ENTREVISTA A HECTOR CIAPUSCIO (ESPECIALISTA EN POLITICAS CIENTIFICAS)
Los grandes científicos saben cuándo es buena la maquinaria novedosa y cuándo no. No beneficia cuando implica sólo proveer "juguetes" para los ricos. Pero sí rinde cuando acorta la brecha entre débiles y poderosos.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
En la Argentina circulan alrededor de siete millones de vehículos, hay diez millones de computadoras y 24 millones de teléfonos celulares. Haciendo una cuenta ligera, uno dice: esta es una sociedad altamente tecnologizada ¿Cómo nos llevamos los argentinos con la tecnología?
—El uso de la tecnología está difundido, masificado; pero la producción de tecnología básicamente no es nuestra; muy poco de tecnología argentina está dentro de cada vehículo, de cada computadora, de cada teléfono celular, de cada motor. Hemos incorporado abundancia de tecnología que nos ayuda —o no nos ayuda, esta es otra cuestión— a mejorar nuestra calidad de vida. En muchos aspectos, podemos también señalar que no nos llevamos muy bien con ella, a juzgar por cómo conducen automóviles los adultos, por la desmesura en el uso de los celulares o por el tipo de uso que se le da a la conectividad con las computadoras.
# ¿Cuándo es buena la tecnología y cuándo no lo es?
—Esa es la pregunta que se hicieron los grandes científicos del siglo XX, como Einstein y Heisenberg, que tenían formación filosófica, y más recientemente el físico nuclear Freeman Dyson. La respuesta que ellos dan es que, por regla general, la tecnología opera para mal cuando su efecto es proveer juguetes para los ricos y trabaja para el bien cuando sus resultados sirven a las necesidades de los pobres. Dicho de otro modo: la tecnología es buena cuando actúa como herramienta de igualación social; no lo es cuando acentúa las diferencias entre los poderosos y los débiles, entre los ricos y los pobres.
# ¿La revolución tecnológica no permite a mucha más gente tener acceso a beneficios múltiples que antes estaban considerablemente más restringidos a grupos sociales privilegiados?
—Hubo dos grandes etapas. Hasta mediados del siglo XX, la tecnología proveyó abundantemente bienes socialmente niveladores: la luz eléctrica, la heladera, la radio, el teléfono, las vacunas, las fibras sintéticas, los antibióticos, la televisión... Fueron factores de igualación social. Beneficiaron la vida de ricos y pobres, disminuyeron la brecha entre unos y otros. Pero en los últimos cuarenta años no ha sido tan así: el desarrollo tecnológico no ha venido de la mano de la equidad.
¿Cómo imagina un desarrollo tecnológico que fuera en la dirección contraria, a favor de una distribución más igualitaria de los beneficios del avance tecnológico?
—Mire, la mitad más desfavorecida de la humanidad necesita viviendas baratas, cuidado de la salud y educación accesibles a todos y de calidad. Y las nuevas olas tecnológicas prometen un desajuste todavía mayor entre la tecnología y esas tres necesidades básicas insatisfechas. Si esta brecha continúa ampliándose, llegará un momento en que los pobres habrán de rebelarse y su revuelta empobrecerá tanto a pobres como a ricos.
# ¿De qué modo evitar que eso ocurra?
—Creo que esa brecha profunda que existe entre las necesidades humanas y la tecnología sólo puede ser llenada por la ética, por el poder de la persuasión ética. El movimiento ambientalista mundial es un ejemplo; ha logrado grandes victorias sobre la arrogancia industrial y tecnológica. Ha hecho, por ejemplo, fracasar a la industria nuclear de los Estados Unidos, a su despliegue pacífico como fuente de energía y a su despliegue bélico a través de las armas atómicas. Los educadores, los científicos, los industriales lúcidos, deben luchar para que la justicia social gravite sobre el despliegue de la tecnología.
# ¿Considera del mismo modo el cuestionamiento a la modificación genética en cultivos y alimentos?
—Bueno, uno no puede dejar de reconocer que la Argentina ha transformado la economía en los últimos diez años gracias a la incorporación de la biotecnología en la producción agraria. No debería haber incompatibilidad entre ecología y biotecnología, o entre desarrollo económico e impacto ambiental, como ha quedado mal planteado en el desgraciado conflicto por las papeleras con Uruguay.
# ¿Cómo se resuelve esa confrontación desde el punto de vista ético?
—El cambio tecnológico conlleva dilemas éticos que no se deben eludir. Lo que hay que evitar, creo yo, es la tentación de lo que los griegos llamaron "hübris", esto es, el orgullo excesivo que lleva a los hombres a desafiar a los dioses, a colocarse ellos mismos por encima de las leyes humanas, a suponer que es posible dominar o sacar provecho sin fin de la naturaleza sin medir los costos a mediano y largo plazo.
# ¿Cuáles fueron las etapas de desarrollo tecnológico en nuestro país y dónde nos encontramos hoy?
—El desarrollo tecnológico acompañó las etapas del desarrollo industrial del país; hasta el 75 el crecimiento industrial significaba también la mejora del desarrollo tecnológico. A partir del 75, eso se fue a pique con toda la política neoliberal de Martínez de Hoz y cía. Con la recuperación de la democracia en el 83 se quiso retomar un camino que el país había recorrido, pero la inflación, la deuda externa y la falta de fuertes consensos políticos llevaron a una crisis que terminó con la extranjerización de la industria y de la tecnología en los años 90.
# Cuando habla de "retomar un camino que el país había transitado", ¿a qué momentos y hechos se refiere concretamente?
—Hay momentos clave en la memoria de los que estamos todavía vivos: el desarrollo de la siderurgia y de la industria aeronáutica durante los años 40, con el primer peronismo, que tenía un fuerte costado apoyado en la defensa nacional y las industrias militares, pero tenía también otro costado vinculado con la innovación tecnológica que significaba la incorporación de recursos nacionales para el uso masivo y con sentido federal: se recuerda poco el hecho de que se crearon en aquellos años institutos de investigación científica en todas las Universidades del país. Con Frondizi en el 58 se produce otro gran momento; cantidad de ingenieros, por ejemplo, poblaron la administración pública, se produjo una verdadera revolución en la Universidad, que fue un gran semillero de científicos que estaban cerca de los desarrollos tecnológicos propios; en el campo de la energía nuclear, en la física, en la bioquímica, en la informática.
# ¿Qué ocurrió luego?
—Se fue perdiendo esa conexión entre ciencia y tecnología. Por un lado, por los golpes militares y persecusiones que asfixiaron la producción científica e intelectual y motivaron que tantos científicos tuvieran que emigrar o enclaustrarse. Por otro lado, por las políticas económicas que no entendieron la importancia de contar con desarrollos tecnológicos propios.
# ¿Qué enseñanza se recupera de aquel legado?
—El sistema científico argentino tiene una gran capacidad, no siempre bien aprovechada desde el campo tecnológico. Se hicieron cosas muy importantes que hay que reconocer. Una es la Agencia del Desarrollo Tecnológico, una agencia que estaba en la SECYT (Secretaría de Ciencia y Técnica) y que promueve y financia investigación auténtica y seria —por ejemplo en biotecnología. Uno puede tener las críticas que quiera sobre el Gobierno, pero demuestra tener conciencia de lo que significan la educación, la ciencia y la tecnología, y está aumentando el apoyo financiero, mejoraron los sueldos y el respaldo para la investigación aunque estemos todavía lejos de los estándares internacionales.
# Si tuviera que proponer cosas concretas en materia de desarrollo científico tecnológico, ¿qué recomendaría?
—Una idea es que la política tecnológica debería estar radicada en una secretaría del Ministerio de Economía. El mismo rango que tiene la secretaría de Ciencia en el ámbito de la educación y su ministerio debe tener una secretaría de Tecnología en Economía. No se trata de un cambio burocrático más; expresa una concepción estratégica del desarrollo tecnológico, que debe estar incorporado a una visión integral del desarrollo, como la tienen los brasileños, sin ir más lejos. Es entender que no hay desarrollo de un país sin un amplio movimiento cultural y socioeconómico que lo sustente y políticas estatales que lo promuevan.
Copyright Clarín, 2007.
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ENTREVISTA A LORENZA SEBESTA (POLITOLOGA)
Los problemas que enfrenta hoy la Unión Europea radican más en el olvido del modelo de desarrollo económico y social elegido medio siglo atrás que en las resistencias a integrarse en unidades de mayor escala.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
Se cumplen el domingo próximo 50 años del Tratado de Roma, piedra fundamental del proceso de integración de la Europa de posguerra. ¿Cuál es el balance que puede hacerse desde el mirador de la actual Unión Europea?
—Si miramos la Europa de los primeros cincuenta años del siglo pasado y la Europa de hoy, la respuesta es obvia: hemos recorrido un largo camino. Este camino ha adoptado varias formas que, brevemente, pueden resumirse en la consolidación de la democracia, el fin de la conflictividad entre estados, el desarrollo económico y la difusión del bienestar. No cabe ninguna duda de que la integración ha contribuido a alcanzar estos objetivos, aunque el modo en el que lo ha hecho es aún motivo de debate.
# ¿En qué acertaron y en qué fallaron sus "padres fundadores"?
—En primer lugar debemos tener presente que se trataba de un grupo muy heterogéneo: militantes federalistas, pacifistas kantianos, altos funcionarios, banqueros iluminados y ministros. Cada uno deseaba una Europa distinta. Junto a los proyectos de Estado federal, había planes de uniones aduaneras, de mercados comunes sectoriales —carbón, por ejemplo—, de ordenamientos jurídicos superpuestos, de políticas comunes —la política agrícola—. Quizás ninguno de ellos estaría satisfecho con la forma que ha adoptado la integración en la actualidad, pero ésta ha necesitado de todos ellos para nacer y consolidarse.
# El freno al Tratado Constitucional, luego del rechazo de Francia, representó un gran golpe para la idea de un progreso sostenido e irreversible. ¿Cómo observa lo que ha ocurrido desde entonces?
—Creo que los resultados de los referéndum francés y holandés contrarios a la adhesión constitucional no deben ser vistos como un "No" a Europa, sino como un "No" a la imagen de Europa que ha venido consolidándose durante los últimos quince años: una Europa comprometida con una política de reajuste de las cuentas públicas y de control de la inflación, de privatizaciones de servicios y, en general, de retiro del Estado del gobierno de la economía. Aquellos que votaron por el "No" rechazaron el simple dilema entre "Europa sí/Europa no", y exigen tener voz en la definición del tipo de Europa en la que viviremos.
# ¿Pero no ha habido un estancamiento a partir de entonces en el proceso de integración?
—No lo veo así. En estos últimos quince años no sólo se ha puesto en marcha la moneda única y el pacto de estabilidad, sino que se ha sabido ampliar la cantidad de Estados miembros —que se ha más que duplicado— y también sus competencias hacia campos como la política exterior y de seguridad común. Junto a esto, la Unión ha iniciado el camino, largo e incierto, para la creación de un nuevo "demos".
# ¿No se pecó de un excesivo optimismo en la apuesta por una Constitución europea que expresara la existencia de un pueblo europeo sin patrias, desconociendo las realidades y resistencias nacionales y regionalistas?
—Hay algo de cierto en las objeciones de los europeístas críticos. Es bueno no olvidar que la integración nació sobre la base de un acuerdo tácito: una visión compartida sobre el tipo de desarrollo económico y social que los gobiernos se comprometían a garantizar a sus ciudadanos.
# ¿Se refiere al modelo europeo de Estado de bienestar, contrapuesto al capitalismo salvaje?
—Simplificando al máximo: no todos amaban a Keynes, ¡pero todos reconocían que el New Deal de Roosevelt había salvado a Estados Unidos del hambre! No existían, por lo tanto, dudas sobre el hecho de que el Estado debía jugar un rol fuerte en el gobierno de la economía, no sólo en la creación de riqueza, sino también en su distribución. Y, de hecho, los gobiernos de entonces invertían en viviendas populares y en educación, controlaban sectores productivos estratégicos y suministraban directamente servicios públicos, entre otras cosas. También en la liberalísima Alemania, el gobierno poseía entonces no menos del 40% del sector de los hidrocarburos, el 60% de las instalaciones de producción eléctrica, el 70% de la producción de aluminio, además de controlar el banco central. Hoy, este tipo de consenso está ausente y la integración lo sufre.
# Las políticas restrictivas de la inmigración, ¿no conspiran contra la integración comunitaria?
—Las comunidades europeas nacieron, también, para manejar con mayor eficacia y equidad la cuestión de las migraciones internas —Italia, país con un elevado flujo migratorio, había insistido mucho sobre este punto. Sin embargo, recién poco tiempo atrás la Unión ha ampliado sus competencias al campo de la inmigración externa. Pero no hay soluciones fáciles sobre este punto. En un momento en el que en Europa existe una precarización del mercado de trabajo, la entrada de fuerza de trabajo a bajo precio y sin poder contractual empeora la situación y suscita rencores. Mientras que es cada vez más difícil entrar legalmente a un país europeo, crece la inmigración ilegal, que se rige por profundos y conocidos acuerdos entre sectores de la delincuencia europea y extranjera. Antes del 11 de septiembre de 2001, la Unión Europea había iniciado una política de apoyo a la legalización y a la integración de los inmigrantes en las comunidades de acogida. Luego, lamentablemente, la atención se concentró en el control de las fronteras externas. Sin embargo, abordar el problema de la inmigración exclusivamente desde el punto de vista de la seguridad de los países de acogida aumenta los problemas en el largo plazo.
# ¿En qué aspectos sigue siendo la Unión Europea un modelo para los procesos de integración en América latina?
—La integración europea nació en condiciones históricas muy particulares, luego de dos guerras mundiales, luego de la terrible crisis del capitalismo de los años 30 y de la caída de los regímenes totalitarios. Todos sentían (aun antes de entender) que Europa había agotado su rol de "cuna" de la cultura universal y que el futuro no podría replicar el pasado. La coyuntura económica internacional, además, era excepcionalmente favorable y el momento parecía oportuno para retomar una tradicional costumbre de intercambio entre países europeos. Desde este punto de vista, la integración europea es una experiencia única y difícil de imitar.
# ¿Qué enseñanzas nos deja en tal caso, para tomar en cuenta?
—No se trata de una cierta arquitectura, ni de ciertos esquemas de liberalización comercial. Cualquier organización regional podría ponerlos en marcha. La Unión Europea es la gran invención de un sistema político. La gran lección de la UE es que es posible crear un sistema político nuevo (la Unión) sin desestabilizar los antiguos (los estados).
# El Mercosur también se ha ampliado y sus países miembros manifiestan la intención de crear instituciones regionales. ¿Significa esto que habría voluntad de ceder cuotas de soberanía?
—No conviene razonar en términos de un juego de suma cero entre estados e instituciones regionales. La experiencia histórica europea indica más bien que estas instituciones representan un modo distinto de articular los intereses de los gobiernos en ciertos sectores cuya gestión común se revela como más eficiente. Puede existir una coordinación dictada por necesidades técnicas (pensemos en el control del tráfico aéreo civil, por ejemplo). La integración es sólo una de las posibles formas de cooperación y no debe ser considerada como un fin en sí misma.
# ¿Cómo se concilia esto con los fuertes conflictos de intereses nacionales planteados en la región?
—Si la política es el arte de resolver los conflictos de interés resguardando el bien común, la integración debe ofrecer una arena complementaria para resolverlos, no ser un obstáculo.
# Volviendo a un ya clásico debate sobre Europa y observando los procesos de integración en el mundo. ¿Qué viene primero: la integración económica o la integración política?
—Esta respuesta está ligada a la anterior: primero viene la voluntad de cooperar, sustentada por una visión común sobre los objetivos a perseguir en una determinada área y sobre los medios con los cuales llevarlos a cabo. Luego, viene todo el resto. Estas áreas pueden ser los derechos humanos, la investigación científico-tecnológica y el desarrollo o las inversiones extranjeras. Lo que importa es desarrollar previamente instrumentos de análisis y acciones comunes.
Copyright Clarín, 2007.
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EX FUTBOLISTA Y PRESIDENTE DE LA UNION EUROPEA DE FUTBOL
El deporte debe recuperar su sentido social y formativo. Deben existir instituciones que lo controlen y sean capaces de combatir tanto la violencia como la idea de que salir a la cancha es sólo un negocio.
María Laura Avignolo. NYON, SUIZA. ENVIADA ESPECIAL
mavignolo@clarin.com
Por qué aceptó un rol de management político como es la presidencia de la UEFA y no ser manager de un equipo de fútbol? ¿Cuál es la diferencia entre uno y otro?
—El fútbol es muchas cosas: ya sea referido a la vida del club o a la vida de las asociaciones nacionales o internacionales. En la vida del club yo fui director del Seleccionado francés, vicepresidente del Nancy y responsable de la organización de la Copa del Mundo en Francia. Después fui consejero de la FIFA. Encuentro más placer en buscar y encontrar los medios para que nuestros chicos jueguen, que estar en medio de los entrenamientos. Debe ser porque jugué 30 años al fútbol y ahora busco hacer otra cosa.
# ¿Su próximo objetivo es la FIFA?
—Nooooo, eso no le gustaría a Joseph Blutter.Hay que trabajar en la UEFA, recién llegué.
# ¿Está de acuerdo con el arbitraje por video?
—No, tengo la convicción profunda de que el arbitraje por video no resolverá los problemas del fútbol. Estoy contra la injusticia y estoy persuadido de que el arbitraje con tres es obsoleto. Creo que se debe dar a la FIFA la posibilidad de llevar cuatro árbitros: uno principal y tres asistentes. Especialmente, meter un árbitro en los 18 metros delante del arco. Dos árbitros de campo no han funcionado porque no se da buen arbitraje entre ambos. Para mí este espíritu es el mejor y espero que podamos intentarlo.
# En el partido entre St. Etienne y Lyon hubo fuertes incidentes entre los aficionados. ¿Cómo los juzga después de haber sido jugador del club?
—No es digno del gran público. No es normal que el presidente —mediante declaraciones vindicativas— anime el espíritu de revancha entre los diferentes equipos. El fútbol no es Kosovo, no es la guerra. Nos han inculcado valores de respeto y tolerancia. Depende de nosotros tomar posición y decir las cosas como son.
# ¿Qué es lo que usted va a hacer frente a este nueva ola de vandalismo en los estadios en Sevilla, en Lille, en Italia y hasta en Argentina?
—¿Argentina también? A priori hay que suprimir el ingreso de la gente que provoca la pelea. Pero, ¿cómo sacarlos del campo de juego? ¿El club puede no venderles las entradas? Es un problema jurídico importante. El fútbol es parte de la sociedad. Por eso creo que debe haber una institución que defienda el deporte. Una institución política, sagrada, con facultades policiales. Una institución como las que defienden la economía, las finanzas, Internet: que proteja el deporte contra la corrupción, contra el lavado de dinero, contra el dóping, contra el hooliganismo. Una instancia policial, con una política que proteja los valores fundamentales del deporte. Cuando yo comencé, el fútbol era símbolo de respeto y tolerancia. Ahora, es sinónimo de corrupción, de droga y de blanqueo de dinero. Los chicos no pueden ir más al fútbol. Hay que cambiar esta situación y hacer algo para terminar con esas hordas que vienen a pelear.
# Un aficionado fue condenado a prisión por dos meses. ¿Usted cree que ese tipo de solución es la conveniente?
—Sí, naturalmente. Se acusa siempre a los clubes, pero hay que responsabilizar a la gente también.
# ¿Cómo se detiene la violencia en los estadios?
—Los estadios han mejorado. No hay dramas como el de Bélgica o Hillsborough.(N. de la R.: Platini estaba en el estadio jugando una final de Copa de Europa cuando se produjo la tragedia en Bélgica con un centenar de muertos). El fútbol es más fuerte que todo eso, pero debemos defenderlo. Hoy hay problemas de violencia, pero yo conocí más graves que los actuales.
# Usted siempre se opuso a la cotización de los clubes de fútbol en la Bolsa. Ahora un club francés que lo hará. ¿Qué piensa?
—Por filosofía, estoy en contra. Fue la comisión europea quien obligó al gobierno francés, que estaba en contra de hacerlo. No creo que muchos accionistas hayan ganado dinero con el fútbol. La llegada de dinero de Olympic Lyonnais desequilibra la competencia con respecto a los otros clubes. Este club pretendía hacer un centro de formación en Guinea, Africa. Es absurdo. Debe financiar un centro de formación de jóvenes en su ciudad y no en Guinea. Yo tengo principios como éstos, muy simples.
# ¿Está de acuerdo con que las asociaciones paguen por la cesión de los jugadores a la Selección nacional?
—No, estoy en contra. Pero creo que si hay mayoría puede ser parte de la discusión, si la asociación nacional piensa que debemos ayudar a los jugadores. No veo por qué un jugador que va a la Selección nacional a defender la camiseta y a su país deba ser pagado. Es la asociación nacional la que lo ha formado, justamente. Si hay suficiente dinero para ayudar a los clubes en dificultades, como a Costa del Marfil en la Copa del Mundo, la FIFA puede ayudar porque se trata de un país que no tiene los medios de retener a un jugador. Todo eso se va a discutir en la comisión estratégica que estamos organizando. Yo voy a ser presidente de la comisión estratégica de la FIFA. Esa será la Task Force de la FIFA. Hay tres áreas: económica, política y futbolística y yo seré presidente de la comisión de fútbol.
# ¿Y los jugadores que se lesionan?
—¡Ah, no! Eso le corresponde al seguro. Yo no creo que sea lógico que los clubes tomen a cargo los jugadores lesionados en los equipos nacionales.
# La cadencia infernal del fútbol y sus apretados calendarios incita a los jugadores a doparse para afrontar las pruebas físicas, según un preparador francés denunció en el diario Le Monde. ¿Qué opina?
—No es normal que el preparador físico del Oympic Lyonnais hable de esa manera. ¿Esa cadencia es infernal en Lyon? Si el equipo de OL no quiere jugar la copa de Francia o de la Liga, tiene su derecho. Cuando hay problemas de calendario, el jugador grita cuando no juega. Cuando juega, se queja porque juega demasiado. Eso será parte de la discusión estratégica que tendrá en cuenta el problema de calendario. Tengo muchas ideas. Estamos al borde de una nueva era en el fútbol.
# ¿Está de acuerdo con que un jugador juegue cada 48 horas durante un campeonato? Es la televisión la que decide.
—No es un problema de la UEFA. Los jugadores pueden decir no y los clubes también.
# ¿Usted va a cambiar el calendario internacional?
—El calendario está armonizado. No es perfecto, pero hay mucha evolución con respecto a la anarquía anterior.
# ¿Está de acuerdo en regular las transferencias sórdidas de terceras partes, como en el caso de Mascherano y Tevez?
—¿Regular? Sí, es así. Hay que poner reglas. Yo creo que los jugadores no pueden pertenecer a una persona, a un agente. Los jugadores deben pertenecer al club. Es la plata del club. Los clubes no tienen plata en América latina y eso los complica enormemente. Se deben establecer reglas. El sistema en América del Sur es que los clubes no tienen plata y los agentes compran y pagan los salarios hasta convertirse en propietarios de jugadores. La plata va directamente a esa persona. Se necesitan reglas nuevas. Hay muchas cosas para regular, pero si regulamos todo, usted no tendrá nada más que preguntarme. Pero los jugadores, como en el caso de Mascherano y Tevez, deben saber qué firman en el contrato antes de firmar.
# Usted representa el fútbol de viejo estilo y ahora el fútbol está bajo el control de los hombres de negocios. ¿Este es el fútbol que usted quiere?
—Yo estuve en la Juventus y el club pertenecía a Fiat, a la familia Agnelli...
# Sí, pero eso es el tejido social italiano.
—Sí, deberemos mirar y ser vigilantes. Yo defiendo la idea del fútbol asociativo. Estoy en contra del fútbol negocio, manejado por hombres de negocios para aumentar las cifras de las ganancias. No estoy solo. Hay otros futbolistas, otros grandes deportistas, otros atletas que están conmigo para defender estos valores.
Copyright Clarín, 2007.
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ENTREVISTA A ALCIRA BONILLA, FILOSOFA
Aun cuando se alarga la expectativa de vida y aumenta el número de ancianos, subsisten prejuicios que llevan a considerar la vejez como sinónimo de discapacidad o ausencia de derechos.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
En la sociedad del espectáculo en la que vivimos, los ancianos parecen estar de más, sin lugar. Sin embargo, la historia enseña que no siempre recibieron este trato indigno. ¿Por qué los ancianos están marginados y desvalorizados en nuestra sociedad?
—Por primera vez en la historia del mundo coexisten de modo natural y espontáneo cuatro generaciones. La amplitud del cuidado y de la medicina actuales hacen posible que padres, hijos, abuelos y bisabuelos convivan, y eso se daba solamente de modo excepcional en otras épocas. Esto significa que hay un aumento constante del número proporcional de adultos mayores. Esto también tiene que ver con la disminución de la natalidad, a punto tal que en algunos países europeos hay una pirámide de población invertida. Para nuestro país, hay una previsión de un 18% de personas de tercera edad para dentro de 10 años. Por otro lado, no es igual la proporción entre adultos mayores varones y adultos mayores mujeres; por ahora hay una proporción mayoritaria de mujeres en edad avanzada, aunque las patologías que afectan a los varones ahora están afectando cada vez en mayor medida a las mujeres que han ingresado en el mundo del trabajo y en profesiones que han sido antes típicamente masculinas. Si el escenario es tal, tenemos que pensar por qué en nuestra sociedad no existe una cultura de la vejez o está tan poco desarrollada todavía.
# Las marcas del paso del tiempo no son idénticas en las diferentes personas. ¿Acaso todos los ancianos son iguales?
—No, de ninguna manera. Simone de Beauvoir señaló que los viejos con medios económicos y bien ubicados socialmente no son viejos, porque siguen integrados a la sociedad. El resto queda abandonado, como residuo. Pero de a poco, y contra esta exclusión, se va formando una cultura de la ancianidad que es la que vemos en las asociaciones de jubilados y en otro tipo de agrupamientos que cada vez más, por suerte, se van generando en nuestras sociedades.
# Pero la vejez es temida.
—Hay una perspectiva en aumento que no toma al envejecimiento como un fenómeno natural de la vida, una etapa de ella, sino que la toma como una enfermedad. Por supuesto que hay enfermedades características en las distintas etapas de la vida de los seres humanos, y también la vejez tiene las suyas. Pero la vejez por sí misma no es una enfermedad, y si nosotros la medicalizamos y nos fijamos solamente en esos aspectos, no podemos forjar una cultura de la vejez y de la ancianidad, ni les podemos dar a los adultos mayores un lugar de reconocimiento en nuestras sociedades.
# ¿El lugar que hoy ocupa la juventud afecta a los ancianos?
—En el imaginario social está instalado un enaltecimiento de la juventud. Si nosotros vemos las propagandas, los discursos y los programas de los medios, nos damos cuenta de que los modelos son jóvenes e incluso cada vez más jóvenes. Eso significa que no hay un lugar para las personas ancianas y que además se produce un fenómeno que podríamos llamar "etaísmo" —utilizando una construcción parecida a la de sexismo, racismo, etc.—, es decir una discriminación social de las personas ancianas. Y además, también, hay una supervivencia de patrones sexistas.
# ¿Las mujeres ancianas son más discriminadas?
—Exacto. La vigencia del sistema sexo-género hace que en las mujeres mayores se produzca una doble exclusión: la exclusión por edad y la exclusión por género. Yo creo, como dijo Simone de Beauvoir, en su famoso ensayo de 1970 La vejez, que "la vejez sólo puede ser entendida en totalidad, dado que no es un hecho biológico, sino un hecho cultural". Esta es la perspectiva desde donde tendríamos que mirar para entender este fenómeno.
# ¿Me equivoco o esa ausencia de cultura de la ancianidad nos hace asimilar vejez con discapacidad?
—En la lógica de la sociedad contemporánea con respecto a los ancianos hay una confusión entre independencia y autonomía. Se piensa que las personas que sufren algún tipo de discapacidad, algún tipo de disminución de sus fuerzas físicas, son personas que tienen disminuidas también su capacidad moral, su poder de decisión y su capacidad de asumir derechos. Me parece que esta gran confusión que se suscita respecto de los ancianos de manera muy fuerte aparece también frente a otras personas.
# ¿Por ejemplo?
—Las feministas ya hace bastante tiempo señalaron los rasgos discriminatorios de la sociedad con respecto a las mujeres. Los niños también son afectados, aunque exista una muy positiva convención internacional sobre sus derechos. Y es notoria la discriminación respecto de las personas discapacitadas o con capacidades diferentes. Habría que decir que en este momento uno de los grandes problemas de las sociedades contemporáneas es la discriminación de los inmigrantes, sobre todo de aquellos que no tiene los rasgos étnicos, lingüísticos, religiosos de las llamadas sociedades de acogida. Este mecanismo de inclusión/exclusión se da en todas las sociedades, lo que pasa es que en este momento tiene características particulares —más fuertes— respecto de algunos grupos. Y en estos grupos sobresalen, desgraciadamente, las personas ancianas y los migrantes, cierto tipo de enfermos y casi todas las personas con capacidades especiales.
# ¿Cómo puede subsanarse este trato humillante?
—Hay que contribuir a pensar a estas personas como sujetos morales y por lo tanto dotados de autonomía y derechos.
# Pocos se atreverían a rechazar la teoría. Pero, ¿cómo hacer efectivo su respeto?
—Pensemos en una distinción que hace Paul Ricoeur respecto de la autonomía considerada, por un lado, como un dato y, por el otro, como lo que se desea. La autonomía es la capacidad y la posibilidad de ejercicio del derecho, pero es también algo que hay que conquistar. En este sentido, Ricoeur define la autonomía como un triple poder: el poder de hablar, de obrar sobre los hechos y de construir de manera coherente la propia historia. De esta manera, autonomía no estaría referida solamente a personas individuales, sino también a lo que podríamos llamar sujetos grupales, como pueden ser los ancianos o los grupos de migrantes.
# Usted los define claramente como vulnerables. ¿Cuáles serían las fuentes de esa fragilidad?
—La vulnerabilidad o fragilidad puede ser producto del azar; de las circunstancias en las que una persona o grupo se desarrolla. O puede ser también infligida por la sociedad en la que estas personas o grupo se encuentran. Entonces, a cada nivel de autonomía correspondería un nivel de vulnerabilidad o fragilidad. Por ejemplo, a la autonomía del decir o del hablar correspondería obviamente la imposibilidad física, la prohibición o la descalificación y desvalorización de determinados discursos.
# Esto parece darse con frecuencia en el caso de los ancianos: su voz se escucha poco.
—En el caso de los ancianos esto es muy claro: cuando una persona anciana capaz va a una visita al médico acompañada por otra persona, normalmente el médico se dirige al acompañante y no a la persona anciana, aunque la persona anciana tenga un desarrollo intelectual superior al de su acompañante. Es que hay un discurso desvalorizado a priori, desconsiderado, que es el del anciano. Lo mismo sucede con el discurso de otros grupos igualmente vulnerables. A mí me ha pasado, trabajando con personal de salud que atiende a inmigrantes, escucharlos afirmar que los migrantes "no saben hablar". Yo les digo a los miembros del equipo de salud que no, que para los migrantes quienes no saben hablar son ellos, porque no hablan, por ejemplo, coreano. Todo depende de la perspectiva y el lugar que tengamos para observar y actuar. Hay discursos desvalorizantes por razones sociales, históricas, económicas. En otro nivel, la posibilidad de obrar sobre las cosas o sobre las personas, depende de las limitaciones y capacidades. Y por fin, volviendo a Ricoeur, sobre la posibilidad de construir de manera coherente la propia historia, me parece que es necesario contribuir a las reconstrucciones que llevan a la recuperación de identidades de personas y grupos.
Copyright Clarín, 2007.
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