RAUL ALFONSIN, EX PRESIDENTE DE LA NACION
La actitud de la sociedad define la calidad de la democracia de un país. Pero el compromiso de la gente debe ser complementado por la adhesión de los políticos a valores como el consenso y el rechazo de todo autoritarismo.
Analía Roffo.
aroffo@clarin.com
Cuando presidentes como Ricardo Lagos, Fernando Henrique Cardoso o usted dejan el gobierno y escriben libros o artículos de opinión, todos se obsesionan con la calidad de la democracia. ¿Ese es el mayor problema de la gestión política?
—Cuando uno escribe es como si tuviera necesidad de explicar su pensamiento para que se conozcan cuáles eran sus principales ideas, aquellas que quería llevar adelante y que muchas veces no pudo hacerlo.
# ¿Cuáles son los factores que definen la calidad democrática? ¿Las instituciones, la formación de los dirigentes, la actitud de la sociedad?
—Desde luego son muy importantes las instituciones, pero, para mí, es fundamental lo que ocurre con la sociedad. Sobre todo, con el nivel de la educación. En la Argentina hay que hacer una revolución educativa. En ese sentido, me manifiesto krausista. Yo creo que es la sociedad la que define cómo es el dirigente político y también la que acepta o no las instituciones. Por eso es ideal que existan ciudadanos subjetivamente predispuestos a la participación en una sociedad abierta, flexible, donde se establezcan consensos y el disenso no sea observado como algo pecaminoso.
# ¿Podemos hacer una comparación entre la sociedad que le tocó gobernar a usted y la actual?
—Mire... yo creo que cuando nos hicimos cargo del gobierno, la sociedad argentina ansiaba la democracia. ¿Por qué? Porque veníamos de una dictadura. Nosotros hicimos un acto en Plaza de Mayo de un millón de personas. Eso no se verá más en la Argentina, seguramente. Dios quiera que no se vea.
# ¿Cómo Dios quiera que no se vea?
—Porque esa masividad era el producto de una dictadura anterior. Lo digo en ese sentido exclusivamente. De modo que allí había una sociedad que creía en la democracia y que la quería. Luego, cuando las soluciones económicas y sociales no se dan, la gente descree de la democracia. El otro día estaba leyendo un artículo de The Economist en el que se decía que en el 2006 la sociedad argentina mejoró bastante su valoración de la democracia con respecto al 2001. Hoy la gente valora más la democracia, aunque, desgraciadamente, tenemos un gobierno que lesiona la república. Es una verdad absoluta: porque hay mejoría económica, la sociedad cree más.
# ¿De qué manera el gobierno de Kirchner lesiona la república?
—Tengo que reconocer que en algunos aspectos vamos avanzando como sociedad. Llevamos el período más largo de la historia constitucional argentina de vida democrática. Con muchos tumbos, porque creo que el neoliberalismo fue tremendo. Pero tengo que señalar también que este gobierno tiene un sesgo autoritario, porque hay una enorme falta de diálogo.
# ¿Coincide con los que dicen que este gobierno es fascista?
—Yo salí en contra de esa calificación, me parece un disparate. Pareciera que no se hubiera vivido la época de la dictadura. Este gobierno sigue siendo democrático, aunque tenga estos rasgos que no nos gustan: la falta de diálogo, la voluntad hegemónica, la utilización arbitraria de fondos públicos para conseguir adhesiones...
# ¿Le convendría a Kirchner leer el libro que usted acaba de publicar, Fundamentos de la república democrática?
—Creo que lo que le convendría es hacer un reconocimiento de la misma dignidad a la oposición que al oficialismo; un reconocimiento de los partidos políticos como instituciones de la democracia. ¡El los llama corporaciones! Y se niega a hablar con los partidos políticos. Convendría también una actitud totalmente diferente de los legisladores oficialistas, que en el Congreso no quieren cambiar ni una coma de los proyectos que llegan del Poder Ejecutivo, que son casi todos los que se votan. En fin, Kirchner debería respetar las bases de toda república democrática.
# Hay una palabra que usted no ha usado hasta ahora y que en su libro tiene un desarrollo exiguo: poder.
—Bueno, yo hablo del poder en un capítulo y cito allí a Hannah Arendt, entre muchos otros.
# Pero convengamos que son pocas páginas para un tema central.
—Sí, no sé, tal vez haya tenido que desarrollar más el tema. Pero seguramente es porque nosotros le tenemos miedo al poder, otros lo disfrutan.
# Se suele acusar a los radicales de tener dificultades para acumular poder. ¿Realmente no disfrutó el poder?
—No, para nada. Lo sufrí.
# ¿Le generaba angustia?
—Sí, cómo no, sin duda alguna. Bueno, había que tomar decisiones muy importantes que siempre podían hacer peligrar la democracia u ocasionar una crisis. Recuerde que tuvimos que pelear permanentemente con el Fondo Monetario, por ejemplo.
# Entonces, ¿no es verdad que para ejercer la política es imprescindible sentirse atraído por el poder?
—Es básico, para ejercer la política, tener una idea del país que uno quiere y tratar de llevarla adelante. Creo que la atracción por el poder es algo distinto. Usted dice que el político tiene atracción por el poder; y yo le digo que a veces. Yo he vivido toda mi vida en la política y nunca he tenido esa atracción por el poder, sino la voluntad permanente, un poco idealista, de concretar aspiraciones que a veces tenía yo, y por lo general estaban inducidas por mis lecturas.
# Realmente, Fundamentos de la república democrática condensa una cantidad de lecturas envidiables...
—Es que yo leo vorazmente desde muy chico. ¿Sabe? Yo de chico tenía bronquitis asmática y faltaba mucho al colegio. Tenía El tesoro de la juventud en mi casa, que eran veinte tomos sensacionales. Y yo me deleitaba leyendo los episodios heroicos. A mí me parece que ahí nació cierto espíritu idealista mío. Después, la guerra también me marcó bastante. Yo fui muy aliadófilo. Y sufría, como tanta gente, toda la propaganda en contra. Yo creo que muchos nos ubicamos después en la política argentina por lo que había significado nuestra propia posición con relación a la Segunda Guerra. Por eso también consideramos que Perón venía a instaurar sistemas más o menos fascistas. Y no advertimos, en su momento, que si bien Perón se olvidaba de la libertad, lo cierto es que estaba produciendo un avance social importante. Pero no podíamos hacer el balance, porque por encima de todo estaba la necesidad de actitudes heroicas para terminar con un proceso que quitaba la libertad. Esto marcó a generaciones de argentinos de un lado y del otro.
# Durante su gobierno, usted tuvo un contacto estrecho con intelectuales. El discurso de Parque Norte es, creo, uno de los mejores resultados de esa conjunción. ¿Para usted era fácil vincularse con intelectuales, aceptaba ideas de otros?
—Yo soy amigo de intelectuales. Mi libro Memoria política, en el que hablo de los que son considerados mis grande errores, lo prologó Juan Carlos Portantiero, que es amigo mío. Soy amigo de Emilio de Ipola, de Juan Carlos Torre. Todos son intelectuales muy valiosos y comprometidos. Pero a mí me dan mucho fastidio los intelectuales que se dicen tales, o a lo mejor lo son, pero que pontifican dentro de una cápsula de cristal, sin tener la mínima noción de la realidad. Yo valoro y respeto al intelectual comprometido con la realidad, aunque esté en contra de mis ideas.
# Y de esos intelectuales que pontifican, ¿hay muchos en la Argentina hoy?
—Y, bastantes.
# ¿No va a hacer nombres?
—No, no. Me refiero a los que seguramente son democráticos, en su vida y en sus cosas, pero se dejan ganar por un escepticismo que a veces se transforma en cinismo. En general, carecen de asidero en sus consejos.
# Pero no suele ser sencilla la relación entre el político y aquellos que le aportan ideas. ¿Usted no se enojó nunca?
—Yo me enojaba, muchas veces, con ellos. Sobre todo me enojé con varios durante la reforma constitucional. Me ponía furioso, porque decían cosas que no tenían sentido.
# Pero ahí usted se debía enojar con Rodolfo Barra, el intelectual orgánico del menemismo.
—No, no. Había otros intelectuales muy apreciados, pero que, en general, no entendían para nada la cosa. Era tan fácil pontificar, sin entender la realidad...
Copyright Clarín, 2007.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2007/01/21/z-03215.htm