En la última entrega de esta serie de relatos, Fernández se encuentra con la viuda de un amigo que le cuenta un secreto doloroso: al morir descubrió que su marido tenía una amante y no pudo resistir encontrarse con ella. La reunión entre las dos mujeres será, obviamente, inquietante
Larsen fue un voluntarioso editor de suplementos luego de haber sido un periodista de batalla, pero su vocación secreta e indisimulada era el montañismo. Tenía cuarenta años, un gran estado atlético y mucha atención femenina. Fernández, sin embargo, no le conocía ningún affaire en la redacción, y aunque no eran grandes amigos, llevaban a cabo rituales amistosos de mutua intensidad. Les tocaba irse de vacaciones más o menos para las mismas fechas. Larsen dedicaba siempre los primeros días a algún arriesgado escalamiento, y el resto, a su esposa y a sus tres hijas. Se había hecho rutina que tomaran, para despedirse, una cerveza en la barra del bar de la esquina. A manera de cábala, Larsen decía al chocar las copas: "Si me pasa algo, si me quedo congelado allá arriba, si me caigo desde una roca y me quiebro el pescuezo, vos violentás el cajón de mi escritorio y quemás todo, Fernández. No dejás rastro de nada. Quemás todo". Fernández se lo prometió la última vez y se tomó un avión a Córdoba. Cinco días después se enteró de que Larsen había muerto en Mendoza sin el menor esfuerzo: el día previo a la expedición, fumándose una pipa frente a una chimenea de leños, le dio un infarto masivo y murió al instante.
Consternado por la noticia y apremiado por la situación, Fernández llamó desde La Cumbrecita a sus compañeros para que abrieran el cajón del escritorio y despedazaran su contenido. Pero ya era tarde: después del sepelio le habían enviado a la viuda una encomienda con todas las pertenencias del finado.
Lleno de remordimientos, Fernández dejó un mensaje de condolencias en el teléfono de la mujer y regresó en silencio a Buenos Aires. No supo nada de ella hasta once meses más tarde, cuando la viuda lo llamó para pedirle un favor y quedaron en tomar un café. Se citaron un martes lluvioso, y ella se sentó en el mismo taburete en el que se sentaba Larsen a ver llover desde la barra. Era una cuarentona fibrosa y rubia, que fumaba cigarrillos negros y que tenía una mirada verde y lúcida. Se llamaba Mónica. En diez minutos se sacó de encima el trámite y las palabras de circunstancia, y fue directo al grano.
–¿Larsen te habló de Silvia? –le preguntó clavándole los ojos. Ante terceros, Mónica no nombraba a su esposo por su nombre, sino por su apellido, y eso a Fernández siempre le había causado gracia. Pero esa tarde no se la causaba.
–¿Quién es Silvia? –repreguntó sin sentirse culpable ni mentiroso. Nunca Larsen le había hablado de Silvia ni de ninguna mujer en especial. Habían elogiado, como hacen todos, los accidentes geográficos de algunas compañeras de trabajo, pero la cosa nunca había pasado de ese deporte masculino que las mujeres también frecuentan aunque con mayor malicia.
–Silvia era la amante de Larsen –dijo la viuda sin pestañear–. En ese cajón tenía trescientas cartas de amor y un pañuelo perfumado.
–No te puedo creer –dijo Fernández, y ahora sí se sintió un miserable. Trató de arreglarla y la empeoró. –¿Un pañuelo perfumado? Qué cursi.
–No lo puedo ver de la misma manera –dijo Mónica lenta y gravemente, y tomó un sorbo de su capuchino–. Me parece algo muy romántico.
–¡Y trescientas cartas! –replicó Fernández sin escucharla, a ciento veinte pulsaciones por minuto–. Cuánta paciencia y cuánta literatura desperdiciada.
–¿Podemos hablar en serio? –lo cortó. Fernández cerró la boca. Mónica apagó el cigarrillo mirando la calle y habló con otro tono, habló en serio. –Esos trescientos e-mails me aliviaron el dolor. El odio lo tapa todo. No sabés cómo lo odié durante esos días. Le deseaba la muerte. Pero ya estaba muerto, y lamentaba que hubiera sido tan fácil, que no hubiera sufrido nada. Me sentí mal por esos pensamientos, y lo extrañaba, y no le perdonaba que se hubiera muerto y que me hubiera traicionado con otra, y andaba llorando por los rincones de rabia y de pena. Todo como en una licuadora.
Hizo otra pausa tabacal y tomó de un trago el vaso de agua helada. Luego exhaló una larga bocanada de humo que se pareció mucho a un suspiro, y siguió adelante:
–Pero esas cartas me tenían agarrada del cuello. Volvía a ellas una y otra vez. Las leía de adelante para atrás y de atrás para adelante. Estuve varias veces a punto de tirarlas a la basura. Una noche, cuando oí desde la cama que venía el camión recolector, salí en corpiño y bombacha a la calle para rescatarlas de la bolsa de residuos. ¡Estaba loca con esas cartas! Hasta que después de leerlas diez veces, las leí por primera vez. Me acuerdo de que fue una mañana de sábado, las nenas estaban en el club y el jardinero hacía un poco de ruido afuera. Me senté en la cocina con una taza de té y empecé a leerlas sin dolor.
Fernández pidió un jugo de naranja para salir del paso. La esposa de Larsen tenía la vista perdida. Fernández, en ese momento de miedo glacial, la valoró mejor: era una mujer sensual y valiente.
–Trescientos e-mails de ida y de vuelta –dijo ella sin tragar saliva–. Una especie de diario erótico. Comenzó hace tres años y con el correr del tiempo se fue haciendo más espeso. Al principio, hablaban de desesperación por verse y tocarse, después empezaron a hablar de amor y de irse a vivir juntos. –De repente Mónica movió la cabeza y sonrió con amargura. –Se lo notaba tan feliz a Larsen, vos vieras. Era de nuevo aquel adolescente que noviaba conmigo. Te juro que esa mañana, mientras leía y se me helaba el té, además de bronca le tuve una especie... No sé, una especie de envidia. Esa pasión del comienzo no se vuelve a tener nunca más.
Una moza le trajo a Fernández el jugo. Mónica tenía los ojos brillantes.
–Pero lo más importante no estaba en esas primeras cartas, sino más adelante, cuando la cosa se alargaba y Larsen no podía tomar una decisión. Silvia es fonoaudióloga, ¿te conté? Sí, una chica separada que se había enamorado de mi marido. Pero el tipo, créeme, el tipo no hacía más que escribirle sobre mí. Largos textos contando lo grandiosa que yo era, lo que había hecho por él y lo que hicimos aquel fin de semana y el anterior. Y Silvia, que es inteligente, le llevaba la corriente. Y hubo un momento en el que sólo se escribían para elogiarme, como si fueran mis dos jefes de prensa.
Mónica se empezó a reír y Fernández temió que se pusiera a llorar, pero en el último escalón de la carcajada ella se enderezó y le dijo:
–Conseguí su dirección y estuve varias semanas pensando en ir a verla, en pasarle por encima con la camioneta. Pero lo único que hice fue mandarle un correo electrónico: "Sé quién sos. Quiero que nos veamos cara a cara".
–Te lo respondió al toque.
–Tardó diez días en atreverse a responderme. Nos citamos en El Querandí. Ella podía reconocerme fácilmente: Larsen le daba fotos mías para que viera lo bien que me conservaba.
–¿Cómo era Silvia? –se atrevió Fernández, protegido por el jugo.
–¿Cómo era Silvia? –repitió y se encogió de hombros–. Una cuarentona bien conservada. Otra viuda.
–¿Y qué pasó?
–Hablamos horas y horas. Nos levantábamos de vez en cuando para ir a llorar al baño y volvíamos a trenzarnos. Nunca pudimos levantar la voz. En realidad, no discutíamos. Sólo hablábamos de Larsen. Lo insultábamos y lo adorábamos. Así, sin solución de continuidad. Al final, cuando ya estábamos pagando la cuenta y nos habíamos pasado todas las facturas, le devolví su pañuelo. Ella se lo quedó mirando y después me dijo: "A vos, Larsen te rompió el corazón una vez; a mí, me lo rompió diez veces. Vos eras la montaña más alta, y allá arriba vivían solamente ustedes dos. Y yo, por más que escalaba y escalaba, nunca pude llegar. Nunca". Cuando salí del café no sentía tristeza, ni bronca, ni frío, ni calor. Estaba limpia. Por primera vez en tanto tiempo estaba limpia, Fernández.
–¿Por qué me contás todo esto?
–Silvia me dijo que Larsen te consideraba su único amigo verdadero y que tenías la misión de quemar todo si a él le pasaba algo. –Afuera había dejado de llover. Mónica recogió su cartera para irse. –Te agradezco mucho que hayas llegado tarde.
Texto Fernández
fernandez@lanacion.com.ar
¿Qué pasa cuando alguien quiere a dos personas a la vez?
Fernández
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En la penúltima entrega de esta serie de relatos, un hombre y una mujer se hacen amigos en la adolescencia y mantienen esa relación casta y pura toda una vida. Cada uno a su tiempo, siente que se estáenamorando del otro. Pero lo mantiene en secreto. Hasta que el destino y las hormonas toman las riendas
Fernández los quería a los dos, aunque por diferentes motivos. Los presentó en las piletas del Centro Asturiano hacia 1977, cuando todos tenían 16 o 17 años, y Marcela era sólo una chica del montón con una gran sonrisa: todavía no sabía tirarse bien de cabeza, siempre se daba panzazos horribles y dolorosos, y ya no quería ni intentarlo. Joaquín era un grandote simpático y pecoso, y la ayudó a vencer esa tara con paciencia y maniobras hipnóticas. Luego se tiraban juntos una y otra vez, como atletas olímpicos, nadaban juntos tardes enteras y cuchicheaban horas y horas bajo una sombrilla. Pronto se hicieron íntimos amigos, y dejaron a Fernández fuera de aquella amistad absorbente. Fernández receló un tiempo de la nueva situación, ya que para variar le gustaba mucho Marcela, y apostó doble contra sencillo a que lo único que Joaquín quería era apretársela. Pero el grandote decía que no había nada más importante que una buena amistad, y la chica adhería a ese catecismo con una fe inquebrantable. Fernández los dejó a solas treinta años con esa creencia.
Joaquín le confesó mucho después, sin embargo, que una noche, viendo Grease en un cine de Palermo, él no resistió la tentación de tomarle la mano en la oscuridad y que ella se la retiró de inmediato. El grandote se sintió muy mal y, aunque jamás volvieron a hablar de aquel pequeño incidente, quedó sobreentendido que ella no lo miraba como a un hombre y que no debían arruinar la sublime amistad con alguna incursión amorosa.
Durante la primera juventud, Marcela fue la informante perfecta del cambiante mundo de las mujeres, y Joaquín se convirtió en su ávido alumno. El también, a su manera, hizo las veces de corresponsal aplicado en el complejo universo de los caballeros, y ella recibía aquellos datos como deliciosas revelaciones. Marcela lo preparó para varias chicas y él sirvió de confesor y celestino en varios romances que ella tenía. Esa clase de amistades profundas, llenas de complicidad y de solidaridades, se parece más al amor que a la hermandad: por lo general, los hermanos no suelen poner tanto empeño.
Cuando ella estudió para el ingreso a la Facultad de Odontología, él se quedaba en vela cebándole mate. Cuando él se enfrentó a su padre porque no quería seguir una carrera universitaria, ella lo aconsejó con devoción y madurez, y le secó las lágrimas. Marcela se recibió de dentista y ejerció durante mucho tiempo en un consultorio de la calle Aguilar. Joaquín se hizo de abajo en la casa de deportes de su propio padre, terminó heredándola y después desarrolló una cadena con siete sucursales exitosas. Intentó casarse con una deportóloga, pero la cosa fracasó a último momento, y Marcela tuvo que acudir a apagar el incendio y a levantar los ánimos. Luego ella se enamoró hasta la locura de un gestor y Joaquín fue testigo del civil. Durante años se encontraban a cenar solos, una vez por mes, y se llamaban por teléfono todas las semanas. Cuando el correo electrónico entró en sus vidas, subió la intensidad de contactos. Una noche, medio borracho, Joaquín le escribió: "¿Sabés una cosa? No creo en la amistad entre el hombre y la mujer". Marcela no le respondió nunca ese e-mail, y pasaron por encima de esa verdad inconveniente como si nunca hubiera sido formulada.
Dos años más tarde, ella se separó del gestor y Joaquín, que estaba noviando con una viuda, dejó todo para hacerle compañía, ayudarla con la mudanza y el desconcierto, sostenerle la autoestima y asesorarla en los engorrosos trámites de un divorcio contradictorio. Esa Navidad, él le mandó una tarjeta electrónica que decía: "¿Sabés por qué un hombre es amigo de una mujer? Porque la mujer no le gusta, o porque no se deja. Feliz Navidad, preciosa". Joaquín siempre se arrepentía de esos arrebatos hormonales, que la digna dama jamás respondía.
Lo que ocurrió a continuación fue simplemente la vida, que se vuelve áspera y complicada cuando los hijos se convierten en padres de sus padres, cuando la carrocería se hace perecedera, cuando las neurosis pasajeras se vuelven crónicas y cuando dejamos de ser jóvenes promesas para ser tristes realidades. En ese proceso vital, Joaquín olvidó finalmente que Marcela era una mujer y la trató como una madre sustituta. Los amigos del alma se conocían como nadie, se comprendían aun en sus pensamientos más incorrectos, se auxiliaban mutuamente sin pedir nada a cambio. Eran familia. Tenían ese grado de afinidad total que es raro encontrar aun entre matrimonios felices. La frontera entre el amor y la amistad es siempre borrosa entre hombres y mujeres, y sólo hay una cuestión que la traza de manera tajante: el sexo.
Un día, de buenas a primeras, Marcela empezó a darse cuenta de que se "producía" para cenar con su amigo. Iba a la peluquería, se depilaba, estrenaba vestido nuevo y jamás se olvidaba de llevar escote. El grandote permanecía inmune y nunca le echaba siquiera una ojeada. Entonces, la dentista usaba ropa más ajustada y escote más audaz, pero sin el menor resultado. En esa escalada, ella percibió, con helada lucidez, que ya no podía ver a Joaquín como un hermano, que cada día le parecía más guapo y que lo deseaba con todo el cuerpo. Era una sensación nueva y peligrosa, y Marcela estuvo sin dormir varias noches al reconocerla, pero Joaquín permanecía donde siempre, donde ella lo había colocado: en el limbo de las amistades inofensivas. Y de allí no se movía por más que la odontóloga se presentara un día desnuda.
Marcela pasó del espanto a la desesperación femenina, sin escalas. Sabía que estaba en problemas graves, que se había enamorado de su mejor amigo y que ese horror se parecía muchísimo al incesto, pero su inconsciente había tomado el timón y en veinticuatro horas la había transformado en una loba sedienta. Marcela comenzó a tirarle sutilmente los galgos a Joaquín, pero el grandote, entrenado en décadas de cariño y castidad, no pescaba ninguna indirecta.
Las insinuaciones de Marcela se volvieron patéticas con el correr de las semanas y duraron tres meses y diez días. En el medio, sucedieron toda clase de equívocos, incluyendo por supuesto una tarde en la que ella le agarró la mano en el cine y él distraídamente se la llenó de pochoclo. Finalizaron cuando inesperadamente le detectaron a Marcela un nódulo tiroideo con mal pronóstico y la enviaron a una biopsia. La dentista salió a la calle, atravesada por la sorpresa y el terror, llamó por teléfono a Joaquín y le dijo que se le doblaban las piernas. El grandote pasó a buscarla y estuvieron hablando varias horas, tomando whisky con hielo y tratando de minimizar la gravedad del diagnóstico. Ella temía morirse y él se moría de sólo pensarlo. Cualquiera que haya pasado por una biopsia sabe lo que significan la espera y los malos sueños que se sueñan despiertos, boca arriba. El pánico vuelve frívola cualquier prehistoria y resignifica los pequeños grandes logros de nuestra existencia. Los amigos del alma recorrieron ese desfiladero, desde la punción hasta el viernes en que le entregaron a ella los resultados finales. Marcela sólo anhelaba leer aquellas dos palabras: "patología benigna". Se concentraba en ellas como los fanáticos se concentran en un número determinado de la ruleta y les rezaba a esas palabras combinadas como se le reza a un dios.
El viernes decisivo no hubo forma de acompañarla. Hay cosas que una debe afrontar sola, le dijo a Joaquín por teléfono. Se dicen, en esos momentos, lugares comunes. El lugar más común es la muerte. El grandote aceptó a regañadientes la orden, pero no pudo con su angustia: agarró el auto y lo estacionó frente al laboratorio. Como Marcela no salía, él entró a buscarla y no la encontró. Comenzó a llamarla por el celular, pero lo tenía apagado, y a rastrearla por los cafés de esas cuadras: la encontró sentada a una mesa, ojerosa y pálida como nunca, tomándose un whisky doble a las nueve de la mañana. Cuando vio a Joaquín, se echó a llorar y se abrazaron en silencio. El empezó a hacerle todo tipo de preguntas, ella le tapó la boca con la mano y le dijo al oído: "No quiero hablar de eso ahora, llevame a casa. Llevame a casa y no me dejes, por favor". El grandote la llevó y ella le pidió que se quitara la ropa. Joaquín se la quitó sin chistar, y pasaron el día entero envueltos en una penumbra transpirada y eléctrica. El sábado por la mañana, Joaquín le dijo:
–Tendríamos que haber hecho esto hace veinte años. Yo siempre estuve enamorado de vos, ¿sabés? Pero siempre hacemos las cosas importantes cuando ya es demasiado tarde, ¿no?
–No –le dijo Marcela, desnuda y con la vista baja, tomando su desayuno y señalando el sobre del laboratorio–. No es demasiado tarde. "Patología benigna."
Texto: Fernández
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Un hombre se jacta de no creer en el amor y tiene miles de romances instantáneos a lo largo de toda su vida. Por su carácter inconquistable, las mujeres caen a sus pies e intentan regenerarlo. Pero él se las saca de encima y se ríe de todo. Al final todos se llevarán una sorpresa
Dardo era el héroe mítico de Fernández. Practicaba el difícil arte del diseño gráfico, enamoraba a todas las mujeres y afirmaba con naturalidad que el amor no existía. A Fernández no se le daba por el diseño, ni era un mujeriego ni descreía del sentimiento más noble, pero de joven le fascinaba que alguien pudiera llevar adelante esa vida con total felicidad, y se divertía escuchando sus desaprensivas hazañas.
El diseñador se dedicaba a tocar timbres: coqueteaba todo el tiempo con todas. Era alto y apuesto, tenía aplomo varonil y un hado irresistible de artista libertario, y en sus redes industriales quedaban atrapados centenares de peces gozosos y ciegos.
Su gran atractivo, sin embargo, radicaba precisamente en ese carácter inconquistable que transmitía. Las mujeres intentaban acampar en su casa, o volver seguido a ella. Muchas buscaban enamorarlo para siempre y regenerarlo, y ponían increíble empeño en ese desafío supremo del ego femenino. Pero Dardo despedía sin pestañear a todas y a cada una, y tenía para sí mismo un código inquebrantable: cuanto más te gusta, más rápido tenés que sacártela de encima. Hay un túnel interno que comunica los pantalones con el corazón, y no hay que dejar nunca que el veneno se te meta en los ventrículos. Se refería, claro está, al veneno del amor, que suele subir por el vientre y el ombligo e instalarse en la zona del pecho. Pero con los años fue más lejos: abominaba incluso de la mera posibilidad de "encariñarse", aseveraba que él era un milagro de la ciencia porque no tenía corazón y se reconocía como "un atleta de los sentimientos", por el simple hecho de no tener ninguno.
El atleta saltaba obstáculos y jamás se despeinaba. Trataba de disuadir a sus amigos de que no se casaran y los iba abandonando cuando ellos caían en esa oscura traición. Era como si Dardo fuera eterno y como si sus amigos fueran muriéndose y dejándolo solo en esa eternidad de amores fugaces. Amores de una semana, de una noche, o a veces de un ratito. En el único amor que creo es en el amor propio –rectificaba, didáctico, en las mesas de los bares–. Me quiero demasiado como para sufrir por alguien, y nunca me arrepiento de lo que hago. Tengo que decir, en mi defensa, que no miento y que jamás prometí nada. Así que cuando se vuelven pesadas las fleto, y por lo tanto nunca, pero nunca, he sufrido penas de amor.
Cuando Fernández le contaba sus penas, el diseñador se indignaba. Creía que la gente utilizaba la palabra "amor" con obscena impunidad. Para Dardo, el amor resultaba inexplicable porque no existía. Admitía que existían, a lo sumo, el sexo, la seducción, la química, el compañerismo, la posesión y la amistad sensual. Pero el amor era un recurso literario para nombrar ese híbrido de deseos terrenales.
Una secretaria puritana y tímida, que había sido seducida por Dardo en una oficina cerrada, le había confesado alguna vez a Fernández que, a punto de pecar, ella le había hecho un planteo existencial: Bueno, Dardo, está bien, vamos adonde quieras. Pero después, ¿qué? Dardo le había respondido: ¿Después? Después nos bañamos.
Fernández intentó una vez acorralarlo con un argumento de peso:
–Pero entonces vos nunca sentís esas deliciosas palpitaciones del amor, Dardo.
–Sí, las siento.
–¿Cuándo? ¿Con quiénes?
–Siempre. Con todas.
Entre todas, hubo algunas especiales. No porque lograran el mínimo avance, sino por los creativos modos de presión que ejercieron sobre las corazas del gran escapista. Una peluquera le envió una carta por día durante todo un año: Dardo las arrojaba a la basura sin abrirlas. Una fotógrafa lo amenazó durante semanas con suicidarse: Dardo le recomendó que probara con el prozac. Una empresaria le ofreció un sueldo hasta la vejez: Dardo se declaró un orgulloso cuentapropista. Una artesana de Plaza Francia se instaló con valijas y todo en el umbral de su casa: Dardo la hizo desalojar con los bomberos voluntarios de La Boca. Una dentista lo amenazó con una demanda judicial por violación: Dardo la querelló por intento de extorsión y le sacó cincuenta mil pesos. Una profesora de inglés le quiso endilgar un hijo: Dardo le envió una fotocopia que certificaba una temprana vasectomía.
Dardo tuvo algunos problemas con el teléfono hasta que un día lo arrancó de un tirón, lo guardó en el placard y devolvió la línea. Vivía de vacaciones perpetuas en un departamento antiguo y pasaba gran parte de sus días en redacciones y bares, de modo que era fácilmente ubicable en aquellos números. Por lo demás, disfrutaba de la soledad y de la buena música, y no lo atacaba siquiera la depresión del domingo por la tarde. Decía Aristóteles que para vivir solo era preciso ser un animal o un dios, o ambas cosas. Dardo citaba de vez en cuando ese aforismo y negaba con énfasis rumores acerca de su juventud. Se decía, Fernández lo había escuchado alguna vez, que a los dieciocho años Dardo se había casado con una chica de San Telmo y que habían vivido meses de dicha y amor convencional. Hasta que un día, de buenas a primeras, sin mediar discusiones ni dudas ni infidelidades ni conflictos, la chica le dijo que se había muerto el amor y que debían separarse de inmediato. Contaba la leyenda que Dardo había llorado un año entero y que había tomado la decisión de no caer nunca más en esas turbias trampas de las mujeres.
El diseñador se reía a carcajadas de aquella triste historia y la negaba con displicencia. No, mi queridos, yo, como decía Borges, nunca me rebajé al sentimentalismo. Lamento decepcionarlos. Nunca me entregué. No soy como vos, Fernández, que si no tenés un problema te lo inventás. Vos sos un discapacitado de los sentimientos. Yo soy un atleta.
Fernández dejó de verlo en 1997, cuando Dardo se mudó a la capital de Asturias para trabajar en un periódico. Ya era un noble anciano de gran apostura, se trataba de una oportunidad histórica, nada lo ataba a Buenos Aires y la recesión argentina prometía lo que luego se cumplió: una catástrofe. Le hicieron una despedida en un restaurante de Caminito y lo acompañaron hasta Ezeiza, donde les dejó un último consejo, que se parecía muchísimo al primero de todos: Háganme caso, giles, rieguen el amor propio; es el único jardín que no da espinas. Hasta la victoria siempre.
Durante siete años sólo intercambiaron e-mails esporádicos. Pero Fernández, por razones familiares y periodísticas, terminó recalando en Oviedo, y arreglaron por teléfono una cita para un viernes feriado en una playa de Gijón. La conversación telefónica había sido rápida y profesional: Dardo tenía dos trabajos y un tercero los fines de semana. Hablaba con algunos modismos españoles y se lo notaba algo fatigado. Fernández tomó el autobús e hizo un cálculo rápido: el diseñador tenía setenta y un años.
Era una mañana cálida y el Cantábrico traía un azul profundo. Fernández se descalzó para bajar a la arena, caminó al sol y de pronto vio en las orillas al diseñador gráfico. Llevaba unos shorts desteñidos y una barba rala que lo envejecía. El esqueleto le sobresalía como a un muerto por inanición y colgajos de carne arrugada le asaltaban el pecho, la barriga y los brazos. Parecía un pajarraco arrojado a esas costas por un huracán. Andaba de aquí para allá, con la lengua afuera y dos baldecitos y tres palas, corriendo a cinco chicos que le hacían todo tipo de diabluras. Dardo los ayudaba con las torres del castillo de arena, los limpiaba, los consolaba, laudaba a los gritos para que no pelearan y los corría para que no se metieran mar adentro. Una magnífica mujer de cuarenta, que tomaba limonada bajo una sombrilla leyendo Hola, le daba instrucciones a viva voz, y Dardo las acataba brillando de sudor y respirando con dificultad. Parecía una reina con cinco hijos caprichosos y un vasallo obediente. Fernández estuvo a punto de retroceder hasta la calle y perderse, pero el atleta de los sentimientos se le acercó, jadeante, le puso una mano en el hombro y le dijo: Lo siento, me enamoré.
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Fernández
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Dos chicas prometen ser amigas para siempre a los 14 años. Luego tienen un breve desencuentro por un chico. Pero siguen adelante, apoyándose mutuamente, aunque rivalizando en secreto por cada cosa. Hasta que, a los 45 años, van a un fiesta y ocurre una “catástrofe”
Hubo un tiempo, allá por el remoto 1977, en que Fernández las llevaba a bailar todos los sábados a GEBA. Las dos estudiaban en un colegio de monjas de Palermo Viejo y todos les decían "las hermanas". Se hicieron amiguísimas en la secundaria, a los 14 años, y desde entonces se sentaban juntas, vivían una en la casa de la otra, se ayudaban con las materias y con los primeros novios, y se mostraban idénticas e incondicionales.
No eran, por supuesto, idénticas. Caro era morocha, cerebral y sobresaliente. Vivi era rubia, despreocupada y creativa. Pero estaban tan unidas que se contagiaban los giros y los gestos, se imitaban el tono de voz, se copiaban los peinados y los pasos de baile, y se intercambiaban los vestidos.
Fernández les presentó a Roli en los bailes de carnaval de 1978, y Caro emitió leves señales de atracción fatal. Roli era un rugbier de ojos azules que podía elegir porque todas las chicas de la zona estaban a sus pies. Vivi asesoró a Caro en la cacería, pero el pez era demasiado grande y siguió de largo. Eran adolescentes: Caro olvidó rápido y se abocó a otros chicos, y al año el rugbier no era ni siquiera un recuerdo.
Una noche, a la vuelta de unas vacaciones de Gesell, Vivi sentó a Caro en la cama de su cuarto y le contó que se había encontrado con Roli en el centro, que habían paseado por la playa y que una noche le había dado un beso en la boca.
–No pasó nada más, porque yo me fui al mazo, pero me sentí mal y quería contártelo. No te molesta, ¿no?
–No –dijo Caro– cómo me va a molestar esta estupidez. ¡Si ya ni me acuerdo de la cara de ese energúmeno!
Esa noche no pudo dormir. Se sentía dolida y traicionada, y a la vez culpable por pensar mal de su amiga, e indignada con ella por caer en la tentación, y deprimida consigo misma por ser tan poca cosa. Por la mañana, decidió que no podía rebajarse a comentar su dolor y que debía sobrellevarlo con dignidad. Lo sobrellevó en silencio, sin decir nada, y el tiempo fue curando esa pequeña herida de vanidad hasta que la disolvió por completo. Beneficiaron esa cauterización los sucesivos romances de Caro y los fracasos amorosos de Vivi, que sufría y se equivocaba de hombre con gran facilidad. Siempre estaba Caro para sostenerla y para apiadarse de su amiga. Caro era rígida y Vivi era flexible. Hicieron juntas el ingreso en la Facultad de Ingeniería, pero al año la rubia se pasó a los claustros de Arquitectura, y "las hermanas" tomaron algo de distancia. Aun así, cuando Caro perdía, que no era seguido, Vivi la compadecía y ayudaba, y viceversa. Esos eran los mejores momentos entre ellas: ser amigos en el fracaso es fácil, lo difícil es ser amigos en el éxito. El éxito trae competencias soterradas y envidias inevitables.
Cuando se recibieron, la clásica rivalidad entre arquitectos e ingenieros las alcanzó, aunque de un modo larvado e inconfesable. Sin decírselo nunca cara a cara, las chicas se acusaban mutuamente de "falta de imaginación" y de "falta de rigor". Ella no vuela, ella vuela demasiado. Ella es puro sueño, ella es puro cálculo. Saldaban esas diferencias, que jamás se imputaban para no hacerse doler, criticando con dureza a los maestros mayores de obra y a los decoradores de ambientes.
Caro conoció a un ingeniero y se casó por iglesia. Vivi conoció a un poeta y se fue a vivir a un sótano. La morocha creció económicamente y la rubia tuvo que hacer de todo para salir del pozo. Pero Caro tenía un matrimonio tormentoso y Vivi tenía un matrimonio idílico. Los hijos de ambas se detestaban, pero ellas eran madrinas cumplidoras y mantenían los ritos de la mejor amistad. Caro se separó del ingeniero y Vivi la acompañó en todo ese doloroso proceso. Luego Caro se hizo los pechos y comenzó una nueva vida, y Vivi se quedó en casa teorizando contra las siliconas.
La morocha, ya divorciada, comenzó a minar sutilmente las seguridades matrimoniales que Vivi tenía. Algo podrido, después de tantos años, tenía que estar gestándose debajo de aquel aparente mundo perfecto. En plena crisis de los cuarenta, Vivi se preguntaba si su "hermana" no tendría algo de razón, y luego se daba cuenta de que esos insistentes comentarios formaban parte de los deseos ocultos de la morocha: Caro quería que fracasara como ella misma había fracasado. Necesitaba que volvieran a estar parejas.
Jamás discutieron en treinta y un años de amistad, ni por el más mínimo asunto. Y se defendían como verdaderas leonas ante terceros. Pero era obvio que se vigilaban de reojo, y que se medían todo el tiempo, y que recelaban la ropa y la figura, y los modos en que conducían sus vidas.
Cuando rondaban los cuarenta y cinco fueron invitadas a una fiesta en los salones de GEBA organizada por varias promociones de cuatro o cinco colegios de Palermo, Colegiales y Belgrano. Se trataba de un baile informal, con cena y sorpresas, y Fernández asistió en ridículo saco y corbata. El disc jockey reproducía las viejas canciones, y bailarines levemente ajados reproducían las viejas piruetas. Había hombres y mujeres que habían hecho un pacto con el diablo. Y también chicas que se habían convertido en señoronas y muchachos que se habían transformado en sus padres y que daban un poco de pena. Algunos alumnos que habían sido serios en la juventud se habían convertido en excitados libertinos de última hora. Y corrían por las mesas y por la pista la caipirinha y el champagne junto con la electricidad erótica.
"Las hermanas" conservaban la piel, las curvas y el charme. Una vestía de azul y la otra vestía de granate, y cuando entraron juntas, del brazo, recibieron besos y rechiflas de admiración. Caro tenía una belleza marchosa, Vivi una belleza espontánea. Fernández les fue a buscar un trago y conversó animadamente con las dos. Vivi se tomó seis caipirinhas en una hora, Caro no terminó su copa de champagne. Bailaron temas de Bee Gees y de Chicago, y a la medianoche hubo un número vivo, y también varios vivos que tomaron el micrófono y comenzaron con juegos pícaros de secundaria. A la una, Vivi fue coronada por aclamación "la chica más infartante de la noche" y tuvo que agradecer en público y someterse a un reportaje irónico. Completamente borracha, respondió barbaridades y calificó con dureza a sus ex compañeros. Le dio el "premio limón" a su amiga Caro, por ser "controladora y un poco agreta", y siguió haciendo papelones durante un rato hasta que el disc jockey se apiadó de ella y puso un tema de Led Zeppelin.
Fernández notó dos cosas a la vez: Caro había desaparecido y Vivi estaba mareada y pálida. Tomó a la chica vacilante y la sentó en un cantero. Vivi lloraba y Fernández le pidió a un mozo un café doble bien caliente. ¡Se convirtió en una máquina! –decía la rubia–. Toda perfectita y envidiosa. Me trata como a una fracasada, me quiere manejar la vida. ¡Y nunca se le ocurrió una idea! ¡Nunca! Fernández le pasó un brazo por sobre el hombro y la tuvo media hora a moco tendido, secándole la cara con una servilleta. En un momento, Vivi se tomó del estómago y le dijo que tenía ganas de vomitar. Fernández la acompañó hasta el baño de damas y la esperó en el jardín. Vivi vomitó la cena, las caipirinhas y las tristezas histéricas de esa noche, y se quedó sentada en una silla, con las piernas torcidas y unas ojeras de muerta. De repente escuchó que la puerta cerrada de un retrete se abría y que se precipitaban desmañadamente afuera Caro y un galán maduro de ojos azules. Caro llevaba el vestido azul arrugado y sin un bretel, el pelo negro revuelto y el maquillaje corrido. El galán se parecía muchísimo a Roli, el rugbier energúmeno de antaño. Roli la miró un segundo, con el picaporte en la mano, y le dijo: Qué cambiada que estás, Vivi. Y luego hizo mutis por el foro. Caro se acercó al espejo, sacó de su diminuta cartera un cepillo y un lápiz labial, y comenzó a adecentarse. Lo hacía en silencio, sin emitir comentario alguno. Cuando llegó al rouge, miró de reojo a su amiga y le preguntó, con voz adolescente: No te molesta, ¿no?
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Fernández
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Una encuestadora de San Isidro se casa con un bajista de Barracas y comienza a modificar sus hábitos y costumbres. Ella lo mima y manipula amorosamente a su gusto, y él se deja llevar. La metamorfosis, al cabo de un tiempo, es casi completa. Y allí comienzan los verdaderos problemas
Se enamoraron porque no se parecían en nada. Ella era la vicepresidenta de una encuestadora española y él, un bajista de jazz. Ella vivía en una mansión de San Isidro y él, en un departamento de Barracas. Ella era formal y elegante, y él era desgreñado y transgresor. Ella era habladora y rápida, y él era lento y silencioso. Ella era ordenada y pragmática, y él era caótico y ciclotímico. Ella era amante de los deportes y la naturaleza, y él era sedentario y alérgico al sol. Se llamaban Clara y Geno, ella venía de dos matrimonios frustrados y él volvía de una catarata de convivencias confusas: se casaron a cielo abierto una noche primaveral de 1997.
Fernández, que había sido cliente de la encuestadora, asistió a esa boda con más fastidio que deseo, pero al rato notó el abismo que sobrellevaba la pareja despareja y sintió mucha curiosidad. A una determinada hora de la madrugada, Geno y su banda tocaron algunas versiones quebradizas de Benny Goodman y Charlie Parker, y Clara tomó el micrófono e improvisó un divertido monólogo sobre cómo se habían flechado a pesar de las enormes diferencias. La volvía loca, previsiblemente, aquella módica rebeldía que el músico exudaba. Fernández observó que los amigos y familiares de unos y otros aplaudían pero no se mezclaban nunca: pertenecían a tribus antagónicas y podía reconocérselas a simple vista por sus peinados, por sus ropas y hasta por la manera en que el champagne los achispaba.
La primera noticia que Fernández volvió a tener de los cónyuges fue cuatro años después, cuando la encuestadora le confesó al final de una reunión de trabajo que se acababa de separar. Se echaba la culpa de todo, estaba destrozada. Vistas en retrospectiva, las cosas no habrían podido ocurrir de otra forma. Y empezaron a ocurrir en la mismísima luna de miel, que se hizo donde ella dispuso, dado que le espantaba que él se hubiera perdido tantos lugares obvios y magníficos, tanto patrimonio de la humanidad. A su regreso, Geno ya no usaba barba. Sólo le quedaba un bigote ramplón que lo hacía más atractivo pero menos inteligente. Seis meses más tarde se había cortado el pelo y le estaban arreglando la dentadura: aquellas piezas encimadas y amarillentas por la nicotina comenzaron a formar una blanca hilera perfecta gracias a los puentes, las fundas y los implantes. Clara cargó luego contra ese estilo agreste y lo hizo virar hacia un elegante sport. Sus propias amigas, al principio cautas, lo veían ahora tan guapo y limpio que no podían resistir la tentación de flirtear con él. Geno se dejaba llevar, entre divertido y maravillado, por tantas transformaciones. Clara comandaba esos experimentos con amor legítimo y tenacidad de madre. Le estaba cambiando la vida, y le gustaba mucho ese papel de maestra y diosa bienhechora.
No quiso, en esa misma línea, que Geno siguiera tocando en tugurios, y le instaló un estudio impresionante en el subsuelo de su casa, adonde los otros músicos iban a ensayar, primero extasiados por la tecnología, luego a regañadientes por esa asepsia naïf de zona norte y al final irritados por la simple envidia. Un día le plantearon a Geno que ese "quirófano" pasteurizaba el jazz y que abandonaban esa locación o se desintegraban. Finalmente se desintegraron, y Clara convenció a su marido de que ingresara en el Conservatorio Nacional. Luego, por supuesto, introdujo a Geno en la cultura del gimnasio y la vida sana. Modificó sus horarios, sus hábitos alimentarios y sus expectativas. Y lo arrastró a los campos de golf, donde lo convirtió en un adicto, y a las pistas de esquí, donde acusó varias heridas. En esos ambientes, el bajista de Barracas conoció a hombres de negocios que lo tentaron lúdicamente en largas sobremesas con inversiones exóticas y ganancias fáciles. Geno entró en el casino financiero como una adolescente en un lupanar, pero con el tiempo le tomó el gusto al juego: la plata puede ser una pasión más absorbente que cualquiera. y la plata terminó sustituyendo a la música en el universo sensorial de ese hombre dispuesto a cruzar los límites y a cambiar hasta los vicios. Sus parientes no lo reconocían y aunque en un principio les había caído bien la mano protectora de Clara, a los tres o cuatro años la odiaban con activa militancia.
Nunca pudieron tener hijos, y cuando la encuestadora propuso pasar a los tratamientos especiales, el ex bajista se resistió por primera vez a una orden. Se había establecido entre ellos, para entonces, un leve desgano. La negativa sorprendió tanto a Clara que comenzó a verlo con otros ojos. El se estaba convirtiendo en ella, y había cada vez más discusiones en casa. Pero no discutían por diferencias, sino por rivalidades. Clara le dijo a Fernández que allí había comenzado la "etapa del envenenamiento". Fueron envenenando paulatinamente la convivencia. Hubo algunos griteríos y pujas, y sobre todo largos y rutinarios silencios. Clara se dio cuenta de que para ella él había perdido el viejo encanto. Y viceversa.
Una noche, al volver de un viaje a Londres, la encuestadora no lo encontró por ninguna parte. Habían desaparecido su ropa, sus instrumentos y su bicicleta fija. Geno, que había dejado la ciclotimia, acababa de abandonar a su mujer sin explicación alguna. Clara estuvo buscándolo por teléfono varios días, humillándose ante sus propios amigos, y llorando por los rincones. Creyendo por un momento que había regresado a su antigua vida, lo buscó también por los viejos tugurios y por Barracas. A la semana, recibió una carta de Geno desde Nueva York. Era la despedida. Un texto más escueto que elocuente que terminaba con una frase paradójica: "No pensábamos lo mismo".
–Claro que no pensábamos lo mismo –decía Clara, enojadísima–. ¡Y ésa era la gracia, imbécil! Esa era la gracia.
En el diván de su terapeuta fue canalizando su ira, aceptando sus errores y domesticando su depresión. A pesar de que ya había pasado por el fracaso matrimonial, nunca había sufrido tanto. Adelgazó diez kilos, comenzó a tomar ansiolíticos y antidepresivos, tuvo un accidente con su auto, se desmayó una tarde en un pasillo del Hilton, perdió dos o tres clientes de peso y su socio español le sugirió que se tomara un año sabático. Fernández no volvió a verla hasta el 2004, pero supo que al final ella vendió su parte y se retiró a las sombras. Nadie la vio nunca más en el circuito de las consultoras, y muchos creían que se había ido del país. Pero de pronto un amigo de un amigo vinculado a la crítica de arte le dijo a Fernández que ella estaba pintando. Fernández no quiso creerlo, pero un día recibió una invitación para una pequeña muestra. No pudo perdérsela. Era una salita más bien modesta, en los Village de Recoleta, y el vino y el jazz de fondo resultaban lo único de verdadera y legítima calidad: Clara era nada más que una empeñosa amateur con plata. Sus pinturas eran sombrías y sugerían desencuentros, atracciones, polos opuestos. Lo más sorprendente, sin embargo, no era su obra, sino su aspecto: le costó a Fernández reconocerla con el pelo largo hasta el coxis, envuelta en una camisola hippie y tocada por un sombrero bohemio. Cuando se acercó para saludarla le pareció que sus dientes estaban levemente amarillentos por la nicotina: ahora fumaba en boquilla de oro. En lugar de hablarle de sus cuadros, la ex encuestadora le dijo, entusiasmada: ¿Adiviná con quién cené anoche? Estamos volviendo.
Texto: Fernández
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La historia de Clara y de Geno revisita otro clásico enigma humano: qué nos enamora de otra persona, ¿la afinidad o la diferencia? ¿Debemos cambiar al otro? ¿Podemos hacerlo?
Fernández
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Una mujer enamorada de un hombre casado es abandonada y comienza un largo calvario buscando olvidar. Trata de aturdirse con el trabajo, de cambiar de hábitos y de conocer a otros hombres. Pero siempre vuelve a su computadora esperando un mensaje de reconciliación
Laura era pechugona, pelirroja e ingeniera informática, en ese particular orden de las cosas, y había sido novia de Fernández durante dos meses de 1978. Luego cultivaron una larga amistad de bajas intensidades. Cuando se encontraron a cenar en un restaurante de la Costanera y él vio que ella venía ceñida, escotada y un poco alegre, y que pedía dos daiquiris para empezar, y que le elogiaba el saco, Fernández le dijo:
–Laura, dejate de joder, ¿qué te pasa? –Y entonces ella se largó a llorar.
–Se me nota desesperada, ¿no? –dijo entrecortadamente, con la cara mojada–. Perdoname; busco a cualquiera. Estoy tratando de borrar y escribir arriba. Estoy tratando de olvidar y no puedo. ¡Te juro que no puedo!
Fue una noche de llantos, y después Fernández la llevó a su casa y la llamó por teléfono cada vez que pudo para ver cómo estaba y para darle ánimo. Laura no le había contado a nadie, hasta entonces, que había salido seis meses con un hombre casado. Aunque salir era un verbo un tanto benigno. La verdad es que habían tenido un romance visceral y absorbente, una suerte de doble vida vivida minuto a minuto en la clandestinidad, a la hora de la siesta, y con llamadas, cartas, e-mails y señales de humo. De lunes a viernes, desde la mañana hasta la noche, los dos se arreglaban para encontrarse, seguirse y mantenerse en esa cuarta dimensión que siempre forma el amor prohibido. El se llamaba Carlos y era contador público nacional; decía que su matrimonio se estaba yendo a pique. Ella venía de una vieja separación y se enamoró rápidamente de aquel hombre bueno. Carlos la acompañaba en el sentimiento, y la pasión lo nublaba todo. Como decía Nietzsche, el amor es el estado en el que el hombre ve más las cosas como no son. Creyeron ambos que el barco llegaría a buen puerto y que estaban construyendo algo serio, pero un día Carlos se dio cuenta de que no tenía reproches para hacerle a su esposa y que, antes de cometer un "error imperdonable", debía darle una última oportunidad. Laura se quebró al saberlo. Le dijo, con bronca contenida, que no podía haber esperanza alguna entre los dos y que ella no podía esperarlo en el banco de suplentes; le pidió que no la llamara ni le escribiera jamás un e-mail. No quería aferrarse de una palabra, por mínima que fuera, y hacerse ilusiones. Se despidieron con un beso en la mejilla, y Laura estuvo dos días llorando, sin ir a trabajar y revisando una y otra vez el correo electrónico en busca de un mensaje de Carlos. Un mensaje que dijera, aunque más no fuera, te extraño o comprendo tu dolor. Pero él se había tomado seriamente el pedido de ella, y sólo había silencio.
Al volver a la oficina, Laura sintió por primera vez el síndrome de abstinencia. Carlos se había transformado en una adicción, y su ausencia le colocaba un obelisco en el estómago y un temblor en la boca. Miraba a cada rato el reloj y, como conocía tan al detalle la rutina del contador, lo imaginaba momento a momento; tenía que atarse las manos para no escribirle ni para marcar su número. No podía sacárselo de la cabeza. Creía verlo cruzando una calle o viniendo por un pasillo. Revisaba obsesivamente el correo de su computadora, en el trabajo y en casa, y atendía el celular y el directo con gran apremio, esperando escuchar su voz. Ni su figura, ni sus líneas ni su voz llegaban, y ella pasaba el día penando y la noche en vela. A veces imaginaba que Carlos había cerrado con llave y que ella había quedado en la intemperie de la calle, dudando entre tocar el timbre o tirar la puerta abajo. Su terapeuta le explicó que nada de eso servía:
–Sólo sirve que Carlos, sin la menor influencia, abra la puerta desde adentro y te pida que pases. Y eso puede no ocurrir nunca, o a lo mejor ocurre cuando vos ya estás en otro lugar. Vos, Laura, tenés que estar en otro lugar, no podés quedarte esperando en el umbral, muriéndote de frío. Despertate, Laura. Te dejaron. ¡Se acabó! Aceptalo.
Laura lo admitía con la mente, pero no lograba que esa idea monstruosa le bajara al cuerpo. No podía aceptar que sólo quedaba el dolor, y que debía hacer el duelo, y que debía caminar descalza sobre esos vidrios molidos hasta olvidar. No pienses en un canguro a lunares y medias de lana rojas, le decían de chica. Claro, era imposible no pensar en eso. Y entonces pensaba y pensaba, y revisaba lo que había salido mal. Una y otra vez hasta el insomnio y hasta el infinito. La terapeuta le dijo: Vas a ver que un día se van a ir los fantasmas y que el dolor va a pasar a ser una herida, y después una lesión, y al final una molestia en días de humedad. Lo que queda entonces es el resplandor de lo que viviste. Los momentos maravillosos. Ese resplandor no muere nunca. Te lo llevás con vos para siempre.
Una amiga, más pragmática, le soltó: El corazón es un recipiente, sólo un nuevo amor puede desplazar a un viejo amor, Laurita. Es física pura. Salí y empezá a circular. Usá la pechuga, teñite de rojo. ¡Y levantate a un tipo, por el amor de Dios!
La amiga de Fernández usó la pechuga varias veces, pero siempre volvía a su computadora, siempre se encontraba a sí misma frente a su correo electrónico esperando patéticamente un milagro. Pero el milagro no se producía, y así iban pasando los días, las semanas y los meses. Laura trató de volver a la universidad y tomó clases de pintura y de danza, y practicó tai chi para recuperar energías y body combat para descargar adrenalina: quería ocupar hasta el último minuto de su escaso tiempo libre. Intentó, en el camino, odiar sinceramente a Carlos, pero nunca pudo conseguirlo, y buscó otros hombres que se le parecieran. Como no encontraba a ninguno, se conformó con un empresario de pompas fúnebres que resultó estar muerto, y luego con un oficial de Caballería a quien le gustaba usar la fusta. Y más tarde con un odontólogo que coleccionaba bonsáis y llaveros. Ninguno daba con la talla de Carlos. Cuando estaba con ellos, Laura los oía pero no los escuchaba. Sólo escuchaba aquella vieja música de su voz, y recordaba la tersura de sus manos y el suave aleteo de sus besos.
En un momento, sin embargo, sus amigas, que la rodeaban como deudos, le presentaron a un pediatra poco agraciado, pero de una sinceridad conmovedora: se reía de sí mismo y la hacía reír mucho a ella. Hacía siete meses que la ingeniera informática no se reía con todo el cuerpo. En la tercera cita, el pediatra le pidió perdón por el exabrupto y le confesó que estaba completamente enamorado. La amiga de Fernández tenía las defensas altísimas, después de tantos sufrimientos, así que lo mantuvo a raya todo lo que pudo. Pero pudo poco porque el pediatra le enumeró un día los hilarantes defectos de ella, y le explicó al final que esos defectos eran majestuosos. Que la amaba por los defectos también, y Laura no pudo menos que entregarse. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Experimentaron sesenta días increíbles, apenas ensombrecidos porque la pelirroja no se atrevía a ponerle un nombre a ese sentimiento pasional. Ese sentimiento se parecía tanto pero tanto al amor que sólo un experto podría notar las diferencias. Ese arrobamiento la mantuvo alejada de su hiriente memoria, y una mañana advirtió, con asombro, que no extrañaba más a Carlos. Era un sábado luminoso y tuvo una sensación de plenitud inenarrable. El sábado siguiente, al volver despreocupadamente de un paseo, se encontró con un mail del contador. Decía simplemente: Te extraño.
Por Fernández
fernandez@lanacion.com.ar
La historia de Laura plantea el clásico problema de cómo funcionan los mecanismos del olvido en el amor. ¿Es posible realmente olvidar?¿Cómo y cuándo lo hacemos?
Fernández
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Una periodista acepta escribir en secreto el horóscopo de una revista. Pronto descubre que muchos de sus compañeros leen los pronósticos con veneración y comienza a manipular sus vidas. Por ese increíble método intentará también enamorar a un hombre, pero se llevará una sorpresa
Cuando Fernández volvía a su casa, cerca de la medianoche, derrotado por el cansancio del cierre del diario y por el hambre, no podía evitar sentarse frente al televisor con una bandeja y una copa de malbec, y sintonizar un canal marginal y esotérico. Pilar desplegaba allí, a esa hora indecente, su falsa magia vestida de tules, y Fernández se reía a carcajadas escuchando sus pronósticos y sus tajantes conclusiones sobre la personalidad de Cáncer, las tribulaciones de Acuario y las increíbles oportunidades de Virgo.
Hacía casi quince años que Fernández no tomaba un café con la pitonisa del cable. Se habían conocido en los inicios de la década del ochenta, cuando compartían redacción en una revista de actualidad. Fernández se ocupaba de las investigaciones y Pilar, de los sentimientos. Ella no era fea, pero tampoco era inteligente; tenía sin embargo muchas ganas de vivir, y eso la hacía seductora. Un día la llamó el director, le pidió que se sentara, cerró la puerta y le hizo una propuesta deshonesta. Le sugirió que se hiciera cargo del horóscopo. La encargada de hacerlo, una profesional rigurosa, se había marchado dando un portazo y con un juicio laboral de por medio. La inflación era creciente, había que bajar los costos y Pilar era una aficionada a los astros. Si guardaba el secreto ante sus compañeros y buscaba un buen seudónimo, el director la libraría de otros trabajos más pesados.
Algo turbada por el asunto, Pilar no pudo con su alma y se lo contó a Fernández en un café de la esquina. El se dio cuenta de inmediato de que ella quería hacer los horóscopos y que sólo necesitaba de un permiso interno. Dejó que se desahogara e hizo de abogado del diablo sabiendo que el diablo había metido la cola. A la semana, inspirada en manuales y libros especializados, Pilar redactaba los pequeños textos con cierta dificultad y también con cierto regocijo; al mes parecía una experta absoluta en la materia.
La tarea, naturalmente, cambió su modo de mirar el mundo. No había advertido hasta entonces cuánto consultaban sus propios compañeros, a veces a escondidas, ese horóscopo que venía impreso en papel ilustración todos los jueves. Hasta los más escépticos le pegaban un vistazo, y algunas chicas formulaban incluso planes domésticos a partir de esa sugestión inconfesable. Toda esta observación maravillaba a Pilar, que comenzó a prestar más atención a la vida personal de los redactores, los diseñadores y los fotógrafos que la rodeaban. Fernández no podía recordar el momento exacto en que se había iniciado el gran juego. Debió de haber empezado a raíz de los dolores del alma que padecía una amiga suya que estaba enamoradísima de un crítico de arte. El estaba casado, pero en crisis, y no registraba los mensajes telepáticos que su enamorada le enviaba. Pilar escribió: El amor que cambiará su vida puede estar muy cerca, sólo tiene que levantar la vista y encontrarlo. Cuando el crítico leyó esas líneas, no pudo menos que mirar alrededor y encontrarse con su silenciosa admiradora, que tipeaba inocentemente una página. Pilar insistió semana tras semana, utilizando distintos argumentos, pero llevando agua para el molino de su amiga, hasta que una tarde él la invitó a tomar una copa y ella se pintó como una princesa.
Esa pequeña victoria regocijó a Pilar y la empujó en otras direcciones. Comenzó a horadar la coraza de un jefe tiránico que maltrataba a todos. Con pequeñas sugerencias astrales, le fue demostrando que su intemperancia no lo mostraba como un hombre poderoso y exigente, sino como un tipo débil y ridículo. No tardó mucho el jefe tiránico en volverse un tanto demagógico y dicharachero: a los dos meses la empresa lo trasladó, castigado, al archivo.
La pitonisa reconcilió a dos amigos que no se hablaban desde hacía varios años, le levantó la autoestima a una fotógrafa que había sido abandonada por su marido y alentó varios romances pasajeros entre cronistas y correctoras.
Falló, naturalmente, con muchos hombres y mujeres que leían el horóscopo todas las semanas, pero que lo hacían para el olvido. En una fase posterior, pasado un año largo, Pilar se abocó sin embargo a las internas de la revista, que le encantaban. Como un avezado ajedrecista, fue moviendo imperceptiblemente las piezas, sembró cizañas, tendió trampas y profundizó el espíritu conspirativo. A una sagitariana le aconsejaba cuidarse de los falsos amigos. A uno de Capricornio le sugería ir a fondo con sus ambiciones. A una pisciana le pedía cirugía mayor. A uno de Géminis le aseguraba que éste era el momento para dar el gran salto.
Una de esas internas estuvo a punto de dejarla en la calle. La salvó una idea providencial: enamorar a uno de los caciques de la redacción. Se trataba de un cuarentón felizmente casado y extrañamente fiel. Se consideraba a sí mismo un hombre de "corazón precintado" y ostentaba una férrea voluntad por desdeñar las señales del amor y por echarles flit a las mujeres que le revoloteaban. Era una presa difícil.
Pilar realizó de inmediato una investigación de campo para detectar sus vicios y sus virtudes, sus pasiones personales y sus objetivos menos aparentes. Cuando tuvo el cuadro completo se dio cuenta de que era un gran hombre, y sintió por primera vez una fuerte y legítima atracción por ese corazón inconquistable. Fernández la vio abandonar todo lo demás para dedicarse día y noche a su presa. Ella utilizó, durante dos meses, todas las armas posibles de la astrología. Le decía: Recibirás un regalo de alguien que puede ser la mujer de tu vida. Y ese día Pilar le regalaba un libro. Le decía: Un encuentro casual puede transformarse en una gran historia de amor. Y ese día Pilar se aparecía de casualidad en su club de tenis. Le decía: Atrevete a quitarte la cinta que envuelve tu corazón y aceptá una propuesta. Y ese día Pilar lo invitaba a tomar unos vinos.
El cacique no se manifestaba indiferente a esos avances, mostraba incluso interés por esa chica tan vital, pero la situación no pasaba de un levísimo coqueteo y de un gris tan gris que podía entenderse como una amistad de baja intensidad o como una mera escalada de buen compañerismo. La verdad es que el hombre no cedía un milímetro, y que Pilar se había enamorado perdidamente. Fernández empezó a compadecerse de ella. La veía obsesionada, pendiente de cada gesto del otro, preguntando siempre por él, tendiéndole trampas astrales y menores, buscándolo por los rincones, probando de su propia medicina y llorando en casa. Llorando de rabia y de amor no correspondido.
Una interna azuzada por ella misma derivó en la remoción del director, el despido de diez empleados y la cancelación de la apócrifa sección Horóscopos. Para olvidar al hombre del corazón precintado, transida de dolor, la pitonisa ofreció sus servicios en una radio y negoció una indemnización. Desde entonces no había dejado de progresar en el mundo mediático, aunque Fernández ignoraba si se había recuperado de aquella experiencia.
Aquel tiempo imborrable en el que ella jugó a ser Dios y terminó de rodillas.
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Un hombre y una mujer se enamoran perdidamente y viven un intenso romance por la ciudad. Las cosas se complican cuando él quiere casarse y ella lo frena. Intervienen entonces los psicólogos de cada uno y comienza una batalla a distancia con un final asombroso.
Se parecía muchísimo a Fernández: tenía cuarenta y pico, padecía la enfermedad de no creer en nada y buscaba refundar su vida. Sin embargo, los diferenciaba algo central: Pacheco se había enamorado de su amante y quería casarse con ella. Gerente de una multinacional, sin hijos, muy lejos de la andropausia, con muchas horas de gimnasio y buena presencia, Pacheco era un buen candidato en el mercado de los hombres solos. Recién separado se dedicó a tener muchos amoríos, pero conoció el amor en los prefacios del divorcio. Cuando éste finalmente quedó firmado en un juzgado civil, el amigo de Fernández sintió irrefrenables deseos de repetir el error. Le propuso a la señorita Pazos boda, pompa y circunstancia.
Los había presentado el propio Fernández: Pazos era secretaria ejecutiva de una empresa de servicios, y había vivido en tortuoso concubinato con un escritor de folletines durante más de una década. Luego había roto esa relación, había hecho el duelo y se había puesto siliconas: era una chica de buen ver. Cuando la conoció en la intimidad y en la penumbra, y comprobó que había química entre ellos, Pacheco sintió un pinchazo en el corazón y la quiso para siempre. Ella, sin embargo, tenía buena memoria, y sabía lo que era equivocarse con la pasión y también los frutos amargos que acechan en la convivencia. De modo que se entregó a los fuegos de Pacheco, pero sin quitarse el traje de amianto.
Vivieron realmente un incendio. La ciudad era un mapa de sus paseos, de sus falsas rupturas, de sus fogosas reconciliaciones y de sus juegos de seducción. Todas las mañanas, Pacheco la llamaba desde el auto y le preguntaba:
–¿Cómo viniste vestida hoy, corazoncito?
–Con el vestido azul –le respondía ella.
–Me encanta ese vestido. ¿Y qué trajiste para mí?
–Traje un déshabillé de seda y una sorpresa.
Se buscaban y se encontraban cada día, y a veces amanecían juntos en una casa o en la otra. Pero ella se iba rápido con cualquier excusa o le pedía que él se marchara porque tenía que hacer un trámite o recibir a su madre, a quien la señorita Pazos no le había contado nunca nada. Pacheco, en cambio, le contaba a todo el mundo que estaba saliendo con "la mujer de su vida" y que buscaba una segunda oportunidad: "¿Sabés lo que quiero, Fernández? Quiero que se encienda de nuevo la luz y que todo comience de vuelta. Todo a estrenar: piel, anécdotas, familias, amigos, paisajes, costumbres. Todo".
A la señorita Pazos esos desbordes la llenaban de fascinación y de miedo, en dosis bastante parejas. Era irresistible ser amada tan torrencialmente, pero también resultaba inquietante que ese huracán arrasara con el confortable castillo que por fin ella había logrado construir, penosamente y día tras día, utilizando los restos maltrechos del anterior naufragio. Cuando las asimetrías del amor se volvieron tan evidentes entre ellos, la secretaria ejecutiva se sintió vulnerable y volvió a terapia. Su psicóloga era una cincuentona de ropa ajustada y cirugía mayor que se había vuelto una verdadera experta en mal de amores. Rápidamente tomó las riendas del carro y le dijo lo que su paciente quería escuchar: Usted ya no puede volver atrás. No intente poseer y así no será poseída.
Cuando la secretaria, aliviada como nunca, le contó a su amante esos consejos, Pacheco montó en cólera. No pudo resistir la tentación de refutar los dichos de la psicóloga y tampoco de enviarle duros mensajes a través de la señorita Pazos. Decile que él confunde la pasión con el amor, y que sus verdaderos deseos se circunscriben a la testosterona y lo hacen ver espejismos, le devolvió la cincuentona.
Pacheco sentía dos cosas: el hostigamiento permanente de la psicóloga y el silencio cómplice de su novia. Fernández le recomendó que él también hiciera terapia. Pacheco buscó a un lacaniano y le pidió que lo defendiera. El psicólogo extrajo rápidamente una cita de Lacan para la ocasión: "El amor verdadero siempre es correspondido porque nadie puede resistirse al tremendo halago que significa la entrega incondicional del otro".
El gerente y la secretaria ejecutiva tomaron por costumbre eludir la discusión cara a cara y utilizar a sus psicólogos como voceros de sus pensamientos. Era una costumbre malsana, puesto que llegaban a narrarse detalladamente las sesiones el uno al otro, y luego se las reproducían a sus psicólogos. En seguida se desató la sutil guerra de los divanes, y los pacientes pasaron a ser voceros de sus terapeutas. En ocasiones, también en correos del zar, ya que los psicólogos se enviaban fotocopias de libros para enmendarse la plana. Los profesionales se odiaban desde la vanidad de la teoría, y los amateurs miraban el enfrentamiento como se mira un partido de tenis, pero con el corazón en un puño.
Las refriegas psicoanalíticas llegaron a tal nivel que un día la señorita Pazos rompió a llorar y le rogó a la cincuentona que hiciera algo urgente porque no podía seguir sufriendo. La cincuentona le sugirió a la secretaria que le pidiera al gerente que le propusiera al lacaniano un encuentro de profesionales, en un lugar neutral, para poner reglas nuevas y para zanjar una cuestión que a todos se les había ido un poco de las manos. El lacaniano aceptó y hubo un encuentro frente a frente, una especie de reunión de Yalta cuyos resultados los novios esperaban con aliento contenido.
El lacaniano se reunió esa misma tarde con su defendido y le dijo que la señorita Pazos tenía algo de razón: Hay mujeres que no pueden ser poseídas jamás, y uno debe adaptarse a ellas. Tendríamos que replantear algunas cosas, siempre manteniendo la idea de la entrega, que, como señalaba Lacan, es tan fundamental en el amor. La psicóloga de la secretaria ejecutiva le dijo, por su parte, que el lacaniano no era un improvisado ni tenía animadversión por las mujeres, como al principio parecía, pero que la señorita Pazos debía mantenerse inconquistable, defendiendo su libertad a cualquier precio.
En Yalta convinieron que sus pacientes mantendrían hermetismo y privacidad sobre el contenido de las sesiones, de manera que la vida continuó, pero lo hizo con sonoros silencios. A medida que la señorita Pazos recuperaba la alegría y la independencia, Pacheco se iba hundiendo en la ansiedad amorosa y en el pesimismo. Le pareció, por un momento, que Lacan había escrito sus obras completas únicamente para hundir sus pobres argumentos de hombre enamorado. Y al cabo de un tiempo ocurrió lo previsible: empezó a perseguir desbocadamente a su novia hasta hartarla, y la señorita Pazos le escribió una carta final en la que le anunciaba que no quería seguir adelante.
Se citaron en un café de San Telmo, por última vez, y Pacheco lloró, apretó y pataleó, pero perdió al final la batalla. Ella, compungida porque lo había querido mucho, se mantuvo en su decisión y se despidió diciéndole que era maravilloso. Pacheco abandonó la terapia, caminó durante meses sobre su propio dolor, engordó diez kilos y pidió un traslado a la filial de Lisboa.
Antes de irse le contó a Fernández que un día, vagando por Recoleta, había visto a los dos psicólogos tomando una copa juntos. Pacheco se quedó parado en la vereda, mirando desde afuera los gestos del lacaniano y la cincuentona, que se sonreían en la barra. El lacaniano le compró una flor a un vendedor ambulante y ella le acarició brevemente la mejilla.
Texto Fernández
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Hoy se inicia en la Revista esta serie de relatos sobre los fulgores y frustraciones del amor. Un periodista –Fernández– es contratado por una editora que cree que los diarios ya no escriben sobre los sentimientos, y le encarga ese trabajo. Al final, todos se llevarán una sorpresa
Era una leyenda del periodismo económico, una mujer recatada y fría que vestía siempre de gris masculino y que no tenía vida personal. Hasta que cumplió cuarenta y siete años, se enamoró de un pintor y perdió la chaveta. Se llamaba Patricia y sus redactores le decían Ben Laden. Cuando su secretaria le franqueó el paso de una oficina con vista al Río de la Plata, Fernández no pudo reconocerla en su tailleur fucsia, sus tacones aguja y su notorio wonder bra. Llevaba el pelo suelto y largo, y un cirujano le había retocado el mentón.
Se dieron dos besos y un abrazo, y se sentaron frente a frente. Se conocían desde el principio de los tiempos, y hubo un inevitable intercambio de anécdotas de cuando todavía no eran tristes militantes del escepticismo. Luego Fernández no pudo evitar piropearla y ella fue directamente al grano:
–Es que yo veía la vida en blanco y negro. Pensaba realmente que el mundo y las sociedades se explicaban por la economía y por la geopolítica. No sabía que el mundo se explicaba por el amor y por el sexo.
Había pasado sin escalas del blanco y negro al color, y eso nunca tiene marcha atrás. Su novio era un pintor figurativo que vivía en Trenque Lauquen y que ella llamaba, en la intimidad y con un optimismo vergonzoso, Mi Rembrandt o simplemente Mi. Como fuera, era una evidencia que Mi la había flechado en el cumpleaños de un gran galerista y que tenían en su haber noches de buhardilla y excesos. Luego Mi se había vuelto a su pueblo, donde estaba su "universo pictórico", y desde entonces mantenían un fogoso romance a distancia.
Cada mañana, Patricia llamaba a su novio y le preguntaba cómo había dormido, y él la consultaba sobre qué camisa ponerse esa noche y cómo encarar un problema doméstico. Se prometían besos y caricias, y volvían a comunicarse por e-mail cerca de las 11. Luego ella llegaba a la redacción y volvía a llamar para asesorarlo en la cocina. Se enviaban e-mails y mensajes de texto por el celular todo el santo día, y merendaban juntos, uno a cada extremo de la línea, mientras se comentaban las novedades y se prometían encuentros con un detallismo excitante. Los cruces seguían hasta la medianoche, cuando, ya cada uno en su cama, Ben Laden y Rembrandt tejían durante horas confidencias y sueños boca arriba.
Patricia se sentía una verdadera esposa, puesto que intervenía en aquella casa remota, editaba los movimientos de su amado y mantenía, a pesar de los cuatrocientos kilómetros que los separaban, una relación fluida que "ya muchos matrimonios quisieran". No se privaba tampoco de comprarle la ropa, los pinceles y las pinturas, y de enviárselos por encomienda todas las semanas. Le gustaba también ese toque de mecenas del arte y de madre protectora. Mi protestaba, pero Patricia desarmaba sus argumentos económicos con argumentos sentimentales. Mi quería que ella abandonara todo para instalarse en Trenque Lauquen, pero Patricia pretendía lo contrario. Ninguno de los dos, a pesar de ese amor volcánico, cedía posiciones, y sólo se encontraban una vez por mes a mitad de camino, sobre la ruta nacional número 5, en una hostería discreta, donde pasaban un fin de semana completo. Patricia no conocía Trenque Lauquen más que por las fotos que Mi le enviaba por correo electrónico, y se emocionaba guardando esa visita para una ocasión especial, como su propia boda. También le excitaba ese viaje desesperado hacia la hostería después de tantos anhelos, tantas fantasías y, sobre todo, tantos días sin contacto físico. Vuelvo hecha pedazos –le confesó a Fernández–. Pero el lunes ya estoy bien de vuelta. ¿Sabés lo que me recupera? Mirar todo desde estas gafas nuevas. E hizo un ademán como si tomara unos anteojos invisibles del escritorio y se los pusiera.
Una película de clase B de la década del cincuenta mostraba cómo la vida de un hombre común daba un vuelco espectacular al descubrir unas gafas especiales que eran codiciadas por misteriosos hombres de negro. Al ponérselas descubría, en un restaurante, que algunas personas eran alienígenas y que, en realidad, hablaban en un lenguaje infrahumano. Y luego al caminar por las calles descubría, con las gafas puestas, que los carteles tenían mensajes siniestros formulados para la dominación subliminal de la raza humana. Patricia sostenía que cuando Mi le había hecho conocer la pasión también le había abierto los ojos y le había dado estas gafas imaginarias desde las que se podía ver la realidad. No la realidad aparente y superficial que se ve en las oficinas y en los ambientes de trabajo, sino la realidad que se esconde bajo esos gestos teatrales. Bajo esos gestos, sostenía Patricia, todos somos niños. Niños con hormonas. Cuando te ponés las gafas, y mirás bien la redacción y la calle, te das cuenta de que aquella chica busca marido, que aquel tipo sufre por amor, que aquella señora ha sido abandonada, que a aquel desgraciado le falta cama, que aquel veterano está por separarse de su esposa y que aquel pibe está enamorado y no lo sabe. Hablan todo el día de una cosa, pero en verdad les pasa otra. Se manejan con un lenguaje formal, y de pequeñas dificultades hacen grandes problemas, se inventan formidables excusas y construyen edificios enteros para distraerse de la necesidad básica y elemental. La única necesidad del ego: amar y tener. La única cosa fisiológica y sentimental que nos permite escapar de la muerte.
A Fernández se la había caído la mandíbula.
–Así que la historia universal es, en realidad, la historia del sexo –balbuceó–. Nos salteamos, entre otras cosas, el materialismo histórico, ¿no?
–A los lectores cada vez les interesan menos la política y la economía –dijo ella, echándose el pelo para atrás–. Quieren historias de amor, historias de gente pequeña que sufra ilusiones y desengaños. Tiene razón Sabina: "En el diario no hablaban de ti ni de mí".
–Sobre todo no hablaban de Mi –dijo Fernández.
–Es por eso que te llamé: para que escribas una columna semanal sobre los sentimientos. Necesito alguien que tenga mucha calle y que haya leído a Nietzsche. Alguien capaz de ponerse las gafas.
E hizo un nuevo ademán: se quitó los anteojos invisibles y se los tendió a Fernández, que irreflexivamente los tomó en el aire y dijo: Mirá que el amor es engañoso y resbaladizo, Patricia. Y que en eso todos somos amateurs.
Patricia quería que Fernández caminara la ciudad y tuviera el oído atento, y no iba a dar el brazo a torcer: era una nueva mujer y tenía la fe de los conversos. Le pidió, en el umbral, que viajara a Trenque Lauquen y conociera a Rembrandt, que hablara un rato largo con él para entender la "integridad del amor" y que entregara 7000 caracteres de Word, todos los jueves, sin saltearse ninguno.
Fernández, que necesitaba el trabajo, tomó la ruta 5 y pasó tres días en aquel pueblo entrañable. Le bastaron tres o cuatro entrevistas personales y una leve investigación de campo para entender la filosofía de Mi. Tenía dos hogares paralelos, un juicio por alimentos y otro por fraude, no pintaba un cuadro completo desde 1987 y mantenía otros dos romances a distancia, con una cordobesa y con una neuquina, que le enviaban cheques mensuales para sostener su obra y con quienes se encontraba en hoteles de ruta un fin de semana por mes. El cuarto descansaba. Fernández no podía decir que era un vago, puesto que la doble vida exige un gran esfuerzo. La quíntuple vida debía de ser forzosamente extenuante. Fernández guardó las gafas invisibles en un bolsillo y regresó a Buenos Aires silbando Eclipse de mar.
Por Fernández
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