La lluvia no había cesado de caer en varios días, durante los que esperé contestación a una carta que había llevado un viajero con el encargo de enviar desde Miami, en loa cual explicaba claramente a mi empresa todo lo que había sucedido y anunciaba que no poderse lograr las grabaciones en alguno de los países que indicaba, volvería a la Maestra para hacer nuevos reportajes.
Mientras tanto, me dediqué a seguir caminando por La Habana. El 26 de Julio había mermado sus sabotajes y el gobierno ordenó, por pedido de los administradores de los casinos, que se dejase de registrar a cualquier persona por la calle, en especial extranjeros. Los procedimientos policiales sólo se mantenían con el celo de siempre durante la noche, en que uno de cada dos automóviles era detenido y revisado concienzudamente.
Especialmente salía entre las tres y las siete de la tarde y me divertía en transitar por las calles más bordeadas de negocios, siguiendo a paso lento a los carros patrulleros que se detenían en cada “vidriera” a recoger el producto de las anotaciones de la quiniela del día.
Según los cubanos, nunca se ha jugado en Cuba como durante el mando de Batista. Según cifras extraoficiales –cálculo mezquino que no quiere ser escandaloso- el pueblo de Cuba gasta anualmente cien millones de dólares en quinielas y lotería, aparte de lo que deja en casinos grandes y pequeños y en las máquinas traganíqueles. Pero ateniéndonos a esos modestos cien millones de dólares, la distribución por cabeza de cada habitante de Cuba asciende a dieciséis dólares anuales que cada uno invierte en el juego.
Por otra parte, esa suma indica que se juega anualmente el doble del valor de la cosecha nacional del café, a precios regulares. El gobierno auspicia, o directamente organiza las quinielas o tiros de bolita y las charadas, y la policía por supuesto que sin ningún recato –en eso estriba su diferenciación con la de otros países- cobra las comisiones de las apuestas diarias.
Pero si bien en todo el mundo la quiniela –prohibida u oficializada- se basa en los sorteos de las loterías oficiales, en Cuba no. La “bolita” la tira el banquero en cualquier lugar. En una bodega, o en una tienda, o tomando un whisky en un bar. Hay “sorteos” casi permanentes y el banquero informa por medio de las vidrieras de anotaciones a los “puntos”, las horas en que se efectuarán. La mayoría de los banqueros –algunos han bautizado a sus quinielas con sus apellidos: Battisti, Castillo, Monasterio, etcétera- utilizan para el “sorteo” una bolsita en donde colocan a la vista del público reunido en el lugar mil bolitas, que ensartan previamente en alambres en grupos de cien, para que los “puntos” comprueben que su bolita entra en el juego. Y luego del clásico grito de “la bola se va, señores”, agitan la bolsa unos segundos e invitan luego a uno de los asistentes a separar, desde afuera del saquito, una de las bolas, la que ata con un hilo en la tela que la envuelve. Y ante la expectación general el banquero, con un cuchillo, corta el género y saca la bola con el número premiado. El “sorteo” no implica más que una demora de cinco minutos en el precioso tiempo del banquero y en menos tiempo aún, las mil cien vidrieras de apuntaciones se enteran del resultado de “La Castillo de las 3” o “La Tropicana de las 2 y 20”.
Pero aún más escandalosamente original es la “charada” o “guindar el bicho”. Según pude enterarme, es un juego introducido por los chinos. Se “tira” dos veces por día y hasta tres: mañana, tarde y noche. Los “puntos” se sitúan frente a un gran cartel en donde está dibujado un chino cubierto de figuras diversas, cada cual con un número. A una hora determinada, el chino que va a “guindar el bicho”, pronuncia un verso “orientador”, como por ejemplo este que yo escuché: “puede comer en el techo sin posarse en él”. La mayoría jugó a la paloma, pero el que podía comer era el trompudo elefante. Muchas personas concurren a los lugares en donde se “guinda el bicho”, pero otras se enteran del versito en las vidrieras de apuntaciones y juegan al número correspondiente al “bicho” que creen adivinar por la sugerencia del chino. Gran parte del pueblo de Cuba, aun criticando esta forma de latrocinio auspiciado por el gobierno, deja varias veces diarias su dinero en las vidrieras. Otros, más pudientes o más desesperados, concurren a los casinos abiertos día y noche o a los cuchitriles en donde las ruletas están colocadas sobre tablones y caballetes.
A este ambiente ideal para un régimen como el de Batista, se agregó en los últimos años el condimento fuerte de los tahúres y hampones internacionales, que acudieron presurosos ante el interés demostrado por el jefe de gobierno cubano en “desarrollar y fomentar el turismo”. Los grandes hoteles de lujo levantados desde la vuelta al poder de los sargentos, no son otra cosa que fastuosas casas de juego, regenteadas por hombres como Joe Bischoff (a) Lefty Clarck, cuyo nombre ensució el de Cuba al aparecer juntos en las crónicas que narraron el asesinato del gángster Albert Anastasia, en Nueva Cork. También operan en La Habana los hermanos Lansky, Jack y Meyer, pistoleros que regentearon el juego en Nueva Jersey y en La Florida. Meyer, según un recorte periodístico, fue detenido en los Estados Unidos por vagancia, pero fue puesto en libertad al declarar que “se dedicaba al juego, profesión lícita en Cuba”. Y los socios de estos hampones y de muchos más son las figuras prominentes del gobierno batistiano.
Cuando algunos de los pistoleros de Las Vegas necesitaron un certificado para permanecer en Cuba lo obtuvieron de inmediato. Tan inmediatamente como el senador Eduardo Suárez Rivas, hermano del ministro de Trabajo, pasó a ser secretario de la corporación que explota el casino del Havana Riviera.
Un artículo del 8 de enero del Miami Herald que guardé entre los documentos que fui acumulando durante mi obligada estada en La Habana, resultará mucho más ilustrativo que mis comprobaciones personales, limitadas por la imposibilidad de circular de noche a que me veía sometido. Este diario norteamericano dice: “Los jugadores aquí (Cuba) disfrutan de un paraíso libre de impuestos y literalmente son tratados como señores privilegiados. Los casinos rentados en los que ellos operan, son algunas veces fabricados con los fondos de la ayuda del retiro de los sindicatos a los que Batista controla. Incuestionablemente hay arreglos privados entre los jugadores y los políticos cubanos, para la distribución del nuevo capital producido por los casinos legalizados. Pero el único “impuesto legal” a los jugadores es un pago inicial de veinticinco mil dólares por un permiso y pagos subsiguientes de dos mil dólares mensuales. El juego cubano, ostensiblemente, es honesto. Pero en el pasado, el Departamento de Estado norteamericano protestó secretamente al gobierno de Batista de que “tontos americanos” fueran pelados en La Habana, violando el espíritu de la política del buen vecino. La última de estas protestas vino del Departamento de Estado en Washington después que el ya fallecido Bror Dahalberg, capitalista de Chicago y Miami Beach, perdió ciento cuarenta mil dólares en nueve minutos en un juego conocido como “razzle dazzle”. Al entrar en esta nueva utopía del juego, los inversionistas americanos se enfrentaron al hecho de que debían tener relaciones amistosas de trabajo con políticos. El ministro de Trabajo facilita certificados de “técnico” a americanos que deseen permanecer en Cuba como empleados y oficiales de los nuevos palacios de juego. Cada americano trabajando en cualquiera de los nuevos hoteles y casinos debe estar certificado como “técnico” por el ministro de Trabajo de Cuba.
Hasta aquí el articulista norteamericano del Miami Herald. Otro periodista, esta vez cubano, Luis Conte Agüero, publicó antes de la censura total de prensa en su país este “prontuario”, logrado en los archivos de los diarios neoyorquinos, de los nuevos socios de Batista en la estimulación del turismo. Wilbur Clarck, tahúr de alta clase y con reputación de integridad; Eddie Levinson, tahúr de Las Vegas; Meyer y Jake Lansky, gángsters que operaban en el sur de Florida, ahora jefes de operaciones de Wilbur Clarck; Santos Traficante Jr., líder por herencia de la mafia de Tampa. Desapareció cuando lo buscaba un comité de represión presidido por el senador Kefauver y reapareció al cesar el comité. Fue arrestado como “Luisa Santos” en la convención del crimen en Appalachin, Nueva Cork, en noviembre de 1957. Charley (La Hoja) torine, de la mafia de Nueva Yersey. Tiene largo historial en los archivos del crimen y fue registrado como felón en Miami Beach en 1937. Es conocido como jugador tramposo. La última vez que Tourine fue arrestado, debido a la queja de un manager de hotel, tenía gran cantidad de dados cargados en su cuarto. Tomás Jefferson Mc Ginty, Sam Tucker y Lefty Clarck: alcanzaron triste notoriedad en el juego de la vieja guardia del Estado de Ohio que fue diezmada por el gobernador Frank Lausche y que se dispersó hacia otros centros de juego, como Covington y Las Vegas. George Raft, artista de la pantalla, también reconocido como “técnico” por el ministro de Trabajo.
Estos son los historiales de algunos de los mimados del régimen que se inició en Cuba con el cuartelazo del 10 de marzo. La República del Caribe, la niña bonita de las Antillas, debe sufrir en sus entrañas el pernicioso cáncer de esta bolsa de tahúres, y la difamación constante de quienes sólo ven en el vicio importado el retrato de la patria de Martí.