Abrí los ojos y tenía frente a mí un candil.
- Vamos. Ya son las tres. Tenemos que aprovechar el fresco para caminar más.
Me paré enseguida y noté con asombro que me sentía maravillosamente bien. Un gran vaso de café caliente y amargo me dio ánimos para salir corriendo.
Busqué en el suelo mi gorra, en donde había dejado los papeles, los anteojos y el lápiz, y no la encontré.
El dueño de casa se preocupó.
-Estos ratones…
Después de un rato, encontró la gorra con los papeles y los anteojos. El lápiz había sido un buen desayuno para algún bicho gris.
Dimos las gracias, nos despedimos y emprendimos la segunda jornada. A poco salió el sol, y ya no sentí frío. Las nubes se fueron desprendiendo poco a poco de la manigua y subían hacia un cielo clarísimo. Me gustaba caminar ese trecho sobre la tierra colorada del sendero, antes de penetrar nuevamente en esos montes espinosos, donde la humedad llueve permanentemente sobre el colchón de ramas podridas que forman el suelo vertical de la montaña.
Eran las seis de la mañana y caminábamos en silencio, cuando el silbido de un motor a reacción nos paralizó.
-¡Avión!- gritó uno de los guías. Y salieron corriendo a buscar refugio en donde no lo había, sobre esa meseta de arcilla pelada. Yo hice lo mismo y encontré un tronco caído. Me acurruqué como pude, cuando sonó la primera ráfaga. Me pareció una bomba que se desgranaba sobre mi cabeza. Pero era el sonido de las ocho ametralladoras 50 que disparaban a la vez, tronando en ecos entre las montañas.
El aparato, que parecía un mosquito plateado recorriendo veloz una estera celeste, hizo un hermoso giro y volvió. Otra vez la ráfaga prolongada y ronca.
El avión se alejó y rehicimos la corta caravana, mirando hacia arriba cada dos pasos. A unos cien metros, encontramos las huellas de la metralla.
-Menos mal que no nos vio- dijo Chino.
-¿Y si no nos vio, por qué tiró?
-Porque saben, aunque no nos vean, que los rebeldes siempre estamos. Si nos llegan a ver, no nos dejan seguir en todo el día. Y es probable que tiren bombas incendiarias.
Aunque marchamos muchas más horas que el día anterior, pasé mejor la jornada. No obstante, mis tobillos se habían llagado y las medias de lana se pegaban y despegaban de la carne a cada paso. Tampoco probé bocado. Ellos, en cambio, le agregaron agua a la leche condensada y tomaron como dos litros. Por la ruta que seguíamos no había bohío. Además, los guías, que querían retornar lo antes posible a su tropa, permanecían permanentemente en pleno monte, tomando atajos, con el fin de llegar en menos horas. Calculaban estar en las Minas de San Miguel cerca de la noche, pero a las 4 de la tarde ya nos encontrábamos a pocos kilómetros. Eso nos animó a quedarnos un tiempo en un bohío, donde nos convidaron con café y aromáticos guineos, que yo me empeñaba en llamar bananitas, porque no recordaba nunca el nombre.
Los campesinos se mostraban bastante contentos. Hacía ya más de un mes que no se había vuelto a escuchar hablar de la presencia de guardias en la zona. En cambio, sí estaban informados de sucesos que habían ocurrido dos días antes a ocho jornadas de camino. Ese es uno de los tantos misterios de la sierra que nunca llegué a desentrañar. Cuando preguntaba cómo lo sabían, sonreían y confesaban:
-Nos enteramos por Radio Bemba.
Lo que equivale a decir, por “radio labio”.
En San Miguel tuve una gran alegría. Existía un viejo camino ya abandonado, por el que se podía transitar en mulo. Y además, existía un mulo disponible. Dejé en el suelo mi mochila con el propósito de no volver a caminar con ella un metro más.
La cena fue magnífica, aunque yo aún no sentía deseos de comer mucho. En mi homenaje, los campesinos mataron a un guanajo, pese a que yo me opuse al sacrificio del animal, y lo prepararon exquisitamente. Hacía mucho tiempo que no entraba a la sierra ninguna clase de provisiones y había que conservar a los animales de corral, como reserva. Pero no hubo caso. El guanajo perdió la cabeza y las plumas, y apareció muy pronto en una fuente. Por supuesto, no había pan ni galleta, pero sólo el sentarse a una mesa después de dos días de tener que descansar sentado en el suelo, era un acontecimiento feliz.
Mientras cenamos, proyectamos el viaje del día siguiente, preocupándome yo, a cada párrafo, de recordar al prometido mulo.
-De aquí en adelante, van a encontrar mulos en donde quieran –aclaró el campesino-. Todo lo que tiene el campesino está al servicio de los rebeldes.
-Pero es que no se trata –dije- de los rebeldes, sino de un asunto mío. Así que permítame que le alquile la bestia.
-Nadie le va a aceptar un solo peso en toda la Sierra Maestra. Los rebeldes pagan todo lo que compran en los pueblos, pero ningún campesino va a recibir su dinero… Si todo lo que tienen lo han podido conservar gracias a ellos… Además, no hay familia campesina que no tenga un pariente, o dos, o diez, enrolados con Fidel. Yo, por ejemplo, tengo a mi hermano. Y si no he ido a pelear yo mismo, es porque sé que no hay armas, y en cambio puedo servir más al movimiento desde aquí, atendiendo a su gente y trabajando para que no les falten víveres…
Esa noche dormí en una hamaca y soñé con el burro.
Los guías se habían apartado de la ruta indicada y avanzamos mucho más pronto de lo previsto. Pero ese día debíamos marchar con extremas precauciones. Íbamos a pasar muy cerca del cuartel de Pino de Agua y por estribos de montañas desmontadas, lo que nos hacía fácil blanco desde cualquier lugar.
La proximidad del cuartel fue muy fácil de identificar. Sobre la tierra colorada había grandes extensiones con manchas negras. En esos lugares se habían levantado pueblos, hasta que las incursiones de los guardias los fueron terminando, casa por casa. Aún quedaban escondidos en el monte los aterrorizados vecinos, que aguardaban el paso de los soldados rebeldes para pedirles un tabaco o una lata de algo.
En todas las ocasiones era igual. Sin mayores lamentos, los viejos campesinos, que eran los únicos que no habían podido huir en busca de la gente de Castro, narraban el saqueo, el incendio, el asesinato de sus hijos o la vejación de sus propias mujeres al no encontrar los guardias a ningún hombre en la casa. Un fósforo bastaba para que las secas construcciones de guano y yaguas terminasen en un segundo con lo poco que había escapado a la codicia de los hombres de Batista.
Pero nadie se lamentaba en exceso. Narraban simplemente. Hasta parecían indiferentes. Es que ya hacía casi dos años que el terror asesino de los guardias del ejército cubano veía en cada campesino a un rebelde. Y se ensañaban con cada uno de ellos, como lo hubiesen hecho con un soldado desarmado de Movimiento 26 de Julio. Aprovechaban cualquier desplazamiento de las tropas rebeldes para salir de sus cuarteles y robar y asesinar. Esa era su única venganza por los combates que ya no se animaban a dar y por su encierro obligado en sus propios cuarteles.
Cerca del mediodía, uno de los guías advirtió las huellas de una tropa de mulas cargadas. No se sabía si eran de los guardias, o un arria de bestias que los rebeldes trataban de hacer pasar para La Mesa. Estábamos muy cerca de Pino de Agua y existían muchas probabilidades de que fuesen efectivos de Batista. El estribo por el que transitábamos formaba una L perfecta, y se levantaban ahí las construcciones abandonadas de un destacamento de guardias destrozado por los rebeldes.
Los dos guías me consultaron. Y decidimos seguir adelante.
Casi toda la tarde continuamos la marcha, salvo más de media hora que debimos permanecer tirados en la manigua, aguardando que cesara la metralla de cuatro aviones a retropropulsión que barrían el lugar.
Mi mulo había quedado oculto debajo de un techo de piedra.
Cuando reanudamos la marcha, descubrimos, andando por un estribo de unos cincuenta centímetros, cien metros debajo nuestro, a las mulas que nos precedieron durante todo el día. Permanecimos escondidos hasta que la caravana comenzó a andar y se dejaron ver los arrieros. Todos llevaban el brazalete del 26 de Julio. Sólo el que marchaba adelante llevaba el uniforme fidelista.
-Ese es el hijo de Pancho Tamayo, la finca donde usted va a pasar la noche. Nosotros nos volvemos hoy mismo, ya que tuvimos tanta suerte, a ver si logramos llegar a tiempo para incorporarnos a la tropa de Rubén Milán.
Empleamos cerca de una hora en dar alcance a la caravana. Los arrieros habían detenido a las bestias en pleno monte, aguardando que la tropa de Pancho Tamayo, que ya había sido avisada, construyese a machete un camino para las mulas.
El hijo de Pancho me dio la mano muy alegre.
-¿Periodista argentino? ¡Qué contento se va a poner el Che de hablar con un compatriota!... Yo ya había escuchado algo de que venías…
-¿Radio Bemba? –le pregunté.
Echó una carcajada.
-Tú no sabes cómo son de chusmas estos guajiros. Son capaces de correr por el monte día y noche, con tal de llevar un chisme nuevo.
Como el camino no iba a estar listo quizá hasta la madrugada siguiente, me dio un guía para que fuese adelantando camino. Lógicamente, debí dejar el mulo.
Las nubes venían otra vez a pasar la noche en el monte y transitaban heladas entre nosotros. A medida que iba escalando o descendiendo, llenándome de espinas toda vez que por no caerme me agarraba de un árbol, me iba invadiendo una sensación de irrealidad que culminó cuando llegamos a la cima de un monte. Salimos de entre la manigua y nos encontramos con una cúspide de arcilla pelada, roja como una calva herida. Árboles altísimos y secos dominaban indiferentes el centro de la cúpula desdibujándose entre el vaho espeso. El guía marchaba delante de mí, pero lo perdía a veces entre la niebla.
Después de algunas horas, llegamos hasta la finca de Pancho Tamayo.
La vivienda era un bohío muy amplio, al lado del cual se levantaban los cuatro palos que sostenían el techo de la cocina sin paredes.
El patio de tierra terminaba al borde de un arroyo en donde varios chicos buscaban camarones debajo de las rocas. Desde lo alto de la loma divisé, sentado en medio del patio, a un rebelde barbudo, comiendo con el plato sobre las rodillas.
Cuando llegamos, los cerdos salieron a recibirnos husmeando el suelo y precediendo a unas seis mujeres mulatas y negras. Hubo saludos, risas y la infaltable alusión al Che.
El uniformado, sin levantarse de su silla, me extendió la mano.
.Mucho gusto, che. Yo soy Celso García.
Lo había escuchado nombrar varias veces durante el camino. Sabía que era el encargado del aprovisionamiento de las tropas rebeldes. El hombre que metía sus arrias de mulas por cualquier lado y que llegaba siempre cargado de mercancías. Era robusto y pesado. Lento en sus movimientos y en su manera de hablar. La barba negra le cubría casi toda la cara, dejando ver únicamente la punta de su nariz y dos inquisidores ojos negros, muy pequeños. En lugar de gorra, usaba un sombrerito de fieltro, con el ala doblada a lo Robin Hood y de la cintura colgaba un enorme revólver 45, del ejército batistiano.
Yo me senté frente a él, mientras las seis mujeres volvían a la cocina a moler café y servirme un plato de plátanos hervidos.
-¿Vio, che, el arria que está del otro lado del monte?
-Sí
-Cincuenta y tres mulas bien cargadas –dijo hablando para sí-. El Che se va a poner contento. Quizá dentro de una semana ya lleguen a La Otilia.
-¿La Otilia?
-Sí, es la finca donde ahora está el comandante frente al cuartel de Las Minas. Se instaló justito ante Sánchez Mosquera con muy pocos hombres, a ver si se le anima.
Sabía quién era Sánchez Mosquera. Según los campesinos, el hombre más cruel de la Maestra. Asesinaba sin piedad a los que encontrase en sus salidas del cuartel de las Minas y en una ocasión llegó a fusilar a veintitrés campesinos que viajaban en un camión, por El Corojo, simplemente para enseñar a los guajiros que esa misma suerte iban a correr si prestaban alguna ayuda a los rebeldes.
Celso García, moviendo apenas los labios, comenzó a decirme todo lo que sabía de la Argentina. Inclusive, cómo se preparaba un asado a la criolla.
-¿Quién le enseñó todo eso?
-El comandante Che. A veces se pone a hablar horas y a contar cómo es su patria.
Hacía rato que había terminado de comer los plátanos hervidos y sólo me quedaba en el vaso un poco de café. Tiré los restos y un cerdito fue veloz a averiguar de qué se trataba.
La noche era muy fría y como yo tenía por todo abrigo mi camisa sudada, me acerqué al fogón. Como los de todos los bohíos, era un cajón lleno de tierra, con una cavidad en el medio en donde ardían trozos de pino cortados en tiras delgadas.
Una de las mujeres, la de Pancho Tamayo, estaba dirigiendo a las demás, que colocaban en latas, malangas y plátanos hervidos, para enviarlos a los que seguirían trabajando toda la noche en el trillo para las mulas.
El famosos Pancho no llegó esa noche. Celso colgó su hamaca junto a un camastro del bohío que me estaba destinado. Un tabique de yaguas trataba de separar la vivienda en dos, ubicándose las mujeres del otro lado que nosotros. Me tiré vestido y con las botas embarradas sobre el camastro y traté de cubrirme la espalda con un género grueso que bien podría haber sido dejado en el lugar para ese fin.
Las piernas de Celso colgaban a cada lado de la hamaca y una de las botas apuntaba a mi cabeza. Todos los cerdos –los machos, como les llaman los campesinos orientales- también vinieron a pasar la noche con nosotros.
Durante horas, el parloteo de las mujeres y el susurro insistente del arroyo se mezcló con el rezongo permanente de los cerdos. De vez en cuando llegaban las voces de hombres que se habían adelantado a los que abrían el camino a machete, para preparar otro tramo cercano al bohío y que necesitaba algunos retoques.
Las cuatro llegó enseguida y me levanté. Celso lo noto, e hizo lo mismo.
El fogón seguía encendido y la más vieja de las mujeres colaba café. Detrás de la casa una mula y un mulo estaban ensillados con las pesadas monturas tejanas.
Como habíamos convenido la noche anterior, Celso me acompañaría hasta La Mesa, comandancia de Guevara, y si hacíamos tiempo, ese mismo día llegaríamos hasta la estación de Radio Rebelde.
Tomamos café y unos tostones, y nos fuimos loma arriba, mientras las mujeres, los chicos y muchos de los arrieros que yo había visto la tarde anterior me despedían con generoso cariño campesino.
La ruta que seguimos con Celso era muy mala para las bestias, que a las pocas horas ya no querían andar, pese a que les clavábamos las espuelas con toda la fuerza que podíamos. En la ascensión al Alto del Hombrito debimos desmontar y llevar a los animales de la brida. A cada paso resbalaban o se dejaban caer por los toboganes de arcilla húmeda y debíamos saltar al lado del hundido sendero para evitar que nos aplastasen. Habíamos quitado las mochilas de las alforjas y su peso no nos dejaba mantener el equilibrio. Cargados y tironeando de las bestias, llegamos a La Mesa prácticamente aniquilados.
En medio del valle, como en una rara meseta que hubiese sido construida de ex profeso para que los caminantes hagan un alto reparador, estaba el bohío en que vivían Tranquilino y su cerdo Pancho.
Celso me había hablado por el camino de ese extraordinario individuo, mezcla de aventurero y novelero. Tranquilino era de todo: médico, abogado, aviador, periodista, ama de leche y guerrero. Pero por sobre todas las cosas, un excelente cocinero. Por primera vez, desde que había partido de Buenos Aires, comí en Cuba con tanta satisfacción, como cuando Tranquilino nos sirvió guanajo frito, con una salsa de su exclusiva y misteriosa fórmula.
Estábamos en La Mesa, comandancia del Che Guevara, y Tranquilino, con su melena blanca de tenor retirado y su figura extraordinariamente delgada, llenaba el bohío de gestos elegantes y frases construidas para un auditorio selecto, hablando siempre de su comandante, el Che. Cuando le dije que quería ir esa misma noche hasta la planta transmisora, envió enseguida a su ayudante a avisar al comandante Ramiro Valdéz, que estaba a cargo de toda la zona. Llegó antes que terminase de comer y se invitó al festín.
Yo miraba de reojo su rubia perita a lo Richelieu manchada con la salsa de Tranquilino y trataba de clasificarlo. Era un muchacho menudo, con cara de vieja, que se tornaba simpático al sonreír. No quedaba lugar en su uniforme que no estuviese cubierto por una capa de grasa y el pañuelo rojo que llevaba al cuello ya se había convertido en la bandera del 26 de Julio por la franja negra que dejaba ver. De una canana de cuero colgaba una pistola 45 y en los bolsillos bajos de sus pantalones se notaban dos cargadores.
Se ofreció enseguida a guiarnos a Celso y a mí hasta el bohío del jefe de la emisora, el capitán Luis Orlando Rodríguez, y lamentó no podernos dar mulos de refresco, por lo que decidimos emprender la ascensión hasta la emisora, con las mismas bestias cansadas.
Como ya comenzaba a anochecer y yo tiritaba, me prestó un saco de cuero.
Me despedí de Tranquilino lamentando sinceramente abandonar su hospitalidad y la del verraco Pancho. Luego me enteré que el cerdo había sido perseguido durante meses por Tranquilino para convertirlo en masita frita, y que un compañero lo había salvado del cuchillo del hábil cocinero. Pero cuando el protector de Pancho murió en un combate, Tranquilino prácticamente adoptó al animal, mimándolo como a un chico.
Ramiro Valdéz iba al frente del grupo, montado en un caballo cerrero, fuerte y hermoso, de larga cola gris. Y detrás, clavando las espuelas hasta ensangrentarnos los talones, Celso y yo. Marchábamos hacia arriba, por un estribo de unos cuarenta centímetros de ancho, en plena noche y con un techo cerrado de ramas. Los animales ascendían o resbalaban, sin dejarnos ninguna oportunidad de conducirlos o levantarlos por la brida. A veces, yo cerraba los ojos, para tratar de notar más claridad cuando los abriese, pero era lo mismo que si hubiese marchado con los ojos vendados.
Muy de vez en cuando, veía delante y arriba la chispa oscilante del tabaco de Ramiro, pero a Celso, que iba en el medio, no lograba divisarlo.
Una patinada de mi mulo me hizo encontrarlo, ya que chocó contra la bestia que él montaba.
-Ya falta poco para que lleguemos a los de Luis Orlando –me dijo.
-¿Y después?
-Después habrá que seguir hasta la emisora, mucho más arriba.
Una chispa, como la luz de una luciérnaga, apareció en el monte. Era el bohío en donde pernoctaba a veces el periodista cubano que dirigía las emisiones de Radio Rebelde.
Yo la descubrí con alegría, como si ahí terminase el viaje.
Tardamos más de dos horas en llegar hasta el lugar. Dos horas más durante las que varias veces los mulos se tiraron al suelo negándose a seguir.
Luis Orlando Rodríguez nos esperaba en la puerta del bohío. Atamos los animales y entramos. En el medio de la única habitación, el fogón estaba ocupado por un caldero en donde hervían malangas. Una mujer daba de mamar a un muchachito y tres o cuatro campesinos fumaban sus tabacos con calma filosofal.
Ahí quedaba Ramiro. Y ahí debía quedar también el saco de cuero.
Tomé un vaso de café bien fuerte y tiritando le dije a Luis Orlando que estaba listo para seguir viaje. Celso, en un rincón, roncaba con sonoridad de bongó, sentado sobre las patas traseras de una silla. Presioné levemente la silla hacia abajo y quedó bruscamente parada sobre sus cuatro patas. Celso despertó sin demostrar sorpresa. Simplemente se sonrió y fue a enhorquetarse sobre su mulita blanca. Saludé a los campesinos y a Ramiro, del que me sentía amigo aunque no hubiese cambiado con él más que veinte palabras, y seguí en la noche el grito de: “Mulo… muuuuulo “de Luis Orlando Rodríguez, que había tomado la cabeza del grupo.
Yo me balanceaba sobre la bestia, sin saber qué sucedía, aunque comprendía que estábamos al borde de un precipicio, siempre arriba, siempre subiendo, y montados en mulos cansados y suicidas que cada tres pasos resbalaban cinco.
Cuando apareció sobre nuestras cabezas el cielo estrellado, me di cuenta que habíamos llegado a un estribo de la montaña. Y lo ratifiqué cuando Luis Orlando lanzó su sonoro: ¡Ea!... ¡mulo!
Varios soldados rebeldes surgieron de improviso de un disimulado bohío y se hicieron cargo de las cabalgaduras y de las mochilas.
-¿Dónde está la planta? –pregunté impaciente.
-A diez minutos de aquí.
Fueron veinte minutos o más de penosa ascensión. Aunque me llevaban la mochila con la grabadora, yo no daba más. Clavaba los dedos en la tierra blanda de la manigua y trepaba arrastrándome, pero creía que nunca iba a llegar. De pronto, las estrellas que aparecieron otra vez entre los árboles, me indicaron que había logrado asomarme a la cumbre. El ruido de un motor a explosión indicó que la planta estaba en funcionamiento. Ninguna luz se divisaba desde afuera, salvo la línea blanca que marcaba en el piso el lugar en donde se encontraba la puerta.
Luis Orlando golpeó y un rectángulo brillante nos cegó a todos por unos instantes.
Ya en el interior del improvisado estudio de la emisora rebelde nos presentó a los locutores: Orestes Valera, gran barba y una melena increíblemente larga; Martínez, un muchacho con cara aniñada e imberbe, pese a sus veintitantos años, y Eduardo un técnico de barba rubia y cara eternamente preocupada. De inmediato traté de establecer contacto radial con la Argentina, pero me resultó imposible. Eduardo, en plena noche, subía a los árboles a tender antenas, pero todo resultó inútil.
A las tres de la mañana, sólo Eduardo y yo seguíamos despiertos. Luis Orlando había bajado a un refugio antiaéreo. Celso reanudó sentado en un rincón su solo de bongó. Y los locutores se habían tapado hasta la cabeza en sus hamacas y formaban dos bolsas de cansancio.
Después de unas pocas tentativas más cortamos el contacto del transmisor.
Eduardo me dio una hamaca que sobraba y yo me procuré un abrigo que formó luego parte de mi equipaje: un ejemplar de la revista Bohemia, que partí por la mitad y que me coloqué entre la carne y la camisa en el pecho y la espalda. A la media hora escuché a Celso que se acomodaba sobre un banco de madera. Todo el pequeño recinto estaba lleno de suspiros y ronquidos leves. Esos muchachos hacía 18 meses que estaban allí. Los locutores tenían renombre y habían vivido excelentemente bien. Eduardo, el técnico, trabajaba en un canal de televisión. Celso García era un obrero que alternaba su condición con la de campesino. Y todos hablaban igual. Y sentían igual. Y estaban unánimemente conformes con esa vida sacrificada, sucia y hambreada del rebelde. Y experimentaban el mismo orgullo que los guajiros convertidos en militares y que las mujeres que veían marchar a sus hombres o a sus hijos con una tropa “alzada”. ¿Qué misterio se escondía en esa fuerza unánime y pareja que sostenía espíritus tan dispares?