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Capítulo V

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:11

A la mañana siguiente, Luis Orlando ya nos había conseguido mulos de refresco. Yo nunca alcancé a explicarme cómo se prestan y se devuelven con tanta facilidad los mulos en la sierra. Lo cierto es que un mulo tarda a veces meses en regresar a la finca de sus propietarios, pero al fin llega con su montura y sus arreos.
Íbamos a partir, cuando Celso decidió quedarse a esperar noticias sobre el arria que había dejado cerca de la finca de los Tamayo. Luis Orlando entonces me consiguió dos nuevos guías. Un muchacho campesino, del que sólo supe que se llamaba Cucho, y otro próximo a recibirse de abogado, Antonio Llibre. Los dos se aprestaron gustosos para el viaje, ya que iban nada menos que a La Otilia, el lugar en donde se encontraba el hombre más querido del ejército rebelde: el Che Guevara.
El camino hacia la comandancia de Guevara no dejaba de tener sus serios riesgos, ya que había que transitar muy cerca del pueblo de Las Minas, feudo del asesino Sánchez Mosquera.
Llibre y Cucho iban informándose, a medida que llegábamos a postas rebeldes o a los bohíos campesinos, que más o menos era lo mismo, de la posición de los guardias. Circulaba ese día la noticia de que Sánchez Mosquera había salido con sus tropas y ascendía hasta La Otilia. Al llegar al paraje denominado La Estrella, ya nadie dudaba de que Sánchez Mosquera estaba en las inmediaciones.
Se produjo la lógica consulta y los guías obtuvieron la lógica respuesta:
-Sigamos.
Yo no me resignaba a perder más horas en esa larga búsqueda del Che Guevara y de Fidel Castro. Además, tenía ya una pequeña experiencia en el sentido de que era muy difícil que las tropas gubernistas anduviesen por las sierras a pleno sol. Siempre se movían al amanecer. En La Estrella todo el mundo estaba alarmado con las últimas novedades acerca de las hazañas de Sánchez Mosquera. Había incendiado el pueblo de El Cerro y asesinado a varias mujeres por no encontrar a sus maridos en casa y descontando que se habían sumado a los efectivos rebeldes.
Cuando seguimos viaje hacia El Masío, escala obligada en la ruta a La Otilia, nos hicieron mil recomendaciones y formularon sonoras invocaciones a la Viergen de la Caridad para que nos ayudase.
A medida que nos acercábamos, tomamos más precauciones, interrogando a cuanto campesino veíamos. Algunos, asustados por los rumores de la movilización de las tropas de Sánchez Mosquera, escapaban de sus bohíos, llevándose en brazos a chicos y animales.
Sin embargo, cerca de las cuatro de la tarde, estábamos frente a Panchito Suárez Lora, teniente del 26 de Julio y jefe del pequeño destacamento de El Masío.
Nos ofreció enseguida sillas, que yo ya sabía apoyar en dos patas, a la manera de los guajiros, y mientras ordenaba que colasen café nos obsequió con papaya.
-Los habaneros le dicen fruta bomba –me aclaró sonriendo pícaro-, porque le llaman papaya a otra cosa…
El jugo de la fruta le corría por la perita renegrida. Era un hombre de unos cincuenta años, elegantísimo en su uniforme sencillo del Movimiento. Tenía dos hijos, uno de diecisiete y otro de diecinueve años, enrolados los dos en el 26, y su mujer y su hija también vestían el uniforme fidelista. Su finca se había convertido en un cuartel de entrenamiento.
Mientras esperábamos animales de refresco para continuar viaje a La Otilia, me contó algo de su vida. Entre sus antepasados, como entre los antepasados de casi todos los orientales, había varios próceres de la independencia. Hacía varios años que trabajaba su finca sin ayuda de nadie que no fueran sus hijos o su mujer. Me habló de Cuba como de una novia y de Batista como de quien la hubiese ultrajado. Mientras charlábamos, muchos de los reclutas que estaban preparando para enviarlos a las tropas del Che o de Fidel, lo escuchaban embobados. Eran todos muchachos campesinos o estudiantes, o empleados, que habían llegado hasta El Masío luego de caminar a veces sin guías, muchos más días de los que yo había empleado. Algunos tenían prendidas de sus camisas la imagen de la Virgen de la Caridad. Otros, la imagen de cristo mostrando su corazón atravesado de espinas, cosida a la gorra como un amuleto.
Los guajiros jamás habían concurrido a una iglesia. No la había en las montañas. Ni habían comido pan. Ni carne vacuna. Creían en Dios, porque lo intuían, pero ningún cura les había hablado de él. Eran analfabetos, pero de una inteligencia notable. Recién las primeras escuelas se instalaron en la sierra, con el arribo del ejército rebelde. Comían de vez en cuando galleta; pero ni sospechaban lo que era el pan hasta que las tropas de Guevara instalaron las primeras panaderías campesinas. Veían a las reses y sabían que su carne era deliciosa, pero recién cuando los efectivos del Movimiento comenzaron la distribución del ganado y la matanza orgánica de las reses, probaron un bistec. Y ellos, el noventa por ciento de ellos, habían nacido y crecido en la zona más rica de la riquísima Cuba. El ejército rebelde les había permitido conocer una vida civilizada, había rodeado la existencia del campesino de una serie de otrora utopías que se llamaban hospitales, escuelas, administración de justicia y reparto de ganado y tierras. Y todo eso con la mochila al hombro y concretando las soluciones sobre el problema que surgía al paso.
Poco a poco fui descubriendo que la adhesión del campesino a Fidel Castro no fue promovida únicamente por la política criminalmente absurda de los guardias de Batista, sino en gran medida por la concreción de los ideales revolucionarios, con la marcha de la revolución y sin esperar a su conclusión. Que el campesino que se enrola en el ejército de Castro no lo hace simplemente como autodefensa contra los efectivos batistianos, sino como instrumento para la conservación de conquistas que ya le son propias y que jamás nadie podrá quitarle.
La Otilia quedaba relativamente cerca de El Masío e hicimos el viaje en pocas horas. Nos desplazamos por los estribos de las montañas y por dentro de los cafetales con mil precauciones y no llegamos a encontrarnos con ningún guardia batistiano. De vez en cuando y en el momento que menos lo pensábamos, una posta rebelde surgía de improviso de entre la manigua o detrás de alguna mata.
Cuando llegamos, no estaba el comandante Guevara. Había salido con varios hombres a tratar de tender una emboscada a las fuerzas de Mosquera, si es que se decidían a subir hasta el campamento rebelde. En su lugar había quedado a cargo de la tropa un capitán: el doctor Humberto Sorí Marín.
Por fin podía descansar tranquilo, sin pensar en partir en las próximas horas. La Otilia era una hermosa finca, con una casa de mampostería provista de mil comodidades exóticas en la sierra. Hasta contaba con dos camas y algunos sillones. En uno de ellos estaba hundido Sorí Marín. Me extrañé al verle. No tenía ni barba ni el pelo largo. Y además estaba limpio. Luego me enteré que en la casa también había ducha, pero como hacía frío disimulé mi descubrimiento.
El capitán me recibió cordialmente y saludó con deferencia especial a Llibre, el futuro abogado. Sorí Marín era miembro del Consejo Ejecutivo de la Conferencia Interamericana de Abogados de La Habana. Luego de preguntarme si conocía a Guevara en Buenos Aires y de formularme algunos otros interrogantes acerca de mi país y de la política argentina, se dedicó con apasionamiento a explicarme el régimen jurídico que imperaba en el sector liberado de la República. Era evidente que ese era el tema del que más le agradaba hablar. Y había encontrado en Llibre, futuro colega y en mí, a dos oyentes atentísimos.
En toda la región de las sierras, que cuenta con una población campesina estable de más de 60,000 personas, no se observó jamás un régimen judicial. Imperaba allí la ley del machete y todos los diferendos entre el campesinado finalizaban con el triunfo del más fuerte. La cantidad de conflictos de tipo corriente y hasta doméstico que tuvo que enfrentar el Movimiento 26 de Julio, sumada a la necesidad de combatir al bandolerismo, motivó la concreción de un régimen penal en lo civil y un reglamento de justicia militar. Los dos se basan en los códigos vigentes en la justicia cubana y especialmente el militar, en el código aplicado en la misma zona, durante la guerra de la independencia.
A medida que Sorí Marín hablaba casi en forma didáctica y más para Llibre, que ya conocía el tema, que para mí, que era el que debía ser informado, me distraje unos segundos en observarle.
Me parecía fantástico que un hombre que ya había pasado los cuarenta años, que no pesaría más de 55 kilos y que evidentemente en su vida no había realizado ningún trabajo físico, estuviese allí en donde yo, menor por lo menos diez años y de un estado atlético superior, había llegado con grandes sacrificios.
El relato sinóptico de las previsiones judiciales del Movimiento 26 de Julio para la zona liberada siguió durante más de tres horas. Poco a poco nos fuimos quedando a oscuras. Cuando se cerraron las ventanas y se encendió un candil, ya estaban a nuestro lado, tirados en los sillones, un gigante con la barba hasta la cintura, y un sonriente muchacho bien afeitado y con una extraña gorra de piel. Se presentaron como Haroldo Cantellops y Fernando Virreyes.
Cantellops había conjugado en su uniforme al militar y al campesino: pantalones y camisa verde oliva y sombrero de yarey. Su mujer y sus hijos residían en Nueva Cork, en donde él se desempeñaba como mecánico. Un día se le ocurrió venir a La Habana, a visitar a su padre. Y cayó preso. Buscaban a su hermano y lo apresaron a él. Y recibió los palos y las patadas y las trompadas. Y diez veces cayó en la trampa del guardia que pretende hacerse el amigo y ofrecer un cigarrillo, para convertirlo en torturas en medio de las carcajadas de todos los que escuchan. Cuando por medio de esos contactos secretos que mantienen los rebeldes llegó a un juez amigo de su padre la noticia de que estaba preso sin que se le formulase cargo alguno, fue liberado. Y entonces el mecánico de Nueva Cork, feliz con su heladera y su televisor, se plantó gigante en rebelde.
Virreyes, el sonriente y sonrosado Virreyes de la extraña gorra, contó a pedazos otra historia. Había sido sargento de paracaidistas del ejército yanqui durante la guerra de Corea. Al terminar el conflicto pidió la baja, sabiendo lo que era la guerra y sabiendo lo que eran los yanquis. Pero surgió de pronto la oportunidad de pelear de verdad, por una causa de verdad y por un ideal de verdad. Y se confabuló con los muchachos que en el yate Corynthia llegaron a Cuba para abrir un nuevo frente y en cambio pisaron la isla para morir o ser prisioneros. De la trágica expedición traicionada por dos elementos batistianos que se fingieron revolucionarios, sólo un hombre llegó con su arma a las filas rebeldes: Fernando Virreyes. Caminó días enteros sin saber dónde iba. Y durante días enteros y noches enteras vivió la zozobra de la delación, hasta que llegó a tomar contacto con las fuerzas rebeldes.
Yo lo escuchaba, contando naturalmente y en medio de decenas de pausas chistosas, esa odisea que me parecía imposible. Y él continuaba con su historias hasta que hizo un ademán reclamando silencio:
-Oí… che… -dijo, imitando el acento argentino…
La radio portátil empezó a transmitir una audición de la CNKC en que Carlos Gardel cantaba: Mi Buenos Aires querido… Y un locutor cubanísimo agregó: “Así cantó Gardel… el zorzal de las Pampas…”.
Mientras Sorí Marín estaba relatándome sus impresiones sobre Buenos Aires y sus experiencias de bailarín de tangos cuando visitara Argentina en el año 1951 en ocasión de un congreso de abogados, uno de los centinelas llegó corriendo a avisar que las postas indicaban por microonda que Sánchez Mosquera iba a atacar.
Sorí Marín impartió algunas órdenes y revisó su pistola. Cantellops se fue llevándose su rifle y Virreyes siguió cantando para Llibre y yo la canción que Gardel cantaba para toda Cuba. Me sentí contento de saber que por primera vez en mi vida iba a asistir a un combate.

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