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"Por primera vez en décadas, la Argentina es hoy un país normal"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 12-11-2006 00:00:00

ENTREVISTA A ALAIN ROUQUIE, POLITOLOGO

En contraste con un pasado de militarismo, hiperinflación, estallidos sociales, ascensos vertiginosos y caídas estrepitosas, los problemas que el país padece ahora son más parecidos a los de muchas otras sociedades.

Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com

Es difícil encontrar otro momento de la historia latinoamericana con tantos presidentes que se definen "de izquierda" o "centroizquierda". ¿Qué tipo de izquierda es la que está gobernando en nuestros países?

—Es cierto que hay muchos presidentes con un perfil de izquierda o centroizquierda, pero yo no veo muchos gobiernos de izquierda. Si analizamos las doce elecciones presidenciales que se habrán verificado entre diciembre de 2005 y diciembre de 2006, más que alternancia o cambio lo que vemos, como tendencia general, es una gran continuidad: Bachelet, Lula, la reelección de Uribe, que no es precisamente de izquierda, seguramente también la de Chávez; el regreso de Oscar Arias en Costa Rica, el de Alan García en Perú y Daniel Ortega en Nicaragua...

# Uruguay y Bolivia muestran importantes cambios de gobierno con un signo de izquierda.

—Sí. El caso de Tabaré Vázquez es el de una alternancia del centro a la izquierda; el de Evo Morales es más una ruptura que una alternancia y no proviene de la izquierda tradicional. Pero cuando se habla de un giro a la izquierda, que no lo hubo en México ni en Colombia para el caso, hay que ver más allá de los presidentes. En Brasil y en Chile, con presidentes indudablemente de izquierda, sus gobiernos son presidencialismos de coalición e incluyen a varias fuerzas y sectores de centro o centroderecha.

# ¿Cuál es su estimación de dónde están paradas y hacia dónde van las democracias latinoamericanas?

—Lo que llama la atención en la evolución política latinoamericana desde comienzos de este siglo XXI es la muy fuerte demanda de creación de empleo, de lucha contra la pobreza y la exclusión. La media década perdida en los 80 y las reformas liberales de los 90 dejaron resultados sociales muy negativos y eso se traduce en la expresión electoral, lo que significa que la democracia funciona y funciona bien; que no sólo sirve para cambiar el gobierno o para reelegirlo, sino para señalarles a los gobernantes lo que hay que hacer. Cualesquiera sean los resultados, vemos que el sistema representativo no es sólo una formalidad, que sirve para tocar los problemas de fondo. Y eso es auspicioso.

# Hay quienes ven un modelo más racional y otro más populista, con rasgos autoritarios. ¿Qué piensa usted de esta distinción?

—Veo, tomando la alegoría de Borges, un jardín de senderos que se bifurcan. Tenemos perfiles de presidentes que vienen de una tradición obrera o proveniente de partidos socialdemócratas o socialistas, como es el caso de Lula, Bachelet y Tabaré Vázquez, que son pragmáticos, posibilistas, no buscan la confrontación interna sino más bien la concertación y la conciliación entre los distintos sectores. Tratan de mejorar la inserción de su país en el mercado mundial, pero al mismo tiempo son muy conscientes de la necesidad de mejorar la situación social manteniendo un justo equilibrio fiscal. Es, digamos, un modelo socialdemócrata.

# ¿El otro modelo sería populista?

—No me parece que "populismo" sea un concepto o categoría que nos explique mucho. Veo, sí, otro modelo que es distinto, que es recurrente en América latina en otros momentos de su historia, que aparece alrededor de un líder "outsider", que puede surgir de forma repentina, que se inscribe en una tradición social e ideológica, puede ser militar, ex-militar o sindicalista, pero no representa tradición partidaria ninguna y llega al poder con un respaldo popular y electoral amplio, generalmente en un momento de colapso de los partidos políticos y de crisis institucional, y responde a la voluntad de integración de grupos sociales marginalizados. Al llegar al poder, anuncian la refundación política y social del país; y lo hacen, a veces con éxito a veces sin éxito, buscando satisfacer las demandas de la población de forma inmediata, lo más pronto posible; son evidentemente estatizantes, nacionalistas y no evitan las confrontaciones ni internas ni externas. Y aprovechan, además, un momento de prosperidad o de coyuntura internacional favorable.

# ¿Cómo definiría ese modelo?

—Diría que es el de una democracia plebiscitaria, porque no le interesan los partidos. Antes de llegar al poder eran "antipartido", "antiparlamentarios"; muy a menudo con razón, porque los partidos se habían corrompido y eran de una representatividad dudosa. En ese modelo, no hay creación de partidos, no hay una intermediación entre el líder y las bases, el elector y la población. Esa es su mayor debilidad.

# ¿Son el reflejo también de una crisis de la representación política que afecta a todas las democracias occidentales?

—Así es, hay una evolución del papel de los partidos políticos que debe tomar en cuenta que estamos en el contexto de la globalización, de las nuevas tecnologías de la información; somos encuestados permanentemente, estamos informados en exceso, y todo eso hace que los partidos no puedan seguir siendo lo que fueron en el siglo XX. La ideología es importante, aun para los que dicen "no tenemos ideología", pero también existen movimientos de opinión que los partidos deben traducir. Su papel es contribuir a la expresión del sufragio, pero también a la expresión de la opinión y si esa opinión está influida por actores nuevos hay que tomarlos en cuenta y saber interpretarlos.

# ¿Cómo ubicaría al gobierno de Kirchner en el cuadro político que describe?

—Por un lado, viene de las elecciones de 2003, que fueron en un momento poscolapso, postraumáticas. Por otro lado, está la cuestión siempre enigmática de la vigencia del peronismo, que sigue gobernando pese a los vuelcos, ascensos y caídas que hubo. Entonces, Argentina entra un poco en las dos categorías: es un gobierno que recupera una continuidad institucional, pero es también un gobierno con estilos plebiscitarios, que es el resultado de una gran aspiración de cambio.

# Aparece otra vez "la excepcionalidad argentina"

—Mire, lo que me llama la atención es que la Argentina, por primera vez en décadas, se ha vuelto un país normal. Para quien viene de afuera y ha estado ausente durante tantos años, es impactante ver que hay democracia, que hay garantías, que no hay hiperinflación, que los militares están fuera del juego político, que hay una fuerte expansión económica. Esto vale la pena subrayarlo, si bien hay debilidades institucionales y un grave problema de crisis de los partidos políticos. Hay además un gobierno que se presenta como de centroizquierda, con un componente generacional fuerte. Esa generación sacrificada, desaparecida del 70 se encuentra en el poder. Esto también es positivo.

# ¿En qué sentido es positivo?

—Que en la cadena generacional haya reaparecido el eslabón faltante; es muy importante para la salud política del país. Cuando hubo una generación que desapareció hay algo que no puede funcionar bien en un país. Y el hecho de que un grupo generacional que formó parte de esa época acceda al gobierno recupera mucho de lo que esa generación tuvo de positivo; el idealismo, dejando de lado la parte militarista de ilusión armada, la valorización de la democracia y de los derechos humanos. Y le da una renovación a las elites dirigentes.

# ¿Cuánto pesan las herencias del pasado en nuestras democracias?

—Es un tema central que muy a menudo se soslaya. Las democracias en los países que sufrieron un largo dominio de regímenes autoritarios son también hijas de las dictaduras que les precedieron y la dictadura dejó aquí marcas profundas, tanto a nivel institucional como de la cultura, de expectativas y de comportamientos. Si dejamos de lado a los muertos y los desaparecidos, que son una marca difícil de superar, está esa sombra que en Argentina va a durar más años que en los demás países porque el militarismo duró 50 años. Hay una reconstrucción de la democracia que es un trabajo de todos los días. Y que debe recordar que democracia no es sólo cambio de gobierno por el voto sino también, como lo definió Tocqueville, una pasión por la igualdad, una exigencia de terminar con la exclusión. La democracia —aun orientada, manipulada o restringida— se autoalimenta y termina recreándose a sí misma.

Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/11/12/z-04015.htm

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