Perdón
¡oh noches de octubre! claras, clarísimas
y quietas,
con las plantas mojadas de plata
dándoos su intimidad fragante;
con vuestro rocío, ¡oh noches!
con el viento
que agita las confidencias vegetales,
que agita los misterios dormidos de las cosas
y los mece en el aire como fúnebres paños.
Perdón, ¡oh noches!
de madreselvas y naranjos consumiéndose
en la ilusión antigua
de su florecimiento.
Apenas
si os he sentido.
Perdón, oh casas del pueblo,
profundas de historias secretas en la noche,
estáticas en el tiempo con vuestra fragilidad de ruinas.
Unas sombras viejas
que suspiran a las estrellas, asomadas a las rejas,
con el vals que se deshoja, allá lejos. . .
Casas viejas, viejas, en la luna.
He pasado excesivamente de prisa ante vosotras.
Perdón, oh mañanas
que con traslúcidos dedos,
alargados a través de las hojas y los pájaros,
habéis tocado mis párpados pesados,
y no os he respondido
para asistir a la revelación de las flores,
de la hierba brillante, del río deslumhrado. . .
Perdón, ¡oh tardes de las 3!
ligeras, ligeras, todavía,
frescas aún como acuarelas celestes.
Un hombre que va a pescar.
Una mujer vestida de blanco.
Las orillas del río, amarillas de flores.
Una nube en el cielo y otra nube en el rio.
Una sobrevida temblorosa de espejo. . .
Perdón, oh tardes,
que apenas os haya mirado.
Y a vosotros, atardeceres de octubre, tan sensibles,
"suite" silenciosa de qué extraños espíritus?
cuyo más mínimo movimiento
me penetraba todo,
perdón!
os he sido casi indiferente.
Noches, casas, mañanas, tardes,
crepúsculos:
cómo sustraerme al drama del hombre,
al drama del hombre que quiere crearse,
modificar el mundo,
cambiar la vida,
sí, cambiar la vida?