Hoy se inicia en la Revista esta serie de relatos sobre los fulgores y frustraciones del amor. Un periodista –Fernández– es contratado por una editora que cree que los diarios ya no escriben sobre los sentimientos, y le encarga ese trabajo. Al final, todos se llevarán una sorpresa
Era una leyenda del periodismo económico, una mujer recatada y fría que vestía siempre de gris masculino y que no tenía vida personal. Hasta que cumplió cuarenta y siete años, se enamoró de un pintor y perdió la chaveta. Se llamaba Patricia y sus redactores le decían Ben Laden. Cuando su secretaria le franqueó el paso de una oficina con vista al Río de la Plata, Fernández no pudo reconocerla en su tailleur fucsia, sus tacones aguja y su notorio wonder bra. Llevaba el pelo suelto y largo, y un cirujano le había retocado el mentón.
Se dieron dos besos y un abrazo, y se sentaron frente a frente. Se conocían desde el principio de los tiempos, y hubo un inevitable intercambio de anécdotas de cuando todavía no eran tristes militantes del escepticismo. Luego Fernández no pudo evitar piropearla y ella fue directamente al grano:
–Es que yo veía la vida en blanco y negro. Pensaba realmente que el mundo y las sociedades se explicaban por la economía y por la geopolítica. No sabía que el mundo se explicaba por el amor y por el sexo.
Había pasado sin escalas del blanco y negro al color, y eso nunca tiene marcha atrás. Su novio era un pintor figurativo que vivía en Trenque Lauquen y que ella llamaba, en la intimidad y con un optimismo vergonzoso, Mi Rembrandt o simplemente Mi. Como fuera, era una evidencia que Mi la había flechado en el cumpleaños de un gran galerista y que tenían en su haber noches de buhardilla y excesos. Luego Mi se había vuelto a su pueblo, donde estaba su "universo pictórico", y desde entonces mantenían un fogoso romance a distancia.
Cada mañana, Patricia llamaba a su novio y le preguntaba cómo había dormido, y él la consultaba sobre qué camisa ponerse esa noche y cómo encarar un problema doméstico. Se prometían besos y caricias, y volvían a comunicarse por e-mail cerca de las 11. Luego ella llegaba a la redacción y volvía a llamar para asesorarlo en la cocina. Se enviaban e-mails y mensajes de texto por el celular todo el santo día, y merendaban juntos, uno a cada extremo de la línea, mientras se comentaban las novedades y se prometían encuentros con un detallismo excitante. Los cruces seguían hasta la medianoche, cuando, ya cada uno en su cama, Ben Laden y Rembrandt tejían durante horas confidencias y sueños boca arriba.
Patricia se sentía una verdadera esposa, puesto que intervenía en aquella casa remota, editaba los movimientos de su amado y mantenía, a pesar de los cuatrocientos kilómetros que los separaban, una relación fluida que "ya muchos matrimonios quisieran". No se privaba tampoco de comprarle la ropa, los pinceles y las pinturas, y de enviárselos por encomienda todas las semanas. Le gustaba también ese toque de mecenas del arte y de madre protectora. Mi protestaba, pero Patricia desarmaba sus argumentos económicos con argumentos sentimentales. Mi quería que ella abandonara todo para instalarse en Trenque Lauquen, pero Patricia pretendía lo contrario. Ninguno de los dos, a pesar de ese amor volcánico, cedía posiciones, y sólo se encontraban una vez por mes a mitad de camino, sobre la ruta nacional número 5, en una hostería discreta, donde pasaban un fin de semana completo. Patricia no conocía Trenque Lauquen más que por las fotos que Mi le enviaba por correo electrónico, y se emocionaba guardando esa visita para una ocasión especial, como su propia boda. También le excitaba ese viaje desesperado hacia la hostería después de tantos anhelos, tantas fantasías y, sobre todo, tantos días sin contacto físico. Vuelvo hecha pedazos –le confesó a Fernández–. Pero el lunes ya estoy bien de vuelta. ¿Sabés lo que me recupera? Mirar todo desde estas gafas nuevas. E hizo un ademán como si tomara unos anteojos invisibles del escritorio y se los pusiera.
Una película de clase B de la década del cincuenta mostraba cómo la vida de un hombre común daba un vuelco espectacular al descubrir unas gafas especiales que eran codiciadas por misteriosos hombres de negro. Al ponérselas descubría, en un restaurante, que algunas personas eran alienígenas y que, en realidad, hablaban en un lenguaje infrahumano. Y luego al caminar por las calles descubría, con las gafas puestas, que los carteles tenían mensajes siniestros formulados para la dominación subliminal de la raza humana. Patricia sostenía que cuando Mi le había hecho conocer la pasión también le había abierto los ojos y le había dado estas gafas imaginarias desde las que se podía ver la realidad. No la realidad aparente y superficial que se ve en las oficinas y en los ambientes de trabajo, sino la realidad que se esconde bajo esos gestos teatrales. Bajo esos gestos, sostenía Patricia, todos somos niños. Niños con hormonas. Cuando te ponés las gafas, y mirás bien la redacción y la calle, te das cuenta de que aquella chica busca marido, que aquel tipo sufre por amor, que aquella señora ha sido abandonada, que a aquel desgraciado le falta cama, que aquel veterano está por separarse de su esposa y que aquel pibe está enamorado y no lo sabe. Hablan todo el día de una cosa, pero en verdad les pasa otra. Se manejan con un lenguaje formal, y de pequeñas dificultades hacen grandes problemas, se inventan formidables excusas y construyen edificios enteros para distraerse de la necesidad básica y elemental. La única necesidad del ego: amar y tener. La única cosa fisiológica y sentimental que nos permite escapar de la muerte.
A Fernández se la había caído la mandíbula.
–Así que la historia universal es, en realidad, la historia del sexo –balbuceó–. Nos salteamos, entre otras cosas, el materialismo histórico, ¿no?
–A los lectores cada vez les interesan menos la política y la economía –dijo ella, echándose el pelo para atrás–. Quieren historias de amor, historias de gente pequeña que sufra ilusiones y desengaños. Tiene razón Sabina: "En el diario no hablaban de ti ni de mí".
–Sobre todo no hablaban de Mi –dijo Fernández.
–Es por eso que te llamé: para que escribas una columna semanal sobre los sentimientos. Necesito alguien que tenga mucha calle y que haya leído a Nietzsche. Alguien capaz de ponerse las gafas.
E hizo un nuevo ademán: se quitó los anteojos invisibles y se los tendió a Fernández, que irreflexivamente los tomó en el aire y dijo: Mirá que el amor es engañoso y resbaladizo, Patricia. Y que en eso todos somos amateurs.
Patricia quería que Fernández caminara la ciudad y tuviera el oído atento, y no iba a dar el brazo a torcer: era una nueva mujer y tenía la fe de los conversos. Le pidió, en el umbral, que viajara a Trenque Lauquen y conociera a Rembrandt, que hablara un rato largo con él para entender la "integridad del amor" y que entregara 7000 caracteres de Word, todos los jueves, sin saltearse ninguno.
Fernández, que necesitaba el trabajo, tomó la ruta 5 y pasó tres días en aquel pueblo entrañable. Le bastaron tres o cuatro entrevistas personales y una leve investigación de campo para entender la filosofía de Mi. Tenía dos hogares paralelos, un juicio por alimentos y otro por fraude, no pintaba un cuadro completo desde 1987 y mantenía otros dos romances a distancia, con una cordobesa y con una neuquina, que le enviaban cheques mensuales para sostener su obra y con quienes se encontraba en hoteles de ruta un fin de semana por mes. El cuarto descansaba. Fernández no podía decir que era un vago, puesto que la doble vida exige un gran esfuerzo. La quíntuple vida debía de ser forzosamente extenuante. Fernández guardó las gafas invisibles en un bolsillo y regresó a Buenos Aires silbando Eclipse de mar.
Por Fernández
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