ANA AMADO: INVESTIGADORA Y CRITICA DE CINE
Hetergéneo en lo generacional y lo estético, el conjunto de directores que transforma el cine desde los años 90 comparte un alto grado de profesionalismo y la apuesta fuerte por la reflexión.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Se habla de nuevo cine argentino. ¿Qué rasgos definitorios tendría?
—Hubo una inflexión en los 90, con la llegada de una generación joven, en su mayoría formada en las escuelas de cine. Frente a un cine muy convencional, rutinario salvo excepciones, irrumpieron los adolescentes lacónicos de Rapado (1994), los marginales de Pizza, birra y faso (1996), el desocupado de Mundo grúa (1997), el mundo en disolución de La ciénaga (2001). De pronto, las películas conectaban con la realidad de manera creativa, desacartonada, creíble. Esto reconquistó al público e hizo ganar prestigio en los festivales. Nombres como Martel, Trapero, Caetano, Rejtman, Burman, Alonso, entre otros, están ya en ese país imaginario del cine de autores internacionales. El de ellos sería un cine de "estilo", sin dejar los rasgos del cine de género. Con las decenas de nuevos realizadores que se suman cada año, hay un conjunto enorme de películas que resulta difícil reducir a unos pocos rasgos. Momento extraño, sostenido entre el "derecho a la creación" y la indulgencia del "déjenlos vivir", como dijo el crítico Serge Daney de una etapa igual de copiosa del cine francés.
# La renovación estética que se registra, ¿es el resultado de un cambio generacional?
—Este movimiento es heterogéneo en lo generacional y en lo estético. Prefiero pensarlo como un recomienzo, aceptando la continuidad de todo recomienzo. Es cierto que no hay herencia de generaciones recientes. Habría que remontarse a los 60 para relacionar un clima de renovación semejante. Pero se detectan parentescos, por ejemplo, con el cine de género, el de las comedias dramáticas, sentimentales o costumbristas de los 80 y 90. Directores de esa década como Aristarain, Mignogna, Sorín, siguen activos y sus películas no son tan diferentes de las de los más jóvenes que filman en este registro. Esta línea "comercial" y la más "autoral" de los nuevos tienen un lugar reconocido, aquí y afuera. En 2004, la revista Film Comment publicó una encuesta en la que cien críticos elegían las diez mejores películas del circuito de festivales de ese año. En ese top ten figuraban Los muertos, de Lisandro Alonso, de notable intransigencia estética, y El hijo de la novia, de Juan José Campanella, de narrativa tradicional, costumbrista y esponsoreada por HBO.
# Ser director de cine ahora es egresar de una carrera. ¿Esto produce más profesionalización?
—Absolutamente. En las escuelas se aprenden las bases de la técnica o de las estructuras narrativas, fundamentales en un lenguaje complejo como el del cine, que ahora cuenta con una batería tecnológica que lo vuelve sólo en apariencia más accesible. Y esto es parte central de la renovación en el cine local, históricamente a cargo de un núcleo cerrado de gente de la "industria". Aunque gran parte de aquellos técnicos y realizadores pasaron a integrar los planteles docentes y forman profesionalmente a las nuevas generaciones. Hay que agregar a esto el Festival de Cine Independiente, que cada año permite acceder a una cantidad formidable de películas inexistentes en las carteleras comerciales. Porque también se aprende a hacer cine viendo mucho cine.
# ¿Qué relación hay entre el público y el cine local?
—En la lista de "las más vistas" de los diarios, hay películas argentinas con igual o más público que las hollywoodenses y algunos títulos ganan esa pulseada dentro de un formato parecido y bien terminado. Pensar a los espectadores desde la taquilla marca en crudo la naturaleza doble del cine, a caballo entre el arte y el capital. Pero además de ser una máquina de entretenimiento también ofrece formas de reflexión. Hay aquí excelentes películas de esta variante que tienen también "su" público, menor sin duda, pero para nada elitista, y sobrellevan una pelea desigual en la exhibición en salas comerciales, donde deben cumplir con un número de espectadores semanales. Algunos imitaron el teatro independiente y muestran lo suyo en lugares como la sala Lugones. El INCAA cuenta con complejos de varias salas para la exhibición permanente del cine argentino, pero creo que hay una percepción de gueto que no convoca demasiado. Lo ideal sería contar con salas de arte y ensayo como en otras ciudades del mundo, donde se estrenan películas argentinas que se mantienen largo rato, mientras que aquí no pasan de un par de semanas. No creo que tengan un público más cinéfilo que el local.
# ¿Importa que las imágenes se refieran a personas que hablan como nosotros y que enfrenten problemas como los de uno?
—Hacer de la pantalla un espejo de lo propio es lo que más nos dio el naturalismo y el costumbrismo del cine nacional desde los 30 hasta hace poco. Pero el cine argentino abandonó el costumbrismo por el estilo propio.
# ¿Qué significa esa elección?
—Que prefiere mostrar lo que está detrás de la evidencia, de lo inmediato. Por eso se trata de un cine que ayuda a pensar, con o sin identificaciones, con o sin documento extranjero o local. No quisiera sonar cipaya; es obvio que tal temática o tal paisaje se reciben diferente en casa que en las salas de Europa. Además, los cines nacionales hoy deben afirmarse con señas de identidad para comparecer ante la cinematografía global, con lo cual se tiende a subrayar lo específico de cada cine, de ahí que gran parte del nuevo cine volvió al interior, a recuperar tonadas locales, paisajes, pueblos, personajes. El cine argentino fue históricamente tan porteño, que la aparición de una tonada salteña en las nuevas películas a muchos les sonó tan exótica como la de Taiwan.
# ¿Qué rupturas se notan entre el cine y la televisión?
—La devolución del mundo en sus detalles más conocidos y familiares está a cargo de las imágenes de televisión, noticiosas o narrativas, y se hace con tanta eficacia de rating que el cine trata de imitarlas cada vez más con el impacto infalible de los géneros: la comedia, el melodrama, el thriller de acción. Más allá de que todos tenemos mucho cine en los ojos, de que está plantado en la cultura y lo hemos incorporado en nuestra forma de vivir y de pensar, en ese efecto intervienen la televisión y el video, Internet y todo soporte de imágenes. La realidad misma, sin el menor simulacro, está ahí, en esa corriente imparable de imágenes, catástrofe, risa o drama... De todo, sólo que el cine las clasifica por géneros.
# ¿Cómo se ha ido tratando el trauma del pasado violento y de los desaparecidos?
—Hay poco más de una decena de ficciones y muchos documentales, sobre todo en su variante testimonial, y en ambos casos se siguieron las alternativas con que se instalaba la memoria en la sociedad. Tomando esas etapas de modo muy general, en los 80 el cine acompañó el momento en que la sociedad conoce lo brutal de lo sucedido. Ese tema está junto a otros en La historia oficial, que más allá de su valores polémicos en lo fílmico, inició el tema y con el Oscar lo llevó al mundo. También en esa década Solanas, Hugo Santiago, Fisherman se ocuparon de los exilios, el interno y el externo. En los 90, está ya la figura del desaparecido, los sobrevivientes, los militantes, Un muro de silencio (1992), de Lita Stantic, abre una brecha al problematizar cómo representar esa violencia inaudita. Ya hacia el final de la década se incorporan los hijos e hijas de desaparecidos que como cineastas comenzaron a revisar desde su experiencia ese tramo doloroso de la historia.
# ¿Se manifiesta alguna política de género en nuestras películas?
—Hay más mujeres incorporadas al cine en todos los rubros técnicos, no sólo en la realización. De todos modos, no creo necesario que detrás de la cámara haya una mujer para mostrar con sensibilidad a los personajes femeninos. Creo que Lucrecia Martel ha creado los micromundos de intimidad femenina más espléndidos del cine argentino. No se trata de que en La ciénaga o en La niña santa haya protagonistas mujeres, sino del modo en que se muestran los objetos, los cuerpos, el relieve que tienen el olfato, lo táctil, lo sonoro; sentidos más afines a lo femenino, en fin, frente a la afirmación del ojo, que es más de la erótica masculina. A su vez, hay directores varones con una intuición muy particular para retratar mujeres de distintas generaciones. Pienso en Luis Ortega, Santiago Loza, Diego Lerman. La lista es breve.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/04/30/z-04015.htm
Por Sandra Russo
Quedó como una incógnita qué quiso decir en su momento Carlos Menem cuando habló de los niños ricos que tienen tristeza. También se ignora qué consecuencias les acarreó a esos niños la riqueza acumulada durante la década del ’90, pero de lo que no cabe duda es de que todos los otros niños, los que están tristes pero no a causa del síndrome del niño que lo tiene todo sino a causa de exactamente lo contrario, aumentaron estrepitosamente y mitigan como pueden el paisaje desolado del plato vacío, la cama inexistente, el techo de chapa, el gesto endurecido del padre o la madre sin trabajo.
Como fuere, en las últimas semanas hubo noticias inquietantes que involucraron a púberes de esos que usan celular con cámara de fotos y se quejan porque el que quieren no es ése, que salió al mercado hace seis meses, sino el que acaban de lanzar el mes pasado. Son los que si no tienen iPod se sienten como sin cédula de identidad. Los que fueron a un jardín de infantes en el que les enseñaron a usar teclados de computadora y que ahora, a los trece, catorce o quince años, hacen el soporte técnico de sus padres o madres, a quienes ven poco porque trabajan mucho, pero eso esos chicos lo manejan, porque desde los ocho van al psicólogo a hablar de sus problemas. Son los que van a colegios exclusivos cuyos aranceles no bajan de los seiscientos pesos, y en los que desde el primer grado fueron instados y estimulados para que se expresen, para que den testimonio, para que hagan valer sus voces y para que también hagan valer sus derechos.
Hace unas semanas, las dos chicas de dieciséis años que usaron el sexo para distraer a un compañerito caído del catre (a veces cuando uno está en una cama haciendo ciertas cosas debería preguntarse si no se está cayendo del catre) y aprovecharon la ocasión para alzarse con cien mil dólares provocaron un asombro que no llegó a conmoción porque las historias sexuales no conmocionan: sacuden e intrigan. Es curioso, pero el ménage à trois de esos adolescentes de dieciséis años, compañeros de colegio privado, no suscitó ningún informe especial acerca de las modalidades de iniciación sexual actuales, ni sobre el rol de mujeres fatales y cachondas que usaron ambas para robar un dinero que no necesitaban.
En cambio, la muerte de Matías Bragagnolo en el hall de un edificio de Barrio Parque llevó los focos nuevamente a esos chicos. Llegó hasta haber quienes volvieron sobre aquella temible pregunta que solía disparar Neustadt en el viejo y horrible Tiempo Nuevo: “¿Sabe usted qué está haciendo ahora su hijo?” Esa pregunta de la dictadura instalaba al enemigo interno en el fuero doméstico. El extraño, el imprevisible, el sospechoso era no ya el joven en general, sino más específicamente el hijo: bajo la pantalla de la protección, había que vigilar y castigar, domar y amaestrar.
Todavía no se sabía por qué y de qué manera había muerto Matías, si esa muerte había sido natural o un asesinato; y si había sido un asesinato, tampoco se sabía si los victimarios habían sido esos chicos que se presentaron a declarar y quedaron y continúan detenidos en institutos de menores sin que nadie informe a sus abogados ni a sus padres de qué se los acusa exactamente. No se sabía, pero muy pronto se habló de “patotas de niños bien” que circulaban por esas zonas paquetas haciendo desmanes y bravuconadas.
El manejo de la información no podía ser más antojadizo. Un adolescente de dieciséis años había muerto en el hall de un edificio de Barrio Parque y la noticia rebotaba en forma de mea culpa por cierta permisividad a la que los medios atribuían esos desvíos. Una vez más, la palabra menos inocente del mundo, “libertinaje”, encontró un nicho de fertilidad. La palabra “libertinaje” es un modelo perfecto del lenguaje teledirigido a minar la confianza en la responsabilidad, la educación y el modelo que les hemos dado a nuestros hijos adolescentes. Porque encarnada en menores de edad, la libertad se convierte demasiado fácil y peligrosamente en libertinaje. Y el libertinaje es el hijo bobo de la libertad. Y la libertad nunca es cómoda, nunca es fácil, nunca es lisa: tiene arrugas y pliegues de los que a veces salen brujas. Los cazadores de brujas lo saben.
Más allá de esos casos extremos, más allá de esas noticias lamentables, lo cierto es que hay muchos púberes de clase media dando vueltas por la calle de noche y sin saber muy bien qué hacer. Y hay muchos púberes de clases populares dando vueltas por la calle de noche y sin saber muy bien qué hacer. Unos se aburren de lo que tienen porque han sido criados en una sociedad en la que cada día hay algo más para tener. Otros están hartos de nunca tener nada, y rumian su insatisfacción alcoholizada, mientras tal vez ya estén acercándose al paco o a alguna otra droga que no los divertirá ni los hará tomar litros de agua mineral. Sencillamente y sin ninguna duda, los matará.
Habría que pensar en los adolescentes sin miedo a lo que ellos son, a lo que ellos expresan de nosotros, sus padres; habría que pensar en ellos para saber cómo hacerles más fácil el tránsito hacia una juventud que se avizora complicada, y admitiendo que la vida que llevamos no es, probablemente, la que ellos necesitan que llevemos. Habría que hablar en voz alta con ellos acerca de nuestras frustraciones y nuestros límites, de nuestro cansancio y nuestra falta de ilusiones. Y tal vez reemplazar esa horrible pregunta, ¿sabe usted qué está haciendo su hijo ahora?, por otras. Por ejemplo: ¿sabe su hijo con qué sueña usted, qué ilusiones tiene todavía? ¿Sabe su hijo que usted lo ama?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-66235-2006-04-29.html
Por Juan Gelman
Fue claro de entrada: el objetivo de EE.UU. en Irak es disolverlo en regiones, dividir a la población según coordenadas sectarias religiosas y orquestar la violencia interétnica para justificar una larga ocupación del país destinada a garantizar la explotación de sus riquezas energéticas. También es clara la metodología que la Casa Blanca practica para lograrlo: la formación de escuadrones de la muerte, que actúan de manera más sistemática que los terroristas suicidas. El eje de la ocupación de Irak es la organización de la violencia y su cerebro director son los servicios de inteligencia. Yanquis, desde luego. Como dijera un ex agente de la CIA, esos servicios “son el alma y el corazón de un país nuevo” (The Washington Post, 11-12-03).
Desde el 2003 la CIA entrena, financia y equipa unidades paramilitares iraquíes y fue en mayo del 2005 que su existencia se tornó evidente: durante más de 10 días aparecieron decenas de cadáveres en basureros y baldíos alrededor de Bagdad; las víctimas había sido torturadas y asesinadas de un tiro en la cabeza. Los testigos señalaron que habían sido arrestadas por chiítas de las fuerzas de seguridad iraquíes (BBC, 6-5-05). Días después se encontraron otros 15 sunnitas baleados y desde entonces no cesa el flujo de cadáveres que, con signos de haber sido esposados antes de su muerte, se amontonan en la morgue bagdadí. También en las de otras ciudades. Las autoridades no investigan estas ejecuciones extrajudiciales, nombre bajo el que circulan tales asesinatos y que da por sentado que las judiciales son buenas. Como dicen los franceses, es normal: nadie se investiga a sí mismo.
Miles de civiles son muertos a sangre fría. Fuentes de la policía iraquí “revelaron que hasta fines de marzo del 2004, más de mil científicos iraquíes fueron ejecutados. Un informe anterior del Departamento de Estado norteamericano confirmó el asesinato de 350 especialistas en el campo nuclear y de 200 profesores” (www.brusselstribunal.org, 20-8-05). Pero también caen campesinos, obreros, conductores de taxi, pequeños comerciantes, políticos y dirigentes nacionalistas importantes, sean sunnitas o chiítas, que nada tienen que ver con Al Qaida ni con la resistencia: son simplemente carne de cañón para una guerra civil diseñada por los ocupantes. Y en materia de escuadrones de la muerte, hay para todos los gustos.
La Brigada Lobo, por ejemplo, creada en octubre de 2004 y dirigida por Abul Waleed, ex general de tres estrellas y devoto chiíta: el Consejo de Relaciones Internacionales (CFR, por sus siglas en inglés), notorio thinktank neoconservador, subraya en un informe que se trata de “la unidad de comandos más temida y eficaz en Irak.... integrada por unos 2000 chiítas pobres, sobre todo jóvenes” (www.cfr.org, 9-6-05) y manejada por el Ministerio del Interior iraquí. A la vez existen los Comandos Especiales de la Policía que lidera Adnan Thabit, ex agente de inteligencia, ex baasista, siempre sunnita y vinculado con la CIA. Están formados por unos 5000 ex miembros de la Guardia Republicana de Saddam Hussein que pertenecen a diferentes etnias y religiones, pero se estima que predominan los sunnitas en la cadena de mandos. Fueron entrenados por efectivos estadounidenses veteranos en actividades de contrainsurgencia y desde su comienzo mismo participaron en operaciones clandestinas con las llamadas fuerzas especiales del ejército de EE.UU. (Reuters, 27-11-04). Los Comandos dependen del Ministerio del Interior iraquí y es evidente que la Brigada Lobo es una de sus unidades. Sunnitas, chiítas o kurdos, un idéntico ejercicio brutal une a los enrolados en estos escuadrones de la muerte.
En realidad, toda la red iraquí de inteligencia es una criatura de los servicios secretos anglo-norteamericanos (Los Angeles Times, 18-9-05). Está encargada de atizar la guerra civil en su propio país con vistas a desmembrarlo. Hay miles de desplazados que dejaron ciudades y poblaciones para no correr la suerte de los 17 civiles de la aldea de Taji –y de tantos otros de otros lugares– que fueron fusilados por comandos “en busca de insurgentes y terroristas” (The Washington Times, 28-6-05). Y así como los chiítas de una comunidad campesina muy pobre de las afueras de Bagdad la abandonaron por amenazas de anónimos sunnitas (North Country Tines, 16-7-05), las familias sunnitas del barrio bagdadí Iskan, de mayoría chiíta, huyeron luego de que 22 jóvenes sunnitas fueran detenidos por uniformados que llegaron en coches de la policía (Sunday Times, 9-1005). Las semejanzas con el desmembramiento de Yugoslavia y la limpieza étnica en Kosovo no son mera casualidad. Lo saben muy bien la Casa Blanca, el Pentágono, la CIA y el Consejo de Seguridad Nacional de EE.UU., que aplican el eterno “divide y reinarás”.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-66129-2006-04-27.html
Por Eduardo Galeano
El Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de Hierro...
Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros han brotado, siguen brotando, en el mundo, y aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada.
Poco se habla del muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla.
Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación israelí de tierras palestinas y de aquí a poco será quince veces más largo que el Muro de Berlín.
Y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que desde hace veinte años perpetúa la ocupación marroquí del Sahara occidental. Este muro, minado de punta a punta y de punta a punta vigilado por miles de soldados, mide sesenta veces más que el Muro de Berlín.
¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos? ¿Será por los muros de la incomunicación, que los grandes medios de comunicación construyen cada día?
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En julio del 2004, la Corte Internacional de Justicia de La Haya sentenció que el Muro de Cisjordania violaba el derecho internacional y mandó que se demoliera. Hasta ahora, Israel no se ha enterado.
En octubre de 1975, la misma Corte había dictaminado: “No se establece la existencia de vínculo alguno de soberanía entre el Sahara Occidental y Marruecos”. Nos quedamos cortos si decimos que Marruecos fue sordo. Fue peor: al día siguiente de esta resolución, desató la invasión, la llamada Marcha verde, y poco después se apoderó a sangre y fuego de esas vastas tierras ajenas y expulsó a la mayoría de la población.
Y ahí sigue.
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Mil y una resoluciones de las Naciones Unidas han confirmado el derecho a la autodeterminación del pueblo saharaui.
¿De qué han servido esas resoluciones? Se iba a hacer un plebiscito, para que la población decidiera su destino. Para asegurarse la victoria, el monarca de Marruecos llenó de marroquíes el territorio invadido. Pero al poco tiempo, ni siquiera los marroquíes fueron dignos de su confianza. Y el rey, que había dicho sí, dijo que quién sabe. Y después dijo no, y ahora su hijo, heredero del trono, también dice no. La negativa equivale a una confesión. Negando el derecho de voto, Marruecos confiesa que ha robado un país.
¿Lo seguiremos aceptando, como si tal cosa? ¿Aceptando que en la democracia universal los súbditos sólo podemos ejercer el derecho de obediencia?
¿De qué han servido las mil y una resoluciones de las Naciones Unidas contra la ocupación israelí de los territorios palestinos? ¿Y las mil y una resoluciones contra el bloqueo de Cuba?
El viejo proverbio enseña:
–La hipocresía es el impuesto que el vicio paga a la virtud.
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El patriotismo es, hoy por hoy, un privilegio de las naciones dominantes. Cuando lo practican las naciones dominadas, el patriotismo se hace sospechoso de populismo o terrorismo, o simplemente no merece la menor atención.
Los patriotas saharauis, que desde hace treinta años luchan por recuperar su lugar en el mundo, han logrado el reconocimiento diplomático de ochenta y dos países. Entre ellos, mi país, el Uruguay, que recientemente se ha sumado a la gran mayoría de los países latinoamericanos y africanos.
Pero Europa, no. Ningún país europeo ha reconocido a la República Saharaui. España, tampoco. Este es un grave caso de irresponsabilidad, o quizá de amnesia, o al menos de desamor. Hasta hace treinta años el Sahara era colonia de España, y España tenía el deber legal y moral de amparar su independencia.
¿Qué dejó allí el dominio imperial? Al cabo de un siglo, ¿a cuántos universitarios formó? En total, tres: un médico, un abogado y un perito mercantil. Eso dejó. Y dejó una traición. España sirvió en bandeja esa tierra y esas gentes para que fueran devoradas por el reino de Marruecos. Desde entonces, el Sahara es la última colonia del Africa. Le han usurpado la independencia.
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¿Por qué será que los ojos se niegan a ver lo que rompe los ojos?
¿Será porque los saharauis han sido una moneda de cambio, ofrecida por empresas y países que compran a Marruecos lo que Marruecos vende aunque no sea suyo?
Hace un par de años, Javier Corcuera entrevistó, en un hospital de Bagdad, a una víctima de los bombardeos contra Irak. Una bomba le había destrozado un brazo. Y ella, que tenía ocho años de edad y había sufrido once operaciones, dijo:
–Ojalá no tuviéramos petróleo.
Quizás el pueblo del Sahara es culpable porque en sus largas costas reside el mayor tesoro pesquero del océano Atlántico y porque bajo las inmensidades de arena, que tan vacías parecen, yace la mayor reserva mundial de fosfatos y quizá también hay petróleo, gas y uranio.
En el Corán podría estar, aunque no esté, esta profecía:
–Las riquezas naturales serán la maldición de las gentes.
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Los campamentos de refugiados, al sur de Argelia, están en el más desierto de los desiertos. Es una vastísima nada, rodeada de nada, donde sólo crecen las piedras. Y sin embargo, en esas arideces, y en las zonas liberadas, que no son mucho mejores, los saharauis han sido capaces de crear la sociedad más abierta, y la menos machista, de todo el mundo musulmán.
Este milagro de los saharauis, que son muy pobres y muy pocos, no sólo se explica por su porfiada voluntad de ser libres, que eso sí que sobra en esos lugares donde todo falta: también se explica, en gran medida, por la solidaridad internacional.
Y la mayor parte de la ayuda proviene de los pueblos de España. Su energía solidaria, memoria y fuente de dignidad, es mucho más poderosa que los vaivenes de los gobiernos y los mezquinos cálculos de las empresas.
Digo solidaridad, no caridad. La caridad humilla. No se equivoca el proverbio africano que dice:
–La mano que recibe está siempre debajo de la mano que da.
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Los saharauis esperan. Están condenados a pena de angustia perpetua y de perpetua nostalgia. Los campamentos de refugiados llevan los nombres de sus ciudades secuestradas, sus perdidos lugares de encuentro, sus querencias: El Aaiún, Smara...
Ellos se llaman hijos de las nubes, porque desde siempre persiguen la lluvia.
Desde hace más de treinta años persiguen, también, la justicia, que en el mundo de nuestro tiempo parece más esquiva que el agua en el desierto.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/sociedad/3-65961-2006-04-23.html
Por Juan Gelman
Saddam tenía armas de destrucción masiva y el país ocupado se ha convertido en centro de una red terrorista de alcances mundiales que centraliza Al Qaida bajo el mando del jordano Abu Musab al Zarqawi, dijo, dice, la Casa Blanca. De lo primero no hubo y de lo segundo hay poco. Aunque Zarqawi y otros terroristas extranjeros han lanzado ataques suicidas mortíferos, son “una parte muy pequeña del número real” de insurgentes, señaló el coronel Derek Harvey (The Washington Post, 10-406). El coronel sabe de qué habla: fue uno de los jefes principales del espionaje norteamericano en Irak y en esa calidad formó parte del personal del Estado Mayor Conjunto de las fuerzas ocupantes.
La inflación del papel de Zarqawi, el segundo de Osama bin Laden, al que W. Bush y la prensa occidental han convertido en jefe de la resistencia iraquí, es obra de la guerra psicológica que impulsan los servicios de inteligencia estadounidenses con la finalidad de justificar la prolongada ocupación de Irak y la necesidad entonces de construir allí bases militares permanentes. Sirve además para reunir en un solo paquete a los brutales atentados de terroristas suicidas y a la lucha de los resistentes contra la ocupación extranjera, justifica el asesinato de civiles iraquíes durante la búsqueda de presuntos miembros de Al Qaida y es lógico suponer que EE.UU. no tardará en denunciar “las relaciones” de Zarqawi con Irán. Lo hizo sin éxito en el caso de Saddam Hussein, pero sólo se trata de que la mentira dure el tiempo suficiente. Después vemos.
El Washington Post da cuenta de algunos documentos internos que los militares yanquis vienen analizando desde el 2004. Uno se titula “Denigrar a Zarqawi/alentar respuesta xenofóbica” y diseña tres métodos conducentes: “Operaciones con los medios, operaciones especiales (626) –referencia al grupo de tareas 626 encargado de cazar a ex funcionarios de Saddam– y PSYOP, el término militar que designa el trabajo de propaganda”. En el 2004 se invirtieron 24 millones de dólares en esa tarea solamente en Irak, pero la guerra psicológica no sólo tiene el objetivo de aislar a la resistencia de los civiles iraquíes, confundiéndola con el terrorismo de Al Qaida: mediante filtraciones bien seleccionadas a los medios más importantes de EE.UU. –Times, Newsweek, CNN y otros canales de TV– procura que la opinión pública norteamericana –y no sólo– siga pensando que la invasión y la ocupación de Irak eran y son necesarias para la seguridad nacional. Lo piensa cada vez menos.
Las bombas que el 7 de julio pasado estallaron en Londres y costaron la vida de 52 personas fueron, desde luego, atribuidas a Al Qaida. Tony Blair proclamó a los cuatro vientos “Al Qaida está entre nosotros” y subrayó que era justa la participación de su gobierno en la llamada “guerra antiterrorista”. Y hete aquí que la investigación oficial del atentado encontró que había sido obra de cuatro británicos musulmanes que aprendieron a hacer los explosivos por Internet y nada tenían que ver con la organización terrorista (The Observer, 9-4-06). Curiosamente, Mohammed Siddique Khan –presunto jefe del grupo– había sido detectado por espías británicos meses antes del atentado y, sin embargo, el M15 suspendió la vigilancia de sus movimientos. Nada distinto a lo ocurrido en EE.UU. desde un año antes del 11/9.
Esta guerra psicológica tiene componentes más mortíferos que el delgado papel de los periódicos. En septiembre del 2005 policías iraquíes detuvieron en Basora a dos personas vestidas como árabes que despertaron sus sospechas: eran militares británicos que en un Toyota Cressida sin placas transportaban una buena cantidad de explosivos. Resistieron el arresto a tiros y fueron llevados a la cárcel de la ciudad, que diez tanques británicos, con el apoyo de helicópteros, no tardaron en rodear, derribarle los muros y rescatar a los dos presos. El secretario de Defensa del Reino Unido, John Reid, confirmó en un comunicado que los dos militares encubiertos habían regresado a sus unidades, “pero no informó de su misión ni de cómo fueron liberados” (Reuters, 20-9-05). ¿Y cuál sería la misión? Hay indicios de que los disfrazados se proponían hacer estallar el vehículo en el centro de Basora (www.globalresearch.ca, 20-9-05). Hubiera sido otra acción ordenada por Zarqawi. El jefe terrorista no se puede quejar: lo ayudan mucho a tener prensa.
Poca o ninguna consigue la matanza de civiles por las tropas estadounidenses que buscan a miembros de Al Qaida. Un informe de la policía iraquí del 15 de marzo consigna que de varios helicópteros descendieron en paracaídas “fuerzas norteamericanas que entraron en la casa de Faiz Harat Khalaf situada en Abu Sifa, localidad del distrito de Ishaqui. Juntaron en una habitación a los miembros de la familia y ejecutaron a 11 personas, incluyendo a 5 niños, 4 mujeres y 2 hombres, volaron la casa, quemaron tres vehículos y mataron a los animales” (Knight Ridder Newspapers, 19-3-06). La edad de los niños iba de 3 meses a 5 años y el mayor de los hombres tenía 75. “Nos preocupa escuchar acusaciones de esta naturaleza, pero sucede que es altamente improbable que sean ciertas”, declaró a la prensa el mayor Tim Keefe, vocero de las fuerzas armadas de EE.UU. en Irak. Ninguno de los once fusilados de la familia Khalaf lo desmentirá.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65947-2006-04-23.html
RELATOS DEL TERRIBLE PASAJE DE AFRICA AL PAIS MAS CERCANO DE LA UNION EUROPEA
Nahir no quiere recordar lo que vivió para llegar al Mediterráneo: nueve años en los que pasó de la adolescencia a la juventud y de los que se rehúsa a hablar. El nigeriano Sunday Taiwo, en cambio, acepta contar lo que llama un milagro que duró dos años y terminó en un puerto español, con una pierna destrozada, pero con el final feliz de una visa y una vida.
Por María Esther Gilio
“El color de nuestra piel nos delata”, dice Nahir. “No somos blancos los que llegamos de Africa. Yo llegué hace diez años, tengo papeles, trabajo, soy enfermera y todavía me piden documentos”, dice, y corre tras su hijo pequeño que camina rápido hacia los bordes de la plaza. Le pregunto si charlaría conmigo sobre su llegada y responde que no, que no le gusta recordar. Que cuando otros africanos empiezan con ese tema ella se va. “Sólo le digo una cosa, decidí venirme cuando tenía 17 años y cuando pisé suelo español tenía 26. Y no me pregunte qué pasó en el medio”.
En su acento extraño que no delata ningún idioma conocido hay de tanto en tanto algún giro que hace pensar en la lengua portuguesa. “Sí, soy de Guinea Bisau –dice, cuando se le mencionan sus giros en portugués–, pero antes de llegar acá di muchas vueltas. Siempre por lugares que prefiero olvidar. Le deseo que encuentre a alguien que quiera hablar con usted.”
Varios días demoré en encontrar ese alguien dispuesto. Se llamaba Sunday Taiwo, tenía 30 años y en su momento había contado con la ayuda de una organización cristiana que fue la que me puso en contacto con él.
“Carlos, a quien usted conoció en el Centro de Acogida, me dijo que era una amiga, que hablara tranquilo” comienza Sunday Taiwo. “A mí no me gusta hablar de mi vida con gente que no conozco. No sé por qué, pero uno queda con miedo. Aunque hoy ya nadie se empeñe en devolverme. Esa historia vieja no termina de borrarse.”
–Ahora tiene documentos, trabajo.
–Sí, todo. Tengo todo. Esposa y un buen trabajo.
–Es importante un buen trabajo.
–Sí, hace unos años yo estaba afuera, lejos de Cádiz. Caminaba media hora hasta encontrar un ómnibus que me traía a la ciudad a trabajar. Pero un día me prendieron y me dijeron que ya basta, que tenían que devolverme. Me llevaron a un Centro de Internamiento para extranjeros en Málaga y luego a Madrid donde me tuvieron un tiempo hasta que me soltaron.
–¿Qué pasó que lo soltaron?
–Me soltaron porque no tenía ningún documento.
–¿Y eso lo beneficia?
–Si tú no tienes ningún documento, ellos no saben, de dónde eres. Y si no saben ¿a dónde te mandan? Hasta hace seis meses era así. Si no se conoce el país de origen, ¿quién te acepta?
–Es fácil quedarse, entonces. Alcanza con perder los documentos.
–No hay que perderlos, hay que viajar sin nada. Ellos así, no tienen a dónde devolverte. No tenían, porque ahora ya resolvieron el problema. Hicieron un acuerdo con el gobierno de Nigeria de manera que a cualquier subsahariano que llega a España sin documentos lo mandan a Nigeria. Nigeria se ocupa de hacer los trámites para que lo reciban en su país. Tienen en cuenta tales o cuales cosas que permiten ubicarlos.
–Me dijo que era de Nigeria.
–Sí, soy del país con quien se realizó el acuerdo: Nigeria.
–¿Qué país colonizó a Nigeria?
–Inglaterra. Hasta 1960 estuvieron ahí los ingleses.
–¿Qué produce Nigeria?
–Nosotros éramos un país agrícola hasta 1970 en que apareció petróleo. Y ahí...
–¿Y ahí qué pasó?
–Ahí lo cagamos. A ese país lindo lo cagamos. ¿De qué te ríes?
–De la palabra que usa.
–¿Está mal?
–No. Está muy bien, muy española. Nigeria está al oeste, sobre el Atlántico.
–Sí, encima de la línea del Ecuador, cerca de Camerún y Togo.
–¿Y por qué piensa que todo se arruinó cuando descubrieron el petróleo?
–Porque todos quieren estar en el negocio del petróleo. Nadie planta más, sólo se habla de petróleo. Hay mucho, pero el petróleo mató todo. Nosotros somos siete hermanos. Siempre mis padres dijeron que había que estudiar para tener luego un buen trabajo. Varios de mis hermanos y yo estudiamos, tuvimos diploma, pero no tuvimos trabajo. Llegó un momento en que todos pensamos –hijos y padres– que si queríamos progresar teníamos que irnos.
–Los ingleses se fueron en 1960. ¿Qué pasó después?
–Cuando ellos se fueron dejaron instalado un gobierno democrático, pero al poco tiempo nos cayó encima un golpe de Estado.
–Militar.
–Los golpes de Estado son siempre militares. ¿Qué otros pueden ser? Ellos tienen las armas. El país se transformó en un caos, subían éstos y fusilaban a los contrarios hasta que subían los contrarios y fusilaban a los otros. Sin juicio. En la calle, siempre en la calle. Dos bandos rivales que se disputan el poder. Ninguno mejor. Todos iguales. Muy corruptos. Y los diarios también, muy corruptos. Cuando yo terminé mis cursos de economía quise irme a Alemania, donde estaba mi hermano mayor. Lo intenté tres veces y nunca conseguí visa. Tuve que renunciar. Decidí venirme a España.
–Eso tiene que contarnos. Sabemos del final feliz. Tiene papeles. Tiene trabajo.
–Sí, dos trabajos, una esposa y auto.
–¿Sí? ¿Auto?
–Sí, aquel azul que está parado junto al farol. No, ese grande no, el otro, más atrás, un poco más chico, de dos puertas. Entonces le cuento. Me decidí por España aunque aquí no tenía ningún hermano.
–¿Cómo pensaba llegar?
–Como cualquier africano pobre, en patera.
–Para eso primero debía llegar al Mediterráneo. ¿Cuántos kilómetros son desde su patria?
–En línea recta 4500 kilómetros. Pero es difícil ir en línea recta, porque muchos países no podía atravesarlos sin visa. Entonces das muchas vueltas. Para llegar a Marruecos tenés más de cinco mil kilómetros que los hacés en autobuses, camiones y todoterreno. El Sahara no podés atravesarlo si no es en todo terreno.
–¿Cuánto demoró?
–Yo me fui de Nigeria el día 21 de marzo de 1999 y llegué a España en marzo de 2001. Alguna gente llega en un mes, pero ésa es gente que tiene dinero. Si el dinero es mucho, mucho pueden ser 6 horas. Yo cuando llegué a Níger no tenía más dinero. Tuve que ponerme a trabajar en cualquier cosa, en la construcción, en los hoteles. Estuve dos o tres meses, junté un poco y seguí. Cuando llegué a Argelia ya otra vez estaba sin dinero. Tuve que volver a detenerme para ganarlo. En Argelia estuve unos cuatro meses y me fui a Marruecos. Hasta ese momento había ganado dinero para sobrevivir y para coger un autobús o un todo terreno, pero ahora debía ganar para cruzar el estrecho.
–¿De dónde a dónde?
–De la punta de Tánger a las costas de Algeciras.
–¿Cuánto se demora?
–En ferry de una hora a dos. En patera cinco o seis. Si partes de Ceuta el viaje es más corto, pero ahí hay mucho que esquivar.
–¿Cómo se conecta con la gente que se ocupa de esos viajes?
–Eso es fácil, es lo más fácil del mundo. Tienes que llegar a la playa y ahí encuentras todo. Los que como tú quieren pasar a España y los que buscan a quién llevar. Hay mucha libertad. Si tienes el dinero es fácil. Son mil euros para embarcarse sin papeles en patera. Es un barco común, es otra historia. Eres legal, pagas menos de 50 euros.
–¿Juntó los mil en cuánto tiempo?
–Más de un año.
–¿Y para vivir, al llegar? También precisaba algo.
–Nada, nada, nada, un día y luego como los vagabundos.
–¿Cómo es la gente que los lleva?
–En general son pescadores. Uno se acerca y dice: “Somos cuarenta o cincuenta que queremos llegar a España”. Si el hombre dice “sí” tiene que comprar todos los materiales. Motor, la balsa, o la barca, cuerdas, muchas cosas. Todo nuevo.
–Se trata de gente de la mafia.
–No, son pescadores, no son mafia. Son mafia los que pasan droga. Esos sí, pero éstos son pescadores. A veces los que pasan droga también llevan emigrantes, eso ocurre. Abajo ponen la droga y encima a la gente.
–Mujeres que corran esa aventura no hay muchas.
–Hay menos. Para las mujeres todo es muy duro, entonces, a menudo se arriman a algún tío que les ofrece ayuda. Después viene el problema, quedan embarazadas. Entonces tienen que cargar con el niño, ya sea en la barriga o en los brazos. No sé qué es mejor.
–Usted no corre ese peligro que corren las mujeres, pero alguna tía habrá encontrado que tal vez ayudó en ese largo camino.
(Sunday me mira con una expresión tan seria que me pregunto si se habrá sentido ofendido.)
–Perdón, no le gusta lo que digo.
–No, no es eso, no. Nunca pensé en mujer ni en nada que no fuera llegar. Durante todo el viaje sólo en llegar. Nada más que llegar y en Dios, que me ayudara a avanzar. No había lugar para otra cosa en mi corazón. Sólo Dios estaba a mi lado para ayudarme. Todos mis pensamientos y mis fuerzas estaban dedicados a lo que me había propuesto: escapar de aquella maldita tierra. Cuando yo empiezo algo sé que voy a lograrlo. Soy optimista cien por cien, pero no hago nada que me desvíe de lo que quiero.
–Y lo que quería...
–Era escapar de la maldita tierra.
–¿Tan enojado estaba con Africa? Tal vez todavía lo está. ¿Tan poco quiere a su tierra?
–Uno no debe querer a quien no lo quiere a uno.
–Tiene razón. Para salir, entonces se precisa una cantidad que no es fácil de ganar en Africa.
–Uno para salir precisa dinero y suerte. Una cosa es el dinero y otra la suerte. Hay gente que ha juntado y cruzado tres y cuatro veces el Mediterráneo y sigue mirando a Europa desde lejos.
–Tres y cuatro veces. Son años.
–Sí, así es. Los cogen al llegar y días después otra vez Africa.
–Usted pagó y embarcó. De noche tarde, por supuesto.
–Sí, cuando está bien oscuro. Con luna llena no se viaja. Eramos 60 en una balsa de 15 metros que abajo tenía flotadores.
–Quince metros es muy larga. ¿Y de ancho?
–Puede tener cinco, seis. Eso no sé. Tendría cinco. Ahí nos sentamos todos uno pegado al otro, rezando.
–¿Todos?
–No lo sé, yo, la mayoría.
–¿No se caen de la balsa?
–Sí, sí, se caen. Si hay marea, si el mar se pone picado se caen. Yo me caí.
–¿Cómo que se cayó?
–Nos caímos siete, cuatro se ahogaron.
–Mi Dios, ¿qué dice?
–Cuatro se ahogaron.
–Nada bien.
–No, yo no sé nadar. Fue un milagro. Caí, la balsa siguió pasando y yo me agarré al final.
–Tuvo mucha suerte.
–Dios me ayudó. Dios me ayudó. Cuando caí únicamente pensé en Dios. Lo llamé en mi ayuda y él acudió. Me salvó la vida. La vida, sí. No la pierna que me deshizo la hélice.
–¿Tanto?
–Sí, tenía la tibia completamente rota. Estuve seis meses en el hospital para recuperarme.
–Quiere decir que llegó herido a la costa y no lo devolvieron.
–No, me curaron. La ley dice que si el emigrante llega enfermo o herido hay que darle médico.
–Pero una vez curado lo mandan de vuelta. Tuvo suerte.
–Sí, mucha suerte. Mi enfermedad se complicó mucho y me fui quedando. De Algeciras me mandaron acá, a Cádiz, para hacerme entre otras cosas cirugía plástica. La pierna había quedado sana, pero muy fea. Aquí arreglaron todo.
–¿Y mientras tanto qué se decía sobre su situación? ¿Hablaban de devolverlo?
–Mucho hablaban. Unos querían y otros me defendían. Acá estaba en un centro de acogida e iba al hospital a curarme. Me decían: “Te van a devolver”, no quiero ni acordarme, era muy triste. Me mandaron a un centro de internamiento primero en Málaga y después en Madrid mientras decidían a dónde me devolvían. De verdad que no quiero acordarme. Todo era demasiado triste. Un día me decían “están buscando cómo devolverte” o “en unos días ya te mandan”. Así cerca de dos meses.
–¿Qué hacen esas organizaciones no gubernamentales, algunas religiosas, cuyo fin es protegerlos, intentar que les permitan quedarse?
–Esas organizaciones nos ayudan mucho, pero sólo pueden un poco.
–Finalmente le permitieron quedarse.
–Sí, yo no tenía documentos, no había a dónde mandarme. En ese momento era así, pero eso ya te lo conté.
–Se quedó, consiguió trabajo y se casó. ¿Con mujer africana?
–No, blanca, española de Cádiz.
–¿Le gustan las blancas?
–Yo nunca había pensado si me gustaban. Eran personas que estaban en otros mundos. Nunca había pensado en eso. Pero llegué aquí y es lo que había.
(Y se quedó mirándome, muy serio, por varios segundos, Hasta que metió la cara entre las manos y rió largamente.)
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ENTREVISTA A PABLO GERCHUNOFF, ECONOMISTA
La comparación entre ambos países fue un clásico para entender por qué el nuestro cayó y aquél ascendió en la cuesta del desarrollo. Hoy, los destinos podrían volver a ser convergentes.
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
La comparación con Australia fue muchas veces planteada para rastrear las causas de nuestra decadencia. ¿Qué vigencia tiene hoy?
—La comparación era pertinente hace cien años porque la Argentina era un país parecido a Australia. Un país del hemisferio sur, con clima templado, algunos la imaginaban como un gran alfalfar en el que se iba a desarrollar la ganadería más competitiva del mundo; un país de espacios vacíos, con poca mano de obra, y por lo tanto, que estaba destinado a tener salarios reales altos. Era, entonces, bastante lógico que se encontrara en aquel otro país del mismo hemisferio pero en las antípodas un espejo en el que podíamos vernos. Y la dinámica económica daba una respuesta positiva, porque la Argentina alentaba el optimismo sobre lo que se llamaba "la Australia del Atlántico", venía expandiéndose y progresando, incorporando flujos migratorios. Algunos, incluso, tuvieron buenas razones para pensarla como "los Estados Unidos del Sur".
# ¿Por qué no tuvimos la fortuna que tuvo Australia?
—A partir de 1930, algo empieza a crujir; lo sabemos, en el mundo y en la Argentina. Y también en esa dinámica virtuosa que hacía fácil la comparación. Australia tuvo, desde 1930 en adelante, una suerte geográfica y política que la Argentina no tuvo. Ya desde la Primera Guerra Mundial, pero más aún en el período de entreguerras, fue auxiliado por una potencia, decadente pero todavía una potencia, Inglaterra. Y cuando la Segunda Guerra, curiosamente, se acercaba al comercio también con un país muy dinámico, que luego iba a jugar un rol muy importante: Japón. Desde la guerra en adelante, Australia se convierte en un favorito de los Estados Unidos, que nunca iba a permitir allí una crisis financiera de envergadura.
# ¿Y nuestro país recorre en esas etapas un camino opuesto?
—Nuestra historia de la posguerra, sobre todo desde 1975 en adelante, es una de sucesiones de crisis financieras. De tal manera que la geografía política de la segunda posguerra encuentra a Australia en la región más dinámica del capitalismo mundial —primero por Japón, después por el Sudeste Asiático, y finalmente por China y la India—, brindándoles materias primas.
# ¿Qué pasa en la Argentina, mientras tanto?
—No ocupa un lugar relevante en la geografía política, no tiene vecinos que sean lo más dinámico del capitalismo mundial y no tiene grandes descubrimientos de nuevas materias primas.
# ¿Pero qué incidencia tuvieron las políticas y orientaciones tomadas en uno y otro caso?
—Un rasgo destacado es que Australia resuelve su conflicto distributivo muy temprano. Aun antes de nacer como Estado federado, en 1901, ya tiene un Partido Laborista fuerte, que no es solamente una maquinaria sindical de raíz minera sino también, probablemente, la primera maquinaria política de raíz socialdemócrata en el mundo de cultura occidental, sólo que enclavada en el Asia-Pacífico. Esto le permite incorporar la cuestión social muy temprano, en un contexto de régimen parlamentario y con partidos constituidos. El igualitarismo fue, en Australia, un consenso nacional.
# ¿Y esto ocurre más tardíamente en el caso argentino?
—Desde el nacimiento de Australia, proteccionismo e igualitarismo están muy presentes. En Argentina, es un fenómeno que llega abruptamente, recién con el primer peronismo, que genera las instituciones que la miopía de las clases dirigentes no supieron generar antes. Argentina hace, en tres años lo mismo que Australia hizo en cincuenta o setenta años. Incorpora muy aluvionalmente las instituciones de la distribución y la distribución misma; las incorpora sin que necesariamente formen parte de una rutina político-institucional. Eso va a generar un conflicto, porque la reacción y el conflicto distributivo argentino, desde 1945 en adelante, es permanente.
# ¿En dónde se encontraría la raíz del problema distributivo?
—Durante muchas décadas; pongamos entre 1920 y 1970, la Argentina es un país que exporta el alimento de sus clases populares y da empleo a sus clases populares en actividades que no exporta, que son básicamente las que se generan con la sustitución de importaciones. Allí hay un conflicto distributivo que pone en tela de juicio el crecimiento. Chile exporta cobre, y el cobre no se come; Venezuela o México exportan petróleo, y el petróleo no se come; el viejo Brasil exportaba café, y el café no formaba parte de la dieta de consumo popular; y aun Australia, al tener la minería como exportación, atemperaba ese conflicto. En la Argentina, abrir la economía al comercio mundial, y por lo tanto, aumentar el precio de lo que exporta, significaba restarles el pan de la mesa o la carne de la mesa a las clases populares. Ese es un conflicto que la Argentina ha empezado a resolver ahora.
# ¿De qué manera lo empezó a resolver?
—Por un lado, la siderurgia, la petroquímica, el aluminio hoy son industrias que exportan. Además, la soja que exportamos es un alimento para los cerdos y pollos que van a comer los trabajadores chinos, pero no es un alimento para los trabajadores argentinos. Esto significa que la superposición de las canastas de consumo popular y de exportaciones, de la cual la Argentina es el ejemplo más nítido del mundo, empieza a atemperarse. Es un conflicto entre crecimiento y distribución, pero no como lo frasean los liberales. Si miramos cuánto hay de exportaciones en la canasta de consumo popular y cuánto bien de consumo en la de exportaciones, es cada vez menos. Por otro lado, está la tragedia social, desde el 75 en adelante, que también atempera el conflicto distributivo, pero por una derrota popular. Este es un país que ya pagó muchos costos. Tenemos un tipo de cambio real alto; eso significa haber bajado los salarios reales en algún momento. Tenemos la economía abierta y un mercado mundial, con una demanda proveniente de Asia que ya no beneficia sólo a Australia, también a la Argentina.
# ¿En qué puede ser útil hoy la pregunta por Australia, como conclusión, para que esas condiciones favorables prosperen?
—Australia sigue siendo un buen ejemplo para la Argentina, en este caso para preguntarnos si no vuelve a existir un proceso de convergencia con los países desarrollados. Si no será que la Argentina de hoy ha superado el límite que le impuso durante tantas décadas el sector externo y la anemia exportadora. Si no será que en medio de esa crisis que nació en 1975 y que duró tres décadas, empezó a generar una inserción en el mercado mundial que ahora se hace nítida y que le permite que esas exportaciones crezcan y que el país recupere un lugar en el mundo perdido en 1930. Y si no será —y voy al otro costado del asunto— que el conflicto distributivo ya no es el que era, que "la larga agonía de la Argentina peronista" ha llegado a su fin. Si esto fuera así, entonces, las dos patas del conflicto hay que mirarlas de otro modo.
# ¿Mirarlas de qué modo?
—La Argentina es un país en el que las exportaciones crecen y por lo tanto los dólares no escasean y en donde el conflicto distributivo ya no puede ser visto con los ojos con que miramos siempre la resistencia popular a la caída de los ingresos. La hipótesis sobre el cambio de rumbo es ésa: mientras seguimos lamiéndonos las heridas de estos años, y en muchos casos con justicia, se han operado transformaciones de fondo en nuestra economía. Y si el activo principal que tuvo la Argentina a lo largo de su historia, que es la tierra, se revaloriza por efectos inesperados que vienen del mundo, entonces, los modelos de marchas y contramarchas quizás ya no tengan vigencia.
# ¿De qué depende que estas buenas condiciones prosperen?
—En la Argentina, quizás por los últimos treinta años que vivimos, el escepticismo se ha convertido en la haraganería de los intelectuales. Cabe poner, creo yo, una ficha en el optimismo, a condición de que ese progreso material sea un progreso inclusivo. Si no, la comparación carece de sentido. En la Argentina, el 15% de la población vive con dos dólares o menos diarios; en Australia no hay una sola persona que pueda vivir con dos dólares al día. Aun creciendo, un país que excluye al 30% de su población no puede aspirar a nada sólido.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/04/23/z-03616.htm
Por Osvaldo Bayer
He estado en Quimilí. Sí, Santiago del Estero. Tierra de los colores pintados de la belleza. Y de la música de montes y decires. Tierra para pensar en siglos, en silencios, en palabras cantadas. Bien, allí, la tremenda injusticia de la sociedad argentina, a través de décadas interminables. La gente de la tierra sin tierra. La tierra es de los especuladores. Especuladores siempre respaldados por la política, la Justicia, la policía. Hay que ir y escuchar a la gente: hombres como entregados ya a su suerte. Mujeres que salen primeras con el puño cerrado, niños que miran como acusadores de siglos, con infinita paciencia. Sí, uno escucha a la gente de la cooperativa del Mocase, allí, en Quimilí. No se explican por qué es así, por qué es siempre así. Trabajan su tierra y de pronto llega un desconocido con un papelito de propiedad, rodeado de una patota y exige el desalojo, y si no se van, viene la policía con palos. Si no dejan la tierra, llega entonces la Justicia. Así es, la tierra pasa de la gente nacida en Quimilí hace mil años a un desconocido de otra latitud. Y si pretenden aún quedarse o protestar, viene la patota y rompe a todo a fierrazos hasta desalojarlos.
Pienso en aquel 1810, en esos hombres como Moreno, Castelli, Belgrano. Sí, Belgrano. Detengámonos en este escrito de Belgrano. Belgrano, Manuel, el de la bandera azul y blanca: “Cuando vemos a nuestros labradores en la mayor parte llenos de miseria e infelicidad; con una triste choza que apenas les liberta de las intemperies; que en ellas moran padres e hijos; que la desnudez está representada en toda su extensión, no podemos menos que fijar el pensamiento para indagar las causas de tan deplorable desdicha. Es tiempo ya de que manifestemos nuestro concepto diciendo que todos esos males son causas de la principal, cuál es la falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores; éste es el gran mal de donde provienen todas las infelicidades y miserias, y que sea la clase más desdichada de estas provincias”.
Es tiempo ya, dice Belgrano en 1810. Es tiempo ya. Estamos en el 2006, a dos siglos. Y seguimos igual. Claro, es que el general Julio Argentino Roca parece que arregló definitivamente todo. Argentino, Julio. Después de su “Campaña del Desierto” el resultado fue: dos millones quinientos mil hectáreas para los Martínez de Hoz. Y las mejores llanuras pampeanas para los Amadeo, Leloir, Temperley, Atucha, Ramos Mejía, Llavallol, Unzué, Miguens, Terrero, Arana, Casares, Señorans, Martín y Omar, Real de Azúa. Nuestra “sociedad”, el Barrio Norte en pleno. Con todas las letras: cuarenta y dos millones de hectáreas a 1843 terratenientes. Por la concesión Grünbein se dieron 2.517.274 hectáreas a los señores Halliday, Scott, Rudd, Wood, Waldron, Grienshild, Hamilton, Saunders, Reynard, Jamieson, Mac George, Mac Clain, Felton. Johnson, Woodman, Redman, Smith, Douglas y Ness, todos británicos. Es que en ese tiempo se hacía patria, por eso los monumentos. Y empezaron los infinitos negocios. Alvaro Yunque denuncia: “En 1884, el gobierno compra en La Pampa cuatro leguas de tierras. Las paga 5665 pesos con 85 centavos la legua. Dos años antes, el gobierno las había vendido a un particular a 500 pesos la legua. Diez veces más”. Negocio redondo. Negocio argentino. Pero ésas son moneditas con respecto a los grandes negociados que vendrían. En la Década Infame, Julio Argentino Roca, el hijo del general, va a firmar como vicepresidente de la Década Infame el tratado Roca-Runciman, con los británicos. Que fue, sin exagerar, ponernos de rodillas ante el Imperio de Su Majestad. Argentina con sus Argentinos. Roca. Por eso los monumentos.
Una verdadera democracia no puede seguir permitiendo que la gente de la tierra no tenga tierra o que se la quiten de acuerdo con el caudillo feudal que domine la región. Con justicia ad hoc, policía, gendarmería o patota. Si queremos una democracia debería comenzarse con limitar los latifundios. Que ningún poseedor “legal” de la tierra pueda tener más de50 mil hectáreas, por ejemplo. Y la obligación de todo gobierno de ayudar a las cooperativas campesinas mediante la expropiación y la ayuda en los primeros tiempos de esas cooperativas de trabajadores. El balance de los resultados de las cooperativas de todo tipo son realmente positivas, de manera que no se puede aducir el viejo prejuicio de los amos y dueños que, según ellos, los de abajo no saben lo que es producir y distribuir. Hay ejemplos magníficos que demuestran todo lo contrario.
De Quimilí viajamos a Santiago del Estero, la capital. Otra reunión de debate de los problemas de la tierra. Allí, con mucha rabia se recuerda el largo período de Juárez. El tiempo de la humillación, cinismo, descaro. Sólo superado por aquella Década Infame de los ’30. Mafia argentina. El pobre está para obedecer, sufrir. La sumisión. Y el silencio de todos: los gobernantes, los políticos, los intelectuales, los gremialistas y los medios. A las protestas, el silencio, cuando no el garrote. O la muerte mafiosa.
Los oradores nos informan que, a pesar del cambio de gobernador, las cosas no han cambiado mucho. Es que el poder “efectivo” sigue en las mismas manos, los que tienen la sartén por el mango de la economía, la “justicia” y la policía. De pronto se levanta la voz de un campesino, con la palabra de acento lugareño: “En mi calidad de trabajador de la tierra, voy a seguir protestando y denunciando, aunque siempre perdí, y cómo perdí. Me llamo Julio Galeano, soy de Campo Santa Ana, departamento Moreno. Tuve que enfrentar como campesino una avanzada cordobesa con socios santiagueños que actuaban personalmente o con ex funcionarios policiales, uno de ellos apellidado Castillo, y otros que simulaban ser jueces o escribanos, para meternos miedo. Hace poco vinieron a verme en una Trafic llena de armas. La primera vez que llegaron los recibí bien porque desconocía sus intenciones. Ellos, con sarcasmo, me dijeron: ‘¿Siempre va a ser así, tan bueno con nosotros?’ Se quedaron en casa, miraron mi campo y almorzaron. Hasta que vi en la camioneta muchas armas largas. Y así comenzaron a pasar de pronto avionetas, helicópteros, camionetas 4x4, automóviles caros. Y estuve dos veces preso, sin motivo. Al campesino Adolfo Farías lo secuestraron, lo desnudaron al lado del río Salado durante un día y una noche. Querían obligarlo a acusar a los compañeros de ladrones de vacas”.
Igual que con la “Campaña del Desierto”, donde meses antes se preparó el ambiente calificando a los pueblos originarios de “indios ladrones”. Cuando en realidad los “indios” no tenían sentido de la propiedad, es decir que no tenían noción de lo que es robar, porque creían que todo pertenecía a la naturaleza y no a algún cristiano. Y ya se hizo común, se llaman “los aprietes”. De pronto llegan patrulleros y se llevan a dos o tres campesinos y los acusan, por ejemplo, de “hurtos forestales”. La gente de campo tiene miedo principalmente por sus hijos y al final prefieren la pasividad, aguantar y retirarse.
Estos enfrentamientos por las tierras, en los que han ganado siempre los poderosos, afectan al 35 por ciento de la población rural en la provincia de Santiago del Estero. Muchos abogados terminan quedándose con el 20 por ciento de las propiedades en juego, que resigna siempre el campesino atacado.
Si el campesino atacado no resigna, los visitantes comienzan por su cuenta a alambrarles el campo; ponen sus propios peones, desmontan los bosques, taponan los pozos de agua, cierran caminos y hasta matan los animales. Y si no, obtienen una orden de desalojo judicial, generándose lógicas sospechas de un solapado respaldo judicial al despojo. Todo esto también lo ha ido registrando la publicación campesina La Columna.
Es otro capítulo más de la lucha de nuestro campo. Basta recordar aquel movimiento increíble de la “huelga de los rusos” de la pampeana Macachín, en 1910, que promovieron las colonias de rusos alemanes llegados a esa zona y que exigieron semillas para reanudar los sembrados destruidos porla sequía, o la huelga agraria de 1919 también en la llanura pampeana, o el corajudo Grito de Alcorta, de 1912, la rebelión de los sembradores de esas llanuras contra los terratenientes que dominaban todo desde el tiempo del “progreso” de Roca, desde sus mansiones del Barrio Norte. O aquello de Jacinto Arúaz, en plena pampa, donde los peones rurales dijeron basta a las empresas cosechadoras que los sometían a una bárbara expoliación. Lo mismo la trágica huelga de los peones rurales patagónicos que se rebelaron contra los latifundistas británicos y sus ayudantes argentinos, y terminaron fusilados por el gobierno de Yrigoyen. Una larga historia de injusticias en un país que se llama democrático.
Pero nada es gratuito. La violencia de arriba va a generar la respuesta de abajo. No jugar con la gente, no exagerar. No olvidar aquello tan sabio del “espontaneísmo de las masas”.
No jugar. Marchar hacia la verdadera democracia. Una sociedad sin niños con hambre, sin desocupados, de campesinos con su tierra para sembrarla, y la libertad necesaria para terminar con la Justicia corrupta, la policía mercenaria, los políticos sordos por conveniencia.
Me despide de Santiago del Estero un cuarteto de niños: dos guitarras, un violín y un bombo. Cantan como ángeles santiagueños melodías de esa tierra. ¿Llegarán ellos a tener tierra para sembrar semillas y poder continuar cantando esas melodías del pueblo?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65919-2006-04-22.html
Por Jack Fuchs
Mi plegaria, no sé a quién llevarla,
y la llevo;
mi plegaria, no tengo a quién decirla,
y la digo.
Mi plegaria, sobre el paladar se me hiela,
y la llevo;
mi plegaria, revive en un estallido de ira,
y la digo.
Mi plegaria, tantas veces se quiebra,
y la llevo;
mi plegaria, se alza sobre seis millones de fosas,
y la digo.
Mi plegaria, se derrumba y deshace sin palabras,
y la llevo;
mi plegaria para quien no sé si ha de oírla,
y la digo.
(“Mi plegaria”, poema de H. Leivik, traducido del idish por Eliahu Toker.)
Este 19 de abril, como todos los 19 de abril, recordamos el levantamiento del Gueto de Varsovia, y la obligación de esta memoria abarca tanto a los héroes que lucharon como a todos los otros, los que murieron en silencio, en la imposibilidad siquiera de pelear. Desde la Noche de Cristal, en noviembre de 1938, hasta la derrota del nazismo, en mayo de 1945, no hubo un día de esos terribles años en el que no ocurrieran matanzas, deportaciones, vejaciones, destrucción, y cada uno de esos días merece un instante de recordación.
Es obligación recordar la inmensa riqueza de la vida en aquellas pequeñas aldeas, pueblos, ciudades, la cultura y la lengua, el idish, los hábitos y las costumbres de más de 5 mil comunidades judías que formaron parte de Europa durante más de un milenio. La destrucción de todo aquello significó la pérdida irrecuperable de un mundo, el que fue mi mundo antes del horror.
El 19 de abril es un día de recogimiento, un día para nombrar cada uno de los guetos, cada uno de los campos de exterminio y, si fuera posible, a cada una de las víctimas.
El 19 de abril nos permite, a los sobrevivientes y al resto, anclar el recuerdo. Sabemos que la memoria es muy frágil. Me incluyo entre los que necesitan establecer en esa fecha, el 19 de abril, la condensación de todo lo ocurrido en esos terribles años. Para poder seguir adelante, más de 60 años después, luchando para que el peor flagelo que tuvo la humanidad en esos tiempos, la indiferencia frente al dolor de los demás, no ponga en peligro la convivencia entre los hombres.
El 19 de abril es, año tras año, fecha para una plegaria.
* Escritor y pedagogo. Sobreviviente de Auschwitz.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65763-2006-04-19.html
SILVIA BLEICHMAR. PSICOANALISTA
Nuestra cultura tiene una incapacidad cada vez mayor de acceder a la felicidad. La reemplaza por un goce inmediato y superficial, que no reconoce al otro como un sujeto con el que existen obligaciones de tipo ético.
Analía Roffo.
aroffo@clarin.com
En una escena de la película "Derecho de familia", el protagonista le dice a su mujer que ella deberá ocuparse de la sexualidad de su hijo hasta la mayoría de edad del chiquito. ¿Es así? ¿Las mujeres se ocupan de la sexualidad de sus hijos varones? ¿Deben hacerlo?
—Las mujeres se ocupan de los hijos varones y de las hijas mujeres. El problema es cuál es el límite de la intromisión en el cuerpo del otro. Porque cuando el protagonista le dice eso a su mujer, le empieza diciendo otra cosa: que se ocupe de cambiarle los pañales, de llevarlo al baño...; hace una seguidilla respecto del cuerpo. Lo que está planteando es que el cuerpo del niño es propiedad de la madre y que él no quiere ocuparse de ese cuerpo.
# ¿Hoy en día hay tantos hombres que piensan así?
—No lo creo. Los padres participan muchísimo más que antes, y la madre va perdiendo esa propiedad exclusiva sobre el cuerpo de los hijos. En realidad, es una gran ventaja, porque el nivel de intromisión a veces era muy grande. Pero me parece que el problema de ocuparse de la sexualidad habría que desplazarlo al de apropiarse del cuerpo.
# ¿A qué se refiere?
—A que el adulto no se apropie del cuerpo del niño sino que esté al servicio de la resolución de las necesidades que tiene el cuerpo del niño, y que pueda tener en cuenta que ese cuerpo está sostenido por un sujeto. En ese sentido, el adulto —madre o padre— tiene a su cargo la preservación de ese cuerpo, sin tomarlo como objeto de goce propio.
# La palabra goce es típica del psicoanálisis. ¿Cómo la podemos definir en términos sencillos?
—Goce es toda forma de ejercicio del placer que esté despojado de la comprensión de la subjetividad que implica el otro.
# ¿Por qué es importante entonces que esa relación inicial y familiar no esté teñida por la idea de propiedad?
—Porque contamina el desarrollo de la sexualidad. Una de las cosas que me ha llevado a redefinir la perversión ha sido la instrumentación del cuerpo del otro como un lugar de goce despojado de subjetividad. Cuando se emplea el cuerpo del otro como si estuviera vaciado, como si fuera un objeto, hay perversión. Bajo la forma que se ejerza. Aun bajo la forma de una relación sexual tradicional.
# ¿Ese reconocimiento del otro es imprescindible para el amor, para la relación sexual?
—Es que en el amor y en el sexo todo está permitido, siempre que haya ética. La ética implica reconocimiento del otro, noción de mi obligación hacia el otro, como dice Levinas. En este sentido, el amor pone coto al goce desenfrenado. Lamentablemente, una de las cosas que se manifiesta en nuestra cultura es la dificultad de acceso a la felicidad y su reemplazo por un goce inmediato. Y este goce es una forma desubjetivizada de la relación sexual. En ese sentido es perversa, no en los modos genitales o no que tome. ¿Usted recuerda la película "Regreso sin gloria"?
# Cómo olvidarla...
—Precisamente, nos hemos pasado la vida preguntándonos cómo hacía esa pareja entre un lisiado de Vietnam y una mujer sana (encarnados por Jane Fonda y John Voight) para ejercer el amor en términos de sexualidad. De lo que no hay duda es de que en esa pareja no había perversión, sino una capacidad infinita de reconocer del otro en su subjetividad.
# ¿Podría haber un reconocimiento semejante en una película como "Secreto en la montaña"?
—Exactamente. En ese filme el amor es una cuestión central. A tal punto que uno de los personajes no es homosexual y sin embargo, es tan profundo su amor por el otro, que queda capturado por la pasión, pero no se le ocurriría tener otra relación homosexual. La película tiene otro rasgo extraordinario: cada vez que la sociedad los humilla en su condición de masculinidad, cada uno se arroja al otro, como una recuperación de la dignidad en la medida en que se siente amado.
# Dada la mayor o menor aceptación social, ¿suele haber más sufrimiento en las parejas homosexuales que en las heterosexuales?
—Sí, pero no todo es sufrimiento. Una de las cosas más destacables es que las parejas homosexuales estables, en sociedades más permisivas, tienen la misma plenitud y los mismos problemas que las parejas heterosexuales. Se les plantea también a veces la disociación entre el amor por el compañero y al mismo tiempo el déficit pasional que puede haber, exactamente igual que ocurre en parejas heterosexuales cuando se estabilizan.
# Respecto de la similitud de problemas, ¿una pareja homosexual tendría más o menos los mismos que una pareja heterosexual para criar un hijo?
—Tendría los mismos, en algunos puntos, y diferentes en los temas específicos que tienen que ver con la organización de género y con el hecho de que se está rompiendo una pauta establecida respecto a la diferenciación de funciones. Pero esto no implica, de ninguna manera, mayor patología en los niños. Lo que hay que saber es que la diversidad de problemas no significa mayor o menor patología, sino diversidad de caminos. Lo que importa es que lo que se sostiene en cualquier situación —sea de reproducción biológica, sea de adopción, sea de lo que sea— es el deseo de hijo como un deseo de trascendencia, que no reduce al niño a su cuerpo en sí mismo como lugar de goce —insisto en esto—, sino como lugar trascendente respecto de la subjetividad. Y eso se puede dar perfectamente en una pareja homosexual o en una pareja heterosexual.
# Usted dice que no hay límites para el amor y el sexo salvo el reconocimiento ético del otro. ¿Es lo que usted observa mayoritariamente?
—No, no. Lo que estoy viendo en hombres y mujeres es un reconocimiento, sí, pero de la desubjetivación de que son objeto en la relación con el otro. Me refiero, por ejemplo, a la forma en la cual algunas mujeres sienten al hombre como un proveedor, despojado de otros atributos, furiosas cuando él no provee lo que suponen que tendría que proveer. En estos casos, algunos analistas se confunden, creyendo que lo que está en juego es un derecho y no una fantasía ilimitada respecto a lo que el hombre posee, con lo cual estimulan una pelea brutal sobre la base de un fantasma de frustración de la mujer, que en realidad se sostiene sobre un fantasma de omnipotencia del hombre.
# ¿Y qué observa en los hombres?
—En los hombres estoy viendo la sensación, después de muchos años de matrimonio, de haber sido proveedores no reconocidos en su esfuerzo y sufrimiento. Y también aparecen estas preocupaciones en las mujeres respecto a qué representan ellas para un hombre. Creo que esta idea de intercambiabilidad de la pareja que ha surgido —la idea de que la mujer es intercambiable por otra más joven, o el hombre por otro más rico— está vinculada a estos procesos de desubjetivación de los que hablo e implican una profunda infelicidad para la sociedad.
# ¿En esa búsqueda de goce inmediato no hay felicidad posible?
—Lo que hay es una pérdida permanente de la capacidad amorosa. El otro día hablaba con alguien que había tomado éxtasis en el fin de semana, y que estaba deprimido. Yo, en lugar de considerarlo como una cosa de culpa, lo tomé como un proceso de deshidratación psíquica. Cuando uno toma éxtasis y no toma agua con sales, se deshidrata. En algunos procesos de drogadicción o de circulación sexual sin enlace con el otro, lo que se produce es una deshidratación psíquica. El sujeto cree que está calmando la sed, pero en realidad se está deshidratando psíquicamente.
# ¿Se está secando?
—Así es. Y eso produce un circuito de insatisfacción muy profundo. Porque la gran cuestión es la relación entre felicidad y acceso al placer. La felicidad es una sensación de confort consigo mismo, no es simplemente una descarga del malestar. Y nuestra sociedad ha incrementado tan brutalmente el malestar, que lo único que se propicia son descargas o aplacamientos de ese malestar. La descarga viene por el lado de estas formas de goce y el aplacamiento por el lado de la medicalización. Pero lo que existe es un incremento muy importante de malestar, sobre la base de una fractura del reconocimiento intersubjetivo y de la posibilidad de proyectos compartidos.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/04/16/z-01178429.htm
Por Sandra Russo
Esta semana, hablando con un cura católico y un rabino, les pregunté si la fe es una gracia, si es un don, porque yo quiero creer, pero no creo. En Dios no creo. Y cuesta caro no creer. Hay que sobrellevarlo. Tal vez sea la edad, tal vez con los años uno atraviesa situaciones más duras de lo que está preparado para soportar. Tal vez con la edad, por más que uno quiera, no se pueden evitar ese tipo de golpes que sólo suaviza la fe. Y es ahí cuando uno se pregunta si la fe es una gracia, y si es así, por qué no le ha sido concedida.
Mi familia era católica pero no practicante. A los ocho años tomé la primera comunión. Ya en ese entonces, lamenté llegar justo un año más tarde de que fuera obligatorio el vestido blanco y largo para esa ceremonia. Tengo esa foto, una Kodak. Flequillo recto, pelo tirante, posando al lado de los sandwiches de miga y la torta amarilla y blanca.
Mi madre sólo iba a misa cuando tenía problemas de salud ella o algún familiar cercano. Sobre su cama matrimonial había un crucifijo, y recuerdo que en mi casa alguna vez se le dio albergue transitorio a una Virgen de Alguna Parte que, se decía, procuraba armonía hogareña. Crecí entre esos rituales toscos e imprecisos de tanta clase media, obligada quién sabe por qué o por quién a aferrarse a una idea de sí ligeramente equívoca en relación a la fe: ser católico era como ser de Flores o de Ezpeleta, una especie de paradero del alma, pero eso no comprometía a nada más que a proclamarlo de vez en cuando y a cumplir con algunos rituales de rigor, como, por ejemplo, no hacer chistes sobre la inexistencia de Dios, o donar, cada muerte de obispo, ropa vieja a la parroquia.
Cuando llegué a la adolescencia, me asaltó un brusco ataque de religiosidad, pero era una religiosidad un poco extremista. Tenía amigos Niños de Dios. Periféricos y poco peligrosos, pero dados a bautizarse en bañeras de departamentos de Barrio Norte y a predicar en Plaza Francia. Recordé esa época, súbitamente, leyendo en este diario el reportaje que le hizo Silvina Friera al filósofo italiano Gianni Vattimo. El recupera la ética cristiana antigua, basada en la práctica de la comunión y la solidaridad, y divorciada históricamente de las ideas que eligió siempre para sí la jerarquía eclesiástica. Lo que recordé sobre esa breve etapa de mi adolescencia tenía mucho que ver con esa ética de la austeridad rabiosa y la solidaridad militante que, en la Edad Media, tomaron Francisco y sus amigotes de Asís, entre ellos Bernardo, el fundador de la Orden Cisterciense.
Cuando tenía dieciséis años, en mi casa trabajaba una chica que vivía en una casilla precaria del río de Quilmes y que nunca había viajado a la Capital. Mis padres me encomendaron “hacer el bien”, es decir: llevar a esa chica a la calle Corrientes, mostrarle el Obelisco y meterla en un cine a ver King Kong. Yo estaba en plena efervescencia religiosa, me negaba a comprarme ropa, andaba descalza por la calle, usaba trenzas largas, leía la Biblia y repetía parábolas sin parar. Llevé a la chica hasta el Obelisco, se lo señalé sin mucho énfasis y después nos fuimos al cine, pero a ver Hermano Sol, hermana Luna, una película de Zeffirelli sobre San Francisco y Santa Clara.
Aunque me esfuerce, recorro mi biografía y no encuentro una escena más patética que ésa: yo, una adolescente de clase media en franco brote místico, queriendo hacerle entender a una empleada doméstica apenas mayor que yo, el mensaje de un santo cristiano que elevaba la pobreza a un estado del alma en el que el cielo estaba ganado. La película era subtitulada y la chica leía con dificultad; yo le leía al oído las ampulosas frases de Francisco, “mirad los lirios del campo” y todo eso, esperando que a la chica se le revelara... ¿qué? La niña pequeño burguesa que se negaba a comprarse ropa pretendía convencer a la niña pobre de que sus necesidades eran bien vistas por el Señor. La niña pobre no mostró entusiasmo.
Mis amigos además de místicos eran lúmpenes y drogones, todos provenían de familias disfuncionales y además, corría el ’74 o el ’75, éramos chicos y no podíamos verbalizar lo que sentíamos. Pero se venía la noche, se venía la Edad Media, se venía la quema de libros, se venía la caza de brujas, se venía la Inquisición, y en esos bautismos en bañeras de departamentos y en esas fumatas nocturnas sobre el pasto éramos como los jóvenes de Asís, inadaptados no sólo para nuestros padres sino también para nuestros hermanos mayores, los militantes.
Desde entonces la religión nunca más volvió a mi vida. Es decir, cuando volvió, fue para exponerse desnuda, ella, la hija del dogma, desnuda en su propósito domesticador, desnuda en su afán de seducir y de calmar y de sostener el dolor humano con la promesa de una segunda vuelta en la que las injusticias de hoy serían el abono del bienestar impalpable.
No creo en Dios pero, no obstante, me gustaría creer. Me gustaría fondear mis dudas y mi inquietud existencial en las certezas que da la fe, pero aunque ya renuncié a cualquier cosa con forma y fondo de religión, sigue quedándome impregnada en algún lugar de mí aquella actitud ética que me conmovió de chica: sigo creyendo en la comunión.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65597-2006-04-15.html
Por Juan Gelman
“Creo que perdimos un tiempo decisivo negociando con Irán debido a que la Casa Blanca eligió subestimar la amenaza y privilegiar las negociaciones... La política estadounidense debe ser clara e inequívoca: no podemos y no deberíamos, no debemos, permitir que Irán fabrique o adquiera armas nucleares... Y no podemos desechar ninguna opción, enviando un mensaje claro a las autoridades actuales de Irán: que no se les permitirá contar con armas nucleares.” No fue un superhalcón-gallina quien hizo esa crítica a la presunta blandura del gobierno Bush ante Teherán: la formuló Hillary Clinton, hoy senadora y mañana probable candidata a presidente por el Partido Demócrata, ante una selecta audiencia de la Universidad de Princeton (www.dailyprincetonian.com, 30-1-06). “Un Irán nuclear –agregó estableciendo un significativo orden de prioridades– es un peligro para Israel, para sus vecinos y aun más allá... La seguridad y libertad de Israel es el eje de toda concepción norteamericana sobre el Medio Oriente. Ha sido el sello distintivo de la política exterior norteamericana durante más de 50 años y no debemos ni atrevernos a vacilar ante este compromiso.”
Se venden ya camisetas, gorras y otros indumentos con la frase “Hillary presidente 2008” y tiene posibilidades de ser nominada para el cargo. En diciembre del 2005, una encuesta de CNN/USA Today/Gallup reveló que el 41 por ciento de los demócratas la quiere en la Casa Blanca. Pero su estrategia no consiste en capitalizar el creciente descontento con el gobierno republicano por el desastre iraquí. Más bien al revés: se muestra más dura que W. Bush al que le discute, no los fines, sino los medios para garantizar la realidad del sueño imperial. Hillary tampoco se anda con chiquitas respecto de Irak: “No creo que debamos o podamos irnos de Irak inmediatamente”, señaló en un e-mail dirigido a sus posibles votante en el que postula una retirada paulatina “dejando (en Irak) un número menor de efectivos en zonas seguras, más capacitados para reunir datos de inteligencia y atacar con rapidez” (www.clinton.senate.gov, 29-12-05). Dicho de otra manera, instalando bases militares permanentes en el país agredido. En esto, la señora de Bill va más lejos –declaratoriamente– que el propio W., quien suele referirse con oscuros titubeos a las 14 bases que el ejército de EE.UU. construye en Irak para quedarse en “zonas seguras”. ¿Para “atacar con rapidez” a qué país si no Irán?
Hillary Clinton, a diferencia de 22 de sus correligionarios senadores, votó por la guerra contra Irak señalando que el arsenal de armas de destrucción masiva de Saddam Hussein y su complicidad con Al Qaida eran “hechos indiscutibles”. Hoy le parece “indiscutible” que Teherán está fabricando armas nucleares, aunque en la más reciente Estimación Nacional de Inteligencia –un informe que periódicamente elaboran por consenso todos los organismos de espionaje de EE.UU.– se indica que “Irán no podrá producir una cantidad suficiente de uranio altamente enriquecido, el ingrediente clave de un arma atómica, antes de comienzos de la segunda mitad de la próxima década”, es decir, hasta dentro de 10 años (The Washington Post, 2-8-05). Pero ése es un detalle y la senadora no parece detallista.
La escritora Gail Sheehy relata en su biografía Hillary’s Choice (Ballantine Books, Nueva York, 2000) una escena conyugal no precisamente íntima en el contexto de la guerra en Yugoslavia: “Hillary llamó al presidente por teléfono para darle su opinión. ‘Lo insté a bombardear (Belgrado)’. Los Clinton discutieron la cuestión unos días. (Bill) dudaba: ¿y si los bombardeos provocan más ejecuciones? ¿Y si distancian a la OTAN?” Hillary respondió: “No puedes permitir que esto continúe hasta el final de un siglo que presenció el mayor holocausto de nuestra época. ¿Para qué tenemos a la OTAN si no es para defender nuestro estilo de vida?’ Al otro día el presidente declaró que era necesario usar la fuerza”. Cabe reconocer la coherencia belicista de la Sra. Clinton.
El Consejo de Liderazgo Democrático (DLC, por sus siglas en inglés) realimenta, por si hiciera falta, las posiciones de Hillary. El DLC es un influyente think-tank de dirigentes demócratas que defiende los intereses de las grandes corporaciones y brega para que el partido abandone sus pujos de centroizquierda y se ubique nítidamente en el centroderecha. Con las elecciones de noviembre a la vista, se ha convertido en un verdadero obstáculo para las actividades contra la guerra y amonesta a sus bases así: “Es importante que los demócratas entiendan que, a pesar de la declinación de Bush, EE.UU. sigue siendo un país de moderado a conservador”. Y advierte a los dirigentes del partido que “podrían estar jugando con dinamita política si demandan la retirada inmediata de las tropas norteamericanas” de Irak (The Washington Post, 18-12-05). El sábado 8 de este mes, un hombre cortó el discurso sobre “Mujeres líderes” que Hillary pronunciaba en la Brown University de Providence (AP, 9-4-06). “¿Es liderazgo apoyar la guerra?”, preguntó el hombre y desató la protesta airada de otros asistentes que duraba cuatro minutos cuando la policía sacó a la senadora del auditorio. Afuera la esperaba un cartel con la leyenda “El mintió, ella estuvo de acuerdo, ellos murieron. Que las tropas vuelvan ya”.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65508-2006-04-13.html
Por David Viñas
“Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivos reflejos.”
Rubén Darío, Marcha triunfal
Si el golpe de 1976 es la reducción al absurdo del 6 de septiembre de 1930, se puede inferir –teniendo muy en cuenta las obvias diferencias entre ambas coyunturas históricas– que Galtieri resulta la caricatura de aquel otro general que, manoteando su pistolera amenazante, echó de la Casa Rosada al vicepresidente Martínez. Podría postularse, también, que el dictador en ejercicio durante la guerra de las Malvinas no sólo representa la versión grotesca de aquel protagonista inicial sino su abyecta culminación y, ya al final del circuito militar, su clausura deseable y categórica.
Trato de sugerir, como me parece evidente, una especie de genealogía argentina tan obscena como deplorable. Que nos involucra a todos sin excepción en calidad de emisores o de receptores. Enérgicos/pasivos. Minoritariamente, ay, disconformes, críticos o resistentes. O para ser más preciso si cabe: ir proponiendo una constante cuya matriz no se limita a condicionar escenarios análogos sino, además, a superponerlos a un discurso central con variaciones.
La matriz del continuo discursivo que se tiende entre Uriburu y Galtieri puede leerse en la arenga pronunciada por Leopoldo Lugones en 1924. Fue en el Perú de Leguía con motivo del centenario de la batalla de Ayacucho. Es un texto musculoso e insultante. Y que reverencialmente ha sido comentado, en su núcleo, por generaciones sucesivas de militares argentinos (así como por devotos compatriotas civiles). La médula de semejante alarde oratorio consiste en la proclama de la superioridad castrense y en la certeza indiscutible de la predestinación del Ejército a mandar al país y a sus habitantes sin ningún tipo de restricciones.
La escenografía que sirve de soporte a las egregias declamaciones de Uriburu y de Galtieri es el balcón de la Casa de Gobierno. Aparente detalle. Y allá abajo, una multitud en presunto acuerdo. Equívoco complemento. 1930/1982. El general aristocratizante, satisfecho en la foto lateral junto a Matías Sánchez Sorondo, pretendía avalarse referencialmente con Benito Mussolini. Momento primordial en pleno apogeo del fascismo. Galtieri, condotiero tardío, hasta en sus sobreactuaciones pronosticaba el desastre final.
Apertura y cierre. Un jefe rígido, pionero que, de hecho, estrena los años infames; y otro jefe con quien se evaporan, histriónica y trágicamente, los pruritos del autopromocionado Proceso. Pero la hipótesis de una genealogía castrense argentina puede lucir un par de inflexiones agregadas: Falcón –cuyo gigantesco retrato a lo kaiser Guillermo II adorna la oficina mayor del Departamento de Policía–, eficiente sableador de manifestaciones anarquistas en la etapa de repliegue del “orden conservador”. Dios lo tenga en su gloria. Y Onganía, indeleble carismático, entre las guías enhiestas de Uriburu y el hipo marcial de Galtieri.
“Superioridades” y destinos, sería el balance. O el epitafio. Una constante retórica, en realidad, con sus crispaciones y naufragios. Se podría, de manera consiguiente, agregar una ristra de connotaciones: desde potencias abatidas hasta múltiples deterioros. Quizás en esa franja módica y tan gritona se nos revele, por fin, la esquiva esencia argentina, oficiosamente manipulada por dictadores como Uriburu y Galtieri.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65138-2006-04-04.html
Por Juan Gelman
“Los ciudadanos de Shorewood, Wisconsin, resuelven que el gobierno de EE.UU. inicie la retirada inmediata de sus efectivos militares en Irak, comenzando por los de la Guardia Nacional y los reservistas” (www.wnjp.org, 5-4-06). Un 60 por ciento de los que acudieron a las urnas el 4 de abril en 24 ciudades y localidades de Wisconsin aprobaron ésa y otras resoluciones parecidas. La propuesta fue de la Red por la Paz y la Justicia del estado, que agrupa a unos 150 grupos pacifistas locales, partió de la sociedad civil, no es vinculante y sus resultados crearon nerviosismo en los políticos, tanto demócratas como republicanos. Los dos partidos votaron por invadir Irak y aprueban sistemáticamente los presupuestos astronómicos que Bush y el Pentágono exigen para mantener la ocupación. Y las elecciones de noviembre están más cerca cada día.
El descontento con la guerra de vastos sectores de “la mayoría silenciosa” se encarna en estas iniciativas que nacen espontáneamente y organizan diversas ONG de base en todo el país. La participación ciudadana es escasa, pero constituye la punta del iceberg del estado de ánimo de muchos que no van a las manifestaciones ni realizan actividades pacifistas, y refleja un paisaje exactamente opuesto al de los mítines de cualquier campaña electoral: una asistencia numerosa no garantiza una votación acorde. Los 1664 ciudadanos de Shorewood que aprobaron la resolución –un 70 por ciento del total de quienes sufragaron– son apenas una décima parte de sus habitantes. Cabe medir su importancia desde el umbral de la pasividad política que caracteriza a la sociedad norteamericana.
No todos los cristianos estadounidenses apoyan la guerra contra el mundo árabe para que acontezca el Armagedón: el 1o de este abril partió de Irving, Texas, una “Marcha para redimir el alma de EE.UU.” que en dos semanas recorrerá 192 kilómetros hasta Crawford, donde W. Bush pasará las vacaciones pascuales en su ranchito de 620 hectáreas. El objetivo de la marcha no se limita a exigir el fin de la guerra en Irak: también la observancia de los derechos humanos y las libertades civiles que la Casa Blanca se entretiene en recortar (www.marchtorede em.org, 3-4-06).
En Irving, los manifestantes se detuvieron ante la sede central de ExxonMobil –el oligopolio gasero y petrolero más grande del mundo– y demandaron que invierta en beneficios sociales los 7000 millones de dólares que ha ganado hasta ahora con la guerra. En tres años, no está mal. El reverendo Roy Malveaux denunció que la empresa niega toda responsabilidad por los estragos que su refinería de Beaumont propina a la salud de los habitantes del lugar. El 2 de abril la marcha se concentró frente a la cárcel de Dallas y varios oradores señalaron que el dinero destinado a la guerra se necesita para crear fuentes de trabajo para los jóvenes. El reverendo Peter Johnson informó que sólo de las arcas fiscales del condado de Dallas partieron hacia Irak 3300 millones de dólares. Se estima que unos 25.600 millones de dólares del erario del estado de Texas siguieron el mismo camino (www.nationalpriorities.org, 7-4-06). Pareciera que los manifestantes comparten la sentencia de Alphonse Allais: “Hay que pedirle más a los impuestos y menos a los contribuyentes”.
“¡Basta de guerra en Irak! ¡Que nuestras tropas vuelvan a casa!” es el lema de la “Marcha por la paz, la justicia y la democracia” que la Organización Nacional de la Mujer, Amigos de la Tierra, la Coalición Nacional de Jóvenes y Estudiantes por la Paz y otras ONG norteamericanas han convocado para el 29 de abril. Exigen que se debata en la Cámara de Representantes el proyecto de resolución 635 que presentaron 30 legisladores demócratas y cuyo título es muy claro. “Establecer un comité que investigue el designio del gobierno al declarar la guerra sin autorización del Congreso, manipular los datos de inteligencia previos, alentar y aprobar la tortura, aplicar represalias a los críticos, y que formule recomendaciones acerca de los elementos para un posible impeachment.” La idea no cuenta con el entusiasmo de los republicanos ni de la directiva del partido demócrata. Pero las alcaldías de ocho ciudades han pedido que se ejerza esa acción penal con vistas a la destitución de W. Bush y decenas de miles de ciudadanos han adherido con su firma a la propuesta (www.atlantaprogressi venews.com, 10-2-06).
James Madison, uno de los principales hacedores de la Constitución de EE.UU. y cuarto presidente del país, supo reflexionar: “De todos los enemigos de la verdadera libertad, la guerra es, tal vez, el más temible, porque entraña y desarrolla los gérmenes de otras por venir. La guerra es madre de los ejércitos; de éstos nace la necesidad de contraer deudas e imponer impuestos; y los ejércitos, las deudas y los impuestos son instrumentos conocidos para que los muchos sean dominados por los pocos... Ninguna nación puede preservar su libertad en medio de guerras continuas”. No faltan estadounidenses que, estas palabras, las recuerdan.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65343-2006-04-09.html
JORGE MONTELEONE. CRITICO LITERARIO
Pocas expresiones artísticas parecen resistirse a las recetas globales como la poesía. Tendencia a la oralidad y ciertos ritmos definen a la nuestra, pero la marca final está dada por una cierta manera de percibir los espacios.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
En plena globalización, hay manifestaciones artísticas que suelen preferir seguir siendo locales. ¿Qué rasgos hacen de la poesía argentina un arte identificable como nuestro, como propio?
—Encuentro algunas líneas posibles en la voz y la mirada. A partir de las búsquedas de la oralidad, que comienzan con el Martín Fierro, se marca una tradición en la poesía argentina que tiene diversas manifestaciones. Por ejemplo, encontramos en los poetas de los años veinte las vo ces de los inmigrantes, que son factor de resistencia respecto de un lenguaje pretendidamente nacional. Otro ejemplo es el trabajo con la oralidad que ha hecho Juan Gelman, que ha producido una torsión del lenguaje a través del juego entre el exilio y el lugar propio. Y, sin ir más lejos, en los poetas de los 90 hay un trabajo con la oralidad, con los lenguajes y las jergas callejeras, que generó una suerte de ampliación de la conciencia lingüística.
# ¿Esta centralidad de lo oral, que acerca la poesía al habla ordinaria, provoca una tensión con el uso académico del lenguaje?
—Me resisto a encontrar dicotomías de ese tipo. La poesía siempre trabajó con la oralidad porque en el centro de la oralidad está el trabajo con el ritmo. El ritmo del poema tiene que ver con las musicalidades del habla. No necesariamente esta oralidad forma parte de lo popular, aunque lo incluye. También la oralidad puede ser lo personal del poeta, lo que Barthes llamaba "el grano en la voz". Cuando hablamos de la voz en el poema, no hablamos de la voz manifiesta sino de una especie de espectro de voz, de fantasma de huella oral que el poema trata de aprehender, de recrear. Un poeta de la oralidad por excelencia fue Evaristo Carriego. En él podemos encontrar, por un lado, todos los patrones rítmicos del modernismo literario, y al mismo tiempo, como una especie de zona resistente a ese esquema rítmico, la irrupción de la oralidad del barrio. Esa máquina poética tuvo su descendencia en los tangos del 40, porque había en Carriego una apertura a las voces de los otros, a la oralidad barrial que luego encarnó en las oralidades de la canción popular.
# Desde que aprendimos a leer en silencio se nos dificulta oír respiraciones, atender a los ritmos. ¿Cómo se plasma este rasgo de oralidad en la lectura?
—En el poema encontramos la voz en sombras, una especie de remedo imaginario de la oralidad. Se logra mediante todos los elementos que sí aparecen en el lenguaje, que son los elementos rítmicos. Es decir, repetición de sonidos, de esquemas, de formas. Y el lector tiene que reponer un poco en su lectura los ritmos que se le ofrecen. Entonces habría, por un lado, de parte del poeta, una recuperación y una estilización de los ritmos orales y, por parte del lector, una puesta en acto de esos ritmos, lo cual muchas veces lo obliga a leer la poesía en voz alta, a tratar de encarnar en su voz estos ritmos orales. Cuando uno lee el Martín Fierro, hay una tendencia a encarnar, aunque sea como una especie de voz fantasmal que a uno le resuena, estos ritmos que parece que tenemos incorporados. Cuando uno lee "Aquí me pongo a cantar/al compás de la vigüela", está reponiendo un ritmo, así sea internamente, en la lectura.
# ¿Qué implica que el otro eje de la poesía argentina pase por el registro de la mirada?
—Podemos encontrar ejemplos desde Echeverría. En ese caso, el desierto sería un campo posible de proyección de la mirada, un campo vacío sobre el que hay que proyectar no sólo la productividad de una nación en ciernes, sino también la productividad poética.
# ¿Un espacio que debe ser poblado de palabras?
—Exactamente. Echeverría vio ese espacio del desierto como un espacio proyectivo de la subjetividad y de la economía: esa especie de lugar en blanco debe ser poblado de palabras y de ganado. Baldomero Fernández Moreno nos da otro ejemplo. En él, la visión de la ciudad nueva produce una poesía nueva, la poesía de la ciudad, en 1915/17. En ese momento aparece por primera vez en la poesía argentina un imaginario urbano. Cuando Borges se refirió a Baldomero, dijo que había realizado un acto revolucionario: había mirado alrededor. El poeta descubre un objeto nuevo, un espacio nuevo.
# ¿Cómo es la mirada del poeta bajo una dictadura? La última, por ejemplo.
—Hubo una corrupción de la mirada. La poesía de ese tiempo no fue una poesía política, como podía ser la de los 70. No sólo por la censura. En una sociedad dominada por una lógica de guerra, lo que se estaba generando era la lógica de exterminio, que produce a partir de la desaparición de personas una alteración básica del régimen de visibilidad social, del encuentro cara a cara. Entonces, no sólo el lenguaje estaba contaminado, sino que la mirada también: lo que se ve no puede ser dicho y lo que no se ve no puede ser nombrado.
# ¿Cómo se materializa esa imposibilidad?
—Los poetas de los 80 hicieron una poesía que no puede relatar, porque el relato implica memoria. La memoria estaba interdicta, no había posibilidad de una experiencia social, de un relato social vivido: todos los lazos sociales estaban cortados; el poeta no podía ver, porque lo que tenía que ver era horroroso. Hay muchas manifestaciones de esta mirada corroída y borrosa, y de este lenguaje que debe ser restaurado por una crítica del lenguaje, porque aquello que estaba en cuestión era el poder comunicacional del lenguaje mismo.
# Pero ya en democracia hay textos que se refieren al horror...
—Sí, comienza a abrirse la sociedad en el cara a cara, en el mirar de nuevo, y ahí surge una reivindicación del objetivismo. La mi rada recupera el objeto cuando la sociedad está en condiciones de poder mirar de nuevo. Cuando los poetas pueden volver a ver producen una crítica de la mirada, para renovarla; comienza una poesía —más clara en los años 90— de la experiencia mínima, una poesía que se refiere al ámbito familiar o a la calle de un modo minimalista, porque la poesía vuelve a contar de nuevo: es otra articulación de la mirada. Hoy la poesía puede recuperar formas del relato social y político en el poema, y para que esto ocurriera debieron pasar muchos libros que pudieron hacer esa crítica del lenguaje y de la mirada de la poesía argentina.
# Las letras de canciones del tango y del rock, ¿tienen algún valor poético?
—Si uno juzga las canciones del rock o del tango desde el canon literario, comete un error de apreciación, porque el poema del rock no es un poema minusválido: es un poema que entra en otro tipo de poeticidad. La poeticidad del rock es la poesía del cuerpo constelado, porque en ella intervienen los ritmos propios del cuerpo. La cultura rock se plasma corporalmente. Uno puede hacer una historia del rock de acuerdo a sus manifestaciones corporales. La expansión de la psicodelia, la implosión del dark, la presencia disruptiva del punk, la moda que eso crea, las comunidades, las tribalizaciones del rock, los códigos lingüísticos cerrados (que establecen uniones identitarias entre los que lo escuchan). Entonces, la poesía se juega en ese nivel.
# ¿Quien hace rock realiza entonces la aspiración del surrealismo: vivir una imagen poética corporalmente?
—El rocker compromete su propio cuerpo en esa poeticidad encendida que es la del rock. Entonces, el rock debe ser leído desde el modo en que se cruza la experiencia corporal con la experiencia poética y la de la música. Y el tango, igualmente, aparece siempre con una marca corporal: la danza. El imaginario urbano del tango se vive como nostalgia y como mito, y esto se recupera en la danza. La danza recrea, vive la imagen de una mitología perdida, que se vuelve presente en cada movimiento.
# ¿Qué relación hay, en los últimos años, entre poesía y género?
—Cuando irrumpe, en los años 80, la poesía escrita por mujeres, también aparece en el poema un sujeto femenino, que es un sujeto distinto, que comienza a oralizar la experiencia femenina. Ahí se genera un nuevo canon, que es el de la poesía escrita por mujeres, que recupera a sus precursoras —Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Olga Orozco— y comienza a producir una discursividad poética nueva. Nuevamente, su marca es la oralidad.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/04/09/z-04016.htm
Por Osvaldo Bayer
En derechos humanos se están poniendo algunos puntos sobre las íes. Lo de Malvinas, por ejemplo. Decir la verdad. Decir que fue una búsqueda desesperada de los militares para salvarse. La figura espantosa de un general Galtieri con la botella de whisky en la mano que manda a la guerra a morir a centenares de jóvenes no preparados. Lo escribí en aquellos días, cuando la mayoría de los argentinos se emocionaron y fueron a la Plaza de Mayo a aplaudir al siniestro uniformado. Dije que a las Malvinas había que recuperarlas con otros medios, no con las armas. Con la razón de la verdad. Dando el ejemplo de que somos un país democrático y amante de la vida y los derechos, y no un engendro de dictaduras, desaparición de personas y el reino de la coima. Y terminó como lo habíamos previsto: con la mezquina muerte de los jóvenes soldados y la rendición de sus cobardes generales. Parece un grotesco sainete de Alberto Novión, con una escenificación de Dario Fo. Una obra de arte de la cobardía trágica. Pero todo horriblemente banal azul y blanco, con sol. Todo usado para el provecho propio. Para poder quedarse en el poder después de los crímenes de la máxima crueldad, con el ataúd de los desaparecidos debajo del escritorio presidencial. Malvinas: la única guerra del mundo donde murieron los soldados y se rindieron todos los generales, almirantes, brigadieres, coroneles, vicealmirantes, contraalmirantes, mayores, capitanes, sargentos, cabos primeros. Y todos esos generales, almirantes y brigadieres van muriendo en la cama, poco a poco, con pensión completa.
Pero el cinismo siguió también en democracia, se empezaron a hacer monumentos a los Héroes de Malvinas mientras los ex soldados comenzaron a suicidarse. Los Héroes que en realidad fueron Víctimas. Sí, los de abajo, no los con jinetas que siguieron cobrando sueldos, pensiones y retiros. No, los que en un primer tiempo tuvieron que salir a mendigar, los de marrón terroso que habían soportado las bombas y las balas.
Ya en democracia tendría que haberse dicho la verdad y no encubrirla. Por ejemplo, publicar oficialmente el Informe Rattenbach, la verdad sobre los hechos. Acusar con la verdad al crimen irresponsable de Galtieri y sus generales. El Informe Rattenbach tendría que haberse repartido en edición oficial y haberse organizado grandes debates en los organismos de cultura, para que la sociedad supiera cómo fue engañada pero al mismo tiempo qué fácil cayó en el aplauso fácil de los sumisos y dominados. Pero no, ni Alfonsín ni Menem ni De la Rúa se dieron por enterados.
¿Cómo se creó esta comisión investigadora?
La derrota fue tan vergonzosa que la Junta Militar derrotada tenía no sólo que cambiar a Galtieri sino también nombrar a una comisión investigadora militar de por qué se había perdido la guerra. Lo hizo para ganar tiempo y para lavar la ropa sucia. Pero, para aparecer honestos tenían que nombrar a alguien absolutamente honesto e incorruptible. Fue al teniente general Benjamín Rattenbach a quien le tocó la misión de presidir tal comisión. Comisión que era sólo de “análisis y evaluación”.
Pero Rattenbach y su comisión en vez de producir un informe que dijera algo para ocultar todo, fue al fondo de la cuestión. Y lo dice en su informe final: “La fuerza, empleada equivocada e inoportunamente, no es el medio idóneo para hacer valer los derechos frente al adversario y ante la comunidad internacional”. En los considerandos ya se establece que el clima no era el mejor para iniciar la invasión ya que “existía en numerosos países, particularmente en los países europeos, un rechazo hacia el gobierno argentino, por la cuestión de los derechos humanos”. Frase fundamental. Sobre la improvisación irracional de la dictadura, establece: “...las capacidades del enemigo han sido consideradas en forma poco profunda, al igual que el análisis de la probable reacción británica, no existiendo certeza acerca de qué documentos o funcionarios fueron consultados”. Y “el escasísimo aviso previo que se dio a las unidades propias para cumplir misiones de guerra provocó que se enviasen a Malvinas tropas sin adiestramiento ni equipamiento adecuado”. Se expresan claramente las “fallas de coordinación entre comandos”, la “falta de preparación del personal y material” y la “falta de información del enemigo”. Además, “no existía un plan de defensa de las islas en caso de que Gran Bretaña decidiera recuperarlas por la fuerza”. Improvisación total. Luego, el informe califica a las medidas de las tres armas como “irreflexivas y precipitadas” que la convirtieron “en una aventura militar, sobre todo cuando se hizo efectiva la reacción bélica británica”. Pero el dictamen de la comisión investigadora no se reduce a la responsabilidad de los militares sino también de los medios de información argentinos “que contribuyeron a una pérdida generalizada de oportunidad”.
Se refiere también a las fanfarronadas oficiales, absolutamente irracionales, como cuando Galtieri dijo desde el balcón de la Casa Rosada: “si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla”, o de Costa Méndez, el canciller argentino tan derechista y católico: “La bandera argentina no será arriada mientras corra una gota de sangre por las venas del último soldado argentino que defiende las islas Malvinas”. El primero en arriarla fue el general Mario Benjamín Menéndez, el comandante de la isla. Bravuconadas de Galtieri y Costa Méndez que costaron la vida de centenares de jóvenes. Luego, la investigación irá a la parte de preparación militar. La irresponsabilidad fue iniciar una guerra cuando “la clase 1963 no había completado su instrucción básica ni se había completado la instrucción elemental de tiro y combate”. “No se previeron las necesidades de orden logístico” que “fue causa de serios problemas de desnutrición” de los soldados. Además de la “falta de capacidad integral de la flota”. El 60 por ciento de las bombas argentinas sobre buques británicos “no explotaron porque no tenían su tren de fuego preparado para blancos navales”. Con respecto al comandante militar de Malvinas, general Menéndez, hay una frase en el Informe que lo avergüenza para siempre: “Observamos un escaso empleo de lo que nuestra doctrina señala como un arbitrio esencial para la conducción: la presencia del comandante”. Que en buen castizo quiere decir: El general Menéndez se borró. Al general Parada, el informe lo deja desnudo: “Existió en la Brigada Infantería III una profunda ignorancia sobre el estado de las Fuerzas, lo que tuvo su origen... en la ausencia del comandante, quien instaló su puesto de comando en una casa donde vivía con gran parte de su Estado Mayor y personal de seguridad. El general Parada concurrió a su Estado Mayor en pocas ocasiones. Su particular forma de mando le hacía no considerar los asesoramientos de su Estado Mayor”. Además, señala: “Para nuestra inteligencia militar, los enemigos fueron Chile en el marco externo y la subversión, en el marco interno”. En sus conclusiones dice del comandante, general Mario Benjamín Menéndez: “No exhibió ni evidenció las aptitudes de mando y arrojo indispensables en la emergencia, y no fue en esa oportunidad –única en su vida militar– el ejemplo y la figura que la situación exigía frente a las tropas”.
Finalmente se encuadra en lo penal a Galtieri, Anaya, Mabragaña y Reposi en delitos que merecen la pena de muerte o reclusión por tiempo indeterminado y otras penas para altos jefes. Se llega así también a Astiz “por haberse rendido sin oponer resistencia”. Es decir, el delator de las Madres y de las monjas francesas quedó como cobarde en la investigación de los propios militares.
Un documento que sirve para demostrar todo el interior obsceno de los militares del “proceso” de desaparición de personas. Un documento para que sea conocido por todas las generaciones que sufrieron el régimen y para las venideras, a fin de que luchen siempre por la verdadera democracia y la libertad.Las secretarías de Cultura del país deben editar y repartir este libro de esta guerra que utilizando un motivo noble llenó al país de vergüenza y de la muerte de centenares de jóvenes.
Desaparición de personas y derrota moral y material de Malvinas. Dos antecedentes para pensar en luchar por un futuro sin hambre, sin desocupados, sin dictaduras uniformadas, sin monumentos a la violencia.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65317-2006-04-08.html
Opina el historiador García Hamilton
“Tenemos una cultura autoritaria porque todavía hay autoritarismo en los hogares y en las escuelas”, dice José Ignacio García Hamilton, y opina que la raíz de este mal está en el sistema político que aquí instauró el colonialismo español durante tres siglos. Afirma que los vicios de ese viejo sistema aún no se han logrado erradicar del todo y que los argentinos seguimos buscando un salvador.
También advierte sobre determinados paradigmas que dominan de un modo negativo el pensamiento de los argentinos, como el de “la dama buena” que es buena porque regala lo ajeno y que nace con el culto del pueblo a Eva Perón, o el paradigma de la víctima inocente, basado en la idea de que los males nacionales se deben a una conspiración internacional. “Eso convierte el fracaso en una virtud, la mendicidad en un derecho y la violencia en un recurso válido contra la supuesta injusticia del sistema”, dice.
En su análisis sobre los obstáculos que la Argentina aún debe superar para ser un país progresista, García Hamilton menciona “la relación sadomasoquista del Presidente con los argentinos por lograr la reelección. José Ignacio García Hamilton es escritor, abogado, periodista y doctor en Derecho y Ciencias Sociales. Es autor de numerosos libros, como la biografía novelada de Sarmiento, "Cuyano alborotador", y la de Alberdi, "Vida de un ausente". También es autor del ensayo "El autoritarismo y la improductividad", y esta semana apareció su nueva obra, "Por qué crecen los países" (Sudamericana).
-Recientemente, a usted le fue negado el ingreso a Cuba. ¿Qué reflexión le merece esa experiencia personal?
-Sentí que se me restringía la libertad y que el hecho de hablar con opositores al régimen de Fidel Castro era considerado un delito. La reflexión es que hay que seguir trabajando para que en América latina impere una política de tolerancia, convivencia y pluralismo. Es verdad que falta mucho para esto, porque en la región todavía es muy sólida la cultura patrimonialista, que consiste en la concentración abusiva del poder político, económico, militar y hasta a veces religioso.
-En América latina, con excepción de Cuba, desaparecieron las dictaduras. ¿Puede decirse que ahora impera la democracia?
-Bueno, Cuba y Venezuela son países predominantemente patrimonialistas, de modo que no hay en ellos libertad plena, aunque el caso de Cuba es más grave, por tratarse de un régimen de tipo estalinista. Pero es indudable que uno y otro caso son graves, ya que en esos países no hay un sistema republicano, como en Chile, Uruguay y Brasil. En cuanto a la Argentina, puede decirse que está a medio camino entre esos dos grupos.
-¿Y hacia dónde se encamina más?
-Todavía está más cerca del grupo de países democráticos, porque se mantienen las instituciones, hay libertad de prensa y pluralismo político.
-¿Qué opinión le merecen la reforma del Consejo de la Magistratura y las denuncias por atropellos a la libertad de prensa del actual gobierno?
-Que acá todavía hay tendencias al hegemonismo. Lo que pasó con el Consejo de la Magistratura puede ser computado como una tendencia a la hegemonía, así como los procesos en trece provincias para modificar las constituciones provinciales a favor de la reelección. También es preocupante la relación del Presidente con los empresarios, porque no es una relación que garantice la competencia. El Presidente hace un doble juego: por un lado, amenaza a los empresarios, y, por otro, les otorga prebendas, concesiones bajo la mesa, etcétera. Esto es típico del populismo latinoamericano, en donde hay una retórica antiempresarial, anticapitalista, antiglobalización, pero después no se obra en consecuencia.
-¿Superó la sociedad argentina su adicción al caudillismo?
-Para nada. Ya en 1900 Juan Agustín García escribió un libro titulado "La ciudad indiana", en el que decía que el argentino prefiere los hombres a las ideas. Lamentablemente, el siglo XX tuvo marcadas expresiones de caudillismo. Tuvimos a Yrigoyen y a Perón. Claro que la tendencia al caudillismo no es culpa del presidente de la Nación, sino de una cultura política. Es la población la que busca un salvador, un líder personalista, un benefactor, un general o alguien que le solucione los problemas. Hay fantasmas en la sociedad; hay viejos espíritus; hay demonios que están ahí todavía latentes, y es la población la que tiene que eliminarlos.
-Si se piensa en Sarmiento y en Perón, ¿qué diferencias puede decirse que existen entre un prócer y un caudillo?
-Las diferencias entre uno y otro son abismales. Pero yo no creo en el concepto de "prócer". Para un argentino, un prócer es un ser sobrenatural, y Sarmiento no lo fue. Nadie lo es. Ahora bien: Sarmiento fue un gran impulsor de la educación, la ciencia y el progreso, mientras que Perón llegó al poder con el lema de "alpargatas, sí; libros, no" y fue un dictador que no permitió la oposición. Sarmiento fue un militar que cumplió su mandato como presidente y se retiró, Perón modificó la Constitución en 1949 para poder tener un segundo mandato. Son infinitas las diferencias.
-A propósito de Sarmiento, cuando asumió la presidencia declaró que ningún pariente suyo ocuparía un cargo público. ¿Qué opina al respecto?
-Sí, fue así. Mientras fue presidente, no tuvo casa propia ni nombró a ningún pariente. Pero ya es costumbre en nuestra época que los presidentes nombren en su gobierno a sus parientes. Menem puso a su parentela en puestos importantes y Kirchner hoy hace lo mismo. Es una especie de corruptela o vicio, y esto la gente, por falta de cultura cívica, lo toma como algo normal.
-¿A qué atribuye el fracaso del federalismo en la Argentina?
-Sí, hay un fracaso del federalismo, a pesar de que la Constitución Nacional de 1853 estableció el sistema representativo, republicano y federal. Lo notable del asunto es que los mismos representantes de las provincias en el Senado o en la Cámara de Diputados de la Nación son muchas veces los que aprueban leyes que establecen una transferencia de facultades de los poderes provinciales hacia el Poder Ejecutivo Nacional. Este camino del federalismo al centralismo es paralelo al camino que va del sistema republicano al totalitario.
-Con los cambios de los últimos cien años, ¿qué vigencia tiene hoy el pensamiento político de Juan Bautista Alberdi?
-El pensamiento de Alberdi tiene plena vigencia. El país que él imaginó es el de la Constitución. Lo imaginó con división de poderes, sin reelección presidencial, con vigencia de la autonomía individual, con defensa de la propiedad privada, fomento de la inmigración extranjera, libertad de culto? Alberdi sostuvo que en los tres siglos de la colonia española habíamos tenido un Estado rico con súbditos pobres, y él quiso, con la Constitución, que hubiera un Estado pobre con ciudadanos ricos. Ese país funcionó más o menos durante 60 años, con sus defectos, por supuesto, pero funcionó.
-Plutarco, en sus "Vidas paralelas", se valió de la comparación para comprender mejor la personalidad de sus biografiados. ¿Usted encuentra alguna similitud entre nuestro presidente y algún otro mandatario latinoamericano, actual o del pasado?
-Sí: pueden hacerse comparaciones. Afortunadamente, Kirchner no es un dictador como Fidel Castro ni es un populista extremo, como Hugo Chávez, pero tampoco lo veo con una trayectoria democrática impecable, como la de Ricardo Lagos, porque Kirchner reformó la constitución de su provincia para tener una reelección indefinida como gobernador, puso parientes en el poder y a veces se expresa en contra de la libertad de prensa. Todavía está lejos de los gobernantes que buscan una economía competitiva y una sociedad con plena vigencia de los derechos cívicos. Algo que también es negativo es que Kirchner nunca haya viajado antes de ser presidente y que no tenga afición por los libros, ya que los viajes y la lectura son dos fuentes clave de experiencia y sabiduría.
-Hablar de "administración" cuando se designa al gobierno de un país, como sucede en los Estados Unidos, ¿es propio de una democracia madura?
-Es que nosotros tenemos una cultura autoritaria. Cuando se habla de gobierno se alude al Poder Ejecutivo, no a los otros poderes. Ahora bien, hay que tener en cuenta que el autoritarismo político existe en la Argentina porque hay autoritarismo en los hogares y en las escuelas. Somos los padres y los profesores los que todavía ejercemos una cultura autoritaria, y por eso se sufre este mal en el nivel nacional.
-¿Hay una raíz histórica en el autoritarismo al que alude?
-Bueno, el autoritarismo está en la naturaleza humana, pero el autoritarismo latinoamericano tiene su base en los tres siglos de colonia. España quiso imponer en la Península el sistema autoritario que había aprendido de Alejandro Magno, pero no lo consiguió porque los señores feudales hacían de contrapeso al poder de los monarcas y porque las ciudades tenían sus fueros y podían elegir a sus propios jueces. Cuando los españoles llegaron a América, los reyes encontraron la ocasión ideal para ejercitar plenamente el patrimonialismo. La concentración de poder que no lograron concretar en España la llevaron a cabo en las Indias. Además, encontraron que las culturas indígenas, de México y Perú, ya eran teocráticas, lo que facilitó la instauración de ese sistema de autoritarismo político durante siglos. Si bien a partir de la independencia nuestro país comenzó a luchar para cambiar el sistema colonial autoritario, que duró tres siglos, aún no se ha logrado erradicar del todo los vicios del viejo sistema.
-En la historia de la Argentina, la oposición política siempre fue tildada por el gobierno de turno de antipatriótica.
-Sólo diré que la democracia es el gobierno de la mayoría, pero que hay democracia en tanto y en cuanto la mayoría respeta a la minoría.
-¿Hay relación entre el culto al caudillo y la exclusión del partido político opositor?
-Sí, sobre todo cuando el caudillo sólo quiere disfrutar del poder. Hubo un dictador boliviano del siglo XIX, Cecilio Melgarejo, que, al ser interrogado sobre su programa de gobierno, respondió: "No me molestéis con esas cosas. Dejadme gozar".
-¿A qué atribuye el aumento de piquetes y reclamos violentos?
-Hay un sentimiento de frustración y humillación por la declinación que sufrió la Argentina desde 1930 en adelante. En 1913, teníamos una renta per cápita superior a la de Francia y a la de Italia, y cuatro veces superior a la de Japón, y teníamos salarios iguales a los de Estados Unidos. Y bueno, a partir de los años 20 y 30, una campaña de educación patriótica, que yo creo que es la causa del retroceso cultural en la Argentina, reemplazó al ideal de paz y trabajo vigente por otros ideales muy distintos.
-¿Cuáles fueron esos nuevos ideales o modelos?
-Los nuevos modelos se formaron a partir de la oleada de inmigrantes que llegaron a nuestro país a principios de siglo. Entonces se intentó homogeneizar a los hijos de inmigrantes a través de la educación pública. Se usó la educación para intentar argentinizar a los gringos y se cambiaron los paradigmas. Entre esos nuevos ideales, apareció el modelo (centrado en la figura del general San Martín) del militar que muere pobre. Después se instauró el culto al gaucho pobre que se hace violento, centrado en la figura literaria de Martín Fierro. José Hernández escribió su obra famosa para mostrar cómo un gaucho que era pacífico y trabajador, se convertía en violento y pendenciero por la leva forzosa, que era el servicio militar de la época. Martín Fierro mata a un gaucho, a un policía, a un negro, y después se va a las tolderías para vivir panza arriba sin trabajar. Pero después Lugones, en "El payador", y Ricardo Rojas, en su historia de la literatura, lo presentan a Martín Fierro como un modelo, un hombre recto, casto, noble, una especie de caballero andante de los territorios nacionales. El canto a la ruptura de las leyes y a la exaltación de la marginalidad que es el Martín Fierro se constituyó en la epopeya nacional.
-¿Qué otros nuevos modelos surgieron?
-En los años 20, se elaboró el mito de la víctima. Se empezó a decir que los argentinos éramos víctimas de una conspiración internacional. Y el mito de la víctima convirtió el fracaso en virtud, la mendicidad en derecho y la violencia en un recurso contra la supuesta injusticia del sistema. Después vino el modelo de la dama buena que regala lo ajeno, centrado en la figura de Eva Perón. Esto significaba que los fondos públicos que venían de entradas de cines y del remanente de los ministerios fueran a una organización privada para que la esposa del presidente los regalara. Esto se convirtió en modelo de gobierno. A partir de entonces, el gobernante es bueno si regala y no si fortalece las instituciones e imparte justicia.
Por Sebastián Dozo Moreno
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=795684
Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv
Entender la realidad, no es un secreto, siempre me resulta difícil. Sin embargo, en ocasiones la dificultad se acrecienta.
Ya no se trata de comprender cosas para otros tan simples como por qué sube el precio de la carne o por cuál razón el delivery de una pizza siempre llega más rápido que una ambulancia. Ni siquiera por qué raro misterio pagar impuestos, sacar entradas para el cine o ser atendido en un hospital requieren una interminable cola previa.
En días como estos es cuando la dificultad se torna imposibilidad. Presiento entonces que debería modificar los escasos 50 minutos que dura la sesión psicoanalítica por una prolongada de varias horas y aún así todo sería inútil.
Al comenzar la semana, mientras una información daba cuenta del sobreseimiento, en Mar del Plata, del profesor de un jardín de infantes acusado de abusar de 21 chicos de entre 4 y 5 años —con 13 casos comprobados según los fisca les— otra noticia, publicada el mismo día, reflejaba el estallido de violencia en la localidad de Rafael Calzada donde un grupo de vecinos, luego de saquearla, quemó la casa del asesino de Milagros, una nena de apenas 4 años. El criminal, un adolescente de 15 años, ya fue detenido y relató a la policía que la mató porque una voz del más allá le pedía que lo hiciera. La abuela de la nena aportó otro dato espantoso: se habían mudado porque Hudson, donde vivían antes, les resultaba poco seguro.
Ambas noticias ocuparon su merecido espacio en los medios. Sin embargo, en el mismo período, se produjeron otras agresiones aberrantes que, tal vez por reiteradas, tuvieron poca difusión. Las víctimas en estos casos son personas mayores, sin ninguna posibilidad de defenderse, golpeadas, torturadas o asesinadas con el solo objeto de robarles lo poco que les queda.
Doctor —dije al comenzar la sesión—, este último tema me tiene obsesionado. Incluso por momentos me pregunto por qué, cuando la agresión es a un niño, nos indignamos todos y cuando la víctima del salvajismo es una persona mayor ni siquiera reaccionamos. No me imagino a un barrio tratando de linchar al agresor de un anciano como sí le nace cuando el abusado es un chico. ¿Me afectará tanto porque estoy empezando a envejecer?
Jorge, usted no es viejo —se apuró a responder mi terapeuta, unos años mayor que yo. A lo sumo ya no es un muchacho.
Tengo algunos síntomas, doctor —lo corregí. Me acuerdo más de las cosas que pasaron hace 20 años que las que ocurrieron ayer; la música prefiero escucharla a menor volumen que mis hijos; en mi cumpleaños la torta ya se parece a un desfile de antorchas; en mi mesa de luz ahora están ocupando más espacio los medicamentos que los libros; un nuevo tema de conversación con mis amigos es el de las enfermedades; al mirarme al espejo, ahora me parece ver a mi papá; antes de aprender algo nuevo me esfuerzo por recordar lo que ya sabía; me descubro leyendo las necrológicas del diario; ya nunca se me ocurre levantarme de una silla dando un salto y hay un síntoma peor, doctor: cada vez me resulta más natural entender a los viejos y más complicado a los adolescentes.
¡Por favor! —exclamó el analista con fastidio. Síntoma es el mío: primero me empecé a olvidar de los nombres, al tiempo de las caras, después de subir el cierre del pantalón y ahora ya me olvidé para qué había que bajarlo.
Mientras lo escuchaba, me hice dos preguntas: ¿por qué no habrá un equivalente a UNICEF defendiendo a los ancianos y cómo no se le ocurrió a nadie todavía crear un escuadrón de justicieros mayores de 70 años defendiéndose de gerontofobia de la sociedad? Después de todo, si alguna vez fueran juzgados por excesos, a su edad podrían exigir la prisión domiciliaria.
Estaba pensando cosas peores cuando, por suerte, fui interrumpido por el psicólogo que me comunicó su conclusión: "la única ventaja de envejecer es que la manera de evitarlo resulta mucho peor".
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/04/02/z-04106.htm
ENTREVISTA A FERNANDO CALDERON, SOCIOLOGO
América latina atraviesa un momento de inflexión histórica caracterizado por los modos de responder a un mismo interrogante: ¿qué es lo que reemplazará al modelo neoliberal que dominó en la década pasada?
Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com
Las democracias latinoamericanas cuentan ya con casi una generación de vida ininterrumpida. ¿cuál es el balance que puede hacerse sobre esta evolución regional?
—En primer lugar, cabe decir que América latina ha avanzado en el plano de la democracia como procedimiento institucional, como régimen político y proceso electoral. Es un dato que se reafirma este año con gran parte de los países de la región celebrando elecciones de renovación de gobierno que tienen una considerable participación social. Sin embargo, el balance, tanto en el plano de los resultados del desarrollo como de la equidad y las políticas sociales, es muy negativo. La región ha perdido peso en la economía mundial, y además, ha perdido peso porque ha aumentado la desigualdad y la pobreza se ha mantenido en niveles muy altos.
# ¿De qué manera repercuten estos déficit sociales y económicos sobre las conquistas políticas?
—Se ha aprendido que la democracia es algo más amplio que obtener un régimen democrático. Se reconocen los avances en la democracia política, pero sin embargo, en términos de ciudadanía y participación política éstos son limitados e incluso pueden haber retrocedido. Esta contradicción entre alta inclusividad política y baja integración económica y social es la que ha llevado a los agudos contrastes y conflictos que vivimos en los últimos años, pero también al punto de inflexión que ahora estamos viviendo en toda la región.
# ¿En qué consiste este cambio?
—El cambio radica en la pregunta fundamental que hoy recorre esta parte del continente, que es cuál es el orden estatal de nuevo tipo que emerge en América latina. ¿Qué es lo que va a reemplazar al llamado "orden neoliberal"? Nadie plantea ya hacer más de lo mismo.
# ¿Cómo responde cada país a este interrogante?
—En algunos casos —como Bolivia, Ecuador, la misma Argentina—, con características de crisis, ya que llegaron a este punto luego de una polarización muy fuerte entre las dimensiones política, económica y social. Lo mismo en Venezuela; no hay que olvidarse del momento de ruptura y decadencia del sistema de partidos del que surgió Chávez. En otros casos, como Chile y Brasil, de manera más evolutiva y satisfactoria, viendo de qué manera encarar un proceso de innovación en muchos planos: del desarrollo económico, de la igualdad social y de la modernización cultural. Ni en el plano político, ni en el plano intelectual uno puede encontrar respuestas absolutas o modelos acabados. Hay, sí, algunas tentativas interesantes.
# ¿Por ejemplo?
—En cada país encontramos una convivencia, a grandes rasgos, de cuatro grandes grupos de ofertas políticas. Hay ofertas netamente distribucionistas y de manipulación mediática y política; otras que piensan que sólo hay que aggiornar o modificar el modelo neoliberal; y en medio de ellas, hay propuestas que tratan de combinar crecimiento económico con justicia social y profundización de la democracia ciudadana con construcción institucional. En todos los países conviven estas propuestas, hay intereses nacional-populares fuertes, pero también hay una racionalidad ultratecnocrática y de mercado; hay fuerzas sociales, actores, intelectuales, que están más cerca de una u otra variante.
# ¿La Bolivia de Evo Morales ofrece un modelo diferente?
—Bolivia está viviendo un momento histórico e inédito, con un gobierno que por primera vez representa a la mayoría de la población indígena y campesina y está integrado por personas que provienen de ese origen y esas luchas. Pero también cabe decir que se está avanzando con un realismo prudente; son conscientes de las condiciones que impone la globalización. Esto le da vigencia a una suerte de socialdemocracia renovada y genuina.
# Hay doce elecciones de gobierno este año en la región. ¿Surgirá de ellas una tendencia más o menos homogénea?
—En todos los procesos electorales se aprecia cierta tendencia hacia la dualización, el empate político o a cambios institucionales. La baja credibilidad de los partidos políticos y los crónicos problemas sociales contribuyen a la polarización. Pero lo que estamos viendo, y seguramente se mantenga, es una primera caracterización del mapa que muestra un giro a la izquierda y al centroizquierda.
# ¿Y el mentado resurgimiento del populismo?
—Me niego a poner atributos puramente negativos al populismo. Si lo entendemos solamente como una manipulación política del control de un líder personalista, puede ser por cierto una tendencia preocupante para las democracias. Pero si lo entendemos como una forma de responder a la multiplicación de expectativas insatisfechas, fruto de los resultados del proceso histórico anterior, significa algo distinto.
# ¿No están ocurriendo ambas cosas a la vez?
—Es cierto, ocurren ambas cosas. Pero lo novedoso, independientemente de la orientación política más populista o más socialdemócrata —socialdemócrata renovada, populista de nuevo tipo—, lo que es central y no debemos perder de vista, es el retorno del Estado como actor del desarrollo y como herramienta central de la democracia y la ciudadanía.
# ¿Implica esto retomar las ideas que alentaron el proceso de industrialización y modernización asistida en los años 50 y 60?
—No lo creo, y en tal caso, si volvemos a las tesis del desarrollismo de los 60 y los 70, esto no va a funcionar. Lo que debe entenderse es la necesidad de que el Estado sea un promotor del desarrollo. No puede ser el viejo Estado, ese "proto-Estado de bienestar periférico" que teníamos en los 50, 60, 70. Debe ser un Estado en la globalización, un "Estado bisagra", que pueda trabajar hacia adentro, o desde adentro de nuestras sociedades, para producir procesos de integración social. No es posible lograr una democracia sostenible si no hay procesos de inclusión y de integración social genuinos. Y por el otro lado, no se puede abrigar la la expectativa de que un país se desarrolle si no tiene una estrategia de posicionamiento activo en la globalización. El único actor que da garantías e instrumentos para hacerlo es el Estado.
# ¿Cómo se resuelven desde el Estado los problemas de clientelismo, las estructuras corporativas tan arraigadas en sus elites dirigentes y en las estructuras sociales mismas?
—Es un problema central. Las reformas estructurales, el neoliberalismo y la globalización produjeron una nueva estructura social o económica. No somos las mismas sociedades que hace veinte años. Por lo tanto, el Estado, los partidos, los liderazgos, no pueden ser iguales, tienen que reflejar este nuevo mapa socioeconómico y cultural, y sobre ese mapa, hacer cartas de navegación. Ese es el principal desafío de América latina. Y todavía no hemos resuelto ese problema.
# ¿Hay un regreso del nacionalismo que puede afectar los procesos de integración?
—Ciertamente, hay temas geopolíticos y geoeconómicos que favorecen ese nacionalismo. Algunos son de mayor densidad y complejidad, como los problemas entre Bolivia y Chile y Perú. También hay una inercia nacionalista de siglos; de un nacionalismo mal entendido, propio del siglo XIX, que todavía se expresa en el siglo XXI, y que tiene fuerza. No es sencillo hacer entender a mucha gente, dirigentes e instituciones que los abordajes a los problemas más importantes que tienen los países de la región son resoluciones compartidas para el éxito de sus propios países. Cada vez más, en el mundo moderno se están imponiendo sistemas de alianzas dentro de un multilateralismo abierto, que van a permitir opciones de desarrollo a más amplia escala entre los países.
# ¿Vale lo mismo para Argentina y Uruguay, por el tema de las papeleras?
—Creo que sí. Se llegó a esa incomunicación de una manera inconcebible e insostenible tratándose de países y sociedades tan cercanos. Se tienen que sentar a hablar y van a sacar una buena decisión que va a fortalecer a todos los actores, donde cada uno tiene que perder un poquito y entre todos van a ganar más. Así se hace. Hasta los bolivianos, donde hay tantas diferencias entre orientales y occidentales, se pusieron de acuerdo con la Constituyente. ¿Cómo no lo van a poder hacer uruguayos y argentinos?
Copyright Clarín, 2006.
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Por Sandra Russo
En Cromañón murieron jóvenes. En Caballito, bolivianos. Las dimensiones de las tragedias son asimétricas si la vara mide cuánta gente fue interrumpida en el acto de vivir. Pero conviene apuntar que en Cromañón murieron jóvenes y en Caballito, bolivianos.
Los seis muertos esclavos del taller clandestino de costura de la calle Luis Viale se constituyeron en la primera conmoción del flamante gobierno de Jorge Telerman. Sus también flamantes funcionarios prometieron rever el hecho de que, según estiman tanto vecinos como voceros del gremio de los costureros, en esa zona residencial se aglutinen, vaya uno a saber por qué justo ahí, más de un centenar de talleres de esa rara especie, esas jaulas infernales llenas de prisioneros voluntarios que vienen aquí a rendirse ante la evidencia de que sus vidas son accidentes de los que deben ocuparse ellos mismos de prolongar, de la manera que sea, de la que encuentren.
Es de esperar que no sólo los funcionarios del gobierno de la ciudad revean no exactamente esas habilitaciones (es difícil pensar que alguien se presente a habilitar un taller de esclavos; lo más probable, indica el sentido común de un chico de ocho años, es que la habilitación corra por un carril legal), sino específicamente el hecho comprobable a todas luces de que después de que una habilitación es otorgada, nadie se ocupa de verificar que es usada para lo que se pidió. Lo que es evidente es que faltan controles. Pero también en esa faena sería deseable ver sumergida a la oposición, a todos esos vociferantes defensores de la dignidad humana en el estrado cuando hay cámaras de televisión transmitiendo alegatos.
La tragedia de Caballito pone de manifiesto, entre otras cosas, que aquel sistema que falló en Cromañón sigue siendo el mismo sistema que hoy falla cuando un vecino va hace un mes al CGP del barrio a denunciar la existencia del taller clandestino donde ocurriría la desgracia y allí le exigen dar su nombre y apellido, además de todos sus otros datos personales, y constituirse en denunciante de una mafia. Una política pública porteña abonada durante años logró hacer emerger a los Centros de Gestión y Participación como los referentes de las preocupaciones vecinales, pero algo grave falla cuando un ciudadano anónimo se acerca a denunciar algo tan aberrante como el trabajo esclavo y ese gesto de civilidad se le vuelve, merced a empleados que deben estar obedeciendo órdenes, una escupida al cielo.
Lo que pasó en Caballito es distinto, pero en algún punto es igual a lo que pasó en Cromañón. Son esas cosas que todo el mundo sabe que algún día pasarán, pero se sospecha que ese día siempre será mañana. En una ciudad en la que se llegaron a habilitar estaciones de servicio abajo de autopistas, ¿cuánto puede demorarse una tragedia?
Son esas cosas horribles que pasan a la vista de mucha gente, esas cosas irregulares con consecuencias espantosas que no requieren ni siquiera ser demasiado disimuladas. Esas cosas sucias y malolientes para tantos de las que viven muy bien unos pocos. Esas cosas que están mal, pero se arreglan, porque la cadena de responsabilidades es larga y ofrece generalmente algún eslabón interesado en el sobre, en la propina. Esas cosas odiosamente crueles que un día estallan y parecen escandalizar a todos: ¿cuánto y cómo puede escandalizar la cara de un chico boliviano de diez años mirando por atrás de la reja de una casa en llamas? ¿Cuánto y cómo puede escandalizar la fuga desesperada de los sobrevivientes, que con su huida están diciendo que son ilegales, que no quieren ser deportados, que esa jaula ardiente era un lugar en el mundo, el único lugar que encontraron en el mundo de mierda que ven desde esos ojos aindiados?
Cuando se habla de “sistema” vaya a saber uno en qué se piensa. Bueno, se habla de todo eso. De un gigantesco engranaje que hace mover las piezas cada día, de un monstruo de mil patas y mil ojos que ni se mueve ni ve: la lógica de un sistema yace mucho más expuesta en lo que no sucede que en lo que sucede. El sistema debe encargarse, por ejemplo, de que la gente no se mate entre sí, de que la gente pague lo que compra, de que se paguen los impuestos o de que se diriman los conflictos sin violencia. El sistema es artificial: un aparato creado desde la política para que la vida en común sea posible. Pero un sistema sólo puede sobrevivir unido como un siamés a una idiosincrasia. Un sistema es asimilado y absorbido y vomitado para persistir y perpetuarse, haciéndose pasar por un “modo de vida”.
En Buenos Aires, tras décadas de un sistema corrosivo que se caracterizó por el robo a mano desarmada, tras años de una concepción de lo público más parecida a una alcancía que a una causa, el sistema empezó a cobrar vidas. El sistema nunca fue gratis, pero lo parecía. Ahora no lo parece más. Cromañón, aunque se haya ya cargado a Aníbal Ibarra y a pesar de que sigue impidiendo que toque de nuevo Callejeros, fue el agónico estertor de un sistema que se pasó años esquivando desastres y ya no puede evitarlos. Parece ser que no se trata sólo de cambiar de jefe de Gobierno, ni siquiera de partido: ese sistema, que cuando hace agua hace fuego, seguirá tragando vidas si no se replantea lo central y no lo accesorio.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-65051-2006-04-01.html
Opina el embajador Carlos Ortiz de Rozas
A las cuatro de la mañana del 2 de abril de 1982, Carlos Ortiz de Rozas descansaba en un hotel romano cuando lo despertaron para comunicarle que fuerzas argentinas estaban desembarcando en las Malvinas.
"No me gusta hablar de invasión; uno no invade lo que es de uno", dijo el ex embajador en Gran Bretaña cuando se desató la guerra. Pero, aunque cree que las Malvinas son y seguirán siendo una causa nacional, tiene la certeza de que la guerra fue un error y que sin ella es probable que el país tuviera hoy soberanía sobre las islas.
Ortiz de Rozas tiene una carrera diplomática intensa. Llegó a ser propuesto para el cargo de secretario general de las Naciones Unidas y obtuvo 13 votos sobre 15. Su candidatura fracasó por el veto de la Unión Sovietica pero Ortiz de Rozas fue dos veces presidente del Consejo de Seguridad y presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, además de embajador en París de 1984 a 1989. Autor de numerosos artículos sobre temas de geopolítica y política exterior, Ortiz de Rozas es descendiente directo de Juan Manuel de Rosas. Está casado con María del Carmen Sarobe.
"La admiración por mi tatarabuelo no es una cuestión de la sangre. Tengo un respeto muy profundo por el papel que le correspondió jugar a Rosas, que fue el defensor de la soberanía argentina. Pero mi admiración no impide mi reconocimiento a otros próceres que lo combatieron. No voy a dejar de honrar a Sarmiento. Si lo combatió a Rosas, bueno, allá él. Todos ellos, en su medida, construyeron una gran Argentina", dice.
-Hemos recordado los 30 años del golpe militar y se ha destacado la importancia de tener memoria. Pero para muchos es una memoria parcial. ¿Coincide?
-Hay que tener memoria, pero no se debe parcializar la historia, porque entonces los vencidos estarían escribiendo la historia argentina de aquellos años. Las vencidas fueron las agrupaciones terroristas guerrilleras. Los montoneros y el ERP liquidaron a argentinos indefensos, y no estoy hablando de militares, sino de civiles. Hablo de Soldati, de Rucci, de Mor Roig, a quienes se asesinó fría y cobardemente. Cuando se asesina a mansalva es condenable desde todo punto de vista, de la misma manera que los excesos cometidos por el gobierno militar lo son. La tortura no es compatible con el honor militar. Pero la historia no puede reducirse solamente a lo malo que hizo el gobierno militar.
-¿Por qué ocurre esto?
-Porque los que estuvieron del lado de enfrente están hoy en el gobierno. No vale la pena dar nombres: todo el mundo los conoce y están en cargos importantísimos.
-¿No existe la misma vocación por tener memoria sobre las Malvinas?
-Yo creo que sí. Las Malvinas han sido, son y serán siempre una causa nacional. Pero no tenemos al respecto una política de Estado.
-¿Tampoco antes de 1982 hubo una política de Estado sobre el tema Malvinas?
-Tampoco. Hubo, sí, hitos extraordinarios, como fue la llamada política de comunicaciones, muy criticada por los ultras.
-¿Quiénes eran los ultras?
-Gente que siempre boicoteaba todo porque quería soluciones absolutas, pero que lo único que conseguía era hacer fracasar todo intento de una solución pacífica. Eran militares, pero también había muchos civiles. Siempre dificultaron la tarea de la Cancillería.
-¿Por qué fue extraordinaria esa "política de comunicaciones"?
-El acuerdo se firmó el 1º de julio de 1971. Antes, en 1966, yo era encargado de negocios en Londres y estaba a cargo de la embajada cuando Henry Hohler, subsecretario del Foreign Office para Asuntos de América del Sur, y Robin Edmonds, jefe de la división del Foreign Office a cargo del tema Malvinas, me invitaron a almorzar. Hohler me dijo que las islas habían dejado de tener el valor estratégico que habían tenido para la marina británica en las dos guerras mundiales. Creía que había que resolver la disputa de soberanía ya que, tarde o temprano, la Argentina recuperaría las islas, pero que no se podía hacer de una manera repentina. "Es necesario que ustedes conquisten las mentes y los corazones de los isleños, para que no haya resistencia de parte de ellos", dijo Hohler. Esta conversación la transmití a Buenos Aires y a partir de entonces empezó un largo camino que fue la negociación para el acuerdo de comunicaciones de julio de 1971.
-¿Cómo se concretó el acuerdo?
-Con becas para que los hijos de los isleños pudieran estudiar en los mejores colegios ingleses de la Argentina, con la construcción de una pista de aterrizaje que operaba Líneas Aéreas del Estado (LADE), con el establecimiento de YPF en las islas... Con todo esto se fue creando un clima de confianza. El 11 de junio de 1974, la embajada británica en Buenos Aires le propuso al gobierno argentino un condominio en las Malvinas. La propuesta era extraordinaria: los idiomas oficiales serían el español y el inglés, los isleños iban a tener doble nacionalidad, se suprimían los pasaportes. Los gobernadores de las islas serían nombrados alternativamente por la reina y por el presidente argentino, las dos banderas iban a flamear en las islas...
-¿Los malvinenses apoyaban eso?
-Esa propuesta tenía la aprobación del Consejo Legislativo y del Consejo Ejecutivo de las islas. Perón, inteligentísimo, le dio instrucciones a Vignes, su canciller, quien me dio una fotocopia de ese acuerdo. Le dijo: "Vignes, esto hay que aceptarlo de inmediato. Una vez que pongamos pie en las Malvinas no nos saca nadie y poco después vamos a tener la soberanía plena". Pero el diablo metió la cola y dos semanas después, antes de que Vignes pudiera hacer nada, murió Perón. Cuando el canciller insistió con la viuda, Isabel Martínez de Perón, ella le dijo: "No tengo la fuerza política del general para venderle esto a la opinión pública". Evidentemente, muchos argentinos se iban a resistir a la soberanía compartida, con esa errónea visión del todo o nada. Bueno: fue nada. Y puedo asegurar que estábamos muy cerca de una solución diplomática negociada. Muy cerca...
-¿Cómo se enteró del desembarco?
-Me enteré a las 4 de la madrugada del 2 de abril. Me llamó el subsecretario de Relaciones Exteriores, Enrique Ross, de parte del canciller Costa Méndez. Estaba en Roma desde hacía un par de semanas tratando la negociación por las islas del Canal de Beagle, bajo la mediación de Juan Pablo II. Cuando miro en retrospectiva entiendo por qué el 7 de enero de 1982, sin tener el más mínimo justificativo, me llamó Costa Méndez para anunciarme que iba a ser reemplazado en la embajada en Londres. Me ofreció la embajada en Italia. Lo que querían era poner un almirante para que tuviera la gloria de la recuperación de las Malvinas. Estaba muy bien pensado dentro del esquema militar.
-Pero no resultó...
-No lo lograron porque el gobierno inglés se enteró y el embajador inglés en Buenos Aires, Anthony Williams, hizo una presentación diciendo que tenían información de que se podía enviar a un marino y que no sería bien recibido en Londres. Por eso lo pararon. Finalmente me dejaron en el puesto, pero me pidieron que me hiciera cargo de la negociación en Roma, con lo cual me sacaban del escenario algunas semanas al mes.
-Usted tenía trato frecuente con Juan Pablo II. Se dijo que el Papa viajó a la Argentina para convencer a los militares de que detuvieran el baño de sangre. Su viaje coincidió con la rendición...
-Eso, como decía mi padre, son pamplinas. El no sabía que era el final. Nadie lo sabía. El papa me contó que había sido recibido muy cálidamente y que le había impresionado que cuando el papamóvil pasaba entre filas de policías que estaban allí para protegerlo, esos policías se hacían la señal de la cruz y se arrodillaban. Eso le dio la pauta del fervor católico del pueblo argentino.
-¿La guerra fue un error?
-Fue una decisión política a todas luces equivocada y dramática. Yo rindo homenaje emocionado a los que murieron en combate por una causa justa, pero, para mí, se atrasó el reloj de la historia por muchísimo tiempo.
-Si no hubiera ocurrido la guerra, ¿ya tendríamos la soberanía en Malvinas?
-Creo que sí. Al menos, estoy seguro de que habría un acuerdo en virtud del cual, pasados unos años, se reconocería la soberanía plena argentina, como fue con Hong Kong. La última ronda negociadora con los ingleses fue el 27 y 28 de febrero y el 1º de marzo de 1982. Fíjese de qué año estamos hablando. Estábamos negociando un retroarriendo, consistente en un período de administración inglesa antes de ceder la soberanía total. Estábamos hablando en término de una o dos generaciones, 40 o 50 años a lo sumo. Ya ha pasado la mitad de ese tiempo. Quiere decir que como máximo para 2030 las Malvinas hubieran sido argentinas sin necesidad de disparar un tiro y sin necesidad de que hubieran muerto más de 600 buenos argentinos, más todo lo que vino después, incluida la tristísima historia de los ex combatientes que se suicidaron.
Por Carmen María Ramos
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=793783