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Una tonta y costosa empresa que termina en desastre

Archivado en Internacional • Fecha: 28-02-2006 00:00:00

Por Robert Fisk

El mar revela los secretos de la locura humana.

Y los periodistas somos estudiosos de la locura humana. Palestina, Irak, el golfo, Persia. Durante más de 100 años, el hecho de que Occidente se haya inmiscuido en Medio Oriente cae en la definición de la palabra inglesa folly que, según el diccionario, significa “una tonta y costosa empresa que termina en desastre”. Sospecho que el término contiene también una mezcla poco sana de vanidad y orgullo desmedido.

Hace unos días, parado sobre las rocas golpeadas por las olas que se encuentran en el viejo puerto libanés de Enfeh –sí, el mismo donde Ricardo Corazón de León (quien hablaba francés, no inglés) pasó una noche para escapar de las tormentas– me di cuenta de que las más sublimes y también las más ridículas aventuras siempre parecen ocurrir en el mar. De la misma forma en que el capitán Smith insistió en conducir al “Titanic” a toda velocidad hacia el hielo del Atlántico norte, en 1912, porque quería impresionar a los estadounidenses, 19 años antes el vicealmirante George Tryon, del “HMS Victoria”, no lejos de donde yo estaba parado, decidió obligar a la flota de la Marina Real del Mediterráneo a ejecutar las más rápidas y peligrosas maniobras navales conocidas por el hombre para impresionar a los turcos otomanos.

En Enfeh, este día, el viento ruge desde el mar. He notado que las traicioneras mareas hacen que el oleaje se levante en pequeñas montañas a lo largo de la costa. Pero Christian Francis, un buzo libanés-austríaco aún parte todos los días de un hotel semiabandonado para ver el hundimiento que descubrió a 480 pies de profundidad. Su entusiasmo por la historia y por el buceo es contagioso y él, con mucho gusto, me proporcionó lo que cada vez amo más del periodismo: archivos, papeles y reportes oficiales que los “centros de poder” producen para justificar sus insensateces, o pedir presupuesto. En este caso, toda la penosa historia está contenida en un procedimiento de corte marcial de la Marina Real, de 1893, para “investigar la pérdida del navío de Su Majestad Victoria”. Tryon, al parecer, era un futuro Smith.

Un estricto creyente en la disciplina –entre los términos menos amables con que lo describen sus subordinados–, era “taciturno” y “difícil, y también tenía, como Smith, la fama de ser excelente marino. De hecho, era la pesadilla de cualquier niño en la escuela, un hombre autoritario que prefería la obediencia a la iniciativa.

Así, el 22 de junio de 1893, cuando los otomanos lo observaban desde la antigua ciudad de Trípoli, Tryon ordenó a sus dos flotas de 11 barcos girar 16 grados y navegar a toda velocidad unos hacia otros. Ninguno de sus subordinados dijo una palabra. En el último momento, se suponía que los barcos debían dar la vuelta y seguir navegando uno junto a otro, en dirección contraria. Los hombres de Tryon tenían demasiado miedo como para cuestionar esta locura.

El único que titubeó fue su segundo de a bordo, el almirante Albert Markham, a bordo del “HMS Camperdown”, quien en respuesta recibió un irritado mensaje con señales de banderas: “¿Qué está usted esperando?”. Con fatalidad digna de Esquilo, los 14 mil caballos de fuerza y las 11 mil toneladas del “Victoria” –que fue uno de los primeros barcos británicos con recubrimiento metálico y el primer navío construido con una turbina de vapor– chocó contra el “Camperdown”, que se incrustó en el barco de Tryon abriendo una herida de seis metros en su casco.

Las últimas palabras son el arma favorita de un periodista en contra de los muertos. El almirante nos da un par de clásicos que están a la altura de lo que dijo Smith al dueño del “Titanic” después de chocar contra el iceberg: “Bueno, ahora sí va a tener los títulos de tapa, señor Ismay”.

En el caso de Tryon, rodeado por sus sorprendidos y silenciosos subalternos al tiempo que el “Camperdown” se le incrustaba, un vicealmirante gritó: “Hacia popa, hacia popa”. Y luego, cuando el gigante se estremeció por el impacto y empezó a voltearse, sus caldereros, sabiéndose perdidos, trataron en vano de guiar al “Victoria” hacia la costa. Mientras su tripulación se ahogaba al tiempo que el navío colapsaba, Tryon anunció –y uno sólo puede imaginarse el alivio, al estilo de Tony Blair, que esto produjo en los almirantes– “todo fue mi culpa”. De esta forma se condenó a ser para siempre el hombre que hundió a su barco. Viendo todo esto desde la playa, los otomanos ciertamente quedaron impresionados. Un total de 358 marinos británicos murieron, incluido Tryon, quien se considera el único responsable del mayor desastre en tiempos de paz en la historia de la Marina Real.

Las desgracias en una batalla terrestre o en el aire son de alguna forma mitigadas por el tiempo. El pasto, como dijo el poeta estadounidense Carl Sandberg, siempre acaba por cubrir las tumbas. Los fragmentos de avión se desintegran en el aire. Pero en el fondo del mar, como el “Titanic”, nuestra insensatez permanece sacrosanta y eterna. El joven Christian Francis, inspirado por las viejas historias de pescadores y las bitácoras que leyó en el Museo Nacional Marítimo de Greenwich, encontró el viejo barco de Tryon a 480 pies de profundidad, prácticamente intacto, y lo que es aún más extraordinario, está en posición vertical, con un extremo firmemente enterrado en el fondo del Mar Mediterráneo, sus enormes propulsores gemelos apuntando hacia arriba, iluminados por la tenue luz del sol. Francis trabaja con otros dos buzos británicos y tres polacos que me copiaron sus videos. Bancos de peces atraviesan las hélices. Puede leerse el nombre “Victoria” en la proa.

También está el camarote de Tryon, y la claraboya desde la que vio al “Camperdown” avanzar hacia él. Un revólver de casi 50 centímetros está aún en su lugar, con sus 12 cañones todavía montados para repeler a los alemanes que nunca combatiría en la Primera Guerra Mundial. Porque el “Victoria” –cómo adoramos los “hubiera” de la historia– seguramente hubiera participado en las mayores batallas del conflicto.

Francis trata el hundimiento como una tumba británica marina y se limita a ver por las ventanas de los camarotes –a través de una de ellas puede verse una bandeja de plata–, pero cree que adentro todavía hay esqueletos, incluido el de Tryon, en la parte sepultada del “Victoria”. Pobre Tryon, su barco se yergue como lápida y es el único hundimiento vertical del mundo, con la nariz en la tierra y la parte trasera suspendida para siempre. Pero, ¿podemos aprender de esto? Claro que sí, ¿no es cierto? Estuve hablando con los polacos que analizaron el “Victoria” durante una hora antes de caer en cuenta de que son los mismos hombres que han recorrido las ruinas bálticas de las más grandes tragedias marítimas del mundo. El “Goya”, el “Wilhelm Gustloff” y el “General von Steuben”.

Cerca de 18 mil alemanes, la mayoría de ellos civiles, se hundieron en esos barcos, comparados con los mil 500 del “Titanic”, en el invierno helado de 1945, cuando los nazis trataron de evacuar a su gente de Danzig antes que los soviéticos entraran a Alemania. Los rusos los hundieron a todos.

Uno de los polacos tecleaba en su laptop y ahí, delante de mí, había cráneos y huesos de verdad, un casco alemán, un cinturón, los restos de una camisa. “Las autoridades polacas querían analizar un cráneo y trajimos uno”, me dijo uno de los polacos. “Lo identificaron como el de una mujer de entre 30 y 40 años.”

Otra vez, orgullo desmedido. El casco comprueba que elementos de la Wehrmacht estaban a bordo de estos barcos. Pero la mayoría eran civiles y los rusos aún idolatran a los tripulantes de los submarinos que mataron a tantos civiles entre el 30 de enero y el 16 de abril de 1945. También pone al almirante Tryon bajo otra luz. Una “tonta y costosa empresa que terminaen desastre” bien puede definir la práctica humana de la guerra. El mar ya no puede esconder sus secretos. Nuestra aventura tiene un sepulcro perpetuo ahí, si es que queremos examinar lo que significa.

* Periodista británico. El mayor especialista occidental en los países árabes. De The Independent, especial para Página/12.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-63677-2006-02-28.html

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Las limpiezas de Nueva Orleans

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 26-02-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Se cumple medio año desde que Katrina comenzó a ser sobre las Bahamas y días después, el 29 de agosto, inundó el 80 por ciento de Nueva Orleans provocando una de las catástrofes naturales más severas que conoce la historia de EE.UU.: 1300 muertos, 140.000 unidades residenciales y edificios destruidos y una diáspora de más de dos millones de refugiados de la costa del Golfo de México (The Washington Post, 13-1-06). Existe un plan de reconstrucción de la ciudad que ha empezado por la limpieza de los 22 millones de toneladas de escombros y al parecer terminará con otra clase de limpieza, esa que llaman étnica. Los negros constituían el 68 por ciento de la población de Nueva Orleans, son neta mayoría de los desplazados y su retorno y aun permanencia en la ciudad tropiezan con una dificultad tras otra. Las empresas constructoras hablan de “modernizar” Nueva Orleans, no de reconstruirla.

Una comisión de 11 congresistas norteamericanos presentó este mes un informe de 600 páginas sobre la gestión –más bien la falta de gestión– de los gobiernos federal, estatal y municipal ante el desastre: encontró 90 errores en lo actuado por todos los niveles institucionales, desde la Casa Blanca hasta la alcaldía, hecho que calificó de “abdicación de las más solemnes obligaciones para con el bien común”. Son inolvidables las escenas de pobladores desesperados tratando de salvarse que sacudieron las pantallas de TV del mundo entero. Mientras la ayuda no llegaba, aparecieron otras: W. Bush descansando en su rancho y restándole importancia a la catástrofe o la secretaria de Estado Condoleezza Rice gastando 7000 dólares en zapatos. Esas imágenes también son inolvidables. Pero poco se habla del post-Katrina que se sufre ahora.

En primer lugar, los refugiados de Nueva Orleans fueron fletados con boleto de ida solamente, por decirlo de algún modo. Pocos encontraron trabajo en los estados que los acogieron y no hay ayuda oficial para que regresen. ¿Y a dónde regresarían? El gobierno está confiscando y demoliendo casas –incluso no muy dañadas– y se estima que un 75 por ciento de la antigua población negra puede quedar sin techo porque los propietarios de viviendas aprovechan la ocasión para expulsar a inquilinos que ni siquiera se enteran de la orden de desalojo: están en otras ciudades, lejos. Desde el 25 de octubre, fecha en que cesó una moratoria otorgada por el gobierno de Louisiana, se producen unos 100 desalojos por día. Se explica: la crisis de la vivienda ha llevado el precio de los alquileres a las nubes.

La discriminación alcanza asimismo a los negros y los pobres que piden préstamos para construir una casa. El organismo federal de gestión en situaciones de emergencia ha derivado a la Administración de la Pequeña Empresa (SBA, por sus siglas en inglés) la prestación de asistencia a los damnificados por Katrina. La SBA ha rechazado el 82 por ciento de las solicitudes de préstamos para vivienda exigiendo “responsabilidad fiscal” a gente sin techo ni trabajo y distribuyó los que aprobara de este modo: un 47 por ciento para construir en barrios ricos, donde la población blanca predomina, y apenas un 7 por ciento para hacerlo en los barrios pobres, habitados por negros (San Francisco Bay, 8-2-06). La política de la SBA es ayudar a las familias de ingresos medios y altos con muy reducida presencia negra. El resto, bueno.

Las empresas constructoras privadas reciben fondos federales y privilegian la reconstrucción de vivienda en las zonas altas que Katrina no anegó, donde se concentran los blancos y los ingresos más gordos de Nueva Orleans. Y aunque W. Bush ha solicitado al Congreso otros 19.800 millones de dólares para rehabilitar la ciudad, nada asegura que haya fondos cuando de los barrios negros se trate. Se asiste a un paisaje perverso que el juez negro Greg Mathis señaló: “El esfuerzo (de reconstrucción) es de gran escala y muy complejo, hay millones de dólares en danza. Lo irónico es que los amigos del gobierno federal –el mismo gobierno federal que mostró negligencia para enfrentar el desastre– se están beneficiando de la devastación causada por el huracán”.

Uno de esos amigos es el Show Group de Baton Rouge, que recibió contratos por valor de 100 millones de dólares sin licitación. Ocurre que Joe M. Allbough, gestor principal de la campaña electoral de W. Bush del 2000, es cabildero del Show Group y de Halliburton, el gigante petrolero y de la construcción del que fue director ejecutivo el vicepresidente Dick Cheney. La Casa Blanca otorga contratos a las multinacionales de sus allegados políticos y ha suspendido la vigencia de disposiciones de protección a los trabajadores locales como la Davis-Bacon, lo cual facilita la superexplotación de los desocupados que proceden de todas partes, menos de Nueva Orleans. La amistad es la amistad.

Parece claro el designio de una Nueva Orleans mucho más blanca, con menos negros, menos votos negros, menos poder político negro, y los contratistas hablan de crear otro París a orillas del Mississippi. Pretenden malear la ciudad donde cuajó el poderoso espíritu del swing que ha dado un tono particular a toda la cultura estadounidense. A ver si pueden.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-63600-2006-02-26.html

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"La computadora nos permite reencontrarnos en la plaza"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 26-02-2006 00:00:00

DIEGO LEVIS, ESPECIALISTA EN NUEVAS TECNOLOGIAS

Las comunicaciones en la Red crearon modos insospechados de relaciones afectivas y contactos entre las personas. El ciberespacio se ha transformado en una dimensión más de nuestra vida social.

Fabián Bosoer.
fbosoer@clarin.com

Las metáforas que dibujaron los significados de Internet desde su aparición fueron varias. Primero se habló de la "autopista de la información"; luego, con su expansión en los 90, se dijo que era una "burbuja". ¿De qué manera se incorporó el ciberespacio a nuestras vidas?

—Debemos recordar que todo empezó en Estados Unidos como una red que se utilizaba para conectar centros de investigación. Eran, sobre todo, universitarios que empezaron a utilizar la red no solamente para intercambiar información de las investigaciones que hacían sino también para hablar de otras cosas, jugar, etc. Esa cultura del ciberespacio de los años 80, que se presentó como una cultura alternativa que trasuntaba cierto misticismo pacifista y estéticas transgresoras, tuvo como fuente las investigaciones militares en juegos de simulación, juegos de guerra, "realidad virtual": imágenes en 3D, imágenes "de inmersión", sonido envolvente —que hoy se utiliza en sensorround—. Quienes estaban en eso eran parte, de algún modo, de una contracultura. Pero, paradójicamente, trabajaban en centros financiados por presupuestos militares.

# ¿Cómo fue que se generalizó su uso masivo?

—A finales del 95-96, la expansión que empezó a tener Internet llamó la atención de las empresas y los gobiernos, y se convirtió en un gran proyecto económico. Se empieza a ver entonces su rentabilidad y el desarrollo de sus diferentes aplicaciones: el uso del chat, el correo electrónico, redes cada vez más sofisticadas para el intercambio de información, el cine, la música, la industria editorial. La industria del entretenimiento, a través de una red con un costo bajo de emisión y que llega a la casa de todas las personas, a lo que se agrega luego el boom de la telefonía celular, aparatitos que tienen capacidades informáticas mucho mayores que las PC de hace quince años: se agregan los mensajitos, las fotos, los grabadores digitales, el MP3. Es un potencial enorme de ganancias que permite la difusión de millones de minicomputadoras personales.

# Estas comunicaciones "en tránsito", o mediadas por la computadora. ¿Construyen un "lugar" de comunicación?

—Creo que la computadora nos permite volver a encontrarnos en la antigua plaza pública; esas plazas tradicionales, donde la gente va, se encuentra, habla de diferentes cosas, juega, compra algo y también se enamora y pasea con la novia o el novio. Arma así una verdadera red social.

# ¿Y qué tipo de relaciones se establecen en esta Red?

—Están quienes utilizan Internet como entretenimiento, como podrían estar mirando televisión o leyendo; quienes la usan para establecer relaciones —amigos, amores, da lo mismo— de mayor o menor intensidad. Personas sin presencia física real con quienes se genera o no un vínculo afectivo sostenido a través de la pantalla. En estas relaciones, los interlocutores pueden llegar a un nivel de intimidad y confianza que hace que se cuenten cosas que no compartan con su propia pareja o familiares más cercanos, un compartir que no implica necesariamente compromiso afectivo, ni verdadera exposición. Están las relaciones con personas que uno conoció circunstancialmente y gracias al e-mail seguirá cultivando a distancia. Está el chateo que permite mantener conversaciones con amigas/os, compañeras de trabajo o colegas. Hay relaciones que se entablan con desconocidos, se presentan con identidades reales o ficticias y desarrollan un vínculo que puede terminar siendo físico o no. Y están quienes buscan compañía, contactos "ciber-sexuales". Lo interesante es que en muchos de estos casos, se trata de verdaderas relaciones sociales de carácter literario.

# ¿Cómo es eso?

—Cuando escribimos o chateamos estamos construyendo un personaje y una historia, que van a tener mayor o menor riqueza de acuerdo con nuestra capacidad de expresión. Por eso digo que es un vínculo literario. Está mediado por la imaginación y por la necesidad de sostener un personaje y sus situaciones, que pueden ser los mismos que encarnamos en nuestra vida real o no.

# ¿Internet crea un espacio en el que las fantasías y los deseos se pueden hacer realidad?

—Dicho así, tan contundentemente, no. Internet crea otro espacio en el que las fantasías y deseos pueden canalizarse y motivar los vínculos. Pero es muy distinto cuando pretendemos traspasar ese vínculo a la realidad física; ahí cambian las reglas y se acabó el juego. Podemos pensarlo también como un espacio lúdico, que nos permite jugar. Podemos hacer muchas cosas con la pantalla de la computadora, conectados en la Red: puede ser un biombo, un escaparate, un refugio para huir de la realidad o un puente para ir hacia ella. También es como un espejo.

# ¿Un espejo que nos devuelve una imagen de nosotros mismos?

—Es como el espejo de la bruja de Blancanieves: nos devuelve una imagen amplificada de nuestras capacidades, haciéndonos sentir poderosos hasta la omnipotencia e insignificantes hasta la angustia. Pero como ese espejo del cuento, cuando nos dice algo que no nos gusta, podemos apagarla y listo.

# ¿Los vínculos afectivos en la Red son la consecuencia de la pérdida de espacios de encuentro?

—Es una característica de las sociedades en las que vivimos. Se ha ido perdiendo ese espíritu de encuentro. Hay menos espacios públicos para conocer personas. Desconfiamos, no nos acercamos. En algunos países, como Estados Unidos, es cada vez más difícil imaginar que podamos conocer a alguien conversando en el parque o en la calle. El lugar de encuentro es el shopping y ahí no se va a conocer gente. En las discos se habla poco y tampoco se entienden ya como espacios de conversación o presentación. El espacio social real es hoy un espacio vaciado de vínculos afectivos, privatizado, en el que la prevención, la sospecha o el miedo están más presentes. El ciberespacio suple ese vacío.

# Vemos por un lado nuevas formas de relación afectiva a través de la Red. Pero, por otro, ¿puede también la computadora ser una evasión de los vínculos afectivos más cercanos en la búsqueda de intercambios siempre más esporádicos y descomprometidos?

—Existe un miedo cada vez mayor a sostener el compromiso, en tanto éste implica poner el cuerpo y el "alma", implica "ex-ponerse". En las relaciones interpuestas a través de la Red el hecho de que nuestros interlocutores sean simbólicos (si la relación se produce a través de texto, no existe ninguna marca física en el proceso de comunicación a diferencia del teléfono —voz— o la carta manuscrita) permite mostrar sin "riesgos" partes de uno. Fantasías, debilidades, deseos, neuras, etc, que nos cuesta exponer en la vida cotidiana, pues sentimos que de algún modo pueden resultar negativas para nuestras relaciones, para la imagen que construimos ante los otros, etc..

# ¿Y puede traer también trastornos familiares —parejas que se pelean, hijos que se aíslan, mujeres que sufren la adicción de novios y esposos, o viceversa— a la web?

—Cuando se habla de las relaciones afectivas surgidas o desarrolladas al abrigo de Internet, rara vez se piensa que el medio, en tanto soporte técnico, no determina el uso que de él hacen las personas. Niños, adolescentes y adultos, hombres y mujeres de todas las edades, utilizan la Red para comunicarse con personas a las que muchas veces no conocen. Muchos de ellos lo hacen para pasar el rato, otros buscan amigos con los que compartir buenos momentos y hay quienes están a la búsqueda de un amor con quien crecer. En lugar de demonizar, de fingir indiferencia o de entusiasmarse ciegamente con la aparición de estas nuevas formas de relacionarse, debemos preguntarnos qué representan socialmente. A qué necesidades o carencias responden, qué fantasías satisfacen.

# ¿Será esto materia para una cibersociología y de un ciberpsicoanálisis?

—Es que así como la televisión transformó la vida cotidiana personal y familiar, económica y política de las sociedades hace cincuenta años, el fenómeno de Internet y las comunicaciones digitalizadas están haciendo otro tanto en nuestras relaciones sociales y en nuestra cultura.

Copyright Clarín, 2006.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/02/26/z-03816.htm

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Penjerek: la desaparecida

Archivado en Cronicas rojas por Alvaro Abos • Fecha: 26-02-2006 00:00:00

En el barrio de Floresta, en 1962, una adolescente de 16 años, hija única de un empleado municipal, fue a su clase de inglés y nunca volvió. Pese a las múltiples versiones, hasta hoy nadie sabe qué ocurrió...

Le decían Pipi, tenía 16 años. Fue a la clase de inglés y nunca volvió. Vivía en el barrio de Floresta, era la única hija del empleado municipal Enrique Penjerek y de la enfermera Clara Breitman. Cursaba el quinto año del Liceo de Señoritas N° 12 y soñaba con estudiar odontología. Se llamaba Norma Mirta Penjerek.

A las siete de la mañana del 29 de mayo de 1962 el termómetro marcaba una décima de grado bajo cero: era el día más frío del año.

–Nena, no se te ocurra ir a inglés, esto es Siberia –le dijo su mamá cuando ella volvió del colegio–. Además, no hay colectivo.

–¿Por qué?, ¿qué pasa?

–Hay paro general.

A Norma Mirta, como a toda chica de su edad, la casa la oprimía. ¿Quedarse en su cuarto, escuchando el último disco de Elvis Presley? ¿Escribiendo en su diario –poemas, pensamientos, fantasías– con esa letra redonda y prolija? Pero a Norma Mirta, esa muchacha de mirada soñadora, ¿qué le importaba de la CGT?

Además, cuando había paro, los dueños manejaban los colectivos. Norma Mirta envolvió su cuello en una bufanda de lana.

Esa tarde, la señorita Perla, la profesora de inglés, la notó un poco lánguida. La clase de inglés duró desde las siete y diez hasta las ocho menos cuarto. Veinte minutos después, Norma Mirta tendría que haber estado en casa. La señorita Perla Stazauer de Priellitansky era profesora de inglés en el colegio Cinco Esquinas y daba clases particulares en su casa de Boyacá 420. ¿Le había dicho algo Norma Mirta aquella tarde? Sólo después, cuando pasó todo, a la profesora le pareció que la muchacha estaba preocupada.

De Boyacá al 400 hasta la casa de los Penjerek, en la avenida Juan Bautista Alberdi 3252, hay unas 17 cuadras. ¿Qué camino hizo Norma Mirta? ¿Acaso subió a un colectivo 76, que –por el paro– pasaba cada muerte de obispo? ¿Caminó? ¿Hubo algún incidente en aquella tarde que ya era noche invernal?

A las nueve, la mamá, ya muy inquieta, hizo lo que hacen todas las madres: llamó a las compañeras y a las amigas de su hija.

–No, señora, yo no la vi…

La última esperanza de los padres era una chica llamada Aída Robles, la amiga íntima de Norma Mirta. Pero Aída no sabía nada.

A la medianoche, el señor Penjerek llegó a la comisaría 40a. y denunció que su hija había desaparecido. ¿Cómo iba vestida? Una pollera gris tableada, un blazer azul.

Las semanas pasaron con la lentitud de una tortura. Todas las hipótesis fueron barajadas y descartadas. Se descartó que hubiera sufrido un accidente: ni en los hospitales ni en las clínicas había señales de Norma Mirta. Sencillamente, la ciudad se la había tragado.

La sociedad apenas percibió este drama. Era sólo una chica perdida en la ciudad inmensa. Quedaron algunas huellas, pocas. Una pequeña noticia en algún diario: "Extraña desaparición de una jovencita".

A los diez días, la familia publicó una solicitada con la foto de Norma Mirta: "Se busca". Como siempre en estos casos, acudieron mitómanos y perversos; también, alguna gente de buena fe, confundida. Un vivillo pidió dos mil pesos para revelar la verdad sobre la muchacha: se descubrió que no sabía nada y quedó detenido por tentativa de extorsión.

Pasó un día y otro y otro. Norma Mirta Penjerek sería un nombre más en la larga nómina que llena los ficheros de la Sección Desaparecidos del Departamento de Policía.

Un cadáver desnudo

Cuarenta y seis días después de la de­saparición de Norma Mirta, a las seis de la mañana del lunes 16 de julio de 1962, sonó el teléfono en la planta baja D de la avenida Juan Bautista Alberdi. Los padres, antes de descolgar, intuyeron que sería una mala noticia.

El domingo 15, un perro había olfateado algo en unos terrenos baldíos de Llavallol, en el sudoeste del Gran Buenos Aires. Un objeto extraño asomaba en el fango. El perro pertenecía a un guardián del Instituto Fitotécnico de la Universidad Nacional de La Plata. El hombre tardó en reconocer esa forma. Eran los dedos de una mano. El lugar no podía ser más lóbrego: unos potreros usados para experimentar cultivos. Personal de la comisaría de Llavallol concurrió inmediatamente y desenterró el cadáver, ya muy descompuesto, de una mujer desnuda.

Aquellos policías provinciales actuaron con poco profesionalismo, según críticas que se formularon luego. No acordonaron el lugar para conservar huellas. Lo pisotearon. Tampoco interrogaron al guardián. No se analizaron algunas prendas halladas cerca: un corpiño, un pulóver marrón y una enagua celeste. Ninguna de ellas pertenecía a Norma Mirta.

¿Quién era la mujer encontrada en Llavallol?

Había sido estrangulada con un alambre y un instrumento cortante le había seccionado la vena cava superior. La primera autopsia la hizo el forense doctor Carlos Garay. Determinó que la víctima era una mujer de 1,65 de estatura y unos veinte años de edad. Esto no coincidía con Norma Mirta, que medía 10 centímetros menos.

Horrorizados, los padres fueron a la morgue de La Plata. El cadáver desfigurado de Llavallol no les recordó para nada a la hija perdida. Una segunda autopsia, realizada por el doctor Antonio Lara, rescató una huella dactilar, la del dedo anular de la mano izquierda. Según este forense, era la única huella reconocible. La comparó con la ficha dactiloscópica de Penjerek. Eran idénticas. Según esta autopsia, la muerte se habría producido el 6 de julio, con un margen de 48 horas en más o en menos. O sea: entre el 4 y el 8 de julio de 1962. Pero esto no coincidía con el avanzado estado de descomposición que presentaba el cuerpo cuando había sido hallado, el 15 de julio. Norma Mirta se atendía en el consultorio de un dentista de Floresta, quien reconoció la dentadura del cadáver. Con este testimonio, la Justicia dictaminó que el cadáver de Llavallol era el de Penjerek. La causa por homicidio recayó en el juzgado del doctor Alberto Garganta, en los tribunales de La Plata. El 25 de agosto de 1962, el cuerpo fue devuelto a la familia.

Una multitud acompañó el féretro a su última morada en el cementerio de La Tablada.

La delatora

Durante el año que siguió, no se produjo ningún avance en la investigación. El crimen de Norma Mirta no fue mencionado por la prensa, que, durante la segunda parte del año 1962 y el primer semestre de 1963, tuvo muchos temas de los que ocuparse.

De pronto, el 15 de julio de 1963, la noticia explotó en los diarios argentinos: una mujer detenida por la Brigada de Moralidad en la vereda de la estación Constitución, dijo: "Yo sé quién mató a la chica Penjerek".

La delatora se llamaba María Sisti, tenía 23 años y varias entradas por ejercer la profesión más antigua del mundo. Interrogada a fondo por el comisario Jorge Colotto, de la Policía Federal, y por el subinspector Vodeb y el subcomisario Toledo, de Llavallol, María Sisti contó una historia extraña.

En la localidad de Florencio Varela, a pocos metros de la estación, la tienda La Preferida vendía zapatos para mujeres. Su propietario era un hombre de 47 años llamado Pedro Vecchio, un viudo con dos hijas. Tenía un Kaiser Carabela verde claro. También era concejal electo por el partido Unión Vecinal, orientado por el político peronista Juan Carlos Fonrouge. Según Sisti, Vecchio era la cabeza de una red de prostitución y pornografía que se especializaba en proveer "carne fresca" para orgías con gente adinerada y políticos influyentes. Según la declaración, Vecchio y cinco o seis cómplices reclutaban menores a quienes corrompían con drogas. Vecchio no actuaba solo; lo secundaba una tal Laura Muzzio de Villano, dueña de una boutique situada a pocos metros de la zapatería de Vecchio. Sisti había visto a Norma Mirta en el escenario de las fiestas negras, el chalet Los Eucaliptos, situado en otra localidad del sur bonaerense: Bosques.

Luego de estas revelaciones, otras tres jóvenes prostitutas fueron detenidas y confirmaron la historia, que poco a poco fue filtrándose a la prensa. También confesó Villano. Cada día, nuevas revelaciones conmovían a la opinión pública con detalles truculentos: Vecchio habría salido a "cazar" jóvenes aquel 29 de mayo. Según María Sisti, Vecchio y sus cómplices levantaron a Penjerek y, tras drogarla, la entregaron a un cliente. Luego le sacaron fotos. Vecchio –siempre según Sisti– habría estrangulado y acuchillado a Norma Mirta en Los Eucaliptos cuando ella quiso resistirse a que siguieran drogándola. Envolvieron el cuerpo en una manta y lo escondieron en el sótano del chalet de Bosques. Sólo cuando empezó a descomponerse y temieron que el hedor advirtiera a los vecinos, lo llevaron a un descampado de Llavallol, donde quedó semienterrado.

A todo esto, ¿qué pasaba con el tal Vecchio? No fue encontrado en su domicilio. Indudablemente, había huido. Pero el 23 de septiembre de 1963 se presentó espontáneamente y proclamó su inocencia: "No tengo nada que ver con todo esto –dijo el comerciante–. Nunca vi en mi vida a esa chica y no sé quién es".

Una psicosis se había desatado en Buenos Aires. La juventud argentina estaba siendo pervertida por intereses espurios, decían organizaciones familiares, ligas de madres, ciudadanos, personalidades. Se reclamaba la limpieza profunda de esa escoria. Si alguien hubiera dicho una palabra en favor de Vecchio lo habrían acusado de alentar la corrupción de la juventud argentina. En el Parlamento surgido de las elecciones de 1963 se exigió una interpelación. Miles de cartas habían desbordado el despacho del general Osiris Villegas, ministro del Interior del gobierno provisional del presidente José María Guido. Hasta la CGT, en una de sus declaraciones, incluyó "la limpieza moral" entre los reclamos de sus frecuentes huelgas generales.

El 29 de junio de 1963 había salido a la calle un nuevo vespertino: Crónica, editado por Héctor Ricardo García. Las primeras semanas no conseguía vender más de 20.000 ejemplares. Pero con las revelaciones que resucitaron el crimen de la Penjerek, el nuevo diario agotaba ediciones, y así se instaló en el difícil mercado de los diarios de la tarde. Gracias a sus truculentas notas, Crónica superó la barrera de los 100.000 ejemplares. Alguien le dio al diario de Héctor Ricardo García fotos de supuestas orgías. En ellas no se veían los rostros, pero sí los cuerpos.

La hipótesis Eichmann

El 23 de agosto de 1963, el matutino El Mundo –que contaba entre sus columnistas a Edgardo da Mommio, Horacio de Dios y Bernardo Neustadt– lanzó una versión diferente: Norma Mirta Penjerek habría sido asesinada por sectores de ultraderecha, en represalia contra el secuestro en la Argentina de Adolfo Eichmann y su posterior juicio y ejecución en Jerusalén.

Esta versión ligaba a una anónima adolescente porteña con uno de los máximos responsables del Holocausto.

Otra versión sostenía que Enrique Penjerek, destacado miembro de la colectividad judía argentina, habría sido uno de los informantes –cuya identidad nunca se reveló– del comando que encontró y secuestró a Adolfo Eichmann.

Nada de esto ha sido probado.

Los ángeles asesinados

El proceso a los acusados de corromper, torturar y asesinar a Norma Mirta Penjerek se arrastró por varios juzgados. Intervinieron en total ocho magistrados. El 5 de abril de 1965, la Cámara del Crimen de la Capital Federal decretó el sobreseimiento de Pedro Vecchio, que recuperó la libertad: ni uno solo de los cargos que se le formularon pudo probarse. Sus acusadores, como Mabel Sisti, denunciaron luego que habían sido torturados, presionados e inducidos para que acusaran a Vecchio.

El caso Penjerek tuvo otras secuelas: algunos policías fueron procesados por tortura. Al comisario Colotto, años después, lo acusaron de integrar la Triple A.

Pero, ¿por qué le habían tendido semejante trampa a Pedro Vecchio, si sólo era un honesto comerciante? ¿Por qué a él? Se habría aprovechado una enemistad barrial para encontrar un chivo expiatorio: el comerciante Vecchio. Un fotógrafo de Florencio Varela, llamado José Luis Fernández, odiaba a Vecchio porque éste habría ayudado a una hija de aquél, de 26 años, cuando ésta abandonó la casa de su padre. La inquina de Fernández hacia Vecchio habría sido tan tenaz que un tiempo atrás lo había denunciado como traficante de drogas; entonces aportó como prueba unas fotos de Vecchio mientras cargaba paquetes en una camioneta. Pero esos paquetes sólo eran cajas de zapatos. María Sisti, por su parte, se retractó de las acusaciones contra Vecchio. Fernández, dijo, le había pagado 50.000 pesos para que acusara a Vecchio.

Nunca se supo quién mató a Norma Mirta Penjerek. Su nombre quedó inscripto en la larga galería de las mujeres cuya muerte ha quedado impune.

La Justicia, dice el Evangelio, no es un reino de este mundo. ¿Será de otro?

Por Alvaro Abos

Fuentes: entre otras, Crímenes argentinos, de Ricardo Barbano y otros; Odessa al sur, de Jorge Camarassa; Paren las rotativas, de Carlos Ulanovsky; Eichmann en Jerusalén, de Hanna Arendt.

Próxima entrega: Robledo Puch

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JULIO MEINVIELLE

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 25-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

El presbítero Julio Meinvielle nació en 1905. Estudió en el Seminario de Villa Devoto y fue ordenado en 1930. Se doctoró en Filosofía y Teología y tuvo una intensa participación en los medios intelectuales católicos. Colaboró desde su inicio con la revista Criterio, fundó a principios de los ’30 la revista Crisol y participó activamente en los cursos de Cultura Católica, donde se convirtió en mentor de un grupo de católicos de orientación nacionalista. Colaboró con algunos de ellos –Marcelo Sánchez Sorondo, César Pico, Mario Amadeo– en la fundación de Sol y Luna en 1938, y posteriormente de Balcón, en 1946.

Meinvielle sostuvo las ideas del tomismo y abogó por la restauración de un orden teocrático universal. Combinó su perspectiva católica integrista con el nacionalismo y postuló la unidad entre la Nación, la Iglesia Católica y las Fuerzas Armadas, protagonistas de una cruzada contra las fuerzas del mal: el protestantismo, la masonería, el liberalismo y el socialismo. Fue además vehementemente antijudío. Esas ideas aparecen en su abundante producción periodística y en sus libros. Los más notables: Concepción católica de la política (1932), Concepción católica de la economía (1936), El judío (1936), Los tres pueblos bíblicos en la lucha por la dominación del mundo (1937). Entre 1936 y 1937 combatió vigorosamente a Jacques Maritain, considerado por entonces el filósofo católico más importante, quien en Buenos Aires se manifestó contrario al movimiento franquista y al fascismo en general.

Simultáneamente, Meinvielle se desempeñó desde 1933 como cura de la parroquia de Nuestra Señora de la Salud, en Versailles, un barrio nuevo del oeste de la ciudad. Allí el “padre Julio” dejó un recuerdo imborrable como excelente párroco, consagrado a atender todas las necesidades, espirituales y materiales, de su feligresía, como lo muestra esta entrevista, titulada “El club del cura” (no hemos podido averiguar en qué revista apareció), en la que el periodista se admira –sin ironía– de su “actitud liberal y democrática”. Meinvielle creó un sinfín de instituciones parroquiales, entre ellas el Ateneo Popular y una asociación de Scouts católicos, que luego fue adoptada y generalizada por el arzobispado. También se esforzó por transformar la modesta iglesia de chapa y madera en un edificio cabal. Cuando esto se concretó, en 1951, ya había dejado su puesto, pues sus manifestaciones públicas de disenso con el gobierno peronista llevaron a las autoridades eclesiásticas a alejarlo de su parroquia.

Meinvielle siguió desarrollando una intensa actividad intelectual, escribió nuevos libros, y fue el mentor de sucesivas camadas de católicos nacionalistas. A fines de los ‘50 fue asesor espiritual de la Asociación Nacionalista “Tacuara” a la que transmitió su virulento antisemitismo y luego de la Guardia Restauradora Nacionalista, escindida de aquélla. Murió en un accidente automovilístico en 1973.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-63581-2006-02-25.html

MEINVIELLE
Entrevistado por A. Larrán de Vere
diciembre de 1940

No hace muchos años, Versailles era, en el plano de la ciudad, una de esas grandes manchas verdosas con que se indicaban los residuos de la pampa, empujados hacia el deslinde por el caserío en marcha. De pronto, en un punto de la mancha verde se levantó una estación donde remató un desvío del ferrocarril. Y el martillo del rematador, un domingo en que el camino real amaneció con fiesta de gallardetes y banderas rojas, desmenuzó en lotes el desierto verde. Luego nació el caserío: casas de obreros las más; algún vistoso chalet, tal o cual sala con vidriera y cortina metálica... Y a poco andar hubo que borrar del plano la mancha verdosa. El caserío la empujó hacia afuera de la avenida General Paz. Versailles tiene ahora un cierto parecido con los alrededores de La Plata. Caserío abigarrado, comercio floreciente, tráfico movedizo y apiñada población. Apiñada y homogénea, como que está formada por gente de trabajo, sencilla y honesta.

He aquí el escenario donde desarrolla su vida floreciente a fuerza de empuje el Ateneo Popular de Versailles, presidido por el cura párroco, presbítero doctor Julio Meinvielle.

El vecindario, la modestísima capilla, el club y el sacerdote que dirige las actividades de éste y atiende el despacho parroquial y dice misa en aquélla, están asociados en íntima, comprensiva y cordial comunidad. Dos clubes deportivos hay en el pueblo. Este de que me ocupo es conocido, popularmente, con el nombre de “el club del cura”. Ya veremos por qué.

Acabo de visitarlo, durante la tardecita de estos últimos días de trabajo. Paso en busca del presidente por el despacho parroquial y veo en las inmediaciones varios corrillos de muchachos con indumentaria semideportiva, charlando animadamente.

–¿El padre? –pregunto.

–En el despacho –me dice uno. Se arrima a la puerta y llama:

–¡Padre, lo busca un señor!

El cura se asoma y me reconoce.

–Ah, sí –dice–: lo esperaba. ¿Vamos?

Echamos a andar. El club queda allí cerca, a dos cuadras. Al vernos, los muchachos saludan:

–Buenas tardes, padre.

–¿Qué tal, che? Adiós, amigo. ¿Cómo te va, Pedro?

Es un cura joven, ágil y nervioso. Camina con viveza, repartiendo frases breves y amables a los vecinos que lo saludan efusivamente al pasar, y coscorrones a los chiquilines; habla con fluidez y riqueza de expresión a veces; con llaneza otras. A cada cual en el lenguaje adecuado.

Llegamos al club. Forma el frente a la calle el frontón de una cancha de pelota, bien revocada, que ostenta un escudo de mayólica con esta leyenda: “Ateneo Popular”. A un lado de la puerta una cancha de bochas, al otro una de básquet. Al fondo una espléndida pileta de natación. Al lado de ella un bar. Más a la entrada, junto a la cancha de pelota, un salón de billares y mesas de ajedrez. Todas las dependencias están llenas de socios: muchachos del pueblo, hombres maduros que acaban de llegar del trabajo y que han ido al club a jugar una partida de billar, de ajedrez o de bochas, beber un chopp, o simplemente hacer un rato de conversación.

Al ver al cura, unos se paran, otros se detienen; todos saludan.

–Buenas tardes, padre, ¿cómo está?

–Buenas, buenas... ¿Qué tal, amigo? Sigan nomás...

Le dirigen bromas amables. El contesta con gracia chispeante, con afabilidad.

–Le voy a mostrar las dependencias –me dice. Y echa a andar a paso vivo. Sube las escaleras, de a dos o tres peldaños por salto; trepa a las plataformas, va, viene... Me cuesta seguirlo.

–Espléndida pileta –le digo.

–Cuatrocientos mil litros de agua –responde–; es agua permanente.

Tiene un equipo de purificación modernísimo que costó dieciséis mil pesos. El agua se filtra y se desinfecta con alumbre, cloro y amoníaco. ¿Qué tal?

Y allá la larga escalera abajo. Vemos la espléndida instalación. El regula con sus manos los niveles que indican la graduación del desinfectante, y que están fuera de punto. Luego me dice:

–¿Vamos a ver la cancha de pelota?

Subimos. Un mozo joven le sale al paso.

–¡Padre!

–Ah, sí –responde–; allá lo estuve esperando.

Luego mira en derredor y grita:

–¡Ambrosio... Ambrosio!

Y cuando éste, que es un muchachón, llega corriendo...

–Andá hasta el despacho –le dice–. Sobre la mesa hay un acta de casamiento. Este es el novio. Dásela que la firme.

El novio se aleja.

–Gracias, padre.

–Hasta luego, mi amigo.

Y dirigiéndose a mí:

–Vea esto.

Detrás de la cancha de pelota hay un ring de box, donde varios pugilistas se entrenan. Unos hacen cuerda, otros sombra, otros guantes o gimnasia...

–Se entrenan para el sábado –me dice el cura–: vamos a tener un buen festival de box.

Trepamos a la galería de la cancha de pelota. Hay varios muchachos jugando. El padre Meinvielle echa un vistazo hacia abajo; luego grita:

–¿Acá?... Lindo, ¿no? Vos acá con la pelota y el filtro que se atienda solo...

–En seguida, padre –responde uno de ellos. Y sale de la cancha.

–Las actividades deportivas –me dice el cura– están en plena y entusiasta organización. Algunos equipos han participado en diversos torneos, con resultado halagüeño.

–¿Qué tiempo lleva de fundado el club?

–Dos años.

–¿Y usted como presidente?

–Uno.

–¿Y en sólo ese tiempo se ha podido hacer todo esto?

–Tenemos algunas deudas. A veces nos acosan los vencimientos... pero ya saldremos bien de todo eso. Tengo grandes proyectos. Uno de ellos consiste en rodear la pileta con una cubierta desarmable para el invierno, y dos equipos de calefacción: uno para agua y otro para aire. Pero habrá que ir despacio, de lo contrario “iré yo a la pileta” –ríe. Y prosigue–. Claro está que con estas mejoras aumentará considerablemente el número de socios de “todo el año”, no como ahora, que muchos se inscriben en verano y se borran en invierno. También tengo pensado hacer un gran gimnasio cerrado sobre la cancha de básquet. Cuestión de tiempo. Todo se andará.

–Lo hecho es de primer orden –observo.

–Es fuerza que lo sea –me dice–, por una razón sencilla. En este club no hay “bailes ni milongas”. La ficción a la casa y el espíritu de asociación deben ser puramente deportivos. Y eso sólo se logra con instalaciones amplias y cómodas.

–Deduzco –le digo– el aliciente que significará para el vecindario esta casa de higiénico y sano esparcimiento...

–Lo es, en realidad –me responde–. Y le advierto que no existen reglamentos rigurosos ni códigos disciplinarios. Aquí todo el mundo entra, sale, va, viene, practica deportes... Es la casa de todos, para todos, y cada uno respeta a los demás.

Un miembro de la Comisión, que nos acompaña, me retiene un instante y me dice:

–Todo esto es obra de él. El lo fundó, lo propulsó, consiguió dinero, socios...

Tal el ambiente del Ateneo Popular de Versailles. ¿No es justo que le llamen “el club del cura”? Al observarlo, acude a mi memoria la directiva trazada a los sacerdotes católicos por el pontífice León XIII en su Encíclica Rerum Novarum: “Id al pueblo”.

No hay –lo advierto claramente– en la actitud liberal, o mejor aún democrática del cura de Versailles, fines demagógicos ni propósitos de vana popularidad. Existe, sí, una perfecta compenetración del objetivo sacerdotal, fácil de alcanzar por quien, como el padre Meinvielle, a más de sacerdote, es sociólogo, según testimonio elocuente de los libros de que es autor: Concepción católica de la política, Concepción católica de la economía, El judío, Un juicio católico sobre problemas nuevos de la política, Entre la Iglesia y el Reich (1937) y Los tres pueblos bíblicos.

Bajo la dirección de este sacerdote comprensivo y dinámico, el deporte, saludable pasión de las masas, sirve airosamente a la moral, la sociabilidad y la religión. Lo advierto en el cariñoso respeto que todos los vecinos, sin distinción alguna, se afanan por demostrar a quien así comparte sus inquietudes, sus entusiasmos y distracciones honestas, y que se traduce en el diálogo que a cada instante se repite al pasar:

–¿Cómo está, padre?

–¿Qué tal, amigo?

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Abelardo Castillo: “El socialismo no murió”

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 25-02-2006 00:00:00

El reconocido escritor, en favor de la utopía

Como escritor, Abelardo Castillo puede hacer surgir lo fantástico y lo inexplicable de la realidad cotidiana. Como observador del mundo, también. Su mirada crítica, de “hombre de izquierda por una razón religiosa”, como se define, atraviesa esa realidad para desnudar sus contradicciones y sus fracasos, pero también para insistir en la posibilidad de la utopía.

“El socialismo no ha desaparecido de la realidad ni como fuerza de pensamiento”, dice Castillo.

A los 70 años, Castillo pertenece a ese grupo de creadores argentinos que acumulan publicaciones regulares, un reconocimiento sin estridencias, pero constante, y una presencia moderada en el escenario mediático.

Cuentista destacado, novelista y dramaturgo, adherente al existencialismo, noctámbulo por gusto y por costumbre, Castillo es autor, entre otros, de “Israfel” (1964), “Cuentos crueles” (1966), “Las maquinarias de la noche” (1992), “El Evangelio según Van Hutten” (1999) y “El espejo que tiembla”, un volumen fantástico de cuentos, publicado el año pasado.

Fundó las revistas literarias El Grillo de Papel (1959-1974), El Escarabajo de Oro (1961-1974) y El Ornitorrinco (1977-1986), a la que alguna vez definió como la respuesta a la alternativa entre irse o quedarse y hacer algo durante la última dictadura. "No creo que se haya transformado el país real. Sólo se modificaron las estadísticas", alerta ahora Castillo cuando mira la Argentina, y afirma que está esperando "los resultados concretos, no las actitudes políticas" del gobierno de Néstor Kirchner.

-Cuando mira el estado de nuestros debates intelectuales y polémicas, ¿cómo lo ve?

-Lo que no veo son debates intelectuales y polémicas. Diría que hoy no existen, porque todo debate intelectual se funda, a mi criterio, en hechos históricos. Lo que se discutía en los años 60 no eran sólo cuestiones formales. Las polémicas no eran sólo estéticas, sino que eran polémicas de origen histórico. Cuando Sartre y Camus polemizan en Francia, lo hacen sobre si era oportuno denunciar los campos de trabajo de la Unión Soviética, si existían o no, qué había que hacer con Argelia y cómo se instalaba la literatura dentro de ese marco histórico.

-¿Por qué no tenemos debates de ese tipo hoy?

-Porque es muy difícil comprender la historia. Ni la religión ni las grandes teorías emancipadoras le dan hoy solución al hombre. Con la caída del socialismo autoritario de los países del Este también fracasó una idea capitalista de la historia. No fracasó el socialismo cuando cayó el Muro, lo que para mí fue más un problema edilicio que histórico. El socialismo no ha desaparecido de la realidad ni como fuerza del pensamiento. En este momento no hay socialismo en el mundo y, sin embargo, el mundo vive, probablemente, de la peor manera desde que empezó el siglo XX. La cantidad de países ya no subdesarrollados, sino subalimentados; las pestes, como el sida; el agujero de ozono, que tiene que ver con el modo de producir de la sociedad actual; la posibilidad de que el mundo se quede sin alimentos en cincuenta años... todo eso tiene que ver con el fracaso total de un sistema de pensamiento que comienza a fines del Renacimiento. Lo que ha fracasado son los tiempos modernos. Cayeron juntos el socialismo y el capitalismo. Si fracasó el socialismo, también fracasó lo otro. Y la prueba del fracaso somos nosotros: los países subdesarrollados, los muertos de hambre y la tercera parte del mundo que vive en condiciones infrahumanas.

-¿Estamos en transición? ¿Hacia qué?

-Hacia lo que algunos filósofos llaman la posmodernidad, aunque hay países que ni siquiera llegaron a la modernidad. Hemos hablado durante años de la aldea global y del mundo unificado, de la posmodernidad. Pero no se ha analizado el problema serio, que es el paso de una época a otra. Como se pasó del Renacimiento a los tiempos modernos, de los tiempos modernos se está pasando a algo que todavía no tiene nombre. Para saberlo tendríamos que ponernos fuera de ese arco histórico y al fin de esa realidad, pero estamos inmersos en ella. En cuanto a lo que significa esencialmente eso, como todo el mundo, yo lo ignoro. Lo que sí sé es que estamos en un pasaje hacia eso. Y hay ciertas características de lo que llamo posmodernidad que sí nos incluyen a todos.

-¿Como cuáles?

-La famosa aldea global y las teorías de la intercomunicación entre todos los seres humanos no me convencen. Pienso que un jujeño o un boliviano no pertenecen en absoluto a esa aldea global. En cambio, sí nos unen todos los rasgos negativos que tiene el mundo contemporáneo. Cuando se hablaba de las pestes en el medievo o en el Renacimiento, se hablaba de enfermedades locales. Hoy hablamos del sida, que es una enfermedad que abarca al mundo entero, que le toca a cualquiera. La gripe aviar puede desatar una pandemia como no hay memoria. No eran pestes universales las que llamábamos así, como no eran mundiales las guerras que llamamos así. Fueron guerras europeas, en las que intervino un solo país americano, Estados Unidos, que de ninguna manera tocó a la mayoría de los países del mundo. Si hoy hubiera una guerra mundial, de verdad sería mundial.

-Lo que sí es mundial es la sensación de inseguridad.

-Por supuesto. Cuando Estados Unidos arrasa con Afganistán e invade Irak, no se teme tanto por la vida de los afganos o de los iraquíes, sino por lo que eso puede producir en el mundo, porque hoy se sabe que una guerra nuclear sería el exterminio masivo. Además, hemos perdido lo que los renacentistas llamaban la idea de la amplissima domus, la gran casa, la casa del hombre. Cualquier hombre universal del Renacimiento podía sentir que vivía en un mundo y en un universo que eran comprensibles. De todos modos, no creo que sea algo terminal, porque soy optimista. Puede darse, por paradoja, el hecho de llegar a un mundo casi terminal que nos haga sentir que es el único lugar que tenemos y que, por lo tanto, hay que defenderlo. Uno tiende a volverse comunitario en momentos de crisis. Puede ocurrir que este mundo casi terminal fomente de una vez por todas la necesidad de producir de otra manera, de unirnos de otra manera.

-¿Algo de eso puede haber pasado en la Argentina, ante el estado de crisis general?

-Pasó en la Argentina. Se formó, sin duda, a partir de la crisis un espíritu comunitario como suele ocurrir en períodos de catástrofe. En el mismo momento en que se dio el cacerolazo, esa gente de la clase media que salía a los balcones aplaudía a los piqueteros, algo que hoy no sucedería ni en sueños. Mientras tanto, como argentinos, no hemos salido de la crisis. Creemos que la crisis pasó, entonces nos estamos volviendo nuevamente egoístas, individualistas, consumistas. Y si seguimos gastando sin parar, va a volver.

-¿Percibe algún cambio después de la crisis en el aspecto político e institucional de nuestro país?

-En la cuestión política, evidentemente sí; desde la realidad, lo estoy esperando. Porque no creo que se haya modificado el país real, el país del verdadero subdesarrollo, del hambre, de los chicos que no pueden ir a la escuela, de las madres que los mandan para que coman, de los enfermos que no tienen dónde ir a curarse. Se han transformado las estadísticas.

-¿Y en el escenario externo?

-Está notándose un cambio evidente en América latina, y eso nos va a arrastrar a nosotros. Uno de los hechos más significativos de los últimos tiempos es la aparición de un hombre como Evo Morales, un líder popular de las clases populares, lo que no había ocurrido nunca en América latina, salvo en México, en la época de los grandes protorrevolucionarios, como Pancho Villa. Eso, más la izquierda chilena, con una mujer a la cabeza, más una izquierda en Uruguay, más ese raro fenómeno que es Venezuela, con un militar de corte popular o populista, que se puede dar el lujo de serlo en un país que tiene petróleo para tirar para arriba... También sabemos que esas formas suelen ser pendulares. El capitalismo no da para más, no soluciona los problemas. Entonces empieza a crecer la izquierda, pero la izquierda toma un mundo en el que es muy difícil modificar las realidades con la feroz oposición de los poderes económicos. Esto lo digo como un hombre de izquierda. Pasan algunos años y el mismo pueblo que había votado a esa izquierda y la había puesto en el poder termina sacándola. Puede ocurrir tranquilamente. Tampoco es para creer que estamos a las puertas de un nuevo socialismo, pero ha aparecido un fenómeno nuevo, que se prenunció con Allende en Chile: poder llegar al socialismo a través de las urnas.

-La izquierda suele tener un problema cuando llega al poder, que es la presencia constante de internas y subdivisiones.

-La izquierda siempre está dividida. La izquierda todavía no aprendió algo de la derecha. En momentos de crisis, la derecha se aúna y tiene coherencia. La izquierda, nunca. Pero cuando llega a través de las urnas el problema es si es posible que dure. Cuando llegó Allende al poder en Chile, era la mitad del país contra la mitad del país, y así no se puede gobernar. Además, están siempre los superizquierdistas, que yo llamo los revolucionarios estratosféricos, que quieren que inmediatamente se haga la reforma agraria y se expropie todo. Los gobernantes tienen que decir: "Paren un poco, porque así no va". Creo que Evo Morales es un buen referente, aunque puede durar lo que duran los sueños melancólicos de la izquierda. Mientras tanto está ahí y se demuestra que el fin de las utopías, de la historia, de las ideologías es un disparate. Pretender que la historia se termina es pretender que nos hemos convertido en abejas o en triángulos equiláteros.

-¿Qué sentido tiene en la Argentina de hoy hablar de derecha y de izquierda?

-Es muy difícil, sobre todo porque el peronismo nunca fue de derecha ni de izquierda. Fue esencialmente un partido de centro, fundado para luchar contra las formas extremas del capitalismo y también contra el comunismo. Perón nunca se declaró de izquierda ni de derecha. El le llamaba la tercera posición y creo que uno de los problemas grandes de la Argentina es que haya existido esa tercera posición, que impide la confrontación real de dos modos de ver el mundo, que a veces es necesario que sean netos y que confronten. El mayor peligro que corre el mundo en nuestro tiempo es que hay una sola potencia, los Estados Unidos, lo que se llama un imperio. Pero hubo un momento en que había dos y uno impedía que el otro se sobrepasara. Cuando se rompió ese equilibrio comenzó la peste que tenemos ahora. ¿Va a dudar un hombre como Bush para invadir un país que a él le parezca un peligro para Estados Unidos? Creo que no.

-¿Cómo ubicaría ideológicamente a Kirchner?

-Creo que Kirchner es un peronista. Donde esté ubicada esa zona de la realidad política nacional, ahí está él. Momentáneamente daría la impresión de que está más a la izquierda que a la derecha, porque nuestro país está muy derechizado. Pero yo estoy esperando los resultados no meramente verbales y las actitudes políticas, sino los resultados concretos. Da la impresión de que los economistas de derecha, de izquierda o de centro se olvidan de que debajo de una ecuación económica hay siempre un hombre que se muere de hambre. ¿Cómo puede ser que la gente se siga muriendo de hambre? La brecha entre pobres y ricos es cada vez más grande. Si Kirchner no resuelve el problema social no habrá modo de salir adelante.

-¿Por qué cree que el socialismo es una solución?

-Porque mis orígenes son cristianos. Yo me eduqué en colegios religiosos, y hasta pensaba en ser sacerdote. Así que tengo muy internalizado lo de "los últimos serán los primeros" y "es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en mi reino". Hoy el cristianismo carece de poder fáctico y, a veces, hasta de poder moral. Sin embargo, ¿eso le puede impedir a un cristiano ser cristiano? ¿Le puede impedir pensar que los últimos serán los primeros? El hecho de que hayan existido los campos de trabajo en la Unión Soviética, ¿impide pensar que un socialismo real y humanista es posible? A mí no me lo impide. A mí casi no me impide ser cristiano toda la trayectoria de la Iglesia Católica con sus inquisidores y sus cismas.

-¿Qué tienen en común el socialismo y el cristianismo?

-Siento que el socialismo no es utópico, porque es un proyecto. Como ser cristiano también es un proyecto. Si existiera un cristianismo sin Dios, me declararía cristiano. Pero como eso desde el punto de vista de la ortodoxia es imposible, entonces me declaro socialista, que para mí siempre fue exactamente lo mismo. No concibo un cristianismo separado de lo social. Del mismo modo, no concibo un socialismo que tenga como oposición a lo religioso. Uno de los problemas más serios que tuvo el socialismo desde el punto de vista espiritual fue que negó la religiosidad del hombre. ¿Y quién les hizo creer a estos socialistas de pacotilla que ser cristiano estaba en contra de ser socialista?

-¿Cuál cree que es la responsabilidad de un escritor con su tiempo político?

-Tratar de ser el mejor escritor posible. Un escritor no tiene que tomar un compromiso directo con la realidad política si no puede hacerlo. Como un escritor se maneja con la palabra, hay otro modo de comprometerse con la realidad a través del lenguaje, que es el compromiso explícito, opinar cuando se debe, no callarse las verdades que se sienten. Si no las puede escribir, injertar o intercalar en su novelas que no lo haga; si puede, que lo haga. Pero sobre todo que lo haga bien, como gran novelista, no como mero panfletario. La primera responsabilidad para un escritor de ficciones es una responsabilidad estética. Lo que hay que comprometer es la persona, cuerpo y espíritu. Si cabe en la literatura, adelante. Y si no cabe en la literatura, poné tu cuerpo y poné tu idea. Si yo tengo que protestar por algo, no voy a esperar a que se me ocurra un soneto.

Por Raquel San Martín
De la Redacción de LA NACION

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AMADEO SABATTINI

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 24-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

Amadeo Sabattini nació en Rosario en 1892 y se graduó de médico en Córdoba. Desde 1919 se instaló en Villa María, Córdoba, donde ejerció la medicina y se dedicó a la política, en la Unión Cívica Radical. Fue ministro de Gobierno entre 1928 y 1930. Producido el golpe, participó en distintos levantamientos radicales y sufrió persecuciones. En 1936 fue electo gobernador de Córdoba, luego de vencer en reñida elección al conservador José Aguirre Cámara. Su administración fue recordada como eficaz y progresista: realizó una intensa obra pública, construyó escuelas y el dique San Roque.

En 1940, al concluir su mandato, lo sucedió un hombre de su confianza, Santiago del Castillo. Sabattini se recluyó en su casa de Villa María. Austero, parco, reconcentrado, llevó –como siempre lo había hecho– una vida sobria y modesta, rayana en la excentricidad, que dio abundante material a los caricaturistas: solían representarlo en bata, sentado en la puerta de su casa, tomando mate.

Bien afirmado en el radicalismo cordobés, conservó un importante papel en la política nacional, y era común que los principales dirigentes políticos concurrieran a su casa, a pedir su opinión o su apoyo. En 1943 fue cortejado por los nuevos gobernantes militares y, según es fama, Perón le propuso en 1945 que lo acompañara como vicepresidente en la fórmula que estaba gestando. Sabattini no aceptó; en cambio apoyó y asesoró al general Avalos, que en octubre de 1945 ordenó la detención de Perón, en el episodio previo al célebre 17 de octubre.

Sabattini había combatido la conducción “unionista” del radicalismo, orientada por Marcelo de Alvear y partidaria de algún tipo de Frente Popular. En 1945 se opuso a la Unión Democrática, en la que la UCR se iba a aliar con socialistas, comunistas y conservadores. Luego de la derrota electoral, Sabattini se vinculó con los jóvenes que en Buenos Aires organizaban el Movimiento de Intransigencia y Renovación: Lebensohn, Balbín, Frondizi. A principios de 1947, a un año de la victoria electoral de Perón, todos ellos se disponían a la batalla que les daría el control de la UCR.

Entonces concedió esta entrevista, bastante excepcional por sus hábitos y por el creciente control que se ejercía sobre el periodismo independiente, que apareció titulada “Sabattini rompe su mutismo”.

Desde 1951 Sabattini organizó su propia línea interna, el Movimiento de Intransigencia Nacional. A diferencia del grupo de Balbín y Frondizi era partidario de abstenerse en la elección presidencial de 1952 y de una acción firme para derrocar a Perón. Así se fue distanciando de Arturo Frondizi, elegido en 1954 al frente de la UCR. En 1956, luego de la caída de Perón, se unió con Balbín y los unionistas para formar la Unión Cívica Radical del Pueblo, derrotada en las elecciones de 1958. Poco después, en 1960, murió.

La revista Qué Sucedió en Siete Días fue fundada en agosto de 1946 por Baltazar Jaramillo, un abogado que en 1934 había presidido la Federación Universitaria Argentina. Su modelo era la revista Time, y su consigna era informar y explicar. Entre sus colaboradores estaban Gregorio Verbitsky, Dardo Cúneo, Marcos Merchensky, Ricardo Ortiz, Mariano Perla, Ernesto Sabato y Rogelio Frigerio, quien renunció pronto, disconforme con la posición opositora. La revista tuvo éxito y llegó a vender 100.000 ejemplares. Qué fue clausurada en septiembre de 1947, y su director se suicidó poco después. Reapareció en 1956, dirigida por Rogelio Frigerio, para apoyar la candidatura de Frondizi.

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SABATTINI
Qué Sucedió en Siete Días,
4 de febrero de 1947

“Del gobierno a casa”, fue una frase memorable de Yrigoyen. Cuando Amadeo Sabattini concluía en Córdoba su mandato gubernativo, parafraseó el concepto: “Del gobierno a la calle”. Lo hizo: no ha vuelto a ocupar funciones públicas. En rigor, cumplió mejor la sentencia de Yrigoyen; se fue a su casa de Villa María, de donde sólo ha salido a ratos en muchos años. Sale poco, habla menos. “Es el nuevo Peludo”, dicen admirativamente sus parciales. Lo mismo expresan, con sorna, los adversarios.

Siempre fue reacio Sabattini a las declaraciones periodísticas; son la excepción. Lo habitual es que se filtren impresiones a través del círculo íntimo: Sabattini dice tal cosa, Sabattini opina tal otra. El 4 de junio no cambió ese hábito: algunos comentarios breves, una nota al comité nacional, repudiando todo pacto: varios discursos en la campaña previa al 24 de febrero... Entró después en prolongada etapa de silencio. Nadie había recogido, desde hace mucho tiempo, su opinión categórica sobre temas candentes del radicalismo y del país. Qué acometió esta tarea: lo entrevistó y Sabattini ha roto su mutismo.

Vale la pena recapitular la acción política de Sabattini en los últimos años, para ubicar mejor sus juicios en espacio y tiempo. Vuelto al llano en 1940 desde su “cueva” provinciana, influye ostensiblemente en la orientación radical. Da el espaldarazo a candidatos: Del Castillo, su sucesor en el gobierno, fue “hechura” suya. Rehúsa posiciones legislativas. Pudo ser senador nacional en dos oportunidades: prefirió ser “simple soldado”. El sabe por qué, comentaron sus opositores: Sabattini fracasaría en el Congreso; en cambio, convence y persuade en el ámbito de su consultorio médico.

Abril de 1943. El líder cordobés anuncia, si la guerra lo permite, un viaje a Europa, “en cuyo continente se están gestando hechos sociales que repercutirán en el futuro de la humanidad, y que es interesante estudiar”. Visitaría Portugal, España, Francia e Italia. Itinerario sugestivo –anotan quienes no comulgan con don Amadeo–; son países totalitarios, o sojuzgados por el Eje.

El viaje queda en proyecto: llega la revolución en junio. En Córdoba, el gobernador Del Castillo es depuesto, como todos los otros, pero pasa a ocupar la presidencia de la Corporación de Transportes en Buenos Aires. Surge, en el lenguaje político de la hora, un calificativo: colaboracionista. Lo es, para la oposición, Santiago del Castillo. ¿Contaba con el asentimiento de Sabattini? ¿Se iba a radicalizar, por conducto de éste, la revolución? La historia dará mejor respuesta. Mientras tanto anotan los contemporáneos: “Galoparle al costado” (usando una expresión familiar a Yrigoyen) fue la táctica aconsejada, ante el poder de facto, por intransigentes de alta jerarquía.

Después del 4 de junio se atribuyen a Sabattini actividades sigilosas para “copar” o respaldar la revolución. Conversa con jefes militares; ¿lo escuchan? Pareciera que no; Sabattini se exilia voluntariamente en Montevideo. “No quiere que lo manoseen –dicen algunos–: va a preparar la revolución...” El presidente Ramírez, por mediación de Elpidio González, le pide que colabore para la unión de los argentinos. Se concerta una entrevista que no llega a realizarse. Perón se opone, es la explicación. Vuelve Sabattini al Uruguay, donde reedita su aislamiento; San Ramón, villa apartada de Montevideo, es su nuevo retiro.

Marzo de 1945. Sabattini vuelve al país. De nuevo en Villa María, insiste en su antigua postura: “El radicalismo es la fuerza rectora del país. Nada de frentes populares”. Paralelamente, la cantilena pública: “Lo han llamado de Campo de Mayo. Es el hombre que une”. Más tarde: “Se entrevistó con Perón en el yate Adhara”. Sabattini deja hablar... En septiembre del ‘45 insiste el eco general: “Conversó con Perón en Córdoba”. Esta vez sale al cruce del rumor: “No me moví ese día de Villa María”. Y agrega, en un principio de definición: “Estamos contra el 6 de septiembre y contra el 4 de junio. Pronto se terminará el colaboracionismo”. Un mes después felicita al general Avalos por haber “posibilitado comicios libres sin candidatura oficial”. Protestan muchos radicales: nadie puede negar –afirman– que Perón es el candidato oficial. En la convención piden sanciones contra Sabattini.

La mayoría radical acepta la unidad democrática. Sabattini acepta la decisión, pero no actúa en la dirección de la campaña. En una breve gira, combate en el mismo tono “al régimen militar y a la oligarquía conservadora”. Cuando en Tucumán atacan su convoy a balazos y resulta herido en una oreja, ocupa la tribuna: “Los enemigos del radicalismo sólo desean instaurar un régimen de terror nazifascista como los que causaron la desgracia a Italia y Alemania”. Sabattini no es totalitario, observan los que recuerdan que proyectaba un viaje a esos países.

Después de la elección presidencial, Sabattini se aisló una vez más en Villa María. Aislamiento a medias. A su finca han llegado últimamente –lo divulgan a voces en la ciudad– visitantes secretos: figuras políticas, militares, hombres públicos del continente. Háblase de dos emisarios de Perón; con el primero se entrevistó; al segundo no lo habría recibido.

Villa María ostenta como sello típico su condición de residencia del ex gobernador. Pero el prestigio nacional de Sabattini es una cosa, y el local es otra. Los candidatos a intendente que él propicia vienen siendo derrotados. Un ex sabattinista, ex lustrador de calzado, ex fotógrafo ambulante y actual director del periódico Tercero Abajo, el “Turco” Salomón Deiver, es su enemigo pequeño; lo vence en los comicios municipales. Es la contrafigura del líder dicharachero, conversador, autopropagandista.

Los hábitos de Sabattini son notorios. Casi nunca sale de la casa: sólo para asistir a algún enfermo en consulta. De vez en cuando toma un helado en una confitería central. Mucha gente de Villa María casi no lo conoce, pero recuerda anécdotas graciosas. Ciertas tardes se lo ve regar el jardín de su casa, en salida de baño y con boina. Suele pasear por la cuadra en la misma indumentaria. Es sobrio en las comidas. Recuérdase una de sus cenas, cuando era gobernador. El menú: sopa, papas hervidas con aceite y café. El costo: 60 centavos. Glosa él mismo su sobriedad: “Soy un médico de campaña, y en otras épocas he vivido gastando muy poco, ya que mis costumbres son las de un campesino. No aspiro a ninguna clase de riqueza. Hoy nosotros somos los verdaderos descamisados”.

La casa de Amadeo Sabattini padece los estragos de los años. Para mucha gente la personalidad de su ocupante (esquiva, callada, hosca, austera, contradictoria) trasciende a las paredes.

Los enfermos aguardan en una habitación modesta; por todo moblaje, cinco sillas viejas, de estilos diferentes, y una mesa de revistas.

Hasta allí llegan los enviados de Qué, un cronista, con su cuestionario; su acompañante, con la intención de tomar fotografías.

Aparece el dueño de casa: gesto duro, ojos grandes, oscuros y saltones. Conduce a sus visitantes a su despacho-consultorio. En el trayecto, un corredor ancho, en penumbra densa, y otra dependencia privada, también oscura.

El despacho (la “cueva del Peludo”, como dicen algunos) no puede compararse con ninguna figura geométrica definida; rectangular en apariencia, tiene más de cuatro muros. En el techo, algunos ángulos ligeramente abovedados, y una claraboya. Pocos muebles. Un escritorio y un sillón giratorio. En un ángulo, sobre un armario, un diminuto busto de Yrigoyen, como único detalle ornamental. Tres sillones se apoyan sobre una de las paredes: son antiguos, forrados en blanco. Una camilla para la revisación de enfermos completa el moblaje visible; el resto se oculta en la semipenumbra de una zona irregular y estrecha de la habitación. Hay en todo reminiscencias de la casona de Yrigoyen, en la calle Brasil. Mientras Sabattini repasa con la vista el cuestionario, lo observan sus visitantes: es delgado, aunque sus íntimos dicen que ha engordado mucho en los últimos meses. Su atuendo de entrecasa es negligé: guardapolvo de médico, camisa de cuello grande, corbata de grueso nudo.

La pregunta inicial aborda el tema básico: ¿Se mantendrá unido el radicalismo? Otras se subordinan a ella: ¿Qué harán los intransigentes? ¿Cómo será encarada, en definitiva, la reorganización?

Sabattini relee una vez más el cuestionario, y se decide a hablar.

–Bien (hay decisión en el tono), esto se contesta muy fácilmente. Tome nota:

“En primer término es menester dejar aclarado que el concepto de unidad es fundamental y más en esta hora, en la que el radicalismo unido debe servir a los intereses del país, analizando desde la oposición la obra que se iniciara desde su fundación y que nadie será capaz de menospreciar y menos confundir.

“Nada tenemos que decir los radicales intransigentes, ni nada diremos de las autoridades partidarias. Si luchamos tesonera y limpiamente para imponer nuestra interpretación del radicalismo, es porque creemos que el radicalismo necesita una renovación de hombres y de conducta.”

–¿Su posición con respecto a la junta de los 15?

–Tengo confianza en ellos. Los radicales somos soldados disciplinados.

El cuestionario no comprendía específicamente la situación internacional argentina. Sabattini, espontáneamente, aborda el tema:

–Esencialmente en el orden internacional no estamos con nadie. Ni con el totalitarismo ruso, ni con el imperialismo yanqui. En la tercera guerra mundial que se avecina también seremos neutrales. Entendemos que más vale una gota de sangre argentina que todos los causantes de las luchas fratricidas mundiales, que se concretan hoy en los dos factores que se enfrentan: el totalitarismo y el imperialismo.

–En consecuencia, ¿su postura en materia internacional no se ha modificado después del conflicto bélico?

–Los hechos nos han dado por segunda vez la razón. Fuimos neutrales creyendo que las luchas anteriores no eran para un mundo mejor. El mundo quedó igual o peor que antes. Por eso hoy me ratifico en la posición: seremos por tercera vez neutrales. Esto nos separa, profundamente, de un sector de nuestro partido que, por lo menos, creyó que la última guerra fuera redentora.

–Los gobiernos anteriores, y el mismo de la revolución, mantuvieron una política neutralista. La campaña electoral del coronel Perón se cumplió bajo un lema antiimperialista. ¿En qué coincide su posición en materia internacional con estos antecedentes?

–Es menester aclarar que un mundo nos ha separado de los gobiernos anteriores totalitarios; con el presente, también totalitario, se impone advertir que si no está sentado en la mesa de Mr. Braden, lo hará en breve. Sí, su lema electoralista fue: “O Braden o Perón”. Pero no lo dude, en breve será “Braden y Perón”.

El cuestionario comprende una pregunta sobre la posición de Sabattini frente a las realizaciones políticas, económicas y sociales que cumple o puede cumplir el gobierno nacional. La interrumpe, tajante:

–Nada injusto ha sido otorgado a la clase obrera en los últimos tiempos. Tiene derecho a asegurar su bienestar. Las mejoras conseguidas en su lucha reivindicativa deben defenderse vengan de donde vengan.

El cronista insiste:

–¿Perspectivas del movimiento intransigente? ¿Verdaderos alcances de la reorganización radical?

–Ya le he dicho todo. Nada tengo que agregar. Relea los puntos anotados, desentrañe su sentido y verá que todo ha sido dicho.

La conversación deriva a otros tópicos de orden general, dentro del cuadro cívico. Concluye Sabattini:

–Creo en la necesidad de partidos fuertes, ya que son imprescindibles para la existencia de una democracia. Pero rechazo toda clase de alianzas, por considerarlas confusionistas y desteñidas. En esta hora grave es fundamental que se acentúe la pujanza de los partidos tradicionales, porque si no horas muy graves esperan al país.

La entrevista ha terminado. Sabattini, líder de la intransigencia, ha enfocado públicamente, por primera vez en mucho tiempo, a través de Qué, problemas de interés primordial para el radicalismo y la República.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/63534-20932-2006-02-24.html

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GUSTAVO J. FRANCESCHI

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 23-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

Nacido en Francia en 1881, monseñor Gustavo Franceschi llegó a la Argentina a los cinco años. Se ordenó como sacerdote en 1904 y desde entonces colaboró activamente con el padre Federico Grote, organizador de los Círculos de Obreros y orientador de la tendencia demócrata cristiana. Franceschi integró la Liga Democrática, dirigió el periódico Justicia Social y fue secretario general de la Liga Social Argentina, otra organización de tendencia social cristiana. A partir de 1915, alejado Grote, Franceschi se sumó al grupo que secundó a monseñor Miguel De Andrea, el hombre de confianza del anciano arzobispo Espinosa. De Andrea se propuso combatir a los socialistas, en las calles y los talleres, y aglutinar a los sectores propietarios, convenciéndolos de que era necesario aceptar algunas reformas, para contener la fuerte crisis social.

En ese grupo, Franceschi sostuvo una de las posiciones más radicales, como se advierte en este reportaje. Fue publicado inicialmente por La Acción de Paraná; lo reprodujo primero el diario católico El Pueblo con el título “La situación en la República Argentina”, y luego la Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires. Desde 1917 Franceschi se ocupaba de la organización de sindicatos cristianos y de agremiar a sectores nuevos, particularmente las trabajadoras. En 1920 estaba a cargo del secretariado de la Unión Popular Católica Argentina, otra iniciativa de De Andrea, que se proponía unificar y disciplinar los grupos del laicado católico.

La acción de De Andrea suscitó fuertes resistencias entre los católicos, las que lo llevaron a renunciar en 1923, cuando el Poder Ejecutivo lo había propuesto como nuevo arzobispo de Buenos Aires. Alejado De Andrea, Franceschi se mantuvo cercano a las nuevas autoridades de la Iglesia, particularmente los cardenales Copello y Caggiano, aunque limitó su acción al campo intelectual. Desde 1932, y hasta su muerte, en 1957, dirigió la revista Criterio, la voz más autorizada del catolicismo argentino, y acompañó el viraje de la Iglesia hacia posiciones integristas y nacionalistas. En 1955, poco antes de morir, Franceschi impulsó la formación del nuevo partido demócrata cristiano.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-63497-2006-02-23.html

FRANCESCHI
El Pueblo,
15 de julio de 1923

El nuevo director del secretariado de la U.P.C.A., canónigo Gustavo J. Franceschi, hizo la semana pasada un viaje a Paraná y sometido allí a un reportaje por el importante diario La Acción de esa ciudad formuló las vistas que a continuación consignamos, reproduciéndolas en mérito al interés que revisten:

–¿Cree usted que en realidad debe considerarse como grave la situación social en la República Argentina?

–No pienso que revista ella la gravedad que caracteriza a la de otros países, pero opino que es lo suficientemente seria para exigir que no cerremos por más tiempo los ojos a la realidad.

–No puede sin embargo discutirse la prosperidad nacional.

–Ella es indudable, pero falta saber a cuántos individuos alcanza esta prosperidad. Oímos decir a cada instante que en nuestra república quien quiere trabajar está seguro de enriquecerse. Error más grande no cabe en boca humana; vemos cada día a centenares de hombres honrados, económicos, inteligentes, que no pueden salir de la pobreza; vemos doquiera a explotadores sin entraña que se enriquecen con la labor de los agricultores; basta recorrer las publicaciones especiales para ver que existen sociedades productoras de artículos de primera necesidad que reparten dividendos de setenta y más por ciento. Dejemos una vez por todas los lirismos hijos de una deficiente observación y de un patriotismo mal entendido. La prosperidad económica de una colectividad no significa el bienestar de cada uno de sus miembros. Inglaterra, uno de los países cuya balanza comercial arrojaba antes de la guerra un crecido saldo a favor, era una de las naciones más roídas por el pauperismo.

–¿Se trata en su concepto, entonces, de un problema de repartición?

–No sólo de repartición, sino también de producción, y de organización social y de mentalidad y moralidad colectivas. No es preciso ser libre para constatar que en la Argentina existe la lucha de clases, la división entre burgueses y proletarios. No se nos diga que ello es producto de agitadores extranjeros. En primer lugar, esto es un error pues numerosos caudillos rojos son argentinos; en segundo lugar, si no hubiera terreno propicio, si las condiciones del ambiente no las favorecieran, las doctrinas antisociales no habrían logrado propagarse.

–Pero son de origen extranjero.

–También lo son las vacas, los caballos, el trigo y hasta el mismo idioma que estamos hablando. Mucho es lo extranjero que puede argentinizarse, y si sólo por ser extranjero hubiéramos de desterrar aquello que no es aborigen, habríamos de volver al régimen social de los charrúas y calchaquíes. El problema social de la república no se distingue hoy en ninguno de sus factores esenciales del que se plantea para lo demás del mundo. Tiene algunas modalidades propias, y es menos intenso porque la industrialización no está tan adelantada entre nosotros y porque la población es menos densa. Pero aquí también hace falta legislación obrera, aquí también es necesario que se comprenda por fin que la riqueza no sólo da derechos sino que también impone deberes, no sólo de limosna sino también y, sobre todo, de justicia; aquí también se vuelve urgente disminuir la distancia que separa a las diversas clases. Y si todo esto y mucho más no se hace a tiempo, aquí también como en otras partes vendrá la revolución social.

–¿En su opinión, entonces, el gobierno debe tomar medidas de previsión?

–Ciertamente, porque es función esencialísima del gobierno estudiar las enfermedades sociales y buscarles remedio. Pero no todas las soluciones deben ni pueden provenir del Estado. Creo que la verdadera fórmula es la siguiente: el gobierno debe dejar hacer a los particulares aquello a que alcancen sus solas fuerzas, ayudar a hacer lo que aquellos solos no pueden realizar y hacer directamente aquello que los particulares no pueden hacer de ninguna manera. El gobierno es una especie de providencia omnisciente y omnipotente: al tratar del gobierno deberíamos aplicar el conocido proverbio: ayúdate y Dios te ayudará. Hagamos nosotros lo que debemos: entonces, sólo entonces podremos exigir a los gobiernos una mayor acción.

La iniciativa privada tiene un enorme campo de labor. La sindicación, el cooperativismo de consumo, de crédito, de producción, urbano y agrícola, el mutualismo en todas sus fases, la previsión social, la propaganda de doctrinas sanas, la moralización de los de arriba y los de abajo –ya que la moral escasea tanto en unos como en otros–, todo esto y otro tanto que fuera fácil enumerar, no sale del campo de la iniciativa privada: el gobierno puede y debe colaborar en obras de esta índole, pero no le corresponde convertirse en comerciante, tutor, asegurador, organizador, pedagogo y domine universal. Esto ni siquiera se concibe en una monarquía absoluta, menos aún en una república como la nuestra.

–Pero la defensa contra la revolución...

–Creo que para esto existe la policía y si fuera necesario, el ejército. Creo que también la iniciativa privada, como la de la Liga Patriótica, tiene su papel que desempeñar. Pero pienso que la mejor defensa es hacer imposible la revolución mediante una más justa organización social. La injusticia es una situación de fuerza, y es inevitable que contra ella se emplee la fuerza, si fallan los demás medios. La revolución se desarma con justicia, suprimiendo sus causas, y no simplemente acumulando armas. El día que no existan motivos de queja, los revolucionarios de profesión no conseguirán éxito alguno en sus intentonas, que serán desdeñadas por la inmensa mayoría del proletariado.

–¿Ud. es entonces partidario de la acción positiva?

–Sí, señor. La acción negativa puede retardar el momento del estallido pero no impedirlo definitivamente. Creo que debemos trabajar para una mayor igualdad. No pregone la supresión absoluta de las clases sociales, cosa imposible porque la clase es fruto de la mentalidad de los individuos, y la mentalidad es hija ante todo del género de profesión a que cada cual se consagra. Pero creo, sí, que es necesaria la colaboración sincera de las clases y que ésta es la característica de toda sociedad bien organizada. Y en mi opinión, que refleja la de toda la escuela social católica, no se trata únicamente de mejorar a los individuos, sino de reformar el régimen social en sus bases mismas. Queremos una reglamentación más sensata del derecho de propiedad, un respeto y vigorización mayor de la familia, que según la opinión de Santo Tomás de Aquino como de Comte, es la célula social por excelencia. Queremos la asociación profesional, socialmente organizada. Queremos una representación nacional de los intereses de clase, y no nos satisface el inorgánico sufragio actual. Por mi cuenta me declaro también en unión con muchísimos sociólogos católicos, partidario del sufragio femenino y de una transformación de las leyes que colocan hoy a la mujer en una situación tan inferior, que la casada no puede siquiera disponer libremente del salario que gana. No continúo, pues no he de exponerle todo el programa social cristiano, pero lo indicado demuestra ya que no somos partidarios del estancamiento. Somos francamente evolucionistas, y afirmamos que tan sólo una rápida evolución hacia una organización social más justa impedirá que la revolución acabe con todo lo bueno y lo malo que hoy existe.

–¿Y espera usted que la República Argentina presencie dentro de poco un movimiento de opinión en este sentido?

–Sí, señor. Esta y no otra es la finalidad de la Unión Popular Católica Argentina que, situándose fuera de toda política partidista, manteniéndose estrictamente en el terreno social, impulsará al conjunto de las fuerzas católicas hacia la acción evolucionista, hacia la realización integral del programa social cristiano.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/63497-20903-2006-02-23.html

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KURT GUSTAV WILCKENS

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 22-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

Kurt Wilckens nació en Brad Bramstedt, Alemania, el 3 de noviembre de 1886. Según las investigaciones realizadas por Osvaldo Bayer, en 1910 viajó a los Estados Unidos, donde se conectó con grupos anarquistas con los que, en 1916, participó de la huelga general de mineros en Arizona. Fue detenido y deportado a Columbus (Nuevo México), a un campo de confinamiento. Como intentó fugarse, fue recluido en el campo de prisioneros alemanes de Fort Douglas. Sin embargo, el 4 de diciembre logró escapar. En 1919 fue apresado por la policía y expulsado de los Estados Unidos hacia Alemania. Luego de un breve pasaje por su país natal, viajó a la Argentina en septiembre de 1920. Recorrió el sur del país y, ya en Buenos Aires, se conectó con los anarquistas locales. Como corresponsal de dos periódicos alemanes anarquistas, Alarm de Hamburgo y Der Syndicalist de Berlín, tomó conocimiento de las matanzas de la Patagonia, y el 25 de enero de 1923 vengó esas muertes con el atentado contra el teniente coronel Héctor B. Varela, responsable del fusilamiento de los peones en Santa Cruz, a finales de 1921. Luego de arrojarle una bomba de mano, le disparó con un revólver, pero las esquirlas lo hirieron en una pierna. Rodeado por la policía, se entregó pacíficamente. Fue detenido e incomunicado hasta el 2 de febrero. Ese mismo día, los periodistas de Crítica lo entrevistaron en la Penitenciaría Nacional.

La entrevista fue publicada bajo el título “Ayer inmediatamente después de habérsele levantado la incomunicación, nuestro repórter conversó veinte minutos con Wilckens. De los distintos careos, se deduce que Wilckens no tiene cómplices, como lo afirmó Crítica desde el primer momento”. Cuatro meses después, el 15 de junio de 1923, Kurt Wilckens fue fríamente asesinado en la cárcel de Caseros por Jorge Ernesto Millán Temperley, miembro de la Liga Patriótica Argentina y ex sargento de la policía de Santa Cruz. Ante la noticia, la FORA declaró un paro general, al que adhirieron la USA y otros gremios. Al día siguiente, Kurt Wilckens fue sepultado por la policía en medio de grandes incidentes y la ciudad se paralizó hasta el 21 de junio. Crítica denunció el brutal asesinato y fue acusado por apología del crimen: su local fue allanado por orden judicial, se clausuró el archivo y fueron detenidos varios periodistas. Dos años después, el 9 de noviembre de 1925, en el Hospicio de las Mercedes, Millán Temperley murió después de una agresión producida por otro interno, Esteban Lucich, que actuó siguiendo las directivas del anarquista ruso Boris Wladimirovich.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-63445-2006-02-22.html

WILCKENS
Crítica,
3 de febrero de 1923

Durante varios días asistimos a la Penitenciaría Nacional con el único objeto de poder conversar con Kurt Wilckens, autor convicto y confeso del atentado al teniente coronel Héctor B. Varela.

La severa incomunicación a que estaba sometido Wilckens por disposición del juez doctor Malbrán, no nos permitió en forma alguna cumplir ese objeto. Esperábamos por momentos la ansiada orden y así transcurrieron ¡más de cinco días!... La manifiesta buena voluntad del comandante Menéndez, director del penal, como asimismo de sus excelentes empleados, Castro, Turdera y Rey nada pudieron hacer en favor de la gestión importante que nos había confiado Crítica, diario que siempre ha satisfecho las exigencias del buen público lector.

Por otra parte, esperanzados en el cambio de juez actuante, ya que el doctor Malbrán jamás fue amigo del periodismo, no veíamos “lejano” el día de llegar a entrevistarnos con Kurt Wilckens. Terminado el mes de feria enTribunales el 21 de enero, entró en turno el juez doctor Artemio Moreno, quien de inmediato se hizo cargo del proceso y decretó diversas providencias de importancia, encuadrándose dentro de la ley y concretando sus procedimientos con la corrección que lo caracteriza. El secretario autorizante, doctor Ignacio J. Albarracín, ha demostrado también desde el comienzo de las actuaciones que su larga práctica en el desempeño de sus funciones lo autorizaban a ser un eficaz colaborador del juez doctor Moreno.

Descartado del proceso el doctor Malbrán, ayer, después de un careo practicado entre el conscripto Horacio Gregorio Badaracco y Kurt Wilckens, el nuevo juez doctor Moreno decretó el levantamiento de la incomunicación de ambos. Al mismo tiempo autorizó al director del establecimiento, comandante don Nicolás Menéndez, a que el detenido quedara bajo su custodia, otorgándole las atribuciones que al efecto le correspondan.

El código de procedimientos en lo criminal y correccional autoriza al juez a una incomunicación de cinco días, debiendo después de cumplido este plazo agregar a los autos un nuevo decreto prorrogando esa incomunicación, siempre que así lo creyera conveniente; sin embargo, en el caso de Wilckens el juez doctor Malbrán no procedió como estaba legislado y en una forma dictatorial, violentó disposiciones terminantes. Al hacerse cargo del proceso el juez doctor Moreno, dispuso, como lo decimos más arriba, mejorar esa situación ilegal a que había sometido el doctor Malbrán al procesado Wilckens.

El Comité Pro Presos de la Federación Obrera Regional Argentina Comunista, después de una reunión realizada el martes último, con la asistencia de numerosos representantes de los sindicatos obreros, resolvió hacerse cargo de la defensa de Wilckens nombrando al efecto al abogado doctor Juan A. Prieto, quien ayer mismo pudo entrevistarse con el detenido.

De más está decir que existen numerosos letrados que de buena gana defenderían a Wilckens.

Poco después de las 16 horas de ayer el juez doctor Artemio Moreno dispuso constituir el juzgado en el local de la Penitenciaría Nacional. Lo hizo acompañado de sus secretarios los doctores Albarracín y Avila y llevando en su automóvil al conscripto Horacio Gregorio Badaracco, a quien la policía de investigaciones sindica como cómplice de Wilckens.

Recibido por el secretario del Penal, señor Castro, pidió trasladarse de inmediato a la sala donde se asiste Kurt y lo sometió a un interrogatorio extenso y tranquilo, ordenando después de ello el careo entre Badaracco y Wilckens.

Este careo resultó emocionante y de ello damos cuenta en otro lugar de la crónica.

Insistimos en afirmar que los detenidos Horacio Gregorio Badaracco, Valentín Martín y Manuel Rita nada tienen que ver en el atentado.

Lo hacemos porque el juez doctor Moreno lo confirmó cuando nos manifestó ayer que los nombrados no habían tenido intervención en el hecho.

Sin embargo, en la mañana de hoy, a los repórters del departamento les fueron entregadas fotografías de Badaracco.

Este debe ser puesto en libertad de un momento a otro.

No alcanzamos a concebir qué es lo “que quiere la policía de Investigaciones”.

Cuando en un hecho que interviene un “niño bien”, sea judío o cristiano, se oculta hasta el nombre. ¡Aunque haya tirado a un chauffeur al agua!

Badaracco nada tiene que hacer como cómplice de Wilckens y hasta sus retratos se están repartiendo.

Hacemos notar la inconsistencia de procedimientos por parte de la policía.

Encontramos en el lecho al matador del teniente coronel Varela, pues como es sabido se asiste de las heridas que sufrió a consecuencia de la explosión de la bomba, hallándose actualmente con el peroné astillado. Confesamos que íbamos con la certidumbre de encontrar un rostro demacrado, sufrido, en virtud de que a la dolencia física uníase en el caso de Kurt un total aislamiento que se prolongaba desde el día 24 del pasado.

A la inversa de lo que suponíamos, su rostro se nos aparece saludablemente iluminado; su mirada es franca y enérgica; su frente tiene una particular expresión de tranquilidad.

Le tendemos la mano advirtiéndole que somos periodistas, que pertenecemos a la redacción de Crítica, diario que ha expuesto los hechos con entera imparcialidad, pues no olvidó en ningún momento los sucesos trágicos de Santa Cruz.

Wilckens parece hallar una justificación a través de nuestras palabras, y dice:

–Me alegro mucho. Veo en ustedes caras amigas, y eso me gusta, porque francamente estaba cansado de ver policías...

–¿Tal vez lo han tratado mal?

–No, aquí no, pero créame que aún en este momento, después de diez días, me duelen las muñecas...

Advierte en nosotros, una mirada interrogadora, y acto continuo, para completar su frase anterior, abre ampliamente sus brazos como en actitud de colocarlos en una cruz y agrega:

–Vean. Son fuertes... Estos son músculos de trabajador, y si me hubiera resistido a los agentes que me detuvieron, les habría costado trabajo el reducirme, pero yo me entregué y a pesar de todo me pusieron cadenas, tan brutalmente, que mis huesos crujían. Aún hoy me duelen. Asimismo, a pesar de mi grave herida de la pierna, me llevaron a pie hasta el local de la comisaría, que dista cinco cuadras del lugar del hecho. Como usted comprende, me exponían a perder la pierna... En ninguna parte del mundo me pusieron cadenas tan fuertes, tan dolorosas...

Kurt hace un silencio. Parece que por su memoria desfilaran los tristes recuerdos de su accidentada vida de propagandista ferviente y rudo, conocedor de diversas cárceles.

Estuvimos tentados de hacerle algunas preguntas al respecto, pero decidimos respetar su ensimismamiento.

Para disimular nuestra actitud, encendemos un cigarrillo.

De improviso. Kurt se incorpora, nos mira ansiosamente y nos alarga una mano.

–¡Ah, por favor, por favor, déme usted un cigarrillo! Hace diez días que no fumo. No puedo más...

Se lo damos y lo enciende con precipitación, ávido de absorberlo. Hay una sed extraña, febril en sus labios gruesos y colorados.

Es tal la avidez y el placer con que absorbe el humo, que se hace más pronunciado su defecto verbal procedente de su idioma natal y que consiste en forzar la “r”. Satisfecha ya en parte la ansiedad, recobra su aspecto plácido y nos hace varias preguntas.

Visiblemente interesado en conocer las opiniones que se han vertido acerca del hecho, quiere saber en qué forma se ha manifestado la opinión.

Le respondemos que él no puede ignorar que los comentarios debieron ser diversos, según los ambientes, y él aclara el punto con la siguiente reflexión:

–Es natural. Los militares y la burguesía no pueden justificar mi actitud, pero como la verdadera opinión pública es la del pueblo, estoy seguro de que esa opinión está a mi favor... Yo he procedido en nombre de un ideal de humanidad, de un ideal grande y puro por el cual acepto gustoso el sacrificio.

Al decir esto, Kurt Wilckens emplea un tono alto y franco, acompañándolo de un gesto decidido y viril.

Su abogado, el doctor Juan A. Prieto, que asiste a la entrevista, supone fundadamente que su defendido va a hablar del atentado y le ruega que no lo haga.

Kurt que es un hombre complaciente, acata sumiso la indicación. En este instante entra el conscripto Badaracco, que viene a despedirse en compañía del juez doctor Moreno.

Héctor Badaracco, ni bien ve a Kurt se precipita hacia el lecho y sin decir palabra, profundamente emocionado, abraza a Wilckens con todas sus fuerzas. En esa actitud permanecen los dos largo rato.

Un silencio triste, emocionante, reina en la sala.

Cuando Badaracco se incorpora, con los ojos húmedos, Kurt lo mira cariñosamente y le dice:

–Qué bueno eres.

Y volviéndose hacia nosotros afirma:

–Este muchacho no tiene nada que ver. Es inocente. Ya lo hemos probado en el careo que se nos ha hecho esta tarde. Deben ponerlo en libertad...

Llegado el momento de despedirse, la escena anterior se reproduce.

Al retirarse, el joven conscripto, que pertenece al 2 de infantería, se detiene en la puerta de la sala y volviéndose para mirar a su amigo, lo saluda sacándose la gorra, levantándola bien alto y haciéndola girar con un movimiento lleno de vivacidad espontánea.

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Un politólogo ejemplar

Archivado en General • Fecha: 22-02-2006 00:00:00

Por David Viñas

¿Hasta cuándo, Catilina?...
Cicerón

El aticismo de Andrés Oppenheimer es tan sutil y espléndidamente informado que me apabulla. Sin embargo, trataré de conjurar el apocamiento reverencial que me provoca apelando a un antecedente literario que justifique mi temeridad por llamarlo familiarmente: el argumento ad hominem aún produce escándalo entre los medios y escritores que intentan definirse por su presunta seriedad; emitir, sin más, “Oppenheimer”, les parece descortesía, insolencia o, si la cuestión se exaspera, algo muy próximo a la procacidad.

Y pues bien, un notorio orador latino (con perdón), desde su banca de senador osó denunciar –reiterando su nombre– a quien consideraba responsable de falacias disimuladas entre argumentaciones y consejos que supuestamente favorecían a la república. A Cicerón y a su manejo de las palabras, entonces, requiero como precedentes para ocuparme, apretando el bandoneón, de Oppenheimer Andrés.

En primer lugar, gran parte de la poética de Oppenheimer consiste en exhibir sus copiosas consagraciones; estratagema que apunta a intimidar, desde un comienzo, al lector. A su sumisión, en realidad. Porque el lote de premios, desde el Pulitzer enhebrando al Ortega y Gasset hasta desensillar en el Moors Cabot, lo van cubriendo de medallas. Oppenheimer, además, no sólo subraya sus regias colaboraciones en The Miami Herald, sino también en esa pertinente secuencia que si se abre entre La Nación, El Mercurio de Chile, El Comercio de Lima, se estaciona en El Colombiano. América latina siempre implicó un desasosiego para Oppenheimer. Y no digamos su vinculación con The Associated Press y su pecho condecorado como el de cierto mariscal. Así como los textos de las propias solapas que calcan, de manera perspicaz, el estilo de Oppenheimer en beneficio de un vaporoso se sigilosamente adjudicado a la editorial que lo publica.

Apurando esta jubilosa ponderación. El núcleo de las prosas de Oppenheimer se escinde en un par de inflexiones que operan especularmente de modo complementario: la franja cóncava, si se inaugura con los rezongos contra Cuba –procedimientos que ya resultan obvios de tan subrayados–, de manera actualizada se va especializando en el venezolano Chávez, reiteradamente amonestado con hallazgos tales como “narcisista leninista”, “pintoresco gesticulador” e, ineludiblemente, “populista”. Populismo que, de forma deductiva, se contrapone a “empresarios” y “éxitos irrefutables”.

Por la vertiente convexa, Oppenheimer promueve terapias tan inequívocas como “las inversiones” y “las aperturas a la globalización”. Culminando con lisonjera arenga a favor de las bondades del mercado subrayado y con mayúsculas. El “pragmatismo” funciona así, en este andarivel, en calidad de eufemismo de la Realpolitik de donde, inexorables, emanan fragancias ante las cuales las virtudes de Oppenheimer –excusándose– lo inducen a taparse la nariz.

Cabe interrogarse al llegar aquí (y tomar aliento): ¿cuáles son actualmente los modelos que la clarividencia de Oppenheimer postula, a partir de su apasionado latinoamericanismo, para superar los fracasos desde México al Río de la Plata? Melancólicamente, en esta zona, Oppenheimer me recuerda a un esclarecido compatriota que convocó al “sí” en Plaza de Mayo durante los años del menemato: Singapur, Taiwan y Corea del Sur. “Paradigmas.” Pero ahora, Oppenheimer aggiornado –ay, quizá, calculando juiciosamente a los futuros amos del 2010 o 2020–, agrega la China de Pekín.

Varias preguntas finales y una exhortación: ¿de qué se sonríe Oppenheimer en las imágenes que decoran sus escritos? ¿De las humillaciones de los sudacas? ¿En una de ésas, por acatar benévolamente el ademán predominante frente al american dream? ¿Eventualmente satisfecho por las 21 repetidoras “globales” que difunden sus severos análisis, pronósticos y consejos?

Y la exhortación –que resulta correlativa a todo lo anterior–: Oppenheimer concluye su último escrito con un fogoso ditirambo dedicado a Hwang Woo-suk, bendiciendo sus trabajos que lo convirtieron en “ídolo nacional de Corea”. Aplausos y congratulaciones. Pero el ínclito investigador posteriormente fue acusado de fraude profesional. Y tuvo que reconocerlo públicamente pidiendo disculpas a los coreanos.

Oppenheimer, Oppenheimer, ¿hasta cuándo semejante asunto sigue siendo, para usted, la cumbre de sus esclarecidas propuestas de solución frente a los problemas más graves de la América latina que tanto lo acongojan?

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"Los israelíes se están cansando de la guerra", dijo Raanan Rein

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 22-02-2006 00:00:00

La solución pasa por políticas sociales más avanzadas, afirma el historiador

TEL AVIV.– La familia de su padre llegó desde los Países Bálticos a la entonces Palestina judía hacia 1880, huyendo del antisemitismo y de los pogromos de la época. Su abuela nació en Jerusalén, su madre en Haifa y él en Guivatayim, una localidad pequeña.

“Entre los judíos que viven en el Estado de Israel, no son muchos los que pueden alardear de raíces de largo arraigo. Mis amigos de la infancia me consideraban una suerte de indígena de estas tierras”, bromea, en perfecto español, Raanan Rein, quien piensa que la sociedad israelí se está cansando de estar permanentemente en guerra.

La historia del vicerrector de la Universidad de Tel Aviv, especialista en historia española y latinoamericana, miembro de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina, es bastante excepcional en un país nuevo, creado en 1948 y formado, en gran medida, con el retorno de los judíos de la diáspora.

“En mi barrio, mi casa era casi la única donde se hablaba nada más que hebreo. En las casas de mis amigos siempre se escuchaban también otras lenguas, se mezclaban otras costumbres, había otros olores”, rememora.

Tel Aviv es el principal centro comercial y financiero del país y el faro de su vida cultural y académica.Con 30.000 habitantes, la Universidad de Tel Aviv es la más grande de Israel, ofrece la mayor variedad de programas de estudios y pone un énfasis considerable tanto en la investigación básica como en la aplicada. "De hecho, la universidad, que actualmente festeja su cincuentenario, aspira a entrar, dentro de pocos años, en la lista de las 50 mejores del mundo." Rein -casado con una argentina, también historiadora y especializada en estudios latinoamericanos- dirige el Centro S. Daniel Abraham de Estudios Internacionales y Regionales de la UTA y es coeditor de la revista Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe. Ha publicado una docena de libros, en varios idiomas y países. En la Argentina, los principales títulos son: "Juan Atilio Bramuglia. La sombra del líder y la segunda línea del liderazgo peronista" (en prensa); "Entre el abismo y la salvación: el pacto Franco-Perón" (2003); "Argentina, Israel y los judíos: Encuentros y desencuentros, mitos y realidades" (2001); "Peronismo, populismo y política: Argentina, 1943-1955" (1998).

"Mi incorporación como miembro de la Academia Nacional de la Historia significó para mí el reconocimiento, por parte de mis colegas argentinos, de mi aporte a la historiografía de ese país, con el que tanto me identifico", dice Rein.

-¿Por qué se volcó al estudio de la historia argentina?

-En cierta forma, encontré algunas similitudes entre la sociedad argentina y la israelí. Ambas son sociedades de inmigrantes, en una búsqueda constante de su identidad colectiva. Ambas le dieron la espalda a las regiones circundantes, para volver su mirada hacia Europa occidental y los Estados Unidos. Ambas han enfrentado desafíos semejantes para su desarrollo y modernización.

-¿Cómo ve hoy a la Argentina y a los argentinos?

-Con mucha admiración. Es una sociedad que ha podido sobreponerse a las crisis más agudas sin perder la fe en sí misma. Lo increíble para mí fue ver cómo en los peores momentos de la crisis económica, la actividad cultural y la creatividad intelectual jamás cejaron. Acompaño a mis amigos, colegas y parientes en sus esfuerzos, a veces heroicos, por salir adelante. Desde 1989, cuando vivimos un año en Buenos Aires, hago todo lo posible para visitar la Argentina por lo menos una vez al año.

-Usted ha abordado en profundidad la etapa peronista y también el tema de los judíos en la Argentina. ¿Cree que Perón era antisemita?

-Perón era demasiado perspicaz para caer en el antisemitismo. Para mejorar su imagen, invirtió muchos esfuerzos para acercarse a la colectividad judeoargentina y al Estado de Israel. Gradualmente adoptó una política de apertura hacia distintas minorías étnicas y religiosas con el propósito de incorporarlas al bando peronista. Aunque fracasó en la movilización de la mayoría de los judíos, cultivó excelentes relaciones con el Estado de Israel. Mientras Perón gobernó, de 1946 a 1955, la corriente antisemita dentro del movimiento justicialista fue perdiendo su peso e influencia. Sólo después de su derrocamiento esta corriente cobró más fuerza. En el tercer gobierno peronista, de los años 70, el peso de varias figuras antisemitas se dejó sentir. De todos modos, no se puede caracterizar al peronismo en ningún momento como una fuerza antisemita.

-¿Hasta dónde llegó la Argentina en su compromiso con el Eje durante la Segunda Guerra?

-El gobierno militar, con Perón en el gabinete, mantuvo la neutralidad adoptada por los gobiernos anteriores, una neutralidad que gozaba del apoyo de muchos sectores, por distintos motivos. El gobierno de entonces intentó aprovechar la contienda para beneficio de los intereses argentinos. Algunos de los uniformados eran abiertamente pro Eje; otros optaron por la neutralidad, impulsados por sus posturas antiyanquis, y otros por oportunismo.

-¿Cómo cambió esa política después de la derrota del Eje?

-Perón llegó a la presidencia después de la derrota del nazifascismo y, como lo dijo él mismo, intentó no caer en los mismos errores de Mussolini. En las nuevas circunstancias internacionales del período posbélico, tenía que conducirse de acuerdo con ciertas reglas del juego democrático.

-¿Qué significó para la Argentina el haberse mantenido neutral durante el conflicto?

-La neutralidad argentina y el haber desafiado la política norteamericana alimentaron la imagen nazifascista del régimen peronista en la opinión pública occidental, en general, y en la norteamericana en particular. Además, la entrada en la Argentina de miles de simpatizantes del Eje, así como de algunas decenas de criminales de guerra, contribuyó a crear el mito de la Argentina como un país de refugio para los nazis. Aun hoy en día se pueden encontrar vestigios de esta imagen, tanto en la cultura popular norteamericana como en círculos políticos.

-¿Hay aspectos de la cultura argentina en los que arraiguen, a su entender, elementos antisemitas?

-No se puede caracterizar a la sociedad argentina en su conjunto como antisemita. Al contrario, me parece una de las sociedades más abiertas, que ha permitido a los judíos integrarse en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural y política. Sin embargo, desde siempre hubo también una corriente católica y nacionalista destacada, entre otras cosas, por su xenofobia y antisemitismo. En los últimos años, uno nota a veces una mezcla de actitudes antiisraelíes y antisemitas, es decir, una crítica -de por sí, legítima- a la política israelí en los territorios ocupados, articulada en términos antisemitas.

-Después del peronismo, ¿qué otras expresiones fuertes de populismo podría usted señalar en la política latinoamericana?

-Las distintas expresiones del populismo clásico se registraron entre los años 20 y los años 50 del siglo pasado. Con la revolución cubana, la alternativa revolucionaria atrajo a varios sectores sociales, mientras que las elites dominantes alentaron a las fuerzas armadas a acabar con todo movimiento "peligroso" para el orden establecido, incluyendo los movimientos populistas de carácter reformista. En los años 90 los cientistas políticos hablaron del "neopopulismo" de Carlos Menem o de Alberto Fujimori. Sin embargo, se trataba nada más que de una adopción del estilo populista, pero sin el contenido social que lo había acompañado. Al contrario, estos líderes adoptaron el neoliberalismo, que para mí representaba lo opuesto al populismo clásico. Sólo en los últimos años podemos hablar del renacimiento del populismo, aunque con otros matices, y su expresión máxima sería el gobierno liderado por Hugo Chávez en Venezuela.

-¿Qué consecuencias le trajo a la Argentina la irrupción del peronismo populista?

-El populismo no fue, necesariamente, negativo. Era la protesta de los grupos excluidos y marginados que exigían la redistribución del poder en la sociedad en beneficio de la mayoría. La necesidad de hallar una solución no violenta a la cuestión social mediante la incorporación política y la integración social de las masas constituyó la esencia del populismo latinoamericano. El populismo daba preeminencia al Estado en las cuestiones sociales y económicas para evitar distorsiones y garantizar el progreso, aunque sin ningún propósito de cuestionar el principio de la propiedad privada capitalista. El problema residía en el autoritarismo que caracterizaba a la mayoría de los líderes populistas. A menudo crearon una falsa ecuación según la cual el pueblo y el movimiento populista eran sinónimos y por lo tanto cualquier oposición al gobierno populista se tildaba de antipueblo y antipatria.

-¿A qué se debe que tantos argentinos vivan en Israel? Las estadísticas de este país hablan de 80.000 sobre un total de 120.000 latinoamericanos.

-La mayoría de los judíos argentinos han preferido quedarse en la Argentina. Sólo una minoría ha optado por emigrar a Israel. Algunos lo hicieron, sobre todo en décadas anteriores, por motivos ideológicos, pero no cabe duda de que en los últimos años ha primado la motivación económica. En general, la integración social, económica y cultural de la mayoría de los inmigrantes argentinos ha sido tan exitosa que algunos investigadores los han llamado "la comunidad invisible".

-Las clases impartidas obligatoriamente en hebreo, ¿forman parte de una política de cohesión del Estado judío hacia quienes se acogieron a la ley del retorno?

-A diferencia de los EE.UU., el Estado de Israel ofrece a todos los nuevos inmigrantes clases de hebreo para facilitar su inserción en la sociedad israelí. Sin embargo, ya no se nota ninguna presión para que la gente abandone su lengua madre y es muy frecuente escuchar en las calles el castellano con acento argentino. De hecho, el castellano es uno de los idiomas que gozan de mayor popularidad en Israel.

-¿Cómo es la vida universitaria en Israel?

-La vida universitaria en Israel se basó durante varias décadas en el modelo europeo, pero en los últimos años se ha ido asemejando al modelo norteamericano. Los estudiantes israelíes normalmente llegan a la Universidad con una edad algo más avanzada. La mayoría primero termina el servicio militar obligatorio y, por lo tanto, empieza los estudios para la licenciatura con 22 o 23 años. Eso también supone ciertas ventajas, porque llegan más maduros y toman más en serio sus estudios.

-Es altísima la cantidad de judíos que han obtenido el Premio Nobel. ¿A qué lo atribuye?

-En efecto, el número de judíos que han obtenido el Premio Nobel llama la atención y es fuente de orgullo para muchos. Pero no tiene que ver con la biología ni la genética, sino con un ethos elaborado por los judíos en la diáspora.

-¿Israel es el puente entre Oriente y Occidente o el frente donde terminan chocando etnias, culturas y religiones?

-Desafortunadamente, en un contexto regional o internacional, Israel hoy en día no sirve como ningún puente. Sin embargo, en el contexto interno, sí constituye un punto de encuentro que reúne a distintas etnias, culturas y en cierto grado, también religiones. Cabe esperar que una vez que lleguemos a un mejor entendimiento con nuestros vecinos musulmanes, Israel pueda servir para acercar a Oriente y Occidente y contribuir así a reducir las tensiones en la escena internacional y fomentar el desarrollo de la cuenca del Mediterráneo.

-¿Cómo se vive en una sociedad donde a cada momento puede estallar una bomba?

-El género humano tiene esta capacidad casi incomprensible de adaptarse a las peores circunstancias. En los últimos años, la sociedad israelí ha mostrado un grado admirable de resistencia y ha seguido adelante con su vida diaria, a pesar del terrorismo. Eso no quiere decir que los individuos no paguen diariamente un precio psicológico por vivir en estas circunstancias. Me parece que la sociedad israelí se ha cansado de soportar este permanente estado de guerra y está dispuesta a apoyar una retirada unilateral de la mayoría de los territorios ocupados en 1967, si no encontramos un socio palestino con quien negociar un acuerdo.

-A partir del recrudecimiento del conflicto de Medio Oriente, ¿coincide con quienes afirman que la tercera guerra mundial ya ha comenzado?

-Los que hablan de la tercera guerra mundial lo hacen para justificar sus políticas agresivas y los enormes presupuestos militares de que disponen. Es cierto que la creciente desigualdad entre naciones y dentro de muchos países provoca tensiones de todo tipo, pero la solución pasa por la adopción de políticas sociales más avanzadas y diplomacias más progresistas.

-¿Por dónde pasa el eje del conflicto? ¿Por un choque de culturas, como lo dice Samuel Huntington?

-El reciente libro de Huntington sobre la inmigración de habla hispana en los Estados Unidos pone al descubierto los motivos detrás de su libro anterior sobre el choque de civilizaciones. Todo este discurso tiende a demonizar a muchas sociedades. El conflicto de Medio Oriente es ante todo una lucha entre dos movimientos nacionalistas, el palestino y el sionista, en torno de un pequeño trozo de tierra. Después de varias décadas de conflicto, parece que se ha abierto una brecha entre el discurso de los líderes y los deseos populares. Por lo tanto, un acuerdo me parece posible, siempre y cuando las dos sociedades elijan a líderes que estén dispuestos a la convivencia. En este contexto, el triunfo de Hamas tiene que ver con muchos factores que son, no necesariamente en orden de importancia, la corrupción entre los dirigentes del movimiento Al-Fatah, la obra social que realizan, la creciente influencia de los fundamentalistas en el mundo musulmán y la política israelí, que no hizo lo suficiente para reforzar la posición de Abu Mazen.

-Henry Kissinger dijo alguna vez que el conflicto israelí-palestino no tenía solución. ¿Coincide?

-El legado de Kissinger no lo convierte necesariamente en el mejor consejero para alentar procesos de paz y negociación. Es precisamente este tipo de discurso el que pone más obstáculos en el camino del mejor entendimiento entre israelíes y palestinos. Con su formación original de historiador, Kissinger debería haber sabido que muchos conflictos históricos que parecían insolubles se resolvieron al cambiar las circunstancias internas o externas. Me pueden acusar de ingenuo, pero toda mi actividad académica y pública está inspirada en esta fe en la convivencia y el entendimiento mutuo.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

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LUIS CESAR AMADORI

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 21-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

El director cinematográfico Luis César Amadori nació en Italia en 1902 y llegó a la Argentina de niño. Abandonó los estudios de Medicina para dedicarse al periodismo en Ultima Hora, donde ingresó en 1921 para comentar espectáculos líricos. A través del periodismo se vinculó con el mundo teatral y en 1926 fue nombrado director del teatro Cervantes. Por entonces se había iniciado como autor teatral. En 1928 se hizo cargo de la dirección del teatro Maipo, que ocupaba al momento de realizarse la entrevista, junto con Antonio Botta, Ivo Pelay y otros escribió unas quince obras teatrales y más de ciento cincuenta títulos de revista, que él mismo llevó a escena. También escribió letras de tango, como Madreselva, con Francisco Canaro, que estrenó Carlos Gardel en 1931, Confesión y Desencanto, en 1937, con Discépolo, que estrenó Tania.

Desde 1936 incursionó en el cinematógrafo, como director y productor: su primera película fue Puerto Nuevo, en la que actuaron Pepe Arias y José Gola, que dirigió junto a Mario Soffici. Desde entonces se dedicó con intensidad al cine, dirigiendo a las principales figuras de su tiempo: Luis Sandrini, Mecha Ortiz, Libertad Lamarque y Niní Marshall. Casado en 1947 con la actriz Zully Moreno, realizó películas de gran éxito, entre ellas Dios se lo pague, en 1948, que fue seleccionada por la Academia de Hollywood para concursar como la mejor película extranjera. Filmó cuarenta y tres películas en la Argentina, cuatro en México y quince en España, donde se radicó después de 1955. Murió en 1977.

Mundo Argentino fue una revista fundada por Alberto Haynes en 1911, que atendía distintos aspectos de la realidad social y política del país. Hacia 1940 publicaba semanalmente un reportaje a escritores o artistas, realizado por Andrés Muñoz, en el que el entrevistado hacía una síntesis de su vida.

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AMADORI
Entrevistado por Andrés Muñoz
Mundo Argentino, Nº 1545
4 de septiembre de 1940

Noche de estreno en el Maipo. Al terminar la función nos refugiamos con Luis César Amadori en la secretaría del teatro.

–¿Qué tal salió el estreno?

La pregunta no la hemos hecho nosotros, sino que nos la ha formulado Amadori, que, como se sabe, es desde hace años uno de los principales animadores de los espectáculos de esa sala. Le damos nuestra opinión, y él, a su vez, se cree obligado a darnos explicaciones.

–Apenas si he tenido tiempo de intervenir en esta revista. Ni siquiera he podido ver su estreno. El cine me ha acaparado más cada día. Al final creo que voy a dedicarme exclusivamente a hacer películas.

–¿Le resulta eso más atrayente que el teatro?

–Más atrayente y más provechoso. El cine es el espectáculo de nuestro tiempo. Ello no quiere decir que el teatro haya muerto. Como fórmula estética, el teatro hace ya muchos siglos que adquirió la jerarquía de lo perdurable. Pero si sus cimientos artísticos son inconmovibles, aunque no inmutables, su poder de atracción, considerado como espectáculo recreativo, tiene que ir cediendo cada vez más terreno ante los avances sucesivos del cinematógrafo. Y es natural que así ocurra. Lo contrario sería negar a los pueblos la facultad de evolucionar en sus gustos y costumbres. Y esto no es posible, como bien lo demuestra la historia del mundo...

–De acuerdo, de acuerdo –asentimos ante las irrefutables razones de Amadori, que al exponerlas tuvo el tino de hacerlo en un tono más espiritual que tribunalicio–. Justamente –decimos– nosotros aspiramos en nuestros reportajes a que la historia del mundo no quede incompleta. Entendemos con Carlyle que la historia es una suma de vidas representativas antes que de episodios sueltos. Por eso hemos creído necesario incluirlo a usted en esta colección de reportajes biográficos, que bien pudieran servir en el futuro para fijar la historia de nuestro tiempo.

–La historia del mundo...

–Por lo menos, la pequeña historia de nuestro mundillo teatral y cinematográfico.

–¡Ah! Entonces a mí también me corresponde un puestito en ese panorama histórico... Y ahora, cuidado con lo que se dice y con lo que se escribe, que nos dirigimos a la posteridad.

Luis César Amadori se acomoda en su asiento y empezó así su relato autobiográfico:

–Nací en Italia, en 1902, pero cumplí los seis años de edad en Buenos Aires, y aquí transcurrió mi vida desde entonces. A los siete años me mandaron a una escuela del Estado, en Villa Ballester, cuya directora se llamaba María Silva. Y nombro aquí a mi maestra porque quiero que ella también pase a la historia. Entré directamente al segundo grado, pues ya había aprendido a leer y escribir por mi cuenta. Como aprendí deletreando los diarios, escribía con letras de imprenta. Durante mucho tiempo conservé esa costumbre, que me enseñó a decir las cosas claramente, sin andar con vueltas ni borradores. Al cumplir los ocho años estuve a punto de tomar una ruta definitiva en mi existencia. Mi madre se quedó viuda y sin recursos. Yo era su único hijo. Le preocupaba, naturalmente, mi porvenir, y se le ocurrió llevarme a la escuela de Artes y Oficios de Villa Devoto, donde aprendería un oficio que me aseguraría una vida modesta pero tranquila. Para ello mi madre tenía que ceder la patria potestad a la escuela, que la conservaría hasta que yo cumpliera la mayoría de edad. Mi madre, obligada por la necesidad, aceptó todas las condiciones que le pusieron. Pero al llegar a una se rebeló. Parece que yo tenía entonces una hermosa melena rubia y rizada. Le dijeron a mi madre que tenía que cortarme el cabello al rape si quería hacerme entrar en la escuela. Y la melena me salvó. Doña Filomena Pombo de Devoto, que era la autoridad máxima de aquel benéfico establecimiento, comprendió las proyecciones de aquel drama capital y gestionó para mi madre una cátedra de francés, impidiendo así el sacrificio de mis hermosos rulos.

–¿Y adónde fue usted con ellos?

–Volví a la escuela primaria, para pasar al poco tiempo al colegio Lasalle, donde cursé el bachillerato. Allí tuve de condiscípulos a Alfredo Molinario, Andrés Fernando, el autor Mario Flores, el escritor Liborio Justo, el actor Enrique Roldán y otros compañeros. Todavía solemos reunirnos los bachilleres del año 1918 para recordar los tiempos estudiantiles.

–¿Fue usted un buen estudiante?

–Aprobaba todas las asignaturas por amor propio, pero al mismo tiempo hacía todo lo posible para que me echaran del colegio. Pero los curas del Lasalle tenían una paciencia a prueba de rebeldías. Y como ellos no me echaban, me fui yo. A los quince años me hice una rabona de tres meses para dirigir una revista que se llamaba Cine Porteño. Sólo duré tres meses en el puesto porque me suplantó en él Bruno Dettori, aprovechándose de que mi madre me descubrió la rabona y me obligó a volver al colegio. Sin que tuviera una prueba fehaciente de ello, a mí me quedó la espina de que el “batilana” había sido Dettori, con quien años después tuve un lance caballeresco. El motivo del duelo fue un simple pretexto para vengar el agravio retrospectivo de la suplantación en la revista Cine Porteño. Claro que después del lance nos reconciliamos y hoy seguimos siendo buenos amigos.

–¿Qué hizo usted al terminar el bachillerato?

–Me declaré en huelga. Tuve una intervención activa en las huelgas de estudiantes con motivo de implantarse en las facultades el examen de ingreso. Llegué a ser vicepresidente del comité de huelga, donde tuve de compañero de comisión a Roberto J. Noble, que era un huelguista casi tan fogoso como yo. Como derivación de esa actividad huelguística trabé relación con algunos políticos destacados de la época: Yrigoyen, Salinas, Beyró, Llambías. Pero de nada me sirvieron aquellas amistades. Pasada la huelga, me fui a Córdoba, donde cursé dos años en la Facultad de Medicina, en la que tuve de compañeros de clase a los doctores Gumersindo Sayago y Enrique Barros. Al regreso de Córdoba proseguí mis estudios médicos en la Capital y fui durante un tiempo secretario de la Prensa Médica Argentina, que por entonces dirigían los doctores Aráoz Alfaro, Luis Güemes y Mariano Castex. También fui practicante en el Hospital Ramos Mejía, a las órdenes de los doctores Julio Méndez, Osvaldo Bottaro, Héctor Dasso y Lucio García. Estando en estas funciones médicas y periodísticas, coincidí en una boda con el empresario Longhinotti. A éste le hizo gracia un discurso cómico que yo pronuncié en el banquete de aquella boda, y me llevó a Ultima Hora para presentarme a Julio F. Escobar. Dio la coincidencia de que Escobar había tenido ese día una discusión con Camilo Villagra por una crónica del Colón, y resolvieron mandarme a mí a hacer la crítica lírica. La elección recayó en mí por dos motivos: primero porque tenía smoking y segundo porque, siendo el más nuevo en la redacción, tenía que ser, verosímilmente, el menos capaz. Y allá me fui al teatro Colón, con mi smoking y mi entrada de crítico. Recuerdo que daban I puritani, de Bellini, cantada por María Barrientos, Dino Borgioli y Carlos Galeffi. Era la primera vez que iba al Colón, la primera ópera que oía y la primera crónica lírica que escribía. Me documenté sobre la obra, el autor y los cantantes; hice una descripción objetiva de la escena y de la sala, y salí bastante airoso de la prueba. Tanto que Escobar, en vez de echarme a la calle, me confirmó en aquel puesto accidental y en él estuve siete años.

–¿Por qué abandonó usted la carrera de médico?

–Porque ya había probado el señuelo agridulce de las redacciones, de las veladas del Colón, de las tertulias en vestíbulos y camarines. Y preferí ser periodista a doctor. A los veinte años me conquistó ese encanto indefinible e irresistible de la vida nocturna porteña, que quizás hoy, al cabo del tiempo, nos fatigue un poco; pero que cuando se tienen veinte años nos amarra con la sugestión de un embrujo lleno de tentaciones, de promesas y, a veces, de realidades. No es de extrañar, entonces, que yo me dejara seducir por ese ambiente. Una mañana tenía que ir a la facultad y a la imprenta. Sin pensarlo siquiera, por simple impulso vocacional tomé el camino de la imprenta y dejé la facultad para otro día. Y así la fui dejando de un día para otro, hasta que no volví más a ella. También renuncié a mi puesto de practicante en el hospital y a mi cargo de secretario de Prensa Médica. Entre los dos empleos ganaba arriba de ciento cincuenta pesos mensuales, que dejé de percibir para ir a ganar ochenta pesos en Ultima Hora. Viví así durante varios años la vida del periodista pobre, que resulta más pobre todavía porque tiene que vivir entre el lujo y la abundancia. Yo tenía mi platea fija en el Colón, mi smoking para las veladas de etiqueta y cinco trajes que me había ido haciendo a crédito. De los cinco tenía casi siempre cuatro empeñados. Por suerte tropecé con un prestamista humanitario que me permitía cambiar de traje. Le llevaba uno y sacaba otro, con lo cual la casa de préstamo venía a servirme de guardarropa. Era una vida incierta pero feliz. Yo me pasaba el tiempo contando las esperanzas del almanaque, las horas del reloj y las monedas del chaleco. Recuerdo que una madrugada salía de la redacción con Pepe Arias, que entonces era un actor incontratado e incontratable. Hicimos balance, sumamos nuestros capitales y entre los dos reunimos ochenta centavos.

–¿Qué hacemos, che, con tanta plata? –me dijo “el que te dije”.

Yo le propuse dar un paseo en coche, y él aceptó con estas palabras:“Gran idea. Así podremos soñar que somos ricos”.

“Y los dos nos metimos en un mateo que pasaba –continúa Amadori–. Al término del viaje convinimos en que lo mejor que podíamos hacer era buscarnos un empleo en una tienda y dejarnos de sueños y de fantasías inútiles.

“Francamente, Luis –me decía Pepe Arias–. Estoy cansado de esta vida artificial. El mejor día me presento a la Armada de marinero voluntario. Y pensar que yo abandoné la carrera de marino, en la que podría llegar a ser hasta contraalmirante, para dedicarme a cómico. Hay que estar loco para hacer lo que yo hice. ¿Y vos, que podías ser hoy un hombre de provecho, un doctor y hasta curar enfermos? Francamente –remataba Pepe Arias con alarmante sinceridad–. Yo creo que vos y yo, y Escobar y todos los que lo rodean, todos, hasta Porriño, todos estamos un poco locos.

“De aquella época de locura colectiva, sin embargo –prosigue Amadori–, conservo muchos recuerdos agradables. Uno de ellos es una medalla de oro del Círculo de la Prensa, por servicios prestados a esta entidad, en la que llevo el número 13 de sus socios. Otro testimonio sumamente grato para mí es una carta de Enrique García Velloso, en la que con aquella generosidad que él desbordaba me llama el Gómez Carrillo argentino por el desorden –dice– y el apasionamiento de mi modo de ser, de vivir y de escribir.”

–¿Qué otra cosa hacía usted, además de sus crónicas de Ultima Hora?

–Colaboré bastante tiempo en Caras y Caretas y en Plus Ultra. Pero mi verdadera pasión era el diario. Sentía tanto amor por el periodismo, que había días que me iba a acostar a las cinco o las seis de la mañana y me levantaba a las siete para armar el diario. Mejoré un poco la situación económica gracias a Augusto Alvarez, gran amigo y gran empresario, que me incorporó al grupo de colaboradores de las revistas del Porteño, cuando lo abandonaron Pelay, Romero y Bayón Herrera para pasar a la ópera. Al poco tiempo, al promediar el año 1926, la suerte y la amistad me depararon otra sorpresa. Al finalizar el banquete en el Savoy Hotel a Manuel Linares Rivas, tres amigos, Augusto Alvarez, Julio Escobar y Fernando Aranda, me llevaron al teatro Cervantes y me sentaron en el despacho del director. Yo creí que aquello era una broma propia de un final de banquete con abundantes libaciones. Pero al día siguiente Fernando Aranda, que era el empresario, me confirmó en el puesto y me comunicó que mi sueldo sería de setecientos pesos mensuales. No por eso renuncié a mi puesto en Ultima Hora, donde seguía ganando mis buenos ochenta pesos por mes. Por cierto que se daba esta situación de contraste: de día, en el teatro, yo era la primera autoridad y tenía más de sesenta personas a mis órdenes, y de noche, en el diario, los muchachos exagerando la confianza, me tomaban por el petiso de los mandados:

“–Che, director, pasame la tinta –decía uno.

“–Che, director, suspendé la regadera y pasame la máquina, que estoy apurado –exclamaba otro.

“Y así me traían de un lado para otro, con aquel ‘che director’ confianzudo y cachador. A pesar de ello yo no me hubiera ido nunca del diario si no me hubiesen echado. Para mí, entonces, era mucho más importante ser pinche en Ultima Hora que director del Cervantes.”

–¿Cuánto tiempo estuvo usted en el Cervantes?

–Dos años. Organicé las temporadas de 1927 y 1928. Hice mis primeros viajes a Europa para traer a Vera Sergine, a Tatiana Pavlova, a Italia Almirante, a Gretillat y a Valentine Tessier, que hoy es la primera actriz de Francia. También organicé varios conciertos y contraté a Berta Singerman, que por primera vez se presentaba en un escenario porteño. En ese mismo año de 1927 me inicié como autor. Al regreso de París estrené con Ivo Pelay en el Nuevo Un buen muchacho, adaptación del último éxito parisiense. Entré en el teatro con buen pie. Desde entonces, y ya han transcurrido trece años, raramente bajó mi nombre del cartel. Al desvincularme del Cervantes, pasé con Pelay a organizar la temporada de revistas del viejo teatro Comedia, y de allí pasé al Maipo, para no salir más de él.

–¿Cuántas obras ha estrenado usted?

–Entre colaboraciones, adaptaciones y obras originales llevo estrenadas unas quince piezas. Daré los nombres de algunas: Hay que hacer economías con la compañía de Carcaballo en el teatro Nacional; La honradez en pijama, con Luis Arata; El hombre que vio al diablo, con Enrique de Rosas; Hipódromo, con Ivo Pelay, en el Fémina; La otra noche en un banquete, con Alberto Ballesteros y estrenada en el Cómico por la compañía Alippi-Pomar, y diez estrenos más que alcanzaron variada fortuna. Y todo eso sin contar mi labor de revistero, en la que se agrupan más de ciento cincuenta títulos. Como se ve, desde Un buen muchacho hasta la fecha yo también he trabajado algo. He cobrado muchos miles de pesos por concepto de derechos de autor, pero le puedo asegurar que no me cayeron de arriba. El que ve una revista desde una platea no siempre se da cuenta del trabajo que cuesta escribirla, dirigirla y montarla.

–¿Cuándo apareció en usted el director cinematográfico?

–Cuando ya el autor y el director teatral habían acumulado abundante experiencia. La primera oportunidad se me presentó sin buscarla, como me ocurrió en el periodismo y en el teatro. Digamos aquí, de paso, que mi vida se rigió a menudo por la contingencia y por lo inesperado. La iniciativa casi siempre partió del otro, o nació de una circunstancia fortuita, aunque después procuré yo extraer el mayor partido posible de la oportunidad que se me brindaba. Esa oportunidad me la proporcionó en el cine don Angel Mentasti, cuyo nombre pasará a la historia como el auténtico pioneer, como el verdadero fundador del cine argentino. La primera vez que conversé con él se debió a un motivo de rivalidad antes que de colaboración. En una de las revistas del Maipo se anunció el tango Cambalache, que don Angel Mentasti había adquirido para su película El alma del bandoneón. Y don Angel se me apareció en el teatro acompañado de escribano competente y dispuesto a impedir el estreno del tango. Yo lo invité al café de enfrente con el fin de parlamentar y arreglar el conflicto. Al rato éramos íntimos amigos y hablábamos mano a mano sobre cine y teatro. Terminó pidiéndome un argumento para Pepe Arias. Al día siguiente le llevé un esquema de la película que después habría de llamarse Puerto Nuevo. Don Angel quería que la dirigiera yo solo. Pero yo sólo acepté el compromiso de compartir la dirección con Mario Soffici. El secreto del éxito, o por lo menos de reducir al mínimo los riesgos del fracaso, está en medir uno las posibilidades propias y las ajenas. Nadie estuvo nunca más dispuesto que yo a someterme a las enseñanzas de los demás. En el periodismo entré llevado de la mano por Julio Escobar, Ivo Pelay me abrió las puertas del teatro, y Mario Soffici fue mi mentor en el cine. Hoy tengo la satisfacción de continuar siendo amigo de los tres. Tengo, por lo menos, el mérito de ser un discípulo agradecido.

–Agradecido y adelantado. En los tres casos se destacó usted con relieves propios, como dicen los gacetilleros novicios.

–La fórmula es muy sencilla. Consiste en saber hasta dónde se quiere ir y en medir hasta dónde se puede llegar. Esa ha sido mi norma en el periodismo, en el teatro y en el cine. Y como el éxito y el fracaso son simples problemas de cálculo y relación entre lo que se quiere y lo que se puede, no es nada imposible predecir los resultados de antemano. Yo practico este sistema y pocas veces me llevé sorpresas en el estreno, sobre todo en el cine.

–¿Cuántas películas lleva usted hechas?

–Después de Puerto Nuevo he filmado, bajo mi sola dirección, El pobre Pérez, Maestro Levita, El canillita y la dama, Madreselva, Palabra de honor, Caminito de gloria, El haragán de la familia y Hay que educar a Niní. A ellas hay que agregar la versión castellana de Pinocho, que me valió una encendida felicitación de Walt Disney. En las nueve películas nacionales que llevo hechas tuve siempre de protagonista a alguna de las cuatro figuras máximas del cine nacional. Con Pepe Arias hice cuatro películas, dos con Libertad Lamarque, una con Niní Marshall y dos con Luis Sandrini, a quien acompañó esa flor de la simpatía que se llama Rosita Moreno.

–¿Y qué puede usted decirnos de sus experiencias cinematográficas?

–Que lo mejor que puede hacerse en el cine es ir a él con sinceridad. Mostrar lo que se debe mostrar y esconder lo que se deba esconder. Creo que fue Castelar quien dijo que para hacer un discurso hacían falta tres cosas: tener algo que decir, decirlo y callarse después. La misma receta podría aplicarse al arte de hacer una película. No creo en los directores que quieren imponer su personalidad a los intérpretes. La obligación de un director es descubrir y reflejar la mejor personalidad del intérprete. La mejor técnica, se sabe, es aquella que no se nota. De igual modo podría decirse que el mejor director es aquel cuya influencia desaparece de la pantalla para ceder el lugar a la narración y a los intérpretes. Yo dirijo una película desde el punto de vista del espectador, nunca del actor.

–¿Influyeron algo en usted sus viajes a Hollywood?

–Nada en absoluto. Fueron meros viajes de placer y curiosidad. Aquello es distinto a lo nuestro. El cine argentino no tiene por qué parecerse al norteamericano ni al europeo. Cada país debe crearse su cine propio, como se ha ido creando su teatro. El cine francés tiene un sello absolutamente distinto del que se hace en Hollywood. El sello del cine argentino se lo van dando intérpretes más destacados, no sus directores, ni sus argumentistas, ni sus técnicos. Una película de Libertad Lamarque tiene que ser forzosamente distinta de una película de Pepe Arias. Quizá con el tiempo podamos hacer películas de conjunto: pero por ahora es la personalidad del intérprete la que aporta el mejor factor del éxito.

La conversación con Luis César Amadori se ha prolongado más de la cuenta. Nos disponemos a despedirnos no sin antes hacerle la última pregunta:

–¿Qué vida le agradaría llevar a la pantalla?

–La vida de Florencio Sánchez –responde, poniéndose de pie, no sabemos si porque el reportaje toca a su fin o en homenaje al autor de Los muertos–. Y no será difícil que haga esa película. Me gustaría Mario Soffici para encarnar el protagonista. Soffici es un gran actor, que se está malogrando absorbido por el director. Estoy seguro de que sabría hacer revivir la figura a la vez fantasmagórica y humana de Florencio Sánchez. Florencio Sánchez es mi gran admiración. La sala donada por mí a la Casa del Teatro lleva su nombre. Admiro por igual al hombre y al dramaturgo. Y ya que no pude seguir las huellas de éste en el teatro, por lo menos trataré de fijar en la pantalla su imagen de artista soñador y enfermo, de bohemio sentimental y desdichado, de creador sincero y apasionado que parecía sentir en carne propia el dolor de sus personajes. El mismo fue un personaje profundamente dramático y humano. Volcó su personalidad, fragmentariamente, en cada una de sus obras. Mi ideal sería reunir esos fragmentos en la “Vida de Florencio Sánchez”. Si logro lo que imagino, podré decir que realicé una obra digna del gran dramaturgo rioplatense.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/63419-20862-2006-02-21.html

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Aprender a comprar

Archivado en Sarlo en Viva • Fecha: 19-02-2006 00:00:00

Discusiones, regateo, falsa retirada... y acuerdo final de precio. El ritual de la compra-venta en un mercado de Cochabamba, entre los recuerdos perdurables de un viaje.

POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar

Hace algunas décadas, cuando la quebrada de Humahuaca y la puna todavía no se habían convertido en destino turístico internacional, a los lugareños los desconcertaba encontrar un grupo de gente caminando de pueblo en pueblo. En general, recurrían a dos hipótesis. La primera tenía como soporte las cámaras de fotos: suponían entonces que se trataba de fotógrafos ambulantes, a quienes se interrogaba sobre precios y envíos. La segunda hipótesis se sostenía en una necesidad a la que ellos no podían responder en sus pequeñas economías de subsistencia: adquirir artículos de bazar o arreglar cacerolas agujereadas que necesitaban una soldadura. La desilusión era mucha cuando se enteraban de que el grupo de caminantes era simplemente eso: gente que, por razones medio incomprensibles, quizás una promesa a un santo (como alguna vez supusieron) decidían disfrazarse de vendedores ambulantes o de soldadores. De esos encuentros, quedan naturalmente muchas fotos enviadas y algunos recuerdos, de los que ahora se llaman souvenirs.

Los puebleros, por su parte, confundían los enseres domésticos de las casas con artesanías, es decir con cosas hechas a mano por indígenas, para vendérselas a los visitantes de la ciudad. Por supuesto, estos campesinos y pastores puneños no vendían los objetos que estaban usando en ese momento. Los cacharros de cerámica los compraban en las ferias de los pueblos, donde los cacharreros extendían sus alfombras con recipientes del tipo de los que hoy cotizan en Buenos Aires. Las mantas, muchas veces, las tejían ellos mismos.

La confusión demostraba una ignorancia lastimosa y generaba curiosos malentendidos, ya que preguntar el precio de una manta en el rancho donde se había recibido hospitalidad desinteresada era, al mismo tiempo, un acto de descortesía extrema y una tentación a la que no se sabía bien cómo responder, porque su dueño deseaba venderla pero la manta no estaba en situación de venta, es decir no había sido objeto de un diálogo muy ritualizado, cuya secuencia se respetaba porque era una forma del buen trato.

Los visitantes, en cambio, aplicaban la lógica abstracta del capitalismo: el campesino se iba a beneficiar porque, después de haber pasado una o dos noches en su casa, sabían que lo que iban a darle por la manta equivalía a dos meses de trabajo. Pero este razonamiento capitalista no podía ser enunciado de ese modo, en primer lugar porque los turistas se hubieran sentido prepotentes; y, en segundo lugar, de haber explicado el trato en esos términos, probablemente el campesino no lo hubiera entendido porque la manta, que él destinaba a un uso doméstico, no encerraba un trabajo que pudiera medirse en dinero. A menos que se tratara de alguien que tuviera como trabajo tejer en telar y, en ese caso, hubiera sido él quien ofertara su producción a los pajueranos.

El mismo lío se armaba cuando las cosas ocurrían de manera inversa. La mujer de un pastor de cabras decía, por ejemplo “Véndeme esa remera rojita, señora, pues que linda que es” o “Tus zapatos bien sirven, parece, con lo que has tenido de caminar hasta acá ¿A cuánto los vendes?”. En ese momento, las propiedades de los turistas, que ellos no consideraban mercancías sino bienes de uso personal, entraban al circuito potencial del comercio. Y el campesino no entendía por qué, si el dueño de la remera o de los zapatos podía comprarse otros pocas semanas después, se negaba a dejarlos allí. En el fondo, no vender nada y andar caminando sin ton ni son por los cerros era una tontería que podía remediarse.

En cambio, en los mercados, el proceso de compra-venta tenía un implacable formalismo en varios pasos: oferta, precio, regateo, falsa retirada del comprador, nuevo regateo, falso enojo del vendedor, regateo final, acuerdo de precio. Una vez, en un pueblo de Cochabamba, cansada de una larga conversación, desistí de la compra. Se trataba de una canasta de higos y quesos, algo que íbamos a consumir allí mismo. La vendedora, en tono altanero, me dijo: “Lléveselos pues, pero aprenda a comprar”.

http://www.clarin.com/diario/2006/02/19/sociedad/s-01144336.htm

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Irán, ¿armas nucleares o qué?

Archivado en Juan Gelman • Fecha: 19-02-2006 00:00:00

Por Juan Gelman

Todos los servicios norteamericanos de espionaje evaluaron en conjunto hace unos meses que Irán necesitará una década para fabricar armas nucleares, duplicando así una estimación anterior que le daba cinco años (The Washington Post, 2-8-05). Esta conclusión figura en el informe “Foreign Missile Developments and the Ballistic Missile Threat Trough 2015” que aprobó por consenso el Consejo Nacional de Inteligencia (www.fas.org/irp/nic). No obstante, W. Bush, Condoleezza Rice y otros jerarcas de la Casa Blanca multiplican los ataques contra el gobierno iraní y hablan de la inminencia de su rearme nuclear. Dicho de otra manera, hablan de la inminencia de un ataque estadounidense para el que esta vez se ha previsto el uso de bombas atómicas “limpias”.

Se supone que el plan del Pentágono se aplicará como represalia de un nuevo 11/9 y sus alcances fueron precisados por Philip Girardi, un ex agente de la CIA: incluye el bombardeo con armas convencionales y nucleares de “450 blancos estratégicos importantes que abarcan muchos sitios donde se sospecha que se desarrollan programas de armas nucleares” en Irán (The American Conservative, 1-8-05). El ex espía agrega una frase espeluznante: “Como en el caso de Irak, esta respuesta no depende de que Irán esté realmente involucrado en actos de terrorismo contra EE.UU.”. Es notable el uso de la palabra “respuesta” y no faltan quienes auguran un autoataque “terrorista” en suelo estadounidense que la justifique. Abundan las preguntas acerca de cómo y por qué la Casa Blanca permaneció tan pasiva ante las informaciones previas sobre el atentado que terminó con tres mil vidas humanas en las Torres Gemelas.

El Pentágono arrojaría bombas nucleares “limpias” para destruir instalaciones iraníes instaladas hipotéticamente bajo tierra, pero sus efectos serían muy sucios: cada estallido crearía un cráter de radiaciones letales que se extenderían por una zona muy vasta. Según el Consejo Nacional de Investigaciones norteamericano, si se arrojaran en un área densamente poblada causarían la muerte de varios miles a centenares de miles de personas, de acuerdo con el potencial de la bomba (National Research Council, “Effects of Nuclear Earth-Penetrator and Other Weapons”, Washington, DC, www.nap.edu, 2005). Está claro de qué tipo de limpieza se trata.

Irán congeló durante dos años y medio su programa de desarrollo nuclear con fines pacíficos declarados mientras se prolongaban las negociaciones diplomáticas con representantes de Londres, París y Berlín. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) de las Naciones Unidas llevó a cabo no pocas inspecciones sorpresivas de las instalaciones nucleares iraníes sin detectar elementos que permitan aseverar que Teherán persigue la fabricación de armas nucleares. Da igual y cabe preguntarse por qué la Casa Blanca se empeña, como ocurrió con las armas de destrucción masiva de Irak, en agitar un fantasma que no existe. La contestación se reduce a una sola palabra: petróleo.

Es notorio que Irán posee enormes reservas de oro negro y las de gas natural son las segundas en importancia del mundo. Su ocupación militar entrañaría el control de EE.UU. sobre la costa este del Golfo Pérsico y el sur de la cuenca del mar Caspio, las zonas de mayor concentración de esas reservas. Como el control militar norteamericano existe ya en parte de esa cuenca y en el corredor afgano-pakistaní que permite vincularla con el océano Indico, así como en puntos clave del Golfo (Arabia Saudita e Irak), Washington pasaría a dominar de manera absoluta la producción y las reservas de hidrocarburos más importantes del planeta y, por ende, la economía mundial. Y sin necesidad de socio alguno. No es poco, pero no es todo.

El petrodólar domina el mercado mundial del producto, con gran beneficio para los gigantes occidentales del ramo: a cambio del hidrocarburo extranjero, a Washington le basta imprimir más billetes verdes, sobrevaluados en un 40 por ciento según los expertos. Hete aquí que Irán ha comenzado a vender su petróleo en euros y proyecta abrir en marzo próximo una Bolsa de Valores cuyas operaciones se realizarán en la moneda europea. Una pérdida aun parcial del dólar como divisa dominante del comercio energético mundial conducirá a su devaluación abrupta y al aumento de las tasas de interés. EE.UU. “se encontrará entre Escila y Caribdis, entre la deflación y la hiperinflación”, con consecuencias desastrosas cualquiera sea la alternativa que elija (Information Clearing House, 19-1-06). Una agresión militar norteamericana contra Irán tendría efectos igualmente desastrosos en la economía mundial.

Se impone reconocer que la retórica antiiraní del gobierno Bush está rindiendo frutos internos, como revela una encuesta realizada este mes por The Pew Research Center de Washington (people-press.org, 7-2-06). A la pregunta acerca de qué país representa el mayor peligro para EE.UU., un 27 por ciento ubicó en primer lugar a Irán; apenas hace cuatro meses, esa proporción era del 9 por ciento. Siguen China, Irak y Corea del Norte en orden decreciente. La encuesta registra una curiosidad: el 5 por ciento de los interrogados opinó que el país que representa el mayor peligro para EE.UU. es el propio EE.UU., más que Al Qaida (4 por ciento), Rusia (3 por ciento) y Japón (1 por ciento). Cosas veredes.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-63329-2006-02-19.html

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Burgos: el descuartizador de Constitución

Archivado en Cronicas rojas por Alvaro Abos • Fecha: 19-02-2006 00:00:00

Primero fue el torso, después las piernas, más tarde la cabeza. Corría el verano de 1955 cuando estos macabros hallazgos espantaron a los porteños. Era el cadáver despedazado de una mucama de 27 años que había encontrado la muerte de la mano del amor

¿Qué novedad traía el carnaval de 1955? Ninguna, pensaban los periodistas en aquel tórrido febrero. Salvo que el disfraz de moda ya no era el del Zorro, ni el de oso Carolina, sino el de marciano con antenitas. Los mejores bailes fueron los del Club Comunicaciones, donde tocaron las orquestas de Ray Nolan, Ary Barroso y Aníbal Troilo. Aquel verano, Pichuco estrenó Fangal, un tangazo póstumo de Discépolo.

Sin embargo, aquel verano que pintaba para aburrido sería luego recordado como… el verano del crimen.

La mañana del viernes 19 de febrero de 1955, en un paraje llamado Loma Hermosa, a cuatrocientos metros de la estación Hurlin­gham, en el noroeste del Gran Buenos Aires, un cura que caminaba cerca de la fábrica de cajas de cartón La Holandesa había encontrado el torso de una mujer descuartizada.

La luz roja se encendió en las redacciones. El viernes siguiente, 26 de febrero, en un desolado rincón del sur de la ciudad, donde se juntan la avenida Cruz y la calle Pedernera, se encontró un envoltorio similar: eran las dos extremidades inferiores, desde el pie hasta la rodilla, además de un muslo.

El horror se desató en Buenos Aires cuando, pocas horas después, un marinero de la chata Sheop, que navegaba por el Riachuelo, avistó un objeto raro que flotaba a la altura de la calle Martín Rodríguez. La Prefectura rescató un canasto de alambre con el consabido paquete: contenía una cabeza de mujer, los brazos, alguna ropa.

Comenzaron a circular todo tipo de rumores. ¿Eran los restos de una única mujer o de varias? ¿La ciudad estaba amenazada por un asesino feroz, un Jack el Destripador porteño? La prensa filtraba con cuentagotas detalles macabros que erizaban a la población y multiplicaban la psicosis. El asesino había limado las yemas de los dedos de su víctima. Los envoltorios no tenían ni una gota de sangre. ¿Dónde había sido asesinada? Una primera conclusión se imponía: la habían matado, desangrado y después cortado en partes.

Se convocó a los mejores forenses, como el doctor Francisco Fablet, para que analizaran los restos. El médico respondía así las preguntas de la prensa:

–¿Cómo fue despedazada la mujer?

–Con un serrucho y por lo menos dos cuchillos. La cabeza fue seccionada en el nivel de la quinta vértebra cervical.

–¿El asesino tenía conocimientos para realizar esas mutilaciones?

–Podría ser, pero no es seguro.

Muñeca rota

En la Morgue Judicial de la calle Viamonte, los restos fueron "rearmados" como pedazos de una muñeca rota. La cabeza había estado sumergida en el agua del Riachuelo varias semanas. Ni siquiera se distinguía el color de los cabellos. Algunos porteños hicieron horas de cola en la puerta de la Morgue para ver el cuerpo.

Los cirujanos del hospital Argerich advirtieron un detalle revelador. La mujer muerta tenía una cicatriz en el hombro que sólo podía provenir de una operación poco común: una osteosíntesis, destinada a solucionar una fractura de clavícula. Había dos cirujanos que practicaban esta cirugía en la Argentina. Así fue identificada la mujer cortada en pedazos.

Se llamaba Alcira Methyger. Veintisiete años. Nacida en Salta. Empleada doméstica. Había sufrido un accidente de tránsito en 1954, por el cual había sido operada. Ultimo domicilio conocido, Bernardo de Irigoyen al 1500, la casa de sus patrones, una familia que veraneaba todo el mes de febrero en Mar del Plata. Antes, Alcira había vivido en el Hotel Gran Sur, de la calle Chacabuco, frecuentado por trabajadores del interior. Allí aún habitaba Ana Urbana Methyger, también doméstica.

–¿Usted es la hermana de Alcira Methyger? –preguntó el comisario Evaristo Urricelqui, jefe de Homicidios.

–Sí, ¿por qué?, ¿qué pasó?

Una Ana Urbana Methyger en estado de shock reveló que Alcira tenía varios novios. El último se llamaba Ramaroso, y fue detenido en un espectacular procedimiento, pero nada tenía que ver con el crimen.

Al fracasar la pista de Ramaroso, los investigadores apuntaron a un hombre de 36 años llamado Jorge Eduardo Burgos. Trabajaba como corredor de una pequeña empresa papelera y encuadernadora, propiedad del padre. Estaba relacionado hacía diez años con la Methyger y era muy conocido por los allegados de ésta. Ana Urbana Metyhger se lo señaló a la policía y lo mismo hizo Berta Saavedra, otra amiga íntima de la infortunada, también doméstica, que estaba en Mar del Plata y que agregó este detalle: Alcira era pretendida por Jorge Eduardo, pero ella lo había rechazado porque en su vida había aparecido "otro hombre".

Burgos vivía con sus padres en un departamento del tercer piso en la avenida Montes de Oca 280. Tenía un buen nivel cultural, ya que había terminado el secundario y luego había completado el estudio de varios idiomas, en especial el inglés. La policía se dirigió al domicilio de los Burgos. Era el 16 de marzo de 1955. En la casa vivía también una hermana bastante más joven. Para la familia fue una sorpresa tremenda que la policía buscara al hijo mayor.

Pero, ¿dónde estaba Burgos?

Había viajado a Mar del Plata para pasar una temporada de descanso. Iba en El Marplatense, el tren nocturno que paraba en Dolores y en Maipú. Varias comisiones salieron para allá, perforando la noche de marzo en la llanura. Cuando los coches frenaron en la estación de Dolores, se alejaba el farol rojo del último vagón.

Redoblaron la carrera y llegaron a Maipú a tiempo. No querían delatar su presencia. La policía no sabía con quién iba a encontrarse. ¿Quizá con un hombre violento que vendería cara su libertad? Pronto individualizaron a la presa: un hombrecillo de rostro mofletudo y anteojos de intelectual que dormitaba tranquilo en su asiento. Urricelqui y los demás detectives lo detuvieron cuando el tren llegó a Mar del Plata y lo llevaron de vuelta a Buenos Aires, donde quedó detenido en el Departamento de Policía.

Burgos habló. Conocía a Alcira desde el año 1944, cuando ella, recién llegada de Salta, alquiló una pieza en el departamento de la familia de él. Cuando Alcira se fue de la pieza siguieron viéndose. Burgos, con la verborragia propia de las homicidas que confiesan, siguió así su relato: discutían porque ella quería "concretar" y él dudaba. Durante febrero, la familia Burgos se había ido de vacaciones a Necochea. Jorge Eduardo quedó solo en su casa. Burgos narró los paseos de la pareja durante aquel verano. Las visitas al departamento. La discusión, aquella noche de febrero en Montes de Oca. La carta de otro hombre que él había descubierto en un libro que tenía Alcira en la cartera. La pelea feroz, los dientes de ella apretándole un dedo. La furia de él, que para desprenderse le aprieta el cuello, y la caída. El pánico, cuando se da cuenta de que ella no respira. El cuerpo desnudo de Alcira en la bañera, Burgos que se saca la ropa para descuartizarla. Las ocho horas que le lleva cortarla en pedazos. Los paquetes. Los viajes en colectivo para arrojar los bultos en distintos lugares.

Un hombre enjaulado

El comisario Plácido Donato, hoy retirado, que había ingresado poco antes a la Policía Federal, recuerda a Burgos detenido.

–Estaba sentado, temblando como un chico, con los ojos cerrados, los dientes apretados –recuerda Donato–. Lo descubrí cuando me mandaron a cuidarlo. La policía temía que pudiera suicidarse… Llegaban policías desde todos lados para observar al curioso ejemplar de hombre enjaulado. Algo que ocurrió imprevistamente me llenó de piedad. El "curioso ejemplar" me tocó el brazo levemente. Una lágrima corría por su rostro. Burgos me susurró: "Papá… Mamá… Ellos estaban en Necochea. Felices estaban… Mire ahora qué lío…"

A mediados de marzo de 1955, la policía llevó a Burgos a Montes de Oca 280 para que reconstruyera el crimen. Una mujer policía cumplió el rol de Alcira. El asesino volvió a narrar minuciosamente sus pasos. Cuando se difundió entre el vecindario la noticia de que él estaba allí, se reunió una verdadera multitud que pretendía lincharlo. La policía tuvo que empeñarse para protegerlo.

Durante los meses siguientes, los porteños siguieron hablando del caso Burgos.

Los martes y viernes se publicaba la revista Ahora, especializada en crímenes y noticias del espectáculo. Estaba muy mal impresa, aun para la época. Sin embargo, la compraban con puntualidad miles de lectores. Ahora dedicó muchas páginas al crimen y todos sus avatares.

Los dos bandos

Mientras el caso se dilucidaba en los Tribunales, se desenvolvió otro capítulo del crimen. La sociedad se dividió entre los que apoyaban a Alcira y los que eran partidarios de Burgos. Comenzaron a llegar a la redacción de Ahora cartas de lectores que se identificaban con uno u otro. Para algunos, Alcira Methyger, doméstica, provinciana, había sido engañada por un joven culto y de buenos medios económicos. Jorge Burgos representaba, para esos lectores, el prototipo del seductor irresponsable, del rico que, tras divertirse con una "morochita", la había asesinado y, sin la menor piedad, luego la había despedazado.

Otros lectores, en cambio, simpatizaban con Burgos: Alcira era una arribista que había embaucado a un buen muchacho, tímido, apocado, culto, al que la pasión perdió. Dando por descontado que el crimen de Burgos había sido preterintencional (no deseado), como alegaba el asesino, muchos lectores lo veían más cómo víctima que como verdugo.

No hace falta mucha perspicacia para vislumbrar en esta polémica el conflicto social latente en la Argentina de 1955, dividida en dos mitades irreconciliables: peronistas y antiperonistas, cabecitas negras y gorilas. Se incubaba un otoño en el que aquella división estallaría con violencia.

La historia barrió con las peripecias del crimen de Burgos. Al mediodía del 16 de junio de 1955, aviones navales sobrevolaron la Plaza de Mayo y bombardearon la Casa de Gobierno. Intentaban asesinar al presidente Juan Domingo Perón. Centenares de personas, peatones y manifestantes, cayeron muertos en la Plaza de Mayo. La revista Ahora dedicó sus páginas principales a las espeluznantes fotos de esta masacre. Del caso Burgos no volvió a hablar.

El 16 de septiembre de ese mismo año, un golpe militar echó a Perón. Y un mes después, el 19 de octubre, salió a la calle una nueva publicación con las mismas características de la anterior. Se llamaba Así y la dirigía Héctor Ricardo García. Pero el caso Burgos ya no volvería a las primeras planas.

El juez de sentencia lo condenó a veinte años de prisión por homicidio simple. El descuartizamiento, conforme a la teoría sentada en el caso Donatelli, no era una forma de crueldad sino el intento de escapar del castigo. El magistrado debía aplicar la pena optando entre los extremos que señala el artículo 79 del Código Penal para la figura de homicidio: de 8 a 25 años. Lo condenó a 20.

Cuando el caso llegó a la Cámara, los argumentos de Burgos –su explicación sobre la pelea y su perfil de buen ciudadano– pesaron. La Cámara rebajó su pena a 14 años.

En la cárcel observó una conducta ejemplar. Se convirtió en un hombre religioso.

Por eso, en 1965 fue beneficiado por la libertad condicional. Había permanecido diez años y ocho meses en prisión. Burgos regresó a la casa de Montes de Oca. Se negó sistemáticamente a hablar con los periodistas que lo acosaban. Sólo recibió a un redactor y a un fotógrafo de Primera Plana, con los que habló en el comedor del departamento. No les permitió pasar al baño en el que había descuartizado a Alcira.

Extrañas coincidencias

Primero fue el horror. Pero después el caso Burgos provocó la fascinación de varios escritores. Era un crimen "literario": ¿por qué? Su diseño parecía un desafío a la sociedad o el juego de una mente perversa. También llamó la atención la extraña coincidencia de nombres. El ensayista Jorge B. Rivera escribió en 1991: "Sólo ahora, con el paso de los años, podemos advertir una simetría curiosa, prescindible o caprichosamente erudita, que en aquellos días era secreta o puramente premonitoria: el nombre Jorge Burgos, un corredor de libros homicida, prefigura el de Jorge de Burgos, el asesino múltiple de El nombre de la rosa, que custodia una biblioteca y un libro (y se enlaza con el de Jorge Luis Borges, bibliotecario y escrutador de grandes figuras universales de la infamia)".

El nombre de la rosa, la novela que Umberto Eco publicó en 1980, nació en Buenos Aires, en una librería de viejo de la calle Corrientes, donde Eco encontró un manuscrito. Hecho que Jorge Luis Borges, de quien Eco se reconoció lector devoto, usó varias veces. Constitución y Barracas, los barrios donde transcurrió el caso Burgos, fueron escenarios recurrentes en las ficciones de Borges. Una de sus obras maestras, el cuento El Aleph, comienza en la estación Constitución, en cuyo bar solían encontrarse Alcira y Burgos. El Aleph era un objeto que contenía el universo entero y Borges lo situó en la calle Garay, la misma en la que vivió Alcira Methyger cuando vino de Salta. El parque Lezama, por cuyas avenidas pasearon de la mano Burgos y Alcira, también vio pasar, quizás unos años antes, al joven Borges con su novia Estela Canto…

Como contagiados por este clima literario, varios de los protagonistas de esta historia escribieron sobre ella. El comisario Evaristo Manuel Urricelqui, a quien sus acólitos llamaban El Vasco, ya jubilado, publicó algunos libros de cuentos. Otro Evaristo –Meneses– se convirtió algo después en célebre policía: en 1955 era detective de la sección Capturas y participó en algunas diligencias del caso Burgos. En sus memorias, publicadas en 1962, da su versión de este caso. Gracias a Meneses, que integraba la comisión que allanó la vivienda de Burgos en la avenida Montes de Oca, conocemos algunos de los títulos que guardaba la biblioteca del asesino: The Criminal Law, Best Crimes Stories, Murder Charge, Murder and Treason, Dead Wight, If I should Murder. La mayoría de estos libros, señala Meneses, "se referían a crímenes de mujeres, por lo que separé más de cuarenta". Aun resta otra sorpresa. En esa biblioteca estaba El asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas de Quincey, uno de los libros que más le gustaban a Borges

Otro policía escritor, Plácido Donato, evocó el crimen de Alcira Methyger en sus Confesiones de un comisario. El propio Burgos no se quedó atrás. Mientras esperaba la sentencia definitiva, publicó un libro de 64 páginas titulado Yo no maté a Alcira. Llevaba el sello de la ignota editorial BM y la tapa estaba ilustrada con la foto del autor y este subtítulo: Escrito desde la cárcel. El volumen, hoy ávidamente buscado por los coleccionistas, es un relato bastante rosa de los amores entre Burgos y Alcira. Su autor reitera lo que dijo siempre: Alcira y él pelearon, ella le mordió un dedo, él sin darse cuenta le apretó la garganta, para percatarse luego de que ella había muerto. Luego, dominado por el pánico, la descuartizó.

La hipótesis del asesino serial

¿Fue Burgos víctima de las circunstancias? ¿Era un buen hombre al que un momento de locura arruinó la vida? ¿O fue uno de los más peligrosos e inteligentes asesinos al que sólo una brillante investigación impidió cometer el crimen perfecto? Plácido Donato, en su despacho de directivo de Argentores, evoca no sólo su memoria personal del caso, sino sus muchas conversaciones con Urricelqui y demás policías que lo resolvieron. El autor de varios libros hoy agotados, además de guiones de TV y cómics, revela al cronista un dato que nadie consignó.

–Cuando la comisión apresó a Burgos en el tren que iba a Mar del Plata, el asesino no iba a descansar, como él mismo decía.

–¿A qué iba?

–Iba a "terminar" con una íntima amiga de Alcira.

Por Alvaro Abos

Próxima entrega: Norma Penjerek

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Un atleta de los sentimientos

Archivado en Corazones desatados • Fecha: 19-02-2006 00:00:00

Un hombre se jacta de no creer en el amor y tiene miles de romances instantáneos a lo largo de toda su vida. Por su carácter inconquistable, las mujeres caen a sus pies e intentan regenerarlo. Pero él se las saca de encima y se ríe de todo. Al final todos se llevarán una sorpresa

Dardo era el héroe mítico de Fernández. Practicaba el difícil arte del diseño gráfico, enamoraba a todas las mujeres y afirmaba con naturalidad que el amor no existía. A Fernández no se le daba por el diseño, ni era un mujeriego ni descreía del sentimiento más noble, pero de joven le fascinaba que alguien pudiera llevar adelante esa vida con total felicidad, y se divertía escuchando sus desaprensivas hazañas.

El diseñador se dedicaba a tocar timbres: coqueteaba todo el tiempo con todas. Era alto y apuesto, tenía aplomo varonil y un hado irresistible de artista libertario, y en sus redes industriales quedaban atrapados centenares de peces gozosos y ciegos.

Su gran atractivo, sin embargo, radicaba precisamente en ese carácter inconquistable que transmitía. Las mujeres intentaban acampar en su casa, o volver seguido a ella. Muchas buscaban enamorarlo para siempre y regenerarlo, y ponían increíble empeño en ese desafío supremo del ego femenino. Pero Dardo despedía sin pestañear a todas y a cada una, y tenía para sí mismo un código inquebrantable: cuanto más te gusta, más rápido tenés que sacártela de encima. Hay un túnel interno que comunica los pantalones con el corazón, y no hay que dejar nunca que el veneno se te meta en los ventrículos. Se refería, claro está, al veneno del amor, que suele subir por el vientre y el ombligo e instalarse en la zona del pecho. Pero con los años fue más lejos: abominaba incluso de la mera posibilidad de "encariñarse", aseveraba que él era un milagro de la ciencia porque no tenía corazón y se reconocía como "un atleta de los sentimientos", por el simple hecho de no tener ninguno.

El atleta saltaba obstáculos y jamás se despeinaba. Trataba de disuadir a sus amigos de que no se casaran y los iba abandonando cuando ellos caían en esa oscura traición. Era como si Dardo fuera eterno y como si sus amigos fueran muriéndose y dejándolo solo en esa eternidad de amores fugaces. Amores de una semana, de una noche, o a veces de un ratito. En el único amor que creo es en el amor propio –rectificaba, didáctico, en las mesas de los bares–. Me quiero demasiado como para sufrir por alguien, y nunca me arrepiento de lo que hago. Tengo que decir, en mi defensa, que no miento y que jamás prometí nada. Así que cuando se vuelven pesadas las fleto, y por lo tanto nunca, pero nunca, he sufrido penas de amor.

Cuando Fernández le contaba sus penas, el diseñador se indignaba. Creía que la gente utilizaba la palabra "amor" con obscena impunidad. Para Dardo, el amor resultaba inexplicable porque no existía. Admitía que existían, a lo sumo, el sexo, la seducción, la química, el compañerismo, la posesión y la amistad sensual. Pero el amor era un recurso literario para nombrar ese híbrido de deseos terrenales.

Una secretaria puritana y tímida, que había sido seducida por Dardo en una oficina cerrada, le había confesado alguna vez a Fernández que, a punto de pecar, ella le había hecho un planteo existencial: Bueno, Dardo, está bien, vamos adonde quieras. Pero después, ¿qué? Dardo le había respondido: ¿Después? Después nos bañamos.

Fernández intentó una vez acorralarlo con un argumento de peso:

–Pero entonces vos nunca sentís esas deliciosas palpitaciones del amor, Dardo.

–Sí, las siento.

–¿Cuándo? ¿Con quiénes?

–Siempre. Con todas.

Entre todas, hubo algunas especiales. No porque lograran el mínimo avance, sino por los creativos modos de presión que ejercieron sobre las corazas del gran escapista. Una peluquera le envió una carta por día durante todo un año: Dardo las arrojaba a la basura sin abrirlas. Una fotógrafa lo amenazó durante semanas con suicidarse: Dardo le recomendó que probara con el prozac. Una empresaria le ofreció un sueldo hasta la vejez: Dardo se declaró un orgulloso cuentapropista. Una artesana de Plaza Francia se instaló con valijas y todo en el umbral de su casa: Dardo la hizo desalojar con los bomberos voluntarios de La Boca. Una dentista lo amenazó con una demanda judicial por violación: Dardo la querelló por intento de extorsión y le sacó cincuenta mil pesos. Una profesora de inglés le quiso endilgar un hijo: Dardo le envió una fotocopia que certificaba una temprana vasectomía.

Dardo tuvo algunos problemas con el teléfono hasta que un día lo arrancó de un tirón, lo guardó en el placard y devolvió la línea. Vivía de vacaciones perpetuas en un departamento antiguo y pasaba gran parte de sus días en redacciones y bares, de modo que era fácilmente ubicable en aquellos números. Por lo demás, disfrutaba de la soledad y de la buena música, y no lo atacaba siquiera la depresión del domingo por la tarde. Decía Aristóteles que para vivir solo era preciso ser un animal o un dios, o ambas cosas. Dardo citaba de vez en cuando ese aforismo y negaba con énfasis rumores acerca de su juventud. Se decía, Fernández lo había escuchado alguna vez, que a los dieciocho años Dardo se había casado con una chica de San Telmo y que habían vivido meses de dicha y amor convencional. Hasta que un día, de buenas a primeras, sin mediar discusiones ni dudas ni infidelidades ni conflictos, la chica le dijo que se había muerto el amor y que debían separarse de inmediato. Contaba la leyenda que Dardo había llorado un año entero y que había tomado la decisión de no caer nunca más en esas turbias trampas de las mujeres.

El diseñador se reía a carcajadas de aquella triste historia y la negaba con displicencia. No, mi queridos, yo, como decía Borges, nunca me rebajé al sentimentalismo. Lamento decepcionarlos. Nunca me entregué. No soy como vos, Fernández, que si no tenés un problema te lo inventás. Vos sos un discapacitado de los sentimientos. Yo soy un atleta.

Fernández dejó de verlo en 1997, cuando Dardo se mudó a la capital de Asturias para trabajar en un periódico. Ya era un noble anciano de gran apostura, se trataba de una oportunidad histórica, nada lo ataba a Buenos Aires y la recesión argentina prometía lo que luego se cumplió: una catástrofe. Le hicieron una despedida en un restaurante de Caminito y lo acompañaron hasta Ezeiza, donde les dejó un último consejo, que se parecía muchísimo al primero de todos: Háganme caso, giles, rieguen el amor propio; es el único jardín que no da espinas. Hasta la victoria siempre.

Durante siete años sólo intercambiaron e-mails esporádicos. Pero Fernández, por razones familiares y periodísticas, terminó recalando en Oviedo, y arreglaron por teléfono una cita para un viernes feriado en una playa de Gijón. La conversación telefónica había sido rápida y profesional: Dardo tenía dos trabajos y un tercero los fines de semana. Hablaba con algunos modismos españoles y se lo notaba algo fatigado. Fernández tomó el autobús e hizo un cálculo rápido: el diseñador tenía setenta y un años.

Era una mañana cálida y el Cantábrico traía un azul profundo. Fernández se descalzó para bajar a la arena, caminó al sol y de pronto vio en las orillas al diseñador gráfico. Llevaba unos shorts desteñidos y una barba rala que lo envejecía. El esqueleto le sobresalía como a un muerto por inanición y colgajos de carne arrugada le asaltaban el pecho, la barriga y los brazos. Parecía un pajarraco arrojado a esas costas por un huracán. Andaba de aquí para allá, con la lengua afuera y dos baldecitos y tres palas, corriendo a cinco chicos que le hacían todo tipo de diabluras. Dardo los ayudaba con las torres del castillo de arena, los limpiaba, los consolaba, laudaba a los gritos para que no pelearan y los corría para que no se metieran mar adentro. Una magnífica mujer de cuarenta, que tomaba limonada bajo una sombrilla leyendo Hola, le daba instrucciones a viva voz, y Dardo las acataba brillando de sudor y respirando con dificultad. Parecía una reina con cinco hijos caprichosos y un vasallo obediente. Fernández estuvo a punto de retroceder hasta la calle y perderse, pero el atleta de los sentimientos se le acercó, jadeante, le puso una mano en el hombro y le dijo: Lo siento, me enamoré.

fernandez@lanacion.com.ar
Fernández

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"El porteño vive añorando, pero le cuesta conservar su ciudad"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 19-02-2006 00:00:00

MARTA ZATONYI, FILOSOFA

A los habitantes de Buenos Aires les falta una "educación en arquitectura": una forma de mirar y de preservar que les permita gozar de una ciudad que concentra tantas tradiciones y es única por sus rasgos.

Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com

Caminar sin rumbo a veces es un modo de descubrir y de sentir intensidades. Andando por la Ciudad de Buenos Aires, ¿qué se siente, qué se puede descubrir?

—Para ir descubriendo hay que entrar. Y es diferente lo que se experimenta desde el avión a la visión que da el barco o alguna forma de automotor. Por avión se percibe la fuerza de una ciudad ortogonal, con su ordenamiento ajedrezado. Se ve la unidad, las marcas heredadas de la tradición de los romanos y los babilónicos —Babilonia fue la primera ciudad ortogonal—. Esa historia llega a América por Felipe II, que impone sus 149 leyes, muy estimulado por La ciudad de Dios de San Agustín, donde se exaltaba a la ciudad romana como ciudad perfecta. Y eso llega a América como modelo, ciudad ideal, utopía que se le impone a una cultura. Nunca viví en una ciudad perpendicular —vengo de Europa—, y no tenía ninguna idea de qué es ver desde arriba una ciudad ortogonal. Cuando llegué, en 1969, me alucinó. Fue como sentir el orden, la capacidad del hombre para imponer la geometría sobre superficies diferentes. Después aprendí que no era así. Hay una macromirada y una micromirada: cuando se camina, se aplica la micromirada. Pero, de alguna manera, lo aprendido desde la macromirada sube por los pies al cerebro y al corazón, y si no tenemos la micromirada, no hay una conciencia de por dónde caminamos. Desde el aire, desde el avión, se puede tener esa macromirada sobre una realidad abstracta, utópica. Tuvieron que pasar siglos para que lo que soñaron San Agustín y Felipe II se pueda ver, como lo hace uno, desde el avión.

# ¿Cómo resulta entrar por barco?

—Para una europea como yo es muy curioso.En realidad, hace muy poco que le otorgo alma pluvial al agua del Río de la Plata. Siempre pensé: "Estos porteños piensan que eso es un río, pero yo sé que es mar, porque semejante masa de agua no puede ser río". Un río europeo tiene como mucho un kilómetro de ancho.

# ¿Y la experiencia de entrar en auto?

—El auto es el medio más difícil, porque no nos permite caer —como el avión— en la abstracción de las pautas urbanísticas utópicas. Por auto, uno tiene que pasar por barrios muy pobres y villas miserias alternadas con barrios de lujo. Yo sé que la brecha está mucho más abierta que antes, pero también sé —lo sentía— que las primeras veces, cuando salí y entré a Buenos Aires, ya me llamaba la atención ese verdadero tajo. Es que en Europa no veo villas miseria, pero tampoco estas casas y estos barrios despampanantes, ostentosos. Hay barrios más pobres y más ricos, pero no esta diferencia, este desequilibrio tan grande. Entrar en auto, por ruta, es algo desgarrador. No es mágico ni alucinante, sino algo muy real. De alguna manera, entrando y saliendo de la Ciudad de Buenos Aires por auto, uno acompaña la historia de estas diferencias. Hace poco volvía de La Plata, y parecía una situación de película norteamericana: una autopista maravillosa y nubes oscuras con un borde dorado brillante. La belleza del cielo acompañaba la belleza de la velocidad de una autopista agradable. Pero también estaban las villas miseria a la derecha y a la izquierda, junto con numerosos anuncios de publicidad de autos. Al entrar en Buenos Aires aparecen los edificios de arquitectura neoliberal, y uno no puede evitar preguntarse cuántos Buenos Aires existen y desde dónde uno mira. Desde dónde se ubica para valorar esta Buenos Aires; desde dónde para quererla o rechazarla tontamente, o para verla y criticarla sabiamente.

# ¿Por qué la quiere usted?

—Por tantas cosas... Una de las más impactantes es que, así como abre brechas, también une. Por ejemplo, une pinos y palmeras. Creo que es única en el mundo esta unión del norte y del sur, del trópico y del proyecto nórdico. Buenos Aires es polifacética y compleja, aun con su relativamente cortita historia. En realidad, Buenos Aires es una frontera.

# ¿Piensa en las oposiciones y diferencias dentro de un mismo barrio? ¿Los barrios perdieron su perfil, cierto carácter que los distinguía?

—Yo pienso que el barrio preserva y sostiene pautas morales que suelen ser resabios, reminiscencias del pasado. Lloramos por los barrios, y los añoramos incluso de una manera romántica. Siempre decimos que el barrio era hermoso. Pero no sé si lo era tanto... En el barrio había, por ejemplo, un sistema de vigilar y castigar. Recuerde que se controlaban y se estigmatizaban infinidad de conductas del vecindario. Nada de eso es tan manifiesto en la ciudad actual, de mucha gente, mucha energía, mucho movimiento. Quizá hay demasiada añoranza por algo que tal vez nunca existió. O que cuando existió, no era idílico.

# Los que añoran el barrio suelen añorar también el tango...

—No entendí el tango durante muchos años, pero poco a poco me enamoré de él. El tango se ubicó en un lugar comparable al del jazz, originado desde un nivel algo cloacal, de prostíbulo, de esclavos, con instrumentos descartados... En este borde horadado van a ir mezclándose la delincuencia, la añoranza, el trabajo, la mafia y el arrabal. En el tango hay un llanto por algo que nunca se tuvo: una madre, una mujer. Al porteño le gusta llorar por algo que nunca tuvo, haciendo como si lo hubiera tenido. Vive añorando lo que nunca tuvo.

# Querer el pasado, en términos edilicios, conservar y recuperar estilos, ¿es un privilegio para pocos?

—Parece que sí. Sobre todo, porque falta la educación de mirar la arquitectura. Muchas construcciones de los barrios —o lo que sobrevivió de los barrios— son preciosas. Las escuelas prima rias, la casa chorizo, por ejemplo, que es una tipología hermosísima. Le Corbusier la valoraba. Ahora se la descubrió, después de destruir no sé cuántas. Si hablamos de reciclar construcciones, algunos tienen el privilegio de hacerlo y bienvenido; gracias a eso hay casas que sobreviven y se salvan de la demolición. Ojalá hace cincuenta años se hubiera hecho lo mismo, en vez de abandonar y demoler tanto. Insisto: no hay una educación para valorar a una Buenos Aires que quiere parecerse a Europa pero no es Europa, que no quiere ser latinoamericana pero es latinoamericana. Falta un conocimiento que sustentaría un descubrimiento amoroso. Falta crear una posibilidad amorosa que permita entender nuestras tipologías de casa y de edificios y valorarlas. El fenómeno de huir de Buenos Aires hacia countries y a barrios privados, dándole la espalda a la ciudad, muestra una arquitectura errada de clase dominante.

# Pero la cultura de los sectores populares también cambió. Esas casas chorizo, esos frentes tan trabajados del pasado, son obras hoy infrecuentes.

—Es cierto. Muchas de esas obras son el resultado de maestros mayores de obra, o albañiles en Italia que acá devinieron maestros mayores de obra. Cargaban con siglos de tradición. Pero, ¿ve? Ahí también hay cruces y fronteras. Aunque la fachada sea italiana, la casa chorizo viene de la casa colonial, cortada en la mitad, que a su vez llega de los romanos. Estas hibridaciones son sólo posibles en la periferia. En esta periferia que es Buenos Aires se permite el maridaje de la memoria española e italiana, con elementos que evocan ciudades alemanas y francesas.

# Caminar, perderse en Buenos Aires, parece hoy haberse llenado de temores. ¿Ya se disipó la felicidad de encontrar lo inesperado?

—Le repito, vine en 1969, y el segundo día, en el subte, vi cómo un chico arrebató una cartera a una señora. Y hace pocos años, viniendo de Quilmes, un chico también me quiso arrebatar una cartera. Yo, por lo menos, no voy a permitir que ningún fenómeno social o individual me arrebate mis costumbres, mis ganas de caminar sin rumbo, mi vida. No hay ciudad en este mundo donde la seguridad sea absoluta. O sí, yo conocí espacios seguros, ahora recuerdo: Hungría durante el socialismo. Solamente había que salir con la cédula de identidad y cuando venía la policía, había que entregarla. No había inseguridad. Bajo la dictadura militar, en Argentina había seguridad, pero también desaparecidos. Ni uno mismo ni las ciudades pueden encerrarse.

Copyright Clarín, 2006.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/02/19/z-04015.htm

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"Los argentinos siempre tienen la fuerza para renacer"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 18-02-2006 00:00:00

Lo afirma el médico y psicoanalista Juan David Nasio, alumno de Lacan

Médico psiquiatra y psicoanalista, el doctor Juan David Nasio lleva casi cuatro décadas viviendo en París, donde llegó en 1969, luego de obtener una beca para hacer una pasantía en la prestigiosa Escuela Freudiana de París, fundada por Jacques Lacan, de quien, con el tiempo, se convertiría en uno de sus alumnos predilectos.

Nasio se declara sorprendido por la vitalidad y la fuerza de los argentinos para “renacer cuando todo parecía perdido”. Con relación a su largo ejercicio de la profesión, compara a los psicoanalistas con violinistas que son capaces de vibrar en la misma longitud de onda que sus pacientes. Oriundo de Rosario, hijo de un gastroenterólogo que supo combinar su devoción por la práctica médica con una visión humanista de la vida, a los 11 años ya colaboraba con su padre, calmando a los pacientes que debían ser sometidos a las dolorosas esofagoscopias de la época. “Creo que ahí nació el psicoanalista que soy hoy”, dice.

Es autor de 22 libros, que han sido traducidos a 14 idiomas, entre ellos el japonés y el coreano. Francia ha reconocido su contribución a la difusión de la cultura francesa en el exterior y le otorgó galardones, como la Legión de Honor y la Orden del Mérito. Son homenajes que, si bien lo llenan de satisfacción, no le permiten dejar de lado el orgullo que le produjo ser designado ciudadano ilustre de su ciudad natal, Rosario.

Nasio es un hombre fácil de abordar, calmo, elocuente y riguroso. Su vida profesional fue signada por quienes considera sus dos grandes maestros: el psiquiatra Mauricio Goldenberg, con quien comenzó sus prácticas en el Servicio de Salud del Hospital Lanús (hoy Eva Perón), y el ya mencionado Lacan. El resultado de estas influencias está a la vista. De Lacan tal vez provenga su rigurosidad sin concesiones y su humildad para reconocer que nunca se sabe lo suficiente. De Goldenberg, cuyo recuerdo permanece imborrable, la ductilidad, la capacidad de diálogo con el paciente (aptitud que sólo volvió a encontrar en Françoise Dolto) y una ausencia total de arrogancia.

Juan David Nasio no es hoy ni Lacan ni Goldenberg, sino él mismo, con sus propias técnicas y teorías. Escucharlo supone internarse en un viaje que se adentra por igual en la cultura y en los laberintos de la mente humana.

-Su padre, además de médico, era un humanista y un hombre de letras que colaboraba en el suplemento cultural de LA NACION. ¿En qué medida influyó en su carrera?

-Le cuento una anécdota: en una oportunidad, el periodista Jorge Rouillon me abrió los archivos de su diario. Cuál no sería mi sorpresa al enterarme de que mi padre (porque yo no había leído sus notas; siempre es así: los hijos no leen los libros de los padres) había publicado una serie de notas sobre el tema del dolor moral en la obra de Lugones y otros escritores argentinos. Era exactamente el mismo tema al que yo me había consagrado para escribir "El libro del dolor y del amor". ¿Usted se imagina? Había pasado años estudiando una problemática extremadamente difícil, como el dolor psíquico, y me creía muy original, ya que en esa época no era frecuente su estudio en el campo del psicoanálisis, y vine a descubrir que el tema al que yo me había abocado con tanto entusiasmo y esfuerzo había sido tratado 40 años antes por mi propio padre. ¡Ahí es cuando uno cree en el inconsciente!

-¿Qué significa la Argentina para usted?

-Es la savia que corre dentro del árbol y cada vez que vuelvo a mi tierra siento que ésta se renueva. La savia es hablar con los argentinos, escuchar su voz, sentir los olores, percibir los colores, escuchar la música, el abrazo del amigo, todo es sensualidad. Cuando visito la Argentina me nutro de ella, pero también del pensamiento, porque la comunidad psicoanalítica argentina es muy estudiosa y altamente reconocida. Pero desde el punto de vista del país en sí mismo me sorprende constatar cada vez que vengo la vitalidad de mis compatriotas, la fuerza que tienen de volver a renacer cuando todo parecía perdido. De hecho, la dinámica argentina es la de avanzar y madurar a golpes de crisis sucesivas. Este modo de avanzar me recuerda una frase de René Char, que decía: "No hay progresos, sólo nacimientos sucesivos". En relación con la vieja Europa, no hay que olvidar que la Argentina tiene la suerte de ser un bebe recién nacido.

-Su maestro en psiquiatría fue Mauricio Goldenberg. Usted ha escrito que de él aprendió algo así como a "pescar" al paciente.

-Goldenberg tenía el arte supremo del diálogo con el paciente. Hoy en día, aunque a mi manera y sin darme cuenta, hago lo mismo que él. Indiscutiblemente, mi práctica lleva su sello. ¿Cuál es ese sello? Es poder escuchar al paciente, mirarlo a los ojos, recibir todo lo que ese paciente vive en su interior, poder sentirlo y, al mismo tiempo, permanecer uno mismo. Para mí, un psicoanalista es aquel que es capaz de sentir la emoción del otro, vivirla en sí mismo y, al mismo tiempo, hacer uso de toda su experiencia. Escuchar es ser capaz de dividirse entre estar con el otro y quedarse en uno mismo. El ejercicio más difícil para un profesional, y pienso que esto ocurre en todas las disciplinas, es el de la disociación. Es un arte delicado, porque a veces uno tiende a acercarse demasiado al otro y otras, al revés, se aleja fríamente.

-¿Esto podría resumirse como el arte de no involucrarse?

-No lo diría así, puesto que se trata de involucrarse y de no involucrarse. Es una parte personal que le presto al otro, a quien le digo: "Venga, que yo lo acojo. Proyéctese en mí, venga, que vamos a sentir juntos"; pero al mismo tiempo me mantengo afuera y me digo a mí mismo: "Este es un paciente psicótico, un joven esquizofrénico o una persona que sufre como ya he visto a otras sufrir". Esto es practicar la disociación. Una disociación también válida para un periodista, un filósofo, un ingeniero o un hombre de empresa. En una palabra, para todo aquel que trabaja escuchando al otro.

-¿Piensa en el caso del periodista que pierde la distancia con su entrevistado?

-El arte de la distancia es ése: es darse y, al mismo tiempo, seguir siendo uno mismo. Esto es lo que define a un gran profesional y Goldenberg lo era como nadie. Cuando llegué a Francia, lo digo con mucho orgullo, y asistí a las entrevistas de Lacan con pacientes psiquiátricos, descubrí que el gran maestro francés no sabía hacer lo que hacía Goldenberg. A pesar de ser tan joven, veía practicar a Lacan y pensaba en Goldenberg. Estuve en las presentaciones de enfermos de Lacan, donde él interrogaba al paciente; yo estaba sentado en la primera fila y tenía a Lacan al lado, igual que cinco o seis años atrás lo había tenido a Goldenberg, y comparaba a esos dos grandes clínicos. Le puedo asegurar, y no es por argentinidad [se le quiebra la voz], que siento una gran emoción cuando recuerdo las enseñanzas del maestro argentino, por la ductilidad y la delicadeza de su trato con el paciente.

-Cuando Lacan le propuso intervenir en su seminario, ¿ya había entablado una relación con él?

-Al poco tiempo de llegar a París, Lacan me pidió corregir la traducción de sus "Escritos" al español. Ese trabajo me permitió conocerlo de cerca y verlo muy seguido, porque él estaba muy interesado en que esa versión de su obra estuviera correctamente editada. Cenamos juntos varias veces, conocí su casa de campo y trabajamos juntos. Yo llegaba con mis notas y él me preguntaba: "¿Cuáles son los problemas de hoy?", y yo le contestaba, "Doctor, hoy tengo varias preguntas para hacerle a propósito de diferentes errores". El me pedía entonces que le mostrara esos errores, los examinaba y luego me explicaba. A modo de anécdota, debo confesarle que de puro pícaro llevaba a veces preguntas que no tenían nada que ver con la traducción, sólo para que él me las contestara. Esos encuentros se convertían a veces en las más lujosas lecciones particulares que recibí del propio Lacan.

-Lacan tenía fama de ser un personaje tremendamente difícil.

-Sí, era un personaje difícil, pero también extremadamente riguroso. Tan difícil como elegantísimo e impecable en su presentación. Era de un cuidado absoluto. Jamás lo iba a ver despeinado o con la camisa arrugada. Siempre vestido como un dandy excéntrico, cuello Mao y sacos extravagantes para la época. Recuerdo nítidamente su entrada por el pasillo central del anfiteatro de la Facultad de Derecho de la Sorbona, donde había alrededor de 800 personas esperándolo, entre ellas el tout Paris intelectual. Estaban, por ejemplo, Philippe Sollers y Julia Kristeva. Avanzaba cubierto con un largo tapado de piel color gris y blanco (a tono con sus canas) y detrás de él un séquito de dos mujeres. De un lado, su secretaria, la española Gloria, y del otro una señora negra, vestida también de manera muy especial, que era una princesa africana, médica y psicoanalista lacaniana, que había estudiado en Francia. Verlo subir al escenario mientras una le sacaba el tapado y la otra se lo acomodaba, verlo instalarse frente al público y encender un largo habano achicharrado era todo un espectáculo que por momentos me recordaba a Dalí. Esta inigualable puesta en escena perdía importancia en cuanto Lacan comenzaba a exponer su pensamiento y desplegaba su inmensa y excepcional cultura. Y yo estaba ahí, fascinado, en la segunda fila de la platea, frente a este hombre que discurría sobre el estrado y al que no comprendía. Sabía que lo que él decía era importante y trataba de seguirlo. Más lo escuchaba, menos lo entendía, y más quería estudiarlo, más sentía el desafío por comprenderlo.

-¿Es cierto que usted aprendió el francés leyendo los textos de Lacan?

-Así es. El primer libro que leí en francés fueron sus "Escritos". Todavía guardo el ejemplar pleno de notas y de palabras en español escritas en los márgenes. Ese fue mi primer libro de lectura en francés.

-¿Cómo practica usted el psicoanálisis?

-Mi tesis es que un psicoanalista tiene, como cualquiera, su inconsciente cotidiano que funciona en su vida privada y luego tiene un inconsciente que opera como un instrumento; como si el psicoanalista fuera un violinista cuyo instrumento vibra en resonancia con las vibraciones del paciente. Lograr esta resonancia no es un gesto que el analista pueda obtener con todos los pacientes en un día, ni en todas las sesiones. Son más bien momentos de gran intensidad emotiva y que requieren de parte del terapeuta una fuerte concentración.

-¿Qué es, entonces, lo que usted llama realmente análisis? ¿Basta con que un paciente esté recostado sobre un diván?

-No. Yo puedo escuchar a un paciente recostado sobre un diván y no hacer análisis. El análisis no se define por la disposición espacial de la silla o del diván, ni por la postura física del paciente. El análisis se define en primer lugar por la intensidad de la escucha, por el impacto que tiene la expresión emotiva del paciente y por la manera abierta, disponible, con la que el analista percibe esa emoción. El análisis se define allí, en ese contacto fuerte e intenso. Ahí es cuando yo digo que opera el inconsciente instrumental. Lacan decía, a modo de broma, que un psicoanálisis es lo que se espera de un psicoanalista. Y es verdad, porque si yo me he analizado, me he pasado toda mi vida estudiando psicoanálisis y he escrito y vivido como psicoanalista, evidentemente lo que hago, aunque le hable al paciente sentado en la copa de un árbol y él esté abajo, es psicoanálisis. Porque respeto los principios fundamentales del análisis y pertenezco a la comunidad analítica, toda mi escucha será, necesariamente, psicoanalítica.

-En su último libro, "El Edipo", que acaba de salir en Francia y que será editado acá en mayo por Paidós, usted hace una relectura de la teoría clásica. ¿En qué consiste?

-En ese libro encaro el problema del complejo de Edipo desde dos puntos de vista un poco particulares. El primero es pensarlo desde el niño en relación con sus padres; el segundo es considerar que durante el Edipo se asientan las bases de la identidad sexual del hombre y de la mujer. Allí afirmo que el Edipo es, en verdad, una crisis de crecimiento del mismo tipo que las que atraviesa un niño al aprender a caminar, a hablar o cuando comienza a ir al jardín y se abre al mundo social. La evolución de un niño es una sucesión de crisis de crecimiento. En cada una de ellas el niño pierde algo viejo, gana algo nuevo y afirma lo ya adquirido. En este sentido, el Edipo es también una crisis que estalla entre los 3 y 6 años, y que consiste en la inesperada aparición de un estado de excitación erótica, perfectamente sana, que se manifiesta, ante todo, en la relación con el padre, la madre, el hermano mayor o con cualquiera de los adultos que componen su entorno más inmediato. En los varoncitos esa excitación se puede observar, por ejemplo, cuando los padres están cenando con amigos y de pronto el chico se levanta de la cama y aparece desnudo, mostrando el sexo. Es un claro ejemplo de exhibicionismo infantil. En otros casos, puede aparecer el voyeurismo de espiar a la madre desnuda cuando sale del baño. En el varón, su erotismo se manifiesta tocando, espiando, exhibiéndose o sintiendo los olores del cuerpo de la madre. Con la niñita pasa lo mismo, le va a encantar sentarse en el pie del padre para que él le haga el "caballito". En suma, todos los niños entre 3 y 6 años, cualquiera que sea la cultura y en grado variable según los casos, atraviesan este estado normal de excitación erótica, que se apagará progresivamente alrededor de los 7 años, en el momento en que surgirán la vergüenza, el pudor, el respeto por las reglas sociales y la culpabilidad.

-¿El Edipo no es, acaso, lo que se conoce como la relación de la hija con el padre y del hijo con la madre?

-Claro, pero si yo le hubiese dicho que el Edipo consiste en que el nene quiere a la mamá y odia al papá y que la nena quiere al papá y odia a la mamá no habría explicitado lo esencial del Edipo. Y es que el Edipo es una llamarada de erotismo que invade al niño a determinada edad, llamarada que va a alcanzar a los adultos que lo rodean. Ahora bien: es allí cuando se producirá un fenómeno que tendrá consecuencias decisivas en la vida adulta. Ocurre que el niño va a ser excitado por los padres y, al mismo tiempo, reprimido por ellos. Es el caso, por ejemplo, de aquella madre lista para salir de noche que decide despedirse de su hijo ya acostado en su cama. La madre va hasta su cuarto y con toda inocencia se inclina para arroparlo. Sorprendida, escucha al niño de tres años, que le dice: "Mamá, qué lindos pechos tenés". La reacción de la madre puede ser de sorpresa y de enojo. Ella, que viene con toda la ternura del mundo, sin querer lo excita y, al mismo tiempo, se enoja con él. Ahí es donde aparece la problemática de cómo se resuelve el Edipo. Es decir, qué actitud tomar frente a los niños que viven esta llamarada erótica.

-¿Qué consecuencias puede tener en el chico un mal manejo de los padres durante el Edipo?

-Si la madre se enoja mucho por la reacción del niño, provocada por un gesto suyo realizado de manera inocente, esto lo puede llevar a la neurosis. Todo el arte de los padres para tratar el Edipo consiste en reaccionar ante esa llamarada erótica con mucha naturalidad y no de manera severa. Según sea la actitud de los padres durante este período se generarán situaciones que van a cristalizarse y crear más tarde relaciones enfermas entre el chico, convertido en un adulto, y su mundo afectivo.

-Cambiando de tema. ¿Cuál es su interpretación del estallido social ocurrido en los suburbios franceses?

-Hay muchas interpretaciones pero todos coinciden en un punto, y es que no sabemos lo que realmente pasó. Todas ellas son válidas, pero ninguna vale por sí misma. La mía está más bien relacionada con el clínico que soy. Muestra sólo un aspecto parcial y sólo echa una pequeña luz al fenómeno. Yo identifico a estos jóvenes inmigrantes con el hijo adoptado que trato por problemas de conducta. Hay diferentes tipos de hijos adoptados, algunos crecen y se educan bien, pero otros presentan graves trastornos de comportamiento, como fugas, robos y violencia, que a veces se dirigen en contra de los propios padres adoptivos.

-¿Hijos adoptivos que les pegan a los padres?

-Lo primero que hay que recordar es que esos hijos adoptivos son hijos abandonados, no hay hijo adoptivo sin abandono. Por eso pienso que los jóvenes de esta segunda generación de inmigrantes se sienten abandonados por los padres y por el lugar de origen de sus padres. Es como si estos disturbios fueran un grito contra la madre que viene a darles cosas que ellos rechazan violentamente. "Odio que me des. Cuanto más me das, más te odio, más me doy cuenta de lo abandonado que yo he sido. No quiero integrarme, quiero vivir mi propia cultura, mis propios orígenes." Los inmigrantes no quieren ser inmigrantes: quieren ser reconocidos y respetados en su propia cultura. Le recuerdo que la violencia estuvo dirigida a destrozar todo lo que representa el Estado francés: comisarías, escuelas, etcétera. Esa es mi interpretación, y va en dirección opuesta a todo lo que hace el gobierno francés, que es aumentar la ayuda. La conclusión que se puede inferir de mi interpretación es que a la inmigración no se la puede tratar con esa palabra: inmigración.

Por Sylvina Walger
Para LA NACION

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Hoy, hace treinta años

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 18-02-2006 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

Justo aquel 18 de febrero. 1976. Elegir el día de mi cumpleaños para regresar a la Argentina. Creer que todo lo malo ya había pasado o por lo menos que se iniciaba el camino a la seriedad. Isabel había llamado a elecciones. Algunos creímos que era el momento de regresar. Y para los optimistas irremediables eso significaría vivir en libertad. El regreso, entonces. Haber tenido que ir al exilio en un gobierno llamado democrático. Pero con las Tres A. Recuerdo ese 12 de octubre de 1974. Condenado a muerte. Por La Patagonia rebelde. Simplemente, así. Leer la propia condena en el diario. Primero, el negarse a creer tamaño despropósito. En una llamada democracia. Un gobierno peronista de izquierda que había pasado con prisa y sin pausa a la derecha. No podía ser: aquel gobierno de Cámpora que sin hesitar nos había aprobado el guión para filmar La Patagonia rebelde y ahora, en el de Isabel Perón, se nos condenaba a muerte por lo mismo. Más todavía, recuerdo la entrevista que tuve con el rector Rodolfo Puiggrós, a quien fui a ver para que la Universidad respaldara el proyecto que había presentado: un equipo de antropología que me acompañara a Santa Cruz a estudiar y marcar definitivamente las tumbas masivas de los obreros rurales fusilados por el ejército en 1921 y ’22. Recuerdo que Pui-

ggrós se levantó de la silla, me dio la mano y me dijo: “Delo por hecho, vamos a apoyar ese trabajo como prioridad, a la historia no hay que esconderla”. Recuerdo el abrazo. Pero quedó en abrazo, como si ésa hubiera sido la despedida final. Ottalagano se llamará quien transforme la universidad de un ágora de discusión y búsqueda en un cuartel de monjes y soldados obedientes al silencio y la disciplina del poder. Y comenzaron los asesinatos de intelectuales y estudiantes. Asesinos a sueldo pasaron a ser los dueños y señores de la vida y de la muerte. ¿Cómo fue posible eso? ¿Por qué nunca se habla de eso? ¿Por qué, y con toda justicia, se va a recordar el 24 de marzo las tres décadas de la iniciación de la dictadura de la desaparición de personas, pero no se dice que el período de Isabel Perón fue justo el prólogo de lo que iba a ser después? ¿Por qué el Partido Justicialista no hizo una severa y profunda crítica de ese período? Basta recorrer la documentación oficial de esa época. Los asesinatos políticos, la prohibición de libros, la censura de filmes, la cesantía de docentes y de otros cargos, la expulsión de estudiantes y... el libre albedrío de matar. Basta leer justo lo que ocurrió en esa época en las universidades nacionales. Nada se puede esconder, la verdad histórica tarda, pero sale a la luz. Muy pronto saldrá una investigación realizada con la honestidad de la verdad histórica. Se refiere a la Universidad de Buenos Aires, en el período de Puiggrós, en el de Ottalagano y en el de la dictadura de Videla. Suscintamente, en esos tres períodos están al desnudo las dos Argentinas. La pregunta es ¿cómo se pudo llegar a eso? Los documentos oficiales hablan por sí mismos. No son ni siquiera necesarias las interpretaciones.

El idioma del peronismo de izquierda, luego el del peronismo de derecha. Y luego, ya, el paso directo a la dictadura. Apagar la luz para que vengan los reflectores a no dejar ninguna duda.

El libro donde se retrata eso se llama Universidad y Dictadura y sus autores son los docentes de Derecho Pablo Perel, Eduardo Raíces y Martín Perel. En él se señala que “La politización militante que pretendió democratizar los claustros durante el gobierno de Cámpora y emprender cambios emancipadores en planes de estudio, concepciones pedagógicas y rol del profesional, fueron tomadas como paradigmas de la ‘subversión del orden’. Un desesperado y eficaz intento para normalizar los carriles de la formación superior frente al proceso de radicalización política, se produjo a partir de la acción represiva de los interventores enrolados en la derecha peronista”. Es decir, el “trabajo sucio” realizado en la etapaisabelista y los puntos de contacto de ese “trabajo sucio” con el realizado inmediatamente después por los artífices del genocidio. Los antecedentes vienen de muy atrás. Basta mencionar “la noche de los bastones largos” del triste general Onganía.

Del academicismo restrictivo y autoritario se iba a pasar al estado de asamblea, en 1973. Y de allí, al dominio conspirativo de Ottalagano donde ya se oía el “Cara al sol” falangista en los pasillos y, finalmente, a la hora del cuartel de la vida estudiantil. Una historia de apasionados, represivos y represores, sucesivamente. Rodríguez Varela será el decano de Derecho hasta que llega Cámpora al poder. Será Puiggrós quien pondrá en ese cargo al nuevo decano y dirá: “Elegí para dirigir esta casa de estudios al abogado Mario Kestelboim porque ha sido defensor de presos políticos y aquí abundan funcionarios de la dictadura (de Onganía y Lanusse), y porque Kestelboim es un hombre de izquierda y ésta es una facultad de derecha y porque él es judío en una facultad llena de fascistas”. 1973. Rodríguez Varela será después ministro de Justicia en la dictadura de Videla. Los números lo dicen todo: si en 1972, los ingresantes a la Universidad de Buenos Aires fueron 21.000; en 1974, en la época de Puiggrós, fueron 40.000. Kestelboim decía en ese tiempo: “El objetivo que teníamos era transformar los contenidos y las metodologías de enseñanza. No queríamos seguir produciendo abogados litigantes, defensores de los intereses privados, sino abogados comprometidos con un proceso de transformación, de cambio, de liberación, que sabíamos se estaba dando en el país. Esas fueron las aspiraciones que nos propusimos”. Kestelboim tendrá que irse. Venía ya Ottalagano, peronista de derecha. Y se iniciaba la marcha de regreso a la universidad para el sistema. La de los profesores clásicos, la de los oportunistas –que siguieron pese a todos los cambios– y los que miraron al costado. Comenzaba la enseñanza regimentada. Con traje y corbata. De la “Patria Socialista” a la “Patria Peronista”, con el final de la patria procesada, sin proceso.

Con Ottalagano se dejan cesantes quince mil docentes. Se va Taiana como ministro de Eduación y vuelve nada menos que Ivanissevich. Se prohíbe toda actividad política y gremial en los claustros. Ivanissevich y Ottalagano, dos cruzados católicos, apostólicos, romanos hasta los huesos. Van a poner como interventor en Filosofía y Letras al jesuita Sánchez Abelenda, quien recorrió los pasillos de la facultad con un incensario para exorcizar al “demonio marxista”. La divisa de los nuevos era: “Dios, Patria y Ciencia”. Los libros eran quemados por “Dios, Patria y Hogar”. Más los asesinados por las Tres A.

Mi regreso fue en el fin de ese tiempo. El 18 de febrero ya del ’76. Para qué. Iniciar un nuevo injusto exilio. Ya llegaba la dictadura. La desaparición. El robo de los niños.

Tal vez, la mejor síntesis de todo el tiempo del oprobio la hizo Julio A. Ramos, en La Opinión de los militares, el domingo 4 de febrero de 1979. Cuando escribió: “En enero último alrededor de 120.000 turistas argentinos viajaron al exterior, lo cual significaría una erogación de unos 220 millones de dólares para el país”. Luego detalla que “los argentinos gastaron esos millones en Miami, Río de Janeiro, Punta del Este o Sudáfrica”. Y agrega: “Esos viajeros retornan al país atiborrados de mercaderías extranjeras”. Miles de desaparecidos, niños robados, Miami.

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ANTONIO DI BENEDETTO

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 18-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

El escritor Antonio Di Benedetto nació en Mendoza el 2 de noviembre de 1922. Luego de cursar algunas materias de abogacía, se dedicó al periodismo: fue subdirector de los diarios Los Andes y El Andino y corresponsal de La Prensa. En 1953 publicó su primer libro de cuentos, Mundo animal, al que le siguieron, entre otros, El Pentágono (1955), Zama (1956), El cariño de los tontos (1961), El silenciero (1964), Los suicidas (1969). Su literatura se encuadra en un sistema narrativo que, si bien responde a cánones de filiación realista, registra los desvíos y las nuevas formulaciones de la renovación de los años sesenta. Promueve una literatura alejada de todo regionalismo o pintoresquismo al sostener una perspectiva urbana sobre una temática y un ambiente regional. Obtuvo numerosos premios y distinciones internacionales: el gobierno italiano lo condecoró como Caballero de la Orden de Mérito (1969), fue designado miembro fundador del Club de los XIII (1973) y recibió la Beca Guggenheim (1974). En 1976, pocas horas antes del golpe militar, fue detenido por el Ejército y sometido, durante un año y medio, a cárcel y torturas. Fue excarcelado el 4 de septiembre de 1977 y se exilió en Estados Unidos, Francia y España. Regresó definitivamente al país a finales de 1984. Ocho meses después, Jorge Halperín le realizó esta entrevista que, bajo el título “Lentamente estoy volviendo del exilio”, gira en torno de los principios estéticos de su literatura y de los largos años de exilio. Murió en Buenos Aires el 10 de octubre de 1986.

Jorge Halperín nació en Buenos Aires en 1948 y se inició en el periodismo en 1967. Fue redactor de la sección de espectáculos de La Razón (1971–1977), y de las secciones de ciencia y de cultura de El Cronista Comercial (1975-1976). Desde 1979 trabaja en la redacción de Clarín, donde se especializa en entrevistas a intelectuales, científicos, artistas y escritores. En la actualidad dirige la sección Opinión y el suplemento Cultura y Nación.

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DI BENEDETTO
Entrevistado por Jorge Halperín
Clarín,
14 de julio de 1985

Vladimir Nabokov comparó el trabajo del escritor con el de la Naturaleza. Dijo que la Naturaleza tiene un maravilloso sistema de engaños y sortilegios y que el escritor lo reproduce y actúa como un gran embaucador. ¿Usted se siente un embaucador?

–En la medida en que en algunos relatos he cultivado la picaresca, puede ser. Desde luego que en cuanto hay cosas inauténticas, pero que uno puede aceptar como verosímiles, el trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva. Creo que Borges encontró una fórmula: dice que el autor escribe sobre lo que descree para hacer que lo crea el lector. Lo fantástico es así.

–Usted construye literatura fantástica con personajes carnales. ¿Por qué?

–Es la fuga de la realidad. A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere.

–¿Cuáles son las reglas del sueño?

–Reglas no tiene, sino características. Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.

–Su última novela Sombras nada más, se construye a partir de los sueños.

–Yo he tratado de darle una relativa forma novelística. El cauce mayor es una reunión de sueños para los que me ejercité escribiendo un par de cuentos y busqué lo que llamo el sueño inducido.

–¿Qué es?

–Creo que se puede llegar a soñar lo que uno quiera por una necesidad espiritual muy grande de evadirse hacia ese sueño o de reencontrar en él a una persona.

–¿Es una experiencia real?

–En algún momento tuve la impresión de que yo me había inducido y había conseguido hacer tales o cuales cosas en el sueño o provocar la aparición de tales o cuales cosas. En un cuento que traje de España relato la necesidad del reencuentro con mi madre fallecida y cómo se va transformando el paisaje o la cantidad de personas que ella frecuentaba, o sus visitas a mi departamento de la calle Fundadores. Y yo escribía de inmediato, como cuando viví en un bosque de New Hampshire, Estados Unidos. También soñé con mi padre, que se escapaba de la tumba y, como lo había hecho en vida, se dedicaba a perseguir mujeres y cometer infracciones. Y yo tenía que atarlo con una cuerda a la tumba para que anduviera pero no tanto, y yo pudiera educarlo, adoctrinarlo.

–¿En la vida de vigilia también siente que tiene un mandato de enseñar y adoctrinar?

–En política, la única participación que tuve fue una muy breve en el Partido Socialista de Alfredo Palacios y pensé que tantos milenios de trampas y miserias cambiarían si se daba una fuerte conciencia moral. También lo propugné como profesor.

–¿Piensa que tiene alguna misión?

–Hablar de misión sería demasiado grande. Yo lo llamaría preocupación ética que, creo, existe en todos mis libros.

–Me hace evocar una anécdota mencionada en un reportaje que le hicieron: decía que en su despacho de director del diario Los Andes tenía una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes venían a verlo.

–Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ellas. Y... aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea por la mirada y por las manos.

–Es una visión muy particular.

–Fíjese: cuando nos cruzamos con alguien por la calle, le adivinamos los designios con sólo observar dónde posa su mirada o qué frescura o limpidez tiene, o qué grado de condensación hacia la amargura o qué sedimentos de tristeza carga. La mirada indica todo eso. Y luego, la mano es corroboración de todo lo malo, porque suele ser un puño abierto.

–Es como mirar al hombre en posición hostil.

–Lo común es que el hombre se esté clavando las uñas para no clavárselas a los demás, no porque no quiera sino porque no se lo permite. En vez de destrozar al otro con la mano abierta, cierra el puño anímicamente, simbólicamente.

–¿El hombre tiene como condición usar las manos para dañar?

–Las manos como síntesis de toda la capacidad corporal. También usa los pies, sobre todo cuando está descontrolado. Cuando puede, guarda las formas y usa la palabra o las manos. Pero cuando está descontrolado, se vuelve animal de cuatro patas y da la patada.

–Usted ha admitido la ambigüedad: la agresión pero también la búsqueda del contacto con el otro por las manos. ¿Para qué se lavaba las manos con alcohol? ¿Para quitarse todo lo que del otro quedó posado en usted?

–En cierto modo sí. Pero creo que el alcohol lo usaba nada más que cuando había hecho un juicio severo sobre la mano que recibí, sobre la persona, que me parecía repelente en lo moral. No se olvide que el despacho del director de un diario suele ser un depositorio de acusaciones, de maldades y tormentos, y si a uno lo contaminan, a lo mejor lo siente en las manos. Además, había una razón práctica: el baño estaba en el otro piso y no tenía tiempo de lavarme con agua.

–Parece la ceremonia religiosa de expurgar el mal.

–Yo tengo un origen fuertemente religioso. Principalmente por mi padre, y también por mi tío que fue sacerdote. Siempre he sido cristiano y fui víctima de cristianos que no lo son.

–Usted ha buscado siempre la soledad, pero también le tocó vivir un encierro no voluntario.

–Pero fíjese que la prisión de un año y medio que sufrí entre 1976 y 1977 fue uno de los encierros más transitados que he tenido en mi vida. Estaba visitado de noche por los sueños –en realidad, por las pesadillas porque allí no era posible soñar diáfanamente–. Y de día, las requisas militares, los atropellos y la violencia eran mis visitantes. Por ejemplo, la tristísima noticia de que un compañero de pabellón se había suicidado colgándose con una toalla en la celda de castigo. Así que era una soledad demasiado visitada.

–¿Esa soledad no elegida cambió su carácter?

–Me parece que sí. En algunas situaciones me he vuelto una persona de mayor capacidad para mover sus antenas en la captación de lo malo y lo dramático. Y, de otra parte, el resarcimiento de aquella experiencia me ha facultado para gozar a veces de la alegría. Soy un lector infatigable de chistes.

–¿Qué siente que perdió a partir de su cautiverio?

–Primero, perdí transitoriamente la fe, aunque luego me recobré. Había perdido la fe que uno puede depositar en un poder sobrenatural, en un Dios que gobierna para el Bien y no para el Mal. Es que vi una crueldad y una maldad infinitas. Y perdí, entonces, la fe en mis semejantes. Ya no me hizo confianza nadie. Pero también perdí la fe en mí mismo porque me sentí culpable, no de las culpas que me atribuían los militares, que, si eran culpas, podían haberse sancionado por una ley de prensa y no en el marco inhumano al que me sometieron. No, yo tenía conciencia de otras culpas de conducta frente a los demás y entonces desconfié mucho de mí. Pero pude salir de eso.

–¿Pudo cerrar la experiencia dentro suyo?

–Yo pensé que los desvíos crueles e innobles no podían ser permanentes ni albergarse en la conducta y el sentimiento de todos los militares. Y como eran indistinguibles –el uniforme los mimetiza en una multitud– yo tenía que aplicar una indulgencia muy amplia con un sistema muy práctico: la ley del olvido. Apliqué el olvido a muchas acciones que cada vez que las recuerdo me hacen sufrir una barbaridad y al otro día me levanto con trastornos hasta en el sistema motor de las piernas. No es fácil aplicar esa regla porque las heridas son muy grandes. Pero, de momento no he levantado el dedo para acusar a nadie, aunque tengo en el fondo de mi memoria algunos nombres (llora).

–¿Esa intensa melancolía que usted siempre transmite es porque siente que no ha encontrado un proyecto nuevo de vida?

–No quedé sin proyecto. Mantengo el de tratar de ser escritor, aunque ese sería el más noble y el más general. También deseo ir reparando el daño que con mi detención le hice a mi familia, que quedó disuelta, aunque yo nunca fuera acusado de nada concreto.

–¿Qué atractivos encontró en el encierro voluntario del bosque de New Hampshire?

–Primero, el no tener ninguna preocupación económica. Porque fue la beca de una fundación para que yo hiciera lo que quisiera durante varios meses en medio del bosque. Tenía todas mis necesidades materiales cubiertas: al mediodía, una caperucita roja me traía una canastilla con el almuerzo. Yo escribía todo el día y al atardecer, con la puesta del sol, cenábamos en una mesa donde lo más común era el pavo asado. Porque New Hampshire no tiene ganado vacuno. Es una zona de coníferas que se prolonga hasta Canadá, pero con unas plantas de hojas grandes de un estupendo rojo carmesí en el otoño. O sea el fuego, los vientos y la luz.

–¿Usted vivía solo la mayor parte del tiempo?

–Vivía totalmente encerrado escribiendo lo principal de Sombras nada más. Soñaba mucho y tomaba inmediatos apuntes en la mesa de dormir.

–¿El cautiverio no le hizo tomar miedo a la soledad?

–No. Si uno llena la soledad, no le tiene miedo. Yo escribía y pensaba. Mi método de trabajo consiste en pensar un párrafo, descomponerlo en frases y, luego, repitiéndolas en voz alta para percibir la cadencia que les he impuesto, corregirlas para que tengan una adecuada sonoridad, pensando cómo le van a resultar al lector.

–¿Como un músico?

–A veces trato de establecer una prolongada melodía. Como la melodía central de la composición armónica. Otras veces, no, pero siempre me esmero para que las frases y las oraciones tengan una construcción armónica y, si es posible, con cadencia.

–Ultimamente, usted ha declarado que siente que perdieron calidad sus narraciones. ¿Qué ha sucedido?

–Es que había períodos, que no consigo recuperar, en que podía evadirme de la forma periodística para pensar en forma puramente literaria. Se me hace difícil, no sé si por la edad o por la vida amarga que llevo, pero me sale comúnmente la forma periodística.

–¿Qué es lo que realmente cambió? ¿Su prosa o la mirada que echa sobre su prosa?

–Francamente, no le he meditado.

–Usted fue periodista gran parte de su vida. ¿Hay un abismo entre periodismo y literatura?

–No, al contrario. El ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario. Eso es muy valioso para un escritor. Pero más importante todavía me resultó lo que dijo un escritor, que creo que fue John Steinbeck, sobre su aprendizaje en el periodismo y la fluidez que le había dado para describir la vida y los personajes en la literatura. Fue cuando le dieron un gran premio, que también contó que había sido cartero por muchos años y lo echaron porque le resultaba irresistible violar la correspondencia buscando historias que excitaran su imaginación de escritor.

–¿Podría decirse que el periodista es una categoría diferente de escritor?

–No es diferente. Esencialmente, el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y hay que entregar esta noche para que se publique mañana. El escritor es un cronista, por momentos redactor, por momentos entrevistador. Es decir que varios aspectos de la profesión periodística están aglutinados en el escritor.

–Alguien dijo que es muy difícil que quien escribe regularmente por encargo no quede incapacitado para la literatura.

–Es difícil, pero yo tuve experiencias a favor y en contra. Por ejemplo, mi cuento “Caballo en el salitral”, que tuvo tan buenas consecuencias (premios internacionales, N. del R.) es el producto de una época donde yo trabajaba de sol a sol. Y lo escribí en cuatro horas de la madrugada.

–¿Cómo se inspiró para ese cuento donde casi no hay seres humanos?

–Fue una observación que hice a la hora de la siesta que, como usted sabe, en toda la zona de Cuyo, es el momento en que la ciudad se vacía. Al fondo de la calle Catamarca vi un carruaje de panadero estacionado. Me acerqué y observé el caballo atado, soportando todo el sol y sin comer, mientras que el carro rebosaba de panes. Me pareció absurdo que el animal estuviera atado a su alimento –aunque, claro, él hubiera preferido el pasto– sin poder comer. De ahí que lo pensara en el cuento llevando fardos y dando vueltas en el desierto desesperado de hambre sin saber que llevaba con él el alimento.

–¿Por qué escribió cuentos sin seres humanos?

–Porque me atropelló un desafío de Sabato. El anduvo por Mendoza hace muchos años y un grupo de amigos lo rodeamos para escuchar sus lecciones sobre tal o cual tema literario. Incluso, lo invitamos a nadar en un zanjón donde aprendimos cosas de la Naturaleza. Pasó un hombre con una gran bolsa y extrajo de ella unas ranas. Las excitó y los animalitos comenzaron a hacer una danza sexual que hubiera entusiasmado al autor del El beso de la mujer araña (Manuel Puig). Cuando Sabato concluía su estadía en la provincia, dio una conferencia sobre Madame Bovary, de Flaubert, y en un pasaje dijo que en toda novela no puede faltar el ser humano con sus sentimientos y su conducta.

–¿Usted pensó en una novela con objetos?

–Yo me quedé un instante quieto pero no me animé a replicar. Se me dibujó una contradicción en la mente. Yo vi como un cielo abierto –o cerrado– que descargaba una cantidad de granizo. Algunas de las piedras rompían una ventana, rodaban y golpeaban en su paso un vaso de agua. El vaso se iba sobre una carta escrita y el agua desflecaba la letra. La acción se completa sin que participe el ser humano. Fue por el cielo y el agua, los elementos de la Naturaleza.

–¿Y por qué sigue siendo literatura?

–Porque está escrito con algún estilo. Desde la composición al ordenamiento de los materiales hasta el encadenamiento de cada frase. Y, además, la belleza, la intensidad, el dramatismo o el agonismo que se ha puesto en cada pensamiento. Eso es literatura.

–¿Qué opinó Sabato?

–Yo escribí el cuento “El abandono y la pasividad”, pero como ya había partido hacia Buenos Aires se lo mandé por correo y le escribí: “Mire, Sabato, posiblemente una novela sin seres humanos no se puede hacer porque requiere más acción, la concurrencia de más episodios y la conflagración de los episodios, pero un cuento sí se puede”. Sabato, con su laconismo, que es de una maestría extraordinaria, me contestó: “La excepción confirma la regla”. Es decir que yo había conseguido escribir un cuento, pero no tenía razón.

–Usted ha dicho que uno de sus temas recurrentes es la provocación de la nada. ¿A qué se refiere?

–Hay que entenderlo de dos maneras: por un lado, es la búsqueda del auxilio de la muerte, por el suicidio. Entregarse a la nada por convicción –y en eso me aparto de la visión cristiana– de que después de la muerte no hay nada. En segundo lugar, que la nada se puede construir respecto del prójimo si se siente que él piensa de uno que es la nada. No en un sentido moral sino que no vale, que no existe, que lo “borran”. Es mejor vivir “borrado” cuando al existente lo meten en la cárcel, lo golpean y lo insultan. Pero en un sentido realista y moralista, la nada es también minimizarse, achicarse y eso puede implicar acobardarse. Entonces no lo acepto. Trato de ser valiente en la medida en que mi cobardía me lo permite.

–Hace ocho meses que está reinstalado en Buenos Aires. ¿Cómo le ha ido?

–Siento una gran frustración. Lentamente, estoy volviendo al exilio porque no me han ido bien las cosas. No puedo seguir poniéndole el hombro a una situación absurda. Fui llamado para venir aquí y ahora han dejado sin renovarme el contrato con el área de cultura oficial.

–¿Le dieron explicaciones?

–Me hablaron de “austeridad”. Salvo por mi modesto trabajo en la Casa de la Provincia de Mendoza, me resulta muy difícil sobrevivir. Y yo no sé qué hacer porque no tengo habilidades para otra cosa que no sea la cultura.

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HECTOR J. CAMPORA

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 17-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

Héctor Jorge Cámpora nació en 1909. Inició su vida política militando en el conservadurismo en San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires. En 1945, junto con otros dirigentes conservadores menores, ingresó al peronismo. En 1946 fue electo diputado, y ocupó la presidencia de la Cámara entre 1948 y 1952. Impuso una fuerte regimentación de la bancada peronista y sancionó con dureza a los opositores. Sobre todo, se hizo famoso por su adhesión incondicional a Perón, que lo llevó a presentar veintiún proyectos de homenaje, y a declarar que antes que “consecuente” él era “obsecuente”.

En 1955 fue detenido, al igual que otros muchos dirigentes peronistas. En marzo de 1957 se fugó de la cárcel de Río Gallegos, junto con John William Cooke, Jorge Antonio, Guillermo Patricio Kelly y José Espejo. Se mantuvo en un segundo plano hasta que sorpresivamente, en noviembre de 1971, Perón lo convocó y lo designó su delegado personal, en reemplazo de Jorge Daniel Paladino.

Desde abril de 1971, el presidente Lanusse había iniciado la búsqueda de una salida política para la Revolución Argentina, negociando con los partidos reunidos en La Hora del Pueblo, de la que Paladino era un importante animador. La designación de Cámpora indicaba que Perón quería controlar personalmente, sin intermediarios independientes, la compleja negociación que se iniciaba. Por entonces Perón acentuó sus ataques al gobierno, estimuló a los grupos juveniles, que pronto serían incorporados a la dirección del Movimiento, y atacó a las Fuerzas Armadas desde la revista Las Bases, que dirigía la hija de su secretario López Rega.

Tres días después de realizada esta entrevista, Las Bases difundió un célebre documento de Perón: “La única verdad es la realidad”, cuyas líneas principales son anticipadas en estas declaraciones de Cámpora. Perón alienta medidas económicas de urgencia, reclama que se anticipe el llamado a elecciones y propone la constitución de un Frente Nacional que pronto se denominaría Frente Cívico de Liberación Nacional integrado por peronistas, frondicistas, conservadores populares y demócrata-cristianos. El documento es cauto respecto del gobierno y abre la puerta a una negociación, aunque Cámpora reclama que se la haga a través de representantes de alto nivel descartando al embajador en España, brigadier Rojas Silveyra.

De ahí en más, el diálogo entre Perón y Lanusse tuvo algunos momentos de fluidez y muchos muy ríspidos. Cámpora tradujo fielmente las instrucciones de Perón –quien de todos modos jugó con otras cartas– y puso un empeño personal en convencerlo de que retornara al país. El retorno se produjo en noviembre de 1972: Perón se entrevistó con los partidos políticos, organizó el Frejuli y se marchó el 14 de diciembre, indicando a Cámpora como candidato presidencial.

Los siete meses siguientes fueron sin duda los más notables en la vida de Cámpora: candidato presidencial triunfante y presidente vicario por propia voluntad, hasta su renuncia en julio de 1973. Luego fue embajador en México, retornó al país a fines de 1975 para asilarse en la Embajada de México luego del golpe de Estado de 1976. Los militares, ensañados con él, no le permitieron abandonar el país. Luego de una larga residencia obtuvo el salvoconducto que le permitió asilarse en México, donde murió en 1980.

En 1972, la revista Primera Plana empezaba a ser usada por los peronistas para hostigar a Lanusse, promoviendo el descontento entre los militares, y sobre todo entre los aeronautas. Desde junio comenzó a aparecer una columna sin firma, escrita por Julián Licastro, ex militar y dirigente juvenil, donde se traducían las ideas de los grupos juveniles radicalizados, en términos adecuados para los militares. La revista fue suspendida por el gobierno en septiembre de ese año.

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CAMPORA
Primera Plana, Nº 472,
11 de febrero de 1972

“Sí, ya lo creo. Fueron diez días de intenso trabajo.” En el Aeropuerto de Barajas, la madrugada del jueves 10, un sonriente Juan Perón sintetizaba a Primera Plana el resultado de sus últimas reuniones con Héctor Jorge Cámpora.

Entretanto, éste –impecable camisa de seda natural, pantalón beige, blazer azul– ascendía al Boeing 707 320B, matrícula norteamericana N 739 AL, que iba a traerlo de regreso a Buenos Aires. Ya sobre Ezeiza, el aparato debió revolotear más de una hora por falta de plafond para el aterrizaje. Fue el momento aprovechado por Primera Plana: abordando al Delegado Personal, consiguió recoger sus enfoques y revelaciones a tres mil metros del suelo. Una táctica previsora. Cuando el avión hubo tocado finalmente la pista, Cámpora apenas platicó unos minutos con los periodistas. En seguida fue introducido por su hijo Carlos Alberto y por el secretario general Jorge Gianola en su Chevrolet 400 verde, que partió hacia lo desconocido.

P. P.: –Doctor Cámpora, de sus conversaciones con Perón, ¿qué conclusiones extrae usted sobre el modo en que él ve lo que está sucediendo en la Argentina?

H. J. C.: –El general se halla sumamente preocupado sobre la situación económica en nuestro país y sobre las penurias que el costo de vida y el desempleo infligen al pueblo trabajador.

P. P.: –¿Y en lo político? ¿Insiste en su exigencia de que se acorte el plazo para la convocatoria a elecciones?

H. J. C.: –Sí, señor. Categóricamente.

P. P.: –¿Confían en que al fin se concretará la salida electoral?

H. J. C.: –¿Nosotros? Como la gran mayoría del pueblo argentino, somos escépticos.

P. P.: –El general Perón ha emplazado hasta junio al gobierno para que culminen las definiciones electorales. Ese plazo, ¿se mantiene o se ha acortado?

H. J. C.: –En ese terreno, el justicialismo continúa la tarea emprendida.

P. P.: –¿Qué piensa acerca de las manifestaciones que el Presidente habría formulado a sus camaradas de armas, calificando al futuro gobierno como “de transición y consolidación”?

H. J. C.: –Si ese trascendido es veraz, el propósito carece de sentido. El pueblo argentino jamás aceptaría “salidas condicionadas”.

P. P.: –¿Hay novedades en torno de la candidatura presidencial de Perón?

H. J. C.: –El general ha dicho que hará lo que quiera el pueblo. Y las bases ya se han pronunciado.

P. P.: –¿Cómo tomó Perón la propuesta de Rogelio Frigerio en el sentido de constituir un Frente Nacional?

H. J. C.: –Yo todavía no me encontraba en Madrid cuando fue el señor Frigerio. Pero el Frente Nacional ya existe: es la coincidencia de los partidos que aspiran a la normalización institucional del país, en juego limpio y sin pactos. El justicialismo integra esa coincidencia que es La Hora del Pueblo.

P. P.: –Pero según reveló el mismo Frigerio, muy pronto Perón recibirá al doctor Arturo Frondizi. ¿Qué trascendencia le atribuye a esa futura entrevista de ambos ex presidentes?

H. J. C.: –El general Perón siempre ha recibido y recibe a todos los argentinos inquietos por el destino del país.

P. P.: –¿Es cierto que el embajador Rojas Silveyra visita a menudo al general Perón?

H. J. C.: –No lo sé.

P .P.: –En Madrid se dice que hubo y que habrá otros enviados del gobierno argentino para conversar con Perón.

H. J. C.: –Yo también he escuchado decir eso en Madrid.

P. P.: –¿Es verdad que usted trae una cinta grabada del general? ¿Qué dice?

H. J. C.: –Sí, es verdad. El general Perón ratifica allí las consignas de unidad, solidaridad y organización.

P. P.: –A propósito de unidad, seguramente usted conversó con el general sobre la situación interna planteada en el justicialismo entre ciertos gremialistas y los representantes de la juventud...

H. J. C.: –Mire, acontecimientos así, lejos de resultar negativos, son los que verdaderamente le dan vida al Movimiento. Pero, en última instancia, usted sabe que para todo verdadero peronista no hay nada mejor que otro peronista. Si en estos momentos el país está asistiendo al espectáculo de antiguos adversarios políticos sentados a la misma mesa de una coincidencia, ¿cómo no van a poder superarse las diferencias que se generen entre peronistas?

P. P.: –Hoy se cierra la afiliación en el Partido Justicialista. ¿Cuándo quedará concluido el proceso de organización interna?

H. J. C.: –El 7 de mayo, día en que se conmemora el cumpleaños de la compañera Evita, se realizarán las elecciones de las cuales saldrán las autoridades partidarias definitivas. Con eso se completa el proceso de organización interna.

P. P.: –¿Habrá lista única?

H. J. C.: –Ese es el deseo del general Perón, expresado en la cinta a que usted hacía referencia. El jefe del justicialismo previene contra el peligro de los enfrentamientos internos, fomentados y aprovechados por nuestros enemigos.

P .P.: –Hablando de otra cosa, doctor Cámpora, ¿qué novedades trae acerca de las actividades próximas de Isabelita?

H. J. C.: –Lo primero que haré será ir a verla.

P. P.: –Tenemos entendido que ha postergado su gira al interior.

H. J. C.: –En efecto. La Comisión Nacional que integran todas las ramas del Movimiento y que debía programar esa gira de la señora estimó más conveniente postergar dicho viaje para mediados de marzo. Y como el general estaba ansioso por ver a su señora esposa, resolvieron que ella se trasladase ahora a Madrid, a fin de regresar a Buenos Aires sobre la fecha de la gira. La visita de la señora Isabel Perón ha despertado un enorme interés y entusiasmo en las provincias y es preciso diagramar su trayecto con el máximo cuidado, tratando de conciliar las aspiraciones de todos. Esto se los digo como un trascendido; oportunamente la Comisión dará a conocer el programa definitivo.

P. P.: –Una última pregunta, doctor Cámpora. ¿Vuelve Perón? ¿Cuándo?

H. J. C.: –Según calcula su abogado, el doctor Isidoro Ventura Mayoral, los procesos calumniosos e injuriosos que la reacción oligárquica urdió contra el general Perón podrían declararse prescriptos alrededor del mes de abril. Si ello se concreta, si el gobierno cumple entregando el pasaporte y si Perón estima que existen las lógicas condiciones de seguridad personal, el ilustre argentino va a regresar a su patria. Porque Juan Perón siempre hace lo que quiere el pueblo. Y su retorno triunfal a nuestra tierra hace dieciséis años que es el clamor unánime de las grandes mayorías argentinas.

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JOHN WILLIAM COOKE

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 16-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

John William Cooke nació en La Plata en 1920. Su padre, Juan Isaac Cooke, integró el Irupo de radicales que se incorporó al peronismo, y en 1945 fue ministro de Relaciones Exteriores de Farrell. En 1946 John, que acababa de recibirse de abogado, fue electo diputado por la Capital Federal. De posición, independiente y convicciones nacionalistas, se opuso a la ratificación del Tratado de Chapultepec. Tuvo una participación destacada en la Cámara, donde permaneció hasta 1951. Fue miembro del Instituto Juan Manuel de Rosas, donde pronunció conferencias y del cual fue electo vicepresidente en 1954. Ese año editó la revista De Frente, en la que planteó sus posiciones nacionalistas, y combatió los contratos petroleros que negociaba el gobierno de Perón. Después del 16 de junio de 1955, Perón lo designó interventor del Partido Peronista de la Capital Federal, desde donde Cooke trató de movilizar y organizar a los peronistas para resistir el inminente golpe militar.

El 20 de septiembre fue arrestado en la casa de su amigo José María Rosa. Pese a estar en prisión hasta marzo de 1957, participó activamente en la organización de los distintos grupos protagonistas de la “Resistencia peronista”. Perón, que estaba exiliado, lo puso al frente del denominado “Comando Táctico”, y en noviembre de 1956 le dirigió una expresiva carta, en la que avalaba firmemente su acción y lo designaba su sucesor, en caso de fallecimiento. En marzo de 1957 Cooke escapó de manera espectacular de la prisión de Río Gallegos, en compañía de otros detenidos peronistas –Jorge Antonio, Cámpora, Espejo–, y se instaló en Chile, desde donde pudo operar con más eficacia para coordinar la acción de los distintos grupos clandestinos y terroristas. En 1958 participó en la gestión del pacto entre Perón y Frondizi, y posiblemente asistió a la reunión de Caracas, donde éste se efectivizó. Cooke volvió al país a fines de 1958, para continuar con la “resistencia”, y de inmediato fue detenido. A principios de 1959 participó activamente en la huelga del Frigorífico Nacional y en la intensa agitación subsiguiente. Por entonces, la militancia peronista se dividía entre los partidarios de la “línea dura” y la “línea blanda”, estos últimos, que buscaban un acuerdo con el gobierno, recibieron el aval de Perón y comenzaron a hostilizar a Cooke, tachándolo de comunista.

Perseguido, en 1959 abandonó el país y se instaló en Cuba, donde permaneció hasta octubre de 1963. Allí se entusiasmó con la Revolución, realizó diversas tareas de apoyo al régimen, entabló amistad con Ernesto Guevara e inició una larga tarea de acercamiento entre el peronismo y el castrismo, que incluyó el reclutamiento de jóvenes argentinos para ser entrenados en Cuba. Mantuvo una intensa correspondencia con Perón, que sólo interrumpió en 1966, e intentó convencerlo de que declarara su apoyo a Cuba y trocara su domicilio madrileño por La Habana. A la vez, se propuso reconstruir la tradición peronista en clave cubana e impulsar a los peronistas a seguir el camino iniciado por Fidel Castro.

En esas circunstancias fue entrevistado por la revista Che. El semanario apareció en octubre de 1960. Lo dirigía Pablo Giussani y entre sus redactores figuraban Julia Constenla, Hugo Gambini, Francisco Urondo, Carlos Barbé y Alberto Ciria. Se trataba de un grupo de partidarios argentinos de la Revolución Cubana, muchos de los cuales militaban en el Partido Socialista Argentino. Un poco antes, en febrero de 1961, Alfredo Palacios había ganado la elección de senador por la Capital, con una campaña centrada en la Revolución Cubana, y con el apoyo de muchos votantes del proscripto peronismo. El reportaje está ilustrado con dos fotos de Cooke: en una aparece con traje y corbata, probablemente de su etapa de diputado, y en otra con barba, boina y camisa miliciana. Che fue clausurada el 17 de noviembre de 1961. A fines de 1963, Cooke volvió a la Argentina y organizó Acción Peronista Revolucionaria, un pequeño grupo de discusión al que asistían futuros militantes como García Elorrio, Fernando Abal Medina y Norma Arrostito, en donde siguió intentando la fusión entre el peronismo y el guevarismo. Sin embargo, mientras vivió su influencia fue escasa. Murió en septiembre de 1968. Desde 1971 sus escritos alcanzaron gran difusión y sus ideas fueron retomadas por la nueva izquierda peronista. Este reportaje fue reeditado en septiembre de 1975 por la revista Crisis.

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COOKE
Che,
8 de septiembre de 1961

John William Cooke y su esposa, Alicia Eguren, se encuentran en La Habana desde hace más de un año. Ambos forman parte de las milicias y colaboran –al mismo tiempo– en distintas publicaciones cubanas. Che ha entrevistado a Cooke en su residencia, el hotel Riviera. Sus respuestas, sin duda, son de trascendencia por la influencia que ha tenido –y conserva aún– John William Cooke entre las filas peronistas.

–En la Argentina la Revolución Cubana cuenta con apreciable apoyo popular y los esfuerzos de la propaganda reaccionaria –abrumadora y constante– son vanos por contrarrestarlo. ¿A qué razones atribuye esta perspicacia popular, pese a la prensa y agencias internacionales?

–Lo que eso demuestra, en primer lugar, es la madurez de nuestro pueblo, lo arraigado que está en él el sentido de la soberanía nacional. Tengamos en cuenta que esta recolonización de la Argentina es doblemente anacrónica: por producirse en la época de los movimientos de liberación en todo el mundo y por serle impuesta a un país que se había librado de la dominación inglesa y tenía conciencia de lo que significa el ejercicio de la soberanía. La consecuencia es que no solamente la represión es singularmente violenta, sino también la propaganda proimperialista. El pensamiento colonial utiliza el monopolio de la difusión para derramar una catarata de discursos, declaraciones, manifiestos, conferencias, editoriales, solicitadas, pastorales, etc., para confundir a la masa. En el caso de Cuba, sólo se difunden groseras tergiversaciones, embustes y planteos arbitrarios. Sin embargo, las clases populares disciernen lúcidamente y saben que la suerte de la Revolución Cubana incide en su propia suerte.

–Con respecto a Cuba, ¿cuál es la forma que adopta esta táctica de ocultamiento?

–Hay una sucesión de trampas. Todos los datos son falsos, al punto que la mentira de ayer es desmentida por la mentira de hoy. Después se hace una mezcla de los problemas concretos de la nación cubana con los problemas de la Guerra Fría y con las discusiones teóricas en torno al comunismo. Nuestra masa evita esos falseamientos porque va a la médula del problema, o sea, la agresión del imperialismo contra un país hermano que osó liberarse: así no hay forma de equivocarse.

Con motivo de la reciente invasión de gusanos al servicio de los yanquis, se vio cómo se desvirtuaba el problema planteándolo maliciosamente: se afirmó que la Revolución es comunista, como si eso fuese lo que estaba en debate. Un cierto porcentaje de papanatas quedó atrapado en ese artificioso enigma –ya fuera para coincidir con la tesis o para discrepar con ella–, lo que implica que, de ser concluyente la prueba sobre el carácter comunista del gobierno cubano, eso legitimaba que se agrediese a un país soberano. ¿Quién ha dicho que los Estados Unidos o los organismos internacionales tienen jurisdicción para hacer macartismo y determinar cuál régimen tiene derecho a ser respetado y cuál no?

–Supongo que Ud. sabrá que hubo algunos dirigentes peronistas que se “empantanaron”.–Eso demuestra que carecen de capacidad para dirigir nada y que invocan el nombre del Peronismo en vano. Con el pretexto de que nuestro gobierno era nazi, se buscó que Estados Unidos hiciese lo mismo que ahora hace con Cuba: los cipayos pedían la intervención yanqui y de los organismos como la UN; un canciller uruguayo inventó la tesis de la “intervención multilateral”, que es la que ahora se quiere resucitar contra los cubanos; se pidió que los países rompiesen relaciones con nosotros, por no ser “democráticos”, etc. Eran los mismos procedimientos y las mismas personas de aquí y del extranjero los que se movían para destruir nuestra soberanía. ¡Y cómo ardíamos de indignación contra el bradenismo y sus servidores! ¡Cómo protestábamos contra los Jules Dubois, los Figueres, los Haya de la Torre, los Ravines, contra Braden, Nelson Rockefeller, la gran prensa norteamericana y continental! Pues bien: todos ésos, y los miles de secuaces, ahora hacen lo mismo contra Cuba, ayudados por los mismos aliados que entonces tuvieron en la Argentina, desde los políticos tradicionales hasta las fuerzas vivas, la intelectualidad cipaya, las damas patricias y demás escoria enemiga de los descamisados.

¿O es que la UPI, la AP, el Time, etc., son reptiles cuando nos atacan a nosotros y “objetivos” cuando atacan a Cuba? Sumarse, aunque sea pasivamente, a esa campaña, es dar razón retrospectivamente a los vendepatrias: es negarnos como movimiento nacional-liberador.

–Hay algunos pequeños sectores peronistas influenciados por el “nacionalismo” que son activamente enemigos de la Revolución Cubana.

–Supongo que, en unos cuantos millones como somos, habrá de todo un poco. Hasta que quienes se dejen llevar por un extraño “nacionalismo” que ante algo concreto como el imperialismo que nos asfixia nos quiere hacer pelear contra los enemigos de ese imperialismo. El único nacionalismo auténtico es el que busque liberarnos de la servidumbre real: ése es el nacionalismo de la clase obrera y demás sectores populares, y por eso la liberación de la Patria y la revolución social son una misma cosa, de la misma manera que semicolonia y oligarquía son también lo mismo. Algunos sectores reaccionarios pudieron, en otras épocas, llamarse “nacionalistas” porque coincidían con el pueblo frente a los ataques de nuestra soberanía; ahora no, porque el antiimperialismo ha pasado a ser retórico en ellos, que vuelven a su raíz oligárquica y ante el caso de Cuba quedan al desnudo.

Como ya quedaron cuando contribuyeron a la caída del gobierno popular en 1955.

Hay que tener la cabeza muy hueca para creerse peronista y aceptar a esos teóricos del absurdo, que combinan las añoranzas del imperio de la hispanidad medieval con el apoyo práctico al imperio bárbaro norteamericano, y el culto a gauchos embalsamados con el paternalismo aristócrata frente al cabecita negra, para oponerse, nada menos, a Fidel Castro. Ocurre que Castro, a la cabeza de los hombres de la tierra, derrotó a puro coraje al ejército armado y entrenado por los yanquis para proteger a la satrapía batistiana; y que cuando los gringos quisieron llevárselo por delante, los echó de Cuba y les quitó hasta el último dólar, más de mil millones tenían invertidos en centrales azucareras, fábricas, empresas, bancos, etc. ¡Qué manera de apagar faroles! Sin embargo, parece que Fidel no es “nacionalista”, porque nunca se dedicó a predicar el exterminio de estudiantes semitas ni a delatar herejes incursos en el crimen de marxismo.

–¿Ud. no cree, entonces, que esos defensores de “Occidente” tengan influencia en su movimiento?

–Solamente entre cierta capa burocrática, que, por otra parte, nunca sirvió para nada, ni en el gobierno ni fuera de él. Ahora hacen méritos para que los dejen participar en el festín político y administrativo del que están excluidos los revolucionarios consecuentes. No hacen más que confirmarle al pueblo lo que éste siempre supo de ellos. Habrá siempre alguna confusión, por éstos que embarullan las cosas y por otros que, debiendo hablar, han callado. Pero el pueblo sabe que desde que Fidel Castro empezó a quitarles a los ricos para darles a los pobres fue la bestia negra (o roja) del continente. Claro que los gansos que creen que el Peronismo es parte del dispositivo de la “civilización y de la democracia occidental” quedan identificados frente a Cuba con los socios de Aciel y de la Bolsa de Comercio, con los socialistas conservadores y los conservadores de la infamia, con los exquisitos del Jockey Club, del Círculo de Armas, con Ascua Sur y las demás agrupaciones de conciencias muertas, con las numerosas instituciones, frentes y agrupaciones gorilas que piden nuestra sangre, con Gainza Paz, el almirante Rojas, el Dr. Vicchi, el brioso Toranzo Montero. Todas esas fuerzas son virulentamente enemigas de la Revolución Cubana, a la que odian tanto como el “régimen depuesto”: esas cosas no ocurren por casualidad, y nuestra masa no vive en la luna.

¿Hay algún personaje en la Argentina que logra, como Fidel Castro, que todas las cabezas del privilegio se unan para acusarlo de demagogo, comunista, totalitario, chusma, perjuro, punguista, motonetista, barba azul, asesino, incendiario, anti Cristo y otras lindezas semejantes, y contra el cual piden el cadalso, la bomba atómica o la muerte a manos de los “marines” yanquis? Creo recordar que sí. Y me resulta muy difícil entender cómo pueden indignarnos la difamación contra la versión pampeana del monstruo y quedarnos mudos cuando la víctima es la versión tropical.

–Hubo quien no repudió la reciente invasión a Cuba alegando que al no abrir juicio cumplía con la “tercera posición”.

–Con quien cumplió fue con su propia cobardía. A cambio de la riqueza que se llevan los yanquis nos dejan su histeria anticomunista que contagia a ciertos “dirigentes”. En el país reina un clima de terrorismo ideológico: ya no basta con no ser comunista; hay que demostrarle a la reacción que se es anticomunista. Y se llega a emplear el mismo lenguaje de nuestros enemigos: en lugar de dar apoyo total, solidaridad sin retaceos a Cuba avasallada, se agregan condenas al “imperialismo soviético”, lo cual equivale a aceptar las premisas del imperialismo agresor, que califica de crimen la negación de sus ansias hegemónicas y el derecho a elegir las formas de gobierno y los amigos que a cada país americano le resulten más convenientes.

La tercera posición es, precisamente, todo lo contrario. Significa no tener compromisos con los bloques mundiales, estar en libertad de tomar las decisiones más convenientes a los intereses nacionales. Significa tener criterio propio para apreciar cada hecho y cada actitud: no tenemos obligación de encontrar que cada cosa del señor Kruschev es perfecta o malvada; ni de estar de antemano en pro o en contra del bloque capitalista. En otras palabras, en cada momento y circunstancia nuestro tercerismo consiste en opinar libremente, no sumarnos al coro de los que ven en Estados Unidos la potencia rectora. A pesar de que nuestro gobierno tuvo que maniobrar solo, en un mundo hostil, en lo fundamental jamás se apartó de su independencia: no suscribimos el pacto de Caracas que establecía el peligro del “comunismo internacional” para así consumar el crimen contra Guatemala orquestado por Foster Dulles y otras bestias de la “Guerra Fría”; no firmamos los Acuerdos de Bretton Woods (Fondo Monetario Internacional, Banco de Reconstrucción y Fomento); no nos atamos por pactos militares bilaterales, etc. Nada de eso subsistió; las primeras medidas de la dictadura militar fueron adherirse a Bretton Woods, y hoy el FMI dirige nuestra política económica, y revocan por decreto el voto de Caracas; siguieron los pactos militares, los acuerdos sobre el Atlántico Sur, etc. Hoy somos un apéndice del imperialismo, lo que requirió modificar totalmente la política internacional fijada por el peronismo. El tercerismo fue una forma de no ser absorbidos por el imperialismo yanqui: en ningún caso puede ser excusa para plegarnos a su estrategia de guerra fría y para gritar junto con los derviches de la guerra contra los pueblos que han adoptado el socialismo. Es lo que hacen los terceristas como India, Yugoslavia, Egipto, etc., que no han vacilado en apoyar fervorosamente a Cuba y que no ven al mundo como una división tajante donde los “buenos” son las potencias occidentales. Es una posición para encarar los problemas, no para eludirlos. En el caso de un país hermano sometido a persecuciones de toda índole por el imperialismo, no ser terminantes, escatimar el apoyo, es renegar del tercerismo y apoyar al imperialismo. Así como hay farsantes que son antiimperialistas cuando las causas son lejanas y cipayos en las cuestiones argentinas, igualmente hay farsantes que gritan contra el imperialismo aquí y se suman a sus consignas en el orden mundial; estos últimos son los más peligrosos. La posición consecuente de un antiimperialista es desprenderse de los falsos esquemas como “Occidente y Oriente”, “Mundo libre y mundo comunista” y demás zonceras. Hay que estar con los argelinos, que son musulmanes, con los kenyanos, que son mau-mau, con los laosianos, que son budistas, y con los cubanos, que son barbudos. Y decirlo claramente y ayudarlos todo lo que se pueda y tener la valentía de despreciar las voces que se alzarán para acusarnos de comunistas, trotskistas, criptomarxistas, camaradas de ruta, idiotas útiles, filocomunistas, infanto-comunistas, etc.

–¿Existe algún pronunciamiento de Perón con respecto a la Revolución Cubana?

–¿Cómo cree usted que Perón podía desentenderse de un problema fundamental? Cuando dijo que la Revolución Cubana “tiene nuestro mismo signo”, enunció una fórmula exacta que indica la común raíz antiimperialista y de justicia social. Si Cuba ha elegido formas más radicales, ese es un derecho que ningún antiimperialista le puede negar; por otra parte, los procedimientos de 1945 tampoco sirven ahora para nosotros, y nuestro programa, según lo ha dicho repetidamente el propio Perón es de “revolución social”, que salvo para los que viven en el limbo sólo se puede cumplir socializando grandes porciones de la economía y buscando las formas de transformación profunda y total que correspondan a nuestra realidad nacional.

En cuanto al apoyo de la Unión Soviética a Cuba, sólo quienes se pliegan al bando de la oligarquía pueden hablar de “entrega” y demás tonterías semejantes, porque los cubanos no han delegado ningún atributo de su soberanía ni han entregado ningún resorte de su economía. ¿Qué eso sirve a la URSS para hacerse propaganda? ¿Y a los cubanos qué les importa?

Los quisieron matar de hambre, dejarlos sin petróleo, dejarlos sin vender el azúcar, que es su única fuente de divisas, atemorizarlos, agredirlos, quemarles los cañaverales; etc., el cipayaje estaba feliz porque serían castigados los “desplantes”, la insolencia frente al coloso. El mundo socialista les permitió salir de esa ruina a que estaban condenados, y he aquí que ciertos “antiimperialistas” resuelven que Cuba debió dejarse morir de hambre, o llamar a los embajadores norteamericanos para que la vuelvan a gobernar, para que no sufra la “democracia” y puedan seguir tranquilos Somoza, Ydígoras, Frondizi, Prado y demás paladines de la cruzada anticomunista. Todos regímenes democráticos que no podrán hacer lo que hace Fidel Castro: darle un fusil o una ametralladora a cada obrero, a cada campesino, a cada pobre.

En un documento del año pasado el general Perón indicó que el Movimiento debía apoyar todos los movimientos de liberación nacional, como Egipto, Argelia, Cuba, etc. Eso se ha respetado siempre, aunque ciertos sordos no han cumplido estas instrucciones ni las han transmitido a la masa. Y en una carta dice: “Yo sé bien lo que son las sanciones económicas. En 1948 nos las aplicaron intensamente impidiendo la provisión de todo material petrolífero y dejando sin efecto la compra comprometida para nuestra producción de lino que, en ese momento, representaba más del sesenta por ciento de la producción mundial. Como en el caso de Cuba, fue la Unión Soviética la que nos sacó del apuro comprando el lino y ofreciéndonos material petrolífero”. Tal vez deberíamos haber dejado que se pudriera el lino.

–¿Y no cree que también influya la Iglesia?

–La creencia religiosa es una cuestión del fuero espiritual y como tal respetable. Pero cuando algunos sacerdotes opinan de política entonces no puede invocarse para ellos el privilegio de que se les respete como cuando desempeñan sus funciones espirituales: deben ser enjuiciados de acuerdo con sus actos y posiciones políticas. Si se les hiciese caso en materia política, América no se hubiese independizado de España, o, tomando otra etapa posterior, en México reinarían los descendientes del emperador Maximiliano, Cuba sería colonia española. Si se les otorgase imperio en materia política, nosotros nos debíamos haber puesto en 1955 contra Perón, como ellos querían; entonces conspiraron con los enemigos del pueblo, como ahora lo hacen en Cuba.

Durante seis años nuestros compañeros han ido a la cárcel, han sufrido torturas, han sido echados del trabajo, han sido fusilados, sin que los altos dignatarios de la Iglesia hiciesen más que algunos inocuos llamamientos a la paz general, uniendo a verdugos y victimados como si las culpas fuesen comunes; cuando discriminaron, fue para atacar al “régimen depuesto” y para condenar la rebeldía de nuestra masa. No he leído la pastoral que condene a los asesinos de la “operación masacre”. No he sabido de ninguna epístola incandescente denunciando a los sicarios uniformados que aplicaban suplicios a la gente trabajadora. Pero basta que el señor Frondizi justifique la represión como defensa de “los altos valores del espíritu”, para que entonces sí se conmuevan esos duros corazones episcopales. En cambio, están muy preocupados y tristes porque en Cuba hay un gobierno revolucionario. ¿Por qué no dijeron nada cuando murieron 20.000 luchando contra el gobierno que mantenían los yanquis, cuando Nixon abrazaba a Batista y lo colmaba de elogios? ¿Por qué no se preocupan por Angola, donde las fuerzas “occidentales” mantienen la esclavitud aplicando la tortura? ¿O de Argelia, que ha movido la indignación de muchos católicos franceses por el sadismo de las tropas coloniales, cuyas técnicas aprenden nuestros jefes militares? ¿Les parece que hay poco dolor en el mundo y en América, como para que se dediquen al único país donde el pueblo se siente libre?

–¿Usted rechaza, por lo tanto, la tesis de que el peronismo es un freno contra el avance del comunismo?

–Una cosa es que nosotros tengamos una visión de las cosas argentinas que difiere de la del Partido Comunista y tratemos de mantener la adhesión de las masas trabajadoras; otra muy diversa unirnos al fanatismo regimentado que ve a los comunistas como criminales y a los países socialistas como enemigos del género humano. Esto es renunciar a la facultad de raciocinio y aceptar que el bando imperialista piense por nosotros. No necesito ser comunista para considerar que el principal responsable de la Guerra Fría es el imperialismo occidental, ni para comprender que el enemigo más grande que hoy tiene el género humano es la brutal plutocracia norteamericana.

En el orden nacional la manera de mantener nuestro prestigio en la masa no es actuando como ayudantes de los pastores para que el rebaño no se ponga arisco, sino ofreciendo soluciones revolucionarias a los problemas reales. Los que están en la jugada de presentarnos como defensores del orden contra el comunismo desnaturalizan la esencia del peronismo. Y, además, cometen una estupidez. Salvo para los energúmenos que ven conspiraciones bolcheviques en cada lucha popular, el comunismo avanza porque hay razones económico-sociales que así lo determinan. Esas razones no desaparecerán y se trata de ver quiénes darán las soluciones. Los que piensan en “conciliaciones” entre las clases o en paternalismos equilibristas están al margen del tiempo, como los que hablan de corregir los “abusos” del capitalismo. Pero lo que quieran dar soluciones, los que como nosotros aspiran a mantener su vigencia como movimiento de masas, tienen que ir al fondo de los problemas. No es posible enunciar aquí todas las cosas que debemos hacer, pero para terminar con el drama argentino hay algunas que son ineludibles, como por ejemplo: dejar sin efecto convenios petrolíferos, eléctricos, etc.; denunciar tratados militares y compromisos belicistas; expropiar las instalaciones petrolíferas y demás bienes de los monopolios; expropiar a la oligarquía latifundista y a los grandes empresarios industriales: expropiar los bancos, puertos, servicios públicos; socializar grandes ramas de producción, hacer una reforma agraria que respete las características de nuestro agro pero que elimine muchas de las formas empresarias de explotación; planificar la economía en escala nacional; nacionalizar la gran industria pesada; controlar los sectores de la economía que deban mantenerse bajo el régimen de la propiedad privada, etc., etc. Eso significa terminar con la democracia capitalista y sustituirla por nuevas estructuras que reflejen el predominio de las fuerzas del progreso, dirigidas por el proletariado. Es decir, que estaremos vulnerando el “derecho” de la libre empresa, de la propiedad y otros valores igualmente sacros: en otras palabras, seremos “comunistas”. Los factores de poder y la oligarquía en su conjunto nos consideran, desde ya, comunistas, porque nuestro triunfo implica el advenimiento de las masas, que exigirán soluciones y las impondrán. Como dijo Perón: “Las masas avanzarán con sus dirigentes a la cabeza o con la cabeza de sus dirigentes”. Nosotros lo sabemos y la reacción también lo sabe. Así que los que se hacen los “ranas” no engañan a nadie, y menos a la oligarquía, que tiene sensibilidad de sobra cuando se trata de que no le toquen sus privilegios. Los que quieren desempeñar el papel de “defensores del orden” harán el deleite de los monseñores y de los espadones de moda, sirviendo de preservativos por poco tiempo. O impulsamos el avance de las masas –y entonces somos peligrosos y nos llamarán comunistas– o tratamos de frenarlas, y entonces ayudamos a sembrar la confusión durante un tiempo y luego nos barrerán como a la demás resaca del orden caduco ocupando el Partido Comunista o quien sea la dirección que hemos desertado.

–¿Qué piensa de la unidad de las fuerzas populares?

–La unidad es indispensable y será un paso previo al triunfo popular. Lo principal es para qué hacemos la unidad, cuáles son los objetivos cercanos (como, por ejemplo, las elecciones) y cuáles los grandes objetivos. Unidad para simple usufructo politiquero, no. Sí, en cambio, para dar las grandes batallas por la soberanía nacional y la revolución social. En la lucha contra el régimen, es como llegaremos más pronto a la unidad, forjada en la acción; dentro del régimen nos esperan sólo frustraciones y derrotas; y pequeños triunfos que serán desastres.

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CACIQUE VALDIVIESO

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 15-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

El cacique Valdivieso comandaba una tribu de chiriguanos, indígenas que habitaban los contrafuertes de la serranía oriental salteña, junto al río Bermejo. Se distinguían del conjunto de tribus guaraníticas de la región chaqueña –matacos, tobas, vilelas, mocovíes– por la influencia que habían recibido de las culturas andinas. A los medios de vida comunes de la región –la caza de la “pavita negra”, pesca, recolección y cría de yeguarizos– agregaban una agricultura simple, la alfarería, la cestería y el tejido de ponchos. En sus contactos con las vecinas poblaciones de blancos alternaban el comercio con los ataques a los poblados, para llevarse ganado.

Desde mediados del siglo XIX se manifestaron los efectos del avance de la economía capitalista: los obrajes e ingenios presionaron para captar peones entre los indígenas, y los comerciantes para colocar cuchillos, cigarros o alcohol. También el del Estado, preocupado por controlar efectivamente la totalidad de su territorio. En 1884, cinco años después de finalizado el sometimiento de los indígenas del sur, se realizó una campaña similar en el Chaco, que concluyó con una victoria militar sobre las distintas poblaciones aborígenes. La apropiación de las tierras usadas para cazar, y la instalación en las márgenes del Bermejo alteraron profundamente las condiciones de vida de estos indígenas. Por otra parte, sus relaciones con el Estado fueron complejas, como se advierte en el doble título de Valdivieso, capitán y coronel, y en su propósito de conocer a las autoridades de su tierra. La ocupación del territorio por el Estado se completó en 1911, con una nueva y definitiva campaña militar.

La entrevista fue realizada por el diario La Nación, fundado por Bartolomé Mitre en 1870. Fue titulada “El Cacique Chiriguano. Su séquito. Una interview con lenguaraz”.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-63138-2006-02-15.html

VALDIVIESO
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La Nación,
21 de enero de 1896

Nos ha venido otra embajada del desierto.

Los viejos dueños del territorio, desalojados por la civilización, vienen mansamente de vez en cuando, a pedir un pedazo de tierra que labrar para vivir tranquilos. El año pasado fue uno del sur, Namuncurá, el descendiente de una raza belicosa y terrible, que ha tenido en jaque al país, y cuyo vencimiento llaman algunos todavía complemento de la civilización argentina, pues sólo merced a él pudo el progreso desarrollarse sin trabas ni temores, y el pioneer no fue a las comarcas deshabitadas a exponer otra cosa que su trabajo.

Hoy es uno del norte, de la tierra caliente que produce los hombres pequeños de estatura y ardorosos en la pasión.

El cacique chiriguano Gregorio Valdivieso, coronel honorario según algunos documentos, pasaportes y recomendaciones que nos ha mostrado; capitán –en el concepto de jefe o mandatario– según otros, ha llegado ayer lunes muy de mañana a esta capital.

Lo acompañan catorce hombres, todos de su tribu, entre los cuales se destaca el lenguaraz o intérprete, José Manuel Ruperto, un mozo inteligente, “criado con cristianos” en Bolivia, donde fue a trabajar desde muy muchacho. Se hace entender, aunque esté lejos de hablar correctamente.

Los otros trece son más o menos parientes del cacique, como sucede por regla general, y unos llevan nombres del calendario, otros puramente indígenas: son Silverio, Aravera, hermano del cacique, Eustaquio, su sobrino, Ariyu, Valentín, primo, Barihueta y Yasickira, Purinda, Achorancki, Urakesa, Jesús, Avankti, Segundo y Eustaquio.

Entre ellos hay uno, hermano del cacique, hombre de cien años, y que no los representa a decir verdad: seco, enjuto, exangüe, de ojos vivos que lucen a la sombra de ancho sombrero de palma, tejido por las mujeres chiriguanas, envuelto en semicivilizadas y roídas ropas, en los pies la usuta, ojota o sandalia de cuero apenas curtido, con el labio inferior perforado, y en el hueco el trozo redondo de madera, señal inconfundible de raza, es todo un tipo. Grave, solemne, examina cuanto le rodea, con aire entendido pero sin demostrar exagerada admiración.

Han traído sus mantas de vicuña tejidas en los telares primitivos por sus trabajadoras mujeres, los sombreros de palma cortada y trenzada, el arco y las flechas con punta de madera dura, que usan en la caza de la pava del monte y de los cuadrúpedos de pequeña alzada que les sirven de alimento, los grandes cuchillos de industria alemana que les venden a peso de oro en los pueblos cercanos a su toldería, y la flauta de caña tacuara, en que tocan quién sabe qué melopea incomprensible y melancólica.

Son de una pobre raza agotada, que ni aun ha conservado el salvajismo primitivo, pues echa mano de las modernas prendas de vestir –si tal puede decirse de los guiñapos que usan– y está toda ella extenuada, clorótica, con una palidez anémica que es antítesis a la exuberancia de vida de las comarcas que habita. Esos jóvenes salvajes, cuyas tres cuartas partes no han llegado a los veinte años, muestran en sus caras vivas, sorprendentemente inteligentes, todos los rasgos de la vejez. Se confundiría a los más viejos con los más niños, por la decoloración de la tez, por sus arrugas prematuras, producto de una alimentación insuficiente y de lo enervador del clima –si esas arrugas no llegaran a términos de fealdad tristísima en los ancianos, y no parecieran puramente de pobreza de sangre y músculo en los jóvenes.

Llegaron a Buenos Aires en el más absoluto abandono. El gobierno de Tucumán, a cuya capital llegaron a pie después de dos días de viaje, los dejó en el tren que les ha traído hasta esta ciudad, pagándoles generosamente los pasajes –creemos que de su particular peculio–. Allí, en la estación Central, nuestros colaboradores artísticos tomaron un croquis del extraño grupo: los reyes del desierto entrando al núcleo de la civilización. La operación no dejó de parecerles rara, pero a indicación del vivísimo lenguaraz, se dejaron hacer, mansamente, seguros de que no iba a resultarles daño. Muy despiertos, el tren, que Gregorio no había visto nunca, les causó honda y satisfactoria sorpresa –no muy demostrada cual conviene a los altos personajes en villegiatura– pero conviniendo con exclamaciones afirmativas en que aquello era más cómodo que andar a pie. A la llegada no se turbaron, y a fuerza de la insistente pregunta del lenguaraz: “¿Dónde casa gobierno? ¿Dónde casa gobierno?”, llegaron y se instalaron en el cuerpo de guardia, a espaldas de la Casa Rosada, donde minutos después estaba un miembro de nuestra redacción en conversación corrida con Valdivieso, por intermedio de José Manuel Ruperto, hábil traductor y distinguido diplomático según se verá después.

Expuesto el deseo de ver al cacique, se le llamó, y concurrió al punto llevando bajo el brazo un lío de papeles que presentó solemnemente a nuestro enviado.

Es Valdivieso un hombrecillo enjuto y doblado por la edad, de rostro abotagado pero de ojos brillantes, muy picado de antiguas viruelas, con ligeras hinchazones que deforman sus líneas generales, blancos pelos erizados y aislados de barba, cabellos largos, lacios, negros y apelmazados, ceñidos con una vincha y cubiertos por un ancho y bien tejido sombrero de palma. El labio inferior está perforado entre la barbilla y el labio propiamente dicho, y el agujero circular está llenado por un botón común de mosaico blanco y negro, que él ostenta gustoso estirando la piel con ayuda de los dientes. A eso le llaman ellos temeta y otros nombres de tan extraña enfonía, que renunciamos a trasladarlos por ahora al papel.

José Manuel Ruperto venía con el cacique, y al primer golpe de vista creímos hallarnos frente a un antiguo indio soldado. El se explicó. Se había criado en Bolivia, entre cristianos, por eso sabía hablar, quizá por eso sabía muchas otras cosas.

Los papeles eran, todos, a modo de pasaportes, cuidadosamente conservados durante años, y que parecen establecer la ilustre prosapia e indiscutibles prerrogativas del cacique; allí se habla de “coronel honorario”, de “capitán” y de otros títulos, por jefes de guardias nacionales, dueños de ingenios y haciendas, etc., etc. Pero lo interesante es la palabra del cacique por intermedio del lenguaraz, y vamos a ellos:

–¿A qué han venido? les preguntamos.

–A ver goberno, contestó el intérprete en su media lengua. Goberno bueno, cacique decir goberno bueno cuando pusimos tren Tucumán. Antes, decir goberno malo, tener que ir caminando –do día a Tucumán, pero goberno Tucumán bueno, él dice (señalando a Valdivieso) caminar mejor.

Como tendríamos que traducir esta jerigonza, a riesgo de dejar de otro modo en ayunas a los lectores, preferimos hacer síntesis, considerando que la muestra basta.

–¿Cuántos vienen con Valdivieso?

–Catorce hombres.

–¿Quiénes son?

El intérprete enumeró bien hasta nueve. Faltaban cinco. Buscó, y dio dos nombres más. ¿Y los otros tres? Buscó de nuevo, no halló, se embrolló, y luego, en cuclillas, se puso a hacer rayas en el piso, ensimismado, absorto:

–¿Están Urakesa, Avankti y Eustaquio? –preguntó por fin, hallando las fallas en la fila ideal que había formado.

–No.

Completó la lista con un procedimiento mnemónico tan sencillo como eficaz, y la entrevista continuó:

–¿Cuántos hombres manda Valdivieso?

–Dos mil; contando hombres, mujeres y chicos, todos, son dos mil.

–¿Son amigos de los argentinos?

–Amigos, sí, pero quieren que el gobierno los defienda, porque vienen cristianos que se los llevan a trabajar de balde, y ahora nosotros somos argentinos.

–¿Dónde viven, pues?

–En Itapua, en Tacuarenda, en Isenda, en Chareti, toda la comarca se llama la Kiriquirigua, y está en la costa del Bermejo, donde pescamos; nosotros queremos que el gobierno bueno nos ayude, porque nosotros somos buenos.

–¿Y quieren tierra?

–Sí.

–¿Cuánta tierra?

–Serán unas cien leguas.

–¿Y qué van a hacer en esa tierra?

–¿A hacer? Plantar cañita, plantar batata, plantar cositas para comer.

–¿Tienen animales?

–Algunos, pocos, tienen vaquitas, nada más.

En esto el cacique Valdivieso, que escuchaba sin entender, curvaturado, apoyado con ambas manos en el bastón, pues había dejado el sombrero en el suelo y sólo las greñas negras y apelmazadas encuadraban con la vincha su rostro abotagado en que sólo vivían los ojos, se adelantó un paso y con una verbosidad inconcebible, comenzó a endilgarnos una serie de palabras guturales, con sonidos monótonamente repetidos, rasgos de quechua y de guaraní para un oído no versado, en un discurso que escuchamos con el aire más entendido que nos fue posible adoptar. Cadenciosa y rápidamente dejaba caer las sílabas, con apoggiaturas y calderones, notas largas, en el monosilabismo aquél. En vez del ¡bravo! que podía esperarse, después del esfuerzo oratorio, nuestra exclamación, dirigida al intérprete, fue:

–¿Qué dice?

–Dice “que goberno muy bueno”. Que él “quiere mucho a goberno, y que en su tribu no quiere que haya gentes malas, que peleen ni roben, señor”, dice. Dice “señor, nosotros somos gente buena que quiere trabajar, que tiene hambre y que no come, ni tiene cigarros, señor”. “Qué ahora, señor –dice– no puede ver goberno, y su gente tiene que tener comida y cigarros, señor”, dice. “Que do peso necesita para comer y para la gente, señor”, dice.

Recalcaba el señor, atribuyéndolo siempre al cacique, pero con tan manifiesta intención diplomática de agradar, que le contestamos:

–Dile al capitán que está muy bien. Antes de irme, le daré algo. Ahora, contesta: ¿cómo viven ustedes en el Chaco?

–En ranchitos chiquitos de paja, señor. Cazamos pavas del monte con flechas, pescamos en el río. Pava linda, como gallina grande negra.

–¿Cuántas mujeres tiene el cacique?

–Una sola. Otros jefes tienen cuatro, seis; él una sola. Tiene un hijo y una hija, nada más; otros muertos; el hijo se llama Apolinario. El capitán (el cacique) ya tiene más de noventa años. Pero nunca tenido más de una mujer.

–Y ese agujero que llevan en el labio, con un pedazo de madera ¿qué es?

–Quiere decir que es chiriguano, pero ahora no se hace.

En efecto, entre los jóvenes sólo vimos a uno que lo llevara; los viejos, todos.

–¿Y es buena la tierra que piden?

–Buena, buena; linda, linda; mucho agua, buenos campos con árboles; allí sale todo lo que se siembra.

Vino en seguida, otro discurso del cacique, tendiente a manifestar cuánta era su esperanza en el gobierno y cuánta su resolución de manejar a su tribu con daño y condenación para los malos que en ella aparecieran. Y concluyó, siempre según la traducción del lenguaraz, diciendo:

–Yo soy muy viejo, y no he querido morirme sin ver al gobierno de mi tierra, y pedirle que me proteja. Yo no volveré más porque estoy ya muy cerca de morir, pero desearía que no abandonaran a mi gente. ¡Yo ya soy muy viejo y no volveré más!

Parece que entre los indios es conocido el refrán de que las cosas de palacio van despacio, porque el lenguaraz agregó en seguida, hablando esta vez por su cuenta:

–El no vendrá más, yo vendré, yo vendré después; él quiere que yo vuelva para que todo esto quede arreglado.

Y por eso decíamos que el hombre era diplomático: los hechos lo manifiestan.

–Bueno, veamos a los demás. ¿Dónde están?

–Allá, allá.

No sabía decir dónde, como es natural. Salieron él y el cacique, guiando, acompañónos el teniente de guardia, amabilísimo, y atravesando la vía fuimos a dar a los informes restos de la Aduana, donde a la sombra de las construcciones demolidas estaban los trece chiriguanos restantes mirando fijamente la casa de gobierno, sin demostrar en su rostro la admiración que les causaba ese, para ellos, prototipo de la arquitectura más grandiosa que quepa en cerebro humano. Calentaba el sol en la atmósfera húmeda, y ellos estaban tranquilos, sin una gota de sudor, en el cinto la pesada cuchilla alemana, al lado de las mantas de lana multicolor, indiferentes a la curiosidad indiscreta de los pocos que por allí pasaban, peones y carreros. –¡Dice que esto es un gusto! –exclamó el intérprete refiriéndose al cacique y señalando el frente posterior de la casa de gobierno, que se está pintando ahora. Los demás dicen también.

Dimos una corta suma al cacique, quien no hizo siquiera mención a agradecer el presente. Preguntó, eso sí, el valor de los billetes al lenguaraz, se ocupó de su curiosa caravana, y nosotros aprovechamos el momento para irnos, pues el sol picaba, y ya hubiera sido difícil obtener mayores informaciones.

Ayer se presentó el cacique en el ministerio de la Guerra con el objeto de iniciar sus gestiones; pero no pudo ser recibido por haberse retirado el Sr. Villanueva. Hoy probablemente será atendido.

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"Tenemos que pasar de la tolerancia a la solidaridad"

Archivado en LaNación Mundo • Fecha: 15-02-2006 00:00:00

Opina Zygmunt Bauman, de 80 años, la "nueva" estrella de la sociología

BARCELONA.– En 1990 el sociólogo polaco Zygmunt Bauman tomó dos decisiones importantes: abandonó su claustro en la Universidad de Leeds y empezó a hacerse cargo de la cocina del hogar.

Los resultados fueron inmediatos. En el caso más asombroso de florecimiento tardío del mundo académico, pasados los 80 años y sacando prácticamente un libro anual, se ha convertido, desde entonces, en la “nueva” estrella de la sociología contemporánea. Sus conceptos –“modernidad líquida”, “residuos humanos” y “poblaciones superfluas”– revolucionaron el campo sociológico y hoy es considerado una eminencia entre sus pares. Además, los libros de Bauman –quien sobre los problemas del mundo de hoy dice que hay que pasar de la tolerancia a la solidaridad, y, sobre la sociología dice que hoy es imprescindible para la gente común– son bestsellers leídos por un público muy general y donde sea que da una conferencia recibe tratamiento de estrella pop.

El otro resultado es que cualquiera que vaya a entrevistarlo a su casa, en Inglaterra, recibirá, junto a la taza de té de rigor, sus pastelitos recién horneados. Pero esta entrevista se realiza en Barcelona –vino a presentar la traducción al castellano de su libro “Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias” (Paidós)–, donde el bar del hotel está cerrado y no hay ni un café para ofrecer. A pesar de las afirmaciones de esta redactora de que viene de un almuerzo y realmente no necesita nada, la cara de angustia del autor de clásicos como “Modernidad y Holocausto", "La globalización: consecuencias humanas", "Trabajo, consumismo y los nuevos pobres", "Modernidad líquida" y "La modernidad sitiada" no desaparecerá hasta que, casi al despedirnos, finalmente se materialice un mozo.

Su angustia también se debe a que después, a la tarde, lo espera una conferencia sobre la inmigración, justo cuando los titulares de la prensa del día dan cuenta de un rechazo generalizado hacia el fenómeno de los inmigrantes.

Como siempre, Bauman tiene una visión muy original para explicarlo: "Los inmigrantes, y en particular los buscadores de asilo, son una caricatura de la elite global", subraya.

-¿Qué pueden tener que ver las personas más ricas con las más pobres del planeta?

-Se comportan de manera exactamente igual. La elite global sale de la nada, compra la compañía donde uno trabaja, racionaliza, despide a la mitad y es una fuerza que uno no puede ver, cuyas decisiones se toman en países distantes del propio. Es la fuente de incertidumbre de nuestra vida cotidiana. Uno puede estar disfrutando del momento, con buena relación con amigos, jefes y colegas, pero a la noche empiezan las pesadillas: ¿qué pasaría si perdiéramos el trabajo? ¿Si a nuestra pareja la transfirieran a otra ciudad? La fuente de nuestras angustias es la globalización de la industria financiera, del mercado de capitales, del comercio, pero todo esto son nociones abstractas que uno no puede controlar. En cambio, al inmigrante se lo ve. Está ahí. Pero como todos estos conceptos abstractos, sale de la nada, no pertenece y puede resultar una sorpresa desagradable. Entonces, la reacción natural es hacer algo sobre la parte de nuestra vida que sí controlamos.

-¿Por ejemplo?

-Uno no puede escribirle a Rodríguez Zapatero y pedirle que pare el comercio internacional, porque el país sería severamente castigado, pero sí que dicte nuevas leyes para fortalecer las fronteras o que redoble el muro en Ceuta y en Melilla. Es como el viejo chiste del borracho que está buscando algo bajo un poste de luz. Un hombre que pasa le pregunta qué busca y él responde que un billete de veinte euros que perdió. "¿Lo perdió aquí?", pregunta el hombre. "No, en la otra cuadra", responde el borracho. "¿Entonces por qué lo busca aquí?", insiste el desconocido. "¡Porque aquí hay luz!" Bueno, todos nosotros estamos buscando la solución a nuestros problemas en el lugar equivocado, simplemente porque es lo que podemos ver. Sobre las compañías internacionales sólo podemos leer en los diarios, pero al vecino de un país pobre lo podemos correr para que se vaya.

-¿Cómo ve usted lo que ocurrió recientemente con la violencia en los suburbios franceses?

-En Francia se combinaron dos problemas. Por un lado, están los millones de jóvenes que inmigraron buscando el trabajo y la dignidad humana que no encontraban en Marruecos, Túnez y el desierto del Magreb en general, y que son los típicos residuos humanos, porque al no poder acomodarse a las fuerzas de la modernización que afectaron a su país de origen, su existencia se transformó en redundante. En todo el mundo la globalización dejó grupos de gente afuera, que no se pudieron acomodar. Pero en Francia esto se combinó con la tradición republicana, y eso fue un cóctel explosivo.

-¿Por qué?

-Porque según esa tradición cualquiera que tenga pasaporte francés es francés, aunque venga de otro país, y no se lo debería tratar de manera distinta que al resto de los ciudadanos. Esto es una fantasía, pero los ministros de cultura están siempre muy temerosos de que se los acuse de preferir una cultura por sobre la otra, y entonces se muestran completamente indiferentes a los problemas de grupos inmigratorios específicos. Esa es la actitud del gobierno francés ante los problemas sociales. Es interesante que en los ataques de los suburbios franceses el objetivo muchas veces fuera la escuela. Esto es muy simbólico, porque en la escuela todos estos inmigrantes tuvieron buenísimos profesores, que les decían aprendan esto y esto y compórtense de esta manera y tendrán las mismas oportunidades que el resto de los franceses. Pero después salían al merado laboral y por su color de piel, religión o apellido no recibían los puestos de trabajo, y se daban cuenta de que aquello no había sido cierto. Siendo gente racional y bien educada en el excelente sistema educativo francés, estos inmigrantes e hijos de inmigrantes son plenamente conscientes del choque entre el ideal abstracto aplicado a todos y la realidad del multiculturalismo, en la cual hay desigualdad social, económica y de aceptación. Se sintieron, lisa y llanamente, engañados. Por eso vandalizaron las escuelas, curiosamente en el nombre de los valores franceses de igualdad, fraternidad, libertad, en los que fueron educados, pero que nunca vivieron.

-¿Lo mismo podría pasar en Gran Bretaña?

-No, jamás. No digo que Gran Bretaña sea mejor, pero sí que existe una larga tradición de que ser británico puede significar ser galés, irlandés o escocés, que se puede ser británico de distintas maneras, hablando distintos idiomas, tener distintas tradiciones históricas y diversas culturas, e igual ser un buen ciudadano británico. Entonces cuando empezó a llegar masivamente gente de las ex colonias, los británicos la recibieron en este marco, entendiendo que hay distintas maneras de ser británico, pero que el Estado debe ayudar a algunos grupos de maneras especiales para su integración. Francia siempre se negó a hacer esto, nunca pudo reconocer que una niña con velo islámico en la escuela puede ser una excelente ciudadana francesa y creer en un Dios distinto.

-Pero esa chica que lleva puesto el velo islámico, ¿hasta dónde es ella la que decide ponérselo y hasta dónde es una imposición familiar, que le dificultará una relación de mayor igualdad con el resto de las alumnas?

-Piense usted en dos chicas que están en la misma clase. Una viene de una familia marroquí, la otra de una tradicional familia francesa. No son diferentes: ambas son productos de las presiones de su entorno. Las figuras de autoridad de sus distintas culturas les imponen distintas cosas. A una, que use el velo y que se case con un musulmán; a la otra, que no use el velo, pero que esté delgada, y que no se case con un musulmán, sino con un muchacho cristiano, con dinero y de buena familia. Lo peor es que ahora a las chicas musulmanas se les prohíbe usar el velo con la promesa de que si dejan de usarlo encontrarán las mismas oportunidades de vida que las demás compañeras, y luego, por su origen magrebí, esto no resulta cierto. Ellas ya vieron lo que pasa, ya lo saben, y la imposición es poner sal sobre la herida. La promesa de igualdad, además de la desigualdad que ven en la práctica, es una peligrosa combinación.

-¿Cómo ve a la Argentina y a los países que fueron tradicionalmente inmigratorios?

-En los países que son receptores de inmigrantes por naturaleza, donde la familia de casi todo el mundo vino originariamente de otro lugar, la gente está acostumbrada a distintas historias de vida. Francia fue distinta desde la época de Napoleón, que no se declaró emperador de Francia, sino de todos los franceses y de todo lo francés. Nunca existió el reconocimiento al derecho humano de ser diferente. Mis amigos franceses dicen que son tolerantes, pero eso no es suficiente: es una posición de superioridad. El desafío hoy es pasar de la tolerancia a la solidaridad, que no sólo acepta que la gente puede ser diferente, sino que sostiene que la diferencia es algo bueno, que del contacto se aprende y todos salimos enriquecidos. Como los nuevos grupos de inmigrantes en Europa son distintos y, a diferencia de grupos anteriores, van a permanecer distintos, es fundamental que aprendamos esto. Si no, toda Europa eventualmente se convertirá en banlieue, en un suburbio de inmigrantes.

-En su último libro, llama la atención la gran cantidad de referencias que hace a artículos periodísticos. ¿Por qué las hace?

-Yo respeto muchísimo a los periodistas. Sobre todo, a los que escriben para periódicos serios. Considero que son mis mejores colegas sociólogos. La sociología académica, por así llamarla, tarda mucho en registrar los fenómenos nuevos. Nos enseñan en la universidad que antes de decir nada tenemos que juntar datos, confirmarlos, hacer regresión estadística, y recién ahí ver a qué tendencia apuntan. Peor aún: para cada tema hay que concursar para los subsidios a la investigación -proceso largo y burocrático, si los hay-, buscar doctorandos que estén en temas afines para armar el equipo para los próximos dos o tres años? Somos como el búho de Minerva, símbolo de la sabiduría, que, como bien dijo Hegel, sólo abre sus alas cuando el día ha terminado. Para cuando un sociólogo saca un libro, la realidad ya está moviéndose en otra dirección. Los periodistas están en la posición exactamente contraria. Van de aquí para allá, y en cuanto intuyen un fenómeno escriben sobre él, sin ponerse a teorizar. Yo intento ubicarme en una posición intermedia. Uso mis herramientas de sociólogo para conectar las cosas, generalizar y sacar conclusiones, pero me baso mucho en artículos periodísticos. Vivimos en una modernidad líquida, lo cual significa que cambia su forma constantemente. La modernidad sólida es como esta mesa. Para romperla hace falta mucha fuerza. Pero la modernidad líquida es como una taza de café: si la ladeamos, el contenido cambia de forma completamente. Me siento muy feliz de explotar a los periodistas, porque son los mejores para registrar la cambiante forma del café al segundo de que algo movió la taza.

-Otra de las características de sus libros es que son accesibles para un público no especializado. ¿Es una búsqueda deliberada?

-Cuando yo era un estudiante, la sociología era sobre la ingeniería social, sobre cómo cambiar los comportamientos masivos, y estaba dirigida principalmente a gente en posiciones gerenciales, desde el supervisor de una industria hasta un ministro del Interior. Las preguntas que interesaba responder era cómo organizar las relaciones sociales en una fábrica para evitar una huelga, cómo cambiar la conducta de jóvenes de bajos recursos para disminuir el crimen, cómo incentivar a los inmigrantes marroquíes para que se conviertieran en ciudadanos franceses. Los sociólogos apuntaban a quienes buscaban cambiar actitudes y comportamientos y, por ende, escribían en un lenguaje para gerentes. Eso ya no corre más. El problema puede ser que yo haya vivido demasiado tiempo y siga haciendo sociología, pero lo que veo es que los gerentes ya no quieren tomar responsabilidad por lo que hacen sus subordinados: tercerizan todo lo que pueden y su relación con la compañía o institución es la de compra y venta de servicios: si no funciona, se cambia, y listo. El resultado es lo que Anthony Giddens llama life politics, políticas de vida. Lo que antes era responsabilidad de la empresa, o del Estado, ahora es responsabilidad y obligación de la persona, del empleado. De esta manera, la sociología perdió a su principal cliente: los gerentes que tomaban como propia la responsabilidad de cambiar el estado de las cosas. Para muchos, perdió así también su misión y lugar en la sociedad.

-¿Y es así?

-Yo creo exactamente lo opuesto: que la sociología nunca fue tan crucial y necesaria como ahora. El único tema es que en vez de dirigirnos a los gerentes debemos dirigirnos a los ciudadanos comunes y corrientes, que deben lidiar con los problemas cotidianos. Son sus autogerentes. Ya nadie decide por ellos, y necesitan algún tipo de comprensión sobre cómo funciona la sociedad, cuáles son los hilos invisibles que sostienen el andamiaje, para saber cómo actuar. Obviamente, describir la situación, explicar qué la provocó y desenmascarar sus contradicciones, como hacemos los sociólogos, no es lo mismo que reducir las problemas o presiones, pero es un primer paso necesario porque sin esa información estarían aún más perdidos de lo que están. Ese es el principio básico por el cual yo guío mi trabajo. Algunos siguen escribiendo en un lenguaje para gerentes. Yo sé que tengo que ayudar a que las personas comunes encuentren su sendero en el laberinto.

-¿Qué hace cuando no está trabajando?

-Salvo la cocina, no tengo tiempo para hobbies. Tenía muchos de joven, pero ahora lo único que hago es observar a la gente. En esta misma charla yo te estoy analizando. En las entrevistas siempre estoy aprendiendo, como también aprendo de las preguntas en mis conferencias. Quiero ver qué es lo que la gente quiere saber sobre la vida. Eso me desvela y no tengo tiempo para nada más. El problema es que yo mismo me hice grandes preguntas cuando era joven y todavía no las pude responder. Estoy en el camino, pero sé que a mi edad estoy corriendo contra el reloj...

Por Juana Libedinsky
Para LA NACION

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MANUEL GALVEZ

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 14-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

El escritor Manuel Gálvez nació en Paraná, provincia de Entre Ríos, el 18 de julio de 1882, y murió en Buenos Aires, en 1962. Ensayista y novelista, se inició en el periodismo como director de la revista Ideas en 1903 y después colaboró en Nosotros, La Nación y varias publicaciones católicas. En 1904 obtuvo el título de abogado, con una tesis sobre la trata de blancas. Exponente del nacionalismo cultural y temible polemista, exhibió sus tesis en El diario de Gabriel Quiroga (1910), El solar de la raza (1913), Hombres en soledad (1938). En sus cuentos y novelas, Gálvez mantuvo los procedimientos del realismo, al representar la realidad social y política con decidida intención crítica. En La maestra normal (1914), El mal metafísico (1916), Nacha Regules (1919), Historia de arrabal (1922) denunció hechos sociales desde un sentimentalismo y un pietismo humanitario que lo acercaron a los realistas rusos: la prostitución, el hacinamiento, la falta de instrucción, el oscurantismo religioso.

La entrevista, titulada “Manuel Gálvez, atacado también del mal metafísico, tuvo más suerte que el protagonista de su novela”, se realizó tres meses después del golpe de Estado que derrocara al presidente Hipólito Yrigoyen, a quien Gálvez, pese al disgusto de su mujer y sus hijos, había votado en las elecciones de 1928. Sin embargo, celebró el golpe de Estado liderado por el general Uriburu, acorde a sus ideales católicos y nacionalistas. A partir de ese momento, el presidente del PEN Club y militante defensor de los derechos profesionales del escritor se dedicó a la prédica nacionalista y a la defensa de la doctrina social de la Iglesia en libros y artículos publicados en diversos medios periodísticos.

La entrevista se publicó en la sección titulada “Las grandes figuras nacionales”, que estaba a cargo de Pedro Alcázar Civit. El primer reportaje aparecido en esta sección fue realizado a Ricardo Rojas el 23 de mayo de 1930 y en él se explicaba la finalidad de la sección a través de una cita de Almafuerte. “La presentación de ciertos hombres, por más conocidos que ellos sean, ni es una redundancia ni es una impertinencia. Al hombre de mérito, al ciudadano útil, en el consejo o en la acción, no hay que olvidarlo nunca. Dejarlo, siquiera sea, a esa media luz del recuerdo que se llama indiferencia, ya es un delito. Peor que un delito: es un error que suele pagarse con las mismas lágrimas con que se llora lo irreparable.” Las entrevistas de Pedro Alcázar Civit, que aparecen en todos los números de El Hogar, se caracterizan por la reconstrucción de las trayectorias privadas y públicas de los entrevistados, como lo ejemplifica la realizada a Manuel Gálvez. Se publicaron entrevistas a Quinquela Martín, José Figueroa Alcorta, Ramón J. Cárcano, Ricardo Rojas, Alfredo Palacios, Carlos Ibarguren, Manuel Carlés, entre otros.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-63063-2006-02-14.html

GALVEZ
Entrevistado por Pedro Alcázar Civit
El Hogar, Nº 1103,
4 de diciembre de 1930

Manuel Gálvez, que escribe exclusivamente a máquina, parece que hablara a máquina también. Su palabra, en efecto, tiene algo del isócromo martilleo dactilográfico que produce quien compone impulsado por un pensamiento abundante, sólo interrumpido a veces para precisar un concepto.

–Yo nací en Paraná, pero no me siento entrerriano. Mi madre es entrerriana y mi padre santafesino. Solamente me sentí entrerriano cuando Entre Ríos se cuadró a Yrigoyen. Algunos sin embargo me han considerado como yrigoyenista, porque en Córdoba en una conferencia de mi querido amigo el doctor Ernesto Laclau, le presenté unas cuatro paginitas. La conferencia era un análisis filosófico de toda nuestra política; y en la presentación declaré que yo no actuaría jamás en ningún partido, para tener derecho a juzgar algún día con imparcialidad la política de mi país. Elogié tres o cuatro orientaciones del gobierno anterior de Yrigoyen, y esto bastó para que se me encasillara. Pero eso fue antes de las elecciones presidenciales. En el último año yo fui un entusiasta enemigo del gobierno de Yrigoyen... Un hombre aficionado a raciocinar y a juzgar está opinando constantemente sobre hombres y cosas: aprueba esto, condena lo otro. Estas opiniones no son adhesiones partidistas ni compromisos políticos. Hace ocho años escribí unas líneas acerca de la conveniencia de implantar la representación funcional. Lo preconiza, además, uno de los personajes de La tragedia de un hombre fuerte. Si ahora volviera a escribir sobre eso se diría que adulo al gobierno... (Apunta en sus labios una risita nerviosa.) No he actuado nunca en política, aunque la política me apasiona. No los hombres, sino más bien las ideas que los partidos y los hombres, a veces sin saberlo, representan...

Manuel Gálvez nació el 18 de julio de 1882. Cursó sus estudios primarios y secundarios en el colegio de los jesuitas, de Santa Fe, y en el Salvador, de Buenos Aires. La circunstancia de ser su padre, el doctor Manuel Gálvez, diputado nacional por Santa Fe, impuso a la familia una residencia alternada en la ciudad del mismo nombre y en la capital. El novelista, que tuvo una infancia feliz de niño mimado, fue un estudiante regular, cumplido, sin otras lecturas que las de los textos obligados. Tenía, eso sí, “extraordinaria abundancia de ilusiones e imaginaciones disparatadas, y le preocupaba dolorosamente la idea de la muerte”.

–En los preparatorios de Santa Fe, porque allá no había años, hice mis primeros estudios de griego, que he reanudado en 1926 y que sigo desde entonces con igual interés...

Se acerca a uno de los estantes de su biblioteca, inquieto siempre, movedizo, nervioso, toma un pequeño libro y nos lo muestra. Son los Evangelios en su lengua original. Lee unos versículos y traduce. Como algo también sabemos de eso, la conversación se generaliza, hasta que una nueva pregunta nuestra vuelve a encauzarla en el reportaje.

–¿Experimentó alguna influencia literaria en su niñez?

–Ninguna. El ambiente en que me crié fue en ese sentido completamente nulo. Sólo recuerdo que me haya hablado de estas cosas un primo de mi madre, Floriano Zapata, que escribía en un idioma castizo, ameno y socarrón, con bastante influencia de Valera...

A los quince años Gálvez entró en la Facultad de Derecho, sin la menor vocación, exclusivamente por rutina familiar.

–Nunca me sentí atraído –nos dice– por la abogacía, que logré cursar lánguidamente. Y mucho menos cuando empezaron a apuntar en mí las aficiones literarias, que fue, precisamente, en los primeros años de facultad. Me apasiona, en cambio, la arquitectura, sobre todo después de haber viajado por el extranjero.

De los dieciséis a los veinte años, mientras sigue mascullando de mala gana sus códigos, realiza serios estudios musicales en el conservatorio de Williams, y empieza a leer los clásicos españoles. Concentra principalmente su atención en el teatro.

–¿Su primera travesura literaria?

–Fue por esa época. El teatro me obsesionaba, y decidí escribir una zarzuelita, que estrenó en el antiguo teatro Rivadavia, hoy Liceo, la compañía de Angeles Montilla y Enrique Gil. Se llamaba La conjuración de Maza... El mismo asunto que utilizó luego Groussac en La divina punzó... Y tengo música nada menos que de Franco Paolantonio, el maestro ahora famoso, que era condiscípulo mío en el conservatorio.

–¿Usted tendría entonces?...

–Dieciocho años. Pero en realidad no pensaba todavía seriamente en ser escritor... Hice también una comedia, En las redes del amor, que resultó una cosa abominable. Lo más abominable que pudo haber. ¡Póngalo así!, ¡póngalo así!

Y nos indica con un gesto insistente que tomemos nota.

La verdadera carrera literaria de Gálvez empieza en 1903, cuando tenía veinte años. Edita entonces con Ricardo Olivera, actual ministro argentino en Paraguay, una revista de Letras que debía producir sensación en la época. Ideas, publicación mensual, de carácter moderno, casi un centenar de páginas de material selecto, se mantuvo por espacio de dos años. Colaboraban allí firmas que han alcanzado luego consagración en el país: Julián Aguirre, escribía sobre música; Martín Malharro, sobre pintura; Emilio Becher, sobre libros franceses; Ricardo Rojas, sobre españoles; Juan Pablo Echagüe y el mismo Gálvez, sobre teatro argentino; Atilio Chiapori, Mario Bravo, Mariano Antonio Barrenechea y otros.

–Esa revista Ideas ¿es, desde luego, La Idea Moderna que aparece en El mal metafísico?...

–Efectivamente. En esa novela está reflejada la vida literaria de la juventud de mi época. Usted habrá reconocido a la mayoría de los personajes...

–Resulta muy fácil reconocerlos, hasta por la similitud de sus nombres fingidos con los reales: Almabrava, Almafuerte; el doctor Escribanos, el doctor Ingenieros; Juan Luis Heleno; José León Pagano; Carlos Noussens, Carlos Soussens, etc. Carlos Riga, el protagonista, ¿es usted?...

–Sí, soy yo. Yo era así: tímido, soñador. Pero nunca me dio por... (Con un ademán indica “empinar el codo”.)

–Ni tampoco anduvo muriéndose de hambre hecho un andrajo, como su pobre poeta. La coincidencia, felizmente para usted, es exclusivamente espiritual.

–¡Con muchos detalles materiales también, no crea! Hay escenas que son trasunto fidelísimo de la realidad.

–Pero usted es bastante menos haragán que él...

–Yo soy haragán, como todo criollo, pero tengo mucha voluntad, una gran voluntad.

–Eso es lo que lo ha salvado entonces del triste destino de su protagonista.

–Eso y muchas otras cosas –nos contesta el novelista con una risita nerviosa.

(Pensamos en que tal vez Gálvez haya tenido más suerte en el amor que Carlos Riga, pero no nos atrevemos a formularle una pregunta, seguramente indiscreta. Cuando los escritores, por otra parte, quieren hacer confidencias no necesitan del intermediario cronista. Por eso constituyen para nosotros los peores clientes. Su instinto profesional les impediría entregar a manos ajenas lo que pueden explotar directamente.)

Disloquemos un poco el cuestionario.

–Por esos años de adolescencia, ya definida su vocación literaria, ¿pensaba usted escribir novelas?

–Sí, pero a los treinta años, que es la verdadera edad para empezar a escribir novelas. Cuando tenía veinte tracé el plan de mi futura obra, que he realizado más o menos. Lo formaban un conjunto de veinte novelas argentinas, entre las que hasta había un libro de guerra. También he cumplido esta parte de mi proyecto al publicar las Escenas de la Guerra del Paraguay, que es mi obra predilecta. En esto del plan estaba sin duda influenciado por Zola...

–¿Usted fue un lector devoto de los “Rougon-Macquart”?

–Es verdad, pero la influencia de Zola que se me atribuye es absurda. Mayor influencia ejerció sobre mí Flaubert, que leí y estudié concienzudamente. También, por esa época, leía mucho a Galdós, a Eça de Quiroz...

Se graduó de doctor en leyes en 1904, con una tesis sobre La trata de blancas. Una tesis poco literaria, en la que algunos críticos han querido ver como un anticipo de Nacha Regules, la más leída de sus novelas.

–¿Alguna vez puso estudio?

–Tuve estudio de abogado, durante dos meses, con mi cuñado Roberto Bunge... Pero fracasé: la profesión no me interesaba en absoluto...

Un gesto delata que no quiere detenerse en el recuerdo. Con avidez retoma el hilo de su carrera literaria.

–En 1905 hice mi primer viaje a Europa. La inevitable vuelta por París, Italia y España. Llegué a Madrid precisamente cuando se casaba Alfonso XIII. Allí conocí a Valle Inclán, los Machado, Pérez de Ayala, Julio Camba, que era entonces anarquista.

–Algo se contagió también usted del sarampión rojo, ¿no es cierto?

–Sí, sí, tuve unos años de vago socialismo y liberalismo, entre los veintiuno y los veinticinco. Pero, salvo esto, he sido siempre católico practicante. He escrito libros católicos, como El diario de Gabriel Quiroga y El solar de la raza, cuando no era moda ser católico, cuando nadie se atrevía a nombrar a Dios en un artículo. Ortega y Gasset, en su primer viaje, me dijo que Angel de Estrada y yo éramos los únicos escritores argentinos que teníamos preocupaciones espirituales. Durante la guerra, indignado por muchas cosas, un gran sentido de justicia me inclinó hacia la revolución. Creí, como mucha gente, error que no tardé en reprobar, que la revolución era compatible con la Iglesia. Pero nunca fui bolchevique, como imaginan algunos enemigos que tengo. Creí en la importancia de la revolución rusa, en que ella influiría en todo el mundo para mejorar la situación de los pobres, pero después que empezaron a llegar las primeras noticias sobre los grandes crímenes de Lenin, Trotsky y sus secuaces, detesté a esos enemigos del género humano.

Una breve pausa y agrega:

–Me siento latino. Por eso no simpatizo con los Estados Unidos ni con Rusia. Por eso soy ahora reaccionario en lo político. Soy partidario del orden clásico, de la jerarquía. Quiero que los argentinos pertenezcamos a la cultura grecolatina.

Un salto violento.

–¿Nos dice que es usted un eximio bailarín de tango?...

–Lo bailo bien, a pesar de mi sordera. Puede hablar de mi sordera, que ya es trágica.

Las ideas vuelven a encadenarse.

–Sí, yo bailo. Eso le demuestra que soy un espíritu joven. Por eso mismo simpatizo con los escritores jóvenes y la nueva literatura. No los busco, sin embargo. Pero me interesan. Lamento que muy pocos de ellos trabajen; y sobre todo lamento su insolencia y su poco amor al estudio...

Un recuerdo lo obliga a atenuar un poco su severidad con respecto a la insolencia de los jóvenes.

–Aunque, a decir verdad, todos hemos sido insolentes. Me acuerdo con horror de una vez que, en casa de don Santiago Luro, elogiando Luro los versos de Gabriel y Galán premiados en unos juegos florales, citó en su apoyo la opinión de Miguel Cané, entonces de un prestigio inmenso; y tuve la osadía y la insolencia de decir que Cané “no era opinión”... Yo tenía veintidós o veintitrés años... No sé cómo Luro no me sacó de un brazo...

En 1910 Manuel Gálvez publica El diario de Gabriel Quiroga, “páginas de crítica social, que pasan casi inadvertidas”. Se casa con Delfina Bunge, escritora también, y emprende nuevamente viaje a Europa. Durante un año y tres meses recorre Francia, Alemania, Suiza, Italia, Túnez y Argelia. Representa a la República Argentina en la Conferencia Internacional contra el Paro Forzoso, celebrada en París, lo que le da ocasión para escribir una documentada monografía sobre La inseguridad de la vida obrera, que citarán luego los diputados Justo y Palacios en la Cámara y que inspirará los proyectos sobre creación de oficinas de colocaciones oficiales, del mismo Palacios y del diputado Bas.

En la Revista de América, que Francisco García Calderón editaba en París, toma a su cargo la sección de letras argentinas.

Circunstancias ajenas a su voluntad lo retienen cuatro meses en Argelia, donde, para matar su aburrimiento, empieza a estudiar árabe.

–Tenía un profesor muy pintoresco –nos dice el novelista–, un tal Fatah, director de una escuela, que no había oído en su vida hablar de la Argentina. No podía ni siquiera ubicarla en el globo terráqueo. Sobre los extraordinarios conceptos geográficos de monsieur Fatah he escrito hace algunos años un artículo en Caras y Caretas. ¿No lo leyó?

Poco después de su regreso al país, Manuel Gálvez empieza a ser conocido como escritor con la aparición de El solar de la raza (1913), realizado durante su viaje, y que un editor español había retenido oscuramente más de un año. Para obtener la devolución de los originales tuvo que solicitar la intervención del cónsul argentino.

Al año siguiente aparece La maestra normal, considerada como la obra maestra de Gálvez. Ella sola basta para colocarlo entre nuestros primeros novelistas. El libro, que pasa al principio un tanto inadvertido, alcanza verdadera celebridad a raíz de un artículo de Unamuno, publicado en La Nación en 1915. Una celebridad en los primeros tiempos, un poco extraliteraria, porque sus comentaristas –el mismo Unamuno y Lugones, principalmente– ven en él, ante todo, un ataque al normalismo. Surge con tal motivo una frondosa polémica nacional de la que dará una idea sumaria el párrafo que transcribimos de la obra de Olivari y Stanchina: “El éxito del libro es ruidoso, tal vez como no hubo otro en la literatura argentina. Publícanse artículos a montones. Los maestros normales, creyéndose atacados, piden la destitución de Gálvez del puesto que ocupa en el Ministerio de Instrucción Pública. Un riojano baja rabioso de su provincia a provocar al novelista, en virtud de inexistentes agravios que él viera en La maestra normal. En cada capital de provincia y ciudad importante se originan polémicas sobre el libro. En Paraná hasta tiene lugar una manifestación pública en contra de Gálvez. En Catamarca se funda una revista con el objeto de combatir la ya famosa obra. Se escriben un par de novelas que pretenden refutarlo y, para que nada falte, hasta se compone un tango con el título del libro”.

–La novela, Gálvez, demuestra que usted conocía muy bien La Rioja...

–Había estado seis veces allí. Además para poder describir la “Fiesta del Niño Alcalde”, que ocupa unas cuatro páginas de La maestra normal, hice un nuevo viaje, especialmente, a la provincia. Mi práctica es documentarme concienzudamente. Por eso no quise atenerme a lo que había leído en otros autores acerca de la curiosa ceremonia. Joaquín V. González, por ejemplo, le dedica muchas páginas en uno de sus libros. Pero ello no me bastaba, necesitaba verla...

Estas consideraciones le recuerdan sus interminables traqueteos de inspector de enseñanza.

–Es un cargo muy fastidioso el mío. He tenido que levantar sumarios en todos los rincones del país. Lo he recorrido desde Jujuy hasta La Pampa...

–Y ¿qué le parece?

–Que es el país más feo del mundo el nuestro. Sólo tienen carácter la Quebrada de Humahuaca y la ciudad de Salta antigua, cuando conservaba aún su arquitectura colonial. Los intendentes “progresistas” la han afeado después con las construcciones modernas...

–¿Debe perturbarle un poco el puesto para su obra?...

–¡Imagínese!... Además de esos viajecitos, algunos ministros me han hecho cumplir un horario realmente absorbente. Es una desconsideración para un hombre que ha hecho una obra como la mía, ¿verdad?...

Testimonios de su reputación universal, además de la cuantiosa bibliografía crítica, imposible de recordar siquiera en esta crónica, son las cartas y los libros con dedicatoria que posee de James Joyce, Georges Duhamel, Valéry Larbaud, Heinrich Mann, Jacques de Lacretelle, Romain Rolland, Georges Brandes, Stefan Zweig, Israel Zangwill, André Maurois, Francis Carco, Benedetto Croce, Jacob Wassermann, Max Jacob, Juan Margall y otros muchos.

En la actualidad es presidente del PEN Club, donde lucha denodadamente contra la falta de espíritu profesional, característica de nuestros escritores.

–Todos son socios del club –nos dice–, pero pocos van. Apatía, desgano, timidez, temor de encontrarse con Fulano que lo trató mal o a quien él trató mal, etc. Yo tengo que escribirles cartas, telefonearlos, verlos personalmente. Me dan un trabajo espantoso. Y luego las rivalidades, las pretensiones. No es un puesto agradable, pero he debido aceptarlo, a invitación del centro de Londres, porque los escritores argentinos no podíamos faltar en esta asociación internacional.

Otra pregunta y nos vamos.

–¿Le han producido mucho dinero, Gálvez, sus obras?...

–No, aquí los libros no producen dinero... El único que gana es Martínez Zuviría...

–Sin embargo, entendemos que usted también. Se dice que, después de él, es el autor más cotizado...

–Pero hay una gran distancia de Martínez Zuviría a mí... A ver, espérese, le voy a calcular...

Hace números y nos contesta:

–Habré ganado unos cincuenta mil pesos, sin contar los premios ni los artículos de diarios y revistas... ¿No es mucho, verdad, para un hombre que hace veinticuatro años que está escribiendo?... Y que no hace otra cosa que escribir. ¡Porque hay que decirlo, yo no hago otra cosa!

–Trabaja mucho, ¿verdad?

–Todo el día. Mi vida desde hace muchos años está por entero consagrada a esto exclusivamente. Tenía una sola diversión –el cinematógrafo– y ahora me la han arruinado con el sonoro. ¡Ya ve, no me queda ni eso!

Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Grandes entrevistas de la Historia Argentina (1879-1988), Buenos Aires, Punto de Lectura, 2002.

“Se ha hecho todo lo posible para localizar a todos los derechohabientes de los reportajes incluidos en este volumen. Queremos agradecer a todos los diarios, revistas y periodistas que han autorizado aquellos textos de los cuales declararon ser propietarios, así como también a todos los que de una forma u otra colaboraron y facilitaron la realización de esta obra.”

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"Los réditos de la biotecnología son mayores que sus riesgos"

Archivado en Entrevistas Zona • Fecha: 12-02-2006 00:00:00

ALBERTO DÍAZ. QUIMICO

Los avances en biología molecular e ingeniería genética revolucionan las economías y los modos de habitar el mundo. La Argentina tiene, en estos campos, oportunidades que puede aprovechar.

De qué hablamos cuando hablamos de biotecnología?

—Desde que el Hombre empieza a dominar la información genética aparecen lo que llamamos las nuevas biotecnologías. Es la aplicación de los resultados de las investigaciones en biología molecular, genética molecular y en las ciencias biológicas en general, para usos que van desde la fabricación de medicamentos, vacunas y alimentos hasta materiales resistentes y productos que usamos en nuestra vida cotidiana, como detergentes o plásticos biodegradables.

# ¿El aporte más difundido es el de la industria farmacéutica?

—Así es, ello ocurre cuando comienzan a producirse proteínas humanas y se utilizan para medicamentos. Los últimos ejemplos son todo lo que tiene que ver con la genómica; con la posibilidad de aislar e intercambiar genes, la clonación de células embrionarias y el secuenciamiento del Genoma Humano. Se dice por eso que es la tecnología de las fronteras cambiantes: cuando se cree dominar un campo, aparece otro hasta entonces desconocido y esto es lo que tiene de fascinante.

# ¿Cuáles fueron los descubrimientos que abrieron esta Caja de Pandora llena de sorpresas y hallazgos?

—La piedra fundamental es el descubrimiento que hacen Watson y Crick en 1953, cuando lograron describir la estructura del ADN, un modelo (que se llamó "en doble hélice") que iba a permitir conocer y manejar la información inscripta en toda célula de cualquier organismo vivo. Veinte años después, aparece la ingeniería genética, basada en aquel descubrimiento que permitió transferir genes de una especie a otra; fundamentalmente a bacterias, pero también a células animales y plantas, para ser usados en la fabricación de nuevos productos para la salud, la alimentación o en nuevos materiales. Otro gran paso es el que da César Milstein en 1975 cuando describió cómo obtener anticuerpos monoclonales.

# Un premio Nobel argentino cuyas investigaciones permiten un notable avance en diagnósticos y tratamientos médicos

—Milstein se dedicaba a la inmunogenética; o sea, cómo a través de los genes, de nuestra herencia, vamos transmitiendo un sistema inmune, sobre todo en la generación de anticuerpos. A partir de ahí desarrolla una técnica de laboratorio que moviliza a los centros de investigación: se podía producir en bacterias, en unas pocas horas, miligramos o gramos de proteínas humanas o de otras especies, para luego estudiar sus estructuras, mecanismos moleculares y su fisiología. ¡Algo increíble! Lo mismo comenzaron a hacer los inmunólogos; el descubrimiento se patentó en los Estados Unidos y a partir de allí —según lo cuenta el propio Milstein en la última conferencia que dio en Ciencias Exactas en Buenos Aires—, aquello, que era una aventura del conocimiento, llevó a crear una industria de miles de millones de dólares.

# ¿Cuáles son los campos de aplicación más importantes de estos conocimientos en biotecnología?

—Hoy en día, se habla de tres sectores claves. El "sector rojo", que es el de los medicamentos; el "sector verde", que es el del agua y la alimentación; y el "sector blanco", que sería la industria —la química, materiales, energía, etc.. El impacto más grande, enorme, es la biotecnología aplicada a la salud. La industria farmacéutica internacional manejaba muy bien ciertas producciones biológicas como lo son los antibióticos y vacunas, pero no conocía la biología molecular. Entonces, aquí aparece el nuevo fenómeno, la producción de medicamentos como el interferón, la eritropoyetina y otras proteínas a escala industrial para tratamientos terapéuticos.

# ¿Y en la alimentación?

—Hasta mediados de los años 80, la biología molecular en el sector plantas, en la célula vegetal, no estaba tan desarrollada como en las células animales, en la salud. Por razones obvias: porque todo lo que es salud se fue desarrollando siempre fuertemente con grandes inversiones en Estados Unidos e Inglaterra. Pero en ese momento, varios biólogos moleculares dijeron: "si esto lo hacemos para el humano, es mucho más fácil hacerlo para las plantas". Entonces, crearon centros e institutos, inclusive aparecieron algunas pequeñas empresas que fueron las que primero introdujeron genes de resistencia, por ejemplo al herbicida, o genes de resistencia a un insecto, en determinadas plantas. En solamente tres años, entre 1995 y 1998, el área plantada con semillas modificadas genéticamente en el mundo pasó de cero a treinta millones de hectáreas. En 2004 se llegó a 81 millones, un 20% más respecto de 2003.

# En este caso, fueron las grandes empresas transnacionales las que detectaron rápido las implicancias de esta experimentación

—Claro; si bien la industria farmacológica está muy concentrada internacionalmente, las semilleras lo estaban aún más. Esas empresas descubren el efecto que tienen los agroquímicos sobre las plantas que se cultivan. Entonces, desarrollaron una línea de semillas resistentes a herbicidas. El caso más típico es el de Monsanto, que vendía y fabricaba el rifosato, que es un insecticida que ahora se llama "amigable al medio ambiente" porque se degrada más rápidamente y tiene una serie de ventajas. O sea, ellos venden la semilla, y al mismo tiempo el agroquímico. Otro gran evento fue, a comienzos de los años 90, la creación en el ámbito de la Secretaría de Agricultura de la Comisión Nacional de Biotecnología Agropecuaria, la que pone en marcha los sistemas de regulación, de control y seguridad. Es entonces cuando se aprueban las primeras semillas transgénicas y aparece la famosa soja RR —resistente al rifosato.

# ¿Es entonces cuando empieza la "sojización" de la Argentina?

—Sí, con la siembra directa y las semillas transgénicas se aumentó y extendió la producción enormemente. Los rendimientos fueron mayores, los costos bajaron, el productor aumentó su producción, ganó más y se exportó más, ayudados además por los precios internacionales, la demanda mundial de alimentos y la política cambiaria. En nuestro país se calcula que la agricultura representa hoy el 11% de nuestro PBI y el área sembrada con cultivos genéticamente modificados (GM) es de 16, 2 millones de hectáreas. El 98% de la soja sembrada es transgénica, pero también el 55% del maíz y el 25% del algodón.

# ¿Cuál es el balance que puede hacerse de esa transformación tecnológica en el agro?

—Creo que muy favorable. Los réditos de la biotecnología son mucho mayores que sus eventuales riesgos. Está el aspecto económico, en primer lugar: el aumento en los niveles de expor tación, su influencia en la recuperación económica y también social, ya que de allí salen las retenciones. Se puede hacer mejor, claro. Pero también surgieron otros problemas, como la disminución de la biodiversidad o el peligro de quedar atados a un solo cultivo. Pero ha traído también un mayor reconocimiento en los productores y en los políticos del valor del conocimiento científico; saben que la biotecnología es necesaria y crea riquezas.

# Entonces, ¿con la biotecnología se come, se cura y se educa?

—Puede ayudar mucho a alimentar, curar y educar; a solucionar nuestros problemas más graves y, en suma, a vivir mejor. Es cierto que los avances en biotecnología están cambiando nuestras vidas. Pero ojo; no es por generación espontánea, no es la fuerza del mercado ni la "magia de la ciencia" ni ninguna mano oculta la que está operando esta gran transformación. Sacar provecho social y económico de ella requiere un gran esfuerzo de inversión e innovación; cambiar la mentalidad del empresariado nacional, vincular más y mejor la universidad y la empresa, los sistemas de educación y de investigación científica con la producción. Todo esto difícilmente pueda lograrse sin una política de desarrollo científico-tecnológico.

# Lo que supone un rol activo por parte del Estado.

—Mahatma Gandhi decía en la India: "Precisamente porque somos un país pobre es que necesitamos hacer ciencia ". Podemos encarar la desocupación, políticas y medidas frente al hambre y la pobreza y al mismo tiempo desarrollar conocimientos en tecnología. Estaremos mejorando las capacidades del país para resolver sus problemas más serios.

Copyright Clarín, 2006.

http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/02/12/z-03216.htm

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Una tierna amistad entre mujeres

Archivado en Corazones desatados • Fecha: 12-02-2006 00:00:00

Dos chicas prometen ser amigas para siempre a los 14 años. Luego tienen un breve desencuentro por un chico. Pero siguen adelante, apoyándose mutuamente, aunque rivalizando en secreto por cada cosa. Hasta que, a los 45 años, van a un fiesta y ocurre una “catástrofe”

Hubo un tiempo, allá por el remoto 1977, en que Fernández las llevaba a bailar todos los sábados a GEBA. Las dos estudiaban en un colegio de monjas de Palermo Viejo y todos les decían "las hermanas". Se hicieron amiguísimas en la secundaria, a los 14 años, y desde entonces se sentaban juntas, vivían una en la casa de la otra, se ayudaban con las materias y con los primeros novios, y se mostraban idénticas e incondicionales.

No eran, por supuesto, idénticas. Caro era morocha, cerebral y sobresaliente. Vivi era rubia, despreocupada y creativa. Pero estaban tan unidas que se contagiaban los giros y los gestos, se imitaban el tono de voz, se copiaban los peinados y los pasos de baile, y se intercambiaban los vestidos.

Fernández les presentó a Roli en los bailes de carnaval de 1978, y Caro emitió leves señales de atracción fatal. Roli era un rugbier de ojos azules que podía elegir porque todas las chicas de la zona estaban a sus pies. Vivi asesoró a Caro en la cacería, pero el pez era demasiado grande y siguió de largo. Eran adolescentes: Caro olvidó rápido y se abocó a otros chicos, y al año el rugbier no era ni siquiera un recuerdo.

Una noche, a la vuelta de unas vacaciones de Gesell, Vivi sentó a Caro en la cama de su cuarto y le contó que se había encontrado con Roli en el centro, que habían paseado por la playa y que una noche le había dado un beso en la boca.

–No pasó nada más, porque yo me fui al mazo, pero me sentí mal y quería contártelo. No te molesta, ¿no?

–No –dijo Caro– cómo me va a molestar esta estupidez. ¡Si ya ni me acuerdo de la cara de ese energúmeno!

Esa noche no pudo dormir. Se sentía dolida y traicionada, y a la vez culpable por pensar mal de su amiga, e indignada con ella por caer en la tentación, y deprimida consigo misma por ser tan poca cosa. Por la mañana, decidió que no podía rebajarse a comentar su dolor y que debía sobrellevarlo con dignidad. Lo sobrellevó en silencio, sin decir nada, y el tiempo fue curando esa pequeña herida de vanidad hasta que la disolvió por completo. Beneficiaron esa cauterización los sucesivos romances de Caro y los fracasos amorosos de Vivi, que sufría y se equivocaba de hombre con gran facilidad. Siempre estaba Caro para sostenerla y para apiadarse de su amiga. Caro era rígida y Vivi era flexible. Hicieron juntas el ingreso en la Facultad de Ingeniería, pero al año la rubia se pasó a los claustros de Arquitectura, y "las hermanas" tomaron algo de distancia. Aun así, cuando Caro perdía, que no era seguido, Vivi la compadecía y ayudaba, y viceversa. Esos eran los mejores momentos entre ellas: ser amigos en el fracaso es fácil, lo difícil es ser amigos en el éxito. El éxito trae competencias soterradas y envidias inevitables.

Cuando se recibieron, la clásica rivalidad entre arquitectos e ingenieros las alcanzó, aunque de un modo larvado e inconfesable. Sin decírselo nunca cara a cara, las chicas se acusaban mutuamente de "falta de imaginación" y de "falta de rigor". Ella no vuela, ella vuela demasiado. Ella es puro sueño, ella es puro cálculo. Saldaban esas diferencias, que jamás se imputaban para no hacerse doler, criticando con dureza a los maestros mayores de obra y a los decoradores de ambientes.

Caro conoció a un ingeniero y se casó por iglesia. Vivi conoció a un poeta y se fue a vivir a un sótano. La morocha creció económicamente y la rubia tuvo que hacer de todo para salir del pozo. Pero Caro tenía un matrimonio tormentoso y Vivi tenía un matrimonio idílico. Los hijos de ambas se detestaban, pero ellas eran madrinas cumplidoras y mantenían los ritos de la mejor amistad. Caro se separó del ingeniero y Vivi la acompañó en todo ese doloroso proceso. Luego Caro se hizo los pechos y comenzó una nueva vida, y Vivi se quedó en casa teorizando contra las siliconas.

La morocha, ya divorciada, comenzó a minar sutilmente las seguridades matrimoniales que Vivi tenía. Algo podrido, después de tantos años, tenía que estar gestándose debajo de aquel aparente mundo perfecto. En plena crisis de los cuarenta, Vivi se preguntaba si su "hermana" no tendría algo de razón, y luego se daba cuenta de que esos insistentes comentarios formaban parte de los deseos ocultos de la morocha: Caro quería que fracasara como ella misma había fracasado. Necesitaba que volvieran a estar parejas.

Jamás discutieron en treinta y un años de amistad, ni por el más mínimo asunto. Y se defendían como verdaderas leonas ante terceros. Pero era obvio que se vigilaban de reojo, y que se medían todo el tiempo, y que recelaban la ropa y la figura, y los modos en que conducían sus vidas.

Cuando rondaban los cuarenta y cinco fueron invitadas a una fiesta en los salones de GEBA organizada por varias promociones de cuatro o cinco colegios de Palermo, Colegiales y Belgrano. Se trataba de un baile informal, con cena y sorpresas, y Fernández asistió en ridículo saco y corbata. El disc jockey reproducía las viejas canciones, y bailarines levemente ajados reproducían las viejas piruetas. Había hombres y mujeres que habían hecho un pacto con el diablo. Y también chicas que se habían convertido en señoronas y muchachos que se habían transformado en sus padres y que daban un poco de pena. Algunos alumnos que habían sido serios en la juventud se habían convertido en excitados libertinos de última hora. Y corrían por las mesas y por la pista la caipirinha y el champagne junto con la electricidad erótica.

"Las hermanas" conservaban la piel, las curvas y el charme. Una vestía de azul y la otra vestía de granate, y cuando entraron juntas, del brazo, recibieron besos y rechiflas de admiración. Caro tenía una belleza marchosa, Vivi una belleza espontánea. Fernández les fue a buscar un trago y conversó animadamente con las dos. Vivi se tomó seis caipirinhas en una hora, Caro no terminó su copa de champagne. Bailaron temas de Bee Gees y de Chicago, y a la medianoche hubo un número vivo, y también varios vivos que tomaron el micrófono y comenzaron con juegos pícaros de secundaria. A la una, Vivi fue coronada por aclamación "la chica más infartante de la noche" y tuvo que agradecer en público y someterse a un reportaje irónico. Completamente borracha, respondió barbaridades y calificó con dureza a sus ex compañeros. Le dio el "premio limón" a su amiga Caro, por ser "controladora y un poco agreta", y siguió haciendo papelones durante un rato hasta que el disc jockey se apiadó de ella y puso un tema de Led Zeppelin.

Fernández notó dos cosas a la vez: Caro había desaparecido y Vivi estaba mareada y pálida. Tomó a la chica vacilante y la sentó en un cantero. Vivi lloraba y Fernández le pidió a un mozo un café doble bien caliente. ¡Se convirtió en una máquina! –decía la rubia–. Toda perfectita y envidiosa. Me trata como a una fracasada, me quiere manejar la vida. ¡Y nunca se le ocurrió una idea! ¡Nunca! Fernández le pasó un brazo por sobre el hombro y la tuvo media hora a moco tendido, secándole la cara con una servilleta. En un momento, Vivi se tomó del estómago y le dijo que tenía ganas de vomitar. Fernández la acompañó hasta el baño de damas y la esperó en el jardín. Vivi vomitó la cena, las caipiri­nhas y las tristezas histéricas de esa noche, y se quedó sentada en una silla, con las piernas torcidas y unas ojeras de muerta. De repente escuchó que la puerta cerrada de un retrete se abría y que se precipitaban desmañadamente afuera Caro y un galán maduro de ojos azules. Caro llevaba el vestido azul arrugado y sin un bretel, el pelo negro revuelto y el maquillaje corrido. El galán se parecía muchísimo a Roli, el rugbier energúmeno de antaño. Roli la miró un segundo, con el picaporte en la mano, y le dijo: Qué cambiada que estás, Vivi. Y luego hizo mutis por el foro. Caro se acercó al espejo, sacó de su diminuta cartera un cepillo y un lápiz labial, y comenzó a adecentarse. Lo hacía en silencio, sin emitir comentario alguno. Cuando llegó al rouge, miró de reojo a su amiga y le preguntó, con voz adolescente: No te molesta, ¿no?

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Fernández

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La desaparición de Marta Stutz

Archivado en Cronicas rojas por Alvaro Abos • Fecha: 12-02-2006 00:00:00

En 1938, en la provincia de Córdoba, una niña de sólo nueve años sale de su casa para comprar una revista y jamás regresa. Se sospecha que fue secuestrada. Sin embargo, nadie pedirá rescate...

A Martita Ofelia Stutz su mamá le había dado permiso para que fuera a comprar el Billiken en el quiosco de la esquina. Nunca regresó. Nadie la volvió a ver, ni viva ni muerta. Martita tenía nueve años y vivía en el barrio San Martín de la ciudad de Córdoba. Como sucede con los crímenes que perturban a la sociedad, que rompen algo profundo en ella, nada fue igual después del caso Martita Stutz. Todo sucedió en 1938, el año en que Hitler ocupó Austria, México nacionalizó el petróleo, se suicidaron Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, y River Plate inauguró el Monumental.

Los Stutz eran gente modesta, pero vivían con ciertas comodidades características de las familias argentinas de la época. El padre era empleado y la madre, ama de casa. Ocupaban una casa amplia en la calle Galán, a unos metros del boulevard Castro Barros. Córdoba era una ciudad provinciana en la que despuntaban rasgos modernos. Siesta y pujanza, peperina y cambio. Calles tranquilas, largos paseos al borde del arroyo La Cañada, pero también rascacielos en construcción. Los Stutz podían darse algún lujo, como tener una sirvienta con cama adentro.

Eran las once y cuarto de la mañana del sábado 19 de noviembre de 1938.

–Mamita, ¿me das veinte centavos para comprar el Billiken? –preguntó Marta Ofelia.

–Sí Martita, acá tenés. Tené cuidado al cruzar la calle.

¿Por qué habría de tener miedo esa mamá? Martita iba todos los días a la escuela en tranvía, con su papá, y volvía con una compañera que vivía en la misma cuadra. De todas maneras, rara vez salía sola. Pero aquella mañana la casa estaba revuelta: habían venido parientes de Buenos Aires.

Martita vestía un traje azul marino con la pollera tableada, medias tres cuartos, y en la cabeza, un moño blanco. La mañana del 19 de noviembre inauguraban un centro cívico en el barrio y había venido el gobernador, Amadeo Sabattini, motivo por el cual había mucha gente. El quiosquero se llamaba Manuel Cardozo y era de confianza. Luego, cuando la policía le preguntó, recordaría perfectamente cuando, tras comprar la revista, la nena Martita Ofelia se había vuelto a su casa, distante algunas cuadras. No notó nada raro. El boulevard Castro Barros estaba muy concurrido, pero la comisaría 9ª, que tenía su sede allí mismo, daba tranquilidad.

Al cabo de media hora, como Martita no volvía, la mamá comenzó a preocuparse. Fue hasta el quiosco. Llamaron por teléfono al padre, que estaba trabajando en las oficinas del Molino Centenera. La familia, junto con los vecinos, empezó a buscar a la niña por todos lados.

Al día siguiente, los titulares de los diarios de Córdoba olvidaron la Guerra Civil en España y salieron a la calle con un terrible anuncio: "Desaparece una niña misteriosamente". "Toda Córdoba busca a una nena. Podría ser un secuestro." Debajo, la foto de Marta Ofelia Stutz.

"Su carita de conejo blanco, de durazno maduro, llena de candor, sobre un torso macizo y desarrollado. ¡Nueve años!", escribiría Leonardo Castellani. Una imagen que se volvió pesadilla para los argentinos durante muchos meses.

¿Por qué la desaparición de Martita Stutz conmovió de esa forma al país? Quizá porque simbolizaba un miedo ancestral: el mal puede golpear también a los inocentes. Ese miedo se corporizó en los peores monstruos: los asesinos de niños; en 1440 fue Gilles de Reis, que mató a centenares de inocentes. En 1931, Peter Kûrten, llamado "el vampiro de Düsseldorf", cuya cabeza rodó bajo el hacha del verdugo.

La policía de Córdoba se puso a buscar frenéticamente a Martita. Desde el principio, flotaba en el ambiente un funesto presagio: estaba fresca la tragedia de Charles Lindbergh, el héroe de la aviación mundial, cuyo pequeño hijo había sido secuestrado y asesinado en 1932. En la Argentina, la Maffia había consumado raptos resonantes: en 1932, el del doctor Jaime Favelukes, luego liberado. El mismo año, el del joven Abel Ayerza, que apareció muerto. En febrero de 1937 fue secuestrado y asesinado en la estancia que sus padres tenían en Camet, Mar del Plata, el niño Eugenio Pereyra Iraola, de dos años.

Sin embargo, el caso de Martita Stutz era distinto. ¿De dónde sacaría la familia de un modesto contador los 100.000 pesos que se pidieron –y se pagaron– por el niño Pereyra Iraola? Aunque hubo algo más extraño aún en el corazón del caso Stutz: lo que todos daban por hecho no se produjo: no llegó ningún mensaje pidiendo rescate.

La cacería

Al desvanecerse la hipótesis del secuestro extorsivo, quedaban dos posibilidades: venganza o crimen sexual.

La policía intentó reconstruir el posible itinerario de la niña.

–A Martita –repetía la madre, angustiada– yo le había enseñado todo lo que debe saber una nena: que tuviera cuidado al cruzar la calle, que nunca aceptara caramelos de un hombre, que no hablara con extraños.

La madre, quizás influida por los diversos rabdomantes y adivinos convocados para encontrarla, creía que Martita estaba prisionera en algún lugar de la misma manzana. ¿Se habría extraviado? ¿Era una travesura? ¿Estaba en casa de alguna compañerita? Cuadrillas policiales y efectivos del ejército recorrieron esa manzana; luego siguieron con ese y otros barrios. La ciudad entera fue rastreada en busca de pistas. Dragaron el fondo de La Cañada. Entraron en los viejos túneles que se abren en las barrancas del río Primero. Allanaron viviendas, chozas, depósitos, comercios. No quedó en toda Córdoba ningún presunto delincuente, ningún vagabundo, ningún sospechoso sin investigar.

El misterio se convirtió en un rompecabezas. Porque los testigos que la policía convocaba decían cosas distintas. Según el quiosquero, la niña había comprado la revista y regresado en dirección a su casa sin que nadie se le acercara. Domingo Flores, un peón de Obras Sanitarias que trabajaba en el lugar, la había visto a Martita alejándose de la mano de una mujer rubia con un vestido floreado. Dos niños, Hugo Giménez, de 7 años, y Antonio Cobos, de 12, del barrio de Villa Cabrera, se presentaron para contar que habían visto a alguien parecida a la niña en el camino a Pajas Blancas, donde hoy está el aeropuerto de Córdoba, que entonces era un siniestro descampado. Fue –decían los pequeños testigos– un rato después de la de­saparición. Iba en una voiturette verde, con la capota blanca baja. Según Hugo, la niña viajaba con dos hombres; según Antonio, con "un hombre gordo".

La policía buscaba ahora a una mujer rubia y una voiturette verde. No quedó rubia sin investigar. Tanto, que numerosas rubias cordobesas se tiñeron el pelo en aquellos días para poder pasear tranquilas por la avenida Olmos.

Entre tanto ir y venir, la policía descubrió una voiturette verde circulando no muy lejos del barrio San Martín. Detenido el conductor, resultó ser un hombre gordo llamado Domingo Sabattino, con antecedentes policiales por tráfico de licores sin estampillar. Sabattino siguió siendo sospechoso y pasó tres años preso. Finalmente, se determinó que nada tenía que ver con la desaparición de Marta Ofelia.

Los sospechosos

Comienza una cadena de delaciones, un desfile de personajes estrambóticos que parecen salidos de una película delirante. Uno de los tantos investigados es un conductor de tranvías llamado José Bautista Barrientos, de 31 años, casado con una partera no diplomada, especialista en abortos y tiradora de cartas. En el patio de tierra de la casa que ocupaban los Barrientos, en el pasaje Rioja, la policía encuentra tierra removida. Cavan y aparece un colchón con manchas que parecían de sangre. Barrientos complica a un vecino llamado Humberto Vidoni, propietario de un horno de ladrillo en las afueras de Córdoba. La policía anuncia que se recogieron cenizas en ese horno. ¿Humanas?

Vidoni, interrogado en el Departamento de Policía de Córdoba, fue literalmente muerto a golpes: era una piltrafa cuando lo llevaron al hospital San Roque, donde falleció el día de Navidad de 1938. La investigación se había cobrado ya una vida. Según se averiguó después, las cenizas no pertenecían a una niña, sino a una persona adulta.

Se busca al monstruo

La opinión pública, conmovida por la tragedia de los Stutz, pide a gritos que se encuentre a Martita, o al menos su cuerpo, y que se castigue a los culpables. El jefe de Policía Argentino Aucher –que en 1946 sería gobernador peronista de Córdoba– y el juez de instrucción Wenceslao Achával desatan una auténtica cacería. El juzgado contrata a Mono, un célebre perro-sabio que es llevado a la casa de la niña y luego al domicilio de los Barrientos. El animal, tras olfatear largo rato, se queda inmóvil ante… un tambor vacío. El juzgado llama al adivino y astrólogo Lucio Berto, a quien se atribuía haber descubierto a los autores de un asalto bancario, y el rab­domante formula un anuncio sensacional: ¡Martita está viva!

Esta premonición conmueve a la madre, para quien la niña no puede haber ido lejos:

–Si la hubieran forzado, Martita, que es una nena robusta y fuerte, se hubiera defendido…

La policía de Córdoba es reforzada por algunas figuras de la Policía Federal, como los comisarios Finochietto y Viancarlos. Este último era uno de los detectives que habían atrapado al Pibe Cabeza y otros mafiosos de fuste. ¿Podía ser la desaparición de Martita una venganza familiar? Se investigan a fondo los parientes de ambas ramas: los Stutz eran de Nueva Helvecia, Uruguay, y los Ceballos, apellido de la familia de la madre de Marta Ofelia, de Villa María. No había conflictos ni situaciones irregulares. Quedaba una sola hipótesis: el crimen sexual.

El padre de la niña ofreció recompensa y perdón a quien informara sobre su hija. La madre formuló un llamado dramático:

–¡Les daremos lo que quieran, pero devuelvan a la nena…!

En todas las paredes de la ciudad, afiches con la cara de Martita claman: "Se busca a esta niña". Los diarios de Buenos Aires dedican creciente espacio al caso. Crítica titula: "Como los antiguos caldeos, el juez Achával emplea la astrología para resolver un crimen".

El gobernador Amadeo Sabattini, enfrentado al gobierno conservador del presidente Roberto Ortiz, presiona a la policía para que resuelva el caso. Pero el resultado de esa presión es catastrófico. La pesquisa se vuelve incongruente y errática, orientada por las delaciones: llegaron a recibirse 3000 denuncias anónimas. Mitómanos y exhibicionistas envenenaron la investigación con mentiras y ocultamientos.

La creación del monstruo

Durante toda la investigación, se sospechó que la clave del secuestro la tenía el matrimonio Barrientos. El hombre era una bala perdida: personaje turbio pero menor de la ciudad, en las diez declaraciones que formuló y en los tres careos a los que fue sometido, admitió su conexión con el crimen para luego desdecirse alegando torturas, que sin duda existieron. Sus confesiones hicieron perder mucho tiempo y no condujeron a nada.

La policía intentó una y otra vez probar esta hipótesis: los Barrientos, oscura pareja conformada por un confidente policial o mafioso de pacotilla y su celestinesca esposa, proveían menores para la diversión a ciertos personajes influyentes de la ciudad. Alguien, quizá los Barrientos o el propio Suárez Zavala, solos o en ilícita asociación, habrían raptado a Martita con esos fines y ella "se les quedó", por lo que fue necesario "hacerla desparecer". En esa trama, la policía intentaba involucrar a diversas mujeres rubias basándose en algunas de las muchas declaraciones espontáneas o "inducidas", como la del dueño de un restaurante en el camino a La Calera que dijo haber servido el almuerzo a una pareja (una rubia con un señor maduro) acompañados por una nena que parecía dormida o enferma. Ese gastrónomo terminó internado en un manicomio.

Pero faltaba alguien a quien acusar: "el monstruo". Entonces apareció en escena un perfecto candidato a culpable: un hombre que merodeaba por la ciudad, que conocía prostitutas, que estaba en contacto con figuras públicas y que, si bien no era un delincuente –no tenía antecedente alguno–, no era trigo limpio…

Quien introdujo en el caso a ese hombre fue una tal María Rivadero, huérfana de 17 años que había sido madre soltera a los 13, internada en el Asilo del Buen Pastor, pero que salía de vez en cuando para hacer faenas domésticas en casas que la requerían. Esto fue la que reveló la huérfana:

–Una tarde yo estaba en casa de una señora C., escuché a un hombre llamado Suárez Zavala, amigo de la familia; decía que le gustaban las menores.

–¿Qué menores?

–Niñas de 9 o 10 años.

Otra prostituta, una veinteañera llamada Laura Fonseca, tenía a S.Z. como cliente habitual y remachó el caso afirmando que, poco antes de la desaparición de la Stutz, el tal S.Z. le "pidió chicas".

Así se construyó la figura de Suárez Zavala como "el Vampiro de Córdoba". La defensa consiguió demostrar que los Barrientos traficaban con los favores sexuales de menores, incluidas algunas internas del hospicio, pero Martita Ofelia Stutz no estaba entre ellas. Antonio Suárez Zavala tenía un coche que no era una voiturette, sino un sedán Chevrolet, con el que se paseaba por toda Córdoba, pero no a la caza de presas incautas, sino para vender remedios a las farmacias (representaba a un laboratorio). Si bien al hombre no le disgustaba tirarse alguna cana al aire –y alguna de sus "amigas", como la Fonseca, lo traicionó acusándolo sin piedad– no era más que un señor casado y con hijos en busca de alguna distracción.

Las amistades del sospechoso con algunos policías y políticos le jugaron en contra. Contribuyó a su desgracia la incontinencia verbal de que hizo gala, sus contradicciones frecuentes.

Deodoro, por la defensa

Suárez Zavala fue incomunicado y el juez le dictó la prisión preventiva. Nunca admitió ser el culpable, ni siquiera bajo tortura. Pero el juez Abalos elevó la causa a plenario acusando a Suárez Zavala por secuestro y homicidio y a los Barrientos por grave complicidad.

La esposa y los hijos del acusado lo acompañaron, pero la prensa lo lapidó, y estuvo muy cerca de ser linchado. De hecho, la policía apenas consiguió salvarlo de la multitud que llegó a pegarle y escupirle cuando, el 19 de diciembre, ingresó en los Tribunales para comparecer ante el juez.

Sólo una cosa le salió bien a Suárez Zavala. Aceptó defenderlo uno de los mejores abogados argentinos: el doctor Deodoro Roca, nacido en 1890, redactor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria, polemista vigoroso, antifascista visceral, progresista sin partido. Roca estaba convencido de que Suárez Zavala era un chivo expiatorio. A pesar de ser una figura muy respetada en Córdoba, una muchedumbre apedreó la casa de Deodoro, que, desalentado, renunció a la defensa. Pero una carta abierta que le envió la esposa de Suárez Zavala convenció al jurista para reasumir el cargo. La defensa que hizo Deodoro Roca de Suárez Zavala es una pieza admirable que desmonta la manipulación de la opinión popular: "El sumario se fabricó bajo la presión de una enorme excitación pública… –sostiene allí Deodoro Roca–. Fue una inmensa marea donde iba turbiamente mezclado lo bueno y lo malo, el horror del crimen monstruoso y la indignación pública… junto con las más bajas pasiones, los intereses más oscuros…"

El caso se politiza

Como no podía ser de otra manera, la de­saparición de Marta Ofelia Stutz, un crimen que en principio sólo tocaba esferas privadas, se politizó. ¿Qué pasaba en la Argentina y en Córdoba en 1938? Eran muy distintos los respectivos gobiernos. Ocupaba la presidencia desde comienzos de ese año el doctor Roberto Ortiz, radical antipersonalista, candidato de la Concordancia, alianza entre los conservadores y los radicales antiyrigoyenistas. Ortiz, un abogado de empresas extranjeras, estaba afectado de diabetes y cedió el cargo a su vicepresidente, el opaco dirigente conservador de Catamarca Ramón S. Castillo.

Pero en Córdoba el panorama era distinto. Gobernaba desde 1936 el líder radical Amadeo Sabattini, carismático médico de Villa María, de probada popularidad en la provincia, sobre todo entre los chacareros. Para Sabattini era peligrosísima la repercusión del caso Stutz porque el gobierno nacional amenazaba al de Córdoba con la espada de Damocles de la intervención federal, un recurso que entonces se usaba con frecuencia. El crimen impune, el fracaso de la investigación, las salpicaduras que ella arrojó sobre la corrupción y la ineficacia de los políticos, hicieron tambalear el gobierno de Sabattini, que estuvo al borde de ser defenestrado. Los conservadores convirtieron el sepelio del hornero Vidoni en un acto político contra lo que llamaban despectivamente "el klan radical".

Desde muy distintas perspectivas, la de­saparición de Marta Ofelia fue considerada un símbolo de la decadencia política argentina: "Odiosa politiquería, infinitamente corrupta", apostrofó el escritor jesuita y heterodoxo Leonardo Castellani. No se quedó atrás el director de la revista Criterio, monseñor Gustavo J. Franceschi, al acusar a la "pasquinería" de oscurecer la investigación. Deodoro Roca, desde una perspectiva opuesta, también acusaba a la "prensa amarilla". Sostuvo que "para salvar grandes y proficuas ediciones, hubo que llenar páginas con títulos torcidos, con «picantes» escabrosos…"

Crimen impune

En abril de 1939 se cerró el sumario. Ni Suárez Zavala ni nadie pudo ser inculpado por homicidio, ya que al no hallarse los restos de Marta Ofelia Stutz no existía el cuerpo del delito. La acusación había sido por secuestro y proxenetismo. Suárez Zavala fue hallado culpable y condenado a 17 años de prisión. "Para ser culpable era poco y para ser inocente, mucho", se dijo sobre aquella sentencia que no conformó a nadie. El fallo del juez Wenceslao Achával fue apelado. Al emitir la sentencia definitiva, en enero de 1943, la Cámara del Crimen se dividió. El vocal Antonio de la Rúa consideró culpable a Suárez Zavala pero los otros dos camaristas, Alfredo Vélez Mariconde y Jorge Díaz, entendieron que las pruebas no bastaban para inculparlo. Por dos votos a uno se revocó el fallo de primera instancia: Antonio Suárez Zavala quedó en libertad.

El acusado había estado cinco años en prisión. Cuando salió de la cárcel, se expatrió a Chile. ¿Qué fue de él? Se perdió en el anonimato. Otros crímenes y los infinitos vaivenes de una historia agitada hicieron que la tragedia de Martita Stutz fuera olvidada o, mejor dicho, ingresara en esa forma distinta del olvido que es la mitología criminal.

Entre 1938 y 1943, cuando el telón se corrió sobre el caso, muchas cosas habían pasado: la suerte de Hitler estaba por cambiar en los campos helados de Rusia, pero ya había muerto buena parte de los sesenta millones de víctimas que dejó en herencia. Lisandro de la Torre se había pegado un tiro en su casa de la calle Esmeralda. El cardenal primado de la Argentina, Santiago Luis Copello, había sido el principal candidato para suceder al papa Pío XI, pero en su lugar el Cónclave nombró a un italiano.

No se supo más nada de Martita Ofelia Stutz. Si estuviera viva, hoy tendría 75 años.

Por Alvaro Abos

Fuentes: La misteriosa desaparición de Martita Stutz, de Esteban Dómina; Martita Ofelia y otros cuentos de fantasmas, de Leonardo Castellani; La trayectoria de una flecha, de Horacio Sanguinetti.

Próxima entrega: Yo no maté a Alcira

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"La Argentina, fácil blanco para el terrorismo"

Archivado en LaNación Argentinos • Fecha: 11-02-2006 00:00:00

Claudio Fantini, politicólogo, evalúa el extremismo religioso

CORDOBA.– “El fanatismo fundamentalista ha marcado el inicio del nuevo siglo con episodios de una violencia inimaginable, que se creía superada”, dice Claudio Fantini, politicólogo cordobés, director del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Empresarial Siglo XXI, profesor en la cátedra de Pensamiento Político y autor de “Crónicas de fin de siglo”, “Dioses de la guerra” y el más reciente “La sombra del fanatismo”, donde demuestra que, si bien en esta realidad tiene preponderancia el mundo musulmán, los síntomas y las expresiones de fanatismo también tienen lugar más allá del islam.

Desde la cátedra y el periodismo, Claudio Fantini se convirtió para los cordobeses en un referente intelectual ineludible a la hora de entender los acontecimientos del país y del mundo. Es columnista internacional de La Voz del Interior y de otros importantes medios gráficos, radiales y televisivos, de Buenos Aires y del interior del país. Cursos, coberturas periodísticas y viajes personales lo llevaron por gran parte del mundo.

En su opinión, las sociedades plurales, tolerantes y democráticas son el blanco preferido de las visiones fanáticas. "Por eso golpean, para que las sociedades abiertas se cierren, se vuelvan expulsivas. Pero al aceptar restringir libertades a cambio de seguridad, Occidente pierde la batalla frente al enemigo", asegura.

Para Fantini, las organizaciones terroristas tienen la misma lógica que las organizaciones mafiosas: van buscando las grietas donde desarrollar su tarea y crecer en aquellos lugares donde la presencia del Estado es frágil. "Por eso, en países como la Argentina, pueden encontrar el ámbito propicio para crecer", advierte.

-Frente a las manifestaciones de furia islámica que recorren en estos días Europa, ¿hay razones para temer que comunidades musulmanas de largo arraigo en países alejados del foco del conflicto -como es nuestros caso- puedan sufrir un efecto contagio?

-La comunidad musulmana argentina, que como la del resto de América tiene su origen en las limpiezas étnicas del Imperio Otomano de mediados del siglo XIX y principios del XX, profesa un islamismo moderado y tolerante. Por eso se asimilaron a la cultura local y constituyeron sólidas burguesías y tuvieron éxito social y económico. El problema está en las corrientes migratorias actuales, que se producen en un momento de ascenso de vertientes doctrinarias oscurantistas como el wahabismo y el salafismo, que proponen el regreso al "islam puro", repudiando todas las interpretaciones teológicas que adecuan la religión a los tiempos y circunstancias. Los musulmanes de la Argentina y del resto de América son un ejemplo de que existe lo que Giovanni Sartori llama "el islam abierto y tolerante"; ese islam moderado que en el mundo musulmán y en la diáspora europea está siendo jaqueado por el fanatismo en ascenso.

-¿Cómo es el mapa de la diáspora del islam en el mundo? ¿Sigue siendo América del Sur un lugar para emigrar, como lo era a principios del siglo pasado?

-En la región, las principales corrientes migratorias son internas. La inmigración extracontinental es principalmente asiática y conforma comunidades industrial y comercialmente muy competitivas y dinámicas y, por lo tanto, a salvo de la marginalidad. Europa, que envejece desde hace décadas, es el mayor polo de absorción de musulmanes, sobre todo desde sus ex colonias en Africa y en Medio Oriente. Buscan los trabajos que los europeos ya no quieren realizar, están liderados por dirigentes religiosos fundamentalistas que les generan rechazo hacia la cultura en la que están insertos y que, al predicar la superioridad moral y cultural del islam sobre el "inmoral y decadente" Occidente, dificultan la asimilación y la integración, construyendo comunidades cerradas sobre sí mismas. Pero a este cuadro se suma también la xenofobia, que engendra en sectores de la sociedad europea el sentimiento de invasión.

-¿Ha regresado la religión al mundo de la política?

-Los dogmatismos de ciertas ideologías basadas en concepciones historicistas surgidas del iluminismo y de las revoluciones de los siglos XVIII y XIX no hicieron más que reconvertir los dogmas religiosos que imperaron durante el medioevo. En cambio, con la caída del Muro de Berlín y el mundo de la pos-Guerra Fría se percibe un retorno a los dogmas puramente religiosos para sostener lo que ha sido una constante en la historia de la humanidad: la necesidad de aferrarse a convicciones absolutas que, por su naturaleza, no pueden convivir porque están destinadas a confrontar para aniquilarse.

-¿Es lo que estamos viendo en estos días a raíz de las caricaturas sobre Mahoma?

-Sin dudas, la ira desatada por las caricaturas de Mahoma evidencia una susceptibilidad autoritaria. Las turbas fanáticas la expresan con sus violentas manifestaciones, y la clase dirigente musulmana, con su silencio ante esa muestra frenética de intolerancia. El ascenso fundamentalista y sus acciones de amedrentamiento atemorizan y cohíben a los musulmanes moderados. Y cuando los intelectuales, los gobernantes, los artistas y los líderes religiosos guardan silencio en lugar de abrir debates ayudan a que la intolerancia siga su ofensiva. Hubo silencio cuando la fatua de Khomeini condenó a Salman Rushdie y cuando los imanes del Bangladesh convirtieron a la escritora Tasmila Nasrim en una eterna fugitiva. Hubo silencio cuando un fanático asesinó al cineasta Theo van Gogh por denunciar en un film el padecimiento de la mujer en Somalia. La acumulación de silencios vuelve cada vez más violenta y desenfrenada la susceptibilidad autoritaria. La Iglesia se equivoca cuando repudia un libro de Saramago o una película de Godard por no compartir su enfoque, pero sus fieles no estallan en actos de violencia. Muchos judíos se sintieron heridos por "La Pasión" según Mel Gibson, pero nadie exigió a Hollywood disculpas por la película del ultracatólico neoyorquino.

-¿Coincide con Oriana Fallaci en que Europa se ha vuelto cobarde frente al avance del islam?

-En mi libro "La sombra del fanatismo" cuestiono muchos aspectos de la teoría conspirativa de Oriana Fallaci. Sobre todo esa generalización fóbica que presenta a todos los musulmanes como fanáticos, desconociendo la existencia de vertientes doctrinarias abiertas y tolerantes a las que adhieren cientos de millones. Pero rescato el valor de sus denuncias contra las tendencias retrógradas que se van imponiendo por amedrentamiento. Es inconcebible que los líderes musulmanes condenen las caricaturas de un diario danés con más energía que la que usan para condenar las masacres del terrorismo sunnita contra las comunidades chiitas en Irak y Paquistán.

-¿Cómo puede afectarnos este problema hoy a los argentinos?

-Todo fanatismo, sea del signo que sea, tiene un enemigo principal, que es lo que Karl Popper llamó la sociedad abierta, la sociedad plural. Por eso las grandes masacres cometidas por el islamismo ocurrieron en lo que yo llamo las Atenas contemporáneas, porque de las grandes ciudades de la antigüedad la polis ateniense era la más abierta, plural, tolerante, liberal y democrática. Ese pluralismo, ese cosmopolitismo que caracteriza a Nueva York, a Londres o a Madrid, es el principal enemigo de las visiones fanáticas. Por eso golpean, para que las sociedades abiertas se cierren, se vuelvan expulsivas. Buscan poner al hombre occidental en lo que yo llamo la disyuntiva hobbesiana. Tomas Hobbes decía que para estar seguro el hombre debe entregar libertad al Leviatán, al Estado. Entrega libertad para recibir a cambio seguridad. Pero al aceptar restringir libertades a cambio de seguridad retrocede frente al enemigo.

-¿Y en el caso de Buenos Aires?

-Buenos Aires es una sociedad cosmopolita, es una de las Atenas latinoamericanas.

-¿Por qué la golpearon dos veces?

-Porque acá está la comunidad judía más grande fuera de los Estados Unidos. Pero también porque acá es muy fácil golpear. La Argentina es un blanco fácil para el terrorismo. El país no tuvo la reacción que debió tener ni siquiera por parte de la sociedad. Los argentinos siempre consideraron que esas dos grandes masacres se las cometieron a los judíos, no a la Argentina. Nunca asumieron que les bombardearon su capital injusta y criminalmente. Se llegó al límite de que, en aquellos años, Menem le mandara una nota de condolencia al primer ministro israelí; algo absurdo, como si fuese un problema de los israelíes. El gobierno no reaccionó, la sociedad no reaccionó, no le exigió a su gobierno que dilucidara quiénes fueron los responsables de semejantes masacres. Demostramos ser una sociedad absolutamente extraña, casi diría indigna, que puede recibir golpes demoledores sin tener reacción alguna.

-¿Existe el riesgo de un tercer atentado?

-La falta de reacción de los gobiernos, de la sociedad y los altos niveles de corrupción que caracterizan al Estado argentino y que, lógicamente, llegan a los organismos de seguridad hacen a nuestro país altamente vulnerable. Por eso creo que no estamos libres de un tercer atentado, en la medida en que no cambie este adverso escenario. Las sociedades latinoamericanas tenemos la tendencia a darles la espalda a nuestras zonas grises y a nuestros agujeros negros en vez de asumirlos como tales y priorizar la solución. Es el caso de la Triple Frontera, de la que deberíamos saber que se trata, cuando menos, de un espacio de alto riesgo.

-¿Por qué?

-Porque aquí las organizaciones terroristas encuentran el ámbito propicio para crecer. Tienen la misma lógica que las organizaciones mafiosas, van buscando las grietas donde desarrollar su tarea y crecer en esos lugares donde la presencia del Estado, en cuanto nación jurídicamente organizada, es frágil. En el caso de Paraguay, durante la dictadura de Stroessner se mezclaron el poder y el delito de una forma incestuosa, y dejó como herencia un Estado muy debilitado para luchar contra el terrorismo y las demás formas del delito. En el caso de Brasil y la Argentina, el problema pasa por la debilidad de sus servicios de inteligencia, que fueron formados como brazos represivos de las dictaduras militares para actuar no contra las mafias y el delito, sino contra las ideologías.

-¿Dónde está hoy la raíz del terrorismo?

-En el plano militar, el terrorismo en gran escala tiene su raíz en la abismal asimetría que imposibilita la guerra regular e incluso la insurgencia. En escenarios africanos, subsisten las guerrillas; pero el fundamentalismo islámico global sólo puede enfrentar a las potencias de Occidente mediante el terrorismo. En el plano cultural y económico, el fundamentalismo terrorista se explica en el temor de los jeques a que el avance de la globalización elimine sus privilegios y poderes feudales. Actúan en defensa propia, como fuerzas retardatarias, manipulando con un discurso supremacista islámico el resentimiento y la frustración que, en buena parte del mundo musulmán, provoca su retraso frente al ímpetu avasallante del desarrollo occidental y asiático. El eje de esa prédica pasa por presentar a Occidente como el culpable del atraso y la pobreza que sufren, en gran medida, debido a los anacronismos y despotismos que imponen sus propios regímenes.

-¿Y en nuestro continente?

-En América, el riesgo no está en las comunidades musulmanas, sino en el desconcierto y la pérdida de valores que caracterizan a estos tiempos. Frente a ese desafío, el actual gobierno norteamericano busca recuperar valores mimetizándose con su enemigo, o sea renegando de la secularidad liberal mediante un regreso retardatario al moralismo cerrado y a la religión politizada. El vacío existencial que antes engendraba magnicidas, como Mark Chapman (el asesino de Lennon), personajes mediocres y aturdidos que buscaban justificar su existencia cometiendo grandes crímenes, puede ahora generar adhesiones a causas lunáticas. Los jóvenes británicos que provocaron masacres en el subte de Londres fueron manipulados por el fascismo islámico, pero sus verdaderas motivaciones no son muy diferentes de la de los jóvenes vacíos y aburridos de familias cristianas que se hacen skinheads o neonazis. En la Argentina, por el momento, ese vacío no conduce a militancias extremistas, sino que se manifiesta entre los jóvenes mediante las drogas, el alcoholismo histérico y la violencia insensata.

-¿Son fundados los temores de Occidente sobre el anuncio del presidente Ahmadinejad de retomar el programa atómico iraní? ¿Qué significa su actitud hostil? ¿Es una amenaza real para la paz mundial?

-La propia historia de Mahmud Ahmadinejad muestra una mente moldeada en la combatividad y en convicciones teocráticas sumamente rígidas y recalcitrantes. En gran medida, ganó las elecciones presidenciales por la resignación de una sociedad que siempre había votado a los reformistas, pero vio cómo el clero conservador, con su poder de veto y obstrucción, hizo fracasar al gobierno reformista de Mohammed Khatami, bloqueando todas sus iniciativas, claves para la recuperación económica y la modernización de la sociedad. Por otro lado, Ahmadinejad hizo campaña prometiendo empleo y mejor nivel de vida, metas que no podrá alcanzar porque no tiene políticas que alienten la inversión y el crecimiento. Para paliar la frustración que provocará ese fracaso, acrecentará su beligerancia buscando confrontaciones que obliguen a la sociedad a cerrar filas. En ese marco se explica su discurso lleno de odio visceral hacia Israel y Occidente. Su poder necesita de la confrontación.

-¿La crisis no revela también una dura competencia de las máximas potencias por las fuentes de energía?

-Así es. Y la clave de esa competencia está en el petróleo y en los reactores nucleares. El vertiginoso crecimiento de China y otras potencias asiáticas necesita cada vez más petróleo. Para mantener su posicionamiento actual, Estados Unidos quiere controlar las regiones petroleras. De lo contrario pierde influencia sobre el descomunal crecimiento asiático.

-Bush ha dicho que la mejor manera de romper con la "adicción" al petróleo que tienen los Estados Unidos será mediante el desarrollo de nuevas tecnologías. ¿Puede ser eso una oportunidad para América latina y, en particular, para la Argentina?

-La Argentina tiene reservas insuficientes y, al privatizar la producción, está exportando lo poco que tiene, por eso en el mediano plazo puede convertirse en importador de gran parte del crudo que consume. Y como todos los países que importan, se beneficiaría de todo lo que actúe como sustituto del petróleo. Además, ya ha mostrado tener capacidad para desarrollar combustibles alternativos como el biodiesel y, con inversión propia y externa, puede perfectamente potenciar de nuevo esa capacidad, posicionándose a escala internacional.

-¿Cómo analiza el triunfo de Hamas? ¿Es tan grave como se ha destacado, o en la participación democrática puede estar la clave de su moderación?

-En general, es parte del proceso de ascenso fundamentalista que comienza con la declinación del nasserismo y otros nacionalismos seculares, debido a las derrotas árabes en las guerras contra Israel, y se acelera con el final de la Guerra Fría y la debacle soviética. Hubo casos, como los partidos islamistas que llegaron al poder en Indonesia y Turquía, que respetaron la constitucionalidad laica creada por Sukarno y por Ataturk. Pero las fuerzas que han crecido electoralmente en el último año, como la Hermandad Musulmana, en Egipto, y el Frente de Acción Islámica, en Jordania, parecen dispuestas a sepultarla. Este ascenso fundamentalista se explica en el fracaso económico, el despotismo y la corrupción de los gobiernos laicistas. Lo mismo explica el resultado en Palestina. A la conducción de Al-Fatah la debilitaron su ineficiencia y su corrupción. Con otra ética y otra disciplina, la inmensa ayuda internacional hubiera sido mucho más útil para paliar la pobreza del pueblo palestino. De todos modos, los palestinos, que hace un año votaron al laico y dialoguista Abu Mazen, ahora no votaron a Hamas por su proyecto teocrático ni por las masacres perpetradas por sus kamikazes, sino por su disciplinada organización de socorros mutuos y su eficiente administración de la ayuda social.

-¿Debe cortarle Occidente el financiamiento?

-La ideología de Hamas está moldeada por odios viscerales. Siempre despreció los acuerdos de Oslo y sus consecuencias y aspiró al exterminio de Israel. Sin embargo, al entrar en el juego institucional que la lleva al gobierno de la Autoridad Nacional Palestina, aceptó de hecho las reglas surgidas de Oslo y de las posteriores negociaciones con Israel. Por eso, es posible que al menos una parte de su dirigencia esté evaluando un cambio de posición. Al frente de la ANP, Hamas enfrenta la disyuntiva de suicidarse de esa endeble institucionalidad o aceptar las reglas que la engendraron, asumiendo una posición negociadora. Sería un error europeo y norteamericano cortar la financiación antes de ver si la nueva situación opera cambios en la dirigencia de Hamas. El optimismo puede ser ingenuo, pero el bloqueo precipitado de fondos puede empujar la ANP a los brazos de Irán.

-¿Cuál sería el interés de Hamas de lograr un apoyo o respaldo político de un gobierno tan lejano como el nuestro y cómo analiza el hecho de que podrían consultarnos como parte de un eje que incluyera a Bolivia, Brasil y Venezuela?

-Hamas teme perder la ayuda económica europea y norteamericana, por eso busca nuevas fuentes de financiación. Por su relación con Irán, Chávez puede ser una de esas fuentes; pero deducir que la Argentina y Brasil harán lo mismo es un error, y sólo se explica por una percepción distorsionada del cuadrante ideológico de sus presidentes. Para la Argentina y Brasil, la relación con Chávez y con Morales más bien parece determinada por el riesgo de una crisis energética y no por compartir un mismo proyecto político y social. El gobierno argentino tiene una posición correcta en esos temas: apoya la Hoja de Ruta, que exige a Israel la aceptación de un Estado palestino y a los palestinos el respeto a Israel y el desmantelamiento de los grupos terroristas, y apoya las demandas de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) respecto del proyecto nuclear iraní.

Por Carmen María Ramos
Para LA NACION

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El avance del odio

Archivado en Osvaldo Bayer • Fecha: 11-02-2006 00:00:00

Por Osvaldo Bayer

El odio avanza a paso redoblado. La estupidez triunfa. O es el método de los poderosos para mantenerse. Porque un periodiquito de cuarta de la derecha danesa hizo una caricatura en la que se burla de Mahoma, salieron miles a la calle a quemar embajadas, a prender fuego banderas danesas y de otros países. Era justo lo que Bush esperaba. Todo esto lo ayuda a que Occidente le vaya dando la razón. La derecha musulmana, enemiga a muerte de la derecha imperial, le da de comer con la mano. Todo preparado. De pronto aparecieron en los países árabes centenares de banderas danesas. Banderas que en esos países nunca se habían visto. Era desconocida. Claro, en septiembre se publicó la caricatura y la reacción vino recién en febrero. Cinco meses para preparar el espectáculo maligno e irracional.

Sí, los problemas existen, pero sólo se podrán solucionar en el diálogo y en el respeto. Ni Bush ni los dueños de la verdad islámica pueden solucionarlos. Sólo nos van a dejar más muertes, más destrucción, más dolor, infinito dolor. Por supuesto, para las madres, los niños, los trabajadores, los soldados obligados a “cumplir con Dios y con la Patria”.

El problema de la caricatura no tenía importancia ninguna. Tan es así que a nadie le llamó la atención. Algo superfluo, de todos los días. Si los musulmanes se sintieron heridos tenían en Dinamarca –donde poseen una representación importante en la sociedad por el número de inmigrantes– la posibilidad de acceder a la Justicia e iniciar un juicio por insulto a los principios culturales de una minoría. No, se prefirió el fuego, la piedra, la violencia contra las representaciones nacionales que nada tenían que ver con la publicación.

Y aquí tiene que venir el gran debate mundial sobre las religiones. En cuánto han ayudado las religiones en el racismo, el odio entre los pueblos, las denominadas “guerras santas” y el colonialismo cuando se decía oficialmente que se llevaba el verdadero Dios “a los salvajes, a los bárbaros” y sirvió para “colonizar” continentes enteros y llevarse el oro y la plata. El Río de la Plata. Los esclavos africanos. Pero, además, las religiones enseñaron la desigualdad de la mujer.

Qué vienen ahora a quemar banderas si ellos marcan una discriminación inaceptable hacia la mujer, que no significa otra cosa que una degradación del ser humano todo. Si bien para Alá, la mujer vale igual que los hombres, en la Tierra ellas deben obedecer siempre al hombre y éste puede castigarla corporalmente. De acuerdo con el Corán, el testimonio de una mujer ante el juez tiene la mitad del valor de un hombre. En una herencia, la mujer sólo puede heredar la mitad de lo que recibe el hombre. El Corán ordena a la mujer cubrirse la cabeza y esconder el escote. En muchas regiones musulmanas, las mujeres sólo pueden dejar ver su rostro y sus manos. El Islam permite al hombre tener cuatro mujeres. En cambio, las mujeres sólo pueden tener un hombre. El divorcio para el hombre es cosa simple. Para la mujer, en cambio, posible, sí, pero con desventajas económicas.

Esto para empezar; entonces, antes de protestar por una o doce caricaturas de dudosa calidad e influencia, que empiecen a terminar con principios antiéticos que ya Occidente, gracias a sus pensadores racionalistas, como Voltaire, y de mujeres con un coraje a toda prueba, hicieron caer para siempre. Además de esto, los críticos fanáticos de tales caricaturas deberían tener la valentía de dejar desnudos a los regímenes medievales que rigen gran parte de los ricas naciones árabes. (Pero los occidentales y cristianos no damos ejemplo. Lo acaban de decir los estudios de Amnesty International, sección Francia: “Cada cuatro días muere una mujer en Francia como víctima de actos de violencia de su cónyuge o pareja, según estadísticas policiales. En 2002 se registraron 5568 sentencias por actos violentos contra mujeres; en 2003 ascendieron a 7922”. Todo esto en la tierra de Voltaire; a más de dos siglos de la Revolución Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad.)

La crítica a la quema de banderas no significa de ninguna manera salvar a Occidente de sus pecados. La agresión de Bush a Irak es mucho más, infinitamente más, que la protesta islamita por las caricaturas. Ese criminal ataque, con todos sus bombardeos a civiles, justificaría cualquier reacción de las poblaciones atacadas. Es un pecado mortal contra toda la humanidad. Es sentirse dueño de la vida y la muerte de otros pueblos y justo en el curioso caso de un país con gran riqueza de petróleo. Tampoco criticar los excesos islámicos justifica la política de Israel con Palestina. No sólo son injustificables los bombardeos y ataques indiscriminados “por sospecha”, sino también la construcción de un muro entre los dos pueblos. La pregunta que cabría sería: ¿por qué se criticó con tanto fervor el Muro de Berlín y nada se dice sobre el muro entre esos dos pueblos? Denunciar esto no implica desconocer el derecho de la existencia de Israel en su territorio histórico.

Aprender de la historia. Aprender del dolor. Aprender de los grandes pensadores que vieron como único valor de futuro la paz eterna.

Es cierto que, para eso, la historia nos tendría que servir para aprender y no para odiar. No hay otra posibilidad. Como decíamos: odio significa destrucción, el no a la vida. Porque si no el futuro va a ser sólo sospecha, miedo, guerra preventiva, terrorismo de Estado. Hay sacerdotes mahometanos que prometen el paraíso –en el que por otra parte hay “vírgenes de ojos grandes”– para todo aquel que se sacrifique por Alá. En esto último están involucrados aquellos –y ahora también hay mujeres– que llevan la bomba en el cuerpo y la hacen explotar muriendo en el intento. Esto, la propia población que cree en Alá y Mahoma, debe impedirlo para siempre. Sólo podrán gozar del paraíso, con sus arroyos poéticos, sus frutos deliciosos y sus vírgenes, aquellos que en toda su vida se han preocupado por salvar la vida en la Tierra.

Muy buena ha sido la reacción de los países nórdicos. En otras épocas, la quema de la embajada y de sus banderas hubiera provocado, de inmediato, la declaración de guerra o por lo menos el rompimiento de relaciones. Todo lo contrario, esos gobiernos nórdicos hicieron llegar mensajes de notable tono pacifista. Es la reacción más sabia. A la violencia contestar con la palabra pacífica y amplia.

Muchos intelectuales europeos se dejaron llevar por la reacción religiosa de los mahometanos. No estoy de acuerdo con Günter Grass cuando censura a las publicaciones de Occidente que no criticaron a las caricaturas, por “la defensa de la libertad de prensa”. Si bien el Nobel alemán tiene razón cuando dice que “los diarios viven de los anuncios y tienen que tomar en cuenta a determinados poderes económicos porque la prensa es parte de grandes grupos dominantes que monopolizan la opinión pública. Occidente no puede atrincherarse más detrás del derecho a la libre expresión de opiniones”, en este caso, es sólo una parte de lo sucedido. Porque autocensurarse tampoco es la solución. Los mahometanos en Dinamarca, como dijimos, tenían otra forma de reaccionar, y no quemando banderas que simbolizan a mucha gente que nada tuvo que ver con las caricaturas del diariucho de derecha.

Por ejemplo, el siempre vivaz y crítico Vázquez Montalbán escribió la siguiente frase en su libro postrero, Milenio Carvalho: “Antes de treinta o cuarenta años, ¿quién sería el gobernador de cualquier lugar del sur de España que dejará la puerta abierta a la invasión islámica y qué procedimientos de defensa utilizaría una Europa que dependía de la inmigración musulmana para mantener limpias sus calles y sus cloacas y dependiente en buena medida de policías y militares surgidos de la tropa inmigrante? Lo que le jodía a Carvalho era el coste religioso de una operación de mestizaje, el sustituir la pelagra institucional mesiánica cristiana en todas sus formas por la pelagra institucional mesiánica islámica”.

Bien, a nadie se le ocurrió por lo de Vázquez Montalbán quemar las embajadas de España. Es una opinión. Por cierto válida de cierta perspicacia para hacer pensar. ¿O es que debemos comportarnos todos vírgenes como la virgen María?

Pero, para terminar esta nota, una increíble fantasía de la realidad. Mientras escribía esto llegó el correo con un sobre grande de la Documenta Vaticana. La editorial Archiv va a publicar las actas del Archivo Secreto Vaticano. La presentación la hace el cardenal Jean Louis Taurán, bibliotecario del Vaticano; el padre don Raffaele Farina, prefecto de la Biblioteca Vaticana, y el padre Sergio Pagano, prefecto del Archivo Secreto Vaticano. Ofrecen –contra el pago de una cuota mensual– la remisión de las publicaciones secretas. Y se comienza nada menos que con el proceso a Galileo Galilei. El científico que fue condenado por el Papa por sus descubrimientos y juzgado por la Santa Inquisición. En 1633, bajo amenaza de la tortura, fue obligado a abjurar de todas sus enseñanzas y guardar silencio. Fue condenado a detención. La leyenda señala que tuvo que desmentir su descubrimiento de que la Tierra se mueve, pero que al retirarse murmuró: “Eppur si muove” (“y sin embargo se mueve”).

Bien, este ejemplo de lo que fue el pasado católico con su brutal inquisición hoy se aprovecha, y la Iglesia oficial lo edita en varios tomos, a 19,90 euros el tomo. Increíble. Si se enterara Galileo ahora es posible que dijese: “Cómo se mueven estos”. Claro, en la globalización todo se puede negociar. El condenado sabio ahora, después de 450 años, le va a dar de ganar al papa Ratzinger unas buenas divisas. Ironías del destino.

Por estas enseñanzas la historia nos lleva a decir que sólo puede haber salida en la construcción de la paz y el estudio de la ciencia. Ese debe ser el camino y no el oscurantismo y la violencia del sistema.

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ABEL SANTA CRUZ

Archivado en Grandes entrevistas de la Historia Argentina • Fecha: 10-02-2006 00:00:00

Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero

El guionista y autor teatral Abel Santa Cruz nació en Buenos Aires en 1911. Graduado en la Facultad de Filosofía y Letras con medalla de oro, escribió guiones cinematográficos, más de sesenta piezas teatrales e innumerables radioteatros, donde abordó diferentes géneros: comedias románticas, melodramas, musicales, comedias costumbristas. En 1939 escribió su primer radioteatro, Doña Oliva al olio, para Radio Belgrano, y al año siguiente debutó en cine con el guión de Un señor mucamo. En 1942 comenzó su labor teatral con Esta noche, filmación, interpretada por Tita Merello y Augusto Codecá. Fue en 1946 cuando obtuvo su primer éxito de público con el programa radial ¡Qué vida ésta, señor!, suceso al que le siguió ¡Qué pareja!, también en radio. Mientras tanto, escribió, bajo el seudónimo de Lépido Frías, en la revista Patoruzú. En los años cincuenta, llevó al teatro las obras Los ojos llenos de amor, con Angel Magaña, Ladroncito de mi alma, comedia con pasajes musicales, con Lolita Torres, Juan Carlos Mareco y Ramón Garay, Los maridos de mamá, y batió un record al escribir en sólo tres días Hay que bañar al nene, interpretada unas semanas después por Juan Carlos Thorry y Berta Ortegosa. En 1952 debutó en televisión con Cómo te quiero Ana, interpretada por José Cibrián y Ana María Campoy, al que le siguieron Nuestra galleguita (después Carmiña), Nostalgias del tiempo lindo (después Malevo), Doctor Cándido Pérez, Jacinta Pichimahuida, Papá Corazón, Pinina quiere a papá, entre otras. En cine, trabajó con diversos directores cinematográficos, como Saraceni, Schlieper, Ayala, Carreras y Cahen Salaberry. En el momento en que se le realizó esta entrevista, había escrito los guiones de setenta y cinco películas, entre las que se destacaron Los maridos de mamá (1955), Catita es una dama (1955), Quinto año nacional (1961), Testigo para un crimen (1963), La familia hippie (1969), El profesor hippie (1969), Papá Corazón se quiere casar (1974). La entrevista, que duró cuatro horas y se publicó bajo el título “Abel Santa Cruz: ‘que la historia termine bien’”, se llevó a cabo en dos encuentros: el primero en diciembre de 1973, y el segundo a mediados del año siguiente. Se realizó poco antes del estreno de la película Carmiña, su historia de amor, que provenía del éxito del teleteatro. Casado y divorciado varias veces, a los sesenta y cinco años se unió a Eve Ziegler, una actriz que declaraba públicamente haber dejado todo por él. Murió en Mar del Plata el 4 de febrero de 1995.

La guionista cinematográfica Aída Bortnik nació en Buenos Aires en 1938. Fue profesora en las cátedras de Guión Cinematográfico en la Escuela Grupo Profesional de Cine (1979 a 1981), en la Escuela Superior de Artes Cinematográficas (1981 a 1983) y en el Taller de Autores Teatrales y Cinematográficos (1981 a 1983). Es miembro fundador de Teatro Abierto y participa en el Consejo Académico de la Universidad del Cine. Publicó La isla (1979), Papá querido (1981), Primaveras (1984), Domesticados (1982). Escribió los guiones de las películas La tregua, Una mujer, Crecer de golpe, La isla, Pobre mariposa, La historia oficial, Tango feroz y Caballos salvajes.

http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/verano12/23-62882-2006-02-10.html

SANTA CRUZ
Entrevistado por Aída Bortnik
Crisis, Nº 23,
marzo de 1975


–¿Cómo es su familia?

–Yo soy de clase media. De una familia llena de maestros. Cuatro tías paternas y mi hermana se dedicaron al magisterio. También mis cuatro hijos son maestros.

“Entré al primario a los cinco años, aprovechando la influencia de mi tía, en el Colegio Roca. Vivíamos en Montes de Oca, en una casona inmensa con diez habitaciones, de esas que había en Barracas, todavía existe y está tal cual, con sus tres balcones a la calle... Vivíamos allí todos, mis padres, mi hermana mayor, mi abuela paterna, mi tía mimada, que ahora tiene ochenta años, y dos personas mayores, tías de mi padre. Teníamos hasta un sótano y dos pianos, uno de mi tía, otro regalado a mis padres para su casamiento. Eramos una familia muy católica, muy creyente, muy cerrada. Vivíamos de puertas adentro. Me recuerdo como un chico feliz, sin embargo. Siempre he sido alegre y aunque no conocía la calle había otras distracciones. Teníamos una gran biblioteca, sobre todo libros de textos, claro, por las maestras... Todavía recuerdo uno: La moral práctica de Barrau. Y leía mucho Salgari, Julio Verne, Mark Twain, Wells. Para castigarme por alguna travesura, por ejemplo, mi padre me dejaba una semana sin leer. Imagínese, tanto me gustaba... Y yo cumplía ¿eh? No hacía trampas, jamás leía a escondidas. También recibía el Billiken... me acuerdo que lo esperaba con una pasión. Adoraba las aventuras de Pinocho. Un día leí en el diario que Boca iba primero y me hice de Boca, hasta ahora. Yo dije, ¿primero? ¡Esto es para mí!, y sigo siendo de Boca.

–Su familia era muy católica, ¿y usted?

–Yo también, hasta la adolescencia fui muy creyente, muy creyente. Ibamos todos los domingos a la iglesia, el 8 de diciembre de 1925 tomé la primera comunión. Fui el mejor alumno de la doctrina.

–¿Y ahora?

–Bueno, a lo largo de la vida sigo manteniendo un respeto doméstico por la religión. Mis convicciones religiosas se han desgastado un poco, desgraciadamente.

–¿Por qué desgraciadamente?

–Porque me hacía mucho bien tener conciencia religiosa. Ahora, bueno, un Viernes Santo yo no como carne, pero porque mis padres no lo hacían... Me gustaría recuperarme religiosamente. Recuerdo el tipo especial de felicidad que me daba el templo. Ese tipo de éxtasis... Ramón del Valle Inclán tiene una frase muy hermosa, ¿quiere tomarla textualmente?: “El éxtasis es el goce de sentirse cautivo en el círculo de una emoción que aspira a ser eterna”. ¿No es hermosa?

–¿A qué atribuye el deterioro de su religiosidad?

–A que el despertar del sexo comenzó a desviar mi atención. Yo quería ser cura, ¿sabe? Y mi familia estaba loca de contenta... (Se distrae con una sonrisa beatífica.) Yo creo... yo interpreto ahora que fue eso, el despertar del sexo... porque a los ocho, a los diez años yo era muy religioso... Y mire, hace un tiempo creí que podría recuperarme, fue cuando conocí a Monseñor Villena, él fue nuestro asesor religioso cuando preparamos El hombre que volvió de la muerte para Narciso Ibáñez Menta. Y teníamos larguísimas charlas. El hubiera podido volver a darme fe. Pero lo perdí de vista, lo trasladaron a San Rafael, Mendoza, y nunca supe de él. Me hubiera hecho muy bien. (Vuelve a quedarse con la misma sonrisa, como si escuchara algo que no quiere repetir.)

–Usted me dijo que debutó en la radio de pantalón corto. ¿Cómo fue eso?

–Recitando poemas en Radio La Nación. Poemas propios, ¡eh! En “La hora de la Asueroterapia”, un programa del doctor Asuero, un curandero que en el ’30 tocaba el trigémino y curaba la parálisis y la piorrea. Fue recibido por Yrigoyen y después lo metieron preso. Me acuerdo de que La Razón estaba a favor y Crítica en contra del curandero. Lo que nunca pude entender yo mismo es por qué se recitaba poesía en medio de la “asueroterapia”. Yo mandaba poemas y leyeron varios. Entonces un día me presenté, tenía 14 años, y comencé a leerlos yo mismo en el micrófono.

–¿A qué edad fue maestro?

–A los diecisiete. Me recibí en el Mariano Acosta. Allí dirigía la revista del colegio; cuando me fui, al año siguiente la dirigió Cortázar. Es lindo eso, ¿no? Bueno, en el secundario y siempre yo era muy buen alumno, muy estudioso, nunca tuve problemas. Imagínese que iba al cine todos los días, era loco por el cine y mi familia me dejaba ir porque yo cumplía con todo. Bueno, después entré en Filosofía y Letras, me recibí en el ’39 con medalla de oro. Y del ’37 al ’47 ejercí la cátedra y el magisterio. También hacía periodismo deportivo en la revista La Cancha y en Patoruzú, allí también hacía humorismo. Y en el ’39 me casé.

–¿Con quién?

–Con una compañera de Facultad. Nuestra primera hija murió a los seis meses, en el ’40. Después tuvimos cuatro hijos. Vivíamos al principio en Villa Devoto, donde yo era maestro. Después nos mudamos a Villa Urquiza, a una casa que más tarde compré, una casa linda de dos plantas. Allí vivíamos todos, con mis padres y mi hermana, hasta mi separación en el ’54. Esa fue una tragedia familiar, nos disgregamos y todo el mundo sufrió mucho. En estos casos siempre sufren también los inocentes, sobre todo los inocentes. Bueno, me casé con Elcira (Olivera Garcés). Pero después de seis años nos separamos. Toda la culpa fue mía. Yo era celoso hasta la neurosis, insoportable. No nos vimos por ocho años. Y ahora, desde el ’66, estamos otra vez juntos. Y ahora somos una pareja de hierro. Estamos muy unidos. Yo estoy más sereno. (Sonríe. Se pone pícaro de pronto.) Hice experiencias, claro, tuve mis años locos... Pero todo eso pasó y aprendí.

–Así que usted estuvo casado quince años con su primera mujer y seis con la segunda y después, a los cuarenta y cinco, ¿no?, hizo sus experiencias, las que no había hecho en la adolescencia.

–Claro, supongo que es eso. Yo era muy tímido, terriblemente tímido con las mujeres y alguna vez tenía que pasar. Pero; ya pasó.

–¿Cuándo empezó a escribir libretos para radio?

–Profesionalmente en el ’39, pero con pudoroso seudónimo. El programa era: Doña Oliva al olio, por la propaganda de un aceite. Yo lo firmaba Lépido Frías. Lépido por Marco Antonio Lépido, el tribuno romano. Frías no sé de dónde salió... Bueno, ese programa duró nueve meses. Iba media hora al mediodía, con intermedios musicales de la orquesta de Rodolfo Biagi, “Manos Brujas”. Con público presente y todo. Como se hacía antes. Bueno, yo ya estaba en el ambiente y hablé con gente y finalmente pude escribir mi primera novela en el ’40, por Splendid. Donde la tierra es roja, se llamaba. Era la vida de un maestro en Misiones.

–¿Cómo consiguió entrar a la radio?

–Trabajaba en la revista El Suplemento, una especie de magazine que dirigía Américo Barrios. Yo tenía varias secciones. El gerente de una empresa avisadora de una fábrica de aceite me leyó y pensó que podía andar en radio. Me llamó y así empezó todo. De todo, lo que más me gustaba hacer eran los programas cómicos. Bueno en el ’43 debuté en El Mundo con La vida de Eva Lavaliere, una actriz. Dirigía Armando Discépolo y trabajaba Narciso Ibáñez Menta. Después se encadenó todo. Una vez, por el ’45 o ’46, llegué a tener a la misma hora tres novelas en el aire. Bueno, y en el ’46 empezó ¡Qué vida ésta, señor!, con Luis Pérez Aguirre y Angélica López Gamio. Duró cinco años. Y en el ’47 ¡Qué pareja!, con Blanquita Santos y Héctor Maselli. Quince minutos todos los días. Y duró veinte años. (Se conmueve y me sonríe.) Es lindo, ¿no? Todos los días, veinte años...

–Y en el cine, ¿cómo empezó?

–En el ’40 colaboré en la primera película. ¡Bah! colaboré... Le tenía el lápiz a don Enrique Santos Discépolo. El me adoraba. En el ’42 estrené en el Casino, se llamaba Esta noche filmación, era una comedia musical con Tita Merello, Fernando Borel, Augusto Codecá, dirigida por Maurice Schartz. Después, durante diez años no pude estrenar nada.

–¿Por qué?

–No sé, no pegaba una, no salían, no gustaban. Me decían ésta no, así no...

–¿Pero las usó después?

–Sí, todas. Todo el material. En el ’52 di el gran golpe con Los ojos llenos de amor. Fue en el Versalles, con Angel Magaña. Allí comenzó la racha para siempre.

–¿Ese fue el año en que empezó a hacer televisión?

–Sí. Cómo te quiero Ana con Cibrián, Campoy y Raúl Rossi, que era muy jovencito y hacía de padre.

–Después empezó a utilizar el material de radio en televisión...

–Sí. Todo. Tu nombre es María Sombra fue Nuestra galleguita y después Carmiña. En el exterior se dio como Natasha y también se hizo en fotonovela con Jorge Salcedo. Después La sangre también perdona, que se hizo Nostalgias del tiempo lindo y ahora Malevo. No, veamos, era He nacido en Buenos Aires en radio, en el ’50, con María Concepción César y Salcedo. Fueron veinte episodios de media hora. Y después cuatrocientos cincuenta de Nostalgias del tiempo lindo, entre el ’66 y el ’67. Y ahora, desde marzo del ’72, Malevo.

–Sin grandes cambios en más de veinte años. ¿Por qué nada ha cambiado?

–En lo importante, no. Los valores absolutos son eternos. Ha variado la técnica, quizás. Además de radio a televisión hay que tener en cuenta los decorados, la imagen, los cambios de vestuario...

–No me refería a esos cambios.

–Yo soy muy conservador en mi manera de pensar y de sentir. Mi tratamiento excluye determinados temas que no me hacen feliz. Ni antes ni ahora. Ahora hay una bancarrota de la moral. Pero yo rara vez uso el sexo como elemento de trabajo. La vida me ha tratado muy bien. Será por eso que soy naturalmente optimista. Confío y creo. Creo hasta la credulidad más excesiva. (Me mira un momento, insiste como para convencerme, con tono de maestro paciente.) Yo creo en la familia y en los aspectos morales de la vida. Y el pueblo también. Al pueblo, que es sano, le interesa que los buenos triunfen.

–Y a usted, ¿qué le interesa?

–Mire, yo estoy de vuelta, estoy indiferente. Se trata de entregar costura. Lo hago lo mejor que puedo, pero hago trabajos de rutina.

–¿Por qué? ¿Por qué sigue haciendo el trabajo de rutina? En este momento hay cuatro teleteatros suyos en el aire. ¿Por qué? ¿Lo necesita para vivir?

–No. Pero yo tengo con Romay una amistad muy especial, yo le debo mucho. Si por mí fuera, pararía dos años. Pero no puedo hacerle eso. No sé decirle que no a Alejandro cuando él me necesita.

–¿Sabe que se dice que usted tiene “negros”, gente que escribe sus libretos?

–Sí, sé que lo dicen pero no es cierto. Nunca tuve negros. Nunca. A lo sumo pido que me pasen cosas a máquina. Los libros viejos, que corrijo y agrego cosas y quedan unos matetes desprolijos llenos de acotaciones, como en Jacinta Pichimahuida o Malevo. Pero pasar a máquina, eso es todo. Porque yo acepto ideas. Hablo con los productores, con los directivos, con los directores. Pero cuando llega el momento de elaborar el diálogo soy insobornable. Además, usted ve. No es tanto trabajo. Lo del 13. (Pinina quiere a papá) y Gorrión, que son nuevos. Lo demás basta con actualizarlo.

–¿Cuánto tarda en escribir una obra?

–Si no tuviese nada, nada que hacer, en una semana liquido una comedia. Los ojos llenos de amor la escribí en tres noches. Hay que bañar al nene también, a una noche por acto. Claro que eran otros tiempos. Ahora estoy menos rápido.

–Me dijo una vez que le gustaría escribir como Tennessee Williams o Arthur Miller.

–Sí. Los admiro mucho. Pero yo no podría escribir así. Los temas así exigen una gran concentración, mucho tiempo. Yo no lo tengo. Lo que más me gustó de todo lo que hice fue El hombre que volvió de la muerte. La Nación, que siempre me despreció, dijo: “Tragedia griega en la TV argentina”. ¿Se imagina?

–Me imagino. ¿Y usted no cree que ya gana lo suficiente como para darse lujos? ¿Usted cree realmente que si quisiera no podría escribir un programa en lugar de cuatro?

–No me dejan.

–Usted podría chantajear, negociar una cosa a cambio de otra.

–No sé decir que no. Podría, si quisiera, hacer Espectaculares o Altas Comedias. Allí las cosas se trabajan con más tiempo y hay mejor nivel. Pero son dos horas de programa, es un trabajo muy grande y no compensa.

–¿Y usted cree que lo que escribe es real?

–Mire, yo hago arquetipos, pero la gente quiere arquetipos.

–¿Cómo lo sabe?

–El otro día me paró una señora y me dice: “Está muy mal que a Martín lo haga salir con otras chicas, si tiene novia”. Y le digo, pero es así, señora, si él es un don Juan. “Ah, no –me decía ella–, pero eso está mal, es feo.” Quieren el arquetipo. La chica pura, el muchacho bueno y odiar al villano. El público de TV absorbe lo reconocible y lo agradece.

–¿Lo reconocible a qué nivel? ¿No a nivel de realidad?

–Bueno, no los muestro como son, sino como les gustaría ser. Es mejor mostrar una sirvientita que mantiene su integridad sexual y lucha por ella aunque uno sepa que en la vida casi nunca es así. La gente lo prefiere. Mire, cuando yo era muy chico leí Los misterios de París de Eugenio Sue, y siempre recuerdo una lección que aprendí allí. La cosa transcurría en la cárcel. Allí estaba la hez de París, toda la depravación y la ignominia, los criminales y los desalmados más grandes. Y había un maestro de escuela que, en los recreos, contaba cuentos. Bueno, el auditorio se enojaba cuando terminaban mal. ¿Entiende? Un parricida, quizás, el peor degenerado, quería que la historia terminara bien, que el niñito se salvara. ¿Entiende? Yo no me detengo a analizar lo que escribo. No lo vuelvo a leer y casi nunca lo veo, pero este principio lo tengo muy claro.

–Usted se enorgullece de su buen carácter.

–Es verdad. Nunca me peleo.

–Sin embargo, debe haber cosas que no pueda tolerar.

–Ver mascar goma. (Se ríe) Sí, de veras, no lo puedo soportar. Todos los tics me disgustan. Pero es muy difícil hacerme enojar, hasta en la mesa de póker. (Me mira esperando que demos por terminado el tema. Suspira.) Bueno, yo soy muy patriarcal con respecto a la homosexualidad. Aunque he tenido amigos homosexuales. Me resulta muy difícil tolerarlo. Nada de fanatismo, ¿no? Contra la drogadicción, sí, contra eso soy absolutamente fanático. (Piensa un momento.) También me mata la pedantería, que se da mucho en TV, porque en un mes se inventa una figura. ¡Uno se encuentra con cada estúpido! Tampoco soporto el amarretismo. Yo soy muy generoso. Y la escatología, eso no lo entiendo, me repugna. Por ejemplo las películas con deyecciones. Como La gran comilona, es repugnante, yo me pregunto, ¿para qué?

–¿Usted sabe que hay colegas que no opinan muy bien de su trabajo?

–Yo sé que algunos me desprecian. Hay que acostumbrarse a la idea y aguantar, qué se le va a hacer... Pero también hay envidias, incomprensiones. Yo he escrito otras cosas. Soy un buen poeta. He publicado sonetos. He ganado muchos juegos florales.

–¿Cómo definiría usted su trabajo, el rol que cumple socialmente?

–Soy un Alejandro Dumas, un folletinista de 1974. Pero sin negros, porque a él sí que le escribieron más de la mitad de la obra.

–¿Le interesa la política?

–No la siento. Yo soy radical, como toda mi familia.

–¿Pero lee los diarios, se interesa en lo que pasa?

–Leo los diarios, claro, es lo primero que hago todas las mañanas. Pero no nací para ser político.

–Pero tendrá opiniones.

–La escalada de violencia, muera quien muera, me aterra. No lo entiendo, el hombre que querían está en el país, ha pedido de todas las maneras posibles que no se haga lo que se está haciendo, y siguen. La impunidad del crimen es atroz. ¿Quién mató a Vandor, quién mató a Alonso, quién mató a Rucci? No se hace nada.

–Tampoco se hace nada con gente menos conocida, los cinco hombres que la policía ametralló en un camino de Córdoba...

–Ah, sí, yo veo a un policía y me da pánico. No me acuerdo qué escritor decía: “Si a mí me acusan de robar la torre de Nôtre Dame, en lugar de pararme a señalar que todavía está allí, mi primer impulso sería echar a correr”. Yo siento lo mismo. La tortura, la vejación de un ser humano, todo eso tan horrible... Pero todo eso empieza en los programas de televisión, por ejemplo. El otro día vi en un canal unas señoras gordas pelando bananas con guantes de box y comiéndolas. ¿Usted se imagina? Para ganar una prenda. Es la falta de dignidad inherente al ser humano, está en el sometedor y en el sometido, naturalmente es así. Yo tengo pánico al ridículo. Cuando veía en Miami esos viejos con pantaloncitos floreados, esas viejas con pantalones y tacos y pieles y brillos y todo eso, sin un elemental sentido del qué dirán. Yo tengo un gran temor al qué dirán. Por haber soltado una estupidez en una reunión soy capaz de estar amargado días enteros.

–¿Usted es anti algo?

–No sé, creo que no. No soy comunista. Pero anticomunista tampoco. Yo estuve en Rusia, con mi mujer, mi hija y mi yerno. Solo nunca hubiera ido, pero ellos me convencieron. Vi dos ciudades hermosas. La gente por la calle parece contenta y saludable. Tienen magníficos museos. Pero todo es gris, la sofisticación está negada. Es triste. Los restaurantes son terribles. Yo colecciono menús. Allí los tuve que robar, porque no quisieron dármelos. No como en Maxim´s, claro, que lo esperan a la salida para regalárselo. Bueno, de toda mi colección, los rusos son los peores. Comida pésima y el menú mismo, viejo, en mal estado. Cuando estuve exhibían películas mías con Lolita Torres. Un chofer, cuando supo que éramos argentinos recitó: “Najdorf, fútbol, Lita Tore”. Lo que seguramente soy es antinazi, por supuesto.

–¿Alguna vez tuvo militancia política?

–No. En la facultad era reformista porque todos mis amigos eran reformistas. Pero escribí para el peronismo. Contra mi voluntad. Pero en esa época no se podía discutir. Hice Mordisquito. Lo que decía era cierto. Eran verdades a puño. Y también escribí para Estrellas al mediodía. Pero yo hacía la parte artística. La política la escribía Vacarezza. De cualquier manera, la Libertadora me prohibió trabajar. El doctor Isidro J. Odena, ese que ahora es diputado por el Frejuli, era director de Comunicaciones y él, personalmente, me explicó que yo no iba a trabajar más. Hice toda clase de trámites, vi a toda clase de gente. ¡Si yo ni siquiera había sido peronista! Nunca me había afiliado, jamás. Pero todos decían que la orden venía de arriba. Durante dos años, el ’56 y el ’57, tuve que trabajar con seudónimos que me prestaron los amigos. Allí supe quiénes eran amigos. Muchos se negaron. Héctor Maselli me dio su seudónimo de Juan Peregrino para seguir haciendo ¡Qué pareja! y Gustavo Cavero, Laura Favio, todos ellos me ayudaron. Pero el trabajo mermó mucho, todo el mundo tenía miedo de aceptar libros. Hasta que Felipe Rossi, un hombre que ya murió, productor de La Familia Gesa, dijo: “¿De dónde salió esto, quién dijo que no puede figurar?”. Puso mi nombre y no pasó nada. Y pude volver a trabajar como antes.

–¿Usted está satisfecho con su vida?

–Sí, nunca fui ambicioso. Cuando era maestro me conformaba con lo poco que tenía. Después trabajé mucho, llegué a tomar anfetaminas. Estuve como loco. Ahora trabajo cuatro o cinco horas por día. Y me levanto tarde. Estoy tomando unos remedios para dilatar las arterias y duermo mucho más. Pero me levanto bien. Tengo una buena vida, es cierto. Me gusta viajar, y viajo. Tengo una buena biblioteca. Soy de muy buena mesa y buenos restaurantes.

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“DIALÉCTICA DEL ILUMINISMO”

Archivado en General • Fecha: 09-02-2006 06:26:45

PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN ALEMANA

Cuando hace dos años iniciamos el trabajo cuyas primeras pruebas dedicamos ahora a Friedrich Pollock, esperábamos poder terminar y presentar la totalidad en ocasión de su quincuagésimo aniversario. Pero cuanto más adelantábamos en la empresa más nos dábamos cuenta de la desproporción entre ella y nuestras fuerzas. Lo que nos habíamos propuesto era nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie. Habíamos subestimado las dificultades del tema, porque teníamos aun demasiada fe en la conciencia actual. A pesar de haber observado desde hacía muchos años que en la actividad científica moderna las grandes invenciones se pagan con una creciente decadencia de la cultura teórica, creíamos poder guiarnos por el modelo de la organización científica, en el sentido de que nuestra contribución se limitase esencialmente a la crítica o a la continuación de doctrinas particulares. Hubiéramos debido atenernos, por lo menos en el orden temático, a las disciplinas tradicionales: sociología, psicología y gnoseología.

Los fragmentos recogidos en este volumen demuestran que hemos debido renunciar a aquella fe. Si el examen y el estudio atento de la tradición científica constituye un momento indispensable para el conocimiento -en especial allí donde los depuradores positivistas la abandonan al olvido como cosa inútil-, por otro lado, en la fase actual de la civilización burguesa ha entrado en crisis no sólo la organización sino el sentido mismo de la ciencia. Lo que los fascistas hipócritamente elogian y lo que los dóciles expertos en humanidad ingenuamente cumplen, la autodestrucción incesante del iluminismo, obliga al pensamiento a prohibirse hasta el último candor respecto de los hábitos y las tendencias del espíritu del tiempo. Si la vida pública ha alcanzado un estadio en el que el pensamiento se transforma inevitablemente en mercancía y la lengua en embellecimiento de ésta, el intento de desnudar tal depravación debe negarse a obedecer las exigencias lingüísticas y teóricas actuales antes de que sus consecuencias históricas universales lo tornen por completo imposible.

Si los obstáculos fueran solamente aquellos que derivan de la instrumentalización inconsciente de la ciencia, el análisis de los problemas sociales podría vincularse con las tendencias que están en oposición a la ciencia oficial. Pero también éstas han sido embestidas por el proceso global de la producción y no han cambiado menos que la ideología contra la cual se dirigían. Les aconteció lo que siempre le acontece al pensamiento victorioso, el cual, apenas sale voluntariamente de su elemento crítico para convertirse en instrumento al servicio de una realidad, contribuye sin querer a transformar lo positivo en algo negativo y funesto. La filosofía, que en el siglo XVIII, a pesar de la quema de libros y hombres, inspiraba a la infamia un terror mortal, bajo Napoleón había pasado ya al partido de ésta. Incluso la escuela apologética de Comte usurpó la sucesión de los inflexibles enciclopedistas y tendió la mano a todo aquello contra lo cual éstos habían combatido. Las metamorfosis de la crítica en aprobación no dejan inmune ni siquiera el contenido teórico, cuya verdad se volatiliza. Por lo demás, hoy la historia motorizada anticipa incluso estos desarrollos espirituales, y los exponentes oficiales, que tienen otras preocupaciones, liquidan la teoría que los ha ayudado a conquistarse un puesto bajo el sol aun antes de que ésta haya tenido tiempo de prostituirse.

En la reflexión crítica sobre su propia culpa el pensamiento se ve por lo tanto privado no sólo del uso afirmativo de la terminología científica y cotidiana sino también de la de la oposición. No se presenta más una sola expresión que no procure conspirar con tendencias del pensamiento dominante, y lo que una lengua destruida no hace por cuenta propia es sustituido inevitablemente por los mecanismos sociales. A los censores libremente mantenidos por las firmas cinematográficas a los efectos de evitar gastos mayores corresponden fuerzas análogas en todos los campos. El proceso al que es sometido un texto literario, si no es ya en la previsión automática del autor, de todos modos parte del staff de lectores, revisores, ghost writers, dentro y fuera de las editoriales, supera en perfección a toda censura. Tornar completamente superfluas las funciones de la censura parece ser -no obstante toda reforma útil- la ambición del sistema educativo. En su convicción de que, si no se limita estrictamente a la determinación de los hechos y al cálculo de probabilidades, el espíritu cognoscitivo se hallaría demasiado expuesto al charlatanismo y a la superstición, el sistema educativo prepara el árido terreno para que acoja ávidamente supersticiones y charlatanismo. Así como la prohibición ha abierto siempre camino al producto más nocivo, del mismo modo la prohibición de la imaginación teórica abre camino a la locura política. Y en la medida en que los hombres no han caído aún en su poder, son privados por los mecanismos de censura -externos o introyectados en su interior- de los medios necesarios para resistir.

La aporía ante la que nos encontramos frente a nuestro trabajo se reveló así como el primer objetivo de nuestro estudio: la autodestrucción del iluminismo. No tenemos ninguna duda -y es nuestra petición de principio- respecto a que la libertad en la sociedad es inseparable del pensamiento iluminista. Pero consideramos haber descubierto con igual claridad que el concepto mismo de tal pensamiento, no menos que las formas históricas concretas y las instituciones sociales a las que se halla estrechamente ligado, implican ya el germen de la regresión que hoy se verifica por doquier. Si el iluminismo no acoge en sí la conciencia de este momento regresivo, firma su propia condena. Si la reflexión sobre el aspecto destructor del progreso es dejada a sus enemigos, el pensamiento ciegamente pragmatizado pierde su carácter de superación y conservación a la vez, y por lo tanto también su relación con la verdad. En la misteriosa actitud de las masas técnicamente educadas para caer bajo cualquier despotismo, en su tendencia autodestructora a la paranoia “popular”, en todo este absurdo incomprendido se revela la debilidad de la comprensión teórica de hoy.

Creemos contribuir con estos fragmentos a dicha comprensión en la medida en que muestran que la causa de regresión del iluminismo a la mitología no debe ser buscada tanto en las modernas mitologías nacionalistas, paganas, etc., elegidas deliberadamente como fines regresivos, como en el propio iluminismo paralizado por el miedo a la verdad, entendiendo a ambos conceptos no sólo en el sentido de la “historia de la cultura” sino también en sentido real. Así como el iluminismo expresa el movimiento real de la sociedad burguesa en general bajo la especie de sus ideas, encarnadas en personas e instituciones, del mismo modo la verdad no es sólo la conciencia racional sino también su configuración en la realidad. El miedo característico del auténtico hijo de la civilización moderna de alejarse de los hechos, que, por lo demás, desde que son percibidos se hallan ya esquemáticamente preformados por las costumbres dominantes en la ciencia, en los negocios y en la política, es idéntico al miedo respecto a la desviación social. Tales costumbres determinan incluso el concepto de claridad (en la lengua y en el pensamiento) al que arte, literatura y filosofía deberían hoy adecuarse. Este concepto -que califica de oscuro y complicado, y sobre todo de extraño al espíritu nacional, al pensamiento que interviene negativamente en los hechos y en las formas de pensar dominantes- condena al espíritu a una ceguera cada vez más profunda. El hecho de que incluso el reformer más honesto, que recomienda la renovación de un lenguaje consumido por el uso, refuerce -al hacer suyo un aparato categorial prefabricado y la mala filosofía en que éste se sostiene- el poder de lo que existe, ese mismo poder que querría quebrantar, forma parte de la situación sin camino de salida. La falsa claridad es sólo otra forma de indicar el mito. El mito ha sido siempre oscuro y evidente a la vez, y se ha distinguido siempre por su familiaridad, lo que exime del trabajo del concepto.

La condena natural de los hombres es hoy inseparable del progreso social. El aumento de la producción económica que engendra por un lado las condiciones para un mundo más justo, procura por otro lado al aparato técnico y a los grupos sociales que disponen de él una inmensa superioridad sobre el resto de la población. El individuo se ve reducido a cero frente a las potencias económicas. Tales potencias llevan al mismo tiempo a un nivel, hasta ahora sin precedentes, el dominio de la sociedad sobre la naturaleza. Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, ese aparato lo provee como nunca lo ha hecho. En el estado injusto la impotencia y la dirigibilidad de la masa crece con la cantidad de bienes que le es asignada. La elevación del nivel de vida de los inferiores -materialmente considerable y socialmente insignificante- se refleja en la aparente e hipócrita difusión del espíritu, cuyo verdadero interés es la negación de la reificación. El espíritu no puede menos que debilitarse cuando es consolidado como patrimonio cultural y distribuido con fines de consumo. El alud de informaciones minuciosas y de diversiones domesticadas corrompe y estupidiza al mismo tiempo.

No se trata de la cultura como valor, en el sentido de los “críticos de la civilización”, Huxley, Jaspers, Ortega y Gasset, etc., sino del hecho de que el iluminismo debe tomar conciencia de sí, si no se quiere que los hombres sean completamente traicionados. No se trata de conservar el pasado, sino de realizar sus esperanzas. Mientras que hoy el pasado continúa como destrucción del pasado. Si la cultura respetable ha sido hasta el siglo pasado un privilegio pagado con mayores sufrimientos por quienes se hallaban excluidos de la cultura, la fábrica higiénica de nuestro siglo ha sido pagada con la fusión de todos los elementos culturales en el crisol desmesurado. Y tal vez no fuese siquiera un precio tan alto como lo consideran los defensores de la cultura, si la venta y liquidación de la cultura no contribuyese a pervertir y convertir en lo contrario las mejoras económicas.

En las condiciones actuales incluso los bienes materiales se convierten en elementos de desventura. Si la masa de los bienes materiales, por falta del sujeto social, daba origen en el período precedente, bajo forma de superproducción, a crisis de la economía interna, hoy, cuando grupos de poder han ocupado el puesto y la función de aquel sujeto social, dicha masa produce la amenaza internacional del fascismo: el progreso se invierte y se convierte en regreso. El hecho de que la fábrica higiénica y todo lo que con ella se relaciona liquiden obtusamente la metafísica es cosa en definitiva indiferente; pero que la fábrica y el palacio de deportes se conviertan dentro de la totalidad social en una cortina ideológica tras la que se condensa la miseria real no resulta indiferente. A partir de este punto surgen nuestros fragmentos.

El primer ensayo, que es la base teórica de los siguientes, busca esclarecer la mezcla de racionalidad y realidad social, y también la otra mezcla, inseparable de la primera, de naturaleza y dominio de la naturaleza. La crítica a la que en tal ensayo se somete al iluminismo tiene por objeto preparar un concepto positivo de éste, que lo libere de la petrificación en ciego dominio.

En términos muy generales el primer ensayo podría resumirse, en su aspecto crítico, en dos tesis: el mito es ya iluminismo, el iluminismo vuelve a convertirse en mitología. Estas tesis son ilustradas en los dos excursus sobre temas concretos particulares. El primero estudia la dialéctica de mito e iluminismo en la Odisea, como en uno de los primerísimos documentos representativos de la civilización burguesa occidental. En el centro se hallan los conceptos de sacrificio y de renuncia, en los cuales se revela la diferencia y la unidad de la naturaleza mítica y del dominio racional de la naturaleza. El segundo excursus se ocupa de Kant, Sade y Nietzsche, inflexibles ejecutores del iluminismo. En él se muestra cómo el dominio de todo lo que es natural en el sujeto dueño de sí concluye justamente en el dominio de la objetividad y de la naturalidad más ciega. Esta tendencia nivela todos los contrastes del pensamiento burgués, empezando por el que existe entre rigor moral y amoralidad absoluta.

El capítulo sobre la industria cultural muestra la regresión del iluminismo a la ideología que tiene su expresión canónica en el cine y en la radio, donde el iluminismo reside sobre todo en el cálculo del efecto y en la técnica de producción y difusión; la ideología, en cuanto a aquello que es su verdadero contenido, se agota en la fetichización de lo existente y del poder que controla la técnica. En el análisis de esta contradicción la industria cultural es tomada con más seriedad que lo que ella misma querría. Pues dado que sus continuas declaraciones respecto a su carácter comercial y a su naturaleza de verdad reducida se han convertido desde hace tiempo en una excusa para sustraerse a la responsabilidad de la mentira, nuestro análisis se atiene a la pretensión objetivamente inherente a sus productos de ser creaciones estéticas y de ser por lo tanto verdad representada. En la inconsistencia de tal pretensión se desenmascara la vacuidad social de tal industria. Este capítulo es aun más fragmentario que los otros.

El análisis en forma de tesis de los “elementos del antisemitismo” está dedicado al retorno de la sociedad iluminada a la barbarie en la realidad. La tendencia a la autodestrucción pertenece desde el comienzo a la racionalidad no sólo idealmente sino también prácticamente y no sólo en la fase en que emerge en toda su evidencia. En este sentido es esbozada una prehistoria filosófica del antisemitismo. Su “irracionalismo” se deduce de la esencia misma de la razón dominante y del mundo hecho a su imagen.
Los Elementos están relacionados en forma estrecha con investigaciones empíricas del Institut für Sozialforschung, fundación creada y mantenida en vida por Felix Weil, sin la cual no sólo nuestros estudios sino también buena parte del trabajo teórico continuado a pesar de Hitler por los alemanes emigrados no hubiera sido posible.

En la última sección se publican apuntes y esbozos que en parte entran dentro de la corriente teórica de los ensayos precedentes, pero que no podían hallar su puesto en ellos, y en parte dibujan provisionalmente problemas que serán objeto de trabajo futuro. Se refieren en su mayor parte a una antropología dialéctica.

Los Ángeles, California, mayo de 1944.

El libro no contiene modificaciones importantes en el texto, terminado durante la guerra. Se ha agregado a continuación la última tesis de los Elementos del antisemitismo.

Junio de 1947
MAX HORKHEIMER
THEODOR W. ADORNO

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CONCEPTO DE ILUMINISMO

Archivado en General • Fecha: 09-02-2006 06:25:21

El iluminismo, en el sentido más amplio de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de quitar el miedo a los hombres y de convertirlos en amos. Pero la tierra enteramente iluminada resplandece bajo el signo de una triunfal desventura. El programa del iluminismo consistía en liberar al mundo de la magia. Se proponía, mediante la ciencia, disolver los mitos y confutar la imaginación: Bacon, “el padre de la filosofía experimental”, (1) recoge ya los diversos temas. Desprecia a los partidarios de la tradición, quienes “primero creen que otros saben lo que ellos no saben; luego suponen saber ellos mismos lo que ellos no saben. La credulidad, la aversión respecto a la duda, la precipitación en las respuestas, la pedantería cultural, el temor a contradecir, la indolencia en las investigaciones personales, el fetichismo verbal, la tendencia a detenerse en los conocimientos parciales: todo esto y otras cosas más han impedido las felices bodas del intelecto humano con la naturaleza de las cosas, para hacer que se ayuntase en cambio con conceptos vanos y experimentos desordenados. Es fácil imaginar los frutos y la descendencia de una unión tan gloriosa. La imprenta, invención grosera; el cañón, que estaba ya en el aire; la brújula, conocida ya en cierta medida antes: ¡qué cambios no han aportado, la una al estado de la ciencia, el otro al de la guerra, la tercera al de las finanzas, el comercio y la navegación! Y hemos dado con estas invenciones, repito, casi por casualidad. La superioridad del hombre reside en el saber, no hay ninguna duda respecto a ello. En el saber se hallan reunidas muchas cosas que los reyes con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales su autoridad no pesa, de las que sus informantes no pueden darles noticias y hacia cuyas tierras de origen sus navegantes y descubridores no pueden enderezar el curso. Hoy dominamos la naturaleza sólo en nuestra opinión, y nos hallamos sometidos a su necesidad; pero si nos dejásemos guiar por ella en la invención, podríamos ser sus amos en la práctica”. (2)

Bien que ajeno a las matemáticas, Bacon ha sabido descubrir con exactitud el animus de la ciencia sucesiva. El feliz connubio en que piensa, entre el intelecto humano y la naturaleza de las cosas, es de tipo patriarcal: el intelecto que vence a la superstición debe ser el amo de la naturaleza desencantada. El saber, que es poder, no conoce límites, ni en la esclavización de las criaturas ni en su fácil aquiescencia a los señores del mundo. Se halla a disposición tanto de todos los fines de la economía burguesa, en la fábrica y en el campo de batalla, como de todos los que quieran manipularlo, sin distinción de sus orígenes. Los reyes no disponen de la técnica más directamente que lo que hacen los mercaderes: la técnica es democrática como el sistema económico en que se desarrolla. La técnica es la esencia de tal saber. Dicho saber no tiende -sea en Oriente como en Occidente- a los conceptos y a las imágenes, a la felicidad del conocimiento, sino al método, a la explotación del trabajo, al capital privado o estatal. Todos los descubrimientos que aun promete según Bacon son a su vez instrumentos: la radio como imprenta sublimada, el avión de caza como artillería más eficaz, el proyectil guiado a distancia como brújula más segura. Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es la forma de utilizarla para lograr el dominio integral de la naturaleza y de los hombres. Ninguna otra cosa cuenta. Sin miramientos hacia sí mismo, el iluminismo ha quemado hasta el último resto de su propia autoconciencia. Sólo el pensamiento que se hace violencia a sí mismo es lo suficientemente duro para traspasar los mitos. frente al actual triunfo del “sentido de los hechos”, incluso el credo nominalista de Bacon resultaría sospechoso de metafísica y caería bajo la acusación de vanidad que él mismo formuló contra la escolástica. Poder y conocer son sinónimos. (3) La estéril felicidad de conocer es lasciva tanto para Bacon como para Lutero. Lo que importa no es la satisfacción que los hombres llaman verdad, sino la operation, el procedimiento eficaz; “el verdadero fin y tarea de la ciencia” reside no en “discursos plausibles, edificantes, dignos o llenos de efecto, o en supuestos argumentos evidentes, sino en el empeño y en el trabajo, y en el descubrimiento de detalles antes desconocidos para un mejor equipamiento y ayuda en la vida”. (4)

No debe existir ningún misterio, pero tampoco el deseo de su revelación.

La liberación del mundo respecto a la magia es la liquidación del animismo. Jenófanes ridiculiza a los dioses múltiples, que se asemejan a sus creadores, los hombres, con todos sus accidentes y defectos, y la lógica más reciente denuncia las palabras convencionales del lenguaje como monedas falsas que conviene sustituir por fiches neutrales. El mundo se convierte en caos y la síntesis en salvación. No hay ya ninguna diferencia entre el animal totémico, los sueños del visionario y la idea absoluta. En su itinerario hacia la nueva ciencia los hombres renuncian al significado. Sustituyen el concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad. La causa ha sido el último concepto filosófico con el cual la crítica científica ha arreglado cuentas, puesto que era el único de los viejos que aún se le resistía, la última secularización del principio creador. Definir modernamente sustancia y cualidad, actividad y pasión, ser y existencia, ha sido, desde Bacon en adelante, interés y tarea de la filosofía; pero la ciencia se desentendía ya de estas categorías. Habían sobrevivido como idola theatri de la vieja metafísica, y eran ya, en los tiempos de aquélla, monumentos de entidad y fuerzas de la prehistoria, cuya vida y muerte habían sido expuestas y trazadas en los mitos. Las categorías mediante las cuales la filosofía occidental definía el orden eterno de la naturaleza, señalaban puntos ya ocupados por Ocnos y Perséfona, Ariadna y Nereo. Las categorías presocráticas fijan el momento del tránsito. Lo húmedo, lo informe, el aire, el fuego, que aparecen en ellas como materia prima de la naturaleza, son residuos apenas racionalizados de la concepción mítica. Así como las imágenes de la generación de la tierra y del río, llegadas hasta los griegos desde el Nilo, se convirtieron allí en principios hilozoicos, en elementos, del mismo modo la inagotable ambigüedad de los demonios míticos se espiritualizó en la forma pura de las esencias ontológicas. Por último, con las ideas de Platón, incluso las divinidades patriarcales del Olimpo invisten las características del logos filosófico. Pero en la herencia platónica y aristotélica de la metafísica el iluminismo reconoció las antiguas fuerzas y persiguió como superstición la pretensión de verdad de los universales. El iluminismo cree aún descubrir en la autoridad de los conceptos generales el miedo a los demonios, con cuyas imágenes y reproducciones los hombres buscaban, en el ritual mágico, influir sobre la naturaleza. A partir de ahora la materia debe ser dominada más allá de toda ilusión respecto a fuerzas superiores a ella o inmanentes en ella, es decir, de cualidades ocultas. Lo que no se adapta al criterio del cálculo y de la utilidad es, a los ojos del iluminismo, sospechoso. Y cuando el iluminismo puede desarrollarse sin perturbaciones provenientes de la opresión externa, el freno desaparece. Sus mismas ideas sobre los derechos de los hombres terminan por correr la suerte de los viejos universales. Ante cada resistencia espiritual que encuentra su fuerza no hace más que aumentar. (5) Ello deriva del hecho de que el iluminismo se reconoce a sí mismo incluso en los mitos. Cualesquiera que sean los mitos a los que incumbe la resistencia, por el solo hecho de convertirse en argumentos en este conflicto, rinden homenaje al principio de la racionalidad analítica que reprochan al iluminismo. El iluminismo es totalitario.

En la base del mito el iluminismo ha visto siempre antropomorfismo, la proyección de lo subjetivo sobre la naturaleza. (6) Lo sobrenatural, espíritus y demonios, serían imágenes reflejas de los hombres, que se dejaban asustar por la naturaleza. Las diversas figuras míticas son todas reducibles, según el iluminismo, al mismo denominador, es decir, al sujeto. La respuesta de Edipo al enigma de la Esfinge -” el hombre”- vuelve indiscriminadamente, como solución estereotipada del iluminismo, ya se trate de un trozo de significado objetivo, de las líneas de un ordenamiento, del miedo a fuerzas malignas o de la esperanza de salvación. El iluminismo reconoce a priori, como ser y acaecer, sólo aquello que se deja reducir a una unidad; su ideal es el sistema, del cual se deduce todo y cualquier cosa. En eso no se distinguen sus versiones racionalista y empirista. Pese a que las diversas escuelas podían interpretar diversamente los axiomas, la estructura de la ciencia unitaria era siempre la misma. El postulado baconiano de una scientia universalis (8) es -pese al pluralismo de los campos de investigación- tan hostil a lo que no se puede relacionar como la mathesis universalis leibniziana al salto. La multiplicidad de las figuras queda reducida a la posición y el ordenamiento, la historia al hecho, las cosas a materia. Según Bacon, debe subsistir entre los principios supremos y las proposiciones empíricas una conexión lógica evidente a través de los diversos grados de universalidad. De Maistre lo toma en broma diciendo que posee une idole d´ échelle. (9) La lógica formal ha sido la gran escuela de la unificación. La lógica formal ofrecía a los iluministas el esquema de la calculabilidad del universo. La equiparación de sabor mitológico de las ideas con los números en los últimos escritos de Platón expresa el anhelo de toda desmitización: el número se convierte en el canon del iluminismo. Las mismas ecuaciones dominan la justicia burguesa y el intercambio de mercancías. “¿No es acaso la regla de que sumando lo impar a lo par se obtiene impar, un principio tanto de la justicia como de la matemática? ¿Y no existe una verdadera correspondencia entre justicia conmutativa y distributiva por un lado y proporciones geométricas por el otro?” (10) La sociedad burguesa se halla dominada por lo equivalente. Torna comparable lo heterogéneo reduciéndolo a grandezas abstractas. Todo lo que no se resuelve en números, y en definitiva en lo uno, se convierte para el iluminismo en apariencia; y el positivismo moderno confina esto a la literatura. Unidad es la palabra de orden, desde Parménides a Russell. Se continúa exigiendo la destrucción de los dioses y de las cualidades.

Pero los mitos que caen bajo los golpes del iluminismo eran ya productos del mismo iluminismo. En el cálculo científico del acontecer queda anulada la apreciación que el pensamiento había formulado en los mitos respecto al acontecer. El mito quería contar, nombrar, manifestar el origen: y por lo tanto también exponer, fijar, explicar. Esta tendencia se vio reforzada por el extendimiento y la recompilación de los mitos, que se convirtieron en seguida, de narraciones de cosas acontecidas, en doctrina. Todo ritual implica una concepción del acontecer, así como del proceso específico que debe ser influido por el encantamiento. Este elemento teórico del ritual se tornó independiente en las primeras epopeyas de los pueblos. Los mitos, tal como los encontraron los trágicos, se hallan ya bajo el signo de esa disciplina y ese poder que Bacon exalta como meta. En el lugar de los espíritus y demonios locales había aparecido el cielo y su jerarquía, en el lugar de las prácticas exorcizantes del mago y la tribu, el sacrificio graduado jerárquicamente y el trabajo de los esclavos mediatizado mediante el mando. Las divinidades olímpicas no son ya directamente idénticas a los elementos, sino que los simbolizan. En Homero, Zeus preside el cielo diurno, Apolo guía el sol, Helios y Eo se hallan ya en los límites de la alegoría. Los dioses se separan de los elementos como esencias de éstos. A partir de ahora el ser se divide en el logos -que se reduce, con el progreso de la filosofía, a la mónada, al mero punto de referencia- y en la masa de todas las cosas y criaturas exteriores. Una sola diferencia, la que existe entre el propio ser y la realidad, absorbe a todas las otras. Si se dejan de lado las diferencias, el mundo queda sometido al hombre. En ello concuerdan la historia judía de la creación y la religión olímpica. “...Y dominarán los peces del mar y los pájaros del cielo y en los ganados y en todas las fieras de la tierra y en todo reptil que repta sobre la tierra.”(11) “Oh Zeus, padre Zeus, tuyo es el dominio del cielo, y tú vigilas desde lo alto las obras de los hombres, justas y malvadas, e incluso la arrogancia de los animales y te complace la rectitud.”(12) “Puesto que las cosas son así, uno expía inmediatamente y otro más tarde; pero incluso si alguien pudiera escapar y la amenazadora fatalidad de los dioses no lo alcanzara en seguida, tal fatalidad termina infaliblemente por cumplirse, e inocentes deben pagar por la mala acción, sus hijos o una generación posterior”(13) Frente a los dioses se mantiene sólo quien se somete totalmente. El surgimiento del sujeto se paga con el reconocimiento del poder como principio de todas las relaciones. Frente a la unidad de esta razón la división entre Dios y hombre parece en verdad irrelevante, tal como la razón impasible lo hiciera notar desde la más antigua crítica homérica. Como señores de la naturaleza, el dios creador y el espíritu ordenador se asemejan. La semejanza del hombre con Dios consiste en la soberanía sobre lo existente, en la mirada patronal, en el mando.

El mito perece en el iluminismo y la naturaleza en la pura objetividad. Los hombres pagan el acrecentamiento de su poder con el extrañamiento de aquello sobre lo cual lo ejercitan. El iluminismo se relaciona con las cosas como el dictador con los hombres, pues el dictador sabe cuál es la medida en que puede manipular a éstos. El hombre de ciencia conoce las cosas en la medida en que puede hacerlas. De tal suerte el en-sí de éstas se convierte en para-él. En la transformación la esencia de las cosas se revela cada vez como la misma: como fundamento del dominio. Esta identidad funda y constituye la unidad de la naturaleza. La cual se hallaba escasamente presente en la evocación mágica, como unidad del sujeto. Los ritos del shamán se dirigían al viento, a la lluvia, a la serpiente exterior o al demonio en el enfermo, y no a materias o registros. Y quien practicaba no era el espíritu uno e idéntico: éste variaba de acuerdo con las máscaras del culto, que debían asemejarse a los diversos espíritus. La magia es una falsedad sanguinolenta, pero en ella no se llega todavía a esa negación aparente del dominio por la cual el dominio mismo, transformado en pura verdad, se coloca como base del mundo caído en su poder. El mago se torna similar a los demonios; para asustarlos o para aplacarlos adopta actitudes horribles o mansas. Por más que su oficio sea la repetición, aún no se ha proclamado -como el hombre civil, para quien los modestos terrenos de caza se reducirán al cosmos unitario, a la síntesis de toda posibilidad de presa- copia e imagen del poder invisible. Sólo en la medida en que es (y se conserva) hecho a semejanza de ese poder consigue el hombre la identidad del Sí, que no puede perderse en la identificación con otro, sino que se posee de una vez para siempre, como máscara impenetrable. Es la identidad del espíritu y su correlato, la unidad de la naturaleza, ante la cual sucumbe la multitud de las cualidades. La naturaleza privada de sus cualidades se convierte en materia caótica, objeto de pura subdivisión, y el Sí omnipotente en mero tener, en identidad abstracta. En la magia la sustituibilidad es específica. Lo que le acontece a la lanza del enemigo, a su pelo, a su nombre, le acontece también a su persona; la víctima sacrificial es ejecutada en lugar del dios. La sustitución en el sacrificio es un progreso hacia la lógica discursiva. Incluso si la cierva que era preciso sacrificar por la hija o el cordero que había que ofrecer por el primogénito debían poseer aún cualidades específicas, representaban sin embargo ya la especie, tenían ya la accidentalidad arbitraria del catálogo. Pero el carácter sacro del hic et nunc, la unicidad del elegido, que incluso el sustituto asume, lo distingue radicalmente, lo convierte, incluso, en el cambio, en insustituible. La ciencia pone fin a esto . No hay en la ciencia sustituibilidad específica: víctimas, sí pero ningún dios. La sustituibilidad se convierte en fungibilidad universal. Un átomo no es desintegrado en sustitución, sino como espécimen de la materia, y no es en un lugar o en representación, sino considerado como mero ejemplar, la forma en que el conejo recorre el via crucis del laboratorio. Justamente debido a que en la ciencia funcional las diferencias son tal lábiles que todo desaparece en la materia única, el objeto científico se fosiliza; y, en comparación, el rígido ritual de antaño se aparece como dúctil, pues aún sustituía una cosa por otra cosa. El mundo de la magia contenía aún diferencias, cuyos rasgos han desaparecido incluso en la forma lingüística.(14) Las múltiples afinidades entre lo que existe son anuladas por la relación única entre el sujeto que da sentido y el objeto privado de éste, entre el significado racional y el portador accidental de dicho significado. En la fase mágica, sueño e imagen no eran considerados sólo como un signo de la cosa, sino que estaban unidos a ella por la semejanza o por el nombre. No se trata de una relación de intencionalidad sino de afinidad. La magia, como la ciencia, busca fines, pero los persigue mediante la mimesis y no a través de una creciente separación del objeto. La magia no se fundamenta en modo alguno en “la omnipotencia del pensamiento”, que el primitivo se atribuiría al igual que el neurótico;(15) no puede existir “supervaloración de los procesos psíquicos en relación con la realidad” allí donde pensamiento y realidad no se hallan radicalmente separados. La “inflexible fe en la posibilidad de dominar el mundo”,(16) que Freud atribuye anacrónicamente a la magia, corresponde sólo al dominio del mundo según el principio de realidad por obra de la ciencia serena y madura. Para que las prácticas limitadas del brujo cediesen su puesto a la técnica industrial universalmente aplicable era antes necesario que los pensamientos se independizasen de los objetos tal como ocurre en el Yo adaptado a la realidad.
Como totalidad lingüísticamente desarrollada -que con su pretensión de verdad cubre de sombra a la fe mítica más antigua, las religiones populares-, el mito solar, patriarcal, es ya iluminismo, con el cual el iluminismo filosófico puede medirse en el mismo plano. Ahora tropieza con un igual. La mitología misma ha puesto en marcha el proceso sin fin del iluminismo, en el que, con necesidad ineluctable, toda concepción teórica determinada cae bajo la acusación destructora de no ser más que una fe, hasta que también los conceptos de espíritu, verdad e incluso de iluminismo quedan relegados como magia animista. El principio de la necesidad fatal por el que perecen los héroes del mito, y que se desarrolla como lógica consecuencia del veredicto oracular, no domina sólo -purificado hasta la coherencia de la lógica formal- en todo sistema racionalista de la filosofía occidental, sino sobre la sucesión misma de los sistemas, que comienza con la jerarquía de los dioses y, en un permanente crepúsculo de los ídolos, exhala, como contenido idéntico, la ira por la falta de honestidad. Así como los mitos cumplen ya una obra iluminista, del mismo modo el iluminismo se hunde a cada paso más profundamente en la mitología. Recibe la materia de los mitos para destruirlos y, como juez, incurre a su vez en el encantamiento mítico. Quiere huir al proceso fatal de la represalia, ejerciendo la represalia sobre el proceso mismo. En los mitos todo acontecimiento debe pagar por el hecho de haber acontecido. Lo mismo acontece en el iluminismo: el hecho se anula apenas ha ocurrido. La ley de la igualdad de acción y reacción afirmaba el poder de la repetición sobre todo lo que existe mucho tiempo después de que los hombres se hubieran liberado de la ilusión de identificarse, mediante la repetición, con la realidad repetida y de sustraerse así a su poder. Pero cuanto más desaparece la ilusión mágica, tanto más despiadadamente la repetición, bajo el nombre de legalidad, fija al hombre en el ciclo, en el cual, por haberlo objetivado en la ley de la naturaleza, el hombre cree desempeñar el papel de sujeto libre. El principio de inmanencia, la explicación de todo acaecer como repetición, que el iluminismo sostiene contra la fantasía mítica, es el principio mismo del mito. La árida sabiduría para la cual no hay nada nuevo bajo el sol, porque todas las cartas del absurdo juego han sido jugadas, todos los grandes pensamientos han sido ya pensados, los descubrimientos posibles se pueden construir a priori, y los hombres están condenados a la autoconservación por adaptación, esta árida sabiduría no hace más que reproducir la sabiduría fantástica que rechaza: la confirmación del destino, que renueva continuamente, mediante el talión, lo que ya había sido. Lo que podría ser de otra forma es nivelado. Tal es el veredicto que erige críticamente los confines de la experiencia posible. El precio de la identidad de todo con todo consiste en que nada puede ser idéntico a sí mismo. El iluminismo disuelve el error de la vieja desigualdad, el dominio inmediato, pero lo eterniza en la mediación universal que relaciona todo ente a otro. Hace lo que Kierkegaard cita en elogio de su ética protestante y que aparece ya en el cielo de las leyendas de Hércules como uno de los arquetipos del poder mítico: destruye lo inconmensurable. No sólo son disueltas las cualidades en el pensamiento, sino que asimismo se obliga a los hombres a la conformidad real. La ventaja de que el mercado no se preocupe por el nacimiento ha sido pagada, por el sujeto del cambio, mediante la necesidad de permitir que la producción de mercancías que se pueden adquirir en el mercado modele las posibilidades conferidas por el nacimiento. Los hombres han recibido como don un Sí propio y particular y distinto de todos los demás sólo para que se convirtiese con mayor seguridad en idéntico. Pero dado que tal Sí no se adecuó nunca del todo, el iluminismo simpatizó siempre, incluso durante el período liberal, con la constricción social. La unidad de lo colectivo manipulado consiste en la negación de todo lo singular; es una burla dirigida a esa sociedad que podría hacer del individuo un individuo. La horda, cuyo nombre retorna en la organización de la “Juventud de Hitler”, no es una recaída en la antigua barbarie, sino el triunfo de la igualdad represiva, el desplegarse de la igualdad jurídica como injusticia mediante los iguales. El mito de cartón de los fascistas se revela como lo auténtico de la prehistoria, justamente en la medida en que lo verdadero analizaba con atención la represalia, mientras que lo falso la ejecuta ciegamente en las víctimas. Toda tentativa de liquidar la constricción natural liquidando la naturaleza cae con mayor profundidad en la coacción natural. Y tal es el curso de la civilización europea. La abstracción, instrumento del iluminismo, se conduce con sus objetos igual que el destino, cuyo concepto elimina: como liquidación. Bajo el dominio nivelador de lo abstracto, que vuelve todo repetible en la naturaleza, y de la industria, para la cual lo anterior prepara, los liberados mismos terminaron por convertirse en esa “tropa” en la cual Hegel(17) señaló los resultados del iluminismo.

La separación del sujeto respecto al objeto, premisa de la abstracción, se funda en la separación respecto a la cosa, que el amo logra mediante el servidor. Los cantos de Homero y los himnos del Rig Veda provienen de la época del dominio de las tierras y de las rocas, cuando un belicoso pueblo de dominadores se monta sobre la masa de los indígenas vencidos.(18) El dios supremo entre los dioses nace con este mundo burgués en el que el rey, jefe de la nobleza armada, obliga a los vencidos a servir en la gleba, mientras que médicos, adivinos, artesanos y mercaderes se ocupan del traficar. Con el fin del nomadismo el orden social se constituyó sobre la base de la propiedad estable. Dominio y trabajo se separan. Un propietario como Odiseo “dirige desde lejos un personal numeroso y minuciosamente diferenciado de cuidadores de bueyes, de cabras, de cerdos y servidores. Por la noche, después de haber visto encenderse desde su castillo mil fuegos en el campo, puede echarse tranquilamente a dormir: sabe que sus bravos servidores velan, para tener alejadas a las bestias feroces y para expulsar a los ladrones de los recintos confiados a su custodia”.(19) La universalidad de las ideas, desarrollada por la lógica discursiva, el dominio en la esfera del concepto, se levanta sobre la base del dominio real. En la sustitución de la herencia mágica, de las viejas y confusas representaciones, mediante la unidad conceptual, se expresa el nuevo ordenamiento, determinado por los libres y organizado por el comando. El Sí, que aprendió el orden y la subordinación en la escuela de la sumisión al mundo externo, ha identificado pronto la verdad en general con el pensamiento que dispone, sin cuyas firmes distinciones la verdad no podría subsistir. Así se ha vedado, junto con la magia mimética, el conocimiento que apresa efectivamente al objeto. Todo el odio se vuelve hacia la imagen de la prehistoria superada y a su imaginaria felicidad. Las divinidades etónicas de los aborígenes son relegadas al infierno en que la tierra misma se transforma bajo la religión solar y luminosa de Indra y Zeus.

Pero cielo e infierno se hallaban estrechamente ligados. Así como el nombre de Zeus correspondía a la vez -en cultos que no se excluían recíprocamente- a un dios subterráneo y a un dios de la luz,(20) así como los dioses del Olimpo mantenían relaciones de todo tipo con las divinidades etónicas, del mismo modo las buenas o malas potencias, la salud y la enfermedad, no estaban separadas terminantemente entre sí. Estaban vinculadas al igual que el nacer y el perecer, la vida y la muerte, el invierno y el verano. En el mundo luminoso de la religión griega perdura la turbia indiscriminación del principio religioso, que en las primeras fases conocidas de la humanidad era venerado como mana. En forma primaria, indiferenciada, mana es todo aquello que resulta desconocido, extraño, todo aquello que trasciende el ámbito de la experiencia, aquello que en las cosas es más que su realidad conocida. Lo que el primitivo siente como sobrenatural no es una sustancia espiritual opuesta a la material, sino la complicación de lo natural respecto al miembro singular. El grito de terror con que se experimenta lo insólito se convierte en el nombre de lo insólito. Nombre que fija la trascendencia de lo desconocido respecto a lo conocido y convierte por lo tanto al estremecimiento en sagrado. El desdoblamiento de la naturaleza en apariencia y esencia, acción y fuerza, que es lo que hace posible tanto al mito como a la ciencia, nace del temor del hombre, cuya expresión se convierte en explicación. No se trata de que el alma sea “trasferida” a la naturaleza, como sostiene la interpretación psicologista; mana, el espíritu que mueve, no es una proyección, sino el eco de la superpotencia real de la naturaleza en las débiles almas de los salvajes. La separación entre lo animado y lo inanimado, la atribución de determinados lugares a demonios o divinidades, deriva ya de este preanimismo. En el cual está ya implícita la separación entre sujeto y objeto. Si el árbol no es considerado más sólo como árbol, sino como testimonio de alguna otra cosa, como sede del mana, la lengua expresa la contradicción de que una cosa sea ella misma y a la vez otra cosa además de lo que es, idéntica y no idéntica.(21) Mediante la divinidad, el lenguaje se convierte, de tautología, en lenguaje. El concepto, que suele ser definido como unidad característica de aquello que bajo él se halla comprendido, ha sido en cambio, desde el principio, un producto del pensamiento dialéctico, en el que cada cosa es lo que es sólo en la medida en que se convierte en lo que no es. Ha sido esta la forma originaria de determinación objetivante, por la que concepto y cosa se han separado recíprocamente, de la misma determinación que se halla ya muy avanzada en la epopeya homérica y que se invierte en la moderna ciencia positiva. Pero esta dialéctica sigue siendo impotente en la medida en que se desarrolla a partir del grito de terror, que es la duplicación, la tautología del terror mismo. Los dioses no pueden quitar al hombre el terror del cual sus nombres son el eco petrificado. El hombre tiene la ilusión de haberse liberado del terror cuando ya no queda nada desconocido. Ello determina el curso de la desmitización, del iluminismo que identifica lo viviente con lo no-viviente, así como el mito iguala lo no-viviente con lo viviente. El iluminismo es la angustia mítica vuelta radical. La pura inmanencia positivista, que es su último producto, no es más que un tabú universal, por así decirlo. No debe existir ya nada afuera, puesto que la simple idea de un afuera es la fuente genuina de la angustia. Si la venganza del primitivo por el asesinato de uno de los suyos podía a veces ser aplacada acogiendo al homicida en la propia familia,(22) ello significaba la absorción de la sangre ajena en la propia, la restauración de la inmanencia. El dualismo mítico no conduce más allá del ámbito de lo existente. El mundo penetrado y dominado por el mana, incluso el del mito indio y griego, son eternamente iguales y sin salida. Cada nacimiento es pagado con la muerte, cada felicidad con la desgracia. Hombres y dioses pueden buscar en el intervalo a su disposición distribuir las suertes de acuerdo con criterios diversos del ciego curso del destino: al final lo existente, la realidad, triunfa sobre ellos. Incluso su justicia, arrancada al destino, ostenta las características de éste; dicha justicia corresponde a la mirada que los hombres (los primitivos tanto como los griegos y los bárbaros) lanzan, desde una sociedad de presión y miseria, al mundo circundante. Culpa y expiación, felicidad y desventura, son así para la justicia mítica como para la racional miembros de una ecuación. La justicia se pierde en el derecho. El shamán exorciza al ser peligroso mediante su misma imagen. Su instrumento es la igualdad. La misma igualdad que regula en la civilización la pena y el mérito. Incluso las representaciones míticas pueden ser reconducidas, sin residuos, a relaciones naturales. Así como la constelación de Géminis, con todos los otros símbolos de la dualidad, conduce al ciclo ineluctable de la naturaleza, que tiene su antiquísimo signo en el huevo del cual han salido, del mismo modo la balanza en la mano de Zeus, que simboliza la justicia del entero mundo patriarcal, reconduce a la naturaleza desnuda. El paso del caos a la civilización, donde las relaciones naturales no ejercitan ya directamente su poder, sino que lo hacen a través de la conciencia de los hombres, no ha cambiado en nada el principio de la igualdad. Incluso los hombres han pagado precisamente este tránsito con la adoración de aquello a lo que antes -al igual que todas las otras criaturas- se hallaban simplemente sometidos. Antes los fetiches se hallaban por debajo de la ley de igualdad. Ahora la igualdad se convierte en un fetiche. La venda sobre los ojos de la justicia no significa únicamente que es preciso no interferir en su curso, sino también que el derecho no nace de la libertad.

La doctrina de los sacerdotes era simbólica en el sentido de que en ella señal e imagen coincidían. Tal como lo atestiguan los jeroglíficos, la palabra ha cumplido en el origen también la función de imagen. Dicha función ha pasado a los mitos. Los mitos, como los ritos mágicos, entienden la naturaleza que se repite. Esa naturaleza es el alma de lo simbólico: un ser o un proceso que es representado como eterno, porque debe reconvertirse continuamente en acontecimiento por medio de la ejecución del símbolo. Inexhaustibilidad, repetición sin fin, permanencia del objeto significado, no son sólo atributos de todos los símbolos, sino también el verdadero contenido de éstos. Los mitos de creación, en los que el mundo surge de la madre primigenia, de la vaca o del huevo son, en antítesis al Génesis bíblico, simbólicos. La ironía de los antiguos respecto a los dioses demasiado humanos no daba en lo esencial. La individualidad no agota la esencia de los dioses. Éstos tenían aun en sí algo del mana: encarnaban la naturaleza como poder universal. Con sus rasgos preanimistas desembocaban directamente en el iluminismo. Bajo la verecunda cubierta de la chronique scandaleuse del Olimpo, se había desarrollado la doctrina de la mezcla, de la presión y el choque de los elementos, que muy pronto se estableció como ciencia y redujo los mitos a creaciones de la fantasía. Con la precisa separación entre ciencia y poesía la división del trabajo, ya efectuada por su intermedio, se extiende al lenguaje. Como signo, la palabra, pasa a la ciencia; como sonido, como imagen, como palabra verdadera, es repartida entre las diversas artes, sin que se pueda recuperar ya más la unidad gracias a su adición, senestesia o “arte total”. Como signo, el lenguaje debe limitarse a ser cálculo; para conocer a la naturaleza debe renunciar a la pretensión de asemejársele. Como imagen debe limitarse a ser una copia: para ser enteramente naturaleza debe renunciar a la pretensión de conocer a ésta. Con el progreso del iluminismo sólo las obras de arte verdaderas han podido sustraerse a la simple imitación de lo que ya existe. La antítesis corriente entre arte y ciencia, que las separa entre sí como “sectores culturales”, para convertir a ambas, como tales, en administrables, las transfigura al fin, justamente por su cualidad de opuestas, en virtud de sus mismas tendencias, a la una en la otra. La ciencia, en su interpretación neopositivista, se convierte en esteticismo, sistema de signos absolutos, carente de toda intención que lo trascienda: se convierte en suma en ese “juego” respecto al cual hace ya tiempo que los matemáticos han afirmado con orgullo que resume su actividad. Pero el arte de la reproducción integral se ha lanzado, hasta en sus técnicas, a la ciencia positivista. Dicho arte se convierte una vez más en mundo, en duplicación ideológica, en reproducción dócil. La separación de signo e imagen es inevitable. Pero se ha hipostasiado con ingenua complacencia; cada uno de los dos principios aislados tiende a la distribución de la verdad.

El abismo que se ha abierto con esta separación ha sido señalado y tratado por la filosofía en la relación entre intuición y concepto, y en muchas ocasiones, aunque en vano, se ha intentado llenarlo: precisamente la filosofía es definida por dicho intento. Por lo general, es verdad, la filosofía se puso de lado de la parte de la cual toma su nombre. Platón prohibió la poesía con el mismo gesto con el que el positivismo prohibe la doctrina de las ideas. Mediante su celebrado arte Homero no ha llevado a cabo reformas públicas o privadas, no ha ganado una guerra ni ha hecho ningún descubrimiento. No basta que una nutrida multitud de secuaces lo haya honrado y amado. El arte debe aun probar su utilidad. (23) La imitación es prohibida por él igual que por los judíos. Razón y religión prohiben el principio de la magia. Aun en la separación respecto a la realidad en la renuncia del arte, ese principio continúa siendo deshonroso; quien lo practica es un vagabundo, un nómade superviviente, que no hallará más patria entre los que se han convertido en estables. No se debe influir más sobre la naturaleza identificándose con ella, sino que es preciso dominarla mediante el trabajo. La obra de arte posee aún en común con la magia el hecho de instituir un ciclo propio y cerrado en sí, que se sustrae al contexto de la realidad profana, en el que rigen leyes particulares. Así como el primer acto del mago en la ceremonia era el definir y aislar, respecto a todo el mundo circundante, el lugar en que debían obrar las fuerzas sagradas, de la misma forma en toda obra de arte su ámbito se destaca netamente de la realidad. Justamente, la renuncia a la acción externa, con la que el arte se separa de la simpatía mágica, conserva con mayor profundidad la herencia de la magia. La obra de arte coloca la pura imagen en contraste con la realidad física cuya imagen retoma, custodiando sus elementos. Y en el sentido de la obra de arte, en la apariencia estética, surge aquello a lo que daba lugar, en el encantamiento del primitivo, el acontecimiento nuevo y tremendo: la aparición del todo en el detalle. En la obra de arte se cumple una vez más el desdoblamiento por el cual la cosa aparecía como algo espiritual, como manifestación del mana. Ello constituye su “aura”. Como expresión de la totalidad, el arte aspira a la dignidad de lo absoluto. Ello indujo en ciertas ocasiones a la filosofía a asignarle una situación de preferencia respecto al conocimiento conceptual. Según Schelling, el arte comienza allí donde el saber abandona al hombre. El arte es para él “el modelo de la ciencia, y la ciencia debe aún llegar allí donde encontramos al arte”. (24) De acuerdo con su doctrina, la separación entre imagen y signo queda “enteramente abolida por cada singular representación artística. (25) Pero muy raras veces se halló el mundo burgués dispuesto a demostrar esta fe en el arte. Cuando puso límites al saber, ello por lo general no aconteció para dar paso al arte, sino a la fe. Mediante la fe, la religiosidad militante de la nueva edad -Torquemada, Lutero, Mahoma- ha pretendido conciliar espíritu y realidad. Pero la fe es un concepto privativo: se destruye como fe si no expone continuamente su diferencia o su acuerdo con el saber. Puesto que está obligada a calcular los límites del saber, se halla limitada también a ella. El intento de la fe, en el protestantismo, de hallar el principio trascendente de la verdad, sin el cual no hay fe, como en la prehistoria, directamente en la palabra, y de restituir a ésta su poder simbólico, ha sido pagado con la obediencia a la letra, y no ciertamente a la letra sagrada. Por quedar siempre ligada al saber, en una relación hostil o amistosa, la fe perpetúa la separación en la lucha para superarla: su fanatismo es el signo de su falsedad, la admisión objetiva de que creer solamente significa no creer más. La mala conciencia es su segunda naturaleza. En la secreta conciencia del defecto por el cual se halla fatalmente viciada, de la contradicción que es inmanente a ella, de querer hacer un oficio de la conciliación, reside la causa por la cual toda honestidad subjetiva de los creyentes ha sido siempre irascible y peligrosa. Los horrores del hierro y del fuego, Contrarreforma y Reforma, no fueron los excesos sino la realización del principio de la fe. La fe muestra continuamente que posee el mismo carácter que la historia universal, a la que quisiera dominar; en la época moderna se convierte incluso en su instrumento favorito, en su astucia particular. Indetenible no es sólo el iluminismo del siglo XVIII, como ha sido reconocido por Hegel, sino, como nadie mejor que él lo ha sabido, el movimiento mismo del pensamiento. En el conocimiento más ínfimo, así como en el más elevado, se halla implícita la noción de su distancia respecto a la realidad, que convierte al apologista en un mentiroso. La paradoja de la fe degenera al fin en la estafa, en el mito del siglo XX, y su irracionalidad se trasfigura en un sistema racional en manos de los absolutamente iluminados, que guían ya a la sociedad hacia la barbarie.

Desde que el lenguaje entra en la historia sus amos son sacerdotes y magos. Quien ofende los símbolos cae, en nombre de los poderes sobrenaturales, en manos de los tribunales de los poderes terrestres, representados por esos órganos agregados a la sociedad. Qué aconteció antes es cosa que resulta oscura. El estremecimiento del que nace el mana se hallaba ya sancionado, por lo menos por los más viejos de la tribu, dondequiera que el mana aparezca en la etnología. El mana fluido, heterogéneo, es consolidado y materializado con violencia por los hombres. Rápidamente los magos pueblan cada aldea con emanaciones y coordinan, de acuerdo con la multiplicidad de los dominios sacros, la multiplicidad de los ritos. Los magos desarrollan, con el mundo de los espíritus y sus características, el propio saber profesional y la propia autoridad. Lo sacro se halla en relación con los magos y se transmite a ellos. En las primeras fases, aún nómades, los miembros de la tribu toman aún parte autónoma en la acción ejercida sobre el curso natural. Los hombres hacen salir de las cuevas a las bestias salvajes, las mujeres desarrollan el trabajo que puede realizarse sin un comando rígido. Es imposible establecer cuánta violencia precedió al hábito respecto a un orden tan sencillo. En tal orden el mundo se halla ya dividido en una esfera del poder y en una esfera profana. En él el curso natural como emanación del mana, se encuentra ya elevado a norma que exige sumisión. Pero si el salvaje nómade, a pesar de todas las sumisiones, tomaba aún parte en el encantamiento que delimitaba a éstas, y se disfrazaba de bestia salvaje para sorprender a la bestia, en épocas sucesivas el comercio con los espíritus y la sumisión se hallan repartidos entre clases diferentes de la humanidad: el poder por un lado, la obediencia por otro. Los procesos naturales, eternamente iguales y recurrentes, son inculcados a los súbditos -por tribus extranjeras o por los propios círculos dirigentes- como tiempo o cadencia laboral, según el ritmo de las clavas o de los palillos que resuena en todo tambor bárbaro, en todo monótono ritual. Los símbolos toman el aspecto de fetiches. Su contenido, la repetición de la naturaleza, se revela luego siempre como la permanencia -por ellos de alguna forma representada- de la constricción social. El estremecimiento objetivado en una imagen fija se convierte en emblema del dominio consolidado de grupos privilegiados. Pero lo mismo vienen a ser también los conceptos generales, incluso cuando se han liberado de todo aspecto figurativo. La misma forma deductiva de la ciencia refleja coacción y jerarquía. Así como las primeras categorías representaban indirectamente la tribu organizada y su poder sobre el individuo aislado, del mismo modo el entero orden lógico -dependencia, conexión, extensión y combinación de los conceptos- está fundado sobre las relaciones correspondientes de la realidad social, sobre la división del trabajo. (26) Pero este carácter social de las formas del pensamiento no es, como lo quiere Durkheim, expresión de solidaridad social, sino que atestigua en cambio respecto a la impenetrable unidad de sociedad y dominio. El dominio confiere mayor fuerza y consistencia a la totalidad social en la que se establece. La división del trabajo, a la que el dominio da lugar en el plano social, sirve a la totalidad dominada para autoconservarse. Pero así la totalidad como tal, la actualización de la razón a ella inmanente, se convierte de modo forzoso en la actualización de lo particular. El dominio se opone a lo singular como universal, igual que la razón en la realidad. El poder de todos los miembros de la sociedad -a quienes, en cuanto tales, no les queda otro camino- se suma continuamente, a través de la división del trabajo que les es impuesta, en la realización de la totalidad, cuya racionalidad se ve a su vez multiplicada. Lo que todos experimentan por obra de pocos se cumple siempre como abuso de los individuos por parte de los muchos: y la opresión de la sociedad tiene también el carácter de una opresión por parte de lo colectivo. Es esta unidad de colectividad y dominio, y no la universalidad social inmediata (la solidaridad), la que se deposita en las formas del pensamiento. Los conceptos filosóficos con los que Platón y Aristóteles explican y exponen el mundo, elevan, con su pretensión de validez universal, las relaciones “fundadas” por ellos al grado de verdadera realidad. Tales conceptos surgían, como dice Vico, (27) de la plaza del mercado en Atenas, y reflejaban con igual pureza las leyes de la física, la igualdad de los ciudadanos de pleno derecho y la inferioridad de las mujeres, niños y esclavos. El lenguaje mismo confería a las relaciones de dominio la universalidad que había asumido como medio de comunicación una sociedad civil. El énfasis metafísico, la sanción mediante ideas y normas no eran más que la hipóstasis de la dureza exclusiva que los conceptos debían necesariamente asumir dondequiera que la lengua unía la comunidad de los señores en ejercicio del mando. Pero en esta función de reforzamiento del poder social del lenguaje las ideas se convirtieron en tanto más superfluas cuanto más crecía aquel poder, y el lenguaje científico les ha dado el golpe de gracia. La sugestión -que tiene aún algo del espanto inspirado por el fetiche- no residía tanto en la apología consciente. La unidad de colectividad y dominio se torna patente más bien en la universalidad que el contenido malo asume necesariamente en el lenguaje, sea metafísico o científico. La apología metafísica delataba la injusticia de lo existente por lo menos en la incongruencia del concepto y realidad. En la imparcialidad del lenguaje científico la impotencia ha perdido por completo la fuerza de expresión, y sólo lo existente halla allí su signo neutral. Esta neutralidad es más metafísica que la metafísica. Finalmente, el iluminismo ha devorado no sólo los símbolos, sino también a sus sucesores, los conceptos universales, y de la metafísica no ha dejado más que el miedo a lo colectivo del cual ésta ha nacido. A los conceptos les ocurre frente al iluminismo lo mismo que a los rentiers frente a los trusts industriales: ninguno de ellos puede sentirse tranquilo. Si el positivismo lógico ha dado aún una chance a la chance, el etnológico la equipara ya a la esencia. “Nos idées vagues de chance et de quintessence sont de pâles survivances de cette notion beaucoup plus riche”, (28) o sea de la sustancia mágica.

El iluminismo, como nominalismo, se detiene delante del nomen, del concepto no desarrollado, puntual, delante del nombre propio. Ya no es posible establecer con certidumbre si, tal como ha sido afirmado por algunos, (29) los nombres propios eran originariamente también nombres genéricos; es verdad que, de todas formas, aquellos no han compartido aun el destino de estos últimos. La sustancialidad del yo -negada por Hume y Mach- no es lo mismo que el nombre. En la religión judía, en la que la idea patriarcal se levanta para destruir el mito, el vínculo entre nombre y ser es aún reconocido en la prohibición de pronunciar el nombre de Dios. El mundo desencantado del judaísmo concilia la magia negándola en la idea de Dios. La religión judía no admite ninguna palabra que pueda consolar la desesperación de todo lo que es mortal. Dicha religión vincula una esperanza únicamente a la prohibición de invocar a Dios como aquello que no es, lo finito como infinito, la mentira como verdad. La prueba de salvación consiste en abstenerse de toda fe que sustituya a ésa; el conocimiento es la denuncia de la ilusión. La negación, por lo demás, no es abstracta. La negación indiscriminada de todo lo positivo, la fórmula estereotipada de la nulidad, tal como es aplicada por el budismo, pasa por sobre la prohibición de llamar a lo absoluto con un nombre, no menos que su opuesto, el panteísmo, o que su caricatura, el escepticismo burgués. Las explicaciones del mundo como nada o como todo son mitologías, y las vías garantizadas para la redención, prácticas mágicas sublimadas. La satisfacción de saber todo por anticipado y la transfiguración de la negatividad en redención son formas falsas de resistencia al engaño. El derecho de la imagen se ve salvado en la firme ejecución de su prohibición. Esta ejecución, “negación determinada”, (30) no se halla garantizada a priori -por la soberana superioridad del concepto abstracto- contra las seducciones de la intuición, como lo está el escepticismo, que considera que tanto lo falso como lo verdadero son nada. La negación determinada rechaza las representaciones imperfectas de lo absoluto, los ídolos, no oponiéndoles, como el rigorismo, la idea respecto a la cual no tienen vigencia. La dialéctica más bien hace ver toda imagen como escritura, y enseña a leer en sus caracteres la admisión de su falsedad, que la priva de su poder y se lo adjudica a la verdad. De esta suerte el lenguaje se convierte en algo más que un sistema de signos. En el concepto de negación determinada Hegel ha indicado un elemento que distingue al iluminismo de la corrupción positivista a la cual lo asimila. Pero al concluir él por elevar a absoluto el resultado consabido del entero proceso de la negación, la totalidad sistemática e histórica, contraviene la prohibición y cae a su vez en la mitología.

Ello no le ha acontecido sólo a su filosofía como apoteosis del pensamiento en constante progreso, sino al propio iluminismo, a la sobriedad gracias a la cual cree distinguirse de Hegel y de la metafísica en general. Porque el iluminismo es más totalitario que ningún otro sistema. Su falsedad no reside en aquello que siempre le han reprochado sus enemigos románticos -método analítico, reducción a los elementos, reflexión disolvente-, sino en aquello por lo cual el proceso se halla decidido por anticipado. Cuando en el operar matemático lo desconocido se convierte en la incógnita de una ecuación, es ya caracterizado como archiconocido aun antes de que se haya determinado su valor. La naturaleza es, antes y después de la teoría de los cuantos, aquello que resulta necesario concebir en términos matemáticos; incluso aquello que no encaja perfectamente, lo irresoluble y lo irracional, es asediado desde muy cerca por teoremas matemáticos. Identificando por anticipado el mundo matematizado hasta el fondo con la verdad, el iluminismo cree impedir con seguridad el retorno del mito. El iluminismo identifica el pensamiento con las matemáticas. Por así decirlo, se emancipa a las matemáticas, se las eleva hasta prestarles un carácter absoluto. “Un mundo infinito, en este caso un mundo de idealidad, es concebido en tal forma que sus objetos no se tornan accesibles para nuestra conciencia singularmente, imperfectamente y como por azar; pero un método racional, sistemáticamente unitario, termina por alcanzar, en un progreso infinito, todo objeto en su pleno ser-en-sí... En la matematización de la naturaleza cumplida por Galileo la naturaleza misma resulta -bajo la guía de la nueva matemática- idealizada; se convierte -en términos modernos- en una multiplicidad matemática.” (31) El pensamiento se reifica en un proceso automático que se desarrolla por cuenta propia, compitiendo con la máquina que él mismo produce para que finalmente lo pueda sustituir. El iluminismo (32) ha desechado la exigencia clásica de pensar el pensamiento -de la cual la filosofía de Fichte constituye el desarrollo radical-, porque tal exigencia lo distrae del imperativo de guiar la praxis, que, por otro lado, el propio Fichte deseaba realizar. El procedimiento matemático es convertido, por así decirlo, en ritual del pensamiento. Pese a la autolimitación axiomática, el procedimiento matemático se plantea como necesario y objetivo: transforma al pensamiento en cosa, en instrumento, tal como gustosamente lo llama. Pero mediante esta mimesis, por la que el pensamiento queda nivelado con el mundo, lo que existe de hecho se ha convertido hasta tal punto en lo único que incluso el ateísmo incurre en la condena formulada contra la metafísica. Para el positivismo, que ha sucedido como juez a la razón iluminada, internarse en mundos inteligibles no es ya algo sencillamente prohibido, sino un charlataneo sin sentido. Para su fortuna, el positivismo no tiene necesidad de ser ateo, porque el pensamiento reificado no puede ni siquiera plantear la cuestión. El censor positivista deja pasar de buena gana, igual que al arte, al culto oficial, como un sector especial y extrateorético de actividad social; a la negación, que se presenta con la pretensión de ser conocimiento, nunca. La distancia del pensamiento respecto a la tarea de ordenar lo que es, la salida del círculo predestinado de la realidad, significa -para el espíritu científico- locura y autodestrucción, tal como lo era para el mago primitivo la salida del círculo mágico que ha trazado para el exorcismo; y en ambos casos se toman las disposiciones necesarias para que la violación del tabú tenga incluso en la realidad consecuencias dañosas para el sacrílego. El dominio de la naturaleza traza el círculo en el que la crítica de la razón pura ha encerrado al pensamiento. Kant unió la tesis de su fatigoso e incesante progreso hasta el infinito con la insistencia inflexible sobre su insuficiencia y eterna limitación. La respuesta que ha dado es el veredicto de un oráculo. No hay ser en el mundo que no pueda ser penetrado por la ciencia, pero aquello que puede ser penetrado por la ciencia no es el ser. De tal suerte, según Kant, el juicio filosófico mira a lo nuevo, pero no conoce nunca nada nuevo, puesto que repite siempre sólo aquello que la razón ha puesto ya en el objeto. Pero a este pensamiento, protegido y garantizado -en los diversos departamentos de la ciencia- por los sueños de un visionario, le es presentada luego la cuenta: el dominio universal sobre la naturaleza se retuerce contra el mismo sujeto pensante, del cual no queda más que ese mismo, eternamente igual “yo pienso” que debe poder acompañar todas mis representaciones. Sujeto y objeto se anulan entre sí. El Sí abstracto, el derecho de registrar y sistematizar, no tiene frente a sí más que lo abstracto material, que no cuenta con otra propiedad que la de servir de sustrato a esta posesión. La ecuación de espíritu y mundo termina por resolverse, pero sólo debido a que los dos miembros de ella se eliden recíprocamente. En la reducción del pensamiento a la categoría de aparato matemático se halla implícita la consagración del mundo como medida de sí mismo. Lo que parece un triunfo de la racionalidad objetiva, la sumisión de todo lo que existe al formalismo lógico, es pagado mediante la dócil sumisión de la razón a los datos inmediatos. Comprender el dato como tal, no limitarse a leer en los datos sus abstractas relaciones espaciotemporales, gracias a las cuales pueden ser tomados y manejados, sino entenderlos en cambio como la superficie, como momentos mediatos del concepto, que se cumplen sólo a través de la explicación de su significado histórico, social y humano: toda pretensión del conocimiento es abandonada. Puesto que el conocimiento no consiste sólo en la percepción, en la clasificación y en el cálculo, sino justamente en la negación determinante de lo que es inmediato. Mientras que el formalismo matemático, cuyo instrumento es el número, la forma más abstracta de lo inmediato, fija el pensamiento en la pura inmediatez. Si da razón a lo que es de hecho, el conocimiento se limita a su repetición, el pensamiento se reduce a tautología. Cuanto más se enseñorea el aparato teórico de todo lo que existe, tanto más ciegamente se limita a reproducirlo. De tal manera el iluminismo recae en la mitología de la que nunca ha sabido liberarse. Pues la mitología había reproducido como verdad, en sus configuraciones, la esencia de lo existente (ciclo, destino, dominio del mundo), y había renunciado a la esperanza. En la preñez de la imagen mítica, como en la claridad de la fórmula científica, se halla confirmada la eternidad de lo que es de hecho, y la realidad bruta es proclamada como el significado que oculta. El mundo como gigantesco juicio analítico, el único que ha quedado de todos los sueños de la ciencia, es de la misma índole que el mito cósmico, que asociaba los acontecimientos de la primavera y del otoño con el rapto de Perséfona. La unicidad del acontecimiento mítico, que debía legitimar al de hecho, es un engaño. En el origen el rapto de la diosa formaba una unidad inmediata con la muerte de la naturaleza. Se repetía cada otoño, e incluso la repetición no constituía una serie de acontecimientos separados, sino que cada vez era el mismo. Al consolidarse la conciencia del tiempo, el acontecimiento fue relegado al pasado como único, y se buscó aplacar ritualmente -recurriendo a lo que había acontecido hacía muchísimo- el horror a la muerte en cada ciclo estacional. Pero la separación es imponente. Una vez establecido aquel pasado único, el ciclo asume carácter de inevitable, y el horror se propaga desde lo antiguo tanto sobre el entero acaecer como sobre la repetición pura y simple. La subyugación de todo lo que es de hecho, ya sea por la prehistoria fabulosa, ya por el formalismo matemático, la relación simbólica de lo actual con el acontecimiento mítico en el rito o con la categoría abstracta en la ciencia, hace aparecer como predeterminado a lo nuevo, que es así, en realidad, lo viejo. No es la realidad la que carece de esperanza, sino el saber que -en el símbolo fantástico o matemático- se apropia de la realidad como esquema y así la perpetúa.

En el mundo iluminado la mitología ha atravesado y traspasado lo profano. La realidad completamente depurada de demonios y de sus últimos brotes conceptuales, asume, en su naturaleza esclarecida, el carácter numinoso que la prehistoria asignaba a los demonios. Bajo la etiqueta de los hechos en bruto la injusticia social de la cual éstos nacen es consagrada hoy como algo eternamente inmutable, con tanta seguridad como era santo e intocable el mago bajo la protección de sus dioses. El extrañamiento de los hombres respecto a los objetos dominados no es el único precio que se paga por el dominio; con la reificación del espíritu han sido adulteradas también las relaciones internas entre los hombres, incluso las de cada cual consigo mismo. El individuo se reduce a un nudo o entrecruzamiento de reacciones y comportamientos convencionales que se esperan prácticamente de él. El animismo había vivificado las cosas; el industrialismo reifica las almas. Aun antes de la planificación total, el aparato económico adjudica automáticamente a las mercancías valores que deciden el comportamiento de los hombres. A través de las innumerables agencias de la producción de masas y de su cultura, se inculcan al individuo los estilos obligados de conducta, presentándolos como los únicos naturales, decorosos y razonables. El individuo queda cada vez más determinado como cosa, como elemento estadístico, como success or failure. Su criterio es la autoconservación, el adecuamiento logrado o no a la objetividad de su función y a los módulos que le han sido fijados. Todo el resto, la idea o la criminalidad, aprende la fuerza de lo colectivo, que ejerce su vigilancia desde la escuela hasta el sindicato. Pero incluso lo colectivo amenazador es sólo una superficie falaz tras la cual se ocultan los poderes que manipulan su violenc