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"Este es un momento fascinante para hacer ciencia en Argentina"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 03-12-2006 00:00:00

CARLOS FRASCH, INVESTIGADOR CIENTIFICO

Los científicos argentinos son reconocidos en las mejores universidades y ámbitos académicos del mundo. Pero no encuentran aquí el respaldo suficiente para una actividad que debería ser clave en nuestro desarrollo.

Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com

Con frecuencia nos sorprenden los logros y reconocimientos de científicos argentinos en el exterior. Pero, ¿cómo está ubicada la ciencia argentina respecto del notable desarrollo científico en los países más avanzados?

—Creo que estamos en un momento verdaderamente fascinante para hacer ciencia, en el mundo y en la Argentina. Se pensaba que ya se conocían un montón de cosas y que difícilmente podrían aparecer descubrimientos sorprendentes, pero eso no fue así: más conocemos, más nos falta conocer. Obviamente, este desarrollo está restringido en gran medida a determinadas regiones. Pero nuestro país, con sus limitaciones, no está al margen de ese momento tan especial.

# ¿Puede dar algunos ejemplos de estos avances?

—Los premios Nobel de Química o Medicina de este año, por ejemplo, muestran de qué manera la genética fue revolucionada con dos tecnologías nuevas. Por un lado, aquella que permitió clonar y expresar genes. Ya hoy todo el mundo conoce ese mecanismo, lo que en principio se llamó ingeniería genética: corto y pego, y armo cosas, y estudio la secuencia, los genomas, etc. Y por otro lado, la que generó César Milstein, que fue absolutamente revolucionaria, una herramienta increíble: los anticuerpos monoclonales. Aquel descubrimiento nos permitió entrar en un mundo de la genética que nos sigue sorprendiendo día a día.

# ¿Podemos recordar, muy sintéticamente, qué significación tuvo aquel hallazgo de Milstein?

—En los años 70, Milstein logra producir células que generan anticuerpos que reconocen una cosa específicamente. Usted tiene en una mesa cientos de llaves, pero quiere encontrar una. El encontró la herramienta que permite identificar una llave de las cien, o de las mil, o de las diez mil. Eso se llama "anticuerpo monoclonal": reconoce específicamente algo. Fue revolucionario en la ciencia y también para el desarrollo de nuevos productos y alternativas comerciales: purificar, generar la famosa "bala mágica", o sea, que uno puede crear un anticuerpo que ataque a una molécula específica que está en un tumor y así destruirlo.

# ¿En qué momento estamos ahora en esta evolución del desarrollo científico en nuestro país?

—El sistema científico argentino es muy pequeño. Son alrededor de 4.500 investigadores en el Conicet. Según la Secretaría de Ciencia y Técnica hay 39 mil investigadores en el país. La inversión en millones de dólares, si bien creció, es de menos de mil, contra cinco mil de Brasil, o 300 mil en Estados Unidos. El porcentaje del producto bruto interno todavía es muy bajo: en el orden del 0,5%; mientras que es uno y pico en Brasil, y dos y pico en Estados Unidos. La inversión estatal por individuo, en dólares, es de 15 en Argentina, 30 en Brasil y mil en Estados Unidos. Las patentes que se producen, que uno puede tomar como mínimas en Argentina, son cien veces más en Estados Unidos. Teniendo estas magnitudes presentes, debemos reconocer que Argentina es un país fantástico en cuanto a la calidad de gente joven que produce. Uno recorre el mundo y se va a encontrar con algún argentino que está en posiciones importantes dentro del sistema científico y tecnológico en gran cantidad de países.

# ¿Cuáles son las principales —o más promisorias— líneas de investigación científica que se están siguiendo en nuestro país?

—Las líneas de investigación no tienen por qué estar, en un principio, restringidas. En general, el concepto es que si hay un investigador que tiene una formación que le ha llevado diez o quince años adquirir, debe desarrollar esa línea de investigación, y lo único que le tenemos que pedir a la ciencia es que sea original, creativa, buena ciencia. Esa buena ciencia puede terminar a corto plazo en un producto para mejorar alguna de las necesidades de la sociedad, o puede llevar muchísimo tiempo para terminar en algo que la gente pueda ver como un producto. Además, el Estado debe sostener a través de fondos especiales un estímulo específico en áreas de investigación en las que la ciencia se puede poner al servicio de la comunidad cuando es requerida. Argentina se caracteriza por una fuerte tradición en el área biomédica, en fisiología y en azúcares. Eso nos viene de la época de Houssay y Leloir

# Se cumplió este año el centenario del nacimiento de Leloir, y el año próximo se cumplirán sesenta de la creación del Instituto de Investigaciones Bioquímicas que lleva su nombre. Resulta interesante recordar el mecenazgo del industrial textil Jaime Campomar en la creación de ese laboratorio, ¿Cuánto de esa experiencia fructificó y cuánto se perdió de aquella asociación entre inversión y apoyo a la investigación?

—De ese recuerdo podemos también apreciar que ningún país puede basar su presente y su futuro en función de genios. Houssay, Leloir o Milstein eran genios. Debe basarlos a partir de escuelas que permitan desarrollos de líneas, pero no con la esperanza de que salgan genios, porque los genios son algo excepcional y uno no los puede generar por más que tenga una escuela. Sí de escuelas de investigación, que sean lo más serias, competitivas y originales posible.

# Usted, por ejemplo, ha trabajado durante mucho tiempo sobre la enfermedad de Chagas...

—Así es, en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas venimos trabajando en eso durante los últimos diez años. Chagas es una enfermedad causada por un microorganismo, el tripanosoma cruzi, que afecta, en estos momentos, aproximadamente a dos millones de personas en la Argentina, a varios millones más en Centro y Sudamérica, y para la cual todavía no tenemos ningún sistema de control eficaz, de drogas o de vacunas. Nuestro trabajo está centrado en el mejor conocimiento de las moléculas que utiliza el tripanosoma para infectar, y en utilizar este conocimiento para el desarrollo de productos químicos que posibiliten controlar la infección en humanos. Los países desarrollados no tienen este problema; lo tenemos nosotros y hay que hacer investigación con nuestros propios recursos.

# ¿Qué otros temas o líneas de investigación se destacan en su grupo de trabajo?

—El segundo tema, que comenzamos hace relativamente poco, es el estrés crónico en animales de laboratorio, con la idea de aprender qué es lo que pasa en un individuo cuando se deprime, a nivel del sistema nervioso. Estamos trabajando en modelos animales y viendo en el cerebro qué es lo que ocurre, qué alteraciones hay cuando a un animal se lo somete a estrés crónico. Esencialmente, hay varias formas de someter a animales a estrés. Y la consecuencia es una alteración en la expresión de genes. Y eso es lo que estamos tratando de averiguar. Encontramos una proteína que es necesaria para que las células nerviosas se relacionen unas con otras y transmitan información entre ellas. Cuando el animal está deprimido, esa proteína se expresa menos y las células se retraen literalmente, la comunicación entre ellas es menor.

# ¿Y qué resultados tienen estas investigaciones?

—A los investigadores no hay que pedirles resultados a corto plazo, hay que dejarlos que evolucionen en sus posibilidades de encontrar cosas y de explicar los fenómenos. En estos momentos estamos queriendo aprender el porqué del fenómeno. Después, alguien lo tomará, y encontrará tal vez alguna alternativa para evitar que esta proteína se exprese menos...

# ¿Cómo hacer para recuperar científicos formados en el exterior que terminan emigrando?

—En un país que no destina gran cantidad de dinero a la ciencia, y que durante tanto tiempo no entendió que no hay desarrollo si no apoya la ciencia y que ciencia y desarrollo tecnológico van absolutamente de la mano y requieren de inversiones y subsidios, lo primero es generar ámbitos adecuados donde la gente pueda trabajar. Necesitamos más y mejores institutos de investigación, más y mejores investigadores a partir de la gente que pueda ir formándose en el exterior y regresando. Y que cuando regresen, se encuentren con un mínimo de disponibilidad de equipamientos, de productos y un salario digno. Está bien que se ensanche la base de la pirámide incorporando más gente a la carrera. Pero hay que cuidar también el vértice de esa pirámide haciendo posible la reinserción de quienes se forman afuera.

Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/03/z-04015.htm

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