-¡Eh!... argentino… ¿qué haces de vuelta por aquí?...
Guevara me saludaba riendo, mientras yo desmontaba frente a la tienda en donde había instalado su comandancia en Las Vegas.
Le conté la pérdida de mis reportajes y lo celebró como el chiste más gracioso que hubiese escuchado en su vida.
-Mejor, así nos hacés otro… Fidel anda con unas ganas de hablar que nadie lo contiene… Se enteró de la “cantada” del gallego en La Habana y la muerte de Bastidas… Además está el asunto de la huelga…
Mientras almorzábamos junto a Celia Sánchez, que ahora estaba encargada del suministro de víveres y semillas a los campesinos de esa zona, hablamos de los últimos acontecimientos y del relevo de Faustino Pérez.
Le conté también mi entrevista con Aguilera y mis impresiones acerca del fracaso de la huelga. Era evidente, que estaba perfectamente informado de todo y que lo que quería, era un cotejo entre sus corresponsales, miembros del Movimiento y parte interesada, y yo, simple observador.
No habíamos terminado de comer, cuando se sumó a nosotros el capitán Horacio Rodríguez. Yo lo desconocí. Lo había visto recién operado en el hospital de campaña y a la luz de una lámpara. Ahora se me presentaba robusto y de aspecto saludable, pese a su ligera palidez.
-¿Ya está bien? –le pregunté asombrado.
-Me tuvieron a cura de malanga. Día y noche malanga, hasta que dije basta y me levanté.
Con una excepción increíble para esa época, el cielo estaba despejado y brillaba el sol. A la tarde, salimos con Guevara a caballo rumbo al campamento de Fidel, distante apenas unas horas. El comandante en jefe, había cesado en su endemoniada carrera por las lomas de la Maestra y ordenado acampar en una zona desde donde la planta transmisora de radio tuviese mejores probabilidades de emisión. De las palabras de Guevara se desprendía que el fracaso de la huelga había hecho comprender a Castro, que debía manejar personalmente la marcha política del Movimiento y que para ello tendría que abandonar al menos parcialmente, las actividades bélicas, limitándose únicamente a dirigir las operaciones desde la comandancia. Esa situación, a la que Fidel se avino de muy mala gana, se la habían planteado los miembros de su Estado Mayor en varias oportunidades.
Fidel Castro tuvo la misma sorpresa que Guevara al verme llegar. Alegre por la visita, me estrechó en un abrazo de oso.
-Advierto que me voy mañana mismo –dije bromeando-. Así que les pido que ya mismo grabemos los reportajes. Esta vez, los llevaré conmigo.
Los truenos indicaron de improviso, que la temporada de las lluvias había arreglado sus desperfectos y seguía su marcha. Los caminos sometidos al fuerte sol de la tarde, fueron apenas transitables, pero si seguían las lluvias, iba a ser prácticamente imposible retornar a caballo.
-Pero che… usted siempre apurado… Si con estas lluvias no va a poder salir de aquí ni en buque…
Fidel se había tirado en un jergón apoyado sobre cajones, y su mole hizo descuajeringar la improvisada cama.
Encendimos tabacos y conversamos horas, durante las que Guevara se encargó de matizar cualquier situación en que Fidel se violentaba, con bromas de todo calibre. Hacía bastante tiempo que no se veían y era evidente que estaban contentos de volver a charlar.
-Quisiera hacerle una pregunta, fuera del reportaje…
-Sí…
-He leído en La Habana la versión completa de su autodefensa. ¿Es la versión taquigráfica de los jueces o una reconstrucción más o menos aproximada?
-Cuando fui encerrado en Isla de Pinos, me dediqué a reconstruir en la forma más textual que me fue posible, la improvisación que pronuncié ante el tribunal. Como no me dejaban escribir más que cartas a mis familiares, y éstas eran censuradas, me convertí en el pariente más cariñoso del mundo. Dirigí cartas hasta a mi difunta bisabuela… porque detrás de la carilla escrita con tinta, escribía con limón el texto de la autodefensa. Sólo podría hacerlo durante una hora por día, porque ése era el lapso en que el sol penetraba por la ventana y me permitía ver más o menos lo que estaba escribiendo. Por supuesto que un escrito del volumen que me proponía no podía realizarlo sólo en las cartas, así que también escribía en trozos de papel, que luego envolvía y arrojaba por la ventana de la celda, al pabellón en donde estaban Ramiro Valdéz y los demás compañeros. Así, una a una, fueron saliendo todas las páginas de la autodefensa, lo mismo que manifiestos y planteos al gobierno. Hubo una época en que estaban desconcertados y me vigilaban constantemente, pero ni bien se descuidaban media hora, era media hora que dedicaba a confeccionar más cartas y proclamas…
-¿Y no tomaron represalias?
-Por supuesto. Como no se atrevían a golpearme, porque sabían que los ojos del país estaban puestos en los revolucionarios en Isla de Pinos, me sometieron a cuanto daño podían concebir. Me quitaron el bombillo de luz, para no permitirme leer y se negaron a reparar el vidrio de la ventana por el que se colaba la lluvia sobre el camastro. Y cuando no llovía, los famosos mosquitos de Isla de Pinos no me dejaban tranquilo de día ni de noche. Hubo una temporada en que con varios fósforos hacía una mecha y la empapaba en grasa o aceite. Mientras duraba el olor y el humo, los mosquitos se alejaban, pero cada media o tres cuartos de hora, tenía que volver a confeccionar la mecha y a quemar grasa. ¡Qué crueldad absurda y pequeña! No les bastaba haberme condenado a veintiséis años de cárcel y tenerme bien seguro. Ellos querían los veintiséis años de cárcel y además, los mosquitos.
Mientras Fidel contaba su odisea en aceite y grasa, Guevara reía a carcajadas.
A la mañana siguiente, grabamos los reportajes. Más o menos, fueron las mismas preguntas e idénticas respuestas que en la ocasión anterior, con el agregado de la huelga.
Fidel justificó el fracaso, expresando únicamente que se había fallado por cuestiones tácticas y anunciaba el cambio de la mayoría de los dirigentes de la Dirección Nacional del Movimiento.
Llovió durante todo el día y la noche siguiente, y la tierra arcillosa era chocolate espeso bajo las botas que resbalaban. Decidí partir igual.
-Quédese un poco más, che… Total, no va a poder salir de la Sierra a menos que vuelva por La Mesa. Y con este tiempo es imposible.
-Pienso salir por Veguitas…
Guevara rió.
-Estás loco… hay una concentración de tanques y por lo menos dos mil hombres del ejército.
Yo insistí en salir por esa vía. En dos días, podría estar de regreso en La Habana.
A las siete de la mañana, partí en mulo de retorno a Las Vegas. Guevara prometió encontrarse conmigo esa misma noche y Fidel no quiso despedirse.
-¡Vamos, che!... Si lo voy a encontrar en Las vegas un día de éstos… No va a poder salir…
Por supuesto que no lo dijo como un desafío. Pero yo lo tomé así.
-Bueno. Pues será hasta cuando caiga Batista. Lo invitaré a un daiquiri en La Habana…
Los mulos en los cuales viajábamos se negaron muy pronto a lanzarse por las lomas chirles. Y después de un duelo a mordiscones y patadas por parte de ellos y a espuelazos y palazos por la nuestra, decidimos que tendríamos que llevarlos de la brida. No obstante, a las dos de la tarde estábamos en Las Vegas.
Como no tenía nada que hacer, mientras esperaba el regreso de Guevara que me proporcionaría un guía hasta un campamento de Veguitas, me fui al flamante “Palacio de Justicia”, instalado por Sorí Marín.
Encontré al auditor general mucho más viejo que el mes anterior y con varios kilos menos de peso.
Con toda cortesía me invitó a pasar a su despacho, un rincón del bohío en donde había colocado una mesa y un camastro, y me sirvió café. Con él no se podía hablar de otra cosa que de su trabajo.
Tenía mil procesos pendientes y en especial uno que le preocupaba hasta la obsesión. Estaba convencido de que tendría que aplicar la pena de muerte a un asesino reincidente, que había practicado bandolerismo en la Sierra, un tal Walter, contra el que habían declarado decenas de personas. En otros tiempos había querido cooperar con el Movimiento 26 de Julio y se le confió una patrulla.
Sorí Marín me enseñó el texto del Reglamento Penal por el que se regía la justicia revolucionaria. En el artículo 12 se indicaba: “Serán castigados con la pena de muerte los delitos de asesinato, traición, espionaje y violación”. Salvo el de espionaje, Walter había cometido todos los demás.
Un enorme legajo, integrado por actas y cartas, comprobaba que el acusado estaba ejercitando su derecho de defensa. Cuando se le ocurría que alguien pudiese justificar alguno de sus actos, lo señalaba y el juez enviaba en busca del testigo a una patrulla, que a veces tardaba más de una semana en regresar.
-¿Hubo otros casos en que se debió aplicar la pena de muerte?
-Desgraciadamente sí. La primera pena de muerte ordenada por el tribunal revolucionario, se le aplicó a un grupo de bandoleros que asaltaban a los campesinos y les robaban, en nombre del Movimiento 26 de Julio. Después de varias emboscadas, se logró apresar a los culpables, a los que encabezaba uno a quien llamaban el Chino Chan. Recuerdo que las horas previas a la ejecución fueron terribles para todos los que habíamos firmado la primera sentencia de muerte. Y el más afectado era Fidel, quien podía, en su condición de comandante en Jefe, dictar el indulto. Cuando se iba a ejecutar la sentencia, fue hasta donde estaba prisionero Chan y conversó con él. Le preguntó si no comprendía el mal que había causado al Movimiento su bandolerismo y si no creía que su muerte era necesaria, como un ejemplo, para todos aquellos que sientan la tentación de “alzarse” por su cuenta, con el único fin de delinquir. El Chino Chan, sólo respondió que estaba completamente seguro de que su muerte era necesaria.
Mientras hablábamos, aguardaba en la puerta un guajiro de unos dieciséis años. Venía a averiguar cómo había que hacer para casarse. Había caminado cuatro días para llegar hasta el juez.
-Esto –dijo Sorí Marín con convicción- me emociona. Prácticamente ningún guajiro que no haya salido de la sierra, está casado ante la ley. Y tienen por lo regular más de diez hijos, sin registrar en ningún documento público. Esta gente, para el gobierno cubano no existe. Y sin embargo, trabaja y produce. Y ya ve usted. El Ejército Revolucionario fue haciendo comprender al pueblo campesino de la zona rebelde, la necesidad de otra forma de vida más civilizada, por la patria y por cada uno de sus habitantes. Y son capaces de caminar cuatro días para llegar hasta el juez, con tal de utilizar el instrumento que los acerca un poco más a la vida de la república, de la que siempre permanecieron ignorados y alejados.
Eran las cinco de la tarde cuando llegó Guevara.
Me preguntó si aún quería irme por Veguitas y se lo ratifiqué.
-Es una lástima… Si pudieses quedarte unos días más, te iba a llevar a la academia militar que fundamos hace poco. Todos los reclutas jóvenes que no podemos incorporar por falta de armas y que quieren quedarse con nosotros, ingresan a la academia. Están sometidos a un régimen de disciplina estricto y a entrenamientos muy severos. De ahí esperamos sacar en breve buenos oficiales.
-¿Y quiénes los entrenan?
-El director es el capitán Lafferte. Hasta hace algunos meses era oficial del Ejército de Batista. De la academia, lo mandaron al frente y en el primer encuentro con nosotros, cayó prisionero. Lo menos que esperaba, era que lo torturasen. Pero poco a poco se fue convenciendo de que “los forajidos” no éramos como les contaban a ellos sus oficiales. Un día, resolvió incorporarse a nuestras fuerzas y luego de un período de tiempo, para que reflexionase sobre su actitud, lo aceptamos. Está seguro de que si muchos de sus antiguos compañeros supiesen la verdad con respecto a los rebeldes, la guerra terminaría en pocas semanas. Como militar de academia, no puede dejar de despreciar a superiores como Fernández Miranda, el cuñado de Batista, a quien se le regaló graciosamente el grado de general por simple parentesco. Y muchos de los que ostentan galones de mayor en adelante, han logrado el puesto pasando por sobre todas las jerarquías anteriores.
Después de la comida, nos echamos en las hamacas a fumar y a conversar. Poco a poco, todos se fueron retirando y quedamos solos Guevara y yo. Hablamos sobre el futuro del Movimiento 26 de Julio, sobre sus posibilidades militares y políticas…
-La única posibilidad es la de pelear. Y hay que seguir peleando que es la única manera de ganar.
… y sobre su vida ahí, metido en la Sierra Maestra, lejos de todo lo suyo…
-Esto es lo mío. La lucha por un pueblo que quiere ser libre. La satisfacción de ver ir creciendo a esa pequeña criatura inimaginada que se convirtió en la fuerte y ágil revolución que sin quitar el ojo de la mira, entregó tierras a los campesinos, proveyó un instrumento judicial a sesenta mil almas; enseñó a leer y escribir a miles de niños y jóvenes…
… y con los enormes problemas de la hora del triunfo, cuando el héroe de la guerra no sea nada más que una reliquia de museo o una molestia política…
-Los problemas del triunfo, no son consecuencia de la lucha, sino la lucha que continúa. Si el pueblo cubano quiere que yo siga ayudando en otro terreno que no sea en el que ahora estoy, seguiré… Y si no me iré…. Luchamos para que el pueblo decida.
… Y la constante puja contra los que sólo adhieren al Movimiento porque esa es la expresión más concreta de la lucha contra Batista, sin enterarse de que se está realizando una revolución, a la que no quieren…
-Tenemos también lo que podría calificarse de “ala derecha”, especialmente en La Habana, netamente conservadora. Por supuesto, muchos se convertirán en detractores. Es lógico que así suceda. Ocurre en todas las revoluciones…
Me dormí pensando en la jornada del día siguiente, mientras la lluvia trataba de romper el techo de cinc de la tienda.