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Capítulo XIII

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:03

El cable llegó a mis manos ingenuo y absurdo. “Chicas en casa. Todos contentos. Te esperamos pronto”. Era evidente que ninguna de mis “chicas” había sido transmitida y que mi carta los había impulsado a mentirme para que regrese.
Ayudado por mi buen amigo –aquel que me admitió en su casa sólo por una noche y se constituyó luego en mi protector permanente- fabriqué con una tarjeta de la librería Pietro Nanni, de Bologna, y mi foto, una credencial que aseguraba que era “nostro ripresentante alla America Centrale”, llena de errores contra la ortografía italiana, según descubrimos luego. Por teléfono me reservaron una plaza en el avión de la una de la tarde para Santiago de Cuba, a nombre de Giogio Solari.
Cinco minutos antes de la salida del avión llegué a Rancho Boyeros. Había querido ir solo, por si mi credencial plastificada despertaba las sospechas de la gente del SIM, pero mi acento italiano y la carpeta con libros extranjeros flamantes y la lista de direcciones de las librerías de Santiago, convencieron.
Pese a que el avión hizo escala en Camagüey, Manzanillo y Holguín, llegamos de día.
El aeropuerto estaba ocupado por el ejército, que había acampado al costado de las pistas, y varias máquinas de guerra estaban alineadas mientras grupos de mecánicos trabajaban en ellas. Subí a un taxi y persistiendo en mi acento italiano, le pedí que me llevase al hotel Casagrande.
El vestíbulo del hotel estaba lleno de chivatos –como de costumbre., que se fijaron en mí con indiferencia. Fingí que buscaba a alguien al que al fin no hallé y salí cruzando hacia la Catedral. Encontré una calle transversal desierta y comencé a caminar por ella, para comprobar si era seguido o no.
Un negrito con su clásica gorra de visera larga venía tras mío. Viré en la esquina y no logré aumentar la distancia de veinte metros que nos separaba. Me había dado vuelta dos veces y las dos veces tenía sus ojos puestos en mí y en toda la cuadra no había un solo negocio para justificar una detención que lo hiciese pasar delante. Yo no dudaba de que me había seguido desde el Casagrande y comencé a creer que en pocos minutos más estaría frente al coronel Chiviano, jefe de la zona militar de Santiago de Cuba con justificada fama de asesino. Pero una guagua verde, con su cartel “Vista Alegre”, fue la más feliz vista a que podría haber aspirado en ese momento. Ascendí de un salto en el instante que se ponía en marcha. Mi negrito se paró en el mismo lugar en que lo sorprendió mi viaje. Mientras pagaba ocho kilos por un pasaje logré verlo clavado en medio de la vereda y apenas contuve los deseos de hacerle muecas y sacarle la lengua.
Cinco cuadras más adelante descendí de la guagua y realicé un gran rodeo para volver a acercarme a la Catedral. A dos cuadras de allí, desde donde se divisaba el vestíbulo del Casagrande con su enjambre de chivatos, encontré el timbre que había deseado apretar desde que bajé del avión.
Tuve suerte. Mis antiguos huéspedes se encontraban en la casa. Pero a juzgar por su expresión, no sintieron la misma alegría que experimenté yo al verlos.
-Lo hacíamos en la Argentina…
-Vine en busca de nuevos reportajes. Creo que hay más material, luego de la represión que siguió a la huelga…
-¿Piensa volver a subir?
-Sí.
-Pero los guardias están concentrando tropas para iniciar la ofensiva que vienen preparando desde hace meses… La mayoría de las vías que utilizaban hasta ahora para llegar están vigiladas.
-¿Quiere decir entonces que perdieron todo contacto con las tropas rebeldes?
-No. Algunos mensajeros llegan.
Eso me bastaba. Pedí hablar con Débora y minutos después una máquina vino a buscarme.
La coordinadora seguía ostentando su sonrisa profesional, pero la noté menos brillante que otras veces.
-¿Así que quiere hacer nuevos reportajes?
Le conté la verdad. Y mi urgencia por volver a entrevistar a Fidel y al Che.
-Esta vez no va a poder ser. Fidel no recibe más periodistas hasta que finalice el movimiento de las tropas rebeldes. Están tomando nuevas posiciones, de acuerdo a los desplazamientos del ejército.
-Tengo la seguridad de que a mí me va a querer recibir. Y en especial, no me va a negar una entrevista mi compatriota…
-Va a tener que esperar unos días… Le prometo que mañana mismo enviaré un mensajero, comunicándoles que usted está aquí.
La lluvia volvía a descargarse con fuerza tropical sobre Santiago de Cuba.
-¿Hasta cuándo va a seguir lloviendo? –pregunté por decir algo.
-La temporada de las lluvias dura hasta junio. Tenemos para un mes más. Pero aquí de vez en cuando hace buen tiempo. En cambio en las sierras no cesa de caer agua.
Comprendí entonces que el mensajero que iba a tardar unos días podría emplear unas semanas…
-¿Se enteró lo de su colega, el español?
… y comprendí, además, que la consulta a Fidel era exclusivamente a raíz de lo que había sucedido en La Habana.
Sin dar mayor importancia a mí pregunta y como para cambiar de tema, le pregunté resignado:
-¿No sabe nada del material de Paquito y mío?...
Tenía que llegar a Bayamo…
-¿No lo recibieron todavía en La Habana?...
La coordinadora retornaba a su misión específica y era feliz.
-Es una barbaridad. Quizá lo estén reteniendo en Bayamo. Mañana voy a hacer que averigüen…
-¿Por qué no me facilita un auto y voy yo? No sé qué voy a hacer encerrado todo el día. De paso saludo a la gente…
En Bayamo no se habían contagiado del pánico provocado por la confesión del español. Ni bien expliqué la situación, se dispuso mi salida hacia las montañas.
-Eso sí… Que ahora la cosa se puso brava…
-No es nada. Tengo más experiencia que la primera vez.
En un camión destartalado, pasé vestido de guajiro frente al cuartel de La Granja. Llevaba un paquete que me había confiado un guardia que iba colgado del estribo. El chofer, un campesino, era amigo de todo el ejército y a todos saludaba a gritos:
-Cómo va, compay.
-Qué hay, mi hermano…
Mientras por lo bajo y siempre sonriente les deseaba ocho agujeros en la barriga lo antes posible.
Los guardias fueron dejados en donde quisieron y después de algunos kilómetros el camión se apartó de la carretera central, para entrar dando tumbos en un campo de cañas. Afortunadamente no había guardia en los alrededores ni sobrevolaba el lugar el avión chivato.
Dejamos el vehículo oculto y caminamos cerca de una hora, hasta llegar a un bohío en donde ya me aguardaba un guía, un uniforme del 26, y dos caballos cerreros. El campesino se despidió con un abrazo y partimos. Llegaríamos a la montaña recién a la noche y en dos días más estaríamos en el Alto del Hombrito.
Debíamos atravesar una llanura, pero afortunadamente, la lluvia volvió a convertirse en catarata y nos vimos despreocupados de cualquier ataque aéreo. Yendo a caballo, podíamos protegernos con las capas de nylon y marchamos más de doce horas sin inconveniente alguno. Dormimos algunas horas en un bohío en el que cambiamos los caballos por mulos y seguimos viaje al amanecer, siempre bajo la lluvia. Muy pronto debimos descender de las cabalgaduras y llevarlas de la brida. Las bestias resbalaban en la arcilla de las lomas y no podían subir, o se tiraban con las patas delanteras estiradas y las de atrás encogidas y bajaban a velocidad vertiginosa, chocando siempre con las rocas o los árboles. Y si nosotros íbamos delante debíamos saltar del sendero para dejarles paso, cayendo entre la manigua entretejida por el tibisí que nos cortaba la cara y las manos. A medida que transcurrían las horas, nuestro cálculo de estar en el Alto del Hombrito en tres días, se hacía menos exacto. Yo no comprendí qué milagro nos protegía de ser alcanzados por las patadas de las bestias, cuando muchas veces rodábamos juntos. Había transcurrido el segundo día y estábamos en la zona de San Pablo Yao. En los pocos bohíos que encontramos a nuestro paso, nos indicaban la posición de los guardias. Una patrulla de treinta hombres iba medio día de camino adelante. Pero era muy probable que retornase en cualquier momento, ya que iba acercándose a la zona rebelde. La proximidad de la gente del ejército batistiano se reflejaba en el éxodo de campesinos, que abandonaban la región con sus mujeres, sus hijos y sus animales, descalzos y bajo la lluvia.
A mediodía bajamos hasta un arroyo y lo fuimos bordeando hasta llegar a un edificio de maderas y cinc. Varios hombres y mujeres estaban en los alrededores de la casa, mirando hacia una loma que se levantaba enfrente. La lluvia había cesado y caía una llovizna helada a la que no le podía impedir la entrada por mi cuello.
Al acercarnos a la finca, mi guía fue saludado con efusión y yo tuve que estrechar más de diez manos cuando se enteraron que era “el argentino”. Todos habían escuchado los reportajes y aunque conocían mi nombre y apellido, simplemente me llamaban por el gentilicio.
La dueña de casa se acercó con un pequeño revólver calibre 22.
-¿Y para qué quiero esto, señora? Yo jamás tiré un tiro, y además, no creo que con este revolvito pueda hacer mucho.
-Escúcheme, argentino –dijo entre las sonrisas de los demás-. Todo lo que usted dijo por radio, así como lo escuchamos nosotros, lo escucharon los batistianos. Ya sé que con este revólver no se va a poder defender, pero si se encuentran con los guardias, tire para que le tiren. No caiga vivo en manos de ellos.
Ya nadie reía. Yo tomé el revólver y el puñado de balas que me ofreció. Después supe que era la viuda de uno de los veintiséis guajiros que Sánchez Mosquera había asesinado en El Corojo, luego de torturarlos, simplemente para mostrar al campesinado lo que le iba a ocurrir si seguían colaborando con los rebeldes.
Afortunadamente había en la finca un par de buenos caballos acostumbrados a las lomas. Los guardias estaban en la falda de la montaña que debíamos ascender nosotros para llegar hasta El Hombrito y de allí a La Mesa y decidimos correr el riesgo, bordeando la loma en lugar de subirla, por el lecho del arroyo.
Nos despedimos de los campesinos y clavamos espuelas. Los caballos galopaban sobre las piedras redondas, como por una playa y parecían gozar con la carrera. En tanto nosotros vigilábamos más la manigua de la montaña que la marcha de los animales. Esperábamos en cualquier momento escuchar el tableteo de las ametralladoras batistianas, pero sólo oímos durante más de una hora el ruido de los cascos sobre las piedras.
Las caravanas de campesinos que huían nos veían galopar en sentido contrario y nos miraban con lástima. Algunos nos detenían para hablarnos de los ya famosos treinta guardias que habíamos tenido delante durante todo el camino.
Hicimos noche en una gran finca, en donde el jefe de la familia cumplía su misión, de acuerdo a los cánones patriarcales, sin olvidar la larga oración antes de comer. Nos habían prestado ropa mientras la nuestra se secaba colgada sobre el fogón. Al terminar la cena fumé el primer tabaco del día, ya que la lluvia me había arruinado todos los intentos, sentado en el patio de tierra blanda.
El viejo campesino demostraba una admirable delicadeza hacia su mujer, a la que los muchachos y las muchachas mimaban. Hablamos, por supuesto, de Cuba y de Fidel
-Usted que estuvo con el Che, ¿vio entre su gente a un muchacho alto, delgado, al que llaman Cucho?
Hice memoria, mientras todos me prestaban una atención singular.
-No, señora. ¡Imagine la cantidad de rebeldes que responden a esas señas! No hay uno solo que sea gordo. Hasta el sobrenombre es común…
-Pero mamá… Cómo va a estar con el Che si lo vieron con Raúl en el frente de la Sierra Cristal…
La mujer replicó con terquedad.
-Pero yo no le creo al que dice haberlo visto. Estos guajiros son muy mentirosos.
Los hijos y el viejo trataron de convencerla de que efectivamente Cucho estaba lejos, en la Sierra Cristal. Minutos después la mujer se fue a dormir.
El viejo me confesó lo que yo ya imaginaba.
-A mi Cucho lo mató Sánchez Mosquera.
No dijo más ni yo le pregunté. Para qué hacer sufrir al pobre hombre con el relato de un crimen que se habría cometido como todos los demás. Seguí fumando sin hablar y un rato después nos fuimos a acostar en las hamacas preparadas en el gallinero.
Durante todo el día siguiente no llovió, aunque los caminos seguían imposibles para las bestias, a las que teníamos que llevar durante horas de la brida. Pero alrededor de las cuatro de la tarde llegamos por fin a La Mesa.
El campamento había sido levantado y con él se marcharon Tranquilino y su cerdo Pancho. Sólo quedaba un grupo de hombres al mando de Ramirito y el comandante Juan Almeida.
Ramiro corrió a abrazarme.
-¿Qué tú haces aquí?... ¿Te vienes a incorporar?...
Le conté la historia de mis reportajes y celebró mi desgracia a carcajadas.
Una muchacha salió de un bohío.
-¡Por favor, comandante!... –reclamó.
Y volvió a esconder la cabeza tras la cortina de arpillera. Sobre el dintel había un cartel que decía:”Ejército Revolucionario 26 de Julio. Escuela número 6”.
Al rato llegó Cantellops, el gigante, con un mulato flaco que tenía la canana colgada de cualquier hueso y un enorme sombrero de fieltro bamboleándose en su cabeza.
Me lo presentó como comandante Almeida.
-¿Usted es Almeida?
-Oye chico… ¿qué tú crees? Es seguro que leíste el artículo de un periodista norteamericano, que me vio una noche cuando bajó de las lomas, cansado de muerte el hombre, y después me describió como a un gigantón senegalés.
Hablaba con el repiqueteo rápido de los negros cubanos y cortaba las palabras como los habaneros.
-¿Qué tú dices… argentino? ¿Sabes que cuando subiste la primera vez por Tres Términos te estuve mirando desde una loma?... Pasaste casi encima mío y no me viste…
-Me hubieses parado para ofrecerme un poco de café.
-No… caballero. Que los periodistas anden p’arriba y p’abajo… pero que no se metan conmigo. Si quieren hacer preguntas que se las hagan a Fidel… Yo tiro tiros.
-Y te tiran –dijo Ramiro, riendo-. Hace poco le hicieron tres agujeros en el mismo combate… se paró a insultar a los guardias porque no querían pelear… ¡Que bruuuto, caballero!...
Almeida nos miraba reír con resignación.
-Pobre negrito… Ya no me quedan ni los huesos, y encima me los quieren quebrar estos hijo’epinga… Yo les dije que tiraran p’a darles ánimo y me encajaron tres tiros de puro animados que quedaron…
Cantellops, que había ido hasta el local de la escuelita, volvió con una carta:
-Toma… échala cuando estés fuera del país. Es para mi mujer, en Nueva Cork. Hace más de un año que no sé nada de ella…
Recibí el sobre y lo guardé en uno de los bolsillos del pantalón.
-¿Y cómo anda la cosa por su zona? –le pregunté a Almeida.
- Por la mía, bien… subí ahora para que no nos maten a éste –dijo señalando a Ramirito-, que no tira un tiro hace un año, y ya perdió la mano. Le decimos Bulganin, porque es “mariscal de intendencia”.
Ramiro recibió la chanza, sin inmutarse, mirando con toda calma la punta de su barbilla de mandarín, sobre la que reposaba la pipa en forma de S que colgaba de sus dientes.
-Donde la cosa se puso brava, fue por donde tú bajaste, cerca del Dorado.
-Por ahí andaba Camilo Cienfuegos…
-Sí pero Camilo con bastante gente se había replegado para conversar con Fidel, y dejó a una patrulla al mando de Alcibíades… Una madrugada se les metieron cerca de doscientos guardias –ellos eran quince- y entraron a tiros.
-¿Hubo muchas bajas?...
-Todos lograron escapar, menos Guillermito.
Recordé de inmediato al muchacho imberbe, de melena hasta los hombros, al que el Che y Sorí Marín llamaban en broma “la nena” por su cabellera. Tenía dieciocho años y una alegría que estallaba en risa por cualquier causa. Sólo se ponía serio y se apasionaba, cuando hablaba “del Movimiento”.
-¿Cayó prisionero?
-No. Le pegaron un tiro en el estómago, y resistió todo lo que pudo desde el suelo, disparando su rifle hasta que le quedó la última bala en el cargador. Esa fue para él. No quería que lo agarrasen vivo. Arrastraron su cadáver hasta Bayamo y lo pasearon por la calle General García, como un trofeo, gritando a las puertas y las persianas cerradas de las casas, que quien quisiera ver a uno de los barbuses churrosos, que saliera.
Almeida trató heroicamente de que su voz no tradujese la angustia que le provocaba el relato, pero su pronunciación fue mucho más entrecortada que de costumbre. La muerte era una de las dos caras de la moneda que revolean diez veces por día los rebeldes, y muchas veces hablan de ella sin considerarla de otro manera que una lógica consecuencia de la pelea. Pero a veces el que cae no es un rebelde más, sino uno de los que se distinguieron de la legión, como siempre se distingue de un grupo de amigos, el de la lealtad, el de la generosidad invariable, el de la alegría, el del coraje, el que siempre provoca con su llegada una sensación optimista a todo el conjunto.
Indudablemente, Guillermito era así.
Ramiro me indicó que Fidel estaría cerca de La Plata y que era imposible hacer un trayecto a caballo por la costa, porque la marinería bombardeaba día y noche. Me resigné a marchar a pie, ascendiendo el Zorzal, la Nevada, para seguir por el firme de la Maestra hasta la Jeringa, la loma más temida por todos los que se ven obligados a transitar por ese lugar.
Dormí en La Mesa y a las cuatro de la madrugada siguiente, el guía que se me había asignado, un hombre de barba negrísima y melena ensortijada cayéndole hasta más debajo de los hombros, vino a sacarme de la hamaca.
La lluvia había comenzado a caer nuevamente, con una violencia que lastimaba y a medida que ascendíamos al Zorzal, una loma perpendicular sin ningún estribo en donde hacer alto, desgrané un largo rosario de maldiciones a todas las radios y radioaficionados que me mintieron haber transmitido mis grabaciones a Buenos Aires. Llevaba una ligera mochila, con un nylon y la hamaca y algunos guineos, pero ni eso podía soportar. Aferrándonos a las matas que bordeaban el casi invisible trillo, ascendimos lentamente, resbalando a cada paso. Sin el auxilio de la vegetación, hubiésemos rodado cuesta abajo, pero sirviéndonos de ella, nos heríamos las manos con las espinas y el tibisí. Y la lluvia sofocaba como un baño de caldo.
El más afectado, por supuesto por el clima caliente, era yo, que debía permanecer de rodillas varios minutos cada doscientos o trescientos metros, para tomar aliento.
Casi un día nos demandó el terrible Zorzal, para llegar hasta su cumbre y descender. Los pantalones empapados se adherían a las rodillas y nos costaba doblarlas y las botas cargaban más agua que el vientre de un camello.
Dormimos en un bohío y antes del amanecer volvimos a partir. No nos habíamos preocupado en quitarnos siquiera las botas, porque sabíamos que, en esa región, la lluvia iba a durar semanas con la misma intensidad.
Esa vez, el clima me favoreció. Al llegar a la falda de la Nevada, el viento helado nos hacía tiritar y el agua penetraba entre las ramas de los árboles, como alfilerazos. El guía, a quien ya conocía por su apellido, Cañares, comenzó a sentir dolores en los huesos y yo en cambio a animarme y a caminar más aprisa.
Almorzamos bajo la lluvia dos bananas y media lata de leche condensada y continuamos un viaje que ya me había insensibilizado. Afortunadamente, me olvidaba durante horas que estaba ascendiendo montañas, y caminaba por la selva pensando en la forma en que encararía los nuevos reportajes y cómo los sacaría del país. Algún resbalón o el pinchazo de una mosca macayera, compañera de tribu de las que me habían hinchado los brazos y el cuello, me despertaba y recordaba mi cansancio. Por la posición del ascenso, me dolían terriblemente el cuello y la nuca, pero el frío era un permanente reconstituyente que me obligaba a continuar.
Tres días después, y siempre en las mismas condiciones, logramos superar la Jeringa y llegar a Agua Reves, en donde había un campamento rebelde.
Me despedí de Cañares y con un nuevo guía, seguí hasta Santo Domingo, zona del comandante Luis Crespo.
Era de noche, pero ningún candil estaba encendido en el campamento. Cuando me presentaron a Crespo, apenas pude divisarlo, como tampoco me enteré cómo era lo que estaba comiendo del plato que alguien me alcanzó. Lo único que percibí fue que se trataba de un mazacote helado.
Varios rebeldes estaban escuchando los informativos radiales en un pequeño aparato portátil.
-¿Alguna novedad? –pregunté a Crespo.
-¿Usted conoció a Carlos Bastidas, el ecuatoriano?...
-Sí, cerca de Jibacoa.
-Lo mataron anoche en La Habana.
El mazacote helado ya no pasó por mi garganta. No hice ninguna pregunta y Crespo siguió:
-La policía informó que lo asesinaron al entrar a un bar. Fue un sargento del SIM, al que se le escapó un tiro que le perforó la cabeza…
-Habrá apuntado bien antes de dejar escapar el balazo…
-Yo lo conocía a Carlos. Se había entusiasmado con la revolución y quería ir a Estados Unidos a promover una acción en la OEA contra Batista…
-Sí… era muy joven…
-Lo deben haber seguido al llegar a La Habana y cuando comprobaron que era el periodista ecuatoriano que había estado en la sierra lo remataron. Fue en la calle Neptuno. Es muy posible que haya hablado con alguien y lo chivatearon… Tenía un carnet de la Casa Blanca, que lo acreditaba como periodista. Había estado en los Estados Unidos algún tiempo y le costaba creer que los yanquis fueran capaces de hacer lo que están haciendo aquí. Creía que con una buena propaganda se podría presionar al Departamento de Estado para que ordene el cese de los bombardeos…
-Sí… era muy joven…

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