FERNANDO VALLESPIN: FILOSOFO Y POLITOLOGO ESPAÑOL
La crisis de las teorías que permitían explicar el mundo de los dos últimos siglos ofrece más libertad para un pensamiento crítico. Y para encontrar soluciones originales a problemas que aparecieron con la globalización.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A manera de balance del año que pasó, ¿qué novedades encontramos en el mundo de las ideas políticas?
—Diría que asistimos a un proceso de cambio verdaderamente espectacular que en esta fase tiene, creo yo, una novedad notable. La globalización, que fue pensada como un diseño occidental de expansión capitalista hacia el Este y Oriente, ha revertido ahora en un movimiento inverso: la aparición en la escena internacional de dos nuevos e inmensos actores, como lo son la India y China, plantea un formidable desafío al resto del mundo, a Europa y a los EE.UU., pero también a los países en desarrollo y subdesarrollados. Porque estos nuevos gigantes pueden incluso desbancar a Occidente en el control económico del mundo. Del mismo modo, el advenimiento del mundo islámico, con sus muy variadas expresiones y facetas, encuentra al mundo occidental con evidentes muestras de perplejidad y sin respuestas.
# ¿Se estaría dando algo así como una "orientalización" de la globalización?
—No sé si llamarlo así, pero podemos observar sí una suerte de realización de la profecía de Samuel Huntington en la que, efectivamente, la fuente del conflicto internacional tiene un componente no ya ideológico sino cultural, o culturalista, que se superpone, por otra parte, a la fractura tradicional Norte-Sur. Esto produce una reacción identitaria en muchos pueblos, alimentada por la lectura de los analistas y estrategas de los gobiernos, en el sentido de recuperar la propia identidad en el momento en el cual parece que se trata de imponer una hegemonía también culturalista de eso que se llama la "hollywoodización", el hiperconsumismo occidental. Esto nos enfrenta a un panorama complejo y diferente, y carecemos de los instrumentos que nos permitan evaluarlo. Es uno de los graves inconvenientes de nuestra época.
# ¿Es un inconveniente o una oportunidad?
—Es ambas cosas, claro. Hoy tenemos la suerte de carecer de grandes maestros pensadores, en cuyas teorías nos podamos reconocer y que por tanto, sirven reflexivamente para que tomemos conciencia de nuestra realidad. El papel que en su día jugó un Marx, pero también la propia tradición del pensamiento liberal democrático, la gran teoría sociológica nadie lo cubre. Nos hemos encontrado con que este mundo ha devenido impenetrable para el pensamiento. Por lo tanto, se difumina la posibilidad de pensar el mundo a partir de estas grandes teorías, dentro de las cuales podemos reconocernos como humanidad, o incluso dentro de los propios países.
# ¿El relativismo surgiría entonces como una contracara simétrica del fundamentalismo?
—Es el gran inconveniente de que la crisis de los grandes relatos y verdades deja paso al "todo vale" teórico, donde toda teoría vale tanto como las demás. Es una especie de tolerancia que acaba degenerando en una cierta indiferencia; es decir, que las opiniones ya no se intercambian sino simplemente se colocan una al lado de la otra, y entonces, pues claro, no hay debate o deliberación entre las formas en las que describimos la realidad sino que simplemente consumimos teorías en función de cómo van apareciendo o de cuál es su capacidad para ejercer un impacto mediático instantáneo.
# ¿Lo que describe nos vuelve a ubicar en aquello que en su momento se definió como el "giro posmoderno"?
—Se puede llamar giro posmoderno, pero tiene mucho que ver también con el propio desarrollo de la industria cultural. Estamos viviendo en un mundo poshumanístico, y eso tiene la ventaja de que nos sentimos más libres. Es decir, ya no tenemos que adscribirnos necesariamente a una de las grandes ideologías en conflicto sino que podemos confeccionar un menú en el que hacemos nuestra propia combinación de platos teóricos, un poco en función de caprichos o decisiones individuales que están sostenidas sobre nuestros propios intereses. Esto convive también con una vuelta a lo identitario.
# La crisis de los grandes maestros pensadores supone también la crisis de las utopías. Realizadas o desacreditadas esas utopías, ¿daría la impresión de que la realidad marcha por delante de las ideas?
—Sí, evidentemente, la realidad es más importante que las ideas. Pero creo que las ideas progresistas tienen un problema cuando el objetivo fundamental del mundo en el que vivimos es la conservación. Aquí me parece que hay un elemento tremendamente interesante, y es que siempre habíamos puesto la esperanza en la idea de progreso, de una manera más o menos conciente. Es decir, que el futuro siempre era el lugar donde encontraríamos reconciliadas las contradicciones. Y por tanto, trasladábamos la solución de los problemas a algo que tenía que acontecer en el futuro y para lo cual estábamos preparando al presente. Lo que ocurre es que, en cierto modo, el futuro ha colapsado sobre el presente; no es ya, digamos, un horizonte de emancipación o un mundo mejor, mucho más reconciliado, sino que es todo lo contrario: es la amenaza, la escasez de agua, la ausencia de materias primas, el cambio climático, la aparición de nuevos peligros, que se resumen en gran medida en el peligro de no poder mantener nuestro nivel de vida, de que las generaciones futuras no puedan disfrutar el planeta que estamos habitando.
# Eso nos introduce en una situación de miedo...
—Estamos ante un mundo donde se empiezan a generalizar nuevos temores, que contrasta con ese mundo abierto que todos imaginábamos —o muchos imaginaban— de la globalización.
# ¿Cuáles son las respuestas posibles a esos miedos y amenazas? ¿Cuáles de esas respuestas prevalecerán, en su opinión?
—Cuando impera el miedo, como hemos visto en Estados Unidos, sufre la democracia. La democracia es una ideología pensada para la confianza, y desde el momento que desconfiamos unos de otros —y hay razones también para recelar; por lo menos lo del terrorismo islámico no es ninguna broma—, es cuando realmente deseamos volver a la protección que nos ofrecía la política, pero no una política exigente, sino una política mucho más básica y elemental, la del ejercicio del poder puro y crudo, para la protección de mi lugar amenazado.
# Imaginemos un diálogo entre los grandes filósofos políticos, interrogándose sobre estas cuestiones. ¿Cuáles son los pensadores clásicos que mejor explican la realidad actual?
—Creo que hay tres filósofos políticos que entrarían en este diálogo. Uno sería Thomas Hobbes, evidentemente, porque tenemos que repensar las condiciones de posibilidad de los Estados. Es un momento en el cual hay una necesidad del Estado y en el que el Estado tampoco dispone de los medios como para proteger a las sociedades, que realmente ése es el objetivo fundamental del Estado como nación. Pero luego podemos encontrar también a un filósofo como Johann Herder, que desde algo así como un comunitarismo nacionalista, lo que nos viene a decir es que no es posible un discurso universal de derechos, porque en última instancia, cada cultura es una flor, y las culturas son inconmensurables, que es lo que desde otro ángulo también plantea Huntington. Pero, al mismo tiempo, aparece otra voz, la de Immanuel Kant cuando dice aquello de que habitamos un mismo planeta y por tanto, inexorablemente estamos condenados a entendernos, aunque no tengamos a mano los instrumentos para hacerlo.
# ¿Dónde se ubicaría el republicanismo, en este espectro, como conjunto de ideas y propuestas?
—El republicanismo es la única ideología que nos recuerda permanentemente que la democracia es tremendamente frágil y que las instituciones democráticas no pueden sobrevivir con una sociedad cada vez más privatizada. Porque lo que acaba habiendo son poderes sociales y económicos que son los que terminan imponiendo y decidiendo cuál es el interés público. El republicanismo rescata esta dimensión ciudadana como fundamental: la participación política, la inquietud por el bienestar de la república, la propia solidaridad entre ciudadanos. Es un discurso necesario para confrontar con la tendencia a una privatización completa de nuestras sociedades, que es la contracara del llamado a un orden autoritario.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/31/z-03615.htm
FERNANDO VALLESPIN: FILOSOFO Y POLITOLOGO ESPAÑOL
La crisis de las teorías que permitían explicar el mundo de los dos últimos siglos ofrece más libertad para un pensamiento crítico. Y para encontrar soluciones originales a problemas que aparecieron con la globalización.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A manera de balance del año que pasó, ¿qué novedades encontramos en el mundo de las ideas políticas?
—Diría que asistimos a un proceso de cambio verdaderamente espectacular que en esta fase tiene, creo yo, una novedad notable. La globalización, que fue pensada como un diseño occidental de expansión capitalista hacia el Este y Oriente, ha revertido ahora en un movimiento inverso: la aparición en la escena internacional de dos nuevos e inmensos actores, como lo son la India y China, plantea un formidable desafío al resto del mundo, a Europa y a los EE.UU., pero también a los países en desarrollo y subdesarrollados. Porque estos nuevos gigantes pueden incluso desbancar a Occidente en el control económico del mundo. Del mismo modo, el advenimiento del mundo islámico, con sus muy variadas expresiones y facetas, encuentra al mundo occidental con evidentes muestras de perplejidad y sin respuestas.
# ¿Se estaría dando algo así como una "orientalización" de la globalización?
—No sé si llamarlo así, pero podemos observar sí una suerte de realización de la profecía de Samuel Huntington en la que, efectivamente, la fuente del conflicto internacional tiene un componente no ya ideológico sino cultural, o culturalista, que se superpone, por otra parte, a la fractura tradicional Norte-Sur. Esto produce una reacción identitaria en muchos pueblos, alimentada por la lectura de los analistas y estrategas de los gobiernos, en el sentido de recuperar la propia identidad en el momento en el cual parece que se trata de imponer una hegemonía también culturalista de eso que se llama la "hollywoodización", el hiperconsumismo occidental. Esto nos enfrenta a un panorama complejo y diferente, y carecemos de los instrumentos que nos permitan evaluarlo. Es uno de los graves inconvenientes de nuestra época.
# ¿Es un inconveniente o una oportunidad?
—Es ambas cosas, claro. Hoy tenemos la suerte de carecer de grandes maestros pensadores, en cuyas teorías nos podamos reconocer y que por tanto, sirven reflexivamente para que tomemos conciencia de nuestra realidad. El papel que en su día jugó un Marx, pero también la propia tradición del pensamiento liberal democrático, la gran teoría sociológica nadie lo cubre. Nos hemos encontrado con que este mundo ha devenido impenetrable para el pensamiento. Por lo tanto, se difumina la posibilidad de pensar el mundo a partir de estas grandes teorías, dentro de las cuales podemos reconocernos como humanidad, o incluso dentro de los propios países.
# ¿El relativismo surgiría entonces como una contracara simétrica del fundamentalismo?
—Es el gran inconveniente de que la crisis de los grandes relatos y verdades deja paso al "todo vale" teórico, donde toda teoría vale tanto como las demás. Es una especie de tolerancia que acaba degenerando en una cierta indiferencia; es decir, que las opiniones ya no se intercambian sino simplemente se colocan una al lado de la otra, y entonces, pues claro, no hay debate o deliberación entre las formas en las que describimos la realidad sino que simplemente consumimos teorías en función de cómo van apareciendo o de cuál es su capacidad para ejercer un impacto mediático instantáneo.
# ¿Lo que describe nos vuelve a ubicar en aquello que en su momento se definió como el "giro posmoderno"?
—Se puede llamar giro posmoderno, pero tiene mucho que ver también con el propio desarrollo de la industria cultural. Estamos viviendo en un mundo poshumanístico, y eso tiene la ventaja de que nos sentimos más libres. Es decir, ya no tenemos que adscribirnos necesariamente a una de las grandes ideologías en conflicto sino que podemos confeccionar un menú en el que hacemos nuestra propia combinación de platos teóricos, un poco en función de caprichos o decisiones individuales que están sostenidas sobre nuestros propios intereses. Esto convive también con una vuelta a lo identitario.
# La crisis de los grandes maestros pensadores supone también la crisis de las utopías. Realizadas o desacreditadas esas utopías, ¿daría la impresión de que la realidad marcha por delante de las ideas?
—Sí, evidentemente, la realidad es más importante que las ideas. Pero creo que las ideas progresistas tienen un problema cuando el objetivo fundamental del mundo en el que vivimos es la conservación. Aquí me parece que hay un elemento tremendamente interesante, y es que siempre habíamos puesto la esperanza en la idea de progreso, de una manera más o menos conciente. Es decir, que el futuro siempre era el lugar donde encontraríamos reconciliadas las contradicciones. Y por tanto, trasladábamos la solución de los problemas a algo que tenía que acontecer en el futuro y para lo cual estábamos preparando al presente. Lo que ocurre es que, en cierto modo, el futuro ha colapsado sobre el presente; no es ya, digamos, un horizonte de emancipación o un mundo mejor, mucho más reconciliado, sino que es todo lo contrario: es la amenaza, la escasez de agua, la ausencia de materias primas, el cambio climático, la aparición de nuevos peligros, que se resumen en gran medida en el peligro de no poder mantener nuestro nivel de vida, de que las generaciones futuras no puedan disfrutar el planeta que estamos habitando.
# Eso nos introduce en una situación de miedo...
—Estamos ante un mundo donde se empiezan a generalizar nuevos temores, que contrasta con ese mundo abierto que todos imaginábamos —o muchos imaginaban— de la globalización.
# ¿Cuáles son las respuestas posibles a esos miedos y amenazas? ¿Cuáles de esas respuestas prevalecerán, en su opinión?
—Cuando impera el miedo, como hemos visto en Estados Unidos, sufre la democracia. La democracia es una ideología pensada para la confianza, y desde el momento que desconfiamos unos de otros —y hay razones también para recelar; por lo menos lo del terrorismo islámico no es ninguna broma—, es cuando realmente deseamos volver a la protección que nos ofrecía la política, pero no una política exigente, sino una política mucho más básica y elemental, la del ejercicio del poder puro y crudo, para la protección de mi lugar amenazado.
# Imaginemos un diálogo entre los grandes filósofos políticos, interrogándose sobre estas cuestiones. ¿Cuáles son los pensadores clásicos que mejor explican la realidad actual?
—Creo que hay tres filósofos políticos que entrarían en este diálogo. Uno sería Thomas Hobbes, evidentemente, porque tenemos que repensar las condiciones de posibilidad de los Estados. Es un momento en el cual hay una necesidad del Estado y en el que el Estado tampoco dispone de los medios como para proteger a las sociedades, que realmente ése es el objetivo fundamental del Estado como nación. Pero luego podemos encontrar también a un filósofo como Johann Herder, que desde algo así como un comunitarismo nacionalista, lo que nos viene a decir es que no es posible un discurso universal de derechos, porque en última instancia, cada cultura es una flor, y las culturas son inconmensurables, que es lo que desde otro ángulo también plantea Huntington. Pero, al mismo tiempo, aparece otra voz, la de Immanuel Kant cuando dice aquello de que habitamos un mismo planeta y por tanto, inexorablemente estamos condenados a entendernos, aunque no tengamos a mano los instrumentos para hacerlo.
# ¿Dónde se ubicaría el republicanismo, en este espectro, como conjunto de ideas y propuestas?
—El republicanismo es la única ideología que nos recuerda permanentemente que la democracia es tremendamente frágil y que las instituciones democráticas no pueden sobrevivir con una sociedad cada vez más privatizada. Porque lo que acaba habiendo son poderes sociales y económicos que son los que terminan imponiendo y decidiendo cuál es el interés público. El republicanismo rescata esta dimensión ciudadana como fundamental: la participación política, la inquietud por el bienestar de la república, la propia solidaridad entre ciudadanos. Es un discurso necesario para confrontar con la tendencia a una privatización completa de nuestras sociedades, que es la contracara del llamado a un orden autoritario.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/31/z-03615.htm
FERNANDO VALLESPIN: FILOSOFO Y POLITOLOGO ESPAÑOL
La crisis de las teorías que permitían explicar el mundo de los dos últimos siglos ofrece más libertad para un pensamiento crítico. Y para encontrar soluciones originales a problemas que aparecieron con la globalización.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A manera de balance del año que pasó, ¿qué novedades encontramos en el mundo de las ideas políticas?
—Diría que asistimos a un proceso de cambio verdaderamente espectacular que en esta fase tiene, creo yo, una novedad notable. La globalización, que fue pensada como un diseño occidental de expansión capitalista hacia el Este y Oriente, ha revertido ahora en un movimiento inverso: la aparición en la escena internacional de dos nuevos e inmensos actores, como lo son la India y China, plantea un formidable desafío al resto del mundo, a Europa y a los EE.UU., pero también a los países en desarrollo y subdesarrollados. Porque estos nuevos gigantes pueden incluso desbancar a Occidente en el control económico del mundo. Del mismo modo, el advenimiento del mundo islámico, con sus muy variadas expresiones y facetas, encuentra al mundo occidental con evidentes muestras de perplejidad y sin respuestas.
# ¿Se estaría dando algo así como una "orientalización" de la globalización?
—No sé si llamarlo así, pero podemos observar sí una suerte de realización de la profecía de Samuel Huntington en la que, efectivamente, la fuente del conflicto internacional tiene un componente no ya ideológico sino cultural, o culturalista, que se superpone, por otra parte, a la fractura tradicional Norte-Sur. Esto produce una reacción identitaria en muchos pueblos, alimentada por la lectura de los analistas y estrategas de los gobiernos, en el sentido de recuperar la propia identidad en el momento en el cual parece que se trata de imponer una hegemonía también culturalista de eso que se llama la "hollywoodización", el hiperconsumismo occidental. Esto nos enfrenta a un panorama complejo y diferente, y carecemos de los instrumentos que nos permitan evaluarlo. Es uno de los graves inconvenientes de nuestra época.
# ¿Es un inconveniente o una oportunidad?
—Es ambas cosas, claro. Hoy tenemos la suerte de carecer de grandes maestros pensadores, en cuyas teorías nos podamos reconocer y que por tanto, sirven reflexivamente para que tomemos conciencia de nuestra realidad. El papel que en su día jugó un Marx, pero también la propia tradición del pensamiento liberal democrático, la gran teoría sociológica nadie lo cubre. Nos hemos encontrado con que este mundo ha devenido impenetrable para el pensamiento. Por lo tanto, se difumina la posibilidad de pensar el mundo a partir de estas grandes teorías, dentro de las cuales podemos reconocernos como humanidad, o incluso dentro de los propios países.
# ¿El relativismo surgiría entonces como una contracara simétrica del fundamentalismo?
—Es el gran inconveniente de que la crisis de los grandes relatos y verdades deja paso al "todo vale" teórico, donde toda teoría vale tanto como las demás. Es una especie de tolerancia que acaba degenerando en una cierta indiferencia; es decir, que las opiniones ya no se intercambian sino simplemente se colocan una al lado de la otra, y entonces, pues claro, no hay debate o deliberación entre las formas en las que describimos la realidad sino que simplemente consumimos teorías en función de cómo van apareciendo o de cuál es su capacidad para ejercer un impacto mediático instantáneo.
# ¿Lo que describe nos vuelve a ubicar en aquello que en su momento se definió como el "giro posmoderno"?
—Se puede llamar giro posmoderno, pero tiene mucho que ver también con el propio desarrollo de la industria cultural. Estamos viviendo en un mundo poshumanístico, y eso tiene la ventaja de que nos sentimos más libres. Es decir, ya no tenemos que adscribirnos necesariamente a una de las grandes ideologías en conflicto sino que podemos confeccionar un menú en el que hacemos nuestra propia combinación de platos teóricos, un poco en función de caprichos o decisiones individuales que están sostenidas sobre nuestros propios intereses. Esto convive también con una vuelta a lo identitario.
# La crisis de los grandes maestros pensadores supone también la crisis de las utopías. Realizadas o desacreditadas esas utopías, ¿daría la impresión de que la realidad marcha por delante de las ideas?
—Sí, evidentemente, la realidad es más importante que las ideas. Pero creo que las ideas progresistas tienen un problema cuando el objetivo fundamental del mundo en el que vivimos es la conservación. Aquí me parece que hay un elemento tremendamente interesante, y es que siempre habíamos puesto la esperanza en la idea de progreso, de una manera más o menos conciente. Es decir, que el futuro siempre era el lugar donde encontraríamos reconciliadas las contradicciones. Y por tanto, trasladábamos la solución de los problemas a algo que tenía que acontecer en el futuro y para lo cual estábamos preparando al presente. Lo que ocurre es que, en cierto modo, el futuro ha colapsado sobre el presente; no es ya, digamos, un horizonte de emancipación o un mundo mejor, mucho más reconciliado, sino que es todo lo contrario: es la amenaza, la escasez de agua, la ausencia de materias primas, el cambio climático, la aparición de nuevos peligros, que se resumen en gran medida en el peligro de no poder mantener nuestro nivel de vida, de que las generaciones futuras no puedan disfrutar el planeta que estamos habitando.
# Eso nos introduce en una situación de miedo...
—Estamos ante un mundo donde se empiezan a generalizar nuevos temores, que contrasta con ese mundo abierto que todos imaginábamos —o muchos imaginaban— de la globalización.
# ¿Cuáles son las respuestas posibles a esos miedos y amenazas? ¿Cuáles de esas respuestas prevalecerán, en su opinión?
—Cuando impera el miedo, como hemos visto en Estados Unidos, sufre la democracia. La democracia es una ideología pensada para la confianza, y desde el momento que desconfiamos unos de otros —y hay razones también para recelar; por lo menos lo del terrorismo islámico no es ninguna broma—, es cuando realmente deseamos volver a la protección que nos ofrecía la política, pero no una política exigente, sino una política mucho más básica y elemental, la del ejercicio del poder puro y crudo, para la protección de mi lugar amenazado.
# Imaginemos un diálogo entre los grandes filósofos políticos, interrogándose sobre estas cuestiones. ¿Cuáles son los pensadores clásicos que mejor explican la realidad actual?
—Creo que hay tres filósofos políticos que entrarían en este diálogo. Uno sería Thomas Hobbes, evidentemente, porque tenemos que repensar las condiciones de posibilidad de los Estados. Es un momento en el cual hay una necesidad del Estado y en el que el Estado tampoco dispone de los medios como para proteger a las sociedades, que realmente ése es el objetivo fundamental del Estado como nación. Pero luego podemos encontrar también a un filósofo como Johann Herder, que desde algo así como un comunitarismo nacionalista, lo que nos viene a decir es que no es posible un discurso universal de derechos, porque en última instancia, cada cultura es una flor, y las culturas son inconmensurables, que es lo que desde otro ángulo también plantea Huntington. Pero, al mismo tiempo, aparece otra voz, la de Immanuel Kant cuando dice aquello de que habitamos un mismo planeta y por tanto, inexorablemente estamos condenados a entendernos, aunque no tengamos a mano los instrumentos para hacerlo.
# ¿Dónde se ubicaría el republicanismo, en este espectro, como conjunto de ideas y propuestas?
—El republicanismo es la única ideología que nos recuerda permanentemente que la democracia es tremendamente frágil y que las instituciones democráticas no pueden sobrevivir con una sociedad cada vez más privatizada. Porque lo que acaba habiendo son poderes sociales y económicos que son los que terminan imponiendo y decidiendo cuál es el interés público. El republicanismo rescata esta dimensión ciudadana como fundamental: la participación política, la inquietud por el bienestar de la república, la propia solidaridad entre ciudadanos. Es un discurso necesario para confrontar con la tendencia a una privatización completa de nuestras sociedades, que es la contracara del llamado a un orden autoritario.
Copyright Clarín, 2006.
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