Durante todo el viaje de retorno a La Mesa nos acompañó buen tiempo, salvo en una sola jornada. La mayor parte del trayecto lo hicimos a pie, sintiéndome yo realmente orgulloso cuando el guía que me había proporcionado Fidel, Mario Hidalgo, un hombrecito encargado de las provisiones y por lo tanto más gordo que los demás, me reprochó el que casi no hiciese altos en el camino. Me iba dando cuenta de que no sólo mi estómago, sino mis piernas también se iban acostumbrando a las montañas de Oriente. Mi barba ya había crecido bastante y había concentrado la cantidad de mugre suficiente como para ser confundido sin posibilidad de equivocación, con un soldado rebelde más, contrastando con mi orondo guía, muy limpito y afeitado.
Poco a poco fui recorriendo muchos de los bohíos que había dejado atrás cuando iba en busca de Fidel Castro. Fue una grata sorpresa para mí ser reconocido, y aun el que los guajiros recordasen que me gustaba el café sin azúcar ni guarapo. Para algunos –efectos de Radio Bemba- yo era decididamente hermano del Che.
En La Mesa volví a participar de la hospitalidad de Tranquilino y recorrí el hospital y la panadería construidos por los rebeldes, y ya en viaje hacia la planta transmisora, la fábrica de bombas, la zapatería, la talabartería y la chapería, ubicadas todas a gran distancia entre sí como protección contra los bombardeos. Todos esos establecimientos eran creación del Che Guevara y en la fábrica de bombas se construía el ya famoso M-26, proyectil de extraordinario poder, impulsado en dos etapas. Era un cono de cinc grueso, relleno con dinamita y metralla, y que se dispara con un fusil de cañón recortado, montado sobre un trípode. Un segundo antes de ser disparado se enciende una mecha, que hará contacto a 150 metros, lo que proporcionará nuevo impulso al proyectil. De acuerdo al peso del M-26 y al tamaño de la mecha, los rebeldes alcanzan a las posiciones enemigas a grandes distancias y con singular puntería.
Todas las fábricas creadas por el Che, montadas en forma de poder ser desarmadas en minutos, contribuyeron a solucionar dos problemas fundamentales por los que atravesaron los efectivos rebeldes: falta de alimentos y de equipo e imposibilidad de ocupar a todos los que perseguidos en las ciudades o los pueblos llegaban sin armas hasta sus posiciones.
Cuando llegué a la emisora, Luis Orlando Rodríguez envió un mensaje al Che para anunciarle mis nuevas y el pronto arribo de Fidel.
Esa misma noche comencé a transmitir por Radio Rebelde y muy pronto emisoras de Venezuela y México anunciaron que estaban grabando todo lo que yo había informado. Estuve casi toda la noche leyendo crónicas y transmitiendo grabaciones que había efectuado en el campamento y a los prisioneros y los que recibían el material aseguraban que al día siguiente lo pasarían a mi empresa en Buenos Aires. La posibilidad que ofreció una radio de Venezuela, de transmitir en cadena a Argentina, colmaba todo lo que yo había esperado. En un par de días tendría juntos a Fidel Castro y a Ernesto Guevara, los hombres a quien millones de latinoamericanos tendrían interés en formularles las preguntas que yo les iba a hacer.
El relato del combate de El Pozón y el ametrallamiento a Cayo Espino, la nómina de los muertos y heridos de ambos bandos y todas las experiencias que había vivido durante esas semanas en las montañas cubanas eran escuchadas, por supuesto, en toda Cuba. Y luego me enteré que en Norte y Centroamérica, pero nunca llegaron a la Argentina.
Mientras tanto, pegado todo el día y prácticamente toda la noche al transmisor, comprobaba que la huelga general revolucionaria había fracasado en La Habana, lo que significaba una derrota del 26 en toda Cuba.
Trataba por todos los medios de informarme del porqué de ese fracaso. De cómo estaba organizado el movimiento obrero cubano y si eran sólo el campesinado y los estudiantes los que apoyaban a Castro, ante la indiferencia de los obreros organizados y la clase media. A medida que pasaban las horas sentía mayores deseos de encontrarme nuevamente en Santiago de Cuba y en La Habana para averiguar qué había sucedido.
Fidel no llegó el día en que lo esperaba. En cambio un mensajero me trajo un papel en el que me informaba que se había demorado por el camino por encontrarse enfermo, pero que a pocas horas de donde yo estaba ya podía asegurarme que estaría conmigo al día siguiente.
Intensifiqué el anuncio del reportaje a Fidel Castro y a Guevara. Era la primera vez que iban a hablar por radio y las estaciones de varios países y todo Cuba lo esperaba. Yo por mi parte había visto crecer mentalmente mi cuestionario. La huelga general me había proporcionado más puntos que develar. El fracaso me dolía porque era un triunfo de Batista, y me preocupaba porque indicaba una falla que aún no conocía en el 26 de Julio, y quería saber cuál era.
Esa noche llegó Guevara con una sorpresa: traía yerba, mate y bombilla. Y aunque la yerba parecía haber estado guardada en el cajón de un ropero viejo y tenía olor a naftalina, mateamos hasta la madrugada.
El tema de nuestra conversación fue, primordialmente, la huelga general. Guevara no la daba totalmente por perdida, dado que aunque hacía varios días que había sido sofocada en La Habana, en algunos lugares del interior aún los obreros continuaban parados y enfrentando a los guardias, lo que equivalía a combatir.
No quise preguntarle nada acerca de las organizaciones obreras y en especial de la Confederación de Trabajadores de Cuba, salvo quién era Eusebio Mujal, el secretario general de la entidad.
-Junto con Masferrer –dijo- constituyen probablemente los pilares más fuertes con que cuenta Batista en Cuba. Los dos fueron comunistas y actuaron durante la guerra española. Luego traicionaron a su partido y pasaron decididamente a servir al capitalismo hasta que se hicieron millonarios… En la isla hay muy pocos sindicatos organizados realmente, aunque existen más de mil, y los que sí están organizados responden a una dirección que no es la auténtica, porque jamás hay elecciones libres. Y el que encabece un movimiento oposicionista al de los hombres de Mujal se juega la vida.
Pero ese era un terreno que quería transitar yo mismo, y pasamos a otros temas. El que más me interesaba era el de la reforma agraria. Los rebeldes no habían esperado el triunfo de la revolución para concretar muchos de los objetivos que fueron incorporando a su programa, a medida que ganaban posiciones.
Aun con la mochila al hombro fundaron escuelas y dotaron a los sesenta mil campesinos de un régimen judicial que resolviese los pleitos que antes se dirimían únicamente a machete. Y llevaron a cabo la reforma agraria, habiendo entregado grandes extensiones de tierras que pertenecían al fisco, a los campesinos que las trabajaban.
-¿Qué sistema emplearon para concretar la reforma?
-En realidad –contestó Guevara- no podríamos hablar de un sistema ortodoxo, sino sencillamente de una reglamentación exenta de manejos burocráticos. Calculamos mediante un censo la cantidad de terreno necesario para el sostén de una familia con dos, cuatro o más hijos, guardando una proporción que se respeta en todos los casos, y se la entregamos previa escrituración ante el auditor del Ejército Rebelde. Le indicamos además qué cultivos resultan más aptos para su tierra y hasta le damos las semillas y toda la ayuda técnica necesaria.
-¿Hasta ahora todas las tierras entregadas son del fisco?
-Salvo en un caso sí. La excepción la constituyó un alto funcionario de Batista, cuyo mayoral entregaba frutas, verduras y carne a los guardias e impedía aprovisionarse a los mismos campesinos que trabajaban en la finca. Expropiamos el campo y lo distribuimos a razón de dos caballería –unas veintiséis hectáreas- por cada familia. Lo mismo hicimos con los animales, cuidando que las familias con niños reciban vacas lecheras, las que en ningún concepto pueden ser muertas. Precisamente para cubrirnos ante cualquier accidente provocado por algún guajiro con ganas de comerse un asado –dijo riendo- le entregamos esas vacas en custodia y se comprometen a no darles muerte ni a comer su carne si el animal muere en un accidente. El contrato que firman y que leen o se les lee al hacerse cargo de las bestias, establece las penalidades para los que no lo cumplan.
Como me interesé mucho por el documento, Guevara mandó a buscar una copia. Estaba impresa en mimeógrafo y decía:
“Conste por el presente documento que de una parte el doctor Humberto Sorí Marín, a nombre del Ejército Revolucionario 26 de Julio, y de la otra parte el señor -------------- vecino de ---------- acuerdan lo siguiente:
“Primero: El doctor Sorí Marín, con la representación que ostenta, entrega en este acto a la otra parte, en calidad de usufructo, una vaca lechera con su cría, que pasará a ser de su propiedad una vez que termine la lucha armada contra la dictadura, de conformidad con las siguientes obligaciones:
“Segundo: Si por causa de accidente o enfermedad hubiera necesidad de sacrificar la vaca o su cría, en manera alguna podrá ser vendida ni consumida. Si fuere vendido o consumido cualquiera de dichos animales accidentados, dará lugar a la sanción establecida en el punto cuarto. Esta medida se adopta para evitar que so pretexto de accidentes sean consumidas las reses que se entregan para leche.
“Tercero: De todo accidente o animal se informará directamente al Comité de Barrio.
“Cuarto: Tanto el que venda cualquier res, como el que la mate para consumirla, será sancionado con la pérdida de los derechos sobre la tierra poseída. Esta medida se aplicará inflexiblemente. Y para su debida constancia y cumplimiento, ambas partes suscriben dos ejemplares de este documento a un solo tenor o igual efecto en la Sierra Maestra a los --------días del mes de ---------- de 19-------“.
Cuando leí Comité de Barrio recordé al grupo de guajiros encargado de matar las reses para el reparto. De la inmensa zona que abarca el “barrio” en la cordillera de la Maestra, llegaban cada tres o cuatro días de acuerdo a la matanza, hombres y mujeres, que recorrían leguas a pie para ir a buscar la cantidad de carne que les correspondía. Eran los hombres y mujeres que habían nacido y crecido, trabajando la zona más rica de Cuba, y muchos de ellos hicieron su debut ante un bistec vacuno cuando comenzó la distribución de carne por parte de los rebeldes.
Al dorso del papel mimeografiado decía:
“Condiciones que deberán tener en cuenta las personas que a nombre del Ejército Revolucionario 26 de Julio, realicen las entregas a los jefes de familia:
“Conocido en cada zona o barrio el número total de personas que viven en cada casa y en ésta, el número de niños menores de siete años, así como la cantidad de terreno que ocupa, y la de café que recoge, se repartirán las reses entre aquellos jefes de familia que no tengan vacas ni hubieren recibido ninguna del Ejército Revolucionario, y observando rigurosamente el siguiente orden de preferencia:
“Primero: En primer término se entregará a los jefes de familia que careciendo de los medios económicos para comprar una vaca, tuvieren el mayor número de niños viviendo en su casa, menores de siete años.
“Segundo: En segundo lugar se entregarán a quienes teniendo una situación económica regular, atienden a la subsistencia de niños menores de siete años que convivan con él.
“Tercero: En tercer lugar, a los que careciendo de medios económicos para adquirir una vaca tuvieren niños menores de doce años. En ese caso, como en los dos anteriores, serán preferidos aquellos padres de familia que mayor diligencia observen en el cuidado de su familia y de la finca que trabajan.
“Cuarto: Una vez repartidas vacas entre todas las familias comprendidas en los apartados anteriores, las sobrantes se distribuirán entre las familias pobres, con hijos o con personas que dependan del jefe de familia.
“Quinto: Y por último, las que quedaren, se entregarán a las familias pobres, tengan o no hijos, prefiriendo las que mayor diligencia hubiesen demostrado en el cuidado de la familia y de la finca.
“Sexto: De estos contratos se firmarán dos, entregándose uno a los que reciben la vaca y el otro, ambos firmados por las dos partes, se remitirá al Auditor General. Cuando no se sepa firmar, otra persona lo hará en nombre del contratante, o estampará las huellas digitales en el lugar de la firma”.
Cuando terminé la lectura vi que Guevara ya se había tirado en su hamaca. Yo hice lo mismo y encendí un tabaco. De aquel contrato y de las instrucciones para llevarlo a cabo se desprendía algo sólido, macizo ya construido para siempre. Tuve la convicción de que el guajiro, que nunca había extraído de la tierra todo lo que ésta estaba dispuesta a darle porque no sabía si el fruto de su semilla iba a ser recogido por otro, no iba a permitir nunca jamás que le quitasen lo que le habían dado. Lo que se ganaba diariamente sembrando de noche, para evitar la metralla de los aviones. Lo que permitía a los últimos de sus hijos, alimentarse como no habían podido hacerlo los primeros.
-Che –llamé a Guevara susurrando para no despertar a los que habían colgado su hamaca cerca de nosotros- ¿cómo surgieron todas estas cosas? ¿Ya habían planificado la acción antes de desembarcar?
-Mucho de lo que estamos haciendo ni lo habíamos soñado. Podría decirse que nos hemos formado revolucionarios en la revolución. Vinimos a voltear a un tirano, pero nos encontramos que esta enorme zona campesina, en donde se va prolongando nuestra lucha, es la más necesitada de liberación de toda Cuba. Y sin atenernos a dogmas y a una ortodoxia inflexible y prefijada, le hemos brindado, no el apoyo neutro y declamatorio de muchas revoluciones, sino una ayuda efectiva. No luchamos para ellos en un futuro. Luchamos por ellos ahora. Y consideramos que cada metro de sierra que es nuestro, es más de ellos. Y que, por lo tanto, nada debe demorarles una vida mejor, dado que para el campesinado la revolución ya ha triunfado plenamente.
No le contesté. Preferí pensar. En la Sierra la revolución ya había triunfado y era inamovible. Era verdad. ¿Pero en las ciudades? ¿Por qué había fracasado la huelga general?
Creo que me dormí con ese pensamiento, porque fue el primero que vino a mi mente al despertar.
Me sentí un poco descompuesto y añoré la revista Bohemia que me había cubierto tantas veces la espalda y el estómago. Tendré que procurarme otro ejemplar.
El café caliente me compuso y me quitó el frío. Aún no habíamos terminado de tomarlo, cuando varios soldados rebeldes anunciaron a gritos la llegada del comandante. Salimos a recibirlo.
Fidel venía a pie, con su enorme mochila cargada de libros, documentos políticos y chorizos colorados.
Saludó a Guevara con un abrazo y a mí me tendió las dos manos.
-Perdóneme, che. Pero tengo una hernia que de vez en cuando se le da por ponerse pesada… Y ayer tuve que descansar…
-¿Y por qué no vino en mulo?
Fidel rió con orgullo y pesar a la vez:
-No hay en toda la Sierra Maestra un solo mulo que suba una cuesta conmigo encima.
En esos días los ataques de la aviación a las poblaciones campesinas habían recrudecido y las noticias de incendios provocados por las bombas de NAPALM llegaban con cada mensajero. Los aviones de Batista se aprovisionaban en las bases norteamericanas de Caimanera y Guantánamo y el material bélico que el Departamento enviaba al gobierno cubano, llegaba en todos los buques procedentes de Puerto Somoza y la República Dominicana.
En La Habana, el jefe de la misión aeronáutica de la Unión, había agasajado con un vino de honor al jefe de la aviación batistiana, Tabernilla, y los vecinos de Marianao que vivían en las cercanías del aeropuerto enviaban noticias de que los aviadores norteamericanos montaban todas las mañanas en los cazas y los bombarderos a reacción que partían rumbo a Oriente, mientras que los cubanos ocupaban máquinas de la Cubana de Aviación y su misión era simplemente observar las exhibiciones de los “instructores” yanquis.
El paso de Fidel por una zona que hacía mucho tiempo no recorría, estuvo jalonado de noticias desagradables. Los campesinos ya no podían aprovisionarse en ningún pueblo, puesto que si bajaban, eran capturados por los guardias y fusilados.
Mientras el comandante informaba a los locutores de la emisora de los nuevos asesinatos batistianos contra la población civil, para redactar luego el boletín de Radio Rebelde, un soldado vestido de guajiro que había logrado bajar hasta Las Minas, sede del feroz Sánchez Mosquera, anunció que había sido muerto un bodeguero, por haber vendido a una muchacha una rueda de tabacos, cantidad que los guardias consideraron excesiva. De la compradora, Delia Rodríguez, no se tenían noticias y había sido vista por última vez cuando la llevaban en un jeep al cuartel.
Las radios de toda Cuba, indicaban ya con certeza que nada había que esperar de la huelgo general. En La Habana se había limitado a un cierre total de unas pocas horas y a la masacre de más de cincuenta miembros del 26 de Julio. En las demás ciudades, la huelga se había mantenido hasta tres días, pero en vista del fracaso de la capital, hubo que levantar el movimiento. La represión que seguía en esos momentos, respondía a la invariable crueldad del ejército y la policía de Batista. Los muertos mutilados aparecían todas las madrugadas y una ola de terror impulsó a muchos de los que habían tenido contacto con los organizadores de la huelga, a huir a las montañas o al exterior.
La radio anunciaba casi sin interrupción, la cantidad de muertos que habían sido llevados al cementerio de La Habana. “Cadáveres sin identificar”, que permanecieron varios días expuestos al aire libre, como para que su olor terminase por aterrorizar a los que aún no lo estaban.
Toda la mañana, mientras Fidel preparaba su discurso de la tarde, permanecimos con Guevara y los oficiales que habían llegado para conversar con Fidel, pegados al receptor.
Los periodistas norteamericanos que habían llegado para fotografiar masacres, con sus cámaras satisfechas, asistieron a una recepción oficial que les ofreció Batista, para informarles, entre cigarros y whisky, que el gobierno dominaba perfectamente la situación y que en las montañas, “los últimos grupos de forajidos están siendo abatidos”.
El whisky les hizo olvidar a esos colegas yanquis, presentar su clásica protesta porque el día anterior, cuando se daba sepultura a tres dirigentes de las Juventudes Católicas, la policía había golpeado a varios y roto sus cámaras. Gajes del oficio que el whisky lava.
Convinimos con el Comandante que esa misma tarde realizaríamos los reportajes para la Argentina. Las emisoras que iban a grabar y a enviar luego por aire la audición, ya estaban avisadas, especialmente una de Venezuela.
Después del almuerzo –un plato de arroz blanco y un vaso de agua- preparé mi grabadora. Como sabía que el reportaje iba a ser largo, le pedí a Paquito, que había llegado con Fidel, que atendiese el aparato mientras ambos conversábamos. En medio de gran cantidad de soldados y de sus oficiales, Castro escuchaba atentamente la presentación que estaba haciendo ante el pequeño micrófono. No habíamos convenido previamente el cuestionario y él, que lo había advertido, disimuló, tomándolo como un desafío.
Las preguntas y respuestas iban conformando la historia del “26 de Julio”. El golpe de Estado de Batista del 10 de marzo de 1952, unos días antes de que Prío Socarrás hiciese el único acto digno de su gobierno: dar elecciones libre; la asunción del poder por Batista, sin que nadie se opusiese, salvo la juventud que estuvo revolviéndose en las calles, pero que no se contentó con llorar, sino que se lanzó a la lucha, tras el líder juvenil que nunca los había defraudado: el abogado Fidel Castro. En la madrugada del 26 de julio de 1953, un grupo de hombres asaltó la fortaleza del Moncada, en Santiago de Cuba, conmoviendo no sólo a la isla, sino al continente. Demostrando que en la Cuba de Batista, quedaban aún reservas, pese al río de sangre y de ideales que anegaban las alcantarillas de la perla antillana. Muchos murieron en el ataque. Otros fueron prisioneros:
Fidel Castro, su hermano Raúl, Almeida, Ramiro Valdéz, Luis Crespo… la mayoría de los que ahora eran sus comandantes. Todos fueron condenados a largas penas en el Castillo del Príncipe primero, y en la Isla de Pinos después. Pero antes de la condena, nuevamente los cubanos se conmovieron y comprendieron que ya había surgido el líder de la lucha contra el tirano, al escuchar con asombro, entusiasmo y fervor a la vez, el alegato de autodefensa de Fidel castro. “Nunca un abogado ha tenido que ejercer su oficio en tan difíciles condiciones; nunca contra un acusado se había cometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades. Uno y otro, son, en este caso, una misma persona. Como abogado no ha podido ni tan siquiera ver el sumario, y como acusado, hace hoy setenta y seis días que está encerrado en una celda solitaria total y absolutamente incomunicado, por encima de todas las prescripciones humanas y legales. Quien está hablando, aborrece con toda su alma la vanidad pueril y no están ni su ánimo ni su temperamento, para poses de tribuno ni sensacionalismos de ninguna índole. Si he tenido que asumir mi propia defensa ante este Tribunal, se debe a dos motivos. Uno: porque prácticamente se me privó de ella por completo. Otro: porque sólo quien haya sido herido tan hondo y haya visto tan desamparada la Patria y envilecida la justicia, puede hablar en una ocasión como esta, con palabras que sean sangre del corazón y entrañas de la verdad”…
El juicio a los revolucionario del Moncada que habían sobrevivido a las torturas se llevaba a cabo en una pequeña pieza de un hospital, pero las palabras que Castro fue pronunciando durante horas, llegaban al pueblo como un chorro refrescante que lavaba las heridas de la batalla perdida y preparaba para el embate venidero.
El joven abogado fue narrando todas las alternativas del ataque al Moncada, hasta el momento en que se convenció de que la empresa había fracasado…
“Cuando me convencí de que todos los esfuerzos eran ya inútiles para tomar la fortaleza, comencé a retirar nuestros hombres en grupos de ocho y de diez. La retirada fue protegida por seis francotiradores, que al mando de Pedro Miret y de Fidel Labrador, le bloquearon heroicamente el paso al ejército. Nuestros muertos fueron producto de la crueldad y de la inhumanidad, cuando aquélla hubo cesado. El grupo del Hospital Civil, no tuvo más que una baja; el resto fue copado al situarse las tropas frente a la única salida del edificio y sólo depusieron las armas cuando no les quedaba una bala. Con ellos estaba Abel Santamaría, el más generosos, querido e intrépido de nuestros jóvenes, cuya gloriosa resistencia lo inmortaliza ante la historia de Cuba. Ya veremos la suerte que corrieron y cómo quiso escarmentar Batista, la rebeldía y el heroísmo de nuestra juventud”. “…Quiero hacer constar dos cosas importantes para que se juzgue serenamente nuestra actitud: Primero: pudimos haber facilitado la toma del regimiento, deteniendo simplemente a todos los altos oficiales en sus residencias, posibilidad que fue rechazada por la consideración muy humana de evitar escenas de tragedia y de lucha en las casas de familia. Segundo: se acordó no tomar ninguna estación de radio hasta tanto no estuviese asegurado el regimiento. Esta actitud nuestra, le ahorró a la ciudadanía un río de sangre”.
Los jueces miraban en silencio y sin gestos, al que hablaba y gesticulaba con vehemencia. Hablaba de lo que hubiese hecho el gobierno revolucionario de haber triunfado el movimiento:”El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestras fuerzas junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política… El porvenir de la Nación y la solución de sus problemas, no pueden seguir dependiendo del interés egoísta de una docena de financieros; de los fríos cálculos sobre ganancias que tracen en sus despachos de aire acondicionado diez o doce magnates. El país no puede seguir de rodillas implorando los milagros de unos cuantos becerros de oro que, como aquel del antiguo testamento que derribó la ira del profeta, no hacen milagros de ninguna clase. Los problemas de la república sólo tienen solución, si nos dedicamos a luchar por ella con la misma energía, honradez y patriotismo que invirtieron nuestros libertadores en crearla. Y no es con estadistas al estilo de Carlos Saládrigas, cuyo estadismo consiste en dejarlo todo como está y pasarse la vida farfullando sandeces sobre la “libertad absoluta de empresa”. “garantías al capital de inversión” y la “ley de la oferta y la demanda”, como habrán de resolverse tales problemas. En su palacete de la Quinta Avenida, estos ministros pueden charlar alegremente hasta que no quede ya ni el polvo de los huesos de los que hoy reclaman soluciones urgentes. Y en el mundo actual, ningún problema social se resuelve por generación espontánea”.
Y retomando el relato del golpe contra el Moncada afirmó después: “… Los escasos medios materiales con que hubimos de contar impidieron el éxito seguro. A los soldados les dijeron que Prío nos había dado un millón de pesos, querían desvirtuar el hecho más grave para ellos: que nuestro movimiento no tenía relación alguna con el pasado; que era una nueva generación cubana, con sus propias ideas, la que se erguía contra la tiranía, de jóvenes que no tenían apenas siete años, cuando Batista comenzó a cometer sus primeros crímenes en 1934”. “… Los políticos se gastan en sus campañas millones de pesos sobornando conciencias, y un puñado de cubanos que quisieron salvar el honor de la patria, tuvo que venir a afrontar la muerte con las manos vacías por falta de recursos. Eso explica que al país le hayan gobernado hasta ahora, no hombres generosos y abnegados, sino el bajo mundo de la politiquería y el hampa de nuestra vida pública”. Relató luego a los jueces la ferocidad con que habían torturado y dado muerte a gran parte de sus compañeros… “En medio de la tortura les ofrecían la vida si traicionaban su posición ideológica y se prestaban a declarar falsamente que Prío les había dado el dinero, y como ellos rechazaban indignados la proposición, continuaban torturándolos horriblemente. Les trituraron los testículos y les arrancaron los ojos, pero ninguno claudicó, ni se oyó un lamento ni una súplica; aún cuando les habían privado de sus órganos viriles, seguían siendo mil veces más hombres que todos sus verdugos juntos. Las fotografías no mienten y esos cadáveres aparecen destrozados. Ensayaron otros medios: no podían con el valor de los hombres y probaron con el valor de las mujeres. Con un ojo humano ensangrentado en las manos se presentó un sargento y varios hombres en el calabozo donde se encontraban Melba Hernández y Haydée Santamaría y dirigiéndose a la última, mostrando el ojo, el dijeron: “este es de tu hermano; si tú no dices lo que no quiere decir, le arrancaremos el otro”. Ella, que quería a su valiente hermano por encima de todo, le contestó llena de dignidad: “si ustedes le arrancaron un ojo y no quiso decirlo, mucho menos lo diré yo”.
Siguió luego Castro reclamando a los jueces por sus compañeros asesinados: “Señores magistrados, ¿dónde están nuestros compañeros detenidos los días 26,27,28 y 29 de julio, que, se sabe, pasaban de sesenta en la zona de Santiago de Cuba? ¿Dónde están nuestros compañeros heridos? Solamente cinco han aparecido. Al resto lo asesinaron también. Las cifras son irrebatibles. Por aquí en cambio han desfilado veinte militares prisioneros nuestros y que según sus propias palabras no recibieron ni una ofensa. Por aquí han desfilado treinta heridos del Ejército, muchos de ellos en combates callejeros, y ninguno fue rematado. Si el ejército tuvo diecinueve muertos y treinta heridos, ¿cómo es posible que nosotros hayamos tenido ochenta muertos y cinco heridos? ¿Quién vio nunca combate con veintiún muertos y ningún herido, como los famosos de Pérez Chaumon?... ¿Cómo puede explicarse la fabulosa proporción de dieciséis muertos por cada herido, si no es rematando a éstos en los mismos hospitales y asesinando después a los indefensos prisioneros? No hay réplica posible”. “Es una vergüenza y un deshonor haber tenido en el combate tres veces más bajas que los atacantes; hay que matar diez prisioneros por cada soldado muerto”. “… Este es el concepto que tienen del honor los cabos furrieles ascendidos a generales el 10 de marzo”.
El joven jefe de la rebelión popular se dirigió luego directamente a los magistrados, señalándoles la paradoja de que se encontrasen enjuiciando al que cumplía con el precepto constitucional de alzarse contra quienes por la violencia tratasen de alterarla o alterar la forma de gobierno establecida, y en cambio se inclinasen ante el que burló la constitución del principio al fin, derrocando al gobierno e impidiendo las elecciones generales. “Cuba está sufriendo un cruel e ignominioso despotismo y vosotros no ignoráis que la resistencia frente al despotismo es legítima; este es un principio universalmente conocido y nuestra constitución lo consagró en el párrafo segundo del artículo cuarenta”.
Pero así como el fiscal no se molestó en argumentar su pedido de reclusión por veintiséis años del acusado, tampoco los magistrados se alteraron por el alegato del defensor-acusado. Y ello provocó aquel final que todo cubano conoce de memoria… “En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.
Y después el destierro. Batista, seguro en la fortaleza de Columbia, tan mimado de los Estados Unidos como Trujillo y Tacho Somoza, no podía imaginar que ese grupo de muchachos que alborotaban Isla de Pinos pudiesen crear un serio problema. Y no se opuso al cambio de la cárcel por la expatriación, que la presión popular exigía.
Desde el mismo momento en que Fidel Castro y sus compañeros abandonaron Cuba, planearon el retorno. Estados Unidos, Guatemala, México los vieron andar en busca de armas, en busca de balas, en busca de dinero para su expedición. Pero pasaba el tiempo y sólo los jóvenes los recordaban en Cuba. Los viejos políticos opuestos a Batista, realizaban mítines y pronunciaban discursos y lloraban su desgracia. Pero no luchaban. Y el pueblo, desesperanzado, parecía resignado al destino que le había fijado la deshonestidad de casi todos sus presidentes. Era necesario sacudirlo, despabilarlo. Alimentar su fe con la eucaristía de las actitudes nobles y trágicas que a través de la hermosa y dolorosa historia cubana, fueron entregando sus auténticos hombres líderes. Despertarlo con otro aldabonazo como el de Eduardo Chibás que se quitó la vida ante el micrófono por el que había denunciado la deshonestidad oficial, creyendo que el estampido del balazo con que perforaba las entrañas iba a ser el último. O el primero de miles. Pero de la postrera etapa del drama cubano.
Y fue por eso mismo, por ser discípulo de esa escuela, que Fidel Castro quiso demostrar a su pueblo que cumpliría su palabra aunque le costase la vida, lanzando su temerario: “En el ´56, seremos libres o seremos mártires”.
Todo ese año, los diarios batistianos comentaron risueñamente el paso de las semanas y los meses y la audaz promesa de castro. Hasta hubo una que publicaba un calendario en el que iba tachando los días que restaban al expatriado, para volver a Cuba, cumpliendo su promesa.
El 21 de diciembre, el calendario dejó de aparecer. Castro había cumplido y de inmediato quedó ungido por su pueblo, líder de la nueva lucha. El amor a la libertad del pueblo cubano era demasiado grande como para que las frustraciones de Grau San Martín o de Prío Socarrás, le impidiesen volver a creer.
Siguió en el reportaje el relato de la odisea por las montañas, sin armas ni alimentos, de ese ejército de doce barbudos sucios y hambrientos. Los primeros encuentros en busca de fusiles y parque y el crecimiento de la tropa rebelde hasta convertirse en un ejército de miles de hombres. El Movimiento también había crecido en las ciudades y toda la oposición, si bien existían otros grupos antibatistianos, se canalizaba por el 26 de Julio. Muy pronto las colectas populares proporcionaron suficiente dinero como para comprar mercancías y en todos los puntos de la isla, las tiendas quedaron vacías de tricotas, medias de lana, lona para hamacas, tela para uniformes y brazaletes, nylon para protegerse de la lluvia y la humedad del bosque. Las empleadas de los comercios, comprendían instintivamente qué destino se iba a dar a esos elementos, y con toda discreción no vendían a veces la calidad de la ropa que se les pedía, sino inferior, pero más adecuada para el monte. Un enjambre de mujeres y hombres asaltó las tiendas y las farmacias a la llegada del invierno y hubo muchachos que viajaron a Oriente hasta con seis camisetas y seis calzoncillos, con el calor del llano cubano, para poder transportar esa ropa sin avisar sospechas. La isla despertaba…
Todo el aspecto histórico y anecdótico que me interesaba conocer, acerca del Movimiento de Castro, ya estaba grabado. Pero aún quedaban muchas preguntas por hacer:
-¿Desde que comenzó la lucha armada en gran escala, no hubo ofrecimiento de paz, especialmente del lado de la Iglesia?
-El episcopado hizo, efectivamente, un llamamiento a la concordia, por medio de una pastoral.
Yo recordaba esa pastoral. Había logrado el texto de la misma y lo tenía en una de las casas en donde había estado refugiado en Santiago de Cuba.
Después de haberlo leído, me hice la misma pregunta que se había hecho Castro.
-Lo obispos –manifestó – en su exhortación decían, al final:”Guiados pues por estos motivos, exhortamos a todos los que hoy militan en campos antagónicos, a que cesen en el uso de la violencia, y a que, puestos los ojos única y exclusivamente en el bien común, busquen cuanto antes las soluciones eficaces que pueden traer de nuevo a nuestra patria, la paz material y moral que tanta falta le hace. A ese fin, no dudamos que quienes de veras amen a Cuba, sabrán acreditarse ante Dios y ante la historia, no negándose a ningún sacrificio, a fin de lograr el establecimiento de un gobierno de unión nacional, que pudiera preparar el retorno de nuestra patria, a una vida política pacífica y normal”: Me quedó la duda, de qué entendían los obispos por “gobierno de unión nacional”. Y si creían que se podría lograr esa unión nacional con Batista en el poder. Por eso hice llegar al pueblo, una carta abierta a la Jerarquía, invitándolos a que definiesen esos puntos. Batista por su parte, aplaudió la pastoral y se dispuso a cambiar a todo su gabinete, pero quedándose él, por supuesto. Y cuando parecía que grupos católicos y muchos párrocos iban a contestar por su cuenta a mi pregunta el gobierno suspendió las garantías individuales e implantó férrea censura de prensa. Dos sacerdotes de Santiago, alcanzaron a hacer circular un folleto titulado: “El documento es claro”, en el que definían: “El gobierno propuesto por los Jerarcas Católicos, como solución eficaz al problema cubano, es efectivamente un gobierno nuevo y no una simple remoción del gabinete, que en nuestro sistema semiparlamentario depende exclusivamente del Presidente de la República y goza de muy poca personalidad jurídica, en los pasos trascendentes de conducir al Estado cubano hacia la normalidad constitucional”.
-Pero eso –siguió diciendo Castro- lo dijeron dos sacerdotes y lo pensaron probablemente todos, pero la jerarquía eclesiástica no hizo ninguna aclaración más sobre su Pastoral. Esa fue la única gestión y quedó –evidentemente- en punto muerto.
Me di por satisfecho, y volví a la carga con otro tema:
-¿El 26 de Julio es sólo un movimiento revolucionario que considerará cumplida su misión con el derrocamiento de Batista y su régimen, o tiene proyectado constituirse en un partido político con aspiraciones a la conducción del país?
-El Movimiento 26 de Julio –expresó Castro decididamente- piensa luchar cívicamente y en elecciones limpias, por llegar al poder. Queremos constituirnos en partido político, porque entendemos que el derrocamiento de Batista, no configurará nada más que un hecho o un punto de partida para la verdadera realización de la obra revolucionaria. Pero será el pueblo el que decidirá si los que sabemos luchar con el fusil, estamos capacitados también para la lucha política en su favor.
-¿Y no hay los denominados “políticos tradicionales” en las filas del 26?
-De ninguna manera. Este es un movimiento nuevo y para gente nueva. Por supuesto que aceptaremos en nuestras filas a todas las personas honestas que quieran acompañarnos en nuestra empresa. Pero esos no son precisamente los que usted califica de “políticos tradicionales”.
-¿Y cuáles serían las principales obras que el Movimiento 26 de Julio realizaría, estando en el poder?
-Mucho de lo que haríamos si llegásemos al poder, ya lo estamos haciendo aquí en las montañas. Quizás lo primero, sería concretar y llevar a todo el país la reforma agraria. Pero en Cuba, está prácticamente todo por hacer, pese a su riqueza. La Habana es una ciudad moderna, con enormes edificios y extraordinario lujo. Pero usted habrá visto lo que es el resto de Cuba. Lo que es esta enorme extensión de las montañas, en donde prácticamente no existen caminos, donde los campesinos que recogen con su esfuerzo su producción, no tienen cómo hacerla llegar a los mercados. Las reservas cubanas de minerales y petróleo son enormes. Sin embargo no se explotan. Y las que son explotadas rinden únicamente para el capital extranjero, sin dejar ningún beneficio a los cubanos. Muchos yacimientos descubiertos, han sido denunciados y abandonados, conservándolos para un futuro que será muy lejano para los norteamericanos pero que debía ser presente para Cuba, que los necesita. Sería prácticamente imposible enumerar en este reportaje, las obras urgentes que habría que realizar en la isla.
Le hice algunas preguntas sobre las acciones militares de esos días y ya en ese terreno dije:
-¿Considera que la ayuda militar de los Estados Unidos a Batista es decisiva para la prolongación de su permanencia en el poder?
Por supuesto que sí. Batista recibe ayuda constantemente de los Estados Unidos, directamente de la Unión y por medio de Trujillo y de Somoza. Especialmente en los últimos tiempos, cuando varios representantes reclamaron en Washington porque al amparo del convenio de ayuda mutua entre Norteamérica y Cuba, el gobierno yanqui enviaba armamentos para masacrar a la población cubana. Batista y Trujillo, que se odiaron a muerte, comenzaron insólitamente una enternecedora amistad, bajo la tutela del Tío Sam, y desde ese entonces, la mayor cantidad de tanques y armas y municiones de todo tipo, proceden de la República Dominicana. Las bombas que nos arrojan constantemente los aviones usted habrá visto las que ha visto las que a veces no estallan, son de fabricación norteamericana, así como las bombas NAPALM con que están incendiando enormes zonas de la Maestra, arrasando con cientos de familias campesinas que, muchas de ellas, jamás en su vida han tenido contacto con un rebelde. Hace poco llegaron a la base norteamericana de Guantánamo, trescientos cohetes que iban a ser entregados a los aviadores batistianos. Pero como nuestros representantes en los Estados Unidos denunciaron la maniobra, la operación se paralizó. No obstante, estoy seguro que esos cohetes, serán tirados contra los cubanos, porque llegarán desde los puertos de Trujillo o de Somoza. Lo más absurdo y cruel de esta guerra, es el asesinato diario de decenas de campesinos por los ataques aéreos. Ningún soldado rebelde ha caído víctima de la metralla aérea o de las bombas. En cambio, usted lo pudo apreciar las otras noches en Cayo Espino, son desdichadamente mujeres y niños, los menos capaces de protegerse, quienes mueren acribillados por las balas que caen desde el aire sin discriminación. El antiyanquismo es cada día más profundo entre los cubanos, que jamás supieron odiar. Pero eso no se debe al supuesto avance del comunismo, como no se cansan de decir Batista, Trujillo y Somoza para asustar a Foster Dulles. Se debe sencillamente a que cada día mueren más cubanos atravesados por las balas norteamericanas.
Mi última pregunta a Fidel Castro, en ese reportaje que grabábamos entre la atención fervorosa y vigilante de decenas de rebeldes, fue más bien una adivinanza.
-¿Cuándo cree usted que terminará esta guerra?
-Es imposible predecirlo. Puede durar días, meses o años. Lo que sí puedo decir es que sólo terminará con la derrota total de la tiranía o con la vida del último rebelde. No tenemos armas, como usted lo habrá podido apreciar, y nos vemos obligados a rechazar a miles de hombres porque no podemos armarlos. Pero menos teníamos antes, cuando éramos doce barbudos hambrientos con siete fusiles, recorriendo las montañas. Poseíamos –en cambio- lo que los soldados de Batista nunca tuvieron: un ideal por el que luchar.
Ese reportaje se transmitió casi inmediatamente. Decenas de radioaficionados de distintos países estaban listos con sus grabadores para retransmitirlo luego. Y toda Cuba escuchaba por primera vez la voz del Comandante en Jefe del ejército rebelde, directamente desde las montañas de Oriente. Por supuesto, a mí quien me interesaba que escuchase era mi emisora. Desde Venezuela me aseguraron que habían captado perfectamente y que en Argentina recibieron la retransmisión sin inconvenientes.
Mientras el reportaje se iba desenvolviendo en la grabadora, Fidel Castro lo escuchaba de pie, fumando su infaltable tabaco y concentrándose únicamente en las voces que salían del transmisor. Guevara pitaba tranquilamente sentado en un tronco y todos los demás, comandantes, capitanes, tenientes y soldados se agitaban nerviosos como en un debut. Llibre se acercó para preguntarme si estaba conforme con el trabajo y si las contestaciones de Fidel me habían satisfecho. Para hacerle una broma le dije que no y la decepción casi lo descompone. Iba a seguir argumentando, pero el comandante lo hizo callar con un gesto.
Esa noche permanecía hasta cerca de las cuatro escuchando radios de distintos países que reproducían el reportaje. Algunas no pude identificarlas, pero recuerdo a Radio Continente de Caracas y Radio Caracol de Colombia.
Me dormí inquieto, sin estar completamente seguro de que en Argentina habían recibido mi trabajo, que era aprovechado por casi toda Centroamérica.
A la mañana siguiente reporteé a Guevara. Y mi primera pregunta fue la misma que cuando lo había visto por primera vez.
-¿Por qué está aquí, doctor Guevara?
La respuesta fue pronunciada con la calma con que había sido dada anteriormente y con una tonada indefinida.
Estábamos ya por concluir el reportaje, cuando cuatro aparatos a reacción comenzaron a sobrevolar la planta transmisora en donde nos encontrábamos y corrimos todos hacia el refugio antiaéreo.
El avión “chivato” de la Cubana, se mantenía volando en círculos, como ya era habitual, mientras que los cuatro aviones lanzaban metralla en cada pasaje.
-¡Qué lástima perder este sonido de fondo!... –le dije a Guevara realmente dolorido.
-¿Y tu grabadora no es portátil?
-Sí.
-Entonces no necesitamos que funcione la planta…
-Vamos –grité arrastrándome loma arriba hasta entrar en el bohío donde estaba instalada la transmisora.
Los aviones seguían tirando y el ruido de sus motores y de las descargas era impresionante.
Aceleré mis preguntas hasta llegar al porqué de los bombardeos a los campesinos. Segundos después de terminado el ataque comenzamos a irradiar el reportaje.
Pero el riesgo que habíamos corrido fue inútil. La interferencia que colocaba encima de nuestra onda el servicio de informaciones de Batista, apenas permitió escuchar las voces y no se distinguían los bombazos ni la metralla. Guevara se rió toda la mañana de mi intento.
A mediodía constaté nuevamente si los radioaficionados amigos habían logrado grabar el reportaje al Che y como obtuve respuesta satisfactoria, decidí el retorno. Estaba impaciente por llegar a Santiago de Cuba y en especial a La Habana, para enterarme del porqué del fracaso de la huelga general.
Paquito, que no había conseguido aún filmar su famoso combate con luz de día, convino en viajar conmigo. Las cámaras y las películas quedaban en la Sierra e iban a ser llevadas a la capital por un mensajero. No queríamos que si nos sucedía algo, perdiésemos nuestro material. Mi grabadora la doné a la Planta.
De Fidel me despedía con un apretón de manos y del Che con un “chau”. Todos los demás, a quienes había conocido y de quienes me sentía realmente amigo, fueron cordialísimos en la despedida.
Debíamos viajar por una ruta sumamente peligrosa de noche y por el llano. Después de varias horas de mulo, aguardamos a que bajara el sol para comenzar el itinerario a pie. Nuestro guía era un muchacho muy conocedor de la región y dotado de la prudencia que sólo da el jugarse la vida diariamente. Tenía un nombre bíblico: Isaías.
-Como el apóstol – me dijo al presentarse.
Yo hice memoria, pero como San Pedro tuvo muchos amigos, pudiera ser que el muchacho tuviese razón.
Atravesamos durante horas campos de un pasto alto que nos llegaba hasta la cintura. No debíamos fumar ni hablar y ocultamos todo lo que pudiese ser notado en la oscuridad. Paquito, su sombrero de yarey, Isaías, el pañuelo blanco que llevaba en el cuello, y yo mi reloj pulsera con esfera luminosa.
Un solo bohío encontramos en todo el trayecto. Dos hombres de color nos indicaron que los guardias habían estado por ahí hacía unas horas. Uno de ellos se ofreció a “sacarnos” por detrás de unas lomas en donde era difícil que estuviesen acampados los batistianos.
Pese al frío, se quitó la camisa blanca y se quedó en cuero. A lo lejos se divisaba el eterno espectáculo de las noches en Oriente: docenas de incendios. Cuando Isaías creyó reconocer la ruta, el moreno nos deseó murmurando buen viaje y desapareció.
-Dentro de una hora vamos a atravesar la carretera Bayazo-Manzanillo y seguir hasta El Dorado. Tenemos el tiempo justo, antes de que se haga de día.
Habíamos estado caminando nueve horas. Pero no nos sentimos cansados, luego del entrenamiento de las montañas.
Cuando llegamos cerca de la carretera, nos pegamos al suelo para atravesar una alambrada.
-Si se llega a mover –advirtió Isaías- los guardias, que siempre vigilan junto a los alambres, van a empezar a tirar.
Paquito tuvo un acceso de risa. Giró en el suelo y le pregunté:
-¿Qué te pasa?¿Estás loco?
-¿A qué no sabes de qué me río, che? Pienso en la cara del que me vendió un seguro de vida hace pocas semanas…
Era evidente que estaba tan nervioso como yo. Pero mientras a él le dio risa yo no podía respirar con facilidad. Me parecía que el corazón retumbaba sobre la tierra y que cualquiera lo podía oír.
Isaías cruzó la franja de cemento y la alambrada del otro lado, sin inconvenientes. Veinte segundos después, como habíamos convenido, pasó arrastrándose Paquito y después del mismo lapso, yo. Cuando pudimos incorporarnos, seguimos nuestra marcha a mayor velocidad. El cielo estaba perdiendo su color negro y aún no habíamos llegado a nuestro refugio en El Dorado.