AD MELKERT, SUBSECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS
Organismos internacionales, gobiernos y organizaciones de la sociedad civil deben trabajar juntos para atenuar la enorme brecha de desigualdad que constituye una de las principales causas de inestabilidad y violencia.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
Las Naciones Unidas fueron pensadas y conformadas como una organización de Estados. ¿Qué cambio implica en su concepción la presencia en su seno de organizaciones y actores de la sociedad civil?
—El cambio principal está dado por el creciente acceso de mucha más gente a la educación, a la información, a las tecnologías de la información, a la comunicación, que hizo posible que organizaciones no gubernamentales se manifestaran de una manera más intensiva y a más amplia escala geográfica. Ello ha ido transformando las relaciones internacionales tal y como se concibieron en los años 50, 60 y 70 del siglo pasado. Y la consecuencia de esta manifestación es que para los Estados, todos los Estados, es mucho más difícil tener el monopolio de la información, de la dirección, del diálogo. Es cada vez más difícil gobernar sin la opinión y la participación de estas expresiones de la opinión y los diversos intereses ciudadanos.
# ¿Esta importancia de la sociedad civil es una consecuencia de la crisis de los Estados o de la expansión de la democracia?
—Hay un fenómeno global de reconocimiento de estas expresiones, pero luego existen situaciones regionales y nacionales que son muy diferentes unas de otras. En algunos casos, pueden manifestarse como respuesta a crisis estatales, allí donde el Estado pierde sus atributos o no logra satisfacer las necesidades básicas de las poblaciones. En otros, puede ser la consecuencia de manifestaciones de muchos sectores de la sociedad que no encuentran representación en el sistema político tradicional. Y en otros, se trata de desarrollos más autónomos y complementarios. Yo prefiero observarlo como nuevas formas de representación y relación entre gobiernos y sociedades.
# A usted le ha tocado un rol importante en el Banco Mundial en la asistencia a países de Europa del Este y la ex Unión Soviética ¿Qué experiencia extrajo del papel cumplido por los organismos internacionales en esas transiciones?
—En primer lugar, creo que para la gente en estos países fue importantísima la caída del Muro y la posibilidad, por primera vez para estas generaciones, de manifestarse en libertad, de intercambiar experiencias, contacto, comunicación con otras partes del mundo, y exigir una nueva posición en la sociedad. Al mismo tiempo hubo un proceso complejo y bastante fragmentado, que en algunos casos, particularmente en los Balcanes, fue además tremendamente violento, de reinvención del Estado. Los organismos internacionales han jugado un rol muy importante en el apoyo a este esfuerzo por establecer instituciones democráticas. Pero la causa principal para comprender el desarrollo de estos países en los años 90 es el motor de las libertades, y de la libertad de expresión sobre todo, que estimuló nuevas formas de participación, de organización de intereses y de interpelación a las autoridades.
# ¿Puede verse del mismo modo la participación de la sociedad civil y los movimientos sociales en la política latinoamericana?
—Creo que sí. La sociedad civil organizada ha tenido una gran influencia en la salida de los regímenes dictatoriales y en la democratización. En tiempos más recientes, estos movimientos fueron y son muy importantes como expresión de una frustración por la persistencia de la desigualdad. En un continente con la mayor desigualdad del mundo —no hay un continente con más desigualdad— la gente busca canales para expresar esa frustración; es necesario escuchar a los pobres y hacer algo para mejorar sus vidas.
# ¿Cómo observa el panorama de la Argentina en materia social?
—La Argentina está haciendo un meritorio esfuerzo para cerrar la enorme brecha de desigualdad. El nivel de empleo subió y consecuentemente los niveles de pobreza y extrema pobreza bajaron. Al mismo tiempo, hay un núcleo duro de pobreza y también de pobreza extrema y desigualdad que persiste y debe abordarse con políticas activas y con una participación de todos los sectores.
# Durante la década pasada, los organismos internacionales parecieron intervenir según aquella imagen de "palo y zanahoria": mientras los organismos crediticios imponían recetas de ajuste, reforma y restricción del gasto que significaban mayor pobreza, exclusión y desigualdad, otros organismos de cooperación advertían sobre sus consecuencias. ¿No hubo algo de inconsistencia en esta trayectoria?
—Yo represento a Naciones Unidas, de modo que debo ser cuidadoso antes de dar opiniones muy categóricas sobre quién hizo qué en los 90. Pero es evidente que Naciones Unidas no fue parte en lo que se refiere al asesoramiento económico que guió al gobierno argentino en los 90. Al mismo tiempo, inclusive dentro del FMI, ha habido un reconocimiento de que parte de ese asesoramiento fue errado. En lo que a la ONU respecta, creo que la agenda del desarrollo humano ha sido siempre parte integrante de sus mandatos. No obstante, desde la perspectiva argentina, dos cosas cambiaron. La grave crisis que vivió este país en 2001 coincidió con la campaña que Naciones Unidas inició a partir de la Cumbre del Milenio en 2000, con la atención puesta en temas como la reducción de la pobreza, disminución de la tasa de mortalidad materno-infantil, educación, etc. Hubo algunos avances desde entonces.
# Estamos ya en la segunda mitad de la primera década del siglo XXI: ¿qué balance puede hacerse del cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio?
-Creo que bajo la dirección de Kofi Annan, la ONU ha emprendido una iniciativa trascendente abriendo la agenda de los Objetivos del Milenio, dejando en claro que el desarrollo humano debe estar en el centro de la misión de la organización. Es un compromiso único el que asumieron en 2000 los Estados miembros, porque es la primera vez que acordaron una serie de emprendimientos mensurables. Lo cual exige que todos —la sociedad civil, los políticos, los medios— deban rendir cuentas por los recursos y por la gobernabilidad. Cinco años más tarde, en setiembre de 2005, ese compromiso fue ratificado con la aprobación de una agenda global de desarrollo.
# ¿Qué papel le tocará al nuevo secretario general?
—Pienso que estamos en una etapa crucial para el futuro de los organismos internacionales. Kofi Annan deja un gran legado y una delicada tarea para el nuevo secretario general: mantener este impulso y ser muy específico a la hora de evaluar qué progresos están haciendo los países y dónde están las brechas. También, evaluar dónde están las necesidades de los países para que sean apoyados por los donantes. El aumento de la asistencia al desarrollo por parte de una serie de países europeos es más que bienvenida. Y otros países seguirán. Al mismo tiempo, los gobiernos deben adoptar las políticas adecuadas, lo cual significa invertir en desarrollo humano: educación, salud, agua, servicios sanitarios, y evitar la corrupción y crear las condiciones para la inversión privada. Es la primera vez, creo, que el mundo está tan unido en una misma dirección.
# Sin embargo, la agenda de seguridad ¿no impone quitar recursos al desarrollo humano e incrementar gastos militares?
—Si miramos las sociedades donde hay una distribución más equitativa de recursos e ingresos corresponden a las partes más pacíficas y mejor organizadas. Esto no vale solamente para Norteamérica o Europa sino cada vez más para el Este asiático donde el desarrollo económico proporciona una base para una estabilidad cada vez mayor. Si miramos los lugares de mayor inestabilidad, como numerosos países en Africa y en Oriente Medio o regiones en América latina, y la situación social que viven, la falta de instituciones, distribución injusta, perspectiva de empleo, gran presión de la emigración, son todas áreas que no pueden considerarse desconectadas de la inseguridad. La ausencia de un poder estatal creíble, la falta de inserción de niños y adolescentes a través de la educación, la exclusión de jóvenes y adultos del empleo, la capacitación, la posibilidad de construir una familia y tener una perspectiva de futuro, no cabe la menor duda, es una fuente mayor de inseguridad. El desarrollo humano es la mejor forma de enfrentar la inseguridad. Y ello se logra con una mejor distribución de la riqueza y las oportunidades.
Copyright Clarín, 2006.
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