FERNANDO VALLESPIN: FILOSOFO Y POLITOLOGO ESPAÑOL
La crisis de las teorías que permitían explicar el mundo de los dos últimos siglos ofrece más libertad para un pensamiento crítico. Y para encontrar soluciones originales a problemas que aparecieron con la globalización.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A manera de balance del año que pasó, ¿qué novedades encontramos en el mundo de las ideas políticas?
—Diría que asistimos a un proceso de cambio verdaderamente espectacular que en esta fase tiene, creo yo, una novedad notable. La globalización, que fue pensada como un diseño occidental de expansión capitalista hacia el Este y Oriente, ha revertido ahora en un movimiento inverso: la aparición en la escena internacional de dos nuevos e inmensos actores, como lo son la India y China, plantea un formidable desafío al resto del mundo, a Europa y a los EE.UU., pero también a los países en desarrollo y subdesarrollados. Porque estos nuevos gigantes pueden incluso desbancar a Occidente en el control económico del mundo. Del mismo modo, el advenimiento del mundo islámico, con sus muy variadas expresiones y facetas, encuentra al mundo occidental con evidentes muestras de perplejidad y sin respuestas.
# ¿Se estaría dando algo así como una "orientalización" de la globalización?
—No sé si llamarlo así, pero podemos observar sí una suerte de realización de la profecía de Samuel Huntington en la que, efectivamente, la fuente del conflicto internacional tiene un componente no ya ideológico sino cultural, o culturalista, que se superpone, por otra parte, a la fractura tradicional Norte-Sur. Esto produce una reacción identitaria en muchos pueblos, alimentada por la lectura de los analistas y estrategas de los gobiernos, en el sentido de recuperar la propia identidad en el momento en el cual parece que se trata de imponer una hegemonía también culturalista de eso que se llama la "hollywoodización", el hiperconsumismo occidental. Esto nos enfrenta a un panorama complejo y diferente, y carecemos de los instrumentos que nos permitan evaluarlo. Es uno de los graves inconvenientes de nuestra época.
# ¿Es un inconveniente o una oportunidad?
—Es ambas cosas, claro. Hoy tenemos la suerte de carecer de grandes maestros pensadores, en cuyas teorías nos podamos reconocer y que por tanto, sirven reflexivamente para que tomemos conciencia de nuestra realidad. El papel que en su día jugó un Marx, pero también la propia tradición del pensamiento liberal democrático, la gran teoría sociológica nadie lo cubre. Nos hemos encontrado con que este mundo ha devenido impenetrable para el pensamiento. Por lo tanto, se difumina la posibilidad de pensar el mundo a partir de estas grandes teorías, dentro de las cuales podemos reconocernos como humanidad, o incluso dentro de los propios países.
# ¿El relativismo surgiría entonces como una contracara simétrica del fundamentalismo?
—Es el gran inconveniente de que la crisis de los grandes relatos y verdades deja paso al "todo vale" teórico, donde toda teoría vale tanto como las demás. Es una especie de tolerancia que acaba degenerando en una cierta indiferencia; es decir, que las opiniones ya no se intercambian sino simplemente se colocan una al lado de la otra, y entonces, pues claro, no hay debate o deliberación entre las formas en las que describimos la realidad sino que simplemente consumimos teorías en función de cómo van apareciendo o de cuál es su capacidad para ejercer un impacto mediático instantáneo.
# ¿Lo que describe nos vuelve a ubicar en aquello que en su momento se definió como el "giro posmoderno"?
—Se puede llamar giro posmoderno, pero tiene mucho que ver también con el propio desarrollo de la industria cultural. Estamos viviendo en un mundo poshumanístico, y eso tiene la ventaja de que nos sentimos más libres. Es decir, ya no tenemos que adscribirnos necesariamente a una de las grandes ideologías en conflicto sino que podemos confeccionar un menú en el que hacemos nuestra propia combinación de platos teóricos, un poco en función de caprichos o decisiones individuales que están sostenidas sobre nuestros propios intereses. Esto convive también con una vuelta a lo identitario.
# La crisis de los grandes maestros pensadores supone también la crisis de las utopías. Realizadas o desacreditadas esas utopías, ¿daría la impresión de que la realidad marcha por delante de las ideas?
—Sí, evidentemente, la realidad es más importante que las ideas. Pero creo que las ideas progresistas tienen un problema cuando el objetivo fundamental del mundo en el que vivimos es la conservación. Aquí me parece que hay un elemento tremendamente interesante, y es que siempre habíamos puesto la esperanza en la idea de progreso, de una manera más o menos conciente. Es decir, que el futuro siempre era el lugar donde encontraríamos reconciliadas las contradicciones. Y por tanto, trasladábamos la solución de los problemas a algo que tenía que acontecer en el futuro y para lo cual estábamos preparando al presente. Lo que ocurre es que, en cierto modo, el futuro ha colapsado sobre el presente; no es ya, digamos, un horizonte de emancipación o un mundo mejor, mucho más reconciliado, sino que es todo lo contrario: es la amenaza, la escasez de agua, la ausencia de materias primas, el cambio climático, la aparición de nuevos peligros, que se resumen en gran medida en el peligro de no poder mantener nuestro nivel de vida, de que las generaciones futuras no puedan disfrutar el planeta que estamos habitando.
# Eso nos introduce en una situación de miedo...
—Estamos ante un mundo donde se empiezan a generalizar nuevos temores, que contrasta con ese mundo abierto que todos imaginábamos —o muchos imaginaban— de la globalización.
# ¿Cuáles son las respuestas posibles a esos miedos y amenazas? ¿Cuáles de esas respuestas prevalecerán, en su opinión?
—Cuando impera el miedo, como hemos visto en Estados Unidos, sufre la democracia. La democracia es una ideología pensada para la confianza, y desde el momento que desconfiamos unos de otros —y hay razones también para recelar; por lo menos lo del terrorismo islámico no es ninguna broma—, es cuando realmente deseamos volver a la protección que nos ofrecía la política, pero no una política exigente, sino una política mucho más básica y elemental, la del ejercicio del poder puro y crudo, para la protección de mi lugar amenazado.
# Imaginemos un diálogo entre los grandes filósofos políticos, interrogándose sobre estas cuestiones. ¿Cuáles son los pensadores clásicos que mejor explican la realidad actual?
—Creo que hay tres filósofos políticos que entrarían en este diálogo. Uno sería Thomas Hobbes, evidentemente, porque tenemos que repensar las condiciones de posibilidad de los Estados. Es un momento en el cual hay una necesidad del Estado y en el que el Estado tampoco dispone de los medios como para proteger a las sociedades, que realmente ése es el objetivo fundamental del Estado como nación. Pero luego podemos encontrar también a un filósofo como Johann Herder, que desde algo así como un comunitarismo nacionalista, lo que nos viene a decir es que no es posible un discurso universal de derechos, porque en última instancia, cada cultura es una flor, y las culturas son inconmensurables, que es lo que desde otro ángulo también plantea Huntington. Pero, al mismo tiempo, aparece otra voz, la de Immanuel Kant cuando dice aquello de que habitamos un mismo planeta y por tanto, inexorablemente estamos condenados a entendernos, aunque no tengamos a mano los instrumentos para hacerlo.
# ¿Dónde se ubicaría el republicanismo, en este espectro, como conjunto de ideas y propuestas?
—El republicanismo es la única ideología que nos recuerda permanentemente que la democracia es tremendamente frágil y que las instituciones democráticas no pueden sobrevivir con una sociedad cada vez más privatizada. Porque lo que acaba habiendo son poderes sociales y económicos que son los que terminan imponiendo y decidiendo cuál es el interés público. El republicanismo rescata esta dimensión ciudadana como fundamental: la participación política, la inquietud por el bienestar de la república, la propia solidaridad entre ciudadanos. Es un discurso necesario para confrontar con la tendencia a una privatización completa de nuestras sociedades, que es la contracara del llamado a un orden autoritario.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/31/z-03615.htm
FERNANDO VALLESPIN: FILOSOFO Y POLITOLOGO ESPAÑOL
La crisis de las teorías que permitían explicar el mundo de los dos últimos siglos ofrece más libertad para un pensamiento crítico. Y para encontrar soluciones originales a problemas que aparecieron con la globalización.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A manera de balance del año que pasó, ¿qué novedades encontramos en el mundo de las ideas políticas?
—Diría que asistimos a un proceso de cambio verdaderamente espectacular que en esta fase tiene, creo yo, una novedad notable. La globalización, que fue pensada como un diseño occidental de expansión capitalista hacia el Este y Oriente, ha revertido ahora en un movimiento inverso: la aparición en la escena internacional de dos nuevos e inmensos actores, como lo son la India y China, plantea un formidable desafío al resto del mundo, a Europa y a los EE.UU., pero también a los países en desarrollo y subdesarrollados. Porque estos nuevos gigantes pueden incluso desbancar a Occidente en el control económico del mundo. Del mismo modo, el advenimiento del mundo islámico, con sus muy variadas expresiones y facetas, encuentra al mundo occidental con evidentes muestras de perplejidad y sin respuestas.
# ¿Se estaría dando algo así como una "orientalización" de la globalización?
—No sé si llamarlo así, pero podemos observar sí una suerte de realización de la profecía de Samuel Huntington en la que, efectivamente, la fuente del conflicto internacional tiene un componente no ya ideológico sino cultural, o culturalista, que se superpone, por otra parte, a la fractura tradicional Norte-Sur. Esto produce una reacción identitaria en muchos pueblos, alimentada por la lectura de los analistas y estrategas de los gobiernos, en el sentido de recuperar la propia identidad en el momento en el cual parece que se trata de imponer una hegemonía también culturalista de eso que se llama la "hollywoodización", el hiperconsumismo occidental. Esto nos enfrenta a un panorama complejo y diferente, y carecemos de los instrumentos que nos permitan evaluarlo. Es uno de los graves inconvenientes de nuestra época.
# ¿Es un inconveniente o una oportunidad?
—Es ambas cosas, claro. Hoy tenemos la suerte de carecer de grandes maestros pensadores, en cuyas teorías nos podamos reconocer y que por tanto, sirven reflexivamente para que tomemos conciencia de nuestra realidad. El papel que en su día jugó un Marx, pero también la propia tradición del pensamiento liberal democrático, la gran teoría sociológica nadie lo cubre. Nos hemos encontrado con que este mundo ha devenido impenetrable para el pensamiento. Por lo tanto, se difumina la posibilidad de pensar el mundo a partir de estas grandes teorías, dentro de las cuales podemos reconocernos como humanidad, o incluso dentro de los propios países.
# ¿El relativismo surgiría entonces como una contracara simétrica del fundamentalismo?
—Es el gran inconveniente de que la crisis de los grandes relatos y verdades deja paso al "todo vale" teórico, donde toda teoría vale tanto como las demás. Es una especie de tolerancia que acaba degenerando en una cierta indiferencia; es decir, que las opiniones ya no se intercambian sino simplemente se colocan una al lado de la otra, y entonces, pues claro, no hay debate o deliberación entre las formas en las que describimos la realidad sino que simplemente consumimos teorías en función de cómo van apareciendo o de cuál es su capacidad para ejercer un impacto mediático instantáneo.
# ¿Lo que describe nos vuelve a ubicar en aquello que en su momento se definió como el "giro posmoderno"?
—Se puede llamar giro posmoderno, pero tiene mucho que ver también con el propio desarrollo de la industria cultural. Estamos viviendo en un mundo poshumanístico, y eso tiene la ventaja de que nos sentimos más libres. Es decir, ya no tenemos que adscribirnos necesariamente a una de las grandes ideologías en conflicto sino que podemos confeccionar un menú en el que hacemos nuestra propia combinación de platos teóricos, un poco en función de caprichos o decisiones individuales que están sostenidas sobre nuestros propios intereses. Esto convive también con una vuelta a lo identitario.
# La crisis de los grandes maestros pensadores supone también la crisis de las utopías. Realizadas o desacreditadas esas utopías, ¿daría la impresión de que la realidad marcha por delante de las ideas?
—Sí, evidentemente, la realidad es más importante que las ideas. Pero creo que las ideas progresistas tienen un problema cuando el objetivo fundamental del mundo en el que vivimos es la conservación. Aquí me parece que hay un elemento tremendamente interesante, y es que siempre habíamos puesto la esperanza en la idea de progreso, de una manera más o menos conciente. Es decir, que el futuro siempre era el lugar donde encontraríamos reconciliadas las contradicciones. Y por tanto, trasladábamos la solución de los problemas a algo que tenía que acontecer en el futuro y para lo cual estábamos preparando al presente. Lo que ocurre es que, en cierto modo, el futuro ha colapsado sobre el presente; no es ya, digamos, un horizonte de emancipación o un mundo mejor, mucho más reconciliado, sino que es todo lo contrario: es la amenaza, la escasez de agua, la ausencia de materias primas, el cambio climático, la aparición de nuevos peligros, que se resumen en gran medida en el peligro de no poder mantener nuestro nivel de vida, de que las generaciones futuras no puedan disfrutar el planeta que estamos habitando.
# Eso nos introduce en una situación de miedo...
—Estamos ante un mundo donde se empiezan a generalizar nuevos temores, que contrasta con ese mundo abierto que todos imaginábamos —o muchos imaginaban— de la globalización.
# ¿Cuáles son las respuestas posibles a esos miedos y amenazas? ¿Cuáles de esas respuestas prevalecerán, en su opinión?
—Cuando impera el miedo, como hemos visto en Estados Unidos, sufre la democracia. La democracia es una ideología pensada para la confianza, y desde el momento que desconfiamos unos de otros —y hay razones también para recelar; por lo menos lo del terrorismo islámico no es ninguna broma—, es cuando realmente deseamos volver a la protección que nos ofrecía la política, pero no una política exigente, sino una política mucho más básica y elemental, la del ejercicio del poder puro y crudo, para la protección de mi lugar amenazado.
# Imaginemos un diálogo entre los grandes filósofos políticos, interrogándose sobre estas cuestiones. ¿Cuáles son los pensadores clásicos que mejor explican la realidad actual?
—Creo que hay tres filósofos políticos que entrarían en este diálogo. Uno sería Thomas Hobbes, evidentemente, porque tenemos que repensar las condiciones de posibilidad de los Estados. Es un momento en el cual hay una necesidad del Estado y en el que el Estado tampoco dispone de los medios como para proteger a las sociedades, que realmente ése es el objetivo fundamental del Estado como nación. Pero luego podemos encontrar también a un filósofo como Johann Herder, que desde algo así como un comunitarismo nacionalista, lo que nos viene a decir es que no es posible un discurso universal de derechos, porque en última instancia, cada cultura es una flor, y las culturas son inconmensurables, que es lo que desde otro ángulo también plantea Huntington. Pero, al mismo tiempo, aparece otra voz, la de Immanuel Kant cuando dice aquello de que habitamos un mismo planeta y por tanto, inexorablemente estamos condenados a entendernos, aunque no tengamos a mano los instrumentos para hacerlo.
# ¿Dónde se ubicaría el republicanismo, en este espectro, como conjunto de ideas y propuestas?
—El republicanismo es la única ideología que nos recuerda permanentemente que la democracia es tremendamente frágil y que las instituciones democráticas no pueden sobrevivir con una sociedad cada vez más privatizada. Porque lo que acaba habiendo son poderes sociales y económicos que son los que terminan imponiendo y decidiendo cuál es el interés público. El republicanismo rescata esta dimensión ciudadana como fundamental: la participación política, la inquietud por el bienestar de la república, la propia solidaridad entre ciudadanos. Es un discurso necesario para confrontar con la tendencia a una privatización completa de nuestras sociedades, que es la contracara del llamado a un orden autoritario.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/31/z-03615.htm
FERNANDO VALLESPIN: FILOSOFO Y POLITOLOGO ESPAÑOL
La crisis de las teorías que permitían explicar el mundo de los dos últimos siglos ofrece más libertad para un pensamiento crítico. Y para encontrar soluciones originales a problemas que aparecieron con la globalización.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
A manera de balance del año que pasó, ¿qué novedades encontramos en el mundo de las ideas políticas?
—Diría que asistimos a un proceso de cambio verdaderamente espectacular que en esta fase tiene, creo yo, una novedad notable. La globalización, que fue pensada como un diseño occidental de expansión capitalista hacia el Este y Oriente, ha revertido ahora en un movimiento inverso: la aparición en la escena internacional de dos nuevos e inmensos actores, como lo son la India y China, plantea un formidable desafío al resto del mundo, a Europa y a los EE.UU., pero también a los países en desarrollo y subdesarrollados. Porque estos nuevos gigantes pueden incluso desbancar a Occidente en el control económico del mundo. Del mismo modo, el advenimiento del mundo islámico, con sus muy variadas expresiones y facetas, encuentra al mundo occidental con evidentes muestras de perplejidad y sin respuestas.
# ¿Se estaría dando algo así como una "orientalización" de la globalización?
—No sé si llamarlo así, pero podemos observar sí una suerte de realización de la profecía de Samuel Huntington en la que, efectivamente, la fuente del conflicto internacional tiene un componente no ya ideológico sino cultural, o culturalista, que se superpone, por otra parte, a la fractura tradicional Norte-Sur. Esto produce una reacción identitaria en muchos pueblos, alimentada por la lectura de los analistas y estrategas de los gobiernos, en el sentido de recuperar la propia identidad en el momento en el cual parece que se trata de imponer una hegemonía también culturalista de eso que se llama la "hollywoodización", el hiperconsumismo occidental. Esto nos enfrenta a un panorama complejo y diferente, y carecemos de los instrumentos que nos permitan evaluarlo. Es uno de los graves inconvenientes de nuestra época.
# ¿Es un inconveniente o una oportunidad?
—Es ambas cosas, claro. Hoy tenemos la suerte de carecer de grandes maestros pensadores, en cuyas teorías nos podamos reconocer y que por tanto, sirven reflexivamente para que tomemos conciencia de nuestra realidad. El papel que en su día jugó un Marx, pero también la propia tradición del pensamiento liberal democrático, la gran teoría sociológica nadie lo cubre. Nos hemos encontrado con que este mundo ha devenido impenetrable para el pensamiento. Por lo tanto, se difumina la posibilidad de pensar el mundo a partir de estas grandes teorías, dentro de las cuales podemos reconocernos como humanidad, o incluso dentro de los propios países.
# ¿El relativismo surgiría entonces como una contracara simétrica del fundamentalismo?
—Es el gran inconveniente de que la crisis de los grandes relatos y verdades deja paso al "todo vale" teórico, donde toda teoría vale tanto como las demás. Es una especie de tolerancia que acaba degenerando en una cierta indiferencia; es decir, que las opiniones ya no se intercambian sino simplemente se colocan una al lado de la otra, y entonces, pues claro, no hay debate o deliberación entre las formas en las que describimos la realidad sino que simplemente consumimos teorías en función de cómo van apareciendo o de cuál es su capacidad para ejercer un impacto mediático instantáneo.
# ¿Lo que describe nos vuelve a ubicar en aquello que en su momento se definió como el "giro posmoderno"?
—Se puede llamar giro posmoderno, pero tiene mucho que ver también con el propio desarrollo de la industria cultural. Estamos viviendo en un mundo poshumanístico, y eso tiene la ventaja de que nos sentimos más libres. Es decir, ya no tenemos que adscribirnos necesariamente a una de las grandes ideologías en conflicto sino que podemos confeccionar un menú en el que hacemos nuestra propia combinación de platos teóricos, un poco en función de caprichos o decisiones individuales que están sostenidas sobre nuestros propios intereses. Esto convive también con una vuelta a lo identitario.
# La crisis de los grandes maestros pensadores supone también la crisis de las utopías. Realizadas o desacreditadas esas utopías, ¿daría la impresión de que la realidad marcha por delante de las ideas?
—Sí, evidentemente, la realidad es más importante que las ideas. Pero creo que las ideas progresistas tienen un problema cuando el objetivo fundamental del mundo en el que vivimos es la conservación. Aquí me parece que hay un elemento tremendamente interesante, y es que siempre habíamos puesto la esperanza en la idea de progreso, de una manera más o menos conciente. Es decir, que el futuro siempre era el lugar donde encontraríamos reconciliadas las contradicciones. Y por tanto, trasladábamos la solución de los problemas a algo que tenía que acontecer en el futuro y para lo cual estábamos preparando al presente. Lo que ocurre es que, en cierto modo, el futuro ha colapsado sobre el presente; no es ya, digamos, un horizonte de emancipación o un mundo mejor, mucho más reconciliado, sino que es todo lo contrario: es la amenaza, la escasez de agua, la ausencia de materias primas, el cambio climático, la aparición de nuevos peligros, que se resumen en gran medida en el peligro de no poder mantener nuestro nivel de vida, de que las generaciones futuras no puedan disfrutar el planeta que estamos habitando.
# Eso nos introduce en una situación de miedo...
—Estamos ante un mundo donde se empiezan a generalizar nuevos temores, que contrasta con ese mundo abierto que todos imaginábamos —o muchos imaginaban— de la globalización.
# ¿Cuáles son las respuestas posibles a esos miedos y amenazas? ¿Cuáles de esas respuestas prevalecerán, en su opinión?
—Cuando impera el miedo, como hemos visto en Estados Unidos, sufre la democracia. La democracia es una ideología pensada para la confianza, y desde el momento que desconfiamos unos de otros —y hay razones también para recelar; por lo menos lo del terrorismo islámico no es ninguna broma—, es cuando realmente deseamos volver a la protección que nos ofrecía la política, pero no una política exigente, sino una política mucho más básica y elemental, la del ejercicio del poder puro y crudo, para la protección de mi lugar amenazado.
# Imaginemos un diálogo entre los grandes filósofos políticos, interrogándose sobre estas cuestiones. ¿Cuáles son los pensadores clásicos que mejor explican la realidad actual?
—Creo que hay tres filósofos políticos que entrarían en este diálogo. Uno sería Thomas Hobbes, evidentemente, porque tenemos que repensar las condiciones de posibilidad de los Estados. Es un momento en el cual hay una necesidad del Estado y en el que el Estado tampoco dispone de los medios como para proteger a las sociedades, que realmente ése es el objetivo fundamental del Estado como nación. Pero luego podemos encontrar también a un filósofo como Johann Herder, que desde algo así como un comunitarismo nacionalista, lo que nos viene a decir es que no es posible un discurso universal de derechos, porque en última instancia, cada cultura es una flor, y las culturas son inconmensurables, que es lo que desde otro ángulo también plantea Huntington. Pero, al mismo tiempo, aparece otra voz, la de Immanuel Kant cuando dice aquello de que habitamos un mismo planeta y por tanto, inexorablemente estamos condenados a entendernos, aunque no tengamos a mano los instrumentos para hacerlo.
# ¿Dónde se ubicaría el republicanismo, en este espectro, como conjunto de ideas y propuestas?
—El republicanismo es la única ideología que nos recuerda permanentemente que la democracia es tremendamente frágil y que las instituciones democráticas no pueden sobrevivir con una sociedad cada vez más privatizada. Porque lo que acaba habiendo son poderes sociales y económicos que son los que terminan imponiendo y decidiendo cuál es el interés público. El republicanismo rescata esta dimensión ciudadana como fundamental: la participación política, la inquietud por el bienestar de la república, la propia solidaridad entre ciudadanos. Es un discurso necesario para confrontar con la tendencia a una privatización completa de nuestras sociedades, que es la contracara del llamado a un orden autoritario.
Copyright Clarín, 2006.
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JOSHUA FRIEDMAN, PERIODISTA NORTEAMERICANO
Las iglesias evangélicas les dijeron a sus seguidores cómo votar, glorificaron la guerra en Irak y estimularon un patriotismo acrítico, que la prensa norteamericana seria fue incapaz de cuestionar.
Miguel Wiñazki.
mwinazki@clarin.com
Qué esta pasando hoy en el periodismo, una profesión que parece en particular transformación?
—Ray Bradbury tiene un cuento sobre alguien que vuelve al pasado, pero tiene que caminar por una senda y no debe salir de ella porque puede cambiar el pasado. Pero se cae de la senda y, cuando vuelve al presente, todo es ligeramente diferente. La gente actúa sutilmente, de otra manera. Cuando se mira el zapato, ve una mariposa muerta. El haber matado a una mariposa cien mil años atrás modificó todo el destino. Lo que quiero decirle con esto es que el periodismo se ha modificado. Hemos matado alguna mariposa en algún momento, y ahora todo es diferente de lo que suponíamos.
# ¿Qué mariposa hemos asesinado sin advertirlo?
—Internet disolvió al espacio. Esa es la mariposa que pisamos, la gran mariposa en todo caso: el espacio. Ya no existe la geografía tal como la entendíamos. Hay una manera global de comunicar que lo cambia todo. Hay muchos periodistas que se trasladan a China y a otros lugares lejanos. Alguna gente se ha ido a trabajar a India. Debido a los cambios tecnológicos, se pudieron trasladar muchos puestos de trabajo a otros latitudes. Hay diarios de EE.UU. que editan las notas de sus periodistas desde India porque es más barato. Hay editores importantes que trabajan en India a través de Internet. Hay también un fenómeno parecido y exactamente inverso a la vez. Es una paradoja. Esto ocurre no con los periodistas propiamente dichos, sino con otros trabajadores del campo comunicacional.
# ¿De qué se trata?
—Es lo que ocurre con el telemarketing. Casi todos los telemarketers están en India. Llaman desde allí. Adoptan nombres estadounidenses: "Hola, mi nombre es Pete Johnson" y quizá se llaman Sahib o algo así. Hay escuelas que les enseñan a hablar como norteamericanos. Están en Bombay, Nueva Delhi o Bangalore. Todos estos puestos de trabajo se están perdiendo en los Estados Unidos, y eso ha generado una gran crisis.
# ¿Cuál es entonces el perfil de los nuevos comunicadores?
—Internet lo ha modificado todo. Por ejemplo, los alumnos que estudian periodismo son muy distintos a los que los precedieron. Y lo son, entre otras cosas, porque están acostumbrados a escribir en Internet. Si leen el diario, lo hacen en Internet. También está cambiando el lenguaje que usan, su conocimiento de la gramática es diferente. Tienen una especie de taquigrafía. Muchos no esperan tener un empleo fijo en un lugar real. Esperan tener un grupo de puestos free-lance, en especial si quieren cubrir las noticias internacionales.
# ¿Son menos capaces que los periodistas de antaño o son más capaces?
—Yo diría que, a pesar de todo, los estudiantes de periodismo (en la mayoría de las escuelas de periodismo que conozco) tienen más responsabilidad social de la que teníamos hace diez años. Están mucho más interesados en lo que está pasando en el mundo. Entiendo que se debe a lo que sucedió y sucede con la guerra de Irak.
# ¿Cuál fue el impacto de la cobertura de la guerra de Irak y la relación entre el periodismo y el público?
—La mayoría de los estadounidenses no conoce la diferencia entre un árabe, un persa, un turco, un paquistaní, un musulmán o un hindú. Piensan que todos son iguales. Posiblemente, el presidente Bush también lo piensa. Todo el que había leído algo serio al respecto sabía que Al Qaeda no tenía nada que ver con Irak y que no estaba en Irak. Pero la administración Bush aprovechó la confusión masiva y así justificó la guerra. Si un diario se mostraba escéptico con respecto a la guerra de Irak, se decía que no era un medio patriota y que no quería proteger al país de los terroristas. Hubo mucha presión del gobierno de Bush sobre los medios. Por lo tanto, sólo publicaban la versión oficial.
# Bien, pero lo suyo es una generalización...
—Hubo excepciones, por supuesto. En The New York Times trataron de trabajar de manera independiente. Era difícil. Algunos de los lectores se mostraban muy descontentos si el diario criticaba al gobierno. Ahora que el público estadounidense se ha dado cuenta de que no se le dijo la verdad sobre Irak, los diarios y los canales de TV se están tratando de recuperar. Pero es un camino muy complicado. Desde mi punto de vista, esta guerra ha sido un episodio vergonzoso para el periodismo.
# ¿Cree que el periodismo se recuperará de esto?
—Creo que probablemente se recupere pero lo que ocurrió fue una "tormenta perfecta": Bush trataba de que la prensa lo acompañara; al mismo tiempo, la prensa estaba en un momento de mucha vulnerabilidad económica. El periodismo en Estados Unidos debe volver al antiguo espíritu de la prensa libre.
# ¿Cómo lo imagina?
—Descuento que las nuevas generaciones ayudarán para generar un periodismo menos dependiente y más interactivo.
# ¿Había o hay una estructura comunicacional vinculada a Bush y articulada a los pastores electrónicos?
—Bush ganó en 2004 porque los republicanos consiguieron 5 millones de nuevos votantes en el país, principalmente gracias a la colaboración de estas iglesias evangélicas. A veces, estas iglesias tienen sus propios canales de cable que son por supuesto de corte religioso, pero también político. Compran tiempo de aire en televisión abierta también.
# ¿Qué grado de influencia han tenido sobre la opinión pública?
—Ocurre algo muy similar a lo que sucede con la difusión del islam en muchos sitios en el mundo. Los pastores le dicen a la gente cómo votar y cómo comportarse: "Voten por el partido de Dios. Asegúrense de tener claras las propuestas. Este candidato está a favor del aborto y éste no. Este está a favor de la homosexualidad y este otro está en contra. Elijan. ¿A cuál quieren? ¿Al que está a favor del diablo o al que está a favor de Dios?" Los pastores electrónicos legitimaron a Bush. Esas iglesias y sus nodos comu nicacionales han accionado profundamente en la política.
# Constituyeron una red teológica, pedagógica, política y comunicacional.
—Sí. Es un fenómeno muy profundo y paradójico por momentos. Millones de cristianos evangélicos están educando a sus hijos en casa, en sus propias casas. Es lo que denominan Home School. Estos ya no están en contacto con chicos de orígenes diferentes. Sólo tienen relaciones "endogámicas" con sus propios grupos. Reciben una educación muy estrecha. La educación pública tuvo un papel importante en la democratización de la sociedad. Y eso ahora no está ocurriendo en la misma medida.
# Existe una metamorfosis en todos los sentidos, hasta arquitectónica, de esas iglesias.
—Tradicionalmente, en las películas de cine estadounidenses se veían iglesias en el centro del pueblo. Esas iglesias anglicanas, presbiterianas, metodistas, están cerrando. Las nuevas iglesias están en las afueras de las ciudades. Son edificios enormes que tienen capacidad para 2.000 o 10.000 personas. Toman lo que dice la Biblia de manera literal. Como el gobierno de Bush quería tener el apoyo de los dirigentes evangélicos, adoptó ciertas medidas, que en realidad eran sólo cosméticas, para atraerlos. Por ejemplo, en la Casa Blanca hay pasantes. La gran mayoría de ellos proviene de una institución muy pequeña que se llama, creo, Patrick Henry University, una universidad cristiana evangélica creada con el solo propósito de preparar futuros dirigentes que tengan sus creencias religiosas. Muchos de ellos son pasantes en la Casa Blanca o en el Congreso. Tienen puestos en todas partes en Washington. Son muy conservadores, se oponen al planeamiento familiar, al aborto y a la anticoncepción, por ejemplo.
# ¿Pero su poder sigue siendo incólume o ya están heridos frente a la opinión pública?
—Todo esto estaba en funcionamiento a pleno hasta las elecciones de noviembre. Ahí se terminó. Estados Unidos sufrió un enorme cambio. Cambió hasta el clima oficialista de los medios. Aunque, seamos francos, la mayoría de los periodistas fueron cobardes a la hora de criticar públicamente lo que quería la mayoría.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/24/z-03615.htm
ARIEL DORFMAN, ESCRITOR
Con más de treinta años de exilio, el escritor chileno supo de la muerte de Augusto Pinochet mientras filmaba en Santiago. Comparte aquí sus reflexiones sobre la pesada herencia que el dictador deja a Chile.
Matilde Sánchez.
msanchez@clarin.com
La muerte de Augusto Pinochet lo sorprendió en Santiago, ¿haciendo qué, exactamente?
—Rodando un documental autobiográfico El día anterior a su infarto habíamos estado filmando por la Plaza Italia. En la escena recreábamos nuestras antiguas marchas y nos lamentábamos de que ya nadie se manifiesta; hoy día las únicas marchas son de consumidores que van a los shoppings. Y en eso llegó la noticia y salimos todos para el Hospital Militar.
# Al principio se habló de ese infarto como un nuevo fraude, en el que nadie cayó.
—Pero no es extraño que hayan pensado eso. Históricamente, todo lo que en Pinochet era farsesco se traducía en tragedia para nosotros. Hay que recordar las estafas anteriores, como la demencia senil que fingió en Londres para eludir a la Justicia. Y es sorprendente que, al cabo de tanta mentira, hasta la muerte se haya cansado y le haya dicho: "Usted, señor, ha gritado Lobo demasiadas veces". Y se lo comió.
# Aunque usted adhiere al gobierno de la Concertación, criticó que la ministra de Defensa asistiera al velorio.
—Yo estaba clandestino en Chile pero di un paso al frente y fui a la tele (era en ese mismo estudio donde yo, entre los años 71 y 72, hacía programas de televisión; y donde, en el altillo del edificio, a la madrugada tomaba clases de karate con nuestro grupo). Bueno, en la tele dije que Pinochet no debía tener honores militares pues siempre fue un falso guerrero. Mi interpretación es que él abre su vida política —no su carrera militar— con una traición a las armas, de modo que no merecía honores militares.
# Su obra está impregnada de reflexiones sobre la tortura y el exilio. Muerto el dictador, ¿cuál cree que es su legado más duradero? ¿Diría que es cierta pervivencia anacrónica de la Guerra Fría, de la que él fue pieza clave en la región?
—En buena medida, sí; Pinochet torció el destino del país. La película me obligó a revisitar el 73 y a todos los contemporáneos nuestros; de hecho, significó un relevamiento del daño que hizo Pinochet al país y el pueblo. Y le digo que el mayor legado de Pinochet es el miedo. Del mismo modo en que consintió que los soldados violaran a tantas mujeres, le abrió las piernas a Chile.
# Las fuerzas armadas chilenas no parecen haberse sentido traicionadas...
—Pero sí lo fueron. No olvidemos que él fue un oportunista en el 73, se metió a último momento. La noche del golpe mandó a su familia a un regimiento de Los Andes, cuyo comandante era el coronel Renato Cantuarias, constitucionalista y leal a Salvador Allende. Por si acaso el intento fracasaba, podría justificar que había participado bajo amenaza de muerte. Días después, Cantuarias fue encarcelado en la Escuela Militar, donde se habría "suicidado". En Más allá del miedo, he narrado cómo cada uno de los testigos de la doble vida de Pinochet, de su cobardía y sus mentiras, acabaron asesinados. Una vez declarada la guerra a sus adversarios internos, creó la DINA para asegurarse el poder total. Después del terror, el país ya no sería el mismo. Gracias a él, Chile se convierte en el primer gran laboratorio de las políticas neoliberales en América latina. Pinochet influirá hasta en Margaret Thatcher: es el primer adherente de los Chicago boys.
# ¿Definiría a la DINA como el andamiaje represivo para el giro económico?.
—El giro neoliberal siempre arranca con las llamadas "terapias de shock" —la misma palabra, fíjese usted, que en el electroshock... También se usaba en los genitales de los detenidos. Lo que hizo Pinochet fue poner a un país en la parrilla. Chile cambió por el terror y se reordenaron las funciones del Estado y la economía. Si me preguntan por una síntesis, diría que reintegró el país salvajemente a la economía mundial, acabando con todos los resguardos de ese tránsito.
# Los pinochetistas argumentan que la represión era el precio a pagar por la modernización y los logros económicos.
—Pero sus éxitos en verdad se relacionan con el sufrimiento económico. Pinochet asciende en momentos en que la modernización económica está ocurriendo en todo el mundo. Es evidente que hubo modernización, y en algunos sectores buena falta que le hacía, pero ésta no fue homogénea ni se acompañó en la vida social y cultural. Los pinochetistas aún hoy se oponen incluso al divorcio, el aborto terapéutico y la homosexualidad como derecho. En verdad, representó la unión de un conservadurismo social muy fuerte y un neoliberalismo económico.
# ¿Cómo analiza usted el lazo fuerte y singular que estableció con el pueblo? Uno lo ve en esas viudas que lo lloran llamándolo "mi general" o "tatita"... El miedo da obediencia pero no adhesión ni el afecto político de los sectores populares.
—Hay al menos un tercio de Chile que está con él y eso no es un epifenómeno sino algo profundo. Coincido en que no todo es miedo y confieso haber conocido, en mi época de activista, el placer que da inspirar miedo al semejante. La primera razón es que él manipuló muy bien el pánico al comunismo y se erigió eficazmente en "Tata" salvador. Iba a poner orden tras la época desordenada de Allende. Recordemos que no se trató de un golpe típico sino de una contrarrevolución. Especialmente las mujeres tenían mucho miedo por razones diría hasta psicosexuales. Tengo la impresión de que en tiempos de la Unidad Popular, las mujeres creían que los hombres, muchos maridos incluso, estaban destruyendo el país y eran responsables de la desintegración de la familia. Existía una como fantasía colectiva de que los comunistas iban a violar a sus hijas. Tenían razones para sentir esto pues algunos allendistas no se privaban de gritar "Los momios al paredón, las momias al colchón". Ante esto dijeron: "Gracias, Tatita, por salvarnos". Es el viejo terror a la horda —¿no le temían ustedes al cabecita negra?—, entremezclado de represión sexual. Es lo conservador por excelencia, casi un integrismo, por eso Pinochet es mucho más cercano a Francisco Franco que a los dictadores latinoamericanos clásicos.
# ¿Diría que esa parte de Chile aprobaba la represión, un poco a la manera de Los verdugos voluntarios de Hitler, la tesis de Goldhagen sobre la complicidad de los civiles alemanes?
—Puede ser. Aquí se fijó una personalidad colectiva autoritaria, obediente y un poco histérica, a fin de obturar las preguntas sobre la complicidad civil. Cuando yo vi a esas mujeres a las puertas de la clínica en ese estado de histeria, repitiendo su nombre como un disco rayado, pensé que ellas bloqueaban algo profundo, porque si dejaban entrar a su ánimo la perversidad de la que son cómplices, se les desplomaría el mundo. Si uno admite que existieron atrocidades, entonces es cómplice. La gente sabía de la represión casi desde el primer minuto y cerró los ojos. Si bien Chile es muy conservador, tiene también una resistencia muy especial. En el 73, la mitad de la población era revolucionaria. Aunque Eduardo Frei saludó el golpe y fue al Tedéum, hubo políticos como Belisario Velasco, actual ministro del Interior, que desde el 11 de setiembre denunció las torturas. En Chile, quien diga que se enteró de las torturas en 1990 por el trabajo de la comisión Retti, miente.
# ¿Por qué la democracia no pudo procesarlo, o cuando menos impedir su banca en el Senado?
—Muchas veces, en función de proteger una democracia precaria y frágil, se concede, se otorga poder de veto. Eso crea una situación nacional complicada pues consolida un doble país. En Chile ocurrió algo muy semejante a los acuartelamientos contra el presidente Alfonsín. A comienzos de los 90, cuando saltó la denuncia de los "pinocheques" que salpicó a toda la familia, Pinochet se acuarteló. Chile debió decirle que se quedara no más con sus carapintadas; en cambio, volvió a conceder. Y ha vuelto a conceder en los funerales militares.
# ¿Ahora cómo podría salvarse esa impunidad sin castigo?
—Uno quisiera vivir en el paraíso pero en verdad siempre nos toca la tragedia. Por excelencia, la tragedia trata de un conflicto sin solución. El dolor es irreparable; la memoria no desaparece sino que refluye. No creo que exista el olvido sin Justicia ni que se pueda pactar el olvido.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/12/17/z-04216.htm
PERFECTO ANDRES IBAÑEZ. JURISTA
El estilo de comunicación, la manera en la que los jueces son elegidos y sus vínculos con el poder político definen no sólo su relación con la democracia sino también la eficacia en la gestión.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Todavía en Argentina las comunicaciones de la Justicia usan fórmulas como Vuestra Excelencia o Vuestra Señoría. Esta retórica, ¿es compatible con un trato igualitario y republicano de las personas?
—Sinceramente, creo que no. Me parece que la magistratura fomenta una inflación de retórica que es un arrastre histórico, pero que a los jueces les sigue gustando. Es decir, es frecuentísimo que el juez se ampare detrás de esta barrera de tratamientos, de actitudes protocolarias; y que exija, de quienes se dirigen a él, formas que en último término son de sumisión. Entonces, yo no pretendo que un juez cambie la toga por el guardapolvo blanco; tampoco pretendo convertir al juez en un científico, pero es evidente que los jueces, mereciendo el respeto que merece un ciudadano, deberían renunciar a la retórica que, en último término, lo que hace es distanciarlos de los ciudadanos. Yo veo que mis compañeros jueces están encantados con las medallas y las togas; en algunos países, con las capas de armiño. Todo esto sobra. La Justicia en una sociedad democrática demanda un contexto distinto, prescindiendo de esta parafernalia.
# El método de elección de los jueces, ¿no crea una tensión entre Justicia y democracia?
—El sistema europeo continental —en el que en general los jueces se reclutan por procedimientos que no tienen nada que ver con las urnas, ni con la soberanía popular— es bueno. Es decir, el juez no es un órgano representativo, ni es un sujeto político. Debe estar colocado institucionalmente al margen de las dinámicas propias de la democracia representativa, para actuar con imparcialidad en la defensa de los derechos fundamentales frente a todos los poderes formales y también a los fácticos. Y en este sentido, los jueces tendrían que reclutarse por un procedimiento que garantice el acceso de cualquier ciudadano que tenga el nivel de aptitud que se considere razonable, y nada más. La designación del juez debe estar rigurosamente al margen de las dinámicas partidocráticas.
# ¿Pero cómo se vincula el juez con la soberanía popular?
—Se conecta a través de la legalidad que, en último término, es un producto de la soberanía popular. Donde ha habido jueces independientes se ha podido dar una respuesta eficaz a los fenómenos de corrupción política, lo que no ha sucedido en los países en que los jueces estaban de alguna forma vinculados al sistema democrático representativo. A mí me parece que es una sabiduría del estado de derecho poner a los jueces al margen del circuito propio de la soberanía popular, estableciendo un sistema de controles compatibles con la independencia, que no tendrían por qué dar lugar a un juez por encima de la ley.
# En ese modelo, la elección de jueces ocupa un lugar central. ¿Qué criterios deben orientarla?
—Los criterios de selección de magistrados deben ser esencialmente técnicos y garantizar un bagaje de conocimientos que se estime necesario. Se debe además establecer sistemas que permitan que pueda acceder a la magistratura cualquiera que demuestre su aptitud, independientemente de su extracción social. Para eso puede haber becas, fórmulas que permitan que ser magistrado no dependa exclusivamente de la extracción social, que es lo que ha sucedido siempre. Debe evitarse ese fenómeno endogámico en el que los hijos de jueces vuelven a ser jueces, y el ciudadano que no goza de esa condición queda afuera. La magistratura debe abrirse a todos los sectores sociales, para garantizar el pluralismo. El criterio de selección debe ser técnico y no político, con fórmulas que permitan diversidad de extracción social.
# ¿Contribuyen los Consejos de la Magistratura a la independencia judicial?
—Hay Consejos que gozan de aptitud suficiente para garantizar lo que debe garantizarse, que es la independencia judicial, y hay otros que no la tienen en absoluto. Ese sistema, puesto a jugar con equilibrio, como ha sucedido en Italia, es el mejor. Algo que no tiene que ver con el español, donde en el punto de origen se adopta el modelo italiano, pero después se establece un sistema de elección en el que todos los componentes, judiciales y no judiciales, son electos por las cámaras legislativas, y ahí se produce una politización partidocrática indeseable, que ha dado lugar a que el Consejo español sea hoy muy cuestionado.
# ¿Es correcto que la designación de los jueces no esté sometida a revalidaciones?
—Una estabilidad en el ejercicio de la función es necesaria, porque la inestabilidad o el que la permanencia en la función resulte subordinada a algún tipo de control puede dar lugar a formas de intervención que al fin condicionen la actuación de los jueces. Pero el problema es si un juez mantiene su aptitud profesional. Y en ese sentido, es verdad que el criterio del mantenimiento en el cargo puede dar lugar a formas de consagración de la rutina, o al abandono del empeño por mejorar, por formarse. En definitiva, es un riesgo. El problema es que hay que contrapesar el riesgo que puede proceder de una estabilidad sin límites en la carrera y el que representa el sometimiento a controles periódicos. Y hay buenas razones para entender que la permanencia sin límite en el cargo plantea algún problema, pero que el sometimiento del juez a formas de control de cara a una posible renovación o no renovación también genera riesgos en cuanto a que, al comprometer la estabilidad, puede comprometer también la actuación del juez. Un juez que sepa que su estabilidad profesional depende de una decisión discrecional de alguien posiblemente quede en manos de ese alguien. Es decir, lo que habría que asegurar del juez es que a lo largo de esa vida profesional, que puede ser muy dilatada, no decaiga el estímulo profesional y la formación, que no se abandone a la rutina. Para lo cual se pueden arbitrar fórmulas de evaluación razonables que no comprometan la independencia.
# Suele distinguirse entre cláusulas constitucionales programáticas y otras operativas. ¿Es válida esta distinción?
—Esto se inventó en Italia. Ante la Constitución italiana de 1948, en la cual los derechos fundamentales tienen vocación de normatividad y, por tanto, de derecho positivo, la Corte Suprema, heredada del fascismo, consideró que, junto a las declaraciones más ambiciosas de la Constitución, esos derechos eran simplemente programáticos. Y la magistratura progresista y la Corte constitucional se enfrentaron con la vieja magistratura, defendiendo que se trataba de verdaderas normas. Yo creo que cuando una Asamblea Constituyente pone en una Constitución un determinado derecho, está haciendo algo más que una proclama retórica. Ahí hay un proyecto de sociedad, una norma vinculante para todos los poderes públicos. Cierto que en la plasmación, en la legalidad ordinaria de ese principio constitucional, puede haber grados de realización en función de las posibilidades presupuestarias. Pero se le está imponiendo al legislador un deber, no un programa en el sentido de "si quieres lo haces", sino un deber jurídico que debe ser asumido.
# ¿El juez también debe asumirlo y defender esos valores?
-Sí, por supuesto, el juez tiene que asumirlo. Lo que pasa es que en el caso del juez hay un problema. Cuando entre la Constitución y el juez no hay un desarrollo legislativo, el juez no puede constituirse en legislador. El juez puede tirar de los principios constitucionales, tratar de aproximar al dictado constitucional sus propias resoluciones, pero si no existe la ley, el juez tiene dificultades para convertir, ante un caso concreto, el dictado constitucional en norma. Ahí el juez tiene que ser deferente con el legislador y jugar en un terreno de equilibrio. Debe darle máximo de vigor a la Constitución, pero no inventarse una ley que no existe, cuando hace falta una ley de desarrollo constitucional. Es el tema de los derechos sociales.
# ¿Por ejemplo?
—La Constitución confiere un derecho a la vivienda, pero el juez no puede ponerse a otorgar viviendas a quienes tienen derecho y no lo ven reconocido por el Eje cutivo. Lo que pasa es que entre el no hacer nada y el trabajar en los límites con una cierta tensión hacia los principios, hay un margen operativo en el que el juez puede instalarse y debe recorrer con prudencia.
Copyright Clarín, 2006.
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CARLOS FRASCH, INVESTIGADOR CIENTIFICO
Los científicos argentinos son reconocidos en las mejores universidades y ámbitos académicos del mundo. Pero no encuentran aquí el respaldo suficiente para una actividad que debería ser clave en nuestro desarrollo.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
Con frecuencia nos sorprenden los logros y reconocimientos de científicos argentinos en el exterior. Pero, ¿cómo está ubicada la ciencia argentina respecto del notable desarrollo científico en los países más avanzados?
—Creo que estamos en un momento verdaderamente fascinante para hacer ciencia, en el mundo y en la Argentina. Se pensaba que ya se conocían un montón de cosas y que difícilmente podrían aparecer descubrimientos sorprendentes, pero eso no fue así: más conocemos, más nos falta conocer. Obviamente, este desarrollo está restringido en gran medida a determinadas regiones. Pero nuestro país, con sus limitaciones, no está al margen de ese momento tan especial.
# ¿Puede dar algunos ejemplos de estos avances?
—Los premios Nobel de Química o Medicina de este año, por ejemplo, muestran de qué manera la genética fue revolucionada con dos tecnologías nuevas. Por un lado, aquella que permitió clonar y expresar genes. Ya hoy todo el mundo conoce ese mecanismo, lo que en principio se llamó ingeniería genética: corto y pego, y armo cosas, y estudio la secuencia, los genomas, etc. Y por otro lado, la que generó César Milstein, que fue absolutamente revolucionaria, una herramienta increíble: los anticuerpos monoclonales. Aquel descubrimiento nos permitió entrar en un mundo de la genética que nos sigue sorprendiendo día a día.
# ¿Podemos recordar, muy sintéticamente, qué significación tuvo aquel hallazgo de Milstein?
—En los años 70, Milstein logra producir células que generan anticuerpos que reconocen una cosa específicamente. Usted tiene en una mesa cientos de llaves, pero quiere encontrar una. El encontró la herramienta que permite identificar una llave de las cien, o de las mil, o de las diez mil. Eso se llama "anticuerpo monoclonal": reconoce específicamente algo. Fue revolucionario en la ciencia y también para el desarrollo de nuevos productos y alternativas comerciales: purificar, generar la famosa "bala mágica", o sea, que uno puede crear un anticuerpo que ataque a una molécula específica que está en un tumor y así destruirlo.
# ¿En qué momento estamos ahora en esta evolución del desarrollo científico en nuestro país?
—El sistema científico argentino es muy pequeño. Son alrededor de 4.500 investigadores en el Conicet. Según la Secretaría de Ciencia y Técnica hay 39 mil investigadores en el país. La inversión en millones de dólares, si bien creció, es de menos de mil, contra cinco mil de Brasil, o 300 mil en Estados Unidos. El porcentaje del producto bruto interno todavía es muy bajo: en el orden del 0,5%; mientras que es uno y pico en Brasil, y dos y pico en Estados Unidos. La inversión estatal por individuo, en dólares, es de 15 en Argentina, 30 en Brasil y mil en Estados Unidos. Las patentes que se producen, que uno puede tomar como mínimas en Argentina, son cien veces más en Estados Unidos. Teniendo estas magnitudes presentes, debemos reconocer que Argentina es un país fantástico en cuanto a la calidad de gente joven que produce. Uno recorre el mundo y se va a encontrar con algún argentino que está en posiciones importantes dentro del sistema científico y tecnológico en gran cantidad de países.
# ¿Cuáles son las principales —o más promisorias— líneas de investigación científica que se están siguiendo en nuestro país?
—Las líneas de investigación no tienen por qué estar, en un principio, restringidas. En general, el concepto es que si hay un investigador que tiene una formación que le ha llevado diez o quince años adquirir, debe desarrollar esa línea de investigación, y lo único que le tenemos que pedir a la ciencia es que sea original, creativa, buena ciencia. Esa buena ciencia puede terminar a corto plazo en un producto para mejorar alguna de las necesidades de la sociedad, o puede llevar muchísimo tiempo para terminar en algo que la gente pueda ver como un producto. Además, el Estado debe sostener a través de fondos especiales un estímulo específico en áreas de investigación en las que la ciencia se puede poner al servicio de la comunidad cuando es requerida. Argentina se caracteriza por una fuerte tradición en el área biomédica, en fisiología y en azúcares. Eso nos viene de la época de Houssay y Leloir
# Se cumplió este año el centenario del nacimiento de Leloir, y el año próximo se cumplirán sesenta de la creación del Instituto de Investigaciones Bioquímicas que lleva su nombre. Resulta interesante recordar el mecenazgo del industrial textil Jaime Campomar en la creación de ese laboratorio, ¿Cuánto de esa experiencia fructificó y cuánto se perdió de aquella asociación entre inversión y apoyo a la investigación?
—De ese recuerdo podemos también apreciar que ningún país puede basar su presente y su futuro en función de genios. Houssay, Leloir o Milstein eran genios. Debe basarlos a partir de escuelas que permitan desarrollos de líneas, pero no con la esperanza de que salgan genios, porque los genios son algo excepcional y uno no los puede generar por más que tenga una escuela. Sí de escuelas de investigación, que sean lo más serias, competitivas y originales posible.
# Usted, por ejemplo, ha trabajado durante mucho tiempo sobre la enfermedad de Chagas...
—Así es, en el Instituto de Investigaciones Biotecnológicas venimos trabajando en eso durante los últimos diez años. Chagas es una enfermedad causada por un microorganismo, el tripanosoma cruzi, que afecta, en estos momentos, aproximadamente a dos millones de personas en la Argentina, a varios millones más en Centro y Sudamérica, y para la cual todavía no tenemos ningún sistema de control eficaz, de drogas o de vacunas. Nuestro trabajo está centrado en el mejor conocimiento de las moléculas que utiliza el tripanosoma para infectar, y en utilizar este conocimiento para el desarrollo de productos químicos que posibiliten controlar la infección en humanos. Los países desarrollados no tienen este problema; lo tenemos nosotros y hay que hacer investigación con nuestros propios recursos.
# ¿Qué otros temas o líneas de investigación se destacan en su grupo de trabajo?
—El segundo tema, que comenzamos hace relativamente poco, es el estrés crónico en animales de laboratorio, con la idea de aprender qué es lo que pasa en un individuo cuando se deprime, a nivel del sistema nervioso. Estamos trabajando en modelos animales y viendo en el cerebro qué es lo que ocurre, qué alteraciones hay cuando a un animal se lo somete a estrés crónico. Esencialmente, hay varias formas de someter a animales a estrés. Y la consecuencia es una alteración en la expresión de genes. Y eso es lo que estamos tratando de averiguar. Encontramos una proteína que es necesaria para que las células nerviosas se relacionen unas con otras y transmitan información entre ellas. Cuando el animal está deprimido, esa proteína se expresa menos y las células se retraen literalmente, la comunicación entre ellas es menor.
# ¿Y qué resultados tienen estas investigaciones?
—A los investigadores no hay que pedirles resultados a corto plazo, hay que dejarlos que evolucionen en sus posibilidades de encontrar cosas y de explicar los fenómenos. En estos momentos estamos queriendo aprender el porqué del fenómeno. Después, alguien lo tomará, y encontrará tal vez alguna alternativa para evitar que esta proteína se exprese menos...
# ¿Cómo hacer para recuperar científicos formados en el exterior que terminan emigrando?
—En un país que no destina gran cantidad de dinero a la ciencia, y que durante tanto tiempo no entendió que no hay desarrollo si no apoya la ciencia y que ciencia y desarrollo tecnológico van absolutamente de la mano y requieren de inversiones y subsidios, lo primero es generar ámbitos adecuados donde la gente pueda trabajar. Necesitamos más y mejores institutos de investigación, más y mejores investigadores a partir de la gente que pueda ir formándose en el exterior y regresando. Y que cuando regresen, se encuentren con un mínimo de disponibilidad de equipamientos, de productos y un salario digno. Está bien que se ensanche la base de la pirámide incorporando más gente a la carrera. Pero hay que cuidar también el vértice de esa pirámide haciendo posible la reinserción de quienes se forman afuera.
Copyright Clarín, 2006.
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