No es fácil llegar a San Juan de Oro, un pueblito jujeño. La ruta está llena de dificultades, hay peligro de apunamiento y casi no se ve gente. Pero la experiencia es única.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Llegamos a Rinconada, provincia de Jujuy, con la resolución de conocer San Juan de Oro, un pueblo ínfimo, en realidad una posta en el camino hacia el Alto Perú, con una iglesia colonial de la que no había fotos. El delegado municipal de Rinconada nos observó con escepticismo y enumeró los obstáculos: era muy fácil perder el rumbo ya que la senda no se transitaba habitualmente y el apunamiento enfermaba incluso a los más acostumbrados a esas pampas altas, de aire liviano, donde avanzar en subida entumece las piernas y aplasta los pulmones como una parálisis. Si nos apunábamos y, además, nos perdíamos, él no garantizaba nada. No había casi agua ni leña para cocinar y, por otra parte, a esa altura era muy difícil calentar un líquido a una temperatura que permitiera hervir fideos o polenta. Ibamos a tener que abandonar la carga que llevábamos a la espalda en cuanto llegáramos a las pampas altas, al norte de Rinconada. En una palabra: ¿por qué ir a San Juan de Oro, en vez de seguir el camino un poco más frecuentado hacia Susques, que pasaba por Mina Pirquitas? Dos días después de estas advertencias desalentadoras, se nos acercó un paisano que dijo ser viudo y agente de la policía provincial. Tenía una casita de piedra y algunos animales a mitad de camino a San Juan de Oro, y estaba por salir en esa dirección. Nos ofreció llevarnos. Se llamaba Víctor, carecía de uniforme y de arma reglamentaria, vivía de algunas ovejas y de lavar arenisca donde encontraba, con suerte, polvo de oro. Al cuello tenía atado un pañuelo celeste, con el que se enjugaba los ojos.
Salimos al día siguiente a las cuatro de la mañana, para caminar hasta las diez y detenernos en las horas de calor del mediodía. Si todo iba bien, esa noche parábamos en la casita de piedra de don Víctor y, al otro día, cumpliendo los mismos horarios, llegábamos a San Juan de Oro.
Atravesamos las pampas altas a eso de las cuatro de la tarde. Hubo que detenerse a tomar un té de yuyos, porque el mareo, la sensación de vacío, la ingobernabilidad del cuerpo nos tiró al piso, boqueando. De todos modos, no era cuestión de dejar que la noche nos agarrara allí porque el frío iba a terminar de liquidarnos. Al atardecer, don Víctor nos dijo que estábamos cerca y apuntó hacia el fondo de una quebradita polvorienta donde había un prisma de piedra irregular y diminuto: su casa. Nos mandó a buscar agua a una vertiente casi invisible en cuya orilla había que cavar para que el líquido llenara la cantimplora semienterrada; cocinamos en medio de la habitación, enceguecidos por el humo de las ramitas y el estiércol seco con que se prendió el fuego; tomamos la ginebra que habíamos llevado y comimos guiso de tasajo con fideos. Dormimos envueltos en mantas que olían a lana y cuero. Al día siguiente a mediodía, llegamos a San Juan de Oro, que era polvo y algunos muros de piedra. Don Víctor nos miraba como quien dice: “Ya se los había advertido”. Las casas abandonadas eran apenas túmulos grises y amarillentos. Por fin, don Víctor encontró a un compadre suyo que tenía la llave de la iglesia. Iluminado por el flash de nuestras cámaras y por un farol que trajo el hombre, apareció lo que veníamos buscando. No pintura cuzqueña como la de las iglesias de la quebrada, sino pintura popular: vírgenes y santos representados con los trazos, los gestos y las ropas de los reyes o sotas de la baraja española. El blanco de los fondos y el colorinche de las figuras conservaban su ingenua, casi desfachatada, nitidez. El hombre de la llave nos dijo que antes supo haber un órgano de cañas, pero que el obispado de Humahuaca lo había mandado retirar.
San Juan de Oro ya casi no existía como pueblo. Hoy, alguna guía de turismo aventurero afirma que es un lugar abandonado. Y el hombre que abrió la puerta de la iglesia seguramente ha muerto. Cuando empezamos la vuelta, en el alféizar de una ventana ciega de una casa abandonada encuentro las figuritas, modeladas en barro, de un pesebre. No me atrevo a tocarlas. Don Víctor, que me está observando, dice que si quiero llevarlas, no hay perjuicio.
http://www.clarin.com/diario/2006/02/05/sociedad/s-01136271.htm