Laburo España: 250.000 ofertas de empleo

Capítulo III

Archivado en General • Fecha: 30-11-2005 15:00:13

Mientras viajaba en un jeep con los faros velados hacia Las Bocas, no podía dejar de pensar en “los escopeteros”. Unos cuantos guardias bien armados que se animasen a llegar hasta su posición, los barrerían. Y mientras tanto, ellos se arriesgaban, sencillamente para ver si podían hacerse de alguna de esas perfectas armas automáticas norteamericanas que tenía el ejército.
Las Bocas estaba ocupada por un grupo de rebeldes recientemente formado por “las milicias” que eran las que actuaban en las ciudades. Cuando llegué, recién salía el sol. Los uniformes eran nuevos, cada cual había pasado el suyo por entre las guardias, lo mismo que sus armas. Luego de un corto conciliábulo, los oficiales eligieron la ruta, que no conocían muy bien, dado que ellos recién iban a operar en la sierra y me confiaron a dos guías, los muchachitos campesinos que recibieron el encargo con evidente desencanto, ya que su tropa iba a entrar en acción en esos días.
Un teniente, ya no de la milicia sino del verdadero ejército rebelde, reorganizó la ruta advirtiéndome que el camino iba a ser muy duro.
-¿Cuánto tardaré?- le pregunté mientras me vestía con la camisa y el pantalón de uniforme que me habían regalado.
-Andando bien, unos diez días…
Ni había sospechado que el viaje pudiese ser tan largo. Diez días subiendo y bajando montañas. Miré a mí alrededor y los montes se alzaban verticales. No se notaba un solo camino.
El teniente me miró sonriendo y me advirtió en tono un poco paternal…
-Esto todavía no es Sierra Maestra. Son apenas las primeras estribaciones.
-Bueno, qué se va a hacer… Adelante.
Mi tono resignado hizo reír a todos los que me habían rodeado desde que llegué.
-Ya está hecho todo un fidelista- dijo la mujer del teniente, también uniformada, cuando me vio de verde oliva.
El bohío en que se había instalado la jefatura de la tropa era la propia vivienda del jefe, el teniente Rubén Milán, “a las órdenes del comandante Almeida”, como él acotaba cada vez que se presentaba. Y no solamente su mujer, sino que sus hijas trabajaban para los rebeldes.
-Aquí es zona liberada… Pero hay que ayudar a seguir siendo libres y a llevar la libertad más lejos.
Mis dos guías ya estaban listos, aguardando la orden de marchar. En sus mochilas llevaban, para los posibles diez días de camino, algunas latas de leche y jugo de peras, una rueda de tabaco y fósforos.
Yo cargué mi grabadora, la cámara y los rollos en una mochila de cuero amarillo.
-Bueno. Todo listo- ordenó Milán
A último momento advirtió que me faltaba la gorra y como no había ninguna disponible, me dio la de él.
-Ahora sí. Buena suerte “che”. Y que Dios los acompañe.
Me abrazó con fuerza y los demás me palmearon. Yo no comprendía aún la solemnidad sencilla pero teatralmente dramática de ese momento. Aún no había visto a los aviones a reacción bombardear las sierras con bombas incendiarias, ni perseguir con ráfagas de sus ametralladoras 50 a cuanto bicho se moviese por los trillos de las montañas. Aún no había visto los pueblos enteros incendiados con fósforo vivo. Ni los cadáveres de los campesinos colgando de los árboles con decenas de balas por todo el cuerpo. Aún no había visto la guerra cruel de la Sierra Maestra. No imaginaba que una semana después, un batallón batistiano iba a exterminar a los “escopeteros” con los que había charlado en las cercanías de Contramaestre, porque no tuvieron armas para defenderse.
Al despedirse por última vez, Milán me dio un papelito doblado en cuatro.
-Guárdelo. Si llega a suceder cualquier cosa y se queda solo, le servirá de salvoconducto. Escóndase donde pueda y de noche acérquese a cualquier bohío. Ningún campesino le va a negar hospitalidad. Y si se encuentra con los guardias, huya, no se arriesgue, que va desarmado. Y ellos, para tirarle, no le van a preguntar si es periodista extranjero.
Nos largamos por una loma hacia abajo. Las botas nuevas empezaron a hacerse sentir en los tobillos, pero yo seguía poco menos que corriendo a los dos guías. Pronto me enteré que uno se llamaba Chino y el otro Cholo. Y aunque eran bastante parecidos era imposible confundirlos, porque los bigotes de Chino eran típicamente mongólicos.
Tenían cruces y medallas de la Virgen de la Caridad prendidas por todos lados y del cuello les colgaba un palo de unos 15 centímetros de largo.
-¿Qué es esto, un amuleto?
-No, hágase usted también uno. Son para los bombardeos. Cuando nos tiren, salte detrás de un árbol y muerda bien el palo.
En un pequeño descanso me procuré una ramita y la limpié lo mejor que pude. Sin pensar en que tendría ocasión de usarla la guardé en el bolsillo de la camisa.
-Bueno… Ahora hay que subir.
-¿Ahora?... ¿Y qué es lo que estamos haciendo hace tres horas?
Los dos se rieron.
Pero si esto es el llano… Las lomas todavía no empezaron.
Yo me paré dolorido. Las correas de la mochila me lastimaban y las botas me habían destrozado los tobillos.
-Y bueno… adelante.
Pero ya no seguí como antes, casi corriendo. Trepaba con pies y manos, sintiendo que la grabadora, que me había parecido liviana –seis kilos- era lo más pesado que había transportado en mi vida. Tenía la sensación de que alguien se colgaba de la mochila… Y hasta la noche no íbamos a encontrar un solo bohío en el camino, para tomar al menos un trago de café…
Llegamos a Tres Términos, primera etapa del viaje, al ocultarse el sol. La ropa empapada de sudor, se me estaba congelando sobre la carne. En un bohío, nos miraron con pena cuando nos vieron llegar destrozados. Enseguida, la mujer, se puso a preparar tostones, malanga y café. Yo, tirado en un rincón tiritaba de frío. No sentía entre los labios el tabaco que había encendido y el olor de la malanga comenzó a descomponerme. No había probado más que agua en los arroyos, pero no tenía apetito. Sólo un frío espantoso.
Cuando se dieron cuenta de que no tenía manta, el campesino fue hasta su cama y sacó una.
-Cúbrase con esto.
Yo no pude decirle que no. Me vacié los bolsillos de los anteojos oscuros, papeles y lápiz, para que no me hiciesen doler más el cuerpo, y me estiré sobre la tierra, envuelto en la manta, mientras mis guías se alarmaban de que no comiese.
Cuando advertían que al día siguiente no iba a poder seguir, si no tragaba malanga, me quedé dormido. Qué blanda era la tierra dura…

Escrito por Derechos reservados por cada medio
(0) Comentarios • (0) ReferenciasPermalink


Referencias (URL para referencias)


Comentarios


Comentar



Recordar datos




LaInformacion.com lainformacion.com - Medio Oficial de los Premios Bitacoras 2009