ARNOLDO SIPERMAN, JURISTA Y FILOSOFO POLITICO
La discriminación actual se sustenta en tortuosas ideas que surgieron en el siglo XIX. Son argumentos que buscan convencer de la superioridad de algunos hombres sobre otros y que tiñeron desde la política hasta el arte.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Desgraciadamente, con frecuencia leemos noticias en las que la discriminación y el racismo muestran que están intactos. ¿Podemos rastrear algunos de sus orígenes?
—El racismo político es una consecuencia de la insatisfacción generada por dos tipos de respuesta que se estaban dando en Europa a las crisis sociales y políticas del siglo XIX: la respuesta liberal, a la que se consideraba insuficiente, y la respuesta socialista, a la que se consideraba peligrosa. Entonces se esbozó una tercera, que está muy afirmada en el temperamento del romanticismo tardío, y que parte de distinguir entre masas y elites. Las elites hacen propuestas, las masas las toman o las dejan.
# ¿Cómo lograrían que las masas se dejaran manipular?
—Eligen una "zanahoria" y la de la raza es magnífica. Porque, apoyada por la mitología biológica, se daría algo por lo cual luchar: una presunta integridad y pureza. Así, las leyes raciales alemanas eran, presuntamente, la defensa de la sangre y el honor alemán. Las leyes de Nüremberg mezclaban estas dos ideas. El racismo político llegó a su paroxismo con el fascismo en general, que encaja en este mecanismo la visión del disidente como el enemigo, como aquel al que hay que exterminar. Esta forma de pensar produjo la Segunda Guerra Mundial, la hecatombe más grande de la historia, con más de cincuenta millones de personas muertas en seis años. Pero, como bien marca usted, en este drama todavía no cayó el telón.
# ¿Sigue siendo efectiva la apelación racista a la sangre?
—Sí. Por ejemplo, no se le puede negar a los Estados Unidos ser el faro de la democracia; haberlo sido históricamente y seguir siéndolo hoy, aunque con una democracia muy resignificada, que ya no es ni la de Jefferson, ni la de Lincoln. Fácilmente encontramos un componente racial, que dio la idea, en ese país, de una inferioridad irreversible. Para el racista, el que es inferior racial, lo es por siempre jamás. El que es inferior económico puede pasar a ser rico algún día, pero el racial no. No puede esconderse esa idea de inferioridad irreversible en las intervenciones militares estadounidenses de estos últimos años. También tengo mis dudas de que sea meramente una cuestión de fe islámica la que orienta a los terroristas. Es cierto que en todo esto hay razones económicas, como el petróleo, pero la adhesión popular no se logra con dividendos del petróleo en ninguno de los dos bandos. Hay algo muy visceral, que se orienta a la desaparición del enemigo. Estamos en un mundo cruel. No es que los seres humanos no hayan sido crueles siempre —basta acordarse de la Inquisición—, pero la crueldad en masa, la crueldad como estrategia, como estilo de vida, es propia de nuestra época.
# ¿Qué relación hay entre el antisemitismo y el sexismo?
—El antisemitismo y la judeofobia histórica están muy relacionadas con el sexismo. Hay algo esencial: la pureza de la raza exige un control absoluto sobre las mujeres. Las mujeres tienen la posibilidad de envenenar la raza. Recuerdo de cuando estudiaba Derecho, una cuestión ya reformada que planteaba el Código Penal: ¿por qué el hombre, para cometer adulterio, tenía que mantener manceba, mientras que para la mujer bastaba con que hubiera tenido un contacto sexual fuera del matrimonio? Los profesores explicaban que el hombre que hace travesuras fuera de la pareja no trae nada al hogar; la mujer, en cambio, con una travesura trae algo: la posibilidad cierta de haber concebido, de estar fraguando la paternidad del marido. Y esto respondía exactamente al esquema racial. Es decir, la mujer tiene que estar sometida, tiene que ser lo más hogareña que sea posible. Los alemanes y los suizos hablan siempre de "las tres K" del destino de las mujeres: Kuche (cocina), Kirche (iglesia) y Kinder (niños). Es decir, la mujer tiene que ser sumisa, portarse bien y salir de la casa lo menos posible, porque si no, se pone en peligro la pureza de la raza. Es absolutamente explícito esto en el discurso nazi y en el del fascismo italiano. Pero antes de que ellos lo dijeran, esto ya estaba en muchos pensadores y escritores del siglo XIX.
# ¿Algún ejemplo?
—Había un uso permanente de la metáfora de la masa como mujer. La masa tenía todas las posibilidades, era una maravilla, y por eso había que adularla.
# ¿Cómo se actualizan esas potencias?
—La masa, como la mujer, necesita ser fecundada por el varón. Los pueblos, en esta metáfora de la femineidad, para desarrollar todas sus posibilidades necesitan también ser fecundados, y eso es lo que haría el conductor, sea un conductor artístico, filosófico o político. Puede ser Wagner, puede ser Heidegger, puede ser Hitler. O muchos otros. No es una exclusividad. De manera que sí, hay una relación muy profunda, que está muy ilustrada por los escritores del siglo XIX, donde es usual encontrar la creencia de que las razas superiores serían razas viriles y que las razas inferiores serían razas femeninas. La inferioridad radicaba en su falta de virilidad. Además, en el discurso racial intenso está siempre la posibilidad de un mundo "sin": la posibilidad de un mundo sin judíos, sin negros, sin orientales, etc.
# ¿El discurso antisemita es el paradigma del discurso que excluye al diferente?
—Sí, se constituyó históricamente así porque los judíos tienen una historia de dos mil años viviendo en una Europa uniformemente cristiana. Entonces, fueron la expresión clara de la diferencia que no se puede eliminar. Se trató de encerrarlos en guetos, maltratarlos, pero para que apareciera la idea de exterminarlos tuvo que surgir una perspectiva biológica, y eso va a ser en el siglo XIX.
# Habló de la posibilidad de que las masas tengan conductores artísticos. En muchas personas la música de Wagner provoca un malestar especial. ¿Esa música puede calificarse de antisemita?
—La música de Wagner se integra en lo que él mismo llamó un drama musical. El insistió mucho sobre el hecho de que la música en estado de pureza había terminado su rol histórico, que después de Beethoven ya no se podía hacer más música que no estuviera implicada en alguna puesta dramática, en una obra de arte total. El drama musical tiene argumento e historia. Los judíos no aparecen explícitamente en ninguna de las óperas de Wagner, pero aparecen todos aquellos rasgos que en el imaginario popular de aquella época, y en gran medida en el actual también, se consideran como "característicos" de los judíos. Ciertos rasgos físicos, el afán por atesorar bienes materiales, su carácter traicionero, etcétera, están puestos sin ocultar su verdadera indicación de origen, como en el caso de los nibelungos. Los nibelungos son enanos y ladrones, personajes nefastos a los cuales el gran personaje de la germanidad que es Sigfrido tiene que poner en caja. El drama musical wagneriano es claramente antisemita.
# ¿Cómo surgen esos estereotipos racistas?
—En general, están tomados de leyendas nórdicas y célticas, como en el caso de Tristán e Isolda. Algunos personajes diseñados por el propio Wagner marcan muy bien sus características y su filiación racial. Por ejemplo, Sigfrido, que es el héroe por excelencia de la tetralogía, es hijo de los amores incestuosos de dos hermanos gemelos: no puede pedirse más pureza de la sangre. Pero además, estos gemelos son hijos de un dios. De manera que el tema de la sangre, de la estirpe, de la raza, que encabeza el gran héroe, es absolutamente cristalino en el caso de Sigfrido. Lohengrin —el caudillo al que hay que amar sin condiciones, y al que no se le debe preguntar ni cómo se llama, bajo pena de que se vaya y nos abandone a nuestra suerte—, es la imagen, que luego va a ser típicamente nazi, del caudillo, del Führer.
# Hitler se habría inspirado en la liturgia que acompañaba a la ópera wagneriana para desarrollar el culto de su personalidad. ¿Cómo se pasa de la liturgia operística a la liturgia política?
—¿Cómo se pasa de una creencia religiosa fuerte a una cruzada? Es casi la misma pregunta. Pues sí, se pasa, y los ejemplos históricos abundan. Wagner genera una religión, en realidad. Y en él se integra una idea de superioridad racial, algo compartido por Hitler. Ambos tenían una vocación muy fuerte de erigirse en inspiradores, en conductores de un gran proceso social nacional.
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