Ultima entrega de esta serie que revisó la criminalística nacional.Cecilia era psiquiatra en la Colonia Open Door. La medianoche del 16 de junio de 1985 le dijo a su acompañante sus últimas palabras: “Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato”. Y se esfumó de la faz de la Tierra
La doctora Cecilia Enriqueta Giubileo, una psiquiatra de 39 años que trabajaba en la Colonia Open Door, situada en Torres, cerca de Luján, Provincia de Buenos Aires, fue vista por última vez la medianoche del domingo 16 de junio de 1985, cuando un enfermero y un paciente cruzaron algunas palabras con ella.
Luego, el único que la vio fue su asesino.
La desaparición de la doctora Giubileo, más allá de especulaciones e hipótesis, cosechó un espeso e impenetrable misterio.
La Colonia Open Door
A comienzos del siglo XX, un precursor de la psiquiatría argentina, el doctor Domingo Cabred, tuvo un sueño humanista, propio de aquel país que apostaba al futuro y donde se levantaban, casi de un día para otro, grandes edificios públicos, estaciones ferroviarias, puentes, teatros. Cabred fundó un asilo para albergar y curar a enfermos mentales pobres, que se hacinaban en hospitales que no estaban preparados para atenderlos o, a veces, en cárceles. El proyecto del doctor Cabred comenzó a hacerse realidad en 1906 y se inauguró oficialmente en 1915.
Cuando sucedieron los hechos, el manicomio –cuyo nombre oficial era Instituto Neuropsiquiátrico Dr. Domingo Cabred, pero al que se conocía como Colonia Montes de Oca o Colonia Open Door– ocupaba 600 hectáreas en las cercanías de un pueblo llamado Torres, en las inmediaciones de Luján, 80 kilómetros al oeste de la ciudad de Buenos Aires. No mucho tiempo atrás, Torres había sido un apeadero en el que se detenían algunos trenes para cargar y descargar tarros de leche y correspondencia. En 1985, tenía 1500 habitantes, varios centenares de los cuales prestaban servicios en Open Door. Familias enteras trabajaban en la colonia o realizaban tareas externas para esa institución. Algunos habían heredado el puesto del padre y hasta del abuelo.
Open Door era un mundo autosuficiente. Erigido en terrenos altos y fértiles, contaba con granjas, criaderos de aves, talleres. Por lo demás, a Torres, un típico pueblo de la llanura, lo rodeaban estancias y haras donde se criaban esos caballos argentinos de polo que son célebres en el mundo entero.
Open Door, que quiere decir "puerta abierta", albergaba a 1200 deficientes mentales, distribuidos en 12 pabellones alrededor de un gran edificio central, especie de castillo normando. Los pabellones estaban separados por caminos y arboledas que sombreaban casi un tercio del predio. Hasta había una laguna.
Open Door fue concebido como un asilo abierto, en el que la paz de la naturaleza atenuara el dolor. Pero no era eso.
Era una sucursal del infierno.
"Me llamo Cecilia Giubileo"
Nació en 1946. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Córdoba, en los trepidantes años sesenta. Militó en la izquierda, participó en huelgas y movilizaciones. El Cordobazo, en 1969, la vio entre los estudiantes que gritaban consignas en las calles de La Docta. Cecilia se enamoró de un muchacho llamado Pablo Chabrol. En 1972 se casaron y se fueron a vivir a España; se radicaron en Gijón, donde Cecilia trató de revalidar sus estudios. Pero el intento duró poco. Menos de un año. El matrimonio fracasó. Ella volvió y, ya definitivamente separada, se concentró en la facultad. En 1973, la Universidad Nacional de Córdoba le entregó su diploma de médica. Residió un tiempo en Campana, donde se empleó en una clínica metalúrgica, y en 1974, cuando entró a trabajar en Open Door, se afincó en Luján. Alquiló una casa en la calle Humberto I, y un consultorio en Torres. Aquí, una placa en la calle Calderón de la Barca 770 anunciaba su nombre y su especialidad: "Clínica médica".
Cecilia Giubileo vivía sola.
La doctora era querida tanto en Luján, una pujante ciudad del oeste bonaerense, capital del catolicismo argentino, como en Torres. Trabajar en Open Door, en estrecho contacto con el dolor, era una opción humana, además de profesional. No siempre cobraba las consultas a sus pacientes particulares, algunos de los cuales no tenían con qué pagarle. En su tiempo libre, la doctora investigaba sobre el mal de Chagas; quizá planeaba un doctorado.
Cecilia era una mujer hermosa. Había teñido de rubio su pelo oscuro. Delgada –pesaba 51 kilos–, de boca sensual y ojos intensos, su risa era luminosa. Cuando desapareció, el periodismo hurgó en su vida sentimental. No fue difícil: en Luján y en Torres, todos se conocían. Cecilia había vivido varias relaciones intensas. Con un médico de Campana que le llevaba algunos años; con un contador público de la Capital con quien, al momento de desaparecer, había cortado. Con otro médico, un colega de Open Door; con él, trazó planes. La doctora había hecho inversiones: compró dieciséis hectáreas en la Sección Primera del Tigre. Según versiones, con el colega abrieron un plazo fijo a orden conjunta. La investigación escudriñó incluso sus amistades femeninas: enfermeras, empleadas de la colonia. Algunos medios insinuaron que no estaba definida la orientación sexual de la doctora. Una de sus amigas se indignó: "Si la ven con un hombre, hablan. Si tiene una amiga, hablan. Entonces, ¿una qué tiene que hacer, andar sola?"
La única confidente de Cecilia Giubileo era su madre, María Lanzetti, entonces de 60 años, viuda, que vivía en Córdoba. Las cartas que Cecilia le enviaba eran como un diario personal. Un semanario de Buenos Aires publicó algunos fragmentos. En uno de ellos, la doctora Giubileo se confesaba: "Quiero tener un hijo, formar un hogar... esperar a mi marido cuando llega del trabajo. Quiero y no puedo. No sé qué me pasa. No aguanto. Siento que me despedazo".
La doctora Giubileo estaba de guardia el domingo 16 de junio de 1985, junto con otros dos profesionales. Llegó a la colonia desde Torres manejando su Renault 6 blanco. Firmó el libro de entradas a las 21.38. El tiempo era horrible: frío y húmedo. Al atardecer había bajado una neblina extraña, como un tul.
Los médicos de guardia permanecían en uno de los edificios del predio, llamado Casa Médica, y se trasladaban a los pabellones cuando algún interno lo requería. Aquella noche, la doctora Giubileo trató a un paciente con bronquitis y fiebre alta. Luego atendió el papeleo de unos familiares que vinieron a llevarse el cuerpo de una interna, fallecida por la tarde.
A las 0.15 –ya era lunes 17–, un enfermero de apellido Novello se cruzó con Cecilia Giubileo:
–¿Alguna novedad, doctora?
–Vengo del pabellón 7 –contestó Cecilia–. Atendí una urticaria gigante.
La doctora vestía un jogging azul, con vivos claros, campera celeste y zapatillas blancas. El pabellón 7 estaba a unos quinientos metros de la Casa Médica y la doctora había hecho el itinerario a pie. Pero Cecilia no fue y volvió sola: un paciente llamado Miguel Cano la había ido a buscar y la acompañó de regreso. Aquella noche, el conmutador telefónico de la colonia no funcionaba. Los senderos estaban bien iluminados, con luces de mercurio.
Las pistas
Amaneció el 17 de junio. La colonia se despertó a la luz lechosa de ese lunes. Seguía el mal tiempo. En el estacionamiento, aún estaba el Renault de la doctora Giubileo. Fueron a buscarla, pero el dormitorio estaba vacío y la cama, sin tender. En la mesa de luz sólo encontraron un par de zapatos marrones con puntera beige. No estaba su bolso ni su maletín médico. ¿Salió del predio? ¿Alguien entró a visitarla?
Al cabo de unos días, los amigos y allegados de Cecilia, alarmados, hicieron la denuncia en la comisaría de Torres, donde quedó asentada como "búsqueda de paradero". La policía comenzó a reconstruir los movimientos de la doctora durante aquella noche. Pero todo terminaba cuando la doctora le había dicho al paciente que la había acompañado desde el pabellón 7 hasta la Casa Médica: "Andá tranquilo. Yo voy a descansar un rato".
Luego no se la vio más. No pasó nada extraño entre la noche del domingo 16 y el lunes 17 de junio de 1985 en la Colonia Open Door. Sin embargo, la doctora Giubileo se había esfumado.
Comenzó la lenta y penosa investigación sobre el paradero de Cecilia Giubileo, conducida por el juez federal doctor Héctor Heredia. De pronto, ante los ojos asombrados de los internos, la colonia fue invadida por inesperados visitantes. Jaurías de perros adiestrados husmearon los rincones. Un helicóptero sobrevoló el lugar buscando huellas. La policía se internó en túneles jamás explorados. Se revisaron sótanos y altillos con polvo de siglos. Las brigadas rastrillaron cada centímetro del predio. Se abrieron dos pabellones clausurados.
La familia de Cecilia, para activar la causa, contrató a un abogado, el doctor Marcelo Parrilli, quien señaló un dato extraño: la doctora había cargado el tanque del Renault el domingo por la tarde. Sin embargo, cuando lo revisaron frente a la Casa Médica, no tenía ni una gota de nafta. Otro dato llamativo: el paciente que fue a buscar a la doctora a la Casa Médica y la acompañó al pabellón 7 había visto salir un furgón funerario. Lógico: se llevaba el cuerpo de la paciente muerta. Pero también vio un coche negro con las ventanillas delanteras y traseras cerradas. Y la funeraria no sabía nada de ese coche.
El personal de la colonia fue interrogado minuciosamente. Pero los pacientes, esos mil doscientos pares de ojos, eran testigos mudos: muchos de ellos no podían expresarse. Y si lo hacían, ¿se podía confiar en la palabra de esos enfermos? El caso Giubileo encerró una paradoja: los que podían hablar, no sabían. Los que, quizá, supieran algo, no podían hablar.
La conexión política
Se hurgó en la vida sentimental de la médica, lógicamente agitada por tratarse de una mujer joven, hermosa y libre. Pero todos los involucrados soportaron la investigación sin que pudiera acusarse a nadie.
Cecilia Giubileo trabajaba, había empezado a practicar taekwondo, estudiaba canto y participaba en un coro de Luján. Tenía amistades en Torres, donde visitaba a una persona mayor conocida como "la abuela Bellido", una anciana muy querida en el pueblo y que era para Cecilia como una segunda madre. A veces visitaba a la doctora una ahijada de ocho años que solía quedarse a dormir. Esa noche debió haber ido la niña, pero Cecilia la hizo desistir. ¿Significaba algo todo esto?
¿Tenía que ver el pasado tormentoso del país con la desaparición de la doctora Giubileo? Se especuló con ello. Pablo Chabrol, su ex marido, no registraba antecedentes políticos, pero dos hermanos de él habían militado en el ERP y estaban en las listas de desaparecidos de la Conadep. El suegro, Pablo Pedro Chabrol, molestó a los militares con sus incansables gestiones para averiguar el paradero de sus dos hijos, por lo que también él fue detenido y castigado.
Pero la conexión política no avanzó porque no pudo hallarse una relación entre estos sucesos y la misteriosa desaparición de Giubileo.
Otras hipótesis tampoco prosperaron: se dijo que Cecilia pudo haber sido secuestrada para pedir un rescate. En su casa de la calle Humberto I, guardados en una caja de maicena, se encontraron 3000 dólares, sus ahorros. Pero nadie pidió rescate. La posibilidad de que algún paciente de la colonia la hubiese atacado fue desinflándose: ¿era plausible que un deficiente mental planeara un crimen con tanta precisión? Los más insólitos rumores se desataron: se dijo que Cecilia había sido vista cuando entraba en un castillo en Lobos; también mientras caminaba por una calle de Tucumán o de Trelew...
El factor Menguele
Poco a poco, el verdadero rostro de Open Door salió a relucir: había tráfico de órganos, se utilizaban enfermos como cobayos para experimentar nuevas drogas. La corrupción reinaba en un hospital en el que el 85% de los pacientes no habían sido visitados por nadie durante el último año, según reveló un estudio realizado por la socióloga Silvia Balzano, del Conicet, mucho después. La desorganización, el caos administrativo y la desidia hacían de Open Door un depósito de cobayos. Las evidencias eran abrumadoras: cuando se renovó el mobiliario se sobrefacturó la compra. ¡El Estado pagó por 25.000 sábanas, pero sólo ingresaron unas pocas!
La encuesta judicial, pero sobre todo las investigaciones de la prensa, perforaron las complicidades oficiales y la opinión pública.
Miles de pacientes habían pasado por la colonia sin que se registrara su alta o defunción. En el sumario interno, el director de la colonia alegaba que los pacientes solían escaparse. Pero uno de los "huidos" era parapléjico. ¿Por qué la tasa de mortalidad era tan alta? ¿Se realizaban en Open Door extracciones de córneas? ¿Se traficaba con plasma, que en aquella época se vendía a 60 dólares el litro? ¿Eran los mil doscientos pacientes de Open Door donantes involuntarios? ¿Se vendían riñones, hígados, córneas, de pacientes (¡vivos!) por quienes nadie protestaría? Cuarenta años antes, el doctor Menguele había hecho eso... en Auschwitz.
La conexión de este infierno con la doctora Giubileo no tardó en instalarse en la opinión pública. Si en su vida privada no se encontraban motivos para su asesinato, sólo había que sumar dos más dos: Cecilia había metido la nariz en un turbio mundo ilegal.
Se abrió un sumario por las irregularidades de la colonia, que incluían maltrato sexual hacia las enfermas y sospechas de rufianismo. Pacientes de Open Door habían quedado embarazadas y hubo apropiación de los recién nacidos. Algunos periodistas que investigaban el caso, como Enrique Sdrech, fueron amenazados. La BBC destacó un equipo encabezado por Bruce Harris, que realizaba una investigación sobre el tráfico mundial de órganos. Más de media hora de ese documental trataba sobre la siniestra realidad de la colonia. La repercusión de este programa de TV fue enorme. El Dr. Florencio Eliseo Sánchez, director del instituto, fue inculpado y detenido. Murió en la cárcel, sin haber revelado ningún dato que aclarara el misterio.
Una de las tantas preguntas sin respuesta es la siguiente: ¿por qué no se dragó el lecho de la laguna de Open Door? ¿Yacía en su fondo el cuerpo de la médica?
Noticias sobre el infame tráfico de órganos han aparecido muchas veces en estos últimos veinte años. Cecilia Enriqueta Giubileo permanece desaparecida. Nadie fue inculpado por su presunta muerte.
Por Alvaro Abos
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Con apenas 20 años, consumó el espeluznante récord de once muertes en un año. Cuando fue detenido, en 1972, sorprendió al país con su cara de niño y su falta total de arrepentimiento. Hoy cumple condena en Sierra Chica
Desde Retiro hasta San Fernando, a lo largo de 15 kilómetros, se extiende una aglomeración urbana que las guías de turismo de la ciudad de Buenos Aires llaman "la ribera norte". Viven allí millones de personas, pero el lugar no es importante por los números: alberga lo mejor y lo peor de la gran ciudad. En ella se alzan las residencias más elegantes. Algunas rodeadas por enormes barriadas miserables. La ribera norte es el lugar del poder: en un predio de 14 manzanas situado en Olivos, viven los presidentes de la Argentina. Es también escenario de placeres: restaurantes, clubes, posadas del amor convocan cada noche a multitudes. Y de pasiones populares como el turf (allí tienen sus templos los burreros, en los hipódromos de Palermo y San Isidro), o el fútbol (el Estadio Monumental). La ribera norte es también la ciudad de las artes: en San Isidro, junto a las barrancas, Victoria Ocampo recibió a lo más granado de la cultura del mundo.
Fue cuna de sabios y genios, de magos y curanderos, también de caudillos y pistoleros.Y de criminales. Entre ellos, ninguno como Carlos Eduardo Robledo Puch. Su récord homicida fue breve y aun hoy, a treinta años de distancia y con mucha sangre corrida bajo los puentes, impresiona. En un año mató once personas –quizá más– y consumó decenas de asaltos. Lo hizo en supermercados, quioscos y garajes de Acassuso, Martínez, Olivos y Vicente López. No necesitó salir del barrio para pasar a la historia negra de la Argentina.
Comienza la década del 70 y Robledo Puch es un muchacho rubio, flaquito, de exuberante cabellera rizada, nacido el 22 de enero de 1952. Su padre, del que hereda los dos apellidos, es descendiente del general Martín Güemes. Es también un importante técnico de la General Motors. La madre de Robledo Puch es hija de alemanes. La familia vivió mucho tiempo en Tigre, y después en un chalet de Villa Adelina.
Robledo Puch, a quien en el colegio llamaban "leche hervida", por su carácter, o "el colorado", es un rebelde. Un violento. Es inteligente y buen lector, pero tiene lo que, eufemísticamente, se llama "problemas familiares". Por robar una moto lo mandan un tiempo a un correccional, la Escuela de Artes y Oficios José Manuel Estrada, en Los Hornos, cerca de La Plata. Sus padres hicieron de todo para disciplinarlo, por ejemplo, colocarlo en diversos colegios, donde invariablemente era expulsado.
Carlos Eduardo se hace de dos amigos fieles con los que comparte la pasión por las motos y los coches. Uno se llama Jorge Ibáñez, es un rosarino dos años más chico pero con más experiencia que Robledo Puch: roba desde los diez años. El otro es Héctor Somoza, más modesto, hijo de un panadero de Villa Adelina, vecino de los Robledo Puch. Pero Ibañez y Somoza no se llevan bien. Entonces, Carlos Eduardo debe optar y se queda con Ibáñez, alias Queque.
En septiembre de 1970, Ibáñez y Robledo Puch roban la joyería de Rachmil Israel Isaac Klinger, en Olivos. Sacan 100.000 pesos. Luego asaltan un taller de caños de escape, a pocas cuadras de la joyería, de donde se llevan 110.000 pesos. En enero de 1971 entran en una casa que vende motos en San Fernando y roban una vieja Guzzi roja de los años cincuenta y una Gilera 150 más nueva, negra y roja. En un cajón, Robledo Puch descubre una máquina que lo fascina: es una pistola Ruby calibre 32.
El 15 de marzo de 1971 dos hombres dormitan a la madrugada en dos catres: son el dueño y el sereno del boliche Enamor, en Espora 3285, Olivos. Entran Ibáñez y Robledo Puch por una ventana trasera. Se llevan 350.000 pesos de la caja. Robledo Puch ve a los dos hombres dormidos y desenfunda su Ruby 32. Le pega un balazo en la cabeza a cada uno. Mueren sin despertar.
El 9 de mayo de 1971, a las cuatro de la madrugada, Robledo Puch e Ibáñez se descuelgan por un tragaluz y entran en un negocio que vende repuestos de automóviles Mercedes-Benz, en Vicente López. Robledo Puch se introduce en el dormitorio donde reposan una pareja y un niño de corta edad. Robledo Puch asesina al hombre y dispara contra la mujer. Ibáñez, a pesar de que la mujer está herida, intenta violarla. Ella sobrevivirá como testigo. Antes de huir con 400.000 pesos, Robledo Puch dispara a la cuna donde llora un bebe de pocos meses que salva la vida de milagro: la bala lo roza.
La noche del 24 de mayo Robledo Puch e Ibáñez entran en un supermercado Tanti, en Olivos, y asesinan al sereno.
Hasta entonces, la policía no había ligado estos crímenes entre sí. Formaban parte de la trama del delito que palpita en una ciudad inmensa. La simultaneidad de los hechos había ganado algún espacio en los diarios: "Volvió a golpear la secta del crimen en la zona norte", rezaba un título.
Raid violento
El 13 de junio de 1971 Jorge Ibáñez entra en un garaje del barrio de Constitución, en la Capital Federal. Son las once de la noche. Sin pronunciar palabra, mata de un tiro en la cabeza al cuidador. Ibáñez elige, de entre los coches que duermen en el garaje, un Ford Fairlane y se retira tranquilamente, dirigiéndose hacia el norte de la ciudad. Pasa a buscar a su amigo y comienzan a deambular por Olivos. En la Avenida del Libertador al 3800, Ibáñez ve una mujer joven que sale de un boliche.
–Traela –ordena a su compañero. Robledo cumple la orden.
Ibáñez le cede el volante a Robledo Puch, que a toda velocidad comienza a circular por la Avenida del Libertador. En el asiento trasero, Ibáñez viola a la muchacha. La dejan bajar en la ruta Panamericana. Pero mientras ella se aleja, Robledo Puch la acribilla con cinco tiros en la espalda.
Carlos Robledo Puch y Jorge Ibáñez formaban lo que se llama una "pareja delincuente". Como los asesinos norteamericanos que Truman Capote retrató en su libro A sangre fría, había entre ambos una relación de dependencia, quizá de sumisión. Ibáñez era la cabeza pensante y Robledo Puch, el ejecutor. Ibáñez mandaba y Robledo Puch obedecía.
Pocas noches después de matar a la adolescente, se toparon con otra muchacha que salía de Katoa, en Vicente López, donde el novio trabajaba de camarero. Quisieron subirla al coche. La muchacha se resistió tenazmente a la violación e Ibañez desistió. La arrojaron del coche semidesnuda y cuando ella corría al borde de la Panamericana, Robledo Puch la mató a tiros.
El 5 de agosto, Robledo Puch e Ibáñez recorrían la avenida Cabildo en un Di Tella que era del padre de Carlos. Robledo Puch tuvo un descuido y se estrellaron contra otro coche. Ibañez, que viajaba en el asiento del acompañante, murió en el acto. Robledo Puch incurrió en una conducta habitual en él: la frialdad absoluta ante la muerte. Le sacó la cédula a Ibáñez, se bajó del coche y se retiró a pie.
Algunos dudaron, luego, de que Ibáñez hubiera muerto en un tonto accidente. El fin del muchacho pudo haber sido otro. ¿Un ajuste de cuentas? ¿Había una tercera persona en el coche? Lo cierto es que la muerte de Ibáñez marcó una pausa en la carrera criminal de Robledo Puch: dejó de matar y retomó sus estudios. Su madre le regaló un Dodge GTX cupé, con llantas deportivas. Costó 3.041.000 pesos. Lo compraron en una concesionaria de Martínez. Tiempo después, cuando le preguntaron al "ángel rubio", ya preso, cuál había sido el momento más feliz de su vida, no vaciló:
–El día en que mi madre me compró el coche.
En realidad, el Dodge Polara se lo compró su madre con dinero que Carlos Eduardo le daba. ¿Cómo hacía un muchacho para tener esa plata? Es que soy un gran mecánico y arreglo motos, mamá, decía él. Le creyeron. Algunos de los robos no produjeron botín alguno, porque los serenos asaltados no custodiaban dinero, pero el del supermercado Tanti, por ejemplo, los compensó: de allí se llevaron cinco millones.
Durante aquel intervalo feliz, su padre lo llevó en varios viajes de negocios al interior. Mientras tanto, algún policía intentaba ligar el rompecabezas macabro conformado por esos crímenes dispersos que se habían sucedido desde marzo.
Muerto Ibáñez, Robledo Puch se volcó hacia su amigo Somoza, con el que comenzó a salir cada noche. El 13 de noviembre rompieron la vidriera de una armería y se llevaron un revólver Astra Cádiz calibre 32. Dos días después asaltaron el supermercado El Rincón, de Boulogne. Acribillaron al sereno y encontraron la caja vacía. Al día siguiente, Robledo Puch estrelló el Dodge Polara contra un árbol en Figueroa Alcorta y Dorrego. Entonces, durante un tiempo, los asesinos se desplazaban en colectivo.
El 17 de noviembre, Robledo Puch y Somoza entraron en una concesionaria de autos en Olivos y mataron al cuidador. El 25 de noviembre entraron en la concesionaria Puchmartí, de Martínez, en la que su madre le había comprado el Dodge. Se filtraron por el techo, redujeron al sereno y le sacaron las llaves. Robledo Puch lo mató de un tiro en la nuca.
Se llevaron un millón. Se fueron en taxi y al día siguiente compraron un Fiat 600 gris. Querían prepararlo para competición. Le duró unos pocos días. Robledo Puch manejaba como un loco y al Fitito lo arrolló un colectivo. Lo vendieron como chatarra.
Después, vino el final. Fue el 1° de febrero de 1972. Salieron a "recorrer". Robledo Puch vestía una campera de corderoy Levi’s, remera a rayas, jean sin cinturón con la cintura caída. En la muñeca llevaba un Omega Speedmaster y calzaba sus Adidas blancas.
Entraron en la ferretería Masseiro Hermanos, de Carupá. Como siempre, remataron de un tiro al vigilador. Luego intentaron abrir con las llaves la caja de caudales. Comenzaron a violentarla con un soplete. Somoza trabajaba y Robledo Puch vigilaba. Tras sopletear varias horas, Somoza hizo una pausa y se acercó a su compañero. Lo abrazó desde atrás, en un gesto amistoso. Robledo Puch se sobresaltó. Se dio vuelta y lo mató de un balazo. Después le quemó la cara con el mismo soplete. Robledo Puch terminó de abrir el cofre, recogió el botín y se fue. Con tanto apuro que dejó la cédula en el bolsillo de Somoza.
La policía identificó el cadáver de Somoza. Tenía un tiro en el corazón y la cara horriblemente quemada con fuego. Una comisión fue a la casa de Somoza. Una señora les dijo:
–¿Mi hijo? Ahora no está. Anda siempre con su amigo, Carlos.
–¿Qué Carlos?
–Carlos Robledo. Le dicen "el colorado".
Ella les dio las señas de la familia Robledo Puch: Las Acacias al 200, Villa Adelina.
Un coche de la subcomisaría Balnearios llegó a las cuatro de la tarde a ese chalet. Era el 3 de febrero de 1972. Apenas habían parado cuando apareció un chico en una motito.
–¿A quién esperan, señor? –preguntó Robledo Puch, desentendido.
–Pibe, ¿vos conocés a un tal Somoza?
–¿Somoza? No, ¿quién es?
–Debe ser un amigo tuyo, porque tenía tu cédula en el bolsillo.
La policía registró el chalet de los Robledo Puch y, escondido en un rincón del piano, encontró el dinero de los robos, así como dos revólveres calibre 32 y cinco calibre 22.
Lo subieron al coche y lo llevaron a la comisaría. Carlos Eduardo Robledo Puch al principio negó. Pero enseguida confesó todo, haciendo gala de una memoria excepcional. Recordaba cada detalle y le reveló a la policía algunos robos que ni siquiera estaban registrados.
Sin arrepentimiento
Sus confesiones llenaron durante meses la crónica policial. Lo bautizaron "El ángel negro", "El tuerca maldito", "Cara de ángel", "El muñeco maldito" o "El Chacal". Pero pronto la descripción de tantos crímenes dejó paso a otro deporte: interpretar a aquel monstruo que la sociedad había engendrado. Para algunos, fue el representante de una clase social parasitaria. Para otros, el exponente de una juventud destruida por anteriores generaciones. Uno de los psiquiatras que lo revisaron recordó que "ahora es un psicópata, hace unos años fue un chico asustadizo". Lo más sorprendente eran las explicaciones que el propio Robledo Puch daba. "Un pibe de veinte años no puede estar sin guita y sin coche." ¿Cinismo? ¿Provocación? ¿O la cruda explicación de un mundo de infinita miseria?
"Tenía 20 años, era aparentemente un chico común, perteneciente a una familia de clase media", lo describió el juez Víctor Sasson. No mostraba el aspecto de un criminal convencional. Una revista semanal lo interpretó a la luz del psicoanálisis: Robledo Puch, decía Panorama, "es visto como el Mal con aspecto de Bien y al horror real de los crímenes se suma el de la fantasía…" Crónica explotó a fondo esa dualidad: "Es niño bien, tiene 20 años, carita de ángel, frío, feroz y cínico".
La saga del "ángel rubio" tuvo una impensada continuación: el 7 de julio de 1972, el entonces acusado en espera de juicio estaba recluido en una dependencia especial del Penal de Olmos, cerca de La Plata. Esa noche, en compañía de otro detenido, se fugó saltando por los techos. Estuvo en libertad durante 64 horas. Lo detuvieron mientras deambulaba por las calles de Olivos, el escenario de sus crímenes.
–¿Robledo Puch?
–Sí, soy yo.
–Párese, está detenido.
–No tiren.
Para Osvaldo Soriano, que escribió una crónica sobre él, "Robledo Puch desnuda la apetencia exitista de algunos jóvenes cuyos únicos valores son los símbolos de éxito".
Otro escritor, Osvaldo Aguirre, señala que Robledo Puch permanece en la memoria colectiva no sólo por la desmesura de sus crímenes, sino porque jamás se arrepintió ni pidió perdón. Por el contrario, en las numerosas entrevistas que concedió en estos treinta años en la cárcel de Sierra Chica, donde ocupa una celda del pabellón de homosexuales, reivindicó sus actos.
El paso del tiempo embellece el delito, aun el más sórdido. Así nacen los mitos criminales. Pero Carlos Eduardo Robledo Puch ha mantenido su odio incólume. No hay mito Robledo Puch. El horror continúa. "Mató a personas comunes sin ninguna razón y sin dar la menor posibilidad de defensa. Cualquiera pudo ser su vícitima: por eso fue la esencia del enemigo público." Y lo sigue siendo.
Por Alvaro Abos
Fuentes: Artistas, locos y criminales, de Osvaldo Soriano; Enemigos públicos, de Osvaldo Aguirre; Crímenes argentinos, de Rolando Barbano y otros.
Ultima entrega: La desaparición de la Dra. Giubileo
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En el barrio de Floresta, en 1962, una adolescente de 16 años, hija única de un empleado municipal, fue a su clase de inglés y nunca volvió. Pese a las múltiples versiones, hasta hoy nadie sabe qué ocurrió...
Le decían Pipi, tenía 16 años. Fue a la clase de inglés y nunca volvió. Vivía en el barrio de Floresta, era la única hija del empleado municipal Enrique Penjerek y de la enfermera Clara Breitman. Cursaba el quinto año del Liceo de Señoritas N° 12 y soñaba con estudiar odontología. Se llamaba Norma Mirta Penjerek.
A las siete de la mañana del 29 de mayo de 1962 el termómetro marcaba una décima de grado bajo cero: era el día más frío del año.
–Nena, no se te ocurra ir a inglés, esto es Siberia –le dijo su mamá cuando ella volvió del colegio–. Además, no hay colectivo.
–¿Por qué?, ¿qué pasa?
–Hay paro general.
A Norma Mirta, como a toda chica de su edad, la casa la oprimía. ¿Quedarse en su cuarto, escuchando el último disco de Elvis Presley? ¿Escribiendo en su diario –poemas, pensamientos, fantasías– con esa letra redonda y prolija? Pero a Norma Mirta, esa muchacha de mirada soñadora, ¿qué le importaba de la CGT?
Además, cuando había paro, los dueños manejaban los colectivos. Norma Mirta envolvió su cuello en una bufanda de lana.
Esa tarde, la señorita Perla, la profesora de inglés, la notó un poco lánguida. La clase de inglés duró desde las siete y diez hasta las ocho menos cuarto. Veinte minutos después, Norma Mirta tendría que haber estado en casa. La señorita Perla Stazauer de Priellitansky era profesora de inglés en el colegio Cinco Esquinas y daba clases particulares en su casa de Boyacá 420. ¿Le había dicho algo Norma Mirta aquella tarde? Sólo después, cuando pasó todo, a la profesora le pareció que la muchacha estaba preocupada.
De Boyacá al 400 hasta la casa de los Penjerek, en la avenida Juan Bautista Alberdi 3252, hay unas 17 cuadras. ¿Qué camino hizo Norma Mirta? ¿Acaso subió a un colectivo 76, que –por el paro– pasaba cada muerte de obispo? ¿Caminó? ¿Hubo algún incidente en aquella tarde que ya era noche invernal?
A las nueve, la mamá, ya muy inquieta, hizo lo que hacen todas las madres: llamó a las compañeras y a las amigas de su hija.
–No, señora, yo no la vi…
La última esperanza de los padres era una chica llamada Aída Robles, la amiga íntima de Norma Mirta. Pero Aída no sabía nada.
A la medianoche, el señor Penjerek llegó a la comisaría 40a. y denunció que su hija había desaparecido. ¿Cómo iba vestida? Una pollera gris tableada, un blazer azul.
Las semanas pasaron con la lentitud de una tortura. Todas las hipótesis fueron barajadas y descartadas. Se descartó que hubiera sufrido un accidente: ni en los hospitales ni en las clínicas había señales de Norma Mirta. Sencillamente, la ciudad se la había tragado.
La sociedad apenas percibió este drama. Era sólo una chica perdida en la ciudad inmensa. Quedaron algunas huellas, pocas. Una pequeña noticia en algún diario: "Extraña desaparición de una jovencita".
A los diez días, la familia publicó una solicitada con la foto de Norma Mirta: "Se busca". Como siempre en estos casos, acudieron mitómanos y perversos; también, alguna gente de buena fe, confundida. Un vivillo pidió dos mil pesos para revelar la verdad sobre la muchacha: se descubrió que no sabía nada y quedó detenido por tentativa de extorsión.
Pasó un día y otro y otro. Norma Mirta Penjerek sería un nombre más en la larga nómina que llena los ficheros de la Sección Desaparecidos del Departamento de Policía.
Un cadáver desnudo
Cuarenta y seis días después de la desaparición de Norma Mirta, a las seis de la mañana del lunes 16 de julio de 1962, sonó el teléfono en la planta baja D de la avenida Juan Bautista Alberdi. Los padres, antes de descolgar, intuyeron que sería una mala noticia.
El domingo 15, un perro había olfateado algo en unos terrenos baldíos de Llavallol, en el sudoeste del Gran Buenos Aires. Un objeto extraño asomaba en el fango. El perro pertenecía a un guardián del Instituto Fitotécnico de la Universidad Nacional de La Plata. El hombre tardó en reconocer esa forma. Eran los dedos de una mano. El lugar no podía ser más lóbrego: unos potreros usados para experimentar cultivos. Personal de la comisaría de Llavallol concurrió inmediatamente y desenterró el cadáver, ya muy descompuesto, de una mujer desnuda.
Aquellos policías provinciales actuaron con poco profesionalismo, según críticas que se formularon luego. No acordonaron el lugar para conservar huellas. Lo pisotearon. Tampoco interrogaron al guardián. No se analizaron algunas prendas halladas cerca: un corpiño, un pulóver marrón y una enagua celeste. Ninguna de ellas pertenecía a Norma Mirta.
¿Quién era la mujer encontrada en Llavallol?
Había sido estrangulada con un alambre y un instrumento cortante le había seccionado la vena cava superior. La primera autopsia la hizo el forense doctor Carlos Garay. Determinó que la víctima era una mujer de 1,65 de estatura y unos veinte años de edad. Esto no coincidía con Norma Mirta, que medía 10 centímetros menos.
Horrorizados, los padres fueron a la morgue de La Plata. El cadáver desfigurado de Llavallol no les recordó para nada a la hija perdida. Una segunda autopsia, realizada por el doctor Antonio Lara, rescató una huella dactilar, la del dedo anular de la mano izquierda. Según este forense, era la única huella reconocible. La comparó con la ficha dactiloscópica de Penjerek. Eran idénticas. Según esta autopsia, la muerte se habría producido el 6 de julio, con un margen de 48 horas en más o en menos. O sea: entre el 4 y el 8 de julio de 1962. Pero esto no coincidía con el avanzado estado de descomposición que presentaba el cuerpo cuando había sido hallado, el 15 de julio. Norma Mirta se atendía en el consultorio de un dentista de Floresta, quien reconoció la dentadura del cadáver. Con este testimonio, la Justicia dictaminó que el cadáver de Llavallol era el de Penjerek. La causa por homicidio recayó en el juzgado del doctor Alberto Garganta, en los tribunales de La Plata. El 25 de agosto de 1962, el cuerpo fue devuelto a la familia.
Una multitud acompañó el féretro a su última morada en el cementerio de La Tablada.
La delatora
Durante el año que siguió, no se produjo ningún avance en la investigación. El crimen de Norma Mirta no fue mencionado por la prensa, que, durante la segunda parte del año 1962 y el primer semestre de 1963, tuvo muchos temas de los que ocuparse.
De pronto, el 15 de julio de 1963, la noticia explotó en los diarios argentinos: una mujer detenida por la Brigada de Moralidad en la vereda de la estación Constitución, dijo: "Yo sé quién mató a la chica Penjerek".
La delatora se llamaba María Sisti, tenía 23 años y varias entradas por ejercer la profesión más antigua del mundo. Interrogada a fondo por el comisario Jorge Colotto, de la Policía Federal, y por el subinspector Vodeb y el subcomisario Toledo, de Llavallol, María Sisti contó una historia extraña.
En la localidad de Florencio Varela, a pocos metros de la estación, la tienda La Preferida vendía zapatos para mujeres. Su propietario era un hombre de 47 años llamado Pedro Vecchio, un viudo con dos hijas. Tenía un Kaiser Carabela verde claro. También era concejal electo por el partido Unión Vecinal, orientado por el político peronista Juan Carlos Fonrouge. Según Sisti, Vecchio era la cabeza de una red de prostitución y pornografía que se especializaba en proveer "carne fresca" para orgías con gente adinerada y políticos influyentes. Según la declaración, Vecchio y cinco o seis cómplices reclutaban menores a quienes corrompían con drogas. Vecchio no actuaba solo; lo secundaba una tal Laura Muzzio de Villano, dueña de una boutique situada a pocos metros de la zapatería de Vecchio. Sisti había visto a Norma Mirta en el escenario de las fiestas negras, el chalet Los Eucaliptos, situado en otra localidad del sur bonaerense: Bosques.
Luego de estas revelaciones, otras tres jóvenes prostitutas fueron detenidas y confirmaron la historia, que poco a poco fue filtrándose a la prensa. También confesó Villano. Cada día, nuevas revelaciones conmovían a la opinión pública con detalles truculentos: Vecchio habría salido a "cazar" jóvenes aquel 29 de mayo. Según María Sisti, Vecchio y sus cómplices levantaron a Penjerek y, tras drogarla, la entregaron a un cliente. Luego le sacaron fotos. Vecchio –siempre según Sisti– habría estrangulado y acuchillado a Norma Mirta en Los Eucaliptos cuando ella quiso resistirse a que siguieran drogándola. Envolvieron el cuerpo en una manta y lo escondieron en el sótano del chalet de Bosques. Sólo cuando empezó a descomponerse y temieron que el hedor advirtiera a los vecinos, lo llevaron a un descampado de Llavallol, donde quedó semienterrado.
A todo esto, ¿qué pasaba con el tal Vecchio? No fue encontrado en su domicilio. Indudablemente, había huido. Pero el 23 de septiembre de 1963 se presentó espontáneamente y proclamó su inocencia: "No tengo nada que ver con todo esto –dijo el comerciante–. Nunca vi en mi vida a esa chica y no sé quién es".
Una psicosis se había desatado en Buenos Aires. La juventud argentina estaba siendo pervertida por intereses espurios, decían organizaciones familiares, ligas de madres, ciudadanos, personalidades. Se reclamaba la limpieza profunda de esa escoria. Si alguien hubiera dicho una palabra en favor de Vecchio lo habrían acusado de alentar la corrupción de la juventud argentina. En el Parlamento surgido de las elecciones de 1963 se exigió una interpelación. Miles de cartas habían desbordado el despacho del general Osiris Villegas, ministro del Interior del gobierno provisional del presidente José María Guido. Hasta la CGT, en una de sus declaraciones, incluyó "la limpieza moral" entre los reclamos de sus frecuentes huelgas generales.
El 29 de junio de 1963 había salido a la calle un nuevo vespertino: Crónica, editado por Héctor Ricardo García. Las primeras semanas no conseguía vender más de 20.000 ejemplares. Pero con las revelaciones que resucitaron el crimen de la Penjerek, el nuevo diario agotaba ediciones, y así se instaló en el difícil mercado de los diarios de la tarde. Gracias a sus truculentas notas, Crónica superó la barrera de los 100.000 ejemplares. Alguien le dio al diario de Héctor Ricardo García fotos de supuestas orgías. En ellas no se veían los rostros, pero sí los cuerpos.
La hipótesis Eichmann
El 23 de agosto de 1963, el matutino El Mundo –que contaba entre sus columnistas a Edgardo da Mommio, Horacio de Dios y Bernardo Neustadt– lanzó una versión diferente: Norma Mirta Penjerek habría sido asesinada por sectores de ultraderecha, en represalia contra el secuestro en la Argentina de Adolfo Eichmann y su posterior juicio y ejecución en Jerusalén.
Esta versión ligaba a una anónima adolescente porteña con uno de los máximos responsables del Holocausto.
Otra versión sostenía que Enrique Penjerek, destacado miembro de la colectividad judía argentina, habría sido uno de los informantes –cuya identidad nunca se reveló– del comando que encontró y secuestró a Adolfo Eichmann.
Nada de esto ha sido probado.
Los ángeles asesinados
El proceso a los acusados de corromper, torturar y asesinar a Norma Mirta Penjerek se arrastró por varios juzgados. Intervinieron en total ocho magistrados. El 5 de abril de 1965, la Cámara del Crimen de la Capital Federal decretó el sobreseimiento de Pedro Vecchio, que recuperó la libertad: ni uno solo de los cargos que se le formularon pudo probarse. Sus acusadores, como Mabel Sisti, denunciaron luego que habían sido torturados, presionados e inducidos para que acusaran a Vecchio.
El caso Penjerek tuvo otras secuelas: algunos policías fueron procesados por tortura. Al comisario Colotto, años después, lo acusaron de integrar la Triple A.
Pero, ¿por qué le habían tendido semejante trampa a Pedro Vecchio, si sólo era un honesto comerciante? ¿Por qué a él? Se habría aprovechado una enemistad barrial para encontrar un chivo expiatorio: el comerciante Vecchio. Un fotógrafo de Florencio Varela, llamado José Luis Fernández, odiaba a Vecchio porque éste habría ayudado a una hija de aquél, de 26 años, cuando ésta abandonó la casa de su padre. La inquina de Fernández hacia Vecchio habría sido tan tenaz que un tiempo atrás lo había denunciado como traficante de drogas; entonces aportó como prueba unas fotos de Vecchio mientras cargaba paquetes en una camioneta. Pero esos paquetes sólo eran cajas de zapatos. María Sisti, por su parte, se retractó de las acusaciones contra Vecchio. Fernández, dijo, le había pagado 50.000 pesos para que acusara a Vecchio.
Nunca se supo quién mató a Norma Mirta Penjerek. Su nombre quedó inscripto en la larga galería de las mujeres cuya muerte ha quedado impune.
La Justicia, dice el Evangelio, no es un reino de este mundo. ¿Será de otro?
Por Alvaro Abos
Fuentes: entre otras, Crímenes argentinos, de Ricardo Barbano y otros; Odessa al sur, de Jorge Camarassa; Paren las rotativas, de Carlos Ulanovsky; Eichmann en Jerusalén, de Hanna Arendt.
Próxima entrega: Robledo Puch
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Primero fue el torso, después las piernas, más tarde la cabeza. Corría el verano de 1955 cuando estos macabros hallazgos espantaron a los porteños. Era el cadáver despedazado de una mucama de 27 años que había encontrado la muerte de la mano del amor
¿Qué novedad traía el carnaval de 1955? Ninguna, pensaban los periodistas en aquel tórrido febrero. Salvo que el disfraz de moda ya no era el del Zorro, ni el de oso Carolina, sino el de marciano con antenitas. Los mejores bailes fueron los del Club Comunicaciones, donde tocaron las orquestas de Ray Nolan, Ary Barroso y Aníbal Troilo. Aquel verano, Pichuco estrenó Fangal, un tangazo póstumo de Discépolo.
Sin embargo, aquel verano que pintaba para aburrido sería luego recordado como… el verano del crimen.
La mañana del viernes 19 de febrero de 1955, en un paraje llamado Loma Hermosa, a cuatrocientos metros de la estación Hurlingham, en el noroeste del Gran Buenos Aires, un cura que caminaba cerca de la fábrica de cajas de cartón La Holandesa había encontrado el torso de una mujer descuartizada.
La luz roja se encendió en las redacciones. El viernes siguiente, 26 de febrero, en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo.
El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos, alguna ropa.
Comenzaron a circular todo tipo de rumores. ¿Eran los restos de una única mujer o de varias? ¿La ciudad estaba amenazada por un asesino feroz, un Jack el Destripador porteño? La prensa filtraba con cuentagotas detalles macabros que erizaban a la población y multiplicaban la psicosis. El asesino había limado las yemas de los dedos de su víctima. Los envoltorios no tenían ni una gota de sangre. ¿Dónde había sido asesinada? Una primera conclusión se imponía: la habían matado, desangrado y después cortado en partes.
Se convocó a los mejores forenses, como el doctor Francisco Fablet, para que analizaran los restos. El médico respondía así las preguntas de la prensa:
–¿Cómo fue despedazada la mujer?
–Con un serrucho y por lo menos dos cuchillos. La cabeza fue seccionada en el nivel de la quinta vértebra cervical.
–¿El asesino tenía conocimientos para realizar esas mutilaciones?
–Podría ser, pero no es seguro.
Muñeca rota
En la Morgue Judicial de la calle Viamonte, los restos fueron "rearmados" como pedazos de una muñeca rota. La cabeza había estado sumergida en el agua del Riachuelo varias semanas. Ni siquiera se distinguía el color de los cabellos. Algunos porteños hicieron horas de cola en la puerta de la Morgue para ver el cuerpo.
Los cirujanos del hospital Argerich advirtieron un detalle revelador. La mujer muerta tenía una cicatriz en el hombro que sólo podía provenir de una operación poco común: una osteosíntesis, destinada a solucionar una fractura de clavícula. Había dos cirujanos que practicaban esta cirugía en la Argentina. Así fue identificada la mujer cortada en pedazos.
Se llamaba Alcira Methyger. Veintisiete años. Nacida en Salta. Empleada doméstica. Había sufrido un accidente de tránsito en 1954, por el cual había sido operada. Ultimo domicilio conocido, Bernardo de Irigoyen al 1500, la casa de sus patrones, una familia que veraneaba todo el mes de febrero en Mar del Plata. Antes, Alcira había vivido en el Hotel Gran Sur, de la calle Chacabuco, frecuentado por trabajadores del interior. Allí aún habitaba Ana Urbana Methyger, también doméstica.
–¿Usted es la hermana de Alcira Methyger? –preguntó el comisario Evaristo Urricelqui, jefe de Homicidios.
–Sí, ¿por qué?, ¿qué pasó?
Una Ana Urbana Methyger en estado de shock reveló que Alcira tenía varios novios. El último se llamaba Ramaroso, y fue detenido en un espectacular procedimiento, pero nada tenía que ver con el crimen.
Al fracasar la pista de Ramaroso, los investigadores apuntaron a un hombre de 36 años llamado Jorge Eduardo Burgos. Trabajaba como corredor de una pequeña empresa papelera y encuadernadora, propiedad del padre. Estaba relacionado hacía diez años con la Methyger y era muy conocido por los allegados de ésta. Ana Urbana Metyhger se lo señaló a la policía y lo mismo hizo Berta Saavedra, otra amiga íntima de la infortunada, también doméstica, que estaba en Mar del Plata y que agregó este detalle: Alcira era pretendida por Jorge Eduardo, pero ella lo había rechazado porque en su vida había aparecido "otro hombre".
Burgos vivía con sus padres en un departamento del tercer piso en la avenida Montes de Oca 280. Tenía un buen nivel cultural, ya que había terminado el secundario y luego había completado el estudio de varios idiomas, en especial el inglés. La policía se dirigió al domicilio de los Burgos. Era el 16 de marzo de 1955. En la casa vivía también una hermana bastante más joven. Para la familia fue una sorpresa tremenda que la policía buscara al hijo mayor.
Pero, ¿dónde estaba Burgos?
Había viajado a Mar del Plata para pasar una temporada de descanso. Iba en El Marplatense, el tren nocturno que paraba en Dolores y en Maipú. Varias comisiones salieron para allá, perforando la noche de marzo en la llanura. Cuando los coches frenaron en la estación de Dolores, se alejaba el farol rojo del último vagón.
Redoblaron la carrera y llegaron a Maipú a tiempo. No querían delatar su presencia. La policía no sabía con quién iba a encontrarse. ¿Quizá con un hombre violento que vendería cara su libertad? Pronto individualizaron a la presa: un hombrecillo de rostro mofletudo y anteojos de intelectual que dormitaba tranquilo en su asiento. Urricelqui y los demás detectives lo detuvieron cuando el tren llegó a Mar del Plata y lo llevaron de vuelta a Buenos Aires, donde quedó detenido en el Departamento de Policía.
Burgos habló. Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería "concretar" y él dudaba. Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca. La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro que tenía Alcira en la cartera. La pelea feroz, los dientes de ella apretándole un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída. El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.
Un hombre enjaulado
El comisario Plácido Donato, hoy retirado, que había ingresado poco antes a la Policía Federal, recuerda a Burgos detenido.
–Estaba sentado, temblando como un chico, con los ojos cerrados, los dientes apretados –recuerda Donato–. Lo descubrí cuando me mandaron a cuidarlo. La policía temía que pudiera suicidarse… Llegaban policías desde todos lados para observar al curioso ejemplar de hombre enjaulado. Algo que ocurrió imprevistamente me llenó de piedad. El "curioso ejemplar" me tocó el brazo levemente. Una lágrima corría por su rostro. Burgos me susurró: "Papá… Mamá… Ellos estaban en Necochea. Felices estaban… Mire ahora qué lío…"
A mediados de marzo de 1955, la policía llevó a Burgos a Montes de Oca 280 para que reconstruyera el crimen. Una mujer policía cumplió el rol de Alcira. El asesino volvió a narrar minuciosamente sus pasos. Cuando se difundió entre el vecindario la noticia de que él estaba allí, se reunió una verdadera multitud que pretendía lincharlo. La policía tuvo que empeñarse para protegerlo.
Durante los meses siguientes, los porteños siguieron hablando del caso Burgos.
Los martes y viernes se publicaba la revista Ahora, especializada en crímenes y noticias del espectáculo. Estaba muy mal impresa, aun para la época. Sin embargo, la compraban con puntualidad miles de lectores. Ahora dedicó muchas páginas al crimen y todos sus avatares.
Los dos bandos
Mientras el caso se dilucidaba en los Tribunales, se desenvolvió otro capítulo del crimen. La sociedad se dividió entre los que apoyaban a Alcira y los que eran partidarios de Burgos. Comenzaron a llegar a la redacción de Ahora cartas de lectores que se identificaban con uno u otro. Para algunos, Alcira Methyger, doméstica, provinciana, había sido engañada por un joven culto y de buenos medios económicos. Jorge Burgos representaba, para esos lectores, el prototipo del seductor irresponsable, del rico que, tras divertirse con una "morochita", la había asesinado y, sin la menor piedad, luego la había despedazado.
Otros lectores, en cambio, simpatizaban con Burgos: Alcira era una arribista que había embaucado a un buen muchacho, tímido, apocado, culto, al que la pasión perdió. Dando por descontado que el crimen de Burgos había sido preterintencional (no deseado), como alegaba el asesino, muchos lectores lo veían más cómo víctima que como verdugo.
No hace falta mucha perspicacia para vislumbrar en esta polémica el conflicto social latente en la Argentina de 1955, dividida en dos mitades irreconciliables: peronistas y antiperonistas, cabecitas negras y gorilas. Se incubaba un otoño en el que aquella división estallaría con violencia.
La historia barrió con las peripecias del crimen de Burgos. Al mediodía del 16 de junio de 1955, aviones navales sobrevolaron la Plaza de Mayo y bombardearon la Casa de Gobierno. Intentaban asesinar al presidente Juan Domingo Perón. Centenares de personas, peatones y manifestantes, cayeron muertos en la Plaza de Mayo. La revista Ahora dedicó sus páginas principales a las espeluznantes fotos de esta masacre. Del caso Burgos no volvió a hablar.
El 16 de septiembre de ese mismo año, un golpe militar echó a Perón. Y un mes después, el 19 de octubre, salió a la calle una nueva publicación con las mismas características de la anterior. Se llamaba Así y la dirigía Héctor Ricardo García. Pero el caso Burgos ya no volvería a las primeras planas.
El juez de sentencia lo condenó a veinte años de prisión por homicidio simple. El descuartizamiento, conforme a la teoría sentada en el caso Donatelli, no era una forma de crueldad sino el intento de escapar del castigo. El magistrado debía aplicar la pena optando entre los extremos que señala el artículo 79 del Código Penal para la figura de homicidio: de 8 a 25 años. Lo condenó a 20.
Cuando el caso llegó a la Cámara, los argumentos de Burgos –su explicación sobre la pelea y su perfil de buen ciudadano– pesaron. La Cámara rebajó su pena a 14 años.
En la cárcel observó una conducta ejemplar. Se convirtió en un hombre religioso.
Por eso, en 1965 fue beneficiado por la libertad condicional. Había permanecido diez años y ocho meses en prisión. Burgos regresó a la casa de Montes de Oca. Se negó sistemáticamente a hablar con los periodistas que lo acosaban. Sólo recibió a un redactor y a un fotógrafo de Primera Plana, con los que habló en el comedor del departamento. No les permitió pasar al baño en el que había descuartizado a Alcira.
Extrañas coincidencias
Primero fue el horror. Pero después el caso Burgos provocó la fascinación de varios escritores. Era un crimen "literario": ¿por qué? Su diseño parecía un desafío a la sociedad o el juego de una mente perversa. También llamó la atención la extraña coincidencia de nombres. El ensayista Jorge B. Rivera escribió en 1991: "Sólo ahora, con el paso de los años, podemos advertir una simetría curiosa, prescindible o caprichosamente erudita, que en aquellos días era secreta o puramente premonitoria: el nombre Jorge Burgos, un corredor de libros homicida, prefigura el de Jorge de Burgos, el asesino múltiple de El nombre de la rosa, que custodia una biblioteca y un libro (y se enlaza con el de Jorge Luis Borges, bibliotecario y escrutador de grandes figuras universales de la infamia)".
El nombre de la rosa, la novela que Umberto Eco publicó en 1980, nació en Buenos Aires, en una librería de viejo de la calle Corrientes, donde Eco encontró un manuscrito. Hecho que Jorge Luis Borges, de quien Eco se reconoció lector devoto, usó varias veces. Constitución y Barracas, los barrios donde transcurrió el caso Burgos, fueron escenarios recurrentes en las ficciones de Borges. Una de sus obras maestras, el cuento El Aleph, comienza en la estación Constitución, en cuyo bar solían encontrarse Alcira y Burgos. El Aleph era un objeto que contenía el universo entero y Borges lo situó en la calle Garay, la misma en la que vivió Alcira Methyger cuando vino de Salta. El parque Lezama, por cuyas avenidas pasearon de la mano Burgos y Alcira, también vio pasar, quizás unos años antes, al joven Borges con su novia Estela Canto…
Como contagiados por este clima literario, varios de los protagonistas de esta historia escribieron sobre ella. El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos. Otro Evaristo –Meneses– se convirtió algo después en célebre policía: en 1955 era detective de la sección Capturas y participó en algunas diligencias del caso Burgos. En sus memorias, publicadas en 1962, da su versión de este caso. Gracias a Meneses, que integraba la comisión que allanó la vivienda de Burgos en la avenida Montes de Oca, conocemos algunos de los títulos que guardaba la biblioteca del asesino: The Criminal Law, Best Crimes Stories, Murder Charge, Murder and Treason, Dead Wight, If I should Murder. La mayoría de estos libros, señala Meneses, "se referían a crímenes de mujeres, por lo que separé más de cuarenta". Aun resta otra sorpresa. En esa biblioteca estaba El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, uno de los libros que más le gustaban a Borges
Otro policía escritor, Plácido Donato, evocó el crimen de Alcira Methyger en sus Confesiones de un comisario. El propio Burgos no se quedó atrás. Mientras esperaba la sentencia definitiva, publicó un libro de 64 páginas titulado Yo no maté a Alcira. Llevaba el sello de la ignota editorial BM y la tapa estaba ilustrada con la foto del autor y este subtítulo: Escrito desde la cárcel. El volumen, hoy ávidamente buscado por los coleccionistas, es un relato bastante rosa de los amores entre Burgos y Alcira. Su autor reitera lo que dijo siempre: Alcira y él pelearon, ella le mordió un dedo, él sin darse cuenta le apretó la garganta, para percatarse luego de que ella había muerto. Luego, dominado por el pánico, la descuartizó.
La hipótesis del asesino serial
¿Fue Burgos víctima de las circunstancias? ¿Era un buen hombre al que un momento de locura arruinó la vida? ¿O fue uno de los más peligrosos e inteligentes asesinos al que sólo una brillante investigación impidió cometer el crimen perfecto? Plácido Donato, en su despacho de directivo de Argentores, evoca no sólo su memoria personal del caso, sino sus muchas conversaciones con Urricelqui y demás policías que lo resolvieron. El autor de varios libros hoy agotados, además de guiones de TV y cómics, revela al cronista un dato que nadie consignó.
–Cuando la comisión apresó a Burgos en el tren que iba a Mar del Plata, el asesino no iba a descansar, como él mismo decía.
–¿A qué iba?
–Iba a "terminar" con una íntima amiga de Alcira.
Por Alvaro Abos
Próxima entrega: Norma Penjerek
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En 1938, en la provincia de Córdoba, una niña de sólo nueve años sale de su casa para comprar una revista y jamás regresa. Se sospecha que fue secuestrada. Sin embargo, nadie pedirá rescate...
A Martita Ofelia Stutz su mamá le había dado permiso para que fuera a comprar el Billiken en el quiosco de la esquina. Nunca regresó. Nadie la volvió a ver, ni viva ni muerta. Martita tenía nueve años y vivía en el barrio San Martín de la ciudad de Córdoba. Como sucede con los crímenes que perturban a la sociedad, que rompen algo profundo en ella, nada fue igual después del caso Martita Stutz. Todo sucedió en 1938, el año en que Hitler ocupó Austria, México nacionalizó el petróleo, se suicidaron Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, y River Plate inauguró el Monumental.
Los Stutz eran gente modesta, pero vivían con ciertas comodidades características de las familias argentinas de la época. El padre era empleado y la madre, ama de casa. Ocupaban una casa amplia en la calle Galán, a unos metros del boulevard Castro Barros. Córdoba era una ciudad provinciana en la que despuntaban rasgos modernos. Siesta y pujanza, peperina y cambio. Calles tranquilas, largos paseos al borde del arroyo La Cañada, pero también rascacielos en construcción. Los Stutz podían darse algún lujo, como tener una sirvienta con cama adentro.
Eran las once y cuarto de la mañana del sábado 19 de noviembre de 1938.
–Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? –preguntó Marta Ofelia.
–Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.
¿Por qué habría de tener miedo esa mamá? Martita iba todos los días a la escuela en tranvía, con su papá, y volvía con una compañera que vivía en la misma cuadra. De todas maneras, rara vez salía sola. Pero aquella mañana la casa estaba revuelta: habían venido parientes de Buenos Aires.
Martita vestía un traje azul marino con la pollera tableada, medias tres cuartos, y en la cabeza, un moño blanco. La mañana del 19 de noviembre inauguraban un centro cívico en el barrio y había venido el gobernador, Amadeo Sabattini, motivo por el cual había mucha gente. El quiosquero se llamaba Manuel Cardozo y era de confianza. Luego, cuando la policía le preguntó, recordaría perfectamente cuando, tras comprar la revista, la nena Martita Ofelia se había vuelto a su casa, distante algunas cuadras. No notó nada raro. El boulevard Castro Barros estaba muy concurrido, pero la comisaría 9ª, que tenía su sede allí mismo, daba tranquilidad.
Al cabo de media hora, como Martita no volvía, la mamá comenzó a preocuparse. Fue hasta el quiosco. Llamaron por teléfono al padre, que estaba trabajando en las oficinas del Molino Centenera. La familia, junto con los vecinos, empezó a buscar a la niña por todos lados.
Al día siguiente, los titulares de los diarios de Córdoba olvidaron la Guerra Civil en España y salieron a la calle con un terrible anuncio: "Desaparece una niña misteriosamente". "Toda Córdoba busca a una nena. Podría ser un secuestro." Debajo, la foto de Marta Ofelia Stutz.
"Su carita de conejo blanco, de durazno maduro, llena de candor, sobre un torso macizo y desarrollado. ¡Nueve años!", escribiría Leonardo Castellani. Una imagen que se volvió pesadilla para los argentinos durante muchos meses.
¿Por qué la desaparición de Martita Stutz conmovió de esa forma al país? Quizá porque simbolizaba un miedo ancestral: el mal puede golpear también a los inocentes. Ese miedo se corporizó en los peores monstruos: los asesinos de niños; en 1440 fue Gilles de Reis, que mató a centenares de inocentes. En 1931, Peter Kûrten, llamado "el vampiro de Düsseldorf", cuya cabeza rodó bajo el hacha del verdugo.
La policía de Córdoba se puso a buscar frenéticamente a Martita. Desde el principio, flotaba en el ambiente un funesto presagio: estaba fresca la tragedia de Charles Lindbergh, el héroe de la aviación mundial, cuyo pequeño hijo había sido secuestrado y asesinado en 1932. En la Argentina, la Maffia había consumado raptos resonantes: en 1932, el del doctor Jaime Favelukes, luego liberado. El mismo año, el del joven Abel Ayerza, que apareció muerto. En febrero de 1937 fue secuestrado y asesinado en la estancia que sus padres tenían en Camet, Mar del Plata, el niño Eugenio Pereyra Iraola, de dos años.
Sin embargo, el caso de Martita Stutz era distinto. ¿De dónde sacaría la familia de un modesto contador los 100.000 pesos que se pidieron –y se pagaron– por el niño Pereyra Iraola? Aunque hubo algo más extraño aún en el corazón del caso Stutz: lo que todos daban por hecho no se produjo: no llegó ningún mensaje pidiendo rescate.
La cacería
Al desvanecerse la hipótesis del secuestro extorsivo, quedaban dos posibilidades: venganza o crimen sexual.
La policía intentó reconstruir el posible itinerario de la niña.
–A Martita –repetía la madre, angustiada– yo le había enseñado todo lo que debe saber una nena: que tuviera cuidado al cruzar la calle, que nunca aceptara caramelos de un hombre, que no hablara con extraños.
La madre, quizás influida por los diversos rabdomantes y adivinos convocados para encontrarla, creía que Martita estaba prisionera en algún lugar de la misma manzana. ¿Se habría extraviado? ¿Era una travesura? ¿Estaba en casa de alguna compañerita? Cuadrillas policiales y efectivos del ejército recorrieron esa manzana; luego siguieron con ese y otros barrios. La ciudad entera fue rastreada en busca de pistas. Dragaron el fondo de La Cañada. Entraron en los viejos túneles que se abren en las barrancas del río Primero. Allanaron viviendas, chozas, depósitos, comercios. No quedó en toda Córdoba ningún presunto delincuente, ningún vagabundo, ningún sospechoso sin investigar.
El misterio se convirtió en un rompecabezas. Porque los testigos que la policía convocaba decían cosas distintas. Según el quiosquero, la niña había comprado la revista y regresado en dirección a su casa sin que nadie se le acercara. Domingo Flores, un peón de Obras Sanitarias que trabajaba en el lugar, la había visto a Martita alejándose de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Dos niños, Hugo Giménez, de 7 años, y Antonio Cobos, de 12, del barrio de Villa Cabrera, se presentaron para contar que habían visto a alguien parecida a la niña en el camino a Pajas Blancas, donde hoy está el aeropuerto de Córdoba, que entonces era un siniestro descampado. Fue –decían los pequeños testigos– un rato después de la desaparición. Iba en una voiturette verde, con la capota blanca baja. Según Hugo, la niña viajaba con dos hombres; según Antonio, con "un hombre gordo".
La policía buscaba ahora a una mujer rubia y una voiturette verde. No quedó rubia sin investigar. Tanto, que numerosas rubias cordobesas se tiñeron el pelo en aquellos días para poder pasear tranquilas por la avenida Olmos.
Entre tanto ir y venir, la policía descubrió una voiturette verde circulando no muy lejos del barrio San Martín. Detenido el conductor, resultó ser un hombre gordo llamado Domingo Sabattino, con antecedentes policiales por tráfico de licores sin estampillar. Sabattino siguió siendo sospechoso y pasó tres años preso. Finalmente, se determinó que nada tenía que ver con la desaparición de Marta Ofelia.
Los sospechosos
Comienza una cadena de delaciones, un desfile de personajes estrambóticos que parecen salidos de una película delirante. Uno de los tantos investigados es un conductor de tranvías llamado José Bautista Barrientos, de 31 años, casado con una partera no diplomada, especialista en abortos y tiradora de cartas. En el patio de tierra de la casa que ocupaban los Barrientos, en el pasaje Rioja, la policía encuentra tierra removida. Cavan y aparece un colchón con manchas que parecían de sangre. Barrientos complica a un vecino llamado Humberto Vidoni, propietario de un horno de ladrillo en las afueras de Córdoba. La policía anuncia que se recogieron cenizas en ese horno. ¿Humanas?
Vidoni, interrogado en el Departamento de Policía de Córdoba, fue literalmente muerto a golpes: era una piltrafa cuando lo llevaron al hospital San Roque, donde falleció el día de Navidad de 1938. La investigación se había cobrado ya una vida. Según se averiguó después, las cenizas no pertenecían a una niña, sino a una persona adulta.
Se busca al monstruo
La opinión pública, conmovida por la tragedia de los Stutz, pide a gritos que se encuentre a Martita, o al menos su cuerpo, y que se castigue a los culpables. El jefe de Policía Argentino Aucher –que en 1946 sería gobernador peronista de Córdoba– y el juez de instrucción Wenceslao Achával desatan una auténtica cacería. El juzgado contrata a Mono, un célebre perro-sabio que es llevado a la casa de la niña y luego al domicilio de los Barrientos. El animal, tras olfatear largo rato, se queda inmóvil ante… un tambor vacío. El juzgado llama al adivino y astrólogo Lucio Berto, a quien se atribuía haber descubierto a los autores de un asalto bancario, y el rabdomante formula un anuncio sensacional: ¡Martita está viva!
Esta premonición conmueve a la madre, para quien la niña no puede haber ido lejos:
–Si la hubieran forzado, Martita, que es una nena robusta y fuerte, se hubiera defendido…
La policía de Córdoba es reforzada por algunas figuras de la Policía Federal, como los comisarios Finochietto y Viancarlos. Este último era uno de los detectives que habían atrapado al Pibe Cabeza y otros mafiosos de fuste. ¿Podía ser la desaparición de Martita una venganza familiar? Se investigan a fondo los parientes de ambas ramas: los Stutz eran de Nueva Helvecia, Uruguay, y los Ceballos, apellido de la familia de la madre de Marta Ofelia, de Villa María. No había conflictos ni situaciones irregulares. Quedaba una sola hipótesis: el crimen sexual.
El padre de la niña ofreció recompensa y perdón a quien informara sobre su hija. La madre formuló un llamado dramático:
–¡Les daremos lo que quieran, pero devuelvan a la nena…!
En todas las paredes de la ciudad, afiches con la cara de Martita claman: "Se busca a esta niña". Los diarios de Buenos Aires dedican creciente espacio al caso. Crítica titula: "Como los antiguos caldeos, el juez Achával emplea la astrología para resolver un crimen".
El gobernador Amadeo Sabattini, enfrentado al gobierno conservador del presidente Roberto Ortiz, presiona a la policía para que resuelva el caso. Pero el resultado de esa presión es catastrófico. La pesquisa se vuelve incongruente y errática, orientada por las delaciones: llegaron a recibirse 3000 denuncias anónimas. Mitómanos y exhibicionistas envenenaron la investigación con mentiras y ocultamientos.
La creación del monstruo
Durante toda la investigación, se sospechó que la clave del secuestro la tenía el matrimonio Barrientos. El hombre era una bala perdida: personaje turbio pero menor de la ciudad, en las diez declaraciones que formuló y en los tres careos a los que fue sometido, admitió su conexión con el crimen para luego desdecirse alegando torturas, que sin duda existieron. Sus confesiones hicieron perder mucho tiempo y no condujeron a nada.
La policía intentó una y otra vez probar esta hipótesis: los Barrientos, oscura pareja conformada por un confidente policial o mafioso de pacotilla y su celestinesca esposa, proveían menores para la diversión a ciertos personajes influyentes de la ciudad. Alguien, quizá los Barrientos o el propio Suárez Zavala, solos o en ilícita asociación, habrían raptado a Martita con esos fines y ella "se les quedó", por lo que fue necesario "hacerla desparecer". En esa trama, la policía intentaba involucrar a diversas mujeres rubias basándose en algunas de las muchas declaraciones espontáneas o "inducidas", como la del dueño de un restaurante en el camino a La Calera que dijo haber servido el almuerzo a una pareja (una rubia con un señor maduro) acompañados por una nena que parecía dormida o enferma. Ese gastrónomo terminó internado en un manicomio.
Pero faltaba alguien a quien acusar: "el monstruo". Entonces apareció en escena un perfecto candidato a culpable: un hombre que merodeaba por la ciudad, que conocía prostitutas, que estaba en contacto con figuras públicas y que, si bien no era un delincuente –no tenía antecedente alguno–, no era trigo limpio…
Quien introdujo en el caso a ese hombre fue una tal María Rivadero, huérfana de 17 años que había sido madre soltera a los 13, internada en el Asilo del Buen Pastor, pero que salía de vez en cuando para hacer faenas domésticas en casas que la requerían. Esto fue la que reveló la huérfana:
–Una tarde yo estaba en casa de una señora C., escuché a un hombre llamado Suárez Zavala, amigo de la familia; decía que le gustaban las menores.
–¿Qué menores?
–Niñas de 9 o 10 años.
Otra prostituta, una veinteañera llamada Laura Fonseca, tenía a S.Z. como cliente habitual y remachó el caso afirmando que, poco antes de la desaparición de la Stutz, el tal S.Z. le "pidió chicas".
Así se construyó la figura de Suárez Zavala como "el Vampiro de Córdoba". La defensa consiguió demostrar que los Barrientos traficaban con los favores sexuales de menores, incluidas algunas internas del hospicio, pero Martita Ofelia Stutz no estaba entre ellas. Antonio Suárez Zavala tenía un coche que no era una voiturette, sino un sedán Chevrolet, con el que se paseaba por toda Córdoba, pero no a la caza de presas incautas, sino para vender remedios a las farmacias (representaba a un laboratorio). Si bien al hombre no le disgustaba tirarse alguna cana al aire –y alguna de sus "amigas", como la Fonseca, lo traicionó acusándolo sin piedad– no era más que un señor casado y con hijos en busca de alguna distracción.
Las amistades del sospechoso con algunos policías y políticos le jugaron en contra. Contribuyó a su desgracia la incontinencia verbal de que hizo gala, sus contradicciones frecuentes.
Deodoro, por la defensa
Suárez Zavala fue incomunicado y el juez le dictó la prisión preventiva. Nunca admitió ser el culpable, ni siquiera bajo tortura. Pero el juez Abalos elevó la causa a plenario acusando a Suárez Zavala por secuestro y homicidio y a los Barrientos por grave complicidad.
La esposa y los hijos del acusado lo acompañaron, pero la prensa lo lapidó, y estuvo muy cerca de ser linchado. De hecho, la policía apenas consiguió salvarlo de la multitud que llegó a pegarle y escupirle cuando, el 19 de diciembre, ingresó en los Tribunales para comparecer ante el juez.
Sólo una cosa le salió bien a Suárez Zavala. Aceptó defenderlo uno de los mejores abogados argentinos: el doctor Deodoro Roca, nacido en 1890, redactor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, polemista vigoroso, antifascista visceral, progresista sin partido. Roca estaba convencido de que Suárez Zavala era un chivo expiatorio. A pesar de ser una figura muy respetada en Córdoba, una muchedumbre apedreó la casa de Deodoro, que, desalentado, renunció a la defensa. Pero una carta abierta que le envió la esposa de Suárez Zavala convenció al jurista para reasumir el cargo. La defensa que hizo Deodoro Roca de Suárez Zavala es una pieza admirable que desmonta la manipulación de la opinión popular: "El sumario se fabricó bajo la presión de una enorme excitación pública… –sostiene allí Deodoro Roca–. Fue una inmensa marea donde iba turbiamente mezclado lo bueno y lo malo, el horror del crimen monstruoso y la indignación pública… junto con las más bajas pasiones, los intereses más oscuros…"
El caso se politiza
Como no podía ser de otra manera, la desaparición de Marta Ofelia Stutz, un crimen que en principio sólo tocaba esferas privadas, se politizó. ¿Qué pasaba en la Argentina y en Córdoba en 1938? Eran muy distintos los respectivos gobiernos. Ocupaba la presidencia desde comienzos de ese año el doctor Roberto Ortiz, radical antipersonalista, candidato de la Concordancia, alianza entre los conservadores y los radicales antiyrigoyenistas. Ortiz, un abogado de empresas extranjeras, estaba afectado de diabetes y cedió el cargo a su vicepresidente, el opaco dirigente conservador de Catamarca Ramón S. Castillo.
Pero en Córdoba el panorama era distinto. Gobernaba desde 1936 el líder radical Amadeo Sabattini, carismático médico de Villa María, de probada popularidad en la provincia, sobre todo entre los chacareros. Para Sabattini era peligrosísima la repercusión del caso Stutz porque el gobierno nacional amenazaba al de Córdoba con la espada de Damocles de la intervención federal, un recurso que entonces se usaba con frecuencia. El crimen impune, el fracaso de la investigación, las salpicaduras que ella arrojó sobre la corrupción y la ineficacia de los políticos, hicieron tambalear el gobierno de Sabattini, que estuvo al borde de ser defenestrado. Los conservadores convirtieron el sepelio del hornero Vidoni en un acto político contra lo que llamaban despectivamente "el klan radical".
Desde muy distintas perspectivas, la desaparición de Marta Ofelia fue considerada un símbolo de la decadencia política argentina: "Odiosa politiquería, infinitamente corrupta", apostrofó el escritor jesuita y heterodoxo Leonardo Castellani. No se quedó atrás el director de la revista Criterio, monseñor Gustavo J. Franceschi, al acusar a la "pasquinería" de oscurecer la investigación. Deodoro Roca, desde una perspectiva opuesta, también acusaba a la "prensa amarilla". Sostuvo que "para salvar grandes y proficuas ediciones, hubo que llenar páginas con títulos torcidos, con «picantes» escabrosos…"
Crimen impune
En abril de 1939 se cerró el sumario. Ni Suárez Zavala ni nadie pudo ser inculpado por homicidio, ya que al no hallarse los restos de Marta Ofelia Stutz no existía el cuerpo del delito. La acusación había sido por secuestro y proxenetismo. Suárez Zavala fue hallado culpable y condenado a 17 años de prisión. "Para ser culpable era poco y para ser inocente, mucho", se dijo sobre aquella sentencia que no conformó a nadie. El fallo del juez Wenceslao Achával fue apelado. Al emitir la sentencia definitiva, en enero de 1943, la Cámara del Crimen se dividió. El vocal Antonio de la Rúa consideró culpable a Suárez Zavala pero los otros dos camaristas, Alfredo Vélez Mariconde y Jorge Díaz, entendieron que las pruebas no bastaban para inculparlo. Por dos votos a uno se revocó el fallo de primera instancia: Antonio Suárez Zavala quedó en libertad.
El acusado había estado cinco años en prisión. Cuando salió de la cárcel, se expatrió a Chile. ¿Qué fue de él? Se perdió en el anonimato. Otros crímenes y los infinitos vaivenes de una historia agitada hicieron que la tragedia de Martita Stutz fuera olvidada o, mejor dicho, ingresara en esa forma distinta del olvido que es la mitología criminal.
Entre 1938 y 1943, cuando el telón se corrió sobre el caso, muchas cosas habían pasado: la suerte de Hitler estaba por cambiar en los campos helados de Rusia, pero ya había muerto buena parte de los sesenta millones de víctimas que dejó en herencia. Lisandro de la Torre se había pegado un tiro en su casa de la calle Esmeralda. El cardenal primado de la Argentina, Santiago Luis Copello, había sido el principal candidato para suceder al papa Pío XI, pero en su lugar el Cónclave nombró a un italiano.
No se supo más nada de Martita Ofelia Stutz. Si estuviera viva, hoy tendría 75 años.
Por Alvaro Abos
Fuentes: La misteriosa desaparición de Martita Stutz, de Esteban Dómina; Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas, de Leonardo Castellani; La trayectoria de una flecha, de Horacio Sanguinetti.
Próxima entrega: Yo no maté a Alcira
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Un día frío de invierno de 1929, el cuerpo descuartizado de una joven mujer aparece en un lago de Palermo. A partir de allí, la policía y los sabuesos de la prensa amarilla desandan la trama de un crimen pasional que mantuvo en vilo a los porteños y que Alvaro Abós relata aquí en esta nueva entrega de la serie
El asesinato y descuartizamiento de Virginia Donatelli, perpetrado por su amante, el chofer Julio Bonini, hubiera sido un hecho espeluznante pero también trivial de la crónica roja si a sus peripecias no se le hubieran sumado dos circunstancias: el halo de romanticismo negro que ya entonces –1929– tenía el lago de Palermo donde se encontró el torso de Virginia y la avidez por los detalles del crimen que se había desatado en el periodismo de Buenos Aires.
Todo comenzó un mediodía frío y húmedo, el del 23 de julio de 1929. A un niño que jugaba junto al lago, la pelota se le fue al agua y la niñera, para calmar su llanto, acudió al guardián, que juntaba hojas caídas. La pelota no estaba lejos, pero el rastrillo enganchó otra cosa: un paquete de arpillera atado con alambre de fardar. El guardián avisó a la policía. Acudieron dos agentes y desataron el bulto. Contenía un torso de mujer.
La noticia del macabro hallazgo abrió lo que la prensa llamaría "el misterio de la descuartizada del lago de Palermo". No era el primer homicidio con esas características que sacudía a la opinión pública argentina. En 1894, el ciudadano francés Raoul Tramblié había disputado por dinero con su socio, el también galo François Farbos, a quien mató y descuartizó. Los restos empaquetados de Farbos habían sido abandonados en la esquina de Cuyo (hoy Sarmiento) y Montevideo, donde funcionaba un mercado, y en diversos baldíos del barrio sur. El asesino huyó a Francia en un barco y la justicia argentina pidió su extradición, que no fue concedida, lo que motivó un incidente diplomático. Tramblié murió en una prisión francesa en 1914. A los porteños de entonces, el caso Farbos les recordaba los sucesos que habían ensangrentado Whitechapel, el barrio de Londres en el que, en 1888, había sembrado el terror Jack el Destripador.
En 1915, el súbdito alemán Miguel Ernst asesinó y descuartizó a su socio, el comerciante Augusto Conrado Schneider, y luego tiró al lago de Palermo los restos de la víctima. Ernst fue detenido y condenado a muerte, pero el presidente Hipólito Yrigoyen conmutó la pena capital y Ernst fue recluido en el penal de Ushuaia, donde se lo apodó Serrucho. Los porteños cantaban una popular cuarteta con la música de La verbena de la Paloma:
"¿Dónde vas con el bulto apurado?
A los lagos lo voy a tirar.
Es el cuerpo de Augusto Conrado,
al que acabo de descuartizar…"
De Orfeo a Túpac Amaru
Pocos delitos hay más perturbadores que la muerte con desmembramiento: toca emociones profundas del hombre y ha sido recogido por los mitos, el folklore, las religiones. En La rama dorada, de James George Frazer, un libro clásico de la ciencia antropológica, se citan casos como el del dios Osiris, muerto y despedazado por sus fieles para cumplir un rito de fertilidad; el de Orfeo, también descuartizado, y el de Rómulo, a quien los senadores romanos desmembraron y enterraron en los cuatro puntos cardinales de Roma. En las Bacantes, de Eurípides, Dionisio es entregado por el rey de Tebas a su madre, quien ordenará su descuartizamiento. También las sagas nórdicas son pródigas en historias similares, como la del rey Halfdan, cuyos despojos fueron esparcidos para asegurar la felicidad y descendencia de su pueblo.
En el continente americano, el descuartizamiento fue usado como pena en resonantes procesos contra rebeldes tales como Lope de Aguirre o Túpac Amaru. En el Olimpo del crimen francés reinan personajes como Cravantor, descuartizador guillotinado en 1840; madame Hannebois, despedazada por su marido en 1849, o el famoso caso de la descuartizada de Saint-Ouen (1873), sobre el que escribió André Gide. Ya en 1836 el diario New York Herald, antecedente de la yellow press, o prensa amarilla, que medio siglo más tarde desarrollarían Pulitzer y Hearst, agotaba ediciones detallando el crimen y el descuartizamiento de la prostituta Helen Jewett.
Pero, lejos de estas erudiciones, otras cosas preocupaban en aquel julio de 1929 al comisario Roberto Barneda, jefe de la División Homicidios de la Policía Federal: ¿quién era la mujer cuyo torso había aparecido en Palermo? ¿Dónde estaban la cabeza y las extremidades? Varios buzos se sumergieron en el lago, pero esas diligencias, seguidas con ansiedad por la población, no dieron resultado. La autopsia determinó que el tronco pertenecía a una mujer morena, de unos 25 años, que medía alrededor de un metro setenta; había muerto hacía 24 o 48 horas. Los agentes recorrieron cada centímetro de la ciudad buscando restos. Encontraron la cabeza sumergida en Puerto Nuevo y las extremidades en un canal que atravesaba una zona despoblada de Palermo. La foto de la cabeza de la mujer, borrosa por la acción del agua, sólo se animó a publicarla en tapa el diario Crítica.
Para Le Corbusier, el gran arquitecto del siglo XX que acababa de visitar Buenos Aires, Palermo era una joya urbana. Es más, imaginó una Buenos Aires que fuera un enorme Palermo. Llamó a esa utopía la Ville Vert (ciudad verde). También Jorge Luis Borges era un enamorado del barrio, pero había advertido la naturaleza dual de Palermo, al que bautizó "naipe de dos palos": lugar de opulencia, jardín maravilloso, pero también guarida de cuchilleros, sicarios y asesinos de toda laya. El crimen de Virginia Donatelli terminó de resolverse en ciertas calles del Palermo de clase media, en los bordes del barrio que limitaban con Balvanera o el Retiro, en calles que Borges y sus amigos Xul Solar y Macedonio Fernández recorrían a diario: Laprida, avenida Las Heras, Cabrera, Sánchez de Bustamante.
Palermo de San Benito, y sobre todo su lago, escondían ya entonces historias truculentas. El parque había sido la residencia privada del brigadier general don Juan Manuel de Rosas y se decía que la Mazorca echaba allí los cadáveres de los perseguidos. Tras la batalla de Caseros y la huida de Rosas, racimos de ahorcados –mazorqueros y rosistas– colgaban de sus árboles, como lo describe una magistral página de Sarmiento. Antes y después del caso Donatelli, el lago y sus alrededores fue escenario de numerosos crímenes, algunos reales y otros literarios. Por ejemplo, el que el protagonista ve, olvida y luego trata de recordar en la novela El sueño de los héroes (1954), de Adolfo Bioy Casares.
Fue allí, en Sánchez de Bustamante 1638, donde Julio Bonini mató y despedazó a Virginia Donatelli.
Prensa y crimen
El crimen de Virginia Donatelli se convirtió en un episodio más de la larga batalla que enfrentaba a dos diarios vespertinos. Uno era La Razón, que se publicaba desde 1905. El otro, Crítica, fundado por el uruguayo Natalio Botana en 1913 y que había vegetado hasta que, a comienzos de la década del veinte, encontró la fórmula periodística que le ganó cientos de miles de lectores: grandes titulares, fotografías, caricaturas y dibujos, generosos espacios para el deporte, el espectáculo y el crimen. No excluía denuncias políticas e investigaciones resonantes, pero le agregaba entretenimiento y evasión, de los que estaba sediento el hombre urbano, esos miles y miles de porteños que cada tarde salían de su trabajo y abarrotaban los trenes hacia los suburbios con su diario bajo el brazo.
En 1929, montado en su espectacular cobertura del crimen del lago de Palermo, Crítica llegó a vender 750.000 ejemplares por día en sus ediciones quinta y sexta, a las que se agregaba a veces la cuarta edición, al mediodía. Este diario, que en su redacción albergaba a talentosos escritores jóvenes, como Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Conrado Nalé Roxlo, y que incorporaría pronto a Jorge Luis Borges, triunfó en la batalla de las tardes.
Por las mañanas, el diario de mayor circulación era La Prensa, indispensable por sus pequeños anuncios; luego, La Nacion. En 1928 había aparecido el nuevo diario El Mundo, con un tamaño moderno, llamado tabloid: era más chico y manuable que los tradicionales formatos sábana y pronto alcanzó, en parte debido a las Aguafuertes porteñas que cada día escribía Roberto Arlt, los 125.000 ejemplares diarios.
Uno de los periodistas estrella de Crítica, Héctor Pedro Blomberg, glosaba los crímenes del día en romances. Y así trató el caso Donatelli:
"En el lago flotante, en las aguas,
Un sereno encontró el otro día
El cadáver cortado en pedazos
De una pobre mujer. ¿Quién sería?
(…)
¿Quién llevó esta carroña hasta el lago
y la hundió cuando nadie veía?
¿La llevó algún señor de Lavalle?
De Lavalle y Riobamba sería…"
Los cronistas policiales de Crítica, como Gustavo Germán González, o de La Razón, como Silveiro Manco, y también los sufridos sabuesos de Ultima Hora, otro vespertino popular, elaboraban las más extrañas conjeturas sobre el crimen. Llegó a asociarse el hallazgo del cuerpo en pedazos de Virginia con La Flor Azteca, un espectáculo de ilusionismo que convocaba multitudes en un teatro de Corrientes. Se trataba de una cabeza cortada, confeccionada en cera, que hablaba; exhibida en una caja de vidrio blindada, este prodigio de ilusionismo era presentado como un fenómeno mundial y se invitaba al público a observar de cerca y hasta a tocar el sellado hermético del cofre.
–¿De quién es el cuerpo encontrado en el Riachuelo? –preguntaban los porteños.
–¡Es el cuerpo de La Flor Azteca! Si total no le sirve para nada…
Estimulado por el despliegue periodístico, el público se obsesionó. Ya detenido, el acusado Bonini recibía en la cárcel miles de cartas y, tras su crisis religiosa, durante la cual fue convertido y bautizado por monseñor Miguel de Andrea, le enviaban Biblias y catecismos. La boda con su novia de siempre, celebrada en la Alcaidía de Tribunales, fue cubierta con despliegue por los diarios. El abogado defensor de Bonini pidió que la pareja, con la debida custodia, fuera a tomar una copa en El Molino de Callao y Rivadavia, como también reclamaba la prensa. Pero el juez denegó el pedido.
Un año agitado
¿Pero acaso no pasaba nada en aquel 1929? Sí, pasaban cosas, y qué cosas. En México sigue la revolución permanente y es fusilado el asesino del presidente Cárdenas. En Roma se firma el Tratado de Letrán, por el cual fue reconocido como Estado el Vaticano. Francia se siente huérfana: ha muerto el mariscal Foch, héroe de la Primera Guerra Mundial. Ramón Franco, que intentaba cruzar en avión el océano Atlántico, cae con su monoplano frente a las costas del Brasil. Martes negro en Wall Street: hecatombe económica mundial. En la Argentina, donde gobierna el anciano líder Hipólito Yrigoyen, un anarquista llamado Gualterio Marinelli se acerca al presidente cuando éste sale de su casa en la calle Brasil: según algunos, para matarlo; según otros, para entregarle una carta. La custodia lo acribilla a balazos. Yrigoyen, que sería defenestrado por un golpe de Estado nueve meses después, acude a la comisaría para pedir por su agresor y, al saber que está muerto, queda un lago rato ante el cadáver. En Mendoza es asesinado el líder irigoyenista Carlos Wencesalo Lencinas, el popular "Gauchito". Pero los argentinos que compran ávidamente diarios y revistas quieren saber novedades sobre el crimen de Palermo…
La víctima
El examen de las huellas dactilares permitió individualizar a la mujer descuartizada: era Virginia Donatelli, de 23 años, una telefonista que había quedado sin trabajo. Su último domicilio registrado estaba en Arredondo 3232, una casa humilde en la que la policía encontró la consternación de un padre viudo, el italiano Domenico Donatelli, pero también su rencor: había repudiado a su hija, a la que no veía desde hacía dos años; al enterarse del terrible final de Virginia, el inmigrante tuvo palabras duras:
–Sabía que iba a terminar mal. Era una mala pécora…
Más piadosa resultó la hermana mayor de Virginia, Angela, viuda, quien criaba a un pequeño hijo de Virginia, fruto de algún amor fracasado; Virginia había tenido otro hijo, en el Hospital Rivadavia, que había muerto en el parto. Angela Donatelli pidió a la policía que la dejaran tranquila, pues sólo quería "hacer del pobre hijito de Virginia un ser decente…"
Lamentablemente para la familia Donatelli, los sabuesos de la prensa policial ya indagaban cada detalle del caso. Es que la historia de Virginia, la chica descarriada, la bonita morena sacrificada en el altar de la ciudad cruel, era un boccato di cardinale para la prensa de Buenos Aires, una ciudad que se había transformado de gran aldea en metrópolis y cuya prensa también cambiaba al mismo ritmo.
Como la vida sentimental de Virginia Donatelli había sido agitada, era difícil para la policía seguir la pista de todos los hombres con los que había tratado. Sin embargo, se encontraron otras pistas. Las arpilleras que envolvían los restos tenían rastros de granos de maíz. Se investigaron los corralones y depósitos de forrajes de la ciudad. Se llegó a un almacén de granos en Cabrera 3056. El propietario, Genaro Pipo, dijo que no recordaba nada y además se rió de la policía:
–Yo cada día vendo muchos kilos de papas y forraje, y uso cantidad de bolsas y alambre de fardar.
Pero la policía le hizo hacer memoria, y lo que recordó Pipo fue decisivo: unos días atrás se había presentado en el corralón un hombre muy bien vestido. Iba al volante de un Rugby 29, un cochazo. Explicó que el motor se le había quedado y pidió un pedazo de alambre para repararlo y una bolsa o dos de arpillera para no ensuciarse.
–¿Cuántos Rugby 29 hay en Buenos Aires? –preguntó el comisario Barneda a sus colaboradores.
Había sólo 5 o 6. Allí fueron los investigadores. Comprobaron las coartadas de todos los propietarios. Irreprochables. El último era un ingeniero de prestigio, llamado Francisco Balbín. Este contó que la única persona que manejaba su Rugby 29, con patente 8110, era su chofer personal, llamado Julio Bonini, un hombre de 35 años por quien Balbín ponía las manos en el fuego.
–¿Dónde está Bonini, ingeniero?
–Es raro –admitió el ingeniero tras un silencio–. Ahora que me lo dice, hace unos días que no viene a trabajar…
La policía indagó a fondo al chofer. ¿Quién era Bonini? Un muchacho simpático y buen mozo; un típico porteño. Sin antecedentes delictivos. Enamoradizo, galán. Morocho, con cierto aire gardeliano. Ultimo domicilio registrado: Paraguay 3528. En realidad, era la vivienda del hermano de Bonini. Partió para allí una comisión policial.
El hermano dijo que no sabía dónde estaba Julio y no dijo una palabra. Pero la cuñada de Bonini, Graciela Donato de Bonini, habló. Reveló que Virginia Donatelli y Bonini se amaban, que habían vivido juntos un tiempo. Y acusó a Virginia de haberle arruinado la vida a Julito. La policía no tardó en detener al sospechoso, que lo negó todo. En verdad, no había muchas pruebas contra él. Pero Bonini era un hombre agobiado. No resistió las "sesiones" y terminó por liberar su culpa con una larga confesión.
Como un tango trágico
Julio Américo Bonini tenía varias novias. Una de ellas se llamaba María Luisa Moneta, y era una chica decente que vivía con sus padres en Blanco Encalada 1370. Bonini le había prometido casamiento. Pero a Julio Bonini se le cruzó Virginia: cabello oscuro, cuerpo largo y excitante, caderas eléctricas. Y Bonini perdió la cabeza. Así lo explicaba Graciela, la cuñada:
–Durante un tiempo, Virginia y Julio vivieron juntos en una pensión de la calle Juncal. Peleaban mucho; Virginia quería que él dejara a la novia. Pero María Luisa también lo presionaba: o ella o yo, le decía a Julio. Y Bonini no encontró mejor manera para salir del paso, que… Ultimamente ocupaban un departamento en la calle Sánchez de Bustamante. El 20 de julio los fui a ver. Encontré a Julio trastornado. Había discutido con Virginia y él le había pegado con un martillo. Horrorizado, Julio se dio cuenta de que Virginia estaba muerta. Todos caímos en la desesperación. Julio quería entregarse. Llamamos a mi marido y él lo disuadió. Ya nada tenía remedio. Entonces, lo ayudamos a Julio a cortar el cuerpo de Virginia y a envolver los pedazos… Sí, nosotros llevamos los bultos en colectivos y los dejamos aquí y allá…
Bonini se había ocultado en casa de María Luisa Moneta. ¿Le dijo la verdad, entonces? Lo cierto es que María Luisa lo perdonó, porque tiempo después el juez doctor Avellaneda Huergo autorizó que se casaran.
Julio Bonini fue condenado a la máxima pena del Código Penal por el delito de homicidio simple: veinticinco años de prisión. El descuartizamiento no fue considerado agravante. No hubo, dijo la Cámara Penal, ensañamiento: había descuartizado a su víctima para salvarse, y no hay crueldad sobre materia ya muerta. En cambio, la sentencia admitió que hubo premeditación. El juez no aceptó la atenuante de emoción violenta alegada por la defensa. El hermano y la cuñada recibieron penas menores por complicidad.
Julio Bonini, como es bastante habitual en los homicidas pasionales, observó perfecta conducta en la cárcel y recuperó su libertad en algún momento de los años cincuenta, para perderse en el anonimato de la gran ciudad.
¿Qué hubiera sido de Julio Bonini y de Virginia Donatelli si él no se hubiera asustado y si no hubiera serruchado el hermoso cuerpo de la mujer morena y si el lago de Palermo no hubiera contagiado al crimen su propio mito negro? Un sábado de julio de 1929, a las 20 horas, mientras Bonini mataba y descuartizaba a Virginia, Carlos Gardel, ya entonces un rey, cantó por Radio Excelsior: ¿lo estaba escuchando Bonini?
En todo caso, no pudo escuchar Por una cabeza, ese tango que habla de turf, pero también de un amor loco y cuya letra hubiera sido un apropiado coro para el crimen de Virginia Donatelli. Pero fue escrito en 1935. Los cuentos, incluso los cuentos negros que inventa la realidad, nunca cierran del todo. Entonces, ¿por qué no imaginar lo contrario? ¿Por qué no suponer que Alfredo Le Pera y Carlos Gardel pensaron en Bonini cuando compusieron aquel tango?
"Por una cabeza,
todas las locuras,
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.
Por una cabeza,
qué importa perderme
mil veces la vida,
¡para qué vivir!"
Por Alvaro Abos
Próxima entrega: La desaparición de una niña
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Fue uno de los crímenes más sonados de su época: ahogado por la bancarrota, un chacarero de Azul, portador de prestigioso apellido, mató a sangre fría a ocho personas, entre éstas a tres de sus hermanos y dos de sus sobrinas
A la una y cuarto de la tarde del martes 18 de abril de 1922, el chacarero Mateo Banks, de 44 años, disparó su rifle Winchester sobre la espalda de su hermano Dionisio Banks. La bala le atravesó el tórax. Mateo Banks lo remató con un segundo tiro. Dionisio estaba acompañado por su hija Sarita Banks, de 12 años, quien, aterrorizada, trató de escapar. Pero Mateo Banks la alcanzó, golpeándola con la culata del rifle. Semidesvanecida, la arrastró fuera del casco de la chacra La Buena Suerte, en un campo del partido de Azul, trescientos kilómetros al sudoeste de Buenos Aires. Mateo Banks arrojó a Sarita al jagüel. Recargó el rifle y, asomándose, terminó de matar a la niña con dos disparos.
Luego, comprobó que Dionisio estuviera muerto. Buscó un colchón y sobre él tendió el cadáver de su hermano. Esperó la noche. A las ocho, llegó en sulky el único peón que trabajaba en la chacra, un tal Juan Gaitán, que había ido al cercano pueblo de Parish para hacer una diligencia. Mientras Gaitán guardaba el sulky en el galpón, Mateo Banks, sin pronunciar una palabra, lo mató de un balazo en el pecho. Subió al sulky y se dirigió a su propio campo, El Trébol, a cinco kilómetros de La Buena Suerte. En El Trébol trabajaba un peón llamado Claudio Loiza. Mateo Banks le dijo a Loiza que Dionisio estaba enfermo y le pidió que lo acompañara a La Buena Suerte para atenderlo.
–Iré más tarde, patrón, a caballo.
–No hay tiempo. Vamos en el sulky.
El peón accedió y el sulky salió al camino. En algún punto del trayecto, Mateo Banks paró el sulky. Se había caído el rebenque y le pidió al peón que lo recogiera. Cuando Loiza bajó, Mateo Banks le disparó al cuello. Loiza cayó malherido. Mateo Banks, con parsimonia, lo remató. Escondió el cuerpo en un pajonal cercano. Volvió a El Trébol. Allí vivían otros dos hermanos: Miguel, de 49 años, junto con su esposa, Julia Dillon, y María Ana Banks, soltera, de 54. Cuando Mateo Banks llegó, Julia lo llamó para la cena, pero él se quedó en su habitación, aduciendo que no se sentía bien. A las once de la noche no quedaba nadie levantado en El Trébol. Salvo Mateo Banks. Agazapado en la oscuridad de su cuarto, esperaba para completar su raid de sangre. A las once y diez, se deslizó al patio y golpeó la ventana cerrada de María Ana. En susurros, para no despertar a los demás, Mateo Banks le dijo a su hermana que Dionisio estaba muy mal y que debían ir a La Buena Suerte para asistirlo. María Ana se cubrió con un chal y subió al sulky, que una vez más retomó el camino entre ambas chacras. En algún lugar, Mateo frenó el caballo, levantó el rifle que llevaba a sus pies y disparó a bocajarro contra María Ana. Pateó el cadáver, que quedó tirado en el camino. El sulky volvió a El Trébol. Mateo Banks llamó a la puerta de la habitación de Miguel y Julia. Julia se asomó: Mateo Banks le dijo que se sentía mal y le pidió un té. Cuando Julia apareció, le disparó al pecho.
Miguel estaba enfermo, en la cama. Sin embargo, al oír el tiro que había matado a su mujer, se levantó. Mateo Banks apareció en el vano de la puerta y le disparó a su hermano un balazo en el cuello. Quedaban vivas tres personas: Cecilia y Anita Banks, de 15 y 5 años, hijas de Miguel y Julia, y María Ercilia Gaitán, la hijita del peón, de 4 años.
Mateo Banks entró al cuarto donde dormían las tres y mató a Cecilia. Dejó el rifle, aferró a las dos niñas más pequeñas y las llevó a un cuarto vacío, que cerró con llave.
La trama
La orgía de muerte había terminado. Con la parsimonia de un autómata, Mateo Banks había exterminado a toda su familia: tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones; en total, ocho víctimas.
Mateo Banks recorrió el escenario como un artista que revisa minuciosamente su obra. Inclinándose sobre los muertos, les tomó el pulso para asegurarse de que no hubiera quedado en ellos ni un hálito de vida; los acomodó, los tapó con mantas. Volvió a subir al sulky, regresó a La Buena Suerte, donde se aseguró de que Dionisio estuviera muerto, y se asomó al pozo para comprobar que seguía allí el cadáver de Sarita.
Eran las cuatro de la mañana del 19 de abril. Bajo la lóbrega luz lunar, Mateo Banks se dirigió al pueblo. El sulky se detuvo ante la casa del médico de la familia, el doctor Rafael Marquestau. Mateo Banks golpeó a la puerta.
Luego de largos minutos, se entreabrió una ventana:
–¿Quién es?
–Soy Mateo Banks. Quiero hablar con el doctor. ¡Algo terrible ha pasado!
El médico, que conocía bien al chacarero, lo encontró dominado por la ansiedad:
–¡Acabo de matar a Gaitán! –le dijo Mateo Banks entre sollozos–. ¡Pasa algo que no tiene nombre! ¡Han asesinado a toda mi familia! ¡Les dispararon! Los muertos están allí; he pasado toda la noche con ellos… Los he cubierto con mantas. Loiza me disparó al pie y luego huyó…
El médico se vistió con prisa. Corrió al sulky. Junto con Mateo Banks se dirigieron a las chacras, donde la luz del nuevo día ya iluminaba el horror.
–Hay que avisarle a Carús –le dijo Mateo Banks al médico. Antonio Carús era un abogado y político conservador, caudillo del pueblo. Pero Marquestau insistió en que fueran a la policía.
El comisario Luis Bidonde jamás hubiera imaginado que la mañana del 19 de abril la tragedia llegase de esa forma al pueblo de Azul. ¿Acaso el diablo mismo había aparecido en aquel lugar pacífico de la llanura bonaerense? La policía descubrió un escenario que horrorizaría al país: en La Buena Suerte y El Trébol, las fincas de la prominente familia Banks, y sus inmediaciones, yacían los cadáveres de Dionisio, Miguel y María Ana Banks, Julia Dillon, las niñas Sarita y Cecilia Banks, además del cuerpo de uno de los peones, Gaitán. El denunciante, Mateo Banks, repetía una y otra vez que Gaitán y Loiza lo habían atacado tras abatir a toda su familia.
Los irlandeses
Esta historia había comenzado hacía mucho tiempo: quizá cuando, noventa años antes, en 1832, el coronel Pedro Bustos había fundado el Azul, fuerte militar cercano a un arroyo de aguas con esa coloración. Con el tiempo, desaparecido el peligro de los malones tras la derrota de Catriel y otros caciques, el Azul, como Tandil, Olavarría, Coronel Suárez y diversos pueblos del sudoeste provincial se habían convertido en prósperos centros agrícolas. En 1922, el partido del Azul tenía 30.000 habitantes, entre los cuales se contaban fuertes colonias de inmigrantes vascos, franceses, italianos e irlandeses, como los Banks.
El padre de Mateo Banks había llegado a la Argentina en 1862, huyendo de las pestes, las guerras y la miseria del verde Erín. Se casó con otra irlandesa de apellido Keena y aquí fundó una familia que se estableció primero en Chascomús y luego en el Azul. Pero ahora, en aquel amanecer de 1922, el apellido Banks habría de convertirse, en la historia criminal argentina, en un "caso": el mayor crimen colectivo consumado por un solo hombre en 15 horas espeluznantes.
Miles y miles de azuleños indignados acompañaron hasta el cementerio los cuerpos de las víctimas. ¿Quién había tronchado de esa forma alevosa la vida de aquellos pioneros? Los siete ataúdes fueron velados en la iglesia catedral. La marea humana cargó a hombros los ataúdes. El juez de paz, el alcalde, los concejales, los hombres prominentes del pueblo, el jefe de la guarnición: todos encabezaban el duelo popular presidido por Mateo, el único Banks que quedaba en el Azul (una hermana, Catalina, había regresado a Irlanda).
El comisario Bidonde, mientras tanto, debía resolver el enigma. ¿Quién y por qué había cometido los crímenes? Las primeras batidas hallaron el cuerpo del peón Loiza, de manera que eran ocho los muertos. Todo tipo de rumores conmovían al pueblo, trayendo ecos de otras masacres de inmigrantes, como la sucedida en el Tandil, cuando los seguidores del fanático curandero y santón Tata Dios degollaron a 36 inmigrantes. Había sido un 1° de enero de 1872, casi exactamente medio siglo antes… Pero, por las dudas, todos los cerrojos y tranqueras del sur de la provincia habían sido reforzados y las armerías agotaron existencias.
Apenas cayó la tierra sobre los féretros de pino, el comisario Bidonde detuvo a Mateo Banks, en principio inculpado por la muerte de Gaitán. La prensa nacional, en especial los vespertinos de Buenos Aires La Razón, Crítica y Ultima Hora, dedicaban amplios espacios de sus ediciones al crimen.
De La Plata había llegado un investigador-estrella, el comisario Ricardo de la Cuesta, que se hizo cargo de los largos y exhaustivos interrogatorios al único testigo vivo y también principal sospechoso de los crímenes: Mateo Banks.
El chacarero se aferraba con uñas y dientes a su versión, pero pronto las contradicciones minaron su relato: el balazo que Banks alegaba haber recibido en la bota no era tal, sino un agujero hecho con un punzón; las autopsias determinaron que el calibre de las heridas correspondía al de la escopeta del sospechoso. Pero, sobre todo, se había descubierto que los Banks, ejemplo de inmigrantes triunfadores, escondían un secreto: en efecto, Miguel, Dionisio y María Ana eran prósperos, pero Mateo Banks estaba completamente arruinado.
Al cabo de tres semanas, el asesino confesó.
La condena
El juicio a Mateo Banks, acusado de ocho homicidios consumados con premeditación y alevosía, tuvo lugar en el Sport Club de Azul, habilitado como tribunal. El lugar estaba abarrotado de gente y el acusado, un hombre robusto cuya pelirroja testa y amplios bigotazos denunciaban su ascendencia irlandesa, debió ser protegido por la policía pues el público quería agredirlo. En el juicio, Mateo Banks se retractó de la confesión, que le había sido arrancada, dijo, con torturas. Pero las evidencias reunidas en la acusación del fiscal, el doctor Horacio Segovia, eran lapidarias contra Banks. La siguiente historia salió a la luz.
Mateo Banks tenía mucho prestigio en Azul, lo mismo que sus hermanos. Era socio del Jockey Club, vicecónsul de Gran Bretaña, representante para el sur de la provincia de la marca de autos Studebaker –uno de los últimos modelos de esta marca, una elegante voiturette, se lo había reservado Mateo Banks y con él se paseaba por Azul. Era un católico respetado, de los que portaban el palio en las procesiones, e integraba varias ligas de beneficencia. Su sólida posición social se consolidó al casarse con una mujer de postín, Martina Gainza, con la cual había tenido cuatro hijos. Mateo Banks y su mujer no vivían en el campo, sino en el centro de Azul, en una casa en la calle Necochea, con verja, jardín y un frente decorado.
En algún momento, Banks, quizá por su afición desmedida al juego, comenzó a perder su fortuna. "Banks, con su vida de «rico artificial», pensó que todo se arreglaría… y perdió toda noción de sentimientos humanos. No vaciló en sacrificar su apellido… Es una víctima de los vicios humanos que destruyen la dignidad, la honradez y hasta el amor de la familia…" Así lo crucificaba en un artículo un diario de Azul durante el proceso.
El fiscal Segovia probó hechos incontrovertibles: en 1921, Mateo Banks había vendido su parte del condominio familiar a sus hermanos. Y pocas semanas antes del crimen, había falsificado un poder de Dionisio para venderle a un rematador de la zona varios miles de cabezas de ganado, que ya no le pertenecían. Como señala Hugo A. Hohl en su exhaustivo estudio del caso Banks Crimen y status social (1998), el criminal había cometido una estafa: en el momento en que sus hermanos lo denunciaran, no le cabía a Mateo Banks otro destino que la cárcel. Por otra parte, el crimen había sido preparado con minucia: Mateo Banks había comprado días antes en una armería de Azul cartuchos de 12 milímetros, los que utilizó. Y el mismo día de la masacre había intentado envenenar a su familia echando estricnina en el puchero, aunque, al equivocar la dosis, no produjo consecuencias: tanto Julia Dillon como María Ana y Dionisio echaron a la basura la comida, de asqueroso gusto.
Para el fiscal Segovia, Banks planeó el múltiple asesinato con total racionalidad: ¿por qué no mató a la pequeña Anita Banks? Porque la esposa de Dionisio no vivía en La Buena Suerte; estaba recluida en un manicomio. A Mateo le hubiera tocado un tercio de la herencia, compartida con la mujer de Dionisio y con la hermana de los Banks que vivía en Irlanda. No era necesaria, para este plan, la muerte de Anita. ¿Por qué ensañarse con Cecilia y con los peones? Porque eran testigos indeseables que hubieran arruinado su versión. Según Segovia, cada movimiento de Banks había sido pensado: para sorprender a Loiza y a Gaitán, hombres fuertes que le habrían opuesto resistencia, usó estratagemas. Su plan de acusar a los peones salvó a la nena María Ercilia Gaitán: no era coherente que el peón asesinara a su propia hija.
La defensa de Banks, convertido por la prensa en un monstruo social, no fue aceptada por abogado alguno. Finalmente, la asumió el joven defensor de oficio Luis Larrain, que hizo lo imposible por salvar a su cliente insistiendo en la teoría de que los dos peones eran los culpables, quizá con la complicidad de algún otro asesino ignoto. Pero Mateo Banks nunca pudo explicar la farsa del agujero en la bota izquierda.
El 3 de abril de 1923, la vista de la causa se dio por concluida. El tribunal, integrado por los doctores Lisandro Salas, Abdon Bravo Almonacid y Armando Pessagno, le cedió la palabra al acusado, que se levantó y, tras limpiar con un pañuelo sus anteojos sin aro, dijo:
–Señor presidente: mucho se ha hablado de este horrendo crimen… He pasado diez meses con el corazón y el alma desgarrados por el dolor y el sufrimiento de las injusticias de las que fui objeto… He aguantado mi dolor en silencio… en la fe de Dios y en la justicia de mis jueces… Por esta cruz (la señala al público), mi pedido es uno solo: ¡que se haga justicia!
Fue condenado a reclusión perpetua. Pocos meses antes se había abolido en la Argentina la pena de muerte. Larrain alegó vicios de forma y pidió al tribunal la nulidad del proceso. Le fue concedida. El juicio se realizó por segunda vez, pero trasladado a los tribunales de La Plata. Entonces, Mateo Banks sorprendió a todos al nombrar como abogado al penalista más caro de Buenos Aires, Antonio Palacios Zinny, una especie de Perry Mason de su época, célebre por sus exitosas defensas de casos difíciles. ¿Quién pagó sus honorarios?, se preguntaba la opinión pública. Nadie, pero el abogado sabía que el país entero estaría pendiente de su defensa, y su prestigio como defensor de causas perdidas se multiplicaría a pesar de ser Mateo Banks el prototipo del asesino irredimible. Según cuenta Roberto Tálice en su libro de memorias Cien mil ejemplares por hora, durante este segundo proceso a Banks el defensor Palacios Zinny urdió una estratagema para impresionar a los jueces. Entregó a su cliente una pastilla de cianuro, que contenía una dosis no letal. Banks debía levantarse, proclamar su inocencia e ingerir el veneno. El hábil penalista no sólo había asegurado a su cliente que ese gesto inclinaría al tribunal en su favor. También habría vendido la exclusiva al vespertino Crítica, cuyos mejores reporteros cubrían la sesión del juicio ese día. En un momento, Palacios Zinny comenzó a hacer desesperadas señas a su defendido, indicándole que se tomara la cápsula. Banks lo miraba fijamente, pero nada sucedió. Según Tálice, a último momento el asesino desconfió… El tribunal de alzada confirmó la sentencia de culpabilidad y la pena de reclusión perpetua.
En 1924, Banks fue trasladado al penal de máxima seguridad de Ushuaia, donde convivió con otros presos famosos, como Cayetano Santos Godino (el Petiso Orejudo) y Simón Radowitzky, el anarquista que había asesinado en 1909 al jefe de policía Ramón Falcón.
Durante su permanencia en Ushuaia, Mateo Banks fue un preso de conducta ejemplar. Concedió numerosas entrevistas, para las cuales el director del penal le prestaba su despacho. Hasta allí llegó un día el popular periodista Juan José de Soiza Reilly, que se fotografió junto al preso Mateo Banks vestido con el tradicional traje a rayas.
Mateo Banks recuperó la libertad en 1949. Intentó regresar a Azul, pero la repulsa social se lo impidió. Era un muerto en vida. Su nombre y sus crímenes eran tan famosos que hasta habían inspirado dos tangos: Doctor Carús, de Martín Montes de Oca, y Don Maté 8 (léase "Mateocho", ell apodo con el que lo había bautizado la prensa), con música de Domingo Cristino y letra de José Ponzio. Para sobrevivir, Mateo Banks cambió de identidad y se trasladó a Buenos Aires. Quería perderse en el anonimato de la gran ciudad. Con documentos falsos a nombre de Eduardo Morgan, alquiló una pieza sin baño en la pensión de la calle Ramón Falcón 2178, en el barrio de Flores. El mismo día de la mudanza, con una toalla y un jabón, se dirigió Mateo Banks hasta el final del pasillo, entró en el baño y cerró con llave. Se desnudó y al meterse en la bañera resbaló. El golpe en la cabeza le provocó la muerte. Tenía 77 años.
Por Alvaro Abos
(El autor agradece la colaboración de Aurora Alonso de Rocha, directora del Archivo Histórico de Olavarría.)
Perfil del homicida
Lugar de nacimiento: Provincia de Buenos Aires, 1878
Rasgos físicos: Robusto, pelirrojo, de amplios bigotes
Sus víctimas: Múltiples (entre ellas, seis miembros de su familia)
Próxima entrega: La descuartizada del lago
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El 20 de julio de 1914, un sangriento asesinato sacudió Buenos Aires. El cuerpo de Frank Carlos Livingston, contador del Banco Hipotecario, yacía literalmente cosido a puñaladas en el hall de su departamento, en Barrio Norte. Detrás de su muerte había una compleja trama de odio y venganza que Alvaro Abós reconstruye en la tercera entrega de la serie.
Los gritos de una mujer rompieron el silencio de aquella madrugada de lunes en la calle Gallo, en el Barrio Norte de Buenos Aires. Era la hora 0 del 20 de julio de 1914 y hacía 14 grados. Gallo 1680, entre Güemes y Santa Fe: un edificio de seis pisos, con balcones franceses adornados con verjas de hierro negro. Los gritos venían del departamento de la planta baja, que tenía puerta a la calle. Se oían lejanos. "Estoy encerrada", o algo así, clamaba la mujer desde algún lugar de la casa. Acudió el portero. Quien gritaba era una de las moradoras, doña Carmen Guillot de Livingston. El portero forzó la ventana que daba a Gallo, entró en la casa y destrabó una puerta interior. Luego franqueó la cancel por la que entró el agente Tapia, de la comisaría 17ª, que estaba de facción en la esquina de Gallo y Güemes.
En el hall, un hombre yacía muerto sobre un charco de sangre. Literalmente, lo habían cosido a puñaladas. La sangre salpicaba las paredes; en el suelo se encontraron el sombrero y el bastón de Malaca del muerto. También, dos cuchillos que no estaban manchados. Carmen Guillot, vestida con camisón y bata, se desvaneció al ver el cadáver. Cuando se repuso contó, con palabras entrecortadas, que había escuchado ruidos de lucha y lamentos de su marido, pero la puerta interior que comunicaba el hall con los dormitorios estaba cerrada.
La víctima se llamaba Frank Carlos Livingston, argentino, de 46 años. Era contador del Banco Hipotecario. Los Livingston, sus cinco hijos (el más pequeño de sólo nueve meses) y la criada Catalina González vivían desde hacía un mes en el departamento. Todo indicaba que los asesinos habían entrado a robar, porque a Livingston le faltaba la billetera. El médico forense doctor Juan Espina, tras examinar» el cadáver, adelantó algunas conclusiones:
–Tiene casi cuarenta heridas punzantes, producidas por dos cuchillos. Unas quince pudieron ser mortales, pero la decisiva fue un golpe seco y horizontal que le rebanó la carótida.
El comisario Samuel Ruffet quedó al mando de la pesquisa mientras los diarios de la tarde, aquel mismo lunes, anunciaban: "Crimen en la calle Gallo" y "Un hombre fue salvajemente asesinado en Barrio Norte".
El domingo 19 de julio Frank Carlos Livingston había salido con familiares, mientras su esposa se quedaba en casa con los niños. Regresó a la medianoche. No había que ser muy ducho para concluir: la víctima había sido seguida por los agresores, quienes se filtraron tras él cuando abrió la puerta, lo atacaron, lo despojaron del dinero y huyeron. Todo parecía claro…
Pero no estaba tan claro para el comisario Ruffet. Las siguientes seis semanas, Buenos Aires vivió pendiente del caso Livingston. ¿Por qué? Quizá por ser distinto. Ni el escenario ni los protagonistas eran los habituales en la crónica roja. Esta vez, ni la víctima ni su entorno pertenecían al mundo de los inmigrantes, criollos pobres o gente del suburbio: eran personas de postín, con buena posición económica.
Otro factor contribuyó a que el caso Livingston estallara como una bomba: el periodismo porteño estaba cambiando. Buenos Aires se transformaba de gran aldea en urbe y nacía un interés vehemente por los crímenes que toda gran ciudad esconde. Los diarios más importantes eran La Prensa y La Nación, pero se había iniciado una guerra entre los vespertinos Ultima Hora, La Razón y Crítica, que daban cada vez más espacio a las noticias policiales, a las que el director de este último, Natalio Botana, mandaba cubrir con fotos, dibujos y cronistas que, a la manera de detectives privados, investigaban por su cuenta. En Crítica, esas noticias las redactaba José Antonio Saldías, el Toba, periodista bohemio que a veces redactaba sus crónicas en verso. La trama de pasión, venganza e intereses tras el caso Livingston fue un bocatto di cardinale para esos diarios que querían llegar al gran público.
Las dudas del comisario
¿Qué era lo que no le cuadraba al comisario Ruffet? La ferocidad con la que había sido asesinado Livingston no podía ser obra de un ratero ocasional; es cierto que había desaparecido la billetera de Livingston y también su pañuelo de hilo, pero ¿por qué habían dejado el reloj de oro con tapa que guardaba la víctima en el bolsillo? ¿Y el lápiz, también de oro? Unos vecinos habían visto salir del departamento, a las 0.15, a dos o tres hombres que cerraban la puerta y se alejaban con parsimonia hacia la avenida Santa Fe. En el caso de ser ladrones, ¿no habrían huido a la carrera?
Además, se habían encontrado huellas rojas de pisadas en el interior del departamento, como si el asesino, tras apuñalar al dueño de casa, hubiera intentado asaltar a los demás moradores y se hubiese arrepentido. Ruffet inició una investigación a fondo sobre los personajes de la tragedia ¿Quiénes eran Frank Carlos Livingston y Carmen Guillot?
El primero de los Livingston –familia originaria de Albany, Nueva York– había llegado a estas tierras a mediados del siglo XIX. Frank Carlos, a quien todos llamaban Carlos, tenía un buen pasar. Era propietario de por lo menos tres departamentos en el barrio de Belgrano. Pero algo no funcionaba bien en su vida. Había sido atacado varias veces por desconocidos. La última vez, el 15 de mayo, pocos meses antes del crimen, en la esquina de Amenábar y Manuela Pedraza. Livingston era un hombre grueso, calvo, que lucía unos bigotazos a la moda. Nunca se separaba de su bastón de Malaca, con el que había puesto a los agresores en fuga. Livingston había denunciado la agresión en la comisaría 39ª, ocasión en que conoció al comisario Ruffet. En realidad, Livingston era una persona conflictiva y de mal carácter. Como no quedó conforme con las diligencias que había ordenado el comisario, anunció que, mediante sus relaciones en esferas públicas, haría "saltar a Ruffet".
Socio y asiduo concurrente del Jockey Club, el turf era su pasión. El domingo en que lo asesinaron había estado en el Hipódromo de Palermo, ya que corría su potrillo Yrigoyen, favorito en el clásico de la jornada, el Premio Estados Unidos del Brasil. Antes de salir, le había dicho a Carmen que tenía un "dato" imperdible: Yrigoyen no podía perder en la séptima carrera.
Ruffet conocía bien a ese hombre vociferante e intempestivo: también había actuado en varias quejas presentadas por Carmen Guillot debido a agresiones del marido. Porque Carmen era una mujer golpeada.
Pronto quedó en claro que Livingston, con fama de mujeriego, tenía una amante: una joven italiana, que vivía en uno de los departamentos del hombre convertido en garçonnière. Como a esta muchacha nunca se la había implicado en el crimen, la prensa no la identificó; sólo se sabían sus iniciales: M.G.
Los asesinos habían dejado las armas del homicidio en el lugar. Este descuido, ¿a qué obedecía? ¿Impericia, irresponsabilidad, o intento de incriminar a alguien? Esos cuchillos llevaron a Ruffet a resolver el caso.
Pescado fresco
Un sábado de agosto, el comisario Samuel Ruffet decidió darle a su señora una sorpresa. Salió del Departamento de Policía y caminó por Alsina y luego por Carlos Pellegrini hasta el Mercado del Plata. Observó la pericia con la que los carniceros trozaban el hígado, cortaban los costillares, picaban la tripa. En los puestos de pescado, sus dueños, italianos o españoles, despanzurraban el pez al medio, lo descamaban, hacían filetes finos como un papel de seda: cuchillas, navajas, trinchetes bruñidos… El comisario Ruffet imaginaba esos filos ensañándose en el cuerpo de Livingston… ¿Qué pescadero surtía a los Livingston?, se preguntó, y volvió al Departamento para averiguarlo.
El comisario Villanueva, su ayudante, le tenía preparado un informe sobre Livingston: según los allegados de la familia, las desavenencias eran tan grandes que el matrimonio hacía tiempo que ni se hablaba. ¿Estaba en contacto el asesinado con alguna mafia del juego? No, nada de eso. En realidad, Livingston se distinguía por su avaricia. Jugaba a lo sumo 10 o 15 boletos. ¿Y su fortuna? Nada que objetar. Livingston provenía de una familia de linaje.
Antes de abandonar los cuchillos en el lugar del crimen, los habían limpiado. Olor a colonia –la misma marca que usaba la víctima– se desprendía de ambas armas, por lo que podía inferirse que los asesinos las habían frotado con el pañuelo de la víctima. Sin embargo, otro olor persistía. Olor a pescado.
La pesquisa se concentró en la criada: no fue difícil determinar que tenía amores con el pescadero de los Livingston. Era un mocetón robusto llamado Salvatore Vitarelli, con puesto en el mercado de Vicente López y Rodríguez Peña. Vitarelli fue detenido, liberado, y luego detenido otra vez.
Ruffet interrogó a la criada y a la patrona. La primera que se derrumbó fue Catalina. Su relato reveló el pacto homicida. Carmen Guillot fue detenida. Se le permitió tener con ella a su niño pequeño. Vitarelli fue el siguiente en confesar. Carmen primero negó, pero acabó admitiendo todo.
La trama asesina
Livingston no sólo tenía mal carácter. En la casa, era un tirano. Castigaba a su esposa física y moralmente. La Guillot, que por parte de madre se apellidaba Borges, tenía prohibido ver a sus propios padres. Además, Livingston sólo le daba tres pesos al día, suma con la que ella debía mantener la casa. "Si no tienen qué comer, pasen hambre." La sufrida esposa, envejecida a pesar de sus pocos años, hizo de Catalina su confidente. Muchas veces, en medio de llantos, contó a la criada que no podía más. En aquellos tiempos, que una mujer abandonara el hogar hubiera sido impensable. Entonces, surgió la idea del crimen. Catalina sugirió a su patrona que hablara con Salvatore, el pescadero. Otro que odiaba a Livingston porque se atrasaba en pagar la cuenta de las compras. Un día, en el mercado, Carmen le habría dicho a Salvatore:
–¿Cuánto le debe mi marido? ¿Doscientos pesos? Usted podría cobrar eso y mucho más… si me ayudara a eliminarlo. Le pagaría dos mil pesos…
En el Mercado merodeaban inmigrantes sin trabajo ni documentos que hacían cualquier cosa con tal de ganar algo de dinero. Vitarelli se encargó de contratar a dos de ellos: Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvatto, dos calabreses analfabetos, desocupados, desesperados por la miseria.
Tras dos intentos frustrados, la ocasión decisiva se presentó el domingo 19 de julio. Livingston le anticipó a su mujer que a la salida del hipódromo iría a festejar el triunfo de Yrigoyen, que descontaba. A las nueve y media de la noche, Carmen y Catalina abrieron a Lauro y Salvatto las puertas de Gallo 1680. Esperaron en la oscuridad del vestíbulo.
Las dos mujeres cerraron con llave el paso a los dormitorios, donde se recluyeron. A las doce, se escuchó el ruido de la llave. Los asesinos se abalanzaron sobre el dueño de casa en la oscuridad. Livingston defendió su vida como un león. Finalmente, cayó con el cuerpo y la cara sajados, mientras sus asesinos recuperaban el resuello. En ese momento apareció Carmen. Les gritó:
–Sáquenle la billetera y váyanse.
Antes de hacerlo, los malhechores limpiaron los cuchillos con el pañuelo del muerto, que guardaron, pero… ¡dejaron los cuchillos! Y Carmen Guillot pisó sangre con sus chinelas, que dejaron sus huellas en el departamento, aunque luego advirtió el error.
Lauro fue detenido en un pueblo de Santa Fe. De nada sirvió que algunos calabreses lo ocultaran. En cuanto a Salvatto, consiguió subir como polizón en un paquebote que partió a Italia, pero fue descubierto al hacer escala en Santos (Brasil): lo bajaron y devolvieron a Buenos Aires.
Durante el proceso, el interés de la opinión pública se centraba en lo que pasaría con Carmen Guillot, procesada por homicidio en grado de tentativa y asociación ilícita. Antonio De Tomaso, su abogado –futuro diputado socialista de una oratoria que derretía las piedras–, la presentó como la víctima de un monstruo. Así declaró la imputada ante el juez de instrucción:
–Pertenecí a una honrada familia, señor juez. Mis padres sufrieron mucho conmigo a causa de mi salud. Yo estaba predestinada a la muerte. Mucho antes de casarme, cuando aún vivía con mis padres en una finca de Belgrano, empecé a sufrir el mal de Basedow. Es un bocio que apenas desfigura la garganta pero perturba la psiquis.
–¿Cómo conoció a su marido?
–El vivía cerca de mi casa, en un chalet, con una mujer francesa. Me miraba, sonreía, un día me arrojó una carta de amor. Decía que estaba enamorado de mi "extraña belleza". Yo desconfiaba. Mucho se murmuraba de él, de su vida, de sus costumbres. Cuando todos se oponían a nuestro amor, combatí contra todos, como una leona. Un día me esperó en su coche. Escapamos. Me llevó a un hotel. Mi desengaño fue cruel. Mis ilusiones duraron apenas horas. En la intimidad, se me presentó como una bestia.
–¿Por qué se casó con él?
–Era joven, estaba enferma, atolondrada por un amor sincero y por un mal que me enloquecía, era un guiñapo. Después de muchas incidencias, decidimos casarnos. Yo ni siquiera había cumplido los quince años. Y empezó mi martirio. El era cruel. Me odiaba, y no perdía oportunidad de despreciarme. Con ese mismo bastón de Malaca con el que se defendió, me propinaba feroces palizas. Derrochaba dinero con mujeres y en el juego. Cada nacimiento de mis hijos fue para él un disgusto. (...) Harta de ser castigada, cuando la mucama me propuso una solución, la acepté. Ella también había tenido un marido así y se había librado de él. La noche en que los pescadores entraron a casa para matarlo, quedé muda de espanto…
Carmen Guillot fue condenada a reclusión perpetua. La misma pena recayó en Salvatore Vitarelli. Catalina González recibió quince años. Muchos años después, el periodista Luis Diéguez, de Crítica, entrevistó a Carmen Guillot en la Cárcel de Mujeres, el caserón de Humberto I y Defensa. Así la describió: "De la antigua belleza, ella conserva la fascinación de los ojos grandes y negros. La hermosura de ayer se muestra marchita, acentuada por la encanecida cabellera". Ante el periodista, la condenada elevó una súplica:
–¡No me arrepentiré jamás! El tuvo la culpa. Ahora ya no soy una mujer peligrosa. Bien merezco ver a mis hijos.
Pero sus hijos la abandonaron.
Lauro y Salvatto fueron fusilados en el patio de la Penitenciaría Nacional la madrugada del 22 de julio de 1916. Nadie reclamó sus cuerpos. Lauro dejó una estampita de San Genaro pegada en la pared de su celda. Salvatto pidió fumar un toscano corto, un charuto, antes de caer ante el pelotón. Todavía estaba encendido cuando se lo dio al cura.
Fue la última vez que se aplicó la pena capital por causas no políticas en Buenos Aires.
Por Alvaro Abos
Próxima entrega: Mateo Banks, el óctuple homicida
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Comenzó a matar siendo un adolescente. Sus víctimas eran niños indefensos. El de Cayetano Santos Godino es el caso más escalofriante de los que registran los anales policiales del país. Aquí, su historia, reconstruida por Alvaro Abós, en la segunda entrega de la serie
Un día de 1906, el empleado municipal Fiore Godino entró en la comisaría décima, en la calle Urquiza 550, y a los gritos clamó ayuda para controlar a su propio hijo, Cayetano Santos Godino, de sólo 9 años:
–¡Señor comisario, yo no puedo con él! Es imposible dominarlo. Rompe a pedradas los vidrios de los vecinos, les pega a los chicos del barrio… Y si lo encierro en casa es peor. Se pone como loco. El otro día encontré una caja de zapatos. Había matado a los canarios del patio, les había arrancado los ojos y las plumas y me los dejó en la caja, al lado de mi cama…
El comisario fue a buscar a Cayetano al conventillo de la calle 24 de Noviembre 623, donde vivían entonces los Godino, y se lo envió al juez. Tras una reprimenda, fue devuelto a sus padres. Como no mejoraba, en 1908 lo encerraron en un reformatorio de Marcos Paz. Iba a pasar allí tres años, pero no sirvió de nada.
Cayetano Santos Godino comenzó a matar y a quemar en un raid criminal como la ciudad jamás había visto. Buenos Aires celebraba con grandes fastos el centenario de la patria. La ciudad era una fiesta, pero algunos comensales no habían sido invitados. Entre ellos, Cayetano Santos Godino, que quedó en la historia criminal argentina –y en la mitología negra de Buenos Aires– como "El Petiso Orejudo".
Fiore Godino y Lucia Ruffo, dos campesinos sardos, habían llegado en 1884 a Buenos Aires. Eran analfabetos y huían de la pobreza, pero también de una tragedia personal: el hijo primogénito, también Cayetano, había muerto de una afección cardíaca a los diez meses de edad. Después, los Godino tuvieron una hija, Josefa, con la que emprendieron la travesía, y en Buenos Aires les nacieron nueve hijos más. Al último, que vio la luz en 1896 en el conventillo de Deán Funes 1158, lo bautizaron Cayetano, como al muertito.
La vida de los Godino no fue fácil; no sólo porque l’América ya estaba hecha, sino por las desventuras de Fiore. El padre de Cayetano era sifilítico y alcohólico, aunque se las arreglaba para ir tirando, hasta que finalmente consiguió un trabajo de farolero (encendía el fuego en los faroles de alumbrado). Cayetano era un chico frágil: enfermó de enteritis a los pocos años y creció raquítico. Peor les fue a algunos de sus hermanos, como Antonio, que era epiléptico. Cuando Fiore llegaba a casa –las dos piezas del conventillo donde la familia habitaba– les propinaba feroces palizas a Lucía y a sus hijos. Cayetano fue a varias escuelas, pero duraba poco: lo expulsaron seis veces y nadie le enseñó a leer. Cuando fue revisado por los médicos, éstos contaron 27 cicatrices en la cabeza provocadas por las palizas del padre y de su hermano Antonio.
A los siete años, Cayetano era tan bajo y menudo que parecía de cuatro. Lo llamaban "El Oreja" o "El Petiso Orejudo" porque sus apéndices auditivos eran grandes y apantallados. A los 8 cometió su primera fechoría. Tomó de la mano a un niño de 21 meses y lo llevó a un baldío donde comenzó a pegarle en la cabeza con una piedra. Al pequeño Miguel de Paoli lo salvó el vigilante de la esquina, que llevó al agresor a la comisaría. El padre tuvo que ir a buscarlo y todo quedó como una pelea de chicos. ¿Quién podía pensar que en ese incidente comenzaba su carrera el mayor asesino serial y pirómano nunca conocido en el sur de América?
No se sabe qué sucedió durante los tres años que Cayetano pasó en la colonia penal de Marcos Paz, salvo que varias veces intentó fugarse. Pero a fines de 1911 mandaron a Cayetano a casa para que pasara la Navidad en familia.
La niña en llamas
El año siguiente, 1912, iba a ser un año lleno de acontecimientos, en la Argentina y en el mundo. Se hundió el Titanic en el Atlántico norte y en algunos cabarets de Buenos Aires comenzó a actuar un dúo de tangueros: el cantor Carlos Gardel y su guitarrista José Razzano. Pero para muchos porteños aquel 1912 quedó en la memoria como un año atroz, porque fue cuando un fantasma recorrió Buenos Aires dejando una huella de sangre…
El 25 de enero de 1912 se encontró, en una casa vacía de Pavón 1541, el cadáver de Arturo Laurora, de 13 años, golpeado y estrangulado.
A las seis de la tarde del 7 de marzo de 1912, una niña de 5 años llamada Reina Bonita Vainicoff, hija de inmigrantes judíos que vivían en la avenida Entre Ríos 522, miraba la vidriera de una zapatería. De pronto, sin que nadie atinara a darse cuenta cómo, el vestido blanco de Reina Bonita, lleno de volados y puntillas, comenzó a arder. Alguien le había tirado un fósforo. A pesar de los gritos desgarradores de la niña en llamas, y de que un policía se tiró sobre ella para apagar el fuego con el cuerpo, no pudo ser salvada. Reina Bonita, con quemaduras múltiples, murió 16 días más tarde. La tragedia se ensañó con la familia Vainicoff: el abuelo, al ver que su nieta ardía, cruzó la avenida Entre Ríos sin mirar y lo mató un auto.
El 16 de julio de ese mismo año, Cayetano incendió un corralón en Garay al 3100. En septiembre, mientras trabajaba como mandadero en unos almacenes del barrio, acuchilló a un caballo en los establos de Chiclana al 3300. Dos días después prendió fuego a la estación de tranvías de la Compañía Anglo, que tenía entrada por Estados Unidos y por Carlos Calvo. El 8 de noviembre de 1912, y en un descuido de sus padres, desapareció el niño Roberto Carmelo Russo, de dos años y medio, quien jugaba con su hermanito mayor en la vereda de Carlos Calvo al 3800. Minutos más tarde, un vigilante rescató a Roberto Carmelo en un baldío. Lo habían maniatado con un piolín. Junto a él estaba un muchacho menudo y de orejas apantalladas: alegó que acababa de descubrir a Robertito y estaba desatándolo.
Durante ese mes de noviembre, otros extraños sucesos conmovieron al barrio: alguien incendió un galpón de azulejos en la calle Carlos Calvo y Carmen Ghittoni, de tres años, fue golpeada en un baldío de Chiclana y Deán Funes. El vigilante llegó corriendo y sólo avistó de lejos al agresor, que huía. Cuatro días después, Catalina Neolener, de cinco años, sufrió un ataque similar en el umbral de su casa, en Directorio 78. Pero todo se iba a precipitar el día de la tragedia, el martes 3 de diciembre de 1912.
Un chico llamado Jesualdo
Pocos lugares habría más tranquilos que aquella cuadra de la calle Progreso (hoy Pedro Echagüe) entre Jujuy y Catamarca. Esa mañana, la señora María Giordano abrió la puerta de calle y miró al cielo. Estaba nublado y bochornoso, pero no parecía que fuera a llover. Dirigiéndose a su hijo Jesualdo, un gordito de tres años y medio que llevaba una pelota colorada bajo el brazo, le recomendó:
–Quedate jugando en la vereda, Jesualdito, pero no crucés.
Fue lo último que le dijo. Cuando volvió a verlo, su hijo estaba muerto. La tarde del 3 de diciembre Jesualdo fue encontrado en un basural conocido como la quinta Moreno, donde funcionaba antes el horno de ladrillos de la fábrica La Americana. Lo habían estrangulado con trece vueltas de un piolín que se le hundió en el cuello. Como no terminaba de morir, el homicida le perforó la sien derecha con un clavo de cuatro pulgadas, al que golpeó con una piedra hasta que la punta salió por el otro parietal. Luego tapó el cuerpito con chapas de cinc y se fue tranquilamente a su casa.
El horroroso crimen de Jesualdo Giordano hizo explotar a la ciudad. El conventillo de Progreso 2585, en el que vivían los Giordano, se colmó de vecinos indignados. Según la crónica del diario La Prensa, la policía sabía perfectamente quién era el asesino: sospechaban hacía tiempo de Godino, aunque no tenían pruebas. Quizá no se animaban a proclamar que un niño fuese el culpable de esos crímenes que la opinión pública adjudicaba a siniestras organizaciones criminales como la Mano Negra, dedicadas a secuestrar chicos.
"El Oreja", con inconsciencia, parecía provocar al mundo. Durante la reconstrucción del crimen de Jesualdo, Godino fue visto entre el gentío que llenaba la quinta Moreno. También fue al velorio, y hasta algunos dijeron que se mostró compungido al acercarse al féretro blanco y tocar la cabecita con mano trémula. Se sabe que compró un ejemplar del diario y se hizo leer la crónica de los hechos (era analfabeto). Luego recortó la noticia y se la guardó.
Los vecinos que declararon ante la policía coincidieron: poco antes del hecho, habían visto pasar al pequeño Jesualdo de la mano con Godino. "El Oreja" fue detenido la noche del 5 de diciembre. Los diarios revelaron los detalles de la confesión del "Petiso", que habló durante varias horas.
Loco moral
El proceso a Cayetano Santos Godino se prolongó por dos años, durante los cuales "El Petiso" fue recluido en el Hospicio de las Mercedes. Las más importantes figuras de la psiquiatría criminal concurrían para examinar al reo y comprobar cómo era aquel ser al que la prensa calificaba de fiera humana. Muchas voces reclamaron que se lo condenara a la pena capital, que entonces estaba en vigencia para delitos como el homicidio, aunque no podía aplicarse a menores. ¿Pero podía llamársele niño al "Petiso", aunque su partida de nacimiento dijera que sólo tenía 15 años?
Godino fue procesado por tres homicidios (los de los niños Arturo Laurora, Reina Bonita Vainicoff y Jesualdo Giordano) y once agresiones. ¿Cometió otros crímenes? El proceso nunca lo esclareció. Se dijo con insistencia que "El Oreja" habría matado a otros niños, por ejemplo la pequeña María Rosa Face, una nena perdida que nunca apareció ni viva ni muerta y cuyos padres regresaron a Italia. También al niño Lautaro Marchi, que sin embargo no figura en el expediente criminal.
No había mucho que discutir en el proceso a Cayetano Santos Godino, asesino y pirómano confeso. Para el doctor Domingo Cabred, célebre alienista y director del Hospicio, Cayetano era un "imbécil", o bien un "loco moral": su degeneración provenía de la falta de afectos, la limitación de su inteligencia y su impulsividad mórbida. "Tiene conciencia y memoria del impulso destructor", sostenían los dictámenes, pero era un "degenerado hereditario", y ello explicaba su sadismo.
Godino era examinado como un cobayo; en el diagnóstico, se destacaban sus características físicas: la escasa talla (1,51 metros), la cabeza pequeña (microsomía); la extensión de sus brazos, que abiertos alcanzaban una envergadura de 1,85 metros; sus orejas desmesuradas y en asa, su miseria física y la desmesura de su órgano sexual. Todo conducía a una conclusión: Godino estaba predestinado al crimen.
El doctor Cabred sostuvo este diálogo con "El Oreja":
–¿Es usted un muchacho desgraciado o feliz?
–Feliz.
–¿No siente usted remordimientos por lo que ha hecho?
–No entiendo.
–¿Piensa que será castigado por sus delitos?
–He oído que me condenarán a veinte años de cárcel y que si no fuera menor me pegarían un tiro.
¿Qué pasaba por la mente de Godino cuando cometía sus crímenes? Según sus palabras, una fuerza ingobernable lo dominaba, el dolor le partía el cráneo y ese sufrimiento sólo se aliviaba golpeando, matando. Sin embargo, todos los exámenes descartaron que padeciera epilepsia.
–¿Por qué incendiaba las casas? –preguntaba Cabred.
–Porque me gusta ver trabajar a los bomberos. Cuando ellos llegaban, yo colaboraba trayéndoles baldes de agua.
–¿Y robar?
–He probado, no me gusta.
Godino fue condenado en 1914 a la pena de penitenciaría perpetua, que era irredimible. El juez lo envió a la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras, donde podía ser aislado en una celda. Allí pasó varios años. Aprendió a leer y escribir, a sumar y restar.
En 1923 se inauguró en Ushuaia un presidio de máxima seguridad. Se la llamó "la cárcel del fin del mundo". Godino, severamente custodiado y engrillado, fue trasladado a ella en el transporte Chaco.
Los gatitos muertos
En 1933, José María Soiza Reilly, periodista y escritor muy popular, entrevistó a Cayetano Santos Godino en la celda que ocupaba, la número 90. Por esa entrevista, publicada en la revista Caras y Caretas, el público se enteró de que Godino había matado a dos gatitos que eran las mascotas de los presos, y que por ello le habían propinado una feroz paliza. También contaba que en una de las primeras operaciones de cirugía estética que se habían hecho en el país le habían achatado las orejas, esas orejas aladas que según algunos eran la causa de su maldad. La operación fue auspiciada por el gobierno, que envió un equipo médico y un fotógrafo a Ushuaia.
Cayetano Santos Godino nunca recuperó su libertad. Según el certificado de defunción, "El Petiso Orejudo" falleció el 15 de noviembre de 1944 por una hemorragia interna causada por gastritis avanzada. ¿Murió de una paliza que le propinaron los presos? Cuenta la leyenda que, cuando el penal fue clausurado, en 1947, los huesos de nuestro primer asesino serial no pudieron ser hallados en el camposanto del lugar. En cambio, la esposa del último director tenía un pisapapeles con el fémur de Cayetano Santos Godino.
Por Alvaro Abos
Fuentes: "El petiso orejudo" (1994), de María Moreno y "Orejas aladas", de Leonel Contreras (2000), reeditado en 2003 con el título "La leyenda del Petiso Orejudo".
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Era un inmigrante italiano llegado a Buenos Aires a fines del 1800. Desesperado por la miseria, planeó un asesinato macabro. ¿El arma? La estricnina, un veneno letal. Su historia abre la serie en la que el escritor Alvaro Abós reconstruirá algunos de los crímenes que conmovieron al país
Una mañana de agosto de 1889, un hombre llamado Luis Castruccio se presentó en las oficinas de la Compañía de Seguros La Previsora del Hogar con la intención de cobrar una póliza. Comenzaba así un caso célebre en los anales del crimen argentino: durante muchos años, la personalidad singular del asesino Castruccio alimentó polémicas y dio origen a un debate criminológico sobre la ambigua frontera entre la locura y el crimen y sobre el más tortuoso de los delitos: el envenenamiento.
Luigi Castruccio era oriundo de Rapallo, cerca de Génova, y había llegado a Buenos Aires a sus veinte años, en 1878, mezclado con miles de inmigrantes que anhelaban "hacer la América". Era pobre de solemnidad y carecía de familia. Todo fue duro para el muchacho ligur, quien deambuló por oficios diversos: fue albañil, peón de frigorífico, sereno, corredor de comercio.
Castruccio era un hombre de pequeña talla pero de recia musculatura, muy rubio y de piel fina, con ojos claros y protuberantes. Lo distinguían su verbosidad y el énfasis con que gesticulaba. Aunque su castellano era muy malo, eso no le impedía hablar hasta por los codos. Durante algunos meses, Castruccio se trasladó a La Plata, la ciudad que en unos pocos meses surgió de nada bajo la dirección del gobernador Dardo Rocha.
La Plata, 1882: un El Dorado donde abundaba el trabajo; se construían a ritmo de vértigo las diagonales, las avenidas, los edificios públicos. Castruccio volvió a Buenos Aires con algunos ahorros y alquiló una casa en la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre), pero pronto volvió a padecer problemas económicos. Nunca pudo abrirse camino. Los delirios de grandeza del italiano chocaban con su pobre formación.
Ciclotímico, los fracasos lo sumían en depresión y entonces incubaba ideas suicidas. En 1888 tuvo una crisis. Durante un descuido de su médico, el doctor Tomás Mackern, le robó una receta y con ella adquirió un frasco de estricnina. Estaba dispuesto a suicidarse. Llegó a redactar su testamento. Cuando Castruccio se convirtió en un asesino célebre, este documento de su puño y letra fue analizado con detalle, ya que desnudaba rasgos de su personalidad. Al escribir, mezclaba lecturas y opiniones. En el testamento, tras abundar en apocalípticas citas de Flammarion y Víctor Hugo, Castruccio describía el infierno, que no era, según él, el que prometía el Papa, ese "farsante del Vaticano", sino "el fuego central que hará más mal a los vivos que a los muertos". Castruccio legaba su fortuna –que por cierto no existía– al Hospital Italiano de Buenos Aires, que entonces se alzaba en la esquina de Caseros y Bolívar. Pero había agregado una condición: que los fondos no se destinaran a ninguna sala para mujeres. El testador era un misógino que consideraba a la mujer un "animal maligno", culpable de sus tribulaciones.
En algún momento, el futuro asesino desistió del suicidio. "En lugar de vengarme de la sociedad suprimiéndome, decidí hacerlo matando a otro", le diría a uno de los psiquiatras que estudiaron su caso.
Castruccio, cuya omnipotencia rayaba en la megalonamía, decidió solucionar sus problemas económicos mediante un crimen. Estaba seguro de que podría engañar al mundo y salir indemne.
Publicó un anuncio en la prensa pidiendo un sirviente. Así, reclutó a alguien que reunía todas las condiciones requeridas para su plan criminal. El criado era un mocetón francés llamado Alberto Bouchot Constantin, recién llegado a Buenos Aires y que no conocía a nadie en la ciudad. Esto era algo frecuente en aquella Buenos Aires en plena expansión, donde más de la mitad de sus 437.875 habitantes, incluidos los vecinos de Belgrano y Flores, pueblos recién incorporados a la urbe, eran extranjeros. Provenientes de todos los confines del mundo, hombres anónimos, algunos perseguidos, otros fracasados de mil orígenes, desembarcaban para rehacer su vida en estas orillas. La víctima del crimen perfecto que quería cometer Castruccio sería, como él mismo, un inmigrante.
Castruccio ganó la voluntad del criado dándole un trato cordial e íntimo. Lo hizo comer en su mesa y le instaló una cama en su propio dormitorio. Cuando la relación entre amo y sirviente se consolidó, no le fue difícil a Castruccio convencer al francés de que contratara una póliza de seguro. En la solicitud, Bouchot se presentó como cuñado de Castruccio.
Su plan inicial era matar a Bouchot asfixiándolo con cloroformo. Cada noche, Castruccio embebía un trapo en cloroformo y lo aplicaba suavemente en la cara del hombre que dormía. Pero no conseguía que su víctima "se durmiera" para siempre. Bouchot se agitaba. En una oportunidad, abrió los ojos de pronto y, a su lado, vio a su patrono, inclinado sobre él. El francés pasaba el día somnoliento. Los vecinos del barrio de Montserrat le preguntaban sobre su estado, y Bouchot, confusamente, explicaba que no podía dormir.
El veneno
Entonces Castruccio decidió envenenar a Bouchot. El uso del veneno como arma homicida se asocia a la astucia y la paciencia. La historia recuerda a Agripina, que envenenó a su esposo, el emperador Claudio, para beneficiar a su hijo Nerón, quien de todas maneras también la hizo envenenar; a Locusta, a Catalina de Medici y sobre todo a los Borgia, una familia que recurría a la cantarella (veneno) para eliminar a todo tipo de enemigos: así, Rodrigo Borgia llegó a ser papa con el nombre de Alejandro VI. Su hijo César –admirado por Maquiavelo– y su hija Lucrecia fueron otros miembros de lo que el historiador policial argentino Andrés I. Flores llama la "secta de los envenadores" y caracteriza como el terror de los policías, pues el veneno no deja huella.
Castruccio se decidió por la estricnina, la nuez vómica originaria de la India, una sustancia que, por ser insípida, puede incluso ser diluida en agua. Se la administró a Bouchot en las comidas, de manera gradual. Durante varios días, Castruccio vertió pequeñas dosis del veneno en la comida del francés.
Atacado por el cloroformo y por la estricnina, el criado desfallecía. Durante el proceso, Castruccio admitió que había planeado fríamente asesinar a su mucamo, pero intentó atenuar su conducta.
–¿Por qué le daba cloroformo? –le preguntaba el fiscal a Castruccio.
–Porque quería ahorrarle sufrimientos. Quise que muriera durmiendo. Para que no sufriera.
Esta tesis fue destruida por el fiscal, quien demostró que el asesino había sometido a su víctima a un auténtico martirio. La agonía de Bouchot, atacado por fuertes espasmos de estómago, resultó atroz.
Castruccio, astuto en la simulación, fingía preocuparse por la salud de su sirviente. Lo llevó a la guardia de un hospital. Cuando los dolores se hicieron intolerables, Castruccio llamó a un médico, quien concurrió a atender a Bouchot a domicilio. Le diagnosticó una gastritis. Todos los medicamentos que le eran prescriptos, Castruccio los compraba religiosamente. ¿Se los administraba a la víctima? Nunca se aclaró.
Cuando Alberto Bouchot Castel murió, un médico firmó la certificación de la muerte con el diagnóstico de "congestión cerebral". Su patrono se hizo cargo de las exequias y acompañó, compungido, el pequeño cortejo, integrado por unos pocos vecinos, que llevó el féretro al cementerio de la Chacarita.
Castruccio esperó unos días. Seguro de que había cometido el crimen perfecto y nadie sospecharía de él, se dirigió confiado a la compañía de seguros y llenó todos los papeles para cobrar la póliza.
El Buenos Aires en el que se estaba desarrollando esta comedia sórdida era una ciudad en pleno cambio. Por iniciativa del intendente, Torcuato de Alvear, la Avenida de Mayo estaba en construcción. Grandes edificios, hospitales, galerías, palacios, levantaban sus muros de un día para otro. La Argentina había culminado el ciclo de las guerras civiles. Buenos Aires vivía cambios vertiginosos. De la gran aldea se convertía en urbe cosmopolita. Los porteños tenían con qué entretenerse: había veinte teatros y todavía era popular el circo, donde reinaban los Podestá, que año tras año reestrenaban el Juan Moreira. La estrella del momento era un payaso inglés, Frank Brown, que se había asentado en el país y competía con la otra atracción del momento: el asombroso mago Mister Mertelak, "el rey del fuego". Se publicaban en Buenos Aires 24 diarios, que pronto iban a escribir con profusión sobre el caso Castruccio.
El inspector de la Previsora del Hogar encargado de dictaminar sobre la póliza no encontró nada raro en los documentos, pero discretamente indagó en los detalles de la muerte de Bouchot. Pronto sus averiguaciones dieron fruto: el muerto, según aseveraban los vecinos, no era pariente de Castruccio –como éste había declarado al tramitar la póliza–, sino su sirviente. Por otra parte, su muerte había sido súbita, aunque precedida por acontecimientos extraños. De la noche a la mañana, el francés había sido doblegado por terribles dolores y su vida se había apagado inexplicablemente.
Contradicciones
El pago de la póliza se demoró. Castruccio concurría impaciente a la sede de la compañía. Pero ésta había dado aviso a la policía. El jefe de Investigaciones era el comisario Wright, quien allanó la casa de Castruccio. Los interrogatorios resultaron fatales para el italiano, a quien su verbosidad hizo incurrir en contradicciones. El juez de instrucción ordenó la exhumación del cadáver. El detenido fue obligado a presenciar la exhumación, trance que soportó con frialdad. Una crónica periodística describe así la escena: "Castruccio pronunció frases de condolencia para la víctima y llegó a estrecharle la mano, para inspirar a los presentes la convicción de su inocencia".
La autopsia reveló que Bouchot había muerto envenenado. Por otra parte, el homicida había dejado diversas huellas de su delito. En la mesa de luz del asesino se encontró una libreta en la que Castruccio había llevado un diario del crimen con anotaciones en clave. Uno de los apuntes decía: "C. la E. el 4".
En otra enigmática anotación, se leía: "E. el ABC el 18". No tardó la policía en descifrar esas frases: "Comprada la estricnina el 4 de abril", "Envenenado el Augusto Bouchot Constantin el 18 de abril".
Castruccio confesó. Ensayó, sin embargo, algunas líneas de defensa. Adujo, por ejemplo, que no debía ser castigado porque su víctima era un extranjero.
–¿Usted comprende lo que ha hecho? –le preguntó el fiscal.
–Sí.
–¿Sabe lo que es un homicidio?
–Sí, pero yo no he hecho nada malo. Nunca maté a un argentino.
También alegaba que su víctima no había sufrido.
–Mi crimen, señor juez, fue suave, meditado, científico.
El juez Carlos Miguel Pérez dictó sentencia con prontitud. Conforme al Código Penal vigente desde 1885, Luis Castruccio fue declarado culpable de homicidio simple, agravado por premeditación. Se lo condenó a la pena capital. La ejecución, por fusilamiento, debía llevarse a cabo al alba en la Penitenciaría Nacional, el inmenso penal de muros amarillos que desde 1877 albergaba a dos mil presos en los predios que hoy ocupa la plaza Las Heras, en la intersección de esa avenida con Salguero y con Coronel Díaz.
El crimen de Castruccio había horrorizado a la sociedad. La mayoría de la población recibió con satisfacción la condena. Sin embargo, la pena de muerte ya era entonces cuestionada. Cada ejecución levantaba un mar de protestas. Entidades caritativas y las muy activas damas de la Sociedad de Beneficencia consideraban la pena de muerte un crimen legal. Por otra parte, algunos se aferraban a los argumentos del abogado defensor de Castruccio, que había alegado la enfermedad mental del acusado. ¿Era el homicida un loco? En ese caso, ¿podía ser considerado responsable de sus actos? El Estado, afirmaban los defensores del indulto, no podía sacrificar a un enfermo. Castruccio debía ser recluido para su curación en un hospital de alienados. Pero, por entonces, tal cosa no existía. Los locos permanecían recluidos junto a los criminales en las cárceles comunes.
Llegó el día de la ejecución. Era el 22 de enero de 1890. Sólo un hombre podía salvar al reo, mediante el indulto: el presidente de la República. ¿Lo haría? Ocupaba el sillón de Rivadavia el doctor Miguel Juárez Celman, político cordobés que había llegado al poder con el beneplácito del hombre fuerte del país, el general Julio Argentino Roca, que había sido presidente. Juárez Celman era su cuñado.
Los cabildeos se sucedían. Junto a Juárez Celman, de 46 años, quien había interrumpido las vacaciones en su estancia de Córdoba para estudiar el caso, actuaba un consejero áulico de gran influencia sobre el mandatario: Ramón Cárcano, que sería luego gobernador de Córdoba.
El día señalado
Así transcurrieron las horas de aquel 21 de enero de 1890, una jornada bochornosa. Asomaron las primeras luces del 22 sobre el patio de la Penitenciaría que daba a la esquina de Las Heras y Salguero, donde se realizaban las ejecuciones. Formó el piquete, integrado por soldados del Regimiento I de Infantería. Un sacerdote acudió a la celda del condenado. Este lloraba, reía, gritaba. Su monólogo era incoherente. A las cinco de la mañana, se abrieron las puertas de la celda y comenzó el cortejo hacia el patio de la muerte. El penal estaba lleno de gente: periodistas, funcionarios judiciales, invitados especiales. El cura musitaba el Oficio de Difuntos. A Castruccio, engrillado, dos guardias lo llevaban a la rastra.
–Ni siquiera me dejaron ponerme una camisa limpia –le oyeron quejarse.
Así recorrieron los últimos metros. A su alrededor, resonaba un coro estruendoso: los presos golpeaban sus cacharros contra las rejas. Las ventanas de las celdas que daban al patio estaban colmadas de rostros lívidos en la madrugada estival. Castruccio gritaba:
–¡Esto es una tortura inhumana! ¡Quiero que me maten rápido, con electricidad!
En la calle, sobre la avenida Las Heras, una multitud de madrugadores aguardaba en la vereda. Querían escuchar la descarga del piquete de ejecución. Cuando entró un carro por el portón principal, se levantó un murmullo de comentarios: ahí va el ataúd de pino en el que se llevarán el cuerpo, dijeron algunos. Al reo le vendaron los ojos. Comenzaron a atarlo a una silla, frente al pelotón.
Sobre los adoquines de la avenida Las Heras se escuchó el galope de los caballos. Un coche se detuvo a la entrada de la cárcel. Bajó un funcionario a la carrera. Venía de la Casa de Gobierno. El presidente había firmado el indulto. ¿Por qué había demorado esa decisión hasta el último momento? La única explicación es que el presidente dudó mucho sobre la medida. Juárez Celman atravesaba un mal momento político. Una gravísima crisis financiera, descripta por Julián Martel en su novela La bolsa –que publicaba La Nacion en folletín–, asolaba al país. Juárez Celman y sus ministros soportaban denuncias de corrupción. Un nuevo movimiento político, la Unión Cívica, fundada por Leandro N. Alem, un audaz dirigente de largas barbas y verbo inflamado, lanzaba furibundas críticas contra el régimen. En realidad, los días de Juárez Celman estaban contados. Menos de seis meses después, en julio de aquel 1890, sería derrocado por un movimiento cívico-militar y reemplazado por el vicepresidente, Carlos Pellegrini.
"Clemencia"
¿Por qué Juárez Celman indultó a Castruccio? Por supuesto, en aquellos tiempos no existían las encuestas. El ánimo de los porteños ante el crimen de Castruccio sólo puede intuirse registrando algunos testimonios y la prensa de la época. Pero no es exagerado concluir que el presidente, quizás intuyendo su próxima caída, no quiso despedirse manchándose con la sangre de un reo. Por otra parte, un hecho diplomático vino en auxilio del condenado.
El texto del decreto presidencial da una pista. Allí se afirma que, para el día siguiente, se aguardaba la visita de Deodoro da Fonseca, recién elegido presidente de la flamante República de los Estados Unidos del Brasil. Juárez Celman quería brindar una gran recepción al mandatario amigo, el primero tras la abolición del Imperio. "Antes de hacer preceder esas celebraciones –argumentaba el decreto de indulto– por una ejecución sangrienta, aunque justa, es preferible que sean anticipadas por un acto de clemencia", decía Juárez Celman. El ministro de Justicia, Filemón Posse, que redactó el decreto y también lo firmó, habría discutido acaloradamente durante toda la noche del 21 al 22 de enero con Juárez Celman, sosteniendo que la gracia para el monstruoso asesino terminaría de hundir el prestigio de un gobierno ya acosado por la opinión pública.
La historia del envenenador no termina allí. Conmutada la ejecución por reclusión perpetua, Castruccio se dispuso a pasar la vida en la cárcel. Pero la discusión sobre su caso siguió en ámbitos forenses. En 1907, un joven y brillante jurista, psiquiatra, escritor, editor y político llamado José Ingenieros, doctorado en medicina con una tesis consagratoria titulada La simulación de la locura, premiada con Medalla de Oro –y que por cierto dedicó al portero de la Facultad de Medicina–, recibió el encargo de fundar el Instituto de Criminología. Funcionaba en la misma Penitenciaría. Ingenieros estudió a fondo el caso Castruccio, que consideraba un enigma. Por entonces, este asesino llevaba casi veinte años preso, e Ingenieros confesaba que la memoria del personaje era para él un mito. Se preguntaba: "Castruccio, que salvó su vida por loco, ¿fue un simulador?" Pero el caso Castruccio no era para Ingenieros y otros pioneros de la criminología un mero tema de estudio. Admitir que un enfermo mental fuera inimputable penalmente costó muchas batallas a la incipiente psiquiatría argentina.
Ingenieros, el alienista (así se llamaba entonces a los psiquiatras), ataviado con una bata blanca que le llegaba a los tobillos, mantuvo muchas entrevistas con Castruccio, tanto en su gabinete del Instituto como en la celda del asesino. Sobre la personalidad de éste, Ingenieros escribió un exhaustivo estudio. No fue el único fascinado por el caso Castruccio. Luis María Drago le dedicó un capítulo de su libro Hombres de presa. Por entonces estaban en auge las teorías del psiquiatra italiano Cesare Lombroso, para quien la constitución física de los delincuentes influía en sus comportamientos criminales. Para los lombrosianos, Castruccio era considerado un criminal nato: las protuberancias de su frente, que él atribuía a una caída infantil, revelaban, según las doctrinas del psiquiatra italiano, su predisposición al delito. Lombroso definía a estos hombres como "mattoides". Para Ingenieros, Castruccio era un "amoral mental congénito, un degenerado probablemente hereditario". Sin embargo, siguió tratándolo, en lucha contra la locura del homicida, para salvarlo como hombre.
Un pacífico lector
Castruccio fue un preso pacífico. Durante su larga residencia en prisión leyó desordenadamente. Era un auténtico grafómano, y desde su celda enviaba a los jueces todo tipo de recursos, instancias, apelaciones y pedidos de gracia que él mismo redactaba. En ellos solicitaba la anulación del proceso, clemencia o reducción de la pena. También inventó un aparato para reproducir la voz humana, una especie de grabador avant-la-lettre, cuyos planos conservó Ingenieros en sus archivos.
Se convirtió en uno de los presos más célebres de la Penitenciaría, sólo superado en popularidad por el horroroso asesino Pagano, quien a su vez había creado un teatro de la crueldad con ratas amaestradas que representaban un cónclave de obispos. Pagano era la "vedette" de la Penitenciaría, lugar visitado por el público local y extranjero, ya que en su momento fue una de las cárceles más renombradas del mundo. Los curiosos querían ver a Pagano. Pero luego le seguía Castruccio en popularidad. En un brote agresivo, Pagano atacó a sus guardias matando a varios, hasta que fue ultimado.
En 1908 fue fundado el Hospicio de las Mercedes, el primer manicomio judicial. Castruccio fue trasladado al hospicio y allí terminó sus días. Con finalidades terapéuticas, los médicos publicaban un boletín donde los internos escribían poemas y cuentos. Uno de ellos era de Luis Castruccio, el envenenador que se creía genio. Se titulaba La misericordia del veneno.
Por Alvaro Abos
Luis Castruccio
Perfil del homicida
Lugar de nacimiento: Rapallo, Italia
Rasgos físicos: rubio, ojos claros
Personalidad: ciclotímico, depresivo, megalomano
Su víctima: Alberto Bouchot Castel
Arma homicida: veneno
Próxima entrega: El petiso orejudo
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