Por Martín Caparrós
Publicado el 16 de junio de 1991
no no puede caerle bien a todo el mundo. Aunque uno quisiera, uno no puede caerle bien a todo el mundo. Es probable que a este señor que me está entrevistando no le caiga muy simpática, pero emplearé todos mis artilugios para conquistarlo, dirá, más tarde, cuando las luces caigan.
Pero, ahora, ella menea sus joyas a una cadencia de veinticuatro cuadros por segundo, y se acaricia con una mano el pelo siempre más rubio, siempre más. Ella derrama sonrisas de orticón sin tiempo, desde hace tanto tiempo, y habla como si las palabras fuesen un azar impenetrable. A su alrededor, en el estudio, hay flores de antiguas primaveras, columnas doricojónicas del yeso más bruñido, retratos al óleo de ella misma justo antes de recibirse de marquesa y una maquilladora que la sigue a todas partes para enfrentarla al espejito plateado que ha aprendido hace mucho las respuestas.
La señora Legrand nació en 1927 y en Villa Cañás, por algún tiempo, la llamaron María Rosa Martínez Suárez. Después, en junio de 1941, cambió su nombre para ser una actriz de celuloide. Su primera película, hace 50 años, se llamó Los martes, orquídeas, y fue, por supuesto, un éxito sin tacha.
Ahora, la señora lee al aire el mensaje del hijo del chofer que, la noche de aquel estreno, la llevó a su casa. El chofer vive en Madrid y está por cumplir 107 años. La señora le manda un recuerdo, y resuenan en el estudio los aplausos. Cuando terminan, otros más estruendosos irrumpen con estrépito.
–Che, mandan aplausos falsos –dice la señora–. Pero no, chicos. Alcanza con los de verdad.
“Fue el debut de Mirtha Legrand, con quien hizo su triunfal llegada a nuestro cine –escribía Domingo Di Núbila– la ingenua, la adolescente virginal, frágil y hermosa, viva imagen de la eterna ilusión del primer amor.” Ahora, que ha cambiado su papel, su papel quizá no haya cambiado mucho. Si alguna vez fue la rubia naïve que hacía de la pureza una velada condición del erotismo, ahora pone el mismo empeño en simular que no dice lo que dice, que no calienta los ánimos que con sus preguntas a veces exacerba.
–No, no, no. Cuando yo hacía de ingenua era auténticamente una ingenua. Ahora ya no lo soy. Soy una mujer madura, más realista, que ha vivido, que piensa que la gente no es tan buena como suponía entonces.
–Pero hace sus preguntas como quien habla de otra cosa.
–Las hago en un tono amistoso, cómo decirlo, casi angelical. “Dígame ministro, ¿en tal época usted no pertenecía a otro partido?”, así, sonriendo. En lugar de ser agresiva, hago la pregunta como la haría cualquier señora de la calle, cualquier señora de su casa.
Como si sus preguntas, digo, fueran testimoniales: las ha hecho, y eso es lo que importa. Aunque suelan quedarse, por amabilidad y meñique rizado, sin respuesta.
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LA RESURRECCION DE MIRTHA
Más allá del bien y del mal
En el estudio hay un olor dulzón a alfombra recién pegada que se mezcla con el calor espeso de los focos. Hace cuarenta grados, y todos disimulan los sudores. Alguien del equipo dice que si pusieran el aire acondicionado saltaría toda la instalación, pero los cameramen van de pantalón gris y saco azul, corbata al tono, como si estuvieran por entrar a un club inglés, a buscar trabajo de ordenanzas, faltaba más. Entre el público, Roberto Giordano mira maravillado y proclama que así es la empresa privada.
–Así es la empresa privada, te cuida, te acompaña. No como el Estado, que te deja en banda.
En el set hay cortinados gruesos como el olvido, y estatuas falsas que serán clásicos en cuanto se despejen los humos de la bomba. En una barra, dos martinfierros descansan sus guitarras entre una banderita argentina muy oronda con su sol de guerra y una virgencita de Luján de fino plástico a colores. La señora lleva un vestido muy negro de volados, y lee uno por uno los cartelitos de las flores para que nadie se quede sin su agradecimiento. La lista es algo así como una versión televisiva de la sección sociales de La Nación, el Gotha del cholulismo posproceso. Pero la señora ha cambiado, lo dice todo el mundo.
–Anoche, en el Colón, tuvimos que esperar un rato largo en las escalinatas, afuera. Había personalidades importantes –yo me excluyo, por supuesto– y nos hicieron sentir como ganado. Pero llegó el embajador Todman acompañado de unos señores grandotes y entró inmediatamente –dice la señora, justo antes de dar la clásica vueltita.
Entonces suenan los silbidos de rigor, y se arma el ritual. Su ritual. El ritual es un concentrado: por la reproducción de un gesto más o menos simple, se alude con mucha economía a una sucesión de pasados que ese gesto revive, a una tradición. La señora Legrand ritualiza una comida de señora bien, como si la Argentina fuera ese país, esa tradición, esa sucesión: un pasado que nunca existió para casi nadie, salvo en el futuro, en el deseo, en alguna película de teléfonos blancos.
–Yo no sé por qué no pude trabajar en la democracia, hasta ahora. A lo mejor no les caía bien. Durante años se ha pensado que yo era representante de cierta burguesía, de cierto nivel social, cosa que es ridícula porque yo soy nacida en Villa Cañás y mi madre era maestra, y pertenezco más bien a la clase media, pero también es cierto que uno sin darse cuenta se hace su entorno...
–Bueno, usted suele decir que tiene un lema...
–Lo lindo vende, lo feo no. Sí, ése es mi lema.
Ahora, en el programa de Mirtha Legrand, todos los días se anuncia que un centenar de chicos de alguna escuela suburbana comen a su costa. Porque la señora ha cambiado, lo dice todo el mundo.
–Yo he cambiado. Observo más, tengo más libertad para decir lo que siento y lo que pienso: estoy más allá del bien y del mal. Yo he trabajado con todos los gobiernos, pero ahora me siento como segura para decir cosas que antes no me animaba a decir, ahora ya no tengo miedo.
–¿Por qué más allá del bien y del mal?
–Porque a cierta altura de la vida, uno puede permitirse ciertos lujos.
En un corte, un fotógrafo la enfoca entre la nube de asistentes y maquilladoras. La señora se alarma:
–Nene, ¡no me saqués que estoy con la panza afuera!
Después llega el vicepresidente Eduardo Duhalde.
–Vicepresidente, está más flaco. ¿No lo picó una avispa a usted, no?
Con la sonrisa casi angelical, los ojos muy celestes.
–¿Y de qué tenía miedo?
–Tenía miedo de comprometer al canal, de que levantaran el programa, de que me censuraran o me echaran. Hoy ya no, porque si sucediera algo de todo eso, la ciudadanía reaccionaría.
–Y cuando tenía miedo, ¿a qué se sentía obligada?
–A no hablar mal del gobierno, a elogiar al político de turno, a no decir irregularidades. En la época del Proceso había censura, listas negras. Yo ponía en mis listas de invitados a fulano o mengano y les ponían un sellito al lado que decía no recomendable.
–¿Quién por ejemplo?
–Fulano o mengano. Pero gracias a mí, a mi terquedad, mucha gente volvió a salir en televisión.
Dice, con la sonrisa menos angelical, los ojos muy celestes.
Las palabras sin tribu
Sobre la mesa cubierta por la alfombra roja, los cubiertos refulgen, y los vidrios. Las manos se mueven con un versallismo de ocasión, y los comensales mastican tratando de mantener la boca bien cerrada y decir, al mismo tiempo, algo que el porvenir pueda grabar en bronce por un par de horas. Las mandíbulas se agitan pudorosas, como quien mascara el olor de su silencio.
–¿Cómo es posible que se haga algo así? Estamos a merced de la delincuencia.
–Yo coincido plenamente con la señora Legrand.
–¿No querría un poquito más de vino, ministro?
La señora pregunta con esa sonrisa de cejas arqueadas, con esa voz que por momentos se escapa hacia el agudo, y con muchos datos, mucha información de diarios y revistas.
–Yo creo en el poder de la televisión, cuando está bien empleado, cuando se la hace con honestidad.
–¿Cuánto le interesa la política?
–Muchísimo. A mí me encantaría hacer una carrera política. ¿Y sabe lo que haría? Antes que nada, no le mentiría a la gente. Haría como Churchill.
–¿En qué sector del espectro político se situaría?
–En el centro. ¿Le gusta el centro? Ni izquierda ni derecha: el centro. Una cosa más contemporizadora, tratar de hacer bien, ayudar, no perseguir a nadie. Me gusta el liberalismo.
–¿Los va a volver a votar en las próximas elecciones?
–Yo nunca he dicho que los voté.
–...
–No sé, porque todo el mundo me dice que pierdo mi voto. Pero a mí me gusta ser fiel a mis ideales y a lo que pienso. Me gusta el liberalismo.
Lina y Luisa sirven la mesa con delantales de puntillas y dedos enguantados, comme il faut y, comme il faut, son morochitas. En la mesa, alguien sorbe con delicadeza el vino blanco y habla del triunfo de Horacio Usandizaga, y la señora recuerda una contrariedad y dice que quiere felicitar al doctor Usandizaga, que no quiere venir y que lo invita en público, a ver si viene.
–Venga, Vasco, que si viene va a seguir ganando.
–Pero usted habla muy mal de los políticos.
–No de todos, no de todos. Pero es cierto que todos buscan los votos, buscan mejorar su situación, buscan prerrogativas, y no le dicen la verdad a la gente. ¿Sabe cuál es el error de los políticos? Que no se mezclan con la gente. Hay algo que yo no entiendo. No puede ser estas alianzas entre la izquierda y la derecha. Si no se juntan en el mundo, ¿por qué se van a juntar en la Argentina? Yo he visto alianzas hasta entre el radicalismo y el peronismo. Va a llegar un día en que se van a juntar el conservadurismo y el marxismo, aunque el marxismo ya no exista... Son alianzas que están hechas nada más que para ganar votos, es un engaño al público. Como la gente que votó la fórmula Menem-Duhalde y resulta que ahora se quedan sin Duhalde: está mal, es incorrecto. Yo creo que el Presidente está muy bien intencionado, pero no sé si está muy bien rodeado.
–Sin embargo, el día en que lanzó su programa en Canal 9, usted invitó a la mitad de los que lo rodean.
–Bueno, no, pero yo busco el rating, la audiencia. ¿O usted se cree que yo soy Juana de Arco?
La señora, últimamente, como Mariano Grondona, como alguno más, trabaja la democracia como neutralización. Con distintos formatos, ambos han descubierto, quizá sin descubrirlo, una de las grandes posibilidades del discurso de la democracia: han inventado una categoría consistente en la falta de categorización: todo es igual, nada es mejor –dentro de la democracia–. Así, Biondini debe dialogar con Solanas, Annemarie Heinrich tiene razón pero su inquisidor también tiene la suya, el derecho universal a la palabra se confunde con la equivalencia de todas las palabras, y nada significa casi nada: como si una forma perversa de la tolerancia anulara el sentido y el valor de los discursos. Y todo eso mezclado con una idea más pudorosa, más astuta del espectáculo.
En el cielo las estrellas
Los invitados han dado cuenta de su menú doña Petrona, siempre criollo en porcelana trabajada, y ahora van a pasar al living, a tomar un cafecito y desplegar sus habilidades más notorias.
Una vez más, la señora y Estela Raval confunden sus rubicundias en un besito de mejillas sin labios. La señora le pide a la cantante que cante, y ella hace mohínes, se excusa y, tras seria resistencia, se resigna. Casi de inmediato, el playback de “Venecia sin ti” envuelve la mímica de la cantante en un aire de falsías inocentes. La señora, después, la envidia, la felicita y lee últimos mensajes. La señora sólo se equivoca cuando resulta necesario:
–Yo me admiré siempre tanto...
Lee, y después la corrigen: “Yo que admiré siempre tanto...”.
La señora es una estrella, dice que es una estrella.
–Yo creo que me ven como una estrella, sí, ésa es la palabra: como una estrella del espectáculo, con muchos años de trabajo... Yo me siento querida, muy querida. Todo eso me gratifica. Mire, cuando yo viajo, y nadie me mira... Yo por ejemplo voy a una tienda en Estados Unidos, donde no me conocen, obviamente. Entonces yo siempre tengo ganas de decirle: “Ay, señorita, si usted supiera... Usted me trata así, pero yo en mi país soy tan conocida”.
La señora se ríe, con la risa de los que han alcanzado su destino... Ya lo escribía, entonces, Domingo Di Núbila: “Mirtha tiene el físico llamémosle clásico de la adolescente nimbada de pureza, más ese indefinible mesmerismo de la atracción humana, ese seductor misterio de la intimidad en la cual se cifra la fuerza suprema del estrellato”. Todo, entonces, estaba escrito desde el principio, con cursiva inglesa.
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Por Luis Bruschtein
Publicado el 12 de abril de 2002
“Es un momento importante en la Argentina”, afirma Osvaldo Bayer. “La gente busca señales de rebeldía como fue la huelga en la Patagonia, una historia épica que parece salida del realismo mágico.” Los grandes luchadores anarquistas, sus sueños y sus logros habían sido sepultados en la historia de la misma forma que los obreros muertos en la Semana Trágica y en las huelgas de la Patagonia. Denostados por el sistema y por las izquierdas, habían llegado a convertirse en una suerte de gran demonio para unos y otros. La tergiversación y el olvido, como en otras etapas de la historia argentina, habían hecho su trabajo de zapa sobre un tema considerado tabú. La publicación de La Patagonia Trágica en 1972 sirvió para “terminar con la leyenda negra y empezar con la difusión histórica”, señala Bayer. Al cumplirse treinta años de la salida del libro, el autor reunió en un solo volumen los cuatro tomos de la saga de los anarquistas argentinos que llegará a las librerías bajo el título de La Patagonia rebelde.
–Ya cuando regresé a la Argentina salió con ese nombre, igual que el film. El nombre Patagonia Trágica había sido usado por un libro de José María Borrero de la década del ‘20, que hablaba de los estancieros y los indígenas. El hijo del escritor me llamó y no tuve inconveniente en cambiarlo. Ahora va a salir en un solo tomo, con fotos y todo, para que pueda comprarlo la gente que no puede acceder a los cuatro tomos. Es un compendio con mejoras y nuevas cosas. Para mí es una alegría porque fue difícil toda la edición del libro. La investigación fue muy difícil porque se trataba de un hecho tapado, escondido, del que nadie quería hablar. Pero la suerte fue que estaban todos vivos, los soldados intervinientes, los políticos, los estancieros, menos los fusilados. El gallego Soto, uno de los principales dirigentes de la huelga, había fallecido unos años antes de que empezara la investigación, pero pude hablar con la viuda y la hija.
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LA PATAGONIA NO SE RINDE
A treinta años de la edición original sale La Patagonia rebelde (“trágica” en la versión de 1972), Osvaldo Bayer recuerda la historia de una accidentada investigación que sirvió para acabar con la leyenda negra de los anarquistas y empezar con la difusión histórica de los hechos.
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–Hace poco le hicieron un homenaje en Galicia...
–Sí. Cuando escapó de los fusilamientos, fue a Santiago de Chile, donde siguió como dirigente obrero, y terminó en Punta Arenas, donde falleció en 1966. Yo empecé en 1968. Los gremios gallegos han puesto su nombre a una calle en el Ferrol, que es donde nació. Y también pusieron una placa en la casa donde nació, en el barrio pobre. También se ha levantado un monumento a Facón Grande, otro de los dirigentes de la huelga, inclusive hay una escuela que lleva su nombre. A pesar del olvido y todo lo demás, los libros sirvieron para terminar con la leyenda negra y empezar la difusión histórica.
–¿Cuántos libros se vendieron en estos treinta años de La Patagonia rebelde?
–Han sido tiempos muy distintos. Cuando salió el primer tomo, en 1972, se vendieron 200 mil ejemplares. Hoy es una cifra impensable. Los best sellers están en 12 mil, 13 mil ejemplares. Había un gran interés. Después salió el segundo tomo. Ya se puso difícil la situación. El tercer tomo salió cuando las Tres A andaban por las calles. Mientras tanto, salió la película en 1974, que fue prohibida por Isabel. Me costó el exilio porque salí en la lista de las Tres A. Y el cuarto tomo ya es una historia de realismo mágico, una historia de la Patagonia que tuvo que salir en Alemania y escrita en castellano.
–¿Cómo tomaron los militares a La Patagonia rebelde?
–Fue prohibida por la dictadura y quemada en la hoguera. Un comunicado del teniente coronel Gorleri, en Córdoba, con Menéndez, dice que lo hace por Dios, Patria y Hogar. Fue publicado en los diarios. Cuando Alfonsín envió la lista de ascensos al Senado, yo mandé un comunicado, pero igual lo ascendieron. Pareciera que quemar libros no es un crimen. Ahora es general retirado. Así que el libro tuvo una historia paralela al film.
–Fue la marca de los anarquistas.
–Sí. Los libros sirvieron para una gran discusión, un gran debate. A mi regreso fui muchas veces invitado a la Patagonia a discutir esta temática.Es un poco el hecho máximo que sucedió allá. La democracia no creyó necesario investigar el porqué de esta masacre.
–Es algo que se repite en la historia argentina...
–Pero es grave que haya ocurrido en el primer gobierno democrático, que la Justicia no se diera por aludida a pesar de las publicaciones, que la presidencia no respondiera nunca. La única que reaccionó fue la oposición en el Congreso, pero la bancada radical lo dejó sin quórum por lo que no pudo formarse la comisión investigadora. La oposición era socialista y conservadora. Dos años antes se había producido la Semana Trágica. El Partido Radical jamás se dio por aludido. He tenido por costumbre cada vez que asume un presidente del Comité Nacional escribirle una carta preguntando cuándo se va a hacer la autocrítica con respecto a la Patagonia. Nunca me han contestado. Ni Ricardo Balbín, ni siquiera Rodolfo Terragno, que fue amigo y periodista conmigo. Me encontré con él en el velorio de Osvaldo Soriano y le dije: “Rodolfo, no me contestaste la carta que te escribí” y me dijo: “Lo que pasa es que justo ahora, con los problemas que tengo en el partido, no me voy a meter con Yrigoyen”. ¿Cuándo se van a meter con Yrigoyen, cuando pasen tres siglos? Le recordé a Willy Brandt, cuya primera acción de gobierno fue ir al monumento al Holocausto, arrodillarse y pedir perdón en nombre del pueblo alemán.
–El silencio los hace más cómplices con el hecho...
–No hubo un solo historiador radical que tratara de aclarar desde el punto de vista del partido por qué se hizo esa represión...
–Es paradójico porque muchos anarquistas, cuando tenían que votar, a veces dudaban entre algún candidato socialista o radical, había vasos comunicantes, más allá de las diferencias.
–Lo que pasa es que no hay peor enemigo que los del propio palo. Los anarquistas odiaban a los socialistas porque los acusaban de haber dividido al movimiento obrero. Porque la primera gran corriente del movimiento obrero fueron los anarquistas. Y fueron los socialistas alemanes del club Vorwërts los que empezaron a enseñar marxismo, y con los socialistas franceses fundaron el Partido Socialista, que empieza a tener importancia en la clase trabajadora y llevará a la división del movimiento obrero: la FORA del quinto y la FORA del noveno. Al final apoyarán a los radicales por antiperonistas. Ellos eran profundamente antiperonistas.
–Aun así, los radicales y los peronistas toman muchas cosas de los anarquistas.
–Lo que pasa es que el radicalismo en sus comienzos fue tan populista como el peronismo. Pero hubo bronca con Yrigoyen y con Alvear por Simón Radowitzki, al que dejaron en la cárcel durante 21 años. A Radowitzki lo largó en el ‘30 Yrigoyen porque los molineros estaban haciendo una huelga fortísima. Los radicales los llamaron y les dijeron que si levantaban la huelga liberaban a Radowitzki. Hicieron una asamblea y la levantaron, pero no dijeron que lo hacían por Radowitzki. Los tres dirigentes molineros renunciaron para siempre, como diciendo “ése fue nuestro pecado”. Pero liberaron a Radowitzki, aunque Yrigoyen traicionó, porque cuando el barco que lo traía estaba en el Río de la Plata viene el vapor de La Carrera y la policía lo embarcó a Montevideo.
Todavía le tenían miedo.
–Era una especie de mártir de la anarquía. Dominaba el penal, era delegado de los presos comunes, y pese a que estaba tuberculoso, aguantó 21 años en el sur. Para los presos tenía una aureola sobrehumana. La pena decía que cuando se acercaba la fecha del asesinato del coronel Ramón Falcón, esos siete días, lo ponían en un calabozo a la intemperie, sin calefacción. Se salvó de la muerte porque tenía 18 años en 1910, cuando lo procesaron.
–La Patagonia es un libro sobre la rebeldía. ¿Volver a publicarlo después de 30 años de su aparición tiene alguna relación con que en el país parece terminar un largo ciclo con respecto al miedo?
–Creo que tiene que ver, hay mucho interés en la gente por conocer estas señales de rebeldía. La huelga patagónica es épica, increíble. Quien viaje por Santa Cruz no se explica cómo recorrían a caballo estos gauchos, las peonadas, para levantar a la gente. Si lo hace en auto, tardan todo un día. Además, el sentir de la camaradería, lo hermoso de los comunicados, la existencia de esa sociedad de oficios varios. Ya en la primera década del siglo pasado, los anarquistas se organizaron en esos pequeños puertos. La historia tiene la fuerza de una epopeya.
–¿Cuál le resultó el personaje más atrapante? Le pregunto porque hay una reconstrucción muy detallista de los personajes.
–Porque después de tantos años, el relato de los compañeros que se habían salvado era muy épico sobre esos personajes. Contaban todas las anécdotas, por ejemplo el caso de Argüelles. Estaba acá en la Semana Trágica, se fue perseguido a San Julián y allí pasó a ser secretario general del sindicato. Hace tres meses me llamó una mujer y me dijo que era la hija de Argüelles. Nos juntamos y me contó una historia fantástica de amor. Los dos eran obreros y la madre quedó embarazada, no se casaron nunca y él tuvo que salir huyendo al sur. Le mandaba poesías desde San Julián. Esta mujer creció como hija natural, y ahora, ya con 81 años, me recitaba las poesías del padre. Por otro lado, tres días antes me había atacado la hija del general Anaya, diciendo que me iba a fulminar.
–Se podría escribir otro tomo de la saga con las peripecias que se derivaron del libro...
–Sí, sería el quinto tomo.
–¿Qué fue lo que más lo atrajo de la historia de los anarquistas?
–Todo ese altruismo de la gente que se sacrificaba por sus compañeros. De todos modos, quise ser muy preciso, porque no se pueden ocultar cosas ni mentir en la investigación histórica, así que cuando hubo una traición o alguna forma de tergiversar la huelga, yo lo puse. Como pasó con el Consejo Rojo, un grupo de nueve o diez huelguistas que formó el Consejo Rojo, aprovechando la huelga, y empezó a robar e incendiar estancias.
–¿Y eso tuvo alguna repercusión?
–En esa época los Montoneros se enojaron porque decían que lo había puesto para joderlos. Pero no era así, era la verdad histórica. Y cuando se estrenó la película, la única crítica en contra fue del diario Noticias, de los Montoneros. Fue una vergüenza, se lo dije a Juan Gelman, a Bonasso y a Verbitsky y a tantos otros. Qué cosa. Cuando vino un periodista alemán, los Montoneros le dijeron que era una película socialdemócrata y lo publicó allá.
–Eso demostraba que la película y el libro hablaban de la realidad y generaban una polémica.
–Claro, no iba a adaptar la realidad al gusto de ellos, ni de nadie. Fue tremenda la crítica. Por eso me llamaban “el burguesito”, decían que era la versión burguesa de los anarquistas. Después hice Severino Di Giovanni y me causó pena de que ERP lo tomara como libro de cabecera. Yo lo escribí para que aprendan cómo un hombre se pierde en la violencia.
–En esa época podía explicarlo mil veces, pero en ese aspecto todo estaba muy revuelto...
–Los anarquistas violentos tenían siempre una frase de un francés que decía “no hay inocentes”, porque hacían un atentado y por ahí moría un pibe. Y sí hay inocentes. Era raro en Severino, porque él siempre se exponía más en todo sentido. Fue un período muy difícil y pagué con el exilio la escritura de Severino que ya fue prohibido por el gobierno de Perón con un decreto muy cómico, porque prohibía la exportación del libro, así que nosotros protegíamos a otros países. No querían decir que lo prohibían acá para no aparecer como autoritarios. Por supuesto, las librerías dejaron de venderlo. Después se completó con Los anarquistas expropiadores que ya lo prohíbe la dictadura. Lo que hice fue mandar los originales a través de la embajada alemana aquí. El agregado cultural los mandó escondidos cuando viajó su hija. Y yo después pude hacerlos imprimir para terminar la obra. Solamente se hicieron mil ejemplares.
–En la figura de Facón Grande se entronca la tradición anarquista de los inmigrantes con el criollo. Surge como una figura emblemática del proceso de mixturación del movimiento.
–Esa es la grandeza de la figura de Facón Grande. Eran todos gallegos en general, polacos y alemanes también. Y el que representa al criollo es Facón Grande, que viene de Entre Ríos y no era obrero, tenía seis carros que traían la lana de la cordillera. Pero era muy querido y los obreros lo consultaban. Cuando se inicia la huelga, él se pone al frente. Y tiene cosas hermosas, en las respuestas al teniente coronel Varela, que una de las primeras cosas que hace es fusilarlo. Cerca de donde cayó, hay un monumento en su memoria que levantó el sindicato de obreros rurales y estibadores. Representa la nobleza gaucha. Cuando hablaba no tenía mucha ideología anarquista y se pone del lado de los obreros porque le parecía justo el reclamo. También era más grande que los demás dirigentes, tenía 41 años cuando lo mataron, en cambio el gallego Soto tenía 23.
–Entre todos los personajes del libro, ¿por qué el prólogo toma la figura de Kurt Wilkens para el prólogo?
–Porque era el prototipo del anarquista duro, él espera que se haga justicia y no se hace, entonces habla del derecho de matar al tirano, que ya era cosa de los estoicos griegos y que los anarquistas lo toman a pecho. Lo toma él. Estuve con los dos que lo acompañaron en la preparación de la bomba porque Wilkens no sabía prepararlas. Me contaban que calculó todo y cuando lo quisieron acompañar, les dijo: “No señor, para una persona, una sola persona, ustedes no se metan”. Primero arrojó la bomba porque era el símbolo de la justicia del pueblo y después le pegó seis balazos a Varela. Era de familia adinerada en Alemania pero se vino porque creyó que en la Patagonia se podía construir el paraíso anarquista. Lo que agranda su figura también fue la forma pusilánime como lo mataron. Wilkens estaba durmiendo en su celda cuando lo mató por la espalda uno de los carceleros, Pérez Millán Témperley, que era medio pariente de Varela.
–¿Nunca se preguntó la razón de que una corriente que influyó tanto en el movimiento obrero haya quedado tan circunscripta a una época?
–Yo tengo una teoría, pero cuando la digo, me califican de gorila, así que dejémoslo ahí...
–Pero ya antes del peronismo el movimiento anarquista venía muy en decadencia.
–El anarquismo empezó a decaer en la década del ‘20 por los anarquistas expropiadores. La gente se asustó. Los anarquistas hacían las huelgas y triunfaban, pero los convenios los firmaban los socialistas porque los anarquistas no trataban con el gobierno. Y los que van aplacando la lucha revolucionaria son los socialistas, más negociadores, y luego los denominados sindicalistas libres que no querían hacer política en el sindicato. Después, con la Guerra Civil española, los mejores anarquistas se van. Finalmente, está el peronismo. Es la nueva clase. Los nuevos obreros industriales ya no venían de Europa, sino del interior.
–Pero en los grupos sindicales del peronismo combativo, sobre todo en la época de la resistencia, siempre hubo un sector que recogió el legado de los anarquistas...
–Con sus excepciones, el peronismo es otra forma de ser, otra forma de acumular poder...
–¿Cuál le parece que es el legado más importante que dejaron los anarquistas?
–He investigado libros de las sociedades de oficios varios de la provincia de Buenos Aires y hay actas impresionantes. Un día anuncian que llamarán a los 200 anotados a asamblea general para discutir los nuevos jornales de la cosecha. Al día siguiente dicen que se reunieron 198 y se vuelve a convocar a los compañeros hasta que estén todos. Claro, en el medio llegaba la policía. Tan distinto de los comunistas, donde decidían dos, o uno. La democracia de base, del socialismo libertario, tiene una nobleza increíble, pero chocaba con las cosas prácticas de la vida. No quiero decir que hay que ser oportunista. Los comunistas eran muy oportunistas “por razones tácticas” y combatieron mucho a los anarquistas, sobre todo después de la revolución rusa. Los anarquistas habían participado en la revolución, pero después Trotski los liquidó en Kronstadt por orden de Lenin. Acá se produjo también esa división. Yo diría que el principal legado es la conducta, el sentido de lucha y el antiautoritarismo.
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Por J. M. Pasquini Durán
Publicado el 12 de febrero de 1989
Después de La Tablada, ¿cuál puede ser la posición de la CGT para afianzar la legalidad democrática, para que el futuro presidente pueda asumir y gobernar en paz?
–Tremendamente firme. En forma personal tengo un compromiso y lo voy a cumplir así en ello vaya mi vida: el sostenimiento de la democracia. También cada argentino debe ser un permanente defensor y aunque no se esté de acuerdo con la política económico-social –es el caso mío–, el disenso no es delito dentro de la democracia. Pero hay que estar siempre prestos a defender, tanto como vamos a defender nuestra patria, nuestra democracia.
–Sin embargo, usted ha dicho que la injusticia social siembra el desaliento en la gente, la prepara espiritualmente para aceptar una dictadura surgida del golpe de Estado. ¿Existe esa amenaza hoy en la Argentina?
–No, nunca más... más allá del disenso que se tenga, nadie es perseguido, no existen la capucha ni los Falcon. Por eso, si a este ejercicio de la democracia le pudiéramos encontrar el sentido de la justicia social, del desarrollo, de la tolerancia, diría yo, Argentina tendrá no treinta, ni cien, ¡trescientos años de democracia!
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RECUERDOS DEL FUTURO
Con un ojo puesto en un hipotético gobierno de Menem, Saúl Ubaldini imaginó un futuro en la CGT con mecanismos de consulta permanente. En este reportaje concedido durante su visita a Venezuela, por la asunción de Carlos Andrés Pérez, Ubaldini ratifica su apoyo incondicional a la democracia preservando el derecho al disenso y describe cuál será la actitud de los obreros frente a temas tales como el avance tecnológico, la regionalización sindical y la deuda externa.
–Si Carlos Menem gana las elecciones, ¿qué espacio de poder imagina para los sindicatos?
–Bueno... nosotros no hemos hablado nunca de cargos, más en mi caso personal. Yo creo que en la participación, donde lógicamente...
–Participación ¿cómo? ¿En un pacto social, como en la época de Perón-Gelbard? ¿En la toma de decisiones, en la consulta previa...?
–Primero que nada en la consulta. Todo gobierno, más allá del nombre y apellido que lleve su presidente, tiene que tener un programa y un proyecto.
–¿No los hay o no se conocen?
–Todo el mundo habla de programas hoy, pero nadie conoce una plataforma. Creo que en vez de brindar la TV para que uno acuse al otro, que se brinde para ver cuáles son las propuestas.
–En un gobierno peronista, ¿le gustaría que la CGT designe al ministro de Trabajo?
–No. Me gustaría que la CGT participara en todo aquello que haga a la realización en las gestiones de las empresas del Estado. Me gustaría que la CGT fuera buscando cuáles son los productos renovables y no renovables que tiene nuestra tierra, trabajar hilando fino ya en la nueva regionalización de nuestra Argentina. Eso sería un signo positivo.
–¿Y le gustaría que la UIA designe al ministro de Economía?
–Es un problema de la UIA y del ministro de Economía, no mío.
–¿No le interesa quién sea el ministro de Economía?
–Al contrario, yo creo que si hubiese un proyecto, más allá de materializarlo con un color político, lo deberíamos materializar entre todos los argentinos. Por eso nosotros solicitamos el debate, el debate con todos, de una manera abierta, para que esto sea positivo y que cada cual sepa que su esfuerzo va hacia el fruto compartido de la comunidad y no se pierde en la nada.
–Para entender mejor la propuesta de la CGT en ese debate que demanda, veamos un tema definitorio como la deuda externa. ¿Cuál es su diferencia real con la conducta del gobierno de Alfonsín?
–En principio, que no se tendría que haber pagado como se pagó. Estamos hablando de que si hubiera colocado en otras cosas, no hubiéramos tenido el problema energético que tenemos ahora ni el problema de muchas empresas del Estado que prácticamente se han dejado caer. Con un déficit en el presupuesto de más de nueve mil millones de australes consideramos bastante grave que hayan abandonado el mantenimiento de las centrales energéticas. Necesitamos hacer algo serio, algo responsable.
–¿Qué más?
–En la gestión del doctor Alfonsín hay también varias interpretaciones y tareas con referencia al tratamiento de la deuda externa. No es lo mismo con Sourrouille que con Grinspun. Los trabajadores en septiembre de 1984 alcanzamos el mayor poder adquisitivo. Por lo tanto, para hacer un análisis habría que diferenciar la política de los distintos ministros.
–Digámoslo así: una propuesta que incluya rebaja del capital y de los intereses adeudados, aplicación de recursos en la reactivación económica nacional y búsqueda de consenso latinoamericano para encontrar una solución alternativa, ¿sería satisfactoria para la CGT?
–Así planteado, sí, lógicamente...
–¿Cuál es la diferencia de fondo con la propuesta de Alfonsín en Nueva York que contenía esas premisas?
–En principio difiere en el análisis de la plataforma del gobierno de Alfonsín para la consideración de la deuda. Me refiero a los 100 puntos de gobierno publicitados en su momento. Y, lógicamente, no se realizó nada. Además, la deuda argentina es atípica, en virtud de que hay países que pueden demostrar dónde están esos millones de dólares. Con nosotros no se puede demostrar. Ya en mayo de 1985 lo dije en Plaza de Mayo y lo mismo le dije a Camdessus (director general del Fondo Monetario Internacional) estando en Washington. Una cosa es pagar algo que realmente se debe y otra cosa es pagar transferencias de capitales que luego se han ido al exterior y que claramente no han hecho ningún beneficio a nuestra tierra y a nuestro pueblo. El Gobierno no diferenció la deuda legítima de la ilegítima, con lo cual ya partimos con el río separado. Esa es la diferencia básica del tratamiento de la deuda. Vuelvo a reiterar la necesidad que en estos momentos vemos los trabajadores de que a través de nuestros gobiernos –quiero recalcar esto porque si no seríamos clasistas–- se llegue a efectivizar un tratamiento responsable de la deuda.
–Para este gobierno o para el futuro, el consenso interno es importante, puede ser decisivo para una negociación externa seria y responsable. ¿Cree la CGT que se puede llegar a ese consenso?
–Si entre los partidos mayoritarios no hay un debate anterior, el pueblo se va a ver en una problemática difícil para luego optar por el cambio. Aquí hay algo sencillo: el que pueda explicar que se puede pagar la deuda, pagar capital e intereses, y crecer, bueno que diga cuál es la fórmula. Quisiéramos un gran debate dentro de la República Argentina, lo mismo que a nivel internacional. Pero con un compromiso: que lo que salga del debate se cumpla. Y que los partidos políticos se hagan responsables de la posición que se adopte y sigamos todos adelante con un solo miramiento: ver de qué manera se puede colocar la reactivación, el desarrollo y la justicia social dentro del tratamiento de la deuda. Pero vuelvo otra vez a afirmar que una cosa es pagar una deuda y otra cosa es pagar una deuda ilegítima.
–¿Cuál es la diferencia de responsabilidades que atribuye la CGT, en materia de deuda externa, a la dictadura militar y al actual gobierno?
–Ve, eso es lo dramático... Yo quiero cargarle la responsabilidad a los que trabajaron durante la dictadura militar y entregaron el gobierno con una deuda de 46 mil millones de dólares, pero también es cierto que prácticamente no se analizó ni se profundizó eso. La expresión de deseos es una cosa y la acción que se hizo a posteriori, otra. Yo apoyé en carta a (Enrique) Iglesias la posición nuestra en Punta del Este y Cartagena. Pero resulta que desde 1985 pagamos 10.453 millones de dólares y resulta que hoy la cotización en Wall Street de la deuda de los argentinos está valuada en un 5, un 7 o un 8 por ciento de su valor total, es claro que tenemos que cambiar de política. La única deuda que en estos momentos se está tasando en un 60 por ciento es la chilena.
–Nadie en la Argentina habla de pagar el capital...
–No, no... En algún momento, alguien lo dijo, pero ahora no, es cierto. Pero sólo en intereses este año vamos a tener que pagar 6 mil millones. Vamos a pagar 3 mil, y los otros 3 mil van a tener punitorios y así no va más... Encima, como dijo el Presidente, te compran al precio que quieren y te venden al precio que quieren. Con esa política proteccionista de nuestros acreedores, jamás vamos a llegar a pagar. Hoy en día, en Latinoamérica hay naciones que aun pagando todo o sin tener que pagar nada, tampoco podrían crecer. Es una falta de solidaridad tremenda. Muchos de nuestros acreedores que hablan de la democracia, por otro lado nos ahogan económicamente y cuidado que hay un doble juego. En países donde se busca la explosión social –caso Colombia– hay mucha gente que en estos momentos ya se inclina por el golpe, por la dictadura. Es vana esa expresión de libertad, de democracia, de justicia, de vida constitucional si no se le da una proyección de justicia social.
–¿En plena campaña electoral hay alguna posibilidad de realizar un debate honesto, sin chicanas de uno u otro lado?
–Creo que es un debate necesario en la Argentina. Una para bajar el voltaje de la campaña y dos para que se conozcan los proyectos.
–La deuda externa, sin duda, es una preocupación absorbente en el mundo. El otro tema es la formación de bloques regionales, la integración. ¿Cómo está participando la CGT?
–Cuando se hace un programa de integración participan gobiernos, empresarios, y no participan trabajadores. Es decir que también se tendría que tener en cuenta la legislación laboral, todo aquello que hace un avance de gestión. Y esto se hace en Europa, pero desgraciadamente en nuestro país, y yo diría que en Latinoamérica, hasta el momento no se ha realizado.
–En la mayoría de sus viajes al exterior el Presidente fue acompañado por empresarios y políticos, pero nunca por sindicalistas. ¿Los invitaron y no quisieron ir o nunca los invitaron?
–No, jamás nos han invitado.
–¿Cuáles son los temas nuevos que se incorporan al mundo laboral con propuestas de integración como la argentino-brasileña o con los tratados bilaterales con Italia y España?
–Bueno... ya estamos pasando problemas en Yacyretá. Es muy distinta la legislación laboral argentina, que es magnífica a pesar de faltar todavía un poco de actualización, con relación a lo que sufren nuestros hermanos paraguayos. Incluso en materia habitacional, las organizaciones argentinas han tenido que solicitar al gobierno paraguayo que las habitaciones sean dignas de un ser humano. Entonces, esto se viene dando y necesariamente, cuando se hace eso, se deben tomar las coincidencias necesarias para que no sufra el trabajador de ningún país.
–¿Qué pasa con la modernización, con las nuevas tecnologías?
–Nadie puede estar contra la modernización. Pero, lógicamente, el trabajador ya lo padeció a través de la revolución industrial en 1846 en Inglaterra. Al hombre le cuesta adaptarse a nuevos sistemas. Nuevos sistemas que a lo mejor pueden traerle comodidad en su tarea, pero que también requieren un grado de preparación. Es decir, que éste es un problema educacional muy serio. El cambio de carrera, adecuarse a todo aquello que pueda ser un adelanto, es lo que debemos tratar de ir buscando para que esta modernización se vaya haciendo por etapas y no sorprenda a todos aquellos que les pueda parecer negativo cuando debería ser positivo.
–Durante mucho tiempo la CGT se mantuvo al margen de la vida sindical. Ahora tiene relaciones muy fluidas con los sindicatos norteamericanos y europeos. ¿Cómo juzga este cambio?
–Lógicamente, es tremendamente bueno. También en política estábamos un poco apartados. Lógicamente, en un mundo de interdependencia como el de hoy son necesarios la actualización y el conocimiento. Lo básico, lo esencial, es la unidad a través de la solidaridad. Y lógicamente actuar no sólo a nivel nacional sino también a nivel continental. Sabemos muy bien que el sindicalismo en Europa, a pesar de tener diferentes posiciones dentro de la Comunidad Económica, formará a partir de 1992 lo que se llamará un Bureau de la CEE. La Argentina, en esto, con nuestros antepasados prácticamente han sido visionarios.
–¿En qué etapa está la posible organización de una central sindical regional?
–En etapa de reflexión. El presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez, ha ofrecido Caracas para realizar una reunión del movimiento obrero mundial, más allá de las centrales que lo nuclean, a los efectos de ir buscando una solución a la problemática de la deuda externa, en apoyo a las democracias, y para ayudar a que entiendan las naciones desarrolladas que no pueden vivir del sustento de las naciones que están en vías de desarrollo.
–¿No son satisfactorias las centrales sindicales latinoamericanas que ya existen?
–Bueno, el mundo cambia. Aquí, algunas delegaciones ya están hablando no del tercero sino de un cuarto mundo. Hubo denuncias que llamaron poderosamente la atención. Entre ellas una de Colombia que dice que en Wall Street hay un boletín que trae las cotizaciones de la droga. Estamos tan alejados de todo eso... Hasta las mismas autoridades de la CTV (Central de Trabajadores de Venezuela), que son integrantes de la ORIT, mostraron su desacuerdo con la ORIT y con la CIOSL, porque no se llega a las bases como se tendría que llegar. Esto que hacemos no hace nada más ni nada menos que ir buscando lo que tiene que ser una integración seria, también en lo laboral.
–Déjeme fantasear un poco. ¿Qué tal una central sindical latinoamericana con Ubaldini a la cabeza?
–Modestamente, yo sólo quiero cumplir con el mandato de los trabajadores.
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Por María Esther Gilio
Desde Madrid
Publicado el 31 de diciembre de 1991
Dolly volvió de su cuarto. “¿Se despertó?”, le pregunté. “No, todavía no. Andá a saber a qué hora va a despertarse. Se durmió a las 10 de la mañana”, dijo, y me sirvió una taza de té.
Juan Carlos Onetti, como casi todos saben, ha pasado gran parte de su vida en la cama. Allí leyó todos los libros que ha leído y también escribió todos los que hoy se venden en el mundo con su firma. Reclinado sobre el lado derecho, sosteniendo el infinito cigarrillo con la mano izquierda, llenó con la derecha cuartillas y cuartillas de letra clara y ligeramente cuadrada. “Se cumplió el sueño de tu vida. Pasar 24 horas en la cama”, le dije a modo de saludo. “No exageres, apenas 23”, dijo.
–No, no, cosas políticas no. Recibo diarios de allá. Sé tanto como vos. Sé más que vos. Gente. Hablame de gente.
Por un largo rato hablamos de gente, hasta que Onetti terminó el jugo de frutas y pidió un whisky.
–¡Cómo! ¿Whisky en el desayuno?
–La mejor educación inglesa permite tomar whisky más allá del atardecer.
Aprovechando la sonrisa que le provocaba la llegada de la bebida le pregunté si podía grabar, al tiempo que me ponía de pie para tomar el grabador. Ante este gesto, Beatrice, la perra, que resentía mi presencia rezongando interminablemente, comenzó a ladrar furiosa. “Ni siquiera Beatrice quiere que grabés –dijo Onetti con evidente satisfacción–. ¿Vos sabés qué dijo Gassman de los periodistas? ‘Voy a tener que inventarme preguntas porque ningún periodista me hace las que me interesan’.”
–Lo mismo dice Marguerite Yourcenar. Yo no tengo inconveniente en que tú te preguntes y te respondas. Sería un placer firmar un diálogo así. Todo hecho por ti. Pero, ya que hablas de Gassman, ¿no dijo él algo de ti en un libro que acaba de publicar?
–Dolly, buscá el libro de Gassman y mostrale lo que dice. Si es que aparece, porque esta biblioteca es el pozo de las Bermudas: lo que cae ahí, desaparece.
En la 208, Gassman se preguntaba a sí mismo qué personajes públicos admiraba y él mismo respondía: “Admiro a Saul Bellow y a Elsa Morante, a Ricardo Mutni, al novelista Onetti y al futbolista Platini. A mi jardinero setentón que se llama Armando, al Sai Baba, a Lucio Lombardo Radiccia, a Ella Fitzgerald, a todos los científicos y también a algunos periodistas”.
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EN LA CAMA CON ONETTI
Mientras transcurría la guerra del Golfo, el escritor Juan Carlos Onetti permanecía en cama, como acostumbraba. La periodista uruguaya María Esther Gilio es una de las pocas personas que logró atravesar sus silencios. Esta entrevista lo muestra de cuerpo entero. Obviamente en la cama, pero nada dormido sino hablando de sus amigos, sus libros, su Santa María y hasta de su envidia a Faulkner.
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–Veo que esta declaración de Gassman te alegra.
–Sí, me gustó eso de estar junto al futbolista Platini. Me llena de ilusión la idea de que un día, cuando hasta vos estés muerta, seamos “el futbolista Onetti y el novelista Platini”. Porque con el correr del tiempo se van a entreverar los términos y no faltará alguno que diga: “Aquel gol de Onetti... ¡Inolvidable!”.
–Si puedo hacer algo en ese sentido yo trataré de colaborar en la confusión. Decís que esa media hora que te ofrezco en Uruguay la pasarías en el café Metro. ¿Con quién? ¿A quién querrías ver del otro lado de la mesa?
–Uhhh... Toda la barra vieja de la alegre caravana.
–¿Maggi?
–Sí, Maggi me gustaría, pero cuando decís café Metro... Mirá, un tipo me viene a la cabeza porque no hay más remedio.
–¿Por qué no hay más remedio?
–Yo qué sé, porque no hay. Se trata de Picatto. Picatto se llamaba, era jorobado y poeta. Publicó... publicó... A ver, Beatrice –dijo dirigiéndose a la perra que dejó de rezongar y fijó sus ojos en él mientras movía la cola–. Vos que tenés buena memoria, ¿cómo se llamaba aquel libro de poemas que publicó Picatto? Ya sé, ya sé, se llamaba Poema del ángel amargo. Picatto estaba enamorado, fue rechazado y se suicidó. Es una historia que te doy en síntesis –dijo, y quedó en silencio mirando a Beatrice, que seguía mirándolo con ojos enamorados.
Diez o más minutos más tarde dijo:
–Bueno, también estaba Cabrerita, Parrilla. Y yo trabajaba en Reuter, a unos pasos del Metro, lo cual me permitía atender las dos cosas: el café y la agencia. Si venía algún cable importante, me avisaban. Era tiempo de guerra.
–Tiempo de escribir Para esta noche.
–Claro –dijo Dolly. Y en voz muy baja–: Aprovechá a preguntarle ahora.
Pero Onetti la oyó y se revolvió en la cama:
–Cien entrevistas me hiciste ya en tu vida, cien por lo menos, ¿qué más querés que te diga?
–Si tuvieras que elegir una poesía de las que Idea te dedicó...
–Elegiría Ya no.
–Ahora me van a pedir que encuentre los poemas de Idea –dijo Dolly–. Yo en esta casa soy una archivista. Aquí están. (Onetti tomó los poemas y comenzó a ojearlos.)
–Qué cosas tiene, qué buenos. Lo único que no me gusta de esta edición es que ya no me los dedica.
–Bueno, ella añadió ahí poemas que no son para ti. Si quería publicar juntos todos sus poemas de amor, tú tenías que desaparecer de la dedicatoria. ¿O te parece que podía poner para fulano y fulano?
–No me interesan las explicaciones racionales. Me interesa que ya no estoy más allí.
–Tú sabes bien cuáles te corresponden y cuáles no. Ya no te corresponde; “No lavaré tu ropa, no te veré morir”, es a ti a quien lo dice.
–Sí, claro.
–¿Cómo supiste que ese poema era para ti?
–M’hijita, en ese período de nuestras relaciones todos los poemas de amor eran para mí. Y deje en paz mi vida privada. Dolly, poné el informativo.
El locutor decía: “La alocución de Saddam Hussein emitida a través de Radio Bagdad, en su línea habitual, ha afirmado que el triunfo de Irak significará el fin del imperialismo y el colonialismo en el Golfo Pérsico. Asimismo reiteró su deseo de liberar a los palestinos de la ocupación israelí, y ha calificado a Arabia Saudita como el hogar de los infieles desde que aceptó ser la base de la fuerza militar aliada”. Durante 10 minutos todos quedamos en silencio oyendo las noticias. Onetti dijo que aquellas eran noticias viejas y contó que Fidel había mandado a Perú 20 toneladas de medicinas hidratantes.
–Ya sé que no estás de acuerdo con Bush. ¿Tal vez estás con Saddam?
–Pero no. Para mí que se mueran los dos.
–¿No te parece extraño lo que pasa con Semprún, ministro de Educación de Felipe González, apoyando esta guerra con alma y vida?
–Y eso pasa con los conversos. Siempre se van para el otro extremo.
–¿E Yves Montand? –dijo Dolly–. Da vergüenza leer las cosas que declara.
–¿Qué les pasa? ¿Están viejos?
–No sé, m’hija. Porque yo estoy más viejo que ellos y sigo fiel a mis ideas de juventud –dijo Onetti añadiendo con gesto rápido más whisky a su whisky, como si esa fidelidad mereciera un premio especial.
–Vamos a suponer que estás escribiendo. ¿Qué es lo que te decide dejar?
–Es algo automático, no sé. Pero también hay razones físicas, a veces mis ojos no dan más. Tengo que dejar.
–¿No dejás, en general, cuando sabés perfectamente cómo vas a seguir?
–Sí, siempre. Eso aconsejaba Hemingway.
–Y esa angustia de la que hablan algunos escritores, la de la página en blanco, ¿la sentís?
Onetti soltó un no tan largo e indignado que la mejor posibilidad de una situación así se desvaneció.
–Jamás –dijo–. Jamás. Puede ser que muy al principio, cuando las cosas no están del todo claras. Pero sólo al principio –dijo, y me miró con los ojos entrecerrados–. ¿Vos no conocés un poema de Neruda que dice: “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”?
–Esa indirecta carece totalmente de sutileza.
–No busqué sutileza sino claridad. Estoy cansado –dijo bajando la voz y cerrando los ojos. Y unos segundos más tarde, sin abrirlos–: Váyanse a hablar de pavadas al cuarto de al lado.
Nos fuimos, pero sólo Dolly y yo, porque Beatrice quedó ahí sola y triunfante. Reinando junto al dueño de su corazón.
Al día siguiente, cuando llegué a las 8 de la noche, estaba despierto y su rezongo me sonó a música celestial: “¿Por qué dijiste que venías a las 7? Hace una hora que te esperamos”. ¿Sería ése, tal vez, el día para preguntas concretas e incluso indiscretas?
–Contame sobre tu último libro.
–Se llamará algo así como Recuerdos Sanmarianos. Trata de cosas que suceden en una Santa María distinta, años después.
–¿Una Santa María resucitada?
–Creo que el único que resucita es el doctor Díaz Grey.
–¿Y las calles, los árboles y las casas?
–No, porque es un lugar casi desierto. Un lugar donde me contrataron para hacer una represa. Está el río ahí. Y hay también un boliche famoso llamado Chamamé, que ya mencioné en un libro anterior.
–Que existe.
–Sí, yo lo vi hace años en La Boca, instalado en un galpón, sujeto por unas vigas. Daba la impresión de que en cualquier momento se venía abajo. Tenía también un hermoso letrero que no se me olvida. Decía, sin ninguna falta de ortografía: “Prohibido el porte y uso de armas”.
–¿En qué año existía un boliche así, en los ’50?
–Andá a saber –dijo mientras hojeaba Poemas de amor, de Idea–. Aquí está el poema que buscábamos ayer. Leelo –me dijo.
–¿Por qué dice Idea que nunca sabrás quién es ella? “Nunca sabrás quién fui, porque me amaron otros.”
–No sé... Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí.
–No entiendo, ¿cómo que nunca estuvo enamorada?, ¿y los poemas que te escribió?
–Yo no digo que no estuvo sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo es algo muy cerebral, intelectual.
–¿Nada más?
–También es cama.
–Y la suma de todo eso, ¿no da amor o lo que los simples mortales llamamos amor? Pero supongamos que sea verdad, que ella no te amó. ¿Y tú a ella?
–Andá a saber. Sé que ahí hubo un alto porcentaje de cosa sexual.
–¿Fue Dolly la mujer que más te amó?
–Preguntale a ella.
–Cómo puedo saber. Yo sé lo que te quiero yo –dice Dolly–. Qué sé yo lo que te quisieron otras.
Y luego, mirándome con esa expresión directa e inocente que no la abandona: “Juan tuvo muchas mujeres”. Y cuando ya casi disparaba la otra pregunta, Onetti gritó: “Párenla, párenla”, con tal cara de “párenla” que paramos. Dolly se levantó y le sirvió más whisky y más hielo, una manera de aventar enojos. Y yo le conté una anécdota sobre Borges y su cuento La intrusa que era otra manera de aventarlos.
–¿Sabés que en Buenos Aires hicieron una película sobre La intrusa? Ahí, el guionista y el director insinuaron que hay una relación homosexual entre los dos hermanos. Borges se puso furioso, enojadísimo. ¿Tú qué pensás?
–Que había, sí, una atracción muy fuerte entre los dos hermanos. Para mí, es indudable. Pero no se puede pedir a Borges que vea eso. Recuerdo cuando Sur publicó su cuento Ema. Yo me encontré con Mallea por la calle y hablamos sobre el cuento. “Ese es el realismo al que puede llegar Borges”, dijo Mallea.
–¿Y tú qué dijiste?
–Que el error estaba en lo que doña Victoria había dicho en la propaganda: “Un cuento realista de Borges”. Y no. Es otro cuento fantástico de Borges.
–¿Por qué fantástico?
–Porque cuando un individuo es asesinado de un tiro, lo llevan derecho a la morgue a que le hagan la autopsia y ahí se descubre de inmediato que no hubo eyaculación previa al balazo. Y la revisación de ella habría demostrado que la violación había ocurrido hacía más de 48 horas.
–A él no le gustaba mucho ese cuento; yo oí decir que lo había escrito porque una amiga se lo contó y le pidió que lo escribiera.
–Cecilia Ingenieros, pero no se lo contó, le dio los hilos de la trama.
–Tú has dicho que “Hombre de la esquina rosada” es su cuento que más te gusta.
–Sí, es el que más me gusta. Yo siento ahí el amor de Borges por el hombre porteño. Su identificación o su deseo de identificación con ese hombre.
–¿No estuviste con Borges aquí en España?
–Sí, estuvimos cenando juntos en Barcelona, invitados por Editorial Bruguera, una editorial tan buena que se fundió. El tenía a su lado a la japonesa que le daba la sopa en la boca.
–Y estaba ciego.
–Sí. Ciego pero con unas piernas de fierro. Se había roto el ascensor en el edificio donde debía dar su conferencia y subió sin chistar los 80 escalones. Yo me negué, a pesar de tener 10 años menos que él.
–A usted le encanta hacer drama, señor Onetti.
–No podía, ¡coño! –dijo, y quedó silencioso con expresión de fastidio que no duró mucho. Un estante de la biblioteca, que cubre la pared frente a su cama, comenzó a atraer toda su atención. Finalmente dijo–. ¿Ves esos libros? Son 100 que seleccionó Bruguera. ¿Sabés qué decía Borges? “Unos se enorgullecen por libros que han escrito. Yo me envanezco por los que he leído.”
–Y tú, ¿de qué te envanecés?
–¿Yo? De nada. De nada –dijo y masculló algunas palabras que parecían deshacerse y religarse y que, en definitiva, debían significar, aunque no puedo asegurarlo, ¿de qué me voy a envanecer yo? Todo eso con una expresión en que se mezclaban un fastidio grande y un leve pesar–. Eso me ha salvado en la vida o me ha retardado un camino hacia la literatura –dijo en tono irónico–. Pero sobre todo hay en mí una indiferencia tan grande. (Y esta vez su acento era melancólico y sincero.)
–¿Es verdad eso? ¿Finalmente habrá que creerte?
–Sí, hay que creerme. Me llegan de aquí y de allá cheques de mucho dinero. Y yo no me conmuevo.
–¿Alguna vez te conmovió el dinero?
–No. Pero esos cheques no son sólo dinero, son lectores. Miles de lectores. Pero es igual, no me conmuevo. A veces me viene un vago pensamiento: “¿Por qué no me ocurrió esto cuando tenía 20 años?”.
–¿Qué pensás que habría cambiado eso en tu vida?
Encendió un cigarrillo y quedó en silencio. Había fumado más de la mitad cuando dijo:
–A veces pienso que yo, como escritor, no existo, ni existí nunca.
–Dios mío, crisis de autoestima. ¿Cuánto tiempo te duran?
Dolly puso a un lado el té que tomaba y lo miró. Esperaba tan interesada como yo una respuesta que aventara aquella pesada nube de melancolía que de pronto oscurecía el cuarto. Pero Onetti se resistía. “No existo”, volvió a decir. Y apagó el cigarrillo. Al cabo de dos o tres minutos añadió: “La única que existe es Carmen Balcells. Mi adorada Carmen Balcells, ella fue quien fabricó y extendió mi fama”. La nube había pasado.
Dolly soltó una carcajada, Beatrice ladró y Onetti bebió un largo trago. “Por la catalana”, dijo.
–La recuerdo cuando vino a Montevideo a conocer a Juan –dijo Dolly–. Era en julio o junio y ella llegó a casa sin avisar. Juan y yo estábamos los dos con gripe. Los dos en la cama y toda la casa, allá en Gonzalo Ramírez, patas para arriba.
–El ascensor roto, el viento helado del mar colándose por las ventanas. Y ni una silla vacía para que la pobre Carmen, llegada desde más allá del océano, se sentara.
–Sí, es verdad, hubo que vaciar una silla para que se sentara. Recuerdo que yo, para curarme la gripe, tomaba crema de whisky.
Dolly se sirvió otro té y dijo: “Carmen entró y no sé qué pasaba, pero sé que estaba enojada. Decía: ‘Como pelillos al mar, como pelillos al mar’”.
–Decía eso porque yo, entre otras varias burradas, le había vendido mis obras completas a Aguilar por mil dólares. Se agarraba la cabeza. No podía creerlo. Es verdad que decía “Como pelillos al mar”. En esa época yo hacía cualquier cosa –dijo Onetti y pidió a Dolly que encendiera la televisión porque no quería perderse el informativo.
Durante 10 o 15 minutos el locutor habló del Scud que había caído en Tel Aviv. “Ningún muerto, sólo heridos”, decía. Onetti dijo: “No me asusta morirme”.
–¿Cuál fue la asociación que te trajo hasta aquí?
–Vos, que me preguntaste si tenía miedo a la muerte.
–¿Yo? Yo no.
–Entonces no sé. Lo que sé es que le tengo asco.
–¿A la muerte?
–No a la muerte. A la agonía. Le tengo repugnancia física. Todo es por haber visto agonizar a personas queridas.
–¿A quién viste?
–“No sabe, no contesta.”
–Sos un payaso.
–Me gustaría saber si estos hijos de puta, norteamericanos, ingleses y socios, van a soltar Kuwait después que lo hayan tomado. Quiero verlo –dijo, pero una fuerte tos interrumpió la frase–. Esta tos me llevará a la tumba. ¿No se nota?
–No. Tenés la cara tan fresca y
sonrosada como si la expusieras
durante varias horas diarias al sol del Mediterráneo.
–No te creo. Pero no pienso comprobarlo. Hace muchos años que no me miro al espejo –volvió a decir.
Pregunté a Onetti qué escritores nuevos había leído. “Cuando quiero leer cosas bellas, agarro a Proust”, dijo. Y luego: “Qué maravilla, qué inteligencia. Claro que el otro es Faulkner”.
–¿Volvés a leer a Faulkner?
–No, es curioso. El que tengo apartado ahí para leer es Absalon, Absalon, pero lo empiezo y lo tengo que largar.
–¿Por qué?, ¿qué te pasa?
–Qué bueno es... ¡Qué lo parió!
–¿Qué sentís?
–Admiración y envidia... todo mezclado. Leo la primera escena y ya... –dijo arrastrando las palabras con acento falsamente dramático. Tanto que Beatrice, asustada, apoyó las patas delanteras sobre la cama y comenzó a lloriquear–. Es así, Beatrice, aunque tú no lo creas –agregó Onetti dándole unos golpecitos en la cabeza.
Eran las doce de la noche, los ruidos que subían de la avenida habían amainado. “¿Puedo volver mañana?”, pregunté.
–Sí, volvé. A visitar a Dolly. Yo me reservo el derecho de admisión –dijo levantando la cara para que lo besara.
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Por Guillermo Saccomanno
Publicado el 2 de octubre de 2005
Esta mañana de primavera, soleada y azul, en este bar en la orilla del Paraná, somos dos los que esperamos que el Negro termine su clase de inglés para entrevistarlo. Primero está la nena.
La nena debe tener unos diez años y está sentada junto a su papá a una mesa. El bar se llama Metrópolis, en la calle Wheelright, y está frente a una ex estación de tren, Rosario Central, reciclada en moderno complejo oficinesco con una denominación que es un oxímoron: Centro de Descentralización del Centro. La nena mira con ansiedad la mesa más allá, donde el Negro está con Eddie, su profesor de inglés, Eddie, un galán de más de sesenta, una carpeta, un diccionario entre ambos y los pocillos. “Si no estudié inglés de pibe fue porque mi viejo era peronista, antiimperialista”, dirá más tarde el Negro. “Hace unos años estaba en una muestra de humor gráfico en Estambul. Imaginate lo que es comunicarse en un inglés chapurreado con polacos, búlgaros y alemanes en una lengua que es la de todos pero que nadie habla como la propia. Por la noche, al volver al cuarto de hotel, no me daba más la cabeza.” Pero todavía falta para que el Negro lo diga. Antes está esa nena, esperando.
Falta también que Eddie levante el diccionario, la carpeta y le dé la mano al Negro, que Rocío –la nena junto su padre–, nerviosa, contenta y nerviosa, se acerque a la mesa y ponga su grabador. Para la nena entrevistarlo al Negro es como salir abanderada. “Las maestras se mueren por un dibujo tuyo”, dice pícara la nena. Después aclara, como si fuera necesario, que el reportaje es para el colegio. Rocío despliega una hoja en la que tiene anotado en mayúsculas el cuestionario. Suspira, toma envión. Y arranca: “¿Cómo es ser famoso?”. El Negro se acomoda en la silla y sonríe: “Yo famoso no soy. Famoso es Fito Páez. Por ahí lo que influyó en que tenga cierta popularidad es publicar desde el ’73 un cuadrito de humor en Clarín todos los días”.
A Rocío parece no conformarle la respuesta. Y sigue: “¿Cómo nació Inodoro?”, le pregunta. “Fue en los ’70, en Hortensia”, hace memoria el Negro. “El Gordo Cognini me pidió una tira de humor para su revista. Por entonces la música que se escuchaba era el folklore y eso me influyó, porque de campo yo no sabía nada. Siempre fui un tipo de ciudad. Nunca estuve en el campo.”
Rocío ataca de nuevo: “¿Desde chico soñabas con esto?”. El Negro podría preguntarle a la nena qué es soñar “esto”. Pero le contesta: “En mi época de pibe no había tele. Había historietas. Y yo era muy lector”.
Ahora Rocío se prepara para una pregunta trascendente:
“¿Qué pensás del Congreso de la Lengua?”
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EL ARTISTA DE TODOS
Prolífica (una veintena de libros), escrita al margen de camarillas e internas, alabada por críticos y escritores de lo más disímiles y bendecida por un público cada vez más grande, Roberto Fontanarrosa viene forjando, a la par de su carrera como dibujante y humorista, una de las reputaciones literarias más veneradas de los últimos tiempos. En esta entrevista, el hombre que abrió y cerró el último Congreso de la Lengua en su Rosario natal habla del arte (y los trucos) de escribir, la parodia que tanto cultivó (y de la que ahora se aleja), las lecciones de Hemingway, Soriano y Dal Masetto, la importancia de escribir sobre el deporte, la relación entre la violencia de los ‘70 y las armas de Boogey y la influencia de la literatura en los diálogos de Inodoro.
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“Que fue importante”, dice el Negro. “Importante para la ciudad. Hubo sol esos días. El tiempo ayudó. Todo salió bien. Pero lo más valioso es que sirvió para darnos cuenta de que hablamos un idioma importante, algo a lo que no se le presta habitualmente mucha atención. Se tomó conciencia de eso. De lo que significa nuestra lengua, la lengua que usamos para comunicarnos. Además fue toda una experiencia para Rosario y para el futuro de los rosarinos, una ciudad que cambió para mejor. Que ahora tiene un millón y medio de habitantes. Yo no quiero una ciudad con más habitantes, con los conflictos de las grandes urbes, quiero una ciudad a escala humana.”
Rocío pone cara seria. Controla el grabador. Vuelve a tomar impulso: ¿Cómo es tu nombre completo? El Negro sonríe: Roberto Alfredo. Rocío carga otra vez: ¿Y de qué signo sos? El Negro contesta: Sagitario. Rocío: ¿De qué cuadro sos? El Negro se enorgullece ahora: Rosario Central. Y mira por encima de la nena, hacia la estación reciclada. ¿Un número?, pregunta Rocío. El Negro no vacila: El 3. Rocío: ¿Un juguete? El Negro: Los soldaditos de plomo. El Negro considera a la nena con la misma atención que podría prestarle a Oriana Fallaci. ¿Un referente? Así lo ha preguntado la nena: ¿Un referente?, repite el Negro. Hugo Pratt. Y después, siguiendo el ping pong: ¿Ves tele? Fútbol, dice el Negro. Veo fútbol. Rocío: ¿El mejor libro? El Negro: No puedo nombrar uno. Sería una lista. Muchos. Rocío: ¿Un animal? El Negro: El gato. Rocío: ¿Una película? El Negro: El Padrino. Todas las de El Padrino.
El reportaje terminó. Sin embargo Rocío todavía no está conforme. Tarda en pedirle al Negro lo más importante: un dibujo. Y el Negro se lo hace. En la tele del bar un noticiero transmite las imágenes del huracán Katrina y la inminencia de Rita. Pasan imágenes de un reportaje. Pero éstas no son noticias para Rocío. Noticia es la suya. Su reportaje al Negro.
Y ahora es mi turno. No estoy menos nervioso que la nena. Porque si un don tiene la literatura del Negro es hacerles sentir a sus lectores la estupidez humana. El Negro logra este efecto sin soberbia, con una inteligencia que cuando asoma es sabiduría, y la irradia también sobre el lector. Tal vez esto es lo que hace que su literatura, sin preocuparse por los prestigios de género, supere la contradicción civilización/barbarie que se traslada en la literatura entre lo culto y lo masivo poniéndose simplemente a escuchar con una percepción que le envidiaría el mismísimo Puig. Esta es la naturaleza de su escritura, que puede funcionar como denuncia de las vilezas familiares de la clase media en picada, las traiciones amorosas, los crímenes domésticos, los fracasos del machismo y las defecciones de presuntos heroísmos. Superando el costumbrismo, sus cuentos le entran sin anestesia a una realidad que lastima. Quien no se haya reconocido en uno de sus cuentos, miente. Y se miente. Y cuando el Negro te mira vos tenés la certeza de que no te está juzgando. Simplemente, te comprende. Por algo el Negro es el artista de todos.
NO SE SI HE SIDO CLARO
Al observar la trayectoria de Fontanarrosa como humorista quizá pueda notarse que, desde sus inicios, cuando era un pibe fan de Pratt, hasta conseguir una personalidad gráfica, una vez lograda, su dibujo empezó a aquietarse en la exploración gráfica, a volverse cada vez más igual a sí mismo, mientras que sus cuentos fueron avanzando en incisión, en un ahondamiento del lenguaje y en la construcción de las tramas, más preocupado por el detalle que hace a la construcción del personaje y la atmósfera que por el gag de impacto directo. La lectura de la realidad, los climas, la puesta en escena del absurdo en los instantes en apariencia monótonos de intimidad de lo cotidiano, eso le interesa ahora. En tanto, ni Boogey, el Aceitoso ni Inodoro Pereyra, el Renegau, perdieron eficacia: los diálogos y los globos fueron incursionando en una mayor teatralización del lenguaje y esto, con seguridad, se debió a la escritura de cuentos.
Vamos a decirlo de una vez, y de paso explicamos la razón de ser de esta entrevista: Fontanarrosa es uno de los narradores argentinos más notables y menos pillados, con una llegada inmensurable a un público que, además de serle fiel, aumenta y aumenta sin parar mientras el escritor, como recelando de este fenómeno, se mantiene, sin creérsela, en una reserva irónica, apartado de todo circuito literario y toda rosquita de consagración. Sus seguidores componen un público diverso que va desde los hinchas de fútbol a los lectores de comics.
Todo esto explica por qué Fontanarrosa fue elegido para abrir el último Congreso de la Lengua en Rosario, su ciudad, y también para cerrarlo en lugar de Saer, a quien se le había confiado el cierre, pero que estuvo imposibilitado de hacerlo aun por teleconferencia debido a su enfermedad. En el Congreso, con su habitual socarronería de pibe que parece haberse colado más que haber sido un invitado de lujo, un Fontanarrosa tímido y desacralizador dejó empequeñecidos a figurones como Saramago. Fontanarrosa, en su intervención en el Congreso, fue corto y conciso, se refirió a algo que constituye la materia de sus personajes: la lengua y las malas palabras. Con modestia, Fontanarrosa pidió una amnistía para las malas palabras. Porque sus personajes, hombres, mujeres, pibes, pertenecientes a una clase media baja, cada vez más baja, hablan así y Fontanarrosa los escucha con unción pues ellos son las criaturas de su narrativa y sus “bocas sucias” son la carne con la que crea esos relatos en los que si una función cumple el humor es atenuar las miserias sociales, miserias de clase. Y también las humanas, muchas veces individuales.
UNO NUNCA SABE
El Negro tenía unos pocos años más que Rocío cuando estudiaba dibujo técnico en el industrial con el Goro, el Goro es el arquitecto Gorodischer, esposo de la gran escritora Angélica Gorodischer. El Negro, según cuenta el Goro, era vagoneta. Un día el Goro lo reprendió con severidad: si no se aplicaba, se acuerda el Goro que le garantizó, no iba a ser nadie en la vida. Pasado el tiempo, se ríe el Goro, el alumno Fontanarrosa llegó a ser alguien. Y en una exposición consagratoria en el Museo Castagnino, ya humorista consagrado, expuso unos de sus primeros dibujos donde, al pie, indicaba: “Colección Arquitecto Gorodischer”. Así como al Goro le gusta acordarse de esta historia, también al Negro, que tiene su versión: “Es que en esa época yo ya estaba haciendo por correspondencia el curso de los Doce Famosos Artistas, donde entre otros grandes del dibujo, además de Pratt, estaban Breccia y Del Castillo”.
“Yo le digo a mi hijo Franco que no hay diploma de músico ni de jugador de fútbol. Los diplomas no cuentan y el talento no siempre ayuda: lo que cuenta es el trabajo. Yo me considero un dibujante correcto, que no tiene el afán del virtuosismo. Virtuosismo tienen Crist, Caloi o los Breccia. Es que un buen chiste salva un mal dibujo, pero no al revés. Y esto me pasa con los cuentos, que escribo tres y cuatro veces. Me pregunto qué es lo que voy a contar, cuál es la situación, cuál es el género, a qué corresponde y después, recién después, el cómo contarla. Ahora, por lo general escribo a mano, en cuadernos. Gabi, mi mujer, pasa en la compu lo que puede descifrar de mi letra y después corrijo de nuevo. Nunca se termina de corregir.”
Antes de subir al micro para entrevistarlo al Negro volví a leer algunos de sus libros de cuentos. Digo algunos. Porque en su totalidad sobrepasan la decena. Y como si esta cantidad fuera escasa, en estos días el Negro está entregándole a su editor y amigo, Daniel Divinsky, un libro más. Bromeando, por teléfono, le avisé previamente al Negro que venía en el micro intentando leer su obra completa. “Un viaje a Rosario no te va a alcanzar”, dijo. “Hubieras sacado un pasaje a Río.”
Los últimos cuentos del Negro, como lo señaló en otra entrevista, vienen alejándose cada vez más de la parodia que tanto supo rendirle. La parodia, en su narrativa, empieza quizá en Sobre la podrida pista, una nouvelle de los ’70, que caricaturizaba los relatos más burdos de la serie negra, los de Mickey Spillane o Brett Halliday en sus abominables traducciones mexicanas o españolas. Y llega, hasta acá, caricaturizando la literatura japonesa, la ramplonería aforística, la mitología de guapos y tangueros, el testimonialismo reality, la crónica de viajes, la bobaliconada de la mística new age, lo que se te ocurra. La parodia, en la escritura de Fontanarrosa, pasa por encima de la imitación a lo Chamico, como firmaba Conrado Nalé Roxlo sus imitaciones a la manera de las prosas consagradas de su tiempo. La parodia en el Negro es más totalizadora y en primer plano: el auscultar los discursos y sus formas, los diferentes registros que circulan en la actualidad si se piensa que todo es relato. Pero al Negro, como se dijo, ya no le entusiasma tanto la parodia. No es que haya perdido afición a la parodia, admite. Y se explica: “¿Pero cuánto tiempo se puede mantener la parodia? Tenés un mecanismo, te pegás a su funcionamiento, lo exacerbás. Tarde o temprano se agota, se falsea el mecanismo. Quizá lo que pasa es que ahora me interesa más contar algo desde mi propia voz”. De ser así, ¿cómo surge esa propia voz en un cuento que no es paródico, uno de los cuentos “realistas” que ahora parecen preocuparle más? Y le pongo un ejemplo: Julito, un cuento que pertenece a la colección Usted no me lo va a creer: un adolescente trae a su casa una valija y la esconde bajo su cama. Los padres le recriminan su conducta, le rezongan, lo flanquean con un discurso moral sobre su comportamiento atorrante hasta que descubren que el contenido de la valija es un fangote de dólares. Entonces la actitud de los padres cambia. “Ahí –dice el Negro–, lo que buscaba era indagar sobre los dobles discursos.”
“En otros cuentos trato de usar la primera persona, de ponerme en el lugar de los otros. A mí me gustaría tener lo que tienen algunos músicos: oído absoluto. Porque uno, por más que se esmera, no escribe como la gente habla. Por más que uno tuviera oído absoluto, no alcanzaría. Uno edita. Como esa vez que le hice un reportaje a la Brujita Verón. No podía transcribirlo tal cual, con los ecos del ambiente, las vacilaciones, los balbuceos. Pero tenía que conseguir que las inflexiones, la respiración, el tono, todo, sonara real. Entonces tenía que editarlo. Es decir, hacer una simulación. Por ejemplo, con las repeticiones, para que sonaran ciertas. Y eso se aprende con la lectura. Fijate Hemingway cómo repite palabras. Cómo repite ‘dijo’. A menos que tengas una idea y que sea necesario no repetir para sugerir algo distinto, en un estado de ánimo, como podría ser ‘advirtió’, quedate con el ‘dijo’.”
“Hace poco pasó por acá Dal Masetto. Yo lo leí mucho al Tano. Y hace poco había leído Bosque. Estuvimos hablando bastante. A mí lo que me gusta de su manera de contar es que el narrador nunca supone. Lo que no ve el protagonista no lo cuenta. Sólo cuenta lo que ve. Yo soy un lector clásico. Como lo era también el Gordo Soriano. Quiero que me cuenten una historia. Que ocurra el mismo fenómeno de encantamiento como cuando viene un amigo y me dice ‘Esto no me lo vas a creer’. Cuando de pibe descubrí a Cortázar, me impresionó. Entonces me dije: Si tengo que contar no puedo hacerlo sencillo. Pero después leí a los norteamericanos, que fue en la época en que leía a Pavese, otro escritor que me deslumbró, y se me aclaró, me di cuenta de que no era así. Que se podía contar sencillo. Lo que pasa es que contar sencillo no es fácil, exige todo un aprendizaje.”
TE DIGO MAS
A propósito del aprendizaje, el Negro cuenta: “En mi casa había libros porque mi madre era muy lectora. Por gusto leía ella. De todo. Yo estaba enganchado con la colección infaltable, la Robin Hood. Hasta que un día agarré un libro de los que leía mi madre, uno de Huxley. No me acuerdo si era Un mundo feliz o Contrapunto. Entonces me di cuenta de que ahí había otra cosa. Después, Viñas. Dar la cara creo que fue lo primero que leí de Viñas. Toda una revelación fue: los personajes puteaban como mi viejo, hablaban como nosotros. Entonces me sentí interpretado. Y eso era válido: reflejar el alrededor era válido. Viñas es para mí el recuerdo del primer escritor argentino importante que leí, un autor argentino distinto. Nada que ver con Amalia, María, esas novelas que te imponían en el colegio. Viñas era cercano. Y lo era por el lenguaje. Pensemos que en esa época hasta el cine era artificial: los personajes hablaban de tú. Quizá lo real empezó a pasar por la tele. Aunque después se fue produciendo un ida y vuelta con lo real: la tele copia la realidad y la realidad copia la tele”.
Cuando se le pregunta si la fidelidad a la lengua no puede acaso restarle otros lectores, otros públicos, el Negro insiste en la cuestión del lenguaje. Hace poco Alfaguara publicó en España su narrativa dividida en dos gruesos tomos. La crítica y la prensa en general, dice como justificándolos por haberlo tratado bien, conocían su trayectoria. Sin citarlo, el Negro coincide con Beckett en que “la patria de un escritor es su lengua”. “Es que si vos leés un cubano, un venezolano, querés que sus personajes hablen como hablan ellos y no el neutro de los Simpson. No hace mucho fui al teatro a ver Art. Y precisamente por la asepsia de la traducción no sabés dónde pasa esa obra. Fijate vos en una película de Kubrick, Full Metal Jacket, la jerga en que hablan los soldados. Kubrick respetó la manera de hablar del libro original de Michael Herr, la lengua de una tropa de infantería yanqui. ¿Cómo traducir eso? Siempre es mejor ser fiel a la propia lengua. Siempre. Prefiero que los personajes hablen su propio idioma. Por supuesto habrá cosas que no se comprenderán, pero es mejor que un castellano neutro. Y esto se agradece en un cuento de box, por ejemplo. Aunque no sepás la jerga del box, igual te avivás de qué viene la historia.”
EL FUTBOL ES SAGRADO
Le había anticipado al Negro que quería conversar de literatura y que perdonara mi ignorancia deliberada de todo lo que es fútbol. Habíamos acordado que el fútbol, justamente por mi ignorancia, para salvar el papelón, quedaría fuera de la entrevista. Pero el Negro fue acomodando la pelota, como sin querer, en la conversación. De pronto, sin dejar de lado la literatura, estábamos en el fútbol. Daniel Samper, mencionaba ahora el Negro. Hermano del presidente de Colombia, periodista estrella y escritor. Vive en Madrid. “Samper siempre dice que el periodismo latinoamericano creció leyendo el Billiken y El Gráfico. Yo, por ejemplo, me siento más cerca del periodismo. Casi no leo ficción. Leo reportajes, biografías o eso que es fiction non fiction. Pero lo que sí me genera expectativas y ansiedad es escribir.”
“Cuando leía a los norteamericanos me daba cuenta de que ellos escribían sobre deporte. Hemingway sobre boxeadores, sobre toreros. Mailer sobre Clay. Philip Roth describe en uno de sus libros la literatura norteamericana como si se tratara de un partido de baseball. Pero acá esto no pasaba. De acuerdo, Cortázar y algún otro más habían escrito sobre box, pero sobre fútbol, nadie. Y el fútbol era y es nuestro deporte nacional. Uno que fue pionero fue el uruguayo Enrique Estrázulas que, creo que fue en Crisis, escribió sobre Pepe Sasía, un jugador magnífico. “Desde el barro” se llamaba el cuento. Y no transcurría en la cancha sino afuera. A mí me llamó mucho la atención ese cuento porque por este lado nadie escribía sobre fútbol. Hasta que empezó Soriano. Después, Sasturain. Y no muchos más. Quien más ayudó a difundir esta relación entre el fútbol y la literatura fue el periodista Alejandro Apo con su programa de radio. Es que escribir sobre fútbol no es contar un partido, lo que pasa en la cancha, sino lo que está afuera, lo que rodea y hace a la cancha. Como hicieron los norteamericanos con sus boxeadores: la pelea es lo de menos. Y lo que interesa no es el combate en sí sino lo que hace a su esencia.”
Al Negro no se le escapa una cualidad de su literatura: “En las ferias de libros, la gente que se me acerca no viene por la literatura. Se me acerca por el fútbol. Es decir, no son lectores ‘cultos’”.
FONTANARROSA DE PENAL
Escribir sobre la escritura del Negro es todo un riesgo. La bibliografía sobre su obra es inabarcable. Son escasos y contados los escritores que no se ocuparon de subrayar los méritos de su narrativa. Rodrigo Fresán, Juan Sasturain, Elvio Gandolfo, Daniel Link, Marcelo Birmajer, Sergio Olguín y Pablo de Santis son apenas algunos de los que escribieron sobre el Negro en los últimos años. La enumeración completa sería interminable. Además de haber participado en el Congreso de la Lengua, antes el Negro está citado varias veces en el volumen La narración gana la partida de la Historia crítica de la literatura argentina de Noé Jitrik. Sin embargo, considerado un autor a la vez popular y de culto, el Negro permanece al margen del gallinero literario. Lo suyo, más bien, es lo de Mark Twain. Al referirse a Mark Twain, en Por qué leer los clásicos, Italo Calvino festeja su profesión de ética social. Twain tiene el mérito de hacer esta profesión sincera y verificable, más que muchas otras cuyas ambiciosas pretensiones didascálicas. El gran mérito de Twain sigue siendo el de haber dado la prueba de un estilo de alcance histórico: el ingreso del lenguaje hablado americano con la estridente voz de Huck Finn. Toda su obra a pesar de que parece desigual e indisciplinada, indica lo contrario. Twain se nos presenta como un infatigable experimentador y manipulador de instrumentos linguísticos y retóricos.
Retomando lo que Calvino opina de Twain, los cuentos del Negro, los más despiadados y, a la vez, más conmovedores son aquellos donde tus vecinos, o también vos, protagonizan escenas en las que el límite entre nobleza y rafañería es borroso. Cada lector que se sumerja en la lectura de sus libros de cuentos hará su antología personal. Pero el fenómeno no se agota acá sino que se reproduce cuando sus lectores, al comentar sus cuentos favoritos, empiezan a contarlos como si se tratara de cuentos populares, y entonces se produce ese milagro que persiguen en su sueño muchos escritores: que la historia, Madame Bovary, por ejemplo, adquiera vida propia y borre el nombre de su creador. Viene al caso quizá una observación más: el Negro, a diferencia de otros autores, para su narrativa, no ha apelado a un seudónimo. Tampoco se ha quitado un segundo nombre ni agregado o quitado un segundo apellido. O dejado sólo el apellido. En la tapa de sus libros de cuentos publicados por De la Flor siempre firma R. Fontanarrosa. Hay algo del orden de la escolaridad en ese modo de firmar, como el pibe que pone la inicial de su nombre y el apellido en la prueba que debe entregar. Y ésa es su identidad.
Si bien reconocido por los escritores, al Negro le importa, más que el mundito “intelectual”, el de sus lectores. Basta un ejemplo, a propósito de su cuento “Mamá”. Contado en primera persona, en clave de relato iniciático, “Mamá” es la historia de un hijo que cuenta los vicios secretos de su madre y los va disculpando. El tabaco, el alcohol, el juego. Hasta que un médico le diagnóstica que el verdadero problema de su madre no es ni el tabaco ni el alcohol ni el juego sino la “ninfomanía”. A partir de ahí el hijo decide no evocar más a su madre y prefiere no enterarse de qué se trata esta enfermedad. Una vez publicado el cuento, al Negro lo llamaron tías y vecinas: Robertito, le dijeron, nosotras no sabíamos que tu mamá era así.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-78790-2007-01-07.html
Por Miguel Bonasso
Desde La Habana
Publicado el 11 de mayo de 2003
Yendo un poco hacia nuestro hemisferio, podría decirse que atravesamos una coyuntura histórica singular: el presidente Hugo Chávez parece haberse consolidado después del golpe de Estado del año pasado, Lula gobierna el Brasil, es muy probable que el Frente Amplio de Uruguay se imponga en las elecciones de fin de año, y en Argentina parece segura la derrota electoral de Carlos Menem. En este marco, me gustaría conocer su análisis.
–La posición neoliberal está derrotada por inviable, insostenible e insoportable. Chávez, una de las personas más nobles y generosas que he conocido, ha surgido como fruto de las actuales condiciones históricas que prevalecen en nuestro hemisferio, acompañadas, en su caso, de un sentimiento verdaderamente bolivariano, martiano y cristiano. No es un hombre improvisado, tales ideas surgieron en él desde que era muy joven y comenzaban a verse con toda claridad los primeros síntomas de esta gran crisis. Prácticamente solo, sin un partido previo, apoyado por numerosos grupos nacionalistas y patrióticos de la izquierda venezolana, predicando desde un camión y unos altavoces, barrió en una contienda electoral contra líderes y partidos tradicionales totalmente desacreditados y en crisis. Era algo muy difícil de perdonar, y aquellas fuerzas derrotadas, pero con grandes recursos económicos y especialmente en posesión de los medios de divulgación masiva fundamentales, desataron contra él una implacable guerra, y en determinado momento, apoyadas por la traición de elementos tanto políticos como militares, protagonizaron un peligrosísimo golpe de Estado que fue aplastado por el pueblo y los jefes y oficiales jóvenes de las fuerzas armadas. Más tarde, reagrupadas las fuerzas derechistas y pro yanquis, articularon, apenas siete meses después, una conspiración que ha sido quizás la más difícil prueba del proceso bolivariano encabezado por Hugo Chávez, que no obstante, gracias a su excepcional talento y su insuperable capacidad de comunicación, logró vencer, y en una de las más difíciles pruebas políticas que he podido presenciar en más de 40 años de lucha revolucionaria, logró aplastar al adversario y hoy cuenta con un apoyo más sólido que nunca. Aunque su actual experiencia y el apoyo de fuerzas populares cada vez más aguerridas hacen más difícil que acontecimientos como los mencionados se repitan, sería una ilusión pensar que aquellas fuerzas no vuelvan a sus andadas y traten de derrotarlo, acudiendo a los más groseros métodos que no excluyen su eliminación física.
Se ha producido simultáneamente la victoria electoral de Lula, cuyos sentimientos están decididamente del lado de los trabajadores y el pueblo brasileño, aunque con tan difíciles condiciones objetivas –que incluyen una enorme deuda pública externa e interna– se vea obligado a actuar con el máximo de sabiduría y prudencia, para alcanzar sus objetivos en plazos más largos de lo que habría podido suponerse en un gobierno de izquierda en ese gran país que es Brasil. No tengo la menor duda sobre el triunfo del Frente Amplio de Uruguay en las próximas elecciones. En Bolivia y Ecuador hay fuerzas políticas y progresistas sumamente fuertes, como son los movimientos indígenas y otros sectores muy activos de la sociedad, que están llamados a desempeñar un papel de gran trascendencia, si se quiere evitar que el Mercosur sea destruido y el famoso ALCA se convierta en instrumento de anexión de los países de América latina y el Caribe a una potencia que, aun en el clímax de su poderío, está llamada al desastre mucho más temprano que tarde.
DE CARLOS GARDEL A CARLOS MENEM
–Llegamos al sur y todavía no ha mencionado a la Argentina, a pesar de que estamos a una semana de las elecciones presidenciales.
–Tú dices: “Usted no ha mencionado a Argentina”. Entonces yo te respondo: efectivamente, no he dicho una sola palabra de Argentina, porque sé que tú, como argentino, me ibas a mencionar el tema, uno de los más complejos precisamente, y con relación al cual yo tengo el temor de perder mi condición de imparcial dentro del proceso electoral cuyo desenlace tendrá lugar en pocos días. La prudencia y la sabiduría me aconsejan hablar muy breve. Mi amor por los argentinos podría llevarme a estar toda la noche hablando sobre el tema; optaré por la prudencia. Primero, algo une a cubanos y argentinos. A lo largo de la historia ha habido una simpatía, por distintas razones. Por ejemplo, Libertad Lamarque y Carlos Gardel eran personajes extraordinariamente populares en nuestro país. Hablo de cuando yo empezaba a tener uso de razón, que iba al cine, cuando tenía 10 o 12 años, si mal no recuerdo, para ver, por ejemplo, las películas de Libertad Lamarque –tal vez me ponga nostálgico–, y quedaba embelesado con el trino maravilloso de aquella inolvidable voz. Recuerdo también los días tristes en que murió Carlos Gardel. Y es un hecho harto conocido que aquí el tango era más admirado que el ballet o cualquier otra forma de danza española o europea, que nunca dejaron de gustar mucho. Además, por aquellos tiempos de mis años mozos, en que Hollywood no era dueño de todas las pantallas, en Argentina se producían excelentes películas, aunque solo fuesen para niños, adolescentes y jóvenes. Muchos de los españoles que vinieron a Cuba con posterioridad a la independencia tenían parientes también en Argentina. Yo mismo contaba allí con un tío, Gonzalo Castro Argiz, hermano de mi padre, a quien tuve la suerte de conocer en el mismo año 1959 después del triunfo de la Revolución, en un viaje a Argentina, a él y a unas primas. Guardo de su persona un grato recuerdo por su carácter dulce y afectuoso, más suave que el de mi propio padre, gallego y acostumbrado al ejercicio de la autoridad, aunque sumamente noble y generoso. ¡Qué tiempos aquellos en que visité por primera vez Argentina! Era, aproximadamente, el mes de marzo. Yo había estado antes, de paso, por Brasil y Uruguay. Al llegar a Argentina coincidió con una reunión nada menos que de la OEA. Había un representante norteamericano que, si mal no recuerdo, se llamaba Rubotton, o algo parecido. Por los pasillos del hotel (Alvear) se apareció más de una vez la figura de aquel representante norteamericano, como tanteando qué clase de sujeto era yo y cómo se me podía domesticar, ya que había salido de la Sierra Maestra demasiado rebelde. Conociendo muy bien el grado de pobreza de los pueblos de nuestro hemisferio, similar a la de Cuba, que nosotros deseamos transformar, se me ocurrió, nada más y nada menos, en aquella reunión, que proponer un Plan Marshall para América latina, no menor a 20.000 millones de dólares. ¡Qué lejos estaba yo de suponer que apenas dos años después, y como consecuencia de nuestra Revolución, unido al desastre de Girón, el presidente de Estados Unidos, John Kennedy, estaría hablando de reforma agraria, reforma fiscal y otras cosas más o menos parecidas a aquellas por las cuales nos habían acusado a nosotros de ser incorregibles comunistas, y por lo cual, desde muy al principio, en los días finales del ilustre (Richard) Nixon y el insigne general Eisenhower, habían ordenado ya para Cuba la receta de Guatemala, aplicada a Jacobo Arbenz por haber tenido la “insolencia” de proponer, hacer aprobar y promulgar una ley agraria. Pero esto sería lo de menos si, a su vez, el presidente Kennedy no propusiera una Alianza para el Progreso con aportes económicos equivalentes a 20.000 millones de dólares, exactamente, ni un centavo más o un centavo menos, la cifra que yo había propuesto dos años antes. Fue mi primera gran contribución a la economía latinoamericana, aparte de la cuota de casi 4 millones de toneladas de azúcar con precio preferencial que nos arrebataron y fue repartida entre todos los productores de azúcar de América Latina y algunos otros países azucareros, cuyas conciencias almibararon con las cuotas azucareras de Cuba. Todo el mundo feliz, y nosotros, muy seguros y confiados, comenzamos el largo camino de aprender a luchar contra una superpotencia cuyas lecciones, al cabo de 44 años, no nos queda más recurso que agradecer; gracias a ello, Cuba es hoy Cuba.
No puedo olvidar tampoco que por aquellos días la deuda externa de América latina alcanzaba 5000 millones de dólares; ahora, cuando pienso que está cerca de 800.000 millones, no puedo menos que aterrorizarme ante la idea de que fui tal vez quien envició a los países latinoamericanos en ese diabólico arte de endeudarse hasta el cuello y convertirse en campeones olímpicos de las fugas de capitales, el despilfarro, la malversación, la privatización: una especial habilidad para ponerse la soga al cuello y estar a punto de anexarse a Estados Unidos. Desde luego, no es tan grande mi tragedia cuando albergo la más profunda esperanza y, más que esperanza, la absoluta seguridad de que los propios pueblos de nuestra América, como ya comienzan a hacerlo, se encargarán de arreglar todo lo que hay que arreglar.
–Esto nos introduce directamente el tema de uno de los candidatos. Usted habló de privatización, de despilfarro, muchos le podrían poner un nombre propio, el de Carlos Saúl Menem, que ha intentado descalificar a su adversario, Néstor Kirchner, asegurando que quiere “construir una Cuba”, en tanto él se propone “construir una España”.
–¡Caramba!, qué lástima que Menem no tuviera razón, porque con esos inmensos recursos de Argentina –un desarrollo industrial nada despreciable, toda la energía hidráulica y térmica que se necesita, todo el petróleo y el combustible como para satisfacer las necesidades de lo que el neoliberalismo prácticamente convirtió en una sociedad de consumo; más de 50 millones de cabezas de excelentes rebaños de ganado vacuno, sin contar lanar y caprino; 60 millones de toneladas de granos, soja, trigo, maíz, girasol, porotos, lentejas de tan alta calidad como aquellas de las que por un plato fue vendido un reino; pampas húmedas por millones de hectáreas que no requieren casi fertilizante; leguminosas y gramíneas, materias primas para producir leche, cerdos, aves y huevos; una de las más ricas regiones pesqueras del mundo, etcétera, etcétera, etcétera–, añadidos a millones de graduados universitarios inteligentes y bien preparados, una clase obrera activa y capaz, convertirla en una Cuba donde ni un solo niño se muere hoy de hambre, la mortalidad infantil es la más baja de América latina y las perspectivas de vida, en tiempos no lejanos, alcanzarán 80 años, con niveles de educación más altos, con casi cero desempleo, para sólo citar un mínimo de cosas, sería sin duda mucho mejor que la Argentina que Menem destrozó y cuenta hoy no sólo con miles de niños que mueren de hambre, once millones en la indigencia, y 60 por ciento de la población por debajo de la línea de pobreza. De un paraíso terrenal habría que hablar. Convertirla en una España, no por cierto la España familiar que nos dio cultura y una parte de su sangre, sino la España del hombre cuyos bigoticos me recuerdan tanto los de Adolfo –algo que realmente dudo mucho si fue casual, intencional diseño, o tal vez un gen recesivo de carácter ideológico–, sería otra gran tragedia para un pueblo de tanta rebeldía, dignidad y vergüenza como el de Argentina.
Pero para qué discutir este bizantino tema. Estoy tranquilo, y ustedes también deben estarlo. El caballerito no tiene ni la más remota posibilidad de ganar esas elecciones. Con esto termino, y no me provoques más, que no quiero inmiscuirme en los asuntos internos de Argentina.
–Una última provocación: Menem siempre lo atacó a usted públicamente pero alguno de sus allegados hizo trascender que fuera del escenario político y diplomático las relaciones personales fueron cordiales. ¿Es así? ¿Cómo fue su relación personal con Menem?
–Excelente siempre. Cuando nos sentábamos juntos en algún acto o en algunas de esas terribles cumbres en que tuve el martirio de sentarme cerca de él, siempre bien vestidito con la última moda, corbata y pañuelo del mismo color, corte no sé si inglés o francés –porque soy muy mal entendido en esos temas, acostumbrado como estoy a llevar durante más de 40 años mi traje guerrillero–, me juraba el orgullo de su amistad y me hablaba de los excelentes vinos de su finca, del gusto por los puros cubanos, y nunca dejamos de intercambiar puros y vinos. Así tuve la oportunidad de descorchar algunas botellas y “disfrutar” de uno de los vinos más exquisitos del mundo. Al menos eso habría deseado con toda mi alma, más allá de cortesías diplomáticas. Algo, sin embargo, puedo asegurar en honor a la justicia: más de una vez me obsequió champán de La Rioja de su propia cosecha, y jamás he probado un refresco más exquisito (risas). Lamentaría mucho que por causas meramente políticas yo me fuese a privar de tales maravillas. Por mi parte, he jurado: pierda o no pierda las elecciones le seguiré enviando puros cuantas veces los necesite, advirtiéndole, como le advierto a cada amigo a los que obsequio una caja: “Si fumas, disfrútalos; si no fumas, regálaselos a los amigos; pero el mejor consejo que puedo darte es que se los obsequies a tus enemigos” (risas). Ahora, me faltaría añadir: no hubo una sola vez en que, al hablar conmigo, no mostrara gran orgullo por esa amistad; el problema era cuando, cinco o diez minutos después, se reunía con la prensa. Entonces no había quien lo parara. Me he quedado hasta hoy sin el privilegio de poder aterrizar en el modesto aeropuerto que se hizo construir en las proximidades de su finca, a la que con tanto afecto más de una vez me invitó.
–No creo que ahora lo invite a visitar Anillaco; ha recuperado el lenguaje de la Guerra Fría y hasta insinúa que su rival, Kirchner, es montonero.
–¿Eso dijo Menem? No tengo elemento de juicio alguno sobre tal tema, pero sí me contaron otra cosa muy distinta. Para hablarte con toda franqueza, conocí a los dos Menem.
A Eduardo lo vi más de una vez. Recuerdo que estuvimos juntos a raíz de la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez en su última elección, meses antes de la gran matanza de venezolanos, una de las cosas que decidió definitivamente la rebelión de Hugo Chávez. Allí conversamos en un hotel, guardo de él la impresión de un hombre correcto y amistoso.
–¿Eduardo Menem?
–Sí, Eduardo. Nunca dio razones para que pensara lo contrario. Incluso, en determinado momento, cuando aspiraba a Presidente de la Interparlamentaria, le dimos nuestro apoyo. Carlos Menem resultó ser otro tipo de hombre; incluso, nos engañó a todos. Recuerdo muy bien cuando se decía que era un hombre de izquierda, el mejor entre los candidatos peronistas. Alguien bien informado me contó un día que hasta los Montoneros, que habían sido casi eliminados durante la sangrienta dictadura militar y quedaban muy pocos sobrevivientes, ayudaron a Menem con cientos de miles de dólares para la campaña electoral en su primera elección en el año 1989. Valdría la pena preguntarle si esto fue o no cierto. Quizás haya todavía testigos que puedan dar testimonio. Los que me conocen saben que jamás me hago eco de falsos testimonios o mentiras. Si lo desean, pregúntenselo a Aznar –el émulo de Carlitos, el que vendió o más bien regaló la Argentina– que todavía no se ha dignado a responder nuestra reciente denuncia sobre su papel en la guerra contra Yugoslavia.
–¿Ah, pero Aznar sabe lo del apoyo de los Montoneros?
–No. Sabe simplemente que yo siempre digo la verdad.
Un relato inédito sobre la batalla de Playa Girón
Para explicar los fusilamientos, Fidel Castro sostiene que “la mafia terrorista de Miami, en combinación con la extrema derecha de Estados Unidos, se proponían crear una grave crisis que podría conducir a una confrontación armada entre Estados Unidos y Cuba”. Y pone como ejemplo lo ocurrido en 1961, cuando “una expedición mercenaria desembarcó en Playa Girón y, detrás de esa invasión, estaba la escuadra norteamericana y las tropas necesarias para intervenir inmediatamente después de instalado un gobierno títere”. Para dejar claro el paralelismo de la situación, Fidel Castro realizó ante Página/12 un inédito relato de la batalla más famosa en defensa de la Revolución Cubana.
–Ellos suponían, por la fuerza que traían, más el apoyo aéreo, que ese punto, Playa Girón, estaría en sus manos, o no el punto –porque, realmente, el punto mencionado llegaron a tomarlo en su ataque por sorpresa– sino la franja de tierra comprendida entre dos puntos de desembarco, Playa Larga y Playa Girón, separados del resto del territorio nacional por una de las más grandes ciénagas de Cuba, la cual constituye de por sí una especie de Paso de las Termópilas, atravesada por dos carreteras recién construidas por la revolución en los años 1959 y 1960; que no podían ser flanqueadas, que conectaban la franja de tierra firme entre esas playas con la tierra firme al otro lado de la ciénaga, un terreno boscoso y pedregoso, con una vegetación no muy alta, pero sí adecuada para la defensa contra cualquier contraataque.
–O sea, que iban a montar ahí una cabecera de playa...
–Sí, ellos tomaban esa franja entre Girón y Playa Larga. Esos lugares están prácticamente a la entrada y al fondo de una bahía abierta, la más grande y profunda bahía de Cuba; con profundidades de cientos de metros de agua, allí prácticamente cabía toda la escuadra norteamericana.
Una vez en posesión de esos dos puntos y de dos carreteras que avanzan hacia el interior de Cuba, a una distancia, tal vez, de 50 kilómetros una de otra, la primera y más directa iba de una central azucarero, atravesando la Ciénaga, hacia el punto denominado Playa Larga; y la otra, que hace lo mismo, partiendo de Girón, avanza hacia la Ciénaga 10 o 12 kilómetros y allí, antes de atravesar la misma, hace una “Y griega”, en que una parte se inclina hacia el norte y otra hacia el nordeste. En conjunto, estas dos carreteras, diseñadas de esa forma, constituyen tres puntos por donde se atraviesa la Ciénaga, con un ancho de 8 a 10 kilómetros. Esa Ciénaga tiene una gran profundidad, no hay vehículo, ni siquiera infantería, que pueda atravesarla. En el ataque del amanecer del 17 de abril de 1961 ellos ocuparon las dos cabezas de playa, y lanzaron un batallón de paracaidistas para tomar los seis puntos situados a la entrada y salida de aquellas carreteras que atravesaban la Ciénaga. Los puntos están en la tierra firme de la isla por donde arriban las carreteras y en el lugar de la tierra ocupada por ellos antes de atravesar la Ciénaga, de modo que lanzaron sus paracaidistas por seis puntos diferentes y lograron apoderarse prácticamente de cinco de esos puntos. De ellos, nosotros recuperamos uno, prácticamente, y avanzamos rápido por el que constituía el camino más recto y tomamos, del otro lado de la Ciénaga hacia el sur, en dirección al mar, hacia el territorio ocupado por los invasores, el otro punto. De modo que ese primer día ellos disponían de cuatro de los puntos y nosotros, de dos. La escuadra norteamericana, sus buques de desembarco y sus cruceros, a tres millas de la costa.
–Visibles, digamos...
–Claro que sí, totalmente visibles. El portaaviones y otras fuerzas de escolta, un poco más atrás. Además de estos medios y de los transportes que trasladaban las tropas, ellos utilizaron aviones de bombardeo B-26 con base en Nicaragua, que traían insignias cubanas y pilotos batistianos que, habiéndose escapado hacia Estados Unidos, tripulaban aquellos aviones auxiliados por un grupo de pilotos norteamericanos que emplearon en la medida en que iban sufriendo bajas, para destruir nuestra escasa aviación y atacar nuestras fuerzas terrestres. Lanzaron el primer ataque aéreo al amanecer del día 15, es decir, casi 48 horas antes del desembarco, a fin de destruir en sus aeropuertos –que eran tres– los aviones de guerra con que contábamos, que eran los que poseía Batista, que curiosamente eran más que los pilotos con que nosotros contábamos. Habíamos tomado medidas preventivas; los aviones estaban dispersos, no porque supiéramos día y lugar exacto del ataque sorpresivo, sino porque nos percatábamos de que era inminente el ataque. Todos estaban dispersos y un número determinado de armas antiaéreas protegiendo esos puntos. De modo que el ataque sorpresivo producido el día 15 al amanecer hizo un estrago limitado, destruyó algunos aviones; pero ellos, a su vez, sufrieron pérdidas. En los días que duraron los combates, prácticamente todos sus aviones fueron derribados o puestos fuera de combate. La mayoría de los que manejaban las antiaéreas eran jóvenes de 16, 17 y 18 años, algunos de 15, gente de pueblo recién entrenada; dispararon rápidamente contra los aviones atacantes, y el pequeño grupo de pilotos cubanos tuvo una actuación brillante. Se perdieron unas cuantas vidas, se perdieron algunos aviones, murieron pilotos y artilleros; pero, al final, la fuerza aérea enemiga estaba fuera de combate. En todo instante ellos atacaron nuestras fuerzas con insignias cubanas. Aun después del ataque del 15, el número de aviones que nos quedaba era superior al número de pilotos de que disponíamos.
Desde luego que la fuerza aérea de Estados Unidos constituía su principal reserva, y prácticamente, salvo movimientos de intimidación y algún aislado ataque, no entró en acción. El primer ataque mercenario por tierra ocurre el 17 antes del amanecer, por la zona de Bahía de Cochinos; es decir, en Playa Larga y Playa Girón, en horas de la madrugada. Enviaron a los exploradores, hombres ranas, todo lo necesario para preparar el desembarco del grueso de las tropas. Allí se produjeron los primeros choques.
–¿Usted estaba allí?
–Yo el día 16 estaba en La Habana, acababa de despedir el duelo de compatriotas caídos el día 15. Me acosté y dormí temprano, llevaba muchas horas sin descanso. La tarde del 16, ante decenas de miles de milicianos armados, proclamamos el carácter socialista de la Revolución Cubana. Fue la primera respuesta patriótica y desafiante al agresor. Dos o tres horas después que me había acostado, bien temprano, la noche del 16, comprendiendo que era inminente la batalla por tierra, puesto que no tenía sentido lanzar aquel ataque aéreo si no tenía un objetivo ulterior de desembarcar, me despertaron a las tres horas más o menos para informarme que el ataque, es decir, los primeros contactos de fuerzas que estaban desembarcando la madrugada de ese día, se estaban produciendo, y, en previsión de un segundo ataque aéreo a nuestras bases –que nunca se produjo y habría sido inútil que se produjera–, toda nuestra aviación estaba en el aire en dirección a Girón, y allí le ocasionó al enemigo terribles estragos, atacando a las fuerzas que desembarcaban, sus lanchas y tropas. Ese mismo día, al amanecer, lanzaron a los paracaidistas.
No pudimos proteger a nuestras tropas de tierra, que estaban siendo atacadas por aviones de bombardeo con insignias cubanas, con lo que, incluso, engañaron a algunas de las tropas que marchaban desde temprano en dirección a la playa.
–¿Usaban las mismas insignias?
–Las mismas, exactamente.
–¿Las que usaba la revolución?
–Sí, sí, las de nuestra aviación. Ellos ocasionaron con eso algunas bajas, porque engañaron a las tropas que avanzaban, pensando que aquellos aviones eran propios. Nosotros, por nuestra parte, concentramos todos los aviones en atacar los barcos y las fuerzas de desembarco; sólo en un instante, entre las 10 y las 11 de la mañana, le dimos apoyo directo a un batallón para que cruzara por una de las carreteras sobre la Ciénaga a una importante misión. Resultado: a las 11 de la mañana todos los barcos enemigos estaban hundidos o en fuga, una parte de sus aviones derribada, aunque algunos de los nuestros también se perdieron. Todo eso ocurrió el 17 entre las 6 y las 12 del día. Cuento estos detalles para que, simplemente, vea lo que fue el ataque, la forma artera con que se llevó a cabo.
Por Miguel Bonasso
Desde La Habana
Publicado el 11 de mayo de 2003
Estoy tranquilo y ustedes también deben estarlo: el caballerito (Menem) no tiene ni la más remota posibilidad de ganar las elecciones”, le dijo un regocijado Fidel Castro a Página/12 al final de una larga entrevista exclusiva, la primera que concede a nivel mundial después de los fusilamientos de abril. En los tramos iniciales, en cambio, había estado tenso y grave, mostrándose comprensivo hacia quienes “aborrecen la pena capital” que Cuba –aseguró– se vio obligada a aplicar por “razones de vida o muerte”. El preludio de nuevas revelaciones sobre una conspiración que “la mafia terrorista de Miami, en combinación con la extrema derecha de Estados Unidos” prepara para “crear una grave crisis que podría conducir a una confrontación armada entre Estados Unidos y Cuba”.
El extenso reportaje (que se prolongó por más de diez horas) fue realizado el jueves y viernes últimos, en dos sesiones consecutivas y en dos escenarios distintos: un austero salón de acuerdos del Palacio de la Revolución y su comedor privado en el Palacio de Convenciones. Allí lo observamos a piacere (con mi compañera y colaboradora Ana de Skalon), arrellanado en el butacón, con su infaltable uniforme verde oliva, su barba gris, el aire de hidalgo castellano que le han tallado los años, desplegando las manos y las frases afiladas, la capacidad minuciosa de una memoria que no necesita el auxilio de los antioxidantes y un asombroso registro de expresiones, a veces musitadas con voz apenas audible, desde la cautela del estadista o la íntima confidencialidad del gran personaje que busca acortar distancias con el interlocutor. Sin excluir momentos lúdicos, de carcajadas inesperadamente juveniles, para celebrar las ironías que lanza como misiles sobre los poderosos del mundo (George W. Bush) y sus acólitos de la segunda línea, como José María Aznar, a quien caricaturiza por su “bigotico” hitleriano.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-78611-2007-01-05.html
“ERA UNA CUESTION DE VIDA O MUERTE”
La ola represiva de 2003 en Cuba desató repudios en todo el mundo. En este diálogo exclusivo el líder cubano explica los motivos que lo llevaron a tomar esa decisión y contesta las críticas de los “amigos de Cuba” como Saramago. Asegura compartir la repulsa filosófica contra la pena capital, pero sostiene que fue necesaria para quebrar “una ola de secuestros de barcos y aviones planeada para crear una crisis migratoria que sería el pretexto de un bloqueo naval que conduciría inevitablemente a la guerra”. En su larga charla, también habló de la guerra en Irak y la situación de Lula y Chávez. Reveló entretelones de su relación con Carlos Menem y aseguró que alguien bien informado le “contó que los Montoneros ayudaron al ex presidente con cientos de miles de dólares para su campaña electoral del ‘89”.
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En esas horas aceptó todas las preguntas, empezando por las más ásperas y previsibles sobre la pena de muerte y las críticas respuestas –esperadas y lamentadas– de no pocos amigos de la Revolución: le contestó a Saramago, desplegó un variado diapasón narrativo, que incluyó insospechadas nostalgias de Carlos Gardel y Libertad Lamarque o el recuerdo entrañable del hermano de su padre al que visitó en Buenos Aires en 1959, junto con pormenorizados relatos sobre las acechanzas que pesaron y pesan sobre Cuba, divertidos entretelones sobre su relación personal con Menem que incluyeron un sorpresivo señalamiento acerca de la relación entre el ex presidente argentino y los Montoneros.
El enviado de Página/12 no quiso recurrir al truco socorrido de mechar las narraciones más extensas (como la de Playa Girón, ver nota aparte) incluyendo preguntas artificiales que hubieran falseado la vocación didáctica, el ritmo y la respiración del entrevistado. Acaso pensando que tuvo el privilegio de reportearlo –tras muchos años de buscar esa entrevista– en un momento crucial de la historia: tal vez la crisis más peligrosa a la que se ha enfrentado Cuba en sus cuarenta y cuatro años de revolución.
–La primera pregunta es obvia: imagino que usted evaluó que habría un generalizado repudio con el tema de los tres fusilamientos recientes...
–Sí, fue perfectamente evaluado. Es algo demasiado serio como para adoptar decisiones a la ligera. De hecho habíamos establecido una moratoria que duraba ya casi tres años. Fue verdaderamente doloroso para los miembros del Consejo de Estado tener que romper esa moratoria. Esto no se hace sino por causas absolutamente justificadas, puesto que conocíamos el precio de la medida, ya que hoy día –y no les quito razón a los que se oponen a ella– el número de los que piensan de esa forma crece y crece cada vez más, de lo cual realmente me alegro, puesto que compartimos, y por razones profundas, el aborrecimiento a la pena capital.
–¿Cuáles fueron entonces esas causas?
–Puedo resumírtelo en tres palabras: cuestión de vida o muerte. Me preguntarás por qué. Sencillamente la mafia terrorista de Miami, en combinación con la extrema derecha de Estados Unidos, se proponían, y aún se proponen, crear una grave crisis que podría conducir a una confrontación armada entre Estados Unidos y Cuba. No es que esto nos ponga nerviosos o nos quite el sueño. Es algo demostrado, durante 44 años, que nosotros sabemos enfrentarnos a cualquier peligro. No es inútil recordar que en 1961 libramos, entre los días 17 y 19 de abril, una dura batalla frente a una expedición mercenaria que desembarcó por Girón, y detrás de esa invasión estaba la escuadra norteamericana con un portaaviones, naves de guerra, buques de desembarco y las tropas pertinentes para intervenir inmediatamente después de que el gobierno creado por ellos pudiera aterrizar en un aeropuerto recién construido, en una de las zonas más pobres del país, precisamente en un punto que se ha hecho después famoso: Playa Girón. Claro, nosotros hicimos todos los cálculos correspondientes y se luchó durante 68 horas consecutivas, sin un minuto de receso, hasta el último punto de resistencia enemiga: Playa Girón cayó en nuestro poder. No pudo aterrizar el gobierno que tenían en Miami.
–¿Y quién iba estar al frente de ese gobierno, (José) Miró Cardona?
–Miró Cardona y un grupito que tenían en Miami en una casa, para trasladarlo tan pronto dispusieran de una cabeza de playa. Si hubieran podido traer un gobierno y proclamarlo como tal gobierno, inmediatamente habrían intervenido sus tropas y, detrás de ellos, como es habitual, las famosísimas tropas de la OEA (ríe), constituidas, por lo general, por dos o tres pelotones cuando más, para crear las apariencias de “una coalición de fuerzas democráticas, patrióticas y salvadoras” del hemisferio occidental, como hicieron después en Santo Domingo y en otros lugares; como lo acaban de hacer en Irak, solo que esta vez con tropas inglesas, y las demás, teoría. El barquito que Menem solía enviar en situaciones como esta no tuvo tiempo de llegar a las proximidades del Golfo Pérsico, donde su misión era observar por televisión la guerra (risas).
–Me parece bueno volver después sobre Menem, porque, como usted sabe, dentro de una semana se vota en Argentina, pero quería preguntarle antes cómo diferencia la época de Girón de la actual.
–Yo te menciono esto (la invasión de 1961), porque tú empezaste preguntando sobre la cuestión de los fusilados. Y ése fue un momento de esos que se califican de vida o muerte. Si ellos tienen éxito, la guerra no se sabe cuánto hubiese durado; hubiéramos sido el Vietnam de aquella época, y el resultado no sería diferente, porque ya nosotros teníamos para esa época unos 400.000 fusiles y cientos de miles de milicianos, entrenados en lo posible, pero con un gran ardor revolucionario. Lo cito como ejemplo del momento que estábamos viviendo. Allí no era cuestión de fusilar a nadie, era cuestión de combatir contra los invasores, ya que era un enfrentamiento armado casi directo con Estados Unidos en el que los mercenarios cubanos constituían la vanguardia para enmascarar el tipo de guerra durante las primeras horas. Tiempo más tarde tuvimos momentos también sumamente difíciles: la Crisis de Octubre de 1962. Pero eso ocurre exactamente casi 18 meses después, en que de nuevo nos vimos ante una situación extraordinariamente compleja: replegarnos, rendirnos, o mantenernos como siempre nos hemos mantenido, firmes y dispuestos a luchar hasta el final. En aquella ocasión nos amenazaban decenas de armas nucleares. No recuerdo haber visto un solo cubano en el cual pudiera apreciar una expresión de miedo y mucho menos una expresión de pánico. Ahí afrontábamos la muerte con total decisión, sin la menor vacilación. Aquel episodio dio lugar a diferencias grandes con los soviéticos, porque ellos inconsultamente tomaron la decisión de retirar los misiles sin acuerdo con nosotros.
–¿Nikita Kruschov?
–Sí, desgraciadamente Kruschov, que por otro lado tuvo grandes gestos de amistad con Cuba. Llegó a un arreglo sin nosotros. En dicho arreglo se estipulaba inspección a nuestro territorio. No lo aceptamos, y nunca se hizo la comprobación en tierra cubana de la retirada de aquellos proyectiles por exclusiva decisión soviética. Tuvo que hacerse en el mar. Si cuento esto es para expresar que ni Girón, ni la Crisis de Octubre, ni otros momentos en la historia de la Revolución Cubana fueron los únicos en que nuestro país se vio ante riesgos graves y cuestiones de vida o muerte.
–Me parece importante marcar dos diferencias...
–Esto es solo una parte de lo que yo debo decir para que pueda explicarse la circunstancia en que nos vimos obligados a aplicar la pena capital.
–Una diferencia, en términos militares, podría ser este poder que aparece arrasador después de los bombardeos de Bagdad y todo lo demás, o sea, un escenario de guerra actual, con esas características, ¿cómo lo enfrentaría Cuba?
–Yo creo que tú te adelantas mucho. En aquella época existían dos superpotencias; hoy existe solamente una, tan poderosa como jamás existió en la historia. Esto marca, podríamos decir, la diferencia entre aquellos años y hoy. Entonces, a tu pregunta, te quiero decir que estoy marcando la diferencia, aparte de lo cual tú puedes seguirme preguntando, porque no estaría respondido el tema si no se van usando los argumentos para que esto se entienda.
–Hemos leído en estos días que Kevin Whitaker, jefe del Buró Cuba del Departamento de Estado, advirtió a La Habana que los secuestros de aviones y embarcaciones cubanas constituyen “una amenaza para la seguridad de Estados Unidos”.
–Es que el plan concebido de antemano consistía en provocar con la ola de secuestros una crisis migratoria que sería utilizada como pretexto para un bloqueo naval, lo que inevitablemente conduciría a una guerra. Una vez finalizada la Guerra Fría, y cuando se suponía que todo el mundo comenzaría a ahorrar un poco de dinero en armas, esta superpotencia, en los últimos dos años, se ha consagrado a una carrera armamentista sin precedentes, en el preciso instante en que la superpotencia adversaria ha dejado de ser superpotencia. La pregunta es para qué quería un gasto en armamento de 400.000 millones de dólares por año. ¿Qué objetivo podía tener ese fabuloso gasto en armas? Sólo tiene una respuesta: el claro propósito de dominar el mundo por la fuerza. Algunos podrían preguntar: ¿Y no tiene esa superpotencia otros medios para establecer ese dominio, a partir de sus ventajas militares, económicas, tecnológicas y políticas? Parece que no, a partir del hecho real de que, desde el punto de vista económico, el orden establecido, la globalización neoliberal impuesta al mundo, es insostenible. Ya los grandes jefes, digamos, los amos del mundo, que dominan la economía a través del Fondo Monetario, el Banco Mundial, la OMC, los enormes privilegios concedidos por los acuerdos de Bretton Woods y otros grandes resortes, no pueden sostener el sistema que han impuesto.
Por ejemplo, la OMC (Organización Mundial del Comercio) no pudo reunirse en Seattle; se produjo una verdadera sublevación. La reunión pro ALCA en Quebec fue una cumbre que tuvo lugar encerrada en un búnker, no pudo prácticamente sesionar. Hasta allí llegaron los gases lacrimógenos lanzados contra las organizaciones sociales de Estados Unidos, Canadá y de otros países que se oponen a esa anexión. Ya el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OMC y el Grupo de los 7 no pueden reunirse en cualquier lugar del mundo. Ni en Davos, donde se juntan los representantes de las grandes empresas, los teóricos y los asociados a este orden económico mundial; no pueden reunirse ni en Suiza. La penúltima reunión tuvo lugar en una montaña de Suiza que recordaba las fortificaciones y las alambradas de la batalla del Marne y de Verdún, en la Primera Guerra Mundial. Los canadienses seleccionaron unas alturas inaccesibles, Nápoles no resultó lugar adecuado. Ya sólo les va quedando algún espacio que construyan en el laboratorio espacial para que el Grupo de los 7 y algunos otros se puedan reunir allí. Me pregunto, realmente, si acaso esta crisis, esta insostenibilidad del orden que han creado, no está relacionada con el surgimiento hoy día de una fuerte tendencia nazifascista instrumentada por la extrema derecha de Estados Unidos que usurpó el poder en unas elecciones fraudulentas en noviembre del año 2000.
Como puedes apreciar, son notables estas diferencias a las que existían en los días de Playa Girón. Hoy, el gobierno de esa superpotencia, que incluye cínicamente a Cuba entre los estados que promueven el terrorismo, ha declarado la doctrina hitleriana del ataque preventivo y sorpresivo contra 60 o más países sin que nadie sepa qué significa la frase “o más”, una incógnita que puede incluir hasta países de la propia Europa.
Hay que tener en cuenta que recientemente amenazaron a Holanda con invadirla si se juzgaba a algún norteamericano por el Tribunal Penal Internacional, por crímenes de guerra.
A esto puede añadirse que, en su discurso al cumplirse el 200° aniversario de la creación de West Point, el presidente Bush les declaró a más de 850 oficiales acabados de graduar que debían estar listos para atacar de inmediato cualquier oscuro rincón del planeta. Es de esperar que nadie tome a la ligera los peligros a que se enfrenta un país como Cuba, que ha luchado durante 44 años sin ceder un milímetro, sin hacer una sola concesión al imperio, y absolutamente decidido a no hacerla.
Aquellas palabras del señor presidente de Estados Unidos han sido acompañadas ya por dos guerras: Afganistán e Irak. Esta última, que constituyó una guerra de conquista de la tercera reserva mundial de petróleo, acaba de observarla el mundo a través de miles de imágenes de televisión y ha podido ver ciudades bombardeadas sin piedad, sometidas a tales ataques que dejarán por toda la vida un trauma en millones de niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres adultos. Ha podido observar también el mundo los cadáveres destrozados y la mutilación de quién sabe cuántos niños. Ese imperio constantemente busca pretextos para continuar con esa política de agresión y de guerra en puntos clave para Estados Unidos y los más íntimos colaboradores y asesores del presidente de ese país, entre ellos, los miembros de una verdadera mafia terrorista cubano-americana; precisamente los que le dieron el triunfo en las elecciones fraudulentas de noviembre del 2000. Según conocemos perfectamente bien, buscan pretextos para que nuestro país sea sometido a una agresión similar a la de Irak, y una de sus esperanzas está en llevar a cabo una serie de provocaciones, algunas de las cuales están en marcha. Por ejemplo, el intento de desatar, acudiendo al potencial delictivo de carácter común, una ola de secuestros de barcos y aviones de pasajeros en Cuba.
Ese plan comenzó a producirse el mismo día que iniciaron la guerra, aproximadamente dos horas antes de comenzar la agresión militar en Irak, es decir, alrededor de las 7.00 de la noche, con el secuestro de un avión de pasajeros que volaba entre Nueva Gerona, Isla de la Juventud y La Habana, llevado a cabo por seis delincuentes comunes que esgrimieron cuchillos similares a los de los secuestradores de los aviones de pasajeros norteamericanos que se estrellaron contra las Torres Gemelas. Al avión cubano de pasajeros desviado de su ruta con 36 personas a bordo lo obligaron a aterrizar en Cayo Hueso.
Allí trataron pésimamente mal a los pasajeros y a los tripulantes, dieron derecho a la residencia a varios de los cómplices del secuestro, sometieron a juicio meramente formal a los secuestradores, y a los pocos días un fiscal de Miami, estrechamente vinculado a la mafia terrorista, decretó el derecho a la libertad provisional de los secuestradores. Tal cosa no ocurría desde hacía nueve años, cuando se firmaron los acuerdos migratorios entre Estados Unidos y Cuba, y tiene lugar repentinamente dos horas antes de la guerra. La impunidad ulterior dio lugar a que de inmediato el potencial delictivo de carácter común recibiera el mensaje y así el día 30, o sea, 11 días después, secuestran un segundo avión con 46 pasajeros a bordo; 24 horas más tarde un grupo de delincuentes, con antecedentes penales que nada tienen que ver con cuestiones de carácter político, según afirmaron los propios secuestradores, asaltan una lancha de pasajeros de las que presta servicio en la bahía de La Habana, con 50 personas a bordo, según ellos mismos informaron por radio –entre los rehenes había niños y extranjeros de visita en Cuba–, amenazando con lanzar pasajeros por la borda si no se les suministraba gasolina u otra embarcación.
Como es norma establecida no tratar de interceptar naves secuestradas a fin de evitar accidentes, ellos se alejaban. Esa lancha de pasajeros avanzaba por mar abierto y olas con fuerza de 3 a 4, a punto de zozobrar en cualquier momento. Milagrosamente no se hundió la embarcación y perecieron todos. Se les pudo auxiliar oportunamente, siendo conducidos a un puerto de la costa norte, donde los secuestradores mantenían la misma posición de chantaje, hasta que se logró reducirlos, con la cooperación de los mismos secuestrados. De este hecho y de las informaciones recogidas, se podía apreciar que estaba ya en marcha la ola de secuestros de embarcaciones y aviones de pasajeros. Puede añadirse que 24 horas después se produce otro intento de secuestro con arma de fuego y armas blancas de un avión de pasajeros. Fue frustrado. La ola planeada y ya en marcha para buscar un pretexto de conflicto era necesario cortarla radicalmente.
Fue por ello que, en virtud de leyes previas y mediante proceso judicial, tres de los ocho principales responsables fueron juzgados en juicio sumario y sancionados por los tribunales a la pena capital, sin que el Consejo de Estado ejerciera clemencia, de acuerdo con las facultades que le atribuye la Constitución. Era ya cuestión de escoger entre la tolerancia a este tipo de hechos –aplicando simplemente medidas de prisión, que carecen de toda eficacia cuando se trata de personas a las cuales en nada intimidan las prisiones por sus propios antecedentes penales– o la vida de millones de ciudadanos cubanos. Porque nadie debe dudar de que en este país, con una elevada conciencia patriótica y revolucionaria, una agresión norteamericana significaría la pérdida de millones de vidas, puesto que se trata de un pueblo decidido a luchar hasta las últimas consecuencias, aunque la Revolución, a lo largo de casi tres años, como ya dije, se había abstenido de aplicar sanciones de esta índole, a pesar de haber personas sentenciadas por los tribunales debido a crímenes repugnantes. Mas esto en sí mismo no era suficiente, a nuestro juicio, y por ello hemos declarado que en cualquier secuestro de naves aéreas y embarcaciones de pasajeros, en ningún caso recibirán combustible para proseguir viaje, sus autores serán sometidos a los tribunales en juicio sumario, y el Consejo de Estado no ejercerá clemencia alguna.
Sabemos muy bien que esto tiene su costo, puesto que gran número de amigos, y muchos de nuestros mejores amigos, por distintas razones, que pueden ser religiosas, humanistas o filosóficas, se oponen a la pena capital. Mucho nos ha dolido por ello la necesidad de una medida de antemano conociendo que les desagradaría, pero no teníamos el derecho de vacilar ni vacilaremos, dentro de la ley, en aplicar las medidas que garanticen la vida de nuestros compatriotas, que han realizado la proeza de resistir durante décadas criminales bloqueos y agresiones de la potencia más poderosa que ha existido jamás, situada a 90 millas de nuestras costas.
–¿Cómo tomó, en ese sentido, el “hasta aquí llegué” de Saramago?
–Saramago es un buen escritor. Realmente nos duele que no hubiese entendido ni una sola palabra de las realidades que viven Cuba y el mundo. El no es el único que se opone a la pena capital; a millones de compatriotas también les desagrada, pero ni uno solo tuvo la menor vacilación ante la alternativa que conocen muy bien. El debió expresar su desacuerdo, pero no debió pronunciar ni una sola palabra que alimente la agresividad del gobierno de Estados Unidos contra Cuba, ni ofrecer argumentos que recibe con delicia el brutal sistema imperialista que pretende justificar una agresión contra Cuba. Algo más preocupante, Saramago, y algunos otros que hayan actuado de buena fe parecen ignorar por completo que el planeta marcha aceleradamente hacia una tiranía mundial nazi-fascista. Con toda seguridad pienso que se dejó llevar por un arranque de ira y contrariedad que le obnubiló su capacidad de razonar. Algo más, tal vez un rasgo pasajero de autosuficiencia y vanidad, nada extraordinario en un buen comunista acostumbrado durante muchos años a la calumnia y la diatriba, que ha sido de repente elevado al olimpo de un Premio Nobel. Rigoberta Menchú, una noble y modesta india guatemalteca, que conoce Cuba y su invariable lealtad a la causa noble de los pueblos explotados de este mundo, no reacciona igual. De todas formas, por el valor maravilloso de sus obras literarias, los libros de Saramago seguirán siendo publicados y leídos en Cuba.
(Continúa mañana)
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/78611-25393-2007-01-05.html
Por Miguel Briante
Publicado el 30 de junio de 1989
Definir a Carlos Alonso, a esta altura de su carrera en la plástica argentina e internacional, es una tautología, en la que siguen operando las simplificaciones más o menos cantadas: ilustrador (para algo dibujó El Matadero de Echeverría, El Romance del río Seco de Lugones, el Martín Fierro de José Hernández); pintor, con muestras realizadas en casi todas las ciudades argentinas, en Europa occidental y en América latina; dibujante de un dramatismo especial en aquellas muestras (recordadas entre muchas otras recordables) como “Lo ganado y lo perdido” y “Vida de pintor”. Alonso –nacido en Mendoza en 1929– volvió del exilio en 1983, y ahora está asentado en la tranquila localidad de Unquillo, Córdoba. De ahí bajó, hace unos días, para inaugurar una muestra con sus últimos dibujos, compartiendo la sala de la Fundación Banco Patricios junto con un dibujante joven y excepcional, Ariel Mlynarzwwicz, en una actitud de generosidad no muy común en los maestros. Alto, imponente como un actor acostumbrado a los protagónicos, Alonso no acepta que le digan que “está hecho un pibe”. “Me quedé en los ochenta”, cifra sonriendo.
–Y sin embargo está exponiendo con un chico joven.
–Eso no significa que no me haya quedado. Tal vez porque siento que el tiempo ya empieza a apretar. En lo único que sigo firme es en el trabajo. Al irme de Buenos Aires, decidí ponerme al costado de muchas cosas, salir del centro de la actividad y ponerme en el centro de mi trabajo. En Unquillo, allá en la sierra, somos unos cuarenta.
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“CON LA DEMOCRACIA PUEDO VOLVER A PINTAR PERSONAS”
“Las dictaduras detienen al creador de imágenes porque producen la degradación del hombre”, sostiene Carlos Alonso, quien a seis años del retorno de la democracia presentó dibujos llenos de humor y socarrona vida, después de un largo ciclo dramático que comenzó en 1976 cuando expuso –dos meses después del advenimiento del llamado Proceso de Reorganización Nacional– su serie “Lo ganado y lo perdido”, premonición de la carnicería que le iba a tocar en carne propia. Aquí habla de sus pérdidas y de sus encuentros, y del oficio en general.
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–Y ahí nomás vivió Spilimbergo. Casualmente vengo de ver unos dibujos desconocidos de Spilimbergo llenos de humor. Algo que también pasa en su muestra actual. Su obra está cargada de dramatismo. Y ahora, sin embargo, hay un humor marcado, una ironía nueva.
–Es que en el comienzo, cuando yo empecé a dibujar, tenía humor. Después, la evolución de mis propios dibujos me llevó a descreer del humor como una faceta que me impedía llegar a la realidad, a lo cotidiano, de manera directa. Tuve todo un período, del setenta al ochenta, en el que prácticamente viví sin humor.
–Bueno, pocos vivieron con humor.
–Por supuesto. Hoy hablamos con unos amigos, recordando el exilio; sentíamos que habíamos perdido el humor.
–Ahí, por esa época, usted se jugó antes que nada a la pintura.
–Sí. Pero todo empezó con la muestra “Lo ganado y lo perdido”, que fueron todos dibujos. Se presenta en Buenos Aires dos meses después del golpe de estado del ‘76, y eran unos cuarenta y cinco dibujos en los que el tema anunciaba la gran carnicería nacional que se desarrolló después. Entonces seguí cargado de otras imágenes, de otro tipo de búsqueda, y sobre todo de las pérdidas. Creo que con el renacer de la democracia me renació la esperanza y se me prendió la velita dormida del humor.
–¿Por qué, siendo un maestro, expone con un chico nuevo?
–Mire, son cosas que hago con total naturalidad. Así me lo enseñaron los maestros que yo tuve: Spilimbergo, Gómez Cornet, Castagnino, Berni, que no se creían maestros. Yo, cuando estaba con ellos, era un pibe igual que Ariel, y me parece fantástico este encuentro que nos hace bien a los dos.
–Usted, que dice que se quedó en los ochenta, ¿qué ve en la muestra de este joven? ¿Qué ve en los jóvenes?
–Mire, si hay algo que detesto es hacer crítica. Si él me lo pregunta yo le hablo como un colega, con todo pudor y respeto le tengo que decir cómo veo yo las cosas. Lo mismo cuando vienen a verme a Unquillo los chicos de Tucumán, Mendoza, Santiago. Sobre todo, cuando uno sabe que los jóvenes para crecer necesitan romper con el lenguaje de los viejos, o de alguna manera descubrir su propio camino, su propio lenguaje. Este tema del lenguaje es el que veo con más potencia en Ariel: tratar a fondo los materiales, el grabado, el dibujo, la pintura.
–En este joven y en los maestros que nombramos hace un rato, Spilimbergo, Berni, hay como una línea que podría definirse como más próxima a lo argentino, sin caer en el chauvinismo. Un lenguaje más cercano. La pintura argentina ¿pasa por algún lado?
–Yo creo que sí, que tiene que pasar. El hecho de que no estemos con nuestra mejor música en el concierto internacional de la pintura no quiere decir que no tengamos valores sólidos y pintores personalísimos. Pero en cuanto al principio de la pregunta, se me ocurrió algo que es más o menos lo siguiente: a pesar de la presencia de la imagen, de la presencia de la realidad que se da en algunos pintores figurativos, la aspiración final es encontrarse con la pintura. Yo creo que tal vez la única diferencia está en que a los pintores figurativos nos pone en marcha, nos calienta la máquina, y la sangre y el corazón y la cabeza, la figura humana. Es decir, lo que posiblemente reúna los conflictos humanos que compartimos con toda una sociedad. Ese es el arranque, pero todo lo demás es el mundo de la pintura, del dibujo, del grabado. Por eso, a veces, a mí me produce cierto dolor ver que se marca a la pintura figurativa de una manera literaria, se la signa como ilustrativa, se la define por el tema. Yo lo sé, lo he vivido, y creo que se vive en todas las generaciones. Lo único que necesitamos de la imagen es la potencia que queremos rescatar de ellas para ponerlas en secuencias pictóricas o gráficas.
–Eso, en Argentina, está logrado. Buena calidad en la figuración, en la abstracción, en otras expresiones. Pero, ¿por qué no tenemos presencia internacional?
–Hay países que tienen menos pintura que nosotros pero tienen una potencia como país, una personalidad. Además, una conciencia de país mucho más sólida, como México. De pronto, a cada autor, a cada artista, le ponen al país detrás. Estados Unidos es un país joven que se impuso con sus pintores en el mundo, así como impuso su economía y su habilidad para hacer negocios. Han puesto a sus pintores a la altura de los pintores de valor histórico. Nosotros no tenemos ni la potencia de Estados Unidos ni la conciencia de México. Para la solución, hay casos muy claros, ya no de la intervención de todo un Estado, sino de los organismos provinciales. Por ejemplo, han venido de Galicia, España, y han comprado cuatrocientos cuadros de Laxeiro, que es un pintor de Galicia que ha vivido la mayor parte de su vida en la Argentina. Y eso es un estado provincial. Lo mismo están haciendo con muchos pintores españoles que andan por el mundo. Esa es una voluntad de recuperar los valores, los patrimonios, parte de su memoria. Eso es un impulso para arrancar, también. No simplemente mostrar qué buenos pintores tuvimos, sino mostrar cómo pudieron hacer ellos en las grandes dificultades como las que están pasando ahora los jóvenes. Porque, como a veces recordamos con los amigos, todos ellos fueron empleados, fueron pintores después del trabajo y sábado y domingo. Igual hicieron una obra sólida, desencajada del mercado, sin ningún tipo de presión de ese mercado que puede incluso influir de alguna manera en la producción.
–Hablando de mercado, el dibujo, en general, está como devaluado en la Argentina. ¿Por qué, entonces, hacer una muestra de dibujo?
–Claro que está devaluado, y el grabado también. Hay muchos grabadores que se pasan a la pintura porque no pueden subsistir con su oficio. En el caso de esta muestra, que tenía que ser de grabados, la comencé el año pasado; uno propone y lo único que puede hacer es lo que le sale, para lo que está preparado y con ganas. Yo hacía mucho tiempo que no dibujaba; incluso tal vez no dibujaba porque esperaba esto, esperaba encontrar el ánimo y la libertad, y entonces estar dispuesto a jugarme en el dibujo de esta manera. Encontrar los signos ésos que estaban dispersos, para juntarlos en el dibujo.
–¿O sea que la democracia no le entró enseguida? ¿Hubo un largo reacomodamiento después del exilio?
–Sí, ese reacomodamiento es todavía como una transición. Porque una de las quebraduras que se producen, a los que trabajan con la imagen, es esa degradación de la persona humana que instalan las dictaduras. Cuando uno dibuja la carnicería puede salir indemne y de pronto está incluso sano hasta para dibujarlo. Recuerdo que lo hice antes, como una premonición. Ahora, cuando a la carnicería la ves, es muy difícil dibujarla. Esa manera premonitoria es la única forma de hacerlo. Porque yo no me siento dando testimonio, sino más bien pulsando ciertas presiones internas, ciertas percepciones internas que aparecen en el dibujo de una manera casi automática.
–Digamos que usted no es ni cronista ni testigo posterior. Pero le tocó en carne propia.
–Desde luego, yo perdí una hija, en el Proceso. Paloma. Quiero decir que entonces esa recuperación de poder volver a dibujar al hombre, esa nueva posibilidad, te cuestiona toda la estructura de tu ideología, tu concepción del hombre, tu fe en la vida. Yo pienso que empecé a pintar árboles en el momento en que no podía pintar más a una persona. Con la democracia puedo volver a pintar personas, siento que puedo ejercer mi oficio otra vez, con esta muestra, estos dibujos son como apuntes de la punta de un ovillo, vuelvo a tocar el dibujo con esa libertad, con esas ganas que era necesario para sentirlo vivo.
–Es como si en la democracia las personas, pudiendo moverse con libertad, volvieran a existir y pudieran volver a ser tema de sus dibujos. Y con ellos volviera ese humor del que hablamos, el que es capaz de ponerle a un dibujo, en el que se ve una mesa poblada de gente viva, “Camaturca”, en relación con Kamasutra.
–A veces los dibujos nacen del encuentro de una palabra. Que es, a veces, como el encuentro de dos líneas. Cuando yo pensé “Lo ganado y lo perdido” se me produjo la revelación de un bagaje interno de imágenes que estaban ahí, esperando la llavecita. Ahora, menos trágico, pensé que la cama turca es como el Kamasutra del subdesarrollo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/78568-25372-2007-01-04.html
20 años en el espejo Los reportajes de Página/12 que testimonian dos décadas de la cultura, la sociedad y la política argentinas
Por Rodrigo Fresán
Publicado el 6 de abril de 1997.
Hay un lugar y un sonido. Y hay un oído más que dispuesto a oírlos. Un oído absoluto. Charly García lo tiene desde siempre y sabe bien lo que eso significa. Sus pros y sus contras. La maldita bendición de oírlo todo y la bendita maldición de no poder parar de oírlo.
“Es raro. A partir de la nota de Osvaldo Soriano, todo el mundo está interesado en el asunto. Me asombró muchísimo que Soriano partiera de ahí para hacer una nota. Fue una declaración muy grossa. A mí me hizo muy bien; coincidió un poco con un cambio de velocidad, mía y de las cosas a mi alrededor. Y yo nunca hablé demasiado sobre eso. El oído absoluto lo tiene una persona entre no sé cuántos miles. Por ahí hay revistas donde un yanqui medio trolín te propone alcanzarlo en cómodas cuotas y lecciones. Puede ser. Pero eso no es más que entrenar el oído relativo para que oiga como el oído absoluto. Es lo que hacen buena parte de los músicos, después de todo. Qué sé yo. Tener oído absoluto no implica que seas músico, implica que la tenés más fácil para serlo. Yo una vez trabajé de oído absoluto, de acompañar a cualquiera. Hace mucho tiempo, en Canal 7, en uno de esos programas donde los aficionados van a cantar. No era el de Galán, pero yo tenía que escuchar al participante y acompañarlo en cualquier tipo de género, tono o lo que sea. Yo no era un Zelig musical, ojo; era algo más pedestre. Y ésa es la historia y el misterio. Sé que es genético; sé que mi bisabuelo también tenía oído absoluto y sé que a veces, cuando paso de largo o estoy preparando un concierto, cuando no duermo, es cuando la cosa se pone un poquito difícil. Ahí el grado de sensibilidad sonora se te filtra a los otros cuatro sentidos y es el sonido el que te lleva y te arrastra. Ves el sonido y tocás el sonido y olés el sonido y gustás el sonido.”
BLANCO Y NEGRO
Animal de conservatorio, el pequeño Charly García estaba siendo cuidadosamente entrenado para la arena de los conciertos. Pero algo pasó, algo empezó a pasar. La pregunta ahora es si, en los filos de algún amanecer, Charly García se pregunta qué hubiera sido de su vida de haber optado por aquel camino clásico. Charly García no piensa demasiado en la disyuntiva, pero sí se acuerda a la perfección de lo que dejó atrás y a la derecha, allá lejos y hace tiempo.
“A mí me encantaba la música que leía. Partituras. Desde chico. Realmente no escuchaba música de la radio. Todo me parecía muy desafinado... una grasada, bah. Yo estaba muy inmerso y desde muy temprano en otra cosa, en lo que tocaba: Beethoven, Chopin y pa-pa-pa-pá. Daba conciertos una vez por año. Los mejores del conservatorio. Y ya tenía mis fans. Mis señoras gordas y fans me llevaban a la Confitería Ideal y me daban muchas masitas y mucho helado. Me acuerdo de otro lugar con una orquesta que para mí se llamaba Tropicana. Y todo eso es como un glimpse, como un reflejo distante de una época que yo recuerdo en blanco y negro. ¿Y sabés qué pasó entonces? El mundo se hizo technicolor.”
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/index-2007-01-03.html
RUIDO DE FONDO
Toda entrevista, toda declaración y toda fotografía de Charly García parecen funcionar como una nota al pie de su convulsionada coyuntura, como esas películas que no se pueden dejar de ver, pero algunos prefieren que se las cuenten en voz baja y con las luces encendidas. En estas páginas, Charly García cambia las reglas del juego y propone nuevas reglas. Por qué no hablar de lo que nunca le preguntan, se pregunta. Y, enseguida, se contesta.
TECHNICOLOR
Para Charly García, ese súbito pasaje del blanco y del negro al arcoiris –que tan bien funciona desde un punto narrativo y dramático en films como El mago de Oz o, mejor todavía, en El submarino amarillo– fue el perfecto y largamente esperado invento de cuatro individuos conocidos como The Beatles.
“Escuché dos notas y listo. Alcanzó y sobró. ‘There’s a Place’, la canción que después grabé en Cassandra Lange, fue lo primero que escuché de ellos, y es como si todavía lo estuviera escuchando por primera vez. Fue la primera canción que escuché que tenía una novena. Me emocionó. Cuando dice mind –mente–, la nota es un Fa sostenido. Mi nota. Una nota muy filosa. Es mi nota porque me toca acá, en el pecho. Yo estoy compuesto y afinado en Fa sostenido y eso, milagrosamente, no cambia nunca, por más que estés más gordo o más flaco. Es tu sonido. Todo el mundo tiene su propio sonido, pero muy pocos se toman el trabajo de buscarlo y encontrarlo. Si te buscás el tiempo o un afinador, escuchá y mirá en qué tono resuenan tu aire acondicionado, tu aspiradora, tu heladera... Seguramente van a sonar en un tono que tiene que ver con el tuyo. Así, uno siempre acaba rodeándose de cosas, consciente o inconscientemente, que vibran a determinado ciclaje. Yo no sé muy bien qué quiere decir esto. Pero lo que sí sé es que uno se pasa la vida buscando ese sitio donde todo suene como uno.”
SIN RED
Enseguida, García se lanza a un complejo análisis que, incluso para quien no sabe nada de leer música, suena fascinante. Mueve las manos y explica la uniformidad de “la música prehistórica donde, seguro, todos cantaban al mismo tiempo”; de la prohibición de la flauta en cierto período de la humanidad; del descubrimiento de la octava y el advenimiento de la novena y la insoportable molestia –“lo más molesto que hay”– de una segunda y de tocar “sacando todas las redes”. Algo que García viene haciendo desde hace ya un tiempo sin importarle las categorías o las críticas.
“Pregunta: ¿por qué lo hago? Respuesta: porque, si no, me aburro. Los Beatles tocaban siempre igual, como en los discos. Pero eran cuatro. Y resulta que yo ahora los discos los hago casi solo. Con instrumentistas, sí, pero casi solo. Desde que dejé Seru Giran. Entonces, lo que algunos no entienden, es que tocar eso en vivo... no es tan fácil. Yo podría armar todo como para que suene bárbaro en el escenario... pero siempre con ese tufillo a músico profesional. Y no me interesa, no tiene por qué interesarme. Yo suplo eso con el riesgo. A la gente que me sigue le gusta eso. Es lo que más le gusta, por ahí: que me salga un poco del libreto. A veces sale bien, a veces quedás como un papafrita.”
LOS OTROS
¿Quiénes son los otros: la gente “que me sigue” o la gente que lo persigue? ¿Cuál es la percepción que tiene García de esa gente que le grita ¡Aguante, Charly! o le exige la catástrofe? Una cosa es clara: los conoce desde hace tiempo, desde el principio, desde que los oyó absolutamente por primera vez.
“A mis señoras fans del conservatorio, a las gordas que me llevaban flores, ya les gustaba mi faceta sin red. En mis últimos conciertos yo ya funcionaba en technicolor, pero no se lo había dicho a nadie. Era un secreto. Yo ya andaba con ganas de componer y me cansaba tener que estudiar varias horas por día para los conciertos. Entonces, para divertirme, empecé a estudiar nada más que el principio y el final de la cosa. Y, en el medio, el famoso Kataplín-Lataplón García. Yo ya tengo y tenía tan incorporada la forma del piano que me sale y me salía así. Las gordas lo adoraban. La que se daba cuenta era mi maestra, a quien la situación no le causaba demasiado gracia que digamos. Una especie de orgullo y bronca al mismo tiempo. Pero se acabaron los helados. Hace un rato me preguntabas en qué me habría convertido de seguir ahí. Ahora se me ocurre que hoy bien podría, y estoy casi seguro de que alguna vez seré, un hombre piano bar. Pianista de lobby de hotel, por ejemplo. Me encanta. A mí me gusta tocar y que la gente hable mientras toco. Piano de reunión. Contrapunto. Ruido de fondo. Yo siempre fui un ruido de fondo. O al revés. Depende de dónde la veas...”
LOS MEDIOS
“... y en el medio están los medios, que no hacen mucho ruido.” ¿Charly García usa a los medios o los medios usan a Charly García? Hace ya un tiempo que –para buena parte de la prensa– Charly García es una de esas leyendas urbanas tan respetables e inasibles como la de la mucama que cocina al bebé de sus patrones o los huesos de rata en el chop-suey de tu restaurante chino favorito. Charly García dice usar los diarios “para enviar mensajes a la gente que me interesa. A Mercedes, por ejemplo. O a mi vecina, que lee La Nación. Así que de vez en cuando les doy una nota para que mi vecina se entere un poco en qué ando”. Aunque por momentos, a la hora del Disparen Sobre El Pianista, la situación parece superarlo, por lo menos un poco.
“Pero al final los medios son bla-bla-blá, y eso lo sabés vos y lo sabe el mundo. Y yo, como protagonista de cierta escena y de cierta realidad, lo he visto con mis propios ojos. Decís una cosa y sale otra. O no sale. Como cuando yo llamé a los medios para opinar sobre lo que Méndez dijo sobre Astiz en Francia. O lo que pasó en el avión de vuelta de Cosquín, el escándalo que armé porque me pusieron a una especie de escolta parapolicial a la que yo le grité de todo. Y estaban todos los medios. Y nadie sacó nada. Es como si, a mí, los medios me prefirieran a la hora del tema drugs. Vamos a escribir cosas raras que queda más lindo. O hacer esas críticas de mis discos, tipo análisis psicológico con mucho de las tormentas del pasado o los fantasmas de la pesadilla o la presencia del abismo. Pero de música mejor no hablar. Como de política. Yo leo sobre los políticos y lo que hacen y, ¿qué voy a pensar? Es evidente que es todo mentira. Siempre lo dije: a mí la política no me interesa. Ser político no va con mi estilo, que no tiene que ver con la mentira como forma de actuación y de vida. Tengo mis reglas y mi idea de la moral y una serie de movimientos por los cuales me rijo. Pero no creo en el peronismo, ni en el radicalismo, ni en ninguno de sus derivados. Si la gran utopía del comunismo no funcionó, imaginate qué tendrá para ofrecer un subpartido como el que está en el gobierno. La política en la Argentina está muy sobrevalorada. La gente acá no entiende que la política es apenas el manual para que suene el instrumento, y no el sonido del instrumento.”
TAKE CARE
“En lo personal, yo no me resigno a ser una figurita para los medios. Me molesta. Pone paranoico a cualquiera. Es un poco horrible y deviene en un clima horrible y en un dolor. La semana anterior a la nota de Soriano, yo no era ni Mozart, ni Beethoven, ni artista, ni tenía el oído absoluto. Yo, para los medios, me estaba muriendo. O estaba muerto. Entonces entrás a un lugar y la gente que consume medios te mira como si viera a un muerto, no lo puede creer. Y lo terrible es que empezás a creértelo vos. Leés una de esas notas con encuestas y redondelitos donde hablan un montón de músicos sobre el momento difícil que está pasando y muy pocos de ellos me conocen o saben lo que me pasa. El otro día hablaba en una nota para la televisión sobre el célebre take care de los norteamericanos. Una expresión muy común. Te la dicen todo el tiempo, como si te dijeran hasta luego. En la Argentina, en cambio, te dicen cuidate y te da un poco de cosa descubrir que esa persona que te lo dice no tiene la menor intención de cuidarte, y que ni siquiera sabe cuidarse a sí misma. Entonces yo empiezo a funcionar como un frasco donde el inconsciente colectivo deposita los dolores que no quiere o no se atreve a ver como propios. Y duele. Y cansa. Y entonces vamos a darle consejos a Charly, ¿no? Empiezan a darte comida todo el tiempo, por ejemplo. A cualquier hora del día. Si yo comiera todo lo que me dan... O esa gente que te dice Ay, cómo me gusta verte comer... A partir de eso descubrí la excusa perfecta. Si no quiero atender el teléfono o que me jodan, digo que estoy comiendo. O durmiendo. Palabra santa. No te molestan más. En cambio, si estás cogiendo, o componiendo, cualquiera se siente con derecho a tirarte la puerta abajo.”
REGULAR
“Ultimamente todas las críticas califican lo que hago como regular. Regular es otra expresión muy norteamericana. Como los cigarrillos o las hamburguesas. Regular como normal, standard. Porque, ya sabés, si la pedís de luxe, es la misma mierda con una banderita. Y una de las ideas de Say No More es que sea así: accesible y complejo al mismo tiempo. Yo no sé muy bien cómo es eso de componer canciones. Sé que lo hago casi siempre desde el placer y desde una gran felicidad, y que en el subconsciente o en el inconsciente o en alguno de esos barrios ya está todo. Pero yo, además, estudié mucha música. Y muchas de mis canciones salen de una. Y se graban de una. Y eso puede llegar a inspirar cierta desconfianza en los que después te aconsejan que Ay, si te esmeraras... No es que les angustie, no. Pero prefieren creer que no es cierto, o que no puede ser bueno, porque no me pasé tres meses transpirando. Y, de nuevo, lo de antes: La lucha interior de un atormentado. La Odisea. Cuando en realidad lo mío no es más que agarrar un poco de instinto y un poco de disciplina, a ver qué pasa y a oír cómo suena.”
PELICULAS
Charly García se cansa de su casa y del balcón de su casa, desde donde contempla una ciudad de la que no sabe demasiado, ni le interesa saber, porque “mis trayectorias son muy claras. De acá a la sala y de la sala a acá, con paradas intermedias. Me muevo por el barrio y miro mucho desde acá. Desde acá se ve todo”, sonríe señalando el domo acrílico del shopping Alto Palermo. Pero ahora, a las cuatro de la tarde, Charly García manotea una cámara de video y una guitarra eléctrica del tamaño de un ukelele y decide salir con las dos cosas bajo el brazo. En la calle la gente lo saluda y le ofrece papeles para que autografíe. Solícito, él estampa una S y una N y una M superpuestas. Las siglas de su Say No More, estadio que alguna vez definió como “un espacio democrático, libre, peligroso, donde hay que rebuscárselas para salir”. Mientras tanto y hasta entonces, García camina a zancadas largas, cruza la calle y “¿qué se puede hacer salvo filmar películas?”, bromea, con el dedo en el ON de la filmadora.
“Cada persona es una película y a veces se te aparecen películas muy locas. Me acuerdo de una chica en Boston, debía ser argentina, que me dijo: ¿Por qué no te sacás una foto conmigo, la revelás, la firmás y después me la mandás por correo? Y de algún modo ese comportamiento no me indigna. El rock es así. Sería grave que no lo fuera. Yo siempre supe que iba a ser así, desde que vi por primera vez la primera escena de la primera película de Los Beatles. Perseguidos. Yo siempre quise que fuera y que sea así. Está bien. Lo que me indigna es eso que yo llamo el Público Público. Los que son público de cualquiera y público de nadie. Es un poco el enemigo. A esa gente no le importa nada. Habla u opina sobre mí sin tener la menor idea. Los que no van a ver nada. Los que piensan que lo máximo es algún multicine donde dan una película de Demi Moore y después un Big Mac a la salida. Mocasín Guido, Belgrano, medio gorditos... los que se fuman un joint y no les hace nada. Después están los Fans, que son los que te siguen. Y los Aliados, que son los que te siguen y te cuidan, los destinatarios perfectos y naturales de Say No More. Y después está el Pueblo, que es la señora que te saluda camino al mercado y el tipo que baldea la vereda. Así estamos.”
NACIONAL
Charly García no vio el documental sobre los treinta años de rock argentino. Hace cinco años que cortó el cable y no mira tele y no sabe qué es eso, aunque sabe que existe.
“La verdad, eso que se llama rock nacional... nombre bastante feo pero, bueh, es lo que hay. Lo que inventó Litto, o Tanguito, o Moris. Cuando yo escuché ‘La balsa’ por la tele dije yeah y compré. ¡Qué temazo! Después, Almendra y Manal refinaron todo en cuanto a la palabra: que sonara bien, que funcionara como un sonido, que no molestara... Y después aparecí yo.”
DISCOS
La vida en discos, o la percepción de Charly García a través de etapas en canciones –en lugar de la percepción de Charly García a través de titulares o actitudes–, puede llegar a ser una buena costumbre. No caer en clásicos periodísticos de dudoso estilo, donde Charly García funciona como frontón contra el cual arrojar la pelota de otros nombres a ver qué pasa. “¿Cuál es tu relación con Fito?”, es el clásico de clásicos. Pero, en la pantalla del televisor, Charly García no deja de contestar, como si le pidieran que contara siempre la misma historia. García contesta: “Mi relación es buena, supongo. Hace mucho que no lo veo a Fito y, no, no le di nada en especial a Fito. Fito es un tipo inteligente”.
Optar, en cambio, por la idea de García mirándose a sí mismo antes que mirando a los otros. “Si yo tuviera que buscar un equivalente a mi persona en el rock universal, me quedo con John Lennon. Que se entienda bien: es con el que más me identifico. Y Pete Townshend. Yo empecé siendo muy mod. Bandita en inglés y muchos botones en el impermeable. Hacía canciones tipo Dylan y Byrds y Vanilla Fudge. El García Sui Generis es un tipo que fue un par de veces al Instituto Di Tella y eso fue lo más transgresor que hizo. Después era medio hippie, pero sin muchas ganas. Uno de esos hippies a los que no les gusta mucho que la gente fume porro, ja. Ahí empecé a hacer giras por pueblitos, con Pedro y Pablo, y la gente fumaba y yo me la tuve que bancar. Entonces, un día, los del grupo escaparon. Eramos seis, teníamos hasta el bombo de la batería pintado, y un día quedamos Nito y yo. Y la gente murió. Pero no era lo que yo quería hacer. La Máquina ya se parece un poco más a Vanilla Fudge, pero nada que ver con Rick Wakeman. Yo no era fan de Wakeman, medio Liberace todo eso. Pero sí me gustaba mucho Tony Banks en Genesis. Seru Giran ya era un grupo, no sé si Los Beatles argentinos, como decían por ahí, pero una banda sí. Y la banda es tu familia. Después tuve bandas fantasmas, pero bandas al fin, como Las Ligas o Los Enfermeros. El conjunto, como se decía antes. Mi problema ahora es no encontrar instrumentistas que superen al instrumento y que toquen el concepto que les propongo. No me gusta cualquiera, me gusta que cada uno de los músicos tenga su propio look y su credo; por eso personajes como Hilda y Fabiana son bárbaros. A mí me gusta salir en banda y no tipo cantor melódico, con smoking y los músicos bien atrás. No sé, yo ahora estoy esperando leer una muy pero muy buena biografía no autorizada de Charly García, a ver si entiendo un poco la historia. A ver qué me cuentan y cómo me cuentan.”
STAR
La hipótesis es que en algún lugar y de algún modo Charly García siempre quiso ser underground y le viene escapando al éxito masivo casi desde el vamos. Charly García escucha educadamente, pero no demora en estallar una carcajada.
“¡Estás loco! Lo más cerca que yo pude haber estado del underground es no haber sido un producto ensamblado por una discográfica y punto. Empecé desde bien abajo y recorrí todo el caminito. Pero desde el minuto cero yo quería ser como Los Beatles... y Los Beatles no eran underground, ¿no? Lo underground, como causa, resulta muy cómodo para un montón de gente que sospecho que le falta el talento necesario para no ser underground. Como que van a estar filmando mediometrajes toda su vida. Yo soy profesionalmente de los ’70. Es mi década. También soy de los ’80 y de los ’90, claro, pero lo que yo recuerdo es que a mitad de los ’70 empezó a aparecer el dinero en todo eso. Mucho dinero. Yo no agarré ahí, pero ahí estaba la idea. Jets privados, los Elton John y cierta forma de vida como la mía ahora. Una forma de vida de la que mucha gente vive. Yo soy una estrella de rock. Lo único que me diferencia de las grandes estrellas de rock mundiales es el dinero. Todo lo demás lo tengo. La actitud, la parada en el escenario, los televisores por la ventana. Y me pagan por eso. El rock te paga por portarte mal. Y llega un punto en que te rebelás contra portarte mal. Si yo no fuera estrella de rock, ya estaría muerto y tirado en la calle. Pero no. Porque ser estrella de rock es la pretensión máxima y es lo más que hay. Es muy divertido, y es así, y acá hay muy pocas estrellas de rock. Es mejor que vender papas.”
ANALOGICO
El hombre invisible. El Fantasma del Paraíso. El vampiro bajo el sol. El largo y sinuoso camino que va de un niño prodigio con oído absoluto a un hombre de piano bar con oído absoluto. No va a ser fácil. Una supuesta entrada modelo García, Charly en una supuesta enciclopedia va a plantear problemas y necesitar de buen espacio, y está bien que así sea. ¿Cómo resumir a alguien, cómo precisarlo? Ante la propuesta y el desafío, Charly García vuelve al principio de la conversación y al principio de todas las cosas. Está sentado en la terraza de un bar que, en los últimos días, le funciona como un satélite de su estudio de grabación, y pide que le pasen por los altoparlantes una cinta con sus teclados, y rasguea encima una guitarra acústica y canta una canción nueva: “One to One”. Una muy buena canción que compuso “en muy poco tiempo”. Instinto y disciplina y a ver qué pasa, a oír cómo suena y a postergar la respuesta, porque ahora está cantando.
Al final contesta. Habla de la diferencia entre el disco y el compact disc, entre las elegantes curvas de la onda sonora y la precisa frialdad del número, entre la válvula y el láser, y lo analógico y lo digital.
“El problema de lo digital es que no distorsiona. Y la distorsión es parte de lo que escuchamos y de nuestra vida. Lo digital es muy limpio. Se pasaron de revoluciones a la hora de pasar la escoba. Es como un cuadro que no tiene límites y entonces al artista se le hace muy difícil ubicar los colores: no hay marco. Por eso yo trato de evitar todo lo que sea digital per se. Lo digital es muy democrático, pero no es la posta. Por eso hay mucha gente que te dice que los discos suenan mejor que los CD y, cuando les preguntás por qué, no saben explicártelo. Lo que pasa es que no se dan cuenta, pero extrañan la distorsión, el ruido de fondo. En realidad, si lo pienso un poco, toda mi historia se limita a los problemas y las alegrías de alguien cada vez más analógico en un mundo cada vez más digital, ¿se entiende?”
Se entiende y es la hora en que alguien empieza a encender los neones de la noche, uno por uno y sin apuro. Hay una vibración eléctrica en el aire de esta ciudad que alguna vez Charly García pidió que no bombardearan, y hasta es posible que todos los semáforos y los electrodomésticos y las bocinas de los automóviles de Buenos Aires suenen en la misma frecuencia. El sonido de Charly García dando en el clavo y en la nota. Ruido de fondo en Fa sostenido.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/subnotas/78527-25363-2007-01-03.html
Por Horacio Verbitsky
El capitán de corbeta Adolfo Francisco Scilingo, ex jefe de automotores de la Escuela de Mecánica de la Armada y compañero de promoción del capitán de navío Juan Carlos Rolón, denunció ante la justicia por encubrimiento al jefe de Estado Mayor de la Armada, almirante Enrique Molina Pico. En una carta-documento, Scilingo había exigido que Molina Pico “informara a la ciudadanía y en especial a los señores senadores cuáles fueron los métodos que la Superioridad ordenó emplear para detener, interrogar y eliminar al enemigo durante la guerra contra la subversión y, en caso de existir, el listado de los mal llamados desaparecidos”. Ante la falta de respuesta formuló la denuncia criminal, la primera que un oficial de las Fuerzas Armadas presenta contra un superior a raíz de la guerra sucia. La causa quedó radicada en el juzgado correccional Nº 2 de la Capital, a cargo de la doctora Mónica Nidia Atucha, secretaría Nº 50 del doctor Miguel Sabino, y está llamada a producir una profunda conmoción en la Armada, que aún no ha superado el impacto de las declaraciones ante el Senado de los capitanes de navío Rolón y Antonio Pernías.
En octubre del año pasado, Rolón reveló al Senado que todos los oficiales de la Armada habían intervenido en las operaciones clandestinas. El capitán de navío Antonio Pernías dijo a los senadores que los tormentos a los prisioneros eran la herramienta del trabajo de inteligencia. Pero hasta ahora ningún protagonista había revelado qué pasaba con las víctimas luego de los interrogatorios. Según Scilingo, entre 1500 y 2000 detenidos en la Escuela de Mecánica de la Armada fueron arrojados con vida al Océano Atlántico desde aviones de la Marina de Guerra y la Prefectura Naval durante los años 1976 y 1977, por órdenes impartidas orgánicamente a través de la cadena de comando de la Armada. Los organismos de derechos humanos calcularon entre 4000 y 5000. Scilingo, quien nunca fue mencionado por sobrevivientes ni llevado a juicio, dijo que también presenció una sesión de torturas y que otro método de eliminación de las víctimas era la cremación de sus cadáveres en el campo de deportes de la ESMA, junto al río, aunque eso habría ocurrido pocas veces. Antes de la denuncia criminal contra Molina Pico, Scilingo había escrito cartas al ex dictador Jorge Videla, al ex jefe de Estado Mayor de la Armada, almirante Jorge Ferrer, y al presidente Carlos Menem, solicitándoles que se informara al país sobre el tema. Ninguno le contestó. En la carta a Ferrer, Scilingo decía que en la Escuela de Mecánica de la Armada “me ordenaron actuar al margen de la ley y me transformaron en delincuente”.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-78484-2007-01-02.html
EL RELATO DEL CAPITÁN DE LA ESMA QUE CONMOVIÓ A LA SOCIEDAD Y REVELÓ EL ESTALLIDO DEL PACTO DE SILENCIO.
La solución final
Después de leer esta nota sobre la represión en la ESMA, el entonces presidente Carlos Menem acusó al capitán de “facineroso” y al autor de perseguir objetivos electorales con su publicación. El jefe del Estado Mayor de la Armada –denunciado por encubrimiento– se limitó a decir que la Corte ya había fallado. Y su colega del Estado Mayor Conjunto criticó al capitán por haber roto el pacto de silencio: dijo que no parecía “un militar y un caballero”. Un documento histórico.
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“Si bien entiendo que los grandes problemas de la defensa nacional le impiden dedicar tiempo a mi solicitud, estimo que no sólo están en juego los ascensos de los señores capitanes Pernías y Rolón, sino la lealtad que como militares debemos a nuestros superiores y subordinados, a la ciudadanía y a sus representantes”, dice la carta-documento a Molina Pico. Hoy, Molina Pico será el único orador en la ceremonia de homenaje al almirante Guillermo Brown, frente al busto que lo recuerda a pocos metros de la Casa de Gobierno. Durante su mensaje podría responder a Scilingo.
Una muerte cristiana
Scilingo sostiene que como toda la Armada participó en esos operativos, el Senado no debería impedir los ascensos de Rolón, Pernías y Alfredo Astiz. Añade que otros oficiales que hicieron lo mismo fueron ascendidos, entre ellos quien le impartió a él las órdenes. Pero no reivindica aquellos asesinatos, por los que se siente culpable. Tampoco se considera un arrepentido sino alguien cuya perspectiva de los hechos cambió a raíz de la actitud vergonzante de sus superiores. En uno de los vuelos perdió pie frente a la portezuela abierta y estuvo a punto de caer al vacío. Ese episodio lo perturba en sueños, pero los análisis practicados en el Hospital Naval indican que no padece ningún trastorno psiquiátrico. Aunque está retirado, sigue razonando en términos institucionales, como un hombre de la Armada. En la vida civil fue procesado por estafa, cuando una persona que él había presentado a una distribuidora de películas pagó siete videocasetes con un cheque de una cuenta cerrada, por menos de cien pesos. Scilingo canceló la deuda y apeló la decisión judicial. En otra causa se lo investiga por haber adquirido un auto robado, según él de buena fe. El temor de que la Armada divulgara esos episodios para desacreditarlo demoró su decisión de reclamar la verdad sobre los desaparecidos. “Pero entre una cosa y otra, me siento mejor hablando.”
Según su relato, la eliminación de los prisioneros mediante un método no contemplado en los reglamentos militares respondió a una decisión orgánica, que fue comunicada a todos los oficiales con destino en el área naval Puerto Belgrano luego del golpe de 1976 por el Comandante de Operaciones Navales, vicealmirante Luis María Mendía, y en forma rotativa participaron todos los oficiales de la Armada. “Mendía dijo en el cine de la base que los subversivos que fuesen condenados a muerte o que se decidiese eliminarlos iban a volar, y así como hay personas que tienen problemas, algunos no iban a llegar a destino. Y dijo que se había consultado con las autoridades eclesiásticas para buscar que fuese una forma cristiana y poco violenta”, explicó Scilingo al autor de esta nota. Al regresar de los vuelos, los capellanes confortaban a los oficiales con citas de los Evangelios sobre la necesaria separación del yuyo del trigal, agregó.
El participó en dos de esos vuelos por orden del jefe de defensa de la ESMA, capitán de fragata Adolfo Mario Arduino, quien luego ascendió a vicealmirante y fue Comandante de Operaciones Navales.
–En las conversaciones entre ustedes, ¿cómo se referían a eso?
–Se le llamaba un vuelo. Era normal, aunque en este momento parezca una aberración. Así como Pernías o Rolón dijeron a los senadores que el tema de la tortura para sacar información al enemigo era lo que se había adoptado en forma regular, esto también. Cuando recibí la orden fui al sótano, donde estaban los que iban a volar. Abajo no quedaba nadie. Ahí se les informó que iban a ser trasladados al sur y que por ese motivo se les iba a poner una vacuna. Se les aplicó una vacuna, quiero decir una dosis para atontarlos, sedante. Así se los adormecía.
–¿Quién la aplicaba?
–Un médico naval. Después se los subió a un camión verde de la Armada con toldo de lona. Fuimos a Aeroparque, entramos por la parte de atrás. Se cargaron como zombies a los subversivos y se embarcaron en el avión.
–¿Usted sigue pensando en ellos con esa palabra o la usa ahora porque estamos grabando?
–Yo le estoy describiendo el hecho como era en ese momento.
–Por eso le cambió el tiempo. ¿Ahora sigue pensando en subversivos?
–No.
–¿Cómo lo diría con sus palabras de hoy?
–Cuando yo hice todo lo que hice estaba convencido de que eran subversivos. En este momento no puedo decir que eran subversivos. Eran seres humanos. Estábamos tan convencidos que nadie cuestionaba, no había opción, como dijo Rolón en el Senado. Que el país estaba en una situación caótica, sí. Pero hoy le digo que de otra forma se podría haber solucionado sin problema. Lo pienso hoy y no había ninguna necesidad de matarlos. Se los podría haber escondido en cualquier lugar del país.
–¿Quiénes participaron?
–La mayoría de los oficiales de la Armada hizo un vuelo, era para rotar gente, una especie de comunión.
–¿En qué consistía esa comunión?
–Era algo que había que hacerlo. No sé lo que vivirán los verdugos cuando tienen que matar, bajar las cuchillas o en las sillas eléctricas. A nadie le gustaba hacerlo, no era algo agradable. Pero se hacía y se entendía que era la mejor forma, no se discutía. Era algo supremo que se hacía por el país. Un acto supremo. Cuando se recibía la orden no se hablaba más del tema. Se cumplía en forma automática. Venían rotando de todo el país. Alguno puede haberse salvado, pero en forma anecdótica. Si hubiera sido un grupito, pero no es cierto, fue toda la Armada.
–¿Cuál era la reacción de los detenidos cuando les decían de la vacuna y del traslado?
–Estaban contentos.
–¿No sospechaban de qué se trataba?
–Para nada. Nadie tenía conciencia de que iba a morir. Una vez que decolaba el avión, el médico que iba a bordo les aplicaba una segunda dosis, un calmante poderosísimo. Quedaban dormidos totalmente.
–Cuando los prisioneros se dormían, ¿qué hacían ustedes?
–Esto es muy morboso.
–Morboso es lo que hicieron ustedes.
–Hay cuatro cosas que me tienen mal. Los dos vuelos que hice, la persona que vi torturar y el recuerdo del ruido de las cadenas y los grillos. Los vi apenas un par de veces, pero no puedo olvidar ese ruido. No quiero hablar de eso. Déjeme ir.
–Esto no es la ESMA. Usted está aquí por su voluntad y se puede ir cuando quiera.
–Sí, ya sé. No quise decir eso. Hay detalles que son importantes pero me cuesta contarlos. Lo pienso y me rayo. Se los desvestía desmayados y, cuando el comandante del avión daba la orden en función de dónde estaba el avión, mar afuera de Punta Indio, se abría la portezuela y se los arrojaba desnudos uno por uno. Esa es la historia. Macabra historia, real, y que nadie puede desmentir. Se hacía desde aviones Skyvan de Prefectura y en aviones Electra de la Armada. Yo, que estaba bastante nervioso por la situación que se estaba viviendo, casi me caigo y me voy por el vacío. Patiné y me agarraron.
–¿Cómo llevaban a las personas dormidas hasta la puerta?
–Entre dos. Los levantábamos hasta la puerta.
–¿Qué cantidad de personas calcula que fueron asesinadas de ese modo?
–De 15 a 20 por miércoles.
–¿Durante cuánto tiempo?
–Dos años.
–Dos años, cien miércoles, de 1500 a 2000 personas.
–Sí.
–Usted mencionó dos vuelos en el mismo mes.
–Sí, en junio o julio de 1977. El segundo vuelo fue un día sábado. Siguiendo la teoría de ese entonces de la Armada, también había invitados especiales.
–¿Qué quiere decir invitados especiales?
–Oficiales de la Armada de mayor jerarquía, que no participaban pero que venían en el vuelo para darnos respaldo, por ejemplo capitanes de navío, oficiales superiores de otros destinos.
–¿Ellos qué hacían?
–Nada. Era una forma de dar apoyo moral a la tarea que uno estaba haciendo. Iban sentados y después durante la operación se pararon y estaban ahí mirando.
–¿Qué personal naval iba en cada vuelo?
–En la cabina iba la tripulación normal del avión.
–¿Y con los prisioneros?
–Dos oficiales, un suboficial, un cabo y el médico. En mi primer vuelo, el cabo de Prefectura desconocía totalmente cuál era la misión. Cuando se da cuenta a bordo lo que tenía que hacer entra en una crisis de nervios. Se puso a llorar. No entendía nada, se le trabucaban las palabras. Yo no sabía cómo tratar a un hombre de Prefectura en una situación tan crítica. Al final lo mandan a cabina. Terminamos de desvestir a los subversivos.
–Usted, el otro oficial, el médico.
–No, no. El médico les daba la segunda inyección y nada más. Después se iba a la cabina.
–¿Por qué?
–Decían que por el juramento hipocrático.
–¿A nadie le llamaba la atención que una decisión tan grave como quitar la vida a las personas no proviniera de una normativa refrendada en forma responsable?
–No. No existe ninguna fuerza armada donde todas las órdenes se hacen por escrito, sería imposible mandar. El sistema que estaba montado para eliminar a los elementos subversivos era orgánico, tanto podía decir fusilamiento como otro tipo de eliminación.
–¿Nadie preguntó por qué no se firmaban órdenes de fusilamiento y se ejecutaban en forma pública por un pelotón?
–Sí, fue uno de los temas que se plantearon en aquella reunión con Mendía. No se daba a conocer qué pasaba con los detenidos para evitar la información y crear incertidumbre en el enemigo. Esa era la razón teórica que nos dieron. El tiempo demostró que la razón era otra, porque muchos años después, en los juicios, nadie dijo lo que había pasado. Se puede aceptar no hablar, porque son secretos de guerra, durante un determinado período. Pero terminada la guerra ya esto es historia y pienso inclusive que le hace bien a la República que se sepa no sólo qué se hizo, sino que es obligatorio que se entreguen las listas de abatidos o muertos, por el sistema que sea, para que de una vez por todas se termine con esa situación insólita de desaparecidos. ¿Por qué no se le ha dicho la verdad a la ciudadanía, después de veinte años, si se actuó como Armada Argentina, si estábamos cumpliendo órdenes perfectamente dadas a través de la cadena de comando?
–La mafia de Sicilia también obedecía órdenes de Totó Riina. Cumplir órdenes no califica a una institución.
–Pero si usted está dentro de una organización armada, siempre recibe órdenes, cumple órdenes o da órdenes. En la Armada no hay compañeros, hay más y menos antiguos.
–Pero esas órdenes tienen que ser legales.
–No existen en la Armada órdenes que no sean legales. Ahora, si usted me pregunta qué pienso hoy, es otra cosa, pero en ese momento no tenía ninguna duda.
–¿Hoy que piensa?
–Si hubieran sido órdenes legales nadie tendría vergüenza de decirle a todo el mundo qué pasó, cómo se luchó. Si usted me exige que defina si actuamos dentro o fuera de la ley, yo creo que actuamos como delincuentes comunes.
–En aquel momento, ¿nadie tuvo un instante de duda sobre la legitimidad de esas órdenes de arrojar detenidos al mar desde un avión en vuelo? La formación cristiana, la educación militar, ¿no entraban en contradicción con esto?
–Los pocos que se fueron de la Armada se opusieron evidentemente a esto. Casi todos pensábamos que éramos traidores, perdón, que eran traidores.
–¿Cuántos conoce que se hayan ido?
–(El capitán de fragata Jorge) Búsico y otro que no recuerdo el nombre.
–¿Otros compañeros suyos también se sintieron perturbados?
–En el fondo todos se sentían perturbados.
–¿Pero hablaban entre ustedes?
–Era tabú.
–¿Ustedes iban, tiraban treinta personas vivas al mar, volvían y no hablaban entre ustedes del tema?
–No.
–¿Retomaban la rutina como si eso no hubiera existido?
–Sí. Todo el mundo lo quiere borrar. Yo no puedo.
La banda
–Si lo que yo digo es cierto, que se actuó dentro de las normas militares, cumpliendo órdenes y no hay duda de que todo estaba bien, ¿por qué se oculta? Pero usted me dice que actuábamos como banda.
–Actuaban como banda e hicieron cosas que van en contra de las leyes de la guerra, de las convenciones internacionales, de la moral cristiana, de la moral judía, de la moral musulmana.
–El fusilamiento es otra inmoralidad. ¿O está mejor? ¿Quién sufre más, el que sabe que lo van a fusilar o el que murió mediante este método?
–El derecho de saber que va a morir es una medida elemental de respeto a la dignidad humana, aun en una situación límite.
–En eso estoy de acuerdo con usted. Si yo estuviese del otro lado preferiría saberlo. Tiene razón. En ese momento no lo pensé.
–¿No le parece que el hacerlo de esa manera es, aparte de todo, una enorme cobardía, evitar la mirada de la persona que se va a matar, llevarlos contentos, con engaños, para poder después volver y hacer de cuenta que no pasó nada, para no recordar ni un grito ni una mirada?
–Planteado así, puede ser. Que no es un acto normal, hoy no tengo ninguna duda. Yo lo condeno, y no porque me quiera justificar. Creo que es injustificable. Pero también creo que es injustificable seguir ocultándolo. Yo he criticado mucho a las Madres de Plaza de Mayo y las he considerado enemigas. Pero si a mí me hubiese pasado lo que les pasó a las Madres de Plaza de Mayo, la Bonafini al lado mío era un poroto.
–No creo. Ella es mucho más valiente que usted.
–¿Por qué lo dice?
–Por la vida de cada uno.
–Le estoy diciendo si estuviese en el lugar de ella.
–Se hubiese quedado en su casa.
–No lo comparto. No creo que haya aberración mayor para un padre que tener un hijo desaparecido. Un hijo está vivo o está muerto, pero desaparecido no existe. Y eso es culpa de las Fuerzas Armadas.
–¿Y eso a nadie se le pasó por la cabeza en el momento en que lo hacían?
–No.
–Entonces aparte de ser una banda de delincuentes, eran enfermos. Ahora lo dice con toda claridad. Una aberración culpa de las Fuerzas Armadas.
–Esta aberración es responsabilidad de las Fuerzas Armadas y ahora también del gobierno, que debe exigirles que den a publicidad el listado de los muertos.
Lejos de ello, cuando el bloque de senadores justicialistas negó el ascenso a Pernías y Rolón, el presidente Carlos Menem hizo el elogio de la tortura e instó a olvidar lo sucedido.
La obra social
En 1986, Scilingo solicitó el retiro de la Armada y luego del indulto presidencial de 1990 comenzó a reclamar a las autoridades navales, al ex dictador Jorge Videla y a Menem que se informara al país acerca de esos vuelos. Nunca obtuvo respuesta. En marzo de 1991 remitió su carta a Videla. Luego de describir los vuelos en los que intervino, sostuvo: “Personalmente nunca pude superar el shock que me produjo el cumplimiento de esta orden, pues pese a estar en plena guerra sucia, el método de ejecución del enemigo me pareció poco ético para ser empleado por militares, pero creí que encontraría en usted el oportuno reconocimiento público de su responsabilidad en los hechos”, decía.
“Como respuesta ante el tema de los desaparecidos usted dijo: hay subversivos viviendo con nombres cambiados, otros murieron en combate y fueron enterrados como NN y por último no descartó algún exceso de sus subordinados. ¿Dónde me incluyo? ¿Usted cree que esos traslados realizados semanalmente eran producto de excesos inconsultos? Terminemos con el cinismo. Digamos la verdad. Dé a conocer la lista de los muertos, pese a que en su momento no asumió la responsabilidad de firmar la ejecución de los mismos. La injusta condena que dice que cumplió fue con la firma de un presidente ordenando el juicio, con la firma del fiscal solicitando condena, con la firma de jueces fijando sentencia. Todos, equivocados o no, dieron la cara y su firma. Nosotros todavía cargamos con la responsabilidad de miles de desaparecidos sin dar la cara y decir la verdad y usted habla de reivindicaciones. La reivindicación no se logra por decreto.”
Videla no le respondió, pero la Armada envió a un compañero de promoción a preguntarle si quería plata para callarse. “Vos no te metas en esto”, le respondió Scilingo. Lo citó entonces quien era el número 3 de la Armada en aquel momento, el almirante Fausto López, quien ahora acompaña al brigadier Andrés Antonietti en la Supersecretaría de seguridad interior. De sus labios oyó la única palabra oficial de la Armada a sus planteos:
–Tenga cuidado, piense en su familia, si sigue así puede perder la obra social naval.
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