CONVERSACION A FONDO: RAFAEL CALDUCH CERVERA (CATEDRATICO DE RELACIONES INTERNACIONALES)
Existe un escenario internacional multipolar en el que juegan con más peso las potencias regionales. Esto le da mayores márgenes de autonomía a los países sudamericanos y a bloques como el Mercosur.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
Qué fortalezas y debilidades lucen, a los ojos europeos, las políticas que están llevando a cabo los gobiernos latinoamericanos?
—Por empezar, creo que se ha generado un falso debate entre los dos supuestos modelos que existirían hoy en los gobiernos de esta región: el que siguen países como Chile, Brasil o México; al que podríamos denominar reformista; y el populista, cuyo exponente claro es la Venezuela de Chávez. Yo creo que esa dicotomía responde a un mal planteamiento.
# ¿Cuál es su principal objeción a dicho planteo?
—Es que un eje de dicha dicotomía parece ser la supuesta opción entre abrirse o cerrarse a la economía global. Pero los problemas de desajuste de muchas economías latinoamericanas no fueron sólo ni prioritariamente porque estas economías se abriesen al proceso de globalización económica, ni tampoco porque se privatizasen empresas, sino porque eso no fue acompasado de unas políticas sociales que generalizasen los efectos del crecimiento económico. Y por tanto, ese crecimiento económico terminó quedando en manos de unas oligarquías que desde el poder político se beneficiaban de los avances o de las mejoras económicas que se estaban produciendo en esos países.
# ¿No era una consecuencia previsible del modelo que se aplicó?
—Creo que no. Una prueba de ello es Chile, en donde se socializaron mejor los beneficios de esa apertura al mercado mundial, y eso ha generado que en los últimos diez o quince años, las clases medias hayan aumentado y, naturalmente, los sectores —que también eran mayoritarios— económicamente marginados, se fueran reduciendo.
# ¿Y esto sería lo que ha faltado en otros países?
—En el caso de Brasil, es el fondo de la reforma que propugna Lula. A pesar del discurso con el que llegó en su primer mandato, él se da cuenta rápidamente de que una potencia demográfica, territorial y económica, como es Brasil, no se puede mantener al margen de toda la reorganización político-económica que se está dando en el mundo. Y al contrario, intenta liderar este proceso desde el punto de vista regional. Pero eso pasa por aceptar que efectivamente no puede echar marcha atrás en la liberalización y la apertura económica del país. Lo que sí puede es sobre todo reorientar su política social.
# Se desprende de su respuesta que no le ve consistencia al nacionalismo económico que ha renacido en la región
—Es que no hay retorno posible al nacionalismo o la autarquía económica, ni en América latina ni en ninguna parte del mundo. El verdadero debate es en torno de cómo se logra que funcionen los modelos de acumulación que ya están perfectamente definidos, con sus variantes, y cómo se combinan estos con una distribución más equitativa de las riquezas.
# ¿Y la nacionalización de los hidrocarburos en Venezuela y Bolivia?
—Pues nacionalizar los recursos no significa mayor riqueza si no va acompañado de una buena política de comercialización de esos recursos. Pero da la casualidad que la política de comercialización no se puede nacionalizar porque es mundial. Luego, las reglas del juego de la comercialización no las puede dictar ni el señor Evo Morales, ni el señor Hugo Chávez, ni tan siquiera el señor Bush Jr. Luego, el hecho de nacionalizar, intrínsecamente no significa más riqueza real, significa pasar la riqueza de unas manos a otras. El problema no es quién explota los recursos y quién los redistribuye, sino cómo se hace, qué política se le aplica para que eso revierta en la sociedad; y dentro de la sociedad, beneficie más a los más débiles y a los más pobres y no a las oligarquías viejas o más recientes.
# Estamos hablando de los países aislados de su contexto. ¿Qué influencia otorga en este contexto a los procesos de integración regional?
—Lo primero que hay que recordar es que, desde una perspectiva geopolítica, las oportunidades tanto de democratización como de desarrollo que tiene América latina, a partir de la década de los 90 y hasta la actualidad, se vieron impulsadas porque se acabó la Guerra Fría. Eso ha hecho que la tendencia intervencionista norteamericana, que hubo en los 40, 50, 60 y 70, no exista ya; al menos no del mismo modo. Y la prueba es que en las dos administraciones Bush Jr., América latina se ha caído de la agenda norteamericana y nadie se ha rasgado las vestiduras en Estados Unidos. Eso es muy importante entenderlo, porque el cambio geopolítico mundial le ofrece oportunidades inéditas a América latina, que debe saber aprovechar. Y que yo creo que, con dificultades, está aprovechando.
# ¿De qué modo?
—Es un momento en el que empiezan a jugar un papel fundamental las potencias regionales, formando constelaciones de poder y estabilidad en su propia área de influencia, y al mismo tiempo, tienen un papel de interlocución en el tablero internacional con las potencias hegemónicas de otras regiones del mundo: China, India, Rusia, Sudáfrica.
# ¿Está describiendo un escenario internacional que se ha vuelto multipolar?
—El escenario internacional es ya multipolar. Por eso, en las negociaciones sobre el conflicto palestino-israelí, son cuatro más dos. Es decir, Estados Unidos, la Unión Europea, Naciones Unidas y Rusia, Israel y Palestina. En las negociaciones sobre la crisis nuclear con Corea del Norte son seis, y así. Actualmente hay tres grandes potencias mundiales, que son Estados Unidos, la Unión Europea y Rusia. Pero este sistema es multipolar porque para cada iniciativa, se están incorporando las potencias regionales. Brasil se está convirtiendo en el referente como potencia regional, de tal modo que cuando haya asuntos de la región latinoamericana que afecten al sistema internacional, las grandes potencias mundiales cuentan con ella, como han contado con China para temas de Corea del Norte, o como contaron en su momento con Pakistán para Afganistán.
# La entrada de Venezuela al Mercosur, ¿no genera competencias por ese liderazgo regional?
—Es indudable que los procesos de integración influyen en cada uno de sus países. Se suele hablar mucho de las disputas entre Venezuela y Brasil por el liderazgo de la región. Pero fijémonos en otro lado de la cuestión: la presencia de Venezuela en el Mercosur hizo que se superara la vieja disputa entre Argentina y Brasil: ahora son tres principales actores los que juegan. Y cambia entonces la dinámica de ese juego y de las alianzas que se dan en su interior.
# ¿Y quién "primerea" en esa competencia regional: Venezuela o Brasil?
—Para ejercer el liderazgo, incluso en los procesos de integración, se debe tener, además de una masa crítica en términos geopolíticos, una capacidad de gestión global, porque estamos en una sociedad mundializada. Y si no la tienes, no la tienes. Esto es como el póquer: uno debe tener, por supuesto, las fichas suficientes para la primera apuesta, que es la regional, capacidad de liderazgo en su propia región, pero si después no puede seguir enfrentando los aumentos de la apuesta, es decir la capacidad de interlocución y negociación con las potencias hegemónicas, pues se acabó, lo han sacado a uno del juego, no importa qué cartas tenga, no importa que sea el petróleo, el territorio o la población. Esa es la debilidad de Hugo Chávez, y esa es la fortaleza de Lula. Por eso, para potencias de otras regiones, como es el caso de la India, China, o en Europa, de Alemania o Francia, el interlocutor principal de América latina es Lula, no es Hugo Chávez. Por eso es que Venezuela no puede competir seriamente con el liderazgo que ejerce Brasil.
# ¿Qué posibilidades tiene Sudamérica, como región, de discutir temas importantes de la agenda global y ser tenida en cuenta como un actor relevante?
—Hay cuestiones que tienen un nivel de preocupación prioritaria para las principales potencias: la energía, en general, y la nuclear en su dimensión militar en particular. El resguardo de las economías de las grandes fluctuaciones y crisis financieras es otro tema en el que es preciso contar con compromisos internacionales fuertes. Y la explotación y uso racional de los recursos naturales, tema principal de la discusión geopolítica global. En estos y otros temas similares, los acuerdos globales requieren el concurso de América Latina.
Copyright Clarín, 2007.
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ENTREVISTA A MARY BURTON (DIRIGENTE DE DERECHOS CIVILES)
Nacida y educada en Argentina, esta líder de la lucha contra el racismo en Sudáfrica cree que la exclusión social y económica debe ser enfrentada con la misma energía que fue necesaria para terminar con las dictaduras.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
Cómo fue su experiencia personal en la lucha por los derechos humanos?
—Nací y me eduqué en la Argentina. Mi familia se trasladó a Sudáfrica, mi padre era industrial, a comienzos de los años 60; era ya un tiempo duro allí, la época en que Nelson Mandela estaba siendo juzgado, y empecé a enterarme de lo que pasaba haciendo tareas de caridad. Como mujer blanca, de una familia con una buena posición económica, podía gozar de una vida tranquila y segura, pero empecé a preguntarme sobre la causa de esa tremenda realidad que veía a nuestro alrededor. Me sumé al poco tiempo a una organización de mujeres llamada Black Sash (La Faja Negra), fue el comienzo de mi educación política.
# ¿Qué era "Black Sash"?
—Era una organización que tenía un interés especial en la formación política, en las instituciones y las leyes del país, pero que poco a poco fue tomando nota y dando cuenta de lo que significaban el racismo y el apartheid, la separación de las diferentes razas, el régimen de exclusión al que era sometida la población negra. Las mujeres de Black Sash elevaron su voz de protesta contra ese sistema y fueron perseguidas y acusadas por el gobierno racista.
# ¿Qué papel cumplió ese movimiento en el fin del régimen racista?
—Nosotras, como mujeres blancas que gozábamos de una buena posición social, teníamos una suerte de protección que —considerábamos— debíamos usar para mostrarle al mundo lo que estaba ocurriendo. Muchos de los líderes africanos estaban detenidos o en el exilio, o en la clandestinidad. Y ellos nos dijeron: "Ustedes tienen ese espacio, tienen que usarlo". Todas las semanas recibíamos informes, íbamos a los lugares donde había conflicto, teníamos audiencias con diplomáticos, rondas de prensa para decir lo que nosotras veíamos, denunciar la situación, y ello influyó. Pero también el Congreso Nacional Africano tenía una estrategia que era la de lucha por una sociedad en la que el racismo y el sexismo fueran erradicados. Eso era aquello por lo que nosotras luchábamos y fue así que Mandela, horas después de su liberación en 1990, dijo: "Ellas son la conciencia de la Sudáfrica blanca".
# Hubo un cambio de gobierno pero también un cambio de régimen. ¿Qué papel jugó en esa transición la Comisión de la Verdad?
—La Comisión de la Verdad y la Reconciliación surgió de las negociaciones que hubo entre el viejo gobierno y los partidos que lideraban la nueva etapa, el Congreso Nacional Africano en primer lugar. Esas negociaciones fueron muy transparentes y un resultado de ello fue la amnistía, algo muy difícil de aceptar para nosotros. Pero ése fue un precio que debimos pagar por una transición pacífica. De ese acuerdo obtuvimos, por contraparte, la conformación de la Comisión de Verdad y Reconciliación.
# ¿No era un modo de consentir la impunidad?
—Bueno, se debió aceptar una amnistía, pero bajo condiciones. Se estudiaron otras experiencias como la argentina, la chilena , que habían tenido comisiones parecidas. Y se estableció por ley que la amnistía no iba a ser general sino individual. Quien quisiera acogerse a ella debía solicitarlo, pero debía también confesar públicamente los crímenes o delitos cometidos, contar la verdad de lo sucedido. Ese fue un aspecto fundamental de reparación para las víctimas y una premisa para la reconciliación. Porque no hay reconciliación posible si no hay un reconocimiento de los crímenes cometidos.
# ¿Cómo se integró la Comisión?
—Fueron 17 miembros. El nuevo gobierno, presidido por Mandela e integrado por la minoría de líderes blancos, creó varias comisiones ad-hoc, de Derechos Humanos, de Género, para la Juventud. Las organizaciones de la sociedad civil planteamos nuestras posiciones y demandas, y ellas fueron recogidas por el gobierno. Se encargó a todos los partidos representados en el Parlamento la recepción de nombres de postulantes para integrar la Comisión, hubo cerca de 300, de allí se seleccionaron cerca de 40, que fueron entrevistados en audiencias públicas y televisadas. Se entregaron 20 nombres al presidente Mandela y se conformó así la comisión, presidida por el arzobispo (Desmond) Tutu. Cada uno representaba una historia y trayectoria diferentes. Y tuvimos que aprender a entendernos.
# ¿Qué resultados se obtuvieron?
—La Comisión se reunió durante casi tres años, escuchando las historias de las víctimas, recogiendo las confesiones de los perpetradores que pedían la amnistía, fue un tiempo duro pero necesario, los medios de comunicación reflejaron en detalle los horrores, todos podían acceder a esos fragmentos de la memoria recuperada. Al fin de ese proceso era imposible negar lo que había pasado durante los años de la represión. Y las víctimas recibieron el reconocimiento del país.
# ¿Fue un punto de partida o un punto de llegada para la justicia?
—Diría que es un punto de partida, pero no estoy convencida aún si ello conduce realmente a la justicia. En ese momento pensaba que lo que estábamos haciendo era simplemente cumplir con lo que se había prometido en las negociaciones. Pero ahora que pasaron los años, pienso que tal vez hicimos un poco más que eso. El concepto de justicia es muy difícil cuando se está aceptando una amnistía. Al final del proceso, los que no se acogieron a esa amnistía debían ser llevados ante los tribunales. Y hasta ahora, ello no ha ocurrido. Así que en ese sentido hay una decepción ciertamente, para las víctimas y para el país.
# ¿Es posible la justicia retroactiva como camino de reparación y reconciliación en procesos de este tipo?
—Entiendo que es difícil; es difícil reconstruir las pruebas, aunque me parece que en algunos casos (en Sudáfrica) sería posible y sería un paso contra la impunidad. Pero hubo reparaciones y la verdad se mostró públicamente. Tenemos un juez muy valiente y famoso, que es ahora miembro del Tribunal Constitucional, Albie Sachs, que fue él mismo víctima de una bomba, y él definió este nuevo tiempo, la paz y la Constitución como "la venganza suave": lo que tenemos no es una revancha, sino nuestra respuesta que es vivir juntos pacíficamente, es la mejor forma de mostrar que somos mejores que quienes sometieron al país a un régimen ofensivo para la dignidad humana. Es, después de todo, otro concepto de la justicia.
# ¿Cuál es el legado que deja aquel pasado de violencia estatal contra una mayoría de la sociedad?
—Vivimos hoy en día muchos de los problemas que vienen de esa época de violencia; especialmente la ruptura de las vidas familiares de tantas personas africanas que no tenían el derecho de vivir una vida normal. Cuando vemos ahora una generación con problemas de droga, de falta de buena educación y capacitación, de alto desempleo, muchas de esas cosas tienen su causa en el período del apartheid. Pero ello también es consecuencia de entrar en los problemas del mundo. El apartheid nos aisló del mundo, pero al entrar nuevamente al mundo, también entraron los problemas de la globalización. Hay otras formas de apartheid frente a las que tenemos que actuar, sabiendo que la defensa de los derechos humanos, en este caso los económicos y sociales, nunca debe detenerse.
# No es muy diferente de lo que vemos en América latina...
—Tenemos problemas similares, miseria, desocupación, enfermedades. No hay soluciones fáciles, pero tenemos países ricos, que pueden ofrecer una vida mejor a sus habitantes. Debemos buscar los recursos para hacerlo, y contar con voluntades y estrategias políticas adecuadas.
# Si tuviera que decirlo en breves palabras, ¿en qué se diferencia la defensa de los derechos humanos frente a una dictadura y dentro de la democracia?
—Tenemos Constituciones renovadas, que son cartas de derechos fundamentales y una primera gran herramienta. Están allí para que los gobiernos cumplan, pero también para que los ciudadanos exijan y se organicen para defender sus derechos y para reducir la injusticia y la inequidad. Algo que es, al fin, para bien de todos. Porque los que somos privilegiados no podemos vivir bien a costa de los que sufren. Y no puede haber sociedades más seguras si no se resuelven la extrema desigualdad y las ofensas a la dignidad humana. Esa es la lucha por los derechos humanos que nos faltan hoy.
Copyright Clarín, 2007.
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CLORINDO TESTA: ARQUITECTO Y ARTISTA PLASTICO
Algunos estilos permanecen y otros sucumben. Las casas batallan frente a la expansión de los departamentos. La Ciudad ha sufrido cambios desde siempre. Pero eso es reaseguro de su perpetua vitalidad.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Mucho se está edificando en Buenos Aires y quedan muy pocos terrenos libres. Este avance de los edificios altos, ¿puede transformar a Buenos Aires en una ciudad sin casas? ¿Qué futuro tienen las casas en Buenos Aires?
—Cuanto más lejos uno se vaya, más futuro tiene la casa individual. Pero, a pesar de todo, creo que la gente se ha acostumbrado, y se acostumbra cada vez más, a vivir no en las casas individuales, sino en departamentos.
# ¿Cómo valora esa costumbre? ¿Es una pérdida o se adquieren nuevos lazos sociales?
—Es una manera distinta de vivir. Yo, cuando era chico, vivía en una casa que estaba en el Centro porteño, en Montevideo, entre Córdoba y Paraguay. Después viví en una casa en Haedo, con jardín. Más tarde viví siempre en departamentos. Y diría que ahora, con un departamento en Buenos Aires, por lo general se tiene la ventaja de estar o sentirse en el Centro, donde sucede, sin necesidad de moverse: están las galerías, los bares, se puede salir.
# ¿Le parece que los edificios que se están construyendo actualmente en Buenos Aires son sustentables para la vida?
—Creo que sí, mientras uno no necesite pisar tierra. Y depende, después, de qué departamento se trate, de cómo esté hecho y de si el arquitecto ha sido bueno. Por otra parte, hay torres que tienen pileta de natación, esto, lo otro y un montón de cosas más. Pero yo creo que esas instalaciones están siempre vacías.
# ¿Y qué atractivo tienen? ¿Qué se vende con eso?
—Tienen el atractivo de que aunque uno no lo use, existe la posibilidad de hacerlo, es una ventaja que se tiene. Si a uno le gusta estar en una pileta y se tiene esa posibilidad, aunque se vaya dos veces por año, se sabe que está la pileta y que se la puede usar. Se sabe que se tiene una terraza arriba y que se la puede usar, aunque no se vaya nunca.
# ¿Qué opina de los edificios en construcción que levantan fachadas de estilo premoderno?
—Hay edificios horribles, que son como versallescos, cosa que me parece absurda porque las cosas han ido cambiando, y es triste volver a una estética de trescientos años atrás. Hay un edificio así en la avenida Figueroa Alcorta y otro se está haciendo en Núñez, frente al Tiro Federal.
# ¿Acaso ese tipo de edificios dan cuenta de una crisis de las construcciones racionalistas?
—No. Es simplemente una falta de cultura de la gente. Es eso. Se hacen porque hay personas a las que le gusta eso.
# Buenos Aires, en general, fue tenida como una ciudad europea. Con un perfil arquitectónico variado, pero con la influencia de tantos arquitectos italianos, obras públicas afrancesadas.
—Es muy divertido, porque muchos de esos italianos eran masones. Podría decirse que los masones edificaron Buenos Aires.
# ¿Se está perdiendo el perfil europeo de Buenos Aires?
—Claro, cada vez más. Pero también hay que reconocer que las influencias de otros países estuvieron siempre. La iglesia de San Ignacio es un edificio barroco. Hay edificios barrocos austríacos, porque algunos arquitectos eran austríacos y otros italianos, como los que hicieron la iglesia del Pilar y el Cabildo de Buenos Aires. Eran italianos que se metieron a curas, pero eran arquitectos que hicieron acá lo que hacían allá. Cambiaron de material, usaron lo que había: ladrillo y cal, en vez de mármol y piedra. La arquitectura barroca duró doscientos años. Los primeros edificios, las primeras iglesias que se hicieron en América fueron renacentistas. Siempre todo se traslada y cambia porque el lugar es distinto.
# ¿Y ahora también?
—Sí, ahora es lo mismo.
# ¿No es más internacional?
—La arquitectura siempre fue internacional. Piense en los romanos. Ellos tenían toda Europa. Y su arquitectura fue la misma en Inglaterra que en Asia Menor.
# ¿A Buenos Aires le falta homogeneidad a sus edificaciones?
—Sí, pero eso forma parte de lo bueno que tiene. Parte de lo mejor que tiene la Ciudad de Buenos Aires —y de lo alegre que es y lo linda que es para vivir— está dado por esa ausencia de homogeneidad. Y eso permite ver un edificio de los años cuarenta al lado de un edificio como, por ejemplo, el Barolo. Nunca se da una homogeneidad como la que hay en Europa. Uno va al centro de Milán y todos los edificios son de finales del ochocientos; y en Roma son del setecientos. Y uno dice qué lindo que es, porque todo es homogéneo. Pero más divertido y más ágil, casi diría excitante para la vista, es esto.
# ¿Se puede sentir placer al contemplar una medianera?
—Y, mire mi propia experiencia. Acá estoy, en Santa Fe y Callao, con una una medianera lindísima de frente, que está como a más de sesenta metros, o sea que hay un paisaje de sesenta metros, y después hay una pared, en vez de tener balcones con gente asomada a la ventana. Es lindo cuando aparecen las pequeñas ventanitas que van creciendo, como genéticamente, siguiendo un orden dado por la distribución de los departamentos.
# ¿Y qué le parece la relación que tiene Buenos Aires con el río? Miramos hacia adentro, ¿no podríamos tener una mirada con otro paisaje, más abierta?
—Montevideo la tiene, tiene toda la costanera que mira al Río de la Plata. A pesar de que es el mismo río, la costa en Uruguay es mucho más linda que la nuestra. El agua es distinta, viene del río Uruguay y es limpia, es más clara, más transparente que la que nos llega a nosotros. En Montevideo hay arena, arena blanca. En Buenos Aires hay toscas y barro. Nunca fue una costa atractiva. Estaban las lavanderas todo el día; los carros; los barcos no podían llegar, paraban a quinientos metros de distancia. En todo el XIX el Río de la Plata fue una especie de suciedad constante y la gente quería estar fuera de ahí, a menos que tuviera que trabajar.
# ¿Y ahora se podría hacer algún cambio sobre eso?
—Yo creo que ya está dentro de lo genético. Está instalado que el Río de la Plata es sucio.
# Los planes y políticas urbanísticas, ¿son efectivos para modificar tendencias y mejorar el espacio de la ciudad?
—En teoría son efectivos. Debieran serlo. Las ciudades se van planificando, tal vez no con un plan que lo considere todo, pero que contemple sí el hecho de que hay que abrir una avenida, hacer parques en terrenos vacíos, etc.. Con todo, se puede decir que la Ciudad de Buenos Aires está bien, por el hecho de que es un cuadriculado y una llanura. No es como Nápoles, que entre la parte baja y la parte alta usted tiene tres calles llenas de autos, una cosa monstruosa. Acá se puede ir, en teoría, por todos lados. Uno se puede mover en cualquier dirección, sin cierres de calle opresivos.
# ¿Qué hacen nuestras calles con los peatones? ¿Los expulsan, los contienen?
—Todavía el tráfico corre, la gente va por las veredas. Todavía esto se mantiene. Hay muchos más autos ahora que hace diez años, desde ya. Cuando yo era chico y vivía en la calle Montevideo y Córdoba, salía al balcón a ver los partidos de fútbol que jugaban los chicos en la calle. Ahora, no se puede jugar más al fútbol en la calle. Las ciudades van cambiando y creo que es absurdo decir "ah, qué lindo era cuando se jugaba al fútbol en la calle!". Jugaban porque se podía. Ahora no se puede y no se juega al fútbol.
# Tradicionalmente, la arquitectura fue una de las bellas artes, y las fachadas de los edificios, en general, se concibieron como obras de arte. Esto después fue cuestionado. Para usted, que es un artista plástico además de arquitecto, ¿qué relación le parece que existe entre la arquitectura y el arte?
—Yo creo que son dos cosas que funcionan juntas y que no están separadas. Se piensa de la misma manera. Porque no es que en un papel en blanco se empieza a dibujar, sin saber qué se va a hacer, dónde se van a poner los dormitorios, por ejemplo. Eso tiene que estar pensado. Cuando se empieza a hacer un dibujo también se sabe qué se está buscando hacer. Después uno lo va corrigiendo y mejorando. Tanto en la arquitectura como en la pintura las obras se piensan primero y después se transportan. No quiere decir que no se cambien; se cambian a medida que se van haciendo y hay nuevas cosas que aparecen y que traen cambios. Pero la manera de hacer una obra arquitectónica o una pintura y una escultura siguen el mismo mecanismo, siempre racional.
Copyright Clarín, 2007.
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SIMON JENKINS (PERIODISTA E HISTORIADOR MILITAR)
Si la operación de Astiz en las islas Georgias no hubiera precedido a la terrestre, y si se hubieran hundido los barcos británicos de transporte, el resultado en Malvinas habría beneficiado a la Argentina.
María Laura Avignolo.
mavignolo@clarin.com
En la Argentina hay como un síndrome de Vietnam: no se reconoce a los veteranos. Tras sus investigaciones, ¿usted cree que los argentinos pelearon esta guerra dignamente?
—Es transparente que la ocupación de Malvinas fracasó por la completa indisciplina de la Marina, que permitió que avanzara la operación de Astiz en Georgias antes de la Operación Rosario. Si la Operación Rosario hubiese existido sin las Georgias antes —como lo había pedido el almirante Lombardo— habría sido extremadamente difícil para los británicos lanzar la Fuerza de Tareas. Los argentinos tenían un buen plan, que habría sido un éxito si la Marina hubiera logrado disciplinar a su gente. Las argentinas eran tropas equivocadas. Porque eran tropas de ocupación. Pero usted debe recordar que los argentinos casi les ganan a los británicos. Si ellos hubieran hundido los barcos indicados —los de transporte y no los otros—, los británicos habrían estado en terribles problemas. Los británicos lo sabían. Su inhabilidad para defender Puerto Stanley (Argentino) fue notoria.
# ¿Cuáles eran los problemas políticos de Margaret Thatcher frente a la invasión?
—Tuvo dos. Era obvio que había sufrido una humillación militar. Había fallado en defender un territorio británico de una invasión y eso implicaba serios errores de su parte. Por eso el canciller pagó un alto precio y ella también. Creía que debía renunciar. Era muy vulnerable en ese momento: se vivían dos años de extrema recesión en Gran Bretaña, lideraba un gabinete dividido, tenía sólo unos pocos amigos y no era popular. Estaba esperando una derrota en la próxima elección de todas manera, por lo que no podía sino ganar en Malvinas.
# ¿La invasión de Malvinas le dio a Thatcher la posibilidad de ganar la elección británica?
—A Thatcher la salvó el conflicto. Silenciar a sus enemigos la convirtió en una figura mundial.
# ¿Por qué cree que las negociaciones fracasaron y Thatcher decidió ir a la guerra, que era una pesadilla logística para los británicos?
—Ella dijo después que lo hizo porque creía que Galtieri nunca se retiraría. La única forma de salir de la situación era con la bandera británica flameando en Port Stanley. Era la única en su gabinete que tenía esta visión.
# En la Argentina tampoco creían que iban a la guerra. Galtieri, Costa Méndez, Lami Dozo pensaban que la Fuerza de Tareas nunca pasaría la isla Ascensión.
—Hay una frase que usó Kissinger. Cuando Alexander Haig, que no era muy inteligente, fue a verlo para preguntarle cómo había armado su diplomacia con israelíes y egipcios y qué hacer con los argentinos, Kissinger respondió: "Nunca va a funcionar. Yo estoy negociando con semitas, que al final del día, siempre quieren cerrar un negocio o un acuerdo. Usted está lidiando con anglosajones y latinos y todo gira alrededor del orgullo. Ellos nunca van a ceder hasta que no haya una batalla". Era correcto. En esos días, Galtieri se sentía glorioso en el balcón y aterrorizado de ceder. Thatcher estaba en la posición opuesta: ella tenía que lograr la victoria. Por eso no funcionó. Hubo una posibilidad, con la propuesta peruana. Si Haig hubiera conseguido que Reagan la avalara y los argentinos hubieran estado preparados para aceptar una bandera de la ONU, la británica y la argentina, Thatcher podría haber cedido. En junio, al final, hubo otro plan: de Pérez de Cuéllar. Reagan se reunió con Thatcher en París. El estaba fuera de este planeta, como sabemos, y le dijo: "Vamos, Margaret. Debes aceptar este plan". Ella contestó: "Hay demasiados muertos". Pero los dos planes hubieran sido inteligentes.
# ¿Por qué Thatcher nunca escuchó al Foreign Office y por qué la Cancillería británica nunca logró convencer a los sucesivos gobiernos de que era indispensable negociar seriamente Malvinas?
—El gobierno británico siempre les dio a las Islas el derecho al veto. A ellos y no a los de la isla Diego García. Tenían un lobby muy efectivo en Londres y le daban a cada ministro que llegaba a las Islas o en el Parlamento un dolor de cabeza. Cuando la Fuerza de Tareas partió, la idea de la guerra se impuso. Thatcher sabía que iba a haber una investigación oficial y debía destrozar a los argentinos y hacer flamear la Union Jack en Puerto Stanley. Era su necesidad política. Fue muy emocional: el hundimiento del Sheffield, la pérdida del Atlantic Conveyor, los ataques en San Carlos fueron momentos en los que ella pensó que perdía. La necesidad de poner la Fuerza de Tareas fuera de la costa de Malvinas fue altamente controvertida. Cuando perdieron los helicópteros, los británicos tuvieron que caminar en las Islas tras el desembarco. El combate de Goose Green (Pradera del Ganso) fue extraordinario: los argentinos debieron haberlo ganado. La Fuerza Aérea británica había prometido superioridad aérea y no la consiguió. La Fuerza Aérea argentina sobresalió y dañó seriamente a la Fuerza de Tareas.
# ¿Cuál fue la responsabilidad de Thatcher en el fracaso de las negociaciones?
—No tenía la menor fe en las negociaciones. Si los diplomáticos podían sacar a los argentinos de las Islas, lo aceptaría, pero no confiaba en que pudiera ocurrir. Siempre se reunió con Haig y lo dejó continuar con las negociaciones, aunque la frustraba. Thatcher odiaba que le dijeran que debía demorarse. Pero consiguió poner a la ONU de su lado. Cuando el hundimiento del Belgrano abrió un debate legal, ella pidió aclaraciones de la situación. Siempre supo que estaba en la posición correcta de responder a una agresión y que debía llegar al final.
# ¿Por qué Thatcher ordena hundir al Belgrano?
—El buque era una amenaza, estaba en el mar como parte de una flota de invasión que defendía una tierra ilegalmente tomada. Y era muy difícil encontrarlo. Cuando lo encontraron, estaban aterrorizados de perderlo. Hundirlo era una decisión inevitable.
# ¿Ese hundimiento no terminó como un catastrófico ejercicio de relaciones públicas para Thatcher?
—A esa altura, ellos enfrentaban un ejercicio aún peor: el portaaviones 25 de Mayo. Estaba en el mar también, repleto de aviones, y esos aviones podrían haber destrozado la flota británica. Después del hundimiento del Belgrano, la flota argentina volvió a puerto con problemas mecánicos, pero nosotros no lo sabíamos. En la medida que estos barcos estuvieran por ahí, siempre habría problemas. Podrían haber hundido cualquiera de los barcos de la Fuerza de Tareas. Es cierto que el Belgrano fue un desastre de relaciones públicas porque mucha gente murió. A los británicos se les decía: "No se preocupen, que vamos a ganar". No era el caso en ese momento. Si el Belgrano se hundía, el 25 de Mayo seguía con los Super Etendart arriba. Les hubieran pegado a todos los barcos británicos, incluido el Camberra. Hundir un barco líder era imprescindible.
# Después del hundimiento del Belgrano, ¿usted no considera que se vuelve una guerra grotesca en términos de imagen?
—El Conqueror no bombardeó a los barcos escoltas para que participaran en el rescate. El hundimiento del Sheffield y del Coventry por parte de los argentinos equilibró el hundimiento del Belgrano y fue el peor momento de la guerra. La pérdida de estos dos destructores devastaron al gobierno británico. Es ahí cuando el gobierno británico pensó que no ganaría la guerra. Es cierto que el hundimiento del Belgrano pareció brutal, pero sentían que estaban perdiendo la guerra. Si los argentinos hubieran dejado sus infantes de Marina en las islas y no los conscriptos, el equilibrio hubiera sido diferente. La pérdida de los helicópteros británicos fue totalmente crítica porque no pudieron atacar directamente Port Stanley.
# ¿Cómo explica que después de 25 años no haya negociaciones por Malvinas?
—Existió la "política de seducción" de Guido Di Tella. Yo almorzaba con él cada seis meses y le decía: "Siga adelante". Pero está impregnado en la psiquis política de los británicos que no habrá negociaciones. Esa convicción nos cuesta muchísimo dinero, es estúpido.
Copyright Clarín, 2007.
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ENTREVISTA A GABRIELA MASSUH (CRITICA CULTURAL)
Pasadas ciertas módicas rupturas generadas por la crisis del 2001-2002, el arte argentino parece hoy más interesado en alimentar la maquinaria comercial que en representar los movimientos sociales.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Mucho se habló de cómo la crisis del 2001/2002, afectó la esfera cultural. ¿Qué balance puede hacerse ya con más serenidad de la producción artística marcada por esa crisis?
—Creo —y esto no sólo se refiere al ámbito cultural— que una crisis, más que traer un cambio, consolida la estructura inmediatamente anterior a ella. La crisis sirve para tocar fondo, pero también para reconstituir las estructuras de poder. Y si uno piensa en retrospectiva, por ejemplo en el teatro anterior al 2001, se advierte que era un teatro que estaba anticipando un resquebrajamiento profundo de la sociedad. Después de la crisis, los llamados autores de vanguardia volvieron a una producción más clásica, con un apartamiento de la realidad y una vuelta a modelos como Dostoievski y Chejov, mucho más literarios que reales. En la producción cultural, en general, me parece que ahora estamos en un momento más coherentemente cerrado en sí mismo que antes de la crisis. En este sentido, la Argentina comparte lo que está pasando a nivel de producción cultural en todo el mundo, asimilando los cánones privados o comerciales, porque se tiene mucho miedo de quedarse atrás. Y lo que se hace es un poco más de lo mismo.
# Las obras locales que apelan a una estética cartonera y de la pobreza, ¿mantienen su potencia?
—Potente no sé, pero es una moda. Y como tal hay que tomarla como algo pasajero. Hemos logrado internacionalizar esta especie de estética de la pobreza a través de un proyecto tan grande como fue "Ex Argentina".
# ¿Qué rasgos tiene esa estética de la pobreza?
—En el caso específico de Argentina hay una renuncia muy grande a lo que es propiamente artístico para optar por lo que es información de la realidad. Es muy difícil juzgarlo como antiestético, porque enseguida le voy a poner un valor determinado y creo que en el arte hay una especie de crisis de valores y de evaluación. Pero es muy paradójico, cuando uno ha vivido tan de cerca un proceso, mirarlo desde el punto de vista estético solamente, porque la estética es una parte. A mí me pasó una cosa muy significativa con los diez trajes de Brukman, la fábrica recuperada, que ahora están expuestos en Berlín. En febrero los vi, y me pareció muy raro verlos ahí. Tendrían que haberme parecido comprables, invalorables, y sin embargo no les pude conferir un valor. Me pregunto quién va a comprarlos. Deberían tener un precio determinado y si se vendieran, se podría repartir el dinero con las trabajadoras que los hicieron.
# ¿Cómo persiste la dicotomía entre la "alta cultura" y la "cultura popular"?
—La cultura popular no pasa por el hecho de que los artistas se acerquen a la producción popular, porque la manera de producir y circular es muy distinta. Yo no creo que haya una contradicción entre cultura popular y alta cultura. Las dos existen y tienen que existir. Las dos son necesarias. Yo creo que tanto el arte popular como el alto arte están determinados por miradas y formas de circulación, pero sin que estén en franca oposición uno con otro. Porque siempre hay maneras plurales de circular y maneras de acceder. Yo no creo que el hecho de exponer dentro de un museo sea algo cuestionable; tampoco creo que el museo como institución sea algo cuestionable. Creo que antes hay que cuestionar muchas otras cosas y que el hecho de que una exposición no se entienda de manera masiva no es un defecto de esa muestra, sino que es algo intrínseco de las maneras de expresión que adquieren ciertas formas que a veces son muy difíciles de entender en un momento, pero que se entienden más adelante.
# El arte está en los museos, pero circula por el mercado. ¿Está en transformación el mercado del arte?
—Transformaciones básicas no hay. A mí me parece que hay simplemente una solidificación del mercado. El mercado es muy sólido e imbatible. No hay manera de combatir el mercado, porque tiene sus propias leyes. Lo único que uno puede hacer es crear espacios de producción donde el mercado no influya, en donde el artista pueda pensar libremente y de alguna manera pueda hacer lo que en sus momentos hicieron las vanguardias, que es pensar una probable política y poner al servicio de esa probable política los modos de producción artística. En este momento tenemos muy pocos artistas concentrados en pensar nuevas maneras de articulación social, nuevas maneras de política. Por eso es muy difícil que existan vanguardias. El mercado contribuye para que no haya vanguardias artísticas, porque saca a los artistas de las necesidades sociales y los pone al servicio de la necesidad de alimentar una maquinaria. Tal vez sea injusto lo que digo, porque el artista tiene que comer y vivir. Antes estaba en manos del Estado la creación de espacios, islas salvadas del mercado, pero en este momento casi le diría que no existen.
# Además, el artista tiene una necesidad simbólica básica, que es la de reconocimiento. ¿Por dónde y cómo circula ese reconocimiento?
—A mí me cuesta muchísimo hablar de criterios de valor en materia de artes plásticas. Es donde más difícil se hace establecer qué es bueno y qué es malo. Realmente yo no lo podría hacer, porque en las artes plásticas se dan ejes de mercado, pero no sé si hay ejes de valor artístico. Está clarísimo cuando una película es buena o no, cuando una novela es buena o no, cuando un poema conmueve o no. Pero con las artes plásticas es muchísimo más difícil, porque hay diferentes ejes y maneras de producción, todas absolutamente legítimas.
# ¿Estamos ante una normalización del gusto y de la producción artística?
—Hay una enorme normalización de la superficie. Hay una especie de discurso público que se solidifica, hay circuitos que se solidifican. En las artes plásticas locales hay un circuito que va de un centro cultural a otro, y ahí pasa todo. Hay, aproximadamente, un 30% de la población que consume, llena teatros, agota la edición de un libro y hay un espacio público que está sólido y normalizado en el sentido de que se articula con festivales de teatro y de cine, encuentros de poesía y de danza que funcionan.
# Es interesante que exista esa circulación....
—Sí, pero hay una circulación en el vacío, que no cuestiona qué se está haciendo ni para qué se lo hace. Entonces, la normalidad es esa especie de circulación en el vacío, son hábitos generados por ciertas necesidades que se mantienen cuando ya se perdió la necesidad. Esa es la normalidad en el arte y en la cultura. Estamos habituados a ir al museo, al shopping, al mercado. Esa es la normalidad. En este sentido, la normalización de la gestión cultural crea un momento detrás de otro, sin preguntar para qué.
# ¿Qué puede aprender un artista de los movimientos sociales?
—Una de las derivaciones de la crisis del 2001 fue el proyecto de articular nuevas maneras de organización social y de solidaridad, y de crear nuevos espacios públicos donde lo político fuera posible desde un punto de vista primordial. Eso se expresó en movimientos sociales o socioterritoriales. Quedan algunos remanentes, aunque es muy difícil salvarse de la presión política y de la cooptación política, porque ante un modo de producción alternativa no es la empresa la que se va a preocupar sino que es el político, porque ahí está su competencia.
# ¿Por qué?
—Porque la competencia no está en la producción sino en lo que de genuino y de comunitario puede tener un fenómeno, algo que hace a la verdadera política. Me parece interesante seguir estos fenómenos que están distribuidos a lo largo del país, porque de alguna manera pueden articular formas de una nueva política probable. Y esto tiene que ver con lo que dije sobre el discurso de vanguardia. Mi intuición es mandar artistas para el lugar donde eso se ve, donde se esté dando, para que lo vean y, si quieren, que aprendan de eso, como yo aprendo mucho de esas experiencias. Y tratar de que haya una influencia, pero más de los movimientos hacia los artistas que al revés. Y tal vez así podamos generar en esos espacios pequeños, invisibles, algún discurso nuevo, parecido a una especie de vanguardia, para tener un poco de futuro.
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