunque sólo en determinados momentos estuvo realmente controlada la entrada del público a la Casa Rosada, puede suponerse cómo era de difícil obtener acceso a la presidencia y sobre todo al despacho presidencial.Entonces le dije:
–Usted no ignora, general, seguramente todo cuanto se ha dicho antes de la convocatoria a elecciones de los propósitos que a usted se le atribuían.
Se sonrió de buena gana y me respondió:
–No, no lo ignoro, por cierto. Se han dicho tantas cosas. Usted sabe que un hombre como yo, en mi situación, podría haber sido todo lo que hubiera querido. Yo he tenido hasta ahora la fuerza y también el abnegado desinterés y la simpatía de la gente honrada del país. He sacrificado todo personalmente y a nada he aspirado, en cambio. Todos saben, aun los que han combatido la revolución y hasta los que me han calumniado, que no podía haberse devuelto sensatamente con más rapidez la normalidad. De tal manera que tengo plena conciencia de haber cumplido con la patria; lo contrario habría significado el desgarramiento más grande de mi vida. Esto lo saben y lo comprenden también mis compañeros de las fuerzas armadas, los que de no haber estado convencidos de mi absoluto desinterés no me habrían acompañado en la forma magnífica y también desinteresada en que lo han hecho. Ya ve usted que yo personalmente no aspiro ni siquiera al juicio de mis contemporáneos, aunque no existiera, como lógicamente tiene que suceder, todo este fuego de pasión que tardará en extinguirse.
Y entonces me dijo esto que es concluyente y que comprueba la claridad con que decía las cosas:
–Le digo más. Yo no he querido ser presidente constitucional. Y no he querido serlo, aun defraudando el deseo de muchos amigos y de millares de personas representativas y de instituciones que son tradición y fuerza en el país. Usted no puede imaginarse las solicitudes, los ruegos y las incitaciones que en toda forma me han estado llegando desde hace tiempo en ese sentido. Nada más fácil para mí que haber podido dar cumplimiento a tales deseos. Pero le confieso que me habría repugnado semejante situación.
Y en seguida me dijo:
–Yo creo y espero que el germen de la revolución no se perderá y que irá más allá de la historia que del reconocimiento de los intereses puramente políticos.
Era forzoso entonces que él tuviera, al fin del proceso revolucionario, algo muy personal y por consecuencia muy interesante que decir de las revoluciones y, sobre todo, de su propia revolución.
Sin ninguna vacilación, muy rápidamente me contestó:
–Yo nunca he sido revolucionario. Eso es lo curioso. En esencia nunca fui revolucionario, aunque los acontecimientos me hayan colocado por dos veces en la condición de tal, esta última con mayor fortuna. Mire: dentro del movimiento de las democracias la carta más peligrosa que se juega es precisamente la de la revolución. Una revolución se sabe siempre dónde comienza, pero nunca se puede saber dónde irá a terminar. De ahí que cuando se va a emprender una obra de tal carácter con sentimientos y propósitos de verdad patrióticos y sanos, haya que meditar muy detenida y muy hondamente lo que se va a hacer y cómo se va a hacer. En estos casos no peligra ya tan sólo el prestigio y la vida de los gestores, sino que se compromete el prestigio y la vida de una nación. Hasta la vida del porvenir de todo un pueblo. Por eso yo reflexioné con hondura lo que me proponía. Cuando dentro de la medida humana creí tener ya la visión clara de lo que la revolución podía significar y crear, entonces me lancé a la gestación de todo cuyos pormenores generales, por lo menos los que podían interesar más a la legítima curiosidad del público, ya se han divulgado. En realidad, técnicamente hablando, yo no he hecho una revolución, sino exactamente una operación de guerra, que era lo que convenía y lo que debía hacerse, y no una revolución sangrienta y bárbara indigna del país y de quienes la hemos llevado a efecto. Otra de las cosas que el público no conoce bien, y que contraría la opinión de mucha gente es este detalle de fondo: a mí no me interesó en ningún caso, ni cuando conspiraba, ni cuandogestaba el movimiento ni durante su proceso, la victoria en sí del mismo, sino que me preocupaba constantemente lo que luego debía ser el triunfo de mi gobierno, del gobierno que iba a constituir y a dirigir, porque ese triunfo tenía que significar el triunfo del país. De nada en absoluto hubiera servido el triunfo de la revolución si por cualquier causa hubiera fracasado el gobierno surgido de sus filas.
Entonces yo le pregunté por qué no le preocupó en ninguna circunstancia esa victoria en sí de la revolución, y me explicó:
–Yo tuve en todo momento la sensación de que el proceso prerrevolucionario estaba asegurado por sus propios prestigios. Y no me equivoqué. Usted sabe que prácticamente la revolución se hizo en todo el interior del país por telégrafo en el breve espacio de unas horas. Eso comprueba con exactitud que los prestigios de la revolución estaban asegurados.
En seguida le pregunté cuál había sido su verdadera situación de jefe de la revolución frente a todas las probables dificultades que le salieron al paso y que él solo conocería, a lo cual me respondió:
–En realidad, hubo que vencer muchas dificultades, previstas algunas y otras imprevistas. La primera condición que impuse a todos mis compañeros del ejército y la armada sin distinción absoluta de jerarquías, para la imprescindible unidad de la acción y de su desarrollo, fue ésta: yo solo mandar y todos obedecer. Esta condición, aceptada unánimemente con una gran lealtad y una ponderable honradez por parte de todos y cada uno de los soldados de la causa, imprimió no sólo a la gestión revolucionaria sino también al gobierno un ritmo armónico. Pero si este entendimiento no se hubiera llevado a cabo, convirtiéndose en dificultad, ella habría resultado insalvable. Tuve la fortuna, además, que habla muy elocuentemente en favor del sentimiento público que me acompañó, de ser el jefe de un movimiento carente del apoyo de un partido político orgánico, de una gran fuerza política que a uno lo respalde en una emergencia de esta magnitud; porque al fin, una gran fuerza popular de esa estructura es la que condensa y contiene la mayor aspiración ciudadana. Es decir, que si la empresa iniciada, con todos los riesgos inherentes, fracasa, el responsable no es un solo hombre, sino que, por el contrario, es una corriente popular agitada por las masas. Yo, en cambio, con respecto a este punto de vista, estaba solo. El jefe de la revolución era yo; el responsable era yo, por más que en la noble empresa estaban comprometidos hombres de indiscutible valía y significación, dispuestos como yo al sacrificio. De ahí puede usted medir mi consagración y el concepto de la responsabilidad que tenía. Mi sacrificio y mi esfuerzo eran, pues, superiores, sobre todo si se tiene en cuenta que era imprescindible también luchar contra ciertas masas y tratar de educarlas compenetrándolas de esta doctrina en un término de tiempo tan breve.
Hacía solamente un instante me había estado diciendo:
–En tesis generales, tres cosas capitales he logrado salvar en la intensa jornada; tres cosas, que como usted verá, pueden constituir de por sí todo un programa de gobierno felizmente realizado. Estas tres cosas son: el orden, que no ha sido alterado sino aislado y desgraciadamente como es público y notorio [sic]; el crédito exterior del país y el país salvado también de la bancarrota a la que lo había precipitado el gobierno depuesto. Yo le aseguro a usted con honrada sinceridad y sin ningún género de exageraciones que en la situación anterior a la revolución nos íbamos de cabeza al abismo con sólo unos días más de existencia de aquel desquicio fabuloso. Nadie puede imaginarse, sino en forma puramente fragmentaria, cómo hallamos esto al hacernos cargo del gobierno. ¡Un verdadero desastre!
Fue entonces cuando creí oportuno hablarle de las deportaciones políticas, para tocar en la conversación algunos aspectos sentimentales a los cuales estaba seguro iba a responderme. Le pregunté: –Pienso, general, que habrá resultado demasiado duro para usted decretar algunas de las deportaciones políticas, en razón de afecciones puramente personales que nada tienen que ver con la función del gobierno.
–Usted me pregunta algunas cosas que son de verdadero fondo. A propósito de lo que antes le estaba diciendo, hágase cargo de la situación; del cuadro que presentaba el país con todas esas heridas abiertas por los gobernantes anteriores y con el golpe de muerte que le habían dado. La cosa no estaba, ni en el orden interno ni en el externo, para tolerar nada. La menor complacencia hubiera resultado fatal. La obra inicial de la revolución, y la revolución misma, se habrían malogrado por completo.
Y levantando aquí el tono de la voz, me dijo con apasionada convicción:
–La cosa más dura y más desagradable que hay en un gobierno de fuerza es mantener el orden. La mano tiene que ser de hierro y tiene que apretar sin vacilaciones y sin desfallecimientos. Hay que olvidarse, desgraciadamente, del corazón. Eso es lo que una gran parte del público ignora o prefiere o simula ignorar. Esta obligación imperiosa de ser duro en beneficio del país me ha costado la pérdida de varios viejos amigos, algunos de la infancia, otros de toda la vida. Y he perdido también antiguos afectos que estimaba en mucho.
Me nombró aquí a los doctores Lisandro de la Torre, Marcelo de Alvear y otras figuras conocidas.
Al llegar a esto, me dijo ya con un tono de verdadera tristeza:
–Le repito que lo más difícil, una de las cosas más duras en un gobierno revolucionario es mantener el orden, el orden absoluto, que muy a menudo exige el tributo de la sangre y el fuego. Felizmente he logrado, como pocas veces se ha conseguido en la historia, llevar a cabo el proceso revolucionario sin aquel espectáculo doloroso. Es que mucha gente tiene una disposición más especial para censurar que para comprender. Yo mando y no tengo más recurso que ser duro cuando hay que serlo. Pero yo también tengo un corazón y una capacidad afectiva.
Algunas de sus opiniones personalísimas que me impresionaron más fueron las que me dijo sobre la democracia. Cuando yo le dije:
–Es en realidad una cosa muy distinta entender la verdadera democracia.
El, retomando aquel tono hondo y vehemente que empleaba para hablar de las cosas que le indignaban, me respondió:
–Sí, señor. Estamos acostumbrados a una idea de la democracia completamente equivocada. Aquí mucha gente cree que la democracia es una jauja. Y la democracia no se hace charlando: no se ha hecho así en ningún pueblo. Uno está cansado de ver charlatanes de la democracia y de ver hacer las más grandes monstruosidades en nombre también de la democracia. Fíjese qué cosa más contradictoria: mucha gente anda diciendo que yo le he dado un golpe de muerte a la democracia. ¡Será seguramente porque los bandoleros que estaban en el gobierno la estaban salvando! Con toda esta apariencia de gobierno dictatorial que le han atribuido a mi gobierno, yo he hecho más por nuestra democracia que muchos de los que pretenden haber hecho maravillas con ella. ¿Dígame si es que hay mucha gente que crea, o que siga creyendo que la democracia de un pueblo civilizado se hace robando la plata desde el gobierno y tirándola a la marchanta; endeudando al país inútilmente; estropeando su crédito en el extranjero; dejando que se multiplique el bandidaje que llega a tener atemorizada a toda una sociedad indefensa; poniéndonos en ridículo ante el mundo; creando una miseria popular como la que estábamos palpando y poniendo a la Nación al borde del abismo, como estuvo hasta el momento de llegar nosotros al gobierno?
El general había llegado aquí a alcanzar un tono un poco nervioso.
–Yo no he venido a arreglar la democracia. Todo esto sería un poco vago. Yo he venido a arreglar la patria. A arreglar el país. A poner las cosas en su lugar. La democracia ocupará, como consecuencia, el suyo también. Imagínese si en medio de esta ardua tarea, en muchos casos especiales eimperiosos, en que ha sido imprescindible emplear recursos insospechados, yo hubiera vacilado en obrar por temor de lesionar esa tesis tan decantada de la democracia. ¿Qué habría ocurrido?
Uriburu me miraba fijamente y acentuaba la importancia de esta pregunta con una leve sonrisa.
–Nadie podrá decir que yo no soy demócrata. He mamado la democracia. He mamado, también, la pasión por la libertad. Toda mi vida de soldado no ha estado al servicio de otra cosa. Pero es que uno no tiene la culpa de que mucha gente no comprenda o no quiera comprender.
¿Había alguna persona del público que conociera el pensamiento del general Uriburu con respecto a los fusilamientos? Todo lo que se sabía eran conjeturas, comentarios, deducciones. La impresión popular más exacta era la que se refería al acto oficial del “cúmplase” estampado al pie de la sentencia de muerte, por el presidente, y todo lo relacionado con ese rápido proceso de los fusilamientos de Di Giovanni y Scarfó.
Había trascendido la especie de que el general vaciló mucho antes de firmar aquellas sentencias, porque como se recordará, antes de resolver esta firma transcurrieron muchas horas de expectativa y se hicieron numerosas gestiones de conmutación que fueron recibidas en la Casa de Gobierno.
Cuando la sentencia estuvo firmada y cuando el hecho fue consumado, el gobierno no dio ninguna explicación al respecto. En el ambiente de muchos círculos quedó algo como una sensación de horror; en otros un estupor profundo; en algunos, el desencanto por haber esperado lo contrario. En muchos otros, en fin, la creencia de que el gobierno cumplió con su deber revolucionario, como se había estipulado en el bando que se publicó a pocas horas de la revolución triunfante.
Este hecho le valió al presidente, por parte de mucha gente superficial, la fama de hombre frío e implacable. Muchos de sus enemigos lo explotaron para combatirle.
Uriburu, al escucharme, parecía revivir aquellos instantes. Porque en seguida me respondió:
–¡Puede suponérselo! Nadie puede desear encontrarse en una situación como ésa. La verdad es que yo habría querido no haber tenido necesidad de firmar ninguna sentencia de muerte. Siempre es doloroso cumplir con un deber tan crudo. Cualquiera puede imaginar la intensa lucha interior entre el dolor y el deber. La dilación, el apremio en obrar, el imperio de la conciencia y el imperativo del sentimiento. Pero luego el deber, la noción tremenda del deber se sobrepone y ya no hay nada que la detenga. ¡Si fuera tan cómodo cumplir con el deber como con el corazón! Lucha de sentimientos sí, pero vacilación ninguna. Eso es lo que puedo decirle, en suma.
Luego, cambiando un poco la preocupada abstracción con que me contaba todo esto, me dijo con tranquilo convencimiento:
–Créame, no hay que exagerar los sentimientos. Esos dos eran unos bandidos. La sociedad tendrá que agradecerlo algún día.
–¿Podría preguntarle algo, señor presidente, para incluirlo en el reportaje, sobre el suceso de las torturas?
El a su vez me respondió en seguida:
–Pregúnteme lo que quiera. Pero desde ya le respondo. La consumación de estos hechos que denuncian ha ocurrido durante mi ausencia en Salta. Yo no conozco nada en detalle, y sólo me atendré a lo que la justicia investigue y establezca. Pero le digo sinceramente que el primer sorprendido he sido yo y que lo primero que hice al regresar de mi viaje fue llamar al fiscal y decirle: ¡Usted acuse! Caiga quien caiga. ¡Acuse!
Con la misma fuerza aparecía su sinceridad, cuando me dijo:
–Es un poco cruel, un poco excesivo pensar que uno ha de ser responsable de todo. Sólo que hay momentos en que uno no puede ponerse a hablar públicamente, a explicar, en fin, a dar aclaraciones que en el mejor de los casos no complacerían a todos. Puedo decirle, eso sí, que tengo una gran serenidad de conciencia frente a todos estos acontecimientos, y lalegítima satisfacción de saber que lógicamente no es posible que se me atribuyan responsabilidades de esta naturaleza.
Le recordé las proyecciones que, sin embargo, se les había dado a estos hechos, y me contestó de esta manera rotunda:
–Lo sé. Desgraciadamente es como usted dice. Pero en esto como en todo, muchos de los malos propósitos que hacen los escándalos hay que cargarlos en la cuenta de ciertas empresas periodísticas.
Y al hablarme del director de determinado periódico, me dijo con un gesto de desprecio:
–Ese es más bandido que Di Giovanni. Pero tiene con él una diferencia: la de que Di Giovanni era realmente valiente.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Astor Piazzolla, nacido en 1921, estuvo casi desde la niñez en el ambiente del tango: acompañó a Gardel en 1931, tocó en la orquesta de Troilo hasta 1944 e hizo muchos de sus arreglos, y acompañó a otros músicos y cantantes hasta mediados de los cincuenta. Paralelamente, tuvo una formación musical académica con Alberto Ginastera, y bajo su dirección compuso una Sinfonía de Buenos Aires, que fue ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Radio del Estado. En 1954 estudió en París composición con la célebre Nadia Boulanger, maestra de grandes músicos.
En 1955, su retorno a Buenos Aires coincidió con el fin del peronismo y el comienzo de una acelerada apertura en el campo cultural. Piazzolla se ubicó en las discusiones de la vanguardia musical. Su octeto –que integraba con Leopoldo Federico, José Bragato, Enrique Mario Francini, Hugo Baralis, Horacio Malvicino y Atilio Stampone– difundió una música novedosa, de gran complejidad rítmica, riqueza armónica y abundante empleo del contrapunto, que a través de temas emblemáticos, como Lo que vendrá, revolucionó el mundo del tango. Posteriormente Piazzolla utilizó una formación más adecuada a su creatividad: el quinteto; lo acompañaron regularmente Antonio Agri, Horacio Malvicino, Kicho Díaz, Osvaldo Manzi y Cacho Tirao.
Desde entonces, fue corriente discutir si lo que Piazzolla hacía podía ser considerado tango, o quizá música de Buenos Aires, como él mismo propuso, harto de la polémica. Lo cierto es que partidarios y enemigos de Piazzolla constituyeron dos bandos militantes, y que su música se convirtió en paradigma para toda una generación de nuevos compositores. También, que algunos temas suyos lograron una gran popularidad: Adiós Nonino, Verano porteño. En 1968 escribió una “operita” con el poeta uruguayo Horacio Ferrer: María de Buenos Aires, y al año siguiente estrenó Balada para un loco, con letra de Ferrer, que cantó Amelita Baltar y alcanzó un éxito notable, pese a que en el concurso al que se presentó sólo obtuvo el segundo premio. Luego de 1973 Piazzolla se instaló en Europa, tocó con músicos como Gerry Mulligan o George Moustaki, compuso abundantemente para el cine y desarrolló un estilo más alejado de los cánones del tango clásico, que por entonces estaba extinguiéndose. Su prestigio fue muy grande y fue reconocido como uno de los músicos importantes del siglo XX.
Esta entrevista fue realizada en Buenos Aires en octubre de 1988. Piazzolla estaba restableciéndose de una compleja operación y se encontraba en una disposición especial para la conversación, el recuerdo y la reflexión, no habitual en él. Luego de la entrevista continuó con su actividad durante un año y medio, para sufrir un derrame cerebral del que no se repondría. Murió en 1992.
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PIAZZOLLA
Entrevistado por Guillermo Saavedra
El País,
Montevideo, octubre de 1988
“Nací en 1921, en Mar del Plata, por entonces una ciudad bastante deshabitada, casi salvaje y donde, según se decía, veraneaban sólo los burgueses de mucho dinero”, recuerda ahora el músico instalado en un cómodo piso de la Avenida del Libertador, en el elegante barrio de Palermo Chico, justo frente al hipódromo. Apenas tenía cuatro años cuando debió acompañar a sus padres a Nueva York, para probar suerte. Allí fueron Vicente Piazzolla y su mujer, Asunta Manetti, hijos de inmigrantes italianos apretados por la miseria y la desesperanza. Cuando estuvieron ubicados en la calle 8 del Greenwich Village, barrio por entonces bohemio y bastante proletario, los Piazzolla no dejaron de ser argentinos pero tampoco olvidaron que eran hijos de italianos. Luego de varios años de estrecheces y un intento fallido de volver a la Argentina, hacia 1930, Vicente Piazzolla, alias Nonino, logró ponerse bajo la protección de Nicola Scabutiello, dueño de una importante peluquería en el West Side y de varios billares clandestinos: era un discreto capomafia.
“De algún modo, lo que soy se lo debo a esos primeros años en Nueva York. Aquello era el mundo que se ve en la serie Los Intocables: la pobreza, la solidaridad entre paisanos, la Ley Seca, Eliot Ness, la mafia... En fin, yo era muy indisciplinado, no me gustaba mucho la escuela –me expulsaron de varias y para mis padres era cada vez más difícil que me aceptaran en la siguiente– y andaba mucho por las calles. Ese ambiente me hizo muy agresivo, me dio la dureza y la resistencia necesarias para enfrentarme al mundo y, sobre todo, a los escándalos que, veinticinco años después, iba a desatar mi música.”
¿Qué sonidos de ese ambiente gangsteril y alcoholes subrepticios quedaron desde entonces fijados en el mapa musical de Astor Piazzolla? “El jazz, naturalmente. Las orquestas de Duke Ellington y de Fletcher Henderson... Por las noches, con un compañero íbamos a Harlem, hasta la puerta del Cotton Club, a escuchar a Cab Calloway. Por supuesto, lo escuchábamos desde la calle, porque éramos dos ‘enanos’ y no nos dejaban entrar. Por otro lado, recuerdo la primera vez que mi maestro de música me hizo escuchar a Bach; y, desde luego, el tango, esa música triste, llena de nostalgia, que mi padre ponía en la victrola y a través de la cual conocí a Julio De Caro, a Pedro Maffia, a Carlos Gardel.”
Pero ese gringuito rubio y de baja estatura a quien sus amigos apodaban Lefty (por la manera de sacar la mano izquierda a la hora de las peleas) conocería, como un anticipo de lo que vendría más tarde, una forma precoz de la consagración: “Un día, mi padre lee en el diario que llega Gardel a Nueva York para filmar una película. Mi padre, que además de escuchar religiosamente los discos de Gardel tenía el hobby de hacer tallas en madera, se pasó dos noches sin dormir haciendo una escultura de un gaucho tocando la guitarra. Le escribió al pie: ‘Al gran cantante argentino Carlos Gardel, Vicente Piazzolla’. Averiguó en qué hotel se alojaba Gardel y me dijo: ‘Tomá, llevásela y decíle que se venga a comer unos ravioles. Ah, y no te olvides de decirle que tocás el bandoneón’. Hay que tener en cuenta una cosa: cuando Gardel llegó a los Estados Unidos, en Nueva York debía de haber algo así como ocho argentinos y tres uruguayos. Por supuesto, gente que se mataba trabajando: mi padre, en la peluquería de Scabutiello, en cuya trastienda se levantaban apuestas clandestinas; mi madre, atendiendo un salón de belleza que la mitad de la semana trabajaba con las mujeres de los gangsters italianos y la otra mitad, con las mujeres de los gangsters judíos (si se llegaban a cruzar, se armaba un escándalo); y ambos, destilando licor en la bañera para enviárselo a nuestros ‘primos’ de New Jersey... En fin, llega Gardel a ese lugar y, de pronto, se encuentra con un chico como yo, que le habla en español, le ofrece un regalo de un admirador argentino y, para colmo, le dice que sabe tocar el bandoneón. Gardel casi se desmaya. Me pidió que fuera al día siguiente con el bandoneón. Yo apenas chapurreaba algunas cositas porque en ese entonces, a pesar de que mi padre me había comprado el bandoneón para que tocara como Pedro Maffia e incluso me mandaba a estudiar música, yo prefería el jazz y soñaba con tener una armónica y hacer tip tap. De todos modos, mi escasa destreza con el instrumento le bastó a Gardel para incluirme en la película que había ido a rodar a los Estados Unidos: El día que me quieras, donde además de tocar yo hacía el papel de vendedor de diarios”.
Desde ese momento de 1934 y hasta el regreso definitivo a la Argentina, para el joven Piazzolla vendrían tiempos de un exotismo amateur: vestido de gaucho, asociado a otros dos argentinos, sorprendía a los asistentes al cabaret El Gaucho como The Argentine Boy Wonder of the Bandoneon. O tocaba el típico instrumento para una emisora de onda corta que llegaba a Buenos Aires. Pero el muchacho aún prefería perderse por las calles del distrito, escapar al deber, jugar al béisbol y martirizar a los gatos del vecindario. ¿Cuándo llegaría, como un plazo del destino o una treta de la suerte, el amor por la música, su ejercicio febril?
“Creo que para eso fue necesario el hastío: el aburrimiento de las tardes de verano en Mar del Plata, adonde habíamos regresado con mis padres en 1937. Yo ya había tenido varios ‘anuncios’ de una vocación escuchando a De Caro, a Bach, a Cab Calloway. Desde entonces, aunque de modo confuso, yo intuía que lo mío debía ser una combinación de todo eso. Y el aburrimiento de las tardes marplatenses me predispuso a esperar algo. Yo sentía que mi vida no podía ser solamente eso, caminar como un sonámbulo por las calles de una ciudad semidesierta. Y, de golpe, una tarde, mientras estaba recostado en mi cama, escucho por la radio al violinista Elvino Vardaro y su sexteto. Descubrí una nueva manera de tocar el tango y sentí que eso era lo que yo quería hacer. Le envié una carta a Vardaro y él me respondió alentándome. Formé un grupo con algunos amigos; yo elegía el repertorio y hacía los arreglos. Iba a una confitería donde tocaban orquestas de tango de Buenos Aires. Allí trabé amistad con el bandoneonista Juan Sánchez Gorio, con Enrique Mario Francini, con Héctor Stamponi... Este último me convenció de irme a Buenos Aires.”
Entre las lágrimas de doña Asunta y los consejos de Nonino, el joven de dieciséis años partió a la Capital. Allí lo esperaban un cuarto de alquiler, el trabajo en una orquesta que tocaba en el cabaret Novelty y la amargura de descubrir rápidamente la espesa sordidez de la vida nocturna de Buenos Aires, que Piazzolla aprendió a matizar estudiando música con rigor prusiano y despejándose en el billar. Cuando salía de tocar se iba, con unción religiosa, al café Germinal a escuchar al bandoneonista Aníbal Troilo, “por ese entonces”, afirma Piazzolla, “el más grande de todos”.
“De tanto ir a escucharlo, sabía el repertorio de Troilo y su orquesta de memoria y me había obsesionado con algunos de sus músicos, especialmente con el pianista Orlando Goñi y el violinista Hugo Baralis, de quien me hice amigo. Una noche llego al Germinal y Baralis me recibe con cara de velorio. ‘¿Qué pasa?’, le pregunté. ‘Justo hoy, un viernes, se enfermó el Toto. El Gordo (se refiere a Troilo) está furioso y tiene razón: perdemos de tocar todo un fin de semana’. Era mi oportunidad: el Toto Rodríguez, uno de los bandoneones, estaba fuera de combate. Con la irresponsabilidad de la adolescencia, le pedí a Baralis que le dijera a Troilo que yo podía tocar. Baralis me miró como si yo me hubiera vuelto loco: ‘¿Lo decís en serio?’. ‘Por supuesto que lo digo en serio. Sé todo el repertorio de memoria’. ‘Es imposible’, me dijo riéndose, ‘sos demasiado jovencito para esto’. Seguí insistiendo hasta que Baralis, con un poco de miedo, fue a hablarle a Troilo. El Gordo me miró, entre divertido y asombrado; me preguntó si me tenía tanta fe como para tocar allí mismo. Le dije que sí, que sabía música clásica y conocía sus tangos como para tocarlos con los ojos cerrados. Troilo hizo una seña con la cabeza, me acercaron un bandoneón, subí al escenario de un salto y, a una indicación suya, comencé a tocar. Me tenía tanta confianza que toqué todos los tangos como a quien le piden el Arroz con leche. Cuando terminé, Troilo se quedó un momento en silencio, después se acercó hasta mí y lo único que dijo fue: ‘Ese traje no va, pibe. Conseguite uno azul que debutás esta noche’.”
Por esa misma época –era el año 1939– y con similar audacia, Piazzolla consiguió una entrevista con el pianista Arthur Rubinstein, que estaba en Buenos Aires para dar una serie de recitales: “Le llevé un concierto para piano que yo había escrito. El, muy amablemente, se puso a tocarlo al piano. Cuando terminó, me dijo con simpatía: ‘¿Le gusta la música?’. ‘Sí, maestro’. ‘¿Por qué no estudia, entonces?’. Tenía absoluta razón. Sin perder tiempo, comencé a estudiar con Alberto Ginastera. Yo quería estudiar con Juan José Castro, pero él no podía enseñarme y me recomendó a Ginastera, que en ese momento era también bastante joven, al punto que yo fui el primer alumno que tuvo en su vida. Con él estudié frenéticamente entre 1939 y 1945; es decir, más o menos el tiempo que estuve en la orquesta de Troilo. De modo que el Gordo era mi chanchito de la India. Cada cosa nueva de armonía, de contrapunto, de instrumentación que aprendía con Ginastera la probaba en la orquesta. Y el Gordo me detenía, me preguntaba si estaba loco o quería que los músicos me asesinaran al final de un ensayo; decía que lo que yo proponía no se podía bailar. De todos modos, Troilo me quería, llegué a ser su primer bandoneón y, durante los dos últimos años que estuve con él –1943 y 1944– hacía casi todos los arreglos. Claro que era una lucha constante: de mil notas que escribía, el Gordo me borraba seiscientas.”
Pero la huella musical y afectiva que Aníbal Troilo dejó en Piazzolla ha sido más poderosa que las circunstanciales diferencias profesionales. Troilo fue además un maestro de instrumentistas y vocalistas, uno de los mejores bandoneonistas de toda la historia del tango y un compositor delicado, autor de algunas de las piezas más notables del repertorio instrumental o cantado.
Piazzolla nunca dejó de reconocerlo –a la muerte de Troilo, compuso una de sus obras más personales y conmovedoras: la Suite troileana (1976)– y ahora, en una tarde con amagos de tormenta, es capaz de afirmar: “Lo que hacía él en el ‘40 estaba completamente ligado al Buenos Aires de entonces. Una ciudad sin televisión, menos bombardeada por la publicidad y enamorada de los bailes. Todas las noches se estrenaba un tango que, literalmente, a la mañana siguiente ya era un éxito”.
El hombre que, como otros antes, perseguía una forma que su estilo no encontraba, como un plazo de la suerte o una treta del destino, llegó a Buenos Aires para cambiarle el fraseo. Tal vez la furia del mar en sus oídos, los sonidos del Cotton Club y las fugas de Bach en el piano de un lejano maestro húngaro sobrevolaron desde siempre ese paisaje demasiado apacible que, para él, era el tango.“Supe desde siempre que lo mío era el tango, pero más allá del tango conformista y haragán de la mayoría de los tangueros. En algún momento, entendí que tenía que cruzar ese tango adormecido con otras cosas, había que enriquecerlo, llenarlo de riesgo y de sorpresa. Cuando hacía arreglos para Troilo, no pensaba en algo fácil que hiciera bailar a la gente sino en poner afuera algo muy mío y a la vez vinculado con esa música que todos conocían, para que fuera escuchado. Eso, Troilo no podía entenderlo. Lo más curioso es que ni siquiera se daba cuenta de que su público, cuando él tocaba tangos suyos como Quejas de bandoneón, Chiqué o Inspiración, dejaba de bailar y se acercaba a escucharlo. Troilo estaba convencido de que lo que daba de comer era el tango bailable. Cuando a veces, antes de salir a tocar, nos juntábamos con Goñi y algún otro a tocar a la manera de Julio De Caro un tango más romántico, más musical, el Gordo nos quería matar. ‘¡No! ¡No toquen eso que se van a malacostumbrar! Toquen lo que tocamos nosotros’, decía. Sin embargo, cuando él componía tenía una relación muy personal, elaborada, con la música. Cada uno de sus tangos –Garúa, La última curda, Che, bandoneón– era una pequeña joya. Al igual que lo fueron los tangos de Mariano Mores; él también fue un creador excepcional, hasta que un día se cansó y empezó a escribir de memoria... Es que el mundo de la música ha sido muy duro para todos. Para mí, lo sigue siendo incluso ahora, porque no puedo detenerme, no puedo conformarme; después de cierto tiempo, tengo que romper todo y empezar de nuevo. Y así fue siempre, desde que abandoné la orquesta de Troilo: cambiar, enfrentarme a la resistencia de la gente, a los músicos de tango ultraconservadores que me despreciaron, me segregaron, me insultaron como si yo hubiera sido el demonio.”
Primera herejía, según sus detractores: dejar, a fines de 1944, a Troilo. Después, dirigir una orquesta que había armado el gran cantante y bandoneonista Francisco Fiorentino, a quienes todos consideraban entonces en una gloriosa decadencia. En 1946, Piazzolla arma su primera orquesta típica (así se llamaba a las formaciones que tenían un repertorio exclusivamente tanguístico) y el lento pero firme comienzo de los sacrilegios: tres tiempos metidos en el hasta entonces inamovible cuatro por cuatro; contrapuntos, fugas, formas armónicas inauditas.
“Por ese entonces –recuerda ahora– ya empiezo a tratar de ser Piazzolla. Comienzo a escribir, a hacer arreglos más personales. Por supuesto, cada vez teníamos menos trabajo. Por entonces, se tocaba para hacer bailar y nadie podía bailar conmigo. Me atacaban, no me promocionaban o se burlaban de mí. En un cabaret donde tocaba, un día las mujeres que trabajaban en el local se pusieron a bailar en puntas de pie como si estuviera sonando El lago de los cisnes. Yo juntaba indignación y hambre. En 1950 dejé la orquesta y casi abandoné el bandoneón. Me puse a estudiar como un loco. Formé una orquesta de cuerdas con la que grabamos algunos discos. A pesar del rechazo, sentía que lo mío no había aparecido.”
El cambio, explosivo, completo –casi apoteótico según sus primeros seguidores, apocalítico para casi todo el mundo del tango– vendría después de su viaje a París, en el ’54. Allí estudió con Nadia Boulanger poco menos de un año. Más allá de lo técnicamente aprendido con la célebre maestra de Aaron Copland y Leonard Bernstein, ella lo ayudó a descubrir que lo suyo no era la composición erudita sino el enriquecimiento que las formas clásicas, el jazz y sus propias intuiciones podían dar a esa música surgida a orillas del Río de la Plata.
“Cuando fui a París, dos cosas me abrieron literalmente la cabeza: una, estudiar con la Boulanger, haber encontrado en ella la confirmación de un camino a seguir; la otra, escuchar a Gerry Mulligan y su grupo: esto me volvió completamente loco, no sólo por los excelentes arreglos de Mulligan y por la forma en que tocaban todos sino también, y fundamentalmente, porque percibí la felicidad que había en ese escenario. No era como las orquestas de tango que yo estaba acostumbrado a escuchar y que parecían un cortejo fúnebre, una reunión de amargados. Aquí la cosa era una fiesta, una diversión: tocaba el saxo, sonaba la batería, se la pasaba al trombón... y eran felices. Porque allí había arreglos, había un director, pero también margen para la improvisación, para el goce y el lucimiento de cada uno de los músicos. Me dije que eso era lo que quería para el tango. Y efectivamente, cuando volví a Buenos Aires, formé el primer octeto (1955) que fue, entonces sí, una verdadera revolución. Allí empleé todo lo que había aprendido con Ginastera y la Boulanger y algunos fraseos y procedimientos instrumentales que eran más característicos del jazz. Introduje un concepto absolutamente novedoso para el tango: el swing. Y, fundamentalmente, la idea del contrapunto: tocar en el octeto era como cantar en un coro; cada uno tenía su parte que dialogaba con las partes de los otros; cada uno podía disfrutar de lo que tocaba, podía lucirse y divertirse con la música que hacía. Y eso es fundamental, porque si la música carece de diversión no sirve para nada. Por supuesto, allí estaba todo lo que había aprendido en mis clases, sobre todo Stravinsky, Bartok, Ravel y Prokofiev; pero también estaba la veta más agresiva y cortada del tango de Pugliese, el refinamiento de un Troilo y de un Alfredo Gobbi que, hacia fines de los ’40, era para mí el tanguero más interesante.”
Escándalos, conciertos que terminaban a las trompadas y la vieja zurda del ya no tan pequeño Lefty saliendo a defender una música que cambiaba al compás de una ciudad, Buenos Aires, que entraba de lleno en un período de modernización. “Por supuesto, los tangueros ultraconservadores no me soportaban. Hay que tener clara una cosa: el tango como género cantable y bailable se moría solo a mediados de los ’50. No fui su verdugo, eso vino absolutamente solo. Uno no puede proponerse ser distinto o ser moderno, uno es distinto o es moderno y si no, más vale que no intente autoimponérselo. Cuando escucho a alguien proponer, por ejemplo, que Juan Carlos Baglietto es el tanguero del rock argentino, me causa gracia. Eso no tiene nada que ver. Los músicos de rock usan el nombre de Gardel o el de Goyeneche por una cuestión de conveniencia, para atraer a otro público que está con Goyeneche o con Gardel. Pero su música no tiene nada que ver con el tango, es rock puro.”¿Qué opina hoy del rock el hombre que, en los años ’70, tuvo un amable acercamiento al rock argentino e incluso llegó a tocar en vivo junto al grupo Alas? “Quiero mucho a los jóvenes, sobre todo a los que tienen inquietudes y hacen cosas, intentan encontrar un camino. Ahora, todavía no escuché a ninguno que me sorprenda. Escuché algunas cosas de Lito Vitale que me gustaron mucho, pero veo que tiende a repetirse. El problema es que él trabaja con el folklore, y el folklore argentino es una música que tiene menos riqueza que el tango. El folklore se repite en una serie de ritmos como la zamba, el gato, la chacarera... y de allí no se mueve. El tango, en cambio, diría que es casi como el jazz, tiene misterio, profundidad, dramatismo. Es religioso, puede ser romántico y puede alcanzar una agresividad que el folklore nunca podría tener, salvo la chacarera. Cuando empezamos con el octeto, por ejemplo, parecíamos salidos de un grupo de combate. ¡Eramos ocho guerrilleros subidos al escenario! Yo ‘rompía’ el bandoneón todas las noches y el gordo (Leopoldo) Federico también. Cada uno, en lugar de un instrumento, tenía una bazooka. Habíamos convertido el escenario en un ring de box.”
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Roberto Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900 y murió el 26 de julio de 1942. Publicó su primera novela, El juguete rabioso, en octubre de 1926. A ésta, le siguieron las novelas Los siete locos (1929), por la cual obtuvo el Tercer Premio Municipal de Literatura, Los lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932), y dos volúmenes de cuentos, El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941). A partir de 1926, en Don Goyo y Mundo Argentino, publicó sus cuentos. Luego de un breve paso como cronista policial en el diario Crítica, en 1928 ingresó en el matutino El Mundo, donde escribió su columna periodística titulada “Aguafuertes Porteñas”, algunas de las cuales fueron recopiladas por su autor en 1933. El 17 de junio de 1932 inició su actividad como autor teatral con su obra 300 millones, estrenada en el Teatro del Pueblo. Luego dio a conocer Saverio el cruel (1936), El fabricante de fantasmas (1936), La isla desierta (1937), Africa (1938), La fiesta del hierro (1940) y El desierto entra a la ciudad (1942).
La entrevista, titulada “Roberto Arlt sostiene que es de los escritores que van a quedar y hace una inexorable crítica sobre la poca consistencia de la obra de los otros”, fue publicada en la revista La Literatura Argentina, un mes antes de que Arlt pidiera licencia en el diario El Mundo para terminar su novela Los siete locos, que apareció en noviembre de 1929, editada por Latina. La revista, propiedad de Lorenzo J. Rosso y dirigida por Honorio Barbieri, había lanzado su primer número en septiembre de 1928 con la finalidad de registrar, mensualmente, la salida de libros, revistas y diarios nacionales. Los críticos literarios que trabajaban en ella eran, entre otros, José María Monners Sans, Pablo Rojas Paz, Carlos Mastronardi, Arturo Cambours Ocampo y Horacio Rega Molina.
En la edición anterior a la publicación de la entrevista (julio de 1929), Rega Molina había manifestado su entusiasmo por la literatura arltiana. No es osado, por lo tanto, presuponerlo el autor de esta entrevista: “Mucho me ha impresionado encontrar un novelista excepcional en nuestro medio, el cual está dotado de una vigorosa imaginación y de una serie de cualidades que proclaman al novelista nato, el que no podría hacer otra cosa que novelas. Me refiero a Roberto Arlt, cuya obra El juguete rabioso me parece sencillamente admirable. Creo que Roberto Arlt, si trabaja, será el gran novelista de resonancia que todos esperamos. Se anuncia este Mesías en la destreza con que mueve sus muñecos, en la forma maestra en que contempla sus sentimientos y sus conflictos. En el libro mencionado, hay mayor cantidad de tipos y de elementos humanos que casi en todas las obras juntas de algunos de los que se creen novelistas ingeniosos y prolíficos”.
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ARLT

La Literatura Argentina, Nº 12,
agosto de 1929
Roberto Arlt es la figura más inquietante del momento literario”, nos había dicho Mariani. Y allá fuimos.
Casa de altos, habitación de escritor, modesto el hombre. Lo es tanto, que quisiera esconderse íntegro detrás de sus anteojos ahumados.
Impuesto de nuestro objeto de que nos hable de los intelectuales del país, nos responde:
–¡Pero eso es hacerlo hablar mal a uno de todo el mundo, señor!
Luego agrega sonriente:
–Si por cultura se entiende una psicología nacional y uniforme creada por la asimilación de conocimientos extranjeros y acompañada de una característica propia, esta cultura no existe en la Argentina. Aquí lo único que tenemos es un conocimiento superficial de libros extranjeros. Y en los autores una fuerza vaga, que no sabe en qué dirección expansionarse.
Nos invita con un cigarrillo, que no aceptamos.
–Por consiguiente –prosigue– no hay una cultura nacional. Y las obras que llamamos nacionales como el Martín Fierro, sólo le pueden interesar a un analfabeto. Ningún sujeto sensato podrá deleitarse con esa versada, parodia de coplas de ciego que ha enternecido según parece a los corifeos de la nueva sensibilidad.
Se embute las manos en los bolsillos del sobretodo, después se sienta y se para, alternativamente.
–En cambio –continúa–, los países que más activamente intervienen en nuestra formación intelectual son, sin disputa alguna, España, Francia y Rusia.
Las literaturas inglesa y alemana no han encontrado traductores ni intereses en los editores. De allí que desconozcamos casi uno de los filones más importantes de cultura, que ha elevado la civilización de esos pueblos.
Podríamos entonces dividir a los escritores argentinos en tres categorías: españolizantes, afrancesados y rusófilos. Entre los primeros encontramos a Banchs, Capdevila, Bernárdez, Borges; entre los afrancesados a Lugones, Obligado, Güiraldes, Córdova Iturburu, Nalé Roxlo, Lazcano Tegui, Mallea, Mariani en sus actuales tendencias; y entre los rusófilos, Castelnuovo, Eichelbaum, yo, Barletta, Eandi, Enrique González Tuñón y en general casi todos los individuos del grupo llamado de Boedo.
–¿Alguna otra cosa de nuestros autores...?
–Me gustan ciertos poemas de Lugones, Obligado, Córdova, Rega Molina, Olivari, aunque no me extrañaría, por ejemplo, que Lugones saliera un día escribiendo una novela sobre el conventillo, tan íntimamente está desorientado este hombre que dispone de un instrumento verbal muy bueno y de unos motivos tan ñoños.
Rojas, creo que únicamente puede interesar a las ratas de biblioteca y a los estudiantes de filosofía y letras. Lynch y Quiroga me gustan mucho. Este último tiene antecedentes de literatura inglesa y se le podría filiar entre Kipling y Jack London por sus motivos. Pero eso no impide que sea con su barba una figura respetable...
¿Gálvez? ¡Yo no sé hacia dónde camina! Me da la sensación de ser un escritor que no tiene sobre qué escribir. Comenzó queriendo ser un Tolstoi y creo que terminará como un vulgar marqués de la Capránica haciendo novelones históricos. Francamente, creo que Gálvez no tiene nada que decir ya.
¡Larreta! Un señor de buena sociedad, con plata, que tarda en escribir una novela mediocre, Zogoibi, lo que otro tardaría en escribir una novela buena. Su único libro, La gloria de don Ramiro, no creo que lo autorice a este señor a hacerse festejar en todas partes como si fuera un genio. En realidad, Larreta es inferior a Manzoni y, quizá literariamente, uno de los escritores más hondos que tenemos.
Hugo Wast se explica, porque tenemos catorce provincias y estas catorce provincias están habitadas por una colonia católica lacrimosa e insulsa. Su público es de maestras sentimentaloides.
Todos estos prosistas serían en España, Francia e Italia escritores de quinto orden. Les falta “métier”, inquietudes, problemas, sensibilidad y todos los factores nerviosos necesarios para interesar a la gente.
Dichos caballeros, salvo Quiroga y Lynch, lo que podrían hacer es dejar la pluma. Y la cultura nacional no perdería nada.
Apenas si nos animamos a preguntar por quién sería, a su juicio, la personalidad más completa.
–¡En nuestro país no existe ese espíritu! –contesta Arlt–. Candidatos a serlo aquí, en la Argentina, seríamos varios. Pero hay que trabajar y el que se va a poner las botas de potro aún no ha mostrado la uña... ¡Esperanzas!
–¿Y los que más se aproximan?
–Vean: como cuentista Quiroga, novelista, Larreta; poeta, Lugones; ensayista, Rojas. ¡Todo esto aquí, en la Argentina, entendámonos! Y por el actual momento.
–¿Hemos recibido algo digno de estima del pasado?
–El tiempo no nos ha legado nada. Sólo material para interesarle a un erudito alemán.
–Del presente, ¿quedará algo?
–Güiraldes con su Don Segundo Sombra; Larreta con La gloria de don Ramiro; Castelnuovo con Tinieblas; yo con El juguete rabioso; Mallea con Cuentos para una inglesa desesperada. De estos libros algo va a quedar. El resto se hunde.
“¿Escritores que tienen más fama de lo que merecen?” –parafrasea la interrogación nuestro entrevistado–. Pues Larreta, Ortiz Echagüe, que no es escritor ni nada; Cancela, que se ha hecho el tren con el suplemento literario de La Nación; Borges, que no tiene obra todavía.
Hay otros escritores que merecerían ser odiados por nuestra juventud y uno de éstos es Lugones.
Los hay sobre los que pienso gratuitamente mal, a saber: Fernández Moreno, que no es poeta, además; Samuel Glusberg, que es el más empedernido “lacayo” de Lugones y Capdevila, que es un tío gordo.
Discutimos un poco sobre los muchachos.
–De las nuevas tendencias que están agrupadas bajo el nombre de Florida –dice Arlt–, me interesan estos escritores: Amado Villar, que creo encierra un poeta exquisito, Bernárdez, Mallea, Mastronardi, Olivari y Alberto Pinetta. Esta gente, por todo lo que hasta ahora ha hecho, con excepción de Mallea y Villar, no se sabe a dónde va ni lo que quiere.
Los libros más interesantes de este grupo son Cuentos para una inglesa desesperada, Tierra amanecida, La musa de la mala pata y Miseria de 5ª edición. De Bernárdez podría citar algunos poemas y de Borges unos ensayos.
En el grupo llamado de Boedo encontramos a Castelnuovo, Mariani, Eandi, yo y Barletta. La característica de este grupo sería su interés por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que ha realizado lo que estaba al alcance de su mano y la inquietud que en algunas páginas de estos autores se encuentra y que los salvará del olvido.
Cuando las nuevas generaciones vengan y puedan leer algo de todo lo que se ha escrito en estos años, se dirá: “¿Cómo hicieron esos tipos para no dejarse contagiar por esa ola de modernismo que dominaba en todas partes?”.
Entendería como escritores desorientados –añade– a aquellos que tienen una herramienta para trabajar, pero a quienes les falta material sobre el que desarrollar sus habilidades. Estos son Bernárdez, Borges, Mariani, Córdova Iturburu, Raúl González Tuñón, Pondal Ríos.
Esta desorientación yo la atribuiría a la falta de dos elementos importantes. La falta de un problema religioso y social coordinado en estos hombres. ¿Pruebas? Mariani es un escritor en Los cuentos de la oficina y otro tipo de escritor en El amor agresivo y finalmente muy diverso en los cuentos que ha publicado últimamente en La Nación.
Igual de Raúl González Tuñón. El violín del diablo parece ser obra de un escritor distinto al autor de Miércoles de Ceniza.
Borges ha perdido tanto el tino que ahora está escribiendo... un sainete. ¡Imagínense cómo saldrá eso!
Si se me preguntara por qué ocurre esto, yo contestaría que lo atribuyo a que estos hombres tienen inquietudes intelectuales y estéticas y no espirituales e instintivas.
Esta gente, a excepción de Mariani, no cree que el arte tenga nada que ver con el problema social, ni tampoco con el problema religioso. Y entonces trabaja con pocos elementos, fríos y derivados de otras literaturas de decadencia.
Arlt describe una graciosa reverencia.
–¿Qué opino de mí mismo? Que soy un individuo inquieto y angustiado por este permanente problema: de qué modo debe vivir el hombre para ser feliz, o mejor dicho, de qué modo debería vivir yo para ser completamente dichoso.
Como uno no puede hacer de su vida un laboratorio de ensayos por falta de tiempo, dinero y cultura, desdoblo de mis deseos personajes imaginarios que trato de novelar.
Al novelar estos personajes comprendo si yo, Roberto Arlt, viviendo del modo A, B o C, sería o no feliz. Para realizar esto no sigo ninguna técnica, ni ella me interesa.
Mariani, mi buen amigo, me ha aconsejado siempre el uso de un plan, pero cuando he intentado hacerlo he comprobado que, a la media hora, me aparto por completo de lo que proyecté. Lo único que sé es que el personaje se forma en lo subconsciente de uno como el niño en el vientre de la mujer. Que este personaje tiene a veces intereses contrarios a los planes de la novela, que realiza actos tan estrafalarios que uno como hombre se asombra de contener tales fantasmas. En síntesis, este trabajo de componer novelas, soñar y andar a las cavilaciones con monigotes interiores, es muy divertido y seductor.
–¿A qué público de hombres y mujeres se dirige?
–Al que tenga mis problemas. Es decir: de qué modo se puede vivir feliz, dentro o fuera de la ley.
–¿Le interesa un número amplio o reducido y selecto?
–Eso es secundario. Ni muchos ni pocos lectores me harán mejor ni peor de lo que soy.
Al batirnos en retirada, nos obsequia Arlt con este discurso:
–Tengo una fe inquebrantable en mi porvenir de escritor. Me he comparado con casi todos los del ambiente y he visto que toda esta buena gente tenía preocupación estética o humana, pero no en sí mismos, sino respecto de los otros. Esta especie de generosidad es tan fatal para el escritor, del mismo modo que le sería fatal a un hombre que quisiera hacer fortuna ser tan honrado con los bienes de otro como con los suyos. Creo que en esto les llevo ventaja a todos. Soy un perfecto egoísta. La felicidad del hombre y de la humanidad no me interesan un pepino. Pero en cambio el problema de mi felicidad me interesa tan enormemente, que siempre que lance una novela, los otros, aunque no quieran, tendrán que interesarse en la forma en que resuelven sus problemas mis personajes, que son pedazos de mí mismo.
Aquí los escritores viven más o menos felices. Nadie tiene problemas, a no ser las pavadas de si se ha de rimar o no. En definitiva, todos viven una existencia tan tibia que un sujeto que tiene problemas, acaba por decirse: “La Argentina es una jauja. El primero que haga un poco de psicología y de cosas extrañas, se meterá en el bolsillo a esta gente”.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. En 1940 ingresó en el Seminario Metropolitano Conciliar, de Villa Devoto, estudios que abandonó siete años más tarde, para ingresar en la Facultad de Filosofía y Letras donde se recibió en 1954. Realizó cursos de piloto civil y vuelos, y en 1952 obtuvo dos becas del Cine Club Gente de Cine trabajando como asistente de dirección. Fue maestro rural, director teatral, empresario de transportes, profesor de Filosofía y de Latín. En 1962, publicó su primera novela, Sudeste, por la que obtuvo el primer premio del concurso organizado por Fabril Editora. A esta novela, le siguieron Todos los veranos (1964), Alrededor de la jaula (1966), Con otra gente (1967) y En vida (1971). En 1971 realizó su primer viaje a Cuba como jurado de Casa de las Américas, viaje que produjo un viraje en su literatura: Conti señaló que Cuba constituyó “su primer contacto a flor de piel con América. Y eso me bastó para hacer una cosa distinta, una novela jubilosa, Mascaró, abierta, donde por primera vez los personajes no mueren. Decidí hacer una literatura con un sentido más americano, cosa que, en ese momento, estaba muy lejos de mí”. En 1972 escribió el guión de cine de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, dirigida por Nicolás Sarquis y finalizada en 1977.
Esta entrevista, publicada bajo el título “Un simple trabajador”, fue realizada el 15 de junio de 1975 con motivo de la aparición de su libro de cuentos La balada del álamo carolina. En ella, se perfila una imagen alternativa del escritor profesional, pues Conti se caracterizó por su ubicación externa a los círculos literarios y por una poética basada en la experiencia personal de los hechos narrados. Su literatura está ligada a una experiencia de vida que se supone transmutable a la escritura, en un intento imaginario de borrar las diferencias entre el arte y la vida.
Meses después de esta entrevista, publicó la novela Mascaró, el cazador americano, por la que obtuvo el premio Casa de las Américas. Al año siguiente, el 5 de mayo de 1976, fue secuestrado por la dictadura militar de su departamento de la calle Fitz Roy. Hasta el día de hoy, su nombre permanece en la lista de desaparecidos.
Heber Cardoso y Guillermo Boido colaboraron, a comienzos de los años setenta, en Crisis y La Opinión Cultural; posteriormente, fueron editores de la revista Ciencia Hoy. El periodista y crítico literario Heber Cardoso nació en Rocha, Uruguay, en 1946. Colaboró en diversas publicaciones periodísticas y dirigió la colección “Los grandes éxitos” en el Centro Editor de América Latina. El físico y poeta Guillermo Boido nació en Buenos Aires en 1941. Su primer libro de poemas, Situación, se editó en 1971. Luego publicó Poemas para escribir en un muro, Once poemas, el ensayo Einstein o la armonía del mundo, y los diálogos con Roberto Juarroz Poesía y creación. Actualmente, se dedica a la historia de la ciencia y la divulgación científica y ha publicado numerosos artículos en Análisis, Clarín, Hispamérica, El Ornitorrinco, entre otras publicaciones.
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CONTI
Entrevistado por Heber Cardoso y Guillermo Boido
La Opinión
15 de junio de 1975

¿Cómo Haroldo Conti vino a resultar un escritor?
–Habría que contar la historia de uno mismo. La cosa empezó de esta manera. Yo era alumno de una escuela de pupilos. En aquel tiempo no había cine, y reemplazábamos esa diversión dominical con unas funciones de títeres. Yo me ocupaba de escribir los libretos que, como en todas las seriales, se acababan en el momento de mayor suspenso y se continuaban en el próximo domingo. Así nació en mí una parte de esa vocación por la literatura.
La otra parte se la debo a mi padre. El siempre fue un gran cuentero y lo es todavía. Es un hombre de pueblo que cuenta y cuenta cosas como toda la gente de pueblo, que a veces no tiene otra cosa que hacer. Mi padre era un viajante, un tendero ambulante y yo salía a recorrer el campo con él; se encontraba con la gente y antes de venderle nada se ponía a charlar y contar cosas. Así recibí ese hábito de contar oralmente.
Un día en el colegio de curas donde estudiaba, se me ocurrió escribir una novela misional, sobre aventuras de misioneros en tierras extrañas. La novela se llamaba Luz en Oriente. No me acuerdo si la terminé. Así fue naciendo la cosa. Después ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes. Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín. Después se me dio por el teatro. En aquella época estaban en boga los teatros independientes. La experiencia fue dramática: en esa época la Municipalidad de Buenos Aires había organizado jornadas de teatro leído en el Odeón. Se seleccionaban obras de autores noveles y se leían al público. Lo lamentable era que el público estaba constituido por aquellos que habían sido rechazados en el concurso. En cuanto los actores comenzaban con el parlamento, los del público, que estaban con una bronca negra, se levantaban y empezaban a despotricar contra la obra. Y eso fue lo que me pasó a mí y me borré para siempre del teatro. Por aquellos años conocí el Delta, uno de los metejones de mi vida, me dediqué a construir un barco, me fui metiendo muy adentro de un determinado mundo, fui conociendo la gente de la costa, los isleños, la gente de barcos. Y con toda naturalidad, mientras construía ese barco, surgió Sudeste. Así empezó todo.
–¿Sudeste es para usted su novela más importante?
–Es quizá la novela mía que más ha importado. Pero cada novela mía es un pedazo de mi vida, son vidas que he vivido con la misma intensidad con que se vive una vida. En la medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas. Ustedes saben que yo tengo un especial cariño por Alrededor de la jaula, a diferencia de lo que muchos lectores opinan.
–Una vez usted dijo que En vida clausuraba una etapa de su obra.
–En parte sí. En el sentido de que me ayudó a superar esa crisis. Pero, además, hubo otras influencias literarias vitales. Viajé dos veces a Cuba y esa fue una experiencia decisiva. Creo que Mascaró y La balada del álamo carolina, las obras que aparecerán dentro de poco, son el resultado de esas influencias.
–¿Le hace feliz escribir?
–En absoluto. Es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor, más aliviado.
–Cuando escribe, ¿piensa especialmente en algún tipo de lector?
–No lo sé bien. Faulkner, que tenía un concepto machista del asunto, decía que uno escribe para las mujeres. Yo vengo del cine, hago cine; como novelista me importa mucho precisar imágenes, formas, colores, sonidos, músicas. Incluso suelo pensar mis novelas en secuencias, no en capítulos. Bueno, a veces trato de imaginar a ese lector prototípico para el que escribo. Pero nunca puedo precisar del todo sus riesgos, su condición social, sus exigencias para conmigo. Quizás poco antes de morir venga y me diga: “Estuvo escribiendo para mí”. Va a ser una experiencia interesante.
–¿Cómo llega a saber si un tema se convertirá en cuento o novela?
–No lo sé realmente, pero lo intuyo. Sé instintivamente cuándo un tema da para un cuento y otro para novela. La cosa es inapelable. Si una cosa se me da para cuento es inútil que la fuerce como novela. Son técnicas totalmente distintas; incluso mi estado de ánimo es totalmente distinto cuando escribo una novela. La novela es como una vida que tengo que vivir. En cambio si un cuento no lo escribo inmediatamente, de una vez, se me madura interiormente y después no me dice nada; ya me lo conté a mí mismo y ya no lo sé contar de otra forma. Se me maduró demasiado, se me pudrió. Tengo que estar dos días sobre la máquina y el cuento sale.
–A lo largo de su oficio se habrá preguntado muchas veces para qué sirve escribir.
–Por supuesto. Uno se pregunta si no es una tarea inútil la nuestra, eso de escribir fatigosamente, de atornillarse a una silla sin saber si vamos a trascender ese acto individual y llegar a un público. A veces ocurre que las ganas de escribir son como una enfermedad y uno escribe para curarse. He dicho muchas veces que yo no escribo la Historia sino las historias de las gentes, de los hombres concretos. Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas. Uno siente que envejece, que se va y quiere que algunas cosas, de alguna manera, permanezcan. Es una cuestión, diríamos, metafísica, y determina todo lo que escribo.
Eso se ve claramente en Mi vida, que es un claro rescate del pasado. En esa novela puse a Alan Crosby, mi amigo del Tigre y lo llamé Paco. En la vida real, Alan Crosby no se salvó, ahí anda, borracho perdido. Yo quise rescatarlo en Paco, en esa figura literaria. Y en Mascaró, mi nueva novela, y en los cuentos que escribí en estos últimos tiempos incluyo abiertamente a mis amigos, a la gente que quiero. En Mascaró, por ejemplo, casi todos los personajes fueron elaborados a partir de amigos míos: Tony Beck, el Nene Bruzzone, el Capitán Alfonso Domínguez que murió hace años pero yo lo conservo vivo en esa novela, incluso le he dado un poco más de vida de la que tenía en la realidad. Es una manera de compartirlos con todo el mundo. Acabo de dedicar un cuento a mi tía Haydée, que representa mucho para mí; y pongo “A mi tía Haydée para que nunca se muera”. Sé que ese cuento, de alguna manera, en alguna biblioteca va a sobrevivir y que de acá a cien años alguien va a abrir ese libro y ella va a estar viva, porque ahí en ese cuento la dejé viva para siempre. También yo me siento vivo en alguno de esos personajes, Oreste, por ejemplo, el protagonista de En vida.
–En alguna ocasión ha dicho que con En vida había terminado haciendo una literatura muy “individualista”. ¿Qué significa eso?
–Simplemente que estaba contando el drama de un pobre tipo y no el de un pueblo. La novela apareció en momentos en que en nuestro país ocurrían hechos sociales de enorme importancia. Algunos me acusaron de dar la espalda a la realidad del país; otros dijeron que la novela era francamente reaccionaria, porque yo me ocupaba de un problema individual en plena dictadura. A muchos amigos uruguayos, por ejemplo, la novela no les dijo nada, ellos estaban inmersos en el clima político de su patria, en la efervescencia militante. No fue así en España; claro, allá estaban en otra cosa. Pero creo que hay tiempos y estados de lectura, y con En vida sucedió esto: el tiempo de lectura no coincidió con el tiempo social. Tal vez más adelante pueda ser evaluada como hecho literario y no como desfasaje entre ambos tiempos.
–¿Para qué sirve, desde el punto social o político, contar el “drama de un pobre tipo”?
–A veces se habla de compromiso únicamente en términos políticos, como si el escritor debiera ser solamente el portaestandarte de una causa política. Uno se puede comprometer con un sistema político, pero también con un drama individual, por ejemplo el de un hombre que padece un cáncer o un drama amoroso. El hombre en su totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución y olvida que las revoluciones las hacen los tipos concretos. En En vida quise hacer la radiografía de un hombre del montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades de elegir.
Lo que algunos no vieron es que Oreste termina por hacer su elección, y eso está dicho explícitamente en el último párrafo. Hay en el protagonista una revolución interior, un cambio de actitud vital. Es el problema moral por excelencia: el de la libertad. Y es que la revolución empieza en el individuo, no se impone por decreto. Si en mi obra reciente, creo, aparece un mayor compromiso con lo social, eso ocurrió por añadidura, y me alegro. Pero no me lo propuse ex profeso. Por ejemplo, en uno de los cuentos, “Mi madre andaba en la luz”, traté de contar el drama de un pueblito, Warnes. Sin abandonar mi tono, mis climas anteriores. Sigo creyendo que es una torpeza fijar de antemano el tipo de literatura que uno debe escribir. No puede haber otra preceptiva más que la que surge de la honestidad consigo mismo.
–Hay una polémica muy actual acerca de la condición del escritor. ¿Se considera un trabajador?
–Sí, acepto ese término.
–¿Aun en esta sociedad burguesa?
–Claro. Y creo que un trabajador no tiene privilegios en mérito a la función que cumple. Niego esa aureola, esa condición de aristócrata con que se han revestido muchos escritores burgueses. ¿Qué diferencia hay entre lo que hacía mi abuelo, que era carpintero, o mi padre, un tendero y vendedor ambulante, y lo que yo hago? Mi abuelo manejaba el serrucho y la garlopa; yo manejo mi máquina de escribir, mis ideas y un lenguaje. Ni siquiera estoy exceptuado del esfuerzo físico. No quiero que mi oficio me destaque o jerarquice: como dice Mario Benedetti, “no hay prioridades para el escritor”. El único privilegio al que puedo aspirar es que algún día mis compañeros albañiles o mecánicos me reconozcan como uno de los suyos. Y así como alguien podrá decir “mi orgullo es ser albañil”, yo diré “mi orgullo es ser escritor”, el de construir historias tal como el albañil construye casas.
–¿Pero, en esta sociedad, acaso el escritor es tan explotado como un albañil?
–La explotación se manifiesta concretamente en la lucha diaria para sobrevivir. Hablo de la Argentina, caso que conozco bien. A los escritores nos trampean, nos amarran con contratos leoninos (si es que nos publican), nos arreglan con el famoso diez por ciento de tapa, no podemos controlar las ediciones ni los volúmenes de venta. Y los contratos son puramente formales. ¿No es una explotación como cualquier otra? Y no me pregunten si puedo vivir de la literatura de este modo. Está claro que no. Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes. Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo, a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta muchos pesos. Por eso es que no me queda más remedio que vender mi obra y discutir el precio.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
La ensayista y traductora Victoria Ocampo nació en Buenos Aires el 7 de abril de 1890, en el seno de una familia de la elite tradicional argentina. A los seis años, con su familia, realizó el primero de una serie interminable de viajes a Europa. Para liberarse de las rígidas reglas familiares, en 1912 se casó con Luis Bernardo de Estrada, pero al año siguiente conoció a Julián Martínez, con quien sostuvo una intensa relación sentimental. Sin embargo, para no romper con las convenciones sociales, continuó viviendo con su marido ocho años más. En 1924, la editorial Revista de Occidente, dirigida por Ortega y Gasset, publicó su primer ensayo, De Francesca a Beatrice, al que le siguió La laguna de los nenúfares (1926). Nuevamente en Europa y después de haber terminado su relación con Julián Martínez, conoció al Conde de Keyserling y a Drieu La Rochelle. En 1931 fundó la revista Sur y, dos años más tarde, la editorial del mismo nombre, en la cual publicó a autores argentinos y tradujo a importantes escritores extranjeros. En 1935, apareció el primer tomo de sus Testimonios (el décimo y último apareció en 1977). Al año siguiente, fue vicepresidenta del Congreso Internacional de los PEN Clubs. En los años cincuenta, delatada como opositora al peronismo, fue encarcelada en el Buen Pastor por veintiséis días. En 1956 presidió el Fondo Nacional de las Artes. Además de su constante trabajo como traductora, aparecieron sus libros Habla el algarrobo (1960), Tagore en las barrancas de San Isidro (1961), La bella y sus enamorados (1964), Diálogo con Borges y Diálogo con Mallea en 1969. En noviembre de 1970, en un artículo publicado en el diario La Nación, anunció el cierre de la revista Sur. Días después, la revista Confirmado le realizó esta breve entrevista, titulada “Victoria Ocampo. Fiesta y muerte ajenas”, que se publicó en la sección titulada “Opiniones”. La nota muestra a una impaciente y fastidiada Victoria Ocampo que, casi a su pesar, se somete al interrogatorio periodístico.
Recién en junio del año siguiente, después de diez meses, apareció el número 326/28 de Sur, dedicado a la mujer, en el cual se anunciaba como revista bianual. Sin embargo, se trataba del último número activo realizado en vida de Victoria, pues los demás números se dedicaron a reeditar antologías de trabajos ya publicados. En 1976 fue designada miembro de número de la Academia Argentina de Letras, cargo que por primera vez ocupó una mujer. Murió en San Isidro el 27 de enero de 1979. Durante ese año, comenzaron a publicarse los seis volúmenes de su Autobiografía, que había comenzado a escribir en 1952.
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nero de 2006
OCAMPO

Confirmado, Nº 285,
2 de diciembre de 1970
En el número 47 de Confirmado, Bernardo Verbitsky escribía: “Si el aniversario de Sur puede ser o parecer una fiesta cultural, el sector más amplio de nuestra literatura sólo puede mirarla como una fiesta ajena”. En esta frase se resumía, en términos generales, la imagen que para muchos había representado, por lo menos desde 1950 hasta la fecha, la revista que Victoria Ocampo fundara en el lejano enero de 1931. Los propósitos confesados entonces, buscar el oculto tesoro de América, se fueron desviando poco a poco hacia una evidente preferencia por la publicación de autores extranjeros. Si bien su fundadora, en más de una oportunidad, recalcó con cierto orgullo el carácter informativo y precursor de las páginas de la revista con respecto a nombres que de otro modo hubiesen tardado años en llegar a conocimiento de los lectores argentinos, el alejamiento del proceso literario nacional produjo como consecuencia un divorcio casi absoluto. En los últimos veinte años muy pocos autores jóvenes de valor se acercaron y publicaron en Sur. Hace unos días, en un artículo aparecido en La Nación, Victoria Ocampo anunciaba el cierre definitivo de la revista. Es probable que también su desaparición será vista por la mayoría como una muerte ajena. La justicia o la injusticia de este hecho no invalida su evidencia. Requerida por Confirmado, Victoria Ocampo accedió a contestar algunas preguntas.
Confirmado: –Al cabo de cuarenta años, ¿cómo definiría la actividad de la revista Sur?
Victoria Ocampo: –Al cabo de cuarenta años, pedirme que defina lo que he tratado de definir (por lo visto sin éxito) en hechos, no sólo en palabras, durante ese lapso, es un poco descorazonador. Cuarenta años tirados a la calle.
C: –¿Cuáles cree que han sido la trascendencia y la influencia de la revista en la cultura argentina?
V. O.: –Otros hablarán de la trascendencia o intrascendencia de Sur, de su influencia. No es cosa que me corresponda.
C: –¿Piensa que los propósitos iniciales, aquellos que decidieron su fundación, se realizaron?
V. O.: –Sí. Creo que parte por lo menos de los propósitos iniciales se han cumplido y, por favor, no me pidan que defina qué parte.
C: –Personalmente, como escritora y como directora de Sur, ¿cómo se siente ante su desaparición?
V. O.: –No siento nada. Sur aparecerá dos veces por año en forma de revista-libro, es decir números especiales, como ya anuncié en mi artículo de La Nación (“Después de cuarenta años”). La editorial continúa también.
C: –Una frase suya aparecida justamente en ese artículo de La Nación: “Pero la difusión de la cultura no parece ser el camino elegido por la mayoría de la turbulenta juventud contemporánea”. ¿Podría aclarar ese concepto? ¿A qué atribuye, si existe, el cambio ocurrido?
V. O.: –No veo por qué es necesario aclarar ese concepto. Queda aclarado si uno lee los diarios, anda por la calle, ve los noticieros de televisión.
C: –¿Cómo definiría a la juventud actual?
V. O.: –La juventud siempre fue turbulenta, no es una novedad. Pero hoy lo pone de manifiesto de manera particularmente explosiva. No creo que sea éste un método aconsejable. La violencia desencadena la violencia y es el cuento de nunca acabar. En cuanto a la juventud actual, tiene los defectos y las cualidades de la juventud de todas las épocas. Lo que ha variado son las circunstancias.
C: –¿Vale decir?
V. O.: –No me pidan que las defina. Repito que está en los diarios, la calle, los canales de televisión, la Luna, qué sé yo.
C: –¿Leyó a escritores jóvenes argentinos?
V. O.: –Por supuesto.
C: –¿Qué opina de las nuevas promociones de novelistas y poetas?
V. O.: –Algunos me gustan.
C: –¿Qué le diría a un escritor joven?
V. O.: –Le diría... Pero no. Sería inútil. La experiencia no se transmite. Cada cual tiene que tantear hasta que da con lo que busca, es decir con su forma particular de expresar lo que ve y siente, de deformar la realidad, diría Ortega.
C: –¿Cuáles fueron o cuál fue la mayor satisfacción que le deparó la existencia de la revista Sur?
V. O.: –Ver a un muchacho leyendo un número de mi revista en un tren suburbano. Entre Retiro y La Lucila, por ejemplo.
C: –¿Y, si existió, el peor momento?
V. O.: –Los malos momentos nunca faltan y fueron variados y pintorescos. No sabría con cuál quedarme. La lejanía me permite ver su lado cómico.C: –A la distancia, ¿qué les contestaría a las críticas cuyas argumentaciones son de conocimiento público, que a lo largo de su trayectoria aislaron a Sur?
V. O.: –¿Qué argumentación? ¿Que soy extranjerizante y mi revista también? Tiene gracia la crítica tratándose de una persona que se ha quedado en el país por elección, no por necesidad, que habla francés como su propio idioma, si no mejor, inglés casi a esa altura, y que tiene valiosos amigos en el extranjero. La verdad es que más bien se me podría acusar de ser en exceso argentinizante. Pero esto ya ni lo discuto. Ni explico más.
C: –Otra frase suya: “Se suspende hasta que cambien las circunstancias”. ¿Podría aclarar este concepto? ¿Qué clase de circunstancias? ¿Cambiar hacia nuevas posibilidades? ¿Recuperar una realidad perdida?
V. O.: –En gran parte se trata de circunstancias económicas. Salimos del atolladero como podemos. No sé si tienen idea de las dificultades con que tropieza una revista literaria, no comercial, como Sur.
C: –¿No existe para una revista como Sur, dejando de lado los factores económicos, la posibilidad de adaptarse a las circunstancias actuales, extraer de los mismos cambios que se realizaron o se vienen realizando a todo nivel elementos que le permitan seguir enfrentándose con el compromiso que decidió su publicación?
V. O.: –Nuestra manera de adaptarnos a las circunstancias se desprende de las resoluciones tomadas.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/61801-20434-2006-01-17.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Arturo Frondizi nació en 1908. En 1930, recién recibido de abogado, se incorporó a la Unión Cívica Radical. Fue diputado nacional en 1946 y cofundador del Movimiento de Intransigencia y Renovación en 1947. En 1954 fue designado presidente del Comité Nacional, y ese mismo año escribió Petróleo y política. En 1958 fue electo presidente de la Nación por la UCR Intransigente, una división de la UCR. Los militares lo derrocaron en marzo de 1962 y lo mantuvieron detenido hasta julio de 1963. Fundó entonces el Movimiento de Integración y Desarrollo, junto con Rogelio Frigerio, con quien se había asociado en 1956, y también el Centro de Estudios Nacionales, desde donde se propuso aglutinar las fuerzas de un movimiento “nacional”.
En noviembre de 1965 Frondizi es uno más de los que anuncian el inminente golpe militar que depondrá al presidente Illia. El general Onganía, comandante del Ejército, había proclamado en agosto la doctrina de las “fronteras interiores”, y la prioridad de la lucha contra el comunismo. Pocos días después de aparecida esta entrevista, el 23 de noviembre, Onganía renunció a su cargo y se convirtió en jefe virtual del golpe anunciado. Se veía en él la encarnación de la eficiencia autoritaria, que acabaría con el largo estancamiento político e iniciaría el “cambio de estructuras”, fórmula que en la época concentraba expectativas variadas, desde la racionalización capitalista hasta experimentos integristas o corporativos.
En esa coincidencia de intereses y aspiraciones contradictorios detrás de la figura del caudillo militar, fue decisiva la acción de los medios de prensa y particularmente de dos de ellos: Primera Plana, revista fundada por Jacobo Timerman en noviembre de 1962, y Confirmado, creada en mayo de 1965 por el mismo Timerman, que se había alejado de Primera Plana un año antes. Ambas revistas construyeron la imagen de un gobierno radical ineficiente y paralizado: el presidente Illia era sistemáticamente comparado con una tortuga. En Confirmado eran editorialistas el ingeniero Alvaro Alsogaray y Rodolfo Martínez, antiguo ministro del Interior del presidente Guido y articulador recurrente de distintos “frentes nacionales”. Entre sus colaboradores figuraban Alberto Rudni, Horacio Verbitsky, Luis Alberto Murray y Rodolfo Pandolfi.
En este reportaje, Frondizi intenta definir el golpe que viene y la orientación de los militares: no concuerda con la tesis de las “fronteras interiores” ni cree en las posibilidades de la guerrilla en la Argentina –que legitimarían esa tesis– y apela a los militares nacionales y populares. Luego del golpe, apoyó sistemáticamente la “revolución”, aunque criticó muchas de sus políticas, y escribió en Confirmado una columna semanal, que firmó como “Dorrego”.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-61694-2006-01-14.html
FRONDIZI
Confirmado, Nº 28,
11 de noviembre de l965
Las grandes empresas nacionales y extranjeras se sienten cada vez más necesitadas en la Argentina de consultar –extraoficialmente, por supuesto– a expertos en política para poder predecir, de algún modo, los acontecimientos del país. Cada versión más o menos alarmante que vertiginosamente se difunde, lleva a innumerables directores de esas empresas a recurrir a quienes siguen de cerca la política nacional.
En las últimas semanas, la actitud agresiva de la CGT y los sucesivos atentados terroristas, así como los acontecimientos producidos en el seno del peronismo, acuciaron la nerviosa curiosidad de los empresarios y diplomáticos acreditados en Buenos Aires. Entre los más consultados figuró el ex presidente Arturo Frondizi, cuya capacidad de análisis fue siempre uno de sus atributos desde los lejanos tiempos del comité nacional del radicalismo unido.
Pero no solamente en esos sectores interesa conocer la opinión de Arturo Frondizi. En los últimos días, un capitán de navío –resueltamente antifrondizista– se acercó, en las primeras horas de la mañana, a la casa del jefe del MID, ubicada en el residencial Barrio Norte de Buenos Aires. Comenzó declarando que discrepaba totalmente con sus planteos; a continuación agregó que –pese a eso– había considerado indispensable conversar con él y establecer una vinculación regular, para comprender plenamente cuanto estaba ocurriendo en la Argentina y encontrar un punto de apoyo para buscar una salida a la situación.
“Si yo elaborara una lista de toda la gente que me consulta, que viene a charlar conmigo y quiere conocer mis opiniones, que trata de establecer contacto, esa lista sería increíble. Por supuesto, figurarían allí incontables jefes militares colorados, de esos que me catalogaban como comunista. Si no publico esa lista no es porque me perjudique a mí, sino porque los perjudicaría a ellos”, dice a menudo Frondizi comentando la variedad de sus visitantes.
Personalidades internacionales quieren, también, conocer su opinión sobre lo que ocurre en el país; la semana pasada, el rey Balduino de Bélgica estimó indispensable una conversación de treinta minutos con el ex presidente; poco antes, había sido el ex mandatario brasileño Jânio Quadros quien pidió, de paso por Buenos Aires, una entrevista con Frondizi, con el mismo interés que había demostrado un año antes el jefe de Estado francés Charles de Gaulle.
Aunque Frondizi, en sus consejos y pronósticos, no deja totalmente a un lado su propia posición partidaria, es evidente que ha tratado de algún modo de elaborar esquemas objetivos. En el curso de la última semana, Frondizi, entrevistado por Confirmado, creía firmemente que no era posible descartar la perspectiva de un golpe militar si se quería ser riguroso en el pronóstico del futuro político argentino. El diálogo mantenido con el ex jefe de Estado es el siguiente:
Confirmado: –Usted señala que es posible que el gobierno sea derrocado. ¿Hasta qué punto es así?
Frondizi: –El gobierno de Illia puede caer si persiste en una política reñida con las necesidades del país. Aunque la experiencia indica que los gobiernos que caen suelen ser aquellos que siguen orientaciones coincidentes con los intereses nacionales, en la Argentina de hoy la fuerza de esos intereses nacionales es suficientemente grande como para que no se pueda gobernar indefinidamente en su contra. Por eso puede caer un gobierno que se oponga a los intereses nacionales.
C: –¿Usted desea que este gobierno sea derrocado?
F: –No lo deseo en absoluto. Creo que su deber consiste, en estos momentos, en una rectificación total y urgente de su orientación. Pero, hasta ahora, las perspectivas de la situación económica son malas. El diagnóstico más serio se refiere a la política de inversión. Aquí se ha abandonado, en el sector público, toda inversión en los sectores reproductivos y se hace lo posible para que ocurra lo mismo en el privado. El país pagará las consecuencias a corto plazo.
C: –¿Esta situación sería resuelta por un gobierno militar?
F: –Depende de la ideología de los militares que manejaran el proceso.
C: –Pero usted piensa que, en definitiva, se impondrán por uno u otro camino las tesis del llamado movimiento nacional.
F: –Creo inexorable el retorno al poder del movimiento nacional. No sólo como constante histórica, sino porque el país ha madurado definitivamente en el sentido de que sólo ese movimiento estará en condiciones de solucionar los problemas que se presentarán en las próximas décadas. Por supuesto, aquí no se trata del triunfo en una elección, sino del establecimiento de un nuevo sistema de poder.
C: –¿Está proponiendo una reedición frentista?
F: –No se trata de un problema de frente electoral. El frente electoral puede ser un camino, pero no el único, ya que las circunstancias pueden cerrar el camino de las urnas. De lo que se trata es de organizar el movimiento nacional sobre la base de la coincidencia entre los grandes sectores, para adecuarlo al terreno en que deba librarse la batalla.
C: –¿En esa premisa se basa la actual estrategia de su partido?
F: –El principal objetivo es superar la tendencia al aislacionismo de algunos sectores del movimiento nacional.
C: –¿Usted no cree que el gobierno intenta consolidarse adoptando algunas posiciones que, supone, caen simpáticas entre los militares? Un funcionario del Ministerio del Interior comentó, hace poco, que la ofensiva antiperonista del oficialismo evita el golpe. A la vez, la política internacional del gobierno puede ser más cercana al pensamiento de las Fuerzas Armadas que la política internacional que propone usted.
F: –La política internacional que sigue el gobierno es la expresión de las ideas del partido oficialista y del sector social que representa: aislacionismo económico y satelismo político militar. Por lo demás, el radicalismo del pueblo es la expresión política del antiperonismo. De modo que no creo que el gobierno tome esas posiciones por estar presionado, sino porque cree en ellas. La coincidencia, en algunos aspectos parciales, con posiciones de determinados sectores militares, es derivada.
C: –¿Illia proscribirá al peronismo?
F: –El oficialismo, a través de sus tendencias dominantes, busca crear las condiciones para la proscripción.
C: –En cuanto a política internacional, ¿no cree usted que el marco de referencia cambió desde que usted trazó, en la reunión de Uruguayana con el ex presidente Jânio Quadros, una línea ensamblada con el kennedismo? Desde entonces, cayó primero Quadros y después Goulart; surgieron gobiernos de fuerza en América latina; Castro se proclamó marxistaleninista; fue asesinado Kennedy; aparecieron las guerrillas.
F: –También hay que tener en cuenta que después del 29 de marzo de 1962, entre otros hechos, apareció Pacem in Terris, se firmó el acuerdo nuclear de Moscú, se produjeron las actuales evoluciones de la NATO, se aceleró la tendencia centrífuga en el bloque soviético, se consolidaron las relaciones entre USA y la URSS, adquirió definitiva personería internacional el nacionalismo afro-asiático. Pablo V