LUIGI FERRAJOLI, JURISTA
La humanidad nunca ha sido tan igual en el plano jurídico formal y tan desigual en el plano material. Eso introduce desequilibrios que deben ser compensados con garantías reales para los derechos básicos, los sociales.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Más que el imperio de la ley, en el mundo contemporáneo parece avanzar el estado de excepción, que relativiza y deja en el campo nominal los derechos de las personas. ¿Coincide con este diagnóstico que, entre otros, formula el filósofo Giorgio Agamben?
—Sí, es así. Ante una amenaza como la del terrorismo se está normalizando un estado de excepción. El estado de excepción es la violación de la democracia constitucional. No existe un espacio de legitimidad jurídica del estado de excepción en ningún ordenamiento que pretenda estar acorde al principio de legalidad. Porque significa la legitimación de un poder absoluto y en el estado de derecho no existen poderes absolutos. Los principios de libertad fundamentales se dan por sentados en los momentos de normalidad, pero es precisamente en los momentos más difíciles, en los momentos de desafío, cuando se ponen a prueba. Responder a ese desafío con el estado de excepción significa declarar una derrota. Una verdadera victoria sobre el terrorismo es vencerlo con los instrumentos del Derecho. El estado de excepción termina por desempeñar también un papel de legitimación política.
# ¿De qué manera?
—El miedo es un fuerte factor de legitimación política de los giros autoritarios. Siempre que existe un déficit de legitimación política se recurre a las campañas de orden, que incluyen la demonización del enemigo que nos rodea. La campaña contra los sospechosos se convierte en la forma más fácil, pero también más irresponsable, de evasión de las responsabilidades.
# El estado de excepción no parece estar sólo circunscripto a la lucha contra el terrorismo. La mayoría de las democracias están apelando a él ante cualquier emergencia. ¿Algo de esto no ocurrió por ejemplo en Francia cuando intentaron enfrentar poco tiempo atrás el "problema" de la inmigración?
—En Francia, la respuesta del estado de excepción fue decididamente tonta. La revuelta de los jóvenes de los suburbios expresaba un malestar social y por eso mismo no podía ser enfrentada con medidas de policía. Pensemos que una de las razones principales de la revuelta fue, precisamente, la falta de respeto hacia algunas personas, por no tener un aspecto "netamente francés". La respuesta vía estado de excepción fue como arrojar nafta sobre el fuego.
# Usted es considerado uno de los mayores intelectuales del garantismo. ¿Cómo lo definiría específicamente?
—El garantismo como sistema institucional fija límites y vínculos a los poderes públicos (y también a los poderes privados), para tutelar los derechos fundamentales. Estos, no obstante, permanecen en el papel en tanto no se introducen garantías adecuadas. Las que yo llamo garantías primarias son las obligaciones correspondientes a los derechos sociales, los derechos de libertad establecidos por la Constitución. Después, están las garantías secundarias que son las que intervienen en caso de violaciones de las garantías primarias. La Constitución Internacional o la Declaración Universal de los Derechos Humanos, o la Carta de las Naciones Unidas son grandes proclamas de principios que carecen de garantías, porque no existe una esfera pública mundial en condiciones de garantizar, tutelar, los derechos fundamentales. A nivel estatal, sobre todo los derechos sociales carecen de garantías. Debemos ser conscientes de que la igualdad y los derechos fundamentales son utopías, ya que una realización perfecta nunca se tendrá. Este es el defecto y el mayor valor de la democracia constitucional. Ahora, para realizar los derechos humanos y las garantías primarias, las personas tienen que ser concebidas de un modo igualitario, como ciudadanos. Pero hoy, más que encontrarnos ante ciudadanos, nos encontramos ante refugiados.
# ¿Por qué es tan drástico?
—Porque la humanidad nunca ha sido tan igual en el plano jurídico formal y tan desigual en el plano material. La desigualdad pasó de una relación de 1 a 3 a comienzos del siglo XIX (entre países más pobres y más ricos) a una relación de 1 a 10 en el siglo XX y nos estamos acercando a 1 a 100. Existen más de mil millones de personas que viven en condiciones de absoluta indigencia. Esto debe leerse como un hecho moralmente inaceptable, pero también como el signo de una ilegitimidad jurídica profunda. Los derechos sociales son considerados un costo, porque deben ser financiados con la recaudación fiscal. Por el contrario, yo creo que son la mayor inversión productiva: sin las garantías de la supervivencia y de la subsistencia, no hay ni productividad individual, ni producción de riqueza colectiva.
# ¿Qué función le cabe al derecho penal en un escenario como el que describe?
—El derecho penal tiene como justificación la minimización de la violencia en la sociedad. Un sistema penal se justifica si delitos y penas comportan una violencia menor de la que se produciría en una sociedad salvaje. En sociedades muy desiguales hay una delincuencia de subsistencia respecto de la cual el papel de prevención del derecho penal es mínimo. Se pueden aumentar las penas sin que los posibles delincuentes se enteren. Por el contrario, el derecho penal tiene un fuerte efecto respecto de los crímenes del poder: abusos, torturas, corrupción, crímenes contra la humanidad. En este tipo de delitos, la impunidad es un factor criminógeno. El sentido de impunidad engendra nuevos códigos que permiten esos delitos.
# Se suele decir que en muchas sociedades hoy "el derecho penal es el del enemigo". ¿Cómo lo interpreta?
—Es una invención absurda, una contradicción en sus términos. El enemigo es una figura propia de la guerra. Y la guerra es la negación del Derecho. Tratar a los delincuentes como enemigos significa bajar el Estado a su altura. La idea del enemigo está ligada a la idea del miedo. Las campañas dirigidas a crear esa alarma política, alarma social sobre el enemigo, son campañas que consiguen captar consenso. Es un círculo vicioso. Alimentan miedo que a su vez alimenta la campaña de seguridad.
# ¿Cuál debe ser la función del juez y el fiscal en el proceso penal?
—El proceso consiste en un procedimiento de verificación y cotejo de pruebas y contrapruebas que requieren una separación entre acusación, defensa y juez. Sobre ninguna cuestión de hecho puede tenerse una certeza absoluta. Es necesario, entonces, que esa falta de certeza objetiva sea suplida por una certeza subjetiva. El llamado libre convencimiento del juez no es arbitrario, sino que debe ser sufragado por una pluralidad de pruebas. La garantía del carácter cognitivo de la jurisdicción proviene de la separación de rol entre la acusación, la defensa y la posición independiente de un tercer juez que formula una evaluación. El proceso acusatorio requiere la paridad entre los dos momentos de acusación y defensa. En ese aspecto, déjenme decirles que la Argentina conoce una institución extraordinaria que es el Ministerio Público de Defensa, que en Europa no existe.
# En la provincia de Buenos Aires, la defensa pública y los fiscales dependen de un mismo procurador. ¿Eso no es contradictorio?
—Bastante contradictorio. Son partes separadas que deben estar en conflicto virtual e institucional. Es una paradoja. En el plano práctico hay numerosas paradojas. Lo importante es que se tome conciencia de ellas y se hagan reformas imprescindibles.
# En Argentina, la prisión preventiva funciona de manera automática. ¿No atenta contra el derecho de las personas?
—Eso es gravísimo. Existió también en Italia. Después fue abolida. La prisión preventiva obligatoria es verdaderamente una contradicción en sus términos. La prisión preventiva se justifica solamente en casos graves de peligro de falsificación de las pruebas o de fuga del imputado. Debería tratarse de una medida absolutamente excepcional y acotada. No debería ir más allá de alguna semana. Pero naturalmente eso implica un costo, porque el imputado podría ser culpable. Pero la democracia implica ciertos peligros. Si la prisión preventiva es obligatoria funciona como una pena anticipada y, por lo tanto, totalmente ilegítima.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/31/z-04615.htm
Según el sociólogo, falta sentido del humor
“La seriedad es un desastre nacional”, dice Torcuato Di Tella, sentado en su departamento de la Avenida del Libertador, sin perder ni por un momento su sonrisa, entre suficiente y socarrona.
Consciente de que es un intelectual atípico, que ha provocado más de un escándalo con sus declaraciones a los medios, aclara antes de comenzar la entrevista: “Los intelectuales se tienen que tomar licencias poéticas para decir las cosas desde otro lugar”, y explica que cuando Néstor Kirchner le ofreció la Secretaría de Cultura, él le advirtió al vocero presidencial: “Mirá que yo digo lo que se me ocurre”. Como el vocero le respondió: “El Presidente te lo pide y además el Gobierno fomenta que haya gente que opine de modo no convencional”, aceptó. Meses después fue despedido.
Cultor de un estilo ambiguo, niega con facilidad lo que acaba de afirmar o lo relativiza con un comentario humorístico, lo que le da un aire equívoco de dilettante despreocupado. Sin embargo, es un intelectual de reconocida trayectoria, tanto por sus obras sobre temas históricos, políticos y sociales como por su abnegada labor docente.
Di Tella nació el 29 de diciembre de 1929 en la ciudad de Buenos Aires. Se graduó de ingeniero industrial y es licenciado en Sociología. Realizó estudios en Columbia, Nueva York y Londres y fue profesor titular de cátedra en la Universidad de Buenos Aires. También dictó clases en Santiago de Chile, California, Texas, Stanford, Jerusalén y Oxford, entre otras casas de altos estudios. En 1958, fundó, junto con su hermano Guido, el Instituto Di Tella.
Entre sus obras se destacan "El sistema político argentino y la clase obrera", "Historia social de la Argentina contemporánea" y "Sociología de los procesos políticos".
-En diversas ocasiones, usted manifestó su interés por las versiones populares de la cultura. ¿Mantiene vivo ese interés?
-Sí? Mire: hay que valorar las expresiones culturales de los sectores necesitados, desde el folklore y las murgas hasta las obras de teatro sin actores especializados. Hay que valorar lo que hacen los grupos indígenas, así como sus idiomas. Y hay que valorar, qué sé yo? el Teatro Cervantes.
-¿Qué actividades culturales promovió como secretario de Cultura de Kirchner?
-Una de las cosas que hicimos fue crear orquestas de música. En la Villa 31 hay un tipo que enseña a la gente a tocar música clásica, con violín, flauta, guitarra? Llevamos esa orquesta al Cervantes. Mire, nunca hubo un grupo más zaparrastroso en el Cervantes, pero fue algo muy importante para todos los familiares que asistieron al concierto. También hicimos que grupos de desocupados pintaran cosas en algunos paredones. En general, reproducen pinturas existentes. Hubo muchos críticos de estas actividades, y hasta uno preguntó maliciosamente por qué no les hacíamos hacer cosas que supieran hacer, como clasificar basura. Está bien que son cosas feas y primitivas? ¡No van a reproducir la Gioconda! Son cosas de tipo naïf o folklórico.
-¿Sigue creyendo que es lógico que el actual gobierno no se interese por la cultura, ya que hay cuestiones más urgentes que atender?
-Yo no dije eso. Lo que yo dije en una entrevista (un poco para justificar al Gobierno) es que el Gobierno tenía que ocuparse de cosas más prioritarias. Un colega suyo me replicó: "¡Ah, entonces la cultura no es prioritaria!" En el diccionario, "prioritario" es una cosa que está antes de otra. Decir que la cultura es prioritaria es propio de gente obcecada con la cultura. Uno puede dedicar gran tiempo a la cultura en su vida privada, pero es un lujo que no todos pueden darse. Claro que cuando le dije esto a la Comisión de Cultura de Diputados, los tipos se horrorizaron y me pidieron que fuera a explicar mis palabras. Fui y, más o menos, zafé.
-¿Qué presupuesto cree que debería asignársele a la Secretaría de Cultura para que pudiera realizar obras culturales y educativas significativas?
-Yo hice un proyecto poco antes de terminar mi función para triplicar el presupuesto de Cultura, sabiendo que no iba a tener cabida, porque el primero que decía "no" era Lavagna, y no porque no le diera importancia a la cultura, sino porque la economía tenía prioridad.
-¿Dejar al pueblo sumergido en la ignorancia con la excusa de que hay que ocuparse de la economía no es el modo más perverso de dominación, ya que un pueblo sin instrucción es fácilmente manipulable?
-¿Usted va a poner estas preguntas en serio...? Sí, por supuesto que dejar al pueblo en la ignorancia es algo muy malo, pero no creo que se lo esté dejando en la ignorancia. Hay una serie de presiones sociales que hacen difícil poner más dinero en la educación. Ahora bien: se podría manejar mejor la educación. Se podría hacer que los docentes hicieran más esfuerzos y menos huelgas. No es fácil impedir las huelgas, pero hay que ver cómo se hace.
-Recordará el discurso interminable de Hugo Chávez en la anticumbre de Mar del Plata. ¿Le parece que fue un espectáculo digno de la cultura popular?
-¡Uy, Dios! Eso lo dice usted... Pienso que los gobiernos tienen que tener en cuenta a la opinión pública nacional, y hay un sector de la opinión pública al que le gusta Chávez? El Gobierno tiene que tener en cuenta a la gente de la calle, a los piqueteros, a los estudiantes? Es una parte del poder político del Gobierno, y una parte importante.
-¿Sugiere que es importante para el Gobierno que haya piqueteros?
-Si el Presidente tiene piqueteros afines, puede balancear mejor a los no afines, pero para tener a su lado a los afines lo que necesita es no reprimir a los piqueteros duros, y tampoco al grupo Quebracho? Bueno, los puede reprimir, pero no excesivamente. Si hace una represión mayor, enajena a los piqueteros buenos y enajena a una gran cantidad de sectores medios progresistas a los que les gusta, por ejemplo, Fidel Castro? A mí no me gusta Fidel, pero no me parece mal que el Presidente dialogue con él.
-¿Qué imagen del Presidente le resulta más convincente? ¿La de Kirchner con la mano en el hombro de Chávez o la de Kirchner con la mano en la rodilla de Bush?
-Esta pregunta es un poco comprometedora? Yo creo que es mejor la mano en el hombro de Chávez.
-¿Le parece más sincera?
-Sí, es más sincera? Pero las dos imágenes no son incompatibles. Por supuesto que Chávez se deschava con los epítetos con que califica a Bush. Pero, bueno, los políticos dicen cosas, y después no se atienen a su significado. En muchos lugares del mundo es así.
-¿Cómo explica la amistad y simpatía que le prodigan Kirchner y Hugo Chávez a Fidel Castro?
-Bueno, se trata de la necesidad de cultivar una relación en la que haya un poco de ideología semirromántica latinoamericanista.
-¿Qué piensa de la retórica setentista del Presidente?
-Mire: detrás de todas esas actitudes hay una convicción de que es necesaria una actitud nacionalista de ponerles límites a las actividades de los grupos empresariales privados e internacionales. Hay que negociar con ellos desde posiciones de cierto poder y no dejar que hagan cualquier cosa. Entonces, para eso hay que poner límites. Ahora, de ahí a tratarlos mal o pelearse con ellos, ya es un problema de orden psicológico. Yo pienso que se pueden hacer las mismas cosas con menos?
-¿Animosidad?
-La animosidad es algo que no interesa? Más bien diría con menos? expresión de animosidad. Y en cuanto a la actitud setentista, bueno, es sabido que el Presidente y su esposa estaban en la izquierda peronista en los años 70. Cuán intensamente, no lo sé. Aunque han evolucionado, siguen con cierta vinculación emocional con el pasado. Además, como dentro del entorno que los apoya hay bastante de eso, el Presidente tiene que atender a los grupos que lo apoyan.
-¿Cree que el Presidente respeta a esa otra mitad que no comparte sus ideas?
-Yo pienso que piensa más en una mitad de la población, pero es el costo del sistema electoral. Hay que resignarse a esto.
-En otro orden de cosas, se ha dicho que la televisión es la violación de las masas. ¿Está de acuerdo?
-Es una forma exagerada de hablar. Los medios de comunicación siempre privilegiaron al que los maneja con respecto al que los recibe, empezando con la Iglesia con respecto a los sermones.
-¿Puede explicar esa comparación?
-La Iglesia tiene privilegios que hacen que la gente esté obligada a escuchar los sermones? Pero por supuesto que se podría mejorar el nivel de la televisión. Tiene que haber competencia. Aunque la hay entre los canales locales y los internacionales. Yo haría que los canales locales no fueran vendibles al extranjero, y además creo que el Estado debería consolidar un medio como Canal 7 y hacerlo más cultural. Hay muy pocos que escuchan esas cosas, pero esos pocos son muy importantes.
-¿La inmensa minoría que se interesa por la cultura?
-Sí, y es una minoría importante y significativa, que es, un poco, la que desarrolla grandes valores culturales, aunque esos valores no sean prioritarios ni populares. En realidad, lo que no es prioritario es que el Gobierno se dedique mucho a eso, pero que haya un canal de televisión que se dedique a la cultura es distinto, así como es muy bueno que exista el Teatro Colón. Y está bien que el Gobierno gaste en eso, porque, además, el Colón no es sólo para los ricos, porque también están los que van al Paraíso.
-¿Volvería a la función pública?
-No. La verdad es que nunca quise ocupar un cargo público. Dos días antes del 25 de mayo, el vocero me llamó para convencerme. "Cristina te lo pide, el Presidente te lo pide..." Pero no me arrepiento de haber aceptado. Bueno, las dos primeras semanas las pasé enfermo, porque mi cuerpo no soportó la tensión. Y el mes siguiente lo pasé preocupado por una serie de cosas. Después me resigné y dije: "Bueno, vamos a hacer lo que se pueda con todo esto". Claro que con poca plata y con problemas, pero me adecué.
-¿Sus declaraciones escandalosas tuvieron una intención humorística, son fruto del escepticismo o un desahogo por cuestiones que lo perturban?
-Las cosas que decía no las decía para desahogarme ni por hacer lo que puede llamarse una bufonada? A mí me viene como algo natural decir cosas con humor, pero la gente muchas veces no me entiende.
-¿Por falta de humor?
-Sí. Mire? es bueno que la gente se empiece a avivar de algunas cuestiones? Hay gente que ya se ha dado cuenta, y no por mí, sino porque hay una evolución. La gente madura. Pero yo, de todos modos, estaba consciente de que hay cosas que puede decir un intelectual y que no las pueden decir el ministro de Justicia o el de Economía. Yo no es que diga cualquier cosa, pero a veces digo lo que pienso de una manera humorística, o a veces me paso de nivel, pero, bueno, eso siempre pasa? Pero dentro de un modelo, yo creo útil que el intelectual sea un individuo que se toma licencias poéticas. Pero los intelectuales no se toman esas licencias, tanto los que están en el Gobierno como los que están en la oposición. La seriedad es un desastre nacional.
-Cuando comparó a la Secretaría de Cultura con un circo, ¿lo hizo a conciencia?
-Yo dije en una entrevista que la Secretaría de Cultura era como un circo porque hay cuarenta instituciones que dependen de ella. Y están todos peleados entre sí, con problemas económicos y sindicales. En la misma Secretaría de Cultura, los personajes están todos peleados entre ellos. Y ésta es la realidad? Un tipo que dirige un circo tiene que estar dispuesto a tomar decisiones: a la pantera la pone en un lado y al mono en otro lado, y también hay que poner en su lugar al elefante, que cada tanto larga un poco de estiércol, y no está mal, porque es el costo de tener un circo. Un periodista me dijo: "¿Por qué hace esa comparación del circo?", y yo le contesté: "Cualquier organización a gran escala es así", y él me dijo: "¡Ah!, entonces el Gobierno es así", y yo le dije que sí, y que Kirchner era el dueño del circo. Bueno, al día siguiente, en el Diario Popular, en tamaño catástrofe, salió: "Di Tella dice que el Gobierno es un circo"... Pero yo no dije eso. Bueno, lo dije? pero no lo dije. Y ha ocurrido en más de un caso? Pero le repito: hay gente que no entiende.
Por Sebastián Dozo Moreno
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=769043
Por Osvaldo Bayer
¿Cuál es el verdadero fin de año?, se preguntaría un lector de estas tierras europeas hermosamente blancas de pura nieve. El lector alemán de estas comarcas mansas del Rhin leería primero en su diario: “Cierre de una iglesia; se convertirá en instituto de masajes”. Del alma al cuerpo. Ningún escritor exaltado de imaginaciones podría haber inventado esta realidad. Sí, la Iglesia Católica la ha vendido porque, primero, a ese templo ya no concurre nadie y, segundo, porque tiene graves problemas económicos. (No hace mucho, hablé de la venta de iglesias en Alemania y en todo el mundo. Ha proseguido esa tendencia. En la aldea de Linz, por ejemplo, de diez iglesias sólo siguen funcionando dos. No hay curas, no hay feligreses. Se calcula que en la próxima década van a cerrar 700 iglesias, casi todas en la zona del Norte de Renania y Westfalia, de mayoría católica. En la ciudad de Essen de un millón y medio de fieles quedan 940.000.) Pero la tapa de ese diario (General Anzeiger) trae como título “Mensaje de Navidad del papa Benedicto: ‘Os deseo a vosotros de todo corazón, que el cálido y comprensivo Dios os proteja siempre, os bendiga y os dé claridad’”.
Claro, el un poco confundido lector del mismo diario se preguntará –en voz muy baja, por las dudas– ¿por qué Dios de todo corazón, cálido y comprensivo Todopoderoso, permite que sus iglesias se conviertan de templos del alma en centros de masajes del cuerpo? Ya lo dijimos alguna vez: da pena que las iglesias se vendan y no se conviertan en grandes centros de debate de cómo hacer para buscar soluciones a los tremendos males que sufre el ser humano. El hambre, la muerte infantil, el desprecio que significa el hombre sin trabajo, los emigrantes que cruzan fronteras prohibidas para poder trabajar y mantener a sus familias, las guerras cada vez más feroces, la tortura ya oficializada. Ir solucionando esos problemas mediante el debate sería crear al verdadero Dios, el de la infinita bondad. No esperar el cielo para gozar porque no nos daría ninguna tranquilidad ni sosiego ver desde arriba cómo sufren los de abajo. Los intérpretes prácticos de la vida diaria señalaron que aquella vez se eligió al Papa polaco porque sólo un polaco era capaz de hacer caer el comunismo. Y sostienen que no se equivocaron los que aconsejaron eso ya que el verdadero artífice que le dio el empujón más fuerte al comunismo fue el papa Wojtyla. La pregunta de siempre es: bueno, sí, pero qué nos dejó ¿Bush? ¿Que ahora en Rusia haya multimillonarios que compran equipos de fútbol enteros? Pronto jugadores porteños formarán el “Moscú Fútbol Club” o el “Siberianos Unidos”. Ya hay “conversaciones” como suelen decir los cronistas deportivos.
Ahora se dijo que se eligió a un Papa alemán con el objetivo de entusiasmar a los católicos de este país para que vayan a misa los domingos y entonces Alemania podría volver a ser el país católico que más dinero da a la Santa Sede de Roma.
Se nos ocurre que las soluciones no son ésas. Es verdaderamente deplorable que la Iglesia no haya logrado ninguna de las metas que marcó Jesús. Pero que puede llegar a obtenerlas si aprende de la historia y no se encierra en cenáculos teológicos exclusivos o en estructuras donde lo único que vale es la voz de mando del Papa o del obispo.
La Iglesia Católica tiene que preguntarse, para detener esta silenciosa pero indiscutible pérdida de prosélitos, cómo, por ejemplo, la sociedad se fue reformando y tuvo que finalmente permitir como horario máximo para los obreros las sagradas ocho horas de trabajo. Las obtuvieron ellos saliendo a la calle con la protesta y el coraje, no yendo a rezar a la iglesia.
Quienes se dieron cuenta de que la Iglesia iba a perder si continuaba con el argumento de la infinita bondad de Dios o que hay que ser fiel a Él y solamente a Él y a su Madre Virgen, fueron los llamados curas del TercerMundo. Verdaderos mártires de la solidaridad, pero de la verdadera solidaridad, la de los hechos, el lograr justicia y vida aquí en la tierra. Y también hubo y hay obispos con el mismo pensamiento. Muchos fueron muertos por los militares, gendarmes y policías de siempre. La Iglesia oficial tendría que abrirse y todos los años recordar con grandes manifestaciones el día en que esos verdaderos Hijos del Pueblo fueron asesinados. No elegir encerrados y en secreto a un nuevo Papa sino que éstos sean elegidos en asambleas de los pueblos. Nos imaginamos qué pasaría si la Iglesia Católica argentina iniciara una marcha convocatoria a todos sus fieles, de peregrinaje a la Plaza de Mayo para exigir como principio fundamental de la democracia una vida digna para todos los niños argentinos invirtiendo en trabajo para todos los padres. Comedores infantiles en vez de más policías, sueldos dignos para los docentes en vez de militares. Me imagino Papas como Angelelli o De Nevares. No sólo hablaban sino que Hacían.
Cuando la Iglesia Católica tuvo a esos hijos naturales que fueron los de la Teología de la Liberación, tendría que haberse dado cuenta y pasar de la plegaria a la acción. Fue un aviso que respondió a las necesidades de la época y de su futuro. En vez de eso, retrocedió. No vamos a negar los buenos deseos y palabras del papa Wojtyla y hasta de Ratzinger, pero ahora falta llevar a la realidad esas palabras. La acción. Sí, no violenta, pero poner la cara y decir esto no va más. Se están muriendo todos los días de hambre niños en la Argentina, el país de las mieses de oro.
El obispo de Paderborn acaba de decir: “Nos dejamos fascinar más por la oscuridad que por la luz”. Bien, señor arzobispo, prenda entonces la lamparita: en vez de rezar a oscuras, salga a la calle a la luz del día e invite a su pueblo a salir a la calle: los diarios alemanes acaban de publicar que pese a los cinco millones de desocupados, las empresas anuncian nuevos despidos: Telekom cesanteará a 32.000 empleados; Opel, a 9000; Karstad-Quelle, a 5700; Walter Bau, a 3000; Deutsche Bank, a 1920; Agfa Foto, a 1700; IBM, a 1600; Ford, a 1300, etc. etc. etcétera.
Pero, ¿cómo? ¿No era que todo iba a quedar resuelto con el capitalismo? Es hora pues de que, sobre la base de las enseñanzas evangélicas, se busque la justicia deseada y se muestre una visión del cambio de la sociedad actual con el basta a todas las violencias, siempre iniciadas por el deseo de más poder.
Sí, la Iglesia perdió un hermoso tiempo y una magnífica oportunidad. Ayudar con toda su fuerza a resolver los problemas de violencia de las sociedades. Ayudar a construir el camino al paraíso en esta misma tierra. Esto me hace recordar la lección que le impartió un humildísimo curita capuchino argentino a aquel cardenal que supimos conseguir, monseñor Aramburu, obispo del orden establecido y sus castas. El curita se llama Antonio Puigjané. El cardenal le ordenó al curita retractarse porque había criticado a la dictadura militar de Videla. En vez de retractarse, el padre Puigjané le contestó que le iba a decir la verdad, toda la verdad. Y se lo dijo. Se explayó acerca de la conducta triste y colaboracionista de la Iglesia para con el régimen de desaparecedores de personas. Le escribió (textual): “La muerte que por miles fue sembrada entre lo mejor de nuestra juventud fue obra evidente de quienes vieron peligrar sus privilegios. No se dudó en usar los métodos represivos más monstruosos con tal de aniquilar todo lo que hubiera podido dar unidad y fuerza a nuestro pueblo. No se quiso aniquilar a la guerrilla (ello fue sólo una ocasión bien explotada) sino a un pueblo pobre que comenzaba a tener un poco de conciencia de su dignidad y de sus derechos. Una vez me fui a conversar con vos, obispo hermano, y tras larga charla me dijiste que todo lo que estaba haciendo yo a favor de las Madres era antievangélico”. Más adelante le expresa: “No te ha gustado que confesase, con dolor y vergüenza, que hemos sido cómplices, especialmente la jerarquía de la Iglesia, de los crímenes horrendos del proceso contra nuestro pueblo. Los familiares de desaparecidos nos creen muchísimo más culpables que a los mismos militares, a los hombres de la Iglesia, en especial a ustedes, los obispos. Ustedes, no se jugaron”. Y continúa: “Vos mismo, hermano obispo, al no recibir nunca a las Madres de Plaza de Mayo, al prohibir misas por los desaparecidos, al decir que muchos desaparecidos estaban paseando por Europa... ¿sabés cómo se frotaron las manos los desaparecedores?” Esto lo dijo el padre Antonio Puigjané, un cura del pueblo.
Con curas católicos como éste, la iglesia de los Redentoristas de Hennef, que hoy sirve a un instituto de masajes, y lleva el nombre de “Wellness oasis” (Oasis del sentirse bien), se llamaría “Comedor de niños, madres solteras y abuelos solitarios”.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-61145-2005-12-31.html
Es como si el mundo se detuviera hasta Reyes. Sólo entonces, junto con las sobras de la heladera, nos deshacemos de las expectativas festivas para volver a la rutina.
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Los primeros días del año traen una especie de bonus track. Nada empieza realmente hasta después de Reyes, y esos seis días son una cámara neutra antes de que se desvanezcan las expectativas y vuelva la rutina. Después del 6 de enero, como si despertaran, las cosas comienzan a moverse al ritmo de siempre. Las resoluciones de fin de año muestran su tenaz carácter de ideal inalcanzable, ya que el paso del 31 de diciembre al 1º de enero desgraciadamente no nos ha transformado.
Es tiempo de cambiar los regalos que no nos gustan, los libros o los CD repetidos, mirar las fotos sacadas con flash, esos pómulos brillantes bajo los ojos endurecidos por el fogonazo, esas sonrisas extranjeras en las caras que nunca sonríen así salvo en las fotos. Que, de todos modos, no muestran una escena completamente falsa porque, por suerte, la noche del 31 no nos peleamos con nadie, ni explotaron los rencores desvanecidos que, muchas veces, se destapan casi al unísono con la sidra.
La heladera es un museo de miniaturas enfriadas, endurecidas, que recorren el primer tramo de su proceso de descomposición. Allí todo lo que sobrevivió a los festejos desde Navidad a Año Nuevo, atenuados los colores y las texturas, está reducido a bocaditos o a medias porciones. Los platos de postre ofrecen una sintaxis de tarta, endivias marchitas, frutas secas, queso de cabra, pata de pollo y arrollado de bizcochuelo; el tomate relleno compite con la porción de ensalada rusa que ha comenzado a ennegrecerse y que se come esta noche o nunca. Amenazantes, ya que pueden convertirse en la causa de una intoxicación, los camarones con salsa golf piden que se los tire a la basura. Restos de vino, champán o sidra que han perdido sus burbujas, incluso media jarra de clericó o sangría donde los trozos de durazno flotan oscurecidos o se deshacen en filamentos, se alinean sobre la mesada, junto a una bolsa de pancitos saborizados, que habrá que comer tostado durante varios días, y usar esas servilletas de papel, decoradas con muérdago y globos rojos que, a medida que se alejan las fiestas, se vuelven cada vez más ridículas.
Cuando se examinan todas esas piezas del museo dedicado a las fiestas de fin de año, se reconoce que los sobrantes sólo pueden producirse en una economía hogareña de relativa abundancia, pero no de riqueza. La fantasía es que, en casa de los ricos, los sobrantes se evaporan y nadie está condenado a hacer croquetas de tarta de cebolla y escabeche de pescado, o pasar por la tarea ingrata de meterlos en una bolsa y tirarlos a la basura. En una novela sentimental inglesa del siglo XIX, las niñas de la casa habrían salido a repartirlos entre los pobres, algo tan humillante para ellas como para quienes los recibían, de todas maneras, agradecidos. A pocos se les ocurre la idea, que también se leía en una novela para adolescentes, esta vez norteamericana, donde cuatro hermanas sacrificaban sus regalos de Navidad y compraban comida para los pobres. La novela es Mujercitas y no creo que haya servido de modelo a sus miles de lectores, por lo menos en la Argentina.
Sin esa relativa abundancia que produce el sobrante no hay fiestas, porque el pequeño dispendio es signo de la excepcionalidad de estos días. La sensación de corte entre año nuevo y año viejo es más acentuada en los países del hemisferio sur donde sucede en los meses de verano y, para algunas profesiones, así como para todos los estudiantes, de vacaciones. Las ciudades están un poco más vacías, todo transcurre de modo un poco más silencioso en enero y estos primeros días, son los más vacíos y los más silenciosos. En el hemisferio Norte, aunque la furia consumidora alcanza intensidades que convierten a un shopping argentino en un club de ahorristas, el corte parece menos nítido, porque cae en el medio del año de trabajo. La abundancia hace que no se prescinda de una semana de vacaciones, pero las largas vacaciones, el calor, el fin de un período suceden en julio. De algún modo, en el hemisferio Norte, tienen una especie de doble fin de año. Hasta de esa ventaja disfrutan los países ricos.
Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv
La última sesión del año suele ser de balance; pero ya lo había hecho la semana anterior, por lo tanto, una vez más, no sabía muy bien de qué hablar en el consultorio.
¿Deseos para el año próximo? No. Salvo cuando uno está peor que lo habitual o mejor que nunca, año a año suele repetir más o menos los mismos. No quería aburrir a mi terapeuta reiterando los anhelos del año anterior.
¿Objetivos de cambio? Tampoco. Hace tiempo perdí las esperanzas de modificar lo que traigo de fábrica. ¿Para qué hacer reír a mi terapeuta contándole cómo, después de la cena del 31, comenzaré la dieta para volver a usar esa ropa que ya no me entra?
Sin embargo, cambiar es posible. De pronto recordé un informe aparecido en Clarín sobre los grupos de ayuda para hombres violentos gracias a los cuales más de 600 afectados ya fueron rehabilitados. Son talleres gratuitos, surgidos como parte del Programa de Prevención y Asistencia a la Violencia Familiar de la Dirección General de la Mujer del Gobierno porteño.
Ahondando en cada testimonio, encontramos historias terribles, familias arruinadas por maridos incapaces de dialogar. El 50% de los asistentes a los cursos llegan por decisión propia. El resto, derivado por la Justicia, la Policía, los hospitales u otros organismos oficiales.
Si bien la deserción es alta, el mejor resultado se obtiene entre aquellos que acuden a los talleres por su propia iniciativa, al tomar conciencia de los daños que les están causando a sus seres queridos.
Fue entonces cuando me surgió la idea: crear el Programa de Prevención y Asistencia a la Violencia y los Excesos Políticos de la Dirección Nacional del Ciudadano Común. También, como los otros, talleres gratuitos para presidentes, dirigentes políticos, gremialistas, jueces e incluso ñoquis de los tres poderes. ¿Acaso nuestros gobernantes, a lo largo de la historia, no mostraron muchos puntos en común con los hombres golpeadores?
Entusiasmado por mi hallazgo, traté de analizar algunas de las generalizaciones de los maridos violentos para poder compararlas con esos otros, los que tienen la misión de conducir los destinos del país y su gente. La semejanza acrecentó mi entusiasmo.
Los violentos tienden a desculpabilizarse y a depositar en el otro la responsabilidad de su furia. Dicho de otra manera, si un violento presentara un proyecto y éste no fuera aprobado no se le ocurriría pensar que tal vez el proyecto no es del todo bueno y debería modificarlo, sino que los otros en realidad sólo intentan perjudicarlo. Entonces, los atacaría con vehemencia.
Otra de las características es la tendencia a la justificación: el violento trata de fundamentar su actitud en algún episodio disparador y distorsiona la realidad para no sentirse culpable. Volvamos al ejemplo del violento que presentó el proyecto: frente a las críticas que podría recibir, antes de reflexionar sobre el fondo de las mismas, sostendría que quien lo critica, con anterioridad, no criticó otras cosas que eran condenables y desautorizaría las objeciones tachando a los que las formularon.
El violento también presenta una gran dificultad de contactarse con sus sentimientos y, por lo tanto, en lugar de hablar, actúa. La justificación del político, en ese caso sería "yo soy un hombre de acción".
A esas características se puede sumar una baja tolerancia a la frustración (algo que todos los políticos alguna vez demostraron), el sentirse jaqueado cuando lo contradicen o lo cuestionan (no hace falta hacer un gran ejercicio de memoria para encontrar ejemplos en los dirigentes) y una gran tendencia a los celos irracionales (como ocurre con los gobernantes que viven con el fantasma de ser traicionados).
Ya no tenía dudas: era una prioridad nacional iniciar el Programa de Prevención y Asistencia a la Violencia y los Excesos Políticos de la Dirección Nacional del Ciudadano Común. La única dificultad era encontrar políticos conscientes de su necesidad de asistir a esos talleres.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/31/z-04706.htm
Este año, en este suplemento se publicarán reportajes de distintas épocas a grandes personalidades argentinas. Un material de lectura ideal para los meses de enero y febrero.
“Cuando se supo que yo deseaba conversar con su majestad el rey de España, la gente me miraba como se mira a un loco.” El que habla es Juan José de Soiza Reilly, uno de los grandes cronistas del periodismo argentino, el año es 1909, y lo que encierra la frase es todo el espíritu de una época que ve cómo se modifica por primera vez una de las tradiciones más arraigadas de la historia: quienes hasta entonces cargaban con la obligación de escuchar, comienzan a ejercer la prerrogativa de preguntar. Estaba naciendo –entre otras cosas– la entrevista.
Al igual que los dos últimos años, dedicados a las grandes entrevistas literarias de la venerable revista The Paris Review, Verano/12, el suplemento de lectura que este diario entregará gratis a partir del martes y durante todo enero y febrero, estará dedicado en este caso a los grandes reportajes de la historia argentina, seleccionados y compilados por el historiador Luis Alberto Romero y la crítica literaria Sylvia Saítta (Los grandes reportajes de la historia argentina, Alfaguara). Al igual que las conversaciones del Paris Review, el criterio de selección les ha dado a las cuarenta entrevistas no sólo un valor individual, sino que traza un arco histórico dentro del terreno que intentan cubrir: de las primeras transcripciones encorsetadas por las formas, respuestas casi dictadas por el entrevistado (como las de Julio Roca, el primer candidato a presidente que en 1879 eligió a un enviado de El Independiente de Rosario para presentar su programa de gobierno) al roce ríspido e irreverente que inaugurarían Primera Plana y Confirmado en los ’60, cuando la entrevista depone la reverencia, se arremanga y se transforma –como dicen Saítta y Romero– en un arma eficaz para voltear ídolos (ahí está, sino, rescatado de las páginas de Confirmado, Miguel Briante entrevistando a Borges como prueba). En otras palabras: cada entrevista vale por sí misma pero también como pieza de una colección.
Tal como explican Romero y Saítta, el nacimiento y auge de las entrevistas, que comienza a mediados del siglo XIX, se debió fundamentalmente a dos motivos: el interés del público por las transcripciones de los procesos judiciales que comenzaban a llevarse a cabo y el nacimiento de los medios escritos tal como los conocemos hoy. Hacia fines de siglo XIX, los diarios y revistas nacionales empiezan a incorporar velozmente crónicas policiales, relatos deportivos, retratos costumbristas y reportajes, que son los que aún más velozmente se convierten en las vedettes del periodismo: el público accede, a través de los ojos y la pluma de los cronistas, a personalidades nacionales o internacionales que hasta entonces resultaban tan enigmáticas como un rey. La selección que este año ofrece Verano/12 es una buena prueba del privilegiado lugar que ocupa dentro del mapa intelectual de este país, ya sea registrando con perspicacia el mundo del espectáculo (Julio De Caro, Hugo del Carril, una novata estrella llamada Eva Perón lejos de los balcones y sentada al piano, Luis Sandrini, Abel Santa Cruz); con nervio las tensiones de la política (de la plataforma de Roca al diálogo con Félix Uriburu, Frondizi casi anunciando el golpe del ’66, Cámpora en el ’72 escondiendo el inminente retorno de Perón); debatiendo la figura del intelectual o artista comprometido (Arturo Jauretche, Rodolfo Walsh entrevistado por Ricardo Piglia, Julio Cortázar entrevistado por Osvaldo Soriano, Antonio Berni explicando lo que significa La Boca), o sacando a la luz los pliegues del pensamiento artístico (Borges, Victoria Ocampo, Mujica Lainez, Antonio Di Benedetto). En todas y cada una de estas entrevistas se combina eso que Soiza Reilly consideraba lo ideal en un reportaje: las palabras sabias o las cosas inteligentes del entrevistado y la mirada silenciosa del entrevistador, ese “psicólogo que espía” siempre dispuesto a atrapar eso que alguien no quiere decir y otro quiere escuchar.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/espectaculos/2-1424-2005-12-31.html
La antropóloga alemana destaca la importancia de invertir en cultura
BERLIN.– La antropóloga alemana Barbara Göbel sostiene que la defensa del patrimonio cultural es vital no sólo para la cultura, sino también para la economía de las naciones. Quien monopoliza la información –no sólo la científica y tecnológica, sino también la cultural– concentra el poder y es importante que los países, a pesar de las crisis que puedan sufrir, no dejen escapar, por falta de inversión, los bienes que enriquecieron su patrimonio a lo largo del tiempo.
Nombrada recientemente al frente del Instituto Iberoamericano de Berlín (IAI), que acaba de cumplir 75 años, Göbel se propone, en su gestión, conectar la experiencia científica que tiene en materia de problemas ambientales con las temáticas culturales que caracterizan a la institución alemana.
Con su monumental colección de 830.000 libros, un importante número de ejemplares únicos y un ritmo de incorporación de alrededor de 17 .000 libros por año (entre ellos, adquisiciones regulares en la Argentina, como el legado de Roberto Arlt, la colección completa del periódico Argentinisches Tageblatt y otras valiosas colecciones, en estos últimos tiempos), el IAI está considerada la mayor biblioteca de Europa especializada en temas iberoamericanos. Es uno de los más relevantes centros de investigación en la materia. Barbara Göbel nació en la ciudad alemana de Essen y emigró a la Argentina a los diez años. Allí cursó sus estudios primarios y secundarios. Se siente orgullosa de esa doble raíz cultural que ha marcado su vida y que la ha llevado a abrazar la antropología, declaró a la prensa cuando asumió la dirección del IAI.
Sus especialidades son las dinámicas de la relación hombre-medio ambiente, la percepción y el manejo de riesgos desde una perspectiva intercultural y la globalización económica, social y cultural.
En esta charla con LA NACION, la antropóloga alemana responde sobre el valor de la información, las desigualdades para acceder a ella y las consecuencias del vaciamiento de patrimonios culturales y científicos de los países menos poderosos.
-¿Se discute en ámbitos científicos el problema del almacenamiento de información?
-Es una de las grandes discusiones en el nivel internacional, porque somos una sociedad de información. En ese sentido, existen dificultades para organizar la información, archivarla y mantenerla. Están, por ejemplo, los proyectos de Google y de Bill Gates para digitalizar el patrimonio de libros de la humanidad en una biblioteca universal, ambos con más posibilidades económicas que cualquier biblioteca nacional. Este es un proceso complicado, porque no solamente implica la comercialización de patrimonios culturales que son bienes públicos y, como tales, no deberían ser exclusivos, sino también la pérdida de diversidad. Si uno mira cómo se desarrollan las bibliotecas, ve que éstas reflejan modas científicas y culturales, pero también estrategias en la manera de organizar archivos.
-¿Qué representa la acumulación de información?
-Hay una pregunta básica detrás de eso y es la de qué es un bien público. Tenemos esa discusión en los ámbitos del medio ambiente y de la cultura, porque en el medio ambiente, por ejemplo, con el cambio ambiental global, nos estamos dando cuenta de que los problemas de otros son cada vez más los problemas nuestros.
-Concentrar la información y disponer del acceso a ella, ¿cómo se traduce en términos de poder?
-Hay una preocupación creciente por monopolizar la información y disminuir la diversidad. Esto está vinculado con el proceso de globalización. Hemos tenido varias faces de globalización en la historia, pero en ningún otro momento el mundo ha estado interconectado de una manera tan clara y compleja como en estas últimas décadas. Por otra parte, la globalización llevó al peso de los factores económicos hasta un punto desconocido. De modo que estamos ahora frente a la posibilidad de monopolizar información si podemos monopolizar los capitales de dinero.
-¿Qué implica esa desigualdad?
-Que el que tiene más dinero puede comprar información, no solamente dirigida a las actividades económicas sino también a las culturales y, sobre todo, a las científicas. De hecho es una competencia desigual, pero hay que reconocer las desigualdades del poder.
-¿Cuál es el futuro de las instituciones públicas en esa carrera por el monopolio?
-Se trata, sin duda, de un reto para las entidades públicas, porque si comparamos presupuestos, no son los Estados sino las multinacionales las que disponen de un presupuesto mucho mayor que el de cualquier país del mundo, incluso Alemania, Estados Unidos y Japón, por nombrar a las potencias más fuertes.
-Los países menos poderosos, ¿corren el riesgo de perder sus patrimonios y tener que recurrir a esos archivos monopolizados para estudiar, por ejemplo, su propia historia?
-Para el IAI esta discusión es fundamental, porque tenemos muchas colecciones que en los países latinoamericanos no existen y que constituyen patrimonio de la humanidad. Por eso debemos posicionarnos en el tema y una de las grandes preguntas es cómo hacemos para que ellas sean más accesibles. Una respuesta es posibilitar que los investigadores puedan venir a Berlín; otra, digitalizar nuestros archivos de información; una tercera, que es la única viable a largo plazo para instituciones públicas, es la cooperación institucional e intercambio de información, y una cuarta estrategia es la del reconocimiento público del valor de los bienes culturales.
-¿En quién recae la responsabilidad de ese reconocimiento?
-En principio, diría que hay un gran desconocimiento de la importancia que esto tiene, incluso para cooperaciones económicas. Hay una discusión, muy importante para América latina, que es la disminución de la importancia del Estado, que ha sido siempre el que garantizó estos bienes públicos, a través de bibliotecas, universidades, etcétera. En el siglo XIX fueron las clases burguesas las que realizaron este reconocimiento. En la Argentina, fue tradicionalmente la clase media la que invirtió en esos valores. Hoy en día, la Argentina es un buen ejemplo para ver cómo disminuyó la importancia de los valores culturales y la producción científica, porque produjo casi la destrucción de su clase media en los últimos diez años.
-¿Cómo encontrar una solución?
-En países con situaciones difíciles, tanto social como económicamente, o durante un momento de ajuste, es complicado invertir en proyectos de educación e investigación a largo plazo cuando las urgencias son tan evidentes. Sin embargo, para la sustentabilidad de una sociedad es inevitable invertir en bienes que permitan desarrollar raíces de identidad.
-¿La Argentina está en esa situación?
-Después de la última gran crisis de 2001 hubo un desfase institucional muy fuerte. Fue el shock más importante, en mi opinión, más allá de lo financiero. Con la crisis se desmoronaron bases institucionales consideradas estables, como las universidades, entre otras. En ese marco, hay una dificultad muy grande de mantener lo no visible. Mantener una biblioteca es una inversión no visible, o, digámoslo de otra manera, se hace visible sólo cuando ya no se mantiene más, cuando los libros están destruidos y no hay más acceso a la información. Esa inversión, realizada tradicionalmente a partir de su clase media, ya no es posible porque la gente debe optar por el destino de la inversión. La Argentina sigue teniendo, sin embargo, una vida cultural y una producción científica importantes, pero necesita un complemento institucional. El punto está en no cansarse de insistir.
-Volviendo al tema de los patrimonios, ¿existe para ciertos países un peligro concreto de vaciamiento?
-De hecho, es lo que está ocurriendo. Hoy en día, una de las mayores exportaciones de la Argentina es su patrimonio cultural. Se están vendiendo piezas arqueológicas, huesos de dinosaurios, material paleontológico, material histórico, documentos, libros antiguos, conocimientos culturales, etcétera, desde hace varios años. Por eso es que, frente al creciente proceso de globalización, resulta tan importante la necesidad de mantener los archivos de diversidad cultural, y con esto me refiero también a la diversidad de conocimiento y producción científica. Es esencial crear alianzas de instituciones públicas. Ellas nunca disponen del dinero que tiene una multinacional. Además, no se trata sólo de la posibilidad de conseguir los fondos, sino también de la capacidad de un financiamiento rápido.
-¿Se produce algún tipo de planteo ético en las instituciones y empresas que adquieren esos legados en condiciones de desigualdad?
-Ese planteo, en todo caso, está en el que maneja las decisiones. Hablando de la Argentina, es un hecho muy conocido que durante la época nazi los inmigrantes judíos tenían que pagar su entrada al país con obras de arte. Gran cantidad de la difusión de arte europeo en la Argentina se debe a esas "fuentes forzadas". Me refiero a capitales valiosos, como cuadros y joyas. Si uno pregunta por la historia de ciertos cuadros europeos, muchos tienen ese origen. De modo que no hay una regla ética general, en el sentido de que no hay tampoco sanciones aceptadas.
-¿Falta legislación?
-Se puede tener una legislación. Incluso ya hay ciertas legislaciones provinciales, pero mientras no existan los fondos para controlar su cumplimiento, de nada sirve. Algo similar sucede en el orden internacional, donde no hay una corte a la cual apelar. Los museos hacen intercambios de listas de piezas robadas y exportadas ilegalmente. Otro problema es que la mayoría de los coleccionistas que compran esas piezas arqueológicas no las exponen, sino que las guardan en su casa y allí se quedan.
-¿Cómo es la situación de los libros?
-En cuanto a ellos, el tema es aún más complicado, porque de por medio están los derechos de autor. Se pueden vender los libros, pero, ¿a partir de qué momento un libro se convierte en algo invendible, en un patrimonio de la humanidad? Seguramente, la primera Biblia de Gutenberg es un caso claro. Pero pongamos el ejemplo del "Martín Fierro" ¿Hay una ley que lo proteja? No lo creo. El primer ejemplar de la Constitución argentina probablemente esté protegido, pero hay muchas otras obras que tienen importancia para la historia y no lo están.
Por Cecilia Scalisi
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=768098
Por Jack Fuchs
Hay hechos del pasado que siguen repercutiendo en mi presente. La mención de determinados conceptos automáticamente me remite a ese pasado y es allí donde no puedo funcionar con la lógica del que usa esos conceptos en otro contexto.
Eso me ocurre con los porcentajes. Cuando se los menciona, enseguida me trae el recuerdo de los números clausus, que se aplicaban en Polonia entre las dos guerras mundiales, donde un l0 por ciento de la población era judía y sólo podía entrar a la universidad un número limitado de ellos. En ese tiempo, en el seno de los partidos Socialista y Comunista había un 60 por ciento de judíos y eso era utilizado como un argumento antisemita. La víctima muchas veces se mimetiza con el victimario y termina usando argumentos de éste. En las Leyes de Nuremberg, durante el nazismo, se ponía mucho énfasis en distinguir quién era judío, medio judío o un cuarto de judío. Lo mismo ocurría con los gitanos y con otras minorías. Para todo había porcentajes y eso no era una simple nomenclatura, sino que implicó, finalmente, la muerte.
Un joven nacido en Argentina, de familia italiana, con pasaporte italiano y argentino, desaparecido durante la última dictadura, ¿cómo debe figurar en la lista de desaparecidos: como italiano, como argentino y, si eventualmente es de origen judío, como judío?
Destacar, ante un hecho tan trágico como lo fue la desaparición de personas durante la última dictadura militar, que un determinado porcentaje pertenece a tal o cual etnia, no debería cambiar el dolor colectivo.
Los torturadores pueden mostrar su racismo, junto con su crueldad, pero lo fundamental es su accionar colectivo y el daño que hacen a la sociedad en su conjunto sin distinciones. Me pregunto por qué los insultos zurdo de mierda, bolche de mierda, judío de mierda tienen un impacto tan diferente en nosotros. Probablemente es por el trágico pasado de nuestro pueblo.
En ocasión de ser invitado a una mesa redonda por la asociación Abuelas de Plaza de Mayo, a comienzos del presente año, recibí un libro Psicoanálisis: restitución, apropiación filiación, del cual quiero citar un párrafo, perteneciente a un trabajo de Pilar Calveiro Garrido: “En la sociedad, como en los campos, no existieron héroes ni ‘inocentes’. Todos articularon extrañas combinaciones de la obediencia y la rebelión. Nada quedó blanco o negro sino que adquirió raras tonalidades. Por eso no tiene sentido rescatar a las ‘víctimas inocentes’; todas lo fueron. Ninguna merecía la anulación de su ser, la tortura y la oscura muerte de ser arrojado desde un avión sin dejar rastro de sí”.
Al hablar de porcentajes, se disminuye el horror de la masacre, se pierde de vista que se trata de seres humanos de carne y hueso. Qué importa y quién decide si son o no judíos, o de otra minoría. La certeza en la designación me remite de nuevo al universo nazi. Ellos “sabían” quién era judío, medio judío o un cuarto judío. Esta reminiscencia hace que me dañe el oír hablar de porcentajes. Si la madre de alguien desaparecido es Rodríguez y el padre Goldberg, o viceversa, ¿quién decide si es judío o no? Me resulta difícil hacer entender a quienes no han vivido mi experiencia el rechazo que tengo al oír hablar de porcentajes y que haya quienes deciden quién es o quién no es judío.
Me importa que se entiendan los motivos íntimos de mi reacción, a veces ofuscada, intolerante, pero que toca sentimientos muy profundos de mí. Todavía, a los 8l años, debo aprender a aceptar a los que no me comprenden. Pido también que se me acepte tal como me manifiesto.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-60955-2005-12-26.html
Según la tradición familiar, el arbolito y el pesebre se armaban con más entusiasmo que medios... Valía todo: hasta nieve de algodón y cocodrilos de plástico en el nacimiento.
BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
El año pasado, un vecino, cuyo departamento está a la misma altura que el mío, calle de por medio, armó su altar navideño en el balcón. Desde la baranda, y también formando un techo inclinado hacia la ventana de su living, colgó centenares de lamparitas de colores que se encendían y se apagaban con una intermitencia exasperante, desde el atardecer hasta el primer sol del día siguiente. Si alguien se sentaba en el balcón, de mi lado de la calle, debía estar dispuesto a renunciar a que la oscuridad acompañara la noche de verano, ya que las guirnaldas luminosas y palpitantes despedían rayos de colores a la altura de sus ojos. Quien realizó la instalación seguramente admiraba ese efecto, porque para lograrlo había anulado el uso de su propio balcón. El sacrificio era recompensado por la espectacularidad indiscreta del artefacto luminoso al que otros deseaban ver apagado, aunque sólo fuera durante algunas horas piadosas. Todo el altar eléctrico me recuerda algunas de las decoraciones que los chicos, hace varias décadas, preparábamos para las fiestas. En comedores donde la mesa se arrinconaba frente al aparador y las paredes exhibían algunos cuadros de paisajes, se elegía un rincón, que debía ser previamente despejado de la silla que lo ocupaba habitualmente, para el pesebre, sobre el cual, en vertical (o sea que no requería más espacio) vigilaba el árbol decorado.
Cada vez que se pasaba por ese ángulo de la mesa, el pesebre corría el riesgo de recibir un pisotón que hiciera trizas el lago armado con un espejo, representando un frescor acuático inverosímil en la zona donde había nacido el niño dios que estaba metido debajo del techo de un establo diminuto, donde el bebé parecía gigantesco, sus padres, enanos, y la vaca que lo miraba, un tributo de la generosa pampa ganadera a la tierra palestina. Al pesebre podía agregarse cualquier aporte en figuras animales o humanas: cocodrilos o patos, figuritas de plástico y, sobre todo, algo barato: nieve representada por pedacitos de algodón. La regla era no superar el espacio asignado, pero dentro de él reinaba la imaginación y la síntesis de todas las geografías. El pesebre era ecuménico, como el de los pintores del Renacimiento.
El árbol de navidad dependía de lo que no se hubiera roto el año anterior. A lo largo de mi infancia, vi cómo disminuía el número de globos metalizados y raleaban los brillos de las estrellas y guirnaldas que envejecían al mismo ritmo en que los chicos crecíamos. Siempre se compraba algo nuevo, pero sin la esperanza de que el árbol llegara a cubrirse tal como lo mostraban las ilustraciones de los libros o las películas norteamericanas.
También se fabricaban algunos adornos caseros, marcados por ese mal gusto conmovedor que acompaña casi siempre a las manualidades. La noche del 24 reclamaba una decoración que debía extenderse desde la entrada hasta el comedor. Tendíamos a solucionarla con guirnaldas de papel crepé, y con cadenas cuyos eslabones provenían de las tapas satinadas de las revistas de historietas o los figurines. Todo pertenecía a la improvisada artesanía hogareña y el único cuidado que había que tener era no descascarar la pintura cuando se clavaban las guirnaldas a las paredes. Nadie estaba completamente contento con el efecto, pero, al mismo tiempo, se sentía el orgullo de haber armado la decoración; algo así como empeñarse en amasar pan dulce casero, cuando el de la confitería era mucho más rico.
Hubiera sido posible comprar dos docenas de globos metalizados o una guirnalda de luces intermitentes, pero un acuerdo tácito volvía aceptables las velitas que se adosaban al árbol con unas pinzas diminutas y jamás se encendían. Un compromiso tácito establecía que lo que se ahorraba en adornos podía invertirse en regalos cuya distribución se difería hasta Reyes. La evocación no pertenece al festejo de una familia pobre. Se inscribe, en cambio, en un horizonte cultural donde el capricho estaba sometido a una especie
de disciplina. No se trata de un imposible modelo sino, simplemente, de una reconstrucción histórica.
http://www.clarin.com/diario/2005/12/24/sociedad/s-01113125.htm
Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv
Pensando en la cena de Nochebuena, decidí ir caminando a terapia.
Claro, el consultorio queda a unas 20 cuadras de casa; de estar ubicado en Luján podría consumir, aunque sea, las calorías del vitel toné.
Sobre el último tramo de la caminata lenta, porque una cosa es quemar grasas y otra muy distinta fatigarse, sentí un poco de hambre. Se me fue la mano en el esfuerzo y me estoy consumiendo, pensé. De todas maneras, cerré los ojos y seguí de largo ante cada escaparate proponiendo garrapiñadas, pan dulce o almendras recubiertas en chocolate porque, ya se sabe, las vidrieras de las confiterías son el cabaret de los golosos.
Por fin llegué al consultorio de mi analista. Toqué timbre y mientras esperaba recorrí con las manos mi cintura para comprobar si ya se notaba la pérdida de peso. La puerta se abrió sin darme tiempo a decepcionarme. Entré, me recosté en el diván y recién allí tomé conciencia de lo poco claro que tenía el sentido de mi presencia.
No sé, doctor —dije mientras intentaba observar su reacción— para qué vengo.
Por supuesto —respondió provocador—, lo noté desde el primer día. No importa, estamos llegando a fin de año, tiempo de balance. Tal vez lo ayude preguntarse si fue un buen año, si se cumplieron sus expectativas en lo afectivo, en lo laboral, en lo...
Claro —interrumpí—, como dicen en los brindis, ¿vio que nunca falta un tío que levanta la copa y pide "salud, dinero y amor" o "felicidad, salud y plata"? Siempre me pareció un poco egoísta, por eso me gusta mucho más la variante "pan, paz y trabajo". Si la sociedad logró esas tres cosas, fue un buen año.
Ahora hay un brindis nuevo —recordó mi terapeuta—. El que lanzó el presidente Kirchner en Showmatch, el programa de Marcelo Tinelli: "Fuerza, trabajo, humildad y mucha entrega para hacer un país distinto".
Emotivo, pensé, aunque en un ámbito no muy conciliador: participando en un scketch que incluía una humillación al ex presidente Fernando de la Rúa. Quizás se lo merece, pero resulta extraño que sea un jefe de Estado quien lo haga.
También resultaba raro ver en la misma escena a la ministra de Economía, Felisa Miceli, y al jefe de Gabinete, Alberto Fernández.
Mientras tanto, otro Fernández, el ministro del Interior, planteaba que "la oposición no quiere que el Gobierno gobierne". Aludía a la negativa del ARI, la UCR y otros partidos a dar quórum en Diputados para tratar la Ley de Emergencia Económica. Ley que de todas maneras se aprobó sin que muchos se expliquen cómo de 128 diputados presentes, el tablero electrónico saltó a 130, sin necesidad de que ingresara nadie al recinto. En honor a la verdad, no se puede acusar al kirchnerismo de haber utilizado, como en otros tiempos, diputruchos para lograr quórum. A lo sumo, el único trucho fue el tablero electrónico del que no se conoce filiación.
Bien —dijo mi analista—. ¿Cree que fue un buen año?
Sé que esperaba una respuesta inmediata; sin embargo no pude gratificarlo. Repasé algunos números tratando de dar una respuesta positiva: para estas Fiestas se registró un turismo récord a pesar de los aumentos de tarifas. Es optimista, salvo que nos detengamos en los incrementos de las tarifas.
Un censo encargado por el Gobierno de la Ciudad registró 1.412 personas viviendo en la calle. Es desalentadora, pero un 20 por ciento inferior al año anterior. Por otro lado se registra un gran incremento en la inversión en materia educativa, noticia alentadora por donde se la mire, y un superávit de 19 mil millones, más de lo pautado para todo 2005 en la balanza comercial.
Bien —concluí después de pensar todo esto—, creo que fue un buen año.
Por eso me parece que vale reforzar el brindis del Presidente y para el 2006, a la "fuerza, trabajo, humildad, mucha entrega" que propuso, agregarle "tolerancia, autocrítica y espíritu democrático, para hacer un país distinto".
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/24/z-04906.htm
María Elena Walsh tiene, en cambio, poca fe en la política
María Elena Walsh no quiere opinar de política. A esa decisión de no agregar leña al fuego se debe su tardía aparición en esta serie. Acepta el pedido de entrevista después de mucho tiempo, con la condición de que no se le pregunte abiertamente qué piensa del actual gobierno, o del 45, o de la Revolución Libertadora, por ejemplo. Pero –¡ay!– la política sabe cómo meter la cola y en el transcurso de la conversación la hará decir, casi sin quererlo: “Todos tenemos muchas razones para ser escépticos”. Sin embargo, se identifica con la acción de las Madres del Dolor y anuncia que, por su capacidad de reacción y su creatividad, tiene esperanza en toda la sociedad civil.
Invitada a escribir un artículo para la página de Notas, actualmente a cargo de este redactor, bromea con la idea de enviar una página en blanco con su firma, y luego se pregunta, con el mismo aire juguetón, si no habrá lectores que piensen que María Elena Walsh ha estado demasiado contundente, que tal vez se le ha ido un poco la mano.
Lo diga expresamente o no, está escéptica acerca de cómo van, en general, las cosas, aunque acepta que existen, aquí y allá, algunas señales alentadoras. Mientras tanto, lleva una vida muy activa, enriquecida con su arte, con sus viajes y sus lecturas.
Lee en este momento "Hombre lento", del premio Nobel J. M. Coetzee, y lo encuentra interesante, pero demasiado sombrío y extraño, lejos de la altura de la que considera la mejor novela del escritor sudafricano, "Desgracia".
Hay otra fuente de placer gráfico para María Elena en estos días: las caricaturas y los chistes (políticos y de los otros) que aparecen en los grandes diarios. Se pregunta por qué hay tantos y tan buenos humoristas en un país del que se diría que el mal humor se ha adueñado. Aunque no quiere hacer nombres de dibujantes nacionales, admite que disfruta especialmente de una tira norteamericana que publica LA NACION, "Lola", de Dickenson y Clark, en la que una viejita transgresora ve transcurrir la vida desde el banco de la plaza con un espíritu mordaz, rebelde y juvenil con el que, inevitablemente, tiende a sentirse identificada.
-Por momentos, parece que mejora. Por momentos, que se agrava. ¿Cómo ve usted el humor de la sociedad argentina hoy?
-Y, sí, la sociedad nuestra, inserta en el mundo, en nuestro planeta, es un poco de todo y pasa por altibajos muy fuertes. Por eso creo que en esos ataques de mal humor que nos dan de vez en cuando tenemos que tratar de encontrar la contrafigura. Por ejemplo, una parte no muy considerada de nuestra vida cultural es la cantidad de humor gráfico que hay en nuestros diarios. Yo no conozco un diario extranjero con tanto chiste, con tanta rapidez para tomar con humor la actualidad, los personajes de la política y de la vida. Eso, más que risa, me da una especie de luz, de felicidad. Que eso exista, y en esa cantidad.
-¿Eso refleja para usted alguna característica de nuestro pueblo?
-Refleja talento. Mucho talento. Y una capacidad de reírse, de no tomar tan en serio todas las cosas.
-¿Qué humoristas prefiere?
-Me parece que no hace falta dar nombres. Estoy hablando de los estupendos dibujantes de los dos grandes diarios, de LA NACION y de Clarín.
-¿No le parece que, sin embargo, los humoristas gráficos trabajan sobre supuestos pesimistas, como que todos los políticos son corruptos o que la inflación va a ser incontenible? ¿No son espejo de un punto de vista escéptico?
-Sí. Es el nuestro. Creo que es el de las mayorías, y no sólo en nuestro país. Tenemos muchas razones para ser escépticos. Los humoristas presentan algo muy cierto. Nos dicen: "Van a bajar los precios". "Je, je", decimos. Todos. Creemos que los van a rebajar a la noche y aumentar a la mañana.
-Ese es el chiste...
-Es que la vida nos enseñó. Tenemos unos años y sabemos que siempre nos tomaron el pelo con distintos temas. Todos tenemos ese fondo de desconfianza.
-¿No habrá cierto regodeo en ese declararse siempre ante una "crisis terminal", como se calificaba a la de 2001?
-Pero es que así parecía, como si hubiéramos tenido que bajar la cortina. Así lo vivimos. No sé si terminal. Tengo la sospecha de que no terminábamos ahí, pero fue un fondo bastante siniestro y confiscatorio, como lo sigue siendo. Hoy hay una carta en LA NACION de un señor que dice: nos están confiscando el cincuenta por ciento de los que tenemos la suerte de tener algo. De eso no salimos del todo.
-El humor sería una manera de escaparle a la desilusión, entonces.
-No sé si uno escapa o lo ve de otra manera y aprende a reírse de uno mismo. Por ejemplo, yo aprendo mucho con esa historieta de Lola, porque es la tercera edad mostrada de la manera más maravillosa. No hay más remedio que reírse de todos los problemas que uno tiene. Yo no quiero tener más ilusiones. Aunque quisiera, no podría.
-¿No podría tener ilusiones, pero sí esperanzas?
-Van parejas, ¿eh? Para mí van bastante parejas. Esperanzas sí, porque si como pueblo hemos sobrevivido, muchos, a tanta catástrofe, quiere decir que somos bastante más fuertes de lo que creemos. En ese sentido, las esperanzas no las pierdo, sobre todo, ahora, cuando hay muchas manifestaciones públicas, populares, que salen de abajo, que no salen de sindicatos, no son políticas. Se trata de reclamos de justicia, de seguridad. Y para eso hay que ser muy fuerte. Que te hayan castigado y puedas salir a la calle a pedir justicia... otro orden de cosas. Eso, para mí, es importante. Es peligroso para los gobiernos...
-¿Alude a movimientos como las Madres del Dolor?
-Sí, estoy con las Madres del Dolor. Con ellas soy totalmente solidaria.
-¿Y los cartoneros, los piqueteros, pueden transformarse en fenómenos más interesantes?
-En general, tengo esperanza en toda la sociedad civil, que se va reconstruyendo de a poco. Pero me parece a mí, perdón por esta frase, que a los pobres los fabrican los Estados. Creo que con imaginación y con real autoridad no tiene por qué haberlos en esta medida. Pero mientras se trate de solucionar el problema de la pobreza con dádivas, va a seguir existiendo. Que de ahí surja otra cosa es posible. Ahora no lo creo. Podría ser con el tiempo.
-¿No le ve solución por el momento?
-No. No tengo ilusión ni esperanza, por el momento.
-¿Hay un poco de moda o de esquizofrenia en nuestra sed de cultura? La misma persona que la noche anterior fue al teatro o a la ópera le arroja a uno el auto encima a la mañana siguiente... ¿Dónde va toda esa cultura que se consume ávidamente?
-Es cierto: no va a normas de convivencia, desde ya. Una buena parte va a alimentar un gran narcisismo. El maltrato existe en todas partes. Con todo, no es malo que la gente tenga ganas de ver, de escuchar. Realmente, no hay un lugar vacío. Nunca ha habido tal cantidad de recitales, de ciclos de cine. Eso hay que interpretarlo como algo bueno.
-¿Nos falta sentarnos a pensar, a elaborar eso que vemos?
-Sí, a elaborarlo y a tener más noción del otro, que no se tiene. El otro es algo que pasa por delante, que se atropella y se maltrata. Ojo: no siempre. Yo noto una gran diferencia en la nueva generación, que es menos maltratante que las anteriores. Estos jóvenes que trabajan en los negocios, en los bares, me parece que son, en general, más amables, que tienen otro tono, que nadie les enseñó a prepotear. Y a veces si te tratan mal es porque les falta autoridad, les falta un jefe que les dé normas.
-En general, ¿declina el sentido de autoridad, ya sea paterna u oficial? ¿Se cede autoridad por miedo a ser considerado autoritario?
-Autoridad es una palabra muy clarita. No es autoritarismo, ni palizas, ni tiros. Es tener el papel que a uno le corresponde en la vida: de padre, de madre, de jefe, para poner las cosas en su lugar. No sé cómo se pueden confundir las dos cosas.
-¿Esa confusión se refleja en la vida social, cuando al transeúnte le cortan una calle o un puente y parece haber cierto pudor en decir: la protesta está muy bien, los motivos son legítimos, pero déjeme pasar..?
-Hay miedo de manifestarse. Hay miedo de decir: me parece un disparate que corten las vías o que hagan estas huelgas salvajes, como la que hubo entre los aeronavegantes, que fue un espanto. Me parece que todo eso es político, y no por una causa justa. Cuando es espontáneo, como en el caso de esta gente que cortó las vías porque, bueno, están violando chicos, se entiende un poco más. Pero tampoco lo justifico. Alguien tiene que impedirles que corten las vías. Pero no nos ponemos en contra porque, si no, somos unos conservetas, somos de derecha, unos represores... Pero lo que no está bien no está bien. Lo que atenta contra el otro no está bien.
-Las mujeres parecen estar ganando posiciones, no sólo en la Argentina, sino en el mundo: candidatas a presidentas, ministras de Defensa...
-Sí, bueno, pero el ejemplo para imitar es el del señor Rodríguez Zapatero. La mitad de su gabinete son mujeres. El cincuenta por ciento. Ya desde ahí la cosa es muy distinta que poner a una señora porque es la mujer de no sé quién o porque es correligionaria de no sé qué otro. Lo de Rodríguez Zapatero es muy distinto. Que sus ministras resulten buenas o malas es otra historia. Pueden ser tan malas como los hombres. Pero socialmente es un acto de justicia.
-Tal vez sean señales que indiquen que, después de todo, el mundo está mejorando...
-No, el mundo es una basura. ¿Qué me cuenta? Yo quiero cambiar de planeta urgentemente. Cuando hablamos de nuestros males, tenemos que saber que no somos una isla, ni mucho menos. El mundo está patas arriba, difícil, cada vez con diferencias sociales más grandes. ¿No conoce, por casualidad, otro planeta?
Por Hugo Caligaris
De la Redacción de LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=767493
Por Sandra Russo
Lo difícil de la Navidad es que hay una Navidad. Para los agnósticos, ateos o creyentes heterodoxos, eso es lo difícil. La Navidad sería más fácil si no existiera. Debe ser más ligero –supone uno– rendirse ante la liturgia navideña si uno está salpicado de un poco de espíritu religioso, o por lo menos si se es mujer y se es lectora de Para Ti y se usa el tiempo en prepararse para “una noche de Fiesta”. Pero para aquellos a quienes no nos ha sido concedida la gracia de la fe ni el descanso de la estupidez, la Navidad concentra un núcleo duro de emociones habitualmente dispersas.
Es imposible ignorar la Navidad cuando llega la Navidad, y debe ser, pienso ahora, porque en el fondo todos la llevamos clavada en los recuerdos, la soportamos superpuesta a otras fotografías, anhelamos la Navidad perfecta con tanto pudor que no lo confesamos, nos volvemos más vulnerables, no sabemos a qué se debe la melanco, alardeamos de indiferencia, nos miramos al espejo, palpamos que algo nos falta, extrañamos a alguien, le damos besos a cualquiera, fingimos un regocijo que nos encantaría, miramos la hora a ver cuánto falta, nos refugiamos como niños en los niños, descansamos en ellos para aguantar el mal trago, diferimos las preguntas que nunca pudimos contestarnos, probamos el turrón de castañas, nos aturdimos con champán, odiamos los fuegos artificiales (su solo nombre decepciona), rechazamos los estruendos que son estruendos del alma, y finalmente nos vamos a la cama después de haber pasado la prueba del antihéroe: hemos sido, una vez más, capaces de tolerar la Navidad.
La madre de Truman Capote tenía dieciséis años cuando él nació. Su matrimonio con un hombre de negocios de Nueva Orleáns duró apenas un año. Los dos decidieron dejar al hijo al cuidado de la familia materna, una tribu numerosa, religiosa y alcohólica que vivía en una granja de Alabama. Capote, hasta los siete años, casi no conoció a sus padres. Estaba al cuidado de una prima vieja y ligeramente tullida llamada Sook. Fue Sook quien le habló en su primera infancia de Papá Noel. Fue Sook también la que le enseñó que todo lo que sucedía era voluntad de Dios. Y Sook fue además quien un día llegó con una mala noticia: el padre de Truman lo reclamaba para que pasara con él la Navidad en Nueva Orleáns.
El niño lloró sin consuelo. Nunca había salido de la granja. Nunca se había puesto zapatos. Nunca se había dormido sin que Sook le acariciara la cabeza. “Pero es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve”, le dijo Sook. Buddy se dejó convencer porque, como todos, tenía una Navidad interior e incompleta, y en ella había nieve, mucha nieve para que se deslizara el trineo de Papá Noel. Buddy no sabía que en la calurosa Nueva Orleáns eso era imposible. Tampoco sabía que en cualquier lugar eso es imposible.
El niño campesino viajó solo hasta la gran ciudad y allí se encontró con su padre, que era joven, guapísimo y adorable. El padre de Buddy lo recibió con los brazos abiertos, aunque era un bon vivant que por la noche presenciaba con cierta angustia cómo su pequeño hijo estaba criándose como un cuáquero extraviado que no podía dormirse sin recitar sus oraciones. Buddy pasó de la granja de Alabama, donde desayunaba con leche recién ordeñada y melaza casera, a esa casa de ciudad llena de elegancia y mujeres, muchas mujeres mayores que su padre. Su padre parecía encantarlas a todas. Buddy presenciaba extrañado el espectáculo: ¿por qué en esa casa siempre había música, baile, terciopelo y mujeres? Tardó bastante tiempo, años, en saberlo. Su madre un día se lo dijo: su padre era un gigoló.
En el cuento Una Navidad, Capote relata ese primer fin de su infancia. Su padre se sorprendió cuando él comenzó a hablarle con mucha ilusión de Papá Noel. El padre cedió. Organizó una hermosa fiesta en la Nochebuena, pero organizó la fiesta que pudo: llena de elegancia y mujeres mayores que él,una fiesta a lo Gran Gatsby, una fiesta pagana, un pretexto para que esa noche hubiera baile y música, y Buddy miraba por la ventana. Lo vio bailar con una mujer elegante, lo vio desplazarse por la pista, lo vio llevarla a un costado y besarla en la boca. El cuáquero y pequeño Buddy no entendía por qué su padre besaba a una mujer mayor y que no le había sido presentada. ¿Era esa mujer importante para su padre? Si era importante, ¿por qué no se la había presentado? Si no era importante, ¿por qué la besaba?
Buddy se enojó tanto que no pudo dormir. Y se quedó despierto y vio cómo la fiesta terminaba, y cómo su padre, un rato después, ponía todos los regalos de Papá Noel en el árbol. De madrugada, Buddy bajó a abrir los paquetes (“El salón olía todavía a gardenias y a habanos”). La decepción no le entraba en el pecho. Acababa de rompérsele algo adentro. Papá Noel no había llegado, tenía que avisarle a Sook (“Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a ella”). En los paquetes había un revólver de juguete (“Bang. Bang. Bang”). A falsos tiros despertó a su padre. Fingió. Fingió no haberse dado cuenta de nada. Su padre le preguntó si le habían gustado los regalos de Papá Noel. Buddy dijo que no. Que en realidad quería un avión enorme y muy caro que había visto en una juguetería del centro de la ciudad. Su padre accedió a comprárselo. Su padre tenía que pagar.
Un día después, en la terminal de micros, cuando estaban despidiéndose, su padre, que estaba muy borracho, lo apretó muy fuerte contra sí.
–No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos a ese viejo caserón de locos. Mira lo que han hecho contigo. ¡Un niño de siete años hablando de Papá Noel! Todo es culpa de esas viejas solteronas agriadas, con sus biblias, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúchame, Buddy. ¡Dios no existe! ¡No existe ningún Papá Noel!
Buddy no escuchó. Viajó hasta Alabama y le contó todo a Sook. Ella lo tranquilizó. Le dijo con voz dulce que por supuesto que Papá Noel existe, que tiene tanto trabajo que reparte las tareas y a veces quienes quieren mucho a los niños son quienes ponen los regalos en el árbol. Y le dijo que no pensara más en eso, que contara estrellas y que intentara ver cómo la nieve caía entre las estrellas. Le advirtió que era difícil verla, pero le aseguró que la nieve caía entre las estrellas (“La estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mí”).
Y eso es lo difícil de la Navidad. Ponerse a prueba y ver si uno es capaz de ver todavía nieve cayendo entre las estrellas, o si, por el contrario, sólo puede resignarse a la verdad.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-60900-2005-12-24.html
ENTREVISTA A KURT SCHRIMM, FISCAL INVESTIGADOR DE LOS DELITOS NAZIS
Acaban de cumplirse 60 años de los Juicios de Nuremberg. Marcaron un camino que muchos Estados siguieron, dispuestos a extender la persecución y castigo de delitos aberrantes.
Claudio Martyniuk.
cmartyniuk@clarin.com
Acaban de cumplirse, el 20 de noviembre, 60 años de los Juicios de Nuremberg. ¿Por qué cree que debemos seguir recordándolos?
—Este año se conmemoraron también los 60 años de la liberación del campo de concentración de Auschwitz. Para Alemania, Auschwitz simboliza el mayor genocidio de la historia. La Segunda Guerra Mundial es considerada la mayor catástrofe que sobrevino a la humanidad. Pero, también, permitió liberar a Alemania y a Europa del régimen hitlerista. Mucho antes de que terminara la Segunda Guerra, los aliados ya habían tomado la decisión de castigar a los culpables. Se trató de una decisión política que marcó un hito y anticipó la intención de no dejar impunes los crímenes cometidos por los alemanes y sus partidarios. Los Juicios de Nuremberg (los 12 primeros grandes juicios) fueron sólo el preludio de una serie de procesos. Hacia 1950, sólo los aliados occidentales —es decir, Gran Bretaña, los Estados Unidos y Francia— ya habían condenado al menos a 6.000 hombres más. En la Unión Soviética hubo muchos más. Y desde 1950, Alemania persigue en forma independiente a los criminales que todavía no fueron castigados. En este sentido, los Juicios marcaron un hito, señalaron que la comunidad internacional no estaba dispuesta a tolerar estos crímenes. Se trató además del primer tribunal internacional, un antecedente que llevó a que hoy exista un fuero internacional contra los crímenes de guerra.
# ¿Por qué, a más de 60 años después de ocurridos los crímenes, el Estado alemán sigue buscando a los culpables?
—En Alemania, al igual que en otros países, existía una prescripción veinteñal para el homicidio. Sin embargo, se reconoció que ese plazo no era suficiente para llevar a juicio todos los crímenes y se elevó la prescripción a 30 años, hasta que más tarde se la derogó por completo. En este sentido, la Fiscalía alemana está obligada a seguir persiguiendo a estos hombres.
# ¿Debería haber algún plazo de prescripción para cerrar ese capítulo histórico?
—Siempre que haya víctimas sobrevivientes, o sus familiares, se debería continuar con las acciones penales. De esta forma, el Estado alemán les muestra que no le es indiferente lo que sucedió entonces, y que busca aclarar los hechos y castigar a los culpables.
# Esta voluntad de castigar mantenida por el Estado alemán durante seis décadas después de la Segunda Guerra, ¿es resultado de una política partidaria o de un fuerte consenso político-social?
—Alemania es una democracia parlamentaria, es decir, que el pueblo gobierna por medio de los partidos electos, y no hay casi ningún partido que no haya pretendido seriamente la derogación de la prescripción. En los grandes partidos democráticos existe consenso en cuanto a dejar las cosas así, como están hoy.
# ¿Cuál es el interés de la comunidad en estos juicios, en los que ya no se dirime la responsabilidad de grandes jerarcas nazis, sino que en muchos casos se discute la responsabilidad de un funcionario menor?
—Sí, de hecho, los nazis que ocupaban los puestos de mando no eran los más jóvenes en aquel entonces y hoy están muertos. O ya hace mucho tiempo que se los enjuició. Lo que nos queda por sancionar o esclarecer son —y digo esto entre comillas— "los pequeños crímenes". Pero el interés de la población es muy grande y también el de los medios. Me encargo de estos asuntos desde 1982. En todo este tiempo, el interés de los medios nunca fue tan grande como este año, aunque supongo que tiene que ver con la conmemoración del 60º aniversario.
# En materia de Justicia, ¿cuáles son las asignaturas pendientes con los crímenes nazis? ¿Qué queda por esclarecer y qué por investigar?
—En este momento, estamos buscando a dos personas a nivel internacional: al doctor Heym, que participó en experimentos como médico de un campo de concentración y que, se cree, reside en España; y a Alois Brunner, segundo de Adolf Eichmann; se cree que reside en Siria. Nosotros nos ocupamos de investigar sistemáticamente las fuentes de información a las que no tuvimos acceso en los últimos 40, 50 años, o sólo accedimos parcialmente. Se trata principalmente de fuentes de información en el antiguo bloque del Este. Recién a partir de 1990, Alemania tiene acceso a esta información, con la que ahora trabajamos de forma sistemática. Actualmente estamos trabajando, por ejemplo, en Italia, en la República Checa, en los Estados Unidos, en Gran Bretaña y también en Argentina.
# ¿Intervino en alguna causa vinculada a nuestro país?
—Sí, claro, fue mi caso más importante. En 1987, el caso de Josef Schwammberger. Schwammberger fue detenido en Argentina en noviembre de 1987. Tenía que ser extraditado a Alemania, pero esto trajo algunos inconvenientes porque era ciudadano argentino. Argentina le revocó la ciudadanía, pero él apeló, hasta que finalmente se lo pudo extraditar en mayo de 1990. Yo fui quien lo acusó y lo condenó a cadena perpetua por homicidio múltiple. Esto fue en 1992. Schwammberger murió este año en la cárcel.
# ¿En algún momento sintió compasión; sintió que la persona frente a usted pudo haber cambiado después de 5 o 6 décadas? ¿Qué efecto le ha producido estar frente a responsables de crímenes cometidos durante el nazismo y que han llevado después una vida ordinaria?
—Pienso en el caso de Schwammberger. Vivió 40 años en Argentina, fue un ciudadano honrado, respetuoso de la ley, que no volvió a cometer crímenes. Pero, por otro lado, era responsable de la muerte de cientos de personas. No sólo recibía órdenes, sino que también las daba. Incluso mató a personas por nimiedades sin que mediase ninguna orden. Estoy convencido de que Schwammberger no se arrepintió de ninguno de estos crímenes. Hasta el día de hoy, no sentí compasión por ninguno de los criminales que acusé y condené. Sin embargo, también existen historias de injusticias. Por ejemplo, la de un hombre muy simple que había crecido en Ucrania y al que las Fuerzas Armadas alemanas reclutaron a la fuerza. Debió participar en el fusilamiento en masa de 40.000 judíos. Mató a 500 de ellos, pero sólo recibía órdenes. Por el contrario, durante años perseguí a un jurista responsable de la muerte de 3.000 personas que por razones jurídicas nunca pudo ser condenado, aunque no sólo recibió órdenes, sino que también actuó por decisión propia.
# ¿Qué lecciones dejó el juicio a Adolf Eichmann, que —como todos sabemos— fue secuestrado de la Argentina y enjuiciado en Jerusalén?
—Que los juicios son de suma importancia. También para que cualquiera que, incluso hoy, pretenda cometer crímenes de guerra, se vea desalentado a hacerlo por el hecho de que la comunidad internacional está dispuesta siempre a llevar a los criminales a los tribunales y a condenarlos. Si bien en un principio fueron muy discutidos en Alemania, porque se hablaba de una pura "justicia del vencedor", hoy podemos decir que los juicios se efectuaron conforme al estado de derecho. En este sentido, sentaron un precedente: la señal de que la comunidad internacional no toleraría más crímenes de esa magnitud.
# Eichmann dijo que cumplió órdenes. ¿Es válido ese argumento para evitar la aplicación de una sanción?
—Aquí es necesario hacer una distinción: Eichmann era un civil, no un soldado. Por ende, tuvo siempre la posibilidad de desacatar la orden pidiendo que se lo reasignara. Es más difícil en el caso de un soldado que es parte de las Fuerzas Armadas alemanas; no puede decir sencillamente: ¡me voy a mi casa! Pero el Código de Justicia Militar alemán reconoce y reconocía una disposición según la cual no se deben ejecutar las órdenes criminales. El soldado no debería haber ejecutado las órdenes que reconocía como criminales. Sin embargo, suele argumentarse que se hubiera fusilado a esas personas si no cumplían con las órdenes. Nuestra Oficina analizó todos los casos en los que se presentó un conflicto similar y en ninguno se pudo demostrar que un soldado hubiera sido fusilado por no haber ejecutado una orden criminal.
Traducción: Juan M. Olivieri y Carla Imbrogno.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/24/z-04815.htm
Frei Betto
En esta Navidad no quiero al Papá Noel de las promociones comerciales, de las cenas pantagruélicas, de los regalos caros envueltos en papeles llamativos.
Quiero al Niño Jesús nacido en el corazón hecho pesebre, esperanza encendida en un prado de Belén; quiero a María cantando que los orgullosos serán despedidos con las manos vacías y los pobres saciados de bienes.
No quiero el Papá Noel de los mercados adornados del celofán brillante de las canastas con productos importados, de las botellas con que los necios ahogan sus tristezas maquilladas de alegría. Quiero al Niño palestino buscando una tierra en que nacer y vivir, al Niño judío heraldo de la paz en la tierra para los hombres y mujeres de buena voluntad, al Niño alejado de la estupidez de las guerras.
En esta Navidad ahorraré abrazos protocolarios y sonrisas forzadas, sentimientos retóricos y emociones que encubren la aridez del corazón. Quiero el amor sin dolor, la oración sin alabanzas, la fe unida al sabor de la justicia.
No quiero regalos de los ausentes, la litúrgica reverencia a las mercancías, la romería pagana a los templos consumistas de los shopping-centers. Quiero el pan en la boca de los niños hambrientos, la paz que llegue a los espíritus atribulados en los campos de batalla, el gozo de contemplar al Invisible.
En esta Navidad no quiero ese pavoroso intercambio de regalos entre manos que no se abren en solidaridad, compasión y cariño sin pudor. Quiero al Niño suelto en lo más íntimo de mí mismo, sembrando ternura en todos los prados en los que las piedras sofocan a las flores.
No quiero ese ruido urbano que estraga el alma, los oídos pegados a los teléfonos, el olfato condenado a sentir olores insalubres, la boca llena de palabras inútiles, carentes de verdad y sentido. Quiero el silencio de mi propio misterio, el canto armonioso de la naturaleza, la mano extendida para levantar al otro, la fraternidad de los amigos bendecidos por una perenne complicidad.
En esta Navidad no me interesan las oscilaciones de los índices financieros, las promesas viciadas de los políticos, las tarjetas impresas a granel, llenas de colorido y vacías de originalidad. Quiero las más tiernas evocaciones: el aroma del café colado en la mañana por mi abuelo, el sonido de la campana de la iglesia parroquial, el radio pregonando jabón Eucalol mientras mamá me miraba saltando en la tierra.
No quiero las amarguras familiares que se guardan como polvo entre los pliegues del alma, las envidias que me alienan de mí mismo, las ambiciones que me vuelven triste como las gallinas, que tienen alas y no vuelan. Quiero las rodillas dobladas en el atrio de la iglesia, la cabeza inclinada hacia el Trascendente, la perplejidad de José ante la inusitada gravidez de María.
En esta Navidad no iré a las calles atestadas de vendedores de bienes finitos, ni disfrazaré de algodón la nieve que se amontona en mis sinsentidos, ni instalaré campanillas falsas en el frontispicio de mi indiferencia.
Quiero el cuchicheo de los ángeles, la alegría desdentada de un pobre reconocido en su derecho, la euforia inmaculada de un bebé acogido en brazos amados.
No viajaré lejos de mí mismo, buscando una tierra en la cual yo mismo me sienta extranjero, hablando un idioma cuyo significado se me escapa. Hurgaré en lo más profundo de mi subjetividad, allá donde las palabras callan y la voz de Dios se deja oír como llamada y desafío.
En esta Navidad no llenaré mi verano con castañas y nueces, panetones y carnes grasientas. No dejaré resbalar lo que me queda de sensatez por el cuello de una bebida destilada. Pondré sobre la mesa a Dios encerrado en pan y en vino e invitaré a la fiesta a los hambrientos de bienaventuranzas.
No rezaré por la biblia de los que profesan el miedo, ni encenderé velas a los guardianes del infierno. No seré el escalador de ambiciones desmedidas, ni el sepulturero de utopías libertarias. Enarbolaré sobre el tejado la bandera de sueños inconfesados y sembraré estrellas en el jardín de mis encantos, allí donde cultivo la dulce pasión que me hace sufrir añoranzas de cuanto es tierno.
En esta Navidad haré con mis corbatas una inmensa cuerda para ahorcar el cinismo de las convenciones sociales y descenderé uno a uno los escalones de los poderes podridos, hasta ingresar en los subterráneos repletos de luz de los siervos de la esperanza. No encubrirá sentimientos ni encantos.
Andaré desnudo por las calles para que todos vean como el tiempo arrugo delicadamente mi piel, imprimió flacidez a esos miembros preñados de historia y me cubrió de pelos blancos como el frescor de la vejez coherente.
No aceptaré brindis de manos que no se tocan, ni iré a las cenas de quienes se devoran. No comeré del pastel que hincha corazones y mentes, ni dejaré que la aurora del Niño me sorprenda ahíto de sueño.
Alimentado como un pájaro, saldré de noche feliz guiado por la estrella de los magos; bailaré aleluyas entre las galaxias de la Vía Láctea y por la mañana injertaré poesía en cada rayo de sol para que todos despierten embriagados como si fuesen mariposas libres del capullo.
En esta Navidad no diré adiós al siglo que termina y al milenio que se acaba, en los cuales recibí la vida, la fe y más preguntas que respuestas. Pisaré cuidadoso entre muertos inocentes y alientos frustrados, y le preguntaré al monitor electrónico cuántos fueron los sinsabores diseminados por la fiera disfrazada de humano.
De acuerdo con el Niño dejaré que las aguas laven el reverso de mi piel y enseguida caminaremos silenciosos rumbo al nuevo siglo y al tercer milenio. Y yo estaré con los ojos fijos en el Niño para que su palabra se haga carne en mi corazón de piedra, cuidando de que él crezca desclavado de la cruz, exaltado por la victoria ineludible de la Resurrección.
Visión de una experta en energía atómica
PARIS.– Las diatribas del presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, contra Israel –manifestó su deseo de que desapareciera del mapa de Medio Oriente y puso en duda la existencia del Holocausto– causaron irritación y preocupación en todo el mundo: nadie olvida que Irán es una potencia nuclear.
Sin embargo, la investigadora francesa Thérèse Delpech no cree que el programa de desarrollo de armas atómicas en Irán pueda justificarse en una presunta amenaza israelí. “Hay que mirar las fechas en que se dio impulso a programas nucleares en Irán. La primera vez fue con el sha, durante los años 60, y en esa época Irán tenía excelentes relaciones con Israel. La segunda vez, en 1985, el problema mayor era el de la guerra con Irak”, dijo a LA NACION.
Para Delpech, miembro del colegio de comisionados de la Comisión de las Naciones Unidas de Vigilancia, Verificación e Inspección (Unmovic), “Irán es una potencia regional con ambiciones regionales”, y es curioso que el régimen iraní desarrolle un programa nuclear militar, ya que, como subraya, “dos de sus principales problemas de seguridad desaparecieron: el régimen talibán y Saddam Hussein”.
Delpech cree que la proliferación representa un problema serio, en especial porque a menudo no se conocen las doctrinas militares para el uso de armas de destrucción masiva en ciertos países que las ambicionan. Experta en proliferación, directora de asuntos estratégicos del Centro de Energía Atómica de Francia (CEA), la autora de "Política del caos" (Fondo de Cultura Económica) cree que la amenaza que representa la proliferación de armas de destrucción masiva ocupa en el siglo XXI el primer lugar en el orden de las preocupaciones, en parte porque se desconocen las intenciones de los nuevos actores.
A escasos metros de la Torre Eiffel, en el muy protegido Centro de Energía Atómica francés, donde se requieren códigos secretos para abrir las puertas de los pasillos que separan los diferentes sectores, en función del nivel de riesgo, Delpech explicó a este redactor por qué vivimos en una época de incertidumbre nuclear.
-¿Cuáles son las ambiciones de Irán?
-Hay una voluntad de hegemonía regional que reconocen -y temen- todos los países del Medio Oriente. Para mostrar su poder, los iraníes primero demostraron, al realizar pruebas balísticas con sus misiles Shihab 3, que tenían vectores capaces de alcanzar cualquier punto de la región.
-Sin embargo, Irán afirma que el suyo es un programa con fines pacíficos.
-Si fuera un programa pacífico, la estructura estaría configurada de otra manera. Hoy Irán tiene un reactor construido por los rusos en Busher, con combustible que proveen los rusos y que luego de ser utilizado tiene que volver a Rusia. Del otro lado hay una instalación (en Natanz) en la que tienen la intención de construir 50.000 centrifugadoras. No tiene ninguna lógica presentar esto como un programa con fines pacíficos. También se supo, después de las revelaciones del dirigente libio Muammar Khadafy sobre las adquisiciones de su país, que Irán adquirió tecnología de centrifugadoras P2, capaces de producir uranio enriquecido más rápido. Hay una lista increíble de mentiras o de simulaciones que cada día los delata más.
-¿Cree que las negociaciones tendrán resultado positivo?
-En este punto, incluso los europeos son muy prudentes, porque ya hay varios intentos realizados para alcanzar un acuerdo. El objetivo es no sólo obtener la suspensión, sino también la cesación de las actividades. En este punto, los iraníes nunca dijeron estar de acuerdo. Las probabilidades de que estas negociaciones tengan éxito son escasas.
-¿Cree que ahora los riesgos de proliferación nuclear son más importantes que durante la Guerra Fría?
-Durante la Guerra Fría había una buena cooperación entre los dos bloques, al menos en el tema nuclear. Había un control común del Este y del Oeste para cuidar que la tecnología nuclear necesaria para la construcción de armas atómicas no proliferara. El mejor ejemplo de esta cooperación es el Tratado de No Proliferación (TNP), firmado durante la Guerra Fría, en 1967. Los Estados Unidos y la URSS se preocuparon por que este tratado se aplicara. Luego de la primera explosión que hizo China, en 1964, se comenzó a negociar para ampliar el tratado, porque se constató que estas nuevas armas estaban saliendo del esquema. Otro elemento que se conoció luego de creado el tratado fue la "explosión pacífica" de la India, en 1974. Todos comprendieron que era un ensayo nuclear de los indios. Durante la Guerra Fría, la principal amenaza era un enfrentamiento Este-Oeste. La proliferación estaba en un segundo plano.
-¿La preocupación por la proliferación surgió una vez caída la Cortina de Hierro?
-Como la amenaza Este-Oeste desapareció, la proliferación, que estaba en un segundo lugar, se trasladó al primero. Contrariamente a la situación de la Guerra Fría, estamos en relación con países cuyas doctrinas militares y de uso de armas no convencionales desconocemos totalmente. Existían librerías enteras sobre la doctrina nuclear soviética. Sobre la doctrina libia, norcoreana o iraní no hay nada, e incluso se sabe poco sobre la doctrina israelí.
-¿Qué queda del equilibrio que existía con estas armas, basado en la comprensión de la destrucción mutua asegurada (MAD)?
-La MAD es una doctrina que pertenece al pasado. Existió cuando había dos adversarios con capacidades nucleares comparables. Hoy no se puede encontrar en ningún lado esa situación. Rusia tiene un arsenal que continúa modernizándose, pero ya no es una amenaza para los estadounidenses.
-¿No podría reflotarse con China esa doctrina?
-Se planteó a los norteamericanos la pregunta de si buscarían tener una relación de equilibrio con China. Respondieron con un no categórico. Dijeron que una de las razones por las que conservan un arsenal muy importante es que quieren mostrarles permanentemente a los chinos que no es necesario que se lancen a una carrera armamentista porque de todas maneras esa carrera está perdida de antemano.
-Como comisionada de la Unmovic, ¿considera eficaces los instrumentos existentes para verificar la producción de armas no convencionales?
-En lo nuclear, como en lo químico, hay sistemas de verificación que no son perfectos, pero que son mejorados constantemente. Por ejemplo, en lo nuclear se adoptó un protocolo adicional que permite tener más informaciones que antes. También están las informaciones de los servicios secretos...
-Que a veces no son exactas, como en el caso de Irak.
-En Irak los servicios secretos se equivocaron, porque Saddam Hussein hizo todo lo posible para que se equivocaran. Era beneficioso para él jugar la carta de la inocencia con respecto a la ONU y la de la disuasión para con sus vecinos. Pero para responder a la pregunta anterior, también hay nuevas iniciativas, como la PSI -Proliferation Security Initiative-, que permite interceptar aviones o barcos de los que se sospecha que transportan materias prohibidas. Esta iniciativa apunta a los tráficos ilícitos y a las redes clandestinas.
-¿Ocurre lo mismo con las armas biológicas?
-En lo biológico tenemos un gran problema, ya que el tratado de 1972 -la Convención sobre Armas Biológicas- no tiene protocolo de verificación. Un signo importante es la aparición de enfermedades. Pero hay que saber distinguir si el origen es natural. Cuando salió a la luz la epidemia del SARS, el síndrome respiratorio agudo y severo, los rusos estaban convencidos de que se trataba de un virus desarrollado por un laboratorio militar chino, algo que la Organización Mundial de la Salud desmintió. Las epidemias pueden ser un signo, pero son muy difíciles de controlar. En lo balístico es más fácil, porque son necesarios los ensayos, que no pasan inadvertidos.
-¿Corea del Norte alardea sobre sus programas militares o hay que tomarlos en serio?
-Que hay en el caso norcoreano algo de alarde es evidente. Hace poco dijeron que daban por terminada una moratoria sobre misiles, pero es la quinta o sexta vez que hacen este tipo de declaraciones y no se vio ninguna preparación para un ensayo balístico. Los norcoreanos tienen una técnica de existencia en el escenario internacional muy particular, basada en el miedo: darles miedo a las otras naciones. Hay algo de alarde, pero también sigue siendo un tema muy serio, porque Kim Jong Il es un lunático que vende su tecnología a los otros países y que recibe un apoyo ambiguo de los chinos.
-¿El riesgo de que organizaciones terroristas puedan dominar armas químicas o biológicas para cometer atentados es cada vez mayor?
-En marzo de 1995 hubo un atentado con gas sarin en el subte de Tokio. Hubo solamente once víctimas fatales porque el sarin no era muy puro y el método de diseminación era absurdo. Pero 5000 personas terminaron en el hospital. En Francia hubo un intento abortado de atentado químico. También en Inglaterra, hace no mucho, se descubrió una célula terrorista que trabajaba con ricina, un producto biológico del que no se sabe cómo protegerse. A los terroristas les interesa el uso de esas sustancias. Y se sabe que hicieron progresos. La amenaza se toma muy en serio. La prueba de ello son los simulacros de atentados con sustancias de este tipo realizados por Francia y Gran Bretaña, que se preparan activamente para prevenir o responder a un ataque de estas características. No se realizarían estos ejercicios, que son bastante delicados para la población, si el poder político no los creyera necesarios.
Por Patricio Arana
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=766534
El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: "Esta noche nos vamos al Tabarí", no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa.
Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas.
—Canta un coso que no te podes perder —me confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables.
Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona.
La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de "Lopecito", el portero, y nos mandamos para adentro. "Lopecito" no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito, en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya.
Esa noche de sábado, el "Tabarí" estaba de bote en bote y corría la bebida entre la algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían un mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de nuestras ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutismo de aquel público de habitual mordaz y bullanguero! ¡Qué dominio sobre la audiencia poseía aquel cantor de fino bigotito y voz cristalina que a cada momento amenazaba quebrarse!
El artista finalizó sus canciones y no pudo abandonar el proscenio, ante los hurras y reclamos de la gente que pedía, a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo, intrigado por ese magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le toco el codo al Narigón y le pregunto: —Che, ¿Quién es?
—¿Cómo? ¿No lo conoce? —se adelanta, entonces, una de las pibas.
—Es Agustín Magaldi —dice la otra. Yo, recuerdo, hice un gesto de asentimiento sorprendido pero, en verdad, no conocía mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de sus condiciones, sí, pero sólo un par de veces, como de paso.
—El gran Agustín Magaldi —sentenció el Narigón, que había vuelto a sentarse, tras la euforia del agasajo. En el escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida expectativa de la multitud, su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe su soliloquio:
—¡Tenga mano, compañero! Giramos todos nuestras miradas hacia la puerta y vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los vidrios de la entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado comenzó a avanzar hacia el escenario a paso firme. Llevaba una daga impresionante en la mano. De más está decir que la gente se abrió, presurosa, en el camino de aquel malevo. Cuando trepó al tablado pude verlo mejor, un morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles a pesar de su ferocidad, con el hombro derecho cubierto por un poncho y el toque elegante de unos gemelos de oro en el puño que sobresalía bajo la manga que cubría el brazo sostenedor de la faca amenazante. Se enfrentó a Magaldi y, ante el horror de todos, gritó:
—¡No me gustan los cantores de voz finita! —y le tiró una puñalada. Pero quiso Dios Todopoderoso que un segundo antes una mano femenina le propinara un empujón a Magaldi quitándolo del rumbo homicida del puñal. El fierro prosiguió su vuelo y se ensartó en el instrumento del primer bandoneonista. Recuerdo que el fuelle, herido, exhaló un quejido profundo, como un lamento. El matón, defraudado, retiró el arma, miró con desprecio a Magaldi que había caído sobre el piano y se retiró a paso vivo, dejándonos con la boca abierta. No voy a contar, por extensos, los comentarios que entonces se sucedieron, el parloteo alarmado de las mujeres y el murmullo de asombro entre los varones. Pero Magaldi era un hombre de decisiones rápidas, pidió silencio golpeando sus palmas, exclamó
"Aquí no ha pasado nada" y dijo que el espectáculo iba a continuar. Todos se animaron nuevamente hasta el momento en que cayeron en la cuenta de que el bandoneón agonizaba sobre las rodillas de su desconsolado dueño por la puñalada recibida. No había poder humano que le arrancase un sonido. El Narigón, con esa facilidad suya para apoderarse de las situaciones, saltó sobre la tarima y gritó:
—¡La fiesta recién comienza! ¡No vamos a permitir que una cosa así nos amargue la noche!
Y acto seguido, ante la mirada atribulada del gordito bandoneonista, tomó el herido instrumento diciendo:
—Vengan conmigo. Acá cerca hay una gomería.
Y ahí salimos todos en manifestación, ante la mirada atenta de los presentes que aprobaban, entusiastas, la decidida acción de mi amigo. Habremos sido unos catorce los que nos movilizamos hacia la estación de servicio. Hacía frío, recuerdo, y el Narigón tuvo que explicarle a un policía qué era eso de andar a altas horas de la noche llevando un bandoneón en brazos como quien lleva un pibe accidentado. Debo confesar que, dentro del absurdo, la cosa tenía algo de trágica, de litúrgica procesión pagana tras la figura de un dios caído. El agente del orden comprendió —era un porteño, después de todo—, y nos dejó seguir nuestro camino. Cuando llegamos a la estación de servicio, la gomería estaba cerrada: eran como las tres de la mañana. Había un pibe, sin embargo, sentado en una pequeña caseta vidriada, haciendo la tediosa guardia nocturna, tomando mate.
—Queremos ponerle un parche a este fuelle —le dijo el Narigón. El pebete lo miró con ojos vivaces y contestó:
—Me parece difícil. La gomería está cerrada y don Hipólito está durmiendo.
En efecto, el pequeño galponcito que hacía las veces de gomería, tenía sus puertas de chapa cerradas.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté yo.
—Esperen —nos dijo el pibe, comedido—. Si don Hipólito se despierta, tal vez les hace el laburo.
Ante nuestra natural ansiedad, el muchacho se encaminó hasta el galpón y golpeó la puerta. Debo confesar que nosotros esperábamos por toda respuesta el insulto o el silencio más frío, pero de inmediato desde adentro se escuchó una voz áspera y somnolienta.
—¿Qué pasa?
En breves palabras el pibe que nos había atendido le contó al tal don Hipólito nuestro problema. Al rato se dio vuelta y nos hizo una seña con la mano: que esperáramos. Enseguida se abrió la puerta, se encendió la luz de adentro y vimos la silueta de un hombrón grandote poniéndose una bufanda.
—Pasen —dijo. Al gordito dueño del bandoneón se le iluminó la cara.
Nos metimos todos dentro de aquel tinglado y durante casi una hora presenciamos, en un silencio respetuoso, cómo el viejo y el muchacho emparchaban la herida del fuelle, con un cuidado, un amor y una dedicación dignas del equipo más refinado de cirugía. Cuando hubieron terminado le pasaron el instrumento al gordito, que temblaba como un padre ante el retorno de su hijo accidentado.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó.
—Por supuesto —dijo don Hipólito. Y allí mismo, en ese galpón de chapa, ante nuestro grupo amontonado por la falta de espacio y emocionado hasta las lágrimas, el músico se mandó "Desde el alma" de Rosita Melo. Puedo jurar que lloramos todos y hubo abrazos y aplausos.
Como si eso fuera poco, ni el pibe, ni el viejo de la gomería a quien habíamos despertado de su sueño de laburante, nos quisieron cobrar un peso. Pero no estaba terminada esa noche memorable para mí.
Cuándo volvimos al Tabarí, entre la algazara de la gente que nos recibió como quien recibe a los soldados volviendo del frente, la cosa se prolongó hasta que empezó a amanecer. Después nos fuimos un grupito, el más aguantador, a desayunar esas medias lunas maravillosas al "Viejo Roma", el cafetín de Parador y Reconquista. Me parecía mentira estar en compañía de aquella gente de la noche, entre figuras legendarias, entre nombres que había sentido nombrar una y mil veces en boca de los mayores. Fue allí cuando Natalio Perinetti, el que fuera celebérrimo insider de la Academia, me pasó una mano sobre el hombro y me dijo:
—Pibe... de buena se salvó esta noche Agustín —haciendo referencia al suceso de la puñalada. Yo asentí con la cabeza.
—Ese malevo es muy peligroso —me dijo—. Muy peligroso.
—¿Quién era? —pregunté—. ¿Usted lo conoce?
—Cómo no voy a conocerlo, muchacho —dijo Natalio —¡ese hombre era ni más ni menos que Juan Moreira!
De más está decir que el recuerdo de aquella noche ha quedado impreso en mi memoria con caracteres indelebles, máxime cuando con los años me volví a encontrar con uno de sus protagonistas. Una noche, presenciando un espectáculo tanguero en el "Café de Miguel", reconocí a aquel gordito cuyo bandoneón había recibido el puntazo destinado al pecho canoro de Agustín Magaldi. El muchacho estaba un poco más rollizo aun, mantenía su expresión adormilada, pero su nombre ya era un crédito rutilante en las marquesinas de los bailongos porteños: Aníbal Troilo.
Pero sin duda los detalles de esta anécdota memorable estaban destinados a no agotarse tan fácilmente. El año pasado, en ocasión de mi viaje a Estocolmo, con motivo de ir a retirar el premio Nobel con que me galardonaron, tuvo lugar una recepción de festejos en la Embajada Argentina.
No eran muchos los invitados, pero había un ambiente de jolgorio ante la distinción que se me había concedido, a mi juicio, inmerecidamente. De pronto se me acerca un hombre no muy alto, semicalvo, con barba entrecana.
—Usted no se acuerda de mí —me dice.
—Para serle sincero. . . —me disculpo.
—Yo soy Astor Piazzolla —me dice. Es de imaginarse mi emoción ante la presencia de tamaña figura de nuestra música y su cordialidad en el saludo.
—Por supuesto que lo conozco —recuerdo que le dije—. Pero no creo que hayamos tenido oportunidad de vernos personalmente.
—Se equivoca —me dijo el gran maestro, que se hallaba casualmente en la capital sueca brindando una serie de recitales—. ¿Se acuerda de una noche en que usted y unos amigos llevaron un bandoneón a una gomería para emparcharlo?
Mi asombro entonces no tuvo límites. Me quedé mirando a Astor con la boca abierta, sin atinar a soltar su diestra que aún estrechaba.
—Yo era el pibe de la gomería —me dijo.
¡Después dicen que el destino no suele manifestarse en formas evidentes!
—Y le digo más —me dice Piazzolla sin darme respiro—. El viejo, el viejo a quien desperté para que les arreglara el bandoneón, don Hipólito, era ni más ni menos que don Hipólito Yrigoyen. El mismo que con el tiempo se convirtió en caudillo del movimiento radical.
Aquello fue demasiado para mí. Estreché a Piazzolla en un abrazo y ambos lloramos como niños.
La semana pasada, nomás, leo en un reportaje que la valiente mujercita que apartó el cuerpo de Agustín Magaldi del curso mortal de la hoja del puñal agresor, supo también dejarnos, años más tarde, piezas que se enraizaron en lo más granado de nuestra verba: esa mujer no era otra que doña Juana de Ibarbourou.
Esa vez que Gardel vino a Rosario fuimos a verlo con mi amigo el Flaco Octavio, mamá y el tío Eugenio. Al tío hubo que insistirle bastante para convencerlo. El decía que le gustaba mucho la música, pero siempre había que rogarle para cualquier cosa. Era una de esas personas que se complacían en que le insistieran. Había logrado forjarse, en la familia, una cierta fama de hombre misterioso, retraído, que de tanto en tanto nos concedía la gracia de su presencia. Venía, eso sí, para Navidad y Año Nuevo, y, en esas ocasiones, permanecía callado, escuchando condescendiente las conversaciones de todos nosotros. A veces sonreía, con comprensión, ante los problemas mundanos, otras veces su mirada se perdía en el vacío y nos daba a entender que se hallaba sumergido en cavilaciones profundas, muy alejadas de las nimiedades que se hablaban en la mesa.
Había ocasiones en que papá, a quien le reventaban bastante esas poses que adoptaba Eugenio, le preguntaba su opinión sobre el tema en discusión. Eugenio, entonces, solía acentuar un poco más la sonrisa bajo el bigote fino, cerraba los ojos e, inclinando la cabeza, hacía un gesto como diciendo "Está bien, puede ser. Dejémoslo ahí. No tiene importancia". Esto lo ponía en llamas a mi viejo quien, a veces, optaba por no insistirle o bien le decía: "¿Qué es eso de. . .?" y le imitaba a Eugenio el gesto con la cabeza que éste había hecho. "Decí, carajo. ¿Qué te parece?". Eugenio, entonces, hacía todo un prolegómeno antes de hablar. Se acomodaba bien en su silla, barría con la mano algunas migas del mantel, carraspeaba, decía "Bueno. . . bueno. . .", tratando de conseguir que se hiciese un silencio general, que nadie dejase de prestarle atención. Incluso llegaba a dirigirle una mirada reprobatoria a los chicos que hacían ruido, o gritaban, mientras jugaban, porque cuando terminaban de comer se les permitía levantarse de la mesa e ir a jugar. Y yo me doy cuenta de que todos entrábamos en el circo. Siempre había alguna tía que, allí, se hacía cómplice y chistaba a los chicos o les decía "Cállense chicos" y hasta mi vieja llegó a decirles alguna vez "Cállense chicos, que va a hablar el tío Eugenio", como si se tratase de Yrigoyen. Y por ahí el tema que se estaba tratando era si a los sifones de soda convenía meterlos en el fuentón con barras de hielo o no. Pero para Eugenio la ceremonia era la misma. Y cuando, por ejemplo, mi vieja decía eso de "Chicos, cállense que va a hablar el tío Eugenio", él tocaba el cielo con las manos. A mí me hinchaba las pelotas cuando mi vieja hacía eso. Entonces Eugenio largaba con el discurso y, ya te digo, aunque el tema fuera cómo hacer el chimichurri, él, a los dos minutos, ya estaba hablando de los griegos, de la condición humana, del descubrimiento del pararrayos. Un infierno. Un plomo total. Era un tipo trascendente. No podía decir cosas sin importancia. No podía decir, por ejemplo, "Alcanzame la sal". No, él tenía que hablar del Todo y la Nada. De la Vida y la Muerte, de los grandes misterios de la Existencia. Y la joda del caso es que todos sabíamos que era un rata. No te digo un croto, un tirado. Pero era un tipo de clase media clase media como todos nosotros, que vivía con lo justo. Pero andaba siempre muy elegante, muy cuidadoso de su presencia, muy dandy. Y claro, como su palabra era un producto escaso, se cotizaba alto. Como todas las cosas escasas. Como el caviar, los diamantes. Eso él lo sabía, y administraba avaramente sus opiniones. Gracias a Dios, después de todo, porque a mí me reventaba. Además, fijate vos, que no era mi tío. No era tío nuestro. Era casado con una tía de mi vieja, una cosa así. Un parentesco bastante lejano. Pero se le decía "tío" como a tantos amigos de la familia que vienen seguido a la casa y uno les dice a los pibes "Saluden al tío" o "A ver, mostrale al tío lo que aprendiste hoy". Pero no era tío nuestro. Lo que pasa es que cuando tía Nena —esta tía que te digo de mi mamá— vivía, muchos domingos venían a casa a tomar el té con el Eugenio. Mirá el programa. Claro. A Eugenio no lo ibas a llevar a una cancha de fútbol o al hipódromo. Cuando murió tía Nena, Eugenio medio que se borró. Ya empezó a aparecer menos o, como te digo, caía para las fiestas de fin de año. Pero en esa ocasión que vino Gardel, no sé cómo había venido por casa. Papá ya había muerto y yo ya tendría unos 23 años. Andaban todos enloquecidos con Gardel, imagínate. Y la vieja fue la que le dijo a Eugenio que nos acompañara a verlo. No sé si lo hizo de compromiso o porque a la vieja siempre le gustó un poco el Eugenio. Decía que la parecía "un hombre muy interesante". Por supuesto, Eugenio se hizo rogar un poco. Pero al final aceptó acompañarnos. Dijo que había despertado su curiosidad ese fenómeno popular a pesar de que él, aclaró, desconfiaba bastante de los fenómenos populares. Pero nos dijo que había estado comentando el caso de la repercusión de Gardel con Vitantonio. Vitantonio era, para aquella época, un profesor de canto bastante conocido en la ciudad. Un italiano medio maricón, decían, pero muy respetado. Parece que había sido tenorino, que había cantado en la Scala de Milán, al menos así contaba él, pero debía ser verdad. La cuestión es que, cada tanto, tío Eugenio sacaba el tema de su amistad con Vitantonio que, decía, era un hombre terriblemente culto y con el que solían pasarse las noches hablando de música clásica, de ópera y esas cosas.
Muy bien, fuimos al teatro, me acuerdo que Gardel cantaba en el teatro Odeón, que después fue el cine Broadway, ahí en calle San Lorenzo. Era un mundo de gente, Gardel cantó como los dioses y nosotros salimos enloquecidos. Tanta sería nuestra euforia que nos permitimos ir a tomar un cívico y comentar la velada a un café de por ahí. Tío Eugenio permanecía ensimismado, como reconcentrado. El flaco Octavio, pobrecito, que era muy suelto, muy dicharachero, no aguantó más y le preguntó. Le preguntó qué le había parecido Gardel. Eugenio hizo su clásica rutina, se echó hacia atrás, perdió su vista en el vacío entrecerrando un poco los ojos, se cruzó de brazos. . . "Bien" dijo "Bien ¿eh?. . . Bien". Pareció que no iba a agregar nada más pero siguió. "Tiene, realmente, grandes condiciones vocales. Grandes condiciones vocales. Podría, tranquilamente, ser un excelente tenor. Un excelente tenor. Puliendo, claro, algunas imperfecciones evidentes. Algunos vicios. Pero con un buen profesor, alguien que lo guíe. . . Yo podría hablar con Vitantonio. . . Pero. . . está visto que el muchacho prefiere el género popular. Está visto que no le interesa demasiado abordar un género más exigente. Preferirá, es humano, el halago de la repercusión, digamos, masiva. Pero. . . podría ser un excelente tenor, podría serlo. En fin. . . seguirá en esto. . . ". Se acarició repetidamente el bigote, estiró la apretada sonrisa y culminó: "Qué lástima . . . Qué lástima. . . ".
Hoy, a casi tres años de aquel maravilloso día del 24 de octubre de 1981, llego a la conclusión de que debo contar toda la verdad sobre lo sucedido. No creo, al hacerlo, que transgreda ninguna norma de seguridad ni tampoco que revele secreto importante alguno.
Habrá sí, lo sé, quien sienta, tal vez, en parte menoscabado ese acendrado orgullo nacional que tenemos los americanos desde el instante mismo en que de pequeños vimos en nuestros textos colegiales esa maravillosa lámina que muestra a George Washington cruzando el Potomac, de pie sobre la inestable horizontalidad de aquella barca, envuelto, en un capote y sin atisbo de mareo ni náusea en su rostro altivo.
Pero pienso que no yo, sino todos los norteamericanos guardamos una deuda de gratitud con alguien hasta hoy anónimo y olvidado. Y se trata de una deuda que, de no mediar mi determinación de escribir este artículo, quedaría por siempre sin saldar.
No habría alcanzado a dormir ni media hora cuando Meck Sanduway llamó a mi puerta. Debían haber sido las tres de la tarde cuando caí derrumbado sobre mi litera confiado en que el cansancio y el ronroneo confortable del aire acondicionado colaborarían a que me durmiese de inmediato. Sin embargo, los nervios y el desgaste físico tironeaban compulsivamente de los músculos de mis piernas y me sorprendía a mí mismo pegando puntapiés contra la cucheta de arriba, por fortuna desocupada desde la noche en que Nat Pallukah se cayó de ella ante la excitación que le produjo el estar a punto de completar unas palabras cruzadas.
A pesar de mi desasosiego físico, anímicamente me invadía una inmensa tranquilidad. Por fin, luego de tres larguísimos e infernales meses, había quedado listo, terminado, completo, sellado y aprobado, el Proyecto Opalo. Y allí nomás, a escasos tres kilómetros de nuestras barracas, esperaba, calmo y deslumbrante bajo el sol calcinante del desierto de Najove, el transbordador Columbia.
No era gratuito mi desvelo. El meticuloso plan de trabajo pergeñado por mi grupo de ingenieros a través de cuatro años, había sufrido una demora de casi seis meses. Y todo aquel que haya estado asignado a un proyecto espacial sabe bien del enorme costo adicional en dólares que representa la más mínima demora, el obstáculo más pequeño.
Lo cierto es que se nos había atascado el sistema de gasificación de ozono y no había poder humano que lo pusiera en sus trece. Por lo tanto, los dos carretes centrales que alimentaban la inyección de parafina comprimida a la primera (y más grande) de las toberas, no tenían autoridad alguna para impulsar los propergoles sólidos del segundo sistema. En principio supuse que todo radicaba en la baja potencia de las cargas de hidracina y etanol, lo que me costó que William Congreve me arrojara por dos veces el mismo doughnout a la cara. Finalmente Congreve me convenció, con ayuda de Sato Saigo, de revisar totalmente los vectores del difusor de entrada en relación con la expansión de energía térmica en el primer sistema. Así lo hicimos durante casi un mes, enterrados día y noche en un silo subterráneo. Salvo un pequeño error (que detectó Saigo) en un componente del logaritmo neperiano de R y que en nada modificaba el detestable comportamiento de la gasificación del ozono, no hallamos en nuestra búsqueda las claves de la falla.
Dos meses después, a mi juicio el problema residía en el encendido de la segunda sección (lo que traería aparejado un desfasaje en el perigeo).
Para el danés Odgen había una fuga no computada a partir de un desequilibrio en el variómetro. Según Congreve, la cosa podía estar circunscripta en el radiador de uranio. Y Max Althoughter se hallaba empecinado en que todo consistía en que la propulsión de una fase no puede medirse por la reacción si la fuerza de empuje se mide por la intensidad que el caudal específico de eyección de gases desplaza a la energía cinética perdida por unidad de tiempo. Debo confesar que nunca entendí la seducción que ejercía sobre Althoughter la unidad de tiempo.
Muy a pesar nuestro, admitimos que debía pedirse ayuda. Hablamos con Woollie Pat Sullivan (director general del proyecto) y concluimos que debíamos dejar de lado nuestro orgullo y entender que el éxito del Proyecto Opalo era una causa de interés nacional y así lo entenderían, también, los científicos consultados. Por otra parte, el presidente Ronald Reagan ya había hablado un par de veces por teléfono con Sullivan preguntando por la salud del "nene", nombre clave que se le había conferido al transbordador.
Se habló, entonces, con gente de la Convair y Martin, de la Chrysler, de la Pratt y Whitney, de la Boeing y de la Thiokol. La mayoría de las compañías había licenciado a su personal dado que se iniciaba la temporada de la trucha. Por último, la Lockheed trajo alivio a nuestra inquietud: nos remitirían a Bernard Pseberg Lindon, artífice de la misión Viking, padre de las sondas Mariner y amigo cercano de un ingeniero que había sido verdadero cerebro gris del proyecto Skylab.
Pseberg debió ser rastreado por toda Europa Central ya que, para ese entonces, se hallaba visitando a un primo suyo que nada tenía que ver con los proyectos espaciales, pero que había contribuido grandemente a las comunicaciones humanas mediante la codificación de sombras chinescas sobre paredes.
Aún pienso que la Lockheed aceptó ayudarnos para cabalgar sobre la cresta de la ola de nuestro posible triunfo, y algo así debió pensar también Pseberg, para acceder a volar hasta nuestra ratonera de White Sands.
Debo admitir que la llegada de Pseberg apresuró la solución. Enérgico hasta la crueldad, de una actividad rayana en el fanatismo y con un método analítico más cercano a la pianola que al matemático, Pseberg nos puso frente a la solución del problema en sólo 25 días de trabajo: había que liberar los gases del ozono a través de las toberas de la tercera fase, pero sin contactarlos con los propergoles sólidos del segundo sistema. Y si éstos entraban en pérdida o desprotegían la dirección giroscópica, bastaba con inyectar una mayor proporción de flúor en la masa molar.
El árbol nos había impedido ver el bosque.
El 22 de octubre de 1981 se realizó la prueba final y todo anduvo a la perfección. De allí en más se completaron algunos detalles menores, se chequeó por milésima vez el encendido y todo quedó listo para el tan demorado momento del despegue definitivo. Fue cuando ante una sugerencia de Silvie Mortimer, quien me vio revolviendo el café con la visera de mi gorra, marché en procura de un reparador descanso. Y fue cuando, media hora después de revolverme en la cama como un poseso, Meck Sanduway llamó a mi puerta.
—La tobera del segundo sistema se atascó —me disparó Sanduway apenas le hube abierto la puerta. Sentí como si millones de pequeños alfileres se clavasen en mi cuerpo. Las piernas se me aflojaron y de no mediar el apresurado sostén de Meck me hubiese destrozado la cabeza contra el piso.
—¿Se lo has dicho a alguien? —atiné a preguntarle apenas pude recuperar el dominio de mis cuerdas vocales.
—No —me tranquilizó Meck, con esa austeridad de vocabulario que hace tan rústicos a los hombres del bajo Tennessee.
Para el lector que no conozca los entretelones de un proyecto interespacial, informo que una tobera no tiene actividades intermedias: o funciona o no funciona. No se admiten en una tobera ni falsos encendidos ni ronquidos, ni carrasperas, como tampoco producción a "media máquina".
"Cinthya", la tobera del segundo sistema estaba bajo mi completa responsabilidad y ahora, a sólo 14 horas del lanzamiento del Columbia, se había empacado como un asno. Era un problema tres veces más complejo que el anterior suscitado con la gasificación del ozono. Y el problema de la gasificación del ozono nos había demorado durante medio año.
—Vuelve al centro de cómputos —recomendé a Meck—.Y no digas a nadie nada de esto.
Tomé el casco, salté sobre un jeep, y abandoné las barracas rumbo al transbordador. Afortunadamente a esa hora, cuando el sol era un soplete sobre la arena, sólo me crucé con algunos operarios menores.
Los ingenieros y científicos se habían refugiado en sus habitaciones disfrutando de hallarse, por fin, en vísperas de la cuenta regresiva. En tanto ascendía mediante el ascensor interno hacia las visceras del Columbia, pensaba en qué palabras emplearía para comunicar a nuestro jefe Woollie Pat Sullivan, el nuevo drama que se había desatado. Lo recordaba, un año atrás, masticando, transpuesto de odio, una minicalculadora Sharp ante la noticia de la quemadura de una bujía de su coche. Además, debería ser yo, en persona, quien explicara al presidente Reagan, el flamante e incalculable retraso del Proyecto Opalo. Y yo conocía bien al presidente. Por mucho menos que eso lo había visto hacer cosas terribles con los indios, largo tiempo atrás, en el cine de Tollucah, mi ciudad natal.
Cuando llegué al compartimento que hacía las veces de antesala, sólo encontré a un empleado de mantenimiento, quien se había refugiado en la tranquililidad de esa sección para apurar su emparedado de tocino y maní. Le ordené, perentoriamente, que se fuera. El hombre, sin decir palabra, envolvió su merienda y se alejó.
Con el alma en un hilo, oprimí el encendido de "Cinthya". Me respondió un silencio funerario. Repetí la acción cinco o seis veces. Ni un chasquido. Nada. "Cinthya" estaba muerta, fría y yerta. Me dejé caer, vencido, sobre el piso de metal. Entonces me encontré, de nuevo, con la mirada del empleado de mantenimiento. No se había ido. Estaba sentado sobre el sistema de apertura de compuertas externas, junto a la salida que no había transpuesto, masticando con poco entusiasmo su comida, observándome con expresión indiferente.
En aquel momento, con ese pudor lógico de todo científico egresado de Denver, deseé que aquel desconocido confundiese mis lágrimas con posibles gotas de transpiración. Lo que iba a ser difícil de explicarle eran mis berridos animaloides y los puñetazos que propinaba contra el blindaje de las mamparas. Con la tobera de la sección superior atascada, el soñado despegue del transbordador Columbia en 1981 era utópico.
La preeminencia de la carrera espacial volvería a manos de los comunistas y podía decirse que el mundo libre estaría al borde de la destrucción, el holocausto atómico y ¿por qué no? la contaminación de los ríos.
Controlar, chequear y verificar todas y cada una de las 573.829 piezas mecánicas y electrónicas encerradas en aquella cúpula cilindrica de 38 metros de largo por 11,07 de ancho que constituía la médula energética del Columbia podía insumir de uno a dos quinquenios de planes galácticos. Reagan no lo soportaría.
Dentro de mi desesperación vi que el operario, sin dejar de comer, adelantaba un par de veces el mentón hacia mí, en mudo interrogante.
—¿No le dije que se fuera? —le grité, desde el suelo, furioso. Frunció el entrecejo y volvió a avanzar su mentón, inquisidor. Comprendí que no entendía bien el idioma.
—¿No habla inglés? —le pregunté, más enojado aún.
—Sí, sí —dijo. Se puso de pie, tiró desaprensivamente los restos del sandwich en un rincón y limpió con energía las palmas de sus manos golpeándolas contra los fundillos de su pantalón en tanto se me acercaba. Sin dejar de hurguetearse los dientes con la punta de la lengua y el reborde de los labios, me tomó de un brazo y me ayudó a ponerme de pie. Allí pude leer, entonces, el nombre de aquel sujeto moreno y bajo, en el solapero que lo identificaba: "Artemio Pablo Sosa". Un hispanoparlante.
—Hablo inglés —me explicó—. Pero si me habla muy rápido. . . —se quedó en silencio mirando fijamente hacia un punto ubicado en las cercanías de mi hombro derecho y yo pensé que buscaba palabras para completar la frase. Chasqueó los labios y escupió un residuo de carne.
—¿Qué pasa, maestro? —preguntó luego.
—¿Qué es usted?—me interesé—. ¿Mejicano?
—Argentino —me dijo. Yo apoyé mi empapada espalda contra una mampara y meneé la cabeza con desaliento.
—La tobera —señalé con gesto vago, baja la vista.
—¿Qué pasa? ¿Qué tiene la tobera?
Oscilé mis manos, con las palmas hacia abajo, a la altura de mi cintura.
—Reventó —sólo atiné a decir—. Fin.
—¿No camina? —dijo el hombre. Estuve tentado de explicarle, pero me frenó el ridículo de enredarme en una charla técnica con un auxiliar electricista que no sólo no detentaba cargo relevante alguno, sino que ni siquiera era sajón. Por otra parte ya el desprolijo personaje me había dado la espalda y, mientras se rascaba los dorsales lentamente con el pulgar de la mano derecha, atisbaba hacia lo alto de la tobera a través del triple cristal atérmico que nos separaba de ella, sobre la consola de mandos.
Sosa volvió hacia mí. Ahora se estiraba hacia abajo, impudorosamente, la tela que le recubría la entrepierna.
—¿Está abierto? —señaló a sus espaldas la puerta que accedía a la tobera. Asentí con la cabeza. Pero no volvió hacia allí. Caminó hasta donde había estado sentado y comenzó a revolver en un bolso de trabajo abandonado junto a los restos de su merienda. Sacó una manzana y entonces sí, pasó de nuevo junto a mí, hacia la puerta de entrada a la tobera.
Yo permanecí quieto en el mismo lugar, como vacío de hálito vital, pensando tan sólo en el sombrío futuro que acechaba a mis hijos, en el hipotético caso de que llegase a tenerlos.
Habrían pasado seis minutos cuando apareció de nuevo el argentino.
—¿Tiene un alambre? —me preguntó. Sacudí la cabeza, negando.
—Me parece que yo. . . —masculló—. Algo me queda. . .
Fue hasta su bolso, revolvió en él y sacó un trozo de alambre de unos veinte centímetros. Mientras procuraba enderezarlo (había estado plegado en secciones de unos seis centímetros) me miró y enarcó las cejas.
—Vamos a ver, dijo un ciego —informó, serio. Pasó de nuevo frente a mí y se metió en la tobera. Por quince minutos sólo lo escuché silbar una música extraña. Yo, en tanto, sopesaba la posibilidad de salir al exterior de la nave, ganar la superficie de una de sus cortas alas y de allí lanzarme de cabeza a la pista, distante lo suficiente como para hacer estallar una bóveda craneana.
Apareció de nuevo el argentino: se estaba frotando las manos con un trapo.
—A ver, maestro —me dijo.
—¿Qué?
—Préndala —me indicó, señalando con un movimiento de cabeza hacia la tobera.
Ahora sí, lo miré como comprendiendo que se trataba de un ser viviente quien me hablaba.
—Préndala. Dele —insistió, mientras volvía hacia su bolso y metía el trapo en su interior. Caminé cuatro lentos y arrastrados pasos hacia el encendido, apoyé un dedo sobre el botón y giré mis ojos para mirar al argentino, compasivamente. Apreté el botón y se escuchó un ronroneo suave y parejo primero, y luego un rugido saludable. Casi estrello mi cara contra el triple cristal en procura de ver desde más cerca lo que no podía creer. ¡Aquella maldita tobera funcionaba! Me di vuelta, incrédulo, hacia ese sudamericano providencial. El hombre había corrido el cierre relámpago de su bolso, había metido éste bajo su brazo izquierdo y miraba hacia el techo, prestando atención al sonido trepidante de "Cinthya".
—No —pareció contradecirse—. Va andar bien. Luego, sí, se dirigió a mí: —Le va aguantar bastante. Por lo menos para sacarlo del paso. Eso sí. . . —advirtió— . . . capaz que de aquí a un par de años le tenga que pegar una revisada. Pero. . . por ahora. . . —pareció conformarse.
Se tocó luego la ceja derecha en un remedo de desmañado saludo militar, cabeceó para despedirse, abrió la compuerta neumática que daba a la escalera externa y se fue. Yo, en tanto, escuchaba a mis espaldas el dulce canto de "Cinthya", funcionando.
Al día siguiente, el transbordador Columbia, tras corta cabalgata sobre su avión-madre, salió disparado hacia el límpido cielo de Najove y de allí en más la historia es conocida.
De Artemio Pablo Sosa, nunca jamás tuve conocimiento. Superada la efervescencia del éxito de la misión Opalo, lo busqué por las distintas dependencias, talleres y barracas de White Sands. Finalmente, en la oficina de personal me informaron que había viajado la misma tarde del lanzamiento, posiblemente a New York, con un nuevo contrato.
Un año después, una agencia de averiguaciones privada me informó que Sosa había trabajado cuatro meses como lavacopas en un restaurante italiano sobre la Séptima Avenida.
Alguien me contó, también, que una persona de ese mismo apellido había estado trabajando como iluminador en un teatro de quinta categoría donde ponían piezas musicales para público latino, en Broadway. Pero nunca más pude encontrarlo.
Cuando Maud llegó a la casa, la envergadura de sus alas no superaba el metro y medio. De cualquier manera, se trataba ya de un pichón de águila fornido y audaz, tal como lo demostró al procurar llevarse entre sus garras el viejo Porsche 64, de seis cilindros, que era el orgullo de tío Saúl. Maud no consiguió su objetivo, pero sus garras de acero destrozaron la capota del arcaico sedán.
El intento del águila no era novedoso para nosotros, dado que, semanas atrás, la majestuosa ave se había elevado hacia las montañas Bitterroot, ante nuestra sorpresa e impotencia, con la bicicleta de Buddy entre sus poderosas patas.
Por lo tanto, cuando el formidable pájaro se abatió por el conducto de la chimenea de leños cayendo en el medio del living, la primera intención de tío Saúl fue despanzurrarlo de un escopetazo. No hubiese sido fácil concretar ese propósito porque de inmediato el águila se trenzó en lucha feroz con Silver, nuestra mangosta, y porque, además, el viaje hasta el pueblo para comprar una escopeta, le hubiese insumido a cualquiera de nosotros más de un día y medio entre ida y vuelta.
Aún no sabemos cuál fue la causa que indujo al pichón de águila a precipitarse por la chimenea de nuestro hogar, pero ya la conducta del animal nos había desconcertado días antes cuando el pequeño Jeremy llegó a la casa contando que lo había visto cabeza abajo de las ramas de un fresno, durmiendo al más puro estilo murciélago.
Nuestro rancho estaba en el valle que se extiende al pie de las montañas Bitterroot y la presencia de aves de rapiña me era tan natural como la convivencia con Eve, mi esposa. No pasaba día sin que nos atacase algún gavilán, sobrevolase nuestro techo alguna pareja de gallinazos o cruzase el cielo algún helicóptero de la base aérea enclavada al otro lado de la cadena montañosa.
Las águilas no eran tan comunes, pero se dejaban ver de vez en vez, especialmente tras la época de las grandes ligas de béisbol. De cualquier manera, nunca habíamos tenido un contacto tan directo con una de esas reinas de las alturas como cuando Maud irrumpió en nuestro grupo familiar. A pesar del lógico temor del primer instante, pronto debimos decidir qué destino dábamos al ave quien, a dos horas de su aparición intempestiva, continuaba enredada en lucha salvaje con la mangosta. Tras largas discusiones, privó el sempiterno espíritu americano de ayuda al prójimo. Comprendimos que el águila se hallaba enferma y que debíamos ayudarla. No era mucho nuestro conocimiento sobre dichas aves y sólo tío Saúl podía esgrimir algunos razonamientos acertados, ya que, cuando joven, había practicado aeromodelismo. Por lo tanto, decidimos llamar a un vecino, el señor Edelmann, un criador de canarios flauta cuyos pupilos habían arrasado con los primeros premios en la Gran Feria del Instrumento de Viento que todos los años se llevaba a cabo en Missoula. El señor Edelmann respondió presto a nuestro llamado y cuatro días después llegó a casa proveniente de Dinamarca, donde se hallaba radicado desde hacía tres años.
Maud, como habíamos decidido ponerle a nuestra águila (en realidad eran siglas: Mountain Animal Unknown Domestic) a instancias de Carolina, nuestra hija más pequeña, se hallaba, cuando llegó Edelmann, dentro del lavarropas, donde se había hecho fuerte. Desde allí dentro nos miraba a través del visor de cristal y en sus ojos implacables podíamos adivinar un nítido acento depredador. Nosotros la alimentábamos con galletas marinas, cereales y tapioca. Cada tanto, pese a nuestros esfuerzos, Silver, la mangosta, se deslizaba dentro del lavarropas y se reiniciaba la batalla. Ya nos habíamos acostumbrado a la enemistad entre ambas criaturas, pero a lo que no podía habituarse Eve era a los efectos que dichas riñas causaban en nuestras sábanas, fundas y demás ropa blanca. Para colmo, el jabón en polvo produjo un raro efecto en el rojizo pelaje de Silver, quien destiñó, transmitiendo a Maud una coloración extraña y anormal en su plumaje.
El señor Edelmann, provisto de un guante de béisbol de mi hijo más pequeño, Bessie, instó a Maud a salir de su refugio. Ante nuestra sorpresa, el águila aceptó el envite, se encaramó sobre la protegida mano derecha de nuestro vecino y, salvo un espasmódico picotazo que desprendió el labio superior de Edelmann, se dedicó a contemplar a su nuevo amigo como si lo conociese desde siempre.
Edelmann nos pidió cordialmente que lo dejásemos a solas con el águila y, durante dos días, pudimos escuchar desde la habitación contigua, cómo le hablaba en un tono convincente y monocorde. Al tercer día, Edelmann salió de su encierro con un informe bastante completo: Maud estaba totalmente sorda. Según Edelmann, el pichón se había visto afectado por la altura: la presión del aire en los altos picos de la montaña había afectado notoriamente sus tímpanos. Mis hijas, mi esposa y tío Saúl, quedaron muy impresionados con el diagnóstico. A mí no me impactó, sin embargo, debido a que también yo había sufrido similar martirio, elevándome en uno de los ascensores de las torres Twin, cuando viajé en ocasión de la fiesta aniversario por la ejecución de Caryl Chessman. Edelmann nos dijo, asimismo, que deberíamos enfrentarnos a un difícil trabajo de rehabilitación de Maud, dado que en esas circunstancias le era imposible volver a volar.
La empresa no era fácil, debo confesarlo, pues una casa de campo donde habitan un matrimonio con sus niños, no ha sido, generalmente, diseñada para contener las ansias de horizonte de un águila real de Idaho. Pero, nuevamente, privó el espíritu caritativo de nuestra familia: se resolvió la permanencia de Maud en la casa hasta su total rehabilitación mediante el voto democrático. Venció la tendencia afirmativa por seis votos contra cinco, tras una primera votación donde, aún hoy no nos explicamos cómo, el recuento de los once votos dio una total paridad.
De allí en más, vivimos tres años apasionantes y bellos. Maud, nuestra orgullosa águila real, pasó a ser un miembro más de nuestra familia. Poco a poco fue recobrando el sentido auditivo, gracias a nuestros esfuerzos por hablar en voz baja y evitar toda manifestación ruidosa. Llegamos, incluso, a festejarle sus cumpleaños o dejarle pequeños regalos de fin de año bajo el pino navideño.
Una luminosa tarde abril, cuando Maud emprendió carrera desde abajo de la mesa del comedor para tomar vuelo y finalizar estrellándose contra la vitrina que atesoraba los trofeos que el pequeño Les había ganado compitiendo en "Cave el pozo más hondo", comprendimos, con emoción, que había recuperado el sentido del equilibrio y se hallaba en los mismos umbrales de la perfecta condición física. Lo comprobamos con alegría, pero también con inocultable tristeza. Aquello significaba, nada menos, que se acercaba el duro momento de devolver a Maud a la vida salvaje. Aquella noche, encerrados en el sótano, lloramos todos como chicuelos.
A Maud se la veía feliz dentro de la casa; se había convertido a esa altura de la historia en una bella bestia cuyas alas extendidas alcanzaban una longitud de 7,50 metros, y no me cansaba de admirarla aposentada sobre el techo del ropero de la pieza de Franny, la más pequeña de nuestras hijas, contemplando, atenta, el movimiento dentro del hogar. Le divertía juguetear con los niños y los perseguía picoteándoles los talones. Sin embargo, Maud, con ese instinto propio de los rapaces, era consciente de la fortaleza de su pico, y nunca llegó a herir malamente a ninguno de mis muchachos. Pese a todo, pese al ambiente de regocijo que imperó en nuestro rancho durante aquellos felices años, coincidimos con Eve en que debíamos abordar el último tramo en la recapacitación de Maud, antes de su devolución a las montañas. Había que restituirle el ancestral llamado de la caza. Si bien el águila lograba levantar en vilo algunos de los sillones Lafayette de nuestra galería, o se empecinaba en elevar a tío Saúl y estrellarlo contra las rocas del arroyo cercano, no veíamos en ella la clásica predisposición para detectar una presa y atraparla.
Fue así que recomendamos a Walt, el cuarto de nuestros niños, el adiestramiento de Maud. El sistema era simple: Walt se estacionaba en el medio del prado que se extiende en el frente del rancho, haciendo girar sobre su cabeza una larga cuerda en cuyo extremo se hallaba atado un salame milanés. Maud, en tanto, era conducida dos kilómetros más abajo, casi junto al río, por Georgie, con la cabeza cubierta por una capucha. Al llegar al punto establecido, Georgie le quitaba la capucha y orientaba a Maud hacia su presa. La vista prodigiosa del águila le permitía localizar de inmediato el vuelo circular del salame y se lanzaba sobre él como un meteoro. El primer ensayo no fue exitoso debido a que Maud atrapó a Walt en lugar del salame y se lo llevó hacia las alturas. Se perdió entre las nubes con nuestro hijo, antes de que tuviésemos tiempo de ordenarle el regreso. Eramos conscientes de que Maud gustaba de bromear con nuestros muchachos, pero aquella vez había llevado la broma demasiado lejos. No era exagerada nuestra apreciación: dos días después, Walt telefoneó desde Nampa, ciudad excesivamente alejada de nuestro estado (unos 480 kilómetros) donde había caído, afortunadamente, sobre un ómnibus escolar. Tan distante se hallaba Walt de nosotros que optó por radicarse en Nampa y, aún hoy, solemos cartearnos.
Las dificultades prosiguieron con Maud, dado que Ira tomó a su cargo su entrenamiento de caza, siendo atacada por miles de buitres al segundo día en que se dispuso a revolear el salame. Pese a todo, dos semanas después pudimos afirmar que el águila se hallaba en óptimas condiciones de sobrevivir en su original habitat rocoso. Juro que aquella noche no dormimos pensando en la despedida. Pero conscientes de que no podíamos alterar el impertérrito rumbo de la Naturaleza, al día siguiente, con Maud dentro de una bolsa de dormir de Milton, el más pequeño de mis niños, partimos en el Land Rover hacia el pie de las montañas Bitterroot. ¡Qué prístina mirada de comprensión adivinamos en los ojos de Maud cuando la pusimos sobre el capot del coche!
Advertía la despedida de todos aquellos que, durante cuatro años, habíamos velado y cuidado por ella. Le quitamos el arnés de cuero, abrimos la cerradura de su collar, aflojamos el rigor de las ligaduras de soga que contenían sus alas formidables y con gritos, movimientos ampulosos de brazos y voces de aliento, la instamos a elevarse rumbo a las montañas.
Maud no tuvo un solo instante de vacilación, con una economía de gestos propia de su grandeza, emprendió el vuelo. Primero describió un amplísimo círculo bordeando el bosque, ante nuestra mirada conmovida, luego pasó oscilando levemente las alas en el internacionalmente conocido planeo de saludo y finalmente se zambulló como una tromba dentro de nuestra casa.
Por ocho veces repetimos el intento. Llegamos a escalar nosotros mismos la ladera de la montaña hasta alcanzar uno de los picos nevados, para convencer a Maud, acerca de cuál era su destino. Pero nada surtió resultado. Maud había elegido el lugar donde madurar y reproducirse.
A tres años de esta historia, Eve y yo, ya nos hemos acostumbrado bastante bien a la vida de montaña, con ese particular sentido práctico de la gente de campo. La caverna en la roca es amplia y el aire, uno de los más puros que pueda uno imaginarse. Nuestros hijos permanecen con nosotros, salvo el más pequeño, que optó por compartir el nido con un cuquejo gris, mil metros más arriba. Tío Saúl se desbarrancó el invierno pasado en un abismo, pero confiamos que, en el próximo verano, con el deshielo, recuperaremos su cuerpo.
Cada tanto, nos viene a visitar Maud, que revolotea gozosa en torno nuestro. El miércoles pasado no vino sola, la seguía un hermoso pichón de su mismo plumaje. No se acercó tanto, esta vez, quizás celosa de su cría, pero era obvio que no quería privarse del gusto de mostrárnoslo, en su orgullo de madre.
A veces, cuando el día es diáfano, desde nuestra altura alcanzamos a ver los tejados de nuestro antiguo rancho. Incluso advertimos el humo que sale de su chimenea en las tardes frías. Sabemos, entonces, que allí están Maud y los suyos, en torno al fuego, quizás disputando por un pedazo de conejo, o bien saboreando un trozo de mofeta cruda.
Y, deben creerlo, somos felices.
Pocas luminarias se encuentran tan relacionadas con los años de oro de Hollywood como Olga Drummer. Es por ello que su próximo libro de memorias, a punto de ganar las librerías, ha suscitado tanta expectativa entre la colonia artística de todo el mundo y entre la multitud de seguidores que Olga siempre tuvo.
Hoy, con 86 años, pero aún conservando su encantado hálito de diva, Olga Drummer acepta recibirnos (rompiendo un silencio de cuatro décadas) y hablar de su esperada publicación.
Periodista: —¿Cuál es el titulo del libro?
Olga Drummer: —El título del libro es "Olga Drummer, una vida entre bambalinas". ¿Le gusta?
P: —Me fascina.
OD: —Creo que es un título sugerente, que explica el carácter del libro pero no lleva la explicación a un nivel tan detallado como para que el lector potencial piense que ya lo ha leído. Allí narro mis memorias. Imagínese usted, querida. ¡Tantos años vividos en los sets cinematográficos! ¡Tantas emociones! ¡Tantos halagos! El encuentro con infinidad de celebridades. En fin: amoríos, triunfos, pequeños escándalos. Y más que nada el reconocimiento a quienes colaboraron, de una manera u otra, en mi carrera artística. ¡Cómo olvidar, por ejemplo, a Eneas Liberattor Grondon, mi descubridor!
P: —Cuénteme algo sobre él, Olga.
OD: —Eneas, como le decía yo, era un descubridor de talentos. Quizás haya sido yo su logro más reconocido, pero a Eneas se deben también las apariciones en el estrellato de figuras como Elmer P. Palmer, Rosita Guerney Lonsten, las cuatrillizas Several o Thomas Eremit Duncan, quien saltara a la fama con aquel recordado comercial de los cereales Papoolok. Incluso el celebérrimo George Levin debe a Eneas el hecho de acceder a primera figura en "Aquellos héroes del Potomac". George, como le decía yo, estaba en una celda de castigo en una prisión federal donde purgaba una condena por adulteración de leche malteada. Eneas logró su libertad bajo fianza para filmar la película. George triunfó en todo el mundo y luego volvió a las rejas. Un año después, la Paramount logró reemplazarlo en la celda por un doble para que Levin saliese y filmase "Un parasol jamaiquino". El alcaide de la cárcel aceptó a cambio de que saliese su nombre en las columnas de chismes del "Star-news".
P: —¿Es así que fue Eneas L. Grondon su descubridor?
OD: —Eneas tenía un olfato especial para detectar talentos. Recuerdo que, veinte años después de que me lanzara a la fama con mi primera película "Los carromatos del Infierno" con Jeremith Mattoso y Edward G. Robinson, nos encontramos en una entrega de Oscars y me dijo: "Linda, yo sé detectar un talento, y estoy seguro de que llegará el día en que tú demostrarás que lo tienes". El era así, un seductor permanente de hombres y mujeres. Nunca olvidaré el momento en que reparó en mí. Sinceramente no sé, ni sabré nunca, cómo lo hizo. Yo trabajaba en Mayci's junto con otras 3.247 muchachas. Aquellas grandes tiendas eran siempre un escándalo de gente.
Creo que atendíamos a millones de personas por día. Para colmo, la fecha que recuerdo era cercana a Navidad, así que te imaginas, querida, lo que era aquello. Eneas había entrado buscando un tipo especial de sacacorchos que había visto en casa del viejo John Ford, emocionándolo hasta las lágrimas. No sé, te repito, cómo fue que reparó en mí. No sólo por la cantidad de gente sino que, además, yo trabajaba en una oficina contable del onceavo piso a la que sólo se accedía por una escalera de incendios, cinco pisos más arriba de los salones de compras. Sin embargo, en un momento dado, escucho que alguien pega un puntapié en la puerta abriéndola violentamente, entra un hombrecillo regordete y semicalvo que no era otro que Eneas, se planta en medio de la oficina ante la sorpresa de la supervisora y de mis compañeras, me señala y me dice: "Tú serás la estrella que domine el firmamento del cine en los próximos 30 años".
Aún puedo experimentar la turbación que me invadió. No me explico cómo Eneas pudo adivinar en mí los rasgos femeninos que llegarían a enloquecer a los hombres de todo el mundo, creando, incluso, una moda, un estilo, el estilo "Olga Drummer". Tú me ves ahora, querida, cercana a los 86 años, pero aún conservando las líneas de una silueta ajustada y no puedes imaginarte lo que era yo cuando tenía 16 años y trabajaba en Mayci's. Pesaba algo más de cien kilos, un acceso de tifus me había provocado pérdida parcial del cabello y cubría los sectores descubiertos de mi cuero cabelludo con trozos de estopa que robaba de la sección: "Utensilios de limpieza". Mi mayor complejo, no obstante, estaba ligado al oscuro bozo, muy rebelde, que sombreaba mi labio superior. Un bigotito espantoso que me daba un aire a Ronald Colman en "El último tchatoga". La lucha por hacer desaparecer ese vello bajo mi nariz me hacía olvidar mi gordura, una verruga pilosa que emergía en mi mejilla derecha y los resabios de una parálisis infantil que había dejado arruinada mi pierna izquierda. El estrabismo, en cambio, era casi imperceptible mirado de lejos. Pese a todo y aunque cueste creerlo, Eneas Liberattor Grondon supo ver en mí la futura star de Hollywood.
P: —¿Conoció usted a Clark Gable?
OD: —¡Oh, por Dios! El hombre más fatuo e insoportable que he visto en mi vida.
P: —¡No diga!
OD: —Un espanto. Tan pagado de sí mismo, con esa mirada como diciendo: "¿Cómo piensas tú, basura, que puedo fijarme en tí?". Un asco de persona, aunque debo reconocer, eso sí, que tenía un encanto muy particular y en el set, bueno, poseía un magnetismo, un "charme", que hacía aparecer a todos sus circundantes como personas grises y sin brillo propio. Era un horrible actor y a mis años no tengo reparos en decir algo que por siempre he ocultado: Gable era un muchacho muy sucio. Realmente sucio. Siempre olía mal. Sus uñas lucían siempre como si hubiese estado cavando una tumba, los cuellos de sus camisas se veían con ribetes negros y llegué a descubrir, una vez, detrás de sus orejas, arena de una película de guerra que había filmado meses atrás.
P: —No se veía así en sus películas.
OD: —Es que los equipos de producción se lanzaban sobre él cuando estaba borracho y lo sumergían por horas en una bañera antes de cada filmación.
P: —¿Bebía mucho?
OD: —¡Hija! Era una cuba. John Wayne era un abstemio a su lado. Llegaba a entrar a los laboratorios para beberse el revelador, que tiene un componente alcohólico. ¿O por qué crees que se mató con su auto al estrellarse contra un camión detenido a la vera de una carretera en Iowa?
P: —¡Cielos, Olga! Tengo entendido que Gable no murió en un accidente de ruta.
OD: —¿Cómo que no?
P: —Bueno, al menos no es eso lo que cuenta la historia del cine sobre Gable.
OD: —¿Gable? ¿Clark Gable dices tú?. . . Oh no. . .No. Tienes razón, querida, no era Clark Gable el que se mató en Iowa. No, por supuesto, el pobre Gable murió tras soportar aquella horrible enfermedad. No puedo recordarlo sin unas lágrimas, tú perdona. Una persona tan sensible, tan refinada. No, el que yo decía, que se mató en Iowa fue August Verner Simson, quien fue mi compañero en "La concuñada del Hombre Mono". Siempre bebió mucho August, eso lo perdió. Se abandonó en su atildamiento personal y eso, tú sabes, es fatal para un artista. Su tercera esposa, Linda, lo dejó por eso un día que August llegó a filmar una escena de "El Príncipe y la Marsopa" totalmente orinados sus pantalones de pana. Linda no me hubiese mentido nunca. Ella también fue descubierta por Simón Gallahan, el hombre que me rescató a mí de una gran tienda.
P: —Olga, por favor, me dijo usted que su descubridor fue Eneas Liberattor Grondon.
OD: —¿Eneas Grondon? ¿Grondon dije yo? ¿Estás segura, querida, que yo dije eso? No, Eneas Grondon era un tío abuelo mío. Aún lo recuerdo, llegando a casa cuando yo sólo tenía cinco años, con un conejo marrón con un moño rojo en el cuello, de regalo. El hombre a quien debo yo mi carrera es Simón Gallahan, sí, Simón o Víctor Gallahan. Creo que su nombre era Simón. De lo que estoy segura es que su apellido era Gallahan, como las galletas Gallahan. Gallahan fue el único crítico en mi larga carrera artística que supo apreciar en mí esa forma oblicua en el mirar, tan seductora. "La diva del mirar esquivo" me definió cierta vez Gallahan, en un festival de Venecia en 1932.
P: —¿Datan de tanto tiempo atrás los festivales de Venecia?
OD: —Tal vez no fuese Venecia. ¿Venecia dije yo? Quizás fuese en el Rodeo de Wichita adonde fui invitada como "Domadora Sorpresa" y me las tuve que ver con un cebú. Yo tenía 18 años y en esa ocasión fui descubierta por August Vernet Simson, un oscuro artista que aún no había tenido ocasión de manifestarse. Te parecerá mentira que aún hoy, con 86 años, mantenga la misma sensación de infinita gratitud hacia aquel hombre. August, como yo le decía, era un certero descubridor de nuevos rostros y había lanzado a la fama a Maureen O'Hara, quien luego se casó con el príncipe Rainiero.
La pobrecita se mató este año en un accidente de autos, como mi adorado Gable, tú sabes...
Acallados los fragores de la Segunda Guerra, comenzaron a tomar conocimiento público diversas versiones demostrativas de que el feroz ataque a Pearl Harbour, se hubiese podido evitar.
Desde aquellos que afirman que dos meses antes del traidor golpe japonés la base norteamericana estaba a punto de cerrarse para ser convertida en un gigantesco parque de diversiones, hasta la versión que sostiene que una semana antes del fatídico domingo 7 de diciembre de 1941 estaba a la firma del presidente Roosevelt el proyecto de vender los predios de Pearl Harbour al consorcio de las hamburguesas Mc Donald, han desfilado innumerables suposiciones que atribuyeron a la fatalidad o a la desidia, el escarnio que sufrió la flota americana aquella trágica madrugada.
Pero recién en estos días sale a la luz el resultado de los prolijos estudios llevados a cabo durante cuatro décadas por el científico holandés Théodore Leendert, apasionado por el suceso bélico, quizás debido a que uno de sus hijos (para ser más precisos, el tercero) lleva el nombre de Pearl.
A continuación, pasamos a las conclusiones de Leendert, publicadas el 8 de junio del actual año, en el periódico "Chicago Voice" de Boston, dentro del suplemento familiar que, todos los domingos, este medio dedica al rubro "Catástrofes".
El Ministerio de Marina, bajo la tutela del almirante Frank Knok, conocía, a los siete días del mes de marzo de 1941, la clave empleada por la marina imperial nipona. Se había dilucidado algo fundamental: cada letra que conformaba una palabra irradiada tenía su correspondencia en un número. La suma de los números que totalizaban una palabra daba la ubicación de una nueva palabra en un libro cualquiera, elegido al azar por el alto mando japonés.
Para el espionaje yanqui, este logro revestía una importancia vital, ya que alcanzarlo le había sido sumamente engorroso. Desde los comienzos de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), se había empecinado el almirantazgo americano en descifrar los mensajes nipones, sin éxito.
Ese afán lo llevó a escrutar minuciosamente la guerra austro-húngara, incluso sin que hasta el día de hoy pueda entenderse tal desvelo.
Durante casi una década sus estudiosos en hermenéutica estuvieron descifrando, tomando anotaciones y fatigando una clave que, al final, descubrieron, pertenecía a la flota pesquera coreana y no a los japoneses. Llegaron a tal conclusión al descubrir, por casualidad, que "Chin-tien" significaba "atún" y no "destróyer".
Pero tal vez el recuerdo de ese mismo traspié dio al Centro de Inteligencia Naval, casi una década luego, la punta del ovillo para conseguir la clave de las naves del Sol Naciente, poco tiempo antes de que los Estados Unidos fuesen impelidos a entrar de lleno en la Segunda Gran Guerra.
No se debió el éxito a ninguno de los cerebros más relevantes de los Servicios de Inteligencia, sino a Grover B. Hayes, natural de Delaware y cocinero de la dotación del buque patrulla "Here we go II". Hacía tiempo que el espionaje yanqui había llegado, al menos, a una conclusión importante dentro del desaliento y la confusión que lo atenaceaban: la clave japonesa naval estaba relacionada con un libro de la propia literatura nipona. Aquella precisión se obtuvo tras haber detectado varios mensajes emanados desde el buque-escuela "Hideiyoshi Makura", en los cuales el telegrafista acotaba tras cada frase: "página 8" o "página 27" o bien "Prólogo". La duda cundió entre los especialistas americanos cuando cayeron en la cuenta que el "Hideiyoshi Makura" no sólo era un buque-escuela, sino que era de escuela primaria e incluso hacía las veces de jardín de infantes, cosa que estaba en consonancia con el significado de su nombre: "Dragoncito Picarón" en japonés. Eso hizo pensar a los marinos de Husband E. Kimmel que los mensajes sólo podrían encerrar consignas elementales como "El samurai me ama", "El perro come el arroz" o nimiedades semejantes.
La duda vino a ser despejada por el ya citado cocinero Grover B. Hayes, quien afirmó, ante el reunido alto mando naval aliado, que el libro sobre el cual se descifraba la clave interceptada no era otro que "Cocina nipona para principiantes", del monje budista y maestro repostero Togukawa Okuma.
Hayes, contrito, confesó que él estaba al tanto de dicho detalle desde hacía cuatro años, ya que solía incluir en sus comidas algunas especies recetadas por Okuma, pero que no lo había expuesto ante sus superiores temeroso de ser acusado de simpatizar con el enemigo.
De cualquier manera, el aporte de Hayes (quien fue ascendido a Cocinero Alférez en la prisión militar de Promontory, Utah) tranquilizó al Superior Comando de Asuntos Marítimos, ya que, desde el momento en que habían olfateado que el dilema podía hallar su solución en la literatura nipona, habían estado analizando a fondo toda la obra de Pearl S. Buck, hasta caer en la cuenta de que dicha autora, a pesar de escribir asiduamente sobre las costumbres orientales (chinas, para ser más exactos) era norteamericana.
A partir de este hallazgo y durante casi dos años, la marina norteamericana logró mantener un prudencial control sobre los mensajes cruzados por los navios japoneses, ya éstos en operaciones bélicas. Pero el 3 de octubre de 1941, el almirante Nimitz fue notificado de que los nipones habían cambiado la clave. El Servicio de Prevención Costera había llegado a esa comprobación debido a dos hechos, uno de ellos fortuito: por un lado, la infidencia de un residente japonés radicado en San Francisco, quien propaló la noticia a grito vivo en un local de Burger King adonde se había puesto en total estado de ebriedad al mezclar una bebida cola con "Doctor Pepper"; y por otro, el simple hecho práctico de que en los mensajes interceptados no se entendía absolutamente nada.
Esto perturbó al Comando Estratégico de Operaciones Navales, el que se abocó, de inmediato, a conseguir la nueva clave de la flota de Yamamoto. Como si esto no fuese suficiente, algo más sumó nueva preocupación al ya inquieto Estado Mayor americano: había vestigios, indicios, rumores, de que algo grave estaba por abatirse sobre alguna de las más importantes bases navales yanquis. Desde Hawaii, por ejemplo, se había copiado un radiograma del teniente Calvin K. Polk, donde informaba, entre otros datos: ". . . las gallinas mantienen una conducta extraña. Se ocultan bajo los blindados anfibios, picotean las cargas de profundidad y se la pasan observando el cielo. Los perros se ven inquietos y desasosegados, aullando lúgubremente sin razón aparente. Los pájaros se han retirado desde hace días y las cabras insisten en comerse los carteles indicadores del asentamiento de submarinos".
Mientras algunos observadores atribuían tales señales a la tal vez próxima amenaza del tifón María Elena de los Angeles, los investigadores del Centro de Inteligencia Naval se zambulleron de cabeza sobre las pocas pistas que permitirían alcanzar la flamante clave japonesa.
Y el 28 de octubre de 1941 (a sólo 25 días del cambio de clave) lo consiguieron. Nuevamente gracias a una infidencia y nuevamente debido al residente japonés que volvió a embriagarse, esta vez con cereales Quaker fermentados. El nuevo libro en donde se basaba la clave japonesa era un compendio de poemas de Taisho Satsuma, mandarín de Sapporo, titulado: "La grulla me mira y no sé qué quiere".
No tuvo el Alto Mando casi tiempo de abocarse a estudiar el nuevo sistema cuando una noticia sacudió sus cuadros. La boya espía N-82 "Unsinkable Inkstand III", flotante en aguas del Pacífico cercanas a las islas Marianas, había interceptado un mensaje cifrado. De inmediato la boya radió el descubrimiento al portaaviones "Enterprise", desde donde también detectaron el mensaje que salía al aire, matemáticamente, cada cinco minutos y decía así: "El día domingo 8 de diciembre1 de 1941, a las 07 de la mañana, atacaremos la base norteamericana de Pearl Harbour y la haremos benkei-go2".
Febrilmente, la Inteligencia Naval se lanzó a la intrincada tarea de descifrar el extraño mensaje. Sin duda alguna, encerraba algún comunicado importante y perentorio dado lo obsesivo de su repetición.
Finalmente, a las 2 de la mañana del día 6 de diciembre, los catorce hombres seleccionados para arrancar del libro de Taisho Satsuma la verdadera lectura del misterioso mensaje, habían logrado transcribir un nuevo texto, siguiendo los mecanismos correspondientes. El texto decía así:
El paso
del tigre en la
sombra del lago
triza
el sonido suave de una caña
y
el rostro
de la mujer
de Roosevelt
parece el culo
de un mono
tailandés.
Los componentes del cuerpo investigador comprendieron que se hallaban ante una patraña urdida por la Flota nipona. Era la única posibilidad que explicaba tan directo agravio inmerso en el poema de caprichosa métrica.
Se descartaba estar frente a una edición pirata y falseada del libro de Satsuma. Esa certeza ganó el espíritu de los hombres del Alto Mando. Sólo un detalle permanecía flotando en el desconocimiento." ¿Cómo era un mono tailandés? Decepcionados y ¿por qué no? ofendidos, los americanos desestimaron el mensaje que, pese a todo, continuó irradiándose desde la Flota japonesa durante aquella noche.
Promediando el día siguiente, la mayor parte de los orgullosos navios de superficie norteamericanos lanzaban llamas y humo hacia el cielo de Pearl Harbour.
El verdadero significado del repetido mensaje nunca fue obtenido.
La finalmente admitida muerte de Jury Andropov pone de nuevo sobre el tapete un controvertido artículo del periodista rumano (actualmente exiliado en Afganistán) Giurgiu Rosiorii, publicado a mediados de 1976 en el diario promaronita "Kandahar-Kuch", de Kabul. El artículo desnuda, con certera clarividencia, bisagras ocultas del turbio sistema de poder del oso soviético. Entendemos como una obligación su lectura para todo aquel que desee descifrar, al menos en parte, el jeroglífico político de la Rusia actual.
Los miles y miles de moscovitas que pudieron observar la corpulenta figura de Nicolás Yussuf Feodorovich presidiendo con gesto adusto el anual desfile militar del 1° de Mayo de 1958, no habrán alcanzado a advertir, en aquel ya lejano día, que el flamante premier estaba muerto.
Para los joviales y disciplinados soviéticos, orgullosos y deslumhrados ante el marcial pasaje de los tanques de 40 toneladas T-70 y los nuevos misiles de medio alcance SS-14, la visión de un Nicolás Yussuf Feodorovich de mejillas encendidas y ojos brillantes no podía ser, jamás, la de un cuerpo que había exhalado el último hálito de vida dos semanas atrás, en la lejana Kishiniov de Moldavia.
Pero, precisamente, hasta esa industrial ciudad a orillas del Dniester se habían trasladado, catorce días antes, los más altos miembros del Comité Central, ante el anuncio de la muerte, sobre el duro camastro de una granja colectiva, del hombre que venían reservando para emplear como figura que ensombreciese la imagen eufórica, exultante y ascendente de Nikita Serguéievich Kruschov.
Nadie, salvo un oscuro granjero de Tiraspool quien había compartido los últimos días de Feodorovich, sabía de la muerte del ex sastre mayor del Ejército Rojo, en retiro. Tampoco fue notificada su familia ya que, según confesó años después Anastas Mikoian, no se la quería alarmar vanamente.
Con la troika de jerarcas que marchó hacia Moldavia, también lo hizo Paul Rhöndorf, taxidermista alemán, prisionero de los rojos desde el sitio de Leningrado, y muy discutido por su teoría sobre las ventajas del empleo del almidón y el alambre en su trabajo. Rhöndorf, casi un anciano de 76 años, había sido ayudante cercano de Goebbels, a quien le había embalsamado una tortuga aria, muerta en el espantoso bombardeo de Dresde.
Fue así que, dos semanas después de su muerte, Nicolás Yussuf Feodorovich reaparecía, triunfal, ante la vista pública, elevado al cargo de primer ministro y enfundado en un grueso tapado de piel de foca. La prensa, inadvertida de la maniobra, recogió el advenimiento a los primeros puestos del politburó con apenas unas líneas en las páginas interiores.
"Firme, sin un pestañeo que comunicase una sola de sus emociones, el nuevo primer ministro parece ser el hombre indicado para manejar con frialdad el difícil momento mundial" dijo el "Norodny Tribun".
"Nada consiguió desalentar la cuidadosa revista que el camarada Feodorovich realizó de nuestras fuerzas armadas. Ni siquiera las ocho horas de paso constante de tropas y pertrechos lograron hacer flaquear su voluntad, su entereza física", elogió "Krokodil".
De allí en más, y durante un año, aduciendo que Nicolás Yussuf Feodorovich debía empaparse de los complicados mecanismos del Kremlin (protocolo, horarios, tráfico de ascensores), el Consejo de Gobierno retiró a su primer ministro de la vida pública.
Se sabía de él, tan sólo, que estudiaba sus resoluciones en un despacho casi inaccesible y sus dictámenes tomaban estado público a través de mensajes radiales o editoriales de prensa. Nadie sabía, por supuesto, que Feodorovich se hallaba depositado en una cámara frigorífica para su preservación, en uno de los sótanos del Kremlin, donde también suelen guardarse los típicos gorros de piel, abrigos en general y hasta quesos de la república de los Kalmukos, muy sensibles a los cambios de temperatura.
El único que se atrevió a inquirir por la presencia del primer ministro fue, en una tumultuosa reunión de los Comités Agrarios, el propio Nikita Kruschov, molesto debido a que todas sus ideas, embates y resoluciones eran atribuidas, por el Presidente del Soviet Supremo, a Nicolás Yussuf Feodorovich. Este pasó a ser, de esa manera, la eminencia gris, el monje negro que, sin aparecer, conducía con mano maestra los destinos de las repúblicas socialistas soviéticas. Kruschov quedaba, apenas, como el hombre de choque, que ponía la cara ante las complicaciones inesperadas o las fricciones frente a Occidente.
Pero la ausencia física de Feodorovich no pudo prolongarse por más tiempo luego de la frustrante experiencia de la entrevista con Richard Nixon, enviado de Lyndon Johnson a Rusia, en procura de flexibilizar las tirantes relaciones entre ambos países, en 1959.
Nixon intentó hablar, durante más de una hora y cuarenta y cinco minutos, traductor mediante, con un sillón vacío puesto a su frente. El traductor soviético simulaba consultar con el respaldar del sillón y luego contestaba con cortas frases al vicepresidente americano. Pero en el Buró Político quedó la impresión de que Nixon, aun sin conocer el idioma, había notado algo raro.
"Nunca, como en esa ocasión —declararía el vicepresidente americano a su regreso a Washington— sentí la sensación de que nuestra pretendida relación con los rusos es tan sólo un monólogo."
El Buró Político admitió que había llevado las cosas demasiado lejos, y las fotos de Nixon, el traductor y el sillón de Feodorovich vacío difundidas por todo el mundo a través de las teletipos, en nada contribuyeron a disipar los rumores que habían empezado a correr sobre una posible enfermedad del primer ministro soviético.
Pero al día siguiente, 19 de junio de 1959, el Comité Ejecutivo lograba un golpe de efecto. Ese día partía desde la fastuosa estación de Küznetzki, en Moscú, un convoy especial trasladando al primer ministro en una gira de acercamiento a los alejados pueblos del interior. Pocos se extrañaron de que, en el vagón ministerial, el aire acondicionado mantuviese la temperatura en los 18 grados bajo cero, cuando afuera el otoño moscovita era cálido y benéfico.
Así relató el "Novosibirsk Dien" el paso del tren gubernamental por la estación de la hermosa ciudad siberiana, capital socialista del cultivo de la chaucha: "Nos llenó de emoción la fugaz imagen del camarada Feodorovich saludando al pueblo desde una de las ventanillas del vagón principal. A su lado, el camarada comisario Mikhail Kornilov, tomándolo por la muñea, le sostenía el brazo en alto, a la manera con que los jueces del viril deporte de los puños consagran al triunfador de la lid. ¡Tal era la alegría de la comitiva! Alegría visible, incluso, a pesar de los casi 90 kilómetros horarios que desarrollaba el convoy".
Por su parte, el "Mujic de Voroshilovgrad" plasmaba de esta manera la impresión del paso del primer ministro por dicha ciudad ucraniana: "El tren se detuvo durante dos minutos en la estación y allí pudimos apreciar la nieve que cubría los mullidos asientos del vagón principal. Al arrancar nuevamente, vimos, con emoción, cómo el camarada Feodorovich era abrazado, ceñido fuertemente por los hombros por los camaradas Riazanov y Menyinski. No se turbó en ese instante el rostro del primer ministro, pero no pude dudarse que, a pesar de sus rasgos imperturbables, muy rica debe ser su condición humana si provoca tales manifestaciones de cariño entre quienes lo secundan".
Tras la gira, que duró dos días, otra vez Feodorovich fue enclaustrado y quitado de las miradas del pueblo. Tras unos meses de silencio, los periódicos que respondían a los intereses de Nikita Kruschov (el "Novaia Nikita" y el "Nikita Slovo") volvieron a la carga, sugiriendo que el primer ministro se hallaba muy enfermo.
El Soviet Supremo contraatacó con un recurso simple. Consciente de los inconvenientes que acarreaba toda presentación en público del cadáver de Feodorovich, decidieron reemplazar sus salidas oficiales por una profusa campaña gráfica. Enormes cartelones de más de sesenta metros de altura por treinta de ancho con el retrato de Feodorovich fueron instalados en la Plaza Roja. En distintas partes del país aparecieron estatuas de cuerpo entero del estadista y los diarios y revistas se cansaron de publicar fotos de Feodorovich, sentado, de pie, departiendo con otros jerarcas, jugando con su pequeño oso panda Ninja y hasta danzando, en pose algo rígida, con su secretario privado.
Sin embargo, el rumor ya había ganado la calle y las redacciones del mundo entero.
El 24 de octubre de 1963, el Kremlin debió admitir públicamente: "Nuestro primer ministro Feodorovich deberá guardar reposo durante algún tiempo, aquejado de un fuerte resfrío de origen canceroso que no alterará su ritmo de trabajo". Consultadas las fuentes oficiales sobre el tiempo que demandaría su recuperación, la respuesta indicó que los médicos calculaban de dos semanas a cuatro años.
Para mayo de 1964, Nicolás Yussuf Feodorovich era considerado ya, públicamente, un "cadáver político". Y dos sucesos fueron a precipitar su ocaso para fines de ese mismo año. Primero, el holocausto de la perra Laika en el metálico vientre del satélite Sputnik. El éxito espacial soviético, evaluado por todos como un sonoro cachetazo al orgullo del Tío Sam y atribuido por el Congreso del Partido al genio creativo de Feodorovich en el último intento por recuperar su prestigio, fue usado como bandera de lucha por la fracción "Animales de la URSS", corporación de índole trotskista abocada a la defensa y preservación de las especies inferiores del paraíso soviético.
"Animales de la URSS" inició, a través de todos los circos, una feroz campaña contra el primer ministro, culpándolo del sacrificio de la célebre perra cosmonauta, y sindicándolo como "falaz" ya que había prometido su retorno, indemne, a la Tierra.
En un desesperado esfuerzo por recomponer la imagen de Feodorovich, el Partido decidió presentarlo públicamente en el homenaje al Soldado Desconocido, en Stalingrado, el 2 de febrero de 1965. Lo hizo a sabiendas del riesgo que corría ya que, días antes. Paul Rhöndorf, el embalsamador oficial había debido viajar intempestivamente hacia Petz, donde, se rumoreaba, ya estaba estudiando un nuevo candidato para su conservación. Rigurosamente durante esos largos siete años, cada 48 horas, Rhöndorf había aplicado inyecciones de prohidrato de benceno en el yerto cuerpo del primer ministro a los efectos de consolidar su mantenimiento y evitar la delicuescencia. El Buró Político decidió arrostrar las posibles incómodas derivaciones, ocasionadas por la falta de una de las dosis, y en la fecha prevista, la figura erecta de Nicolás Yussuf Feodorovich podía ser contemplada, una vez más, por miles y miles de rusos conmovidos y sensibilizados por la fecha que se conmemoraba.
Lo angustioso ocurrió sobre el mediodía. Mientras el comisario Vladimir Smolny desgranaba un discurso recordatorio de los millones de camaradas caídos en la lucha contra los invasores alemanes, en una pieza oratoria cuya congoja, cuyo respeto y cuyo contenido dolor superaban todo lo recordado, en el cerúleo rostro de Nicolás Yussuf Feodorovich comenzó a dibujarse una notoria, tensa y escalofriante sonrisa. De nada valió que Vassili Lozovski, ministro de Educación, depositase un largo beso sobre la comisura distorsionada de la boca del primer ministro procurando retornarla a su postura de habitual seriedad. Nicolás Yussuf Feodorovich continuó durante toda la ceremonia con su rostro ensanchado por aquella sonrisa crispada y gélida hasta que, entre cuatro, lo metieron en un coche y se lo llevaron.
Nunca más se lo vio. Su irrespetuoso gesto en el acto del 2 de febrero fue considerado como un ejemplo de tremenda falta de tacto político.
El 8 de febrero de 1966, el ex barquero del Volga, León Nijni Spiridinova tomaba su puesto en reemplazo de Feodorovich, sin que mediase explicación oficial alguna.
Una mañana de marzo, los moscovitas advirtieron, con indiferencia, que en algunos de los inmensos carteles de la Plaza Roja, al rostro de Feodorovich le habían crecido largos cabellos, barba y bigotes, lo que le daba un cercano parecido a Carlos Marx. En otros, directamente, lo había suplantado una densa capa de pintura azul con una leyenda que recordaba la importancia de los logros espaciales rusos. También, de la noche a la mañana, las estatuas de Feodorovich tuvieron una extraña mutación. Más bajas, como si les faltase una cabeza de altura, ahora representaban a una mujer aldeana, símbolo del esfuerzo rural socialista.
Quienquiera que buscase algún documento gráfico probatorio de la existencia de Feodorovich, también corría el riesgo de hallarse ante desconcertantes escenas: fotos de funcionarios dialogando con un interlocutor invisible, reuniones del Comité Central donde se apreciaba un vacío inexplicable y hasta una extraña imagen del secretario del Partido, Igor Nevsky, bailando solo.
Seis años después, este cronista, invitado por el Kremlin a una función de gala, se perdió por uno de los inmensos pasillos de la Morskaia, buscando un baño. Dio de pronto, equivocadamente, con un pequeño desván casi en penumbras. Pudo ver allí, entonces, un cuerpo en el suelo, prácticamente oculto bajo cortinas viejas, bidones de kerosene, vigas en desuso y cajas de botas vacías, algo que, en principio, confundió con un maniquí. Luego, al acercarse, vislumbró trabajosamente un cuerpo cubierto de polvo, carcomido por las termitas y las polillas, pero, aun así, sospechosamente parecido al camarada Feodorovich.
— ¡Ricardo!
—Ah...
—Vení para acá.
—Ya voy.
—¡Vení para acá, te digo!
—Para qué ...
—¡Vení para acá te digo, inmediatamente!
Ricardo apareció en la puerta de la cocina, la camisa que se había sacado todavía en la mano. Clara estaba apoyada contra la mesa de nerolite, los brazos cruzados, el batón de plush amarillito cerrado sobre el cuello.
—¿Qué pasa? —preguntó Ricardo, amagando irse hacia su pieza.
—¿Qué pasa? —repitió Clara—. ¿Y todavía preguntas qué pasa? ¿Todavía tenes el tupé de preguntar qué pasa?
Los ojos de Ricardo se quedaron mirándola, interrogantes, la camisa a cuadros colgada del dedo índice, como de una percha.
—¿Sabes la hora que es? —preguntó Clara, tensos los músculos del cuello. Ricardo se encogió de hombros.
—¿Sabes la hora que es? —repitió Clara—. ¿Tenes idea de la hora que es?
—No sé . . .qué sé yo. . . —aventuró Ricardo—. La una. La una y media.
—¡"La una, la una y media"! —imitó Clara en tanto se catapultaba desde la mesada de la pileta, y cruzaba en dos pasos rápidos el espacio que la separaba de Ricardo, quien se sobresaltó—. ¡"La una y media" mocoso de porquería! —descubrió ante los ojos de Ricardo, poniéndole a tres centímetros de las pestañas su reloj pulsera—. ¡Las cuatro! ¡Las cuatro, mocoso de porquería! ¡Las cuatro de la mañana son!
—Nooo . . . —pareció ignorar Ricardo, casi asombrado.
—¡No te hagas el estúpido! ¡Infeliz! —Clara ya no pudo contenerse y lanzó de arriba hacia abajo, un par de cachetazos ampulosos sobre la cara de Ricardo.
—¡Te haces el que no sabes la hora que es, te haces el estúpido, estúpido!
Ricardo soltó la camisa, se dejó caer hacia atrás, apoyando la magra espalda desnuda contra la puerta de la cocina, que golpeó, sonora, contra la pared.
—¡Para! ¡Para! —alcanzó a decir, cubriéndose con los antebrazos—. ¡Qué . . .
—¡Porquería, porquería! —siguió castigando desordenadamente Clara—. ¡Todavía querés hacerme creer que no tenes idea de la hora! ¡Basura!
—¡Para, para! —Ricardo, agachándose, alcanzó a escabullirse corriendo hacia el comedor oscuro—. ¿Qué te pasa?
—¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa? —Clara había desistido de perseguirlo, tras los últimos mandobles al aire, y ahora se había apoyado con una de sus manos contra el vano de la puerta, agitada, adoptando un gesto trágico—. ¿Todavía preguntas qué me pasa? ¡Que me vas a matar vos, eso me pasa, vos y tu hermana me van a matar, eso es lo que están buscando! ¡Lo que están buscando es eso, que me dé un síncope y me caiga redonda al suelo! ¡Cuando consigas eso vas a estar contento, recién ahí vas a estar contento, recién ahí, chinito de mierda!
Lentamente, cerrándose con ademán cuidadoso el cuello del batón, acomodándose un mechón de pelo que le había caído sobre la frente, Clara, aún respirando agitada, desandó el trecho que había recorrido hacia su hijo y volvió a apoyarse contra la mesada de la cocina. Bajó la cabeza y se tomó la frente con la mano derecha.
—Eso es lo que está buscando este mocoso —dijo, como para sí, pero en voz alta—. Que me dé un ataque al corazón y me muera. . .
Ricardo había vuelto lenta y silenciosamente a asomarse a la puerta de la cocina. Había recogido, incluso, su camisa del suelo.
—Ahí vas a estar contento, ahí vas a estar contento —prosiguió Clara, advirtiendo su reaparición—. Ahí sí. Ahí ya no vas a tener a la pobre vieja imbécil controlándote, ahí vas a estar feliz. Eso es lo que querés. Eso.
—No, mira. . . —intentó Ricardo.
—Pero no te voy a dar el gusto —Clara retomó su tono violento, meneando la cabeza—. No te voy a dar el gusto. Te juro que hasta el día que reviente como una bestia por los disgustos que me dan vos y la otra de tu hermana, te juro que como que hay un Dios, te voy a tener cortito y te voy a poner en vereda, te juro, aunque me cueste. . . —fue poco a poco insuflándose energía a sí misma—. . . aunque me cueste, no sé, los años de salud, de vida, los años de vida que me cuestan vos y tu hermana con las perrerías que hacen. Pero te digo ¿eh? te digo, hasta ese día metete en la cabeza que a tu madre la vas a respetar, porque la vas a respetar y si hay algo que me saca de quicio y me revienta es que me vengas con esas historias, con esas mentiras . .
—¿Qué mentiras. . .? —se quejó Ricardo—. Lo que pasa es que vos te enojás. . . —Aquello fue una bofetada para Clara.
—¿Qué mentiras, decís? ¿Qué mentiras, decís? ¡Sarnoso! ¡Apareces muy campante a las cuatro de la mañana y el señor dice que no sabe qué hora es, dice que es la una y media y me salís con que no son mentiras, todavía me venís con eso!
Ricardo retrocedió un paso, previsor, hacia la oscuridad del comedor.
—Si estuviera tu padre bien que no harías esto. Bien que no lo harías —se lamentó Clara, aún amenazante, sin embargo—. Tu padre te cruzaba la cara de un sopapo, mocoso de mierda. Porque si había algo que no soportaba era la mentira, fue lo único que trató de inculcarles. ¿Para qué? Para que salga un infeliz como vos que lo único que quiere es joderme la vida, eso, joderme la vida.
Clara se quedó un minuto callada, como tomando aire, mirando fijamente a Ricardo quien, apoyado el hombro sobre el vano de la puerta, fingía interesarse en un botón de la camisa, inesperadamente flojo.
—¿Querés decirme dónde estuviste? —preguntó, al fin, Clara.
—Ehh . . .
—¿Me podes decir dónde estuviste que volvés a las cuatro de la mañana?
—Fuimos con Valija y Cacho a ...
—Ah, ¡cuándo no! ¡cuándo no! —Clara juntó de una palmada las manos frente a su pecho, mirando, esta vez, hacia la heladera al otro lado de la cocina—. ¡Cuándo no ibas a estar con esos dos. . . con esos dos. . . vagos, atorrantes. . .
—Este. . . fuimos con ellos. . .
—¿Pero será posible? —ahora Clara lo miró, sin desprender las manos que oscilaba de adelante hacia atrás como quien mezcla dados dentro de ellas—. ¿Será posible que siempre tengas que estar con esos inútiles, ese par de infelices? ¿Qué te dan. . . ? ¿Te. . .
—¡Si vos no los conoces. . . ! —se atrevió a ofenderse Ricardo.
—¡Y te crees que necesito conocerlos, te crees que necesito conocerlos o hablar media palabra con esos atorrantes para saber que son unos inútiles, vagonetas, mal educados! ¿Te crees eso?
Ricardo se rascó la cabeza.
—Si basta verlos parados en la esquina para darse cuenta lo que son, m'hijito. Sucios, compadritos. . . —Clara escupió las palabras— . . . atorrantes. . .
—Valija trabaja —apuntó Ricardo.
—¡Qué va a trabajar ese atorrante! ¡Hará que trabaja!
Ricardo volvió a ensañarse con el botón de la camisa. Clara volvió las manos a los bolsillos amplios del batón. Una contracción nerviosa le tironeaba el labio superior.
—¡No sé qué te han dado esos dos para que te tengan tan embobado, que vas como un perrito detrás de ellos! —se mofó Clara.
—¿Quién va como un perrito, quién? —se enojó, ahora sí, tocado en su amor propio, Ricardo.
—¡Vos vas como un perrito! ¡Vos, el vivo! ¡Te usan, te agarran de alcahuete, te llevan de la nariz como a un ...
—¡Pero por qué no te. . . ! —se adelantó Ricardo, indignado y desafiante.
—¡Callate la boca! ¡Callate la boca! —contragolpeó Clara, avanzando un paso a su vez hacia Ricardo—. ¡Lo único que falta es que me vengas a gritar, mocoso de porquería! ¡Lo único que me faltaba!
Ricardo volvió a su anterior posición bajo el marco de la puerta. Clara decidió no abandonar la furia recobrada.
—¿Adonde fuiste, decime —desafió— adonde fuiste con esos otros dos, tus amigos, a ver, adonde fuiste?
—Te dije que fuimos. . . —recomenzó Ricardo.
—Pero. . . ¡Cuidado! —amenazó Clara, en alto el índice de la mano derecha—. Pensá bien, pensá bien lo que vas a decir porque no sea que me salgas con una mentira. Que no sea que me salgas con una mentira porque te juro que te vas a arrepentir, te juro que te vas a arrepentir. Si me venís con una de tus clásicas mentiras te aseguro que yo no seré tu padre pero de algún lado sacaré fuerzas para ponerte en vereda, vos sabes bien que yo parezco mansa pero soy mansa hasta que no vienen a joderme la vida y entonces te aseguro que soy capaz de romperte algo por la cabeza, ¿eh? Pensalo bien, pensá bien lo que vas a decir. . .
—Sí. . . —se encogió de hombros Ricardo—. ¿Qué problema hay?
Clara se cruzó de brazos en el medio de la cocina y le clavó los ojos, esperando.
—Fuimos con el Valija y el Cacho al pool de Esteban. . . —comenzó Ricardo.
Los ojos de Clara se entrecerraron.
—¿A qué pool? —preguntó, bajo aparente calma.
—Ahí, al de Esteban. . . el de. . .
—¿El que está al lado de la copistería? —volvió a preguntar Clara, contenida.
—Sí. . . sí —pareció dudar Ricardo.
—¿El que tiene pintadas unas cosas, en dorado, en los vidrios?
—Sí. . . qué se yo. . . sí, creo que sí. . .
Esta vez Clara no vaciló, abandonando de pronto su postura expectante se abalanzó sobre su hijo y le aplicó un par de puntapiés cortos y certeros sobre las canillas. Ricardo, sorprendido, sólo alcanzó a encogerse, dudando entre proteger sus piernas o levantar los brazos para cubrir la cabeza donde caían, desordenados, los trompis de Clara.
—¡Basura, basura, porquería! —gritaba ésta, optando finalmente por aferrar los cabellos de Ricardo y zamarrearlo, sin poder evitar, no obstante, que se le escabullera cayendo casi debajo de la mesa—. ¡Basura!
—Pero. . . pero. . . ¿por qué? —casi imploró una explicación Ricardo, de rodillas.
—¡Te dije, te dije! —repitió Clara asestando un mandoble sobre la mesa como si así pudiese alcanzar la cabeza de Ricardo—. ¡Te dije que no mintieras, porquería!. . . Pero. . . ¿Por qué, por qué, por qué tuve que tener un hijo como éste? —Ahora Clara había abandonado el frente de ataque. Giró sobre sus talones, se tapó la cara con una mano, el brazo izquierdo protegiendo su vientre, como buscando un momento de respiro para evitar el colapso cardíaco—. ¿Por qué? —prácticamente sollozó—. ¿Qué hice yo para merecer un monstruo como éste? ¡Algo debo haber hecho para que Dios me castigara así, algo debo haber hecho! Angela me decía y yo no le creía. Ella decía, sabía lo que me decía. Fuimos muy blandos, muy blandos. . .
Ricardo había aprovechado el soliloquio de su madre para abandonar el refugio de abajo de la mesa. Tomándose con un gesto de dolor el tobillo derecho llegó trabajosamente hasta una silla y se sentó.
—¿Por qué no estará tu padre? —se lamentó Clara, volviéndose a mirar a Ricardo, con ojos enrojecidos—. ¿Por qué no estará tu padre para ponerte en vereda?
Ricardo, sin mirarla, persistía en masajear su tobillo, quejándose.
—¡Y callate! ¿Eh? ¡Callate! —le advirtió Clara.
—¡Mira, mira cómo me dejaste el tobillo! —gritó Ricardo, al borde de las lágrimas, estirando la pierna hacia su madre. Esta, ni lerda ni perezosa lanzó un nuevo puntapié hacia la rodilla de Ricardo, que no alcanzó el blanco.
—¡Matarte —tronó— eso es lo que debería haberte hecho, infeliz, matarte! ¡Como hacía tu padre, que te amansaba a cintazos! ¡Agradece que yo no tengo la fuerza de tu padre, Dios lo tenga en la santa gloria! ¡Te dije que no me mintieras, te dije antes de que empezaras a hablar que no me mintieras, infeliz!
Ricardo dejó de sobarse el tobillo y se recostó sobre el respaldo de la silla, había llevado su mano derecha hacia el mentón, previniéndose de un nuevo ataque.
—¿Por. . . por qué? —balbuceó.
—¿Por qué, por qué? —imitó Clara, plantándose frente a él, y agachándose hasta casi conseguir que sus ojos quedasen a la misma altura que los de su hijo—. Porque ni siquiera sabes mentir, por eso. Porque el señor es tan vivo, tan vivo es el señor, que ni siquiera le da la cabeza para inventar una mentira. Por eso. El señor es tan inteligente, esa inteligencia que le da para robarme plata de la billetera, o para colarse en los bailes del club, porque no le da para otra cosa, porque no le da para el estudio o para las cosas buenas, por eso. Porque ni siquiera te da la cabeza, infeliz, para pensar que la pobre burra de carga de tu madre, también anda por la calle ¿sabes? Anda por la calle haciendo las compras, para que vos y la otra de tu hermana tengan de todo y puedan comer algo de vez en cuando, y hoy pasé por el pool ése que vos decís, ese pool de porquería que vos decís, y estaba cerrado ¿sabes? ¡Estaba cerrado!
—Nooo. . . —atinó a decir, Ricardo.
—¡Estaba cerrado por duelo! —Clara se había erguido frente a su hijo haciendo pesar la contundencia del argumento.
—No puede ser —articuló Ricardo, confuso—. Habrá sido a la tarde . . .
De inmediato Clara levantó su puño derecho como para descargarlo.
—¡Callate! —chilló—. ¡Callate! ¡No sigas mintiendo, porquería, no sigas mintiendo, todavía tenes la desfachatez de querer seguir mintiendo! ¡Si ni siquiera pasaste por el pool, no pasaste ni por la vereda de enfrente del pool, chinito de porquería, y querés seguir engañando a tu madre!
Clara calló, procurando recuperar la normalidad de su respiración que, durante dos o tres larguísimos minutos fue lo único que se escuchó en la cocina, resaltando aun más el silencio de afuera, de la calle y la noche. Ricardo, pálido, estaba casi acostado en la silla, la nuca descansando sobre el borde superior del respaldar, los ojos y las manos entretenidos en la hebilla del cinturón, como si recién la descubriese en ese instante.
Clara retrocedió hasta la mesada de la cocina, se masajeó el muslo de la pierna derecha como si se le estuviese por acalambrar y, con voz trémula pero pausada y medida, dijo:
—Bueno, ahora, me vas a decir, de una buena vez por todas, de dónde venís. Dónde estuviste. Pero me vas a decir la verdad. Me vas a decir la verdad porque si no me decís la verdad te garanto que me vas a conocer, te garanto que me vas a conocer. . . —a medida que iba hablando su tono recuperaba las aristas filosas, el acento amenazador y rabioso— ... si no me decís la verdad, Ricardo, te aseguro que en esta casa van a cambiar muchas cosas y a vos especialmente se te va a terminar la farra. Se te va a terminar la farra, Ricardo, porque yo soy muy buena, me aguanto muchas cosas, me como muchas cosas, pero llega un momento en que digo basta y te juro que es basta. Así que decíme la verdad porque ya sabes, ya sabes, te juro por Dios, Ricardo, que si me llegas a mentir de nuevo te va a pesar, te va a pesar porque te va a pesar, Ricardo.
—Eh. . . —pareció concentrarse Ricardo.
—¿Dónde estuviste, Ricardo, dónde estuviste?
—Fuimos a la farmacia. . .
—¿A la farmacia? ¿Fuiste solo o con quién? —apuró Clara.
—Con Valija y el Cacho —se ofuscó Ricardo, mirando a su madre—. Ya te dije ¿no?
—Es que ya no te creo, ¿ves? Ya no te creo. No te creo nada. ¿Cómo querés que te crea? ¿Por qué voy a creerte? Fuiste con Valija y el Cacho. Seguí.
—Fuimos con Valija y el Cacho a la farmacia. . .
La cara de Clara se frunció, con sorpresa.
—¿A la farmacia? —preguntó—. ¿Y por qué a la farmacia? ¿A qué farmacia?
—Acá, a la de don Flores.
—A la de don Flores —Clara apoyó sus manos en la cintura—. A la farmacia de don Flores. Cuidado con lo que decís, Ricardo, tené mucho cuidadito con lo que me contás, Ricardo. Mira que puedo agarrar el diario y fijarme en las farmacias de turno, Ricardo, mira que puedo. . . —advirtió.
—Y fíjate, fíjate. . . —desafió Ricardo.
—No, seguí. —Clara volvió a cruzarse de brazos—. ¿Y me querés decir qué fueron a hacer ahí, me querés decir?
—El Valija andaba buscando no sé qué cosa. Unas pastillas. Unas anfetaminas. Qué se yo, se da con eso.
—Mira Ricardo, mira —Clara elevó su índice derecho en el aire—. Me parece que estás inventando, yo te conozco y me parece que estás inventando. ¡Que yo no me ; entere que. . .
—¡No, no, te digo que no! ¡Es cierto, de veras!
Clara señaló enérgicamente hacia afuera.
—¡Mirá que puedo hablarlo a don Flores —amenazó— para ver si estás diciendo la verdad! ¡A mí no me importa un comino agarrar el teléfono ahora mismo y hablarlo a don Flores y preguntarle si es cierto que estuviste ahí con los otros dos! ¡Mira que para esas cosas yo soy mandada a hacer!
—Si querés, llama —se encogió de hombros Ricardo—. Si querés llama. . . pero difícil que don Flores te atienda porque el Valija le pegó con un fierro en la cabeza y lo hizo moco.
—¡No te creas que yo, por ser de noche, no soy muy capaz de agarrar el teléfono y hablar a quien sea con tal de averiguar si me estás mintiendo como mentís siempre, mocoso de porquería!
—Yo lo único que te digo —puntualizó Ricardo sentándose más erecto en la silla y, ahora sí, atreviéndose a mirar a los ojos de su madre—. Es que el Valija le pegó a don Flores con un fierro en la cabeza y creo que. . . —Ricardo osciló horizontalmente su mano derecha con la palma hacia abajo ejemplificando que algo se había terminado— . . . para mí que lo mató, porque cayó al suelo como muerto. Lo calzó justo en el balero, acá en el medio de la frente. El viejo cayó al suelo y cuando yo lo miré tenía un montón de sangre en la cabeza y no se movía ni nada. Para colmo, al caer se dio la cabeza contra la baldosa, viste que el piso es de baldosa, y no se movió más. Para mí. . .
—Pero puedo llamarla a Lujan, la mujer —acució Clara—. Sabes bien que yo soy bastante amiga de Lujan y que ella no va a tener ningún pero ningún problema en decirme las cosas tal cual son. ¡Somos muy amigas con Lujan, Ricardo, muy amigas, sábelo! Puedo llamarla. Así que no me agarres de idiota porque. . .
—¿Quién te agarra de idiota?
—. . . yo agarro el teléfono, la llamo a Lujan y ella me va a decir. . .
—¡Pero llámala, llámala —extendió su brazo, señalando, Ricardo, más armado en su postura—. ¡Andá, llámala si querés!
—¡Claro que la voy a llamar, por supuesto, no vas a venir vos a decirme lo que tengo que hacer!
—¡Anda, llámala!
—Ya la voy a llamar, ya la voy a llamar. . .
—Ella por ahí sí te va a poder contestar —continuó Ricardo—. Si es que está en la casa, porque salió rajando para afuera, para la calle y yo alcancé a pegarle con la cadena. Pero no se cayó. Alcancé a pegarle por aquí, por la cabeza, al costado de la cabeza y el cuello, el hombro, no le di bien. Pero no se cayó y siguió corriendo para afuera. Le hice sangre, eso sí.
—Ella me va a decir, vos no te preocupes, ella me va a decir. Vas a ver que me va a contar.
Clara se quedó mirando a su hijo, golpeteando acompasadamente con la planta de su chinela derecha contra el suelo, algo más tranquila. Ricardo la miró a los ojos.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Tampoco me crees ahora?
—No sé, no sé —calculó Clara—. No sé.
—Ufa. . . —refunfuñó Ricardo—. También vos, también. . .
—Es que te he dicho una y mil veces. . . —comenzó Clara, como retomando una disertación reciente— ... no tolero que me mientas. Me pone frenética que me mientas, vos y la otra de tu hermana. Es lo primero que hemos tratado de inculcarles tanto yo como tu padre. Lo primero, lo primero, lo primero que hemos tratado de inculcarles.
Se metió enérgicamente las manos en los bolsillos del batón y giró sobre sus talones, un par de veces, ensimismada.
—Bueno. . . —dijo finalmente—. Anda a dormir.
Ricardo se levantó, rascándose la cabeza.
—¿Tenes hambre? —preguntó Clara—¿Querés que te caliente algo?
Ricardo negó con la cabeza, bostezando, en tanto se iba hacia su pieza.
Clara se encogió de hombros. Abrió la heladera, se sirvió un poco de agua fresca. Luego apagó la luz y se fue también.
Mi investigación se origina, años atrás, un día viajando en auto hacia Mar del Plata, en compañía de mi familia.
Recuerdo que, de pronto, un animalejo grisáceo cruzó irresponsablemente frente a nuestro coche y debí hacer una brusca maniobra para no atropellarlo. Ahora reflexiono y sé que mi actitud fue por demás arriesgada, ya que en ese momento marchábamos a unos 100 kilómetros por hora, pero quedé muy sensibilizado con los accidentes viales desde aquel día en que, con mi viejo Ford, aplasté una pelota de goma marca Pulpo. Desde tan desdichado acontecimiento abandoné por completo la práctica del fútbol, deporte que me apasionaba y que bien hubiese podido constituirse en mi medio de vida. El macabro suceso con la Pulpo me impresionó de tal forma que opté por encaminar mi vida hacia la investigación etológica. ¡Y aún no me explico cómo tuve entereza para seguir conduciendo automóviles luego de aquello!
Por lo tanto, no me arrepiento de haber salvado la vida del pequeño cuis esa tarde cuando se me cruzó en la ruta, aun a costa de que en el vuelco que originó mi maniobra perdieran la vida mi suegra y una tía mía de avanzada edad. La pregunta que comenzó a desvelarme desde aquel momento era: ¿Por qué el cuis arriesga su vida cruzando un camino muy transitado cuando al otro lado de éste no ha de encontrar nada muy diferente a lo que acaba de dejar?
Simplificando, podemos decir: a un costado de la ruta el cuis tiene medio globo terráqueo donde nacer, alimentarse, procrear y terminar sus días. No obstante eso, el pequeño conejo de Indias decide atravesar la superficie vial aun a riesgo de su propia vida para investigar los predios del otro lado del camino. No se trata de elefantes o de animales necesitados de espacio y que consuman alimentos en cantidad. Está comprobado que hay cuises que subsisten en la mezquindad de pequeñas jaulas y se alimentan con minucias. Son pequeños organismos que deberían conformarse con los ya de por sí amplios campos en que la naturaleza los ha ubicado. Pero no es así. Ustedes los habrán visto, expectantes y nerviosos, arracimados en los costados de la ruta, espiando entre los pajonales de las cunetas, prontos a lanzarse sobre el pavimento procurando alcanzar el otro flanco en una suerte de ruleta rusa a todas luces inexplicable. No son muchos los animales que reniegan tan abiertamente del lugar que les ha conferido una equilibrada distribución natural.
¿Es acaso una falta de inteligencia lo que los lleva a eso?
Permítaseme dudar de tal aseveración. Cualquiera sabe que el cuis es el animal preferido para la investigación científica y conozco mil casos en que estas pequeñas criaturas han colaborado eficazmente a descubrimientos importantísimos para la humanidad. No puede hablarse entonces de ignorancia en especímenes tan relacionados con el estudio.
Mi primera inquietud se volcó hacia una temática muy zarandeada en los estudios etológicos: el caso de especies que se suicidan. Las ballenas árticas, por ejemplo. O los leminges nórdicos. Y allí fue donde me detuve: en los leminges, ya que se trata de una especie de gran similitud con nuestro cuis nacional. Tanta, que si un cuis desea integrarse a la colonia leminge no debe ni siquiera rendir equivalencias.
Es sabido que todos los años, en una fecha que media entre enero y noviembre, los leminges se reúnen en un número cercano a los 70.000 y comienzan una loca carrera por los bosques hasta alcanzar las alturas de los fiordos noruegos, desde donde se arrojan a las heladas aguas del Ártico. Esto se atribuyó, en principio, a una tendencia suicida colectiva, quizás emparentada con una depuración natural.
Sin embargo, en el año 68, en las costas soviéticas que se hallan frente a los fiordos habitualmente empleados por estos desdichados animalillos para lanzarse en su zambullida final, se detectó la presencia de un leminge, en apariencia sobreviviente del holocausto. El leminge daba muestras de gran excitación y hasta podía interpretarse que estaba contento. Se dedujo que tal vez festejaba el haber salvado la vida, pero el profesor Tapio Lappeenranta de la Universidad de Estudios Naturales de Jyväskyla (Finlandia) llegó a una conclusión más afortunada: dicho leminge celebraba el hecho de ser el ganador de una competencia. O sea, el tropel de leminges que año a año se abalanza como catarata incontenible por los bosques y campiñas noruegas no lo hace con una intención suicida, sino con un sano espíritu competitivo en una justa de cross-country, que incluye el cruce a nado hasta la Rusia Comunista.
El importantísimo descubrimiento mereció muy poco centimetraje en los diarios, pues se produjo el 14 de mayo de 1968, día en que, como todos sabemos, el hombre posó por vez primera sus pies en la luna.
Por lo tanto, la tendencia autodestructiva de los cuises es algo que aún está por verse. En el Centro de Ayuda al Suicida, por ejemplo, durante los largos 20 años de su funcionamiento, no se halla registrado ni un solo caso de llamados de cuises en trance de quitarse la vida. Hay asentados tres de loros, en cambio, uno de los cuales pudo ser disuadido a último momento de ingerir dos pildoras de un activo raticida.
Todo esto me conduce a pensar que los motivos que llevan a los cuises a cruzar sobre el ardiente macadam son muy otros. ¿Simple curiosidad, tal vez? Es posible, el cuis es un animal inquieto, ansioso de acumular conocimientos. Pero, a mi juicio, el impulso principal radica en las ambiciones imperiales del animalejo en cuestión. El deseo, natural al fin, de conquistar nuevas tierras, de anexar territorios. La ambición de escalar a niveles de mayor grandeza. De lograr, en el terreno militar, lo que ya tienen en el rubro científico.
No nos extrañemos si, el día de mañana, la figura del cuis campea en las banderas de guerra, en los estandartes o en los escudos heráldicos.
Tal vez el humilde roedor de nuestros campos esté llamado a reemplazar con su efigie a la vulgar águila o al mismo león, bestias de dudosa prosapia.
¡Quién sabe si no llegará el día en que, así como ahora mencionamos al "Oso Ruso" o al "León Inglés", seamos conocidos, por el orbe todo, como "El Cuis Americano"!
He conocido infinidad de toreros y sé que todos son muy supersticiosos. Pero ninguno como Manolo Fermín Ordóñez, "El Cortijo", apodado así por su baja estatura. Es por eso que nunca podré olvidar su rostro, aquella mañana de domingo, cuando lo encontré desayunando en el restaurante del hotel Martorell Mayorga, en Lima, Perú.
Tan sólo una vez, años antes, lo había visto así. Fue en una oportunidad en Zaragoza, cuando, a la hora de la verdad, debió confesarle a "Pequeñajo" (un miura del tamaño de la Cibeles), que era adoptivo.
A Manolo se lo veía demacrado y macilento, más que lo habitual. Era un joven de expresión casi anciana y nadie hubiese acertado su edad (apenas 23 años), bajo el desgaste lógico de todo aquel que cada quince días juega su vida frente a los pitones de un toro. Mantenía siempre el ceño fruncido, con ese gesto propio de los vascos, de tanto recibir en los ojos el reverbero del sol sobre sus gaitas. Su boca era un tajo a la sombra de la nariz pronunciada y la barba teñía con un tono verduzco las mandíbulas. Debía afeitarse cada dos horas, de lo contrario invadía las mejillas sumidas el crecimiento de unos pelos duros como púas. En las faenas, solía afeitarse entre toro y toro: si no lo hacía, al reaparecer en el ruedo solían confundirlo con otro.
No era común en él la palabra. Hablaba sólo un puñado de ellas durante la temporada taurina y algo más en el receso del verano.
Lo ponía locuaz el alcohol, pero como era abstemio, muy pocas veces se manifestaba. Solía charlar bastante, eso sí, luego de comer guiso de habas con salchichón colorado, comida que lo sumía en una suerte de embriaguez. Por eso me sorprendió encontrarlo tomando una manzanilla cortada con un cuajo de leche. Nunca bebía el día de una corrida. Manolo estaba solo en el restaurante desierto y, a pesar de ser las ocho de la mañana, ya se había puesto el traje de luces. A veces, incluso, dormía con él.
Desde el día anterior lo veía preocupado a Manolo. Quizás era porque sabía a ciencia cierta que en la corrida de aquella tarde se jugaba muchas cosas. Venía de una mala temporada en España, donde había sido corneado en ocho oportunidades en una misma tarde, desafortunada tarde, en las corridas de San José, en Valencia, y era consciente de que un buen espectáculo en el ruedo de Lima podría brindarle la posibilidad de un buen contrato en Perú. Quizás su desasosiego obedecía a que conocía a su primer toro de aquella tarde. Era una bestia enorme y negra como una carroza fúnebre, viciada de mañas y maligna. Le llamaban "Monaguillo", era crédito de las ganaderías de don Piñón Corcuera y paraba en la pieza 307 del mismo hotel Martorell Mayorga.
No obstante, no quise preguntarle nada a Manolo. Sabía que se adentraba en sí mismo las horas previas a toda corrida, como concentrándose en la lid cercana. Por eso me sorprendió cuando, con un gesto austero, me invitó a tomar asiento junto a él.
—Oye Gringo —me dijo—, he soñado algo horrible.
Lo miré fijamente, pensando que tal vez terminaría allí su confesión.
—Yo estaba en el ruedo —prosiguió, no obstante— en el trance de matar. Recuerdo que el toro era roano, alto de patas, de lomo y morrillo enormes y agresivo como pocos. Yo esperaba su arremetida y el bicho se me venía. Me enganchaba con uno de sus cuernos por la ingle y me arrojaba hacia arriba, como aquella vez que me cogió "Machaquito". Yo daba unas vueltas en el aire y, al caer, el toro me ensartaba una de sus astas en el vientre, me hacía girar y otro de los pitones me perforaba el cuello, rajándome luego el pecho hasta vaciarme la arteria femoral. Ya en el suelo, yo sentía que el bicho me ensartaba por la espalda, bajo el omóplato, me revoleaba por los aires y me estrellaba contra el burladero, donde yo daba con la nuca. Nadie venía en mi ayuda, todos miraban. El toro volvía sobre mí y me pisaba la cabeza con sus pezuñas, como quien baila por peteneras. Yo hacía esfuerzos por salir del trance, pero el animal volvía a incrustarme los pitones en el pecho y así, empalado, me paseaba por todo el perímetro de la arena, ante la ovación del público. Antes de despertarme, veía los chorros de sangre, mi sangre, empapando a la gente, a los banderilleros, la banda de música, el palco presidencial. La sangre brotaba y brotaba e iba cubriendo primero la arena, luego las gradas. Al final, la plaza toda era un enorme plato hondo, una olla repleta de sangre. . . mi sangre tibia. . .
Manolo quedó en silencio. Lo miré y vi que transpiraba. Las últimas palabras las había pronunciado con voz casi inaudible, como en un rezo.
—¿Hay algo que te inquiete? —le pregunté. Manolo tomó un sorbo enérgico de su bebida.
—Creo que se trata de una premonición —musitó.
—¿Qué te hace pensar eso? —le pregunté, procurando disipar su angustia.
—No sé —confesó—, pero hay algo en ese sueño que no me gusta.
—No deja de ser un sueño.
—Sí. Pero el torero era yo. Me reconocí por la cara.
—¿Y qué piensas?—le dije.
Su expresión se había tornado más adusta.
—Pienso en la corrida de esta tarde.
—¿Porqué?
—El toro del sueño era "Monaguillo" —afirmó, cerrando un puño.
—Oye, Manolo. . . —reí, procurando aflojar la tensión— .. . todos los toros son iguales. Comprendí, al punto, que aquél no era un argumento valedero para un diestro.
—Sí —asintió— . . . pero éste tenía grabado en el lomo un número: 307.
Era el número de la habitación que compartía la bestia con su cuidador, don Piñón Corcuera.
—Creo que no es mi día —concluyó, elevando su copa.
—¡Vamos, hombre, ánimo! —lo alenté, dándole una palmada en el hombro.
Mi golpe hizo estrellar su cetrino rostro contra el cristal, que se quebró, hiriéndolo largamente en la nariz. Un surtidor fino de sangre manchó la mesa.
—Perdona —atiné a decirle. No había sido mi intención. Manolo no se inmutó casi, sacó un pañuelo de un bolsillo de su chaqueta y lo oprimió sobre su nariz.
—Es que hubo algo más —prosiguió su relato, sin advertir mi confusión— . . . cuando desperté de aquella pesadilla, completamente sobresaltado, el corazón me latía como a punto de reventar y tenía la garganta reseca. En la oscuridad manoteé el vaso con agua que siempre dejo sobre la mesita de luz y, sin quererlo, golpeo la imagen sagrada de Santa Miguela Rosa de Tenerife, patrona de las Olivicas, que siempre llevo conmigo desde que me la regaló un convicto a cadena perpetua recluido en la penitenciaría de Badalona. La estatuilla cayó al suelo y se hizo polvo; tú sabes, estaba esculpida sobre un turrón de Jijona.
Manolo quedó en silencio, abismado.
—Hace seis años que me acompañaba —agregó luego, siempre con la voz distorsionada por el trapo que le apretaba la nariz.
—Oye, Manolo —comencé, procurando ser convincente—. Eres un torero experimentado. Comprendo que seas algo afecto a las cabalas, los amuletos y las supersticiones. Pero no llegues al punto de que cualquier cosa te desaliente en el momento de salir al ruedo. Si nos empeñamos, podemos hallar signos negativos en todo cuanto nos rodea. Pero un hombre maduro como tú, razonable, con la experiencia que te han dado cientos de corridas, no puede atemorizarse frente al primer indicio de mala suerte que se le cruce.
Manolo no me miraba, sus ojos permanecían clavados en un punto abstracto y, de tanto en tanto, contemplaba el pañuelo con que procuraba detener la hemorragia de su nariz.
—Por otra parte —procuré usar sus mismos argumentos— tú bien sabes que hay formas de contrarrestar los malos efluvios.
Manolo no me contestó, desplegó con curiosidad el pañuelo, mirando las manchas de sangre y dijo:
—Mira. Ha formado una cruz.
En efecto, caprichosamente, las gotas rojas se habían cruzado sobre la seda del pañuelo. No le di importancia y proseguí.
—Tú tienes que conocer más de un conjuro para alejar los malos augurios.
—Por supuesto —por primera vez en el rostro de Manolo se esbozó una sonrisa—, aquí mismo, bajo la mesa, he prendido una vela a la virgen de la Macarena.
Me sonreí también. Manolo parecía tranquilizarse. Pero, de pronto, su rostro se crispó. Miré en la dirección en que él miraba y vi a don Piñón Corcuera entrando al comedor seguido por "Monaguillo". Sin duda alguna nos habían visto pero fingieron no haberlo hecho. Preparador y bestia optaron por quedarse junto al mostrador del amplio salón. Pero Manolo no soportó lo tenso del momento.
—Me voy —me dijo, levantándose.
—Vamos —lo secundé.
—Llévame la vela —me dijo en voz baja— no quiero que me vean con ella.
Disimuladamente, me metí bajo la mesa y algo me me estremeció: la vela estaba apagada. Sobre su cilindro de cera, todavía tibio, y en torno a su pie, había aún gotas de sangre húmeda. La sangre que había escapado por la herida en la nariz de Manolo, al caer, la había apagado.
No quise inquietar más a Manolo. Le conté lo de la vela, pero diciéndole que, sin duda, no era de buena calidad.
Si bien aquella fatídica mañana no ocurrió nada más, consideré atinado acompañar a Manolo en un corto paseo por el parque que circundaba el hotel, para aplacar los nervios y distender los músculos. También me pidió que lo hiciera, don Gustavo Alchorría, consejero y casi padre espiritual de Manolo. Don Gustavo Alchorría era hombre de puro linaje taurino, minucioso conocedor de las historias privadas de los más famosos estoques españoles e, incluso, había sabido mezclarse en encierros y novilladas, capote en mano. En verdad, su suerte de torero se había frustrado una tarde de marzo, en Pamplona, cuando, convertido en espectacular "espontáneo", saltó a la arena en el mismo momento en que ejecutaba su faena Marcial Faustino Barajas "Fontanero II".
Don Gustavo no tuvo suerte ya que cayó con tan mala fortuna sobre la arena que se fisuró malamente un tobillo, lo que le impidió escapar con la velocidad suficiente de la carga de Marcial, quien, exasperado y molesto, lo molió a puntapiés hasta que pudo ser apartado por los banderilleros, monosabios picadores, un conjunto de furcados portugueses y hasta la banda municipal de Pamplona. Desde aquel malogrado intento, don Gustavo Alchorría mostraba una acentuada renguera, por lo que me pidió que fuese yo quien acompañase a su protegido en el paseo, aduciendo el agobio del calor imperante y la dificultad de su paso dolido. Nunca pude negarme a un pedido de don Gustavo. No debe olvidarse que don Gustavo fue maestro de Palomo Linares y de Fidel Badanes "El Piturrito", para ser más preciso, maestro de Química y Contabilidad, materia esta última en que Palomo (según contaba el propio don Gustavo) era una calamidad, lo que lo ha llevado en más de una corrida a torear más o menos toros que los indicados.
Lo cierto es que nos dispusimos a salir a caminar con Manolo, tras un frugal almuerzo. Pero en las mismas puertas del hotel, sobre la vereda de la calle nos esperaba otra sorpresa: extendidas cuan largas eran sus alas, muerto, yacía un petrel negro de las islas Gdón, enclavadas en las mismas aguas que bañan las costas de Alaska. Confieso que nos sobresaltamos. El ave en cuestión pesa alrededor de 97 kilos y sus alas desplegadas pueden rozar los cuatro metros quince. Los pocos viandantes que circulaban por la calle a esa hora debían cruzar a la otra vereda para continuar la marcha.
¿Cómo habría ido a dar allí un pájaro propio de latitudes tan distantes?
Sin duda lo habían vencido el cansancio o el sueño, en una de sus tantas migraciones.
—Oye, es bastante común —procuré explicarle a Manolo—, a mí también me ha sucedido que, viajando, me diese sueño. Y lo que es más riesgoso, conduciendo mi coche. Pero, claro, yo he tenido la precaución de detenerme a la vera del camino y echarme una siesta. Cosa que no ha tenido en cuenta este pobre animal que ha venido a reventarse la cabeza aquí mismo. Se entiende, son especies de instinto muy fuerte, pero poco inteligentes.
Nada de esto pareció calmar a Manolo. Le noté una palidez atemorizante y como a punto de devolver la comida. Sin decir palabra dio media vuelta y se dirigió a su habitación.
Una hora después me encontré, vagando sin rumbo por uno de los pasillos del piso cuarto, a Francisca, mujer de Manolo, a quien llamaban "La Parca" por ser, también, de pocas palabras.
—Le diré a Manolo que no toree hoy —me dijo, con los ojos llenos de lágrimas—. Son demasiadas cosas que se juntan. Son demasiados anuncios del Destino.
—¿Dónde está él ahora? —le pregunté, cambiando la conversación.
—En su habitación, rezando.
Sabía que Manolo era muy devoto. Había improvisado en uno de los placares de su cuarto un modesto altar, con una imagen de la Virgen del Interinato, patrona de los choferes de coches de alquiler. Allí, arrodillado sobre el cajón inferior, donde habitualmente guardaba su ropa interior, oraba largamente, perdido su rostro entre las manos y su cabeza entre sacos y corbatas de hechura a mano. Pensé que aquello sería bueno para él, un bálsamo de fe entre tanta circunstancia funesta que parecía empeñada en agrietar su moral. Abandonó su habitación cuando ya el coche de don Gustavo se hallaba en la puerta del hotel, dispuesto para partir hacia la plaza de Miraflores. Advertí su aspecto cadavérico y sus ojos enrojecidos.
—¿Mejor? —me atreví a consultarlo.
—El escapulario —me dijo. Miré hacia su pecho, allí faltaba el habitual escapulario que siempre pendía de su cuello mediante un cordel, atesorando un puñado de pelos de la cola de "Mariquita", el primer toro que Manolo había matado.
—¿Qué pasó? —le dije.
—Se me quemó —su voz era un hilo—, estaba rezando, inclinado, y tomó fuego de una de las velas. Casi me abraso la cara.
Advertí algunos hirsutos pelos de la barba, chamuscados. A Manolo se lo veía más macilento que nunca, casi traslúcido y, tal vez, resignado.
Ahora, a la distancia, comprendo que no debimos dejarlo torear aquella tarde a Manolo Fermín Ordóñez. A pesar de mi sajona resistencia a creer en maleficios y premoniciones, debo admitir que lo de ese día fue demasiado.
Llámese Dios, o un algo superior, le había concedido al diestro más advertencias que las que, habitualmente, suele dispensar.
Lo cierto es que Manolo toreó esa tarde como pocas veces lo había hecho. Fue eficaz, sobrio y elegante. Fino en los pases y, a la hora de matar, exacto. Se ganó el aplauso del público y el reconocimiento de los jueces. Pero no pudo escapar a una espantosa insolación que lo devolvió al hotel desvariando, con un dolor de cabeza inflexible, chuchos de frío y una tenaz diarrea que lo tuvo sin regresar a los ruedos por dos meses. Obviamente, el contrato no se firmó, la repercusión de su faena se desvaneció pronto y debió volver a España sin nada de dinero en sus bolsillos.
Recuerdo que lo encontré dos años después y aún seguía sin volver a lo suyo.
Jan Prokopvich Chliapnikov, si bien no puede considerarse como uno de los padres del cuento fantástico, ha sido catalogado por la crítica como un indicadísimo tutor o apoderado.
Esta calificación puede provenir, también, de que se hallaron en su poder algunos manuscritos de Isaac Asimov, de quien Chliapnikov fue admirador confeso y convicto.
Su acceso a la literatura resultó abrupto, pues sus comienzos se registran cercanos a la vocación por la pintura. En este rubro su primer obra aún se conserva en la ciudad de Klaipeda, junto al Báltico, donde Chliapnikov transcurrió su infancia: un enorme mural que cubre íntegramente una de las paredes del que fue humilde hogar de sus padres, operarios ambos de una hilandería.
El mural está trabajado con pintura al aceite, tempera, carbón, esmalte sintético, betún de lejía, jugos cítricos y toques de salsa tártara.
Chliapnikov lo hizo cuando tenía tan sólo cinco años y el crítico de arte moscovita Vassili Teodorovich aún recuerda: "Jamás olvidaré ese cuadro. Nunca he visto pegarle tanto a una criatura".
Las excusas que tras su recuperación expuso el pequeño Chliapnikov ante sus padres (les dijo que se trataba de antiquísimas pinturas rupestres) lo alendaron a adentrarse en la literatura fantástica.
El texto que reproducimos a continuación es el primer capítulo de su libro: Joshep, que envejecía, clara muestra de su dominio del género y una aguda reflexión sobre la armonía del Universo.
Joshep, que envejecía.
Una mañana como cualquiera, Joshep se miró en el espejo y comprobó algo que detuvo su respiración: estaba cambiando de color.
En su patilla derecha, que descendía bordeando moderadamente la oreja, y entre el matorral de su cabello grueso y oscuro, había un pelo blanco.
Tal descubrimiento lo llenó de pavor. Tomó el pelo entre sus dedos y lo apartó del resto. No había duda posible. El pelo era suyo y el color blanco no respondía a una mancha de pintura. Era, simplemente, un pelo que había trasmutado su originario color negro por el blanco.
Joshep no quiso cortarlo. Pero lo ocultó bajo los otros cabellos. No convendría contarle el hallazgo a Nadiuska. Sería, tal vez, alarmarla inútilmente.
Joshep se sentó en el inodoro y allí reflexionó. Quizás el problema no iba más allá de eso. Pero tampoco podía descartarse la posibilidad de que aquello fuese el comienzo de un cambio de coloración en toda su persona. Tal vez paulatinamente el cuerpo de Joshep iría variando su matiz, transformándose el tono de la piel, de los ojos, de los dientes, de las uñas, luego de que hubiese variado el color de su cabello.
Joshep sopesó la posibilidad de que su trabajo hubiese traído aparejada aquella transformación. Desde hacía diez años se la pasaba durante ocho horas diarias estudiando la conducta social de las amebas y nunca se había detenido a pensar en que aquello podría acarrearle trastornos físicos.
Salió del baño, desayunó con Nadiuska y tuvo un día normal.
Al día siguiente fue a lo del médico. Le dijo que su visita no tenía ningún motivo en particular. Que, simplemente, considerando su edad, había estimado prudente someterse a una revisación general. Dos horas duró el chequeo, tras el cual el médico felicitó a Joshep: se hallaba en perfecto estado.
Joshep había mantenido una obsesiva observación sobre el médico en tanto duró el examen, analizando sus reacciones y catalogando sus gestos y palabras. No obstante, no percibió nada extraño, nada sospechoso en el comportamiento del facultativo. Este, por otra parte, en ningún momento hizo mención al cabello blanco ni tampoco Joshep le preguntó nada al respecto.
Por lo tanto, Joshep salió bastante reconfortado, algo más tranquilo, sin el desasosiego con el que había llegado a la consulta.
Pero tiempo después, en su matinal enfrentamiento con el espejo del baño a los efectos de rasurarse, Joshep dio con dos nuevas anomalías: un nuevo pelo blanco en las inmediaciones del anterior y una profunda estría en el extremo externo del ojo izquierdo. Debió aferrarse fuertemente al lavabo dado que sus piernas se estremecieron. Le parecía mentira que no hubiese visto antes esa arruga. Una arruga no florece en una noche. También le sorprendía la asimetría del asunto, porque el ojo derecho no vislumbraba modificación alguna. Pero había cierta lógica: el ojo izquierdo era el que comúnmente cerraba al trabajar en el microscopio. Sin embargo, aquello era grave: en su piel se había impreso un gesto, se había recepcionado una marca. Había una sola explicación al fenómeno: en su cuerpo, dentro de su cuerpo, se estaba generando algo feroz y maligno. Aquellos eran los primeros síntomas de algo, quizás, definitivo. Tampoco esta vez dijo nada a Nadiuska. Pero optó por visitar a otro médico.
No debía ser muy confiable el primero al que había acudido si no había podido detectar aquella enfermedad que le roía las entrañas. ¿O la había detectado? ¿O la había detectado y no se lo había dicho?.
Optó por no repetir el error y eligió un nuevo profesional.
El clínico lo sometió a una prolija y exhaustiva revisación, tras lo cual, hizo un gesto aprobatorio con la cabeza y dio unas palmadas en la espalda de Joshep.
—Está usted muy bien, amigo —le dijo.
Pero aquello no conformó a Joshep. O bien todos los médicos eran unos incapaces o aquello se trataba de una confabulación para no revelarle un secreto espantoso. No vaciló, entonces. Con manos temblorosas rebuscó en su patilla derecha y mostró al médico los dos cabellos blancos.
—¿Y esto, doctor? —preguntó, desafiante. El hombre sonrió.
—Es el tiempo —dijo, sin dejar de acomodar sus papeles.
Joshep se marchó, confuso. Pero llegó a la conclusión de que, tal vez, se estaba torturando inútilmente con ideas pesimistas. Procuraría olvidar y abocarse de lleno a su trabajo.
No obstante, no pudo evitar el hecho de vigilar cada gesto, cada detalle mínimo del comportamiento de Nadiuska. Pero ella se veía jovial y animosa como siempre. Eso ayudó a Joshep a olvidar un tanto su angustia.
Hasta una tarde, en su laboratorio, cuando Joshep reparó imprevistamente en su mano derecha. Estaba haciendo anotaciones en un cuaderno, cuando sus ojos, sin quererlo, repararon en el dorso de su mano diestra. Fue para Joshep lo mismo que hallarse, de repente, frente a una araña peligrosa. Soltó el lápiz y agitó el brazo por el aire, como intentando que esa mano se desprendiese del cuerpo. Tardó unos segundos antes de comprender que aquella extremidad era su propia mano. Corrió a encerrarse en el baño, empapado en transpiración, y ante la sorpresa de Igor, su ayudante. Allí, en el pequeño recinto, atrapó la muñeca de su mano derecha con la izquierda y la puso frente a sus ojos, por el dorso. Vio, con horror, una piel ajada y con protuberancias. Unos dedos nudosos y faltos de flexibilidad. Algunas pequeñas manchas oscuras, el relieve nítido de las venas y los músculos endurecidos. Adivinó, también, la estructura ósea que moraba allí abajo, como puede adivinarse la sombra estremecedora de un pez maligno que se acerca a la superficie del agua. Soltó su brazo derecho y observó entonces el dorso de su mano izquierda. El mismo paisaje se mostró ante sus ojos.
Debió permanecer quince minutos en el pequeño baño antes de restablecerse, apoyado sobre los fríos azulejos de una de las paredes. Salió, aniquilado. Los síntomas eran inequívocos. Y nadie había podido detectarlos. Al parecer se trataba de una afección que no se manifestaba a los ojos de los demás. Un mal que incluía la tortura de ser sólo percibido por el sufriente.
Cuando llegó a su casa y notó el cansancio que le producía el simple acto de subir por la escalera, comprendió que no le diría nada a Nadiuska.
Después de todo, el proceso, si bien era inflexible, no era veloz. Entonces ¿para qué preocuparla?
Nota del Editor —Este cuento de Jan Prokopvich Chliapnikov fue, en cierta forma, una premonición sobre su propia vida. El galardonado escritor soviético murió también a los 83 años, víctima de una enfermedad desconocida.
El que puso el dedo en la llaga fue, sin quererlo, el "Gamuza".
—Che, Penani —le preguntó—. A vos ¿Por qué te dicen Penani?
El flaco bajó la sexta que estaba leyendo, lo miró un momento y, encogiéndose de hombros, dijo:
—Qué sé yo.
—¿Cómo no sabes, gil? —insistió el otro.
—No. No sé.
—Otario —se puso agresivo el Gamuza—. Te dicen Penani y no sabes por qué te dicen Penani. . .
El flaco dejó de prestarle atención, volvió a levantar el diario buscando la página de deportes.
—Qué se yo, Gamuza —concluyó—. No hinches las bolas.
El Gamuza se levantó, riéndose, mirando hacia los demás.
—¡Qué otario éste! —lo señaló—. Ni siquiera sabe por qué mierda le dicen así.
Pero, a pesar de la aparente indiferencia con que el Penani había tomado la pregunta, al día siguiente quedó demostrado que la cosa le había dejado una cierta preocupación.
—Vos sabes que el rompebolas de Gamuza —arrancó, sin aviso previo, el flaco en tanto masticaba aparatosamente unos saladitos—. Ayer me metió un dedo en el culo. . .
Guilloti lo miró, expectante.
—Me preguntó —siguió el flaco— por qué a mí me dicen "Penani". ¿Y vos sabes que es una buena pregunta? Mira vos, mira vos cómo son las cosas. A mí nunca se me había ocurrido preguntármelo. Mira vos. . .
—O sea. . . —empezó Guilloti— . . .a vos te dicen Penani desde muy chico, me imagino.
—Siempre. Desde siempre —volvió a atacar los saladitos el flaco. —Y son esas cosas que vos ya las aceptas así. Que ni se te ocurre preguntarte por qué carajo son o de dónde carajo salen. Te llaman así y chau, a la lona, nadie entra a averiguar por qué. . .
—Claro —aceptó Guilloti— . . .como a mí Cacho.
—Bueno. . . Pero en el caso tuyo. . . nadie va a pensar que Cacho puede tener algún significado especial.
—Eso es verdad —aprobó Guilloti.
—No vas a ser un cacho de algo, un pedazo de alguna cosa.
—No —casi sonrió Guilloti.
—Qué joda ¿no? —el flaco se quedó pensativo. Cacho también. Pero a poco aportó lo suyo.
—Generalmente —dijo—Esos apodos raros que vienen de muy pendejos, son por alguna palabra que decías mal, o que le llamabas así a alguna cosa, o. . . —a Guilloti se le terminaron los argumentos.
—Sí —consintió el flaco— . . . pero "Penani". . . ¿Qué sorete es "Penani"?
—La verdad. . . —admitió su ignorancia Guilloti.
—Puta. . . se me ha despertado la curiosidad —se estiró el flaco en su asiento rascándose la entrepierna.
—¿Y por qué no le preguntas a tus viejos? —le dijo Guilloti.
—Sí. Sí. Les voy a preguntar —anunció el flaco. Y se pusieron a hablar de fútbol. Lo cierto, y para no hacerla larga, es que el flaco esa misma noche le preguntó a la madre. La madre primero lo miró con extrañeza, luego se puso algo nerviosa y, finalmente, le dijo que ella tampoco sabía.
—Vieja —se enojó el Penani—. ¡No me vas a decir que vos me conociste cuando a mí ya me decían así!
Pero la madre se mantuvo en lo suyo. Le dijo que si lo sabía se había olvidado, que debía ser por alguna tontería y que posiblemente el que tenía conocimiento del asunto era su padre.
El flaco quedó muy preocupado, no sólo porque su padre había muerto cuatro años atrás al chocar con el Rastrojero, sino porque esa noche la madre no quiso cenar y estuvo lloriqueando durante todo el tiempo que se mantuvo mirando televisión. Al día siguiente, el flaco abordó a Brígida, la abuela. La anciana sólo le brindó una información somera.
—Nene —le dijo—, si siempre te han llamado así —justificó.
—Sí, pero quiero saber por qué me llaman así.
La abuela miró hacia todos lados, se asomó a la puerta de la cocina, y después le dijo:
—No sé, querido. Me olvido de las cosas. Vos sabes que no ando muy católica de la memoria.
Penani tuvo que contenerse para no pegarle. La vieja aquella tenía una memoria prodigiosa que le permitía recordar qué vestido había usado su prima Etelvina cuando el casamiento de tía Eloy, a mediados del año 27, o el número de teléfono de su hermana Ruth, en Saladillo, de donde ésta se había mudado hacia fines del 31.
Penani tomó férreamente a la vieja por un brazo y amenazó torturarla con un tirabuzón. La abuela chilló un poco, le rogó después que no la comprometiese y, finalmente, vomitó.
Aquello ya sacó de quicio al Penani. Al día siguiente no apareció por el taller. Se tomó un ómnibus y se fue hasta el instituto psiquiátrico de Oliveros, a ver a su tío Tomás, internado allí desde hacía algo más de 25 años, año más año menos. Nunca había quedado bien en claro si Tomás estaba realmente loco en el momento de la internación, lo que produjo a través del tiempo más de una controversia airada en la familia. Pero Penani sabía que el tío había vivido sus últimos años de cordura en su casa, cuando él era chico, y podía saber algo respecto de su apodo.
El recuerdo de su tío Tomás era muy borroso para el flaco. Recordaba una escena de una Navidad cuando él mismo, el flaco, tendría cuatro o cinco años, con Tomás levantando un fuentón con barras de hielo, y otra escena, con su tío peinándose frente al espejo del baño de servicio, con un tenedor de postre.
Penani fue a ver a Tomás ese día, y volvió ya de noche.
De allí en más su conducta cambió mucho. De común alegre y dicharachero, se tornó un muchacho serio y reconcentrado.
Un día antes que los compañeros de la barra lo abordaran para preguntarle qué le pasaba, hizo las valijas y se fue del barrio.
Al tiempo, se enteraron de que se había ido a vivir a Australia, que trabajaba en una curtiembre, arreglaba artefactos eléctricos y hacía otros trabajos menores.
(Prof. Eremías Galimba)
Mi gran amigo, y respetable erudito, doctor Paulo Rafael Montilla Montaña, quien con gran sensatez y acierto dirige esta colección, me ha pedido que tenga a bien prologar el relato del profesor Eremías Galimba que en estas páginas publica Editorial "Sol Nuevo".
De más está decir que yo no podría, bajo ningún aspecto, negarme a una requisitoria del doctor Montilla Montafia y, menos aún, cuando se me concede el honor de firmar, así se trate de pocas líneas, algo incluido en uno de sus exquisitos volúmenes. Pero, con todo, nobleza obliga, creo conveniente hacer alguna salvedad, dado que muchos lectores podrían verse sorprendidos al hallar un trabajo del profesor Eremías Galimba con prólogo mío, debido a las opuestas concepciones filosóficas que me enfrentan con tan distinguido catedrático desde hace muchos años.
Sin embargo, debo aclarar al lector que, no por el hecho de encontrarnos con el colega Galimba en veredas enfrentadas, dejo de reconocer que nos hallamos ambos en la misma calle conducente al enriquecimiento intelectual y el esclarecimiento histórico.
Si bien la humana y sana variedad de conceptos ubica a Eremías Galimba en líneas de estudio que no comparto, debe saberse que profeso por él un profundo respeto y una sincera admiración.
En virtud de esto que señalo es que no sólo he aceptado realizar este prólogo, sino que me he tomado el atrevimiento de realizar algunas, no muchas, acotaciones marginales, que sólo pretenden ayudar al lector e introducirlo en el complejo pensamiento del profesor Galimba. Estas anotaciones se hallarán al pie de las páginas, junto a las iniciales N del P: Nota del prologuista.
Muchas gracias.
(Profesor José María Narval)
Esta historia fue narrada por Abdías, "El Arameo", a Ezequiel, hijo de Namia y un campesino de Sarepta, a cambio de un odre conteniendo elixir de quinoto. Ezequiel confió la historia a Pascual, "El Maronita", a quien también llamaban "El cordero Pascual" por lo rizado de su cabello.
Pascual, a su vez, la relató a Eremián de Massautis, "El Sordo", y allí los hechos se perdieron para siempre.
Sin embargo, dos centurias más tarde, un hijo de Nadab halló en una caverna cercana a Galaad, trescientas veintiocho enormes rocas en las cuales se encontraba, tallada, la perdida historia.
Vulgario, que así se llamaba el hijo de Nadab, comprendió lo valioso de su hallazgo, y trasladó a su pesebre, no sin esfuerzo, las rocas grabadas. Con el tiempo, difundiría el texto de la maravillosa historia, en una edición de bolsillo, cincelada sobre un bloque de piedra pómez.1
Esta es, entonces, la narración que naciera de los labios de Abdías, "El Arameo", continuase en boca de Ezequiel, se divulgase en el dialecto de Pascual, se perdiese en el laberinto auditivo de Eremián de Massautis y terminase, como trozo de piedra pómez, en más de un baño público de la antigua Judá.
Poncio, el profeta, se arrastraba un día por un reseco sendero que iba desde el pueblo de Gibetón2 hasta el desierto de Negep. Era propósito del profeta alcanzar la inmensidad del desierto, para allí, meditar. Meditar sobre el rumbo a seguir. Dos posibilidades se abrían frente a su escaldada cerviz: las arenas inmisericordes o el regreso a Gibetón, patria de Massah y Manaker, adonde había sido apedreado una vez más.
Poncio, natural de Ginzenia,3 había dejado voluntariamente de caminar ante lo erróneo de sus últimas profecías. Era él quien había afirmado en la plaza de Gandul que el Mesías, aquel todopoderoso llamado Jesucristo, que pregonara su particular filosofía entre los desposeídos y los humildes, moriría a los 73 años, dueño de una importante sedería, y casado con una cortesana egipcia llamada Cleopatra.
El inexorable curso de los acontecimientos puso en evidencia lo distante que estaba la profecía de Poncio de la realidad.
En autoflagelación, Poncio quemó sus sandalias, quebró su bastón sobre las espaldas de un pordiosero, y comenzó a peregrinar reptando sobre el pedregoso suelo de Judá.
Avanzando así, quince años después, hacia el intratable Negep, fue sorprendido por los hechos que se narran.
Agotado, Poncio se había incorporado sobre sus magros brazos, atisbando el horizonte, a la espera de la presencia de algún camélido que le avisara de la cercanía del desierto.
Fue entonces que se elevó, frente a sus asombrados ojos, un remolino de tierra, guijarros, arena y ripio. Y de repente, una gran bola de luz pareció llegar desde el cielo para quedar suspendida frente a él. El sol de aquel día era tan enérgico y furioso como el de todos los días, sin embargo, la bola de luz era más clara y luminosa que el sol mismo.
Poncio, azorado, pensó primero en una alucinación, pero luego una voz profunda y clara llegó a sus oídos.
—Poncio —dijo la voz—. Soy yo.
Poncio irguióse de rodillas, aterrado. No tenía ni remota idea de quién era el que así lo interpelaba, pero había percibido tal confianza en el timbre de aquella voz, que le pareció descortés desconocerla.
Frente a sus ojos, en el núcleo luminoso de la bola, se había corporizado la figura de un hombre alto, delgado, de mirada levemente estrábica.
—Quiero que seas tú, Poncio, el hijo de Ginat, quien lleves a todos los hombres del mundo, la verdad y claridad de mi doctrina —anunció la figura.
—Ocozías.4
—¿Cómo?
—Ocozías era mi padre.
—Ocozías, tu bien lo dices —admitió el aparecido—. Eres de fresca mente y tu memoria no ha sido mellada por la dureza del tiempo. Eres el elegido para profesar mi palabra.
—¿Yo? —Poncio notó que el temor iba haciendo abandono de su cuerpo.
—No veo a nadie más por acá —ironizó la imagen—. Serás tú quien difunda mi pensamiento en la Tierra.
Poncio estrelló su frente contra el suelo, cubriéndose luego la cabeza con sus manos.
—Oh, desconocido —clamó—. No me comprometas. No pongas en mi boca ideas o conceptos revulsivos. No hagas que mi lengua propale o difunda mandatos inquietantes. ¿Qué clase de doctrina es? Ten la virtud de no comprometerme. Los romanos, tú sabes, no perdonan esas cosas.
—No temas. . .
—Fácil es decirlo. Pero. . .
—Debes confiar en mí.
Poncio se atrevió, entonces, a depositar su mirada en los ojos de la aparición.
—Pero. . . —balbuceó—. ¿Quién eres tú? Creo conocerte de algún lado. Tal vez nos hayamos visto en la feria de Gandul. Admito que los nobles rasgos de tu rostro severo me resultan familiares, pero tu nombre, en este momento se niega a venir a mi mente . . .
—No mientas —cortó, tonante, el llegado del cielo—. No me conoces. Soy un Dios.
—¿Un Dios? —se extrañó Poncio—. ¿Es que hay muchos?
—Bastantes. ¿Has oído hablar de los griegos? —preguntó el Dios—. Pues bien. . . —prosiguió sin esperar respuesta— . . . ellos tienen dioses para el Amor, la Caza, el Fuego, la Guerra. Tienen dioses para todo. Pero. . . —agitó una mano dentro de la bola— ... no perdamos tiempo en esos especialistas. Yo soy un Dios y te he elegido para que difundas mi prédica.
—Ha habido otros —dijo Poncio.
—Lo sé. Reconozco que me he retrasado en mi labor, pero no podía obtener esta luz que me rodea.
—¿Quién te la concede? —en la pregunta de Poncio había un atisbo de duda.
—Olvídalo. Soy yo quien habla. No puedo usarla por mucho tiempo. Está decidido. Serás tú quien imponga a los hombres de mi filosofía.
—Eso es peligroso, mi señor —argüyó Poncio—. ReCuerda lo que le sucedió al Nazareno. Tan joven.
—Tú no hablarás —desestimó la aparición—. No harás milagros. No. . .
—¿Cómo los hacía? —imploró, ávido, Poncio, alargando sus brazos hacia la luz—. ¿Cómo los hacía?
—Algún día te lo diré. No es difícil. La mano es más rápida que la vista.
—Vi devolverle la movilidad a un inválido. . .
—Tú no harás nada de eso. . . —cambió de conversación el Dios—. No tenemos tiempo para ese tipo de tareas. Yo necesito algo más interesante. Algo que sacuda el corazón y la razón de los hombres. Algo que sea comentado en los mercados de todas las ciudades. No tengo tiempo para una campaña extensa.
—Cristo contaba con apóstoles que lo seguían. Que lo ayudaban —argumentó Poncio.
—¿Cuántos piensas que necesitarías?
—¿Para qué zona?
—De aquí hasta las mesetas del Jezreel. Por ahora.
Poncio calculó mentalmente.
—Con cinco me apaño —dijo.
—Ni pensar —pareció enfadarse la aparición—. Lo harás tú solo. Lo nuestro tendrá otro tono.
—Dime cuál es tu pensamiento, mi señor. . . —procuró ayudar Poncio—. Tal vez se me ocurra algo. . .
—No puedo dictártelo ahora. No he tenido tiempo de corregirlo. Te adelanto que trata, más que nada, sobre lo moral. Pero, te repito. . .
La duda tornó a la cabeza de Poncio.
—¿Eres, en verdad, un Dios? —articuló, casi a pesar suyo. Pero antes de finalizar la pregunta comprendió su error. La sola visión de aquella imagen celestial, flotando suspendida frente a sus ojos, a casi una vara del suelo, envuelta en una bola de luz, era una respuesta más que suficiente.
—Te repito. . . —prosiguió la aparición, sin dar crédito a la curiosidad de Poncio— ... tu labor será otra. Deberás terminar con el Faucetorio del Nilo.5
Ante la simple enunciación de aquella orden, Poncio tornó a estrellar su arrugada frente contra el suelo. El Faucetorio del Nilo era un espantoso animal compuesto por un tercio de cocodrilo, otro tercio de camello y el tercio final de choza de barro. Moraba en las riberas del gran río mesopotámico y se contaba que había devorado tribus enteras de prestamistas. Su sola visión, enloquecía.
—¡No! ¡No! —imploró Poncio.
—Tú puedes hacerlo.
—Me mandas a la muerte. ¿Qué puede hacer un miserable como yo, tan sólo débil carne y hueso frágil, frente a la perversidad secular de ese azote? Me destrozará. Me envías a la muerte, señor.
Por primera vez, el Dios estiró su brazo hacia el trémulo Poncio. Una mano cálida, pero firme y segura, oprimió un codo del profeta, y éste sintió su cuerpo invadido por una sensación noble y beatificante.
—Tú puedes hacerlo, Poncio —la voz del Dios era calma y convincente—. Tú puedes hacerlo. Si vences al Faucetorio del Nilo serás amado y famoso. Ya no te apedrearán en las plazas, ya no deberás arrastrarte como una serpiente dañina y ya no alejarán a los niños ni a los lechones ante tu presencia.
—Por tu nombre, podrá expandirse mi nombre en la mente de los hombres, como se expande el aroma a nabo por las aguas de un lago. Además, no temas a la muerte.
—Por sostener ideas extrañas fue Cristo a la muerte —insistió Poncio.
—¿Olvidas que él resucitó a los tres días? —lo tranquilizó el Dios—. Si la muerte llegase a sorprenderte en las fauces del Faucetorio, mandaré un ángel por ti, y te devolverá la vida. Una y mil veces si es necesario.
—¿Lo harás? —urgió Poncio.
—Si no viene al tercer día, lo hará al cuarto. Tú no temas. A veces hay muchas cosas que hacer. Pero vendrá por tí, y volverá el alma a tu cuerpo.
Poncio contempló la imagen con gesto atónito.
—No temas —repitió ésta.
—¿Por qué yo? —susurró el profeta—. ¿Por qué me eliges a mí para tal distinción?
—Pues haz fallado. Eres despreciado y vilipendiado. Y deseo darte una oportunidad. Gruesas lágrimas rodaron por las mejillas del hombre de Ginzenia.
—Ahora. . . —continuó el Dios— ponte de pie. Arrastrándote, no vencerás al Faucetorio.
Mucho costó al pobre Poncio sostener incluso el poco peso de su devastado cuerpo sobre sus pies, abandonados de ejercicio desde hacía tres años. Pero, finalmente, pudo erguirse frente a su Dios e, incluso, practicar algunos pasos del Jorám,6 la antigua danza de los amonitas.
—Para vencer al Faucetorio —recomendó la aparición celestial— sólo necesitarás una cosa: tener fe en mí. Pero además debes adiestrar tu magro cuerpo para la lucha, fortificar algo tus brazos y pegarle fuerte donde más le duele.
Poncio asintió con la cabeza, ensayando algunos quites y amagues con sus escuálidos hombros.
—Una cosa más. . . —puntualizó la imagen, en tanto ya se elevaba hacia las alturas.
—¿Qué, mi señor? —levantó sus ojos Poncio.
—Lávate un poco las rodillas.
Tres plagas de langosta más tarde,7 cuando ya el infernal estío se batía en retirada dando paso al abrasador invierno, una multitud se apiñaba sobre una de las mesetas que bordean el río Jordán. Había comerciantes fariseos de tras las dunas, camelleros agarenos8 llegados desde los aduares que bordean el Tigris, mujeres, niños, y hasta hombres de pieles de coloraciones extrañas venidos de regiones tan lejanas que su sola mención sabía a patraña.
Durante cientos de días con sus noches, Poncio a voz en cuello había anunciado que desafiaría a duelo mortal al Faucetorio del Nilo. Lo había hecho en los mercados de Gensa y Fatilú, en las ferias de Hasabías y en los abiertos y habladeros públicos de todo Judá. Dijo a quien quisiera oírlo, que obraba bajo un mandato divino, al influjo de la protección de un Dios cuyo nombre aún no podía confiar a nadie, con el respaldo de un Alguien superior que llenaba su pecho de fuego y sus brazos de fuerzas inauditas, y aseguró que el Faucetorio no le soportaría ni media hora de combate.
Dos cosas hicieron que, finalmente, sus escépticos oyentes le creyesen. Primero, el hecho de ver a Poncio andando sobre sus dos pies, actitud que infundió un sentimiento de respeto entre los que lo rodeaban. Y luego, los sucesos que ocurrieron al amanecer del día elegido para la mortal lucha.
Cuando recién las sombras de la noche se marchaban, las áridas tierras de Judá temblaron, el cielo se tornó violáceo y los asnos corrieron a esconderse entre los telares de las ancianas. Todos comprendieron que aquello estaba relacionado con la lid próxima, y algunos cayeron de rodillas, aterrados. Otros, cruzaron apuestas. Hubo quienes, empero, ni aun así confiaron en las predicciones de Poncio, tal era el desprestigio que cargaba el profeta de Gensania sobre sus espaldas, a raíz de sus profecías sobre el futuro de Cristo y otra más, la que lanzara al viento diciendo que el pueblo palestino jamás tendría problemas en hallar tierras donde aposentarse. Pero incluso éstos fueron a la ribera del rio Neftalí, con el interés lógico que despierta en todo ser humano la posibilidad de asistir a la horrible muerte de un semejante.
En la ladera de la meseta, la inmensa boca de una caverna, atraía las expectantes miradas. Se decía que dentro de aquella cueva umbría, moraba el implacable animal.
Por la otra ribera del río Neftalí9, seco totalmente desde hacía dos mil años, apareció Poncio. Armado tan sólo de un cayado de higuera, cubierto apenas por un lienzo arrollado a la cintura, se adelantó hacia la boca de la caverna. Allí bramó:
—¡Faucetorio del Nilo, hijo del cocodrilo y la mano de obra, cruel alimaña que avientas tu sed de sangre en los hombres, mujeres, niños y haciendas de esta región, llegó tu hora. En nombre de mi Dios, conocerás la muerte por vez primera y tu imagen será por siempre escarnecida, maldecida y vilipendiada. Mandato superior me ha concedido, a mí, Poncio de Ginsenia, el profeta, la representación en la tierra de un Dios superior y enorme, mejor a cuanto otro se haya conocido, o tengas tú o quien me escuche, referencia. En su confianza abrevo mi osadía en desafiarte en lucha. Ni siquiera mi muerte detendrá mi propósito, ya que de ser así, vendrá un ángel por mi cuerpo yerto y un hálito vivificante me devolverá la vida. Y volveré por ti, una y mil veces si es necesario, hasta que logre liberar al pueblo ismaelita del azote maldito que tú representas! ¡Sal, si eres, de por sí, perverso y amistoso del riesgo!
El legendario monstruo salió de la cueva como un rayo y destrozó la cabeza del profeta de una sola y definitiva dentellada.
Bajo el sol de fuego, el cuerpo de Poncio reposó dos largos días, con sus noches, sobre la tierra. Pero ni los buitres, ni las demás aves del cielo, se acercaron a él. Tampoco cuando el beneficio del sol se retiraba, y llegaba la noche silenciosa y oscura, se atrevían a hincarle el diente los perros salvajes, las ratas del desierto, las hienas ni los caimanes que pululaban por doquier.
Al cuarto día, el cielo se puso rojo como una gran llaga. El sol pareció arrugarse y se silenció el canto de las chicharras y el zumbido de las moscas. Cayeron las espinas de las zarzas y el agua de las charcas fue despedida hacia lo alto, como repentinos manantiales. Los pobladores ismaelitas elevaron sus ojos al cielo, atraídos por un ulular quejumbroso que llegaba desde lo alto. De repente, una gran bola de fuego comenzó a acercarse desde la luz del sol, como nacida de ella misma. Pronto, se advirtió que dicha luz era tan sólo un ángel, quien, poco después, castigó el suelo con su cuerpo desparramando vaporosas plumas en todas direcciones.
Tomándose un codo con la otra mano, el ángel se reincorporó. Sin fijar su vista sobre los pobladores que se habían acercado a contemplarlo, se acercó al cuerpo inerte de Poncio, "el profeta". La celestial imagen se detuvo a unos pasos del caído, contemplándolo. Allí pareció detenerse, asimismo, la naturaleza toda. Los escasos pájaros que osaban cruzar el cielo hirviente del desierto, paralizaron su vuelo. Las alimañas que pululaban en el fresco resguardo de las rocas dirigieron sus oblicuas miradas hacia la escena, y hasta los mulos, tan poco propensos a interesarse por nada, quedaron pendientes del cercano acto de la resurrección.
El ángel, grave, estiró uno de sus pies hasta introducirlo bajo el peso exánime de Poncio. Luego, con un sensible esfuerzo de su pierna, hizo girar el cuerpo del falso profeta hasta dejar a éste boca arriba.
—Está muerto —se oyó pronunciar a la criatura alada. Y con estas palabras, antes que nadie saliese de su asombro, se elevó hacia las alturas con la velocidad de un relámpago.
Entonces sí, recién comenzaron a aproximarse al cuerpo de Poncio, los perros del desierto, las hormigas y los buitres.
Sólo a metros de allí, erguidos sobre un promontorio calcáreo, contemplaban los hechos, cabizbajos, Esternón "el piróscafo" y su hijo Hilcías,10 el arameo.
—¿Cómo explicar tú, padre —inquirió Hilcías—, que quien ordenase a Poncio tamaña tarea, no haya cumplido su promesa de resurrección y apoyo?
Esternón, quien sabía que su hijo se hallaba en la etapa de preguntarlo todo, suspiró, paciente, y dijo:
—Así como existen falsos profetas, hijo mío, se me da en pensar que pueden existir falsos dioses.
Escuchimizado, jacarandoso, comme il faut... ¿quién sigue empleando estas expresiones? ¿Dónde van las palabras que dejan de usarse?
POR BEATRIZ SARLO
bsarlo@viva.clarin.com.ar
Tres expresiones casi en desuso trazaban, hace medio siglo, el arco que va entre lo triste y enclenque a lo expansivo y jovial, pasando por el centro mismo de lo adecuado a las circunstancias: escuchimizado, comme il faut, jacarandoso. La trilogía ha desaparecido, especialmente el primer adjetivo y el último, mientras que comme il faut (del francés: como se debe, tal como debe ser) sólo es usada por afectación o como síntoma de edad avanzada. Durante años creí que comme il faut, pronunciada comilfó, era una sola palabra que significaba elegante, ya que siempre la escuchaba asociada a un vestido, a un conjunto para salir o a un par de zapatos. Incluso se decía: “Muy comilfó”, lo que acentuaba la idea de que era un adjetivo: salió de paseo muy comilfó, significaba muy emperifollado, otra palabra de la que ya casi no disponemos.
Del boxeador Pascualito Pérez, cuando devino en Tokio campeón mundial de los moscas, alguien podía observar: “Pese a parecer un escuchimizado, le ganó al japonés”. Lo mismo podría decirse en la actualidad de Charly García: pese a ser un escuchimizado, no hay con qué darle cuando se tira de un quinto piso. Sin embargo, “escuchimizado” casi nunca calificaba a alguien que tuviera alguna otra virtud. Indicaba la inferioridad por excelencia, como si fuera un superlativo.
Jacarandoso, en cambio, no dependía de las apariencias corporales. Se podía ser feo y jacarandoso, gordo o flaco, petiso, deforme, jorobado y también jacarandoso; designaba un comportamiento más que un aspecto. Lo jacarandoso era un estado de ánimo optimista, superficial y chispeante, adecuado a la fiesta y a la vida en sociedad. Las personas jacarandosas respondían bien a los chistes y, sobre todo, los contaban; se reían con ganas y se movían con libertad. No se merecía el adjetivo jacarandoso si no se poseía cualidades sociales reconocidas, tendencia a la expansión amistosa, una voz sonora y una buena sonrisa. La ironía, el sarcasmo y la “cachada” no eran propias del jacarandoso.
Aunque mejor era no ser completamente bobalicón, alguien con poca inteligencia podía alcanzar la categoría de jacarandoso. Por ejemplo, Susana Giménez merecería el calificativo, y la televisión le da trabajo a un batallón de personas que, si conocieran el significado, aspirarían al adjetivo jacarandoso. Comme il faut viene de la lengua extranjera más prestigiosa en las primeras décadas del siglo XX, el francés. Seguramente, su uso se difundió de arriba hacia abajo, desde la elites sociales hasta las capas medias con pretensiones.
Decir comme il faut era precisamente, aunque no de manera consciente, un acto comme il faut: o sea, apropiado y distinguido. Quien juzgaba que algo era comme il faut, también podía aspirar a ser designado con esa expresión. Para poder dictaminar que una persona, un vestido, una conducta eran comme il faut, había que poseer una autoridad social sostenida por el buen gusto. La expresión era, antes que nada, una marca de categoría, aunque quien la usara ya no tuviera conciencia de esto. Comme il faut indicaba un momento del castellano en el que se percibía claramente la diferenciación de clase. La televisión aún no había llegado para imponer su sopa universal que ha convertido el castellano en un esperanto igualador.
¿Dónde van las palabras que dejan de usarse? Bondi tuvo un regreso triunfal. Para un joven de los años cincuenta era levemente arcaico. Hoy es la palabra adecuada, que logró perforar la tapa del depósito de las palabras viejas. Por eso, es imposible decir que una desaparición es definitiva, aunque no apostaría demasiado al regreso de “escuchimizado” o “jacarandoso” ya que nunca fueron indiscutiblemente populares, sino rasgos de originalidad y de variación lingüística. Esas palabras desaparecidas quizá permitieran una lengua un poco menos previsible y repetitiva. Aunque no estoy segura porque es común pensar que la lengua presente es inferior a la lengua pasada. Y eso, desde que los que hablan peor comenzaron a ser escuchados, cosa que antes no sucedía con frecuencia.
http://www.clarin.com/diario/2005/12/18/sociedad/s-01109602.htm
SUSANA TORRADO, SOCIOLOGA
Ningún criterio tradicional es adecuado hoy para definir a los sectores sociales. En el caso de la clase media, sería injusto no tener en cuenta el capital cultural y psicológico que se esfuerza por preservar.
Analía Roffo.
aroffo@clarin.com
Una consultora de mercado está definiendo a la clase media como aquel sector que simultáneamente tiene celular, prepaga y acceso a Internet. Más allá de la brutal simplificación, parece evidente que hoy necesitamos parámetros nuevos para definir a la clase media.
—Está claro que necesitamos un sistema de medición más adecuado. Pero déjeme decirle antes que desestimo a todos los que intentan definir una clase por lo que consume. El tema es infinitamente más complejo.
# ¿Por qué?
—Porque, tradicionalmente, uno —yo, por lo menos— parte de las formas de inserción en el mercado de trabajo, que es una de las formas que realmente da inserción en el mundo social. A partir de esa posición en la división social del trabajo, uno estudia cuál es la relación con el nivel de ingresos, que está asociada con el nivel de educación, con el nivel de consumo en general y con el consumo cultural. Hasta hace unos años, había coherencia en la forma de constatar que una forma de inserción laboral se correspondía con tales otras formas en lo cultural, en lo educacional, en lo simbólico, en lo social. Eso desapareció; ya no existe esa coherencia previsible que había entre lo que era la inserción en el mercado de trabajo y el resto de comportamientos de clase.
# ¿Cuáles son los rasgos "incoherentes" actuales?
—Ahora, entre lo que antes se rotulaba como clase media, hay desocupación, hay empleo en blanco precario (los que están por contrato), hay trabajo en negro, personas que no están registradas en ningún lado, etc., etc. Esto implica que hay ingresos que no son previsibles en función de la ocupación que se desempeña.
# Tampoco es previsible, me parece, saber si la educación recibida asegura un buen lugar social.
—Es que ha habido algo que para mí es extraordinariamente importante en todo lo que ha pasado respecto de la clase media: la devaluación de las credenciales educativas. Ya lo sabemos: la educación ha dejado de ser un canal de ascenso. Por todo esto, no sirve adoptar la óptica tradicional para medir a los que integran hoy la clase media.
# En principio, parecería que muchos que hoy no están en el mercado de trabajo siguen siendo, sin embargo, de clase media. ¿Cómo se puede corroborar esa intuición?
—Hay formas de identificación cultural y consumos estrictamente de clase media. Por ejemplo, las relaciones sociales, lo que se diría el capital social; las relaciones culturales, lo que sería nivel de educación y consumo cultural. Hay algo clave —voy a citar a Bourdieu—: el capital simbólico, o sea, el reconocimiento de los otros respecto de la legitimidad que tiene la posesión de capital económico, cultural y social. Usted me podrá decir, con razón, ¿cómo voy a medir algo tan inasible como el capital simbólico?
# Le haría una pregunta diferente: ¿cuánto tiempo se sostiene el capital simbólico, si no está acompañado de un trabajo decente y una inserción económica y social que tradicionalmente hayan sido de clase media?
—No lo sé, porque lo que usted marca es lo que realmente nos está pasando y habrá que ver cómo queda diseñada la clase media finalmente. No es una novedad: en la estructura social ha habido, desde el ajuste de 1998, un terremoto que desubicó todo lo que aceptábamos como nociones de inserción y de ordenamiento de la estructura social. Pero quiero contestar su pregunta: seguramente no está dada para siempre la relación entre el reconocimiento simbólico del resto de la sociedad y el capital económico que uno puede tener.
# El INDEC dice que sólo el 10% de los ocupados tienen salarios mayores a 1.500 pesos. ¿Cómo se puede mantener el capital simbólico, cultural y educativo correspondiente a la clase media con ingresos menores?
—¿Sabe qué pasa? Todo se cayó, no sólo la clase media. También se cayó la clase obrera estable y también se cayeron los que antes llamábamos marginales. Entonces, cuando todo se cae, el concepto de medianía necesariamente tiene que cambiar. Por todo esto, si tuviera que definir hoy a la clase media, primero vería cómo es la inserción ocupacional; después, el nivel de ingresos; después, el consumo cultural; después, el patrimonio; después, el capital de relaciones sociales que posee la familia; después, los comportamientos de la organización familiar.
# ¿Cuáles, específicamente?
—Me refiero a la cohabitación, la contractualización de las relaciones de pareja, es decir, ya no la sanción institucional externa de la relación entre hombre y mujer sino la contractualización personal entre dos —"vos y yo hacemos un contrato todos los días a la hora del desayuno y seguimos o no seguimos, pero no viene nadie a poner un sellito"—; los hijos extramatrimoniales, el número de hijos que se tiene. Y en todo esto, para mí hay una cosa que sí ha sido como el núcleo duro del descentramiento de lo que fue la Argentina, que es la imposibilidad de tener un proyecto de vida. Me refiero a que uno nace, se cría en cierto medio, sabe que si estudia va para allá; si no estudia y el papá tiene un negocio va para allá; si estudia mucho, aunque sea de clase obrera, a lo mejor puede subir un poquito... Hasta hace poco, había formas posibles de proyectar la vida. Y en la Argentina eso tenía que ver fundamentalmente con la posibilidad real de movilidad social ascendente.
# Pero la reformulación de la familia no ocurrió sólo dentro de la clase media...
—No, les ocurrió a todos, pero a distintos ritmos. Lo que tiene de específico en la Argentina esta cuestión es la incorporación de las clases medias a comportamientos que antes eran propios de las clases populares. Piense en el uso de cierto vocabulario. Lo que antes se llamaba concubinato, ahora es vivir en pareja. Nadie habla ya de hijos ilegítimos, sino de extramatrimoniales. Lo más sintomático, desde el punto de vista social en la Argentina, es que fueron las clases medias las que se incorporaron más rápidamente a estos cambios de comportamientos en la organización familiar. Esto fue propio de todos los estratos sociales, pero se dio mucho más rápidamente en las clases medias urbanas.
# Ese terremoto social, como usted lo llamó, ¿puede haber arrasado incluso con la imagen o la conciencia de clase que cada individuo tenía de sí mismo?
—No, eso que antes se llamaba autoidentificación de clase creo que aún queda en pie. Los que venimos de una tradición más economicista, siempre criticábamos: "Cómo, este señor es un pobre de solemnidad, pero él se siente de clase media; entonces, ¿lo ponemos en la clase media?". Ahora creo que esa autoidentificación es un elemento revelador. Porque en ella está jugando una cosa fundamental, que es su trayectoria. Es decir, cómo llegó a ser pobre; cómo llegó a desclasarse de lo que antiguamente se llamaba clase media, o cómo llegó a mantenerse ahí. La trayectoria es lo que sería importante para conocer bien, por ejemplo, cuál es la composición de las clases.
# ¿Por ejemplo, para saber si la decadencia puede llegar a ser irreversible o si la persona tiene herramientas en su capital para salir a flote?
—Exactamente. Usted habla de irreversibilidad y me acuerdo de una viejísima película de Pepe Arias: "Rodríguez, supernumerario".
# ¿Por qué?
—Rodríguez era un empleado público, al que le renovaban periódicamente el contrato, pero no entraba nunca en la planta permanente. Es decir, no tenía la estabilidad del empleado público, que es uno de los rasgos definitorios de la formación de la clase media administrativa. Muchos años después, un sociólogo de prestigio mundial como Robert Castel define a la globalización como un modo de producción del capitalismo que produce supernumerarios. Y me llamó la atención que una palabra de una película netamente popular —que marca la falta de inserción estable— reaparece en alguien como Castel para caracterizar un modo de producción a nivel mundial. El problema, hoy, es saber si el individuo tiene la capacidad de salir de ser supernumerario en el mundo globalizado. Si tiene la posibilidad, con los recursos que trae de antes, de salir de esta situación en la que lo pusieron ahora. La trayectoria es la gran herramienta que hace la diferencia.
Copyright Clarín, 2005.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/18/z-04216.htm
Jorge Guinzburg.
jorge@guinzburg.tv
Freud se preguntaba quién entiende a las mujeres. Claro, vivía en Viena. De haber nacido en Buenos Aires su interrogante fundacional habría sido quién entiende a los argentinos.
En eso pensaba mientras contemplaba el cielo raso del consultorio. Todo había comenzado cuando el presidente Kirchner anunció la decisión del Gobierno de pagar de un tirón el total de la deuda contraída con el Fondo Monetario Internacional.
Imaginaba la alegría de los distintos dirigentes políticos, esos que durante años pregonaban la necesidad de terminar con esa relación de sometimiento con aquellos señores malos que llegaban a nuestro país dando órdenes, criticando todo, exigiendo desde el aumento de tarifas en los servicios hasta el cambio de peinado del ministro de Economía. Sin embargo, apenas terminado el anuncio, salvo aquellos invitados por Kirchner al Salón Blanco de la Casa Rosada (esos que interrumpieron su discurso una media docena de oportunidades con ovaciones y aplausos) desde distintos sectores de la oposición, desde la derecha y de la izquierda, es decir, de todos los que se autodefinen de centro, llovieron las críticas.
Si parte de la deuda es ilegítima —sostenían los más radicales que no son precisamente de la Unión Cívica Radical— ¿por qué tenemos que pagar el total sin exigir una quita?
No dejan de tener razón, pero imaginemos esto: papá, en vida, cuando regía los destinos de toda la familia, hipotecó nuestra casa; apenas recibió el dinero pasó primero por el casino, donde perdió casi todo. Después, con lo poco que le quedaba, fue al cabaret y terminó de despilfarrarlo con algunas chicas ligeras. ¿Alguien cree que contárselo a nuestro acreedor hará que nos perdone la deuda heredada? ¿Acaso podrá considerarse un atenuante si el propio acreedor estaba en el casino cuando nuestro progenitor ponía las fichas en el número equivocado y no le aconsejó que volviera a casa?
Cuanto más perversa es una deuda, más difícil será eludir el pago. Eso lo saben tanto los jugadores compulsivos a quienes algún matón les rompió un brazo a manera de primera advertencia, como aquellos países más pobres a los que otros matones más sutiles les cortaron el crédito y los dejaron afuera del mundo. Por lo tanto, legítima o ilegítima, pareciera que sigue siendo deuda y hay que ponerse.
Otros, como López Murphy, se mostraban preocupados por la pérdida de un alto porcentaje de nuestras reservas, quizás sin recordar que esas reservas, durante el gobierno de De la Rúa, cuando le tocó ser ministro de Economía, no alcanzaban para pagar lo que ahora, desembolsando un poco más del 30 por ciento, cancelamos.
Tampoco falta la crítica a liquidar un crédito de intereses más bajos, antes que otros más caros. También es atendible, a menos que pensemos que aceptar la injerencia de un organismo internacional en temas internos es un interés carísimo.
En fin, ante tantas críticas a algo tan deseado vale preguntarse quién entiende a los argentinos. Pero también es factible hacerse la misma pregunta ante los elogios: entre los asistentes a la Casa de Gobierno estaba el titular de la CGT, Hugo Moyano, tal vez el más entusiasta a la hora de aplaudir. Tiene todo el derecho. Eso sí, llama la atención que, con la misma vehemencia, en su momento, aplaudió a Rodríguez Saá, cuando desde su efímera presidencia anunció el corte de manga al Fondo y el no pago de la deuda externa. Por eso también con él vale la pregunta sobre quién entiende a los argentinos.
Eso no es nada, doctor —dije de pronto dando por sentado que mi terapeuta había oído mis pensamientos hasta ahí—. Yo, que comencé la semana enojado con el Ejecutivo por otra de sus iniciativas —reducir el Consejo de la Magistratura dejándolo a merced del poder político—, ahora estoy contento y aplaudo esta determinación de Kirchner como si fuera el más oficialista. A mí, ¿quién me entiende?
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2005/12/18/z-04306.htm
El juez bonaerense analiza la actualidad
Su vocación por el derecho y su intensa y prolongada trayectoria en el Poder Judicial hacen que sus opiniones tengan la misma fuerza que una sentencia. “El primer problema de la Justicia es que llega después de los hechos; cuando el conflicto llega al juez, ya se ha desatado...”, dice, resignado.
Héctor Negri nació en 1940 en Banfield y se graduó de abogado en la Universidad Nacional de Buenos Aires 20 años después. Apenas recibido se inició en la docencia como ayudante de la cátedra de Filosofía del Derecho, cuyo titular era Ambrosio Gioja, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de aquella casa de altos estudios. Desde entonces sigue dictando la asignatura en las universidades nacionales de La Plata y de Lomas de Zamora. En la primera tuvo como alumnos a Néstor Kirchner y a Cristina Fernández.
En 1983, al revivir la democracia, fue designado miembro de la Suprema Corte de Justicia de la provincia de Buenos Aires, y en la actualidad es el ministro decano del cuerpo, cuya presidencia ejerce por tercera vez.
Sus casi 22 años en la Suprema Corte bonaerense lo han convertido en el ministro de permanencia más prolongada en la historia del cuerpo.
Es titular, asimismo, de la junta electoral y del Consejo de la Magistratura, ambos de Buenos Aires. Comparte su vocación por el derecho y la enseñanza universitaria con la poesía y el cuento, géneros en los que incursiona desde hace años con placentera dedicación. Casado, con cinco hijos, vive en la misma casa banfileña en la que nació y no se pierde partido como local del club Banfield, cuyo padrón societario integra en carácter de vitalicio.
-Desde su incorporación al alto tribunal, usted ha convivido con cinco gobernadores: Alejandro Armendáriz, Antonio Cafiero, Eduardo Duhalde, Carlos Ruckauf y Felipe Solá. ¿Cómo fue la relación con ellos?
-Cada uno se caracterizó por una modalidad distinta, pero los vínculos con ellos siempre fueron estrictamente protocolares. Jamás existió la menor tentativa de presión sobre la Corte para sus decisiones, ni siquiera una insinuación en tal sentido. Si tuviese que reivindicar algo de la Corte de la provincia de Buenos Aires, reivindicaría su independencia. Ojalá que la pueda seguir manteniendo a lo largo de los años. El juez no puede tener afinidades o simpatía con alguno de los litigantes.
-Si el juez investiga, ¿puede ser objeto de tentaciones que afecten su imparcialidad?
-Posiblemente, cuando el juez investiga, la misma investigación puede llevarlo, sin que él lo advierta, a comprometer su propia imparcialidad. Y ahí estaríamos ante un problema muy serio. Por ejemplo, un juez puede enamorarse de una hipótesis y tratar de probarla, lo que es peligrosísimo. El núcleo de la sabiduría del juez está en la interpretación de la ley y en su sana aplicación.
-¿Qué es un conflicto, más allá de la definición de la Real Academia?
-Es una ruptura de la paz. Hay conflictos que se extienden en la sociedad. Un conflicto no resuelto es un espacio de paz que se ha perdido en la sociedad. Cuando hay paz, el hombre puede trabajar, estudiar, enseñar, rezar, investigar la verdad. Consecuentemente, el juez es el guardián de la paz, el que debe cuidar que el conflicto desaparezca y si la reconciliación no es posible, al menos contener el conflicto y llevarlo a límites mínimos, compatibles con la paz social. La gran tarea del juez sería resolver el conflicto y conseguir que las partes se reconciliaran; eso pasa pocas veces y cuando el conflicto se expande, la consecuencia son marchas callejeras, huelgas...
-¿Cómo se ve desde La Plata a la justicia argentina?
-La justicia judicial tiene un par de problemas propios, de los que no se puede separar. El primero, es que llega después de los hechos; cuando el conflicto llega al juez, ya se ha desatado...
-¿Hay una justicia que pueda prevenir esa clase de conflictos?
-Hay una justicia que no es la justicia judicial y que llega antes: la justicia social. Si los obreros hacen treinta días de huelga para lograr un aumento salarial que finalmente consiguen, ese incremento debió haberse concedido de entrada, no después de la medida de fuerza, con la tensión que ello implica. La justicia judicial llega cuando los hechos pasaron y el tema básico lo experimentamos en el delito, que también le llega al juez después de cometido. En general, el delito es un mal social que puede reducirse en su magnitud y en su extensión.
-¿Cómo y cuándo puede concretarse esa disminución?
-Hay varios caminos. El primero, asegurar un inmenso cuidado en la niñez, porque la gran mayoría de los delitos revelan traumas infantiles en sus autores. Cuando veo los carros cargados de chiquitos, basura y cartones, veo que no estamos cuidando debidamente a la niñez, que estamos fallando en algo muy fuerte. No digo que esos chicos terminen siendo delincuentes, pero tampoco podría asegurar que no lo terminen siendo. Y que el horizonte de muerte se les incorpore demasiado pronto en la vida, ya sea matando ellos o que los maten a ellos. El primer elemento que se debe cuidar en una sociedad es la niñez y todo lo que se haga será poco en esta materia, y me parece que se está haciendo poco. También creo que un país se empobrece mucho cuando pierde sus ideales. El ideal da sentido a la existencia, a un país, a todo. La desaparición del ideal es quedarse sin sentido.
-¿El ideal se asocia a la utopía?
-Reivindico enormemente el valor de la utopía, es decir, de algo que no está en ningún lugar pero que podría estar. Las grandes utopías renacentistas fueron una invitación a la esperanza. Existen dos fugas de la realidad: el mito y la utopía. El mito es una fuga de la realidad para no volver a ella; la droga, por ejemplo, es uno de los tantos mitos. La utopía también es una fuga de la realidad, pero para volver y transformarla.
-¿Es optimista respecto del futuro?
-Confieso que a veces oscilo entre un gran optimismo lleno de ilusiones y una gran decepción. Tengo cinco hijos y el mundo de los hijos debe ser mejor que el de los padres. ¿Recuerda el significado de la libreta de ahorro que nos daban en la escuela primaria? Se trata de valores o símbolos que merecen ser recuperados. Hace unos meses, viajaba por tren en Sudáfrica y me llamó la atención que al pasar por algunas poblaciones muy pobres, la gente salía a saludar al tren. Esas escenas me volvieron a la infancia, cuando las veía frecuentemente en el campo bonaerense. Ahora viaje usted a La Plata y verá que en lugar de saludos el tren recibe piedrazos. Todo esto demuestra que nos está ganando el mito y estamos perdiendo la utopía.
-¿Cómo definiría nuestra democracia?
-Se dan ciertas formas aparentes de democracia. Hay poca militancia en los partidos políticos. Las elecciones internas se celebran con escasísima participación. Advierto, con pena, poca presencia juvenil en la vida política. La necesidad que tiene mucha gente de expresar sus protestas y reclamos por vías ajenas a los partidos políticos revela que éstos no están cumpliendo acabadamente su función. Las listas sábana, la falta de debates políticos con ideas, la carencia de una expresión real de programas, el hecho de que se inserten dentro de la vida política por razones puramente electorales personas que han tenido éxito en otro tipo de actividades -artística, por ejemplo-, pero que no han hecho definiciones políticas que garanticen programas de acción. En este punto hay mucha improvisación. El país está esperando un claro debate racional de ideas.
-¿A qué atribuye la baja calidad de la vida democrática?
-A los problemas en la educación. Habrá que trabajar mucho desde todos los niveles educativos y hacer entender que la política es el ejercicio más noble, porque se trata nada menos que de gobernar un país, de establecer sus grandes objetivos, su paz interior, su bien común. La situación política argentina es, en muchos sentidos, desconcertante. De todas maneras, quiero destacar el hecho fundamental de que no existe, más allá de sus defectos, un sistema de vida pública y política mejor que la democracia. La democracia reclama su ejercicio, su esfuerzo; hay que aprenderla todos los días; la democracia es un plebiscito diario y un trabajo de todos. Es necesaria una fuerte conciencia colectiva, pública, popular, acerca del valor de la democracia. Y esto no se viene dando.
-¿Cuál es su juicio acerca de la reforma judicial de 1998?
-Creo que no ha dado para nada los resultados que se esperaban de ella. La Justicia sigue siendo tardía, teniendo problemas de retraso; en la parte penal, por ejemplo, persisten las demoras en los juicios, perturbaciones muy fuertes en lo que podría ser el orden judicial, como la extensión indebida de la prisión preventiva. La reforma no dio los resultados esperados. El presupuesto judicial sigue siendo escaso para sus necesidades. En este momento, la justicia bonaerense afronta tres problemas muy fuertes. Por un lado, los paros, que repercuten negativamente en toda la actividad; en segundo lugar, la próxima incorporación a la tarea de los jueces provinciales del tema de las drogas -el chiquitaje, en la jerga popular-, que se les transfiere desde el ámbito federal. Esto ni siquiera está demasiado bien precisado en la ley y significará un trabajo impresionante para los jueces. Por último, la nueva ley de minoridad, cuya vigencia está preventivamente suspendida por decisión de nuestra Corte, y que puede generar complicaciones de magnitud en una cuestión tan delicada y sensible como la de la niñez.
--¿Qué opina de los torneos entre provincias para reformar sus Constituciones, generalmente con el único fin de habilitar reelecciones del mandatario de turno?
-Creo que toda Constitución va ganando con el tiempo. Y la estabilidad constitucional habla muy bien de un país, de su democracia y de sus dirigentes. Los cambios frecuentes advierten sobre un problema muy fuerte: no se está legislando con la necesaria prudencia. Se legisla con apresuramiento, con desorden, en función de situaciones políticas de momento y a veces los jueces nos encontramos con leyes que hasta adolecen de defectos en su redacción, en la formulación técnica de lo que sus autores quieren hacer. También se aprueban leyes difíciles de ser compatibilizadas con las ya existentes o se derogan otras, a tal punto que con frecuencia para los jueces es un verdadero problema determinar si una norma está vigente o fue derogada. La Constitución es como el vino: cuanto más añejo mejor. Lo veo con el Código Civil: cuando tengo que aplicar un artículo del Código redactado por Vélez Sarsfield, lo hago con inmensa tranquilidad. En cambio, cuando se trabaja con modificaciones recientes, aparecen problemas. En la nueva legislación se advierten muchas desprolijidades. Las leyes deben ser modificadas de manera cuidadosa, luego de estudios y debates, siempre que ello signifique una verdadera mejoría para la población.
Por Rafael Saralegui
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=765575
Por Osvaldo Bayer
El Poder es el enemigo número uno del Derecho. Propiedad significa Poder. Más Poder, menos Derecho. Poder es violencia latente. El filósofo alemán Alexander Demandt lo explica con un ejemplo histórico. Dice que en el siglo XVI a.C., durante la guerra del Peloponeso, apareció Alcibíades con la poderosa flota de Atenas frente a la pequeña isla de Melos. Melos era una ciudad dependiente de Esparta, pero siempre había conservado una estricta neutralidad. Los guerreros atenienses exigieron a los habitantes de Melos entrar a su favor en la guerra contra Esparta. Los habitantes de Melos se negaron. El enfrentamiento que se originó lo ha descrito Tucídides en su “Diálogo de Melos”. Es la primera discusión fundamental en la literatura europea acerca de la relación entre Poder y Derecho. Los atenienses representaron el punto de vista del Poder con argumentos de la razón de Estado. Sería ventajoso para ellos mismos tener a los habitantes de Melos como aliados federales y ventajoso también para los habitantes de Melos aceptar esta situación, porque de otra manera serían destruidos. En cambio, los de Melos les reprochaban a los atenienses actuar como jueces de su propia conducta. Y que sería indigno para los atenienses destruir una débil ciudad. Si Melos aceptaba el dictado de Atenas, sería indigno de sacrificar así su autodeterminación.
Pero –prosigue Demandt– el Derecho sólo vale entre iguales. Entre no iguales reina el Derecho del más fuerte. Los habitantes de Melos fueron derrotados y eliminados.
El Poder, en la Historia, eliminó el Derecho cuando lo creyó conveniente. Hitler adujo razones de Estado para atacar Polonia y para su criminal política racista. Bush adujo razones de Estado, de la seguridad de su país, al atacar a Irak. Nuestros liberales positivistas del tiempo de Roca adujeron razones de seguridad para su Campaña del Desierto, mataron a sus poblaciones originales o las esclavizaron y se quedaron para siempre con las tierras. Propiedad como resultado final de la Violencia. Los panegiristas de Roca señalan que este militar trajo el progreso. El progreso de quién, cabe preguntar. ¿Para el estanciero Martínez de Hoz, que recibió 2.500.000 de hectáreas, y para el propio Roca, que como botín de guerra recibió la estancia “La Larga”? ¿O para los pampas y ranqueles que fueron enviados como esclavos a Martín García, o a cosechar el azúcar a Tucumán, y a sus mujeres como sirvientes de las familias de militares o del barrio Norte y a los niños indios como mandaderos? Pero no nos quedemos en la Historia, volvamos al presente.
Salta. Ha llegado a Buenos Aires una delegación de familiares de los muertos de las represiones últimas. Rostros bien de la tierra, tristeza infinita. Además de la muerte de sus seres queridos, la injusticia y, si insisten, el palo policial o de los gendarmes. El Poder absoluto sobre todo Derecho. Vienen aquí porque allá son todos sordos, empezando por la Justicia. Un viaje de centenares de kilómetros para que la opinión de la República se forme un concepto de la verdadera situación.
Es una historia de la negación. Hay jóvenes obreros muertos a balazos por las tropas de represión de siempre y una Justicia que no encuentra culpables. Hay muertos, pero somos todos inocentes. Claro, las víctimas son siempre los de abajo. ¿Por razones de Estado? Y estos familiares vienen hasta Buenos Aires porque no se rinden, sólo piden Justicia. Vienen para que la Procuración de la Nación agilice la investigación de las causas de homicidios, torturas y vejaciones producidas en las represiones policiales y las fuerzas de seguridad en la localidad de General Mosconi, Salta. Para que se individualice a los autores materiales e ideológicos de los delitos cometidos y a los partícipes y encubridores tanto del Estado nacional como de la provincia y los responsables de las empresas petroleras. Son parcos al hablar, manos laboriosas y tal vez la primera vez que bajan a Buenos Aires: Primitiva Ruiz, Jesús Barrios (mujer pese al nombre), Urbano Santillán, Pepino Fernández (representante gremial) y la abogada Mara Puntano, quien siempre está en primera fila en la defensa de los derechos humanos de los salteños de abajo. Todo comenzó, claro está, con Menem y la aplicación de sus políticas estatales neoperonistas, o mejor dicho, neoliberales. Privatización de YPF; lo que trajo como consecuencia una altísima tasa de desocupación, sumándose la falta de pago de las indemnizaciones a los ex trabajadores, la depredación del medio ambiente por las petroleras multinacionales, la contaminación de las aguas por los residuos tóxicos a cielo abierto y la aparición de enfermedades de todo tipo en la población. Contra eso, el arma de los trabajadores: la protesta en las calles. Y crearon la Unión de Trabajadores Desocupados. La respuesta fueron las represiones más cruentas de la República durante la democracia antes de los crímenes de Santillán y Kosteki. En mayo del 2000 la represión policial dejó un saldo de decenas de detenidos, hombres, mujeres y niños –criollos y aborígenes, todos– torturados y vejados y la muerte de los jóvenes Alejandro Gimes y Orlando Justiniano, de 19 y 20 años de edad. Los dos fueron fusilados por personal policial mientras alzaban leña para prender fogatas en la ruta. Los cuerpos de los jóvenes abatidos fueron llevados a la provincia de Jujuy y arrojados en la ruta. Entonces, la Justicia salteña se declaró incompetente y la jujeña ordenó el archivo. Por su parte, la policía mató de un balazo en la cara a Aníbal Verón, en una manifestación de obreros cesantes de una empresa de un pariente del gobernador Romero. Seis meses después fueron asesinados por francotiradores de la Gendarmería Carlos Santillán, de 27 años, y Oscar Barrios, de 17 años. El gendarme estaba apostado en los tanques de petróleo de la empresa Refinor, y de allí le disparó. El mismo día fue asesinado Oscar Barrios, que formaba parte de una procesión para pedir por el cese de la represión. En ambos muertos, las balas usadas fueron las de cono truncado, prohibidas internacionalmente para “disuadir” a la población civil. El mismo día fue baleado también Ramón Dorado, de 17 años, que participaba de otra procesión, por gendarmes desde los altos de la empresa Refinor. Una bala le impactó en la columna vertebral y el adolescente quedó con paraplejia espástica. Amén de otros heridos.
Todo fue declarado ante la Justicia Federal. Pasaron años y ninguna respuesta, el silencio. Jamás fue detenido ninguno de los autores uniformados ni reparados los daños materiales y morales.
Creemos que no sólo deben actuar ya las autoridades nacionales, sino también la Justicia. Los intelectuales peronistas tendrían que salir a denunciar este estado de cosas en una provincia gobernada por el peronista Romero. Se trata de víctimas del pueblo.
Pero volvamos al Sur. Ha llegado a nuestro país un joven mapuche: Pascual Pichún Collonao, de 23 años. Ha cruzado la cordillera para pedir refugio en la Argentina. Este hecho nos debe enorgullecer. Porque viene aquí a buscar Libertad y Justicia, ya que en Chile se le aplicó la llamada “Ley 18314, sobre conductas terroristas”, nada menos que del tiempo de Pinochet. El joven, si fuese un terrorista, no se hubiera presentado ante las autoridades argentinas del Cepare, que trata el problema de los refugiados políticos. La acusación es típica: se opuso con su padre y su hermano contra empresas forestales que destruyen la ecología de la zona de Temuco. Por supuesto, como se hace siempre desde el Poder, se inventan delitos, y se los condenó a ocho años de prisión. Pascual no lo ha aceptado y desde aquí va a luchar por la libertad de sus familiares y el respeto al paisaje que los mapuches siempre han defendido. Parece mentira que el llamado gobierno “socialista” de Lagos se base en leyes del más cruel de los dictadores que sufrió su país. Es que, como siempre, parece que uno de los socios de las industrias que se están aprovechando de la naturaleza es miembro de ese gobierno. Los organismos de Derechos Humanos van a defender a Pascual como si fuera –y lo es– un luchador de la tierra americana. Y el llamado va también a quien va a ser la primera presidenta de Chile, para que declare como primera medida la total amnistía de la familia Pichún. Así se traerá verdadera democracia: limitar el Poder para dar más Derecho a las pobladores. Y no dejar una vez más que el Poder se convierta en eterna Violencia latente.
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/contratapa/13-60592-2005-12-17.html
Tenemos la firme convicción de superar la Argentina de los viejos y recurrentes problemas.
Por mandato popular, por comprensión histórica y por decisión política sabemos que esta es la oportunidad del cambio, de la transformación profunda. El cambio que puede consolidarse no depende de una persona, ni de un grupo de elegidos o iluminados; es tarea colectiva, diversa, plural.
Somos conscientes de estar transitando un momento histórico fundamental y estamos decididos a ser protagonistas de este cambio de época. Nos han educado durante mucho tiempo para la impotencia, para el no se puede; nos quieren hacer creer que lo nuestro nada vale, que no tenemos la capacidad o la constancia para valernos como nosotros, como país. Nos quisieron meter en el alma la certeza de que la realidad es intocable, nos quieren convencer de que son tan grandes las dificultades que es mejor que nada cambie. Quieren hacernos creer que no hacer nada nuevo es la única opción realista.
Creemos, sin embargo, que nuestro futuro será hijo de nuestra capacidad para articular respuestas colectivas y solidarias de nuestro compromiso con la defensa del interés conjunto. Intentando superar el infierno en que caímos, sabemos que estamos recuperando la esperanza y que debemos adueñarnos de las herramientas para construir nuestra autonomía.
Para dar continuidad al cambio se deben superar de raíz los problemas de arrastre, creando las condiciones para una estrategia de desarrollo a largo plazo. Un problema de arrastre central y condicionante, es la deuda.
En el día de la fecha, hemos tomado las decisiones institucionales, que nos permitirán destinar nuestras reservas de libre disponibilidad al pago de la deuda total con el Fondo Monetario Internacional. Hace cincuenta años que viene siendo motivo de nuestros desvelos.
La República Argentina abonará anticipadamente al Fondo Monetario Internacional, a fin de año, la suma total adeudada de capital de 9.810 millones de dólares. Nuestros vencimientos para el 2006 sumaban 5.082 millones de dólares; en el 2007 ascendían a 4635 millones de dólares, para complementar en el 2008 unos 432 millones, de igual moneda, anticipando de este modo nuestros pagos para la cancelación total, concretamos un ahorro en intereses de casi mil millones de dólares. Como el costo de financiamiento con el organismo supera el rendimiento obtenido por colocación de las reservas, la diferencia se incluye en aquel ahorro directo. Al destinarse el pago de reservas de libre disponibilidad se garantiza un efecto monetario neutro.
La medida puede adoptarse en función de la solidez que el modelo de producción, trabajo y crecimiento sustentable, con inclusión social, que venimos aplicando va adquiriendo. Sin apoyo alguno del Fondo Monetario Internacional y sobre la base de la sustentabilidad del superávit fiscal y externo que mantenemos, así como la solvencia económica lograda. A su vez la magnitud de este fuerte desendeudamiento, junto con el nuevo perfil de la deuda que ya hemos reestructurado, contribuirá al fortalecimiento y la previsibilidad del proceso de recuperación, expansión y transformación, que venimos protagonizando los argentinos.
Sobre la base de la solvencia fiscal, la sustentabilidad externa, la flexibilidad cambiaria, una política monetaria prudente, predecible y transparente y una política financiera sólida y anticíclica, podemos dar este paso que contribuirá a su vez a reafirmar un ambiente económico previsible.
Podemos hacerlo por la continuidad del notable esfuerzo en materia fiscal, que permite dar consistencia a sucesivos superávit, como por el dinamismo exportador creciente, que permite contar con superávit comercial y dar cuenta corriente de la balanza de pagos, que contribuya a la generación de un ambiente macroeconómico estable. Podemos hacerlo porque hemos acumulado reservas que llegan casi o ya están llegando a los 27.000 millones de dólares y que hemos multiplicado más de tres veces, desde el mínimo de 8.250 millones, registrados a comienzo de 2003 y que respaldan un cambio flexible y una política monetaria prudente, que no abandonaremos.
Concretamos, con esta medida, nuestra estrategia de reducción de deuda, a un nivel compatible con nuestras posibilidades de crecimiento y pago, ganando, además, grados de libertad para la decisión nacional.
La deuda que cancelamos con el Fondo Monetario Internacional, similar a la suma que ese organismo prestó para sostener un régimen de convertibilidad, condenado al fracaso, ha resultado lejos la más condicionante, aún cuando a diferencias de otros países que experimentaron situaciones críticas no recibimos ayuda del Fondo para superar la difícil situación que enfrentamos. Esta deuda ha sido constante vehículo de intromisiones, porque está sujeta a revisiones periódicas y ha sido fuente de exigencias y más exigencias, que resultan contradictorias entre sí y opuestas al objetivo del crecimiento sustentable.
Además, desnaturalizado como está en sus fines el Fondo Monetario Internacional ha actuado, respecto de nuestro país, como promotor y vehículo de políticas que provocaron pobreza y dolor en el pueblo argentino, de la mano de gobiernos que eran proclamados alumnos ejemplares del ajuste permanente. Nuestro pueblo lo corrobora.
En los últimos 30 años hemos visto avanzar la continua dependencia de programas que Argentina acordó con el Fondo Monetario Internacional. Formamos parte de la triste realidad de integrar el grupo de países en los que esa institución ha aplicado y monitoreado muchos de sus 150 planes de ajuste. El resultado ha sido exclusión, pobreza, indigencia, la destrucción de aparato productivo. A la sombra de esos programas hemos visto concentra ción de ingreso en unos pocos y chocado contra la imposibilidad de combinar crecimiento macroeconómico con desarrollo social y pleno empleo.
La experiencia argentina muestra que el FMI respaldó verdaderos fracasos
Hoy podemos decir que cada vez que nos endeudábamos, no sólo nos debilitábamos ante el mundo, sino que fuimos perdiendo nuestra capacidad de resolver. Esta lógica siempre defendida por adalides locales de modelos que no tienen en cuenta ni las necesidades ni las realidades de los pueblos, llevó a consolidar una verdadera adicción al endeudamiento, en la que cada vez más nuestros acreedores encarecieron sus intereses, endurecieron su auditoría, su control y sus exigencias.
La más reciente experiencia argentina ha dado prueba suficiente de que ese organismo internacional respaldó, primero, verdaderos fracasos políticos y luego no aportó ni una moneda de ayuda para la superación de la crisis ni para la reestructuración de la deuda, que concretamos con la aceptación del mercado.
Antes bien, nosotros debimos abonar 6.484 millones de dólares al organismo, sin que nos prestaran suma alguna, mientras desembolsaron 3.000 millones de dólares, a dos meses de la caída del gobierno del doctor De la Rúa. Esa misma experiencia puso en evidencia el desacierto de condicionalidades estructurales innecesarias y exigencias exageradas para un país en nuestra situación.
Este pago anticipado entonces, que implica saldar una deuda no podrá ser interpretado como un obstáculo en la relación con el Fondo, y nos dará más fuerza y autoridad para seguir reclamando una profunda reestructuración de ese organismo. Nuestro reclamo de que esa institución cumpla un rol contracíclico, que no es más que exigir el cumplimiento de la finalidad para la que fue creado, evite el sistema de condicionalidades cruzadas, aumente el grado de transparencia de sus operaciones, reduzca el costo de su funcionamiento y mejore su capacidad de préstamo, adquirirá aún mayor fuerza.
La República Argentina ha podido concretar exitosamente este año el más gigantesco canje de deuda en cesación de pagos de la historia mundial, y lo ha hecho en el marco de la concreción de la quita más grande de su historia, que supera los 67 mil millones de dólares. Por su complejidad, en cuanto a número de títulos, monedas y jurisdicciones involucradas, por su monto, por las particularidades de la situación mundial que determinaron la ausencia de ayuda crediticia, por haberse realizado en el marco de una reducción neta de la deuda con los organismos multilaterales de crédito internacional, el proceso ha resultado único y excepcional.
Por primera vez en la historia argentina un proceso de reestructuración de deuda ha culminado con una drástica disminución del endeudamiento del país. El paso que damos hoy es de idéntica magnitud; hace dos años y medio, al tiempo de asumir, ambos logros parecían imposibles de alcanzar ni en el más temerario de nuestros sueños. Sin embargo, entre todos los argentinos lo hemos logrado. El pueblo argentino, paulatinamente, lo está logrando, nos estamos demostrando lo que somos capaces de hacer juntos: una integración más digna al mundo, y más inteligente, sobre la base de la solidez que está adquiriendo nuestro país, dejando atrás un modelo de irresponsable endeudamiento que nos aislaba. Con equilibrio macroeconómico, en base a solvencia fiscal, seriedad y transparencia en el manejo de las cuentas públicas, fortaleceremos esa integración.
El Ministerio de Economía y Producción y el Banco Central tendrán a su cargo la ejecución en detalle de las operaciones que concretarán el pago anticipado ante el Fondo Monetario Internacional. Estamos con este pago sepultando buena parte de un ominoso pasado, el del endeudamiento infinito y el ajuste eterno. Como dijimos a comienzo del año ante la Asamblea Legislativa, tomamos sobre nuestras espaldas, con decisión y convicciones, las responsabilidades que el ahora reclama a quienes contamos en este momento histórico con iniciativa política, ratificada, lo que agradecemos profundamente, rotundamente en las urnas, el pasado 23 de octubre.
Queremos superar las terribles heridas que produjeron las políticas erradas aplicadas en el pasado, queremos superar entre todos con la frustración que nuestra crisis nos sumiera. Soñamos con dejar a quienes nos sucedan un país mejor, donde el próximo gobierno pueda dedicarse a consolidar, a imaginar, a crear, a crecer con dignidad.
Nuestras crisis recurrentes han obstaculizado la permanencia de las políticas correctas, nuestros errores han impedido que se continúe el mismo rumbo. No queremos volver a ese pasado, queremos con memoria, verdad y justicia construir las bases de un sólido futuro.
Por eso incansablemente trabajamos con el objetivo de lograr, para el final de nuestro mandato, que la desocupación, que ya en octubre ronda el 10 por ciento, se ubique en un dígito; que la indigencia que ya ha caído a la mitad, también se ubique en un dígito; que la pobreza, que ha bajado significativamente, cuando esté terminando nuestro mandato pueda estar en la mitad de la que tuvimos cuando nos tocó empezar, en el momento en que asumimos, el 25 de mayo del 2003.
Lo estamos logrando después de haber crecido casi un tercio del Producto Bruto Interno, con cifras anuales entre el 8 y el 9 por ciento, lo lograremos, si el año que viene, como confiamos y lo hemos enviado presupuestariamente, podemos volver a crecer al 4 por ciento.
En el centro de la construcción de aquel futuro está la recuperación de la dignidad nacional, la revalorización de la autoestima del pueblo argentino y la superación de la crítica vacía, el mal augurio constante y el refugio en el escepticismo.
Queremos dejar atrás el tiempo de la profecía autocumplida, que apuesta siempre al fracaso de los demás y anuncia siempre que todo va a salir mal.
Se trata de un paso largamente conversado con los señores presidentes del Mercosur en general, y especialmente con el presidente Lula Da Silva, a quienes agradecemos, como también tenemos en cuenta el agradecimiento a la ayuda permanente recibida de la República Bolivariana de Venezuela.
Queremos dar este paso. Se trata de un paso trascendental, que nos permitirá mirar sin imposiciones, con autonomía y tranquilidad, sin urgencias impuestas, sin presiones indebidas la marcha de nuestro futuro.
Un paso que con toda responsabilidad nos ayuda a construir un futuro más justo, inclusivo y equitativo, con una mayor flexibilidad en el diseño y la ejecución de la política económica, un paso que liberará recursos para afrontar con mejores herramientas la lucha por el crecimiento, el empleo y la inclusión social. Un paso que es ponerle fin a una época, un paso que debemos dar todos juntos.
El saber que administrando con responsabilidad, con seriedad, creyendo en el futuro de esta Patria, con los aciertos y errores que tenemos todos los seres humanos, saber que a partir del 1° de enero el trabajo argentino ya no va a ir más para pagar la deuda o al Fondo en forma permanente.
Cuando estemos levantando las copas el 31 de diciembre sabremos que el trabajo argentino estará volviendo a los argentinos, y que el gran desafío será encontrar los caminos, no de cruzarnos, no de tratar que el otro fracase, sino de imaginar, de crear, de demostrarle al mundo que somos capaces de tener una Argentina solidaria con el mundo, solidaria internamente, con capacidad, con decisión, y que toda esa potencialidad que tiene la podamos desarrollar.
Desde que empezamos nuestra gestión muchas cosas parecían imposibles, desde el punto de vista institucional, económico, desde el punto de vista de la verdad, de la memoria, de la justicia. Claro que falta muchísimo, desde acá hacemos un llamado permanente a que en la diversidad, en la pluralidad, en el consenso, pensemos que la Argentina puede lograr muchas cosas. Pero no con la máquina de impedir y el no se puede, sino tratando de superar y calificando cada propuesta que cada uno de nosotros tenga. La calificación de la propuesta, prepararse y saber que nadie es el dueño de la verdad absoluta, entender que cada uno de nosotros tiene la verdad relativa.
Argentinos y argentinas, a quienes nos acompañan acá y a quienes nos miran desde su casa: en esta temporalidad que nos toca ejercer la iniciativa política en la Argentina estamos dejando todo, tratando de hacer las cosas lo mejor posible. Les pido que nos ayuden, porque el éxito no va a ser de un gobierno, va a ser de todos los argentinos.
Un país que se desbarrancó por la acusación, la imputación falsa y la descalificación, un país que tiene toda su potencialidad en el campo empresario, sindical, en las entidades libres del pueblo, en las organizaciones sociales, para crear un destino distinto. Creo que entre todos lo podemos hacer, sí, desde la diferencia, con pluralidad y con consenso. Ahora, todos nosotros, los empresarios, los trabajadores, los gobernantes, las organizaciones sociales, por lo menos sabemos que a partir del 1° de enero empezamos a recuperar el esfuerzo argentino.
Habla el especialista francés en medios
PARIS.– Como hacen los entomólogos cuando estudian a los insectos, François-Bernard Huyghe mira la televisión, lee los diarios, navega por Internet y habla con la gente como si tuviera una lupa en la mano, tratando de comprender el comportamiento del “consumidor de informaciones e imágenes”.
Huyghe es uno de los pocos que pueden presentarse como “mediólogo”, nueva categoría profesional inventada por su amigo Regis Debray cuando fundó la revista Cuadernos de Mediología, que acaba de ser rebautizada Medium. Doctor en Ciencias Políticas, este francés de 54 años es autor de siete libros sobre los mass media. Fue profesor en la Sorbona y, desde hace lustros, investiga el poder que tienen los medios masivos de difusión.
En su último libro, “Comprender el poder estratégico de los medios”, explica su enorme capacidad de influencia para modificar el comportamiento de la sociedad. La mejor prueba, a su juicio, es una boutade que circula en el Pentágono: “La próxima guerra no la ganará el que tenga mejores bombas, sino el que mejor utilice los medios de comunicación”.
–Parece que ver televisión se ha convertido en la primera actividad del hombre moderno.
–El consumo de televisión es la principal actividad del hombre después del sueño y del trabajo, lo que representa un enorme fenómeno social. En Francia, un país de bajo consumo en comparación con Estados Unidos o América latina, el promedio es de tres horas y cuarto por día. Recientemente, un directivo de la principal cadena francesa, TF1, provocó un gran escándalo al decir que la función de la televisión era vender tiempo de cerebro humano a los anunciantes. Aunque se trata de una definición moralmente chocante, no constituye una sorpresa, porque traduce una realidad. El poder es ocupar el tiempo de la gente. La ocupación de nuestro tiempo por parte de la TV empieza a tener proporciones inquietantes.
-¿Por qué la gente mira televisión?
-Es una compañía. Además, nos da placer. Es una manera sencilla de masajearse las neuronas cuando uno está muy cansado. También es un escape contra la soledad y el tedio. Es un gran unificador social: todos a la misma hora hacen lo mismo. Pero no hay que caer en la simplificación ni diabolizarla. Yo no formulo juicios de valor. No lo analizo en términos morales. Es evidente que soy un hombre de libros. Aunque mire televisión, no es el ideal que profeso como instrumento de "ocupación del cerebro". Tampoco tiene sentido saber si la televisión es un vehículo de la ideología dominante. La cuestión esencial es que la televisión consolidó su poder como la gran institución social de la vida moderna por su capacidad de reorganización.
-¿Qué significa eso?
-Un acontecimiento sólo se produce, sólo existe, a partir del momento en que es validado por su aparición en la televisión. Antes, una persona escribía un libro, accedía a la celebridad, y entonces tenía la posibilidad de ser convocada por la televisión. Actualmente la ecuación es al revés: un personaje es célebre porque aparece en televisión y, por lo tanto, debe escribir un libro, que, naturalmente, tiene todas las posibilidades de ser comentado por televisión.
-Y, desde luego, la televisión también transformó la vida política.
-En un país como Francia, donde siempre fueron importantes la ideología, los libros y los discursos, los partidos se convirtieron en máquinas que se limitan a producir candidatos "telegénicos". El ritmo de la vida política no está dado, como antes, por las elecciones, los debates parlamentarios o la discusión programática, sino por el noticiero de la noche, la aparición mediática y el juego de la apariencia y de la presencia. Es decir, por la capacidad de ocupar la pantalla la mayor cantidad de tiempo posible. Se trata de una grave disfunción.
-¿La televisión es un prisma que deforma y, por lo tanto, amplifica virtudes y defectos de los políticos?
-Es verdad que penaliza a quienes carecen de condiciones "telegénicas". La televisión emite imágenes. Las imágenes no muestran el pasado ni permiten ver las ideas. Producen emociones. El inconveniente reside en que el espectador no posee todos los instrumentos necesarios para decodificar lo que escucha y lo que ve. En las escuelas, además de enseñar a leer y escribir, habría que enseñar a ver televisión. Numerosas organizaciones internacionales preconizan la alfabetización en materia mediática. Pero la verdad es que nuestra formación, basada en la cultura de lo escrito, no está adaptada para captar los códigos y parámetros de un mensaje televisivo. Para eso sería necesario desencriptar la imagen o conocer su historia. En un noticiero, es lícito preguntarse por qué eligieron ese tema y esa imagen entre decenas de otras, qué nos transmiten con esa imagen, por qué la montaron de esa manera y por qué escribieron ese comentario. También tiene su importancia conocer un poco acerca de la producción y de la fabricación del producto.
-¿Cuánto cambiaron al hombre los medios de información masiva?
-Enormemente. Por lo pronto, cambió nuestra relación con el resto del planeta, porque eliminó o, por lo menos, relativizó las distancias. En ese sentido, el mundo se transformó realmente en una "aldea global", como decía Marshall McLuhan. Por una parte, es positivo que estemos informados y seamos sensibles a la guerra, la miseria, las masacres, los padecimientos y las tragedias. Pero, al mismo tiempo, poco a poco se produce un efecto nivelador en el que todo es igual y termina por crear una actitud distante.
-¿De qué manera Internet está incidiendo en el panorama?
-El fenómeno es arrollador, y aún no terminó de mostrar todo su potencial. Internet va a cambiar enormemente el comportamiento del consumidor y el del protagonista. El punto de ruptura con respecto a los otros medios es la interactividad.
-¿Es el mismo atractivo que tienen los videojuegos?
-En gran medida. En esto también hay un factor de participación que no ofrecen los otros medios. En un videojuego yo puedo dirigir a un caballero que, gracias a mi destreza, cada vez más perfecta, puede superar los obstáculos que se le presentan. Los video-juegos manejan presupuestos mayores que el cine, ocupan más tiempo de cerebro que el cine y vehiculan otros modelos culturales. Sin embargo, en el caso de Internet, las variantes y las perspectivas de progresión son todavía mayores? A diferencia del televidente, que tiene una actitud pasiva frente a la pantalla, el internauta interviene y puede modificar los contenidos, navega, dialoga con otras personas. Incluso puede participar en la información y modificarla. Hasta puede crearla.
-¿Se está refiriendo a los "blogs"?
-Sí. Es un fenómeno de dimensiones incalculables e imprevisibles. Creo que se crean 30.000 "blogs" por día, uno cada tres segundos, cifra que merece verificación, pero que nos da una idea aproximada de las dimensiones que tiene el fenómeno. Ante todo fenómeno de dimensiones colosales, como ése, siempre hay un precio por pagar.
-¿Cuál es, en este caso?
-El exceso de información, en primer lugar. En segundo término, la insignificancia: el 99 por ciento de esos "blogs" no tiene ningún interés. Detrás de esta explosión hay un fenómeno de narcisismo de masas.
-A diferencia de los futurólogos, como Jacques Attali, usted no cree en un mundo mejor gracias a los medios.
-Es uno de los debates cruciales en relación con el futuro, porque las tecnologías de comunicación y transmisión de una época determinan qué vamos a creer, cómo vamos a creerlo y con quién lo creeremos. Una de las claves es ver cómo vamos a desarrollar estrategias diferentes frente a la técnica. Detrás de ese concepto hay intereses políticos verdaderamente grandes que están en juego.
-Frente a los excesos de Internet, ¿es posible imaginar que en algún momento se llegará a un equilibrio razonable, o estamos frente a un fenómeno exponencial de descontrol?
-La aparición de cada medio produjo, en su momento, un fenómeno que se llamó la "lógica del uso": la gente hacía un uso que no había sido previsto por sus creadores. El mejor ejemplo es el teléfono, que fue inventado para transmitir instrucciones a distancia y escuchar conciertos. Hoy vemos que el resultado es completamente diferente. Internet no fue inventado para enviar e-mails ni para que cada persona tuviera su "blog". La ecología mediática todavía no terminó de organizarse, sobre todo con relación a los otros medios. La "lógica del uso" todavía no terminó de operar. No es fácil imaginar el futuro porque sólo ahora comienzan a vislumbrarse las perspectivas que pueden resultar de la sinergia entre tecnología digital e Internet.
-El progreso de los medios ¿tuvo un impacto positivo en la sociedad? ¿La gente es más inteligente que antes?
-Es inteligente de una manera diferente. El problema deriva de la pérdida de los mecanismos de comparación y análisis que conducían a la formación del pensamiento. Ahora, por usar la terminología de las computadoras, el riesgo consiste en que hay una inteligencia "copiar-pegar" en la que no existe, sobre todo, la confrontación. También hay una pérdida de respeto por la propiedad intelectual: algunos internautas se apropian de párrafos enteros sin respeto por el autor, creyendo que, como los encontraron en la Red, lo pensaron y, por lo tanto, la idea les pertenece. El aspecto positivo es que Internet permite una reorganización permanente del pensamiento y crea una inteligencia colectiva. Un fenómeno sobre el que se habla poco con relación a Internet es la aparición de la cultura de la donación. El "propietario" de una idea o de una información tiene una fuerte tendencia a compartirla, y lo hace a través de la Red. El mejor ejemplo es, acaso, la enciclopedia Wikipedia, que se enriquece gracias a la participación espontánea de los internautas. La única recompensa de ese gesto es la satisfacción de haber participado en una obra colectiva, planetaria, del saber.
Por Luisa Corradini
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/cultura/nota.asp?nota_id=764599
Hoy me voy a referir, mis estimados radioescuchas, a una carrera que se disputó hace ya una punta de años, para ser más precisos, un lejano 14 de julio de 1952, en el legendario hipódromo de Maroñas, orgullo de nuestros hermanos orientales.
Y no será un capricho el hecho de que yo retrotraiga mi memoria a aquella justa del año 52, a aquel premio "Isidoro Busico" que hoy ocupará el espacio central de mi programa, de su programa, querido oyente. Pero ocurre que me ha escrito un amigo de mi audición, el señor Idalino Manuel Montoya, haciendo algunas consideraciones que, a mi juicio, son erróneas y me siento en la obligación de responderlas.
El querido amigo Montoya, quien —no creo equivocarme— ya ha escrito otras veces a mi programa, me adjunta, con su simpática misiva, los restos, los trozos, los pedazos de cuatro boletos a ganador que él mismo, Idalino Montoya, jugó a patas de "Principiante", en la posta de potrillos del día domingo 25 de octubre de 1951, carrera disputada en nuestro circo palermitano. Y dice el amigo Montoya que, en aquella oportunidad, ese caballo, hijo de "Nabucodonosor II" y "Pandereta", con la monta de Benjamín Nardiello, el "Yuyo" Nardiello, resignó su posibilidad de llegar primero al disco de sentencia debido a que fue encerrado y desplazado por Yatasto.
La carta del amigo Montoya concluye así. . . paso a leer sus últimos párrafos. . . "lo que viene a poner en claro que Yatasto, cuando se trataba de obtener la victoria, olvidaba todo tipo de consideración o sensiblería para con sus adversarios y en forma guapa y corajuda se alzaba con las glorias del ganador, como un verdadero campeón".
Muy bien, muy bien amigo Montoya. . . Ahora me voy a permitir hacer algunas consideraciones sobre su simpática esquela. Primero voy a detenerme en algunos detalles de su carta, que, sin modificar el espíritu de la misma son, de cualquier forma, erróneos. Primero, en aquella carrera, que tuve el gusto de presenciar, Yatasto no ganó 2' 3" 3/5, sino que lo hizo en 2' 1" 2/5. Y si bien el segundo puesto correspondió a "Principiante", como usted dice, el cuarto lugar fue para "Incruencia Bella", un hijo segundo de "Carcasón" y "Miriñaque", y no para "Androcles", como usted lo consigna. Posiblemente, amigo Montoya, la memoria le ha hecho una pequeña trampita y le hace recordar cosas que no han sucedido así. Pero ahora vamos a lo que usted quiere significar con su carta y que resume tan bien en los últimos párrafos que he leído.
Puedo asegurarle, mi estimado amigo Montoya, Idalino Montoya, que a través de los largos años que estuve al lado de ese fenómeno que fuera Yatasto, jamás, jamás lo vi recurrir a tales recursos para obtener una victoria. Yatasto era un animal noble y un crack tan formidable que no necesitaba, en absoluto, apelar a tales triquiñuelas para alzarse con una victoria, de las cientos y cientos que obtuvo. Y es por eso que vuelvo a mencionar, que vuelvo a traer a colación aquel magnífico premio "Isidoro Busico", en el Maroñas, en el año 52, y presten atención, estimados oyentes. Recuerdo que en ese año habíamos viajado a Montevideo, Yatasto, don Ismael Cano, Luisito Vera, aquel sensacional jockey chileno que ganase la Doble Caupolicán en la monta de "Patitieso", Gabriel Saldías, periodista del diario Crónica que seguía paso a pa:so las carreras de la maravilla, Esteban Segura, quien esto les cuenta y cuatro o cinco peoncitos cuyos nombres no recuerdo. Me acuerdo bien de aquella oportunidad pese al inflexible paso de los años, ya que yo no iba a viajar a Montevideo debido a que acababa de ser operado de un molesto flemón que me aquejaba.
Pero el día anterior al viaje me llamó a mi casa don Ismael Cano y me pidió encarecidamente que viajase, ya que así se lo había hecho saber Yatasto con gestos inteligentes y miradas más que elocuentes. Yo no podía rehusarme a un pedido de aquella naturaleza, máxime proviniendo de un animal que había hecho de la amistad una profesión de afecto y respeto.
Recuerdo que llegamos a Montevideo y desde el mismo puerto, donde nos aguardaban alrededor de ocho mil personas como siempre que arribaba Yatasto, nos fuimos para el stud de Ezequiel Wolfang Sanducero, un caballerazo en toda la línea bajo cuyo mecenazgo había florecido el "Círculo de Criadores de Pursaing" de Canelones. Las veces que saltábamos el charco y nos trasladábamos a la vecina orilla nos alojábamos siempre en el stud del barón de Matambrino a los efectos de eludir a la prensa y quitar, en parte, a Yatasto de la vista de los admiradores, los curiosos y las yeguas. Ustedes saben bien, mis queridos amigos, que si algún humano defecto tenía la maravilla era su debilidad por el sexo opuesto. Yo siempre sostengo que sólo su excepcional capacidad física, su exuberante resistencia pulmonar y aquel aguante que hiciera exclamar al príncipe Fabiolo "¡Qué animal!" en ocasión del premio "Maestro mayor de obras Remigio Almeida", permitían a Yatasto vencer una y mil veces en las pistas a despecho del exagerado gasto que de su virilidad hacía en la penumbra de los studs.
Pero volvamos al meollo de la anécdota que deseo relatarles. No olvido que Yatasto se hallaba en esos días previos al gran premio de magnífico humor, plácido y distendido como siempre. Era número puesto para el "Isidoro Busico" y los diarios y revistas especializadas lo daban como seguro ganador e incluso llegaban a anunciar que lo de Yatasto sería un paseo en la arena montevideana a pesar de la presencia, en la misma justa, del crédito uruguayo, el tordillo "Francachela". Pero el día anterior a la carrera, el sábado, Yatasto volvió de los aprontes serio y reconcentrado. Prácticamente no relinchó en todo el día y sólo se limitó a salir a saludar a su público que, a grito vivo, lo reclamaba a las puertas del stud. En cualquier parte del mundo, vale consignarlo, cuando Yatasto paraba en algún stud, la gente hacía guardia día y noche frente a las puertas para verlo, hablarle o tocarlo. Yatasto, pese a su apariencia suficiente, ganadora, de orejitas paradas, pese a esa dentadura luminosa que solía lucir en centenares de tardes ganadoras, era un caballo tímido y humilde, con bastantes problemas de comunicación. Sin embargo, sabía, a ciencia cierta, la devoción que por él profesaba su público y, aunque fuesen sólo cinco minutos, nunca dejaba a sus fanáticos sin la alegría de verlo.
Recuerdo que cuando regresó de cumplir con ese requisito social y afectivo me miró como diciendo: "Traeme la comida, Adolfo". Tras tantos años de convivencia, de más está decir que entre él y yo bastaba y sobraba una sola mirada para entendernos. No obstante, casi no probó el grano y me devolvió el forraje con otra mirada como diciendo: "Demasiado verde para mi gusto". Después se tiró a dormir. Un par de horas más tarde viene Luisito Vera y me dice: "Yatasto está rengueando". Corrimos a verlo. En efecto, la maravilla cojeaba de una de sus manos delanteras y parecía dolerle bastante. Estábamos todos sorprendidos. Según Saldías, en los aprontes no parecía haber sentido nada. Media hora después llegaba el doctor Avelino Méndez Gurrucha, un eminente cardiocirujano uruguayo, íntimo amigo de don Ismael Cano, quien lo había llamado de urgencia sacándolo del quirófano donde apuraba una mesa de poker.
Méndez Gurrucha revisó la pata de Yatasto y no constató nada. Se cubrió dejando en claro que ésa no era su especialidad y se ofreció a permanecer con nosotros toda la noche en prevención de cualquier cosa. Recuerdo que le dimos a Yatasto una batería de antiinflamatorios y acordamos esperar a la mañana siguiente para decidir si correría o no en la tenida de la tarde.
A la mañana siguiente fui a ver a la maravilla y él me miró como diciendo: "Me sigue doliendo la pata". Así era nomás, cuando intentaba caminar, rengueaba una barbaridad. No podíamos arriesgar su futuro. Consideramos que lo mejor era volver y ponerlo en manos de su veterinario particular, el neurocirujano Esteban Etchemús, que lo trataba desde potrillo. ¡Para qué voy a contarles la decepción del público en Montevideo! Pero no se podía hacer otra cosa.
El premio "Isidoro Busico" se corrió y lo ganó, sobre una distancia de 2.500 metros, "Francachela", el tordillo uruguayo, hijo de "Menefrega" y "Torta Pascualina", en 2' 36" 1/5. Hasta allí, la anécdota que cuento no parecería tener sabor ni sentido, mis queridos oyentes, pero... ¿Qué ocurrió dos días después, estimados radioescuchas? A los dos días leímos en la edición de la tarde del diario Crítica, de Buenos Aires un pequeño sueltito que nos traía una triste noticia: en la ciudad de Montevideo, tras una corta pero fulminante dolencia, había muerto "Torta Pascualina", madre de "Francachela", el ganador del "Isidoro Busico". No nos fue difícil atar cabos: Yatasto, el grande, el maravilloso Yatasto, había intimado con "Francachela" en los aprontes de Maroñas, se había enterado del drama que envolvía al crack montevideano y había decidido borrarse, no correr, fingiendo una supuesta lesión en una de sus patas extraordinarias.
¡Ese era Yatasto! ¡Ese era el animal maravilloso y sensible, de corazón inmenso, tanto para imponerse en las pistas como para brindarnos un ejemplo de generosidad, de amor por sus semejantes, de grandeza y, en suma, de renunciamiento!
Por eso es que quería contarles, queridos radioescuchas, aquella anécdota en el Maroñas, anécdota que había mantenido en el silencio hasta el día de hoy. Pero no quería que se tomase como cierta la presunción, quiero creer que se trata de una presunción bienintencionada, del señor Idalino Manuel Montoya, con respecto a que cualquier recurso era utilizado por Yatasto con tal de consagrarse ganador de una carrera. Yo sé bien que entre los enemigos de lo nuestro, entre los permanentes denostadores de nuestros ídolos, acecha siempre la falacia malévola, muchas veces disfrazada de elogio o de reconocimiento. No quiero pensar que esté en eso el distinguido oyente que me ha remitido la carta en cuestión, pero, fiel a la defensa de una imagen y de un amigo maravilloso como Yatasto me veo en la necesidad de dejar bien en claro las cosas. Y por si esto fuera poco, puedo acercarles un detalle mínimo que completa la anécdota de Maroñas. Dos meses después del premio "Isidoro Busico", Yatasto y "Francachela" volvieron a toparse, ahora en San Isidro, y el crack montevideano ni figuró, perdido en la nube de polvo con que hizo desaparecer nuestro ídolo al resto de los competidores. La misma nube de polvo, queridos amigos, con que el piadoso olvido cubre a todos aquellos que procuran destruir los genuinos valores de nuestros ídolos populares con la mezquina y envidiosa furia de los iconoclastas.
Aquellos que, en el día de ayer, se vieron sorprendidos ante la noticia de que la mayor distinción del jurado noruego había recaído en el rionegrino Octavio Póstula, sin duda no conocen en profundidad la obra y la lucha de este gran pintor. Pero quienes, como este crítico, han logrado abismarse en la visceral cosmogonía de sus espacios cromáticos, no se sintieron impactados ni mucho menos.
Durante largos 35 años Póstula ha sido, por sobre todo, un infatigable buceador en las posibilidades de la materia, un explorador ansioso y voraz de la textura y un artista que desdeñó, sistemáticamente, el facilismo y lo convencional. Basta mirar sus manos para comprobarlo. "Esas manos que parecen talladas en piedra pómez", dijera una vez la siempre ocurrente Matilde Goyenaochegen, en el taller del desaparecido Nicasio Fedra. Porque esas manos, pesadas como tortugas, que Póstula mueve con lentitud de mal sueño, muestran el desgaste y el castigo del trabajo con la pintura. Allí están, sobre la palma derecha, el azul cadmio de Venecia y el tierra de Siena tostado, el negro betún de lejía que ha atrapado definitivamente el pulgar de su diestra, y el rojo prísmalo de Mauritania enquistado tercamente bajo uñas quebradas, anchas y carcomidas. Pero lo que más impresiona de las generosas manos de Octavio Póstula es el dedo índice de la mano izquierda, estragado hasta el hueso por el ácido fosfórico del "verde inconcluso de Saigón", su máximo orgullo, hoy llamado con justicia Verde Póstula.
"Quise lograr un color primario y lo logré", me diría muchos años atrás, desde la asepsia de su cama de hospital Octavio, mostrándome las vendas que cubrían sus brazos descomunales. Había mezclado azul de ultramar con verde índigo, a esa mixtura le había agregado clavo de olor, medio teléfono de baquelita machacado, excremento común de perro (su perro Miró) y cal viva. El resultado había sido un tono maravilloso, que no podía emparentarse con ningún color conocido por la vista humana hasta entonces.
"Hacía tiempo que buscaba otro color primario", me confió esa tarde Octavio, ya en el Instituto del Quemado, en tanto una enfermera le untaba las amplias espaldas con una brocha embebida en merthiolate. "Había alcanzado a entreverlo", continuó "casi como en una ensoñación, en el reflejo que el sol, al atravesar la cúpula semitransparente de rocas, imprime sobre el agua en la laguna Azul, en Capri. Lo volví a detectar en el interior de un choclo recién cortado, en uno de aquellos antológicos pucheros a la española que cocinaba mi madre. Y se fijó definitivamente, no ya en mis retinas, pero sí en mi cerebro, una tarde de 1954, en la veladura oscura que produjo la sombra de un pájaro migratorio al pasar fugazmente por sobre el toldo de un kiosco de golosinas, en la esquina de Sarmiento y 3 de Febrero."
Confieso que cuando yo tuve oportunidad de contemplar, por primera vez, con mis ojos azorados, aquel color increíble inventado por la sensibilidad de Octavio, las lágrimas rodaron por mis mejillas como un torrente. Recuerdo que Isabel de Previa Lugones se hallaba a mi lado y me preguntó: "¿Por qué lloras, Mona?" Y sólo pude contestarle: "No sé". Pero creo que sí lo sabía; era la emoción de haber tenido el privilegio, como ser humano, de asistir al nacimiento de un nuevo color, engendrado por un amigo dilecto que enriquecía hasta lo infinito el espectro visual de los mortales y extendía un certificado de "incompleto" al policromático arco iris. No faltaron, por supuesto, los detractores. Desde aquellos que dijeron, con petulante estupidez, que se trataba, simplemente, de "un marrón más", hasta los que lo calificaron de un "naranja de turbio pasado".
Hoy, por fin, se lo reconoce. Y, bien lo sabemos unos pocos, el logro de Octavio Póstula no es casual. No es la coincidencia feliz de mezclar colores y agotar pomos de óleos para conseguir, sin proponérselo, un resultado maravilloso. No. Octavio, me consta, invirtió las mejores horas de su vida buscando el "nuevo tono", "el nuevo color" que lo librase de la asfixiante prisión de moverse tan sólo con los cromos preexistentes.
Practicó hasta el hartazgo el collage, reluciendo en sus obras, algunas de dimensiones inconmensurables: chapitas, cartones, muñecas de goma, resortes, sapos disecados, higos abrillantados, cerámicas, pollos parrilleros, cables, cajitas de antihistamínicos, medias de lana, documentos de identidad y hasta piletas pequeñas de plástico rígido. Pero no era eso lo que buscaba. Como un poseso, se lanzó a la investigación de la materia. Realizó dos memorables exposiciones en Galería Krass, en el año 1959, con chapas de zinc trabajadas a color con emplastos de brea, carbonilla, aceite de lino mezclado con carne picada, soda solvay y hojaldre. Todo sobre un enduido plástico espolvoreado mediante un soplete autógeno. Las imágenes eran en extremo figurativas, casi hiperrealistas y delineaban, con delectación, caballos abrevando en una laguna, caballos pastando en los arrabales, caballos con otros caballos y caballos mirándose entre sí. La crítica quedó atónita, en especial la crítica de turf.
Luego vino su "época azul", cuando, tras aquella hermosa muestra en Galería Princess (1962), trabajada por completo sobre acrílico con un compuesto de nitrato de sal, magnesio, rojo magenta y minio, Octavio quedó cianótico por intoxicación de la piel y debió recluirse en una casa de reposo en Tanti.
Es por eso que el mundo de la pintura no puede asombrarse ahora, cuando la Fundación Iverns Mex, subsidiaria de la Fundación Braque, distingue a Octavio Póstula con el mayor premio que puede conferirse a trabajador de arte alguno.
Sin embargo, estoy segura de que la sobria estatuilla de oro del premio "Mex" (la estilizada figura de un hipopótamo en el divino acto de caminar), el Gran Premio Iverns Mex a la Química 1984, no distraerá al gran pintor rionegrino en su búsqueda incesante de nuevas dimensiones cromáticas.
Fui notificado del caso de la señora Do Almeida el mismo día en que regresé de mi forzada estadía en México.
En rigor de verdad, mi intención había sido viajar a Italia, adonde había sido convocado para estudiar otro apasionante suceso: la prodigiosa memoria del calabrés Armesto Quinccimanni. Un desgraciado hecho "había acaecido semanas atrás en el estadio del Roma. Desde una de las cabeceras del imponente complejo deportivo, repleto de gente, había sido disparado un "ratzo", una bengala marina, que había terminado su brillante trayectoria incrustándose en la cabeza de un tifoso de la Firenze, en la tribuna opuesta.
Dada la enorme cantidad de público asistente a aquel match, la policía, en primera instancia, descartó la posibilidad de dar con el ejecutor del disparo homicida. Pero no contaban con la retentiva visual de uno de los porteros, que hacía las veces de control en la puerta de acceso a las graderías destinadas a los locales.
Ante la sorpresa del comisario inspector Ricciardi, Armesto Quinccimanni, calabrés de 54 años, se ofreció a rememorar los rostros de todas y cada una de las 18.000 personas que habían poblado el sector desde el cual había partido el cohete asesino.
Con paciencia provinciana y lujo de detalles, contando además con la inestimable ayuda de un dibujante de la policía romana, Quinccimanni fue describiendo los rostros que, por miles, habían pasado fugazmente frente a sus ojos en aquella trágica jornada deportiva. Suministraba, además de los rasgos fisonómicos más destacados (color de ojos, longitud de la nariz, orejas desplegadas), indicios de vestimentas o costumbres muy precisos: gorritos partidarios, diferentes tejidos de las bufandas, detalles de comportamiento como masticar goma de mascar, modales poco cuidados, uñas sucias, aliento pesado, etc.
En primera instancia, se supuso que el calabrés informante era un mitómano. Pero a medida que se iban realizando detenciones a partir de los datos aportados por Quinccimanni, se iba constatando que las características de los detenidos coincidían plenamente con los identi-kits pergeñados por el dibujante a instancias del memorioso portero.
De inmediato mi colega, el profesor sardo Mauro Rosetti, telegrafió solicitando mi presencia. Desde que yo tuve la suerte, o quizás la pericia, de desenmascarar al fraudulento levitante de Ciudad del Cabo, la Asociación Internacional de Fenómenos Parapsicológicos me ha elevado a la envidiada condición de "Juez". Somos tan sólo tres los jueces que actualmente ejercemos en el mundo, y la confirmación de mi ascenso tomó mayor relevancia cuando, a pocos días de mi ya mencionado descubrimiento, el levitante de Ciudad del Cabo se precipitó a tierra, tras estrellarse contra un morro en las cercanías del aeropuerto de Lisboa.
En principio no logré explicarme el porqué de mi elección para resolver un caso fuera del área sudamericana, pero una comunicación telepática con Hinsa Piattini, la vidente sueca, despejó mis dudas. Dadas las diferencias horarias, Hinsa siempre se contacta conmigo a altas horas de la noche, lo que ocasiona las iras, y tal vez los celos, de mi mujer cuando me incorporo en mi lecho, hablando en sueco y con el cabello completamente erizado. Hinsa me comunicó que el restante juez, el tibetano Lobsan Ttú se hallaba internado en una clínica de Barcelona tratándose el amenazante astigmatismo en su tercer ojo y que ella misma, Hinsa, debía volar al día siguiente a una de las islas del atolón de los Kouriles, donde había aparecido un singular tótem de piedra calcárea que contestaba preguntas pueriles, solucionaba problemas de reglas de tres simple y vendía timbres de sellado postal. El contacto telepático con Hinsa fue cortado cuando irrumpió en nuestra "aura" una conversación entre dos personas, una de ellas presumiblemente muerta ya que su voz no sonaba muy convencida.
Al día siguiente debía embarcarme en un vuelo rumbo a Roma, pero volvió a sucederme lo que ya en un par de ocasiones me ha perturbado sobremanera. Conduciendo mi coche hacia el aeropuerto de Ezeiza, sentí que mi máquina era atrapada en un halo de luz y comenzaba a elevarse. Luego me desmayé. Cuando recuperé el sentido me hallaba en pleno desierto de Toronjas, una depresión rocosa y yerta a mil quinientos kilómetros de la ciudad mejicana de Totoplatexco. De mi auto no había ni rastros, pero en torno de mí, sobre el áspero y rugoso suelo, se veían manchas circulares de quemazones, y franjas de arena apisonadas ferozmente como si alguien hubiese estado bailando la "raspa". No me sorprendí: era la tercera vez que me ocurría. Una hora después, en efecto, aparecía Manuel, el jinete nativo que me había descubierto en las dos ocasiones anteriores. Manuel se había impresionado mucho en la primera oportunidad, no tanto cuando le mostré mis documentos argentinos y una foto de mí mujer en malla, cuanto cuando las cámaras de la televisión mejicana lo reclamaron para comentar el extraño suceso. Ya en la segunda oportunidad me recibió con más frialdad y en esta tercera se limitó a un: "¿Qui hubo, doctor?"
Sin comentar nada a nadie, regresé a Buenos Aires en el primer vuelo que pude conseguir. Ya de regreso, ya que Armesto Quinccimanni se hallaba preso e incomunicado. Había reconocido a sólo 17.500 personas de las 18.000 que había habido esa tarde en el sector controlado por él, y se lo acusaba de encubrimiento.
La segunda: desde Brasilia me llamaban para estudiar el increíble caso de una mujer que mantenía una extraña relación con un ladrillo.
Sin hesitar volé a la futurista capital brasileña. Allí me esperaba Jurandyr Candela, profesor de Ciencias Ocultas de la Universidad de San Pablo, quien en un Land Rover me transportó hasta la pequeña ciudad de Fados Blancos, distante 240 kilómetros. Durante el viaje me dio algunos detalles sobre el caso, las inquietantes aptitudes de la señora Do Almeida y dejó entrever, sin presionarme, que sospechaba encontrarse frente a una nueva superchería.
Jurandyr Candela, pienso interesante consignarlo, había obtenido cierta notoriedad en una promocionada controversia con el padre Karras luego del sonado asunto con la niñita endemoniada, respecto del cual mi amigo paulista sostenía que todo se reducía a una fiebre intestinal. La señora Do Almeida se me presentó como una mujer de unos 67 años, silenciosa, apagada, con ese síndrome de agotamiento físico que todos los pobladores de la paupérrima región mostraban, y sin mayores signos de detentar poderes extrasensoriales. Sólo ofrecía Macaca (como llamaban a la mujer) una desconcertante facilidad para comunicarse mediante un idioma dulzón y musical que luego Jurandyr me explicó que se trataba del portugués.
El mismo día de mi llegada, fuimos con la señora Do Almeida hasta un cobertizo semiabandonado donde se hallaba el ladrillo en cuestión. Debo reconocer que, pese mi escepticismo, la situación me alteró profundamente. El ladrillo, un ladrillo común y silvestre, descansaba sobre una mesa de madera. La señora Do Almeida se acercó a él y comenzó a hablarle en voz baja. Quince minutos después el ladrillo estaba totalmente transpirado y hasta podía decirse que crujía. Luego la señora Do Almeida se alejó unos metros de la mesa para ir a sentarse sobre una silla. Desde allí volvió a hablarle al ladrillo.
De pronto, éste pegó un salto y cayó de la mesa, luego comenzó a arrastrarse acercándose a Macaca. De allí en más, la extraña pareja me sorprendió con nuevas suertes, algunas de ellas francamente desconcertantes, como entonar a dúo "Casita Pequeñita" de Leo Bélico. En todo momento, el ladrillo respondió sin euforia pero con conmovedora obediencia las órdenes de la señora Do Almeida.
Al día siguiente, procedía a estudiar, revistar y entrevistar exhaustivamente a la mujer. La sometía a algunas pruebas menores como adivinar las cartas que iban apareciendo de un mazo de naipes, detectar tumores epiteliales con el solo tacto y comunicarse mentalmente con un sensitivo adiestrador de elefantes de Nueva Delhi, quien se halla constantemente a la espera de dichas comunicaciones ya que se trata de un radioaficionado.
A nada de esto respondió satisfactoriamente la señora Do Almeida. En procura de no perder más tiempo, redacté un informe sumario, atribuí el sortilegio que la mujer ejercía sobre el ladrillo a causas relacionadas con la carga de energía estática que la humedad confería a la región y di por terminado el asunto.
Unos años después, sin embargo, la lectura de un breve suelto periodístico me retrotrajo a aquella anécdota y me devolvió mi cercanía con el concepto de la pavorosa pequeñez del conocimiento humano ante lo desconocido.
En un pequeño teatro de Lucca, ciudad mediterránea de Italia, se había presentado, ante la curiosidad de los presentes, un ladrillo proveniente de Brasil, que realizaba una serie de pruebas de captación mental, adivinaba cifras de seis dígitos pensadas por los espectadores y curaba, o al menos aliviaba temporariamente, enfermedades menores como varicela o pie de atleta. La nota agregaba que se lo consideraba un mentiroso, un objeto más que se unía a la larga lista de falsos santones y que el ladrillo continuaba su gira hacia Austria y Países Bajos. De la señora Do Almeida no decía nada.
Anselmo Ginarte entró apresuradamente, bordeó la larga mesa de directorio esbozando un gesto de disculpa con su cabeza cana, y se sentó en la cabecera.
—Perdónenme, che —dijo, acomodándose los faldones del saco—, pero tenía que atender a este señor, de la Flánagan . . .
Alberto, su yerno, se encogió de hombros, restando importancia a la demora. Mara, hermana de Anselmo, ya no prestaba atención. Estudiaba unos papeles en tanto golpeteaba la mesa con un lápiz.
Sólo Eugenio, hijo de Anselmo, ofreció una alternativa.
—Si estás muy ocupado —dijo— no te preocupes. Esto lo terminamos rápido.
Alberto le echó una mirada, inquieto.
—No, Eugenio, no —fue cortante Anselmo—. Emplearemos en esto todo el tiempo que sea necesario. Si es preciso estar. . .
—Sí, Anselmo. . . —interrumpió Mara— pero tampoco nos vamos a eternizar acá. Vos tenes muchas cosas que hacer, nosotros también, Alberto. . . —señaló a éste.
—Mara. . . —cortó Aselmo poniendo ambas palmas de sus manos sobre la mesa y eligiendo una voz calma pero contundente—. . . esas cosas las decido yo.
Se hizo un silencio.
—Tráigame un té, Villoldo —pidió Anselmo a su asistente, que esperaba, en posición de firme casi en el otro extremo del salón—. Mara. . . —suavizó el tono—. . . estas son cosas importantes.
—Pero no dejan de ser cosas familiares —dijo Mara. Eugenio aprobó con un gesto.
—Error —puntualizó Anselmo, señalando a su hermana—, gran error. Errónea apreciación la tuya, Marita. Y te voy a explicar por qué.
Alberto abrió los brazos, reconfortado.
—Esto no es sólo una cuestión familiar, Marita —siguió Anselmo—. ¿Por qué abogo yo, y lucho yo, por una familia numerosa? ¿Por qué? No sólo porque me gusta, como me gusta, y vos lo sabes, vos también Eugenio, ver la mesa familiar rodeada de hijas, sobrinos y nietos. No sólo por eso. Es que esos sobrinos, esos nietos, esos yernos —acá señaló a Alberto— . . . bien pueden ser luego quienes ocupen puestos importantes en la empresa, en esta empresa o en la empresa de Tito, o en la misma de Gabriel. ¿Qué mayor tranquilidad puedo tener yo que saber que cuento, en los puestos clave de mi empresa, con gente de mi propia familia, con chicos que yo he visto crecer desde que se hacían pis en los pañales? ¿Qué mayor tranquilidad puedo tener yo, o vos, o vos, o vos Eugenio?
Todos aprobaron con la cabeza.
—El próximo nacimiento de un miembro más de la familia —retomó Anselmo— ... no puede tomarse como un hecho cualunque o doméstico solamente, Mara.
—Oíme, Anselmo —Mara encendió un cigarrillo y lanzó, casi con fastidio, el humo por la nariz, lo que agravó su voz— se trata de mi hija, te imaginas que a mí también me preocupa. Soy la primer interesada. Ocurre, simplemente, que. . .
—Yo también —hizo valer su jerarquía Anselmo— . . . tengo, dentro de poco tiempo una entrevista con Harry Foster, del Osaka Bank, de Japón. De más está decir que no voy a dejarlo plantado ni voy a concederle solo un cuarto de hora por discutir esto. Lo que quiero decirte, Marita, lo que quiero decirte para tu tranquilidad de futuro padre, Alberto —tomó por el brazo a su yerno—... es que volveremos sobre el tema todas las veces que sea necesario hasta llegar a una decisión. Y si tenemos que interrumpir, la semana que viene, por mi viaje a Suiza, lo retomaremos cuando vuelva —Anselmo, satisfecho de haber aclarado las cosas, palmeó sonoramente el roble de la mesa y, sin solución de continuidad, prosiguió: —Muy bien. ¿Llamaron ya a Feldman?
—Ahora viene —anunció Eugenio. Como si hubiese escuchado la convocatoria, la pesada puerta del despacho se abrió dejando paso a un hombre cuarentón, delgado, con aspecto de eficiencia y una abultada carpeta. Saludó a todos con un movimiento de cabeza, se sentó al lado de Eugenio, desplegó con destreza sus anteojos y comenzó a rebuscar dentro de la carpeta.
—¿Tiene todo, Feldman? —preguntó Anselmo.
—Casi todo, señor Ginarte —se disculpó Feldman—. Imagínese. Es un tema tan amplio.
—Comprendo, —entendió Anselmo—Amplísimo.
Feldman había separado unos prospectos.
—Pero quiero adelantarle algo, Feldman —sugirió Anselmo—, que tal vez se me pasara por alto la vez pasada. Vamos a obviar por ahora lo referido al cristianismo y al judaismo.
Feldman detuvo unos papeles en el aire, mirándolo con seriedad comprensiva.
—Dado que son ejemplos cercanos y creo yo. . . —Anselmo miró a sus familiares— . . . medianamente conocidos por todos. Vamos a las otras propuestas.
Feldman asintió, pero haciendo una salvedad.
—Como usted quiera, señor Ginarte. De cualquier manera, acá, en estos otros sobres, están. Después, si desean verlo, están acá.
—Por supuesto —apuró Anselmo—. Después, en todo caso.
Quedaron en silencio, esperando que Feldman, que contemplaba unos papeles con enfermiza fijeza, comenzara su exposición.
—Podemos empezar con el hinduismo —propuso Feldman.
—Adelante —acordó Anselmo, acomodándose en su sillón presidencial—. ¿Me hizo un resumen? —tornó a interrumpir.
—Acorté —esbozó Feldman—, quité lo superfluo. . .
—Sí, porque si no. . . —Anselmo golpeteó dos o tres veces con el dedo índice sobre su reloj. Luego, con su mano derecha hizo un par de enérgicos gestos para que Feldman continuase.
—El hinduismo. . . —comenzó Feldman con tono impersonal— . . .es profesado actualmente por más de 300 millones de seres humanos en la India y casi 15 millones en otras partes. Ha influido en pensadores de muchos países a través de los siglos. Pero sigue siendo aún un gran rompecabezas para Occidente.
Feldman consultó los rostros de los presentes.
—Adelante, adelante. . . —ordenó Anselmo.
—El sublime objetivo del hinduismo es dejar atrás este duro mundo material y unirse a Dios. Esta unión se logra no sólo con las oraciones y el ritual sino mediante los ideales de la vida hindú: pureza, ecuanimidad, veracidad, no emplear la violencia, caridad y la más honda compasión hacia todas las criaturas.
Anselmo resopló quedamente.
—Al final del camino espera Brahma. . . —siguió Feldman— ... el Dios Universal de quien las antiguas escrituras, las Upanisadas, dicen: "Tú eres mujer. Tú eres hombre. Tú eres la abeja azul oscura y el loro de ojos rojos. Tú tienes el rayo por . . ."
Anselmo Ginarte amagó ponerse de pie pero se mantuvo sentado.
—Señor Feldman. . . —dijo—, señor Feldman, está bien que a usted le guste la poesía —Feldman negó con la cabeza— . . . pero no es esto lo que yo le pedí, lo que nosotros le pedimos. . .
—Procuro darles una visión. . . —comenzó Feldman— . . . más amplia. . .
—Está bien —aceptó Anselmo—. Comprendo su voluntad, su buena voluntad, y conozco perfectamente la eficiencia suya y sé de la profundidad de sus informes. Pero esto no es economía pura, Feldman. Esto es otra cosa, mucho más vasta, lo que haría eterno pretender aprehenderlo en toda su extensión. Lo que yo quiero. . .
—Concréteme su pedido, señor Ginarte —reclamó, cautamente, Feldman.
Anselmo aspiró hondo antes de empezar su exposición.
—Alberto. . . —señaló a su yerno— ... y su esposa, Laurita, mi sobrina, hija de Marita, están esperando un hijo. Muy bien. Muy bien. En un hijo, usted lo sabe, señor Feldman, uno invierte una serie de cosas invalorables: amor, cariño, dedicación, tiempo, desvelos, salud, dinero incluso. Muy bien. Muy bien. Estamos estudiando, simplemente, qué religión, qué religión, nos brinda o, mejor dicho, le brinda a este pequeño que está por nacer, mejores condiciones, a largo plazo. Eso es todo.
Feldman lo miró, concentrado y comprensivo.
—No son tiempos, amigo Feldman. . . —continuó Anselmo, alisándose la corbata gris perla— . . . como para moverse por simple simpatía o inclinación. Usted lo sabe. Se requiere estudio, cálculo, datos y devoción, incluso.
—Usted desea saber —aventuró Feldman— qué religión puede brindar mejores dividendos al pequeño durante su vida.
—No, Feldman. . . —sonrió Anselmo, elevando su dedo índice—. ... Es buena su pregunta, o su apreciación. No. Bien sabe usted que no soy partidario de las inversiones a corto plazo. Yo deseo saber, deseamos saber, qué religión, qué creencia incluye en sus planes, mejores retribuciones a largo plazo. En la otra vida.
—Entiendo. Perfecto —acordó Feldman. Y se abocó a buscar entre sus sobres. Finalmente abrió uno con mano conocedora.
—El hinduismo. . . —anunció, acaparando la atención de los demás— . . . ofrece la reencarnación.
Alberto frunció el ceño, Mara y Eugenio se miraron entre sí, Anselmo apretó los labios en gesto entre conocedor y dubitativo.
—Les explico —prosiguió Feldman—. Los viejos sabios hindúes han examinado el hecho de que todas las cosas, aun el granito de las montañas y las propias montañas, desaparecen. Les llamó la atención, también, la reaparición de la vida: la vida de la oruga termina, pero reaparece como mariposa. La mariposa muere, pero sus huevos incuban y pronto salen más orugas. Cualquier partícula de vida debe nacer una y otra vez. Igualmente un alma humana o uno mismo. Tiene que pasar de vegetal a animal, de animal a hombre, de un cuerpo humano a otro, hacia arriba, hacia abajo. Y detrás y dentro de este cambiante mundo material debe hallarse la fuente invisible de la vida y de todas las cosas: espíritu puro e inmutable.
Feldman detuvo la lectura y observó a sus oyentes.
—Reencarnación —dijo, como para sí, Eugenio.
—No me suena muy convincente —dudó Mara. Alberto se rascó la barbilla.
—Déme más detalles, Feldman —urgió Anselmo.
—Según los hindúes —obedeció Feldman— se volverá a nacer en una vida futura de acuerdo con la conducta que se ha llevado en esta vida. Este expediente de conducta durante vidas anteriores es el "karma" de una persona. Un hombre sube de casta a través de vidas sucesivas, o de reencarnación tras reencarnación, a medida que su "karma" prueba sus aumentos de virtud.
—Un curriculum —simplificó Eugenio—. No es problema. Eso se consigue.
—Pero una casta más alta entraña también mayor responsabilidad —advirtió Feldman—. Los delitos de un brahmán son mucho más graves que los de un intocable. Un brahmán avaro, por ejemplo, puede teóricamente descender tan bajo y reencarnar en un cerdo.
El rostro de Mara tuvo un rictus de repugnancia.
—No me gusta —dijo—, para eso, prefiero el Paraíso.
—¿Cómo es eso de las castas? —se interesó Anselmo—. Porque un descendiente nuestro no va a ingresar en una casta muy baja, eso está claro. Si nos interesamos en los beneficios a largo plazo, Feldman, es porque tenemos en claro que durante su vida, cualquier hijo o nieto nuestro lo va a pasar muy bien.
—Hay muchísimas —se conflictuó Feldman, masajeándose la frente—. Los brahmanes, de la casta sacerdotal. Los chatrias, los vaiyas, los sudras. . . Pero hay muchas subcastas. . . más de 3.000.
—Y. . . —pareció despreocuparse Anselmo— habrá que buscar por las casta altas.
—Por los brahmanes —asesoró Feldman—. O los chatrias, guerreros de la casta dominante.
—Esos, ésos —se entusiasmó Anselmo.
—No debe ser difícil el ingreso en una de ésas —dijo Eugenio—. ¿Con quién hay que hablar?
—Eso de convertirse en cerdo. . . —se preocupó Mara— . . . no me parece como para entusiasmarse.
—Te diré. . . —sopesó Anselmo— . . . que las sucesivas reencarnaciones en diversos animales, por ejemplo, no dejan de ser un buen ejercicio.
Lo miraron.
—Yo siempre he sido contrario —prosiguió Anselmo— al encasillamiento en una sola actividad. Al hombre que se pasa toda la vida en una sola especialización, en un solo trabajo. Y el método yanqui me da la razón. Para los yankis no es ningún orgullo haber permanecido 35 años en una sola empresa. Al contrario. Acá, nosotros, tomamos como dato sospechoso que un fulano haya pasado por muchísimas empresas. Para los americanos eso es una demostración de versatilidad, de capacitación, de. . .
—Sigo pensando que, hasta ahora, el Paraíso es lo mejor —insistió Mara, despectiva y refractaria a los argumentos expuestos.
—Ahora, digo yo. . . —continuó Anselmo sin hacer caso a la consideración de su hermana—. ¿Quién está al frente de todo eso? ¿Quién se hace responsable? ¿Quién convalida la propuesta?
Feldman pasó velozmente las hojas.
—Hay un Dios, Brahma, que es el espíritu eterno —explicó—. Pero hay asimismo 330 millones de dioses suficientes para que cada familia pueda tener su dios favorito en el altar doméstico.
—Humm. . . —arrugó la nariz, Anselmo— . . . mucha gente para decidir. Yo prefiero la cabeza única, aunque me sindiquen de autocrático o totalitario. Opinar, que opinen todos. . . —aclaró, como gentileza hacia sus familiares— . . . pero en el caso de tener que haber una última palabra, tiene que haber uno solo que decida.
—Los filósofos modernos —intentó aclarar Feldman— opinan que estos miles de dioses son, únicamente, los infinitos aspectos del Brahma.
—No me convence —persistió Anselmo.
—Cooperativas —refunfuñó Eugenio.
—Como tampoco me convence mucho. . . —siguió Anselmo— . . . eso de las sucesivas reencarnaciones. Esa refinanciación del espíritu. No me parece un sistema práctico.
—Por algo los indios están como están —desdeñó Eugenio.
—Las sucesivas reencarnaciones no son infinitas —especificó Feldman—. Todas ellas quedan atrás cuando uno llega al "moksha'"
—Ah, ah, ah. . . —sonrió Anselmo, como si hubiese previsto tal información.
—El "moksha" —silabeó Mara, con disgusto.
—El "moksha" —explicó Feldman— es la liberación de una larga serie de reencarnaciones. Es la meta de todo hindú. Cuando uno ha llegado al "moksha" el mundo se evapora. Las personas en este estado se han fundido en la unidad de las cosas, es el estado de paz y tranquilidad en el seno de Brahma.
—Paz y tranquilidad —acordó Eugenio.
—Una especie de Paraíso —sintetizó Anselmo.
Se quedaron en silencio, pensando. Alberto garabateaba dibujos en un block.
—No sé, no sé. . . —dijo Mara—. ¿Qué quieren que les diga? A mí. . .
No completó la frase, ni era necesario.
—También hay otras religiones menores —procuró retomar el ritmo, Feldman— como el. . . —No alcanzó a terminar.
—Mire, Feldman —lo interrumpió Anselmo—. Yo sé que hay gente que sostiene que "little is beautiful", pero yo prefiero las cosas sólidas, establecidas.
—¿El budismo? —preguntó, de pronto, Eugenio. Feldman no necesitó, tan siquiera, consultar sus papeles.
—Ofrece casi lo mismo —asesoró—. Reencarnación. Y tras sucesivas reencarnaciones se llega al Nirvana. Una especie de Paraíso —rebuscó en la carpeta y levantó un pequeño papel—, Suttanipata dijo: "Donde ninguna cosa existe, donde nada se toma, esa es la Isla del No Hay Más Allá. Yo llamo a Nirvana la extinción total del envejecimiento y de la muerte".
—No envejecimiento, no muerte: el Paraíso —concluyó Anselmo—. También aquí el Paraíso. Qué extraño.
Se los veía ligeramente desalentados. Eugenio consultó su reloj, lo que motivó el mismo gesto en su padre.
—Bien —dijo de pronto enérgicamente Anselmo, poniéndose de pie—. Ya casi tengo que ir a encontrarme con mister Harry Foster —se restregó las manos— y el imbécil de Villoldo no me trajo el té. Debe ser la reencarnación de una tortuga —bromeó. Luego apoyó los puños sobre la mesa y se puso serio—. Alberto —reclamó—, te ruego que estudies el informe de Feldman. Nosotros haremos lo mismo. Veremos los diferentes planes, las condiciones, las facilidades. No será fácil la elección, pero lo fundamental es que el chico no salga ateo. La convicción en un algo superior es primordial. ¿Laura está bien?
Alberto aprobó con la cabeza e iba a comenzar a hablar cuando Mara lo interrumpió.
—Muy bien —dijo—. Fui con ella al médico ayer. Le hicieron la ecografía.
—¿Es uno nomás?
—Sí, el médico desestimó totalmente que fuesen mellizos.
—Qué lástima —se rascó el mentón Anselmo—, es diferente ofrecer uno que dos. Siempre ofertando el doble se puede exigir mayor retribución. En fin. . . en fin. . . Eugenio, Mara y Alberto se pusieron de pie, recogiendo sus cosas. Feldman hizo lo propio.
—Usted quédese, Feldman —lo señaló Anselmo, mostrando un signo de preocupación en el rostro—. Ustedes pueden irse, chicos —liberó a los demás—, pasado mañana Feldman nos traerá más información sobre el taoísmo.
Cuando sus familiares se hubieron marchado, Anselmo volvió a sentarse.
Feldman lo imitó.
—Las retribuciones son muy similares, Feldman —dijo Anselmo, más sorprendido que contrariado—. Muy similares. El "moksha" ése que usted dice, el Nirvana, el Paraíso. . .
—El Paraíso aparece también en el islamismo, señor Ginarte.
—¿También? —se alarmó Anselmo.
—Con huríes, vino que nunca se acaba, hermosos jardines. . .
Anselmo se pellizcó repetidas veces el labio inferior.
—Búsqueme más información —ordenó— y llame también a Bonifaci. Que se comunique con la sucursal de Utah.
Hizo un silencio dramático.
—Mucho me temo, Feldman —dijo luego— que bajo la apariencia de cosas diferentes, estemos ante una misma organización. Ante una misma mano que, oculta, maneja todo.
—Un trust, dice usted.
—Un trust, una cadena, algo así —Anselmo caminó algunos pasos sobre la mullida alfombra, la cabeza baja, las manos entrelazadas sobre los glúteos—, una organización muy poderosa que. . . no sé hasta qué punto es saludable investigar a fondo.
—¿Siente usted algún temor, señor Ginarte? —indagó Feldman.
—No sé. . . no sé. . . —dudó Anselmo—, lo cierto es que, meter las narices en cosas parecidas, le ha costado la vida a mucha gente, Feldman —terminó diciendo.
El que llevó la noticia a la mesa fue Augusto. Había ido al baño (se debía pasar por la cocina para ir al baño) y cuando regreso a su asiento le dijo a Marcelo:
—¿Sabes quién es el ayudante de cocina?
—¿Quién? —Marcelo lo miró. Se le notaba en los ojos la pesadez de la comida. Y la hora: eran ya casi las dos.
—Gorostiaga. ¿Te acordás de Gorostiaga?
Marcelo frunció el ceño.
—Gorostiaga —insistió Augusto pegándole con la palma de su mano derecha en el brazo a Marcelo—. Gorostiaga. Que estudió con nosotros hasta sexto grado.
—¡Ah! —se asombró Marcelo—. Carlitos. Carlitos Gorostiaga. ¡Claro! ¡Cómo no me voy a acordar! Gorostiaga ¡Qué loco era ese! ¿No?
Pero Augusto no lo oía, ya se había dado vuelta hacia Méndez que estaba terminando la casatta y le repetía lo del descubrimiento. Casi desde la otra punta, Mauricio también se entusiasmó.
—¿Y qué hace en la cocina? —dijo.
—Qué sé yo —se encogió de hombros Augusto—. Ahora viene.
—Claro, claro, que venga. Decile que venga —se apresuró Marcelo.
—No, no, si ahora viene —aseguró Augusto—. Ahora viene. Me dijo que venía.
La mesa había recuperado, en un instante, la turbulencia de los primeros momentos.
El grupo, como todos los años, había sido gritón y jubiloso al reecontrarse.
Luego, con la comida había ido perdiendo empuje, y ya sobre los postres, antes del café, caía en un lógico estado somnoliento propio de los efectos de la bebida, la edad, y la curiosidad agotada con las primeras preguntas.
—Che, que lástima que se fue el profe —se afligió Armas—. Le hubiese gustado verlo.
—Quién sabe si se acuerda —dudó Mauricio.
—¿El profe? —pareció ofenderse Augusto—. Con la memoria que tiene, ¿cómo no se va a acordar?
—¿De Gorostiaga? —Marcelo dibujó una sonrisa despectiva—. Con lo quilombero que era Carlitos.
—Lástima que se haya ido —repitió Armas—. ¿Se sentía mal, che? ¿Estaba jodido?
—No —desestimó Artemio, que recién empezaba con la casatta, ya que había acompañado hasta su casa al profesor Nava—. Le dolía un poco la cabeza. Nada más.
—Y estaba cansado —agregó alguien.
—Y estaba cansado. Y. . .
—No es un pendejo como nosotros —explicó Fiori, y casi todos se rieron.
En ese momento se acercó hasta la mesa Gorostiaga. Entró al gimnasio cubierto quitándose el delantal por sobre la cabeza, sonriente, entre la sorpresa y la diversión. Tras los saludos, los abrazos afectuosos, y las miradas escrutadoras en procura de registrar los cambios impresos por el paso de años, le hicieron lugar en uno de los costados de la mesa, entre Augusto y Marcelo en una silla que acercó Armas desde atrás de la tarima del escenario. Allí quedó Gorostiaga, algo confundido al sentirse centro de las miradas de los casi veinte comensales, casi extraños para él a pesar de los años de infancia transcurridos juntos. Se pasaba repetidamente la palma de la mano derecha sobre la calva, saltando sus ojos por los rostros de sus ex compañeros, procurando adivinar, bajo adiposidades y arrugas, las caras frescas de sus antiguos amigos. Se hizo, entonces, un silencio molesto.
—Gorostiaga, carajo —se rió Bruno.
—Miralo a éste —señaló Gorostiaga a Pessoa—. Está igualito.
Pessoa se sonrió, modesto.
—Lo que es yo, no te hubiera reconocido —confesó Vega, desde la punta—.¿Cómo hizo éste para reconocerte? —preguntó después señalando a Augusto.
—Porque nosotros nos vemos año a año —explicó Armas—. Cada 365 días nos vemos las caras, pero a vos. . . ¿Cuánto hace que no te vemos?
—¡Uhhh! —ululan varios.
—¡Qué sé yo cuánto hace. . .! —se echó hacia atrás en su asiento Gorostiaga—. No. Yo a Augusto no lo había reconocido. Para nada.
—Yo lo reconocí —se ufanó Augusto, tocándose con el pulgar izquierdo el pecho—. Apenas lo vi me di cuenta de quién era.
—Y eso que yo estaba disfrazado de cocinero —puntualizó Gorostiaga.
—Y. . . —argumentó Orlando, siempre ocurrente— delantal blanco. . . guardapolvo blanco—. Se rieron.
—¿Y qué haces de cocinero? —apuró Bruno—. ¿Sos cocinero?
Gorostiaga bajó la cabeza, inclinándola un poco, como disculpándose.
—Y. . . sí. . . —dijo. Marcelo iba a preguntar algo más, pero Gorostiaga se le adelantó—. Una changa, ¿viste?
—Sí, porque el año pasado no estabas acá. ¿No estabas, no?
—No, no, no. . . Esto fue una casualidad. Me llamaron porque se había enfermado no sé quién. Necesitaban uno más en la cocina. Pero. . . no. . .
—Mira qué casualidad —se rió Guzmán—. Qué suerte, ¿no?
—¿Y ustedes? —pasó a la ofensiva Gorostiaga—. ¿Qué hacen?
—Todos los 24 de marzo nos reunimos acá —tomó la palabra en representación del grupo, Bruno—. Todos los años, desde hace como cuarenta años. . .
—Cuarenta y dos —corrigió Marcelo.
—¡Cuarenta y dos años! ¡Qué bien, qué bien! —Gorostiaga los miraba, francamente asombrado por la constancia—. Está bien, porque así el grupo no se pierde ¿vieron? Porque a veces es una lástima cuando un grupo de muchachos, de estudiantes, después de tantos años juntos, tantas cosas lindas que uno ha vivido, se separa, se van cada uno por su lado, y chau. No se ven más. Bueno. . . que fue lo que me paso a mí.
—Y. . . esto se lo debemos más que nada al profe. A Nava —reconoció Humberto señalando vagamente hacia la puerta, significando que el mencionado Nava ya se había marchado.
—¿Quién es Nava? —Gorostiaga consultó a Augusto, a su lado.
—El profesor de Historia. ¿No te acordás?
Gorostiaga enarcó las cejas. No se acordaba.
—¿Y por qué los 24 de marzo, che? —preguntó de pronto—. ¿Es el cumpleaños de alguno?
Marcelo lo miró, regocijado, unos instantes.
—No. . . el 24 de marzo. El 24 de marzo —explicó. Gorostiaga le mantuvo la mirada, luego paseó la punta de la lengua tras los labios, dudando, tal vez repasando la efemérides.
—24 de marzo. . . —musitó, con un amago de sonrisa.
—¡24 de marzo! —repitieron varios.
—No me vas a decir que no sabes qué es el 24 de marzo —Bruno fue más directo.
Gorostiaga metió la cabeza entre los hombros y adelantó el labio inferior, en señal de ignorancia. Todos se rieron.
—No te hagas el boludo. Se hace el boludo —chancearon algunos.
—24 de marzo. . . —repitió como para sí Gorostiaga, en tanto se golpeaba una clavícula con la punta de los dedos de la mano derecha.
—La fecha patria. . . —se arriesgó a ser obvio Mauricio.
—¿Qué fecha pat. . . —giró su cabeza Gorostiaga hacia él, para interrumpir la pregunta y reír francamente—. Me están agarrando para la joda.
Dejó de reírse cuando advirtió cierta confusión en los rostros de sus amigos, algunas miradas extrañas, como buscando en él algún desequilibrio.
—¿Qué fecha patria? —se animó, sin embargo, a completar la pregunta.
—Mira. . . —había cierto tono de advertencia en la voz de Bruno— si vos no la celebras es cosa tuya.
—Suerte que no está Nava. . . —agregó alguien.
—Pero nosotros. . . —siguió Bruno— los 24, al mediodía celebramos con las familias. Pero a la noche, desde hace 40 años, nos juntamos acá, en el colegio y festejamos juntos.
—Lo que pasa. . . —articuló, quizás tanteando, Gorostiaga— . . . es que no todos lo hacen. . .
—No importa, no importa —desestimó Bruno—. Por supuesto que no todos lo hacen. El nuestro es el único curso que lo hace. El único. Todos los años. Desde que terminamos el secundario.
—Sí, sí. . . —se refregó la cara Gorostiaga—. Lo que yo no entiendo. . . digo. . . la fecha. . .
—Goro, Goro. . . —llamó su atención Mauricio—. Te explico. Por supuesto que no es fácil de entender que casi veinte tipos, grandes ya, abuelos casi todos, tengan la voluntad, la constancia, la persistencia de reunirse año a año sin faltar uno solo, en el festejo del 24. Pero la cosa se entiende a través del profesor Nava, que ha mantenido viva esta tradición. Entonces, 24 de marzo, victoria de las tropas españolas sobre las argentinas en Pisco, nosotros nos reunimos y, por supuesto, homenajeamos a Nava. . .
Gorostiaga lo miró larga y profundamente, amagó una sonrisa.
—¿Victoria en dónde? —se adelantó en su silla hacia Mauricio.
—En Pisco —abrió sus manos, asombrado ante la pregunta, éste.
—Victoria. . . de las tropas. . . españolas —fue rememorando Gorostiaga— sobre. . .
Mauricio hizo un gesto desdeñoso.
—No te hagas el boludo —dijo.
—No, no —se apresuró, casi desafiante Gorostiaga—. ¿Cuándo?
—¿Ah, no te acordás la fecha? —desafió Marcelo—. Yo tampoco.
—Yo nunca he sido muy fuerte para las fechas —confesó Mauricio— 1800. . . —calculó.
—1824 —agregó, desde la otra punta, Zarate, que se había mantenido callado o semidormido hasta ese momento—. 24 de marzo de 1824.
—¿1824 ó 25? —pareció sorprenderse ante su propia duda Augusto.
—Suerte que no está Nava —dijo alguien.
—1824 —reafirmó Zarate.
—Sí —Marcelo pegó con el índice sobre la mesa—. Porque en diciembre de 1823 fue Ayacucho. Luego, en enero del 24, Hernández reagrupa las tropas, el combate de Picaderas fue en febrero, y la derrota total de las fuerzas de San Martín y Bolívar es el 24 de marzo del 24. Sí, es en el 24, en Pisco.
—Un momento —vaciló Armas—. ¿Cuándo es fusilado Bolívar?
—26 —dijo Bruno—. Fines del 26. Meses antes de que San Martín fuese llevado prisionero a Madrid.
Gorostiaga hizo resbalar su mirada por los rostros de todos, buscando alguna sonrisa socarrona, al menos un guiño cómplice, una mandíbula apretada reprimiendo una risa. Sólo vio gestos serios, atentos algunos, desentendidos otros, somnolientos varios.
—Pero. . . —volvió a pasarse la mano por la calva.
—¿Qué?—fue agresivo Mauricio—. ¿Te parece mal?
—¡No! —se apresuró Gorostiaga, sin saber bien qué negaba—. ¿Qué. . .?
—¿Te parece mal? —insistió Mauricio.
—¿Por. . . por qué?
—Si te parece mal, decilo.
—No. . . es que. . . ustedes dicen. . .
—Le parece obsecuente —se dirigió Armas a los demás. Se hizo un silencio pesado. Algunas expresiones se tensaron.
—Sí, viejo. . . —repitió Armas, como para sí—. Le parece obsecuente.
—¿Te parece obsecuente? —se enfrentó Bruno con Gorostiaga. Este había adquirido una expresión espantada. Meneó la cabeza, negando.
—Nava no es como los demás, Goro —dijo Augusto—. No es como los demás. El mismo nos lo ha dicho. El no se aprovecha. No se aprovecha. Siempre nos ha tratado bien. Casi igualitariamente. Nos permite cosas. Es distinto.
—Y eso que podría ser muy diferente —se apresuró a agregar Mauricio—. El nos lo ha dicho. Hay otros que no tienen ninguna prosapia y sin embargo se aprovechan. Pero él no. El no porque es un verdadero señor. Si venimos todos los años acá a homenajearlo, puede ser un poco a instancias de él, pero ya no es obligatorio como los primeros años. Te digo que lo hacemos por una cuestión de cariño, también. Tómalo como quieras.
—Yo. . . yo. . . —Gorostiaga se puso una mano sobre el pecho.
—¿Vos sabes quién es Nava? —le preguntó Bruno.
—Sí —se encogió de hombros Gorostiaga—. El profesor, el profesor de Historia.
—No —se fastidió Bruno—. Te digo. ¿Sabes de quién desciende? El es Fermín Nava de Henares. Y el general Ismael Hernández Garañón, era Ismael Hernández Garañón y Nava. Fijate vos.
—Fíjate vos si podría exigir —agitó su mano derecha en el aire Marcelo.
—Descendiente directo del general Hernández.
—El general Hernández. . . —Gorostiaga tanteó con su índice derecho, como siguiendo una línea dibujada en el aire.
—El 24 de marzo de 1824. . . —se armó de paciencia Mauricio— . . .el que vence a Bolívar y San Martín en Pisco es el general Hernández Garañón y Nava que después es Emperador de Chile y el Río de la Plata.
—No. . . no sabía —murmuró Gorostiaga.
—Bueno. . . —accedió Mauricio, condescendiente—. Hay muchas cosas que uno se olvida. Mira yo, que me había olvidado la fecha.
Sin duda, para Mauricio, no se le podía pedir a un hombre cuyo destino lo había llevado a terminar de ayudante de cocina, el nombre completo del vencedor de Pisco.
—Yo te digo. . . —comenzó Bruno, casi a modo de confesión frente a Gorostiaga— que vengas sin ninguna vergüenza.
—Por supuesto. Ninguna —dijeron varios.
—No se trata de intentar quedar bien con el poder —continuó Bruno—. Ni chuparle las medias a alguien que pueda conseguirme un crédito, o un puesto acá o en Madrid. Es una cosa de afecto, nada más. Un reconocimiento hacia alguien que, pudiendo hacernos sentir todo su poder, o su influencia, sólo se ha preocupado por que conozcamos nuestra historia, que apreciemos a nuestros proceres, etc. . . nada más. . .
—Te digo más. . . —se tornó confidencial Augusto—. No nos cobra ni las regalías. Ni las regalías.
—No digas nada de esto —solicitó Marcelo. Gorostiaga negó con la cabeza.
—¿Qué nos exige? —adelantó Armas—. Que le paguemos la cena todos los años. Mira vos. Y no tiene ni que decirlo. Lo haríamos de cualquier manera.
—No es obsecuencia, no —negó firmemente Bruno.
—Te imaginas que con sus contactos, Nava podría hundirnos, si quiere —siguió Armas.
—Si no, pregúntale a Schapira —se sonrió, memorioso, Augusto.
—¿Te acordás de Schapira?
Gorostiaga volvió a negar con la cabeza.
—Bueno. . . déjalo ahí —cortó Mauricio.
—Sí. Déjalo ahí. Mejor —aprobó Marcelo.
Gorostiaga los miró a todos e irguió el torso.
—Bueno, muchachos. . . —se puso de pie—. Tengo que seguir trabajando —Algunos se pararon, otros aprovecharon para desperezarse—. Muy lindo. Muy lindo. Me alegra mucho haberlos visto.
Hubo quienes se quedaron sentados, mejor dicho, repantigados en sus asientos y saludaron a Gorostiaga con la mano desde allí. Augusto, Marcelo y Bruno lo abrazaron. "Chau Goro, chau", gritaron otros, desde lejos.
Gorostiaga caminó hacia la cocina, se paró antes de llegar a la puerta y se volvió para mirar hacia el grupo. No contestó a los últimos saludos. Mostraba una expresión turbia en la cara. Luego siguió su marcha y se metió en la cocina.
—Che. . . —reclamó atención Mauricio— este Gorostiaga. . . —se pegó con la punta de los dedos de la mano derecha en la frente— duro. . . ¿eh?
—Y. . . por algo largó —disculpó Aurelio. Pidieron el café.
El capitán Tulio Lipari extrajo con cierta dificultad su reloj por debajo del chaleco salvavidas naranja y controló el cuadrante.
—20 minutos y medio, —dijo, ante la mirada atenta de los restantes tripulantes del bote—, no está mal.
—Nada mal —aprobó Carbagni, el maestrante—. Hay que considerar que hemos hecho un solo simulacro desde que salimos de Santos.
—Así es. Así es —pareció dudar Lipari— pero en el próximo debemos alcanzar los quince minutos. En un cuarto de hora todo el mundo debe estar en los botes.
—Capitán —interrumpió Ademhir Saldanha, pasajero de primera—. ¿No le parece que el barco se aleja demasiado?
El "Baronesa Carla Pistoia" se empequeñecía en el horizonte. Una sombra de preocupación oscureció el rostro de Lipari.
—.¿Quién quedó a bordo del buque, Carbagni? —preguntó.
—Nadie, señor —se apresuró a contestar éste—, usted dijo que todos abandonásemos el barco.
El capitán Lipari observó su nave perdiéndose a la deriva en la lejanía, paseó luego su vista, primero, sobre los otros catorce botes salvavidas atestados de pasajeros que flotaban en el mar tranquilo, después, por los rostros confundidos de quienes lo rodeaban en el bote por él comandado.
—Caramba —musitó. Se hacía de noche.
A pesar de que el día se presentaba luminoso, los otros botes no se veían. El mar seguía tranquilo y la enorme mesa, invertida, oscilaba levemente por el discreto oleaje, sus cuatro macizas patas hacia el cielo.
—Roble —certificó Arturo García Vedia deslizando uno de sus dedos por la madera—, del bueno.
Domingo Zappia lo miró apenas. Desde hacía rato contemplaba el infinito procurando detectar los otros botes. Cansado, al parecer, se sentó entre los bultos que se amontonaban sobre una de las ovales cabeceras de la mesa.
—Si nos apurábamos hubiéramos podido agarrar uno de los botes —dijo.
—Es cierto —exclamó García Vedia—, pero la charla estaba interesante.
—Yo no oí la alarma —confesó Zappia.
—Yo la escuché, pero no creí que fuese tan urgente. —Se quedaron en silencio. García Vedia había sacado su pipa del bolsillo del saco—. Después de todo era nada más que un simulacro de naufragio.
—Por ahí en un bote hubiésemos tenido alimentos, o comida. No sé. . . galletitas —aventuró Zappia. García Vedia, recostado elegantemente sobre una bolsa de dormir, frunció la nariz, desaprobando.
—Yo alcancé a traer varias cosas —señaló vagamente los bultos—. La mesa es amplia. . . Recuerde que almorzábamos allí casi veinte personas.
—Sí —acordó Zappia—, pero nos habían dicho que tirásemos al agua solamente los botes. Tengo miedo de que el día de mañana. .
—¿Qué?
—Nos quieran cobrar la mesa. No teníamos autorización para tirarla.
—¡Por favor, Domingo! —desestimó García Vedia haciendo un gesto de desdén con su mano derecha que sirvió, al mismo tiempo, para alejar, en parte, la primera bocanada de humo que escapara de su pipa.
—Es una mesa cara. . . —insistió Zappia—. Usted mismo ha dicho. . . Roble.
—¿Domingo es su nombre, no? —se interesó García Vedia.
—Sí. Domingo.
—Domingo —repitió García Vedia—. ¿Puedo llamarlo Domingo, no? —Zappia aprobó con la cabeza—. Mire Domingo. No sé si no estamos mejor acá, en esta mesa, solos, con mucho espacio para los dos. . . Usted vio los botes: una multitud en cada uno. Agrupados allí. . . como ganado. En cambio acá. . . ya ve. . . no estamos nada mal.
—Temo que refresque mucho. —Zappia se había dedicado a reacomodar algunos bultos, distribuyendo mejor el peso para facilitar el equilibrio de la mesa invertida. García Vedia no contestó. Fumaba, enfrascado en sus pensamientos.
—No me traje mucha ropa —siguió Zappia—. Claro. . . ¿Quién iba a pensar? Aparentemente, no íbamos a estar más de una hora en los botes.
—¿Sabe? —salió de su ensimismamiento García Vedia—. Me quedé pensando en eso que usted me decía. . .
Zappia dejó de acomodar las cosas y lo miró.
—¿Qué le decía?
—Lo que me decía sobre Renoir.
—¿Renoir? —el gesto de Zappia denotó rebuscar en su memoria ese nombre.
—Sí. Lo que usted me decía sobre Renoir, allá arriba, durante la sobremesa, antes de que sonara la alarma.
—Ah, cierto. Cierto —acordó, como perturbado, Zappia, volviendo a sentarse.
—En verdad. . . —García Vedia se arrellanó un poco más, balanceando sus hombros, contra las frazadas que había doblado prolijamente tras sus espaldas, apoyadas contra una de las patas de la mesa— . . . no le voy a decir que comparto plenamente su concepto, pero tampoco lo invalido, pero creo conveniente recordar dos hechos importantes en la vida de Renoir que pueden explicar con bastante exactitud esas vacilaciones que usted menciona. . .
Zappia se levantó las solapas del saco, miró a García Vedia y prestó atención.
—Pruebe —García Vedia estiró el pedazo de pan hacia Zappia—. Está bastante bueno. —Zappia lo tomó, mirándolo con desconfianza.
—Ni sabía que había pan en ese bulto —se sinceró García Vedia—. Cuando salimos corriendo agarré las puntas del mantel y me traje todo lo que quedó adentro. Hasta una sopera hay.
Zappia masticó largamente la masa gomosa. García Vedia, en tanto, procedió a destapar la botella de whisky y servirse un trago generoso en un vaso de plástico. Se acomodó luego mejor contra su respaldo de frazadas, rascándose la cabeza.
—Fíjese que ahora —entrecerró los ojos contemplando la infinita extensión de agua que los rodeaba— que miro al mar, revalorizo un poco a las "marinas". No debe ser nada fácil pintar, digamos, atrapar la movilidad del oleaje, el brillo de la luz en el agua, la espuma, fundamentalmente la espuma. . . Es cierto que son, generalmente, cosas horribles las que uno ve, pero admito que no debe ser una empresa fácil sentarse frente al mar, con un pequeño caballete, la tela en blanco y decir "Voy a pintar esto tal cual lo veo".
Zappia asentía con la cabeza, aún masticando.
—Yo expuse una vez con un amigo. . . —comenzó— . . .que pintaba "marinas".
—No me diga —se iluminó el rostro de García Vedia—. Es cierto que usted me había dicho que había expuesto.
—Sí —en la cara de Zappia se dibujaba una sonrisa de disculpa— hace ya bastante. Dos años, casi. En una galería del barrio. Pero linda, linda galería. Qué sé yo. . .
—¡Qué interesante! —lo alentó García Vedia, haciendo girar en círculos leves su vaso plástico como extrañando el hielo.
—No. Sí —se contradijo a modo de prólogo Zappia—. Era ¿vio? la primera vez que me animaba. Yo había estado yendo a una academia de por ahí, y el profesor nos animó a mí y a este otro muchacho, Candia se llamaba, a exponer los trabajos. No sé, se ve que le habían gustado.
—Lógicamente —aprobó García Vedia—. ¿Cuál era el nombre del profesor?
—Bueno. No es un pintor conocido. Mendoza se llama, un hombre mayor ya. ¿Lo oyó nombrar? —García Vedia primero fingió pensar con un gesto concentrado en el rostro, luego negó con la cabeza, como asombrado de su ignorancia.
—No, seguro que no lo conoce —comprendió Zappia—, no es conocido. Pero me quedaba cerca y. . . yo quería que alguien me enseñara algunas cosas. . . ¿vio?. . . matices, digamos, color. . . Dibujar las manos, por ejemplo.
—Las manos . . .
—Sí —se animó Zappia—. Porque yo con el color me las rebusco más o menos bien, pero con las figuras se me complica. Ya es más difícil. Cuando tengo. . .
—Es un colorista más que un dibujante —definió García Vedia, concluyente.
—Sí. Eso. Pero cuando tengo que dibujar figuras la cuestión de las manos se me hace cuesta arriba. Yo veo, por ejemplo, cómo dibuja las manos Alonso y. . . ¿vio cómo soluciona las manos Alonso?
—Por supuesto —entrecerró los ojos García Vedia.
—¿Lo conoce. . . digo. . . lo conoce personalmente? —Zappia se había incorporado un poco, echando el cuerpo hacia su interlocutor.
—¿A Carlitos? Por supuesto. Gran muchacho.
—Bueno —se emocionó Zappia—, para mí es. . . no sé. . . Un monstruo.
García Vedia sonrió ante el arranque emotivo de Zappia.
—Sí —admitió, arrastrando un tanto la "ese" inicial—, es meritorio. Se esfuerza. Digamos que no es para tomar como medida patrón. . .
Zappia tornó a recostarse contra el atado de manteles que le servía de apoyo.
—¿Cómo. . . ? ¿Medida patrón. . . ?
García Vedia se apresuró a sonreír, consciente de la tribulación que sus palabras habían causado en Zappia. Hizo un gesto veloz con la mano derecha extendida hacia su compañero.
—Pero esa es otra cuestión —rió—, para otro momento. Pero, siga, siga con lo que me estaba contando de la muestra, que es muy interesante. . .
Sin embargo, Zappia parecía haber perdido el interés en hablar del tema. Agregó un par de banalidades sobre la exposición, señaló que su nombre había salido mal escrito en el catálogo de la galería y luego calló, para quedarse contemplando el sol que caía hacia el oeste.
Era el cuarto día en que ambos hombres navegaban a la deriva. Sólo habían visto, aparte de la invariable línea del horizonte, nubes pesadas que no terminaron de concretarse en lluvia y los saltos intempestivos de los peces voladores.
—Es curioso pensar —volvió a la carga García Vedia— que la tonalidad del agua, específicamente, ese azul del agua, no existe. Es tan sólo la superposición del líquido lo que obtiene el color.
—Notable —coincidió en voz baja Zappia, por decir algo.
—Y fíjese que eso es algo de lo cual sólo cae en la cuenta el amigo Tyndall —remarcó enfático y divertido García Vedia, señalando a Zappia con su pipa.
—Tyndall.
—Efectivamente. John Tyndall —García Vedia pegó un par de chupadas enérgicas.
—No he visto nada de él —reconoció Zappia.
—No —rió el otro, procurando sin embargo no ser ofensivo—, no se trata de un pintor. Tyndall fue un físico irlandés que, simplemente, descubrió que la coloración azul o azul verdosa del mar está dada por la superposición de las aguas. Que las aguas, de por sí, son incoloras, como cualquiera sabe.
Zappia frunció los labios, adelantando el mentón y enarcando las cejas, impactado por el informe.
—Vea usted —siguió García Vedia— qué tontería, en principio. Simplemente, un tipo que descubrió eso. Cosa que, imagino, muchas otras personas debían conocer, pero quizás él fue el primero que la enunció. Que la verbalizó como descubrimiento. Es curioso, sin duda alguna.
—Notable.
—Y vea, sin embargo. . . —García Vedia dio la impresión de que se abismaba en sus deducciones entrecerrando los ojos ante el humo de su pipa y lo reflexivo de su conducta— . . . cómo de allí puede extraerse una interesante similitud con el proceso de "veladuras", en el quehacer pictórico. En esa. . . —inclinándose hacia Zappia, García Vedia simuló expandir algo con el dorso de su mano derecha sobre la palma de la izquierda— . . . acumulación de tenues películas, esa superposición de tintes con los cuales, especialmente, los renacentistas obtenían esa atmósfera densa, dimensional, digamos, esa corporización de la luz. El Tiziano, por ejemplo, en su "Presentación de la Virgen en el Templo". . . no sé si usted se fijó, Domingo, la carnadura lumínica. . ..
—Bueno. . . en el caso de. . .
—Cuando usted aprecia. . . —García Vedia proéuraba grafícar con sus manos, en el aire, un ámbito—. . . esa mixtura de planos que da. . .
—No vi mucho del Tiziano —se sinceró Zappia.
—No vio mucho del Tiziano —corroboró García Vedia, retomando, tal vez desalentado, su posición de reposo—. El Tiziano y Holbein, el Joven, son imprescindibles.
—He visto algo de. . . —intentó recomponerse Zappia.
—Pero ¡hombre! —fue más rápido García Vedia— si va a Italia ¿Qué problema tiene? Mire, se va a Firenze. A Florencia. Se va al Museo de los Oficios y allí tiene lo del Tiziano que no está en el Museo del Prado y hasta algún Holbein. En todo caso pregunta por Genaro Semprini. ¿Se va a acordar? Genaro Semprini —García Vedia había vuelto a adelantar su torso hacia Zappia, dibujando un círculo con la unión de sus dedos pulgar e índice de la mano derecha—. Si quiere se lo anoto.
—No. Está bien. Me acuerdo.
—Se lo anoto, —García Vedia hizo caso omiso de la consideración de su interlocutor, rebuscando una libretita en el bolsillo interno de su saco—, Genaro es muy amigo mío. Me invitó hace dos años a la Bienal de Venecia.
—No sé si tendré tiempo de ir a Florencia —calculó en tono de disculpa Zappia, pero García Vedia continuaba anotando.
—Incluso es posible —prosiguió García Vedia— que yo lo encuentre ahora en la Muestra de Milán. El siempre va. Si lo encuentro le adelanto que usted irá por el Museo. No me ofrezco a acompañarlo porque luego quiero pasar por París y el diario no creo que se avenga a correr con más gastos de estadía.
—Bueno, si puedo. . . —Zappia estiró su brazo para tomar la pequeña página arrancada de la libretita de direcciones—. Pero. . . no sé. . . es difícil.
—Dígale que va de parte mía —agregó García Vedia, en tanto guardaba de nuevo su libreta.
—Porque yo voy a Palermo. Voy a ver a mi padre. Está viejito ya.
—Verá usted, Domingo, en Holbein. . . —García Vedia volvía a mordisquear, pensativo, su pipa— ... un particular dominio del retrato, en "Erasmo escribiendo", por ejemplo, muy de la escuela de Augsburgo. Lejos de las mariconadas del otro Holbein, el Viejo, a quien el gótico alemán le había cagado el cerebro y. . .
Zappia había terminado de plegar el papelito que le diese García Vedia y ahora masticaba una galleta marina procurando hacer el menor ruido posible.
García Vedia acercó la botella de whisky vacía a las demás.
—Diez botellas. Una por día —contó, divertido—, no está mal. Y eso que usted no toma.
—Bueno. . . tomo poco. . . a veces, en alguna ocasión. Un casamiento. . .
—Fíjese qué curioso. . . —enunció García Vedia, de nuevo en su lugar, apoyado en las frazadas— . . . qué curioso o qué afortunado golpe del destino, que seamos justamente usted y yo los que, por imperio de las circunstancias, porque no se lo puede llamar de otra manera, estemos compartiendo esta embarcación, tan, tan extraña. . . ¿no? Tan particular.
Zappia se rió. No lo hacía con frecuencia.
—Es así —admitió.
—Pero, mire, Domingo —estaba alegre García Vedia— que, justamente un pintor como usted y un crítico de pintura como yo hayamos venido a caer los dos en una misma embarcación, entre cientos y cientos de tripulantes, ¿no? pasajeros de ese transatlántico, formidable, ¿no es cierto? No deja de ser una suerte.
—Bueno. . . —se animó a aventurar Zappia— . . .no creo que haya sido sólo casualidad. Ya a bordo, a través de la pintura, habíamos tenido algunas charlas. También por eso, para hablar de pintura, fue que nos sentamos juntos a la mesa. . .
—Usted tiene razón, Domingo —acordó García Vedia—. Muy justa su apreciación. Es cierto. Las casualidades no existen. Está claro que yo me acerqué a usted cuando lo vi tomando apuntes sobre el puente. Aquellos bocetos. . .
—Sí. Yo siempre, bueno. . . me gusta llevar siempre un bloquecito y bosquejo. . .
—El arte siempre presente.
—Así me doy una idea, ¿no? Si después tengo tiempo. . .
—Hasta en las cosas más nimias. . . —caviló García Vedia.
—Lo paso a la tela.
—Lleva usted siempre consigo su valija de pintor, quiero creer —casi amenazó García Vedia.
—Sí. Por supuesto. Me gusta. . .
—Lógico, lógico. Muy bien. . . la inspiración no espera. Me imagino que la tendrá ahora acá —el rostro de García Vedia se iluminó con la pregunta.
—Sí. Sí. —Zappia señaló vagamente entre los bultos—, la agarré de pasada. Por ahí anda.
—Ahá —respiró aliviado García Vedia—. Es algo que un pintor no puede olvidar nunca. ¡Nunca! Como un soldado no debe desprenderse de su arma.
Zappia hizo un gesto humilde, abriendo los brazos.
—Bueno. . . "un pintor". Yo no me considero un pintor. Soy un aficionado, nada más.
—No se quite méritos —lo tranquilizó García Vedia—. El exceso de profesionalismo, la comercialización, tienen sus bemoles también. Se lo digo yo, que hace casi veinte años que ando en esto. Conozco el paño. No sé si ha leído alguna vez mi columna. . .
—Por favor. . . —pareció ofenderse Zappia— . . . por supuesto que la he leído. No siempre la leo, pero la he leído mucho. Yo no soy alguien que viva de mi pintura, pero sé perfectamente quién es el crítico de arte más cotizado del país.
—Uno de los más cotizados, Domingo —reconvino García Vedia—, le agradezco. Sin embargo ¿De qué me ha valido eso?
—Le confieso que a veces no leo sus críticas porque. . . no sé. . . no las entiendo —aventuró Zappia.
—No hay que entenderlas —exclamó García Vedia—. Le gustan o no le gustan, eso es todo. Por eso le decía: "¿De qué me ha valido eso?" Ser tan cotizado. Mi renombre.
El crítico meneó la cabeza con la vista perdida sobre las olas.
—Peleas. Querellas. Enemistades —dijo, con un tono de tristeza.
—Bueno. . . Suele ser muy duro usted a veces.
—El caso de Ismael Gastaldi, por ejemplo —señaló García Vedia—. Ahí tiene. Amigos de toda la vida.
—Un maestro —puntualizó Zappia.
—No sé, no sé. . . —dudó García Vedia, procurando no ser tempranamente cruel— no sé. . . Antes, puede ser. Cuando empezó y todos decían que era un perro. Pero ahora está convertido en un viejo pelotudo. Su última muestra es una verdadera basura. Y yo se lo dije.
—Sí. Yo leí la crítica.
—Cinco años para presentar esa bazofia. Un tipo de un nombre como Ismael. Que se deje de embromar —García Vedia volvió a depositar su vista sobre el mar—. ¡Y se me enojó! ¡Se me enojó por eso!
—Y. . . —Zappia abrió un poco más sus ojos, como abismado— yo leía la. . .
—Le cayó mal que yo pusiera: "masturbación intelectual plagada de imágenes fetichistas propias de un mundo interior pútrido. . . ". ¡Hay que embromarse!
—Y. . . —Zappia se encogió de hombros, sin proseguir la frase.
—¡Que se vaya a la mierda! Si todavía fuese alguien valioso. . . —también se encogió de hombros García Vedia. Ambos quedaron en silencio, contemplando la inmensidad.
—Qué hermosa coloración toma el horizonte a esta hora —observó García Vedia de pronto, como distendido y olvidado de la charla anterior—, índigo.
—Hum —aprobó Zappia.
—¿Por qué no saca sus telas y se anima, Domingo? —lo urgió de repente y animado García Vedia.
—¿Ahora?. . . No. . . Está oscureciendo. . . No vale la pena.
—Para mí le falta algo de añil —dijo el crítico, volviendo a mirar hacia la lejanía.
La figura de Zappia se fue agrandando lentamente hasta llegar al lado de García Vedia, quien se había quitado los zapatos y fregaba distraídamente sus pies sobre la arena.
—¿Nada? —preguntó el crítico. Zappia hizo un gesto de desconcierto.
—Nada —dijo—. Di toda la vuelta a la isla y nada. Es chica.
—Qué lástima —suspiró García Vedia—. En estas islas suelen darse civilizaciones indígenas realmente interesantes. De un concepto artístico más que atractivo para nosotros, tan penetrados por deformaciones intelectuales.
—De haber gente —explicó Zappia— hubiese encontrado huellas. O cosas tiradas. Qué sé yo. No sé, restos de fuego.
—No. No hay nadie.
—Me metí un poco incluso entre las palmeras. Nada.
—Bien. . . —García Vedia caminó hacia la invertida mesa depositada sobre la playa—. Mientras haya whisky.
Minutos después volvía con una botella sin abrir, el vaso de plástico en la mano.
—Yo no sé hasta qué punto, Domingo. . . —enunció en tanto se abocaba a destapar el "White and Black". Zappia lo miró, desinteresado— ... se puede llamar "naif" el arte indígena. He visto pinturas rupestres en España, he estudiado por años las molas en Colombia y. . .
Zappia volvió a mirar hacia el mar. La marea estaba subiendo.
—Realmente, se puede considerar usted un tipo afortunado, Domingo —dijo García Vedia. Con unas frazadas sobre el montículo de arena había improvisado una almohada y descansaba cuan largo era bajo el protector que habían levantado con el simple recurso de cuatro palos y una lona a manera de toldo.
—¿Por qué? —Domingo estudiaba un caracol.
—Mire usted los esfuerzos, los escándalos, las idas y venidas que tuvo que sobrellevar Gauguin, por ejemplo, para ir a parar definitivamente a la isla Marquesa, y usted de un día para otro, casi sin proponérselo, se encuentra acá, en este Paraíso, en este Edén, con todo el tiempo del mundo, sus telas, sus pinceles, sus óleos. . .
García Vedia dejó desmayar su elocución como para permitir que el concepto penetrase en la conciencia de su compañero.
—Es verdad —aceptó Zappia con una sonrisa. Tiró el caracol sobre la playa y se limpió las manos sobre los fundillos de sus pantalones.
García Vedia se reincorporó en parte, apoyándose sobre uno de sus codos.
—¿Cuándo va a comenzar a pintar, Domingo? —fue directo.
—¿Cómo? —Zappia seguía quitándose la arena de las manos, mirando lejos.
—Que cuándo va a empezar a pintar.
—Bueno. . . No sé. . . Hay tiempo. . .
—Mire que el arte es una práctica cotidiana —advirtió García Vedia, volviendo a su postura de reposo—. Es una cosa. . . respiratoria. Una realimentación constante.
Zappia aprobó con la cabeza.
—Aproveche, Domingo —insistió García Vedia—, usted, que tiene ese privilegio.
—No. No. Sí. . . —se rebatió a sí mismo Zappia, con una sonrisa— si voy a empezar. Por ahí, mañana. . . Sí, sí.
Había pasado una semana. Zappia no había abierto su caja de madera marrón oscuro. García Vedia lo había reconvenido en más de una ocasión. Finalmente, al octavo día, el crítico se decidió a recorrer el perímetro de la isla para estirar las piernas. Volvió por el mismo rumbo por el que había partido, desalentado porque las distancias eran mayores a lo que había calculado. Al regresar, observó que Zappia estaba dibujando una figura humana sobre la arena, con la punta de un palo.
—Ah, caramba, caramba. Parece que nos hemos decidido —se alegró García Vedia, apresurando el paso. Zappia, sorprendido, se apresuró a borrar con su pie derecho, parte de las líneas.
—¡No! No lo borre. . . —reclamó García Vedia, en tanto buscaba descifrar la figura antes de que Zappia la eliminase—. ¿Qué es. . . ?
—No. . . no. . . —se disculpó, confuso, Zappia—, nada, estaba. . . —Tampoco deseaba que fuese demasiada explícita su premura por borrar el dibujo.
—Algo figurativo —musitó García Vedia—. Línea sensible.
—Me salió mal la cara —se quejó Zappia y con el talón desbarató las últimas líneas profundizadas en la arena húmeda.
—¡Pero! —se molestó García Vedia. Zappia tiró el palo lejos y volvió a refregarse las manos.
—Lo hice por hacer. . . —dijo. García Vedia masticó su fastidio un par de minutos, dando profundas chupadas a su pipa. Luego recapacitó, considerando que la cordialidad era preferible.
—Me hace acordar, esto. . . —comenzó, con una sonrisa— . . . a un hermoso cuento de Bradbury. Muy cortito. Yo no soy devoto de Bradbury, lo noto un tanto. . . infantil. . . para mi gusto. O comercial, digamos, pero ese cuento era muy bonito. No recuerdo bien la trama, que era muy simple, pero un tipo, un hombre común, anda caminando por una playa de veraneo, una playa desierta y de repente se encuentra con Picasso.
—¿Con Picasso? —Zappia entrecerraba los ojos, ante el brillo del sol.
—Con Picasso, fíjese usted. Picasso, que se encontraba también veraneando se supone. Y Picasso estaba haciendo, igual que estaba haciendo usted, un gran dibujo en la arena, con un palito. Pero claro ¡estaba haciendo un Picasso!
—¡Lógico, un Picasso!
—Entonces este hombre, el protagonista del cuento, este turista, cuando Picasso termina, se va y todo eso, este turista se desespera porque sabe que es el único testigo —le repito que la playa estaba completamente desierta— de aquella obra única. El había tenido el privilegio de contemplar su realización y además, de aquí la desesperación del tipo, sería quien iba a contemplar, con seguridad, su destrucción, ya que la marea estaba subiendo.
—¡Ahh! —se regocijó Zappia, ante el viraje del relato.
—Entonces este hombre sale corriendo hacia su hotel, desesperado, en busca de una cámara fotográfica, algo con qué retener, inmortalizar esa obra, ese Picasso único dibujado en la playa. Pero cuando llega, la marea ya lo ha borrado.
Los dos hombres se quedaron en silencio.
—Qué bien ¿no? —aventuró Zappia, tras un instante.
—Una maravilla —dijo García Vedia—. Casi demasiado bueno como para ser de Bradbury.
—Yo no he leído. . . —comenzó Zappia.
—Pero. . . ¡Muy bien!. . . ¿eh?. . . ¡Muy bien! —cortó García Vedia.
—¿Qué?
—Muy bien lo suyo —clarificó el crítico—. Muy bien su decisión de retomar la línea. De romper la inercia. Por supuesto que entiendo que para todo artista no es fácil, tras largo tiempo de inactividad, volverse a enfrentar con sus telas, con sus fantasmas. . .
—Y. . .
—¿Recuerda "El escritor y sus fantasmas"?
—¿Cómo?
—De Sábato. "El escritor y sus fantasmas" —documentó García Vedia—. Bueno, en este caso es "El pintor y sus fantasmas".
—Bueno —se encogió de hombros Zappia—, algo de eso hay.
—No —desestimó, optimista, el crítico—, pero usted ya rompió el hielo. No. Muy bien. Muy bien. Ahora es sólo cosa de que no se quede. Seguir adelante. No, Domingo, lo de hoy suyo ha sido muy importante. Muy importante.
Dos meses después, Zappia se encontraba acostado boca arriba en la playa, las manos cruzadas bajo la nuca, abierta la camisa, los ojos entrecerrados. García Vedia, tras media hora de caminar en círculos, fumando, unos veinte metros más allá, se acercó a él. Previamente, se había desviado hasta los palmares, de donde tomó un pedazo de tronco caído, poroso y liviano, que le haría las veces de asiento. Lo depositó junto a Zappia y se sentó en él. Zappia entreabrió los ojos.
—Qué tal —dijo.
—Mire, Domingo —adoptó un tono solemne García Vedia—, tengo que hablar con usted.
Zappia frunció el ceño y prestó atención.
—No voy a volver a repetirle lo de su función de pintor y esas cosas —tranquilizó García Vedia—. Indudablemente, mis argumentos en torno a la conveniencia para su carrera de que usted retome sus óleos y sus pinceles es algo que usted tendrá que consultar con su conciencia, preguntarse qué pretende de su futuro artístico y obrar en consecuencia. Yo no puedo inmiscuirme en la relación "autor-obra", por supuesto. Eso es algo que tendrá que manejarlo usted. Vaya a saber qué tipo de resortes, qué tipo de condicionamientos están presionando para que usted no haya tenido, hasta este momento, la voluntad, el poder de decisión, o incluso el coraje de retomar sus telas. Pero sí me veo en la obligación de comentarle esto. . . —García Vedia detuvo la frase en ese punto, como apretándola entre sus dedos índice y pulgar de la mano derecha, oscilante frente a los ojos de Zappia.
—Yo soy crítico de arte —continuó García Vedia, obtenida ya la total concentración de Zappia—. Altamente profesional. Eso quiere decir que mi vida, la totalidad de las horas que componen mis días de trabajo, e incluso de holganza, usted lo habrá notado, están destinados a ejercer mi función natural. Vivo y respiro para mi trabajo, una verdadera vocación aun admitiendo que yo sea el más cotizado, la firma más cara, la columna más onerosa de la crítica de pintura del país. Por lo tanto, la ausencia de actividad repercute en mí malamente como una enfermedad o como una privación insoportable. La crítica es mi alimento cotidiano. Si durante un tiempo prolongado no puedo ejercerla, mi organismo, y más aun, mi psiquis, corren serios riesgos de alterarse hasta puntos de no retorno.
García Vedia se quedó en silencio.
—No sé si comprende lo que quiero significarle, Domingo —concluyó García Vedia, con un acento de dramatismo en la voz.
—Sí. Sí —aprobó Zappia—, entiendo.
Zappia había puesto el caballete casi en la parte húmeda de la playa, las tres patas levemente enterradas en la arena. Ahora estaba desplegando la simple tijera de su banquito con asiento de loneta rayada. La valijita de madera ya estaba abierta y se veían adentro una multitud de pomos de colores, retorcidos algunos, manchados otros. Zappia estaba abocado, de pie, a despojar ciertos restos de pintura afincados en la base de la cerda de uno de los pinceles mediante un sucio trapito con thinner.
Seis metros más atrás, más cerca de la sombra proyectada por los palmares, García Vedia también se había sentado sobre una vieja mochila mirando hacia el caballete. Estaba cruzado elegantemente de piernas y había encendido la pipa.
Zappia finalizó de limpiar su pincel favorito. Acomodó los frascos con aguarrás, dejó el trapo sucio dentro de la valija y luego revolvió entre los colores. Se lo veía distendido. Finalmente eligió un tierra siena tostado. Silbaba quedamente cuando depositó unos tres centímetros de óleo sobre la paleta. Antes de humedecer el pincel, giró la cabeza y observó a García Vedia. Este, sonriendo, le obsequió con una inclinación de cabeza que podía interpretarse como un saludo o como un signo de aprobación.
Zappia empezó con su trabajo.
El 5 de mayo de 1977 el profesor Jacques Cousteau me encomendó una difícil tarea.
Debería yo remontar el río Orinoco, atravesando lo más intrincado de la selva amazónica, hasta alcanzar la zona de asentamiento de la tribu Naninga.
La misión no era, esta vez, un nuevo capricho del renombrado oceanógrafo. Se trataba de una de las fases más importantes del trabajo vial quizás más ambicioso y monumental en la historia de la Humanidad: la construcción de la carretera Río de Janeiro-Quito.
La Clermont Ferrand, empresa francesa adjudicataria, había solicitado la colaboración de Cousteau. Y ahora, el profesor Cousteau me confiaba a mí, Jean-Baptiste Duprée, el encargo antedicho.
Lógicamente, mi misión no se completaba con el solo hecho de alcanzar las remotas tierras de los Naninga. El quid de la cuestión iba más allá: yo debería hacer uso de todo mi poder de convicción para explicarles a aquellos salvajes, presuntamente antropófagos, que la carretera Río de Janeiro-Quito iba a pasar, exactamente, por el sitio donde estaban edificadas sus míseras chozas.
¿Por qué me había elegido a mí el profesor Cousteau? Por tres razones fundamentales. Primero, soy un estudioso de las tribus aborígenes de América del Sur. Segundo, el profesor Cousteau conocía mi amplio dominio de lenguas y dialectos indígenas. Tercero, el profesor Cousteau me odia.
Mi primer paso fue acumular documentación sobre los Naninga. Acudí a la biblioteca de la Universidad de Tempe, Arizona, y encargué un informe lo más exhaustivo posible sobre la tribu amazónica. Una semana después habíamos obtenido un dato en verdad estremecedor: nadie sabía absolutamente nada sobre ella. Aquella vacuidad de conocimientos no podía, en manera alguna, detener mi tarea. Obtuve del gobierno brasileño una pequeña embarcación, en buen estado, para remontar el Orinoco. La aprovisioné de todo lo necesario y seleccioné el personal que me acompañaría: Antoine Puyseguin, joven arqueólogo francés; Chico Boto, un fornido marinero bahiano que se encargaría de los trabajos pesados; Joao, un simio macaco del tipo "aranha" que bien podría servirnos de intérprete, y el doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao, abogado, quien habría de ocuparse de cubrir la parte legal en las seguras discusiones con los Naninga. A último momento incorporé a Tatiano Maiore, un conocido pianista, especialidad que, reconozco, no parecía tener mayores razones para ser incluida en el operativo. Pero tengo sobre mis espaldas innumerables viajes de este tipo y sé que en cualquier momento pueden necesitarse las disciplinas más impensadas.
El 15 de enero de 1978 mi seleccionada dotación ya se encontraba lista para partir y el mismísimo Chico Buarque de Hollanda se hizo presente en el muelle para despedirnos. Pero lo que realmente me emocionó fue advertir enrojecidos los duros ojos del profesor Cousteau al abrazarme. Comprendí entonces dos cosas: que muchos de nosotros no volveríamos al punto de partida y que el célebre oceanógrafo había estado practicando caza submarina sin sus antiparras.
No abundaré en detalles sobre el viaje. Fue muy largo: catorce meses y veintitrés días. En el último tramo del peripio el ánimo de la tripulación se perturbó. Hasta ese momento nuestro comportamiento a bordo era bueno, salvo algunos ataques de nervios en Tatiano Maiore, más que nada cuando desde los altos árboles de las riberas infinidad de monos nos arrojaban mangos, plátanos, vasos plásticos de yogur, guayabas y hasta preservativos. Este último detalle nos indicó, a las claras, que pasábamos por sitios donde había habido civilizaciones indígenas de evolución asombrosa. Algunos de esos preservativos estaban hechos de barro cocido; incluso, uno de ellos, que golpeó el hombro de Chico Boto, era de cerámica y Puyseguin lo reconoció como de uso real, privativo del cacique.
Pero lo que deterioró la moral de mi tripulación fue la certeza de que nos habíamos pasado 350 kilómetros del país de los Naninga, río arriba. La falta de puntos de referencia y lo intrincado de la selva nos habían hecho superar, con creces, el asentamiento indígena.
Otro hecho que alteró nuestra disciplina fue el impensado crecimiento de Joao, el macaco. Al zarpar, dicho mono no superaba los 35 centímetros de altura y su peso no alcanzaba los 17 kilos. Se alimentaba con raíces, frutas, pan disuelto en leche y castañas de cajú recubiertas de chocolate. Al mes de navegación, el animal había alcanzado una altura de 1,78 metros, sobrepasaba con holgura los 94 kilos, habiéndose, además, apoderado de la bodega. Lo más grave era que persistía en treparse a nuestros hombros como cuando era pequeño y esa conducta lo había llevado a aplastar en un par de ocasiones al doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao.
Por fortuna el macaco era manso. Sin embargo, no admitía permanecer en cueros a pesar del calor sofocante que nos azotaba. Debo reconocer que habíamos sido nosotros mismos quienes lo habituáramos a cubrirse vistiéndolo, desde su más tierna edad, con un buzo deportivo Le Coq Sportif, firma francesa que solventaba parte del viaje a cambio de que Joao luciese su marca. Cuando ya no había medida de buzo (habíamos llevado tres) que le cuadrase a Joao, éste se encaprichó en vestirse con uno de los dos trajes que portaba el doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao, ante el espanto del jurista. Se trataba de un terno en tono beige muy claro, de buen corte de tweed, algo tomado de cintura, que se completaba con camisa crema y una corbata habano. Debo reconocer, a pesar de las rabietas de nuestro abogado, que a Joao no le quedaba nada mal el conjunto e incluso su lucimiento cambió el carácter del macaco. Solía sentarse a proa, bajo el toldillo, cruzado de piernas y fumando, en muda contemplación de las amarillas aguas del Orinoco.
El único intento que hizo el doctor Moscoso Filho de Aragao de recuperar su traje llevó a Joao a un colapso histérico. Saltaba y chillaba sobre cubierta como un endemoniado y culminó mordiendo el timón y destruyendo a golpes el sextante.
Si no nos preocupamos en un primer momento por el destruido sextante fue porque debimos atender al doctor, ya que los golpes que Joao propinara sobre el instrumento de navegación habían sido dados con el cuerpo del propio letrado, a quien el macaco había atrapado por un pie.
Esto nos indujo a no tentar las iras del mono. Hasta ese momento no se había atrevido a usar su fuerza física contra nosotros y el suceso con el doctor era un mal presagio. De allí en más, Joao, siempre impecable en su traje claro, se retiró al camarote de la cubierta superior (una pequeña habitación que daba al puente junto a la torreta) y, prácticamente, se adueñó de las alturas. Era allí donde mejor se estaba por las tardes, el sitio ideal para tomar un gin-tonic o jugar backgammon, pero decidimos no provocarlo más. Desde cubierta, lo veíamos pasear serio y reconcentrado, atisbando hacia las malezas ribereñas. Cada dos días, mandaba el traje con Chico Boto para que Tatiano Maiore lo planchase. Más que preocuparme el amotinamiento del mono, me quitaba el sueño la incógnita sobre si Le Coq Sportif mantendría su respaldo publicitario ante el nuevo giro de la situación.
No me desvelaba tanto, en cambio, la posibilidad de emplear a Joao como intérprete (si era que los Naninga hablaban el lenguaje de los grandes monos) dado que yo mantenía aún intactas mis virtudes de mimo. Fue por ello que Cousteau me había seleccionado para tan difícil misión. En mi juventud, sobre los 20 años, supe ser alumno de Marcel Marceau. Mis estudios de lengua, semiótica y hermenéutica no me dejaban mucho tiempo para ensayar, pero nunca olvidaré el día en que el gran Marceau, tras verme transmitir tan sólo con mi cuerpo y mis gestos, la fría utilidad de un cenicero enlozado, me dijo: "Jean-Baptiste, lo suyo es la semiótica". Y me lo gráfico como tan sólo él podía hacerlo, con un sobrio ademán: señaló la puerta de salida de su estudio oscilando levemente la palma de la mano.
Yo estaba seguro de poder explicar cualquier cosa a esos salvajes con mis gestos y visajes. Sin una palabra le había explicado un día a mi hija la Teoría de la Relatividad, lo que la llevó a que, aún hoy, permanezca encerrada en una casa de salud en Nantes.
Lo que me preocupaba, sí, por esos días del viaje, era la rotura del sextante.
Y mi temor se vio justificado después, cuando, efectivamente, superamos en tantos kilómetros el punto de desembarco. Para colmo de males, Chico Boto, el único de nosotros que conocía algo de navegación, cayó en un extraño trance. Natural de Bahía, era propenso a creer todo tipo de leyendas y practicar ritos ancestrales.
Ya lo veníamos notando algo extraño cuando superamos los primeros tres meses de navegación. Había noches en que su cuerpo comenzaba a temblar como presa de una fiebre tropical, sus ojos se volvían hacia adentro y giraba su cabeza hasta puntos en que parecía imposible que tuviese una columna vertebral que la contuviese.
Las primeras veces en que asistimos a aquellas impresionantes contorsiones suyas, supusimos que había caído víctima de la malaria. Pero él nos explicaba, al calmarse, que se hallaba bajo el hechizo de Xangó Orixá, la hermosa diosa de los calamares bahianos, que emplean su tinta negra para escribir en el alma de sus prisioneros las primeras tres estrofas del himno del Club Atlético Minheiro. Cuando los calamares emplean su tinta roja, nos explicaba Chico Boto, significa que la falta cometida por la víctima no es de gravedad, ya que la tinta roja no es indeleble y la misma agua del mar que transitan los calamares la borra con el tiempo.
Tras varias noches en que Chico Boto nos llenó de pavor, (casi siempre estos ataques se le producían en horas de la cena) decidimos fingir indiferencia frente a sus convulsiones. Con el doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao alentábamos la sospecha de que sólo se trataba de simulaciones del moreno ya que reclamaba para su cura algunos tragos de un vino francés que, él sabía, nosotros guardábamos en mi camarote.
De allí en más, por las noches, cuando Xangó Orixá caía sobre el pobre Chico Boto, nosotros continuábamos nuestras charlas como si nada sucediese. No era demasiado fácil en verdad, porque Chico Boto comenzaba con distorsiones faciales, rompía luego a babear copiosamente, sacaba una lengua de una extensión alucinante, berreaba como un ternero y terminaba lanzando cortos chorros de sangre por los oídos. Cuando se calmaba y emergía de abajo de la mesa (adonde generalmente caía) imploraba por una gallina para degollar y rociarse con sus visceras. En general, no hacíamos demasiado caso a sus peticiones, le contestábamos con evasivas y seguíamos departiendo sobre buena música con Tatiano, o sobre huacos peruanos con Puyseguin.
Tengo la convicción de que nuestra actitud benefició a Chico Boto. Tras dos meses durante los cuales nos torturó con sus accesos, mantuvo 30 días de calma, luego de los cuales sólo volvió a sufrir un ataque. Una noche lo hallamos revolcándose sobre cubierta, gritando que Xangó Orixá lo llamaba y le pedía un acto de amor. De improviso pegó un salto, pasó junto a nosotros como una exhalación (yo había subido a cubierta junto con el doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao) y se precipitó hacia los camarotes. Pronto sentimos gritos en el camarote de Tatiano Maiore.
Minutos después, Chico Boto volvió a aparecer en cubierta, empapado en transpiración, pero laxo y con la mirada extraviada. Nos repitió que Xangó Orixá lo llamaba, se lanzó al agua y nunca más lo vimos.
Quise aclarar este punto del viaje porque luego el gobierno brasileño estuvo importunándonos con preguntas al respecto. Espero que mi relato dé por terminado este fastidioso asunto.
Lo que nunca nos quedó bien claro fue lo que ocurrió en el camarote de Maiore. Este, de habitual locuaz y expansivo, se mostró reacio a contar lo sucedido, pero de allí en más lo apreciamos como ausente, con una sonrisa triste en los labios y la vista, por lo general, perdida. Se había tornado más recatado en su trato, de común eufórico y nos preguntaba repetidas veces por Chico Boto, resistiéndose a creer que éste se había lanzado por voluntad propia a las oscuras aguas del gran río amazónico. Deseo dejar constancia de que todo esto quedó asentado en el diario de a bordo. El diario salía a eso de las ocho de la mañana y nos lanzábamos sobre él para ponernos al tanto de las últimas noticias sobre el viaje.
Se llamaba "La voz del Bravata" ("Meritísimo Otoniel Bravata" era el nombre de nuestra embarcación) e incluía un par de suplementos. Los domingos era una edición realmente abultada y nos distraía hasta altas horas de la tarde. No puedo decir que era un gran diario, mentiría si lo hago, pero la crítica de cine no tenía nada que envidiar a la de "Le Monde". Nunca, reconozco, encontramos la sala de proyección en nuestra nave, pero aquello no le quitaba valor. No se puede pretender un periodismo a nuestro gusto y paladar. Lo único censurable era la tendencia de ese pasquín al brulote o al comentario mendaz. Esto hacía muy mal a Tatiano, por ejemplo, que se encontraba ante notas donde se lo sindicaba de comunista, snob, y su apellido siempre era antepuesto por la adjetivación "el muy suave". En esos casos la indignación del pianista itálico lo hacía reclamar al doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao el inicio de un juico contra "La voz del Bravata", y nos costaba ímprobos esfuerzos convencerlo de que no era político echarnos encima toda la prensa.
Nuestro primer contacto con los Naninga tuvo lugar el 19 de mayo de 1979. Fue Antoine Puyseguin quien los descubrió al clavársele un dardo envenenado en su ojo derecho. Los Naninga eran caníbales pacíficos, pero a veces tenían esas reacciones extemporáneas. El joven arqueólogo sobrevivió seis minutos al impacto de la saeta que le dispararan desde la jungla. Me atrevo a pensar que la muerte fue preferible, para él, al terrible destino de quedar tuerto. El don de la vista es, para un arqueólogo, irremplazable. El veneno en que se hallaba impregnada la punta del dardo le evitó el tormento. Se trataba del temido "pinchei-ro-acá-mellhá", derivado del "curare", que paraliza las vías respiratorias y torna totalmente cano el vello que crece en las axilas.
Envolvimos al desdichado arqueólogo en una bandera y lo arrojamos a las aguas mientras entonábamos "La Marsellesa". Las pirañas dieron buena cuenta del cadáver en menos de cuatro minutos. Al atardecer, fuimos testigos del extraño comportamiento de estos feroces peces ante la ingestión de parte del veneno que contuviese el cuerpo de nuestro amigo: se asomaban a superficie, escupían hacia arriba, gritaban barbaridades o bien se trepaban con sus aletas a la costa llegando a atacar a un tatú cangheiro, armadillo de tamaño respetable.
Quiero dejar bien aclarados estos aspectos de la muerte del joven Puyseguin ante las continuas e inoportunas reclamaciones que hiciera luego el gobierno francés sobre el caso. A Puyseguin lo mató una saeta envenenada que se le clavó en el globo ocular derecho y sus restos mortales fueron devorados por las pirañas. Eso fue todo y espero que esto termine con tan inapropiadas requisitorias.
Cuando pusimos pie en tierra los salvajes nos rodearon, amenazadores. Pero pronto cambiaron en su actitud hacia nosotros. Más que el hecho de verse seducidos por las baratijas que llevábamos para deslumbrarlos, creo que los impactó la personalidad de Joao, impecable en su terno beige.
Les regalamos goma de mascar, que comieron con fruición, los clásicos espejos, artesanías nórdicas, sacapuntas, sellos de goma, tarjetas de Navidad y hasta un televisor color que no hallamos dónde enchufar. Confieso que no me fue fácil explicarles el problema de la autopista, la resistencia del macadám y la coincidencia de que pasase justo en medio de sus caseríos precarios. Lograron entender un poco más lo de las motoniveladoras, más que nada por los bufidos que yo producía y mi constante rodar por el piso. Hay que comprender que esa tribu se hallaba en un estadio levemente más adelantado que el de la Edad de Piedra. No tenían aún conocimiento del fuego, por ejemplo. Pero lo que nos llenó de asombro fue que sí conocían el humo, en cambio; sabrá Dios cómo diablos lo obtenían. Les regalamos nuestros encendedores Dupont, que fueron recibidos con conmovedora ingenuidad y gozo, para luego ser frotados enardecidamente unos contra otros en procura de lumbre.
Y al agua todavía la lograban exprimiendo una cacatúa muy verde a la que llamaban "Picota zé". Ni hablar de adelantos técnicos. Y mencionarles una canilla a esos pigmeos era agotarse en inútiles explicaciones.
No obstante, el cacique, cuyo nombre nunca pude deletrear con exactitud, tenía una choza de venta de antigüedades. Según él, ese era un negocio, que si bien no le aportaba demasiadas ganancias, lo alejaba un poco del aburrimiento de guerras tribales y cacerías. Nos mostró hachas de pedernal, huesos fosilizados de sus mayores y hasta una punta de flecha mocha que debía valer sus buenos cruceiros.
Las negociaciones parecían marchar viento en popa y todo hacía suponer que, en pocos días, los pigmeos aceptarían levantar sus magras posesiones y retirar la colonia varios kilómetros más adentro de la espesura para permitir el paso de la autopista. Pero se pusieron inopinadamente duros en un punto: deseaban ser ellos los beneficiarios del peaje en aquellos confines. Eso sulfuró al doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao, quien los agotó leyéndoles carillas y carillas sobre derecho vial. La Clermont Ferrand no aceptaría bajo ningún aspecto repartir sus ganancias con cuanto salvaje pretendiese cobrar permiso de paso a los automovilistas.
No hubo nada que hacer. Los Naninga bajaron sus pretensiones a la mitad, pero ya las relaciones se habían tornado algo duras. Y la noche en que se comieron a Joao comprendimos que debíamos marcharnos. Reconocimos a nuestro elegante mono cuando el doctor Paulo Moscoso Filho de Aragao halló, entre los trozos de un supuesto pecarí de collar asado, uno de sus propios gemelos.
Es mi intención dejar bien en claro este punto porque, periódicamente, la Asociación Protectora de Animales me hostiga solicitándome informes y mayores detalles sobre la desaparición de Joao. Dicho mono fue comido por los Naninga y puedo aseverar que, a mi juicio, le faltaba cocción.
Guardo la esperanza de que con esto se me deje de importunar buscando en el referido hecho aristas ocultas o propósitos inconfesables.
Fue así como retornamos a Brasilia con la contrapropuesta de los Naninga, que sorprendió a los directivos de la empresa francesa y al mismo profesor Cousteau. Allí terminó mi misión y me desvinculé del proyecto.
Dos meses después me enteré, por los diarios, que la tribu Naninga había sido arrasada en un bombardeo con napalm. Era una noticia escueta en la sección "sociales" de un diario de San Pablo. El progreso les había llevado, por fin, el fuego.
Los cinco hombres vieron la cabaña al mismo tiempo. Entre la intensa nevisca, primero la confundieron con un oso, después con más lobos, pero luego, la inmovilidad de la precaria edificación y el detalle incontrastable de las ventanas, los convencieron del hallazgo.
London fue quien llegó antes hasta la desvencijada puerta, cruzando con sus grandes zancadas los casi cien metros que los separaban de ella, hundiéndose en la nieve hasta las ingles, maldiciendo desesperado. Pero de inmediato lo hicieron Summer, Maine, Earl y Pitches, aplastando al trampero contra los troncos de la entrada. Ante el embate de los cuerpos ateridos la puerta se abrió y el quinteto de cazadores fue a dar con sus huesos sobre el suelo de la cabaña en un enredo de brazos y piernas, cadenas, rifles y mochilas.
—¡Cierra "Rostro", cierra! —gritó London, cuando pudo liberarse del peso de Pitches. "Rostro" Maine se lanzó sobre la puerta abierta, la cerró de un empellón y luego la trabó con un largo madero que halló tirado junto a la entrada. Fue algo providencial: de inmediato escucharon, sobrecogidos, el estruendo de cientos de cuerpos al estrellarse contra los leños que conformaban las paredes de la cabaña. Los lobos, en un número superior a setecientos, habían quedado afuera por milésimas de segundo.
Por fin, Earl pudo darse el gusto de encender su pipa. Habían recorrido palmo a palmo el interior de la cabaña y, a pesar de ser de un solo ambiente, la cantidad de muebles desvencijados, de mesas despatarradas y de catres vencidos, les había impuesto un trabajo exhaustivo para determinar sin riesgo de equivocación que aquello estaba deshabitado. Dedujeron que la casa se hallaba sin moradores desde hacía por lo menos dos inviernos, ya que encontraron un enorme hormiguero entre las cenizas del hogar y que podía haber pertenecido, dado el mobiliario, a una familia de lapones, a un buscador de oro, o a un dentista. Por último encendieron un buen fuego con un apolillado samovar que encontraron, pusieron a calentar café, cortaron a golpes de hacha algunas fetas de huevo duro, se quitaron del cuerpo a duras penas las hormigas enardecidas por el calor repentino y se sentaron frente a las llamas.
Comieron, ansiosos, durante largo rato. De pronto, Earl, rompió el silencio.
—Escuchen —dijo. Los demás prestaron atención.
—El viento —susurró Summer, dejando de masticar.
—No —desestimó Earl—, son ellos.
Se levantó, encaminándose hasta la ventana. Tras cuatro meses de tempestad había conseguido diferenciar a la perfección el aullido del viento del aullido de los lobos.
—Allí está —señaló, trémulo, a través del cristal empañado. Los demás ni siquiera se levantaron. Sabían a quién se refería: a Zeke, el lobo rojo, el jefe de aquella manada convertida en ejército famélico. Una bestia a la cual le faltaba el ojo derecho, parte de la oreja izquierda, las dos patas de adelante, la cola y el omóplato derecho, pero aun así, disminuido por las peleas y las trampas, se constituía en una fiera peligrosísima. Por su astucia, los cazadores le llamaban "Lobo Zeke, el zorro del Yukón".
—Nos vigilan —pareció maldecir Earl, volviendo a su mochila, que le servía de improvisado asiento.
—Hace tres meses que nos persiguen —farfulló London—. ¿Qué te hacía pensar que nos dejarían en paz?
—Hace mucho frío ahí afuera —argumentó Summer—, podrían irse a sus cuevas.
—¿Quieres que les ofrezcamos entrar? —bromeó Maine.
Era cierto lo del frío. El día anterior, a Earl le había sucedido algo tremendo intentando orinar a orillas del río Ross. A golpes de culata de su rifle había tenido London que quebrar la pétrea cuerda amarillenta que se había formado al instante uniendo a Earl a un pequeño témpano que arrastraba la corriente del río. Y no todos los golpes cayeron sólo sobre el curvo y sólido barrote de orina.
—¿Cuánto tiempo podemos aguantar? —se interesó Summer. London calculó mentalmente.
—Hay comida para un par de días —dijo—. No más.
Continuaron comiendo en silencio, cabizbajos. De pronto, Earl levantó la cabeza y olisqueó el aire. Al principio nadie le hizo caso, pero luego, el estruendo de sus aspiraciones llamó la atención de los otros.
—Algo huele mal —exclamó Earl, con rostro de desagrado. Los hombres se miraron entre sí, desconcertados y curiosos.
—Oye, Earl. . . —dijo Summer— hace tres meses que no nos bañamos, además. . .
—No es eso —negó con la mano, Earl—, no es eso. . . —y continuó olfateando.
Se volvió hacia Pitches, se inclinó hacia él, olisqueando como un perro de caza. Pitches, sobresaltado, procuró incorporarse y el movimiento arrancó un quejido de su boca. Todos lo miraron, con alarma.
—¿Qué te pasa? —se le acercó London. Pitches se echó hacia atrás y se quejó de nuevo, larga y profundamente. Fue entonces cuando lo vieron; la pierna izquierda del ex minero de Dog Creek estaba atrapada en una trampa para osos. Todos se pusieron de pie como impulsados por resortes. Hubo gritos de asombro que se confundieron con el ruido de las escudillas metálicas al caer al suelo.
—¿¡Cuándo te atrapo!? —vociferó "Rostro" en tanto Summer se abalanzaba sobre la trampa procurando abrirla—. ¿Cómo pudo ocurrirte eso?
Pitches no contestó: echó hacia atrás su cabezota empapada en sudor, apretando los labios.
—Cinco días atrás —dijo—, cuando cruzamos los montes Ogilvie.
London quedó con la boca abierta. Summer y Earl, cada uno de un lado, se habían aferrado a las formidables mandíbulas dentadas de la trampa procurando abrirla.
—¿Por qué no nos dijiste, imbécil? —aulló London.
—No quería molestar —dijo el grandote. London golpeó con su puño contra la pared. No le extrañaba aquella actitud del ex minero. Era un hombre de pocas palabras, silencioso, como la mayoría de los nativos de la tierra de las zarigüeyas.
—¡Un palo, una estaca, algo! —gritó Summer, abandonando el intento de desprender de la pierna de Pitches la dentellada feroz del mecanismo.
— ¡Un rifle! —gritó Earl, sacudiendo la mano en dirección a su mochila—. ¡Trae mi rifle, "Rostro"!
—Ahora entiendo lo que siente un oso cuando pisa una cosa de éstas —procuró ser ocurrente Pitches. Pero London estaba furioso.
—¿Cómo pudimos no haberlo visto antes nosotros? —se preguntaba—¡durante cinco días!
—Yo lo vi —confesó Summer, jadeando por el esfuerzo—, pero pensé que llevaba esa trampa allí porque le era más cómodo.
"Rostro" había regresado con el rifle de Earl y éste había introducido el cañón del arma entre los dientes de acero y la carne lacerada de Pitches.
—¿Por qué no nos avisaste, Pitches? —le gritó "Rostro" junto a la oreja en tanto se hincaba a sus espaldas, sosteniéndole la cabeza.
—La verdad. . . —Pitches elevó sus ojos azules hacia "Rostro"— temí que me abandonasen a los lobos.
—No vuelvas a pensar eso —rechinó sus dientes "Rostro"—. No vuelvas a pensar eso o te moleremos la cara a trompadas.
Earl, haciendo palanca con su arma, había logrado, finalmente, librar la pierna de Pitches del terrible mordisco metálico lo que arrancó un suspiro de alivio del minero. Cuando, junto con Summer, quitaron los siete kilos de fierro y cadenas, de la destrozada bota de Pitches se desprendió una docena de cristales rojos. "Rostro" tomó uno de ellos con curiosidad.
—Sangre —dijo London—. No perdamos tiempo —ordenó— pongamos a Pitches sobre la mesa.
Entre los cuatro tuvieron que esforzarse para elevar las 240 libras del minero hasta la mesa. "Rostro" acercó dos de los faroles. Earl sacó su cuchillo de caza y con un tajo cuidadoso cortó la tela del pantalón de Pitches que cubría la herida. Hizo lo propio con parte de la bota y London debió detenerle el brazo cuando ya intentaba cortarle el cinturón y un par de guantes. Con manos rápidas y nerviosas Summer agrandó la abertura cortada en la tela y dejó al descubierto la carne torturada. Una vaharada de fetidez espantosa se desprendió de los tejidos. La carne, en torno a los labios supurantes de las flagelaciones ocasionadas por los dientes de la trampa, se veía oscura y verdosa. Instintivamente, Earl y London se echaron hacia atrás, descompuestos. "Rostro", demudado, preguntó:
—¿Hay algún médico entre nosotros?
Lo miraron. Para aquel grupo de rudos hombres, donde sólo en una oportunidad ya lejana, Elias London se había visto frente a frente con un libro y había escapado gritando de horror, la pregunta era un despropósito.
—No necesitas ser médico para saber qué se hace en estos casos, "Rostro" —meneó la cabeza, contrito, Earl. Summer miró hacia Pitches, pero éste parecía haber caído en un extraño sopor. Earl se alejó unos pasos de la mesa, se detuvo y, abriendo los brazos, llamó a sus compañeros.
—No hay tiempo que perder —les informó en voz baja apenas se hubieron acercado. Earl, por sobre el hombro de "Rostro", echó un vistazo hacia Pitches—. Hay que cortar esa pierna.
Los demás se miraron. Summer se tomó la cabeza. London se mesó la barba. En "Rostro" no se traslucía emoción alguna. Le apodaban así justamente porque años atrás, un zorrino le había orinado la cara, convirtiéndosela en una superficie rugosa y percudida, con sectores despellejados hasta el hueso y protuberancias que no correspondían a saliente ósea alguna.
Por el denso y ácido mal aliento que le había quedado desde aquella oportunidad, sus amigos suponían que, si bien el zorrino no lo había sorprendido dormido, al menos lo había sorprendido bostezando.
—¿No vivirá algún médico cerca? —se desesperó Summer. Lo miraron. Aquella zona, según estudios de la época, era la de menor densidad habitacional del continente—. ¿Algún hospital, un sanatorio, algún especialista? —insistió Summer que parecía al borde del llanto.
—¿Quién lo hará? —cuchicheó London. Su cabello erizado era palmaria muestra de que ya se había instalado en él, el preanuncio del horrible momento que les esperaba.
—¿Algún pedicuro, al menos? —continuaba girando solo, en círculos, Summer. Los hombres se miraban entre ellos, agobiados.
—Podemos sortearlo —propuso "Rostro".
—No. Dejen —meneó la cabeza Earl—, lo haré yo. Supe tallar artesanías con el cuchillo, tiempo atrás.
"Rostro" se acercó a Earl y le depositó su manaza diestra sobre el hombro, apretando bravamente. London y Summer se veían también aliviados y agradecidos.
—Necesitaré fuego, trapos limpios, agua caliente —comenzó a enumerar—. ¿Hay whisky?
—Hay bourbon —informó Summer.
—Está bien. Es lo mismo —aprobó Earl con tono profesional. Luego paseó su mirada por la cabaña—. Las condiciones de asepsia parecen buenas. El frío colaborará. ¡Calienta agua! —ordenó, finalmente. "Rostro" y Summer pusieron manos a la obra. Desde la mesa, Pitches, incorporado sobre sus codos, los miraba con un acento de inquietud en sus ojos. London se acercó a Earl, lo tomó del brazo y le habló al oído.
—¿Le diremos a Pitches?
—Es imprescindible —aseveró Earl—, de una manera u otra, al final se enterará. Tras la amputación, cuando intente los primeros pasos se dará cuenta.
—¿Quién se lo dirá? —musitó London.
—Podemos sortearlo —se unió a ellos "Rostro", cuyo gusto por el juego era proverbial.
—Deja. Lo haré yo —aspiró hondo London. Tras el ofrecimiento de Earl para llevar a cabo la desgraciada operación, London deseaba recuperar, al menos en parte, su condición de liderazgo.
—Oye Pitches. . . —no vaciló London, llegándose hasta la mesa donde yacía el herido.
—¿Qué estaban cuchicheando? —preguntó éste, con una sonrisa congelada.
Summer y "Rostro" miraban la escena, suspendiendo sus tareas.
—Nada. . . nada. . . —hesitó London.
—Estaban allí hablando en voz baja —insistió Pitches—, los vi.
—Es que estando juntos. . . —argumentó London—. . . se siente menos el frío.
Los demás aprobaron con la cabeza.
—Oye Pitches —arremetió London—, debemos cortarte esa pierna —expresó de un tirón. Los ojos de Pitches se dilataron.
—Está muy mala —se apresuró a explicar London—. Está gangrenada. Si no la. ..
—¿Cuál pierna? —se ofuscó Pitches.
—¡Oh Pitches! Si no cortamos esa pierna morirás en pocas horas. Apuesto a que no pasas de esta noche.
—Doblo la apuesta —gritó "Rostro".
—Debes ser fuerte, Pitches —suavizó su tono London, depositando, paternal, su mano sobre la rodilla del herido, lo que provocó un respingo en éste—. Perdona.
Pitches se cubrió la cara con las manos. Pero fue sólo un instante. Luego dijo, con voz queda.
—¿Volveré a caminar?
Los otros se miraron.
—Por supuesto. Sin ninguna dificultad —mintió London.
—Podrás participar en la procesión del Día de Gloria —procuró bromear Earl, desde atrás.
—Incluso ganarla —agregó "Rostro".
—¿Me dolerá mucho? —la voz de Pitches temblequeaba. Earl asumió la respuesta ante las miradas inquisidoras de los demás.
—¿Nunca te han cortado antes una pierna? —preguntó a su vez encogiéndose de hombros. Pitches pensó un momento, negando luego con la cabeza—. Lo aguantarás.
Los minutos siguientes fueron de tensos preparativos. Summer había puesto a hervir la escudilla más grande con agua, "Rostro" descorchó dos botellas de bourbon en tanto London cortaba trozos de tela con expresión reconcentrada y Earl afilaba su cuchillo de caza con el filo del hacha del propio Pitches.
Pitches, acostado largo a largo sobre la mesa, se había cubierto los ojos con el antebrazo y, a veces, se quejaba.
—Earl —London tocó el hombro del improvisado cirujano.
—¿Qué pasa? —preguntó Earl, sin dejar de prestar atención a su daga.
—Estaba pensando una cosa.
Earl lo instó a seguir con un movimiento de cabeza.
—Los lobos deben haber olfateado el olor de la pierna de Pitches —prosiguió London—. Ahora pienso que eso es lo que los debe haber atraído en tanta cantidad. Oye. . .
Earl seguía sin mirarlo. Ahora era el hacha el objeto de sus cuidados.
—Sé que suena mal. . . —se disculpó London— . . .pero . . . pero pienso que podemos matar dos pájaros de un tiro. . . Arrojemos la pierna a los lobos luego de cortarla.
Earl lo miró, severo.
—Oye. . . —se disculpó London— ... a Pitches ya no le será útil. ¿O tú la quieres de recuerdo?
—Nada de eso —Earl volvió a su tarea.
—Pues bien. Tiramos la pierna a los lobos. Eso los distraerá. Nosotros, en tanto, podemos huir por la puerta de atrás y ganar los metros necesarios para escapar. No olvides que deberemos cargar con Pitches y pesa más de 200 libras.
Earl volvió a mirarlo, más largamente.
—Es buena idea —dijo—. Coméntaselo a los otros.
Media hora después, todos estaban reunidos en torno a Pitches, que transpiraba profusamente. En rigor de verdad, los nervios, el temor y el horror mismo les habían hecho perder el frío.
—Escucha Pitches —habló, pausado, Earl—, no te contengas. Si te duele, grita.
—No gritaré —negó, enérgico, Pitches.
—Entonces. . . —Earl se dirigió a "Rostro"— . . . alcánzale una madera, o un cuero, para que muerda. Summer. . . —ordenó después— . . . acércame un leño con fuego.
Summer se aproximó con una tea. Earl la tomó y mantuvo su cuchillo sobre las llamas por varios minutos. Cuando se volvió hacia Pitches lo encontró con medio cuerpo tapado por una piel de castor, a la que mordía por uno de sus bordes, furiosamente.
—¿Qué haces imbécil?—preguntó Earl.
—Dijiste un cuero —argüyó "Rostro", confuso.
—¡Una tira de cuero, idiota! —estalló Earl, agitando la daga—. ¡Y no tienes que morderla desde ahora, Pitches. . . —de un manotazo, Earl quitó la piel de castor que cubría al herido, arrojándola al piso— . . . espera a que empecemos!
Pitches, asustado, asintió con la cabeza, escupiendo los pelos que le habían quedado entre los dientes.
—Y no vaciles en pedir bourbon todas las veces que lo necesites —aconsejó Earl, tal vez arrepentido de haber sido rudo. Pitches volvió a asentir con la cabeza—. Acuéstate, ahora.
Apenas Pitches hubo apoyado su cabeza sobre la madera de la mesa, Earl hizo un gesto a Summer y London. Ambos se corrieron hasta uno de los extremos de la mesa y tomaron fuertemente los pies de Pitches, uno cada uno.
—Tú, "Rostro", átalo a la mesa.
"Rostro" ya tenía las sogas en la mano. Con destreza, rodeó el amplio tórax de Pitches, sujetándolo firmemente a la mesa. Primero Pitches contempló la escena con ojos levemente desorbitados. Luego comenzó a sollozar suavemente.
—Oh, Pitches —se quejó Earl.—. No nos lo hagas más difícil.
Pitches se mordió los labios.
—Fuerza muchacho —alentó London—, mira a lo que llegó Stanley Miller con un solo ojo.1
—No dejes nunca de luchar, Pitches —se sintió obligado a aportar algo "Rostro", que había terminado con las ligaduras—. Haz como Jesucristo que ni siquiera en la cruz bajó los brazos.
—Sostenle quieta la cabeza, "Rostro" —señaló Earl, considerando conveniente interrumpir los consejos de su amigo. "Rostro" hizo caso, acercó a la boca de Pitches un cinturón, para que éste mordiese y luego depositó ambas manos sobre la frente del herido, apoyando su propio pecho sobre ellas, para evitar movimientos.
Earl los miró a todos, hizo caso omiso de los gimoteos de Pitches, se secó la transpiración de la frente con el dorso de la mano con que esgrimía el cuchillo, aspiró hondo y luego depositó el templado filo de la daga, una palma sobre la rodilla derecha de Pitches.
El grupo de hombres, a la vista de las primeras casas de Pelly Crossing, apuró el paso.
—¡Oh, "Rostro", mira eso! ¡Qué belleza! —exclamó Summer, señalando el humo que se elevaba desde las chimeneas del poblado. "Rostro" no contestó nada.
—Sigue enojado —comentó Summer a London.
—¿Sigues enojado, "Rostro"? —rió London.
—No debimos haberlo hecho, —dijo "Rostro", sin dejar de mirar hacia el caserío que aparecía, cada vez más nítido, en el valle— lo sigo sosteniendo.
Earl apretó el paso y se acercó a "Rostro".
—Oh, "Rostro" —dijo, con el tono de quien habla a un niño—, no hubiésemos podido engañar a Zeke. Nunca se lo hubiese tragado.
—Deberíamos haberlo intentado —se empecinó "Rostro".
—Y eso no es nada —continuó Earl—, hubiese sido absolutamente imposible escapar durante tanto tiempo, en medio de la noche, hundiéndonos en la nieve con el peso de Pitches.
"Rostro" meneó la cabeza, dubitativo, pero no contestó.
—¡Ya me dirás cuando vendamos las pieles —aportó, gritando, London, desde más atrás— y nos repartamos el dinero entre nosotros cuatro, nada más! ¿Eh, "Rostro"?
—Ya me dirás cuando debamos explicar todo al sheriff Kimball —parafraseó "Rostro".
—¡Hombre! —desestimó Earl—. ¿Para qué crees que he acarreado la pierna durante estos ocho días? ¿Te piensas que me alegra llevarla en mi mochila? ¿Crees que una pierna más me sirve para caminar mejor?
Summer prorrumpió en una risotada.
—No. No es así —continuó Earl, dirigiéndose a "Rostro", que permanecía serio—. Se la enseñaré al sheriff Kimball y pediré la opinión del doctor Fletcher. El doctor se dará cuenta perfectamente de que ningún hombre hubiese podido sobrevivir con una gangrena tan avanzada.
—¡Pero Pitches sobrevivió! —por vez primera "Rostro" encaró a Earl, furioso.
—Es cierto —reconoció Earl—, pero estas cosas son muy traicioneras, "Rostro". Tú no entiendes, podía volver a infectársele la pierna, no sé. . . o tener una recaída, una cosa de ésas. . .
—Además —agregó Summer— ... un hombre como Pitches, tan activo, no hubiese podido vivir con una pierna menos. Eso es seguro. Hubiese sido un calvario para él.
—Estoy seguro de que nos hubiese agradecido lo que hicimos —afirmó London.
—¡Pero no se lo preguntamos! —vociferó "Rostro".
—Porque estaba desmayado, "Rostro" —explicó, convincente, Earl—. Bien sabes que se desmayó a poco de comenzar yo a cortar.
Siguieron caminando un rato en silencio.
—No sé. . . —retomó la discusión "Rostro"— no era eso lo que habíamos hablado antes de cortar esa pierna. No fue eso al menos lo que me dijo London que haríamos. ¿No es cierto, London?
—Es cierto, es cierto —acordó éste—, pero admíteme, "Rostro", que. . .
—¡Hicimos exactamente al revés! —gritó "Rostro".
—. . . Debes admitirme que la pierna sola hubiese sido apenas un bocado para los lobos —dijo London—. No les hubiese llevado más de cinco minutos devorársela. Esas bestias llevaban meses de ayuno.
—Al revés. Exactamente al revés.
—En cambio con Pitches. . . —abrió sus brazos London— estuvieron como dos horas comiendo. ¡Admítelo "Rostro"! Tú estás vivo, nosotros estamos vivos, simplemente por eso, porque decidimos cambiar las cosas en el momento exacto.
"Rostro" siguió con gesto adusto. London apretó el paso, se acercó a él y codeándolo lo acució, socarrón.
—Esta noche, cuando estés con una de las chicas de Ivonne, te olvidarás de todo.
"Rostro" esbozó una sonrisa, apenas.
—¿Eh, "Rostro"? —volvió a codearlo London—. La pelirroja.
"Rostro" mantuvo la sonrisa. Pero no se lo veía muy convencido.
Mort Kulpitown asintió con un movimiento casi imperceptible de su cabeza. Se lo veía módico, austero. Todo en él era ahorro. De palabras, de gestos, de energía. Era notorio que se reservaba. Que en algún lugar de su físico almacenaba potencias.
La señora Spooner revisó la lista de audiencias. En efecto, para las 17.24 estaba citado el señor Kulpitown. Oprimió entonces un pequeño botón amarillo y con voz muy baja informó al general Uppmann la presencia en la antesala del asesino.
Cuando Mort Kulpitown se depositó en el sillón que enfrentaba el vasto escritorio del general Uppmann, no había quitado las manos de los bolsillos de su piloto y tampoco podía afirmarse a ciencia cierta si había cometido la impudicia de parpadear vez alguna.
El general Uppmann estudió al asesino.
—Muy bien, muy bien, muy bien —acordó para sí, tras haber hecho resbalar su mirada por los rasgos uniformes del recién llegado. Se quedó así, frunciendo los labios gruesos bajo el espeso bigote blanco, aprobando levemente con la cabeza y se hubiese dicho que estaba por dormirse.
—¡Muy bien! —afirmó, por última vez, y con energía. Rompió su inercia y con un manotazo abrió uno de los cajones de su escritorio, sacando de allí una carpeta azul no muy voluminosa. La puso enfrente suyo y pegó una palmada sobre la tapa.
—Le explico, Kulpitown —anunció—. Tenemos asegurada esta administración y tenemos asegurada la próxima. Vamos por partes. Esta administración no ofrece demasiadas dificultades, marcha con bastante éxito y suponemos que llegará a su término con felicidad. Podrá surgir algún pequeño inconveniente, algún imprevisto menor, pero todo está calculado y previsto para que llegue a buen término. En cuanto al próximo período. . . —Uppman golpeteó sobre su escritorio con la punta de su dedo índice derecho— . . . en cuanto al próximo período. . . —repitió— . . . la cosa no es tan clara, pero también se encuentra dominada. La oposición presentará sus candidatos, sus fórmulas, sus plataformas, y es muy posible que nos ganen, máxime si no logramos prontos acuerdos en este asunto de los misiles. Ahora, muy bien, si el triunfo es nuestro no existirán problemas de ninguna clase. Si el triunfo es de ellos, ya hemos concertado un arreglo más que ventajoso para ambas partes que les permitirá gobernar sin molestias y nos asegura a nosotros la continuidad de nuestros proyectos y no nos obliga a desarticular nuestros grupos de decisión. Habrá que aceptar —pareció disculparse Uppmann— la sustitución de un par de nuestros hombres por hombres de ellos, pero le adelanto que no están en puntos de excesiva importancia. O sea, mantendremos una oposición aparente, y continuaremos con lo nuestro.
El general Uppmann se tironeó una de las puntas de su bigote, juntó sus manos un par de veces como un clérigo y tomó aire para continuar.
—Ahora bien. . . ¿Qué pasa? —prosiguió—. Hasta acá todo bien, todo bajo control, todo planificado. Pero. . . pero. . . hoy me llega un informe de la Oficina de Datos —Uppmann dio unas palmaditas sobre la carpeta azul.
—Usted sabe que esta oficina se ocupa, exclusivamente, de acumular información de cualquier tipo para luego procesarla, estudiarla", e ir conformando un panorama bastante exacto, bastante aproximado, de nuestro futuro inmediato y mediato. Es así, Kulpitown, que aparece un hombre peligroso. Un hombre peligroso, Kulpitown.
Uppmann permaneció así un minuto mirando fijamente al asesino, para dar tiempo a que éste registrase en toda su magnitud la importancia de las últimas palabras.
—El nombre de este hombre. . . —Uppmann rebuscó dentro de la carpeta— . . . no le dirá a usted nada, Kulpitown. No le dirá a usted nada, como no me lo dijo a mí, en su momento —detuvo la búsqueda en una hoja—. "Víctor . . . —leyó— "Víctor Marvel Gena". Ese es el nombre.
El general cerró la carpeta, volvió a depositarla sobre el escritorio, la apartó luego y, apoyándose sobre los codos, descansó el mentón en las manos entrelazadas.
—¿Qué nos llevó a investigar a este sujeto? —continuó Uppmann—. Nada. Absolutamente nada. Sabrá usted que todos, absolutamente todos los habitantes de este país, desde el registro de su nacimiento, pasan a integrar las memorias de las computadoras de la Oficina de Datos. Automáticamente, cuanto se refiere a cada uno de ellos, se va acumulando, sin que sea necesario para ello que medie infracción, actividad extraña o detalle relevante alguno. Se acumula, como simple rutina. Ahora bien, con la inmensa mayoría nunca sucede nada. Un buen día la computadora escupe una tarjeta con una perforación triangular en uno de sus ángulos que indica que tal o cual persona se ha muerto. Se desactiva esa ficha y se la suma al circuito de archivo. Por más actividad que desarrollemos —se permitió una sonrisa triste Uppmann— por más infracciones de tránsito que hagamos, por más hijos que tengamos, por más marcas de dentífrico que cambiemos, Kulpitown, la suma de nuestras acciones nunca llega a representar un volumen mayor que la punta de una antena de mariposa, en el filamento definitivo de esa computadora archivo terminal.
Uppmann se echó de pronto hacia atrás irguiendo la cabeza y afirmando sus manos en los apoyabrazos del sillón.
—Pero no es siempre así, Kulpitown —pareció enojarse—. No es siempre así. De repente, en la consola de control de la Oficina de Datos, se enciende una luz roja. Que titila.—Abriendo y cerrando la mano, como quien procura proyectar la sombra chinesca de la cabeza de un pato sobre una pared, el general Uppmann representó la intermitencia de la luz—. Eso es lo que anuncia que la computadora ha detectado algo. Ha detectado algo sobre alguien. La máquina anticipa, en base a la información que acumula sobre una persona, lo que puede llegar a hacer esta persona el día de mañana, o de pasado mañana. Y no se equivoca nunca. O casi nunca. Jamás nos hemos arriesgado a no hacerle caso.
Uppmann sonrió de pronto como un niño ante una prueba de magia.
—No me pregunte cómo lo logra —desalentó—, mi área no incluye la electrónica. Supongo que debe ser como la obtención de ciertos compuestos químicos, donde un laboratorista tiene la completa seguridad de que si mezcla tal ácido con tal otro, obtiene un tercero del cual ya conoce el nombre, características y propiedades. Más simple, Kulpitown, si usted junta el azul con el amarillo le da el verde. —Uppmann se encogió de hombros, satisfecho de haber urdido esa esclarecedora metáfora—. De la misma manera, imagino que si usted reúne las características físicas, emocionales, psíquicas, raciales, educacionales, de un individuo, les adiciona el medio en que se mueve, la condición económica, le aporta datos concretos sobre resultados que ha obtenido ese individuo en las empresas que ha emprendido. . . pues, muy bien, debe conseguir un pronóstico casi exacto de cómo será el futuro de ese sujeto. Como ve, Kulpitown, acá no hay nada de astrología, no hay horóscopos ni bola de cristal Hay ciencia, nada más.
Uppmann hizo una pausa, ordenando la ilación de su perorata.
—Y el informe que recibo hoy. . . —retomó el ritmo— . . . viene con tres minúsculas. . . digamos. . . —En tanto sostenía la carpeta con su mano derecha, Uppmann acariciaba uno de los ángulos superiores de la tapa de cartulina con desplazamientos circulares de las yemas de los dedos de su mano izquierda— . . . protuberancias, pequeños granitos en relieve en este ángulo, que es lo que indica que el asunto está encuadrado en tres condiciones significantes. Primero: de Urgente Resolución. Segundo: de Máxima Seguridad. Tercero: de Total Reserva. Porque el diagnóstico es serio, Kulpitown, este sujeto, "Víctor Marvel Gena", en el curso de no muchos años más, comenzará a destacarse en el mundo de la política, aparecerá como un hombre providencial con perfiles casi mesiánicos, creará una nueva alternativa para la gente, arrastrará multitudes y procurará despojarnos de nuestro poder.
Uppmann volvió a contemplar a Kulpitown a los ojos, deseando constatar que su atento oyente hubiese registrado perfectamente la información.
—Un hombre peligroso —repitió Uppmann. Retomó la carpeta y se la alcanzó a Kulpitown—. Aquí tiene. Dirección. Detalles. Horarios. En fin, lo necesario, —sacó un sobre de un cajón ubicado a la izquierda en su escritorio—. Aquí tiene su cheque. Ya sabe lo suyo.
Mort Kulpitown se había puesto de pie, guardó el sobre en un bolsillo interno de su saco, esgrimió un gesto ligero de despedida y abandonó el despacho. Caminó hasta su coche aparcado en la playa de estacionamiento y una hora después llegaba al aeropuerto.
Tuvo un buen vuelo y, prácticamente, le insumió más tiempo el trámite de alquilar un coche a la llegada que el viaje en sí.
Otra hora después, ya de noche, estacionó una cuadra antes de la dirección buscada. Era un barrio residencial y, salvo un niño en patineta que pasó cantando desinhibido, no se veía a nadie.
Caminó hasta reconocer la fachada de la casa que había visto en las fotografías. Por una de las ventanas abiertas se oía el diálogo monocorde de una serie de televisión. Kulpitown se internó por el jardín, bordeó la casa hasta encontrar la puerta batiente cubierta por un mosquitero que accedía a la cocina. Allí no había nadie aunque la luz estaba encendida. Entró; la habitación de Víctor Marvel Gena se hallaba sobre su derecha. Cruzó un pasillo y encontró la puerta entornada.
Cuando la abrió, silenciosamente, sostenía el revólver en la mano derecha. Cuando Gena volvió la cabeza hacia el extraño, ya la mano izquierda de éste se había unido a la derecha en derredor de la empuñadura del arma para precisar el disparo.
Un segundo antes de gatillar, Kulpitown pensó que, en las fotografías, Gena aparentaba un poco más de los cinco años de edad que, en realidad, tenía. Centró la mira sobre el flequillo y disparó.
Nos persiguieron, señor, nos persiguieron. Mismamente que animales, no que cristianos. Nos echaron de todas partes, señor, nos quitaron todo. Usted nos ve ahora así, débiles y desparramados, señor, pero los salileros supimos ser fuertes.
Claro, no estábamos aquí, estábamos en otra parte, lejos de aquí. Y era un gusto vernos en los domingos de fiesta, señor, cuando había partido. ¡Así de gente los carros y los camiones llenos de salileros hacia la cancha! Con estos colores, señor, los que usted ve en la vincha. Y la cancha, señor. No sé si había alguna mejor en todo el país, vea lo que le digo, no sé si había alguna mejor. Y venían Boca y River y también San Lorenzo y se iban humillados, señor. Los grandes decían que eran, señor, los grandes, pero de ahí se iban con la cola entre las piernas. Y era una fiesta eso, señor.
Ahora nadie se acuerda de los salileros, nadie se acuerda de cuando éramos fuertes y llenábamos de banderas y trapos las canchas. Nadie se acuerda, señor. Ni saben por qué nos llamamos "salileros", señor, ni eso recuerdan las gentes. Venían River o Boca o San Lorenzo con esos equipos bárbaros y cuando se venían al ataque todos nosotros gritábamos " ¡salíle! ¡salíle!" a los nuestros, para que les hicieran cara, señor. Por eso nos decían los "salileros".
Ellos se venían con esas estrellas famosas que salían en las figuritas y en las tapas de "El Gráfico", señor, una vez por año venían, y ahí, en nuestra cancha se hacían pequeñitos, así quedaban los pobrecitos cuando nos veían a nosotros en las tribunas repletas, que cuando me acuerdo me vienen lágrimas a los ojos señor.
Y siempre la justicia en contra. Siempre la justicia en contra. Como no podían con nosotros los porteños, nos ponían los jueces en contra. Nosotros éramos buenos, señor, buenazos. Gritábamos nomás, a grito pelado, para alentar a los nuestros. Alguna piedra de vez en cuando, también, cuando ya veíamos que la injusticia era muy grande o los contrarios muy superiores. Esa es la verdad, señor. A nadie le gusta verse humillado en su propio campo. Pero nada más que eso. Y empezaron a perseguirnos, señor. Siempre los jueces en contra, nos penalizaban, señor. Nos echaban jugadores por pavadas, señor. Y los linieres, señor, cierro los ojos y veo todavía esas banderas amarillas o solferinas levantadas, señor, porque alguno de los nuestros había invadido terreno prohibido. ¡Terreno prohibido, señor, si la cancha era nuestra! La habíamos ido levantando nosotros mismos, con esfuerzo señor. Con sacrificio. Era nuestro orgullo. Siempre los porteños persiguiéndonos. Es cierto que degollamos a Cándelo, señor. ¡Pero ellos habían quebrado a Solibarrieta! Cándelo, el juez Cándelo. Permítame que escupa señor. Y al domingo siguiente tuvimos que ir a jugar a otra cancha porque nos habían suspendido la nuestra. Por ahí cerca, pero en otra cancha. Y también hubo lío porque los salileros ya estábamos enojados, señor, muy enojados. Nosotros somos buenos, pero la injusticia era mucha. Los porteños nos perseguían, señor, como a animales. Nos provocaban para que nosotros más nos enojáramos señor y más nos castigaran. Al Junín tuvimos que ir a jugar después señor. Daba pena, le juro, ver esa caravana de hombres, ancianos, mujeres y niños, en carros y camiones, yendo hacia el Junín para seguir los colores de nuestro equipo señor, los mismos que usted ve en esa vincha, señor. Con un frío terrible y la lluvia. Con los abuelos, con enfermos, con los perros. Le pegamos a un linier en Junín, señor, un infame, y de ahí también nos echaron, también de ahí. ¿Adonde íbamos a ir a jugar, señor, adonde íbamos a ir?
Cada vez éramos menos, castigados por la policía, por las cárceles, los salileros cada vez éramos menos. Los más viejos se fueron quedando en el camino, por esos caminos, cansados de seguir la divisa. Y perdimos la divisional, señor, la perdimos, nos fuimos a la "B", que no es deshonra, señor, pero no es lo mismo. Los tiempos de gloria se habían alejado de nosotros señor, nos habían dejado de lado.
Y siempre la justicia en contra señor. Siempre en contra. Nos castigaban por cualquier cosa, por pavadas señor, por tonterías. De la "B" también bajamos, señor.
Ya ni cancha teníamos para jugar, nada era nuestro. Algunos de los muchachos jugaban descalzos, señor, tan pobres éramos. Y casi nadie para alentar, sólo un grupito, chico. Las otras hinchadas se aprovechaban, señor, y nos pegaban, nos corrían, nos humillaban. A nosotros a los salileros, que habíamos sido fuertes y poderosos y que cuando gritábamos todos juntos no dejábamos que se escuchara ningún otro canto, señor. No nos perdonaban el haber sido fuertes, señor. A la "C" nos fuimos señor, pero ya no teníamos más ganas de pelear, ni jugadores, ni cancha, y éramos un puñadito los que alentaban, señor. Cada vez más lejos de nuestras tierras, cada vez menos parecidos a nosotros mismos. Si hasta el color de las camisetas se había borrado con el tiempo, señor, con las lavadas, con el tierral de los potreros inmundos donde teníamos que ir a jugar, señor, nosotros, que habíamos sabido del césped verde y el olor del césped verde recién cortado, señor.
Y aquí estamos, señor, para que cada tanto venga alguien como usted para investigarnos como a animales raros. Los últimos que quedamos, señor. Los últimos salileros. Los porteños nos persiguieron mucho, señor. Muy mucho nos persiguieron. Si hasta los domingos nos quitaron, señor. Hasta los domingos.
Te cuento, Macho, que la cagada la hicimos nosotros. Nos largamos a hablar, ¿viste? a farolear. Nos agrandamos, ¿viste? Y. . . ¿querés que te diga?, al pedo, al reverendo pedo. Porque, después de todo, nosotros no le habíamos ganado nunca, empatamos los dos partidos y fueron partidos parejos, ¿viste? que estaban para cualquiera. Pero, yo no sé, hubo gente que empezó a decir que nosotros éramos mejores, que ellos iban primeros de ojete, que nosotros la hacíamos de trapo. Y nosotros nos entusiasmamos, agarramos el bochín y, ¿sabes que? el agrande, viejo, el agrande. Entonces ellos se engranaron e hicieron la justa, porque la verdad que estuvieron bien, un día llaman por teléfono al club, hablan con el Tordo y le dicen que querían jugar con nosotros, ya fuera del campeonato, que querían jugar con nosotros. Que al domingo siguiente que terminara el campeonato hiciéramos un partido en cancha nuestra, en cancha de ellos, en cancha neutral, donde se nos cantaran las pelotas, mira vos, nos relajaron.
Me acuerdo que el Tordo vino todo cagado adonde estábamos entrenando, a decirnos.
Y. . . ¿qué íbamos a hacer? Teníamos que agarrar viaje, no nos íbamos a ir al mazo después de todo el quilombo que habíamos armado, te imaginas. Pero la verdad que nos pegamos un sorete bárbaro, porque decíamos: "Estos, ¿sabes qué? nos deben querer pasar por arriba". ¿Sabes el hambre con que nos debían estar esperando? Además, ellos estaban agrandados porque salían campeones, la gente los seguía por todos lados, nos querían romper bien roto el orto.
Así que te imaginas cuando viene Lopecito, el preparador físico a decirnos que el Pacú se había lesionado, nos queríamos morir. El Pacú será medio loco pero es un arquerazo, es el mejor arquero de la liga, de eso no te quepa ninguna duda, y se nos viene a lesionar un día antes del partido con estos hijos de puta. Porque cuando nos avisaron lo del Pacú ya habíamos aceptado el desafío, porque eso ya era un desafío, ¿viste? un desafío de esos de los pibes y al día siguiente teníamos que viajar a Bombal porque, de última, se había decidido hacer el partido en cancha neutral. ¡Qué lo parió! Te imaginas el quilombo. A un día del partido y sin arquero. Porque al boludón de Medina no lo contábamos; primero, que es un bagre de no creer; después, que ni siquiera había ido a entrenar las últimas semanas y además no sé quién lo había visto con un pedo tísico, por ahí, por Chovet, de pura joda. No le íbamos a ir a hablar del partido porque no nos iba ni a entender el desgraciado.
¡La mierda! Bueno. . . ¿qué hacemos? Incluso pensamos en llamar a estos tipos y decirles que postergáramos el partido, que esperáramos hasta que el Pacú se mejorase la gamba, se había jodido la gamba, un tirón. Pero. . . ¿sabes qué?, lo primero que iban a pensar era que nos habíamos recagado en las patas. Que arrugábamos. Que eran todos versos para no jugar. En eso cae Manolito, cuando estábamos discutiendo el fato y dice que por qué no lo llevábamos al "Pichón de Cristo". El "Pichón de Cristo" es un flaco que había jugado una vez en contra nuestro un amistoso, creo que en Máximo Paz. Un flaco, viste, esquelético, las piernitas, mira, como las patas de esta mesa, te parecía mentira que pudiera atajar.
Yo, personalmente, ni me acordaba cómo atajaba. Me acordaba de la pinta porque, la verdad, era un pichón de Cristo, no le decían al pedo así. Mira, sería más o menos como el Luis, ¿viste? no sé si no era más flaco. Pero más alto, y más ancho de arriba, bien de arriba, para colmo con el pelo largón y barbita, cágate de risa, el "Pichón de Cristo".
Te digo que, cuando el Manolito vino con ésa, la mayoría de los muchachos estaba tan en bola como yo. Uno dijo que ese día había atajado un vagón, pero me parece que lo dijo por decir, pero lo cierto era que la gente de los otros pueblos, esos tipos que vienen y te cuentan lo de la liga en otros pueblos, decían que el flaco se pasaba. Y eso que ni siquiera había firmado para "San Martín" de Chovet. Sabíamos que estaba ahí, pero no sabíamos si había firmado o no.
Como ya era el día del partido y veíamos que se nos hacía la noche, el Pato y el hijo del Pato cazaron la picá y se mandaron para Chovet a traerlo al ñato. Medio que había ¿cómo decirte? un acuerdo con los de "Independiente" de Bigand, de presentar los mismos equipos que habían estado jugando el campeonato. Digamos, no se había hablado de eso pero se daba por sentado que vos no ibas a caerte a jugar ese partido con cuatro o cinco monos de primera, ¿viste?, cuando los muchachos cazan las licencias del verano y se van al campo a hacer algo de mosca. Vos sabes que lo llamo al "Sopita" Martínez, le digo de ir a jugar y el "Sopita" viene como por un tubo. O el "Conejo". Pero. . . pero. . . la joda era jugar con los mismos equipos que se había jugado en la liga. Ahora, en el caso del "Pichón de Cristo", qué sé yo, podíamos decirles que lo teníamos a prueba para el próximo año, que ya había firmado, no sé. Además, ellos, con tal de no verlo al Pacú atajando para nosotros, cualquier cosa, mira, que lo lleváramos a Fillol, a cualquiera, iban a aceptar cualquier cosa.
Mira, no te la voy a hacer muy larga. Fuimos a jugar y era un quilombo de gente. Mirabas detrás del alambrado y te daba miedo. Y ellos estaban con todo, ¿eh? Se habían aguantado una semana sin chupar, entrenando como siempre, sin salir de joda después de haber ganado el campeonato para agarrarnos a nosotros y rompernos el culo.
Y bueno, te la hago corta. ¿Sabes quién nos salvó de que nos cagaran, pero que nos cagaran a goles? El "Pichón de Cristo". ¡Dios mío lo que sacó ese animal! ¡Hijo de puta! Ellos no lo podían creer y, nosotros, ¿sabes qué? menos. Si vos le veías la pinta al flaco en el arco y pensabas: "acá le pegan un pelotazo en el pecho y lo destrozan al flaco".
Mira, le sacó al "Tachuela" un cabezazo de pique al suelo que todavía no lo puedo creer. Un balazo, ¿en? En un córner apareció el "Tachuela", ¡qué bien cabecea ese hijo de puta!, entre mil, entre mil que habían saltado y se la pone de pique, abajo. Este se tira y la saca. Dos mano a mano con el wing, el negrito, ese que le dicen "Pacha". Un voleo. . . ¡Uy Dios lo que fue ese voleo, me había olvidado! Un voleo que agarró el "Gallego" en el punto del penal, seco, abajo, que éste, yo no sé cómo hizo, se tiró y la rechazó con esto, con el antebrazo, yo no sé cómo no se lo quebró, y rebotó como hasta media cancha. Y después, qué se yo, mil, mil porque nosotros no parábamos ni el colectivo, nos pasaban por al lado, nos pegaron un zaino que ni te cuento. Y no fue un ratito.
¿Viste que hay partidos en que por ahí te agarran mal parado y los primeros diez, quince minutos, te cagan a pelotazos?. . . Acá no. No. Fue así todo el partido, querido, nos dieron un zaino que no te lo quieras creer. Y nada de toquecito o de ole. No. ¿Qué toquecito? Los negros se venían a sacarnos los ojos, metían centros y entraban quince, qué sé yo, mil. Los hijos de puta la tenían adentro y nos querían basurear, nos querían pasar por arriba. Decí que estaba el flaco. Increíble. En el último minuto le tapó un bombazo al cinco que yo me di vuelta para no mirar porque dije: "Aquí lo mata". ¡Y en tiempo de descuento, otra, esa fue la máxima! Ya el área nuestra era un quilombo, estábamos todos ahí adentro. Se arma una de rebotes después de un córner y el ocho de ellos, el "Pantufla", desde el borde del área, le da fuerte al palo derecho del "Pichón de Cristo". El flaco se tira. . . ¡y no va Huguito y se la toca en el aire! Le pega ¿viste? le pega la cadera al Huguito que había cerrado y le cambia el palo al "Pichón". Yo la vi adentro, ¿viste? La vi adentro. Porque el flaco ya se había tirado, estaba en el aire cuando Hugo le cambia el palo. Yo no sé, no sé cómo hizo. Giró en el aire. . . ¿viste como los nadadores cuando llegan al final de la pileta y giran para volver para el otro lado? Este hizo algo así, en el aire, le pegó un manotazo apenitas con la punta de los dedos y la dejó ahí, picando a diez centímetros de la línea. Llegué yo y, ¿sabes qué? le puse tamaña quema que creo que la perdí. La saqué del pueblo. No la quería ver más a esa hija de puta. Y terminó el partido. Los de "Independiente" no lo podían creer. No lo podían creer. Se agarraban el bocho. Se la comieron doblada los hijos de puta, con un nudo en la tapún.
Y bueno, te cuento. En el vestuario, te imaginas, los abrazos con el flaco, con el arquero. Una barbaridad, una barbaridad. Y el flaco, calladito, ¿viste? no decía nada, o se sonreía, tenía tierra hasta en el ojete pobre flaco, si se la había pasado revolcándose. Los muchachos se bañaron y yo me retrasé un poco. Medio porque antes de bañarme estuve como media hora tirado arriba de un banco de la palmera que tenía. Además, me habían pegado un puntín acá, detrás del muslo, que cuando se me enfrió el músculo me dolía como la puta madre.
Después me bañé y me empecé a cambiar. Fue en eso que lo veo al flaco que salía de la ducha. Y fue raro. . . porque venía con la toalla atada a la cintura, en ojotas, y en eso pasó por debajo de una ventanita donde entraba sol y el sol le dio en la cabeza, ¿viste? y se le formó como una aureola, ¿sabes de qué?, pienso. . . de ese vapor que te sale del cuerpo cuando terminas de bañarte. Lo estaba mirando cuando veo que tenía las palmas de las manos lastimadas, las dos. "¿Qué te pasó?" le pregunto. "¿Dónde?" me dice. "En las manos". "Ah, me pisó el nueve", me dice. Me pareció raro, ¿viste? porque me acordaba que el flaco había atajado con guantes. Después también le viché un raspón bastante fulero por acá, en las costillas. Pero parecía un raspón viejo, de algún otro partido. Después el flaco se cambió rápido, como si estuviese apurado, pero me dio la impresión de que no quería que yo le hiciera más preguntas. Y. . . ¿sabes lo que se me ocurrió pensar? Eso es lo que te quería contar. ¿Sabes lo que se me ocurrió pensar? Mira que uno a veces es boludo, porque por ahí el tipo es un tipo tímido y nada más. Pero pensé. . . "¿Este flaco no andará en alguna fulería, en algo fulero, y no quiere parlarla demasiado?". Boludeces que a uno se le ocurren. Mira cómo es uno de jodido, después de todo. Después el flaco se fue y no lo vi más. Lo buscamos, me acuerdo, durante toda la semana, para ver si no quería firmar para nosotros. Y no lo encontramos. Después volvió el Pacú y ya nos olvidamos del asunto.
Eran dos diferentes estilos dentro de una misma vocación. Silvio era el clásico tipo de plomo cordial, afable, con un afán de servicio que, de haberse puesto en beneficio del bien, lo hubiese llevado, sin duda alguna, a las consagratorias instancias de la canonización.
Favio era distinto, tenía un manejo más como ausente, de acercamientos medulosos, o quizás sería que, como se presentó después en el teatro de los acontecimientos, se tardó más en conocerlo, estudiarlo, y por ende lograr su neutralización aunque fuera en parte.
De cualquier forma ambos reunían una característica funda