Bayamo fue nuestra nueva meta. Pero ya estábamos bañados, afeitados y con limpias guayaberas almidonadas. Una sola noche estuvimos en la histórica ciudad. A la mañana siguiente Paquito siguió a La Habana en guagua. Yo quise viajar a Santiago de Cuba, en donde quería entrevistar al arzobispo, monseñor Enrique Pérez Serantes. Había oído hablar mucho de él y se lo calificaba como uno de los hombres del clero que más insistían en una solución urgente, por supuesto, sin Batista.
Después de un corto viaje en automóvil, sometido a varios registros durante los cuales recurrí a mi vicio de encender tabacos y no darme por aludido cuando me hablaban, dejando contestar al chofer o a mi supuesta esposa, estuve otra vez en Santiago de Cuba.
Me sentí contento de volver a ver sus calles ondulantes y coloridas. Quería a Santiago y a su gente. En los días que había estado escondido aguardando comenzar mi viaje, conocí a muchos santiagueros, algunos de clase media, otros pobrísimos, pero todos con idéntico señorío. Exhalaban cierta delicadeza invalorable para quien está comprometiéndolos con su presencia y una carencia total de engreimiento al destacar sencillamente que los orientales, por tradición, luchan, no lloran.
Estuve refugiado nuevamente en una de las casas en que había habitado anteriormente y de allí tomé contacto con la muchacha rubia de sonrisa de odontólogo y edad indefinida. Se llamaba Débora, como podría haberse llamado Cleopatra. Luego supe que su nombre era Vilma. En pocos minutos y con eficiencia profesional se puso en contacto con un católico prominente y éste concertó una reunión con monseñor Pérez Serantes para las cinco de la tarde.
-Con la advertencia –dijo el hombre- de que no lo recibe como periodista, sino como a un visitante más.
-De acuerdo –dije, mientras encargaba a Débora que me consiguiera una grabadora.
A las cinco en punto, llegué a la casa arzobispal, esta vez con una nueva esposa, evidentemente encinta. Cuando traspusimos el zaguán, mi presunto futuro hijo salió del sacón de la muchacha convertido en una pequeña grabadora. Mi “esposa” volvió al auto rápidamente y partió.
No me hizo esperar mucho el arzobispo. Era un hombre fuerte, grueso y con una gran cabeza blanca. Tenía la voz sonora y me enteré de ello cuando dijo:
-No sé para qué trae ese aparato. Ya le dije que lo recibía como a un simple visitante.
Me tendió una mano amplia y se sentó detrás de su escritorio, mientras a mi lado tomaba asiento otro clérigo, alto y cetrino.
-¿Qué lo trae por aquí?
-Soy periodista, como ya le habrá explicado el señor que convino esta entrevista. Y por lo tanto, quiero hacerle un reportaje.
-Ya le he dicho que era imposible. No tengo nada que decir.
Comprendí que tendría que rogar.
-Mire, monseñor, sólo quiero que usted me conteste una sola pregunta. Olvidemos la pastoral de los obispos y todo lo demás. Sólo quiero que me diga ante el micrófono, si el Movimiento 26 de Julio, según su opinión, es comunista.
La carota redonda del arzobispo sonrió.
-Yo he bajado de la sierra. Comprobé que la revolución no es nada más que eso: cubana. Que no tiene nada que ver ni con los yanquis ni con los comunistas. Y usted no ignorará la importancia que tiene el que un arzobispo, y especialmente usted, el de Oriente, que conoce a muchos de los que están peleando en la Sierra, aclare perfectamente este punto. En mi país, miles de católicos se resisten a simpatizar con la revolución cubana, simplemente porque la propaganda les ha metido en la cabeza que Fidel Castro es comunista.
Me había apasionado al hablar. Pero era evidente que iba a obtener buen fruto.
El arzobispo dudaba.
-No, yo no quiero hacer declaraciones… -se resistía apenas- ¿Por qué no entrevista a otros obispos? Si quiere le doy una nómina de los que puede visitar. Que hablen ellos, alguna vez… yo ya hablé demasiado.
-Pero es que ninguno vive como usted este drama. Ninguno más que usted es el arzobispo de Oriente…
Me di vuelta de improviso. El secretario cetrino y flaco, estaba indicando con su dedo largo, que no cediera. Cuando se vio sorprendido se ruborizó apenas, y advirtió:
-Monseñor… lo espera el barbero…
El arzobispo se puso de pie y me extendió la mano.
-No creo que Fidel Castro sea comunista – me dijo.
-¡Y por qué no lo graba! – intenté por última vez.
- Me espera el barbero.
- Bueno… Ojalá que quede bonito, monseñor.
El clérigo cetrino y flaco, descendió conmigo la escalera blanca que llevaba al patio.
-Usted comprende… hay situaciones que a veces obligan a callar.
-Alta estrategia – le contesté de mal humor…
-Exacto, joven. Trate de ver a alguno de los de La Haban. Que hablen ellos, alguna vez…
Pedí un teléfono y llamé para que mi “esposa” me viniese a buscar. Había fracasado. Antes de retirarme, el clérigo cetrino y flaco me dio un papel impreso.
-Lea esto. Mañana va a ser conocido en todas las iglesias de la arquidiócesis. Hace unos días, al volar un polvorín, se dañó el santuario de El Cobre. Los comunicados oficiales manifiestan que los rebeldes lo hicieron en forma intencional y que nosotros opinamos lo mismo… Lea…
El auto ya estaba en la puerta. Luego de verificar que no había “chivatos” a la vista, me hicieron una seña desde la máquina y monté enseguida.
Cuando llegué a mi refugio, leí el papel impreso: “Para tratar de disipar la oscura nube de confusión que se ha formado en torno a los últimos sucesos del Santuario Nacional de El Cobre, y para que todos tengan un concepto exacto de lo sucedido, sentimos la necesidad de dirigirnos siquiera a nuestros diocesanos para que sepan: Primero: Que en la relación dada a la prensa, publicada escuetamente en los periódicos locales, dijimos solamente lo siguiente: “La explosión del polvorín, situado a poca distancia del Santuario Nacional de El Cobre, produjo pérdidas en el templo y en los edificios anexos por valor incalculable. Casi todos los grandes ventanales, verdaderas joyas artísticas, puertas y ventanas, casi todos los altares e imágenes, fueron totalmente destruidos o seriamente dañados, y sólo por un verdadero milagro, la Venerada Imagen de Nuestra Excelsa Patrona y todo el camarín de cristal, no se han movido ni dañado en lo más mínimo, como si la Imagen de la Madre tan amada, contemplara con dolor los efectos de una guerra fraticida, y como para enseñarnos que en ella debemos confiar. Al dar al pueblo católico de Cuba esta relación, que seguramente hará estremecer las fibras más delicadas del corazón cubano, herido en lo más sensibles, de rodillas ante la buena Madre, confiadamente imploramos su protección, pidiendo vuelva sus ojos misericordiosos sobre su pueblo, el pueblo de Cuba que la ama, que desea vivir en paz y que ésta, bajada del cielo, llegue tan pronto que les sea fácil a todos llegar hasta su trono de El Cobre en testimonio de gratitud y amor”. Segundo: Que esto fue lo que dijimos por escrito y de palabra. Tercero: Que es absoluta y totalmente incierto, falto de todo fundamento de verdad, lo que por algunos voceros de la opinión pública, se nos ha hecho decir, a saber: “Es un acto de barbarie, manos anticristianas lo han perpetrado para ofender la fe religiosa de los orientales”. Cuarto y último: Todos los que han estado cerca de Nos, saben que tenemos por cierto que los causantes de la explosión no pensaron en manera alguna que del hecho perpetrado por otros fines se produciría el menor daño al Santuario Nacional. Santiago de Cuba, abril 16 de 1958. – Enrique. Arzobispo de Santiago de Cuba”.
Indudablemente, la circular del arzobispo era “fuerte” en el clima de la Cuba de Batista. Pero los obispos también lo eran, y el gobierno lo sabía.
La lectura no varió mi mal humor.
Tuve suerte en encontrar dos pasajes en el Viscount de esa noche, para La Habana. O mejor dicho, Débora siguió siendo eficaz. Consiguió dos plazas y me designo por acompañante una señora bastante entrada en años, que como no podía pasar por mi mujer sin asombrar a todo el mundo, no quiso ser mi tía y se designó mi hermana. Evidentemente, nadie hubiese sospechado de ella ni de mí, después de estar cinco minutos en su compañía. Ni bien subió al avión, lleno de militares, le preguntó a la camarera “qué es ese ruidito” y como la muchacha le respondiera con la fórmula X del código B, comenzó a protestar, diciendo que a los pasajeros no había que engañarlos y que si preguntaba no era para que le contestasen una incongruencia. Después pidió café y lo encontró frío. Y cuando el avión se detuvo imprevistamente en Camagüey para algo que jamás pudimos enterarnos, pero que sí sabría el militar que no ocupó su asiento al seguir viaje, me reprochó a gritos que estuviera despeinado y que llamase la atención de todo el mundo. El “chivato” más alerta no hubiera desconfiado de mi “hermana”.
-¿Lo verás a Fangio en la Argentina? – me preguntó murmurando.
-No creo – le respondí-. No soy cronista deportivo.
-Pues si lo ves, dile que estuviste con Flavia. Yo fui una de las que intervino en el secuestro…
Lo lamenté por él.
-Le pedí un autógrafo para mi hija y otro para mí. ¡Qué hombre más simpático!... Los cubanos lo adoramos, después de aquel suceso. Se portó como un hombre… Bueno… dile además que el rubito que manejaba la ametralladora, está muerto. Lo mataron el 9 de abril… cuando la huelga…
Llegamos a La Habana con gran retraso debido a la detención en Camagüey, y después de presentar en Rancho Boyeros mi credencial de inspector de Autobuses Modernos, nos dirigimos en busca de mi primer amigo cubano. Me vio llegar como a un aparecido.
-Oye, chico… que diste un buen palo… eso fue un tiro… Te estuvimos escuchando.
-Lo que necesito es dónde dormir. Mañana esta señora me podrá acomodar en cualquier lado.
-Bueno. Ya sabes que en casa no vas a estar seguro. Pero por una noche creo que la cosa puede andar.
Llevamos a Flavio hasta el lugar en donde se iba a hospedar, y volvimos al centro, por la avenida del Malecón. Mi amigo no cesaba de hablar, preguntándome cosas de la sierra. Desdichadamente, yo tenía mucho sueño. Eran las dos de la mañana y había pasado por demasiados momentos tensos como para que la distensión no fuera total. Dormí hasta las siete.
El teléfono no había comenzado a sonar cuando descolgué el tuvo. Aguardaba la llamada de Flavio.
-Espera hasta mediodía.
Colgó.
Si alguien hubiese querido despertar las sospechas de los que controlaban las conexiones telefónicas, no lo hubiese hecho de otra manera. Me vestí y sal. Caminé hasta el mar y luego seguí por el desierto Malecón. Estaba lloviznando y hubiese notado si alguien me seguía los pasos porque era el único transeúnte en varios cientos de metros. Después de un mes en Cuba, había adquirido los hábitos que en un principio me parecían de exagerada prudencia. Había comprendido el: “Aquí te matan, chico”, de mi primera conversación en la isla.
Tenía que hacer tiempo hasta el mediodía en que vendría a buscarme Flavio y doblé hacia El Prado. La lluvia caía con más fuerza y el mar saltaba por sobre el Malecón.
El paseo me recordó la rambla barcelonesa. Caminé hasta la manzana de Gómez y me detuve bajo la recova a mirar vidrieras. Los dependientes de los negocios vacíos no me dejaban tranquilo:
-¿Souvenir, míster?... ¿Ron?... ¿Maracas?... ¿One bongó?...
Yo les respondía con un silencio tan despreciativo, que quedaban absolutamente convencidos de que era yanqui.
Crucé para bajar por Neptuno hasta el lugar en que iba a esperarme Flavio y me encontré con los retratos de Fulgencio Rubén Batista, candidato a representante por el Partido Progresista. Y al lado el de Panchín Batista, su tío, candidato a presidente por el Partido Demócrata.
Me fijé mejor, a ver si encontraba el de la mujer de Batista, candidata por otro partido más. Era evidente que la lucha electoral que Batista se proponía iba a ser imparcial.
A las doce en punto, la máquina de Flavio se detuvo en el lugar indicado y no me hice invitar para ascender a ella.
-Te encontré un buen lugar en donde permanecer escondido por esta noche. Pero mañana mismo tienes que cambiar. Sólo así logré que te admitiesen.
No contesté. La radio rebelde seguía aún transmitiendo, cada dos días, mis reportajes a Fidel Castro y al Che Guevara, y United Press había difundido mi nombre en varios despachos. Indudablemente, era un huésped desagradable. Cuando llegué a mi nuevo destino, varios hombres y dos mujeres estaban reunidos en la terraza. Era un décimo piso frente al mar desde donde se dominaba toda La Habana. Flavio me presentó no sin alguna emoción, que yo no comprendí en el primer momento, hasta que llegó a Faustino Pérez, el coordinador del 26 de Julio en La Habana y responsable de la fracasada huelga.
Era un hombre rubio, de unos treinta y cinco años y estatura mediana. Llevaba anteojos negros y guayabera oscura y hablaba como si no quisiese escucharse más que él mismo. Muchas veces le tuve que pedir que me repitiera lo que decía.
-¿Qué piensan en la Sierra de la huelga?
-Bueno, creo que hasta que yo bajé, no sabían qué pensar.
-¿Pero lo que sucedió los desmoralizó?
-No creo que los haya contrariado más de dos horas seguidas. Fidel esperaba mucho, indudablemente, de esta huelga. Pero en general la mayoría de los rebeldes le tenía desconfianza.
-¿En qué sentido?
-Opinaban que La Habana iba a fallar.
-¿El pueblo o los que coordinaban el movimiento?
Le contesté con el mismo modo impersonal con que me preguntó.
-Los coordinadores…
Se revolvió en su mecedora y dejó de mirarme.
-Allá creen que todo es fácil… A mí también me gustaría estar como ellos, tirando tiros… Pero aquí hay que andar constantemente desarmados. Y si uno falla no es la muerte, como en las montañas, sino las torturas más espantosas.
-Lo mismo que en Santiago, y en Bayamo, y en Contramaestre, y en Holguín… -dije con calma-. La lucha en las ciudades es siempre peor…
-Bueno, amigo –me dijo incorporándose-, queda aquí en buenas manos. Cualquier cosa que necesite avíseme, que el movimiento lo va a ayudar en todo lo que sea posible.
-Lo primero que necesito es saber por qué fracasó la huelga.
Me contestó de pie.
- yo no diría que fue un fracaso. Simplemente falló.
-Murieron, sólo en La Habana, más de 50 personas, hasta ahora, y no pudieron lograr lo que pretendían… Para mí fue un fracaso…
-Bueno. No vamos a discutir el punto. Pero le diré que toda la población de La Habana esperaba la huelga y estaba dispuesta a ella. Lo que ocurrió fue que los encargados de dar la orden para la iniciación del movimiento creímos que esa disposición absoluta del pueblo no necesitaba otros resortes para ser puesta en marcha, que una orden radial. Preferimos la sorpresa a recurrir a los cuadros ya formados, exponiéndonos a una infidencia. Fue por eso que muy pocos estaban enterados del día y de la hora en que iba a estallar la huelga. Pero no contamos con que al dejar de agitar a la población durante semana santa, en que cesaron todos los sabotajes, el pueblo se desconcertó. Además, Masferrer hizo circular unos volantes firmados con mi nombre, en que indicaba que la huelga había sido suspendida para más adelante, por no tener medios suficientes con qué apoyarla… Muchos de nuestros jefes de grupo, al no estar prevenidos, impidieron que su gente saliese a la calle a enfrentar a la policía, porque creyeron que la orden radial era otra treta de Masferrer. Eso fue todo.
Yo no lo creí, pero me di por satisfecho.
Faustino Pérez se marchó con Flavio y la demás gente, salvo el dueño de casa. Casi enseguida, la radio anunciaba que habían sido detenidos varios miembros del 26 de Julio, en un gran depósito de armas y que se creía segura la captura de Faustino.
-Bueno, chico. Puedes disponer de esta casa con toda libertad, hasta que consigas otra o te marches a Buenos Aires.
-Lo mejor será conseguir otra. Tengo varias cosas que hacer, antes de intentar salir. Quiero saber más acerca de esta huelga.
Ese mismo día lo fui a ver a Paquito. No estaba en su casa. Un pariente al que me di a conocer, me informó que estaba escondido y que saldría a los pocos días para Miami.
-Parece que su ausencia llamó mucho la atención. Y le recomienda a usted que no ande por la calle ni hable por teléfono.
-Dígale solamente que puede avisar a Flavio cuando llegue el material, para que ella lo vaya a recoger.
Muy pronto mi huésped se interesó por mi trabajo y él mismo me conducía en su automóvil a todo lados. No llevábamos ningún papel encima y si me veía obligado a contestar a algunos de los interrogatorios frecuentes a que son sometidos todos los que transitan por las calles habaneras, estaba dispuesto a adecuar mis mentiras de acuerdo a la cara del que me interpelase. Un extranjero no es tan sospechoso en La Habana como en Oriente. Y si el SIM tenía mi nombre, era casi imposible que conociese mi cara.
Mientras esperaba la respuesta a un cable en clave que había enviado a mi empresa en Buenos Aires, para conocer el resultado de mi trabajo, entrevisté a varios dirigentes obreros, todos en la clandestinidad. El que más me impresionó fue José María Aguilera, que había sido secretario de los bancarios hasta que el ejército, a pedido de Mujal, intervino el sindicato.
Le hice un reportaje en una pequeña habitación en donde dormía un niño, que cada vez que se elevaba un poco nuestro murmullo se quejaba sin despertar.
Aguilera hablaba apasionadamente mirándome directamente a los ojos, lo que me molestaba un poco, porque él tenía uno desviado. Era un hombre de unos cuarenta años, robusto y nervioso. Llevaba en la cintura una cuarenta y cinco que se acomodaba a cada instante.
-¿Por qué fracasó la huelga general, Aguilera?
-Estaba condenada al fracaso desde el comienzo. Los que la dirigieron no se convencen de que una huelga general puede surgir espontánea y arrolladoramente, como la que se produjo en Santiago de Cuba, cuando asesinaron a Frank Pais. Pero cuando se plantea en términos exclusivamente políticos y se prepara durante meses, las cosas cambian. Hay que comprender que ir a la huelga es ir a luchar a pecho descubierto contra el ejército y la policía de Batista, cuya crueldad experimentan día a día. Y que el héroe no es la generalidad, sino la excepción. Ellos creyeron que con dar una orden radiofónica la gente iba a salir a las calles a enfrentar las ametralladoras y los tanques. Y se equivocaron. Un aparato represivo como el de Batista tienen que enfrentarlo quienes están armados y el tiroteo provocará de inmediato la huelga general y no al revés.
-¿Considera usted entonces que una huelga se puede imponer a tiros?
-De ninguna manera. No se trata de imponer una huelga, sino de posibilitarla, dando a los que abandonen sus fábricas y sus oficinas la seguridad de que al menos van a tener la oportunidad de luchar, y no simplemente la seguridad de que van a caer bajo las balas.
-¿Y cree usted que los obreros se plegarían a una huelga de tipo exclusivamente político?
-En Cuba sí. Aparte del desempleo y del hambre del campesinado, hay muchas razones de carácter social que obligan a salir al obrero industrial a la calle. Una de ellas, la inseguridad permanente en sus trabajos. La mano de obra está regida por el amo del sindicato, a quien dirige Mujal. Y quien no esté de acuerdo pierde su colocación. Para dominar por completo la dirección de los gremios, Mujal cuenta con el ejército y la policía, siempre a su disposición. Cuando yo gané el secretariado general de los bancarios, fue el ejército el que tomó el sindicato. Y después de una larga intervención se llamó a elecciones. Mujal se sentía tan seguro de que me había destruido y que mi gremio estaba atemorizado, que cometió el mismo error que Batista en 1944. Llamó a elecciones y dejó votar. Por supuesto que perdió. En el caso de mi sindicato sucedió lo mismo. Volví a ser elegido. Pero nunca pude hacerme cargo.
-¿Los comunistas apoyan a Mujal?
-Mujal fue uno de los fundadores del Partido Comunista Cubano, que legalizó Batista durante su primera presidencia. Pero luego fue expulsado de la agrupación. En realidad, los comunistas forman también otro frente contra Batista, del cual habían sido muy amigos. Hay dirigentes comunistas que merecen absoluto respeto por su labor a favor de la clase obrera cubana y son prácticamente los que la organizaron.
-¿Tuvieron alguna participación en esta última huelga?
-Estaban alertas para intervenir, pero no fueron avisados. Como tampoco fueron avisados otros sectores antibatistianos.
Creí comprender el porqué de la orden radiofónica; Faustino había jugado políticamente y había fracasado. Creyó que el clima de huelga era tan propicio que podría prescindir de todos los grupos que no fueran del 26. Pero omitió también hacer participar a muchos miembros del Movimiento. Su destitución llegó pocos días después. Conociéndolo a Fidel castro, era evidente que la jugada de Faustino Pérez iba a ser condenada.
El cable con la respuesta de Buenos Aires me fue leído por teléfono por el que lo recibió. Ninguna grabación había llegado. Sólo un par de artículos para el diario. La noticia me cayó como un mazazo. Pedí de inmediato que enviasen otro cable, un poco más explícito que el anterior, por si no hubiesen captado el sentido de mi mensaje.
Esa misma mañana llamó Flavio y la atendió el dueño de casa. Aunque sabía que era una imprudencia que yo hablase por teléfono, exigió que le comunicasen conmigo.
-¡Hola!... ¿José Raúl?...
Tenía la manía de darme constantemente nombres distintos y yo a veces me confundía. Esta vez no.
-Sí.
-Sabes que cogieron a un colega tuyo… español… y quedó bastante estropeado.
Se refería a un periodista español que había estado antes que yo en la Sierra y con el que habíamos concertado una cita que no cumplí…
-Bueno –disimulé-, eso le pasa por conducir borracho… Yo se lo había advertido más de veinte veces…
-Bueno… pero yo creo que tú tendrías que mudarte…
-Claro…claro… -dije sin saber cómo hacerla callar.
-Parece que habló y bastante…
-Efectos de la borrachera –casi le grité al cortar.
Era evidente que si Flavio cometía el error de hablar así era porque estaría aterrorizada. Momentos después varios llamados al dueño de casa le advirtieron en forma más o menos velada, que el español había hablado y que le habían secuestrado una libreta con direcciones.
-Hay que mudarse.
-Pero ¿a dónde vas a ir?
-No se me ocurre, pero creo que si me pescan aquí todos la vamos a pasar mal. Vos, tu padre, tus hermanos…
Comprendió que tenía razón. Y, yo que estaría más seguro en la calle que ahí. Escondimos todos los documentos que había ido reuniendo esos días y me largué a la calle, pero con una solicitud que me conmovió, a las pocas cuadras mi huésped estaba otra vez junto a mí.
-Sube a mi máquina. Vamos a almorzar a alguna hostería en las afueras. Y a la tarde trataré de encontrarte en dónde dormir.
El día estaba espléndido y el calor tropical no me quitó el apetito. En la Sierra se me había contagiado el ansia de comer como si no lo pudiese hacer nunca más.
Toda la tarde procuró mi amigo dejar la peligrosa encomienda con tonada argentina, pero no encontró voluntarios. El pánico concentraba todos sus efectos en mi profesión.
-¿Periodista?... ¿Igual que el español?... No…
A las diez de la noche el automóvil ya había recorrido toda La Habana y sus alrededores.
Decidí arreglármelas solo.
-Déjame aquí –le pedí a mi acompañante, cuando estuvimos frente al Casino de Capri.
-No… Creo que no va a pasar nada, pero por si acaso, volvé a tu casa.
Todo el resto de la noche estuve sobre las lujosas alfombras de la sala de juego que regenteaba un hombre otrora famoso como gangster cinematográfico y que retornaba en busca de los laureles del gangster verdadero: George Raft.
La suerte no quiso ensañarse conmigo y cuando ya no me quedaban más que veinte dólares comencé a recuperar hasta quedar otra vez con lo que había entrado.
Muy pocos éramos los jugadores. Y al cerrarse la sala de espectáculos en que actuaba Tito Guizar, sólo quedaban en ella cuatro hombres de negocios y abdomen redondo.
La frívola Habana, pese a que la huelga ya había pasado, seguía recatada. Los cadáveres pesaban.
Salí del casino a las seis. Las calles ya se estaban llenando de sol, gente y calor, y me detuve frente a un edificio de tres pisos de la calle 23Sentí curiosidad y entré. El cartel que indicaba que era una funeraria me dio la seguridad de que iba a poder estar un par de horas sin que nadie se molestase en mirarme.
Pero me equivoqué. Había sólo dos velatorios y los protagonistas del suceso no habrán juntado mucho dinero en su vida porque casi no había nadie en torno a sus cajas.
Comencé a bajar por N y me metí en un bar a desayunar. A las diez me encontré con quien esperaba, en 27 y L. Subí a la máquina y me enteré que había llegado otro cable de Buenos Aires. No cabía duda que nada habían recibido y que comenzaban a creerme imbécil, porque contestaban con una claridad de orden de embargo. Un nuevo cable de ese tipo y ya ningún censor dudaría que “las chicas”, que nunca llegaban, serían dos bombas atómicas.
Tenía ciento veinte dólares en el bolsillo. Lo suficiente como para jugar una última carta antes de decidirme a volver a la Sierra en busca de nuevos reportajes grabados.
-¿Tenés algún amigo con pasaporte en vigencia, visado por los yanquis?
Como efectivamente lo tenía, en el avión de la una rumbo a Miami salió mi mensajero con cien de mis dólares. Probablemente a las nueve de la noche estaría de regreso en La Habana. Volvería con otro traje y sombreros, para evitar que algún chivato lo reconociera y se interesase por su corto viaje a los Estados Unidos. Por lo demás, había que correr el riesgo. “O te cogen o no”, es la alternativa que minuto a minuto deben enfrentar los cubanos, y ya nadie se espantaba más de la cuenta.
El mensajero llegó a la hora en que lo esperábamos.
-¿Y?
-Pues hablé con Buenos Aires…
-¿Y?
-Mira… que no me entendieron nada. En la radio se pasaron el teléfono unos a otros y nada.
-¡¡¡Y!!!...
-Bueno… yo creo que algo recibieron, pero no supieron explicarme claramente qué. Uno de los que me atendió me preguntó qué hacías en Cuba…
Quedé hundido en el sillón, sin saber qué decir. Lo único que venía en mi auxilio era una expresión de Fidel…
-¡Pero qué brutos, caballeros!
Nos quedamos un rato en silencio, hasta que el hombre de Miami reaccionó alegre.
-Ah… tengo algo para ti…
-¿Qué? –dije sin esperanzas.
-Toma el vuelto… treinta y cuatro dólares.