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La planificación familiar será una cuestión de Estado

Archivado en Como cambiará el Mundo - La Nación • Fecha: 12-01-2006 00:00:00

Los gobiernos regularán la procreación

El factor crítico para la seguridad y el crecimiento en el siglo XXI no será la democracia, sino la demografía. Las poblaciones con un crecimiento excesivo son una rémora para los países en desarrollo, y los bajos índices de fecundidad están retrasando el avance en las sociedades ricas.

Los pobres lo son cada vez más debido a unas tasas de natalidad en aumento, y los ricos van a tener sociedades menos dinámicas porque no se renuevan a suficiente velocidad. El crecimiento de la población sobrepasa la capacidad de los gobiernos para proporcionar servicios básicos en Medio Oriente y Africa, lo cual facilita la existencia de caldos de cultivo para movimientos extremistas y terroristas. Por su parte, las sociedades más favorecidas considerarán la inmigración procedente de esos países una amenaza y la rechazarán.

Es posible que el sexo, el matrimonio y la procreación no aguanten mucho tiempo más fuera del alcance de los gobiernos. Las autoridades que se enfrentan a explosiones e implosiones de población no tendrán más remedio que abordar cuestiones que suelen considerarse privadas.

Los esfuerzos para educar a las poblaciones hacia tendencias de procreación más positivas no han tenido más que un éxito limitado. Los Estados europeos, por ejemplo, han hecho esfuerzos hercúleos para invertir los índices de natalidad en descenso, con resultados decepcionantes.

A pesar de ser, como Italia, un país muy católico, España tiene una tasa de fertilidad tremendamente baja (1,29 hijos por mujer). El baremo de fertilidad de Singapur es de un peligroso 1,25 por ciento. Las políticas de natalidad han mejorado la situación ligeramente. Sin una inmigración que, con frecuencia, supera el crecimiento anual natural, el índice de crecimiento económico de ese país sería tan lento como el de Japón.

Cuando las campañas públicas han obtenido éxitos parciales, como en algunos países escandinavos y en Francia, han obligado a la sociedad a revisar el papel del matrimonio y de la familia, y el padre ha asumido más aspectos del rol de la madre, una transformación que a las familias asiáticas les resulta difícil de realizar. Aun así, no parece probable que esos países alcancen índices de fecundidad superiores a los niveles de sustitución. Si no se produce un cambio drástico, necesitarán a los inmigrantes para mantener el vigor de sus economías.

Diversidad con tensiones

Los países que dan mejor acogida a los extranjeros disponen de una ventaja económica, pero las políticas de inmigración abiertas también implican riesgos. Los nuevos habitantes serán étnicamente distintos, menos educados y, en ocasiones, no tendrán ningún oficio. A menudo formarán minorías muy religiosas en sociedades laicas. Muchos se desplazarán de forma ilegal. La diversidad creada por ellos puede provocar tensiones y repercutirá sobre la identidad cultural y la cohesión social.

Japón es quizás el mejor ejemplo de un Estado que, al mismo tiempo, teme y necesita a la inmigración. Tiene un índice de reproducción inferior al 1,3% y una población que envejece rápidamente, pero se muestra relativamente reacio a acoger extranjeros. Este dilema es aún más complejo en el caso de Europa, donde la mayoría de los recién llegados son musulmanes del norte de Africa y Medio Oriente. No parece probable que vayan a asimilarse en una sociedad cristiana mayoritariamente laica, y su aislamiento social podría obstaculizar la lucha contra el terrorismo islámico.

Gradualmente, los gobiernos se darán cuenta de que la inmigración, por sí sola, no puede resolver sus problemas demográficos, y que podría necesitarse una intervención mucho mayor para fomentar o desaconsejar la procreación. Los gobiernos que sean más capaces de dar soluciones imaginativas a estos problemas ahorrarán a sus sociedades mucho sufrimiento.

Por Lee Kuan Yew
Foreign Policy Magazine / LA NACION

Reproducido con autorización de Foreign Policy Magazine, en colaboración con Archivos del Presente.

Lee Kuan Yew fue primer ministro de Singapur entre 1959 y 1990, y es, en la actualidad, ministro emérito.

http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=771697

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