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Capítulo XV

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:00

Al amanecer había escampado y mientras marchábamos a caballo hacia Providencia, el sol se hacía más fuerte a cada tranco. Fidel no había ido a Las Vegas y no me había podido despedir de él. A Guevara lo dejé escribiendo a máquina mensajes a todos sus capitanes, preparando las patrullas para la ofensiva que el ejército iba a lanzar de un momento a otro.
Escondiéndonos de los aviones que sobrevolaban constantemente la zona, pudimos llegar hasta un caserío incendiado. Por las características de los escombros ennegrecidos, era claro que habían regado fósforo vivo.
El panorama era familiar, pero no reconocía a los restos del pueblo.
-Yo pasé por aquí… -le dije dubitativo al guía.
-Es claro. Para ir a Jibacoa a entrevistar a Fidel. No hay camino mejor.
-Pero no recuerdo este pueblo incendiado.
-Porque lo quemaron hace dos semanas…
El latón retorcido de lo que había sido una heladera de gran tamaño, me hizo comprender dónde estaba. El guía siguió hablando.
-Esta era la bodega del turco Nassim. El se salvó, pero mataron al niño y a una criada… El ejército saqueó todo el pueblo. Lo único que no pudieron llevarse fue la heladera… Después metieron candela…
Estaba por caer la noche cuando llegué al campamento de Víctor Mora.
Era mi última etapa, antes de intentar la salida por Veguitas.
Varios rebeldes, partieron en busca de ropas civiles de mis medidas por los bohíos vecinos. Sólo me faltaban zapatos.
Convinimos con Mora que yo iba a ir con una patrulla hasta las cercanías de la carretera y me quedaría ahí escondido mientras una muchacha que bajaría conmigo iba hasta Veguitas a comprarme zapatos y conseguir una máquina que me llevase hasta Bayamo.
A las cuatro de la madrugada, me afeité con todo cuidado –estar rasurado es una relativa garantía en Oriente- y marché con la patrulla. A mitad de camino se nos unió la muchacha que tendría que cumplir su cometido en Veguitas y luego acompañarme fingiéndose mi esposa, hasta Bayamo. Cuando salió el sol y la vi bien, cambié los planes. Era gorda y colorada y no tenía un solo diente que lucir. Decidí entonces que si éramos interrogados en la carretera, ella aseguraría viajar sola, mientras que el chofer me presentaría a mí, como a un técnico alemán en ganado cebú. Estaba seguro que ningún guardia de Batista, en la Maestra y sus alrededores, sabría una sola palabra alemana y como la zona era ganadera por excelencia, la excusa podría ser válida, si la suerte me seguía acompañando.
La patrulla llegó a destino y fue a tender una emboscada. Y mi robusta compañera y yo, quedamos tendidos entre la manigua. A las ocho de la mañana un automóvil se acercó a marcha reducida y ella corrió hasta el camino. La gente de Mora había coordinado bastante bien las cosas.
Pero, pasaron horas y la enviada no retornaba con los zapatos y en el vehículo que me sacaría de allí.
Cuando ya desesperaba, un coche pasó por la carretera desierta a gran velocidad. En el asiento trasero iba la que debía ser mi compañera. Creí que seguiría de largo porque habría sido descubierta, pero en cambio transcurrió otra hora y ningún vehículo pasó por el lugar, salvo un jeep del ejército que iba en sentido contrario. Y yo seguía tirado en el suelo, con el uniforme fidelista y mi atado de ropas civiles esperando uso inmediato.
Eran las tres de la tarde, cuando volvió a aparecer la máquina esperada. Mi acompañante se había olvidado el lugar en donde me había dejado, y por temor al jeep militar que habían cruzado por el camino, siguieron viaje muchos kilómetros antes de regresar. Me traía unos zapatos enormes, más colorados que su cara sudada. Sentado en el suelo me cambié los pantalones y la camisa y recién en el coche, apoyé los pies dentro de los zapatos que muy bien le hubiesen quedado al mismísimo Fidel Castro.
Entramos en Veguitas en medio de uniformes batistianos, pero nadie detuvo al coche. Todos los soldados parecían haberse volcado en las calles y en las esquinas de las bodegas, las concentraciones eran mayores.
-Esta noche va a correr la marihuana entre los guardias –anunció el chofer mientras tomábamos la carretera hacia Bayamo. La ofensiva es al amanecer.
Un día más que me hubiese quedado y mis reportajes habrían tenido que esperar un tiempo bastante prolongado antes de llegar a Buenos Aires. No obstante, lamenté no estar presente en las que creí serían acciones en gran escala. Afortunadamente, no tuve que arrepentirme, porque el ataque que los batistianos habían preparado durante meses y para el que habían adiestrado oficiales en los Estados Unidos, duró cuatro días, en los que sufrieron los reveses más severos que habían tenido hasta entonces.
La gente de Bayamo me recibió con la cordialidad de las dos ocasiones anteriores y con la misma eficiencia, organizaron el traslado a Santiago de Cuba. Esa noche, con mi portafolio lleno de libros y mi identificación italiana, tomé el avión de las doce rumbo a La Habana. Alguna de las mujeres que viajaban en la misma máquina, llevaba ocultas mis cintas grabadas.
Estaba sentado en el avión que ya correteaba rumbo a Buenos Aires y todavía sentía en las sienes el bullir de la sangre. Lo que parecía imposible, al intentarlo no lo fue. Me había escurrido una vez más entre los hilos de la red de Rancho Boyeros.
Me ajusté el cinturón de seguridad, sin dejar de apretar contra mí el impermeable en cuyo bolsillo habían deslizado en el último segundo, las cintas grabadas y las películas fotográficas. Por la ventana del avión me parecía ver, todavía, las caras asombradas de los que me habían acompañado en el intento, teniendo la absoluta seguridad de que fracasaría.
La Habana se fue quedando abajo, atrás, pequeña, con sus rascacielos y su cimbreante malecón. La gran ciudad parecía mínima, indefensa y querida, como una paloma enferma que pudiese cobijar en el cuenco de las manos. Allí quedaba la cúpula de Palacio, protegiendo a Batista y su cohorte de gángsters; La Habana vieja con sus calles de nombres españoles y las patrullas de hombres vestidos de azul; el Vedado brillante con las avenidas numeradas y las patrullas de hombres vestidos de azul; Marianao, con sus casas con jardines y sus aviadores gringos que mascan chiclets; Regla con sus barcas viejas y las paredes que gritan “Fidel”.
La Habana se fue quedando abajo, atrás, pequeña, con sus rascacielos y su cimbreante malecón. Creí que una vez fuera de ella, sin policías secretos, ni chivatos, ni agentes del FBI debajo de las alfombras, me sentiría alegre, satisfecho. Pero no era así. Me encontré dentro de mí con una extraña, indefinible sensación de que desertaba…
La máquina había dejado de trepar y un cartel me indicó que podía quitarme el cinturón de seguridad y fumar. Apreté con fuerza un tabaco entre los dientes.
Debajo, seguía desdibujándose Cuba, en el verde fuerte de la cordillera de la Maestra.
Ahí quedaba el ejército de niños hombres que celebraba a gritos y carcajadas la llegada de un fusil o una ametralladora; Cayo Espino con su chico muerto y sus casas agujereadas; El Dorado, con Guillermo revolcándose en el suelo calculando la última bala; los aviones plateados que en giros hermosos regaban metralla; el Che Guevara con su pipa mezclada en la eterna sonrisa; Fidel Castro con su cuerpo enorme y su voz de niño afónico…
Y volví a encontrar dentro de mí una extraña, indefinible sensación de que desertaba, de que retornaba al mundo de los que lloran…

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