ENTREVISTA A MARIO RAPOPORT, HISTORIADOR Y ECONOMISTA
Más allá de sus crisis coyunturales, nuestro sistema productivo es siempre dependiente de los capitales extranjeros y padece de una cultura especulativa histórica que nunca fue desmontada.
Julio Sevares.
jsevares@clarin.com
Se acaba de publicar una edición actualizada de su libro "Historia económica, política y social de la Argentina", que incorpora un capítulo sobre la crisis reciente. ¿Cómo se vincula esa crisis con la historia precedente?
—Si el libro fuera una novela del país, el último capítulo sería un cierre perfecto de la historia de frustraciones económicas y sociales de la Argentina. En el último capítulo se analiza la crisis, desde el punto de vista económico, desde el gobierno de la Alianza hasta el actual. En ese momento culmina lo que se plantea en el capítulo anterior; o sea, que todas las políticas de los 90 conducían a este escenario desgraciado para el país.
# ¿De qué tipo de políticas habla?
—Me refiero a las políticas de liberalización económicas, las políticas de apertura irrestricta y de tipo de cambio fijo. Sin embargo, ésas son las causas más inmediatas. Hay causas más profundas, más alejadas en el tiempo, que surgen del modelo basado en la acumulación financiera instalado por la dictadura militar en 1976. Esa política tuvo dos aspectos clave. Uno, imponer el disciplinamiento social sobre la base del terrorismo de Estado. Otro, abrir la economía en forma unilateral y aprovechar el financiamiento que estaba disponible en el mercado mundial. Esa política favoreció a algunos sectores económicos, en desmedro del conjunto de la población.
# Su libro empieza en 1880. ¿Hay algún elemento de ese pasado que sirva para leer la historia actual?
—Sí, lo hay. La explicación de la crisis actual puede comenzar con lo que sucedió en la época de la unidad nacional de los años 80, respecto de cómo se forman la economía y la sociedad en ese momento y cómo se inserta el país en el mercado mundial. En este proceso influyen varios elementos. El primero es que el modelo se basa en un poder económico concentrado en la elite oligárquica, cuya fortuna estaba en la propiedad de la tierra. Y también en un sistema de apropiación de la tierra que ya está prácticamente terminado en los años 80, cuando el país se inserta en el mundo, y que va a impedir que los inmigrantes accedan a la propiedad. Es decir, se formó una cultura rentística que no va a aportar los capitales que el país necesitaba, incluso para desarrollar ese modelo agroexportador. Para eso va a recurrir al capital extranjero. Esa es una conducta que marca lo que va a pasar luego en la Argentina. Esa cultura rentística se va a trasladar, incluso, a las futuras clases medias.
# ¿Cuáles son los problemas de ese modelo?
—A consecuencia de ese modelo, la Argentina va a vivir, casi permanentemente, en función del endeudamiento externo, tanto en sus comienzos como país agroexportador como en su desarrollo industrial posterior.
# Sin embargo, los años ochenta son presentados, por toda una fracción de la historiografía, como los años exitosos, que precisamente nunca se volvieron a repetir.
—En el libro también se critican las cifras que utiliza el historiador económico estadounidense Angus Madisson para sostener que Argentina fue alguna vez uno de los países más ricos del mundo o económicamente poderoso. Madisson hizo un análisis comparativo de una gran cantidad de países del mundo, donde aparentemente mostraba que la Argentina estuvo alguna vez, a fines del siglo XIX y a comienzos del XX, entre los países más importantes económicamente. Analizando las cifras de Madisson, nos damos cuenta de que ofrecen muchos flancos débiles, e incluso, directamente, son imaginarias.
# ¿Podría dar un ejemplo?
—En principio, los primeros cálculos del producto bruto en la Argentina —el producto bruto interno— se hacen a partir de 1940-50; el primer trabajo serio data de 1954 y corresponde al producto bruto argentino entre el 1935 y 1954. Las otras cifras que tenemos son estimaciones retrospectivas que hace la CEPAL, a partir de 1900, lo que da un resultado dudoso. Pero, además de eso, Madisson asume que el crecimiento del período anterior a 1900 fue igual al del período posterior a ese año, lo cual es un supuesto absolutamente imaginario. Ni siquiera Alejandro Bunge, que comienza a medir la economía nacional, se atreve a hablar de cifras del producto bruto o de ingreso nacional, porque no las tiene. Por otra parte, ese período fue muy tumultuoso y tuvo varias crisis importantes: en 1883, en 1885, en 1890. Esta última fue muy profunda e incluso produjo una detención del flujo de inmigrantes y de capitales externos. Hubo otra crisis en 1913. En los años 20, la Argentina ya tenía problemas de crecimiento. No había genuinas inversiones en el sector industrial por parte de los capitales locales, o de la burguesía terrateniente local. Luego, finalmente, ocurrió la crisis de 1929, que ya es mundial.
# Alejandro Bunge vio el problema del estancamiento argentino y proponía una industrialización.
—Sí, pero predicaba en el desierto si pensaba que esta burguesía terrateniente podía transformarse en burguesía industrial. Es interesante comparar lo que sucedió en esos años en la Argentina con lo que hacen otros países. Canadá promovió la industrialización a través de políticas proteccionistas. Australia utilizó políticas de distribución del ingreso. Y Brasil inició una época de políticas de apoyo al sector industrial. A pesar de todo, la etapa agroexportadora es considerada una época de oro y su crisis, el comienzo de la decadencia económica. Sin embargo, en los cuarenta años posteriores a la crisis del treinta, durante el período de industrialización, se obtienen las tasas de crecimiento más altas. Y esta vez sobre cifras confiables. Esto, a pesar de que, a partir de los años 1940 y 1950, sobre todo después de la caída del peronismo, hay una gran inestabilidad política. Yo creo que esa inestabilidad política es el elemento esencial que explica por qué la industrialización argentina no alcanzó los índices que alcanzó en países como Brasil, en donde las mismas dictaduras militares protegieron al sector industrial.
# ¿A qué lo atribuye?
—A que las elites seguían siendo liberales, porque los Alsogaray, los Martínez de Hoz y compañía, seguían, de alguna manera, tratando de manejar la economía y de imponer políticas de liberalización, cuando el país necesitaba otras cosas. Finalmente, como los sucesivos gobiernos militares anteriores no lograron estabilizar el cuadro político, se produce el golpe de 1976. Y el ministro de Economía del golpe es José Alfredo Martínez de Hoz, miembro de una familia tradicional que viene de la época de la colonia y fiel exponente de la burguesía terrateniente, ahora combinada con la industrial. Utilizando el terrorismo de Estado, la dictadura decide hacer un corte, desarticulando la base productiva de la que surgían las alianzas populistas que fueron radicalizándose. Y eso se produce en un momento con condiciones económicas favorables.
# ¿Por qué?
—Primero, porque hay financiamiento internacional y porque la dictadura recibe el apoyo del Fondo Monetario Internacional, que le había negado un stand-by al último gobierno peronista, y se lo da inmediatamente a Martínez de Hoz. Uno de los problemas es que la dictadura aprovecha las condiciones favorables de financiamiento para montar un sistema económico rentístico, es decir, que permite obtener ganancias de la órbita financiera, de la especulación, al mismo tiempo que perjudica a la producción. Y todo eso se financia con endeudamiento interno y externo.
# Nuevamente, un rasgo que une al pasado y al presente,
—Claro. A fines del siglo XIX hubo procesos serios de endeudamiento externo, que produjeron crisis muy profundas, como la de 1890. En los noventa del siglo XX vuelve a pasar algo similar. La economía vuelve a funcionar en base al endeudamiento y los capitales especulativos; en base también al ingreso de capital extranjero que mayormente se apropia de empresas que ya existían. Y cuando se produce la crisis, los capitales huyen y el país se queda con la deuda externa. Esta es la manera en que la Argentina se insertó en la economía mundial: dependiendo de los mercados externos y dependiendo del financiamiento externo. Esto se repitió a lo largo de la historia de diferente forma.
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ENTREVISTA A FEDERICO LORENZ, HISTORIADOR
La del Atlántico sur fue la única contienda convencional de la Argentina en el siglo XX. Pero también es el mayor enfrentamiento ideológico en torno a un símbolo y el final de cierta idea de la lucha política.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
Veinticuatro años después, se siguen conociendo aspectos inéditos de la Guerra de las Malvinas. ¿Qué miradas nuevas pueden aportarse?
—Malvinas encierra varias guerras dentro de sí misma. Porque Malvinas es, desde el punto de vista militar, la única guerra convencional que tiene la Argentina en el siglo XX. En su momento los militares sostenían que libraron otra, la "guerra sucia", decían ellos. Las organizaciones revolu cionarias también hablaban de guerra. Pero hay otra lectura, que es la de las guerras por el sentido y las interpretaciones sobre el pasado, que se confunden y chocan en Malvinas. Cuando hablamos de "guerra", nos referimos también en un sentido amplio a los enfrentamientos ideológicos en torno a un símbolo. Malvinas es, sin duda, un símbolo hasta el 82, y tiene unas características particulares, menos discutidas, después del conflicto bélico. El conflicto armado del 82 saca a la luz las disputas sobre ese pasado, las pone en evidencia y en cierto modo las cierra. Pero también se abren otras disputas y apropiaciones simbólicas luego de la derrota, de manera que el tema sigue estando en el centro de nuestras contradicciones y formas de pensarnos como país.
# ¿Qué termina y qué se inicia en esa guerra?
—Lo que se termina en Malvinas es una idea muy autocomplaciente de nación y una imagen de la actuación de las Fuerzas Armadas en relación con su pueblo. Y comienzan otras guerras subterráneas, individuales, sostenidas sobre todo por los protagonistas y las víctimas directas, en este caso, los que habían combatido en las islas y los familiares de ellos y de los muertos. Lo que aparece después de Malvinas es la problemática de cómo elaborar el dolor y la pérdida, lo que incluye tantas cosas que hemos perdido hasta entonces y desde entonces, y los modos de recuperarnos de esas pérdidas.
# ¿Podría entenderse Malvinas como una última fase de esta concepción por las luchas, a propósito del contenido de nación, y de las guerras internas que se libran en la década del 70?
—Es un paroxismo de esa concepción. Malvinas es la lógica de la guerra en la política llevada al extremo más obvio en términos de culto patriótico. Es por eso que la lógica que llevó a los militares a planificar y actuar la recuperación tuvo un acompañamiento que excedió largamente a las Fuerzas Armadas. Les daba sentido a otras lógicas políticas, aun a las que se oponían más frontalmente a la dictadura; e incluso a quienes habían sido sus principales víctimas. La lógica amigo-enemigo, que del 55 para acá tiene una espiral, es cada vez más evidente, más salvaje, más terminante: en Malvinas es llevada hasta el extremo. Y la sociedad, que entregaba a sus hijos para hacer el Servicio Militar y "defender a la Patria", los encuentra una vez más victimizados y sometidos.
# ¿Cómo se explica ese apoyo que concita en la sociedad la recuperación militar de las islas?
—Por distintos factores. Por un lado, está la noción de deber. No olvidemos que el Servicio Militar tuvo una presencia muy fuerte en la sociedad argentina hasta mediados de la década del 90. El culto patriótico le da sentido a la historia nacional y sabemos el peso que tuvo en la construcción de identidades políticas, en la Argentina, la noción de derecho sobre ese "territorio irredento". Es decir, "correspondía" que las Malvinas fueran argentinas. Y en una lógica de la política concebida como guerra no era impensada la posibilidad de una recuperación militar. Recordemos que, además, en el 78, casi fuimos a la guerra con Chile. Y que discursivamente, el país estaba en guerra contra la subversión, desde el 76. Se vivía bajo una dictadura, pero nada de eso resultaba absurdo o ilógico para una mayoría de la sociedad argentina.
# ¿Era una idea que no estaba, entonces, circunscripta a un grupo de generales aferrados al poder?
—Eso es lo que fue más cómodo de pensar tras la derrota, pero no necesariamente el mejor recurso para entender cómo pudo suceder esa guerra y cómo superar los traumas que luego dejó. Es la banalidad de la derrota; la banalidad y el modo irresponsable con el que fueron manejadas vidas humanas, en este caso en una guerra considerada justa. Lo que se ve aquí es, en el caso de los padres y de los jóvenes que van a Malvinas, una convicción profunda, en muchos casos, o una aceptación de un deber, en otros, que había sido malversada.
# ¿Ese develamiento es el que provoca también que se descorriera el telón sobre lo que había significado hasta entonces la dictadura militar?
—Lo que se produce es una identificación entre lo que se había hecho con los soldados en las islas y lo que se hacía con los jóvenes en los cuarteles, o durante la represión. Lo interesante es que desde el 82 hubo que esperar al 94-95 para que el caso Carrasco destapara la olla sobre lo que había ocurrido con el Servicio Militar y que éste dejara de ser obligatorio. Hasta entonces, no se cuestionaba la validez del servicio militar obligatorio.
# ¿Tiene esto relación, también, con la permanencia de esa idea de la identidad nacional?
—Ese es uno de los problemas de Malvinas, sin dudas. Puede ser punta de lanza para reivindicaciones de la dictadura o visiones muy chauvinistas del nacionalismo. Lo que intentaron hacer luego las agrupaciones de excombatientes en los años 80 fue inscribir a Malvinas dentro de una serie de luchas populares. Lo que en el 82 no pasaba es que Malvinas estuviera sacada de su explicación histórica como resultado de un exabrupto. Y todavía hoy, lo que se suele decir se parece mucho a eso; el arrebato de un loco y la impericia de una camarilla de iluminados, la gente que enceguecidamente acompañó la aventura. No creo que la gente apoye enceguecidamente nada; el esfuerzo debe ser precisamente explicar. Que no quiere decir justificar, ni perdonar, sino entender. Porque, evidentemente, Malvinas tuvo y tiene un sentido para mucha gente.
# Otra guerra que no se contó es la de los desertores y quienes se opusieron a la guerra.
—Hubo, es cierto, casos de oposición a la guerra, de presos, de muchísimo maltrato a gente que prefirió quedarse. Es una historia para escribir, y me parece que es válido discutirlo, porque hubo gente que vivió un aislamiento en sus lugares de trabajo o en sus barrios, por decir "esto es una locura".
# Veinticuatro años después, tenemos a la primera generación adulta nacida después de la guerra. ¿Cómo se les cuenta a ellos lo sucedido en Malvinas?
—Depende mucho de dónde uno esté. En Río Grande, Tierra del Fuego, por ejemplo, Malvinas es motivo de orgullo y es la marca identitaria de la ciudad. Porque de ahí salían los aviones, allí estaba la base del Batallón Infantería de Marina V. Si uno va a La Plata, tiene una agrupación de excombatientes como el CECIM, muy crítica, que mantiene un discurso, en gran medida, fuertemente asociado al de los años 80. Si uno habla con la Federación de Veteranos de Guerra, el mensaje es otro. Y si habla con la Comisión de Familiares de Caídos, se encuentra con un discurso patriótico, que le da sentido a la pérdida y sigue siendo eficaz. Lugares como Villa Angela en el Chaco, atravesados por las malas condiciones de vida de la Argentina, tienen una marca identitaria que está asociada con armar un museo sobre la Guerra de Malvinas. No tienen un museo sobre otras cosas, pero sobre la Guerra de Malvinas sí, porque cantidad de gente de Chaco estuvo allí.
# ¿Cuál es el rescate, entonces, que puede hoy hacerse de esa trágica experiencia?
—Hay otra razón para recuperar aquella historia: después del 82 uno puede decir que las Malvinas son argentinas también porque murió cantidad de gente ahí, y porque todavía están buscando su lugar en la historia hoy. Ahí empieza una discusión, y el lugar natural para hacerla son las escuelas, porque es allí donde construimos los sentidos que le damos a nuestra nacionalidad. Que no pasa tanto por el territorio, sino por las expectativas, las pasiones, los deseos y el dolor puesto en lo que las islas simbolizan. Estamos hablando, en definitiva, de cómo salir del impacto de las tragedias: una guerra, la represión, etc. Tratar de darle una lógica, aun a lo que parece no tenerla; porque si no, estamos muertos como nación. Tan muertos como los muertos de Malvinas.
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CONVERSACION A FONDO: SURANJIT KUMAR SAHA ECONOMISTA
Si el desarrollo de un país contempla sólo el crecimiento económico (sin tener en cuenta aspectos políticos y sociales), puede desembocar en concentración del ingreso y destrucción del medio ambiente.
Julio Sevares.
jsevares@clarin.com
Se habla con insistencia de la necesidad de que los países alcancen un desarrollo sustentable. ¿En qué consiste exactamente?
—Ha habido un gran debate sobre el desarrollo sustentable en Europa y también en Norteamérica. Proviene de la preocupación de que el desarrollo económico no puede sostenerse durante mucho tiempo a menos que tenga también en cuenta las dimensiones social, política y ambiental del desarrollo. Si el desarrollo significa solamente crecimiento económico, puede desembocar en dos situaciones difíciles. Una es que puede concentrarse en un sector de la sociedad dejando al resto en la pobreza y la exclusión, lo cual puede crear conflictos políticos. Otra es que, si depende totalmente de la explotación de recursos naturales, puede llevar a una enorme destrucción del medio ambiente.
# ¿Hay algún ejemplo de un buen programa de desarrollo sustentable?
—Es difícil decirlo porque esta mos en un debate que no ha terminado, pero en Europa tenemos algunos ejemplos.
# ¿Cuáles?
—En mi propio país, el Reino Unido, hay un sistema de incentivos para que los productores agrícolas no exploten toda su tierra y reserven una parte para fines comunitarios. La Unión Europea tiene un programa por el cual les paga a productores que reducen el número de cabezas de ganado por cantidad de tierra utilizada. Un ejemplo negativo podría ser el manejo del Amazonas en Brasil y otros países latinoamericanos. En Brasil se están deforestando zonas del Amazonas para dedicarlas a la agricultura y a la ganadería. En los estados de Mato Grosso y en Goiás miles de hectáreas de tierra forestal fueron taladas para sembrar soja y para criar ganado.
# ¿A nadie le interesa impedirlo?
—Hay muchas presiones sobre Brasil para que no siga en ese camino, pero la situación es difícil porque los gobiernos insisten en que se trata de un país soberano y que el Amazonas es campo brasileño. Esto es cierto, pero también es cierto que el Amazonas pertenece a la comunidad global por la importancia que tiene en la generación de oxígeno. Africa es otro buen ejemplo negativo. Allí, las compañías multinacionales parecen tener un control total sobre los recursos mineros, forestales y agrícolas. Las empresas extranjeras manejan grandes extensiones de tierras para cultivos de exportación, como maní y algodón, con la consecuencia de que mucha tierra buena que antes se destinaba a la producción de alimentos para la población local fue absorbida para la producción de bienes exportables, lo cual ha llevado a una profunda crisis en la producción de alimentos. También hay un enorme talado de bosques, especialmente al sur del Sahara y en países como Gabón, Zaire y Congo. En esos países el control sobre las multinacionales es muy limitado porque los gobiernos no quieren interferir en las actividades comerciales de las compañías. Otro tanto pasa en el este asiático. En Tailandia, Malasia e Indonesia el bosque tropical lluvioso fue prácticamente destruido. Ahora, los gobiernos de Malasia, Tailandia y otros países de Asia del sudeste están tomando medidas de control. Pero, como decimos en inglés, es como cerrar la puerta del establo cuando el caballo ya se escapó.
# Pero el problema es que los países ricos viabilizan esas prácticas con su demanda.
—Así es. y el caso de la explotación forestal es muy ilustrativo. Muchas veces los gobiernos de Estados Unidos y Europa quieren que los países en desarrollo tengan políticas de cuidado del medio ambiente, lo cual parece muy bien desde el punto de vista ambiental. Pero los países ricos deberían poner su propia casa en orden y reducir su demanda de madera y productos derivados, como el papel. A menos que esos países sean capaces de poner un control sobre su propia demanda, sobre sus propias multinacionales, las presiones sobre los gobiernos de Brasil o de Africa no tendrán resultados.
# ¿Cuál debería ser la sustentabilidad política del desarrollo?
—En este punto América latina es un buen caso. En países como Brasil, Argentina, Bolivia, la sustentabilidad política del desarrollo está cuestionada por las grandes diferencias entre los ricos y los pobres. En Europa, el índice Gini, que mide la desigualdad de ingresos, varía entre 0,25 y 0,3. En India y China, aumenta del 0,35 al 0,38. América latina es el único lugar del mundo donde el coeficiente alcanza casi 0,6. En Argentina es 0,57, en Chile varía entre 0,57 y 0,58 y en Brasil llega al 0,6. En América latina la desigualdad del ingreso es más elevada que en Africa.
# ¿Qué problemas plantea semejante inequidad?
—Usted sabe que ahora en Brasil, en Río de Janeiro, las favelas están ocupadas por el narcotráfico y la gente trabaja para los narcotraficantes porque no tiene otra alternativa. Cuando una generación joven es empujada a una cultura de subclase, queda totalmente alienada. No participa en la vida política establecida, pierde sus expectativas de vida. En tales condiciones se expanden problemas como la drogadicción, la violencia, la prostitución. Por desgracia, durante mucho tiempo, los gobiernos de Brasil lo tomaron como un problema policial, cuando es principalmente una cuestión social. Insisto, la pobreza es un problema, pero el mayor problema es la pérdida de esperanza. Si la última franja de la sociedad pierde toda esperanza de tener una vida decente, no tiene nada que perder y eso crea el terreno perfecto para los traficantes de droga, los criminales organizados, para todo tipo de violencia. A eso me refiero cuando hablo de que el crecimiento tiene que ser sustentable no sólo económica sino también políticamente.
# ¿Cuál es la situación del medio ambiente a nivel global?
—La revolución industrial creó el problema de la capa de ozono porque se han estado usando durante 100 años y de una forma extravagante todos los recursos energéticos de distinto tipo. La comunidad internacional comenzó a tratar este problema y una de sus últimas consecuencias fue la firma del Protocolo de Kyoto, por parte de Europa y Japón. Rusia ha manifestado su voluntad de aceptarlo. Estados Unidos, la principal fuente de contaminación, primero se negó a firmarlo, luego lo hizo y después retiró la firma. Esto es grave porque, si Estados Unidos no acepta poner límites a sus emisiones de gases contaminantes, el Tratado de Kyoto no tiene sentido. El gobierno estadounidense ha estado dando enormes subsidios no sólo a sus productores agrícolas, sino también a sus productores de acero y de automóviles y no está fijando ninguna restricción al uso de energía. Tampoco restringe el uso de fertilizantes, que también tienen efectos ambientales. Paralelamente, Estados Unidos ha estado presionando a China, India y países en desarrollo, para que disminuyan sus emisiones. No es justo, pero como es una superpotencia nadie puede obligarlo a hacer nada.
# Es cierto, pero China e India también contaminan.
—Sí, pero es porque están desarrollándose. No pueden ser tratadas con el mismo criterio que países que ya se desarrollaron, que son ricos. El crecimiento es importante, entre otras cosas, por su influencia en la relación entre países. El proceso de globalización significa que los países más fuertes serán cada vez más capaces de ejercer presión sobre los países más débiles. En este mundo, cada país tendrá que encontrar su espacio de maniobra para obtener la mayor ventaja posible. Para eso es necesario desarrollarse y no hacerlo en base a los recursos naturales porque ésa no es una vía sustentable. La cuestión es cómo pueden incorporar tecnología moderna los países rezagados. Aquí creo que es muy importante la cooperación. En América latina tienen el caso de Argentina y Brasil, que tienen recursos como para desarrollar su propia tecnología. La cooperación podría incluir otros países de desarrollo similar. Por ejemplo, dentro de poco voy a la India con un colega brasileño para armar un proyecto de investigación sobre la posibilidad de colaboración entre Brasil e India en el área de software y de la tecnología de la información en general. Y, como le mencionaba a un colega argentino, ¿por qué no tratamos de organizar un proyecto de investigación que incluya también a su país?
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A 50 AÑOS DE LOS FUSILAMIENTOS DE JUNIO DEL ’56
El 9 de junio de 1956 se produjo un alzamiento contra el gobierno militar del general Pedro Eugenio Aramburu, que había derrocado al presidente Perón un año antes. Algunas cifras hablan de 200 alzados entre civiles y militares y otras de 500. La represión a los rebeldes fue de una dureza inusitada, al punto que entre el 10 y los días siguientes fueron fusiladas 27 personas, incluyendo a su jefe, el general Juan José Valle. Un grupo de obreros fue secuestrado de la casa donde se habían reunido y fueron masacrados en los basurales de José León Suárez. A partir de la investigación de esa matanza, el escritor Rodolfo Walsh escribió el libro Operación Masacre. El terrorismo de Estado marcaba con sangre los comienzos de un período de violencia, golpes militares y rebeliones.
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Por Marcos Lohlé y Julio Raffo
“No puede ser que no existan documentos escritos respecto de los fusilamientos de 1956.” Con esa premisa llegamos al Archivo General del Ejército sin saber bien qué podíamos encontrar. El coronel a cargo del organismo mandó a buscar el legajo del general Valle mientras le informamos sobre los objetivos de nuestra investigación. Al rato, nos entregaba una carpeta envejecida, voluminosa y prolijamente atada con dos vueltas de hilo sisal; en ella se lee: “Legajo Personal Original del General de División Juan José Valle”.
En las primeras páginas hay una hoja del Boletín Oficial del Ejército, en el que se registra su egreso en 1922 (como oficial combatiente) junto a los demás integrantes de su promoción enumerados en orden de mérito. Bastante más abajo figura el nombre –mal escrito– de “Aramburo”; consta así que ambos fueron compañeros de estudio y mantuvieron una relación estrecha durante muchos años.
Sin foliar encontramos su partida de defunción. En ella consta que su muerte tuvo lugar en “Las Heras tres mil cuatrocientos” (la Penitenciaria Nacional), el día 12 de junio de 1956, a las 22, por causa de “herida de bala”. El documento se extendió por declaración de un señor Simón Argüello y tuvo como testigo a Juan Napolitano, “... quienes han visto el cadáver”. No se sabe quién presentó esa partida ni por qué razón ello se hizo dos años después de su fusilamiento.
La muerte del general Valle se registra en su legajo con muy pocas y elusivas palabras, en ningún lado se dice que fue fusilado, ni por qué ni por quién. Desde 1950, casi con exclusividad, su actividad había consistido en realizar “visitas de inspección” a unidades de todo el país: ¿Se trataba de meras inspecciones técnicas o él iba a tomarle el pulso político a los cuarteles que visitaba?
Producida la “Libertadora”, el 1º de octubre de 1955 lo pasaron “a disponibilidad”, pero no consta el motivo de esa decisión. El 14 de mayo de 1956 fue declarado “en rebeldía” sin que se mencione la razón, pero es obvio que “estaba en la mira”. Fue fusilado el 12 de junio y, extrañamente, el 22 de ese mes, Aramburu firma el Decreto Nº 11.148 por el cual se “deja constancia” de que Valle había sido dado de baja el 14 de mayo de ese mismo año; es decir que primero lo hizo fusilar y, diez días después, formalizó su baja del Ejército.
La primera mención de su muerte aparece el 4 de agosto de 1956, en una nota de remisión del legajo, en ella se lo menciona como “... el extinto ex general Juan José Valle”. La segunda mención aparece diecisiete años más tarde, en el Decreto Nº 1763/73, por el cual se dispone su ascenso post-mortem al grado de “Teniente General”; este decreto lleva la firma de Raúl Lastiri, presidente interino por la renuncia de Cámpora. Ni el decreto de Aramburu ni el de Lastiri son publicados en el Boletín Oficial.
La única vez que un militar utiliza allí la palabra “fusilado” es en 1996; en una escueta nota que firma el jefe del Archivo y en la cual afirma que no existe en ese organismo una “nómina del personal fusilado en 1956” pero, para cumplir con su deber de informar, el funcionario adjunta una lista con el nombre de dieciséis militares fusilados y de dos con orden de captura (Valle y Tanco). Con pulcritud castrense, aclara que esa información fue “... obtenida del diario Clarín del lunes 11 de junio de 1956”.
En los legajos de Valle y sus compañeros del levantamiento, lo obvio y principal no se menciona. No obstante, en ellas podemos percibir rasgos de sus vidas que no están asociados al destino que tuvieron como soldados. Esos hombres –héroes de carne y hueso– se ven reflejados en fotos juveniles, enfermedades, licencias, accidentes, pedidos de autorización para casarse, nacimiento de hijos, fallecimientos de familiares y permanentes cambios de destino que deben ser interpretados.
Rodolfo Walsh dijo que “algún día se escribirá, completa, la trágica historia de la matanza de junio. Entonces se verá cómo el asombro rebasanuestras fronteras”, y ésa es una tarea pendiente, facilitada y orientada por su célebre libro Operación Masacre, (1957) y talentosamente ampliada por Salvador Ferla en Mártires y Verdugos (1964), ambas realizadas en los difíciles tiempos de la proscripción del peronismo y sus defensores. Enrique Arrosagaray publicó, hace ya diez años, La Resistencia y el general Valle, con valiosos testimonios de protagonistas de aquellos hechos. En muchos de los legajos que revisamos encontramos su nota pidiendo acceso a los mismos, pedido que fue atendido en forma limitada: se le brindó información parcial y preparada para el caso. Recién en estos tiempos se abrió el acceso incondicionado a esos documentos, que contienen parte de las claves necesarias para comprender aquellos episodios y la violencia política de los años ’60 y ’70. Su análisis ayudará a entender el papel y actitud de los militares nacionales fusilados en junio del ’56 y sus vidas podrán ser reivindicadas políticamente no sólo por aquellos que nos emocionamos con su gesto y nos conmovemos con su destino sino, también, por la institución que eligieron como camino para “servir a la Patria”, que los mató y que silenció sus memorias.
* Esta nota constituye el punto de partida de una investigación histórica de los autores en base a los legajos y actuaciones oficiales que contienen información sobre el levantamiento del 9 de junio de 1956 y los fusilamientos de ese año.
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MACHADO Y ZUBIRI, DOS PROTAGONISTAS DEL ALZAMIENTO
Por E. A.
“Tenía cuatro granadas enganchadas en los tiradores y una pistola 45 con tres cargadores. Nada más –cuenta Rubén Machado, obrero textil en la fábrica ITE, de Villa Domínico–. Y mi misión, al frente de cien hombres, era la de rodear y tomar el Comando en Jefe. Nuestro punto de reunión era a las diez de la noche en la cortada del Pasaje 5 de Julio y Belgrano.” Negro y grandote, Machado había compartido un par de encuentros con Evita y se había enamorado de ella hasta el caracú. Cuando ella murió, la lloró; y cuando derrocaron a Perón, se juró que eso no quedaría así. Por eso trabajó en la Resistencia, y cuando surgió lo de Valle, se sumó sin dudas.
“Yo conocí a Valle y a Tanco en una reunión grande, clandestina, en el galpón de una curtiembre en Dock Sud, pocos días antes del 9 de junio. Pero a los que más frecuentaba era a Barrena Guzmán, a Troxler, que nos enseñó mucho –se sonríe porque dice no poder contar qué les enseñaba–, y a Pablo Martín Zubiri, nuestro responsable civil.”
Pablo Martín Zubiri se había recibido de subteniente en 1948. Cuando el gobierno de Perón sofoca el intento de levantamiento en Campo de Mayo, el 28 de septiembre de 1951, a Zubiri le proponen que pase a trabajar en los servicios de inteligencia del Ejército, y simularon para ello que lo echaban por apoyar a los golpistas. Tuvo trato estrecho con Valle y otros, porque estuvo preso en el mismo barco –el “Washington”–, junto a muchos oficiales peronistas luego del golpe de 1955. “Ese barco –cuenta Zubiri con sus 80 años– estaba anclado en las afueras del puerto, sucio, medio abandonado. Me acuerdo de que las ratas le comieron media oreja a un compañero.”
La noche del 9 de junio, Zubiri, vestido de militar, estaba en el doceavo piso del Comando en Jefe –Belgrano y Paseo Colón–; allí funcionaba un sistema de comunicaciones que recibía novedades de todos los regimientos y “los que operaban eran amigos. Había uno que no lo era, pero lo teníamos controlado”, nos cuenta Zubiri. Cuando fue viendo que los minutos avanzaban en contra del levantamiento y, sobre todo, que el mayor Pablo Vicente no venía al frente de una columna de tanques para rodear el edificio porque había fracasado el levantamiento en la Escuela de Mecánica del Ejército, en Constitución, buscó la forma de irse porque, si no, él mismo sería apresado. Bajó con un grupo de soldados, simulando llevarlos a armar una línea de defensa del edificio; aprovechó y salió a la calle, “fui hasta la vereda del teatro que estaba enfrente y vi al general Fox y al teniente coronel Speroni que me esperaban (eran los que lo habían incorporado al servicio de inteligencia) y les dije que estaba todo perdido; subimos los tres a un coche y me acerqué al grupo de civiles y gendarmes que tenía al Negro Machado y a los hermanos González al frente, que ya estaban avanzando, y les dije que tiraran las armas y que rajaran”.
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IRIGOYEN Y COSTALES, HOMBRES DEL GENERAL VALLE EN AVELLANEDA
Rubén Mauriño tenía quince años y su padre Miguel Angel era jefe de la Resistencia Peronista. El coronel José Albino Irigoyen y el capitán Jorge Miguel Costales debían emitir la proclama desde la escuela. Los dos militares fueron fusilados. La escuela todavía tiene el emisor que iban a utilizar.
Por Enrique Arrosagaray
Foto del legajo del coronel José Irigoyen, doce años antes de su fusilamiento. En el reverso de la foto está la firma del jefe interino del Departamento de Abastecimiento, Juan José Valle. Fue una casualidad, pero doce años después, ambos compartirían el mismo destino y la misma muerte.
Rubén Mauriño recibió la orden de su padre Miguel Angel. “Vos andá a la esquina de Mitre y Vélez Sarsfield, por ahí te pasa a buscar una camioneta, retirás el transmisor de la casa que te anoto acá y lo llevás a la Escuela Técnica. Se lo entregás a Lugo y te vas. ¿Entendiste? Te volvés a casa.” Rubén, con apenas 15 años en esa noche del 9 de junio de 1956, le hizo caso en todo a su papá menos en una cosa: se quedó con el paraguayo Dante Lugo en la Escuela.
En la Escuela Técnica “Salvador Debenedetti” –esquina de Alsina y Paláa, pleno centro de Avellaneda– ya estaba desde unos minutos antes un comando encabezado por el coronel José Albino Irigoyen y por el capitán Jorge Miguel Costales –jefe de inteligencia del estado mayor de Valle–, que tenía por misión instalar lo necesario para transmitir por radio la Proclama que toda la población escucharía en el momento que comenzaba la pelea del argentino Lausse contra el chileno Loaysa. Es decir, a las once de la noche de ese sábado. Muchos núcleos civiles antidictatoriales esperaban esa señal radial para sumarse al alzamiento.
El coronel Irigoyen tenía 43 años y había nacido en La Matanza. No tenían buen concepto de él en el Ejército. Su legajo incluye comentarios como el de “retraído, poco vivaz (...) y en general, sus condiciones intelectuales son apenas suficientes”. En años posteriores se recibe de ingeniero en comunicación y da clases en la Escuela de Comunicaciones en la Guarnición de Ejército de Campo de Mayo. “Este oficial –dice su legajo en noviembre de 1941–, a pesar de haber trabajado con dedicación, ha desmejorado apreciablemente en el rendimiento de sus estudios.” Lo ascienden a coronel en diciembre de 1955.
Su especialidad y sus convicciones lo llevaron a estar al frente del grupo que debía garantizar la emisión de la Proclama.
“Cuni” Ercolano es hoy el bufetero de esta escuela. Cuando Irigoyen golpeó la puerta de su casa, que era la misma escuela, ya que eran los caseros, él tenía diez años y vio cómo su padre les abrió, amenazado, “porque entraron a punta de pistola. Me acuerdo de que ése de traje militar –Irigoyen– le preguntó a mi padre si era peronista y le contestó que no, que era socialista”. Al rato, Ercolano fue testigo de la entrada por la misma puerta de docenas de policías que se llevaron detenidos a los hombres de Valle, pero también a su padre, a su hermana de 19 años, a quien los diarios de la época mencionaron como “la secretaria de Valle” y a un hermano. “Irigoyen se portó muy bien porque dijo en la comisaría que mi familia no tenía nada que ver, que los dejaran libres”, cuenta “Cuni” Ercolano a Página/12.
Junto a los dos oficiales del Ejército mencionados estaban los hermanos Clemente y Roberto Ros, de Lanús; el paraguayo Dante Lugo, que trabajaba en el Comando L113 de la Resistencia Peronista con base en Quilmes e influencia sobre Berazategui, Solano y Varela –cuyo jefe indiscutido era Miguel Angel Mauriño–, y Osvaldo Albedro.
Gracias a que el joven Ruben Mauriño se quedó de prepo, pudimos saber algunas cosas ocurridas dentro de la escuela, ya que todos los mencionados serían fusilados pocas horas después, salvo él por ser un pibe.
El coronel Irigoyen, vestido con ropa militar, daba las órdenes. Una de ellas fue la de que este jovencito, por su agilidad, trepara una torre que la escuela tenía desde años antes para conectar la antena. Cuando comenzaba a bajar escuchó ruidos, golpes, gritos. Miró y vio docenas de hombres uniformados invadiendo la escuela y deteniendo a sus amigos. A él lo hicieron bajar a los gritos, apuntándole. Los llevaron a todos a la comisaría 1ª por sólo unos minutos; de ahí a la Unidad Regional de Lanús de la policía provincial, en la esquina de Córdoba y Juncal. “Estaba todo traicionado –nos contó una vez Ruben Mauriño–, con el tiempo me enteré de que debía haber habido ahí cincuenta policías para apoyarnos, pero fue al revés. Nos cargaron en un camión del Ejército.”
A una cuadra de la Escuela Técnica, en la calle Alsina al 100, estaba el comando de la Segunda Región Militar –algo así como un distrito militar–, que debía ser tomado por el coronel Modesto Leis al frente de un grupo de conspiradores.
En su casa, el coronel le dijo a su mujer que salía y que llegaría tarde; venía de la Capital, cruzó el viejo Puente Pueyrredón a pie porque allí, en la puerta del cine Colonial –Mitre 141–, debía ver a un contacto que tendría el dato de un coche con armas; pero el contacto no estaba y ni rastros de un coche. Caminó hasta las inmediaciones buscando rostros conocidos, pero nada. Por el contrario, vio movimientos que le hicieron desconfiar. Desandó sus pasos hacia la avenida y por fin vio una cara amiga, la de otro oficial de apellido Ricagno, quien venía con algunos hombres. Hablaron caminando y cambiando información cuando notaron que otros los rodeaban, amenazantes. Ricagno pudo deshacerse de su pistola, que traía dentro de un diario, tirándola en una boca de tormenta. Todos fueron presos y los sumaron al mismo camión que los capturados en la escuela.
El coronel Leis estuvo en la cola de los que iban fusilando.
“Al primero que llamaron fue al coronel Irigoyen –contó aquella vez Leis–, se ve que durante algunos minutos lo interrogaron, pero al rato se escuchó una ráfaga de disparos y enseguida un tiro aislado. ¡Se imagina que pensamos lo peor! A los minutos se llevan al capitán Costales y otra vez, varios tiros y, luego, lo que sería el tiro de gracia. Luego fusilaron a Lugo y enseguida se llevaron a uno de los Ros. Me acuerdo de que se abrazaba con su hermano. Qué crueldad. Luego fusilaron al otro Ros y después a Albedro. A partir de ese momento los minutos de silencio fueron más largos, y cuando notamos que no venían a buscar a nadie fue inevitable pensar que habían parado de fusilar. Nos mirábamos, casi no hablábamos. A las horas, sería a la tarde, nos dijeron que nos fuéramos. Yo creí que nos aplicarían la ley de fuga, pero no. Era increíble, adentro se fusilaba y en la calle, como si nada.”
Por fortuna e inexplicablemente, los represores se olvidaron el receptor que formaba parte del equipo que usaría el comando de Valle en esa escuela. Las camadas de autoridades y profesores lo guardaron y lo protegieron a través de medio siglo.
“Este equipo es un Hallicrafthers de 10-20-40-80 metros, norteamericano, de amplitud modulada”, le cuenta a Página/12 Mario Mansalido, uno de los profesores que saben el valor técnico e histórico. El equipo sobrevivió ya medio siglo, a los hombres que lo quisieron usar.
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Por Luis Bruschtein
Ilustración de Solano López de la adaptación de Operación Masacre realizada por Omar Panosetti para la revista Fierro.
Después del alzamiento del 9 de junio de 1956, el gobierno militar del general Eugenio Aramburu fusiló a 27 personas. En el caso de los fusilamientos de civiles, se utilizó un procedimiento por “izquierda” que luego se convertiría en la principal herramienta represiva de las sucesivas dictaduras, hasta llegar a su máxima expresión en el ’76. Aun en el caso de los fusilamientos de militares, se aplicó un decreto emitido por Aramburu que declaraba el estado de sitio cuando los rebeldes ya estaban detenidos. Es decir que, de manera inconstitucional, se les aplicó ese decreto con retroactividad.
En esos días, el dirigente socialista Américo Ghioldi publicó una frase que se hizo célebre: “Se acabó la leche de la clemencia”. Y a Jorge Luis Borges se le atribuye otra frase en una conversación con su amigo Adolfo Bioy Casares: “Se hizo lo que debía hacerse”. No eran los únicos que pensaban así, entre los no peronistas era un sentimiento extendido.
Existe un consenso mayoritario en la historiografía y la sociología sobre una lectura de la Argentina reciente que tiende a colocar al peronismo en el lugar de la barbarie, los excesos, lo no institucional, el exabrupto y lo violento. Y pone a sus adversarios en el polo antitético: defensa de la institucionalidad y la racionalidad, de la pacificación y el respeto de la ley.
Es inquietante la manera en que esa lectura se revierte constantemente sobre la actualidad. Lo que inquieta es la incapacidad de esa lectura, o de quienes la realizan, de sobreponerse a su contexto social aun después de tantos años, como si permanentemente se tratara de justificar el papel que jugó ese mismo contexto en aquel momento.
La primera parte de esa lectura, la que compete al peronismo, es cierta en gran medida. Pero la segunda parte, la que alude a sus opositores, es falsa en gran medida. La oposición, los partidos que la integraban, fue más salvaje aún que el peronismo. El revanchismo antiperonista, desde los bombardeos a civiles en la Plaza de Mayo hasta los días posteriores al golpe del ’55, la violencia, la humillación y la represión fueron más alevosos, desprolijos, inconstitucionales y antidemocráticos que lo que podría reprochársele al peronismo. Los fusilamientos constituyen un hito en esa historia. El peronismo no había fusilado a nadie.
La vocación institucional de las fuerzas opuestas al peronismo es una construcción cultural, es expresión de una visión hegemónica dentro de los intelectuales y las capas medias que tomaron como propio el discurso de los grupos de poder. En todo caso, el antiperonismo fue más “institucional”, porque a partir del ’55 utilizó a las Fuerzas Armadas para agredir al resto de las instituciones democráticas.
La calidad institucional, la “institucionalidad” como valor en la política argentina ganó peso específico recién después de la última dictadura y constituye una gran mentira interpretar esa historia como si hubiera habido un sector destacado que hubiera representado ese concepto como se lo entiende en la actualidad. Lo real es que no hubo ángeles democráticos y demonios violentos. Todos los actores se movieron con los criterios de una sociedad si se quiere primitiva en cuanto a su visión de sí misma, incluyendo a la izquierda.
A partir de esa lectura de un solo ojo, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer el peronismo-populismo para enmendarse y mejorar. Es decir, tenía que hacer lo que siempre hicieron sus detractores dizque más republicanos y democráticos. El problema es que la misma historia está diciendo que, con otras vestiduras y formalidades, lo opuesto al peronismo actuó con un gran desprecio por las instituciones. Sin embargo, el peronismo hizo lo que le pidieron que hiciera: la renovación trató de ser un remedo de la Coordinadora radical –que fue el paradigma de los ’80– y más tarde, con Carlos Menem, se asimiló a una especie de republicanismo conservador popular que finalmente agotó su verdadero impulso. En el prólogo de Operación Masacre, Rodolfo Walsh aclaró que había tomado la matanza de civiles en los basurales de José León Suárez, separándola del resto de los fusilamientos, porque en ese caso no podía haber ninguna justificación por parte de los fusiladores. Se trataba de una masacre clandestina de civiles desarmados que sólo tenían una participación lateral en el alzamiento.
Lo real es que salvo excepciones como las de él mismo, que en 1956 todavía no se asumía como peronista, o la del escritor Ernesto Sabato, que publicó su investigación, la denuncia de los fusilamientos no conmovió demasiado al universo no peronista. La izquierda no peronista ni siquiera ahora recupera a esos trabajadores fusilados como parte de los mártires del pueblo en su lectura de las luchas populares. Y tampoco lo hace con los civiles que murieron en los bombardeos de Plaza de Mayo.
Por el contrario, para la generación que se incorporó a la militancia en los años ’70 constituían momentos tan emblemáticos como la Semana Trágica, igual que después lo fueron los fusilamientos de Trelew y los treinta mil desaparecidos. Esa incongruencia en un discurso de izquierda que ignoraba dos de los hechos más terribles del pasado reciente fue uno de los factores que ayudó a la peronización de la mayoría de esa generación.
Hay hilos convergentes entre los sucesos de 1956, los años ’70 y la última dictadura. Varios de los sobrevivientes de los fusilamientos o sus familiares formaron parte de la Tendencia Revolucionaria del peronismo o de sus organizaciones armadas, como Julio Troxler y los hermanos Lizazo, y fueron asesinados por la dictadura o por una Triple A en la que muchos de sus integrantes también eran peronistas. Hace pocos días fue detenido el comisario mayor de la Bonaerense Juan Fiorillo, que desapareció a Felipe Vallese en 1962. Y ese mismo policía, después integró la Triple A y luego fue colaborador estrecho del genocida Ramón Camps. Los militares que participaron en el golpe del ’55, respaldados por los partidos no peronistas, de izquierda y derecha, protagonizaron la escalada de asonadas y golpes militares que van del ’55 al ’66 y del ’66 al ’76. El peronismo estuvo proscripto 18 años, en tanto los demás partidos aceptaban una especie de democracia tutelada, donde ellos mismos –además de dirigentes peronistas– decidían sus diferencias cruzando contactos en los cuarteles y regimientos. Y los civiles más militaristas eran casi siempre los que más declamaban su republicanismo. Todos los golpes y asonadas militares se hicieron en “resguardo” de la democracia.
En la actualidad la antinomia peronismo-antiperonismo es anacrónica. Ni uno ni otro alcanzan por sí solos para describir o interpelar a una sociedad que afronta otras problemáticas y complejidades. Las corrientes de nuevas mayorías se construyen necesariamente sobre otros contenidos que los atraviesan y contienen. En ese sentido, la cultura va muy por detrás de la realidad, porque mantiene esa mirada hegemónica y caprichosa sobre el pasado a pesar de que tanto en el oficialismo como en la oposición conviven sectores que provienen de ambas puntas de esa antinomia histórica.
Un síntoma de ese retraso en la cultura política es que el recuerdo de los fusilamientos del ’56, al igual que de las víctimas de los bombardeos en Plaza de Mayo, termina encuadrado en ese contexto como un acto peronista o properonista. Es legítimo que la reivindicación de los ideales y principios por los que lucharon los caídos sea tomada por quienes piensan así. Pero hay una tarea ciudadana democrática, no partidista, en el reconocimiento de quienes fueron víctimas de esa masacre como una forma de poner distancia con la intolerancia y el desprecio a la vida que llevaron a justificar la usurpación de instituciones para eliminar a quienes se les oponían. El repudio a los fusilamientos del ’56 no debería ser una acción solamente peronista, sino de la ciudadanía en su conjunto.
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Por Lilia Ferreyra
“La investigación de Operación Masacre cambió mi vida –escribió Rodolfo Walsh–. Haciéndola comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior.” Y decidió enfrentar esas dos dimensiones con la profunda convicción de que no podía ni debía renunciar a un sentimiento básico: “La indignación ante el atropello, la cobardía y el asesinato”. Porque él no era peronista cuando se produjo el levantamiento que encabezó el general Juan José Valle, ni cuando escuchó aquella frase “hay un fusilado que vive”, ni cuando resonó en su conciencia el grito de Mario Brion “¿así nos matan?”, antes de que lo atravesaran las balas del comisario Rodríguez Moreno. Como una piedra en el agua que va ampliando el impacto de su caída, la investigación sobre los fusilamientos en el basural de José León Suárez también significó para Rodolfo ir más allá de la denuncia del crimen y la identificación de los responsables. Quiso llegar a comprender en toda su extensión las razones políticas de esos trágicos hechos. Y mientras avanzaba en la investigación comenzó a entender, comenzó a conocer quiénes eran y habían sido los destinatarios de tanto odio, y quiénes los ejecutores. Hay una escena no demasiado recordada en Operación Masacre sobre la mañana siguiente a los fusilamientos. En el basural todavía estaban los cadáveres dispersos en las inmediaciones de la ruta y, de a poco, “una muchedumbre espantada y sombría se fue congregando en torno al pavoroso espectáculo”, cuando un auto “nuevo, largo y reluciente frenó de golpe ante el grupo. Una mujer asomó la cabeza por la ventanilla.
–¿Qué sucede? –preguntó.
–Esa gente... que la han fusilado –le contestaron.
Ella tuvo un gesto irónico.
–¡Muy bien hecho! –comentó–. Tendrían que matarlos a todos.” Los humildes pobladores de José León Suárez la corrieron a cascorazos.
Rodolfo, que había creído en los valores de libertad, justicia y democracia que había proclamado la llamada Revolución Libertadora de 1955, fue descubriendo la falacia y la hipocresía de esas palabras cuando expresan los intereses de una clase privilegiada. En 1969, en una nueva edición de Operación Masacre, escribió: “Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina (...). Que (la oligarquía) esté temporalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos.”
En los veinte años que siguieron a Operación Masacre, la vida de Rodolfo se fue enraizando cada vez más con la historia del país, trazando con sus oficios terrestres y su compromiso político una trayectoria insobornable que lo instaló para siempre en la memoria.
Lo único que no cambió con la investigación de los fusilamientos fue la cédula falsa a nombre de Norberto Pedro Freire, que usó para protegerse. Veinte años después, el 25 de marzo de 1977, cuando lo emboscó el Grupo de Tareas de la ESMA, llevaba esa cédula. Quizás, en una dimensión que trasciende el rígido límite entre la vida y la muerte, podamos decir que en ese día inevitable acribillaron a Norberto Pedro Freire. Rodolfo Walsh se les escabulló una vez más: minutos antes había despachado la Carta a la Junta Militar, un texto magistral cuya vigencia, junto con Operación Masacre, se proyecta hasta nuestros días como un aporte fundamental para que las nuevas generaciones comprendan la historia que las antecede.
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MIGUEL ROJAS MIX, FILOSOFO E HISTORIADOR
Todas las culturas necesitan imágenes para contar su singularidad. Los emblemas nacionales, las caricaturas o la publicidad son signos que condensan los rasgos de identidad de cada sociedad.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Las imágenes están ocupando un lugar de creciente importancia en la sociedad. ¿Se trata de un fenómeno nuevo?
—La civilización de la imagen existió siempre. Basta ver que hay determinadas culturas que conocemos casi exclusivamente a través de la imagen. Sabemos más de las culturas egipcia, mesopotámica y precolombina a través de la imagen que por textos. Claro que también es necesario hallar las visiones del mundo que sustentan las imágenes para poder entenderlas.
# ¿Por ejemplo?
—En Chichén Itzá hay un fresco que muestra un paisaje, una serie de personajes y un río donde se ven tres canoas. Se la ha descrito como la imagen de un pueblo, pero cuando uno entra en la gramática formal del mundo precolombino se da cuenta de que no es un cuadro sino que es un viaje, y que los personajes que están en el pueblo atraviesan distintas etapas de su viaje. Las canoas no son tres canoas distintas, sino la misma, que está avanzando en el río en diferentes momentos. Esa cultura —a diferencia de la occidental renacentista— cuando hace una imagen introduce el tiempo. Por eso, la lectura a la cual debemos someter una imagen tiene que partir de los códigos de representación que esa cultura utilizó.
# Pero la dimensión social no es la única del imaginario, ¿o sí?
—Cuando yo hablo de imaginario, hablo también del imaginario mental. Así, por ejemplo, el amor es un imaginario. A veces, el imaginario amoroso hace que la realidad amorosa sea decepcionante. El mundo está formado por una serie de imaginarios que no son muy distintos de la ideología, pero que no se oponen a la verdad —cosa que sí hace la ideología— porque no la buscan. La imagen no pretende ser verdad, pretende ser verosímil. Por eso muchas veces es más seductora que la palabra.
# Y la fuerza de seducción, ¿qué vehículo dominante utiliza?
—Hoy en día, el mayor canal de seducción es la publicidad. Es que si yo quiero vender, primero tengo que seducir. Ahora, seducir no es solamente la provocación luciferina. Es también atraer para permitir percibir. Si yo quiero comprar algo, antes tengo que percibirlo, distinguirlo. En una publicidad de Benetton aparecía un enfermo de sida. ¿Qué es lo que le interesaba al publicitario? Buscaba que la imagen fuera tan fuerte y chocante que atrajera la atención. Se veía esa imagen y luego la marca, haciéndola inolvidable.
# ¿Hasta dónde se puede llegar para crear visibilidad?
—Se han hecho cosas que están en el límite de lo que podría ser calificado como obsceno. Una fábrica de ropa, en Chile, hizo una campaña de moda tomando poses de mujeres torturadas. Por otro lado, hay extremos positivos: en la lucha contra el racismo, por ejemplo, darle visibilidad a la negritud es generar ideas sobre ella.
# ¿Qué fuerza de seducción ejercen los emblemas nacionales?
—Los emblemas nacionales son símbolos de reconocimiento y, a menudo, de promesas. El emblema le promete a la nación algo y genera un discurso de identidad. Hugo Chávez acaba de agregarle una estrella más a la bandera venezolana. En el escudo nacional había un caballo que galopaba hacia la derecha, con el cuello dado vuelta hacia la izquierda. Chávez lo dio vuelta y lo hizo galopar hacia la izquierda. Hizo un juego de manipulación de los emblemas para que sustentaran su línea política.
# Hoy el reconocimiento nacional es perceptible ante otro emblema: la camiseta de fútbol.
—Es un hecho. No hay nada que active más el sentimiento nacional que once hombres con una camiseta que en un campo de fútbol se están enfrentando a otros once con otra camiseta. La importancia que puede tener el fútbol para el sentimiento nacionalista es notable.
# Se suele acusar a las imágenes de manipulación. ¿Coincide?
—Las imágenes resumen, como también lo hace la palabra, todos los aspectos de la cultura. Eso implica que no son sólo manipulación, pero tienen un elemento de manipulación importante. Nada de esto niega que son documentos de primer orden que condensan la identidad y reflejan el espíritu de un pueblo. ¿Sabe que ahora tengo interés en hacer un ensayo sobre Ortega y Gasset y Divito?
# ¿Qué relación encuentra entre ellos?
—Ambos trabajaron con imágenes —con estereotipos— con distinta suerte. Guillermo Divito hizo una revista de caricaturas extraordinaria, Rico Tipo, con personajes como el doctor Merengue y Pura Pinta, que son prototipos del porteño. Y Ortega escribió Meditación de un pueblo joven, donde también desarrolla el imaginario del porteño a través de estereotipos. El tiene la idea de que, como pueblo joven, Argentina no tiene un presente, pero va a tener un futuro; uno de los grandes mitos que los argentinos han pagado caro. Ortega llega a la siguiente conclusión: "Argentina, como pueblo joven, tendrá grandes gobernantes, pero no tendrá grandes escritores". Conclusión más errada es difícil de encontrar.
# La cultura de masas, tan basada en imágenes, ¿es chata y reiterativa o puede ser el germen de saberes e innovaciones?
—Sin duda, es germen de innovaciones, de nuevas visiones del mundo y de nuevos lenguajes.
# ¿Aun en la globalización?
—Aun en ella. Porque la sociedad globalizada apunta a masificar a través de un discurso esencialmente icónico. La imagen es un discurso más comprensible que la palabra, en la medida en que haya una base común para entenderla. Pero es cierto que la cultura de masas puede jugar diversos papeles. El imaginario cotidiano es fundamental para el conocimiento, y esto me hace tener una gran desconfianza hacia la exterioridad interpretativa de los especialistas que desde fuera de nuestra región la interpretan y brindan recetas. El conocimiento necesita dos componentes para que se proyecte sobre la realidad: erudición y familiaridad. La erudición sin familiaridad hace llegar a conclusiones que son abstractas y erróneas, porque se aplica una fórmula para entender algo, y a veces esa fórmula no tienen nada que ver con la particularidad de un grupo. Y la familiaridad nace, fundamentalmente, de la cultura de masas: es la que permite comprender una serie de signos que tienen que ver con cómo piensa el argentino, con cómo se vive en Buenos Aires, con los códigos que se tienen aquí.
# ¿Así no estaríamos quedando atrapados en estereotipos?
—¡Pero si nosotros, para poder entendernos, vivimos convirtiendo la realidad en estereotipos! Lo nacional es un estereotipo, igual que en general lo es la visión del mundo. Del gaucho sale lo gauchesco, un sentimiento. Lo mismo ocurre con el compadrito y el tango, es decir, con una serie de figuras que en realidad son estereotipos. Por cierto, el estereotipo es una falacia: no es mentira, pero no es absolutamente cierto. Nadie es igual al estereotipo, que es una especie de caricatura, pero gran parte de la cultura está basada en los estereotipos y funciona por ellos.
# En la construcción de estereotipos, ¿qué papel tienen los medios de comunicación?
—La televisión, el cine y los nuevos medios funcionan creando estereotipos. Por ejemplo, los estereotipos de la moda crean el estereotipo del hombre elegante. Así también hasta se legitiman guerras. Cuando Bush dice "vamos a luchar contra las fuerzas del mal", recurre a un estereotipo. Su discurso no parece tomado de Clausewitz, el teórico de la guerra, sino de Superman y de Batman. Vivimos en una selva de estereotipos.
# ¿Qué puede hacer la razón ante esto?
—El pensamiento crítico tiene que enseñar a establecer criterios de pertinencia y de relevancia. La sociedad de la información es un mar de datos en el cual todos nos ahogamos si no sabemos seleccionar. Para hacerlo, es necesario tener criterios de pertinencia y relevancia. Se necesitan para saber qué conviene a nuestra identidad y a nuestro futuro, para saber qué identidad les vamos a trasmitir a nuestros hijos. Estos criterios tienen que surgir de una conciencia, de un desarrollo de nuestra cultura, que nos permita mantenernos como ciudadanos del mundo y como ciudadanos de la región. Si la globalización es el Pato Donald, Mafalda es nuestra identidad.
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