¡Todos a la huelga general! ¡La huelga general ha estallado! ¡A partir de este momento, esta emisora CMQ y todas las emisoras de Cuba, se pliegan al Movimiento de Huelga General Revolucionaria! ¡Viva la libertad! ¡Viva Cuba!
Fidel me abrazó y me obligó a dar saltos con él, mientras los cincuenta hombres que ocupaban el pequeño bohío amenazaban tirarlo abajo con sus gritos.
-¡Ya llegó la hora, che!... ¡Ya llegó la hora! Ahora no te vas más… Vas a bajar hasta La Habana con nosotros… ¡Llegó la hora!...
Celia Sánchez, en un rincón, permanecía muda, con los ojos cerrados. Si hubiese hablado, era seguro que lloraría.
Cuando Fidel me soltó, miré el reloj: eran las once de la mañana del 9 de abril. El día y el momento podrían ser históricos.
Después de algunos momentos, durante los que llegaron corriendo desde campamentos cercanos varias decenas de rebeldes, Fidel se recobró y comenzó a dar órdenes. A organizar inmediatos ataques y emboscadas. La noche anterior había mandado a tres patrullas a la carretera para interceptar un convoy de guaguas ocupadas por guardias.
Me tomó del brazo y me hizo seguir sus grandes zancadas:
-Mire, che. Son las once y media. Es seguro que ya tienen que haberse fajado los primeros.
-¿Y las otras dos patrullas a dónde fueron?
-Están dispuestas para apresar a los que logren escapar y para interceptar a los refuerzos que seguramente les van a enviar de Yara.
Los que habían quedado pegados a la radio anunciaron que una tras otra habían desaparecido del aire.
Fidel no cabía en sí de gozo. Riendo, le gritó a Paquito:
-Ahora vas a tener combates de día y de noche y puedes filmar en colores si quieres.
En medio de la euforia, el comandante era el más eufórico, pero al mismo tiempo el más realista:
-Hay que apoyar de inmediato a la huelga con ataques en todos los frentes.
Una tras otra fueron saliendo las patrullas y los mensajes con encargo de hostilizar a los efectivos del ejército.
De un jeep bajó corriendo el capitán Paco, mi anfitrión de hacía dos noches. Debajo del sombrero a la australiana, se hinchaba morado el ojo izquierdo, con la ceja cruzada por una herida desgarrante.
Mientras hablaba, Celia le alcanzó un jarro con agua.
-A las once y media atacamos a las guaguas –dijo jadeante.
Yo recordé de inmediato la hora que me había indicado Fidel.
-Terminamos con la mayoría. Eran gente de Masferrer. Hicimos nueve prisioneros, pero cuando los traíamos llegó la aviación. Nosotros nos escondimos en la manigua, pero los aviones bombardearon toda la zona.
-¿Y los prisioneros? –preguntó Fidel.
-Desde el jeep hicieron señas con sus cascos para que no les tirasen, pero de una avioneta les lanzaron dos granadas. Sólo dos quedaron con vida, pero están heridos. El chofer del jeep quedó con el muslo destrozado.
-¿Cayeron muchos de los nuestros?
-Dos –dijo Paco, dolorido.
-¿Y de ellos?
-Cerca de treinta. Pero no sabemos qué pasó con las patrullas que estaban cerca de Manzanillo. Creo que se están fajando con los refuerzos que salieron en camión desde Yara.
Instintivamente miré a Fidel. No se había equivocado ni en la hora en que se toparían las tropas ni en que los guardias enviarían soldados desde Yara. Se estaba colocando las cananas y ya sobre su hombro aparecía el cañón de su fusil con mira telescópica. Sin decir palabra comenzó a caminar, cuesta abajo, llevando consigo a la mayor parte de la gente.
-Vamos –le dije a Paquito.
Pero Fidel ya había dado órdenes de que nadie saliese del campamento hasta que él dispusiese. Los médicos y Paquito experimentaron la misma contrariedad que yo. El ecuatoriano había regresado a Santo Domingo en donde estaba acampado con la gente de Luis Crespo.
Imaginé que Castro dispondría poco después que un guía nos llevase hasta la zona del combate, pero pasaron las horas y nadie volvió. Casi sin que nos diéramos cuenta, comenzó a caer una leve llovizna caliente, junto con el tronar lejano de un bombardeo.
El camarógrafo cubano había recuperado íntegramente su mal humor, pero creo que yo estaba peor aún. Como no había ningún oficial, la encaré a Celia.
-¿Y qué hacemos nosotros aquí?¿No hay nadie que nos pueda guiar hasta el frente?
Ni siquiera me respondió. Era evidente que nadie sabía nada. Y que el bombardeo lejano, que ya llevaba tres horas, los había aplastado en la misma forma que la vuelta al aire de algunas estaciones de radio, que anunciaban que en casi todas las ciudades de la isla estaba reinando la calma.
En La Habana se anunciaban más de cincuenta muertos del 26 de julio. En Santiago de Cuba cerca de cien. De otras localidades no se daban cifras, pero los locutores indicaban que los grupos de “forajidos” habían sido exterminados.
Haydée Santamaría vino a mí, sin duda en busca de un consuelo que mi mal humor no supo darle.
-Deben ser noticias falsas…
-Pero las radios están en el aire –le dije casi con rabia-, y eso es muy importante para el gobierno.
Sobre mis últimas palabras llegó el ruido del motor de un jeep. El chofer descendió apurado y comunicó que Fidel reclamaba la presencia de los periodistas.
A toda velocidad me cargué la mochila y preparé la máquina de fotos. Casi al mismo tiempo que Paquito monté en el jeep, que comenzó a saltar sobre las lomas. La lluvia ya era un solo bloque de agua que se estrellaba contra el techo de árboles y prácticamente no se veía nada. Media hora después descendimos del jeep y seguimos la marcha a pie, cayéndonos y embarrándonos sin sentirlo. Sólo nos alegramos cuando las ráfagas de las ametralladoras se escucharon secas y persistentes casi sobre nosotros. El combate seguía. En un claro, cuatro casas de madera y en medio Fidel Castro, con Delio Ochoa, René Rodríguez y Paco. Ya era de noche y la lluvia amainó como para dejarnos cambiar algunas palabras.
Fidel corrió hacia nosotros.
-Tienen que informar de esto – dijo casi a gritos- tienen que decirle al mundo hasta dónde llega la crueldad de esta gente. Han bombardeado Cayo Espino. Un pueblito que ni siquiera está en la zona operativa, en donde no se refugió un solo rebelde. Mientras nosotros peleábamos aquí, los aviones ametrallaron durante horas un caserío indefenso.
Estaba evidentemente dolorido y furioso, pero Paquito y yo conservábamos el resentimiento del olvido.
-¿Y por qué no nos mandó buscar antes? –le dije con frialdad.
-No tenía un solo hombre para ir hasta donde estaban ustedes… Comprendan.
Los balazos seguían sin intermitencia. Yo no me daba cuenta de dónde venían ni a quién se dirigían. Pero todos corrimos hacia atrás de un camión detenido en las cercanías. Los cadáveres de dos guardias se embarraban en medio del camino.
- Son gente de Masferrer y están bien armados –explicó Fidel-, pero ya los tenemos dominados por completo.
-¿Quién es Masferrer?
Aunque la situación no era propicia a las explicaciones, Castro, a quien nuestro reproche lo había mortificado, se detuvo a decirme:
-Rolando Masferrer es un senador de Batista. El cerebro de la represión; un hombre que realmente gobierna en Cuba. Hasta el punto de que cuenta con un ejército particular, que en un momento determinado puede dominar hasta a los mismos efectivos gubernistas. Durante la guerra española fue oficial de la Cheka.
La lluvia caliente era ahora tan fuerte que no podíamos ni mantener los ojos abiertos. Una última ráfaga de ametralladora rebelde no obtuvo contestación. Los guardias habían huido o muerto.
-Mire, che. Vaya hasta el hospital de campaña y vea lo que pasa allí. Y luego encuéntrese conmigo en Cayo Espino.
Saltamos con Paquito a un camión descubierto y nos alejamos sin escuchar un nuevo tiro. La lluvia nos pegaba en la cara y en el pecho, pero escondíamos las mochilas en el estómago doblándonos sobre ellas, para que no se mojasen las cámaras y la grabadora.
En la cima de una montaña, detrás de un matadero abandonado, se había instalado el hospital de campaña. Más de una hora nos demandó la ascensión hasta el bohío iluminado, resbalando constantemente en el barro. Cuando llegamos, nos encontramos con De la O y Fajardo, que habían llegado no sabíamos de qué manera.
Varios candiles alumbraban con su luz amarillenta a un grupo de hombres que auxiliaban a más de treinta heridos, casi todos ellos guajiros. En un rincón, una mujer lloraba a gritos y pretendía levantarse de la silla antes de que Fajardo le aplicase una inyección.
De la O, con los ojos brillosos, me indicó una mesa. Extendido, larguísimo y seco, estaba el cadáver desnudo de un niño rubio. Tenía enrollada en la pierna izquierda una venda ensangrentada y los ojos entreabiertos y la dentadura blanquísima que asomaba entre los labios, reflejaban la luz de la vela colocada a los pies. El estómago estaba hundido, casi hasta juntarse con las tablas blancas de la mesa.
Me quedé unos segundos delante de él. Los gritos de la mujer nos hacían permanecer a todos mudos, aunque mi mente repetía constantemente, como una letanía: Hijos de puta… Hijos de puta…
-¡Maldito Batista!... ¡Qué has hecho de mi hijo… Batista!... ¡Qué has hecho de mi hijo!...
Y yo seguía pensando, clavado ante el cadáver estirado del chico: Hijos de puta… Hijos de puta…
Mecánicamente me alejé y comencé a tomar el nombre de los heridos y el del niño muerto: Orestes Gutiérrez Peña, de seis años. Pero me sentía frío, ridículo, cumpliendo mi misión de periodista. ¡Qué hacía yo ahí, con la lapicera en la mano, en lugar de estar apretando el gatillo de una ametralladora!
-¡Maldito Batista!...¡qué has hecho de mi hijo…
Me detuve frente a un soldado de Masferrer. Un negro asustado, que miraba con sus grandes ojos llenos de pavor a la madre que maldecía. Era uno de los que se había salvado de las granadas que sus propios compañeros arrojaron al jeep.
-¿Cuántos años tenés? – le pregunté con frialdad.
-Diecinueve.
-¿Y por qué estás peleando aquí, contra los revolucionarios?
-Yo estaba en el reformatorio. El senador nos dijo que aquí ya no había pelea. Que los rebeldes no tenían armas y que Fidel Castro se había escapado con el Che en un avión hacia Venezuela… Que los que quedaban no tenían más que escopetas…
-¡Maldito Batista!... ¡qué has hecho de mi hijo!... Fidel… ¡por qué dejaste que me lo mataran!...
-Es un pobre chico –me dijo De la O al oído.
Con mi cámara sin flash no podía tomar ninguna foto, y le pedí a Paquito que filmase algunas tomas para mí. Trató de hacerlo, pero no respondía de la calidad de las fotos, porque sólo había algunos candiles y velas iluminando el bohío. La lluvia fue cesando y salimos afuera, mientras Fajardo envolvía al chico muerto en una sábana. De la O se sentó al lado mío en el pasto embarrado. No hablamos. Los dos pensábamos igualmente en nuestros hijos…
Unos minutos después, dos guías con linternas iniciaron el cortejo, loma abajo, mientras el padre del niño muerto se lo llevaba envuelto en la sábana. Entre varios soldados ayudaban a bajar a la mujer, que quería tirarse al suelo.
Pasó un largo rato y el viento que corría helado entre las montañas traía estirado y trágico el mismo grito sin variaciones:
-¡Maldito Batista!... ¡qué has hecho de mi hijo!... ¡Maldito Batista!... ¡ qué has hecho de mi hijo!