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"Kirchner no debería ignorar el protocolo", dice Enrique Quintana

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 29-05-2006 00:00:00

Para el embajador, causa un grave daño

“No hay nada peor que ser male-ducado y no guardar las formas”, dice el embajador Enrique Quintana, que, como director nacional de Ceremonial, estuvo a cargo de los detalles de las asunciones de los presidentes Alfonsín, Menem y De la Rúa. Quintana ocupó dieciséis puestos diplomáticos en sus cincuenta años de brillante carrera.

“El señor Kirchner no puede jugar con la dignidad y la posición del país, porque arriesga el destino de la Nación”, dice Quintana, en alusión al reciente desaire del Presidente a la reina de Holanda. “Fue una grosería sin igual, algo nunca visto”, agrega, sin poder contener su enojo. Y explica: “Lo que el Presidente considera una frivolidad tiene un valor muy importante en los países que poseen otros conceptos y otra seriedad en el protocolo. Y lo peor es que este tipo de barbaridades se ha cometido prácticamente con todos los países, desde Estados Unidos para abajo...”

El embajador Quintana recibió a LA NACION en su departamento de Palermo, modesto y elegante. En mesas, paredes y vitrinas hay recuerdos de sus misiones diplomáticas por todo el mundo y regalos de reyes y presidentes: cajas de plata con escudos reales,

“No hay nada peor que ser male-ducado y no guardar las formas”, dice el embajador Enrique Quintana, que, como director nacional de Ceremonial, estuvo a cargo de los detalles de las asunciones de los presidentes Alfonsín, Menem y De la Rúa. Quintana ocupó dieciséis puestos diplomáticos en sus cincuenta años de brillante carrera.

“El señor Kirchner no puede jugar con la dignidad y la posición del país, porque arriesga el destino de la Nación”, dice Quintana, en alusión al reciente desaire del Presidente a la reina de Holanda. “Fue una grosería sin igual, algo nunca visto”, agrega, sin poder contener su enojo. Y explica: “Lo que el Presidente considera una frivolidad tiene un valor muy importante en los países que poseen otros conceptos y otra seriedad en el protocolo. Y lo peor es que este tipo de barbaridades se ha cometido prácticamente con todos los países, desde Estados Unidos para abajo...”

El embajador Quintana recibió a LA NACION en su departamento de Palermo, modesto y elegante. En mesas, paredes y vitrinas hay recuerdos de sus misiones diplomáticas por todo el mundo y regalos de reyes y presidentes: cajas de plata con escudos reales, dagas de Arabia y puñales de Indonesia. En una pared luce un icono ruso, negro y dorado. En otra, hay fotografías en las que se lo ve con el rey de España, conversando en un avión con el presidente Alfonsín, con Juan Pablo II y presentando credenciales en Moscú y en Suiza.

A los 89 años, lúcido y sin bastón, formal pero afectuoso, Enrique Quintana, cuyo padre y hermano también fueron embajadores, como él, es descendiente del presidente argentino Manuel Quintana. Es el máximo conocedor de protocolo del país. Habla varios idiomas a la perfección, y durante años tuvo a su cargo la cátedra de Introducción a la Diplomacia y Práctica Diplomática en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación.

Nació en Washington, cuando su padre, Federico Quintana, era embajador con residencia en esa ciudad. Hizo la primaria en Suiza, la secundaria en Alemania, y realizó su formación profesional en la Universidad Católica de Chile y en la Academia Naval del mismo país. Fue embajador en Austria, Indonesia, Líbano, Rusia, Costa de Marfil, Suiza (dos veces) y Marruecos. Cuando estuvo en el Líbano, fue embajador concurrente en Kuwait, Jordania y Arabia Saudita. Además, ocupó puestos en embajadas, consulados y organismos internacionales en La Paz, Londres, Liverpool, Bogotá, Roma, Ottawa, Oslo, Bruselas y Luxemburgo.

-¿Qué importancia tienen las formas en la diplomacia?

-El protocolo es una ciencia política muy importante. No obstante la democratización y modernización de las maneras y de los países, el protocolo sigue siendo esencial, porque su fin es favorecer las negociaciones entre los países con el uso de buenos modales, simpatía y seriedad formal. Está muy lejos de ser algo frívolo. Es más: si un gobierno ignora el protocolo, se genera una atmósfera de antipatía muy perniciosa para los intereses de una nación. Es lo mismo que ocurre con la relación entre las personas: si alguien es maleducado, prepotente, sin gentileza, es difícil que pueda hacer buenos amigos. Un país necesita de países amigos, es decir, de aliados, para prosperar. Este es el secreto del progreso de países como Chile, que nosotros tanto menospreciábamos, y de Indonesia, país que debe su impresionante avance a su gran capacidad para negociar con otras naciones.

-¿Cuál es su opinión sobre la ausencia del presidente Kirchner en la cena que la reina de Holanda hizo en su honor?

-Mire: es la primera vez que voy a manifestarme públicamente al respecto. No soy amigo de la crítica y siempre he sido cultor de un perfil bajo. No forma parte de mi manera de ser el atacar a nadie. Pero ante tantas cosas que acontecen y siendo, como soy, uno de los diplomáticos argentinos que han tenido una carrera más larga y que ha acompañado a distintos presidentes por todo el mundo, tengo la obligación de decirle que lo que hizo nuestro presidente es la máxima grosería que puede cometerse con la autoridad de otro país. ¿Usted se da cuenta? Nuestro presidente, que representa a todos los argentinos, dejó de ir nada menos que a la comida que la reina de Holanda hizo en su honor como retribución y despedida. ¿Y todo por qué? Porque no se le dio la gana de ir. Pero ¡él no puede hacer algo así! Y ya ve usted que la prensa de Holanda y la misma reina de ese país consideraron el desaire un insulto, que es exactamente lo que fue. Ese país fue insultado por la Argentina, y es algo que estamos haciendo continuamente. Otro ejemplo es lo que le hicimos al presidente Bush durante la conferencia en Mar del Plata, que también es inadmisible. Yo creo que Bush no se tomó el avión y se fue porque es mejor educado que nuestro presidente. Con el presidente de Francia, Jacques Chirac, hicimos lo mismo...

-¿A qué atribuye esta conducta del presidente de la Nación?

-Yo imagino que tendrá un propósito político. El sabe que ese tipo de actitudes groseras es bien recibido por cierto sector de la Argentina que, al verlo obrar como un compadrito, debe pensar: "¡Qué presidente macho que tenemos!", cuando en realidad es algo lamentable y que le hace un enorme daño al país. Yo siento la obligación de decir esto en defensa de la carrera diplomática, del país y de mis colegas, que están siendo humillados como nunca lo habían sido antes.

-¿Por qué dice que sus colegas son humillados?

-Porque los cargos diplomáticos más importantes no los ocupan diplomáticos de carrera. Hay algunos diplomáticos que son brillantes; otros que son menos brillantes y otros con inteligencia normal, pero no tenemos ningún diplomático malo como para que prácticamente ninguno sea convocado a cumplir con su deber. Hoy esos cargos son todos puestos políticos, y es una triste realidad para el país. Fíjese que el director nacional de Ceremonial es hoy una persona demasiado joven como para aconsejar al Presidente. Y ésta es otra cosa gravísima para la diplomacia argentina: que el Presidente se rodee de gente obsecuente que le da la razón en todo y jamás lo cuestiona. No hay un tonto peor que el testarudo que no quiere aprender...

-¿Tienen buena formación los diplomáticos argentinos de carrera?

-Excelente. Nosotros tenemos el Instituto del Servicio Exterior de la Nación, que es una alhaja. Todos nuestros diplomáticos surgen de ahí. Pero hoy el Presidente nombra a quienes están favorecidos por sus cuñas políticas. Los embajadores políticos están llenando todas las embajadas, y le puedo asegurar que la mayoría no tiene formación. Ni siquiera hablan dos idiomas, que es una de las condiciones mínimas indispensables para que un embajador represente a nuestro país en el exterior. Nuestros diplomáticos de carrera, en cambio, hablan obligadamente dos idiomas, y muchos dominan hasta cuatro idiomas, como quien le habla, lo que facilita muchísimo la labor diplomática.

-"Ser diplomático" tiene a veces la connotación negativa de que no se es frontal o directo en el trato. ¿Cuál es su opinión?

-La amabilidad es un código de buenas maneras. Nosotros no somos hipócritas. Se necesita cultura, inteligencia y afecto para entenderse con el prójimo de un modo conveniente. Las buenas formas en el trato son un don, pero también son armas que el diplomático sabe utilizar en provecho de su país. Es como cuando se enamora a una mujer. Se utiliza la seducción para la conquista del otro, y la seducción es parte de la inteligencia humana. Se seduce a las personas igual que a los países. Pero con antipatía no se logra nada. Le voy a dar un dato clave: cuando fui embajador en Rusia, que entonces era la Unión Soviética, sus diplomáticos y gobernantes, que eran ciento por ciento comunistas, guardaban las formas de los zares. Se comportaban como zares. Con otra filosofía, por supuesto, pero eran unos perfectos zares. Nadie comía con desarreglo. No se permitían las palmadas ni los abrazos. Los embajadores se ponían uniforme en todas las recepciones importantes. ¿Y por qué era así? Porque esos hombres conocían la importancia de la educación y la simpatía en el trato con las otras naciones. Jamás consideraron el protocolo una frivolidad. Nunca pensaron que ser comunista era incompatible con ser bien educado.

-¿Cuál es la situación de las embajadas argentinas en el mundo?

-Muchísimas embajadas han sido cerradas, como si el país fuera a ahorrar dinero con eso. Es algo inconcebible. Si se cortan las buenas relaciones con los países, se pierden oportunidades de generar buenos negocios. Además, piense usted que el deber de una embajada, entre muchos otros deberes, es cuidar la imagen del propio país en el exterior. No se extrañe, entonces, de que hoy tengamos una muy mala imagen, que día a día empeora aceleradamente. Nos falta presencia en el mundo y representantes idóneos. Insisto: un gobierno serio no puede prescindir de sus embajadores, porque los embajadores son los que defienden los intereses del propio país en el exterior.

-¿Ha estado usted en alguna situación, como embajador, en la que se vio obligado a ser violento o grosero para ser eficaz?

-No. En cincuenta años de profesión, no he tenido que ser grosero jamás.

-¿Cuál fue el presidente argentino más diplomático que usted haya conocido?

-Arturo Frondizi, que me llamó en su momento para que fuera director nacional de Ceremonial de su gobierno. El fue el único estadista argentino que yo haya conocido, y el más talentoso. A pesar de que era introvertido y de una comunicación difícil, entablaba una excelente relación con sus colaboradores. Una vez lo llamé para consultarle algo y me dijo: "Embajador, yo no lo he nombrado para que me consulte, sino para que me diga". El quería que yo tomara decisiones, que fuera libre en mis pensamientos y que lo aconsejara, porque me había ganado su confianza. Así obra un estadista con los que lo rodean. También debo decir que Alfonsín es un hombre inteligente y amable, de maneras señoriales, y afectuoso, además de muy buen político. Estuve dos veces con él, a pesar de que no soy radical ni de ningún otro partido, porque así me lo exige mi profesión, lo que no significa que no tenga mis preferencias. Pero, como le decía, a Alfonsín nunca lo vi fastidiado ni soberbio. Y lo mismo puedo decir de Menem, al que le renuncié. El también tenía muy buenas maneras.

-¿Puede suceder que las buenas maneras tengan un trasfondo de cinismo y que una suavidad exterior oculte una aspereza interior o una mala intención?

-Claro que es posible, pero la amabilidad es siempre algo bueno. El protocolo, como dije al principio, es una ciencia política importantísima, que no puede despreciarse desde ningún aspecto. Y le diré más: quien desprecia el protocolo no sólo lo hace por mala educación, sino por algo más grave: el resentimiento y la envidia. Cuando el Presidente desaira a la reina, lo hace para conformar a quienes están enredados en el odio hacia lo que es mejor que lo nuestro. Estamos siendo envidiosos por nuestra propia incapacidad. Nos sentimos incómodos con nosotros mismos.

-¿Encuentra alguna relación entre las malas maneras de algunos gobernantes y la embriaguez de poder?

-Mire: nadie puede estar tan embriagado de poder o de alcohol que no sepa lo que hace. En todo caso, el ebrio se escuda en su estado para hacer y decir lo que le plazca. Mi padre me dijo una vez: "Tené mucho cuidado, porque cuando un ebrio o un tonto te insulta, sabe muy bien que te está insultando, así que lo tenés que tratar igual que si estuviera sobrio".

Por Sebastián Dozo Moreno
Para LA NACION

http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=801602

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"Cada sociedad debe hallar sus respuestas a dilemas éticos"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 28-05-2006 00:00:00

ENTREVISTA: AMNON CARMI, JURISTA EXPERTO EN BIOETICA

Temas como la eutanasia, la clonación o los transplantes de órganos colocan a los avances científicos en los umbrales de decisiones humanas que requieren de fuerte soporte moral y de consenso social.

Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com

¿Cuáles son los desafíos que le plantean los avances científicos a la bioética?

—Cuando hablamos de bioética, nos referimos a todo lo relacionado con la vida y la salud humana y el modo en que debemos enfrentar temas que no existían en otras épocas. Es una lista que comienza incluso antes del nacimiento del ser humano —cuando tratamos cuestiones genéticas, manipulación de células madre o sobre los distintos modos de fecundación o inseminación artificial— y de lo que ocurre cuando el niño crece y avanzamos en el camino de la vida. Por ejemplo, con respecto a la donación de órganos o al tratamiento médico de las personas. Existen cuestiones muy problemáticas con la mala praxis, con el tratamiento equivocado o negligente. Y en el final de ese camino, los problemas de la eutanasia, de la definición de cuál es el momento de la muerte. Incluso cuando ya alguien murió, toda el "área post-mortem" y las indagaciones sobre las razones de la muerte. La bioética, y la ecobioética en particular, entienden que debe haber abordajes para cada una de estas importantes cuestiones que deben surgir de un tratamiento cuidadoso y reflexivo de las mismas.

Habla de bioética y de ecobioética. ¿Cuál es la diferencia?

—Sencillamente, el ser humano vive en un entorno del que es cada vez más difícil separarse o abstraerse, y entonces hablamos de la ecobioética, de nuestra responsabilidad sobre lo que pasa en todo el mundo; en el mar, en el océano, con los árboles, el aire, la contaminación, etc. Y cuando hablamos de personas no nos referimos solamente a los vivos, también a las próximas generaciones.

Usted plantea una serie de tópicos centrales y dilemas alrededor de esos tópicos. ¿Puede darnos uno, dos o tres ejemplos representativos?

—La dificultad no está tanto en los problemas sino en cómo abordar las respuestas. Porque cuando hablamos de ética nos referimos a cuestiones para las cuales no hay una respuesta absoluta. Y esto es algo que querría enfatizar. Por ejemplo, con la cuestión de la eutanasia. Una de las muchas preguntas es si un médico está autorizado a ayudar a alguien a poner fin a su vida si le pide que lo haga, o sea que no hablamos de un homicidio, sino de cumplir el deseo de alguien que va a morir en un lapso relativamente breve. No es capaz, por razones físicas, de hacerlo él mismo. Sufre dolor intensamente, los avances en la medicina y la tecnología médica permiten prolongar esa agonía y no ve ningún motivo por el cual seguir sufriendo si es posible ponerle fin. Entonces, muchos dirán: ¿por qué no se respeta su deseo?

Se han dado recientemente debates importantes sobre la eutanasia, con casos de muerte voluntaria o asistida en nuestro país y en España; y en Gran Bretaña, donde fracasó una iniciativa legislativa al respecto. ¿Cuál es su posición respecto del "derecho a morir" de las personas que están en condiciones de decidir no seguir viviendo?

—Hace muchos años escribí un libro y uno de los capítulos llevaba por título "Live Like a King, Die Like a King" ("Vivir como un rey, morir como un rey"). Encontramos loable que cada uno de nosotros pueda vivir su vida de una manera moral y correcta, ¿por qué no habría cada uno de tener también la posibilidad de ser respetado en la última etapa de su vida? Pero hay otro aspecto de esta cuestión, que es la sociedad. Porque no vivimos solos, hay gente a nuestro alrededor. Ante todo, los más allegados, esposas, maridos, hijos, padre, madre, etc. Y ellos desearían, tal vez, que uno siga viviendo.

Y las contradicciones con los preceptos religiosos, también...

—Por supuesto, y religiones para las cuales la vida de las personas es sagrada: "No se debe tocar la vida, no se debe acabar con la vida". Si yo formo parte de esa comunidad, es un problema, porque mi propio interés personal está en conflicto con el interés del resto de la sociedad. Respetarme a mí mismo es una cuestión ética. Respetar a la sociedad es también una cuestión ética. Allí hay un conflicto, un problema ético. Y cada sociedad debe encontrar sus propias respuestas a los dilemas éticos.

¿No existen, en su opinión, criterios universales válidos para todas las sociedades?

—Mi opinión es que no hay una única respuesta ética universal y correcta a los problemas éticos porque, como dije, las respuestas a los dilemas éticos dependen de cada sociedad; de su cultura, de la tradición, de la religión. Y creo que cada sociedad tiene el derecho a decidir por sí misma cuál es el modo moral máximo de navegar por nuestra vida y de regir nuestras conductas.

¿Estamos hablando de relativismo cultural?

—Exactamente.

¿Y cuál es entonces la respuesta del derecho y de la ética, sobre lo admisible y lo no admisible

—La relatividad. Porque siempre es muy importante obedecer nuestras exigencias éticas internas. Pero todo debería guiarse también por la ley del país y la ley del país decidirá y será aplicada por la gente de la comunidad. Esto no significa que no sea fundamental lo que se puede y se debe hacer en el terreno internacional. UNESCO, por ejemplo, está desarrollando un proyecto importantísimo para producir un programa elemental referido a lo que debe enseñarse en las facultades de medicina de todo el mundo. Entienden que no pueden dictar un tipo único de conducta. Por otro lado, desearían que se enseñara ética médica en todas las facultades de medicina y la base debería estar en casi 2.000 facultades de medicina del mundo entero. Por eso, han hecho algo muy interesante. Crearon un grupo de 7 profesores de siete partes del mundo, disciplinas distintas y culturas de los cinco continentes. Durante dos años, este grupo que se reúne cada dos meses en París debe elaborar un curso de 30 horas. Se han indicado 15 temas principales que deberían incluirse en estas 30 horas y para cada tema se reservan dos horas.

¿La idea es que surja de ese consenso una suerte de consenso mundial en la materia?

—Sí y no. Le doy un ejemplo. Hablamos sobre el "consentimiento informado" que debe haber entre paciente y médico. Decimos que debe existir algún tipo de colaboración entre tratante y tratado para que un tratamiento médico sea exitoso. El médico no debe ser paternalista, debe darle la información a alguien. Pero cada país podrá decidir, de acuerdo con su propia cultura y sus nor mas éticas, a quién debe dársela.

¿Qué tipo de regulación debe existir, por parte de los gobiernos, en temas de ecobioética?

—Quiero contarle lo que hicimos en mi país, Israel, y creo que es algo para pensar en cada país. Se creó un ente público, independiente del gobierno, al que llamamos "Unidad para las próximas generaciones". Cada nueva ley que se presenta como proyecto al Parlamento para su discusión y sanción tiene que pasar también por esta unidad. Y si las personas de esa unidad consideran que puede llegar a haber algo peligroso o perjudicial, nosotros pensamos que somos responsables no sólo por las personas de nuestra generación sino también por nuestros nietos, bisnietos y tataranietos. Y entonces se frena y se pide a los autores que la reconsideren y vean qué debe hacerse para evitar ese perjuicio.

Existe una particular vinculación en el Estado de Israel entre la religión y el Estado laico. ¿Ve a la religión como un factor que limita la libertad humana o que la promueve, a la hora de analizar cuestiones bioéticas?

—Creo que la religión es un factor fundamental en la cultura de la humanidad. Y diría que creo que en cada país, en cada comunidad, debe respetarse a la religión y a las personas religiosas, así como a las que no lo son. En Israel tenemos 10, 11 o 12 tribunales distintos para tratar temas como el matrimonio. Hay un tribunal para los judíos religiosos, tenemos 9 secciones para los cristianos, otros para los musulmanes y otros para los drusos. Cada minoría tiene su propio tribunal para decidir; tienen su derecho y respetamos su derecho. En un país cristiano, si la mayoría de la gente está por ejemplo en contra del aborto, y si yo pienso personalmente, como un filósofo ético, que hay que permitir el aborto, yo debo ser respetado por expresar mi opinión, pero la norma general debe ser democráticamente aplicada de acuerdo con lo que la mayoría quiere.

Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/05/28/z-03816.htm

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"El antisemitismo, aunque disfrazado, es todavía muy fuerte"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 22-05-2006 00:00:00

El análisis del rabino Abraham Skorka

Su pensamiento se articula sobre dos ejes: la búsqueda de la verdad y el valor del diálogo. “Dialogar significa salir del punto de vista de uno para entender al otro y regresar a la propia identidad después de haber hecho el esfuerzo por entender la ajena. Esta es la condición necesaria para crear una nueva realidad humana”, dice el rabino Abraham Skorka, rector del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer desde 1996 y profesor honorario de Derecho Hebreo en la Universidad de El Salvador.

“Si las religiones y los pueblos no aprenden a dialogar –vaticina–, seguiremos en un círculo de odio y guerras, porque el antisemitismo continúa, aunque ahora disfrazado de antisionismo.”

Doctor en Química, Skorka confía en la ciencia como instrumento para comprender el mundo. Hombre de fe y profesor invitado de Talmud en el Jewish Theological Seminary de Nueva York, admite que la verdad última está en manos de Dios. “Pero si queremos dignificar nuestra condición humana –advierte–, debemos buscarla sin tapujos, respetando la norma que me dice que yo no soy Dios.”

En su libro más reciente, “¿Hacia un mañana sin fe?”, reflexiona sobre la problemática del hombre contemporáneo, desde su doble condición de científico y líder espiritual. En buena parte de la obra, destaca la necesidad del "diálogo interreligioso en el que ninguna de las partes trate de cambiar a la otra, sino de comprenderla". Además, se adentra en el campo de la bioética, para abordar los desafíos que el avance de la medicina le plantea a la moral.

-¿Cuál es la postura del judaísmo respecto de la donación de órganos?

-Está totalmente permitido. Se pueden donar todos los órganos. Es más: hacerlo es una mitzvá, un acto de cariño respecto del otro.

-¿Se admite el uso de tejidos clonados con fines terapéuticos?

-Algunos bioeticistas de la Halajá, la ley tradicional judía, acuden a una figura de la literatura rabínica: el Golem, un antropoide, una suerte de ser humano imperfecto y artificial. Si un hombre va a morir por un cáncer de hígado, ¿por qué no salvarle la vida creando un nuevo hígado a partir de una célula clonada? El tema es que esa célula clonada tiene todos los elementos para crear un nuevo ser...

-¿También tiene alma?

-Esa es la gran discusión. Me incluyo entre quienes nos preguntamos en qué medida no estaríamos destruyendo un posible ser humano para salvarle la vida a otro, dado que lo que se hace es manipular un cigoto para formar tejido; si se lo implantara en un útero podría llegar a ser una persona. La gran pregunta es si eso es un golem o un ser humano en potencia.

-¿Acepta la ley religiosa judía la clonación de un ser humano?

-Clonarlo por clonarlo sería un acto de terrible egoísmo, y la vida consiste en abrirse al prójimo.

-¿Cuál es su postura respecto de las parejas homosexuales?

-Es cierto que la ley judía no lo acepta y que no podrían tener un casamiento religioso. Pero al leer esa ley con cuidado, se advierte que trata de tapar el tema. Yo interpreto que si dos hombres o dos mujeres adultos deciden vivir juntos, no tengo por qué adentrarme en la sexualidad de ellos. Considero que no debemos juzgar y que a esas parejas hay que ofrecerles los mismos derechos civiles que a las parejas heterosexuales, sin llegar a homologar esa unión con la institución del matrimonio.

-¿Se les debería reconocer el derecho a adoptar?

-Por respeto a los homosexuales, no quiero decir que no. Pero por respeto a los fundamentos de la cultura, tampoco puedo decir que sí. Freud y Levi-Strauss, que no eran religiosos, coinciden en que las prohibiciones sexuales son formadoras de la cultura. Un homosexual me dirá que habiendo tantas parejas que destruyen la vida de los chicos, por qué a ellos, que serían padres excelsos, se les impide adoptar. Mi respuesta es que ellos no deben olvidar que son parte de la sociedad y que si aceptáramos esto, estaríamos aceptando una cultura diferente. Cuando uno tiene enfrente a la pareja homosexual que quiere vivir el amor hacia un hijo, hay que buscar alternativas.

-¿Cuáles serían?

-Alguna suerte de paternidad respecto de chicos huérfanos, sin llegar a mostrarles una imagen donde papá y mamá son del mismo sexo. Podrían funcionar como dos tíos, por decirlo de algún modo.

-Usted destaca la apertura del papa Juan Pablo II hacia el pueblo judío. ¿Cree que logró frenar el antisemitismo en el mundo?

-El antisemitismo continúa. Actualmente se presenta disfrazado de antisionismo. Se critica exacerbadamente al Estado de Israel; no se quiere ver todo lo que él significa para el desarrollo de la espiritualidad judía. El Estado de Israel no es la resultante de la Shoah (Holocausto), porque se empezó a construir a fines del siglo XIX. Pero también es una respuesta a la Shoah. En Alemania, antes del nazismo, los judíos no eran tratados como ciudadanos de segunda; incluso muchos de ellos dieron la vida por Alemania en la Primera Guerra Mundial. Así y todo, estalló ese drama enorme y, como cuentan muchos sobrevivientes, de la noche a la mañana, el compañero de banco de la escuela los empezó a odiar. En la Argentina, los judíos sufrieron el golpe de Estado del 76 igual que sus hermanos no judíos, pero en los centros clandestinos de detención se los torturó más por el hecho de ser judíos. Esas lecciones hay que aprenderlas: el último resguardo que tiene el judío es el Estado de Israel. Alguien puede pensar que exagero, pero ¿quién hubiera imaginado que 60 años después de que se cerró Auschwitz habría manifiestos antisemitas como los que hay en la actualidad?

-¿Se refiere al presidente de Irán, que negó el Holocausto?

-Exactamente. El tendrá sus oscuras razones políticas para jugar así con la historia y con la sensibilidad del pueblo judío y la de todos los alemanes que aceptan lo que cometió el nazismo y lo investigan para que no vuelva a ocurrir. Recuerdo que en un acto de homenaje a Emilie Schindler, un miembro de la embajada de Alemania en la Argentina comenzó su discurso así: "Nosotros estamos unidos al pueblo judío a través de un drama; nosotros como verdugos y el pueblo judío como víctima". Ese alemán, dueño de la sensibilidad que hace falta para aceptar semejante cargo, tiene derecho a sentirse ofendido y a reclamarle al presidente de Irán: "Estás negando un drama que me pertenece como verdugo; estás negando un error que yo acepto".

-¿Hay algo que pueda hacer el mundo civilizado para frenar la acción de los terroristas suicidas?

-Sí, lo hay. Para cometer su acto, el terrorista necesita de una logística, que es la que hay que desarmar, negándoles ayuda económica a los regímenes que apoyan al terrorismo. De no haber ocurrido el lamentable atentado del 11 de septiembre, el drama de Israel no hubiera sido comprendido por Occidente. ¿Por qué sólo entonces se congelaron fondos y se rotuló como terroristas a ciertas organizaciones, si en Israel se atentaba diariamente contra los ómnibus desde mucho antes? Hay que preguntarse en qué medida Occidente antepuso sus intereses -tal vez, el precio del petróleo- a la vida de los individuos.

-¿Cómo conjuga su apuesta al diálogo con el muro construido por el Estado de Israel?

-El muro se construyó después de la Intifada, cuando Israel se estaba desangrando y había que hacer algo para contener los ataques terroristas. Guste o no, gracias al muro, los atentados disminuyeron; eso solo lo justifica. Desde un tribunal internacional en La Haya es muy fácil decir que Israel es culpable, puesto que en La Haya usted puede viajar en colectivo con la tranquilidad de que es muy improbable que lo hagan volar en pedazos. Además, el muro es un mensaje a los palestinos: lo vamos a destruir juntos en el momento en que haya diálogo. El muro es el símbolo de la falta de diálogo. Hay que zanjar las diferencias mediante reuniones en las que coincidamos en un punto: no se puede matar a nadie más. En Occidente, hay un ideal que es la democracia; Oriente aún no lo tiene. Allí, el único país democrático sigue siendo Israel.

-¿Cómo se ubica el hombre contemporáneo ante la fe?

-El hombre de nuestro tiempo tiene sed de espiritualidad, pero ha descartado las respuestas que generaron sus ancestros para paliar la angustia existencial y hasta ahora no ha podido crear respuestas nuevas. Como digo en mi libro "¿Hacia un mañana sin fe?", ese hombre que deshizo sus raíces y que hoy trata desesperadamente de revivirlas vio en Juan Pablo II a un anciano consumido por los padecimientos, pero erguido en su fe, el símbolo de un ideal perdido. Tal vez esa imagen inspire a los líderes de las distintas religiones para responder con hondura a las demandas espirituales de sus respectivas feligresías y para desarrollar un diálogo interreligioso sincero y humilde en el que ninguna de las partes trate de cambiar a la otra, sino de comprenderla.

Por Adriana Schettini
Para LA NACION

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"El antisemitismo, aunque disfrazado, es todavía muy fuerte"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 22-05-2006 00:00:00

El análisis del rabino Abraham Skorka

Su pensamiento se articula sobre dos ejes: la búsqueda de la verdad y el valor del diálogo. “Dialogar significa salir del punto de vista de uno para entender al otro y regresar a la propia identidad después de haber hecho el esfuerzo por entender la ajena. Esta es la condición necesaria para crear una nueva realidad humana”, dice el rabino Abraham Skorka, rector del Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer desde 1996 y profesor honorario de Derecho Hebreo en la Universidad de El Salvador.

“Si las religiones y los pueblos no aprenden a dialogar –vaticina–, seguiremos en un círculo de odio y guerras, porque el antisemitismo continúa, aunque ahora disfrazado de antisionismo.”

Doctor en Química, Skorka confía en la ciencia como instrumento para comprender el mundo. Hombre de fe y profesor invitado de Talmud en el Jewish Theological Seminary de Nueva York, admite que la verdad última está en manos de Dios. “Pero si queremos dignificar nuestra condición humana –advierte–, debemos buscarla sin tapujos, respetando la norma que me dice que yo no soy Dios.”

En su libro más reciente, “¿Hacia un mañana sin fe?”, reflexiona sobre la problemática del hombre contemporáneo, desde su doble condición de científico y líder espiritual. En buena parte de la obra, destaca la necesidad del "diálogo interreligioso en el que ninguna de las partes trate de cambiar a la otra, sino de comprenderla". Además, se adentra en el campo de la bioética, para abordar los desafíos que el avance de la medicina le plantea a la moral.

-¿Cuál es la postura del judaísmo respecto de la donación de órganos?

-Está totalmente permitido. Se pueden donar todos los órganos. Es más: hacerlo es una mitzvá, un acto de cariño respecto del otro.

-¿Se admite el uso de tejidos clonados con fines terapéuticos?

-Algunos bioeticistas de la Halajá, la ley tradicional judía, acuden a una figura de la literatura rabínica: el Golem, un antropoide, una suerte de ser humano imperfecto y artificial. Si un hombre va a morir por un cáncer de hígado, ¿por qué no salvarle la vida creando un nuevo hígado a partir de una célula clonada? El tema es que esa célula clonada tiene todos los elementos para crear un nuevo ser...

-¿También tiene alma?

-Esa es la gran discusión. Me incluyo entre quienes nos preguntamos en qué medida no estaríamos destruyendo un posible ser humano para salvarle la vida a otro, dado que lo que se hace es manipular un cigoto para formar tejido; si se lo implantara en un útero podría llegar a ser una persona. La gran pregunta es si eso es un golem o un ser humano en potencia.

-¿Acepta la ley religiosa judía la clonación de un ser humano?

-Clonarlo por clonarlo sería un acto de terrible egoísmo, y la vida consiste en abrirse al prójimo.

-¿Cuál es su postura respecto de las parejas homosexuales?

-Es cierto que la ley judía no lo acepta y que no podrían tener un casamiento religioso. Pero al leer esa ley con cuidado, se advierte que trata de tapar el tema. Yo interpreto que si dos hombres o dos mujeres adultos deciden vivir juntos, no tengo por qué adentrarme en la sexualidad de ellos. Considero que no debemos juzgar y que a esas parejas hay que ofrecerles los mismos derechos civiles que a las parejas heterosexuales, sin llegar a homologar esa unión con la institución del matrimonio.

-¿Se les debería reconocer el derecho a adoptar?

-Por respeto a los homosexuales, no quiero decir que no. Pero por respeto a los fundamentos de la cultura, tampoco puedo decir que sí. Freud y Levi-Strauss, que no eran religiosos, coinciden en que las prohibiciones sexuales son formadoras de la cultura. Un homosexual me dirá que habiendo tantas parejas que destruyen la vida de los chicos, por qué a ellos, que serían padres excelsos, se les impide adoptar. Mi respuesta es que ellos no deben olvidar que son parte de la sociedad y que si aceptáramos esto, estaríamos aceptando una cultura diferente. Cuando uno tiene enfrente a la pareja homosexual que quiere vivir el amor hacia un hijo, hay que buscar alternativas.

-¿Cuáles serían?

-Alguna suerte de paternidad respecto de chicos huérfanos, sin llegar a mostrarles una imagen donde papá y mamá son del mismo sexo. Podrían funcionar como dos tíos, por decirlo de algún modo.

-Usted destaca la apertura del papa Juan Pablo II hacia el pueblo judío. ¿Cree que logró frenar el antisemitismo en el mundo?

-El antisemitismo continúa. Actualmente se presenta disfrazado de antisionismo. Se critica exacerbadamente al Estado de Israel; no se quiere ver todo lo que él significa para el desarrollo de la espiritualidad judía. El Estado de Israel no es la resultante de la Shoah (Holocausto), porque se empezó a construir a fines del siglo XIX. Pero también es una respuesta a la Shoah. En Alemania, antes del nazismo, los judíos no eran tratados como ciudadanos de segunda; incluso muchos de ellos dieron la vida por Alemania en la Primera Guerra Mundial. Así y todo, estalló ese drama enorme y, como cuentan muchos sobrevivientes, de la noche a la mañana, el compañero de banco de la escuela los empezó a odiar. En la Argentina, los judíos sufrieron el golpe de Estado del 76 igual que sus hermanos no judíos, pero en los centros clandestinos de detención se los torturó más por el hecho de ser judíos. Esas lecciones hay que aprenderlas: el último resguardo que tiene el judío es el Estado de Israel. Alguien puede pensar que exagero, pero ¿quién hubiera imaginado que 60 años después de que se cerró Auschwitz habría manifiestos antisemitas como los que hay en la actualidad?

-¿Se refiere al presidente de Irán, que negó el Holocausto?

-Exactamente. El tendrá sus oscuras razones políticas para jugar así con la historia y con la sensibilidad del pueblo judío y la de todos los alemanes que aceptan lo que cometió el nazismo y lo investigan para que no vuelva a ocurrir. Recuerdo que en un acto de homenaje a Emilie Schindler, un miembro de la embajada de Alemania en la Argentina comenzó su discurso así: "Nosotros estamos unidos al pueblo judío a través de un drama; nosotros como verdugos y el pueblo judío como víctima". Ese alemán, dueño de la sensibilidad que hace falta para aceptar semejante cargo, tiene derecho a sentirse ofendido y a reclamarle al presidente de Irán: "Estás negando un drama que me pertenece como verdugo; estás negando un error que yo acepto".

-¿Hay algo que pueda hacer el mundo civilizado para frenar la acción de los terroristas suicidas?

-Sí, lo hay. Para cometer su acto, el terrorista necesita de una logística, que es la que hay que desarmar, negándoles ayuda económica a los regímenes que apoyan al terrorismo. De no haber ocurrido el lamentable atentado del 11 de septiembre, el drama de Israel no hubiera sido comprendido por Occidente. ¿Por qué sólo entonces se congelaron fondos y se rotuló como terroristas a ciertas organizaciones, si en Israel se atentaba diariamente contra los ómnibus desde mucho antes? Hay que preguntarse en qué medida Occidente antepuso sus intereses -tal vez, el precio del petróleo- a la vida de los individuos.

-¿Cómo conjuga su apuesta al diálogo con el muro construido por el Estado de Israel?

-El muro se construyó después de la Intifada, cuando Israel se estaba desangrando y había que hacer algo para contener los ataques terroristas. Guste o no, gracias al muro, los atentados disminuyeron; eso solo lo justifica. Desde un tribunal internacional en La Haya es muy fácil decir que Israel es culpable, puesto que en La Haya usted puede viajar en colectivo con la tranquilidad de que es muy improbable que lo hagan volar en pedazos. Además, el muro es un mensaje a los palestinos: lo vamos a destruir juntos en el momento en que haya diálogo. El muro es el símbolo de la falta de diálogo. Hay que zanjar las diferencias mediante reuniones en las que coincidamos en un punto: no se puede matar a nadie más. En Occidente, hay un ideal que es la democracia; Oriente aún no lo tiene. Allí, el único país democrático sigue siendo Israel.

-¿Cómo se ubica el hombre contemporáneo ante la fe?

-El hombre de nuestro tiempo tiene sed de espiritualidad, pero ha descartado las respuestas que generaron sus ancestros para paliar la angustia existencial y hasta ahora no ha podido crear respuestas nuevas. Como digo en mi libro "¿Hacia un mañana sin fe?", ese hombre que deshizo sus raíces y que hoy trata desesperadamente de revivirlas vio en Juan Pablo II a un anciano consumido por los padecimientos, pero erguido en su fe, el símbolo de un ideal perdido. Tal vez esa imagen inspire a los líderes de las distintas religiones para responder con hondura a las demandas espirituales de sus respectivas feligresías y para desarrollar un diálogo interreligioso sincero y humilde en el que ninguna de las partes trate de cambiar a la otra, sino de comprenderla.

Por Adriana Schettini
Para LA NACION

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"Lo único que quieren las fuerzas de ocupación es salir de Irak"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 21-05-2006 00:00:00

ENTREVISTA A ROBERT FISK, PERIODISTA Y CORRESPONSAL EN ORIENTE MEDIO

Afirma que los invasores de Irak están hoy casi acorralados y en probable paridad con los insurgentes. Concluye que los árabes perdieron el miedo a resistir y que el proyecto norteamericano aparece agotado.

Eleonora Gosman. SAN PABLO CORRESPONSAL.
egosman@clarin.com

Qué va a pasar con Irak cuando Estados Unidos se retire? ¿Qué va a pasar con los sunitas, los shiítas y los kurdos? ¿Usted piensa que la posguerra será de desunión?

—¿Por qué la gente siempre divide a los iraquíes en sunitas, shiítas y kurdos? No es una sociedad sectaria sino tribal. Esto es, hay casamientos entre los distintos grupos. En Samarra fui al consultorio de un médico que era un musulmán sunita. Pero el hombre había sido muerto ese día durante una cirugía; probablemente, fue asesinado por militantes shiítas. Después del funeral, en la casa de la familia del médico, compartí la comida fúnebre. Conversando con el hermano, le pregunté: "¿Usted cree que habrá una guerra civil?" El hermano del médico me respondió: "¿Por qué ustedes los occidentales quieren una guerra civil entre nosotros?" Y luego continuó: "Yo me casé con una shiíta y no quiero matar a mi mujer. Alguien quiere una guerra civil. Yo no creo que los sunitas estén quemando las mezquitas de los shiítas ni que los shiítas estén quemando las mezquitas de los sunitas". Ahora bien, los americanos continúan diseñando esos mapas: shiítas, sunitas... Sin embargo, no se hace eso con Washington: no se la divide en área blanca y área negra. En Oriente Medio siempre se apunta a lo que divide, no a lo que une. Por ejemplo, existe un Estado kurdo; con bandera kurda, lengua kurda. Es obvio que se los alienta a tener su propio proyecto de Estado.

# ¿Sugiere que es deliberado?

—No creo que George Bush se siente con Dick Cheney a discutir cómo van a dividirlos. En realidad, en Occidente es un hábito dividir a los árabes. Esto viene de hace tiempo: tengo una guía turística de 1874 en francés, sobre Tierra Santa, que incluye Siria, Líbano y Palestina. Ya entonces el pueblo era dividido en sunitas, shiítas, cristianos, judíos.

# ¿Puede haber un interés de las potencias occidentales de incentivar esa división, en función de definir cómo será la posguerra en Irak?

—Si usted incentiva a que los shiítas tengan su Estado, o que los sunitas tengan el suyo, como también los kurdos, está claro que será más fácil llegar a acuerdos por el petróleo con cada uno de esos estados, de esos pequeños grupos de poder. Es mucho más fácil que hacer un contrato petrolero con un país grande. Nosotros sabemos que las empresas petroleras europeas han comenzado a reunirse con líderes de la insurgencia para acordar los contratos para después de la salida de los norteamericanos. Una de esas petroleras, justamente, fue la que me puso en contacto con líderes de la resistencia, verdaderos militantes. Uno de ellos fue el hombre que comandó la defensa de Fallujah en noviembre del año pasado: un top man, uno de los jefes principales. Y quien me dio el teléfono de este dirigente fue precisamente un ejecutivo de una petrolera.

# ¿Cómo cree que será la partida de Estados Unidos e Inglaterra? ¿Será ordenada o habrá una evacuación apresurada como en Vietnam?

—Muchos soldados americanos y británicos van a morir todavía antes de que las tropas se vayan. La insurgencia tiene cerca de 40.000 hombres y si los shiítas se unen a los sunitas podrán ser 200.000. Equivale exactamente al número de las fuerzas de ocupación. Los ocupantes se concentran hoy en verdaderas fortalezas —son bunker de acero y concreto— y viven debajo de la tierra. Los británicos, por ejemplo, en Al-Amara reciben frecuentemente la comida tirada desde aviones que vuelan a gran altura. Si esta es la llamada ocupación de Al-Amara, pienso que ya se acabó. Ellos dicen que controlan la ciudad porque tienen un acuerdo con los grupos armados que les permiten hacer una patrulla británica una vez por día, por la tarde. Después de la ronda, los soldados vuelven y se esconden otra vez en sus bunker. Es por eso que resulta difícil encontrar a los americanos: están todos escondidos en sus fortalezas, bajo tierra. Hace unos años, visité un castillo de los Cruzados en el Líbano y me detuve a observar cómo había sido construido. La única manera que se tiene de ver la ciudad es a través de una rendija en el muro que era usada por los arqueros para disparar las flechas. Hoy, si usted va a la "Zona Verde" de Bagdad y mira hacia los orificios por donde salen los caños de la ametralladora, lo único que consigue distinguir es una pequeña parte del camuflaje del soldado. Un historiador libanés, que trabajó sobre textos árabes, señaló que los cruzados eran atacados por hombres llamados hashashins que venían de Irán y que pasaban por Bagdad. Eran guerreros suicidas, que se tiraban encima de los cruzados sabiendo que iban a morir. Como ve, es una práctica antigua.

# ¿Cómo imagina que será la posguerra de Irak?

—La visión de los americanos sobre Oriente Medio es que los sunitas los combaten en Irak porque quieren que los americanos salgan. Eso está claro, pero los sunitas van más allá; apuestan a que si ellos consiguen expulsar a los americanos de Irak, podrán decir que son los líderes del país. Luchan no sólo contra los norteamericanos sino también para conseguir el crédito de ser quiénes los expulsen. Cuando los americanos salgan, los sunitas permanecerán. Por eso, los sunitas están pensando no sólo en la próxima página sino en las dos o tres páginas siguientes. Cuando el Frente de Liberación Nacional luchaba contra los franceses en Argelia, también luchaba para tener el poder después que los franceses se fueran. Y todavía hoy están en el poder. En cambio, las fuerzas de ocupación todo lo que quieren es salir lo más rápido posible de allá.

# ¿Qué fue lo que cambió en el mundo después del 11-S, la invasión de Afganistán y la de Irak? ¿Es posible comparar su impacto con el que produjo la caída de la Unión Soviética?

—Los iraquíes me decían en Bagdad: "Señor Fisk, ¿por qué los militares norteamericanos, marines, soldados o cualesquiera otros, están en Kazajstán, Uzbekistán, Afganistán, Turquía, Jordania, Egipto, Argelia —ellos tienen algunas fuerzas especiales en el sudeste del desierto argelino— Omán, Yemen, Kuwait, el sur de Arabia Saudita, Katar, Bahrein? ¿Por qué están en esos 13 países?" Entonces, analizaban: "Es una cortina de armas que va desde Turquía hasta la frontera de Somalia. Y llega también a Pakistán. Si usted proyecta esa cortina de armas, ésta envuelve también a Groenlandia, Gran Bretaña, Alemania, Yugoslavia, Bosnia, Grecia y se cierra nuevamente en Turquía". Esto es, va desde el Artico hasta Africa Central. De hecho, se trata de la cortina de armas que había sugerido Winston Churchill para contornear a los soviéticos. Hoy, la pregunta es qué está del otro lado de ésta: India, China y Rusia. Eso es lo que cambió.

# ¿Estados Unidos tiene fuerza suficiente para atacar a Irán?

—No. Por tierra, no. Pueden tirar bombas desde aviones. Pero no tienen capacidad para sostener una invasión por tierra. Y eso es por causa de Irak. Yo conversé en forma privada con un oficial sirio muy influyente de Damasco, que me dijo: "Nosotros vamos a combatir cualquier invasión. Estamos, además, contra la invasión de Irak. Pero nosotros nos salvamos gracias a la insurgencia en Irak. Cuando los americanos ocuparon Bagdad no sabíamos si los tanques irían a girar hacia derecha o hacia izquierda". Ese oficial sabe ahora que no van para ningún lugar. El proyecto americano se agotó en Irak.

# ¿Cómo cree que impacta la resistencia en Irak en las comunidades islámicas que viven fuera de Oriente Medio?

— A los musulmanes no les gusta que otros musulmanes sean asesinados. Millones de ellos sienten que su fe está atacada. Y toda vez que hablamos de choque de civilizaciones y publicamos caricaturas del profeta Mahoma arriba de una bomba, lo que hacemos es probarles que tal ataque existe. Por eso, no puedo defender las caricaturas ni creo que haya sido correcto el haberlas publicado.

# ¿Qué cambios destaca en Oriente Medio desde que usted comenzó a cubrir la región, hace 30 años?

—El mayor cambio es que los árabes no tienen más miedo. ¿Quién iba a creer que iba a surgir la resistencia en Irak? ¿Quién iba a pensar que ese mismo pueblo que estuvo bajo el yugo de Saddam Hussein iría a combatir a la superpotencia? Los líderes y el pueblo no tienen más miedo, no están preocupados si los torturarán o los matarán. Eso no es necesariamente algo bueno. Pero van a luchar y eso antes no ocurría.

Copyright Clarín, 2006.

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"La política exterior la manejan los vecinos de Gualeguaychú"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 15-05-2006 00:00:00

La mirada del sociólogo Vicente Palermo

Obsesionado por la instalación de las fábricas de pasta celulósica en la costa uruguaya, que han despertado de su letargo a la comunidad de Gualeguaychú, Vicente Palermo, un sociólogo para quien la investigación del origen de los conflictos es el pan de cada día, afirma que hay un aspecto poco iluminado, como es el de la preparación, el preludio de la controversia entre Uruguay y la Argentina.

“La cosa –dice– no empezó aquí, sino en Fray Bentos.” Explica que, ya en 1998, activistas del Frente Amplio, militantes políticos, sindicalistas y hasta una organización ambientalista del departamento uruguayo de Río Negro, al que pertenece la ciudad, se venían preocupando por el anuncio de la instalación de industrias de este tipo. “Viendo que el impacto ambiental podía ser negativo y que el gobierno uruguayo buscaba crear fuentes de trabajo por medio de las plantas –detalla–, en 2002 resolvieron sensibilizar a la población de Fray Bentos y de Gualeguaychú. Y esto es muy importante, porque por esa iniciativa Gualeguaychú comenzó a inquietarse por la instalación de las fábricas.”

Palermo comenzó a estudiar sociología cuando estaban en pleno desarrollo las llamadas cátedras nacionales. Una carrera cuyo estudio ralentó mientras intervenía en actividades políticas y después tuvo que acelerar para recibirse antes de que el ministro Oscar Ivanisevich la cerrara. Para completar su formación, hizo un posgrado en la Universidad Complutense, de Madrid. "Pero -dice- lo que estaba necesitando era involucrarme en una investigación de largo aliento." De ese impulso surgió su primer libro, "La democracia interna en los partidos políticos argentinos", sobre las elecciones internas del peronismo y el radicalismo en 1983, y, más tarde, ya incorporado al Conicet como investigador, "Democracia interna en los partidos", editado por el Instituto de Desarrollo Económico y Social. Su texto más reciente es "La dictadura militar 1976-1983", para la colección Historia Argentina de la editorial Paidós.

-¿Cómo era el panorama en relación a las plantas papeleras, en un principio?

-Hasta fines de 2004 era muy diferente del actual. Se enfrentaban ambientalistas y productores, sin distinción de países. Hoy los que se movilizan son los ambientalistas de Gualeguaychú por lo que consideran una falta de respuesta del gobierno argentino: temen ser convertidos en el pato de la boda. La situación cambió cuando, convencidos de que el gobierno argentino no los atendía, pasaron a tomar medidas de fuerza. Fueron de la protesta al bloqueo temporario de los puentes. La Asamblea Ambientalista, se constituyó a principios de 2005, y el panorama se volvió muy negativo.

-¿En qué forma?

-Las líneas de conflicto se refuerzan unas con las otras, en lugar de neutralizarse. Hay ahora una situación en la que predomina el ambientalismo por parte de los argentinos y una posición productora de parte de los uruguayos. Esto no sólo es falso, sino que tampoco es cierto que no haya un argentino que piense de otra forma. Aunque, en general, los que lo hacen temen decirlo, porque salir al cruce de una causa considerada nacional es muy difícil.

-¿Cómo se llega a esto?

-Creo que porque en determinado momento los vecinos sintieron que no eran atendidos por el gobierno nacional. Hay dos cuestiones. En primer lugar, los gobiernos se ocupan de los temas con los recursos que tienen a disposición, y con relación a las cuestiones ambientales, la Argentina no tenía ni tiene una política al respecto, y no es porque carezca de técnicos competentes, los tiene pero sin utilizarlos. Ese vacío institucional de la Argentina empobrece la capacidad de acción de las autoridades representativas. En segundo lugar, hay una tendencia optimista a no actuar preventivamente, con la esperanza de que los problemas se resuelvan solos y en el momento oportuno. Después, los problemas estallan y hay que movilizarse.

-Se dice que el Uruguay no cumplió con el estatuto.

-Eso es parcialmente cierto, porque el Uruguay se resistió, no a cumplir con el estatuto del río Uruguay, sino a considerarse obligado por él a que, en situación de desacuerdo, se tuviesen que implementar los casos previstos. Pero la Argentina aceptó esto.

-¿Por qué no quisieron?

-Uruguay no quiso porque intuyó que el peligro podía ser que se atara de pies y manos a un conflicto interminable, que terminaría en La Haya, y que finalmente se quedarían sin las fábricas.

-¿No se hicieron evaluaciones ambientales?

-Las empresas hicieron evaluaciones del impacto ambiental, que son de conocimiento público, y fue sobre la base de ellas que los vecinos de Gualeguaychú pensaron que era razonable pedir que se detuvieran. Esta consideración no es ni buena ni mala, no es un crimen y es perfectamente aceptable que autoridades nacionales acepten una cosa y residentes y ambientalistas decidan otra.

-¿Quién impulsó a los habitantes de Gualeguaychú?

-Cuando los vecinos percibieron que todo transcurría sin que lo pudieran controlar, decidieron actuar directamente. Tomaron medidas de fuerza sobre Uruguay, afectando a ciudadanos de otro país, de una comunidad que no es la nuestra, con el propósito de ganar capacidad de presión sobre el gobierno argentino. Eso polarizó la situación. Las voces uruguayas con dudas en relación a las plantas se callaron, y en las dos escenas políticas la voz más escuchada fue la de la causa: en la Argentina la causa nacional ambientalista, y en Uruguay la causa nacional productora. Lamentablemente, lo que se produjo fue que los que tenían otras posiciones serían relegados a un rincón. En esas circunstancias las autoridades políticas cometieron otro error, porque pasaron de la subrepresentación de la crisis a la hiperrepresentación. Los entrerrianos encontraron un filón político, porque es una buena oportunidad para ganar respaldo popular; otros, como las autoridades nacionales, para no quedar descolocados.

-¿Es cierto que cuando las empresas exploraban el terreno, antes de aceptar la propuesta uruguaya, estuvieron analizando una oferta de Gualeguaychú con el gobernador Jorge Busti?

-Sé que las empresas consideraron la posibilidad de instalarse en la Argentina. Pero es poco probable que esas negociaciones hubieran avanzado, porque Uruguay tiene una política forestal de incentivos desde fines de los años 80. Es una política muy generosa, que establece reglas de juego muy favorables para las empresas y la instalación ha tenido que ver básicamente con eso.

-Se sabe que en Entre Ríos también hay una política de forestación muy importante, pensando en la instalación de las papeleras.

-Sí, hay políticas forestales en Entre Ríos, pero no son tan amplias como las uruguayas desde el gobierno de Jorge Batlle. Ahora, el gobierno del Frente Amplio la está revisando, acomodando, porque tampoco la puede revertir. De cualquier manera, Botnia y ENCE están forestando desde hace años, porque las fábricas se localizan, por razones de costo, cerca de donde está el insumo principal, que son precisamente los árboles. Uruguay estableció incentivos muy jugosos para la forestación, pero dejó al mercado las opciones para la segunda fase. ¿Qué hacer? ¿Producir madera para muebles o para pasta celulósica? Esas son decisiones que vienen después, pero eran empresas que habían comprado mucha tierra y venían forestando, era bastante lógico que fueran a dedicarse a la producción de pasta de celulosa.

-¿Y esto cómo sigue, hay alguna forma de solución?

-Hay perspectivas positivas y negativas. Creo que hay que evitar el caer en nuevas trampas, como en las que hemos caído, donde hay un nacionalismo ambiental de un lado y un nacionalismo productor del otro. Una cuestión principal es que sean escuchadas las voces que tienen posiciones intermedias. Hay cosas que no hay que hacer: la Argentina no tiene que insistir en las evaluaciones del impacto ambiental, porque ni la Argentina ni el Uruguay tienen que llevar a una vía judicial la resolución de esta controversia. Negociar es algo muy diferente a decir que, como no nos ponemos de acuerdo, lo llevamos a un tribunal del Mercosur o de La Haya.

-¿Por qué no?

-Porque esas evaluaciones ya están hechas y lo que hay que hacer es tomarles la palabra a las empresas, para garantizar ese compromiso y crear con el Uruguay fuertes instancias institucionales de seguimiento y control. No es fácil ese seguimiento, los esfuerzos tienen que ser concentrados allí. No ganamos nada con una evaluación de impacto ambiental, que va a ser recusada por una de las partes. Ni ganamos nada con que en este conflicto los jueces le den la razón a uno y en otra instancia judicial se la quiten, porque va ser un juego de suma cero. No le conviene a la Argentina ni al Uruguay tener un ganador o un perdedor. Tenemos que ganar los dos y para eso hay que negociar.

-¿Qué pasa con las plantas de este tipo que tiene la Argentina?

-La existencia de las plantas argentinas debería ser un disuasivo en cuanto a incurrir en el nacionalismo declamatorio, en el dramatismo, en la tendencia tan espectacular al nacionalismo regionalista y vecinalista.

-Por lo menos, se llama la atención sobre el problema ambiental, en la Argentina.

-Eso es bueno, porque se está creando una conciencia al respecto, un antes y un después, y eso hay que saludarlo. Es muy positivo que exista una preocupación vecinal preventiva. Es verdad, la Argentina tiene plantas que son contaminantes y, al mismo tiempo, una actitud exigente para las plantas de su vecino. Eso debería comprometerla a desarrollar su propia política ambiental hacia adentro, a fortalecer sus instituciones de control, mucho más de lo que lo está haciendo. Hay, además, una dimensión republicana ausente y que parece que a muy poca gente le importa, y es que los vecinalistas empleen el recurso de afectar derechos para ganar capacidad de presión. Eso, de por sí, es bastante peligroso. Se puede entender que los vecinalistas lo hagan, pero no que consigan la colaboración de los poderes públicos, porque es más grave.

-Los uruguayos han dicho que a esas plantas las necesitan y no las van a parar, porque tienen responsabilidades muy fuertes en el exterior.

-Es por eso que la posición argentina tendría que ser: sí a las plantas, pero controladas, tomándoles estrictamente la palabra a las empresas. Con la situación actual se cree que se gana tiempo, pero ganar tiempo, cuando no se sabe estrictamente para qué, equivale a perderlo. Si se sigue pensando en evaluaciones de impacto ambiental, en llegar a una instancia de resolución judicial, se cometen errores políticos, cuando la vía más adecuada es la negociación, que no va a dejar conforme, desde luego, a las dos partes. Es imposible una ecuación que satisfaga a ambos.

-¿Hay alguien en el gobierno que no se oponga a las plantas?

-He entrevistado a vecinalistas y reconocen que hay un funcionario de la Cancillería que está en la cuestión y su posición no es contraria a las plantas, es favorable al control. Pero los vecinalistas le dicen al doctor Oyuela que, aunque su posición técnicamente es perfecta, ellos tienen que tener una sola posición: ¡no a las plantas! Esto Gualeguaychú lo tiene que volver a tratar.

-Un lector de LA NACION dijo que la mejor manera de sensibilizar a una comunidad es haciéndole vibrar la fibra nacionalista.

-Claro, la gente se siente entonces en una gesta que nunca se imaginó, y no quiere abandonarla, quiere llegar al triunfo, y en esa situación no se piensa bien en nada. Llegada esa instancia es muy difícil retroceder. Cuando me enteré de que los vecinos de Fray Bentos iban a movilizarse en apoyo a las plantas, intuí que iba a aparecer la cuestión Malvinas; al día siguiente, con una gran ironía, pusieron estos carteles: "Las Malvinas son argentinas, las plantas son uruguayas", que demuestran que nos conocen muy bien.

-¿Cómo, de golpe, se planteó todo esto?

-Busti apareció dándole un aire impresionante a Gualeguaychú con este asunto. Cuando le pidió a Kirchner que lo apoyara, el Presidente le dijo que no, que eso había que frenarlo. Pero Busti ya no los pudo parar. Entonces Kirchner tuvo que recibir a los ambientalistas y Bielsa, que también estuvo con ellos, los felicitó diciendo que eran un ejemplo para emular. Esto lo hizo cuando estaban cortando los puentes. Así, la política exterior la manejan los habitantes de Gualeguaychú.

-¿El Gobierno está más preocupado por las encuestas de opinión que por lo que debe hacerse?

-No lo sé, pero sí sé que el Presidente se tiene que pronunciar. Por ejemplo, Charles De Gaulle dijo que había que darle la independencia a Argelia. En la Argentina fue el caso del Beagle, con Raúl Alfonsín: había que resolverlo porque el interés nacional era asegurar la paz con Chile. Me parece que hay situaciones excepcionales en las que el Presidente se tiene que pronunciar, porque es el jefe de la Nación y no puede eludir una posición cuando hay un interés nacional como es la paz con Uruguay. Tiene que decir algo al respecto. Hay quienes afirman que lo más importante para el interés nacional es que la Argentina muestre, de una vez por todas, que sabe sujetarse a la ley, y no que si tiene un problema viola la ley.

-¿Los procesos industriales son todos contaminantes?

-Todo proceso industrial contamina, un poco más o un poco menos; se hacen niveles de control, pero siempre contaminan. ¿Queremos un proceso industrial o no lo queremos? Si lo queremos, tratemos de controlarlo lo mejor posible. En Alemania también hay contaminación, claro que ahora menos que antes. Nuestras fábricas de pasta celulósica también, sobre todo la primera, Celulosa de Puerto Piraí, que es la más contaminante.

-¿Qué puede ocurrir ahora?

-Estas fábricas van a funcionar según los compromisos de las empresas, con un sistema de bióxido de cloro, no cloro puro, que es el sistema que está más extendido en el mundo. El 70% de las plantas de celulosa del mundo utiliza este sistema y, según las mediciones disponibles, los niveles de contaminación son menores a los permitidos. Midamos ahora la presencia de bioxina en el río y midámosla continuamente, para ver la diferencia cuando funcionen las plantas. Las fábricas, como todas las empresas grandes, si pueden eludir gastos lo van a hacer, de manera que hay que controlarlas siempre.

Por Hugo Gambini
Para LA NACION

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"El lector proyecta su presencia dentro del texto de ficción"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 14-05-2006 00:00:00

ROGER CHARTIER, HISTORIADOR

A lo largo de la historia, las prácticas de la escritura y la lectura tuvieron múltiples significaciones y formas. En la actualidad, la tecnología digital permite leer y escribir en una misma superficie.

Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com

En el siglo XVIII, con novelas como las de Goethe y de Rousseau, se habría producido una revolución en la lectura. ¿Qué cambió en el modo de leer; qué provocó un sortilegio ante los libros?

-Algunos historiadores consideraron que después de 1750 aparece una nueva forma de lectura, que se apodera de más textos, los lee con una distancia crítica, y porque ya la lectura no era solamente de libros sino también de panfletos, libelos, periódicos. A este tipo de lectura extensiva se la llamó revolución de la lectura, y se la oponía a lectura intensiva que era el modelo de la lectura tradicional: pocos textos, leídos y releídos, memorizados y reverenciados. Otros historiadores piensan que no hubo revolución y que las formas de lectura intensiva y extensiva existieron desde el Renacimiento. Efectivamente, un lector humanista del siglo XVI leía con intensidad algunos textos pero leía muchos libros e iba de uno a otro. Por otro lado, en el siglo XVIII la novela supone una lectura particularmente intensa. El lector lee y relee la misma novela, incorpora el texto dentro de su pensamiento, de sus afectos, proyecta su presencia dentro del texto de ficción. Así, no se pueden oponer rígidamente los dos modelos, que describen tipos de lectura que el mismo lector puede practicar en distintos momentos frente a diversos textos.

# ¿La lectura intensiva tiene huellas de la lectura de la Biblia?

-Sería como un desplazamiento de la lectura más intensiva posible, que era en los países protestantes la lectura de la Biblia. Esa lectura de la Biblia que se hacía dentro de la familia en voz alta, o que cada uno de los cristianos debía hacer, fue por empezar una práctica de los calvinistas, de los puritanos y de los "pietistas". Y progresivamente apareció la conquista de los luteranos por este modelo. Luego hubo un desplazamiento hacia una serie de textos de ficción de una práctica de la lectura que se había cristalizado alrededor del texto sagrado. Lo que puede explicar por qué en el siglo XVIII hay toda una transferencia del vocabulario de la religión a la lectura y la escritura. Además, el escritor va a desempeñar el papel del clero. Junto al desplazamiento de las prácticas de la lectura religiosa a textos de ficción, algunos escritores se transforman en guías de la humanidad. Quizá Rousseau sea el primero en Francia.

# Jamás se han editado tantos libros como en nuestra época. Esta abundancia, ¿afecta el valor del libro y el modo de leer?

-Pienso que sí. Con la multiplicación de los títulos y la posibilidad de publicación electrónica existe la idea de temor frente al exceso, ante lo indomable de una producción que nadie puede evidentemente leer, ni siquiera controlar. Una consecuencia es hacer más difícil una jerarquización entre los textos que pueden producir un efecto sobre los pensamientos o los sentimientos y los que evidentemente no tienen la misma fuerza. También afecta a la lectura. La paradoja es que hoy en día los discursos lamentan, por un lado, la desaparición de la lectura y, por el otro, la multiplicación de los libros.

# La escritura fue clave para la conformación del espacio público. ¿Hoy qué papel cumple?

-El espacio cívico del debate supone instituciones para hacerlo y evidentemente esto es un desafío para las sociedades modernas donde los individuos se encuentran aislados. No tenemos la tra ma de clubes, salones, sociedades de lectura que definían el siglo XVIII. Efectivamente, no sabemos, tenemos dudas de que la circulación de lo escrito sea la base de la discusión pública. Esto supondría que la práctica editorial, las ferias del libro, las librerías, las bibliotecas puedan tener un papel en la reconstrucción de la circulación de lo escrito en lugares donde se intercambian palabras vivas a propósito de la ficción, las ideas, los ensayos, la historia. En los últimos años hemos visto que las librerías organizan con más frecuencia presentaciones de libros, las ferias del libro permiten una forma de acercamiento de los lectores —u oyentes— a la cultura escrita, y que las bibliotecas —lejos de desaparecer tal como se había prometido por la circulación digital de los textos— refuerzan su papel de reorganizar la palabra viva alrededor de la cultura escrita. Sería una respuesta optimista a diagnósticos pesimistas.

# El avance de nuevos medios que ponen el acento en la imagen, ¿puede provocar el declive del placer de la lectura?

-La imagen siempre ha acompañado la cultura escrita y en la historia del libro la presencia de las imágenes fue fundamental. En el XVIII se fortalece la idea según la cual la imagen muestra lo que el texto no puede enunciar. Hoy en día el desafío de la imagen es diferente, pero debemos también considerar que las pantallas del presente (salvo en el cine y en la televisión donde hay imágenes puras, sin texto, excepto el oral) no únicamente de textos, pero multiplican la presencia del texto. Por otro lado, se puede ver en las técnicas de lectura del texto digital una forma de zapping, de discontinuidad, de secuencias breves.

# ¿Qué relación produce la computadora con la escritura?

-Por primera vez es la misma superficie, es el mismo objeto sobre el cual se escribe y se lee. Hoy podemos aprovechar tres maneras fundamentales de inscribir escritura sobre un soporte: manuscrita, impresa y electrónica. Y no sé cuál podrá ser el futuro de los conflictos entre estas formas, pero lo que me parece es que hoy en día hay como un equilibrio, una negociación que se organiza inconscientemente entre estas diversas formas.

# ¿De qué modo se organiza?

-Por ejemplo, la escritura manuscrita tiene como herencia la idea de una relación más personal con el otro y puede tener el peso de la autenticidad. Y la dimensión jurídica de la firma autógrafa o del documento manuscrito sigue estando muy presente. La forma de la lectura frente al libro impreso tiene una herencia de muy larga duración porque la forma del libro tal como la conocemos no fue inventada por Gutenberg, sino que apareció en los primeros siglos de la era cristiana con el códice, es decir un libro compuesto por hojas dobladas. Nuestro mundo hasta la computadora era uno en el que había una serie de jerarquías paralelas, es decir diversos tipos de objetos: libros, periódicos, cartas y géneros textuales que correspondían a estas formas y a los usos de los lectores. Si la gran revolución de la computadora es el permitir leer y escribir en la misma superficie, también lo es —y no sé si es algo positivo o negativo— la idea de que todos los géneros textuales aparecen sobre el mismo objeto en la misma forma.

# ¿Se establece una continuidad que borra las diferencias entre distintos objetos textuales?

-La diferenciación que establecía un libro, un cuaderno, una carta, un periódico, una revista, etc. se plantea de otro modo en el mundo electrónico, con lo que delimitar la unidad de cada texto es también una práctica muy diferente. Y es, me parece, un desafío, porque puede borrar las diferencias entre textos de ficción y textos de saber, o textos de falsificación y textos que tienen una autoridad científica.

# ¿Por qué amamos al libro?

-Por un lado existe un amor por los textos: es la idea de que algunos libros, y no todos, contribu yen a la construcción del espacio público, pueden tener una fuerza crítica, definen una manera de viajar a países desconocidos. Si los textos tienen una existencia material, el lector no es una mente desencarnada. El lector realiza una práctica que supone gestos, lugares, objetos, hábitos, y efectivamente estos gestos, hábitos o lugares cambian. Debemos pensar que hay como una encarnación de los textos en formas que los conllevan y hacen circular, y al mismo tiempo que el lector no es un ser abstracto, que es un ser que implica la totalidad de la afectividad o el cuerpo mismo. Y las relaciones del cuerpo con el libro cambian cuando se va del rollo de la antigüedad al códice, o del códice a la pantalla. Y es la doble dimensión del libro y la lectura la que en el siglo XVIII fue el objeto de reflexión y algunas veces de temores y otras de alabanza. La dimensión de la lectura involucra la afectividad entera en la relación con el texto y de ahí que en las novelas de ese siglo, como las de Richardson y de Goethe, y en la novela más que en otros géneros, esta presencia del lector, del cuerpo del lector, de la afectividad del lector, se encontrara con tanta fuerza.

COPYRIGHT CLARIN, 2006.

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El vigilante del mundo

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 11-05-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

No se trata ya de meros “ataques preventivos” contra los países malvados: después de tres años de trabajo, el Comando de Operaciones Especiales de EE.UU. (Socom, por sus siglas en inglés) ha completado un plan de intervenciones militares clandestinas en naciones con las que no está en guerra y que no constituyen peligro alguno para su seguridad nacional. Es un plan de carácter planetario y, como dijera Colin Powell después del 11/9, “perseguiremos al terrorismo donde sea que se encuentre”. Para el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, es un designio de la más alta prioridad.

El Socom tiene su sede en Tampa, Florida; su jefe es el general Doug Brown, su presupuesto ha crecido abruptamente hasta alcanzar los 8 mil millones de dólares para el año fiscal 2007 y “está a cargo de la lucha global contra el terrorismo”, según se testimonió ante la Cámara de Representantes en marzo pasado. Ha enviado ya grupos de tareas poco numerosos de boinas verdes y otras tropas especiales a las embajadas estadounidenses de 20 países de Medio Oriente, Asia, Africa y América latina con la misión de espiar y planificar operativos contra blancos pasibles de futuras acciones de comando (The Washington Post, 23-4-06). No necesitan la aprobación de los embajadores para realizarlas. La política exterior de los EE.UU. se ha militarizado y no muestra zanahorias, garrotes solamente.

El texto del plan cubre más de 100 páginas y propone “un vasto abanico de actividades militares abiertas y encubiertas”: la recolección de datos de inteligencia, la caza de terroristas, ataques contra sus campos de entrenamiento, el reclutamiento de agentes locales y operaciones coordinadas con militares de cada país. El número de efectivos del Socom asciende a 53.000 e incluye personal que habla idiomas extranjeros. El despliegue de sus tropas no tiene antecedente: unos 7000 boinas verdes, operativos de la Fuerza Delta y de la Marina están esparcidos en varios continentes, la mayoría en Irak y Afganistán, pero el 85 por ciento de esa fuerza fue destinada a Medio Oriente, Asia central y el Cuerno de Africa en el 2005. El plan se ajusta punto por punto al Proyecto para un Nuevo Siglo Estadounidense (PNAC, por sus siglas en inglés) que elaboró en el 2000 el organismo creado por “halcones-gallina” como William Kristol, Richard Perle y Francis Fukuyama.

El PNAC preconizaba el envío de tropas especiales “con funciones policiales” (sic) a todo el mundo a fin de garantizar la vigencia del imperio soñado. Un año antes del 11/9, las perspicacia cínica de los autores ansiaba “algún acontecimiento catastrófico y catalizador, un nuevo Pearl Harbor”. Se produjo. Otro ataque en territorio norteamericano “podría ser una justificación y una oportunidad, que actualmente falta, para atacar ciertos objetivos conocidos, según funcionarios del Pentágono en actividad y retirados que conocen el plan (del Socom)”, señala The Washington Post. La cuestión de “la oportunidad” no es nueva en la Casa Blanca; se recuerda la frase anunciadora de W. Bush cuando aún humeaban las ruinas de las Torres Gemelas: “A través de mis lágrimas, veo la oportunidad”. Y fue Irak.

El Socom tampoco necesita la aprobación del Congreso para llevar a cabo sus operativos, tiene carta blanca para enviar tropas especiales al país que se le ocurra por la razón que le parezca y poco le importa atropellar soberanías de países incluso amigos de EE.UU. Es una más de las violaciones a la Constitución norteamericana que W. Bush ejerce con la mayor impunidad: después de ser reelecto en el 2004 viene firmando órdenes ejecutivas que convertirían al mundo en “una zona libre de tiro” para los ejércitos clandestinos de la Casa Blanca. Esa expresión, recogida por el notable periodista Seymour Hersh, fue emitida por un alto funcionario del Pentágono. Que agregó: “¿Se acuerda de los pelotones de ejecución derechistas en El Salvador? Nosotros los organizamos y financiamos. El objetivo actual es reclutar (personas) locales en las zonas que elijamos. Y nada le diremos al Congreso sobre el asunto” (The New Yorker, 24-5-04). En otras palabras: habrá más escuadrones de la muerte en distintas partes del mundo.

El apetito de poder absoluto que emana del mandatario norteamericano preocupa cada vez más a los sectores conservadores llamados “realistas”, especialmente en lo que hace a la “guerra antiterrorista” y al recorte de las facultades del Poder Legislativo. “El patrón que se desprende (de las acciones de W. Bush) es un impulso incesante de acumular poder sin el control de la Justicia ni del Congreso; en suma, un desdén por los límites constitucionales” señala un informe reciente del Instituto Cato de Washington, fundación que promueve “la libertad individual, la paz, un gobierno acotado y el libre comercio” (elcato.org). Hay desdenes que matan.
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“Creo que la revolución se desgastó, pero no como movimiento popular”

Archivado en María Esther Gilio • Fecha: 08-05-2006 00:00:00

SERGIO RAMIREZ, EL ESCRITOR QUE FORMO PARTE DEL FRENTE SANDINISTA QUE DERROCO A SOMOZA

Sergio Ramírez, miembro del movimiento sandinista que derrocó a Somoza, vicepresidente de Nicaragua en 1985, autor de novelas y cuentos que le valieron varios premios, habla de su último libro, Mil y una muertes, así como de los cambios sufridos por algunos héroes del pasado compartido.
Por María Esther Gilio

–Hay una pregunta que le hace la periodista Lourdes Durán en Mallorca, que usted transcribe en el libro del que vamos a hablar, Mil y una muertes. La pregunta dice “¿Cómo hace un escritor para ocuparse de una próxima novela antes de rematar la que tiene entre manos?”. Yo le repito esa pregunta que en su libro no responde. Y al mismo tiempo me pregunto si tal situación es real.

–Sí, claro. Eso ocurre porque a medida que se escribe un libro hay otros que vienen formándose en la mente. Y, tal vez, se suma a esto una ansiedad, aún mayor, que es la de escribir todos los libros al mismo tiempo.

–Cosa que ni Dios podría. Me resulta extraña esa idea. Recuerdo a Silvina Ocampo diciendo: “Me cuesta desprenderme del libro. Está allí, terminado, y lo retengo un poco más. Un poco más”. Uno se pregunta si te pasa con otras cosas.

–Tal vez me ha pasado con la revolución. Uno querría que todas las cosas ocurrieran de una sola vez. Transformar al país de una sola vez. Pero en esto de los libros, se dan las dos cosas. La ansiedad por acabarlo y la tristeza de despedirse.

–¿En qué momento ocurre eso? ¿Cuando ve al libro, ya con sus tapas, saliendo hacia las librerías?

–No, uno se despide cuando junta todas las hojas, lo envuelve, se lo mete bajo el brazo y sale para la editorial. Ahí terminó todo.

–No vuelve a leerlo.

–No, difícilmente. Me da horror asomarme a un libro que tenga errores que son ya irreversibles.

–¿Le ha pasado?

–Sí, encontrarme, de pronto, con cosas que no querría haber puesto ahí. Pero ahí están. Sé que me ha pasado.

–Hoy no se habla ya del compromiso del escritor. Pero sí, creo que se puede preguntar sobre el papel del escritor en la sociedad contemporánea. Escribir es dar una visión del mundo y ésta puede ser comprometida o cómplice.

–Sí, eso es así. Y hay casos en que esto es aún más claro. Cuando se trata de alguien que viene de una revolución.

–De ahí viene usted.

–Sí, de ahí. ¿Cómo, entonces podría olvidar que tengo un compromiso? Y en esto del compromiso yo prefiero recurrir a Voltaire, quien estaba permanentemente defendiendo situaciones injustas. Más de 80 mil cartas escribió movido por el deseo de justicia. Ahora, él decía que eso lo hacía como ciudadano, no como escritor. Y bueno, yo creo que si un escritor tiene algún peso en la sociedad debe usarlo. Claro que en época de Voltaire el escritor podía hablar de todo, su peso era ecuménico. Hoy ya no. Hay lo que llaman nichos. Horrible palabra.

–¿Temas?

–Sí, derechos humanos, ecología, globalización.

–Si uno examina por encima su vida, ésta aparece dividida entre la política y la literatura. Cuéntenos de sus estados de ánimo en una y otra actividad.

–Bueno, en la política ya no estoy. Pero cuando estuve me tragó como escritor.

–Piensa que son oficios incompatibles.

–Sí, sí, en principio lo son. Cuando estaba dedicado a la revolución no tenía ni tiempo ni ánimo para ninguna otra cosa. Y fueron 10 años. Cinco para derrocar a Somoza y cinco tratando de rearmarlo todo. En esos años olvídelo, es imposible la literatura.

–Está claro que en momentos así la literatura no existe. ¿Y cuando fue vicepresidente?

–Cuando fui electo vicepresidente pensé que tenía ya diez años sin escribir, a los que debía añadir los seis de la vicepresidencia... Es evidente que si no escribía ahora se terminaba el escritor, pensé, tengo que escribir como sea. Y me busqué horas. Me levantaba a las cinco y escribía hasta las 8, todos los días. Así terminé aquella novela, Castigo divino, que vine a presentar en Montevideo. En cuanto a su pregunta diré que me siento más confortable ahora, con la escritura.

–Y no con la política. Todo aquel esfuerzo. La revolución está un poco en ruinas. ¿Usted qué dice?

–Digo que sí y que uno tiene que vivir con esa espina.

–Una espina más dolorosa porque el daño no viene de afuera, como vino alguna vez.

–Sí, claro. Pero el pasado no se puede corregir. Hice lo que creí en ese momento que era mi deber, mi obligación. Lo hice a fondo, con una gran sinceridad. Yo creo que la revolución se desgastó. No como movimiento popular.

–Se desgastaron sus dirigentes.

–Sí, yo creo que los dirigentes no merecían esa revolución.

–Tal vez no hay que hablar de desgastarse, es más sincero decir corromperse: ¿Qué pasa con Ortega?

–Ortega es hoy un bandido más. Es como Arnoldo Alemán, tienen sometido al país a sus caprichos. Otros se han enriquecido mucho.

–¿Quién, por ejemplo? ¿Borge?

–Sí, Borge, Arce. Ellos tienen negocios que consideran legítimos.

–¿Por qué legítimos?

–Porque son grandes empresarios.

–¿Pero el dinero de dónde salió?

–Ah, bueno, ahí está la pregunta. Ninguno de nosotros tenía bienes de fortuna cuando llegamos.

–¿Se puede decir que el Frente Sandinista ha sido tomado por la corrupción?

–Pues sí, claro. Manejan los jueces. La Justicia está completamente en manos de Daniel Ortega.

–Cardenal, por supuesto, está afuera de todo esto.

–Cardenal muy bien, siempre muy firme en sus principios. El está afuera.

–En cuanto a Ortega tenemos, todavía, el escándalo familiar.

–Sí, claro, pero los jueces lo han protegido, lo liberaron inmediatamente.

–Ortega tiene en todo esto a Arnoldo Alemán de socio.

–Sí, entre los dos aumentaron los miembros de la Suprema Corte de Justicia de siete a diecisiete.

–Usted está hoy fuera de todo eso.

–Afuera... En un sentido sí, pero yo hablo, escribo, denuncio.

–Volvamos a algo que a pesar del título es menos triste: su libro Mil y una muertes. Usted sabe que leyéndolo recordé la frase de un Premio Nobel de Puerto España: “Es el deseo del lenguaje, rodear con sus brazos el mundo amado”.

–Eso lo dijo Derek Walcott. ¿Y por qué la lectura de mi libro le recuerda esas palabras?

–Claro que por el lenguaje. Ese lenguaje que nos permite asomarnos a la felicidad de quien está escribiendo. Dígame cómo se sentía mientras escribía.

–Es verdad que disfruté mucho escribiendo este libro. Hubo sí un gran placer que tiene que ver con el lenguaje. Yo sé que uno puede tener las mejores ideas, pero que nada valdrían si no encuentra la manera eficaz de plasmarlas.

–Ante las cosas bien escritas se tiene siempre la sensación de que se escriben al correr. Después una se entera de que no es así.

–Tampoco es así esta vez. Hago hasta ocho borradores.. la computadora facilita mucho el trabajo. Pero la verdadera corrección se produce cuando, después de imprimir, se corrige a mano.

–Una vez escrito el poema se guarda en un cajón y se saca nueve días después, decía Borges. Llamaba “el novenario” a estos días de reposo.

–Creo que sin corrección no hay escritura. Kafka decía que el arte de escribir es el arte de corregir. Cuando llego a esta última corrección yo digo que le quito las vendas a la momia.

–¿Por qué las vendas?

–Por una razón, porque uno se enamora de lo que ha escrito, se entusiasma. Pero después que lo ha metido en la gaveta, después que se ha enfriado uno lo ve y... muchas veces se pregunta ¿cómo pude escribir esto?

Sergio Ramirez ríe mucho. Durante casi toda la entrevista ríe con ganas. Sus carcajadas acompañan la mayor parte de la entrevista. Cuando le pregunto –fuera del grabador– si esa costumbre de pensar en el próximo libro cuando aún no terminó con el anterior le pasa con otras cosas de su vida, con las mujeres, por ejemplo, responde con una risa explosiva que demora en desaparecer. Le pregunto entonces si no cree que algo que nos diferencia de ellos es la alegría. El, sin dejar de reír, dice que tal vez.

–Volviendo a esa mezcla de verdad y fantasía que es su libro, uno quiere saber, por ejemplo, si Castellón, el fotógrafo es real, si existió.

–No, no existió.

–Usted lo creó, entonces, seguramente, a partir de su particular relación con la fotografía.

–Sí, creo que sí. En la primera novela que yo escribí, cuando tenía 25 años, Tiempo de fulgor mostraba ya una gran fascinación por la fotografía. Puse en ese libro un epígrafe de un poema de Ernesto Cardenal que dice “Dónde estarán riendo ahora esos rostros, si todavía se ríen”.

–Usted, cuando presenta a Castellón en el libro, dice haberlo conocido por una foto tomada por él en un ghetto polaco. En el suelo están muertos la hija de Castellón y su yerno. El hijo de ambos, un niño de 7 u 8 años, está de pie con los brazos levantados y la estrella amarilla sobre el pecho. ¿Esa foto existió? Pienso en la que recorrió el mundo, con el niño a la derecha, los brazos en alto y el rostro tembloroso.

–Sí, seguramente la vi alguna vez y ésa fue la idea gráfica que me quedó.

–A partir de la cual usted plantea una disyuntiva terrible. Frente a su hija y yerno asesinados y su nieto aterrado, el fotógrafo enfría sus sentimientos y recoge en una foto el testimonio. ¿En esa situación usted habría tomado la foto?

–No... no sé... no, pienso que no. Pero esa disyuntiva...

–Dispara mil asociaciones. Yo recordé Detrás de un vidrio oscuro, en que Bergman describe a un hombre anotando los cambios que se producen en su hija tomada por la locura.

–Sí, la situación es semejante, en las dos está el infinito dolor y la necesidad de registrarlo, de dar testimonio. Aunque también podemos pensar que el dolor no existió.

–Hay otra cosa en su libro que resulta curiosa al lector. Su desconfianza frente a los momentos en que la sociedad levanta a sus héroes. Frente a los bustos de piedra o bronce usted se pregunta cómo es por dentro, quién es en verdad.

–Eso empezó pasándome, y me pasa mucho todavía, con Rubén Darío. Siendo yo niño mi madre me recitaba las poesías de Darío, las aprendía en la escuela, luego tenía que recitarlas. Darío siempre estaba en el aire. Y desde niño me empecé a preguntar quién era. Quién es, me decía. Las biografías de Darío siempre son muy inocentes. Pero uno va entrando en su vida y empieza a ver los dramas internos.

–Era alcohólico.

–Sí, su madre lo abandonó a los dos años y nunca conoció a su padre. Lo crió una tía abuela. El creció como un niño tímido, inseguro. Cosas que trataba de contradecir con el alcohol. Lo que él llamaba “paraísos artificiales”. El estaba consciente de su alcoholismo pero, al mismo tiempo era un gran trabajador. Vivía de lo que escribía en La Nación. Y cuando se sentaba a escribir era muy riguroso.

–¿El diario argentino?

–Sí, él vivió en Buenos Aires diez años, luego Mitre lo nombró corresponsal en España. La Nación era entonces el diario más importante de la lengua española. El fue a cubrir la derrota de España frente a Estados Unidos en la guerra de Cuba. Hay un libro de él, muy bello, que se llama España Contemporánea, que reúne sus crónicas de entonces.

–El primer capítulo de su libro lleva la firma de Rubén Darío y no sé pero su lenguaje permite pensar que sí es de Darío, ¿es?

–No..., es mío –dice riendo como suele.

–Pero usted es un mentiroso. Lo hace todo para que el lector se confunda.

–Sí, pero tuve que leerlo muchísimo antes de conseguir meterme en su estilo modernista y lograr confundir al lector.

–¿También son falsas las fotos de Darío. Por ejemplo esa en que está vestido con hábito de cartujo y tiene a Vargas Vila y otros de pie atrás?

–No, esas fotos de Darío no mienten. Son fotos reales. La mayoría de las fotos del libro las conseguí en el Mercado de la Lagunilla en México. Pasé días buscando, allí, en esos álbumes que las familias han vendido.

–Fotos de personas cualesquiera.

–Sí, cualesquiera, pero que se parecieran a mis personajes. Estos ya estaban escritos. Lo curioso es que esa búsqueda de las fotos se transformó, para mí, en parte de la escritura. Porque al encontrar que esta foto podía haber sido la de mi personaje completaba lo que ya había escrito.

–¿Sus personajes cambiaron algo a partir de las fotos?

–No, porque mi libro, que ya estaba publicado en México salió sin fotos. La idea de las fotos, que acepté de inmediato, fue de la editora española. Algunas de las fotos ya las tenía.

–En su libro está –entre tantas cosas– su admiración, tan común a los escritores, por Gustave Flaubert y también está su dureza por mostrarlo tal como lo ve.

–Sí, trato de llegar al fondo de lo que realmente era. Un hombre bastante pusilánime, que además tenía una teoría sobre la neutralidad del arte con respecto a la vida. El artista nunca debía entrometerse con la vida.

–Con eso de la neutralidad, tal vez, quería decir que el artista debe aislarse, no tener mujer, no tener hijos.

–Bueno, no los tuvo. Pero cuando él habla de neutralidad frente a la vida alude a que no debe ser factor de cambios. Sin embargo él, sabiendo que tenía sífilis, intentó acostarse, en Alejandría, con una prostituta que se niega y lo curioso es que con un gran desenfado él lo cuenta.

–Hay otro personaje que seguramente también es real, me refiero al Archiduque Luis Salvador. Un individuo muy extraño, bisexual, rodeado por una corte, sobre todo de mujeres, que lo sigue por el mundo y vive a sus expensas. En la foto que hay de él con su grupo uno puede detenerse largo rato a mirar las caras.

–Es que él recogía gente estrambótica. Era de la familia de los Habsburgo, un rebelde frente a la corte, un hombre que quería hacer sus cosas por sí mismo. Por eso era extravagante. Era, además, un gran científico, que escribió un libro importantísimo sobre la flor de las Baleares. Era filólogo.

–No sé cómo hizo pero consiguió meter en ese libro, sin volverlo pesado, muchas de sus obsesiones.

–Sí, muchas, pero ¿en cuál piensa?

–En el canal que cortando en dos a Nicaragua comunicaría el Atlántico con el Pacífico, ¿no es también una obsesión suya?

–El canal ha sido uno de los grandes mitos en Nicaragua. Los conquistadores llegaron a Nicaragua buscando lo que llamaban “El Estrecho Dudoso”, que conectaba a los dos océanos. Cuando Colón –en su cuarto viaje– pasa frente a la desembocadura del río San Juan, en la costa de Nicaragua, no ve que lo que busca está ahí, entre la bruma.

–¿El lugar es angosto como para permitir un canal?

–Cuatrocientos kilómetros. El doble que Panamá. Esta idea del canal va a desvelar a los conquistadores, a los colonizadores. Y después a los ingleses y a los norteamericanos. Y sigue siendo una idea recurrente: el verdadero progreso del país no se va a conseguir sino cuando se abra este canal. Es como un sueño de civilización. Los próceres liberales vieron desde la oscuridad de las provincias el sueño de civilización a través del canal. Mientras para los ingleses y los franceses Nicaragua no existía.

–Lo que para ustedes era el futuro...

–Para ellos era nada. Nosotros no existíamos. Nosotros no teníamos derecho a existir.

–¿Habrá cambiado eso? No digo sólo para ustedes, sino para todos nosotros.

–Sí, más que nunca, más que nunca. Aunque creo que si ellos pudieran acabar con nuestras soberanías lo harían sin temblar.

–¿Cómo sería, entonces, el mundo?

–Dividido en territorios de producción. Aquí las telas, aquí las plantaciones, aquí los chips de las computadoras.

–¿Y ellos dónde?

–Pues dónde, en el lugar de los dueños del universo, viviendo la vida de dueños, ¿qué más?

–Usted en un momento dice: “Nuestra cultura no termina de consolidarse”. No sé si se refería a Centroamérica o a toda Latinoamérica.

–Yo creo que en el pasado teníamos patrones muy distintos en las diversas zonas. Teníamos Centroamérica, el Caribe, el Río de la Plata, Chile. Desde Centroamérica veíamos el Cono Sur como el lugar de la educación, del desarrollo, del civismo. Y de pronto cosas que sólo ocurrían en Centroamérica empezaron a ocurrir acá. Y así una bailarina de cabaret, cuyo consejero es un brujo asesino, fue presidenta de Argentina. Y luego Uruguay, ¿quién podía imaginar una dictadura en Uruguay?, un país donde mientras nosotros teníamos a Somoza, tenía presidencias pluripersonales con presidentes que rotaban. Así nos encontramos con cosas que eran difíciles de imaginar. Que a este tipo que es enemigo del régimen –para disimular– pedimos al país de al lado que nos lo maten. Porque el país de al lado es nuestro socio en esto de matar, porque se había formado una red criminal entre los Estados. Y así mandan, de un país a otro, a una joven de 18 años, embarazada, para que luego de parir se robe su hijo y se la mate –dijo, y esta vez la risa estaba lejos, muy lejos de su rostro.

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El fin de la Segunda Guerra Mundial

Archivado en Jack Fuchs • Fecha: 08-05-2006 00:00:00

8 DE MAYO DE 1945

Por Jack Fuchs

La Segunda Guerra Mundial se cobró 60 millones de vidas. Donitz, sucesor de Hitler, se encarga de anunciar a su pueblo: “el 8 de mayo a las 23.00 callan las armas”. Los alemanes que, en su gran mayoría, hasta días antes de la capitulación incondicional habían seguido con ferviente fanatismo al partido nacional-socialista parecen sentir que se trata de una derrota y no de una liberación del dominio de la violencia y de un sistema caracterizado por el desprecio de la vida humana.

Las monstruosidades que tuvieron lugar durante los macabros seis años que duró la guerra fueron descubiertas finalmente y el horror pudo ser documentado: películas, fotografías, testimonios de víctimas sobrevivientes constituyen invalorables elementos que reflejan lo que realmente fue esa etapa en la historia de la humanidad. Durante los años posteriores a la derrota del nazismo, el debate histórico y político fue intenso dentro y fuera de Alemania. Sin embargo, desde entonces, me sigo preguntando –sin encontrar respuesta–: ¿cómo fue posible que la población alemana estuviera preparada para tanto sacrificio? ¿Qué ocurrió con la población local para que entrara en semejante delirio y se entregara a matar y morir de una manera tan horrorosa? Una vez más intento entender cómo los alemanes no sintieron alivio una vez que no tuvieron que seguir viendo morir a sus hijos en el frente. ¿Qué razones hicieron que el final de la guerra no fuera considerada por ellos una liberación? En Internet es muy sencillo encontrar “aproximaciones a la psicología de Adolf Hitler” y otros centenares de documentos similares, que intentan entender la personalidad del siniestro líder del nacionalsocialismo alemán. Pero, ¿qué hay de la población que lo acompañó? Desde los hombres disciplinados, los profesionales, los intelectuales hasta los abnegados padres de familia, ¿qué los llevó a apoyar tanta destrucción?

8 de mayo de 1945: “La guerre est gagnée. Voici la victoire”. “La guerra está ganada, la victoria está aquí”, anuncia Charles de Gaulle, luego de la firma del documento de capitulación. “Faschistskaja Germanija, postavlennaja na kolenii krasnoj armiej i vojskami nascich sojuznikov, priznala sebja pobezdennoj i objavila bezogovorocnuju kapituljaciju”: “La Alemania fascista, derrotada por el Ejército Rojo y las fuerzas de nuestros aliados, se ha dado por vencida y ha accedido a la capitulación incondicional”, dice Stalin. “In all our long history we have never seen a greater day than this”: “En nuestra larga historia no ha habido nunca un día más magnífico que éste”, pronuncia Winston Churchill. “The flags of Freedom fly all over Europe”: “Las banderas de la libertad ondean en toda Europa”, proclama Harry Truman.

La guerra no transcurre ni termina de la misma manera para todos. Pasaron 61 años de la derrota del nazismo. El 8 de mayo de 1945 llegaba a su fin el horror. Recuerdo esa sensación, al bajar del tren en el que nos transportaban para asegurarse de que no quedaran testigos vivos, cuando la aviación aliada bombardeó la locomotora. Me sentía entre los muertos, a pesar de estar vivo. En medio de la confusión, caminé por la campiña bávara y caí rendido en una granja. Durante días una familia alemana me dio de comer y me llevó al hospital que los aliados habían instalado en un monasterio. Así pasé los primeros días y meses del fin de la guerra. Había perdido a todos los míos en Auschwitz. Estaba vivo, a pesar de haber sido sentenciado a morir como otros millones de personas.

El fin de la guerra significó para mí, como sobreviviente, el comienzo de un duelo que me acompaña hasta hoy. También significó iniciar un camino para intentar comprender la siniestra dimensión de los crímenes que ocurrieron, la naturaleza de esa pesadilla y lo oscuro y estremecedor que resulta el fantasma de la guerra del hombre contra sí mismo, más allá de las infinitas justificaciones que utilicen los seres humanos para convencerse de sus motivaciones. Es esa la guerra que está detrás de todas las demás.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-66599-2006-05-08.html

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¿Cuántos son los que fueron?

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 07-05-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

El número de civiles iraquíes que murieron y mueren como consecuencia de la invasión y la ocupación de Iraq es una cuestión que la prensa europea aborda, rara vez los medios de EE.UU. La Casa Blanca se encarga de minimizarlo: “Diría que unos 30.000 han muerto como resultado de la incursión inicial y de la violencia permanente contra los iraquíes”, declaró W. Bush en Filadelfia el 12 de diciembre del 2005. No aclaró cuántos fueron víctimas de los terroristas suicidas, cuántos de los insurgentes y cuántos de las fuerzas ocupantes.

El mandatario estadounidense se basó, al parecer, en estimaciones del sitio pacifista Iraq Body Count (IBC), que cuando se escriben estas líneas contabiliza un mínimo de 34.711 a un máximo de 38.861 civiles iraquíes ingresados contra su voluntad en la rúbrica “daños colaterales”. IBC precisa que la cifra va en aumento: 20 cada día hasta el primer aniversario de la invasión de marzo del 2003, 31 el año siguiente y 36 del 20 de marzo del 2005 al 1º de marzo del 2006 (www.iraqbodycount.net, 9-306). El estudio más sistemático hasta ahora sobre el tema apareció en la revista médica británica The Lancet y llega a conclusiones diferentes (www.thelancet.com, 29-10-04).

“Según evaluaciones moderadas, consideramos que un exceso de 100.000 muertes (de civiles) o más ha tenido lugar desde la invasión de Iraq, la mayoría violentas y producidas por los ataques aéreos de la fuerzas de la coalición”, señala el equipo multinacional de médicos e investigadores de la salud pública que encabezara el Dr. Les Roberts. “El 84 por ciento de las muertes fue producto de las acciones de las fuerzas de coalición”, agrega el estudio. Y más: “La mayoría eran mujeres y niños”. Es claro el origen de “la violencia permanente contra los iraquíes” de la que habla Bush.

El estudio se basó en entrevistas a 988 familias en 33 poblaciones de todo Iraq elegidas al azar, se llevó a cabo desde el comienzo de la guerra hasta septiembre del 2004 y fue, naturalmente, vilipendiado y desmentido por los “halcones-gallina”. Pero un vocero autorizado de la derecha occidental sentó su diferencia: “Se ha criticado la técnica de esta encuesta calificándola de defectuosa, pero el mismo método fue aplicado por el mismo equipo en Darfur, Sudán, y en el este del Congo con resultados verosímiles” (The Financial Times, 19-11-04). Les Roberts es uno de los epidemiólogos más reconocidos del mundo. Colin Powell y Tony Blair han citado una y otra vez –sin cuestionar su precisión– las conclusiones de los informes sobre la mortalidad causada por las guerras en Bosnia, Congo y Ruanda que Roberts, con una metodología similar, preparó para las Naciones Unidas y otros organismos.

Investigaciones posteriores proporcionan datos en la misma dirección. La más reciente hasta la fecha fue elaborada por Iraqiyun, un grupo humanitario encabezado por el Dr. Hatim al-Alwani y afiliado al partido del que fuera presidente interino de Iraq de 2004 a 2005, Ghazi al-Yawar, elegido a dedo por los ocupantes. Registra 128.000 muertes violentas de civiles iraquíes desde el comienzo de la invasión hasta julio del 2005 y especifica que el guarismo sólo incluye a las confirmadas por parientes y amigos de las víctimas y no abarca a las miles de personas que simplemente desaparecieron sin dejar rastro (UPI, 12-7-05). La muerte de civiles está explícitamente prohibida en los Convenios de Ginebra a los que EE.UU. adhirió hace más de medio siglo. Qué importa eso a un presidente que reclama para sí la facultad de violar –en nombre siempre de la “guerra antiterrorista”– más de 750 leyes aprobadas por el Congreso desde que se sentó en la Oficina Oval (The Boston Globe, 30-4-06).

Ha pasado un año y medio desde la publicación del estudio del Dr. Les Roberts y su equipo, lapso en el que no cesó la matanza de civiles en Iraq. El mismo profesional afirma en un artículo reciente que hoy el número de víctimas ascendería a 200.000 o más (www.al ternet.org, 8-2-06), es decir, a un promedio de 175 cada día desde que EE.UU. lanzó la invasión. Es el precio de la libertad, dicen en la Casa Blanca. Es curioso que lo paguen sobre todo los presuntos beneficiarios.

Roberts relata que a fines del 2005 presentó su investigación a unos 30 funcionarios del Pentágono y comenta: “Uno se me acercó y dijo: ‘Hemos tirado alrededor de 50.000 bombas, sobre todo a los insurgentes que se esconden entre los civiles. ¿Qué [expresión grosera] (sic) pensaba usted que iba a pasar?”. Efectivamente, lo que pasa. La proclamada precisión de los misiles estadounidenses es un mito. Lo real son las decenas de miles de civiles iraquíes que las tropas ocupantes pasan a mejor vida y los 34.000 que, según cifras oficiales, están presos y sometidos a malos tratos tipo Abu Ghraib (The Christian Science Monitor, 1-5-06). Si todos esos muertos hubieran sido insurgentes o terroristas, es inimaginable el canto de gallo que resonaría hoy en Iraq.

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"Sin un combustible emocional, la razón es fría y no funciona "

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 07-05-2006 00:00:00

RICARDO MALIANDI, FILOSOFO

Frente a un mundo que nos muestra crecientes formas de irracionalidad, intolerancia y fanatismos hace falta una ética que ayude a encontrar equilibrios y reconocer la importancia de las pasiones.

Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com

A veces es fuerte el anhelo de orden, de eliminación de todos los conflictos sociales. ¿Es posible un mundo social sin conflictividad?

-Se trata de tomar conciencia de la conflictividad social. Frente a teorías que tienden a decir que los conflictos, si bien son inevitables, constituyen una patología social —esta postura se conoce como funcionalismo social—,y a las que sostienen lo contrario, que el conflicto es positivo porque es el factor dinámico de la sociedad y ayuda al cambio, en mi análisis se trata de evitar los extremos. Los conflictos hay que tratar de minimizarlos. Resolverlos, si son solubles; evitarlos, si son evitables. Y cuando son insolubles, bueno, ya entonces sí, hacer una regulación de los conflictos.

# ¿Qué función tendría la razón ante los conflictos?

-Puedo concebir a la razón, en su uso práctico, como la actitud de impugnar lo conflictivo, pero esta impugnación no significa desconocer que la sociedad misma es estructuralmente conflictiva. No se puede pensar una sociedad sin conflicto. Los funcionalistas dicen: quizá no se puedan evitar o resolver todos los conflictos, pero es al menos pensable una sociedad sin conflicto. Yo creo que no es ni siquiera pensable una sociedad sin conflicto: es parte de la estructura social. Pero lo racional funciona tratando de minimizar los conflictos concretos.

# La tensión entre lo racional y lo emocional, ¿puede superarse?

-Esta es una de las grandes complicaciones. Y justamente es la razón la que debe admitir esa contraposición que tiene con la vida emocional. En la antigüedad, los estoicos pretendieron que lo ideal era algo así como apatía, es decir la eliminación del pathos, la eliminación de lo emocional. Otros filósofos se dieron cuenta de que no se lo puede eliminar y que hay que ver cómo se lo coordina con la razón. Una razón aislada totalmente de la emoción es una monstruosidad tan grande como una vida emocional plenamente irracional, que puede tirar para cualquier lado y hacer cualquier desastre.

# ¿Qué modos de relación entre lo racional y lo emocional podemos concebir?

-Hay diversas formas de relación. Una de ellas sostiene que la única orientación o vía para lo emocional puede estar en la razón, de manera que la emoción se tiene que subordinar a la razón. Pero, por otro lado, si la razón no tiene un combustible emocional, por así decir, no funciona. Una razón totalmente fría se queda en lo puramente formal y no tiene verdaderamente fuerza racional. Y si la razón práctica es una razón que tiende a pelearse con el conflicto, entonces necesita también de ese combustible que solamente le puede dar la vía emocional. Por otra parte, la emoción es un factor de importancia esencial en los procesos de valoración. Cuando valoramos algo, siempre estamos poniendo lo emocional. Hay filósofos que sostienen que los verdaderos conocimientos empiezan siempre por lo emocional, y después, en todo caso, pasan a lo racional. Y lo emocional es lo que puede valorar, a favor o en contra, a lo racional. Las actitudes que pueden ser racionalistas o irracionalistas provienen de lo emocional, no provienen de la razón misma. Y la razón es, a su vez, la única instancia desde la que se puede conocer lo emocional, saber cómo funciona, cuáles son sus fórmulas, cuáles son sus matices, cuáles son sus variantes. La razón es la única esperanza que tenemos frente a tendencias que son irracionales.

# ¿Sería factible pensar en una política orientada racionalmente?

-Eso es un viejo propósito, una vieja utopía. Pero utopía también se puede entender en el sentido de idea regulativa. No es que apuntemos a algo que pensamos que algún día se va a convertir en realidad, sino a un ideal que al menos nos marca una dirección, en la que parecería que es correcto caminar. Nada más que eso. La filosofía ha tratado muchas veces de dar consejos a la política y casi siempre con muy mal resultado. No ha servido, en general. Y cuando ha servido, por ahí ha producido desastres, porque sistemas totalmente arbitrarios han pretendido basarse en un fondo teórico-filosófico. La verdad es que todo lo social es, debido a su naturaleza conflictiva, algo donde es muy difícil encontrar los equilibrios. Entonces, lo que tiene que tratar la razón es de ofrecer un balancín, como para ir haciendo equilibrio; un equilibrio que en cualquier momento se puede caer para cualquier lado.

# Cuando se está ante el fanático, ¿sólo queda reaccionar con intolerancia?

-No se puede ser tolerante con la intolerancia, porque sería convertirse en cómplice. Si yo digo éstos son fanáticos y hacen un holocausto, y como yo soy tolerante no digo nada, me convierto en un cómplice. Pero hay que ver, justamente, dónde hay elementos que sean compatibles y dónde están los que no lo son. Entonces, si por lo menos aquellos que son compatibles los tratamos de hacer converger, puede ser que tengamos algunos puntos aislados que sirvan como criterios de actitudes racionales, frente a un mundo que es predominantemente irracional.

# También la razón parece engendrar conflictos, come sería el caso de los trastornos que provoca el desarrollo técnico.

-Esta es una de las formas más poderosas de conflictividad a la que se enfrenta la humanidad. Los etólogos explican que, cuando el hombre inventa la técnica, cuando inventa los primeros utensilios, se rompe el equilibrio entre el repertorio de instintos agresivos con sus propios congéneres y los instintos de represión de la agresión. Todas las especies tienen también instintos de represión, por lo cual, un ataque al congénere generalmente es frenado para evitar que termine destrozándolo. Es una cuestión que maneja la naturaleza misma. Ahora, como el hombre tiene pocos medios naturales de agresión, tiene también pocos instintos de represión de la agresión. Pero lo que la naturaleza no previó es que el hombre iba a disponer de medios artificiales de agresión, desde el hacha de piedra hasta la bomba nuclear. Entonces, el poder de agresión se ha multiplicado y los instintos que reprimen la agresión siguen siendo los mismos. Tal vez lo único que se hizo fue inventar la moral. Es decir, la moral sería una búsqueda de compensación de ese desequilibrio, mediante la impugnación del homicidio.

# ¿La moral habría surgido para compensar lo desencadenado por la técnica?

-Siempre ha habido tecnofilia y tecnofobia, gente que se entusiasma con la técnica y le parece que todo lo técnico es maravilloso, y gente que le tiene miedo a todo lo técnico. Pero las dos posturas son válidas y necesarias: la técnica es temible y la técnica es necesaria.

# ¿Pueden originarse conflictos por la aplicación de los derechos humanos?

-Es necesario ver hasta dónde un derecho humano es compatible con el otro; qué se hace en un caso en que la justicia y la libertad, justamente, no se pueden dar las dos en su máximo. Uno tiene que saber que los principios mismos son complejos; la moralidad es compleja porque se dan distintos principios, todos ellos racionales, pero son distintos y pueden ser incompatibles. Pero son incompatibles si uno quiere realizarlos en su plenitud, en su óptimo. Quizás sean compatibles si, más modestamente, se reconoce que hay grados de cumplimiento y que hay cierta zona donde pueden compatibilizarse.

# En "Match Point", la película de Woody Allen se postula que el porvenir del protagonista depende, para decirlo con la metáfora que allí se usa, de dónde caiga una pelotita de tenis que pega en la red. En el ámbito de la ética, la fortuna, ¿qué papel cumple?

-Ahí estamos ante un problema en el que se toca la ética con la metafísica, que es el problema de la libertad. ¿Hay realmente azar cósmico o el azar es solamente azar gnoseológico, azar de conocimiento, porque no conocemos todos los factores que están en juego? ¿Hay azar, hay fortuna en el sentido cósmico, o simplemente fortuna es aquello que no sabemos cómo va a resultar porque no podemos conocer todos los factores que están interviniendo? Yo creo que sí, que siempre hay que tener en cuenta la probabilidad. Y por esto, ya desde Aristóteles, la ética es un saber que siempre está sometido a la inexactitud; nunca puede ser exacta la ética, sino aproximadamente. Lo máximo que podemos decir es razonable y aproximado, pero más de ahí no podemos.

COPYRIGHT CLARIN, 2006.

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Desaparición y vida

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 06-05-2006 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Sí, regresamos. Y recuerdo aquel Berlín. Paseo por el Heissiwald. Llevo debajo del brazo el diario La Opinión de Buenos Aires del 26-11-77. Leo allí la conferencia del almirante Massera en la Universidad del Salvador, de Buenos Aires. Repito: en la Universidad del Salvador, el almirante Massera. Sí, allí, el desaparecedor hace responsable de toda la crisis actual de la humanidad a tres hombres: Freud, Marx y Einstein. El almirante argentino dice textualmente: “Hacia fines del siglo XIX, Marx publicó tres tomos de El Capital y puso en duda con ellos la intangibilidad de la propiedad privada; a principios del siglo XX, es atacada la sagrada esfera íntima del ser humano por Freud en su libro Interpretación de los sueños, y como si esto fuera poco para problematizar el sistema de los valores positivos de la sociedad, Einstein, en 1905, hace conocer la Teoría de la Relatividad, donde pone en crisis la estructura estática y muerta de la materia”. Hasta ahí el filósofo desaparecedor de uniforme.

El almirante argentino cuidaba a los argentinos en la Universidad del Salvador. Y se quedaba con los bienes de sus desaparecidos. Los tiempos de la infamia, del más profundo de los desconsuelos. Haroldo, Rodolfo, el Paco. Pero hemos regresado. Leo en la Feria del Libro al Juan Gelman del Exilio, aquello que escribió en Roma en los años del dolor: “No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida. Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, los calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire. Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol”.

Sí, Juan, nos quedaron las manos vacías. Pero ya regresamos. Estamos con nuestros libros aquí. Qué imaginación, pensar que algún día volverían nuestros libros. Quemados por el teniente coronel Gorleri por “Dios, Patria y Hogar”, el 29-4-1976. El citado oficial fue ascendido a general por el presidente Alfonsín. Tenemos los argentinos un general especializado en la quema de libros. Ahí sí que nuestros militares ganaron la guerra.

Pero volvimos, Juan. Y esta vez estuvieron las Madres, presentando libros: Madres, treinta años después, con la firma de treinta escritores argentinos con su análisis de aquellos años, y también Como en Auschwitz, como en Vietnam, del riojano Alipio Paoletti; el primer Nunca más, pero sin los dos demonios y sí con los nombres de los verdaderos culpables. Y también pude presentar otra vez al Severino, prohibido por el palurdo sansirolé Lastiri, el pazguato que sirvió para preparar el festín de los verdugos. Sí, Lastiri, y no Marx, Einstein o Freud.

Sí, Juan, y con tu poesía (“desconsoladamente. Des con sol, hada, mente”) pudimos volver y presentamos La Rebelión de las Madres, un evangelio laico de honra, coraje, lágrimas fuertes, pechos que derrotaron al máuser y a la picana. La escribió Ulises Gorini, documento por documento, día por día, con el nombre de los culpables y de los soplones de siempre, y de los democráticos de Poncio Pilatos. Y también podremos presentar un libro sobre Roca, el genocida de esos seres silenciosos que nos quedarán mirando desde siempre, por los siglos. Sí, el genocida de bronce que ya en su discurso iniciador de la campaña militar decía: “Haremos desaparecer al indio de la Patagonia”.

Desaparecer. Y fue al bronce el militar. Y por eso Videla, Massera, Bussi, Patti, Menéndez, Camps... y sigue la lista argentina. Desaparecedores.

Y con los libros que presentamos estaban los rostros de Haroldo, de Walsh, del Paco. Haroldo, que ahora llega la fecha fatídica, cobarde, de la mortificación y la melancolía. Haroldo Conti, el hombre de las islas, del río murmuroso, de las frescas caricias y el verde de la vida amplia. Las botas quisieron matarlo a patadas y su rostro ha regresado sonriente, como cuando iba a entregar sus notas a Crisis, lleno de sol en la piel. Las bestias de uniforme no pudieron destrozar su imagen, que se deslizó al recuerdo infinito por entre el alambre de púa.

Una sociedad que va reparando sus enormes injusticias. El término “desaparecer” que aplicó el general Julio Argentino Roca y que llegó a su punto culminante con Videla-Massera-Agosti sigue en los planes de aquellos a los que sólo les interesa hacer dinero, el egoísmo como principio ético. Es lo que está ocurriendo en Baradero. Allí, un supermercado necesita ampliarse, hacer una playa de estacionamiento para sus camiones. Bien, nada menos que para eso ocupó un antiquísimo cementerio de los primeros habitantes, los “indios”, como se acostumbraron a decir los conquistadores. Y sin ningún problema ya han empezado los trabajos. Total, sólo se trata de huesos de indios. Si se hubiera tratado de un cementerio cristiano nadie se hubiese atrevido, porque, claro, esos seres “tienen alma”. Pero ya han empezado las reacciones de los seres que respetan al ser humano y que se oponen a tamaña indignidad. El supermercado puede pagarse unos terrenos un poco más allá. Veremos qué dicen los políticos responsables.

Pero, por suerte, no todo es así en la Argentina. En Comodoro Rivadavia ha sido quitado el busto al genocida Julio Argentino Roca. No está más. Un primer paso en la Patagonia. Ojalá que allí, en ese lugar, se emplace una figura de mujer tehuelche, que dio el producto de su vientre a esa tierra infinita.

Otro signo de hacer justicia es el movimiento que dentro de muy poco solicitará en las calles de la ciudad rionegrina de General Roca que se devuelva a ese lugar su antiguo nombre original: Fiske Menuko. Es que allí surge la vergüenza de soportar que el lugar donde se vive lleve justo el nombre de quien no sólo terminó con esos pueblos sino que siempre, en todos sus escritos, empleó términos despreciativos para con esos habitantes y se quedó para su fortuna personal con tierras conquistadas a Remington y sablazos. Y lo que no se puede disculpar es que haya restablecido la esclavitud en estas tierras enviando a los prisioneros a trabajar a las posesiones azucareras de sus parientes tucumanos, los Posse, y a las mujeres y los niños repartirlos como sirvientes en familias de militares y “gente de bien”.

Pero no todo es argentino lo que no reluce, también en Chile se cometen injusticias desde hace siglos. La huelga de hambre de mapuches en el sur trasandino, que luchan por sus derechos a la tierra desde siempre, y que sufren prisiones de años, es una muestra de lo que también hacen los que se llaman “socialistas”. Que una socialista y mujer como la señora Bachelet permita eso y mire para otro lado es una bofetada a la dignidad. El egoísmo de los actuales poderosos dueños de la tierra ante el derecho de las antiguos habitantes de esas distancias es para sentirse humillado en lo más hondo de lo que tiene que ser la justicia y el derecho. Los que quieren defender que ellos sigan siendo dueños de todo van a refundar siempre la violencia entre los seres humanos.

Al que llegue a la vida déjesele por lo menos el derecho a vivir y a alimentar a sus hijos con el agua y la mies de la tierra.

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"Lo que pesa en la política argentina es el daño al otro"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 06-05-2006 00:00:00

Afirma el sociólogo Marcos Novaro

“En nuestro país, la negociación está siempre contaminada por elementos facciosos. La sociedad argentina tiene un problema y es que la política es poco respetuosa de los procedimientos. Lo que pesa no son los argumentos, sino la capacidad de hacerle daño al otro”, dice Marcos Novaro, licenciado en Sociología, doctor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, profesor de Teoría Política Contemporánea en la UBA e investigador superior del Conicet.

Su formación le permite observar la realidad desde diversos ángulos y le ofrece perspectivas e instrumentos para el análisis de la historia reciente. Sus puntos de vista han despertado el interés del consagrado historiador Tulio Halperin Donghi, quien lo invitó a participar en la colección de historia argentina que dirige para Paidós, donde escribió el segmento dedicado a la dictadura militar (1976-1983).

“Kirchner prefiere que le teman a que lo amen”, dice Novaro, autor de “Pilotos de tormentas” y de “Representación y liderazgo en las democracias contemporáneas”. Novaro dirige también un archivo de historias orales en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Recientemente recibió la beca Fulbright para trabajar en el National Security Archive de Washington en la desclasificación de documentos secretos sobre la Argentina. Es autor en colaboración de "Política y poder en el gobierno de Menem" y compilador de "La historia reciente" (Edhasa).

Novaro lamenta que en la Argentina se crea que el éxito de uno depende del fracaso del otro y que se utilice la ideología como excusa para estrategias que son muy poco colaborativas. Su opinión es que somos un país asociado a la querella y, en ese sentido, en el ánimo querellante del presidente en ejercicio se refleja mucho de ese espíritu nacional.

"Incluso creo que no hay tanto de espontaneidad como se cree en Kirchner. Me parece, más bien, que asocia o vincula de manera oportunista su discurso a la cultura política vigente en la Argentina."

-¿Qué otros elementos serían recurrentes en nuestra cultura política?

-Uno es que, en todos estos años, hemos tenido gobiernos que se movieron con la convicción de que siempre es posible empezar de cero, corregir los errores, reencontrar un camino, reparar desencuentros o extravíos. Creo que esa ilusión contribuyó fuertemente a perder posibilidades reales, a desestimar lo valioso que existía, a no dedicarnos a encarar cambios más modestos. También alimentó una expectativa social recurrente en el sentido de que la Argentina es un país que puede rehacerse. Pero esa ilusión de flexibilidad y de adaptabilidad que muchos argentinos se esfuerzan en tener en su vida individual, en muchos casos en forma exitosa, en el nivel colectivo ha demostrado ser falsa.

-Sobrevivimos a dictaduras, hiperinflaciones, violencia de masas, terrorismo de Estado, una guerra... ¿No es eso, de alguna manera, rehacerse y empezar siempre de nuevo?

-Hay ambigüedades, porque en el momento de la transición democrática esa ilusión de reinvención fue muy positiva. Una sociedad que salía de una crisis económica fenomenal, de la Guerra de las Malvinas, de una dictadura, tenía que encontrar ilusiones para motivarse, y la ilusión democrática de un nuevo comienzo tuvo ese rasgo positivo. Nos sacó de la depresión. Pero al mismo tiempo generó una suma de expectativas que eran absolutamente imposibles de satisfacer. Los gobiernos posteriores también echaron mano de esta ilusión del reinicio, de poner el cuentakilómetros en cero, lo que siempre nos lleva a sobrestimar nuestras posibilidades.

-¿Qué enseñanzas nos dejó la crisis de 2001?

-La crisis y el modo como la sociedad reaccionó, en lo que entonces parecía el cierre de un ciclo, de nuevo se presentó como la oportunidad para una gran refundación, lo que finalmente no sucedió, porque uno ve que la solución de la crisis fue bastante conservadora. No se la aprovechó para hacer las reformas que la sociedad viene reclamando desde 1983, en lo que hace a la racionalidad del gasto social, por ejemplo. La solución que encontraron los gobiernos de Duhalde y de Kirchner fue, simplemente, distribuir más recursos con muy poca racionalidad y cuidándose de no introducir elementos que pudieran resultar conflictivos para los gobernadores peronistas, los gremios, las corporaciones, el sistema universitario, el statu quo imperante. Ese es el aspecto negativo del balance, aunque probablemente los escenarios alternativos hubieran sido más negativos. Si lo miramos desde el lado de la sociedad, podemos decir que hubo aprendizajes; por ejemplo, el de no seguir ciertos caminos. Los golpes militares y lo inconveniente del uso de la violencia han sido un aprendizaje.

-Quebracho, los cortes de rutas, los piquetes... ¿no son ejemplos cotidianos de la vigencia de la violencia en nuestra sociedad?

-Más que de violencia, yo aquí hablaría de una política facciosa. Estas no son las organizaciones armadas de los años 70. La acción directa tiene un peso en la política argentina y lo tiene porque la política argentina es muy facciosa: el uso de la amenaza y el recurso de imponer un costo al otro para forzarlo a ceder han estado muy presentes, continuaron actuando bajo distintas formas en la política democrática y van a seguir estando. Lamentablemente, en algunos casos eso tiene una razón de ser, porque actores que tienen muy pocos recursos para hacerse oír sólo encuentran un lugar en la política usando instrumentos de extorsión, como es el caso de los piqueteros.

-¿Por qué somos tan tolerantes con los métodos facciosos?

-Es un círculo vicioso. Creo que la experiencia indica que hay poca censura y que es posible obtener algún grado de satisfacción con estos instrumentos de coerción para reivindicar causas, en algunos casos legítimas y en otros, no. El elemento de negociación está contaminado por el elemento faccioso. La sociedad argentina tiene un problema, y es que la política es poco respetuosa de los procedimientos. Lo que pesan no son los argumentos, sino la capacidad de hacer daño al otro.

-¿Kirchner encarna esto?

-Kirchner maneja de modo muy habilidoso los recursos de la política argentina. Por ejemplo, el de la amenaza. A diferencia de Alfonsín y de Menem, Kirchner prefiere que le teman a que lo amen y eso lo predispone a hacer un uso mucho más intenso de la presión y de la amenaza en todos los terrenos. Con Menem había más negociación, más dádiva, con todo lo que eso significa en términos de distribución, de compensaciones que eran excesivamente onerosas para el sector público, que estaban muy contaminadas de corrupción, pero que también significaban abrir el juego. Entonces, la disposición a cooperar era más amplia y Menem era más generoso. Creo que en el caso de Kirchner hay un poder mucho más concentrado y una disposición menor a realizar una apertura del juego. Eso no quiere decir que no haya compensaciones, pero son compensaciones hechas desde una posición de poder y de amenaza. El problema es que eso funciona en algunos aspectos muy bien y en otros muy mal o de manera totalmente irracional, como en los temas de las papeleras y de la carne.

-¿Es irracional Kirchner?

-Creo que tiene una forma de construir poder. Ha construido un vértice político muy concentrado, con poco juego de otros actores. Está muy atado a sus iniciativas, a sus reflejos, y, en algunos casos, los reflejos son traicioneros. Creo que la estrategia que lleva adelante Kirchner es un juego de acción y reacción. Yo no diría que es irracional por principio, pero sí que genera efectos inesperados y que en algunos casos actúa como si fuera su peor enemigo, porque desencadena más resistencias y problemas de los que el podría tener si actuara de un modo más moderado, más prudente y, sobre todo, haciendo cálculos de largo plazo. Sin embargo, me resulta muy difícil pensar que esta capacidad de generarse problemas vaya a desembocar en situaciones graves para la continuidad del kirchnerismo. Pensando en las elecciones del año que viene, me parece que el problema que vive la oposición en parte está generado por este tipo de iniciativas del oficialismo, que la acorralan y la fuerzan a tomar posturas también por reflejos. Es decir: se vuelve reactiva, de la misma manera que Kirchner lo es, y creo que eso resulta funcional al oficialismo, porque lo que debería ser una discusión de políticas públicas y de alternativas se convierte en discusiones de principios. Lo que importa es cómo crear un escenario polarizado, y en esa polarización Kirchner aparece del lado de la sociedad y coloca a sus adversarios en una posición muy incómoda, mientras construye consenso propio. Al mismo tiempo, creo que en la sociedad argentina hay un acompañamiento a distancia del gobierno que está bastante bien reflejado en los resultados electorales. No es un acompañamiento tan entusiasta como para temer que el oficialismo se pueda quedar con todo.

-¿Tampoco que pueda tomar un camino que llegue a reforzar la concentración de poderes hasta niveles inaceptables?

-El peronismo gobierna un Estado que tiene recursos y, por lo tanto, se puede beneficiar con una situación de estabilidad y de crecimiento. En la medida en que esto sea así, la política argentina va a estar relacionada con la situación del peronismo. El punto es saber hasta dónde la institucionalización del peronismo asegura el recambio de su dirigencia. De todos modos, hay una experiencia de competencia interna que también es valiosa. El peronismo ha aprendido en estos años de vida democrática cómo resolver sus diferencias, cómo actuar como un partido disciplinado en el gobierno y cómo, cuando las etapas concluyen, encontrar nuevos líderes.

-El panorama se complica cuando se intenta imaginar una alternancia por fuera del peronismo...

-Claro: ahí es más difícil imaginar escenarios, porque los partidos políticos, principalmente el radicalismo, están en una situación de crisis muy aguda, pero siguen existiendo. No hay una disolución de las fuerzas no peronistas que ofrezca una posición de disponiblidad. El 60 por ciento por ciento que no acompañó a Kirchner no está totalmente vacante. Entonces, si estas estructuras políticas no desaparecen, pero tampoco están en condiciones de crear coaliciones amplias, estamos en problemas, porque tenemos una fragmentación política que puede mantenerse en el tiempo y ser funcional a las necesidades del peronismo gobernante, generando sus propias lógicas de reproducción, con ciertas alternativas locales a nivel provincial y municipal, que a su vez negocien una distribución de recursos con el gobierno nacional. ¿Cuánto tiempo puede durar esto? Tal vez mucho tiempo. Tal vez veamos en el futuro próximo nuevas coaliciones amplias, capaces de desafiar la hegemonía. El fracaso de coaliciones como la Alianza juega en contra. El problema de las construcciones políticas localizadas, tales como la que el radicalismo hace en las provincias o las que en el nivel nacional intentaron López Murphy y Elisa Carrió, es que son muy frágiles frente a la capacidad que tiene el peronismo de desplazarse y socavar esas clientelas electorales en función de las tendencias de la opinión pública y de los problemas de coyuntura. Este es el inconveniente con un movimiento popular tan lábil: a los competidores les resulta muy difícil hacerse de bases sólidas. Eso lo vimos con el Frepaso y con la Ucedé, y probablemente vuelva a suceder...

-¿Esto habla de la debilidad de los partidos políticos o de la fortaleza del peronismo?

-Habla de la fortaleza del peronismo y de la debilidad de los demás, y habla de cómo funciona una estrategia populista que tiene como principio de identidad no una posición programática política o ideológica, sino una estructura de reproducción que asegura el apoyo de actores que controlan recursos institucionales decisivos. El peronismo es una estructura muy eficiente para reproducirse y superar cambios de orientación políticos e ideológicos. Gobernadores, sindicalistas, empresarios, participan de esta estructura, conocen sus reglas de juego y están dispuestos a adaptarse a las circunstancias, aun a costa de sacrificar algunos de sus intereses, pero siempre con la expectativa de satisfacer otros.

-A la hora de analizar las razones estructurales de nuestra decadencia, se suele señalar 1976 como punto de quiebre. ¿Usted coincide con esa fecha?

-Creo que en la rediscusión de la historia argentina hay que vacunarse contra las exageraciones. Por ejemplo, que la dictadura fue el fruto de un pequeño grupo de actores que impuso un plan para destruir a una sociedad floreciente y dinámica, que tenía un gran futuro por delante. Lo primero que hay que revisar es esa mirada. Efectivamente, 1976 es un quiebre en la historia, pero no hay que suponer que separa una etapa idílica de otra de lunáticos enloquecidos. Para entender la ambigua tolerancia de la sociedad frente a la estrategia represiva hay que entender cómo se había instalado la idea de que la solución de los problemas argentinos pasaba por la eliminación de parte de los actores que estaban generando los conflictos y una cierta disposición a tolerar una represión muy violenta, pero con la simulación de que esa represión no estaba teniendo lugar. Se creía que era posible convivir con ella, ignorándola. Ahí hay una primera parte de esta revisión de nuestro pasado que tiene que apuntar a entender el grado de tolerancia a la violencia que ya estaba establecido en forma muy extendida desde principios de los años 70. La Argentina, en comparación con otros países de la región, no se caracteriza tanto por la radicalidad de sus movimientos de protesta como por el uso de la violencia en forma muy generalizada. También en Chile y en Uruguay los movimientos revolucionarios recibieron un apoyo muy importante de la sociedad, pero en esos países el recurso del asesinato de enemigos políticos no estaba legitimado del mismo modo que se legitimó en la Argentina a partir del secuestro y asesinato del general Aramburu. Por otro lado, el grado de profundización del monopolio estatal de la violencia represiva tampoco tiene comparación con otros casos de la región.

-¿Por qué?

-Porque el grado de proliferación de bandas paramilitares que cínicamente el Estado decía desconocer o que permitía que funcionaran no tuvo límites y eso fue nutriendo una disposición a tolerar que desde el sector público se eliminara a una serie de personas consideradas incorregibles y con las cuales era imposible convivir. Así, de un modo clandestino, se generó una situación muy cómoda para muchos actores civiles que esperaban -digamos- aprovecharse del restablecimiento del orden. La tolerancia al uso de la violencia no fue sólo con los que secuestraron y mataron a Aramburu, sino con el modo en que reaccionaron actores civiles que en algunos casos festejaron y en otros callaron y que no descartaban establecer algún tipo de acuerdo con una guerrilla que también era muy ambigua en cuanto a sus posiciones nacionalistas, de izquierda o de derecha. Ese grado de confusión permite entender por qué muchos sectores diferentes que habían apoyado en su momento al general Lonardi, o incluso a Onganía, podían ver con simpatía que se sacara de encima a un personaje que, en cierta medida, resultaba incómodo.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

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Haroldo

Archivado en General • Fecha: 04-05-2006 00:00:00

Por David Viñas

Confuso privilegio ser sobreviviente. En especial cuando a uno –en este caso, a mí– le piden que tome la palabra para saludar a alguien que ya no está. Nada menos que “hacer uso de la palabra” en relación a una persona ausente de manera definitiva, tratando de convocar una presencia que participe de lo episódico y la congoja. Un conjuro, en realidad, frente a los agravios del olvido.

Trato de ser muy claro: el elogio de sus libros (Sudeste o El álamo carolina) resultaría tan intenso que, eventualmente, pudiera ser recibido como una apología. Y las apologías no son mucho más que una colección de ripios, enfáticos a simple enunciado. O como un epitafio con signos de admiración. Exorcismo, entonces, de encomios o alabanzas. Al fin de cuentas, si algo resuena como lo más opuesto a las cortesías es la apelación al luto. Un duelo que nada tiene de rezongo y mucho menos de victimismo. Y en eso estamos aquí.

Aludí al dilema de un sobreviviente como yo. Desde el otro extremo del panegírico me hacen señas varias discordancias. Y aclaro aún más: disconformidad en relación a la piadosa –crédula, incauta– confianza de Haroldo hacia compatriotas que él creía personas y no eran más que traficantes.

De donde se sigue, ni elogios legítimos ni reproches fraternales. Pero del dilema inicial (eso sí, y para trascenderlo) pasar a la diatriba frente a quienes merodearon a Haroldo abusando de su religiosa –tal cual– credulidad que renegaba de virtudes oficiales: infidentes, obscenos amenos bastardos, impostores diestros y veloces, yesmen para lo que les mandaran; y en plano inclinado, espías delatores y verdugos. Las diatribas, menos mal, son un género muy transitado por las indignaciones tan clásicas como genuinas; extensas, en absoluto monótonas, con una inventiva ultrajantemente equitativa, certeza mediante irrebatibles juicios fidedignos. Y que suelen especializarse en figurones impávidos y serviciales. La memoria de Haroldo Conti se transforma así en querella de vestales canonizadas.

Pero, dos cosas para destacar –brevemente– como jubiloso desagravio ante todas esas miserias: primero el viaje que hicimos juntos con Haroldo y, después, uno de sus libros fundamentales.

Salimos de La Habana en uno de aquellos aviones vetustos, obstinados a los que llamaban –creo recordar– Britanias con cuatro hélices aún y con la mitad de la cabina de pasajeros “despejada” para hacerles lugar a cajas, bultos y demás correos. Haroldo y yo íbamos sentados con las rodillas recogidas a la altura del pecho. Bien. Abajo y de un tajo. El portaba una especie de cañón de aluminio relleno con afiches del nuevo cine cubano; yo, apenas si un cenicero con el emblema de cierto hotel y destinado a una amiga del barrio de Boedo. Haroldo me lo reprochó. Aeropuerto de Terranova: Haroldo descifraba un monumento a la Queen of England mientras yo me resbalé en la pista helada tratando de no resultar demasiado sentimental. En Irlanda los dos nos descubrimos más corroborados al verificar el mítico verde calumniado por Oscar Wilde, Shaw y el Ulises. En Praga abundamos sobre Kafka y en torno al socialismo centroeuropeo. Y nos desquitamos en Madrid encarnizándonos con el Generalísimo. Haroldo hablaba con fervor de Buenos Aires eludiendo, reposadamente, toda pasión argentina.

Por eso, de Sudeste quisiera sugerir: se equivocan quienes lo emparentaron con El viejo y el mar; no se trata en Haroldo del Caribe transparente sino del Paraná embarrado que finge mansedumbre alterada por bruscos arrebatos a lo Horacio Quiroga. El río es tiempo que fluye y cuerpo (herida, pejerrey y agobio) del protagonista, que suele empecinarse en trabajos robinsonianos o en fantasmas en un delta grotescamente alucinado, a lo Fermín Eguía. Sudeste “elemental” con agua, desde ya, fuego, zanjas yventarrones. Comarca primordial marcada por faenas y sabidurías que siempre aluden o preanuncian la presencia de la muerte.

La muerte, muertes, en Sudeste y en los otros libros de Haroldo Conti (baladas, jaulas y cazadores), casi siempre aparecen como ecos, ráfagas, amagos o inscripciones en la corteza de los árboles. Es que los epitafios de Haroldo fundamentalmente son vegetales. La piedras entre nosotros resultan mojones o se llaman Walsh, Ortega Peña, Paco Urondo. Invictos. Como Haroldo Conti, más sosegado pero también invicto.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-66411-2006-05-04.html

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