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Capítulo VI

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:10

Cuando desperté estaba decepcionado. Había dormido plácidamente hasta las cinco y en ningún momento escuché metralla. Los guardias habían hecho una corta incursión, pero regresaron de inmediato a su cuartel al enterarse de que el Che no se encontraba en La Otilia y que estaría tendiéndoles alguna emboscada.
Había esperado anhelante el momento en que escuchase la voz de fuego, tendido en la semipenumbra de la sala, mientras Virreyes, con la ametralladora sin seguro, se prometía asimismo un viaje a Buenos Aires, exclusivamente para escuchar tangos. Cerca de las dos, Sorí Marín y yo nos tendimos en los dos únicos colchones que había, y que juntos podían dar cabida a tres personas, pero no a las cinco que me encontré al despertar. Virelles se había ido a ocupar su posta y Cantellops roncaba sobre su sillón. Llibre apareció rascándose, a los pies de la cama, y me contó dolorido que había estado tratando de disolver toda la noche una reunión de granitos que le habían surgido imprevistamente en el estómago.
En pocos minutos lo que parecía un dormitorio se convirtió en comedor, oficina y enfermería. Todo el mundo estaba en pie y lo único que preguntaba, estuviese haciendo cualquier cosa, era si había llegado el comandante.
Guevara llegó a las seis. Mientras yo observaba admirado a un grupo de muchachos que se preocupaba insólitamente en hacer algo que yo hacía mucho tiempo había dejado de practicar: lavarse la cara, comenzaron a llegar desde distintos lados, grupos de rebeldes sudados, cargados con su mochila ligera y su pesado armamento. Los bolsillos estaban hinchados de balas y las cananas se cruzaban sobre el pecho dejado sin protección por una camisa sin botones.
Era la gente que había tendido la noche anterior una emboscada a la tropa de Sánchez Mosquera y volvía cansada, con sueño y con las ganas contenidas de trenzarse con los guardias del odiado coronel. A poco llegó Ernesto Guevara...
Venía montado en un mulo, con las piernas colgando y la espalda encorvada prolongada en los caños de una Veretta y de un fusil con mira telescópica, como dos palos que sostuviesen al armazón de su cuerpo aparentemente grande.
Cuando el mulo se fue acercando pude ver que le colgaba de la cintura una canana de cuero colmada de cargadores y una pistola. De los bolsillos de la camisa asomaban dos magazines, del cuello colgaba una cámara de fotos y del mentón anguloso algunos pelos que querían ser barba.
Bajó del mulo con toda calma, asentándose en la tierra con unas botas enormes y embarradas, y mientras se acercaba a mí calculé que mediría un metro setenta y ocho y que el asma que padecía no debía crearle ninguna inhibición.
Sorí Marín hizo las presentaciones ante los ojos de veinte soldados que nunca habían visto a dos argentinos juntos, y que quedaron un poco decepcionados al ver que nos saludábamos con bastante indiferencia.
El famoso Che Guevara me parecía un muchacho argentino típico de clase media. Y también me parecía una caricatura rejuvenecida de Cantinflas.
Me invitó a desayunar con él y comenzamos a comer casi sin hablar.
Las primeras preguntas fueron, lógicamente, de él. Y, lógicamente también, se refirieron a la política argentina.
Mis respuestas parecieron satisfacerle y a poco de hablar nos dimos cuenta que coincidíamos en muchas cosas y que no éramos sujetos peligrosos. Pronto hablamos sin muchas reservas –algunas manteníamos, como buenos argentinos de la misma generación- y comenzamos a tutearnos.
Un soldado guajiro que trataba de escucharnos hizo soltar a Guevara un comentario humorístico sobre la gracia que les causaba a los cubanos nuestra manera de hablar y la risa mutua nos unió casi de inmediato en un diálogo menos reticente.
Entonces le manifesté los motivos de mi viaje a Sierra Maestra. El deseo de esclarecer, primero que nada ante mí mismo, qué clase de revolución era la que se libraba en Cuba desde hacía diecisiete meses; a quién respondía; cómo era posible que se mantuviese durante tanto tiempo sin el apoyo de alguna nación extranjera; por qué el pueblo de Cuba no terminaba de derribar a Batista, si realmente estaba con los revolucionarios y decenas de preguntas más, muchas de las cuales ya tenían respuesta en mi convicción, luego del viaje hasta La Otilia. Luego de sentir de cerca el terror de las ciudades y la metralla de los montes; luego de ver a los guerrilleros desarmados participar de emboscadas suicidas para hacerse de un arma con la que pelear realmente; luego de escuchar explicar a los campesinos analfabetos, cada uno a su manera, pero claramente, por qué luchaban; luego de darme cuenta de que no estaba entre un ejército fanatizado capaz de tolerar cualquier actitud de sus jefes, sino entre un grupo de hombres conscientes de que cualquier desvío de la línea honesta que tanto los enorgullece significaría el fin de todo y la nueva rebelión.
Pero yo, pese a todo eso, desconfiaba. Me negaba a dejarme arrastrar por entero por mi simpatía hacia los campesinos combatientes, mientras no escrutase con la mayor severidad las ideas de quienes los conducían. Me negaba a admitir definitivamente que algún consorcio yanqui no estuviese empeñado en apoyar a Fidel Castro, pese a que los aviones a reacción que la misión aeronáutica norteamericana había entregado a Batista, habían ametrallado varias veces el lugar en donde me encontraba.
Mi primera pregunta concreta a Guevara, el joven médico argentino metido a comandante héroe y a hacedor de una revolución que no tenía nada que ver con su patria fue:
-¿Por qué estás aquí?
El había encendido su pipa y yo mi tabaco y nos acomodamos para una conversación que sabíamos larga. Me contestó con su tono tranquilo, que los cubanos creían argentino y que yo calificaba como una mezcla de cubano y mexicano:
-Estoy aquí, sencillamente, porque considero que la única forma de liberar a América de dictadores es derribándolos. Ayudando a su caída de cualquier forma. Y cuánto más directa mejor.
-¿Y, no temés que se pueda calificar tu intervención en los asuntos internos de una patria que no es la tuya, como una intromisión?
- En primer lugar, yo considero mi patria no solamente a la Argentina, sino a toda América. Tengo antecedentes tan gloriosos como el de Martí y es precisamente en su tierra en donde yo me atengo a su doctrina. Además, no puedo concebir que se llame intromisión al darme personalmente, al darme entero, al ofrecer mi sangre por una causa que considero justa y popular, al ayudar a un pueblo a liberarse de una tiranía, que sí admite la intromisión de una potencia extranjera que le ayuda con armas, con aviones, con dinero y con oficiales instructores. Ningún país hasta ahora ha denunciado la intromisión norteamericana en los asuntos cubanos ni ningún diario acusa a los yanquis de ayudar a Batista a masacrar a su pueblo. Pero muchos se ocupan de mí. Yo soy el extranjero entremetido que ayuda a los rebeldes con su carne y su sangre. Los que proporcionan las armas para una guerra interna no son entremetidos. Yo sí.
Guevara aprovechó la pausa para encender su pipa apagada. Todo lo que había dicho había salido de unos labios que parecían sonreír constantemente y sin ningún énfasis, de manera totalmente impersonal. En cambio, yo estaba absolutamente serio. Sabía que tenía que hacer aún muchas preguntas que ya juzgaba absurdas.
-¿Y qué hay del comunismo de Fidel Castro?
Ahora la sonrisa se dibujó netamente. Dio una larga chupada a la pipa chorreante de saliva y me contestó con el mismo tono despreocupado de antes:
-Fidel no es comunista. Si lo fuese, tendría al menos un poco más de armas. Pero esta revolución es exclusivamente cubana. O mejor dicho, latinoamericana. Políticamente podría calificárselo a Fidel y a su movimiento, como “nacionalista revolucionario”. Por supuesto que es antiyanqui, en la medida que los yanquis sean antirrevolucionarios. Pero en realidad no esgrimimos un antiyanquismo proselitista. Estamos contra Norteamérica –recalcó para aclarar perfectamente el concepto- porque Norteamérica está contra nuestros pueblos.
Me quedé callado para que siguiese hablando. Hacía un calor espantoso y el humo caliente del tabaco fresco era tan tonificante como el café que tomábamos en grandes vasos. La pipa en forma de s de Guevara colgaba humeante y se movía cadenciosamente a medida que seguía la charla con melodía cubana-mexicana.
-Al que más atacan con el asunto comunista es a mí. No hubo periodista yanqui que llegase a la Sierra, que no comenzase preguntándome cuál fue mi actuación en el Partido Comunista de Guatemala –dando ya por sentado que actué en el partido comunista de ese país-, sólo porque fui y soy un decidido admirador del coronel Jacobo Arbenz.
-¿Ocupaste algún cargo en el gobierno?
-No, nunca. –Seguía hablando plácidamente, sin sacarse la pipa de los labios-. Pero cuando se produjo la invasión norteamericana traté de formar un grupo de hombres jóvenes como yo, para hacer frente a los aventureros fruteros. En Guatemala era necesario pelear y casi nadie peleó. Era necesario resistir y casi nadie quiso hacerlo.
Yo seguí escuchando su relato sin hacer preguntas. No había necesidad.
-De ahí escapé a México, cuando ya los agentes del FBI estaban deteniendo y haciendo matar directamente a todos los que iban a significar un peligro para el gobierno de la United Fruti. En tierra azteca me volví a encontrar con algunos elementos del 26 de Julio que yo había conocido en Guatemala y trabé amistad con Raúl Castro, el hermano menor de Fidel. El me presentó al jefe del Movimiento, cuando ya estaban planeando la invasión a Cuba.
Como la pipa se le había apagado, hizo una pausa para encender un tabaco y me convidó a mí con otro. Para señalar que existía aún detrás de la espesa cortina de humo le pregunté cómo se había incorporado a los revolucionarios cubanos.
-Charlé con Fidel toda una noche. Y al amanecer, ya era el médico de una futura expedición. En realidad, después de la experiencia vivida a través de mis caminatas por toda Latinoamérica y del remate de Guatemala, no hacía falta mucho para incitarme a entrar en cualquier revolución contra un tirano, pero Fidel me impresionó como un hombre extraordinario. Las cosas más imposibles eran las que encaraba y resolvía. Tenía una fe excepcional en que una vez que saliese hacia Cuba, iba a llegar. Que una vez llegado iba a pelear. Y que peleando, iba a ganar. Compartí su optimismo. Había que hacer, que luchar, que concretar. Que dejar de llorar y pelear. Y para demostrarle al pueblo de su patria que podía tener fe en él, porque lo que decía lo hacía, lanzó su famosos: “En el 56 o seremos libres o seremos mártires” y anunció que antes de terminar ese año iba a desembarcar en un lugar de Cuba al frente de su ejército expedicionario.
-¿Y qué ocurrió al desembarcar?
Ya la conversación constituía tema para más de treinta auditores. Sentados en el suelo, con el arma entre las rodillas y las gorras protegiendo a los ojos de la reflexión solar “los hombres del Che” fumaban y escuchaban atentamente sin proferir una palabra.
Un joven médico, barbudo, componía un dedo vendándolo perfectamente, sin prestar atención más que a lo que oía. Llibre, apasionado admirador de los jefes de la revolución pero vigilante doctrinario, analizaba cada una de las palabras de Guevara, rascándose los granos del estómago con las uñas marrones de tierra arcillosa. Virelles, escuchaba durmiendo. Guillermito, un muchacho imberbe de melena larguísima, limpiaba un fusil con la misma atención que el médico componía el dedo. Desde algún lugar, llegaba a incorporarse al olor del tabaco, el de un chancho que estaban friendo en una marmita, al aire libre.
Guevara siguió relatando con el tabaco en la boca y las piernas cómodamente estiradas:
-Cuando llegamos nos deshicieron. Tuvimos un viaje atroz en el yate “Granma”, que ocupábamos ochenta y dos expedicionarios, aparte de la tripulación. Una tormenta nos hizo desviar el rumbo y la mayoría de nosotros estábamos descompuestos. El agua y los alimentos se habían terminado y para colmo de males, cuando llegamos a la isla, el yate varó en el barro. Desde el aire y de la costa nos tiraban sin parar y a poco, ya estábamos menos de la mitad con vida –o con media vida si se tiene en cuenta nuestro estado-. En total, de los ochenta y dos, sólo quedábamos con Fidel doce. Y en el primer instante, nuestro grupo se reducía a siete, puesto que los otros cinco se habían desperdigado. Eso era lo que quedaba del ambicioso ejército invasor del Movimiento 26 de Julio. Tendidos en la tierra, sin poder hacer fuego para no delatarnos, aguardábamos la decisión final de Fidel, mientras a lo lejos sonaban las baterías navales y las ráfagas de las ametralladoras de la aviación.
Guevara lanzó una corta carcajada al recordar.
-Qué tipo, este Fidel. Vos sabés que aprovechó el ruido de la metralla para ponerse de pie y decirnos: “Oigan cómo nos tiran. Están aterrorizados. Nos temen porque saben que vamos a acabar con ellos”. Y sin decir una palabra más, cargó con su fusil y su mochila y encabezó nuestra corta caravana. Íbamos en busca del Turquino, el monte más alto y el más accesible de la Sierra, en el cual fijamos nuestro primer campamento. Los campesinos nos miraban pasar sin ninguna cordialidad. Pero Fidel no se alteraba. Los saludaba sonriendo y lograba a los pocos minutos entablar una conversación más o menos amistosa. Cuando nos negaban comida, seguíamos nuestra marcha sin protestar. Pero a poco el campesinado fue advirtiendo que los barbudos que andábamos “alzados”, constituíamos precisamente todo lo contrario de los guardias que nos buscaban. Mientras el ejército de Batista se apropiaba de todo cuanto le conviniese de los bohíos –hasta las mujeres, por supuesto- la gente de Fidel Castro respetaba las propiedades de los guajiros y pagaba generosamente todo cuanto consumía. Nosotros notábamos no sin asombro, que los campesinos se desconcertaban ante nuestro modo de actuar. Estaban acostumbrados al trato del ejército batistiano. Poco a poco se fueron haciendo verdaderos amigos y a medida que librábamos encuentros con los grupos de guardias que podíamos sorprender en las sierras, muchos manifestaban su deseo de unirse a nosotros. Pero esos primeros combates en busca de armas, esas emboscadas que comenzaron a preocupar a los guardias, fueron también el comienza de la más feroz ola de terrorismo que pueda imaginarse. En todo campesino se veía a un rebelde en potencia y se le daba muerte. Si se enteraban de que habíamos pasado por una zona determinada, incendiaban los bohíos a los que pudimos legar. Si llegaban a una finca y no encontraban hombres –porque estaban trabajando o en el pueblo- imaginaban o no que se habrían incorporado a nuestras filas, que cada día eran más numerosas, y fusilaban a todos los que quedaban. El terrorismo implantado por el ejército de Batista, fue indudablemente, nuestro más eficaz aliado en los primeros tiempos. La demostración más brutalmente elocuente para el campesinado de que era necesario terminar con el régimen batistiano.
El ruido del motor de un avión reclamó la atención de todos.
-¡Avión! –gritaron varios y todo el mundo echó a correr hacia el interior de La Otilia. En un segundo desaparecieron del secadero de café los arreos de las bestias y las mochilas y alrededor de la finca no se veía otra cosa que el sol que hacía blancos a los árboles, al secadero de cemento y al rojo camino de arcilla.
Una avioneta gris oscura apareció detrás de una loma e hizo dos amplios giros sobre La Otilia, a bastante altura, pero sin disparar ni una ráfaga. Minutos después desapareció.
Salimos todos de la casa, como si hubiésemos estado horas encerrados.
Le recordé a Guevara mi intención de encontrarme lo antes posible con Fidel Castro, para grabar mi reportaje y luego regresar hasta la planta para tratar de transmitirlo directamente a Buenos Aires. En pocos minutos se me encontró un guía que conocía la zona de Jibacoa en donde probablemente estaría operando Fidel y un mulo más o menos fuerte y sin demasiadas mataduras.
-Tenés que salir ahora mismo –me explicó Guevara- para llegar no muy tarde al primer campamento y mañana a la mañana seguís hasta Las Mercedes. Ahí quizá te puedan decir por dónde anda Fidel. Si tenés suerte, en tres días podés ubicarlo.
Monté en el mulo y me despedí de todos, comprometiendo a Guevara para encontrarnos en La Mesa unos días después, cuando yo regresase con el reportaje grabado. Le entregué a Llibre varios rollos de fotos ya usados y dos cintas magnetofónicas, para que las guardase en la planta transmisora.
Era cerca del mediodía y el cerdo comenzaba a freír de nuevo, pasado el susto de la avioneta. El olor a grasa que tanto me descomponía al principio, me pareció delicioso. Mi estómago comenzaba a sentir la ofensiva del aire purísimo de la Sierra Maestra. Sorí Marín me acercó media docena de bananas que esta vez –nunca me pude enterar por qué- se llamaban malteños.
Guevara recomendó al guía mucho cuidado al acercarnos a Las Minas.
-Es el primer compatriota que veo en mucho tiempo –gritó riendo- y quiero que dure por lo menos hasta que envíe el reportaje a Buenos Aires.
-Chau –saludé de lejos.
Y como treinta voces contestaron a los gritos y riendo, como si acabase de hacer el saludo más cómico que pueda concebirse.
Salimos del camino que llevaba a La Otilia y nos metimos por un campo de café. Los granos aún estaban verdes y no despedían más aroma que el de las plantas frescas. De vez en cuando las ramas trataban de quitarme la gorra aprovechando que yo iba entretenido en pelar un malteño de cuarenta centímetros. Pero la proximidad de Las Minas, si bien no me quitaba el apetito, mantenía mi atención mucho más allá de la conducción del mulo o el pelar bananas. Mi guía –que tenía un sobrenombre muy apropiado para una señorita francesa que muestre las piernas, pero no para un guajiro barbudo y con pocos dientes: Niní- iba pocos metros adelante, montado en una mulita pasicorta. De improviso desmontó y se deslizó sin hacer ruido, hacia mí, por sobre el colchón de hojas. Antes de que hubiese llegado yo también había desmontado, y nos apartamos en seguida de los animales. El ruido de las ramas golpeando sobre algo que podría ser el casco de acero de algún guardia, se escuchaba ahora nítidamente. Niní corrió el seguro de su pistola
-¿Qué hay compay? –gritó de pronto.
Un guajiro avanzaba dificultosamente entre los árboles de café, procurando que las ramas se enganchasen lo menos posible en la liviana caja rectangular de madera blanca que llevaba al hombro.
-¿Qué hubo? –respondió jadeante.
Nos acercamos a él, que nos tendió una mano sudada. Paró la caja a su lado y se secó el sudor que caía por debajo del sombrero de yarey.
-¿Y cómo anda eso, hermano? –preguntó sin preguntar nada.
-Ahí vamos… -respondió Niní sin responder nada.
Y tomó la ofensiva en las interrogaciones, esta vez en forma coherente.
-¿Va lejos, compay?
-Hasta Las Rosas. Salí de San Pablo Yao con la caja porque no quise bajar a Las Minas. Allí me mataron al hermano y yo fui a buscar en qué enterrarlo. No sé si Sánchez Mosquera habrá dejado sacar el cuerpo. Pero ya pasó como una semana…
-¿Una semana? –no pude menos que preguntar.
-Si lo subieron a la Sierra, le deben haber envuelto en yaguas verdes. Pero no creo que pueda haber durado tanto…
-Creo que no –le dije convencido.
-¿Y cómo anda la cosa por allá, compay? –dijo Niní volviendo a montar en su mulita.
-Bueno… tengan cuidado. Vieron a mediodía como a treinta gentes de a caballo pero no me supieron decir si eran los guardias. Si eran ellos, seguro que se los van a topar al salir del monte.
Seguimos viaje, después de estrecharnos nuevamente las manos sudadas.
La perspectiva de un encuentro con la gente de Sánchez Mosquera hizo que prestásemos más atención que nunca a los ruidos del bosque, pero descendimos al llano sin novedad. Ya era de noche cuando llegamos al campamento de Miguel Ángel, un campesino que tenía bajo su mando a un grupito de escopeteros aspirantes a soldados rebeldes. Hacía bastante frío y a lo lejos se manchaba el negro intenso de la noche, con los reflejos de varios incendios.
Los guajiros discutían si eran desmontes o bohíos, los que estaban bajo la candela.
Mientras cenábamos arroz y plátanos hervidos, comenzaron a escucharse las detonaciones de un combate y no podíamos ubicar la zona en donde se estaba produciendo.
-¿Será en La Otilia? –dije preocupado por haber perdido una nueva oportunidad de presenciar la lucha.
-Más bien parece del lado de la carretera –opinó Miguel Ángel.
Después de comer escuchamos durante largo tiempo las ráfagas de las ametralladoras, salpicadas por el estallido de granadas y tiros de fusil.
Los reclutas prestaban una atención devota a esos ruidos que les hubiera gustado saliesen de sus pobres escopetas viejas.
-Se están fajando sabroso… -me comentó un morochito sentado al lado mío, pero al que sólo podía divisar por la camisa clara.
El fulgor de los incendios se mantuvo durante toda la noche. Miguel Ángel había hecho preparar un lugar en donde yo pudiese dormir, dentro del bohío. Pero cuando iba a acostarme, el olor a ratas fue tan penetrante que me llegó hasta el estómago. Preferí tirarme en un banco, al aire libre. Saqué de la mochila mi revista Bohemia y me abrigué bien. Seguían las explosiones lejanas, cada vez más aisladas, siempre detonadas por el mismo tipo de armas. Y me imaginé a los nuevos reclutas de Batista, muchachitos sacados de los reformatorios, asustados tirando tiros, contra la manigua, para ahuyentar las sombras que podían ser barbudas.
Los centinelas que volvían de sus postas, se acercaban invariablemente a mí, para hacerme preguntas. A ellos no les preocupaba tanto Perón, o Frondizi, sino Fangio.
-Oye, chico… ¿Y qué dijo Fangio de cuando lo secuestramos?
-¿Es cierto que se hizo fidelista?
-Cuando esto termine, voy a cualquier parte para verlo correr. Ese hombre se le escapó al diablo…
Las agujas luminosas de mi reloj indicaban las cuatro. Me erguí en el banco y me quité mis gráficos abrigos. Había que seguir viaje. No había dormido pero el frío de la madrugada me hacía sentir perfectamente bien. Al rato se despertó Miguel Ángel y llegó un viejo campesino al que se le habían pedido mulas para el trayecto. Era probable que Fidel estuviese en Las Mercedes, así que –gloría para mí- se podía ir en bestia. Miguel Ángel me sugirió la absurda idea de bañarme en un arroyo, que rechacé tiritando y después de tomar café y aprovisionarnos de tabacos, comenzamos a galopar. El camino era llano y avanzábamos rápidamente. La monotonía de las marchas al paso de los mulos era desesperante por lo que gocé realmente con las cuatro horas en que los mulos trotaban o galopaban por el camino. Luego, con los animales cansados, seguimos al paso lerdo de la bestia que encabezaba la caravana. El viejo campesino se había unido a Miguel Ángel, a sus dos ayudantes y a mí, porque no quería –dijo- perder la oportunidad de conocer a Fidel.
-Si usted me lleva- aclaró respetuoso.
-¿Quién lleva a quién? –le contesté riendo.
Prácticamente desde la finca La Florida hasta El Cerro, hicimos el trayecto por suaves lomas con escasa vegetación. De vez en cuando nos encontramos en lo alto de un monte pelado desde donde divisábamos a lo lejos Estrada Palma, y descendimos luego a valles frescos y rumorosos por el correr de pequeños arroyos de agua helada. Estábamos en zona completamente dominada por los rebeldes y no había nada que temer, salvo la metralla de los aviones. Pero por el ruido de las bombas que traían las sierras en eco, indicaban que estaban operando detrás nuestro, bastante lejos. Ni una sola jornada desde que había iniciado el viaje por la Maestra, los aviones de Batista se dieron descanso. Prácticamente de la mañana a la noche, lanzaban bombas incendiarias o ametrallaban los bosques, los bohíos, los campesinos y las bestias. Era evidente que querían aterrorizar al campesinado para que abandonase la sierra. Prácticamente era imposible para los guajiros sembrar malanga o arroz, elementos básicos de su escaso menú, ya que los aviones los ametrallaban constantemente. Cerca de cada vivienda, aún dentro de ella, había fosos cubiertos por piedras, en donde el guajiro se escondía con su mujer y su ristra de hijos, a veces todo el día, mientras las balas atravesaban sin resistencia el pequeño bohío de yaguas.
Los cuadrados negros y llenos de latas retorcidas por el fuego, convertían en grandes tableros de ajedrez, a los lugares en donde antes se levantaban caseríos guajiros.
Cerca de Las Mercedes, pasado el mediodía, llegamos a un pueblito que ofrecía la asombrosa excepción de contar con algunas construcciones de mampostería. La mayoría de las casas estaban deshabitadas, y sólo debajo del alero de la bodega había varios hombres. Uno de ellos, de pelo blanco y rasgos árabes, se acercó tendiéndome la mano amistosamente cuando se enteró de que era periodista argentino.
El acento correspondía a su físico.
-Yo soy el durco Nassim…
-¿Turco… o árabe?
Se rió ruidosamente.
-Bah… los guajiros me dicen el durco… Bero yo soy libanés.
-Entonces, tendrá tahine en casa.
Estaba alegremente asombrado.
-¿Gusta tahine?... ¿Es baisano?
Le conté que mi mujer era descendiente de libaneses y mientras desmontaba para acercarme a un fiñe de unos cuatro años, que me traía agua fresca, el árabe me abrazó cordialmente…
-Entonces es baisano. Venga a comer con nosotros comida árabe. A Fidel también le gusta. Yo soy gran fidelista.
Pese a que mis guías ya se preparaban para investigar qué era el famoso tahine y el shisque baab de que hablábamos con el “turco” Nassim, yo sólo acepté más agua y café, para continuar camino.
Le prometí, y estaba dispuesto a hacerlo, volver a comer algún día con “baisano”. En el vaso de agua que tomé ya montado, flotaba un cubito de hielo. La bodega de Nassim, contaba hasta con una heladera a querosén. Antes de partir, Nassim nos advirtió que el ejército había estado la noche anterior por los alrededores.
-Saben que Fidel está por acá… bero no van a salir a buscarlo. Se contentan con matar a los campesinos y tratan de bescar a los mensajeros. Tengan mucho cuidado.
-Tenga también cuidado usted –le advertí.
-No, a mí no me hacen nada. Saben que si me matan, matan a la gallina de los huevos de oro. Cada vez que llegan encuentran la bodega llena…
Llegamos a Las Mercedes cerca de las cinco. Fidel no estaba. La noche anterior había cambiado de campamento y sólo una persona que en ese momento no se encontraba –una sola familia quedaba en el pueblo desierto- sabía la ubicación del nuevo campamento. El ejército estaba muy cerca y era probable que esa misma noche intentasen llegar hasta Las Mercedes. Por otra parte, nuestros animales ya no daban más y en el pueblo no había quedado ni un mulo.
Anclada como nosotros, estaba una maestra que bajaba de la Sierra y quería llegar hasta Bayazo para proveerse de útiles escolares.
Como no podíamos hacer otra cosa que sentarnos, tomar café, fumar y esperar, nos resignamos.
La maestra me contó con orgullo que era una de las primeras que dictaba clase en una escuela rebelde. Que era el equivalente a ser una de las primeras que enseñaba a leer y a escribir en toda la inmensa región. Tendría cuarenta años largos y era evidente que trataba de ocultarlos. Exhalaba un olor a desodorante agresivo, casi tan fuerte como el aroma que exhalábamos nosotros y los mulos que chorreaban su esfuerzo de toda una jornada. Estábamos sentados en el suelo, bajo un alero que formaba una sombra caliente y poco acogedora, en la tarde reseca y ardiente.
Un guajiro que apareció por algún lado, descalzo y sudado, nos advirtió que el hombre que esperábamos llegaría de un momento a otro. Había conseguido un jeep y nos acercaría por carretera a la zona en donde estaba Fidel.
La maestra no era muy locuaz y nosotros teníamos hambre y calor, lo que siempre contribuye al mal humor. Permanecimos callados hasta que el motor del jeep nos anunció desde varios minutos antes, el arribo de quien iba a ser mi nuevo guía.
También él traía un mal humor que se marcaba en sus cejas. La perspectiva de tener que salir nuevamente le agradó tanto como encontrarse con los guardias.
Pero yo ya había aprendido a ser pesado. Le dije que tenía que llegar ese mismo día al campamento de Castro y para reforzar mi urgencia, mentí que llevaba un mensaje del Che a Fidel
-¿Sabe que el ejército está por la carretera?
-Desde que llegué a la Sierra, siempre escuché lo mismo. Pero qué le voy a hacer…
-Esperé un segundo. Me voy a dar una ducha y salimos…
Yo había recobrado mi optimismo. Pero en cambio los que me acompañaban no se sintieron muy alegres. Como me di cuenta, y ya no los necesitaba, les ofrecí la oportunidad de volverse.
-¿Y ustedes, por qué no les dan un descansito más a las bestias y aprovechan la noche para volver? Quizá mañana el camino esté cerrado…
El viejo que quería ver a Fidel decidió que en otra oportunidad sería lo mismo, y todos se sintieron mejor.
El hombre que iba a llevarme en su jeep, ya estaba limpio y el pelo mojado era la única sensación de frescura en una legua a la redonda.
Me despedí de todos y de la olorosa maestra y monté en la máquina. Los días de mulo hacían del asiento del jeep una mullida comodidad burguesa, muy adecuada para el traste de un lord inglés con gota.

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