Un muchacho uniformado, con la melena rubia que le tapaba los hombros y un armamento que le cubría el pecho y la espalda, nos indicaba con el pulgar hacia abajo, el lugar en donde había colocado una mina de gran poder. El jeep salió del camino y se metió entre la manigua para eludir el artefacto que iba a pasar la noche esperando a los guardias. Después de cruzar un arroyo, el vehículo frenó ante un edificio de madera y cinc. Más de doscientos rebeldes estaban descansando en el lugar, sentados o acostados en el suelo, todos con sus armas automáticas y las granadas de fabricación casera colgando de la cintura. Sobre el alero de la casona, se lograba leer: “La Fragata”.
Mi guía, que había ido en busca del oficial a cargo de esa tropa volvió decepcionado.
-Fidel no está aquí. Pero yo debo volver a Las Mercedes. Esta noche pueden ocurrir muchas cosas.
Durante el camino, campesinos aterrorizados nos habían hablado de una compañía de guardias que habían incendiado más de veinte casas y bohíos. Era probable que al caer la tarde hubiesen vuelto a su cuartel, pero no había que descuidarse.
-Aquí lo dejo con el capitán Paco. Mañana a la mañana lo hará llegar hasta el comandante, si es que él no viene aquí. –Le agradecí y me despedí. Paco me estrechaba la mano con fuerza y alegría, mientras un grupo de rebeldes me rodeaba-.
-¿Eres argentino?
-¿Ya viste al Che?
Y otra vez la serie de preguntas calcadas de todos los otros campamentos: Libertad Lamarque, Fangio, Perón, Frondizi.
-¿Y qué te parece esto?
Nos sentamos en el suelo y yo comencé a hablar. La curiosidad de ellos era insaciable. Todo les interesaba. Pero mucho más les interesaba mi impresión personal sobre su revolución.
Les conté mi viaje por zonas que muchos de ellos aún no conocían, los bombardeos constantes, la generosidad de los campesinos, mi apasionado fervor por el congrí y el potaje de frijoles negros y mi admiración por la sustancia humana de cada rebelde: su desinterés, su modestia, su valentía y su conocimiento de la causa que defienden. Era la primera vez que daba a conocer mis impresiones tan abiertamente y no temía que los rebeldes pudiesen tomar mis palabras como “guataquería”. Sabía que, sencillamente, asistían a un relato objetivo de la personalidad de cada rebelde. Ellos eran así. Magníficamente así. Y me explicaron que así los había formado Fidel Castro. Que el ejemplo del comandante era la guía moral para todos ellos. Y nadie hubiese hecho lo que Fidel Castro habría considerado que no se debía hacer. Y tampoco temieron que yo pudiese tomar sus palabras por auto propaganda. Sabían que, sencillamente, ofrecían un relato objetivo de la personalidad de cada rebelde, formada por su comandante.
-¿Y cómo se te ocurrió venir hasta aquí, a reportear a Fidel?
-Existe, con respecto a la revolución cubana, un gran misterio –les dije- que aún no ha sido develado. Un gran misterio guardado celosamente por las agencias informativas y por los grandes diarios que se nutren con sus noticias. Y así, mientras toda Latinoamérica odia a Batista, no se decide a apoyar a Fidel Castro, porque no saben quién es, qué quiere, ni quién lo apoya. Y porque no sabe quiénes son ustedes.
Les conté que algunos consideraban a la revolución cubana instrumento de Estados Unidos –lo que recibieron con el asombro con que hubiesen asistido al parto de una mula- y al ejército de Fidel Castro, integrado por jóvenes pudientes que jugaban a la guerra. Les dije que era habitual leer en los diarios la noticia de que “los rebeldes cubanos volaron un tren de pasajeros” sin aclarar si el tren de pasajeros estaba ocupado o no, o si ese “tren de pasajeros” era utilizado para el transporte de tropas. Noticias de ese tipo –insistí- daban la impresión de que Fidel Castro no era otra cosa que un asesino terrorista.
Se quedaron un poco apagados por el relato. Sus barbas y melenas me hicieron acordar de que muchas de las notas que había leído sobre los rebeldes de la Sierra Maestra, sólo aludían a los atributos capilares de los soldados de Castro y a todo detalle pintoresco utilizable para despertar el interés del lector, de idéntica forma en que aludían a las caras pintadas de los pieles rojas o al mate y al ombú cuando hablaban de la Argentina.
El capitán Paco interrumpió la charla para anunciarme que en mi honor habían cocinado a un guanajo.
Invité a todos los que estaban conmigo a compartir la cena, pero ellos ya habían comido. Sólo Paco y Duque un teniente macizo y alegre, me ayudaron a terminar con el enorme bicho. Paco parecía no comer, por hablar. Pero cuando hacía una pausa, devoraba lo que yo había logrado tragar mientras escuchaba. Era un campesino rubio, de unos treinta años. Hablaba de su gente con cariño paternal y me narraba el combate celebrado la noche anterior, en el cuartel de San Ramón, recordando todos los detalles que destacaran el coraje de los muchachos con los cuales yo había hablado. De vez en cuando su sombrero marrón de fieltro, que llevaba al estilo de los soldados australianos, le caía sobre la frente pero él se apresuraba a volverlo a la nuca, empujándolo con la pata ya pelada del guanajo. Duque fue el encargado de recordar únicamente todos los detalles “jocosos”: la granada que cae excesivamente cerca y no estalla, la ametralladora que se encasquilla cuando más hace falta; y el debut fragoroso de dos ametralladoras cincuenta que habían recibido ese mismo día.
-Todos querían estar cerca de ella, para ver cómo lanzaba candela…
El soldado que nos había indicado la posición de la mina cuando llegamos a La Fragata, estaba parado al lado nuestro con otro exactamente igual: rubio, con la melena larga hasta más allá de los hombros, y una boina negra con la medalla de la Virgen de la Caridad.
-Es mi hermano –me lo presentó.
-¿Cuántos años tienen ustedes?
-El dieciséis y yo quince.
Paco los “choteó”.
-Estos son los “niños”. Un día se le presentaron al comandante Che en su campamento y le dijeron que querían incorporarse. Su compatriota les dijo que se vuelvan a casa, pero lo amenazaron de que si no se incorporaban, iban a suicidarse. Querían morir por la patria –terminó riendo.
Yo los miré atentamente. Pese a su uniforme sucio y al armamento, parecían dos jovencitos delicados.
-La cuestión es que nos quedamos. Y estas armas las ganamos peleando.
El mayor señaló a su hermano con orgullo:
-Este es bravo. La ametralladora se la quitó a un guardia, en una emboscada…
-El Che –añadió Duque- cada vez que los encuentra les ofrece volver a su casa, pero ya no se los puede sacar de encima. Y tenemos que cuidarlos como a señoritas.
Ninguno de los dos se molestó por la broma. Yo seguí mirándolos, pensando en su madre, en la hermanita –que según ellos también había querido incorporarse al 26-, en las granadas que colgaban de sus cinturas…
A las nueve, todo el mundo se echó a dormir en sus hamacas o en el suelo. Al separarme del fogón, sentí frío y recordé a la Bohemia que llevaba en la mochila.
Paco, empeñado en su papel de anfitrión, no quiso que durmiese en la tierra, al aire libre, y me envió con un soldado hasta un bohío que se divisaba a unos quinientos metros del campamento, extrañamente pintado de blanco, mientras disponía las postas y las dotaciones para atender a las dos ametralladoras cincuenta, emplazadas en las cercanías.
Caminé en la oscuridad hasta el bohío que iba a ser mi dormitorio y me encontré con la sorpresa de que sólo quedaban más o menos en pie dos paredes. En el interior había una gran cruz blanca de madera, y en uno de los costados, un altarcito con la imagen de la virgen y de un señor bigotudo chorreado por el sebo de las velas. Sobre dos bancos había un jergón hecho con alambre de cerco y debajo de él, una familia de puercos negros.
-¿Y esto qué es? –pregunté al que me acompañaba.
-Un templo espiritista. Hace mucho que ya no viene nadie.
Hubiese preferido mil veces pasar la noche al aire libre, ya que ahí el viento helado, circulaba ordenada e inexorablemente por la zona donde estaba instalado el jergón.
Me cubrí el estómago y la espalda con los pedazos de revista y me envolví los pies descalzos, con una bolsa que las gallinas utilizarían muy a menudo para limpiarse la cola. Los cerdos, impertérritos, seguían masticando debajo mío, sin otorgarme la menos atención.
Pese al frío, me sentía bien. Estaba totalmente estirado con las manos cruzadas debajo de la cabeza y con los ojos cerrados, tratando de adivinar el momento en que el más gordo de los chanchos me elevaría con su lomo, pero siempre ocurría cuando me distraía.
Creo que me había dormido, cuando una linterna me enfocó la cara. Yo no sentí deseos de abrir los ojos.
-Déjale… déjale dormir, que luego le veré.
Fue una voz extraña, como la de un chico afónico. No sé por qué, intuí que ése era el hombre por el que había viajado más de siete mil kilómetros. Salté del jergón y sujetando mis abrigos corrí tras la voz.
-Doctor Castro… -grité.
Una enorme figura, cubierta con una manta a modo de poncho, giró hacia mí.
-Buenas noches –le dije.
-Hola, qué tal… Cómo anda Frondizi, ¿está contento?
-Bueno, yo creo que por ahora sí.
-Así que ya estuvo con su compatriota el Che…
Seguimos caminando y hablando hasta llegar a La Fragata, en donde lo esperaba un jeep. Yo recogí la mochila y me ubiqué en la parte trasera del vehículo en donde había dos mujeres y dos hombres, uno de ellos herido, aparte del chofer.
Comenzaba a amanecer, pero el frío no decrecía. El jeep subía increíblemente lomas y cruzaba arroyos, sacudiéndonos a todos. Como nadie me hablaba, yo únicamente me dedicaba a mirar y a procurar que el borde de la puerta trasera del jeep no me impidiese montar más adelante en mulo.
En un lugar determinado, el vehículo paró en seco y todos descendimos, inclusive los heridos, a los que ayudaron varios rebeldes que aguardaban allí. Cerca de quinientos hombres recién se descolgaban de sus hamacas, atadas a los postes que sostenían techos de palmeras.
El grupo que había bajado del jeep, siguió su marcha a pie y yo me sumé a ellos. Fidel Castro, en cambio, quedaba atrás, hablando con varios oficiales. El sol había salido y tuve ocasión de observarlo detenidamente: dos metros de estatura; no menos de cien kilos de peso y botas para guardar equipajes. Vestía el mismo uniforme que todos los demás pero su brazalete ostentaba tres estrellas. Su rostro era notable: de impecable líneas romanas y barba escasa que avanzaba hacia delante como el espolón de un acorazado. Los ojos negros y medianos, estaban encendidos detrás de dos vidrios gruesos y de la boca de labios carnosos salía un tabaco que sólo desaparecía para dejar lugar a un salivazo cargado de nicotina. Cuando hablaba se movía de un lado a otro, aplanando la tierra con sus botazas y moviendo los brazos continuamente. Nadie hubiese afirmado que tenía sólo treinta y dos años.
A medida que el grupo al que me había incorporado se alejaba, su voz iba perdiendo agudeza hasta convertirse en un bronco murmullo protestón.
Trepamos una loma no muy pronunciada y llegamos a un bohío abandonado.
Una de las mujeres, flaca y seria como un gendarme, ordenó que nos detuviésemos allí. Lo primero que hice fue poner en lugar seguro mi grabadora y preparé la máquina de fotos.
La mujer uniformada que parecía ser la de mayor autoridad en ese momento, se acercó, tratando de ser amable.
-Oiga, argentino, pida cuanto necesite, que aquí hay de todo. Fidel llegará dentro de un momento.
Tenía una voz especial, cálida, decididamente amistosa, que desvaneció mi primera mala impresión. Un gendarme no podría jamás tener esa voz. Los ojos me dolían por la falta de estar cerrados varias horas seguidas, pero igual se fijaron en ella con detenimiento
-Celia Sánchez.
-Usted es… -dije, tratando de recordar el nombre que aparecía en el epígrafe de una fotografía.
Esta vez había sonreído. Y su sonrisa tampoco fue la de un gendarme. Era una sonrisa cansada por más de un año de marcha tras el desplazamiento inquieto y nervioso de las tropas de Fidel Castro, pero bondadosa y muy humana. Decididamente femenina. Demostraba cerca de cuarenta años y nos dudé de que un viento no muy fuerte hubiese obligado a los soldados rebeldes a subir a los árboles a descolgarla. Sentí inmediatamente gran simpatía por ella. En pocos minutos había dispuesto todo lo necesario para que el bohío se convirtiese en la comandancia de Castro. Una radio a pila estaba funcionando y el locutor informaba que ya no quedaban rebeldes en la sierra y que los últimos restos de las bandas de forajidos armados estaban siendo empujados hacia el mar. Además el gobierno –según el locutor- tenía irrefutables pruebas del comunismo de los miembros del 26, porque en un campamento abandonado, los guardias habían encontrado una bandera de China Roja y un casquillo de fabricación soviética.
-Ojalá tuviésemos miles de balas de fabricación soviética –comentó un soldado que descansaba en el suelo, sin quitarse la gorra que le cubría la cara-. Que las fabrique el diablo, pero que las tiremos nosotros… -concluyó filosóficamente quizá sin despertarse del todo.
Esperé la llegada de Castro fumando un tabaco y bebiendo el café que me había servido la otra mujer del grupo. Era totalmente distinta a Celia, aunque sería sólo unos años menor. Rubia, roja y muda, y no dudé de que un viento muy fuerte hubiese obligado a varios soldados rebeldes a prenderse a ella, para no ser remontados a los árboles. Cuando le agradecía su atención, le pregunté el nombre y lo dijo en un suspiro de cansancio.
-Haydée Santamaría.
Lo recordé enseguida. También hacía muchos meses que estaba en las montañas. Tenía todo el derecho del mundo a ser muda y a su figura descuidada. Su marido, Armando Hart, estaba preso, y su hermano había muerto en el asalto al cuartel Moncada.
El calor hizo que mi camisa se empapase nuevamente, aunque estaba sentado a la sombra. El sol ardía con mayor intensidad segundo a segundo y me vi obligado a entornar los ojos, que adivinaba rojos.
La voz encolerizada de Castro me hizo abrirlos nuevamente, para mirarlo subir hasta el bohío. Varias gallinas huyeron espantadas ante la posibilidad de quedar chatas debajo de sus enormes botas. Venía discutiendo con sus oficiales las alternativas del combate de la noche anterior. El emplazamiento de los morteros no se había ajustado a sus instrucciones y habían comenzado a disparar antes de lo previsto.
Celia se acercó a mí y me comentó que la mayor causa del mal humor del comandante residía en que había: un muerto y un herido grave, el capitán Horacio Rodríguez.
Cuando Fidel estuvo cerca me paré y él vino a mi encuentro. Me tomó de un brazo e hizo lo que haría veinte veces más en el día: me paseó de un lado a otro preguntándome qué noticias había tenido en La Habana de la huelga general que se había anunciado, qué impresión había recibido a través de mi viaje por la Sierra, qué se sabía en Argentina de la revolución cubana…
Respondí siempre con la mayor sinceridad. Sabía que mis juicios, fuesen cuales fueren, no le iban a molestar. Demostraba ser un hombre que tenía absoluta confianza en los demás y que no rechazaba en principio ninguna opinión. Cualquier referencia jocosa le hacía estallar en carcajadas tan grandes como su estatura, con la misma facilidad que se detenía para hacer rotundas sus maldiciones, cada vez que se enteraba de algún nuevo crimen de los batistianos. Sus treinta y dos años afloraban en su extraversión absoluta y franca.
A las diez de la mañana tuve ocasión de asombrarme por primera vez al verlo devorar. Tragaba de pie, caminando y hablando, grandes trozos de carne y malanga, y cuando se dirigía a mí, me señalaba invariablemente con un chorizo colorado que reemplazaba Celia cada vez que se terminaba.
Su mayor preocupación en ese momento la constituía la huelga general.
-¿Pero qué estarán pensando en La Habana que la retrasan tanto, caballero?
-¿Usted no sabe cuándo va a estallar la huelga?
-Pero óigame, che chico. ¿Cómo cree que yo, metido en las sierras, todo el día a los tiros, voy a saber cuál es el momento propicio para lanzar una huelga general revolucionaria? Yo me ocupo de esto, de la campaña militar, pero no puedo pretender ser un dios omnisapiente… Eso que lo decidan ellos… los de la Dirección Nacional…
Los chorizos rojos habían sido reemplazados ahora por tabacos que mitad fumaba, mitad masticaba.
Yo le había propuesto realizar esa misma tarde el reportaje grabado, pero él me sugirió, y lo acepté, esperar algunos días más.
-Quiero que vea aún muchas cosas. Que nos acompañe, si quiere, a algún combate. Que nos conozca mejor.
Por la tarde salieron varias patrullas a tender emboscadas. Fidel les indicaba el punto exacto en donde debían ubicarse. Disponía todo sin consultar una sola vez el mapa que, por otra parte, no sé si lo tendría. Y luego se dedicó a dirigir una práctica de tiro, con un libro de Camus bajo el brazo sudado. Los blancos habían sido dispuestos en un valle, a unos doscientos cincuenta metros abajo, y al principio me costó ubicarlos. Eran pequeñas botellas.
El comandante, con toda su exuberancia juvenil, gritaba órdenes, y bromeaba y protestaba a la vez. Y demostró una puntería excepcional. Las cargas cerradas sobre las botellas, que se renovaban constantemente, iban precedidas de entusiastas exhortaciones:
-A ver, caballeros. A ese carro cargado de guardias… ahí pasan por la carretera… atención… apunten… ¡fuego!
Y la hilera de botellas desaparecía como borrada de improviso.
-Yo no sé como tirando así –gritaba- aún quedan guardias batistianos en el ejército… A ver tú. Allí tienes un pomito prieto. Listo: ¡fuego!... ¡Pero qué bruto… caballero!... Eso se hace así.
Y con su pistola hacía desaparecer la botellita negra.
Tirados al lado mío, presenciando las pruebas, se habían colocado los dos médicos que hacía unas horas habían compuesto el estómago abierto del capitán Horacio Rodríguez, en una operación al aire libre, sobre la mesa de un bohío: los doctores Fajardo y De la O.
Llevaban poco tiempo incorporados a la gente de Fidel Castro y todavía mantenían su empaque profesional. Ignoro de qué forma se mantenían limpitos y con olor a desinfectante. Como nadie nos había presentado, lo hicieron ellos mismos, con una corrección ciudadana que me pareció insólita.
Al caer la tarde me invitaron a tender la hamaca que me había conseguido Celia, en árboles cercanos a los que ellos utilizaban. Subimos una loma corta, pero muy empinada, y nos disponíamos a cenar cuando Delio Ochoa, uno de los capitanes de Castro, apareció guiando a dos personas sin uniforme: uno de ellos, el mayor, con barba negra y cara de enojo; el otro, perfectamente afeitado y sonriente, se me presentó enseguida:
-¿Tú eres el argentino?... Carlos Bastidas, para servirte… Soy periodista ecuatoriano.
Cuando me acerqué para estrecharle la mano, calculé que tendría no más de veintidós años.
-Me alegro de encontrar un colega –le dije.
-Dos colegas. Este es Paquito, camarógrafo cubano.
El barbudo enojado, me dijo, imitando el acento argentino:
- Qué decís… che…
Los dos médicos, que habían sacado unas galletas y un poco de queso, miraron con aprensión a la concentración de periodistas hambrientos que se había formado, pero suspiraron cuando Ochoa anunció que se nos iba a mandar potaje, que llegó enseguida, junto con tabacos.
Pese a que la oscuridad era total, nos quedamos levantados hasta la madrugada, fumando y charlando sobre la guerra que nos había juntado en ese momento para comer potaje sentados en el suelo y beber agua de un cubo común, mientras a lo lejos se escuchaban las descargas nocturnas de los encuentros o del terror de los guardias de Batista batiendo constantemente la manigua desierta.
El doctor Fajardo había abandonado Manzanillo luego de una larga tarea subversiva. Era muy joven, cobrizo y reposado. La mujer estaba esperando el primer hijo.
De la O tendría unos cuarenta años y era la representación física del hombre que no quiere problemas en ningún terreno. Bajo, ligeramente obeso y de piel quemada, hablaba de manera impersonal de su incorporación a las tropas rebeldes y sólo su voz se alteraba apenas perceptiblemente para algún: “qué cabrones” o “qué hijo’e puta, caballero”, cuando hablaba de los crímenes del ejército o de Batista. Había abandonado el hospital en que trabajaba en Pinar del Río, anunciando que iba a participar en un congreso médico en los Estados Unidos, por si no lograba llegar a tomar contacto con las tropas de Castro.
Aunque la noche no nos dejaba vernos, yo sabía que Paquito seguía con su cara de enojo.
-¿Hace mucho que estás en la Sierra?
Fue como preguntarle a una vieja mañera, si tenía alguna enfermedad.
De improviso comenzó a soltar carajos en repetición:
-Pero chico… Ya va para un mes que debía estar en La Habana con el material. Todas las combinaciones que tenía para sacarlo del país se han perdido.
-¿Y por qué no te fuiste?
- Es que encargaron unas escenas de combates… Y hasta ahora no hubo ninguno de día. Y de noche no puedo filmar…
El ritmo nervioso de la protesta era marcado en la oscuridad, por el redondel rojo de su tabaco.
-¿Y por qué no filmas con reflectores? –saltó el ecuatoriano.
Paquito no contestó a la broma, lo que nos hizo reír a todos.
Un rato después, ya tendidos en las hamacas, seguimos fumando y charlando.
Bastidas había subido a la Sierra hacía cerca de un mes. Y no se decidía a volver. No había mandado una sola crónica a su diario y aún no había realizado ningún reportaje. Simplemente miraba y participaba de todo. Su espíritu juvenil había sido ganado por completo por la revolución y la vivía como un revolucionario más. Hablaba constantemente, salpicando de risas cualquier relato, y creo que aún seguía hablando cuando me dormí.