Llegué a Cayo Espino a las cuatro y media de la madrugada. La lluvia había cesado por completo, dejando que el frío agravase la situación de los que estábamos empapados. Encontré a Fidel en el centro de luz que formaban los focos de jeeps y camiones. Estaba hablando con el padre del niño asesinado. Cuando llegué me invitaron a visitar la casa en que había sido muerto por la metralla aérea.
Tenía un gran vestíbulo y habitaciones a los costados y en el fondo una cocina amplia. Las linternas no tardaron en encontrar las manchas de sangre en el piso de baldosas.
- El se había refugiado con la abuelita y la hermana, de tres años, aquí en la cocina. Los aviones a reacción ametrallaban la calle central y creyeron que en el fondo no les iba a pasar nada; pero después atacaron de atrás. Y las balas atravesaron las paredes y picaron en el suelo… ¿ven?...
La huella de la metralla había quedado nítida en la baldosa roja.
-Y una lastimó a la muchachita y le rompió la pierna a Orestes…
-¿Y por qué no lo llevaron enseguida a un médico? –pregunté, más para quebrar el silencio, que para averiguar lo que ya sabía.
-El médico que había se fue hace tiempo porque lo habían chivateado… y además era imposible salir, con la metralla continua… Cuando comenzó la lluvia fuerte y los aviones se fueron, ya casi se había quedado sin sangre…
Nadie hablaba. Como no me atrevía a mirar a ese padre atontado, observaba los agujeros de las balas en las paredes de madera. El hombre siguió:
-Nosotros escuchamos los tiros de un combate e imaginamos que se estarían “fajando” por la zona de El Pozón. Por eso nos extrañamos cuando vimos al avión chivato de la Cubana que iba hacia allá. Pero después hizo algunos giros sobre el pueblo y se fue. Creímos que había tratado de descubrir algún grupo rebelde. Pero aquí no había ninguno. No había un solo rebelde, señor –dijo dirigiéndose en particular a mí-. Y de pronto llegaron los aviones a reacción. Algunos vecinos se pusieron a mirarlos, porque volaban en formación, y de improviso picaron sobre nosotros y las casas se llenaron de agujeros. Recién después de varias ráfagas reaccionamos y atinamos a escondernos…
Si Fidel no lo hubiese detenido, el hombre habría seguido hablando toda la noche, en el mismo tono monocorde e impersonal de un vendedor de baratijas. El comandante ordenó que lo ayudasen en todo lo que necesitase y continuó conmigo su recorrido por las casas de Cayo Espino. Era evidente que no soportaba más el estar encerrado entre las paredes de esa casa en que las balas de la aviación batistiana habían buscado la vida del pequeño Orestes, para rubricar otro de los capítulos de su frondoso prontuario criminal.
En otra de las casas las balas habían muerto en el dormitorio a Helda Vázquez, una señora que también buscó refugio en su vivienda, sin pensar que los tiros la iban a encontrar en cualquier parte.
Seguí anotando nombres de muertos y heridos. De un edificio ubicado en los suburbios del pequeño pueblo, sacaban en brazos para montarla en un automóvil a una anciana con el pie destrozado. A su lado iba su marido, un veterano de la independencia.
Mi mente no lograba encontrar ninguna explicación lógica al ametrallamiento de horas y horas a ese pueblo inerme. Pero ya me estaba acostumbrando a las matanzas de los batistianos, también sin explicación, sin motivo. Me llegué a encontrar demasiado civilizado para entender al ejército cubano.
Las visitas a decenas de viviendas de madera, igualmente perforadas por las balas; los lamentos de las mujeres y los niños y también de los hombres sorprendidos y golpeados sin que hubiesen podido ejercitar la mínima reacción en defensa de sus hogares, habían ido acelerando en el comandante el estallido de toda su capacidad de reacción. Comprobé en ese momento por qué Fidel Castro destrozado en el desembarco del Granma, hambreado meses enteros ante la indiferencia de campesinos, obligado a la guerra de guerrillas por la falta de armas con qué pelear, seguía creciendo en Cuba, en el continente y en gran parte del mundo. Era imposible desanimarlo.
Me tomó del brazo –como era habitual en él- y me separó del grupo que nos acompañaba:
-Me tiene que hacer un favor muy grande, che. Yo no puedo abandonar esta zona porque todavía quedan restos del ejército y mucha gente rebelde por los alrededores, a la que hay que apoyar. Pero vaya usted hasta la planta transmisora e informe de todo esto al pueblo.
-Es que todavía no hice mi reportaje… -advertí con alguna vergüenza.
-Le prometo que dentro de cuatro días estaré con usted en la planta. ¿Está conforme con el trato?
-Por supuesto. Pero no me falle, por favor.
-Bueno, che. Te voy a dar un guía para que adelantes todo lo que puedas. Total, una noche más sin dormir no te va a hacer nada.
Como ya estaba acostumbrado a ese tuteo intermitente de Fidel, comprendí que se había recobrado por completo. Que seguía adelante, como siempre. Lo admiré sinceramente, sin que mi obligada objetividad me lo reprochase.
Monté en un jeep con Paquito, que ya había llegado al lugar y René Rodríguez, que había comandado una de las patrullas. Detrás venía Fidel con Ochoa, Celia Sánchez y Haydée Santamaría. Teníamos que alejarnos del lugar lo antes posible, para que la presencia de las tropas rebeldes no provocase otro ataque a la población.
René iba durmiendo aferrado a su ametralladora. Paquito se empeñaba en encender un cigarro contra el viento y los saltos del vehículo y el chofer me iba indicando la ruta que debía seguir yo cuando llegásemos a destino. Pero de improviso me quedé solo, mirando el reflejo de los faros de un vehículo que ascendía por el otro lado de la loma. Todos habían saltado y ya se estaban escondiendo en la manigua y detrás del edificio de una finca. Pensando en que algo me fallaba, salté yo también y me lancé por debajo del alambrado, pero no pude seguir más. Quedé enganchado de la camisa y con la piel de la espalda ensangrentada. Los focos de un jeep estaban clavados en mi zona posterior.
Un par de gritos de reconocimiento y todo el mundo a abrazarse. En el vehículo viajaban Duque y algunos oficiales de Paco, que habían seguido a una patrulla del ejército y volvían con todas las armas capturadas.
Paquito se preocupó de contarles a todos los que tuvo a mano cómo yo había quedado flameando en el alambre y nadie me pidió permiso para tomarme el pelo.
-Fue por salvar la grabadora –aseguré serio-, si no hubiese saltado por encima del cerco.