El fuerte desayuno cubano quedó en el plato. Solamente tomé jugo de naranjas. Me sentía limpio y fresco dentro de la guayabera blanquísima y almidonada que me habían prestado. Y además, con unos deseos enormes de asomar la nariz a esas calles que la noche anterior, oscuras y en medio de la lluvia, me habían parecido siniestras.
Eran la siete y media y ya todos los santiagueros estaban en pie. La ciudad, deliciosa mezcla de edificios centenarios y modernos, hacía juego con un cielo especialísimo y con el castellano opulento de las mujeres. Todo parecía ondulante sobre las pronunciadas lomas de las calles, como las olas de aire fresco que inflaban guayaberas y mostraban enaguas almidonadas por la vereda de la sombra.
Lo único extranjero, distinto y chocante, era el desfile de carros patrulleros y jeeps por el medio de las calles. Y los cascos de los soldados que velaban sus ametralladoras sobre los techos de los edificios altos.
El automóvil se metió por una calle muy angosta, con los frenos trabajando a cada centímetro, para no rodar a velocidad loma abajo, y se clavó frente a una casa pintada de amarillo.
- Aquí vive el hombre. Tú quédate, que voy a ver si está.
Después de unos cuantos goles, una cabeza blanca de mujer mulata asomó por un portillo. Mi compañero preguntó por el dueño del nombre que me habían dado en La Habana.
En este momento no está. Quizás esté en la oficina.
- ¿Y no puede llamarlo?
La anciana se mostraba indecisa. Era evidente que desconfiaba. También bajé yo del coche y me acerqué.
- Soy extranjero, señora –dije muy quedo-. Necesito hablar con él.
La dama titubeó unos segundos y desapareció del portillo. Al instante se abrió la gran puerta amarilla y nos metimos en un vestíbulo fresquísimo, con columnas de madera tallada sosteniendo el techo a gran altura y mecedoras como para olvidarse del mundo.
Diez minutos después, apareció el dueño del nombre buscado.
Tampoco fue muy confiado. Me pidió el pasaporte y se lo entregué.
- ¿Tiene carnet de periodista?
- ¿Usted cree que con carnet de periodista latinoamericano hubiese podido llegar hasta aquí?
Estuve exacto.
- Bueno. Pero lo que usted quiere no es muy sencillo. Y además, comprenda que va a conocer a mucha gente por la que Batista pagaría miles de dólares. Y todo eso, nada más que por la buena fe que usted nos inspire…
Estuvo exacto.
Hablé durante unos minutos demostrando que al menos conocía el oficio periodístico. Dije por qué había querido llegar hasta la Sierra Maestra. Mencioné al hombre de La Habana y al que me lo había señalado en Buenos Aires… y di una serie de datos personales del famoso Che Guevara, datos que sólo habrían podido ser proporcionados por la propia familia.
- Está bien. Yo le creo. Pero tampoco yo soy del 26 de Julio. Trataré de tomar contacto con ellos y explicarles el caso. Pero le advierto que va a ser muy difícil.
Le dejé mi pasaporte y mi necesidad de conseguir una grabadora portátil y película fotográfica.
- No se apure. Que si llega a ir, no le va a faltar nada.
Pasé todo ese día aguardando la contestación, en el negocio del hombre del aeropuerto. Como llegaban clientes a cada momento, me presentaba como a un técnico mexicano. Nunca me pude enterar técnico en qué era. Y a la presentación, seguía siempre la advertencia, al recién llegado:
- Anda chico… puedes hablar, que éste es buena gente.
El “puedes hablar” es la concesión que más alegra a un cubano. De inmediato se narraban los hechos de la noche anterior en las ciudades vecinas. El estallido de bombas en Holguín. La muerte de varios jóvenes en Manzanillo. El último combate en las cercanías del Cauto. Candela en Contramaestre.
Yo escuchaba y los nombres de los pueblos y ciudades venían a mí desde la historia. Desde las biografías de Martí. Desde las imágenes que me había forjado leyendo la historia cubana, acerca, de la lucha en la manigua.
Todos los visitantes de ese día fueron recelosos medio segundo. Luego hablaban con pasión, a los apurones, con grandes ademanes. A la cubana. Y la mayoría tenía parientes en la sierra o en el cementerio. Y la mayoría estaba haciendo sus preparativos para “la que se va a armar”. Y la mayoría me decía con violencia:
- Es que no tenemos armas, chico. Que si las tuviésemos, no nos quedaríamos en las fincas, esperando que lleguen los guardias a matarnos. Armas, eso es lo que nos hace falta.
Llegó la noche y el llamado se produjo recién a las nueve. Ese día no iba a ser posible ningún contacto. “Mañana a las ocho”.
El hombre del aeropuerto admitió, no de muy buena gana, que debía quedarme en su casa.
- Esto de viajar de noche con un extranjero…
Yo no supe qué decirle, pero me sentí mortificado. “lo lamento viejo –pensé-, hay que aguantar”.
Nuevamente el sol caliente, el desayuno en el plato sin tocar y jugo de naranjas.
El llamado no se produjo a las ocho sino a las diez. Y los empleados ya se preguntaban que hacía de nuevo allí ese silencioso técnico mexicano.
La llamada de las diez anunciaba otra para mediodía que no se concretó. A la tarde volvieron a anunciar: mañana.
El hombre del aeropuerto ya no sabía qué hacer conmigo ni yo tampoco.
Mi tercera aparición matutina en el negocio hizo comprender sin duda a muchos empleados y obreros que yo no era un técnico, como esos amigos y parientes que solían aparecer imprevistamente en las casas santiagueras.
Cuando una voz ordenó por teléfono que la cita era en una determinada esquina 20 minutos después, el hombre del aeropuerto volvió a sonreírme como en el primer día. Otra vez volvía a sentirse contento de haberme protegido.
Pero su alegría fue prematura. Nadie pasó a recoger el paquete.
Hubo otro llamado. Y otra cita incumplida. Hasta que a las seis de la tarde, y cuando evidentemente los agentes del 26 se convencieron de que yo no representaba ninguna trampa ni nadie me seguía, un coche se acercó a mí en la esquina que habían señalado y una muchacha me saludó cordial:
- Hola, Jorge… ¿vamos?
Subí a la máquina entre contento y solemne. La muchacha me devolvió el pasaporte.
El automóvil se detuvo ante una puerta de rejas. Bajamos y sin llamar cruzamos el jardín y entramos a un vestíbulo en donde varios muchachos hablaban de política, mientras un disco giraba para hacer oír a un cantor chileno que parecía muy contrariado y triste. Nadie se fijó en mí.
La muchacha me guió entre brazos que hacían ademanes hasta una terraza posterior en donde una joven rubia que parecía tener entre catorce y cuarenta años me recibió con una sonrisa profesional, como un dentista a su cliente.
Volví a escuchar preguntas sobre mis propósitos, quién era, para qué empresa trabajaba, cuándo había llegado y cómo había logrado tomar contacto con ellos.
Y yo volví a contar toda la historia, saqué otra vez el pasaporte y mostré el pasaje de regreso.
Después de quince minutos de conversación, se aprobó mi viaje.
- Bueno… ¿cuándo?
- Veremos.
Otra vez a esperar. La misma muchacha que me había llevado hasta allí, me condujo hasta mi nuevo escondite. En adelante y hasta el momento de iniciar el viaje a la Sierra, no podía asomarme a la calle. Cualquier registro, cualquier sospecha por parte de los guardias, significaría mi detención. Y ahora no era solamente yo el preocupado porque no me detuvieses, sino todos los que vi.
Tres días después, me anunciaron que se había dispuesto el viaje para el siguiente. Las cosas se habían complicado, porque para esa misma fecha Fidel Castro ordenó el corte de la carretera, y amenazó con tirotear a todos los vehículos que circulaban por ella. Pero un muchacho del 26 se ofreció a llevarme hasta Contramaestre y previa advertencia del peligro que iba a correr, decidimos salir. Me habían provisto de botas, hamaca, nylon, mantas y una gruesa tricota, pero antes de partir tuve que dejar todo mi equipaje menos las botas, para hacer lugar en una cavidad secreta del automóvil a la grabadora portátil que me había hecho comprar y el material fotográfico.
La orden de Castro de no transitar por la carretera se cumplía espectacularmente. Durante kilómetros no nos encontramos con ningún vehículo, salvo los que querrían haber sido excepciones y se convirtieron en restos de incendio: una guagua y un gasolinero. Las incursiones de los rebeldes durante la noche anterior, habían reiterado sin duda el terror de los guardias ubicados en las postas camineras, porque apenas si salían de atrás de sus trincheras para preguntarnos dónde íbamos y revisar ligeramente la máquina, y volver corriendo a acostarse detrás de las pilas de bolsas de arena.
Casi no se fijaban en mí, que para evitar contestar a las preguntas que nos hacían, me entretenía en encender un gran tabaco, que apagaba hasta la próxima posta.
No hacía mucho que habíamos dejado atrás Palma Soriano, cuando mi acompañante comenzó a disminuir la velocidad del coche, hasta detenerse junto a un carro patrullero y un jeep. Este último había sido acribillado. Una mancha de sangre y una gorra militar tirada en el asfalto indicaban que lo que estaban acomodando los guardias en el asiento posterior del carro patrullero, era algún compañero herido o muerto.
Nos hicieron seña de que continuásemos. Estaban demasiado asustados como para preguntar a los únicos que transitaban por la carretera acechada, quiénes eran. Hasta a algunos guardias parecía alegrarles el que un coche al menos, les desviase el pensamiento, fijo en los hombres barbudos que surgían de improviso de cualquier parte.
Nuestra llegada a Contramaestre casi fue un acontecimiento para el dueño de la fonda. Pero no nos preguntó nada más que qué queríamos comer. Yo, continuando mi mudez, me levanté para ir al servicio, mientras mi compañero encargaba congrí y tostones de plátano verde. En el local sólo había ocupada otra mesa, en donde un cura viejo, de sotana blanca, hablaba en voz baja con un parroquiano, salpicando su murmullo con abundantes y sonoros “coños” y “carajos”. Era evidente que platicaba sobre política.
El calor me impedía comer y no podía mirar hacia fuera sin que el fulgor del camino me lastimase los ojos. mientras jugaba con el arroz, tapando y destapando los tostones grasientos, el que me había servido de chofer se paró y fue a hablar por teléfono. Volvió con el mismo aire indiferente que se había ido y me dijo llevándose un vaso de agua a la boca.
-Dentro de un rato viene el hombre. Menos mal que estaba en casa.
El sudor me corría por la espalda e iba a confluir sobre el estómago.
Del cura sólo se escuchaba el siseo y los coños y carajos. Y toda la fonda se había llenado de olor a manteca de cerdo frita.
Mientras aguardamos a que llegase el nuevo guía, mi compañero pidió café y me convidó con un tabaco.
Era un mulato medio pelado, de treinta y pico de años y cara noble.
-Bueno, chico. Dentro de poco estarás subiendo. Tienes suerte. Vas a ver a Fidel Castro. Yo nunca lo he visto. He llevado a varios hasta el pie de la sierra, pero siempre tuve que volverme. ¡Qué voy a hacer! Es mi misión.
Dos guardias cargados de armas entraron a la fonda. Pidieron un refresco y se fueron sin pagar. El cura bajó más la voz para la confidencia y lanzó más seguidos sus coños y carajos.
El hombre que esperábamos llegó enseguida. Tendría unos cincuenta años. Nos saludó como a viejos amigos y pidió agua.
-Estuve esperando a que saliesen los guardias.
Convinimos que él se marcharía solo y que quince minutos después, lo seguiríamos nosotros, carretera arriba.
Esperamos el tiempo acordado, mi compañero pagó y salimos, mientras un rotundo coño del reverendo se apagaba con el golpe de la puerta del auto.
-¿Qué le pasa al cura que está tan enojado?
-Este año no habrá campanas ni cánticos en el Sábado de Gloria. Como no las hubo en Nochebuena. Hace pocos días un carro patrullero cortó a ráfagas de ametralladoras una casita, aquí, en Contramaestre. Creían que adentro había un rebelde. Mataron a una señora e hirieron a varios más. Y el cura dispuso entonces que no haya jubileo. Cuba no está para aleluyas.
Llegamos enseguida al punto convenido, sobre un puente. Allí montó el hombre de Contramaestre y seguimos viaje unos minutos más, hasta que doblamos hacia la izquierda, metiéndonos por un campo de café. El automóvil avanzaba balanceándose sobre la tierra blanda, hasta que se detuvo lentamente. El guía descendió, y lanzó una especie de chistido, como un beso a lo lejos. Enseguida tuvo contestación y de inmediato vi a los primeros “alzados”. Tres muchachos que estaban ocultos en la manigua abandonaron su posición y nos escoltaron cuando el coche siguió su camino. Estaban barbudos y la melena les llegaba hasta los hombros. Entre las camisas de los tres reunirían cuatro botones y los pantalones estaban pesados de barro y grasa. Uno llevaba un enorme revólver en la cintura y los otros dos estaban armados con escopetas de caza antiquísimas. El más pertrechado llevaba una canana de lona con tres cartuchos.
Al notar cómo los observaba, el chofer aclaró:
-Estos son los escopeteros, se quedan haciendo emboscadas cerca de la carretera, para poder conseguir un arma buena. Después se van a incorporar a las tropas rebeldes.
En cinco minutos de marcha lentísima llegamos al campamento. De un bohío aparentemente desierto surgieron unos veinte hombres. En su mayoría jóvenes y en su mayoría tan desastrosamente armados y vestidos como los que nos escoltaban.
Todos me saludaron con efusión.
-¿Argentino?
-¿Usted es el hermano del Che?
-Oye, chico, que has llegado de lejos…
Los que habían venido conmigo en el auto, comenzaron a levantar la tapa que ocultaba mis botas, la grabadora y la cámara y los rollos fotográficos.
Había arribado a la primera etapa. Se despidieron de mí con un apretón de manos. El que me condujo desde Santiago me sonrió:
-Ahora vamos a ver si tengo la misma suerte que para venir. Sería una muerte poco heroica el que me atraviesen a tiros estos escopeteros…
Yo respondí con otra sonrisa y un “Chau, che”, que provocó la risa general.
El agente que habíamos recogido en Contramaestre, me recomendó desde el auto:
-Si ve a mi hijo, déle un abrazo. No sé si está con Fidel o con la tropa de Camilo…
El coche se fue alejando con la misma lentitud que había llegado, esquivando las ramas bajas de los cafetos. Y yo me quedé parado entre el grupo de escopeteros curiosos y risueños.
Un teniente con ropas de guajiro me invitó a pasar al interior del bohío. A menos de medio kilómetro se escuchó el motor del auto, que retomaba la carretera.
Enseguida me ofrecieron asiento y comenzaron a tostar café. Todos me hicieron rueda y me vi en la obligación de hablar. Conté cómo había llegado. Mi impresión sobre el ambiente de La Habana y de Santiago y las noticias que teníamos en la Argentina acerca de los rebeldes, las que provocaban muchas veces la risa de los muchachos.
El ruido del motor de un avión interrumpió la plática y todos corrieron a recoger las pocas cosas que había fuera del bohío, para que no fuesen vistas desde el aire. La máquina pasó a gran distancia y la charla continuó, en una incesante maratón de preguntas.
Por lo general, estaban bastante bien informados de lo que sucedía en el mundo.
-¿Es cierto que Perón vuelve a la Argentina?
-¿Frondizi le debe el poder a Perón?
-Mira, es verdad que este Perón era un bicho, pero yo le tengo simpatía. Se les puso bravo a los yanquis.
-¿Cómo es la CGT? No será igual que la CGT nuestra, ¿no es cierto?
Yo respondía y preguntaba a mi vez. Los hombres y muchachos que me rodeaban eran en su mayoría de los pueblos vecinos y se habían quedado ahí, con la primera tropa que encontraron, hasta conseguir un arma.
En gran parte eran obreros y campesinos. Pero los más sucios de todos eran universitarios. Era evidente que todos estaban orgullosos de su condición de rebeldes y que lo único que no les dejaba ser completamente felices era el no estar incorporados a las tropas de nombres famosos: Fidel, el Che, Almeida, Camilo Cienfuegos, Ramirito Valdéz, Raúl Castro…
Para llegar a Las Bocas, donde me iban a proporcionar guías hasta el campamento del Che Guevara, debía atravesar un camino habitualmente transitado por los carros blindados de los guardias, lo que obligaba a viajar de noche. Iba a salir a las tres de la mañana, así que no me preocupé en acostarme, pese a que varios me ofrecieron su hamaca. A medida que transcurrían las horas, las preguntas políticas se fueron agotando y dieron lugar a cuanta duda tenían sobre la gente, o la geografía, o la producción argentina. Hasta que llegamos al tango.
-Dime, ¿es cierto que murió Hugo del Carril?
-¿Tú conoces a Libertad Lamarque?
-Escucha, chico, escucha… Esto es de Gardel…
Y un morochito comenzó a cantar Mano a Mano, poniendo cara de torturado…”io te evoco y veo que aj sido en mi poble vida padia sólo una güena muhhe”…Alguien acercó candela y llegó mi cena. Y con ella el primer encuentro con algo que sería una náusea perpetua durante semanas: la malanga, un tubérculo que a primera vista parece papa, pero mucho más grasoso y con un olor persistente que penetra la ropa y obliga a llevarlo encima a quien se le acerque.
Mordí una y la dejé, ante la mirada desconcertada de todos.
-¿No te gusta la malanga?
-Sí… Cómo no… Es que no tengo hambre.
-Cuando estés en la sierra, comerás candela.
A las dos de la mañana hubo relevo de guardia y se despidieron cordialmente de mí los que iban a ocupar las postas. Llevaban sus viejas escopetas de caza, algunas atadas con alambre, y latitas de leche convertidas en granadas. Uno de los que se iba volvió corriendo.
Era el morochito de Mano a Mano.
-Eh, teniente… ¿no tiene un “tiro” más?
Como el teniente no tenía un cartucho para esa arma, otro de los muchachos resignadamente sacó del bolsillo uno.
-Tómalo prestado… pero no lo vayas a botar al aire, ¿eh? Que me costó bastante hacerlo.
Efectivamente, había pasado toda la tarde juntando plomo, remaches y tornillos, que metió cortados en el viejo cartucho de cartón.
-Este es un tiro reforzado –había dicho riendo- ¡Metralla en ráfaga!
Cuando vi alejarse al morochito, a hacer guardia sobre la carretera central, donde transitaban casi permanentemente los carros blindados y los tanques de Batista, no pude menos que sonreír ante un recuerdo. El de aquel español republicano exiliado en Buenos Aires, que me había dicho unas semanas antes de mi viaje a Cuba, tomando café en el Tortoni:
-Sí, señor. Fidel Castro está apoyado por los yanquis para voltearlo a Batista. Son un grupito de niños bien, que les gusta jugar a la guerra. Muy bien armados, por supuesto… -concluyó el cómodo exiliado con suficiencia.