Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor y periodista Rodolfo Walsh nació en Choele-Choel, provincia de Río Negro, en 1927. En los años cincuenta, ingresó a la editorial Hachette, donde trabajó como corrector de pruebas de imprenta, lector, antólogo y traductor. Colaboró también en las revistas Leoplán y Vea y Lea. En 1953 publicó Variaciones en rojo y la primera antología de cuentos policiales argentinos.
En la noche del 10 de junio de 1956, mientras jugaba al ajedrez en el club Capablanca de La Plata, recibió las primeras noticias sobre el levantamiento de los generales Valle y Tanco; seis meses después comenzó su investigación sobre los fusilamientos clandestinos de civiles en los basurales de José León Suárez. Al año siguiente, apareció Operación Masacre con el que Walsh inauguró en la Argentina la novela de no ficción, en la cual la investigación periodística sirve de punto de partida para la narración de hechos reales por medio de procedimientos ficcionales. Tanto en este libro como en sus investigaciones posteriores (¿Quién mató a Rosendo? de 1969 y El caso Satanovsky de 1973), Walsh incorporó las técnicas de la investigación periodística y los procedimientos del género policial, como el uso del enigma y del suspenso, politizando sus estrategias centrales. En 1959 viajó a Cuba para participar de la fundación de la agencia de noticias Prensa Latina. En los años sesenta, estrenó dos obras teatrales (La batalla, 1964, y La granada, 1965) y publicó dos libros de cuentos (Los oficios terrestres, 1965, y Un kilo de oro, 1967). En enero de 1973 apareció su último relato de ficción, Un oscuro día de justicia, editado por la editorial Siglo XXI, cuyo prólogo, titulado “Hoy es imposible en la Argentina hacer literatura desvinculada de la política”, fue una primera versión de esta entrevista, que Ricardo Piglia le había realizado en marzo de 1970. A partir de ese momento, Walsh abandonó la escritura de ficciones para dedicarse a la militancia política, primero en las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y luego en la organización Montoneros. Como periodista, dirigió el semanario de la CGT de los Argentinos a partir de mayo de 1968 y participó como fundador y redactor del diario de orientación montonera Noticias, en 1973. Bajo la dictadura militar de 1976, organizó la Agencia Clandestina de Noticias y la Cadena Informativa. El 25 de marzo de 1977, un pelotón especializado lo emboscó en las calles de Buenos Aires para detenerlo vivo, pero Walsh se resistió y fue herido de muerte. Su cuerpo nunca apareció. El día anterior había escrito su Carta Abierta a la Junta Militar, donde denunciaba el terrorismo de Estado.
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WALSH
Entrevistado por Ricardo Piglia
Enero de 1973
Empecemos con este cuento, ¿cuándo lo escribiste, en qué época lo escribiste?
–Este cuento lo escribí... me acuerdo la época en que terminé de escribirlo, lo debo haber terminado en noviembre de 1967 y debo haber empezado a escribirlo a mediados de ese año; me acuerdo de la fecha porque en octubre del ‘67 murió Guevara y yo terminé de escribirlo más o menos un mes después.
–¿Cómo lo ves vos dentro de la serie de los Irlandeses, qué idea tenés sobre esos cuentos?
–Claro, bueno, en la serie de los Irlandeses, que por ahora son estos tres cuentos, evidentemente hay una recreación autobiográfica pero, quizá, no tan estrecha como podría parecer. Lo autobiográfico es nada más que un punto de partida, una anécdota y a veces ni siquiera una anécdota entera sino media anécdota. Porque yo estuve en dos colegios irlandeses, uno en Capilla del Señor, que era un colegio de monjas irlandesas en el año ‘37 y después en el ‘38, ‘39 y ‘40 estuve en este otro, el Instituto Fahy de Moreno, que era un colegio de curas irlandeses. En este sentido hay una realidad mixta, ¿no es cierto?, porque hay un mundo de irlandeses pero al mismo tiempo es la Argentina, y es indudablemente en la Argentina, es decir, hay una burla acerca de uno de los personajes, no sé si en este cuento o en cuál de los cuentos, que dice que uno de los personajes pretendía ser descendiente de reyes y no de humildes chacareros de Suipacha. Cada tanto eso está, está porque estaba, el mundo se vivía así, doblemente...
–Dicotómicamente.
–Exacto, hay una evidente dicotomía. Por otro lado hay una cierta evolución de la serie, en este cuento aparece... una nota política, la primera más expresamente política, porque había una connotación política en todos los otros pero mucho más simbólica e inconsciente. Quiero decir, hay una evolución en los cuentos; aquí, en este cuento se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación representadas por un héroe, es un héroe externo, es decir, no deposita sus expectativas en sí mismo, sino en algo que es externo, por admirable que pueda ser... creo que la clave de la iluminación, de la comprensión sobre la relación política de este caso entre el pueblo, por un lado, y sus héroes, por el otro, está en el final, cuando dice “...mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...”, y después, más adelante, cuando dice “...el pueblo aprendió que estaba solo...”, y más adelante “...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza...”. Creo que ese es el pronunciamiento más político de toda la serie de los cuentos y muy aplicable a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive a las expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días, te das cuenta, la agente que te decía: “si el Che Guevara estuviera aquí entonces yo me meto y todos nos metemos y hacemos la revolución...”. Concepto totalmente místico, es decir, el mito, la persona, el héroe haciendo la revolución en vez de ser el conjunto del pueblo cuya mejor expresión es sin duda el héroe, en este caso el Che Guevara, pero que ningún tipo aislado por grande que sea puede absolutamente hacer nada, es decir, cuando se delega en él lo que es una cosa de todos no se da el proceso, no se puede dar. Creo que ésa es la lección que ellos aprenden ese día; no es un tipo venido de afuera porque no hay ninguna connotación peyorativa para el tipo que viene de afuera, que pelea, se juega y es un héroe. No deja de ser un héroe por el hecho de que el otro lo cague a patadas, pero lo que ellos aprenden es que ellos, en una segunda instancia, si es que ellos se la quieren cobrar con respecto al celador, se tienen que combinar entre ellos y ellos cagarlo a patadas entre todos. Esa es la lección.
–Una especie de metáfora política.
–Que se me hizo consciente después, en este tipo de relato donde yo recupero cosas muy viejas y que tienen una vida propia muy poderosa; yo no necesito legislar por anticipado lo que va a pasar, eso pasa y después vuelvo y lo interrumpo y a lo sumo hago algunos ajustes.
–Volviendo un poco atrás, ¿qué perspectivas le ves vos a la serie de los Irlandeses. ¿La vas a seguir? ¿La ves como una sola historia?
–Sí, yo pienso seguirla. Hay un par de temas más que tengo pensados por allí y seguramente si me pusiera saldrían muchos más en vez de un par. En ese caso asumiría la forma de esas novelas hechas de cuentos que es una forma primitiva de hacer novela, pero bastante linda. Habría un par de historias adicionales ya pensadas, una de las cuales será de adultos, es decir, es un cuento contado por chicos pero que es de adultos. El título es “Mi tío Willie que ganó la guerra”. Es una historia contada por los chicos en una circunstancia especial: están enfermos en la enfermería. Hay una peste de escarlatina y un chico cuenta la historia de un tío que va a pelear a la guerra mundial, entonces la historia ahí se le escapa: comienza a ser una historia de adultos, después vuelve al narrador final, pero la historia se les escapa. Esa sería una de las historias. Hay otra historia probable con la intervención y participación del diablo, también en la misma enfermería. Probablemente yo calculo a muy grosso modo que la historia puede crecer, pero yo no quiero darle un crecimiento infinito. Es probable que la historia final la integren seis o siete historias que constituyan una novela hecha por cuentos, todos episodios transcurridos en un año, hasta el último día en el colegio.
–¿Vos veías esto desde el principio, viste la posibilidad de esta serie cuando empezaste a escribir el primer cuento?
–Es medio difícil. Evidentemente la intención de escribir sobre esto yo la tenía hace mucho, es decir, yo tengo borradores o apuntes sobre la vida del colegio que datan de hace muchos años, quince años tal vez, pero como eran muy malos, nunca los retomé. De golpe, en el ‘64 escribí el primer cuento, yo no sé si en ese momento tuve la intención de escribir más que ese primer cuento, pero ya cuando escribí el segundo la idea de la serie apareció sola.
—También se conecta con cierta tradición de la literatura en lengua inglesa, digo, porque es un poco cierto mundo del primer Joyce, un poco el tono de Faulkner. Sobre todo en la textura de los cuentos, esa escritura que podríamos llamar “bíblica” de algún modo. En este sentido los veo con una personalidad propia en relación con el estilo del resto de tu obra, que tiende a ser más ascético.
–Exacto, puede ser. Yo ahí en ese caso más que con Joyce, si bien evidentemente en el Retrato y en algunos cuentos e inclusive en el Ulises, ya ni me acuerdo, haya algunas historias que transcurren en un colegio de curas, fijate que si yo tuviera que buscar alguna influencia en la forma, es decir en el tipo de estilo que vos llamaste bíblico, es decir en el tipo de desarrollo de la frase, lo buscaría tal vez más en Dunsany, que temáticamente no tiene nada que ver. Y yo a Dunsany lo he leído en traducción, salvo algún cuento; no sé si te acordás aquellos Cuentos de un soñador, esa forma creciente, envolvente; eso me impresionó mucho, mucho, cuando lo leí hace muchos años. Ahora, es cierto que son diferentes de los otros. Evidentemente si queremos calificar el modo de escritura o la tentativa que hay en el modo de escritura hacia un uso ampliado de la palabra, es decir, una amplificación de los recursos hacia un lenguaje; si quisiéramos calificarlo de algún modo épico que es lícito usar en el sentido de que las anécdotas y el medio son muy pequeños y entonces vos podés usar un lenguaje grandioso y grandilocuente para historias de chicos que no me lo permitiría quizá si tuviera que escribir una historia épica, entonces tal vez usaría un lenguaje muy reducido.
–Otra cosa que me interesa ver es la relación entre cuento y novela, digamos, en términos generales, esta especie de novela fragmentaria que vos proponés. Es una novela que se va leyendo en textos discontinuos, es el lector quien reconstruye distintos momentos que van formando una sola historia y, a la vez, cierta particularidad en la estructura narrativa que siempre se ordena alrededor de una acción breve; incluso relatos largos, como cartas, están armados sobre pequeñas situaciones. Yo no sé si vos has pensado sobre esto.
–Sí, yo he pensado cosas muy contradictorias según mis estados de ánimo o, en fin, pasando por distintas etapas. El mayor desafío que se le presenta hoy por hoy y que se le presenta sistemáticamente a un escritor de ficción es la novela. Yo no sé bien de dónde procede eso, por qué esa exigencia y hasta qué punto la novela es la forma más justificable, porque hasta cierto punto tiene una categoría artística superior, aunque hay excepciones; a Borges, por ejemplo, nadie le pide una novela. Por otro lado esto nos lleva a un problema mucho más general sobre el cual habría que indagar, es decir, no he terminado de convencerme ni de desconvencerme. Habría que ver hasta qué punto el cuento, la ficción y la novela no son de por sí el arte literario correspondiente a una determinada clase social en un determinado período de desarrollo, y en ese sentido y solamente en ese sentido es probable que el arte de ficción esté alcanzando su esplendoroso final, esplendoroso como todos los finales, en el sentido probable de que un nuevo tipo de sociedad y nuevas formas de producción exijan un nuevo tipo de arte más documental, mucho más atenido a lo que es mostrable. Eso me preguntaron, me hicieron la pregunta cuando apareció el libro de Rosendo. Un periodista me preguntó por qué no había hecho una novela con eso, que era un tema formidable para una novela. Lo que evidentemente escondía la noción de que una novela con ese tema es mejor o es una categoría superior a la de una denuncia con ese tema. Yo creo que esa concepción es una concepción típicamente burguesa, de la burguesía y ¿por qué? Porque evidentemente la denuncia traducida al arte de la novela se vuelve inofensiva, no molesta para nada, es decir, se sacraliza como arte. Ahora, en el caso mío personal, es evidente que yo me he formado o me he criado dentro de esa concepción burguesa de las categorías artísticas y me resulta difícil convencerme de que la novela no es en el fondo una forma artística superior; de ahí que viva ambicionando tener el tiempo para escribir una novela a la que indudablemente parto del presupuesto de que hay que dedicarle más tiempo, más atención y más cuidado que a la denuncia periodística que vos escribís al correr de la máquina. Creo que es poderosa, lógicamente muy poderosa, pero al mismo tiempo creo que gente más joven que se forma en sociedades distintas, en sociedades no capitalistas o en sociedades que están en proceso de revolución, gente más joven va a aceptar con más facilidad la idea de que el testimonio y la denuncia son categorías artísticas por lo menos equivalentes y merecedoras de los mismos trabajos y esfuerzos que se le dedican a la ficción.
–De todos modos pienso que esos cambios habría que ligarlos no sólo a la voluntad personal de los escritores, sino también al momento de la lucha de clases en la Argentina. Quiero decirte: no es casual que nos planteemos esa problemática, esta discusión en este momento, a un año del Cordobazo. La movilización de las masas les replantea constantemente a los intelectuales el problema de sus posibilidades y de sus maneras de actuar, participar en la lucha del pueblo.
–Es cierto, ahora en ese sentido los escritores de ficción, dentro del campo de los escritores y de los intelectuales, hemos ocupado una posición de retaguardia porque esto que yo digo en relación con los escritores de ficción no es enteramente cierto en relación con los ensayistas, por ejemplo. No es enteramente cierto porque tipos como Scalabrini Ortiz en el año ‘40 ya eran escritores, no hay ninguna duda, aunque él había empezado escribiendo un cuento. Esos tipos sí fueron una vanguardia. Lo que yo te digo de los escritores era cierto de los estudiantes hace cuatro o cinco años, y la capacidad de ellos de reaccionar con hechos frente al proceso y la de maniobra que tiene un estudiante es mucho mayor que la que tiene un escritor, porque el estudiante reacciona cuando cambia una idea; pero vos cuando cambia la idea tenés que escribir un libro, que es más difícil que tirar una piedra, y entonces el movimiento es más difícil y parece más serio. Yo no creo que haya un atraso, sino que, en efecto, el proceso es más duro para los escritores que nos hemos criado en la idea de la novela burguesa; esa novela que uno quiso escribir desde los quince años no sirve para un carajo y en realidad lo que hay que escribir es otra cosa.
–Digamos que de algún modo entonces lo que hay que enfrentar al mismo tiempo es una idea de la literatura.
–O por lo menos desacralizarla un poquito, porque evidentemente Occidente ha hecho del escritor una imagen tan monstruosa como la de la actriz: es la puta del barrio. Son sagrados los tipos. Ahora, para desacralizar a los tipos tenés que cuestionar todo, para la utilidad de lo que están haciendo y sobre todo para poder desafiarlos con su propia ambigüedad, salvo Borges, que preservó su literatura confesándose de derecha, que es una actitud lícita para preservar su literatura y él no tiene ningún problema de conciencia. Vos viste que desde la derecha no hay ningún problema para seguir haciendo literatura. Ningún escritor de derecha se plantea si en vez de hacer literatura no es mejor entrar en la Legión Cívica. Solamente se plantea el problema de este lado; entonces vos tenés que hablar, tenés que decir eso con los escritores de izquierda. Hay un dilema. De todos modos no es tarea para un solo tipo, es una tarea para muchos tipos, para una generación o para media generación volver a convertir la novela en un vehículo subversivo, si es que alguna vez lo fue. Desde los comienzos de la burguesía, la literatura de ficción desempeñó un importante papel subversivo que hoy no lo está desempeñando, pero tienen que existir muchas maneras de que vuelva a desempeñarlo y encontrarlas. Entonces, en ese caso, habrá una justificación para el novelista en la medida en que se demuestre que sus libros mueven, subvierten. Por otro lado, mientras uno está fuera de todo contacto con la acción política, ya sea directa o por el medio que te rodea, uno está alienado en el concepto burgués de la literatura. Sos un inocente en realidad, vos estás en realidad compitiendo con estos tipitos a ver quién hace mejor el dibujito cuando en realidad te importa un carajo, porque vas a estar compitiendo con estos tipos... hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola y podés utilizar la máquina de escribir para producir resultados tangibles, y no me refiero a los resultados espectaculares, como es el caso de Rosendo, porque es una cosa muy rara que nadie se la puede proponer como meta, ni yo me lo propuse, pero con cada máquina de escribir y un papel podés mover a la gente en grado incalculable. No tengo la menor duda.
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RAFAEL MICHELINI, SENADOR URUGUAYO
Hijo de Zelmar Michelini, asesinado en Buenos Aires en el marco del Plan Cóndor, en los veinte años desde que se restauró la democracia en Uruguay se transformó en un adalid de los derechos humanos. A casi un año de gobierno del Frente Amplio, hace un balance de los pasos dados, del hallazgo de esqueletos en cuarteles y de la subordinación militar.
Por María Esther Gilio
–Usted ha dedicado una parte importante de sus últimos 20 años a buscar los caminos que llevaran a la justicia en materia de derechos humanos. ¿Cuáles fueron en esta lucha los fundamentales escollos?
–Yo diría que en nuestra lucha por la justicia teníamos tres obstáculos muy duros. Los gobiernos de derecha, el fantasma militar y, finalmente, las normas que debían, en el caso, reglar la actuación de la justicia. A partir del 1° de marzo de 2005, dos de esos obstáculos fueron removidos. Hoy tenemos un gobierno de izquierda y la subordinación militar es total. Se puede entrar a los cuarteles, lo cual significa que es posible realizar las investigaciones sobre desaparecidos que la ley de caducidad prevé en su artículo 4.
–Sólo faltaría una norma clara que permitiera actuar a la Justicia.
–La ley de caducidad determina que es el presidente de la República quien decide, en cada caso, si corresponde o no que la persona acusada sea sometida a la justicia. Nosotros pensamos que al tener un presidente de izquierda, que no estaba dispuesto a subvertir la ley y dejar libres a los culpables, todo empezaría a funcionar.
–Esto no fue así.
–Hubo jueces y fiscales que no lo entendieron así. Y por una u otra razón el pronunciamiento del presidente no resultó definitivo.
–En definitiva, el presidente dice “debe ser sometido a la Justicia” y el juez o el fiscal dice: “No corresponde que se lo someta”.
–Estos jueces o fiscales que dijeron “No corresponde”, trabaron el desarrollo de la Justicia en estos años en que creíamos que se resolverían muchas cosas en materia de delitos contra los Derechos Humanos.
–Ahí surgió la convicción de que la ley de caducidad no era apta para resolver los problemas que planteaban los delitos contra los Derechos Humanos cometidos durante la dictadura.
–Claro, eso nos llevó a la búsqueda de una solución legal que permitiera actuar a la Justicia, para que ésta pueda encontrar en cada caso las pruebas correspondientes. Para esto, fiscales y jueces deberán ir a fondo en la búsqueda de la verdad.
–¿Por qué piensa que Uruguay quedó tan atrás respecto de Argentina en el establecimiento de disposiciones que hagan obligatorio el castigo de los culpables?
–Yo creo que el triunfo de la impunidad decidido por un plebiscito paralizó toda búsqueda. Pero además, se decía “En Uruguay no hubo desaparecidos”, “En Uruguay no se cometieron delitos con niños”. Era grande el desconocimiento de los hechos.
–Sin embargo, la ley de caducidad, si bien impedía el castigo de determinados hechos, no impedía, sino que preveía la investigación.
–Sí, ¿pero querían investigar los cuatro gobiernos de derecha que tuvo Uruguay en estos 20 años?
–¿Cómo evalúa la Comisión para la Paz creada por el último de estos presidentes, Jorge Batlle?
–Fue una buena iniciativa, un paso importante que Batlle debió complementar con otros, como la entrada a los cuarteles. Pero la entrada a los cuarteles recién se produjo con el gobierno del Frente.
–¿Por qué cree que Batlle se negó a entrar a los cuarteles? ¿Tal vez los militares podían transformarse nuevamente en una amenaza?
–No, no lo creo.
–¿De qué manera presionaron, entonces, para que Batlle se detuviera?
–De ninguna. No creo que haya habido presiones. Es evidente que cuando el poder político –a partir del 1º de marzo de 2005– fue claro y dio las órdenes precisas, actuaron en consecuencia.
–¿Estas y otras cosas no podrían hacer pensar que los gobiernos tradicionales se sintieron, en algunos sentidos, vinculados con la dictadura?
–Yo no podría afirmar eso.
–O, sin llegar a tanto, ¿no podía haber ocurrido que frente a la disyuntiva entre la dictadura y la izquierda prefirieron mantenerse afuera? ¿No exponer ante la visión pública conductas censurables de los militares?
–Yo creo que, simplemente, no sentían ni sienten el tema de los derechos humanos con la pasión que lo siente el resto de la sociedad. A pesar de que también hay sectores, en los partidos tradicionales, que frente a la presente actuación del gobierno de izquierda, experimentan cierto alivio y se consideran representados por lo que se está haciendo.
–Vimos la conducta del Poder Ejecutivo en estos años. ¿Qué diría usted sobre los otros dos poderes?
–El Poder Legislativo, como el Ejecutivo, siempre estuvieron en consonancia con las mayorías que tuvieron. A los gobiernos de derecha correspondieron Parlamentos de derecha. En cuanto al Poder Judicial, que no depende de las mayorías, diría que hoy tiene una actitud en consonancia con el momento político que vivimos. Así creo que la justicia, dentro del derecho y la ley, se abrirá camino.
–Está pensando en el futuro, porque en el pasado cercano no fue esa la actitud de la Suprema Corte. Esta siempre se negó a extraditar gente que se pedía de la Argentina, lo cual no tenía ningún justificativo legal. Consideró como “cosa juzgada” situaciones que no habían sido realmente juzgadas, lo cual le permitía abstenerse de juzgar. La Suprema Corte no se lució mucho en estos veinte años.
–Nosotros aspiramos a que cuando los casos lleguen a la Suprema Corte, ésta actúe de otra manera. Lo que ha expresado la Corte en varias circunstancias es que como los fiscales no quieren acusar, y el sistema uruguayo de justicia depende de la acusación fiscal, ella no podrá actuar. Yo tengo la esperanza de que esta situación cambie. En estos meses están pasando cosas que dan fundamento a esta esperanza. Aunque debo concordar con que algunos de los últimos fallos no fueron lo que esperábamos. Más, hemos dicho que quien se siente fiscal y quien se siente juez tiene que tener en su fuero íntimo un don de justicia, y el que no lo tiene que se dedique a otra cosa. En cuanto a las extradiciones, vamos a ver qué pasa ahora con el caso Berríos. Es un caso que está fuera de la ley de caducidad, pero donde hubo chicanas de todo tipo.
–Usted me decía que de parte de las Fuerzas Armadas no hubo amenazas de ningún tipo. Lo que sí hubo fue falta de información o retención de información.
–Sí, pero éste es un proceso que ha ido mejorando. Pensemos en los últimos informes de la Fuerza Aérea sobre un segundo vuelo desde Argentina a Uruguay, con uruguayos que luego de ser trasladados desaparecen. Y pensemos en las excavaciones que se hicieron en los cuarteles 13 y 14. Esto es importante y se hizo sin oposición. Una cosa es decir “en tal lugar hay restos” y otra permitir las excavaciones que lleven a la comprobación de que varias personas habían sido enterradas. Se encontró un esqueleto en la chacra de Pando y otro en el batallón número 13, además de algunos huesos. La aparición concreta de restos es algo muy importante.
–Sí, muy importante. La mujer que reconoció por los dientes que el esqueleto de Pando pertenecía a su marido emocionó a todo el mundo. Sus lágrimas y sus palabras: “Finalmente podré dormir tranquila”.
–Claro, esos huesos mostraron que cuando se denunciaban desapariciones no se estaba mintiendo. Encontrar restos fue fundamental. No sólo para la sociedad civil. También para los soldados y oficiales más jóvenes. Porque la versión oficial de los militares era otra. Y todavía, en algunas cosas, sigue siendo otra. Todavía se glorifica la actitud del Ejército durante la dictadura.
–¿Hablan de los dos demonios?
–Ni siquiera de los dos demonios. La dictadura se estableció para salvar a la patria, dicen más o menos. Cuando sabemos bien que en el año ’72 la guerrilla estaba totalmente desarticulada. En el momento en que se decretó la dictadura había, sí, un movimiento sindical, estudiantil y político de envergadura, guerrilla no. Ellos embistieron contra todo. Contra los líderes políticos en el destierro y en la cárcel.
–¿Por qué piensa que en el año ’85 Sanguinetti metió en la ley de impunidad delitos que eran económicos?
–Esta es una buena pregunta para el doctor Sanguinetti.
–La ley de caducidad excluye expresamente los delitos económicos.
–Sí, pero en el último directorio del Banco Hipotecario un militar había realizado maniobras irregulares. Un juez iba a pedir su procesamiento cuando su decisión fracasó porque, según el presidente Sanguinetti, el militar estaba “protegido” por la ley de caducidad.
–¿Usted tiene idea sobre desaparecidos argentinos en suelo uruguayo?
–Sí, hubo desaparecidos y hubo traslados notorios a la Argentina. El Plan Cóndor funcionaba bien.
–La ley de impunidad aprobada por el plebiscito de 1989 no dio el resultado esperado. Aquellos delitos contra los derechos humanos que podían ser castigados no lo fueron, por las razones que usted expresó. Con el gobierno del Frente dos escollos fueron removidos.
–Sí, ya no hay gobierno de derecha ni hay intranquilidad militar.
–Tenemos entonces el tercer escollo, que es de carácter jurídico. Para salvarlo hay tres propuestas. Aprobar en el Parlamento una norma interpretativa de la ley de caducidad, derogarla o, por último, lo que usted propone, que es diferente de todo esto.
–Yo propongo la anulación de la ley de caducidad. Este, creo, es el camino más difícil, pero es el que según mi opinión opone menos barreras, si se lo acompaña con una suerte de respaldo popular que, en algún sentido, permita sortear el obstáculo que representa para muchos el hecho de que la ley haya sido ratificada por un plebiscito.
–Aquel plebiscito de 1989 le dio a la ley mayor peso político, pero no jurídico.
–Yo comparto esa opinión, pero hay otros que creen que el plebiscito da a la ley el carácter de especial. De cualquier manera, creo que la lucha contra la impunidad debe estar apoyada por una movilización fuerte de la sociedad. De este modo no habrá equívocos sobre un hecho importante: que la sociedad uruguaya quiere la justicia. Es bueno que la gente se implique en esto. Que pida, que exija la anulación de una ley que en definitiva ha impedido el ejercicio de la justicia.
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El número de militares norteamericanos que participaron en la guerra contra Irak de 1990-91 y que hoy padecen el llamado “síndrome del Golfo” es exactamente ése: 518.739 (Preventive Psychiatry E-Newsletter Nº 169, 21-12-05). En las tres semanas que duró ese conflicto bélico apenas 467 efectivos estadounidenses resultaron heridos. De los que retornaron, 11 mil han muerto de enfermedades varias de las que el síndrome da cuenta. Arthur Bernklau, director ejecutivo de Veteranos por la Constitución, señaló que un 56 por ciento de los que volvieron entonces sufría “algún tipo de problema médico crónico” en el año 2000, una década después. Se trata de una proporción más que extraordinaria, tomando en cuenta que esa tasa fue del 5 por ciento promedio como consecuencia de las guerras bélicos del siglo pasado, aunque llegó al doble en Vietnam (San Francisco Bay View, 21-1-06).
Las tropas de EE.UU. utilizan, precisamente desde la Guerra del Golfo I, armamentos con uranio empobrecido (UE) –el desecho del proceso de enriquecimiento del uranio que se emplea en los reactores nucleares– y ése es el origen del síndrome. El Pentágono lo niega, claro. Es que las balas o bombas con UE “son ideales para penetrar blindados... estos sólidos proyectiles de metal gozan de la velocidad, la masa y las propiedades físicas que permiten un rendimiento excepcionalmente alto contra los blancos blindados” (Federation of American Scientists, Military Analysis Network, noviembre de 2002). También permite logros tristes.
Fuentes médicas locales o de visita en Irak han revelado que las taras congénitas y los cánceres de los niños del país se han multiplicado de 5 a 10 veces desde la Guerra del Golfo I y hasta por 30, en algunas zonas del sur. “Más del 50 por ciento de los pacientes de cáncer iraquíes son actualmente niños menores de 5 años... particularmente vulnerables porque acostumbran a jugar en áreas muy contaminadas con uranio empobrecido” (News-Miner, 21-1-06). Después de la explosión, el UE se fragmenta y buena parte se convierte en un polvillo que se deposita en la tierra o los vientos diseminan en el aire y el agua: ataca los pulmones y los huesos y, sobre todo, el ADN de las personas expuestas, provocando una serie de enfermedades mal definidas todavía. Su radiactividad se prolonga 4500 millones de años. Los efectos del uranio empobrecido no son nada pobres.
Los militares norteamericanos los trajeron a casa. Un estudio sobre la situación de 251 soldados que participaron en esa guerra mostró que el 67 por ciento de los hijos que procrearon –después de regresar– se asomaron al mundo con graves malformaciones congénitas. “Algunos nacieron sin piernas, sin brazos, sin determinados órganos, sin ojos, o con enfermedades sanguíneas y del sistema inmunológico”, señaló la notable científica estadounidenses Leuren Moret (Depleted uranium: Dirty bombs, dirty missiles, dirty bullets, flybynews.com, 30-8-04). Tampoco salieron indemnes sus madres: mujeres de 20 o 30 años de edad fueron dañadas por los depósitos de UE en el semen de sus parejas y no pocas debieron someterse a una histerectomía. Antes habían tenido hijos normales, los únicos sanos de la familia ahora.
Las fuerzas armadas de EE.UU. usan esa clase de proyectiles en ciudades densamente pobladas como Bagdad y Basora. Según cálculos conservadores, emplearon, al menos, 300 toneladas de UE en la Guerra del Golfo I y 1700 toneladas hasta ahora en la II –es decir, unos 70 gramos de veneno radiactivo por habitante iraquí– sembrando muerte hoy y muerte por venir. Tal vez sea la forma que la Casa Blanca eligió para que se encuentren finalmente armas nucleares en Irak. No sin costo para las tropas norteamericanas: un estudio reveló que 8 de 20 soldados de una unidad que participó en la invasión del 2003 presentaron el síndrome del Golfo 16 meses después (shininglight.us, 22-1-06). El 40 por ciento, vamos.
El Pentágono insiste en que el UE carece de toxicidad, pero el informe de la Dra. Moret no deja dudas al respecto: los 20 efectivos examinados sólo recibieron vacunas, que no causan cáncer que se sepa, y estuvieron expuestos al UE, pero nunca a pesticidas, productos químicos y otros agentes que podrían haber provocado sus males. Por lo demás, Washington viola la Carta de las Naciones Unidas y, al menos, seis convenciones internacionales de la que es Estado Parte al utilizar un material que la Comisión de Derechos Humanos de la ONU incluyó en el rubro “armas de destrucción masiva e indiscriminada”.
La escritora canadiense Mónica Jensen cita en Kiss the Boys Goodbye: How the United States Betrayed Its Own POW’s in Vietnam (William Stevenson Publisher, 1990) una frase memorable de Henry Kissinger: “Los militares sólo son animales torpes y estúpidos que se usan como instrumentos de la política exterior”. Será por eso que los “halcones-gallina” de la Casa Blanca siempre quisieron, y lograron, librarse de oler pólvora en un campo de batalla.
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Una mujer enamorada de un hombre casado es abandonada y comienza un largo calvario buscando olvidar. Trata de aturdirse con el trabajo, de cambiar de hábitos y de conocer a otros hombres. Pero siempre vuelve a su computadora esperando un mensaje de reconciliación
Laura era pechugona, pelirroja e ingeniera informática, en ese particular orden de las cosas, y había sido novia de Fernández durante dos meses de 1978. Luego cultivaron una larga amistad de bajas intensidades. Cuando se encontraron a cenar en un restaurante de la Costanera y él vio que ella venía ceñida, escotada y un poco alegre, y que pedía dos daiquiris para empezar, y que le elogiaba el saco, Fernández le dijo:
–Laura, dejate de joder, ¿qué te pasa? –Y entonces ella se largó a llorar.
–Se me nota desesperada, ¿no? –dijo entrecortadamente, con la cara mojada–. Perdoname; busco a cualquiera. Estoy tratando de borrar y escribir arriba. Estoy tratando de olvidar y no puedo. ¡Te juro que no puedo!
Fue una noche de llantos, y después Fernández la llevó a su casa y la llamó por teléfono cada vez que pudo para ver cómo estaba y para darle ánimo. Laura no le había contado a nadie, hasta entonces, que había salido seis meses con un hombre casado. Aunque salir era un verbo un tanto benigno. La verdad es que habían tenido un romance visceral y absorbente, una suerte de doble vida vivida minuto a minuto en la clandestinidad, a la hora de la siesta, y con llamadas, cartas, e-mails y señales de humo. De lunes a viernes, desde la mañana hasta la noche, los dos se arreglaban para encontrarse, seguirse y mantenerse en esa cuarta dimensión que siempre forma el amor prohibido. El se llamaba Carlos y era contador público nacional; decía que su matrimonio se estaba yendo a pique. Ella venía de una vieja separación y se enamoró rápidamente de aquel hombre bueno. Carlos la acompañaba en el sentimiento, y la pasión lo nublaba todo. Como decía Nietzsche, el amor es el estado en el que el hombre ve más las cosas como no son. Creyeron ambos que el barco llegaría a buen puerto y que estaban construyendo algo serio, pero un día Carlos se dio cuenta de que no tenía reproches para hacerle a su esposa y que, antes de cometer un "error imperdonable", debía darle una última oportunidad. Laura se quebró al saberlo. Le dijo, con bronca contenida, que no podía haber esperanza alguna entre los dos y que ella no podía esperarlo en el banco de suplentes; le pidió que no la llamara ni le escribiera jamás un e-mail. No quería aferrarse de una palabra, por mínima que fuera, y hacerse ilusiones. Se despidieron con un beso en la mejilla, y Laura estuvo dos días llorando, sin ir a trabajar y revisando una y otra vez el correo electrónico en busca de un mensaje de Carlos. Un mensaje que dijera, aunque más no fuera, te extraño o comprendo tu dolor. Pero él se había tomado seriamente el pedido de ella, y sólo había silencio.
Al volver a la oficina, Laura sintió por primera vez el síndrome de abstinencia. Carlos se había transformado en una adicción, y su ausencia le colocaba un obelisco en el estómago y un temblor en la boca. Miraba a cada rato el reloj y, como conocía tan al detalle la rutina del contador, lo imaginaba momento a momento; tenía que atarse las manos para no escribirle ni para marcar su número. No podía sacárselo de la cabeza. Creía verlo cruzando una calle o viniendo por un pasillo. Revisaba obsesivamente el correo de su computadora, en el trabajo y en casa, y atendía el celular y el directo con gran apremio, esperando escuchar su voz. Ni su figura, ni sus líneas ni su voz llegaban, y ella pasaba el día penando y la noche en vela. A veces imaginaba que Carlos había cerrado con llave y que ella había quedado en la intemperie de la calle, dudando entre tocar el timbre o tirar la puerta abajo. Su terapeuta le explicó que nada de eso servía:
–Sólo sirve que Carlos, sin la menor influencia, abra la puerta desde adentro y te pida que pases. Y eso puede no ocurrir nunca, o a lo mejor ocurre cuando vos ya estás en otro lugar. Vos, Laura, tenés que estar en otro lugar, no podés quedarte esperando en el umbral, muriéndote de frío. Despertate, Laura. Te dejaron. ¡Se acabó! Aceptalo.
Laura lo admitía con la mente, pero no lograba que esa idea monstruosa le bajara al cuerpo. No podía aceptar que sólo quedaba el dolor, y que debía hacer el duelo, y que debía caminar descalza sobre esos vidrios molidos hasta olvidar. No pienses en un canguro a lunares y medias de lana rojas, le decían de chica. Claro, era imposible no pensar en eso. Y entonces pensaba y pensaba, y revisaba lo que había salido mal. Una y otra vez hasta el insomnio y hasta el infinito. La terapeuta le dijo: Vas a ver que un día se van a ir los fantasmas y que el dolor va a pasar a ser una herida, y después una lesión, y al final una molestia en días de humedad. Lo que queda entonces es el resplandor de lo que viviste. Los momentos maravillosos. Ese resplandor no muere nunca. Te lo llevás con vos para siempre.
Una amiga, más pragmática, le soltó: El corazón es un recipiente, sólo un nuevo amor puede desplazar a un viejo amor, Laurita. Es física pura. Salí y empezá a circular. Usá la pechuga, teñite de rojo. ¡Y levantate a un tipo, por el amor de Dios!
La amiga de Fernández usó la pechuga varias veces, pero siempre volvía a su computadora, siempre se encontraba a sí misma frente a su correo electrónico esperando patéticamente un milagro. Pero el milagro no se producía, y así iban pasando los días, las semanas y los meses. Laura trató de volver a la universidad y tomó clases de pintura y de danza, y practicó tai chi para recuperar energías y body combat para descargar adrenalina: quería ocupar hasta el último minuto de su escaso tiempo libre. Intentó, en el camino, odiar sinceramente a Carlos, pero nunca pudo conseguirlo, y buscó otros hombres que se le parecieran. Como no encontraba a ninguno, se conformó con un empresario de pompas fúnebres que resultó estar muerto, y luego con un oficial de Caballería a quien le gustaba usar la fusta. Y más tarde con un odontólogo que coleccionaba bonsáis y llaveros. Ninguno daba con la talla de Carlos. Cuando estaba con ellos, Laura los oía pero no los escuchaba. Sólo escuchaba aquella vieja música de su voz, y recordaba la tersura de sus manos y el suave aleteo de sus besos.
En un momento, sin embargo, sus amigas, que la rodeaban como deudos, le presentaron a un pediatra poco agraciado, pero de una sinceridad conmovedora: se reía de sí mismo y la hacía reír mucho a ella. Hacía siete meses que la ingeniera informática no se reía con todo el cuerpo. En la tercera cita, el pediatra le pidió perdón por el exabrupto y le confesó que estaba completamente enamorado. La amiga de Fernández tenía las defensas altísimas, después de tantos sufrimientos, así que lo mantuvo a raya todo lo que pudo. Pero pudo poco porque el pediatra le enumeró un día los hilarantes defectos de ella, y le explicó al final que esos defectos eran majestuosos. Que la amaba por los defectos también, y Laura no pudo menos que entregarse. ¿Cómo no iba a hacerlo?
Experimentaron sesenta días increíbles, apenas ensombrecidos porque la pelirroja no se atrevía a ponerle un nombre a ese sentimiento pasional. Ese sentimiento se parecía tanto pero tanto al amor que sólo un experto podría notar las diferencias. Ese arrobamiento la mantuvo alejada de su hiriente memoria, y una mañana advirtió, con asombro, que no extrañaba más a Carlos. Era un sábado luminoso y tuvo una sensación de plenitud inenarrable. El sábado siguiente, al volver despreocupadamente de un paseo, se encontró con un mail del contador. Decía simplemente: Te extraño.
Por Fernández
fernandez@lanacion.com.ar
La historia de Laura plantea el clásico problema de cómo funcionan los mecanismos del olvido en el amor. ¿Es posible realmente olvidar?¿Cómo y cuándo lo hacemos?
Fernández
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Fue uno de los crímenes más sonados de su época: ahogado por la bancarrota, un chacarero de Azul, portador de prestigioso apellido, mató a sangre fría a ocho personas, entre éstas a tres de sus hermanos y dos de sus sobrinas
A la una y cuarto de la tarde del martes 18 de abril de 1922, el chacarero Mateo Banks, de 44 años, disparó su rifle Winchester sobre la espalda de su hermano Dionisio Banks. La bala le atravesó el tórax. Mateo Banks lo remató con un segundo tiro. Dionisio estaba acompañado por su hija Sarita Banks, de 12 años, quien, aterrorizada, trató de escapar. Pero Mateo Banks la alcanzó, golpeándola con la culata del rifle. Semidesvanecida, la arrastró fuera del casco de la chacra La Buena Suerte, en un campo del partido de Azul, trescientos kilómetros al sudoeste de Buenos Aires. Mateo Banks arrojó a Sarita al jagüel. Recargó el rifle y, asomándose, terminó de matar a la niña con dos disparos.
Luego, comprobó que Dionisio estuviera muerto. Buscó un colchón y sobre él tendió el cadáver de su hermano. Esperó la noche. A las ocho, llegó en sulky el único peón que trabajaba en la chacra, un tal Juan Gaitán, que había ido al cercano pueblo de Parish para hacer una diligencia. Mientras Gaitán guardaba el sulky en el galpón, Mateo Banks, sin pronunciar una palabra, lo mató de un balazo en el pecho. Subió al sulky y se dirigió a su propio campo, El Trébol, a cinco kilómetros de La Buena Suerte. En El Trébol trabajaba un peón llamado Claudio Loiza. Mateo Banks le dijo a Loiza que Dionisio estaba enfermo y le pidió que lo acompañara a La Buena Suerte para atenderlo.
–Iré más tarde, patrón, a caballo.
–No hay tiempo. Vamos en el sulky.
El peón accedió y el sulky salió al camino. En algún punto del trayecto, Mateo Banks paró el sulky. Se había caído el rebenque y le pidió al peón que lo recogiera. Cuando Loiza bajó, Mateo Banks le disparó al cuello. Loiza cayó malherido. Mateo Banks, con parsimonia, lo remató. Escondió el cuerpo en un pajonal cercano. Volvió a El Trébol. Allí vivían otros dos hermanos: Miguel, de 49 años, junto con su esposa, Julia Dillon, y María Ana Banks, soltera, de 54. Cuando Mateo Banks llegó, Julia lo llamó para la cena, pero él se quedó en su habitación, aduciendo que no se sentía bien. A las once de la noche no quedaba nadie levantado en El Trébol. Salvo Mateo Banks. Agazapado en la oscuridad de su cuarto, esperaba para completar su raid de sangre. A las once y diez, se deslizó al patio y golpeó la ventana cerrada de María Ana. En susurros, para no despertar a los demás, Mateo Banks le dijo a su hermana que Dionisio estaba muy mal y que debían ir a La Buena Suerte para asistirlo. María Ana se cubrió con un chal y subió al sulky, que una vez más retomó el camino entre ambas chacras. En algún lugar, Mateo frenó el caballo, levantó el rifle que llevaba a sus pies y disparó a bocajarro contra María Ana. Pateó el cadáver, que quedó tirado en el camino. El sulky volvió a El Trébol. Mateo Banks llamó a la puerta de la habitación de Miguel y Julia. Julia se asomó: Mateo Banks le dijo que se sentía mal y le pidió un té. Cuando Julia apareció, le disparó al pecho.
Miguel estaba enfermo, en la cama. Sin embargo, al oír el tiro que había matado a su mujer, se levantó. Mateo Banks apareció en el vano de la puerta y le disparó a su hermano un balazo en el cuello. Quedaban vivas tres personas: Cecilia y Anita Banks, de 15 y 5 años, hijas de Miguel y Julia, y María Ercilia Gaitán, la hijita del peón, de 4 años.
Mateo Banks entró al cuarto donde dormían las tres y mató a Cecilia. Dejó el rifle, aferró a las dos niñas más pequeñas y las llevó a un cuarto vacío, que cerró con llave.
La trama
La orgía de muerte había terminado. Con la parsimonia de un autómata, Mateo Banks había exterminado a toda su familia: tres hermanos, una cuñada, dos sobrinas y dos peones; en total, ocho víctimas.
Mateo Banks recorrió el escenario como un artista que revisa minuciosamente su obra. Inclinándose sobre los muertos, les tomó el pulso para asegurarse de que no hubiera quedado en ellos ni un hálito de vida; los acomodó, los tapó con mantas. Volvió a subir al sulky, regresó a La Buena Suerte, donde se aseguró de que Dionisio estuviera muerto, y se asomó al pozo para comprobar que seguía allí el cadáver de Sarita.
Eran las cuatro de la mañana del 19 de abril. Bajo la lóbrega luz lunar, Mateo Banks se dirigió al pueblo. El sulky se detuvo ante la casa del médico de la familia, el doctor Rafael Marquestau. Mateo Banks golpeó a la puerta.
Luego de largos minutos, se entreabrió una ventana:
–¿Quién es?
–Soy Mateo Banks. Quiero hablar con el doctor. ¡Algo terrible ha pasado!
El médico, que conocía bien al chacarero, lo encontró dominado por la ansiedad:
–¡Acabo de matar a Gaitán! –le dijo Mateo Banks entre sollozos–. ¡Pasa algo que no tiene nombre! ¡Han asesinado a toda mi familia! ¡Les dispararon! Los muertos están allí; he pasado toda la noche con ellos… Los he cubierto con mantas. Loiza me disparó al pie y luego huyó…
El médico se vistió con prisa. Corrió al sulky. Junto con Mateo Banks se dirigieron a las chacras, donde la luz del nuevo día ya iluminaba el horror.
–Hay que avisarle a Carús –le dijo Mateo Banks al médico. Antonio Carús era un abogado y político conservador, caudillo del pueblo. Pero Marquestau insistió en que fueran a la policía.
El comisario Luis Bidonde jamás hubiera imaginado que la mañana del 19 de abril la tragedia llegase de esa forma al pueblo de Azul. ¿Acaso el diablo mismo había aparecido en aquel lugar pacífico de la llanura bonaerense? La policía descubrió un escenario que horrorizaría al país: en La Buena Suerte y El Trébol, las fincas de la prominente familia Banks, y sus inmediaciones, yacían los cadáveres de Dionisio, Miguel y María Ana Banks, Julia Dillon, las niñas Sarita y Cecilia Banks, además del cuerpo de uno de los peones, Gaitán. El denunciante, Mateo Banks, repetía una y otra vez que Gaitán y Loiza lo habían atacado tras abatir a toda su familia.
Los irlandeses
Esta historia había comenzado hacía mucho tiempo: quizá cuando, noventa años antes, en 1832, el coronel Pedro Bustos había fundado el Azul, fuerte militar cercano a un arroyo de aguas con esa coloración. Con el tiempo, desaparecido el peligro de los malones tras la derrota de Catriel y otros caciques, el Azul, como Tandil, Olavarría, Coronel Suárez y diversos pueblos del sudoeste provincial se habían convertido en prósperos centros agrícolas. En 1922, el partido del Azul tenía 30.000 habitantes, entre los cuales se contaban fuertes colonias de inmigrantes vascos, franceses, italianos e irlandeses, como los Banks.
El padre de Mateo Banks había llegado a la Argentina en 1862, huyendo de las pestes, las guerras y la miseria del verde Erín. Se casó con otra irlandesa de apellido Keena y aquí fundó una familia que se estableció primero en Chascomús y luego en el Azul. Pero ahora, en aquel amanecer de 1922, el apellido Banks habría de convertirse, en la historia criminal argentina, en un "caso": el mayor crimen colectivo consumado por un solo hombre en 15 horas espeluznantes.
Miles y miles de azuleños indignados acompañaron hasta el cementerio los cuerpos de las víctimas. ¿Quién había tronchado de esa forma alevosa la vida de aquellos pioneros? Los siete ataúdes fueron velados en la iglesia catedral. La marea humana cargó a hombros los ataúdes. El juez de paz, el alcalde, los concejales, los hombres prominentes del pueblo, el jefe de la guarnición: todos encabezaban el duelo popular presidido por Mateo, el único Banks que quedaba en el Azul (una hermana, Catalina, había regresado a Irlanda).
El comisario Bidonde, mientras tanto, debía resolver el enigma. ¿Quién y por qué había cometido los crímenes? Las primeras batidas hallaron el cuerpo del peón Loiza, de manera que eran ocho los muertos. Todo tipo de rumores conmovían al pueblo, trayendo ecos de otras masacres de inmigrantes, como la sucedida en el Tandil, cuando los seguidores del fanático curandero y santón Tata Dios degollaron a 36 inmigrantes. Había sido un 1° de enero de 1872, casi exactamente medio siglo antes… Pero, por las dudas, todos los cerrojos y tranqueras del sur de la provincia habían sido reforzados y las armerías agotaron existencias.
Apenas cayó la tierra sobre los féretros de pino, el comisario Bidonde detuvo a Mateo Banks, en principio inculpado por la muerte de Gaitán. La prensa nacional, en especial los vespertinos de Buenos Aires La Razón, Crítica y Ultima Hora, dedicaban amplios espacios de sus ediciones al crimen.
De La Plata había llegado un investigador-estrella, el comisario Ricardo de la Cuesta, que se hizo cargo de los largos y exhaustivos interrogatorios al único testigo vivo y también principal sospechoso de los crímenes: Mateo Banks.
El chacarero se aferraba con uñas y dientes a su versión, pero pronto las contradicciones minaron su relato: el balazo que Banks alegaba haber recibido en la bota no era tal, sino un agujero hecho con un punzón; las autopsias determinaron que el calibre de las heridas correspondía al de la escopeta del sospechoso. Pero, sobre todo, se había descubierto que los Banks, ejemplo de inmigrantes triunfadores, escondían un secreto: en efecto, Miguel, Dionisio y María Ana eran prósperos, pero Mateo Banks estaba completamente arruinado.
Al cabo de tres semanas, el asesino confesó.
La condena
El juicio a Mateo Banks, acusado de ocho homicidios consumados con premeditación y alevosía, tuvo lugar en el Sport Club de Azul, habilitado como tribunal. El lugar estaba abarrotado de gente y el acusado, un hombre robusto cuya pelirroja testa y amplios bigotazos denunciaban su ascendencia irlandesa, debió ser protegido por la policía pues el público quería agredirlo. En el juicio, Mateo Banks se retractó de la confesión, que le había sido arrancada, dijo, con torturas. Pero las evidencias reunidas en la acusación del fiscal, el doctor Horacio Segovia, eran lapidarias contra Banks. La siguiente historia salió a la luz.
Mateo Banks tenía mucho prestigio en Azul, lo mismo que sus hermanos. Era socio del Jockey Club, vicecónsul de Gran Bretaña, representante para el sur de la provincia de la marca de autos Studebaker –uno de los últimos modelos de esta marca, una elegante voiturette, se lo había reservado Mateo Banks y con él se paseaba por Azul. Era un católico respetado, de los que portaban el palio en las procesiones, e integraba varias ligas de beneficencia. Su sólida posición social se consolidó al casarse con una mujer de postín, Martina Gainza, con la cual había tenido cuatro hijos. Mateo Banks y su mujer no vivían en el campo, sino en el centro de Azul, en una casa en la calle Necochea, con verja, jardín y un frente decorado.
En algún momento, Banks, quizá por su afición desmedida al juego, comenzó a perder su fortuna. "Banks, con su vida de «rico artificial», pensó que todo se arreglaría… y perdió toda noción de sentimientos humanos. No vaciló en sacrificar su apellido… Es una víctima de los vicios humanos que destruyen la dignidad, la honradez y hasta el amor de la familia…" Así lo crucificaba en un artículo un diario de Azul durante el proceso.
El fiscal Segovia probó hechos incontrovertibles: en 1921, Mateo Banks había vendido su parte del condominio familiar a sus hermanos. Y pocas semanas antes del crimen, había falsificado un poder de Dionisio para venderle a un rematador de la zona varios miles de cabezas de ganado, que ya no le pertenecían. Como señala Hugo A. Hohl en su exhaustivo estudio del caso Banks Crimen y status social (1998), el criminal había cometido una estafa: en el momento en que sus hermanos lo denunciaran, no le cabía a Mateo Banks otro destino que la cárcel. Por otra parte, el crimen había sido preparado con minucia: Mateo Banks había comprado días antes en una armería de Azul cartuchos de 12 milímetros, los que utilizó. Y el mismo día de la masacre había intentado envenenar a su familia echando estricnina en el puchero, aunque, al equivocar la dosis, no produjo consecuencias: tanto Julia Dillon como María Ana y Dionisio echaron a la basura la comida, de asqueroso gusto.
Para el fiscal Segovia, Banks planeó el múltiple asesinato con total racionalidad: ¿por qué no mató a la pequeña Anita Banks? Porque la esposa de Dionisio no vivía en La Buena Suerte; estaba recluida en un manicomio. A Mateo le hubiera tocado un tercio de la herencia, compartida con la mujer de Dionisio y con la hermana de los Banks que vivía en Irlanda. No era necesaria, para este plan, la muerte de Anita. ¿Por qué ensañarse con Cecilia y con los peones? Porque eran testigos indeseables que hubieran arruinado su versión. Según Segovia, cada movimiento de Banks había sido pensado: para sorprender a Loiza y a Gaitán, hombres fuertes que le habrían opuesto resistencia, usó estratagemas. Su plan de acusar a los peones salvó a la nena María Ercilia Gaitán: no era coherente que el peón asesinara a su propia hija.
La defensa de Banks, convertido por la prensa en un monstruo social, no fue aceptada por abogado alguno. Finalmente, la asumió el joven defensor de oficio Luis Larrain, que hizo lo imposible por salvar a su cliente insistiendo en la teoría de que los dos peones eran los culpables, quizá con la complicidad de algún otro asesino ignoto. Pero Mateo Banks nunca pudo explicar la farsa del agujero en la bota izquierda.
El 3 de abril de 1923, la vista de la causa se dio por concluida. El tribunal, integrado por los doctores Lisandro Salas, Abdon Bravo Almonacid y Armando Pessagno, le cedió la palabra al acusado, que se levantó y, tras limpiar con un pañuelo sus anteojos sin aro, dijo:
–Señor presidente: mucho se ha hablado de este horrendo crimen… He pasado diez meses con el corazón y el alma desgarrados por el dolor y el sufrimiento de las injusticias de las que fui objeto… He aguantado mi dolor en silencio… en la fe de Dios y en la justicia de mis jueces… Por esta cruz (la señala al público), mi pedido es uno solo: ¡que se haga justicia!
Fue condenado a reclusión perpetua. Pocos meses antes se había abolido en la Argentina la pena de muerte. Larrain alegó vicios de forma y pidió al tribunal la nulidad del proceso. Le fue concedida. El juicio se realizó por segunda vez, pero trasladado a los tribunales de La Plata. Entonces, Mateo Banks sorprendió a todos al nombrar como abogado al penalista más caro de Buenos Aires, Antonio Palacios Zinny, una especie de Perry Mason de su época, célebre por sus exitosas defensas de casos difíciles. ¿Quién pagó sus honorarios?, se preguntaba la opinión pública. Nadie, pero el abogado sabía que el país entero estaría pendiente de su defensa, y su prestigio como defensor de causas perdidas se multiplicaría a pesar de ser Mateo Banks el prototipo del asesino irredimible. Según cuenta Roberto Tálice en su libro de memorias Cien mil ejemplares por hora, durante este segundo proceso a Banks el defensor Palacios Zinny urdió una estratagema para impresionar a los jueces. Entregó a su cliente una pastilla de cianuro, que contenía una dosis no letal. Banks debía levantarse, proclamar su inocencia e ingerir el veneno. El hábil penalista no sólo había asegurado a su cliente que ese gesto inclinaría al tribunal en su favor. También habría vendido la exclusiva al vespertino Crítica, cuyos mejores reporteros cubrían la sesión del juicio ese día. En un momento, Palacios Zinny comenzó a hacer desesperadas señas a su defendido, indicándole que se tomara la cápsula. Banks lo miraba fijamente, pero nada sucedió. Según Tálice, a último momento el asesino desconfió… El tribunal de alzada confirmó la sentencia de culpabilidad y la pena de reclusión perpetua.
En 1924, Banks fue trasladado al penal de máxima seguridad de Ushuaia, donde convivió con otros presos famosos, como Cayetano Santos Godino (el Petiso Orejudo) y Simón Radowitzky, el anarquista que había asesinado en 1909 al jefe de policía Ramón Falcón.
Durante su permanencia en Ushuaia, Mateo Banks fue un preso de conducta ejemplar. Concedió numerosas entrevistas, para las cuales el director del penal le prestaba su despacho. Hasta allí llegó un día el popular periodista Juan José de Soiza Reilly, que se fotografió junto al preso Mateo Banks vestido con el tradicional traje a rayas.
Mateo Banks recuperó la libertad en 1949. Intentó regresar a Azul, pero la repulsa social se lo impidió. Era un muerto en vida. Su nombre y sus crímenes eran tan famosos que hasta habían inspirado dos tangos: Doctor Carús, de Martín Montes de Oca, y Don Maté 8 (léase "Mateocho", ell apodo con el que lo había bautizado la prensa), con música de Domingo Cristino y letra de José Ponzio. Para sobrevivir, Mateo Banks cambió de identidad y se trasladó a Buenos Aires. Quería perderse en el anonimato de la gran ciudad. Con documentos falsos a nombre de Eduardo Morgan, alquiló una pieza sin baño en la pensión de la calle Ramón Falcón 2178, en el barrio de Flores. El mismo día de la mudanza, con una toalla y un jabón, se dirigió Mateo Banks hasta el final del pasillo, entró en el baño y cerró con llave. Se desnudó y al meterse en la bañera resbaló. El golpe en la cabeza le provocó la muerte. Tenía 77 años.
Por Alvaro Abos
(El autor agradece la colaboración de Aurora Alonso de Rocha, directora del Archivo Histórico de Olavarría.)
Perfil del homicida
Lugar de nacimiento: Provincia de Buenos Aires, 1878
Rasgos físicos: Robusto, pelirrojo, de amplios bigotes
Sus víctimas: Múltiples (entre ellas, seis miembros de su familia)
Próxima entrega: La descuartizada del lago
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Un grupo de caminantes atraviesa un pueblo catamarqueño bajo el despiadado sol del verano. Alguien sale al cruce con un regalo.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Atravesábamos a pie un pueblo de Catamarca. Era mediodía, una hora inadecuada para la marcha. Pero, por alguna razón, no podíamos detenernos. Nos obligaba la distancia hasta la parada de la noche, o la precaución de que no nos agarrara la caída de la tarde cruzando una cadena de cerros. Con la cabeza envuelta en pañuelos mojados, sobre los que encajábamos los sombreros de paja, inclinados por el peso de las mochilas y el calor insobornable, sólo de vez en cuando echábamos una mirada hacia los costados.
Habíamos entrado por una zona de quintas, con frutales, y llegábamos al pueblo por la recta calle principal, de veredas altas, cercos de piedra y casas con patios, donde se veían alfombras de pimientos secándose al sol o planchas de madera cubiertas de higos. El pueblo no estaba marcado especialmente en nuestro itinerario, se parecía a otros que ya habíamos cruzado y nada, excepto el agobio, nos persuadía a detenernos. Cada veinte metros, con un saltito y una maniobra de los brazos, reacomodábamos nuestras mochilas para separarlas por unos segundos de la espalda empapada. Cada tanto, tomábamos un sorbito de agua, tan corto que no llegaba a la garganta. Llevábamos dos semanas bajo este régimen y los ojos nos dolían por el golpe sostenido de la luz. En alguno de esos barridos de la mirada que hacíamos moviendo apenas el cuello, nos dimos cuenta de que estábamos llegando al final de la calle principal, y que allí se acababa el pueblo. Nos acercamos a una casa, para pedir agua y llenar las cantimploras. Golpeamos las manos, dijimos “Ave María purísima” y esperamos rodeados de perros. Estar quietos al sol era casi peor que caminar.
Un hombre, de edad enigmática, nos llevó hasta el pozo. El olor húmedo, el moho del brocal, la tierra un poco mojada a su alrededor y dos o tres mariposas blancas: el lugar era como para pedir permiso y quedarse. Sin embargo, absurdamente sostenidos por el respeto de un itinerario al que nadie nos había obligado, tomamos agua haciendo el mismo ruido que hacen los caballos, nos tiramos unos baldes encima, agradecimos y volvimos a partir. Dos o tres minutos después, escuchamos la voz de una nena que nos llamaba. Nos dimos vuelta. Venía corriendo y sostenía con las dos manos un plato hondo enlozado. Nos lo ofreció. Estaba lleno de nueces, unas nueces grandes y lustrosas, prolijamente veteadas, en las que se combinaba el marrón marfilino y el castaño oscuro. La nena nos dijo: “Mi abuela dice que son para ustedes, pero me tengo que llevar el plato de vuelta”. El verano anterior, habíamos pasado la noche en un campo ovejero sobre la cordillera, en la provincia de Chubut. El patrón nos vio pasar a mil metros de distancia, ensilló y nos salió al cruce, para ofrecernos su casa y un asado de cordero, que había carneado el día anterior para hacer tasajo, pero que, según él, tendría mejor destino si lo comíamos entre todos. El hombre vivía solo con tres hijas chiquitas, abandonado por su mujer que había sido maestra en Río Pico y, de puro aburrida, extenuada por el trabajo o desesperada, se le había ido con un viajante. Nos contaron esto sin patetismo, como si fuera parte de las informaciones sobre el campo, la última esquila o los vecinos. La casa se recostaba contra la montaña, cerca de un arroyo, en una especie de paisaje suizo deformado por la extensión y la soledad. Un galpón de madera y chapa guardaba un poco de todo, además de muchas gallinas. Allí dormimos entre bolsas y barriles de kerosene.
Muy temprano al día siguiente, tomamos unos mates, nos despedimos prometiendo un improbable regreso, cargamos nuestras cosas, atamos, envuelto en papel de diario, un cuarto de cordero, y empezamos a caminar. Como luego sucedió en el pueblo catamarqueño, la menor de las chicas salió corriendo del galpón. Había aprendido nuestros nombres y nos llamaba con su vocecita ronca. Nos traía, como dijo, “media docena de huevitos frescos”. Sin saber muy bien qué hacer, le sacamos una foto y prometimos enviársela. Uno de los integrantes del grupo se encargaba siempre de cumplir nuestra palabra.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/29/sociedad/s-01132424.htm
CONVERSACION A FONDO: GARCIA MARQUEZ
Su resistencia a dar entrevistas es, se sabe, casi tan grande como su literatura. El escritor colombiano y premio Nobel describe esta vez cierto freno creativo (que vive con más despreocupación que congoja) y confiesa entrañables detalles de su vida cotidiana y de sus vínculos familiares y políticos.
Xavi Ayén. LA VANGUARDIA
En ese inmenso hervidero humano y social que es la plaza mexicana del
Zócalo —epicentro de los poderes del país y escaparate de las más diversas protestas—, entre acampadas y reivindicaciones de campesinos sin tierra, ciudadanos sin casa o mujeres víctimas de la violencia de sus maridos, varios grupos de indígenas desinfectan de malos espíritus a los viandantes, a cambio de unas monedas.
Estamos tentados de solicitar sus servicios, pues faltan tan sólo unas horas para que acudamos a entrevistar a Gabriel García Márquez, un privilegio que pocos periodistas han disfrutado desde que le concedieron el premio Nobel de Literatura en 1982, y nos asalta el temor de que a última hora todo se desmorone por cualquier imprevisto.
El chofer conoce bien dónde se encuentra el Pedregal de San Angel, un barrio residencial construido sobre piedras volcánicas en el que se alojan estrellas de cine, ex presidentes y banqueros.
Tras franquear la puerta de entrada y un recogido patio exterior, llegamos a la sala de estar, casi sin resuello, cargando los pesados regalos de Navidad que nos han dado para él algunos amigos suyos de Barcelona.
Gabo y su mujer, Mercedes Barcha, viven aquí desde 1975, cuando se fueron de España, aunque desde entonces han realizado sucesivas ampliaciones y reformas.
Hay vigas de madera, y mil rendijas, ventanas, visillos y aperturas por
las que entra el sol y se enseñorea de los interiores, iluminando, por ejemplo, las fotos de los cinco nietos del escritor, con edades que oscilan entre los 18 y los 7 años, o un enorme muñeco amarillo que parece una especie de conejo.
Mientras esperamos, curioseamos en la mesa donde reposan libros de fotografías de los premios Nobel, y otros de imágenes tomadas por Richard Avedon (poco después, Gabo nos comentará: "Ese Avedon... vino aquí, me hizo una foto y a los 15 días se murió, nunca la he visto").
Atravesamos un jardín repleto de flores —con unas esplendorosas orquídeas— para finalmente llegar al lugar donde Gabriel García Márquez se hizo construir un estudio aislado para trabajar. Le sorprendemos ante el ordenador, pero no en el momento mágico de la escritura, sino leyendo por Internet la prensa internacional. Amablemente, nos invita a tomar asiento y nos deja claro que hará una excepción sometiéndose con resignación a esta entrevista, porque no ha sido capaz de resistirse a la confabulación de su entorno familiar y afectivo; en ese momento, nos agarra del brazo y nos pregunta, en un susurro: "Y ahora, díganme, ¿cuánto le han pagado a mi mujer?"
El encuentro inicial, pues, tiene lugar en su estudio, y sólo será interrumpido por unas estentóreas frases en inglés que pronuncia, de vez en cuando, su ordenador, como si hubiera sido intervenido por la CIA. Gabo posee una máquina de última generación, con todos los avances multimedia, pues hace muchísimos años que abandonó su legendaria máquina de escribir eléctrica. "El primer ordenador que salió al mercado lo debí de usar yo —presume—. Cuando escribía a máquina, tenía un promedio de un libro cada siete años, y con el ordenador pasó a ser uno cada tres años, porque la computadora hace mucho trabajo por uno. Tengo varios equipos exactamente iguales, uno aquí, uno en Bogotá y otro en Barcelona, y llevo siempre un disquete en el bolsillo".

Mientras habla, va bebiendo un refresco de cola, una adicción sólo superada por su necesidad de permanente contacto con las noticias e informaciones que le llegan por teléfono, Internet, fax y correo —a menudo, de fuentes de primera mano— sobre la actualidad del mundo y, en especial, de su país, Colombia.
Reticente a hablar de su vida privada ("para eso ya está mi biógrafo oficial, el norteamericano Gerald Martín, quien, por cierto, ya debería haber publicado el libro, yo creo que está esperando a que me pase algo…"), cuenta que "este año 2005 me lo he tomado sabático. No me he sentado ante la computadora. No he escrito una línea. Y, además, no tengo proyecto ni perspectivas de tenerlo. No había dejado nunca de escribir, este ha sido el primer año de mi vida en que no lo he hecho. Yo trabajaba cada día, desde las nueve de la mañana hasta las tres de la tarde, decía que era para mantener el brazo caliente..., pero en realidad era que no sabía qué hacer por la mañana".
# ¿Y ahora ha encontrado algo mejor que hacer?
—He encontrado una cosa fantástica: ¡quedarme en la cama leyendo! Leo todos aquellos libros que nunca tuve tiempo para leer... Recuerdo que antes sufría un gran desconcierto cuando, por lo que fuera, no escribía. Tenía que inventar alguna actividad para poder vivir hasta las tres de la tarde, para distraer la angustia. Pero ahora me resulta placentero.
# ¿Y el segundo volumen de memorias?
—Creo que no voy a escribirlo. Tengo algunas notas escritas, pero no quiero que sea una mera mecánica profesional. Me doy cuenta de que, si publico un segundo tomo, voy a tener que decir en él cosas que no quiero decir, a causa de algunas relaciones personales que no son muy buenas. El primer tomo, Vivir para contarla, es exactamente lo que yo quería. En el segundo, me encontré una cantidad de gente que tenía que aparecer, y que, caramba, no quiero que estén en mis memorias. No sería honrado dejarles fuera, porque fueron importantes en mi vida, pero no me caen simpáticos.
Aunque Gabo no da nombres, no podemos evitar preguntarle por Mario Vargas Llosa, el escritor peruano cuya amistad quedó cortada de raíz tras el puñetazo en público que éste le propinó, aquí en México, en el año 1976, a causa de un incidente personal cuyo esclarecimiento ellos han delegado en "los biógrafos del futuro". ¿No ve posible que, algún día, se produzca una reconciliación? En ese momento, su esposa, Mercedes Barcha, que ha entrado en el estudio hace unos minutos, responde con contundencia: "Para mí ya no es posible. Han pasado treinta años".
"¿Tanto?", pregunta Gabo, sorprendido. "Hemos vivido tan felices estos treinta años sin él que no lo necesitamos para nada", asegura Mercedes, antes de matizar que "Gabo es más diplomático, así que esta frase pueden ponerla exclusivamente en mi boca".
Volviendo a su inédito período de inactividad, el Nobel aclara que "se me ha acabado el año sabático, pero ya encuentro excusas para prorrogarlo durante todo el 2006. Ahora que he descubierto que puedo leer sin escribir, a ver hasta dónde llega. Yo creo que me lo gané. Con todo lo que he escrito, ¿no? Aunque si mañana se me ocurriera una novela, ¡qué maravilla sería! En verdad, con la práctica que tengo, podría hacer una sin más problemas: me siento ante la computadora y la saco..., pero la gente se da cuenta si no has puesto las tripas. Ahí detrás de mí están encendidos todos los aparatos informáticos, listos para entrar en acción el día que se me ocurra. Me encantaría encontrar un tema, pero no tengo necesidad de sentarme a inventarlo. La gente debe saber que, si publico algo más, será porque valga la pena".
"De hecho —comenta—, ya tampoco me despierto por la noche asustado, tras haber soñado con los muertos de los que me hablaba mi abuela en Aracataca, cuando era niño, y creo que eso tiene que ver con lo mismo, con que se me acabó el tema".
Su último "tema", hasta el momento, ha sido Memoria de mis putas tristes, novela corta publicada en el 2004 que millones de lectores en todo el mundo esperan que no sea el último estallido de su fuerza creativa. "Tampoco estaba en el programa —revela ahora. En realidad, proviene de un programa anterior, había pensado en una serie de relatos en ambientes prostibularios, de ese tipo. Hace tiempo escribí cuatro o cinco historias, pero la única que me gustó fue la última, me di cuenta de que el tema no daba para tanto, de que lo que realmente andaba buscando era aquello, así que decidí prescindir de las primeras y publicar la última de manera independiente".
Otro proyecto en el que andaba trabajando, y que quedó interrumpido, era la historia de un hombre que debía morir al escribir la última frase. "Pero pensé: a ver si te va a suceder a ti...".
Gabo no parece vivir su parón creativo con ninguna congoja, sino con despreocupación típicamente caribeña. "Dejar de escribir no ha cambiado mi vida, ¡eso es lo mejor! Las horas que utilizaba para hacerlo no han quedado secuestradas por otras actividades enojosas".
El escritor nos muestra el gran muñeco amarillo que vimos al entrar: "Es una artesanía mexicana, regalo de Felipe González, que viene mucho por aquí". La conversación deriva entonces hacia su fascinación por el poder y los diferentes mandatarios y ex mandatarios que le visitan. "Como escritor, me interesa el poder, porque resume toda la grandeza y miseria del ser humano".
Entre sus amistades, destaca a Clinton. "¿No le conocen ustedes? ¡Es un tipo estupendo! Yo no me lo he pasado tan bien como junto a él. El sida es el gran tema que le preocupa ahora, es un hombre sinceramente alarmado y angustiado por el poco interés que las autoridades prestan a la extensión alarmante de la enfermedad por nuevas zonas, en especial por el Caribe. No le hacen caso, pero nadie sabe más que él sobre ese tema".
El Nobel nos señala la ubicación de la sala de cine privada que tiene en su casa. "Es muy difícil que yo pueda ir a las sesiones normales, me paso horas y horas firmando autógrafos en la puerta. Así que me envían aquí películas o, si no, me invitan a proyecciones restringidas".
Su pasión por el séptimo arte no es nueva: de joven, incluso soñó con dirigir películas, lo que ha acabado realizando su hijo Rodrigo, habitual de prestigiosos festivales como Cannes, Locarno o San Sebastián. Rodrigo, además de haber dirigido episodios de "Los Soprano" y "A dos metros bajo tierra", es el cineasta responsable de largometrajes como "Cosas que diría con solo mirarla", "Diez pequeñas historias de amor" o "Nueve vidas".
"Menos mal que son excelentes —comenta su padre. ¡Lo horrible que hubiera sido para mí que no me parecieran buenas!"
Rodrigo vive en Hollywood, y su hermano Gonzalo, en París. Ambos están pasando estos días con sus padres, y entran y salen de la casa con la misma libertad con que lo hicieron de niños.

Al día siguiente, Gonzalo, diseñador gráfico y pintor, nos explicará que "Gabo no era un padre de juegos, pero sí de muchos diálogos, de compartir con nosotros cosas de adulto. Las cosas que hacíamos con él de pequeños era hablar y escuchar música".
García Márquez ha ido desarrollando sus mecanismos para preservar su vida privada, cada vez más eficaces, y parece haber conjurado el peligro de que su éxito le robara tiempo para los afectos de hijos, nietos y amigos.
Antes, sin embargo, "la fama estuvo a punto de desbaratarme la vida, porque perturba el sentido de la realidad, tanto como el poder. Te condena a la soledad, genera un problema de incomunicación que te aísla".
De repente, suena el teléfono, y el escritor pronostica: "Seguro que es Carmen Balcells..." Mercedes descuelga y, en efecto, al otro lado del aparato, habla la agente literaria más famosa de la tierra.
El escritor se ríe con ganas: "¿Ven? No tiene sosiego. No se le escapa nada, sabía que estábamos hablando con ustedes... Nos tiene más controlados que nunca".
La relación profesional de Carmen Balcells con García Márquez se remonta a 1961, cuando nadie creía todavía en aquel joven escritor, que no se convertiría en una celebridad mundial hasta Cien años de soledad (1967), obra en la que desgrana los avatares de varias generaciones de los Buendía y que, con sus personajes con colita de cerdo o sacerdotes que levitan, se considera la referencia del realismo mágico.
En vez de realizar un paseo físico por el DF, Gabo sugiere que nos traslademos mentalmente a otra ciudad, a la Barcelona de los a-os 60 y 70, donde él vivió y escribió El otoño del patriarca: "Llegamos en 1967, cargando una piel de caimán de dos metros que me regaló un amigo. Yo estaba dispuesto a venderla, porque necesitábamos el dinero, pero me lo pensé mejor y al final no lo hicimos. Ha viajado con nosotros por medio mundo, en funciones de amuleto. Todo fue muy rápido, en los años que viví en Barcelona pasé de no tener para comer —antes, en París, había llegado a pedir en el metro— a poder comprarme casas".
"Tengo la impresión de que aquella ciudad no nos sorprendió mucho —explica. Era como si ya la hubiéramos visto antes. La razón por la cual no fui a ningún otro lugar es Ramón Vinyes, el ''sabio catalán'' que hice aparecer como personaje en Cien años de soledad. En la Barranquilla de mi juventud, él me había ''vendido'' hasta tal punto la Barcelona idealizada de sus recuerdos de exiliado, que no dudé en ningún momento".
Mercedes Barcha y Gabo, al trasladarse a España, dejaron atrás un México cosmopolita, culto y liberal, y unos círculos cinematográficos, artísticos y literarios repletos de personalidades y actividades que dejaban atrás a la pacata España del tardofranquismo.
Barcha recuerda divertida que "era todo un poco snob, los barceloneses descubrían entonces el mundo de la discoteca, ¡cuando aquí en México había miles! ¡Se ponían incluso sombreros para ir a la disco!"
"Trataban de superar a París", recuerda García Márquez.
"He visto la serie ''Cuéntame'' y es exacta: Gabo y yo llegamos a aquel mundo", remarca, divertida, Mercedes.
"Había como una especie de ''destape'' clandestino, focalizado en la discoteca Bocaccio. Nos parecía una cosa anticuada", refuerza Gabo.
Barcha apunta: "Ellos, los barceloneses, pensaban que éramos nosotros los atrasados, por latinoamericanos, pero era completamente al revés. Yo iba por la calle con mis pantalones y mis jeans y se me acercaba la gente a mirarme como una cosa rara. Un día, le dije a la mujer de Luis Goytisolo: ''Oye, María Antonia, me miran mucho, ¿por qué será?''. ''No te preocupes, a mí también'', me respondió".
Los rigores de la dictadura franquista no apretaban tanto en Barcelona como en Madrid, centro del poder político, y los García disfrutaban de la proximidad con Francia. Gabo recuerda que "íbamos a Francia a ver películas, como ''El último tango en París'', que descubrimos en Perpiñán. A veces nos íbamos tres días a París, a ponernos al día de todo. Barcelona era la puerta a Europa: desde allí nos desplazábamos a Londres (donde aprendimos inglés), Milán... Asistíamos a conciertos, estrenos teatrales, calmé toda mi ansiedad cultural".
Gabo y Mercedes vivieron la efervescencia de la gauche divine, las madrugadas infinitas de Bocaccio, el florecimiento de las nuevas editoriales, las conspiraciones ante la inminente muerte de Franco... Se juntaban con otros escritores atraídos a Barcelona por la "Mamá Grande" Balcells, como José Donoso o Mario Vargas Llosa, y recibían las visitas de Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Pablo Neruda…
"Ahora da casi vergüenza decirlo, pero nos la pasamos muy bien", comenta Gabo. "En aquella Barcelona de los primeros setenta se vivía excelentemente, da pena admitirlo. Es ahora, al pensarlo un poco, cuando nos damos cuenta de lo triste que era todo".
Paradójicamente, los García se fueron antes de que llegara la democracia: "Estábamos en Bogotá cuando murió Franco y, al conocer la noticia, nos volvimos a México. Pensamos que en España la cosa se iba a agitar mucho, que vendría una gran inestabilidad, tampoco sabíamos cómo iba a reaccionar el nuevo gobierno español ante la inminente El otoño del patriarca, que retrataba el ocaso de un dictador. Pensé que no se iban a creer que yo me había inspirado en modelos latinoamericanos, como el venezolano Juan Vicente Gómez o el haitiano ''Papá Doc'', que mandó exterminar todos los perros negros de su país porque creía que un enemigo suyo se había convertido en uno de ellos, o el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, que hizo forrar con papel rojo todo el alumbrado público del país para combatir una epidemia de sarampión. No sé cómo se va a entender esto, pero a mí Franco me resultaba un dictador demasiado moderno y civilizado para el que yo tenía en la cabeza o en el alma. De hecho, la mejor crítica a este libro me la hizo el panameño Omar Torrijos, cuarenta y ocho horas antes de morir, que me dijo: ''Es tu mejor libro, todos somos así como tú dices''".
Gabo tiene casa en Barcelona, y "sigo yendo a esa ciudad, con frecuencia casi anual, aunque mi visita del 2005 causó demasiado alboroto, porque esta vez llevaba cinco años sin ir. Cuando llegamos, siempre es como si no hubiéramos dejado de vivir allí. Nos levantamos como si fuera lo más normal del mundo, y vamos a comer con los amigos de siempre. Paseamos y nos vemos envejecer. Vamos a pie a todas partes. Le paran a uno, le gritan de un lado a otro de la calle, pero con esa distancia con que los catalanes se conducen, modulando sus muestras de afecto. Por ejemplo, fuimos también unos días a Madrid, donde tenemos muchos amigos, pero no nos quedamos porque hay más novelería, mientras que en Barcelona nos volvemos un caso diario. En Madrid corre la voz entre periodistas, cantantes, gente del cine... es la pachanga permanente".
Gabo sigue huyendo de la luz de los focos públicos. Cree que la discreción es siempre más efectiva, incluso en política. Ha mantenido su amistad con Fidel Castro, pero se ha separado "en silencio" de las posturas dogmáticas, y a la vez su intervención personal ha sido decisiva para que el régimen cubano libere a algunos presos políticos o suavice algunas posturas. Sus intervenciones en varios países incluyen desde la liberación de banqueros secuestrados en El Salvador a conseguir que dictadores permitan abandonar su país a familiares de disidentes, entre otros muchos episodios dignos de una película de James Bond o de una novela de su amigo Graham Greene, como cuando, en 1995, los secuestradores de Juan Carlos Gaviria exigieron que Gabo asumiera la presidencia de Colombia (la respuesta del escritor fue: "Nadie puede esperar que asuma la irresponsabilidad de ser el peor presidente de la República (...) Liberen a Gaviria, quítense las máscaras y salgan a promover sus ideas de renovación al amparo del orden constitucional").
"Yo he sido siempre más conspirador que ''firmador'' —apunta. He logrado siempre muchas más cosas mirando de arreglarlas por debajo que firmando manifiestos de protesta"
Dentro de esa "diplomacia secreta", ahora, por ejemplo, realiza funciones de mediador por la paz en Colombia, acercando las posiciones del Gobierno del presidente Uribe con las de la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN). "Tal vez mejor no tratemos mucho eso, porque está todavía hablándose. No es bueno hacer declaraciones cuando se trabaja en ello. Desde que me concibieron, estoy oyendo hablar del proceso de paz de Colombia. Ahora, después de un largo tira y afloja, se pusieron de acuerdo para conversar. He participado en unas primeras conversaciones en La Habana, y fue muy bien. Tengo buenas relaciones con ambos lados. Estas gestiones, para un escritor como yo, acostumbrado a ganar, son siempre una cura de humildad, pues intervienen una conjunción de factores muy diversos".
"La violencia ha existido siempre, tiene muchos años en Colombia —recuerda. El tema de fondo es una situación económica escindida entre los muy ricos y los muy pobres. Y el negocio de la coca es mucho dinero, ¡barriles de dinero! El día en que se acabe la droga, todo va a mejorar muchísimo, porque eso fue lo que lo exacerbó todo. Los grandes productores del mundo están allá. De manera que ya no pelean por la política, como antes, sino por el control de la droga. Y Estados Unidos también está totalmente metido en eso".
Mientras posa para unas fotos en el jardín junto a su esposa, Gabo le comenta, bromeando: "Ya ves por qué nunca doy entrevistas, Mercedes. Llegan con esa mansedumbre, y no se van nunca. Ahora me dicen que te abrace, ¿y qué vendrá después? Son capaces de pedirme que diga que te quiero". Una afirmación superflua, teniendo en cuenta que se conocieron cuando ella era una niña de 13 años y que siguen ahí, compartiendo sus vidas.
Antes de que abandonemos su casa, García Márquez se interesa por los premios Nobel que irán apareciendo en esta serie de entrevistas: "Ah, veo que escogen sólo a los buenos". Seguro de sí mismo, próximo, agarra de vez en cuando a su interlocutor sin que sea posible percibir en él rasgo alguno de su legendaria timidez, aquella que en Barcelona le hacía enmudecer y le activaba mil temblores cuando tenía que hablar en público. "Yo creo que debo de tener fobia social, como la Nobel austríaca, Elfriede Jelinek, porque puedo mantener una conversación de tú a tú, pero me cuesta horrores dirigirme a un auditorio. ¿Mi timidez? Tengo la gran ventaja de que ahora la gente entra en esta casa ya intimidada… y así me va mejor"
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/29/z-04215.htm
Por Eduardo Galeano
El 22 de enero del año 2002, Evo fue expulsado del Paraíso.
O sea: el diputado Morales fue echado del Parlamento.
El 22 de enero del año 2006, en ese mismo lugar de pomposo aspecto, Evo Morales fue consagrado presidente de Bolivia.
O sea: Bolivia empieza a enterarse de que es un país de mayoría indígena.
Cuando la expulsión, un diputado indio era más raro que perro verde.
Cuatro años después, son muchos los legisladores que mascan coca, milenaria costumbre que estaba prohibida en el sagrado recinto parlamentario.
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Mucho antes de la expulsión de Evo, ya los suyos, los indígenas, habían sido expulsados de la nación oficial. No eran hijos de Bolivia: eran no más que su mano de obra. Hasta hace poco más de medio siglo, los indios no podían votar ni caminar por las veredas de las ciudades.
Con toda razón, Evo ha dicho, en su primer discurso presidencial, que los indios no fueron invitados, en 1825, a la fundación de Bolivia.
Esa es también la historia de toda América, incluyendo a los Estados Unidos. Nuestras naciones nacieron mentidas. La independencia de los países americanos fue desde el principio usurpada por una muy minoritaria minoría. Todas las primeras Constituciones, sin excepción, dejaron afuera a las mujeres, a los indios, a los negros y a los pobres en general.
La elección de Evo Morales es, al menos en este sentido, equivalente a la elección de Michelle Bachelet. Evo y Eva. Por primera vez un indígena presidente en Bolivia, por primera vez una mujer presidente en Chile. Y lo mismo se podría decir del Brasil, donde por primera vez es negro el ministro de Cultura. ¿Acaso no tiene raíces africanas la cultura que ha salvado al Brasil de la tristeza?
En estas tierras, enfermas de racismo y de machismo, no faltará quien crea que todo esto es un escándalo.
Escandaloso es que no haya ocurrido antes.
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Cae la máscara, la cara asoma, y la tormenta arrecia.
El único lenguaje digno de fe es el nacido de la necesidad de decir. El más grave defecto de Evo consiste en que la gente le cree, porque trasmite autenticidad hasta cuando hablando castellano, que no es su lengua de origen, comete algún errorcito. Lo acusan de ignorancia los doctores que ejercen la maestría de ser ecos de voces ajenas. Los vendedores de promesas lo acusan de demagogia. Lo acusan de caudillismo los que en América impusieron un Dios único, un rey único y una verdad única. Y tiemblan de pánico los asesinos de indios, temerosos de que sus víctimas sean como ellos.
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Bolivia parecía ser no más que el seudónimo de los que en Bolivia mandaban, y que la exprimían mientras cantaban el himno. Y la humillación de los indios, hecha costumbre, parecía un destino.
Pero en los últimos tiempos, meses, años, este país vivía en perpetuo estado de insurrección popular. Ese proceso de continuos alzamientos, que dejó un reguero de muertos, culminó con la guerra del gas, pero venía de antes. Venía de antes y siguió después, hasta la elección de Evo contra viento y marea. Con el gas boliviano se estaba repitiendo una antigua historia de tesoros robados a lo largo de más de cuatro siglos, desde mediados del siglo dieciséis:
la plata de Potosí dejó una montaña vacía,
el salitre de la costa del Pacífico dejó un mapa sin mar,
el estaño de Oruro dejó una multitud de viudas.
Eso, y sólo eso, dejaron.
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Las puebladas de estos últimos años fueron acribilladas a balazos, pero evitaron que el gas se evaporara en manos ajenas,
desprivatizaron el agua en Cochabamba y La Paz,
voltearon gobiernos gobernados desde afuera,
y dijeron no al impuesto al salario y a otras sabias órdenes del Fondo Monetario Internacional.
Desde el punto de vista de los medios civilizados de comunicación, esas explosiones de dignidad popular fueron actos de barbarie. Mil veces lo he visto, leído, escuchado: Bolivia es un país incomprensible, ingobernable, intratable, inviable. Los periodistas que lo dicen y lo repiten se equivocan de in: deberían confesar que Bolivia es, para ellos, un país invisible.
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Nada tiene de raro. Esa ceguera no es solamente una mala costumbre de extranjeros arrogantes. Bolivia nació ciega de sí, porque el racismo echa telarañas en los ojos, y por cierto que no faltan los bolivianos que prefieren verse con los ojos que los desprecian.
Pero por algo será que la bandera indígena de los Andes rinde homenaje a la diversidad del mundo. Según la tradición, es una bandera nacida del encuentro del arcoiris hembra con el arcoiris macho. Y este arcoiris de la tierra, que en lengua nativa se llama tejido de la sangre que flamea, tiene más colores que el arcoiris del cielo.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-62222-2006-01-28.html
La visión del poeta Daniel Samoilovich
Dice que ha estudiado para la entrevista y lo demuestra desplegando durante la conversación datos estadísticos precisos, además de opiniones. Hasta hace observaciones específicas sobre la marcha del Mercosur. Definitivamente, Daniel Samoilovich desmiente el lugar común de que los poetas viven en un mundo que no es éste y que tienen los pies apoyados en otra cosa que no es la tierra.
Samoilovich no evita comprometerse con definiciones pragmáticas:: “El Gobierno está demasiado conforme con todos sus logros”, “La educación no es un adorno de la vida social” y “En el juego de la democracia hay que respetar las formas y las reglas”.
En su obra, imaginación y razón se cruzan con frecuencia. Siempre opinó que el territorio de la poesía es también el de la realidad y tal vez nunca haya plasmado mejor esa opinión que en su libro “El carrito de Eneas”, de 2003, escrito desde la angustia que la última gran crisis argentina multiplicaba en dantescas escenas de supervivencia en una Buenos Aires convertida en imperio cartonero.
Daniel Samoilovich nació en la Capital Federal en 1949. Ha publicado también, entre otros, los libros “Párpado”, “El mago”, “Superficies iluminadas”, “Las encantadas” y “El despertar de Samoilo”, y sus poemas (largos relatos, en ocasiones; otras veces, cercanos a la técnica teatral, pero siempre tocados por el humor y por una versatilidad idiomática que salta de los clásicos al habla popular) han sido traducidos al francés y al inglés y fueron editados en España y en Francia.
Desde hace veinte años dirige la revista poética de vida más larga del subcontinente: el Diario de Poesía. Su otra especialidad, la creación y producción de juegos de ingenio, es la que, por razones de fácil comprensión, más ha contribuido a su subsistencia.
-Siempre admitió la influencia de André Breton, creador del surrealismo, sobre su trabajo. ¿Diría que la Argentina es un país que favorece el surrealismo?
-Soy partidario de un uso restringido de la palabra "surrealista". Se ha deslizado el término a cualquier cosa absurda o paradójica. No era exactamente el espíritu del surrealismo, un movimiento muy racional que llevaba hasta sus últimas consecuencias una serie de descubrimientos científicos de la época. No por casualidad Breton era médico, y fue partidario y estudioso del psicoanálisis. Ahora, si transformamos la pregunta en si la Argentina es un país donde hay grandes paradojas y situaciones absurdas, yo diría que sí.
-En el surrealismo tiene mucha importancia lo automático y también, en cierto sentido, la improvisación.
-Claro, pero la improvisación transformada en un venero creativo, como conexión de uno con sus fantasmas, con sus sueños. Piense que un ídolo para los surrealistas era Lewis Carroll, que tanto fue un matemático eminente como un tipo que pudo bucear en sus fantasías, inventar mundos. Yo me temo que sería darle demasiada categoría a la improvisación argentina el definirla como surrealista. A veces aparece como una especie de vicio de pensar en el corto plazo, nada más.
-¿Está más cerca del absurdo de, por ejemplo, Alfred Jarry?
-Yo diría que está más cerca de la chantada, lisa y llanamente. Porque aun en Jarry el absurdo es refrescante, no es tan absurdo; denuncia y desnuda en la voracidad de aquel padre Ubú, que se inventa con su palo de descerebrar y su bolsa de las finanzas a la burguesía en su versión más voraz. Es un absurdo sólo en apariencia: abre paso a una comprensión profunda de la realidad.
-¿Tendríamos que retroceder al realismo más crudo?
-Yo diría que no nos vendría nada mal un poco de realismo crudo.
-En el poema "El carrito de Eneas" usted hizo su propio trabajo de reciclaje, usando materiales de una época negra, la que sucedió a la caída de Fernando de la Rúa. A cuatro años, ¿sigue teniendo esa misma visión pesimista?
-Yo me remitiría a algunos datos objetivos. En octubre de 2002, el nivel de hogares por debajo de la línea de la pobreza tocó la alucinante cifra del 57%. De ese 57%, la mitad ni siquiera podía comer. Es verdad que esos números han descendido. Para el primer semestre de 2005 estamos hablando de un 38,5%. Pero sigue siendo una cifra completamente inaceptable. Es un espectáculo que subvierte el alma ver que la vida parece haberse normalizado, pero que al mismo tiempo tenemos casi un 40% de compatriotas que no viven bien. No es el perfil de la Argentina en la que crecimos; ni siquiera en la que, por lo menos yo, viví mi adolescencia. Uno puede decir: es algo. Y, de hecho, es algo.
-¿Cree que el Gobierno festeja demasiado y se olvida de lo mucho que le falta?
-Creo que eso debería ser una obsesión para los argentinos. Lisa y llanamente, una obsesión, y no sé si lo es. No me consta. Entiendo, por otra parte, que la prioridad absoluta ha sido renegociar la deuda, estabilizar algunos indicadores económicos, reducir aunque sea en algo la pobreza más extrema. Eso lo entiendo. No termino de ver las líneas por las cuales la Argentina puede definir un lugar en el mundo. Me inquietan muchísimo los desencuentros en el Mercosur, porque pienso que la escala latinoamericana es una escala posible para un desarrollo fuerte, autónomo.
-¿Qué ventaja comparativa deberíamos desarrollar?
-Hay una anécdota que me gusta contar, aunque no es mía, personal. Un amigo mío, asesor de empresas, fue a una conferencia en la que disertaba Peter Drucker. El había destacado mucho el ejemplo de Japón, que no tiene hidrocarburos ni mucho territorio para cultivos. Hubo una ronda de preguntas. Mi amigo preguntó qué tendríamos que tener nosotros para salir adelante. Y Drucker le dijo: "Una de las cosas que hay que tener ustedes ya la tienen. Es la educación, y no la están cuidando". Hoy tenemos un millón de chicos de entre 10 y 14 años que no van a la escuela. ¡En la Argentina! Ese 38,5% de pobres que tenemos sube al 55% cuando se mide sólo respecto de los niños menores de 14 años. O sea: bastante más de la mitad de nuestros chicos no están teniendo una alimentación adecuada. Muchos de ellos ni siquiera están yendo a la escuela. ¿Qué apuesta de largo plazo es ésta?
-¿Es inevitable que la realidad se cuele en la obra de un poeta?
-Un poema es un artefacto de palabras, pero en ese artefacto, de un modo u otro, va a incidir la vida real del escritor, incluyendo sus lecturas, sus gustos, sus opiniones, sus fobias y su realidad social.
-¿Todo poeta es un poeta comprometido?
-Si de verdad está buceando en sí mismo y en el lenguaje, sí.
-¿Aunque no sea un compromiso partidario?
-Mejor. La ideología suele arruinar la literatura, porque le impide funcionar como semillero de descubrimientos. Desde la ideología, la verdad ya está descubierta.
-¿Cree que es posible el regreso a un discurso político más racional?
-Pienso que sería una señal buenísima. No sé si es posible, porque en general hay una tendencia al texto cortito, sin desarrollo ni explicación, "marketinero". Mercado hubo siempre: no nos engañemos: desde Roma y las caravanas de la seda. El mercado ha sido el corazón de todas las ciudades desde tiempos inmemoriales. Yo no soy antimercado, pero esta extensión de las reglas comerciales, este estudio detallado del consumo, este gobierno a través de las encuestas me parece un fenómeno moderno y peligroso.
-¿Advierte un exceso de escepticismo social, traducido en fórmulas como "que se vayan todos"?
-Sí. Ese escepticismo social es uno de los factores más profundamente irracionales y estériles. ¿Qué quedó del "que se vayan todos"? Que volvieron todos. Civilización es discriminación; es elección. El escepticismo completo es perfectamente compatible con el optimismo más irracional. Son dos caras de la misma moneda. El escéptico y el crédulo pueden ser la misma persona. ¿Cómo puede decirse: "No creo en nada"? Acabo de hacer observaciones críticas respecto de la prensa o de la propaganda, pero de ninguna manera se me ocurriría no leer el periódico o desconfiar de todos los mensajes publicitarios.
-¿Comparte la idea de que se lee cada vez menos?
-No es algo que me obsesione. Un escritor no puede ser un escritor si no tiene ningún lector, si todo lo que escribe va a parar al cajón de su escritorio. Pero tampoco necesita multitudes, honores y halagos. Lo que me preocupa es la posibilidad de un descenso del nivel educativo y del nivel económico-social que hagan que nuestras editoriales sean cada vez más precarias y que el público lector se achique cada vez más. No veo asegurado que los argentinos tengamos para siempre este nivel extraordinario, porque es extraordinario, de educación y de inquietud cultural. Si la Argentina en lugar de recuperarse no soluciona el actual nivel de exclusión, vamos a tener dentro de veinte años una sociedad donde la cultura va a ser más un lujo de lo que es hoy.
-Usted edita desde 1986 el Diario de Poesía. ¿Es más difícil hacerlo hoy?
-En realidad, hacerlo fue extraordinariamente fácil, por la pasión que le puso el grupo que lo hizo, y también con la existencia de mucha gente que recogió ese anzuelo. Se trata de literatura como artefacto complejo. Nuestro principal orgullo es que en muy pocos países del mundo se podría haber hecho una cosa así.
-¿Sigue siendo fácil?
-Sí. Por un lado, porque existe este pacto con unos 2500 o 3000 lectores que cada cuatrimestre compran el Diario. Otra cosa de incalculable valor ha sido la estructura de distribución de quioscos en la Argentina. El quiosco argentino es distinto y superior al de Chile o al de Colombia. Es un quiosco nutrido, con una oferta muy amplia.
-¿Internet es una ayuda o una enemiga de los poetas?
-Es una herramienta invalorable. Lejos de ser una competencia del libro, es un complemento extraordinario, tanto por la posibilidad de comprar libros por ese medio como por la circulación de textos. Muchos de los trabajos presentados en el Diario hubieran sido casi imposibles sin Internet. Uno de los negocios más rentables de la Red es un sitio dedicado a la venta de libros. Uno necesita, a lo mejor, un libro publicado en 1930 en Inglaterra y se hace ubicable gracias a Internet.
-Usted se dedica también a la creación y producción de juegos de mesa y de ingenio. ¿Diría que la política argentina se parece, por ejemplo, al TEG, en el que la meta es la destrucción total del rival?
-En todos los juegos, desde el ajedrez en adelante, la meta es destruir al adversario, pero en un nivel simbólico, no real. Si la política fuera simbolización de la guerra, estaría fantásticamente bien. Ojalá la política tuviera el nivel de simbolización que tienen los juegos de mesa. Y, además, el respeto por las reglas del juego. Lo que a veces no se entiende de la literatura y de la democracia es, justamente, que son juegos, y que cada uno de ellos tiene su propio tablero. La literatura no puede vivir dentro del juego amplio de la tradición literaria. Se mueve dentro de una esfera específica: la del disfrute y la circulación artística, y de esa esfera no puede salir. En la política, es muy importante comprender que la democracia es una regla de juego. No es que está bien si me sirve y está mal si no me sirve. Hay restricciones formales. Cuando se habla con desprecio de la "democracia formal" no se entiende del todo lo que se está diciendo: la democracia es una forma. Es la decisión de jugar un juego dentro de una forma.
Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=775980
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. En 1914, la familia Borges emprendió un viaje a Europa y se estableció en Ginebra (Suiza) hasta 1919, año en el que se trasladaron a España, donde Borges se conectó con el movimiento ultraísta y frecuentó las tertulias literarias lideradas por Cansinos-Asséns. De regreso a Buenos Aires, en 1921, comenzó a colaborar en las publicaciones de renovación estética, de algunas de las cuales fue, también, su director. En 1923 publicó su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires, al que le siguieron Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). Además de sus libros de ensayos, publicó en 1935 su primer libro de relatos, Historia universal de la infamia, cuyas primeras versiones habían aparecido en la Revista Multicolor de los Sábados del diario Crítica. Dos años después comenzó a trabajar en la Biblioteca Miguel Cané. En la década del cuarenta publicó sus libros más importantes: Ficciones (1944) y El Aleph (1949). Presidió la SADE durante el período 1950-1953, y en 1955, después del golpe de Estado que derrocó al general Juan Domingo Perón, fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. Dictó clases de Literatura Inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras, y recibió numerosos premios e importantes distinciones nacionales e internacionales.
Esta entrevista es la segunda parte de un reportaje titulado “Jorge Luis Borges habla de los demás”, que se realizó pocos días después de su regreso de Estados Unidos, adonde había viajado con su mujer, Helena Astete Millán, para asistir a un simposio sobre su obra organizado por Norman Di Giovanni en la Universidad de Oklahoma. Meses antes, la editorial Emecé había editado por primera vez en un volumen individual desde su primera edición de autor en 1923, el libro de poemas Fervor de Buenos Aires que, como ya era usual en las reediciones borgeanas, había sufrido notables correcciones. Seis meses después de esta entrevista, apareció El informe de Brodie y, ese mismo año, se estrenaron en el Festival de Venecia dos películas para televisión basadas en su obra: La estrategia de la araña, de Bernardo Bertolucci, y una adaptación de Emma Zunz, de Alain Magrou. Luego publicó varios libros de poesía (El oro de los tigres, La rosa profunda, Historia de la noche), El libro de arena, y textos en colaboración. En 1974 reunió, por primera vez en un volumen, sus Obras Completas. Durante estos años, realizó numerosos viajes acompañado por su madre, hasta 1975, y por María Kodama después. Los conjurados, su último libro de poemas, apareció en 1985. Murió en Ginebra el 14 de junio de 1986. Sus restos se encuentran en el cementerio de Pleinpalais.
El escritor Miguel Briante nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, el 19 de mayo de 1944 y murió en esa misma ciudad el 25 de enero de 1995. En 1964 publicó Las hamacas voladoras, al que le siguieron Hombre en la orilla en 1968, su única novela, Kincón, en 1975, y Ley de juego en 1983. Briante también se dedicó al periodismo cultural y a la crítica de arte en diversos medios periodísticos como Primera Plana, Panorama, La Opinión. Fue jefe de redacción de Confirmado (1977-1979) y de El Porteño (1982-1984). Hasta su muerte, dirigió la sección de artes plásticas de Página/12.
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BORGES
Entrevistado por Miguel Briante
Confirmado, Nº 240
21 de enero de 1970
En las últimas líneas de la primera parte de esta nota, en el número anterior, Borges –interrumpiendo sorpresivamente su charla conmigo– ha preguntado a una colaboradora de Confirmado, que me acompaña:
–¿Usted, cómo se llama?
–Lía Levit –ha dicho ella.
Borges repite el nombre una sola vez, en voz alta. Se vuelve hacia mí, retornando sin transición al reportaje. Digo:
–¿Usted no piensa que Don Segundo Sombra es un lujo de estanciero?
–No, porque el libro corresponde a una verdadera nostalgia. En parte pueden ser varias nostalgias. La nostalgia de un hombre que ve desaparecer un tipo de vida que le gustaba: la pastoral. Luego la nostalgia de haberlo escrito parcialmente en París. Luego la nostalgia de describir la provincia de Buenos Aires, al norte, invadida ya por chacras españolas e italianas. Y luego otra nostalgia, porque leyendo bien el libro uno se da cuenta de que él no lo conoce mucho al personaje; Don Segundo es una especie de mito creado por el chico, porque no se lo ve actuar en ningún momento de un modo admirable. No, al contrario. A veces actúa de un modo feo, como cuando lo ofende al cabo de policía, o cuando lo insta al muchacho a pelear y el muchacho mata al otro. Yo creo que hay eso, y además creo que ese libro viene a ser como una especie de elegía de todas las literaturas y de todas las realidades esas, que empiezan con Bartolomé Hidalgo y siguen hasta ahora. Y me acuerdo que cuando publicó el libro, un primo mío, Enrique Amorim, dijo: “Bueno, éste es el libro de un porteño, que tiene una idea romántica de los gauchos. Yo me he criado entre gauchos en la frontera de Brasil...”
–El caballo y su sombra –apunto, señalando uno de los libros de Amorim.
–Y El paisano Aguilar –dice Borges, y sigue–: “...y sé que no son así”. Me acuerdo haber estado con Amorim, cerca de la frontera del Brasil, en unas carreras cuadreras. Yo, con un candor porteño, le dije: “Pero, Enrique, aquí habrá como trescientos gauchos”. (El no hubiese dicho gauchos sino paisanos, ¿no?) “Bueno –me dice él–, pero asombrarse de ver trescientos gauchos aquí es como asombrarse de ver trescientos empleados de Gath y Chaves.” Recuerde usted que toda la poesía gauchesca ha sido hecha por estancieros y por hacendados, no ha sido hecha por gauchos. Sabemos que Bartolomé Hidalgo fue peluquero, pero fue también soldado; Hilario Ascasubi tuvo una vida muy aventurera, creo que fue buscador de oro en California, dio la vuelta al mundo, se batió en la Guerra Grande como unitario, edificó el Teatro Colón, fue diplomático en París, asistió a la Batalla de Ituzaingó; bueno, no era exactamente un gaucho. Estanislao del Campo era hijo de un coronel de la guerra de la Independencia: un abuelo mío lo conoció mucho, hizo con él las batallas de Cepeda y Pavón, conoció además todo ese mundo más que Hernández, porque Hernández se documentó, pero, que yo sepa, no estuvo en ninguna batalla. Un coronel amigo me mostró unas cartas de él en que pedía datos sobre la vida en los fortines: personalmente él no los conocía, y además él era Hernández Pueyrredón Linch, de una de las familias importantes de esa época. Y Eduardo Gutiérrez y también Güiraldes eran estancieros. Por eso yo siempre digo que se ha cometido un error con la poesía gauchesca y la literatura gauchesca, porque ha sido hecha por hombres de la ciudad que se han compenetrado con los gauchos, pero a ningún gaucho se le hubiera ocurrido escribir las novelas de Eduardo Gutiérrez, los poemas de Ascasubi y de Lucich. Lucich era yugoslavo. Quiero decir que todo ese mito del gaucho es un mito del Este, como los cowboys son el mito del Oeste.
–Hace mucho leí una novela de cowboys en la que un personaje leía novelas de cowboys y a medida que iba leyendo iba arrancando las hojas.
–¿Ah, sí? ¿Le parecían falsas?
–Sí, pero seguía leyendo.
–Pero es que a ninguna persona le parece romántica la vida que lleva. Yo me acuerdo que poco después de aparecer Don Segundo Sombra conocí a un tropero. Como había leído el libro, lo veía como a una especie de héroe; le dije: “Bueno, cuénteme un poco su vida”. “Y –dice–, es una vida muy cómoda porque uno lleva un carguero con todo lo que precisa.” “Además –dice–, si yo no hubiera sido tropero me hubiese quedado en mi pueblo, en cambio así yo he viajado. Imaginesé, yo estuve en Gualeguay, en Gualeguaychú, en Nogoyá, en Concepción del Uruguay.” Bueno, y eso le parecía haber recorrido el mundo, ¿no? Sin embargo, esos pueblos estaban bastante cerca, y todos en Entre Ríos. Y eso era para él como si hubiera sido Marco Polo.
–Y su travesía era de a caballo...
–Bueno, mi padre conoció de chico a un peón tigrero, al norte de Entre Ríos, que tenía el oficio de matar a los tigres, a los jaguares. Tenía la mano llena de arañazos de los jaguares y yo le pregunté a mi padre: “¿Y a ese hombre cómo lo veían los otros peones?”. Y, lo veían como a cualquiera. Era una persona que sabía hacer eso, pero posiblemente no haya servido para domador o para tropero. Son oficios.
–Borges: en este momento estamos grabando sus palabras. ¿Nunca piensa, durante un reportaje, que usted habla y después será un periodista desconocido, o por lo menos mucho menos experto que usted en el manejo del lenguaje, quien ha de puntuarla? ¿Nunca se preocupa por el hecho de que puedan transcribir incorrectamente sus palabras?
–Como usted quiera. Usted siempre mejorará lo que yo diga.
–Pero, ¿usted nunca se plantea, aun como juego, ese problema?
–No, si estoy hablando y estoy pensando en punto y coma y dos puntos no voy a poder hablar. Generalmente se habla sin puntuación. Salvo los españoles, que hablan con puntuación y suelen ser insoportables por eso. Capdevila hablaba con puntuación; Capdevila casi hablaba: “Querido amigo coma quiero decirle una cosa dos puntos antes coma me gustaría observar que tal y tal cosa punto seguido sin embargo coma no voy a...” Pero posiblemente para escribir como él escribía era necesario que estuviera adiestrado en ese estilo oratorio, ¿no? Pero aquí tendemos a interrumpir la frase en cuanto pensamos que el interlocutor ha entendido, y dejar todo inconcluso. En cambio los españoles... y Capdevilla, que trabaja de español, ¿no?, hablaba en períodos redondos. Quizá lo necesitaba para una producción tan extensa como la suya. Bueno: ¿qué quiere preguntarme usted?
–Borges, ¿usted conoce, siente la influencia que tuvo en las generaciones posteriores?
–Yo diría más bien que las generaciones que siguieron tuvieron influencia sobre mí. Bioy Casares, por ejemplo, me ha enseñado muchas cosas; y es posterior a mí. Mi padre decía que son los hijos los que educan a los padres. Yo diría que es un error suponer que el maestro es el mayor y más siendo uno el menor. Para bien o para mal.
–Yo le hablo de otras generaciones. Yo tengo, por ejemplo, 25 años...
–¿De modo que hay gente de 25 años? Bioy Casares me decía los otros días: “Qué raro que ya no haya chicas de 20, 25 años, como antes. De 18 ya ni se hable. Qué raro que no queda ninguna”. Y yo le dije: “Bueno, pero como dijo Groussac cuando le preguntaron qué piensa usted de la mujer: escapa ya a mi observación”. “Qué raro, qué lástima que no haya chicas jóvenes”, decía Bioy. “Lo que pasa, digo yo, es que son otros los que las encuentran.”
–De algún modo –insisto–, toda una generación de 25 a 30 años está influencia por usted. Y eso que nosotros nacimos a la literatura en una época en que a usted se lo criticaba por irrealista, por hacer literatura fantástica.
–Bueno, yo creo que ahora se está en la literatura fantástica.
–¿Porque se ha descubierto que no es menos reveladora que la llamada “realista”?
–No sé por qué, pero creo que un rasgo diferencial de la literatura argentina, y quizá de la mexicana –que no conozco–, es el hecho de que los escritores hagan obras fantásticas y no simplemente alegatos. Mire un libro como La invención de Morel.
–O el último libro de Bioy.
–Bueno, el último libro, que todavía no leí. Yo le dije que no le pusiera ese título. Diario de la guerra del cerdo, ¿no?
–Pero ese título es lo suficientemente ambiguo como para acentuar lo dramático del libro.
–Yo le hice una broma. “Fijate –le dije– que siempre vas a tener un chancho en la tapa.” Pero Bioy ha escrito El sueño de los héroes, que me parece extraordinario. Y La invención de Morel lo ilustró mi hermana y lo prologué yo.
–Y Plan de evasión.
–Un lindísimo cuento. Ahora, La invención de Morel, él le puso el título deliberadamente. Lo puso porque él había leído La isla del doctor Moreau, de Wells. Era el inventor de una isla. Por un lado era decir: Wells, aquí estamos otra vez con el inventor de su isla; y por el otro era una especie de saludo a Wells; era decir: yo reconozco lo que he leído, me complazco en reconocerlo, por eso mi personaje se llama Morel, como el suyo Moreau.
–¿Usted saludó alguna vez a alguien deliberadamente, desde sus páginas?
–Bueno, yo no recuerdo en este momento ninguna vez particular. Pero creo que es una linda idea, además.
–Hay un cuento suyo, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, nunca supe bien cómo se pronunciaba.
–Yo tampoco.
–¿Por qué le puso ese título?
–Simplemente porque los españoles no pueden pronunciar la te-ele. Ellos dicen que nosotros estamos corrompiendo el idioma. Pero cuando yo era profesor en España decía a mis alumnos que dijeran: Atlántico. Decían: Atrántico, Arlántico, Alántico. “Bueno, digan: Madrid.” “Pues bien: Madriz.” “No, no, Madrid no se escribe con zeta.” “No, no, que se dice los madrices.” “Bueno, dejemos el argot de lado, se escribe simplemente Madrid.” Bueno, por eso; tenía cierta idea del sonido Tlön, que me gustaba, y luego esa imposibilidad de los españoles de pronunciar te-ele. Pero si hubiera sabido anglosajón en esa época, hubiese encontrado nombres más raros.
–Usted, en ese cuento nombra a Ernesto Sabato.
–No, creo que no. ¿O sí?
–Sí, lo nombra como uno de los que están compilando la Enciclopedia sobre Tlön.
–Como ese libro es una especie de juego con la realidad, yo nombré a algunos amigos míos.
–Empieza nombrando a Bioy.
–Están Bioy Casares, Mastronardi, Néstor Ibarra. ¿Por qué?
–¿Usted leyó la obra posterior de Sabato?
–No, muy poco. Sé que publicó un libro donde me dijeron que se metía conmigo, pero no lo leí. Ahora me ha dedicado un libro sobre tango, pero no sé.
–Ahí copia su dedicatoria a Lugones, de El hacedor. Usted dice, más o menos: Yo sé que a usted le hubiese gustado que le gustase un libro mío; él dice, hablándole a usted, algo de eso.
–Si, ya sé, es lo mismo. Bueno. Y yo no sabía si estaba distanciado de él o no. Porque es una persona, digamos, difícil, ¿no? Bueno, la última vez que lo vi, me abrazó y me trató en excelentes términos. Creo que voy a verlo la semana que viene.
–Pero usted dijo, de Sabato, que “su obra se podía poner, sin peligro, al alcance de todo el mundo”.
–Ah, era una especie de broma. Como él quiere ser un escritor audaz...
–Borges: la gente se deslumbra por sus cuentos más fantásticos, aquellos en los que usted agrega cierta magia a la realidad.
–Bueno, pero yo ahora pienso publicar un libro de cuentos a la manera de La intrusa, es decir, de cuentos deliberadamente grises.
–Pero donde la magia ya está en la realidad, como en El muerto.
–Bueno, no sé si puede usar la palabra magia. El muerto no es estrictamente realista, es un poco un cuento fantástico. Un personaje que se venga de esa manera, casi ideal...
–Pero es absolutamente probable.
–Bueno, lo importante es que sea probable mientras se lee. Lo que dijo Coleridge que constituía la fe poética: “La suspensión voluntaria de la incredulidad”. Porque una persona que está en el teatro sabe que está en el teatro; una persona que está leyendo una novela sabe que está leyendo una novela. Salvo el caos de un paisano que me contaron en Gualeguay: Parece que los Podestá fueron a Gualeguay y representaron Juan Moreira. Ellos llevaban cuatro o cinco actores, y los demás eran comparsas que contrataban en el pueblo. Entonces contrataron a un muchacho para que fuera uno de los de la partida que va a arrestar a Juan Moreira, y Juan Moreira acometía a todos con su sable de utilería. Como no había bastantes sables de utilería, el comisario se encargó de darles sables de verdad. Ese muchacho tenía que ser uno de los de la partida. Llega la escena donde Moreira juega su suerte, y da un planazo al muchacho; el otro saca el sable y lo corre a Podestá. Se suspende la representación y el hombre queda con una tremenda fama de guapo. Porque, ¿acaso no lo ha visto todo el pueblo correr a Juan Moreira? Es decir que la gente confundía al actor con el papel que representaba. Tanto es así que después llegó a deber varias muertes, porque él tuvo que merecer esa reputación. Naturalmente, lo hacía con ventaja porque si lo había corrido a Juan Moreira delante de todo el mundo, ya se sabía que era muy valiente y muy diestro en el uso de las armas.
–Parece aquello de las “vastas representaciones que incluían pueblos enteros...”
–Claro. Y le voy a contar otra anécdota muy parecida, de un muchacho que le da una puñalada a otro. Fue en Entre Ríos, parece. Lo llevan preso, le preguntan cómo se llama. Sería 1905, 1910. “¿Cómo se llama?” “Juan Moreira.” “¿Cómo Juan Moreira?” “Sí, soy hijo de Juan Moreira. Pueden preguntarle a mi madre.” Y van a ver a la madre, y la madre dice: “Sí, Juan Moreira me lo hizo la última vez que estuvo en el circo”. Era Podestá. Una confusión así, muy grande, pirandelliana, pero mejor que pirandelliana. Por eso es que cuando dicen que el Fausto, de Estanislao del Campo, es imposible, porque el gaucho no confundiría el teatro con la realidad, se equivocan. Aquí tienen dos hechos clásicos de confusión.
–Hay otro igual, Borges, para que lo agregue. En una de esas representaciones, eligen para acompañar a un gaucho que se entregaría a la partida, a un muchacho muy popular en el pueblo; cuando tiene que deponer las armas, sus amigos, desde la platea, le gritan: “No te rindas nada, Juancito”, a coro. El hombre, ante los gritos decide no rendirse y la emprende a los palos con los actores que hacían de policías.
–Ah, muy lindo, muy lindo. Mire, dicen que cuando pasaban en el Oeste películas de western, la pantalla quedaba acribillada a balazos. La gente tiraba contra el bandido.
–Ahora van a filmar, en Italia, el Tema del traidor y del héroe.
–Van a filmar (se equivoca de proyecto), y estimo que ya está listo, el libreto de La muerte y la brújula, hecho por un excelente escritor policial como Marco Denevi. Yo no lo he visto, todavía.
–¿Cómo piensa usted que se puede filmar el Tema del traidor y del héroe.
–Bueno (sigue con otra cosa), yo tenía una idea con la que Marcos Madanes no estaba de acuerdo. La idea mía es que es más patético que el detective (pronuncia la palabra en inglés) no sea común, sino que fuera amigo del asesinado, de Yamorlansky. Entonces, a él le interesa no tanto develar el crimen sino saber cómo habían sido los últimos días de su amigo, a quien no había visto en muchos años. Así, no tenemos un funcionario investigando un crimen, sino investigándolo como una manera de acercarse a alguien que ha venido a Buenos Aires para encontrarse con él. Me dijeron que eso no podía ser porque en el cuento existía una gran diferencia de edad. “Sí –dije–, pero la diferencia de edad la inventé yo en una línea y puedo borrarla de una plumada. Hagámolos contemporáneos, ¿no?” Cuando se habla de adaptaciones yo siempre les digo: “Sobre todo, no respeten el original”. Por ejemplo, cuando René Mujica hizo Hombre de la esquina rosada. Yo había intercalado un incidente que le oí contar a mi tío. Dice mi tío que siendo cadete asistió a unas elecciones en el atrio de la iglesia del Pilar, y le habían dicho que iban a ser muy bravas. Y ahí resultó que hubo un solo muerto, que era un compadrito al que le habían dado una puñalada. Entonces él estaba muriéndose y él dijo: “Tápenme la cara para que no se vean los visajes”. Le pusieron un chambergo, y se lo sacaron cuando vieron que estaba muerto. El director lo cambió por una chalina. Porque un hombre que se muere y le ponen un sombrero en la cara como una tapa, escrito puede estar bien, pero visto puede ser ridículo.
–Borges, ¿cuándo sale su próximo libro?
–Bueno, ya he escrito tres cuentos. Llegué hace poco, en avión. Comencé el lunes a dictar este cuento; creo que estará dentro de diez días. Luego dejaré pasar una semana, lo puliré otra vez, y a la tercera estará listo. Son todos cuentos de ese ambiente: o del camino de las tropas o del lado de la calle Las Heras.
–¿Se siente feliz escribiendo, ahora? ¿O le es dolorosa cada palabra?
–Totalmente feliz.
–¿Alguna vez fue doloroso escribir, para usted?
–Cuando pensaba que tenía una gran responsabilidad. En cambio ahora pienso que lo que yo escriba no puede salir ni mucho mejor ni mucho peor. Creo que cuando yo escribía, bajo la influencia, bajo la mala influencia de Lugones, lo importante para mí era... Bueno, exagero. Vamos a ver. Escribo un soneto; yo necesito un epíteto adjetivo de dos sílabas. Pues, el ideal mío hubiese sido recorrer todo el diccionario y ver todos los adjetivos de dos sílabas que hay, y elegir el más asombroso. En cambio ahora creo que lo importante es el primer borrador; lo demás es cuestión de técnica, de aligerar las frases, evitar repeticiones.
–¿Y tratando de aproximarse al lenguaje hablado?
–Sí, pero al mismo tiempo sé que el lenguaje oral tolera una cantidad de repeticiones que no tolera el lenguaje escrito. Lo que se llama estilo oral es una de las variedades del estilo escrito, ¿no? Creo que hemos hablado un rato.
Comienza a levantarse. Pienso que nunca, con Borges, se habrá hablado lo suficiente. Pienso que todas las preguntas que quise hacerle se derrumbaron en algún lugar, imprecisa, irrecordables. Caminamos hacia esa puerta. Dice:
–Bueno, envíeme la revista con la nota.
–Y con una nota que escribí sobre Elogio de la sombra –le digo.
–En casa dicen que es mi mejor libro –se acuerda–. Espero que su juicio sea magnánimo.
Nos acercamos a la puerta del despacho; ahí se detiene. Han pasado cuarenta y cinco minutos desde que preguntó su nombre a mi compañera. El mecanismo de su memoria es imprevisible. Me dice:
–¿Usted también es judío?
–No –le digo, y le digo mi nombre–. Creo que vengo de italianos.
–Es extraño –dice–, yo a veces me siento extranjero en este país, porque no tengo sangre italiana.
–También soy medio vasco –digo.
–Yo también soy medio vasco, pero no me enorgullezco para nada. Los vascos nos hemos pasado la vida ordeñando vacas.
–Que no lo oiga su amigo Bioy Casares.
–Bioy está totalmente de acuerdo conmigo.
Estrecha la mano. Ahora empuña con firmeza el bastón que ya sabe manejar. No saldrá a la llanura.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Juan Domingo Perón nació en 1895. Ingresó al Ejército y alcanzó el grado de coronel en 1936. Participó en la revolución de 1943, fundó un nuevo movimiento político y fue electo presidente en 1946; reelecto en 1952, fue derrocado por una revolución cívico-militar en septiembre de 1955. Se exilió, residiendo en diversos países hispanoamericanos hasta 1960, cuando se instaló en Madrid. Allí se casó con María Estela Martínez en 1961. Desde 1955 el peronismo estuvo proscripto. Perón siguió de cerca la política argentina y mantuvo una fuerte influencia sobre sus partidarios. A principios de 1958 recomendó votar por Arturo Frondizi, quien ganó la elección presidencial.
Dentro del peronismo se formaron distintas tendencias, a menudo contradictorias, y Perón procuró no distanciarse de ninguna, alentando moderadamente a cada uno de sus interlocutores. Muchos dirigentes políticos y sindicales procuraron encontrar una opción propia, integrarse a la vida política y materializar un “peronismo sin Perón”. Augusto Vandor, dirigente gremial metalúrgico con gran influencia en todo el sindicalismo peronista, avanzó por ese camino y ganó progresivamente el control de las distintas estructuras peronistas. En 1964 lanzó un “plan de lucha” que debilitó al gobierno radical y presionó a Perón para que regresara al país; el retorno fue detenido en Río de Janeiro por las autoridades brasileñas, a pedido de las argentinas, y la imagen de Perón resultó debilitada.
Vandor competía abiertamente con Perón, impulsando a sus propios candidatos en las diversas elecciones provinciales. En octubre de 1965, en vísperas de una importante elección en Mendoza, vino al país Isabel, la esposa de Perón, para alentar a los sindicalistas antivandoristas y sostener una candidatura “leal” en Mendoza. La acción resultó eficaz: las “62 Organizaciones peronistas” se dividieron, y el candidato “leal” superó en votos al vandorista, aunque ambos resultaron derrotados.
Todos anunciaban el golpe inminente, que se produjo dos meses después. También Perón toma posiciones, con palabras muy calculadas, como se trasunta en el hecho de que corrigiera la entrevista y autorizara la publicación de una parte muy breve. Sus dichos no difieren demasiado de otras voces que apoyan a Onganía. El comunismo le parece una amenaza grave, y lo asocia con las instituciones demoliberales. Reclama la presencia de un jefe con autoridad y se muestra propicio a un acuerdo, si se trata de cambiar las estructuras. En este momento Perón –que apoyará el golpe– está muy lejos de las posiciones radicalizadas que adoptará a fines de la década.
Mariano Montemayor es un avezado periodista, proveniente de las filas del integrismo católico –había pertenecido al círculo del padre Meinvielle–, que en 1956 comenzó a colaborar en Azul y Blanco, el periódico de Marcelo Sánchez Sorondo. En 1958, acompañando a Mario Amadeo, se acercó a Frondizi e integró el grupo de redactores de la revista Qué, dirigida por Rogelio Frigerio, y desde entonces participó en diversas empresas cuyo propósito era la integración del peronismo proscripto en las filas de un “movimiento nacional”. En 1966 era, junto con Mariano Grondona, el más notorio apologista del golpe. Posteriormente, en 1978, fue subdirector del diario Convicción, dirigido por Hugo Ezequiel Lezama, ligado a los proyectos políticos del almirante Massera.
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PERON
Entrevistado por Mariano Montemayor
Confirmado, Nº 45,
28 de abril de 1966
Después de las elecciones en Mendoza resultó evidente para todos los medios políticos del país –el diario La Nación lo señaló así en su comentario del domingo último– la importancia de Juan Perón en las decisiones electorales del movimiento peronista. Teniendo en cuenta este vuelco de la situación, el columnista Mariano Montemayor entrevistó en Madrid al ex presidente. La entrevista tuvo lugar el sábado último, 23 de abril, al término de una reunión que Juan Perón mantuvo con un grupo de universitarios franceses en gira por España, en la residencia de Jorge Antonio, en el Paseo de la Castellana.
La conversación de Perón con Mariano Montemayor se desarrolló durante cuatro horas, pero el entrevistado aceptó que se dieran a publicidad únicamente sus respuestas a unas pocas preguntas. Mariano Montemayor fue la primera persona llegada a Madrid después de las elecciones en Mendoza, y encontró a un Perón que se mostraba juvenil, alegre y cordial, elegantemente vestido de traje azul, con una corbata azul de pintitas celestes, que fuma mucho menos y que alterna sus observaciones sobre la situación argentina con análisis doctrinarios, acotaciones de avezado político y agudezas referidas a la psicología popular argentina.
El intercambio de preguntas y respuestas autorizado a publicar, como condición previa a la concesión de la entrevista, es el siguiente:
Confirmado: –¿Qué conclusiones ha elaborado después de las elecciones de Mendoza?
Perón: –La historia tiene su lógica inexorable, y el porvenir pertenecerá, tarde o temprano, a quienes entiendan las premisas básicas. Desde mis comienzos como oficial del Ejército me he dedicado al estudio de la historia, comprobando la decadencia del demoliberalismo y la íntima relación de éste con el comunismo. Las estructuras deben cambiar. La opción es entre una socialización de contenido nacional, humanista y cristiana, y el socialismo internacionalista marxista.
C: –Pero, ¿qué opina específicamente de las elecciones de Mendoza?
P: –El gobierno y sus puntos de comité creyeron que podían dividir al movimiento. Para lograrlo, recibieron la ayuda de los neos, de los frentistas trasnochados y del embajador de Estados Unidos, Edwin Martin, quien parece no recordar cómo una vez Braden metió el dedo en el ventilador. Pero la cosa no caminó, y la estantería se les vino abajo.
El ministro Palmero debiera ahora mirar con cuidado hacia adelante. Pero es demasiado viejo para poder hacerlo, y, habiendo comprobado la imposibilidad de dividir al movimiento, se dedica a organizar fraudes constitucionales, seguramente mediante una reforma que le permita alejar las elecciones de 1967 en la provincia de Buenos Aires. Intentarán presentar este fraude como una exigencia del Ejército, para enfrentarlo con el pueblo. Estoy seguro de que los militares advertirán la necesidad de un cambio de estructuras con la colaboración del pueblo, como mejor método en la lucha contra el comunismo. No olvidemos que la misma revolución que asaltó los gremios, marxistizó las universidades. Hace poco, un cuñado de la señora de Illia vino a pedir mi bendición para un acuerdo con el comunismo. Era inevitable que así ocurriera.
C: –¿Qué ocurrirá ahora en el justicialismo?
P: –Creo que la ausencia de unidad y solidaridad interna sería la única debilidad frente al enemigo. Creo que la Delegada Superior debe esperar ciertas renuncias. Si no, es lógico que se produzcan algunas expulsiones. Todo se pondrá en caja, atendiendo al imprescindible trasvasamiento generacional. Es necesario superar a los dirigentes burocratizados que, enquistados, pierden sensibilidad.
En cuanto al conductor, debe aplicar toda la fuerza en el lugar y momento oportunos, actuar solamente en la oportunidad indicada. Es lo que he hecho en los últimos acontecimientos. Si Dios bajara a la Tierra, todo el mundo le perdería el respeto, y algún tonto querría en seguida ocupar su lugar.
C: –Es evidente que su movimiento pasa por un momento peculiar. ¿Ha variado en algo la doctrina del mismo?
P: –La doctrina del movimiento es permanente. Aspiramos a una comunidad organizada según la concepción filosófica humanista y cristiana, pero la técnica para lograr esa comunidad varía según las circunstancias; el movimiento, por ello, debe estar siempre atento a la actualización doctrinaria. Si hoy nos preguntáramos qué hacer en el país, diría que el movimiento debe estar alerta a todo el ciclo económico de la producción, transformación, distribución y consumo. Porque el movimiento debe ser un punto fundamental en la lucha por sacar al país del pantano en que está. Frente al país debe haber una persona capaz de exigir y ser obedecido y, el único milagro económico que necesitamos es el de trabajar.
C: –¿Qué ocurrirá ahora políticamente?
P: –No guardo rencores contra nadie. Estoy dispuesto a contribuir a una salida de la crisis. El problema no son los pactos, y los pactos no me asustan, sean con quien sean. Lo importante son los hechos, y el movimiento estará en todo lo que constructivamente signifique un cambio de estructuras para el país, para la creación de un país moderno, con sentido popular, nacional, cristiano y humanista.
C: –¿Cree en la salida electoral?
P: –(Riendo fuertemente) Lo importante es construir un gran país, el terreno en que se haga me es indiferente.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Ricardo Rojas nació en Santiago del Estero en 1882. En Buenos Aires se dedicó a las letras: la poesía, el teatro, el ensayo. En 1913 fundó la primera cátedra de Historia de la Literatura Argentina, y luego el Instituto de Literatura Argentina, ambos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Entre 1917 y 1921 escribió su Historia de la literatura argentina, primera obra en su género. Sus ensayos más conocidos son La restauración nacionalista, aparecido en 1909, Blasón de plata, Argentinidad, Eurindia. En todos ellos se manifiesta una misma preocupación por la constitución de la nacionalidad argentina, la mezcla de las tradiciones indígena, hispana y criolla, y la asimilación del elemento inmigratorio reciente. Posteriormente fue apareciendo en sus obras la preocupación por la expresión política del pueblo y el sentido de la democracia.
Luego del 6 de septiembre de 1930, Rojas se afilió a la Unión Cívica Radical. Muchos intelectuales, movidos por idénticas preocupaciones cívicas, ingresaron entonces a las filas del radicalismo, el socialismo o el comunismo. En 1930, luego del golpe, la UCR se reorganizaba, bajo la jefatura de Marcelo T. de Alvear. En abril de 1931 obtuvo un resonante triunfo electoral en la provincia de Buenos Aires, y poco después abortó un movimiento revolucionario en Corrientes. El gobierno detuvo a numerosos dirigentes radicales, a los que envió a prisión o deportó. En septiembre se proclamó la candidatura oficialista del general Justo, y poco después se reunió la Convención radical, que designó la fórmula presidencial Alvear-Güemes. El 8 de octubre de 1931 el gobierno la vetó, y anuló las elecciones bonaerenses de abril. En esas circunstancias se realizó esta entrevista.
Días después, la Convención radical decidió la abstención en las futuras elecciones. El documento que fundamentó esta decisión fue redactado por Ricardo Rojas, y recibió elogios por su claridad y convicción. En los meses siguientes Rojas escribió El radicalismo de mañana, “movido por mis viejos ideales nacionalistas y por mi amor al pueblo”. Continuó en su cátedra universitaria hasta 1945, cuando fue separado. Fue repuesto en 1955 y falleció en 1957.
El diario Noticias Gráficas fue fundado por Jorge Mitre, director de La Nación, en junio de 1931, para captar el público lector de Crítica, que había sido clausurado por el gobierno de Uriburu. Noticias Gráficas, dirigido por Alberto Cordone, adoptó el formato de Crítica e incorporó un contingente de sus periodistas más importantes, como Last Reason, Enrique González Tuñón y Sixto Pondal Ríos. El diario apoyó la candidatura opositora de la Alianza Civil.
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ROJAS
Noticias Gráficas,
10 de octubre de 1931
La aparición de don Ricardo Rojas en el escenario político ha causado no poca sorpresa en los círculos docentes y universitarios a los cuales tan íntimamente, desde hace treinta años, se halla vinculado el ex rector de la Universidad de Buenos Aires.
Doctor “Honoris Causa” de las universidades de Buenos Aires, San Marcos de Lima y Río de Janeiro; miembro honorario de diversas academias de Estados Unidos, Francia, España, México, Venezuela, Uruguay, Perú y Brasil, miembro de la Legión de Honor y de la Société de Gens de Lettres de París y otras instituciones científicas y literarias del país y del extranjero, y dueño por añadidura de un enorme bagaje cultural y de una erudición profunda en las diversas disciplinas mentales a las que se halla entregado, la expectativa pública despertada alrededor de este nuevo aspecto del ilustre docente es grande y justificada. Fuimos por esta circunstancia a verlo, deseosos de escuchar su juicio no sólo sobre la actualidad política argentina, sino también sobre una cuestión que nos pareció interesante: por qué causas Ricardo Rojas dejaba interrumpida su labor literaria, y se lanzaba a los sinsabores e inquietudes de la política activa, en circunstancias tan angustiosas como las presentes.
Lo hallamos en su residencia de la calle Charcas, entregado a sus libros. Con su cortesía habitual nos recibió y luego de conocer nuestro deseo, nos hizo un breve exordio a propósito de los primeros años de su juventud y de su vida, cuando su padre, don Absalón Rojas, llenaba, con su actuación política, todo un capítulo de la historia de Santiago del Estero, su provincia natal. Entrando de inmediato en materia, le preguntamos:
–¿Ha actuado Ud. antes en política?
–Nunca –respondió Rojas–. He llegado a esta altura de mi vida sin haber actuado jamás en ninguno de nuestros partidos, absorbido como estuve durante treinta años por mi obra de publicista y profesor en la que entendí servir a la formación de nuestra conciencia nacional. Así habrían seguido transcurriendo mis días, en el retiro del estudio que no fue torre de marfil para mi deleite, sino atalaya de piedra para mi ansiedad, a no ser la crisis profunda que hoy amenaza nuestras instituciones vitales. Mi labor docente me ha mantenido siempre en contacto con la juventud y mis libros dejan ver que siempre estuve asomado a la almena, oteando el horizonte, con la esperanza puesta en el mejoramiento civil de nuestra patria.
–Muy bien, doctor –respondimos nosotros mientras admiramos el purismo oral de nuestro entrevistado–. Pero nos trae aquí, entre otras cosas, una pregunta concreta, de común interés para nosotros y para una gran parte de la opinión que en estos momentos no acierta a explicarse cómo no sólo ha ingresado usted a la política haciendo un paréntesis extraño a la labor del aula y al estudio, sino también cómo ha ingresado al radicalismo. ¿Podría contestarnos a esto último? Sería interesante.
–La explicación –nos dice el doctor Rojas en seguida– es muy sencilla: la tiene usted en lo que acabo de decirle. Desde hace un año he sentido de un modo patético el drama actual de nuestra ciudadanía. He creído que podría ser una actitud egoísta el mantenerse en el retraimiento; y en caso de optar por un instrumento de acción social, he debido elegir un partido entre los que existen y he ido al radicalismo por la lógica de mi doctrina anterior. El radicalismo es, por su latitud geográfica, por su filiación histórica, por su fe en el pueblo, por su emoción nacionalista y por su probado espíritu de resistencia a la adversidad, una fuerza cívica que, debidamente adoctrinada y conducida, ha de ser un baluarte de la nacionalidad y de la justicia social en esta época.
El doctor Rojas se acomoda los anteojos, hace una pausa, respira y va a continuar hablándonos. Pero lo interrumpimos.
–¿Y no le han detenido en este extraño episodio de su vida los cargos de todo orden que se hacen al Partido Radical?
–No, señor. Cualesquiera que sean los errores individuales de los hombres, el radicalismo, estoy cierto, es una fuerza espiritual que resume al pueblo argentino con todos sus vicios y todas sus virtudes. Los adversarios del radicalismo pueden hacerle cargos, pero el radicalismo puede acusar a sus adversarios de haber abusado de la fuerza, de haber suprimido la ley y de haber negado la tradición nacional.
No hay –continúa diciéndonos el doctor Rojas– partidos de ángeles en ninguna parte y no es posible crear partidos vivientes desde un escritorio. La política, entiendo, es un arte de realidades, y debemos tomar la realidad argentina como hoy se nos presenta, tratando de modelarla con inteligencia y honradez. La exposición de estas ideas –agrega– me requeriría largo tiempo; pero, puesto que debo abreviar, sólo le digo que yo no podría ir sino a un partido que tuviese la bandera nacional, la cenestesia geográfica de nuestro territorio, el sentimiento de nuestra continuidad histórica, la simpatía interna de sus miembros por una fusión de profesiones, clases y regionalismo, en el amor del pueblo y en el propósito de su mejoramiento. Este es, precisamente, el espíritu del radicalismo. Ensambla, por añadidura y sin esfuerzo, con la doctrina que he expuesto siempre en mis obras.
En lo más álgido de la conversación, el doctor Rojas nos deja unos segundos. Debe atender un llamado de su esposa, que le anuncia un mucamo. Oteamos –como dice el maestro– y observamos un mueble que contiene sus libros originales, las ediciones críticas o de divulgación de documentos y autores argentinos. Allí está, por ejemplo, La restauración nacionalista, en que planteó, hace más de veinte años, la crisis de nuestro cosmopolitismo; el Blasón de plata, en donde evocó la génesis de nuestra raza; la Argentinidad, obra en la que dio nombre y contenido a nuestra vocación democrática; Eurindia, donde exploró las más remotas zonas estéticas del espíritu americano. En ese mueble, están también Los gauchescos, fuente popular de nuestra emoción literaria, Los coloniales, Los proscriptos y Los modernos, panorama este último de nuestro actual individualismo. Allí están su historia de la Bandera, del Escudo, del Himno y de la Constitución; allá El país de la selva y las odas en que canta a la fraternidad civil de los extranjeros residentes; y las obras de Moreno, en fin, de Monteagudo, de Echeverría, Mitre, Sarmiento, López y Alberdi, que Rojas ha reeditado y comentado y popularizado con el noble propósito de dar arquitectura al ideario argentino.
Pero, el doctor Rojas entra en ese instante, y nos sorprende revolviéndole su biblioteca.
Un poco avergonzados de nuestra curiosidad, buscamos alguna frase para salir del paso:
–¿No le parece, doctor, que todo este bagaje va a serle una carga demasiado pesada para desempeñarse en las nuevas actividades a la que acaba de darse?
–No lo creo –nos contesta inmediatamente–. Antes al contrario, pienso que esos libros explican todavía más mi actitud. Y le dan, por añadidura, un rumbo doctrinario. He estudiado mucho el pasado, pero me he orientado siempre hacia el porvenir. Ardua es, y urgente, la atención que hoy reclama la crisis económica; pero creo necesario en la presente crisis de los perennes ideales argentinos, que resuenen de nuevo los ecos del antiguo mensaje. Como en 1837, necesitamos reencender las antorchas de 1810 y completar el ideario de 1853, con otro nuevo, acomodado a las necesidades presentes. Esa es la misión actual del radicalismo. Su primera jornada, la del Parque, fue superada por su segunda, la de la ley Sáenz Peña, y ésta ha de ser superada en una tercera etapa con un contenido de ideas que el partido desea asimilar, para animarlas con su inextinguible sentimiento patriótico.
No puede ser sino un magnífico instrumento para ello un partido que reúne en su seno, identificándose con la Nación –prosigue Rojas, entusiastamente–, a los nietos de nuestros próceres fundadores y a los hijos de los modernos inmigrantes, al obrero manual y al estudiante universitario, al chacarero de la Pampa y al peón de la Puna, como si fuera un compendio de nuestro suelo, nuestra raza y nuestra historia.
Al llegar a este punto de su peroración, el doctor Rojas, para encender un cigarrillo, hace un alto. Lo aprovechamos para intercalar en el diálogo una nueva pregunta:
–¿Y sobre la actualidad política podría darnos alguna opinión, doctor?
–Creo –nos contestó luego de que le concretáramos mejor nuestro deseo– que es un error reducir la política a la maña de ganar elecciones por cualquier medio; que es un error también pretender resolver los problemas morales de una sociedad por medio de la fuerza, y que es un error, de la misma manera, dividir al país en réprobos e inmaculados, porque todos los hombres de un mismo ambiente se parecen. Es un error –continúa el doctor Rojas– agravar las crisis económicas con caprichos pasionales. Es un error querer medir la acción histórica por las anécdotas del día. Debemos elevar los corazones y elevar el pensamiento si queremos evitar a la República tremendas calamidades. Un éxito actual puede llegar a ser un fracaso histórico. El odio es siempre mal consejero.
–¿Y tiene usted fe en las nuevas generaciones argentinas para acometer la magna empresa con la que usted sueña?
–Tengo fe en la juventud, y en las clases laboriosas. En los ociosos y en ciertos personajes anacrónicos tengo muy poca fe. Los ociosos no se dan ni siquiera el trabajo de pensar, que es un arduo trabajo. Los anacrónicos están cargados de prejuicios y rencores. La nueva empresa, así, es de las nuevas generaciones y de los obreros, si saben referirse a un proceso histórico anterior, y captar la realidad presente y planear con claridad la obra futura. De ello nacerá la Argentina mejor que todos anhelamos, pero que algunos andan buscando por caminos extraviados. Esta es hora de maestros y de trabajadores. No es hora de enredar ni de destruir, sino de clarificar y edificar. Es, en una palabra, hora de juventud.
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Sus investigaciones han revolucionado la disciplina de la arqueología bíblica
TEL AVIV.– Israel Finkelstein es un hombre de suerte: aunque sus trabajos de arqueología cuestionan el origen divino de los primeros libros del Antiguo Testamento, judíos y católicos acogen sus hipótesis con auténtico interés y, curiosamente, no lo estigmatizan.
Este enfant terrible de la ciencia revolucionó la nueva arqueología bíblica cuando afirmó que la saga histórica relatada en los cinco libros que conforman el Pentateuco de los cristianos y la Torá de los judíos no responde a ninguna revelación divina. Dijo que, por el contrario, esa gesta es un brillante producto de la imaginación humana y que muchos de sus episodios nunca existieron.
El Pentateuco “es una genial reconstrucción literaria y política de la génesis del pueblo judío, realizada 1500 años después de lo que siempre creímos”, sostiene Finkelstein, de 57 años, director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv.
Añade que esos textos bíblicos son una compilación iniciada durante la monarquía de Josías, rey de Judá, en el siglo VII a.C. En aquel momento, ese reino israelita del Sur comenzó a surgir como potencia regional, en una época en la cual Israel (reino israelita del Norte) había caído bajo control del imperio asirio.
El principal objetivo de esa obra era crear una nación unificada, que pudiera cimentarse en una nueva religión. El proyecto, que marcó el nacimiento de la idea monoteísta, era constituir un solo pueblo judío, guiado por un solo Dios, gobernado por un solo rey, con una sola capital, Jerusalén, y un solo templo, el de Salomón. En sus trabajos, que han marcado a generaciones de la nueva escuela de la arqueología bíblica, Finkelstein establece una coherencia entre los cinco libros del Pentateuco: el Génesis, el Exodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio. Los siglos nos han traído esos episodios que relatan la creación del hombre, la vida del patriarca Abraham y su familia -fundadores de la nación judía-, el éxodo de Egipto, la instalación en la tierra prometida y la época de los Reyes. Según Finkelstein, esos relatos fueron embellecidos para servir al proyecto del rey Josías de reconciliar a los dos reinos israelitas (Israel y Judá) e imponerse frente a los grandes imperios regionales: Asiria, Egipto y Mesopotamia. El arqueólogo recibió a LA NACION en la Universidad de Tel Aviv.
-Durante más de veinte siglos, los hombres creyeron que Dios había dictado las Escrituras a un cierto número de sabios, profetas y grandes sacerdotes israelitas.
-Así es. Para las autoridades religiosas, judías y cristianas, Moisés era el autor del Pentateuco. Según el Deuteronomio, el profeta lo escribió poco antes de su muerte, en el monte Nebo. Los libros de Josué, de los Jueces y de Samuel eran archivos sagrados, obtenidos y conservados por el profeta Samuel en el santuario de Silo, y los libros de los Reyes venían de la pluma del profeta Jeremías. Así también, David era el autor de los Salmos y Salomón, el de los Proverbios y el del Cantar de los Cantares.
-Y sin embargo?
-Desde el siglo XVII, los expertos comenzaron a preguntarse quién había escrito la Biblia. Moisés fue la primera víctima de los avances de la investigación científica, que planteó cantidad de contradicciones. ¿Cómo es posible -preguntaron los especialistas- que haya sido el autor del Pentateuco cuando el Deuteronomio, el último de los cinco libros, describe el momento y las circunstancias de su propia muerte?
-Usted afirma que el Pentateuco fue escrito en una época mucho más reciente.
-La arqueología moderna nos permite asegurar que el núcleo histórico del Pentateuco y de la historia deuteronómica fue compuesto durante el siglo VII antes de Cristo. El Pentateuco fue una creación de la monarquía tardía del reino de Judá, destinada a propagar la ideología y las necesidades de ese reino. Creo que la historia deuteronómica fue compilada, durante el reino de Josías, a fin de servir de fundamento ideológico a ambiciones políticas y reformas religiosas particulares.
-Según la Biblia, primero fue el viaje del patriarca Abraham de la Mesopotamia a Canaán. El relato bíblico abunda en informaciones cronológicas precisas.
-Es verdad. La Biblia libra una cantidad de informaciones que deberían permitir saber cuándo vivieron los patriarcas. En ese relato, la historia de los comienzos de Israel se desarrolla en secuencias bien ordenadas: los Patriarcas, el Exodo, la travesía del desierto, la conquista de Canaán, el reino de los Jueces, el establecimiento de la monarquía. Haciendo cálculos, Abraham debería de haber partido hacia Canaán unos 2100 años antes de Cristo.
-¿Y no es así?
-No. En dos siglos de investigación científica, la búsqueda de los patriarcas nunca dio resultados positivos. La supuesta migración hacia el Oeste de tribus provenientes de la Mesopotamia, con destino a Canaán, se reveló ilusoria. La arqueología ha probado que en esa época no se produjo ningún movimiento masivo de población. El texto bíblico da indicios que permiten precisar el momento de la composición final del libro de los Patriarcas. Por ejemplo, la historia de los patriarcas está llena de camellos. Sin embargo, la arqueología revela que el dromedario sólo fue domesticado cuando se acababa el segundo milenio anterior a la era cristiana y que comenzó a ser utilizado como animal de carga en Medio Oriente mucho después del año 1000 a.C. La historia de José dice que la caravana de camellos transporta "goma tragacanto, bálsamo y láudano". Esa inscripción corresponde al comercio realizado por los mercaderes árabes bajo control del imperio asirio en los siglos VIII y VII a.C. Otro hecho anacrónico es la primera aparición de los filisteos en el relato, cuando Isaac encuentra a Abimelech, rey de los filisteos. Esos filisteos -grupo migratorio proveniente del mar Egeo o de Asia Menor- se establecieron en la llanura litoral de Canaán a partir de 1200 a.C. Esos y otros detalles prueban que esos textos fueron escritos entre los siglos VIII y VII a.C.
-El heroísmo de Moisés frente a la tiranía del faraón, las diez plagas de Egipto y el éxodo masivo de israelitas hacia Canaán son algunos de los episodios más dramáticos de la Biblia. ¿También eso es leyenda?
-Según la Biblia, los descendientes del patriarca Jacob permanecieron 430 años en Egipto antes de iniciar el éxodo hacia la Tierra Prometida, guiados por Moisés, a mediados del siglo XV a.C. Otra posibilidad es que ese viaje se haya producido dos siglos después. Los textos sagrados afirman que 600.000 hebreos cruzaron el Mar Rojo y que erraron durante 40 años por el desierto antes de llegar al monte Sinaí, donde Moisés selló la alianza de su pueblo con Dios. Sin embargo, los archivos egipcios, que consignaban todos los acontecimientos administrativos del reino faraónico, no conservaron ningún rastro de una presencia judía durante más de cuatro siglos en su territorio. Tampoco existían, en esas fechas, muchos sitios mencionados en el relato. Las ciudades de Pitom y Ramsés, que habrían sido construidas por los hebreos esclavos antes de partir, no existían en el siglo XV a.C. En cuanto al Exodo, desde el punto de vista científico no resiste el análisis.
-¿Por qué?
-Porque, desde el siglo XVI a.C., Egipto había construido en toda la región una serie de fuertes militares, perfectamente administrados y equipados. Nada, desde el litoral oriental del Nilo hasta el más alejado de los pueblos de Canaán, escapaba a su control. Casi dos millones de israelitas que hubieran huido por el desierto durante 40 años tendrían que haber llamado la atención de esas tropas. Sin embargo, ni una estela de la época hace referencia a esa gente. Tampoco existieron las grandes batallas mencionadas en los textos sagrados. La orgullosa Jericó, cuyos muros se desplomaron con el sonar de las trompetas de los hebreos, era entonces un pobre caserío. Tampoco existían otros sitios célebres, como Bersheba o Edom. No había ningún rey en Edom para enfrentar a los israelitas. Esos sitios existieron, pero mucho tiempo después del Exodo, mucho después de la emergencia del reino de Judá. Ni siquiera hay rastros dejados por esa gente en su peregrinación de 40 años. Hemos sido capaces de hallar rastros de minúsculos caseríos de 40 o 50 personas. A menos que esa multitud nunca se haya detenido a dormir, comer o descansar: no existe el menor indicio de su paso por el desierto.
-En resumen, los hebreos nunca conquistaron Palestina.
-Nunca. Porque ya estaban allí. Los primeros israelitas eran pastores nómadas de Canaán que se instalaron en las regiones montañosas en el siglo XII a.C. Allí, unas 250 comunidades muy reducidas vivieron de la agricultura, aisladas unas de otras, sin administración ni organización política. Todas las excavaciones en la región exhumaron vestigios de poblados con silos para cereales, pero también de corrales rudimentarios. Esto nos lleva a pensar que esos individuos habían sido nómadas que se convirtieron en agricultores. Pero ésa fue la tercera ola de instalación sedentaria registrada en la región desde el 3500 a.C. Esos pobladores pasaban alternativamente del sedentarismo al nomadismo pastoral con mucha facilidad.
-¿Por qué?
-Ese tipo de fluctuación era muy frecuente en Medio Oriente. Los pueblos autóctonos siempre supieron operar una rápida transición de la actividad agrícola a la pastoral en función de las condiciones políticas, económicas o climáticas. En este caso, en épocas de nomadismo, esos grupos intercambiaban la carne de sus manadas por cereales con las ricas ciudades cananeas del litoral. Pero cuando éstas eran víctimas de invasiones, crisis económicas o sequías, esos pastores se veían forzados a procurarse los granos necesarios para su subsistencia y se instalaban a cultivar en las colinas. Ese proceso es el opuesto al que relata la Biblia: la emergencia de Israel fue el resultado, no la causa, del derrumbe de la cultura cananea.
-Pero entonces, si esos primeros israelitas eran también originarios de Canaán, ¿cómo identificarlos?
-Los pueblos disponen de todo tipo de medios para afirmar su etnicidad: la lengua, la religión, la indumentaria, los ritos funerarios, los tabúes alimentarios. En este caso, la cultura material no propone ningún indicio revelador en cuanto a dialectos, ritos religiosos, formas de vestirse o de enterrar a los muertos. Hay un detalle muy interesante sobre sus costumbres alimentarias: nunca, en ningún poblado israelita, fueron exhumados huesos de cerdo. En esa época, los primeros israelitas eran el único pueblo de esa región que no comía cerdo.
-¿Cuál es la razón?
-No lo sabemos. Quizá los protoisraelitas dejaron de comer cerdo porque sus adversarios lo hacían en profusión y ellos querían ser diferentes. El monoteísmo, los relatos del Exodo y la alianza establecida por los hebreos con Dios hicieron su aparición mucho más tarde en la historia, 500 años después. Cuando los judíos actuales observan esa prohibición, no hacen más que perpetuar la práctica más antigua de la cultura de su pueblo verificada por la arqueología.
-En el siglo X a.C. las tribus de Israel formaron una monarquía unificada -el reino de Judá- bajo la égida del rey David. David y su hijo, Salomón, servirán de modelo a las monarquías de Occidente. ¿Tampoco ellos fueron lo que siempre se creyó?
-Tampoco en este caso la arqueología ha sido capaz de encontrar pruebas del imperio que nos legó la Biblia: ni en los archivos egipcios ni en el subsuelo palestino. David, sucesor del primer rey, Saúl, probablemente existió entre 1010 y 970 a.C. Una única estela encontrada en el santuario de Tel Dan, en el norte de Palestina, menciona "la casa de David". Pero nada prueba que se haya tratado del conquistador que evocan las Escrituras, capaz de derrotar a Goliat. Es improbable que David haya sido capaz de conquistas militares a más de un día de marcha de Judá. La Jerusalén de entonces, escogida por el soberano como su capital, era un pequeño poblado, rodeado de aldeas poco habitadas. ¿Dónde el más carismático de los reyes hubiera podido reclutar los soldados y reunir el armamento necesarios para conquistar y conservar un imperio que se extendía desde el Mar Rojo, al Sur, hasta Siria, al Norte? Salomón, constructor del Templo y del palacio de Samaria, probablemente tampoco haya sido el personaje glorioso que nos legó la Biblia.
-¿Y de dónde salieron sus fabulosos establos para 400.000 caballos, cuyos vestigios sí se han encontrado?
-Fueron criaderos instalados en el Sur por el reino de Israel varios decenios más tarde. A la muerte de Salomón, alrededor del 933 a.C., las tribus del norte de Palestina se separaron del reino unificado de Judá y constituyeron el reino de Israel. Un reino que, contrariamente a lo que afirma la Biblia, se desarrolló rápido, económica y políticamente. Los textos sagrados nos describen las tribus del Norte como bandas de fracasados y pusilánimes, inclinados al pecado y a la idolatría. Sin embargo, la arqueología nos da buenas razones para creer que, de las dos entidades existentes, la meridional (Judá) fue siempre más pobre, menos poblada, más rústica y menos influyente. Hasta el día en que alcanzó una prosperidad espectacular. Esto se produjo después de la caída del reino nórdico de Israel, ocupado por el poderoso imperio asirio, que no sólo deportó hacia Babilonia a los israelitas, sino que además instaló a su propia gente en esas fértiles tierras.
-¿Fue, entonces, durante el reino de Josías en Judá cuando surgió la idea de ese texto que se transformaría en fundamento de nuestra civilización occidental y origen del monoteísmo?
-Hacia fines del siglo VII a.C. hubo en Judá un fermento espiritual sin precedente y una intensa agitación política. Una coalición heteróclita de funcionarios de la corte sería responsable de la confección de una saga épica compuesta por una colección de relatos históricos, recuerdos, leyendas, cuentos populares, anécdotas, predicciones y poemas antiguos. Esa obra maestra de la literatura -mitad composición original, mitad adaptación de versiones anteriores- pasó por ajustes y mejoras antes de servir de fundamento espiritual a los descendientes del pueblo de Judá y a innumerables comunidades en todo el mundo.
-El núcleo del Pentateuco fue concebido, entonces, quince siglos después de lo que creíamos. ¿Sólo por razones políticas? ¿Con el fin de unificar los dos reinos israelitas?
-El objetivo fue religioso. Los dirigentes de Jerusalén lanzaron un anatema contra la más mínima expresión de veneración de deidades extranjeras, acusadas de ser el origen de los infortunios que padecía el pueblo judío. Pusieron en marcha una campaña de purificación religiosa, ordenando la destrucción de los santuarios locales. A partir de ese momento, el templo que dominaba Jerusalén debía ser reconocido como único sitio de culto legítimo por el conjunto del pueblo de Israel. El monoteísmo moderno nació de esa innovación.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=775002
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Julio Cortázar nació en Bruselas el 26 de agosto de 1914; en 1919 se instaló, con su familia, en la Argentina. En 1951 viajó a París con una beca de la Unesco, donde publicó su primer libro de cuentos, Bestiario, al que le siguieron Las armas secretas (1959), Los premios (1960) e Historia de cronopios y de famas (1962). En 1963, la aparición de Rayuela marcó un punto de viraje en el interior de la literatura cortazariana y una “divisoria de aguas” en la historia de la narrativa argentina. Además de su éxito inmediato en la crítica literaria y entre el público, incorporó importantes modificaciones en las técnicas narrativas y en la construcción del relato: la desconfianza sobre la función cognoscitiva del lenguaje, la tensión entre lo fragmentario y la forma larga, la autorreferencialidad, la proliferación de citas, la intertextualidad exasperada. Estos procedimientos literarios alcanzaron nuevas formulaciones en sus textos posteriores: Todos los fuegos el fuego (1966), La vuelta al día en ochenta mundos (1967), 62 Modelo para armar (1968).
En 1973, luego de una gira por varios países latinoamericanos, Cortázar regresó, por poco tiempo, a la Argentina, para asistir a la salida de El libro de Manuel y formar parte del jurado en un concurso literario organizado por la editorial Sudamericana y el diario La Opinión. En Mendoza, luego de un breve pasaje por Chile, donde asistió a la victoria electoral de la coalición de centroizquierda de Salvador Allende, Unidad Popular, Osvaldo Soriano le realizó esta entrevista titulada “Julio Cortázar llega a la Argentina convencido de que, a pesar de las contradicciones, se consolida la vía al socialismo en América latina”. Fue publicada el día de las elecciones generales que llevarían a Héctor Cámpora a la presidencia de la República, en el suplemento de cultura de La Opinión. El diario, que había salido a la calle el 4 de mayo de 1971 dirigido por Jacobo Timerman, marcó una etapa decisiva en la historia del periodismo argentino: le otorgó un nuevo lugar al periodismo de opinión y de análisis, en artículos firmados por Juan Carlos Algañaraz, José Pasquini Durán, Juan Gelman, Miguel Bonasso, Mabel Itzcovich, Kive Staif, Francisco Urondo, Enrique Raab, entre otros. La Opinión impulsó el Gran Acuerdo Nacional –base de la política lanussista– previo al retorno de Perón. En la entrevista, un Cortázar optimista analiza la situación política de América latina, a la que considera en marcha inexorable hacia el socialismo, y se detiene en los motivos por los cuales asiste, por primera vez desde que reside en París, a la presentación de un libro suyo. Ansioso por conocer la recepción pública de la propuesta experimental de El libro de Manuel, en el cual convergen literatura y política, Cortázar explicita los postulados estéticos e ideológicos de su nuevo libro, poniéndolo en relación con su literatura anterior.
En el año siguiente a esta entrevista, Cortázar obtuvo el Premio Médici por El libro de Manuel y entregó el dinero a la Unidad Popular chilena. En los setenta, publicó Octaedro, Alguien que anda por ahí, Un tal Lucas. En 1982, luego de la muerte de su tercera esposa, Carol Dunlop, publicó Los autonautas de la cosmopista, escrito con ella en colaboración; los derechos de autor fueron destinados al pueblo de Nicaragua. Al año siguiente, publicó Deshoras y regresó por última vez a la Argentina para la transmisión de mando del presidente Raúl Alfonsín. Murió en París el 12 de febrero de 1984. A mediados de ese año, se publicó Nicaragua tan violentamente dulce, cuyos derechos de autor están destinados al pueblo sandinista.
El escritor Osvaldo Soriano nació en Mar del Plata en enero de 1943 y murió en Buenos Aires el 29 de enero de 1997. En 1973 publicó su primera novela Triste, solitario y final, a la que le siguieron No habrá más penas ni olvido (1980), Cuarteles de invierno (1981), A sus plantas rendido un león (1986), El ojo de la patria (1992), La hora sin sombra (1995), entre otras. Se inició como periodista en La Opinión, donde escribió sus “Historias de vida”, recopiladas después en Artistas, locos y criminales (1983). Después del golpe de Estado de 1976, se exilió en Bélgica, y luego vivió en París hasta 1984, año en que regresó a la Argentina. Participó en la fundación de El Periodista y de Página/12, del cual fue redactor hasta el día de su muerte.
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CORTAZAR
Entrevistado por Osvaldo Soriano
La Opinión, 11 de marzo de 1973
PREGUNTA: –Luego de más de dos años, usted regresa a América latina y visita Ecuador, Brasil, Perú, Chile y ahora la Argentina. Quisiera conocer sus impresiones sobre la situación política del continente.
CORTAZAR: –En esta gira he visto por primera vez países que no conocía, de manera que no tengo puntos de comparación. No conocía Ecuador, Brasil y Perú. En Chile asistí a las elecciones y a sus resultados. Incluso para alguien que viviendo en Europa se ha acostumbrado a las elecciones sin fraude, limpias, bien orquestadas y precisas, el espectáculo de Chile es absolutamente extraordinario. Es un pueblo que lleva en la sangre una especie de sentimiento de legalidad aunque sea en las formas, porque la campaña preelectoral era violenta por ambas partes. Se llegaba fácilmente a la injuria, pero en las elecciones la conducta de unos y otros es igualmente impecable. Yo asistí en la calle a las ceremonias que yo calificaría casi de ritual. Eso en cuanto al mecanismo de las elecciones en sí. En cuanto a los resultados, dejó sorprendidos a los dos bandos por razones muy especiales. La Unidad Popular se consideraba suficientemente consolidada si obtenía un 38 por ciento y ha sacado algo que está cerca del 44. La oposición esperaba hacer capote y se ha encontrado con que no. El que resumió mejor la situación fue Salvador Allende, cuando habló luego de las elecciones. Se mostró satisfecho de ser el primer gobierno de la historia de Chile que había resistido la erosión e incluso había aumentado su porcentaje. Ese argumento es incontestable.
PREGUNTA: –Estuvo quince días en el Perú. ¿Qué puntos de contacto y qué diferencias había entre uno y otro proceso?
CORTAZAR: –Usted me pregunta como si yo fuera un tipo entendido en materia política...
PREGUNTA: –Yo se lo pregunto como observador. Le permito, además, las concesiones poéticas que crea necesarias.
CORTAZAR: –Es que estoy obligado a esas concesiones poéticas. Estoy obligado porque mi visión es siempre, no diré una visión de escritor, porque eso no quiere decir nada, pero sí una visión de poeta, que ya quiere decir otra cosa. Entonces, sí. Un poco casi metafóricamente le puedo dar impresiones que son a veces más viscerales que racionales, más intuitivas que analíticas. Perú fue una buena experiencia para mí, sobre todo viniendo del Ecuador, país donde no solamente no pasa nada, sino que todo lo que pasa es malo. En el Perú estuve en Lima y en el interior. Hablé con funcionarios, con campesinos, con estudiantes, con estudiantes sobre todo. Son gente que, naturalmente, siempre dentro de un pensamiento un poco desordenado y casi siempre muy apasionado, tiene una gran lucidez. Le diría, en resumen, que lo que es interesante para mí en el proceso peruano es que hay una dinámica, uno siente que algo se mueve en ese país, cosa que no sucedía durante los regímenes anteriores. Al régimen lo pueden acusar de paternalista, y lo es en alguna medida, porque –como dicen ellos–, faltan todavía cuadros que establezcan contactos sobre todo en el problema del indio, que es vital allí. Pero uno siente que el Perú se está moviendo, que la opinión pública sigue con mucho apasionamiento lo que ocurre. Quiere decir que hay un cambio de esa actitud tan común en nuestros países latinoamericanos, donde la población es pasiva en general y se limita a echarle la culpa al gobierno y a esperar que éste haga cosas o no las haga. En Perú todo el mundo se siente un poco comprometido en la cosa y eso me parece un buen síntoma. Es decir, sería lo mismo que en Chile, con la diferencia que aquí hay un mecanismo más manifiesto. En el Perú la cosa es más larvada y prudente.
PREGUNTA: –Para terminar el racconto de su viaje, hábleme del Ecuador y del Brasil.
CORTAZAR: –Si quiere una impresión muy intuitiva pero al mismo tiempo muy visual del Brasil que yo he visto, podemos usar un poco de humor negro. Le puedo decir que para el viajero que pasa quince días en Brasil, es el país más perfecto. No sucede nada, todo está muy bien, hay un pueblo feliz con dos campeones mundiales que son Pelé y Fittipaldi, el Carnaval, que loestán preparando desde tres meses atrás, el samba es cada día más hermoso y se baila cada vez mejor y además es un país limpio; uno lo recorre de norte a sur y no hay un solo cartel político. De manera que uno se va del Brasil con una sensación de maravilla, porque por fin hay un país donde todo funciona perfectamente. Es un cadáver. Pero lo malo es que es un cadáver como los zombies, es decir, un cadáver que camina y anda buscando a alguien para estrangular.
PREGUNTA: –Ahora quiero que me hable de la Argentina. Como usted no ha estado aquí durante dos años sólo le voy a pedir que me diga qué espera hallar en la Argentina a la que ha llegado hace menos de veinticuatro horas. Permítame que le diga algo sobre esa llegada en tren a Mendoza, huyendo de los encuentros con periodistas o con gente que lo reconozca (lo he visto ponerse esos enormes anteojos negros con los que es imposible reconocerlo en la calle). Se me ocurre que su entrada al país tiene algo de furtivo.
CORTAZAR: –Está muy bien que me haga la pregunta. Todo lo que dice va en una dirección que yo acepto, salvo la palabra “furtiva”. La entrada no es furtiva. Justamente yo quise desde el comienzo evitar esa llegada espectacular, que hubiera sido inevitablemente espectacular como sucedió la otra vez, cuando llegué a Buenos Aires. Los periodistas me persiguieron en automóviles aunque yo les pedí en todos los tonos que me dejaran llegar a casa tranquilo y no hubo caso. Hasta medianoche, cuando salí, sacaron fotos con flashes. Por razones personales tengo horror a eso. Pero por razones que tocan a la Argentina, a mis amigos y a mis conciudadanos, también esa especie de arribo entre flashes no sólo me parece una cosa negativa sino también frívola y estúpida. Mi deseo, que sólo podré cumplir en parte, se cumplió ayer. Tomé el tren solo, sin avisar más que a un par de amigos, y llegué como cualquier hijo de vecino a una provincia que quiero, en la que he vivido y que deseo volver a mirar un poco, y luego ir a Buenos Aires sin que nadie me vea llegar. Le voy a decir que la Argentina –ahora entro en un juego de ironía y de humor– se especializa en los regresos. Tenemos una experiencia en eso. Los regresos vienen a veces en forma de cenizas y a veces también en personas de carne y hueso. Yo no quiero ser asimilado a ese tipo de regreso histórico. Primero, porque no tengo motivo para considerarme merecedor de ello, en absoluto. En segundo lugar, porque creo que eso abre un capítulo de malentendidos y de errores posibles.
A mí me gustaría poder dialogar como estoy dialogando con usted, y eso no es posible cuando hay un aparato de tipo publicitario que me persigue, me sitúa ante las cámaras. Entonces uno se siente en una especie de estrado con relación a los demás.
PREGUNTA: –Usted llega a la Argentina en un momento particularmente importante. El domingo habrá elecciones luego de muchos años de gobierno militar. ¿Cómo espera hallar a la Argentina con respecto a su viaje anterior? ¿Cómo ve estas elecciones?
CORTAZAR: –Cuando yo me fui de París, hace un mes y medio, el panorama era de una gran confusión. En este momento ya las cosas son más claras en el sentido de que estamos a dos días de la elección y no parece haber razones que la impidan, de manera que los juegos están jugados, están los partidos y los candidatos. Queda el enigma de saber si la elección se va a cumplir en forma normal; de eso usted sabe más que yo, porque vive en el país. Creo que no se puede negar que el hecho de que haya elecciones en la Argentina es un factor positivo después de tanto tiempo. Eso es ya una especie de batalla ganada. Es una extraña batalla, porque no sabemos en realidad cuál va a ser el verdadero vencedor –no me refiero al vencedor electoral–, ahí empieza de nuevo la confusión, para mí por lo menos, y los factores imponderables. Yo tendría que estar mejor enterado del equilibrio y desequilibrio de fuerzas, de las tensiones internas, que sólo conozco en sus manifestaciones exteriores y espectaculares. De una manera pragmática me alegra que haya elecciones, que este proceso confuso al quese pensó que no se llegaría es la culminación de una presión popular que ha obligado a que se lleven a cabo. Lo que va a suceder después... Tengo la impresión de que el Frente Justicialista, más que la expresión de un pensamiento nacional, es la expresión de una pasión nacional y de una necesidad nacional. Es decir, una especie de movimiento que puede ser informe en muchos planos, al que no se puede dar una definición precisa, pero que es un movimiento. Me niego a hablar de pensamiento porque me parece que ésa es la falla más profunda, le falta una ideología definida; hay una terminología muy vistosa, pero es una terminología análoga a la que tuvimos en el año ‘46, no ha cambiado gran cosa. Entonces, lo que cuenta para mí es el movimiento e impulso que traduce el Frente Justicialista, pero en cuanto a la cohesión y perspectivas, digamos, ya de la acción pragmática, ahí reservo mi opinión porque no conozco lo que pasa en el interior del movimiento en su conjunto y me resulta difícil comprender a un movimiento al que le falta una ideología definida. Se corre el grave peligro de que pueda tomar un camino que no sea el que visceralmente está buscando.
PREGUNTA: –Hay una contradicción: usted dijo antes que le faltaba información sobre la Argentina. Entonces ¿cómo orienta al lector europeo?
CORTAZAR: –Quizá le sorprenda, aunque sé que no. En París tenemos, privadamente por supuesto, un sistema de información de problemas latinoamericanos a veces superior al que tienen ustedes aquí. Por mi parte, porque estoy cerca de muchos exiliados que mantienen un contacto por razones de lucha con la realidad de sus países. Entonces, eso nos permite a nosotros, de manera abierta o discreta, estar enterados de cosas que en el contexto de cada país a veces no se sabe. A mí me ha sucedido pedirle noticias, ansiosamente, a un argentino que había llegado esa noche sobre lo que estaba pasando aquí, y encontrarme con que las explicaciones que me daba tenían menos información que la que nosotros habíamos podido reunir por nuestros canales estratégicos. De manera que esa cabeza de puente funciona como si fuera un teléfono directo. Dicho sea de paso, yo no quisiera que ningún latinoamericano me tomara por lo que no soy. Mi militancia en una línea ideológica, lo que yo llamo “la vía del socialismo”, tiende a que la gente crea que tengo una acción política directa, es decir, que estoy perfectamente enterado no sólo de lo que pasa en el plano político sino que además estoy interviniendo; eso es absolutamente imaginario. Mi situación es muy curiosa. Yo he sido y sigo siendo un escritor que en los últimos diez años asumió una responsabilidad de tipo ideológico –insisto en la palabra– frente al panorama latinoamericano, cosa que empezó con mis primeros viajes a Cuba. Esa responsabilidad la he ejercido sobre todo en defensa de principios, pero no en procesos de tipo electoral o de luchas partidarias. Entonces, la explicación que usted me dio antes de iniciar el reportaje, sobre lo que está pasando en la Argentina, no la conozco en París, no porque no pueda sino porque hay otras cosas que me interesan más.
PREGUNTA: –El libro de Manuel es uno de los motivos por los que está usted en la Argentina. ¿Qué puede anticipar de él?
CORTAZAR: –Sí, ése es uno de los motivos. El otro es que soy jurado del premio América latina de novela. Voy a hablarle del libro. Por primera vez en todo lo que llevo escrito, el libro intenta una convergencia de dos planos que yo había mantenido paralelos, separados: por un lado la literatura, y por otro lado lo que llaman el “compromiso ideológico”, en forma de artículos, firma de manifiestos, polémicas, etcétera. Aquí hay una tentativa de hacer coincidir las dos cosas en un solo plano. Y entonces me parece que un libro como éste exige la presencia del autor. Es el primer libro mío que –escrito en París– no puedo dejar que se publique sin moverme de donde estoy.
Me temo que el libro será bastante mal recibido en sectores de la derecha como en sectores de la izquierda por razones muy diferentes. Cuando digo izquierda y derecha, en materia de literatura, ya la cosa no se entiende muy bien: digamos que será mal recibido en los círculos liberales que se complacen en la buena literatura, quiero decir, entre comillas, en la literatura pura. Será mal recibido porque lamentarán que un autor que según ellos les dio muchas satisfacciones, escriba ahora un libro de abierta denuncia, de una serie de procesos latinoamericanos que el lector irá encontrando mientras lo lea. Por su parte, habrá mucha gente de izquierda que encontrará que el libro es frívolo, trata de problemas que son muy serios de una manera que ellos van a estimar frívola, que no se deberían tratar así. Yo lo he previsto y sé que ése es el precio de mi trabajo. No me importa. Yo sé que ese libro tendrá sus lectores. Tendrá lectores –hablo concretamente de la izquierda– que comprenderán que también por mi camino, un camino de lo fantástico, del humor, de la ironía, de la distorsión de la verosimilitud, se puede hacer pasar la verdad.
PREGUNTA: –En la Argentina –y en América latina toda– se debaten los caminos a través de los cuales la literatura puede ser una forma de denuncia. Me pregunto si la mera exposición de hechos es una forma de denuncia. Si es válido el folletín; si la incorporación de la ciencia –concretamente el estructuralismo– son pasos hacia la literatura revolucionaria. En América latina, hoy, ¿sólo es posible la literatura que abarque una temática revolucionaria o de denuncia?
CORTAZAR: –Empecemos por el final, porque su pregunta es algo más que eso; contiene además una exposición de temas. Me llamó la atención esto de si toda la literatura debe ser de denuncia. No, no lo creo en absoluto. En primer lugar hay que tener en cuenta un factor que se olvida y es la existencia de ese señor que se llama escritor. Un escritor, por diversas razones, puede ser llevado a una literatura de denuncia y la puede hacer de una manera admirable, puesto que su vocación y su técnica miran en esa dirección. En ese sentido es perfectamente válido, pero lo que yo no aceptaré jamás, y es siempre uno de los puntos de fricción con mis compañeros de Cuba y fuera de Cuba, es la tendencia a que toda la literatura, un poco decidida por instancias que no son literarias, deba ser una literatura de denuncia. No, yo creo que la literatura, como cualquier actividad humana, se va a seguir dando en los planos más diversos, e incluso en los sectores más militantes y en plena lucha. Usted sabe de sobra que la literatura es uno de los consuelos de la vida y un motivo de alegría. Yo siempre repito –y lo puse como epígrafe en el cuento “Reunión”– que en uno de los momentos más críticos de su vida, cuando se estaba jugando, el Che no se acordó de un texto de Lenin, se acordó de un cuento de Jack London. Esa es una de las partes de su pregunta. En este momento es evidente que en América latina no sólo es muy importante sino también muy útil escribir libros como los de Rodolfo Walsh, de cuya eficacia tengo pruebas muy concretas. Esto no es novela, sería una especie de reportaje imaginario de la realidad.
PREGUNTA: –¿Imaginario?
CORTAZAR: –No, claro que no. Lo que es imaginario es la idea de estar haciendo el reportaje. Por ejemplo: alguien ha muerto y sin embargo en las obras de Rodolfo Walsh, a esa persona que todavía está viva en la acción se la siente pensar, se conocen sus sentimientos. Eso ha sido recogido a través de testimonios de personas, pero no de él mismo; en ese sentido es imaginario el reportaje. Como digo, yo creo en el valor y la eficacia de esa literatura de testimonio, incluso en el caso de un best-seller como A sangre fría, de Truman Capote. Pero yo pienso que interesa mucho más un libro como Los hijos de Sánchez, de Lewis, y en nuestro plano los libros de Rodolfo Walsh, o de Osvaldo Bayer, todos ellos con matices muy diversos, porque Los hijos de Sánchez es una cosa más sociológica. Pero curiosamente, por primera vez, todos esos libros son asimilados a la literatura en alguna medida. La gente los lee con criterio de literatura, prácticamente como si estuviera leyendo novelas, sin que lo sean. Por eso creo que esa es un arma ideológica formidable en América latina. Sigo creyendo también –y ahora me refiero a mí, que soy incapaz de escribir este tipo de libros, al menos hasta hoy– que también puede haber una cierta eficacia en la novela testimonial, en donde incluso el testimonio esté novelado, es decir, que todo lo que se cuenta en la novela es falso, pero son esas falsedades que son una paráfrasis de la verdad histórica. Es exactamente el caso de El libro de Manuel. Ni una sola cosa de lo que se cuenta allí sucedió en la realidad, y sin embargo está sucediendo todos los días, porque es la historia de un secuestro. Y ya sabemos bien cómo sucede eso y con cuánta frecuencia. Ahora, el secuestro es el eje de la acción del libro, pero no solamente es absurdo sino totalmente irrealizable, a propósito; yo lo hice deliberadamente porque qué sé yo de secuestros, nunca he sido secuestrador ni secuestrado, ignoro todo de esa técnica. En cambio creo tener suficiente capacidad imaginativa y de invención para organizar un secuestro a mi manera, en el plano de la escritura, y creo que basta a los efectos de la correlación con la realidad histórica. Por eso le digo que paralelamente a la literatura de testimonio directo, en que se trata de hechos concretos, puede haber también una literatura de ficción que en última instancia sea tan concreta como la otra.
PREGUNTA: –Falta su opinión –aunque parece obvia– sobre si también es válida una literatura, en este continente, en la que ni siquiera la ficción se acerque a la denuncia.
CORTAZAR: –Sigo creyendo que es válida, siempre que sea buena literatura, por supuesto; creo que es válida porque a nadie se le puede obligar a que escriba lo que su temperamento no lo lleva a escribir. Puede suceder que haya un hombre que nació para escribir sonetos de amor y que escriba los más maravillosos sonetos de amor de la lengua castellana, y no veo por qué no lo va a hacer si es capaz de escribirlos.
PREGUNTA: –Usted dice que no se puede conseguir todo. Creo que usted ha conseguido muchas cosas en el aspecto personal. ¿Volverá ahora definitivamente a la Argentina?
CORTAZAR: –Actualmente no lo creo. Estaré dos meses acá cumpliendo las tareas de las que ya hablé. Tengo obligaciones de tipo personal y de trabajo para volver a Francia a comienzos de mayo. Lo que pueda suceder después, no lo sé. Digamos que es obra abierta. Yo me siento muy bien en la Argentina cada vez que regreso a ella, pero al mismo tiempo también me siento bien en Francia. No le oculto que me molesta el trasfondo del concepto “regreso definitivo”. No entiendo por qué tengo que hacerlo. Tengo la impresión de que el hombre que soy y el tipo de cosa que yo hago puede seguirse cumpliendo con alguna eficacia sin una limitación geográfica. Más de diez libros, que me parecen a mí bastante argentinos, han sido escritos fuera de la Argentina. ¿No es ésa la prueba de que siempre estuve aquí? ¿Un tipo que vive en el extranjero puede escribir diez libros que los lectores argentinos han aceptado, reconocido y criticado como suyos? Incluso, rechazado como se rechaza lo propio. ¿Le parece que he estado ausente en la Argentina? Los críticos dicen que en mi literatura hay una tendencia a personajes dobles. A lo mejor yo soy doble. Vivo en Francia, pero hay una presencia mía que está invariablemente en la Argentina. Quisiera saber en qué medida mi presencia física como escritor agrega algo a la presencia de mis libros. Acepto la discusión. Acepto que se me diga que además podría hacer otra cosa. Pero también hago otras cosas en Europa.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/62118-20540-2006-01-25.html
Por Frei Betto
Tengo una propuesta concreta de paz para el mundo: los Estados Unidos se retiran de Irak y devuelven a México Texas, California y Arizona, y Puerto Rico a los puertorriqueños, suspenden el bloqueo a Cuba y les devuelven a los cubanos la base de Guantánamo.
Francia y España devuelven a los vascos su territorio; Turquía, Irán e Irak admiten el derecho de los kurdos a una patria; Rusia deja libre a Chechenia; China desocupa el Tíbet; Corea del Norte y del Sur llegan a un acuerdo de reunificación; es creado inmediatamente el Estado Palestino y reconocido por la ONU; Israel devuelve los territorios ocupados y Jerusalén es declarada santuario universal o ciudad internacionalmente independiente, administrada por la ONU.
El Papa renuncia al título de jefe del Estado Vaticano, entregándole su administración a la Unesco, quedándose sólo como pastor universal de los católicos, sin pretensiones de hegemonía religiosa y cultural; el FMI y el Banco Mundial cancelan la deuda de los países pobres y la Organización Mundial del Comercio condena el proteccionismo y los subsidios agrícolas de los países ricos.
Se adopta la tasa Tobin en las transacciones internacionales; son considerados crímenes la formación de carteles y oligopolios, así como la asignación personal de un salario superior a la media nacional multiplicada por veinte. Se prohíbe la propaganda de tabaco y de bebidas, y la exaltación de la violencia y de la pornografía en películas y en programas de televisión.
Todos los políticos con cargos electivos son obligados a mantener en Internet la declaración transparente de sus entradas y sus bienes; las denominaciones religiosas renuncian a todo tipo de fundamentalismo y competencia; el Estado considera crimen horrendo y grave violación de los derechos humanos el hambre, la miseria y la pobreza.
A cada ciudadano le es garantizada una entrada mínima, así como los derechos básicos de alimentación, salud y educación, y un tope gratuito en el consumo de energía, agua y teléfono.
Se superan los prejuicios raciales y antihomosexuales, las discriminaciones étnicas y religiosas, la desigualdad social y el miedo a la libertad.
Habría paz si los países más ricos se aliasen no para bombardear un pueblo miserable como el de Afganistán o de Irak sino para combatir las causas del terror. ¿Cómo evitar el terrorismo si el capital goza en el planeta de una libertad de circulación negada a las personas, si un pasajero es sacado de un vuelo por tener cara de árabe, si el gobierno de los EE.UU. no acepta el Protocolo de Kioto de protección ambiental y se retira de la Conferencia de Durban sobre el racismo?
¿Cómo evitar sentimientos negativos si los EE.UU. invirtieron muchísimo dinero para que Bin Laden combatiera la invasión rusa de Afganistán en 1991, pero no dieron un centavo para promover el desarrollo de aquella nación? ¿Y cómo hablar de combate al terrorismo si la CIA protege a Posada Carriles, el superterrorista cubano que hizo explotar en el aire un avión con 73 pasajeros en 1975 y dirigió torturas en El Salvador y en Venezuela?
El atentado terrorista en los EE.UU. del 11 de septiembre fue horrible. Condenable bajo todos los aspectos. Pero debiera servir al menos para que el Occidente meditara acerca de sus relaciones con Africa, Asia y América latina. ¿Qué queda en Africa después de décadas de colonización italiana, belga, francesa e inglesa? Miseria, guerras, epidemias. El VIH/sida amenaza hoy la vida de 25 millones de africanos.
No podemos cambiar de planeta, al menos por ahora. Si las naciones ricas quieren vencer el terrorismo sólo hay una solución: vencer las causas que producen terroristas. Lo cual significa invertir sus recursos a fin de que la vida digna y feliz, don mayor de Dios, sea un derecho de todos y no privilegio de una minoría.
Predomina en los medios políticos y diplomáticos la idea de que la paz puede existir como mero equilibrio de fuerzas, mediante tratados y acuerdos que hagan cesar la agresión, pero sin eliminar el espíritu belicista, ni las causas que generan los conflictos. La ONU trata de lograr la paz en el mundo, se esfuerza por evitar guerras, pero sin empeñarse suficientemente en erradicar las desigualdades sociales y asegurar a todos los pueblos condiciones dignas de vida.
Isaías apunta el camino de la paz. El profeta Isaías vivió en Jerusalén en el siglo VIII antes de Cristo. Asiria era entonces la gran superpotencia de Oriente. Buscando la expansión de su imperio, los ejércitos asirios invadieron territorios de países vecinos. Siria y el reino del Norte de Israel –Efraim, cuya capital estaba en Samaria– sellaron una alianza para detener a los asirios, pero Acaz, rey de Judá (el reino del Sur), se negó a participar. Se organizó entonces un golpe de Estado para quitarlo y poner a otro rey que fuera más cooperador. Viéndose amenazado, Acaz recurrió a Asiria, que desbarató la conspiración y sometió a Efraim. Como vasallo de los asirios, Acaz permaneció en el poder en Jerusalén. Una década más tarde, el reino del Norte se rebeló contra Asiria. En el año 722 a. C., Samaria fue destruida y su población, deportada. Efraim-Israel dejó de existir. En el 701 a. C., Ezequías, rey de Judá, se rebeló contra Senaquerib, rey de Asiria. El reino del Sur fue saqueado por las tropas de la potencia imperialista y Ezequías quedó confinado en Jerusalén.
Toda la predicación de Isaías, contenida en un libro bíblico, es eminentemente política. Hombre cosmopolita, era consejero del rey de Judá tanto en la época de la guerra sirio-efraimita como en el período en que Ezequías fue mantenido en el poder, pero sin poderes.
“¿Por qué hay tantas guerras?”, se preguntaba Isaías. Su perspicacia política no se circunscribía a ver los efectos. El profeta denunció las causas de las desigualdades sociales, sobre todo la opulencia de las elites: “Pobres de aquellos que, teniendo una casa, juntan campo a campo. ¿Así que ustedes se van a apropiar de todo y no dejarán nada a los demás? En mis oídos ha resonado la palabra de Yavé de los ejércitos: ‘Han de quedar en ruinas muchas casas grandes y hermosas, y no habrá quien las habite’. (...) ¡Pobres de aquellos que se levantan muy temprano en busca de aguardiente, y hasta muy entrada la noche continúan su borrachera! Hay cítaras, panderetas, arpas, flautas y vino en sus banquetes, pero no ven la obra de Yavé, ni entienden lo que él está preparando. (...) ¡Pobres de aquellos que llaman bien al mal y mal al bien, que cambian las tinieblas en luz y la luz en tinieblas, que dan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay de los que se creen sabios y se consideran inteligentes! ¡Ay de los que perdonan al culpable por dinero, y privan al justo de sus derechos!” (5,8-23).
Isaías criticaba también la ociosidad libertina de las elites, en especial de las mujeres: “Muy orgullosas andan las damas de Sión, con el cuello estirado y la mirada provocativa, y caminan a pasitos cortos haciendo sonar las pulseras de sus pies. El Señor llenará de sarna su cabeza y quedarán peladas. En aquel día el Señor arrancará sus adornos: pulseras para los tobillos, cintas y lunetas, pendientes, brazaletes, velos, sombreros, cadenillas de pie, cinturones, frascos de perfume y amuletos, sortijas, aros de nariz, vestidos preciosos, mantos, chales y bolsos, espejos, lienzos finos, turbantes y mantillas” (3,16-24).
Como Tolstoi, Isaías aspiraba a una vida de desapego y sencillez. Toda su literatura está impregnada de fuerte connotación utópica: “El lobo habitará con el cordero, el puma se acostará junto al cabrito, el ternero comerá al lado del león y un niño pequeño los cuidará. La vaca y el oso pastarán en compañía, y sus crías reposarán juntas, pues el león también comerá pasto, igual que el buey. El niño de pecho pisará el hoy de la víbora, y sobre la cueva de la culebra el pequeñuelo colocará su mano” (11,6-9).Todo el mensaje de Isaías está concentrado en esta afirmación: “El fruto de la justicia será la paz” (32,17). Es inútil desear la paz sin erradicar antes las causas que producen conflictos, violencia y guerra. Por eso mismo, él se mofaba de los idólatras, que adoraban objetos hechos por manos humanas, y de los que se creían profundamente religiosos pero sin conceder libertad a los oprimidos: “¿No saben cuál es el ayuno que me agrada? Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos, romper toda clase de yugo, y compartir la comida con quien pasa hambre” (58,6-7).
Isaías es un caso raro de alguien que convivió con el poder, pero que nunca abandonó su compromiso con los más oprimidos. Su visión de Dios no tenía nada de maniqueísta, ni de fundamentalista. Al equilibrio de fuerzas añadía la justicia; y a la justicia le añadía el amor. Sólo el amor es capaz de superar el derecho y evitar hacer de las diferencias divergencias, pues nos enseña a convivir con quien no es como nosotros, ni piensa como pensamos nosotros y, sin embargo, posee la misma dignidad humana.
De las lecciones del profeta podemos concluir que, sin una ética globalizada, el actual modelo neoliberal de globocolonización no dejará de poner los intereses privados sobre el derecho público, las fuentes de riqueza por encima del bienestar de la población, las ambiciones imperialistas por arriba de la soberanía de los pueblos.
Quizá la meditación de los textos de Isaías nos ayude a recorrer un camino señalado en la geografía bíblica hace 2800 años. Sólo nos queda grabarlo en las entrañas del corazón.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-62049-2006-01-24.html
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El artista plástico Antonio Berni nació en Rosario el 14 de mayo de 1905. Su primera muestra individual en Buenos Aires se realizó en la galería Witcomb en 1923. En 1925 viajó a Europa, becado por el Jockey Club de Rosario, donde permaneció durante varios años en Madrid, Toledo y París. Se conectó con las escuelas vanguardistas, conoció a Louis Aragon e inició, dentro del surrealismo, una serie de obras que expuso en la galería Amigos del Arte de Buenos Aires, en 1932. Su ciclo surrealista finalizó en los años treinta, cuando se inclinó hacia un realismo crítico, ideológico y político. A mediados de los años cincuenta inició la tematización de los barrios marginales, en obras en las cuales retomó el collage surrealista, el ensamblado y la utilización de objetos de desechos que denotaban la miseria de las villas marginales. Las historias de sus personajes centrales, Juanito Laguna y Ramona Montiel, están constituidas con restos de objetos, materiales descartables como latas, cajones, trozos de tela. Expuso y recibió distinciones en todas partes del mundo y, luego de una activa participación en el Instituto Di Tella, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y la galería Witcomb, en muestras individuales y colectivas de carácter experimental, en los años setenta residió y trabajó alternativamente en Buenos Aires y en París.
El 12 de agosto de 1975, en la galería Rubbens, se inauguró la muestra individual Berni y la música popular, donde presentó retratos de músicos, cantantes y Orquesta típica, que ya había sido presentada en el VII Salón de Otoño organizado por la Sociedad de Artistas Plásticos en 1941, pero retocada para esta oportunidad. Días antes de la apertura de la muestra, Hugo Monzón y Alberto Szpunberg lo entrevistaron en su taller. El reportaje se publicó con el título: “Antonio Berni y su típica. Entrevista a uno de los grandes de la pintura argentina en vísperas de su nueva muestra”.
En 1979, Antonio Berni fue nombrado miembro de número de la Academia Nacional de Bellas Artes. Murió en Buenos Aires el 13 de octubre de 1981.
Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940) fue director de la carrera de Lenguas y Literaturas Clásicas y profesor de Literatura argentina y medios de comunicación en la Universidad de Buenos Aires, en 1973, cargos a los que renunció tras la matanza de Ezeiza. Fue miembro de dirección de la Brigada Massetti. Dirigió el suplemento cultural de La Opinión entre 1975 y marzo de 1976 y en mayo del año siguiente se exilió en El Masnou, Barcelona, España. Ha publicado Poemas de la mano mayor (1962), Juego limpio (1963), El che amor (1966), Su fuego en la tibieza (1981) y Apuntes (1987).
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-62073-2006-01-24.html
BERNI
Entrevistado por Hugo Monzón y Alberto Szpunberg
La Opinión Cultural,

10 de agosto de 1975
Podríamos comenzar por revivir esos viejos años en que usted empieza a trabajar en Rosario.
–Eso de “viejos años” no sé, pero debo confesar que llegué a ver el cometa Halley. Iba al colegio y todos los chicos salíamos a la calle para ver el cometa. Era todo un acontecimiento. Yo andaba de pantalón corto. También recuerdo el primer aeroplano que vi pasar. Volaba, como quien dice, a baja altura, con esos movimientos de vuelo de pájaro tan extraños. Yo tenía siete años, eso sí; pero las fechas exactas de esa época se me escapan. Tendría que hacer cálculos. Creo que todo eso pasó entre el ‘10 o el ‘12 allá en Rosario, una ciudad que estaba en crecimiento. Vivía en un barrio próximo al Ferrocarril Central Argentino, donde mi padre tenía una sastrería. Era una barriada que al principio prometió mucha prosperidad pero que después se fue quedando. Pero un día mi padre levantó todo y se fue a Italia. Tuvimos que ir todos con él, pero después comenzó la guerra. Sin embargo, el barrio fue para mí como un mundo. Tenía calles donde todavía era posible jugar a la pelota. Las calles... me acuerdo que crecían los yuyos entre las piedras, porque que pasara un coche era casi tan extraordinario como el cometa, casi insólito. Ahora todo es distinto, no sólo en Rosario. Hasta la pampa está cambiada. Pasa en todos los países; en todos lados corren los mismos Ford o Fiat y en todas las vidrieras del mundo los artículos de plástico son casi todos los mismos. Sin embargo, hay que saber captar la tipicidad y percibir que todas las cosas pueden parecer las mismas, pero no son iguales.
–Ese chico que se deslumbraba con el cometa y con el aeroplano, ¿cuándo se dio cuenta de que iba a ser pintor?
–Siempre me gustó dibujar y ya en Rosario todos le decían a mi padre que me hiciera estudiar pintura porque veían en mí ciertas aptitudes. Pero en ese Rosario no había nada de nada, salvo un taller de vitraux adonde finalmente mi padre me llevó. Tuve la suerte de estar cerca de unos catalanes maravillosos, que eran los dueños, y que me iniciaron en la plástica. Después todo siguió su curso. Me gané una beca y me fui a España y de ahí a Francia. Ya estaba en Europa donde bullía la vanguardia estética de este siglo. Cuando volví del Viejo Mundo, la gente de Rosario no podía creer qué habían hecho conmigo: evidentemente, me habían mandado a Europa para que volviera convertido en un pintor serio, como ellos lo entendían. Y volví imbuido de una concepción del arte novedosa. Por supuesto, para mí también reencontrar a mi patria era un choque. La Argentina desde acá no es lo mismo que la Argentina desde Europa: no podía seguir en la vorágine de la cultura y la bohemia porque ni Rosario ni Buenos Aires eran –ni son– París o Madrid. Ser un artista en estas tierras significa otra cosa...
–¿Cómo era la situación de la plástica en la Argentina cuando volvió de Europa?
–Antes de la Segunda Guerra, que fue cuando volví, en la Argentina no existía un mercado de cuadros. No había cotización. Spilimbergo tenía que vender témperas de 30 por 40 a cinco mil pesos. Hablo del año ‘33 o del ‘34. Un cuadro sólo daba para cuatro o cinco comidas, y sin mucho vino. Creo que fue en 1936 cuando Spilimbergo hizo su primera exposición en Rosario y no vendió nada. Era tremendo... Hoy en día, sin ser una maravilla, cualquier muchacho más o menos se defiende, con un poco de promoción. Pero entonces...
–Usted siempre permaneció fiel a una línea realista. En esa época a que se refiere, muchos plásticos, por lo general de izquierda, hacían del realismo su bandera...
–Algunos hablaban en términos de realismo socialista, pero socialista o no, hacían verismo, un realismo vulgar. Para mí, el realismo era una suerte de denuncia pero que implicaba libertad expresiva amplia en cuanto a los medios con que se manifestaba. No hacía hincapié sobre el tipo de imagen que se debía emplear o el estilo. Sucede que en un país como el nuestro, el desarrollo de la pintura no puede estar desligado del desarrollo general de la sociedad. Sin un desarrollo integral, no hay pintura desarrollada. Es una engañifa. En esa época yo pensaba –y lo sigo sosteniendo– que la función del intelectual es esclarecer las conciencias. No es que el intelectual o el artista sean decisivos en la economía o en la política, pero forman parte. Darse cuenta de esto es importante para el intelectual y el artista así como para el mismo desarrollo de la economía y la política. Es cuestión de tomar conciencia de los vasos comunicantes que vinculan a cada individuo –sea artista o no– con los demás individuos. Porque el aislamiento no existe, es un mito. Ya en esa vieja época se discutía lo del compromiso y se lo hacía tan mal como todavía ahora se sigue con eso. Aun el que dice que no está con el compromiso, se engaña. Niega que, en realidad, lo que le pasa es que está comprometido con otra cosa. Siempre hay un compromiso. Desde un comienzo pensé esto. Ni qué hablar que están aquellos que se comprometen con una mentalidad de tipo oligárquico que exige siempre del artista una sonrisa, una imagen optimista de la vida. Total, para ellos las cosas andan bien... Claro, el otro tipo de compromiso tiene también sus inconvenientes...
–¿Cómo ubica los actuales movimientos artísticos de protesta, el disconformismo de las nuevas promociones?
–Voy a ser sincero. En este disconformismo actual sólo veo una especie de catarsis de cierta burguesía mediana que busca aliviar su conciencia. Es como una limosna que se tira a los mendigos... El asunto es saber llevar el arte al plano de la eficacia, de la contundencia. Es entonces cuando la protesta se vuelve peligrosa y es cercada por el silencio o, ¿por qué no? también por la represión. En 1933 hice, para un sindicato de oficios varios de Rosario, dos pinturas grandes. Recuerdo que un día cayó por ahí la policía y puso fin a tanta plástica. Y no me lamento de eso. Forma parte de las reglas del juego...
–Sin embargo, hay una cierta frontera del compromiso que, al transgredirla, la obra de arte misma resulta comprometida negativamente.
–Ya sé, se dice que no hay que caer en el panfleto. Pero yo creo que, en un momento dado, el mismo panfleto puede ser una obra de arte. Cuando Maiakovski escribía muchos de sus poemas, ¿no hacía panfleto? Pero se mantenían como obra de arte. Establecer el límite entre una obra de arte y un panfleto es muy difícil, así como es difícil establecer si aquel señor que decide hacer una obra de arte realiza realmente una obra de arte. La Marsellesa fue un panfleto y El fusilamiento, de Goya, ¿qué fue? Si hasta lo pintó en dos días... Lo que pasa es que ciertos ortodoxos creen que todo debe ser panfletario. Ese es un error... Es que no se puede establecer ninguna regla previa...
Uno ve cómo hoy en día, en Europa, la corriente del hiperrealismo está tomando cuerpo. Bueno, al fin y al cabo, no es más que un derivado del realismo socialista. De hecho es así, aunque a muchos hiperrealistas no les guste. Vale decir que, después de tanta sangre y tinta que corrió, todas las acusaciones contra lo que sucedía en Rusia ahora se convirtieron en letra muerta. Hay que reconocer que, en cada momento histórico, el arte tiene que decir sus cosas a su manera. La legitimidad que tuvo el cubismo en su hora, por ejemplo, es siempre valedera, pero su vigencia está sujeta a un período determinado de nuestro siglo. Por eso es que toda la corriente posinformalista o poscubista no tuvo futuro, así como el posimpresionismo tampoco cuajó. Todos los que vienen detrás de una gran eclosión artística y pretenden continuarla al margen de la historia y de la vida sólo sobreviven, o sea, se las ingenian para demorar la muerte, pero no viven con plenitud.
–En su trayectoria, pese a múltiples idas y venidas, incursiones en el collage o recurrencia al surrealismo, ¿siempre estuvieron sustentadas por la misma concepción del arte?
–Cuando me hice compañero de “Juanito Laguna” recurrí al collage después de haberlo dejado desde mi época surrealista, allá por 1932. En esa época usé mucho collage en base al fotomontaje, principalmente en trabajos que hice para algunas instituciones políticas que ya han desaparecido, tanto las instituciones como mis obras. Esta última pérdida no me duele, porque nunca tuve alma de propietario, así que nunca me importó especialmente conservar mis creaciones. Con “Juanito” fue volver al collage pero totalmente determinado por mi interés expresivo. Buscaba cierta densidad en la obra relacionada directamente con ese personaje y el ámbito de ese personaje. Justamente, la idea de emplear materiales de rezago vino de que estando yo en las barriadas, en las villas, veía toda esa gente ahí, en la miseria, aprovechando los restos de la sociedad de consumo, los residuos: cajones viejos, arpilleras, latas, chapas oxidadas. Para mí se convirtieron en elementos narrativos del personaje que debían –y pedían– estar en mi creación. Por eso mis collages de “Juanito” no tienen ningún interés gratuito. En cuanto a su composición realista, ella es la continuidad de toda mi obra a través de medios diversos de expresión. En este sentido, los collages no niegan lo anterior sino que lo profundizan, le dan mayor desarrollo.
Es decir, yo soy un pintor que está viviendo con la vida, con los hechos y éstos cambian permanentemente. Además, estoy aferrado a lo nuestro, a esta circunstancia. La Argentina no es Europa ni Norteamérica. Hay que pensar que en el país, aun las clases altas suelen usar objetos que en los países metropolitanos los mandan a la quema. No se puede desconocer esta realidad. Querer hacer toda una programación estética en base a las últimas conquistas de la ciencia y la técnica es una utopía en este país. Cuando estuve en París me encontré con un amigo que venía de Londres, donde había visto una exposición de artistas japoneses donde usaban no sólo acrílico y haces de luces sino hasta rayos láser. “Era maravilloso —me comentó–, pero no sabés la millonada de dólares que eso costó...” En la Argentina no podemos ni soñar con eso. Cuando uno se desliga de esta problemática corre el riesgo de equivocarse mucho.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/62073-20525-2006-01-24.html
Una periodista acepta escribir en secreto el horóscopo de una revista. Pronto descubre que muchos de sus compañeros leen los pronósticos con veneración y comienza a manipular sus vidas. Por ese increíble método intentará también enamorar a un hombre, pero se llevará una sorpresa
Cuando Fernández volvía a su casa, cerca de la medianoche, derrotado por el cansancio del cierre del diario y por el hambre, no podía evitar sentarse frente al televisor con una bandeja y una copa de malbec, y sintonizar un canal marginal y esotérico. Pilar desplegaba allí, a esa hora indecente, su falsa magia vestida de tules, y Fernández se reía a carcajadas escuchando sus pronósticos y sus tajantes conclusiones sobre la personalidad de Cáncer, las tribulaciones de Acuario y las increíbles oportunidades de Virgo.
Hacía casi quince años que Fernández no tomaba un café con la pitonisa del cable. Se habían conocido en los inicios de la década del ochenta, cuando compartían redacción en una revista de actualidad. Fernández se ocupaba de las investigaciones y Pilar, de los sentimientos. Ella no era fea, pero tampoco era inteligente; tenía sin embargo muchas ganas de vivir, y eso la hacía seductora. Un día la llamó el director, le pidió que se sentara, cerró la puerta y le hizo una propuesta deshonesta. Le sugirió que se hiciera cargo del horóscopo. La encargada de hacerlo, una profesional rigurosa, se había marchado dando un portazo y con un juicio laboral de por medio. La inflación era creciente, había que bajar los costos y Pilar era una aficionada a los astros. Si guardaba el secreto ante sus compañeros y buscaba un buen seudónimo, el director la libraría de otros trabajos más pesados.
Algo turbada por el asunto, Pilar no pudo con su alma y se lo contó a Fernández en un café de la esquina. El se dio cuenta de inmediato de que ella quería hacer los horóscopos y que sólo necesitaba de un permiso interno. Dejó que se desahogara e hizo de abogado del diablo sabiendo que el diablo había metido la cola. A la semana, inspirada en manuales y libros especializados, Pilar redactaba los pequeños textos con cierta dificultad y también con cierto regocijo; al mes parecía una experta absoluta en la materia.
La tarea, naturalmente, cambió su modo de mirar el mundo. No había advertido hasta entonces cuánto consultaban sus propios compañeros, a veces a escondidas, ese horóscopo que venía impreso en papel ilustración todos los jueves. Hasta los más escépticos le pegaban un vistazo, y algunas chicas formulaban incluso planes domésticos a partir de esa sugestión inconfesable. Toda esta observación maravillaba a Pilar, que comenzó a prestar más atención a la vida personal de los redactores, los diseñadores y los fotógrafos que la rodeaban. Fernández no podía recordar el momento exacto en que se había iniciado el gran juego. Debió de haber empezado a raíz de los dolores del alma que padecía una amiga suya que estaba enamoradísima de un crítico de arte. El estaba casado, pero en crisis, y no registraba los mensajes telepáticos que su enamorada le enviaba. Pilar escribió: El amor que cambiará su vida puede estar muy cerca, sólo tiene que levantar la vista y encontrarlo. Cuando el crítico leyó esas líneas, no pudo menos que mirar alrededor y encontrarse con su silenciosa admiradora, que tipeaba inocentemente una página. Pilar insistió semana tras semana, utilizando distintos argumentos, pero llevando agua para el molino de su amiga, hasta que una tarde él la invitó a tomar una copa y ella se pintó como una princesa.
Esa pequeña victoria regocijó a Pilar y la empujó en otras direcciones. Comenzó a horadar la coraza de un jefe tiránico que maltrataba a todos. Con pequeñas sugerencias astrales, le fue demostrando que su intemperancia no lo mostraba como un hombre poderoso y exigente, sino como un tipo débil y ridículo. No tardó mucho el jefe tiránico en volverse un tanto demagógico y dicharachero: a los dos meses la empresa lo trasladó, castigado, al archivo.
La pitonisa reconcilió a dos amigos que no se hablaban desde hacía varios años, le levantó la autoestima a una fotógrafa que había sido abandonada por su marido y alentó varios romances pasajeros entre cronistas y correctoras.
Falló, naturalmente, con muchos hombres y mujeres que leían el horóscopo todas las semanas, pero que lo hacían para el olvido. En una fase posterior, pasado un año largo, Pilar se abocó sin embargo a las internas de la revista, que le encantaban. Como un avezado ajedrecista, fue moviendo imperceptiblemente las piezas, sembró cizañas, tendió trampas y profundizó el espíritu conspirativo. A una sagitariana le aconsejaba cuidarse de los falsos amigos. A uno de Capricornio le sugería ir a fondo con sus ambiciones. A una pisciana le pedía cirugía mayor. A uno de Géminis le aseguraba que éste era el momento para dar el gran salto.
Una de esas internas estuvo a punto de dejarla en la calle. La salvó una idea providencial: enamorar a uno de los caciques de la redacción. Se trataba de un cuarentón felizmente casado y extrañamente fiel. Se consideraba a sí mismo un hombre de "corazón precintado" y ostentaba una férrea voluntad por desdeñar las señales del amor y por echarles flit a las mujeres que le revoloteaban. Era una presa difícil.
Pilar realizó de inmediato una investigación de campo para detectar sus vicios y sus virtudes, sus pasiones personales y sus objetivos menos aparentes. Cuando tuvo el cuadro completo se dio cuenta de que era un gran hombre, y sintió por primera vez una fuerte y legítima atracción por ese corazón inconquistable. Fernández la vio abandonar todo lo demás para dedicarse día y noche a su presa. Ella utilizó, durante dos meses, todas las armas posibles de la astrología. Le decía: Recibirás un regalo de alguien que puede ser la mujer de tu vida. Y ese día Pilar le regalaba un libro. Le decía: Un encuentro casual puede transformarse en una gran historia de amor. Y ese día Pilar se aparecía de casualidad en su club de tenis. Le decía: Atrevete a quitarte la cinta que envuelve tu corazón y aceptá una propuesta. Y ese día Pilar lo invitaba a tomar unos vinos.
El cacique no se manifestaba indiferente a esos avances, mostraba incluso interés por esa chica tan vital, pero la situación no pasaba de un levísimo coqueteo y de un gris tan gris que podía entenderse como una amistad de baja intensidad o como una mera escalada de buen compañerismo. La verdad es que el hombre no cedía un milímetro, y que Pilar se había enamorado perdidamente. Fernández empezó a compadecerse de ella. La veía obsesionada, pendiente de cada gesto del otro, preguntando siempre por él, tendiéndole trampas astrales y menores, buscándolo por los rincones, probando de su propia medicina y llorando en casa. Llorando de rabia y de amor no correspondido.
Una interna azuzada por ella misma derivó en la remoción del director, el despido de diez empleados y la cancelación de la apócrifa sección Horóscopos. Para olvidar al hombre del corazón precintado, transida de dolor, la pitonisa ofreció sus servicios en una radio y negoció una indemnización. Desde entonces no había dejado de progresar en el mundo mediático, aunque Fernández ignoraba si se había recuperado de aquella experiencia.
Aquel tiempo imborrable en el que ella jugó a ser Dios y terminó de rodillas.
fernandez@lanacion.com.ar
http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/revista/nota.asp?nota_id=773101
El 20 de julio de 1914, un sangriento asesinato sacudió Buenos Aires. El cuerpo de Frank Carlos Livingston, contador del Banco Hipotecario, yacía literalmente cosido a puñaladas en el hall de su departamento, en Barrio Norte. Detrás de su muerte había una compleja trama de odio y venganza que Alvaro Abós reconstruye en la tercera entrega de la serie.
Los gritos de una mujer rompieron el silencio de aquella madrugada de lunes en la calle Gallo, en el Barrio Norte de Buenos Aires. Era la hora 0 del 20 de julio de 1914 y hacía 14 grados. Gallo 1680, entre Güemes y Santa Fe: un edificio de seis pisos, con balcones franceses adornados con verjas de hierro negro. Los gritos venían del departamento de la planta baja, que tenía puerta a la calle. Se oían lejanos. "Estoy encerrada", o algo así, clamaba la mujer desde algún lugar de la casa. Acudió el portero. Quien gritaba era una de las moradoras, doña Carmen Guillot de Livingston. El portero forzó la ventana que daba a Gallo, entró en la casa y destrabó una puerta interior. Luego franqueó la cancel por la que entró el agente Tapia, de la comisaría 17ª, que estaba de facción en la esquina de Gallo y Güemes.
En el hall, un hombre yacía muerto sobre un charco de sangre. Literalmente, lo habían cosido a puñaladas. La sangre salpicaba las paredes; en el suelo se encontraron el sombrero y el bastón de Malaca del muerto. También, dos cuchillos que no estaban manchados. Carmen Guillot, vestida con camisón y bata, se desvaneció al ver el cadáver. Cuando se repuso contó, con palabras entrecortadas, que había escuchado ruidos de lucha y lamentos de su marido, pero la puerta interior que comunicaba el hall con los dormitorios estaba cerrada.
La víctima se llamaba Frank Carlos Livingston, argentino, de 46 años. Era contador del Banco Hipotecario. Los Livingston, sus cinco hijos (el más pequeño de sólo nueve meses) y la criada Catalina González vivían desde hacía un mes en el departamento. Todo indicaba que los asesinos habían entrado a robar, porque a Livingston le faltaba la billetera. El médico forense doctor Juan Espina, tras examinar» el cadáver, adelantó algunas conclusiones:
–Tiene casi cuarenta heridas punzantes, producidas por dos cuchillos. Unas quince pudieron ser mortales, pero la decisiva fue un golpe seco y horizontal que le rebanó la carótida.
El comisario Samuel Ruffet quedó al mando de la pesquisa mientras los diarios de la tarde, aquel mismo lunes, anunciaban: "Crimen en la calle Gallo" y "Un hombre fue salvajemente asesinado en Barrio Norte".
El domingo 19 de julio Frank Carlos Livingston había salido con familiares, mientras su esposa se quedaba en casa con los niños. Regresó a la medianoche. No había que ser muy ducho para concluir: la víctima había sido seguida por los agresores, quienes se filtraron tras él cuando abrió la puerta, lo atacaron, lo despojaron del dinero y huyeron. Todo parecía claro…
Pero no estaba tan claro para el comisario Ruffet. Las siguientes seis semanas, Buenos Aires vivió pendiente del caso Livingston. ¿Por qué? Quizá por ser distinto. Ni el escenario ni los protagonistas eran los habituales en la crónica roja. Esta vez, ni la víctima ni su entorno pertenecían al mundo de los inmigrantes, criollos pobres o gente del suburbio: eran personas de postín, con buena posición económica.
Otro factor contribuyó a que el caso Livingston estallara como una bomba: el periodismo porteño estaba cambiando. Buenos Aires se transformaba de gran aldea en urbe y nacía un interés vehemente por los crímenes que toda gran ciudad esconde. Los diarios más importantes eran La Prensa y La Nación, pero se había iniciado una guerra entre los vespertinos Ultima Hora, La Razón y Crítica, que daban cada vez más espacio a las noticias policiales, a las que el director de este último, Natalio Botana, mandaba cubrir con fotos, dibujos y cronistas que, a la manera de detectives privados, investigaban por su cuenta. En Crítica, esas noticias las redactaba José Antonio Saldías, el Toba, periodista bohemio que a veces redactaba sus crónicas en verso. La trama de pasión, venganza e intereses tras el caso Livingston fue un bocatto di cardinale para esos diarios que querían llegar al gran público.
Las dudas del comisario
¿Qué era lo que no le cuadraba al comisario Ruffet? La ferocidad con la que había sido asesinado Livingston no podía ser obra de un ratero ocasional; es cierto que había desaparecido la billetera de Livingston y también su pañuelo de hilo, pero ¿por qué habían dejado el reloj de oro con tapa que guardaba la víctima en el bolsillo? ¿Y el lápiz, también de oro? Unos vecinos habían visto salir del departamento, a las 0.15, a dos o tres hombres que cerraban la puerta y se alejaban con parsimonia hacia la avenida Santa Fe. En el caso de ser ladrones, ¿no habrían huido a la carrera?
Además, se habían encontrado huellas rojas de pisadas en el interior del departamento, como si el asesino, tras apuñalar al dueño de casa, hubiera intentado asaltar a los demás moradores y se hubiese arrepentido. Ruffet inició una investigación a fondo sobre los personajes de la tragedia ¿Quiénes eran Frank Carlos Livingston y Carmen Guillot?
El primero de los Livingston –familia originaria de Albany, Nueva York– había llegado a estas tierras a mediados del siglo XIX. Frank Carlos, a quien todos llamaban Carlos, tenía un buen pasar. Era propietario de por lo menos tres departamentos en el barrio de Belgrano. Pero algo no funcionaba bien en su vida. Había sido atacado varias veces por desconocidos. La última vez, el 15 de mayo, pocos meses antes del crimen, en la esquina de Amenábar y Manuela Pedraza. Livingston era un hombre grueso, calvo, que lucía unos bigotazos a la moda. Nunca se separaba de su bastón de Malaca, con el que había puesto a los agresores en fuga. Livingston había denunciado la agresión en la comisaría 39ª, ocasión en que conoció al comisario Ruffet. En realidad, Livingston era una persona conflictiva y de mal carácter. Como no quedó conforme con las diligencias que había ordenado el comisario, anunció que, mediante sus relaciones en esferas públicas, haría "saltar a Ruffet".
Socio y asiduo concurrente del Jockey Club, el turf era su pasión. El domingo en que lo asesinaron había estado en el Hipódromo de Palermo, ya que corría su potrillo Yrigoyen, favorito en el clásico de la jornada, el Premio Estados Unidos del Brasil. Antes de salir, le había dicho a Carmen que tenía un "dato" imperdible: Yrigoyen no podía perder en la séptima carrera.
Ruffet conocía bien a ese hombre vociferante e intempestivo: también había actuado en varias quejas presentadas por Carmen Guillot debido a agresiones del marido. Porque Carmen era una mujer golpeada.
Pronto quedó en claro que Livingston, con fama de mujeriego, tenía una amante: una joven italiana, que vivía en uno de los departamentos del hombre convertido en garçonnière. Como a esta muchacha nunca se la había implicado en el crimen, la prensa no la identificó; sólo se sabían sus iniciales: M.G.
Los asesinos habían dejado las armas del homicidio en el lugar. Este descuido, ¿a qué obedecía? ¿Impericia, irresponsabilidad, o intento de incriminar a alguien? Esos cuchillos llevaron a Ruffet a resolver el caso.
Pescado fresco
Un sábado de agosto, el comisario Samuel Ruffet decidió darle a su señora una sorpresa. Salió del Departamento de Policía y caminó por Alsina y luego por Carlos Pellegrini hasta el Mercado del Plata. Observó la pericia con la que los carniceros trozaban el hígado, cortaban los costillares, picaban la tripa. En los puestos de pescado, sus dueños, italianos o españoles, despanzurraban el pez al medio, lo descamaban, hacían filetes finos como un papel de seda: cuchillas, navajas, trinchetes bruñidos… El comisario Ruffet imaginaba esos filos ensañándose en el cuerpo de Livingston… ¿Qué pescadero surtía a los Livingston?, se preguntó, y volvió al Departamento para averiguarlo.
El comisario Villanueva, su ayudante, le tenía preparado un informe sobre Livingston: según los allegados de la familia, las desavenencias eran tan grandes que el matrimonio hacía tiempo que ni se hablaba. ¿Estaba en contacto el asesinado con alguna mafia del juego? No, nada de eso. En realidad, Livingston se distinguía por su avaricia. Jugaba a lo sumo 10 o 15 boletos. ¿Y su fortuna? Nada que objetar. Livingston provenía de una familia de linaje.
Antes de abandonar los cuchillos en el lugar del crimen, los habían limpiado. Olor a colonia –la misma marca que usaba la víctima– se desprendía de ambas armas, por lo que podía inferirse que los asesinos las habían frotado con el pañuelo de la víctima. Sin embargo, otro olor persistía. Olor a pescado.
La pesquisa se concentró en la criada: no fue difícil determinar que tenía amores con el pescadero de los Livingston. Era un mocetón robusto llamado Salvatore Vitarelli, con puesto en el mercado de Vicente López y Rodríguez Peña. Vitarelli fue detenido, liberado, y luego detenido otra vez.
Ruffet interrogó a la criada y a la patrona. La primera que se derrumbó fue Catalina. Su relato reveló el pacto homicida. Carmen Guillot fue detenida. Se le permitió tener con ella a su niño pequeño. Vitarelli fue el siguiente en confesar. Carmen primero negó, pero acabó admitiendo todo.
La trama asesina
Livingston no sólo tenía mal carácter. En la casa, era un tirano. Castigaba a su esposa física y moralmente. La Guillot, que por parte de madre se apellidaba Borges, tenía prohibido ver a sus propios padres. Además, Livingston sólo le daba tres pesos al día, suma con la que ella debía mantener la casa. "Si no tienen qué comer, pasen hambre." La sufrida esposa, envejecida a pesar de sus pocos años, hizo de Catalina su confidente. Muchas veces, en medio de llantos, contó a la criada que no podía más. En aquellos tiempos, que una mujer abandonara el hogar hubiera sido impensable. Entonces, surgió la idea del crimen. Catalina sugirió a su patrona que hablara con Salvatore, el pescadero. Otro que odiaba a Livingston porque se atrasaba en pagar la cuenta de las compras. Un día, en el mercado, Carmen le habría dicho a Salvatore:
–¿Cuánto le debe mi marido? ¿Doscientos pesos? Usted podría cobrar eso y mucho más… si me ayudara a eliminarlo. Le pagaría dos mil pesos…
En el Mercado merodeaban inmigrantes sin trabajo ni documentos que hacían cualquier cosa con tal de ganar algo de dinero. Vitarelli se encargó de contratar a dos de ellos: Giovanni Battista Lauro y Francesco Salvatto, dos calabreses analfabetos, desocupados, desesperados por la miseria.
Tras dos intentos frustrados, la ocasión decisiva se presentó el domingo 19 de julio. Livingston le anticipó a su mujer que a la salida del hipódromo iría a festejar el triunfo de Yrigoyen, que descontaba. A las nueve y media de la noche, Carmen y Catalina abrieron a Lauro y Salvatto las puertas de Gallo 1680. Esperaron en la oscuridad del vestíbulo.
Las dos mujeres cerraron con llave el paso a los dormitorios, donde se recluyeron. A las doce, se escuchó el ruido de la llave. Los asesinos se abalanzaron sobre el dueño de casa en la oscuridad. Livingston defendió su vida como un león. Finalmente, cayó con el cuerpo y la cara sajados, mientras sus asesinos recuperaban el resuello. En ese momento apareció Carmen. Les gritó:
–Sáquenle la billetera y váyanse.
Antes de hacerlo, los malhechores limpiaron los cuchillos con el pañuelo del muerto, que guardaron, pero… ¡dejaron los cuchillos! Y Carmen Guillot pisó sangre con sus chinelas, que dejaron sus huellas en el departamento, aunque luego advirtió el error.
Lauro fue detenido en un pueblo de Santa Fe. De nada sirvió que algunos calabreses lo ocultaran. En cuanto a Salvatto, consiguió subir como polizón en un paquebote que partió a Italia, pero fue descubierto al hacer escala en Santos (Brasil): lo bajaron y devolvieron a Buenos Aires.
Durante el proceso, el interés de la opinión pública se centraba en lo que pasaría con Carmen Guillot, procesada por homicidio en grado de tentativa y asociación ilícita. Antonio De Tomaso, su abogado –futuro diputado socialista de una oratoria que derretía las piedras–, la presentó como la víctima de un monstruo. Así declaró la imputada ante el juez de instrucción:
–Pertenecí a una honrada familia, señor juez. Mis padres sufrieron mucho conmigo a causa de mi salud. Yo estaba predestinada a la muerte. Mucho antes de casarme, cuando aún vivía con mis padres en una finca de Belgrano, empecé a sufrir el mal de Basedow. Es un bocio que apenas desfigura la garganta pero perturba la psiquis.
–¿Cómo conoció a su marido?
–El vivía cerca de mi casa, en un chalet, con una mujer francesa. Me miraba, sonreía, un día me arrojó una carta de amor. Decía que estaba enamorado de mi "extraña belleza". Yo desconfiaba. Mucho se murmuraba de él, de su vida, de sus costumbres. Cuando todos se oponían a nuestro amor, combatí contra todos, como una leona. Un día me esperó en su coche. Escapamos. Me llevó a un hotel. Mi desengaño fue cruel. Mis ilusiones duraron apenas horas. En la intimidad, se me presentó como una bestia.
–¿Por qué se casó con él?
–Era joven, estaba enferma, atolondrada por un amor sincero y por un mal que me enloquecía, era un guiñapo. Después de muchas incidencias, decidimos casarnos. Yo ni siquiera había cumplido los quince años. Y empezó mi martirio. El era cruel. Me odiaba, y no perdía oportunidad de despreciarme. Con ese mismo bastón de Malaca con el que se defendió, me propinaba feroces palizas. Derrochaba dinero con mujeres y en el juego. Cada nacimiento de mis hijos fue para él un disgusto. (...) Harta de ser castigada, cuando la mucama me propuso una solución, la acepté. Ella también había tenido un marido así y se había librado de él. La noche en que los pescadores entraron a casa para matarlo, quedé muda de espanto…
Carmen Guillot fue condenada a reclusión perpetua. La misma pena recayó en Salvatore Vitarelli. Catalina González recibió quince años. Muchos años después, el periodista Luis Diéguez, de Crítica, entrevistó a Carmen Guillot en la Cárcel de Mujeres, el caserón de Humberto I y Defensa. Así la describió: "De la antigua belleza, ella conserva la fascinación de los ojos grandes y negros. La hermosura de ayer se muestra marchita, acentuada por la encanecida cabellera". Ante el periodista, la condenada elevó una súplica:
–¡No me arrepentiré jamás! El tuvo la culpa. Ahora ya no soy una mujer peligrosa. Bien merezco ver a mis hijos.
Pero sus hijos la abandonaron.
Lauro y Salvatto fueron fusilados en el patio de la Penitenciaría Nacional la madrugada del 22 de julio de 1916. Nadie reclamó sus cuerpos. Lauro dejó una estampita de San Genaro pegada en la pared de su celda. Salvatto pidió fumar un toscano corto, un charuto, antes de caer ante el pelotón. Todavía estaba encendido cuando se lo dio al cura.
Fue la última vez que se aplicó la pena capital por causas no políticas en Buenos Aires.
Por Alvaro Abos
Próxima entrega: Mateo Banks, el óctuple homicida
http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/revista/nota.asp?nota_id=773105
ENTREVISTA A LAURA SEGATO, ANTROPOLOGA
En los vínculos humanos persisten aún modelos en los que prima la asimetría, la estructura patriarcal e incluso la presunción de que se es varón sólo si se puede mostrar un poder abusivo sobre la mujer.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
En el mundo ha avanzado en cuanto a derechos humanos, pero se verifican también día a día innumerables actos de discriminación. Respecto concretamente de la relación entre hombres y mujeres, ¿hay alguna sociedad que trate exactamente igual a unas y a otros?
—Las relaciones de género conforman la estructura histórica más lenta. Cambiarla, cambiar la visión jerárquica que tenemos sobre las relaciones sociales —cuya primera experiencia es la familia—, lleva un tiempo más largo que todas las otras costumbres juntas. Yo veo a la familia como una institución eminentemente jerárquica, en la que entramos y aprendemos cómo es la escena social. A pesar de las diferencias de las organizaciones familiares tanto entre culturas como dentro de nuestra propia sociedad, ese elemento jerárquico, patriarcal, es universal, con variaciones en su manera de realizarse. Eso instala una visión, una estructura simbólica y una forma de organizar la realidad que es jerárquica.
# ¿Pero no cree que ha habido cambios en esa estructura tan jerárquica como usted la juzga?
—No creo que sean cambios sustantivos. Existen, sin duda, muchas infracciones a ese canon familiar patriarcal. Cada familia particular y cada sujeto particular introducen sus variaciones, sus matices, y pueden vivir la familia de otra forma, subvertirla. Pero esas infracciones o subversiones personales o de grupos todavía no han alcanzado a transformar esas representaciones fuertes que tenemos de lo que es un hombre, una mujer, un cuerpo de mujer y de hombre, y lo que ambos significan como signo.
# ¿Qué efectos trae para las mujeres este dispositivo jerárquico?
—Pasan a integrar lo que podemos llamar "economías simbólicas": economías de relacionamiento, de valor y de intercambio donde las mujeres entran como algo violable, violentable, casi como si ese rango proviniera de un mandato. Se es hombre en la medida en que se puede extraer un tributo del cuerpo femenino, de ese signo femenino que es el cuerpo. No estoy negando la afectividad elaborada, discutida y reflexiva, que lleva al hombre a comprender que una cosa es una relación afectiva y otra cosa es la extracción. Obviamente, hay infinidad de casos en que la mujer no es un objeto del cual se extrae ese tributo que convierte al hombre en señor. Pero sabemos también (y lo leemos todos los días) en cuantos casos la mujer es un objeto sobre el que se ejerce violencia y poder abusivo.
# ¿La masculinidad suele constituirse entonces a través del ejercicio de la violencia sobre las mujeres?
—La violencia no necesita ser una violencia física o una violación, pero siempre implica una extracción de tributo. Muchos hombres creen que no son tales si no consiguen esa donación femenina hacia él. A veces uno lo olvida porque está como "naturalizado". Hay una presión social que no se origina en el sujeto mismo, sino que funciona como consenso: ser sujeto masculino, de cierto grupo o blanco —depende del país donde estemos— implica proceder de cierta manera. El poder maltratar a alguien, el presentarse como sujeto de poder es parte de un círculo que se reproduce en las sociedades. Hay sociedades construidas sobre verdaderos circuitos de violencia, que se mantienen y reproducen mediante la posibilidad de que siempre haya maltratados (sobre todo, maltratadas) y maltratadores.
# ¿La violencia sobre las mujeres es una violencia como las demás o tiene rasgos propios?
—Tiene rasgos propios. Para muchos hombres, es un paisaje habitual de la construcción de la masculinidad. Pensemos en el caso extremo de las violaciones. Siempre se las consideraba como productos de individuos locos, que un día salen a la calle y violan. Pero luego de muchas investigaciones, se vio que más de la mitad de las violaciones eran hechos grupales, muy característicos de los adolescentes, que tienen que pasar por esa "iniciación" para ser parte de un grupo de amigos, de una banda, de una patota. ¿Qué pasa, por otra parte, con los hombres que sienten que el primer gesto de poderío es la exhibición de mujeres? El acceso a la mujer se muestra como si fuera el signo de lo que se tiene en el campo de lo político, de lo económico, lo intelectual.
# ¿Cómo romper con esa lógica de la violencia?
—Con mucha conciencia. El sujeto que está en el lugar del maltratador debe poder extirpar el chip implantado que trae y desautomatizar el mandato de ejercer poder sobre el otro. El trabajo de desimplantar es muy arduo. Sobre todo, hay que vislumbrar otros placeres y desear algo que se encuentra fuera de esa "economía simbólica" de la que hablábamos.
# Es como exigir nadar en contra de la corriente.
—Quizá no sea tanto. Son muy grandes los placeres de la igualdad, de estar juntos, de compartir sin diferenciación, de bajarse cuando se está arriba y de subirse cuando no, y de que lo ayuden a subir cuando se está por abajo, produciendo un mundo de iguales.
# Me resulta difícil detectar un ejemplo de sociedad construida tan claramente sobre un circuito de violencia.
—No es tan difícil. Piense en Ciudad Juárez. Es la frontera norte de México, en el centro del territorio y es una frontera extremadamente violenta. Estados Unidos está protegido por un desierto enorme, ganado a México, que no se puede cruzar a pie, pero la gente intenta cruzarlo cada día, atravesando a pie ese desierto. Sabemos que muchos mueren en la travesía. Es una frontera donde suceden muchas muertes de mujeres, coincidiendo con la formación del NAFTA. Es una coincidencia significativa.
# ¿Por qué?
—Asocie frontera, NAFTA, maquiladoras, tráfico ilegal de todo tipo de cosas —no sólo de drogas— y muertes misteriosas de mujeres. Es la gran frontera del tráfico ilegal, en especial de capitales sueltos. Uno de los grandes enemigos de la humanidad son esos capitales sueltos, no declarados. Muchas muertes consumen esas ganancias que circulan sin declaración; muchos pactos mafiosos se sellan a causa de ellos. Mi tesis es que en México se sellan con muertes de mujeres. Algunas hipótesis hablan de esas muertes como instrumentales: serían pa ra pornografía, para ciber pornografía, para donación de órganos... Todo eso implica un beneficio económico directo de esos cuerpos de mujeres. Pero yo creo que los móviles van más allá. Hay prostitución en esa región, pero las muertes son de otro tipo. Cuando un delito dura mucho tiempo impune, es indudable que hay un gran poder por detrás que lo protege. ¿Quién duda de que detrás de los crímenes de mujeres en Ciudad Juárez hay alguna asociación de poderes políticos y económicos? A punto tal de que incluso "se exportan".
# ¿A qué se refiere?
—A que en todo 2005 aumentaron significativamente los crímenes de mujeres en Guatemala; muchos de ellos fueron el final de un secuestro. En esos cuerpos se inflinge mucho más dolor del que sería necesario para matar a alguien, o para violarlo, o para extraer de ese cuerpo un placer sexual. Eso es lo que para mí es muy revelador. Si un grupo secuestra y viola masivamente a una mujer, es un crimen sexual. Pero en estos crímenes —nunca de manera muy clara, porque en los peritajes se desdibujan las evidencias—, hay mucha más violencia y se provoca más sufrimiento de lo que sería necesario para obtener un servicio sexual o para matar a alguien. Eso es lo que es muy significativo y específico de Ciudad Juárez, y ahora también de Guatemala. Pero fíjese como el crecimiento es exponencial: en Ciudad Juárez se habla de entre trescientas y cuatrocientas muertes en una década; en Guatemala hubo más de quinientas muertes de ese tipo en 2005.
# ¿Qué puede hacer el derecho ante estos crímenes?
—Ha habido visitas de Amnesty International, de la ONU, de una comisión de la CEDAW (que es la Convención para la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer) y en todos los informes hay recomendaciones para el Estado mexicano, que dice cumplirlas. Pero todas las semanas muere una mujer. La lucha que tienen pendiente las mujeres es transformar ese delito elevándolo al rango de crimen de lesa humanidad para que pueda ir al Tribunal Penal Internacional.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/22/z-03415.htm
En la infancia, Mar del Plata era una noción difusa en una tarjeta postal. El mar se reveló mucho después, con una potencia romántica y metafísica.
BEATRIZ SARLO.
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Todos los veranos de mi infancia recibía cinco o seis cartas desde Mar del Plata. El remitente indicaba la calle Juan de Garay sobre la que estaba la casa que había visto en fotos, un chalet de dos plantas con jardín. Quien enviaba las cartas, alguien muy próximo, pasaba el mes de enero en la casa de una prima lejana, una señora millonaria y generosa, que albergaba en ese chalet a ocho o diez nietos. Sentía celos por esos chicos, no tanto porque estaban en Mar del Plata sino porque mi interlocutor epistolar se ocupaba de ellos y me lo contaba. Iban a Playa Grande, donde tenían una carpa (concepto que me resultaba difícil de entender), tomaban el té en el Golf o comían platitos en la Rambla, y, sin los nietos, jugaban a la noche en el Casino.
Ninguno de esos lugares me era remotamente familiar. En verdad, yo no conocía Mar del Plata, aunque trataba de que eso no fuera un tema, ya que habría demostrado mi inferioridad. Disimulaba la ignorancia. Una de mis primas había viajado a Chapadmalal y, de regreso, describió un lugar inimaginable, que consistía sólo en playas, hoteles y barrancas de rocas con algas (elemento de la naturaleza que tampoco
había visto nunca y que me remitía, más que al turismo, a la mitología griega). Como yo no era ni tan pobre para ir a una colonia de vacaciones del estado peronista, ni mi familia creía que los chicos tuvieran méritos suficientes para opinar sobre lugares de veraneo, conocí el mar a los dieciséis años. Lo cual fue una ventaja, casi un privilegio. Llegué al mar por el lado menos marítimo y más humilde, para decirlo de algún modo: San Clemente del Tuyú. Ni el verde o el azul intensos, propios del mar abierto. Cerca de la Bahía de San Borombón, donde acaba el Río de la Plata, hoy San Clemente no responde a mis nociones de mar típico . Pero, aquel día de diciembre de 1958, cuando caminé desde el hotel hasta la playa, cuando pisé por primera vez la arena húmeda y miré hacia el este, eso fue el mar. El hecho de que no hubiera formado parte del paquete turístico de la infancia, que no perteneciera a un cajón de experiencias acumuladas con el tiempo y desgastadas por la costumbre, que yo no pudiera recordar nada que me hubiera sucedido frente al mar, que ese paisaje no hubiera entrado en las postales del recuerdo, que nada en mi vida lo tuviera como referencia, hizo que el mar se presentara súbitamente, como si, de pronto, en el medio de una extensión chata y terrenal, se hubiera abierto el mundo y desbordara, líquido, hacia mí.
Eran más o menos las cinco de la tarde. El ruido del agua mostraba esa cualidad original que sólo tiene el mar, como si se tratara de una masa que se desploma, se recupera y vuelve a desplomarse. Nunca había escuchado un ruido así, nunca había visto una extensión tornasolada que se moviera hasta el horizonte, nunca había respirado ese olor. Llegar al mar por primera vez a los dieciséis años produce asombro. No quedé anonadada, sino en un estado de excitación que duró hasta la noche. Afortunadamente nada en las cartas que, de chica, recibía desde Mar del Plata me habían hecho suponer lo que tuve por delante aquella primera tarde en San Clemente del Tuyú. Las cartas hablaban de otra cosa porque el mar se daba por descontado: estaba allí como escenografía de los paseos, y si se transformaba en tema era, simplemente, por razones metereológicas.
Mientras que, a los dieciséis años, el mar se presentó como lo desconocido que por fin se alcanza, con una potencia romántica y metafísica especialmente adecuada a la sensibilidad de un adolescente que está preparado para admirar paisajes en los que pueda, al mismo tiempo y de manera contradictoria, identificarse y sentirse una parte mínima del universo. A los dieciséis años, ya tenía la cultura suficiente para saber qué debía sentir la primera vez que me enfrentara con el mar, y eso me permitió encontrar las palabras que podían, de algún modo, torpemente, expresarlo. Podía salir de la nebulosa del impacto y recitar: “El mar, el mar, que siempre recomienza”. No siempre más temprano es mejor.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/22/sociedad/s-01128336.htm
Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv
Enero me encontró de otra manera. Al menos en términos psicoanalíticos. Desde la primera sesión, hace ya varios años, hasta la semana pasada, siempre llegué al consultorio buscando ayuda para comprender la realidad. Me ufanaba de no tener traumas a superar, ni problemas afectivos, ni complejos que perturbaran el desempeño normal de mi vida.
En cambio ahora, a poco de comenzado el 2006, mi planteo en la entrevista terapéutica fue más personal, más íntimo.
Doctor —dije al recostarme en el diván—, creo que el alzheimer llegó a mi vida.
El silencio del discípulo de Freud, estimuló mi verborragia y traté de demostrarle mi teoría con ejemplos. Después de tomar un medicamento —dije— siempre dudo si lo hice y en muchas ocasiones lo vuelvo a tomar. Puedo estar mirando el reloj, pero si alguien me pregunta la hora, tengo que volver a hacerlo para poder responderle.
En la cama puedo pasar más de diez minutos buscando los controles remotos y al final tengo que irme a dormir con el televisor prendido. Con la cabeza apoyada en el almohadón, cierro un ojo y otro, alternativamente y, al descubrir que la posición del almohadón varía, tengo la sensación de estar inmerso en un misterio insondable.
Más de una noche, me levanto para ir al baño y aparezco en medio de la cocina. También puedo pasar todo un miércoles pensando que es jueves y hasta el otro día no vuelvo a la normalidad. Otras veces no tengo la menor idea de qué día es.
A veces entro al cuarto y una vez adentro no recuerdo para qué había ido y se me ocurre que si salgo y vuelvo a entrar me voy a acordar. Si estoy solo en el cuarto me descubro pensando en voz alta y, si alguien entra, me pongo a cantar para disimular.
A veces en el espejo del baño, con la luz fluorescente, me miro y digo ¿quién es ese tipo? Al subirme al auto suelo poner el cambio antes de encender el motor.
Si el auto se para me veo obligado a abrir el capot para revisar el motor, aunque no sé nada de mecánica y no distingo una bujía del caño de escape.
También puedo volver a casa y al llegar, cuando miro la puerta de calle recuerdo que de allí me mudé hace más de dos años
Si por la mañana, al salir de casa llueve, salgo con piloto y paraguas, hasta ahí es normal, pero si al mediodía salió el sol, ¿por qué me siento obligado a explicarle a todo el mundo que cuando salí de casa llovía?
Más de una vez tecleé la contraseña de mi página de Internet en el microondas.
Otras veces le envié un mail a la persona que está al lado mío. Reviso mi correo electrónico más de 10 veces al día y por la mañana me conecto antes de lavarme los dientes.
Siempre le pongo sal a la comida sin haberla probado antes.
Si alguien llenó una botella de una gaseosa clara con agua, al tomarla sin saberlo, tengo la sensación de estar bebiendo algo amargo.
Desde que los celulares traen agenda incorporada me cuesta recordar de memoria el número de teléfono de mi casa. Si salgo de casa sin el celular, es como si estuviera desnudo y tengo que volver a buscarlo para no entrar en pánico.
Si alguna vez me abrocho mal la camisa, recién lo descubro a la noche al volver a casa.
Cuando camino al lado de alguien trato de acomodar el paso para que los dos pies izquierdos marchen al mismo tiempo y cuando lo logro tengo la sensación de haber triunfado.
Si estoy sentado en un tren detenido y hay otro enfrente, en sentido contrario, si uno de los dos comienza a moverse me resulta imposible saber cuál es.
A veces, al bajar una escalera, me salteo el último escalón y durante horas me queda la sensación de que el esternón se me clavó entre los ojos.
Doctor —dije por fin. ¿No cree que padezco alzheimer?
No —respondió tranquilo—, no creo que lo nuestro sea alzheimer. Me parece que estamos necesitando vacaciones.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/22/z-03506.htm
La Paz, 22 de enero de 2006
Para recordar a nuestros antepasados por su intermedio señor presidente del Congreso Nacional, pido un minuto de silencio para Manco Inca, Túpac Katari, Túpac Amaru, Bartolina Sisa, Zárate Villca, Atihuaiqui Tumpa, Andrés Ibáñez, Che Guevara, Marcelo Quiroga Santa Cruz, Luis Espinal, a muchos de mis hermanos caídos, cocaleros de la zona del trópico de Cochabamba, por los hermanos caídos en la defensa de la dignidad del pueblo alteño, de los mineros, de miles, de millones de seres humanos que han caído en toda América, por ellos, presidente, pido un minuto de silencio.
¡Gloria a los mártires por la liberación!
Señor presidente del Congreso señor Alvaro García Linera; presidentes Jefes de Estado presentes acá, muchas gracias por su presencia; organismos internacionales; ex presidentes; al Congreso Nacional; a la Corte Suprema de Justicia; a los hermanos y hermanas de los pueblos indígenas de América, muchas gracias por su presencia.
A todo el pueblo boliviano, saludar desde acá, agradecer a la vida por darme la vida, agradecer a mis padres –que en paz descansen–, convencido que siguen conmigo ayudándome; agradecer a Dios, a la Pachamama, por haberme dado esta oportunidad para conducir el país. A todos ellos muchas gracias. Gracias a ellos estoy donde estoy, y gracias al movimiento popular, al movimiento indígena de Bolivia y de América.
Con seguridad estamos en la obligación de hacer una gran reminiscencia sobre el movimiento indígena, sobre la situación de la época colonial, de la época republicana y de la época del neoliberalismo.
Los pueblos indígenas –que son mayoría de la población boliviana–, para la prensa internacional, para que los invitados sepan: de acuerdo al último censo del 2001, el 62,2% de aymaras, de quechuas, de mojeños, de chipayas, de muratos, de guaraníes. Estos pueblos, históricamente hemos sido marginados, humillados, odiados, despreciados, condenados a la extinción. Esa es nuestra historia; a estos pueblos jamás los reconocieron como seres humanos, siendo que estos pueblos son dueños absolutos de esta noble tierra, de sus recursos naturales.
Esta mañana, esta madrugada, con mucha alegría he visto a algunos hermanos y hermanas cantando en la plaza histórica de Murillo, la Plaza Murillo como también la Plaza San Francisco, cuando hace 40, 50 años no teníamos derecho a entrar a la Plaza San Francisco, a la Plaza Murillo. Hace 40, 50 años no tenían nuestros antepasados el derecho de caminar en las aceras. Esa es nuestra historia, esa nuestra vivencia.
Bolivia parece Sudáfrica. Amenazados, condenados al exterminio estamos acá, estamos presentes. Quiero decirles que todavía hay resabios de esa gente que es enemiga de los pueblos indígenas, queremos vivir en igualdad de condiciones con ellos, y por eso estamos acá para cambiar nuestra historia, este movimiento indígena originario no es concesión de nadie; nadie nos ha regalado, es la conciencia de mi pueblo, de nuestro pueblo. Quiero decirles, para que sepa la prensa internacional, a los primeros aymaras, quechuas que aprendieron a leer y escribir, les sacaron los ojos, les cortaron las manos para que nunca más aprendan a leer, escribir. Hemos sido sometidos, ahora estamos buscando cómo resolver ese problema histórico, no con venganzas, no somos rencorosos.
Y quiero decirles sobre todo a los hermanos indígenas de América concentrados acá en Bolivia: la campaña de 500 años de resistencia indígena-negro-popular no ha sido en vano; la campaña de 500 años de resistencia indígena popular empezada el año 1988, 1989, no ha sido en vano.
Estamos acá para decir basta a la resistencia. De la resistencia de 500 años a la toma del poder para 500 años, indígenas, obreros, todos los sectores para acabar con esa injusticia, para acabar con esa desigualdad, para acabar sobre todo con la discriminación, opresión donde hemos sido sometidos como aymaras, quechuas, guaraníes.
Respetamos, admiramos muchísimo a todos los sectores, sean profesionales o no profesionales, intelectuales y no intelectuales, empresarios y no empresarios. Todos tenemos derecho a vivir en esta vida, en esta tierra, y este resultado de las elecciones nacionales es, justamente, la combinación de la conciencia social con la capacidad profesional. Ahí pueden ver que el movimiento indígena originario no es excluyente. Ojalá, ojalá otros señores también aprendan de nosotros.
Yo quiero decirles con mucha sinceridad y con mucha humildad, después de que he visto muchos compañeros de la ciudad, hermanos de la ciudad, profesionales, la clase media, intelectuales, hasta empresarios, que se suman al MAS. Muchas gracias, yo me siento orgulloso de ellos, de nuestra clase media, intelectual, profesional, hasta empresarial, pero también les invito a ustedes que se sientan orgullosos de los pueblos indígenas que son la reserva moral de la humanidad.
Podemos seguir hablando de nuestra historia, podemos seguir recordando como nuestros antepasados lucharon: Túpac Katari para restaurar el Tahuantinsuyo, Simón Bolívar que luchó por esa patria grande, Che Guevara que luchó por un nuevo mundo en igualdad.
Esa lucha democrática cultural, esta revolución cultural democrática, es parte de la lucha de nuestros antepasados, es la continuidad de la lucha de Túpac Katari; esa lucha y estos resultados son la continuidad de Che Guevara. Estamos ahí, hermanas y hermanos de Bolivia y de Latinoamérica; vamos a continuar hasta conseguir esa igualdad en nuestro país, no es importante concentrar el capital en pocas manos para que muchos se mueran de hambre, esas políticas tienen que cambiar pero tienen que cambiar en democracia.
No es posible que algunos sigan buscando cómo saquear, explotar, marginar. No sólo nosotros queremos vivir bien, seguramente algunos tienen derecho a vivir mejor, tienen todo el derecho de vivir mejor, pero sin explotar, sin robar, sin humillar, sin someter a la esclavitud. Eso debe cambiar, hermanas y hermanos.
Quiero decirles, a ese movimiento popular, a esa gente andina honesta de las ciudades, especialmente al movimiento indígena originario, para que vean, no estamos solos, ni en los movimientos sociales ni en los gobiernos de América, de Europa de Asia, de Africa, aunque lamentablemente, hasta los últimos días, la guerra sucia, la guerra mentirosa eso no va; eso hay que cambiar, es verdad que duele. En base a la mentira, en base a la calumnia nos quieren humillar.
¿Recuerdan? En marzo del año pasado, en esta Plaza Murillo querían hacer colgar a Evo Morales, querían descuartizar a Evo Morales. Eso no debe ocurrir, eso no puede seguir compañeras y compañeros. Ex presidentes entiendan eso no se hace, no se margina, se lucha; se trabaja para todos y para todas.
No es importante Evo; no estamos en campaña ya, sólo estamos recordando nuestra historia, esa historia negra, esa historia permanente de humillación, esa ofensiva, esas mentiras, de todo nos han dicho. Verdad que duele pero tampoco estamos para seguir llorando por los 500 años; ya no estamos en esa época, estamos en época de triunfo, de alegría, de fiesta. Es por eso, creo que es importante cambiar nuestra historia, cambiar nuestra Bolivia, nuestra Latinoamérica.
Estamos acá en democracia, y quiero que sepan –sobre todo la comunidad internacional–, como nuestro vicepresidente de la República decía en una conferencia: queremos cambiar Bolivia no con bala sino con voto, y esa es la revolución democrática.
¿Y por qué hablamos de cambiar ese estado colonial?, tenemos que acabar con el estado colonial. Imagínense: después de 180 años de la vida democrática republicana recién podemos llegar acá, podemos estar en el Parlamento, podemos estar en la presidencia, en las alcaldías. Antes no teníamos derecho.
Imagínense. El voto universal el año 1952 ha costado sangre. Campesinos y mineros levantados en armas para conseguir el voto universal –que no es ninguna concesión de ningún partido–, se organizaron; esa conquista, esa lucha de los pueblos.
Imagínense, recién en el 2003 se ha podido conseguir con sangre el Referéndum vinculante para que los pueblos, los bolivianos no solamente tengamos derecho que cada cinco años elijamos con nuestro voto quién será alcalde, quién será el concejal, quién es el presidente, vicepresidente, senador o diputado; que también con nuestro voto decidamos el destino del país, nuestro futuro. Y ese Referéndum vinculante también ha costado sangre.
Ahí estaba el Estado colonial, y aún todavía sigue vigente ese Estado colonial. Imagínense, no es posible, no es posible que no haya en el Ejército nacional un general Condori, un general Villca, un general Mamani, un general Ayma. No hay todavía, ahí está el Estado colonial.
Para cambiar ese Estado colonial habrá espacios, debates, diálogos. Estamos en la obligación, como bolivianos, de entendernos para cambiar esta forma de discriminar a los pueblos.
Permanentemente antes se hablaba de la democracia, se lucha por la democracia, se hablaba de pacto por la democracia, pacto por la gobernabilidad. El año 1997, cuando llegué a este Parlamento no he visto personalmente ningún pacto por la democracia ni por la gobernabilidad, sino los pactos de la corrupción, pacto de cómo sacar plata de dónde y cómo, felizmente había tenido límite y se acabó gracias a la conciencia del pueblo boliviano.
Maniobras más maniobras. La forma de cómo engañar al pueblo, la forma de cómo subastar al pueblo. Nos dejaron un país loteado, un Estado loteado, un país subastado. Yo estoy casi convencido: si hubieran sido inteligentes administradores del Estado, si hubieran querido esta patria, amado esta patria y no como algunos sólo quieren a esta patria para saquear y enriquecerse, si realmente hubiera habido gente responsable para manejar amando a esta patria, a su pueblo, Bolivia sería mejor que Suiza.
Suiza, un país desarrollado sin recursos naturales, y Bolivia con semejantes recursos naturales y con semejante pobreza. Eso hay que cambiar, y por eso estamos acá para cambiar juntos estas injusticias, este saqueo permanente a nuestros recursos naturales.
Después de escuchar el informe de las comisiones de transición, he podido ver como el Estado no controla al Estado, sus instituciones. Una dependencia total, como hemos visto en lo económico, un país transnacionalizado. Su pretexto de capitalización sólo ha descapitalizado al país. Su pretexto de capitalización, entiendo que hay que importar el capital en vez de exportar el capital. Sólo se exporta el capital y sólo se exporta ahora como producto de esas políticas de capitalización, al ser humano. No se gobierna así, estimados parlamentarios, no se gobierna así, quienes pasaron por el Palacio de Gobierno y por el Parlamento.
La política significa una ciencia de servicio al pueblo, hay que servir al pueblo no vivir del pueblo, si esa es la política. Hay que vivir para la política y no vivir de la política.
Hermanas y hermanos, nuestras autoridades originarias saben exactamente que cuando uno asume ser autoridad, es para servir al pueblo, y estos temas hay que cambiar pues, y están aquí parlamentarios para servir, si realmente están decididos, a servir los 5 años. Eso quisiéramos, en todo caso hay que tomar ciertas medidas para que el pueblo entienda.
Entiendo que la política es una forma de resolver los problemas económicos del país. Hemos visto, hay mucha gente que seguramente vuelve después de descansar un año, dos años, para seguir viviendo de la política. Hay que cambiar y esperamos con la participación de ustedes cambiar esos temas.
No es posible que se privaticen los servicios básicos. No puedo entender cómo los ex gobernantes privaticen los servicios básicos especialmente el agua. El agua es un recurso natural, sin agua no podemos vivir, por tanto el agua no puede ser de negocio privado, desde el momento que es negocio privado se violan los derechos humanos. El agua debe ser de servicio público.
Las luchas por agua, por coca, por gas natural nos han traído acá, hermanas y hermanos. Hay que reconocer que esas políticas equivocadas, erradas, interesadas, recursos naturales subastados, servicios básicos privatizados, obligó a que haya conciencia del pueblo boliviano. Estamos en la obligación de cambiar estas políticas.
Constitucionalmente es inconstitucional el latifundio. Lamentablemente por intereses de grupos de poder hay latifundio. ¿Como es posible que haya latifundio?, ¿cómo es posible cuando algunos sectores plantean que necesitan 20, 30, 40, 50 hectáreas para criar una vaca?, ¿habría que ser una vaca para tener 50 hectáreas? Eso es parte de un modelo económico.
Hay familias, veamos en Titicaca, en Parotani, le pedimos a nuestro senador por Cochabamba que no se duerma, estamos hablando de Parotani, donde ni siquiera familias tienen 5 hectáreas, ni media hectárea, ni cuarta hectárea, ni siquiera tienen cuarta hectárea, pero en el Oriente boliviano por vaca hay que dar 50 hectáreas. Eso debemos cambiar, estamos aquí, repito, para cambiar esta injusticia, esta desigualdad.
Estas políticas económicas implementadas por instrucciones externas, por recomendaciones externas, ¿qué nos han dejado?: desempleo. Nos dijeron hace unos 10, 15 años o 20 años que aquí la empresa privada va a resolver los problemas de la corrupción y los problemas del desempleo. Pasan tantos años, más desempleo, más corrupción, que por tanto ese modelo económico no es solución para nuestro país, tal vez en algún país europeo o africano puede ser una solución. En Bolivia el modelo neoliberal no va.
Producto de la aplicación de este modelo neoliberal hemos visto de cerca qué pasa. El Estado gasta para que un joven, sea del campo o la ciudad, sea profesional; la familia gasta para que su hijo sea profesional, es profesional, no hay empleo, ese profesional tiene que pensar en Argentina, Estados Unidos o Europa. Hoy en día se va a Europa ese joven que no encuentra trabajo, sea profesional o no profesional. ¿Cuántos familiares de ustedes están, sino es en Argentina, sino es en Estados Unidos, en Europa?, ¿cuántos de nuestros vecinos?, hermanas y hermanos, eso es el producto de la aplicación del modelo neoliberal. Esa es la ley de capitalización, esas son políticas de subasta, de saqueo a nuestros recursos naturales.
¿Y a qué van, a Estados Unidos, a Europa o Argentina o a otros países?. Lamentablemente –hay que decir la verdad–, van de meseros. Esos profesionales van a lavar platos. Duele de verdad, repito otra vez, teniendo tantos recursos naturales, que la gente abandone nuestro país. Creo todavía que tenemos la responsabilidad de cómo saldar ese error social, económico e histórico, que mejor juntos todos podemos cambiar y corregir esos errores implementados por instituciones seguramente extranjeras.
Imagínense, escuelas rurales llamadas seccionales, sin luz. Estamos en el tercer milenio, que me acuerdo donde nací, donde por primera vez he ido a una escuela seccional, hace dos años ha llegado la luz, pero en otras escuelas seccionales como Acunami, Chivo, Rosapata, Arcorcaya, todavía no hay luz. ¿Cómo será en otras comunidades?, no hay camino carretero, el profesor tiene que caminar horas y días para llegar a la escuela seccional. ¿Qué han hecho esos gobernantes? ¿Acaso no sienten lo que sufren las mayorías nacionales, los niños? En vez de juntar plata en los bancos, en vez de ahorrar plata en Estados Unidos, en Europa o en Suiza, ¿por qué esa plata no la han invertido en su país, si son solidarios?
Imagínense ustedes, en el campo sobre todo, la mayor parte de los niños muere y muy pocos se salvan de esa muerte. Estos temas quisiéramos solucionarlos, no solamente con la participación de los bolivianos, sino también de la cooperación internacional. Resolver, no para Evo; no estoy pidiendo participación de la comunidad internacional para Evo, sino para el pueblo boliviano.
Y quisiéramos de verdad, de verdad, que haya una conciencia no sólo nacional sino internacional. Seguramente algunos países también tienen que ponerse la mano al pecho para pensar en las mayorías no sólo bolivianas sino latinoamericanas.
Es verdad que va a ser importante. ¿Cómo buscar mecanismos que permitan reparar los daños de 500 años de saqueo a nuestros recursos naturales? Será otra tarea que vamos a implementar en nuestro gobierno.
Por esa clase de injusticias nace este llamado instrumento político por la soberanía, un instrumento político del pueblo, un instrumento político de la liberación, un instrumento político para buscar la igualdad, la justicia, un instrumento político como el Movimiento Al Socialismo, que busca vivir en paz con justicia social, esa llamada unidad en la diversidad.
Tantas marchas, huelgas, bloqueo de caminos, pidiendo salud, educación, empleo, respeto a nuestros recursos naturales, que nunca han querido entender.
Como no podemos resolver sindicalmente, el movimiento campesino boliviano se atrevió a resolver políticamente, electoralmente, es el Movimiento Al Socialismo, es el instrumento político por la soberanía de los pueblos.
Para información de la comunidad internacional este movimiento no nace de un grupo de politólogos. Este instrumento político, el Movimiento Al Socialismo no nace de un grupo de profesionales. Aquí están nuestros compañeros dirigentes de la Confederación Sindical Unica de Trabajadores Campesinos de Bolivia, de los compañeros de CONAMAQ (se refiere al Consejo Nacional de Marcas y Ayllus del Llasuyu), de los compañeros de la Federación Nacional de Mujeres Bartolina Sisa, la Confederación Sindical de Colonizadores de Bolivia, estas tres, cuatro fuerzas, algunos hermanos indígenas del Oriente boliviano, el año 1995 empezamos a construir un instrumento político de liberación. Frente a tantos problemas, nos hemos preguntado cuándo se iban a cumplir tantos convenios que firmamos gracias al poder sindical, al poder de la lucha, de la fuerza comunal, que sólo los acuerdos se acababan en papeles.
Debemos tener toneladas de acuerdos firmados en papeles, que nunca han resuelto nuestros problemas, nunca han podido entendernos, y dijimos: hay que pasar de las protestas a las propuestas. Nosotros mismos nos gobernaremos como mayorías nacionales. Ahí felizmente encontramos gente consciente, sana, de las ciudades, profesionales que se suman y el compañero Alvaro García Linera es uno de los intelectuales profesionales de la clase media de la ciudad que se suma para apoyar al movimiento indígena originario. Mi respeto, mi admiración al hermano Linera.
¿Qué hizo el instrumento político?, sólo ha puesto en balanza, como decía el compañero Santos Ramírez, que viene de una comunidad, profesor rural, quechua neto, pasando por la lucha sindical, por la Confederación de Maestros Rurales de Bolivia, y con mucho orgullo los quechuas deben sentirse orgullosos, un quechua presidente de la Cámara de Senadores, gracias al voto del pueblo, gracias a esa gente que se sumó.
Y nos decía, como profesor muy didáctico, que hemos puesto en la balanza dos poderes: el poder de la conciencia y el poder económico de la prebenda. Para que sepan las instituciones internacionales, la prensa internacional: el poder de la conciencia ganó las elecciones nacionales y el MAS es el instrumento político.
Y no solamente un triunfo con simple mayoría. Imagínense, del 100% de inscritos para participar en estas elecciones nacionales, 84% va a las urnas, creo que ni siquiera en Estados Unidos hay esta clase de participación. Esa es la vocación democrática del pueblo boliviano. Inclusive también quiero decirles, pese a la depuración injusta, ilegal depuración que aplicaron desde la Corte Nacional Electoral, señores miembros de la Corte Nacional Electoral, no traten de llevar a un crimen a la democracia. No se hace eso. Acá se trata de fortalecer a la democracia, hay tantos documentos que siguen llegando de cómo ilegalmente se ha depurado. No importa, pese a esas depuraciones el pueblo boliviano ha demostrado que hay una vocación democrática para cambiar en democracia la situación económica, social de nuestro país.
Quiero reconocer a algunos medios de comunicación, profesionales que permanentemente nos recomendaban para aprender, pero también a algunas periodistas mujeres. Permanentemente satanizaron la lucha social, permanentemente la condenaron con mentiras. Estamos sometidos por algunos periodistas y medios de comunicación a un terrorismo mediático, como si fuéramos animales, como si fuéramos salvajes.
Después hablan de seguridad jurídica. Quién no quisiera tener seguridad jurídica, todos apostamos para que haya seguridad jurídica, pero para que haya verdadera seguridad jurídica primero tiene que haber seguridad social y eso se logra resolviendo los problemas sociales de nuestro país, y si hablamos de Bolivia, resolviendo el problema económico, el problema de educación, el problema de empleo, fundamentalmente, para que no hayan protestas sociales.
Estimados parlamentarios, hermanos del pueblo boliviano, las elecciones del 18 de diciembre del año pasado nos han unido a los bolivianos; las elecciones del año pasado han dado esta medida económica en nuestro país.
Estoy muy sorprendido, yo no soy banquero, me he reunido con el sector financiero en La Paz, en Santa Cruz y lo demuestran, hay estabilidad económica, no hay ningún miedo, ni a Evo Morales ni a los movimientos sociales, menos al Movimiento Al Socialismo.
Eran mentiras cuando decían: si Evo es presidente no va haber ayuda económica, si Evo es presidente va haber un bloqueo económico. Quiero agradecer la visita del representante del gobierno de Estados Unidos, señor Shannon. Anoche me visitó a mi humilde vivienda donde vivo en Anticrético para expresarme que debe fortalecerse las relaciones bilaterales, para desearnos éxito en nuestro gobierno.
Hablando del gobierno de Estados Unidos, acabando en el gobierno de Cuba de Fidel Castro, tenemos apoyo internacional, hay solidaridad internacional, y dónde está lo que decían: si Evo es presidente no va a haber apoyo internacional.
Felizmente, el pueblo es sabio. Esa sabiduría del pueblo boliviano hay que reconocerla, hay que respetarla y hay que aplicarla. No se trata de importar políticas económicas o recetas económicas desde arriba o desde afuera, y la comunidad internacional tiene que entender eso: el querer importar políticas a Bolivia y es un error. Las organizaciones sociales, los consejos de amautas que admiro muchísimo, en el Altiplano paceño, esos sindicatos del campo y de la ciudad, esas organizaciones llamadas capitanías en el Oriente boliviano, son el reservorio de conocimientos, el reservorio de conocimientos científicos de la vida para defender a la vida, para salvar a la humanidad. Se trata de coger de esas organizaciones para implementar políticas y no se trata de imponer políticas al servicio de grupos de poder en Bolivia o en el exterior.
Y esos pueblos dieron la victoria en las elecciones del año pasado. Nuestro gran agradecimiento a quienes pensaron para cambiar nuestra Bolivia.
Al momento de dejar este Congreso como parlamentario, quiero expresar mis malos recuerdos como también buenos recuerdos. Recuerdo cuando llegamos 4 parlamentarios acá: Román, Néstor, Félix, presentábamos proyectos de ley, ¿qué decían?, no hay que aprobar la ley o proyecto de ley de Evo Morales, si aprobamos vamos a potenciar a Evo Morales, cómo me bloquearon acá los proyectos de ley que traíamos, entendiendo lo que pensaban nuestros compañeros, sin embargo, protestaban permanentemente, Evo bloqueador, cuando desde acá nos enseñaron a bloquear.
Pero sólo quiero decirles una cosa, los parlamentarios que no son del MAS, los partidos o las agrupaciones, si apuestan por el cambio, bienvenidos. El MAS no margina, el MAS no excluye a nadie. Juntos desde el Parlamento cambiaremos nuestra historia.
Y quiero pedirles a los parlamentarios del MAS: no aprendamos la mala costumbre de bloquear. Si algún parlamentario de UN, de Podemos, del MNR, traen una ley para su sector o para su región, bienvenida, hay que apoyarla, hay que enseñar cómo se aprueba esas leyes sin bloquearlas.
Esta mañana un compañero, Héctor Arce, nuestro abogado, me recordaba, antes de salir acá a esta sesión, y me dice, Evo, un día como hoy, 22 de enero, te expulsaron del Congreso Nacional.
¿Recuerdan algunos compañeros? Que Evo es asesino, Evo es narcotraficante, Evo es terrorista. Yo dije en ese momento, me estarán expulsando pero voy a volver con 30, 40 parlamentarios, si es posible con 70, 80. Lo que dije un día en el 2002 se ha cumplido.
No me arrepiento. Más bien aportaron con esa clase de actitudes para que el pueblo boliviano, el movimiento indígena gane las elecciones del año pasado. Muchas gracias.
Algunos decían en su debate acá para expulsarme: hay que acabar con el radicalismo sindical; ahora nos toca decir, hay que acabar con el radicalismo neoliberal, hermanas y hermanos.
Pero lo vamos a hacer sin expulsar a nadie, no somos vengativos, no somos rencorosos, no vamos a someter a nadie. Acá deben mandar razones, razones por el pueblo, razones por los pobres, razones por los pueblos indígenas que son la mayoría nacional de nuestro país.
No se asusten compañeros parlamentarios electos posesionados de otros partidos que no son del MAS. No haremos lo que ustedes nos han hecho a nosotros, el odio, el desprecio, la expulsión del Congreso Nacional. No se preocupen, no se pongan nerviosos. Tampoco va haber rodillo parlamentario.
Y también recuerdo acá, cuando decíamos con algunos compañeros, ya después del 2002, con nuestro esfuerzo hemos llegado acá, y decíamos ya llegamos acá al Parlamento, al Congreso Nacional, no porque alguien nos ha ayudado, es la conciencia del pueblo, y decíamos, vamos a seguir avanzando porque ya estamos a un paso de llegar al Palacio. Lo que dijimos, se ha cumplido, muchas gracias a todos los pueblos indígenas originarios de Bolivia. No nos equivocamos.
Como Parlamento tienen una enorme responsabilidad, como Parlamento tienen una tarea que cumplir: el pedido clamoroso del pueblo boliviano, que es la Asamblea Constituyente, una refundación de Bolivia que reclaman los hermanos indígenas de todo el país, el movimiento popular, todos los sectores. Queremos una Asamblea Constituyente de refundación, y no una simple reforma constitucional.
Una Asamblea Constituyente para unir a los bolivianos, una Asamblea Constituyente donde se respete la diversidad. Digo esto porque es verdad que somos diversos.
Decirle al presidente argentino Néstor Kirchner que está presente acá muchas gracias por visitarnos. Hace dos, tres días cuando visitamos Argentina, conversamos bastante algunos temas muy importantes. Gracias por sus recomendaciones, señor presidente.
Pero después de mirar largamente al presidente Néstor Kirchner, veo que no habíamos sido iguales, porque le he mirado de cerca, él había sido loro blanco, yo loro moreno. Esa es nuestra diversidad, somos diversos, y queremos que mediante la Asamblea Constituyente vivir esa llamada unidad de la diversidad. Somos diversos, y por eso tengo mucha confianza que esa Asamblea Constituyente va a ser un espacio, una instancia que permita unir mejor a los bolivianos.
Paralelamente juntos tenemos que garantizar el Referéndum sobre la autonomía. Queremos autonomía, los pueblos indígenas originarios históricamente, antes de la vida republicana de Bolivia lucharon por la autodeterminación. Autonomía no es invento de nadie, es la lucha de los pueblos indígenas de toda América por esa autodeterminación.
Pero queremos autonomía, autonomía con solidaridad, autonomía con reciprocidad, autonomía donde se redistribuyan las riquezas, autonomía para los pueblos indígenas, para las provincias, para las regiones. Buscamos eso, y eso se debe hacer uniendo a Bolivia y eso debe hacerse mediante la Asamblea Constituyente.
Yo estoy convencido; si este nuevo Parlamento que es producto de las luchas sociales responde al pueblo boliviano, este Parlamento será el ejército de la liberación nacional; este Parlamento será el ejército de la lucha por la segunda independencia. Por eso tienen una grande responsabilidad de garantizar las profundas transformaciones, y si no pueden acá, seguirán siendo los movimientos sociales, el movimiento indígena que siga luchando por esa segunda independencia de nuestro país.
Por eso, con mucho respeto, les pido cumplir con ese mandato del pueblo boliviano, con ese Referéndum Autonómico y con esa Asamblea Constituyente. Sueño, ojalá todos soñemos, que el 6 de agosto instalaremos la Asamblea Constituyente en Sucre, capital histórica de la República.
Instalaremos la Asamblea Constituyente con la presencia de muchos gobiernos, de muchos presidentes, anticipadamente les invitamos a instalar nuestra Asamblea Constituyente. Con seguridad muchos gobiernos, muchos presidentes nos van ayudar a orientar esa Asamblea Constituyente.
Qué bueno sería, con la presencia de la comunidad internacional, de los organismos internacionales, de nuestros presidentes presentes y no presentes, realmente refundemos Bolivia, con, como en España dicen, un nuevo pacto social. Tenemos que llegar a eso, eso buscamos mediante la Asamblea Constituyente.
Que de verdad tenemos muchas ganas y muchos deseos de cambiar nuestra Bolivia mediante la Asamblea Constituyente. Yo estoy segurísimo después de que hemos vivido tantos años de confrontación, es importante ahora cambiar esas confrontaciones.
Quiero pedirles a los movimientos sociales, a esas organizaciones sindicales obreras, campesinas, indígenas, de la clase media, a las instituciones colegiadas, a todos y a todas, apostar por ese cambio. Apostemos desde ahora para esa Asamblea Constituyente.
Tengo muchos deseos, estimados parlamentarios, congresistas de Bolivia, que lo más antes posible aprobemos la ley de convocatoria para la Asamblea Constituyente y la ley para el Referéndum Autonómico, y ésa es nuestra tarea. Ojalá juntos, el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo, combinemos para avanzar hacia adelante, para profundizar la democracia donde todos tengamos derecho, no solamente a votar, sino también a vivir bien, cambiando esas políticas económicas.
Con seguridad el movimiento indígena originario, así como nuestros antepasados, soñaron recuperar el territorio y cuando estamos hablando de recuperar el territorio estamos hablando de que todos los recursos naturales pasen a manos del pueblo bolivianos, a manos del Estado boliviano.
Yo estoy segurísimo, hay una gran conciencia del pueblo boliviano para estos cambios. Es verdad que en esta coyuntura necesitamos el apoyo de la comunidad internacional. No quisiéramos un Estado mendigo –lamentablemente nos han convertido en mendigos–, no quisiéramos que Bolivia, su gobierno, sus equipos económicos vayan a pedir limosna de Estados Unidos, de Europa o de Asia. Quisiera que esto se termine, y para que termine eso estamos en la obligación de nacionalizar nuestros recursos naturales. El nuevo régimen económico de nuestra Bolivia deben ser fundamentalmente los recursos naturales. Eso pasará por la Asamblea Constituyente.
Y no solamente nacionalizar por nacionalizar. Sea el gas natural, petróleo, o mineral o forestal, sino que tenemos la obligación de industrializarlos.
¿Cómo es posible? Desde el 6 de agosto del año 1825 ningún recurso natural ha sido industrializado en nuestro país. ¿Cómo es posible que eso sólo haya permitido exportar materia prima?, ¿hasta cuándo Bolivia va seguir siendo exportador de materia prima?, ¿cómo es posible? Esos gobernantes, durante la república nunca han pensado en el país. No se puede creer, no se puede aceptar.
Nuevamente digo, he viajado bastante con muchos temas de carácter social, de la hoja de coca, el tema de la OIT, del derecho de los pueblos indígenas, sobre el neoliberalismo a Suiza. Suiza, pregunto, ¿qué tiene?, no tiene ningún recurso natural, pero vive bien, compran materia prima de los países latinoamericanos, industrializan y nos venden a nosotros, y ¿por qué nosotros no podemos vender productos industrializados a Europa o a otros países?
Por eso un desafío, un deseo, una propuesta a todos, sean militantes del MAS o no sean militantes del MAS, si nos sentimos de esta tierra, de nuestra patria, de nuestra Bolivia, tenemos la obligación de industrializar todos nuestros recursos naturales para salir de la pobreza.
Estoy segurísimo de que la participación de nuestros profesionales, de nuestros expertos, convoco a nuestros expertos, a quienes aprendieron, entiendo, son experimentados sobre estos recursos naturales, si todavía no tenemos expertos en temas energéticos pedimos a los países vecinos, países de Europa, a ayudarnos y a enseñarnos. Estoy entendiendo que parece que no tenemos buenos expertos, tenemos que aprender, tienen que aprender nuestros profesionales, nuestros expertos para industrializar fundamentalmente los recursos naturales como es el gas, el petróleo, y apostaremos a eso recuperando esos recursos naturales.
Hermanos de Bolivia, estimados parlamentarios, a todas las instituciones, a los movimientos sociales, en esta primera etapa vamos a aplicar una fuerte política de austeridad. No es posible que el salario básico sean 450 bolivianos y los parlamentarios ganemos más de 20.000 bolivianos, no es posible que el presidente gane 27.000, 28.000 bolivianos y el salario básico es 450 bolivianos. Por moral, por nuestro país, tenemos la obligación de rebajar el 50% de nuestro salario.
No es posible que en este Parlamento todavía haya ítems fantasmas. Con mucho respeto al compañero Edmundo Novillo, presidente de la Cámara de Diputados, no saben ustedes cómo en su infancia ha vivido, gracias a su esfuerzo y a su familia es profesional, otro presidente de una de las Cámaras como diputado, un quechua, un abogado además de eso.
Quiero pedirles a los dos presidentes de las Cámaras, una profunda investigación, quiénes malversaron la plata desde las presidencias, cómo se manejaron, esos ítems fantasmas tienen que terminar, tampoco pueden seguir esos gastos reservados, sólo para robar y para matar. ¿Cómo es eso, que en un gobierno democrático haya gastos reservados? En todo caso va a terminar, y eso está en mi mano. No tengo ningún miedo para eliminar los gastos reservados.
Los parlamentarios de Podemos, del MNR, están aplaudiendo la política de austeridad, muy bien, muchas gracias. Ojalá sea la resolución de este nuevo Congreso.
También quiero decirles estimados congresistas cómo cambiar esas políticas sobre la tierra. Quiero decirles que tierras productivas o están produciendo o prestan una función social económica se va a respetar, sea 1.000 hectáreas, 2.000 hectáreas, 3.000, o 5.000 hectáreas. Pero esas tierras que sólo sirven para acaparar y para negociar, eso vamos a revertir al Estado para redistribuir la tierra a la gente que no tiene tierra.
Qué mejor sería, apostaría antes de que se reviertan esas tierras, por ley o por decreto, mediante el diálogo, esos que acaparan tierras improductivas que mejor devolver al Estado mediante el diálogo, y de esa manera resolver estos problemas de tierras.
No es posible que haya esclavitud en algunos sectores del latifundio. Tienen que ponerse la mano al pecho quienes esclavizan a nuestros hermanos, especialmente en el Oriente boliviano. No creo que sea mentira lo que nos hemos informado por los medios de comunicación, por la prensa. Ojalá no haya esclavitud, ojalá sea mentira lo que dice la prensa, pero si de verdad hay esclavitud, tenemos que terminar con la esclavitud, que esos esclavos sean dueños de esas tierras en el Oriente boliviano.
Cuando hablamos de temas sociales, imagínense, más del 20% de bolivianas y bolivianos son analfabetos. No se puede permitir que siga el analfabetismo. Como dijimos muchas veces, tenemos muchas ganas, tenemos muchos deseos, no solamente con el apoyo nacional sino también con apoyo internacional, de acabar con el analfabetismo.
Saludamos preacuerdos con el gobierno de Cuba, saludamos preacuerdos con el gobierno de Venezuela, dispuestos para ayudarnos con expertos para acabar con el analfabetismo.
No es posible que haya hermanas y hermanos del campo sin identificación, sin documento personal. En Europa hasta los perros tienen pasaporte, y en nuestro país hay familias, lamentablemente por la ausencia del Estado ni siquiera saben cuándo han nacido, cómo han nacido. Tenemos muchas ganas de que todos y todas las bolivianas y bolivianos tengan documentación, y ahí saludamos la experiencia de Venezuela, cómo empezó a documentar.
Serán políticas inmediatas que debemos hacer para reparar este daño, estas desigualdades en nuestro pueblo.
Perdónenme compañeros, no estoy acostumbrado a hablar tanto, no piensen que Fidel o Chávez me están contagiando, estamos en la obligación de decir la verdad sobre nuestra Bolivia, y para no confundirme por primera vez preparé una chanchulla, me está fallando la chanchulla, perdón.
Saben, estimados parlamentarios, hermanas y hermanos bolivianos, que de verdad haya seguro social, hay algunas veces que hay que reconocer, yo respeto, valoro el Bonosol, pero no creo que solamente debemos acabar en el Bonosol, cómo de acá a poco tiempo, qué mejor lo más antes posible, que nuestras ancianas y ancianos tengan un seguro social universal, para todos este beneficio.
Cómo cambiar por ejemplo el tema de salud, y hay que reconocer también que es un paso importante sobre la Ley SUMI. Respetamos, y apoyamos acá además eso, pero esos temas sociales no pueden ser usados en forma político electoral. Felizmente ya acabó la campaña, y queremos decir –y ahí sí vamos a necesitar la cooperación internacional– para que en vez de que sólo haya hospital de empresas, que haya hospitales móviles para los pueblos.
Lamento mucho mencionar que he entendido y he visto de cerca la tremenda corrupción en el Servicio Nacional de Caminos, como otra aduana. Ojalá por moral algunas autoridades de estas instituciones del Estado ya estén renunciando en este momento para que entre nueva gente, para enseñar cómo se maneja, se administra con honestidad.
Hay empresas que negocian el 15%, el 20%, quincenos, diezmeros, tenemos que terminar con eso, y para eso de verdad, con mucha honestidad, con mucha humildad les pido a los parlamentarios que no son del MAS: ayúdennos, juntos acabaremos. Tienen la gran oportunidad de reivindicarse, ustedes los parlamentarios que seguramente tienen todo el derecho de pasar a la oposición, pero ese tema de corrupción lo debemos acabar juntos. Va a haber una profunda investigación sobre el tema de la corrupción.
No es posible que nuestros gobiernos nos hayan llevado al subcampeonato de la corrupción. ¿Cómo es eso, cómo don Jaime?, No puede hacer eso, ¿qué dice la comunidad internacional? La comunidad internacional dice ojalá gane y me decía todos en coro, rechazan, condenan la corrupción, lamentablemente ésa es la situación, pero no es el boliviano de a pie, no es el boliviano quechua, aymara, trabajador de la ciudad, el corrupto. Saben qué, he escuchado, he visto, estimados parlamentarios, cuando estuve en Argentina, cuando estuve en Europa, Barcelona sobre todo, el boliviano que va allá a buscar trabajo es considerado trabajador y honrado, inclusive no tiene su documentación de residencia, pero el empresario catalán, o el empresario chino en Argentina, con un empresario argentino si se es boliviano tiene trabajo seguro porque es honesto y trabajador. Eso somos los verdaderos bolivianos.
Y por eso quiero ayuda de ustedes de la comunidad internacional, de erradicar la corrupción, porque no podemos que por unas cuántas familias, por algunas familias, Bolivia esté figurando en segundo lugar de la corrupción a nivel latinoamericano o a nivel mundial. Eso tiene que terminar.
Ya empezamos con ese sector de caminos. Ojalá en nuestro gobierno podamos integrar Bolivia con los países vecinos, ese es el pedido del pueblo orureño por ejemplo, camino pavimentado Oruro-Pisiga, gracias a la CAF, a don Enrique García, casi yo diría, tenemos garantizado financiamiento para ese camino Oruro-Pisiga.
Ojalá otros organismos nos ayuden, nos cooperen para conectar Potosí con Villazón. Gracias por la invitación al presidente Kirchner que me invita a inaugurar la construcción del puente La Quiaca-Villazón. Pronto estaremos allá, con usted presidente. Ojalá haya que firmar algunos acuerdos para integrar Bolivia con Argentina, pero para tener el camino pavimentado desde Potosí, desde La Paz hasta Villazón, todavía no tenemos financiamiento. Queremos que los técnicos nos ayuden a estudiar y proponer.
Ojalá ese ansiado proyecto ya esté ejecutándose hacia Brasil, muchas gracias, antes dirigente, ahora presidente compañero Lula, por enseñarme, por orientarme, y por expresar también su apoyo a nuestro gobierno.
Tenemos muchas ganas de conectar La Paz, Beni con Bolpebra, la frontera Brasil y Perú. Es verdad que no tenemos muchos parlamentarios de Beni y Pando. Les pido a los parlamentarios de Beni y Pando juntarnos todos, están saludando, muchas gracias, sin egoísmo, sin individualismo, sin ambiciones de poder o económico. Trabajemos por nuestra región, integremos La Paz con el Oriente boliviano haciendo un buen camino, hermanos, compañeros de Pando y Beni, ese es mi deseo.
Podemos seguir hablando de muchos temas concernientes al desarrollo del pueblo boliviano, pero fundamentalmente va a ser importante potenciar, fortalecer a las micro y pequeñas empresas.
Felizmente, así como el Banco Interamericano de Desarrollo, muchas instituciones, las Naciones Unidas, admiran cómo acá los micro pequeños empresarios generaron fuentes de trabajo, y por eso vamos a cumplir con nuestro compromiso, de crear un banco de fomento para el desarrollo del pueblo boliviano, apoyar a esas empresas comunitarias, apoyar a esas cooperativas, asociaciones de los micro pequeñas empresas.
Después de que he viajado en 10 días a 4 continentes, y visitado a unos 8 presidentes, ocho gobiernos, me he dado cuenta que hay mucha solidaridad, mucho apoyo, y quiero decirles que tenemos la gran oportunidad de aprovechar esa solidaridad, ese apoyo internacional, y eso no es solamente de responsabilidad de Evo Morales, es la responsabilidad de todos nosotros los bolivianos.
Y convocamos para eso, nuevamente quiero decirles a los técnicos que es importante diseñar políticas de desarrollo económico, social de nuestro país.
También queremos decirle a la comunidad internacional: la droga, la cocaína, el narcotráfico no es la cultura andina amazónica. Lamentablemente este mal nos lo han importado, y hay que acabar con el narcotráfico, hay que acabar con la cocaína, no habrá coca cero si apostamos por la cocaína cero, narcotráfico cero.
Aprovecho esta oportunidad para decirle al gobierno o al representante del gobierno de Estados Unidos, hacer una alianza, un acuerdo de lucha efectiva contra el narcotráfico, queremos aliarnos en la lucha contra el narcotráfico.
Sabemos y estamos convencidos que el narcotráfico hace mal a la humanidad, pero que la lucha contra el narcotráfico, que la lucha contra las drogas, que la cocaína no sea una excusa para que el gobierno de Estados Unidos domine o someta a nuestros pueblos. Queremos diálogo de verdad sin sometimiento, sin chantajes, sin condicionamientos.
Y por eso desde acá queremos apostar para acabar ese mal de la humanidad, es importante que los productos de las regiones cocaleras y no cocaleras tenga mercado. Yo estoy muy sorprendido, quiero decir a los agropecuarios de Santa Cruz, tengo dos propuestas de dos gobiernos que quieren comprar azúcar, gobiernos de Asia, especialmente, quieren comprar soya, pero me piden un millón de toneladas año, y hay que producir eso para vender soya al Asia y a otros países vecinos.
Valoro, saludo bastante al presidente de Chile, muchas gracias por la visita. Está acá presente el presidente de Chile.
El movimiento indígena originario empieza a ser historia, y la presencia del presidente de Chile es parte de esa historia, para tocar también temas históricos. Tengo mucha confianza en el pueblo chileno, sus organizaciones sociales, la comprensión de ese estado para saldar o reparar ese tema histórico que tenemos pendiente con Chile.
Necesitamos, como dos países vecinos y hermanos, relaciones. Hasta cuándo podemos seguir viviendo en enemistad con un país vecino, y la presencia del presidente de Chile Ricardo Lagos obedece y genera una esperanza para el pueblo boliviano, y por eso nuestro saludo al presidente de Chile que está presente acá con nosotros.
El movimiento indígena practica la reciprocidad. Frente a la invitación del presidente de Chile para la transmisión de mando en Chile, estaremos allá presentes, no tenemos ningún miedo, que el mejor deseo que vamos a pedir es que les vaya bien a los chilenos, fortalecer los lazos de amistad, fortalecer temas comerciales, de esta manera ir resolviendo problemas históricos.
Es importante hermanas y hermanos de Bolivia, organismos internacionales, estimados parlamentarios, que hay que refundar la COMIBOL para reactivar la minería en nuestro país.
Es importante que Bolivia nuevamente sea un país minero como ha sido por años, quien sabe por milenios, es importante fortalecer a nuestros cooperativistas mineros presentes acá con sus guardatojos, y esa es nuestra Bolivia, y esa es la bancada del MAS, mineros, obreros, intelectuales, todos unidos para resolver un problema social y económico de nuestro país.
En este proceso de cambio, quiero pedirle a la comunidad internacional sobre la deuda externa. Con seguridad los pueblos indígenas no somos responsables de semejante endeudamiento y sin resultados para los pueblos indígenas, eso no significa desconocer esa deuda externa, pero es importante que también la comunidad internacional vea con responsabilidad, con seriedad, y pedimos con todo respeto condonar esa deuda externa que ha hecho tanto daño y causado dependencia a nuestro país.
Felizmente algunos países, felizmente algunos gobiernos, felizmente algunas instituciones ya han demostrado que van a condonar. Decir a nombre del pueblo boliviano, a nombre de esas organizaciones sociales, muchas gracias por esa condonación de la deuda que debe seguir creciendo de esa manera, condonar si es posible toda la deuda externa.
Es importante desarrollar una economía con soberanía, y queremos aprovechar y decir de frente, valorando algunas propuestas de cómo empresas del Estado pueden ejercer, no solamente el derecho de propiedad sobre los recursos naturales, sino cómo entrar en la producción. Valoramos bastante la llamada Petroamérica y a los presidentes de Brasil, de Venezuela, de Argentina, les pedimos no nos excluyan de una política energética. Juntos todos debemos resolver este tema energético, no para Evo sino para el pueblo y los pueblos latinoamericanos.
Es verdad que Bolivia necesita socios, no dueños de nuestros recursos naturales. En nuestro gobierno con seguridad, como ya han anticipado, habrá inversión pública, quiero decir empresas del Estado, sea en América, sea en Europa, o sea en Asia, también habrá inversión privada, socios del Estado, socios de nuestras empresas. Vamos a garantizar esa inversión pero también garantizaremos que las empresas tienen todo el derecho de recuperar lo que han invertido y tener derecho a la ganancia, sólo queremos que esa ganancia sea con principio de equilibrio, que el Estado, el pueblo se beneficie de estos recursos naturales.
Estoy convencido de que sólo produciendo podemos salir de la pobreza, es importante hacer negocios, buenos negocios para Bolivia. En toda esta gira que hice, gracias por las invitaciones, y he aprendido que el presidente del gobierno tiene que hacer buenos negocios para su país.
Nadie me orientó, me he dado cuenta por esas explicaciones, por ese trabajo que hacen, y por eso es importante discutir, analizar profundamente estas políticas de comercio que están vigentes, sea el ALCA, o sea la CAN, Mercosur, el TLC, hay que discutirlas, si son mercados para los micro pequeños empresarios, si hay mercados con los productos que generan o que producen, empresas comunitarias, o asociaciones, o cooperativas, si se garantiza en ese mercado, bienvenido, porque se trata de garantizar evidentemente mercados para los pobres, para esas organizaciones.Y estamos viendo ahí mucho desprendimiento de algunos gobiernos, de algunas instituciones de garantizar mercados con precios justos en estos países. Queremos vender nuestros productos, acá no es un problema de producción, tal vez algunos productos. Hay producción, lo que falta es mercado, aquí no faltan riquezas sobran riquezas, esas riquezas lamentablemente están en manos de poca gente, por tanto esos recursos, esas riquezas deben volver a manos de los bolivianos.
Estoy convencido, como alguien decía, de que en el mundo existen países grandes y países chicos, en el mundo existen países ricos y países pobres, pero en lo que sí somos iguales es en nuestros derechos, a ser dignos y soberanos, y sobre todo valoro un mensaje que daban nuestros antepasados, Túpac Yupanqui, que decía: un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre. Acá no necesitamos sometimientos, ni condicionamientos, queremos tener relaciones con todo el mundo, no solamente con gobiernos sino también con los movimientos sociales, ya lo tenemos, queremos profundizar esas relaciones orientadas a resolver nuestros problemas de los países en democracia, buscando justicia, buscando igualdad. Ese es nuestro gran deseo.
Hermanas y hermanos presentes acá, no presentes en el Congreso, después de recibir ese gran voto en esas elecciones nacionales, muy contento, muy alentado, nunca había pensado estar acá, nunca había soñado ser presidente, muchas gracias al pueblo boliviano.
A los presidentes, son mis hermanos mayores, quiero decirles que no me abandonen en mi gobierno para cambiar mi Bolivia y para resolver los problemas sociales con mucho respeto, con mucha humildad.
De verdad con admiración y respeto, a los representantes del gobierno español, al Príncipe, un saludo especial, un saludo especial sobre todo a la Reina, de verdad quiero decirles he recibido mucha solidaridad de la Reina, claro, en este momento en Europa es invierno, ese día que teníamos cita estaba medio resfriado con gripe, la Reina muy solidariamente agarra el teléfono, llama a sus médicos y en minutos más ya estaban tabletas para curarme, de Reina a médica de Evo Morales, muchas gracias.
Quiero decirles también a los organismos internacionales, no soy ningún ladrón, quiero decirles que vamos a garantizar la honestidad en mi gobierno, anticipadamente pedir a quienes conformen el gabinete, cero de nepotismo, cero de corrupción será el lema del nuevo gabinete.
Queremos gobernar con esa ley que nos han dejado nuestros antepasados, el ama sua, ama llulla, ama quella, no robar, no mentir, ni ser flojo, esa es nuestra ley.
De verdad quiero decirles a ustedes parlamentarios, quiero decirle al pueblo boliviano desde el Parlamento Nacional, a la comunidad internacional, como primer presidente que vengo de los pueblos indígenas, quiero ser el mejor presidente de los bolivianos y por qué no decirlo de los latinoamericanos.
Y para eso necesito apoyo de ustedes, de todos y de todas, estoy seguro de que vamos a contar con ese apoyo, con los aplausos ya han aprobado.
Finalmente, para terminar esta mi intervención, mi respeto fundamentalmente al movimiento indígena originario de Bolivia y de América, a los movimientos sociales, a sus dirigentes que apostaron por este movimiento, a los profesionales e intelectuales que se sumaron oportunamente para cambiar nuestra historia.
Saludar a mi tierra de origen, Orinoca, que me acompaña permanentemente, mi tierra Orinoca, Sur Carangas del departamento de Oruro, que me vio nacer y que me educó para ser honesto, muchas gracias a ese pueblo orureño, al pueblo orinoqueño.
Saludar y agradecer al Sindicato San Francisco Bajo de la zona de la Central Villa 14 de septiembre, la Federación del Trópico, las 6 Federaciones del Trópico de Cochabamba. Cochabamba que es el lugar de mi nacimiento en la lucha sindical y en la lucha política, gracias a los cochabambinos por haberme permitido que yo viva en Cochabamba y aprenda mucho de Cochabamba.
Estas dos tierras me enseñaron sobre la vida, con seguridad ahora será Bolivia que me enseñe a manejar bien.
Cumpliré con mi compromiso, como dice el Sub Comandante Marcos, mandar obedeciendo al pueblo, mandaré Bolivia obedeciendo al pueblo boliviano.
Muchísimas gracias.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-62330-2006-01-30.html
Por Sandra Russo
Hubo una época que probablemente recuerden los mayores de cuarenta. En esa época había militares sanguinarios en el gobierno, John Travolta bailaba con pantalones ajustados, Porcel y Olmedo hacían reír, Neustadt y Grondona hacían editoriales, y uno deambulaba sin rumbo preciso por la calle Corrientes, entraba al cine Arte, veía películas de Wajda o de Zanussi, los libros interesantes los llevaban bajo el brazo pero forrados, y no había mucho más para hacer.
En esa época se solía ir en patota a Pacífico para comprar pantalones baratos en Eduardo Sport, y eso ya implicaba bastante: había quedado atrás la fascinación adolescente por los Lee o los Levi’s importados que se conseguían en la Galería Internacional, y uno empezaba a tomar conciencia de que algo le estaba apretando el pecho, algo que lo ahogaba, que lo oprimía. Si uno no tenía familiares desaparecidos, la digestión del ahogo había sido mucho más lenta. Se expresaba en una necesidad acuciante de hacerse un lugar, de encontrar un lugar. Recuerdo que por aquella época publiqué algunas columnas en la sección Opinión del diario Clarín. La primera se llamaba “Los que tienen veinticinco años”, y terminaba diciendo, casi textualmente, “cometimos el pecado de crecer en un tiempo oscuro. Merecemos un lugar”. Esa idea me obsesionaba: este país, que era el mío, era un lugar en el que antes de llegar a la puerta de la facultad, en La Plata, tenía que soportar cuatro requisas. Y era el lugar en el que nadie que se sentara en el banco de al lado y con el que uno trababa algún tipo de amistad, podía decirle, por su seguridad y la nuestra, dónde vivía o su número de teléfono.
Y empezaba una búsqueda personal y colectiva al mismo tiempo, que primero que nada fue una búsqueda de iconos, emblemas, una búsqueda temática: mi generación vino al mundo enchufada y el órgano de difusión de entonces era el Expreso Imaginario. Usábamos zuecos del gurú Maharaji, telas de batik y olíamos a patchuli. Esa búsqueda nos llevó a los primeros hallazgos unplugged de nuestras vidas: el sikus, por ejemplo, de pronto sonó en nuestras cabezas con una dignidad ya repuesta de los “Aquí Cosquín” de Julio Mahárbiz.
Eso no solamente sucedía en la Argentina. América latina, que ahora se refriega los ojos y vota lindo, en aquel entonces estaba fajada por regímenes que Guillermo O’Donnell analizó como “estados burocrático-autoritarios”. Y las generaciones jóvenes de entonces buscaban un lugar, ese lugar que no reconocían como propio entre fusiles, mordazas, censura, mentira. Y ese lugar que congregó a miles y miles de buscadores de aire puro y de significados ocultos fue, desde entonces y durante mucho tiempo, el Machu Picchu. Allá arriba de todo, cerca del Cuzco, donde el aplastamiento de la cultura madre por la cultura conquistadora se deja ver en casas cuyos cimientos incaicos permanecen hoy soportando el peso de las nuevas construcciones.
De allí volvimos con el pulóver peruano puesto y con el deslumbramiento recolocado: además de los sonidos eléctricos y las canciones en inglés que nos pertenecían por derecho, hubo una larga temporada de respeto por nuevas temáticas que descubrimos solos, porque en nuestra adolescencia ni los padres, ni la escuela, ni las instituciones, ni nadie se ocupó de enseñarnos la dignidad de los indios. Se les dice aborígenes en público. En privado, siempre fueron indios. Y esa palabra se resignificó. Carlos Castaneda aportó lo suyo, claro, con sus historias alucinógenas. Pero enormes novelistas como Manuel Scorza, que revelaban con intensa profundidad el submundo lleno de humillación y maravilla de esos pueblos, también.
Esos indios no eran ignorantes. Sabían, en todo caso, cosas que no eran útiles ni valiosas para Occidente. Esos pueblos habían reinado y construido signos fabulosos, ilegibles, regados de un misterio del que nosotros, jóvenes eléctricos y ya hiperinformados, habíamos sido expulsados.
Pero después, gota a gota, fue cayéndonos encima la lluvia de la posmodernidad, capturando nuevamente nuestras percepciones y nuestros intereses. Y también fue cayéndonos encima la vida, fuimos haciéndonos adultos, y aquella temática indígena que nos había deslumbrado fue empapándose de una acusación: ¿a quién le importan los indios? Ya nos vestíamos de negro y sacábamos del living los retablos peruanos y las quenas bolivianas. Venía el minimalismo y lo net y lo soft y lo light y lo hard y lo tecno y lo pop. Venía, de nuevo, el olvido.
Ahora parece que los indios vuelven a importar. Otro novelista, Mario Vargas Llosa, se rasga la camisa inglesa: anuncia “un nuevo racismo” de indios contra blancos y vomita su indigestión ideológica en una columna publicada en La Nación, en la que inscribe en la “izquierda boba” a quienes celebran la llegada al poder de Evo Morales. Provoca espanto que la inteligencia, que nadie puede negarle a Vargas Llosa, se preste a lecturas deplorables del mundo y del prójimo.
Hoy en las ruinas del Tiahuanacu, por las que muchos argentinos deambularon en sus veintes con poca plata en el bolsillo y hojas de coca en la boca, Evo Morales será investido entre los suyos, los aymara, como el nuevo presidente boliviano. Ellos, los bolivianos, cuya lengua cerrada y sus rituales solíamos admirar, fueron de a poco transformándose en bolitas, en inmigrantes de ojos achinados aptos para el trabajo doméstico o la construcción. Fueron perdiendo aquel rayo misterioso y quedando expuestos en su pobreza y su ignorancia. Y sin embargo, en un proceso completamente diferente al que inaugura Chile con su presidenta electa de ascendencia francesa, hoy los bolivianos tendrán en Tiahuanacu su fiesta, con uno de los suyos al frente, después de una triste y larga historia nacional que los confinó a ser, por indios, los últimos entre los últimos.
¿Reirán mejor?
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-61943-2006-01-21.html
Lo dice el politicólogo Daniel Zovatto
“La Constitución nacional admite la reelección presidencial. Y en América latina hay una ola reeleccionista. Pero lo importante es recordar que las experiencias reeleccionistas en la región rara vez terminaron bien y los segundos mandatos son deslucidos. Lo prioritario, en la Argentina, pasa por el diseño e instrumentación de una visión estratégica de país a mediano y largo plazo.”
En una entrevista con LA NACION, durante su breve estada en nuestro país, Daniel Zovatto, reconocido politicólogo argentino graduado en la Universidad de Harvard en gerenciamiento público y doctor por la Universidad Complutense de Madrid, habla desde la experiencia que tiene como director regional para América latina del Instituto Internacional para la Democracia (IDEA Internacional), organismo intergubernamental con sede en Estocolmo y con actuación en todo el mundo.
A fines del año último, Zovatto presentó en el Senado de la Nación el último de sus catorce libros –“Las visiones de país importan”–, que escribió en coautoría con Pablo Guerrero, del Banco Mundial, y con Alvaro García, ex ministro de la Concertación de Chile.
Ahora, en su nueva visita al país, Zovatto advierte sobre la conveniencia de que el Gobierno diseñe una política a largo plazo para impulsar una visión de país, y que esa política involucre “no sólo a un hombre o a un partido, sino a todos los líderes políticos y sociales".
-La Argentina arrancó el año hablando de la posible reelección del presidente Néstor Kirchner. ¿Cuál es su opinión?
-Me parece contraproducente iniciar 2006 con este debate. Existen otras cuestiones más urgentes y estratégicas.
Obviamente, un eventual intento de reelección de parte del presidente Kirchner en 2007 sería, en principio, acorde con la Constitución. Además, desde hace quince años hay, en América latina, una ola reeleccionista que ahora está cobrando nuevo impulso. El caso más reciente es el de Colombia, donde la Corte Constitucional, en agosto de 2005, autorizó y abrió el camino para la reelección inmediata del presidente Alvaro Uribe en los comicios de mayo próximo. Y Colombia no es un caso aislado. En la República Dominicana, la reelección inmediata fue vedada en 1994 y nuevamente implantada por el Congreso en 2002. Perú es el único país que, en la última década, marchó a contramano de esa tendencia, luego del régimen de Alberto Fujimori. Pero hay que aclarar algo: si bien más de dos terceras partes de los países de la región permiten la reelección, sólo cinco (la Argentina, Brasil, República Dominicana, Venezuela y ahora Colombia) la autorizan de forma inmediata.
-¿Cuál fue la suerte de esas experiencias reeleccionistas?
-Todas las reformas para permitir las reelecciones inmediatas tuvieron nombre y apellido: Menem en la Argentina, Cardoso en Brasil, Fujimori en Perú, Chávez en Venezuela, Mejía en República Dominicana, y ahora Uribe en Colombia. Y todas ellas se concretaron durante la presidencia de mandatarios interesados. El único que no lo logró fue Hipólito Mejía, en República Dominicana, quien fue derrotado por el actual presidente Leonel Fernández.
En segundo lugar, hay que destacar el buen ejemplo que deja Chile sobre esta cuestión, donde Ricardo Lagos, si bien impulsó exitosamente una reforma constitucional que puso fin a la mayoría de los "enclaves autoritarios" de la Constitución de 1980 y acortó el mandato presidencial, no intentó incorporar la reelección inmediata en beneficio propio. Una decisión muy valiosa, teniendo en cuenta que la adoptó cuando goza de una altísima popularidad. La experiencia latinoamericana indica que la reelección refuerza la tendencia hacia el liderazgo personalista y hegemónico inherente al presidencialismo y que, por lo general, los segundos mandatos fueron de regular o mala calidad o, incluso, no concluyeron.
-Hay otras experiencias históricas.
-Sí, siete experiencias desde 1978 a la fecha confirman los argumentos acerca de sus peligros y defectos: la de Alfredo Stroessner en Paraguay, inconclusa como secuela del golpe de Estado de 1989, después de varias reelecciones sucesivas; la de Joaquín Balaguer en República Dominicana, cuyo último mandato fue acortado de cuatro a dos años como consecuencia del fraude cometido durante su última reelección, en 1994; la de Fujimori en Perú, inconclusa, debido a su fuga del país y posterior destitución por corrupción; la de Gonzalo Sánchez de Lozada, en Bolivia, que incluso habiendo sido reelecto en forma no inmediata tuvo que renunciar a la mitad de su período como consecuencia de su acelerado desgaste que sufrió; la de Carlos Menem, que concluyó su segundo mandato acosado por problemas económicos, alto desempleo y denuncias de corrupción, así como los mediocres segundos gobiernos de Carlos Andrés Pérez (inconcluso por destitución), y el de Rafael Caldera en Venezuela (estos dos últimos también casos de reelecciones no inmediatas).
-Pero habrá habido alguna excepción.
-El único ejemplo de reelección inmediata con un resultado aceptable fue el de Fernando Henrique Cardoso, en Brasil, pero su primer período fue más exitoso que el segundo.
-Bueno, se viene con fuerza una ola reeleccionista.
-Sí, nunca como ahora desde el retorno de la democracia en América latina (1978) tantos presidentes intentarán la reelección inmediata. En efecto, en los próximos dos años varios mandatarios actuales (Uribe en Colombia, Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, y Kirchner en la Argentina) podrían buscar su reelección inmediata. Y otros ex presidentes también buscarán volver al poder vía la reelección alterna, como es el caso, entre otros, de Arias en Costa Rica, Alan García y Valentín Paniagua en Perú, Daniel Ortega en Nicaragua, entre otros.
Esta fiebre reeleccionista es una mala noticia para una región, como la nuestra caracterizada por la debilidad institucional y la personalización creciente de la política. Además, refuerza el mal uso y abuso de los fondos públicos y le resta equidad a la contienda electoral.
-Es difícil esperar que Kirchner, en medio de un crecimiento económico sostenido, renuncie a esa ilusión.
-Es cierto. Ese es un logro que hay que reconocer, si bien debemos tener en cuenta el contexto internacional y regional favorable. Pero debe asegurarse la sustentabilidad del crecimiento, para evitar el llamado "vuelo de gallina", es decir, los espasmos de crecimiento seguidos por aterrizajes torpes, tan recurrentes en nuestra historia. De ahí la importancia, en mi opinión, de que se inviertan todas las energías, no en este tema que puede desgastar y dividir, sino en dotar a la Argentina de una visión estratégica de país de mediano y largo plazo. El desarrollo nacional, como sabemos, es mucho más que el mero crecimiento económico; es un proceso de transformación de la sociedad, mediante el cual ésta desarrolla sus capacidades y su capital, con la consiguiente modificación institucional.
-¿Qué lecciones deja la reciente elección en Chile?
-Además de la comentada actitud de renunciamiento de Lagos, Chile muestra cuán importante es contar con políticas de Estado a largo plazo. No hay milagros. Además, la Concertación lleva 16 años en el poder y con Bachelet va a llegar a los 20 años. Se está instaurando allí un modelo similar al de Suecia, donde un partido, la centroizquierda, gobierna, y el otro partido controla, de tanto en tanto accede al poder, pero siempre apoya la estrategia de crecimiento.
-¿Cuáles son los elementos para construir una visión estratégica de país?
-En 2004, coorganizamos el Banco Mundial, la Cepal e IDEA Internacional, en Chile un foro con funcionarios gubernamentales, encargados de la formulación de políticas y otros expertos en desarrollo de los cinco continentes. La principal conclusión fue que la mayoría de los países que, durante las ultimas décadas, lograron las tasas más altas de desarrollo fueron aquellos que supieron desplegar una visión nacional estratégica de mediano y largo plazo. Las pruebas de la experiencia internacional muestran que un país es más exitoso cuanto mayor es el compromiso por parte de todos los actores políticos, económicos, sociales. Sólo con una visión de país estratégica y sostenida se puede cerrar la brecha entre el corto y el largo plazo, evitando el peligro de quedar atrapado en la miopía estratégica.
-Sí, pero, ¿cómo se hace eso?
-Hay que comprometer a todos los actores, para que el gobierno, el sector privado y los sindicatos trabajen juntos, para establecer una agenda que permita crecer con competitividad y distribuir los beneficios con equidad. Ese fue el modelo de España. Además, Finlandia nos da el ejemplo de que el Congreso debe ser una parte fundamental de esa agenda, porque allí el Parlamento creó un Comité para el Futuro, encargado de la aprobación y el seguimiento de los planes de desarrollo. La visión estratégica de país, lejos de ser la tarea de un solo hombre o de un solo partido, necesita del compromiso de toda la sociedad.
-¿Puede decirse entonces que la Argentina se acerca al segundo centenario a ciegas?
-Me temo que sí. La Argentina carece de una visión estratégica que goce de amplio consenso entre los diversos sectores.
Es cierto que estos veintitrés años de democracia son un activo por preservar. Pero pese a los importantes avances que se han hecho en los años recientes, subsisten severos déficit, como la debilidad de nuestras instituciones y de nuestro sistema de partidos, una reforma política inconclusa, la anomia, la inseguridad jurídica y los elevados niveles de pobreza y de desigualdad social. No hemos logrado un fortalecimiento del Estado de Derecho, es decir, de lo que Bobbio describe como "la subordinación de todo poder al derecho, desde el nivel más bajo hasta el más alto".
-Y desaprovechamos algunos beneficios de la globalización.
-Hay que tomar conciencia de que en el actual contexto de globalización no hay tiempo que perder. Debemos sacudirnos la miopía estratégica y el cortoplacismo. En primer lugar, la Argentina debe dejar atrás, definitivamente, tres maldiciones que la persiguen desde hace muchos años: tratar de refundar el país desde cero, cada cierto numero de años; creer en los "milagros", es decir en los cambios sin esfuerzos, y tercero, la montaña rusa, caracterizada en lo económico por la secuencia crisis-reactivación-estancamiento y, en lo social y político, por el ciclo ilusión-desencanto-bronca.
-Por momentos, en la Argentina avanza la creencia de que la globalización es negativa.
-La globalización no es ni buena ni mala. Depende de cómo se la aproveche. Para los países de Asia del Este, que la han adoptado a su propio ritmo, con sus propias reglas y condiciones, significó un beneficio muy grande. Por el contrario, en la Argentina y la gran mayoría de los países de América latina produjo efectos muy graves.
-Lo difícil es cómo cabalgar la ola.
-Existe hoy un debate muy intenso al respecto. Thomas Friedman, corresponsal de temas internacionales de The New York Times, en su reciente libro The World is Flat: a Brief History of the 21st Century (El mundo es plano, una breve historia del siglo XXI), afirma que la tecnología está "aplanando" al mundo. Para Friedman, el inicio del siglo XXI no sólo será recordado por conflictos militares o acontecimientos políticos, sino por un "aplanamiento del mundo". Todo se parecerá, vaticina, a Silicon Valley o Bangalore (India), lleno de ingenieros informáticos. Uno, gracias a la fibra óptica, puede innovar sin necesidad de emigrar. La fuerza impulsora hoy son los individuos, no los Estados ni las multinacionales, como en el pasado.
-Pero Friedman es criticado.
-Sí, porque su interpretación es monocausal. Además, ignora la importante y persistente gravitación de factores como religión y nacionalismo. Entre los principales críticos está el analista Richard Florida, quien en su artículo The World is Spiky (El mundo tiene un perfil aserrado) sostiene que si bien la globalización ha alterado el campo de juego económico, lo cierto es que lo ha vuelto más concentrado. Para este autor, la característica de nuestro tiempo no es un mundo más nivelado, sino uno "lleno de picos" (spiky), en el cual vemos un aumento de las tendencias que dividen a los países pobres de los países ricos. Y para demostrarlo, Florida analiza cuatro dimensiones: la concentración de la población en las ciudades; la concentración de la actividad económica en ciertas ciudades; el número de patentes (como medición de la innovación), y el número de citas científicas.
-Florida explica que hay tres tipos de lugares económicos.
-Sí. Los "picos" económicos, es decir unas muy pocas y casi insuperables ciudades, que generan innovaciones, que tienen la capacidad de atraer talentos de todas partes del mundo, crear productos y dar origen a industrias novedosas; las "colinas" económicas, ciudades que fabrican los bienes consolidados del mundo, atienden sus llamadas telefónicas y sirven de apoyo a sus motores de innovación, zonas que están sujetas a rápidos altibajos, son prósperas, pero también inseguras, y los vastos "valles", es decir, los lugares escasamente conectados a la economía globalizada y con pocos prospectos inmediatos, como América latina.
-Inquietante teoría.
-Según Florida, el dominio de las urbes más productivas, de los "picos" es pasmoso. En producción económica, las diez áreas metropolitanas más importantes de Estados Unidos combinadas están sólo por debajo de ese país en su conjunto y de Japón. La economía de Nueva York es casi del tamaño de la de Rusia o de Brasil, y la de Chicago está a la par de la de Suecia. Juntas, las economías de Nueva York, Los Angeles, Chicago y Boston son más grandes que la de China. Si las áreas metropolitanas estadounidenses fuesen países conformarían el 47% de las cien economías más importantes del mundo. Con la concentración de las patentes ocurre otro tanto. De las 300.000 patentes de inventores residentes en más de cien naciones registradas en 2002, dos terceras partes se otorgaron a estadounidenses o japoneses, y el 85% a residentes en sólo cinco países (Japón, Estados Unidos, Corea del Sur, Alemania y Rusia). El resto del mundo registró apenas un 5%. Hoy, más de sesenta estados (casi un tercio del total mundial) son considerados "estados fallidos", según un reciente estudio del Carnegie Endowment for Peace, casi una docena de los cuales (a mi juicio, de manera exagerada e incorrecta) son latinoamericanos. Si América latina no cambia de posición, se agravará la desigualdad y la inseguridad. Según un estudio del BID, en la región cada año son asesinadas 140.000 personas. Nuestra región es la más violenta del mundo con una media de 25,1 homicidios por cada 100.000 habitantes, muy superior a la media mundial (8,8), e incluso más alta que la de Africa (22,2).
-¿Cómo debe obrar la Argentina?
-Se debe crear un Estado fuerte y mejorar su capacidad de gestión; debe devolverse contenido y centralidad a la política, fortaleciendo los partidos (no la partidocracia) y mejorando la calidad del liderazgo; fortalecer la calidad institucional, el imperio de la ley y la lucha contra la corrupción. Ojalá el presidente Kirchner, aprovechando el buen momento económico, en lugar de buscar su reelección se decida a invertir toda su energía, su capital político y su alto nivel de apoyo público en convocar un acuerdo nacional que sirva de sustento a una visión de país de mediano y largo plazo. Así adquiriría la estatura de estadista.
Por Adrián Ventura
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=774176
Tiahuanacu, 21 de enero de 2006
Muchísimas gracias por todo el apoyo que me dieron en la campaña, hermanas y hermanos, los aymaras, los quechuas, los mojeños.
Les decía, hermanas y hermanos de las provincias del departamento de La Paz, de los departamentos de Bolivia, de los países de Latinoamérica y de todo el mundo, hoy día empieza un nuevo año para los pueblos originarios del mundo, una nueva vida en que buscamos igualdad y justicia, una nueva era, un nuevo milenio para todos los pueblos del mundo, desde acá Tiahuanacu, desde acá La Paz, Bolivia.
Muy emocionado, convencido que sólo con la fuerza del pueblo, con la unidad del pueblo vamos a acabar con el estado colonial y con el modelo neoliberal.
Este compromiso, en lo más sagrado de Tiahuanacu, este compromiso para defender a los bolivianos, para defender al pueblo indígena originaria, no solamente de Bolivia, como anoche nos dieron la tarea, defender a los pueblos indígenas de América, antes llamada Abayala.
Pero los resultados, el apoyo de todos ustedes, quiero decirles un compromiso serio y responsable, no de Evo Morales, sino por todos los bolivianos, por todos los latinoamericanos, necesitamos la fuerza del pueblo para doblar la mano al imperio.
Pero también quiero decirles, con mucho respeto a nuestras autoridades originarias, a nuestras organizaciones, a nuestros amautas, a controlarme, si no puedo avanzar empújenme ustedes, hermanas y hermanos.
A corregirme permanentemente, es posible que pueda equivocarme, puedo equivocarme, podemos equivocarnos, pero jamás traicionar la lucha del pueblo boliviano y la lucha de la liberación de los pueblos de Latinoamérica.
El triunfo del 18 de diciembre no es el triunfo de Evo Morales, es el triunfo de todos los bolivianos, es el triunfo de la democracia, es el triunfo, como una excepción, de una revolución democrática y cultural en Bolivia.
Pero también quiero decirles, muchos hermanos profesionales, intelectuales, clase media, se incorporaron al instrumento político de la liberación, hoy instrumento político del pueblo.
Quiero decirles que yo, de esa gente, de esos profesionales intelectuales de la clase media me siento orgulloso como aymara, pero también les pido a los hermanos de la clase media, de la clase profesional, intelectual, empresarial, que ustedes también deben sentirse orgullosos de estos pueblos indígenas originarios.
Buscar una unidad de todos los sectores, respetando la diversidad, respetando lo diferente que somos, todos tenemos derecho a la vida, pero si hablamos de Bolivia los pueblos aymaras, quechuas, mojeños, chapacos, vallunos, chiquitanos, yuracarés, chipayas, muratos son dueños absolutos de esta enorme tierra, y a sus dueños, las promesas hay que recordarlas para recordar el problema económico social de nuestra Bolivia.
Hermanas y hermanos, sorprendido de esta gran concentración tan voluntaria, tan espontánea. Ni Evo ni Alvaro no han puesto ni un boliviano para que la gente pueda concentrarse, y ésta es la conciencia del pueblo boliviano.
Y las prebendas en Bolivia ya no van, acá el instrumento político ha puesto en balanza dos poderes: el poder de la prebenda, el poder económico y el poder de la conciencia. Felizmente y gracias a la madre tierra, gracias a nuestro Dios, decir gracias a mis padres, la conciencia ganó las elecciones, y ahora la conciencia del pueblo va a cambiar nuestra historia, hermanas y hermanos.
Por eso, por invitación de ustedes, por iniciativa de nuestras autoridades originarias, un saludo especial revolucionario a los ponchos rojos, a los hermanos jilakatas, a los mallkus, a los jiliri mallkus, a las mamatallas, muchas gracias autoridades originarias por realizar este acto tan originario nuestro, que me invitan a comprometerme para gobernar bien.
Sólo quiero decirles desde este lugar sagrado, con ayuda de ustedes hermanos y hermanas, quechuas, aymaras, guaraníes, queremos enseñar a gobernar con honestidad, con responsabilidad para cambiar la situación económica del pueblo boliviano.
Tenemos ya una responsabilidad cerca, que es la Asamblea Constituyente. Para la prensa internacional, para los invitados de la comunidad internacional, el año 1825 cuando se fundó Bolivia, después de que muchos, o miles o millones de aymaras, de quechuas, de guaraníes participaron en la lucha por la independencia, ellos no participaron en la fundación de Bolivia; se marginó la participación de los pueblos indígenas originarios en la fundación de Bolivia en el año 1825, por eso los pueblos indígenas originarios reclaman refundar Bolivia mediante la Asamblea Constituyente.
Quiero pedirle al nuevo Parlamento Nacional, que hasta los días febrero o marzo debe aprobarse la ley de convocatoria para la Asamblea Constituyente.
Una ley de convocatoria para la Asamblea Constituyente para garantizar la elección de Constituyente el 2 de julio de este año, y el día 6 de agosto en la capital histórica de fundación de Bolivia, Sucre Chuquisaca, instalaremos la Asamblea Constituyente para acabar con el Estado colonial.
Quiero pedirles hermanas y hermanos, unidad, unidad sobre todas las cosas. Ustedes han visto anoche el movimiento indígena de toda América concentrado en Bolivia, saludándonos, emitiendo resoluciones de apoyo, de fortaleza a este movimiento político que quiere cambiar nuestra historia, y no solamente los movimientos sociales de América, o de Europa, o del Asia. Ustedes han visto hermanas y hermanos, este movimiento político levantó en alto a Bolivia, a nuestro país en toda la comunidad internacional.
Han visto también ustedes hermanas y hermanos, no estamos solos a nivel mundial, gobiernos, presidentes apoyan a Bolivia y a este gobierno apoyan. Compañeras y compañeros, no debemos sentirnos solos.
Estamos en tiempos de triunfos, estamos en tiempos de cambio, y por eso reclamo nuevamente, queremos unidad.
Quiero decir con mucho respeto, a los dirigentes, ex dirigentes, al hermano Felipe Quispe, convoco a unirnos todos para seguir avanzando hacia adelante, hermanas y hermanos.
A todos los dirigentes, ex dirigentes, a nombre de nuestros antepasados, comportarnos, unirnos porque llegó la hora de cambiar esa mala historia de saqueo a nuestros recursos naturales, de discriminación, de humillación, de odio, de desprecio. Los aymaras y quechuas no somos rencorosos, y si hemos ganado ahora, no es para vengarse con nadie, no es para someter a alguien, sólo reclamamos unidad, igualdad, hermanas y hermanos.
Hermanas y hermanos, nuevamente quiero decir acá, que esa campaña internacional que empezaron nuestros dirigentes de América, la campaña llamada 500 años de resistencia indígena y popular, el ’88, ’89, espero no equivocarme, el ’92, acaba los 500 años de resistencia de los pueblos indígenas de América contra políticas, contra el colonialismo interno.
Después de reflexionar y escuchar a los hermanos indígenas que se reunieron ayer, y están acá seguramente muchos, a esos hermanos indígenas de América que están presentes, que están allá, un saludo, saludemos con un voto de aplauso a los hermanos indígenas de toda América, que están presentes acá.
Y quiero decirles a ellos, a ustedes hermanas y hermanos: de la resistencia a la toma del poder. Se acabó sólo resistir por resistir. Hemos visto que organizados y unidos con los movimientos sociales de las ciudades, del campo, combinando la conciencia social, con la capacidad intelectual es posible derrotar democráticamente los intereses externos. Eso pasó en Bolivia.
Por eso quiero decirles a los hermanos de América, de todo el mundo: unidos y organizados cambiaremos políticas económicas que no resuelven la situación económica de las mayorías nacionales. A esta altura nos hemos convencido que concentrar el capital en pocas manos no es ninguna solución para la humanidad; el concentrar el capital en pocas manos no es la solución para los pobres del mundo.
Por eso tenemos la obligación de cambiar esos problemas económicos de privatización, de subasta. Eso tiene que terminar, y estamos empezando acá juntos. Todos de América, movimientos sociales, queremos seguir avanzando, avanzando para liberar nuestra Bolivia, liberar nuestra América, esa lucha que nos dejó Túpac Katari sigue, hermanas y hermanos, y continuaremos hasta recuperar el territorio, la lucha que dejó Che Guevara, vamos a cumplir nosotros, hermanas y hermanos, así que podemos recordar de muchos líderes indígenas de la clase media que se organizaron para recuperar los recursos naturales.
Hermanas y hermanos, una emoción, nunca hemos estado acostumbrados a estar en esta clase de concentraciones. Ese momento cuando salí allá entendí que realmente el pueblo va organizándose y va movilizándose.
Esta gran concentración, este lugar, compararía con la Plaza de la Revolución de Cuba. Cuando salí de allá miles de compañeros concentrados; en Bolivia nunca había visto, una cosa son las concentraciones de campaña, otra cosa son actos de apoyo de fortaleza. Esta concentración es totalmente diferente, por eso agradecer, primero, a nombre del Movimiento Al Socialismo, segundo, a nombre de la bancada del MAS, y sobre todo a nombre de los pueblos indígenas originarios.
Muchas gracias hermanas y hermanos; esta lucha no se para, esta lucha no termina, en el mundo gobiernan los ricos o gobiernan los pobres. Tenemos la obligación y la tarea de crear conciencia en el mundo entero para que las mayoría nacionales, los pobres del mundo, conduzcan su país para cambiar la situación económica de su país, y desde acá impulsaremos que los pobres también tenemos derecho a gobernarnos, y en Bolivia los pueblos indígenas también tenemos derecho a ser presidentes.
Por eso, hermanas y hermanos, gracias al voto de ustedes, primeros en la historia boliviana, aymaras, quechuas, mojeños, somos presidentes, no solamente Evo es el presidente, hermanas y hermanos.
Muchísimas gracias.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-62330-2006-01-30.html
Por Sylvia Saitta y Luis Alberto Romero
El general José Félix Uriburu nació en Salta en 1868 y se graduó como alférez en 1888. En 1890 estuvo con los revolucionarios del Parque y en 1905 participó activamente en la represión de la revolución radical. Entre 1913 y 1914 fue agregado militar en Alemania; su entusiasmo por la capacidad militar germana le valió el sobrenombre de “von Pepe”. A su regreso fue electo diputado nacional por Salta y participó activamente en todos los debates sobre las leyes militares. En 1921 ascendió a general de división y en 1923 el presidente Alvear, que nombró ministro de Guerra al general Justo, lo designó Inspector General del Ejército, un cargo que acababa de crearse. En 1928 Yrigoyen dispuso su retiro y Uriburu comenzó a frecuentar a los grupos nacionalistas de la Liga Republicana, decididos adversarios del presidente. El 6 de septiembre de 1930 encabezó las fuerzas revolucionarias que derrocaron a Yrigoyen.
Como presidente de la Nación actuó con dureza ante las tentativas revolucionarias de los radicales y reprimió enérgicamente a los activistas gremiales. Imbuido de las ideas de la época, propuso una reforma constitucional que incorporaba la representación corporativa, resistida por el sector político que comandaba el general Justo. En abril de 1931, la derrota electoral de los conservadores de la provincia de Buenos Aires a manos de los radicales cerró las posibilidades de esa reforma y allanó el camino a Justo. Este resultó electo en noviembre de 1931, luego de que el gobierno nacional vetara la candidatura de Marcelo de Alvear y empujara a la abstención a los radicales.
El 19 de febrero de 1932, un día antes de concluir su período presidencial, apareció en La Razón una breve entrevista, realizada por el periodista Espigares Moreno, secretario general de redacción del diario: “Es al único periodista y al único diario que el presidente concedió una entrevista de esta naturaleza y en estos instantes”. En seguida, Uriburu viajó a Europa, donde murió poco después. A instancias de sus amigos y seguidores, Espigares Moreno escribió esta versión más extensa de la entrevista, donde reconstruyó todo el escenario, amplió los dichos de Uriburu y agregó una segunda y breve entrevista ya en su hogar. Con todo ello publicó un libro Lo que me dijo el general Uriburu (Buenos Aires, s/e, 1933), al que pertenecen estos fragmentos.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-61970-2006-01-21.html
URIBURU
Entrevistado por J. M. Espigares Moreno
19 de febrero de 1932
Para nadie puede ser un misterio el ambiente que había por aquel entonces en la Casa de Gobierno y sobre todo en las antesalas de la presidencia de la República. No es que lo hubiera creado nadie expresamente sino que lo daba de sí el carácter de la hora y del gobierno. Era un ambiente de absoluta severidad, quizá pueda decirse mejor, de recia severidad militar. En las oficinas, en los pasillos, en las antesalas, por todas partes había empleados y militares que daban la sensación de una continua actividad. En medio de este marco severo, se percibía en seguida una nota de fuerte contraste con la visión de los mismos lugares durante el gobierno anterior: de las antesalas de los ministerios y de los pasillos habían desaparecido las multitudes de postulantes. Parecía que allí no podía entrar sino el que tenía realmente algo importante que hacer. Un fuerte control aparecía en cada cosa y en cada detalle. De tal manera, pues, que si para la actividad general de la Casa de Gobierno las restricciones de la concurrencia de público eran así, aunque sólo en determinados momentos estuvo realmente controlada la entrada del público a la Casa Rosada, puede suponerse cómo era de difícil obtener acceso a la presidencia y sobre todo al despacho presidencial.Entonces le dije:
–Usted no ignora, general, seguramente todo cuanto se ha dicho antes de la convocatoria a elecciones de los propósitos que a usted se le atribuían.
Se sonrió de buena gana y me respondió:
–No, no lo ignoro, por cierto. Se han dicho tantas cosas. Usted sabe que un hombre como yo, en mi situación, podría haber sido todo lo que hubiera querido. Yo he tenido hasta ahora la fuerza y también el abnegado desinterés y la simpatía de la gente honrada del país. He sacrificado todo personalmente y a nada he aspirado, en cambio. Todos saben, aun los que han combatido la revolución y hasta los que me han calumniado, que no podía haberse devuelto sensatamente con más rapidez la normalidad. De tal manera que tengo plena conciencia de haber cumplido con la patria; lo contrario habría significado el desgarramiento más grande de mi vida. Esto lo saben y lo comprenden también mis compañeros de las fuerzas armadas, los que de no haber estado convencidos de mi absoluto desinterés no me habrían acompañado en la forma magnífica y también desinteresada en que lo han hecho. Ya ve usted que yo personalmente no aspiro ni siquiera al juicio de mis contemporáneos, aunque no existiera, como lógicamente tiene que suceder, todo este fuego de pasión que tardará en extinguirse.
Y entonces me dijo esto que es concluyente y que comprueba la claridad con que decía las cosas:
–Le digo más. Yo no he querido ser presidente constitucional. Y no he querido serlo, aun defraudando el deseo de muchos amigos y de millares de personas representativas y de instituciones que son tradición y fuerza en el país. Usted no puede imaginarse las solicitudes, los ruegos y las incitaciones que en toda forma me han estado llegando desde hace tiempo en ese sentido. Nada más fácil para mí que haber podido dar cumplimiento a tales deseos. Pero le confieso que me habría repugnado semejante situación.
Y en seguida me dijo:
–Yo creo y espero que el germen de la revolución no se perderá y que irá más allá de la historia que del reconocimiento de los intereses puramente políticos.
Era forzoso entonces que él tuviera, al fin del proceso revolucionario, algo muy personal y por consecuencia muy interesante que decir de las revoluciones y, sobre todo, de su propia revolución.
Sin ninguna vacilación, muy rápidamente me contestó:
–Yo nunca he sido revolucionario. Eso es lo curioso. En esencia nunca fui revolucionario, aunque los acontecimientos me hayan colocado por dos veces en la condición de tal, esta última con mayor fortuna. Mire: dentro del movimiento de las democracias la carta más peligrosa que se juega es precisamente la de la revolución. Una revolución se sabe siempre dónde comienza, pero nunca se puede saber dónde irá a terminar. De ahí que cuando se va a emprender una obra de tal carácter con sentimientos y propósitos de verdad patrióticos y sanos, haya que meditar muy detenida y muy hondamente lo que se va a hacer y cómo se va a hacer. En estos casos no peligra ya tan sólo el prestigio y la vida de los gestores, sino que se compromete el prestigio y la vida de una nación. Hasta la vida del porvenir de todo un pueblo. Por eso yo reflexioné con hondura lo que me proponía. Cuando dentro de la medida humana creí tener ya la visión clara de lo que la revolución podía significar y crear, entonces me lancé a la gestación de todo cuyos pormenores generales, por lo menos los que podían interesar más a la legítima curiosidad del público, ya se han divulgado. En realidad, técnicamente hablando, yo no he hecho una revolución, sino exactamente una operación de guerra, que era lo que convenía y lo que debía hacerse, y no una revolución sangrienta y bárbara indigna del país y de quienes la hemos llevado a efecto. Otra de las cosas que el público no conoce bien, y que contraría la opinión de mucha gente es este detalle de fondo: a mí no me interesó en ningún caso, ni cuando conspiraba, ni cuandogestaba el movimiento ni durante su proceso, la victoria en sí del mismo, sino que me preocupaba constantemente lo que luego debía ser el triunfo de mi gobierno, del gobierno que iba a constituir y a dirigir, porque ese triunfo tenía que significar el triunfo del país. De nada en absoluto hubiera servido el triunfo de la revolución si por cualquier causa hubiera fracasado el gobierno surgido de sus filas.
Entonces yo le pregunté por qué no le preocupó en ninguna circunstancia esa victoria en sí de la revolución, y me explicó:
–Yo tuve en todo momento la sensación de que el proceso prerrevolucionario estaba asegurado por sus propios prestigios. Y no me equivoqué. Usted sabe que prácticamente la revolución se hizo en todo el interior del país por telégrafo en el breve espacio de unas horas. Eso comprueba con exactitud que los prestigios de la revolución estaban asegurados.
En seguida le pregunté cuál había sido su verdadera situación de jefe de la revolución frente a todas las probables dificultades que le salieron al paso y que él solo conocería, a lo cual me respondió:
–En realidad, hubo que vencer muchas dificultades, previstas algunas y otras imprevistas. La primera condición que impuse a todos mis compañeros del ejército y la armada sin distinción absoluta de jerarquías, para la imprescindible unidad de la acción y de su desarrollo, fue ésta: yo solo mandar y todos obedecer. Esta condición, aceptada unánimemente con una gran lealtad y una ponderable honradez por parte de todos y cada uno de los soldados de la causa, imprimió no sólo a la gestión revolucionaria sino también al gobierno un ritmo armónico. Pero si este entendimiento no se hubiera llevado a cabo, convirtiéndose en dificultad, ella habría resultado insalvable. Tuve la fortuna, además, que habla muy elocuentemente en favor del sentimiento público que me acompañó, de ser el jefe de un movimiento carente del apoyo de un partido político orgánico, de una gran fuerza política que a uno lo respalde en una emergencia de esta magnitud; porque al fin, una gran fuerza popular de esa estructura es la que condensa y contiene la mayor aspiración ciudadana. Es decir, que si la empresa iniciada, con todos los riesgos inherentes, fracasa, el responsable no es un solo hombre, sino que, por el contrario, es una corriente popular agitada por las masas. Yo, en cambio, con respecto a este punto de vista, estaba solo. El jefe de la revolución era yo; el responsable era yo, por más que en la noble empresa estaban comprometidos hombres de indiscutible valía y significación, dispuestos como yo al sacrificio. De ahí puede usted medir mi consagración y el concepto de la responsabilidad que tenía. Mi sacrificio y mi esfuerzo eran, pues, superiores, sobre todo si se tiene en cuenta que era imprescindible también luchar contra ciertas masas y tratar de educarlas compenetrándolas de esta doctrina en un término de tiempo tan breve.
Hacía solamente un instante me había estado diciendo:
–En tesis generales, tres cosas capitales he logrado salvar en la intensa jornada; tres cosas, que como usted verá, pueden constituir de por sí todo un programa de gobierno felizmente realizado. Estas tres cosas son: el orden, que no ha sido alterado sino aislado y desgraciadamente como es público y notorio [sic]; el crédito exterior del país y el país salvado también de la bancarrota a la que lo había precipitado el gobierno depuesto. Yo le aseguro a usted con honrada sinceridad y sin ningún género de exageraciones que en la situación anterior a la revolución nos íbamos de cabeza al abismo con sólo unos días más de existencia de aquel desquicio fabuloso. Nadie puede imaginarse, sino en forma puramente fragmentaria, cómo hallamos esto al hacernos cargo del gobierno. ¡Un verdadero desastre!
Fue entonces cuando creí oportuno hablarle de las deportaciones políticas, para tocar en la conversación algunos aspectos sentimentales a los cuales estaba seguro iba a responderme. Le pregunté: –Pienso, general, que habrá resultado demasiado duro para usted decretar algunas de las deportaciones políticas, en razón de afecciones puramente personales que nada tienen que ver con la función del gobierno.
–Usted me pregunta algunas cosas que son de verdadero fondo. A propósito de lo que antes le estaba diciendo, hágase cargo de la situación; del cuadro que presentaba el país con todas esas heridas abiertas por los gobernantes anteriores y con el golpe de muerte que le habían dado. La cosa no estaba, ni en el orden interno ni en el externo, para tolerar nada. La menor complacencia hubiera resultado fatal. La obra inicial de la revolución, y la revolución misma, se habrían malogrado por completo.
Y levantando aquí el tono de la voz, me dijo con apasionada convicción:
–La cosa más dura y más desagradable que hay en un gobierno de fuerza es mantener el orden. La mano tiene que ser de hierro y tiene que apretar sin vacilaciones y sin desfallecimientos. Hay que olvidarse, desgraciadamente, del corazón. Eso es lo que una gran parte del público ignora o prefiere o simula ignorar. Esta obligación imperiosa de ser duro en beneficio del país me ha costado la pérdida de varios viejos amigos, algunos de la infancia, otros de toda la vida. Y he perdido también antiguos afectos que estimaba en mucho.
Me nombró aquí a los doctores Lisandro de la Torre, Marcelo de Alvear y otras figuras conocidas.
Al llegar a esto, me dijo ya con un tono de verdadera tristeza:
–Le repito que lo más difícil, una de las cosas más duras en un gobierno revolucionario es mantener el orden, el orden absoluto, que muy a menudo exige el tributo de la sangre y el fuego. Felizmente he logrado, como pocas veces se ha conseguido en la historia, llevar a cabo el proceso revolucionario sin aquel espectáculo doloroso. Es que mucha gente tiene una disposición más especial para censurar que para comprender. Yo mando y no tengo más recurso que ser duro cuando hay que serlo. Pero yo también tengo un corazón y una capacidad afectiva.
Algunas de sus opiniones personalísimas que me impresionaron más fueron las que me dijo sobre la democracia. Cuando yo le dije:
–Es en realidad una cosa muy distinta entender la verdadera democracia.
El, retomando aquel tono hondo y vehemente que empleaba para hablar de las cosas que le indignaban, me respondió:
–Sí, señor. Estamos acostumbrados a una idea de la democracia completamente equivocada. Aquí mucha gente cree que la democracia es una jauja. Y la democracia no se hace charlando: no se ha hecho así en ningún pueblo. Uno está cansado de ver charlatanes de la democracia y de ver hacer las más grandes monstruosidades en nombre también de la democracia. Fíjese qué cosa más contradictoria: mucha gente anda diciendo que yo le he dado un golpe de muerte a la democracia. ¡Será seguramente porque los bandoleros que estaban en el gobierno la estaban salvando! Con toda esta apariencia de gobierno dictatorial que le han atribuido a mi gobierno, yo he hecho más por nuestra democracia que muchos de los que pretenden haber hecho maravillas con ella. ¿Dígame si es que hay mucha gente que crea, o que siga creyendo que la democracia de un pueblo civilizado se hace robando la plata desde el gobierno y tirándola a la marchanta; endeudando al país inútilmente; estropeando su crédito en el extranjero; dejando que se multiplique el bandidaje que llega a tener atemorizada a toda una sociedad indefensa; poniéndonos en ridículo ante el mundo; creando una miseria popular como la que estábamos palpando y poniendo a la Nación al borde del abismo, como estuvo hasta el momento de llegar nosotros al gobierno?
El general había llegado aquí a alcanzar un tono un poco nervioso.
–Yo no he venido a arreglar la democracia. Todo esto sería un poco vago. Yo he venido a arreglar la patria. A arreglar el país. A poner las cosas en su lugar. La democracia ocupará, como consecuencia, el suyo también. Imagínese si en medio de esta ardua tarea, en muchos casos especiales eimperiosos, en que ha sido imprescindible emplear recursos insospechados, yo hubiera vacilado en obrar por temor de lesionar esa tesis tan decantada de la democracia. ¿Qué habría ocurrido?
Uriburu me miraba fijamente y acentuaba la importancia de esta pregunta con una leve sonrisa.
–Nadie podrá decir que yo no soy demócrata. He mamado la democracia. He mamado, también, la pasión por la libertad. Toda mi vida de soldado no ha estado al servicio de otra cosa. Pero es que uno no tiene la culpa de que mucha gente no comprenda o no quiera comprender.
¿Había alguna persona del público que conociera el pensamiento del general Uriburu con respecto a los fusilamientos? Todo lo que se sabía eran conjeturas, comentarios, deducciones. La impresión popular más exacta era la que se refería al acto oficial del “cúmplase” estampado al pie de la sentencia de muerte, por el presidente, y todo lo relacionado con ese rápido proceso de los fusilamientos de Di Giovanni y Scarfó.
Había trascendido la especie de que el general vaciló mucho antes de firmar aquellas sentencias, porque como se recordará, antes de resolver esta firma transcurrieron muchas horas de expectativa y se hicieron numerosas gestiones de conmutación que fueron recibidas en la Casa de Gobierno.
Cuando la sentencia estuvo firmada y cuando el hecho fue consumado, el gobierno no dio ninguna explicación al respecto. En el ambiente de muchos círculos quedó algo como una sensación de horror; en otros un estupor profundo; en algunos, el desencanto por haber esperado lo contrario. En muchos otros, en fin, la creencia de que el gobierno cumplió con su deber revolucionario, como se había estipulado en el bando que se publicó a pocas horas de la revolución triunfante.
Este hecho le valió al presidente, por parte de mucha gente superficial, la fama de hombre frío e implacable. Muchos de sus enemigos lo explotaron para combatirle.
Uriburu, al escucharme, parecía revivir aquellos instantes. Porque en seguida me respondió:
–¡Puede suponérselo! Nadie puede desear encontrarse en una situación como ésa. La verdad es que yo habría querido no haber tenido necesidad de firmar ninguna sentencia de muerte. Siempre es doloroso cumplir con un deber tan crudo. Cualquiera puede imaginar la intensa lucha interior entre el dolor y el deber. La dilación, el apremio en obrar, el imperio de la conciencia y el imperativo del sentimiento. Pero luego el deber, la noción tremenda del deber se sobrepone y ya no hay nada que la detenga. ¡Si fuera tan cómodo cumplir con el deber como con el corazón! Lucha de sentimientos sí, pero vacilación ninguna. Eso es lo que puedo decirle, en suma.
Luego, cambiando un poco la preocupada abstracción con que me contaba todo esto, me dijo con tranquilo convencimiento:
–Créame, no hay que exagerar los sentimientos. Esos dos eran unos bandidos. La sociedad tendrá que agradecerlo algún día.
–¿Podría preguntarle algo, señor presidente, para incluirlo en el reportaje, sobre el suceso de las torturas?
El a su vez me respondió en seguida:
–Pregúnteme lo que quiera. Pero desde ya le respondo. La consumación de estos hechos que denuncian ha ocurrido durante mi ausencia en Salta. Yo no conozco nada en detalle, y sólo me atendré a lo que la justicia investigue y establezca. Pero le digo sinceramente que el primer sorprendido he sido yo y que lo primero que hice al regresar de mi viaje fue llamar al fiscal y decirle: ¡Usted acuse! Caiga quien caiga. ¡Acuse!
Con la misma fuerza aparecía su sinceridad, cuando me dijo:
–Es un poco cruel, un poco excesivo pensar que uno ha de ser responsable de todo. Sólo que hay momentos en que uno no puede ponerse a hablar públicamente, a explicar, en fin, a dar aclaraciones que en el mejor de los casos no complacerían a todos. Puedo decirle, eso sí, que tengo una gran serenidad de conciencia frente a todos estos acontecimientos, y lalegítima satisfacción de saber que lógicamente no es posible que se me atribuyan responsabilidades de esta naturaleza.
Le recordé las proyecciones que, sin embargo, se les había dado a estos hechos, y me contestó de esta manera rotunda:
–Lo sé. Desgraciadamente es como usted dice. Pero en esto como en todo, muchos de los malos propósitos que hacen los escándalos hay que cargarlos en la cuenta de ciertas empresas periodísticas.
Y al hablarme del director de determinado periódico, me dijo con un gesto de desprecio:
–Ese es más bandido que Di Giovanni. Pero tiene con él una diferencia: la de que Di Giovanni era realmente valiente.
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Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
Astor Piazzolla, nacido en 1921, estuvo casi desde la niñez en el ambiente del tango: acompañó a Gardel en 1931, tocó en la orquesta de Troilo hasta 1944 e hizo muchos de sus arreglos, y acompañó a otros músicos y cantantes hasta mediados de los cincuenta. Paralelamente, tuvo una formación musical académica con Alberto Ginastera, y bajo su dirección compuso una Sinfonía de Buenos Aires, que fue ejecutada por la Orquesta Sinfónica de Radio del Estado. En 1954 estudió en París composición con la célebre Nadia Boulanger, maestra de grandes músicos.
En 1955, su retorno a Buenos Aires coincidió con el fin del peronismo y el comienzo de una acelerada apertura en el campo cultural. Piazzolla se ubicó en las discusiones de la vanguardia musical. Su octeto –que integraba con Leopoldo Federico, José Bragato, Enrique Mario Francini, Hugo Baralis, Horacio Malvicino y Atilio Stampone– difundió una música novedosa, de gran complejidad rítmica, riqueza armónica y abundante empleo del contrapunto, que a través de temas emblemáticos, como Lo que vendrá, revolucionó el mundo del tango. Posteriormente Piazzolla utilizó una formación más adecuada a su creatividad: el quinteto; lo acompañaron regularmente Antonio Agri, Horacio Malvicino, Kicho Díaz, Osvaldo Manzi y Cacho Tirao.
Desde entonces, fue corriente discutir si lo que Piazzolla hacía podía ser considerado tango, o quizá música de Buenos Aires, como él mismo propuso, harto de la polémica. Lo cierto es que partidarios y enemigos de Piazzolla constituyeron dos bandos militantes, y que su música se convirtió en paradigma para toda una generación de nuevos compositores. También, que algunos temas suyos lograron una gran popularidad: Adiós Nonino, Verano porteño. En 1968 escribió una “operita” con el poeta uruguayo Horacio Ferrer: María de Buenos Aires, y al año siguiente estrenó Balada para un loco, con letra de Ferrer, que cantó Amelita Baltar y alcanzó un éxito notable, pese a que en el concurso al que se presentó sólo obtuvo el segundo premio. Luego de 1973 Piazzolla se instaló en Europa, tocó con músicos como Gerry Mulligan o George Moustaki, compuso abundantemente para el cine y desarrolló un estilo más alejado de los cánones del tango clásico, que por entonces estaba extinguiéndose. Su prestigio fue muy grande y fue reconocido como uno de los músicos importantes del siglo XX.
Esta entrevista fue realizada en Buenos Aires en octubre de 1988. Piazzolla estaba restableciéndose de una compleja operación y se encontraba en una disposición especial para la conversación, el recuerdo y la reflexión, no habitual en él. Luego de la entrevista continuó con su actividad durante un año y medio, para sufrir un derrame cerebral del que no se repondría. Murió en 1992.
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PIAZZOLLA
Entrevistado por Guillermo Saavedra
El País,
Montevideo, octubre de 1988
“Nací en 1921, en Mar del Plata, por entonces una ciudad bastante deshabitada, casi salvaje y donde, según se decía, veraneaban sólo los burgueses de mucho dinero”, recuerda ahora el músico instalado en un cómodo piso de la Avenida del Libertador, en el elegante barrio de Palermo Chico, justo frente al hipódromo. Apenas tenía cuatro años cuando debió acompañar a sus padres a Nueva York, para probar suerte. Allí fueron Vicente Piazzolla y su mujer, Asunta Manetti, hijos de inmigrantes italianos apretados por la miseria y la desesperanza. Cuando estuvieron ubicados en la calle 8 del Greenwich Village, barrio por entonces bohemio y bastante proletario, los Piazzolla no dejaron de ser argentinos pero tampoco olvidaron que eran hijos de italianos. Luego de varios años de estrecheces y un intento fallido de volver a la Argentina, hacia 1930, Vicente Piazzolla, alias Nonino, logró ponerse bajo la protección de Nicola Scabutiello, dueño de una importante peluquería en el West Side y de varios billares clandestinos: era un discreto capomafia.
“De algún modo, lo que soy se lo debo a esos primeros años en Nueva York. Aquello era el mundo que se ve en la serie Los Intocables: la pobreza, la solidaridad entre paisanos, la Ley Seca, Eliot Ness, la mafia... En fin, yo era muy indisciplinado, no me gustaba mucho la escuela –me expulsaron de varias y para mis padres era cada vez más difícil que me aceptaran en la siguiente– y andaba mucho por las calles. Ese ambiente me hizo muy agresivo, me dio la dureza y la resistencia necesarias para enfrentarme al mundo y, sobre todo, a los escándalos que, veinticinco años después, iba a desatar mi música.”
¿Qué sonidos de ese ambiente gangsteril y alcoholes subrepticios quedaron desde entonces fijados en el mapa musical de Astor Piazzolla? “El jazz, naturalmente. Las orquestas de Duke Ellington y de Fletcher Henderson... Por las noches, con un compañero íbamos a Harlem, hasta la puerta del Cotton Club, a escuchar a Cab Calloway. Por supuesto, lo escuchábamos desde la calle, porque éramos dos ‘enanos’ y no nos dejaban entrar. Por otro lado, recuerdo la primera vez que mi maestro de música me hizo escuchar a Bach; y, desde luego, el tango, esa música triste, llena de nostalgia, que mi padre ponía en la victrola y a través de la cual conocí a Julio De Caro, a Pedro Maffia, a Carlos Gardel.”
Pero ese gringuito rubio y de baja estatura a quien sus amigos apodaban Lefty (por la manera de sacar la mano izquierda a la hora de las peleas) conocería, como un anticipo de lo que vendría más tarde, una forma precoz de la consagración: “Un día, mi padre lee en el diario que llega Gardel a Nueva York para filmar una película. Mi padre, que además de escuchar religiosamente los discos de Gardel tenía el hobby de hacer tallas en madera, se pasó dos noches sin dormir haciendo una escultura de un gaucho tocando la guitarra. Le escribió al pie: ‘Al gran cantante argentino Carlos Gardel, Vicente Piazzolla’. Averiguó en qué hotel se alojaba Gardel y me dijo: ‘Tomá, llevásela y decíle que se venga a comer unos ravioles. Ah, y no te olvides de decirle que tocás el bandoneón’. Hay que tener en cuenta una cosa: cuando Gardel llegó a los Estados Unidos, en Nueva York debía de haber algo así como ocho argentinos y tres uruguayos. Por supuesto, gente que se mataba trabajando: mi padre, en la peluquería de Scabutiello, en cuya trastienda se levantaban apuestas clandestinas; mi madre, atendiendo un salón de belleza que la mitad de la semana trabajaba con las mujeres de los gangsters italianos y la otra mitad, con las mujeres de los gangsters judíos (si se llegaban a cruzar, se armaba un escándalo); y ambos, destilando licor en la bañera para enviárselo a nuestros ‘primos’ de New Jersey... En fin, llega Gardel a ese lugar y, de pronto, se encuentra con un chico como yo, que le habla en español, le ofrece un regalo de un admirador argentino y, para colmo, le dice que sabe tocar el bandoneón. Gardel casi se desmaya. Me pidió que fuera al día siguiente con el bandoneón. Yo apenas chapurreaba algunas cositas porque en ese entonces, a pesar de que mi padre me había comprado el bandoneón para que tocara como Pedro Maffia e incluso me mandaba a estudiar música, yo prefería el jazz y soñaba con tener una armónica y hacer tip tap. De todos modos, mi escasa destreza con el instrumento le bastó a Gardel para incluirme en la película que había ido a rodar a los Estados Unidos: El día que me quieras, donde además de tocar yo hacía el papel de vendedor de diarios”.
Desde ese momento de 1934 y hasta el regreso definitivo a la Argentina, para el joven Piazzolla vendrían tiempos de un exotismo amateur: vestido de gaucho, asociado a otros dos argentinos, sorprendía a los asistentes al cabaret El Gaucho como The Argentine Boy Wonder of the Bandoneon. O tocaba el típico instrumento para una emisora de onda corta que llegaba a Buenos Aires. Pero el muchacho aún prefería perderse por las calles del distrito, escapar al deber, jugar al béisbol y martirizar a los gatos del vecindario. ¿Cuándo llegaría, como un plazo del destino o una treta de la suerte, el amor por la música, su ejercicio febril?
“Creo que para eso fue necesario el hastío: el aburrimiento de las tardes de verano en Mar del Plata, adonde habíamos regresado con mis padres en 1937. Yo ya había tenido varios ‘anuncios’ de una vocación escuchando a De Caro, a Bach, a Cab Calloway. Desde entonces, aunque de modo confuso, yo intuía que lo mío debía ser una combinación de todo eso. Y el aburrimiento de las tardes marplatenses me predispuso a esperar algo. Yo sentía que mi vida no podía ser solamente eso, caminar como un sonámbulo por las calles de una ciudad semidesierta. Y, de golpe, una tarde, mientras estaba recostado en mi cama, escucho por la radio al violinista Elvino Vardaro y su sexteto. Descubrí una nueva manera de tocar el tango y sentí que eso era lo que yo quería hacer. Le envié una carta a Vardaro y él me respondió alentándome. Formé un grupo con algunos amigos; yo elegía el repertorio y hacía los arreglos. Iba a una confitería donde tocaban orquestas de tango de Buenos Aires. Allí trabé amistad con el bandoneonista Juan Sánchez Gorio, con Enrique Mario Francini, con Héctor Stamponi... Este último me convenció de irme a Buenos Aires.”
Entre las lágrimas de doña Asunta y los consejos de Nonino, el joven de dieciséis años partió a la Capital. Allí lo esperaban un cuarto de alquiler, el trabajo en una orquesta que tocaba en el cabaret Novelty y la amargura de descubrir rápidamente la espesa sordidez de la vida nocturna de Buenos Aires, que Piazzolla aprendió a matizar estudiando música con rigor prusiano y despejándose en el billar. Cuando salía de tocar se iba, con unción religiosa, al café Germinal a escuchar al bandoneonista Aníbal Troilo, “por ese entonces”, afirma Piazzolla, “el más grande de todos”.
“De tanto ir a escucharlo, sabía el repertorio de Troilo y su orquesta de memoria y me había obsesionado con algunos de sus músicos, especialmente con el pianista Orlando Goñi y el violinista Hugo Baralis, de quien me hice amigo. Una noche llego al Germinal y Baralis me recibe con cara de velorio. ‘¿Qué pasa?’, le pregunté. ‘Justo hoy, un viernes, se enfermó el Toto. El Gordo (se refiere a Troilo) está furioso y tiene razón: perdemos de tocar todo un fin de semana’. Era mi oportunidad: el Toto Rodríguez, uno de los bandoneones, estaba fuera de combate. Con la irresponsabilidad de la adolescencia, le pedí a Baralis que le dijera a Troilo que yo podía tocar. Baralis me miró como si yo me hubiera vuelto loco: ‘¿Lo decís en serio?’. ‘Por supuesto que lo digo en serio. Sé todo el repertorio de memoria’. ‘Es imposible’, me dijo riéndose, ‘sos demasiado jovencito para esto’. Seguí insistiendo hasta que Baralis, con un poco de miedo, fue a hablarle a Troilo. El Gordo me miró, entre divertido y asombrado; me preguntó si me tenía tanta fe como para tocar allí mismo. Le dije que sí, que sabía música clásica y conocía sus tangos como para tocarlos con los ojos cerrados. Troilo hizo una seña con la cabeza, me acercaron un bandoneón, subí al escenario de un salto y, a una indicación suya, comencé a tocar. Me tenía tanta confianza que toqué todos los tangos como a quien le piden el Arroz con leche. Cuando terminé, Troilo se quedó un momento en silencio, después se acercó hasta mí y lo único que dijo fue: ‘Ese traje no va, pibe. Conseguite uno azul que debutás esta noche’.”
Por esa misma época –era el año 1939– y con similar audacia, Piazzolla consiguió una entrevista con el pianista Arthur Rubinstein, que estaba en Buenos Aires para dar una serie de recitales: “Le llevé un concierto para piano que yo había escrito. El, muy amablemente, se puso a tocarlo al piano. Cuando terminó, me dijo con simpatía: ‘¿Le gusta la música?’. ‘Sí, maestro’. ‘¿Por qué no estudia, entonces?’. Tenía absoluta razón. Sin perder tiempo, comencé a estudiar con Alberto Ginastera. Yo quería estudiar con Juan José Castro, pero él no podía enseñarme y me recomendó a Ginastera, que en ese momento era también bastante joven, al punto que yo fui el primer alumno que tuvo en su vida. Con él estudié frenéticamente entre 1939 y 1945; es decir, más o menos el tiempo que estuve en la orquesta de Troilo. De modo que el Gordo era mi chanchito de la India. Cada cosa nueva de armonía, de contrapunto, de instrumentación que aprendía con Ginastera la probaba en la orquesta. Y el Gordo me detenía, me preguntaba si estaba loco o quería que los músicos me asesinaran al final de un ensayo; decía que lo que yo proponía no se podía bailar. De todos modos, Troilo me quería, llegué a ser su primer bandoneón y, durante los dos últimos años que estuve con él –1943 y 1944– hacía casi todos los arreglos. Claro que era una lucha constante: de mil notas que escribía, el Gordo me borraba seiscientas.”
Pero la huella musical y afectiva que Aníbal Troilo dejó en Piazzolla ha sido más poderosa que las circunstanciales diferencias profesionales. Troilo fue además un maestro de instrumentistas y vocalistas, uno de los mejores bandoneonistas de toda la historia del tango y un compositor delicado, autor de algunas de las piezas más notables del repertorio instrumental o cantado.
Piazzolla nunca dejó de reconocerlo –a la muerte de Troilo, compuso una de sus obras más personales y conmovedoras: la Suite troileana (1976)– y ahora, en una tarde con amagos de tormenta, es capaz de afirmar: “Lo que hacía él en el ‘40 estaba completamente ligado al Buenos Aires de entonces. Una ciudad sin televisión, menos bombardeada por la publicidad y enamorada de los bailes. Todas las noches se estrenaba un tango que, literalmente, a la mañana siguiente ya era un éxito”.
El hombre que, como otros antes, perseguía una forma que su estilo no encontraba, como un plazo de la suerte o una treta del destino, llegó a Buenos Aires para cambiarle el fraseo. Tal vez la furia del mar en sus oídos, los sonidos del Cotton Club y las fugas de Bach en el piano de un lejano maestro húngaro sobrevolaron desde siempre ese paisaje demasiado apacible que, para él, era el tango.“Supe desde siempre que lo mío era el tango, pero más allá del tango conformista y haragán de la mayoría de los tangueros. En algún momento, entendí que tenía que cruzar ese tango adormecido con otras cosas, había que enriquecerlo, llenarlo de riesgo y de sorpresa. Cuando hacía arreglos para Troilo, no pensaba en algo fácil que hiciera bailar a la gente sino en poner afuera algo muy mío y a la vez vinculado con esa música que todos conocían, para que fuera escuchado. Eso, Troilo no podía entenderlo. Lo más curioso es que ni siquiera se daba cuenta de que su público, cuando él tocaba tangos suyos como Quejas de bandoneón, Chiqué o Inspiración, dejaba de bailar y se acercaba a escucharlo. Troilo estaba convencido de que lo que daba de comer era el tango bailable. Cuando a veces, antes de salir a tocar, nos juntábamos con Goñi y algún otro a tocar a la manera de Julio De Caro un tango más romántico, más musical, el Gordo nos quería matar. ‘¡No! ¡No toquen eso que se van a malacostumbrar! Toquen lo que tocamos nosotros’, decía. Sin embargo, cuando él componía tenía una relación muy personal, elaborada, con la música. Cada uno de sus tangos –Garúa, La última curda, Che, bandoneón– era una pequeña joya. Al igual que lo fueron los tangos de Mariano Mores; él también fue un creador excepcional, hasta que un día se cansó y empezó a escribir de memoria... Es que el mundo de la música ha sido muy duro para todos. Para mí, lo sigue siendo incluso ahora, porque no puedo detenerme, no puedo conformarme; después de cierto tiempo, tengo que romper todo y empezar de nuevo. Y así fue siempre, desde que abandoné la orquesta de Troilo: cambiar, enfrentarme a la resistencia de la gente, a los músicos de tango ultraconservadores que me despreciaron, me segregaron, me insultaron como si yo hubiera sido el demonio.”
Primera herejía, según sus detractores: dejar, a fines de 1944, a Troilo. Después, dirigir una orquesta que había armado el gran cantante y bandoneonista Francisco Fiorentino, a quienes todos consideraban entonces en una gloriosa decadencia. En 1946, Piazzolla arma su primera orquesta típica (así se llamaba a las formaciones que tenían un repertorio exclusivamente tanguístico) y el lento pero firme comienzo de los sacrilegios: tres tiempos metidos en el hasta entonces inamovible cuatro por cuatro; contrapuntos, fugas, formas armónicas inauditas.
“Por ese entonces –recuerda ahora– ya empiezo a tratar de ser Piazzolla. Comienzo a escribir, a hacer arreglos más personales. Por supuesto, cada vez teníamos menos trabajo. Por entonces, se tocaba para hacer bailar y nadie podía bailar conmigo. Me atacaban, no me promocionaban o se burlaban de mí. En un cabaret donde tocaba, un día las mujeres que trabajaban en el local se pusieron a bailar en puntas de pie como si estuviera sonando El lago de los cisnes. Yo juntaba indignación y hambre. En 1950 dejé la orquesta y casi abandoné el bandoneón. Me puse a estudiar como un loco. Formé una orquesta de cuerdas con la que grabamos algunos discos. A pesar del rechazo, sentía que lo mío no había aparecido.”
El cambio, explosivo, completo –casi apoteótico según sus primeros seguidores, apocalítico para casi todo el mundo del tango– vendría después de su viaje a París, en el ’54. Allí estudió con Nadia Boulanger poco menos de un año. Más allá de lo técnicamente aprendido con la célebre maestra de Aaron Copland y Leonard Bernstein, ella lo ayudó a descubrir que lo suyo no era la composición erudita sino el enriquecimiento que las formas clásicas, el jazz y sus propias intuiciones podían dar a esa música surgida a orillas del Río de la Plata.
“Cuando fui a París, dos cosas me abrieron literalmente la cabeza: una, estudiar con la Boulanger, haber encontrado en ella la confirmación de un camino a seguir; la otra, escuchar a Gerry Mulligan y su grupo: esto me volvió completamente loco, no sólo por los excelentes arreglos de Mulligan y por la forma en que tocaban todos sino también, y fundamentalmente, porque percibí la felicidad que había en ese escenario. No era como las orquestas de tango que yo estaba acostumbrado a escuchar y que parecían un cortejo fúnebre, una reunión de amargados. Aquí la cosa era una fiesta, una diversión: tocaba el saxo, sonaba la batería, se la pasaba al trombón... y eran felices. Porque allí había arreglos, había un director, pero también margen para la improvisación, para el goce y el lucimiento de cada uno de los músicos. Me dije que eso era lo que quería para el tango. Y efectivamente, cuando volví a Buenos Aires, formé el primer octeto (1955) que fue, entonces sí, una verdadera revolución. Allí empleé todo lo que había aprendido con Ginastera y la Boulanger y algunos fraseos y procedimientos instrumentales que eran más característicos del jazz. Introduje un concepto absolutamente novedoso para el tango: el swing. Y, fundamentalmente, la idea del contrapunto: tocar en el octeto era como cantar en un coro; cada uno tenía su parte que dialogaba con las partes de los otros; cada uno podía disfrutar de lo que tocaba, podía lucirse y divertirse con la música que hacía. Y eso es fundamental, porque si la música carece de diversión no sirve para nada. Por supuesto, allí estaba todo lo que había aprendido en mis clases, sobre todo Stravinsky, Bartok, Ravel y Prokofiev; pero también estaba la veta más agresiva y cortada del tango de Pugliese, el refinamiento de un Troilo y de un Alfredo Gobbi que, hacia fines de los ’40, era para mí el tanguero más interesante.”
Escándalos, conciertos que terminaban a las trompadas y la vieja zurda del ya no tan pequeño Lefty saliendo a defender una música que cambiaba al compás de una ciudad, Buenos Aires, que entraba de lleno en un período de modernización. “Por supuesto, los tangueros ultraconservadores no me soportaban. Hay que tener clara una cosa: el tango como género cantable y bailable se moría solo a mediados de los ’50. No fui su verdugo, eso vino absolutamente solo. Uno no puede proponerse ser distinto o ser moderno, uno es distinto o es moderno y si no, más vale que no intente autoimponérselo. Cuando escucho a alguien proponer, por ejemplo, que Juan Carlos Baglietto es el tanguero del rock argentino, me causa gracia. Eso no tiene nada que ver. Los músicos de rock usan el nombre de Gardel o el de Goyeneche por una cuestión de conveniencia, para atraer a otro público que está con Goyeneche o con Gardel. Pero su música no tiene nada que ver con el tango, es rock puro.”¿Qué opina hoy del rock el hombre que, en los años ’70, tuvo un amable acercamiento al rock argentino e incluso llegó a tocar en vivo junto al grupo Alas? “Quiero mucho a los jóvenes, sobre todo a los que tienen inquietudes y hacen cosas, intentan encontrar un camino. Ahora, todavía no escuché a ninguno que me sorprenda. Escuché algunas cosas de Lito Vitale que me gustaron mucho, pero veo que tiende a repetirse. El problema es que él trabaja con el folklore, y el folklore argentino es una música que tiene menos riqueza que el tango. El folklore se repite en una serie de ritmos como la zamba, el gato, la chacarera... y de allí no se mueve. El tango, en cambio, diría que es casi como el jazz, tiene misterio, profundidad, dramatismo. Es religioso, puede ser romántico y puede alcanzar una agresividad que el folklore nunca podría tener, salvo la chacarera. Cuando empezamos con el octeto, por ejemplo, parecíamos salidos de un grupo de combate. ¡Eramos ocho guerrilleros subidos al escenario! Yo ‘rompía’ el bandoneón todas las noches y el gordo (Leopoldo) Federico también. Cada uno, en lugar de un instrumento, tenía una bazooka. Habíamos convertido el escenario en un ring de box.”
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Por Juan Gelman
“Vamos finalmente a demostrar que Irán no puede hacer a un lado impunemente las justas demandas de la comunidad internacional”, dice la secretaria de Estado norteamericana Condoleezza Rice (AP, 16-1-02). Su antecesor Colin Powell preconiza una acción inmediata para detener el programa iraní de enriquecimiento de uranio (The Sun, 17-1-06). Londres, París y Berlín anuncian que convocarán una reunión de emergencia del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para que el caso se eleve al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y éste imponga sanciones a Irán (The Times, 17-1-06). Se repite la estrategia que la Casa Blanca siguió contra Irak.
Es inútil que las autoridades iraníes reiteren que buscan un desarrollo nuclear con fines pacíficos y que no les interesa tener armas nucleares (The New York Times, 18-11-05). Powell piensa que eso no importa: es Irán el que debe demostrar su inocencia y no al revés. Se recuerda que el ex secretario de Estado “probó” la existencia de armas de destrucción masiva en Irak ante el Consejo de Seguridad de la ONU para justificar la invasión al país árabe. Las armas no aparecieron y es lo de menos que no haya evidencias de que Irán esté intentando poseerlas. Por algo fue incluido hace más de cuatro años en el “eje del mal” que diseñó W. Bush.
El Departamento de Estado considera que el gobierno iraní es “el patrocinador más activo del terrorismo en todo el mundo” (Country Reports on Terrorism 2004, abril del 2005), que alberga a miembros de Al Qaida y que estuvo relacionado con los atentados del 11/9. Se herrumbró el argumento de la relación Saddam Hussein/Osama bin Laden, pero los “halcones-gallina” entonan la misma cantilena aunque las pruebas de alguna conexión entre Teherán y Al Qaida sean aún más invisibles que en el caso iraquí. De nuevo: es lo de menos.
“EE.UU. no puede permanecer ocioso mientras el peligro crece”, dijo W. Bush antes de invadir Irak. Es el fundamento de la acción militar preventiva contra cualquier país, que el imperio se arroga como derecho. W. Bush puede declarar una guerra sin consultar a nadie (resolución 23 del Senado de EE.UU., 18-11-01), cuenta con plenos poderes para emplear armas nucleares (www.foreignpolicy.com, mayo-junio del 2005) y también insiste respecto de Irán en que “todas las opciones están sobre la mesa”. No faltan las ganas a los neoconservadores que proclaman la conveniencia de emprender una guerra nuclear “de manera racional”. Desatarla es aparentemente “legal” en EE.UU.
La doctrina en la materia de las fuerzas armadas estadounidenses establece que “no hay leyes internacionales acordadas o consuetudinarias que prohíban a las naciones el empleo de armas nucleares en un conflicto armado” (Doctrine for Joint Nuclear Operations, Estado Mayor Conjunto, 15-3-05). La Corte Internacional de Justicia de La Haya, respondiendo a una consulta de la Asamblea General de la ONU sobre el tema, emitió el 8-7-96 una declaración en que afirma exactamente lo contrario: “No existe en el derecho consuetudinario ni en el derecho internacional acordado ninguna disposición específica que autorice la amenaza o el uso de las armas nucleares”, salvo que esté en juego la supervivencia misma de un Estado. Como Irak antes de la invasión, Irán no constituye una verdadera amenaza a la existencia de EE.UU., pero se conoce la clase de respeto que el gobierno Bush propina a las leyes internacionales y al propio ordenamiento jurídico interno de EE.UU.
Rusia y China no parecen inclinadas a apoyar un ataque norteamericano contra Irán. Moscú cumple un lucrativo contrato de mil millones de dólares con Teherán y, entre otras cosas, le construye un reactor nuclear. Pekín cubre el 12 por ciento de sus importaciones de petróleo con el oro negro iraní. No sorprende, entonces, que el ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, señalara que “las sanciones no son el mejor ni el único camino para resolver problemas internacionales, la cuestión de las sanciones contra Irán pone el carro delante del caballo”. Ni que el vocero del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Kong Quan, insistiera en las negociaciones diplomáticas con Irán (CNN, 17-1-06). Los dos países tienen derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, pero esto no arredra a la Casa Blanca. Se vio en Irak.
Si se trata de emplear bombas nucleares para aniquilar a terroristas y a quienes los albergan, ¿por qué no arrojarlas sobre Florida?, propone el catedrático de la Universidad de California Jorge Hirsch. Agrega que, en efecto: al menos 15 de los 19 atacantes del 11/9 tenían contactos en ese estado norteamericano; 13 de los 19 estuvieron en Florida antes del 11/9; ocho aprendieron a volar en la Escuela de Aviación Huffman de Venice, Florida; cinco se entrenaron en gimnasios del estado; dos se emborracharon en un bar de la Hollywood de Florida días antes del ataque. En cambio, la comisión bipartidaria encargada de investigar los hechos del 11/9 afirma que Irán facilitó “el tránsito de miembros de Al Qaida hacia y desde Afganistán antes del 9/11, y algunos figuran entre los secuestradores de aviones del 11/9” (www.9-11comission.gov/report, julio de 2004). Contradictoria la vida, ¿eh?
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Un régimen autoritario no puede mantener el poder en una sociedad moderna
Puede dar la impresión de que al Partido Comunista Chino (PCCh) nunca le han ido mejor las cosas. Dentro del país, no tiene a nadie que desafíe su autoridad. En el ámbito internacional ya no se habla de que el gigante esté derrumbándose, sino de que está en ascenso. Se afirma con frecuencia que los diplomáticos chinos que recorren el mundo dan mil vueltas a sus colegas europeos.
Sin embargo, existen fuerzas inexorables contra la supervivencia del PCCh, y sus posibilidades de permanecer en el poder durante otros 30 años son mínimas. Resulta significativo que muchos altos cargos, incluso un gobernador, consulten habitualmente con adivinos. Al final, es posible que caiga víctima de su propio milagro económico.
Su rechazo a establecer un Estado de Derecho y abstenerse de intervenir en la economía puede retrasar su extraordinario crecimiento de la última década. Pero, aunque sólo sea por discutir, supongamos que China sigue igual. Otras tres décadas de avance sólido (aunque sea a un ritmo del 5% anual, mucho más lento que el actual) significarían una renta per cápita de unos 7000 dólares (alrededor de 5500 euros).
Los profesionales, propietarios particulares y esforzados capitalistas sumarán cientos de millones. Si la historia sirve de orientación, será prácticamente imposible que un régimen autoritario conserve el poder en una sociedad moderna, mucho menos en una tan grande y avanzada como China.
El riesgo de la corrupción
Si el éxito económico no acaba con el partido único, seguramente lo hará la corrupción. Los gobiernos que no tienen limitaciones reales a su poder acaban siempre siendo sobornables y codiciosos.
Es lo que ocurre hoy en Pekín. La disciplina de partido se ha desintegrado. La venta de nombramientos oficiales para beneficio personal se ha generalizado. Los efectos acumulativos de la corrupción oficial omnipresente pueden transformar una autocracia en desarrollo en un régimen depredador.
La experiencia de la Indonesia del general Suharto indica que a ese tipo de regímenes les cuesta convertir los índices elevados de avance económico en estabilidad política. Allí, ni siquiera 30 años de crecimiento extraordinario fueron suficientes para salvar la dictadura.
Las autocracias en expansión económica contienen las semillas de su propia destrucción, sobre todo porque carecen de la capacidad y la legitimidad institucional para afrontar las crisis económicas. En esta era posideológica, la única justificación del partido para su monopolio político es su capacidad de mejorar las vidas de los ciudadanos.
La organización sigue propugnando una amalgama de marxismo-leninismo y nacionalismo, pero con poca credibilidad. Un partido gobernante sin valores fundamentales no tiene atractivo de masas ni la capacidad de generarlo. Hasta sus propios dirigentes se muestran cada vez más desilusionados, cínicos y temerosos sobre el futuro del PCCh.
Una formación capaz de reinventarse podría tal vez eludir estos peligros. Pero el PCCh está cada vez más artrítico. En 2035 tendrá 114 años de existencia y llevará 86 en el poder. Hoy día, el mundo no tiene ningún régimen de partido único septuagenario, y con buenos motivos.
En las sociedades democráticas, las formaciones políticas sufren grandes transformaciones sin cesar. Pero los regímenes de partido único no cuentan con incentivos inherentes para reconstruirse y tienen poca capacidad de corregir el rumbo.
Las tensiones se acumulan hasta que precipitan crisis más amplias. El PCCh ya experimentó este ciclo en una ocasión, y la Revolución Cultural estuvo a punto de destruirlo. Sólo se recobró de aquel desastre, causado por él mismo, reinventándose y adoptando una política anticomunista de reformas de mercado. ¿Será tan afortunado la próxima vez?
Por Minxin Pei
Foreign Policy Magazine / LA NACION
Minxin Pei es socio principal y director del Programa de China en Carnegie Endowment for International Peace
Reproducido con autorización de Foreign Policy Magazine, en colaboración con Archivos del Presente
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=773400
LA NACION | 19.01.2006 | Página 12 | Cultura
Copyright 2006 SA LA NACION | Todos los derechos reservados
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Roberto Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900 y murió el 26 de julio de 1942. Publicó su primera novela, El juguete rabioso, en octubre de 1926. A ésta, le siguieron las novelas Los siete locos (1929), por la cual obtuvo el Tercer Premio Municipal de Literatura, Los lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932), y dos volúmenes de cuentos, El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941). A partir de 1926, en Don Goyo y Mundo Argentino, publicó sus cuentos. Luego de un breve paso como cronista policial en el diario Crítica, en 1928 ingresó en el matutino El Mundo, donde escribió su columna periodística titulada “Aguafuertes Porteñas”, algunas de las cuales fueron recopiladas por su autor en 1933. El 17 de junio de 1932 inició su actividad como autor teatral con su obra 300 millones, estrenada en el Teatro del Pueblo. Luego dio a conocer Saverio el cruel (1936), El fabricante de fantasmas (1936), La isla desierta (1937), Africa (1938), La fiesta del hierro (1940) y El desierto entra a la ciudad (1942).
La entrevista, titulada “Roberto Arlt sostiene que es de los escritores que van a quedar y hace una inexorable crítica sobre la poca consistencia de la obra de los otros”, fue publicada en la revista La Literatura Argentina, un mes antes de que Arlt pidiera licencia en el diario El Mundo para terminar su novela Los siete locos, que apareció en noviembre de 1929, editada por Latina. La revista, propiedad de Lorenzo J. Rosso y dirigida por Honorio Barbieri, había lanzado su primer número en septiembre de 1928 con la finalidad de registrar, mensualmente, la salida de libros, revistas y diarios nacionales. Los críticos literarios que trabajaban en ella eran, entre otros, José María Monners Sans, Pablo Rojas Paz, Carlos Mastronardi, Arturo Cambours Ocampo y Horacio Rega Molina.
En la edición anterior a la publicación de la entrevista (julio de 1929), Rega Molina había manifestado su entusiasmo por la literatura arltiana. No es osado, por lo tanto, presuponerlo el autor de esta entrevista: “Mucho me ha impresionado encontrar un novelista excepcional en nuestro medio, el cual está dotado de una vigorosa imaginación y de una serie de cualidades que proclaman al novelista nato, el que no podría hacer otra cosa que novelas. Me refiero a Roberto Arlt, cuya obra El juguete rabioso me parece sencillamente admirable. Creo que Roberto Arlt, si trabaja, será el gran novelista de resonancia que todos esperamos. Se anuncia este Mesías en la destreza con que mueve sus muñecos, en la forma maestra en que contempla sus sentimientos y sus conflictos. En el libro mencionado, hay mayor cantidad de tipos y de elementos humanos que casi en todas las obras juntas de algunos de los que se creen novelistas ingeniosos y prolíficos”.
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ARLT

La Literatura Argentina, Nº 12,
agosto de 1929
Roberto Arlt es la figura más inquietante del momento literario”, nos había dicho Mariani. Y allá fuimos.
Casa de altos, habitación de escritor, modesto el hombre. Lo es tanto, que quisiera esconderse íntegro detrás de sus anteojos ahumados.
Impuesto de nuestro objeto de que nos hable de los intelectuales del país, nos responde:
–¡Pero eso es hacerlo hablar mal a uno de todo el mundo, señor!
Luego agrega sonriente:
–Si por cultura se entiende una psicología nacional y uniforme creada por la asimilación de conocimientos extranjeros y acompañada de una característica propia, esta cultura no existe en la Argentina. Aquí lo único que tenemos es un conocimiento superficial de libros extranjeros. Y en los autores una fuerza vaga, que no sabe en qué dirección expansionarse.
Nos invita con un cigarrillo, que no aceptamos.
–Por consiguiente –prosigue– no hay una cultura nacional. Y las obras que llamamos nacionales como el Martín Fierro, sólo le pueden interesar a un analfabeto. Ningún sujeto sensato podrá deleitarse con esa versada, parodia de coplas de ciego que ha enternecido según parece a los corifeos de la nueva sensibilidad.
Se embute las manos en los bolsillos del sobretodo, después se sienta y se para, alternativamente.
–En cambio –continúa–, los países que más activamente intervienen en nuestra formación intelectual son, sin disputa alguna, España, Francia y Rusia.
Las literaturas inglesa y alemana no han encontrado traductores ni intereses en los editores. De allí que desconozcamos casi uno de los filones más importantes de cultura, que ha elevado la civilización de esos pueblos.
Podríamos entonces dividir a los escritores argentinos en tres categorías: españolizantes, afrancesados y rusófilos. Entre los primeros encontramos a Banchs, Capdevila, Bernárdez, Borges; entre los afrancesados a Lugones, Obligado, Güiraldes, Córdova Iturburu, Nalé Roxlo, Lazcano Tegui, Mallea, Mariani en sus actuales tendencias; y entre los rusófilos, Castelnuovo, Eichelbaum, yo, Barletta, Eandi, Enrique González Tuñón y en general casi todos los individuos del grupo llamado de Boedo.
–¿Alguna otra cosa de nuestros autores...?
–Me gustan ciertos poemas de Lugones, Obligado, Córdova, Rega Molina, Olivari, aunque no me extrañaría, por ejemplo, que Lugones saliera un día escribiendo una novela sobre el conventillo, tan íntimamente está desorientado este hombre que dispone de un instrumento verbal muy bueno y de unos motivos tan ñoños.
Rojas, creo que únicamente puede interesar a las ratas de biblioteca y a los estudiantes de filosofía y letras. Lynch y Quiroga me gustan mucho. Este último tiene antecedentes de literatura inglesa y se le podría filiar entre Kipling y Jack London por sus motivos. Pero eso no impide que sea con su barba una figura respetable...
¿Gálvez? ¡Yo no sé hacia dónde camina! Me da la sensación de ser un escritor que no tiene sobre qué escribir. Comenzó queriendo ser un Tolstoi y creo que terminará como un vulgar marqués de la Capránica haciendo novelones históricos. Francamente, creo que Gálvez no tiene nada que decir ya.
¡Larreta! Un señor de buena sociedad, con plata, que tarda en escribir una novela mediocre, Zogoibi, lo que otro tardaría en escribir una novela buena. Su único libro, La gloria de don Ramiro, no creo que lo autorice a este señor a hacerse festejar en todas partes como si fuera un genio. En realidad, Larreta es inferior a Manzoni y, quizá literariamente, uno de los escritores más hondos que tenemos.
Hugo Wast se explica, porque tenemos catorce provincias y estas catorce provincias están habitadas por una colonia católica lacrimosa e insulsa. Su público es de maestras sentimentaloides.
Todos estos prosistas serían en España, Francia e Italia escritores de quinto orden. Les falta “métier”, inquietudes, problemas, sensibilidad y todos los factores nerviosos necesarios para interesar a la gente.
Dichos caballeros, salvo Quiroga y Lynch, lo que podrían hacer es dejar la pluma. Y la cultura nacional no perdería nada.
Apenas si nos animamos a preguntar por quién sería, a su juicio, la personalidad más completa.
–¡En nuestro país no existe ese espíritu! –contesta Arlt–. Candidatos a serlo aquí, en la Argentina, seríamos varios. Pero hay que trabajar y el que se va a poner las botas de potro aún no ha mostrado la uña... ¡Esperanzas!
–¿Y los que más se aproximan?
–Vean: como cuentista Quiroga, novelista, Larreta; poeta, Lugones; ensayista, Rojas. ¡Todo esto aquí, en la Argentina, entendámonos! Y por el actual momento.
–¿Hemos recibido algo digno de estima del pasado?
–El tiempo no nos ha legado nada. Sólo material para interesarle a un erudito alemán.
–Del presente, ¿quedará algo?
–Güiraldes con su Don Segundo Sombra; Larreta con La gloria de don Ramiro; Castelnuovo con Tinieblas; yo con El juguete rabioso; Mallea con Cuentos para una inglesa desesperada. De estos libros algo va a quedar. El resto se hunde.
“¿Escritores que tienen más fama de lo que merecen?” –parafrasea la interrogación nuestro entrevistado–. Pues Larreta, Ortiz Echagüe, que no es escritor ni nada; Cancela, que se ha hecho el tren con el suplemento literario de La Nación; Borges, que no tiene obra todavía.
Hay otros escritores que merecerían ser odiados por nuestra juventud y uno de éstos es Lugones.
Los hay sobre los que pienso gratuitamente mal, a saber: Fernández Moreno, que no es poeta, además; Samuel Glusberg, que es el más empedernido “lacayo” de Lugones y Capdevila, que es un tío gordo.
Discutimos un poco sobre los muchachos.
–De las nuevas tendencias que están agrupadas bajo el nombre de Florida –dice Arlt–, me interesan estos escritores: Amado Villar, que creo encierra un poeta exquisito, Bernárdez, Mallea, Mastronardi, Olivari y Alberto Pinetta. Esta gente, por todo lo que hasta ahora ha hecho, con excepción de Mallea y Villar, no se sabe a dónde va ni lo que quiere.
Los libros más interesantes de este grupo son Cuentos para una inglesa desesperada, Tierra amanecida, La musa de la mala pata y Miseria de 5ª edición. De Bernárdez podría citar algunos poemas y de Borges unos ensayos.
En el grupo llamado de Boedo encontramos a Castelnuovo, Mariani, Eandi, yo y Barletta. La característica de este grupo sería su interés por el sufrimiento humano, su desprecio por el arte de quincalla, la honradez con que ha realizado lo que estaba al alcance de su mano y la inquietud que en algunas páginas de estos autores se encuentra y que los salvará del olvido.
Cuando las nuevas generaciones vengan y puedan leer algo de todo lo que se ha escrito en estos años, se dirá: “¿Cómo hicieron esos tipos para no dejarse contagiar por esa ola de modernismo que dominaba en todas partes?”.
Entendería como escritores desorientados –añade– a aquellos que tienen una herramienta para trabajar, pero a quienes les falta material sobre el que desarrollar sus habilidades. Estos son Bernárdez, Borges, Mariani, Córdova Iturburu, Raúl González Tuñón, Pondal Ríos.
Esta desorientación yo la atribuiría a la falta de dos elementos importantes. La falta de un problema religioso y social coordinado en estos hombres. ¿Pruebas? Mariani es un escritor en Los cuentos de la oficina y otro tipo de escritor en El amor agresivo y finalmente muy diverso en los cuentos que ha publicado últimamente en La Nación.
Igual de Raúl González Tuñón. El violín del diablo parece ser obra de un escritor distinto al autor de Miércoles de Ceniza.
Borges ha perdido tanto el tino que ahora está escribiendo... un sainete. ¡Imagínense cómo saldrá eso!
Si se me preguntara por qué ocurre esto, yo contestaría que lo atribuyo a que estos hombres tienen inquietudes intelectuales y estéticas y no espirituales e instintivas.
Esta gente, a excepción de Mariani, no cree que el arte tenga nada que ver con el problema social, ni tampoco con el problema religioso. Y entonces trabaja con pocos elementos, fríos y derivados de otras literaturas de decadencia.
Arlt describe una graciosa reverencia.
–¿Qué opino de mí mismo? Que soy un individuo inquieto y angustiado por este permanente problema: de qué modo debe vivir el hombre para ser feliz, o mejor dicho, de qué modo debería vivir yo para ser completamente dichoso.
Como uno no puede hacer de su vida un laboratorio de ensayos por falta de tiempo, dinero y cultura, desdoblo de mis deseos personajes imaginarios que trato de novelar.
Al novelar estos personajes comprendo si yo, Roberto Arlt, viviendo del modo A, B o C, sería o no feliz. Para realizar esto no sigo ninguna técnica, ni ella me interesa.
Mariani, mi buen amigo, me ha aconsejado siempre el uso de un plan, pero cuando he intentado hacerlo he comprobado que, a la media hora, me aparto por completo de lo que proyecté. Lo único que sé es que el personaje se forma en lo subconsciente de uno como el niño en el vientre de la mujer. Que este personaje tiene a veces intereses contrarios a los planes de la novela, que realiza actos tan estrafalarios que uno como hombre se asombra de contener tales fantasmas. En síntesis, este trabajo de componer novelas, soñar y andar a las cavilaciones con monigotes interiores, es muy divertido y seductor.
–¿A qué público de hombres y mujeres se dirige?
–Al que tenga mis problemas. Es decir: de qué modo se puede vivir feliz, dentro o fuera de la ley.
–¿Le interesa un número amplio o reducido y selecto?
–Eso es secundario. Ni muchos ni pocos lectores me harán mejor ni peor de lo que soy.
Al batirnos en retirada, nos obsequia Arlt con este discurso:
–Tengo una fe inquebrantable en mi porvenir de escritor. Me he comparado con casi todos los del ambiente y he visto que toda esta buena gente tenía preocupación estética o humana, pero no en sí mismos, sino respecto de los otros. Esta especie de generosidad es tan fatal para el escritor, del mismo modo que le sería fatal a un hombre que quisiera hacer fortuna ser tan honrado con los bienes de otro como con los suyos. Creo que en esto les llevo ventaja a todos. Soy un perfecto egoísta. La felicidad del hombre y de la humanidad no me interesan un pepino. Pero en cambio el problema de mi felicidad me interesa tan enormemente, que siempre que lance una novela, los otros, aunque no quieran, tendrán que interesarse en la forma en que resuelven sus problemas mis personajes, que son pedazos de mí mismo.
Aquí los escritores viven más o menos felices. Nadie tiene problemas, a no ser las pavadas de si se ha de rimar o no. En definitiva, todos viven una existencia tan tibia que un sujeto que tiene problemas, acaba por decirse: “La Argentina es una jauja. El primero que haga un poco de psicología y de cosas extrañas, se meterá en el bolsillo a esta gente”.
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Según el polémico filósofo alemán, el ser humano es "un animal de lujo"
PARIS.– Para algunos, Peter Sloterdijk es un visionario, un “nuevo y genial Nietzsche”. Para otros, el filósofo alemán más célebre después de Jurgen Habermas y el responsable de abrir las puertas al eugenismo, una corriente que aprueba la manipulación genética para mejorar la salud del hombre.
Como sea, desde hace 20 años cada libro de este profesor de estética termina transformándose en un best-seller.
¿Cuál es la razón de esa fascinación? Probablemente, la forma que tiene de describir el mundo y el hombre a través de conceptos como “burbuja”, “esfera” y “espuma”.
Según su teoría, el día en que Copérnico demostró que la Tierra estaba suspendida en el espacio, la humanidad entera vaciló: el ser humano fue presa del pánico ante la idea de caer en el vacío y desaparecer en un infinito agujero negro. Desde entonces, los hombres sólo aspiran a recuperar un manto protector, algo parecido a la placenta confortable de la cual salimos. Tanto, que toda obra humana tiende a reconstruir esa forma original.
En los tres tomos de casi 1000 páginas cada uno que componen “Esferas”, este gigante rubio de 57 años trata de demostrar que, en ese esfuerzo titánico por protegerse de “los terrores del espacio abismal”, los países ricos de Occidente han desarrollado un “constructivismo ofensivo, extendido hasta el infinito mediante la edificación, utópica y pragmática, de una casa de vidrio planetaria que debe asegurar un hábitat moderno en el espacio abierto”.
Pero no todas son loas para la nueva estrella de la filosofía mundial, que dirige la Universidad de Karlsruhe. Muchos lo acusan de haber transgredido la prohibición moral y política que pesa sobre las manipulaciones genéticas. El más tenaz de sus críticos es Habermas.
El escándalo estalló en 1999, en una conferencia que Sloterdijk tituló "Reglas para un zoológico humano". Yendo más lejos que Nietzsche, presentó a la escuela, la educación, la Iglesia y el humanismo como técnicas de domesticación del hombre: "Esa práctica -dijo- nos ha llevado a vivir en un zoológico temático lleno de animales civilizados, donde el hombre se domestica a sí mismo y trata de hacer lo mismo con los recién llegados". El humanismo educativo, sostuvo, abrió una "era antropotécnica", donde la ingeniería genética y la clonación son inevitables.
-Después de esa conferencia, Habermas, la conciencia de la Alemania antinazi, lo acusó de utilizar "la jerga nacionalsocialista" y denunció su "antropología de los años 1940". La prensa, por su parte, lo calificó de eugenista. ¿Cuál es su respuesta?
-El eugenismo forma parte del pensamiento moderno. Es la base misma del progresismo. El eugenismo es una idea de la izquierda clásica, retomada por los nacionalistas después de la Primera Guerra Mundial. Es el progresismo aplicado al terreno de la genética. Cada individuo razonable es eugenista en el momento en que se casa. Cada mujer es eugenista si prefiere casarse con un hombre que posee cualidades favorables en su apariencia física. Es el eugenismo de todos los días.
-Completamente inconsciente?
-No, para nada. Uno no es inconsciente si se casa con una bella mujer. La preferencia de la belleza en los asuntos eróticos no es inconsciente: es la conciencia misma. Como decía Platón en "El banquete", es la voluntad de engendrar en la belleza. Es el acto más consciente y el más razonable del ser humano.
-O sea que el eugenismo no es fascista. ¿El hombre puede creerse Dios y decidir quién debe vivir y quién no?
-Nunca existió un eugenismo fascista. Lo que hubo fue un exterminismo racista. Esa voluntad de matar nunca tuvo la más mínima relación con el concepto de eugenismo concebido como un medio de reflexionar sobre las mejores condiciones en que será creada la próxima generación. Los nazis se aprovecharon de algunos pretextos seudocientíficos para eliminar enfermos. Eso no tiene nada que ver con el eugenismo. Es un abuso total de lenguaje llamarlo así.
-¿Y a qué atribuye esa confusión?
-A que el fascismo de izquierda nunca fue revelado como lo que en verdad es. El antifascismo, como ideología dominante, se debe a que el fascismo de izquierda nunca hizo sus duelos. Sus representantes nunca confesaron lo que en verdad son. Acusando de fascistas a los fascistas de derecha ocultaron su propia calidad de fascistas, incluido el maoísmo, que fue el peor de los fascismos. Al lado de Mao, Hitler parece un loco y un neurasténico, un pobre personaje comparado con la envergadura fascista de Mao Tsé-tung.
-Cuando usted empleó la expresión "zoológico humano temático" naturalmente tenía que causar conmoción. ¿Fue una provocación?
-Para nada. Son sólo metáforas que permiten evocar una realidad antropológica que existe, con o sin esa metáfora. Porque el hábitat del ser humano no es la naturaleza en estado puro ni la casa en estado puro. Es una organización intermedia, que se parece a un zoológico. Una ciudad que fuera sólo una ciudad sería una suerte de prisión. Las ciudades vivibles son como zoológicos. Y un zoológico humano es simplemente una metáfora que remite a la calidad urbana del estar humano. No veo dónde está la provocación. El pensamiento de los seres humanos con relación a los animales está dominado por esa zoofobia, ese racismo de la especie. Los hombres hacen sus propias proyecciones en esa terminología, creyendo que hago una reducción de la humanidad a la animalidad, cuando es exactamente lo contrario.
-¿Es en ese sentido que, para usted, "el hombre es un animal de lujo"?
-Es tan lujoso que no es capaz de seguir siendo un verdadero animal. Perdió la facultad de ser un animal. Esa es mi definición de la humanidad: la incapacidad adquirida de quedar en el terreno de la animalidad. Somos seres condenados a la fuga hacia adelante, y en esa carrera nos volvemos extáticos. Ese éxtasis corresponde a lo que Heidegger llamaba "la apertura al mundo". Volviendo al eugenismo, soy partidario de un eugenismo de lujo. Me interesa particularmente el ser humano como fenómeno de lujo, casi milagroso, aparecido en forma aleatoria. Esa criatura lleva una carga hereditaria de enfermedades genéticas que no sirven para nada, pero que nos acompañan. La única pregunta eugenista que las generaciones futuras podrían plantearse sería si suprimir, gracias a la ingeniería genética, algunos de esos acompañantes. En 50 o 100 años, estoy seguro de que la mayoría de la humanidad estará de acuerdo con esas técnicas. Pero esto no tiene nada que ver con un eugenismo eliminador. Es necesario habituarse a pensar al hombre como un ser de lujo, aun cuando los dogmáticos no dejen de decirnos que el hombre es hombre sólo en función de sus carencias.
-Con sus tres tomos de "Esferas" dejó el terreno de la bioética para plantear nada menos que una morfología general del espacio humano. En esa trilogía retoma la gran pregunta de Heidegger: ¿adónde estamos cuando decimos que estamos en el mundo?
-Y yo respondo: "En burbujas, esferas, incubadoras, invernaderos, donde el hombre se construye, se protege y cambia". La vida humana se autoorganiza siempre creando espacios protegidos e inmunes, de la célula y su protoplasma a los niños dentro del útero, pasando por los hombres cuando construyen su intimidad, sus casas, sus ciudades y sus espacios metafísicos o imaginarios.
-Para usted, el modelo de la esfera es la isla. El hecho humano se construiría mediante la separación?
-Una isla es, porque está aislada, y el hecho humano es el resultado de una gran operación de aislamiento. El proceso que lleva a la realidad humana es el autoencierro de un grupo humano que transforma a sus miembros como se transforman los monos en hombres. Ese proceso comienza con una utilización perversa y particular de la mano del mono, que se metamorfosea en mano humana. Nosotros tocamos de otra manera, como lo muestra Sartre en "El ser y la nada" cuando habla de la caricia. La caricia es exactamente el gesto que prueba que la mano humana se ha vuelto extática. Ya no se contenta con el gesto de tomar algo: la mano se vuelve la antena del ser.
-¿Y qué es lo que usted llama "uterotopo"?
-Es otra de las dimensiones de la isla del hombre. Es necesario comprender que los seres humanos están condenados a una práctica metafórica que consiste en la necesidad de repetir extraútero la situación intrauterina. El medio uterino se vuelve el símbolo de la actividad mundial, debido a que el ser humano depende siempre de un espacio protector para realizar su naturaleza humana.
-En "Espumas", el último volumen de su trilogía, usted dice que esas innumerables esferas humanas se aglomeran hasta formar paquetes de "espuma" que permiten pensar esa multitud de espacios humanos cerrados?
-No podía quedarme en el nivel de las burbujas protectoras del núcleo familiar o de la pequeña horda. Yo interpreto la metafísica clásica como un sistema inmunitario simbólico que construía un película trascendente e indestructible en torno del ser humano. Mientras los mortales vivían bajo ese cielo, era plausible pensar que el cosmos era la casa de Dios -esa esfera donde el centro está en todas partes y la circunferencia en ningún sitio- y los hombres, los inquilinos. En "Espumas" demuestro por qué esa monoesfera metafísica estaba destinada al fracaso.
-¿Por qué?
-Hay una contradicción que refleja el dilema formal de la situación actual del mundo: a través de los mercados y los medios de comunicación globales asistimos a una guerra sin cuartel entre modos de vida y entre mercancías de la información. Allí donde todo es centro no puede existir un verdadero centro. Allí donde todo emite, el supuesto centro emisor se pierde entre los mensajes entremezclados. Vemos entonces que la era del círculo unitario -el único, el más grande, el que engloba todo lo demás- ha terminado irrevocablemente. La esfera no es más la imagen morfológica del mundo poliesférico que habitamos, sino la espuma.
-En todo caso, ese espacio vital cada vez está más amenazado: el aire que respiramos es acondicionado, filtrado, purificado. Después de la utilización de gases mortales, ese aire se ha transformado en un elemento amenazador. El aire y el medio ambiente forman parte de la estrategia militar y, como el hombre necesita inmunizarse contra esos peligros?
-...esto acelera la construcción de esferas protectoras, sean ellas el espacio aéreo, nuestras ciudades climatizadas o nuestras oficinas y apartamentos. Nuestro mundo occidental quisiera ser un inmenso palacio de cristal. Algo parecido al Palacio de Cristal de los británicos, ese invernadero gigante y lujoso construido en Londres en 1850 para la Exposición Universal. Occidente ha reemplazado el mundo de los metafísicos por un gran espacio interior organizado por el poder adquisitivo. El capitalismo liberal encarna la voluntad de excluir el mundo exterior, de retirarse en un interior absoluto, confortable, decorado, suficientemente grande como para que no nos sintamos encerrados. Creo que ese palacio de cristal urbano, con sus calles peatonales, sus casas con aire acondicionado, da una respuesta adecuada a ese deseo. Walter Benjamin ya lo decía en la época de la Restauración en Francia, cuando hablaba de las galerías comerciales y las calles comerciales de París. Para él, construyendo esos pasajes, el régimen de Napoleón III mostró su verdadera naturaleza tratando de transformar el mundo interior en una especie de fantasmagoría: un gran salón abierto donde uno recibe el mundo sin estar obligado a salir de su casa. Para él, ése era el fantasma burgués de base: querer disfrutar de la totalidad de los frutos del mundo sin tener que salir de su casa.
-En función de ese objetivo, la globalización de los medios de comunicación ayuda enormemente, porque uno puede traer el mundo a su casa sin tener que moverse?
-Exactamente.
-Y con el resto, ¿qué se hace? ¿Qué se hace con la periferia subdesarrollada del mundo?
-Se usa para hacer turismo y practicar la caridad. Para darse buena conciencia.
-¿Usted habla del hombre posmoderno?
-Sí. El modernismo fue la época de la construcción del gran invernadero de cristal. El posmodernismo es la vida después de su inclusión total en ese gran invernadero. La periferia está allí simplemente para recordarnos que todo es muy seguro y que es necesario proteger la estructura a cualquier precio.
-¿El sistema militar llamado Guerra de las Galaxias, desarrollado por EE.UU., forma parte de ese gran invernadero?
-Desde luego, porque ellos son los guardianes de ese gran palacio de cristal, sobre todo de su superficie. Una superficie que es muy frágil y, al mismo tiempo, muy elástica. Después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los norteamericanos se pusieron a construir otras estructuras más sofisticadas y aún más grandes que las Torres Gemelas. Lo curioso es que nadie parece extrañar esas torres. Apenas fueron destruidas, sus funciones pasaron a ser cumplidas por otras estructuras. La verdadera consecuencia del 11 de septiembre fue que, desde entonces, los estadounidenses poseen algo muy precioso: tienen por primera vez un monumento nacional mítico. Algo así como la Jerusalén de los cristianos en la Edad Media: el sitio donde se encontraba la tumba de Cristo. Por primera vez, los norteamericanos tienen esa Tierra Santa en territorio estadounidense. Para hacer una Cruzada, es necesario poseer una Tierra Santa.
-Usted no sólo es duro con los norteamericanos; también lo es con los europeos, a quienes acusa de ser unos cínicos: miran el mundo con sus principios de libertad, igualdad y fraternidad, pero dicen: es así y no se puede cambiar.
-Sí, el cinismo es una suerte de pragmatismo aplicado al terreno de la reflexión ética. El cinismo antiguo era otra cosa, era simplemente un naturalismo, una reclamación de la naturaleza en tanto que régimen razonable que reglamentaba el movimiento de los astros y los cuerpos celestes, y que al mismo tiempo podía ser aplicado al comportamiento humano. Esa suerte de naturalismo indicaba que había que renunciar a las necesidades creadas por la sociedad y llevar la vida de un perro feliz.
-¿Y usted es un cínico?
-No, para nada. Yo no creo que se puedan ignorar las necesidades creadas por la sociedad. Finalmente, Diógenes, dentro de su barril, no consiguió ignorarlas. La prueba es que él también quiso entrar en la conversación urbana, transformarse en objeto de la atención pública gracias a su tonel y a esa marginalidad espectacular. Para él, ésa era la única forma que tenía un filósofo de hacerse notar en una sociedad donde todos los buenos puestos ya estaban distribuidos. En nuestros días, se podría decir que el cinismo es un mecanismo de marketing filosófico y que la invención de gestos espectaculares es una filosofía à coté de la filosofía hablada; es una suerte de ampliación de los medios de la comunicación filosófica.
-Volviendo al palacio de cristal, y como nada es eterno, ¿qué sucederá después del gran invernadero?
-Tendrá fin, porque la dolce vita en ese gran palacio de cristal está basada en una tecnología que no es sostenible. Es decir, en las energías fósiles. En la historia de la humanidad, el fosilismo habrá sido un episodio de apenas unos 300 años. Tenemos energías fósiles aún por 50, 100 años como máximo. En todo caso, nuestro placer ya no es el mismo: ha sido prácticamente demolido, porque las energías fósiles son sólo agradables cuando son baratas, y esa época se terminó para siempre. No volverá nunca más. Cuando todo se vuelve caro, no hay más confort, porque la democratización del lujo es imposible. Los regalos de la naturaleza se terminan allí. Ahora los hombres se preguntan cómo se pueden reemplazar esos regalos. La verdad es que el hombre detesta el trabajo. Los hombres simulan trabajar, pero trabajando sueñan con un regalo, con un tesoro que buscan en forma permanente. El trabajo es sólo una suerte de intermezzo que se acepta en espera del gran regalo. Ahora, ante el fin de las energías fósiles, el trabajo regresa como una carga insoportable.
-No podemos quejarnos: desde mediados del siglo XIX hasta ahora hemos reducido en dos tercios el tiempo de trabajo.
-Así es. Pero eso se terminó para siempre. El fin de la vida fácil es irreversible.
-Después de esto, me parece bastante difícil comprender por qué usted se declara optimista sobre el futuro del hombre.
-Porque tenemos una buena posibilidad de administrar ese gran giro hacia una tecnología que será al mismo tiempo barata, compatible con las exigencias de la democracia y, sobre todo, abordable para los países que hoy están en la periferia. Esos pueblos aprovecharán la situación cuando las nuevas tecnologías solares estén disponibles a precios razonables. Esos nuevos recursos permitirán una estructura de civilización completamente diferente.
-¿Se podría decir entonces que usted es un filósofo pospesimista?
-No se me había ocurrido, pero me parece muy apropiada esa definición.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=773190
Según el autor, los múltiples cultos generarán una "descentralización de la fe"
Durante siglos, la mayoría de la gente ignoraba que podía escoger en cuestiones religiosas. Todos estaban rodeados de personas como ellos y sólo unos cuantos conocían alguna vez a creyentes de otras confesiones. Ya no es así. A la vuelta de la esquina están construyendo una mezquita y el Dalai Lama está otra vez en la televisión. En Internet han surgido miles de foros y blogs espirituales. No sólo estamos en la era del católico de café, sino del budista, el bautista y el mormón de café. Cada vez más gente considera las tradiciones religiosas del mundo como un menú del que escoger.
En este contexto, la jerarquía religiosa está viniéndose abajo a toda prisa. Las nociones de capacidad de elección del consumidor y control local han invadido el ámbito religioso, y la descentralización de la fe está a la orden del día. Los dirigentes espirituales, que antes podían ordenar, instruir y expulsar, ahora tienen que seducir, convencer y competir.
Los protestantes siempre se han mostrado suspicaces frente a la jerarquía, por principio. Sin embargo, en la práctica, han dejado muchas veces que los burócratas dirijan sus asuntos. Hoy, las congregaciones locales de metodistas o luteranos suelen ignorar los dictados de sus jefes religiosos y la lealtad de marca de cada confesión está pasada de moda. La Iglesia Anglicana, con 77 millones de miembros, se enfrentó hace poco a un cisma por la ordenación de un obispo gay. El arzobispo de Canterbury tuvo que fomentar el diálogo entre las partes; ni se le ocurrió pensar en resolver la crisis desde arriba.
No sólo los cristianos
Los cristianos no son los únicos que luchan contra las antiguas jerarquías. A principios de los 90, toda el ala seglar organizada de Nicheren, la mayor organización budista de Japón, se escindió y dejó a un grupo mínimo de sacerdotes sin feligreses.
Aunque un observador superficial podría suponer que en el islam la jerarquía está viva y coleando, la verdad es, más bien, lo contrario. Los musulmanes nunca han tenido una cadena de mando clara y han discutido la sucesión y la doctrina desde que murió el profeta.
El líder talibán, el mullah Omar, se convirtió en jefe espiritual de Afganistán sin el consentimiento de otras figuras religiosas. Osama ben Laden se atreve a dictar fatwas sin tener ninguna preparación formal. Es posible que la crisis actual en el mundo musulmán proceda de la existencia de demasiadas voces, demasiado ruidosas y conflictivas, que aseguran tener la autoridad.
Hasta la Iglesia Católica -el norte y guía de la jerarquía religiosa- es vulnerable a la descentralización. El papa Benedicto XVI sabe que el organigrama tradicional está en apuros, y tiene intención de salvarlo. Desde luego, tiene un largo historial, que incluye su campaña contra los teólogos de la liberación latinoamericanos que intentaron dedicar los recursos eclesiásticos al cambio social radical.
Voces desde abajo
Lo que le preocupaba no eran tanto sus supuestas tendencias marxistas como los miles de comunidades de base católicas que organizaban por todo el continente y que no encajaban en la cadena de mando. Ahora, los católicos estadounidenses también se dedican a pedir más voz y voto, realizar vigilias en sus templos para que no los cierren, retirar sus donaciones y llevar a las diócesis ante los tribunales. Se oyen voces desde abajo y se extienden desde los bordes, y la curia muestra signos de decadencia.
Los guardianes de la jerarquía comprenden el peligro. Satisfacer las preferencias del comprador es tal vez esencial, pero puede arrebatar la integridad del producto religioso. ¿Qué habría sido de los Diez Mandamientos o el Sermón de la Montaña si Moisés o Jesucristo los hubieran sometido a sondeos?
Sin embargo, puede que la cuidada elaboración de los mensajes sea la clave del éxito de las megaiglesias, que pocas veces dan un paso sin consultar los estudios de mercado.
Esforzarse para elegir contribuye a una madurez espiritual imposible para alguien que acepte lo que le imponen, y por eso debería incluso reforzar la capacidad de lo religioso para enfrentarse al reto del secularismo. La falta de autoridad también podría desembocar en fragmentación.
Pero incluso esa posibilidad tiene ventajas: el pentecostalismo no tiene clase dirigente, pero sus divisiones han creado una energía que lo ha convertido en el movimiento cristiano de crecimiento más rápido en el mundo. Ha demostrado que la religión sin jerarquía puede durar y hasta prosperar.
Reproducido con autorización de Foreign Policy Magazine, en colaboración con Archivos del Presente
Por Harvey Cox
Foreign Policy Magazine / LA NACION
Harvey Cox es catedrático en la Facultad de Teología de Harvard y autor de diversos ensayos sobre religión.
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=773151
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
El escritor Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. En 1940 ingresó en el Seminario Metropolitano Conciliar, de Villa Devoto, estudios que abandonó siete años más tarde, para ingresar en la Facultad de Filosofía y Letras donde se recibió en 1954. Realizó cursos de piloto civil y vuelos, y en 1952 obtuvo dos becas del Cine Club Gente de Cine trabajando como asistente de dirección. Fue maestro rural, director teatral, empresario de transportes, profesor de Filosofía y de Latín. En 1962, publicó su primera novela, Sudeste, por la que obtuvo el primer premio del concurso organizado por Fabril Editora. A esta novela, le siguieron Todos los veranos (1964), Alrededor de la jaula (1966), Con otra gente (1967) y En vida (1971). En 1971 realizó su primer viaje a Cuba como jurado de Casa de las Américas, viaje que produjo un viraje en su literatura: Conti señaló que Cuba constituyó “su primer contacto a flor de piel con América. Y eso me bastó para hacer una cosa distinta, una novela jubilosa, Mascaró, abierta, donde por primera vez los personajes no mueren. Decidí hacer una literatura con un sentido más americano, cosa que, en ese momento, estaba muy lejos de mí”. En 1972 escribió el guión de cine de La muerte de Sebastián Arache y su pobre entierro, dirigida por Nicolás Sarquis y finalizada en 1977.
Esta entrevista, publicada bajo el título “Un simple trabajador”, fue realizada el 15 de junio de 1975 con motivo de la aparición de su libro de cuentos La balada del álamo carolina. En ella, se perfila una imagen alternativa del escritor profesional, pues Conti se caracterizó por su ubicación externa a los círculos literarios y por una poética basada en la experiencia personal de los hechos narrados. Su literatura está ligada a una experiencia de vida que se supone transmutable a la escritura, en un intento imaginario de borrar las diferencias entre el arte y la vida.
Meses después de esta entrevista, publicó la novela Mascaró, el cazador americano, por la que obtuvo el premio Casa de las Américas. Al año siguiente, el 5 de mayo de 1976, fue secuestrado por la dictadura militar de su departamento de la calle Fitz Roy. Hasta el día de hoy, su nombre permanece en la lista de desaparecidos.
Heber Cardoso y Guillermo Boido colaboraron, a comienzos de los años setenta, en Crisis y La Opinión Cultural; posteriormente, fueron editores de la revista Ciencia Hoy. El periodista y crítico literario Heber Cardoso nació en Rocha, Uruguay, en 1946. Colaboró en diversas publicaciones periodísticas y dirigió la colección “Los grandes éxitos” en el Centro Editor de América Latina. El físico y poeta Guillermo Boido nació en Buenos Aires en 1941. Su primer libro de poemas, Situación, se editó en 1971. Luego publicó Poemas para escribir en un muro, Once poemas, el ensayo Einstein o la armonía del mundo, y los diálogos con Roberto Juarroz Poesía y creación. Actualmente, se dedica a la historia de la ciencia y la divulgación científica y ha publicado numerosos artículos en Análisis, Clarín, Hispamérica, El Ornitorrinco, entre otras publicaciones.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-61832-2006-01-18.html
CONTI
Entrevistado por Heber Cardoso y Guillermo Boido
La Opinión
15 de junio de 1975

¿Cómo Haroldo Conti vino a resultar un escritor?
–Habría que contar la historia de uno mismo. La cosa empezó de esta manera. Yo era alumno de una escuela de pupilos. En aquel tiempo no había cine, y reemplazábamos esa diversión dominical con unas funciones de títeres. Yo me ocupaba de escribir los libretos que, como en todas las seriales, se acababan en el momento de mayor suspenso y se continuaban en el próximo domingo. Así nació en mí una parte de esa vocación por la literatura.
La otra parte se la debo a mi padre. El siempre fue un gran cuentero y lo es todavía. Es un hombre de pueblo que cuenta y cuenta cosas como toda la gente de pueblo, que a veces no tiene otra cosa que hacer. Mi padre era un viajante, un tendero ambulante y yo salía a recorrer el campo con él; se encontraba con la gente y antes de venderle nada se ponía a charlar y contar cosas. Así recibí ese hábito de contar oralmente.
Un día en el colegio de curas donde estudiaba, se me ocurrió escribir una novela misional, sobre aventuras de misioneros en tierras extrañas. La novela se llamaba Luz en Oriente. No me acuerdo si la terminé. Así fue naciendo la cosa. Después ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes. Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño latín. Después se me dio por el teatro. En aquella época estaban en boga los teatros independientes. La experiencia fue dramática: en esa época la Municipalidad de Buenos Aires había organizado jornadas de teatro leído en el Odeón. Se seleccionaban obras de autores noveles y se leían al público. Lo lamentable era que el público estaba constituido por aquellos que habían sido rechazados en el concurso. En cuanto los actores comenzaban con el parlamento, los del público, que estaban con una bronca negra, se levantaban y empezaban a despotricar contra la obra. Y eso fue lo que me pasó a mí y me borré para siempre del teatro. Por aquellos años conocí el Delta, uno de los metejones de mi vida, me dediqué a construir un barco, me fui metiendo muy adentro de un determinado mundo, fui conociendo la gente de la costa, los isleños, la gente de barcos. Y con toda naturalidad, mientras construía ese barco, surgió Sudeste. Así empezó todo.
–¿Sudeste es para usted su novela más importante?
–Es quizá la novela mía que más ha importado. Pero cada novela mía es un pedazo de mi vida, son vidas que he vivido con la misma intensidad con que se vive una vida. En la medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas. Ustedes saben que yo tengo un especial cariño por Alrededor de la jaula, a diferencia de lo que muchos lectores opinan.
–Una vez usted dijo que En vida clausuraba una etapa de su obra.
–En parte sí. En el sentido de que me ayudó a superar esa crisis. Pero, además, hubo otras influencias literarias vitales. Viajé dos veces a Cuba y esa fue una experiencia decisiva. Creo que Mascaró y La balada del álamo carolina, las obras que aparecerán dentro de poco, son el resultado de esas influencias.
–¿Le hace feliz escribir?
–En absoluto. Es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero. Es como estar embarazado, supongo. Después uno pare y se acabó. Se siente mejor, más aliviado.
–Cuando escribe, ¿piensa especialmente en algún tipo de lector?
–No lo sé bien. Faulkner, que tenía un concepto machista del asunto, decía que uno escribe para las mujeres. Yo vengo del cine, hago cine; como novelista me importa mucho precisar imágenes, formas, colores, sonidos, músicas. Incluso suelo pensar mis novelas en secuencias, no en capítulos. Bueno, a veces trato de imaginar a ese lector prototípico para el que escribo. Pero nunca puedo precisar del todo sus riesgos, su condición social, sus exigencias para conmigo. Quizás poco antes de morir venga y me diga: “Estuvo escribiendo para mí”. Va a ser una experiencia interesante.
–¿Cómo llega a saber si un tema se convertirá en cuento o novela?
–No lo sé realmente, pero lo intuyo. Sé instintivamente cuándo un tema da para un cuento y otro para novela. La cosa es inapelable. Si una cosa se me da para cuento es inútil que la fuerce como novela. Son técnicas totalmente distintas; incluso mi estado de ánimo es totalmente distinto cuando escribo una novela. La novela es como una vida que tengo que vivir. En cambio si un cuento no lo escribo inmediatamente, de una vez, se me madura interiormente y después no me dice nada; ya me lo conté a mí mismo y ya no lo sé contar de otra forma. Se me maduró demasiado, se me pudrió. Tengo que estar dos días sobre la máquina y el cuento sale.
–A lo largo de su oficio se habrá preguntado muchas veces para qué sirve escribir.
–Por supuesto. Uno se pregunta si no es una tarea inútil la nuestra, eso de escribir fatigosamente, de atornillarse a una silla sin saber si vamos a trascender ese acto individual y llegar a un público. A veces ocurre que las ganas de escribir son como una enfermedad y uno escribe para curarse. He dicho muchas veces que yo no escribo la Historia sino las historias de las gentes, de los hombres concretos. Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas. Uno siente que envejece, que se va y quiere que algunas cosas, de alguna manera, permanezcan. Es una cuestión, diríamos, metafísica, y determina todo lo que escribo.
Eso se ve claramente en Mi vida, que es un claro rescate del pasado. En esa novela puse a Alan Crosby, mi amigo del Tigre y lo llamé Paco. En la vida real, Alan Crosby no se salvó, ahí anda, borracho perdido. Yo quise rescatarlo en Paco, en esa figura literaria. Y en Mascaró, mi nueva novela, y en los cuentos que escribí en estos últimos tiempos incluyo abiertamente a mis amigos, a la gente que quiero. En Mascaró, por ejemplo, casi todos los personajes fueron elaborados a partir de amigos míos: Tony Beck, el Nene Bruzzone, el Capitán Alfonso Domínguez que murió hace años pero yo lo conservo vivo en esa novela, incluso le he dado un poco más de vida de la que tenía en la realidad. Es una manera de compartirlos con todo el mundo. Acabo de dedicar un cuento a mi tía Haydée, que representa mucho para mí; y pongo “A mi tía Haydée para que nunca se muera”. Sé que ese cuento, de alguna manera, en alguna biblioteca va a sobrevivir y que de acá a cien años alguien va a abrir ese libro y ella va a estar viva, porque ahí en ese cuento la dejé viva para siempre. También yo me siento vivo en alguno de esos personajes, Oreste, por ejemplo, el protagonista de En vida.
–En alguna ocasión ha dicho que con En vida había terminado haciendo una literatura muy “individualista”. ¿Qué significa eso?
–Simplemente que estaba contando el drama de un pobre tipo y no el de un pueblo. La novela apareció en momentos en que en nuestro país ocurrían hechos sociales de enorme importancia. Algunos me acusaron de dar la espalda a la realidad del país; otros dijeron que la novela era francamente reaccionaria, porque yo me ocupaba de un problema individual en plena dictadura. A muchos amigos uruguayos, por ejemplo, la novela no les dijo nada, ellos estaban inmersos en el clima político de su patria, en la efervescencia militante. No fue así en España; claro, allá estaban en otra cosa. Pero creo que hay tiempos y estados de lectura, y con En vida sucedió esto: el tiempo de lectura no coincidió con el tiempo social. Tal vez más adelante pueda ser evaluada como hecho literario y no como desfasaje entre ambos tiempos.
–¿Para qué sirve, desde el punto social o político, contar el “drama de un pobre tipo”?
–A veces se habla de compromiso únicamente en términos políticos, como si el escritor debiera ser solamente el portaestandarte de una causa política. Uno se puede comprometer con un sistema político, pero también con un drama individual, por ejemplo el de un hombre que padece un cáncer o un drama amoroso. El hombre en su totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución y olvida que las revoluciones las hacen los tipos concretos. En En vida quise hacer la radiografía de un hombre del montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades de elegir.
Lo que algunos no vieron es que Oreste termina por hacer su elección, y eso está dicho explícitamente en el último párrafo. Hay en el protagonista una revolución interior, un cambio de actitud vital. Es el problema moral por excelencia: el de la libertad. Y es que la revolución empieza en el individuo, no se impone por decreto. Si en mi obra reciente, creo, aparece un mayor compromiso con lo social, eso ocurrió por añadidura, y me alegro. Pero no me lo propuse ex profeso. Por ejemplo, en uno de los cuentos, “Mi madre andaba en la luz”, traté de contar el drama de un pueblito, Warnes. Sin abandonar mi tono, mis climas anteriores. Sigo creyendo que es una torpeza fijar de antemano el tipo de literatura que uno debe escribir. No puede haber otra preceptiva más que la que surge de la honestidad consigo mismo.
–Hay una polémica muy actual acerca de la condición del escritor. ¿Se considera un trabajador?
–Sí, acepto ese término.
–¿Aun en esta sociedad burguesa?
–Claro. Y creo que un trabajador no tiene privilegios en mérito a la función que cumple. Niego esa aureola, esa condición de aristócrata con que se han revestido muchos escritores burgueses. ¿Qué diferencia hay entre lo que hacía mi abuelo, que era carpintero, o mi padre, un tendero y vendedor ambulante, y lo que yo hago? Mi abuelo manejaba el serrucho y la garlopa; yo manejo mi máquina de escribir, mis ideas y un lenguaje. Ni siquiera estoy exceptuado del esfuerzo físico. No quiero que mi oficio me destaque o jerarquice: como dice Mario Benedetti, “no hay prioridades para el escritor”. El único privilegio al que puedo aspirar es que algún día mis compañeros albañiles o mecánicos me reconozcan como uno de los suyos. Y así como alguien podrá decir “mi orgullo es ser albañil”, yo diré “mi orgullo es ser escritor”, el de construir historias tal como el albañil construye casas.
–¿Pero, en esta sociedad, acaso el escritor es tan explotado como un albañil?
–La explotación se manifiesta concretamente en la lucha diaria para sobrevivir. Hablo de la Argentina, caso que conozco bien. A los escritores nos trampean, nos amarran con contratos leoninos (si es que nos publican), nos arreglan con el famoso diez por ciento de tapa, no podemos controlar las ediciones ni los volúmenes de venta. Y los contratos son puramente formales. ¿No es una explotación como cualquier otra? Y no me pregunten si puedo vivir de la literatura de este modo. Está claro que no. Miren mi caso personal; tengo seis o siete premios internacionales y sin embargo mi ingreso fijo siguen siendo los doscientos mil pesos mensuales que gano como profesor de latín en una escuela secundaria. Otros halagos económicos no tengo. Me gusta viajar. Creo que para mi oficio es imprescindible conocer lugares y gentes. Viajaría eternamente, pero los viajes me los tengo que financiar yo, generalmente. De modo que un viaje hacia lo desconocido y maravilloso puede ser irme a mi pueblo, a doscientos kilómetros; es toda una hazaña, pero cuesta muchos pesos. Por eso es que no me queda más remedio que vender mi obra y discutir el precio.
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Para el autor, dejará de ser un ideal
Hace 200 años, poca gente preveía la legalización del divorcio o la homosexualidad sin tapujos, y mucho menos el matrimonio entre gays. El arte abstracto y el jazz eran inimaginables. Da la impresión de que la estética, la moral y las relaciones familiares son la pesadilla del futurólogo. Se especula sin cesar sobre el futuro equilibrio de poder, los conflictos que se avecinan y las nuevas tecnologías. Sin embargo, es como si pensáramos que la moral y la estética son inmutables. Y el mundo se olvida de preguntar cómo cambiarán las concepciones del bien y el mal, lo aceptable y lo inaceptable, la belleza y la fealdad. Y lo harán.
La monogamia, que, en realidad, no es más que un útil convencionalismo social, no sobrevivirá. En la práctica, no se ha respetado demasiado y pronto desaparecerá incluso como ideal. No creo que la sociedad vuelva a la poligamia. En su lugar, se avanzará hacia una concepción radicalmente nueva de las relaciones sentimentales y amorosas. Nada impide que alguien se enamore de varias personas al mismo tiempo. La sociedad rechaza esta posibilidad, sobre todo, por motivos económicos -para mantener una transmisión ordenada de la propiedad- y porque la monogamia protege a las mujeres de los excesos masculinos.
Pero esas razones están desapareciendo ante nuevas tendencias. La exigencia insaciable de transparencia, alimentada por la democracia y el libre mercado, está colocando las vidas privadas de los hombres y mujeres públicos bajo un escrutinio cada vez mayor. La realidad de vidas y parejas múltiples va a ser cada vez más visible, y la hipocresía de la sociedad quedará al descubierto. El ascenso continuado de la libertad individual transformará las costumbres sexuales. Del mismo modo, el aumento en la esperanza de vida hará que sea casi imposible pasar toda la existencia con una persona y no querer a nadie más.
Mientras tanto, los avances tecnológicos debilitarán aún más los vínculos entre sexualidad, amor y reproducción, que son conceptos muy diferentes. La generalización de los métodos anticonceptivos ha eliminado ya un obstáculo importante a la posibilidad de tener varias parejas. Igual que la mayoría de las sociedades aceptan hoy las relaciones amorosas sucesivas, pronto reconoceremos el amor simultáneo como algo legal y aceptable. Hombres y mujeres podrán formar parejas con distintas personas que, a su vez, tendrán otras parejas también. Por fin reconoceremos que es humano querer a distintas personas al mismo tiempo.
La desaparición de la monogamia no se producirá sin lucha. Todas las iglesias intentarán impedirla, y sobre todo las mujeres. Por un tiempo resistirán. Pero la libertad individual volverá a triunfar.
La revolución comenzará en Europa, Estados Unidos irá detrás y el resto del mundo acabará por unirse. Las repercusiones serán enormes. Las relaciones con los hijos serán totalmente distintas, las disposiciones económicas se verán trastornadas y cambiará nuestra forma de vivir y nuestra residencia. Por supuesto, se tardarán décadas en completar el cambio, pero, si miramos alrededor, ya está aquí.
Jacques Attali es escritor y presidente de PlaNet Finance, una organización internacional sin fines de lucro.
Reproducido con autorización de Foreign Policy Magazine, en colaboración con Archivos del Presente.
Por Jacques Attali
Foreign Policy Magazine / LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=772899
Por Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero
La ensayista y traductora Victoria Ocampo nació en Buenos Aires el 7 de abril de 1890, en el seno de una familia de la elite tradicional argentina. A los seis años, con su familia, realizó el primero de una serie interminable de viajes a Europa. Para liberarse de las rígidas reglas familiares, en 1912 se casó con Luis Bernardo de Estrada, pero al año siguiente conoció a Julián Martínez, con quien sostuvo una intensa relación sentimental. Sin embargo, para no romper con las convenciones sociales, continuó viviendo con su marido ocho años más. En 1924, la editorial Revista de Occidente, dirigida por Ortega y Gasset, publicó su primer ensayo, De Francesca a Beatrice, al que le siguió La laguna de los nenúfares (1926). Nuevamente en Europa y después de haber terminado su relación con Julián Martínez, conoció al Conde de Keyserling y a Drieu La Rochelle. En 1931 fundó la revista Sur y, dos años más tarde, la editorial del mismo nombre, en la cual publicó a autores argentinos y tradujo a importantes escritores extranjeros. En 1935, apareció el primer tomo de sus Testimonios (el décimo y último apareció en 1977). Al año siguiente, fue vicepresidenta del Congreso Internacional de los PEN Clubs. En los años cincuenta, delatada como opositora al peronismo, fue encarcelada en el Buen Pastor por veintiséis días. En 1956 presidió el Fondo Nacional de las Artes. Además de su constante trabajo como traductora, aparecieron sus libros Habla el algarrobo (1960), Tagore en las barrancas de San Isidro (1961), La bella y sus enamorados (1964), Diálogo con Borges y Diálogo con Mallea en 1969. En noviembre de 1970, en un artículo publicado en el diario La Nación, anunció el cierre de la revista Sur. Días después, la revista Confirmado le realizó esta breve entrevista, titulada “Victoria Ocampo. Fiesta y muerte ajenas”, que se publicó en la sección titulada “Opiniones”. La nota muestra a una impaciente y fastidiada Victoria Ocampo que, casi a su pesar, se somete al interrogatorio periodístico.
Recién en junio del año siguiente, después de diez meses, apareció el número 326/28 de Sur, dedicado a la mujer, en el cual se anunciaba como revista bianual. Sin embargo, se trataba del último número activo realizado en vida de Victoria, pues los demás números se dedicaron a reeditar antologías de trabajos ya publicados. En 1976 fue designada miembro de número de la Academia Argentina de Letras, cargo que por primera vez ocupó una mujer. Murió en San Isidro el 27 de enero de 1979. Durante ese año, comenzaron a publicarse los seis volúmenes de su Autobiografía, que había comenzado a escribir en 1952.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/18-61801-2006-01-17.html
nero de 2006
OCAMPO

Confirmado, Nº 285,
2 de diciembre de 1970
En el número 47 de Confirmado, Bernardo Verbitsky escribía: “Si el aniversario de Sur puede ser o parecer una fiesta cultural, el sector más amplio de nuestra literatura sólo puede mirarla como una fiesta ajena”. En esta frase se resumía, en términos generales, la imagen que para muchos había representado, por lo menos desde 1950 hasta la fecha, la revista que Victoria Ocampo fundara en el lejano enero de 1931. Los propósitos confesados entonces, buscar el oculto tesoro de América, se fueron desviando poco a poco hacia una evidente preferencia por la publicación de autores extranjeros. Si bien su fundadora, en más de una oportunidad, recalcó con cierto orgullo el carácter informativo y precursor de las páginas de la revista con respecto a nombres que de otro modo hubiesen tardado años en llegar a conocimiento de los lectores argentinos, el alejamiento del proceso literario nacional produjo como consecuencia un divorcio casi absoluto. En los últimos veinte años muy pocos autores jóvenes de valor se acercaron y publicaron en Sur. Hace unos días, en un artículo aparecido en La Nación, Victoria Ocampo anunciaba el cierre definitivo de la revista. Es probable que también su desaparición será vista por la mayoría como una muerte ajena. La justicia o la injusticia de este hecho no invalida su evidencia. Requerida por Confirmado, Victoria Ocampo accedió a contestar algunas preguntas.
Confirmado: –Al cabo de cuarenta años, ¿cómo definiría la actividad de la revista Sur?
Victoria Ocampo: –Al cabo de cuarenta años, pedirme que defina lo que he tratado de definir (por lo visto sin éxito) en hechos, no sólo en palabras, durante ese lapso, es un poco descorazonador. Cuarenta años tirados a la calle.
C: –¿Cuáles cree que han sido la trascendencia y la influencia de la revista en la cultura argentina?
V. O.: –Otros hablarán de la trascendencia o intrascendencia de Sur, de su influencia. No es cosa que me corresponda.
C: –¿Piensa que los propósitos iniciales, aquellos que decidieron su fundación, se realizaron?
V. O.: –Sí. Creo que parte por lo menos de los propósitos iniciales se han cumplido y, por favor, no me pidan que defina qué parte.
C: –Personalmente, como escritora y como directora de Sur, ¿cómo se siente ante su desaparición?
V. O.: –No siento nada. Sur aparecerá dos veces por año en forma de revista-libro, es decir números especiales, como ya anuncié en mi artículo de La Nación (“Después de cuarenta años”). La editorial continúa también.
C: –Una frase suya aparecida justamente en ese artículo de La Nación: “Pero la difusión de la cultura no parece ser el camino elegido por la mayoría de la turbulenta juventud contemporánea”. ¿Podría aclarar ese concepto? ¿A qué atribuye, si existe, el cambio ocurrido?
V. O.: –No veo por qué es necesario aclarar ese concepto. Queda aclarado si uno lee los diarios, anda por la calle, ve los noticieros de televisión.
C: –¿Cómo definiría a la juventud actual?
V. O.: –La juventud siempre fue turbulenta, no es una novedad. Pero hoy lo pone de manifiesto de manera particularmente explosiva. No creo que sea éste un método aconsejable. La violencia desencadena la violencia y es el cuento de nunca acabar. En cuanto a la juventud actual, tiene los defectos y las cualidades de la juventud de todas las épocas. Lo que ha variado son las circunstancias.
C: –¿Vale decir?
V. O.: –No me pidan que las defina. Repito que está en los diarios, la calle, los canales de televisión, la Luna, qué sé yo.
C: –¿Leyó a escritores jóvenes argentinos?
V. O.: –Por supuesto.
C: –¿Qué opina de las nuevas promociones de novelistas y poetas?
V. O.: –Algunos me gustan.
C: –¿Qué le diría a un escritor joven?
V. O.: –Le diría... Pero no. Sería inútil. La experiencia no se transmite. Cada cual tiene que tantear hasta que da con lo que busca, es decir con su forma particular de expresar lo que ve y siente, de deformar la realidad, diría Ortega.
C: –¿Cuáles fueron o cuál fue la mayor satisfacción que le deparó la existencia de la revista Sur?
V. O.: –Ver a un muchacho leyendo un número de mi revista en un tren suburbano. Entre Retiro y La Lucila, por ejemplo.
C: –¿Y, si existió, el peor momento?
V. O.: –Los malos momentos nunca faltan y fueron variados y pintorescos. No sabría con cuál quedarme. La lejanía me permite ver su lado cómico.C: –A la distancia, ¿qué les contestaría a las críticas cuyas argumentaciones son de conocimiento público, que a lo largo de su trayectoria aislaron a Sur?
V. O.: –¿Qué argumentación? ¿Que soy extranjerizante y mi revista también? Tiene gracia la crítica tratándose de una persona que se ha quedado en el país por elección, no por necesidad, que habla francés como su propio idioma, si no mejor, inglés casi a esa altura, y que tiene valiosos amigos en el extranjero. La verdad es que más bien se me podría acusar de ser en exceso argentinizante. Pero esto ya ni lo discuto. Ni explico más.
C: –Otra frase suya: “Se suspende hasta que cambien las circunstancias”. ¿Podría aclarar este concepto? ¿Qué clase de circunstancias? ¿Cambiar hacia nuevas posibilidades? ¿Recuperar una realidad perdida?
V. O.: –En gran parte se trata de circunstancias económicas. Salimos del atolladero como podemos. No sé si tienen idea de las dificultades con que tropieza una revista literaria, no comercial, como Sur.
C: –¿No existe para una revista como Sur, dejando de lado los factores económicos, la posibilidad de adaptarse a las circunstancias actuales, extraer de los mismos cambios que se realizaron o se vienen realizando a todo nivel elementos que le permitan seguir enfrentándose con el compromiso que decidió su publicación?
V. O.: –Nuestra manera de adaptarnos a las circunstancias se desprende de las resoluciones tomadas.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/especiales/subnotas/61801-20434-2006-01-17.html
Por Osvaldo Bayer
La íntima alegría: no hay olvido para aquellos hechos donde se trató de apagar el Derecho a balazo limpio en vez de aplicar los argumentos de la razón. La Semana Trágica de enero del ’19. Otro aniversario más, sí, cuántos años. Cuántos muertos por lo justo. No vamos a discutir ahora si fueron mil o seiscientos los obreros muertos. Lo triste, lo trágico es que se tergiversó todo, se hizo valer como siempre o, como casi siempre, la historia oficial. No eran ni “perturbadores extranjeros” ni “rusos” ni “terroristas” como los medios oficiales y del poder trataron de disfrazar el crimen. Eran obreros que querían tener los derechos de la dignidad y de la vida: las sagradas ocho horas de trabajo. Los panaderos y los yeseros ya habían conseguido –por su lucha– las ocho horas en 1898, los metalúrgicos, en 1919, todavía trabajaban nueve horas por día. Por eso la huelga y por el lugar de trabajo para los despedidos. Dignidad y Justicia. La respuesta del poder fue bala y más bala. Con los uniformados de siempre. Esta vez ya con la ayuda de los muchachos del barrio Norte, las guardias blancas, la llamada después “Liga Patriótica Argentina”. Salieron a matar “anarquistas, rusos, judíos y enemigos de la Patria”. Las calles de Buenos Aires quedaron teñidas de sangre obrera.
Pero el mismo gobierno represor tuvo que reconocer la injusticia y días después se les dio a los obreros lo que pedían. ¿Por qué entonces tanta violencia desde el poder? ¿Por qué además de los muertos, los 1500 obreros presos? La firma del ministro del Interior en las cláusulas de la solución del conflicto deja en claro que la razón estaba del lado obrero. Eso sí, esa razón se había pagado con sangre de los explotados. Pero luego de la matanza pasó a ser un tema del cual no se habla. Cuando muchos años después tratamos de que los terrenos donde había comenzado el drama –los de los establecimientos Vasena, que habían sido demolidos– pasaran a llamarse “Parque Mártires de la Semana Trágica”, justamente el dirigente Augusto Vandor se opuso y propuso llamarla “Plaza Martín Fierro”. Nombre que hoy lleva. Claro, del pasado no se habla porque estaban involucrados Yrigoyen, los radicales, el ejército y personajes de la “guardia blanca” que luego pasaron a ser próceres: Manuel Carlés, el Perito Moreno, el cura Miguel D’Andrea e, infaltable, el estanciero Martínez de Hoz, hijo de aquel presidente de la Sociedad Rural que recibió de Roca 2.500.000 hectáreas de la tierra donde vivían antes los pampas y los ranqueles, bisabuelo del murciélago que luego fue ministro de Economía de la dictadura de la desaparición de personas. Toda una estirpe familiar heredera del autollamado “liberalismo positivista” del roquismo.
Bien, esta semana se recordó a los obreros mártires de las ocho horas de trabajo. Entre las organizaciones que propiciaron el acto estaban la Federación Libertaria Argentina, la FORA –la más antigua de las organizaciones obreras– y la Biblioteca José Ingenieros. El culto de la utopía a través de la dignidad.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-61742-2006-01-16.html
Según la autora, el dominio público tenderá a reducirse
Dentro de cada cultura, existe un dominio público, una zona sin abogados, no regulada por las normas de los derechos de autor, que ha sido fundamental para la difusión y el desarrollo del trabajo creativo. Es la parte que se cultiva sin que nadie tenga que dar permiso. Este ámbito público siempre ha coexistido con el privado. Gracias a los incentivos de mercado que crea, el dominio privado también ha producido una extraordinaria riqueza creativa en todo el mundo. Es esencial para el desarrollo de las culturas.
Tradicionalmente, la ley ha mantenido el equilibrio entre estas dos esferas. La vigencia de los derechos de autor era relativamente corta y su alcance era esencialmente comercial. Sin embargo, un cambio fundamental en el carácter de las leyes de propiedad intelectual, inspirado por una transformación radical de la tecnología, pone ahora en peligro ese equilibrio.
Las tecnologías digitales han hecho que sea fácil -demasiado- difundir sin autorización la labor creativa producida en el ámbito privado. La piratería se extiende en las autopistas de la información. Ante ello, los redactores de normas -legisladores y especialistas en tecnología- han elaborado una variedad de armas sin precedentes, legales y tecnológicas, para librar la guerra contra los piratas y devolver el control a los propietarios de la cultura. Pero el dominio que van a permitir esas armas es mucho mayor que cualquier cosa que hayamos visto.
Dueños de la cultura
Estados Unidos ha aumentado de forma radical el alcance de la normativa sobre derechos de autor. Y, a través de la Organización Mundial de Propiedad Intelectual, los países ricos ejercen presiones para imponer restricciones al resto del mundo. A estas medidas legales pronto se unirán unas tecnologías extraordinarias que garantizarán a los propietarios de la cultura el control sobre el uso de su propiedad. Todo equilibrio entre lo público y lo privado desaparecerá. El dominio privado devorará el público y el cultivo de la creatividad y la cultura estará dictado por quienes afirman ser sus dueños.
No cabe duda de que la piratería es un problema importante, pero no es el único. Los dirigentes han perdido ese equilibrio. Se han dejado seducir por una visión de la cultura que mide la belleza en entradas vendidas. Por lo visto, no les preocupa un mundo en el que para cultivar el pasado sea necesario el permiso del pasado.
El peligro permanece invisible para la mayoría, oculto bajo el celo de la guerra contra la piratería. Y eso es lo que puede hacer que el dominio público muera calladamente, extinguido por el extremismo farisaico, mucho antes de que nos demos cuenta de que ha desaparecido.
Por Lawrence Lessig
Foreign Policy Magazine / LA NACION
El autor es catedrático de Derecho en la Universidad de Stanford (California, Estados Unidos)
Reproducido con autorización de Foreign Policy Magazine, en colaboración con Archivos del Presente
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=772676
CARLOS JUAN MONETA, EXPERTO EN RELACIONES INTERNACIONALES
Los países dependen unos de otros, pero en distintos grados. Para competir, hay que saber que el eje de los intercambios y la producción se desplazó hacia Asia y usar nuevos estilos de negociación.
Julio Sevares.
jsevares@clarin.com
Qué representa el fenómeno chino para el mundo?
—China es, a la vez, una amenaza y una oportunidad. Pero demos un paso atrás, porque no se puede considerar a China sin lo que está sucediendo en Asia en su conjunto. Esto es importante porque uno de los problemas principales que tenemos al analizar los casos de China o de otros países de la región, es no ver a Asia como un sistema. Y el fenómeno chino implica una reestructuración industrial que influye en toda Asia del Pacífico por la profunda interacción que se generó entre los distintos países del área. Esto tiene enormes consecuencias para el sistema mundial, y las tiene, obviamente, para América latina. Una de ellas es el cambio en el centro de gravedad del comercio y la producción. A partir de la Segunda Guerra Mundial, el sistema dinámico era el del comercio entre Estados Unidos y Europa, incluyendo Japón. Después pasó a ser la relación fundamental entre países del norte y los del sur. Y hoy el centro de gravedad es cada vez más el comercio y las redes de producción entre países del sur. Pero de un sur hacia el este, es decir, hacia el Pacífico. En este movimiento, las empresas transnacionales tienen una presencia dominante —el 80%, 83% de la producción, está manejada por ellos (tanto China como otros países)—, pero por el desplazamiento geográfico de las actividades también implica una reestructuración del sistema mundial.
# ¿Cómo describe la dimensión financiera de este fenómeno?
—Hay una relación especial entre Estados Unidos y China similar a la que se dio con Japón hace veinte años y es que China con su superávit comercial con los Estados Unidos compra bonos del Tesoro de ese país. Esta relación es denominada por Rubens Recúpero, ex director de la UNCTAD, como de desequilibrios estables: en la medida que China siga comprando bonos del Tesoro, va a poder venderle al país del norte y Estados Unidos comprarle al asiático. Es un juego que funciona y que tiene a ambos jugadores como rehenes.
# ¿Cómo participa el resto de Asia en la reestructuración?
—A través del comercio que está muy vinculado con la inversión. Japón incorpora en China toda su producción de punta, de alto valor agregado. Y esto implica un nuevo desafío para China, que tiene recursos humanos ya preparados y que es muy rápida para copiar y adaptarse. Por otra parte, China, con sus industrias intensivas en mano de obra, es una enorme competencia para el sudeste asiático. Esta competencia lleva a los países del sudeste a elevar su nivel de productividad en las manufacturas y su nivel tecnológico en general. China ha conquistado parte del mercado mundial de productos intensivos en mano de obra que tenía el resto de los países de Asia. Pero ahora esos países le venden muchos insumos intermedios que China necesita para su producción: Japón le agrega tecnología, y el financiamiento llega de Europa, de Estados Unidos y de Japón. En realidad llega de todas partes, porque también invierten en el continente la comunidad china de ultramar y Taiwán.
# ¿Cómo incide este escenario en nuestra región?
—Estos cambios son muy importantes para América latina. Hace veinte años, cuando yo escribía sobre estos temas, decía: "Tenemos que vincularnos de alguna manera con Japón", porque era el motor de la producción industrial y de lo que en términos técnicos se llama encadenamiento industrial. El caso es que, salvo contadas excepciones, no lo hicimos. Ahora el comercio de Latinoamérica con Asia se basa en la venta de recursos naturales. Para cambiar eso tenemos que buscar cómo vincularnos en el comercio industrial.
# ¿Por qué otros tuvieron mejor suerte?
—Algunos, como Nueva Zelanda y Australia, están beneficiados por la cercanía y además venden productos primarios e industrializados. Nueva Zelandia no da abasto con su producción de lácteos para satisfacer la demanda china. Pero países más lejanos como Chile hoy tienen en Asia un mercado impresionante porque supieron vender y desarrollaron productos con demanda asiática.
# ¿Qué papel puede jugar Argentina?
—Puede aprovechar ese tipo de rubro, pero también tiene oportunidades en otros como la biología aplicada a alimentos, tecnología nuclear con usos pacíficos, sistemas de software parasatelitales, medicina y otros productos con los que el país puede formar una canasta estratégica.
# Esas son las oportunidades. ¿Cuáles son las amenazas?
—Según los estudios que se han hecho, en terceros mercados no estamos muy amenazados en forma directa, porque no somos competitivos en los productos de exportación de China. No es el caso de México que sí está amenazado en textiles porque China los produce muy barato y le ha quitado un cupo importante en el mercado americano. México también perdió inversiones en sectores de mano de obra intensiva, que prefieren las oportunidades chinas. En el mercado local la situación es incierta. Por una parte, la invasión de textiles chinos que se esperaba después de su ingreso a la Organización Mundial de Comercio (OMC) no se ha producido. Más aún, en 2004 la Argentina le concedió a China el reconocimiento de economía de mercado, lo cual reduce la posibilidad de respuestas proteccionistas a las importaciones provenientes de ese país. Pero hasta ahora esa medida no tuvo los efectos catastróficos que se temieron. No obstante, la Argentina tiene un desafío que no es sólo frente a China sino de orden general, que es cómo elevar su nivel de producción y de competitividad.
# ¿Cuáles serían entonces las mejores estrategias?
—Desde el punto de vista comercial, una estrategia adecuada es la búsqueda de nichos en los mercados. El país no puede competir "en general", hay que definir qué rubros son más competitivos con los recursos que tenemos. Por ejemplo, no se puede competir en calzado barato, en Asia ni en ningún lugar del mundo. Pero sí se puede hacer calzado sofisticado, con diseño incorporado y buen precio. Otro rubro con posibilidades es el de farmacia y no sólo en los genéricos. Ya hay empresas locales que están exportando a China. Un punto a tener en cuenta es la dimensión del mercado. Cuando hice contactos para vender algún producto, nunca lo pude lograr porque la cantidad era astronómica en relación a la capacidad de los productores locales. En China, la población de una provincia puede equivaler a dos o tres Argentinas
# ¿La Argentina sabe vender?
—Un problema frecuente es que ni los empresarios ni los organismos del Estado están bien preparados para conocer y adaptarse a la idiosincrasia de los clientes y los mercados. Los asiáticos tienen sus métodos de negociación muy peculiares y muy duros y es necesario tenerlos muy en cuenta. Cuando se quiere ingresar a un mercado asiático hay que saber cómo funciona la sociedad, cómo está articulado el sector empresario, cuáles son las pautas culturales generales y las del sector empresario, las de los funcionarios de gobierno y demás. Hay muchos casos de empresarios que llegan a un país y no saben con quién negociar ni cómo, cuál es el nivel real de negociación o si el señor que tienen enfrente es el que finalmente toma las decisiones. Todo esto es una delicada ingeniería Por ejemplo, hay países de Asia donde si uno no tiene una amistad personal con los miembros del gobierno, los negocios no prosperan. Guste o no, eso es una realidad.
# ¿Qué habría que hacer para aprovechar las oportunidades asiáticas?
—En primer lugar, la Argentina tiene que cambiar su forma de concebir el mundo y esto es un problema de la sociedad. Hay que mejorar el conocimiento del mundo y Asia es una parte sustancial de ese conjunto. Y en este tema hay un enorme grado de desconocimiento. Y esto lleva naturalmente al temor a lo desconocido. Por eso el sector empresario tiene obviamente mucha resistencia a lanzarse a la aventura sin un marco de referencias. Para superar ese déficit de conocimiento hay que concertar lo público y lo privado pero, lo digo por una larga experiencia personal, hay resistencias de ambas partes para avanzar en ese sentido.
Copyright Clarín, 2006.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/15/z-03216.htm
Las vacaciones de la infancia pasaban a la sombra de la higuera, con libros de aventuras. Al calor de la siesta cordobesa, imaginando la expedición polar narrada por Julio Verne.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
En vacaciones se leían los libros que se habían recibido de regalo, los que se pedían prestado o se encontraban casi por casualidad. Había un poco de todo, porque los padres no acertaban siempre, y las intuiciones infantiles tampoco. Pero cada uno de esos libros, de todos modos, era leído hasta el final. La idea de abandonarlo por la mitad resultaba una especie de insulto al objeto, a la persona que lo había traído, incluso a uno mismo, porque quizás uno fuera todavía indigno de ese libro. De todos modos, había pocas desilusiones y grandes aventuras.
Una higuera de higos blancos le daba sombra a un banco de madera. De esa sombra se decía que era enfermiza, aunque nunca hicimos caso de esa advertencia botánica o, simplemente, supersticiosa. El lugar era incómodo porque los higos maduros, que se aplastaban contra el piso de tierra y no podían comerse, atraían las moscas y las hormigas; además, las hojas de la higuera eran grandes, pero no tupidas, y los rayos del sol iluminaban con demasiada vehemencia a la hora de la siesta. Una garantía para que nadie viniera a molestar.
Debajo de esa higuera leí Las aventuras del capitán Hatteras, la novela de Julio Verne. Todavía hoy me pregunto cómo hacía para atravesar los capítulos de esos libros de viajes y exploraciones, donde decenas de términos de navegación ni siquiera eran buscados en el diccionario, sino que simplemente se tomaban como objetos marítimos de uso desconocido de los que sólo podía imaginarse que eran necesarios para manejar un barco.
El capitán Hatteras era un explorador inglés del polo norte, un hombre misterioso aunque de transparente patriotismo imperial británico, que a mí me tenía sin cuidado porque ni siquiera me daba cuenta. El personaje no se revelaba hasta la página 50, porque había embarcado bajo el disfraz de un marinero raso, y tomó el mando de la nave recién cuando alcanzaron la zona de hielos árticos. Ese hombre duro y enérgico que, para comprobar el temple de sus subordinados, se había escondido durante varios meses, estaba poseído de una voluntad tan glacial como los hielos que, a partir del invierno, rodearon su barco, que quedó anclado en medio de una planicie helada.
La nave transportaba comida y carbón para varios años, lo cual le daba una dimensión infinita y metafísica al viaje. Más que una navegación hacia el polo (al que finalmente llegaron, creo) era una aventura entre icebergs y desfiladeros donde el agua de mar se había vuelto sólida y se cortaba a pico en vetas azules o tornasoladas, como un glaciar. El barco quedaba apresado por toneladas de hielo; por las extensiones de mar helado se arrastraban los marinos y el perro hirsuto del capitán. La tripulación se enfermaba de una dolencia debilitante y desconocida (para mí), que Verne designa con la palabra escorbuto, cuyo nombre me resultó tan elocuentemente amenazador que tampoco lo busqué en el diccionario.
En Las aventuras del capitán Hatteras hay muy poca variación, ya que se repite, de capítulo en capítulo, básicamente lo mismo: extensión enceguecedora de nieve petrificada, completa oscuridad durante los meses invernales, auroras boreales, crujidos de la embarcación en el silencio del desierto blanco, hambre, congelamiento, extenuación y enfermedad. Cuando las cosas se volvían incomprensibles, el médico de la expedición las explicaba con sencillez en páginas que, además, podían saltearse. Debajo de la higuera cordobesa, escuchando el zumbido pegajoso de las moscas, yo avanzaba con el capitán Hatteras. Hoy me doy cuenta de que la novela era una especie de Moby Dick para niños, porque Hatteras perseguía el centro polar con la misma monótona pasión con que el capitán Ahab perseguía la ballena blanca. Pero sin odio, simplemente animado por la obsesión aventurera. Atontada por el calor, me identificaba con los expedicionarios y, al mismo tiempo, disfrutaba con sus padecimientos. Me comportaba como un lector típico que simpatiza con los personajes porque sabe que está a salvo de los peligros que ellos corrieron.
http://www.clarin.com/diario/2006/01/15/sociedad/s-01124618.htm
Un hombre y una mujer se enamoran perdidamente y viven un intenso romance por la ciudad. Las cosas se complican cuando él quiere casarse y ella lo frena. Intervienen entonces los psicólogos de cada uno y comienza una batalla a distancia con un final asombroso.
Se parecía muchísimo a Fernández: tenía cuarenta y pico, padecía la enfermedad de no creer en nada y buscaba refundar su vida. Sin embargo, los diferenciaba algo central: Pacheco se había enamorado de su amante y quería casarse con ella. Gerente de una multinacional, sin hijos, muy lejos de la andropausia, con muchas horas de gimnasio y buena presencia, Pacheco era un buen candidato en el mercado de los hombres solos. Recién separado se dedicó a tener muchos amoríos, pero conoció el amor en los prefacios del divorcio. Cuando éste finalmente quedó firmado en un juzgado civil, el amigo de Fernández sintió irrefrenables deseos de repetir el error. Le propuso a la señorita Pazos boda, pompa y circunstancia.
Los había presentado el propio Fernández: Pazos era secretaria ejecutiva de una empresa de servicios, y había vivido en tortuoso concubinato con un escritor de folletines durante más de una década. Luego había roto esa relación, había hecho el duelo y se había puesto siliconas: era una chica de buen ver. Cuando la conoció en la intimidad y en la penumbra, y comprobó que había química entre ellos, Pacheco sintió un pinchazo en el corazón y la quiso para siempre. Ella, sin embargo, tenía buena memoria, y sabía lo que era equivocarse con la pasión y también los frutos amargos que acechan en la convivencia. De modo que se entregó a los fuegos de Pacheco, pero sin quitarse el traje de amianto.
Vivieron realmente un incendio. La ciudad era un mapa de sus paseos, de sus falsas rupturas, de sus fogosas reconciliaciones y de sus juegos de seducción. Todas las mañanas, Pacheco la llamaba desde el auto y le preguntaba:
–¿Cómo viniste vestida