ARIEL DORFMAN, ESCRITOR
Con más de treinta años de exilio, el escritor chileno supo de la muerte de Augusto Pinochet mientras filmaba en Santiago. Comparte aquí sus reflexiones sobre la pesada herencia que el dictador deja a Chile.
Matilde Sánchez.
msanchez@clarin.com
La muerte de Augusto Pinochet lo sorprendió en Santiago, ¿haciendo qué, exactamente?
—Rodando un documental autobiográfico El día anterior a su infarto habíamos estado filmando por la Plaza Italia. En la escena recreábamos nuestras antiguas marchas y nos lamentábamos de que ya nadie se manifiesta; hoy día las únicas marchas son de consumidores que van a los shoppings. Y en eso llegó la noticia y salimos todos para el Hospital Militar.
# Al principio se habló de ese infarto como un nuevo fraude, en el que nadie cayó.
—Pero no es extraño que hayan pensado eso. Históricamente, todo lo que en Pinochet era farsesco se traducía en tragedia para nosotros. Hay que recordar las estafas anteriores, como la demencia senil que fingió en Londres para eludir a la Justicia. Y es sorprendente que, al cabo de tanta mentira, hasta la muerte se haya cansado y le haya dicho: "Usted, señor, ha gritado Lobo demasiadas veces". Y se lo comió.
# Aunque usted adhiere al gobierno de la Concertación, criticó que la ministra de Defensa asistiera al velorio.
—Yo estaba clandestino en Chile pero di un paso al frente y fui a la tele (era en ese mismo estudio donde yo, entre los años 71 y 72, hacía programas de televisión; y donde, en el altillo del edificio, a la madrugada tomaba clases de karate con nuestro grupo). Bueno, en la tele dije que Pinochet no debía tener honores militares pues siempre fue un falso guerrero. Mi interpretación es que él abre su vida política —no su carrera militar— con una traición a las armas, de modo que no merecía honores militares.
# Su obra está impregnada de reflexiones sobre la tortura y el exilio. Muerto el dictador, ¿cuál cree que es su legado más duradero? ¿Diría que es cierta pervivencia anacrónica de la Guerra Fría, de la que él fue pieza clave en la región?
—En buena medida, sí; Pinochet torció el destino del país. La película me obligó a revisitar el 73 y a todos los contemporáneos nuestros; de hecho, significó un relevamiento del daño que hizo Pinochet al país y el pueblo. Y le digo que el mayor legado de Pinochet es el miedo. Del mismo modo en que consintió que los soldados violaran a tantas mujeres, le abrió las piernas a Chile.
# Las fuerzas armadas chilenas no parecen haberse sentido traicionadas...
—Pero sí lo fueron. No olvidemos que él fue un oportunista en el 73, se metió a último momento. La noche del golpe mandó a su familia a un regimiento de Los Andes, cuyo comandante era el coronel Renato Cantuarias, constitucionalista y leal a Salvador Allende. Por si acaso el intento fracasaba, podría justificar que había participado bajo amenaza de muerte. Días después, Cantuarias fue encarcelado en la Escuela Militar, donde se habría "suicidado". En Más allá del miedo, he narrado cómo cada uno de los testigos de la doble vida de Pinochet, de su cobardía y sus mentiras, acabaron asesinados. Una vez declarada la guerra a sus adversarios internos, creó la DINA para asegurarse el poder total. Después del terror, el país ya no sería el mismo. Gracias a él, Chile se convierte en el primer gran laboratorio de las políticas neoliberales en América latina. Pinochet influirá hasta en Margaret Thatcher: es el primer adherente de los Chicago boys.
# ¿Definiría a la DINA como el andamiaje represivo para el giro económico?.
—El giro neoliberal siempre arranca con las llamadas "terapias de shock" —la misma palabra, fíjese usted, que en el electroshock... También se usaba en los genitales de los detenidos. Lo que hizo Pinochet fue poner a un país en la parrilla. Chile cambió por el terror y se reordenaron las funciones del Estado y la economía. Si me preguntan por una síntesis, diría que reintegró el país salvajemente a la economía mundial, acabando con todos los resguardos de ese tránsito.
# Los pinochetistas argumentan que la represión era el precio a pagar por la modernización y los logros económicos.
—Pero sus éxitos en verdad se relacionan con el sufrimiento económico. Pinochet asciende en momentos en que la modernización económica está ocurriendo en todo el mundo. Es evidente que hubo modernización, y en algunos sectores buena falta que le hacía, pero ésta no fue homogénea ni se acompañó en la vida social y cultural. Los pinochetistas aún hoy se oponen incluso al divorcio, el aborto terapéutico y la homosexualidad como derecho. En verdad, representó la unión de un conservadurismo social muy fuerte y un neoliberalismo económico.
# ¿Cómo analiza usted el lazo fuerte y singular que estableció con el pueblo? Uno lo ve en esas viudas que lo lloran llamándolo "mi general" o "tatita"... El miedo da obediencia pero no adhesión ni el afecto político de los sectores populares.
—Hay al menos un tercio de Chile que está con él y eso no es un epifenómeno sino algo profundo. Coincido en que no todo es miedo y confieso haber conocido, en mi época de activista, el placer que da inspirar miedo al semejante. La primera razón es que él manipuló muy bien el pánico al comunismo y se erigió eficazmente en "Tata" salvador. Iba a poner orden tras la época desordenada de Allende. Recordemos que no se trató de un golpe típico sino de una contrarrevolución. Especialmente las mujeres tenían mucho miedo por razones diría hasta psicosexuales. Tengo la impresión de que en tiempos de la Unidad Popular, las mujeres creían que los hombres, muchos maridos incluso, estaban destruyendo el país y eran responsables de la desintegración de la familia. Existía una como fantasía colectiva de que los comunistas iban a violar a sus hijas. Tenían razones para sentir esto pues algunos allendistas no se privaban de gritar "Los momios al paredón, las momias al colchón". Ante esto dijeron: "Gracias, Tatita, por salvarnos". Es el viejo terror a la horda —¿no le temían ustedes al cabecita negra?—, entremezclado de represión sexual. Es lo conservador por excelencia, casi un integrismo, por eso Pinochet es mucho más cercano a Francisco Franco que a los dictadores latinoamericanos clásicos.
# ¿Diría que esa parte de Chile aprobaba la represión, un poco a la manera de Los verdugos voluntarios de Hitler, la tesis de Goldhagen sobre la complicidad de los civiles alemanes?
—Puede ser. Aquí se fijó una personalidad colectiva autoritaria, obediente y un poco histérica, a fin de obturar las preguntas sobre la complicidad civil. Cuando yo vi a esas mujeres a las puertas de la clínica en ese estado de histeria, repitiendo su nombre como un disco rayado, pensé que ellas bloqueaban algo profundo, porque si dejaban entrar a su ánimo la perversidad de la que son cómplices, se les desplomaría el mundo. Si uno admite que existieron atrocidades, entonces es cómplice. La gente sabía de la represión casi desde el primer minuto y cerró los ojos. Si bien Chile es muy conservador, tiene también una resistencia muy especial. En el 73, la mitad de la población era revolucionaria. Aunque Eduardo Frei saludó el golpe y fue al Tedéum, hubo políticos como Belisario Velasco, actual ministro del Interior, que desde el 11 de setiembre denunció las torturas. En Chile, quien diga que se enteró de las torturas en 1990 por el trabajo de la comisión Retti, miente.
# ¿Por qué la democracia no pudo procesarlo, o cuando menos impedir su banca en el Senado?
—Muchas veces, en función de proteger una democracia precaria y frágil, se concede, se otorga poder de veto. Eso crea una situación nacional complicada pues consolida un doble país. En Chile ocurrió algo muy semejante a los acuartelamientos contra el presidente Alfonsín. A comienzos de los 90, cuando saltó la denuncia de los "pinocheques" que salpicó a toda la familia, Pinochet se acuarteló. Chile debió decirle que se quedara no más con sus carapintadas; en cambio, volvió a conceder. Y ha vuelto a conceder en los funerales militares.
# ¿Ahora cómo podría salvarse esa impunidad sin castigo?
—Uno quisiera vivir en el paraíso pero en verdad siempre nos toca la tragedia. Por excelencia, la tragedia trata de un conflicto sin solución. El dolor es irreparable; la memoria no desaparece sino que refluye. No creo que exista el olvido sin Justicia ni que se pueda pactar el olvido.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/17/z-04216.htm