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Gerontofobia social

Archivado en Desde el divan • Fecha: 02-04-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

Entender la realidad, no es un secreto, siempre me resulta difícil. Sin embargo, en ocasiones la dificultad se acrecienta.

Ya no se trata de comprender cosas para otros tan simples como por qué sube el precio de la carne o por cuál razón el delivery de una pizza siempre llega más rápido que una ambulancia. Ni siquiera por qué raro misterio pagar impuestos, sacar entradas para el cine o ser atendido en un hospital requieren una interminable cola previa.

En días como estos es cuando la dificultad se torna imposibilidad. Presiento entonces que debería modificar los escasos 50 minutos que dura la sesión psicoanalítica por una prolongada de varias horas y aún así todo sería inútil.

Al comenzar la semana, mientras una información daba cuenta del sobreseimiento, en Mar del Plata, del profesor de un jardín de infantes acusado de abusar de 21 chicos de entre 4 y 5 años —con 13 casos comprobados según los fisca les— otra noticia, publicada el mismo día, reflejaba el estallido de violencia en la localidad de Rafael Calzada donde un grupo de vecinos, luego de saquearla, quemó la casa del asesino de Milagros, una nena de apenas 4 años. El criminal, un adolescente de 15 años, ya fue detenido y relató a la policía que la mató porque una voz del más allá le pedía que lo hiciera. La abuela de la nena aportó otro dato espantoso: se habían mudado porque Hudson, donde vivían antes, les resultaba poco seguro.

Ambas noticias ocuparon su merecido espacio en los medios. Sin embargo, en el mismo período, se produjeron otras agresiones aberrantes que, tal vez por reiteradas, tuvieron poca difusión. Las víctimas en estos casos son personas mayores, sin ninguna posibilidad de defenderse, golpeadas, torturadas o asesinadas con el solo objeto de robarles lo poco que les queda.

Doctor —dije al comenzar la sesión—, este último tema me tiene obsesionado. Incluso por momentos me pregunto por qué, cuando la agresión es a un niño, nos indignamos todos y cuando la víctima del salvajismo es una persona mayor ni siquiera reaccionamos. No me imagino a un barrio tratando de linchar al agresor de un anciano como sí le nace cuando el abusado es un chico. ¿Me afectará tanto porque estoy empezando a envejecer?

Jorge, usted no es viejo —se apuró a responder mi terapeuta, unos años mayor que yo. A lo sumo ya no es un muchacho.

Tengo algunos síntomas, doctor —lo corregí. Me acuerdo más de las cosas que pasaron hace 20 años que las que ocurrieron ayer; la música prefiero escucharla a menor volumen que mis hijos; en mi cumpleaños la torta ya se parece a un desfile de antorchas; en mi mesa de luz ahora están ocupando más espacio los medicamentos que los libros; un nuevo tema de conversación con mis amigos es el de las enfermedades; al mirarme al espejo, ahora me parece ver a mi papá; antes de aprender algo nuevo me esfuerzo por recordar lo que ya sabía; me descubro leyendo las necrológicas del diario; ya nunca se me ocurre levantarme de una silla dando un salto y hay un síntoma peor, doctor: cada vez me resulta más natural entender a los viejos y más complicado a los adolescentes.

¡Por favor! —exclamó el analista con fastidio. Síntoma es el mío: primero me empecé a olvidar de los nombres, al tiempo de las caras, después de subir el cierre del pantalón y ahora ya me olvidé para qué había que bajarlo.

Mientras lo escuchaba, me hice dos preguntas: ¿por qué no habrá un equivalente a UNICEF defendiendo a los ancianos y cómo no se le ocurrió a nadie todavía crear un escuadrón de justicieros mayores de 70 años defendiéndose de gerontofobia de la sociedad? Después de todo, si alguna vez fueran juzgados por excesos, a su edad podrían exigir la prisión domiciliaria.

Estaba pensando cosas peores cuando, por suerte, fui interrumpido por el psicólogo que me comunicó su conclusión: "la única ventaja de envejecer es que la manera de evitarlo resulta mucho peor".

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/04/02/z-04106.htm

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El primer cachetazo

Archivado en Desde el divan • Fecha: 26-03-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

Dos recuerdos cruzaron por mi mente apenas iniciada la sesión. Uno correspondía a mi niñez. Los incomprensibles caminos del inconsciente me llevaron a revivir una charla circunstancial con esa vecina de la cara siempre magullada. Nadie en el barrio ignoraba la afición de su marido por expresar su fastidio a los golpes, pero todos se hacían los distraídos frente a ellos y no paraban de hacer comentarios en su ausencia.

Ese día, a mi pregunta inocente "¿por qué lo aguanta?" llegó una respuesta que no entendí entonces, interpreté como resignada con el tiempo y no exenta de sabiduría ahora: "¿Sabés qué pasa, nene? Si vos dejás entrar el primer cachetazo, después, los demás entran solos".

En el segundo recuerdo ya había crecido (en edad, claro). Era un profesional del periodismo, con pelos en el pecho y ¿para qué negarlo? muchos más en la cabeza que ahora. Estaba entrevistando a un ex presidiario a partir de una investigación, del medio en el que trabajaba, sobre la vida sexual en la cárcel.

Carlos —así se llamaba— contaba lo difícil que resultaba evitar vejaciones al entrar a prisión.

La primera noche —relató— lo más probable es que alguien abra la puerta de tu celda para que entren y te violen entre varios. Si, cuando los ves llegar, te defendés a muerte, te muelen a palos y terminás en el hospital. Pero eso sí, cuando volvés, ya no te molestan. Ahora, si la primera vez te la bancás y es recién a la semana cuando decidís defenderte, te fajan, te mandan al hospital y, al volver, te siguen violando.

Nunca había unido las dos confesiones, ni pensado en los puntos de contacto entre ambas pero, allí, en sesión, con la impunidad para reflexionar que otorga ese ámbito, lo logré.

Creo, doctor —dije y mis palabras me sonaron como un silbato dando por comenzado el partido psicoanalítico—, que a los argentinos nos pasa algo parecido.

¿Parecido a qué? —preguntó el terapeuta.

Digo —expliqué— que el problema nuestro es que dejamos entrar el primer cachetazo. Nosotros recién nos defendemos cuando nos violaron por quinta vez.

Sin verla, imaginé la cara de mi terapeuta y me apuré a explicar. "Me refiero a la violación de nuestros derechos".

Hizo silencio pero estaba seguro de que en su cabeza sonó un "ah", de alivio.

Nos cuesta defendernos. Interpretamos como parte de un código bancar el atropello.

Si ante un colectivo que no para, en lugar de tomar su número de interno y denunciarlo, esperamos manso el siguiente; si al llegar al peaje, después de esperar varios minutos, pagamos; si permitimos que un recién llegado se ubique delante nuestro en una cola; si volvemos a un negocio en el que fuimos mal atendidos; si cuando nuestro hijo nos cuenta que lo maltrataron en el colegio, al día siguiente no lo acompañamos pidiendo explicaciones; si no decimos nada cuando en el sector no fumador prenden un cigarrillo; si cuando en un avión a punto de despegar permitimos que nuestro vecino de asiento se despida de su mujer utilizando el celular; si dejamos que un policía nos alce la voz; si aceptamos que la ambulancia llegue tarde; si vemos que para estacionar alguien está golpeando el auto de adelante y el de atrás y no reaccionamos; si vivimos como algo normal saber que tantos funcionarios cobran sin trabajar; si aceptamos que nos vendan lo que no pedimos; si seguimos comiendo productos que no son confiables; si frente a un delito nos dejamos convencer de que ni vale la pena hacer la denuncia; si al presenciar un exceso seguimos siendo espectadores sin intervenir; si ante juez injusto, elegimos resignarnos; si seguimos votando a los que nos mintieron, estamos dejando entrar el primer cachetazo. Y como me dijo hace tantos años mi vecina, los demás entran solos.

Además, recordemos las palabras de un presidiario: si no te defendés de entrada, te mandan al hospital y te siguen violando.

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Aparición con vida

Archivado en Desde el divan • Fecha: 19-03-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

Volcar todos los domingos las charlas con mi terapeuta en esta columna tiene dos beneficios enormes. El primero es recordar lo hablado en sesión. El otro es poder recibir —a partir de figurar mi dirección electrónica— la reacción de los lectores. Porque tal como lo expresé en más de una respuesta, dada a cada uno a vuelta de correo, desde hace tiempo entendí que escribir o, mejor dicho, hacer periodismo, es para mí mucho más una forma de comunicación que de expresión. Por eso, tanto en el elogio como en la crítica, ese canal abierto con los lectores completa el objetivo.

Claro que hay críticas y críticas. Esta semana alguien que al parecer no piensa como yo, no es afecto a tolerar ideas ajenas, ni pretende expresarme cariño, me escribió "Tus opiniones en Clarín son una basura. Meterte a criticar a una mujer sólo porque está a favor del Proceso Militar. Demostraste que sos un enano zurdo. Somos muchos los que pensamos como ella y también lo reivindicamos. Y no somos hipócritas. El Proceso no prometía democracia. Fue un gobierno de facto necesario. Y si no hubiese sido por el error que se mandaron con Malvinas, se tendrían que haber quedado más tiempo y no entregar el mando a políticos progres".

El mail seguía: "Ahora todos se hacen los giles. Ahora todos dicen: 'se les fue la mano'. Son unos tremendos cobardes, al terrorismo había que aniquilarlo. Torturar y desaparecer terroristas no es ningún crimen…"

El mensaje era bastante más largo y debo admitir, para dejar a salvo los fueros literarios del autor, que algunos adjetivos fueron suavizados por fidelidad al buen gusto.

Sin embargo en sesión, con esa libertad que da el no ser escuchado por otros, le trasladé a mi terapeuta, a menos de una semana de cumplirse 30 años del golpe militar del 24 de marzo del 76, una pregunta imposible de responder, al menos para mí: ¿cómo es posible que aún existan argentinos que reivindican esa etapa funesta para todos?

Aún para aquellos que piensan que torturar, violar y matar en lugar de juzgar no es un delito, habría que recordarles que los bebés nacidos en cautiverio y usurpados mientras sus madres estaban detenidas, eran inocentes de toda militancia y merecían estar con sus verdaderas familias.

Explicarles, además, que unos adolescentes reclamando el boleto estudiantil no son subversivos peligrosos. Categoría a la que tampoco se entra por ser dirigente gremial, ni religioso preocupado por los desposeídos, ni abogado defensor de los derechos humanos.

Enseñarles también que el saqueo de las viviendas de los secuestrados y la escrituración a nombre de los captores no es parte de la reorganización nacional.

Informarles que además de avasallar los derechos humanos, intentar aniquilar la cultura, masacrar todo tipo de libertades y garantías individuales, los responsables del Proceso militar obtuvieron otro logro: destruyeron la economía multiplicando la deuda externa alentando la importación indiscriminada.

Por eso, por un momento pensé que para ayudarlos a recapacitar, al justo reclamo de madres y abuelas pidiendo aparición con vida para los desaparecidos, deberíamos agregar:

# Aparición con vida a tantas fábricas cerradas por una política de entrega.

# Aparición con vida para millones de puestos de trabajo.

# Aparición con vida a la cultura nacional.

# Aparición con vida a la palabra nacionalismo sin que connote con fascismo.

# Aparición con vida al orgullo de ser argentino.

# Aparición con vida a todos los argentinos que se fueron al exterior por falta de trabajo y esperanza.

# Aparición con vida a los jóvenes que desertaron de la vida política y la militancia por descreer de ella.

# E, incluso, aparición con vida a unas Fuerzas Armadas poderosas e invencibles en su exclusiva tarea de defender a sus compatriotas, sin distinción de ideologías.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/03/19/z-04106.htm

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Entre dos aguas

Archivado en Desde el divan • Fecha: 12-03-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

Desde hace tiempo los argentinos nos acostumbramos a navegar entre dos ríos muy distintos: uno de aguas mansas, estancadas casi, y otro de corrientes vertiginosas y turbulentas. Sabemos esto y asumimos como normal la constante oscilación, ese peregrinar entre períodos tan opuestos. Aquel en el que pareciera no pasar nada, con semanas enteras consultando una y otra vez la fecha del diario porque se parece demasiado al de ayer, y ese otro en el que todo ocurre con tanto vértigo que lo que nos conmovió en la víspera ya casi no recordamos.

Así somos, contradictorios al punto de no sorprendernos cuando un juez en la mira y a minutos de perder su puesto ayer, hoy está investigando a un colega por presunto lavado de dinero.

En eso pensaba mientras me acomodaba en el diván. Había llegado con la dicotomía de siempre: muy pocas ganas de ir y una gran ansiedad por comenzar.

Es que aceptamos todo pero nada nos viene bien —me dije. Somos como esos que se lamentan porque el cigarrillo los está matando pero no toleran la prohibición de fumar en lugares públicos. Nos comportamos como aquellas mujeres que le consultan al esposo "¿cuál vestido me queda mejor?" y eligen siempre el que descartó su marido.

Nos enojamos por el pésimo estado de las calles, pero no soportamos cuando nos topamos con alguna que está cortada por arreglos.

De pronto recordé la noticia de ese señor, en el country, atrincherado en su automóvil BMW junto a su esposa, resistiendo el operativo de Rentas de la Provincia de Buenos Aires que intentaba llevarse el vehículo. Imaginé a sus amigos tratando de calmarlo mientras él insultaba a funcionarios y policías, el médico asistía su descompensación y un grupo de curiosos (¿o serían extras contratados por Santiago Montoya?) gritaba "¡paguen lo que deben!"

En ese caso —preguntó mi analista—, ¿usted ve una contradicción?

No sé —dije, tratando de ser coherente con mi ser indeciso. Por un lado, siempre al pagar los impuestos suelo suponer que muchos otros están evadiendo y no puedo evitar, como le pasa a tantos, sentirme un tonto. Por otro lado, supongo que si se quisieran llevarse mi auto por estar atrasado en el pago, despertarían en mí los peores instintos y de atrincherarme en el auto la tentación sería ponerlo en marcha y jugar al bowling con los funcionarios que llegaron a decomisarlo. Hay un tercer lado: me pregunto ¿por qué, alguien que no puede pagar los impuestos de su auto lo sigue manteniendo? Y para completar un cuadrado me queda un lado más: también me pregunto ¿por qué si con una política que privilegia la educación tributaria, a nivel nacional se baten récord de re caudación mes a mes, el subsecretario Montoya prefiere utilizar el estilo del tanquecito, la apretada y el miedo de otros tiempos no democráticos?

Sí —suspiró el terapeuta—, suena contradictorio.

¿Acaso no somos así? —pregunté. Nos quejamos por el precio de la carne pero seguimos comprándola cueste lo que cueste.

Los mismos productores que el día del anuncio de la suspensión de las exportaciones aseguraban que la medida no solucionaba nada, a la mañana siguiente hicieron llegar 25 mil cabezas de ganado al mercado de Liniers logrando una reducción del 14,8% en el precio de la carne. ¿Usted, doctor, lo entiende?

No —me respondió con resignación—, y tampoco entiendo por qué, si lo que se exporta es lomo, aumenta el costillar.

Creo que sí, doctor —seguí. Me parece que los argentinos somos tan contradictorios como Cecilia Pando, la mujer que esta semana interrumpió el discurso de Kirchner, a quien calificó como autoritario, pero concurrió a un acto a favor de los represores del proceso militar.

No, Jorge, quédese tranquilo —concluyó el terapeuta. La mayoría de los argentinos a veces somos incoherentes, pero a tanto no llegamos.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/03/12/z-03906.htm

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El alta está lejos

Archivado en Desde el divan • Fecha: 05-03-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

Como todo el mundo sabe, después de las vacaciones cuesta mucho más retomar el trabajo. Porque a lo bueno uno se acostumbra rápido.

Nadie se siente desconcertado cuando debuta en primera clase aunque toda la vida lo haya hecho en turística. Eso sí, al regresar del champán al agua de la canilla encontrarle gusto a cloro es inevitable.

Algunos comparan esto con la vuelta del cabaré al hogar, pero ése es otro tema que no viene al caso.

Retornar a sesión después de 30 días de descanso me provocaba algo parecido. Durante un mes había olvidado mi cuadro agudo de incomprensión de la realidad, creía que podía arreglarme solo.

Sin embargo, esta semana, la simple lectura del periódico me confirmó que el alta estaba lejos. Una especie de recaída apuró la reanudación de mi tratamiento.

Allí estaba, entonces, en el consultorio, diciéndole por enésima vez a mi psicólogo: "Doctor no entiendo nada de lo que pasa". Estoy peor —agregué—, porque ya no se trata sólo de nuestro país, ahora tampoco entiendo al mundo.

Pensaba en el presidente chileno Lagos regalándole un charango a Bono, el líder del grupo irlandés U2. ¿Lo habrá hecho para irritar a los bolivianos o creerá que el charango es un instrumento nacional?

Tampoco entiendo a Bush, si bien eso no es nuevo. ¿Por qué, si como pudo comprobarse en un video, lo habían alertado sobre la posibilidad de que el huracán Katrina destruyera los diques de Nueva Orleans y arrasara la ciudad, no hizo nada? ¿Es sólo desidia o se trata de la manera texana de terminar con los pobres de la zona?

En cambio a Jacques Chirac, el presidente de Francia, cuando propuso en una reunión frente a delegados de 95 países la creación de un impuesto internacional para luchar contra la pobreza y las enfermedades, lo entendí sólo a medias. Me alegra que el jefe de Gobierno de uno de los países desarrollados tome conciencia de un problema que no puede esperar; pero ¿quiénes deberían pagar ese impuesto? ¿Los argentinos estamos incluidos como acreedores o como deudores? Más allá de una realidad globalizada, ¿no es una responsabilidad exclusiva de los que más tienen? ¿Por qué en lugar de uno mundial no crean el Impuesto de los 8?

Menos aún comprendo al gobernador de la provincia de Santa Fe, Jorge Obeid, cuando, al referirse a la expulsión de Cuba del historiador y periodista argentino José Ignacio García Hamilton, sostuvo que la decisión del gobierno de Fidel Castro fue correcta ya que García Hamilton es un opositor al régimen. O sea que para Obeid expulsar a un opositor es lo que corresponde. No pienso como Obeid, por lo tanto intuyo que la próxima vez que visite Santa Fe puedo ser expulsado por el gobernador en persona.

También me confunde un poco la actitud del general Menéndez de negarse a declarar en el juicio que se le sigue en Tucumán por la desaparición de personas, alegando inconstitucionalidad. Imaginaba que para quien gobernó una provincia de facto y habría hecho desaparecer a personas lo único que no podría preocuparle es la constitucionalidad de nada.

Jorge —interrumpió mi terapeuta. ¿Hay alguna otra cosita que no entienda?

Bueno —seguí—, que a punto de comenzar las clases, falten banderas en 1.500 escuelas de la provincia de Buenos Aires me resulta raro; que toda la Inteligencia policial no pueda resolver el robo al Banco Río y sólo pueda esclarecerse cuando una esposa despechada denuncia a su marido me suena algo absurdo; que los suicidios de los excombatientes de Malvinas sumen más víctimas que los caídos en combate me parece patético y no sé si me olvido de algo.

El comedor comunitario de Castells en Puerto Madero —siguió preguntando— ¿lo entiende?

Sí, eso es lo único que me resulta lógico.

Bien, Jorge —concluyó mi analista—. Creo que este año vamos a tener que trabajar mucho.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/03/05/z-03906.htm

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No es enfermedad

Archivado en Desde el divan • Fecha: 22-01-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
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Enero me encontró de otra manera. Al menos en términos psicoanalíticos. Desde la primera sesión, hace ya varios años, hasta la semana pasada, siempre llegué al consultorio buscando ayuda para comprender la realidad. Me ufanaba de no tener traumas a superar, ni problemas afectivos, ni complejos que perturbaran el desempeño normal de mi vida.

En cambio ahora, a poco de comenzado el 2006, mi planteo en la entrevista terapéutica fue más personal, más íntimo.

Doctor —dije al recostarme en el diván—, creo que el alzheimer llegó a mi vida.

El silencio del discípulo de Freud, estimuló mi verborragia y traté de demostrarle mi teoría con ejemplos. Después de tomar un medicamento —dije— siempre dudo si lo hice y en muchas ocasiones lo vuelvo a tomar. Puedo estar mirando el reloj, pero si alguien me pregunta la hora, tengo que volver a hacerlo para poder responderle.

En la cama puedo pasar más de diez minutos buscando los controles remotos y al final tengo que irme a dormir con el televisor prendido. Con la cabeza apoyada en el almohadón, cierro un ojo y otro, alternativamente y, al descubrir que la posición del almohadón varía, tengo la sensación de estar inmerso en un misterio insondable.

Más de una noche, me levanto para ir al baño y aparezco en medio de la cocina. También puedo pasar todo un miércoles pensando que es jueves y hasta el otro día no vuelvo a la normalidad. Otras veces no tengo la menor idea de qué día es.

A veces entro al cuarto y una vez adentro no recuerdo para qué había ido y se me ocurre que si salgo y vuelvo a entrar me voy a acordar. Si estoy solo en el cuarto me descubro pensando en voz alta y, si alguien entra, me pongo a cantar para disimular.

A veces en el espejo del baño, con la luz fluorescente, me miro y digo ¿quién es ese tipo? Al subirme al auto suelo poner el cambio antes de encender el motor.

Si el auto se para me veo obligado a abrir el capot para revisar el motor, aunque no sé nada de mecánica y no distingo una bujía del caño de escape.

También puedo volver a casa y al llegar, cuando miro la puerta de calle recuerdo que de allí me mudé hace más de dos años

Si por la mañana, al salir de casa llueve, salgo con piloto y paraguas, hasta ahí es normal, pero si al mediodía salió el sol, ¿por qué me siento obligado a explicarle a todo el mundo que cuando salí de casa llovía?

Más de una vez tecleé la contraseña de mi página de Internet en el microondas.

Otras veces le envié un mail a la persona que está al lado mío. Reviso mi correo electrónico más de 10 veces al día y por la mañana me conecto antes de lavarme los dientes.

Siempre le pongo sal a la comida sin haberla probado antes.

Si alguien llenó una botella de una gaseosa clara con agua, al tomarla sin saberlo, tengo la sensación de estar bebiendo algo amargo.

Desde que los celulares traen agenda incorporada me cuesta recordar de memoria el número de teléfono de mi casa. Si salgo de casa sin el celular, es como si estuviera desnudo y tengo que volver a buscarlo para no entrar en pánico.

Si alguna vez me abrocho mal la camisa, recién lo descubro a la noche al volver a casa.

Cuando camino al lado de alguien trato de acomodar el paso para que los dos pies izquierdos marchen al mismo tiempo y cuando lo logro tengo la sensación de haber triunfado.

Si estoy sentado en un tren detenido y hay otro enfrente, en sentido contrario, si uno de los dos comienza a moverse me resulta imposible saber cuál es.

A veces, al bajar una escalera, me salteo el último escalón y durante horas me queda la sensación de que el esternón se me clavó entre los ojos.

Doctor —dije por fin. ¿No cree que padezco alzheimer?

No —respondió tranquilo—, no creo que lo nuestro sea alzheimer. Me parece que estamos necesitando vacaciones.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/22/z-03506.htm

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Que nos vayamos

Archivado en Desde el divan • Fecha: 15-01-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

Estamos transitando la segunda semana de enero. El año recién comienza, todavía deberían sobrevivir los ecos de la celebración, aún tendría que resonar en nuestros oídos el estruendo de algún petardo, sería lógico que la memoria emotiva llevara impresa las cien luces de colores de esas cañitas voladoras tan distintas a las de nuestra niñez.

También los cinturones, abrochados un agujero más adelante, reflejando el resultado de excesos gastronómicos que harían transpirar a un sueco en plena nevada, deberían imprimir en nuestros rostros, un tanto más regordetes que en noviembre, al menos la sonrisa de la saciedad.

Sin embargo, no se respira un clima de euforia. Desde los edificios a nadie se le ocurre arrojar papelitos, ni las bocinas de los autos expresan descontrol. La gente no se abraza, ni corre hasta el Obelisco para cantar y mucho menos deja oír el sonido de botellas de champagne descorchándose.

No hay fiesta. Si la hubo, terminó demasiado rápido. Al parecer, ni la expectativa del año que recién empieza, ni las vacaciones que ya llegan, ni haber saldado la deuda con el FMI alcanzan para que algún entusiasta organice un baile popular. En eso pensaba mientras me acomodaba en el diván.

Mire, doctor —comencé—, no pretendo que los hinchas aplaudan a los réferis, ni sueño con colectiveros frenando para que crucen los autos más chicos, tampoco fantaseo con taxistas avisándoles a las señoras mayores que pagaron de más, ni con verduleros tirando los tomates pasados para no perjudicar a sus clientas, o carniceros quitándole la grasa al cuadril antes de pesarlo y mucho menos con adolescentes punks cediéndoles el asiento a las damas, pero quisiera un poquito más de optimismo.

Es cierto, Jorge —dijo el terapeuta con un tono más reflexivo que de costumbre—, la gente no parece muy feliz. ¿Por qué cree que pasa eso?

No sé, doctor —me defendí. Yo acá vengo a recibir respuestas, no a darlas.

A ver, pensemos —me invitó cordial, quizás sabiendo mis pocas ganas a aceptar la propuesta. ¿Si todo lo que mencionó antes ocurriera, no cree que la pasaríamos mejor?

¿Usted propone que los hinchas aplaudan a los réferis o que los adolescentes punks cedan el asiento a las damas?—pregunté sorprendido.

No —se rió—, tampoco pretendo tanto.

No sé si lo entiendo —sugerí mientras me sentaba en el diván porque no podía creer lo que escuchaba. ¿Usted quiere decir si tratamos de ser mejores sin criticar al Gobierno?

Algo así —respondió mi psicólogo.

¿A los anteriores tampoco?— volví a preguntar, esta vez con temor. ¿Ni siquiera a Menem?

Probemos —insistió. Hace poco recibí un mail que señalaba algunas cosas que nos pueden ayudar. Decía por ejemplo que en este país la misma gente que tira la basura en la calle suele quejarse porque no limpian las alcantarillas. Hablaba de los empresarios que hacen fortunas mientras sus empresas se funden. Señalaba a los poderosos que consiguen millones en créditos oficiales, pero se quejan de los subsidios de 150 pesos que se llevan los desocupados. Se preguntaba si en este país se vendieran los periódicos como lo hacen otros lugares, colocándolos en cajas sobre la vereda, aquellos que pagan por un periódico, ¿se llevarían sólo uno? El mail también hablaba de todos aquellos que sin la necesidad de la pobreza, se sienten más vivos colgándose del cable del vecino o mintiendo en su declaración de impuestos.

Tiene razón, doctor —dije por fin—, entonces el Gobierno no tiene la culpa de nada.

Jorge, tampoco la pavada —me interrumpió— eran sólo algunos ejemplos.

No respondí. De pronto me había deprimido yo también.

¿Ahora qué le pasa? —preguntó mientras me palmeaba el hombro.

Pensaba que si es así —dije por fin—, frente a la consigna "que se vayan todos", también deberíamos irnos nosotros.

No me respondió, simplemente se levantó y se fue.

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Querido desconocido

Archivado en Desde el divan • Fecha: 08-01-2006 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

Con cierto temor a derretirme, en el enero más caluroso que recuerdo, me encaminaba a sesión, dispuesto a cumplir con mi deber terapéutico a pesar de las dificultades caniculares.

Los diarios, en estos primeros días del año, hablaban de brasileños de alto poder adquisitivo gastando más del doble que los argentinos en Punta del Este; de turistas menos gasoleros que el año anterior llenando los shoppings de Mar del Plata no sólo para pasear sino, también, comprar; del creciente número de visitantes en Pinamar a pesar del notable aumento de precios en todos los rubros; del presidente de la Nación ausente en Casa de Gobierno a partir de haber extendido sus días de descanso. También de los distintos destinos turísticos elegidos por los integrantes del Gobierno y la oposición.

Todo parecía estar destinado a matar de envidia a aquellos que estábamos trabajando en la ciudad, dejando a cada paso las huellas de nuestros zapatos en el alquitrán cada vez más blando de las calles.

Desde Punta del Este, mientras tanto, llegaba otra información de alguien que casi siempre es noticia: Charly García, en su primera noche en el balneario uruguayo, había hecho parada en el exclusivo Budabar. Al salir, para dirigirse a una disco —su segunda escala— como siempre, lo esperaba un grupo de periodistas del espectáculo y reporteros gráficos. Charly se negó a posar para los paparazzi. Un fotógrafo, Carlos Martínez, no quiso perderse la instantánea. La reacción del músico fue arrojarle primero un vaso que llevaba en su mano (porque no es cuestión de salir de un boliche con las manos vacías) y después un puñetazo que terminó con el tabique nasal del fotógrafo que debió ser atendido en un sanatorio local. Luego, la víctima de la ira del rockero hizo la denuncia policial mientras Charly seguía su recorrida por la noche del Este.

La puerta del consultorio me sorprendió tratando de recordar el número de escándalos de García a lo largo de su carrera. Fueron muchos, incluyendo el milagro de arrojarse desde su habitación a la pileta de natación del hotel y vivir para contarlo.

Entré, me acomodé en el diván sintiendo mi espalda pegándose al colchón y, sin ninguna lógica, disparé: "Cuando uno admira a alguien, lo mejor que puede hacer es tratar de no conocerlo nunca".

En vano esperé una interpretación, una respuesta, algo. No llegó. Imaginé entonces la idea de internarme rondando por la cabeza de mi psicólogo. Por eso traté de explicar mi teoría.

La admiración —sugerí— está siempre cerca de la idealización.

¿Y con eso? —preguntó el terapeuta a modo de respuesta.

Digo —dije— que al conocer a alguien que admiramos, con toda seguridad, vamos a sentirnos defraudados.

Lo ideal con Ernest Hemingway es leer sus libros intentando no enterarnos jamás si se burlaba de sus amigos, le pegaba a su esposa, maltrataba a los animales o tenía el mal vino. Al escuchar una sinfonía de Mozart, vale la pena dejarse envolver por el sonido de su música sin pensar si, tal como lo pintaron en Amadeus, era el más ordinario de los mortales, capaz de disfrutar más del sonido de sus eructos que de sus obras.

Prefiero seguir gozando con el cine de Woody Allen olvidando que sube a su departamento de Manhattan por las escaleras porque le teme al ascensor.

Tampoco quiero que me cuenten —aunque lo sé— que entre las cláusulas de sus contratos figura la prohibición de estrechar su mano por su irracional temor a que se la aprieten demasiado. Me gustaría creer que los personajes fóbicos de sus películas son la creación de un genio y no la confesión de un artista contando su historia.

Tiene razón —concluyó mi terapeuta como si hubiera leído mi pensamiento—. Qué lindo sería no conocer a Charly García.

O al menos —pensé— que los diarios nos cuenten, sólo, que está grabando su próximo disco.

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Asistencia al político

Archivado en Desde el divan • Fecha: 31-12-2005 00:00:00

Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv

La última sesión del año suele ser de balance; pero ya lo había hecho la semana anterior, por lo tanto, una vez más, no sabía muy bien de qué hablar en el consultorio.

¿Deseos para el año próximo? No. Salvo cuando uno está peor que lo habitual o mejor que nunca, año a año suele repetir más o menos los mismos. No quería aburrir a mi terapeuta reiterando los anhelos del año anterior.

¿Objetivos de cambio? Tampoco. Hace tiempo perdí las esperanzas de modificar lo que traigo de fábrica. ¿Para qué hacer reír a mi terapeuta contándole cómo, después de la cena del 31, comenzaré la dieta para volver a usar esa ropa que ya no me entra?

Sin embargo, cambiar es posible. De pronto recordé un informe aparecido en Clarín sobre los grupos de ayuda para hombres violentos gracias a los cuales más de 600 afectados ya fueron rehabilitados. Son talleres gratuitos, surgidos como parte del Programa de Prevención y Asistencia a la Violencia Familiar de la Dirección General de la Mujer del Gobierno porteño.

Ahondando en cada testimonio, encontramos historias terribles, familias arruinadas por maridos incapaces de dialogar. El 50% de los asistentes a los cursos llegan por decisión propia. El resto, derivado por la Justicia, la Policía, los hospitales u otros organismos oficiales.

Si bien la deserción es alta, el mejor resultado se obtiene entre aquellos que acuden a los talleres por su propia iniciativa, al tomar conciencia de los daños que les están causando a sus seres queridos.

Fue entonces cuando me surgió la idea: crear el Programa de Prevención y Asistencia a la Violencia y los Excesos Políticos de la Dirección Nacional del Ciudadano Común. También, como los otros, talleres gratuitos para presidentes, dirigentes políticos, gremialistas, jueces e incluso ñoquis de los tres poderes. ¿Acaso nuestros gobernantes, a lo largo de la historia, no mostraron muchos puntos en común con los hombres golpeadores?

Entusiasmado por mi hallazgo, traté de analizar algunas de las generalizaciones de los maridos violentos para poder compararlas con esos otros, los que tienen la misión de conducir los destinos del país y su gente. La semejanza acrecentó mi entusiasmo.

Los violentos tienden a desculpabilizarse y a depositar en el otro la responsabilidad de su furia. Dicho de otra manera, si un violento presentara un proyecto y éste no fuera aprobado no se le ocurriría pensar que tal vez el proyecto no es del todo bueno y debería modificarlo, sino que los otros en realidad sólo intentan perjudicarlo. Entonces, los atacaría con vehemencia.

Otra de las características es la tendencia a la justificación: el violento trata de fundamentar su actitud en algún episodio disparador y distorsiona la realidad para no sentirse culpable. Volvamos al ejemplo del violento que presentó el proyecto: frente a las críticas que podría recibir, antes de reflexionar sobre el fondo de las mismas, sostendría que quien lo critica, con anterioridad, no criticó otras cosas que eran condenables y desautorizaría las objeciones tachando a los que las formularon.

El violento también presenta una gran dificultad de contactarse con sus sentimientos y, por lo tanto, en lugar de hablar, actúa. La justificación del político, en ese caso sería "yo soy un hombre de acción".

A esas características se puede sumar una baja tolerancia a la frustración (algo que todos los políticos alguna vez demostraron), el sentirse jaqueado cuando lo contradicen o lo cuestionan (no hace falta hacer un gran ejercicio de memoria para encontrar ejemplos en los dirigentes) y una gran tendencia a los celos irracionales (como ocurre con los gobernantes que viven con el fantasma de ser traicionados).

Ya no tenía dudas: era una prioridad nacional iniciar el Programa de Prevención y Asistencia a la Violencia y los Excesos Políticos de la Dirección Nacional del Ciudadano Común. La única dificultad era encontrar políticos conscientes de su necesidad de asistir a esos talleres.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/31/z-04706.htm

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Fue un buen año

Archivado en Desde el divan • Fecha: 24-12-2005 00:00:00

Jorge Guinzburg.
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Pensando en la cena de Nochebuena, decidí ir caminando a terapia.

Claro, el consultorio queda a unas 20 cuadras de casa; de estar ubicado en Luján podría consumir, aunque sea, las calorías del vitel toné.

Sobre el último tramo de la caminata lenta, porque una cosa es quemar grasas y otra muy distinta fatigarse, sentí un poco de hambre. Se me fue la mano en el esfuerzo y me estoy consumiendo, pensé. De todas maneras, cerré los ojos y seguí de largo ante cada escaparate proponiendo garrapiñadas, pan dulce o almendras recubiertas en chocolate porque, ya se sabe, las vidrieras de las confiterías son el cabaret de los golosos.

Por fin llegué al consultorio de mi analista. Toqué timbre y mientras esperaba recorrí con las manos mi cintura para comprobar si ya se notaba la pérdida de peso. La puerta se abrió sin darme tiempo a decepcionarme. Entré, me recosté en el diván y recién allí tomé conciencia de lo poco claro que tenía el sentido de mi presencia.

No sé, doctor —dije mientras intentaba observar su reacción— para qué vengo.

Por supuesto —respondió provocador—, lo noté desde el primer día. No importa, estamos llegando a fin de año, tiempo de balance. Tal vez lo ayude preguntarse si fue un buen año, si se cumplieron sus expectativas en lo afectivo, en lo laboral, en lo...

Claro —interrumpí—, como dicen en los brindis, ¿vio que nunca falta un tío que levanta la copa y pide "salud, dinero y amor" o "felicidad, salud y plata"? Siempre me pareció un poco egoísta, por eso me gusta mucho más la variante "pan, paz y trabajo". Si la sociedad logró esas tres cosas, fue un buen año.

Ahora hay un brindis nuevo —recordó mi terapeuta—. El que lanzó el presidente Kirchner en Showmatch, el programa de Marcelo Tinelli: "Fuerza, trabajo, humildad y mucha entrega para hacer un país distinto".

Emotivo, pensé, aunque en un ámbito no muy conciliador: participando en un scketch que incluía una humillación al ex presidente Fernando de la Rúa. Quizás se lo merece, pero resulta extraño que sea un jefe de Estado quien lo haga.

También resultaba raro ver en la misma escena a la ministra de Economía, Felisa Miceli, y al jefe de Gabinete, Alberto Fernández.

Mientras tanto, otro Fernández, el ministro del Interior, planteaba que "la oposición no quiere que el Gobierno gobierne". Aludía a la negativa del ARI, la UCR y otros partidos a dar quórum en Diputados para tratar la Ley de Emergencia Económica. Ley que de todas maneras se aprobó sin que muchos se expliquen cómo de 128 diputados presentes, el tablero electrónico saltó a 130, sin necesidad de que ingresara nadie al recinto. En honor a la verdad, no se puede acusar al kirchnerismo de haber utilizado, como en otros tiempos, diputruchos para lograr quórum. A lo sumo, el único trucho fue el tablero electrónico del que no se conoce filiación.

Bien —dijo mi analista—. ¿Cree que fue un buen año?

Sé que esperaba una respuesta inmediata; sin embargo no pude gratificarlo. Repasé algunos números tratando de dar una respuesta positiva: para estas Fiestas se registró un turismo récord a pesar de los aumentos de tarifas. Es optimista, salvo que nos detengamos en los incrementos de las tarifas.

Un censo encargado por el Gobierno de la Ciudad registró 1.412 personas viviendo en la calle. Es desalentadora, pero un 20 por ciento inferior al año anterior. Por otro lado se registra un gran incremento en la inversión en materia educativa, noticia alentadora por donde se la mire, y un superávit de 19 mil millones, más de lo pautado para todo 2005 en la balanza comercial.

Bien —concluí después de pensar todo esto—, creo que fue un buen año.

Por eso me parece que vale reforzar el brindis del Presidente y para el 2006, a la "fuerza, trabajo, humildad, mucha entrega" que propuso, agregarle "tolerancia, autocrítica y espíritu democrático, para hacer un país distinto".

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/24/z-04906.htm

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Pagando de un tirón

Archivado en Desde el divan • Fecha: 18-12-2005 00:00:00

Jorge Guinzburg.
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Freud se preguntaba quién entiende a las mujeres. Claro, vivía en Viena. De haber nacido en Buenos Aires su interrogante fundacional habría sido quién entiende a los argentinos.

En eso pensaba mientras contemplaba el cielo raso del consultorio. Todo había comenzado cuando el presidente Kirchner anunció la decisión del Gobierno de pagar de un tirón el total de la deuda contraída con el Fondo Monetario Internacional.

Imaginaba la alegría de los distintos dirigentes políticos, esos que durante años pregonaban la necesidad de terminar con esa relación de sometimiento con aquellos señores malos que llegaban a nuestro país dando órdenes, criticando todo, exigiendo desde el aumento de tarifas en los servicios hasta el cambio de peinado del ministro de Economía. Sin embargo, apenas terminado el anuncio, salvo aquellos invitados por Kirchner al Salón Blanco de la Casa Rosada (esos que interrumpieron su discurso una media docena de oportunidades con ovaciones y aplausos) desde distintos sectores de la oposición, desde la derecha y de la izquierda, es decir, de todos los que se autodefinen de centro, llovieron las críticas.

Si parte de la deuda es ilegítima —sostenían los más radicales que no son precisamente de la Unión Cívica Radical— ¿por qué tenemos que pagar el total sin exigir una quita?

No dejan de tener razón, pero imaginemos esto: papá, en vida, cuando regía los destinos de toda la familia, hipotecó nuestra casa; apenas recibió el dinero pasó primero por el casino, donde perdió casi todo. Después, con lo poco que le quedaba, fue al cabaret y terminó de despilfarrarlo con algunas chicas ligeras. ¿Alguien cree que contárselo a nuestro acreedor hará que nos perdone la deuda heredada? ¿Acaso podrá considerarse un atenuante si el propio acreedor estaba en el casino cuando nuestro progenitor ponía las fichas en el número equivocado y no le aconsejó que volviera a casa?

Cuanto más perversa es una deuda, más difícil será eludir el pago. Eso lo saben tanto los jugadores compulsivos a quienes algún matón les rompió un brazo a manera de primera advertencia, como aquellos países más pobres a los que otros matones más sutiles les cortaron el crédito y los dejaron afuera del mundo. Por lo tanto, legítima o ilegítima, pareciera que sigue siendo deuda y hay que ponerse.

Otros, como López Murphy, se mostraban preocupados por la pérdida de un alto porcentaje de nuestras reservas, quizás sin recordar que esas reservas, durante el gobierno de De la Rúa, cuando le tocó ser ministro de Economía, no alcanzaban para pagar lo que ahora, desembolsando un poco más del 30 por ciento, cancelamos.

Tampoco falta la crítica a liquidar un crédito de intereses más bajos, antes que otros más caros. También es atendible, a menos que pensemos que aceptar la injerencia de un organismo internacional en temas internos es un interés carísimo.

En fin, ante tantas críticas a algo tan deseado vale preguntarse quién entiende a los argentinos. Pero también es factible hacerse la misma pregunta ante los elogios: entre los asistentes a la Casa de Gobierno estaba el titular de la CGT, Hugo Moyano, tal vez el más entusiasta a la hora de aplaudir. Tiene todo el derecho. Eso sí, llama la atención que, con la misma vehemencia, en su momento, aplaudió a Rodríguez Saá, cuando desde su efímera presidencia anunció el corte de manga al Fondo y el no pago de la deuda externa. Por eso también con él vale la pregunta sobre quién entiende a los argentinos.

Eso no es nada, doctor —dije de pronto dando por sentado que mi terapeuta había oído mis pensamientos hasta ahí—. Yo, que comencé la semana enojado con el Ejecutivo por otra de sus iniciativas —reducir el Consejo de la Magistratura dejándolo a merced del poder político—, ahora estoy contento y aplaudo esta determinación de Kirchner como si fuera el más oficialista. A mí, ¿quién me entiende?

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/18/z-04306.htm

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Renuncia al cuadrado

Archivado en Desde el divan • Fecha: 11-12-2005 00:00:00

Jorge Guinzburg.
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Si no fuera un paciente inmerso en un tratamiento psicoanalítico desde hace tiempo, ésta habría sido una buena semana para iniciarlo.

Todo comenzó cuando el ex canciller, Rafael Bielsa (el hermano de Marcelo, aquel técnico de la Selección nacional que después de obtener por primera vez para la Argentina la medalla de oro en los Juegos Olímpicos, renunció aduciendo falta de energía para continuar) decidió seguir el ejemplo familiar pero multiplicándolo: a la renuncia a la Cancillería para candidatearse como diputado, sumó otra a su banca, 24 horas antes de jurar, para embarcarse como embajador de Francia, cargo al que también renunció al día siguiente, por supuesto antes de empezar, intentando volver a ser diputado. Siempre y cuando sus ex amigos kirchneristas —los mismos que no objetaron el juramento de un panqueque que cambió de partido tres días después de terminada la elección, ni de un senador con causas judiciales abiertas por enriquecimiento ilícito— lo permitan; ya que consideran que, en Bielsa, la renuncia es un renuncio del que no se vuelve. Porque renunciar antes de asumir, como lo hicieron Ángel Mazza, el gobernador de La Rioja que puso en su lugar a su hermana para seguir al frente de su provincia; Jorge Taiana, para hacerse cargo de la Cancillería o Sergio Massa, para mantener su puesto en el ANSeS, está bien; lo inadmisible es echarse atrás.

La historia reciente de Rafael Bielsa es muy conocida y no vale la pena extenderse en explicarla: los medios, esos que tienen la maldita costumbre de guardar las grabaciones de programas anteriores, frente al anuncio de su partida a París, usaron esas cintas a manera de telebeam, hicieron replay con las declaraciones del entonces canciller cuando afirmaba su compromiso ineludible con los votantes y dejaron oír la propia voz de Bielsa hablando del honor incomparable de ocupar la banca de diputado en el Congreso.

A eso se sumó —según propias declaraciones del ahora otra vez casi diputado Bielsa— alguna gente que por la calle no lo trató bien. La gota que rebasó el vaso fue cuando una mujer, para colmo embarazada, lo tildó de mala persona. Al hombre se le produjo un dilema moral. La conciencia (esa voz que nos dice que una cosa no se ha de hacer, cuando ya lo hemos hecho, según el pensador español Noel Clarasó) pesó más y el rosarino retrocedió un casillero.

Tal vez Rafael Bielsa no imaginaba lo solo que se quedaría; con un primer mandatario demasiado ocupado atendiendo al tenista Nalbandian para recibirlo o responder su llamado, un Jefe de Gabinete que si bien dijo comprenderlo, no está dispuesto a pensar distinto que el Presidente, un bloque cuestionando su ingreso y una opinión pública poco propensa a perdonar errores porque para eso está Dios.

Es entonces cuando se me ocurre que el tratamiento psicoanalítico es imprescindible para poder entender. Me siento más confuso de lo que debe estar Claudio Morgado, el suplente a punto de asumir si se concretaba la renuncia de Bielsa, ese que ya había retirado el traje de la tintorería para usarlo en el juramento y ahora debe volver a esperar en su casa que alguno de los que están delante suyo sean convocados por el Presidente para hacer alguna otra cosa diferente a su deber en la banca.

Allí comienzan las dudas para plantear en sesión: un diputado, ¿a quién debe responder: al Presidente o al pueblo que lo votó? ¿Es sensato entonces que el Presidente se sienta traicionado sólo porque alguien no hace lo que él pide, por un problema de conciencia?

Me niego a pensar como el humorista español Enrique Jardiel Poncela que el político tiene que ser vil: tratar a sus amigos como si fueran enemigos y a sus enemigos como si pudieran llegar a ser sus amigos.

Y aunque suene ingenuo, me sigue mereciendo más confianza el que comete un error y lo admite, que el que sigue adelante olvidando el deber que le confirió la gente.

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El gen culpable

Archivado en Desde el divan • Fecha: 04-12-2005 00:00:00

Jorge Guinzburg.
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Tiene sentido el psicoanálisis? La pregunta me pareció tonta. Sobre todo porque me la formulé mientras me encaminaba al consultorio de mi terapeuta. Ese tipo de cuestionamientos siempre es más sensato hacerlo después de cumplir con el encuentro psicoanalítico y no antes de comenzarlo.

De todas maneras tenía sentido (la pregunta, no la sesión) frente al cúmulo de padecimientos psíquicos que hoy encuentran explicación en el campo de lo genético.

¿Qué objeto tiene, para un infiel empedernido, recurrir a un tratamiento psicológico o psiquiátrico, en su afán de curar una adicción sexual indiscriminada, después de escuchar a los genetistas explicar que es un gen, el gen de la infidelidad, el que causa su desequilibrio? Lo mejor será resignarse a padecer sus desbordes, tratando en lo posible de no ser descubierto, mientras espera, paciente, la llegada de alguna vacuna o comprimido que evite su comportamiento "enfermo".

¿Con cuánto optimismo podrá iniciar una dieta un gordo, o sentarse con otros excedidos de peso para debatir en el grupo terapéutico su adicción a la comida, cuando en los diarios aparece que también la obesidad es un problema genético? Enterarse debe provocarle tal angustia oral que sólo podrá calmarla devorando un plato colmado de ravioles.

Ahora, en esta campaña de los genetistas por pulverizar las teorías de Sigmund Freud, le llegó el turno a la soledad: según un estudio realizado por investigadores de las universidades de Chicago y Libre de Amsterdam, existe una predisposición genética a padecer la tendencia al aislamiento, la soledad. Un síntoma que según estadísticas del INDEC hace que en nuestro país un millón setecientos mil hogares estén conformados por una sola persona. Algunos solitarios, tal vez, con el deseo de pasarla bomba; pero muchos otros a partir de la imposibilidad de conectarse con los demás, sintiéndose rechazados, abandonados o poco atractivos para ganar amigos o pareja.

De todas maneras —pensé mientras seguía rumbo a mi sesión— la soledad no es el tema por el que recurro a terapia. A lo sumo podrán acusarme de ser un autista expansivo, pero nunca un solitario. ¿Por qué debería dudar sobre la utilidad del psicoanálisis en mi caso?

Se me ocurrió imaginar, entonces, que algún día, vaya a saber en qué universidad, un ignoto genetista descubrirá el gen productor de la dificultad de entender la realidad y yo también deberé sentarme a esperar la llegada de alguna vacuna para superar mi problema genético.

¿Será —seguí preguntándome a metros de llegar al consultorio— un componente genético lo que regula cualquier tipo de conducta?

Un político prepotente, incapaz de escuchar la opinión de otros, propenso a los desbordes, con signos evidentes de autoritarismo, ¿no estará comportándose así sólo porque un gen se lo determina?

Aquel que defrauda a los que lo votaron, cambiando de partido, vendiéndose al mejor postor, incumpliendo sus pactos, ¿es sólo un panqueque o tiene un componente genético que determina su conducta?

Ese otro que robó, incrementó su patrimonio, usó al Estado en su propio beneficio, vació las arcas de su país, fomentó el empobrecimiento de tantos, ¿es un inescrupuloso perverso o es sólo el portador, muy a pesar suyo, del gen de la corrupción?

¿No será un gen y no el intento de perpetuarse en su partido lo que le imposibilitó a tantos viejos dirigentes, durante tanto tiempo, dar un paso al costado?

Ese ministro que ante las evidencias en su contra se defiende planteando un ataque del periodismo a su persona, ¿lo hace por cretino o es un componente genético el que determina su reacción?

Hasta ahora fui siempre propenso a condenar la conducta de cada uno de ellos; pero viéndolo de este modo científico, creo que vale la pena ser más indulgente. ¿O será que estoy padeciendo los efectos del gen del perdón fácil e indiscriminado?

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