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"Lo que pesa en la política argentina es el daño al otro"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 06-05-2006 00:00:00

Afirma el sociólogo Marcos Novaro

“En nuestro país, la negociación está siempre contaminada por elementos facciosos. La sociedad argentina tiene un problema y es que la política es poco respetuosa de los procedimientos. Lo que pesa no son los argumentos, sino la capacidad de hacerle daño al otro”, dice Marcos Novaro, licenciado en Sociología, doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA e investigador superior del Conicet.

Su formación le permite observar la realidad desde diversos ángulos y le ofrece perspectivas e instrumentos para el análisis de la historia reciente. Sus puntos de vista han despertado el interés del consagrado historiador Tulio Halperin Donghi, quien lo invitó a participar en la colección de historia argentina que dirige para Paidós, donde escribió el segmento dedicado a la dictadura militar (1976-1983).

“Kirchner prefiere que le teman a que lo amen”, dice Novaro, autor de “Pilotos de tormentas” y de “Representación y liderazgo en las democracias contemporáneas”. Novaro dirige también un archivo de historias orales en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Recientemente recibió la beca Fulbright para trabajar en el National Security Archive de Washington en la desclasificación de documentos secretos sobre la Argentina. Es autor en colaboración de "Política y poder en el gobierno de Menem" y compilador de "La historia reciente" (Edhasa).

Novaro lamenta que en la Argentina se crea que el éxito de uno depende del fracaso del otro y que se utilice la ideología como excusa para estrategias que son muy poco colaborativas. Su opinión es que somos un país asociado a la querella y, en ese sentido, en el ánimo querellante del presidente en ejercicio se refleja mucho de ese espíritu nacional.

"Incluso creo que no hay tanto de espontaneidad como se cree en Kirchner. Me parece, más bien, que asocia o vincula de manera oportunista su discurso a la cultura política vigente en la Argentina."

-¿Qué otros elementos serían recurrentes en nuestra cultura política?

-Uno es que, en todos estos años, hemos tenido gobiernos que se movieron con la convicción de que siempre es posible empezar de cero, corregir los errores, reencontrar un camino, reparar desencuentros o extravíos. Creo que esa ilusión contribuyó fuertemente a perder posibilidades reales, a desestimar lo valioso que existía, a no dedicarnos a encarar cambios más modestos. También alimentó una expectativa social recurrente en el sentido de que la Argentina es un país que puede rehacerse. Pero esa ilusión de flexibilidad y de adaptabilidad que muchos argentinos se esfuerzan en tener en su vida individual, en muchos casos en forma exitosa, en el nivel colectivo ha demostrado ser falsa.

-Sobrevivimos a dictaduras, hiperinflaciones, violencia de masas, terrorismo de Estado, una guerra... ¿No es eso, de alguna manera, rehacerse y empezar siempre de nuevo?

-Hay ambigüedades, porque en el momento de la transición democrática esa ilusión de reinvención fue muy positiva. Una sociedad que salía de una crisis económica fenomenal, de la Guerra de las Malvinas, de una dictadura, tenía que encontrar ilusiones para motivarse, y la ilusión democrática de un nuevo comienzo tuvo ese rasgo positivo. Nos sacó de la depresión. Pero al mismo tiempo generó una suma de expectativas que eran absolutamente imposibles de satisfacer. Los gobiernos posteriores también echaron mano de esta ilusión del reinicio, de poner el cuentakilómetros en cero, lo que siempre nos lleva a sobrestimar nuestras posibilidades.

-¿Qué enseñanzas nos dejó la crisis de 2001?

-La crisis y el modo como la sociedad reaccionó, en lo que entonces parecía el cierre de un ciclo, de nuevo se presentó como la oportunidad para una gran refundación, lo que finalmente no sucedió, porque uno ve que la solución de la crisis fue bastante conservadora. No se la aprovechó para hacer las reformas que la sociedad viene reclamando desde 1983, en lo que hace a la racionalidad del gasto social, por ejemplo. La solución que encontraron los gobiernos de Duhalde y de Kirchner fue, simplemente, distribuir más recursos con muy poca racionalidad y cuidándose de no introducir elementos que pudieran resultar conflictivos para los gobernadores peronistas, los gremios, las corporaciones, el sistema universitario, el statu quo imperante. Ese es el aspecto negativo del balance, aunque probablemente los escenarios alternativos hubieran sido más negativos. Si lo miramos desde el lado de la sociedad, podemos decir que hubo aprendizajes; por ejemplo, el de no seguir ciertos caminos. Los golpes militares y lo inconveniente del uso de la violencia han sido un aprendizaje.

-Quebracho, los cortes de rutas, los piquetes... ¿no son ejemplos cotidianos de la vigencia de la violencia en nuestra sociedad?

-Más que de violencia, yo aquí hablaría de una política facciosa. Estas no son las organizaciones armadas de los años 70. La acción directa tiene un peso en la política argentina y lo tiene porque la política argentina es muy facciosa: el uso de la amenaza y el recurso de imponer un costo al otro para forzarlo a ceder han estado muy presentes, continuaron actuando bajo distintas formas en la política democrática y van a seguir estando. Lamentablemente, en algunos casos eso tiene una razón de ser, porque actores que tienen muy pocos recursos para hacerse oír sólo encuentran un lugar en la política usando instrumentos de extorsión, como es el caso de los piqueteros.

-¿Por qué somos tan tolerantes con los métodos facciosos?

-Es un círculo vicioso. Creo que la experiencia indica que hay poca censura y que es posible obtener algún grado de satisfacción con estos instrumentos de coerción para reivindicar causas, en algunos casos legítimas y en otros, no. El elemento de negociación está contaminado por el elemento faccioso. La sociedad argentina tiene un problema, y es que la política es poco respetuosa de los procedimientos. Lo que pesan no son los argumentos, sino la capacidad de hacer daño al otro.

-¿Kirchner encarna esto?

-Kirchner maneja de modo muy habilidoso los recursos de la política argentina. Por ejemplo, el de la amenaza. A diferencia de Alfonsín y de Menem, Kirchner prefiere que le teman a que lo amen y eso lo predispone a hacer un uso mucho más intenso de la presión y de la amenaza en todos los terrenos. Con Menem había más negociación, más dádiva, con todo lo que eso significa en términos de distribución, de compensaciones que eran excesivamente onerosas para el sector público, que estaban muy contaminadas de corrupción, pero que también significaban abrir el juego. Entonces, la disposición a cooperar era más amplia y Menem era más generoso. Creo que en el caso de Kirchner hay un poder mucho más concentrado y una disposición menor a realizar una apertura del juego. Eso no quiere decir que no haya compensaciones, pero son compensaciones hechas desde una posición de poder y de amenaza. El problema es que eso funciona en algunos aspectos muy bien y en otros muy mal o de manera totalmente irracional, como en los temas de las papeleras y de la carne.

-¿Es irracional Kirchner?

-Creo que tiene una forma de construir poder. Ha construido un vértice político muy concentrado, con poco juego de otros actores. Está muy atado a sus iniciativas, a sus reflejos, y, en algunos casos, los reflejos son traicioneros. Creo que la estrategia que lleva adelante Kirchner es un juego de acción y reacción. Yo no diría que es irracional por principio, pero sí que genera efectos inesperados y que en algunos casos actúa como si fuera su peor enemigo, porque desencadena más resistencias y problemas de los que el podría tener si actuara de un modo más moderado, más prudente y, sobre todo, haciendo cálculos de largo plazo. Sin embargo, me resulta muy difícil pensar que esta capacidad de generarse problemas vaya a desembocar en situaciones graves para la continuidad del kirchnerismo. Pensando en las elecciones del año que viene, me parece que el problema que vive la oposición en parte está generado por este tipo de iniciativas del oficialismo, que la acorralan y la fuerzan a tomar posturas también por reflejos. Es decir: se vuelve reactiva, de la misma manera que Kirchner lo es, y creo que eso resulta funcional al oficialismo, porque lo que debería ser una discusión de políticas públicas y de alternativas se convierte en discusiones de principios. Lo que importa es cómo crear un escenario polarizado, y en esa polarización Kirchner aparece del lado de la sociedad y coloca a sus adversarios en una posición muy incómoda, mientras construye consenso propio. Al mismo tiempo, creo que en la sociedad argentina hay un acompañamiento a distancia del gobierno que está bastante bien reflejado en los resultados electorales. No es un acompañamiento tan entusiasta como para temer que el oficialismo se pueda quedar con todo.

-¿Tampoco que pueda tomar un camino que llegue a reforzar la concentración de poderes hasta niveles inaceptables?

-El peronismo gobierna un Estado que tiene recursos y, por lo tanto, se puede beneficiar con una situación de estabilidad y de crecimiento. En la medida en que esto sea así, la política argentina va a estar relacionada con la situación del peronismo. El punto es saber hasta dónde la institucionalización del peronismo asegura el recambio de su dirigencia. De todos modos, hay una experiencia de competencia interna que también es valiosa. El peronismo ha aprendido en estos años de vida democrática cómo resolver sus diferencias, cómo actuar como un partido disciplinado en el gobierno y cómo, cuando las etapas concluyen, encontrar nuevos líderes.

-El panorama se complica cuando se intenta imaginar una alternancia por fuera del peronismo...

-Claro: ahí es más difícil imaginar escenarios, porque los partidos políticos, principalmente el radicalismo, están en una situación de crisis muy aguda, pero siguen existiendo. No hay una disolución de las fuerzas no peronistas que ofrezca una posición de disponiblidad. El 60 por ciento por ciento que no acompañó a Kirchner no está totalmente vacante. Entonces, si estas estructuras políticas no desaparecen, pero tampoco están en condiciones de crear coaliciones amplias, estamos en problemas, porque tenemos una fragmentación política que puede mantenerse en el tiempo y ser funcional a las necesidades del peronismo gobernante, generando sus propias lógicas de reproducción, con ciertas alternativas locales a nivel provincial y municipal, que a su vez negocien una distribución de recursos con el gobierno nacional. ¿Cuánto tiempo puede durar esto? Tal vez mucho tiempo. Tal vez veamos en el futuro próximo nuevas coaliciones amplias, capaces de desafiar la hegemonía. El fracaso de coaliciones como la Alianza juega en contra. El problema de las construcciones políticas localizadas, tales como la que el radicalismo hace en las provincias o las que en el nivel nacional intentaron López Murphy y Elisa Carrió, es que son muy frágiles frente a la capacidad que tiene el peronismo de desplazarse y socavar esas clientelas electorales en función de las tendencias de la opinión pública y de los problemas de coyuntura. Este es el inconveniente con un movimiento popular tan lábil: a los competidores les resulta muy difícil hacerse de bases sólidas. Eso lo vimos con el Frepaso y con la Ucedé, y probablemente vuelva a suceder...

-¿Esto habla de la debilidad de los partidos políticos o de la fortaleza del peronismo?

-Habla de la fortaleza del peronismo y de la debilidad de los demás, y habla de cómo funciona una estrategia populista que tiene como principio de identidad no una posición programática política o ideológica, sino una estructura de reproducción que asegura el apoyo de actores que controlan recursos institucionales decisivos. El peronismo es una estructura muy eficiente para reproducirse y superar cambios de orientación políticos e ideológicos. Gobernadores, sindicalistas, empresarios, participan de esta estructura, conocen sus reglas de juego y están dispuestos a adaptarse a las circunstancias, aun a costa de sacrificar algunos de sus intereses, pero siempre con la expectativa de satisfacer otros.

-A la hora de analizar las razones estructurales de nuestra decadencia, se suele señalar 1976 como punto de quiebre. ¿Usted coincide con esa fecha?

-Creo que en la rediscusión de la historia argentina hay que vacunarse contra las exageraciones. Por ejemplo, que la dictadura fue el fruto de un pequeño grupo de actores que impuso un plan para destruir a una sociedad floreciente y dinámica, que tenía un gran futuro por delante. Lo primero que hay que revisar es esa mirada. Efectivamente, 1976 es un quiebre en la historia, pero no hay que suponer que separa una etapa idílica de otra de lunáticos enloquecidos. Para entender la ambigua tolerancia de la sociedad frente a la estrategia represiva hay que entender cómo se había instalado la idea de que la solución de los problemas argentinos pasaba por la eliminación de parte de los actores que estaban generando los conflictos y una cierta disposición a tolerar una represión muy violenta, pero con la simulación de que esa represión no estaba teniendo lugar. Se creía que era posible convivir con ella, ignorándola. Ahí hay una primera parte de esta revisión de nuestro pasado que tiene que apuntar a entender el grado de tolerancia a la violencia que ya estaba establecido en forma muy extendida desde principios de los años 70. La Argentina, en comparación con otros países de la región, no se caracteriza tanto por la radicalidad de sus movimientos de protesta como por el uso de la violencia en forma muy generalizada. También en Chile y en Uruguay los movimientos revolucionarios recibieron un apoyo muy importante de la sociedad, pero en esos países el recurso del asesinato de enemigos políticos no estaba legitimado del mismo modo que se legitimó en la Argentina a partir del secuestro y asesinato del general Aramburu. Por otro lado, el grado de profundización del monopolio estatal de la violencia represiva tampoco tiene comparación con otros casos de la región.

-¿Por qué?

-Porque el grado de proliferación de bandas paramilitares que cínicamente el Estado decía desconocer o que permitía que funcionaran no tuvo límites y eso fue nutriendo una disposición a tolerar que desde el sector público se eliminara a una serie de personas consideradas incorregibles y con las cuales era imposible convivir. Así, de un modo clandestino, se generó una situación muy cómoda para muchos actores civiles que esperaban -digamos- aprovecharse del restablecimiento del orden. La tolerancia al uso de la violencia no fue sólo con los que secuestraron y mataron a Aramburu, sino con el modo en que reaccionaron actores civiles que en algunos casos festejaron y en otros callaron y que no descartaban establecer algún tipo de acuerdo con una guerrilla que también era muy ambigua en cuanto a sus posiciones nacionalistas, de izquierda o de derecha. Ese grado de confusión permite entender por qué muchos sectores diferentes que habían apoyado en su momento al general Lonardi, o incluso a Onganía, podían ver con simpatía que se sacara de encima a un personaje que, en cierta medida, resultaba incómodo.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=803695

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