Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Haroldo

Archivado en General • Fecha: 04-05-2006 00:00:00

Por David Viñas

Confuso privilegio ser sobreviviente. En especial cuando a uno –en este caso, a mí– le piden que tome la palabra para saludar a alguien que ya no está. Nada menos que “hacer uso de la palabra” en relación a una persona ausente de manera definitiva, tratando de convocar una presencia que participe de lo episódico y la congoja. Un conjuro, en realidad, frente a los agravios del olvido.

Trato de ser muy claro: el elogio de sus libros (Sudeste o El álamo carolina) resultaría tan intenso que, eventualmente, pudiera ser recibido como una apología. Y las apologías no son mucho más que una colección de ripios, enfáticos a simple enunciado. O como un epitafio con signos de admiración. Exorcismo, entonces, de encomios o alabanzas. Al fin de cuentas, si algo resuena como lo más opuesto a las cortesías es la apelación al luto. Un duelo que nada tiene de rezongo y mucho menos de victimismo. Y en eso estamos aquí.

Aludí al dilema de un sobreviviente como yo. Desde el otro extremo del panegírico me hacen señas varias discordancias. Y aclaro aún más: disconformidad en relación a la piadosa –crédula, incauta– confianza de Haroldo hacia compatriotas que él creía personas y no eran más que traficantes.

De donde se sigue, ni elogios legítimos ni reproches fraternales. Pero del dilema inicial (eso sí, y para trascenderlo) pasar a la diatriba frente a quienes merodearon a Haroldo abusando de su religiosa –tal cual– credulidad que renegaba de virtudes oficiales: infidentes, obscenos amenos bastardos, impostores diestros y veloces, yesmen para lo que les mandaran; y en plano inclinado, espías delatores y verdugos. Las diatribas, menos mal, son un género muy transitado por las indignaciones tan clásicas como genuinas; extensas, en absoluto monótonas, con una inventiva ultrajantemente equitativa, certeza mediante irrebatibles juicios fidedignos. Y que suelen especializarse en figurones impávidos y serviciales. La memoria de Haroldo Conti se transforma así en querella de vestales canonizadas.

Pero, dos cosas para destacar –brevemente– como jubiloso desagravio ante todas esas miserias: primero el viaje que hicimos juntos con Haroldo y, después, uno de sus libros fundamentales.

Salimos de La Habana en uno de aquellos aviones vetustos, obstinados a los que llamaban –creo recordar– Britanias con cuatro hélices aún y con la mitad de la cabina de pasajeros “despejada” para hacerles lugar a cajas, bultos y demás correos. Haroldo y yo íbamos sentados con las rodillas recogidas a la altura del pecho. Bien. Abajo y de un tajo. El portaba una especie de cañón de aluminio relleno con afiches del nuevo cine cubano; yo, apenas si un cenicero con el emblema de cierto hotel y destinado a una amiga del barrio de Boedo. Haroldo me lo reprochó. Aeropuerto de Terranova: Haroldo descifraba un monumento a la Queen of England mientras yo me resbalé en la pista helada tratando de no resultar demasiado sentimental. En Irlanda los dos nos descubrimos más corroborados al verificar el mítico verde calumniado por Oscar Wilde, Shaw y el Ulises. En Praga abundamos sobre Kafka y en torno al socialismo centroeuropeo. Y nos desquitamos en Madrid encarnizándonos con el Generalísimo. Haroldo hablaba con fervor de Buenos Aires eludiendo, reposadamente, toda pasión argentina.

Por eso, de Sudeste quisiera sugerir: se equivocan quienes lo emparentaron con El viejo y el mar; no se trata en Haroldo del Caribe transparente sino del Paraná embarrado que finge mansedumbre alterada por bruscos arrebatos a lo Horacio Quiroga. El río es tiempo que fluye y cuerpo (herida, pejerrey y agobio) del protagonista, que suele empecinarse en trabajos robinsonianos o en fantasmas en un delta grotescamente alucinado, a lo Fermín Eguía. Sudeste “elemental” con agua, desde ya, fuego, zanjas yventarrones. Comarca primordial marcada por faenas y sabidurías que siempre aluden o preanuncian la presencia de la muerte.

La muerte, muertes, en Sudeste y en los otros libros de Haroldo Conti (baladas, jaulas y cazadores), casi siempre aparecen como ecos, ráfagas, amagos o inscripciones en la corteza de los árboles. Es que los epitafios de Haroldo fundamentalmente son vegetales. La piedras entre nosotros resultan mojones o se llaman Walsh, Ortega Peña, Paco Urondo. Invictos. Como Haroldo Conti, más sosegado pero también invicto.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-66411-2006-05-04.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(2) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Uriburu/Galtieri

Archivado en General • Fecha: 11-04-2006 05:31:46

Por David Viñas

“Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivos reflejos.”
Rubén Darío, Marcha triunfal

Si el golpe de 1976 es la reducción al absurdo del 6 de septiembre de 1930, se puede inferir –teniendo muy en cuenta las obvias diferencias entre ambas coyunturas históricas– que Galtieri resulta la caricatura de aquel otro general que, manoteando su pistolera amenazante, echó de la Casa Rosada al vicepresidente Martínez. Podría postularse, también, que el dictador en ejercicio durante la guerra de las Malvinas no sólo representa la versión grotesca de aquel protagonista inicial sino su abyecta culminación y, ya al final del circuito militar, su clausura deseable y categórica.

Trato de sugerir, como me parece evidente, una especie de genealogía argentina tan obscena como deplorable. Que nos involucra a todos sin excepción en calidad de emisores o de receptores. Enérgicos/pasivos. Minoritariamente, ay, disconformes, críticos o resistentes. O para ser más preciso si cabe: ir proponiendo una constante cuya matriz no se limita a condicionar escenarios análogos sino, además, a superponerlos a un discurso central con variaciones.

La matriz del continuo discursivo que se tiende entre Uriburu y Galtieri puede leerse en la arenga pronunciada por Leopoldo Lugones en 1924. Fue en el Perú de Leguía con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho. Es un texto musculoso e insultante. Y que reverencialmente ha sido comentado, en su núcleo, por generaciones sucesivas de militares argentinos (así como por devotos compatriotas civiles). La médula de semejante alarde oratorio consiste en la proclama de la superioridad castrense y en la certeza indiscutible de la predestinación del Ejército a mandar al país y a sus habitantes sin ningún tipo de restricciones.

La escenografía que sirve de soporte a las egregias declamaciones de Uriburu y de Galtieri es el balcón de la Casa de Gobierno. Aparente detalle. Y allá abajo, una multitud en presunto acuerdo. Equívoco complemento. 1930/1982. El general aristocratizante, satisfecho en la foto lateral junto a Matías Sánchez Sorondo, pretendía avalarse referencialmente con Benito Mussolini. Momento primordial en pleno apogeo del fascismo. Galtieri, condotiero tardío, hasta en sus sobreactuaciones pronosticaba el desastre final.

Apertura y cierre. Un jefe rígido, pionero que, de hecho, estrena los años infames; y otro jefe con quien se evaporan, histriónica y trágicamente, los pruritos del autopromocionado Proceso. Pero la hipótesis de una genealogía castrense argentina puede lucir un par de inflexiones agregadas: Falcón –cuyo gigantesco retrato a lo kaiser Guillermo II adorna la oficina mayor del Departamento de Policía–, eficiente sableador de manifestaciones anarquistas en la etapa de repliegue del “orden conservador”. Dios lo tenga en su gloria. Y Onganía, indeleble carismático, entre las guías enhiestas de Uriburu y el hipo marcial de Galtieri.

“Superioridades” y destinos, sería el balance. O el epitafio. Una constante retórica, en realidad, con sus crispaciones y naufragios. Se podría, de manera consiguiente, agregar una ristra de connotaciones: desde potencias abatidas hasta múltiples deterioros. Quizás en esa franja módica y tan gritona se nos revele, por fin, la esquiva esencia argentina, oficiosamente manipulada por dictadores como Uriburu y Galtieri.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65138-2006-04-04.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Discurso escrache a Videla

Archivado en General • Fecha: 18-03-2006 00:00:00

Han pasado treinta años desde aquel nefasto 24 de marzo. Treinta años y sin embargo ese lugar en la mesa, ese espacio debajo de la bandera, ese brazo que hacía upa, ese saludo con los dedos en v, ese beso de la mañana, ese puño en alto de las marchas, falta con tanta contundencia, que pareciera que ha pasado sólo un instante, un parpadeo, un abrir y cerrar de ojos. Porque hemos perdido mucho. Mucho más que treinta mil compañeros y compañeras, padres y madres, amigos y novias, hijos e hijas. Se han perdido proyectos, ideas, sueños, la alegría de estar juntos, y de luchar juntos por un país mejor. Se necesitaron muchas rondas, mucha tenacidad, mucha insistencia de este pueblo que muerde el polvo pero se levanta, que se cae con las piernas rotas pero se suelda y se levanta, se destroza la nariz contra el piso, pero se levanta. Siempre se levanta y enarbola la esperanza. Porque esa es la diferencia entre ellos y nosotros. Aunque nos derroten nuestra victoria siempre es la esperanza.

Llevamos ya treinta años repudiando el golpe de estado de 1976. Y repudiar el golpe de estado es repudiar el autoritarismo, el modelo neoliberal que se impuso a costa del aniquilamiento de quienes pensaban distinto.

Es repudiar el plan sistemático de apropiación de niños.

Es repudiar al terrorismo de estado como método de persecución, desaparición, asesinato, tortura y exterminio.

Es repudiar un modelo de exclusión, del gobierno de unos pocos en detrimento de muchos.

El aniquilamiento de cualquier proyecto que significara una posición disidente.

El control del ser humano y sus ideales, sus utopías.

Es repudiar el cercenamiento de las libertades individuales y colectivas

Es repudiar a la prohibición de las libertades sindicales.

La prohibición de toda expresión artística disidente.

Es repudiar el desprecio por los derechos humanos.

La imposición de la cultura de la competencia.

La degradación de la política estatal.

El endeudamiento como forma de acumulación.

El desprecio por la industria nacional.

Es repudiar al terror como política de coerción y coacción.

Al armado de circuitos de centros clandestinos de detención.

Al robo de muebles e inmuebles a los detenidos desaparecidos.

A los vuelos de la muerte, arrojando vivos al Río de la Plata a los detenidos.

Al asesinato y tortura niños.

A la tortura a embarazadas.

A la simulación de enfrentamientos al momento de los asesinatos múltiples.

Es repudiar al resquebrajamiento del tejido social.

Y es también el repudio a toda forma de indiferencia.

Cuando nuestros padres y madres eran jóvenes ser joven era meterse en todo, querer ser parte de todas las decisiones, era querer cambiar el rumbo del mundo y querer ser parte activa y movilizadora de ese cambio.

Después, ser joven se convirtió en las diferentes formas de la frivolidad y el "no te metás". Por eso, repudiar el golpe de estado es también reivindicar una forma de juventud. Nosotros, los jóvenes, aunque quizás menos jóvenes de lo que ellos llegaron a ser, tenemos que meternos, tenemos que hacer política, tenemos que construir con nuestras manos y nuestros pies el país, el mundo en el que queremos vivir. Habiendo aprendido de las experiencias de las generaciones que nos precedieron, con la cabeza dispuesta a crear nuestras propias formas de participación, pero con la certeza de que sólo en la difícil pero gratificante tarea de construir con otros está la manera de salir adelante.

Por eso entonces, repudiar el golpe es repudiar toda forma de indiferencia; y homenajear a nuestros treinta mil desaparecidos es tomar nuestra juventud en nuestras manos y hacer con ella una herramienta con la que crear el país en el que queremos vivir.

Pero repudiar el golpe de Estado no es sólo repudiar a los militares genocidas.

Los militares respondían a un modelo de país, pensado y creado por políticos y economistas, financiado por empresarios y millonarios, bendecido por el clero y sostenido por el poder judicial y el aparato ideológico de los medios de comunicación. Sin olvidar, ni por un segundo, que el gobierno de los Estados Unidos de América tomó a sus marionetas y movió todos los hilos con precisión de cirujano.

No hay que olvidar a los beneficiarios de la estatización de la deuda privada que contrajo el Estado, luego dispuesto a cargo del pago del pueblo.

Ni a las empresas que pusieron sus instalaciones y medios para la persecución de los trabajadores y que entregaron de listas de delegados. Por ejemplo: Ingenios Ledesma, Mercedes Benz, Ford, Techint, Bounge y Born, Fortabat, la Sociedad Rural, Macri, Acindar, Banco de Boston, City Bank, Deustche Bank y tantos otros...

No hay que olvidar tampoco a esos médicos y enfermeros que atendían a los detenidos desaparecidos, controlándoles el límite vital de cada uno frente a la tortura. A los que se encargaban de atender a las detenidas embarazadas, para luego sustraerles el bebé que después sería apropiado o entregado a terceros.

A esos enfermeros, más conocidos como "jeringas", encargados de inyectarles Pentotal a los detenidos para arrojarlos drogados al Río de la Plata.

No hay que olvidar a los jueces, fiscales y gran número de funcionarios del aparato judicial.
Tampoco debemos olvidar a esos religiosos que aportando activamente su consentimiento a la dictadura militar entregaron la información recabada por la confesión de los familiares.
Cínicamente haciendo que escuchaban.
Dándole la bendición a muchos de los genocidas.
Tampoco a esos medios de comunicación que hoy sacan en tapa el treinta aniversario del golpe pero que hace treinta años fueron el instrumento de difusión del discurso y política del terrorismo de Estado, que tanto los benefició.

Y tampoco hay que olvidar a todos esos políticos enquistados en el poder que dieron el aval para que se cometieran los más aberrantes delitos de lesa humanidad.

Porque la memoria es mucho más que recordar algunos hechos o fechas. La memoria es tratar de comprender el pasado, es tomar una posición política sobre lo sucedido, es intentar aprender de quienes nos precedieron y es crear con todo eso herramientas que en éste, nuestro tiempo, nos sirvan para avanzar hacia un mundo mejor, justo, solidario.

La memoria es también no desaparecer a nuestros desaparecidos. Es devolverles su identidad, a cada uno, con su historia, sus gustos, sus maneras. Es devolverle a cada uno su identidad política y recordar que hace apenas treinta años, en este país, existieron muchas organizaciones:

GOM (Grupo Obrero Marxista)
PSRN (Partido Socialista de la Revolución Nacional)
Movimiento de Izquierda Revolucionaria (Grupo Praxis)
PO (Palabra Obrera)
Los Demetrios
MLN (Movimiento de Liberación Nacional)
Uturuncos
PSIN (Partido Socialista de la Izquierda Nacional)
Movimiento Nueva Argentina
FARN (Fuerzas Armadas de la Revolución Nacional)
CEISEPSE (Centro de Estudios e Investigaciones Socioeconómicas de la Provincia de Santiago del Estero)
FRIP (Frente Revolucionario Indoamericano Popular)
MIECE (Movimiento Independiente de Estudiantes de Ciencias Económicas)
MNRT (Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara)
EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo)
Brigada Masetti
JPR (Juventud Revolucionaria Peronista)
Frente Único FRIP- Palabra Obrera
PO (Política Obrera)
TERS (Tendencia Estudiantil Revolucionaria)
VR (Vanguardia Revolucionaria)
MRP (Movimiento Revolucionario Peronista)
PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores)
ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo)
MAP7
FAA (Frente Antiimperialista Antidictatorial)
FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo)
Frente Democrático Antiimperialista y Patriótico
TAR (Tendencia Antiimperialista Revolucionaria)
MSB (Movimiento Sindical de Base)
TOR (Tendencia Obrera por la Guerra y el Socialismo)
Comités de Base
GB (Grupos de Base)
Juventud del PRT
JG (Juventud Guevarista)
MNRT (Movimiento Nacional contra la Represión y la Tortura)
COFAPPEG (Comisión de Familiares de Presos Políticos, Estudiantiles y Gremiales)
Agrupaciones Antiimperialistas por el Socialismo
FATRAC (Frente de Trabajadores de la Cultura)
Cine de Base
VC (Vanguardia Comunista)
TUPAC (Tendencia Universitaria Popular Antiimperialista Combativa)
FRA (Frente Revolucionario Antiimperialista)
FAU (Frente Antiimperialista Universitario)
FEN (Frente Estudiantil Nacional)
FAP (Fuerzas Armadas Peronistas)
Comando Camilo Torres
CRU (Comando Revolucionario Universitario)
CPL (Comandos Peronistas de Liberación)
CNRR (Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria)
MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria)
ELN (Ejército de Liberación Nacional)
MSTM (Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo)
FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias)
ARP (Acción Revolucionaria Peronista)
MAP (Movimiento de Afirmación Popular)
Descamisados
PRT- La Verdad
TAREA (Tendencia de Agrupaciones Estudiantiles de Avanzada)
UAP (Unión Antiimperialista Programática)
FAL (Fuerzas Armadas de Liberación) Benjo Cruz (FAL- BC), Máximo Mena (FAL- MM), América en Armas (FAL- AA), Inti Peredo (FAL- IP), 22 de Agosto (FAL- 22) y Che Guevara (FAL- CHE)
ARS8 (Acción Revolucionaria Secundaria 8 de Octubre)
PCR (Partido Comunista Revolucionario)
JCR (Juventud Comunista Revolucionaria)
CGTA (CGT de los Argentinos)
CPL (Comandos Populares de Liberación)
GEL (Guerrilla Ejército de Liberación)
Montoneros
JP (Juventud Peronista)
CPL (Cristianos para la Liberación)
CEPRE (Corriente Estudiantil Peronista Revolucionaria)
JUP (Juventud Universitaria Peronista)
JTP (Juventud Trabajadora Peronista)
JPB (Juventud Peronista Barrial)
MVP (Movimiento de Villeros Peronistas)
UES (Unión de Estudiantes Secundarios)
AE (Agrupación Evita de la Rama Femenina)
MIP (Movimiento de Inquilinos Peronistas)
FLP (Frente de Lisiados Peronistas)
Asociación Gremial de Artesanos
Agrupación Peronista de Artesanos
MRP- 17 (Movimiento Revolucionario Peronista 17 de octubre)
FRP (Frente Revolucionario Peronista)
MIRA (Movimiento de Izquierda Revolucionaria Argentina)
TAU (Tendencia Antiimperialista Universitaria)
GOR (Grupo Obrero Revolucionario)
Ligas Agrarias
PB (Peronismo de Base)
FIP (Frente de Izquierda Popular)
UFA (Unión Feminista Argentina)
MLF (Movimiento de Liberación Femenina)
PST (Partido Socialista de los Trabajadores)
ERP 22 (Ejército Revolucionario del Pueblo 22 de Agosto)
PRT- FR (Partido Revolucionario de los Trabajadores- Fracción Roja)
PCML (Partido Comunista Marxista Leninista)
FLH (Frente de Liberación Homosexual)
FAP 17 de Octubre (Fuerzas Armadas Peronistas 17 de octubre)
PB 17 de Octubre (Peronismo de Base 17 de octubre)
OCPO-BR (Organización Comunista Poder Obrero- Brigadas Rojas)
MJP (Movimiento Juventud Peronista)
FPL (Frente Peronista de Liberación)
OP17 (Organización Peronista 17 de Octubre)
FACON (Federación Argentina contra las Organizaciones Nazis)
LIM (Línea de Izquierda Mayoritaria)
PROA (Partido Revolucionario de los Obreros Argentinos)
MPM (Movimiento Peronista Montonero).

Expresiones todas de una generación con tantas ideas y tanta fuerza como banderas pudieran enredarse en una plaza cualquiera.

Hoy, a treinta años del golpe militar, nos encontramos frente a la casa de Jorge Rafael Videla.

El comandante en jefe del ejército que encabezó el golpe militar el 24 de marzo de 1976. Miembro de la primera junta militar, entre esa fecha y el 29 de marzo de 1981.

Fue quien en octubre de 1975 lanzó lo que se consideró el primer ultimátum, "Si es preciso, en la Argentina deberán morir todas las personas que sean necesarias para lograr la paz del país".

En el juicio a las juntas de 1985 fue condenado a reclusión perpetua, inhabilitación absoluta perpetua y destitución del grado militar, cumplió cinco años de prisión; en 1990 fue indultado por Menem.

En diciembre de 1985 la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Capital Federal lo condenó a reclusión perpetua e inhabilitación absoluta perpetua, como autor responsable de los delitos de homicidio agradado por alevosía. Pero nunca se lo juzgó por genocidio.

En el mismo año, la Cámara Federal de la Capital condenó a Videla como responsable mediato de la Masacre de Margarita Belén.

El 9 de junio de 1998 detenido en la causa sobre secuestro de niños durante la dictadura, una de las causas por la cual, y en virtud de su senil edad, cumple arresto domiciliario.

En julio de 2001 quedó procesado y con prisión preventiva por el Plan Cóndor, como integrante de una "asociación ilícita calificada" destinada a perseguir a opositores de regímenes de facto de Sudamérica; procesado como presunto autor mediato de la desaparición forzada de 72 personas en el marco del Plan Cóndor.

Denunciado por homicidio calificado, privación ilegítima de la libertad agravada, abuso de autoridad, incumplimiento de los deberes de funcionario público, aplicación de tratos crueles y aberrantes y ejercicio de 'facultades extraordinarias-suma del poder público'.

Videla y Suárez Mason se negaron en su oportunidad a ser juzgados en Alemania, mientras que Massera no pudo ser interrogado por la Justicia, ya que se encontraba internado en el Hospital Naval en grave estado.

Ahora, aún con las leyes de impunidad anuladas, tenemos los juicios avanzando a paso de hormiga. Y todos sabemos, la justicia que es lenta no es justicia.

Tan lenta que hoy estamos frente a la casa de Videla, que está "preso", pero está disfrutando de este magnífico escrache en la comodidad de su hogar. No estamos en la cárcel de Marcos Paz, ni en la cárcel de Devoto ni en la cárcel de Ezeiza. No dejamos de valorar todos los avance que se han hecho, porque sería no valorar nuestra propia lucha, nuestro propio esfuerzo, pero este escrache es también para decir que nadie debe confundirse: hasta que no estén presos, en una cárcel común todos y cada uno de los culpables, nos volveremos a encontrar una y otra vez en la calle, escrachando, marchando, gritando: luchando.

Porque mientras no estén condenados viviremos en un estado de impunidad y eso es muy grave. La impunidad trastoca los valores sociales. No podemos convivir con genocidas libres. Es la impunidad la que permite que un torturador confeso como lo es Luis Patti tenga la posibilidad de presentarse a elecciones. La impunidad da continuidad a la escala de valores impuestos por la dictadura.

Hoy, a treinta años del golpe militar, nos encontramos frente a la guarida de esta rata inmunda: Jorge Rafael Videla!

Vamos a subir a visitarte, porque queremos hablarte de frente. Porque sabemos que tendrías que estar en tu casa, pero no estamos seguros que cumplas con tu prisión domiciliaria. A vos, rata inmunda, te vinimos a escarchar!

Rata, fuiste el comandante en jefe del ejército que encabezó el golpe militar el 24 de marzo de 1976. Miembro de la primera junta militar, entre esa fecha y el 29 de marzo de 1981.

Fuiste quien en octubre de 1975 lanzó lo que se consideró el primer ultimátum, "Si es preciso, en la Argentina deberán morir todas las personas que sean necesarias para lograr la paz del país", dijiste con tu cara impune con tu cara de RATA.

En el juicio a las juntas de 1985 fuiste condenado a reclusión perpetua, inhabilitación absoluta perpetua y destitución del grado militar, cinco años ínfimos cumpliste en prisión; ya que en 1990 fuiste indultado por otra rata, Carlos Menem.
Fuiste condenado posteriormente como responsable mediato de la Masacre de Margarita Belén.,también en causas sobre secuestro de niños durante la dictadura, una de las causas por la cual, y en virtud de tu senil edad, cumplís este hipócrita arresto domiciliario.

En julio de 2001 quedaste procesado y con prisión preventiva por el Plan Cóndor. Fuiste denunciado por homicidio calificado, privación ilegítima de la libertad agravada, abuso de autoridad, incumplimiento de los deberes de funcionario público, aplicación de tratos crueles y aberrantes y ejercicio de 'facultades extraordinarias-suma del poder público'.

Y lo mas importante también, fuiste juzgado por la sociedad. Este pueblo no te quiere, rata. No quiere verte libre. Quiere que te pudras en la cárcel, y que te lleves a las celdas, a tus queridos amigos de lucha: José Martínez de Hoz, Alfredo Astiz, Eduardo Massera, Jorge Acosta, Luciano Benjamín Menéndez, Domingo Bussi, Feced, Enrique Olea, Ibérico Saint Jean,... y muchos... muchos más. Que tendrían que ir preocupándose porque iremos por todos, a donde vayan, los iremos a buscar.

Quien lo hubiera imaginado no... ese 24 de marzo del 76, que tantas años después nos reencontraríamos, tan cerca, y tan lejos a la vez.
PORQUE ESTAMOS MUY LEJOS DE TU TALLA. Porque no avalamos los terrorismos de Estados, no avalamos como avalaste los centros de detención clandestina, tampoco el plan sistemático de apropiación de menores, y menos avalamos las torturas....ni ayer, ni hoy, ni nunca.

Rata inmunda... queremos que sepas, que seguimos de pie. Que las Madres, las Abuelas, los Familiares, los sobrevivientes, y todos los que nos han acompañando durante estos 30 años, así nos lo han enseñado.

¡Que ejemplos de Vida,! ante tanta muerte que impusiste con tus secuaces. Queremos decirte, que la resistencia no se acaba nunca, siempre seguirá. Y así como hoy te estamos visitando, también lo haremos con todas las ratas que nos faltan.
Después iremos por los cómplices, por los ideólogos, y por los beneficiarios del terrorismo de Estado.

También iremos por las ratas de hoy, por los responsables de los pibes que mueren bajo las balas policiales, por los responsables de la represión y el gatillo fácil.

Quién hubiera dicho...

Hace treinta años que esos bebés, que esos niños que apenas podían balbucear mamá y papá se iban a organizar para luchar contra la impunidad. Seguramente Videla, aun en su cárcel de lujo, debe estar lamentando no habérselo imaginado.

A diez años de habernos encontrado seguimos juntos, seguimos buscando a nuestros hermanos, seguimos luchando por justicia, seguimos reivindicando la forma de ser joven de nuestros padres y sus compañeros.

Esa forma de ser joven que es sinónimo de ser rebelde, de ser solidario, de tomar en las propias manos las decisiones y los compromisos.

Porque nos toca recoger las banderas que ellos nunca permitieron que se cayeran. Nos toca hacer para nosotros y para nuestros hijos el mundo que ellos hubieran querido.
Por todo esto es que estamos acá.

JUICIO Y CASTIGO A TODOS LOS GENOCIDAS Y SUS COMPLICES, IDEÓLOGOS Y BENEFICIARIOS.

NO A LAS CARCELES VIP NI PRISIONES DOMICILIARIAS: CARCEL COMUN, EFECTIVA Y PERPETUA.

RESTITUTICIÓN DE LA IDENTIDAD DE LOS 500 JOVENES APROPIADOS.

REIVINDICAMOS LA LUCHA DE NUESTROS VIEJOS Y SUS COMPAÑEROS.

NO OLVIDAMOS

NO PERDONAMOS

NO NOS RECONCILIAMOS

TREINTA MIL COMPAÑEROS DETENIDOS DESAPARECIDOS...
PRESENTES!!!

AHORA

Y SIEMPRE

H.I.J.O.S
Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Un politólogo ejemplar

Archivado en General • Fecha: 22-02-2006 00:00:00

Por David Viñas

¿Hasta cuándo, Catilina?...
Cicerón

El aticismo de Andrés Oppenheimer es tan sutil y espléndidamente informado que me apabulla. Sin embargo, trataré de conjurar el apocamiento reverencial que me provoca apelando a un antecedente literario que justifique mi temeridad por llamarlo familiarmente: el argumento ad hominem aún produce escándalo entre los medios y escritores que intentan definirse por su presunta seriedad; emitir, sin más, “Oppenheimer”, les parece descortesía, insolencia o, si la cuestión se exaspera, algo muy próximo a la procacidad.

Y pues bien, un notorio orador latino (con perdón), desde su banca de senador osó denunciar –reiterando su nombre– a quien consideraba responsable de falacias disimuladas entre argumentaciones y consejos que supuestamente favorecían a la república. A Cicerón y a su manejo de las palabras, entonces, requiero como precedentes para ocuparme, apretando el bandoneón, de Oppenheimer Andrés.

En primer lugar, gran parte de la poética de Oppenheimer consiste en exhibir sus copiosas consagraciones; estratagema que apunta a intimidar, desde un comienzo, al lector. A su sumisión, en realidad. Porque el lote de premios, desde el Pulitzer enhebrando al Ortega y Gasset hasta desensillar en el Moors Cabot, lo van cubriendo de medallas. Oppenheimer, además, no sólo subraya sus regias colaboraciones en The Miami Herald, sino también en esa pertinente secuencia que si se abre entre La Nación, El Mercurio de Chile, El Comercio de Lima, se estaciona en El Colombiano. América latina siempre implicó un desasosiego para Oppenheimer. Y no digamos su vinculación con The Associated Press y su pecho condecorado como el de cierto mariscal. Así como los textos de las propias solapas que calcan, de manera perspicaz, el estilo de Oppenheimer en beneficio de un vaporoso se sigilosamente adjudicado a la editorial que lo publica.

Apurando esta jubilosa ponderación. El núcleo de las prosas de Oppenheimer se escinde en un par de inflexiones que operan especularmente de modo complementario: la franja cóncava, si se inaugura con los rezongos contra Cuba –procedimientos que ya resultan obvios de tan subrayados–, de manera actualizada se va especializando en el venezolano Chávez, reiteradamente amonestado con hallazgos tales como “narcisista leninista”, “pintoresco gesticulador” e, ineludiblemente, “populista”. Populismo que, de forma deductiva, se contrapone a “empresarios” y “éxitos irrefutables”.

Por la vertiente convexa, Oppenheimer promueve terapias tan inequívocas como “las inversiones” y “las aperturas a la globalización”. Culminando con lisonjera arenga a favor de las bondades del mercado subrayado y con mayúsculas. El “pragmatismo” funciona así, en este andarivel, en calidad de eufemismo de la Realpolitik de donde, inexorables, emanan fragancias ante las cuales las virtudes de Oppenheimer –excusándose– lo inducen a taparse la nariz.

Cabe interrogarse al llegar aquí (y tomar aliento): ¿cuáles son actualmente los modelos que la clarividencia de Oppenheimer postula, a partir de su apasionado latinoamericanismo, para superar los fracasos desde México al Río de la Plata? Melancólicamente, en esta zona, Oppenheimer me recuerda a un esclarecido compatriota que convocó al “sí” en Plaza de Mayo durante los años del menemato: Singapur, Taiwan y Corea del Sur. “Paradigmas.” Pero ahora, Oppenheimer aggiornado –ay, quizá, calculando juiciosamente a los futuros amos del 2010 o 2020–, agrega la China de Pekín.

Varias preguntas finales y una exhortación: ¿de qué se sonríe Oppenheimer en las imágenes que decoran sus escritos? ¿De las humillaciones de los sudacas? ¿En una de ésas, por acatar benévolamente el ademán predominante frente al american dream? ¿Eventualmente satisfecho por las 21 repetidoras “globales” que difunden sus severos análisis, pronósticos y consejos?

Y la exhortación –que resulta correlativa a todo lo anterior–: Oppenheimer concluye su último escrito con un fogoso ditirambo dedicado a Hwang Woo-suk, bendiciendo sus trabajos que lo convirtieron en “ídolo nacional de Corea”. Aplausos y congratulaciones. Pero el ínclito investigador posteriormente fue acusado de fraude profesional. Y tuvo que reconocerlo públicamente pidiendo disculpas a los coreanos.

Oppenheimer, Oppenheimer, ¿hasta cuándo semejante asunto sigue siendo, para usted, la cumbre de sus esclarecidas propuestas de solución frente a los problemas más graves de la América latina que tanto lo acongojan?

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-63449-2006-02-22.html

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

“DIALÉCTICA DEL ILUMINISMO”

Archivado en General • Fecha: 09-02-2006 06:26:45

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN ALEMANA

Cuando hace dos años iniciamos el trabajo cuyas primeras pruebas dedicamos ahora a Friedrich Pollock, esperábamos poder terminar y presentar la totalidad en ocasión de su quincuagésimo aniversario. Pero cuanto más adelantábamos en la empresa más nos dábamos cuenta de la desproporción entre ella y nuestras fuerzas. Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie. Habíamos subestimado las dificultades del tema, porque teníamos aun demasiada fe en la conciencia actual. A pesar de haber observado desde hacía muchos años que en la actividad científica moderna las grandes invenciones se pagan con una creciente decadencia de la cultura teórica, creíamos poder guiarnos por el modelo de la organización científica, en el sentido de que nuestra contribución se limitase esencialmente a la crítica o a la continuación de doctrinas particulares. Hubiéramos debido atenernos, por lo menos en el orden temático, a las disciplinas tradicionales: sociología, psicología y gnoseología.

Los fragmentos recogidos en este volumen demuestran que hemos debido renunciar a aquella fe. Si el examen y el estudio atento de la tradición científica constituye un momento indispensable para el conocimiento -en especial allí donde los depuradores positivistas la abandonan al olvido como cosa inútil-, por otro lado, en la fase actual de la civilización burguesa ha entrado en crisis no sólo la organización sino el sentido mismo de la ciencia. Lo que los fascistas hipócritamente elogian y lo que los dóciles expertos en humanidad ingenuamente cumplen, la autodestrucción incesante del iluminismo, obliga al pensamiento a prohibirse hasta el último candor respecto de los hábitos y las tendencias del espíritu del tiempo. Si la vida pública ha alcanzado un estadio en el que el pensamiento se transforma inevitablemente en mercancía y la lengua en embellecimiento de ésta, el intento de desnudar tal depravación debe negarse a obedecer las exigencias lingüísticas y teóricas actuales antes de que sus consecuencias históricas universales lo tornen por completo imposible.

Si los obstáculos fueran solamente aquellos que derivan de la instrumentalización inconsciente de la ciencia, el análisis de los problemas sociales podría vincularse con las tendencias que están en oposición a la ciencia oficial. Pero también éstas han sido embestidas por el proceso global de la producción y no han cambiado menos que la ideología contra la cual se dirigían. Les aconteció lo que siempre le acontece al pensamiento victorioso, el cual, apenas sale voluntariamente de su elemento crítico para convertirse en instrumento al servicio de una realidad, contribuye sin querer a transformar lo positivo en algo negativo y funesto. La filosofía, que en el siglo XVIII, a pesar de la quema de libros y hombres, inspiraba a la infamia un terror mortal, bajo Napoleón había pasado ya al partido de ésta. Incluso la escuela apologética de Comte usurpó la sucesión de los inflexibles enciclopedistas y tendió la mano a todo aquello contra lo cual éstos habían combatido. Las metamorfosis de la crítica en aprobación no dejan inmune ni siquiera el contenido teórico, cuya verdad se volatiliza. Por lo demás, hoy la historia motorizada anticipa incluso estos desarrollos espirituales, y los exponentes oficiales, que tienen otras preocupaciones, liquidan la teoría que los ha ayudado a conquistarse un puesto bajo el sol aun antes de que ésta haya tenido tiempo de prostituirse.

En la reflexión crítica sobre su propia culpa el pensamiento se ve por lo tanto privado no sólo del uso afirmativo de la terminología científica y cotidiana sino también de la de la oposición. No se presenta más una sola expresión que no procure conspirar con tendencias del pensamiento dominante, y lo que una lengua destruida no hace por cuenta propia es sustituido inevitablemente por los mecanismos sociales. A los censores libremente mantenidos por las firmas cinematográficas a los efectos de evitar gastos mayores corresponden fuerzas análogas en todos los campos. El proceso al que es sometido un texto literario, si no es ya en la previsión automática del autor, de todos modos parte del staff de lectores, revisores, ghost writers, dentro y fuera de las editoriales, supera en perfección a toda censura. Tornar completamente superfluas las funciones de la censura parece ser -no obstante toda reforma útil- la ambición del sistema educativo. En su convicción de que, si no se limita estrictamente a la determinación de los hechos y al cálculo de probabilidades, el espíritu cognoscitivo se hallaría demasiado expuesto al charlatanismo y a la superstición, el sistema educativo prepara el árido terreno para que acoja ávidamente supersticiones y charlatanismo. Así como la prohibición ha abierto siempre camino al producto más nocivo, del mismo modo la prohibición de la imaginación teórica abre camino a la locura política. Y en la medida en que los hombres no han caído aún en su poder, son privados por los mecanismos de censura -externos o introyectados en su interior- de los medios necesarios para resistir.

La aporía ante la que nos encontramos frente a nuestro trabajo se reveló así como el primer objetivo de nuestro estudio: la autodestrucción del iluminismo. No tenemos ninguna duda -y es nuestra petición de principio- respecto a que la libertad en la sociedad es inseparable del pensamiento iluminista. Pero consideramos haber descubierto con igual claridad que el concepto mismo de tal pensamiento, no menos que las formas históricas concretas y las instituciones sociales a las que se halla estrechamente ligado, implican ya el germen de la regresión que hoy se verifica por doquier. Si el iluminismo no acoge en sí la conciencia de este momento regresivo, firma su propia condena. Si la reflexión sobre el aspecto destructor del progreso es dejada a sus enemigos, el pensamiento ciegamente pragmatizado pierde su carácter de superación y conservación a la vez, y por lo tanto también su relación con la verdad. En la misteriosa actitud de las masas técnicamente educadas para caer bajo cualquier despotismo, en su tendencia autodestructora a la paranoia “popular”, en todo este absurdo incomprendido se revela la debilidad de la comprensión teórica de hoy.

Creemos contribuir con estos fragmentos a dicha comprensión en la medida en que muestran que la causa de regresión del iluminismo a la mitología no debe ser buscada tanto en las modernas mitologías nacionalistas, paganas, etc., elegidas deliberadamente como fines regresivos, como en el propio iluminismo paralizado por el miedo a la verdad, entendiendo a ambos conceptos no sólo en el sentido de la “historia de la cultura” sino también en sentido real. Así como el iluminismo expresa el movimiento real de la sociedad burguesa en general bajo la especie de sus ideas, encarnadas en personas e instituciones, del mismo modo la verdad no es sólo la conciencia racional sino también su configuración en la realidad. El miedo característico del auténtico hijo de la civilización moderna de alejarse de los hechos, que, por lo demás, desde que son percibidos se hallan ya esquemáticamente preformados por las costumbres dominantes en la ciencia, en los negocios y en la política, es idéntico al miedo respecto a la desviación social. Tales costumbres determinan incluso el concepto de claridad (en la lengua y en el pensamiento) al que arte, literatura y filosofía deberían hoy adecuarse. Este concepto -que califica de oscuro y complicado, y sobre todo de extraño al espíritu nacional, al pensamiento que interviene negativamente en los hechos y en las formas de pensar dominantes- condena al espíritu a una ceguera cada vez más profunda. El hecho de que incluso el reformer más honesto, que recomienda la renovación de un lenguaje consumido por el uso, refuerce -al hacer suyo un aparato categorial prefabricado y la mala filosofía en que éste se sostiene- el poder de lo que existe, ese mismo poder que querría quebrantar, forma parte de la situación sin camino de salida. La falsa claridad es sólo otra forma de indicar el mito. El mito ha sido siempre oscuro y evidente a la vez, y se ha distinguido siempre por su familiaridad, lo que exime del trabajo del concepto.

La condena natural de los hombres es hoy inseparable del progreso social. El aumento de la producción económica que engendra por un lado las condiciones para un mundo más justo, procura por otro lado al aparato técnico y a los grupos sociales que disponen de él una inmensa superioridad sobre el resto de la población. El individuo se ve reducido a cero frente a las potencias económicas. Tales potencias llevan al mismo tiempo a un nivel, hasta ahora sin precedentes, el dominio de la sociedad sobre la naturaleza. Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, ese aparato lo provee como nunca lo ha hecho. En el estado injusto la impotencia y la dirigibilidad de la masa crece con la cantidad de bienes que le es asignada. La elevación del nivel de vida de los inferiores -materialmente considerable y socialmente insignificante- se refleja en la aparente e hipócrita difusión del espíritu, cuyo verdadero interés es la negación de la reificación. El espíritu no puede menos que debilitarse cuando es consolidado como patrimonio cultural y distribuido con fines de consumo. El alud de informaciones minuciosas y de diversiones domesticadas corrompe y estupidiza al mismo tiempo.

No se trata de la cultura como valor, en el sentido de los “críticos de la civilización”, Huxley, Jaspers, Ortega y Gasset, etc., sino del hecho de que el iluminismo debe tomar conciencia de sí, si no se quiere que los hombres sean completamente traicionados. No se trata de conservar el pasado, sino de realizar sus esperanzas. Mientras que hoy el pasado continúa como destrucción del pasado. Si la cultura respetable ha sido hasta el siglo pasado un privilegio pagado con mayores sufrimientos por quienes se hallaban excluidos de la cultura, la fábrica higiénica de nuestro siglo ha sido pagada con la fusión de todos los elementos culturales en el crisol desmesurado. Y tal vez no fuese siquiera un precio tan alto como lo consideran los defensores de la cultura, si la venta y liquidación de la cultura no contribuyese a pervertir y convertir en lo contrario las mejoras económicas.

En las condiciones actuales incluso los bienes materiales se convierten en elementos de desventura. Si la masa de los bienes materiales, por falta del sujeto social, daba origen en el período precedente, bajo forma de superproducción, a crisis de la economía interna, hoy, cuando grupos de poder han ocupado el puesto y la función de aquel sujeto social, dicha masa produce la amenaza internacional del fascismo: el progreso se invierte y se convierte en regreso. El hecho de que la fábrica higiénica y todo lo que con ella se relaciona liquiden obtusamente la metafísica es cosa en definitiva indiferente; pero que la fábrica y el palacio de deportes se conviertan dentro de la totalidad social en una cortina ideológica tras la que se condensa la miseria real no resulta indiferente. A partir de este punto surgen nuestros fragmentos.

El primer ensayo, que es la base teórica de los siguientes, busca esclarecer la mezcla de racionalidad y realidad social, y también la otra mezcla, inseparable de la primera, de naturaleza y dominio de la naturaleza. La crítica a la que en tal ensayo se somete al iluminismo tiene por objeto preparar un concepto positivo de éste, que lo libere de la petrificación en ciego dominio.

En términos muy generales el primer ensayo podría resumirse, en su aspecto crítico, en dos tesis: el mito es ya iluminismo, el iluminismo vuelve a convertirse en mitología. Estas tesis son ilustradas en los dos excursus sobre temas concretos particulares. El primero estudia la dialéctica de mito e iluminismo en la Odisea, como en uno de los primerísimos documentos representativos de la civilización burguesa occidental. En el centro se hallan los conceptos de sacrificio y de renuncia, en los cuales se revela la diferencia y la unidad de la naturaleza mítica y del dominio racional de la naturaleza. El segundo excursus se ocupa de Kant, Sade y Nietzsche, inflexibles ejecutores del iluminismo. En él se muestra cómo el dominio de todo lo que es natural en el sujeto dueño de sí concluye justamente en el dominio de la objetividad y de la naturalidad más ciega. Esta tendencia nivela todos los contrastes del pensamiento burgués, empezando por el que existe entre rigor moral y amoralidad absoluta.

El capítulo sobre la industria cultural muestra la regresión del iluminismo a la ideología que tiene su expresión canónica en el cine y en la radio, donde el iluminismo reside sobre todo en el cálculo del efecto y en la técnica de producción y difusión; la ideología, en cuanto a aquello que es su verdadero contenido, se agota en la fetichización de lo existente y del poder que controla la técnica. En el análisis de esta contradicción la industria cultural es tomada con más seriedad que lo que ella misma querría. Pues dado que sus continuas declaraciones respecto a su carácter comercial y a su naturaleza de verdad reducida se han convertido desde hace tiempo en una excusa para sustraerse a la responsabilidad de la mentira, nuestro análisis se atiene a la pretensión objetivamente inherente a sus productos de ser creaciones estéticas y de ser por lo tanto verdad representada. En la inconsistencia de tal pretensión se desenmascara la vacuidad social de tal industria. Este capítulo es aun más fragmentario que los otros.

El análisis en forma de tesis de los “elementos del antisemitismo” está dedicado al retorno de la sociedad iluminada a la barbarie en la realidad. La tendencia a la autodestrucción pertenece desde el comienzo a la racionalidad no sólo idealmente sino también prácticamente y no sólo en la fase en que emerge en toda su evidencia. En este sentido es esbozada una prehistoria filosófica del antisemitismo. Su “irracionalismo” se deduce de la esencia misma de la razón dominante y del mundo hecho a su imagen.
Los Elementos están relacionados en forma estrecha con investigaciones empíricas del Institut für Sozialforschung, fundación creada y mantenida en vida por Felix Weil, sin la cual no sólo nuestros estudios sino también buena parte del trabajo teórico continuado a pesar de Hitler por los alemanes emigrados no hubiera sido posible.

En la última sección se publican apuntes y esbozos que en parte entran dentro de la corriente teórica de los ensayos precedentes, pero que no podían hallar su puesto en ellos, y en parte dibujan provisionalmente problemas que serán objeto de trabajo futuro. Se refieren en su mayor parte a una antropología dialéctica.

Los Ángeles, California, mayo de 1944.

El libro no contiene modificaciones importantes en el texto, terminado durante la guerra. Se ha agregado a continuación la última tesis de los Elementos del antisemitismo.

Junio de 1947
MAX HORKHEIMER
THEODOR W. ADORNO

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

CONCEPTO DE ILUMINISMO

Archivado en General • Fecha: 09-02-2006 06:25:21

El iluminismo, en el sentido más amplio de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de quitar el miedo a los hombres y de convertirlos en amos. Pero la tierra enteramente iluminada resplandece bajo el signo de una triunfal desventura. El programa del iluminismo consistía en liberar al mundo de la magia. Se proponía, mediante la ciencia, disolver los mitos y confutar la imaginación: Bacon, “el padre de la filosofía experimental”, (1) recoge ya los diversos temas. Desprecia a los partidarios de la tradición, quienes “primero creen que otros saben lo que ellos no saben; luego suponen saber ellos mismos lo que ellos no saben. La credulidad, la aversión respecto a la duda, la precipitación en las respuestas, la pedantería cultural, el temor a contradecir, la indolencia en las investigaciones personales, el fetichismo verbal, la tendencia a detenerse en los conocimientos parciales: todo esto y otras cosas más han impedido las felices bodas del intelecto humano con la naturaleza de las cosas, para hacer que se ayuntase en cambio con conceptos vanos y experimentos desordenados. Es fácil imaginar los frutos y la descendencia de una unión tan gloriosa. La imprenta, invención grosera; el cañón, que estaba ya en el aire; la brújula, conocida ya en cierta medida antes: ¡qué cambios no han aportado, la una al estado de la ciencia, el otro al de la guerra, la tercera al de las finanzas, el comercio y la navegación! Y hemos dado con estas invenciones, repito, casi por casualidad. La superioridad del hombre reside en el saber, no hay ninguna duda respecto a ello. En el saber se hallan reunidas muchas cosas que los reyes con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales su autoridad no pesa, de las que sus informantes no pueden darles noticias y hacia cuyas tierras de origen sus navegantes y descubridores no pueden enderezar el curso. Hoy dominamos la naturaleza sólo en nuestra opinión, y nos hallamos sometidos a su necesidad; pero si nos dejásemos guiar por ella en la invención, podríamos ser sus amos en la práctica”. (2)

Bien que ajeno a las matemáticas, Bacon ha sabido descubrir con exactitud el animus de la ciencia sucesiva. El feliz connubio en que piensa, entre el intelecto humano y la naturaleza de las cosas, es de tipo patriarcal: el intelecto que vence a la superstición debe ser el amo de la naturaleza desencantada. El saber, que es poder, no conoce límites, ni en la esclavización de las criaturas ni en su fácil aquiescencia a los señores del mundo. Se halla a disposición tanto de todos los fines de la economía burguesa, en la fábrica y en el campo de batalla, como de todos los que quieran manipularlo, sin distinción de sus orígenes. Los reyes no disponen de la técnica más directamente que lo que hacen los mercaderes: la técnica es democrática como el sistema económico en que se desarrolla. La técnica es la esencia de tal saber. Dicho saber no tiende -sea en Oriente como en Occidente- a los conceptos y a las imágenes, a la felicidad del conocimiento, sino al método, a la explotación del trabajo, al capital privado o estatal. Todos los descubrimientos que aun promete según Bacon son a su vez instrumentos: la radio como imprenta sublimada, el avión de caza como artillería más eficaz, el proyectil guiado a distancia como brújula más segura. Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es la forma de utilizarla para lograr el dominio integral de la naturaleza y de los hombres. Ninguna otra cosa cuenta. Sin miramientos hacia sí mismo, el iluminismo ha quemado hasta el último resto de su propia autoconciencia. Sólo el pensamiento que se hace violencia a sí mismo es lo suficientemente duro para traspasar los mitos. frente al actual triunfo del “sentido de los hechos”, incluso el credo nominalista de Bacon resultaría sospechoso de metafísica y caería bajo la acusación de vanidad que él mismo formuló contra la escolástica. Poder y conocer son sinónimos. (3) La estéril felicidad de conocer es lasciva tanto para Bacon como para Lutero. Lo que importa no es la satisfacción que los hombres llaman verdad, sino la operation, el procedimiento eficaz; “el verdadero fin y tarea de la ciencia” reside no en “discursos plausibles, edificantes, dignos o llenos de efecto, o en supuestos argumentos evidentes, sino en el empeño y en el trabajo, y en el descubrimiento de detalles antes desconocidos para un mejor equipamiento y ayuda en la vida”. (4)

No debe existir ningún misterio, pero tampoco el deseo de su revelación.

La liberación del mundo respecto a la magia es la liquidación del animismo. Jenófanes ridiculiza a los dioses múltiples, que se asemejan a sus creadores, los hombres, con todos sus accidentes y defectos, y la lógica más reciente denuncia las palabras convencionales del lenguaje como monedas falsas que conviene sustituir por fiches neutrales. El mundo se convierte en caos y la síntesis en salvación. No hay ya ninguna diferencia entre el animal totémico, los sueños del visionario y la idea absoluta. En su itinerario hacia la nueva ciencia los hombres renuncian al significado. Sustituyen el concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad. La causa ha sido el último concepto filosófico con el cual la crítica científica ha arreglado cuentas, puesto que era el único de los viejos que aún se le resistía, la última secularización del principio creador. Definir modernamente sustancia y cualidad, actividad y pasión, ser y existencia, ha sido, desde Bacon en adelante, interés y tarea de la filosofía; pero la ciencia se desentendía ya de estas categorías. Habían sobrevivido como idola theatri de la vieja metafísica, y eran ya, en los tiempos de aquélla, monumentos de entidad y fuerzas de la prehistoria, cuya vida y muerte habían sido expuestas y trazadas en los mitos. Las categorías mediante las cuales la filosofía occidental definía el orden eterno de la naturaleza, señalaban puntos ya ocupados por Ocnos y Perséfona, Ariadna y Nereo. Las categorías presocráticas fijan el momento del tránsito. Lo húmedo, lo informe, el aire, el fuego, que aparecen en ellas como materia prima de la naturaleza, son residuos apenas racionalizados de la concepción mítica. Así como las imágenes de la generación de la tierra y del río, llegadas hasta los griegos desde el Nilo, se convirtieron allí en principios hilozoicos, en elementos, del mismo modo la inagotable ambigüedad de los demonios míticos se espiritualizó en la forma pura de las esencias ontológicas. Por último, con las ideas de Platón, incluso las divinidades patriarcales del Olimpo invisten las características del logos filosófico. Pero en la herencia platónica y aristotélica de la metafísica el iluminismo reconoció las antiguas fuerzas y persiguió como superstición la pretensión de verdad de los universales. El iluminismo cree aún descubrir en la autoridad de los conceptos generales el miedo a los demonios, con cuyas imágenes y reproducciones los hombres buscaban, en el ritual mágico, influir sobre la naturaleza. A partir de ahora la materia debe ser dominada más allá de toda ilusión respecto a fuerzas superiores a ella o inmanentes en ella, es decir, de cualidades ocultas. Lo que no se adapta al criterio del cálculo y de la utilidad es, a los ojos del iluminismo, sospechoso. Y cuando el iluminismo puede desarrollarse sin perturbaciones provenientes de la opresión externa, el freno desaparece. Sus mismas ideas sobre los derechos de los hombres terminan por correr la suerte de los viejos universales. Ante cada resistencia espiritual que encuentra su fuerza no hace más que aumentar. (5) Ello deriva del hecho de que el iluminismo se reconoce a sí mismo incluso en los mitos. Cualesquiera que sean los mitos a los que incumbe la resistencia, por el solo hecho de convertirse en argumentos en este conflicto, rinden homenaje al principio de la racionalidad analítica que reprochan al iluminismo. El iluminismo es totalitario.

En la base del mito el iluminismo ha visto siempre antropomorfismo, la proyección de lo subjetivo sobre la naturaleza. (6) Lo sobrenatural, espíritus y demonios, serían imágenes reflejas de los hombres, que se dejaban asustar por la naturaleza. Las diversas figuras míticas son todas reducibles, según el iluminismo, al mismo denominador, es decir, al sujeto. La respuesta de Edipo al enigma de la Esfinge -” el hombre”- vuelve indiscriminadamente, como solución estereotipada del iluminismo, ya se trate de un trozo de significado objetivo, de las líneas de un ordenamiento, del miedo a fuerzas malignas o de la esperanza de salvación. El iluminismo reconoce a priori, como ser y acaecer, sólo aquello que se deja reducir a una unidad; su ideal es el sistema, del cual se deduce todo y cualquier cosa. En eso no se distinguen sus versiones racionalista y empirista. Pese a que las diversas escuelas podían interpretar diversamente los axiomas, la estructura de la ciencia unitaria era siempre la misma. El postulado baconiano de una scientia universalis (8) es -pese al pluralismo de los campos de investigación- tan hostil a lo que no se puede relacionar como la mathesis universalis leibniziana al salto. La multiplicidad de las figuras queda reducida a la posición y el ordenamiento, la historia al hecho, las cosas a materia. Según Bacon, debe subsistir entre los principios supremos y las proposiciones empíricas una conexión lógica evidente a través de los diversos grados de universalidad. De Maistre lo toma en broma diciendo que posee une idole d´ échelle. (9) La lógica formal ha sido la gran escuela de la unificación. La lógica formal ofrecía a los iluministas el esquema de la calculabilidad del universo. La equiparación de sabor mitológico de las ideas con los números en los últimos escritos de Platón expresa el anhelo de toda desmitización: el número se convierte en el canon del iluminismo. Las mismas ecuaciones dominan la justicia burguesa y el intercambio de mercancías. “¿No es acaso la regla de que sumando lo impar a lo par se obtiene impar, un principio tanto de la justicia como de la matemática? ¿Y no existe una verdadera correspondencia entre justicia conmutativa y distributiva por un lado y proporciones geométricas por el otro?” (10) La sociedad burguesa se halla dominada por lo equivalente. Torna comparable lo heterogéneo reduciéndolo a grandezas abstractas. Todo lo que no se resuelve en números, y en definitiva en lo uno, se convierte para el iluminismo en apariencia; y el positivismo moderno confina esto a la literatura. Unidad es la palabra de orden, desde Parménides a Russell. Se continúa exigiendo la destrucción de los dioses y de las cualidades.

Pero los mitos que caen bajo los golpes del iluminismo eran ya productos del mismo iluminismo. En el cálculo científico del acontecer queda anulada la apreciación que el pensamiento había formulado en los mitos respecto al acontecer. El mito quería contar, nombrar, manifestar el origen: y por lo tanto también exponer, fijar, explicar. Esta tendencia se vio reforzada por el extendimiento y la recompilación de los mitos, que se convirtieron en seguida, de narraciones de cosas acontecidas, en doctrina. Todo ritual implica una concepción del acontecer, así como del proceso específico que debe ser influido por el encantamiento. Este elemento teórico del ritual se tornó independiente en las primeras epopeyas de los pueblos. Los mitos, tal como los encontraron los trágicos, se hallan ya bajo el signo de esa disciplina y ese poder que Bacon exalta como meta. En el lugar de los espíritus y demonios locales había aparecido el cielo y su jerarquía, en el lugar de las prácticas exorcizantes del mago y la tribu, el sacrificio graduado jerárquicamente y el trabajo de los esclavos mediatizado mediante el mando. Las divinidades olímpicas no son ya directamente idénticas a los elementos, sino que los simbolizan. En Homero, Zeus preside el cielo diurno, Apolo guía el sol, Helios y Eo se hallan ya en los límites de la alegoría. Los dioses se separan de los elementos como esencias de éstos. A partir de ahora el ser se divide en el logos -que se reduce, con el progreso de la filosofía, a la mónada, al mero punto de referencia- y en la masa de todas las cosas y criaturas exteriores. Una sola diferencia, la que existe entre el propio ser y la realidad, absorbe a todas las otras. Si se dejan de lado las diferencias, el mundo queda sometido al hombre. En ello concuerdan la historia judía de la creación y la religión olímpica. “...Y dominarán los peces del mar y los pájaros del cielo y en los ganados y en todas las fieras de la tierra y en todo reptil que repta sobre la tierra.”(11) “Oh Zeus, padre Zeus, tuyo es el dominio del cielo, y tú vigilas desde lo alto las obras de los hombres, justas y malvadas, e incluso la arrogancia de los animales y te complace la rectitud.”(12) “Puesto que las cosas son así, uno expía inmediatamente y otro más tarde; pero incluso si alguien pudiera escapar y la amenazadora fatalidad de los dioses no lo alcanzara en seguida, tal fatalidad termina infaliblemente por cumplirse, e inocentes deben pagar por la mala acción, sus hijos o una generación posterior”(13) Frente a los dioses se mantiene sólo quien se somete totalmente. El surgimiento del sujeto se paga con el reconocimiento del poder como principio de todas las relaciones. Frente a la unidad de esta razón la división entre Dios y hombre parece en verdad irrelevante, tal como la razón impasible lo hiciera notar desde la más antigua crítica homérica. Como señores de la naturaleza, el dios creador y el espíritu ordenador se asemejan. La semejanza del hombre con Dios consiste en la soberanía sobre lo existente, en la mirada patronal, en el mando.

El mito perece en el iluminismo y la naturaleza en la pura objetividad. Los hombres pagan el acrecentamiento de su poder con el extrañamiento de aquello sobre lo cual lo ejercitan. El iluminismo se relaciona con las cosas como el dictador con los hombres, pues el dictador sabe cuál es la medida en que puede manipular a éstos. El hombre de ciencia conoce las cosas en la medida en que puede hacerlas. De tal suerte el en-sí de éstas se convierte en para-él. En la transformación la esencia de las cosas se revela cada vez como la misma: como fundamento del dominio. Esta identidad funda y constituye la unidad de la naturaleza. La cual se hallaba escasamente presente en la evocación mágica, como unidad del sujeto. Los ritos del shamán se dirigían al viento, a la lluvia, a la serpiente exterior o al demonio en el enfermo, y no a materias o registros. Y quien practicaba no era el espíritu uno e idéntico: éste variaba de acuerdo con las máscaras del culto, que debían asemejarse a los diversos espíritus. La magia es una falsedad sanguinolenta, pero en ella no se llega todavía a esa negación aparente del dominio por la cual el dominio mismo, transformado en pura verdad, se coloca como base del mundo caído en su poder. El mago se torna similar a los demonios; para asustarlos o para aplacarlos adopta actitudes horribles o mansas. Por más que su oficio sea la repetición, aún no se ha proclamado -como el hombre civil, para quien los modestos terrenos de caza se reducirán al cosmos unitario, a la síntesis de toda posibilidad de presa- copia e imagen del poder invisible. Sólo en la medida en que es (y se conserva) hecho a semejanza de ese poder consigue el hombre la identidad del Sí, que no puede perderse en la identificación con otro, sino que se posee de una vez para siempre, como máscara impenetrable. Es la identidad del espíritu y su correlato, la unidad de la naturaleza, ante la cual sucumbe la multitud de las cualidades. La naturaleza privada de sus cualidades se convierte en materia caótica, objeto de pura subdivisión, y el Sí omnipotente en mero tener, en identidad abstracta. En la magia la sustituibilidad es específica. Lo que le acontece a la lanza del enemigo, a su pelo, a su nombre, le acontece también a su persona; la víctima sacrificial es ejecutada en lugar del dios. La sustitución en el sacrificio es un progreso hacia la lógica discursiva. Incluso si la cierva que era preciso sacrificar por la hija o el cordero que había que ofrecer por el primogénito debían poseer aún cualidades específicas, representaban sin embargo ya la especie, tenían ya la accidentalidad arbitraria del catálogo. Pero el carácter sacro del hic et nunc, la unicidad del elegido, que incluso el sustituto asume, lo distingue radicalmente, lo convierte, incluso, en el cambio, en insustituible. La ciencia pone fin a esto . No hay en la ciencia sustituibilidad específica: víctimas, sí pero ningún dios. La sustituibilidad se convierte en fungibilidad universal. Un átomo no es desintegrado en sustitución, sino como espécimen de la materia, y no es en un lugar o en representación, sino considerado como mero ejemplar, la forma en que el conejo recorre el via crucis del laboratorio. Justamente debido a que en la ciencia funcional las diferencias son tal lábiles que todo desaparece en la materia única, el objeto científico se fosiliza; y, en comparación, el rígido ritual de antaño se aparece como dúctil, pues aún sustituía una cosa por otra cosa. El mundo de la magia contenía aún diferencias, cuyos rasgos han desaparecido incluso en la forma lingüística.(14) Las múltiples afinidades entre lo que existe son anuladas por la relación única entre el sujeto que da sentido y el objeto privado de éste, entre el significado racional y el portador accidental de dicho significado. En la fase mágica, sueño e imagen no eran considerados sólo como un signo de la cosa, sino que estaban unidos a ella por la semejanza o por el nombre. No se trata de una relación de intencionalidad sino de afinidad. La magia, como la ciencia, busca fines, pero los persigue mediante la mimesis y no a través de una creciente separación del objeto. La magia no se fundamenta en modo alguno en “la omnipotencia del pensamiento”, que el primitivo se atribuiría al igual que el neurótico;(15) no puede existir “supervaloración de los procesos psíquicos en relación con la realidad” allí donde pensamiento y realidad no se hallan radicalmente separados. La “inflexible fe en la posibilidad de dominar el mundo”,(16) que Freud atribuye anacrónicamente a la magia, corresponde sólo al dominio del mundo según el principio de realidad por obra de la ciencia serena y madura. Para que las prácticas limitadas del brujo cediesen su puesto a la técnica industrial universalmente aplicable era antes necesario que los pensamientos se independizasen de los objetos tal como ocurre en el Yo adaptado a la realidad.
Como totalidad lingüísticamente desarrollada -que con su pretensión de verdad cubre de sombra a la fe mítica más antigua, las religiones populares-, el mito solar, patriarcal, es ya iluminismo, con el cual el iluminismo filosófico puede medirse en el mismo plano. Ahora tropieza con un igual. La mitología misma ha puesto en marcha el proceso sin fin del iluminismo, en el que, con necesidad ineluctable, toda concepción teórica determinada cae bajo la acusación destructora de no ser más que una fe, hasta que también los conceptos de espíritu, verdad e incluso de iluminismo quedan relegados como magia animista. El principio de la necesidad fatal por el que perecen los héroes del mito, y que se desarrolla como lógica consecuencia del veredicto oracular, no domina sólo -purificado hasta la coherencia de la lógica formal- en todo sistema racionalista de la filosofía occidental, sino sobre la sucesión misma de los sistemas, que comienza con la jerarquía de los dioses y, en un permanente crepúsculo de los ídolos, exhala, como contenido idéntico, la ira por la falta de honestidad. Así como los mitos cumplen ya una obra iluminista, del mismo modo el iluminismo se hunde a cada paso más profundamente en la mitología. Recibe la materia de los mitos para destruirlos y, como juez, incurre a su vez en el encantamiento mítico. Quiere huir al proceso fatal de la represalia, ejerciendo la represalia sobre el proceso mismo. En los mitos todo acontecimiento debe pagar por el hecho de haber acontecido. Lo mismo acontece en el iluminismo: el hecho se anula apenas ha ocurrido. La ley de la igualdad de acción y reacción afirmaba el poder de la repetición sobre todo lo que existe mucho tiempo después de que los hombres se hubieran liberado de la ilusión de identificarse, mediante la repetición, con la realidad repetida y de sustraerse así a su poder. Pero cuanto más desaparece la ilusión mágica, tanto más despiadadamente la repetición, bajo el nombre de legalidad, fija al hombre en el ciclo, en el cual, por haberlo objetivado en la ley de la naturaleza, el hombre cree desempeñar el papel de sujeto libre. El principio de inmanencia, la explicación de todo acaecer como repetición, que el iluminismo sostiene contra la fantasía mítica, es el principio mismo del mito. La árida sabiduría para la cual no hay nada nuevo bajo el sol, porque todas las cartas del absurdo juego han sido jugadas, todos los grandes pensamientos han sido ya pensados, los descubrimientos posibles se pueden construir a priori, y los hombres están condenados a la autoconservación por adaptación, esta árida sabiduría no hace más que reproducir la sabiduría fantástica que rechaza: la confirmación del destino, que renueva continuamente, mediante el talión, lo que ya había sido. Lo que podría ser de otra forma es nivelado. Tal es el veredicto que erige críticamente los confines de la experiencia posible. El precio de la identidad de todo con todo consiste en que nada puede ser idéntico a sí mismo. El iluminismo disuelve el error de la vieja desigualdad, el dominio inmediato, pero lo eterniza en la mediación universal que relaciona todo ente a otro. Hace lo que Kierkegaard cita en elogio de su ética protestante y que aparece ya en el cielo de las leyendas de Hércules como uno de los arquetipos del poder mítico: destruye lo inconmensurable. No sólo son disueltas las cualidades en el pensamiento, sino que asimismo se obliga a los hombres a la conformidad real. La ventaja de que el mercado no se preocupe por el nacimiento ha sido pagada, por el sujeto del cambio, mediante la necesidad de permitir que la producción de mercancías que se pueden adquirir en el mercado modele las posibilidades conferidas por el nacimiento. Los hombres han recibido como don un Sí propio y particular y distinto de todos los demás sólo para que se convirtiese con mayor seguridad en idéntico. Pero dado que tal Sí no se adecuó nunca del todo, el iluminismo simpatizó siempre, incluso durante el período liberal, con la constricción social. La unidad de lo colectivo manipulado consiste en la negación de todo lo singular; es una burla dirigida a esa sociedad que podría hacer del individuo un individuo. La horda, cuyo nombre retorna en la organización de la “Juventud de Hitler”, no es una recaída en la antigua barbarie, sino el triunfo de la igualdad represiva, el desplegarse de la igualdad jurídica como injusticia mediante los iguales. El mito de cartón de los fascistas se revela como lo auténtico de la prehistoria, justamente en la medida en que lo verdadero analizaba con atención la represalia, mientras que lo falso la ejecuta ciegamente en las víctimas. Toda tentativa de liquidar la constricción natural liquidando la naturaleza cae con mayor profundidad en la coacción natural. Y tal es el curso de la civilización europea. La abstracción, instrumento del iluminismo, se conduce con sus objetos igual que el destino, cuyo concepto elimina: como liquidación. Bajo el dominio nivelador de lo abstracto, que vuelve todo repetible en la naturaleza, y de la industria, para la cual lo anterior prepara, los liberados mismos terminaron por convertirse en esa “tropa” en la cual Hegel(17) señaló los resultados del iluminismo.

La separación del sujeto respecto al objeto, premisa de la abstracción, se funda en la separación respecto a la cosa, que el amo logra mediante el servidor. Los cantos de Homero y los himnos del Rig Veda provienen de la época del dominio de las tierras y de las rocas, cuando un belicoso pueblo de dominadores se monta sobre la masa de los indígenas vencidos.(18) El dios supremo entre los dioses nace con este mundo burgués en el que el rey, jefe de la nobleza armada, obliga a los vencidos a servir en la gleba, mientras que médicos, adivinos, artesanos y mercaderes se ocupan del traficar. Con el fin del nomadismo el orden social se constituyó sobre la base de la propiedad estable. Dominio y trabajo se separan. Un propietario como Odiseo “dirige desde lejos un personal numeroso y minuciosamente diferenciado de cuidadores de bueyes, de cabras, de cerdos y servidores. Por la noche, después de haber visto encenderse desde su castillo mil fuegos en el campo, puede echarse tranquilamente a dormir: sabe que sus bravos servidores velan, para tener alejadas a las bestias feroces y para expulsar a los ladrones de los recintos confiados a su custodia”.(19) La universalidad de las ideas, desarrollada por la lógica discursiva, el dominio en la esfera del concepto, se levanta sobre la base del dominio real. En la sustitución de la herencia mágica, de las viejas y confusas representaciones, mediante la unidad conceptual, se expresa el nuevo ordenamiento, determinado por los libres y organizado por el comando. El Sí, que aprendió el orden y la subordinación en la escuela de la sumisión al mundo externo, ha identificado pronto la verdad en general con el pensamiento que dispone, sin cuyas firmes distinciones la verdad no podría subsistir. Así se ha vedado, junto con la magia mimética, el conocimiento que apresa efectivamente al objeto. Todo el odio se vuelve hacia la imagen de la prehistoria superada y a su imaginaria felicidad. Las divinidades etónicas de los aborígenes son relegadas al infierno en que la tierra misma se transforma bajo la religión solar y luminosa de Indra y Zeus.

Pero cielo e infierno se hallaban estrechamente ligados. Así como el nombre de Zeus correspondía a la vez -en cultos que no se excluían recíprocamente- a un dios subterráneo y a un dios de la luz,(20) así como los dioses del Olimpo mantenían relaciones de todo tipo con las divinidades etónicas, del mismo modo las buenas o malas potencias, la salud y la enfermedad, no estaban separadas terminantemente entre sí. Estaban vinculadas al igual que el nacer y el perecer, la vida y la muerte, el invierno y el verano. En el mundo luminoso de la religión griega perdura la turbia indiscriminación del principio religioso, que en las primeras fases conocidas de la humanidad era venerado como mana. En forma primaria, indiferenciada, mana es todo aquello que resulta desconocido, extraño, todo aquello que trasciende el ámbito de la experiencia, aquello que en las cosas es más que su realidad conocida. Lo que el primitivo siente como sobrenatural no es una sustancia espiritual opuesta a la material, sino la complicación de lo natural respecto al miembro singular. El grito de terror con que se experimenta lo insólito se convierte en el nombre de lo insólito. Nombre que fija la trascendencia de lo desconocido respecto a lo conocido y convierte por lo tanto al estremecimiento en sagrado. El desdoblamiento de la naturaleza en apariencia y esencia, acción y fuerza, que es lo que hace posible tanto al mito como a la ciencia, nace del temor del hombre, cuya expresión se convierte en explicación. No se trata de que el alma sea “trasferida” a la naturaleza, como sostiene la interpretación psicologista; mana, el espíritu que mueve, no es una proyección, sino el eco de la superpotencia real de la naturaleza en las débiles almas de los salvajes. La separación entre lo animado y lo inanimado, la atribución de determinados lugares a demonios o divinidades, deriva ya de este preanimismo. En el cual está ya implícita la separación entre sujeto y objeto. Si el árbol no es considerado más sólo como árbol, sino como testimonio de alguna otra cosa, como sede del mana, la lengua expresa la contradicción de que una cosa sea ella misma y a la vez otra cosa además de lo que es, idéntica y no idéntica.(21) Mediante la divinidad, el lenguaje se convierte, de tautología, en lenguaje. El concepto, que suele ser definido como unidad característica de aquello que bajo él se halla comprendido, ha sido en cambio, desde el principio, un producto del pensamiento dialéctico, en el que cada cosa es lo que es sólo en la medida en que se convierte en lo que no es. Ha sido esta la forma originaria de determinación objetivante, por la que concepto y cosa se han separado recíprocamente, de la misma determinación que se halla ya muy avanzada en la epopeya homérica y que se invierte en la moderna ciencia positiva. Pero esta dialéctica sigue siendo impotente en la medida en que se desarrolla a partir del grito de terror, que es la duplicación, la tautología del terror mismo. Los dioses no pueden quitar al hombre el terror del cual sus nombres son el eco petrificado. El hombre tiene la ilusión de haberse liberado del terror cuando ya no queda nada desconocido. Ello determina el curso de la desmitización, del iluminismo que identifica lo viviente con lo no-viviente, así como el mito iguala lo no-viviente con lo viviente. El iluminismo es la angustia mítica vuelta radical. La pura inmanencia positivista, que es su último producto, no es más que un tabú universal, por así decirlo. No debe existir ya nada afuera, puesto que la simple idea de un afuera es la fuente genuina de la angustia. Si la venganza del primitivo por el asesinato de uno de los suyos podía a veces ser aplacada acogiendo al homicida en la propia familia,(22) ello significaba la absorción de la sangre ajena en la propia, la restauración de la inmanencia. El dualismo mítico no conduce más allá del ámbito de lo existente. El mundo penetrado y dominado por el mana, incluso el del mito indio y griego, son eternamente iguales y sin salida. Cada nacimiento es pagado con la muerte, cada felicidad con la desgracia. Hombres y dioses pueden buscar en el intervalo a su disposición distribuir las suertes de acuerdo con criterios diversos del ciego curso del destino: al final lo existente, la realidad, triunfa sobre ellos. Incluso su justicia, arrancada al destino, ostenta las características de éste; dicha justicia corresponde a la mirada que los hombres (los primitivos tanto como los griegos y los bárbaros) lanzan, desde una sociedad de presión y miseria, al mundo circundante. Culpa y expiación, felicidad y desventura, son así para la justicia mítica como para la racional miembros de una ecuación. La justicia se pierde en el derecho. El shamán exorciza al ser peligroso mediante su misma imagen. Su instrumento es la igualdad. La misma igualdad que regula en la civilización la pena y el mérito. Incluso las representaciones míticas pueden ser reconducidas, sin residuos, a relaciones naturales. Así como la constelación de Géminis, con todos los otros símbolos de la dualidad, conduce al ciclo ineluctable de la naturaleza, que tiene su antiquísimo signo en el huevo del cual han salido, del mismo modo la balanza en la mano de Zeus, que simboliza la justicia del entero mundo patriarcal, reconduce a la naturaleza desnuda. El paso del caos a la civilización, donde las relaciones naturales no ejercitan ya directamente su poder, sino que lo hacen a través de la conciencia de los hombres, no ha cambiado en nada el principio de la igualdad. Incluso los hombres han pagado precisamente este tránsito con la adoración de aquello a lo que antes -al igual que todas las otras criaturas- se hallaban simplemente sometidos. Antes los fetiches se hallaban por debajo de la ley de igualdad. Ahora la igualdad se convierte en un fetiche. La venda sobre los ojos de la justicia no significa únicamente que es preciso no interferir en su curso, sino también que el derecho no nace de la libertad.

La doctrina de los sacerdotes era simbólica en el sentido de que en ella señal e imagen coincidían. Tal como lo atestiguan los jeroglíficos, la palabra ha cumplido en el origen también la función de imagen. Dicha función ha pasado a los mitos. Los mitos, como los ritos mágicos, entienden la naturaleza que se repite. Esa naturaleza es el alma de lo simbólico: un ser o un proceso que es representado como eterno, porque debe reconvertirse continuamente en acontecimiento por medio de la ejecución del símbolo. Inexhaustibilidad, repetición sin fin, permanencia del objeto significado, no son sólo atributos de todos los símbolos, sino también el verdadero contenido de éstos. Los mitos de creación, en los que el mundo surge de la madre primigenia, de la vaca o del huevo son, en antítesis al Génesis bíblico, simbólicos. La ironía de los antiguos respecto a los dioses demasiado humanos no daba en lo esencial. La individualidad no agota la esencia de los dioses. Éstos tenían aun en sí algo del mana: encarnaban la naturaleza como poder universal. Con sus rasgos preanimistas desembocaban directamente en el iluminismo. Bajo la verecunda cubierta de la chronique scandaleuse del Olimpo, se había desarrollado la doctrina de la mezcla, de la presión y el choque de los elementos, que muy pronto se estableció como ciencia y redujo los mitos a creaciones de la fantasía. Con la precisa separación entre ciencia y poesía la división del trabajo, ya efectuada por su intermedio, se extiende al lenguaje. Como signo, la palabra, pasa a la ciencia; como sonido, como imagen, como palabra verdadera, es repartida entre las diversas artes, sin que se pueda recuperar ya más la unidad gracias a su adición, senestesia o “arte total”. Como signo, el lenguaje debe limitarse a ser cálculo; para conocer a la naturaleza debe renunciar a la pretensión de asemejársele. Como imagen debe limitarse a ser una copia: para ser enteramente naturaleza debe renunciar a la pretensión de conocer a ésta. Con el progreso del iluminismo sólo las obras de arte verdaderas han podido sustraerse a la simple imitación de lo que ya existe. La antítesis corriente entre arte y ciencia, que las separa entre sí como “sectores culturales”, para convertir a ambas, como tales, en administrables, las transfigura al fin, justamente por su cualidad de opuestas, en virtud de sus mismas tendencias, a la una en la otra. La ciencia, en su interpretación neopositivista, se convierte en esteticismo, sistema de signos absolutos, carente de toda intención que lo trascienda: se convierte en suma en ese “juego” respecto al cual hace ya tiempo que los matemáticos han afirmado con orgullo que resume su actividad. Pero el arte de la reproducción integral se ha lanzado, hasta en sus técnicas, a la ciencia positivista. Dicho arte se convierte una vez más en mundo, en duplicación ideológica, en reproducción dócil. La separación de signo e imagen es inevitable. Pero se ha hipostasiado con ingenua complacencia; cada uno de los dos principios aislados tiende a la distribución de la verdad.

El abismo que se ha abierto con esta separación ha sido señalado y tratado por la filosofía en la relación entre intuición y concepto, y en muchas ocasiones, aunque en vano, se ha intentado llenarlo: precisamente la filosofía es definida por dicho intento. Por lo general, es verdad, la filosofía se puso de lado de la parte de la cual toma su nombre. Platón prohibió la poesía con el mismo gesto con el que el positivismo prohibe la doctrina de las ideas. Mediante su celebrado arte Homero no ha llevado a cabo reformas públicas o privadas, no ha ganado una guerra ni ha hecho ningún descubrimiento. No basta que una nutrida multitud de secuaces lo haya honrado y amado. El arte debe aun probar su utilidad. (23) La imitación es prohibida por él igual que por los judíos. Razón y religión prohiben el principio de la magia. Aun en la separación respecto a la realidad en la renuncia del arte, ese principio continúa siendo deshonroso; quien lo practica es un vagabundo, un nómade superviviente, que no hallará más patria entre los que se han convertido en estables. No se debe influir más sobre la naturaleza identificándose con ella, sino que es preciso dominarla mediante el trabajo. La obra de arte posee aún en común con la magia el hecho de instituir un ciclo propio y cerrado en sí, que se sustrae al contexto de la realidad profana, en el que rigen leyes particulares. Así como el primer acto del mago en la ceremonia era el definir y aislar, respecto a todo el mundo circundante, el lugar en que debían obrar las fuerzas sagradas, de la misma forma en toda obra de arte su ámbito se destaca netamente de la realidad. Justamente, la renuncia a la acción externa, con la que el arte se separa de la simpatía mágica, conserva con mayor profundidad la herencia de la magia. La obra de arte coloca la pura imagen en contraste con la realidad física cuya imagen retoma, custodiando sus elementos. Y en el sentido de la obra de arte, en la apariencia estética, surge aquello a lo que daba lugar, en el encantamiento del primitivo, el acontecimiento nuevo y tremendo: la aparición del todo en el detalle. En la obra de arte se cumple una vez más el desdoblamiento por el cual la cosa aparecía como algo espiritual, como manifestación del mana. Ello constituye su “aura”. Como expresión de la totalidad, el arte aspira a la dignidad de lo absoluto. Ello indujo en ciertas ocasiones a la filosofía a asignarle una situación de preferencia respecto al conocimiento conceptual. Según Schelling, el arte comienza allí donde el saber abandona al hombre. El arte es para él “el modelo de la ciencia, y la ciencia debe aún llegar allí donde encontramos al arte”. (24) De acuerdo con su doctrina, la separación entre imagen y signo queda “enteramente abolida por cada singular representación artística. (25) Pero muy raras veces se halló el mundo burgués dispuesto a demostrar esta fe en el arte. Cuando puso límites al saber, ello por lo general no aconteció para dar paso al arte, sino a la fe. Mediante la fe, la religiosidad militante de la nueva edad -Torquemada, Lutero, Mahoma- ha pretendido conciliar espíritu y realidad. Pero la fe es un concepto privativo: se destruye como fe si no expone continuamente su diferencia o su acuerdo con el saber. Puesto que está obligada a calcular los límites del saber, se halla limitada también a ella. El intento de la fe, en el protestantismo, de hallar el principio trascendente de la verdad, sin el cual no hay fe, como en la prehistoria, directamente en la palabra, y de restituir a ésta su poder simbólico, ha sido pagado con la obediencia a la letra, y no ciertamente a la letra sagrada. Por quedar siempre ligada al saber, en una relación hostil o amistosa, la fe perpetúa la separación en la lucha para superarla: su fanatismo es el signo de su falsedad, la admisión objetiva de que creer solamente significa no creer más. La mala conciencia es su segunda naturaleza. En la secreta conciencia del defecto por el cual se halla fatalmente viciada, de la contradicción que es inmanente a ella, de querer hacer un oficio de la conciliación, reside la causa por la cual toda honestidad subjetiva de los creyentes ha sido siempre irascible y peligrosa. Los horrores del hierro y del fuego, Contrarreforma y Reforma, no fueron los excesos sino la realización del principio de la fe. La fe muestra continuamente que posee el mismo carácter que la historia universal, a la que quisiera dominar; en la época moderna se convierte incluso en su instrumento favorito, en su astucia particular. Indetenible no es sólo el iluminismo del siglo XVIII, como ha sido reconocido por Hegel, sino, como nadie mejor que él lo ha sabido, el movimiento mismo del pensamiento. En el conocimiento más ínfimo, así como en el más elevado, se halla implícita la noción de su distancia respecto a la realidad, que convierte al apologista en un mentiroso. La paradoja de la fe degenera al fin en la estafa, en el mito del siglo XX, y su irracionalidad se trasfigura en un sistema racional en manos de los absolutamente iluminados, que guían ya a la sociedad hacia la barbarie.

Desde que el lenguaje entra en la historia sus amos son sacerdotes y magos. Quien ofende los símbolos cae, en nombre de los poderes sobrenaturales, en manos de los tribunales de los poderes terrestres, representados por esos órganos agregados a la sociedad. Qué aconteció antes es cosa que resulta oscura. El estremecimiento del que nace el mana se hallaba ya sancionado, por lo menos por los más viejos de la tribu, dondequiera que el mana aparezca en la etnología. El mana fluido, heterogéneo, es consolidado y materializado con violencia por los hombres. Rápidamente los magos pueblan cada aldea con emanaciones y coordinan, de acuerdo con la multiplicidad de los dominios sacros, la multiplicidad de los ritos. Los magos desarrollan, con el mundo de los espíritus y sus características, el propio saber profesional y la propia autoridad. Lo sacro se halla en relación con los magos y se transmite a ellos. En las primeras fases, aún nómades, los miembros de la tribu toman aún parte autónoma en la acción ejercida sobre el curso natural. Los hombres hacen salir de las cuevas a las bestias salvajes, las mujeres desarrollan el trabajo que puede realizarse sin un comando rígido. Es imposible establecer cuánta violencia precedió al hábito respecto a un orden tan sencillo. En tal orden el mundo se halla ya dividido en una esfera del poder y en una esfera profana. En él el curso natural como emanación del mana, se encuentra ya elevado a norma que exige sumisión. Pero si el salvaje nómade, a pesar de todas las sumisiones, tomaba aún parte en el encantamiento que delimitaba a éstas, y se disfrazaba de bestia salvaje para sorprender a la bestia, en épocas sucesivas el comercio con los espíritus y la sumisión se hallan repartidos entre clases diferentes de la humanidad: el poder por un lado, la obediencia por otro. Los procesos naturales, eternamente iguales y recurrentes, son inculcados a los súbditos -por tribus extranjeras o por los propios círculos dirigentes- como tiempo o cadencia laboral, según el ritmo de las clavas o de los palillos que resuena en todo tambor bárbaro, en todo monótono ritual. Los símbolos toman el aspecto de fetiches. Su contenido, la repetición de la naturaleza, se revela luego siempre como la permanencia -por ellos de alguna forma representada- de la constricción social. El estremecimiento objetivado en una imagen fija se convierte en emblema del dominio consolidado de grupos privilegiados. Pero lo mismo vienen a ser también los conceptos generales, incluso cuando se han liberado de todo aspecto figurativo. La misma forma deductiva de la ciencia refleja coacción y jerarquía. Así como las primeras categorías representaban indirectamente la tribu organizada y su poder sobre el individuo aislado, del mismo modo el entero orden lógico -dependencia, conexión, extensión y combinación de los conceptos- está fundado sobre las relaciones correspondientes de la realidad social, sobre la división del trabajo. (26) Pero este carácter social de las formas del pensamiento no es, como lo quiere Durkheim, expresión de solidaridad social, sino que atestigua en cambio respecto a la impenetrable unidad de sociedad y dominio. El dominio confiere mayor fuerza y consistencia a la totalidad social en la que se establece. La división del trabajo, a la que el dominio da lugar en el plano social, sirve a la totalidad dominada para autoconservarse. Pero así la totalidad como tal, la actualización de la razón a ella inmanente, se convierte de modo forzoso en la actualización de lo particular. El dominio se opone a lo singular como universal, igual que la razón en la realidad. El poder de todos los miembros de la sociedad -a quienes, en cuanto tales, no les queda otro camino- se suma continuamente, a través de la división del trabajo que les es impuesta, en la realización de la totalidad, cuya racionalidad se ve a su vez multiplicada. Lo que todos experimentan por obra de pocos se cumple siempre como abuso de los individuos por parte de los muchos: y la opresión de la sociedad tiene también el carácter de una opresión por parte de lo colectivo. Es esta unidad de colectividad y dominio, y no la universalidad social inmediata (la solidaridad), la que se deposita en las formas del pensamiento. Los conceptos filosóficos con los que Platón y Aristóteles explican y exponen el mundo, elevan, con su pretensión de validez universal, las relaciones “fundadas” por ellos al grado de verdadera realidad. Tales conceptos surgían, como dice Vico, (27) de la plaza del mercado en Atenas, y reflejaban con igual pureza las leyes de la física, la igualdad de los ciudadanos de pleno derecho y la inferioridad de las mujeres, niños y esclavos. El lenguaje mismo confería a las relaciones de dominio la universalidad que había asumido como medio de comunicación una sociedad civil. El énfasis metafísico, la sanción mediante ideas y normas no eran más que la hipóstasis de la dureza exclusiva que los conceptos debían necesariamente asumir dondequiera que la lengua unía la comunidad de los señores en ejercicio del mando. Pero en esta función de reforzamiento del poder social del lenguaje las ideas se convirtieron en tanto más superfluas cuanto más crecía aquel poder, y el lenguaje científico les ha dado el golpe de gracia. La sugestión -que tiene aún algo del espanto inspirado por el fetiche- no residía tanto en la apología consciente. La unidad de colectividad y dominio se torna patente más bien en la universalidad que el contenido malo asume necesariamente en el lenguaje, sea metafísico o científico. La apología metafísica delataba la injusticia de lo existente por lo menos en la incongruencia del concepto y realidad. En la imparcialidad del lenguaje científico la impotencia ha perdido por completo la fuerza de expresión, y sólo lo existente halla allí su signo neutral. Esta neutralidad es más metafísica que la metafísica. Finalmente, el iluminismo ha devorado no sólo los símbolos, sino también a sus sucesores, los conceptos universales, y de la metafísica no ha dejado más que el miedo a lo colectivo del cual ésta ha nacido. A los conceptos les ocurre frente al iluminismo lo mismo que a los rentiers frente a los trusts industriales: ninguno de ellos puede sentirse tranquilo. Si el positivismo lógico ha dado aún una chance a la chance, el etnológico la equipara ya a la esencia. “Nos idées vagues de chance et de quintessence sont de pâles survivances de cette notion beaucoup plus riche”, (28) o sea de la sustancia mágica.

El iluminismo, como nominalismo, se detiene delante del nomen, del concepto no desarrollado, puntual, delante del nombre propio. Ya no es posible establecer con certidumbre si, tal como ha sido afirmado por algunos, (29) los nombres propios eran originariamente también nombres genéricos; es verdad que, de todas formas, aquellos no han compartido aun el destino de estos últimos. La sustancialidad del yo -negada por Hume y Mach- no es lo mismo que el nombre. En la religión judía, en la que la idea patriarcal se levanta para destruir el mito, el vínculo entre nombre y ser es aún reconocido en la prohibición de pronunciar el nombre de Dios. El mundo desencantado del judaísmo concilia la magia negándola en la idea de Dios. La religión judía no admite ninguna palabra que pueda consolar la desesperación de todo lo que es mortal. Dicha religión vincula una esperanza únicamente a la prohibición de invocar a Dios como aquello que no es, lo finito como infinito, la mentira como verdad. La prueba de salvación consiste en abstenerse de toda fe que sustituya a ésa; el conocimiento es la denuncia de la ilusión. La negación, por lo demás, no es abstracta. La negación indiscriminada de todo lo positivo, la fórmula estereotipada de la nulidad, tal como es aplicada por el budismo, pasa por sobre la prohibición de llamar a lo absoluto con un nombre, no menos que su opuesto, el panteísmo, o que su caricatura, el escepticismo burgués. Las explicaciones del mundo como nada o como todo son mitologías, y las vías garantizadas para la redención, prácticas mágicas sublimadas. La satisfacción de saber todo por anticipado y la transfiguración de la negatividad en redención son formas falsas de resistencia al engaño. El derecho de la imagen se ve salvado en la firme ejecución de su prohibición. Esta ejecución, “negación determinada”, (30) no se halla garantizada a priori -por la soberana superioridad del concepto abstracto- contra las seducciones de la intuición, como lo está el escepticismo, que considera que tanto lo falso como lo verdadero son nada. La negación determinada rechaza las representaciones imperfectas de lo absoluto, los ídolos, no oponiéndoles, como el rigorismo, la idea respecto a la cual no tienen vigencia. La dialéctica más bien hace ver toda imagen como escritura, y enseña a leer en sus caracteres la admisión de su falsedad, que la priva de su poder y se lo adjudica a la verdad. De esta suerte el lenguaje se convierte en algo más que un sistema de signos. En el concepto de negación determinada Hegel ha indicado un elemento que distingue al iluminismo de la corrupción positivista a la cual lo asimila. Pero al concluir él por elevar a absoluto el resultado consabido del entero proceso de la negación, la totalidad sistemática e histórica, contraviene la prohibición y cae a su vez en la mitología.

Ello no le ha acontecido sólo a su filosofía como apoteosis del pensamiento en constante progreso, sino al propio iluminismo, a la sobriedad gracias a la cual cree distinguirse de Hegel y de la metafísica en general. Porque el iluminismo es más totalitario que ningún otro sistema. Su falsedad no reside en aquello que siempre le han reprochado sus enemigos románticos -método analítico, reducción a los elementos, reflexión disolvente-, sino en aquello por lo cual el proceso se halla decidido por anticipado. Cuando en el operar matemático lo desconocido se convierte en la incógnita de una ecuación, es ya caracterizado como archiconocido aun antes de que se haya determinado su valor. La naturaleza es, antes y después de la teoría de los cuantos, aquello que resulta necesario concebir en términos matemáticos; incluso aquello que no encaja perfectamente, lo irresoluble y lo irracional, es asediado desde muy cerca por teoremas matemáticos. Identificando por anticipado el mundo matematizado hasta el fondo con la verdad, el iluminismo cree impedir con seguridad el retorno del mito. El iluminismo identifica el pensamiento con las matemáticas. Por así decirlo, se emancipa a las matemáticas, se las eleva hasta prestarles un carácter absoluto. “Un mundo infinito, en este caso un mundo de idealidad, es concebido en tal forma que sus objetos no se tornan accesibles para nuestra conciencia singularmente, imperfectamente y como por azar; pero un método racional, sistemáticamente unitario, termina por alcanzar, en un progreso infinito, todo objeto en su pleno ser-en-sí... En la matematización de la naturaleza cumplida por Galileo la naturaleza misma resulta -bajo la guía de la nueva matemática- idealizada; se convierte -en términos modernos- en una multiplicidad matemática.” (31) El pensamiento se reifica en un proceso automático que se desarrolla por cuenta propia, compitiendo con la máquina que él mismo produce para que finalmente lo pueda sustituir. El iluminismo (32) ha desechado la exigencia clásica de pensar el pensamiento -de la cual la filosofía de Fichte constituye el desarrollo radical-, porque tal exigencia lo distrae del imperativo de guiar la praxis, que, por otro lado, el propio Fichte deseaba realizar. El procedimiento matemático es convertido, por así decirlo, en ritual del pensamiento. Pese a la autolimitación axiomática, el procedimiento matemático se plantea como necesario y objetivo: transforma al pensamiento en cosa, en instrumento, tal como gustosamente lo llama. Pero mediante esta mimesis, por la que el pensamiento queda nivelado con el mundo, lo que existe de hecho se ha convertido hasta tal punto en lo único que incluso el ateísmo incurre en la condena formulada contra la metafísica. Para el positivismo, que ha sucedido como juez a la razón iluminada, internarse en mundos inteligibles no es ya algo sencillamente prohibido, sino un charlataneo sin sentido. Para su fortuna, el positivismo no tiene necesidad de ser ateo, porque el pensamiento reificado no puede ni siquiera plantear la cuestión. El censor positivista deja pasar de buena gana, igual que al arte, al culto oficial, como un sector especial y extrateorético de actividad social; a la negación, que se presenta con la pretensión de ser conocimiento, nunca. La distancia del pensamiento respecto a la tarea de ordenar lo que es, la salida del círculo predestinado de la realidad, significa -para el espíritu científico- locura y autodestrucción, tal como lo era para el mago primitivo la salida del círculo mágico que ha trazado para el exorcismo; y en ambos casos se toman las disposiciones necesarias para que la violación del tabú tenga incluso en la realidad consecuencias dañosas para el sacrílego. El dominio de la naturaleza traza el círculo en el que la crítica de la razón pura ha encerrado al pensamiento. Kant unió la tesis de su fatigoso e incesante progreso hasta el infinito con la insistencia inflexible sobre su insuficiencia y eterna limitación. La respuesta que ha dado es el veredicto de un oráculo. No hay ser en el mundo que no pueda ser penetrado por la ciencia, pero aquello que puede ser penetrado por la ciencia no es el ser. De tal suerte, según Kant, el juicio filosófico mira a lo nuevo, pero no conoce nunca nada nuevo, puesto que repite siempre sólo aquello que la razón ha puesto ya en el objeto. Pero a este pensamiento, protegido y garantizado -en los diversos departamentos de la ciencia- por los sueños de un visionario, le es presentada luego la cuenta: el dominio universal sobre la naturaleza se retuerce contra el mismo sujeto pensante, del cual no queda más que ese mismo, eternamente igual “yo pienso” que debe poder acompañar todas mis representaciones. Sujeto y objeto se anulan entre sí. El Sí abstracto, el derecho de registrar y sistematizar, no tiene frente a sí más que lo abstracto material, que no cuenta con otra propiedad que la de servir de sustrato a esta posesión. La ecuación de espíritu y mundo termina por resolverse, pero sólo debido a que los dos miembros de ella se eliden recíprocamente. En la reducción del pensamiento a la categoría de aparato matemático se halla implícita la consagración del mundo como medida de sí mismo. Lo que parece un triunfo de la racionalidad objetiva, la sumisión de todo lo que existe al formalismo lógico, es pagado mediante la dócil sumisión de la razón a los datos inmediatos. Comprender el dato como tal, no limitarse a leer en los datos sus abstractas relaciones espaciotemporales, gracias a las cuales pueden ser tomados y manejados, sino entenderlos en cambio como la superficie, como momentos mediatos del concepto, que se cumplen sólo a través de la explicación de su significado histórico, social y humano: toda pretensión del conocimiento es abandonada. Puesto que el conocimiento no consiste sólo en la percepción, en la clasificación y en el cálculo, sino justamente en la negación determinante de lo que es inmediato. Mientras que el formalismo matemático, cuyo instrumento es el número, la forma más abstracta de lo inmediato, fija el pensamiento en la pura inmediatez. Si da razón a lo que es de hecho, el conocimiento se limita a su repetición, el pensamiento se reduce a tautología. Cuanto más se enseñorea el aparato teórico de todo lo que existe, tanto más ciegamente se limita a reproducirlo. De tal manera el iluminismo recae en la mitología de la que nunca ha sabido liberarse. Pues la mitología había reproducido como verdad, en sus configuraciones, la esencia de lo existente (ciclo, destino, dominio del mundo), y había renunciado a la esperanza. En la preñez de la imagen mítica, como en la claridad de la fórmula científica, se halla confirmada la eternidad de lo que es de hecho, y la realidad bruta es proclamada como el significado que oculta. El mundo como gigantesco juicio analítico, el único que ha quedado de todos los sueños de la ciencia, es de la misma índole que el mito cósmico, que asociaba los acontecimientos de la primavera y del otoño con el rapto de Perséfona. La unicidad del acontecimiento mítico, que debía legitimar al de hecho, es un engaño. En el origen el rapto de la diosa formaba una unidad inmediata con la muerte de la naturaleza. Se repetía cada otoño, e incluso la repetición no constituía una serie de acontecimientos separados, sino que cada vez era el mismo. Al consolidarse la conciencia del tiempo, el acontecimiento fue relegado al pasado como único, y se buscó aplacar ritualmente -recurriendo a lo que había acontecido hacía muchísimo- el horror a la muerte en cada ciclo estacional. Pero la separación es imponente. Una vez establecido aquel pasado único, el ciclo asume carácter de inevitable, y el horror se propaga desde lo antiguo tanto sobre el entero acaecer como sobre la repetición pura y simple. La subyugación de todo lo que es de hecho, ya sea por la prehistoria fabulosa, ya por el formalismo matemático, la relación simbólica de lo actual con el acontecimiento mítico en el rito o con la categoría abstracta en la ciencia, hace aparecer como predeterminado a lo nuevo, que es así, en realidad, lo viejo. No es la realidad la que carece de esperanza, sino el saber que -en el símbolo fantástico o matemático- se apropia de la realidad como esquema y así la perpetúa.

En el mundo iluminado la mitología ha atravesado y traspasado lo profano. La realidad completamente depurada de demonios y de sus últimos brotes conceptuales, asume, en su naturaleza esclarecida, el carácter numinoso que la prehistoria asignaba a los demonios. Bajo la etiqueta de los hechos en bruto la injusticia social de la cual éstos nacen es consagrada hoy como algo eternamente inmutable, con tanta seguridad como era santo e intocable el mago bajo la protección de sus dioses. El extrañamiento de los hombres respecto a los objetos dominados no es el único precio que se paga por el dominio; con la reificación del espíritu han sido adulteradas también las relaciones internas entre los hombres, incluso las de cada cual consigo mismo. El individuo se reduce a un nudo o entrecruzamiento de reacciones y comportamientos convencionales que se esperan prácticamente de él. El animismo había vivificado las cosas; el industrialismo reifica las almas. Aun antes de la planificación total, el aparato económico adjudica automáticamente a las mercancías valores que deciden el comportamiento de los hombres. A través de las innumerables agencias de la producción de masas y de su cultura, se inculcan al individuo los estilos obligados de conducta, presentándolos como los únicos naturales, decorosos y razonables. El individuo queda cada vez más determinado como cosa, como elemento estadístico, como success or failure. Su criterio es la autoconservación, el adecuamiento logrado o no a la objetividad de su función y a los módulos que le han sido fijados. Todo el resto, la idea o la criminalidad, aprende la fuerza de lo colectivo, que ejerce su vigilancia desde la escuela hasta el sindicato. Pero incluso lo colectivo amenazador es sólo una superficie falaz tras la cual se ocultan los poderes que manipulan su violencia. Su brutalidad, que mantiene a los individuos en su lugar, representa tan poco la verdadera cualidad de los hombres, como el valor aquella de los objetos de consumo. El aspecto satánicamente deformado que las cosas y los hombres han asumido a la luz clara del conocimiento desprejuiciado, reconduce al dominio, al principio que llevó ya a cabo la especificación del mana en los espíritus y en las divinidades y que enviscaba la mirada en los espejismos de los magos. La fatalidad, con la que la prehistoria sancionaba la muerte incomprensible, entra en la realidad comprensible sin residuos. El pánico meridiano, en el cual los hombres se daban cuenta de súbito de la naturaleza como totalidad, tiene su correspondencia en aquello que hoy está listo para estallar en cualquier instante: los hombres aguardan que el mundo sin salida sea convertido en llamas por una totalidad que son ellos mismos y sobre la cual nada pueden.

El iluminismo experimenta un horror mítico por el mito. Y advierte la presencia del mito no sólo en conceptos o términos confusos, como cree la crítica semántica, sino en toda expresión humana en cuanto ésta no tenga un puesto en el cuadro teleológico de la autoconservación. La proposición spinoziana Conatus sese conservandi primum et unicum virtutis est fundamentum (33) constituye la verdadera máxima de toda civilización occidental, en la cual se aplacan las divergencias religiosas y filosóficas de la burguesía. El Sí, que después de la metódica extinción de todo signo natural, concebido como mítico, no debía ser ya cuerpo ni sangre ni alma ni tampoco yo natural, constituyó -sublimado como sujeto trascendental o lógico- el punto de referencia de la razón, la instancia legisladora del obrar. Quien confía en la vida directamente, sin relación racional con la autoconservación, vuelve a caer, según el juicio del iluminismo y del protestantismo, en la etapa prehistórica. El impulso es en sí mítico, como la superstición; servir a un dios que no es postulado por el Sí, resulta absurdo como la embriaguez. El progreso ha reservado la misma suerte a ambas: a la adoración y a la caída en el ser inmediatamente natural; ha lanzado la maldición sobre el olvido de sí, en el pensamiento tanto como en el placer. El trabajo social de todo individual es, en la economía burguesa, mediatizado gracias al principio del Sí; debe restituir, a los unos el capital acrecentado, a los otros la fuerza para el trabajo. Pero cuanto más se realiza el proceso de la autoconservación a través de la división burguesa del trabajo, tanto más dicho progreso exige la autoalienación de los individuos, que deben adecuarse en cuerpo y alma a las exigencias del aparato técnico. A su vez, el pensamiento iluminado no deja de tener esto en cuenta: finalmente incluso el sujeto trascendental del conocimiento es en apariencia liquidado como último recuerdo de la subjetividad, y sustituido por el trabajo tanto más uniforme de los mecanismos reguladores automáticos. La subjetividad se ha consagrado en la lógica de reglas del juego, que aspirarían a ser arbitrarias sólo para poder gobernar con menos perturbaciones. El positivismo, en fin, que no se ha detenido ni siquiera ante la cosa más cerebral que se pueda imaginar -el pensamiento-, ha acorralado incluso la última instancia intermediaria entre la acción individual y la norma social. El proceso técnico, en el que el sujeto se ha reificado después de haber sido cancelado de la conciencia, es inmune tanto a la ambigüedad del pensamiento mítico como a todo significado en general, porque la razón misma se ha convertido en un simple accesorio del aparato económico omnicomprensivo. Desempeña el papel de utensilio universal para la fabricación de todos los demás, rígidamente adaptado a su fin, funesto como el obrar exactamente calculado en la producción material, cuyo resultado para los hombres se sustrae a todo cálculo. Se ha cumplido finalmente su vieja ambición de ser el puro órgano de los fines. La exclusividad de las leyes lógicas deriva de esta univocidad de la función, en última instancia del carácter coactivo de la autoconservación, que concluye siempre de nuevo en la elección entre supervivencia y ruina, reflejada aun en el principio de que de dos proposiciones contradictorias sólo una es verdadera y la otra es falsa. El formalismo de este principio y de toda la lógica deriva de opacidad y de la confusión de los intereses en una sociedad en la que la conservación de las formas y la de los individuos coinciden sólo casualmente. La expulsión del pensamiento del ámbito de la lógica ratifica, en el aula universitaria, la reificación del hombre en la fábrica y la oficina. De tal forma el tabú se inviste incluso del poder que lo formula, el iluminismo del espíritu que este es. Pero así la naturaleza, que es la verdadera autoconservación, es desencadenada por el proceso destinado a alejarla, tanto en el individuo como en el destino colectivo de crisis y guerras. Se permanece en la teoría como única norma, el ideal de la ciencia unificada, la praxis se somete a la routine irresistible de la historia universal. El Sí totalmente en manos de la civilización se convierte en un elemento de aquella inhumanidad a la que la civilización ha tratado de sustraerse desde el comienzo. Se realiza la angustia más antigua, la de perder el propio nombre. La existencia puramente natural, animal y vegetativa, era para la civilización el peligro absoluto. El comportamiento mimético, mítico y metafísico aparecieron sucesivamente como eras superadas, y volver a caer en el nivel de ellas era cosa asociada al terror de que el Sí pudiese convertirse de nuevo en aquella naturaleza de la que se había alejado con esfuerzo indecible y que le inspiraba justamente por ello un indecible horror. El vivo recuerdo de la prehistoria, de las fases nómades, y tanto más de las fases propiamente prepartriarcales, ha sido extirpado de la conciencia de los hombres, en todos los milenios, con las penas más tremendas. El espíritu iluminado ha sustituido el fuego y la tortura por la marca impresa a toda irracionalidad debido a que conduce a la ruina. El hedonismo era moderado y los extremos le resultaban no menos sospechosos que a Aristóteles. El ideal burgués de la adecuación a la naturaleza no se refiere a la naturaleza amorfa, sino a la virtud del justo medio. Promiscuidad y ascesis, hambre y abundancia, son, bien que antitéticas, inmediatamente idénticas como fuerzas disolventes. A través de la subordinación de toda la vida a las exigencias de su conservación, la minoría que manda garantiza, con la propia seguridad, también la supervivencia del todo. Desde Homero hasta los tiempos modernos, el espíritu dominante busca pasar entre la Scila de la recaída en la reproducción simple y la Carybdis de la satisfacción libre e incontrolada; siempre ha desconfiado de toda otra brújula que no sea la del mal menor. Los neopaganos alemanes, administradores de la psicología de guerra, dicen querer liberar el placer. Pero como en los milenios han aprendido a odiarse bajo la presión del trabajo, en la emancipación totalitaria el placer continúa siendo vulgar y mutilado por el autodesprecio. El placer permanece sometido a la autoconservación, tal como se lo había enseñando la razón, en el intervalo depuesta. En las grandes mutaciones de la civilización occidental, desde la aparición de la religión olímpica hasta el Renacimiento, la Reforma y el ateísmo burgués, cada vez que nuevos pueblos o clases expulsaron más decididamente al mito, el temor a la naturaleza incontrolada y amenazadora, consecuencia de su misma materialización y objetivación, fue degradado a superstición animista, y el dominio de la naturaleza interior y exterior fue convertido en fin absoluto de la vida. Finalmente, automatizada la autoconservación, la razón es abandonada por los que han tomado su puesto en la guía de la producción, los cuales la temen ahora en los desheredados. La esencia del iluminismo es la alternativa, cuya ineluctabilidad es la del dominio. Los hombres habían tenido siempre que elegir entre su sumisión a la naturaleza y la de la naturaleza al Sí. Con la expansión de la economía mercantil burguesa el oscuro horizonte del mito es aclarado por el sol de la ratio calculante, bajo cuyos gélidos rayos maduran los brotes de la nueva barbarie. Bajo la coacción del dominio el trabajo humano siempre se ha alejado más del mito para recaer, bajo el dominio, siempre de nuevo en su poder.
En un relato homérico se halla expresado el nexo entre mito, dominio y trabajo. El decimosegundo canto de la Odisea narra el paso ante las sirenas. La tentación que éstas representan es la de perderse en el pasado. Pero el héroe al que la tentación se dirige se ha convertido en adulto mediante el sufrimiento. En la variedad de los pequeños mortales en la cual ha debido conservarse se ha consolidado en él la unidad de la vida individual, la identidad de la persona. Como agua, tierra y aire, se escinden ante él los reinos del tiempo. La onda de aquello que fue refluye de la roca del presente, y el futuro se extiende nuboso en el horizonte. Lo que Odiseo ha dejado tras de sí entra en el reino de las sombras: el Sí se halla aún tan cercano al mito primordial, del cual ha salido con inmenso esfuerzo, que su mismo pasado, el pasado directamente vivido, se transforma en pasado mítico. Odiseo trata de remediar esto mediante un sólido ordenamiento del tiempo. El esquema tripartito debe liberar el instante presente de la potencia del pasado, manteniendo a éste tras el confín absoluto de lo irrecuperable, y poniéndolo, como saber utilizable, a disposición de la hora. El impulso de salvar el pasado como viviente, así como el de utilizarlo como materia del progreso, se satisfacía sólo en el arte, al que pertenece también la historia como representación de la vida pasada. En la medida en que el arte renuncia a valer como conocimiento, excluyéndose así de la praxis, es tolerado por la praxis social igual que el placer. Pero el canto de las sirenas no se halla aún degradado y reducido a puro arte. Ellas conocen “todo cuanto ocurre en la fértil tierra”, (34) y en particular, las acciones en que también Odiseo tomó parte, las fatigas que “padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la voluntad de los dioses”. (35) Al revocar directamente un pasado muy reciente, amenazan, con la irresistible promesa de placer con que se anuncia y es escuchado su canto, el orden patriarcal que restituye a cada uno su vida sólo a cambio de su entera duración temporal. Quien cede a los artificios de las sirenas está perdido, pues únicamente una constante presencia de espíritu arranca a la existencia de la naturaleza. Si las sirenas saben todo lo que acontece, piden en cambio el futuro, y la promesa del alegre retorno es el engaño con que el pasado se adueña del nostálgico. Odiseo es puesto en guardia por Circe, la diosa que retransforma a los hombres en animales: él ha sabido resistírsele y ella, en compensación, lo pone en condiciones de resistir a otras fuerzas de disolución. Pero la tentación de las sirenas sigue siendo invencible, y nadie puede sustraerse a ella si escucha el canto. La humanidad ha debido someterse a un tratamiento espantoso para que naciese y se consolidase el Sí, el carácter idéntico, práctico, viril del hombre, y algo de todo ello se repite en cada infancia. El esfuerzo para mantener unido el yo abarca todos los estadios del yo, y la tentación de perderlo ha estado siempre unida a la ciega decisión de conservarlo. La ebriedad narcótica, que hace expiar la euforia en la que el Sí permanece como suspendido en un sueño similar a la muerte, es una de las antiquísimas instituciones sociales que sirven de mediadoras entre la autoconservación y el autoaniquilamiento, una tentativa del Sí para sobrevivirse a sí mismo. La angustia de perder el Sí, y de anular con el Sí el confín entre sí mismo y el resto de la vida, el miedo a la muerte y a la destrucción, se halla estrechamente ligado a una promesa de felicidad por la que la civilización se ha visto amenazada en todo instante. Su camino fue el de la obediencia y el trabajo, sobre el cual la satisfacción brilla eternamente como pura apariencia, como belleza impotente. El pensamiento de Odiseo, igualmente hostil a la propia muerte y a la propia felicidad, sabe todo esto. Conoce sólo dos posibilidades de salida. Una es la que prescribe a sus compañeros. Les tapa las orejas con cera y les ordena remar con todas sus energías. Quien quiere perdurar y subsistir no debe prestar oídos al llamado de lo irrevocable, y puede hacerlo sólo en la medida en que no esté en condiciones de escuchar. Esto es lo que la sociedad ha procurado siempre. Frescos y concentrados, los trabajadores deben mirar hacia adelante y despreocuparse de lo que está a los costados. El impulso que los induciría a desviarse es sublimado -con rabiosa amargura- en esfuerzo ulterior. Se vuelven prácticos. La otra posibilidad es la que elige Odiseo, el señor terrateniente, que hace trabajar a los demás para sí. Él oye pero impotente, atado al mástil de la nave, y cuanto mas fuerte resulta la tentación más fuerte se hace atar, así como después también los burgueses se negarán con mayor tenacidad la felicidad cuando -al crecer su poderío- la tengan al alcance de la mano. Lo que ha oído no tiene consecuencias para él, pues no puede hacer otra cosa que señas con la cabeza para que lo desaten, pero ya es demasiado tarde: sus compañeros, que no oyen nada, conocen sólo el peligro del canto y no su belleza, y lo dejan atado al mástil, para salvarlo y salvarse con él. Reproducen con su propia vida la vida del opresor, que no puede salir ya de su papel social. Los mismos vínculos con los cuales se ha ligado irrevocablemente a la praxis mantiene a las sirenas lejos de la praxis: su tentación es neutralizada al convertírsela en puro objeto de contemplación, en arte. El encadenado asiste a un concierto, inmóvil como los futuros escuchas, y su grito apasionado, su pedido de liberación, mueren ya en un aplauso. Así el goce artístico y el trabajo manual se separan a la salida de la prehistoria. El epos contiene ya la teoría justa. El patrimonio cultural se halla en exacta relación con el trabajo mandado, y uno y otro tienen su fundamento en la condición ineluctable del dominio social sobre la naturaleza.

Medidas como esas tomadas en la nave de Odiseo al pasar frente a las sirenas constituyen una alegoría premonitoria de la dialéctica del iluminismo. Así como la sustituibilidad es la medida del dominio y como el más potente es aquel que puede hacerse representar en el mayor número de operaciones, del mismo modo la sustituibilidad es el instrumento del progreso y a la vez de la regresión. En las condiciones dadas, la exención del trabajo significa también mutilación, y no sólo para los desocupados, sino también para el polo social opuesto. Los superiores experimentan la realidad, con la que ya no tienen directamente relación, sólo como sustrato, y se petrifican enteramente en el Sí que comanda. El primitivo sentía la cosa natural sólo como objeto que huía a su deseo, “pero el señor, que ha colocado al siervo entre la cosa y él, se vincula sólo con la dependencia de la cosa y la goza simplemente; y abandona el lado de la independencia al siervo que la trabaja”. (36) Odiseo es sustituido en el trabajo. Como no puede ceder a la tentación del abandono de sí, carece también -en cuanto propietario- de la participación en el trabajo, y, finalmente, también de su dirección, mientras que por otro lado sus compañeros, por hallarse cercanos a las cosas, no pueden gozar el trabajo, porque éste se cumple bajo constricción, sin esperanza, con los sentidos violentamente obstruidos. El esclavo permanece sometido en cuerpo y alma, el señor entra en regresión. Ninguna forma de dominio ha sabido aún evitar este precio, y la circularidad de la historia en su progreso halla su explicación en este debilitamiento, que es el equivalente del poderío. Mientras actitudes y conocimientos de la humanidad se van diferenciando gracias a la división del trabajo, la humanidad retrocede hacia fases antropológicamente más primitivas, puesto que la duración del dominio comporta, con la facilitación técnica de la existencia, la fijación de los instintos por obra de una fijación más fuerte. La fantasía se deteriora. El mal no consiste en el retraso de los individuos respecto a la sociedad o a la producción material. Donde la evolución de la máquina se ha convertido ya en la del mecanismo de dominio, y la tendencia técnica y social, estrechamente ligadas desde siempre, convergen en la toma de posesión total del hombre, los atrasados no representan sólo la falsedad. Viceversa, la adaptación a la potencia del progreso -o al progreso de la potencia- implica siempre de nuevo esas formaciones regresivas que hacen evidente el progreso de su contrario, y no sólo en el progreso fracasado, sino también en el mismo progreso logrado. La maldición del progreso constante es la incesante regresión.

Esta regresión no se limita a la experiencia del mundo sensible, que está ligada a la proximidad física, sino que concierne también al intelecto dueño de sí, que se separa de la experiencia sensible para someterla. La unificación de la función intelectual, por la que se cumple el dominio sobre los sentidos, la reducción del pensamiento a la producción de uniformidad, implica el empobrecimiento tanto del pensamiento como de la experiencia; la separación de los dos campos deja a ambos humillados y disminuidos. En la limitación del pensamiento a tareas administrativas y organizativas practicada como superiores desde el astuto Odiseo hasta los ingenuos directores generales, se halla ya implícita la obtusidad que ciega a los grandes cuando ya no es sólo cuestión de manipular a los pequeños. El espíritu se transforma de hecho en ese aparato de dominio y autodominio que la filosofía burguesa, equivocándose, ha visto en él desde siempre. La sordera, que ha caracterizado a los dóciles proletarios desde los tiempos del mito, no representa ninguna ventaja respecto a la inmovilidad del amo. De la inmadurez de los dominados vive la decadente sociedad. Cuanto más complicado y más sutil es el aparato social, económico y científico, al cual el sistema de producción ha adaptado tiempo ha el cuerpo que lo sirve, tanto más pobres son las experiencias de las que este cuerpo es capaz. La eliminación de las cualidades, su traducción en funciones, pasa de la ciencia, a través de la racionalización de los métodos de trabajo, al mundo perceptivo de los pueblos, y asimila éste de nuevo al de los batracios. La regresión de las masas consiste hoy en la incapacidad de oír con los propios oídos aquello que aún no ha sido oído, de tocar con las propias manos algo que aún no ha sido tocado, la nueva forma de ceguera que sustituye a toda forma mítica vencida. Gracias a la mediación de la sociedad total, que embiste contra todo impulso y relación, los hombres son reducidos de nuevo a aquello contra lo cual se volvía el principio del Sí, la ley de desarrollo de la sociedad: a simples seres genéricos, iguales entre sí por aislamiento de la colectividad dirigida en forma coactiva. Los remeros que no pueden hablar entre ellos se hallan esclavizados todos al mismo ritmo, así como el obrero moderno en la fábrica, en el cine y en el transporte. Son las concretas condiciones del trabajo en la sociedad las que producen el conformismo, y no impulsos conscientes que intervendrían para estupidizar a los hombres oprimidos y desviarlos de la verdad. La impotencia de los trabajadores no es sólo una coartada de los patrones, sino la consecuencia lógica de la sociedad industrial, en la que se ha transformado finalmente el antiguo destino, a causa de los esfuerzos hechos para sustraerse a él.

Pero esta necesidad lógica no es definitiva. Tal necesidad se halla ligada al dominio, a la vez como su reflejo e instrumento. Por lo cual su verdad no es menos problemática que lo que su evidencia es ineluctable. Sin duda el pensamiento ha logrado siempre determinar de nuevo su misma problematicidad. El pensamiento es el siervo a quien el señor no puede detener según su placer. En cuanto al dominio, desde que la humanidad se ha vuelto estable, y luego en la economía mercantil, se ha objetivado en leyes y organizaciones, ha debido a la vez limitarse. El instrumento se vuelve autónomo: la instancia mediadora del espíritu atenúa, independientemente de la voluntad de los amos, la inmediatez de la injusticia económica. Los instrumentos del dominio, que todos deben aferrar -lenguaje, armas y finalmente las máquinas-, deben dejarse aferrar por todos. Así, en el dominio, el momento de la racionalidad se afirma además como diverso del dominio. El carácter objetivo del instrumento, que lo torna universalmente disponible, su “objetividad” para todos, implica ya la crítica al dominio a cuyo servicio el pensamiento se ha desarrollado. A lo largo del camino que va de la mitología a la logística el pensamiento ha perdido el elemento de la reflexión-sobre-sí, y hoy la maquinaria mutila a los hombres, a pesar de que los sustenta. Pero en la forma de las máquinas la ratio extrañada se mueve hacia una sociedad que concilia el aparato cristalizado en aparato material e intelectual con el ser viviente liberado y lo refiere a la sociedad misma como a su sujeto real. El origen particular del pensamiento y su perspectiva universal han sido desde siempre inseparables. Hoy, con la transformación del mundo en industria, la perspectiva de lo universal, la realización social del pensamiento, se halla hasta tal punto próxima y accesible que justamente a causa del tal perspectiva el pensamiento es negado, por los mismos patrones, como mera ideología. Y muestra sólo la mala conciencia de las camarillas en que se encarna al fin la necesidad económica el hecho de que sus manifestaciones -desde las intuiciones del Führer hasta “la visión dinámica del mundo”-, en neto contraste con la apologética burguesa precedente, no insistan más en que sus propias fechorías son consecuencias necesarias de leyes objetivas. Las mentiras míticas de misión y destino, que ocupan el puesto de las leyes objetivas, no expresan siquiera toda la falsedad: no son ya como antaño las leyes objetivas del mercado, que se afirmaban en las acciones de los empresarios y llevaban a la catástrofe, sino que es la decisión consciente de los directores generales, como resultante que no tiene nada que envidiar en términos de necesidad a los más ciegos mecanismos de los precios, en cuanto a manejar el destino de la sociedad. Los dominadores mismos no creen en ninguna necesidad objetiva, pese a que a veces den tal nombre a sus maquinaciones. Se presentan como ingenieros de la historia universal. Sólo los dominados toman como necesaria e intocable la evolución que, a cada aumento decretado del nivel de vida, los vuelve un poco más impotentes. Su reducción a puros objetos de administración, que da forma anticipada a todos los sectores de la vida moderna, incluso en el lenguaje y la percepción, proyecta frente a los dominados una necesidad objetiva ante la cual éstos se creen impotentes. La miseria como contraste de poder e impotencia crece hasta el infinito junto con la capacidad de suprimir perdurablemente toda miseria. Para todo individuo resulta impenetrable la selva de camarillas e instituciones que, desde los supremos puestos de comando hasta la economía de los rackets profesionales, propenden a la continuación indefinida del statu quo.

El absurdo del estado en el cual el poder del sistema sobre los hombres crece a cada paso en que los sustrae al poder de la naturaleza denuncia como superada la razón de la sociedad racional. Su necesidad es ilusoria, no menos que la libertad de los empresarios, que acaba por revelar su carácter coactivo en sus inevitables luchas y acomodamientos. Esta ilusión, en la que se pierde la humanidad iluminada sin residuos, no puede ser disuelta por el pensamiento que, como órgano del dominio, debe elegir entre mandar y obedecer. Si no puede sustraerse al encantamiento al cual quedó ligado en la prehistoria, llega sin embargo a reconocer, en la lógica de la alternativa (coherencia y antinomia), mediante la cual se ha emancipado radicalmente de la naturaleza, a esa misma naturaleza no conciliada y alienada respecto a sí misma. El pensamiento, en el que el mecanismo coactivo de la naturaleza se refleja y se perpetúa, refleja, justamente en virtud de su coherencia irresistible, también a sí mismo como naturaleza olvidada de sí, como mecanismo coactivo. Sin duda la facultad de representación es sólo un instrumento. Mediante el pensamiento los hombres se distancian de la naturaleza para tenerla frente a sí en la posición desde la cual dominarla. Como la cosa, el instrumento material, que se mantiene idéntico en situaciones diversas, y separa así el mundo -caótico, multiforme y disparatado- de lo que es evidente, uno e idéntico, el concepto es el instrumento ideal, que aferra todas las cosas en el punto en que se pueden aferrar. Así como por lo demás el pensamiento se vuelve ilusorio apenas quiere renegar de la función separativa, de distancia y objetivación. Pero si el iluminismo tiene razón contra toda hipóstasis de la utopía y proclama impasible al dominio como escición, la fractura entre sujeto y objeto, que prohibe llenar, se convierte en el index de la falsedad propia y de la verdad. La condena de la superstición ha significado siempre, junto con el progreso del dominio, también el desenmascaramiento de éste. El iluminismo es más que iluminismo; la naturaleza se hace oír en su extrañamiento. En la conciencia que el espíritu tiene en sí como naturaleza dividida en sí, es la naturaleza quien se invoca a sí misma, como en la prehistoria, pero no ya directamente con su presunto nombre, que significa omnipotencia, como mana, sino algo como mutilado y ciego. La condena natural consiste en el dominio de la naturaleza, sin el cual no existiría espíritu. En la humildad en que éste se reconoce como dominio y se retrata en la naturaleza se disuelve su pretensión de dominio, que es la que lo esclaviza a la naturaleza. Aun cuando la humanidad no puede detenerse en la fuga frente a la necesidad -en la civilización y en el progreso- sin renunciar al conocimiento mismo, por lo menos no ve ya en las vallas que erige contra la necesidad (las instituciones, las prácticas del dominio, que desde el sometimiento de la naturaleza se han vuelto siempre contra la sociedad) las promesas de la libertad futura. Todo progreso de la civilización ha renovado, junto con el dominio, también la perspectiva de mitigarlo. Pero mientras la historia real se halla constituida por sufrimientos reales, que no disminuyen de ningún modo en proporción al aumento de los medios para abolirlos, la perspectiva puede contar para realizarse sólo con el concepto. Dado que éste no se limita a distanciar, como ciencia, a los hombres de la naturaleza, sino que además, como toma de conciencia de ese mismo pensamiento que -en la forma de la ciencia- permanece ligado a la ciega tendencia económica, permite medir la distancia que eterniza la injusticia. Gracias a esta anamnesis de la naturaleza en el sujeto, en el cumplimiento de la cual se halla la verdad desconocida de toda cultura, el iluminismo se encuentra, como principio, en oposición al dominio, y la invitación a detener el iluminismo resonó, incluso en los tiempos de Vanini, (*) menos por temor a la ciencia exacta que por odio al pensamiento indisciplinado que se libera del encantamiento de la naturaleza en la medida en que se reconoce como el temblor de ésta ante sí misma. Los sacerdotes siempre han vindicado al mana respecto al iluminista que lo conciliaba experimentando horror por el horror que llevaba ese nombre, y los augures del iluminismo fueron solidarios en la hybris con los sacerdotes. El iluminismo burgués se había rendido a su momento positivista mucho antes de Turgot y de d’Alembert. El iluminismo burgués estuvo siempre expuesto a la tentación de cambiar la libertad por el ejercicio de la autoconservación. La suspensión del concepto, ya fuera en nombre del progreso o en el de la cultura -que secretamente se habían puesto de acuerdo hacía tiempo contra la verdad-, ha dejado el campo libre a la mentira. Mentira que -en un mundo que se dedicaba a verificar protocolos y a custodiar la idea, degradada a “contribución” de grandes pensadores, como una especie de slogan envejecido- no era ya más distinguible de la verdad neutralizada como “patrimonio cultural”.
Para reconocer el dominio, incluso dentro del pensamiento, como naturaleza no conciliada, podría remover esa necesidad cuya eternidad ha sido admitida incluso por el socialismo con demasiada rapidez, en homenaje al common sense reaccionario. Al elevar la necesidad al carácter de “base” para todos los tiempos venideros y al degradar al espíritu -según el estilo idealista- al papel de cima suprema, el socialismo ha conservado demasiado rígidamente la herencia de la filosofía burguesa. De esa forma la relación de la necesidad con el reino de la libertad sería puramente cuantitativa, mecánica, y la naturaleza, alienada, como en la primera mitología, se convertiría en totalitaria y terminaría por absorber a la libertad junto con el socialismo. Al renunciar al pensamiento, que se venga, en su forma reificada -como matemáticas, máquina, organización- del hombre olvidado de sí mismo, el iluminismo ha renunciado a su propia realización. Al disciplinar todo lo que es individual, el iluminismo ha dejado a la totalidad incomprendida la libertad de retorcerse -como dominio sobre las cosas- sobre el ser y sobre la conciencia de los hombres. Pero la praxis subversiva depende de la intransigencia de la teoría respecto a la inconsciencia con que la sociedad deja que el pensamiento se endurezca. La realización no resulta difícil por sus presupuestos materiales, por la técnica desencadenada como tal. Esta es la tesis de los sociólogos, que buscan ahora un nuevo antídoto, tal vez de corte colectivo, para solucionar la cuestión del antídoto. (37) El responsable es un complejo social de enceguecimiento. El mítico respeto científico de los pueblos hacia el dato que ellos mismos producen continuamente termina por convertirse a su vez en un dato de hecho, en la roca frente a la cual incluso la fantasía revolucionaria se avergüenza de sí como utopismo y degenera en pasiva confianza en la tendencia objetiva de la historia. Como órgano de esta adaptación, como pura construcción de medios, el iluminismo es tan destructivo como lo afirman sus enemigos románticos. El iluminismo se convierte en sí sólo al denunciar el último compromiso con tales enemigos y al osar abolir el falso absoluto, el principio del ciego dominio. El espíritu de esta teoría intransigente podría llegar a invertir, para sus fines, el espíritu inexorable del progreso. Espíritu cuyo heraldo, Bacon, ha soñado con las mil cosas “que los reyes con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales su autoridad no pesa, de las que sus informantes no pueden darles noticias”. Tal como lo preveía, esas cosas les han tocado a los burgueses, a los herederos iluminados del rey. Al multiplicar la violencia a través de la mediación del mercado, la economía burguesa ha multiplicado también sus propios bienes y sus propias fuerzas hasta el punto de que ya no es necesario, para administrarlas, no sólo de los reyes ni tampoco de los burgueses: basta simplemente con todos. Todos aprenden, a través del poder de las cosas, a desentenderse del poder. El iluminismo se realiza y se niega cuando los fines prácticos más próximos se revelan como la lejanía alcanzada, y las tierras “de las que sus informantes no pueden darles noticias”, es decir la naturaleza desconocida por la ciencia patronal, son recordadas como las del origen. Hoy que la utopía de Bacon -”ser amos de la naturaleza en la práctica”- se ha cumplido en escala terrestre, se torna evidente la esencia de la constricción que él imputaba a la naturaleza no dominada. Era el dominio mismo. Dominio tras cuya disolución puede ir más allá el saber, en el cual indudablemente residía, según Bacon, “la superioridad del hombre”. Pero ante esta posibilidad el iluminismo al servicio del presente se transforma en el engaño total de las masas.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

LA INDUSTRIA CULTURAL

Archivado en General • Fecha: 09-02-2006 06:23:51

Iluminismo como mistificación de masas

La tesis sociológica de que la pérdida de sostén en la religión objetiva, la disolución de los últimos residuos precapitalistas, la diferenciación técnica y social y el extremado especialismo han dado lugar a un caos cultural, se ve cotidianamente desmentida por los hechos. La civilización actual concede a todo un aire de semejanza. Film, radio y semanarios constituyen un sistema. Cada sector está armonizado en sí y todos entre ellos. Las manifestaciones estéticas, incluso de los opositores políticos, celebran del mismo modo el elogio del ritmo de acero. Los organismos decorativos de las administraciones y las muestras industriales son poco diversas en los países autoritarios y en los demás. Los tersos y colosales palacios que se alzan por todas partes representan la pura racionalidad privada de sentido de los grandes monopolios internacionales a los que tendía ya la libre iniciativa desencadenada, que tiene en cambio sus monumentos en los tétricos edificios de habitación o comerciales de las ciudades desoladas. Ya las casas más viejas cerca de los centros de cemento armado tienen aire de slums y los nuevos bungalows marginales a la ciudad cantan ya -como las frágiles construcciones de las ferias internacionales- las loas al progreso técnico, invitando a que se los liquide, tras un rápido uso, como cajas de conserva. Pero los proyectos urbanísticos que deberían perpetuar, en pequeñas habitaciones higiénicas, al individuo como ser independiente, lo someten aun más radicalmente a su antítesis, al poder total del capital. Como los habitantes afluyen a los centros a fin de trabajar y divertirse, en carácter de productores y consumidores, las células edilicias se cristalizan sin solución de continuidad en complejos bien organizados. La unidad visible de macrocosmo y microcosmo ilustra a los hombres sobre el esquema de su civilización: la falsa identidad de universal y particular. Cada civilización de masas en un sistema de economía concentrada es idéntica y su esqueleto -la armadura conceptual fabricada por el sistema- comienza a delinearse. Los dirigentes no están ya tan interesados en esconderla; su autoridad se refuerza en la medida en que es reconocida con mayor brutalidad. Film y radio no tienen ya más necesidad de hacerse pasar por arte. La verdad de que no son más que negocios les sirve de ideología, que debería legitimar los rechazos que practican deliberadamente. Se autodefinen como industrias y las cifras publicadas de las rentas de sus directores generales quitan toda duda respecto a la necesidad social de sus productos.

Quienes tienen intereses en ella gustan explicar la industria cultural en términos tecnológicos. La participación en tal industria de millones de personas impondría métodos de reproducción que a su vez conducen inevitablemente a que, en innumerables lugares, necesidades iguales sean satisfechas por productos standard. El contraste técnico entre pocos centros de producción y una recepción difusa exigiría, por la fuerza de las cosas, una organización y una planificación por parte de los detentores. Los clichés habrían surgido en un comienzo de la necesidad de los consumidores: sólo por ello habrían sido aceptados sin oposición. Y en realidad es en este círculo de manipulación y de necesidad donde la unidad del sistema se afianza cada vez más. Pero no se dice que el ambiente en el que la técnica conquista tanto poder sobre la sociedad es el poder de los económicamente más fuertes sobre la sociedad misma. La racionalidad técnica es hoy la racionalidad del dominio mismo. Es el carácter forzado de la sociedad alienada de sí misma. Automóviles y films mantienen unido el conjunto hasta que sus elementos niveladores repercuten sobre la injusticia misma a la que servían. Por el momento la técnica de la industria cultural ha llegado sólo a la igualación y a la producción en serie, sacrificando aquello por lo cual la lógica de la obra se distinguía de la del sistema social. Pero ello no es causa de una ley de desarrollo de la técnica en cuanto tal, sino de su función en la economía actual. La necesidad que podría acaso escapar al control central es reprimida ya por el control de la conciencia individual. El paso del teléfono a la radio ha separado claramente a las partes. El teléfono, liberal, dejaba aun al oyente la parte de sujeto. La radio, democrática, vuelve a todos por igual escuchas, para remitirlos autoritariamente a los programas por completo iguales de las diversas estaciones. No se ha desarrollado ningún sistema de respuesta y las transmisiones privadas son mantenidas en la clandestinidad. Estas se limitan al mundo excéntrico de los “aficionados”, que por añadidura están aun organizados desde arriba. Pero todo resto de espontaneidad del público en el ámbito de la radio oficial es rodeado y absorbido, en una selección de tipo especialista, por cazadores de talento, competencias ante el micrófono y manifestaciones domesticadas de todo género. Los talentos pertenecen a la industria incluso antes de que ésta los presente: de otro modo no se adaptarían con tanta rapidez. La constitución del público, que teóricamente y de hecho favorece al sistema de la industria cultural, forma parte del sistema y no lo disculpa. Cuando una branche artística procede según la misma receta de otra, muy diversa en lo que respecta al contenido y a los medios expresivos; cuando el nudo dramático de la soap-opera en la radio se convierte en una ilustración pedagógica del mundo en el cual hay que resolver dificultades técnicas, dominadas como jam al igual que en los puntos culminantes de la vida del jazz, o cuando la “adaptación” experimental de una frase de Beethoven se hace según el mismo esquema con el que se lleva una novela de Tolstoy a un film, la apelación a los deseos espontáneos del público se convierte en un pretexto inconsistente. Más cercana a la realidad es la explicación que se basa en el peso propio, en la fuerza de inercia del aparato técnico y personal, que por lo demás debe ser considerado en cada uno de sus detalles como parte del mecanismo económico de selección. A ello debe agregarse el acuerdo o por lo menos la común determinación de los dirigentes ejecutivos de no producir o admitir nada que no se asemeje a sus propias mesas, a su concepto de consumidores y sobre todo a ellos mismos.

Si la tendencia social objetiva de la época se encarna en las intenciones subjetivas de los dirigentes supremos, éstos pertenecen por su origen a los sectores más poderosos de la industria. Los monopolios culturales son, en relación con ellos, débiles y dependientes. Deben apresurarse a satisfacer a los verdaderamente poderosos, para que su esfera en la sociedad de masas -cuyo particular carácter de mercancía tiene ya demasiada relación con el liberalismo acogedor y con los intelectuales judíos- no corra peligro. La dependencia de la más poderosa sociedad de radiofonía respecto a la industria eléctrica o la del cine respecto a la de las construcciones navales, delimita la entera esfera, cuyos sectores aislados están económicamente cointeresados y son interdependientes. Todo está tan estrechamente próximo que la concentración del espíritu alcanza un volumen que le permite traspasar los confines de las diversas empresas y de los diversos sectores técnicos. La unidad desprejuiciada de la industria cultural confirma la unidad -en formación- de la política. Las distinciones enfáticas, como aquellas entre films de tipo a y b o entre las historias de semanarios de distinto precio, no están fundadas en la realidad, sino que sirven más bien para clasificar y organizar a los consumidores, para adueñarse de ellos sin desperdicio. Para todos hay algo previsto, a fin de que nadie pueda escapar; las diferencias son acuñadas y difundidas artificialmente. El hecho de ofrecer al público una jerarquía de cualidades en serie sirve sólo para la cuantificación más completa. Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente, de acuerdo con su level determinado en forma anticipada por índices estadísticos, y dirigirse a la categoría de productos de masa que ha sido preparada para su tipo. Reducidos a material estadístico, los consumidores son distribuidos en el mapa geográfico de las oficinas administrativas (que no se distinguen prácticamente más de las de propaganda) en grupos según los ingresos, en campos rosados, verdes y azules.

El esquematismo del procedimiento se manifiesta en que al fin los productos mecánicamente diferenciados se revelan como iguales. El que las diferencias entre la serie Chrysler y la serie General Motors son sustancialmente ilusorias es cosa que saben incluso los niños que se enloquecen por ellas. Los precios y las desventajas discutidos por los conocedores sirven sólo para mantener una apariencia de competencia y de posibilidad de elección. Las cosas no son distintas en lo que concierne a las producciones de la Warner Brothers y de la Metro Goldwin Mayer. Pero incluso entre los tipos más caros y menos caros de la colección de modelos de una misma firma, las diferencias se reproducen más: en los automóviles no pasan de variantes en el número de cilindros, en el volumen, en la novedad de los gadgets; en los films se limitan a diferencias en el número de divos, en el despliegue de medios técnicos, mano de obra, trajes y decorados, en el empleo de nuevas fórmulas psicológicas. La medida unitaria del valor consiste en la dosis de conspicuous production, de inversión exhibida. Las diferencias de valor preestablecidas por la industria cultural no tienen nada que ver con diferencias objetivas, con el significado de los productos. También los medios técnicos tienden a una creciente uniformidad recíproca. La televisión tiende a una síntesis de radio y cine, que está siendo retardada hasta que las partes interesadas se hayan puesto completamente de acuerdo, pero cuyas posibilidades ilimitadas pueden ser promovidas hasta tal punto por el empobrecimiento de los materiales estéticos que la identidad apenas velada de todos los productos de la industria cultural podrá mañana triunfar abiertamente, como sarcástica realización del sueño wagneriano de la “obra de arte total”. El acuerdo de palabra, música e imagen se logra con mucha mayor perfección que en Tristán, en la medida en que los elementos sensibles, que se limitan a registrar la superficie de la realidad social, son ya producidos según el mismo proceso técnico de trabajo y expresan su unidad como su verdadero contenido. Este proceso de trabajo integra a todos los elementos de la producción, desde la trama de la novela preparada ya en vistas al film, hasta el último efecto sonoro. Es el triunfo del capital invertido. Imprimir con letras de fuego su omnipotencia -la de sus manos- en el corazón de todos los desposeídos en busca de empleo es el significado de todos los films, independientemente de la acción dramática que la dirección de producciones escoge de vez en cuando.

Durante el tiempo libre el trabajador debe orientarse sobre la unidad de la producción. La tarea que el esquematismo kantiano había asignado aun a los sujetos -la de referir por anticipado la multiplicidad sensible a los conceptos fundamentales- le es quitada al sujeto por la industria. La industria realiza el esquematismo como el primer servicio para el cliente. Según Kant, actuaba en el alma un mecanismo secreto que preparaba los datos inmediatos para que se adaptasen al sistema de la pura razón. Hoy, el enigma ha sido develado. Incluso si la planificación del mecanismo por parte de aquellos que preparan los datos, la industria cultural, es impuesta a ésta por el peso de una sociedad irracional -no obstante toda racionalización-, esta tendencia fatal se transforma, al pasar a través de las agencias de la industria, en la intencionalidad astuta que caracteriza a esta última. Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya anticipado en el esquematismo de la producción. El prosaico arte para el pueblo realiza ese idealismo fantástico que iba demasiado lejos para el crítico. Todo viene de la conciencia: de la de Dios en Malebranche y en Berkeley; en el arte de masas, de la dirección terrena de la producción. No sólo los tipos de bailables, divos, soap-operas retornan cíclicamente como entidades invariables, sino que el contenido particular del espectáculo, lo que aparentemente cambia, es a su vez deducido de aquéllos. Los detalles se tornan fungibles. La breve sucesión de intervalos que ha resultado eficaz en un tema, el fracaso temporario del héroe, que éste acepta deportivamente, los saludables golpes que la hermosa recibe de las robustas manos del galán, los modales rudos de éste con la heredera pervertida, son, como todos los detalles, clichés, para emplear a gusto aquí y allá, enteramente definidos cada vez por el papel que desempeñan en el esquema. Confirmar el esquema, mientras lo componen, constituye toda la realidad de los detalles. En un film se puede siempre saber en seguida cómo terminará, quién será recompensado, castigado u olvidado; para no hablar de la música ligera, en la que el oído preparado puede adivinar la continuación desde los primeros compases y sentirse feliz cuando llega. El número medio de palabras de la short story es intocable. Incluso los gags, los efectos, son calculados y planificados. Son administrados por expertos especiales y su escasa variedad hace que se los pueda distribuir administrativamente. La industria cultural se ha desarrollado con el primado del efecto, del exploit tangible, del detalle sobre la obra, que una vez era conductora de la idea y que ha sido liquidada junto con ésta. El detalle, al emanciparse, se había tornado rebelde y se había erigido -desde el romanticismo hasta el expresionismo- en expresión desencadenada, en exponente de la revolución contra la organización. El efecto armónico aislado había cancelado en la música la conciencia de la totalidad formal; en pintura el color particular se había sobrepuesto a la composición del cuadro; la penetración psicológica dominaba sobre la arquitectura de la novela. A ello pone fin con su totalidad la industria cultural. Al no reconocer más que a los detalles, acaba con la insubordinación de éstos y los somete a la fórmula que ha tomado el lugar de la obra. La industria cultural trata de la misma forma al todo y a las partes. El todo se opone, en forma despiadada o incoherente, a los detalles, un poco como la carrera de un hombre de éxito, a quien todo debe servirle de ilustración y prueba, mientras que la misma carrera no es más que la suma de esos acontecimientos idiotas. La llamada idea general es un mapa catastral y crea un orden, pero ninguna conexión. Privados de oposición y de conexión, el todo y los detalles poseen los mismos rasgos. Su armonía garantizada desde el comienzo es la caricatura de aquella otra -conquistada- de la obra maestra burguesa. En Alemania, en los films más despreocupados del período democrático, reinaba ya la paz sepulcral de la dictadura.

El mundo entero es pasado por el cedazo de la industria cultural. La vieja esperanza del espectador cinematográfico, para quien la calle parece la continuación del espectáculo que acaba de dejar, debido a que éste quiere precisamente reproducir con exactitud el mundo perceptivo de todos los días, se ha convertido en el criterio de la producción. Cuanto más completa e integral sea la duplicación de los objetos empíricos por parte de las técnicas cinematográficas, tanto más fácil resulta hacer creer que el mundo exterior es la simple prolongación del que se presenta en el film. A partir de la brusca introducción del elemento sonoro el proceso de reproducción mecánica ha pasado enteramente al servicio de este propósito. El ideal consiste en que la vida no pueda distinguirse más de los films. El film superando en gran medida al teatro ilusionista, no deja a la fantasía ni al pensar de los espectadores dimensión alguna en la que puedan moverse por su propia cuenta sin perder el hilo, con lo que adiestra a sus propias víctimas para identificarlo inmediatamente con la realidad. La atrofia de la imaginación y de la espontaneidad del consumidor cultural contemporáneo no tiene necesidad de ser manejada según mecanismos psicológicos. Los productos mismos, a partir del más típico, el film sonoro, paralizan tales facultades mediante su misma constitución objetiva. Tales productos están hechos de forma tal que su percepción adecuada exige rapidez de intuición, dotes de observación, competencia específica, pero prohibe también la actividad mental del espectador, si éste no quiere perder los hechos que le pasan rápidamente delante. Es una tensión tan automática que casi no tiene necesidad de ser actualizada para excluir la imaginación. Quien está de tal forma absorto en el universo del film, en los gestos, imágenes y palabras, que carece de la capacidad de agregar a éstos aquello por lo que podrían ser tales, no por ello se encontrará en el momento de la exhibición sumido por completo en los efectos particulares del espectáculo que contempla. A través de todos los otros films y productos culturales que necesariamente debe conocer, han llegado a serle tan familiares las pruebas de atención requeridas que se le producen automáticamente. La violencia de la sociedad industrial obra sobre los hombres de una vez por todas. Los productos de la industria cultural pueden ser consumidos rápidamente incluso en estado de distracción. Pero cada uno de ellos es un modelo del gigantesco mecanismo económico que mantiene a todos bajo presión desde el comienzo, en el trabajo y en el descanso que se le asemeja. De cada film sonoro, de cada transmisión radial, se puede deducir aquello que no se podría atribuir como efecto a ninguno de ellos aisladamente, pero sí al conjunto de todos en la sociedad. Inevitablemente, cada manifestación aislada de la industria cultural reproduce a los hombres tal como aquello en que ya los ha convertido la entera industria cultural. Y todos los agentes de la industria cultural, desde el productor hasta las asociaciones femeninas, velan para que el proceso de la reproducción simple del espíritu no conduzca en modo alguno a una reproducción enriquecida.
Las quejas de los historiadores del arte y de los abogados de la cultura respecto a la extinción de la energía estilística en Occidente son pavorosamente infundadas. La traducción estereotipada de todo, incluso de aquello que aún no ha sido pensado, dentro del esquema de la reproductibilidad mecánica, supera en rigor y validez a todo verdadero estilo, concepto este con el que los amigos de la cultura idealizan -como “orgánico”- al pasado precapitalista. Ningún Palestrina hubiera podido expeler la disonancia no preparada y no resuelta con el purismo con el que un arrangeur de música de jazz elimina hoy toda cadencia que no se adecue perfectamente a su jerga. Cuando adapta a Mozart no se limita a modificarlo allí donde es demasiado serio o demasiado difícil, sino también donde armonizaba la melodía en forma diversa -y acaso con más sencillez- de lo que se usa hoy. Ningún constructor de iglesias medieval hubiera inspeccionado los temas de los vitrales y de las esculturas con la desconfianza con que la dirección del estudio cinematográfico examina un tema de Balzac o de Víctor Hugo antes de que éste obtenga el imprimatur que le permitirá continuar adelante. Ningún capítulo habría asignado a las caras diabólicas y las penas de los condenados su justo puesto en el orden del sumo amor con el escrúpulo con el que la dirección de producción se lo asigna a la tortura del héroe o a la sucinta pollera de la leading lady en la letanía del film de éxito. El catálogo explícito e implícito, exotérico y esotérico de lo prohibido y de lo tolerado, no se limita a circunscribir un sector libre, sino que lo domina y lo controla desde la superficie hasta el fondo. Incluso los detalles mínimos son modelados según sus normas. La industria cultural, a través de sus prohibiciones, fija positivamente -al igual que su antítesis, el arte de vanguardia- un lenguaje suyo, con una sintaxis y un léxico propios. La necesidad permanente de nuevos efectos, que quedan sin embargo ligados al viejo esquema, no hace más que aumentar, como regla supletoria, la autoridad de lo ordenado, a la que cada efecto particular querría sustraerse. Todo lo que aparece es sometido a un sello tan profundo que al final no aparece ya nada que no lleve por anticipado el signo de la jerga y que no demuestre ser, a primera vista, aprobado y reconocido. Pero los matadores (38) -productores o reproductores- son aquellos que hablan la jerga con tanta facilidad, libertad y alegría, como si fuese la lengua que ha vencido desde hace tiempo al silencio. Es el ideal de la naturaleza en la industria, que se afirma tanto más imperiosamente cuanto la técnica perfeccionada reduce más la tensión entre imagen y vida cotidiana. La paradoja de la routine disfrazada de naturaleza se advierte en todas las manifestaciones de la industria cultural, y en muchas se deja tocar con la mano. Un ejecutante de jazz que debe tocar un trozo de música seria, el más simple minuet de Beethoven, lo sincopa involuntariamente y sólo accede a tocar las notas preliminares con una sonrisa de superioridad. Esta “naturaleza”, complicada por las instancias siempre presentes y desarrolladas hasta el exceso del medio específico, constituye el nuevo estilo, es decir, “un sistema de no-cultura, al que se le podría reconocer una cierta ‘unidad estilística’, si se concede que tiene sentido hablar de una barbarie estilizada”. (39)

La fuerza universalmente vinculante de esta estilización supera ya a la de las prohibiciones y prescripciones oficiosas; hoy se perdona con más facilidad a un motivo que no se atenga a los treinta y dos compases que contenga aunque sea el más secreto detalle melódico o armónico extraño al idioma. Todas las violaciones de los hábitos del oficio cometidas por Orson Welles le son perdonadas, porque -incluyendo las incorrecciones- no hacen más que reforzar y confirmar la validez del sistema. La obligación del idioma técnicamente condicionado que actores y directores deben producir como naturaleza, a fin de que la nación pueda hacerlo suyo, se refiere a matices tan sutiles que alcanzan casi el refinamiento de los medios de una obra de vanguardia, medios con los cuales esta última, a diferencia de aquélla, sirve a la verdad. La rara capacidad para obedecer minuciosamente a las exigencias del idioma de la naturaleza en todos los sectores de la industria cultural se convierte en el criterio de la habilidad y de la competencia. Todo lo que se dice y la forma en que es dicho debe poder ser controlado en relación con el lenguaje cotidiano, como ocurre en el positivismo lógico. Los productores son expertos. El idioma exige una fuerza productiva excepcional, que absorbe y consume enteramente y que ha superado la distinción -predilecta de la teoría conservadora de la cultura- entre estilo genuino y artificial. Como artificial podría ser definido un estilo impreso desde el exterior sobre los impulsos reluctantes de la figura. Pero en la industria cultural, la materia, hasta en sus últimos elementos, es originada por el mismo aparato que produce la jerga en que se resuelve. Las diferencias que se producen entre el “especialista artístico” y el sponsor y el censor a propósito de una mentira demasiado increíble no son en realidad testimonio de una tensión estética interna sino más bien de una divergencia de intereses. La renommée del especialista -en la que a veces se refugia un último resto de autonomía objetiva- entra en conflicto con la política comercial de aquellos que producen la mercancía cultural. Pero la cosa, en su esencia, está reificada como viable aun antes de que se llegue al conflicto. Aun antes de que Zanuck la comprase, la santa Bernadette brillaba en el campo visivo de su autor como una réclame para todos los consorcios interesados. Tal es lo que queda de los impulsos autónomos de la obra. Y he ahí por qué el estilo de la industria cultural, que no necesita afirmarse en la resistencia de la materia, es al mismo tiempo la negación del estilo. La conciliación de lo universal y lo particular, regla e instancia específica del objeto -cuya realización es conditio sine qua non de la sustancia y el peso del estilo-, carece de valor porque no determina ya ninguna tensión entre los dos polos: los extremos que se tocan quedan traspasados en una turbia identidad, lo universal puede sustituir a lo particular y viceversa.

Sin embargo, esta caricatura del estilo dice algo sobre el estilo auténtico del pasado. El concepto de estilo auténtico queda desenmascarado en la industria cultural como equivalente estético del dominio. La idea del estilo como coherencia puramente estética es una proyección retrospectiva de los románticos. En la unidad del estilo -no sólo del Medioevo cristiano sino también del Renacimiento- se expresa la estructura diversa de la violencia social, y no la oscura experiencia de los dominados, en la que se encerraba lo universal. Los grandes artistas no fueron nunca quienes encarnaron el estilo en la forma más pura y perfecta, sino quienes acogieron en la propia obra al estilo como rigor respecto a la expresión caótica del sufrimiento, como verdad negativa. En el estilo de las obras la expresión conquistaba la fuerza sin la cual la existencia pasa desoída. Incluso las obras tenidas por clásicas, como la música de Mozart, contienen tendencias objetivas en contraste con su estilo. Hasta Schönberg y Picasso, los grandes artistas han conservado su desconfianza hacia el estilo y -en todo lo que es decisivo- se han atenido menos al estilo que a la lógica del objeto. Lo que expresionistas y dadistas afirmaban polémicamente, la falsedad del estilo como tal, triunfa hoy en la jerga canora del crooner, en la gracia relamida de la star y, en fin, en la magistral imagen fotográfica de la choza miserable del trabajador manual. En toda obra de arte el estilo es una promesa. En la medida en que lo que se expresa entra a través del estilo en las formas dominantes de la universalidad, en el lenguaje musical, pictórico, verbal, debería reconciliarse con la idea de la verdadera universalidad. Esta promesa de la obra de arte -de fundar la verdad a través de la inserción de la figura en las formas socialmente transmitidas- es a la vez necesaria e hipócrita. Tal promesa pone como absoluto las formas reales de lo existente, pretendiendo anticipar su realización en sus derivados estéticos. En este sentido, la pretensión del arte es siempre también ideología. Por otra parte, el arte puede hallar una expresión para el sufrimiento sólo al enfrentarse con la tradición que se deposita en el estilo. En la obra de arte, en efecto, el momento mediante el cual trasciende la realidad resulta inseparable del estilo: pero no consiste en la armonía realizada, en la problemática unidad de forma y contenido, interior y exterior, individuo y sociedad, sino en los rasgos en los que aflora la discrepancia, en el necesario fracaso de la tensión apasionada hacia la identidad. En lugar de exponerse a este fracaso, en el que el estilo de la gran obra de arte se ha visto siempre negado, la obra mediocre ha preferido siempre semejarse a las otras, se ha contentado con el sustituto de la identidad. La industria cultural, en suma, absolutiza la imitación. Reducida a puro estilo, traiciona el secreto de éste, o sea, declara su obediencia a la jerarquía social. La barbarie estética ejecuta hoy la amenaza que pesa sobre las creaciones espirituales desde el día en que empezaron a ser recogidas y neutralizadas como cultura. Hablar de cultura ha sido siempre algo contra la cultura. El denominador común “cultura” contiene ya virtualmente la toma de posesión, el encasillamiento, la clasificación, que entrega la cultura al reino de la administración. Sólo la subsunción industrializada, radical y consecuente, está en pleno acuerdo con este concepto de cultura. Al subordinar de la misma forma todos los aspectos de la producción espiritual al fin único de cerrar los sentidos de los hombres -desde la salida de la fábrica por la noche hasta el regreso frente al reloj de control la mañana siguiente- mediante los sellos del proceso de trabajo que ellos mismos deben alimentar durante la jornada, la industria cultural pone en práctica sarcásticamente el concepto de cultura orgánica que los filósofos de la personalidad oponían a la masificación.

De tal suerte la industria cultural, el estilo más inflexible de todos, se revela como meta justamente de aquel liberalismo al que se le reprochaba falta de estilo. No se trata sólo de que sus categorías y sus contenidos hayan surgido de la esfera liberal, del naturalismo domesticado como de la opereta y de la revista, sino que incluso los modernos trusts culturales constituyen el lugar económico donde continúa sobreviviendo provisoriamente -con los tipos correspondientes de empresarios- una parte de la esfera tradicional de la circulación en curso de demolición en el resto de la sociedad. Aquí se puede hacer aún fortuna, con tal de que no se sea demasiado exigente y se esté dispuesto a los acuerdos. Lo que resiste sólo puede sobrevivir enquistándose. Una vez que lo que resiste ha sido registrado en sus diferencias por parte de la industria cultural, forma parte ya de ella, tal como el reformador agrario se incorpora al capitalismo. La rebelión que rinde homenaje a la realidad se convierte en la marca de fábrica de quien tiene una nueva idea para aportar a la industria. La esfera pública de la sociedad actual no deja pasar ninguna acusación perceptible en cuyo tono los de oído fino no adviertan ya la autoridad bajo cuyo signo el révolté se reconcilia con ellos. Cuanto más inconmensurable se torna el abismo entre el coro y los solistas más puesto hay entre estos últimos para quien sepa dar testimonio de su propia superioridad mediante una originalidad bien organizada. De tal suerte, incluso en la industria cultural, sobrevive la tendencia del liberalismo de dejar paso libre a los capaces. La función de abrir camino a estos virtuosos se mantiene aún hoy en un mercado ampliamente regulado en todo otro sentido, mercado en el que en los buenos tiempos la única libertad que se permitía al arte era la de morir de hambre. No por azar surgió el sistema de la industria cultural en los países industriales más liberales, así como es en ellos donde han triunfado todos sus medios característicos, el cine, la radio, el jazz y los magazines. Es cierto que su desarrollo progresivo surgía necesariamente de las leyes generales del capital. Gaumont y Pathé, Ullstein y Hugenberg habían seguido con éxito la tendencia internacional; la dependencia de Europa respecto a los Estados Unidos -después de la primera guerra mundial y de la inflación- hizo el resto. Creer que la barbarie de la industria cultural constituye una consecuencia del cultural lag, del atraso de la conciencia norteamericana respecto al estado alcanzado por la técnica, es pura ilusión. Era la Europa prefascista la que estaba atrasada en relación con la tendencia hacia el monopolio cultural. Pero justamente gracias a este atraso conservaba el espíritu un resto de autonomía. En Alemania la insuficiencia del control democrático sobre la vida civil había surtido efectos paradójicos. Mucho se sustraía al mecanismo del mercado, que se había desencadenado en los países occidentales. El sistema educativo alemán, incluyendo las universidades, los teatros con carácter de guías en el plano artístico, las grandes orquestas, los museos, se hallaban bajo protección. Los poderes políticos, estado y comunas, que habían recibido estas instituciones en herencia del absolutismo, les habían dejado su parte de aquella independencia respecto a las relaciones, fuerza explícita en el mercado que les había sido concedida a pesar de todo hasta fines del siglo XIX por los príncipes y señores feudales. Ello reforzó la posición del arte burgués tardío contra el veredicto de la oferta y la demanda, y favoreció su resistencia mucho más allá de la protección acordada. Incluso en el mercado el homenaje a la calidad todavía no traducible en valor corriente se resolvía en poder de adquisición, gracias a lo cual dignos editores literarios y musicales podían ocuparse de autores que no atraían más que la estima de los entendidos. Sólo la obligación de inscribirse continuamente -bajo las amenazas más graves- como experto estético en la vida industrial ha esclavizado definitivamente al artista. En una época firmaban sus cartas, como Kant y Hume, calificándose de “siervos humildísimos”, mientras minaban las bases del trono y del altar. Hoy se tutean con los jefes de estado y están sometidos, en lo que respecta a todos sus impulsos artísticos, al juicio de sus jefes iletrados. El análisis cumplido por Tocqueville hace cien años se ha cumplido plenamente. Bajo el monopolio privado de la cultura acontece realmente que “la tiranía deja libre el cuerpo y embiste directamente contra el alma. El amo no dice más: debes pensar como yo o morir. Dice: eres libre de no pensar como yo, tu vida, tus bienes, todo te será dejado, pero a partir de este momento eres un intruso entre nosotros”. (40) Quien no se adapta resulta víctima de una impotencia espiritual del aislado. Excluido de la industria, es fácil convencerlo de su insuficiencia. Mientras que en la producción material el mecanismo de la oferta y la demanda se halla ya en vías de disolución, continúa operando en la superestructura como control que beneficia a los amos. Los consumidores son los obreros y empleados, farmers y pequeños burgueses. La totalidad de las instituciones existentes los aprisiona de tal forma en cuerpo y alma que se someten sin resistencia a todo lo que se les ofrece. Y como los dominados han tomado siempre la moral que les venía de los señores con mucha más seriedad que estos últimos, así hoy las masas engañadas creen en el mito del éxito aun más que los afortunados. Las masas tienen lo que quieren y reclaman obstinadamente la ideología mediante la cual se las esclaviza. La funesta adhesión del pueblo al mal que se le hace llega incluso a anticipar la sabiduría de las presiones y supera el rigor de la Hays Office. Esa adhesión sostiene a Mickey Rooney contra la trágica Garbo. La industria se adapta a tales pedidos. Lo que representa un pasivo para la firma aislada, que a veces no puede explotar hasta el fin el contrato con la estrella en declinación, constituye un costo razonable para el sistema en total. Al ratificar astutamente los pedidos de relevos, inaugura la armonía total. Juicio crítico y competencia son prohibidos como presunción de quien se cree superior a los otros, en una cultura democrática que reparte sus privilegios entre todos. Frente a la tregua ideológica, el conformismo de los consumidores, así como la impudicia de la producción que éstos mantienen en vida, conquista una buena conciencia. Tal conformismo se contenta con la eterna repetición de lo mismo.

La eterna repetición de lo mismo regula también la relación con el pasado. La novedad del estadio de la cultura de masas respecto al liberal tardío consiste en la exclusión de lo nuevo. La máquina rueda sur place. Cuando llega al punto de determinar el consumo, descarta como riesgo inútil lo que aun no ha sido experimentado. Los cineastas consideran con sospecha todo manuscrito tras el cual no haya ya un tranquilizador best seller. Justamente por eso se habla siempre de idea, novelty y surprise, de algo que a la vez sea archiconocido y no haya existido nunca. Para eso sirven el ritmo y el dinamismo. Nada debe quedar como estaba, todo debe correr continuamente, estar en movimiento. Porque sólo el universal triunfo del ritmo de producción y reproducción mecánica garantiza que nada cambia, que no surge nada sorprendente. Los agregados al inventario cultural experimentado son demasiado arriesgados y azarosos. Los tipos formales congelados, como sketch, short story, film de tesis, canción, son el prototipo, y amenazadoramente octroyé, del gusto liberal tardío. Los dirigentes de las empresas culturales, que proceden de acuerdo entre sí como si fueran un solo manager, han racionalizado desde hace tiempo el espíritu objetivo. Es como si un tribunal omnipresente hubiese examinado el material y establecido el catálogo oficial de los bienes culturales, que ilustra brevemente sobre las series disponibles. Las ideas se hallan inscriptas en el cielo de la cultura, en el cual ya numeradas, incluso convertidas en números, inmutables, habían sido encerrados por Platón.

El amusement, todos los elementos de la industria cultural, existían mucho antes que ésta. Ahora son retomados desde lo alto y llevados al nivel de los tiempos. La industria cultural puede jactarse de haber actuado con energía y de haber erigido como principio la trasposición -a menudo torpe- del arte a la esfera del consumo, de haber liberado al amusement de sus ingenuidades más molestas y de haber mejorado la confección de las mercancías. Cuanto más total ha llegado a ser, cuanto más despiadadamente ha obligado a todo outsider a quebrar o a entrar en la corporación, tanto más fina se ha vuelto, hasta terminar en una síntesis de Beethoven con el Casino de París. Su triunfo es doble: lo que gasta fuera de sí como verdad puede reproducirlo a placer dentro de sí como mentira. El arte “ligero” como tal, la distracción, no es una forma morbosa y degenerada. Quien lo acusa de traición respecto al ideal de la pura expresión se hace ilusiones respecto a la sociedad. La pureza del arte burgués, que se ha hipostatizado como reino de la libertad en oposición a la praxis material, ha sido pagada desde el principio con la exclusión de la clase inferior, a cuya causa -la verdadera universalidad- el arte sigue siendo fiel justamente gracias a la libertad respecto a los fines de la falsa libertad. El arte serio se ha negado a aquellos para quienes la necesidad y la presión del sistema convierten a la seriedad en una burla, y que por necesidad se sienten contentos cuando pueden transcurrir pasivamente el tiempo que no están atados a la rueda. El arte “ligero” ha acompañado como una sombra al arte autónomo. El arte “ligero” es la mala conciencia social del arte serio. Lo que el arte serio debía perder en términos de verdad en base a sus premisas sociales confiere al arte “ligero” una apariencia de legitimidad. La verdad reside en la escisión misma, que expresa por lo menos la negatividad de la cultura que constituyen, sumándose, las dos esferas. En modo alguno se deja conciliar la antítesis cuando se acoge al arte ligero en el serio o viceversa. Justamente esto es lo que trata de hacer la industria cultural. La excentricidad del circo, del panopticum y del burdel respecto a la sociedad le molesta tanto como la de Schönberg y de Karl Krauss. Así Benny Goodman es acompañado por el cuarteto de Budapest y toca con ritmo más pedante que un clarinetista de orquesta filarmónica, mientras que los integrantes del cuarteto tocan en la misma forma lisa y vertical y con la misma dulzonería con que lo hace Guy Lombardo. Lo notable no es la crasa incultura, la torpeza o la estupidez. Los rechazos de antaño han sido liquidados por la industria cultural gracias a su misma perfección, la prohibición y la domesticación del dilettantismo, aun cuando cometa continuamente gaffes enormes, inseparables de la idea misma de un nivel “sostenido”. Pero lo nuevo consiste en que elementos inconciliables de la cultura, arte y diversión, sean reducidos mediante la subordinación final a un solo falso denominador: la totalidad de la industria cultural. Ésta consiste en la repetición. No es cosa extrínseca al sistema el hecho de que sus innovaciones típicas consistan siempre y únicamente en mejoramientos de la reproducción en masa. Con razón el interés de los innumerables consumidores va por entero hacia la técnica y no hacia los contenidos rígidamente repetidos, íntimamente vacuos y ya medio abandonados. El poder social adorado por los espectadores se expresa con más validez en la omnipresencia del estereotipo realizada e impuesta por la técnica que en las ideologías viejas de las que deben responder los efímeros contenidos.

No obstante, la industria cultural sigue siendo la industria de la diversión. Su poder sobre los consumidores es mediado por el amusement, que al fin es anulado no por un mero diktat, sino por la hostilidad inherente al principio mismo del amusement. Dado que la transfusión de todas las tendencias de la industria cultural a la carne y a la sangre del público se cumple a través del entero proceso social, la supervivencia del mercado en este sector obra en el sentido de promover ulteriormente dichas tendencias. La demanda no se halla aun sustituida por la pura obediencia. Hasta tal punto es verdad esto que la gran reorganización del cine en vísperas de la primera guerra mundial -condición material de su expansión- consistió justamente en una adaptación consciente a las necesidades del público calculadas según las cifras de boletería, dato que en los tiempos de los pioneers de la pantalla no se soñaba siquiera en tomar en consideración. A los magnates del cine, que hacen siempre pruebas sobre sus ejemplos (sobre sus éxitos más o menos clamorosos) y nunca, sabiamente, sobre el ejemplo contrario, sobre la verdad, les parece así incluso hoy. Su ideología son los negocios. En todo ello es verdadero que la fuerza de la industria cultural reside en su unidad con la necesidad producida y no en el conflicto con ésta, ya sea a causa de la omnipotencia o de la impotencia. El amusement es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío. Es buscado por quien quiere sustraerse al proceso del trabajo mecanizado para ponerse de nuevo en condiciones de poder afrontarlo. Pero al mismo tiempo la mecanización ha conquistado tanto poder sobre el hombre durante el tiempo libre y sobre su felicidad, determina tan íntegramente la fabricación de los productos para distraerse, que el hombre no tiene acceso más que a las copias y a las reproducciones del proceso de trabajo mismo. El supuesto contenido no es más que una pálida fachada; lo que se imprime es la sucesión automática de operaciones reguladas. Sólo se puede escapar al proceso de trabajo en la fábrica y en la oficina adecuándose a él en el ocio. De ello sufre incurablemente todo amusement. El placer se petrifica en aburrimiento, pues, para que siga siendo placer, no debe costar esfuerzos y debe por lo tanto moverse estrechamente a lo largo de los rieles de las asociaciones habituales. El espectador no debe trabajar con su propia cabeza: toda conexión lógica que requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada. Los desarrollos deben surgir en la medida de lo posible de las situaciones inmediatamente anteriores, y no de la idea del conjunto. No hay conflicto que resista al celo de los colaboradores para extraer de cada escena todo lo que puede dar. Por último aparece como peligroso incluso el esquema, en la medida en que ha instituido aunque sea un pobre contexto significativo, dado que sólo se acepta la falta de significado. A menudo, en medio de la tarea, es malignamente rechazada la continuación que los caracteres y la historia exigían según el plan primitivo. En su lugar se adopta, como paso inmediato, la idea aparentemente más eficaz que los escenaristas encuentran cada vez para la situación dada. Una sorpresa mal escogida irrumpe en la materia cinematográfica. La tendencia del producto a volver malignamente al puro absurdo, de que participaba legítimamente el arte popular y la payasada hasta Chaplin y los hermanos Marx, aparece en la forma más evidente en los géneros menos cuidados. Mientras los films de Greer Garson y Bette Davis extraen aun de la unidad del caso psicológico-social algo parecido a la pretensión de una acción coherente, la tendencia al absurdo se ha impuesto plenamente en el texto del novelty song, en el film amarillo y en los dibujos animados. La idea misma -como los objetos de lo cómico y de lo horrible- es despedazada. Los novelty songs han vivido siempre del desprecio respecto al significado, que -precursores y sucesores del psicoanálisis- reducen a la unidad indistinta del simbolismo sexual. En los films policiales y de aventuras no se concede ya hoy al espectador que asista a una clarificación progresiva. Debe contentarse -incluso en las producciones no irónicas del género- con el resplandor de situaciones ya casi carentes de conexión necesaria entre ellas.

Los dibujos animados eran en una época exponentes de la fantasía contra el racionalismo. Hacían justicia a los animales y a las cosas electrizados por su técnica, pues pese a mutilarlos les conferían una segunda vida. Ahora no hacen más que confirmar la victoria de la razón tecnológica sobre la verdad. Hace algunos años tenían una acción coherente, que se disolvía sólo en los últimos minutos en el ritmo endiablado de los acontecimientos. Su desarrollo se asemejaba en esto al viejo esquema de la slapstick comedy. Pero ahora las relaciones de tiempo han cambiado. En las primeras secuencias del dibujo animado se anuncia un tema de acción sobre el cual se ejercitará la destrucción: entre los aplausos del público el protagonista es golpeado por todos como una pelota. De tal forma la cantidad de la diversión organizada se transfiere a la calidad de la ferocidad organizada. Los censores autodesignados de la industria cinematográfica, unidos a ésta por una afinidad electiva, vigilan la duración del delito prolongado como espectáculo divertido. La hilaridad quiebra el placer que podría proporcionar, en apariencia, la visión del abrazo, y remite la satisfacción al día del pogrom. Si los dibujos animados tienen otro efecto fuera del de acostumbrar los sentidos al nuevo ritmo, es el de martillar en todos los cerebros la antigua verdad de que el maltrato continuo, el quebrantamiento de toda resistencia individual es la condición de vida en esta sociedad. El pato Donald en los dibujos animados como los desdichados en la realidad reciben sus puntapiés a fin de que los espectadores se habitúen a los suyos.

El placer de la violencia hecha al personaje se convierte en violencia contra el espectador, la diversión se convierte en tensión. Al ojo fatigado no debe escapar nada que los expertos hayan elegido como estimulante, no hay que mostrar jamás asombro ante la astucia de la representación, hay que manifestar siempre esa rapidez en la reacción que el tema expone y recomienda. Así resulta por lo menos dudoso que la industria cultural cumpla con la tarea de divertir de la que abiertamente se jacta. Si la mayor parte de las radios y de los cines callasen, es sumamente probable que los consumidores no sentirían en exceso su falta. Ya el paso de la calle al cine no introduce más en el sueño, y si las instituciones dejasen durante un cierto período de obligar a que se lo usase, el impulso a utilizarlo luego no sería tan fuerte. Este cierre no sería un reaccionario “asalto a las máquinas”. No serían tanto los fanáticos quienes se sentirían desilusionados como aquellos que, por lo demás, nos llevan siempre a las mismas, es decir, los atrasados. Para el ama de casa la oscuridad del cine -a pesar de los films destinados a integrarla ulteriormente- representa un refugio donde puede permanecer sentada durante un par de horas en paz, como antaño, cuando había aun departamentos y noches de fiesta y se quedaba en la ventana mirando hacia afuera. Los desocupados de los grandes centros encuentran fresco en verano y calor en invierno en los locales con la temperatura regulada. En ningún otro sentido el hinchado sistema de la industria de las diversiones hace la vida más humana para los hombres. La idea de “agotar” las posibilidades técnicas dadas, de utilizar plenamente las capacidades existentes para el consumo estético de masa, forma parte del sistema económico que rechaza la utilización de las capacidades cuando se trata de eliminar el hambre.

La industria cultural defrauda continuamente a sus consumidores respecto a aquello que les promete. El pagaré sobre el placer emitido por la acción y la presentación es prorrogado indefinidamente: la promesa a la que el espectáculo en realidad se reduce significa malignamente que no se llega jamás al quid, que el huésped debe contentarse con la lectura del menú. Al deseo suscitado por los espléndidos nombres e imágenes se le sirve al final sólo el elogio de la gris routine a la que éste procuraba escapar. Las obras de arte no consistían en exhibiciones sexuales. Pero al representar la privación como algo negativo revocaban, por así decir, la humillación del instinto y salvaban lo que había sido negado. Tal es el secreto de la sublimación estética: representar el cumplimiento a través de su misma negación. La industria cultural no sublima, sino que reprime y sofoca. Al exponer siempre de nuevo el objeto del deseo, el seno en el sweater o el torso desnudo del héroe deportivo, no hace más que excitar el placer preliminar no sublimado que, por el hábito de la privación, se ha convertido desde hace tiempo en puramente masoquista. No hay situación erótica que no una a la alusión y a la excitación la advertencia precisa de que no se debe jamás llegar a ese punto. La Hays Office no hace más que confirmar el ritual que la industria cultural se ha fijado para sí misma: el de Tántalo. Las obras de arte son ascéticas y sin pudores; la industria cultural es pornográfica y prude. De tal suerte convierte el amor en historieta. Y así se deja pasar mucho, hasta el libertinaje como especialidad corriente, en pequeñas dosis y con la etiqueta de daring. La producción en serie del sexo pone en práctica automáticamente su represión. El astro del cual habría que enamorarse es a priori, en su ubicuidad, una copia de sí mismo. Toda voz de tenor suena exactamente como un disco de Caruso y las caras de las muchachas de Texas se asemejan ya al natural a los modelos triunfantes según los cuales serían clasificadas en Hollywood. La reproducción mecánica de lo bello -que la exaltación reaccionaria de la cultura favorece fatalmente con su idolatría sistemática de la individualidad- no deja ningún lugar para la inconsciente a la que estaba ligada lo bello. El triunfo sobre lo bello es cumplido por el humor, por el placer que se experimenta ante la vista de cada privación lograda. Se ríe del hecho de que no hay nada de que reír. La risa, serena o terrible, marca siempre el momento en que se desvanece un miedo. La risa anuncia la liberación, ya sea respecto al peligro físico, ya respecto a las redes de la lógica. La risa serena es como el eco de la liberación respecto al poder; el terrible vence el miedo alineándose con las fuerzas que hay que temer. Es el eco del poder como fuerza ineluctable. El fun es un baño reconfortante. La industria de las diversiones lo recomienda continuamente. En ella la risa se convierte en un instrumento de la estafa respecto a la felicidad. Los momentos de felicidad no conocen la risa; sólo las operetas y luego los films presentan al sexo con risas. Pero Baudelaire carece de humor al igual que Hölderlin. En la falsa sociedad la risa ha herido a la felicidad como una lepra y la arrastra a su totalidad insignificante. Reírse de algo es siempre burlarse; la vida que, según Bergson, rompe la corteza endurecida, es en realidad la irrupción de la barbarie, la afirmación de sí que en la asociación social celebra su liberación de todo escrúpulo. Lo colectivo de los que ríen es la parodia de la humanidad. Son mónadas, cada una de las cuales se abandona a la voluptuosidad de estar dispuesta a todo, a expensas de todas las otras. En tal armonía proporcionan la caricatura de la solidaridad. En la risa falsa es diabólico justamente el hecho de que ésta pueda parodiar victoriosamente incluso lo mejor: la conciliación. Pero el placer es severo: res severa verum gaudium. La ideología de los conventos, de que no es la ascesis sino el acto sexual lo que implica renuncia a la felicidad accesible, se ve confirmada en forma negativa por la seriedad del amante que en un presagio suspende su vida ante el instante que huye. La industria cultural pone la frustración jovial en el puesto del dolor presente tanto en la ebriedad como en la ascesis. La ley suprema es que sus súbditos no alcancen jamás aquello que desean, y justamente con ello deben reír y contentarse. La frustración permanente impuesta por la civilización es enseñada y demostrada a sus víctimas en cada acto de la industria cultural, sin posibilidad de equívocos. Ofrecer a tales víctimas algo y privarlas de ello es un solo y mismo acto. Ese es el efecto de todo el aparato erótico. Todo gira en torno al coito, justamente porque éste no puede cumplirse jamás. Admitir en un film una acción ilegítima sin que los culpables padezcan el justo castigo está prohibido con mayor severidad aun que -supongamos- el futuro yerno del millonario desarrolle una actividad en el movimiento obrero. En contraste con la era liberal, la cultura industrializada, como la fascista, puede concederse el desdén hacia el capitalismo, pero no la renuncia a la amenaza de castración. Tal amenaza constituye la esencia íntegra de la cultura industrializada. Lo decisivo hoy no es ya más el puritanismo -aunque éste continúe haciéndose valer bajo la forma de las asociaciones femeninas-, sino la necesidad intrínseca al sistema de no dar al consumidor jamás la sensación de que sea posible oponer resistencia. El principio impone presentar al consumidor todas las necesidades como si pudiesen ser satisfechas por la industria cultural, pero también organizar esas necesidades en forma tal que el consumidor aprenda a través de ellas que es sólo y siempre un eterno consumidor, un objeto de la industria cultural. La industria cultural no sólo le hace comprender que su engaño residiría en el cumplimiento de lo prometido, sino que además debe contentarse con lo que se le ofrece. La evasión respecto a la vida cotidiana que la industria cultural, en todos sus ramos, promete procurar es como el rapto de la hija en la historieta norteamericana: el padre mismo sostiene la escalera en la oscuridad. La industria cultural vuelve a proporcionar como paraíso la vida cotidiana. Escape y elopement están destinados a priori a reconducir al punto de partida. La distracción promueve la resignación que quiere olvidarse en la primera.

El amusement por completo emancipado no sólo sería la antítesis del arte, sino también el extremo que toca a éste. El absurdo à la Mark Twain, hacia el que a veces hace insinuaciones la industria cultural norteamericana, podría ser un correctivo del arte. El amusement, cuanto más se toma en serio su contradicción con la realidad, más se asemeja a la seriedad de lo real a que se opone; cuanto más trata de desarrollarse puramente a partir de su propia ley formal, tanto mayor es el esfuerzo de comprensión que exige, mientras que su fin era justamente negar el peso del esfuerzo y del trabajo. En muchos film-revista y sobre todo en la farsa y en los funnies relampaguea por momentos la posibilidad misma de esta negación. A cuya realización, por lo demás, no es lícito llegar. La pura diversión en su lógica, el despreocupado abandono a las más variadas asociaciones y felices absurdos, están excluidos de la diversión corriente, por causa del sustituto de un significado coherente que la industria cultural se obstina en añadir a sus producciones, mientras por otro lado, guiñando el ojo, trata a tal significado como simple pretexto para la aparición de los divos. Asuntos biográficos y similares sirven para unir los trozos de absurdo en una historia idiota: en ella no tintinea el gorro de cascabeles del loco, sino el mazo de llaves de la razón actual, que vincula -incluso en la imagen- también el placer a los fines del progreso. Cada beso en el film-revista debe contribuir al éxito del boxeador o del experto en canciones cuya carrera es exaltada. Por lo tanto, el engaño no reside en el hecho de que la industria cultural prepare distracción, sino en que arruina el placer al quedar deliberadamente ligada a los clichés ideológicos de la cultura en curso de liquidación. La ética y el buen gusto prohiben por “ingenuo” al amusement incontrolado (la ingenuidad no es menos mal vista por el intelectualismo) y limitan incluso las capacidades técnicas. La industria cultural es corrupta no como Babel del pecado sino como templo del placer elevado. En todos sus niveles, desde Hemingway hasta Emil Ludwig, desde Mrs. Niniver hasta Lone Ranger, desde Toscanini a Guy Lombardo, la mentira es inherente a un espíritu que la industria cultural recibe ya terminado del arte y de la ciencia. Retiene restos de lo mejor en los rasgos que la aproximan al circo, en el atrevimiento obstinadamente insensato de los acróbatas y clowns, en la “defensa y justificación del arte físico frente al arte espiritual”. (41) Pero los últimos refugios de este virtuosismo sin alma, que personifica a lo humano contra el mecanismo social, son despiadadamente limpiados por una razón planificadora que obliga a todo a declarar su función y su significado. Tal razón elimina lo que abajo carece de sentido como en lo alto el significado de las obras de arte.

La fusión actual de cultura y distracción no se cumple sólo como depravación de la cultura, sino también como espiritualización forzada de la distracción, lo cual es evidente ya en el hecho de que se asiste a ella casi exclusivamente como reproducción: como cinefotografía o como audición radial. En la época de la expansión liberal el amusement vivía de la fe intacta en el futuro: si las cosas hubieran seguido así, todo hubiese andado mejor. Hoy la fe vuelve a espiritualizarse; se torna tan sutil como para perder de vista toda meta y reducirse al fondo dorado que es proyectado tras la realidad. La fe se compone de los acentos de valor con los que, en perfecto acuerdo con la vida misma, son investidos una vez más en el espectáculo el tipo hábil, el ingeniero, la muchacha dinámica, la falta de escrúpulos disfrazada de carácter, los intereses deportivos y hasta los automóviles y los cigarrillos, incluso cuando el espectáculo no se hace por cuenta de la publicidad de las firmas interesadas, sino por la del sistema en su totalidad. El amusement mismo se alinea entre los ideales, toma el lugar de los bienes elevados que expulsa definitivamente de la cabeza de las masas repitiéndolos en forma aun más estereotipadas que las frases publicitarias pagadas por los interesados. La interioridad, la forma subjetivamente limitada de la verdad, ha estado siempre -mucho más que lo que se imagina- sujeta a los patrones externos. La industria cultural la reduce a mentira evidente. Ya sólo se la siente como retórica, que se acepta como agregado penosamente agradable, en best-sellers religiosos, films psicológicos y women serials, para poder dominar con más certeza en la vida de los propios impulsos humanos. En este sentido el amusement realiza la purificación de las pasiones que Aristóteles atribuía ya a la tragedia, y Mortimer Adler asigna en realidad al film. Al igual que respecto al estilo, la industria cultural descubre también la verdad sobre la catarsis.

Cuanto más sólidas se tornan las posiciones de la industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las necesidades del consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas, suprimir incluso la diversión: para el progreso cultural no existe aquí ningún límite. Pero tal tendencia es inmanente al principio mismo -burgués e iluminado- del amusement. Si la necesidad de amusement ha sido producida en gran medida por la industria que hacía la réclame del producto mediante una oleografía sobre la avidez reproducida y, viceversa, la del polvo para budín mediante la reproducción del budín, siempre se ha podido advertir en el amusement la manipulación comercial, el sales talk, la voz del vendedor de feria. Pero la afinidad originaria de negocios y amusement aparece en el significado mismo de este último: la apología de la sociedad. Divertirse significa estar de acuerdo. El amusement sólo es posible en cuanto se aisla y se separa de la totalidad del proceso social, en cuanto renuncia absurdamente desde el principio a la pretensión ineluctable de toda obra, hasta de la más insignificante: la de reflejar en su limitación el todo. Divertirse significa siempre que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor incluso allí donde es mostrado. En la base de la diversión está la impotencia. Es en efecto fuga pero no -como pretende- fuga de la realidad mala, sino fuga respecto al último pensamiento de resistencia que la realidad puede haber dejado aún. La liberación prometida por el amusement es la del pensamiento como negación. La impudicia de la exclamación retórica, “¡mira lo que la gente quiere!”, reside en el hecho de referirse como a seres pensantes respecto a las mismas criaturas a las que, por tarea específica, se las debe arrancar de la subjetividad. Y si a veces el público se rebela contra la industria de la diversión, se trata sólo de la pasividad -vuelta coherente- a la que ésta lo ha habituado. No obstante, la tarea de mantener a la expectativa se ha convertido cada vez en más difícil. La estupidización progresiva debe marchar al mismo paso que el progreso de la inteligencia. En la época de la estadística las masas son demasiado maliciosas para identificarse con el millonario que aparece en la pantalla y demasiado obtusas para permitirse la más mínima desviación respecto a la ley de los grandes números. La ideología se esconde en el cálculo de las probabilidades. La fortuna no beneficiará a todos, pero sí al jugador afortunado o más bien a aquel que sea designado por un poder superior, por lo general la misma industria de las diversiones, que es presentada como buscando asiduamente al merecedor. Los personajes descubiertos por los cazadores de talento y lanzados luego por el estudio cinematográfico son los tipos ideales de la nueva clase media dependiente. La starlet debe simbolizar a la empleada, pero en forma tal que para ella -a diferencia de la verdadera empleada- el abrigo de noche parezca hecho de medida. De tal suerte la starlet no se limita a fijar para la espectadora la posibilidad de que también ella aparezca en la pantalla, sino también con mayor nitidez la distancia que hay entre las dos. Sólo una puede tener la gran chance, sólo uno es famoso, y pese a que todos matemáticamente tienen la misma probabilidad, tal posibilidad es sin embargo para cada uno tan mínima que hará bien en borrarla en seguida y alegrarse de la fortuna del otro, que muy bien podría ser él y que empero no lo es jamás. Cuando la industria cultural invita aun a una identificación ingenua ésta se ve rápidamente desmentida. Para nadie es ya lícito olvidar. En un tiempo el espectador de films veía sus propias bodas en las del otro. Ahora los felices de la pantalla son ejemplares de la misma especie que cualquiera del público, pero con esta igualdad queda planteada la insuperable separación de los elementos humanos. La perfecta similitud es la absoluta diferencia. La identidad de la especie prohibe la de los casos. La industria cultural ha realizado pérfidamente al hombre como ser genérico. Cada uno es sólo aquello por lo cual puede sustituir a los otros: fungible, un ejemplar. Él mismo como individuo es lo absolutamente sustituible, la pura nada, y ello es lo que comienza a experimentar cuando con el tiempo pierde la semejanza. Así se modifica la estructura íntima de la religión del éxito a la que por lo demás se presta minuciosa obediencia. En lugar del camino per aspera ad astra, que implica dificultad y esfuerzo, cada vez más se insinúa el premio. El elemento de ceguera en la decisión ordinaria respecto al song que se volverá célebre o respecto a la comparsa adaptada al papel de heroína, es exaltado por la ideología. Los films subrayan el azar. Al exigir la ideología la igualdad esencial de los personajes, con la excepción del malo, hasta llegar a la exclusión de las fisonomías reluctantes (tal como aquellas que, como la de la Garbo, no tienen aire de dejarse apostrofar con un hello, sister), torna a primera vista la vida más fácil para los espectadores, a quienes se asegura que no tienen necesidad de ser distintos de lo que son y que podrían tener un éxito comparable, sin que se pretenda de ellos aquello de lo que se saben incapaces. Pero al mismo tiempo se les hace entender que incluso el esfuerzo carecería de sentido, pues la misma fortuna burguesa no tiene ya relación alguna con el efecto calculable del trabajo. En el fondo todos reconocen al azar, por el que uno hace fortuna, como la otra cara de la planificación. Justamente debido a que las fuerzas de la sociedad han alcanzado ya un grado tal de racionalidad que cualquiera podría ser ya ingeniero o manager, resulta por completo irracional, inmotivado, el hecho de quién sea aquel al que la sociedad le presta la preparación y la confianza necesarias para el desempeño de tales funciones. Azar y planificación se tornan idénticos, pues frente a la igualdad de los hombres la fortuna o el infortunio del individuo, hasta en los planos más elevados, ha perdido todo significado económico. El azar mismo es planificado: no se trata de que se lo haga recaer sobre este o el otro individuo aislado, sino del hecho mismo de que se crea que se lo gobierna. Eso sirve de coartada para los planificadores y suscita la apariencia de que la red de transacciones y medidas en que ha sido transformada la vida deja aun lugar para relaciones espontáneas e inmediatas entre la gente. Este tipo de libertad se halla simbolizado en los distintos ramos de la industria cultural por la selección arbitraria de los casos medios. En las narraciones detalladas del semanario respecto al viaje modesto pero espléndido -organizado por el semanario mismo- cumplido por la afortunada vencedora (por lo general una dactilógrafa que acaso ganó el concurso gracias a sus relaciones con los magnates locales) se refleja la impotencia de todos. Son hasta tal punto mero material que aquellos que disponen de ellos pueden hacer subir a uno a su cielo y luego expulsarlo de allí nuevamente: que muera o haga lo que se le dé la gana con sus derechos y su trabajo. La industria está interesada en los hombres sólo como sus propios clientes y empleados y, en efecto, ha reducido a la humanidad en conjunto, así como a cada uno de sus elementos, a esta fórmula agotadora. De acuerdo con el aspecto determinante en cada ocasión, se subraya en la ideología el plan o el azar, la técnica o la vida, la civilización o la naturaleza. Como empleados, son exhortados a la organización racional y a incorporarse a ella con sano sentido común. Como clientes, ven ilustrar en la pantalla o en los periódicos, a través de episodios humanos y privados, la libre elección y la atracción de aquello que no está aún clasificado. En todos los casos no pasan de ser objetos.

Cuanto menos tiene la industria cultural para prometer, cuanto menos en grado está de mostrar que la vida se halla llena de sentido, en tanto más pobres se convierte faltamente la ideología que difunde. Incluso los abstractos ideales de armonía y bondad de la sociedad resultan -en la época de la publicidad universal- demasiado concretos. Pues se ha aprendido a identificar como publicidad justamente lo abstracto. El argumento que sólo tiene en cuenta la verdad suscita la impaciencia de que llegue rápidamente al fin comercial que se supone persigue en la práctica. La palabra que no es un medio resulta carente de sentido; la otra, ficción y mentira. Los juicios de valor son oídos como réclame o como charlas inútiles. Pero la ideología así forzada a mantenerse dentro de lo vago no se torna por ello más transparente ni tampoco más débil. Justamente su genericidad, su rechazo casi científico a comprometerse con algo inverificable, sirve de instrumento al dominio. Porque se convierte en la proclamación decidida y sistemática de lo que es. La industria cultural tiene la tendencia a transformarse en un conjunto de protocolos y justamente por ello en irrefutable profeta de lo existente. Entre los escollos de la falsa noticia individualizable y de la verdad manifiesta la industria cultural se mueve con habilidad repitiendo el fenómeno tal cual, oponiendo su opacidad al conocimiento y erigiendo como ideal el fenómeno mismo en su continuidad omnipresente. La ideología se escinde en la fotografía de la realidad en bruto y en la pura mentira de su significado, que no es formulada explícitamente, sino sugerida e inculcada. A fin de demostrar la divinidad de lo real no se hace más que repetir cínicamente lo real. Esta prueba fotológica no es convincente sino aplanadora. Quien frente a la potencia de la monotonía duda aún es un loco. La industria cultural está tan bien provista para rechazar las objeciones dirigidas contra ella misma como aquéllas lanzadas contra el mundo que ella reduplica sin tesis preconcebidas. Se tiene sólo la posibilidad de colaborar o de quedarse atrás: los provincianos, que para defenderse del cine y de la radio recurren a la eterna belleza o a los conjuntos filodramáticos, están políticamente ya en el punto hacia el que la cultura de masas aún está empujando a sus súbditos. La cultura de masas es lo suficientemente equilibrada como para parodiar o disfrutar como ideología, de acuerdo con la ocasión, incluso a los viejos sueños de antaño, como el culto del padre o el sentimiento incondicionado. La nueva ideología tiene por objeto el mundo como tal. Adopta el culto del hecho, limitándose a elevar la mala realidad -mediante la representación más exacta posible- al reino de los hechos. Mediante esta trasposición, la realidad misma se convierte en sustituto del sentido y del derecho. Bello es todo lo que la cámara reproduce. A la perspectiva frustrada de poder ser la empleada a quien le toca en suerte un crucero transoceánico, corresponde la visión desilusionada de los países exactamente fotografiados por los que el viaje podría conducir. Lo que se ofrece no es Italia, sino la prueba visible de su existencia. El film puede llegar a mostrar París, donde la joven norteamericana piensa en realizar sus sueños, en la desolación más completa, para empujarla en forma tanto más inexorable a los brazos del joven norteamericano smart a quien hubiera podido conocer en su misma casa. Que todo en general marche, que el sistema incluso en su última fase continúe reproduciendo la vida de aquellos que lo componen, en lugar de eliminarlos en seguida, es cosa que se acredita como mérito y significado. Continuar tirando hacia adelante en general se convierte en justificación de la ciega permanencia del sistema, así como de su inmutabilidad. Sano es aquello que se repite, el ciclo tanto en la naturaleza como en la industria. Eternamente gesticulan los mismos babies en los suplementos ilustrados, eternamente golpea la máquina del jazz. Pese a todo progreso de la técnica de la reproducción, de las reglas y de las especialidades, pese a todo agitado afanarse, el alimento que la industria cultural alarga a los hombres sigue siendo la piedra de la estereotipia. La industria cultural vive del ciclo, de la maravilla de que las madres continúen haciendo hijos pese a todo, de que las ruedas continúen girando. Eso sirve para remachar la inmutabilidad de las relaciones. Los campos en que ondean espigas de trigo en la parte final de El gran dictador de Chaplin desmienten el discurso antifascista por la libertad. Se asemejan a la cabellera rubia de la muchacha alemana cuya vida en el campamento veraniego fotografía la Ufa. Por el hecho mismo de que el mecanismo social de dominio coloca a la naturaleza como saludable antítesis de la sociedad, la naturaleza queda absorbida y encuadrada dentro de la sociedad incurable. La confirmación visual de que los árboles son verdes, de que el cielo es azul y de que las noches pasan hace de estos elementos criptogramas de chimeneas y de estaciones de servicio para automóviles. Viceversa, las ruedas y partes mecánicas deben brillar en forma alusiva, degradadas al carácter de exponentes de esa alma vegetal y etérea. De tal suerte la naturaleza y la técnica son movilizadas contra la mufa, la imagen falseada en el recuerdo de la sociedad liberal, en la que, según parece, se giraba en sofocantes cuartos cubiertos de felpa, en lugar de practicar, como se hace hoy, un sano y asexual naturismo, o se permanecía en panne en un Mercedes Benz antediluviano en lugar de ir a la velocidad de un rayo desde el punto en que se está a otro que es exactamente igual. El triunfo del trust colosal sobre la libre iniciativa es celebrado por la industria cultural como eternidad de la libre iniciativa. Se combate al enemigo ya derrotado, al sujeto pensante. La resurrección del antifilisteo Hans Sonnenstösser en Alemania y el placer de ver Vida con el padre son de la misma índole.

Hay algo con lo que sin duda no bromea la ideología vaciada de sentido: la previsión social. “Ninguno tendrá frío ni hambre: quien lo haga terminará en un campo de concentración”: esta frase proveniente de la Alemania hitleriana podría brillar como lema en todos los portales de la industria cultural. La frase presupone, con astuta ingenuidad, el estado que caracteriza a la sociedad más reciente: tal sociedad sabe descubrir perfectamente a los suyos. La libertad formal de cada uno está garantizada. Oficialmente, nadie debe rendir cuentas sobre lo que piensa. Pero en cambio cada uno está desde el principio encerrado en un sistema de relaciones e instituciones que forman un instrumento hipersensible de control social. Quien no desee arruinarse debe ingeniárselas para no resultar demasiado ligero en la balanza de tal sistema. De otro modo pierde terreno en la vida y termina por hundirse. El hecho de que en toda carrera, pero especialmente en las profesiones liberales, los conocimientos del ramo se hallen por lo general relacionados con una actitud conformista puede suscitar la ilusión de que ello es resultado de los conocimientos específicos. En realidad, parte de la planificación irracional de esta sociedad consiste en reproducir, bien o mal, sólo la vida de sus fieles. La escala de los niveles de vida corresponde exactamente al lazo íntimo de clases e individuos con el sistema. Se puede confiar en el manager y aun es fiel el pequeño empleado, Dagwood, tal como vive en las historietas cómicas y en la realidad. Quien siente frío y hambre, aun cuando una vez haya tenido buenas perspectivas, está marcado. Es un outsider y esta (prescindiendo a veces de los delitos capitales) es la culpa más grave. En los films se convierte en el mejor de los casos en el individuo original, objeto de una sátira pérfidamente indulgente, aunque por lo común es el villain, que aparece como tal ya no bien muestra la cara, mucho antes de que la acción lo demuestre, a fin de que ni siquiera temporariamente pueda incurrirse en el error de que la sociedad se vuelva contra los hombres de buena voluntad. En realidad, se cumple hoy una especie de welfare state de grado superior. A fin de defender las posiciones propias, se mantiene en vida una economía en la cual, gracias al extremo desarrollo de la técnica, las masas del propio país resultan ya, en principio, superfluas para la producción. A causa de ello la posición del individuo se torna precaria. En el liberalismo el pobre pasaba por holgazán, hoy resulta inmediatamente sospechoso: está destinado a los campos de concentración o, en todo caso, al infierno de las tareas más humildes y de los slums. Pero la industria cultural refleja la asistencia positiva y negativa hacia los administrados como solidaridad inmediata de los hombres en el mundo de los capaces. Nadie es olvidado, por doquier hay vecinos, asistentes sociales, individuos al estilo del Doctor Gillespie y filósofos a domicilio con el corazón del lado derecho que, con su afable intervención de hombre a hombre, hacen de la miseria socialmente reproducida casos individuales y curables, en la medida en que no se oponga a ello la depravación personal de los individuos. El cuidado respecto a las buenas relaciones entre los dependientes, aconsejada por la ciencia empresaria y ya practicada por toda fábrica a fin de lograr el aumento de la producción, pone hasta el último impulso privado bajo control social, mientras que en apariencia torna inmediatas o vuelve a privatizar las relaciones entre los hombres en la producción. Este socorro invernal psíquico arroja su sombra conciliadora sobre las bandas visuales y sonoras de la industria cultural mucho tiempo antes de expandirse totalitariamente desde la fábrica sobre la sociedad entera. Pero los grandes socorredores y benefactores de la humanidad, cuyas empresas científicas los autores cinematográficos deben presentar directamente como actos de piedad, a fin de poder extraer de ellas un interés humano científico, desempeñan el papel de conductores de los pueblos, que terminan por decretar la abolición de la piedad y saben impedir todo contagio una vez que se ha liquidado al último paralítico.

La insistencia en el buen corazón es la forma en que la sociedad confiesa el daño que hace: todos saben que en el sistema no pueden ya ayudare por sí solos y ello debe ser tenido en cuenta por la ideología. En lugar de limitarse a cubrir el dolor bajo el velo de una solidaridad improvisada, la industria cultural pone todo su honor de firma comercial en mirarlo virilmente a la cara y en admitirlo, conservando con esfuerzo su dignidad. El pathos de la compostura justifica al mundo que la torna necesaria. Así es la vida, tan dura, pero por ello mismo tan maravillosa, tan sana. La mentira no retrocede ante lo trágico. Así como la sociedad total no elimina el dolor de sus miembros, sino que lo registra y lo planifica, de igual forma procede la cultura de masas con lo trágico. De ahí los insistentes préstamos tomados del arte. El arte brinda la sustancia trágica, que el puro amusement no puede proporcionar, pero que sin embargo necesita si quiere mantenerse de algún modo fiel al postulado de reproducir exactamente el fenómeno. Lo trágico, transformado en momento previsto y aprobado por el mundo, se convierte en bendición de este último. Lo trágico sirve para proteger de la acusación de que no se toma a la realidad lo suficientemente en serio, cuando en cambio se la utiliza con cínicas lamentaciones. Torna interesante el aburrimiento de la felicidad consagrada y pone lo interesante al alcance de todos. Ofrece al consumidor que ha visto culturalmente días mejores el sustituto de la profundidad liquidada hace tiempo, y al espectador común, las escorias culturales de las que debe disponer por razones de prestigio. A todos les concede el consuelo de que aún es posible el destino humano auténtico y fuerte y de que su representación desprejuiciada resulta necesaria. La realidad compacta y sin lagunas en cuya reproducción se resuelve hoy la ideología aparece más grandiosa, noble y fuerte en la medida en que se mezcla a ella el dolor necesario. Tal realidad asume aspecto de destino. Lo trágico es reducido a la amenaza de aniquilar a quien no colabore, mientras que su significado paradójico consistía en una época en la resistencia sin esperanza a la amenaza mítica. El destino trágico se convierte en castigo justo, transformación que ha sido siempre el ideal de la estética burguesa. La moral de la cultura de masas es la misma, “rebajada”, que la de los libros para muchachos de ayer. De tal suerte, en la producción de primera calidad lo malo se halla personificado por la histérica que -a través de un estudio de pretendida exactitud científica- busca defraudar a la más realista rival del bien de su vida y encuentra una muerte nada teatral. Las presentaciones tan científicas se encuentran sólo en la cumbre de la producción. Por debajo, los gastos son considerablemente menores y lo trágico es domesticado sin necesidad de la psicología social. Así como toda opereta vienesa que se respete debía tener en su segundo acto un final trágico, que no dejaba al tercero más que la aclaración de los malentendidos, del mismo modo la industria cultural asigna a lo trágico un lugar preciso en la routine. Ya la notoria existencia de la receta basta para clamar el temor de que lo trágico escape al control. La descripción de la fórmula por parte del ama de casa, getting into trouble and out again, define la entera cultura de masas, desde el woman serial más idiota hasta la obra cumbre. Incluso el peor de los finales -que en el pasado tenía mejores intenciones- remacha el orden y falsea lo trágico, ya sea cuando la amante ilegítima paga con la muerte su breve felicidad, ya sea que el triste fin en las imágenes haga resplandecer con más brillo la indestructibilidad de la vida real. El cine trágico se convierte efectivamente en un instituto de perfeccionamiento moral. Las masas desmoralizadas de la vida bajo la presión del sistema, que demuestran estar civilizadas sólo en lo que concierne a los comportamientos automáticos y forzados, de los que brota por doquier reluctancia y furor, deben ser disciplinadas por el espectáculo de la vida inexorable y por la actitud ejemplar de las víctimas. La cultura ha contribuido siempre a domar los instintos revolucionarios, así como los bárbaros. La cultura industrializada hace algo más. Enseña e inculca la condición necesaria para tolerar la vida despiadada. El individuo debe utilizar su disgusto general como impulso para abandonarse al poder colectivo del que está harto. Las situaciones crónicamente desesperadas que afligen al espectador en la vida cotidiana se convierten en la reproducción, no se sabe cómo, en garantía de que se puede continuar viviendo. Basta advertir la propia nulidad, suscribir la propia derrota, y ya se ha entrado a participar. La sociedad es una sociedad de desesperados y por lo tanto la presa de los amos. En algunas de las más significativas novelas alemanas del período prefascista, como Berlin Alexanderplatz e ¿Y ahora, pobre hombre?, esta tendencia se expresaba con tanto vigor como en los films corrientes y en la técnica del jazz. En todos los casos se trata siempre, en el fondo, de la burla que se hace a sí mismo el “hombre pequeño”. La posibilidad de convertirse en sujeto económico, empresario, propietario, ha desaparecido definitivamente. Hasta el último drug store, la empresa independiente, en cuya dirección y herencia se fundaba la familia burguesa y la posición de su jefe, ha caído en una dependencia sin salida. Todos se convierten en empleados y en la civilización de los empleados cesa la dignidad ya dudosa del padre. La actitud del individuo hacia el racket -firma comercial, profesión o partido-, antes o después de la admisión, así como la del jefe ante la masa y la del amante frente a la mujer a la que corteja, asume rasgos típicamente masoquistas. La actitud a la que cada uno está obligado para demostrar siempre otra vez su participación moral en esta sociedad hace pensar en los adolescentes que, en el rito de admisión en la tribu, se mueven en círculo, con sonrisa idiota, bajo los golpes del sacerdote. La vida en el capitalismo tardío es un rito permanente de iniciación. Cada uno debe demostrar que se identifica sin residuos con el poder por el que es golpeado. Ello está en la base de las síncopas del jazz, que se burla de las trabas y al mismo tiempo las convierte en normas. La voz de eunuco del crooner de la radio, el cortejante buen mozo de la heredera, que cae con su smoking en la piscina, son ejemplos para los hombres, que deben convertirse en aquello a lo que los pliega el sistema. Cada uno puede ser omnipotente como la sociedad, cada uno puede llegar a ser feliz, con tal de que se entregue sin reservas y de que renuncie a sus pretensiones de felicidad. En la debilidad del individuo la sociedad reconoce su propia fuerza y cede una parte de ella al individuo. La pasividad de éste lo califica como elemento seguro. Así es liquidado lo trágico. En un tiempo su sustancia consistía en la oposición del individuo a la sociedad. Lo trágico exaltaba “el valor y la libertad de ánimo frente a un enemigo poderoso, a una adversidad superior, a un problema inquietante”. (42) Hoy lo trágico se ha disuelto en la nada de la falsa identidad de sociedad e individuo, cuyo horror brilla aun fugazmente en la vacua apariencia de aquél. Pero el milagro de la integración, el permanente acto de gracia de los amos, al acoger a quien cede y se traga su propio rechazo, tiende al fascismo, que relampaguea en la humanidad con que Döblin permite a su Biberkopf arreglarse, como en los films de tono social. La capacidad de encajar y de arreglárselas, de sobrevivir a la propia ruina, por la que es superado lo trágico, es característica de la nueva generación. La nueva generación está en condiciones de cumplir cualquier trabajo, porque el proceso laboral no los ata a ningún trabajo definido. Ello recuerda la triste ductilidad del expatriado, al que la guerra no le importaba nada, o del trabajador ocasional, que termina por entrar en las organizaciones para militares. La liquidación de lo trágico confirma la liquidación del individuo.
En la industria cultural el individuo es ilusorio no sólo por la igualación de sus técnicas de producción. El individuo es tolerado sólo en cuanto su identidad sin reservas con lo universal se halla fuera de toda duda. La pseudoindividualidad domina tanto en el jazz como en la personalidad cinematográfica original, que debe tener un mechón de pelo sobre los ojos para ser reconocida como tal. Lo individual se reduce a la capacidad de lo universal para marcar lo accidental con un sello tan indeleble como para convertirlo sin más en identificable como lo que es. Justamente el obstinado mutismo o las actitudes elegidas por el individuo cada vez expuesto son producidos en serie como los castillos de Yale, que se distinguen entre sí por fracciones de milímetro. La peculiaridad del Sí es un producto social registrado que se despacha como natural. Se reduce a los bigotes, al acento francés, a la voz profunda de la mujer experimentada, al Lubitsch touch: son casi impresiones digitales sobre las tarjetas por lo demás iguales en que se transforman -ante el poder de lo universal- la vida y las caras de todos los individuos, desde la estrella cinematográfica hasta el último habitante de una cárcel. La pseudoindividualidad constituye la premisa del control y de la neutralización de lo trágico: sólo gracias al hecho de que los individuos no son en efecto tales, sino simples entrecruzamientos de las tendencias de lo universal, es posible reabsorberlos integralmente en lo universal. La cultura de masas revela así el carácter ficticio que la forma del individuo ha tenido siempre en la época burguesa, y su error consiste solamente en gloriarse de esta turbia armonía de universal y particular. El principio de la individualidad ha sido contradictorio desde el comienzo. Más bien no se ha llegado jamás a una verdadera individuación. La forma de clase de la autoconservación ha detenido a todos en el estadio de puros seres genéricos. Cada característica burguesa alemana expresaba, a pesar de su desviación y justamente mediante ella, una y la misma cosa: la dureza de la sociedad competitiva. El individuo, sobre el que la sociedad se sostenía, llevaba la marca de tal dureza; en su libertad aparente, constituía el producto de su aparato económico y social. Cuando solicitaba la respuesta de aquellos que le estaban sometidos, el poder se remitía a las relaciones de fuerza dominantes en cada oportunidad. Por otro lado, la sociedad burguesa también ha desarrollado en su curso al individuo. Contra la voluntad de sus controles, la técnica ha educado a los hombres convirtiéndolos de niños en personas. Pero todo progreso de la individuación en este sentido se ha producido en detrimento de la individualidad en cuyo nombre se producía, y no ha dejado de ésta más que la decisión de perseguir siempre y sólo el propio fin. El burgués, para quien la vida se escinde en negocios y vida privada, la vida privada en representación e intimidad, la intimidad en la hastiante comunidad del matrimonio y en el amargo consuelo de estar completamente solo, en derrota ante sí y ante todos, es ya el nazi, que es entusiasta y desdeñoso a la vez, o el contemporáneo habitante de la metrópoli, que no puede concebir la amistad ya más que como social contact, como aproximación social de individuos íntimamente distantes. La industria cultural puede hacer lo que quiere con la individualidad debido a que en ésta se reproduce desde el comienzo la íntima fractura de la sociedad. En las caras de los héroes del cinematógrafo y de los particulares confeccionados según los modelos de las tapas de los semanarios se desvanece una apariencia en la cual ya nadie cree más, y la pasión por tales modelos vive de la secreta satisfacción de hallarse finalmente dispensados de la fatiga de la individuación, pese a que esto ocurra gracias a las fatigas aun más duras de la imitación. Pero sería vano esperar que la persona contradictoria y decadente no vaya a durar generaciones, que el sistema deba necesariamente saltar por causa de esta escisión psicológica, que esta mentirosa sustitución del individuo por el estereotipo deba resultar por sí intolerable a los hombres. La unidad de la personalidad ha sido escrutada como apariencia desde el Hamlet shakespeariano. En las fisonomías sintéticamente preparadas de hoy se ha olvidado ya que haya existido alguna vez un concepto de vida humana. Durante siglos la humanidad se ha preparado para Victor Mature y Mickey Rooney. Su obra de disolución es a la vez un cumplimiento.
La apoteosis del tipo medio corresponde al culto de aquello que es barato. Las estrellas mejor pagadas parecen imágenes publicitarias de desconocidos artículos standard. No por azar son elegidas a menudo entre la masa de las modelos comerciales. El gusto dominante toma su ideal de la publicidad, de la belleza de uso. De tal suerte el dicho socrático según el cual lo bello es lo útil se ha cumplido por fin irónicamente. El cine hace publicidad para el trust cultural en su conjunto; en la radio las mercancías para las cuales existe el bien cultural son elogiadas en forma individual. Por cincuenta cents se ve el film que ha costado millones, por diez se consigue el chewing-gum que tiene tras sí toda la riqueza del mundo y que la incrementa con su comercio. Las mejores orquestas del mundo -que no lo son en modo alguno- son proporcionadas gratis a domicilio. Todo ello es una parodia del país de jauja, así como la “comunidad popular” nazi lo es respecto a aquélla humana. A todos se les alarga algo. La exclamación del provinciano que por primera vez entraba al Metropoltheater de Berlín, “es increíble lo que dan por tan poco”, ha sido tomada desde hace tiempo por la industria cultural y convertida en sustancia de la producción misma. La producción de la industria cultural no sólo se ve siempre acompañada por el triunfo a causa del mismo hecho de ser posible, sino también resulta en gran medida idéntica al triunfo. Show significa mostrar a todos lo que se tiene y se puede. Es aun la vieja feria pero incurablemente enferma de cultura. Como los visitantes de las ferias, atraídos por la voces de los anunciadores, superaban con animosa sonrisa la desilusión en las barracas, debido a que en el fondo sabían ya antes lo que ocurriría, del mismo modo el frecuentador del cine se alinea comprensivamente de parte de la institución. Pero con la accesibildiad de los productos “de lujo” en serie y su complemento, la confusión universal, se prepara una transformación en el carácter de mercancía del arte mismo. Este carácter no tiene nada de nuevo: sólo el hecho de que se lo reconozca expresamente y de que el arte reniegue de su propia autonomía, colocándose con orgullo entre los bienes de consumo, tiene la fascinación de la novedad. El arte como dominio separado ha sido posible, desde el comienzo, sólo en la medida en que era burgués. Incluso su libertad, como negación de la funcionalidad social que es impuesta a través del mercado, queda esencialmente ligada al presupuesto de la economía mercantil. Las obras de arte puras, que niegan el carácter de mercancía de la sociedad ya por el solo hecho de seguir su propia ley, han sido siempre al mismo tiempo también mercancía: y en la medida en que hasta el siglo XVIII la protección de los mecenas ha defendido a los artistas del mercado, éstos se hallaban en cambio sujetos a los mecenas y a sus fines. La libertad respecto a los fines de la gran obra de arte moderna vive del anonimato del mercado. Las exigencias del mercado se hallan hoy tan completamente mediadas que el artista, aunque sea sólo en cierta medida, queda exento de la pretensión determinada. Durante toda la historia burguesa, la autonomía del arte, simplemente tolerada, se ha visto acompañada por un momento de falsedad que por último se ha desarrollado en la liquidación social del arte. Beethoven mortalmente enfermo, que arroja lejos de sí una novela de Walter Scott exclamando: “¡Éste escribe por dinero!”, y al mismo tiempo, aun en el aprovechamiento de los últimos cuartetos -supremo rechazo al mercado- se revela como hombre de negocios experto y obstinado, ofrece el ejemplo más grandioso de la unidad de los opuestos (mercado y autonomía) en el arte burgués. Víctimas de la ideología son justamente aquellos que ocultan la contradicción, en lugar de acogerla, como Beethoven, en la conciencia de la propia producción: Beethoven rehizo como música la cólera por el dinero perdido y dedujo el metafísico “Así debe ser”, que trata de superar estéticamente -asumiéndola sobre sí- la necesidad del mundo, del pedido del salario mensual por parte de la gobernanta. El principio de la estética idealista, finalidad sin fin, es la inversión del esquema al que obedece socialmente el arte burgués: inutilidad para los fines establecidos por el mercado. Últimamente, en el pedido de distracción y diversión, el fin ha devorado al reino de la inutilidad. Pero como la instancia de utilizabilidad del arte se convierte en total, empieza a delinearse una variación en la estructura económica íntima de las mercancías culturales. Lo útil que los hombres esperan de la obra de arte en la sociedad competitiva es justamente en gran medida la existencia de lo inútil: lo cual no obstante es liquidado en el momento de ser colocado enteramente bajo lo útil. Al adecuarse enteramente a la necesidad, la obra de arte defrauda por anticipado a los hombres respecto a la liberación que debería procurar en cuanto al principio de utilidad. Lo que se podría denominar valor de uso en la recepción de bienes culturales es sustituido por el valor de intercambio: en lugar del goce aparece el tomar parte y el estar al corriente; en lugar de la comprensión, el aumento de prestigio. El consumidor se convierte en coartada de la industria de las diversiones, a cuyas instituciones aquél no puede sustraerse. Es preciso haber visto Mrs. Miniver, así como es necesario tener en casa “Life” y “Time”. Todo es percibido sólo bajo el aspecto en que puede servir para alguna otra cosa, por vaga que pueda ser la idea de esta otra cosa. Todo tiene valor sólo en la medida en que se puede intercambiar, no por el hecho de ser en sí algo. El valor de uso del arte, su ser, es para ellos un fetiche, y el fetiche, su valoración social, que toman por la escala objetiva de las obras, se convierte en su único valor de uso, en la única cualidad de la que disfrutan. De tal suerte el carácter de mercancía del arte se disuelve justamente en el acto de realizarse en forma integral. El arte se torna una mercancía preparada, asimilada a la producción industrial, adquirible y fungible. Pero la mercancía artística, que vivía del hecho de ser vendida y de ser sin embargo invendible, se convierte hipócritamente en invendible de verdad cuando la ganancia no está más sólo en su intención, sino que constituye su principio exclusivo. La ejecución de Toscanini por radio es en cierto modo invendible. Se la escucha por nada y a cada sonido de la sinfonía está ligada, por así decirlo, la sublime réclame de que la sinfonía no se vea interrumpida por la réclame: this concert is brought to you as a public service. La estafa se cumple indirectamente a través de la ganancia de todos los productores unidos de automóviles y de jabón que financian las estaciones y, naturalmente, a través del crecimiento de los negocios de la industria eléctrica productora de los aparatos receptores. Por doquier la radio -fruto tardío y más avanzado de la cultura de masas- extrae consecuencias prohibidas provisoriamente al film por su pseudomercado. La estructura técnica del sistema comercial radiotelefónico lo inmuniza de desviaciones liberales como las que los industriales del cine pueden aun permitirse en su campo. Es una empresa privada que está ya de parte del todo soberano, en anticipación en esto respecto a los otros monopolios. Chesterfield es sólo el cigarrillo de la nación, pero la radio es su portavoz. Al incorporar completamente los productos culturales al campo de la mercancía, la radio renuncia por añadidura a colocar como mercancía sus productos culturales. En Estados Unidos no reclama ninguna tasa del público y asume así el aire engañoso de autoridad desinteresada e imparcial, que parece de medida para el fascismo. La radio puede convertirse en la boca universal del Führer, y su voz propaga mediante los altoparlantes de las calles el aullido de las sirenas anunciadoras de pánico, de las cuales difícilmente puede distinguirse la propaganda moderna. Los nazis sabían que la radio daba forma a su causa, así como la imprenta se la dio a la Reforma. El carisma metafísico del jefe inventado por la sociología religiosa ha revelado ser al fin, como la simple omnipresencia de sus discursos en la radio, una diabólica parodia de la omnipresencia del espíritu divino. El desmesurado hecho de que el discurso penetra por doquier sustituye su contenido, así como la oferta de aquella trasmisión de Toscanini sustituye a su contenido, la sinfonía. Ninguno de los escuchas está en condiciones de concebir su verdadero contexto, mientras que el discurso del Führer es ya de por sí mentira. Poner la palabra humana como absoluta, el falso mandamiento, es la tendencia inmanente de la radio. La recomendación se convierte en orden. La apología de las mercancías siempre iguales bajo etiquetas diversas, el elogio científicamente fundado del laxante a través de la voz relamida del locutor, entre la obertura de la Traviata y la de Rienzi, se ha vuelto insostenible por su propia tontería. En definitiva, el diktat de la producción enmascarado por la apariencia de una posibilidad de elección, la réclame específica, puede convertirse en la orden abierta del jefe. En una sociedad de grandes rackets fascistas, que se pusieran de acuerdo respecto a la parte del producto social que hay que asignar a las necesidades de los pueblos, resultaría al fin anacrónico exhortar al uso de un detergente determinado. Más modernamente, el Führer, sin tantos cumplimientos, ordena tanto el sacrificio como la compra de la mercancía que antes se desechaba.

Hoy las obras de arte, como las directivas políticas, son adaptadas oportunamente por la industria cultural, inculcadas a precios reducidos a un público reluctante, y su uso se torna accesible al pueblo, como el de los parques. Pero la disolución de su auténtico carácter de mercancía no significa que sean custodiadas y salvadas en la vida de una sociedad libre, sino que ha desaparecido incluso la última garantía de que no serían degradadas a la condición de bienes culturales. La abolición del privilegio cultural por liquidación no introduce a las masas en dominios que les estaban vedados, sino que en las condiciones sociales actuales contribuye justamente a la ruina de la cultura, al progreso de la bárbara ausencia de relaciones. Quien en el siglo pasado o a comienzos de éste gastaba su dinero para ver un drama o para escuchar un concierto, tributaba al espectáculo por lo menos tanto respeto como al dinero invertido en él. El burgués que quería extraer algo para él podía a veces buscar una relación con la obra. La llamada literatura introductiva a las obras de Wagner y los comentarios al Fausto son testimonio de este hecho. No eran aun más que una forma de paso a las notaciones biográficas y a las otras prácticas a las que la obra de arte es hoy sometida. Incluso en los primeros tiempos del sistema el valor de intercambio no era arrastrado tras el valor de uso como un mero apéndice, sino que se lo había desarrollado con premisa de éste, y esto fue socialmente ventajoso para las obras de arte. Mientras era caro, el arte mantenía aún al burgués dentro de ciertos límites. Ya no ocurre así. Su vecindad absoluta, no mediada más por el dinero, respecto a aquellos ante los que es expuesto, lleva a su término el extrañamiento, y asimila a obra y burgués bajo el signo de la reificación total. En la industria cultural desaparece tanto la crítica como el respeto: la crítica se ve sucedida por la expertise mecánica, el respeto por el culto efímero de la celebridad. No hay ya nada caro para los consumidores. Y sin embargo éstos intuyen que cuanto menos cuesta algo, menos les es regalado. La doble desconfianza hacia la cultura tradicional como ideología se mezcla a aquélla hacia la cultura industrializada como estafa. Reducidas a puro homenaje, dadas por añadidura, las obras de arte pervertidas y corrompidas son secretamente rechazadas por sus beneficiarios, como las antiguallas a las que el medio las asimila. Es posible alegrarse de que haya tantas cosas para ver y sentir. Prácticamente se puede tener todo. Los vaudevilles en el cine, los concursos musicales, los cuadernos gratuitos, los regalos que son distribuidos entre los escuchas de determinados programas, no constituyen meros accesorios, sino la prolongación de lo que les ocurre a los mismos productos culturales. La sinfonía se convierte en un premio para la radioaudición en general, y si la técnica pudiese hacer lo que quiere, el film sería ya proporcionado a domicilio según el ejemplo de la radio. La televisión muestra ya el camino de un cambio que podría llevar los hermanos Warner a la posición -sin duda, nada agradable para ellos- de custodios y defensores de la cultura tradicional. Pero el sistema de los premios se ha depositado ya en la actitud de los consumidores. En la medida en que la cultura se presenta como homenaje cuya utilidad privada y social resulta, por lo demás, fuera de cuestión, la forma en que se la recibe se convierte en una percepción de chances. Los consumidores se afanan por temor a perder algo. No se sabe qué, pero de todos modos tiene una posibilidad sólo quien no se excluye por cuenta propia. El fascismo cuenta con reorganizar a los receptores de donativos de la industria cultural en su séquito regular y forzado.

La cultura es una mercancía paradójica. Se halla hasta tal punto sujeta a la ley del intercambio que ya ni siquiera es intercambiada; se resuelve tan ciegamente en el uso que no es posible utilizarla. Por ello se funde con la réclame, que resulta más omnipotente en la medida en que parece más absurda debido a que la competencia es sólo aparente. Los motivos son en el fondo económicos. Es demasiado evidente que se podría vivir sin la entera industria cultural: es excesiva la apatía que ésta engendra en forma necesaria entre los consumidores. Por sí misma, puede bien poco contra este peligro. La publicidad es su elixir de vida. Pero dado que su producto reduce continuamente el placer que promete como mercancía a esta misma, simple promesa, termina por coincidir con la réclame, de la que necesita para compensar su indisfrutabilidad. En la sociedad competitiva la réclame cumplía la función social de orientar al comprador en el mercado, facilitaba la elección y ayudaba al productor más hábil pero hasta entonces desconocido a hacer llegar su mercancía a los interesados. La réclame no sólo costaba sino que ahorraba tiempo-trabajo. Ahora que el mercado libre llega a su fin, en la réclame se atrinchera el dominio del sistema. La réclame remacha el vínculo que liga a los consumidores con las grandes firmas comerciales. Sólo quien puede pagar en forma normal las tasas exorbitantes exigidas por las agencias publicitarias, y en primer término por la radio misma, es decir, sólo quien forma parte del sistema o es cooptado en forma expresa, puede entrar como vendedor al pseudomercado. Los gastos de publicidad, que terminan por refluir a los bolsillos de los monopolios, evitan que haya que luchar cada vez contra la competencia de outsiders desagradables; garantizan que los amos del barco sigan entre soi, en círculo cerrado, no distintos en ello a las deliberaciones de los consejos económicos que en el estado totalitario controlan la apertura de nuevas empresas y las gestiones de las existentes. La publicidad es hoy un principio negativo, un dispositivo de bloqueo; todo lo que no lleva su sello es económicamente sospechoso. La publicidad universal no es en modo alguno necesaria para hacer conocer los productos cuya oferta se halla ya limitada. Sólo indirectamente sirve a las ventas. El abandono de una praxis publicitaria habitual por parte de una firma aislada es una pérdida de prestigio y en realidad una violación de la disciplina que el gang determinante impone a los suyos. Durante la guerra se continúa haciendo publicidad sobre mercancías que ya no están en venta sólo para exponer y demostrar el poderío industrial. Más importante que la repetición del nombre es por consiguiente el financiamiento de los medios de comunicación ideológicos. Dado que, bajo la presión del sistema, cada producto emplea la técnica publicitaria, ésta ha entrado triunfalmente en la jerga, en el “estilo” de la industria cultural. Su victoria es así completa y en tal medida que en los casos decisivos no tiene siquiera necesidad de mostrarse explícita: los palacios monumentales de los gigantes, publicidad petrificada a la luz de los reflectores, carecen de réclame, y se limitan a lo sumo a exponer en los lugares más altos las iniciales de la firma, refulgentes y lapidarias, sin necesidad de elogio alguno. Mientras tanto las casas que han sobrevivido del siglo pasado, en cuya arquitectura se lee aún con rubor la utilidad de los bienes de consumo, el fin de la habitación, son tapiadas, desde la planta baja hasta más arriba del techo, con affiches y carteles luminosos, y el paisaje no es más que el trasfondo de carteles y emblemas propagandísticos. La publicidad se convierte en el arte por excelencia, con el cual Goebbels, con su olfato, la había ya identificado; l’art pour l’art, réclame de sí misma, pura exposición del poder social. Ya en los grandes semanarios norteamericanos “Life” y “Fortune” una rápida ojeada apenas logra distinguir las imágenes y textos publicitarios de los que no lo son. A la redacción le corresponde el reportage ilustrado, entusiasta y no pagado, sobre las costumbres y la higiene personal del astro, que le procura nuevos fans, mientras que las páginas publicitarias se basan en fotografías y datos tan objetivos y realistas que representan el ideal mismo de la información, al que la redacción no hace más que aspirar. Cada film es la presentación del siguiente, que promete reunir una vez más a la misma pareja bajo el mismo cielo exótico: quien llega con retraso no sabe si asiste a la “cola” del próximo film o ya al que ha ido a ver. El carácter de montaje de la industria cultural, la fabricación sintética y guiada de sus productos, industrializada no sólo en el estudio cinematográfico, sino virtualmente también en la compilación de biografías baratas, investigaciones noveladas y cancioncillas se adapta a priori a la réclame: dado que el momento singular se vuelve separable y fungible, ajeno incluso técnicamente a todo nexo significativo, puede prestarse a fines que son exteriores a la obra. El efecto, el hallazgo, el exploit aislado y repetible, está ligado a la exposición de productos con fines publicitarios, y hoy cada primer plano de la actriz es una réclame de su nombre, todo motivo de éxito el plug de su melodía. Técnica y económicamente réclame e industria cultural se funden en una sola. Tanto en la una como en la otra la misma cosa aparece en innumerables lugares y la repetición mecánica del mismo producto cultural es ya la del mismo slogan de propaganda. Tanto en la una como en la otra, bajo el imperativo de la eficacia, la técnica se torna psicotécnica, técnica del manejo de los hombres. Tanto para la una como para la otra valen las normas de lo sorprendente y sin embargo familiar, de lo leve y sin embargo incisivo, de lo hábil y sin embargo simple; se trata siempre de subyugar al cliente, representado como distraído o reluctante.

El lenguaje con el que la cultura se expresa contribuye también a su carácter publicitario. Cuanto más se resuelve el lenguaje en comunicación, cuanto más se tornan las palabras -de portadoras sustanciales de significado- en puros signos carentes de cualidad, cuanto más pura y trasparente es la trasmisión del objeto deseado, tanto más se convierten las palabras en opacas e impenetrables. La desmitización del lenguaje, como elemento de todo el proceso iluminista, se invierte en magia. Recíprocamente diferentes e indisolubles, la palabra y el contenido estaban unidos entre sí. Conceptos como melancolía, historia y hasta “la vida” eran conocidos dentro de los límites del término que los perfilaba y los custodiaba. Su forma los constituía y los reflejaba a un mismo tiempo. La neta distinción que declara casual el tenor de la palabra y arbitraria su coordinación con el objeto, liquida la confusión supersticiosa de palabra y cosa. Lo que en una sucesión establecida de letras trasciende la correlación con el acontecimiento, es prohibido como oscuro y como metafísica verbal. Pero con ello la palabra -que ahora sólo debe designar y no significar nada- queda hasta tal punto fijada a la cosa que se torna rígida como fórmula. Ello afecta por igual a la lengua y al objeto. En lugar de llevar el objeto a la experiencia, la palabra expurgada lo expone como caso de un momento abstracto, y el resto, excluido de la expresión -que ya no existe- por un deber despiadado de claridad, se desvanece incluso en la realidad. El ala izquierda en el foot-ball, el camisa negra, el joven hitlerista, etc., no son nada más que como se llaman. Si la palabra antes de su racionalización había promovido junto con el deseo también la mentira, la palabra racionalizada se ha convertido para el deseo en una camisa de fuerza más dura que la mentira. La ceguera y la mudez de los datos a los que el positivismo reduce el mundo inviste también al lenguaje que se limita a registrar tales datos. De tal manera los términos mismos se convierten en impenetrables, conquistan un poder de choque, una fuerza de adhesión y de repulsión que los asimila a lo que es el extremo opuesto de ellos, a las fórmulas mágicas. Vuelven así a operar en toda una serie de prácticas: en el hecho de que el nombre de la estrella sea combinado en el estudio cinematográfico de acuerdo con los datos de la experiencia estadística, en el hecho de que el welfare state sea exorcizado con término tabú como burócrata o intelectual, o en el hecho de que la vulgaridad se torne invulnerable asociándose al nombre del país. El nombre mismo, que es lo que más relacionado está con la magia, sufre hoy un cambio químico. Se transforma en etiquetas arbitrarias y manipulables, cuya eficacia puede ser calculada, pero que justamente por ello están dotadas de una fuerza y una voluntad propias como la de los nombres arcaicos. Los nombres bautismales, residuos arcaicos, han sido elevados a la altura de los tiempos, y se los estiliza en forma de siglas publicitarias. Suena a viejo en cambio el nombre burgués, el nombre de familia que, en lugar de ser una etiqueta, individualizaba a su portador en relación con sus orígenes. Esto suscita en muchos norteamericanos un curioso embarazo. Para ocultar la incómoda distancia entre individuos particulares, se llaman entre ellos Bob y Harry, como miembros fungibles de teams. Semejante uso reduce las relaciones entre los hombres a la fraternidad del público de los deportes, que impide la verdadera fraternidad. La significación, que es la única función de la palabra admitida por la semántica, se realiza plenamente en la señal. Su naturaleza de señal se refuerza gracias a la rapidez con la que son puestos en circulación desde lo alto modelos lingüísticos. Si los cantos populares han sido considerados patrimonio cultural “rebajado” de la clase dominante, en todo caso sus elementos asumían la forma popular a través de un largo y complicado proceso de experiencias. En cambio, la difusión de los popular songs se produce en forma fulminante. La expresión norteamericana fad para modas que se afirman en forma epidémica -es decir, promovidas por potencias económicas altamente concentradas- designaba el fenómeno mucho antes de que los directores de la propaganda totalitaria dictasen poco a poco las líneas generales de la cultura. Si hoy los fascistas alemanes lanzan desde los altoparlantes la palabra “intolerable”, mañana el pueblo entero dirá “intolerable”. Según el mismo esquema, las naciones contra las cuales fue lanzada la guerra relámpago alemana han acogido en su jerga tal término. La repetición universal de los términos adoptados por los diversos procedimientos torna a éstos de algún modo en familiares, así como en los tiempos del mercado libre el nombre de un producto en todas las bocas promovía su venta. La repetición ciega y la rápida expansión de palabras establecidas relaciona a la publicidad con las consignas totalitarias. El estrato de experiencia que hacía de las palabras las palabras de los hombres que las pronunciaban ha sido enteramente arrasado y en la pronta asimilación la lengua asume una frialdad que hasta ahora sólo la había distinguido en las columnas publicitarias y en las páginas de anuncios de los periódicos. Infinitas personas emplean palabras y expresiones que o no entienden o las utilizan sólo por su valor behavioristic de posición, como símbolos protectores que se adhieren a sus objetos con tanta mayor tenacidad cuanto menos se está en condiciones de comprender su significado lingüístico. El ministro de Instrucción popular habla de fuerzas dinámicas sin saber qué dice y los songs cantan sin tregua sobre rêverie y rhapsody y deben su popularidad justamente a la magia de lo incomprensible experimentada como el estremecimiento de una vida más elevada. Otros estereotipos, como memory, son aun entendidos en cierta medida, pero huyen a la experiencia que debería colmarlos. Afloran como enclaves en el lenguaje hablado. En la radio alemana de Flesch y de Hitler se pueden advertir en el afectado alemán del anunciador que dice a la nación “Hasta volver a oírse” o “Aquí habla la juventud de Hitler” e incluso “el Führer” con una cadencia particular, que se convierte de inmediato en el acento natural de millones de personas. En tales expresiones se ha suprimido incluso el último vínculo entre la experiencia sedimentada y la lengua, que ejercía aún una influencia benéfica en el siglo XIX a través del dialecto. El redactor, a quien la ductilidad de sus convicciones le ha permitido convertirse en “redactor alemán”, (43) ve en cambio a las palabras alemanas transformarse bajo la pluma en palabras extranjeras. En cada palabra se puede distinguir hasta qué punto ha sido desfigurada por la “comunidad popular” fascista. Es verdad que a continuación este lenguaje se ha convertido en universal y totalitario. No es ya más posible advertir en las palabras la violencia que sufren. El anunciador radial no tiene necesidad de hablar con afectación, pues no sería ni siquiera posible, si su acento se distinguiese en carácter del grupo de oyentes que le ha sido asignado. Pero en cambio la forma de expresarse y de gesticular de los escuchas y de los espectadores -hasta matices a los que ningún método experimental está en condiciones de llegar- se hallan traspasados por el esquema de la industria cultural más que nunca antes. Hoy la industria cultural ha heredado la función civilizadora de la democracia de la frontier y de la libre iniciativa, que por lo demás no ha tenido nunca una sensibilidad demasiado refinada para las diferencias espirituales. Todos son libres para bailar y para divertirse, así como -desde la neutralización histórica de la religión en adelante- son libres para afiliarse a una de las innumerables sectas. Pero la libertad en la elección de las ideologías, que refleja siempre la constricción económica, se revela en todos los sectores como libertad de lo siempre igual. La forma en que una muchacha acepta su date obligatoria, el tono de la voz en el teléfono, en la situación más familiar la elección de las palabras en la conversación, y la entera vida íntima, ordenada según los conceptos del psicoanálisis vulgarizado, documenta el intento de hacer de sí el aparato adaptado al éxito, conformado -hasta en los movimientos instintivos- al modelo que ofrece la industria cultural. Las reacciones más íntimas de los hombres están tan perfectamente reificadas ante sus propios ojos que la idea de lo que les es específico y peculiar sobrevive sólo en la forma más abstracta: personality no significa para ellos en la práctica más que dientes blancos y libertad respecto al sudor y a las emociones. Es el triunfo de la réclame en la industria cultural, la imitación forzada, por parte de los consumidores, de las mercancías culturales incluso neutralizadas en cuanto a su significado.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

NOTAS

Archivado en General • Fecha: 09-02-2006 06:21:22

1. Voltaire, Lettres philosophiques, en Oeuvres complètes, Garnier, 1879, vol. XII, pág. 118.

2. Bacon, In Praise of Knowledge, Miscellaneous Tracts upon Human Philosophy, en The Works of Francis Bacon, a cargo de Basil Montagu, London, 1825, vol. I, pág. 254 y sigs.

3. Cfr. Bacon, Novum Organum, en op. cit., vol. XIV, pág. 31.

4. Bacon, Valerius Terminus, of the Interpretation of Nature, Miscellaneous Tracts, en op. cit., vol. I, pág. 281.
5. Cfr. Hegel, Phänomenologie des Geites, en Werke, II, pág. 410 y sigs.

6. En ello están de acuerdo Jenófanes, Montaigne, Hume, Feuerbach y Salomon Reinach. Cfr. Reinach, Orpheus, versión inglesa de F. Simmons, London & New York, 1909, pág. 6 y sigs.

8. Bacon, De augmentis scientiarum, en op. cit, vol. VIII, pág. 152.

9. Les Soirées de Saint-Pétersbourg, 5ème entretien, en Oeuvres complètes, Lyon, 1891, vol. IV, pág. 256.
10. Bacon, Advancement of Learning, en op. cit., vol. II, pág. 126.

11. Génesis, I. 26.

12. Arquíloco, fragmento 87.

13. Solón, fragmento 13.

14. Crf., por ejemplo, Robert H. Lowie, An Introduction to Cultural Anthropology, New York, 1940, pág. 344 y sigs.

15. Cfr. Freud, Totem und Tabu, en Gesammelte Werke, X, pág. 106 y sigs.

16. Ibid., pág. 110.

17. Phänomenologie des Geistes, cit., pág. 424.

18. Crf. W. Kirfel, Geschichte Indiens, en Propuläenweltgeschichte, III, pág. 261 y sigs., y G. Glotz, Histoire Grecque, I, en Histoire Ancienne, Paris, 1938, pág. 137 y sigs.

19. G. Glotz, op. cit., pág. 140.

20. Cfr. Kurt Eckermann, Jahrbuch der Religionsgeschichte und Mythologie, Halle, 1845, I, pág. 241, y O. Kern, Die Religion der Griechen, Berlin, 1926, I, pág 181 sigs.

21. Hubert Mauss describen así el contenido representativo de la “simpatía” de la mimesis: “L’ un est le tout, tout est dans l’ un, la nature triomphe de la nature.” (H. Hubert y M. Mauss, Théorie générale de la magie, en “L’ Année Sociologique, 1902-3, pág. 100.)

22. Cfr. Westermarck, Ursprung der Moralbegriffe, Leipzig. 1913, I, pág. 402.

23. Cfr. el décimo libro de la República.

24. Erster Entwurf eines Systems der Naturphilosophie, parte V, en Werke, Erste Abteilung, II, pág. 623.

25. Werke, Erste Abteilung, II, pág. 626.

26. Cfr. E. Durkheim. De quelques formes primitives de classification, en “L’ année Sociologique”, IV (1903), pág. 66 y sigs.

27. Principii di scienza nuova d’ intorno alla comune natura delle nazioni, en G. Vico, Opere, a cargo de F. Nicolini, Napoli, 1933, pág. 832.

28. Hubert y Mauss, op. cit., pág. 118.
29. Cfr. Tönnies, Philosophische Terminologie, en Psychologisch-Soziologische Ansicht, Leipzig, 1908, pág. 31.

30. Hegel, op. cit., pág. 65.

31. Edmund Husserl, Die Krisis der europäischen Wissenschaften un die transzendentale Phänomenologie, en “Philosophia”, Belgrado, 1936, págs. 95-97.

32. Cfr. Schopenhauer, Parerga und Paralipomena, II, pág. 356, en Werke, ed. Deussen, V, pág. 671.

33. Ethica, Pars IV, Propos. XXII, Coroll.

34. Odisea, XII, 191. (Para todas las referencias a obras homéricas en este libro se ha usado la versión española de Luis Segalá y Estalella.)

35. Ibid, 189-90.

36. G. W. Hegel, Phänomenologie des Geistes, ed. Lasson, pág. 146.

*. Giulio Cesare Vanini, 1584-1619, filósofo que fue en Italia el máximo exponente del movimiento libertino, es decir, de aquellos que -en correspondencia con la misma escuela francesa- luchaban por liberar al pensamiento de todo dogmatismo, especialmente en materia religiosa. (N. del T.).

37. The supreme question which confronts our generation today -the question to which all other problems are merely corollaries- is whether technology can be brought under control. ... Nobody can be sure of the formula by which this end can be achieved. ... We must draw on all the resources to which acces can be had. (The Rockefeller Foundation, A Review for 1943, New York, 1944, págs. 33-35.)

38. En castellano en el original. (N. del T.)

39. F. Nietzsche, Unzeitgemässe Betrachtungen, en Werke, Grossoktavausgabe, Leipzig, 1917, I, pág. 187.

40. A. de Tocqueville, De la démocratie en Amérique, París, 1864, II, pág. 151.

41. F. Wedekind, Gesammelte Werke, München, 1921, IX, pág. 246.

42. Nietzsche, Götzendämmerung, en Werke, VIII, pág. 136.

43. En el original: “deutscher Schrifleiter”, en lugar de “deutscher Redakteur”, pues el nazismo desdeñó el término Redakteur, por considerarlo extranjerizante. (N. del T.)

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

DESPOJOS - Nadine Gordimer

Archivado en General • Fecha: 06-02-2006 03:13:20

En la tibieza del lecho, una ventosidad furtiva os trae a la nariz el efluvio de la carne que se descompone: las chuletas de cordero que devorasteis la noche anterior. Sazonadas con romero, las costillas envueltas en papel escarolado, como las vestiduras fúnebres. Otro cadáver digerido.
"Hágase vegetariano, entonces." Se la oyó decir siempre lo mismo; tedio de oírla, tedio de todo. Hastío de las cosas que digo y que trascienden a veces.
"No quiero nada de eso."
Estamos escuchando las noticias.
"¿Qué? ¿De qué estabas hablando? ¿Qué?"
¿Qué, verdaderamente? No: cuál. ¿Cuál es el que deseché? El muchachote que lanzó una piedra contra la policía resultó con ambos brazos rotos por ellos y después violado por los presos de la celda en que lo metieron; el diplomático secuestrado y el grupo (de hombres como yo y mujeres como ella) que envió por correo a la familia su dedo anular; la joven impregnada, con gasolina y quemada viva por traidora; los que morían de sed y los que se ahogaban en las inundaciones, muy lejos de allí; el hijo de 19 años del señor y de la señora, muerto por una tremenda sacudida elemental de 220 voltios cuando utilizaba una pistola de spray eléctrica en su bicicleta de motor. Lo deliberado, lo planeado, ejecutado por personas como yo, o lo fortuito, lo indiferente, ejecutado insensiblemente por fuerzas ¿Insensiblemente? ¿Por que hay mas sentido en los actos conscientes que se traducen en cadáveres? El sentido la conciencia no es sino el de la propia decepción. La inteligencia es una mentira.
"No estás diciendo nada del otro mundo. Eso es la vida."
Esa era su filosofía de salón de belleza. Anacrónica, animal, pasiva. Aunque tuviera opción no podía elegir, no podía decidirme por ninguna parte.
La diaria necrofilia.
"Hágase vegetariano, entonces."
Entre todos los demás, ningún otro pensaría nunca que algo andaba mal. El es consciente de ello; ella es consciente de que él es consciente, sintiendo cierto orgullo por el hecho de aparecer exactamente como ellos pensaban de él y esperaban de su concurso. Los invitados a la excursión de fin de semana -reunidos en la cabaña o lodge de un coto de caza privado-, incluirían al hombre práctico, que siempre improvisa; al payaso que se quema los dedos en el fuego del campamento y hace reír con eso; la mujer que se pasa el tiempo preparando la comida de todos; la joven atractiva que enciende los deseos; el animador que mantiene a todo el mundo bebiendo hasta horas avanzadas; el silencioso que se sienta aparte, contemplando la vegetación selvática; uno o dos recién llegados, de lastre, que pueden o no revelarse en alguna medida dignos de una conversación seria. ¿Por qué no aceptar? ¿No? Está bien. ¿Qué otra, cosa tiene él en el magín que pudiera gustarle más? Dímelo simplemente.
Nada.
¡Ahí lo tienes!
En contraste con el payaso, él es el seductor, el inteligente. Está al cabo de las debilidades de los demás; pone en marcha las anécdotas que todos se sientan protagonistas.
Cualquiera que sea el temperamento de cada uno, todos aman la naturaleza. No hay en ello nada de que deban avergonzarse... por supuesto, ni siquiera él. Su afición por la vida silvestre los une: la adinerada pareja dueña de la reserva y de la casa, que podría tener caballos de carrera o un yate; la hermosa joven que hace de modelo o trabaja en relaciones públicas; el animador que dirige una empresa minera; el arriesgado corredor de bolsa, el joven médico que trabaja por el sueldo de un oficinista en un hospital para negros; el pintoresco anticuario... Y él no tiene derecho a sentirse superior -en seriedad, moralidad (él lo sabe)- en esta compañía, porque incluye a un joven que ha estado preso por razones políticas. Este no se manifiesta severo para con las aficiones deportivas de sus colegas blancos desde el momento en que el régimen, por cuya destrucción ha puesto en peligro su libertad y por el que matará para que sea destruido, subsiste. Esa es la vida.
Comportarse sin que se advierta como se espera de uno es también una manera de protegerse contra el miedo de lo que uno es realmente ahora.
Quizá lo que se cree ver es así mismo, el ingenioso seductor. ¿Cómo podría saberlo? !Lo hace tan bien! Su mujer lo contempla descalzo con los brazos alrededor de las rodillas, en la atalaya desde la cual los excursionistas observan a los búfalos que pisotean los cañizales allá abajo en el río; presta oído a sus divertidas salidas que se le ocurren mientras asesta los prismático sobre la escena salvaje; repara en el modo como se ha dejado desabrochada la camisa, seguro de la hombría de su pecho bronceado por el sol: ¿es el silencio, los incomprensibles mensajes que vienen de él, a solas con ella una manera de atormentarla? ¿Lo hace él, quizá, sólo para molestar, para castigar? ¿Y qué ha hecho ella para merecer lo que no destina a otros? Él sabrá por qué. Tomaría un valium. Cualquier cosa, Se haría vegetariano.
En el bochorno del mediodía, cada cual se va a sus habitaciones o a sus camas provisionales en el espacio umbrío cerca del lodge para entregarse a la siesta del vino que se ha tomado en el almuerzo.
Inclusive en el cuarto en el cuarto que se le destinó, él persiste en su actitud, fuera de la vista de los demás (aunque sólo están tabique por medio), que es lo previsto. Hace tanto calor que él y ella se ha quedado con la ropa íntima solamente. Él le pasa una mano por los senos, exhala un suspiro de pereza y se duerme boca arriba. ¿Habría deseado él acaso hacerle el amor, de no haberse quedado dormido, o todo no era más que un gesto entre bambalinas por si a la audiencia se le ocurría echar un vistazo a la escena?
La gente reunida en el lodge es como el fuego que el sirviente enciende al anochecer dentro de la empalizada de bambú cerca de la cabaña.
Nunca se sabe cuando el fuego exterior va a echar humo o estallar en llamas limpiamente con un gran resplandor, como lo hace éste. Nunca se sabe cuando una pequeña compañía va a permanecer en desacuerdo, insensible, o cuando, como en esta ocasión, hombres y mujeres se van a encender, contribuyendo a una reunión animada. La ceremonia de la cena resultó algo ridícula, quizá a propósito, y divertida. Una parodia de viejos tiempos coloniales; la empalizada contra las bestias feroces; el negro batiendo el tambor para anunciar la comida; las sillas cuidadosamente colocadas por él en círculo de misionero predicador, apartadas del fuego, el whisky y el vino en las copas, y el olor de la carne asada que se eleva de las parrillas. Mirando hacia arriba en la niebla, la primera estrella es la luz del mástil de un barco que pasa soltando amarras, dejando este mundo. Y si se mira abajo, las llamas azules no son otra cosa que grasa ardiendo; sobre la tierra barrida, los huesos roídos.
Él ha estado bebiendo en demasía, ha notado ella. Con tal de que pueda aguantarlo, sin duda es lo que se dirá él mismo.
El fuego crepita bajo las cenizas y la gastronómica orquesta, cuyos instrumentos de cuerda son sus propios cuerpos, paras raspando las patas, las alas batiendo en el caparazón, ha sido silenciada por la aparición de la luna.
Pero las risas continúan. En la noche inmensa, no reducida a escala por la edificación ni enmarañada de postes y alambradas ni herida por las luces de calles y ventanas de la ciudad, las risas y las voces son vagarosos sonidos que en un momento vuelan audazmente en el alto espacio y al siguiente son tan sólo una onda tenue que muera casi al mismo tiempo que sale de los labios. Todos interrumpen a su interlocutor, discuten, zahieren. Hay momentos de acerbidad; las uvas que están comiendo crepitan en jugo burbujeante al hincarles el diente. Uno de los huéspedes menos locuaces se ha vuelto comunicativo, como suelen serio los que nunca arriesgan ideas u opiniones acerca de ellos mismos, pero le sienten capaces de reproducir, cuando vienen al caso, las informaciones que han leído y retuvieron.
Murciélagos que agitan sus velas aún más negras en la oscuridad: alguien sugirió, cuando una mujer hizo un gesto de viva aprensión, que el miedo de ellos obedece al hecho de que no se oye cuando se aproximan. "Si tienes los ojos cerrados y vuela un pájaro por encima puedes percibir la resistencia del aire en sus alas."
"Y tampoco puede uno decir a qué se parece un murciélago ni dónde tiene la cabeza... sólo que es una cosa, !uf!
El huésped comedido ya estaba explicando que no, que los murciélagos no chocan con uno, como cree el vulgo, porque tienen una especie de sistema de radar interior; ese sistema se llama sonar o ecofocalización.
"Tengo puesto un abrigo de piel de leopardo."
La desafiante declaración de soprano surgió de una subconversación a través del monólogo y distrajo la atención que le dispensaban.
Se trata de la joven agraciada; se ha untado la cara con crema contra la exposición al sol de ese día y su complexión se refleja con elegancia en la tenue claridad de la luna en cuarto creciente, en la reminiscencia ocasional de lumbre en la candela o en el halo momentáneo de un encendedor.
Aparece casi bella.
"¿Oíste eso?"
"Glynis, ¿de dónde sacaste a esa chica?"
"¿No sería cosa de exponerla a que se la coma su presa dejándola sobre su roca?"
"Lamentablemente, no hay leopardos por aquí."
"No los hay porque la gente los mata para hacer tapados con su piel."
El ingenio no estaba a la altura de su reputación; simplemente repetía con más afiladas paráfrasis personales lo que ya ha sido dicho, nadie recordaba por quién. Habló directamente a la joven mientras que los demás se mostraban cómicamente indignados a medias por su presencia. "El abrigo le quedaría mejor al leopardo que a ti." Pero la inferencia, ni del todo ecológica ni estética, pareció excitar el interés de la mujer por aquel hombre.
Por primera vez se había percatado de él, en el real sentido.
"Espera a verme dentro de él." El toque oportuno de independencia, de hostilidad.
"Eso podríamos convenirlo." Todo ello era un intercambio, ahora, por debajo de la conversación de los demás; él hacia lo que procede, respondiendo con las insinuaciones mediante las cuales hombres y mujeres reconocen las afinidades químicas que se establecen entre ellos. Y luego diría ella que habría sido llevada a ello como un murciélago, por ecolocalización, o como quiera que se lo llame, algo que vibraba en el disgusto de él. "¿Te gustaría que tuviera puesto un abrigo de piel de oveja? Supongo que comes cordero ¿no?"
Es fácil perderla en esa encrucijada de charla y risas para entrar en algún otro nivel y dejarla en la instancia en que ella se lo llevó. El ex prisionero político retiene entre las suyas la mano de su pálida amiga de grandes dientes nerviosamente expuestos; nada de belleza, todo amor. El último donde pudiera encontrarse el amor es en la belleza. La belleza es solamente una piel, ya sea de la propia criatura o de otro animal, que decae y se aja. El amor puede encontrarse en la prisión; esta mujer que no podemos llamar bonita lo amó mientras él no estaba presente. Y él ha sentido amor por sus hermanos -está hablando acerca de ellos sin usar el término, pero el sentido es igualmente eficaz- aunque ellos vivan allí confinados con sus propios baldes de inmundicias. Ama incluso a los asesinos cuyos morosos cantos de muerte escuchaba por la noche antes de que se los llevasen a la horca por la mañana.
"¿Criminales comunes? ¿En este país? ¿Bajo leyes como las nuestras? !Ah, sí!
A los presos políticos nos ponían aparte pero con el tiempo (yo estuve allí diez meses) nos ingeniábamos para comunicarnos. (Hay tantas maneras que no se imaginan, afuera, cuando uno no lo necesita.) Uno de ellos -joven de mi edad- había sido declarado criminal reincidente, encerrado por tiempo indefinido. La detención es también una sentencia indeterminada, en cierto modo, por lo que pude hacerme una idea.
"Usted no asesino ni robo... él, en cambio, debió hacerlo una y otra vez."
"Sí, lo ha hecho. Pero yo no nací hijo bastardo de una ayudante de cocina que no tenía otra cosa que su cuarto en el patio de una mujer blanca. A mí no me enviaron a un "homeland" donde la mujer que se suponía destinada a cuidar de mí se moría de hambre y siguió a su marido a un campamento de intrusos en Ciudad del Cabo en busca de trabajo. Yo no he ido a pedir limosna en la calle ni a robar lo necesario para comer ni he buscado un efímero bienestar aspirando pegamento. Él consiguió tener por primera vez ropa nueva, su primera cama propia, cuando se unió a una banda de ladrones de automóviles. Lote común, criminal común."
Una vulgar historia lacrimógena.
"Si lo hubiera encontrado fuera de la cárcel lo hubiera apuñalado para robarle reloj."
"!Probablemente! ¿Puede usted decir: "Esto es mío". A gente cuyo país le ha sido arrebatado por conquista, en un gigantesco asalto a punta de fusiles imperiales?"
Y las bombas en las calles, en los automóviles, en los hipermarkets, que matan con una finalidad moral, necesaria, no con intención criminal (sí, criminal es el acto de matar en beneficio propio)... esos no lo confunden a él, ni hacen carroña de la fraternidad.
Tiene el valor de reconocerlo. Y no se calla.
Se ha hecho un silencio en las voces y risas. No hemos venido a la selva para hablar de política. Es uno de los silencios de alerta, reclamados de vez en cuando por alguien que ha escuchado, a través de las voces humanas, un grito irracional. Shhhhhh.... En una ocasión era el ladrido desapacible de un chacal y -más cerca- el himplar ansioso de una hiena, esa criatura de grandes fosas nasales para husmear la sangre que mana. Luego, un chillido gutural que nadie podía identificar: ¿quizás una liebre paralizada por el vuelo concéntrico de un búho?, Un facóquero atacado, ¿por quién? ¿Qué es lo que se desarrolla entre ellos en ese otro orden de las bestias durante su noche?
"Ellos viven las veinticuatro horas; nosotros desperdiciamos la noche."
"Norbert, tú solías ser uno de esos pájaros de night-club."
Y el joven doctor diserta: "Ellos se turnan en la cacería para subsistir, exactamente igual que nosotros. Algunos duermen durante el día". "¡Ah! Pero ellos han sido concebidos como especies diferentes, con el fin de que usen activamente las veinticuatro horas. Nosotros pertenecemos a una especie hecha para el día solamente. No hace muchas generaciones -tan sólo la era preindustrial- nos íbamos a la cama al caer la tarde. Si las fuentes mundiales de energía se agotaran volveremos a esa costumbre. Sin luz eléctrica, sin turnos de la noche. No existe ninguna variedad en nuestra especie que vea en la oscuridad."
El experto en murciélagos captó al vuelo la indirecta. "Se están haciendo experimentos con aparatos que podrían dotarnos de visión nocturna. Consisten en...
"Shhhhh..."
Estalló una carcajada semejante a la pequeña explosión de un vaso.
"¡Cállate, Claire!"
Todos prestan oído. Sólo un destello en los ojos que giran a uno y otro lado, en medio de un silencio sepulcral.
Es difícil para ellos discernir en cuanto al motivo de su intriga. Una especie de forcejeo anhelante que apenas se resuelve en un gruñido. Como un eructo violento; pugna de esfuerzos. ¿No se trata de la brisa en las hojas muertas? No es el crepitar de los cañaverales hacia el río; procede de otra dirección, detrás del lodge. Se percibe allí como una aglomeración tumultuosa, y otra asamblea un poco más allá. Hay comunicaciones que sus oídos no pueden sintonizar, que su comprensión no alcanza a descifrar; algunos sucesos que están fuera de su órbita. Ni aun el ex prisionero político se explica lo que está oyendo; él, acostumbrado a escuchar a través de los muros de la cárcel; él, que ha comprendido y descifrado tantas cosas que otros no hubieran podido. Al fin y al cabo, el suyo es solamente humano discernimiento: tampoco es una criatura de las veinticuatro horas.
En medio del cuchicheo apagado irrumpe el hombre negro haciendo estrépito con la bandeja de los vasos que ha lavado. El anfitrión lo reprende: que se calle, que se vaya y deje de hacer barullo con los platos sucios. Pero él insiste con la sonrisa de suficiencia del que sabe que tienes algo que enseñar: "Leones. Han matado una, quizá dos. Cebras".
Todos rompen de pronto el silencio, como escolares a la salida de la clase.
"¿Dónde?"
"¿Cómo lo sabe"
"¿Qué es lo que está diciendo?"
El los mantiene un momento expectantes; alza la mano, con la palma hacia arriba, rosada por la inmersión en el agua jabonosa. Se la seca en el delantal. "Mis esposas lo oyeron, allá en mi casa. Cebras. Y ahora están comiendo. En aquel lado, allí detrás."
El nombre del negro es demasiado difícil de pronunciar. Pero no carece ya de nombre; es el organizador de una expedición; todos tienen ya del anfitrión una versión abreviada del nombre: Siza. Ha sacado del cobertizo cerca de la casa un viejo camión de tracción en las cuatro ruedas, adaptado como un station-wagon grande. Cunde el entusiasmo. Es parte de la diversión que el dueño de casa se había propuesto brindar hasta donde fuera posible. Todos trotan a la luz de antorchas los cien metros desde el alojamiento, bajo árboles de mopane, pasando por la calzada de cañizo bordeada de piedras enjalbegadas (el anfitrión no ha tenido nunca el valor de decirle a Siza que esa clase de morada de hombre blanco no necesita de un jardín de hombre blanco) hasta los bancales de calabaza y tomate de las mujeres de Siza. Siza, entretanto, está reparando la manija de una de las puertas del vehículo con un alambre, mientras ordena en su propia lengua esto y lo otro a miembros de su familia que se hallan a su lado. Un rapaz negrito trastabilla a sus pies y él lo alza y lo quita de en medio. Dos mujeres se tocan con el turbante tradicional, pero una de ellas tiene una camisa en T con un logotipo de publicidad; llevan en brazos chiquillas que parlotean jerigonza. Los chicos brincan alegremente, sin hacer alboroto.
El status de Siza en esa situación se hace evidente cuando las dos esposas y sus niños no despiden a la expedición blanca, sino que saltan dentro del station-wagan junto con ellos: los pequeños pies de planta endurecida de los negritos buscan ágilmente su lugar entre los zapatos de los huéspedes y sus cabecitas redondeadas con el cabello tejido en forma de gorra contrastan enérgicamente con el resto del pasaje. Junto a la joven del cutis untado con crema y el cuerpo esbelto y perfumado está la masa blanda de una de las mujeres de Siza, con olor de humo de leña. "¿Subieron ya todos? ¿Todo en orden?" No, no, espera un momento... alguien fue a buscar una linterna olvidada. Siza ha puesto en marcha el motor, toda la carrocería se estremece.
No es hora de ocurrencias ingeniosas ni de cortejo amoroso; él hace lo que se espera de él: corre hasta el lodge en busca de un suéter, por si ella tiene frío. Queda apenas un hueco para deslizarse en la casa rodante; ella intenta sentar en sus faldas a uno de los negritos, pero el niño es demasiado tímido. El se acomoda lo mejor que puede. El vehículo se pone en movimiento; todos los cuerpos, afines y extraños, amontonados, bamboleándose al mismo tiempo, respirando juntos unos con otros. Ella sonríe al hombre, inclinando la cabeza a uno y otro lado, comentando con humor acerca de la prensa humana, como si él fuera ajeno a la partida: "Estamos en el safari".
No es posible salir de allí. Todo el mundo estará a salvo si permanece en el station-wagon con las ventanillas cerradas, dice el anfitrión. Los faros del viejo vehículo le van mostrando a Siza árboles como otros árboles, matorrales como otros matorrales, que le sirven como postes de señales. El autobús discurre por un accidentado trayecto, un camino plagado de arbustos, tocones de árboles, montículos de termitas y dongas. De pronto se detuvo, y más allá se alcanzaban a distinguir formas confusas y repentinos destellos fosforescentes cual hendijas bajo el arco sombrío de los árboles que dibujaba el límite de los faros, del mismo modo que una vela, mantenido en alto, configura débilmente una cueva de su propio aura.
Siza avanzó lentamente, meciendo su carga humana, hasta situarse más cerca. Cuatro formas elásticas se adelantaron en el área de los focos y se detuvieron. Aplicó los frenos. Motas de polvo, partículas de hojas y corteza de la vegetación en suspenso enturbiaban el cono luminoso que rodeaba a cuatro leonas que estaban a menos de diez metros. Sus ojos, muy abiertos, parecían gemas amarillentas, dilatados por el reflector que tenían enfrente, pero sin pestañear. Las fauces abiertas y la cabeza agitada por el jadeo, los cuerpos cual fuelles poderosos que se expandían y se contraían entre las ancas, y los sólidos lomos que sostenían la cabeza. La lengua, como tira de paño rojo con los bordes levantados en cada lado por largos colmillos.
Están sucias de sangre, y, a la vista del hombre, asexuadas, su condición de hembras sin femineidad, y su condición de amenaza y de fuerza ausentes, asociadas con el macho. No revisten belleza, excepto en la actitud formidable de su pose. No busquéis otra cosa en su expresión indiferente de hastío. Nada, salvo el hecho existencial, detrás de ellas, de los cachorros en la jaula de costillas de la cebra, tironeando y chupando jirones sangrientos.
Las patas y la cabeza intactas en su elegante traje negro y blanco. La bestia ha sido devorada interiormente. Han desaparecido completamente todas sus entrañas; el pasto semidigerido que había en su estómago yace en tierra, como, se puede ver; alguien lo señala en un susurro. Pero aun en voz baja era una transgresión. Las leonas no dejaban escapar el ominoso rugido con que pudieran reconocer su amenaza y saber con quién había que entendérselas. Esas manifestaciones externas no eran el expediente de esta confrontación. La mirada atenta. A eso se reduce todo. La masa que respira (el vehículo) y los corazones que laten en su interior; mientras observan, vigilantes, a los cachorros que pugnan por una posición ventajosa dentro del cadáver, las leonas no pierden de vista la masa que respira y los corazones palpitantes en el interior de la carrocería.
Las fieras no tienen noción del tiempo; lo miden solamente por el hartazgo. Para los otros, el tiempo comenzó de nuevo, súbitamente, cuando la novia del joven doctor empezó a llorar silenciosamente y los negritos apartaban su mirada de la escena para contemplar las lágrimas que resbalan por sus mejillas sin comprender su miedo. El joven médico pide que los lleven de regreso al lodge, se quebranta el consenso, la gente protesta. ¿Por qué no quedarse allí a ver qué sucede? Uno de los felinos rompe las y se vuelve hacia un cachorro ahíto para empujarlo fuera de la presa cóncava. No hay peligro; el vehículo es perfectamente seguro, con tal de que no se abran las ventanillas para tomar fotografías. Pero el médico insiste: "Este viejo chasis de camión está hecho polvo y lleva peso de más; podemos quedarnos aquí varados toda la noche".
¿Ficticio? De regreso en la casa, la esposa sale con uno de esos recipientes que han sido desprovistos de definición en el diccionario para que puedan adaptarse mejor a la aplicación que cada cual se tome el trabajo de asignarle. Como él no le contesta, ella permanece un momento de pie bajo el dintel con la ropa de cama en los brazos, sonriente, y mueve la cabeza como para significarle cuán impresionada había salido de todo aquello.
En fin, ¿qué hubiera podido esperar de ella? Ir, de todos modos. Podía haberse quedado en el alojamiento. Así que él no quería dormir a la intemperie en la terraza, bajo las estrellas. Está bien. No habría estrellas, entonces. El se acuesta solo y los mosquitos aguardan para chupar su sangre, de patas para arriba en el cielo raso de maderas blancas.
Ficticio no. Real. Lo que se dice real. Solo, puede conservarse intacto; exactamente eso: la estasis, la existencia sin tiempo; y sin tiempo no hay relación, el estado en el cual él tiene necesidad de poseer realmente no tiene parte allí en los ojos de las leonas. Entre las fieras y la carga humana, el vacío. Es más ansiado y horrible que cuanto hubiera podido imaginar; él no sabe a ciencia cierta si está dormido o muerto.
Todavía es domingo. La diversión no ha terminado. Algunos han presentido la presencia de leones alrededor del lodge, en medio de la noche. El escepticismo con que fuera recibida esa alarma queda desvirtuado cuando encuentran mechones inconfundibles en el polvo en torno de la piscina que como liquido amniótico mantiene a los huéspedes en la propia temperatura corporal. El anfitrión no se ha sorprendido, ha sucedido ya otras veces, las leonas habían bajado a apagar la sed que les ha producido su festín de la víspera. ¿Y el olfato de humanos durmiendo tan cerca, en la terraza, el sudor de las personas en la noche húmeda, sus murmullos y suspiros durante el sueño? ¿Sus sueños de placer o de ansiedad?
"Por lo que a los leones respecta, no existimos." De la hermosa joven, la observación era una insinuación interrogativa que quedó flotando en el aire.
"Cuando tenemos el estómago lleno, no percibimos el olor de la sangre."
El ex presidiario, ¿está acaso extrayendo conclusiones de la lucha de clases?, comentó el crítico, y el propio excarcelado fue quien más divertido se mostró. Después que los mosquitos se hubieran despachado a gusto sobrevino el sueño de modo tan indiferente como cualquier otro de los estados del cuerpo, el hambre o la sed. Un buen apetito para atacar un plato de paw- paw con tocino y, boerewors con huevos. Hambriento como los demás. Su mujer le sirve otro plato; quizá necesite que lo alimenten; hay una teoría según la cual todos los síntomas patológicos son en realidad de origen físico. La obsesión ante la injusticia... Todo lo que anda mal en el mundo es una enfermedad que uno, en tanto individuo, no puede curar; ésa es la vida. El que ha estado en la cárcel puede sufrir la falta de algo -aminoácidos, vitaminas- o un exceso de algo, sobrealimentación cuando chico o una glándula tiroides hiperactiva... Se está investigando.
Siza confirmó que las leonas, efectivamente, habían venido a beber. Pasaron al lado de su casa; él las oyó. Lo cuenta con la risita seca, socarrona, del que sabe un secreto, yendo de dormitorio en dormitorio. Después del almuerzo se dispone a llevar a la partida para ver durante el día el escenario de la cacería de los leones, la noche anterior.
"Pero, ¿hay algo que ver allí?"
Siza es paciente. "No se lo comieron todo. Era demasiado. De modo que dejaron un resto y esta noche vuelven para terminar a comida."
"No, gracias. No creo que debamos perturbarlos otra vez." Pero nadie quiere de todas maneras que el joven médico y su novia echen a perder la excursión.
"Los leones estar durmiendo ahora. Se fueron. Esta noche vuelven. No están allí ahora." La esposa observa para ver si ella y su marido van a ir juntos. Sí, él ha subido, flexible, al viejo vehículo de chasis deteriorado. Da una mano a la huésped y le dice algo que la hace reír.
Las mujeres negras lavan la ropa en una tina que hay afuera. Ni ellas ni sus niños irán con esta expedición. Habrá, entonces, espacio suficiente para respirar sin contacto otra vez. Todo es diferente durante el día; es cierto que las leonas están ausentes; el estado que él había alcanzado la noche anterior era también el de ausente, como ellas, narcotizadas por la luz diurna.
Ningún león a la vista. Siza ha detenido el station-wagon, y ha bajado indicando al mismo tiempo con un gesto de la mano que permanezcan todos en su sitio. La espesura achaparrado está en silencio; frágiles cápsulas estallan espontáneamente y siembran las simientes llevadas por el viento en lenta dispersión en espiral. Todos conversan. El corredor de bolsa abandona el vehículo y todos le gritan al unísono. Está bien. Está bien. Deja transcurrir un instante para demostrar que no tiene miedo y ocupa nuevamente su asiento. "Los leones no son toros ni osos, Fred." (*). Todos ríen la suave reconvención que era la que podía esperarse de su imagen de ingenio... A todos les divierte, excepto al corredor de bolsa, que sabe que la observación, a su vez, se refiere a su propia imagen como una persona de la que nadie sospecharía que es agente bursátil.
Siza regresa y hace una seña. El vehículo es prontamente abandonado. Y ahora la soledad de la selva es en verdad inquietante; no es posible distinguir en derredor lo que hay detrás de una vegetación muerta, al otro lado de los troncos caídos o de las cortinas de ramas bajas que limitan la visión a muy pocos metros. Se habla en voz baja con la sensación de ser espiados. El negro los guía por lo que se asemeja a una senda barrida, pero que en realidad ha sido barrida por una masa corpulenta arrastrada a través del polvo y las hojas muertas: allí estaban la osamenta y los despojos de la cebra, semiocultos en la maleza.
"No hay huella de neumáticos. ¡No hemos llegado hasta aquí en el vehículo! Este no pudo haber sido el sitio." "Lo han arrastrado hasta aquí para cuando vuelvan por la noche."
"¡Qué! ¿Para conservar fresca la carne?"
"Para que no puedan verla los pájaros." Siza da un nombre en su lengua. "Se refiere a los buitres. Buitres, ¿eh, Siza?" Y remeda la figura corcovada del buitre.
"Si, esos grandes pajarracos. Vengan a ver por aquí..." El tour continúa; los guía unos cuantos pasos más allá del cuerpo eviscerado de la cebra y se para al lado de un montículo sobre el cual se advierte que la tierra ha sido removida o pateada. Moscas de dorso brillante, de un verde metálico y dorado, están posadas sobre el túmulo. El negro concita la atención de su audiencia: toma un palo, lo introduce en el montículo y revuelve bajo el polvo como lo haría en carne picada y harina con un tenedor.
"¡Cristo! Los intestinos. ¡Miren el tamaño del hígado y el bazo!"
"¿Dice usted que los leones pueden hacer esto? ¿Almacenar así las cosas? ¿Y cómo han podido hacerlo, solamente con las zarpas?"
"Es exactamente la forma en que mi gato recubre su fechoría en el jardín, escarbando la tierra. Ellos también son felinos." El joven presidiario y su novia y el anticuario han hecho un descubrimiento por su propia cuenta, y en la confianza de su entusiasmo han desandado un corto trayecto del camino hacia el lugar en que las leonas habían matado a su presa. Y, encontraron la pila formada por el contenido del estómago de la cebra que algunos notaron la noche anterior.
Era otro túmulo. El se vino del otro montículo de vísceras del que todos se maravillaban. No hay nada que contemplar en la carne muerta; se la remueve y se desploma de nuevo y queda inerte. Pero este monto de pasto humeante que tiene el olor dulce del bolo alimenticio de los rumiantes; (ha sido entibiado por el sol como antes fuera calentado por el cuerpo que lo contenía) no es una sustancia, muerta para la percepción humana. Lo que se está verificando allí es una transformación visible de una masa inerte. Está siendo literalmente practicada por especies de insectos perfectamente diferenciadas que saben cómo vivir de la descomposición, de los desechos del tracto digestivo. Los escarabajos horadan con su cabeza acorazada hasta la base misma del túmulo y salen caminando para atrás rolando su pelota de excremento entre sus resistentes patas esmaltadas. Los túneles que han excavado se desmoronan y desparraman el montículo en porciones menores en la periferia; insectos más chicos revolotean perseverantes para establecerse allí donde pueden aplicarse sus equipos más livianos. Vuelan a otros destinos llevando su carga apropiada en una diminuta alforja… o entre sus patas delanteras, ni el mismo se imagina satisfactoriamente cómo.
Una tercera especie de tamaño intermedio, pero emitiendo un zumbido ruidoso, hace las veces de helicópteros, volando en círculo y desalojando la cima del túmulo. Así lo van alisando perfectamente. ¿Quién podría asegurar cómo o por qué razón se preocupan de la forma? Así es la vida. Si cada insecto tiene su sitio, cómo es posible la negación. Y si la negación es posible, cuál es el sitio. Sin signos de interrogación. Estos son conceptos, declaraciones. Por eso no vale la pena preguntárselo a nadie. No hay respuesta posible.
El túmulo va a desaparecer gradualmente. Quizás el vehículo se dispone a llevar de regreso a los expedicionarios al lodge. El fin de semana toca a su término. El se incorpora al resto de la partida, todavía congregada en torno de lo que queda de la cebra y del hombre negro. Por espacio de unos metros está sólo; durante unos segundos está equidistante de los que se encuentran en el montículo de estiércol y los que están allí delante, sin ser parte de unos ni de otros. Una sensación que no se puede prolongar. Ahora se encuentra de nuevo con el resto de la partida en el escenario de la cacería de los leones.
Hay una especie de inquieta actitud de atención en ellos. Se reúnen en círculo y luego se retiran unos pasos alrededor del sitio en que Siza, el negro, está en cuclillas. Está dedicado a sus funciones, concentrado, sin parar mientes en ninguno de ellos. Les ha brindado todo lo que estaba a su alcance; ahora daba la impresión de ocuparse de sí mismo. Tiene un cuchillo en la mano y el hombre blanco que acaba de reunirse con el grupo lo reconoce. Es el cuchillo que está en todas partes; en ninguna parte falta el cuchillo: en la crónica periodística, en las esquinas oscuras de las calles, bajo las luces que los guardas no apagan nunca. El negro ha hundido el cuchillo después de separar limpiamente el suave manto negro y blanco de la parte superior de la pata de la cebra y ha cortado una molla de nalga. No es un pedazo grande o grosero, sino un corte nítido de hábil carnicero... Una porción. Ellos ríen, maravillados de la destreza, curiosos. Como si nunca lo hubieran pensado, como si nunca en su vida hubieran hincado el diente en un bistec. "¿Qué piensa hacer con eso, Siza?" ¡Ah, sí! Meterlo en una bolsita para el perro y llevárselo a casa, una vez que se ha llenado la panza (como diría el presidiario).
El negro está en sus preparativos. Con el cuchillo se había un papel de diario. "Es para mí, para comerlo en mi casa, Para mi casa."
"¿Es buena carne?"
"Sí, buena."
Uno de los hombres lo reprende: "Pero ¿por qué no llevarse todo el resto de la nalga, el pernil entero, Siza? ¿Por qué una porción solamente?
El negro envuelve cuidadosamente la carne en el papel de diario; sabe que no tiene que manchar de sangre a los blancos.
Lo hace para su propia satisfacción, al mismo tiempo. Y levanta la vista hacia ellos: "Los leones saben que yo tengo derecho a llevarme una porción, porque descubrí dónde habían escondido ellos la carne. Ellos lo saben. Desde luego. Pero si me llevo demasiado, también lo sabrán. Y se llevarán a uno de mis chicos".


(Traducción de Jorge Ortiz Barili)
(*) En inglés, bull y bear (toro y oso) se usan también con una acepción bursátil de alza y baja, respectivamente.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Mi lista de Navidad

Archivado en General • Fecha: 24-12-2005 00:00:00

Frei Betto

En esta Navidad no quiero al Papá Noel de las promociones comerciales, de las cenas pantagruélicas, de los regalos caros envueltos en papeles llamativos.

Quiero al Niño Jesús nacido en el corazón hecho pesebre, esperanza encendida en un prado de Belén; quiero a María cantando que los orgullosos serán despedidos con las manos vacías y los pobres saciados de bienes.

No quiero el Papá Noel de los mercados adornados del celofán brillante de las canastas con productos importados, de las botellas con que los necios ahogan sus tristezas maquilladas de alegría. Quiero al Niño palestino buscando una tierra en que nacer y vivir, al Niño judío heraldo de la paz en la tierra para los hombres y mujeres de buena voluntad, al Niño alejado de la estupidez de las guerras.

En esta Navidad ahorraré abrazos protocolarios y sonrisas forzadas, sentimientos retóricos y emociones que encubren la aridez del corazón. Quiero el amor sin dolor, la oración sin alabanzas, la fe unida al sabor de la justicia.

No quiero regalos de los ausentes, la litúrgica reverencia a las mercancías, la romería pagana a los templos consumistas de los shopping-centers. Quiero el pan en la boca de los niños hambrientos, la paz que llegue a los espíritus atribulados en los campos de batalla, el gozo de contemplar al Invisible.

En esta Navidad no quiero ese pavoroso intercambio de regalos entre manos que no se abren en solidaridad, compasión y cariño sin pudor. Quiero al Niño suelto en lo más íntimo de mí mismo, sembrando ternura en todos los prados en los que las piedras sofocan a las flores.

No quiero ese ruido urbano que estraga el alma, los oídos pegados a los teléfonos, el olfato condenado a sentir olores insalubres, la boca llena de palabras inútiles, carentes de verdad y sentido. Quiero el silencio de mi propio misterio, el canto armonioso de la naturaleza, la mano extendida para levantar al otro, la fraternidad de los amigos bendecidos por una perenne complicidad.

En esta Navidad no me interesan las oscilaciones de los índices financieros, las promesas viciadas de los políticos, las tarjetas impresas a granel, llenas de colorido y vacías de originalidad. Quiero las más tiernas evocaciones: el aroma del café colado en la mañana por mi abuelo, el sonido de la campana de la iglesia parroquial, el radio pregonando jabón Eucalol mientras mamá me miraba saltando en la tierra.

No quiero las amarguras familiares que se guardan como polvo entre los pliegues del alma, las envidias que me alienan de mí mismo, las ambiciones que me vuelven triste como las gallinas, que tienen alas y no vuelan. Quiero las rodillas dobladas en el atrio de la iglesia, la cabeza inclinada hacia el Trascendente, la perplejidad de José ante la inusitada gravidez de María.

En esta Navidad no iré a las calles atestadas de vendedores de bienes finitos, ni disfrazaré de algodón la nieve que se amontona en mis sinsentidos, ni instalaré campanillas falsas en el frontispicio de mi indiferencia.

Quiero el cuchicheo de los ángeles, la alegría desdentada de un pobre reconocido en su derecho, la euforia inmaculada de un bebé acogido en brazos amados.

No viajaré lejos de mí mismo, buscando una tierra en la cual yo mismo me sienta extranjero, hablando un idioma cuyo significado se me escapa. Hurgaré en lo más profundo de mi subjetividad, allá donde las palabras callan y la voz de Dios se deja oír como llamada y desafío.

En esta Navidad no llenaré mi verano con castañas y nueces, panetones y carnes grasientas. No dejaré resbalar lo que me queda de sensatez por el cuello de una bebida destilada. Pondré sobre la mesa a Dios encerrado en pan y en vino e invitaré a la fiesta a los hambrientos de bienaventuranzas.

No rezaré por la biblia de los que profesan el miedo, ni encenderé velas a los guardianes del infierno. No seré el escalador de ambiciones desmedidas, ni el sepulturero de utopías libertarias. Enarbolaré sobre el tejado la bandera de sueños inconfesados y sembraré estrellas en el jardín de mis encantos, allí donde cultivo la dulce pasión que me hace sufrir añoranzas de cuanto es tierno.

En esta Navidad haré con mis corbatas una inmensa cuerda para ahorcar el cinismo de las convenciones sociales y descenderé uno a uno los escalones de los poderes podridos, hasta ingresar en los subterráneos repletos de luz de los siervos de la esperanza. No encubrirá sentimientos ni encantos.

Andaré desnudo por las calles para que todos vean como el tiempo arrugo delicadamente mi piel, imprimió flacidez a esos miembros preñados de historia y me cubrió de pelos blancos como el frescor de la vejez coherente.

No aceptaré brindis de manos que no se tocan, ni iré a las cenas de quienes se devoran. No comeré del pastel que hincha corazones y mentes, ni dejaré que la aurora del Niño me sorprenda ahíto de sueño.

Alimentado como un pájaro, saldré de noche feliz guiado por la estrella de los magos; bailaré aleluyas entre las galaxias de la Vía Láctea y por la mañana injertaré poesía en cada rayo de sol para que todos despierten embriagados como si fuesen mariposas libres del capullo.

En esta Navidad no diré adiós al siglo que termina y al milenio que se acaba, en los cuales recibí la vida, la fe y más preguntas que respuestas. Pisaré cuidadoso entre muertos inocentes y alientos frustrados, y le preguntaré al monitor electrónico cuántos fueron los sinsabores diseminados por la fiera disfrazada de humano.

De acuerdo con el Niño dejaré que las aguas laven el reverso de mi piel y enseguida caminaremos silenciosos rumbo al nuevo siglo y al tercer milenio. Y yo estaré con los ojos fijos en el Niño para que su palabra se haga carne en mi corazón de piedra, cuidando de que él crezca desclavado de la cruz, exaltado por la victoria ineludible de la Resurrección.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Discurso de Kirchner al anunciar el saldo de la deuda con el FMI

Archivado en General • Fecha: 16-12-2005 00:00:00

Tenemos la firme convicción de superar la Argentina de los viejos y recurrentes problemas.

Por mandato popular, por comprensión histórica y por decisión política sabemos que esta es la oportunidad del cambio, de la transformación profunda. El cambio que puede consolidarse no depende de una persona, ni de un grupo de elegidos o iluminados; es tarea colectiva, diversa, plural.

Somos conscientes de estar transitando un momento histórico fundamental y estamos decididos a ser protagonistas de este cambio de época. Nos han educado durante mucho tiempo para la impotencia, para el no se puede; nos quieren hacer creer que lo nuestro nada vale, que no tenemos la capacidad o la constancia para valernos como nosotros, como país. Nos quisieron meter en el alma la certeza de que la realidad es intocable, nos quieren convencer de que son tan grandes las dificultades que es mejor que nada cambie. Quieren hacernos creer que no hacer nada nuevo es la única opción realista.

Creemos, sin embargo, que nuestro futuro será hijo de nuestra capacidad para articular respuestas colectivas y solidarias de nuestro compromiso con la defensa del interés conjunto. Intentando superar el infierno en que caímos, sabemos que estamos recuperando la esperanza y que debemos adueñarnos de las herramientas para construir nuestra autonomía.

Para dar continuidad al cambio se deben superar de raíz los problemas de arrastre, creando las condiciones para una estrategia de desarrollo a largo plazo. Un problema de arrastre central y condicionante, es la deuda.

En el día de la fecha, hemos tomado las decisiones institucionales, que nos permitirán destinar nuestras reservas de libre disponibilidad al pago de la deuda total con el Fondo Monetario Internacional. Hace cincuenta años que viene siendo motivo de nuestros desvelos.

La República Argentina abonará anticipadamente al Fondo Monetario Internacional, a fin de año, la suma total adeudada de capital de 9.810 millones de dólares. Nuestros vencimientos para el 2006 sumaban 5.082 millones de dólares; en el 2007 ascendían a 4635 millones de dólares, para complementar en el 2008 unos 432 millones, de igual moneda, anticipando de este modo nuestros pagos para la cancelación total, concretamos un ahorro en intereses de casi mil millones de dólares. Como el costo de financiamiento con el organismo supera el rendimiento obtenido por colocación de las reservas, la diferencia se incluye en aquel ahorro directo. Al destinarse el pago de reservas de libre disponibilidad se garantiza un efecto monetario neutro.

La medida puede adoptarse en función de la solidez que el modelo de producción, trabajo y crecimiento sustentable, con inclusión social, que venimos aplicando va adquiriendo. Sin apoyo alguno del Fondo Monetario Internacional y sobre la base de la sustentabilidad del superávit fiscal y externo que mantenemos, así como la solvencia económica lograda. A su vez la magnitud de este fuerte desendeudamiento, junto con el nuevo perfil de la deuda que ya hemos reestructurado, contribuirá al fortalecimiento y la previsibilidad del proceso de recuperación, expansión y transformación, que venimos protagonizando los argentinos.

Sobre la base de la solvencia fiscal, la sustentabilidad externa, la flexibilidad cambiaria, una política monetaria prudente, predecible y transparente y una política financiera sólida y anticíclica, podemos dar este paso que contribuirá a su vez a reafirmar un ambiente económico previsible.

Podemos hacerlo por la continuidad del notable esfuerzo en materia fiscal, que permite dar consistencia a sucesivos superávit, como por el dinamismo exportador creciente, que permite contar con superávit comercial y dar cuenta corriente de la balanza de pagos, que contribuya a la generación de un ambiente macroeconómico estable. Podemos hacerlo porque hemos acumulado reservas que llegan casi o ya están llegando a los 27.000 millones de dólares y que hemos multiplicado más de tres veces, desde el mínimo de 8.250 millones, registrados a comienzo de 2003 y que respaldan un cambio flexible y una política monetaria prudente, que no abandonaremos.

Concretamos, con esta medida, nuestra estrategia de reducción de deuda, a un nivel compatible con nuestras posibilidades de crecimiento y pago, ganando, además, grados de libertad para la decisión nacional.

La deuda que cancelamos con el Fondo Monetario Internacional, similar a la suma que ese organismo prestó para sostener un régimen de convertibilidad, condenado al fracaso, ha resultado lejos la más condicionante, aún cuando a diferencias de otros países que experimentaron situaciones críticas no recibimos ayuda del Fondo para superar la difícil situación que enfrentamos. Esta deuda ha sido constante vehículo de intromisiones, porque está sujeta a revisiones periódicas y ha sido fuente de exigencias y más exigencias, que resultan contradictorias entre sí y opuestas al objetivo del crecimiento sustentable.

Además, desnaturalizado como está en sus fines el Fondo Monetario Internacional ha actuado, respecto de nuestro país, como promotor y vehículo de políticas que provocaron pobreza y dolor en el pueblo argentino, de la mano de gobiernos que eran proclamados alumnos ejemplares del ajuste permanente. Nuestro pueblo lo corrobora.

En los últimos 30 años hemos visto avanzar la continua dependencia de programas que Argentina acordó con el Fondo Monetario Internacional. Formamos parte de la triste realidad de integrar el grupo de países en los que esa institución ha aplicado y monitoreado muchos de sus 150 planes de ajuste. El resultado ha sido exclusión, pobreza, indigencia, la destrucción de aparato productivo. A la sombra de esos programas hemos visto concentra ción de ingreso en unos pocos y chocado contra la imposibilidad de combinar crecimiento macroeconómico con desarrollo social y pleno empleo.

La experiencia argentina muestra que el FMI respaldó verdaderos fracasos

Hoy podemos decir que cada vez que nos endeudábamos, no sólo nos debilitábamos ante el mundo, sino que fuimos perdiendo nuestra capacidad de resolver. Esta lógica siempre defendida por adalides locales de modelos que no tienen en cuenta ni las necesidades ni las realidades de los pueblos, llevó a consolidar una verdadera adicción al endeudamiento, en la que cada vez más nuestros acreedores encarecieron sus intereses, endurecieron su auditoría, su control y sus exigencias.

La más reciente experiencia argentina ha dado prueba suficiente de que ese organismo internacional respaldó, primero, verdaderos fracasos políticos y luego no aportó ni una moneda de ayuda para la superación de la crisis ni para la reestructuración de la deuda, que concretamos con la aceptación del mercado.

Antes bien, nosotros debimos abonar 6.484 millones de dólares al organismo, sin que nos prestaran suma alguna, mientras desembolsaron 3.000 millones de dólares, a dos meses de la caída del gobierno del doctor De la Rúa. Esa misma experiencia puso en evidencia el desacierto de condicionalidades estructurales innecesarias y exigencias exageradas para un país en nuestra situación.

Este pago anticipado entonces, que implica saldar una deuda no podrá ser interpretado como un obstáculo en la relación con el Fondo, y nos dará más fuerza y autoridad para seguir reclamando una profunda reestructuración de ese organismo. Nuestro reclamo de que esa institución cumpla un rol contracíclico, que no es más que exigir el cumplimiento de la finalidad para la que fue creado, evite el sistema de condicionalidades cruzadas, aumente el grado de transparencia de sus operaciones, reduzca el costo de su funcionamiento y mejore su capacidad de préstamo, adquirirá aún mayor fuerza.

La República Argentina ha podido concretar exitosamente este año el más gigantesco canje de deuda en cesación de pagos de la historia mundial, y lo ha hecho en el marco de la concreción de la quita más grande de su historia, que supera los 67 mil millones de dólares. Por su complejidad, en cuanto a número de títulos, monedas y jurisdicciones involucradas, por su monto, por las particularidades de la situación mundial que determinaron la ausencia de ayuda crediticia, por haberse realizado en el marco de una reducción neta de la deuda con los organismos multilaterales de crédito internacional, el proceso ha resultado único y excepcional.

Por primera vez en la historia argentina un proceso de reestructuración de deuda ha culminado con una drástica disminución del endeudamiento del país. El paso que damos hoy es de idéntica magnitud; hace dos años y medio, al tiempo de asumir, ambos logros parecían imposibles de alcanzar ni en el más temerario de nuestros sueños. Sin embargo, entre todos los argentinos lo hemos logrado. El pueblo argentino, paulatinamente, lo está logrando, nos estamos demostrando lo que somos capaces de hacer juntos: una integración más digna al mundo, y más inteligente, sobre la base de la solidez que está adquiriendo nuestro país, dejando atrás un modelo de irresponsable endeudamiento que nos aislaba. Con equilibrio macroeconómico, en base a solvencia fiscal, seriedad y transparencia en el manejo de las cuentas públicas, fortaleceremos esa integración.

El Ministerio de Economía y Producción y el Banco Central tendrán a su cargo la ejecución en detalle de las operaciones que concretarán el pago anticipado ante el Fondo Monetario Internacional. Estamos con este pago sepultando buena parte de un ominoso pasado, el del endeudamiento infinito y el ajuste eterno. Como dijimos a comienzo del año ante la Asamblea Legislativa, tomamos sobre nuestras espaldas, con decisión y convicciones, las responsabilidades que el ahora reclama a quienes contamos en este momento histórico con iniciativa política, ratificada, lo que agradecemos profundamente, rotundamente en las urnas, el pasado 23 de octubre.

Queremos superar las terribles heridas que produjeron las políticas erradas aplicadas en el pasado, queremos superar entre todos con la frustración que nuestra crisis nos sumiera. Soñamos con dejar a quienes nos sucedan un país mejor, donde el próximo gobierno pueda dedicarse a consolidar, a imaginar, a crear, a crecer con dignidad.

Nuestras crisis recurrentes han obstaculizado la permanencia de las políticas correctas, nuestros errores han impedido que se continúe el mismo rumbo. No queremos volver a ese pasado, queremos con memoria, verdad y justicia construir las bases de un sólido futuro.

Por eso incansablemente trabajamos con el objetivo de lograr, para el final de nuestro mandato, que la desocupación, que ya en octubre ronda el 10 por ciento, se ubique en un dígito; que la indigencia que ya ha caído a la mitad, también se ubique en un dígito; que la pobreza, que ha bajado significativamente, cuando esté terminando nuestro mandato pueda estar en la mitad de la que tuvimos cuando nos tocó empezar, en el momento en que asumimos, el 25 de mayo del 2003.

Lo estamos logrando después de haber crecido casi un tercio del Producto Bruto Interno, con cifras anuales entre el 8 y el 9 por ciento, lo lograremos, si el año que viene, como confiamos y lo hemos enviado presupuestariamente, podemos volver a crecer al 4 por ciento.

En el centro de la construcción de aquel futuro está la recuperación de la dignidad nacional, la revalorización de la autoestima del pueblo argentino y la superación de la crítica vacía, el mal augurio constante y el refugio en el escepticismo.

Queremos dejar atrás el tiempo de la profecía autocumplida, que apuesta siempre al fracaso de los demás y anuncia siempre que todo va a salir mal.

Se trata de un paso largamente conversado con los señores presidentes del Mercosur en general, y especialmente con el presidente Lula Da Silva, a quienes agradecemos, como también tenemos en cuenta el agradecimiento a la ayuda permanente recibida de la República Bolivariana de Venezuela.

Queremos dar este paso. Se trata de un paso trascendental, que nos permitirá mirar sin imposiciones, con autonomía y tranquilidad, sin urgencias impuestas, sin presiones indebidas la marcha de nuestro futuro.

Un paso que con toda responsabilidad nos ayuda a construir un futuro más justo, inclusivo y equitativo, con una mayor flexibilidad en el diseño y la ejecución de la política económica, un paso que liberará recursos para afrontar con mejores herramientas la lucha por el crecimiento, el empleo y la inclusión social. Un paso que es ponerle fin a una época, un paso que debemos dar todos juntos.

El saber que administrando con responsabilidad, con seriedad, creyendo en el futuro de esta Patria, con los aciertos y errores que tenemos todos los seres humanos, saber que a partir del 1° de enero el trabajo argentino ya no va a ir más para pagar la deuda o al Fondo en forma permanente.

Cuando estemos levantando las copas el 31 de diciembre sabremos que el trabajo argentino estará volviendo a los argentinos, y que el gran desafío será encontrar los caminos, no de cruzarnos, no de tratar que el otro fracase, sino de imaginar, de crear, de demostrarle al mundo que somos capaces de tener una Argentina solidaria con el mundo, solidaria internamente, con capacidad, con decisión, y que toda esa potencialidad que tiene la podamos desarrollar.

Desde que empezamos nuestra gestión muchas cosas parecían imposibles, desde el punto de vista institucional, económico, desde el punto de vista de la verdad, de la memoria, de la justicia. Claro que falta muchísimo, desde acá hacemos un llamado permanente a que en la diversidad, en la pluralidad, en el consenso, pensemos que la Argentina puede lograr muchas cosas. Pero no con la máquina de impedir y el no se puede, sino tratando de superar y calificando cada propuesta que cada uno de nosotros tenga. La calificación de la propuesta, prepararse y saber que nadie es el dueño de la verdad absoluta, entender que cada uno de nosotros tiene la verdad relativa.

Argentinos y argentinas, a quienes nos acompañan acá y a quienes nos miran desde su casa: en esta temporalidad que nos toca ejercer la iniciativa política en la Argentina estamos dejando todo, tratando de hacer las cosas lo mejor posible. Les pido que nos ayuden, porque el éxito no va a ser de un gobierno, va a ser de todos los argentinos.

Un país que se desbarrancó por la acusación, la imputación falsa y la descalificación, un país que tiene toda su potencialidad en el campo empresario, sindical, en las entidades libres del pueblo, en las organizaciones sociales, para crear un destino distinto. Creo que entre todos lo podemos hacer, sí, desde la diferencia, con pluralidad y con consenso. Ahora, todos nosotros, los empresarios, los trabajadores, los gobernantes, las organizaciones sociales, por lo menos sabemos que a partir del 1° de enero empezamos a recuperar el esfuerzo argentino.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Biblioteca

Archivado en General • Fecha: 11-12-2005 04:48:39

Roberto Fontanarrosa
El mundo ha vivido equivocado
Los trenes matan a los autos

No se si he sido claro

Jorge Masetti
Los que luchan y los que lloran


Juan L. Ortiz
El agua y la noche

El Alba sube

Jorge Luis Borges
El libro de arena

Adorno y Horkhaimer
Dialectica del Iluminismo

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

ESPINILLOS...

Archivado en General • Fecha: 04-12-2005 21:36:15

"Espinlllos" fue escrito en el periodo correspondiente al libro El agua y la noche, permaneciendo inédito hasta el presente.

Espinillos de mi tierra
que al horizonte del campo
—humo verde entre los troncos—
le váis flotando el anhelo
en unos grumos de islas...
Espinillos, espinillos. . .
Como mi tierra vosotros
sóis de la melancolía...
Sóis el alma misma de
mi tierra humilde y sumida
en un silencio de espera
sólo subrayado por
los pájaros y las aguas,
y en donde las tardes como
pensamientos de otro mundo
son tan frágiles y puras
que un canto puede quebrarlas
y un solo vuelo mancharlas...
Espinillos, espinillos...:
Qué conversación con el
minuto maduro liáis?
Lo anunciarán los cachilos
y lo llevarán de aquí
para allá esos pajarillos
mensajeros de las cosas
que bisbisean las ramas?
Oh, no! Se vuelve a vosotros,
y así parecéis cargados
de los secretos del campo,
del misterio de la paz
agreste, bajo la tarde!

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Dedicatoria

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:18

Dedico este libro –que no es otra cosa que una simple
Crónica periodística- a los que luchan.
Muchos de los que he llegado a conocer encontrarán sus
nombres en estas páginas. En cambio he omitido los de
otros, cuya seguridad y la eficiencia de su trabajo
revolucionario puedan verse comprometidas por la
mención.
Sobre la veracidad de lo que narro acerca de los
revolucionarios cubanos, pongo por testigos a los
revolucionarios cubanos.
Sobre la veracidad de lo que narro acerca del gobierno de
Fulgencio Batista, pongo por testigo a Fulgencio
Batista.

Adrogué, septiembre de 1958.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Prólogo

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:17

Que su nombre siga casi tan ignorado en su país como el pedazo de selva que esconde sus huesos era previsible para Jorge Masetti. Periodista, sabía cómo se construyen renombres y se tejen olvidos. Guerrillero, pudo presumir que si era derrotado el enemigo sería el dueño momentáneo de su historia.
Masetti, desde luego, era un rebelde integral. La guerrilla de Salta, su presencia en Argelia y en Playa Girón, Prensa Latina, este libro, son eslabones de una misma cadena de admirable coherencia. Entre 1958 y 1964 vivió para la revolución latinoamericana cuya semilla está en Cuba y la revolución vivió tempestuosamente en él.
Hubo sin duda un proceso cuya génesis atestiguan estas páginas. Masetti era reportero de radio “El Mundo” cuando en 1958 decidió ir a ver qué sucedía en Cuba. Sus contactos eran débiles, sus medios escasos, su objetivo –Fidel en la Sierra- desmesurado.
La medida del peligro está dada, sin énfasis, en su propio relato: de los dos periodistas extranjeros que Masetti encontró en la Sierra, uno fue asesinado, al descender, por la policía de Batista; al otro lo torturaron y “cantó”.
Mortales esperas, escondites, marchas imposibles a pie y en mula, la confianza jugada a cara o cruz en cada instante, lo acercaron a los grandes protagonistas de su historia. En el camino iban quedando el pueblo cubano, sus campesinos ametrallados, sus aldeas arrasadas con NAPALM. Masetti, que confesaba no haber tirado nunca un tiro, se encontraba de golpe bajo el fuego de las ametralladoras 50 con que un avión rociaba en la meseta lo único que daba señales de vida: él y su guía. Una campesina le entregaba un revólver 22 no para defenderse, sino para suicidarse si se topaba con los guardias. Cambiaba él mismo su ropa oscura de porteño con aires de compadrito por la guayabera del campesino, por el uniforme del ejército rebelde. Pero en ese ilusionismo de periodista ingenioso había como un oscuro rito, una transformación auténtica. Había ido lleno de dudas, prevenciones, sutilezas y se lo tragaba la insuperable experiencia colectiva de un pueblo en revolución.
Los reportajes a Fidel y al Che, transmitidos por Masetti desde la radio rebelde, fueron importantes en la propia isla: era la primera vez que el pueblo cubano escuchaba a sus líderes. En aquel momento la revolución –agraria, popular, antiimperialista- no se definía aún públicamente por el socialismo. Eso llegaría después. “Mucho de lo que estábamos haciendo ni lo habíamos soñado”, declaraba Guevara:
Los combatientes se volvían revolucionarios en la lucha misma, sacudían sus ataduras mentales, sus prejuicios, sus lazos con el pasado. Pero al mismo tiempo procuraban no alarmar más de lo indispensable al enemigo verdadero que se ocultaba tras la dictadura de Batista: conocían ya el NAPALM y el fósforo vivo de fabricación norteamericana que regaban los aviones. Los amigos de la revolución libraban una dura batalla dentro de los propios Estados Unidos para contener esos embarques de armas que antes y después han masacrado pueblos enteros. Que Fidel Castro hablara de elecciones, que otros dirigentes eludieran una definición sobre el comunismo, que la revolución no alejara a sus momentáneos aliados de la burguesía, eran necesidades implacables en la guerra. Las decisiones, en todo caso, surgirían del pueblo en armas.
Cuando Masetti regresa a La Habana, está marcado. Las radios del Caribe retransmiten todavía su reportaje, el país entero ha escuchado su voz, la policía conoce su cara. Los únicos que parecen ignorar su hazaña son sus jefes en Buenos Aires. Un angustioso cambio de telegramas le confirma que no han recibido nada. Entonces hace algo que requiere un coraje excepcional: vuelve a la Sierra y graba por segunda vez su reportaje.
Las tretas que usa para sortear el cerco represivo lo pintan a Masetti. Turista alemán, viajante italiano o presunto esposo de una campesina gorda, no pierde en mitad del peligro su agudo sentido de lo cómico. Mucho menos esa mirada fotográfica del periodista nato, capaz de dar en cuatro líneas lo esencial de cualquier situación. Los pequeños retratos de la pequeña gente brillan con luz propia junto a los héroes mayores del Olimpo. Santiago a oscuras, la carretera desierta, “el sonido de fondo” que acompaña su reportaje a Guevara, son estampas memorables en un relato sin pausas.
Este reportaje es, en mi opinión, la mayor hazaña individual del periodismo argentino.
Al salir de Cuba con un pasaporte rudimentariamente falsificado, Masetti tuvo la sensación de que desertaba, de que volvía al mundo de los que lloran y dejaba atrás el mundo de los que luchan. Esa tajante división iba a decidir su vida, precipitar su muerte.
La revolución triunfante eligió a Masetti para una tarea más difícil que su reportaje en Sierra Maestra. A comienzos de 1959, crea la primera agencia latinoamericana de que consigue inquietar a los monopolios informativos yanquis. La deformación por la prensa internacional de las noticias cubanas había empezado mucho antes de la caída de Batista, cuya larga permanencia en el poder profetizaba la revista Time en su primer número de 1959, cuando ya el régimen se había desplomado…La campaña contra el gobierno revolucionario alcanzó una intensidad jamás vista en la historia. United Press y Associated Press, las agencias que monopolizan el mercado mundial de noticias, pusieron en marcha esa catarata de basura informativa que dura hasta hoy, preparando el terreno para la cadena de agresiones que iba a culminar en Playa Girón. Para contrarrestar en lo posible ese ataque incesante y despiadado, nació Prensa Latina.
La empresa pudo parecer utópica. Los monopolios informativos reaccionaron ante la competencia como todos los monopolios. La guerra desatada contra Prensa Latina invocó el pretexto de que era una agencia oficial. PL era, por supuesto, tan oficial como United Press, Reuter o France Presse: no hay en el mundo una agencia que no responda a los intereses de un estado nacional, o de un grupo monopolista estrechamente vinculado a ese estado. La diferencia consiste en que los países dominantes del mundo occidental prohíben ese lujo a los países dependientes. Las tentativas realizadas en Argentina y Brasil durante los gobiernos de Perón y Quadros fracasaron ante la embestida de las agencias norteamericanas que contaron como aliados a los grandes diarios comerciales de ambos países, para quienes el periodismo estatal es un crimen cuando se trata del estado nacional, y no lo es cuando detrás se oculta el poder extranjero.
En el caso de Prensa Latina había otra diferencia, más “criminal” aún. Todos los periodistas que trabajaron en ella eran latinoamericanos. Plinio Mendoza y Gabriel García Márquez en Colombia, Mario Gil en México, Díaz Rancel en Venezuela, Teddy Córdova en Bolivia, Aroldo Wall en Brasil, García Lupo en Ecuador y Chile, Onetti en Uruguay, Tríveri en Estados Unidos, Ángel Boan en cualquier parte, demostraron que una agencia no era algo tan misterioso como pretendían los viejos amos del periodismo. Dondequiera hubo que pelear por la noticia en igualdad de condiciones, llegaron antes y la escribieron mejor. Como testigo de esa competencia pude comprobar que el periodista norteamericano es profesionalmente mediocre, apegado a la rutina, desprovisto de curiosidad y de amor por lo que hace. Al tener que competir con nosotros, con un conocimiento del medio local que no excedía los despachos ministeriales o el lobby de los grandes hoteles, se encontraban en una impresionante desventaja. Esa prueba no les gustaba para nada, y aunque mejoraron momentáneamente su servicio, acentuaron la campaña de desprestigio y la presión sobre los dóciles gobiernos.
Tuve una idea de lo que esa presión significaba en mayo de 1959, cuando en ruta a La Haban debí hacer escala en Río de Janeiro por 48 horas que se convirtieron en 48 días. Se trataba de tomar una oficina, arrendar un canal de teletipo y designar un jefe de corresponsales brasileño, tres cosas sencillas para las que no existían obstáculos legales. Las dificultades que surgieron eran tan absurdas que no tenían explicación dentro del marco idílico de la libertad de prensa, la libre competencia y otras fantasías. Ese año la United Press confesaba para su filial en Río una pérdida de un millón de dólares lo que sin duda revelaba sus buenos sentimientos. Inmovilizar un expediente en el ministerio de Viaçao, era mucho más barato. La burocracia brasileña es la más imaginativa que he conocido: siempre faltaba algo, una coma, un “carimbo”, hasta un análisis de orina y una muestra de sangre. La maquinaria gubernamental chorreaba corrupción y demora en proporciones kafkianas.
Téngase en cuenta que las relaciones entre Cuba y los países americanos, incluidos los Estados Unidos, eran todavía “normales”. La agresión contra PL era por supuesto una partícula de la agresión global que se gestaba. Los tropiezos que menciono se reprodujeron en las veinte filiales latinoamericanas de PL. Que hayan podido superarse, bien o mal, es un tributo al genio de Masetti. Un año después de creada PL tenía además sucursales en Washington, New York, Londres, París, Ginebra, Praga. Convenios firmados con TASS, CTK, Tanjug, Hsian Hua, y agencias egipcias, indonesa y japonesa le daban un ámbito mundial. L’Express de París y el New Statesman de Londres habían cedido sus derechos latinoamericanos por ínfimas sumas; The Nation y The New Republic, de Estados Unidos, los daban gratis. Más de cien clientes en América Latina y muchos centenares en los países socialistas, un volumen noticioso comparable al de las agencias norteamericanas, colaboradores regulares de la talla de Sastre, Waldo Frank, Wright Mills: todo esto era realidad a mediados de 1960.
La cobertura de ciertos episodios latinoamericanos como los terremotos de Chile, el primer golpe militar contra Frondizi o la revolución de Castro León en Venezuela, fue excepcional. Pero también se dieron algunos buenos “palos”, como decían los cubanos, en territorio enemigo: Ángel Boan (que después murió en Argelia) fue el único en conseguir un reportaje a Chessman doce horas antes de su ejecución. El mismo Boan le sonsacó una divertida entrevista a Trujillo (no teníamos corresponsal en Santo Domingo, por supuesto) mediante el simple expediente de llamarlo por teléfono en nombre de una agencia rival, mientras un colega argentino conseguía en Madrid la primera declaración de Perón favorable a Fidel Castro. Una noche, en el aeropuerto de La Habana, hice el reportaje más corto de mi vida. Era Ernest Hemingway, que decía: “Vamos a ganar. Nosotros los cubanos vamos a ganar”. Y agregaba: “I’m not a yankee, you know”.
Algunas veces excedíamos los límites habituales del periodismo. Fue PL quien señaló con meses de anticipación el lugar exacto en Guatemala –la hacienda de Retalhuleu- donde la CIA preparaba la invasión a Cuba, y la islita de Swan donde los norteamericanos habían centralizado la propaganda radial por cuenta de los exiliados.
Vivíamos, puede decirse, al pie de la teletipo, pero no recuerdo un trabajo que se hiciera con tanta felicidad. Masetti era incansable, un temperamento meridional, lleno de recóndito humor. Un tabaco y una guayabera que alternaba con el traje oscuro y la corbata negra, le bastaban para sentirse “aplatanado” sin abandonar una sola inflexión de su lenguaje porteño. Era pintoresco verlo irrumpir en la redacción donde predominaban los cubanos y gritar sus órdenes tratando a todo el mundo de vos. Se casó, por segunda vez, con su secretaria cubana. De madrugada, cuando cerraban los últimos canales, había tiempo para reunirse en su oficina donde circulaba un mate y un tocadiscos pasaba un tango. Alguna vez la presencia de un centinela guajiro en la puerta cerrada indicaba la presencia del Che. La amistad que los unía llevaba el sello indisoluble de la Sierra.
La suerte de Prensa Latina estaba ligada a la revolución cubana. La SIP, regenteada entonces por el coronel Dubois, dictó el úkase definitivo prohibiendo a sus miembros usar los servicios de PL. Una noche, en una callejuela de Costa Rica, la casualidad deparó a Masetti el placer de decirle en tres palabras lo que pensaba de él. Dubois se hizo el sordo pero ya las puertas de los diarios estaban cerradas.
Es conocida la presión implacable que llevó a los gobiernos latinoamericanos a romper con Cuba. En cada caso la ruptura por precedida por el cierre de PL. Masetti lo había previsto con mucha anticipación. Cuando llegó el momento la agencia contaba con equipos de escucha capaces de suplir en parte el vacío, y la construcción de una potente emisora llegaba a su fin. Cuba no podía quedar aislada en el campo de la información, y no quedó aislada. PL sigue hasta hoy dando al pueblo cubano las noticias del mundo, e informando a los que quieran o puedan escucharla, lo que pasa en Cuba. Esa es la obra de Masetti.
En marzo de 1961, Masetti renunció a Prensa Latina. Su alejamiento tiene que ver con el auge momentáneo del sectarismo, pero sobre todo con su deseo de ocupar un puesto de más riesgo en la tarea revolucionaria a la que ya estaba entregado por completo. Esa oportunidad se dio en seguida, en Playa Girón. Masetti retomó el comando de la agencia y vio sucumbir bajo el fuego de las milicias las últimas tentativas norteamericanas por reimplantar su dominio en la isla.
Después marchó a Argelia, donde se combatía aún. Era el intermedio necesario antes de acometer su última empresa, la guerrilla de Salta.
La idea de traer la lucha armada a la Argentina no era nueva en Masetti. Nació en la misma Sierra, la meditó largamente en La Habana. Puede discutirse, se discute, si el momento elegido era el apropiado, si la teoría del foco es o no correcta, si la lucha armada puede entablarse sin el respaldo de una sólida organización política. La honestidad de Masetti, la coherencia consigo mismo, la fidelidad al precedente cubano, están fuera de la discusión. Pertenece a esa lista ya larga de hombres que en América Latina vivieron sus ideas hasta el sacrificio: De la Puente Ojeda, Lobatón, Camilo Torres, Ernesto Guevara. Sabía que la victoria final de la revolución está amasada con los fracasos anteriores. El triunfo fulminante de los cubanos en enero de 1959 no basta para borrar las derrotas que lo precedieron, ni aun la más memorable de esas derrotas: el asalto al Moncada. Dentro de esa perspectiva no hay quizá victorias ni fracasos individuales, aunque haya experiencias que recoger y asimilar.
En los campos de Argelia, Masetti volvió a tomar contacto con la guerrilla. A fines de 1962 estaba de regreso en Cuba, alcanzó a conocer a su hija recién nacida, después se alejó para siempre. Cuando reaparece en la provincia de Salta, el pequeño grupo de rebeldes que lo acompaña lo conoce solamente por su nombre de guerra: Segundo. La elección está explicada en una carta de Federico Méndez y Juan Jouvé, sobrevivientes de la guerrilla encarcelados hasta hoy:
“Al ingresar en el EGP (Ejército Guerrillero del Pueblo) cada miembro adoptaba un nombre de guerra, y Masetti eligió el de Segundo por el siguiente motivo: el Che, que en ese momento realizaba tareas imprescindibles para la Revolución Cubana, pertenecía en forma honoraria al EGP, conociéndosele a ese fin por el nombre clave de Martín Fierro…Masetti eligió el de otro gaucho famoso, Segundo Sombra…Luego Masetti fue conocido simplemente por Segundo, aunque fue realmente nuestro primer y único comandante.”

Otro sobreviviente recuerda:
“Nunca hablaba de su vida personal. Sabíamos que tenía mujer e hijos porque una vez los mencionó. En cierta oportunidad, él mismo habló de Masetti en tercera persona. Pero yo ignoraba que fuese él, y las fotos que después me mostraron tenían poco que ver. Cuando lo conocía tenía una gran barba negra, casi azul. Costaba tutearlo, era imponente.”
A comienzos de 1962 Masetti escribía a su mujer: “Ya van cuatro meses y medio que aguardamos, con ansias controladas pero que nos devoran, el momento de rendir “nuestra materia”. Siempre presentes, las primeras palabras de la carta de Martí a Mercado que constituyen también las iniciales de la Segunda Declaración de La Habana: “Ya puedo escribir… Ya estoy todos los días en disposición de dar la vida por la patria”, y agregaba: “La Revolución ya no es un hecho a observar, un hecho histórico a criticar, sino que la Revolución somos nosotros mismos… es nuestra conciencia, la que nos juzga y nos critica y nos exige.”
Se sentía fuerte y optimista, a pesar de las dificultades de la vida en el monte. Adiestraba a su gente, se movía sin cesar eludiendo cualquier choque. No había perdido su buen humor, su ácido espíritu de broma. Cargaba la mochila más pesada, a pesar de una dolorosa desviación de columna vertebral que lo hacía sufrir bastante. A fines de 1963 dice en una nueva carta a su mujer: “Ahora llevamos recorridos más de un centenar de kilómetros en el mapa, aunque en realidad son muchísimos más. Nuestro contacto con el pueblo es desde todo punto de vista positivo. De los coyas aprendimos muchas cosas, y los ayudamos en todo lo posible. Pero lo más importante es que quieren pelear… Es ésta una región en que la miseria y las enfermedades alcanzan el máximo posible, lo superan. Impera una economía feudal… quien venga aquí y no se indigne, quien venga aquí y no se alce, quien pueda ayudar de cualquier manera y no lo haga, es un canalla…”
A comienzos de 1964 los diarios publican las primeras noticias de la guerrilla, cuyos días estaban contados. En marzo los servicios de informaciones consiguen infiltrar dos hombres que promueven un incidente donde resulta herido el guerrillero Diego. La gendarmería captura un campamento con cuatro hombres, donde estaban todas las provisiones. El hambre acosa ahora a la guerrilla: la zona está desprovista de caza, incluso de pájaros. El guerrillero Antonio muere despeñado. El 18 de abril es sorprendido un nuevo grupo. Días después en un confuso choque con la gendarmería resultan muertos Hermes (Hermes Peña, cubano) y Jorge. Diego, César y Marcos mueren de hambre. Los dispersos van cayendo en grupos de dos o tres.
Masetti no aparece nunca. Se ha disuelto en la selva, en la lluvia, en el tiempo. En algún lugar desconocido el cadáver del comandante Segundo empuña un fusil herrumbrado. Tenía al morir 35 años, había nacido en Avellaneda.

Rodolfo Walsh

Marzo de 1969

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Prefacio

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:16

Existen dos Cubas: la creada para la exportación y la auténtica, la que pugna por ser integralmente una república.
La primera, convierte el drama en pintoresquismo caribe, con sargentos ascendidos a generales y presidentes fantásticamente ricos que viven en el exilio fomentando revoluciones. La Cuba que escribe Habana con v, para mejor identificación por los extranjeros que van a bailar la rumba, y que sólo tiene voz de maracas y bongó. La Cuba de los carteles de compañías aéreas con bailarines color habano danzando semidesnudos alrededor de una palmera. La Cuba que sólo se concibe libre, mezclada con Coca Cola y con clima tropical acondicionado para turistas que hablan inglés.
Y existe la otra Cuba: la que logró a fuerza de actos heroicos y escalando sobre cadáveres destrozados, saltar la muralla de bolsas de azúcar y mostrar al mundo entero que las estridencias del cha cha cha no lograban tapar sus gritos de indignación. Que la isla de Martí era ocupada por un pueblo que luchaba violenta y tenazmente por recuperar lo que había ganado al ganar su independencia. Que había logrado que su revolución no fuera una revolución más en el Caribe, sino que se convirtiese en el símbolo de lo que puede la voluntad de ser libre, sobre la maquinaria opresora de una dictadura.
No obstante, había que averiguar qué se escondía, si algo se escondía, detrás de ese formidable movimiento.
Contra todas las previsiones, a pesar de las violentas represiones, superando el terror sembrado con prodigalidad de asesino millonario, la revolución cubana no podía ser sofocada y archivada. Los hombres, encabezados por Fidel Castro, se habían mantenido demasiado tiempo en el campo de batalla y la publicidad que había logrado su lucha era lo suficientemente profusa, como para despertar sospechas.
Confieso que salí de Buenos Aires lleno de dudas. Mi opinión sobre Batista estaba formada, por supuesto. Pero había que averiguar quiénes era los que trataban de voltearlo y a qué intereses respondían.
La única forma de saberlo, de despejar los interrogantes que siempre dejaban abiertos los cables de las agencias noticiosas, de conocer si realmente la causa del Movimiento 26 de Julio merecía la adhesión de quienes querían la libertad de Latinoamérica, era ir hasta Fidel Castro y plantearle claramente las preguntas que nos hacíamos aquí.
Los argentinos queríamos saber quién era el hombre que encabezaba la revolución en Cuba, qué era el Movimiento 26 de Julio, qué aspiraciones tenía y quién lo financiaba. Queríamos saber si las balas que se disparaban contra Batista eran pagadas en dólares o en rublos o en libras esterlinas. O si se daba en Latinoamérica la desconcertante excepción de que una revolución en marcha hacia el triunfo no fuese financiada por el propio pueblo.

J.R.M.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo I

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:15

Bajé del avión y no pude evitar sentirme turbado por el calor pegajoso y refulgente y por la emoción nerviosa del debut en el peligro.
Desde que la camarera había anunciado “Aeropuerto Rancho Boyeros. Habana”, no había dejado de pensar cómo sería ese temido tamiz de viajeros sospechosos, cómo actuaría la policía –que me imaginaba con cara de policía-, y qué pasaría con mis pobres excusas de turista casi sin equipaje.
Cuando había ido a gestionar la visa de mi pasaporte en el Consulado Cubano de Buenos Aires y luego de convencer al cónsul de que el sueño de toda mi vida era bailar el cha cha cha bajo las palmeras, él mismo me advirtió que llevase todo en regla.
-Usted sabe… Siempre creen que los jóvenes se van a meter a revolucionarios.
Esas palabras me hicieron comprender que en Cuba era un delito ser joven. Y mientras revisaban mi escaso equipaje y mis documentos, me di cuenta que lo estaba pagando.
De los once pasajeros que descendimos en La Habana, sólo a mí me revisaron las ropas.
Parado, en medio de cuatro mulatos que parecían tener viejos rencores hacia mí, me dejé revisar tratando de no demostrar preocupación. Apoyados en las paredes, no menos de diez individuos con guayabera blanca y unas gorritas muy singulares que los uniformaban lo mismo que sus caras, me trataban de mostrar con su mirada insolente que ellos ocultaban el secreto de que eran secretísimos policías secretos y que por lo tanto…
Cuando me devolvieron el pasaporte y los certificados que aseguraban que no importaría ninguna peste al país, me dejé llevar gozoso hasta la salida en donde un hombrón de gorra azul me metió en un auto ocupado ya por otras personas.
A toda velocidad, la máquina se desprendió de Rancho Boyeros y enfiló hacia La Habana por una hermosa avenida flanqueada por carteles que decían: “Obra del Presidente Batista”.
El automóvil se clavó delante del vestíbulo del famoso hotel Nacional y allí descendieron todos con los equipajes, incluso mi valija. Yo la recogí y volví a meterme en el auto, pensando a cuánto estarían cotizando los dólares que llevaba en el bolsillo en el mercado libre de Buenos Aires.
El chofer no me ocultó su decepción por no llevar un pasajero distinguido y ya no fui más “señor” sino “oye, chico”. Me dejó en el hotel que me había indicado un amigo en Buenos Aires, por supuesto mucho más barato que el Nacional. Allí también, parados a los costados del vestíbulo, estaban los secretísimos policías secretos, con su guayabera blanca, su gorrita y su mirada insolente.
No bien dejé mi valija sobre la cama, salí en busca del hombre que, según mi amigo de Buenos Aires, podría establecer contacto con la gente del 26.
Lo encontré y me decepcionó.
-La cosa está muy brava, chico. Esto es candela. Se está preparando una huelga general y la represión es terrible. Vas a tener que conformarte con hacer las crónicas de lo que suceda aquí.
Por supuesto, sus palabras no me convencieron e insistió. Me dijo que la única forma de tomar contacto rápidamente, era yendo a Santiago de Cuba, capital de Oriente, la provincia revolucionaria por tradición. Allí conocía a un señor que quizá me pudiese facilitar una entrevista con los dirigentes locales del movimiento. Grabé el nombre y dirección en la memoria y me fui.
Regresé al hotel a pie. Recorrí las desiertas calles de la noche habanera bordeadas por cabarets vacíos, abiertos sólo porque la policía lo exigía, mientras por el centro de la calzada, modernos automóviles azules y blancos o verde oliva, parecían fortalezas repletas de hombres con cascos, vigilando a los pocos transeúntes.
Los altavoces de los bares y cabarets chillaban como locos la última canción: “A la Rigola yo no vuelvo má, matan a los hombres por la madrugá…”, y aunque seguía una letra estúpida, a mi me sonaba lúgubre, como un responso con maracas, escuchándola mientras las ametralladoras espiaban con su ojo la vereda.
Al día siguiente, a la hora convenida, estaba el hombre con su máquina esperándome en la esquina del hotel.
Otra vez Rancho Boyeros. Otra vez los policías con caras de policías. Mientras aguardábamos la llamada de los pasajeros del Viscount para Santiago, apenas cambiamos algunas palabras. Por lo menos cuatro vendedores de billetes de lotería se metieron entre nosotros, tratando de escuchar lo que hablábamos, casi sin disimulo.
Cuando los motores hicieron trepidar a la máquina, eché una mirada hacia el vestíbulo del aeropuerto. Todavía estaba parado, detrás de los cristales, mi primer buen amigo cubano. Me había estrechado el brazo con fuerza y no sin emoción me había deseado buena suerte. Yo todavía no comprendía el porqué de la secreta solemnidad que le dio a la despedida. Yo todavía no había logrado hacerme a la idea de que estaba en la Cuba de Batista. “Y aquí matan, chico”…
Durante todo el viaje no pronuncié una sola palabra, salvo “gracias”, cuando la camarera me alcanzó jugo de mango.
Llovía torrencialmente y el avión no lograba enfilar la pista. Luego de varios intentos que terminaban siempre en un brusco ascenso y en el santiguarse a repetición de casi todas las mujeres, tocamos por fin tierra.
Eran las diez de la noche. El avión debía haber llegado a las nueve menos cuarto. Lo avanzado de la hora conspiraba contra mis posibilidades de buscar algún hotel discreto.
Si en La Habana los policías secretos estaban parados contra las paredes, en Santiago en cambio los que estábamos contra las paredes éramos los pasajeros. En medio del salón, cargado del aire caliente que la lluvia había metido dentro, medio centenar de hombres de uniforme o uniformados con sus caras y sus guayaberas blancas, vigilaban desconfiados a los empleados que revisaban las valijas, no sin alarma, que llamaba la atención de todos.
-Eres extranjero ¿verdad?- preguntó una voz indiferente a mi espalda.
Cuando me volví, vi a un hombre que sonreía, como si hubiese estado conversando conmigo desde mucho antes.
-Si -no pude negar.
-Bueno –me dijo con el mismo tono indiferente- te conviene quitarte esa chaqueta y esa corbata negra. Llamas mucho la atención.
-Gracias… -trate de sonreír y adoptar el mismo tono amistoso con él.
-Te vi en el aeropuerto con tu amigo. Fue una imprudencia. El está marcado.
En un segundo decidí jugar a cara o cruz.
-Bueno… es el único que conozco.
-¿Y aquí?
-Esta noche iré a un hotel. Mañana veré.
-Si te metes en un hotel te pescan.
En ese momento estaban revisando mi valija. El colocó la suya junto a la mía y logramos que terminara con nosotros casi a la vez.
-Te llevaré esta noche a mi casa. Mi máquina debe estar parqueada aquí cerca.
Segundos después, en medio de la lluvia, íbamos a marcha regular hacia Santiago. Casi toda la ciudad estaba a oscuras.
-Sabotaje –me explicó, indiferente.
Paramos frente a una típica casa santiaguera, constituida en madera y con la tropical terraza sobre la vereda. Luego de comprobar que no había nadie a la vista, bajó rápidamente. Mi valija había quedado en la máquina. Me explicó que no convenía bajarla de noche.
Todas esas precauciones me parecían un tanto noveleras. Y yo además, desconfiaba aún si había jugado bien.
En el interior de la casa, alumbrada con lámparas a querosén, había varias mujeres que recibieron al viajero como si hubiese llegado del frente de batalla. A mí ni me prestaron atención, hasta que mi acompañante me presentó como a un amigo.
Las mujeres, que eran sus hermanas, comprendieron al instante que era un amigo muy especial y ni bien abrí la boca para saludar, ya habían deducido que era argentino.
-¿Periodista, verdad?
El hombre se impacientó.
-Te dije que era un amigo. Déjate de hacer preguntas y no comentes con nadie que está aquí.
Las mujeres terminaron por convencerse de qué clase de amigo era yo y yo de que había jugado con extraordinaria suerte. Era evidente que los santiagueros estaban habituados a encontrar ese tipo de amigos extraños que aparecían de improviso y de improviso desaparecían y que los ocupantes de la casa se sentían un tanto orgullosos de tenerme.
Sin ninguna otra previsión que la de bajar la voz, comenzaron a relatarnos al hermano y a mí, los hechos ocurridos en los últimos días. La sucesión de sabotajes, de tiroteos y de muertos que el recién llegado conocía como amigos o vecinos, fue larguísima. El hombre sólo hacía cinco días que faltaba de su casa. Había ido a llevar al hijo a La Habana, en previsión por “lo que vendrá”, cuando estallase la huelga general. Unas semanas atrás, habían encontrado mutilados los cadáveres de dos muchachitos, de trece y catorce años, a quines detuvo la guardia de Batista y los padres de Santiago ya no sabían cómo proteger a sus hijos, todos deseosos de tomar parte en la lucha abierta.
Me acomodaron en una de las habitaciones de la casa, que como todas, eran simples tabiques que no llegaban hasta el techo y no tenían otra puerta que una cortina. Después comprobé que casi todas las viejas residencias santiagueras eran así. La lluvia seguía cayendo con fuerza y por eso no me sobresalté cuando dos horas después escuché tres fuertes detonaciones y el sonido de un trueno que se desgarraba sobre Santiago. Me levanté sudado y espié por la ventana. La noche negrísima, estaba estrellada. Los truenos eran de dinamita en aquella histórica capital de Oriente.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo II

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:14

El fuerte desayuno cubano quedó en el plato. Solamente tomé jugo de naranjas. Me sentía limpio y fresco dentro de la guayabera blanquísima y almidonada que me habían prestado. Y además, con unos deseos enormes de asomar la nariz a esas calles que la noche anterior, oscuras y en medio de la lluvia, me habían parecido siniestras.
Eran la siete y media y ya todos los santiagueros estaban en pie. La ciudad, deliciosa mezcla de edificios centenarios y modernos, hacía juego con un cielo especialísimo y con el castellano opulento de las mujeres. Todo parecía ondulante sobre las pronunciadas lomas de las calles, como las olas de aire fresco que inflaban guayaberas y mostraban enaguas almidonadas por la vereda de la sombra.
Lo único extranjero, distinto y chocante, era el desfile de carros patrulleros y jeeps por el medio de las calles. Y los cascos de los soldados que velaban sus ametralladoras sobre los techos de los edificios altos.
El automóvil se metió por una calle muy angosta, con los frenos trabajando a cada centímetro, para no rodar a velocidad loma abajo, y se clavó frente a una casa pintada de amarillo.
- Aquí vive el hombre. Tú quédate, que voy a ver si está.
Después de unos cuantos goles, una cabeza blanca de mujer mulata asomó por un portillo. Mi compañero preguntó por el dueño del nombre que me habían dado en La Habana.
En este momento no está. Quizás esté en la oficina.
- ¿Y no puede llamarlo?
La anciana se mostraba indecisa. Era evidente que desconfiaba. También bajé yo del coche y me acerqué.
- Soy extranjero, señora –dije muy quedo-. Necesito hablar con él.
La dama titubeó unos segundos y desapareció del portillo. Al instante se abrió la gran puerta amarilla y nos metimos en un vestíbulo fresquísimo, con columnas de madera tallada sosteniendo el techo a gran altura y mecedoras como para olvidarse del mundo.
Diez minutos después, apareció el dueño del nombre buscado.
Tampoco fue muy confiado. Me pidió el pasaporte y se lo entregué.
- ¿Tiene carnet de periodista?
- ¿Usted cree que con carnet de periodista latinoamericano hubiese podido llegar hasta aquí?
Estuve exacto.
- Bueno. Pero lo que usted quiere no es muy sencillo. Y además, comprenda que va a conocer a mucha gente por la que Batista pagaría miles de dólares. Y todo eso, nada más que por la buena fe que usted nos inspire…
Estuvo exacto.
Hablé durante unos minutos demostrando que al menos conocía el oficio periodístico. Dije por qué había querido llegar hasta la Sierra Maestra. Mencioné al hombre de La Habana y al que me lo había señalado en Buenos Aires… y di una serie de datos personales del famoso Che Guevara, datos que sólo habrían podido ser proporcionados por la propia familia.
- Está bien. Yo le creo. Pero tampoco yo soy del 26 de Julio. Trataré de tomar contacto con ellos y explicarles el caso. Pero le advierto que va a ser muy difícil.
Le dejé mi pasaporte y mi necesidad de conseguir una grabadora portátil y película fotográfica.
- No se apure. Que si llega a ir, no le va a faltar nada.
Pasé todo ese día aguardando la contestación, en el negocio del hombre del aeropuerto. Como llegaban clientes a cada momento, me presentaba como a un técnico mexicano. Nunca me pude enterar técnico en qué era. Y a la presentación, seguía siempre la advertencia, al recién llegado:
- Anda chico… puedes hablar, que éste es buena gente.
El “puedes hablar” es la concesión que más alegra a un cubano. De inmediato se narraban los hechos de la noche anterior en las ciudades vecinas. El estallido de bombas en Holguín. La muerte de varios jóvenes en Manzanillo. El último combate en las cercanías del Cauto. Candela en Contramaestre.
Yo escuchaba y los nombres de los pueblos y ciudades venían a mí desde la historia. Desde las biografías de Martí. Desde las imágenes que me había forjado leyendo la historia cubana, acerca, de la lucha en la manigua.
Todos los visitantes de ese día fueron recelosos medio segundo. Luego hablaban con pasión, a los apurones, con grandes ademanes. A la cubana. Y la mayoría tenía parientes en la sierra o en el cementerio. Y la mayoría estaba haciendo sus preparativos para “la que se va a armar”. Y la mayoría me decía con violencia:
- Es que no tenemos armas, chico. Que si las tuviésemos, no nos quedaríamos en las fincas, esperando que lleguen los guardias a matarnos. Armas, eso es lo que nos hace falta.
Llegó la noche y el llamado se produjo recién a las nueve. Ese día no iba a ser posible ningún contacto. “Mañana a las ocho”.
El hombre del aeropuerto admitió, no de muy buena gana, que debía quedarme en su casa.
- Esto de viajar de noche con un extranjero…
Yo no supe qué decirle, pero me sentí mortificado. “lo lamento viejo –pensé-, hay que aguantar”.
Nuevamente el sol caliente, el desayuno en el plato sin tocar y jugo de naranjas.
El llamado no se produjo a las ocho sino a las diez. Y los empleados ya se preguntaban que hacía de nuevo allí ese silencioso técnico mexicano.
La llamada de las diez anunciaba otra para mediodía que no se concretó. A la tarde volvieron a anunciar: mañana.
El hombre del aeropuerto ya no sabía qué hacer conmigo ni yo tampoco.
Mi tercera aparición matutina en el negocio hizo comprender sin duda a muchos empleados y obreros que yo no era un técnico, como esos amigos y parientes que solían aparecer imprevistamente en las casas santiagueras.
Cuando una voz ordenó por teléfono que la cita era en una determinada esquina 20 minutos después, el hombre del aeropuerto volvió a sonreírme como en el primer día. Otra vez volvía a sentirse contento de haberme protegido.
Pero su alegría fue prematura. Nadie pasó a recoger el paquete.
Hubo otro llamado. Y otra cita incumplida. Hasta que a las seis de la tarde, y cuando evidentemente los agentes del 26 se convencieron de que yo no representaba ninguna trampa ni nadie me seguía, un coche se acercó a mí en la esquina que habían señalado y una muchacha me saludó cordial:
- Hola, Jorge… ¿vamos?
Subí a la máquina entre contento y solemne. La muchacha me devolvió el pasaporte.
El automóvil se detuvo ante una puerta de rejas. Bajamos y sin llamar cruzamos el jardín y entramos a un vestíbulo en donde varios muchachos hablaban de política, mientras un disco giraba para hacer oír a un cantor chileno que parecía muy contrariado y triste. Nadie se fijó en mí.
La muchacha me guió entre brazos que hacían ademanes hasta una terraza posterior en donde una joven rubia que parecía tener entre catorce y cuarenta años me recibió con una sonrisa profesional, como un dentista a su cliente.
Volví a escuchar preguntas sobre mis propósitos, quién era, para qué empresa trabajaba, cuándo había llegado y cómo había logrado tomar contacto con ellos.
Y yo volví a contar toda la historia, saqué otra vez el pasaporte y mostré el pasaje de regreso.
Después de quince minutos de conversación, se aprobó mi viaje.
- Bueno… ¿cuándo?
- Veremos.
Otra vez a esperar. La misma muchacha que me había llevado hasta allí, me condujo hasta mi nuevo escondite. En adelante y hasta el momento de iniciar el viaje a la Sierra, no podía asomarme a la calle. Cualquier registro, cualquier sospecha por parte de los guardias, significaría mi detención. Y ahora no era solamente yo el preocupado porque no me detuvieses, sino todos los que vi.
Tres días después, me anunciaron que se había dispuesto el viaje para el siguiente. Las cosas se habían complicado, porque para esa misma fecha Fidel Castro ordenó el corte de la carretera, y amenazó con tirotear a todos los vehículos que circulaban por ella. Pero un muchacho del 26 se ofreció a llevarme hasta Contramaestre y previa advertencia del peligro que iba a correr, decidimos salir. Me habían provisto de botas, hamaca, nylon, mantas y una gruesa tricota, pero antes de partir tuve que dejar todo mi equipaje menos las botas, para hacer lugar en una cavidad secreta del automóvil a la grabadora portátil que me había hecho comprar y el material fotográfico.
La orden de Castro de no transitar por la carretera se cumplía espectacularmente. Durante kilómetros no nos encontramos con ningún vehículo, salvo los que querrían haber sido excepciones y se convirtieron en restos de incendio: una guagua y un gasolinero. Las incursiones de los rebeldes durante la noche anterior, habían reiterado sin duda el terror de los guardias ubicados en las postas camineras, porque apenas si salían de atrás de sus trincheras para preguntarnos dónde íbamos y revisar ligeramente la máquina, y volver corriendo a acostarse detrás de las pilas de bolsas de arena.
Casi no se fijaban en mí, que para evitar contestar a las preguntas que nos hacían, me entretenía en encender un gran tabaco, que apagaba hasta la próxima posta.
No hacía mucho que habíamos dejado atrás Palma Soriano, cuando mi acompañante comenzó a disminuir la velocidad del coche, hasta detenerse junto a un carro patrullero y un jeep. Este último había sido acribillado. Una mancha de sangre y una gorra militar tirada en el asfalto indicaban que lo que estaban acomodando los guardias en el asiento posterior del carro patrullero, era algún compañero herido o muerto.
Nos hicieron seña de que continuásemos. Estaban demasiado asustados como para preguntar a los únicos que transitaban por la carretera acechada, quiénes eran. Hasta a algunos guardias parecía alegrarles el que un coche al menos, les desviase el pensamiento, fijo en los hombres barbudos que surgían de improviso de cualquier parte.
Nuestra llegada a Contramaestre casi fue un acontecimiento para el dueño de la fonda. Pero no nos preguntó nada más que qué queríamos comer. Yo, continuando mi mudez, me levanté para ir al servicio, mientras mi compañero encargaba congrí y tostones de plátano verde. En el local sólo había ocupada otra mesa, en donde un cura viejo, de sotana blanca, hablaba en voz baja con un parroquiano, salpicando su murmullo con abundantes y sonoros “coños” y “carajos”. Era evidente que platicaba sobre política.
El calor me impedía comer y no podía mirar hacia fuera sin que el fulgor del camino me lastimase los ojos. mientras jugaba con el arroz, tapando y destapando los tostones grasientos, el que me había servido de chofer se paró y fue a hablar por teléfono. Volvió con el mismo aire indiferente que se había ido y me dijo llevándose un vaso de agua a la boca.
-Dentro de un rato viene el hombre. Menos mal que estaba en casa.
El sudor me corría por la espalda e iba a confluir sobre el estómago.
Del cura sólo se escuchaba el siseo y los coños y carajos. Y toda la fonda se había llenado de olor a manteca de cerdo frita.
Mientras aguardamos a que llegase el nuevo guía, mi compañero pidió café y me convidó con un tabaco.
Era un mulato medio pelado, de treinta y pico de años y cara noble.
-Bueno, chico. Dentro de poco estarás subiendo. Tienes suerte. Vas a ver a Fidel Castro. Yo nunca lo he visto. He llevado a varios hasta el pie de la sierra, pero siempre tuve que volverme. ¡Qué voy a hacer! Es mi misión.
Dos guardias cargados de armas entraron a la fonda. Pidieron un refresco y se fueron sin pagar. El cura bajó más la voz para la confidencia y lanzó más seguidos sus coños y carajos.
El hombre que esperábamos llegó enseguida. Tendría unos cincuenta años. Nos saludó como a viejos amigos y pidió agua.
-Estuve esperando a que saliesen los guardias.
Convinimos que él se marcharía solo y que quince minutos después, lo seguiríamos nosotros, carretera arriba.
Esperamos el tiempo acordado, mi compañero pagó y salimos, mientras un rotundo coño del reverendo se apagaba con el golpe de la puerta del auto.
-¿Qué le pasa al cura que está tan enojado?
-Este año no habrá campanas ni cánticos en el Sábado de Gloria. Como no las hubo en Nochebuena. Hace pocos días un carro patrullero cortó a ráfagas de ametralladoras una casita, aquí, en Contramaestre. Creían que adentro había un rebelde. Mataron a una señora e hirieron a varios más. Y el cura dispuso entonces que no haya jubileo. Cuba no está para aleluyas.
Llegamos enseguida al punto convenido, sobre un puente. Allí montó el hombre de Contramaestre y seguimos viaje unos minutos más, hasta que doblamos hacia la izquierda, metiéndonos por un campo de café. El automóvil avanzaba balanceándose sobre la tierra blanda, hasta que se detuvo lentamente. El guía descendió, y lanzó una especie de chistido, como un beso a lo lejos. Enseguida tuvo contestación y de inmediato vi a los primeros “alzados”. Tres muchachos que estaban ocultos en la manigua abandonaron su posición y nos escoltaron cuando el coche siguió su camino. Estaban barbudos y la melena les llegaba hasta los hombros. Entre las camisas de los tres reunirían cuatro botones y los pantalones estaban pesados de barro y grasa. Uno llevaba un enorme revólver en la cintura y los otros dos estaban armados con escopetas de caza antiquísimas. El más pertrechado llevaba una canana de lona con tres cartuchos.
Al notar cómo los observaba, el chofer aclaró:
-Estos son los escopeteros, se quedan haciendo emboscadas cerca de la carretera, para poder conseguir un arma buena. Después se van a incorporar a las tropas rebeldes.
En cinco minutos de marcha lentísima llegamos al campamento. De un bohío aparentemente desierto surgieron unos veinte hombres. En su mayoría jóvenes y en su mayoría tan desastrosamente armados y vestidos como los que nos escoltaban.
Todos me saludaron con efusión.
-¿Argentino?
-¿Usted es el hermano del Che?
-Oye, chico, que has llegado de lejos…
Los que habían venido conmigo en el auto, comenzaron a levantar la tapa que ocultaba mis botas, la grabadora y la cámara y los rollos fotográficos.
Había arribado a la primera etapa. Se despidieron de mí con un apretón de manos. El que me condujo desde Santiago me sonrió:
-Ahora vamos a ver si tengo la misma suerte que para venir. Sería una muerte poco heroica el que me atraviesen a tiros estos escopeteros…
Yo respondí con otra sonrisa y un “Chau, che”, que provocó la risa general.
El agente que habíamos recogido en Contramaestre, me recomendó desde el auto:
-Si ve a mi hijo, déle un abrazo. No sé si está con Fidel o con la tropa de Camilo…
El coche se fue alejando con la misma lentitud que había llegado, esquivando las ramas bajas de los cafetos. Y yo me quedé parado entre el grupo de escopeteros curiosos y risueños.
Un teniente con ropas de guajiro me invitó a pasar al interior del bohío. A menos de medio kilómetro se escuchó el motor del auto, que retomaba la carretera.
Enseguida me ofrecieron asiento y comenzaron a tostar café. Todos me hicieron rueda y me vi en la obligación de hablar. Conté cómo había llegado. Mi impresión sobre el ambiente de La Habana y de Santiago y las noticias que teníamos en la Argentina acerca de los rebeldes, las que provocaban muchas veces la risa de los muchachos.
El ruido del motor de un avión interrumpió la plática y todos corrieron a recoger las pocas cosas que había fuera del bohío, para que no fuesen vistas desde el aire. La máquina pasó a gran distancia y la charla continuó, en una incesante maratón de preguntas.
Por lo general, estaban bastante bien informados de lo que sucedía en el mundo.
-¿Es cierto que Perón vuelve a la Argentina?
-¿Frondizi le debe el poder a Perón?
-Mira, es verdad que este Perón era un bicho, pero yo le tengo simpatía. Se les puso bravo a los yanquis.
-¿Cómo es la CGT? No será igual que la CGT nuestra, ¿no es cierto?
Yo respondía y preguntaba a mi vez. Los hombres y muchachos que me rodeaban eran en su mayoría de los pueblos vecinos y se habían quedado ahí, con la primera tropa que encontraron, hasta conseguir un arma.
En gran parte eran obreros y campesinos. Pero los más sucios de todos eran universitarios. Era evidente que todos estaban orgullosos de su condición de rebeldes y que lo único que no les dejaba ser completamente felices era el no estar incorporados a las tropas de nombres famosos: Fidel, el Che, Almeida, Camilo Cienfuegos, Ramirito Valdéz, Raúl Castro…
Para llegar a Las Bocas, donde me iban a proporcionar guías hasta el campamento del Che Guevara, debía atravesar un camino habitualmente transitado por los carros blindados de los guardias, lo que obligaba a viajar de noche. Iba a salir a las tres de la mañana, así que no me preocupé en acostarme, pese a que varios me ofrecieron su hamaca. A medida que transcurrían las horas, las preguntas políticas se fueron agotando y dieron lugar a cuanta duda tenían sobre la gente, o la geografía, o la producción argentina. Hasta que llegamos al tango.
-Dime, ¿es cierto que murió Hugo del Carril?
-¿Tú conoces a Libertad Lamarque?
-Escucha, chico, escucha… Esto es de Gardel…
Y un morochito comenzó a cantar Mano a Mano, poniendo cara de torturado…”io te evoco y veo que aj sido en mi poble vida padia sólo una güena muhhe”…Alguien acercó candela y llegó mi cena. Y con ella el primer encuentro con algo que sería una náusea perpetua durante semanas: la malanga, un tubérculo que a primera vista parece papa, pero mucho más grasoso y con un olor persistente que penetra la ropa y obliga a llevarlo encima a quien se le acerque.
Mordí una y la dejé, ante la mirada desconcertada de todos.
-¿No te gusta la malanga?
-Sí… Cómo no… Es que no tengo hambre.
-Cuando estés en la sierra, comerás candela.
A las dos de la mañana hubo relevo de guardia y se despidieron cordialmente de mí los que iban a ocupar las postas. Llevaban sus viejas escopetas de caza, algunas atadas con alambre, y latitas de leche convertidas en granadas. Uno de los que se iba volvió corriendo.
Era el morochito de Mano a Mano.
-Eh, teniente… ¿no tiene un “tiro” más?
Como el teniente no tenía un cartucho para esa arma, otro de los muchachos resignadamente sacó del bolsillo uno.
-Tómalo prestado… pero no lo vayas a botar al aire, ¿eh? Que me costó bastante hacerlo.
Efectivamente, había pasado toda la tarde juntando plomo, remaches y tornillos, que metió cortados en el viejo cartucho de cartón.
-Este es un tiro reforzado –había dicho riendo- ¡Metralla en ráfaga!
Cuando vi alejarse al morochito, a hacer guardia sobre la carretera central, donde transitaban casi permanentemente los carros blindados y los tanques de Batista, no pude menos que sonreír ante un recuerdo. El de aquel español republicano exiliado en Buenos Aires, que me había dicho unas semanas antes de mi viaje a Cuba, tomando café en el Tortoni:
-Sí, señor. Fidel Castro está apoyado por los yanquis para voltearlo a Batista. Son un grupito de niños bien, que les gusta jugar a la guerra. Muy bien armados, por supuesto… -concluyó el cómodo exiliado con suficiencia.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo III

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:13

Mientras viajaba en un jeep con los faros velados hacia Las Bocas, no podía dejar de pensar en “los escopeteros”. Unos cuantos guardias bien armados que se animasen a llegar hasta su posición, los barrerían. Y mientras tanto, ellos se arriesgaban, sencillamente para ver si podían hacerse de alguna de esas perfectas armas automáticas norteamericanas que tenía el ejército.
Las Bocas estaba ocupada por un grupo de rebeldes recientemente formado por “las milicias” que eran las que actuaban en las ciudades. Cuando llegué, recién salía el sol. Los uniformes eran nuevos, cada cual había pasado el suyo por entre las guardias, lo mismo que sus armas. Luego de un corto conciliábulo, los oficiales eligieron la ruta, que no conocían muy bien, dado que ellos recién iban a operar en la sierra y me confiaron a dos guías, los muchachitos campesinos que recibieron el encargo con evidente desencanto, ya que su tropa iba a entrar en acción en esos días.
Un teniente, ya no de la milicia sino del verdadero ejército rebelde, reorganizó la ruta advirtiéndome que el camino iba a ser muy duro.
-¿Cuánto tardaré?- le pregunté mientras me vestía con la camisa y el pantalón de uniforme que me habían regalado.
-Andando bien, unos diez días…
Ni había sospechado que el viaje pudiese ser tan largo. Diez días subiendo y bajando montañas. Miré a mí alrededor y los montes se alzaban verticales. No se notaba un solo camino.
El teniente me miró sonriendo y me advirtió en tono un poco paternal…
-Esto todavía no es Sierra Maestra. Son apenas las primeras estribaciones.
-Bueno, qué se va a hacer… Adelante.
Mi tono resignado hizo reír a todos los que me habían rodeado desde que llegué.
-Ya está hecho todo un fidelista- dijo la mujer del teniente, también uniformada, cuando me vio de verde oliva.
El bohío en que se había instalado la jefatura de la tropa era la propia vivienda del jefe, el teniente Rubén Milán, “a las órdenes del comandante Almeida”, como él acotaba cada vez que se presentaba. Y no solamente su mujer, sino que sus hijas trabajaban para los rebeldes.
-Aquí es zona liberada… Pero hay que ayudar a seguir siendo libres y a llevar la libertad más lejos.
Mis dos guías ya estaban listos, aguardando la orden de marchar. En sus mochilas llevaban, para los posibles diez días de camino, algunas latas de leche y jugo de peras, una rueda de tabaco y fósforos.
Yo cargué mi grabadora, la cámara y los rollos en una mochila de cuero amarillo.
-Bueno. Todo listo- ordenó Milán
A último momento advirtió que me faltaba la gorra y como no había ninguna disponible, me dio la de él.
-Ahora sí. Buena suerte “che”. Y que Dios los acompañe.
Me abrazó con fuerza y los demás me palmearon. Yo no comprendía aún la solemnidad sencilla pero teatralmente dramática de ese momento. Aún no había visto a los aviones a reacción bombardear las sierras con bombas incendiarias, ni perseguir con ráfagas de sus ametralladoras 50 a cuanto bicho se moviese por los trillos de las montañas. Aún no había visto los pueblos enteros incendiados con fósforo vivo. Ni los cadáveres de los campesinos colgando de los árboles con decenas de balas por todo el cuerpo. Aún no había visto la guerra cruel de la Sierra Maestra. No imaginaba que una semana después, un batallón batistiano iba a exterminar a los “escopeteros” con los que había charlado en las cercanías de Contramaestre, porque no tuvieron armas para defenderse.
Al despedirse por última vez, Milán me dio un papelito doblado en cuatro.
-Guárdelo. Si llega a suceder cualquier cosa y se queda solo, le servirá de salvoconducto. Escóndase donde pueda y de noche acérquese a cualquier bohío. Ningún campesino le va a negar hospitalidad. Y si se encuentra con los guardias, huya, no se arriesgue, que va desarmado. Y ellos, para tirarle, no le van a preguntar si es periodista extranjero.
Nos largamos por una loma hacia abajo. Las botas nuevas empezaron a hacerse sentir en los tobillos, pero yo seguía poco menos que corriendo a los dos guías. Pronto me enteré que uno se llamaba Chino y el otro Cholo. Y aunque eran bastante parecidos era imposible confundirlos, porque los bigotes de Chino eran típicamente mongólicos.
Tenían cruces y medallas de la Virgen de la Caridad prendidas por todos lados y del cuello les colgaba un palo de unos 15 centímetros de largo.
-¿Qué es esto, un amuleto?
-No, hágase usted también uno. Son para los bombardeos. Cuando nos tiren, salte detrás de un árbol y muerda bien el palo.
En un pequeño descanso me procuré una ramita y la limpié lo mejor que pude. Sin pensar en que tendría ocasión de usarla la guardé en el bolsillo de la camisa.
-Bueno… Ahora hay que subir.
-¿Ahora?... ¿Y qué es lo que estamos haciendo hace tres horas?
Los dos se rieron.
Pero si esto es el llano… Las lomas todavía no empezaron.
Yo me paré dolorido. Las correas de la mochila me lastimaban y las botas me habían destrozado los tobillos.
-Y bueno… adelante.
Pero ya no seguí como antes, casi corriendo. Trepaba con pies y manos, sintiendo que la grabadora, que me había parecido liviana –seis kilos- era lo más pesado que había transportado en mi vida. Tenía la sensación de que alguien se colgaba de la mochila… Y hasta la noche no íbamos a encontrar un solo bohío en el camino, para tomar al menos un trago de café…
Llegamos a Tres Términos, primera etapa del viaje, al ocultarse el sol. La ropa empapada de sudor, se me estaba congelando sobre la carne. En un bohío, nos miraron con pena cuando nos vieron llegar destrozados. Enseguida, la mujer, se puso a preparar tostones, malanga y café. Yo, tirado en un rincón tiritaba de frío. No sentía entre los labios el tabaco que había encendido y el olor de la malanga comenzó a descomponerme. No había probado más que agua en los arroyos, pero no tenía apetito. Sólo un frío espantoso.
Cuando se dieron cuenta de que no tenía manta, el campesino fue hasta su cama y sacó una.
-Cúbrase con esto.
Yo no pude decirle que no. Me vacié los bolsillos de los anteojos oscuros, papeles y lápiz, para que no me hiciesen doler más el cuerpo, y me estiré sobre la tierra, envuelto en la manta, mientras mis guías se alarmaban de que no comiese.
Cuando advertían que al día siguiente no iba a poder seguir, si no tragaba malanga, me quedé dormido. Qué blanda era la tierra dura…

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo IV

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:12

Abrí los ojos y tenía frente a mí un candil.
- Vamos. Ya son las tres. Tenemos que aprovechar el fresco para caminar más.
Me paré enseguida y noté con asombro que me sentía maravillosamente bien. Un gran vaso de café caliente y amargo me dio ánimos para salir corriendo.
Busqué en el suelo mi gorra, en donde había dejado los papeles, los anteojos y el lápiz, y no la encontré.
El dueño de casa se preocupó.
-Estos ratones…
Después de un rato, encontró la gorra con los papeles y los anteojos. El lápiz había sido un buen desayuno para algún bicho gris.
Dimos las gracias, nos despedimos y emprendimos la segunda jornada. A poco salió el sol, y ya no sentí frío. Las nubes se fueron desprendiendo poco a poco de la manigua y subían hacia un cielo clarísimo. Me gustaba caminar ese trecho sobre la tierra colorada del sendero, antes de penetrar nuevamente en esos montes espinosos, donde la humedad llueve permanentemente sobre el colchón de ramas podridas que forman el suelo vertical de la montaña.
Eran las seis de la mañana y caminábamos en silencio, cuando el silbido de un motor a reacción nos paralizó.
-¡Avión!- gritó uno de los guías. Y salieron corriendo a buscar refugio en donde no lo había, sobre esa meseta de arcilla pelada. Yo hice lo mismo y encontré un tronco caído. Me acurruqué como pude, cuando sonó la primera ráfaga. Me pareció una bomba que se desgranaba sobre mi cabeza. Pero era el sonido de las ocho ametralladoras 50 que disparaban a la vez, tronando en ecos entre las montañas.
El aparato, que parecía un mosquito plateado recorriendo veloz una estera celeste, hizo un hermoso giro y volvió. Otra vez la ráfaga prolongada y ronca.
El avión se alejó y rehicimos la corta caravana, mirando hacia arriba cada dos pasos. A unos cien metros, encontramos las huellas de la metralla.
-Menos mal que no nos vio- dijo Chino.
-¿Y si no nos vio, por qué tiró?
-Porque saben, aunque no nos vean, que los rebeldes siempre estamos. Si nos llegan a ver, no nos dejan seguir en todo el día. Y es probable que tiren bombas incendiarias.
Aunque marchamos muchas más horas que el día anterior, pasé mejor la jornada. No obstante, mis tobillos se habían llagado y las medias de lana se pegaban y despegaban de la carne a cada paso. Tampoco probé bocado. Ellos, en cambio, le agregaron agua a la leche condensada y tomaron como dos litros. Por la ruta que seguíamos no había bohío. Además, los guías, que querían retornar lo antes posible a su tropa, permanecían permanentemente en pleno monte, tomando atajos, con el fin de llegar en menos horas. Calculaban estar en las Minas de San Miguel cerca de la noche, pero a las 4 de la tarde ya nos encontrábamos a pocos kilómetros. Eso nos animó a quedarnos un tiempo en un bohío, donde nos convidaron con café y aromáticos guineos, que yo me empeñaba en llamar bananitas, porque no recordaba nunca el nombre.
Los campesinos se mostraban bastante contentos. Hacía ya más de un mes que no se había vuelto a escuchar hablar de la presencia de guardias en la zona. En cambio, sí estaban informados de sucesos que habían ocurrido dos días antes a ocho jornadas de camino. Ese es uno de los tantos misterios de la sierra que nunca llegué a desentrañar. Cuando preguntaba cómo lo sabían, sonreían y confesaban:
-Nos enteramos por Radio Bemba.
Lo que equivale a decir, por “radio labio”.
En San Miguel tuve una gran alegría. Existía un viejo camino ya abandonado, por el que se podía transitar en mulo. Y además, existía un mulo disponible. Dejé en el suelo mi mochila con el propósito de no volver a caminar con ella un metro más.
La cena fue magnífica, aunque yo aún no sentía deseos de comer mucho. En mi homenaje, los campesinos mataron a un guanajo, pese a que yo me opuse al sacrificio del animal, y lo prepararon exquisitamente. Hacía mucho tiempo que no entraba a la sierra ninguna clase de provisiones y había que conservar a los animales de corral, como reserva. Pero no hubo caso. El guanajo perdió la cabeza y las plumas, y apareció muy pronto en una fuente. Por supuesto, no había pan ni galleta, pero sólo el sentarse a una mesa después de dos días de tener que descansar sentado en el suelo, era un acontecimiento feliz.
Mientras cenamos, proyectamos el viaje del día siguiente, preocupándome yo, a cada párrafo, de recordar al prometido mulo.
-De aquí en adelante, van a encontrar mulos en donde quieran –aclaró el campesino-. Todo lo que tiene el campesino está al servicio de los rebeldes.
-Pero es que no se trata –dije- de los rebeldes, sino de un asunto mío. Así que permítame que le alquile la bestia.
-Nadie le va a aceptar un solo peso en toda la Sierra Maestra. Los rebeldes pagan todo lo que compran en los pueblos, pero ningún campesino va a recibir su dinero… Si todo lo que tienen lo han podido conservar gracias a ellos… Además, no hay familia campesina que no tenga un pariente, o dos, o diez, enrolados con Fidel. Yo, por ejemplo, tengo a mi hermano. Y si no he ido a pelear yo mismo, es porque sé que no hay armas, y en cambio puedo servir más al movimiento desde aquí, atendiendo a su gente y trabajando para que no les falten víveres…
Esa noche dormí en una hamaca y soñé con el burro.
Los guías se habían apartado de la ruta indicada y avanzamos mucho más pronto de lo previsto. Pero ese día debíamos marchar con extremas precauciones. Íbamos a pasar muy cerca del cuartel de Pino de Agua y por estribos de montañas desmontadas, lo que nos hacía fácil blanco desde cualquier lugar.
La proximidad del cuartel fue muy fácil de identificar. Sobre la tierra colorada había grandes extensiones con manchas negras. En esos lugares se habían levantado pueblos, hasta que las incursiones de los guardias los fueron terminando, casa por casa. Aún quedaban escondidos en el monte los aterrorizados vecinos, que aguardaban el paso de los soldados rebeldes para pedirles un tabaco o una lata de algo.
En todas las ocasiones era igual. Sin mayores lamentos, los viejos campesinos, que eran los únicos que no habían podido huir en busca de la gente de Castro, narraban el saqueo, el incendio, el asesinato de sus hijos o la vejación de sus propias mujeres al no encontrar los guardias a ningún hombre en la casa. Un fósforo bastaba para que las secas construcciones de guano y yaguas terminasen en un segundo con lo poco que había escapado a la codicia de los hombres de Batista.
Pero nadie se lamentaba en exceso. Narraban simplemente. Hasta parecían indiferentes. Es que ya hacía casi dos años que el terror asesino de los guardias del ejército cubano veía en cada campesino a un rebelde. Y se ensañaban con cada uno de ellos, como lo hubiesen hecho con un soldado desarmado de Movimiento 26 de Julio. Aprovechaban cualquier desplazamiento de las tropas rebeldes para salir de sus cuarteles y robar y asesinar. Esa era su única venganza por los combates que ya no se animaban a dar y por su encierro obligado en sus propios cuarteles.
Cerca del mediodía, uno de los guías advirtió las huellas de una tropa de mulas cargadas. No se sabía si eran de los guardias, o un arria de bestias que los rebeldes trataban de hacer pasar para La Mesa. Estábamos muy cerca de Pino de Agua y existían muchas probabilidades de que fuesen efectivos de Batista. El estribo por el que transitábamos formaba una L perfecta, y se levantaban ahí las construcciones abandonadas de un destacamento de guardias destrozado por los rebeldes.
Los dos guías me consultaron. Y decidimos seguir adelante.
Casi toda la tarde continuamos la marcha, salvo más de media hora que debimos permanecer tirados en la manigua, aguardando que cesara la metralla de cuatro aviones a retropropulsión que barrían el lugar.
Mi mulo había quedado oculto debajo de un techo de piedra.
Cuando reanudamos la marcha, descubrimos, andando por un estribo de unos cincuenta centímetros, cien metros debajo nuestro, a las mulas que nos precedieron durante todo el día. Permanecimos escondidos hasta que la caravana comenzó a andar y se dejaron ver los arrieros. Todos llevaban el brazalete del 26 de Julio. Sólo el que marchaba adelante llevaba el uniforme fidelista.
-Ese es el hijo de Pancho Tamayo, la finca donde usted va a pasar la noche. Nosotros nos volvemos hoy mismo, ya que tuvimos tanta suerte, a ver si logramos llegar a tiempo para incorporarnos a la tropa de Rubén Milán.
Empleamos cerca de una hora en dar alcance a la caravana. Los arrieros habían detenido a las bestias en pleno monte, aguardando que la tropa de Pancho Tamayo, que ya había sido avisada, construyese a machete un camino para las mulas.
El hijo de Pancho me dio la mano muy alegre.
-¿Periodista argentino? ¡Qué contento se va a poner el Che de hablar con un compatriota!... Yo ya había escuchado algo de que venías…
-¿Radio Bemba? –le pregunté.
Echó una carcajada.
-Tú no sabes cómo son de chusmas estos guajiros. Son capaces de correr por el monte día y noche, con tal de llevar un chisme nuevo.
Como el camino no iba a estar listo quizá hasta la madrugada siguiente, me dio un guía para que fuese adelantando camino. Lógicamente, debí dejar el mulo.
Las nubes venían otra vez a pasar la noche en el monte y transitaban heladas entre nosotros. A medida que iba escalando o descendiendo, llenándome de espinas toda vez que por no caerme me agarraba de un árbol, me iba invadiendo una sensación de irrealidad que culminó cuando llegamos a la cima de un monte. Salimos de entre la manigua y nos encontramos con una cúspide de arcilla pelada, roja como una calva herida. Árboles altísimos y secos dominaban indiferentes el centro de la cúpula desdibujándose entre el vaho espeso. El guía marchaba delante de mí, pero lo perdía a veces entre la niebla.
Después de algunas horas, llegamos hasta la finca de Pancho Tamayo.
La vivienda era un bohío muy amplio, al lado del cual se levantaban los cuatro palos que sostenían el techo de la cocina sin paredes.
El patio de tierra terminaba al borde de un arroyo en donde varios chicos buscaban camarones debajo de las rocas. Desde lo alto de la loma divisé, sentado en medio del patio, a un rebelde barbudo, comiendo con el plato sobre las rodillas.
Cuando llegamos, los cerdos salieron a recibirnos husmeando el suelo y precediendo a unas seis mujeres mulatas y negras. Hubo saludos, risas y la infaltable alusión al Che.
El uniformado, sin levantarse de su silla, me extendió la mano.
.Mucho gusto, che. Yo soy Celso García.
Lo había escuchado nombrar varias veces durante el camino. Sabía que era el encargado del aprovisionamiento de las tropas rebeldes. El hombre que metía sus arrias de mulas por cualquier lado y que llegaba siempre cargado de mercancías. Era robusto y pesado. Lento en sus movimientos y en su manera de hablar. La barba negra le cubría casi toda la cara, dejando ver únicamente la punta de su nariz y dos inquisidores ojos negros, muy pequeños. En lugar de gorra, usaba un sombrerito de fieltro, con el ala doblada a lo Robin Hood y de la cintura colgaba un enorme revólver 45, del ejército batistiano.
Yo me senté frente a él, mientras las seis mujeres volvían a la cocina a moler café y servirme un plato de plátanos hervidos.
-¿Vio, che, el arria que está del otro lado del monte?
-Sí
-Cincuenta y tres mulas bien cargadas –dijo hablando para sí-. El Che se va a poner contento. Quizá dentro de una semana ya lleguen a La Otilia.
-¿La Otilia?
-Sí, es la finca donde ahora está el comandante frente al cuartel de Las Minas. Se instaló justito ante Sánchez Mosquera con muy pocos hombres, a ver si se le anima.
Sabía quién era Sánchez Mosquera. Según los campesinos, el hombre más cruel de la Maestra. Asesinaba sin piedad a los que encontrase en sus salidas del cuartel de las Minas y en una ocasión llegó a fusilar a veintitrés campesinos que viajaban en un camión, por El Corojo, simplemente para enseñar a los guajiros que esa misma suerte iban a correr si prestaban alguna ayuda a los rebeldes.
Celso García, moviendo apenas los labios, comenzó a decirme todo lo que sabía de la Argentina. Inclusive, cómo se preparaba un asado a la criolla.
-¿Quién le enseñó todo eso?
-El comandante Che. A veces se pone a hablar horas y a contar cómo es su patria.
Hacía rato que había terminado de comer los plátanos hervidos y sólo me quedaba en el vaso un poco de café. Tiré los restos y un cerdito fue veloz a averiguar de qué se trataba.
La noche era muy fría y como yo tenía por todo abrigo mi camisa sudada, me acerqué al fogón. Como los de todos los bohíos, era un cajón lleno de tierra, con una cavidad en el medio en donde ardían trozos de pino cortados en tiras delgadas.
Una de las mujeres, la de Pancho Tamayo, estaba dirigiendo a las demás, que colocaban en latas, malangas y plátanos hervidos, para enviarlos a los que seguirían trabajando toda la noche en el trillo para las mulas.
El famosos Pancho no llegó esa noche. Celso colgó su hamaca junto a un camastro del bohío que me estaba destinado. Un tabique de yaguas trataba de separar la vivienda en dos, ubicándose las mujeres del otro lado que nosotros. Me tiré vestido y con las botas embarradas sobre el camastro y traté de cubrirme la espalda con un género grueso que bien podría haber sido dejado en el lugar para ese fin.
Las piernas de Celso colgaban a cada lado de la hamaca y una de las botas apuntaba a mi cabeza. Todos los cerdos –los machos, como les llaman los campesinos orientales- también vinieron a pasar la noche con nosotros.
Durante horas, el parloteo de las mujeres y el susurro insistente del arroyo se mezcló con el rezongo permanente de los cerdos. De vez en cuando llegaban las voces de hombres que se habían adelantado a los que abrían el camino a machete, para preparar otro tramo cercano al bohío y que necesitaba algunos retoques.
Las cuatro llegó enseguida y me levanté. Celso lo noto, e hizo lo mismo.
El fogón seguía encendido y la más vieja de las mujeres colaba café. Detrás de la casa una mula y un mulo estaban ensillados con las pesadas monturas tejanas.
Como habíamos convenido la noche anterior, Celso me acompañaría hasta La Mesa, comandancia de Guevara, y si hacíamos tiempo, ese mismo día llegaríamos hasta la estación de Radio Rebelde.
Tomamos café y unos tostones, y nos fuimos loma arriba, mientras las mujeres, los chicos y muchos de los arrieros que yo había visto la tarde anterior me despedían con generoso cariño campesino.
La ruta que seguimos con Celso era muy mala para las bestias, que a las pocas horas ya no querían andar, pese a que les clavábamos las espuelas con toda la fuerza que podíamos. En la ascensión al Alto del Hombrito debimos desmontar y llevar a los animales de la brida. A cada paso resbalaban o se dejaban caer por los toboganes de arcilla húmeda y debíamos saltar al lado del hundido sendero para evitar que nos aplastasen. Habíamos quitado las mochilas de las alforjas y su peso no nos dejaba mantener el equilibrio. Cargados y tironeando de las bestias, llegamos a La Mesa prácticamente aniquilados.
En medio del valle, como en una rara meseta que hubiese sido construida de ex profeso para que los caminantes hagan un alto reparador, estaba el bohío en que vivían Tranquilino y su cerdo Pancho.
Celso me había hablado por el camino de ese extraordinario individuo, mezcla de aventurero y novelero. Tranquilino era de todo: médico, abogado, aviador, periodista, ama de leche y guerrero. Pero por sobre todas las cosas, un excelente cocinero. Por primera vez, desde que había partido de Buenos Aires, comí en Cuba con tanta satisfacción, como cuando Tranquilino nos sirvió guanajo frito, con una salsa de su exclusiva y misteriosa fórmula.
Estábamos en La Mesa, comandancia del Che Guevara, y Tranquilino, con su melena blanca de tenor retirado y su figura extraordinariamente delgada, llenaba el bohío de gestos elegantes y frases construidas para un auditorio selecto, hablando siempre de su comandante, el Che. Cuando le dije que quería ir esa misma noche hasta la planta transmisora, envió enseguida a su ayudante a avisar al comandante Ramiro Valdéz, que estaba a cargo de toda la zona. Llegó antes que terminase de comer y se invitó al festín.
Yo miraba de reojo su rubia perita a lo Richelieu manchada con la salsa de Tranquilino y trataba de clasificarlo. Era un muchacho menudo, con cara de vieja, que se tornaba simpático al sonreír. No quedaba lugar en su uniforme que no estuviese cubierto por una capa de grasa y el pañuelo rojo que llevaba al cuello ya se había convertido en la bandera del 26 de Julio por la franja negra que dejaba ver. De una canana de cuero colgaba una pistola 45 y en los bolsillos bajos de sus pantalones se notaban dos cargadores.
Se ofreció enseguida a guiarnos a Celso y a mí hasta el bohío del jefe de la emisora, el capitán Luis Orlando Rodríguez, y lamentó no podernos dar mulos de refresco, por lo que decidimos emprender la ascensión hasta la emisora, con las mismas bestias cansadas.
Como ya comenzaba a anochecer y yo tiritaba, me prestó un saco de cuero.
Me despedí de Tranquilino lamentando sinceramente abandonar su hospitalidad y la del verraco Pancho. Luego me enteré que el cerdo había sido perseguido durante meses por Tranquilino para convertirlo en masita frita, y que un compañero lo había salvado del cuchillo del hábil cocinero. Pero cuando el protector de Pancho murió en un combate, Tranquilino prácticamente adoptó al animal, mimándolo como a un chico.
Ramiro Valdéz iba al frente del grupo, montado en un caballo cerrero, fuerte y hermoso, de larga cola gris. Y detrás, clavando las espuelas hasta ensangrentarnos los talones, Celso y yo. Marchábamos hacia arriba, por un estribo de unos cuarenta centímetros de ancho, en plena noche y con un techo cerrado de ramas. Los animales ascendían o resbalaban, sin dejarnos ninguna oportunidad de conducirlos o levantarlos por la brida. A veces, yo cerraba los ojos, para tratar de notar más claridad cuando los abriese, pero era lo mismo que si hubiese marchado con los ojos vendados.
Muy de vez en cuando, veía delante y arriba la chispa oscilante del tabaco de Ramiro, pero a Celso, que iba en el medio, no lograba divisarlo.
Una patinada de mi mulo me hizo encontrarlo, ya que chocó contra la bestia que él montaba.
-Ya falta poco para que lleguemos a los de Luis Orlando –me dijo.
-¿Y después?
-Después habrá que seguir hasta la emisora, mucho más arriba.
Una chispa, como la luz de una luciérnaga, apareció en el monte. Era el bohío en donde pernoctaba a veces el periodista cubano que dirigía las emisiones de Radio Rebelde.
Yo la descubrí con alegría, como si ahí terminase el viaje.
Tardamos más de dos horas en llegar hasta el lugar. Dos horas más durante las que varias veces los mulos se tiraron al suelo negándose a seguir.
Luis Orlando Rodríguez nos esperaba en la puerta del bohío. Atamos los animales y entramos. En el medio de la única habitación, el fogón estaba ocupado por un caldero en donde hervían malangas. Una mujer daba de mamar a un muchachito y tres o cuatro campesinos fumaban sus tabacos con calma filosofal.
Ahí quedaba Ramiro. Y ahí debía quedar también el saco de cuero.
Tomé un vaso de café bien fuerte y tiritando le dije a Luis Orlando que estaba listo para seguir viaje. Celso, en un rincón, roncaba con sonoridad de bongó, sentado sobre las patas traseras de una silla. Presioné levemente la silla hacia abajo y quedó bruscamente parada sobre sus cuatro patas. Celso despertó sin demostrar sorpresa. Simplemente se sonrió y fue a enhorquetarse sobre su mulita blanca. Saludé a los campesinos y a Ramiro, del que me sentía amigo aunque no hubiese cambiado con él más que veinte palabras, y seguí en la noche el grito de: “Mulo… muuuuulo “de Luis Orlando Rodríguez, que había tomado la cabeza del grupo.
Yo me balanceaba sobre la bestia, sin saber qué sucedía, aunque comprendía que estábamos al borde de un precipicio, siempre arriba, siempre subiendo, y montados en mulos cansados y suicidas que cada tres pasos resbalaban cinco.
Cuando apareció sobre nuestras cabezas el cielo estrellado, me di cuenta que habíamos llegado a un estribo de la montaña. Y lo ratifiqué cuando Luis Orlando lanzó su sonoro: ¡Ea!... ¡mulo!
Varios soldados rebeldes surgieron de improviso de un disimulado bohío y se hicieron cargo de las cabalgaduras y de las mochilas.
-¿Dónde está la planta? –pregunté impaciente.
-A diez minutos de aquí.
Fueron veinte minutos o más de penosa ascensión. Aunque me llevaban la mochila con la grabadora, yo no daba más. Clavaba los dedos en la tierra blanda de la manigua y trepaba arrastrándome, pero creía que nunca iba a llegar. De pronto, las estrellas que aparecieron otra vez entre los árboles, me indicaron que había logrado asomarme a la cumbre. El ruido de un motor a explosión indicó que la planta estaba en funcionamiento. Ninguna luz se divisaba desde afuera, salvo la línea blanca que marcaba en el piso el lugar en donde se encontraba la puerta.
Luis Orlando golpeó y un rectángulo brillante nos cegó a todos por unos instantes.
Ya en el interior del improvisado estudio de la emisora rebelde nos presentó a los locutores: Orestes Valera, gran barba y una melena increíblemente larga; Martínez, un muchacho con cara aniñada e imberbe, pese a sus veintitantos años, y Eduardo un técnico de barba rubia y cara eternamente preocupada. De inmediato traté de establecer contacto radial con la Argentina, pero me resultó imposible. Eduardo, en plena noche, subía a los árboles a tender antenas, pero todo resultó inútil.
A las tres de la mañana, sólo Eduardo y yo seguíamos despiertos. Luis Orlando había bajado a un refugio antiaéreo. Celso reanudó sentado en un rincón su solo de bongó. Y los locutores se habían tapado hasta la cabeza en sus hamacas y formaban dos bolsas de cansancio.
Después de unas pocas tentativas más cortamos el contacto del transmisor.
Eduardo me dio una hamaca que sobraba y yo me procuré un abrigo que formó luego parte de mi equipaje: un ejemplar de la revista Bohemia, que partí por la mitad y que me coloqué entre la carne y la camisa en el pecho y la espalda. A la media hora escuché a Celso que se acomodaba sobre un banco de madera. Todo el pequeño recinto estaba lleno de suspiros y ronquidos leves. Esos muchachos hacía 18 meses que estaban allí. Los locutores tenían renombre y habían vivido excelentemente bien. Eduardo, el técnico, trabajaba en un canal de televisión. Celso García era un obrero que alternaba su condición con la de campesino. Y todos hablaban igual. Y sentían igual. Y estaban unánimemente conformes con esa vida sacrificada, sucia y hambreada del rebelde. Y experimentaban el mismo orgullo que los guajiros convertidos en militares y que las mujeres que veían marchar a sus hombres o a sus hijos con una tropa “alzada”. ¿Qué misterio se escondía en esa fuerza unánime y pareja que sostenía espíritus tan dispares?

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo V

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:11

A la mañana siguiente, Luis Orlando ya nos había conseguido mulos de refresco. Yo nunca alcancé a explicarme cómo se prestan y se devuelven con tanta facilidad los mulos en la sierra. Lo cierto es que un mulo tarda a veces meses en regresar a la finca de sus propietarios, pero al fin llega con su montura y sus arreos.
Íbamos a partir, cuando Celso decidió quedarse a esperar noticias sobre el arria que había dejado cerca de la finca de los Tamayo. Luis Orlando entonces me consiguió dos nuevos guías. Un muchacho campesino, del que sólo supe que se llamaba Cucho, y otro próximo a recibirse de abogado, Antonio Llibre. Los dos se aprestaron gustosos para el viaje, ya que iban nada menos que a La Otilia, el lugar en donde se encontraba el hombre más querido del ejército rebelde: el Che Guevara.
El camino hacia la comandancia de Guevara no dejaba de tener sus serios riesgos, ya que había que transitar muy cerca del pueblo de Las Minas, feudo del asesino Sánchez Mosquera.
Llibre y Cucho iban informándose, a medida que llegábamos a postas rebeldes o a los bohíos campesinos, que más o menos era lo mismo, de la posición de los guardias. Circulaba ese día la noticia de que Sánchez Mosquera había salido con sus tropas y ascendía hasta La Otilia. Al llegar al paraje denominado La Estrella, ya nadie dudaba de que Sánchez Mosquera estaba en las inmediaciones.
Se produjo la lógica consulta y los guías obtuvieron la lógica respuesta:
-Sigamos.
Yo no me resignaba a perder más horas en esa larga búsqueda del Che Guevara y de Fidel Castro. Además, tenía ya una pequeña experiencia en el sentido de que era muy difícil que las tropas gubernistas anduviesen por las sierras a pleno sol. Siempre se movían al amanecer. En La Estrella todo el mundo estaba alarmado con las últimas novedades acerca de las hazañas de Sánchez Mosquera. Había incendiado el pueblo de El Cerro y asesinado a varias mujeres por no encontrar a sus maridos en casa y descontando que se habían sumado a los efectivos rebeldes.
Cuando seguimos viaje hacia El Masío, escala obligada en la ruta a La Otilia, nos hicieron mil recomendaciones y formularon sonoras invocaciones a la Viergen de la Caridad para que nos ayudase.
A medida que nos acercábamos, tomamos más precauciones, interrogando a cuanto campesino veíamos. Algunos, asustados por los rumores de la movilización de las tropas de Sánchez Mosquera, escapaban de sus bohíos, llevándose en brazos a chicos y animales.
Sin embargo, cerca de las cuatro de la tarde, estábamos frente a Panchito Suárez Lora, teniente del 26 de Julio y jefe del pequeño destacamento de El Masío.
Nos ofreció enseguida sillas, que yo ya sabía apoyar en dos patas, a la manera de los guajiros, y mientras ordenaba que colasen café nos obsequió con papaya.
-Los habaneros le dicen fruta bomba –me aclaró sonriendo pícaro-, porque le llaman papaya a otra cosa…
El jugo de la fruta le corría por la perita renegrida. Era un hombre de unos cincuenta años, elegantísimo en su uniforme sencillo del Movimiento. Tenía dos hijos, uno de diecisiete y otro de diecinueve años, enrolados los dos en el 26, y su mujer y su hija también vestían el uniforme fidelista. Su finca se había convertido en un cuartel de entrenamiento.
Mientras esperábamos animales de refresco para continuar viaje a La Otilia, me contó algo de su vida. Entre sus antepasados, como entre los antepasados de casi todos los orientales, había varios próceres de la independencia. Hacía varios años que trabajaba su finca sin ayuda de nadie que no fueran sus hijos o su mujer. Me habló de Cuba como de una novia y de Batista como de quien la hubiese ultrajado. Mientras charlábamos, muchos de los reclutas que estaban preparando para enviarlos a las tropas del Che o de Fidel, lo escuchaban embobados. Eran todos muchachos campesinos o estudiantes, o empleados, que habían llegado hasta El Masío luego de caminar a veces sin guías, muchos más días de los que yo había empleado. Algunos tenían prendidas de sus camisas la imagen de la Virgen de la Caridad. Otros, la imagen de cristo mostrando su corazón atravesado de espinas, cosida a la gorra como un amuleto.
Los guajiros jamás habían concurrido a una iglesia. No la había en las montañas. Ni habían comido pan. Ni carne vacuna. Creían en Dios, porque lo intuían, pero ningún cura les había hablado de él. Eran analfabetos, pero de una inteligencia notable. Recién las primeras escuelas se instalaron en la sierra, con el arribo del ejército rebelde. Comían de vez en cuando galleta; pero ni sospechaban lo que era el pan hasta que las tropas de Guevara instalaron las primeras panaderías campesinas. Veían a las reses y sabían que su carne era deliciosa, pero recién cuando los efectivos del Movimiento comenzaron la distribución del ganado y la matanza orgánica de las reses, probaron un bistec. Y ellos, el noventa por ciento de ellos, habían nacido y crecido en la zona más rica de la riquísima Cuba. El ejército rebelde les había permitido conocer una vida civilizada, había rodeado la existencia del campesino de una serie de otrora utopías que se llamaban hospitales, escuelas, administración de justicia y reparto de ganado y tierras. Y todo eso con la mochila al hombro y concretando las soluciones sobre el problema que surgía al paso.
Poco a poco fui descubriendo que la adhesión del campesino a Fidel Castro no fue promovida únicamente por la política criminalmente absurda de los guardias de Batista, sino en gran medida por la concreción de los ideales revolucionarios, con la marcha de la revolución y sin esperar a su conclusión. Que el campesino que se enrola en el ejército de Castro no lo hace simplemente como autodefensa contra los efectivos batistianos, sino como instrumento para la conservación de conquistas que ya le son propias y que jamás nadie podrá quitarle.
La Otilia quedaba relativamente cerca de El Masío e hicimos el viaje en pocas horas. Nos desplazamos por los estribos de las montañas y por dentro de los cafetales con mil precauciones y no llegamos a encontrarnos con ningún guardia batistiano. De vez en cuando y en el momento que menos lo pensábamos, una posta rebelde surgía de improviso de entre la manigua o detrás de alguna mata.
Cuando llegamos, no estaba el comandante Guevara. Había salido con varios hombres a tratar de tender una emboscada a las fuerzas de Mosquera, si es que se decidían a subir hasta el campamento rebelde. En su lugar había quedado a cargo de la tropa un capitán: el doctor Humberto Sorí Marín.
Por fin podía descansar tranquilo, sin pensar en partir en las próximas horas. La Otilia era una hermosa finca, con una casa de mampostería provista de mil comodidades exóticas en la sierra. Hasta contaba con dos camas y algunos sillones. En uno de ellos estaba hundido Sorí Marín. Me extrañé al verle. No tenía ni barba ni el pelo largo. Y además estaba limpio. Luego me enteré que en la casa también había ducha, pero como hacía frío disimulé mi descubrimiento.
El capitán me recibió cordialmente y saludó con deferencia especial a Llibre, el futuro abogado. Sorí Marín era miembro del Consejo Ejecutivo de la Conferencia Interamericana de Abogados de La Habana. Luego de preguntarme si conocía a Guevara en Buenos Aires y de formularme algunos otros interrogantes acerca de mi país y de la política argentina, se dedicó con apasionamiento a explicarme el régimen jurídico que imperaba en el sector liberado de la República. Era evidente que ese era el tema del que más le agradaba hablar. Y había encontrado en Llibre, futuro colega y en mí, a dos oyentes atentísimos.
En toda la región de las sierras, que cuenta con una población campesina estable de más de 60,000 personas, no se observó jamás un régimen judicial. Imperaba allí la ley del machete y todos los diferendos entre el campesinado finalizaban con el triunfo del más fuerte. La cantidad de conflictos de tipo corriente y hasta doméstico que tuvo que enfrentar el Movimiento 26 de Julio, sumada a la necesidad de combatir al bandolerismo, motivó la concreción de un régimen penal en lo civil y un reglamento de justicia militar. Los dos se basan en los códigos vigentes en la justicia cubana y especialmente el militar, en el código aplicado en la misma zona, durante la guerra de la independencia.
A medida que Sorí Marín hablaba casi en forma didáctica y más para Llibre, que ya conocía el tema, que para mí, que era el que debía ser informado, me distraje unos segundos en observarle.
Me parecía fantástico que un hombre que ya había pasado los cuarenta años, que no pesaría más de 55 kilos y que evidentemente en su vida no había realizado ningún trabajo físico, estuviese allí en donde yo, menor por lo menos diez años y de un estado atlético superior, había llegado con grandes sacrificios.
El relato sinóptico de las previsiones judiciales del Movimiento 26 de Julio para la zona liberada siguió durante más de tres horas. Poco a poco nos fuimos quedando a oscuras. Cuando se cerraron las ventanas y se encendió un candil, ya estaban a nuestro lado, tirados en los sillones, un gigante con la barba hasta la cintura, y un sonriente muchacho bien afeitado y con una extraña gorra de piel. Se presentaron como Haroldo Cantellops y Fernando Virreyes.
Cantellops había conjugado en su uniforme al militar y al campesino: pantalones y camisa verde oliva y sombrero de yarey. Su mujer y sus hijos residían en Nueva Cork, en donde él se desempeñaba como mecánico. Un día se le ocurrió venir a La Habana, a visitar a su padre. Y cayó preso. Buscaban a su hermano y lo apresaron a él. Y recibió los palos y las patadas y las trompadas. Y diez veces cayó en la trampa del guardia que pretende hacerse el amigo y ofrecer un cigarrillo, para convertirlo en torturas en medio de las carcajadas de todos los que escuchan. Cuando por medio de esos contactos secretos que mantienen los rebeldes llegó a un juez amigo de su padre la noticia de que estaba preso sin que se le formulase cargo alguno, fue liberado. Y entonces el mecánico de Nueva Cork, feliz con su heladera y su televisor, se plantó gigante en rebelde.
Virreyes, el sonriente y sonrosado Virreyes de la extraña gorra, contó a pedazos otra historia. Había sido sargento de paracaidistas del ejército yanqui durante la guerra de Corea. Al terminar el conflicto pidió la baja, sabiendo lo que era la guerra y sabiendo lo que eran los yanquis. Pero surgió de pronto la oportunidad de pelear de verdad, por una causa de verdad y por un ideal de verdad. Y se confabuló con los muchachos que en el yate Corynthia llegaron a Cuba para abrir un nuevo frente y en cambio pisaron la isla para morir o ser prisioneros. De la trágica expedición traicionada por dos elementos batistianos que se fingieron revolucionarios, sólo un hombre llegó con su arma a las filas rebeldes: Fernando Virreyes. Caminó días enteros sin saber dónde iba. Y durante días enteros y noches enteras vivió la zozobra de la delación, hasta que llegó a tomar contacto con las fuerzas rebeldes.
Yo lo escuchaba, contando naturalmente y en medio de decenas de pausas chistosas, esa odisea que me parecía imposible. Y él continuaba con su historias hasta que hizo un ademán reclamando silencio:
-Oí… che… -dijo, imitando el acento argentino…
La radio portátil empezó a transmitir una audición de la CNKC en que Carlos Gardel cantaba: Mi Buenos Aires querido… Y un locutor cubanísimo agregó: “Así cantó Gardel… el zorzal de las Pampas…”.
Mientras Sorí Marín estaba relatándome sus impresiones sobre Buenos Aires y sus experiencias de bailarín de tangos cuando visitara Argentina en el año 1951 en ocasión de un congreso de abogados, uno de los centinelas llegó corriendo a avisar que las postas indicaban por microonda que Sánchez Mosquera iba a atacar.
Sorí Marín impartió algunas órdenes y revisó su pistola. Cantellops se fue llevándose su rifle y Virreyes siguió cantando para Llibre y yo la canción que Gardel cantaba para toda Cuba. Me sentí contento de saber que por primera vez en mi vida iba a asistir a un combate.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo VI

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:10

Cuando desperté estaba decepcionado. Había dormido plácidamente hasta las cinco y en ningún momento escuché metralla. Los guardias habían hecho una corta incursión, pero regresaron de inmediato a su cuartel al enterarse de que el Che no se encontraba en La Otilia y que estaría tendiéndoles alguna emboscada.
Había esperado anhelante el momento en que escuchase la voz de fuego, tendido en la semipenumbra de la sala, mientras Virreyes, con la ametralladora sin seguro, se prometía asimismo un viaje a Buenos Aires, exclusivamente para escuchar tangos. Cerca de las dos, Sorí Marín y yo nos tendimos en los dos únicos colchones que había, y que juntos podían dar cabida a tres personas, pero no a las cinco que me encontré al despertar. Virelles se había ido a ocupar su posta y Cantellops roncaba sobre su sillón. Llibre apareció rascándose, a los pies de la cama, y me contó dolorido que había estado tratando de disolver toda la noche una reunión de granitos que le habían surgido imprevistamente en el estómago.
En pocos minutos lo que parecía un dormitorio se convirtió en comedor, oficina y enfermería. Todo el mundo estaba en pie y lo único que preguntaba, estuviese haciendo cualquier cosa, era si había llegado el comandante.
Guevara llegó a las seis. Mientras yo observaba admirado a un grupo de muchachos que se preocupaba insólitamente en hacer algo que yo hacía mucho tiempo había dejado de practicar: lavarse la cara, comenzaron a llegar desde distintos lados, grupos de rebeldes sudados, cargados con su mochila ligera y su pesado armamento. Los bolsillos estaban hinchados de balas y las cananas se cruzaban sobre el pecho dejado sin protección por una camisa sin botones.
Era la gente que había tendido la noche anterior una emboscada a la tropa de Sánchez Mosquera y volvía cansada, con sueño y con las ganas contenidas de trenzarse con los guardias del odiado coronel. A poco llegó Ernesto Guevara...
Venía montado en un mulo, con las piernas colgando y la espalda encorvada prolongada en los caños de una Veretta y de un fusil con mira telescópica, como dos palos que sostuviesen al armazón de su cuerpo aparentemente grande.
Cuando el mulo se fue acercando pude ver que le colgaba de la cintura una canana de cuero colmada de cargadores y una pistola. De los bolsillos de la camisa asomaban dos magazines, del cuello colgaba una cámara de fotos y del mentón anguloso algunos pelos que querían ser barba.
Bajó del mulo con toda calma, asentándose en la tierra con unas botas enormes y embarradas, y mientras se acercaba a mí calculé que mediría un metro setenta y ocho y que el asma que padecía no debía crearle ninguna inhibición.
Sorí Marín hizo las presentaciones ante los ojos de veinte soldados que nunca habían visto a dos argentinos juntos, y que quedaron un poco decepcionados al ver que nos saludábamos con bastante indiferencia.
El famoso Che Guevara me parecía un muchacho argentino típico de clase media. Y también me parecía una caricatura rejuvenecida de Cantinflas.
Me invitó a desayunar con él y comenzamos a comer casi sin hablar.
Las primeras preguntas fueron, lógicamente, de él. Y, lógicamente también, se refirieron a la política argentina.
Mis respuestas parecieron satisfacerle y a poco de hablar nos dimos cuenta que coincidíamos en muchas cosas y que no éramos sujetos peligrosos. Pronto hablamos sin muchas reservas –algunas manteníamos, como buenos argentinos de la misma generación- y comenzamos a tutearnos.
Un soldado guajiro que trataba de escucharnos hizo soltar a Guevara un comentario humorístico sobre la gracia que les causaba a los cubanos nuestra manera de hablar y la risa mutua nos unió casi de inmediato en un diálogo menos reticente.
Entonces le manifesté los motivos de mi viaje a Sierra Maestra. El deseo de esclarecer, primero que nada ante mí mismo, qué clase de revolución era la que se libraba en Cuba desde hacía diecisiete meses; a quién respondía; cómo era posible que se mantuviese durante tanto tiempo sin el apoyo de alguna nación extranjera; por qué el pueblo de Cuba no terminaba de derribar a Batista, si realmente estaba con los revolucionarios y decenas de preguntas más, muchas de las cuales ya tenían respuesta en mi convicción, luego del viaje hasta La Otilia. Luego de sentir de cerca el terror de las ciudades y la metralla de los montes; luego de ver a los guerrilleros desarmados participar de emboscadas suicidas para hacerse de un arma con la que pelear realmente; luego de escuchar explicar a los campesinos analfabetos, cada uno a su manera, pero claramente, por qué luchaban; luego de darme cuenta de que no estaba entre un ejército fanatizado capaz de tolerar cualquier actitud de sus jefes, sino entre un grupo de hombres conscientes de que cualquier desvío de la línea honesta que tanto los enorgullece significaría el fin de todo y la nueva rebelión.
Pero yo, pese a todo eso, desconfiaba. Me negaba a dejarme arrastrar por entero por mi simpatía hacia los campesinos combatientes, mientras no escrutase con la mayor severidad las ideas de quienes los conducían. Me negaba a admitir definitivamente que algún consorcio yanqui no estuviese empeñado en apoyar a Fidel Castro, pese a que los aviones a reacción que la misión aeronáutica norteamericana había entregado a Batista, habían ametrallado varias veces el lugar en donde me encontraba.
Mi primera pregunta concreta a Guevara, el joven médico argentino metido a comandante héroe y a hacedor de una revolución que no tenía nada que ver con su patria fue:
-¿Por qué estás aquí?
El había encendido su pipa y yo mi tabaco y nos acomodamos para una conversación que sabíamos larga. Me contestó con su tono tranquilo, que los cubanos creían argentino y que yo calificaba como una mezcla de cubano y mexicano:
-Estoy aquí, sencillamente, porque considero que la única forma de liberar a América de dictadores es derribándolos. Ayudando a su caída de cualquier forma. Y cuánto más directa mejor.
-¿Y, no temés que se pueda calificar tu intervención en los asuntos internos de una patria que no es la tuya, como una intromisión?
- En primer lugar, yo considero mi patria no solamente a la Argentina, sino a toda América. Tengo antecedentes tan gloriosos como el de Martí y es precisamente en su tierra en donde yo me atengo a su doctrina. Además, no puedo concebir que se llame intromisión al darme personalmente, al darme entero, al ofrecer mi sangre por una causa que considero justa y popular, al ayudar a un pueblo a liberarse de una tiranía, que sí admite la intromisión de una potencia extranjera que le ayuda con armas, con aviones, con dinero y con oficiales instructores. Ningún país hasta ahora ha denunciado la intromisión norteamericana en los asuntos cubanos ni ningún diario acusa a los yanquis de ayudar a Batista a masacrar a su pueblo. Pero muchos se ocupan de mí. Yo soy el extranjero entremetido que ayuda a los rebeldes con su carne y su sangre. Los que proporcionan las armas para una guerra interna no son entremetidos. Yo sí.
Guevara aprovechó la pausa para encender su pipa apagada. Todo lo que había dicho había salido de unos labios que parecían sonreír constantemente y sin ningún énfasis, de manera totalmente impersonal. En cambio, yo estaba absolutamente serio. Sabía que tenía que hacer aún muchas preguntas que ya juzgaba absurdas.
-¿Y qué hay del comunismo de Fidel Castro?
Ahora la sonrisa se dibujó netamente. Dio una larga chupada a la pipa chorreante de saliva y me contestó con el mismo tono despreocupado de antes:
-Fidel no es comunista. Si lo fuese, tendría al menos un poco más de armas. Pero esta revolución es exclusivamente cubana. O mejor dicho, latinoamericana. Políticamente podría calificárselo a Fidel y a su movimiento, como “nacionalista revolucionario”. Por supuesto que es antiyanqui, en la medida que los yanquis sean antirrevolucionarios. Pero en realidad no esgrimimos un antiyanquismo proselitista. Estamos contra Norteamérica –recalcó para aclarar perfectamente el concepto- porque Norteamérica está contra nuestros pueblos.
Me quedé callado para que siguiese hablando. Hacía un calor espantoso y el humo caliente del tabaco fresco era tan tonificante como el café que tomábamos en grandes vasos. La pipa en forma de s de Guevara colgaba humeante y se movía cadenciosamente a medida que seguía la charla con melodía cubana-mexicana.
-Al que más atacan con el asunto comunista es a mí. No hubo periodista yanqui que llegase a la Sierra, que no comenzase preguntándome cuál fue mi actuación en el Partido Comunista de Guatemala –dando ya por sentado que actué en el partido comunista de ese país-, sólo porque fui y soy un decidido admirador del coronel Jacobo Arbenz.
-¿Ocupaste algún cargo en el gobierno?
-No, nunca. –Seguía hablando plácidamente, sin sacarse la pipa de los labios-. Pero cuando se produjo la invasión norteamericana traté de formar un grupo de hombres jóvenes como yo, para hacer frente a los aventureros fruteros. En Guatemala era necesario pelear y casi nadie peleó. Era necesario resistir y casi nadie quiso hacerlo.
Yo seguí escuchando su relato sin hacer preguntas. No había necesidad.
-De ahí escapé a México, cuando ya los agentes del FBI estaban deteniendo y haciendo matar directamente a todos los que iban a significar un peligro para el gobierno de la United Fruti. En tierra azteca me volví a encontrar con algunos elementos del 26 de Julio que yo había conocido en Guatemala y trabé amistad con Raúl Castro, el hermano menor de Fidel. El me presentó al jefe del Movimiento, cuando ya estaban planeando la invasión a Cuba.
Como la pipa se le había apagado, hizo una pausa para encender un tabaco y me convidó a mí con otro. Para señalar que existía aún detrás de la espesa cortina de humo le pregunté cómo se había incorporado a los revolucionarios cubanos.
-Charlé con Fidel toda una noche. Y al amanecer, ya era el médico de una futura expedición. En realidad, después de la experiencia vivida a través de mis caminatas por toda Latinoamérica y del remate de Guatemala, no hacía falta mucho para incitarme a entrar en cualquier revolución contra un tirano, pero Fidel me impresionó como un hombre extraordinario. Las cosas más imposibles eran las que encaraba y resolvía. Tenía una fe excepcional en que una vez que saliese hacia Cuba, iba a llegar. Que una vez llegado iba a pelear. Y que peleando, iba a ganar. Compartí su optimismo. Había que hacer, que luchar, que concretar. Que dejar de llorar y pelear. Y para demostrarle al pueblo de su patria que podía tener fe en él, porque lo que decía lo hacía, lanzó su famosos: “En el 56 o seremos libres o seremos mártires” y anunció que antes de terminar ese año iba a desembarcar en un lugar de Cuba al frente de su ejército expedicionario.
-¿Y qué ocurrió al desembarcar?
Ya la conversación constituía tema para más de treinta auditores. Sentados en el suelo, con el arma entre las rodillas y las gorras protegiendo a los ojos de la reflexión solar “los hombres del Che” fumaban y escuchaban atentamente sin proferir una palabra.
Un joven médico, barbudo, componía un dedo vendándolo perfectamente, sin prestar atención más que a lo que oía. Llibre, apasionado admirador de los jefes de la revolución pero vigilante doctrinario, analizaba cada una de las palabras de Guevara, rascándose los granos del estómago con las uñas marrones de tierra arcillosa. Virelles, escuchaba durmiendo. Guillermito, un muchacho imberbe de melena larguísima, limpiaba un fusil con la misma atención que el médico componía el dedo. Desde algún lugar, llegaba a incorporarse al olor del tabaco, el de un chancho que estaban friendo en una marmita, al aire libre.
Guevara siguió relatando con el tabaco en la boca y las piernas cómodamente estiradas:
-Cuando llegamos nos deshicieron. Tuvimos un viaje atroz en el yate “Granma”, que ocupábamos ochenta y dos expedicionarios, aparte de la tripulación. Una tormenta nos hizo desviar el rumbo y la mayoría de nosotros estábamos descompuestos. El agua y los alimentos se habían terminado y para colmo de males, cuando llegamos a la isla, el yate varó en el barro. Desde el aire y de la costa nos tiraban sin parar y a poco, ya estábamos menos de la mitad con vida –o con media vida si se tiene en cuenta nuestro estado-. En total, de los ochenta y dos, sólo quedábamos con Fidel doce. Y en el primer instante, nuestro grupo se reducía a siete, puesto que los otros cinco se habían desperdigado. Eso era lo que quedaba del ambicioso ejército invasor del Movimiento 26 de Julio. Tendidos en la tierra, sin poder hacer fuego para no delatarnos, aguardábamos la decisión final de Fidel, mientras a lo lejos sonaban las baterías navales y las ráfagas de las ametralladoras de la aviación.
Guevara lanzó una corta carcajada al recordar.
-Qué tipo, este Fidel. Vos sabés que aprovechó el ruido de la metralla para ponerse de pie y decirnos: “Oigan cómo nos tiran. Están aterrorizados. Nos temen porque saben que vamos a acabar con ellos”. Y sin decir una palabra más, cargó con su fusil y su mochila y encabezó nuestra corta caravana. Íbamos en busca del Turquino, el monte más alto y el más accesible de la Sierra, en el cual fijamos nuestro primer campamento. Los campesinos nos miraban pasar sin ninguna cordialidad. Pero Fidel no se alteraba. Los saludaba sonriendo y lograba a los pocos minutos entablar una conversación más o menos amistosa. Cuando nos negaban comida, seguíamos nuestra marcha sin protestar. Pero a poco el campesinado fue advirtiendo que los barbudos que andábamos “alzados”, constituíamos precisamente todo lo contrario de los guardias que nos buscaban. Mientras el ejército de Batista se apropiaba de todo cuanto le conviniese de los bohíos –hasta las mujeres, por supuesto- la gente de Fidel Castro respetaba las propiedades de los guajiros y pagaba generosamente todo cuanto consumía. Nosotros notábamos no sin asombro, que los campesinos se desconcertaban ante nuestro modo de actuar. Estaban acostumbrados al trato del ejército batistiano. Poco a poco se fueron haciendo verdaderos amigos y a medida que librábamos encuentros con los grupos de guardias que podíamos sorprender en las sierras, muchos manifestaban su deseo de unirse a nosotros. Pero esos primeros combates en busca de armas, esas emboscadas que comenzaron a preocupar a los guardias, fueron también el comienza de la más feroz ola de terrorismo que pueda imaginarse. En todo campesino se veía a un rebelde en potencia y se le daba muerte. Si se enteraban de que habíamos pasado por una zona determinada, incendiaban los bohíos a los que pudimos legar. Si llegaban a una finca y no encontraban hombres –porque estaban trabajando o en el pueblo- imaginaban o no que se habrían incorporado a nuestras filas, que cada día eran más numerosas, y fusilaban a todos los que quedaban. El terrorismo implantado por el ejército de Batista, fue indudablemente, nuestro más eficaz aliado en los primeros tiempos. La demostración más brutalmente elocuente para el campesinado de que era necesario terminar con el régimen batistiano.
El ruido del motor de un avión reclamó la atención de todos.
-¡Avión! –gritaron varios y todo el mundo echó a correr hacia el interior de La Otilia. En un segundo desaparecieron del secadero de café los arreos de las bestias y las mochilas y alrededor de la finca no se veía otra cosa que el sol que hacía blancos a los árboles, al secadero de cemento y al rojo camino de arcilla.
Una avioneta gris oscura apareció detrás de una loma e hizo dos amplios giros sobre La Otilia, a bastante altura, pero sin disparar ni una ráfaga. Minutos después desapareció.
Salimos todos de la casa, como si hubiésemos estado horas encerrados.
Le recordé a Guevara mi intención de encontrarme lo antes posible con Fidel Castro, para grabar mi reportaje y luego regresar hasta la planta para tratar de transmitirlo directamente a Buenos Aires. En pocos minutos se me encontró un guía que conocía la zona de Jibacoa en donde probablemente estaría operando Fidel y un mulo más o menos fuerte y sin demasiadas mataduras.
-Tenés que salir ahora mismo –me explicó Guevara- para llegar no muy tarde al primer campamento y mañana a la mañana seguís hasta Las Mercedes. Ahí quizá te puedan decir por dónde anda Fidel. Si tenés suerte, en tres días podés ubicarlo.
Monté en el mulo y me despedí de todos, comprometiendo a Guevara para encontrarnos en La Mesa unos días después, cuando yo regresase con el reportaje grabado. Le entregué a Llibre varios rollos de fotos ya usados y dos cintas magnetofónicas, para que las guardase en la planta transmisora.
Era cerca del mediodía y el cerdo comenzaba a freír de nuevo, pasado el susto de la avioneta. El olor a grasa que tanto me descomponía al principio, me pareció delicioso. Mi estómago comenzaba a sentir la ofensiva del aire purísimo de la Sierra Maestra. Sorí Marín me acercó media docena de bananas que esta vez –nunca me pude enterar por qué- se llamaban malteños.
Guevara recomendó al guía mucho cuidado al acercarnos a Las Minas.
-Es el primer compatriota que veo en mucho tiempo –gritó riendo- y quiero que dure por lo menos hasta que envíe el reportaje a Buenos Aires.
-Chau –saludé de lejos.
Y como treinta voces contestaron a los gritos y riendo, como si acabase de hacer el saludo más cómico que pueda concebirse.
Salimos del camino que llevaba a La Otilia y nos metimos por un campo de café. Los granos aún estaban verdes y no despedían más aroma que el de las plantas frescas. De vez en cuando las ramas trataban de quitarme la gorra aprovechando que yo iba entretenido en pelar un malteño de cuarenta centímetros. Pero la proximidad de Las Minas, si bien no me quitaba el apetito, mantenía mi atención mucho más allá de la conducción del mulo o el pelar bananas. Mi guía –que tenía un sobrenombre muy apropiado para una señorita francesa que muestre las piernas, pero no para un guajiro barbudo y con pocos dientes: Niní- iba pocos metros adelante, montado en una mulita pasicorta. De improviso desmontó y se deslizó sin hacer ruido, hacia mí, por sobre el colchón de hojas. Antes de que hubiese llegado yo también había desmontado, y nos apartamos en seguida de los animales. El ruido de las ramas golpeando sobre algo que podría ser el casco de acero de algún guardia, se escuchaba ahora nítidamente. Niní corrió el seguro de su pistola
-¿Qué hay compay? –gritó de pronto.
Un guajiro avanzaba dificultosamente entre los árboles de café, procurando que las ramas se enganchasen lo menos posible en la liviana caja rectangular de madera blanca que llevaba al hombro.
-¿Qué hubo? –respondió jadeante.
Nos acercamos a él, que nos tendió una mano sudada. Paró la caja a su lado y se secó el sudor que caía por debajo del sombrero de yarey.
-¿Y cómo anda eso, hermano? –preguntó sin preguntar nada.
-Ahí vamos… -respondió Niní sin responder nada.
Y tomó la ofensiva en las interrogaciones, esta vez en forma coherente.
-¿Va lejos, compay?
-Hasta Las Rosas. Salí de San Pablo Yao con la caja porque no quise bajar a Las Minas. Allí me mataron al hermano y yo fui a buscar en qué enterrarlo. No sé si Sánchez Mosquera habrá dejado sacar el cuerpo. Pero ya pasó como una semana…
-¿Una semana? –no pude menos que preguntar.
-Si lo subieron a la Sierra, le deben haber envuelto en yaguas verdes. Pero no creo que pueda haber durado tanto…
-Creo que no –le dije convencido.
-¿Y cómo anda la cosa por allá, compay? –dijo Niní volviendo a montar en su mulita.
-Bueno… tengan cuidado. Vieron a mediodía como a treinta gentes de a caballo pero no me supieron decir si eran los guardias. Si eran ellos, seguro que se los van a topar al salir del monte.
Seguimos viaje, después de estrecharnos nuevamente las manos sudadas.
La perspectiva de un encuentro con la gente de Sánchez Mosquera hizo que prestásemos más atención que nunca a los ruidos del bosque, pero descendimos al llano sin novedad. Ya era de noche cuando llegamos al campamento de Miguel Ángel, un campesino que tenía bajo su mando a un grupito de escopeteros aspirantes a soldados rebeldes. Hacía bastante frío y a lo lejos se manchaba el negro intenso de la noche, con los reflejos de varios incendios.
Los guajiros discutían si eran desmontes o bohíos, los que estaban bajo la candela.
Mientras cenábamos arroz y plátanos hervidos, comenzaron a escucharse las detonaciones de un combate y no podíamos ubicar la zona en donde se estaba produciendo.
-¿Será en La Otilia? –dije preocupado por haber perdido una nueva oportunidad de presenciar la lucha.
-Más bien parece del lado de la carretera –opinó Miguel Ángel.
Después de comer escuchamos durante largo tiempo las ráfagas de las ametralladoras, salpicadas por el estallido de granadas y tiros de fusil.
Los reclutas prestaban una atención devota a esos ruidos que les hubiera gustado saliesen de sus pobres escopetas viejas.
-Se están fajando sabroso… -me comentó un morochito sentado al lado mío, pero al que sólo podía divisar por la camisa clara.
El fulgor de los incendios se mantuvo durante toda la noche. Miguel Ángel había hecho preparar un lugar en donde yo pudiese dormir, dentro del bohío. Pero cuando iba a acostarme, el olor a ratas fue tan penetrante que me llegó hasta el estómago. Preferí tirarme en un banco, al aire libre. Saqué de la mochila mi revista Bohemia y me abrigué bien. Seguían las explosiones lejanas, cada vez más aisladas, siempre detonadas por el mismo tipo de armas. Y me imaginé a los nuevos reclutas de Batista, muchachitos sacados de los reformatorios, asustados tirando tiros, contra la manigua, para ahuyentar las sombras que podían ser barbudas.
Los centinelas que volvían de sus postas, se acercaban invariablemente a mí, para hacerme preguntas. A ellos no les preocupaba tanto Perón, o Frondizi, sino Fangio.
-Oye, chico… ¿Y qué dijo Fangio de cuando lo secuestramos?
-¿Es cierto que se hizo fidelista?
-Cuando esto termine, voy a cualquier parte para verlo correr. Ese hombre se le escapó al diablo…
Las agujas luminosas de mi reloj indicaban las cuatro. Me erguí en el banco y me quité mis gráficos abrigos. Había que seguir viaje. No había dormido pero el frío de la madrugada me hacía sentir perfectamente bien. Al rato se despertó Miguel Ángel y llegó un viejo campesino al que se le habían pedido mulas para el trayecto. Era probable que Fidel estuviese en Las Mercedes, así que –gloría para mí- se podía ir en bestia. Miguel Ángel me sugirió la absurda idea de bañarme en un arroyo, que rechacé tiritando y después de tomar café y aprovisionarnos de tabacos, comenzamos a galopar. El camino era llano y avanzábamos rápidamente. La monotonía de las marchas al paso de los mulos era desesperante por lo que gocé realmente con las cuatro horas en que los mulos trotaban o galopaban por el camino. Luego, con los animales cansados, seguimos al paso lerdo de la bestia que encabezaba la caravana. El viejo campesino se había unido a Miguel Ángel, a sus dos ayudantes y a mí, porque no quería –dijo- perder la oportunidad de conocer a Fidel.
-Si usted me lleva- aclaró respetuoso.
-¿Quién lleva a quién? –le contesté riendo.
Prácticamente desde la finca La Florida hasta El Cerro, hicimos el trayecto por suaves lomas con escasa vegetación. De vez en cuando nos encontramos en lo alto de un monte pelado desde donde divisábamos a lo lejos Estrada Palma, y descendimos luego a valles frescos y rumorosos por el correr de pequeños arroyos de agua helada. Estábamos en zona completamente dominada por los rebeldes y no había nada que temer, salvo la metralla de los aviones. Pero por el ruido de las bombas que traían las sierras en eco, indicaban que estaban operando detrás nuestro, bastante lejos. Ni una sola jornada desde que había iniciado el viaje por la Maestra, los aviones de Batista se dieron descanso. Prácticamente de la mañana a la noche, lanzaban bombas incendiarias o ametrallaban los bosques, los bohíos, los campesinos y las bestias. Era evidente que querían aterrorizar al campesinado para que abandonase la sierra. Prácticamente era imposible para los guajiros sembrar malanga o arroz, elementos básicos de su escaso menú, ya que los aviones los ametrallaban constantemente. Cerca de cada vivienda, aún dentro de ella, había fosos cubiertos por piedras, en donde el guajiro se escondía con su mujer y su ristra de hijos, a veces todo el día, mientras las balas atravesaban sin resistencia el pequeño bohío de yaguas.
Los cuadrados negros y llenos de latas retorcidas por el fuego, convertían en grandes tableros de ajedrez, a los lugares en donde antes se levantaban caseríos guajiros.
Cerca de Las Mercedes, pasado el mediodía, llegamos a un pueblito que ofrecía la asombrosa excepción de contar con algunas construcciones de mampostería. La mayoría de las casas estaban deshabitadas, y sólo debajo del alero de la bodega había varios hombres. Uno de ellos, de pelo blanco y rasgos árabes, se acercó tendiéndome la mano amistosamente cuando se enteró de que era periodista argentino.
El acento correspondía a su físico.
-Yo soy el durco Nassim…
-¿Turco… o árabe?
Se rió ruidosamente.
-Bah… los guajiros me dicen el durco… Bero yo soy libanés.
-Entonces, tendrá tahine en casa.
Estaba alegremente asombrado.
-¿Gusta tahine?... ¿Es baisano?
Le conté que mi mujer era descendiente de libaneses y mientras desmontaba para acercarme a un fiñe de unos cuatro años, que me traía agua fresca, el árabe me abrazó cordialmente…
-Entonces es baisano. Venga a comer con nosotros comida árabe. A Fidel también le gusta. Yo soy gran fidelista.
Pese a que mis guías ya se preparaban para investigar qué era el famoso tahine y el shisque baab de que hablábamos con el “turco” Nassim, yo sólo acepté más agua y café, para continuar camino.
Le prometí, y estaba dispuesto a hacerlo, volver a comer algún día con “baisano”. En el vaso de agua que tomé ya montado, flotaba un cubito de hielo. La bodega de Nassim, contaba hasta con una heladera a querosén. Antes de partir, Nassim nos advirtió que el ejército había estado la noche anterior por los alrededores.
-Saben que Fidel está por acá… bero no van a salir a buscarlo. Se contentan con matar a los campesinos y tratan de bescar a los mensajeros. Tengan mucho cuidado.
-Tenga también cuidado usted –le advertí.
-No, a mí no me hacen nada. Saben que si me matan, matan a la gallina de los huevos de oro. Cada vez que llegan encuentran la bodega llena…
Llegamos a Las Mercedes cerca de las cinco. Fidel no estaba. La noche anterior había cambiado de campamento y sólo una persona que en ese momento no se encontraba –una sola familia quedaba en el pueblo desierto- sabía la ubicación del nuevo campamento. El ejército estaba muy cerca y era probable que esa misma noche intentasen llegar hasta Las Mercedes. Por otra parte, nuestros animales ya no daban más y en el pueblo no había quedado ni un mulo.
Anclada como nosotros, estaba una maestra que bajaba de la Sierra y quería llegar hasta Bayazo para proveerse de útiles escolares.
Como no podíamos hacer otra cosa que sentarnos, tomar café, fumar y esperar, nos resignamos.
La maestra me contó con orgullo que era una de las primeras que dictaba clase en una escuela rebelde. Que era el equivalente a ser una de las primeras que enseñaba a leer y a escribir en toda la inmensa región. Tendría cuarenta años largos y era evidente que trataba de ocultarlos. Exhalaba un olor a desodorante agresivo, casi tan fuerte como el aroma que exhalábamos nosotros y los mulos que chorreaban su esfuerzo de toda una jornada. Estábamos sentados en el suelo, bajo un alero que formaba una sombra caliente y poco acogedora, en la tarde reseca y ardiente.
Un guajiro que apareció por algún lado, descalzo y sudado, nos advirtió que el hombre que esperábamos llegaría de un momento a otro. Había conseguido un jeep y nos acercaría por carretera a la zona en donde estaba Fidel.
La maestra no era muy locuaz y nosotros teníamos hambre y calor, lo que siempre contribuye al mal humor. Permanecimos callados hasta que el motor del jeep nos anunció desde varios minutos antes, el arribo de quien iba a ser mi nuevo guía.
También él traía un mal humor que se marcaba en sus cejas. La perspectiva de tener que salir nuevamente le agradó tanto como encontrarse con los guardias.
Pero yo ya había aprendido a ser pesado. Le dije que tenía que llegar ese mismo día al campamento de Castro y para reforzar mi urgencia, mentí que llevaba un mensaje del Che a Fidel
-¿Sabe que el ejército está por la carretera?
-Desde que llegué a la Sierra, siempre escuché lo mismo. Pero qué le voy a hacer…
-Esperé un segundo. Me voy a dar una ducha y salimos…
Yo había recobrado mi optimismo. Pero en cambio los que me acompañaban no se sintieron muy alegres. Como me di cuenta, y ya no los necesitaba, les ofrecí la oportunidad de volverse.
-¿Y ustedes, por qué no les dan un descansito más a las bestias y aprovechan la noche para volver? Quizá mañana el camino esté cerrado…
El viejo que quería ver a Fidel decidió que en otra oportunidad sería lo mismo, y todos se sintieron mejor.
El hombre que iba a llevarme en su jeep, ya estaba limpio y el pelo mojado era la única sensación de frescura en una legua a la redonda.
Me despedí de todos y de la olorosa maestra y monté en la máquina. Los días de mulo hacían del asiento del jeep una mullida comodidad burguesa, muy adecuada para el traste de un lord inglés con gota.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo VII

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:09

Un muchacho uniformado, con la melena rubia que le tapaba los hombros y un armamento que le cubría el pecho y la espalda, nos indicaba con el pulgar hacia abajo, el lugar en donde había colocado una mina de gran poder. El jeep salió del camino y se metió entre la manigua para eludir el artefacto que iba a pasar la noche esperando a los guardias. Después de cruzar un arroyo, el vehículo frenó ante un edificio de madera y cinc. Más de doscientos rebeldes estaban descansando en el lugar, sentados o acostados en el suelo, todos con sus armas automáticas y las granadas de fabricación casera colgando de la cintura. Sobre el alero de la casona, se lograba leer: “La Fragata”.
Mi guía, que había ido en busca del oficial a cargo de esa tropa volvió decepcionado.
-Fidel no está aquí. Pero yo debo volver a Las Mercedes. Esta noche pueden ocurrir muchas cosas.
Durante el camino, campesinos aterrorizados nos habían hablado de una compañía de guardias que habían incendiado más de veinte casas y bohíos. Era probable que al caer la tarde hubiesen vuelto a su cuartel, pero no había que descuidarse.
-Aquí lo dejo con el capitán Paco. Mañana a la mañana lo hará llegar hasta el comandante, si es que él no viene aquí. –Le agradecí y me despedí. Paco me estrechaba la mano con fuerza y alegría, mientras un grupo de rebeldes me rodeaba-.
-¿Eres argentino?
-¿Ya viste al Che?
Y otra vez la serie de preguntas calcadas de todos los otros campamentos: Libertad Lamarque, Fangio, Perón, Frondizi.
-¿Y qué te parece esto?
Nos sentamos en el suelo y yo comencé a hablar. La curiosidad de ellos era insaciable. Todo les interesaba. Pero mucho más les interesaba mi impresión personal sobre su revolución.
Les conté mi viaje por zonas que muchos de ellos aún no conocían, los bombardeos constantes, la generosidad de los campesinos, mi apasionado fervor por el congrí y el potaje de frijoles negros y mi admiración por la sustancia humana de cada rebelde: su desinterés, su modestia, su valentía y su conocimiento de la causa que defienden. Era la primera vez que daba a conocer mis impresiones tan abiertamente y no temía que los rebeldes pudiesen tomar mis palabras como “guataquería”. Sabía que, sencillamente, asistían a un relato objetivo de la personalidad de cada rebelde. Ellos eran así. Magníficamente así. Y me explicaron que así los había formado Fidel Castro. Que el ejemplo del comandante era la guía moral para todos ellos. Y nadie hubiese hecho lo que Fidel Castro habría considerado que no se debía hacer. Y tampoco temieron que yo pudiese tomar sus palabras por auto propaganda. Sabían que, sencillamente, ofrecían un relato objetivo de la personalidad de cada rebelde, formada por su comandante.
-¿Y cómo se te ocurrió venir hasta aquí, a reportear a Fidel?
-Existe, con respecto a la revolución cubana, un gran misterio –les dije- que aún no ha sido develado. Un gran misterio guardado celosamente por las agencias informativas y por los grandes diarios que se nutren con sus noticias. Y así, mientras toda Latinoamérica odia a Batista, no se decide a apoyar a Fidel Castro, porque no saben quién es, qué quiere, ni quién lo apoya. Y porque no sabe quiénes son ustedes.
Les conté que algunos consideraban a la revolución cubana instrumento de Estados Unidos –lo que recibieron con el asombro con que hubiesen asistido al parto de una mula- y al ejército de Fidel Castro, integrado por jóvenes pudientes que jugaban a la guerra. Les dije que era habitual leer en los diarios la noticia de que “los rebeldes cubanos volaron un tren de pasajeros” sin aclarar si el tren de pasajeros estaba ocupado o no, o si ese “tren de pasajeros” era utilizado para el transporte de tropas. Noticias de ese tipo –insistí- daban la impresión de que Fidel Castro no era otra cosa que un asesino terrorista.
Se quedaron un poco apagados por el relato. Sus barbas y melenas me hicieron acordar de que muchas de las notas que había leído sobre los rebeldes de la Sierra Maestra, sólo aludían a los atributos capilares de los soldados de Castro y a todo detalle pintoresco utilizable para despertar el interés del lector, de idéntica forma en que aludían a las caras pintadas de los pieles rojas o al mate y al ombú cuando hablaban de la Argentina.
El capitán Paco interrumpió la charla para anunciarme que en mi honor habían cocinado a un guanajo.
Invité a todos los que estaban conmigo a compartir la cena, pero ellos ya habían comido. Sólo Paco y Duque un teniente macizo y alegre, me ayudaron a terminar con el enorme bicho. Paco parecía no comer, por hablar. Pero cuando hacía una pausa, devoraba lo que yo había logrado tragar mientras escuchaba. Era un campesino rubio, de unos treinta años. Hablaba de su gente con cariño paternal y me narraba el combate celebrado la noche anterior, en el cuartel de San Ramón, recordando todos los detalles que destacaran el coraje de los muchachos con los cuales yo había hablado. De vez en cuando su sombrero marrón de fieltro, que llevaba al estilo de los soldados australianos, le caía sobre la frente pero él se apresuraba a volverlo a la nuca, empujándolo con la pata ya pelada del guanajo. Duque fue el encargado de recordar únicamente todos los detalles “jocosos”: la granada que cae excesivamente cerca y no estalla, la ametralladora que se encasquilla cuando más hace falta; y el debut fragoroso de dos ametralladoras cincuenta que habían recibido ese mismo día.
-Todos querían estar cerca de ella, para ver cómo lanzaba candela…
El soldado que nos había indicado la posición de la mina cuando llegamos a La Fragata, estaba parado al lado nuestro con otro exactamente igual: rubio, con la melena larga hasta más allá de los hombros, y una boina negra con la medalla de la Virgen de la Caridad.
-Es mi hermano –me lo presentó.
-¿Cuántos años tienen ustedes?
-El dieciséis y yo quince.
Paco los “choteó”.
-Estos son los “niños”. Un día se le presentaron al comandante Che en su campamento y le dijeron que querían incorporarse. Su compatriota les dijo que se vuelvan a casa, pero lo amenazaron de que si no se incorporaban, iban a suicidarse. Querían morir por la patria –terminó riendo.
Yo los miré atentamente. Pese a su uniforme sucio y al armamento, parecían dos jovencitos delicados.
-La cuestión es que nos quedamos. Y estas armas las ganamos peleando.
El mayor señaló a su hermano con orgullo:
-Este es bravo. La ametralladora se la quitó a un guardia, en una emboscada…
-El Che –añadió Duque- cada vez que los encuentra les ofrece volver a su casa, pero ya no se los puede sacar de encima. Y tenemos que cuidarlos como a señoritas.
Ninguno de los dos se molestó por la broma. Yo seguí mirándolos, pensando en su madre, en la hermanita –que según ellos también había querido incorporarse al 26-, en las granadas que colgaban de sus cinturas…
A las nueve, todo el mundo se echó a dormir en sus hamacas o en el suelo. Al separarme del fogón, sentí frío y recordé a la Bohemia que llevaba en la mochila.
Paco, empeñado en su papel de anfitrión, no quiso que durmiese en la tierra, al aire libre, y me envió con un soldado hasta un bohío que se divisaba a unos quinientos metros del campamento, extrañamente pintado de blanco, mientras disponía las postas y las dotaciones para atender a las dos ametralladoras cincuenta, emplazadas en las cercanías.
Caminé en la oscuridad hasta el bohío que iba a ser mi dormitorio y me encontré con la sorpresa de que sólo quedaban más o menos en pie dos paredes. En el interior había una gran cruz blanca de madera, y en uno de los costados, un altarcito con la imagen de la virgen y de un señor bigotudo chorreado por el sebo de las velas. Sobre dos bancos había un jergón hecho con alambre de cerco y debajo de él, una familia de puercos negros.
-¿Y esto qué es? –pregunté al que me acompañaba.
-Un templo espiritista. Hace mucho que ya no viene nadie.
Hubiese preferido mil veces pasar la noche al aire libre, ya que ahí el viento helado, circulaba ordenada e inexorablemente por la zona donde estaba instalado el jergón.
Me cubrí el estómago y la espalda con los pedazos de revista y me envolví los pies descalzos, con una bolsa que las gallinas utilizarían muy a menudo para limpiarse la cola. Los cerdos, impertérritos, seguían masticando debajo mío, sin otorgarme la menos atención.
Pese al frío, me sentía bien. Estaba totalmente estirado con las manos cruzadas debajo de la cabeza y con los ojos cerrados, tratando de adivinar el momento en que el más gordo de los chanchos me elevaría con su lomo, pero siempre ocurría cuando me distraía.
Creo que me había dormido, cuando una linterna me enfocó la cara. Yo no sentí deseos de abrir los ojos.
-Déjale… déjale dormir, que luego le veré.
Fue una voz extraña, como la de un chico afónico. No sé por qué, intuí que ése era el hombre por el que había viajado más de siete mil kilómetros. Salté del jergón y sujetando mis abrigos corrí tras la voz.
-Doctor Castro… -grité.
Una enorme figura, cubierta con una manta a modo de poncho, giró hacia mí.
-Buenas noches –le dije.
-Hola, qué tal… Cómo anda Frondizi, ¿está contento?
-Bueno, yo creo que por ahora sí.
-Así que ya estuvo con su compatriota el Che…
Seguimos caminando y hablando hasta llegar a La Fragata, en donde lo esperaba un jeep. Yo recogí la mochila y me ubiqué en la parte trasera del vehículo en donde había dos mujeres y dos hombres, uno de ellos herido, aparte del chofer.
Comenzaba a amanecer, pero el frío no decrecía. El jeep subía increíblemente lomas y cruzaba arroyos, sacudiéndonos a todos. Como nadie me hablaba, yo únicamente me dedicaba a mirar y a procurar que el borde de la puerta trasera del jeep no me impidiese montar más adelante en mulo.
En un lugar determinado, el vehículo paró en seco y todos descendimos, inclusive los heridos, a los que ayudaron varios rebeldes que aguardaban allí. Cerca de quinientos hombres recién se descolgaban de sus hamacas, atadas a los postes que sostenían techos de palmeras.
El grupo que había bajado del jeep, siguió su marcha a pie y yo me sumé a ellos. Fidel Castro, en cambio, quedaba atrás, hablando con varios oficiales. El sol había salido y tuve ocasión de observarlo detenidamente: dos metros de estatura; no menos de cien kilos de peso y botas para guardar equipajes. Vestía el mismo uniforme que todos los demás pero su brazalete ostentaba tres estrellas. Su rostro era notable: de impecable líneas romanas y barba escasa que avanzaba hacia delante como el espolón de un acorazado. Los ojos negros y medianos, estaban encendidos detrás de dos vidrios gruesos y de la boca de labios carnosos salía un tabaco que sólo desaparecía para dejar lugar a un salivazo cargado de nicotina. Cuando hablaba se movía de un lado a otro, aplanando la tierra con sus botazas y moviendo los brazos continuamente. Nadie hubiese afirmado que tenía sólo treinta y dos años.
A medida que el grupo al que me había incorporado se alejaba, su voz iba perdiendo agudeza hasta convertirse en un bronco murmullo protestón.
Trepamos una loma no muy pronunciada y llegamos a un bohío abandonado.
Una de las mujeres, flaca y seria como un gendarme, ordenó que nos detuviésemos allí. Lo primero que hice fue poner en lugar seguro mi grabadora y preparé la máquina de fotos.
La mujer uniformada que parecía ser la de mayor autoridad en ese momento, se acercó, tratando de ser amable.
-Oiga, argentino, pida cuanto necesite, que aquí hay de todo. Fidel llegará dentro de un momento.
Tenía una voz especial, cálida, decididamente amistosa, que desvaneció mi primera mala impresión. Un gendarme no podría jamás tener esa voz. Los ojos me dolían por la falta de estar cerrados varias horas seguidas, pero igual se fijaron en ella con detenimiento
-Celia Sánchez.
-Usted es… -dije, tratando de recordar el nombre que aparecía en el epígrafe de una fotografía.
Esta vez había sonreído. Y su sonrisa tampoco fue la de un gendarme. Era una sonrisa cansada por más de un año de marcha tras el desplazamiento inquieto y nervioso de las tropas de Fidel Castro, pero bondadosa y muy humana. Decididamente femenina. Demostraba cerca de cuarenta años y nos dudé de que un viento no muy fuerte hubiese obligado a los soldados rebeldes a subir a los árboles a descolgarla. Sentí inmediatamente gran simpatía por ella. En pocos minutos había dispuesto todo lo necesario para que el bohío se convirtiese en la comandancia de Castro. Una radio a pila estaba funcionando y el locutor informaba que ya no quedaban rebeldes en la sierra y que los últimos restos de las bandas de forajidos armados estaban siendo empujados hacia el mar. Además el gobierno –según el locutor- tenía irrefutables pruebas del comunismo de los miembros del 26, porque en un campamento abandonado, los guardias habían encontrado una bandera de China Roja y un casquillo de fabricación soviética.
-Ojalá tuviésemos miles de balas de fabricación soviética –comentó un soldado que descansaba en el suelo, sin quitarse la gorra que le cubría la cara-. Que las fabrique el diablo, pero que las tiremos nosotros… -concluyó filosóficamente quizá sin despertarse del todo.
Esperé la llegada de Castro fumando un tabaco y bebiendo el café que me había servido la otra mujer del grupo. Era totalmente distinta a Celia, aunque sería sólo unos años menor. Rubia, roja y muda, y no dudé de que un viento muy fuerte hubiese obligado a varios soldados rebeldes a prenderse a ella, para no ser remontados a los árboles. Cuando le agradecía su atención, le pregunté el nombre y lo dijo en un suspiro de cansancio.
-Haydée Santamaría.
Lo recordé enseguida. También hacía muchos meses que estaba en las montañas. Tenía todo el derecho del mundo a ser muda y a su figura descuidada. Su marido, Armando Hart, estaba preso, y su hermano había muerto en el asalto al cuartel Moncada.
El calor hizo que mi camisa se empapase nuevamente, aunque estaba sentado a la sombra. El sol ardía con mayor intensidad segundo a segundo y me vi obligado a entornar los ojos, que adivinaba rojos.
La voz encolerizada de Castro me hizo abrirlos nuevamente, para mirarlo subir hasta el bohío. Varias gallinas huyeron espantadas ante la posibilidad de quedar chatas debajo de sus enormes botas. Venía discutiendo con sus oficiales las alternativas del combate de la noche anterior. El emplazamiento de los morteros no se había ajustado a sus instrucciones y habían comenzado a disparar antes de lo previsto.
Celia se acercó a mí y me comentó que la mayor causa del mal humor del comandante residía en que había: un muerto y un herido grave, el capitán Horacio Rodríguez.
Cuando Fidel estuvo cerca me paré y él vino a mi encuentro. Me tomó de un brazo e hizo lo que haría veinte veces más en el día: me paseó de un lado a otro preguntándome qué noticias había tenido en La Habana de la huelga general que se había anunciado, qué impresión había recibido a través de mi viaje por la Sierra, qué se sabía en Argentina de la revolución cubana…
Respondí siempre con la mayor sinceridad. Sabía que mis juicios, fuesen cuales fueren, no le iban a molestar. Demostraba ser un hombre que tenía absoluta confianza en los demás y que no rechazaba en principio ninguna opinión. Cualquier referencia jocosa le hacía estallar en carcajadas tan grandes como su estatura, con la misma facilidad que se detenía para hacer rotundas sus maldiciones, cada vez que se enteraba de algún nuevo crimen de los batistianos. Sus treinta y dos años afloraban en su extraversión absoluta y franca.
A las diez de la mañana tuve ocasión de asombrarme por primera vez al verlo devorar. Tragaba de pie, caminando y hablando, grandes trozos de carne y malanga, y cuando se dirigía a mí, me señalaba invariablemente con un chorizo colorado que reemplazaba Celia cada vez que se terminaba.
Su mayor preocupación en ese momento la constituía la huelga general.
-¿Pero qué estarán pensando en La Habana que la retrasan tanto, caballero?
-¿Usted no sabe cuándo va a estallar la huelga?
-Pero óigame, che chico. ¿Cómo cree que yo, metido en las sierras, todo el día a los tiros, voy a saber cuál es el momento propicio para lanzar una huelga general revolucionaria? Yo me ocupo de esto, de la campaña militar, pero no puedo pretender ser un dios omnisapiente… Eso que lo decidan ellos… los de la Dirección Nacional…
Los chorizos rojos habían sido reemplazados ahora por tabacos que mitad fumaba, mitad masticaba.
Yo le había propuesto realizar esa misma tarde el reportaje grabado, pero él me sugirió, y lo acepté, esperar algunos días más.
-Quiero que vea aún muchas cosas. Que nos acompañe, si quiere, a algún combate. Que nos conozca mejor.
Por la tarde salieron varias patrullas a tender emboscadas. Fidel les indicaba el punto exacto en donde debían ubicarse. Disponía todo sin consultar una sola vez el mapa que, por otra parte, no sé si lo tendría. Y luego se dedicó a dirigir una práctica de tiro, con un libro de Camus bajo el brazo sudado. Los blancos habían sido dispuestos en un valle, a unos doscientos cincuenta metros abajo, y al principio me costó ubicarlos. Eran pequeñas botellas.
El comandante, con toda su exuberancia juvenil, gritaba órdenes, y bromeaba y protestaba a la vez. Y demostró una puntería excepcional. Las cargas cerradas sobre las botellas, que se renovaban constantemente, iban precedidas de entusiastas exhortaciones:
-A ver, caballeros. A ese carro cargado de guardias… ahí pasan por la carretera… atención… apunten… ¡fuego!
Y la hilera de botellas desaparecía como borrada de improviso.
-Yo no sé como tirando así –gritaba- aún quedan guardias batistianos en el ejército… A ver tú. Allí tienes un pomito prieto. Listo: ¡fuego!... ¡Pero qué bruto… caballero!... Eso se hace así.
Y con su pistola hacía desaparecer la botellita negra.
Tirados al lado mío, presenciando las pruebas, se habían colocado los dos médicos que hacía unas horas habían compuesto el estómago abierto del capitán Horacio Rodríguez, en una operación al aire libre, sobre la mesa de un bohío: los doctores Fajardo y De la O.
Llevaban poco tiempo incorporados a la gente de Fidel Castro y todavía mantenían su empaque profesional. Ignoro de qué forma se mantenían limpitos y con olor a desinfectante. Como nadie nos había presentado, lo hicieron ellos mismos, con una corrección ciudadana que me pareció insólita.
Al caer la tarde me invitaron a tender la hamaca que me había conseguido Celia, en árboles cercanos a los que ellos utilizaban. Subimos una loma corta, pero muy empinada, y nos disponíamos a cenar cuando Delio Ochoa, uno de los capitanes de Castro, apareció guiando a dos personas sin uniforme: uno de ellos, el mayor, con barba negra y cara de enojo; el otro, perfectamente afeitado y sonriente, se me presentó enseguida:
-¿Tú eres el argentino?... Carlos Bastidas, para servirte… Soy periodista ecuatoriano.
Cuando me acerqué para estrecharle la mano, calculé que tendría no más de veintidós años.
-Me alegro de encontrar un colega –le dije.
-Dos colegas. Este es Paquito, camarógrafo cubano.
El barbudo enojado, me dijo, imitando el acento argentino:
- Qué decís… che…
Los dos médicos, que habían sacado unas galletas y un poco de queso, miraron con aprensión a la concentración de periodistas hambrientos que se había formado, pero suspiraron cuando Ochoa anunció que se nos iba a mandar potaje, que llegó enseguida, junto con tabacos.
Pese a que la oscuridad era total, nos quedamos levantados hasta la madrugada, fumando y charlando sobre la guerra que nos había juntado en ese momento para comer potaje sentados en el suelo y beber agua de un cubo común, mientras a lo lejos se escuchaban las descargas nocturnas de los encuentros o del terror de los guardias de Batista batiendo constantemente la manigua desierta.
El doctor Fajardo había abandonado Manzanillo luego de una larga tarea subversiva. Era muy joven, cobrizo y reposado. La mujer estaba esperando el primer hijo.
De la O tendría unos cuarenta años y era la representación física del hombre que no quiere problemas en ningún terreno. Bajo, ligeramente obeso y de piel quemada, hablaba de manera impersonal de su incorporación a las tropas rebeldes y sólo su voz se alteraba apenas perceptiblemente para algún: “qué cabrones” o “qué hijo’e puta, caballero”, cuando hablaba de los crímenes del ejército o de Batista. Había abandonado el hospital en que trabajaba en Pinar del Río, anunciando que iba a participar en un congreso médico en los Estados Unidos, por si no lograba llegar a tomar contacto con las tropas de Castro.
Aunque la noche no nos dejaba vernos, yo sabía que Paquito seguía con su cara de enojo.
-¿Hace mucho que estás en la Sierra?
Fue como preguntarle a una vieja mañera, si tenía alguna enfermedad.
De improviso comenzó a soltar carajos en repetición:
-Pero chico… Ya va para un mes que debía estar en La Habana con el material. Todas las combinaciones que tenía para sacarlo del país se han perdido.
-¿Y por qué no te fuiste?
- Es que encargaron unas escenas de combates… Y hasta ahora no hubo ninguno de día. Y de noche no puedo filmar…
El ritmo nervioso de la protesta era marcado en la oscuridad, por el redondel rojo de su tabaco.
-¿Y por qué no filmas con reflectores? –saltó el ecuatoriano.
Paquito no contestó a la broma, lo que nos hizo reír a todos.
Un rato después, ya tendidos en las hamacas, seguimos fumando y charlando.
Bastidas había subido a la Sierra hacía cerca de un mes. Y no se decidía a volver. No había mandado una sola crónica a su diario y aún no había realizado ningún reportaje. Simplemente miraba y participaba de todo. Su espíritu juvenil había sido ganado por completo por la revolución y la vivía como un revolucionario más. Hablaba constantemente, salpicando de risas cualquier relato, y creo que aún seguía hablando cuando me dormí.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo VIII

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:08

¡Todos a la huelga general! ¡La huelga general ha estallado! ¡A partir de este momento, esta emisora CMQ y todas las emisoras de Cuba, se pliegan al Movimiento de Huelga General Revolucionaria! ¡Viva la libertad! ¡Viva Cuba!
Fidel me abrazó y me obligó a dar saltos con él, mientras los cincuenta hombres que ocupaban el pequeño bohío amenazaban tirarlo abajo con sus gritos.
-¡Ya llegó la hora, che!... ¡Ya llegó la hora! Ahora no te vas más… Vas a bajar hasta La Habana con nosotros… ¡Llegó la hora!...
Celia Sánchez, en un rincón, permanecía muda, con los ojos cerrados. Si hubiese hablado, era seguro que lloraría.
Cuando Fidel me soltó, miré el reloj: eran las once de la mañana del 9 de abril. El día y el momento podrían ser históricos.
Después de algunos momentos, durante los que llegaron corriendo desde campamentos cercanos varias decenas de rebeldes, Fidel se recobró y comenzó a dar órdenes. A organizar inmediatos ataques y emboscadas. La noche anterior había mandado a tres patrullas a la carretera para interceptar un convoy de guaguas ocupadas por guardias.
Me tomó del brazo y me hizo seguir sus grandes zancadas:
-Mire, che. Son las once y media. Es seguro que ya tienen que haberse fajado los primeros.
-¿Y las otras dos patrullas a dónde fueron?
-Están dispuestas para apresar a los que logren escapar y para interceptar a los refuerzos que seguramente les van a enviar de Yara.
Los que habían quedado pegados a la radio anunciaron que una tras otra habían desaparecido del aire.
Fidel no cabía en sí de gozo. Riendo, le gritó a Paquito:
-Ahora vas a tener combates de día y de noche y puedes filmar en colores si quieres.
En medio de la euforia, el comandante era el más eufórico, pero al mismo tiempo el más realista:
-Hay que apoyar de inmediato a la huelga con ataques en todos los frentes.
Una tras otra fueron saliendo las patrullas y los mensajes con encargo de hostilizar a los efectivos del ejército.
De un jeep bajó corriendo el capitán Paco, mi anfitrión de hacía dos noches. Debajo del sombrero a la australiana, se hinchaba morado el ojo izquierdo, con la ceja cruzada por una herida desgarrante.
Mientras hablaba, Celia le alcanzó un jarro con agua.
-A las once y media atacamos a las guaguas –dijo jadeante.
Yo recordé de inmediato la hora que me había indicado Fidel.
-Terminamos con la mayoría. Eran gente de Masferrer. Hicimos nueve prisioneros, pero cuando los traíamos llegó la aviación. Nosotros nos escondimos en la manigua, pero los aviones bombardearon toda la zona.
-¿Y los prisioneros? –preguntó Fidel.
-Desde el jeep hicieron señas con sus cascos para que no les tirasen, pero de una avioneta les lanzaron dos granadas. Sólo dos quedaron con vida, pero están heridos. El chofer del jeep quedó con el muslo destrozado.
-¿Cayeron muchos de los nuestros?
-Dos –dijo Paco, dolorido.
-¿Y de ellos?
-Cerca de treinta. Pero no sabemos qué pasó con las patrullas que estaban cerca de Manzanillo. Creo que se están fajando con los refuerzos que salieron en camión desde Yara.
Instintivamente miré a Fidel. No se había equivocado ni en la hora en que se toparían las tropas ni en que los guardias enviarían soldados desde Yara. Se estaba colocando las cananas y ya sobre su hombro aparecía el cañón de su fusil con mira telescópica. Sin decir palabra comenzó a caminar, cuesta abajo, llevando consigo a la mayor parte de la gente.
-Vamos –le dije a Paquito.
Pero Fidel ya había dado órdenes de que nadie saliese del campamento hasta que él dispusiese. Los médicos y Paquito experimentaron la misma contrariedad que yo. El ecuatoriano había regresado a Santo Domingo en donde estaba acampado con la gente de Luis Crespo.
Imaginé que Castro dispondría poco después que un guía nos llevase hasta la zona del combate, pero pasaron las horas y nadie volvió. Casi sin que nos diéramos cuenta, comenzó a caer una leve llovizna caliente, junto con el tronar lejano de un bombardeo.
El camarógrafo cubano había recuperado íntegramente su mal humor, pero creo que yo estaba peor aún. Como no había ningún oficial, la encaré a Celia.
-¿Y qué hacemos nosotros aquí?¿No hay nadie que nos pueda guiar hasta el frente?
Ni siquiera me respondió. Era evidente que nadie sabía nada. Y que el bombardeo lejano, que ya llevaba tres horas, los había aplastado en la misma forma que la vuelta al aire de algunas estaciones de radio, que anunciaban que en casi todas las ciudades de la isla estaba reinando la calma.
En La Habana se anunciaban más de cincuenta muertos del 26 de julio. En Santiago de Cuba cerca de cien. De otras localidades no se daban cifras, pero los locutores indicaban que los grupos de “forajidos” habían sido exterminados.
Haydée Santamaría vino a mí, sin duda en busca de un consuelo que mi mal humor no supo darle.
-Deben ser noticias falsas…
-Pero las radios están en el aire –le dije casi con rabia-, y eso es muy importante para el gobierno.
Sobre mis últimas palabras llegó el ruido del motor de un jeep. El chofer descendió apurado y comunicó que Fidel reclamaba la presencia de los periodistas.
A toda velocidad me cargué la mochila y preparé la máquina de fotos. Casi al mismo tiempo que Paquito monté en el jeep, que comenzó a saltar sobre las lomas. La lluvia ya era un solo bloque de agua que se estrellaba contra el techo de árboles y prácticamente no se veía nada. Media hora después descendimos del jeep y seguimos la marcha a pie, cayéndonos y embarrándonos sin sentirlo. Sólo nos alegramos cuando las ráfagas de las ametralladoras se escucharon secas y persistentes casi sobre nosotros. El combate seguía. En un claro, cuatro casas de madera y en medio Fidel Castro, con Delio Ochoa, René Rodríguez y Paco. Ya era de noche y la lluvia amainó como para dejarnos cambiar algunas palabras.
Fidel corrió hacia nosotros.
-Tienen que informar de esto – dijo casi a gritos- tienen que decirle al mundo hasta dónde llega la crueldad de esta gente. Han bombardeado Cayo Espino. Un pueblito que ni siquiera está en la zona operativa, en donde no se refugió un solo rebelde. Mientras nosotros peleábamos aquí, los aviones ametrallaron durante horas un caserío indefenso.
Estaba evidentemente dolorido y furioso, pero Paquito y yo conservábamos el resentimiento del olvido.
-¿Y por qué no nos mandó buscar antes? –le dije con frialdad.
-No tenía un solo hombre para ir hasta donde estaban ustedes… Comprendan.
Los balazos seguían sin intermitencia. Yo no me daba cuenta de dónde venían ni a quién se dirigían. Pero todos corrimos hacia atrás de un camión detenido en las cercanías. Los cadáveres de dos guardias se embarraban en medio del camino.
- Son gente de Masferrer y están bien armados –explicó Fidel-, pero ya los tenemos dominados por completo.
-¿Quién es Masferrer?
Aunque la situación no era propicia a las explicaciones, Castro, a quien nuestro reproche lo había mortificado, se detuvo a decirme:
-Rolando Masferrer es un senador de Batista. El cerebro de la represión; un hombre que realmente gobierna en Cuba. Hasta el punto de que cuenta con un ejército particular, que en un momento determinado puede dominar hasta a los mismos efectivos gubernistas. Durante la guerra española fue oficial de la Cheka.
La lluvia caliente era ahora tan fuerte que no podíamos ni mantener los ojos abiertos. Una última ráfaga de ametralladora rebelde no obtuvo contestación. Los guardias habían huido o muerto.
-Mire, che. Vaya hasta el hospital de campaña y vea lo que pasa allí. Y luego encuéntrese conmigo en Cayo Espino.
Saltamos con Paquito a un camión descubierto y nos alejamos sin escuchar un nuevo tiro. La lluvia nos pegaba en la cara y en el pecho, pero escondíamos las mochilas en el estómago doblándonos sobre ellas, para que no se mojasen las cámaras y la grabadora.
En la cima de una montaña, detrás de un matadero abandonado, se había instalado el hospital de campaña. Más de una hora nos demandó la ascensión hasta el bohío iluminado, resbalando constantemente en el barro. Cuando llegamos, nos encontramos con De la O y Fajardo, que habían llegado no sabíamos de qué manera.
Varios candiles alumbraban con su luz amarillenta a un grupo de hombres que auxiliaban a más de treinta heridos, casi todos ellos guajiros. En un rincón, una mujer lloraba a gritos y pretendía levantarse de la silla antes de que Fajardo le aplicase una inyección.
De la O, con los ojos brillosos, me indicó una mesa. Extendido, larguísimo y seco, estaba el cadáver desnudo de un niño rubio. Tenía enrollada en la pierna izquierda una venda ensangrentada y los ojos entreabiertos y la dentadura blanquísima que asomaba entre los labios, reflejaban la luz de la vela colocada a los pies. El estómago estaba hundido, casi hasta juntarse con las tablas blancas de la mesa.
Me quedé unos segundos delante de él. Los gritos de la mujer nos hacían permanecer a todos mudos, aunque mi mente repetía constantemente, como una letanía: Hijos de puta… Hijos de puta…
-¡Maldito Batista!... ¡Qué has hecho de mi hijo… Batista!... ¡Qué has hecho de mi hijo!...
Y yo seguía pensando, clavado ante el cadáver estirado del chico: Hijos de puta… Hijos de puta…
Mecánicamente me alejé y comencé a tomar el nombre de los heridos y el del niño muerto: Orestes Gutiérrez Peña, de seis años. Pero me sentía frío, ridículo, cumpliendo mi misión de periodista. ¡Qué hacía yo ahí, con la lapicera en la mano, en lugar de estar apretando el gatillo de una ametralladora!
-¡Maldito Batista!...¡qué has hecho de mi hijo…
Me detuve frente a un soldado de Masferrer. Un negro asustado, que miraba con sus grandes ojos llenos de pavor a la madre que maldecía. Era uno de los que se había salvado de las granadas que sus propios compañeros arrojaron al jeep.
-¿Cuántos años tenés? – le pregunté con frialdad.
-Diecinueve.
-¿Y por qué estás peleando aquí, contra los revolucionarios?
-Yo estaba en el reformatorio. El senador nos dijo que aquí ya no había pelea. Que los rebeldes no tenían armas y que Fidel Castro se había escapado con el Che en un avión hacia Venezuela… Que los que quedaban no tenían más que escopetas…
-¡Maldito Batista!... ¡qué has hecho de mi hijo!... Fidel… ¡por qué dejaste que me lo mataran!...
-Es un pobre chico –me dijo De la O al oído.
Con mi cámara sin flash no podía tomar ninguna foto, y le pedí a Paquito que filmase algunas tomas para mí. Trató de hacerlo, pero no respondía de la calidad de las fotos, porque sólo había algunos candiles y velas iluminando el bohío. La lluvia fue cesando y salimos afuera, mientras Fajardo envolvía al chico muerto en una sábana. De la O se sentó al lado mío en el pasto embarrado. No hablamos. Los dos pensábamos igualmente en nuestros hijos…
Unos minutos después, dos guías con linternas iniciaron el cortejo, loma abajo, mientras el padre del niño muerto se lo llevaba envuelto en la sábana. Entre varios soldados ayudaban a bajar a la mujer, que quería tirarse al suelo.
Pasó un largo rato y el viento que corría helado entre las montañas traía estirado y trágico el mismo grito sin variaciones:
-¡Maldito Batista!... ¡qué has hecho de mi hijo!... ¡Maldito Batista!... ¡ qué has hecho de mi hijo!

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo IX

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:06

Llegué a Cayo Espino a las cuatro y media de la madrugada. La lluvia había cesado por completo, dejando que el frío agravase la situación de los que estábamos empapados. Encontré a Fidel en el centro de luz que formaban los focos de jeeps y camiones. Estaba hablando con el padre del niño asesinado. Cuando llegué me invitaron a visitar la casa en que había sido muerto por la metralla aérea.
Tenía un gran vestíbulo y habitaciones a los costados y en el fondo una cocina amplia. Las linternas no tardaron en encontrar las manchas de sangre en el piso de baldosas.
- El se había refugiado con la abuelita y la hermana, de tres años, aquí en la cocina. Los aviones a reacción ametrallaban la calle central y creyeron que en el fondo no les iba a pasar nada; pero después atacaron de atrás. Y las balas atravesaron las paredes y picaron en el suelo… ¿ven?...
La huella de la metralla había quedado nítida en la baldosa roja.
-Y una lastimó a la muchachita y le rompió la pierna a Orestes…
-¿Y por qué no lo llevaron enseguida a un médico? –pregunté, más para quebrar el silencio, que para averiguar lo que ya sabía.
-El médico que había se fue hace tiempo porque lo habían chivateado… y además era imposible salir, con la metralla continua… Cuando comenzó la lluvia fuerte y los aviones se fueron, ya casi se había quedado sin sangre…
Nadie hablaba. Como no me atrevía a mirar a ese padre atontado, observaba los agujeros de las balas en las paredes de madera. El hombre siguió:
-Nosotros escuchamos los tiros de un combate e imaginamos que se estarían “fajando” por la zona de El Pozón. Por eso nos extrañamos cuando vimos al avión chivato de la Cubana que iba hacia allá. Pero después hizo algunos giros sobre el pueblo y se fue. Creímos que había tratado de descubrir algún grupo rebelde. Pero aquí no había ninguno. No había un solo rebelde, señor –dijo dirigiéndose en particular a mí-. Y de pronto llegaron los aviones a reacción. Algunos vecinos se pusieron a mirarlos, porque volaban en formación, y de improviso picaron sobre nosotros y las casas se llenaron de agujeros. Recién después de varias ráfagas reaccionamos y atinamos a escondernos…
Si Fidel no lo hubiese detenido, el hombre habría seguido hablando toda la noche, en el mismo tono monocorde e impersonal de un vendedor de baratijas. El comandante ordenó que lo ayudasen en todo lo que necesitase y continuó conmigo su recorrido por las casas de Cayo Espino. Era evidente que no soportaba más el estar encerrado entre las paredes de esa casa en que las balas de la aviación batistiana habían buscado la vida del pequeño Orestes, para rubricar otro de los capítulos de su frondoso prontuario criminal.
En otra de las casas las balas habían muerto en el dormitorio a Helda Vázquez, una señora que también buscó refugio en su vivienda, sin pensar que los tiros la iban a encontrar en cualquier parte.
Seguí anotando nombres de muertos y heridos. De un edificio ubicado en los suburbios del pequeño pueblo, sacaban en brazos para montarla en un automóvil a una anciana con el pie destrozado. A su lado iba su marido, un veterano de la independencia.
Mi mente no lograba encontrar ninguna explicación lógica al ametrallamiento de horas y horas a ese pueblo inerme. Pero ya me estaba acostumbrando a las matanzas de los batistianos, también sin explicación, sin motivo. Me llegué a encontrar demasiado civilizado para entender al ejército cubano.
Las visitas a decenas de viviendas de madera, igualmente perforadas por las balas; los lamentos de las mujeres y los niños y también de los hombres sorprendidos y golpeados sin que hubiesen podido ejercitar la mínima reacción en defensa de sus hogares, habían ido acelerando en el comandante el estallido de toda su capacidad de reacción. Comprobé en ese momento por qué Fidel Castro destrozado en el desembarco del Granma, hambreado meses enteros ante la indiferencia de campesinos, obligado a la guerra de guerrillas por la falta de armas con qué pelear, seguía creciendo en Cuba, en el continente y en gran parte del mundo. Era imposible desanimarlo.
Me tomó del brazo –como era habitual en él- y me separó del grupo que nos acompañaba:
-Me tiene que hacer un favor muy grande, che. Yo no puedo abandonar esta zona porque todavía quedan restos del ejército y mucha gente rebelde por los alrededores, a la que hay que apoyar. Pero vaya usted hasta la planta transmisora e informe de todo esto al pueblo.
-Es que todavía no hice mi reportaje… -advertí con alguna vergüenza.
-Le prometo que dentro de cuatro días estaré con usted en la planta. ¿Está conforme con el trato?
-Por supuesto. Pero no me falle, por favor.
-Bueno, che. Te voy a dar un guía para que adelantes todo lo que puedas. Total, una noche más sin dormir no te va a hacer nada.
Como ya estaba acostumbrado a ese tuteo intermitente de Fidel, comprendí que se había recobrado por completo. Que seguía adelante, como siempre. Lo admiré sinceramente, sin que mi obligada objetividad me lo reprochase.
Monté en un jeep con Paquito, que ya había llegado al lugar y René Rodríguez, que había comandado una de las patrullas. Detrás venía Fidel con Ochoa, Celia Sánchez y Haydée Santamaría. Teníamos que alejarnos del lugar lo antes posible, para que la presencia de las tropas rebeldes no provocase otro ataque a la población.
René iba durmiendo aferrado a su ametralladora. Paquito se empeñaba en encender un cigarro contra el viento y los saltos del vehículo y el chofer me iba indicando la ruta que debía seguir yo cuando llegásemos a destino. Pero de improviso me quedé solo, mirando el reflejo de los faros de un vehículo que ascendía por el otro lado de la loma. Todos habían saltado y ya se estaban escondiendo en la manigua y detrás del edificio de una finca. Pensando en que algo me fallaba, salté yo también y me lancé por debajo del alambrado, pero no pude seguir más. Quedé enganchado de la camisa y con la piel de la espalda ensangrentada. Los focos de un jeep estaban clavados en mi zona posterior.
Un par de gritos de reconocimiento y todo el mundo a abrazarse. En el vehículo viajaban Duque y algunos oficiales de Paco, que habían seguido a una patrulla del ejército y volvían con todas las armas capturadas.
Paquito se preocupó de contarles a todos los que tuvo a mano cómo yo había quedado flameando en el alambre y nadie me pidió permiso para tomarme el pelo.
-Fue por salvar la grabadora –aseguré serio-, si no hubiese saltado por encima del cerco.

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink

Capítulo X

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:05

Durante todo el viaje de retorno a La Mesa nos acompañó buen tiempo, salvo en una sola jornada. La mayor parte del trayecto lo hicimos a pie, sintiéndome yo realmente orgulloso cuando el guía que me había proporcionado Fidel, Mario Hidalgo, un hombrecito encargado de las provisiones y por lo tanto más gordo que los demás, me reprochó el que casi no hiciese altos en el camino. Me iba dando cuenta de que no sólo mi estómago, sino mis piernas también se iban acostumbrando a las montañas de Oriente. Mi barba ya había crecido bastante y había concentrado la cantidad de mugre suficiente como para ser confundido sin posibilidad de equivocación, con un soldado rebelde más, contrastando con mi orondo guía, muy limpito y afeitado.
Poco a poco fui recorriendo muchos de los bohíos que había dejado atrás cuando iba en busca de Fidel Castro. Fue una grata sorpresa para mí ser reconocido, y aun el que los guajiros recordasen que me gustaba el café sin azúcar ni guarapo. Para algunos –efectos de Radio Bemba- yo era decididamente hermano del Che.
En La Mesa volví a participar de la hospitalidad de Tranquilino y recorrí el hospital y la panadería construidos por los rebeldes, y ya en viaje hacia la planta transmisora, la fábrica de bombas, la zapatería, la talabartería y la chapería, ubicadas todas a gran distancia entre sí como protección contra los bombardeos. Todos esos establecimientos eran creación del Che Guevara y en la fábrica de bombas se construía el ya famoso M-26, proyectil de extraordinario poder, impulsado en dos etapas. Era un cono de cinc grueso, relleno con dinamita y metralla, y que se dispara con un fusil de cañón recortado, montado sobre un trípode. Un segundo antes de ser disparado se enciende una mecha, que hará contacto a 150 metros, lo que proporcionará nuevo impulso al proyectil. De acuerdo al peso del M-26 y al tamaño de la mecha, los rebeldes alcanzan a las posiciones enemigas a grandes distancias y con singular puntería.
Todas las fábricas creadas por el Che, montadas en forma de poder ser desarmadas en minutos, contribuyeron a solucionar dos problemas fundamentales por los que atravesaron los efectivos rebeldes: falta de alimentos y de equipo e imposibilidad de ocupar a todos los que perseguidos en las ciudades o los pueblos llegaban sin armas hasta sus posiciones.
Cuando llegué a la emisora, Luis Orlando Rodríguez envió un mensaje al Che para anunciarle mis nuevas y el pronto arribo de Fidel.
Esa misma noche comencé a transmitir por Radio Rebelde y muy pronto emisoras de Venezuela y México anunciaron que estaban grabando todo lo que yo había informado. Estuve casi toda la noche leyendo crónicas y transmitiendo grabaciones que había efectuado en el campamento y a los prisioneros y los que recibían el material aseguraban que al día siguiente lo pasarían a mi empresa en Buenos Aires. La posibilidad que ofreció una radio de Venezuela, de transmitir en cadena a Argentina, colmaba todo lo que yo había esperado. En un par de días tendría juntos a Fidel Castro y a Ernesto Guevara, los hombres a quien millones de latinoamericanos tendrían interés en formularles las preguntas que yo les iba a hacer.
El relato del combate de El Pozón y el ametrallamiento a Cayo Espino, la nómina de los muertos y heridos de ambos bandos y todas las experiencias que había vivido durante esas semanas en las montañas cubanas eran escuchadas, por supuesto, en toda Cuba. Y luego me enteré que en Norte y Centroamérica, pero nunca llegaron a la Argentina.
Mientras tanto, pegado todo el día y prácticamente toda la noche al transmisor, comprobaba que la huelga general revolucionaria había fracasado en La Habana, lo que significaba una derrota del 26 en toda Cuba.
Trataba por todos los medios de informarme del porqué de ese fracaso. De cómo estaba organizado el movimiento obrero cubano y si eran sólo el campesinado y los estudiantes los que apoyaban a Castro, ante la indiferencia de los obreros organizados y la clase media. A medida que pasaban las horas sentía mayores deseos de encontrarme nuevamente en Santiago de Cuba y en La Habana para averiguar qué había sucedido.
Fidel no llegó el día en que lo esperaba. En cambio un mensajero me trajo un papel en el que me informaba que se había demorado por el camino por encontrarse enfermo, pero que a pocas horas de donde yo estaba ya podía asegurarme que estaría conmigo al día siguiente.
Intensifiqué el anuncio del reportaje a Fidel Castro y a Guevara. Era la primera vez que iban a hablar por radio y las estaciones de varios países y todo Cuba lo esperaba. Yo por mi parte había visto crecer mentalmente mi cuestionario. La huelga general me había proporcionado más puntos que develar. El fracaso me dolía porque era un triunfo de Batista, y me preocupaba porque indicaba una falla que aún no conocía en el 26 de Julio, y quería saber cuál era.
Esa noche llegó Guevara con una sorpresa: traía yerba, mate y bombilla. Y aunque la yerba parecía haber estado guardada en el cajón de un ropero viejo y tenía olor a naftalina, mateamos hasta la madrugada.
El tema de nuestra conversación fue, primordialmente, la huelga general. Guevara no la daba totalmente por perdida, dado que aunque hacía varios días que había sido sofocada en La Habana, en algunos lugares del interior aún los obreros continuaban parados y enfrentando a los guardias, lo que equivalía a combatir.
No quise preguntarle nada acerca de las organizaciones obreras y en especial de la Confederación de Trabajadores de Cuba, salvo quién era Eusebio Mujal, el secretario general de la entidad.
-Junto con Masferrer –dijo- constituyen probablemente los pilares más fuertes con que cuenta Batista en Cuba. Los dos fueron comunistas y actuaron durante la guerra española. Luego traicionaron a su partido y pasaron decididamente a servir al capitalismo hasta que se hicieron millonarios… En la isla hay muy pocos sindicatos organizados realmente, aunque existen más de mil, y los que sí están organizados responden a una dirección que no es la auténtica, porque jamás hay elecciones libres. Y el que encabece un movimiento oposicionista al de los hombres de Mujal se juega la vida.
Pero ese era un terreno que quería transitar yo mismo, y pasamos a otros temas. El que más me interesaba era el de la reforma agraria. Los rebeldes no habían esperado el triunfo de la revolución para concretar muchos de los objetivos que fueron incorporando a su programa, a medida que ganaban posiciones.
Aun con la mochila al hombro fundaron escuelas y dotaron a los sesenta mil campesinos de un régimen judicial que resolviese los pleitos que antes se dirimían únicamente a machete. Y llevaron a cabo la reforma agraria, habiendo entregado grandes extensiones de tierras que pertenecían al fisco, a los campesinos que las trabajaban.
-¿Qué sistema emplearon para concretar la reforma?
-En realidad –contestó Guevara- no podríamos hablar de un sistema ortodoxo, sino sencillamente de una reglamentación exenta de manejos burocráticos. Calculamos mediante un censo la cantidad de terreno necesario para el sostén de una familia con dos, cuatro o más hijos, guardando una proporción que se respeta en todos los casos, y se la entregamos previa escrituración ante el auditor del Ejército Rebelde. Le indicamos además qué cultivos resultan más aptos para su tierra y hasta le damos las semillas y toda la ayuda técnica necesaria.
-¿Hasta ahora todas las tierras entregadas son del fisco?
-Salvo en un caso sí. La excepción la constituyó un alto funcionario de Batista, cuyo mayoral entregaba frutas, verduras y carne a los guardias e impedía aprovisionarse a los mismos campesinos que trabajaban en la finca. Expropiamos el campo y lo distribuimos a razón de dos caballería –unas veintiséis hectáreas- por cada familia. Lo mismo hicimos con los animales, cuidando que las familias con niños reciban vacas lecheras, las que en ningún concepto pueden ser muertas. Precisamente para cubrirnos ante cualquier accidente provocado por algún guajiro con ganas de comerse un asado –dijo riendo- le entregamos esas vacas en custodia y se comprometen a no darles muerte ni a comer su carne si el animal muere en un accidente. El contrato que firman y que leen o se les lee al hacerse cargo de las bestias, establece las penalidades para los que no lo cumplan.
Como me interesé mucho por el documento, Guevara mandó a buscar una copia. Estaba impresa en mimeógrafo y decía:
“Conste por el presente documento que de una parte el doctor Humberto Sorí Marín, a nombre del Ejército Revolucionario 26 de Julio, y de la otra parte el señor -------------- vecino de ---------- acuerdan lo siguiente:
“Primero: El doctor Sorí Marín, con la representación que ostenta, entrega en este acto a la otra parte, en calidad de usufructo, una vaca lechera con su cría, que pasará a ser de su propiedad una vez que termine la lucha armada contra la dictadura, de conformidad con las siguientes obligaciones:
“Segundo: Si por causa de accidente o enfermedad hubiera necesidad de sacrificar la vaca o su cría, en manera alguna podrá ser vendida ni consumida. Si fuere vendido o consumido cualquiera de dichos animales accidentados, dará lugar a la sanción establecida en el punto cuarto. Esta medida se adopta para evitar que so pretexto de accidentes sean consumidas las reses que se entregan para leche.
“Tercero: De todo accidente o animal se informará directamente al Comité de Barrio.
“Cuarto: Tanto el que venda cualquier res, como el que la mate para consumirla, será sancionado con la pérdida de los derechos sobre la tierra poseída. Esta medida se aplicará inflexiblemente. Y para su debida constancia y cumplimiento, ambas partes suscriben dos ejemplares de este documento a un solo tenor o igual efecto en la Sierra Maestra a los --------días del mes de ---------- de 19-------“.
Cuando leí Comité de Barrio recordé al grupo de guajiros encargado de matar las reses para el reparto. De la inmensa zona que abarca el “barrio” en la cordillera de la Maestra, llegaban cada tres o cuatro días de acuerdo a la matanza, hombres y mujeres, que recorrían leguas a pie para ir a buscar la cantidad de carne que les correspondía. Eran los hombres y mujeres que habían nacido y crecido, trabajando la zona más rica de Cuba, y muchos de ellos hicieron su debut ante un bistec vacuno cuando comenzó la distribución de carne por parte de los rebeldes.
Al dorso del papel mimeografiado decía:
“Condiciones que deberán tener en cuenta las personas que a nombre del Ejército Revolucionario 26 de Julio, realicen las entregas a los jefes de familia:
“Conocido en cada zona o barrio el número total de personas que viven en cada casa y en ésta, el número de niños menores de siete años, así como la cantidad de terreno que ocupa, y la de café que recoge, se repartirán las reses entre aquellos jefes de familia que no tengan vacas ni hubieren recibido ninguna del Ejército Revolucionario, y observando rigurosamente el siguiente orden de preferencia:
“Primero: En primer término se entregará a los jefes de familia que careciendo de los medios económicos para comprar una vaca, tuvieren el mayor número de niños viviendo en su casa, menores de siete años.
“Segundo: En segundo lugar se entregarán a quienes teniendo una situación económica regular, atienden a la subsistencia de niños menores de siete años que convivan con él.
“Tercero: En tercer lugar, a los que careciendo de medios económicos para adquirir una vaca tuvieren niños menores de doce años. En ese caso, como en los dos anteriores, serán preferidos aquellos padres de familia que mayor diligencia observen en el cuidado de su familia y de la finca que trabajan.
“Cuarto: Una vez repartidas vacas entre todas las familias comprendidas en los apartados anteriores, las sobrantes se distribuirán entre las familias pobres, con hijos o con personas que dependan del jefe de familia.
“Quinto: Y por último, las que quedaren, se entregarán a las familias pobres, tengan o no hijos, prefiriendo las que mayor diligencia hubiesen demostrado en el cuidado de la familia y de la finca.
“Sexto: De estos contratos se firmarán dos, entregándose uno a los que reciben la vaca y el otro, ambos firmados por las dos partes, se remitirá al Auditor General. Cuando no se sepa firmar, otra persona lo hará en nombre del contratante, o estampará las huellas digitales en el lugar de la firma”.
Cuando terminé la lectura vi que Guevara ya se había tirado en su hamaca. Yo hice lo mismo y encendí un tabaco. De aquel contrato y de las instrucciones para llevarlo a cabo se desprendía algo sólido, macizo ya construido para siempre. Tuve la convicción de que el guajiro, que nunca había extraído de la tierra todo lo que ésta estaba dispuesta a darle porque no sabía si el fruto de su semilla iba a ser recogido por otro, no iba a permitir nunca jamás que le quitasen lo que le habían dado. Lo que se ganaba diariamente sembrando de noche, para evitar la metralla de los aviones. Lo que permitía a los últimos de sus hijos, alimentarse como no habían podido hacerlo los primeros.
-Che –llamé a Guevara susurrando para no despertar a los que habían colgado su hamaca cerca de nosotros- ¿cómo surgieron todas estas cosas? ¿Ya habían planificado la acción antes de desembarcar?
-Mucho de lo que estamos haciendo ni lo habíamos soñado. Podría decirse que nos hemos formado revolucionarios en la revolución. Vinimos a voltear a un tirano, pero nos encontramos que esta enorme zona campesina, en donde se va prolongando nuestra lucha, es la más necesitada de liberación de toda Cuba. Y sin atenernos a dogmas y a una ortodoxia inflexible y prefijada, le hemos brindado, no el apoyo neutro y declamatorio de muchas revoluciones, sino una ayuda efectiva. No luchamos para ellos en un futuro. Luchamos por ellos ahora. Y consideramos que cada metro de sierra que es nuestro, es más de ellos. Y que, por lo tanto, nada debe demorarles una vida mejor, dado que para el campesinado la revolución ya ha triunfado plenamente.
No le contesté. Preferí pensar. En la Sierra la revolución ya había triunfado y era inamovible. Era verdad. ¿Pero en las ciudades? ¿Por qué había fracasado la huelga general?
Creo que me dormí con ese pensamiento, porque fue el primero que vino a mi mente al despertar.
Me sentí un poco descompuesto y añoré la revista Bohemia que me había cubierto tantas veces la espalda y el estómago. Tendré que procurarme otro ejemplar.
El café caliente me compuso y me quitó el frío. Aún no habíamos terminado de tomarlo, cuando varios soldados rebeldes anunciaron a gritos la llegada del comandante. Salimos a recibirlo.
Fidel venía a pie, con su enorme mochila cargada de libros, documentos políticos y chorizos colorados.
Saludó a Guevara con un abrazo y a mí me tendió las dos manos.
-Perdóneme, che. Pero tengo una hernia que de vez en cuando se le da por ponerse pesada… Y ayer tuve que descansar…
-¿Y por qué no vino en mulo?
Fidel rió con orgullo y pesar a la vez:
-No hay en toda la Sierra Maestra un solo mulo que suba una cuesta conmigo encima.
En esos días los ataques de la aviación a las poblaciones campesinas habían recrudecido y las noticias de incendios provocados por las bombas de NAPALM llegaban con cada mensajero. Los aviones de Batista se aprovisionaban en las bases norteamericanas de Caimanera y Guantánamo y el material bélico que el Departamento enviaba al gobierno cubano, llegaba en todos los buques procedentes de Puerto Somoza y la República Dominicana.
En La Habana, el jefe de la misión aeronáutica de la Unión, había agasajado con un vino de honor al jefe de la aviación batistiana, Tabernilla, y los vecinos de Marianao que vivían en las cercanías del aeropuerto enviaban noticias de que los aviadores norteamericanos montaban todas las mañanas en los cazas y los bombarderos a reacción que partían rumbo a Oriente, mientras que los cubanos ocupaban máquinas de la Cubana de Aviación y su misión era simplemente observar las exhibiciones de los “instructores” yanquis.
El paso de Fidel por una zona que hacía mucho tiempo no recorría, estuvo jalonado de noticias desagradables. Los campesinos ya no podían aprovisionarse en ningún pueblo, puesto que si bajaban, eran capturados por los guardias y fusilados.
Mientras el comandante informaba a los locutores de la emisora de los nuevos asesinatos batistianos contra la población civil, para redactar luego el boletín de Radio Rebelde, un soldado vestido de guajiro que había logrado bajar hasta Las Minas, sede del feroz Sánchez Mosquera, anunció que había sido muerto un bodeguero, por haber vendido a una muchacha una rueda de tabacos, cantidad que los guardias consideraron excesiva. De la compradora, Delia Rodríguez, no se tenían noticias y había sido vista por última vez cuando la llevaban en un jeep al cuartel.
Las radios de toda Cuba, indicaban ya con certeza que nada había que esperar de la huelgo general. En La Habana se había limitado a un cierre total de unas pocas horas y a la masacre de más de cincuenta miembros del 26