Jorge Guinzburg.
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Enero me encontró de otra manera. Al menos en términos psicoanalíticos. Desde la primera sesión, hace ya varios años, hasta la semana pasada, siempre llegué al consultorio buscando ayuda para comprender la realidad. Me ufanaba de no tener traumas a superar, ni problemas afectivos, ni complejos que perturbaran el desempeño normal de mi vida.
En cambio ahora, a poco de comenzado el 2006, mi planteo en la entrevista terapéutica fue más personal, más íntimo.
Doctor —dije al recostarme en el diván—, creo que el alzheimer llegó a mi vida.
El silencio del discípulo de Freud, estimuló mi verborragia y traté de demostrarle mi teoría con ejemplos. Después de tomar un medicamento —dije— siempre dudo si lo hice y en muchas ocasiones lo vuelvo a tomar. Puedo estar mirando el reloj, pero si alguien me pregunta la hora, tengo que volver a hacerlo para poder responderle.
En la cama puedo pasar más de diez minutos buscando los controles remotos y al final tengo que irme a dormir con el televisor prendido. Con la cabeza apoyada en el almohadón, cierro un ojo y otro, alternativamente y, al descubrir que la posición del almohadón varía, tengo la sensación de estar inmerso en un misterio insondable.
Más de una noche, me levanto para ir al baño y aparezco en medio de la cocina. También puedo pasar todo un miércoles pensando que es jueves y hasta el otro día no vuelvo a la normalidad. Otras veces no tengo la menor idea de qué día es.
A veces entro al cuarto y una vez adentro no recuerdo para qué había ido y se me ocurre que si salgo y vuelvo a entrar me voy a acordar. Si estoy solo en el cuarto me descubro pensando en voz alta y, si alguien entra, me pongo a cantar para disimular.
A veces en el espejo del baño, con la luz fluorescente, me miro y digo ¿quién es ese tipo? Al subirme al auto suelo poner el cambio antes de encender el motor.
Si el auto se para me veo obligado a abrir el capot para revisar el motor, aunque no sé nada de mecánica y no distingo una bujía del caño de escape.
También puedo volver a casa y al llegar, cuando miro la puerta de calle recuerdo que de allí me mudé hace más de dos años
Si por la mañana, al salir de casa llueve, salgo con piloto y paraguas, hasta ahí es normal, pero si al mediodía salió el sol, ¿por qué me siento obligado a explicarle a todo el mundo que cuando salí de casa llovía?
Más de una vez tecleé la contraseña de mi página de Internet en el microondas.
Otras veces le envié un mail a la persona que está al lado mío. Reviso mi correo electrónico más de 10 veces al día y por la mañana me conecto antes de lavarme los dientes.
Siempre le pongo sal a la comida sin haberla probado antes.
Si alguien llenó una botella de una gaseosa clara con agua, al tomarla sin saberlo, tengo la sensación de estar bebiendo algo amargo.
Desde que los celulares traen agenda incorporada me cuesta recordar de memoria el número de teléfono de mi casa. Si salgo de casa sin el celular, es como si estuviera desnudo y tengo que volver a buscarlo para no entrar en pánico.
Si alguna vez me abrocho mal la camisa, recién lo descubro a la noche al volver a casa.
Cuando camino al lado de alguien trato de acomodar el paso para que los dos pies izquierdos marchen al mismo tiempo y cuando lo logro tengo la sensación de haber triunfado.
Si estoy sentado en un tren detenido y hay otro enfrente, en sentido contrario, si uno de los dos comienza a moverse me resulta imposible saber cuál es.
A veces, al bajar una escalera, me salteo el último escalón y durante horas me queda la sensación de que el esternón se me clavó entre los ojos.
Doctor —dije por fin. ¿No cree que padezco alzheimer?
No —respondió tranquilo—, no creo que lo nuestro sea alzheimer. Me parece que estamos necesitando vacaciones.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/22/z-03506.htm